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“Los has hecho iguales a nosotros”

lunes, 25 de septiembre de 2023
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red-vineyards-vincent-van-gogh-12483405-723-575“Viñedos rojos en Arlés” de Vincent Van Gogh

La publicación de hoy es del editor de Bondings 2.0, Francis DeBernardo.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el 25º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

“. . . los has hecho iguales a nosotros”.

Esta es una de las quejas del primer grupo de trabajadores de los viñedos en la parábola del evangelio de hoy. Estos trabajadores se quejan de que el dueño del viñedo trata a todos los trabajadores por igual. Ven que los trabajadores que llegaron más tarde son considerados iguales a los que comenzaron antes y, según los estándares humanos, deberían recibir salarios adicionales. Los madrugadores se sorprenden ante lo que consideran descaradamente injusto.

Estos primeros trabajadores no son egoístas. Son totalmente humanos. Si bien muy pocas personas condenarían la idea de igualdad en teoría, en la práctica, a la mayoría de los seres humanos les gusta calificar la igualdad. Clasificamos a las personas y las colocamos en jerarquías construidas para decidir quién recibe un trato especial. Como dijo George Orwell en Animal Farm, algunas personas «son más iguales que otras«.

Durante los debates sobre el matrimonio igualitario en Estados Unidos, un argumento frecuente en contra del reconocimiento legal de las uniones de parejas del mismo sexo fue que hacerlo dañaría los matrimonios heterosexuales. Superficialmente, ese argumento es tonto: ¿cómo podría la unión de una pareja dañar la de otra pareja? Sin embargo, la lógica tácita que subyace a este argumento era el temor de que las parejas heterosexuales perdieran privilegios jerárquicos en la sociedad. Si las parejas del mismo sexo fueran iguales a las parejas heterosexuales, entonces este último grupo perdería su posición especial, o al menos tendría que compartir esa posición especial. La igualdad amenaza el privilegio.

La mayoría de los seres humanos ensalzan la igualdad en la sociedad, pero nuestra preferencia es por el tipo de igualdad que no amenace los privilegios invisibles de los que disfrutamos debido a ciertas categorías sociales a las que pertenecemos. Este tipo de pensamiento sustenta gran parte del prejuicio personal y social contra las personas LGBTQ+, así como el prejuicio contra las mujeres, las personas de color y muchas otras categorías que subyugan a las personas en las jerarquías sociales que creamos, consciente o inconscientemente.

Los caminos de Dios, sin embargo, son diferentes de nuestros caminos humanos. Para nuestra sorpresa y horror, Dios insiste en que todos sean tratados verdaderamente como iguales. La primera lectura de Isaías de hoy nos recuerda:

“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Dios. Tan altos como están los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos”.

Desafortunadamente, mi defecto en la oración no es tratar de aprender los caminos de Dios, sino tratar de convencer a Dios de que siga mis caminos. Como era de esperar, mis costumbres incluyen principalmente preservar cualquier privilegio particular que tenga debido a mi lugar en la sociedad y las diversas jerarquías.

Kenneth Burke, crítico literario y filósofo del siglo XX, dijo que una de las características definitorias de los seres humanos, una de las cosas clave que nos diferencia del resto del mundo natural, es que estamos “incitados por el espíritu de jerarquía. « En casi cualquier situación en la que se encuentren los humanos, uno de nuestros primeros instintos como humanos es crear una jerarquía. Y el 99,9% de las veces nos colocamos en una posición de privilegio dentro de esa jerarquía.

Nosotros, los miembros de la comunidad LGBTQ+ y aliadas, también somos propensos a crear jerarquías. (Después de todo, somos humanos). A pesar de conocer la opresión debido a un estatus inferior en la sociedad (y en la iglesia), no somos inmunes. Nuestras jerarquías colocan a algunos, como individuos y/o como grupo, en el peldaño superior y a otros en el inferior. El sexismo y el racismo, por ejemplo, son dos problemas jerárquicos que aún prosperan en la comunidad LGBTQ+. Es preocupante que también exista un sesgo antitransgénero.

Kenneth Burke tenía razón: nuestra propensión a crear jerarquías es parte de nuestro ADN. Teológicamente, podríamos llamarlo un “pecado original”, un impulso que todos compartimos. Concretamente, nuestras luchas para superar este impulso son diferentes unas de otras porque enfrentamos privilegios y opresiones diferentes. Y nuestra superación del deseo de jerarquía puede durar sólo un corto tiempo antes de caer nuevamente en su trampa. Siempre tendremos que reaprender esta lección para pensar más como lo hace Dios.

Uno de mis autores favoritos, Graham Greene, lo expresó perfectamente en su novela Brighton Rock:

“No puedes concebir, hija mía, ni yo ni nadie, la atroz extrañeza de la misericordia de Dios”.

Los primeros trabajadores de la parábola de hoy, al igual que yo y muchas personas, estamos conmocionados y consternados por lo generoso que es Dios con la misericordia, extrañamente otorgándola a personas que no creemos que la merezcan. Por supuesto, nosotros mismos no lo merecemos realmente, pero en general, a menudo pasamos por alto ese hecho. Nuestra salvación viene en nuestros intentos de pensar más como Dios: aboliendo jerarquías y viviendo con igualdad radical.

—Francis DeBernardo, New Ways Ministry , 24 de septiembre de 2023

Fuente New Ways Ministry

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Arrollado por la ola de una alegría inagotable

domingo, 24 de septiembre de 2023
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“Habiendo entrado, o las cinco y diez de la mañana, en una capilla del barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.

Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aun más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar – hasta el punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, “católico, apostólico, romano”, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Al entrar tenía veinte años. Al salir era un niño, listo para el bautismo y que miraba en torno a si, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se había suspendido en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.

No me oculto lo que una conversión de esa clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el Espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada. Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus actos gratuitos .”

*

A. Frossard,
Dios existe. Yo lo he encontrado,
Rialp, Madrid 2001, 6-8;
traducción, José María Carrascal Muñoz.

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***

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

– “El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron.

Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.”

Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.

Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”

Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia por que yo soy bueno?”

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.”

*

Mateo 20,1-16

***

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“Bondad escandalosa de Dios”. 24 de septiembre de 2023. 25 Tiempo ordinario (A). Mateo 20 , 1-16

domingo, 24 de septiembre de 2023
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img_2595Probablemente era otoño y en los pueblos de Galilea se vivía intensamente la vendimia. Jesús veía en las plazas a quienes no tenían tierras propias, esperando a ser contratados para ganarse el sustento del día. ¿Cómo ayudar a esta pobre gente a intuir la bondad misteriosa de Dios hacia todos?

Jesús les contó una parábola sorprendente. Les habló de un señor que contrató a todos los jornaleros que pudo. Él mismo fue a la plaza del pueblo una y otra vez, a horas diferentes. Al final de la jornada, aunque el trabajo había sido absolutamente desigual, a todos les dio un denario: lo que su familia necesitaba para vivir.

El primer grupo protesta. No se quejan de recibir más o menos dinero. Lo que les ofende es que el señor «ha tratado a los últimos igual que a nosotros». La respuesta del señor al que hace de portavoz es admirable: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».

La parábola es tan revolucionaria que seguramente después de veinte siglos no nos atrevemos todavía a tomarla en serio. ¿Será verdad que Dios es bueno incluso con aquellos que apenas pueden presentarse ante él con méritos y obras? ¿Será verdad que en su corazón de Padre no hay privilegios basados en el trabajo más o menos meritorio de quienes han trabajado en su viña?

Todos nuestros esquemas se tambalean cuando hace su aparición el amor libre e insondable de Dios. Por eso nos resulta escandaloso que Jesús parezca olvidarse de los «piadosos», cargados de méritos, y se acerque precisamente a los que no tienen derecho a recompensa alguna por parte de Dios: pecadores que no observan la Alianza o prostitutas que no tienen acceso al templo.

Nosotros nos encerramos a veces en nuestros cálculos, sin dejarle a Dios ser bueno con todos. No toleramos su bondad infinita hacia todos: hay personas que no se lo merecen. Nos parece que Dios tendría que dar a cada uno su merecido, y solo su merecido. Menos mal que Dios no es como nosotros. Desde su corazón de Padre, él sabe regalar también su amor salvador a esas personas a las que nosotros no sabemos amar.

José Antonio Pagola

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“¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?”. Domingo 24 de septiembre de 2023. 25º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 24 de septiembre de 2023
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48-OrdinarioA25Leído en Koinonia:

Isaías 55,6-9: Mis planes no son vuestros planes
Salmo responsorial: 144: Cerca está el Señor de los que lo invocan.
Filipenses 1,20c-24.27a: Para mí la vida es Cristo
Mateo 20,1-16: ¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?

La gracia y la misericordia de Dios se contrapone a la mentalidad religiosa judía de los tiempos de Jesús. Frente a la teología del mérito del sistema religioso se opone la teología de la gracia predicada por Jesús. Desde esta perspectiva, la salvación no se alcanza solamente por méritos propios sino por la misericordia de Dios que nos la concede a pesar de que no la merezcamos.

El texto del segundo Isaías centra su actividad profética en el tema de la consolación del pueblo desterrado. Pero el destierro fue por la desobediencia del pueblo y de sus dirigentes que se apartaron de Dios y quebrantaron la alianza. Sin embargo, Dios no abandona a su pueblo. Si el pueblo es infiel a la alianza, Dios permanece siempre fiel. Los caminos del Señor son muy distintos de los caminos humanos. El profeta insiste en la invitación a buscar al Señor. Hace un llamado a la conversión y al arrepentimiento porque Dios es Clemente y misericordioso y siempre está dispuesto al perdón. Los planes de Dios no son tan limitados y mezquinos como los de nosotros.

Pablo, en la carta a los Filipenses, plantea una seria disyuntiva: o morir para estar con Cristo o quedarse en medio de ellos para ayudarles en sus dificultades. Pablo, prisionero por Cristo, presiente que sus días ya están llegando a su fin. Perseguido, calumniado, encarcelado, azotado y despreciado de muchos ha vivido en su propia persona la pasión de su Señor. Consecuente con su predicación, si se ha esforzado por vivir el evangelio de Jesús, entonces es normal que corra la misma suerte que su maestro. Pero también tiene la plena convicción de participar de la gloria de la resurrección. Tanto su vida como su muerte está en función de Cristo. Si está vivo es para seguir anunciando el evangelio, si muere es para entrar en la plena comunión de los justificados por El. Así las cosas, Pablo siente que su misión ha llegado a su fin. Como Jesús, puede decir todo está cumplido. Pero a Pablo le queda la gran preocupación de la fragilidad de las comunidades, cuya fe está fuertemente amenazada por el ambiente cultural y religioso de las colonias del Imperio.

En la parábola de los trabajadores descontentos con la paga se refleja el modo de actuar de Dios contrario a nuestra mentalidad utilitarista. El contexto de la parábola debió se la controversia de Jesús con las autoridades judías por su continua relación con personas de dudosa reputación como publicados, pecadores, enfermos, niños, paganos y mujeres. Precisamente aquellos que estaba considerados impuros y, por tanto, excluidos del círculo de santidad. Pero en el contexto de la comunidad mateana se percibe el conflicto producido entre los judeocristianos y paganos cristianos que confluyen en la misma comunidad. Era inaceptable que los recién conversos tuvieran el mismo trato de los que han pertenecido desde tiempos antiguos al pueblo elegido. Es claro que el encuentro entre judaísmo y cristianismo en el seno de una misma comunidad resultó bastante complicado. Así lo manifiestan otros escritos del nuevo testamento como la carta a los gálatas.

La parábola, narrada por Jesús, parte de un hecho real. El propietario representa a los terratenientes que a base de aranceles habían quitado las tierras a los campesinos. Así mismo, los desocupados eran los que lo habían perdido todo y se alquilaban por cualquier cosa para poder vivir. Por supuesto que había quienes siempre eran clientes fijos del propietario, es decir, aquellos a quienes siempre se les contrataba, y estaban los que iban apareciendo a última hora. La clave de la parábola no está en la actitud equitativa del patrón, pues el podría pagar como quisiera. Lo que llamó la atención a los oyentes es que haya preferido a los que no eran sus trabajadores (los de la última hora) sobre los que si lo eran (los de la primera hora). Situación incomprensible desde todo punto de vista.

El sistema religioso del tiempo de Jesús y de las primeras comunidades centraba la práctica religiosa en el mérito y la paga. La salvación se había convertido en un mercado de compra y venta. Jesús cuestiona a fondo esta mentalidad que tanto mal le ha hecho al pueblo. La salvación es don gratuito de Dios. Y la gracia tiene que ver con el amor misericordioso. Dios no maneja nuestros esquemas contables interesados y lucrativos. Para Dios, tanto los primeros como los últimos son objeto de su inmenso amor y misericordia.

Hoy tenemos que superar todo espíritu de competencia y codicia. Tenemos que superar sobre todo el «exclusivismo» que todavía late en el subconsciente cristiano: ya no lo decimos ni lo sostenemos, pero muchos lo siguen pensando: nosotros, nuestra religión, sería la única verdadera, y por tanto la superior, la definitiva, la insuperable, aquella a la que las demás religiones (¡y culturas!) deberán confluir… Si ya muchos han abandonado aquella visión veterotestamentaria de que «las naciones y los pueblos vendrán a adorar a Dios en Sión» -porque sociológicamente ya no parece previsible ni viable que el mundo vaya un día a ser todo él cristiano-, no dejamos de tener esa conciencia de «exclusivismo» cuando nuestras autoridades y jerarquías condenan autoritariamente y sin diálogo alguno opiniones sociales, criterios éticos, que se dan en distintas sociedades, apoyados en el convencimiento de que nuestra verdad es incuestionablemente superior a la de los demás, por principio, y que tendríamos derecho a imponerla en la sociedad (laica, aconfesional) sin necesidad siquiera de dialogar y convencer a la población… Es una actitud de complejo de superioridad que no tiene ninguna justificación.

La apertura a todos, el reconocimiento sincero de que no tenemos un «gratuito e inmerecido derecho de primogenitura», que no somos «los (únicos) elegidos», que los que hemos considerado tradicionalmente «últimos» (o en todo caso, posteriores a nosotros) no lo son, que Dios es «gratuito» y sin favoritismos… son asignaturas pendientes todavía para las Iglesias cristianas…

No cabe duda de que aceptar en profundidad el mensaje evangélico de hoy de que «los primeros serán los últimos», nos exige un cambio de mentalidad a fondo. También el pluralismo religioso y el diálogo intercultural hay que elencarlos entre esos grandes desafíos generados por el descubrimiento más profundo de la «gratuidad de Dios» que la parábola del evangelio de hoy vuelve a poner ante nuestros ojos. Leer más…

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24, 9, 23. Trabajadores de la viña. Todos un mismo denario, el pan nuestro de cada día (D 25 T0. Mt 20, 1-16)

domingo, 24 de septiembre de 2023
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IMG_0635Del blog de Xabier Pikaza:

Esta es una parábola extraña, irreductible a toda lógica, como indiqué en Comentario de Mateo, pasando en silencio sobre su tema de fondo. Más adelante,   Economía y teología (Dios y Mamón), me animé y empecé a entrar en su mensaje, en sentido personal y eclesial, económico y sociopolítico.

En esa línea quiero seguir este domingo, sin atreverme a ofrecer una explicación de fondo de la parábola, que apenas ha sido acogida y desarrollada en la DSI, doctrina social de la iglesia.

Sólo cristianos como Francisco de Asís y Juan de la Cruz (con muchas mujeres creyentes de fondo) nos ayudan a interpretar este evangelio. En general, la doctrina general de los cristianos  ha pasado de largo ante su mensaje, que algunos dicen que suena a comunista: A todos lo mismo. Pero, como verá quien siga, esta parábola ofrece grandes novedades. 

Tema de fondo y texto

  Esta narración parabólica vincula  un tema de trabajoc con una experiencia y tarea de gratuidad, desde la perspectiva de los últimos (los pobres y gentiles…) a quienes el “dueño de la casa” pagaa igual que a los primeros (que han trabajado intensamente), Hay un mismo salario de gracia para todos, un salario que no es paga (soldada o sueldo) por lo trabajado, sino descubrimiento y ofrenda gratuito de vida, en igualdad que puede ser escandalosa para  muchos (un denario, promesa de vida para todos).

Mt 20 1 El Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que al amanecer (=hora de prima) salió a contratar jornaleros para su viña. 2 Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. 3 Salió otra vez a media mañana (=hora de tercia), vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, 4 y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. 5 Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde (=hora de sexta, hora de nona) e hizo lo mismo. 6 Salió al caer la tarde (=hora undécima) y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? 7 Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña.

8 Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al administrador: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. 9 Vinieron los del atardecer (hora undécima) y recibieron un denario cada uno. 10 Cuando llegaron los primeros pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. 11 Y recibiendo (el denario) se pusieron a protestar contra el amo, diciendo: 12 Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor. 13 Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? 14 Toma lo tuyo y vete. Yo quiero darle a este último igual que a ti. 15 ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? 16 Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos [1].

Sólo en forma de parábola se puede decir algo así

20190110-Dios-o-el-dinero-mockup-final.1jpg La parábola empieza hablando de unos arrendatarios a quienes el dueño de casa(oivkodespo,thj) ha contratado como trabajadores en su viña (un tema clave que volverá en 21,33-41), para terminar poniendo de relieve la protesta de aquellos que piensan que el dueño ha sido injusto, pues ha pagado a los últimos igual que a los primeros. En esa línea, el texto habla de cinco grupos de contratados: al amanecer, a la hora tercia, sexta, nona, y finalmente a la caída de la tarde.

Pero al final de la parábola, solo parecen importar dos grupos: Los que han comenzado a trabajar desde el amanecer (hora de prima), que pueden ser judíos observantes…, y los que han sido llamados al final de la tarde (=hora undécima, a eso de las nueve), cuando sólo quedaban breves momentos de faena. Pues bien, en contra de las normas laborales, todos reciben el mismo jornal: Un denario; no importa ya lo que hayan trabajado, sino lo que necesitan para vivir (¡un denario!). Lógicamente, al ver que los últimos cobraban igual que ellos, los primeros protestan, pues, conforme a las normas laborales, deberían haber recibido un jornal más grande.

Los de la primera hora parecen ser judíos, que han estado trabajando en la viña desde muy antiguo, y que tienen envidia (se sienten injustamente tratados) porque el dueño de casa les paga igual que a los que sólo han trabajado una hora (el jornal de un día, un denario). Pero esta parábola nos lleva más allá del plano salarial, haciéndonos ver que todo lo que viene de Dios es un regalo, un don gratuito, de manera que el trabajo de los hombres y mujeres al servicio de la casa, en la familia y campo, ha de hacerse gratuitamente (conforme al pasaje anterior: Mt 19, 29-30) [2].

Los últimos son los primeros (20, 16).En un sentido nadie tiene ventaja sobre nadie. Pero en otro sentido Mateo ha destacado la importancia de los niños y pequeños (18, 1-14; 19, 13-14) y de aquellos que lo dejan y dan todo a los pobres (19, 16-29). En esa línea se dice que los últimos (los que no se reservan nada) serán los primeros, sentencia con la que empezaba también esta parábola (19, 30), que es una crítica contra los que presumen de mérito ante Dios.

‒ Esta parábola va en contra de una iglesia establecida (de tipo quizá judeo-cristiano), que se opone a que las nuevas iglesias (de paganos o judeo-cristianos con paganos) tengan sus mismos derechos y su misma libertad mesiánica, como si siglos de buen judaísmo no les hubieran dado ninguna ventaja. En contra de eso, el Jesús de Mateo, que ha defendido la autoridad de los niños y pequeños, defiende aquí el derecho y rectitud cristiana de los “trabajadores de la última hora”, que serían, en general, los pagano-cristianos [3].

– Esta parábola va en contra de un sistema salarial impuesto en forma mercantil desde arriba… es decir, desde el amo/dueño de la viña… De todas formas, como seguiré diciendo, a medida que entramos en la parábola descubrimos que el amo no es dueño que paga un salario… sino que en el fondo el amo se identifica con la viña, abriendo en gratuidad un camino de vida (trabajo, futuro) para todos, y para todos en igual (un denario: el pan de cada día para la familia entera, no sólo para el trabajador)

     Esta parábola es propia de Mateo y refleja los problemas de su Iglesia, entre trabajadores de primera (judíos, observantes) y de última hora (gentiles sin experiencia del Dios israelita), poniendo de relieve la igualdad mesiánica de todos. Los lectores de Mateo aprenden así que su denario, a la caída de la tarde, ante el tribunal de Dios no es un salario según ley, sino expresión de un amor gratuito, que deben compartir todos los creyentes.

Esta parábola se vincula así con los demás anteriores del evangelio de Mateo  (venderlo todo y dárselo a los pobres, para crear así una comunidad donde nadie sea dueño o propietario por encima o en contra de los otros). De esa manera queda superada la distinción por origen de unos y otros (judíos, gentiles; de primera o de última hora). Según eso, no debe trabajarse para ganar más, sino para expresar el don de Dios y compartirlo, sabiendo al fin que cada uno ha de recibir lo que necesita, elevando así una crítica frontal contra este.

No es una ley, ni una teoría, sino una parábola abierta a la vida.

IMG_0634Esta parábola de los trabajadores de la viña nos hace salir de un sistema de retribución salarial, que se formula y establece por ley (según el mérito y la aportación de cada uno, dentro de un mercado de trabajo, controlado por los propietarios, dadores de trabajo), para entar en un modelo de gratuidad, donde no hay propietarios y no propietarios, dadores de trabajo y asalariados,  sino espacios de vida compartida, esto es, comunidades de personas libres, donde cada uno aporta lo que puede y recibe lo que necesita para vivir él y su familia (es decir, un denario).

Debemos pasar, según eso, de un tipo de justicia  (¡te pagaré lo justo: to dikaion, Mt 20, 5) a una experiencia de gracia y comunicación personal, donde el “amo” (señor de casa) paga (da) a los últimos lo mismo que a los primeros, gratuitamente, porque es bueno (agathos: Mt 20, 15), y porque los hombres y mujeres lo necesitan para vivir. Esta parábola empieza empleando un lenguaje salarial (pagar lo justo) para superarlo después,¡ (¡no negarlo!), superando de esa forma todos los deberes de unos, todas las ventajas e imposiciones de otros.

 Repito el tema, por si no queda claro: debenis  pasar de un sistema salarial creador de grandes diferencias (que pueden pasar del cien o mil por uno a un sistema igualitario (a todos el mismo salario), de manera que no existan ya salarios, con dadores de trabajo y asalariados, sino experiencias de propiedad, trabajo y salario compartido, donde cada uno  ofrezca al conjunto social y laboral lo que puede y recibe lo que necesita, para sí mismo y para su familia.

El modelo de trabajo y de remuneración en gratuidad, que formula esta parábola, va en contra  de las leyes o costumbres actuales de propiedad y trabajo asalariado, donde lo que importa es la defensa de un tipo de “ dominio» particular de bienes, a unos bienes que son riqueza y fuente de una vida compartida en gratuidad.

  Algo de esto han sabido y querido muchos grupos humanos antiguos, lo mismo que millones de familias y grupos religiosos en los que se comparte en amor la riqueza, el trabajo y el sueldo, en un contexto de comunión personal (cada uno hace lo que puede, a cada uno se le da lo que necesita), no de “talión” salarial (ojo por ojo…). Esto lo han sabido los socialistas utópicos del siglo XIX,  mejor que un tipo miedoso de DSI (Doctrina Social de la Iglesia) centrada en “lo justo” de la primera propuesta del amo en Mt 20, 4  no en el amor del final, superando su propuesta salarial,  porque es bueno” (20, 15).

Mateo empieza a contar esta parábola desde la perspectiva “religiosa” de las primera comunidades cristianas,  y así distingue entre unos judeo-cristianos que vienen trabajando (en línea de evangelio y que, según eso, quieren un salario y mérito mayor, dentro de la iglesia)  y unos pagano-cristianos que han empezado  a trabajar más tarde en la viña de del evangelio, pero al final reciben la misma paga  que los primeros, como si lo que importara fuera (¡y es así!) lo que cada uno necesita por humanidad, y no lo que merece según ley de mercado.

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¿Injusticia o bondad? Marruecos, Libia y la alternativa de Pablo. Domingo 25. Ciclo A

domingo, 24 de septiembre de 2023
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imageA cada uno un denario…

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Una parábola provocadora

Durante el período de formación de los discípulos, tal como lo cuenta el evangelio de Mateo, Jesús parece disfrutar desconcertándolos con sus ideas sobre el matrimonio, la importancia de los niños, la riqueza. Pero el punto culminante del desconcierto lo constituye esta parábola sobre el pago por el trabajo realizado.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.

Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.» Ellos fueron.

Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo.

Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:

― ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?

Le respondieron:

― Nadie nos ha contratado.

Él les dijo:

― Id también vosotros a mi viña.

Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz:

― Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.

Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: 

― Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.

Él replicó a uno de ellos:

― Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

           El protagonista es un terrateniente con capacidad para contratar a gran número de obreros. No es un señorito que se dedica a disfrutar de los productos del campo. Al amanecer ya está levantado, en la plaza del pueblo, contratando por el jornal habitual de la época: un denario. Y tres veces más, a las 9 de la mañana, a las 12, incluso a las 5 de la tarde, vuelve del campo al pueblo en busca de más mano de obra. A estos no les dice cuánto les pagará. Pero les da lo mismo. Algo es algo.

            Hasta ahora todo va bien. Un propietario rico, preocupado por su finca, atento todo el día a que rinda el máximo. Se intuye también un aspecto más positivo y social: le preocupa el paro, el que haya gente que termine el día sin nada que llevar a su casa.

            Pero este personaje tan digno se comporta al final como un cabrón (insulto de base bíblica, usado por el profeta Ezequiel). Al atardecer, cuando llega el momento de pagar, ordena al administrador que no empiece por los primeros, sino por los últimos. Cuando estos, sorprendidos, reciben un denario por una sola hora de trabajo, los demás, especialmente los de las 6 de la mañana, alientan la esperanza de recibir un salario mucho más elevado. Con gran indignación de su parte, reciben lo mismo. Es lógico que protesten.

            ¿Por qué no empezó el propietario por los primeros, los dejó marcharse, y luego pagó a los otros sin que nadie se enterase? ¿Por qué quiso provocar la protesta? Porque sin el escándalo y la indignación no caeríamos en la cuenta de la enseñanza de la parábola.

¿Cabrón o bueno?

Los jornaleros de la primera hora plantean el problema a nivel de justicia. En cambio, el terrateniente lo plantea a nivel de bondad. Él no ha cometido ninguna injusticia, ha pagado lo acordado. Si paga lo mismo a los de la última hora es por bondad, porque sabe que necesitan el denario para vivir, aunque muchos de ellos sean vagos e irresponsables.

¿Quiénes son los de las 6 de la mañana y los de las 5 de la tarde?

           En la comunidad de Mateo, formada por cristianos procedentes del judaísmo y del mundo pagano, predicar que Dios iba a recompensar igual a unos que a otros podía levantar ampollas. El judío se sentía superior a nivel religioso: su compromiso con Dios se remontaba a siglos antes, a Moisés; llevaba el sello de la alianza en su carne, la circuncisión; había cumplido los mandatos y decretos del Señor; no habían faltado un sábado a la sinagoga. ¿Cómo iban a pagarles lo mismo a estos paganos recién convertidos, que habían pasado gran parte de su vida sin preocuparse de Dios ni del prójimo? Usando unas palabras del profeta Daniel, ¿cómo iban a brillar en el firmamento futuro igual que ellos? En este planteamiento se comprende el reproche que les hace el propietario (Dios): vuestro problema no es la justicia sino la envidia, os molesta que yo sea bueno.

            Desde la época de Mateo han pasado veinte siglos; la interpretación anterior ya no resulta actual y podemos sustituirla por otra: los cristianos que han cumplido desde niños la voluntad de Dios, no han faltado un domingo a misa, colaboran en la parroquia, ayudan en Caritas, se enteran de que Dios va a compensarlos a ellos igual que a gente que solo pisa la iglesia para entierros y bodas, y que interpretan la moral de la Iglesia según les convenga. A algunos de ellos puede parecerles una gran injusticia. Dios no lo ve así, porque piensa recompensarles como se merecen. Si da lo mismo a los otros no es por justicia, sino por bondad.

¿No es de hipócritas indignarse?

            Si alguno se sigue indignando con la actitud de Dios, debería preguntarse si es hipócrita o tonto. En el fondo, el que se indigna es porque piensa que lleva trabajando desde las 6 de la mañana, que lo ha hecho todo bien y merece una mayor recompensa de parte de Dios. Si examina detenidamente su vida, quizá advierta que empezó a trabajar a las 11 de la mañana, y que se ha sentado a descansar en cuanto pensaba que el capataz no lo veía. A buen entendedor, pocas palabras.

            En cambio, el que es consciente de haber rendido poco en su vida, de no haberse comportado en muchos momentos como debiera, de haber empezado a trabajar a las 5 de la tarde, se sentirá animado con esta parábola.

Las cinco de la tarde

            Cabe el peligro de interpretar lo anterior como “Dios es muy bueno y podemos dedicarnos a la gran vida”. La invitación a ir a trabajar a las 5 de la tarde, aunque sólo sea una hora, es un toque de atención No se trata de seguir vagueando irresponsablemente. Siempre hay tiempo para echar una mano al propietario de la finca.

            Este es el tema de la 1ª lectura, tomada de Isaías, que usa un lenguaje mucho más severo.

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes

No habla de desocupados sino de malvados y criminales. Pero los exhorta a regresar al Señor, que “tendrá piedad” porque “es rico en perdón”. En el evangelio, con fuerte contraste, no son malvados y criminales los que van en busca de Dios; es el mismo Dios quien sale al encuentro, cuatro veces al día, de todas las personas que necesitan de su ayuda.

            Tanto el evangelio como Isaías coinciden en afirmar, cada uno a su estilo, que los planes y los caminos de Dios son muy distintos y más elevados que los nuestros.

Marruecos, Libia y la alternativa de Pablo (Fil 1,20c.24.27a)

            Igual que el domingo pasado, la segunda lectura no tiene relación con el evangelio, pero sí mucha con la realidad actual de los miles de muertos provocados por el terremoto de Marruecos y las inundaciones en Libia.

Pablo está en la cárcel, y no sabe si saldrá absuelto o lo condenarán a muerte. Para nosotros, la elección sería clara: absolución. Pablo ve las cosas de otro modo: la absolución le permitiría seguir trabajando por sus cristianos y por la extensión del evangelio; pero la muerte le permitiría «estar con Cristo, que es con mucho lo mejor». En esta alternativa, no sabe qué escoger.

            Lo absolverán, y continuará su obra unos años más, hasta que la muerte le permita estar con Cristo. La semana pasada hemos experimentado la muerte con terrible tragedia personal, familiar y social. En medio de tanto sufrimiento, Pablo nos recuerda a los cristianos que la muerte es el paso a disfrutar eternamente de la compañía del Señor.

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24 de septiembre. Domingo XXV del Tiempo Ordinario. Ciclo A

domingo, 24 de septiembre de 2023
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d25

Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”

(Mt 20, 1-16)

Si los dos domingos anteriores teníamos como tema central del Evangelio el tema del perdón, este domingo Mateo nos presenta el tema de la envidia. La envidia no es otra cosa que el dolor y la rabia que nos provoca el bien ajeno.

Es fácil, nos sale casi de forma natural, el conmovernos ante las desgracias ajenas. El dolor de otras personas es capaz de sacar lo mejor de mucha gente.

Pero, tristemente, el bien ajeno, no solo no nos alegra sino que en ocasiones nos pone en contacto con la parte más oscura y sombría del ser humano. Nos parece que nuestro esfuerzo merece mejores recompensas. Y nos llena de envidia ver cómo otras personas reciben más que nosotras; entonces nos sentimos injustamente tratadas. Igual que los jornaleros de la primera hora: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”

He oído muchas veces, a distintas personas, quejarse de que los telediarios dan solamente malas noticias. Pero ¿soportaríamos un telediario de buenas noticias ajenas? Seguramente no, y las televisiones lo saben y cuidan sus audiencias dando aquello que se demanda.

¡Ay, la envidia!, esa fiel compañera que se abre paso en nuestra vida desde nuestra más tierna infancia. Muchas veces se les da lo mismo a dos hermanitos para que ninguno tenga envidia, pero ¿ayuda eso a lidiar con la envidia en la vida?

¿Qué podemos hacer para que el bien ajeno no nos haga profundamente infelices? ¿Cuál es el antídoto que contrarresta los efectos de la envidia? ¡La misericordia!

Si la envidia es mirar con malos ojos el bien ajeno, la misericordia es la capacidad de mirar con buenos ojos incluso la miseria ajena. La misericordia es la manera de ver que tiene Dios. Es mirar con los ojos de Dios que cuando nos mira ve por todas partes hijas e hijos amados.

Si al mirar veo a una persona amada es más fácil que consiga alegrarme con su alegría. Si descubrimos que lo bueno que les pasa a las demás es también un bien para mí viviré con más alegría y menos preocupación.

Al reconocer que el “denario” que recibo por mi trabajo es justamente lo que habíamos acordado de ante mano y por lo mismo es el salario que merece mi esfuerzo, podré contentarme con lo mío. Y podré también ir abriendo camino para que la alegría ajena provoque también mi alegría.

Oración

Danos, Trinidad Santa, una mirada misericordiosa como la tuya. Libéranos de la envidia que nos separa y enfrenta y llénanos de la ternura que une y complementa.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios es justo a su manera, no a la nuestra.

domingo, 24 de septiembre de 2023
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matthew-20DOMINGO 25 (A)

Mt 20,1-16

Cuando se escribió este evangelio, las comunida­des llevaban ya muchos años de rodaje, pero seguían creciendo. Los veteranos, seguramente reclamaban privilegios, porque en un ambiente de inminente final de la historia, los que se incorporaban no iban a tener la oportunidad de trabajar como lo habían hecho ellos. Advierte a los cristianos que no es mérito suyo haber accedido a la fe antes, sino un privilegio que debían agradecer.

Jesús acaba de decir al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga. A continuación, Pedro dice a Jesús: “Pues nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué tendremos?” Jesús le promete cien veces más, pero termina con esa frase enigmática: Hay primeros que serán últimos, y últimos que serán primeros. A continuación, viene el relato de hoy, que repite lo mismo, pero invirtiendo el orden; dando a entender que la frase se ha hecho realidad.

Los tres últimos domingos han desarrollado el mismo tema, pero en una progresión de ideas interesante: el domingo 23 nos hablaba de intentar recuperar al hermano que ha fallado. El 24 nos habló de la necesidad de perdonar sin tener en cuenta la cantidad. Hoy habla de la necesidad de compartir, no con un sentido de justicia humano, sino desde el amor. Todo un proceso de aproximación al amor que Dios manifiesta a cada uno.

Hoy tenemos una mezcla de alegoría y parábola. En la alegoría, cada uno de los elementos significa otra realidad en el plano trascendente. En la parábola, es el conjunto el que nos lanza a otro nivel de realidad a través de una quiebra en el relato. Está claro que la viña hace referencia al pueblo elegido y que el propietario es Dios mismo. Pero también es cierto que, en el relato, hay un punto de inflexión cuando dice: “Al llegar los primeros pensaron que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario”.

Desde la justicia humana, no hay ninguna razón para que el dueño de la viña trate con esa deferencia a los de última hora. Por otra parte, el propietario de la viña actúa desde el amor absoluto, cosa que solo Dios puede hacer. Lo que nos quiere decir la parábola es que una relación de ‘toma y da acá’ con Dios no tiene sentido. El trabajo en la comunidad de los seguidores de Jesús tiene que imitar a ese Dios y ser totalmente desinteresado.

Con esta parábola, Jesús no pretende dar una lección de relaciones laborales. Cualquier referencia a ese campo en la homilía de hoy no tiene sentido. Cualquier sindicato de trabajadores consideraría una injusticia lo que hace el dueño de la viña. Jesús habla de la manera de comportarse Dios con nosotros, que está más allá de toda justicia humana. Que nosotros seamos capaces de imitarle es otro cantar. Desde los valores de justicia que manejamos en nuestra sociedad será imposible entender la parábola.

Hoy todos trabajamos para lograr desigualdades, para tener más que el otro, estar por encima y así marcar diferencias con él. Esto es cierto, no solo respecto a cada individuo, sino también a nivel de pueblos y naciones. Incluso en el ámbito religioso se nos ha inculcado que tenemos que ser mejores que los demás para recibir un premio mayor. Ésta ha sido la filosofía que ha movido la espiritualidad cristiana de todos los tiempos.

La parábola trata de romper los esquemas en los que está basada la sociedad, que se mueve únicamente por el interés. Como dirigida a la comunidad, la parábola pretende unas relaciones humanas que estén más allá de todo interés egoísta de individuo o de grupo. Los Hechos de los Apóstoles nos dan la pista cuando nos dicen: “nadie consideraba suyo propio nada de lo que tenía, sino que lo poseían todo en común”.

Los de primera hora se quejan del trato que reciben los de la última. Se muestra la incapacidad de comprensión de la actitud del dueño. No tienen derecho a exigir, pero les molesta que los últimos reciban lo mismo que ellos. El relato demuestra un conocimiento muy profundo de la psicología humana. La envidia envenena las relaciones humanas hasta tal punto, que a veces prefiero perjudicarme con tal de que el otro no se beneficie.

Lo que está en juego es una manera de entender a Dios completamente original. Tan desconcertante es ese Dios de Jesús, que después de veinte siglos, aún no lo hemos asimilado. Seguimos pensando en un Dios que paga a cada uno según sus obras (el dios del AT). Una de las trabas más fuertes que impiden nuestra vida espiritual es creer que podemos merecer la salvación. El don total y gratuito de Dios es siempre el punto de partida, no algo a conseguir gracias a nuestro esfuerzo. Dios se da a todos siempre.

Podemos ir incluso más allá de la parábola. No existe retribución que valga. Dios da a todos los seres lo mismo, porque se da a sí mismo y no puede partirse. Dios nos paga antes de que trabajemos. Es una manera equivocada de hablar, decir que Dios nos concede esto o aquello. Dios está totalmente disponible a todos. Lo que tome cada uno dependerá solamente de él. Si Dios pudiera darme más y no me lo diera, no sería Dios.

La salvación que Jesús propone no busca cambiar a Dios; como si antes estuviésemos condenados por Dios y después estuviésemos salvados. La salvación de Jesús consistió en manifestarnos el verdadero rostro de Dios y cómo podemos responder a su don total. Jesús vino para que nosotros cambiemos, aceptando su salvación. Esa aceptación de su salvación tendría increíbles consecuencias en nuestra vida espiritual.

Con estas parábolas el evangelio pretende hacer saltar por los aires la idea de un Dios que reparte sus favores según el grado de fidelidad a sus leyes, o peor aún, según su capricho. Por desgracia hemos seguido dando culto a ese dios interesado y que nos interesaba mantener. En realidad, nada tenemos que “esperar” de Dios; ya nos lo ha dado todo desde el principio. Intentemos darnos cuenta de que no hay nada que esperar.

El mensaje de la parábola es evangelio, buena noticia: Dios es para todos igual: amor, don infinito. Los que nos creemos buenos lo veremos como una injusticia; seguimos con la pretensión de aplicar a Dios nuestra manera de hacer justicia. ¿Cómo vamos a aceptar que Dios ame a los malos igual que a nosotros? Debe cambiar nuestra religiosidad que se basa en ser buenos para que Dios nos premie o, por lo menos, para que no nos castigue.

El evangelio nos propone cómo tiene que funcionar la comunidad (el Reino). Lo que Jesús pretende es que despleguemos una vida plenamente humana. Si se pretende esa relación imponiéndola desde el poder, no tendría ningún valor salvífico. Si todos los miembros de una comunidad, sea del tipo que sea, lo asumieran voluntariamente, sería una riqueza increíble, aunque no partiera de un sentido de trascendencia.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Pensar como Dios.

domingo, 24 de septiembre de 2023
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1jesus

Mt 20, 1-16

«Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros que hemos aguantado el peso del día y el bochorno»

La práctica recogida en el texto de hoy era habitual en nuestros pueblos hasta hace muy poco tiempo, y sin duda algo cotidiano en la Palestina de tiempos de Jesús. El hacendado, o su capataz, salía muy temprano a la plaza del pueblo a contratar a los peones que iba a necesitar esa jornada, y el que era elegido se ganaba el sustento, y el que no, se quedaba sin jornal y debía ayunar ese día. El inicio de la parábola relata por tanto un hecho de todos conocido, pero al final (como era su costumbre) Jesús introduce la paradoja, y en la paradoja encontramos el mensaje: los obreros que solo han trabajado una hora reciben el mismo salario que quienes habían estado todo un día soportando el duro trabajo.

Según nuestra mentalidad, los obreros de la primera hora que protestan tienen toda la razón, porque se ha cometido con ellos una injusticia (o como diríamos nosotros, un “agravio comparativo”). No hay derecho a que trabajando diez veces más que los otros, al final reciban lo mismo… Pero según la mentalidad que emana del evangelio, gracias a la “injusticia” del amo, aquellos braceros de última hora podrán dar de cenar a su familia ese día. Todo es cuestión de enfoque; nosotros estamos anclados en el mundo de la justicia, y el evangelio nos propone dar el salto definitivo al mundo del amor. «Tú piensas como los hombres, no como Dios», le dice Jesús a Pedro cuando se siente tentado por él.

Pensar como Dios, pensar desde el amor en lugar de pensar desde la mera justicia. Para Jesús debió ser muy importante recalcar esta forma tan distinta de ver las cosas, porque repite el mensaje en muchas ocasiones a lo largo del evangelio. En la parábola del hijo pródigo, la actitud del hijo mayor es perfectamente razonable, pero volvemos a estar frente a un problema de enfoque. El hijo sólo ve que su hermano «ha devorado la hacienda con rameras», mientras que su padre va mucho más adentro: «Este hermano tuyo estaba perdido y ha sido hallado». Ver el mundo desde la justicia o verlo desde el amor…

En el pasaje de la mujer adúltera, los escribas y fariseos tienen toda la razón. La ley de Moisés manda lapidar a las mujeres sorprendidas en adulterio, y ellos son los encargados de impartir justicia. Lo que no tienen es misericordia; viven en el mundo de la justicia y no son capaces de ir más allá. Jesús, en cambio, vive inmerso en el mundo del amor (piensa como Dios) y se juega la vida para salvar a la mujer: «Yo tampoco te condeno, vete y en adelante no peques más»

Podíamos seguir repasando episodios en los que se hace patente ese choque entre la mentalidad del mundo y la mentalidad de Jesús, pero preferimos finalizar con una frase de Karl Marx (en su etapa más joven y humanista) que creemos que encaja muy bien con esta parábola: «Que cada uno aporte según su capacidad, y reciba según su necesidad».

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aq

Fuente Fe Adulta

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¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? ¿Mercadeo o amor?

domingo, 24 de septiembre de 2023
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vina-1DOMINGO 25º T. O.  (A)

Mt 20,1-16

En el mundo actual las personas, sensibles a la justicia, también lo somos a la retribución. El fruto del trabajo corresponde a los que trabajan. Los esfuerzos por una sociedad más justa se dirigen al reparto equitativo de las retribuciones.

En cualquier país es fundamental el reparto justo de la renta nacional o suma de las rentas percibidas por los habitantes en función de su participación en el proceso productivo. Al mismo tiempo que un grupo reducido de personas se apropian de la mayor parte de la renta nacional, otro gran sector del país no alcanza sino un tanto por ciento mínimo. Los desequilibrios de renta, funcionales, personales o territoriales son escandalosos e injustos; unos pretenden ser superiores al resto de sus conciudadanos. La unidad es el instrumento imprescindible para garantizar la libertad y la igualdad efectiva de derechos de todos los ciudadanos. Como administrados exijamos a los que gestionan el dinero de nuestros impuestos y suscriben deuda en nuestro nombre como Estado, nos informen con veracidad sobre cómo va a afectar a nuestros bolsillos y a la generación siguiente (estimación de 32.000 €/persona), sus decisiones. No todo vale.

En la Escritura también se habla de retribución: Dios recompensa a sus servidores. Pero se distingue la retribución en el tiempo presente y la del final de los tiempos. De hecho, la felicidad y el sufrimiento no corresponden a un comportamiento bueno y a otro malo. Cuando Jesús menciona la retribución de la vida, quiere decir que ya ha comenzado, aunque todavía no en su plenitud.

En ese sentido, la llamada a la conversión que proclama el profeta Isaías (55,6-9) cuenta con la actitud de la persona que da el paso y con la de Dios que hace posible la conversión. La misma llamada es fuerza. Ni la persona se puede convertir sin la fuerza de Dios que le atrae, ni Dios convierte a la persona si ésta no se orienta hacia Él. “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”.

La conversión permanente que el Espíritu-Ruah realiza en cada ser humano tiene que ver con saber rectificar, adaptarse, cambiar de mentalidad…, porque me he dado cuenta que la meta o el camino por el que transito es equivocado, me aleja de mi verdadera humanidad. Eso supone implicarse y atrevernos a rectificar nuestra dirección. Tarea de toda la vida.

A primera vista resulta duro que el Reino de Dios se compare a la situación arbitraria y opresora del mundo laboral de aquella época. Sin embargo, la parábola no justifica esa situación en absoluto, sino que subraya que Dios es el único que puede actuar como Dueño universal. No así el ser humano. El Reino tiene un fundamento inverso al de las sociedades terrenas. Allí no valen las prerrogativas de los poderosos, ávidos de poder, sino las actitudes personales, sean quienes fueren los que las adopten.

La viña hace referencia al pueblo elegido y el propietario es Dios que actúa desde el amor incondicional, cosa que solo puede hacer él. En la comunidad de la que formamos parte, el hecho de ser veteranos/as, tener títulos, proceder de lugares distintos, pensar diferente, ¿nos da derecho a situarnos por encima, socavar nuestro marco de convivencia logrado entre todos, excluir, provocar enfrentamiento, división? “Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario”. Y no sólo establecer diferencias respecto a personas, sino también de pueblos, de autonomías, de países. Todo se mide y se mueve en función de intereses personales para mantenerse en el poder. Un mercadeo propio de los organismos financieros y de los que provocan conflictos económicos, políticos, territoriales (sociales), energéticos e incluso religiosos, que son el caldo de cultivo de las guerras, la pobreza, la división, la impunidad ante la ley, los totalitarismos de cualquier signo.

Lo que la parábola pretende son unas relaciones humanas que estén más allá de intereses egoístas de grupos, de individuos sin escrúpulos carentes de cualquier límite moral o ético. También en lo religioso se nos enseñó a diferenciarnos, consecuencia de ello son los fanatismos, la intolerancia generalizada de las religiones, la división.

De lo que se trata es de compartir con los demás, no con el sentido de justicia mercantilista de nuestra sociedad, sino a semejanza de cómo se desvive Dios con nosotros: desmesura y derroche de bondad, de gratuidad, de verdad, de amor. Es lo que Jesús quiere que entendamos: “lo poseían todo en común y se distribuía a cada uno según su necesidad” (Hch 4,32-35).

No esperemos justicia retributiva del mundo ambicioso e interesado en que nos movemos. El denario de la parábola habita en el corazón humano, va dirigido a quienes están en “el atardecer”: parados, enfermos, inmigrantes, refugiados, empobrecidos, víctimas de cualquier violencia…, también, a nosotros/as mismos/as.

Cuando logremos comprender el valor de ese denario que el propietario de la Viña reparte con generosidad y justicia, “nosotros, los primeros” dejaremos de protestar, de sacar la vara de medir mercantilista, malgastar, mentir, oprimir, despreciar. Solo así seremos capaces de construir fraternidad-sororidad, tolerancia, paz, honestidad, armonía original entre naturaleza, recursos naturales y necesidades humanas; el desarrollo sostenible estará informado por la búsqueda del bien común general, la ética, la verdad, la austeridad, la humildad, la moderación. Afortunadamente, y pese a la gran maquinaria de la opresión a nivel social, global, tan difícil de enfrentar a nivel individual, aún quedan corazones que ofrecen denarios a aquellos que llegan “al atardecer”, porque “quiero darle a este último igual que a ti”. “¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

La recompensa del cristiano es Cristo. Dios mismo es el premio de los justos. Cada uno/a será retribuido de acuerdo con sus obras, según hayamos permitido a nuestro corazón, desbordar de amor a los demás, a nosotros/as mismos. Lo demás, puro mercadeo, puro cinismo.

¡Shalom!

Luisa Paret

Fuente Fe Adulta

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La Sabiduría desconcierta.

domingo, 24 de septiembre de 2023
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IMG_4377Domingo XXV del Tiempo Ordinario

24 septiembre 2023

Mt 20, 1-16

Probablemente, todo aquello que no nos desconcierta no es sabio, sino adaptado a la medida del ego. Este exige, por ejemplo, que se pague a cada cual según las horas que ha trabajado. Por eso, cuando alguien afirma que todos reciben lo mismo, el ego se subleva y, si es religioso, tiene que hacer piruetas para asumir lo que dice el texto evangélico.

Lo que el texto dice, siendo radicalmente desconcertante e incluso desinstalador, es sumamente sencillo: el Fondo de lo real es Bondad (“¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”).

Es desintalador porque cuestiona el porqué de nuestras acciones. ¿Qué nos mueve?, ¿hacemos las cosas por el premio que esperamos conseguir?, ¿está nuestra vida basada en la idea del mérito y la recompensa?…

La parábola viene a decir que el premio no es el “denario”, sino el hecho mismo de estar vivos. Y que, si sabemos ver, todo está siendo ya regalo, aun en medio de desgarros que parecen partir el corazón.

El ego siempre hace las cosas en función de lo que espera conseguir. No es raro que se mueva por el protagonismo, la exigencia, la comparación y -cuando se ve frustrado- por el resentimiento. Ante la propuesta de la sabiduría, que le resulta nueva y sorprendente, suele experimentar incomodidad o malestar, cuando no abierto rechazo.

La sabiduría muestra otra forma de vivir, aquella en la que permitimos que la vida misma se exprese a través de nosotros. Hemos comprendido que no soy quien vive, sino que es la vida la que vive en mí y en todos nosotros. No estoy preguntándome todo el tiempo qué le pido a la vida -o exigiéndole lo que tendría que darme-, sino qué quiere vivir en mí.

Vivir es fluir con la vida. Esto, que la mente asocia con pasividad, es el mayor motor de la acción, a la vez que fuente de creatividad. Porque en la práctica es vivir desde la comprensión de lo que somos y, en consecuencia, desde la gratuidad y el agradecimiento que dice: “no busco el denario; doy gracias por estar vivo”.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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El discípulo de Jesús todo lo vive como gracia, no como pago.

domingo, 24 de septiembre de 2023
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22septiembre2011Del blog de Tomás Muro, La verdad es libre:

01.- La justicia de Dios no es como la de los hombres.

      La parábola del propietario que paga a todos los jornaleros por igual suele causar un cierto escozor en personas religiosas que ven la vida (y el cristianismo) desde la justicia humana y con una cierta envidia que les reconcome interiormente.

      La justicia humana a la que estamos acostumbrados es aquella que dice: dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde o le es debido. En el caso del evangelio dar a cada uno lo que está estipulado. Hemos acordado tu sueldo en mil euros, pues toma los mil euros y vete.

      Puede que esa justicia esté bien “de tejas abajo”, pero no es la justicia de Dios.Vuestros caminos no son mis caminos… Mis caminos son más altos que los vuestros.

      La justicia de Dios no es la justicia humana. Dios no se acomoda a los moldes de la justicia humana. Dios es solamente amor y bondad: Dios infunde su respeto con bondad y perdón. Su amor no tiene fin, (salmo 139).

      Si empleamos el lenguaje de la parábola, Dios no paga  conforme a nuestra justicia, sino conforme a su infinita bondad.

      El Señor es misericordioso con todos, sobre todo con los últimos  y con los pecadores.

La justicia de Dios es Jesús y no se resuelve en el Juzgado de Atocha, ni en la cárcel, ni en el Santo Oficio eclesiástico, sino en el amor.

02.- Alegría de sentirse amado por Dios.

cortes-23septiembre2011Para el cristiano -sea de primera hora o de última- la mayor alegría y gozo es haber sido amado primero y definitivamente por el Señor. Y desde esa perspectiva, el cristiano trabaja y disfruta en la vida con la esperanza de que todos somos acogidos por el Señor, aunque hayamos trabajado poco.

    El discípulo de Jesús no anda exigiendo un sueldo o una retribución mayor. El que es discípulo de Jesús no se siente con mayores derechos. Todo lo experimenta como don: gracia

    ¿Qué otra cosa más gratificante (gratia) existe que sentirnos llamados a la vida y a trabajar en la viña del Señor?

03.- Una nota sobre la envidia

      La envidia es una especie de tristeza por el bien ajeno que se considera como un mal o un agravio para nosotros, en cuanto que rebaja nuestro trabajo, nuestro esfuerzo… Se opone directamente a la caridad, que es gozarpor el bien del prójimo.

      La envidia consiste en entristecerse por el bien ajeno. Es quizá uno de los vicios más estériles. De la envidia no disfruta nadie, ni el que la tiene ni aquel sobre sobre el que recae la envidia.

      La envidia va destruyendo –como la carcoma– al envidioso. No le deja ser feliz, no le deja disfrutar de casi nada, pensando en que el otro quizás disfrute más.

      El envidioso no es infeliz por sus propios males, sino por los bienes ajenos, por el bien hacer de los demás.

      Cuando la envidia anida en nosotros es que nuestro corazón no es noble, porque no somos capaces de aceptar el amor de Dios y en la vida como algo gratuito y hacia todos.

04.- Vivir en gracia. El cristianismo es gratuidad.

rd06diciembreLa vida como el amor, como la bondad, como el cristianismo son gratuitos, un regalo, un don, gracia.

Nuestro Dios nos quiere a todos por igual y “a fondo perdido.

    ¿Cuál es la “ventaja” de los que han trabajado desde primera hora de la mañana? No que el dueño de la viña les vaya a pagar más, o que vayan a tener “un mejor puesto en el cielo”, sino el haber gozado desde el comienzo, desde la mañana de la cercanía de Dios. Los primeros han experimentado desde muy de mañana ser amados por Dios y amar al Señor.

Claro que esto nos puede parecer poco, porque preferimos lo que Dios nos paga a lo que Dios es. Queremos a Dios no por Él mismo, que es amor, sino por la recompensa. Tenemos una visión mercantil de la vida, del evangelio, del sentido de la vida y de Dios: Dios nos interesa porque nos premia, no nos interesa como persona, como intimidad.

Los últimos, (sea en el tiempo, sea incluso en la vida moral) también son hijos amados de Dios porque Dios es amor (1Jn 4,8).

05.- ¿Premio – castigo?

Es un esquema -bastante infantil- que ha funcionado y funciona en las religiones, también en la católica: Dios premia a los buenos y castiga a los malos. [1]

Si eso fuese así, nos sobra toda religión y cristianismo. Si el cristianismo se reduce a informarnos de que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, nos sobra la cristología y la redención.

Para tan poco viaje no hacía falta tanta alforja.

Jesús no piensa en términos de premios y castigos, méritos y horas trabajadas, sino que piensa en términos de gracia: de gratuidad y bondad.

No podemos reducir la gracia a mérito y premio.

De ahí que los trabajadores de la primera hora murmuraban. Es mucha la gente que murmura por este motivo. También ocurrió en la Biblia y ocurre en la vida normal:

  • Jonás se enfada con Dios porque ha perdonado a los ninivitas (Nínive).
  • El hermano mayor se enoja con su padre, porque acoge al hermano perdido.
  • Marta echa en cara a Jesús porque su hermana María se ha decantado por dimensión amorosa de la vida (la mejor parte).
  • No pocos curas se enfadan porque el obispo no les da una parroquia mejor.
  • Los obispos aspiran a una diócesis más importante.
  • Parece que el papa Francisco quiere cambiar un poco las cosas, pero el cardenalato era el pago a la “hoja de servicios” a determinadas personas.
  • Mucha gente se indigna porque no le son reconocidos sus méritos en el trabajo, en la política, cultural, etc.

      Disfrutemos por estar en la mies del Señor y gocemos con su gracia

[1] El Dios de muchos católicos, sobre todo “ultramontanos”,  es muy justo, porque castiga a los malos y a los buenos en cuanto se descuidan.

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El hombre

sábado, 23 de septiembre de 2023
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Del blog Nova Bella:

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Me parece el igual de un dios,

el hombre que frente a ti se sienta…

*

Safo

***

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¡De esa Paz que todos anhelamos y que muy pocos encuentran!

viernes, 22 de septiembre de 2023
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Del blog de Alfonso J.Olaz El Rincón del Peregrino:

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¿Cómo tener paz sin tenerte,

y tenerte para conseguir la paz que no tenemos?

¡De esa Paz que todos anhelamos y que muy pocos encuentran

¿Cómo tener paz sin tenerte

y tenerte para conseguir la paz que no tenemos?

Se parece a una tormenta que no cesa
y en el naufragio de nuestra existencia nos confiamos a luz del farero

Confiarte sin tenerte…

Es…
No sucumbir en las aguas tenebrosas de nuestra vitalidad

Y Creer que nos va a salvar
A pesar de lo más pesado de nuestra vida…
No porque vayamos a ahogarnos
Sino porque creemos.

Aceptando y creyendo que somos
peces de su pesca
y dejarnos coger en sus redes
de oro fino y plata
Sin importar si somos tiburones o peces tontos
Para ser salvados en su tempestad.

Confiarte sin tenerte,
Es…

Sí sobrevivimos como náufragos en su playa,
marcados con la + en su memoria
Náufragos en pecera de Oro
Con la vida del Oro viejo
Verde de esperanza, Azul divino de los Cielos.

Del hombre que náufrago siete veces siete
Siendo hasta setenta veces siete amados y perdonados. (Mt 18, 21-35)

Y así en el camino de la paz
Ser Oración viviente para cambiar el corazón humano
Pidiéndole que no entendemos lo que pedimos y pedimos lo que no entendemos.

Y por Creer, en esto, está ya concedido.
Porque el Corazón del Maestro Pescador, ya lo cambió.

Y en la Oración viviente del que dejó de ser náufrago
al que tanto mal le causó
Y este le perdonó por ser ya probado y predilecto Pescador.

¡Y le rogó que dejara de ser pez! Como él lo fue
Y como así lo quiso, así se hizo.

Y por ser corazón arrepentido-
El Maestro le dio un Corazón de Pescador
Haciéndolo hombre como el Maestro

Del mismo corazón del Maestro Pescador

Para ser Hombre de sus mares
Y arreglar con el Pescador predilecto,

lo que tenía pendiente en el corazón del hombre.

Señor, si ya me reconcilie en mis faltas

con tu Pescador predilecto
Ahora tú perdóname las mías

Para que por ello Crea lo que no veo,

y vea lo que creo y así se haga lo que he pedido,

que ya es posible contigo, Todo.

*

Alfonso Olaz 01.09.2023

***

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“Cuando el Amor está en mí, soy uno con el amor” (Rumí)

miércoles, 20 de septiembre de 2023
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Del blog de Amigos de Thomas Merton:

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«El amor del que hablamos, el que buscamos, cuya voz resuena en la parte más recóndita de nuestro ser, no es un un objeto que puede ser adquirido, una recompensa a nuestros logros, ni un adorno para nuestro espíritu. No es algo que está allí afuera llamándonos y ni siquiera algo aquí adentro que responde. No es una cosa. Es una persona, una realidad que debemos recibir en nuestras vidas, abrazarla y convertirnos en ella.

Recibir el Amor en nuestras vidas es convertirnos en uno con el Amor, es decir, convertirnos en uno con Dios y en Dios ejercitar la unidad del Amor.

 Cuando nos hacemos uno con el Amor, amamos como Dios ama, todo lo que Dios ama, a todos aquellos a quienes Dios ama. Amamos a quienes amamos con el mismo Amor con el que Dios ama.

 No hay otro Amor, ni grados de amor. Sólo hay un Amor en el que nos hemos convertido, que se ha convertido en nosotros«.

*

John Kirvan,
Anhelo De Dios

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***

 

 

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El beneficio de la duda

lunes, 18 de septiembre de 2023
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IMG_2981Hermana Donna McGartland

La publicación de hoy es de la colaboradora invitada Sr. Donna McGartland. Donna es una de las autoras de Love Tenderly: Sacred Stories of Lesbian and Queer Religion publicado por New Ways Ministry.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el 24º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

Una cosa a la que rara vez presto atención durante la Misa es la oración inicial. Hoy es diferente por alguna razón: “Míranos, oh Dios, Creador y gobernante de todas las cosas, y, para que podamos sentir la obra de tu misericordia, concédenos servirte con nuestro corazón”.

Debo admitir que tuve que leerlo un par de veces para asimilar completamente su profundidad. Me ayudó a reformularlo: “Míranos, oh Creador, para que, sirviéndote con el corazón, podamos sentir la obra de Dios. tu misericordia.”

Esta oración tocó algo profundamente en mí. Es al servir a Dios con el corazón (no con las manos ni con la cabeza) que vemos la misericordia de Dios en acción.

¿Cómo servimos a Dios con nuestro corazón? ¡La primera lectura de hoy de Sirach da la respuesta perfecta! No es viviendo con ira y enojo ni buscando venganza. Es viviendo con una actitud de perdón. “Perdona la injusticia de tu prójimo”, escribe el autor. “Acordaos del pacto del Altísimo y pasad por alto las faltas”.

Me gustaría contarles una historia sobre una amiga que falleció el año pasado. Era una monja anciana amada por todos en su parroquia. ¡Conocía a todos por su nombre y era una persona que tenía una capacidad increíble para amar a todos! Ella era el tipo de persona que te hacía sentir especial e importante. Cuando ya no pudo permanecer físicamente en el convento local, la parroquia tuvo una celebración en su honor. Cuando se le preguntó durante el evento qué palabras sabias tenía para ofrecer, ella simplemente respondió: “Siempre da el beneficio de la duda”. ¡Estas sabias palabras fueron su secreto que la liberó para amar a todos por quienes son, sin importar qué!

IMG_0585«Siempre da el beneficio de la duda». Cuando haces eso, no hay necesidad de perdonar porque, en primer lugar, no hubo ninguna ofensa. Al aceptar ese consejo, podemos verdaderamente servir con el corazón y ver la misericordia de Dios obrando a través de él.

Al otorgar conscientemente el “beneficio de la duda”, me siento mucho más libre y menos ofendido cuando hay injusticia. Puedo distanciarme de su acción y ver su realidad de otra manera. No estoy poniendo excusas por las decisiones del otro; Estoy reformulando su acción de tal manera que me doy cuenta de que ni siquiera tienen otra opción porque no son libres dentro de sí mismos.

Las personas LGBTQ+ (incluyéndome a mí), las personas de color, los inmigrantes y muchos otros marginados de la sociedad a menudo se encuentran en el punto de mira de personas enojadas, justas, incluso intolerantes y llenas de odio. Sus acciones no son aceptables, pero eso no tiene por qué quitarme mi libertad interior. En lugar de asumir su odio y permitir que me impacte negativamente, trato de acordarme de darle “el beneficio de la duda” y, cuando lo hago, veo al “otro” como la víctima de tanto odio y dolor. , una víctima que ha absorbido tanto que se ha convertido en su vida. No quiero darles tanto poder. Y en mi cambio de actitud, ¡sé que la misericordia de Dios está obrando a través de mí!

–Sr. Donna McGartland, 17 de septiembre de 2023

Fuente New Ways Ministry

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“Perdonar siempre”. 24 Tiempo ordinario – A (Mateo 18,21-35)

domingo, 17 de septiembre de 2023
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IMG_0519A Mateo se le ve preocupado por corregir los conflictos, disputas y enfrentamientos que pueden surgir en la comunidad de los seguidores de Jesús. Probablemente está escribiendo su evangelio en unos momentos en que, como se dice en su evangelio, «la caridad de la mayoría se está enfriando» (Mateo 24,12).

Por eso concreta con mucho detalle cómo se ha de actuar para extirpar el mal del interior de la comunidad, respetando siempre a las personas, buscando antes que nada «la corrección a solas», acudiendo al diálogo con «testigos», haciendo intervenir a la «comunidad» o separándose de quien puede hacer daño a los seguidores de Jesús.

Todo eso puede ser necesario, pero ¿cómo ha de actuar en concreto la persona ofendida?, ¿Qué ha de hacer el discípulo de Jesús que desea seguir sus pasos y colaborar con él abriendo caminos al reino de Dios, el reino de la misericordia y la justicia para todos?

Mateo no podía olvidar unas palabras de Jesús recogidas por un evangelio anterior al suyo. No eran fáciles de entender, pero reflejaban lo que había en el corazón de Jesús. Aunque hayan pasado veinte siglos, sus seguidores no hemos de rebajar su contenido.

Pedro se acerca a Jesús. Como en otras ocasiones, lo hace representando al grupo de seguidores: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?, ¿hasta siete veces?». Su pregunta no es mezquina, sino enormemente generosa. Le ha escuchado a Jesús sus parábolas sobre la misericordia de Dios. Conoce su capacidad de comprender, disculpar y perdonar. También él está dispuesto a perdonar «muchas veces», pero ¿no hay un límite?

La respuesta de Jesús es contundente: «No te digo siete veces, sino hasta setenta veces siete»: has de perdonar siempre, en todo momento, de manera incondicional. A lo largo de los siglos se ha querido rebajar de muchas maneras lo dicho por Jesús: «perdonar siempre, es perjudicial»; «da alicientes al ofensor»; «hay que exigirle primero arrepentimiento». Todo esto parece muy razonable, pero oculta y desfigura lo que pensaba y vivía Jesús.

Hay que volver a él. En su Iglesia hacen falta hombres y mujeres que estén dispuestos a perdonar como él, introduciendo entre nosotros su gesto de perdón en toda su gratuidad y grandeza. Es lo que mejor hace brillar en la Iglesia el rostro de Cristo.

José Antonio Pagola

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“No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Domingo 17 de septiembre de 2023. Domingo 24º Ordinario

domingo, 17 de septiembre de 2023
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47-ordinarioa24Leído en Koinonia:

Eclesiástico 27,33-28,9: Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas.
Salmo responsorial: 102: El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
Romanos 14,7-9: En la vida y en la muerte somos del Señor.
Mateo 18,21-35: No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete

Tanto en los tiempos de Jesús como en nuestro tiempo el corazón del ser humano está tentado por el odio y la violencia. Cuando hay odio y rencor el sentimiento de venganza hace presa de nuestro corazón. No sólo se hace daño a otros sino que nos hacemos daño a nosotros mismos. Sólo el perdón auténtico, dado y recibido, será la fuerza capaz de transformar el mundo. Y no sólo hablamos de un asunto meramente individual. El odio, la violencia y la venganza como instrumentos para resolver los grandes problemas de la Humanidad está presente también en el corazón del sistema social vigente.

El libro de Ben Sira, compuesto alrededor del siglo segundo antes de la era cristiana, proporciona una serie de orientaciones éticas y morales para garantizar la madurez de la persona y la convivencia social. Estamos ante una obra de profundo contenido teológico. El autor, Ben Sira, señala al pecador como poseedor de la ira y el furor que conduce a la venganza. Y esta venganza se volverá contra el vengativo. Por eso el único camino que queda es el camino del perdón. También aquí aparece la reciprocidad entre perdonar y obtener perdón. No se puede aspirar al perdón por los pecados cometidos si no se está dispuesto a perdonar a los otros. Tener la mirada fija en los mandamientos de la alianza garantiza la comprensión y la tolerancia en la vida comunitaria. Como vemos, ya desde el siglo II A.C. se plantea este tema de profundo sabor evangélico.

El núcleo del pasaje de la carta a los Romanos es proclamar que Jesús es el Señor de vivos y muertos. He aquí una bella síntesis existencial de la vida cristiana. Para el creyente lo fundamental es orientar toda su vida en el horizonte del resucitado. Quien vive en función de Jesús se esforzará por asumir en la vida práctica su mensaje de salvación integral. Amar al prójimo y vivir para el Señor son dos cosas que está íntimamente ligadas. Por lo tanto no se pueden separar. Quién vive para el Señor amará, comprenderá, servirá y perdonará a su prójimo.

En el evangelio, otra vez Pedro salta a la escena para consultar a Jesús sobre temas candentes en el ambiente judío en que crece la comunidad cristiana. Pero la actitud de Pedro es la del discípulo que quiere claridad sobre la propuesta del maestro. No es la actitud arrogante de los Fariseos y Letrados que quieren poner a prueba a Jesús y encontrar un error garrafal que ofenda la ortodoxia judía para tener de qué acusarlo.

Pedro pregunta por el límite del perdón. Pero para Jesús, el perdón no tiene límites, siempre y cuando el arrepentimiento sea sincero y veraz. Para explicar esta realidad, Jesús emplea una parábola. La pregunta del Rey centra el tema de la parábola: ¿no debías haber perdonado como yo te he perdonado?

La comunidad de Mateo debe resolver ese problema porque está afectando su vida. El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, a obrar con los demás según los criterios de Dios y no los del sistema vigente. Como diría el juglar de la fraternidad, Francisco de Asís, “porque es perdonando como soy perdonado”.

En la catequesis tradicional de la Iglesia católica se exigían cinco pasos, quizás demasiado formales, para obtener el perdón de los pecados: «examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, confesarlos todos, y cumplir la penitencia» -así lo expresaba uno de los catecismos clásicos-. De tal manera que el perdón y la reconciliación, si bien son una gracia de Dios, también exigen un camino pedagógico y tangible que ponga de manifiesto el deseo de cambio y un compromiso serio para reparar el mal y evitar el daño.

En muchos países de América Latina, luego de las dictaduras militares de los setenta y ochenta, se dictaron leyes de amnistías, perdón y olvido, «obediencia debida», o «punto final». Los golpistas y sus colaboradores, responsables por decenas de miles de muertos y desaparecidos en cada uno de nuestros países, se autoperdonaron, burlándose de la justicia y de la verdad. Pero sin Verdad y Justicia, las heridas causadas por la represión en muchos hogares y comunidades no han cerrado aún. A pesar de todas las leyes encubridoras, la presión, el silencio, el ocultamiento de pruebas… la Justicia se hace camino. Llega tarde, pero no deja de llegar. El 14 de junio de 2005, en Argentina, el Tribunal Supremo declaró nulas por inconstitucionalidad las leyes de obediencia debida y de punto final. El día siguiente La Corte suprema de México declara «no prescrito» el delito del expresidente Echeverría por genocidio en la matanza de estudiantes de 1971… Pensemos en otros muchos dictadores y golpistas que, a pesar de todo, están ya siendo juzgados dejando que se dé su lugar a la Verdad y a la Justicia. El perdón y la reconciliación es una exigencia inalienable del ser humano, e indetenible. Y es un proceso de reconstrucción, que trata de reconstruir tanto al victimario como a la víctima.

En ese sentido, nuestras comunidades cristianas deben ser espacios propicios y activos a favor de una verdadera reconciliación basada en la Justicia, la Verdad, la misericordia y el perdón. Pero nunca el Evangelio llama a tolerar la impunidad. La Iglesia –o sea, nosotros, los cristianos y cristianas- debemos apoyar los procesos de reconciliación por el camino verdadero: la Verdad y la Justicia, el no a la impunidad, la reconciliación profunda de la sociedad. Así la Iglesia conseguirá el perdón por su silencio cómplice en algunas de sus figuras jerárquicas conniventes. Leer más…

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Dom 24 TO. Mt 18, 21-35. La parábola del perdón… Perdón de Iglesia ¿política de perdón?

domingo, 17 de septiembre de 2023
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IMG_0584Del blog de Xabier Pikaza:

 Esta parábola recoge la experiencia central del evangelio de Mateo:Una ley puramente  “judicial”, impuesta por ejércitos, estados y/o grandes corporaciones del capital/mercado, en forma de justicia de talión, sin amor/perdón, se condena a sí misma y condena a muerte al conjunto de la humanidad

PARABOLA  

18 21 Entonces, se adelantó Pedro y le dijo: Señor ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y le tendré que perdonar? ¿Hasta siete veces? 21   No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete.

 22 Por eso se parece, el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus siervos. 24 Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. 25 Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara. 26 El siervo, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. 27 El señor tuvo lástima de aquel siervo y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

28 Pero, al salir, el siervo aquel encontró a uno de sus consiervos que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: Págame lo que me debes. 29 El consiervo, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré. 30 Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

31 Sus consiervos, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 32 Entonces el señor le llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. 33 ¿No debías tú también compadecerte de tu consiervo, como yo me compadecí de ti? 34 Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

35 Lo mismo hará también con vosotros mi Padre del cielo, si si perdona de corazón a su hermano.

EL TEMA CENTRAL DE LA HISTORIA HUMANA ES EL PERDÓN

– Esta parábola evoca el perdón incondicional del Dios de Jesús, sin límites ni condiciones, por pura gratuidad. No es un perdón para aquellos que pueden devolver lo recibido, sino para todos, por siempre, de manera que se cumpla de esa forma el Padrenuestro, “perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos, Perdónanos de tal manera que nosotros podamos perdonarnos unos a los otros”…

Quien no perdona queda en manos de su destrucción. No es que Dios le juzgue y condene desde fuera, sino que él mismo se juzga y condena, como dice Jesús en lenguaje parabólico. La parábola añade que el «Rey» no perdonará a quien no perdone, sino que le pondrá en manos de verdugos hasta que pague todo lo que debe (pero ese final ha de entenderse de un modo simbólico, pues no hay hombre que pueda pagar desde la cárcel  una deuda tan grande como la que aquí se evoca) [1].

  Esta parábola pudo haber tenido otro encuadre y sentido, pero Mateo la introduce en este contexto de Iglesia, recordando que ella no es una comunidad de perfectos, sino de perdonados que se perdonan, no sólo las ofensas, sino las deudas de dinero, como en el Padrenuestro (¡Mt 6, 12). Pedro ha preguntado (¿cuántas veces debo perdonar…?: 18, 21), y Jesús le responde contándole la parábola de un rey que perdona a su siervo una deuda enorme (diez mil talentos, como unos quinientos millones de dólares), recordándole que él debe perdonar a su vez a sus consiervos [2].

 En la parábola se cruzan y fecundan dos temas: (a)  La gratuidad del rey,

Gran parte del judaísmo sacral de finales del Segundo templo (del 515 aC al 70 dC), funcionaba como una institución de perdón, centrado en el templo de Jerusalén y controlada por los sacerdotes. Los judíos aparecían así como pecadores que pueden y deben ser perdonados, utilizando para ello el medio (legal/sacral) que Dios les había concedido (purificaciones y sacrificios de templo), para mantener el orden existente. Pues bien, Jesús proclama que ese perdón del templo es no sólo insuficiente, como había supuesto Juan Bautista, al enfrentarse con fariseos y saduceos (3, 1-10), sino contrario a la verdad de Dios, que perdona gratuitamente, haciendo que los hombres puedan perdonarse entre sí (cf. Padrenuestro: 6, 9-13), sin necesidad de instituciones de dominio religioso, propias de los sacerdotes aliados a los opresores (Roma, Herodes Antipas).  El perdón que Jesús quiere, ofrece y pide, es personal y social, espiritual y económico, político y eclesial, en un sentido fundante, distinto de otros tipos de perdón interesado:

− El perdón no es indiferencia, sino recuerdo más hondo del Dios Palabra que libera, transforma y recrea la vida de los hombres, desde su amor activo, no para que quede todo como estaba (al servicio de los prepotentes), sino para cambiarlo todo, desde los más pobres, en comunión activa, que se funda y expresa en la ayuda a los niños y pequeños.

El perdón de Dios se hace perdón interhumano. Jesús no ofrece un perdón separado (desde fuera), sino que pide a los hombres que se acojan (se perdonen) unos a los otros, de un modo gratuito y creador, desde los niños y excluidos (los pequeños), que aparecen así como privilegiados de Dios, principio y signo de un perdón que debe ofrecerse a todos.

Este perdón no empieza exigiendo conversión previa a los pecadores (¡que paguen lo que deben!), sino ofreciéndoles el don del Reino, sin obligarles a pagar la deuda (cosa que además sería imposible), como muestra 18, 21-35: Dios perdona a su deudor una suma millonaria, sin condiciones previas, es decir, simplemente por piedad, porque él así lo quiere, superando un tipo de equivalencia legal.

Éste es un perdón que crea perdón, y que lo hace sin más condiciones ni principios que el amor activo del Dios de Jesús, que ha querido que el perdón se extienda, que pueda expresarse y extenderse en forma de comunión de gratuidad. Dios sólo pide a los perdonados que se perdonan entre sí, unos a otros, pues todos aparecen y actúan como sacerdotes de la única comunidad de perdonados, desde los más pequeños, los hermanos de Jesús asesinado, portadores de un perdón gratuito (con Jesús).

 ¿PERDÓN ECLESIAL, PERDÓN POLÍTICO?

El sistema político/económico no conoce perdón, sino, a lo sumo, indulto o amnistía, para provecho propio. Pues bien, en contra de eso, como ha puesto de relieve Hanna  Arendt, la mayor aportación de Jesús al camino de la paz ha sido el fundarla en el perdón. Su paz no nace de la victoria de los fuertes, sino del perdón de los vencidos. Ciertamente, no va en contra de la justicia, pero la trasciende; no proviene de los que vencen y se imponen por ley sobre los otros, sino de aquellos que, siendo vencidos y estando derrotados, responden perdonando [3].

  El riesgo de un perdón interesado.La paz cristiana brota del perdón, pero de un perdón gratuito, que se expresa en forma de proyecto de no-violencia activa, partiendo de las víctimas. Había en el judaísmo de tiempos de Jesús un tipo de perdón que tendía a estar controlado por sacerdotes y políticos, al servicio del sistema. Era el perdón del templo y se expresaba a través de sacrificios rituales, por medio de una especie de «máquina sacral», que culminaba el día de la Gran Expiación (Lev 16), celebrada por sacerdotes y regulada según Ley por los escribas, Por su parte, el perdón de Roma (parcere subiectis, debellare superbos: Virgilio, Eneida 855) estaba al servicio del sistema imperial y político, no de los necesitados. Jesús, en cambio, ha ofrecido su perdón mesiánico, que actúa a través de los que sufren y que busca una nueva humanidad, superando el orden del templo y el sistema del imperio. Para entender su alcance, quiero delimitarlo mejor:

Puede haber un perdón arbitrario y caprichoso, propio de dictadores o autócratas, que muestran su magnanimidad indultando de un modo irracional (sin necesidad de justificaciones) a quienes ellos quieren y castigando también a quienes quieren (sin dar tampoco razones). Así descargan su violencia sobre algunos, para mostrarse soberanos, imponiendo su terror sobre posibles rebeldes o contrarios, y perdonan a otros para decir que son magnánimos y aparecer como benefactores, a través de un gesto arbitrario, que está muy alejado de la justicia racional (y del perdón cristiano). En contra de ese perdón interesado de los autócratas, que es una imposición de su dictadura y un capricho de su prepotencia, Jesús ofrece y promueve un perdón puramente gratuito que no va en contra de la justicia, sino que la desborda y fundamenta. Éste es un perdón que sólo pueden ofrecer las víctimas (los ofendidos y humillados), sin que sean capaces de ofrecerlo en su nombre (en contra de ellos) unos dictadores o sacerdotes pretendidamente superiores.

Puede haber un perdón o amnistía al servicio de una política partidista.Casi todos los vencedores del mundo han decretado amnistías, desde los asirios del siglo VIII a. C. hasta los romanos del tiempo de Jesús o los revolucionarios franceses de finales del XVIII. Suelen ser amnistías políticamente calculadas, para gloria de los soberanos o de los estados que las proclaman, al servicio de su propia estabilidad, como una forma de justificarse. No todos los implicados suelen estar de acuerdo con esas amnistías, ni en el plano legal, ni en el personal, pero se han ofrecido y pueden ofrecerse, sobre todo allí donde el poder resulta lo bastantes sólido como para permitir excepciones en el cumplimiento de la Ley, en circunstancias de fuerte cambio político, que se interpretan como principio de un nuevo régimen social. Este perdón puede ser provechoso, pero que corre el riesgo de situar la oportunidad política (su racionalidad partidista) por encima de la justicia legal [4].

Puede haber un perdón sacral, controlado por los sacerdotes del templo, al servicio del propio sistema, para mantener el orden establecido, como sucedía en Jerusalén, en tiempo de Jesús. También éste es un perdón interesado, propio de los vencedores, al servicio del sistema; es el perdón de los templos y de las grandes instituciones religiosas, entendidas como instancias de control sobre los “pecadores”, como ha podido suceder en la religión de los Incas y en algunas instituciones cristianas. Lo mismo que los anteriores, este perdón sigue estando al servicio del sistema, es decir, de la violencia de los poderosos. En contra de eso, Jesús ha ofrecido el perdón de un modo gratuito, no en contra, sino por encima de la Ley, pidiendo a los ofendidos que perdonen a sus ofensores (¡ellos son los únicos que pueden hacerlo desde Dios!), para abrir de esa manera un camino de reconciliación más alta, superando la violencia.

El perdón sacral del Templo (lo mismo que la amnistía de los grandes imperios) estaba al servicio de un  Dios de los poderoos, que monopolizaban el orden del sistema. Jesús, en cambio, ha ofrecido su perdón (que estrictamente hablando no es suyo, sino de los pobres) de un modo mesiánico, superando el sistema del templo. No es Jesús quien perdona, sino que son ellos, los expulsados y excluidos, los que pueden ofrecer perdón (como representantes de Dios). Ésta es la novedad del evangelio y ella supera todos los sistemas religiosos o sociales donde el perdón está al servicio del orden establecido. El sistema político o religioso no puede perdonar, sino que se limita a buscar su equilibrio o, a lo sumo, procurar una igualdad de ley.

Jesús, un perdón gratuito. Los profetas de Israel identificaban la justicia con la liberación de los oprimidos. Pues bien, siguiendo en esa línea (cf. Lc 4, 18-19, con citas de Isaías), Jesús ha radicalizado y universalizado la experiencia del perdón, ofreciéndolo en nombre de Dios y pidiendo a los hombres que se perdonen entre sí, ellos mismos, desde abajo (y no por obra del templo o del sistema político). Este perdón de los pobres y excluidos de la sociedad, que responden con amor no-violento a la violencia del sistema, es el punto de partida de la paz mesiánica.

El sistema político/religioso necesita un talión (¡a cada uno según su merecido!), controlando el perdón desde arriba. En contra de de eso, Jesús sitúa a los hombres y mujeres ante el don y tarea del perdón, haciéndoles capaces de superar una justicia legal que, cerrada en sí, puede acabar destruyendo a todos. Lo que algunos llaman actualmente justicia infinita (un tipo de Ley particular llevada hasta el extremo) nos deja simplemente en el nivel de la lucha de todos contra todos. En ese sentido podemos añadir, con Pablo, que la justicia de la Ley es insuficiente. Sólo la gracia que perdona a los pecadores es fundamento de paz [5].

Sólo el perdón rompe la espiral de la venganza (un talión que siempre se repite: ojo por ojo, diente por diente) y de esa forma libera al hombre del automatismo de la violencia y permite que su vida se despliegue por encima de una Ley, en la que nada se crea ni destruye, sino que se transforma, permaneciendo siempre idéntico. Sólo el perdón rompe el encerramiento de la pura Ley y nos sitúa en un nivel de gratuidad, donde los hombres pueden vivir y amarse por sí mismos (como valor supremo). El perdón es gracia y sólo así puede superar la violencia del pasado, haciendo que la vida se abra al futuro de la Vida, por encima de sus contradicciones y luchas de poder.

 Perdón, antes de conversión. Sacerdotes y políticos perdonaban a los convertidos, que volvían al redil de la buena Ley. El proceso era claro: los manchados debían limpiar su impureza, los pecadores reparar el pecado, los culpables arrepentirse. La misma Ley que condenaba al pecador le ofrecía un camino de perdón, si se convertía y volvía al orden. Jesús, en cambio, ha empezando perdonando, de un modo gratuito, y sólo después ha pedido a los hombres que se perdonan. De esa forma ha invertido el camino de la Ley: no exige arrepentimiento y expiación para perdonar, sino que empieza perdonando, el arrepentimiento vendrá después.

En este contexto diremos que el perdón tiene que venir de las víctimas. Jesús no ratifica el poder de perdón de los de arriba, sino que pide a los excluidos y pobres que perdonen, en gesto que no es sometimiento (¡encima de haber sido ofendidos deben perdonar a quienes les ofenden!), sino que viene a mostrarse como expresión de la mayor de todas las autoridades Ellos, los oprimidos, son sacerdotes y portadores de perdón, es decir, de un nuevo orden social que no se funda en el dominio de unos sobre otros, ni en la revancha de los sometidos, sino en la gracia creadora, desde abajo, a partir de los marginados y ofendidos. Los pobres son precisamente los que toman la iniciativa y, sin luchar externamente contra los sacerdotes y jerarcas, asumen la autoridad del perdón, sin necesidad de imponerse por la fuerza, ni de tomar el poder externo, sino iniciando una comunidad de iguales.

Evangelio, textos del perdón.Esos textos están en el centro del Sermón de la Montaña y se vinculan a otras dos palabras esenciales de los evangelios (no juzgar, amar a los enemigos). Sólo se puede perdonar allí donde, superando la Ley del talión (el puro juicio legal), hombres y mujeres son capaces de amar de un modo activo, superando la esclavitud del pasado y abriendo un futuro de vida para los mismos enemigos, por encima de la ley. Jesús no ha trazado un programa político para sacerdotes o gobernantes, sino un camino de no-violencia creadora, a partir de las víctimas, trazando un proceso de trasformación humana, que puede influir en las mismas instituciones sociales y sacrales de la sociedad establecida.

Principio. Perdón quiero, no pura justicia:No juzguéis y no seréis juzgados. No condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados” (Lc 6, 37; cf. Mt 7, 1). En un nivel político, la justicia social es buena y necesaria; pero ella tiene que imponerse con violencia, como sabe Pablo en Rom 13, 1-7, pues el juez necesita la ayuda de la espada y de la cárcel (y en algunos países de la silla eléctrica). Pues bien, superando ese plano de violencia legal (políticamente legítima), Jesús pide a sus fieles que se perdonen, que no acudan a la pura ley, ni a la espada.

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“Perdonar de corazón”. Domingo 24. Ciclo A

domingo, 17 de septiembre de 2023
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imageDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El domingo pasado, Jesús hablaba a sus discípulos de la forma de corregirse fraternalmente. Hoy aborda el tema del perdón a nivel individual y personal, que es el que afecta a la inmensa mayoría de las personas.

Argumentos para perdonar (Eclesiástico 27,33-28,9)

La primera lectura está tomada del libro del Eclesiástico, que es el único de todo el Antiguo Testamento cuyo autor conocemos: Jesús ben Sira (siglo II a.C.). Un hombre culto y estudioso, que dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre la recta relación con Dios y con el prójimo. En su obra trata infinidad de temas, generalmente de forma concisa y proverbial, que no se presta a una lectura precipitada. Eso ocurre con la de hoy a propósito del rencor y el perdón.

El punto de partida es desconcertante. La persona rencorosa y vengativa está generalmente convencida de llevar razón, de que su rencor y su odio están justificados. Ben Sira le obliga a olvidarse del enemigo y pensar en sí mismo: “Tú también eres pecador, te sientes pecador en muchos casos, y deseas que Dios te perdone”. Pero este perdón será imposible mientras no perdones la ofensa de tu prójimo, le guardes rencor, no tengas compasión de él. Porque «del vengativo se vengará el Señor».

Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados? 

Si lo anterior no basta para superar el odio y el deseo de venganza, Ben Sira añade dos sugerencias: 1) piensa en el momento de la muerte; ¿te gustaría llegar a él lleno de rencor o con la alegría de haber perdonado? 2) recuerda los mandamientos y la alianza con el Señor, que animan a no enojarse con el prójimo y a perdonarle. [En lenguaje cristiano: piensa en la enseñanza y el ejemplo de Jesús, que mandó amar a los enemigos y murió perdonando a los que lo mataban.]

Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos.

Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error.

Pedro y Lamec

            Lo que dice Ben Sira de forma densa se puede enseñar de forma amena, a través de una historieta. Es lo que hace el evangelio de Mateo en una parábola exclusiva suya (no se encuentra en Marcos ni Lucas).

            El relato empieza con una pregunta de Pedro. Jesús ha dicho a los discípulos lo que deben hacer «cuando un hermano peca» (domingo pasado). Pedro plantea la cuestión de forma más personal: «Si mi hermano peca contra mí», «si mi hermano me ofende». ¿Qué se hace en este caso? Un patriarca anterior al diluvio, Lamec, tenía muy clara la respuesta:

«Por un cardenal mataré a un hombre,

a un joven por una cicatriz.

Si la venganza de Caín valía por siete,

la de Lamec valdrá por setenta y siete» (Génesis 4,23-24).

Pedro sabe que Jesús no es como Lamec. Pero imagina que el perdón tiene un límite, no se puede exagerar. Por eso, dándoselas de generoso, pregunta: «¿Cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Toma a Caín como modelo contrario: si él se vengó siete veces, yo perdono siete veces.

Jesús le indica que debe tomar como modelo contrario a Lamec: si él se vengó setenta y siete veces, perdona tú setenta y siete veces. (La traducción litúrgica, que es la más habitual, dice «setenta veces siete»; pero el texto griego se puede traducir también por setenta y siete, como referencia a Lamec). En cualquier hipótesis, el sentido es claro: no existe límite para el perdón, siempre hay que perdonar.

La parábola

Para justificarlo propone la parábola de los dos deudores. La historia está muy bien construida, con tres escenas: la primera y tercera se desarrollan en la corte, en presencia del rey; la segunda, en la calle.

1ª escena (en la corte): el rey y un deudor. 

Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Se subraya: 1) La enormidad de la deuda; diez mil talentos equivaldrían a 60 millones de denarios, equivalente a 60 millones de jornales. 2) Las duras consecuencias para el deudor, al que venden con toda su familia y posesiones. 3) Su angustia y búsqueda de solución: ten paciencia. 4) La bondad del monarca, que, en vez de esperar con paciencia, le perdona toda la deuda.

2ª escena (en la calle): el deudor perdonado se convierte en acreedor

Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 

Esta escena está construida en fuerte contraste con la anterior. 1) Los protagonistas son dos iguales, no un monarca y un súbdito. 2) La deuda, cien denarios, es ridícula en comparación con los 60 millones. 3) Mientras el rey se limita a exigir, el acreedor se comporta con extrema dureza: «agarrándolo, lo estrangulaba». 4) Cuando escucha la misma petición de paciencia que él ha hecho al rey, en vez de perdonar a su compañero lo mete en la cárcel.

3ª escena (en la corte): los compañeros, el rey y el primer deudor.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Dos detalles: 1) La conducta del deudor-acreedor escandaliza e indigna a sus compañeros, que lo denuncian al rey. Este detalle, que puede pasar desapercibido, es muy importante: a veces, cuando una persona se niega a perdonar, intentamos defenderla; sin embargo, sabiendo lo mucho que a esa persona le ha perdonado Dios, no es tan fácil justificar su postura. 2) La frase clave es: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» 

Con esto Jesús no sólo ofrece una justificación teológica del perdón, sino también el camino que lo facilita. Si consideramos la ofensa ajena como algo que se produce exclusivamente entre otro y yo, siempre encontraré motivos para no perdonar. Pero si inserto esa ofensa en el contexto más amplio de mis relaciones con Dios, de todo lo que le debemos y Él nos ha perdonado, el perdón del prójimo brota como algo natural y espontáneo. Si ni siquiera así se produce el perdón, habrá que recordar las severas palabras finales de la parábola, muy intere­santes porque indican también en qué consis­te perdonar setenta y siete veces: en perdonar de corazón.

La diferencia entre la 1ª lectura y el evangelio

            Ben Sira enfoca el perdón como un requisito esencial para ser perdonados por Dios. La parábola del evangelio nos recuerda lo mucho que Dios nos ha perdonado, que debe ser el motivo para perdonar a los demás.

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