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Jesús, la luz que salva al mundo…

domingo, 11 de marzo de 2018
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En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él…

… Habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

*

(Juan 3,14-21)

***

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Jesús vino ciertamente para padecer, pero su ideal no es la cruz, sino la obediencia, ese modo de vivir la relación con su Padre, testimoniarlo hasta el fondo, sin echarse atrás ante la dificultad ni ante el interrogante más dramático de su vida. El ideal de Jesús es único: la obediencia, una obediencia que no acaba en la muerte, porque quien muere de ese modo sólo puede concluir en la resurrección. La obediencia tiene como contenido el don de sí mismo por nosotros, la donación de Jesús a nosotros. El ideal de Jesús no es el dolor.

¿La cruz de Jesús es una palabra dirigida al dolor humano que, queriendo realizar el ideal del bien, de la justicia, de la virtud, encuentra y padece contradicción? ¿O es también una palabra para el dolor humano en todas sus facetas, para el dolor que nos viene sin buscarlo, sin quererlo, el dolor repentino, el dolor que parece llegar de modo absurdo? La respuesta es única: la cruz del Señor es una palabra para todo el dolor humano. El cristiano no dice: padecemos el dolor, Jesús también lo padeció. Ha aprendido, más bien, a razonar de otro modo. Ha aprendido que la cruz de Jesús es precisamente su dolor, el nombre que se debe dar también al dolor humano. El cristiano mira al crucifijo, ve el dolor de Jesús y dice: este dolor es una palabra para el dolor del hombre, que no puede tener otro nombre que el nombre de la cruz. Si redujésemos la cruz de Jesús a un caso particular de dolor del mundo, no cambiaría nada. Dar un nombre significa la posibilidad de encontrar un sentido. Vivir tiene significado si lleva consigo dolor. La resurrección de Cristo me lo recuerda en cuanto es el éxito de un padecer y morir que no ha puesto en tela de juicio el sentido de la vida.

Esta es la pretensión del cristiano frente al dolor, que él llama cruz: la pretensión de que esta realidad, tan difícil y misteriosa, tenga una posibilidad de sentido .

*

G. Moioli,
La parola della croce,
Viboldone 1987, 51-54, passim.

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“Acercarnos a la luz”. 4 Cuaresma – B (Juan 3,14-21)

domingo, 11 de marzo de 2018
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04_cuar_bPuede parecer una observación excesivamente pesimista, pero lo cierto es que las personas somos capaces de vivir largos años sin tener apenas idea de lo que está sucediendo en nosotros. Podemos seguir viviendo día tras día sin querer ver qué es lo que en verdad mueve nuestra vida y quién es el que dentro de nosotros toma realmente las decisiones.

No es torpeza o falta de inteligencia. Lo que sucede es que, de manera más o menos consciente, intuimos que vernos con más luz nos obligaría a cambiar. Una y otra vez parecen cumplirse en nosotros aquellas palabras de Jesús: «El que obra el mal detesta la luz y la rehúye, porque tiene miedo a que su conducta quede al descubierto». Nos asusta vernos tal como somos. Nos sentimos mal cuando la luz penetra en nuestra vida. Preferimos seguir ciegos, alimentando día a día nuevos engaños e ilusiones.

Lo más grave es que puede llegar un momento en el que, estando ciegos, creamos verlo todo con claridad y realismo. Qué fácil es entonces vivir sin conocerse a sí mismo ni preguntarse nunca: «¿Quién soy yo?». Creer ingenuamente que yo soy esa imagen superficial que tengo de mí mismo, fabricada de recuerdos, experiencias, miedos y deseos.

Qué fácil también creer que la realidad es justamente tal como yo la veo, sin ser consciente de que el mundo exterior que yo veo es, en buena parte, reflejo del mundo interior que vivo y de los deseos e intereses que alimento. Qué fácil también acostumbrarnos a tratar no con personas reales, sino con la imagen o etiqueta que de ellas me he fabricado yo mismo.

Aquel gran escritor que fue Hermann Hesse, en su pequeño libro Mi credo, lleno de sabiduría, escribía: «El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es solo un turbio reflejo de mi voluntad».

Probablemente, a la hora de querer transformar nuestra vida orientando nuestros pasos por caminos más nobles, lo más decisivo no es el esfuerzo por cambiar. Lo primero es abrir los ojos. Preguntarme qué ando buscando en la vida. Ser más consciente de los intereses que mueven mi existencia. Descubrir el motivo último de mi vivir diario.

Podemos tomarnos un tiempo para responder a esta pregunta: ¿por qué huyo tanto de mí mismo y de Dios? ¿Por qué, en definitiva, prefiero vivir engañado sin buscar la luz? Hemos de escuchar las palabras de Jesús: «Aquel que actúa conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que todo lo que hace está inspirado por Dios».

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

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“Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él”. Domingo 11 de marzo de 2018. Domingo cuarto de Cuaresma

domingo, 11 de marzo de 2018
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22-cuaresmaB4 cerezoLeído en Koinonia:

2Crónicas 36,14-16.19-23: La ira y la misericordia del Señor se manifiestan en la deportación y en la liberación del pueblo.
Salmo responsorial: 136: Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.
Efesios 2,4-10: Estando muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo
Juan 3,14-21: Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.

Jn 3,14-21 corresponde a la respuesta que Jesús da a Nicodemo cuando pregunta «¿cómo puede ser eso?», refiriéndose al nuevo nacimiento en el Espíritu. Es también la segunda y última parte del diálogo de Jesús con este “jefe” de los fariseos de Jerusalén.

Nicodemo, cuyo nombre significa “el que vence al pueblo”, aparece varias veces en el evangelio de Juan (3,1-21; 7,50-52; 19,39). No es un cualquiera. Por su filiación religiosa es un fariseo, es decir, un rígido observante de la Ley, considerada como la expresión suprema e indiscutible de la voluntad de Dios para el ser humano. Es el primer rasgo que señala Juan antes del nombre mismo. Nicodemo se define como hombre de la Ley antes que por su misma persona. Juan añade otra precisión sobre el personaje: en la sociedad judía es un “jefe” título que se le aplica particularmente a los miembros del Gran Consejo o Sanedrín, órgano de gobierno de la nación (11,47). En éste, el grupo de los letrados fariseos era el más influyente y dominaba por el miedo a los demás miembros del Consejo (12,42).

Nicodemo habla en plural (3,2: sabemos). Es, pues, una figura representativa. La escena va a describir un diálogo de Jesús con representantes del poder y de la Ley. Nicodemo llama a Jesús “Rabbí” (3,2), término usado comúnmente para los letrados o doctores de la Ley que mostraban al pueblo el camino de Dios. Así es como este fariseo adicto ferviente de la Ley, ve a Jesús. Es extraño, porque hasta el momento, Jesús no ha dado pie para semejante interpretación de su persona. En realidad, Nicodemo está proyectando sobre Jesús la idea farisea de Mesías-maestro, avalado por Dios para interpretar la Ley e instaurar el reinado de Dios enseñando al pueblo la perfecta observancia de la Ley de Moisés. Está lejos de comprender el cambio radical que propone Jesús. Para los fariseos, en la Ley está el porvenir de Israel; para Jesús, el nacimiento en el Espíritu abre el reino de Dios al porvenir humano. El ser humano no puede obtener plenitud y vida por la observancia de una Ley, sino por la capacidad de amar que completa su ser. Sólo con personas dispuestas a entregarse hasta el fin puede construirse la sociedad verdaderamente justa, humana y humanizadora. La Ley no elimina las raíces de la injusticia. Por eso, una sociedad basada sobre la Ley, no sobre el amor, nunca deja de ser opresora, codiciosa, injusta.

La segunda parte del diálogo de Jesús con Nicodemo se centra en el que “bajó del cielo”, sin dejar de ser “del cielo”, “para que todo el que crea tenga vida eterna”. La reflexión de Jesús resalta la relación que hay entre creer y vivir en las obras de la vida eterna, es decir, en el Reino de Dios. “Bajar del cielo” y ser “levantado” es un asunto de amor de Dios. Veamos los énfasis teológicos propuestos por el discurso:

Frente a la centralidad farisaica de la Ley, el evangelio de Juan propone la dinámica liberadora de la fe en Jesús “levantado” (levantado en la cruz, crucificado), como la serpiente que Moisés levantó en el desierto. Creer es la respuesta al inmenso amor de Dios. Es la reciprocidad del amor. Creer no es un concepto, o una doctrina; es un acto de amor, por el que adviene el Reino de Dios. El juicio sobre la humanidad tiene como criterio la fe, como acto de amor recíproco. Nuevamente llegamos a la insistencia de Juan: una humanidad justa y feliz sólo es posible sobre el amor, no sobre la Ley. Ésa es la fe que proclama Juan.

Pablo, después de agradecer el don de la fe (Ef 1,3-14), contrasta y contrapone dos tiempos: el de la muerte y el de la resurrección. El tiempo de la muerte (Ef 2,1-3) corresponde a “delitos y pecados” según el “proceder de este mundo” bajo la dominación de Satanás. Es tiempo de esclavitud e infrahumanidad. De ese tiempo Dios rescata tanto a judíos como a gentiles, por ser “rico en misericordia”, vivificándolos “juntamente con Cristo”, por su resurrección. Sólo la gracia mediante el don de la fe puede “explicar” tal sobreabundancia de amor divino. El tiempo de la resurrección es tiempo de “nueva creación” en Cristo Jesús, lo que se expresa en las “buenas obras” practicadas por quienes han sido vivificadas y vivificados. No es de extrañar que la “medida” de las buenas obras sea como la medida de Dios: el amor. El tiempo de la resurrección es el tiempo de afirmación de la vida en el amor. Para la fe cristiana, la muerte (la esclavitud) no tiene la última palabra. Vivir a plenitud como nuevas criaturas el tiempo de la resurrección es el llamado que Pablo hace a lo largo de esta carta a la Iglesia nacida entre la gentilidad. Leer más…

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11.3.18. Jesús, la serpiente que cura. Reflexión y oración de evangelio

domingo, 11 de marzo de 2018
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96fcb6f2-f5c6-4842-8f7b-fdb75e04e95dDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 4 Cuaresma, ciclo b. Jn 3, 14-21. Este evangelio, que trata de Jesús como serpiente alzada al cielo, para salvar/curar a todos los hombres, superando así el riesgo de juicio y la condena, consta de tres partes, relacionadas entre sí, que empezamos leyendo, para presentarlas y comentarlas después con brevedad, desarrollado al fin la imagen de la serpiente que cura.

Texto
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

1. (Signo del AT) Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

2. (El triunfo del amor) Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

c. Aplicación.

7bc6bb27-24dc-4e71-987e-6c7cf3b31c3b3. (Teología, una reflexión posterior). El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Será bueno dejar que el texto resuene en nuestro interior y nos hable, un texto fuerte, de un fuerte evangelio, con una imagen sorprendente (la serpiente que cura), una afirmación teológica de intenso contenido (¡tanto amó Dios al mundo…!) y una reflexión final sobre el juicio de Dios.

Siga leyendo quien quiera compartir conmigo esta experiencia de lectura del evangelio, en forma de oración y reflexión. Tómese su tiempo, deje que el texto le hable, hable usted mismo con el texto.

PRIMERA PARTE. LA ORACIÓN DE LA SERPIENTE

a. Lectura (Signo del AT) (se lee de nuevo el texto).

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

b. Puntos de meditación

90210d2a-214e-42a9-9401-2b675d50c6bf1. Motivo del AT: Num 21, 4-9. Es un texto clave del AT, lo comentare al final. Las serpientes pican a los hebreos en el desiert… y Moisés manda fundir una serpiente de bronce (el Nejustan), que es una especie de “talismán”, un signo del “Dios serpiente” que cura. Dios parece que mata, pero cura, su “veneno” nos salva. Este signo del veneno de “serpiente que cura” sigue siendo utilizado por las farmacias…

2. Motivos del NT: Jesús elevado en la cruz, como “serpiente que cura”, como muerte que sana. Tema clave: convertir la muerte en vida.

¿Cómo me sana Jesús, cómo me cura? ¿Qué es para mí la cruz, como signo de muerte, como principio de vida… Sólo al aceptar la muerte puedo sanarme… Quizá la serpiente no está fuera, la llevo yo dentro.

Este signo de Jesús como “serpiente” se le muestra a San Ignacio en Manresa, en el agua… y fue para él un principio supremo de oración…

Que Jesús (que se hizo “pecado” por nosotros, como dice San Pablo), nos ayude a superar la serpiente que llevamos dentro, a convertir nuestro veneno en principio de salvación.

SEGUNDA PARTE. LA ORACIÓN DEL AMOR, MÁS ALLÁ DEL JUICIO

Lectura

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Puntos de meditación

1. Comparar este pasaje con el anterior. Ya no está Jesús en la Cruz, como serpiente que puede darnos miedo… sino que viene como “hijo de Dios”, puro amor. El veneno de la serpiente aparece así como puro amor: Dios nos ha regalado todo su ser, nos ha dado a su Hijo.

2. Para que nadie perezca, sino que todos tengan vida eterna… Todo es ahora, gracia, nada es veneno de muerte. Este es el Amor puro, total, absoluto, sin ningún rasgo de miedo. Es Amor de Padre… amor que se hace nuestro (en el Hijo Jesús, nuestro hermano), para que nadie perezca: Mirar a Jesús es saber que estamos salvados.

3. Dios no mandó al Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve…
Esta es una palabra difícil de acoger, difícil de creer… Todavía decimos en el “credo” que vendrá a juzgar y a vivos y muertos… La predicación del juicio (el miedo al juicio) se ha hecho intolerable, una herramienta de opresión psicológica, de manipulación… en este momento tenemos que pasar del juicio a la gracia, conforme a la palabra de Jesús en Mt 7, 1-3: No juzguéis y no seréis juzgados…

Aplicación

¿Cómo acepto estas palabras de la revelación de Jesús a Nicodemo, pasando de la Serpiente de Antiguo Testamento a Jesús crucificado que es puro amor de Dios, puro regalo de vida?

¿Qué significa para mí que “nadie perezca” sino que todos tengan (tengamos) vida eterna…

Si Dios no ha mandado a su hijo para juzgar… sino para salvar… ¿cómo respondo, si Dios no juzga, si no me juzga?

¿Qué podemos hacer con este Dios que no juzga? Muchas veces preferimos a un Dios de mandamientos, de juicios… El puro amor sin juicio nos descoloca, no sabemos qué hacer con él.

¿Cómo puedo responder a ese amor sin juicio? Muchos cristianos, muchos devotos, hemos terminado siendo los que más juzgamos a los demás… Vivimos en una Iglesia que muchas veces parece una especie de “supra-conciencia judicial”, como alguien que cree que puede ir juzgando a todos… Leer más…

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“Amor de Dios y respuesta humana”. 4º domingo de cuaresma. Ciclo B

domingo, 11 de marzo de 2018
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NICODEMO1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Existe una clara relación entre las tres lecturas de este domingo: el amor de Dios. En la primera, provoca la liberación de los judíos desterrados en Babilonia. En la segunda afirma Pablo: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó”. En el evangelio, Juan escribe la famosa frase: “De tal manera amó Dios al mundo que le entregó a su hijo único”. Si leemos los textos más tranquilamente, advertimos algo más profundo: ese amor se manifiesta perdonando en distintas circunstancias y por diversos motivos. Al mismo tiempo, requiere una respuesta de parte nuestra. Es preferible leer los textos en el orden cronológico en que fueron escritos. Por eso dejo para el final la carta a los Efesios.

Perdón para los judíos basado en la fidelidad a la palabra dada. ¿Encontrará respuesta? (2 Crónicas 36, 14-16. 19-23)

En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles, y mancharon la casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio. Los caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años.»

En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia:  “El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él, y suba!”»

La primera lectura nos traslada a Babilonia, en el año 539 a.C., donde los judíos llevan medio siglo deportados. La ciudad cae en manos de Ciro, rey de Persia, y Dios lo mueve a liberarlos. Para justificar el medio siglo de esclavitud, la lectura comienza hablando del pecado de los israelitas, que no se limita a un hecho concreto, se prolonga en una larga historia. A la idolatría e infidelidades del comienzo respondió Dios con paciencia, enviando a sus mensajeros para invitarlos a la conversión. Pero los judíos los despreciaron y se burlaron de ellos. Entonces, la compasión de Dios dio paso a la ira, y los babilonios incendiaron el templo, arrasaron las murallas de Jerusalén, deportaron a la población. Años más tarde, la actitud de Dios cambia de nuevo y mueve a Ciro de Persia a liberar a los judíos. ¿A qué se debe este cambio? De acuerdo con la mentalidad más difundida en el Antiguo Testamento, el pueblo, tras sufrir el castigo, se convierte y Dios lo perdona. Igual que el niño que hace algo malo: su madre le riñe, pide perdón, la madre lo perdona. Sin embargo, en esta primera lectura no aparece la idea del arrepentimiento del pueblo. El único motivo por el que Dios perdona y mueve a Ciro a liberar al pueblo es por ser fiel a lo que había prometido. Volviendo al ejemplo de la madre, como si ella le hubiera dicho al niño: “Hagas lo que hagas, terminaré perdonándote”. Y lo perdona, sin que el niño se arrepienta, para cumplir su palabra. ¿Cómo reaccionan los judíos ante la noticia? El texto no lo dice, pero lo sabemos: unos pocos volvieron a Judá, arriesgándolo todo, sin saber lo que iban a encontrar; otros prefirieron quedarse en Babilonia. (¿Cuántos afro-americanos estarían dispuestos a volver de Estados Unidos a los países de origen de sus antepasados?)

Perdón universal basado en el amor, que puede ser aceptado o rechazado (evangelio)

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

̶  Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno  de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

El evangelio enfoca el tema del amor y perdón de Dios de forma universal. No habla del amor de Dios al pueblo de Israel, sino de su amor a todo el mundo. Pero un amor que no le resulta fácil ni cómodo, en contra de lo que cabría imaginar: le cuesta la muerte de su propio hijo. Además, el evangelio subraya mucho la respuesta humana: ese perdón hay que aceptarlo mediante la fe, reconociendo a Jesús como Hijo de Dios y salvador. Esto lo hemos dicho y oído infinidad de veces, pero quizá no hemos captado que implica un gran acto de humildad, porque obliga a reconocer tres cosas:

  1. a) que soy pecador, algo que nunca resulta agradable;
  2. b) que no puedo salvarme a mí mismo, cosa que choca con nuestro orgullo;
  3. c) que es otro, Jesús, quien me salva; alguien que vivió hace veinte siglos, condenado a muerte por las autoridades políticas y religiosas de su tiempo, y del que muchos piensan hoy día que sólo fue una buena persona o un gran profeta.

Usando la metáfora del evangelio, es como si un potente foco de luz cayese sobre nosotros poniendo al descubierto nuestra debilidad e impotencia. No todos están dispuestos a este triple acto de humildad. Prefieren escapar del foco, mantenerse a oscuras, engañándose a sí mismos como el avestruz que esconde la cabeza en tierra. Pero otros prefieren acudir a la luz, buscando en ella la salvación y un sentido a su vida.

Perdón para los paganos basado en la compasión. Respuesta: fe y buenas obras (carta a los Efesios, 2,4-10)

Hermanos: Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.

La salvación universal de la que habla el evangelio la concreta la carta a los Efesios en una comunidad concreta de origen pagano: la de la ciudad de Éfeso (situada en la actual Turquía). Antes de convertirse, estaban muertos por los pecados, con un agravante: Dios no les había hecho ninguna promesa de salvación, como a los judíos deportados en Babilonia. Sin embargo, los perdona. ¿Por qué motivo? Porque es “rico en misericordia”, “por el gran amor con que nos amó”, “por pura gracia”. Esto es lo que san Pablo llama en otro contexto “el misterio que Dios tuvo escondido durante siglos”: que también los paganos son hijos suyos, tan hijos como los israelitas. Esta prueba del amor de Dios espera una respuesta, que se concreta en la fe y en la práctica de las buenas obras.

Reflexión final

En el contexto de la cuaresma, que se presta a subrayar el aspecto del pecado y del castigo, la liturgia nos recuerda una vez más que nuestra fe se basa en una “buena noticia” (evangelio), la buena noticia del amor de Dios. Nosotros, que somos los herederos de los efesios, de los corintios, de los tesalonicenses, debemos reconocer, como ellos, que todo es don de Dios y no mérito nuestro, y que debemos responder con fe y dedicándonos “a las buenas obras” que él nos ha asignado.

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Cuarto Domingo de Cuaresma. 11 de marzo, 2018

domingo, 11 de marzo de 2018
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cuaresma-iv

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Jn 3, 14-21

¿Cuántas veces leemos en la prensa titulares sacados de contexto y terminamos malinterpretando las noticias? O en lugar de malinterpretarlas no las entendemos y acabamos perdiendo cualquier atisbo de interés.

Reconozcamos que, en ocasiones, eso mismo nos ocurre con el evangelio y llegamos a la conclusión de que no entendemos a Jesús; de hecho, el de hoy lo podemos considerar un tanto “espeso”.

Veamos. Fijándonos solo en esta cita nos encontramos con unas palabras de Jesús, muchas, más bien, pero vamos a ubicarlas en su contexto. Jesús lleva un tiempo en Jerusalén, le acabamos de ver (el domingo pasado) echando del templo a los mercaderes, continúa enseñando y curando. Y una noche, Nicodemo, un principal entre los judíos, va en su busca y entablan una conversación de la que hoy somos partícipes; pero no de todo el diálogo, solo de parte.

Escuchamos a Jesús hablar de varias cosas: de Moisés y la serpiente de bronce, de que Dios entregó a su Hijo único, de no perecer, de condena, luz y tinieblas.

Ahora contemplemos a Nicodemo y pongámonos junto a él, junto a este fariseo y como tal, defensor de la ley. A pesar de estar en plena noche, nos ponemos en camino, en busca de Jesús, de la luz. Reconocemos que viene de Dios, creemos en él. Y entonces lo que escuchamos ahora, desde esta situación, son palabras de amor y vida eterna.

El ser humano quiere, con esas connotaciones de poseer, de interés, de “segundas intenciones” que este verbo puede tener. Pero Dios nos ama, porque sí, sin un motivo en concreto. Y porque nos ama, nos da vida eterna; y eterna es mucha más vida de la que podamos imaginar. Vida de la gozamos hoy, y además, VIDA ante Dios cara a cara de la que gozaremos cuando Él quiera.

Con este plan… ¡¡qué bueno es esto de CREER!!

Oración

Gracias, Trinidad Santa, solamente gracias.

Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Estoy salvado. Nadie tiene que venir a salvarme desde fuera.

domingo, 11 de marzo de 2018
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img_men_2073_2014-4-29_6Jn 3, 14-21

Estamos en el cap. III. Este evangelio es un esquema teológico. Cada capítulo tiene identidad por sí mismo, aunque éste es el que menos unidad interna muestra. El punto de partida es el diálogo con Nicodemo: “te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios”. Nicodemo le responde: eso es imposible. Jesús insiste: “El que no nazca del agua y del espíritu no puede entrar en el Reino de Dios; lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es espíritu”. ¿Cómo puede ser eso? Comienza el discurso que hemos leído.

El domingo pasado, Jesús arremetió contra el culto que se desarrollaba en el templo. Hoy arremete contra la manera de interpretar la Ley que tienen los fariseos. En ambos casos se trata de instituciones antiguas, vacías de contenido, que hay que sustituir. No se trata de una nueva interpretación, (es lo que busca Nicodemo) sino de algo completamente distinto: hay que nacer de nuevo. No debemos pensar en discursos pronunciados por Jesús. Jn pone en boca de Jesús una cristología propia de finales del s. I.

Lo mismo que Moisés levantó la serpiente. Lo que hizo Moisés es recordar al dios egipcio Ranenutet (representado por una serpiente). Su Dios le manda construir la imagen de otro dios. Es imprescindible saber que el dios egipcio era a la vez veneno y antídoto; muerte y vida; opresión y salvación. Al ser  crucificado, Jesús representa a la vez, muerte y vida, humillación y exaltación. Al decir “levantado”, va más allá de una alusión a la serpiente. La cruz es manifestación de la lealtad de Dios. Es la exaltación de Jesús.

Para que todo el que lo haga objeto de su adhesión (crea) tenga Vida definitiva. «Vida definitiva» Denota la calidad de vida propia del estadio definitivo. Traducir por «eterna», empobrece el significado, por insistir solo en la duración y no en la calidad. La consecuencia de “ser levantado en alto”, es alcanzar plenitud de Vida. El Espíritu que nos comunicará será la fuente de verdadera Vida para todos los que le acepten.

Demostró Dios su amor al mundo. El amor se hizo visible en un acto. No se dirige solo a los cristianos, sino al mundo. Jesús es el don de Dios a la humanidad. «Dar a su Hijo» no se refiere, aquí, sólo a la encarnación, sino a la crucifixión. Para Juan, Jesús es enviado al mundo. Para los sinópticos, a Israel. La salvación está destinada a todos. No solo al pueblo elegido, sino a todas las naciones. Se acabaron los privilegios. La Vida del Espíritu se ofrece a todos. Este evangelio se escribió a finales del s. I.

El que le presta adhesión no tendrá sentencia; el que se la niega, ya tiene la sentencia. No hay lugar para la indiferen­cia. La sentencia negativa o positiva, no es consecuencia de un acto de Dios. Es el resultado de una actitud por parte del hombre. Si comprendiéramos bien este versículo, cambiaría todo el modo de entender la moral. Desde la visión farisaica (y la nuestra), Dios juzgaba a los hombres después de ver sus acciones. Si eran conforme a la Ley, los salvaba, si eran contrarias a la Ley, los condenaba. Dios es justicia. Todo está siempre en equilibrio. Cada acto del hombre, le coloca en su sitio.

Los hombres han preferido las tinieblas a la luz. «Su modo de obrar» denota el proceder habitual, no un acto puntual.   En el prólogo se nos había dicho: «y la Vida era la luz de los hombres». No es la luz la que da Vida (como maestro), sino al revés: es la Vida la que te iluminará. Sin Vida no se puede aceptar la luz. La falta de Vida lleva consigo el rechazo de la luz. Mantener una relación con Dios desde la Ley, desde lo externo, sin Vida, es mantener la relación de injusticia en que están los dirigentes religiosos. El que oprime al hombre no puede aceptar la luz. La adhesión a Jesús exige salir de la situación de opresión.

El que obra con bajeza…  El que practica la lealtad. «Obra con bajeza (practicar lo malo), se opone a “practicar la lealtad”. «Hacer la verdad» es un semitismo que utiliza Juan, y lo opuesto es «hacer la falsedad». El que es cómplice de la muerte no aguanta la Vida. La considera como una agresión. No se eligen las tinieblas por el valor que puedan tener en sí, sino por odio a la luz. No son las doctrinas (luz) las que separan de Dios, sino la conduc­ta (Vida). Quién con su modo de obrar daña al hombre, se opone al amor-vida. Rechazando la luz, cree poder continuar haciendo el mal sin ser descubierto.

Practicar la lealtad es lo contrario de obrar con bajeza. Equivale a hacer lo que es bueno para el hombre. Al emplear «lealtad» nos está diciendo que el amor no es algo teórico, sino práctico. La Vida es anterior a la luz. El acercamiento a la luz, se hace por amor a la luz, no para que se vean las obras. Las que son «realizadas en unión con Dios» no son obras hechas según Dios, sino algo más: Obras en las que, con la actividad del hombre, se ve la de Dios revelando su gloria-amor. Creer va unido a las obras buenas. La incredulidad acompaña a las malas.

En el trozo del discurso que acabamos de analizar nos encontramos con los aspectos más originales de la salvación ofrecida por Jesús según este evangelio: 1) La salvación es Vida. 2) Viene de Dios que es VIDA. 3) Es don gratuito e incondicional. 4) Es absoluto, no una alternativa a la condenación. 5) Exige la adhesión a Jesús. 6) Se manifiestas en las obras. Cada uno de estos puntos nos tendría que advertir de los errores en que caemos a la hora de hablar de esa salvación. Tendemos a esperar de Dios una salvación raquítica.

Hablar de salvación, es plantearse el sentido último de la vida. Sería desplegar las más elevadas posibilidades humanas. El término “salvación” tiene connotación negativa y eso es muy peligroso a la hora de entender el evangelio. El pensar en la salvación en términos negativos ha paralizado nuestro desarrollo. Hemos creído que, si elimino el pecado, estoy salvado. Salvarse no es evitar la condenación. La salvación es siempre positiva; sería llevarnos a una plenitud de ser, llevando al límite las posibilidades de nuestro verdadero ser.

La salvación no me viene de fuera. La salvación surge de lo hondo de mi ser. Desde ahí, Dios presencia y posibilita mi plenitud. Hay que tener muy claro que me salva totalmente Dios y me salvo totalmente yo. La acción de Dios y la del hombre, ni se suman, ni se restan, ni se interfieren, porque son de naturaleza distinta. «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti» (Agustín). Todo lo que depende de Dios ya está hecho. Mi salvación depende solo de mí.

La conciencia que tenemos de que Dios puede no salvarme, es prueba de que esperamos una salvación equivocada. Queremos que Dios nos libere del sufrimiento, la enfermedad, la muerte… Todo eso forma parte de nuestra condición de criaturas y es inherente a nuestro ser. Ni siquiera Dios puede hacer que sigamos siendo criaturas sin limitacio­nes. Buscar la salvación por ahí es un error garrafal. La salvación tiene que realizarse a pesar de mis limitaciones.

La salvación no es cambiar lo que soy ni añadir nada a lo que ya soy. Es una toma de conciencia de lo que en realidad soy, y vivir en esa conciencia. Es descubrir el tesoro que está escondido dentro de mí y disfrutar de él. “La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo”. Se trata de conocer.

Meditación

Hay que nacer de nuevo.
Somos fruto de la evolución de la carne.
Yo no he nacido como ser espiritual.
Tengo la capacidad de llegar a serlo,
pero debo desplegar esa capacidad que se me ha dado.
Si no la despliego, me quedaré en la carne.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Amanecer en Puerta Oscura.

domingo, 11 de marzo de 2018
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jesus-y-nicodemoJesús, primero nos revela la fuente de la vida, y después nos habilita para adentrarnos en ella (Shelby Spong)

15 de marzo, domingo IV de Cuaresma

Jn 3, 14-21

-Como Moisés en el desierto levantó la serpiente, así ha de ser levantado este Hombre, para que quien crea en él tenga vida eterna

Moisés ha enarbolado en el desierto la serpiente de bronce que sana a quienes, heridos, la contemplan (Números 21, 9). Para Juan es la prefiguración del Hombre que salva la Humanidad. En la ópera Fedora de Umberto Giordano, la protagonista canta un aria –Ed ecco il suo ritratto– en la que podemos intuir la figura salvadora de Jesús, con sólo mirar sus grandes ojos brillantes de lealtad y su amplia frente que piensa en mí.

En el segundo acto, el conde ruso Loris Ipanov, en el aria más breve de la Historia de la Ópera, nos le identifica en este caso con su amante cuando dice de él que el amor le prohibe no amar, que su dulce mano busca apretar la nuestra, y que sus ojos dicen que nos ama.

Volviendo a la protagonista podríamos entonces repetir con ella, inmersos ya en las profundidades del Jesús universal, lo de «respiro aquí el efluvio de sus dulces pensamientos; escucho aquí las llamadas de sus labios fieles… ¡Ah! Siento que aquí comienza otra vida para mí.

Jesús, primero nos revela la fuente de la vida, y después nos habilita para adentrarnos en ella, nos dice John Shelby Spong en Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo. Aunque con frecuencia el hombre es ajeno a estas revelaciones. La fuente de la vida parece entonces cegada, y la Humanidad Amanece en Puerta Oscura. Como en la historia de Anne y Georges narrada por Michael Haneke –Amour, Palma de Oro en el Festival de Cannes, 1912- la pantalla se queda  completamente en negro a veces, y a veces en imagen fija, en total silencio de música y palabra.

La pantalla en negro unos cuantos segundos -y a veces la imagen fija- en total silencio de música y palabra. Segundos en los que de repente todo se oscurece. Es «como si la luz del exterior pudiera apagarse con un interruptor», como le sucedió a Eugen, el protagonista de la reciente novela –Contra la juventud, febrero 2015- de Pablo D’Ors. Y una vez más el hombre sólo ante el misterio.

En esa soledad y silencio crece. Y es quizás el momento de poner en marcha el alternador personal que carga, con su energía mecánica, todas nuestras baterías interiores. El hombre ha de valerse por sí mismo. Se libera la fuente de la vida, y las palabras de Juan han cambiado de sentido quedando clavadas en el desierto del AT para memoria de otros tiempos.

La súplica del poeta galés y pastor anglicano Ronald Stuart Thomas (1913-2000) nos muestra cómo darle luz y sentido a esa Noche Oscura del Alma –a ese Amanecer en Puerta Oscura- imprescindibles ambas para «salir de la adolescencia de la naturaleza» y caminar «hacia la adulta geometría de la mente».

-«Yo no rezo como en los viejos tiempos, Dios.
Mi vida no es ya lo que era…
Otrora hubiera pedido que me curaras…
Ahora voy al médico.
Me hubiera arrodillado en largo rato, luchando contigo, desgastándote.
Escucha mi oración,
Señor, escucha mi oración….como si fueras un sordo. Miríadas
De mortales han mantenido su estridente llanto,
Explicando tu silencio con su incapacidad.

Comienza a parecerme que la oración no es eso.
Es la aniquilación de las diferencias,
la conciencia de mi mismo en ti, de ti en mí;
el salir de la adolescencia de la naturaleza
hacia la adulta geometría de la mente…
Por circular que sea nuestro camino
no conduce de nuevo a ese jardín encantado por la serpiente
si no hacia delante, a la alta ciudad
de cristal que es el laboratorio del espíritu»

(R. S. Thomas)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Luz en la noche

domingo, 11 de marzo de 2018
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nicodemo(Jn 3,14-21)

Fue a él de noche.

Nicodemo no quería ser visto. No le convenía. Su buena fama como maestro fariseo podía venirse abajo si la gente se enteraba de que iba al encuentro de Jesús, el agitador que había revolucionado Jerusalén con su presencia.

En realidad, la noche no sólo era el escenario que le envolvía. Nicodemo necesitaba luz ante la oscuridad que le habitaba. Sus dudas sobre quién era Jesús iban creciendo en la medida que éste realizaba signos en medio del pueblo. Con sus palabras y acciones, Jesús había puesto en cuestión las verdades más hondas de Nicodemo, aquellas certezas que le habían configurado, aquellos pilares sobre los que había asentado, hasta entonces, su vida y su enseñanza de la Ley.

Quizás, si no hubiera sido de noche, Nicodemo no se habría puesto en camino. Nos asustan las dudas, los interrogantes, las dificultades que hallamos para entender lo que sucede a nuestro alrededor y, a veces, en nuestro propio interior. Pero ¡bendita noche que nos inquieta y saca de nuestra anestésica comodidad! Bendita noche que nos lleva a preguntarnos los porqués y los cómos y pone en cuestión nuestra vida.

Por eso el maestro busca al Maestro. El hombre al Hombre. Y éste le habla de nacer de nuevo, de nacer del Espíritu. “¿Cómo puede ser esto?”, pregunta Nicodemo. Y Jesús, basándose en las Escrituras, en aquello en lo que Nicodemo era especialista, le resitúa en su camino de fe.

Desde el relato, narrado en Números, en el que Moisés eleva una serpiente de bronce sobre un madero para que los israelitas se sanen al mirarla, Jesús le recuerda al maestro fariseo la verdad más absoluta: que Dios nos ama hasta extremos inconcebibles, que desea que todos tengamos vida eterna, es decir, vida definitiva, plena, feliz… Dios nos ama de tal manera que llega hasta el límite, hasta la encarnación, hasta entregársenos en su Hijo Unigénito.

Jesús, conocedor de nuestra humanidad, confirma a Nicodemo la existencia de la noche, la suya y la del mundo. Le habla de oscuridades, de la ceguera que nos lleva, a veces, a amar más la tiniebla que la luz, del mal que provoca infelicidad.

Pero reaviva su memoria para que Nicodemo no se quede ahí: “Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él”. Jesús le ofrece palabras de vida que le recuerdan la posibilidad de elegir el bien, de obrar la verdad, de ir hacia la luz.

Y así, en medio de la noche, Nicodemo recupera la luz. Porque Jesús es la luz. El Amor es la luz.

Fue a él de noche.

Y en él encontró la luz.

Una luz tan intensa que le sacó de su oscuridad haciendo posible, incluso, que al final de la vida de Jesús, fuera Nicodemo quien abrazara su cadáver para envolverlo en lienzos y perfumes. El maestro dando testimonio público de su amor al Maestro. El hombre haciéndonos fijar nuestra mirada en el Hombre, alzado en la Cruz, para que en él hallemos la Luz.

Inma Eibe, ccv

 Fuente Fe Adulta

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Luces y sombras.

domingo, 11 de marzo de 2018
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cieco-guaritoDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Toda biografía humana y la historia están tejidas entre luces y sombras.

1. LUCES Y SOMBRAS.

o San Pablo evoca las situación de ceguera en la que hemos nacido y, en ocasiones, hemos podido vivir o vivimos: «en otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz … caminad como hijos de la luz».

o El relato de la curación del ciego de nacimiento sirve a San Juan para presentar a Cristo como Luz: YO SOY LA LUZ.

El cp 8 es el relato en el que quieren apedrear a aquella mujer en el atrio del Templo. YO NO TE CONDENO, es la actitud de Jesús. Y ese capítulo termina mostrando a Jesús saliendo de estampida del templo porque estaban “cogiendo piedras para tirárselas a Él”; las piedras se vuelven contra Jesús. (Jn 8,59).

El cp 9 de Juan relata la curación en el Templo del ciego de nacimiento. El Templo ni es luz, ni salva. Yo soy la luz del mundo.

2. SITUACIONES DE CEGUERA.

El ciego de nacimiento -como otros personajes en el evangelio de Juan – son exponentes de la situación del pueblo y también de cada uno de nosotros.

Aquel hombre nació en un contexto, en un pueblo y en una cultura de ceguera, en una situación cultural y religiosa de oscuridad y tinieblas. Ni tan siquiera conoció la luz.

Jesús ve al que no ve, a los que no vemos e ilumina nuestra existencia.

¿No será también nuestro caso?

Probablemente hemos nacido en un contexto de ceguera:

o Quizás personalmente vivimos a oscuras: vivimos lejos de la luz…

o Curiosamente en la Europa del “Siglo de las luces, de la Ilustración”, estamos a oscuras.

o Los criterios y esquemas de vida en los que vivimos, tampoco es que iluminen mucho la vida, sobre todo en lo que hace referencia a las grandes cuestiones de la vida.

o Tal vez estamos en tinieblas culturales anunciada por Nietzsche. Dios ha muerto y estamos condenados a vagar errantes por la noche existencia.

o Por otra parte: ¡Qué diferencia hay entre la mirada de Jesús y la mirada de los eclesiásticos! Cuando Jesús nos mira, como al ciego, nos ilumina, nos quiere, nos perdona , nos rehabilita, nos hace ser personas, SOY YO, somos personas como Cristo. Cuando nos miran los eclesiásticos: “nos han pillado”, nos juzgan, nos condenan. Jesús nos ve, Él es la luz, nos ve en nuestras situaciones y las ilumina, no las condena.

o En el texto de hoy se repite muchas veces la expresión: nacer: (vv 1.2.19.20.32.34). Nacemos ciegos. De un modo gráfico: el “ordenador de esta sociedad” por defecto produce ciegos. El encuentro con Cristo, ilumina nuestras vidas y nuestras noches y nos hace renacer, como Nicodemo.

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3. YO SOY LA LUZ DEL MUNDO.

o Ante la situación de tinieblas, Jesús se presenta como la luz: YO SOY LA LUZ del mundo.

o Necesitamos ver para vivir. Ver el sentido, el horizonte de la existencia; ver cómo encauzar nuestra vida en las diversas etapas y situaciones; ver las opciones que hemos de tomar: vocación religiosa, matrimonial, estudios, etc. ¡Señor que vea, pedía al Señor aquel ciego del evangelio!

o Podemos preguntarnos ¿qué luz ilumina nuestras vidas? ¿Dónde tratamos de encontrar la luz?

o No estaría de más que revisáramos qué medios de comunicación leemos, en manos de qué fuentes de información ponemos nuestro pensamiento. Las tertulias radiofónicas, de las infinitas páginas de Internet se han convertido en el Sinaí del siglo XXI. Parece que Internet es el Oráculo de Delfos o de Yahvé

o Estaría bien iluminar nuestros días con unos minutos de lectura o de silencio: la Biblia, algún libro que diga realmente algo, quizás nos acercaríamos a la luz de Cristo, ¿Cristo es nuestra luz?

o Bueno es trabajar por hacer un poco de luz: en nosotros mismos, en nuestra familia, en la cultura: ikastolas, colegios, universidad, en la vida socio-política, en la misma Iglesia. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día.

4. V 6 JESÚS ESCUPIÓ EN TIERRA, HIZO BARRO CON LA SALIVA, LE UNTÓ LOS OJOS AL CIEGO. (¡ERA SÁBADO!, V 13)

o Es evidente que el barro material en modo alguno mejora la vista, más bien la empeorará.

o Una de las claves para leer el evangelio de San Juan es que está escrito teniendo como plantilla o telón de fondo, el AT. El Génesis comienza diciendo que «en el principio existía el caos», San Juan comienza su evangelio diciendo: «En el principio existía la Palabra y la palabra era LUZ y VIDA”.

o Ante el ciego Jesús repite los símbolos de la creación: toma barro y le infunde algo muy íntimo suyo, su energía, su espíritu, simbolizado en la saliva y surge de sus manos un nuevo ser humano. estamos ante una nueva creación, es una nueva vida. Cristo crea una nueva humanidad. Isaías 64,7 oraba diciendo: «Señor, tú eres nuestro padre, nosotros somos barro y tú el alfarero: somos obra de tu mano».

o Un detalle que no pasa desapercibido es que Jesús, una vez más, cura en sábado, lo cual estaba perfectamente prohibido por la ley, (¿pecado mortal?). Suena fuerte, pero la mirada de Jesús se dirige a la debilidad y necesidad del ser humano, no se queda en el Código de Derecho Canónico.

o Hagamos luz en la vida también en sábado, incluso cuando discrepemos o nos encontremos con personas que discrepan con la ley, o viven en tensión con la jerarquía. Se nos está olvidando, se quiere olvidar, que muchas veces hay encuentros “a lo “Nicodemo”, estilos de celebraciones, conversaciones con “personas fronterizas”, que distan mucho de la rigidez y superortodoxia legal. A veces da la impresión de que el mundo eclesiástico es como Iberdrola, que solamente da luz al que la paga legalmente: ley; al que no “paga” le corta la corriente… Gracias a Dios las cosas no son así, porque Dios hace salir el sol para todos, incluidos -sobre todo- los que vivimos en noches oscuras. Que no se nos olvide lo que es la tolerancia, el respeto, la ayuda, dar un consejo, ayudar a encontrar el camino o una salida. ¿Dónde está y cómo hacer llegar la luz al mundo de los divorciados, los alejados y decepcionados por lo eclesiástico, de los enfermos, de los depresivos?

JN 9,34 LE EXPULSARON DEL TEMPLO

o El que había sido ciego es ahora el único que ve y lo echan. Extrañamente al que ve, le expulsan del sistema eclesiástico del templo. Es la ironía de Juan.

o Es triste cuando se oye que a H. Küng le expulsaron, al Padre J. Masiá le expulsaron, a José Mª Diez Alegría, a Gustavo Gutiérrez y la Teología de la Liberación los expulsaron, al Padre Dupuis le expulsaron, a Pagola lo quiso expulsar el sector más reaccionario de la Iglesia, a los profesores de los seminarios se les expulsa y tantos otros. Los templos y los sistemas religiosos pueden terminar siendo cotos cerrados, feudos, cortijos donde no interesa la luz.

Gracias a Dios estamos en otro momento eclesial, en el del obispo de Roma: Francisco, no se ha expulsado a nadie. Durante el tiempo que Francisco es papa no se ha juzgado a ningún teólogo.

Por cierto que habría que tener un poco más de luz, “tener luces en la vida” para acercarse con alguna delicadeza y finura cultural y espiritual a líneas de pensamiento y movimientos culturales. Es una brutalidad decir que en el feminismo ha entrado el diablo. En el feminismo como en todo movimiento humano habrá -hay- personas sensatas y de buena voluntad, quizás haya también radicalismos, pero no es hacer luz emitir una condena y demonizar una corriente de pensamiento.

SER Y ESTAR CON CRISTO.

img-phpJesús acoge al ex-ciego cuando lo echan del Templo.

Todo el Evangelio de Juan es un continuo “Yo soy”: la luz, el pan de vida, el agua de vida, el buen pastor, el camino, la verdad, yo soy rey, etc.

San Juan compone así su evangelio porque eclesiásticamente las cosas habían ido muy mal. Cuando lo eclesiástico, el Templo, expulsa, condena, excomulga, nos hace bien y es inmensamente consolador SER CON CRISTO, como el que había sido ciego: SOY YO.

¿Me encuentro en el Templo o lejos o fuera, en las periferias de los humildes: Francisco?

VV 8. ¿NO ES ÉSTE EL QUE SE SENTABA PARA MENDIGAR? V 9. UNOS DECÍAN: «ES ÉL». «NO, DECÍAN OTROS, PERO SE LE PARECE.» PERO ÉL DECÍA: «SOY YO.»

o El hombre, ciego hasta ahora, mendigaba. Era un personaje marginal. El encuentro con Cristo rehabilita para la vida. Vuelve a ser una persona en la convivencia.

o “Los del Templo” piensan que todo lo que sale de sus parámetros ya “no es de Dios”, no puede venir de Dios. Un hombre que cura en sábado no es de Dios. Aquel hombre que había recuperado la vista, no podía ser el mismo. Pues sí, era “el mismo”, y gracias a Jesús no era “lo mismo”, ahora veía.

camino1o SOY YO. Todo el que se acerca al “Yo soy” (Cristo), termina siendo: “soy yo”, es decir, participa del mismo ser, de la misma vida de Cristo. El que se acerca a Cristo, termina siendo como Él, Yo soy.

o Vivir desde Cristo supone ver y supone dignidad en la vida

En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz … caminad como hijos de la luz». Despiértate tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz. (Efesios 5, 8.14).

Lc 18,41 SEÑOR, QUE VEA.

En la curación del ciego de Jericó, Jesús se acerca a aquel hombre y le dice: ¿Qué puedo hacer por ti? El ciego le pide: Señor, que vea.

También nosotros podemos pedirle al Señor: que veamos en la vida. En medio de los problemas, de las crisis y noches de la vida: Señor que veamos.

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Pequeños ante Dios.

viernes, 9 de marzo de 2018
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La ley de Cristo sólo puede vivirse por corazones mansos y humildes. Cualquiera que sean sus dones personales y su puesto en la sociedad, sus funciones o sus bienes, su clase o su raza, los cristianos permanecen como personas humildes: pequeños.

Pequeños ante Dios, porque son creados por él y de él dependen. Cualquiera que sea el camino de la vida o de sus bienes, Dios está en el origen y fin de toda cosa. Mansos como niños y débiles y amantes, cercanos al Padre fuerte y amante. Pequeños porque están ante Dios, porque saben pocas cosas, porque son limitados en conocimiento y amor, porque son capaces de muy poco. No discuten la voluntad de Dios en los acontecimientos que suceden ni lo que Cristo ha mandado hacer: en tales acontecimientos, sólo cumplen la voluntad de Dios.

Pequeños ante los hombres. Pequeños, no importantes, no superhombres: sin privilegios, sin derechos, sin posesiones, sin superioridad. Mansos, porque son tiernamente respetuosos con lo creado por Dios y está maltratado o lesionado por la violencia. Mansos, porque ellos mismos son víctimas del mal y están contaminados por el mal. Todos tienen la vocación de perdonados, no de inocentes. El cristiano es lanzado a la lucha. No tiene privilegios. No tiene derechos. Tiene el deber de luchar contra la desdicha, consecuencia del mal. Por esta razón, sólo dispone de un arma: su fe. Fe que debe proclamar, fe que transforma el mal en bien, si sabe acoger el sufrimiento como energía de salvación para el mundo; si morir para él es dar la vida; si hace suyo el dolor de los demás. En el tiempo, por su palabra y sus acciones, a través de su sufrimiento y su muerte, trabaja como Cristo, con Cristo, por Cristo

*

Madeleine Delbrél,
La alegría de creer, Santander 1997.

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Sentados a la misma mesa.

miércoles, 7 de marzo de 2018
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La ascesis de los padres del desierto imponía un tiempo de ayuno agotador y privaciones rigurosas: hoy la lucha ataca otro frente. El hombre no necesita un suplemento dolorosísimo; cilicios, cadenas y flagelaciones correrían el riesgo de destrozarlo inútilmente.

La ascesis consistiría más bien en imponerse un reposo, la disciplina de la calma y el silencio, en la que el hombre encuentre su capacidad de concentrarse en la oración y contemplación, aun en medio de la barahúnda del mundo; y sobre todo, recobrar la capacidad de percibir la presencia de los demás, de saber acoger a los amigos siempre. La ascesis se convierte así en atención a la invitación del Evangelio, a las bienaventuranzas: búsqueda de la humildad y la pureza de corazón, para liberar al prójimo y devolverlo a Dios.

En un mundo cansado, asfixiado por las preocupaciones y ritmos de vida cada vez más agobiantes, el esfuerzo se dirigirá a encontrar y vivir «la infancia espiritual», la frescura y la espiritualidad evangélica del «caminito» que nos lleva a sentarnos a la mesa con los pecadores y a compartir el pan juntos. La ascesis no tiene nada que ver con el moralismo. Estamos llamados a ser activos, viriles, heroicos, pero estas «virtudes» son dones de los que el Espíritu puede privarnos en cualquier momento; nada es nuestro.

En las alturas de la santidad está la humildad, que consiste en vivir en una actitud constante del alma en presencia de Dios. La humildad nos impide sentirnos «salvados», pero suscita una alegría permanente y desinteresada, sencillamente porque Dios existe. El alma reconoce a Dios confesando su impotencia radical; renunciando a pertenecerse. La ofrenda, el don de sí, es la humildad en acción. El hombre desnudo sigue a Cristo desnudo; permanece vigilante en su espíritu y espera la venida del Señor. Pero su alma lleva el mundo de todos los hombres; al atardecer de su vida, el hombre será juzgado de su amor .

*

Paul Evdokimov,
La novedad del Espíritu, Milán 1980, Ó4-Ó5.78s, passim

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«Lo efímero y lo eterno», por Gerardo Villar.

miércoles, 7 de marzo de 2018
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indiceMe ha gustado. En un encuentro de espiritualidad nos hablaba Fidel Delgado sobre lo efímero y lo eterno. Y lo hacía –como suele hacerlo él tan magníficamente– con un muñeco a quien ponía y quitaba prendas. Lo efímero se puede quitar de nuestra vida. Es más, tarde o temprano se quita… ¡Con qué pocas cosas se puede vivir!

Pero eso lo aplico a todos los aspectos. Si quitamos todo lo que es efímero en la Iglesia y en nuestra fe cristiana, sacaríamos trenes llenos de creencias y prácticas que no son substanciales al Evangelio. Lo malo es cuando no distinguimos lo efímero y lo eterno. Y le damos categoría de esencial a lo que es accidental. Decía un profesor: “creo en Dios Padre, Hijo, Espíritu y poquísimas cosas más”. Luego hemos ido poniendo ropajes, adhesivos a nuestra fe, y llega un momento en que ya no sabemos distinguir lo que es esencial y lo que hemos añadido.

Veo que hoy hay muchas expresiones doctrinales, litúrgicas, morales que son fruto de los tiempos pasados y que no son consustanciales al evangelio. Buena labor podemos hacer, sobre todo si empezamos a hacer limpieza, como dice el papa Francisco, limpiando con los pobres y desde la periferia.

Hay una cosa muy tradicional y con mucha raigambre evangélica pero que tengo ganas de que recupere su esencia. Es la colecta en las misas. Me decía una persona de una tienda “vienen a pedirme calderilla para echar en los cestaños de misa”. ¿No es momento de recuperar esa costumbre…? pero que sea compartir de verdad: problemas, vida, preocupaciones, trabajos, alegrías, dinero… Aquel valor eterno de compartir se ha convertido en la costumbre de echar una limosnita.

Conozco a algunos sacerdotes que, después del ofertorio, se lavan las manos. Lo hacen como signo de purificación. Lo veo más como limpieza, después de recoger los frutos de todo tipo en el ofertorio para compartir con los pobres, porque se “habían manchado las manos”.

Después de misa, veo que hay personas que se quedan para dar gracias a Dios. Y pienso ¿pues qué han hecho en la Eucaristía sino acción de gracias? Es como después de un banquete, comerse una bolsa de pipas.

Rezamos el Señor mío Jesucristo y ahí decimos: “Dios y hombre verdadero, creador Padre y Redentor mío” ¿En qué quedamos…? Y mucho más cuando decimos “porque podéis castigarme con las penas del infierno”.

Descubrir lo eterno y lo efímero según Jesús. Aunque a veces nos quedemos un poco desnudos. Porque lo eterno es Jesús y el Amor: “Dios es Amor”; “Amar a los demás como a uno mismo”. Esta ropa sí que me sirve para lo eterno de mi yo.

Gerardo Villar

Fuente Adulta

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Prefiere el abandono…

martes, 6 de marzo de 2018
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Del blog de la Communion Béthanie:

 

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» La abeja es pequeña entre los seres alados,

pero lo que produce es una dulzura exquisita »

Medita esta Palabra en el curso de esta Cuaresma, y…

Deja a Dios arrancar la mala hierba,

no te consideres capaz de ello.

El heroísmo es vano.

Prefiere el abandono…

*

Jean-Michel +
hermano prior de la Comunión Béthanie

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“El culto al dinero”. 3º de Cuaresma – B (Juan 2,13-25)

domingo, 4 de marzo de 2018
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03_cuar_b-300x300Hay algo alarmante en nuestra sociedad que nunca denunciaremos bastante. Vivimos en una civilización que tiene como eje de pensamiento y criterio de actuación la secreta convicción de que lo importante y decisivo no es lo que uno es, sino lo que uno tiene. Se ha dicho que el dinero es «el símbolo e ídolo de nuestra civilización» (Miguel Delibes). Y de hecho son mayoría los que le rinden su ser y le sacrifican toda su vida.

John KGalbraith, el gran teórico del capitalismo moderno, describe así el poder del dinero en su obra La sociedad opulenta: el dinero «trae consigo tres ventajas fundamentales: primero, el goce del poder que presta al hombre; segundo, la posesión real de todas las cosas que pueden comprarse con dinero; tercero, el prestigio o respeto de que goza el rico gracias a su riqueza».

Cuántas personas, sin atreverse a confesarlo, saben que en su vida, en un grado u otro, lo decisivo, lo importante y definitivo, es ganar dinero, adquirir un bienestar material, lograr un prestigio económico.

Aquí está sin duda una de las quiebras más graves de nuestra civilización. El hombre occidental se ha hecho en buena parte materialista y, a pesar de sus grandes proclamas sobre la libertad, la justicia o la solidaridad, apenas cree en otra cosa que no sea el dinero.

Y, sin embargo, hay poca gente feliz. Con dinero se puede montar un piso agradable, pero no crear un hogar cálido. Con dinero se puede comprar una cama cómoda, pero no un sueño tranquilo. Con dinero se pueden adquirir nuevas relaciones, pero no despertar una verdadera amistad. Con dinero se puede comprar placer, pero no felicidad. Pero los creyentes hemos de recordar algo más. El dinero abre todas las puertas, pero nunca abre la puerta de nuestro corazón a Dios.

No estamos acostumbrados los cristianos a la imagen violenta de un Mesías fustigando a las gentes. Y, sin embargo, esa es la reacción de Jesús al encontrarse con hombres que, incluso en el templo, no saben buscar otra cosa que no sea su propio negocio.

El templo deja de ser lugar de encuentro con el Padre cuando nuestra vida es un mercado donde solo se rinde culto al dinero. Y no puede haber una relación filial con Dios Padre cuando nuestras relaciones con los demás están mediatizadas solo por intereses de dinero. Imposible entender algo del amor, la ternura y la acogida de Dios cuando uno solo vive buscando bienestar. No se puede servir a Dios y al Dinero.

José Antonio Pagola

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“Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Domingo 4 de marzo de 2018. Domingo tercero de Cuaresma

domingo, 4 de marzo de 2018
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21-cuaresma B3 cerezoLeído en Koinonia:

Éxodo 20,1-17: La Ley se dio por medio de Moisés.
Salmo responsorial: 18: Señor, tú tienes palabras de vida eterna.
1Corintios 1,22-25: Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero, para los llamados, sabiduría de Dios.
Juan 2,13-25: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

El evangelio de Juan coloca esta manifestación mesiánica de Jesús al comienzo de su actividad pública y en el contexto de una fiesta de Pascua en Jerusalén. Para Juan es muy importante poner a Jesús y a su comunidad en ese marco de la sucesión de las fiestas judías. Eso lo vemos a lo largo de todo el evangelio, pues no hay ningún acontecimiento fuera de ese marco. Juan optó por encuadrar toda la actividad pública de Jesús en el tiempo religioso de los que su propio Evangelio define como “los judíos” (!). Al organizar la narración en función de una serie de fiestas judías, deja entrever una construcción ideológica y cultural rica, articulada e intencionada (hoy sabemos que las cosas no se sucedieron así, sino que se trata de una organización literaria de la narración, con una intención significativa).

La pascua judía es confrontada por Jesús y su comunidad discipular tres veces en el evangelio de Juan. Es evidente el simbolismo: con Jesús irrumpe una nueva Alianza (tres siempre simboliza el nacimiento de algo nuevo). El tiempo del Reino construye una nueva festividad. El tiempo de las fiestas judías es contrapuesto con un tiempo inusual y alternativo. El relato centra su interés en la dialéctica entre la estructura simbólica y temporal del judaísmo, y una estructura nueva alternativa que se quiere afirmar e institucionalizar.

El simbolismo de la revelación mesiánica de Jesús es sumamente resaltado en la confrontación con el templo. El relato necesita hacerlo; al fin y al cabo se está construyendo y afirmando una nueva identidad. El templo de Jerusalén es el centro de las instituciones y símbolo de la gloria y el poder de la nación judía (tanto la residente en Palestina como la que se encuentra en la Diáspora). El evangelio emplea un símbolo conocido para indicar la presentación mesiánica de Jesús: el “látigo con cuerdas”. Era proverbial la frase “el látigo del Mesías” para significar la violencia que implica la irrupción de la era mesiánica. El uso que Jesús hace del “látigo” no deja la menor duda acerca de su identidad y del proyecto que encarna: con él arroja fuera del templo el ganado que se vendía para los sacrificios, las ovejas y los bueyes. Sacrificios, como ovejas y bueyes, así como sus potenciales compradores (sólo los ricos podían ofrecer este tipo de ganado en el sacrificio) son puestos fuera del horizonte del nuevo proyecto mesiánico-profético.

Al echar todos afuera del templo con sus ovejas y sus bueyes, Jesús declara la invalidez del culto de los potentados, del que los sacrificios constituían el momento cumbre. Jesús no denuncia solamente, como habían hecho los profetas, «el culto que encubre la injusticia», sino que declara infame «el culto que es en sí mismo una injusticia», por ser medio de explotación, pero sobre todo «por ser legitimación religiosa de la injusticia y del crimen». No propone una reforma del culto, sino su abolición.

La expulsión de los bueyes tiene que ver con la misma constitución de la sociedad tributaria-monárquica. El primer rey de Israel se constituyó a partir del “grupo de campesinos propietarios de bueyes”. No es de extrañar que a partir de entonces, latifundistas, bueyes y sacrificios en el templo estén articulados en un solo proyecto, y que se correspondan ideológica y religiosamente. Además el dios Baal de los agricultores cananeos se representaba con un buey. La agricultura y la ganadería necesitan su propio dios y su propio culto. Los latifundistas fueron aliados importantes de Herodes para la consolidación de su poder, y él, como retribución, mantuvo en forma opulenta al templo. Así podemos entender por qué el templo estaba lleno de bueyes, si la ideología religiosa dominante cuyo centro simbólico estaba allí era la justificación principal del sistema social estratificado y concentrador en Palestina desde la Reforma de Josías.

La expulsión de las ovejas del templo tiene también un rico sentido simbólico. Las ovejas son figura del pueblo, encerrado en el recinto donde está condenado al sacrificio. Los dirigentes explotan y asesinan al pueblo –verdadera víctima del culto–, sacrifican y destruyen al rebaño, a cuya costa viven. Jesús no se propone reformar aquella institución religiosa propósito por cierto inútil, sino rescatar al pueblo de ella.

Todos los grupos judíos esperaban la utopía del Reino, de forma que la agitación del primer siglo hizo a muchos pensar que la hora estaba próxima. Para los zelotas era la hora de tomar las armas contra la ocupación romana para instaurar el reino de Dios en el cual el templo y su personal ya no estuvieran sujetos a ningún imperio. Los saduceos no esperaban activamente el Reino y se contentaban con mantener como mejor podían el culto del templo con la ayuda de las autoridades romanas. Los esenios, como los zelotas, estaban listos para tomar las armas por el Reino, pero se habían retirado al desierto en espera del momento oportuno (kairós), considerando que el templo estaba en manos ilegítimas. Los fariseos también consideraban que para que llegara el Reino había que acabar con el dominio extranjero y restaurar la autonomía del templo. Sin embargo, no entraron a ninguna guerrilla y se dedicaron a la más riguroso observancia de la ley.

A diferencia de los grupos anteriores, la actitud de Jesús y de su comunidad discipular es de tajante oposición al templo, lo que aparece de una manera mucho más radicalmente –no sólo como rechazo de un culto de los poderosos– en las acciones contra los cambistas, a quienes les desparrama las monedas, y contra los vendedores de palomas, a quienes les ordena quitar de en medio su mercancía.

Los cambistas representaban “el sistema financiero” de la época. Todos los varones judíos mayores de 21 años estaban obligados a pagar un tributo anual al templo, e infinidad de donativos en dinero iban a parar al tesoro del templo. Además, en la antigüedad, los templos, por la inmunidad que les confería su carácter sagrado, eran el lugar elegido por los pudientes para depositar sus tesoros. El templo de Jerusalén llegó a ser uno de los mayores bancos de la antigüedad. Pero pagar el tributo y los donativos no se podía hacer en monedas que llevasen la efigie imperial, considerada idolátrica por los judíos: el templo acuñaba su propia moneda y los que iban a pagar tenían que cambiar sus monedas por las del templo. Los cambistas cobraban, naturalmente, su comisión. Al volcar sus mesas y desparramar sus monedas, Jesús estaba atacando directamente el tributo al templo y, con él, al sistema económico religioso dominante. El templo es para Jesús una empresa que explota económicamente al pueblo. De hecho, el culto proporcionaba enormes riquezas a la ciudad y a los comerciantes, sostenía a la nobleza sacerdotal, al clero y a los empleados. La acción de Jesús toca, por tanto, un punto neurálgico: el sistema económico e ideológico que representaba el templo en Israel.

La acción contra los vendedores de palomas es igualmente de enorme impacto ideológico. Las palomas eran animales sacrificiales de menor importancia, pues con ellas los pobres ofrecían sus cultos a Dios; sin embargo el hecho de que sus vendedores hayan sido los únicos a quienes Jesús se dirige y a los que hace responsables de la corrupción del templo, quiere hacer ver la enorme preocupación de Dios por la suerte de los pobres y su enojo por quienes hacen negocio con su pobreza. En contraste con las dos acciones anteriores, Jesús no ejecuta acción alguna, sino que se dirige a los vendedores mismos acusándolos de explotar a los pobres por medio del culto, del impuesto, y del fraude de lo sagrado.

El templo es “casa del mercado”, y allí el dios es el dinero. Al llamar a Dios mi Padre, Jesús no lo identifica con el sistema religioso del templo. La relación con Dios no es religiosa sino familiar, está en el ámbito de la casa familiar. La relación se desacraliza y se familiariza. En la casa del Padre ya no puede haber comercio ni explotación, siendo casa-familia acoge a quien necesite amor, intimidad, confianza, afecto.

Aún, Jesús da un paso más en su confrontación radical con el templo al proponerse él mismo como santuario de Dios. Frente al poder de Herodes (cuarenta y seis años de construcción del templo) emerge el poder del resucitado (tres días). En el Reino de Dios no se requiere templos sino cuerpos vivos. Éstos son los santuarios de Dios, donde brilla su presencia y su amor, si viven dignamente. Jesús no viene a continuar la línea religiosa tradicional. Vino a proponer una humanidad restaurada a partir del principio de la ultimidad de la vida en cuerpos que viven con dignidad. Sobre esta base es posible soñar y construir otra manera de vivir y otra manera de creer. Leer más…

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4.3.18. Diez Mandamientos. El 8º: No robar personas

domingo, 4 de marzo de 2018
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28576048_942458862597973_5981452798281484813_nDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 3 Cuaresma, ciclo b. Del evangelio de este domingo (Jn 2, 13-25) trataré el próximo día , insistiendo en la tarea de limpiar el templo, de forma que no sea mercado al servicio de sus funcionarios (sacerdotes…).

Hoy comento la primera lectura (Ex 20, 1-17), con el Decálogo que recoge los mandamientos de Dios, que son propios del Sinaí, que es también el Dios de la Alianza (así aparecen en Dt 5).

Estos mandamientos son un texto clave de la tradición israelita y universal, con sus mandamientos más «religiosos» (1-4) que sitúan al hombre ante Dios y sus mandamientos más sociales (5-10), formulados de un modo universal, regulando las relaciones de los hombres con otros hombres.

En esta postal expongo y comento los mandamientos de la Biblia (según la lectura de Ex 20), no los que ha matizado después la tradición cristiana, cambiando incluso su numeración, insistiendo en dos temas principales:

220px-decalogue_parchment_by_jekuthiel_sofer_17681. Los mandamientos son una de las primeras y más hondas formulaciones de los derechos (y deberes) humanos,que en esa línea mantienen toda su actualidad.

2. Quiero insistir en el mandamiento 8ª, que dice no robarás, y que se refiere ante todo al robo de personas, un mandamiento que debe recordarse en este tiempo en el que sigue existiendo el robo y trata de personas.

El tema está tomado básicamente del Gran Diccionario de la Biblia. Buen domingo a todos.

Texto. Decálogo (Ex 20, 1-17)

Introducción
En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud.

Primera tabla

1. No tendrás otros dioses frente a mí.

2. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos, cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos.

3. No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso. Fíjate en el sábado para santificarlo.

4. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó.]

Segunda tabla

5. Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.

6. No matarás.
7. No cometerás adulterio.
8. No robarás.
9. No darás testimonio falso contra tu prójimo.

10. No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.»

Introducción, Dios habla. Ex 20, 1-2

gran-diccionario-de-la-bibliaEn aquellos días el Señor(=Elohim) pronunció todas estas palabras diciendo: Yo soy Yahvé, tu Dios, que te saque de Egipto, de la esclavitud.

Los mandamientos aparecen en este contexto (Ex 19-20) como revelación de Dios (Ex 19-24), su palabra más profunda, para iluminar al hombre, a fin de que comprenda el misterio de su ser, el don y tarea de su vida.

El Dios de la teofanía anterior (Ex 19),envuelto en humo y cabalgando en fuego sobre el terremoto (que aparecía en Ex 19), pierde aquí sus rasgos cósmicos de miedo y prepotencia, para presentarse como legislador moral que hace posible (fundamenta) la existencia madura de los hombres.

Esperando al Dios terrible nos ha llevado Moisés hasta la falda de la montaña ardiente (no a una simple zarza como en Ex 3,2), para ponernos cara a cara ante el fuego de Dios y hemos podido sentir por un momento el pavor/admiración sagrada. Pero luego, ese pavor se vuelve palabra de enseñanza. No goza Dios en hacer demostraciones de su fuerza ante nosotros sino en darnos como fuente de vida su palabra.

Entendidos en ese contexto, los diez mandamientos son la revelación de nuestro ser más hondo; emerge en ella algo más grande que nosotros, alguien que al amarnos (liberarnos del lugar de esclavitud, de Egipto) nos permite ser humanos.

Que el ser humano pueda vencerse a sí mismo, superando su egoísmo ; que logre valorar el bien de todos y buscarlo de un modo generoso… esa es la prueba de que Dios se ha revelado en nuestra historia. Evidentemente, no han sido los israelitas los primeros en saberlo y en decirlo; pero ellos lo han sabido y dicho de una forma intensa, concentrada, quizá definitiva.

Los diez mandamientos constituyen el centro de la Ley israelita y así empiezan introducción muy significativa: «Yo soy Yahvé, tu Dios, que te saque de Egipto, de la esclavitud» (Ex 20, 2; Dt 5, 6). No empiezan siendo reglas de conducta universal, que se fundan en sí mismas, ni mandados de un Elohim o Dios que se revela en todas las naciones, sino expresión de la identidad israelita, palabra del mismo Yahvé liberador.

Ellos expresan el tipo de vida que se deriva precisamente de esa liberación. No son imposiciones para esclavos, ni dictados de un rey sobre sus súbditos, sino expresión de una vida en libertad. Pueden dividirse en dos «tablas», una de tipo más expresamente israelita, otra más universal.

Primera tabla. Mandamientos sagrados, israelitas: 

tencEstos son los mandamientos propios de los israelitas, como pueblo escogido, que ha descubierto la soberanía y unidad de Dios, que no permite a su lado otros dioses. Este monotelismo exclusivista (¡sólo Yahvé!) define la identidad israelita, hasta el día de hoy.Según la tradición bíblica son cuatro mandamientos (no los tres que ha recogido la tradición cristiana, reuniendo los dos primeros).

1. No tendrás otros dioses frente a mí. Dios no forma parte de un «mundo» más amplio de figuras sagradas. Es único, no por egoísmo, sino porque lo da todo, se da todo. Eso significa que en el fondo de toda realidad hay un sentido único, un principio de vida universal, un poder liberador… Lo único que sabemos de él es que nos ha sacado de Egipto, que es un Dios liberador, que nos ha creado y nos hacer.

2. No te harás ídolos, figura alguna…. Aquí no se dice que no hagas figuras de otros dioses (de Zeus o Marduk…), sino que no hagas figura de Yahvé, que no intentes representarlo, con imágenes de astros, de animales… de personas. No intentes manipular a Dios, utilizarle… Sabes que la imagen de Dios es el hombres (¡Dios hizo al hombre a su imagen, varón y mujer los creó…, Gen 1, 27-28). Por eso, si quieres «ver» a Dios mira a los hombres, respétales como divinos, ámales como humanos y necesitados. Del Dios en sí no hagas imagen alguna.

3. No pronunciarás el nombre de Yahvé, tu Dios, en vano. Este mandamiento completa el sentido del anterior. Antes se había dicho «no hagas imagen de Dios», ahora se añade «no hables de él», no intentes explicar su misterio, muéstrate ante él con reverencia. Los judíos rabínicos, tomando al pie de la letra esta mandato, no dicen «Yahvé», no pronuncian su nombres, sino que se callan o ponen en su lugar otra palabra: El Señor, el Nombre, el Poder, el Santo etc. Los cristianos nos atrevemos a interpretar ese mandato diciendo que el nombre de Dios es «Padre», y que él se ha revelado por Jesús, según el evangelio…

4. Fíjate en el sábado para santificarlo…. No hay en el decálogo ningún mandato «religioso particular» (como los cinco mandamientos de la Iglesia cristiana: ir a misa, confesarse…). El único mandamiento es el «Sábado», con su sentido más profundo de respetar el ritmo de Dios en nuestra vida: Un día a la semana recordar y agradecer su creación; un día a la semana descubrir que el mundo es sagrado, que no podemos manipularlo… Dejar de «trabajar» (de imponernos, de dominar…), volver al equilibrio de la vida como don de Dios (en un sentido de ecología radical) Leer más…

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Jesús, nuevo templo de Dios. Domingo 3º de Cuaresma. Ciclo B

domingo, 4 de marzo de 2018
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expulsion-mercaderes-giottoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Giotto

La escena de la expulsión de los mercaderes del templo la cuentan los cuatro evangelios. Pero, como ocurre a menudo, hay algunas diferencias entre ellos, igual que ocurre entre Giotto y El Greco.

Preguntas para un concurso

  1. ¿Cuándo tuvo lugar dicha escena? ¿Al comienzo de la vida de Jesús o al final?
  2. Esta escena ha sido pintada por numerosos artistas, entre ellos el Greco. En todas ellas aparece Jesús empuñando un azote de cordeles. Pero, de los cuatro evangelios, sólo uno menciona dicho azote; en los otros tres Jesús no recurre a ese tipo de violencia. ¿De qué evangelio se trata?
  3. Sólo un evangelio dice que Jesús prohibió transportar objetos por la explanada del templo. ¿Cuál?
  4. ¿Qué evangelista cuenta la escena de la forma más breve?
  5. ¿Quién la cuenta con más detalle, incluyendo una discusión con las autoridades judías?

Respuestas

  1. Juan la sitúa al comienzo de la vida de Jesús. Mateo, Marcos y Lucas al final, pocos días antes de morir.
  2. El único que menciona el azote es Juan.
  3. Esa prohibición sólo se encuentra en Marcos.
  4. El más breve es Lucas.
  5. Juan.

El relato de Juan (Jn 2,13-25)

El concurso anterior no se debe a un capricho. Pretende recordar que los evangelistas no cuentan el hecho histórico tal como ocurrió, sino transmitir un mensaje. Por eso alguno insiste en un detalle, mientras otros lo omiten por no considerarlo adecuado para su auditorio. Lucas, por ejemplo, reduce al mínimo la actitud violenta de Jesús, mientras que Juan la subraya al máximo. El relato de Juan se divide en dos partes: la expulsión de los mercaderes y la breve discusión con los judíos.

Un gesto revolucionario

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:

̶ Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»

A nuestra mentalidad moderna le resulta difícil valorar la acción de Jesús, no capta sus repercusiones. Nos ponemos de su parte, sin más, y consideramos unos viles traficantes a los mercaderes del templo, acusándolos de comerciar con lo más sagrado. Pero, desde el punto de vista de un judío piadoso, el problema es más grave. Si no hay vacas ni ovejas, tórtolas ni palomas, ¿qué sacrificios puede ofrecer al Señor? ¿Si no hay cambistas de moneda, cómo pagarán los judíos procedentes del extranjero su tributo al templo? Nuestra respuesta es muy fácil: que no ofrezcan nada, que no paguen tributo, que se limiten a rezar. Esa es la postura de Jesús. A primera vista, coincide con la de algunos de los antiguos profetas y salmistas. Pero Jesús va mucho más lejos, porque usa una violencia inusitada en él. Debemos imaginarlos trenzando el azote, golpeando a vacas y ovejas, volcando las mesas de los cambistas.

expulsion-mercaderes-grecoEl Greco

Imaginemos la escena en nuestros días. Jesús entra en una catedral o una iglesia. Comienza a ver todo lo que no tiene nada que ver con una oración puramente espiritual, lo amontona y lo va tirando a la calle: cálices, copones, candelabros, imágenes de santos, confesionarios, bancos…  ¿Cuál sería nuestra reacción? Acusaríamos a Jesús de impedirnos decir misa, de poder comulgar, confesarnos, incluso rezar.

Juan intuye la gravedad del problema y añade unas palabras que no aparecen en los otros evangelios: «Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: El celo de tu casa me devora.» El celo por la causa de Dios había impulsado a Fineés a asesinar a un judío y una moabita; a Matatías, padre de los Macabeos, lo impulsó a asesinar a un funcionario del rey de Siria. El celo no lleva a Jesús a asesinar a nadie, pero sí se manifiesta de forma potente. Algo difícil de comprender en una época como la nuestra, en la que todo está democráticamente permitido. El comentario de Juan no resuelve el problema del judío piadoso, que podría responder: «A mí también me devora el celo de la casa de Dios, pero lo entiendo de forma distinta, ofreciendo en ella sacrificios». Quienes no tendrían respuesta válida serían los comerciantes, a los que no mueve el celo de la casa de Dios sino el afán de ganar dinero.

La reacción de las autoridades

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:

̶  ¿Qué signos nos muestras para obrar así?

Jesús contestó:

̶  Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

Los judíos replicaron:

̶  Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

En contra de lo que cabría esperar, las autoridades no envían la policía a detener a Jesús (como le ocurrió siglos antes al profeta Jeremías, que terminó en la cárcel por mucho menos). Se limitan a pedir un signo, un portento, que justifique su conducta. Porque en ciertos ambientes judíos se esperaba del Mesías que, cuando llegase, llevaría a cabo una purificación del templo. Si Jesús es el Mesías, que lo demuestre primero y luego actúe como tal.

La respuesta de Jesús es aparentemente la de un loco: “Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré”. El templo de Jerusalén no era como nuestras enormes catedrales, porque no estaba pensado para acoger a los fieles, que se mantenían en la explanada exterior. De todas formas, era un edificio impresionante. Según el tratadoMiddot medía 50 ms de largo, por 35 de ancho y 50 de alto; para construirlo, ya que era un edificio sagrado, hubo que instruir como albañiles a mil sacerdotes. Comenzado por Herodes el Grande el año 19 a.C., fue consagrado el 10 a.C., pero las obras de embellecimiento no terminaron hasta el 63 d.C. En el año 27 d.C., que es cuando Juan parece datar la escena, se comprende que los judíos digan que ha tardado 46 años en construirse. En tres días es imposible destruirlo y, mucho menos, reconstruirlo.

Curiosamente, Juan no cuenta cómo reaccionaron las autoridades a esta respuesta de Jesús. (Resulta más lógica la versión de Marcos: los sumos sacerdotes y los escribas no piden signos ni discuten con Jesús; se limitan a tramar su muerte, que tendrá lugar pocos días después.) Pero el evangelista sí nos dice cómo debemos interpretar esas extrañas palabras de Jesús. No se refiere al templo físico, se refiere a su cuerpo. Los judíos pueden destruirlo, pero él lo reedificará.

Cuaresma y resurrección

Esto último explica por qué se ha elegido este evangelio para el tercer domingo. En el segundo, la Transfiguración anticipaba la gloria de Jesús. Hoy, Jesús repite su certeza de resucitar de la muerte. Con ello, la liturgia orienta el sentido de la Cuaresma y de nuestra vida: no termina en el Viernes Santo sino en el Domingo de Resurrección.

Jesús, nuevo templo de Dios

Hay otro detalle importante en el relato de Juan: el templo de Dios es Jesús. Es en él donde Dios habita, no en un edificio de piedra. Situémonos a finales del siglo I. En el año 70 los romanos han destruido el templo de Jerusalén. Se ha repetido la trágica experiencia de seis siglos antes, cuando los destructores del templo fueron los babilonios (año 586 a.C.). Los judíos han aprendido a vivir su fe sin tener un templo, pero lo echan de menos. Ya no tienen un lugar donde ofrecer sus sacrificios, donde subir tres veces al año en peregrinación. Para los judíos que se han hecho cristianos, la situación es distinta. No deben añorar el templo. Jesús es el nuevo templo de Dios, y su muerte el único sacrificio, que él mismo ofreció.

Portentos y sabiduría (1 Corintios 1,22-25)

En la segunda lectura aparece también el tema de los prodigios. Pablo, judío de pura cepa, pero que predicó especialmente en regiones de gran influjo griego, debió enfrentarse a dos problemas muy distintos. A la hora de creer en Cristo, los judíos pedían portentos, milagros (como se ha contado en el evangelio), mientras los griegos querían un mensaje repleto de sabiduría humana. Poder o sabiduría, según qué ambiente. Pero lo que predica Pablo es todo lo contrario: Cristo crucificado. El colmo de la debilidad, el colmo de la estupidez. Ninguna universidad ha dado un doctorado “honoris causa” a Jesús crucificado; lo normal es que retiren el crucifijo. Pero ese Cristo crucificado es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Quien sienta la tentación de considerar el mensaje cristiano una doctrina muy sabia humanamente, digna de ser aceptada y admirada por todos, debe recordar la experiencia tan distinta de Pablo.

Hermanos:
Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados -judíos o griegos-, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. 

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Tercer Domingo de Cuaresma. 04 de marzo, 2018

domingo, 4 de marzo de 2018
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cuaresma-iii

“Jesús fue a Jerusalén.”

(Jn 2, 13-25)

Jesús se dirige a Jerusalén, lugar donde está situado el templo. Templo de piedra, de tradición, donde la ley es la norma. En él se encontraba el arca de la Alianza y, por lo tanto, la presencia de Dios.

Lo que pone de relieve este texto es que la absolutización de la religión trae los totalitarismos. La dualidad entre lo profano y lo religioso ha provocado demasiado enfrentamiento y sufrimiento entre los humanos.

La superación del templo significa la superación de la religión. No en el sentido de que haya que dejarla de lado, sino en darle un nuevo sentido. Refrescar la Buena Noticia.

Jesús lo pone de manifiesto: el templo se corrompe, se llena de consumo, “las monedas al suelo”, y todo esto forma parte de la dinámica del templo.

Sin embargo, Jesús inaugura una época nueva, no la de la ley, sino la de la experiencia, la del Encuentro.

Él también tuvo que expulsar fuera de sí muchos “animales”, todos aquellos que no le permitían vivir en la coherencia, y le sometían a la ira, el miedo, el no entender…

Siento que hoy Jesús nos habla de no vaciar de contenido lo esencial. Las piedras son piedras, pero su cuerpo es templo del Espíritu. Un templo que no admite cambistas, ni trueques, ni animales. Admite ser espacio vacío, desalojado de todo aquello que no le permite vivir en ese silencio y soledad que hacen que el Espíritu haga en Él su morada.

Un cuerpo que no lo pueden destruir los poderes del mundo. Cuerpo que muere para ser transformado. Un cuerpo como el de Jesús que está habitado por el Espíritu y que nadie puede destruir, porque el espíritu vive a pesar de las normas. En la fluidez que da la libertad de pensar, sentir y obrar en coherencia, en esa autenticidad de llevar a cabo la voluntad de Dios.

Jesús es el ser humano libre, que crece en la medida que experimenta el amor por su Padre y por las personas, por eso su ser se dilata y dinamiza a medida que se expone al amor del Espíritu.

Las piedras son duras, rígidas, solo son receptáculos. Si pierden el espíritu, son edificios muertos, son obras de arte que nos recuerdan otros tiempos, por eso Jesús inaugura un templo nuevo, SU CUERPO, un cuerpo que se llena de vida, a medida que se vacía de si mismo para llenarse del Amor de Dios.

La cuaresma es una puesta a punto para ver, sentir si nuestro templo es flexible, dinámico o es rígido, cerrado. ¿Estamos habitadas por nuestros quisiéramos, podríamos, tendríamos, o por el contrario, dejamos espacio al Espíritu?

ORACIÓN

Padre, ayudanos a poner a punto nuestro cuerpo para que sea templo, como lo fue el de Jesús, dinamizado por tu espíritu.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El Templo convertido en refugio de ladrones y asesinos.

domingo, 4 de marzo de 2018
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jesus-cleanses-the-temple-900x450Jn 2, 13-25

En las tres primeras lecturas de los domingos que llevamos de cuaresma, se nos ha hablado de pacto. Después de la alianza con Noe (Dom. 1) y con Abraham (Dom. 2), se nos narra hoy la tercera alianza, la del Sinaí. La alianza con Noe, fue la alianza cósmica del miedo. La de Abrahán fue la familiar de la promesa. La de Moisés fue la nacional de la Ley. ¿Cómo debemos entender hoy estos relatos? Noe, Abrahán y Moisés, son personajes legendarios.

La historia “sagrada” que narra la vida y milagros de estos personajes empezó a escribirse hacia el s. VII antes de Cristo. Son míticas leyendas que no debemos entender al pie de la letra. Se trata de experiencias vitales que responden a las categorías religiosas de cada época. Hoy nadie, en su sano juicio, puede pensar que Dios le dio a Moisés unas tablas de piedra con los diez mandamientos. No fue Dios quien utilizó a Moisés para comunicar su Ley, sino Moisés el que utilizó a Dios para hacer cumplir unas normas que él elaboró sabiamente.

Dios no hace pactos porque no puede ser “parte”. Una cosa es la experiencia de Dios que los hombres tienen según su nivel y otra muy distinta lo que Dios es. Jesús no habló del Dios de la “alianza eterna”. Dios actúa de una manera unilateral y desde el amor, no desde un «toma y da acá» con los hombres. Dios se da totalmente sin condiciones ni requisitos, porque el darse (el amor) es su esencia. En el Dios de Jesús no tienen cabida pactos ni alianzas. Lo único que espera de nosotros es que descubramos el don total de sí mismo.

No se trata de purificar el templo sino de sustituir. El relato del Templo lo hemos entendido de una manera demasiado simplista. Una vez más la exégesis viene en nuestra ayuda para descubrir el significado profundo del relato. Como buen judío, Jesús desarro­lló su vida espiritual en torno al templo; pero su fidelidad a Dios le hizo comprender que lo que allí se cocía no era lo que Dios esperaba. Recordemos que cuando se escribió este evangelio, ni existía ya el templo ni la casta sacerdotal tenía ninguna influencia en el judaísmo. Pero el cristianismo se había convertido ya en una religión que imitó la manera de dar culto a Dios.

Es casi seguro que, algo parecido a lo que nos cuentan sucedió realmente, porque el relato cumple perfecta­mente los criterios de historici­dad. Por una parte lo narran los cuatro evangelios. Por otra es algo que podía interpretarse por los primeros cristianos, (todos judíos) como desdoro de la persona de Jesús, no es fácil que nadie se lo pudiera inventar si no hubiera ocurrido y no hubiera estado en las primeras fuentes.

Nos han dicho que lo que hizo Jesús en el templo fue purificarlo. Esto no tiene fundamento, puesto que, lo que estaban haciendo allí los vendedores era imprescindible para el desarrollo de la actividad del templo. Se vendían bueyes ovejas y palomas, que eran la base de los sacrifi­cios. Los animales vendidos estaban controlados por los sacerdotes; así se garantizaba que cumplían todos los requisitos de pureza legal. También eran imprescindibles los cambistas, porque al templo solo podía recibir dinero puro, es decir, acuñado por el templo. En la fiesta de Pascua, llegaban a Jerusalén israelitas de todo el mundo, a la hora de hacer la ofrenda no tenían más remedio que cambiar su dinero romano o griego por el del templo.

Jesús quiso manifestar, con un acto profético, que aquella manera de dar culto a Dios no era la correcta. En esos días de fiesta podía haber en el atrio del templo 8000 personas. Es impensable que un solo hombre con unas cuerdas pudiera arrojar del templo a tanta gente. El templo tenía su propia guardia, que se encargaba de mantener el orden. Además, en una esquina del templo se levantaba la torre Antonia, con una guarnición romana. Los levantamientos contra Roma tenían lugar siempre durante las fiestas. Eran momentos de alerta máxima. Cualquier desorden hubiera sido sofocado en unos minutos.

Las citas son la clave para interpretar el hecho. Para citar la Biblia se recordaba una frase y con ella se hacía alusión a todo el contexto. Los sinópticos citan a (Is 56,3-7) «mi casa será casa de oración para todos los pueblos; y a (Jer 7,8-11) «pero vosotros la habéis convertido en cueva de bandidos». Is hace referencia a los extranjeros y a los eunucos, excluidos del templo, y dice: “yo los traeré a mi monte santo y los alegraré en mi casa de oración. Sus sacrificios y holocaus­tos serán gratos sobre mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.» Dice que en los tiempos mesiánicos, los eunucos y los extranjeros podrán dar culto a Dios. Ahora no podían pasar del patio de los gentiles.

El texto de (Jer 7,8-11) dice así: «No podéis robar, matar, adulterar, jurar en falso, incensar a Baal, correr tras otros dioses y luego venir a presentaros ante mí, en este templo consagrado a mi nombre, diciendo: ‘Estamos seguros’ y seguir cometiendo los mismos crímenes. ¿Acaso tenéis este templo por una cueva de bandidos?” Los bandidos no son los que venden palomas y ovejas, sino los que hacen las ofrendas sin una actitud mínima de conversión. Son bandidos, no por ir a rezar, sino porque solo buscaban seguridad. Lo que Jesús critica es que, con los sacrificios, se intente comprar a Dios. Como los bandidos se esconden en las cuevas, seguros hasta que llegue la hora de volver a robar y matar.

Juan cita un texto de (Zac 14,20) «En aquel día se leerá en los cascabeles de los caballos: «consagrado a Yahvé», y serán las ollas de la casa del Yahvé como copas de aspersión delante de mi altar; y toda olla de Jerusalén y de Judá estará consagrada a Yahvé y los que vengan a ofrecer comerán de ellas y en ellas cocerán; y ya no habrá comerciantes en la casa de Yahvé en aquel día». Esa inscripción «consagrado a Yahvé» la llevaban los cascabeles de las sandalias de los sacerdotes y las ollas donde se cocía la carne consagrada. Quiere decir que en los tiempos mesiánicos, no habrá distinción entre cosa sagrada y cosa profana.

Los vendedores interpelados (los judíos) le exigen un prodigio que avale su misión. No reconocen a Jesús ningún derecho para actuar así. Ellos son los dueños y Jesús un rival que se ha entrometido. Ellos están acreditados por la institución misma, quieren saber quién le acredita a él. No les interesa la verdad de la denuncia, sino la legalidad de la situación, que les favorece. Pero Jesús les hace ver que sus credenciales han caducado. Las credenciales de Jesús serán: hacer presente la gloria de Dios a través de su amor.

Suprimid este santuario y en tres días lo levantaré. Aquí encontramos la razón por la que leemos el texto de Jn y no el de Mc. Esta alusión a su resurrección da sentido al texto en medio de la cuaresma. Le piden una señal y contesta haciendo alusión a su muerte. Su muerte hará de él el santuario definitivo. La razón para matarlo será que se ha convertido en un peligro para el templo. El fin de los tiempos, en Jn está ligado a la muerte de Jesús.

Si dejásemos de creer en un Dios ‘que está en el cielo’, no le iríamos a buscar en la iglesia (edificio), donde nos encontramos tan a gusto. Si de verdad creyésemos en un Dios que está presente en todas y cada una de sus criaturas, trataríamos a todas con el mismo cuidado y cariño que si fuera él mismo. Nos seguimos refugiando en lo sagrado, porque pensando que hay realidades que no son sagradas. Una vez más el evangelio está sin estrenar.

Meditación

¿He salido ya de un ‘toma y da acá’ en mis relaciones con Dios?
¿He descubierto que Él me lo ha dado todo y que yo tengo que hacer lo mismo?
Mis relaciones con Dios tienen como base su amor total.
Nada puedo pedir ni esperar de él que no me haya dado ya.
Mi tarea consiste en tomar conciencia de ese don total.
Mi vida responderá entonces a esa realidad.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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