Domingo de Ramos 2021. Jerusalén, ciudad de la Pascua cristiana
Celebramos mañana (28.3) el comienzo de la Pascua, con la entrada de Jesús en Jerusalén. Pero aquí no trataré del asna prestada, ni del canto de Hosanna, ni de los ramos, sino de la ciudad como tal, de su origen, de sus rasgos principales, y de la importancia que ella tuvo en el mensaje, vida y muerte de Jesús.
Jesús empezó su pascua entrando en Jerusalén. También nosotros debemos empezar la nuestra entrando en la ciudad, volviendo al principio, dejando nuestra seguridad engañosa y arriesgándonos a empezar desde el vacío de todo lo anterior, hacia la plenitud de la confianza en aquello que viene.
¿Cómo debemos sentirnos? ¿Qué hacer? ¿Qué significa hoy para nosotros, en el conjunto de la iglesia, volver con Jesús a Jerusalén? ¿Que perdemos al hacerlo, qué ganamos, con quién vamos?
Todas éstas preguntas quedan abiertas para los lectores, si llegan al final de lo que digo y quieren plantearlas a partir de mi propuesta sobre el sentido de Jerusalén y nuestra entrada en ella.
Buen día de Ramos a todos. ¡Nos vemos en Jerusalén, no el año que viene, sino éste! Todos los días y años son buenos para empezar desde Jerusalén.
1. Jerusalén en el Judaísmo(1)
Al principio no formaba parte de la tierra y religión de las tribus federadas de israelitas libres, que se oponían a las «duras» ciudades cananeas, donde dominaban reyes, sacerdotes y soldados, por encima del pueblo. Una vieja historia bíblica concibe las ciudades como herencia de Caín, el homicida (Gen 4, 17). Es más, las perversiones del mundo se condensan en Babel, ciudad y torre soberbia, que divide y enfrenta a los humanos (cf. Gen 11, 1-9).
Pero más tarde, a partir del Rey David (siglo X a. C.), los israelitas empezaron a conquistar las ciudades cananeas, y entre ellas Jerusalén (Sión), fortaleza jebusea, con un templo dedicado al Dios Elyón, que recibía culto de pan y vino (cf. Gen 14, 18-24)
David, rey muy humano y político, la convirtió en ciudad y corte de su dinastía, y ella apareció como morada del Rey divino, que no vive ya en la estepa, como recordaban las viejas tradiciones del Éxodo (cf. también Hab 3, 3), sino que se ha vuelto «ciudadano», como saben los salmos reales (cf. Sal 2; 48).
Desde entonces, y de un modo especial tras el exilio y el dominio persa (desde el siglo V a. C.), Jerusalén se ha vuelto centro y lugar de referencia para el judaísmo.Más que un conjunto de muros y casas, la ciudad es signo de elección divina, centro del mundo, morada del gran Dios. La colina de Sión, su núcleo inicial y simbólico, se ha vuelto corazón de Israel y del conjunto de la humanidad. Así aparece como Hija-Sión (Novia-amiga de Dios) y llega a convertirse en símbolo de la creación, garantía de elección divina, signo y promesa de bienaventuranza.
Ciudad de Dios, experiencia y teología básica. Jerusalén fue ciudad fuerte de los jebuseos y permaneció fuera de dominio de las tribus de Israel, hasta que fue conquistada David (en torno al 1000 a. C.). Algunos años más tarde, Salomón construyó en su colina sagrada (era de trigo, Sión) un templo israelita, que sigue conservado sus grandes rasgos simbólicos, aunque recreados desde una perspectiva israelita.
(a) Sión-Jerusalén es el Monte de Dios, como aparece en textos de la profecía clásica (Is 24,12-15; Ez 28,12-16) en una perspectiva cúltica cercana al paganismo ambiental. En línea semejante se sitúan los pasajes más antiguos sobre el Dios que habita (o se desvela) en el Sinaí (cf. Dt 33,16; 38, 2; Sal 68,9; Hab 3,3-4).
(b) Es la Casa de Dios. Suele hablarse de varios espacios sagrados: Dios tiene un templo sobre el cielo, en su altura trascendente; pero, al mismo tiempo, se supone que él habita de un modo especial en el santuario de la tierra; también se dice que mora en una ciudad sagrada, vinculada a la montaña o centro de la tierra.
(c) Bajo Sión nace el Río primigenio de la vida, que suele presentarse como torrente que brota del subsuelo del templo: allí se juntan las aguas superiores (espacio fundante de Dios) y las inferiores (que fecundan esta tierra).
En esa línea, el templo, con su ciudad y montaña, con sus aguas de vida y su liturgia, puede tomarse como lugar de la victoria de Dios sobre las fuerzas malas del cosmos y la historia (cf. Sal 46; 76; 92-93 etc.). Así lo canta un salmo:
«Grande es Yahvé y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios, su monte santo, altura hermosa, alegría de toda la tierra; el monte de Sión, altura del cielo (=Safón), ciudad del Gran Rey. Entre sus baluartes Dios se ha demostrado como alcázar (=Roca).
Pues mira: los reyes se aliaron, para atacar juntos, pero al verla así quedaron aterrados, huyeron despavoridos. Allí les agarrón un temblor y dolores como de parto, como viento oriental que destroza las naves de Tarsis…
Rodead a Sión y recorredla, contando sus torreones, fijaos en sus defensas, observad sus baluartes, para que podáis decir a la próxima generación. Éste es Dios, nuestro Dios eterno, nuestro guía para siempre» (cf. Sal 48, 1-15).
El salmo supone que en Sión hay un templo, construido por los hombres. Pero el verdadero santuario es la ciudad entera, concebida al mismo tiempo como centro del mundo (tierras y naciones la rodean) y altura suprema, vértice del cielo (Safon, monte del norte de Siria en que habitan, conforme a los mitos de Ugarit, Fenicia y Palestina, los dioses y diosas).
Por eso, siguiendo la costumbre del entorno pagano, los fieles que cantan este salmo identifican su monte/ciudad/santuario con la montaña original del cosmos. De esa manera, la colina de Sión (monte del templo) viene a presentarse como centro del mundo, omphalos sagrado, altura de Dios, lugar donde los cielos se unen con la tierra.
Esa misma Roca-Templo se concibe después como ciudad; no habita Dios en la altura desierta de una cumbre nevada (el Safón geográfico de Siria), ni en la roca del sur donde se engendran las tormentas (Sinaí). El Dios de la montaña se ha hecho ciudadano: es Gran Rey (soberano del cosmos) siendo, al mismo tiempo, Rey concreto de Sión y protector de sus habitantes. Ciertamente, la ciudad del templo tiene defensas militares o baluartes; pero su defensa principal, su roca firme o alcázar inexpugnable es el mismo Yahvé que, sin dejar su altura o cielo, ha puesto su lugar de habitación real sobre la tierra: Sión es su trono, Jerusalén su ciudad; los que en ella habitan son sus cortesanos; los restantes hombres y países han de someterse ante Sión.





















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