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Cristo es la Transparencia

viernes, 6 de agosto de 2021
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Dios mismo vino sobre la tierra como un pobre,
como un humilde.
Vino a través de Cristo Jesús.
Dios permanecería lejos de nosotros si
Cristo no fuera la transparencia.
Desde el comienzo Cristo estaba en Dios.
Desde el nacimiento de la humanidad,
era palabra viva.
Vino sobre la tierra para hacer accesible
la confianza de la fe.
Resucitado, hace su morada en nosotros,
nos habita por el Espíritu Santo.
Y descubrimos que el amor de Cristo se expresa ante todo
por su perdón y por su presencia continua dentro de nosotros.

*

“15 días con el Hermano Roger de Taizé “
escrito por Sofía Laplane
Editorial Ciudad Nueva

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En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte para orar.

Mientras oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente.

En esto aparecieron conversando con él dos hombres. Eran Moisés y Elías,  que, resplandecientes de gloria, hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros, aunque estaban cargados de sueño, se mantuvieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos que estaban con él.

Cuando éstos se retiraban, Pedro dijo a Jesús:

Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Pedro no sabía lo que decía. Mientras estaba hablando, vino una nube y los cubrió, y se asustaron al entrar en la nube. De la nube salió una voz que decía:

Este es mi Hijo elegido; escuchadlo.

Mientras sonaba la voz, Jesús se quedó solo. Ellos guardaron silencio y no contaron a nadie por entonces nada de lo que habían visto.

*

Lucas 9,28b-36

***

Si supiéramos reconocer el don de Dios, si supiéramos experimentar estupor, como el pastor Moisés, ante todas las zarzas que arden en los bordes de nuestros caminos, comprenderíamos entonces que la transfiguración del Señor -la nuestra- empieza con un cierto cambio de nuestra mirada. Fue la mirada de los apóstoles la que fue transfigurada; el Señor permanece el mismo.

La cotidianidad de nuestra vida, trivial y extraordinaria, debería revelar entonces su deslumbrante profundidad. El mundo entero es una zarza ardiente, todo ser humano -sea cual sea la impresión que suscita en nosotros- es esta profundidad de Dios.

Todo acontecimiento lleva en él un rayo de su luz. Nosotros, que hemos aprendido a mirar hoy tantas cosas, ¿hemos aprendido los datos elementales de nuestro oficio de hombres? Se vive, en efecto, a la medida del amor, pero se ama a la medida de lo que se ve. Ahora, en la transfiguración, nuestra visión participa en el misterio, de ahí que el amor esté en condiciones de brotar de nuestros corazones como fuego que arde sin consumir, y así puede enseñarnos a vivir.

Debemos pasar de la somnolencia de la que habla el evangelio a la auténtica vela, a la vigilancia del corazón. Cuando despertemos se nos dará la alegría inagotable de la cruz. Al ver, por fin, en la fe, al hombre en Dios y a Dios en el hombre -Cristo- nos volveremos capaces de amar y el amor saldrá victorioso sobre toda muerte.

El Señor se transfiguró orando; también nosotros seremos transfigurados únicamente en la oración. Sin una oración continua, nuestra vida queda desfigurada. Ser transfigurados es aprender a ver la realidad, es decir, a nuestro Dios, a Cristo, con los ojos abiertos de par en par. Ciertamente, en este mundo de locos, siempre tendremos necesidad de cerrar los ojos y los oídos para recuperar un cierto silencio. Es necesario, es como una especie de ejercicio para la vida espiritual. Sin embargo, la vida, la que brota, la vida del Dios vivo, es contemplarlo con los ojos abiertos. Él está en el hombre, nosotros estamos en él. Toda la creación es la zarza ardiente de su parusía. Si nosotros «esperásemos con amor su venida» (2 Tim 4,8), daríamos un impulso muy diferente a nuestro servicio en este mundo .

*

J. Corbon,
La alegría del Padre, Magnano 1997

***

Durante el verano, vuestras hermanas y hermanos de Cristianos Gays rezan contigo y por tí. De hecho, nuestro deseo es vivir nuestra vida cotidiana, iluminados interiomente por medio de Jesucristo. Queremos estar cerca de los que pasan las pruebas.

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¿Se puede creer, Señor, desde el bienestar?

lunes, 2 de agosto de 2021
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Señor,
¡cuántas veces,
consciente o inconscientemente,
idealizamos y anhelamos
el bienestar, el bien vivir!
Lo importante,
en nuestra escala de valores,
en nuestro proyecto de vida,
en nuestro programa,
en nuestro compromiso,
en nuestro horizonte…
es vivir cada vez mejor:
tener salud, dinero y amor,
trabajo y vivienda,
descanso y vacaciones,
protección y seguridad,
derechos adquiridos,
y una economía saneada
libre de preocupaciones…
Pues solo así logramos
el reconocimiento de los demás,
la autoafirmación personal
y, en definitiva, la felicidad.

Pero el bienestar
nos lleva, temprano o tarde,
a un modo de vivir superficial,
insensible,
y ciego
para las dimensiones más profundas
del ser humano;
y, entonces, nuestra fe se desvirtúa.
Desde él solo queda sitio
para un dios milagrero
y una religión centrada
en lo individual y privado,
donde la fe y la espiritualidad
se convierten, con frecuencia,
en mero alivio de frustraciones
y de problemas personales.
Y pronto, Señor,
te convertimos en un elemento más
de seguridad personal
al servicio de nuestro ideal de bienestar.

Señor,
hoy necesitamos escuchar nuevamente
tus palabras junto al lago de Tiberíades,
creérnoslas
y hacerlas alimento saludable
para no desfallecer en el camino
y tener la vida que nos prometiste.

Vosotros me buscáis
porque comisteis hasta saciaros.
Trabajad, no por el alimento que perece,
ni por los manás de moda,
sino por el pan que perdura
y da vida verdadera.

*

Florentino Ulibarri

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***

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“Yo soy el pan de vida.”

domingo, 1 de agosto de 2021
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Oda al Santísimo Sacramento del Altar

I – Exposición

Pange lingua gloriosi
corporis misterium.

Cantaban las mujeres por el muro clavado
cuando te vi, Dios fuerte, vivo en el Sacramento,
palpitante y desnudo, como un niño que corre
perseguido por siete novillos capitales.

Vivo estabas, Dios mío, dentro del ostensorio.
Punzado por tu Padre con aguja de lumbre.
Latiendo como el pobre corazón de la rana
que los médicos ponen en el frasco de vidrio.

Piedra de soledad donde la hierba gime
y donde el agua oscura pierde sus tres acentos,
elevan tu columna de nardo bajo nieve
sobre el mundo de ruedas y falos que circula.

Yo miraba tu forma deliciosa flotando
en la llaga de aceites y paño de agonía,
y entornaba mis ojos para dar en el dulce
tiro al blanco de insomnio sin un pájaro negro.

Es así, Dios anclado, como quiero tenerte.
Panderito de harina para el recién nacido.
Brisa y materia juntas en expresión exacta,
por amor de la carne que no sabe tu nombre.

Es así, forma breve de rumor inefable,
Dios en mantillas, Cristo diminuto y eterno,
repetido mil veces, muerto, crucificado
por la impura palabra del hombre sudoroso.

Cantaban las mujeres en la arena sin norte,
cuando te vi presente sobre tu Sacramento.
Quinientos serafines de resplandor y tinta
en la cúpula neutra gustaban tu racimo.

II – Mundo
Agnus Dei qui tollis pecata mundi.
Miserere nobis

Noche de los tejados y la planta del pie,

silbaba por los ojos secos de las palomas.
Alga y cristal en fuga ponen plata mojada
los hombros de cemento de todas las ciudades.

La gillette descansaba sobre los tocadores
con su afán impaciente de cuello seccionado.
En la casa del muerto, los niños perseguían
una sierpe de arena por el rincón oscuro.

Escribientes dormidos en el piso catorce.
Ramera con los senos de cristal arañado.
Cables y media luna con temblores de insecto.
Bares sin gente. Gritos. Cabezas por el agua.

Para el asesinato del ruiseñor, venían
tres mil hombres armados de lucientes cuchillos.
Viejas y sacerdotes lloraban resistiendo
una lluvia de lenguas y hormigas voladoras.

Noche de rostro blanco. Nula noche sin rostro.
Bajo el sol y la luna. Triste noche del mundo.
Dos mitades opuestas y un hombre que no sabe
cuándo su mariposa dejará los relojes.

Debajo de las alas del dragón hay un niño.
Caballitos de cardio por la estrella sin sangre.
El unicornio quiere lo que la rosa olvida,
y el pájaro pretende lo que las aguas vedan.

Sólo tu Sacramento de luz en equilibrio
aquietaba la angustia del amor desligado.
Sólo tu Sacramento, manómetro que salva
corazones lanzados a quinientos por hora.

Porque tu signo es clave de llanura celeste
donde naipe y herida se entrelazan cantando,
donde la luz desboca su toro relumbrante
y se afirma el aroma de la rosa templada.

Porque tu signo expresa la brisa y el gusano.
Punto de unión y cita del siglo y el minuto.
Orbe claro de muertos y hormiguero de vivos
con el hombre de nieves y el negro de la llama.

Mundo, ya tienes meta para tu desamparo.
Para tu horror perenne de agujero sin fondo.
¡Oh Cordero cautivo de tres voces iguales!
¡Sacramento inmutable de amor y disciplina!

III – Demonio

Quia tu es Deus, fortitudo mea, quare me sepulisti?
et quare tristis incedo dum affligit me inimicus?

Honda luz cegadora de materia crujiente,
luz oblicua de espadas y mercurio de estrella,
anunciaban el cuerpo sin amor que llegaba
por todas las esquinas del abierto domingo.

Forma de la belleza sin nostalgias ni sueño.
Rumor de superficies libertadas y locas.
Medula de presente. Seguridad fingida
de flotar sobre el agua con el torso de mármol.

Cuerpo de la belleza que late y que se escapa.
Un momento de venas y ternura de ombligo.
Amor entre paredes y besos limitados,
con el miedo seguro de la meta encendida.

Bello de luz, oriente de la mano que palpa.
Vendaval y mancebo de rizos y moluscos.
Fuego para la carne sensible que se quema.
Níquel para el sollozo que busca a Dios volando.

Las nubes proyectaban sombras de cocodrilo
sobre un cielo incoloro batido por motores.
Altas esquinas grises y letras encendidas
señalaban las tiendas del enemigo Bello.

No es la mujer desnuda ni el duro adolescente
ni el corazón clavado con besos y lancetas.
No es el dueño de todos los caballos del mundo
ni descubrir el anca musical de la luna.

El encanto secreto del enemigo es otro.
Permanecer. Quedarse en la luz del instante.
Permanecer clavados en su belleza triste
y evitar la inocencia de las aguas nacidas.

Que al balido reciente y a la flor desnortada
y a los senos sin huellas de la monja dormida
responda negro toro de límites maduros
con la flor de un momento sin pudor ni mañana.

Para vencer la carne del enemigo bello,
mágico prodigioso de fuegos y colores,
das tu cuerpo celeste y tu sangre divina
en este Sacramento definido que canto.

Desciendes a la materia para hacerte visible
a los ojos que observan tu vida renovada
y vences sin espadas, en unidad sencilla,
al enemigo bello de las mil calidades.

¡Alegrísimo Dios! ¡Alegrísima Forma!
Aleluya reciente de todas las mañanas.
Misterio facilísimo de razón o de sueño,
si es fácil la belleza visible de la rosa.

Aleluya, aleluya del zapato y la nieve.
Alba pura de acantos en la mano incompleta.
Aleluya, aleluya de la norma y punto
sobre los cuatro vientos sin afán deportivo.

Lanza tu Sacramento semillas de alegría
contra los perdigones de dolor del Demonio,
y en el estéril valle de luz y roca pura
la aguja de la flauta rompe un ángel de vidrio.

Andrei....

IV – Carne

Qué bien os quedasteis
galán del cielo,
que es muy de galanes
quedarse en cuerpo

Lope de Vega
Canto de los cantares

Por el nombre del Padre, roca luz y fermento,
por el nombre del Hijo, flor y sangre vertida,
en el fuego visible del Espíritu Santo,
Eva quema sus dedos teñidos de manzana.

Eva gris y rayada con la púrpura rota,
cubierta con las mieles y el rumor del insecto.
Eva de yugulares y de musgo baboso
en el primer impulso torpe de los planetas.

Llegaban las higueras con las flores calientes
a destrozar los blancos muros de disciplina.
El hacha por el bosque daba normas de viento
a la pura dinamo clavada en su martirio.

Hilos y nervios tiemblan en la sección fragante
de la luna y el vientre que el bisturí descubre.
En el diván de raso los amantes aprietan
los tibios algodones donde duermen sus huesos.

¡Mirad aquel caballo cómo corre! ¡Miradlo
por los hombros y el seno de la niña cuajada!
¡Mirad qué tiernos ayes y qué son movedizo
oprimen la cintura del joven embalado!

¡Venid, venid! Las venas alargarán sus puntas
para morder la cresta del caimán enlunado,
mientras la verde sangre de Sodoma reluce
por la sala de un yerto corazón de aluminio.

Es preciso que el llanto se derrame en la axila,
que el mano recuerde blanda goma nocturna.
Es preciso que ritmos de sístole y diástole
empañen el rubor inhumano del cielo.

Tienen en lo más blanco huevecillos de muerte
(diminutos madroños de arsénico invisible),
que secan y destruyen el nervio de luz pura
por donde el alma filtra lección de beso y ala.

Es tu cuerpo, galán, tu boca, tu cintura,
el gusto de tu sangre por los dientes helados.
Es tu carne vencida, rota, pisoteada,
la que vence y relumbra sobre la carne nuestra.

Es el gesto vacío de lo libre sin norte
que se llena de rosas concretas y finales.
Adán es luz y espera bajo el arco podrido
las dos niñas de lumbre que agitaban sus sienes.

¡Oh Corpus Christi! ¡Oh Corpus de absoluto silencio,
donde se quema el cisne y fulgura el leproso!
¡Oh blanca forma insomne!
Angeles y ladridos contra el rumor de venas.

 *
Federico García Lorca
(Homenaje a Manuel de Falla)

Oda al Santísimo Sacramento del altar

(Fotografías: Dalí y Jim Ferringer)

***

Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:

“Maestro, ¿cuándo has venido aquí?”

Jesús contesto:

– “Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.

Ellos le preguntaron:

– “Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?”

Respondió Jesús:

“La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.”

Le replicaron:

“¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo.””

Jesús les replicó:

“Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.”

Entonces le dijeron:

“Señor, danos siempre de este pan.”

Jesús les contestó:

“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.”

*

Juan 6,24-35

***

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Cada día trae consigo una sorpresa, pero sólo podemos verla, oírla, sentirla cuando llega, si la esperamos. No debemos tener miedo de acoger la sorpresa de cada día, tanto si llega como un dolor o como una alegría. Ella abrirá un nuevo espacio en nuestro corazón, un lugar en el que podremos acoger nuevos amigos y celebrar de un modo más pleno nuestra humanidad compartida.

Con todo, el optimismo y la esperanza son dos actitudes radicalmente diferentes. El optimismo significa esperar que las cosas -el tiempo, las relaciones humanas, la economía, la situación política y otras cosas como éstas- mejoren. La esperanza es la verdadera confianza en que Dios cumplirá las promesas que nos ha hecho de conducirnos a la verdadera libertad. El optimista habla de cambios concretos en el futuro. La persona de esperanza vive en el momento presente sabiendo que en la vida todo está en buenas manos. Todos los grandes de la historia han sido personas de esperanza. Abrahán, Moisés, Rut, María, Jesús, Rumi, Gandhi…, todos ellos vivieron guardando en su corazón la promesa que les guiaba hacia el futuro, sin necesidad de saber exactamente cómo habría de ser.

*

H. J. M. Nouwen,
Pan para el viaje: una guía de sabiduría y de fe para cada día del año,
Ediciones Obelisco, Barcelona 2001.

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“Cómo creer en Jesús”. 18 Tiempo Ordinario – B (Juan 6,24-35)

domingo, 1 de agosto de 2021
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18_to_b-600x4001Según el evangelista Juan, Jesús está conversando con la gente a orillas del lago de Galilea. Jesús les dice que no trabajen por cualquier cosa, que no piensen solo en un «alimento perecedero». Lo importante es trabajar teniendo como horizonte «la vida eterna».

Sin duda es así. Jesús tiene razón. Pero ¿cuál es el trabajo que quiere Dios? Esta es la pregunta de la gente: ¿cómo podemos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere? La respuesta de Jesús no deja de ser desconcertante. El único trabajo que Dios quiere es este: «Que creáis en el que Dios os ha enviado». ¿Qué significa esto?

«Creer en Jesús» no es una experiencia teórica, un ejercicio mental. No consiste simplemente en una adhesión religiosa. Es un «trabajo» en el que sus seguidores han de ocuparse a lo largo de su vida. Creer en Jesús es algo que hay que cuidar y trabajar día a día.

«Creer en Jesús» es configurar la vida desde él, convencidos de que su vida fue verdadera: una vida que conduce a la vida eterna. Su manera de vivir a Dios como Padre, su forma de reaccionar siempre con misericordia, su empeño en despertar esperanza es lo mejor que puede hacer el ser humano.

«Creer en Jesús» es vivir y trabajar por algo último y decisivo: esforzarse por un mundo más humano y justo; hacer más real y más creíble la paternidad de Dios; no olvidar a quienes corren el riesgo de quedar olvidados por todos, incluso por las religiones. Y hacer todo esto sabiendo que nuestro pequeño compromiso, siempre pobre y limitado, es el trabajo más humano que podemos hacer.

Por eso, desentendernos de la vida de los demás, vivirlo todo con indiferencia, encerrarnos solo en nuestros intereses, ignorar el sufrimiento de la gente que encontramos en nuestro camino… son actitudes que indican que no estamos «trabajando» nuestra fe en Jesús.

José Antonio Pagola

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“El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed”. Domingo 01 de agosto de 2021. Domingo 18º de tiempo ordinario

domingo, 1 de agosto de 2021
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43-ordinarioB18 cerezoDe Koinonia:

Éxodo 16,2-4.12-15: Yo haré llover pan del cielo.
Salmo responsorial: 77: El Señor les dio un trigo celeste.
Efesios 4, 17.20-24: Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios.
Juan 6,24-35: El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed.

La primera lectura, del Éxodo, nos recuerda cómo el desierto es la carencia de todo. A toda persona le llega de vez en cuando su desierto: la situación crítica en la que parece que no se encuentran soluciones de ayuda para sobrevivir a tan crítica situación. Al pueblo de Israel le era muy provechoso el tener que estar en el desierto donde todo falta, para que pudiera experimentar el portentoso modo que Dios tiene para ayudar a los que en Él confían. En el desierto el Pueblo de dios aprende a experimentar la condición de “pobre”, de “necesitado de todo” del auxilio de Dios. Esto le será útil para el crecimiento de su fe y de su esperanza en las ayudas milagrosas. En la península del Sinaí hay un arbusto llamado “tamarisco”. Produce una secreción dulce que gotea desde las hojas hasta el suelo. Por el frío de la noche se solidifica y hay que recogerla de madrugada antes de que el sol la derrita. ¿Sería esto lo que Dios le proporcionó a su pueblo, multiplicándolo claro está, de manera prodigiosa? Lo cierto es que los israelitas consideraron siempre la aparición de este alimento como una demostración de la intervención milagrosa a favor de su pueblo. Lo llamaron “maná”, porque los niños al comerlo preguntaban: “¿qué es esto?, “lo que en su idioma se dice: “Man-ah?”. También es llamado por los salmos “pan del cielo” (Sal 78) y el libro de la Sabiduría dice que, “sabía a lo que cada uno deseaba que supiera” (Sab16,20). Jesús dirá que el Verdadero Pan bajado del cielo será su cuerpo y su sangre. O sea que este maná milagroso del desierto era un símbolo y aviso de lo que iba a hacer Dios más tarde con sus elegidos, dándoles como alimento el cuerpo de su propio Hijo divino.

La segunda lectura continuada de la carta a los Efesios pide a los creyentes que se dejen renovar por el Espíritu Santo y pasen de un modo de obrar no digno del ser humano, a un modo de obrar digno de quien tiene fe en Cristo. Pide que abandonemos nuestro estilo anterior de vida pecaminosa y marchemos en adelante por un nuevo camino de vida cristiana. Se nos invita a no dejarnos guiar por esta “vaciedad de criterios”. En estos pocos versículos continúa la exhortación a buscar la unidad y a vivir dignamente la propia vida cristiana, guiada y fundamentada en un verdadero conocimiento de Cristo. Pablo desarrolla este argumento jugando con la antítesis del ser humano viejo y el ser humano nuevo (Col 3,9-10; 1Cor 5,7-8). Elegir la novedad, lo nuevo, es elegir a Cristo. Esto significa romper con el viejo ser humano pecaminoso, con el pecado del mundo, para estar dispuestos a una continua renovación en el Espíritu, a vivir en la justicia y santidad y ser justos y rectos. Este texto es una clara respuesta a quienes piensan que el cristianismo simplemente es una cosa del pasado.

El evangelio de hoy, de Juan, el discurso del pan de vida, se desenvuelve en tres afirmaciones lógicamente sucesivas, y la primera que presenta este texto es: el real o verdadero “pan del cielo” no es el maná dado una vez por Moisés, contrariamente a lo que la gente pensaba (v.31). Es literalmente el pan que ha bajado del cielo. Dios, no Moisés, es quien da este pan (v.32). Jesús ha realizado signos para revelar el sentido de su persona (domingo anterior), pero la gente sólo lo han entendido en la línea de sus necesidades materiales (6,26.12). Jesús ha querido llevarnos a la comprensión de su persona, porque sólo a través de la fe pueden entender quien es él y sólo así podrá donarse a ellos como comida: pero para hacer esto es necesario trabajar o procurar por un alimento y una vida que no tienen término y que son dones del Hijo del hombre (v.27). Los judíos piensan de inmediato en las obras (v.28; Rm 9,31-32), pero Jesús replica que sólo una obra deben cumplir: creer en él (v.29; Rm 3,28), reconocer que tienen necesidad de él, como se tiene necesidad del alimento material. Al considerar la exigencia de Jesús muy grande es por lo que piden una demostración de los que afirma realizando una señal que al menos se compare con aquellas realizadas por Moisés (vv. 30-31), pues aquellas que acaba de realizar (6,2) no se consideran suficientes. Jesús responde afirmando que es más que Moisés, pues en él (Cristo) se realiza el don de Dios que no perece. Su pan se puede recoger (6,13), el maná se pudrió (Ex 16,20).

“Yo soy el pan de vida” es una fórmula de fuerza extraordinaria, parecida a aquellas otras que sólo a Jesús se podría atribuir: “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy el buen pastor”… el que viene a Jesús no tendrá hambre ni sed, no necesita de otras fuentes de gozo para saciar sus anhelos y aspiraciones. Jesús es fuente de equilibrio y de gozo, fuente de sosiego y de paz. Jesús es el lugar y fundamento de la donación de la vida que Dios hace al ser humano. En Jesucristo, Dios está por completo a favor del ser humano, de tal modo que en él se le abre su comunión vital, su salvación y su amor, y en tal grado que Dios quiere estar al lado del ser humano como quien se da y comunica sin reservas. En la comunión con el revelador –Cristo- se calma tanto el hambre como la sed de vida que agitan al ser humano. Leer más…

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1.8.21. Yo soy el pan. Sin pan para los pobres no habrá paz para los ricos

domingo, 1 de agosto de 2021
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1CBB687F-B464-49A8-9842-ED294C6CA5B7Del blog de Xabier Pikaza:

Este es el discurso del «pan de vida» de Jesús en Cafarnaúm, que sigue al «milagro» de las multiplicaciones.  En un sentido,  el relato de Juan resulta más tradicional que Mc 6, 31-46 y 8, 1-8, pues ha destacado el carácter mesiánico y político del signo: los que se han alimentado con los dones de Jesús quieren tomarle y elevarle como rey, traduciendo su  «milagro» en forma su poder eclesial y alimenticio (cf. Jn 6, 14).

De esa forma recrea el evangelio de Juan el tema de Mt 4 y Lc 4  donde Jesús decía que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Pues bien, esa palabra de Dios se concretiza ahora en forma de pan de vida, esto es, de carne y sangre compartida. Ser hombre de verdad (masías de Dios) implica convertir la propia vida en «carne» (pan de vida) para los demás. 

El evangelio de Juan sabe que Jesús ha rechazado  el reino político/militar que le proponen sus discípulos (como se lo ha propuesto el diablo de las tentaciones deMt 4 y Lc 4). Desde ese fondo ello ha desarrollado un largo discurso y catequesis eucarística, que suele titularse el Sermón del Pan de Vida Jn 6, 22-61.

Está en su fondo la temática del pan y el vino: las multiplicaciones de Jesús, la experiencia de comidas gozosas de la iglesia. Pero lo que ahora emerge y se sitúa en primer plano es la experiencia poderosa de la identidad eucarística de Jesús entendido como «carne» compartida, como «sangre» de vida que él ofrece a todos.

Él no se limita a repartir el pan del reino, no es un simple convidado que ofrece el vino nuevo de las bodas de Caná, sino que él mismo es Pan de Vida y Vino de la Fiesta, verdad (fe, palabra) y comida verdadera (cuerpo y sangre) para los humanos.

4DAC7182-1CA2-4035-B5A3-C10613FFEB3CMuchos discípulos le buscan simplemente porque quieren alimento material; él les ofrece una comida que dura hasta la vida eterna y sólo puede consumirse y consumarse en fe, creyendo en él. A partir de aquí se inicia la revelación más alta, que presento en forma de disputa entre “los judíos” (quizá judeocristianos que no acaban de aceptar la visión eucarística de Juan) y Jesús, que así aparece como revelación eucarística de Dios.

 He dividido el texto en cinco apartados que marcan el proceso eclesial y catequético de  esta revelación eucarística, en disputa no sólo con el judaísmo exterior (que ha quedado fuera de la iglesia de Jesús), sino también con otros grupos eclesiales, que no aceptan la visión eucarística de Juan, su concentración cristológica. No puedo discutir el texto en profundidad, pues ello exigiría todo un libro. Simplemente marco sus momentos esenciales.

 1. Pan del cielo. Ellos entonces le dijeron:¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas?   Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Les dio a comer pan del cielo. Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios el que baja del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 30-34).

Este primer apartado(Maná, Pan del cielo) sitúa ya el tema en un ámbito de disputa con un tipo de judaísmo que, a juicio de Juan, está anclado en un pan que no ofrece comida verdadera, pues sigue dejando morir a los humanos. Además, el verdadero autor de aquel Maná, que es un primer pan del cielo, no fue Moisés, fue el Padre  de Jesús, que ahora quiere ofrecer y ofrece el verdadero Pan del Cielo, que será el mismo Jesucristo.

2. Hambre de Dios. – Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. –  Jesús les dijo: Yo soy el pan vivo (=de vida). El que venga a mí, no tendrá hambre,  el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 35).

Este apartado presenta a Jesús como Pan viviente que sacia un hambre distinta, hambre de Dios y de reino, que atormenta a los humanos desde el mismo principio de los tiempos. Juan está evocando aquí el motivo y signo del Árbol de la Vida, el vino de las Bodas de Caná: sólo el pan mesiánico, encuentro personal con Cristo, es comida verdadera para los humanos.

3. La eucaristía no es simplemente cuerpo, es «carne». Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: Yo soy el pan que ha bajado del cielo… ¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede  decir ahora: He bajado del cielo? – Jesús les respondió:  No murmuréis entre vosotros…. Yo soy el pan de vida. Vuestros   padres comieron el maná en el desierto y murieron….  Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le daré, es mi carne para vida del mundo (Jn 6, 41-51).

 El tema de fondo es la «carne» (la vida más honda de Jesús). Ciertamente, los hombres y mujeres comen pan externo y se alimentan mientras siguen en el mundo de alimentos materiales, de plantas y animales. Pero sólo les sacia una comida humana, el cuerpo y sangre (la carne) de otros seres personales, como supo Jesús cuando decía, el día de la Cena:  Comed: esto es mi Cuerpo.

234B6E4F-2835-4435-BF1A-B863BAF882F8Sólo un humano puede saciar a otro humano, como sabe todo enamorado. La vida se vuelve así amor, cuerpo mesiánico centrado y culminado en Cristo. Para quien haya seguido los dos capítulos anteriores de este libro (sobre la Cena de Jesús y su Pascua) lo que dice aquí Jesús será evidente, un simple corolario de lo ya evocado.

4. Disputa sobre la carne de Jesús.  – Discutían entre sí los judíos y decían: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? – Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros… Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.  El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Como el Padre viviente me ha enviado, y yo vivo por el Padre, el que me coma vivirá por mí (Jn 6, 52-57).

Este apartado  elabora lo anterior y lo sitúa en un plano carnal y trinitario, desde la perspectiva del Dios que es “comunión”, pero entendido en sentido carnal, esto es, de vida humana concreta, que nace, que sufre, que ama y que muere. La eucaristía es la revelación más honda de la identidad y riqueza divina, pero en línea de carne.

En los sinópticos, conforme a las palabras de la institución, Jesús dice: Esto es mi Cuerpo(sôma), en el sentido de corporalidad. Juan acepta ese signo, pero lo interpreta desde la perspectiva de la carne concreta (sarx).

El cuerpo se puede “espiritualizar”, en sentido de comunión más espiritual. La carne no. La carne es la vida concreta, la humanidad en el sentido de fragilidad, de entrega de la vida… En ese sentido, la eucaristía ha de entenderse desde la formulación radical de Jn 1, 14, que no es “el Verbo se hizo cuerpo”, sino el Verbo “se hizo carne”. En esa línea, cuando Jesús pide a los suyos que coman su carne y beban su sangre, les ofrece y pide algo inaudito, pero que forma parte de su identidad divina humana.

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Eucaristía e inmortalidad.

domingo, 1 de agosto de 2021
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201507181202301f2a2dDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

¿Cuántos miles de veces has comulgado desde que hiciste la Primera Comunión? ¿Se ha convertido ya en rutina, aunque seas consciente de su importancia? Hablando de otro tema: ¿Qué piensas de la otra vida? ¿Eres de los que dicen: «El pobrecito se ha muerto», como si fuera una desgracia sin remedio? ¿Estarías dispuesto, como Gilgamés, el gran héroe mesopotámico, a realizar un peligroso viaje para conseguir la planta de la inmortalidad, o piensas que es una tarea absurda e imposible? A menudo preferimos no hacernos estas preguntas. Es más cómodo esconder la cabeza, como el avestruz. Pero el autor del cuarto evangelio (san Juan o quien sea) disfruta amargándonos la vida.

El debate sobre el pan de vida

Este domingo y los tres siguientes se lee el «Debate sobre el pan de vida», que continúa el tema de la multiplicación de los panes y los peces. El inconveniente de dividir el debate y sus consecuencias en cuatro domingos es que se pierde su fuerte tensión dramática. Por ello, considero importante ofrecer una visión de conjunto, aunque haya que anticipar datos de los próximos domingos.

Los interlocutores del debate

Los interlocutores de Jesús, aunque resulte extraño, cambian: al principio son los galileos que se beneficiaron del milagro de la multiplicación de los panes; cuando el debate adquiere un tono polémico, son los judíos quienes «critican» a Jesús y «discuten entre ellos». Pero su reacción final, cuando termina de hablar Jesús, no se cuenta. El protagonismo pasa a muchos de sus discípulos [de Jesús], que «se escandalizan» y lo abandonan. Al final, solo quedan los doce.

Los tres puntos principales del debate

Los debates y discursos de Jesús en el evangelio de Juan, aunque largos y complicados, se pueden resumir en pocas ideas. En este podemos distinguir tres, estrechamente relacionadas.

  1. La «vida eterna» (vv.27.40.47.54), «la vida» (v.33.53), «vivir para siempre» (v.51.58). Es un tema obsesivo del cuarto evangelio, que comienza afirmando que «el Verbo era vida» y lo ejemplifica en la resurrección de Lázaro, donde Jesús se muestra como «la resurrección y la vida». Recuerda lo que decía Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme».
  2. Esa vida eterna se consigue comiendo «el pan de la vida» (v.35.48.51), «el verdadero pan que da la vida al mundo» (v.33.51), «el pan que ha bajado del cielo» (v.41.50.58). Al que come de ese pan, Jesús «lo resucitará en el último día» (vv.39.40.44.54).
  3. Los dos temas anteriores están muy vinculados al de la fe en Jesús: «lo que Dios quiere es que creáis en el que ha enviado» (v.29); «el que cree en mí nunca tendrá sed» (v.35); «el que cree en mí tiene la vida eterna» (v.47). Por eso, los discípulos que abandonan a Jesús lo hacen porque «no creían» (v.64); en cambio, los Doce, como afirma Pedro, «hemos creído y sabemos que tú eres el santo de Dios» (v. 69).

Por consiguiente, al hablar del «pan de vida», la fuerza capital recae en «la vida», esa vida eterna a la que Jesús nos resucitará en el último día. Igual que la comida no es un fin en sí misma, sino un medio para subsistir, el pan eucarístico está directamente enfocado a la obtención de la inmortalidad. Quien comulga, como algunos corintios, sin creer en la otra vida, no es consciente de la estrecha relación entre eucaristía y vida eterna.

El desarrollo del debate y sus consecuencias

En el texto litúrgico (que suprime el pasaje 6,36-40) podemos distinguir tres grandes partes (domingos 18, 19, 20), centradas en el diálogo entre Jesús y los presentes en la sinagoga de Cafarnaúm. Todo termina con la reacción tan distinta de muchos discípulos y de los Doce (domingo 21).

La primera parte (domingo 18), que desarrollaré luego, termina con una revelación inimaginable por parte de Jesús: «Yo soy el pan de vida», «el que baja del cielo y da la vida al mundo».

La segunda (domingo 19) comienza con la reacción crítica de los judíos ante la pretensión de Jesús de haber bajado del cielo. Imposible: conocen a su padre y a su madre. Pero él termina con una afirmación más desconcertante aun: «el pan que yo daré es mi carne».

La tercera (domingo 20) empalma con la afirmación anterior: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Los judíos llevan razón. Parece imposible, absurdo. Jesús no lo explica ni matiza. Insiste en que comer su carne y beber su sangre es la única forma de conseguir la vida eterna.

Con lo anterior termina del debate, sin que se diga cómo reaccionan los judíos. Pero sí se indica la reacción de los discípulos (domingo 21), distinguiendo entre el escándalo de mucho de ellos y la respuesta positiva de los Doce.

Notas al debate

  1. Aunque las ideas puedan resultar claras, son difíciles de aceptar. La reacción normal de los oyentes es que les están tomando el pelo, que Jesús está loco, o que es un blasfemo. Una persona a la que conocen de pequeño, igual que a su familia, tiene que haberse vuelto loca para decir que ha bajado del cielo, que es superior a Moisés, que quien viene a él no tendrá nunca hambre ni sed, que es preciso comer su cuerpo y beber su sangre, como si ellos fuesen caníbales.
  2. Jesús recurre a la ironía («me buscáis porque os hartasteis de comer»), al escándalo (rebajando la importancia del maná) y a expresiones simbólicas desconcertantes (comer su carne y beber su sangre). Con ello pretende lo contrario que los políticos actuales: que solo lo siga un grupo selecto, aquellos que «le trae el Padre». Este enfoque desconcertante del cuarto evangelio se basa probablemente en la experiencia posterior a la muerte de Jesús, y pretende explicar por qué la mayoría de los judíos no lo aceptó como enviado de Dios.
  3. El debate no reproduce lo ocurrido al pie de la letra, es elaboración del autor del cuarto evangelio. Él sabe que sus lectores, su comunidad, entenderá rectamente los símbolos. Cuando Jesús dice que «mi cuerpo es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida», que hay que comer su cuerpo y beber su sangre, saben que no se trata de comer un trozo de su brazo o beber un vaso de su sangre; se refiere a la eucaristía, al pan y la copa de vino que comparten.
  4. Desde un punto de vista pastoral, si el tema ya era complicado y escandaloso para muchos discípulos, los teólogos se han encargado de complicarlo aún más con el concepto de «transubstanciación». El que tenga dificultades sobre este punto podría acogerse a las palabras finales de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el santo de Dios». Y que los teólogos sigan discutiendo.

La versión milagrosa del maná (Ex 16, 2-4.12-15)

Ya que el evangelio hace referencia al don del maná, se lee la versión del libro del Éxodo, que lo une al de las codornices (pan y carne). Hay otra versión muy distinta del maná, nada milagrosa, en el libro de los Números 11,7-9. En este relato, el pueblo está harto de no comer más que maná. Y se añade: «El maná se parecía a semilla de coriandro con color de bedelio; el pueblo se dispersaba a recogerlo, lo molían en el molino o lo machaban en el almirez, lo cocían en la olla y hacían con ello hogazas que sabían a pan de aceite. Por la noche caía el rocío en el campamento y encima de él, el maná».

Sin embargo, la versión que terminó imponiéndose fue la milagrosa, de un alimento que envía Dios desde el cielo, no cae los sábados para respetar el descanso sabático, todos recogen lo mismo, sabe a galletas de miel, y es tan maravilloso que hay que conservar dos litros en el Arca de la Alianza. Estos detalles han sido suprimidos en la versión litúrgica, que, sin embargo, mantiene a las codornices; podría haberlas dejado volando y nadie las echaría de menos.

En aquellos días, la comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo:

-¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda la comunidad.

El Señor dijo a Moisés:

-Mira, haré llover pan del cielo para vosotros; que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba, a ver si guarda mi instrucción o no. He oído las murmuraciones de los hijos de Israel. Diles: al atardecer comeréis carne, por la mañana os hartaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.

Por la tarde una bandada de codornices cubrió todo el campamento, y por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto una polvo fino, como escamas; parecido a la escarcha sobre la tierra. Al verlo, los hijos de Israel se dijeron: «¿Qué es esto?». Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: «Es el pan que el Señor os da de comer.»

El maná y el pan de vida (Jn 6, 24-35)

La introducción ha suprimido muchos datos. Después de la multiplicación de los panes y los peces, los discípulos se marchan en la barca mientras Jesús se retira al monte huyendo del deseo de la gente de hacerlo rey. Por la noche, cuando la barca está en peligro por un viento en contra, Jesús se aparece caminando sobre el agua, sube a la barca y al punto llegan a tierra. Lo anterior se ha suprimido. El relato comienza cuando la gente advierte la ausencia de Jesús y de los discípulos y va a Cafarnaúm en su busca.

Empieza entonces el largo debate. La sección de hoy consta de cuatro intervenciones de la gente (tres preguntas y una petición), seguidas de cuatro respuestas de Jesús.

Todo comienza con una pregunta muy sencilla: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» Jesús, en vez de responder a la pregunta, hace un suave reproche («me buscáis porque os hartasteis de comer») y les habla del alimento que dura hasta la vida eterna. Lo lógico sería que la gente preguntase cómo se consigue ese alimento; en cambio, pregunta cómo pueden hacer lo que Dios quiere. Y Jesús responde: lo que Dios quiere es que crean en aquel que ha enviado. Los galileos captan que Jesús habla de creer en él, y adoptan una postura más exigente: para creer en él deberá realizar un gran prodigio, como el del maná. Con la referencia al maná le ponen a Jesús el tema en bandeja. Enfrentándose a la tradición que presenta el maná como «pan del cielo» y «pan de ángeles», Jesús dice que el maná no se puede comparar con el verdadero pan del cielo, que no se limita a saciar el hambre, sino que da la vida al mundo. Los galileos reaccionan de forma parecida a la samaritana: «Señor, danos siempre de ese pan». La respuesta de Jesús no puede ser más desconcertante: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.» ¿Cómo reaccionará la gente? La solución el domingo próximo.

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:

-Maestro, ¿cuándo has venido aquí?

Jesús les contestó:

-En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna; el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios.

Ellos le preguntaron:

-Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?

Respondió Jesús:

-La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado.

Le replicaron:

-¿Y qué signo haces tú para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo».

Jesús les replicó:

-En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.

Entonces le dijeron:

-Señor, danos siempre de este pan.

Jesús les contestó:

-Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.

«El hombre comió pan de ángeles» (Sal 77)

El salmo alaba al Señor por su poder al alimentar al pueblo con el maná e introducirlo en «las santas fronteras» de la tierra prometida. Pensando en las palabras de Jesús, debemos alabarlo, no por aquel milagro pasado, sino por darnos cada día el verdadero pan del cielo.

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Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. 01 de agosto de 2021

domingo, 1 de agosto de 2021
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d-xviii

“…lo encontraron al otro lado…”

(Jn 6, 24-35)

Lo primero que llama la atención es cómo la gente busca a Jesús y a sus discípulos. Pero está búsqueda ¿a qué se debe? Jesús se lo dice, me buscáis porque os he dado de comer. Continúa el texto: “lo encontraron al otro lado”, y esto es llamativo porque nosotras buscamos a Jesús en nuestro lado donde sabemos movernos y sentimos seguridad, donde el territorio es conocido y el mapa está trazado.

Sin embargo Jesús pasa al otro lado, y es a lo que nos enseña. Jesús cruza desde la zona de confort al espacio de la novedad, de la sorpresa, de lo diferente. Nos hace buscarle en otro contexto, fuera de los márgenes, en un estado distinto. Para comprenderlo en lo que es, en la profundidad de su mensaje y de su vida.

Y la siguiente pregunta: “Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?”. Y Jesús se adelante y les dice: No me busquéis porque puedo saciar vuestro hambre físico, sino porque puedo saciar vuestro hambre espiritual.

Yo soy el pan vivo, un pan que llena cada vez que se consume. Un pan triturado en el dolor y hecho entrega para dar vida.

Ser su cuerpo y rompernos en una entrega diaria. Sabiéndonos llenas de ese alimento que plenifica porque lleva a un encuentro en la totalidad que somos.

Es una mínima cantidad de alimento para un máximo de Presencia, porque lleva la totalidad de la entrega.

En la entrega no hay medida, hay esencia. No puedo darme por partes. No puedo calcular lo que me doy, porque eso no es entrega, eso es cálculo.

La entrega no mide, es donación total, y eso hace Jesús en cada partícula del pan, entregarse totalmente. Dona la totalidad que es, para que al recibirlo formemos el cuerpo de la común unión de ser todos en Él.

Al recibir el pan de vida recibimos, en un encuentro sin fronteras, la posibilidad de ser uno con Él. Siendo cuerpo, siendo entrega, siendo vida.

Oración

Ayúdanos a experimentar cada día ese encuentro en la partícula de lo pequeño para vivirte a lo grande.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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No te da Vida comer el pan sino el dejarte comer.

domingo, 1 de agosto de 2021
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pictures-of-jesus-last-supper-949848-wallpaperJn 6, 24-35

Seguimos en el c. 6 del evangelio de Juan. La lectura de hoy afronta directamente la discusión con los judíos. En todo caso, este capítulo plantea una discusión larga y dura, en la que Jesús va concretando y profundizando las exigencias del seguimiento. Se va acentuando la distancia a medida que Jesús va aquilatando el discurso. El proceso será: Entusiasmo, duda, desencanto, desilusión, oposición, rechazo, abandono.

El diálogo es un montaje que permite a Juan poner en boca de Jesús lo que aquella comunidad consideraba las claves del seguimiento. No contesta a la pregunta: ¿cómo y cuándo has llegado aquí?, sino a las verdaderas intenciones de la gente, llevando el diálogo a su terreno. Lo que tiene importancia es el compromiso de entrega, al que quiere llevarlos.

Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. La “señal” era una invitación a compartir, pero ellos vieron en ella solo la satisfacción del apetito. Esa búsqueda de Jesús no es correcta, solo pretenden seguridades. Jesús va directamente al grano y desenmascara su intención. No le buscan a él sino el pan que les ha dado. No le buscan por conseguir un futuro más humano. Esas palabras critican la religión de todos los tiempos. Todas las religiones manipulan a Dios para ponerlo a su servicio.

Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que dura dando Vida definitiva. Esta propuesta de trabajar por la Vida, es el resumen de todo su mensaje. Vale lo mismo para aquel tiempo que para hoy. Trata de advertir de la facilidad que tiene el hombre de malograr su vida enredándose en lo puramente material o dejándose llevar por lo sensible. La búsqueda del verdadero pan exige esfuerzo. Es un camino de lucha, de superación, de purificación, de regeneración, de muerte y de nuevo nacimiento (bautismo).

El alimento que perdura lo da Dios gratuitamente. Jesús descubrió ese don y desplegó su verdadera Vida. Sin alimento no puede haber vida. Por eso hay que escucharle cuando habla de otro tipo de comida, que es la que nos salva. También hay que trabajar por el alimento que perece, pero no debe ser el objetivo único de nuestra vida. Los judíos muestran un cierto interés, pero es puramente superficial. Acostumbrados a moverse a golpe de preceptos, preguntan a Jesús por las normas, incapaces de imaginar a Dios que da todo gratis.

Éste es el trabajo que Dios quiere, que prestéis adhesión al que él ha enviado. Conocer lo que Dios espera de nosotros parecería el verdadero camino, pero ese interés es solo aparente. En realidad no nos interesa demasiado lo que Dios quiere. Lo que de verdad nos interesa es lo que nosotros queremos. Para garantizar seguridades, hemos fabricado un Dios a medida. De todas formas Jesús les dice lo que Dios espera de ellos: que le presten su adhesión. La discusión entre fe y obras queda superada drásticamente: confiar en Jesús.

Pero inmediatamente viene la institución y nos dice: lo que Dios quiere es esto y aquello; que no es más que lo que les interesa a los dirigentes de turno. Jesús no vino a dar nuevas normas morales sino a enseñarnos el camino de la verdadera Vida. Lo que tengo que “hacer”, lo tengo que descubrir yo, no me tiene que llegar de fuera como programación, no tengo que ser un robot al que le han introducido un programa. Lo que Dios quiere es que lleguemos a nuestra plenitud, y el “mapa de ruta” está en nuestro interior, no fuera.

A Dios le importa más lo que somos que lo que hacemos. Mostramos nuestra ceguera cuando estamos preocupados por lo que Dios quiere que hagamos o dejemos de hacer. Solo una cosa es fundamen­tal: confiar. Creer no es aceptar una serie de verdades teóricas y quedar tan tranquilos. Esto es lo que pide Jesús a sus oyentes. Tergiversamos esa confianza cuando la convertimos en esperanza de que Dios cumpla nuestros deseos. Confiar es aceptar la voluntad de Dios, no venida de fuera, sino como inserta en la raíz de nuestro ser.

¿Qué señal realizas tú para que viéndola te creamos? La exigencia de una señal es la demostración de que no creen. Estarían dispuestos a aceptar un Mesías, semejante a Moisés, que demostrara su valía a base de prodigios. El maná estaba considerado como el mayor de los milagros. Exigen de Jesús que legitime sus pretensiones con otro prodigio igual o mayor. Pero la Vida que Jesús promete no viene de fuera y espectacularmente; está en cada uno y se manifiesta en lo cotidiano como amor desinteresado, como preocupación por el otro.

No os dio Moisés el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Aquello no era más que un símbolo. La realidad está en Jesús, verdadero pan del cielo, que alimenta la verdadera Vida. Recordemos que los rabinos consideraban la Torah como el pan que Dios les había otorgado. Ahora es Jesús la única Ley que salva. Danos siempre pan de ese. Reacción aparentemente sincera, pero equivocada. Le llaman Señor; creen en sus palabras; esperan que satisfaga sus anhelos; pero no le dan su adhesión sincera.

Yo soy el pan de Vida. En todos los discursos que encontramos en este evangelio, se hace referencia a la Vida. Se trata de una realidad que no podemos explicar con palabras, ni meter en conceptos humanos. Solo a través de símbolos y metáforas podemos indicar el camino de una vivencia, que es lo único que nos llevará a descubrir de qué se está hablando. “Yo soy” en Juan es la suprema manifestación de la conciencia de lo que era Jesús. Cada uno de nosotros debemos descubrir lo que verdaderamente somos, como lo descubrió Jesús.

El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed. ¿Qué significa, “ir a él, creer en él”? Aquí radica todo el meollo del discurso. No se trata de recibir nada de Jesús, sino de descubrir que todo lo que él tenía lo tengo yo. Lo que Jesús propone es que los seres humanos descubran que se puede vivir desde una perspectiva diferente, que alcanzar la plenitud humana significa descubrir lo que Dios es en cada uno y una vez descubierto ese don total (Vida), respondamos como respondió Jesús.

Lo que propone Jesús está en contra de toda lógica. Está diciendo que el pan que da Vida no es el pan que se come, sino el pan que se da. Si te conviertes en pan como él, entonces, ese darte se convertirá en Vida. Jesús no invita a buscar la propia perfección, sino a desarrollar la capacidad de darse a sí mismo. Solo dándote, superarás el egoísmo y alcanzarás la plenitud. Yo soy” es la clave de la comprensión de Jesús en el evangelio de Juan. Lo que pongamos después del ‘yo soy’ no tiene importancia. Aquí añade… pan, VIDA.

 

Meditación

La Vida espiritual también necesita de alimento.
Jn presenta a Jesús como el alimento que da Vida.
Para que alimente, tengo que asimilarlo.
Como Jesús, tenemos que descubrir esa Vida
y dejar que nos atraviese desde lo hondo del ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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La señal.

domingo, 1 de agosto de 2021
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artwork_images_424157556_176230_david-lachapelleJn 6, 24-35

«¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obras realizas?…»

Muchos de los que escucharon a Jesús no creyeron en él y no le siguieron. Los doctores lo tenían por impostor. Los fariseos por un impío que no guardaba el sábado, ni ayunaba ni se recataba de comer con pecadores. Los sacerdotes se sintieron tan amenazados por su doctrina y el entusiasmo que causaba en la gente, que cuando subió a Jerusalén lo quitaron de enmedio en menos de una semana. Sus familiares lo tenían por loco. Los que en principio le siguieron porque vieron en él la mejor versión del mesías libertador de Israel que esperaban, le abandonaron cuando quisieron hacerle rey y él los dejó plantados.

Pero hubo mucha gente que le siguió hasta el final; que abandonó sus tradiciones milenarias más sagradas (como la circuncisión o el sábado) y se dejó embriagar por su vino nuevo y poderoso. Y nos podemos preguntar: ¿Qué señales vieron en él para que rompiesen con el pasado y le siguiesen, con tal entusiasmo, que no le dejaban descansar y hasta se olvidaban de comer por escucharle?…

La respuesta es que Jesús les fascinaba porque les hablaba de Dios como jamás nadie les había hablado. Y le seguían, porque nunca se cansaba de hacer el bien y liberar a los oprimidos por el mal; porque les prestaba toda su atención; porque daba esperanza a los marginados a quienes todos consideraban aborrecidos de Dios por sus pecados… y por tantas cosas más.

Ésas eran sus señales.

La señal de las primeras comunidades nos la desvela Lucas en “Hechos” cuando dice que en ellas no había pobres. Estaban tan comprometidas con el evangelio, tan empapadas de evangelio, que no podían permitir que alguno de sus hermanos pasase necesidad. Y aunque las autoridades les perseguían, la gente les respetaba y les admiraba… y no dejaban de crecer.

A nosotros nos está tocando vivir en un mundo sumido en una profunda crisis de sentido; un mundo necesitado de unos valores que lo humanicen. Y en este contexto nos podemos preguntar, ¿qué testimonio estamos dando “nosotros la Iglesia”? ¿cuál es nuestra señal?… Quizá la mejor señal sería que el mundo viese que allí donde hay cristianos hay más justicia y honestidad, y aunque esto nos pueda parecer una utopía, es en realidad el compromiso que se nos supone a quienes tenemos la osadía de llamarnos cristianos.

La clave es el compromiso. Decía Ruiz de Galarreta que el lema del cristiano podría ser «máximo compromiso, máxima confianza». Máximo compromiso con la misión, y máxima confianza, porque quien juzga nuestros fallos es nuestra madre.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

 

Nota de Fe Adulta:

Después de dos ciclos litúrgicos completos, es decir, más de seis años en el encargo, nuestro querido Vicente Martínez le pasa el testigo a Miguel Ángel Munárriz. No es un adiós ni mucho menos. Vicente seguirá deleitándonos con esos valores cristianos creativamente engarzados con las bellas artes, pero será en la sección de artículos. Por otro lado, tod@s conocemos a Miguel Ángel por sus artículos y sobre todo por su estrecha relación con la obra de José Enrique Galarreta, del que se considera su discípulo y del que fue buen amigo. Será una bonita forma de hacer presente a Galarreta en este portal. Y recordando las ideas de José Enrique, tenemos asegurado hablar de Jesús y hablar de Evangelio. Gracias Vicente. Gracias Miguel Ángel.

 

Fuente Fe Adulta

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Pan de Dios en el desierto de Sin.

domingo, 1 de agosto de 2021
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manaRabí Yehudá ben Samuel sentía sobre sus hombros un pesado fardo que aumentaba cada vez que recordaba las palabras del salmo: “Lo que oímos y aprendimos y nos contaron nuestros padres, no lo encubriremos a nuestros hijos, lo contaremos a la siguiente generación: las glorias del Señor, y su poder, y las maravillas que realizó…”

Corrían tiempos difíciles y él no estaba seguro de poder comunicar a sus hijos esas maravillas. Vivían en un país de la diáspora, los niños se mezclaban con hijos de gentiles y, aunque aprendían hebreo en la Bet ha Midras, esa lengua ya no era la suya ni tenían ya la misma veneración por las costumbres judías que él había vivido en su infancia. Hacían preguntas que él de niño jamás se habría atrevido a hacer y había oído decir a  su hijo mayor que el maná solo era semillas de cilantro que habían encontrado en el desierto: “Era como el que guarda mi madre en la despensa y no me extraña que nuestros padres se cansaran de comer lo mismo durante cuarenta años”.

Por eso Rabí Yehudá se preparaba para narrarles aquella historia, así que tomó el rollo de la Torah y buscó el libro de Shemot. Cuando encontró el relato del maná, sintió una intensa emoción: “Toda la comunidad de Israel partió de Elim y llegó al desierto de Sin el día quince del segundo mes después de salir de Egipto y la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto diciendo: Nos habéis sacado de Egipto para matar de hambre a toda esta comunidad…

Así comenzaba el relato que se había convertido para él en el maestro que lo había iniciado en otro tipo de sabiduría y le había convertido en el creyente que ahora era. Cuando lo descubrió, estaba atravesando un tiempo de penurias y se había reconocido en las murmuraciones de los israelitas y en su fe vacilante. Más tarde le llegó un golpe de suerte y los tejidos que fabricaba subieron de valor pero, con la riqueza, llegaron las tentaciones: “Es mi habilidad para los negocios la que me ha hecho rico”, pensó. Pero las palabras de Moisés le curaban de su soberbia: “Es el Señor quien os da este pan…

Con las posesiones, llegó también la ansiedad por acumular pero tuvo un sueño liberador: al abrir las arcas en que almacenaba sus bienes, las encontraba llenas de gusanos, como el maná que se guardaba de un día para otro. También su afán por seguir produciendo sin detener el ritmo de los telares se le reveló, de pronto, como un gran pecado y volvió a guardar el Sábado como día dedicado al Señor, según había ordenado Moisés.  Empezó también a obedecer la orden de “llevar porciones a los que no tenían” y se convirtió en un hombre generoso que compartía con esplendidez sus bienes con los pobres. Iba aprendiendo a conocer mejor la desmesurada misericordia de su Dios y a descubrirla como un manantial incesante de dones que colmaba de bienes su existencia.

La llegada de sus hijos interrumpió sus recuerdos. Se quedaron de pie en torno a él y antes de comenzar su explicación, Rabí Yehudá pronunció la bendición: “Bendito eres, Señor Dios nuestro que nos rescataste de la esclavitud, nos hiciste vivir y en la abundancia nos alimentaste. Bendito eres Tú Señor, Rey del universo, que sacas para nosotros el pan de la tierra”. Y ellos respondieron: Amén, amén. Y se sentaron a escucharle.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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¿Creer?

domingo, 1 de agosto de 2021
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CieloDomingo XVIII del Tiempo Ordinario

1 agosto 2021

Jn 6, 24-35

Tal como suele entenderse en este evangelio, creer no significa tanto adhesión mental cuanto confianza inquebrantable. Y, en este mismo evangelio, se invita a creer en Jesús -más aún, se afirma que en eso se resume la voluntad de Dios-, con la promesa de que la confianza en él saciará toda hambre y toda sed.

 En el texto encontramos dos afirmaciones que, por más que se les haya concedido una validez durante siglos, entran en fuerte disonancia con la consciencia moderna y son superadas en una mirada transpersonal. Las dos afirmaciones a las que me refiero pueden sintetizarse de este modo: la salvación viene de “fuera” y se juega decisivamente en la figura de Jesús. Analicemos ambas creencias.

 Las religiones ofrecen una salvación que viene de “fuera”. Es precisamente ese “fuera” el que hoy se cuestiona: fuera, ¿de qué?; fuera, ¿dónde?; ¿acaso puede haber algo “fuera” de lo real? A medida que nos hacemos más conscientes de la capacidad proyectiva de la mente, nos resulta más fácil entender su tendencia a colocar “fuera” -o viniendo de fuera- aquello que más anhelamos. Desde la percepción de su propia necesidad e inseguridad, el ser humano dirigió su mirada hacia “algo” más grande que él que nombramos como “trascendencia”.

 Sin embargo, como los místicos han sabido ver, la trascendencia no se halla fuera, ni siquiera lejos, sino en nuestra más íntima profundidad. Hasta el punto de poder afirmar que constituye aquello que realmente somos. Con lo que venimos a descubrir que aquello que nuestra mente había proyectado en el exterior no es sino nuestra identidad habitualmente ignorada.

 Por su parte, la religión cristiana -a partir de Pablo de Tarso- otorgó a Jesús el rango de “salvador”, haciendo de él un ser radicalmente diferente de todos los demás. En consonancia con el momento histórico en que aparece, convierte a Jesús en un Dios “separado”, con cualidades y poderes únicos.

 Sin embargo, bien pudiera ser que se tratara solo de una lectura realizada desde la fe -de un “mapa creyente”-, que se desvela con nitidez al hacernos conscientes que aquello que se afirma de Jesús vale en realidad para todos nosotros.

 ¿Qué significa, por tanto, creer en Jesús y ver saciado nuestro anhelo? Por decirlo brevemente: comprender lo que realmente somos. Como el Jesús del cuarto evangelio, todos nosotros podemos decir: “El Padre y yo somos uno”, “Yo soy la vida” o, sencillamente, “Yo soy”. Y no hablo lógicamente del yo particular o ego, sino de aquella identidad profunda que compartimos con Jesús y todos los seres. Así entiendo por qué en eso se condensa todo: cuando se comprende experiencialmente lo que somos, se ha encontrado el tesoro.

¿Dónde busco la respuesta a mi anhelo más profundo?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Somos seres hambrientos

domingo, 1 de agosto de 2021
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450_1000Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Continuamos escuchando el cp 6 del Evangelio de San Juan: la multiplicación de los panes, JesuCristo como pan de vida, Eucaristía.

01. Los seres humanos necesitamos comer y buscamos alimento que nos nutra, agua que apacigüe nuestra sed

Los humanos somos hambrientos. Necesitamos alimentarnos en todos los sentidos.

Podemos observar esta menesterosidad en:

o El hambre física cotidiana es una continua llamada de atención de las necesidades humanas.

o Los jóvenes y no jóvenes que, al amanecer, salen somnolientos de las discotecas en las que han pasado la noche tratando de alimentar su hambre y sed de felicidad.

o Las adicciones: droga, alcohol, ludopatía, pornografía son expresión de un hambre infinita de placer y tras el placer de una nostalgia de felicidad no lograda.

o Las migraciones nos hablan del hambre del humano tiene hambre en todas las latitudes: las pateras, los movimientos de los países de la Europa del Este, de Latinoamérica, etc.

o También tenemos hambre de cultura, de saber, así como una gran necesidad y nostalgia de valores, de pensamiento y criterios con los que vivir.

Buscar a Jesús es buscar la vida y buscar la vida es buscar a Jesús, (equivocaciones incluidas):

02. EL PAN QUE ALIMENTA

En ocasiones en la vida nos alimentamos con panes que no sacian nuestra hambre, ni nuestras nostalgias e inquietudes de absoluto. Nunca el placer ni el dinero, ni el poder son suficientes, hasta que descansemos en el Señor. Nuestro corazón está inquieto y solamente descansará cuando te encuentre, (San Agustín)

Vivir de determinadas maneras, comer cualquier pan es como pretenden apaciguar la sed bebiendo agua del mar…

En la vida nos hace falta pan material, tecnología, medicina, un cierto confort, pero no olvidemos la afirmación de Cristo allá en las tentaciones: no solo de pan vive el hombre. O si le damos la vuelta caeremos quizás mejor en la cuenta: Quien vive solamente de tal pan material, muere.

En el tercer mundo mueren de hambre material, y nosotros morimos de comer demasiado y demasiado mal. Es sabido que la superabundancia y consumismo en el que hemos vivido hasta ahora es causa de “nuestras” enfermedades somáticas y psíquicas.

Es más que importante y decisivo, de qué pan nos alimentamos:

no son las diversas especies de frutos los que alimentan al hombre, sino que es tu Palabra la que mantiene a los que creen en Ti, (Sab 16,26). Tu Palabra es dulce al paladar (Sal 119,103)

Lo que distingue al ser humano del animal es la PALABRA, que da sentido a toda realidad humana y crea relaciones entre las personas.

03. YO SOY EL PAN VIVO BAJADO DEL CIELO. QUIEN COMA DE ESTE PAN VIVIRÁ SIEMPRE. EL PAN QUE YO DOY PARA LA VIDA DEL MUNDO ES MI CARNE”. (Juan 6, 51).

imagesLa presencia de Jesús en la Eucaristía es una presencia real y simbólica a la vez.

Es REAL porque el Señor así nos lo dejó: donde estéis dos o más reunidos en mi nombre allí estoy yo, haced esto en memoria mía: esto es mi cuerpo.

Es SIMBÓLICA porque no podemos hablar de las cosas de Dios, como si se tratase de cosas de los hombres. La Escritura, la Biblia (Revelación) no son una fuente de información directamente representativa de hechos o datos objetivos sobre la realidad trascendente. A Dios nadie le ha visto nunca jamás. Los textos bíblicos no comunican conocimientos objetivos sobre la realidad trascendente, como si se tratase de realidades iguales a las cotidianas del mundo de los humanos. Dios y su infinita bondad que Jesús nos ha revelado, no caben en nuestra mente, ni en nuestras palabras y ritos.

No es menos cierto que los humanos no tenemos otro lenguaje más que el nuestro para hablar de Dios. El Creador dejó en nosotros su huella a la hora de comunicarnos. Gracias a esos vestigios podemos hacer nuestro en el lenguaje simbólico la profundidad de Dios.

EL SÍMBOLO CONDUCE A UNA COSA DIFERENTE A SÍ MISMO; hace presente algo diferente, revela algo peculiar que no podría conocerse sin el símbolo. El símbolo, los símbolos participan de la realidad que significan

o El AGUA es limpieza-purificación, es vida, ¿qué otra cosa significa el BAUTISMO?

o El ACEITE (crisma – óleo) sirve como unción, masaje de preparación para el combate de la vida (y de la enfermedad). ¿QUÉ OTRA COSA ES LA CONFIRMACIÓN, MINISTERIO ECLESIAL, LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS?

o El PAN es alimento y vida(sobre todo en nuestra cultura mediterránea), Esto es la EUCARISTÍA

Los símbolos revelan ciertos aspectos de la realidad, los más profundos, que desafían otros medios de conocimiento. EL LENGUAJE SIMBÓLICO ES EL MÁS REAL. LOS SÍMBOLOS SON EL BALBUCEO HUMANO DE LO DIVINO; son la expresión más exacta que humanamente se puede, de lo que supera el techo de todo lo humano, de Dios.
En la Eucaristía la fe nos permite y ayuda a trascendernos a nosotros mismos, superar todo lo humano y recibir al Señor,

En este encuentro la mente humana calla y obedece, el creyente confía y se deja inundar del amor infinito de Dios.

Lo decía santo Tomás en ese himno que lo hemos cantado mil veces en nuestra vida: Praestet fides supplementum Sensum defectui: La fe ha de prestar el suplemento necesario para comprender lo que los sentidos no pueden “tocar”.

04. PAN DE VIDA.

ev-0Cristo es el pan de vida. El pan, el humilde pan, es la presencia de Cristo: de la Vida. Pero no se trata, al menos no exclusivamente, de tomar un poco de pan en la Eucaristía. El pan de vida de Cristo son las bienaventuranzas, la solidaridad, el amor, el perdón, la redención…

Cuando comemos de ese pan (de esos criterios) y cuando repartimos el pan tenemos vida en el más amplio sentido de la palabra: respetamos a todos los hombres y pueblos, cuidamos de los ancianos, enfermos, ayudamos a crecer a los niños, repartimos en pan, el trabajo, la cultura.

La samaritana, (Jn 4) le pide a Jesús: dame de esa agua y no tendré más sed. Ahora la muchedumbre le pide. Danos de ese pan.

“YO SOY EL PAN DE VIDA. EL QUE VIENE A MÍ NO PASARÁ HAMBRE”

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El lugar perfecto

viernes, 30 de julio de 2021
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Del blog de henri Nouwen:

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«El problema de dónde vivir y qué hacer es realmente insignificante comparado con la cuestión de cómo mantener los ojos del corazón puestos en Dios. Puedo enseñar en Yale, trabajar en la panadería de la abadía de Genesee, o jugar con los niños pobres en Lima, y sentirme inútil, desdichado, desgraciado y deprimido en todas esas situaciones.

El perfecto lugar, empleo, vocación o ministerio no existe. Puedo sentirme contento o descontento en cualquier situación. Me consta, porque es algo que me ha pasado. Me he sentido desgraciado y gozoso al mismo tiempo, tanto en situaciones de abundancia como de pobreza, de popularidad como de anonimato, de éxito como de fracaso. La diferencia nunca dependía de la situación en sí, sino siempre de mi estado mental y espiritual. Cuando sabía que andaba con Dios, estaba en paz y me sentía contento. Cuando me embrollaba en mis propias quejas y penas emocionales, me sentía inquieto y fragmentado. Ahora que tengo que tomar una decisión acerca de mi porvenir, me doy cuenta de una simple verdad: si hago esto o aquello o lo de más allá, durante los próximos cinco, diez o veinte años, no es gran decisión. Entregarme plena e incondicionalmente a Dios, sin temor, sí lo es. Saber esto ha sido mi liberación«.

*

Henri Nouwen

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El Dios imaginado (2): Fanáticos versus Profetas

martes, 27 de julio de 2021
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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Para el psicoanálisis, la clave para comprender la estructura psíquica latente del fanatismo religioso es el narcisismo. El fanático devora la divinidad, pretende englutirla en el seno de su propio ser. Una estructura problemática en la naturaleza de su yo le empuja a ello.
En efecto, es muy difícil que nuestro yo se constituya a partir de una experiencia previa de fragmentación. Desde ella no es posible organizar las vivencias que se suceden en el organismo. Sólo mediante las experiencias positivas de gratificación simbiótica proporcionadas por la figura materna se hace posible la emergencia de un yo cohesivo e integrado.
1486910_509259779171537_169611532_nHa de existir, pues, una experiencia suficiente por la que el bebé se sienta acogido, acariciado y protegido por la figura materna. Sólo así surge el sentimiento de unidad psicofísica que, como segunda piel, protege el conjunto de las experiencias previamente desintegradas, y resulta posible discriminar entre el mundo interior y el exterior y entrar en una relación con ellos que no sea experimentada como amenazadora. Cuando esto no sucede, el mundo interno se experimenta como deteriorado y el externo se manifiesta como sumamente peligroso. Se trata de un narcisismo patológico que, en lugar de posibilitar el acceso a la alteridad, lo bloquea. Cuando se produce una carencia materna y, por tanto, una alteración narcisista en las bases de la personalidad, el propio yo se ve obligado a experimentarse a sí mismo como «objeto/self » omnipotente y necesitado de admiración. Es el intento de recomponer una organización yoica herida.
Las estructuras mentales y afectivas experimentan entonces una urgencia de integración. A falta de una unificación interior armoniosa, surgirá una compulsión integradora que generará fácilmente posiciones integristas. A nivel de pensamiento, el fundamentalismo contaría aquí con un soporte esencial. Pero, cuando las condiciones son particularmente traumáticas, la herida abierta empuja a buscar una integración artificial también en el ámbito de la acción. La carencia de «piel psíquica» se intenta compensar con una «piel muscular«, hecha de movimiento y acción. El «otro» supone una amenaza de muerte para el propio yo débil y fragmentado. La alteridad tiene que ser repelida y, si es posible, anulada.
1535732_509013859196129_1322280446_nDesde la urgencia de su yo fragmentado, el fanático experimenta la imperiosa necesidad de constituirse en un todo compacto. La alteridad – el tú libre y no manipulable – constituye una amenaza para su pretensión de totalidad. Su violencia se desata en el intento de conjurar el peligro. Por eso el fanático devora a la divinidad: en su condición de sagrado y total, el objeto religioso es englutido por él y confundido con su propio yo.
Dentro de esta dinámica, el dogma, la creencia, forma el núcleo que hay que salvaguardar como objeto fetiche sobre el que el integrista, el fundamentalista o el fanático proyecta la seguridad y la integración de su propio yo amenazado. Las tres figuras viven el problema de la verdad como una cuestión que afecta a sus propios fundamentos. Pero la verdad deja de ser algo a lo que referirse para convertirse en algo que se identifica con su mismo ser. Es una verdad «cosa», vivenciada como prolongación del propio yo. La realidad ha de someterse a su imperio. Especialmente desde esta referencia a la verdad religiosa, el fanático se convierte en una grotesca caricatura del profeta.
El profeta no se expresa en su nombre, sino en nombre de Otro que le interpela a él tanto como al pueblo al que se dirige. El profeta sabe que Dios le precede. Por eso vive atento a su Palabra. Una Palabra que viene por sorpresa. Y por ello produce tanto alegría como terror y deseo de huir (Jr 20,7-9.14-20). Es la Palabra del Otro. Una Palabra que puede entrañar una amenaza para la propia seguridad y estabilidad personal, porque a veces produce una distorsión en la vida de quien la oye (Am 7,14ss; Ex 24,1524).
1800474_709731049059554_494469517_nEl profeta es esencialmente un transmisor de la Palabra que viene del Otro: es portavoz, no voz de Dios. No habla nada de su propia cosecha. Acepta su diferencia con Dios y no se identifica nunca con la totalidad que él representa. Porque no es el todo, es capaz de reconocer la alteridad sin sentirse amenazado. Por eso, al proclamar la verdad, no lo hace con la violencia típica del fanático. Como él, también el profeta es un hombre público. Ni se retira del mundo ni se encierra en el Templo. Su oído está atento a Dios, su mirada a la realidad que le circunda. Se dirige a las calles y plazas. Es allí donde la verdad que ha oído del Otro debe ser proclamada, porque es allí donde tiene una función transformadora. Cierto que, a veces, como hace Amós, el profeta proclama una ruptura total con las estructuras vigentes. Su profecía adquiere entonces visos de violencia. Pero, a diferencia de lo que ocurre en el fanatismo, esa violencia aspira a una transformación salutífera de la realidad. Si hay que talar el árbol, habrá que dejar un tocón, de donde brotará una nueva fronda. Y por eso el profeta (rara vez lo hace el fanático) proclama también la esperanza.
Profetas y fanáticos se presentan, pues, como dos modos de articularse la relación con el objeto mental Dios. Uno, como mediación de una verdad cuya proclamación es generadora de vida, y otro, como identificación con una verdad que se impone de modo totalitario y violento. Ambas figuraciones religiosas puntean la historia de las religiones. La del cristianismo contemporáneo también. Oscar Romero y Lefèbvre podrían representar los polos de una amplia gama que incluiría personas y grupos: desde el talante profético que marca a muchas comunidades populares latinoamericanas a las tendencias más o menos integristas de otros grupos nacidos en la vieja Europa.
*
Carlos Domínguez Morano
El Dios imaginado
(Selecciones de teología # 137, 1996)

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“Eucaristía y crisis económica”. 17 Tiempo Ordinario – B (Juan 6,1-15)

domingo, 25 de julio de 2021
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17_to_b-600x441Todos los cristianos lo sabemos. La eucaristía dominical se puede convertir fácilmente en un «refugio religioso» que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana. Es tentador ir a misa para compartir una experiencia religiosa que nos permite descansar de los problemas, tensiones y malas noticias que nos presionan por todas partes.

A veces somos sensibles a lo que afecta a la dignidad de la celebración, pero nos preocupa menos olvidarnos de las exigencias que entraña celebrar la cena del Señor. Nos molesta que un sacerdote no se atenga estrictamente a la normativa ritual, pero podemos seguir celebrando rutinariamente la misa sin escuchar las llamadas del evangelio.

El riesgo siempre es el mismo: comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren. Compartir el pan de la eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.

En los próximos años se van a ir agravando los efectos de la crisis mucho más de lo que nos temíamos. La cascada de medidas que se nos dictan de manera inapelable e implacable irá haciendo crecer entre nosotros una desigualdad injusta. Iremos viendo cómo personas de nuestro entorno más o menos cercano se van empobreciendo hasta quedar a merced de un futuro incierto e imprevisible.

Conoceremos de cerca inmigrantes privados de asistencia sanitaria, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación, familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas por el desahucio, gente desasistida, jóvenes sin un futuro nada claro… No lo podremos evitar. O endurecemos nuestros hábitos egoístas de siempre o nos hacemos más solidarios.

La celebración de la eucaristía en medio de esta sociedad en crisis puede ser un lugar de concienciación. Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos. Toda la eucaristía está orientada a crear fraternidad.

No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año el evangelio de Jesús sin reaccionar ante sus llamadas. No podemos pedir al Padre «el pan nuestro de cada día» sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.

José Antonio Pagola

 

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“Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron”. Domingo 25 de julio de 2021. Domingo 17º de tiempo ordinario.

domingo, 25 de julio de 2021
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42-ordinarioB17 cerezoDe koinonia:

2Reyes 4,42-44: Comerán y sobrará.
Salmo responsorial: 144: Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.
Efesios 4,1-6:Un solo cuerpo, un Señor, una fe, un bautismo.
Juan 6,1-15: Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron.

2Re 4, 42-44

La actividad profética de Eliseo tuvo lugar en el Reino del Norte. Eliseo es un profeta taumaturgo, a través de sus milagros intentó conducir al pueblo a Dios. En la liturgia de hoy se nos presenta la multiplicación de los panes. Aunque parece que no van a alcanzar para tanta gente, al repartirlos alcanza y sobra. La fuerza de este pan es más de orden espiritual: basta un poco de pan compartido con gusto y con alegría, para sentir su fuerza y su energía.

Ef 4, 1-6

Este texto es una exhortación a la unidad. Pablo desde la prisión suplica a los Efesios que vivan de acuerdo con la vocación a la que han sido llamados y se esfuercen por mantener la unidad, ya que han recibido un mismo bautismo. El reconocimiento de la paternidad de Dios nos lleva a reconocer en los demás a nuestros hermanos.

Una intachable conducta de vida corresponde a la vocación que han recibido los que antes eran gentiles. La vida digna del llamamiento a la esperanza se muestra en el hecho de que los miembros de la Iglesia guarden la unidad obrada por el Espíritu en el único cuerpo.

Se habla de la relación con la Iglesia y en la Iglesia como comunión que los abraza. La desintegración de la unidad es señal de desesperanza de los miembros de la Iglesia. Presupuestos internos para la unidad son: tener en más estima a los otros que a sí mismo, saber apreciar los dones que Dios ha dado a los demás, pensar y sentir unánimemente… Todo esto presupone apartarse de todas las formas de ambición. La humildad y la modestia desempeñan un gran papel donde hay amenaza contra la unidad. La mansedumbre, la apacibilidad, la dulzura son comportamientos con el prójimo que alejan toda clase de riñas, evitan la acritud y el sentimiento de superioridad. La paciencia es un rasgo esencial del amor, hace posible y salvaguarda la unidad de la paz.

El llamamiento que se hace a los que antes eran gentiles es un llamamiento hacia los otros, a respetar el espacio interno y externo, a permitirles que sean ellos mismos y a poderles apreciar en el amor. El Espíritu es el poder que crea y conserva la unidad y esta unidad es la que hay que guardar.

Jn 6, 1-15

Mucha gente acudía a escuchar a Jesús. A veces venían de lejos, y era lógico que vinieran preparados para pasar unos días. Venían atraídos por la fama de los milagros y señales que realizaba. Jesús aprovecha el momento para dar una lección a sus oyentes. Comienza preguntándole a Felipe que con qué comprarían panes para dar de comer a la multitud. Felipe le dice que no bastarían doscientos denarios. Andrés le dice que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero que eso no es nada para tanta gente. Es la misma pregunta que el criado le hace a Eliseo.

Jesús enseña que la dinámica del Reino es el arte de compartir. Quizá todo el dinero del mundo no fuese suficiente para comprar el alimento necesario para los que pasan hambre… El problema no se soluciona comprando, el problema se soluciona compartiendo.

La dinámica del mundo capitalista es precisamente el dinero. Creemos que sin dinero nada se puede hacer y tratamos de convertirlo todo en dinero, no sólo los recursos naturales sino también los recursos humanos y los valores: el amor, la amistad, el servicio, la justicia, la fraternidad, la fe, etc. En el mundo capitalista nada se nos da gratuitamente, todo tiene su precio, todo se tasa y se comercializa. Se nos ha olvidado que la vida acontece por pura gratuidad, por puro don de Dios.

Jesús en esta multiplicación de los panes y de los peces parte de lo que la gente tiene en el momento. El milagro no es tanto la multiplicación del alimento, sino lo que ocurre en el interior de sus oyentes: se sintieron interpelados por la palabra de Jesús y, dejando a un lado el egoísmo, cada cual colocó lo poco que aún le quedaba, y se maravillaron después de que vieron que al alimento se multiplicó y sobró. Comprendieron entonces que si el pueblo pasaba hambre y necesidad, no era tanto por la situación de pobreza, sino por el egoísmo de los hombres y mujeres que conformados con lo que tenían, no les importaba que los demás pasaran necesidad. El gesto de compartir marca profundamente la vida de la primeras comunidades que siguieron a Jesús. Compartir el pan se convierte en un gesto que prolonga y mantiene la vida, un gesto de pascua y de resurrección. Al partir el pan se descubre la presencia nueva del resucitado.

Si somos hijos de un mismo Padre como reconoce Pablo en la lectura que hemos hecho, no se entiende por qué tantos hombres y mujeres viven en extrema pobreza mientras unos cuantos viven en abundancia y no saben qué hacer con lo que tienen. En el mundo actual es mucho el dinero que se invierte en guerra, en viajes extraterrestres, en tratamientos para adelgazar. Los que tienen el capital crean condiciones cada vez más injustas y pretenden hacer más dinero, explotando los recursos que quedan, aunque destruyan todo y acaben con las condiciones de vida sobre la tierra. Ningún ser humano debiera morir de hambre, pues la tierra tiene suficiente para albergarnos a todos. Los cristianos no debemos olvidar el compartir: ésta es la clave para hacer realidad la fraternidad, para reconocernos hijos de un mismo Padre. Cuando se comparte con gusto y con alegría el alimento se multiplica y sobra. La multitud, al ver lo que Jesús ha hecho, intenta llevárselo para proclamarlo rey pero Jesús huye solo a la montaña. Leer más…

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25.7.21. Fiesta de Santiago: Camino de conversión para una iglesia peregrina

domingo, 25 de julio de 2021
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6258FAF1-74EC-435A-BDE6-0A0E70146C06Del blog de Xabier Pikaza:

La fiesta de Santiago es la fiesta de su conversión: Deja de ser Caballero de un Dios de Batallas (matando enemigos, sentándose en un trono de gloria), para hacerse peregrino de Jesús y caminar con él, como testigo de amor, al servicio de todos (hasta el confín de la tierra).

De esta conversión de Santiago y de su hermano Juan, que abandonan la violencia y se vuelven itinerantes pacíficos de vida,habla el evangelio de este día, que el mejor de los retratos de su vida.

En este contexto quiero presentar la galería del lugares del camino  que diseñó A. Mahourrek (entre el 1980 y 1990) y que L. Sanmillán, Arsenio Fernández y otros artistas de la Escuela del Monasterio Mercedario de Poio (Pontevedra) «convirtieron» en mosaico. Esos lugares, de París a Compostela, pasando por Roncesvalles, Pamplona etc., marcan las etapas de la «conversión» cristiana de los peregrinos de Santiago, una conversión que puede y debe realizar la Iglesia entera, desde los confines del antiguo Occidente.

En Compostela se venera todavía la imagen del Santiago Mata-moros, aún no convertido, que pide a Jesús un asiento (un trono o caballo) para matar enemigos y gobernar a su lado.  Pero el verdadero Santiago es el ya convertido, peregrino de Jesús, dispuesto a beber su cáliz y recibir su bautismo de muerte al servicio de la vida de los demás (el texto base de la reflexión que sigue está tomado de  mi comentario a Marcos.

INTRODUCCIÓN.  JESÚS LE LLAMÓ 4 VECES

(1) En el mar de Galilea, donde era pescador, con su hermano Juan, en Mc 1, 19-20. Se les  llama “zebedeos”, hijos de Zebedeo, y tras la llamada de Jesús dejaron la barca de su padre con los jornales.

(2) En el monte, cuando Jesús instituyó a los Doce (Mc 3, 17). Allí se dice que Jesús impuso a los dos (Santiago y Juan) el nombre de Boanerges, Hijos del trueno, lo que muestra que eran especialmente violentos, matadores de enemigos.

(3) De nuevo en el del Mar de Galilea, tras la resurrección, cuando Jesús les llamó a formar el primer equipo de los siete misioneros, con con Pedro, Tomás, Natanael y dos cuyo nombre no se dice (Jn 21).

 (4) Pero el texto más importante para conocer a Santiago es el de Mc 10, 35-45, que quiero presentar y comentar con cierta extensión, siguiendo el el texto Mc 10, 35-45 (aunque la liturgia de hoy sigue el paralelo de Mateo)

TEXTO DE LA CONVERSIÓN DE SANTIAGO

(a. Petición) 35 Y se le acercaron Santiago  y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: – Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte. 36 Jesús les preguntó: — ¿Qué queréis que haga por vosotros? 37 Ellos le contestaron:– Concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.

(b. Respuesta) 38 Jesús les replicó:– No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, o ser bautizados con el bautismo con que seré bautizado? 39 Ellos le  respondieron:– Sí, podemos. Jesús entonces les dijo:– Beberéis el cáliz que yo he de beber y seréis bautizados con el bautismo con que yo seré bautizado. 40 Pero el sentarse a mi  derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado.

(c. Confirmación) 41 Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago  y Juan. 42 Jesús los llamó y les dijo:– Sabéis que los que parecen mandar a las naciones las gobiernan tiránicamente y que sus magnates las oprimen. 43 No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; 44 y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos. 45 Pues tampoco el Hijo del humano ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por mucho

 Estos zebedeos, y en especial Santiago, empiezan siendo los del caballo y la espada, luchando contra los “enemigos de Dios”, que en la visión de la España medieval era los musulmanes. Cierta Iglesia les sigue venerando todavía, y quiere que vuelven (sin convertirse a Jesús) para matar enemigos.

 10, 35-37 Petición. 35 Y se le acercaron Santiago  y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte. 36 Jesús les preguntó: ¿Qué queréis que haga por vosotros? 37 Ellos le contestaron: Concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.

Como representantes de la lógica del mando aparecen Santiago  y Juan, los primeros conspiradores de la iglesia, que utilizan a Jesús para saciar su sed de jerarquía. No buscan algo nuevo, insisten en la línea anterior de búsqueda de “poder”, de Pedro (es decir Pedro) o de los Doce (9, 33-34; cf. 8, 33).  Ambos son “hijos del trueno” (3, 17), en línea de fuego y violencia, pues quisieron que el fuego del cielo destruyera a lo samaritanos, un día que no quisieron recibirles (cf. Lc 9, 54).

Habían sido llamados al principio para la pesca final (1, 16-29); unidos a Pedro, acompañaron a Jesús en la “resurrección” de la hija del Archisinagogo (5, 37) y en la transfiguración (9, 2). Por eso, al pedirle ahora un puesto a la derecha e izquierda de su gloria, parecen responder con confianza a su confianza. Es lógico y bueno lo que piden (estar siempre al lado de Jesús), pero lo piden con lógica de mando, elevándose sobre el resto de los discípulos, y sobre todos los que forman el reino de Jesús, ocupando los puestos fundamentales “en su gloria” (en tê doxê sou), compartiendo su poder o su realeza.

Es evidente que, siguiendo el orden en que aparecen siempre, Santiago  (¡quizá el mayor!) ocuparía el trono o asiento a la derecha de Jesús y Juan a su izquierda. Así formarían con Jesús el triunvirato del Reino. Pueden pensar en un reino político, que se instaurará en Jerusalén, tan pronto como lleguen (a pesar de los anuncios de derrota y muerte de Jesús). Pero también pueden pensar (dentro del contexto actual de Marcos) en el Reino del Hijo del Hombre, que ha de venir de forma gloriosa, conforme al mensaje de Dan 7, 9-14, donde se dice que se prepararon unos tronos (para los compañeros, angélicos o humanos del Hijo del Hombre), y que al Hijo de Hombre en particular se le daría todo honor, gloria y poder.

Es evidente que estos zebedeos quieren reinar con Jesús, ellos dos, de un modo especial, ciertamente con los Doce (como recuerda el logion de los Doce tronos de los elegidos de Jesús: cf. Mt 19, 28; Lc 22, 30), pero por encima de los otros diez (incluido Pedro)

(2). 10, 38-40 Respuesta. Beberéis mi cáliz 38 Jesús les replicó: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, o ser bautizados con el bautismo con que seré bautizado?39 Ellos le respondieron: Sí, podemos. Jesús entonces les dijo: Beberéis el cáliz que yo he de beber y seréis bautizados con el bautismo con que yo seré bautizado. 40 Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado.

Jesús responde cambiando el nivel de la petición. No acepta, ni rechaza lo que piden, pues de ese modo seguiría utilizando (a favor o en contra) la lógica de fuerza, sino que rechaza la misma petición como carente de sentido: ¡No sabéis lo que pedís! (10, 38). Los zebedeos han seguido a Jesús y, sin embargo, no entienden su estilo de Reino, no comprenden que Jesús no quiere el trono (¡no quiere reinar!), sino regalar la vida por los demás, para que todos los hombres y mujeres (y en especial los más necesitados) sean “reyes”.

Éstos zebedeos, que llevar largo tiempo con Jesús no saben ni lo más elemental: ¡Jesús no busca el primer trono, ni para sí, ni para los demás, pues su Reino no puede entenderse en la línea de una “toma de poder”! El verdadero Jesús (el de Marcos y Mateo) no puede ofrecer tronos, sino un camino en su seguimiento, como sabe Mc 8, 34: ¡Quien me quiera seguir, que tome su cruz y me siga! (palabra que ellos, los Doce, y de un modo especial los Zebedeos no han querido escuchar).

Jesús no puede ofrecer Tronos de Reino, sino un camino de entrega de la vida, como muestra la continuación del texto: de Jesús: Pregunta y respuesta. ¿Podéis beber mi cáliz, bautizaros con mi bautismo? (10, 38-39a). Ellos desean mandar con Jesús, para imponerse. Jesús les pregunta si pueden seguirle en su entrega, en donación de vida.

Frente a la gloria que buscan en él, Jesús les ofrece su camino de entrega, expresado en el signo del cáliz (que significa solidaridad y entrega) y en la señal del bautismo (que implica también muerte: quedar bajo el poder de las aguas destructoras).

En el fondo les pregunta si están dispuestos a morir con (como) él. Ellos responden que sí: ¡podemos! Ciertamente, no son miedosos o egoístas vulgares.

–Concesión.¡Mi cáliz lo beberéis, con mi bautismo os bautizareis! (39b). Con una anticipación que rompe el nivel temporal de la escena y adelanta algo que ha suceder más tarde, el Jesús pascual (que es el que está hablando aquí, al menos en un nivel) confirma la disposición de los zebedeos, ratificando su entrega martirial ya cumplida (todo nos permite suponer que han muerto ya por y con Jesús cuando Marcos se escribe este pasaje, en torno al 70 d.C.).

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Jesús alimenta a su comunidad y prepara un discurso. Domingo 17. Ciclo B

domingo, 25 de julio de 2021
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2b14ce820a97d72e5ed859301597e95c513f21087e6aadfa8c357180578255c9Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El domingo pasado, el evangelio de Marcos nos presentaba a Jesús enseñando a su pueblo, reunido de muy distintos lugares. Inmediatamente después, lo presenta alimentado a su pueblo mediante la multiplicación de los panes y peces. Pero este relato no se ha tomado hoy de Marcos, sino de Juan, porque los cuatro domingos siguientes los dedica la liturgia a la lectura del discurso del pan de vida, que solo cuenta Juan.

Después de esto, se fue a Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima a la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar Jesús ;os ojos y ver que venía mucha gente, dice a Felipe:

“Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?”

Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó:

-”Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.”

Le uno de los discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro:

“Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero qué es eso para tantos?”

Dijo Jesús:

-“Haced que se recueste la gente.

Había en un lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los partió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:

-“Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda.

Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía:

”Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.

Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.

Un caso extraño

            Es raro que Juan coincida con los Sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) en algún relato. Este de la multiplicación de los panes y los peces es uno de los pocos casos, pero conviene advertir los matices propios de Juan. El primero es la fecha: «Estaba próxima a la Pascua, la fiesta de los judíos.» Ninguno de los Sinópticos ofrece esta indicación, que para Juan es muy importante: hace referencia al momento de la muerte de Jesús. Juan no cuenta la institución de la Eucaristía, pero este milagro, ocurrido en la misma fiesta, simboliza la idea de que Jesús alimenta a su pueblo.

Jesús y Eliseo

            Uno de los grandes obradores de milagros en el Antiguo Testamento es el profeta Eliseo. La 1ª lectura recoge cómo alimentó con veinte panes de cebada a cien personas (teniendo en cuenta las dimensiones de los antiguos panes, no era demasiado difícil sacar un bocadillo para cada uno). En contra de las dudas de su criado, comieron todos y sobró.

Vino un hombre de Baal Salisa y llevó al hombre de Dios primicias de pan, veinte panes de cebada y grano fresco de espiga; y dijo Eliseo:

-“Dáselo a la gente para que coman.”

Su servidor dijo:

-“Cómo voy a dar esto a cien hombres?

Él dijo:

-“Dáselo a la gente para que coman, porque así dice Yahveh: Comerán y sobrará.”

Se lo dio, comieron y dejaron de sobra, según la palabra de Yahveh.

            El milagro de la multiplicación de los panes y los peces está calcado sobre el de Eliseo, pero aumentando las dificultades. En vez de cien personas son cinco mil (los Sinópticos añaden “sin contar mujeres y niños”, Juan sólo menciona a los varones). Y en vez de veinte panes, Jesús sólo dispone de cinco. Para dejar clara la dificultad se indica lo que costaría alimentar a esa gente: 200 denarios. El denario era el salario diario de un campesino; 200 denarios suponen una cantidad muy grande para un grupo que vive de limosna, como el de Jesús.

            A pesar de todo, igual que Eliseo dijo: «comerán y sobrará», los comensales de Jesús comen «todo lo que quisieron» y, para demostrar la abundancia, se recogen doce canastos de sobras.

            La relación entre el milagro de Jesús y el de Eliseo queda especialmente clara en Juan, ya que mientras los Sinópticos hablan simplemente de “cinco panes”, Juan indica que son “panes de cebada”, como los que regalan a Eliseo.

Simbolismo eucarístico

Mateo, al contar este milagro, omite la referencia a los peces en el momento de la multiplicación, para subrayar la importancia del pan como símbolo eucarístico.

Juan lo sugiere de forma distinta. La orden de Jesús: “Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda”, la refieren los discípulos sólo a los panes, no se preocupan de los peces. Es probable que estas palabras de Jesús reflejen la práctica litúrgica posterior, cuando se pensó que el pan eucarístico no podía ser tratado como otro cualquiera.

La reacción del pueblo y la reacción de Jesús

En los Sinópticos, la gente no es consciente del milagro ocurrido. En Juan, el pueblo se sorprende de lo hecho por Jesús y deduce que es el profeta esperado, semejante a Moisés, que alimentó al pueblo en el desierto. A primera vista, extraña que identifiquen a ese «profeta que iba a venir al mundo» con el futuro rey de Israel. Pero Flavio Josefo habla de profetas que se presentaban en el siglo I con pretensiones regias, mesiánicas.

La intención del pueblo es claramente revolucionaria, nombrar un rey que los gobierne distinto del César romano, un rey que los libere. Pero Jesús no comparte ese punto de vista y huye. «Mi reino no es de este mundo», dirá a Pilato.

Un milagro que continúa en un discurso

            En los Sinópticos, el milagro está cerrado en sí mismo. En Juan, el milagro supone el punto de partida para un largo discurso, que se leerá en los próximos domingos. Es importante recordar este detalle al comentar el texto: se puede subrayar la preocupación de Jesús por la gente, su poder infinitamente superior al de Eliseo, el simbolismo eucarístico, la oposición de Jesús a un mesianismo político… pero hay que dejar claro que el relato es sólo la puerta a un discurso. «Ahora viene lo bueno». El milagro de los panes sirve para presentar a Jesús como el verdadero pan de vida.

Juan, al escribir los discursos de Jesús, los concebía como un desafío para el lector: no se debían entender a la primera, sino tras diversas lecturas y continua reflexión. Por desgracia, la mayoría de los fieles, al menos en España, no está para muchos desafíos en el mes de agosto.

Receta para conseguir la unidad (2ª lectura: Efesios 4,1-6)

El domingo pasado, la carta a los Efesios recordaba que Dios reconcilió a judíos y paganos mediante la muerte de Jesús. Pero esa unidad puede resquebrajarse fácilmente. Nos solo entre los dos pueblos, sino también dentro de las comunidades del mismo origen. La experiencia de veinte siglos lo demuestra. Pablo, desde la cárcel, aconseja las actitudes que ayudan a mantener la unidad: humildad, amabilidad, comprensión, sobrellevarse mutuamente, esforzarse en mantener el vínculo de la paz. Así se llegará a ser un solo cuerpo y un solo espíritu, basados en «un Señor, una fe, un bautismo». Este texto recuerda, con palabras muy distintas, el gran deseo de Jesús en su despedida: «Padre, que todos sean uno, como tú en mí y yo en ti». Y, en relación con el evangelio, nos recuerda que somos uno todos los que comemos el mismo pan.

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25 de julio de 2021. Domingo Solemnidad de Santiago

domingo, 25 de julio de 2021
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Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros; el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo

(Mt 20, 20-28)

Esta fiesta de Santiago que se nos cuela en pleno domingo viene a recordamos algo muy importante: somos peregrinas, peregrinos. Necesitamos que nos lo recuerden porque nos pasa como a los discípulos, que se nos olvida, y en lugar de querer caminar tras las huellas de Jesús andamos buscado lugares de privilegio. Asientos de mando. Puestos importantes.

Sea como sea, los puestos importantes junto a Jesús no son como los imaginamos. El trono de Jesús es una cruz, es decir, el último y más inhóspito lugar. Si queremos estar a su derecha o a su izquierda nos espera una cruz, un lugar marginal. Esta es su manera de ser grande. Así no los manifiesta Él mismo a lo largo de toda su vida. Y así nos lo han ransmitido las primeras comunidades de creyentes que consignaron por escrito la vida y la enseñanza de Jesús, pero cuando leemos el evangelio, además de descubrir la grandeza de la Buena Noticia, se pone de manifiesto también la torpeza humana.

Aquellos primeros seguidores no entendían a Jesús. Lo habían dejado todo y andaban por Galilea detrás del Maestro, pero a cada paso se ponía de manifiesto que ni siquiera la convivencia estrecha con Jesús es suficiente para entrar en su Reino.

Y no es que el Reino sea difícil de encontrar, somos nosotras las que nos perdemos con soberana facilidad. Queremos ser discípulas, nos ponemos en camino, pero nos cuesta abandonarnos a un amor tan gratuito, a una verdad tan profunda y a una confianza tan extrema. Nos empeñamos en adoquinar el camino e incluso nos hemos atrevido a poner peajes. Sin embargo el Reino de Jesús es insobornable. El camino único para cada persona y solo se llega cuando acogemos a las demás como hermanas. Metiendo cualquier título que nos separe en la maleta del olvido y sirviendo, que es el segundo nombre del amor.

Oremos

A tu derecha o a tu izquierda, con las manos prontas para el servicio y los pies ligeros para el camino, compartiendo tu misma suerte, tu mismo destino. Amén

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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