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Ni en carro de combate ni con aranceles, Jesús entra humildemente en Jerusalén

domingo, 13 de abril de 2025
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F0EB4B8C-CAEB-4BB9-B0F0-405FF670006BDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Domingo de Ramos

Con el domingo de Ramos comenzamos la Semana Santa.

        La escucha de la entrada de Jesús en Jerusalén y de la Pasión y muerte del Señor son ya homilía suficiente.

        Nada más que un subrayado a la Palabra.

02.- Humildad de Jesús.

        La vida y la historia van cambiando y podríamos decir que en cada momento la Semana Santa adquiere características y matices diversos. Quizás en estos momentos llama fuertemente la atención el contraste de la entrada de Jesús en Jerusalén con el prepotente contexto político y bélico que estamos viviendo.

        Jesús entra humildemente en Jerusalén. Humildad es una palabra que proviene del latín: humus, que significa tierra donde nace y crece vida, el barro del Génesis de donde brota la vida. Los seres humanos somos poco más que barro…

        La humilde entrada de Jesús en un asno choca frontalmente con la actitud de líderes políticos y parte de los pueblos que se muestran prepotentes con grandezas patrióticas y entran en el templo de la historia en carros de combate, drones, misiles, aranceles y poder.

        ¿Rearmando Europa se constituirá en una comunidad más fraterna?

        ¿Y si cambiáramos la prepotencia por la humildad, las armas por la paz, el racismo por la igualdad?

        Soñemos con lo que anunciaba el profeta Isaías:

De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas.

No alzará la espada pueblo contra pueblo,

no se adiestrarán para la guerra.

(Isaías 2,2-5)

03.- “Hoy” estarás conmigo en el paraíso

        Lo último que hace Jesús es lo que ha hecho durante toda su vida: perdonar: hoy estarás conmigo en el paraíso.

        Es el “hoy” de San Lucas: “Hoy”:

        Hoy os ha nacido el salvador, (Lc 2)

        Hoy se cumple la Escritura. (Lc 4)

        Hoy ha entrado la salvación en tu casa, Zaqueo, (Lc 19).

        Hoy estarás conmigo en el paraíso.

        Hoy, no mañana, “hoy”, estamos ya perdonados y salvados.

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«Llega un rey de Paz», por Consuelo Vélez

domingo, 13 de abril de 2025
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De su blog Fe y Vida:

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Domingo de Ramos (13-04-2025)

(Nota aclaratoria: En la eucaristía de este día se lee toda la pasión del Señor Jesús (Lucas 22, 14-23,56) pero para este comentario nos detendremos en la entrada de Jesús a Jerusalén)

Para Lucas Jesús es “el profeta”, con lo cual todo se organiza para ir cumpliendo lo anunciado

Jesús realiza un “signo profético”, un signo contracultural al entrar en un asno. Este animal es signo de paz, al contrario del caballo que es signo de guerra

La entrada “triunfante” de Jesús a Jerusalén, pronto tomará el rumbo de la pasión que celebraremos en los días que siguen

De nuestra fidelidad, dependerá que sea Dios quien tenga la última palabra, como la tendrá con la resurrección de su Hijo después de su pasión

Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén. Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «

Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», respondan: «El Señor lo necesita».

Los enviados partieron y encontraron todo como él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron:

– «¿Por qué lo desatan?».

Y ellos respondieron:

– «El Señor lo necesita».

Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino. Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían:

– «¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!».

Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron:

– «Maestro, reprende a tus discípulos».

Pero él respondió:

«Les aseguro que, si ellos callan, gritarán las piedras”

(lc 19, 28-40).

En este comienzo de la Semana Mayor, se lee el relato de la pasión, condensando en este día, lo que va a sucederle a Jesús como consecuencia de su predicación. Precisamente, este relato nos sitúa, por una parte, en la llegada de Jesús a Jerusalén y, por otra, en el éxito que su misión iba teniendo entre los suyos, incluso para proclamarlo rey, con lo cual, es comprensible, que la persecución que también se estaba gestando, se acelere y prefieran llevarla a cabo para liberarse, de una vez por todas, de este personaje que va consiguiendo más seguidores.

Cabe anotar que todo el evangelio de Lucas se estructura con la subida de Jesús a Jerusalén, allí donde matan a los profetas (“no conviene que un profeta perezca fuera de Jerusalén” Lc 13, 33), y para Lucas Jesús es “el profeta”, con lo cual todo se organiza para ir cumpliendo lo anunciado.

Llama la atención que Jesús va a entrar en un asno, contrastando con esto la entrada de los reyes de los imperios, quienes entrarían en un “caballo”. El asno es señal de paz mientras que, el caballo, es señal de guerra. En otras palabras, Jesús realiza un “signo profético, un signo contracultural para lo que sería habitual en su tiempo y responde de esa manera al rey esperado por Israel: “Exulta sin freno, hija de Sion, grita de alegría, hija de Jerusalén. He aquí que viene a ti tu rey (…) Él suprimirá (…) los caballos de Jerusalén, será suprimido el arco de combate y él proclamará la paz a las naciones” (Zac 9, 9-10).

Por otra parte, el hecho de que Jesús mande a sus discípulos por el asno y les diga que si les preguntan porqué lo desatan, respondan que “el Señor lo necesita”, significa la autoridad con la que Jesús habla, autoridad que comienza a ser reconocida por muchos.

En el evangelio de Lucas a Jesús no lo saludan con ramos sino extendiendo sus mantos sobre el camino (los otros evangelistas si se refieren a ramos). Además, lo reciben llenos de alegría y alabando a Dios. De esa manera se manifiesta el reconocimiento que sus discípulos están haciendo de sus obras porque, en verdad, con sus actitudes y sus milagros, Jesús está haciendo presente la salvación esperada. Pero en esta misma entrada se presentan los fariseos -será la última vez que aparezcan en el evangelio de Lucas- diciéndole a Jesús que mande callar a sus discípulos. Jesús responde con la misma autoridad que había manifestado antes: “si ellos callan, gritarán las piedras”, es decir, el reconocimiento que están haciendo no es por la benevolencia de los suyos sino porque efectivamente la salvación va llegando con Él.

Sin embargo, esta entrada “triunfante” como muchas veces se dice, pronto tomará el rumbo de la pasión que celebraremos en los días que siguen. Efectivamente, el bien y la bondad dan frutos, pero las fuerzas del anti reino se empeñan en acallarlos y, en ocasiones, lo logran. Jesús tendrá que pasar por la cruz, pero no desistirá de su fidelidad. Recordemos que en el pasaje de las tentaciones el diablo le ofreció sus reinos para darle poder sobre ellos. Jesús no quiere ese reinado y, por eso, afronta la cruz, con la confianza puesta en el Rey del cielo, es decir, en el Dios bondad y bien para la humanidad.

Reconozcamos hoy, también nosotros, a este Rey de paz que se hace presente en muchos hechos de nuestra realidad, sabiendo que el mal siempre está acechando y, de nuestra fidelidad, dependerá que sea Dios quien tenga la última palabra, como la tendrá con la resurrección de su Hijo después de su pasión.

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“La medida del amor”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 13 de abril de 2025
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unnamedDe su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana).

Comentario a la lectura evangélica (Lucas 22, 14-23, 56) de la Misa del Domingo de Ramos

La medida del Amor

Dios no es quien envía desgracias. No es un amo que castra e impide volar. No es un déspota que mantiene quieto y callado o castiga. No es quien esgrime la Ley y espera para ejecutar la lapidación.

No es el que detiene las guerras, después de que nosotros las hayamos empezado, pensando -con ternura- que sus criaturas pueden arreglárselas solas.

No es el Dios de Jesús. No es mi Dios.

Hace falta desierto y verdad, hambre de sentido y de Palabra para poder rendirse a la evidencia de Dios.

Un Dios que deja crecer a sus hijos, que todo lo ha hecho bien y hace llover sobre justos e injustos: un Dios que, como un Padre, otea el horizonte y acoge con dignidad al hijo que le quería muerto, y sale a explicar sus razones al otro hijo ofendido; un Dios que, el único justo, podría condenarme y no lo hace, pidiéndome que salga de la mediocridad del pecado, de la falsa libertad.

Estamos al final del desierto: ahora vemos el Gólgota en el horizonte.

El promontorio desde el que se eleva la ternura infinita de Dios.

El escenario del que pende la medida de su amor sin medida.

Comienza la gran semana, la más grande, la más importante, la más profunda.

La semana llena de asombro y de sangre, de amor y de emoción. Comienza la Semana Santa.

¡Hosanna!

Jesús entra triunfante en Jerusalén. El pueblo aplaude, agita en alto ramas arrancadas de las palmeras y los olivos, extiende sus mantos al paso del Rabí de Galilea. Pequeña gloria antes del desastre, frágil reconocimiento antes del delirio.

Jesús sabe, siente, conoce lo que está a punto de suceder.

El juicio del hombre es demasiado inestable, su fe demasiado vaga, su voluntad demasiado errante.

Pero, ¿a quién le importa?

Sonríe, ahora, el Nazareno y escucha las alabanzas que se le dirigen y que Él dirige al Padre.

Mesías impotente y manso, enérgico y tierno, cansado y resuelto.

No entra en Jerusalén montado en un caballo blanco, no tiene soldados a su lado que le escolten y protejan, ningún estandarte le precede, ninguna autoridad le recibe: entra en la ciudad montado en un burro desarmado, recordándonos, hartos de protagonismo, que el poder sólo es tal si no se toma demasiado en serio a sí mismo, que la gloria de los hombres es inútil y breve.

Que el poder es servir. Que el poder es amar liberando.

Ese poder es pacificar.

Y en este año airado, egoísta, penoso, atravesado por mil tensiones y violencias, ante el resurgir de las tinieblas y las sombras, Dios sigue señalando ese gesto suyo absurdo, burlón, ingenuo y asombroso como profecía de paz.

Hosanna, hijo de David, Hosanna nuestro increíble Dios, nuestro magnífico Rey.

Hosanna de tus hijos pobres e ilusos, heridos y mendigos,

Hosanna rey de los pobres, protector de los fracasados, ¡Hosanna!

Eleva a ti el grito de alabanza tu Iglesia, santa y pecadora, reconoce en ti la única razón de vivir, la única búsqueda, el único anuncio, Hosanna, maestro amado.

Hosanna, maestro nuestro.

La pasión

Lucas relata su pasión, dejando traslucir todo el bien que ha recibido de Cristo.

Ama al Dios de Jesús, ama al Señor que ha conocido a través de las vibrantes palabras de Pablo. Y relata las últimas horas de la batalla, relata el choque titánico entre el Dios rechazado y las tinieblas inminentes que sugieren (¿con razón?) a Jesús abandonar al hombre a su suerte. La batalla, la agonía se concentra, en Lucas, en la sangrante oración de Getsemaní.

¿Comprenderán los hombres? ¿O incluso ese gesto pasará desapercibido e inútil como tantos otros?

Una cosa es predicar y curar, y otra morir, desnudo, colgado de la cruz.

Jesús elige: consciente, dramática, dolorosamente.

Llegará hasta el final, se sumergirá en la voluntad de los hombres (de muerte), esperando que descubran la voluntad de Dios (de entrega).

Acepta morir el Nazareno, el Hijo de Dios, para que nadie pueda decir que lo que anuncia es fantasía o delirio. Acepta esa última prueba, querida por los hombres, ciertamente no por el Padre, para manifestar definitivamente el verdadero rostro del Padre, un Padre/Madre lleno de misericordia.

Un Dios en el que cree hasta el punto de preferir la muerte al rechazo.

Después, todo se convierte en un milagro.

La oreja del siervo es reimplantada, Pilato y Herodes se hacen amigos, Pedro llora su traición, Jesús es reconocido como «justo» por el procurador pagano, las mujeres son consoladas y estremecidas, el ladrón colgado en la cruz perdonado, y la multitud se va a casa golpeándose el pecho.

La muerte de Dios está llena de dulzura inesperada.

Amor amado

Así eres amado, hermano; así eres acogida, hermana.

Sé amado, ha repetido estos años de ministerio público. Meditando sobre la pasión, también nosotros quedamos asombrados, consternados. Asistimos al espectáculo de la muerte de Dios, del don total de sí mismo.

He aquí a Dios: cuelga de la cruz, muerto de amor.

Dios muere de amor.

Libre. Liberador.

Muere sin carga. Muere ligero. Transfigurado, por fin.

No para suscitar culpas (aunque la traición siga siendo horrible), sino para conmover el mar de hielo que habita en nosotros.

Estad ahí, hermanos, haced como dice Lucas: asistamos al espectáculo de la muerte de un Dios moribundo. Un espectáculo que excava conciencias, que abre corazones, que deja sin aliento.

Cuando acogemos el dolor y nos confiamos a él, cuando, a pesar de la violencia, nos hacemos capaces de perdón y de entrega, incluso nuestras vidas producen milagros inesperados, maravillas y conversiones, sin que nos demos cuenta.

Sintámonos amados.

Ahora sabemos cuánto. Sabemos cuál es la medida de este amor.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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De pie en el espacio del amor imprudente

lunes, 7 de abril de 2025
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IMG_0673La publicación de hoy es del P. Gregory Greiten, sacerdote de la Arquidiócesis de Milwaukee. Actualmente, es administrador de las parroquias de Santa Bernadette, Nuestra Señora de la Buena Esperanza y Santa Catalina de Alejandría, todas en Milwaukee. El P. Greg se declaró gay ante sus feligreses en una homilía de Adviento de 2017. Pueden leer relatos de esa experiencia aquí y aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Quinto Domingo de Cuaresma se pueden encontrar aquí.

Aún recuerdo vívidamente el profundo impacto que me causó conocer al obispo Kenneth Untener en el Tercer Simposio Nacional del New Ways Ministry sobre temas LGBTQ+ y catolicismo, allá por marzo de 1992. Como obispo de Saginaw, Michigan, habló con gran claridad y convicción sobre el pasaje evangélico de la mujer adúltera, que es la lectura litúrgica de hoy. Describió lo que llamó la «imprudente misericordia» de Jesús.

«Jesús nunca fue demasiado cuidadoso al medir su misericordia«, dijo el obispo Untener. «Fue criticado por su misericordia ‘imprudente’ hacia pecadores indignos«. Estas palabras resonaron profundamente en mí, especialmente mientras me encaminaba hacia la aceptación pública de mi auténtica identidad como sacerdote gay en la Iglesia Católica Romana.

El obispo Untener enfatizó el tema de la inclusión, pero también ofreció lo que creo que es la esencia del juicio de Dios: «Como teólogo, no digo esto a la ligera, pero he llegado a creer firmemente que, al morir, lo único que importará al final será cómo nos hayamos tratado unos a otros». Qué simple pero profundo. Qué desafiante pero liberador.

IMG_0671La historia de la mujer adúltera revela la increíble compasión, amor, aceptación y misericordia de Jesús por todas las personas. Curiosamente, como destacó el obispo Untener, esta historia falta en algunos manuscritos antiguos del Evangelio de Juan. ¿Podría ser que algunos de los primeros cristianos tuvieran un problema con la misericordia desmedida de Jesús? ¿Se escandalizaron tanto que omitieron este pasaje en sus manuscritos porque no podían creer que la misericordia de Dios pudiera ser tan abundante?

La escena representa el sentido de dominio de los fariseos en tres acciones claras: «La atraparon». «La trajeron». «La pusieron ante todos». La avergonzaron públicamente en el recinto del Templo, llenos de justa indignación, mientras exigían la opinión de Jesús. A sus ojos, su destino estaba sellado: la muerte por lapidación, según la ley.

Sin embargo, nadie menciona al adúltero involucrado. Como suele ocurrir en una sociedad machista, la mujer es condenada mientras el hombre queda impune. La multitud, enardecida por escribas y fariseos, no habría mostrado compasión por esta mujer, sino que reaccionó con justa indignación ante su fracaso. La juzgaron y la consideraron inferior. ¿Dónde estaba el hombre con el que cometió adulterio? Quizás era un fariseo o un escriba, tal vez un comerciante o un obrero, tal vez incluso de la clase sacerdotal. Nunca lo sabremos. Pero podemos ponernos en el lugar de ese adúltero inocente: escabulléndose, sin ser visto, sin ser acusado, sin ser juzgado como digno de la mortal lapidación.

IMG_0675Jesús se opone a tal arrogancia y fariseísmo. Él descubre sus conspiraciones y los hace retirarse confundidos con su desafío: «Que el inocente de ustedes sea el primero en tirarle la piedra». Ninguna sentencia de muerte proviene de Dios. Con admirable audacia, Jesús aplica la verdad, la justicia y la compasión a su juicio.

«Uno a uno», comienzan a marcharse hasta que Jesús y la mujer quedan solos. San Agustín describió bellamente este momento con una frase en latín: «Y quedaron dos: misera et misericordia: la llena de miseria y el lleno de misericordia».

La mujer asustada se presenta ante Jesús, quien pregunta: «¿Nadie te ha condenado?». Cuando ella responde que no, él responde con esas palabras esenciales que todos necesitamos escuchar hoy: «Yo tampoco te condeno». Estas son palabras verdaderamente liberadoras, que la liberan no solo de la dureza de sus acusadores, sino también de sus propios sentimientos de vergüenza, culpa, autodesprecio y desesperación.

A veces la gente se pregunta cómo Jesús pudo decir esto, pensando que lo opuesto de «condenar» es «perdonar«. Pero la palabra «condenar» proviene del latín y significa «maldecir«: considerar a alguien inútil, inservible, maldito. Lo opuesto no es «perdonar«, sino «salvar«: ayudar, sanar, considerar valioso. Lo opuesto a la condenación es la salvación: liberación del mal y la ruina.

Tanto Jesús como las autoridades coincidieron en que lo que hizo la mujer estaba mal, que era pecado. ¿La diferencia? Los fariseos la condenaron; Jesús no. En cambio, mostró misericordia y la encaminó hacia la restauración. Una cosa es condenar la conducta de una persona y otra condenar a la persona. Jesús nunca condenó a nadie, y a nosotros tampoco se nos permite condenar a nadie. Nunca. Podemos condenar las acciones, pero nunca a la persona.

Como sacerdote abiertamente gay, he experimentado en primera persona el rechazo, la condena y el odio hacia nuestra comunidad. Sé lo que significa sentirse fuera de la misericordia de Dios, creer que has hecho algo tan malo que Dios no podría perdonarte. Muchas personas LGBTQ+ llevan esta pesada carga: se castigan continuamente, incapaces de creer que son dignas de amor.

Pero el profeta Isaías nos recuerda en la primera lectura de hoy: «No recuerden los acontecimientos del pasado, ni las cosas antiguas; ¡miren que hago algo nuevo!». Dios sí está haciendo algo nuevo. El Señor nos trata como trató a aquella mujer, sin condenarnos jamás. A pesar de nuestros peores momentos, Dios nunca deja de amarnos. Esta es la verdad. Es un hecho.

Cada día, en todos los países del mundo, las personas LGBTQ+ enfrentan discriminación, violencia y trato desigual en casa, en el trabajo y en sus comunidades. Actualmente, presenciamos leyes que atacan a nuestra comunidad, especialmente a las personas transgénero. Sin embargo, ante tal condena, debemos recordar la misericordia implacable de Jesús.

En esta Cuaresma, los invito a sumergirse en esta historia: a ver la urgencia de Aquel que nos busca, que espera, que anhela encontrarnos y salvarnos. Dios está continuamente haciendo algo nuevo en nuestras vidas, invitándonos a la autenticidad y la plenitud. Toquen esa parte vulnerable y herida de su corazón. Descubran cualquier carga que los haya agobiado. Escucha atentamente a Jesús que te dice: «¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco«.

Nuestra vida cristiana se trata de encontrarnos con Jesús a diario y saber que su amor es siempre nuevo. Él nos posee, y no nos condena, sino que nos invita a vivir de nuevo en su amor. El Miércoles de Ceniza nos retó a alejarnos de nuestros pecados y creer en el Evangelio. Esta historia de la mujer adúltera nos recuerda que, en nuestra base misma, somos perdonados por Dios. Jesús quiere que las personas conozcan la misericordia de Dios, porque es esta misericordia la que nos permite cambiar.

Como ministros y miembros del pueblo de Dios, debemos reflejar la misma misericordia temeraria que Jesús demostró en su vida. Ante la división y el odio en nuestro mundo, no podemos permanecer en silencio. No seremos condenados por el odio ajeno. No podemos ser relegados a la vergüenza y el autodesprecio. Viviremos y caminaremos en la increíble e imprudente misericordia de nuestro Salvador, que nos ama profundamente y renueva nuestras vidas respetando la dignidad de cada persona humana. Aceptémonos y amémonos como las personas que Dios nos creó para ser: plenamente vivos, plenamente amados y abrazados con fervor por la misericordia divina.

—Padre Gregory Greiten, 6 de abril de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Amigo de la mujer”. 5 de Cuaresma – C ( Juan 8,1-11)

domingo, 6 de abril de 2025
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cristo_y_la_mujer_adultera_de_domenico_morelli_museo_del_pradoSorprende ver a Jesús rodeado de tantas mujeres: amigas entrañables como María Magdalena o las hermanas Marta y María de Betania. Seguidoras fieles como Salomé, madre de una familia de pescadores. Mujeres enfermas, prostitutas de aldea… De ningún profeta se dice algo parecido.

¿Qué encontraban en él las mujeres?, ¿por qué las atraía tanto? La respuesta que ofrecen los relatos evangélicos es clara. Jesús las mira con ojos diferentes. Las trata con una ternura desconocida, defiende su dignidad, las acoge como discípulas. Nadie las había tratado así.

La gente las veía como fuente de impureza ritual. Rompiendo tabúes y prejuicios, Jesús se acerca a ellas sin temor alguno, las acepta en su mesa y hasta se deja acariciar por una prostituta agradecida.

La sociedad las consideraba como ocasión y fuente de pecado; desde niños se les advertía a los varones para no caer en sus artes de seducción. Jesús, sin embargo, pone el acento en la responsabilidad de los varones: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón».

Se entiende su reacción cuando le presentan a una mujer sorprendida en adulterio, con intención de lapidarla. Nadie habla del varón. Es lo que ocurría siempre en aquella sociedad machista. Se condena a la mujer porque ha deshonrado a la familia y se disculpa con facilidad al varón.

Jesús no soporta esta hipocresía social construida por el dominio de los varones. Con sencillez y valentía admirables, pone verdad, justicia y compasión: «El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra». Los acusadores se retiran avergonzados. Saben que ellos son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad.

Jesús se dirige a aquella mujer humillada con ternura y respeto: «Tampoco yo te condeno». Vete, sigue caminando en tu vida y, «en adelante, no peques más». Jesús confía en ella, le desea lo mejor y le anima a no pecar. Pero de sus labios no saldrá condena alguna.

¿Quién nos enseñará a mirar hoy a la mujer con los ojos de Jesús?, ¿quién introducirá en la Iglesia y en la sociedad la verdad, la justicia y la defensa de la mujer al estilo de Jesús?

José Antonio Pagola

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“El que esté libre de pecado que le tire la primera piedra” Domingo 06 de marzo de 2025. 5º de Cuaresma

domingo, 6 de abril de 2025
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21-cuaresmaC5 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 43, 16-21: Mirad que realizo algo nuevo y apagaré la sed de mi pueblo.
Salmo responsorial: 125: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Filipenses 3, 8-14: Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte.
Juan 8, 1-11: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

El texto del discípulo de Isaías es característico de su teología. Se lo ha llamado con frecuencia el “profeta del nuevo éxodo” (35,6; 41,18ss) y el texto que comentamos lo muestra claramente. Con la fórmula clásica del “enviado” (“así dice…”) comienza la unidad; como ocurre con mucha frecuencia Dios es presentado por lo que “hace”. La misma concluye en el v.21 ya que en v.22 comienza un nuevo oráculo de estilo muy diferente, con lo que el texto de la liturgia presenta claramente una unidad “redonda”. El estilo es hímnico, como se nota en los paralelismos (semejante a 40,22s; Sal 104,2ss; 136,5ss).

Es interesante que presenta una larga introducción (vv.16-17) sobre el pasado haciendo memoria de los acontecimientos del éxodo (Ex 13-14), pero con una serie de tiempos verbales que debemos tener presentes ya que se los dos primeros son participios (que traza, que hace salir), los dos segundos son imperfectos (se echarán, no se levantarán) y recién los dos últimos son imperfectos, y claramente pasados (se apagaron, se extinguieron), por lo que el marco principal es el presente que pone al lector “en medio” de los acontecimientos, con lo que recuerda a Israel que su fe no radica en los acontecimientos del pasado sino en Dios que “hace” esas cosas.

Lo llamativo es que después de toda esta introducción nos viene a decir en v. 18: “no se acuerden de las cosas pasadas” (no debe leerse como pregunta, como hacen algunas Biblias); las cosas “pasadas” son las del éxodo, como vemos en 41,22; 42,9; 43,9; 49,9; 48,3. ¿Por qué no recordar lo que acaba de poner en la memoria? La memoria (“¡recuerda!”) es fundamental en Israel (Sal 78), y por eso es importante la historia. Ciertamente porque lo que viene “es nuevo”, ya no estamos ante un río que se seca para que un pueblo pase, sino ante un desierto que se llena de agua para que el pueblo beba; lo nuevo es el camino en el desierto (35,8-10; 40,3-4), y el agua y la vegetación en ese lugar (35,6-7; 41,18-19). Es interesante recordar que el desierto es -para el tiempo del éxodo- un lugar terrible (“enorme y temible”, Dt 1,19; 8,15), allí Dios dio agua de la roca, y alimento del cielo; lo que ahora va a realizar —y realiza— es notablemente superior que hace empalidecer lo “antiguo”. Los acontecimientos que narra nos recuerdan lo que nos dice que no debemos recordar, y ahora en imperfecto: es algo que “se está haciendo”. Entre la doble referencia al agua en el desierto, aparece una extraña imagen: los que glorifican a Dios son los animales del desierto, no el pueblo (aunque estos parecen ocupar su lugar, como es frecuente, por ejemplo en los sacrificios, y se confirma en el relato con la doble referencia “mi pueblo, mi elegido”). Es este pueblo el que contará las alabanzas de Yavé (ver 43,10; 44,8), y es presentado como el pueblo que “me modelé”, con lo que regresamos a las imágenes de creación, muy frecuentes en el discípulo de Isaías (ver 43,1.7).

Lo que quiere destacar el autor es que no hay que quedarse en los acontecimientos del pasado por más maravillosos que hayan sido; quedarse en los acontecimientos y no en Dios es una forma sutil de idolatría, lo que hay que recordar es a Dios que es quien las hizo, hace y hará. El éxodo es el acontecimiento arquetípico y por eso es modelo de acontecimientos nuevos, no es algo en lo que Dios se ha estancado en el pasado. La “sola memoria” puede ser peligrosa, no puede ser un permanecer “estancados”, no tiene valor si no va acompañada de la esperanza, si no prepara futuro.

En la carta a los Filipenses vemos que lo que ha cambiado a Pablo dando un nuevo enfoque a su vida es el “conocimiento de Cristo Jesús”. Es cierto que otro “conocimiento” puede ser inútil o hasta perverso, pero si de conocimiento de Cristo se trata, ese llegará a su plenitud al final de los tiempos donde “conoceré, como soy conocido (por Dios)”, 1 Cor 13,12. Todo es “a causa de Cristo” (v.7). La esperanza judía en el mesías era ciertamente futura, pero Pablo es consciente que ya ha conocido. Sin embargo, todas las esperanzas de Israel, que tan bien quedan expresadas en Rom 9,4-5 no han “conocido” y han quedado al margen. Esto es, para Pablo, un motivo de gran dolor, como lo manifiesta especialmente (9,3). Pero para Pablo, todo lo que preparaba la llegada de Cristo, ya no tiene sentido, como el pedagogo (Gal 3,24-25) no tiene sentido una vez que el niño ha llegado a la escuela a la cual él lo llevaba. Es importante notar como Pablo empieza a poner los cimientos para una marcada separación entre Israel y la Iglesia, todo lo anterior, en comparación con Cristo es nada menos que estiércol.

El lenguaje que Pablo destaca es económico “pérdida – ganancia” pero sobre todo deportivo. Pablo pretende (notar la semejanza con el lenguaje de 1 Cor 13 que acabamos de mencionar): “ganar a Cristo y ser encontrado por él”. Las imágenes deportivas no son extrañas a Pablo (1 Cor 9,24-27; 2 Cor 4,8-9), y le sirven a Pablo como un ejemplo más para destacar algo que ya ha comenzado pero aún no ha concluido. Sin embargo, Pablo no pretende que las imágenes sean suficientes, él no corre con sus propias fuerzas, no espera llegar con su “justicia”, no lo ha alcanzado sino que fue él mismo alcanzado por Cristo . Aunque más “al pasar” que en Gálatas y Romanos, queda planteado el tema de la fe y las obras. Pablo sabe que colabora con la obra de Dios, pero sabe que no son sus fuerzas las que le permiten alcanzar la meta (notar esto tan característico de Pablo: conocer – ser conocido, ganar – ser hallado, alcanzar – ser alcanzado). La justificación -la meta- sólo puede venir de la iniciativa de Dios, no por la ley sino por la fe.

Como no conocemos el contexto de este relato del evangelio de Juan, que es un relato añadido, no sabemos las razones por las cuales a Jesús quieren “ponerle una trampa”. Pero dada la semejanza con los acontecimientos del final de la vida de Jesús, según nos cuentan los Sinópticos, podemos pensar que el drama ya se ha desencadenado y se pretende por todos los medios encontrar argumentos para un juicio que ya está decidido. En ese sentido, el texto es semejante al de la moneda del impuesto al César. Tampoco es fácil saber exactamente cuál es la trampa, pero parece ser ponerlo en la disyuntiva entre ser fiel a la ley de Moisés, y consentir en que la adúltera sea apedreada, con lo que su insistencia en la misericordia se revela “hipócrita”, o insistir en la misericordia con lo que se manifiesta como infiel a lo mandado por Moisés.

A Jesús no van a buscarlo porque confíen en su buen criterio o porque reconozcan autoridad a su palabra, o porque él pueda decidir la suerte de la mujer. En realidad, en este drama ni Jesús ni la mujer son importantes. Ambos son rechazados por los escribas y fariseos. Jesús, porque buscan atraparlo, la mujer porque es una simple excusa para ese objetivo. Por eso, porque su palabra en realidad no importa es que el Señor se inclina para escribir en tierra. Manifiesta su desinterés por la cuestión, como ellos también la manifiestan.

Somos tan prontos a juzgar y condenar, nosotros los hombres. ¡Es tan fácil en este caso! Nada menos que una adúltera, descubierta en plena infidelidad. Hay que aplicarle el rigor de la ley: ¡debe ser apedreada! De paso, veremos cuánto de fiel a la ley es Jesús. La actitud del Señor no parece ser muy atenta; casi, hasta parece indiferente … Juzgar y condenar, en nuestras actitudes, muchas veces van de la mano, se le parecen. Los hombres ya condenaron, falta que hable Jesús, para condenarlo también a él.

¿Sexo? ¡Horror! Para tantos, todavía sigue siendo el más grave y horroroso de los pecados. Es cierto que muchas veces nos hemos ido al otro extremo, y no hablamos ya del tema, pero cuántas veces nos encontramos con actitudes o comentarios que parecen que el único pecado existente es el pecado sexual. La envidia, la ambición, la falta de solidaridad, la injusticia, la soberbia, y tantos otros, parecen no existir en la “lista”. El sexo es “el” pecado. Esa es, también, la actitud de los acusadores de la mujer: fue descubierta en pleno pecado, ¡debe ser apedreada! “-Muy bien, el que no tenga pecado, tire la primera piedra“. Y, casualmente, los primeros en retirarse son los ancianos, los que ya no tienen “ese” pecado. Muchos pecados hay, no uno, pero nosotros juzgamos, ¡y hasta condenamos!

Sería casi sin sentido hacer una lista de todos los pecados de nuestro presente; sería sin sentido porque sería interminable: basta con leer casi cada página de los diarios… ¿Quién considera pecado sus opciones políticas que miran sus intereses y no lo que mejor beneficie la causa de los pobres? ¿Quién considera pecado su falta de solidaridad con los marginados de su mismo barrio o región? ¿Quién considera pecado su “no te entrometas“, o su falta de compromiso político para que los pecados desaparezcan?… Y, en esa misma línea: ¿quién no considera un pecado atroz y gravísimo a una madre soltera, o todo lo relacionado con el sexo?, ¿quién no considera verdaderamente intolerable toda cercanía siquiera con prostitutas…?

Este, que hoy leemos, fue el texto comentado por monseñor Romero en su célebre última homilía: “No encuentro figura más hermosa de Jesús salvando la dignidad humana, que este Jesús que no tiene pecado, frente a frente con una mujer adúltera… Fortaleza pero ternura: la dignidad humana ante todo… A Jesús no le importaban (los) detalles legalistas… Él ama, ha venido precisamente para salvar a los pecadores… convertirla es mucho mejor que apedrearla, ordenarla y salvarla es mucho mejor que condenarla… Las fuentes (del) pecado social (están) en el corazón del hombre… nadie quiere echarse la culpa y todos son responsables… de la ola de crímenes y violencia… la salvación comienza arrancando del pecado a cada hombre.” “–No peques más”. Leer más…

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Dom 5 Cuaresma. No juzguéis… El juicio de la «adúltera». (Jn 8, 1-11)

domingo, 6 de abril de 2025
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la-mujer-adultera-la-misericordiDel blog de Xabier Pikaza:

El juicio de la adúltera  (Jn 8, 1-11).En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿Qué dices?»… (sigue)

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.»

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

Jesús dijo: «No juzguéis   (Lc 6,37s, Mt 7, 1).

INTRODUCCIÓN

 Los  acusadores afirman que ha sido sorprendida en flagrante (autophôrô) adulterio y eso basta. En línea de justicia israelita debe morir: ¡Moisés manda lapidarla! Pues bien, frente a Moisés se sitúa Jesús y por eso, como enfrentándose con él, los escribas de la ley mesiánica del viejo Israel le preguntan: tú, en cambio ¿qué dices? (Jn 8, 5).

La respuesta de Daniel en el caso de Susana era fácil: cumplir la ley, pero de un modo verdadero, mostrando que la mujer era inocente y los acusadores falsos. Bastaba con la ley: ella era signo de Dios, mesías de la tierra. El problema de Jesús es diferente: no puede probar la inocencia de la mujer, ni la mala fe o deseo lujurioso de los acusadores, sino que debe enfrentarse con algo mucho más importante ¡con la Ley de Moisés!

Pero él ha dicho no juzguéis

Ciertamente, si Jesús salva a la mujer deberá indicar la insuficiencia de la Ley, mostrando de un modo más alto la presencia y acción de Dios. (he desarrollado este motivo en varios trabajos, especialmente en Compañeros y amigos de Jesús, donde lo desarrollo con cierta extensión)

De esa forma, frente al puro mesianismo de la ley, propio de Daniel, funcionario del talión escatológico (¡Dios obrará al final del mismo modo, salvando a los buenos y condenando a los malos!), viene a revelarse Jesús como mesías de la gracia que ofrece vida al pecador (a la mujer), situando a los acusadores ante el espejo de su propia conciencia, para iniciar de esa manera una vida donde sea posible la reconciliación.

La respuesta y solución de Jesús no viene en línea de la ley. Por eso no investiga los hechos, como nosotros (nuevos legalistas) hubiéramos deseado: no le importan los cómplices del adulterio, ni el ausente marido, quizá también culpable. No busca atenuantes de tipo psicológico y social… Es muy posible que, en línea de ley, un buen juez hubiera podido mostrar la contradicción de los acusadores, la complicación del marido, la posible falta de madurez de la víctima. Pues bien, Jesús no se ha querido situar a ese nivel: no se ha comportado como juez, ni en relación a la mujer, ni en relación a los cómplices; no es un buen juicio lo que busca (frente al juicio malo de los acusadores) sino la gracia superior y la verdad de cada uno (que debe mirar hacia sí mismo y descubrir allí su deseo más hondo).

Conforme a la ley, la mujer es culpable, pero Jesús no resuelve el problema a ese nivel, ni tampoco a nivel de pura maduración psicológica: no llama al marido, no enfrenta a los esposos, no les ofrece una terapia afectiva, sino que nos conduce a todos más allá del ámbito de juicio, allí donde Mt 7, 1-3 decía: ¡no juzguéis y nos seréis juzgados! La actitud de juicio supone que nosotros (jueces) somos buenos, mientras los otros (juzgados) culpables: por eso nos alzamos contra ellos, convirtiéndoles en chivos expiatorios al servicio de nuestra propia seguridad.

Este mecanismo de descarga judicial se repite en el principio de muchas religiones:un grupo sagrado tiende a mantenerse divinizando su propia justicia y condenando o expulsando a los disidentes o distintos. Pues bien, Jesús ha destruido la base de ese mecanismo, avalado por la ley de Moisés, situando a cada uno de los jueces ante su propia responsabilidad y diciéndoles:¡mira hacia adentro! ¡atrévete a decir que te hallas limpio!

En nombre de su propia ley, los acusadores podrían haber respondido: ¡estamos limpios, nosotros somos buenos! Pero no lo hacen, sino que reconocen su propia suciedad, dejando que caiga la piedra de violencia de su mano, empezando por los más ancianos (en el sentido doble de senador/presbítero: hombre de edad y juez o magistrado). Todos se descubren pecadores.

Históricamente, esta escena resulta irreal, muy improbable. Los escribas y fariseos de la tradición evangélica se hubieran atrevido a presentarse como justos, condenando a Jesús, el inocente. Pero el texto es una parábola cristológica más que el recuerdo de un hecho pasado: Jn 8, 1-12 está contando (o representando) la verdad universal del ser humano, diciéndonos que el día en que todos nos consideremos pecadores podremos dialogar de forma abierta, perdonándonos mutuamente, desde la gracia más alta de Dios Padre.

LA VIDA ES MÁS QUE LEY. LA VERDAD ES MÁS QUE JUICIO

Todos los jueces se van. Con la mujer queda Jesús, el único inocente (y el pueblo que actúa como testigo de fondo de la escena). Teóricamente Jesús podría condenarla, pues él es inocente; pero su inocencia se define más bien como perdón: ¡tampoco yo te condeno, vete y no peques más! De esta forma se enfrentan y distinguen la ley de sangre y la gracia creadora de Jesús:

 – La ley descubre al pecador y tiene la respuesta , como saben los jueces: ¡Dios mismo manda lapidar a estas mujeres! Como representantes de un Dios violento se creen obligados a matar a sus culpables.

Frente a esa ley que se impone matando, eleva Jesús la experiencia más honda del perdón. No necesita ya libros, escribe su palabra sobre el polvo: Dios y su gracia superan todas las leyes y sentencias del mundo.

 NO JUZQUÉIS….

 No juzguéis y no seréis juzgados (Lc 6,37s; Mt 7,1s)

 La comunión de Jesús se destruye allí donde unos juzgan a otros, o donde la estructura de conjunto juzga y somete bajo su dictado a  todos. El juicio pertenece al orden racional de una vida que se construye y define a sí misma, pero Dios se sitúa en un plano de gratuidad superior, más allá de razones y juicios humanos:

 Lucas.«No juzguéis, para que no seáis juzgados, porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que midáis seréis medidos» (Cf. Mateo Mt 7,1s).

Lucas introduce la exigencia de no juzgar al final del sermón de la llanura (cf. Lc 6,17-49),después de las bienaventuranzas, los ayes (Lc 6,20-26) y el amor al enemigo (Lc 6,27-36). Mateola sitúa hacia el final del sermón de la montaña, sin incluir las aplicaciones de Lc 6,37b-38 (no condenar, perdonar, dar) ni las parábolas de la «razón teológica» (del ciego y del discípulo: cf. Lc 6,39s), formuladas posiblemente por el redactor del Evangelio para interpretar el motivo del no juicio en su Iglesia[1].

            La palabra base de Mt 7,1 y Lc 6,37a («No juzguéis, para no ser [y no seréis] juzgados») es una sentencia apodíctica o axioma, que define a Dios y modela el sentido de la Iglesia como experiencia de gratuidad originaria. No es sentencia de ley sino supra-ley, voz que nos llega de Dios, viniendo, al mismo tiempo, de la profundidad del ser humano arraigado en Dios. Tres son, a mi entender, sus notas principales[2]:

 –Esta es una afirmación universal y ha de entenderse desde la gracia de Dios y la invitación de amar al enemigo. Más allá de la ley, allí donde se descubre inmerso en Dios-Gracia, el hombre puede actuar igual que Dios, sin exigir ni pedir nada, sin juzgar por nada.

 – Esta palabra retoma el primer mandato: «No comerás…»; no te apoderes para ti de nada, tu vida es don y gracia (cf. Gn 2,17). El precepto dice que no podemos fundar nuestra vida en algo que tengamos o que hagamos. Hemos brotado y somos en un Dios que nos ha dado la vida como gracia y en ella nos mantiene, de forma que podamos vivir de un modo gratuito, unos para otros[3].

 – Ella define el riesgo vital, diciéndonos que si juzgamos, caemos en manos de nuestro propio juicio, no del de Dios: «No juzguéis para que no seáis juzgados». El juicio no viene de Dios sino de nosotros mismo. Por eso es esencial la segunda parte del dicho de Jesús: «No seréis juzgados». Dios no es garantía humana de buen juicio (contra lo que afirma Kant en su Crítica de la razón práctica) sino superación divina de todo juicio. Donde hay amor de Dios no hay juicio, no por indiferencia (un Dios que se desentienda) sino por gratuidad más alta.

  Esta palabra («No juzguéis») no puede probarse (si se probara, debería integrarse en un sistema legal expresado en forma de talión), sino que deriva de la experiencia original del Dios creador, que es «gracia universal de Vida». No puede probarse ni postularse, pero puede y debe razonarse a posteriori, como suponen Lc 6,38b y Mt 7,2: con el juicio con que juzguéis seréis juzgados.

La fe en el Dios creador nos sitúa ante el misterio de su gracia, más allá de todo juicio y castigo. Según eso, el juicio no forma parte originaria de la creación, no proviene de Dios, sino que surge y se despliega allí donde nosotros lo formulamos y aplicamos en forma de talión. Solo superando la trama de acción y sanción, impulso y respuesta, bien y mal, descubriendo nuestra vida como puro don, en inmersión de amor, podemos hablar de Dios y contemplar (descubrir/desplegar) la vida como gracia, por encima de todo juicio que pueda separarnos del amor de Dios.

Dios no es bien y mal, gracia y condena, juicio, sino solo bien, pura gracia. El juicio lo creamos nosotros y lo aplicamos a Dios, atreviéndonos a decir que forma parte de su esencia, para defender aquello que hacemos, en contra de Dios, que no es talión de bien/mal sino puro bien que crea; no da (se da) para recibir (obtener ganancias) sino por gratuidad amorosa, para que seamos nosotros[4].

El juicio cerrado en sí mismo se expresa en forma de lucha mutua y culmina en la muerte (condena) de los perdedores, según la ley del talión. Solo quien supera el nivel del juicio puede vivir en Dios, siendo Dios por gracia (viviendo para siempre). Esta revelación («No juzguéis») no forma parte de la ley sino de la creatividad originaria de Dios, de forma que no podemos decir «No juzguéis porque el juicio es de Dios» (cf. 1

 Jesús duce  “no juzguéis”… pero la sociedad civil no ha querido escucharle,  ni tampoco mucha iglesia cristiana de forma que toma el “juicio” (el poder judicial) como clave de la vida social, junto al poder legislativo y el ejecutivo. Tampoco la iglesia cristiana ha sabido qué hacer con este mandato de Jesús y ha buscado la manera de elaborar un minucioso “derecho judicial”, afirmando que ella posee, por, por siglos y siglos (al menos desde el XIII al XX el poder judicial supremo de la tierra, avalado por excomuniones, e incluso condenas a muerte e infierno.

   El tema no es nada fácil de resolver, como saben bien los canonistas “cristianos”.Por eso es bueno que este domingo se lea y debe meditarse el  tema del “juicio” de la adúltera.  No voy a repetir lo que dije hace dos días, pero he sentido  la necesidad de recordar en este contexto, el mensaje fundamental de Jesús en este contexto.,

Superar el juicio, vivir en gratuidad: eso es la Iglesia

 Por don de Dios vivimos, por amor de aquellos que nos han transmitido la vida. Si rechazamos la gracia y nos juzgamos, juzgando a los demás, en clave moralista, corremos el riesgo de destruirnos a nosotros mismos, destruyéndolos a ellos. Este es el centro de la eclesiología de Jesús.

 – La capacidad de juicio es un elemento esencial del hombre, que piensa, mide y organiza la vida por conocimiento (sabiduría) y trabajo, superando así el nivel de los animales, que no piensan ni juzgan, sino que son por instinto. Juzgar es discernir, planificar y organizar la vida, en un nivel de medios y de fines, dentro de una historia regida por la ley del talión.

 – Pero el hombre que cierra su vida en un nivel de juicio pierde su identidad, como saben Gn 2-3 y Mt 7,1-5 y paralelos, porque el ser humano está hecho (se hace) para trascenderse en el Dios creador de vida, que le ofrece un lugar y un camino en su vida divina (véase el discurso de Pablo en Atenas en Hch 17,22-31). Leer más…

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Dos conversiones distintas y parecidas. Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo C.

domingo, 6 de abril de 2025
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hipocresia-proxenetismo_image006Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Los domingos anteriores han tratado el tema de la conversión con distintos enfoques: amenazando con un final trágico a los que no se conviertan, pero concediendo un año de plazo para evitar la desgracia (domingo 3º); acogiendo al hijo pródigo, que se convierte por puro egoísmo, pero que da una inmensa alegría al padre con su vuelta (domingo 4º). En este quinto domingo habla del mejor recurso para convertirse: el contacto con Jesús, como lo demuestran una adúltera y un fariseo radical y violento.

¿Qué hacemos con la adúltera?

El evangelio parte de un hecho concreto: una mujer sorprendida en adulterio. Se trata de un pecado condenado en todas las legislaciones antiguas y en el Decálogo. El problema que plantean a Jesús es qué hacer con la adúltera. Del tema ya se habían ocupado los legisladores antiguos. Recojo tres opiniones.

La ahogamos con el adúltero (Código de Hammurabi)

 Es la respuesta del famoso Código de Hammurabi, rey de Babilonia muerto hacia 1750 a.C. En el párrafo 129 dictamina: «Si la esposa de un hombre es sorprendida acostada con otro varón, que los aten y los tiren al agua [al río Éufrates]; si el marido perdona a su esposa la vida, el rey perdonará también la vida a su súbdito». Adviértase que la ley empieza por la mujer, pero los dos merecen la condena a muerte, aunque cabe la posibilidad de que el marido perdone.

La apedreamos (escribas y fariseos)

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

La lapidación es el procedimiento más frecuente en la Biblia para ejecutar a un culpable. Cosa lógica ya que en Israel no abunda el agua, como en Babilonia, y sí las piedras. Sin embargo, estos escribas y fariseos no habrían aprobado un examen de Biblia por dos motivos.

1) La Ley de Moisés, que usa a menudo el verbo «apedrear» para hablar de un castigo a muerte, nunca lo aplica al adulterio. El texto que podrían invocar sería este del Deuteronomio: «Si uno encuentra en un pueblo a una joven prometida a otro y se acuesta con ella, los sacarán a los dos a las puertas de la ciudad y los apedrearán hasta que mueran: a la muchacha porque dentro del pueblo no pidió socorro y al hombre por haber violado a la mujer de su prójimo» (Dt 22,23-24). Pero esta ley no habla de adulterio, sino de violación (aparentemente consentida) de una muchacha.

2) Si tienen tanto interés en cumplir la Ley de Moisés, al primero que deberían haber traído ante Jesús es al varón, ya que también a él lo han sorprendido en adulterio y por él comienza la ley («Si uno encuentra a una joven…y se acuesta con ella»). Hay un caso en el que solo se habla de apedrear a la muchacha, pero tampoco se trata de adulterio, sino de la que ha perdido la virginidad mientras vivía con sus padres. Cuando se casa, su marido lo advierte y lo denuncia; si la denuncia es verdadera, «sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa de su padre» (Dt 22,20-21).

¿Cómo puede un escriba, con tantos años de estudios bíblicos, cometer estos errores elementales? ¿Por ignorancia? ¿Por el deseo de interpretar la ley de la forma más rigurosa posible? ¿Para poner a Jesús en un aprieto y poder acusarlo, como dice Juan? Efectivamente, si la perdona, no cumple la ley; si dice que la apedreen, demuestra que no tiene esa compasión de la que tanto presume.

La perdonamos (Jesús)

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

– El que no tiene pecado, que le tire la primera piedra.

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó:

– Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?

Ella contestó:

– Ninguno, Señor.

Jesús dijo:

– Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más. 

Jesús no precipita su respuesta. Le piden una opinión (“¿qué dices tú?”) pero se calla la boca y escribe en el suelo. Ellos insisten. Buscan lana y salen tranquilados. «Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra». El principal pecado de escribas y fariseos no es la ignorancia, ni el rigorismo, sino la hipocresía.

Cuando se retiran, solo quedan Jesús y la mujer, ella de pie en el centro. Un imagen de gran impacto, digna de la mejor película. Por suerte para la mujer, Jesús no es un confesor a la vieja usanza. No le pregunta cuántas veces ha cometido adulterio, con quién, dónde, cuándo. Se limita a dos preguntas breves («¿dónde están?, ¿nadie te ha condenado?») y a la absolución final, con propósito de la enmienda: «Yo tampoco te condeno. Ve y en adelante no peques más».

A veces se habla de la actitud de Jesús con los pecadores de forma muy ligera, como si los abrazase y aceptase su forma de vida. Pero a la mujer no le dice: «No te preocupes, no tiene importancia; ya sabes a quién tienes que acudir la próxima vez». Lo que le dice es: «en adelante no peques más». Se lo dice por su bien, no porque corra peligro de ser apedreada. A este caso, cambiando de género, se puede aplicar el proverbio bíblico: «El adúltero es hombre sin juicio, el violador se arruina a sí mismo» (Proverbios 6,32). Eso es lo que Jesús no quiere, que la mujer se arruine a sí misma.

El buen ejemplo de los escribas y fariseos

A pesar de su hipocresía y mala idea, hay que reconocerles algo bueno: se van retirando poco a poco, empezando por los más viejos. Hoy día, somos muchos los que conocemos la opinión de Jesús pero seguimos considerándonos buenos y no vacilamos en apedrear (más con palabras y juicios condenatorios que con piedras) a quien hemos elegido como víctima.

La conversión del fariseo radical y violento (Filipenses 3,8-14))

La lectura de Pablo a los Filipenses no cuenta su conversión, pero hace un balance de su vida antes y después de ella. Antes se gloriaba de ser israelita de pura cepa, de la tribu de Benjamín (¡ocho apellidos vascos!), circuncidado a los ocho días, estrictísimo en la observancia de la Ley, perseguidor de los cristianos. De todo estaba enormemente orgulloso hasta que descubrió a Cristo. A partir de ese momento, su vida cambia. Todo lo anterior lo considera basura. Él estaba obsesionado con salvarse, pero la Ley de Moisés no puede salvarlo, solo la fe en Cristo. Por eso, lo único importante es conocerlo cada vez mejor, compartir sus sufrimientos, resucitar con él. Pablo ve su vida como una extraña carrera. Ya le ha concedido el primer premio, pero debe seguir corriendo hacia la meta, sin mirar atrás.

Hermanos: Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.

Todo para conocerlo a él y la fuerza de su resurrección y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos. No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo.

Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús.

La adúltera y el fariseo

A pesar de las diferencias, hay algo común en la conversión de estas dos personas: el contacto con Jesús. Lo cual supone una gran novedad con respecto al mensaje de los domingos anteriores. Ahora, lo que provoca la conversión no es el miedo, ni el hambre, sino la relación personal con el Señor. Relación a la que se llega por caminos muy diversos: en el caso de la adúltera, son sus enemigos quienes la llevan ante Jesús; en el caso de Pablo, es Jesús quien le sale al encuentro. Este encuentro personal con él es la única garantía de una conversión auténtica y duradera.

Historia de la salvación (IV). El éxodo antiguo y el nuevo (Isaías 43,16-21)

La primera lectura sigue recordando momentos capitales de la Historia de la salvación: Abrahán, Moisés, Josué. Hoy se contraponen el éxodo de Egipto, con la gran victoria sobre el ejército del faraón, y el nuevo éxodo de Babilonia, en el que Dios protegerá a su pueblo durante la marcha por el desierto. El peligro de los israelitas es seguir soñando con lo antiguo. Y el profeta le dice: «No penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo». Curiosamente, coincide con lo que dice Pablo en la segunda lectura: «Olvidándome de lo que queda atrás, me lanzo a lo que está por delante».

Esto dice el Señor, que abrió camino en el mar y una senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, la tropa y los héroes: caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue.

«No recordéis lo de antaño no penséis en lo antiguo; mirad qué realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto corrientes en el yermo. Me glorificarán las bestias salvajes, chacales y avestruces, porque pondré agua en el desierto, corrientes en la estepa, para dar de beber a mi pueblo elegido, a este pueblo que me he formado para que proclame mi alabanza.

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V Domingo de Cuaresma. 06 abril, 2025

domingo, 6 de abril de 2025
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Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”.
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo”

(Jn 8, 1-11)

Dime, Maestro: ¿qué escribías en el suelo? Siempre que vuelve este texto me lo pregunto… y algunas veces hasta me lo he contestado: palabras de perdón, de reconciliación, de comprensión… Pero hoy que aparece el texto me lo vuelvo a preguntar: ¿qué escribías en el suelo?, ¿qué escribes hoy en el suelo?, ¿qué palabras tienes para quienes me acusan, me persiguen, me entregan?

Sí, lo hacen conmigo, pero sobre todo con otras tantas personas, especialmente mujeres, en demasiados lugares de nuestro mundo. Hoy, ahora, una mujer está siendo acusada, vejada, puesta en evidencia…como lo fue la mujer sorprendida en adulterio en el Templo. Y me pregunto: ¿tendrá la mujer de hoy quien la defienda, quien la dignifique, quien escriba en el suelo de su historia palabras de liberación y de perdón?

Y me brota del corazón un deseo: ¡Hazme palabra, Jesús! Una palabra que Tú escribas hoy en nuestro suelo. Una palabra de consuelo. Una palabra de ánimo. Una palabra de lucha. Una palabra de dignidad. Una palabra de confrontación. Una palabra de perdón.

Haznos a todos “palabra”, como aquellas palabras que un día escribiste en el suelo del Templo. Palabras silenciosas que hicieron caer las piedras, los juicios y las condenas. Palabras escondidas que ablandaron corazones endurecidos y convirtieron la condena de la ley en el encuentro con el amor misericordioso. Palabras que rozaron el corazón herido de una mujer y le devolvieron la dignidad y la luz que necesitaba para caminar. Palabras que cambian el rumbo de la historia y la adentran por los senderos del Reino.

Oración

“Gracias, Trinidad Santa,
por escribir en el suelo de nuestro hoy
las letras suaves de tu amor y tu ternura para con nosotras.”

 

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Dios no juzga, Jesús no condena.

domingo, 6 de abril de 2025
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F713D2C2-CD60-4215-A3A7-1AB96050B308DOMINGO 5º DE CUARESMA (C)

Jn 8,1-11

El texto está en un contexto artificial. No se encuentra en ningún otro evangelista y ha sido añadido al evangelio de Juan. No aparece en los textos griegos más antiguos. Es un relato muy antiguo y su mensaje está de acuerdo con los evangelios, incluido el de Juan.

En el relato, se destaca el “fariseísmo” de los acusadores. El texto dice que le estaban tendiendo una trampa. En efecto, si Jesús consentía en apedrearla, perdería su fama de bondad e iría contra el poder civil, que había retirado al Sanedrín la facultad de ejecutar a nadie. Si decía que no, se declaraba en contra de la Ley, que lo prescribía expresamente.

Si los pescaron “in fraganti”, ¿dónde estaba el hombre? (La Ley mandaba apedrear a ambos). Se consideraba adulterio la relación de un hombre con una mujer casada, no con una soltera. Se trataba de un pecado contra la propiedad, porque la mujer se consideraba propiedad del marido. Llevamos dos milenios tergiversando los textos con naturalidad.

Aparentemente Jesús está dispuesto a que se cumpla la Ley, pero pone una simple condición: que tire la primera piedra el que no tenga pecado. El tirar la primera piedra era obligación o “privilegio” del testigo. Tirar la primera piedra era responsabilizarse de la ejecución. Aquellos hombres acusaban, pero no se hacían responsables de la muerte.

Jesús perdona a la mujer antes de que se lo pida; no exige ninguna condición. No es el arrepentimiento ni la penitencia lo que consigue el perdón. Es el amor incondicional, lo que debe llevar a la adúltera al cambio de vida. El “perdón” de Dios es lo primero. Cambiar de perspectiva será la consecuencia de haber tomado conciencia de que Dios es Amor.

Sigue habiendo “cristianos” que ponen el cumplimiento de la “Ley” por encima de las personas. La base y fundamento del mensaje de Jesús es precisamente que, para el valor primero es la persona de carne y hueso, no la institución ni la “Ley”. El Padre estará siempre con los brazos abiertos para el hermano menor y para el mayor.

La cercanía que manifestó Jesús hacia los pecadores, no podía ser comprendida por los jefes religiosos de su tiempo porque se habían hecho un Dios justiciero y distante. Para ellos el cumplimiento de la Ley era el valor supremo. Jesús nos dice que la persona es el valor supremo y no puede ser utilizada como medio para conseguir nada.

El miedo es la consecuencia de la inseguridad. Cuando buscamos seguridades, tenemos asegurado el miedo. El miedo paraliza nuestra vida espiritual. El descubrimiento del verdadero Dios tiene que ser siempre liberador. La mejor prueba de que nos relacionamos con un ídolo, y no con el verdadero Dios, es que nuestra religiosidad produce miedos.

La “buena noticia” consiste en que el amor de Dios es incondicional, no depende de nada ni de nadie. Dios no es un ser que ama sino el amor. Su esencia es amor y no puede dejar de amar sin destruirse. ¿Quién es el bueno y quién es el malo? ¿Puedo yo dar respuesta a esta pregunta? ¿Quién puede sentirse capacitado para acusar a otro? Solo el fariseísmo.

Jesús está ya identificado con el Padre y unifica los tres. Tanto el hermano menor (adúltera) como el mayor (fariseos) tienen que ser superados. Una vez más descubrimos que el menor está dispuesto a cambiar con más facilidad que el mayor.

Fray Marcos

 Fuente Fe Adulta

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Justos y pecadores.

domingo, 6 de abril de 2025
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«Tampoco yo te condeno. Anda y, en adelante, no peques más»

Contemplemos la escena.

Jesús está sentado en la escalinata del pórtico de Salomón enseñando su doctrina a los judíos. Un grupo numeroso de ellos le escucha fascinado, pues jamás hombre alguno les había hablado como éste. De pronto, aparece en escena un grupo de escribas, fariseos y guardias del templo que no tardan en abrir un claro circular entre el gentío. Acto seguido, arrojan en medio a una mujer aterrada que no osa levantarse y ni siquiera alzar la vista.

Jesús detiene su enseñanza y un silencio sepulcral se apodera del recinto: «Moisés nos manda lapidar a estas mujeres… ¿Tú qué dices?»…

La puesta en escena es soberbia, y la trampa mortal. Ya no se trata de una discusión rabínica para demostrar al pueblo que aquel impostor no es tan listo como parece, sino que le han puesto frente a una situación dramática de la que depende la vida de una persona.

Jesús queda desconcertado y busca en su mente una respuesta que salve a la mujer. Condenarla supone que toda su doctrina del perdón, de Dios Abbá, es simple teoría; que suena muy bien a los oídos de la gente, pero no es posible llevarla a la práctica. Perdonarla supone quebrantar explícitamente la Ley de Moisés, autorizar el pecado y dar carta de naturaleza a la desobediencia. No es fácil salir de ese callejón sin aparente salida, y Jesús se toma su tiempo enredando en el suelo con una rama.

«El que esté libre de pecado que tire la primera piedra»

La gente queda atónita porque nunca antes han visto a nadie jugarse la vida por salvar la de una mujer pecadora. Saben que llamar pecadores en público a los santos de Israel es una temeridad inconcebible que jamás le van a perdonar (y que no le perdonaron), pero sus palabras tienen el efecto de cambiar radicalmente el signo de la situación. Es probable que algunos fariseos sintiesen la tentación de proclamarse justos y perpetrar allí mismo la lapidación, pero la personalidad de Jesús se impuso finalmente a su orgullo.

«Tampoco yo te condeno. Anda y no peques más».

Permítanme unos comentarios en torno a estos hechos.

El primero, que Jesús pudo haber soslayado aquel atolladero aduciendo que él no era juez para juzgar a nadie, pero de haberlo hecho habrían matado a la mujer y su principal preocupación era evitarlo. El segundo, la diferencia radical entre la religiosidad de Jesús y la de escribas y fariseos. Para estos últimos lo importante es el cumplimiento de la Ley, y para Jesús lo importante son las personas. Si la Ley no sirve para salvar, no sirve para nada.

El tercero, que Dios no es el que nos juzga por nuestros pecados, sino el que nos ayuda a salir de la esclavitud del pecado; es nuestro aliado contra el mal. El cuarto lo tomamos de labios de Ruiz de Galarreta: «En este mundo no hay justos y pecadores, sino solo pecadores necesitados de Dios y amados por Él».

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Condenar o liberar.

domingo, 6 de abril de 2025
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Jn 8,1-11

Seguramente todos tuvieron que agacharse para comenzar a recoger las piedras del suelo, preparándose para ejercer el castigo al que la Ley les alentaba: “si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, se castigará con la muerte a los dos” (Lv 20,10). Seguramente, mientras cada uno se inclinaba a coger el arma arrojadiza, pensaría que, de ese modo, colaboraba en hacer desaparecer el mal en medio de su pueblo: “si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos, tanto la mujer como el que se acostó con ella. Así extirparás el mal de Israel” (Dt 22,22).

Quizás alguno de ellos pensó, por un instante, que había sido un poco extraña la petición que los maestros de la ley y los fariseos habían hecho a Jesús: ¿por qué solo habían llevado hasta allí a la mujer? ¿qué había pasado con el hombre encontrado en la misma situación? ¿Y por qué esa premura? Quizás alguno, también, había percibido que la tesitura en la que ponían a Jesús iba cargada de cierta malicia y que había otros intereses ocultos en este asunto que le estaban planteando.

No obstante, ahí seguían, agachándose, buscando las mejores, ni excesivamente pequeñas, ni tan grandes que no se pudieran lanzar con una sola mano. Ahí seguían, mirando de reojo a Jesús, que permanecía sentado y en silencio, en el lugar del Templo desde el que, hacía un momento, estaba dirigiéndose a la gente.

De pronto, Jesús también se agachó y se puso a escribir con el dedo en el suelo. Así permaneció durante un tiempo que se hizo eterno, mientras los entendidos de la ley seguían presionándolo con aquella cuestión. A la altura a la que había bajado, Él parecía estar cómodo. Desde ahí solo podía ver el suelo, quizás los pies y algo de las piernas de todos los que estaban a su alrededor… en su campo visual quizás también podía hallarse la mujer a la que habían colocado en el medio, aunque Él solo parecía seguir el trazo que su propio dedo marcaba en la arena.

Ese modo de estar en el mundo, abajado, inclinado, se repetía en Jesús en muchos momentos. Se inclinó para hablar con el hombre paralítico que yacía cerca de la piscina de Betesda antes de curarle (cf. Jn 5,5-9) o cuando se acercó al lecho de la suegra de Pedro (cf. Mc 1,30-31) o al de la hija del jefe de la sinagoga (cf. 5,40-42). Jesús se inclinaba continuamente para acoger a los niños que corrían hacia Él, a quienes imponía las manos y con quienes oraba (cf. 10,13-16) y se inclinaba o arrodillaba muchas veces, para recogerse en oración junto a su Padre (cf. 1,35; 14,35)… ¡Qué modo tan diferente de agacharse el de Jesús y el de quienes le rodeaban en ese momento! ¡Qué perspectivas tan diferentes de mirar lo humilde, bajo y pobre del mundo!

Por fin Jesús se incorporó −solo un instante− para decir: “Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra”. Y, de nuevo, se agachó y siguió escribiendo sobre la tierra…

Todos los que estaban presentes se miraban las manos, pensativos. En cada piedra veían el peso de algún error propio cometido. Era difícil no haber incumplido alguno de los 613 preceptos de la Torá. Cada uno iba recordando las últimas situaciones vividas: “esa conversación con mi amigo en la que murmuré contra el vecino”, “aquella mentira que dije para conseguir lo que buscaba”, “cuando no atendí a quien me pidió ayuda por propia comodidad”, “ese modo horrible en el que hablé a tal persona esta mañana”…

Al levantar los ojos de las propias piedras, se fueron dando cuenta de que muchos habían ido tirándolas al suelo y marchándose de allí. ¡Nadie había tirado la primera! Y así, empezando desde el mayor hasta el más joven, todos se fueron yendo.

Cuando ya estaban solos la mujer y Él, Jesús volvió a incorporarse y, como si no hubiera sido consciente de nada, le preguntó a la mujer: “¿dónde están? ¿ninguno de ellos se ha atrevido a condenarte?”.

Era la primera vez, en todo ese tiempo que había transcurrido, que alguien le había preguntado algo. La habían arrastrado hasta allí, pero no le habían dado la posibilidad de explicar nada, de defenderse, de contar su versión… ¡ninguno le había escuchado y, mucho menos, dado la palabra!

Ninguno lo ha hecho”, dijo la mujer. Y al pronunciarse, pudo expresarle su reconocimiento. Le llamó “Señor”, no solo “Maestro”, como habían hecho los jefes de la ley.

Tampoco yo te condeno. Puedes irte y no vuelvas a pecar”, le contestó Jesús.

La mujer se sintió profundamente liberada. No solo porque la alentaba a ponerse en camino y recomenzar, sino porque Jesús no la condenaba. No le había dicho “tus pecados son perdonados”, como había hecho con otras personas, sino “no te condeno”. En realidad, tampoco había condenado a los que, poco a poco y uno a uno, había reconocido su pecado y se habían ido yendo del lugar.

Ahí estaba la diferencia. Todos habían condenado a la mujer desde el primer momento, sin darle posibilidad al cambio, a comenzar de nuevo, a reconocer y transformar los actos realizados, las equivocaciones… Pero Jesús libera. Libera a la mujer y libera a cada uno de los presentes al ayudarles a reconocer su propia pobreza personal.

Quizás se nos hace necesario aprender a agacharnos más como Jesús y tocar nuestra propia tierra −nuestro propio humus− sintiendo Su mirada sobre ella. Una mirada que libera y no condena. Así, agachados junto a Él, podremos nosotros hacer lo mismo.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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La sombra del Inquisidor.

domingo, 6 de abril de 2025
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IMG_0587Comentario al evangelio del domingo 6 abril 2025

Jn  8, 1-11

Todo inquisidor -quien acecha, espía, juzga y condena al otro- proyecta en los demás su propia sombra oscura. De manera inconsciente, para crear y sostener su propia imagen de persona “honorable” -buena, honesta, fiel, coherente, comprometida…-, ha debido ocultar, negar, rechazar o reprimir aquellos rasgos suyos que la amenazaban. Por tanto, no solo proyecta y rechaza en el otro lo que vive (reprimido) en él mismo, sino que no se conoce en toda su verdad. Vive tan identificado con la imagen que quiere dar que no tolera en los demás aquello que, de reconocerlo en sí mismo, la tiraría abajo.

Al final, quien condena a los otros, se está condenando, sin saberlo, a sí mismo. Quien “tira la piedra” contra otros, la está lanzando, sin ser consciente, contra sí mismo.

El inquisidor es una persona oscura, que no se conoce y que vive interiormente fracturado entre la imagen que intenta dar y la sombra que se empeña en mantener oculta. La falta de conocimiento y de empatía hacia sí lo hacen incapaz de vivir empatía y compasión hacia los otros. Presume de su rigidez, mientras se arroga un estatus de superioridad moral y se eleva sobre el pedestal que su propia ignorancia ha construido.

La trampa en que se ve atrapado el inquisidor -y en cada uno de nosotros yace ese personaje- solo se puede soltar gracias al autoconocimiento. Cuando, entre otros, los místicos cristianos Bernardo de Claraval o Teresa de Jesús afirmaban que el conocimiento propio constituía la mejor escuela de humildad acertaban de pleno. Solo el conocimiento de sí deshace el engaño y el hecho de al iluminar la propia sombra, nos hace humanos, humildes y compasivos. Solo entonces es posible soltar el papel de “inquisidores” y vivir en la aceptación y el no-juicio.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Se encuentran la miseria y la misericordia

domingo, 6 de abril de 2025
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17Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Jesús enseña al pueblo.

    Comienza el magnífico texto evangélico de hoy diciendo que Jesús baja del monte de los Olivos al Templo para enseñar a la gente, para comunicar el evangelio.

    Jesús no comunica doctrina, dogmas, ni tan siquiera el catecismo. Jesús comunica una buena noticia: que eso significa evangelio.

Y la buena noticia es Jesús mismo: Él es la buena noticia. (El Evangelio es anterior a los evangelios que se redactarán con el paso del tiempo (en vida de Jesús no se escribió una línea).

Jesús mismo es el evangelio, la buena noticia para nosotros. El Evangelio “no es un libro”, es una persona, JesuCristo.

02.- Una mujer en adulterio.

    Le presentan a Jesús una mujer sorprendida en adulterio. Pero a aquellos fariseos en realidad no les importa mucho esta mujer, sino a quien quieren pillar es a Jesús. El imputado más que la mujer, es Jesús.

Según la ley de Moisés esta mujer debía ser o apedreada o estrangulada. Tú ¿qué dices?. La mujer es una excusa para ver si Cristo se enfrenta a la ley, a la religión y al orden establecido. Los fariseos quieren hallar un motivo para pillar a Jesús. De hecho, este capítulo 8 de Juan termina con la voluntad del Templo y de los fariseos de dilapidar a Jesús: Los judíos tomaron piedras para tirárselas a Jesús, (Jn 8, 59).

La lapidación era una ejecución de la que “nadie” era responsable –como los fusilamientos-.

La lapidación como el pelotón de fusilamiento, como la misma guerra son una forma de asesinato colectivo, ¿anónimo? Nadie es responsable, si bien todos somos responsables.

03.- La mujer estaba, pues condenada.

    Aquella mujer estaba, pues, condenada

Pero Jesús piensa y actúa de otra manera.

Donde los “religiosos” oficiales ven pecado, delito, injusticia, suciedad, o donde ven morbosidad y programas “rosas” de tv, Jesús, y el Dios de Jesús, ven sufrimiento: la mujer adúltera, la samaritana, la hemorroísa, Magdalena, hijo pródigo, etc. son seres sufrientes.

Los “religiosos” terminales condenamos, excomulgamos, prohibimos; Jesús acoge.

Jesús debía haber condenado a aquella mujer. Sin embargo, la actitud, la respuesta de Jesús no es la esperable en un canonista o eclesiástico. Un “buen” canonista, condena. Jesús no condena: Yo no te condeno.

04.- El Señor no condena.

Jesús no dice que aquella mujer, ni el ladrón, ni Magdalena, ni Zaqueo, ni el hijo pródigo hayan hecho bien, simplemente dice que Él, Jesús, no condena. Yo no condeno. Y es que Cristo no ha venido para juzgar, y menos a condenar a nadie:

Jn 12,47: porque no he venido a condenar al mundo, sino a salvar al mundo.

Estamos muy habituados a pensar que el pecador merece condena y condenación. Eso es lo normal y lo legal. JesuCristo –el Dios de JesuCristo- no trata al pecador a pedradas y condenaciones, sino que, cuando JesuCristo se encuentra con el pecador, lo primero es no condenar y luego, al mismo tiempo,  perdonar. Jesús mira al pecador misericordiosamente.

El pecador, que somos nosotros, no es un reo para Dios, sino que siempre somos sus hijos. El veredicto de Dios no es la condenación, sino la salvación.

El fariseo, el religioso siempre tiende a condena al pecador, JesuCristo sin embargo, perdona al pecador y él, JesuCristo, carga con la condena del pecado y es elevado a la cruz con esa carga de culpa y pecado.

El juicio de Dios no es condena para el ser humano, sino salvación

05.- Jesús, inclinándose, escribía en tierra.

Es un gesto enigmático del que se han dado mil explicaciones en la historia acerca de él.

Posiblemente significa que Jesús se inclina sobre la debilidad humana, sobre el barro humano, no escribe ya en la dureza de las piedras de la ley del Sinaí, sino que Cristo es más humano, mira la tierra, el barro, la debilidad humana y en nuestra debilidad de barro Jesús escribe la sentencia: Yo no condeno, perdono.

Tal vez está evocando el profeta:

Ezequiel 11,19 Quitaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.

La ley no es asunto de Jesús. Jesús mira siempre la persona por encima de la ley. Posiblemente -en nuestro lenguaje- “Jesús fue un ilegal”:

Se acerca a los leprosos, propone como modelo de comportamiento a aquel que deja de ir a la Iglesia para atender al que encuentra en la calle medio muerto (buen samaritano), vuelca las mesas del templo, es un comedor y bebedor, cura en sábado, trata con publicanos y prostitutas. Y, lo que “es peor”, su actitud es la poner por encima de la ley y de todo al ser humano.

Lo que puede cambiar al ser humano y la convivencia humana no es la ley, sino la misericordia y la bondad.

06.- Cosas de dos que las paga una.

El adulterio es cosa de dos. La escena evangélica manifiesta también otro aspecto: Jesús no acepta el diferente trato dado por la Ley judía a la mujer y al hombre. La mujer no tenía la misma dignidad que el varón ante la ley. Jesús acoge a las mujeres mostrándoles el amor comprensivo del Padre. En aquella sociedad machista se humilla y se condena a la mujer. Al reprimir el delito, se castiga con dureza a una parte de la sociedad, la más débil. Jesús no soporta esta hipocresía social construida por los varones.

También nuestra sociedad y la misma Iglesia, debe caminar hacia un mayor respeto hacia la mujer y a su toma de responsabilidades en todos los ámbitos.

La hipocresía a veces no tiene fin.

07.- El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.

Seguramente que hoy ocurriría lo mismo. También nosotros nos tendríamos que marchar comenzando por los más viejos. También en nuestra personalidad hay zonas de adulterio, de hijos pródigos, de “magdalenas”, de “zaqueos”… que nos harían marchar de la “sala del juicio” de aquella mujer…

Se quedaron solos Jesús y la mujer. Se quedan la miseria y la misericordia.

Siempre que se encuentra el ser humano con Dios ocurre lo mismo: se encuentran la miseria y la misericordia.

Podría servir para un rato de oración las miradas de Jesús a la samaritana, a Magdalena, al Hijo pródigo, a Zaqueo, al joven rico, a la mujer adúltera, a María al pie de la cruz, al Discípulo Amado

Acusar, denunciar, delatar, condenar a los demás no es una actitud muy cristiana precisamente, ni tan siquiera humana. Lo cristiano y lo humano va más por la discreción, el silencio, por el no ser un chismoso, no airear cuestiones, defectos, pecados. El cristianismo es el perdón y la misericordia

Algo de todo eso es el pudor: saber declinar discretamente la mirada y la palabra ante un pecado, ante una situación oscura, turbia, ante una enfermedad, etc.

Por otra parte, ¿Qué sabemos nosotros de la vida, del recorrido y sufrimientos de una persona, de una familia? ¿Quiénes somos para hablar, ni juzgar a nadie? Harto tenemos con mirarnos a nosotros mismos y pedir perdón por “lo nuestro”.

08.- La Iglesia y la misericordia.

La Iglesia, más bien la jerarquía, no tiene comportamientos muy cristianos, puesto que echa mano de la condena, del castigo, de la excomunión, la suspensión “a divinis”, de prohibir la palabra, la docencia, de retener pecados, etc.

Una Iglesia de misericordia es creíble. No sé si la Iglesia llegará a ser sinodal, bastaría con que fuese buena y misericordiosa.

Se nos ha ido la mano condenando, culpabilizando, echando en cara, descalificando a los separados y divorciados, quitando libros de las librerías y prohibiéndolos en las aulas, etc.

La misericordia es un valor esencialmente cristiano. No condenemos a nadie.

Si salimos de la Eucaristía de hoy con la conciencia en paz de Dios y de que Cristo tampoco nos condena a nosotros, habremos comenzado a ser cristianos.

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«Jesús no se deja atrapar de sus adversarios», por Consuelo Vélez

domingo, 6 de abril de 2025
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IMG_0612De su blog Fe y Vida:

V Domingo de Cuaresma (6-04-2025)

Los fariseos y escribas no tienen ningún interés en la mujer, en el adulterio o en la ley. Su interés es acorralar a Jesús para desprestigiarlo frente a los que le siguen

Cabe anotar que la ley hablaba de “castigar a los dos adúlteros con la muerte” (Lv 20, 10), pero vemos en este texto que se omite cualquier referencia al varón que estaba con aquella mujer.

Jesús sabe salir adelante de esta situación, no enfrentando a los escribas y fariseos sino lanzando una pregunta a todos los que estaban allí: “el que no tenga pecado que arroje la primera piedra”.

El evangelio de hoy, nos invita a un seguimiento de Jesús que atiende a las personas y no a las leyes cuando estas las oprimen, un seguimiento que se toma en serio el mensaje liberador y misericordioso del reino y lo hace efectivo en todas las situaciones que se presenten

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús:

– «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?».

Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo:

– «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra».

E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó:

+ «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?».

Ella le respondió:

– «Nadie, Señor».

+«Yo tampoco te condeno”, le dijo Jesús. “Vete, no peques más en adelante»

(Juan 8, 1-11)

Al querer interpretar un pasaje de la Sagrada Escritura interesa plantear el contexto en el que Jesús está hablando para no tergiversar sus palabras. Aquí Jesús no quiere enseñar sobre el adulterio, o sobre el pecado, o sobre valores morales de carácter sexual. El texto se sitúa en la controversia entre las autoridades judías -representadas por los escribas y fariseos- y Jesús. Ellos le hacen una pregunta, sobre la mujer sorprendida en adulterio y el castigo que merece según la ley de Moisés, con la intención de hacerlo caer de cualquier modo. Si Jesús contesta que no deben apedrearla, estaría yendo contra la Ley. Si contesta que sí, estaría oponiéndose a la legislación romana que prohíbe la pena de muerte (Jn 18,31). Como puede verse, los escribas y fariseos no tienen ningún interés en la mujer, en el adulterio o en la ley. Su interés es acorralar a Jesús para desprestigiarlo frente a los que le siguen. Cabe anotar que la ley hablaba de “castigar a los dos adúlteros con la muerte” (Lv 20, 10), pero vemos en este texto que se omite cualquier referencia al varón que estaba con aquella mujer.

Jesús sabe salir adelante de esta situación, no enfrentando a los escribas y fariseos sino lanzando una pregunta a todos los que estaban allí: “el que no tenga pecado que arroje la primera piedra”. Esta frase es del  libro del Deuteronomio (13,10) referida al pecado de la idolatría y supone que quien arroje la primera piedra se hace cargo de la acusación y si la acusación fuera falsa, la sangre del inocente caerá sobre él (Dt 17,7). Después de esa primera piedra, todo el pueblo se dispone a apedrear al idólatra.

Una vez Jesús ha pedido a los oyentes que arrojen la piedra si no tienen pecado, todos se van retirando. De esa manera se prepara la escena conclusiva del texto: el encuentro de Jesús con la mujer. Ella que fue tomada por los fariseos y escribas, como “objeto” para acusar a Jesús, es tratada, por parte de Jesús, como “sujeto”. El diálogo revela el trato digno de Jesús hacia ella y la frase “no peques más”, muestra la invitación que él le hace a un nuevo comienzo, sin dejarse acorralar por el estigma público.

Una vez más, el evangelio de hoy, nos invita a un seguimiento de Jesús que atiende a las personas y no a las leyes cuando estas las oprimen, un seguimiento que no se deja enredar con legalismos estériles, sino que se toma en serio el mensaje liberador y misericordioso del reino y lo hace efectivo en todas las situaciones que se presenten.

(Foto: https://www.dominicaslerma.es/multimedia/54-oracion/rincon-para-orar/2026-la-mujer-adultera.html)

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“Podemos amar porque somos amados”, por P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 6 de abril de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

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Comentario a la lectura evangélica (Juan 8, 1-11)

Tenemos que hacer cambios

Conversiones que llevan toda una vida. Pasar de dios a Dios, purificar la idea a menudo aproximada, limitada y limitante que tenemos de Dios. También nosotros, los cristianos en general. No menos, los católicos en particular. Incluso nosotros, discípulos de toda la vida.

Y atrevernos

Atrevernos a amar. A la medida de Dios que como un padre «debe» celebrar cuando un hijo vuelve, cuando un hijo no se pierde. Imitar la medida sin medida de este Dios inmenso y loco.

Somos libres, decimos. Incluso para perdernos.

Y lo vemos en este momento sangrante de guerras.

Pero, ésta es la Buena Noticia, Dios no se cansa. Insiste, si se quiere.

Como el navegador que, cuando nos perdemos, recalcula la ruta.

Luces rojas

Es una página tan fuerte que los primeros cristianos, como señala San Agustín, la habían borrado de su memoria y de sus textos. Es la página insoportable de la adúltera sorprendida en flagrante adulterio.

Y perdonada incondicionalmente.

No tiene nombre, ni lo tendrá nunca, ¿a quién le importa? Es sólo una pecadora, no tiene historia, no sabemos nada de ella, no entendemos la razón de lo sucedido. Es sólo una adúltera, una pecadora.

¿Está comprometida? ¿Casada? ¿Es feliz? ¿Con quién ha sido sorprendida en el acto de adulterio?

En realidad a nadie le importa la mujer.

Porque es una mujer y porque es una inútil, lo demás son habladurías.

Pillada en flagrante adulterio, dicen los delincuentes dispuestos a matar en nombre de Dios.

Aquí la cosa se complica. La Escritura establece que una persona puede ser acusada en presencia de dos testigos. ¿Dónde están? ¿Quiénes son? Todo pasa a un segundo plano, incluso el hecho de que el cómplice en el pecado haya desaparecido.

Tal vez ha escapado, o tal vez, como hombre, está siendo tratado de manera diferente…

Las emociones desbordan la medida, se abusa de la ley, esgrimida como un arma. No hay justicia, no hay equilibrio en esta sórdida historia: la ira prevalece, nublando las mentes.

Porque, como también vemos en estos tiempos, detrás de las razones nobles se esconden a menudo resentimientos mezquinos.

En el centro

Ponedla en el medio, dicen.

Ella está en el medio, la mujer. El lugar del juicio, ante los jueces.

Y he aquí la petición, aturdidora, insultante, enigmática.

Jesús es llamado a expresar su opinión como rabino.

Pero las cuentas no cuadran: se la presenta como adúltera, ¡así que ya ha sido juzgada! Entonces, ¿qué sentido tiene el juicio de Jesús? O aún no ha sido juzgada, ¿entonces en qué interviene el Nazareno, que no forma parte del sanedrín?

El evangelista señala que se trata de una trampa: si Jesús dice que no la apedreen contraviene la Ley de Moisés. Si dice que la apedreen contraviene la norma romana, uniéndose a las nutridas filas de los antirromanos. Y lo que es peor, desmiente su visión de un Padre benévolo.

Hay que reconocer la perfidia de los presentes.

No les importa mucho la justicia, menos aún las mujeres y las consecuencias de sus decisiones. Se trata de detener a un tipo que se ha improvisado profeta y que reúne a su alrededor a numerosas personas.

Pecadores, en su mayoría, como esta mujer.

Se junta con gente mala, Jesús, es amigo de publicanos y prostitutas (Mt 11,19).

Jeroglíficos

Jesús, sin embargo, se agacha y traza marcas en el suelo con el dedo.

Guarda silencio. Sabe que es una trampa.

Se agacha y permanece en esa posición. Se sienta a reflexionar. Empieza a escribir.

La multitud que se ha reunido no ha razonado, ha dejado hablar a su vientre, a sus vísceras, ha dado rienda suelta a la ira. Jesús no, Él toma distancia, se recoge, piensa y escribe. ¿Qué?

Se cree que la costumbre de hacer garabatos en el suelo, ampliamente documentada entre los pueblos semitas, era una forma de ordenar los pensamientos o de contener la irritación.

También es sugerente la reflexión espiritual de quienes quieren ver en ello una referencia al don de la Torá: Jesús no escribe en el polvo, como imaginamos, sino que traza marcas en la piedra, en el pavimento del Templo, igual que Dios había trazado con su dedo los mandamientos en las tablas de piedra (Dt 9,10). Dios había dado esas palabras para la vida, los acusadores las utilizan para dar la muerte.

Sea lo que sea, lo que hace Jesús sigue siendo un misterio.

Pero su respuesta es una andanada en el estómago de los presentes.

La primera piedra

Se sienta y mira hacia arriba -así se dice en el texto griego-. Su frase se ha convertido en proverbial.

Claro, esta mujer ha pecado, por supuesto.

Se ha equivocado, ha cometido un error. Pero, ¿quién de nosotros no se ha equivocado alguna vez? ¿Quién puede decir que nunca ha pecado? ¿Quién puede erigirse honestamente en juez contra ella?

Jesús desplaza a todos, no niega la validez del precepto, no dice que está bien lo que hizo, ni entra en la delicada cuestión de la jurisdicción. Él va más allá. Va antes. Retrotrae a todos al origen de la norma que está hecha para el bien del hombre, no para oprimirlo.

Es cierto: esta mujer ha obrado mal, como todo el mundo.

Pero la mujer no se identifica con su error, no se agota en su pecado.

Tiene una historia, un nombre, una dignidad, incluso la dignidad de equivocarse y redimirse, de cambiar, de mejorar.

Jesús distingue entre pecado y pecadora, algo que los acusadores no saben hacer.

Y pone una variable inesperada en el juicio: la misericordia, esa actitud típica de Dios que ve con el corazón nuestra miseria. Se equivocó, claro, y todos nos equivocamos.

Y tomamos conciencia de ello, no para justificar o minimizar, sino para cambiar y crecer.

Esta mujer se equivocó, claro. Pero no es clavándola a sus límites como cambiará.

Sólo cambiará si ve una salida, una solución, sólo si comprende lo que realmente llena su corazón.

Él, en su corazón, ya la ha perdonado.

Como me perdona a mí.

Como Él me enseña a hacer.

Podemos cambiar. Podemos dejar de odiar, dejar de hacernos la contra o la guerra entre nosotros.

Podemos amar porque somos amados.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Sobre la autojustificación y los higos

lunes, 24 de marzo de 2025
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IMG_0472New Ways Ministry ofrece una serie de reflexiones bíblicas para personas LGBTQ+ y sus aliados, titulada Journeys.Viajes«). Estos recursos son ideales para la reflexión individual, para conversar con un amigo o consejero espiritual, o para la reflexión comunitaria en una parroquia, escuela u otra comunidad de fe.

Hoy estrenamos una nueva entrega de la serie basada en la lectura del Evangelio de hoy.

Oramos para que estos recursos les ayuden en su camino personal con Dios.

Las lecturas litúrgicas del tercer domingo de Cuaresma, Ciclo C se pueden encontrar haciendo clic aquí.

Si desean compartir sus reflexiones con otros lectores de Bondings 2.0, no duden en publicar sus respuestas en la sección «Comentarios» de esta publicación.

El Jesús de este evangelio no es el Salvador manso y apacible. Es el azote de los hipócritas que constantemente llaman a otros al arrepentimiento, ignorando su propia necesidad de arrepentimiento. Pero luego se transforma en Jesús, el narrador y el experto en jardinería. Jesús nunca nos reprende sin mostrarnos cómo mejorar. Jesús no se trata de talar árboles, sino de encontrar maneras de cultivarlos para que crezcan con mayor comodidad y productividad.

***

LUCAS 13:1-9

Algunos le contaron a Jesús sobre los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con la de sus sacrificios.

Jesús les respondió: «¿Acaso creen que, por haber sufrido así, estos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos? ¡De ninguna manera! Pero les digo que si no se arrepienten, todos perecerán como ellos».

«¿O acaso creen que aquellos dieciocho que murieron cuando la torre de Siloé les cayó encima eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? ¡De ninguna manera! Pero les digo que si no se arrepienten, todos perecerán como ellos».

Y les contó esta parábola:

«Había una vez un hombre que tenía una higuera plantada en su huerto, y al ir a buscar fruto en ella y no encontrarlo, le dijo al hortelano: “Llevo tres años viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo he encontrado. Así que córtala”. ¿Por qué debería agotar la tierra?

“Él le respondió: ‘Señor, déjala para este año también, y yo labraré la tierra a su alrededor y la abonaré; quizá dé fruto en el futuro. Si no, puedes cortarla’.

***

PARA LA REFLEXIÓN

1.- Cuando algo terrible le sucede a una persona LGBTQ+, siempre puedes contar con que una persona religiosa santurrona venga y culpe a la identidad de la persona LGBTQ+. Jesús condena este comportamiento acusatorio en el Evangelio. ¿Has sido tú, como persona LGBTQ+ o aliado, alguna vez víctima de una piedad tan equivocada?

2.- La inclinación a acusar a otros de ser responsables de su propio sufrimiento es, por desgracia, una debilidad muy humana, y no se limita solo a las personas con una mentalidad demasiado moralista. ¿Podrías compartir alguna ocasión en la que hayas tenido estos pensamientos? ¿Pudiste superarlos? Si es así, ¿cómo?

3.- El secreto del futuro esperanzador de la higuera reside en que alguien la fertilice y cultive la tierra a su alrededor. ¿Hubo alguien en tu vida que te brindó ese apoyo mientras aprendías a aceptar tu identidad LGBTQ+ o la de un ser querido?

4.- En la primera parte del evangelio, el mensaje repetido de Jesús es arrepentirse «o todos perecerán». ¿Cuándo un acto de arrepentimiento te ha salvado de perecer? ¿Por qué es tan difícil arrepentirse? ¿Qué puede facilitarlo?

5.- ¿Has tenido la experiencia de cultivar y nutrir el crecimiento de otra persona en la comunidad LGBTQ+? ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Qué tipo de dificultades y alegrías experimentaste?

6.- En el evangelio, el destino de la higuera sigue siendo incierto. ¿Tienes esperanza de que prospere? ¿Dónde encuentras esperanza cuando la vida parece haber sido estéril durante tanto tiempo?

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***

ORACIÓN

Salmo 1:1-3

1 ¡Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
2 sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!

3 Él es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.

 

***

MEDITACIÓN EN VIDEO

Tranquiliza tu mente, cuerpo, espíritu y corazón mientras escuchas esta versión musical de Lucas 13:1-9.

Francis DeBernardo, New Ways Ministry, March 23, 2025

Fuente New Ways Ministry

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“¿Para que una higuera estéril?”. 3 Cuaresma – C (Lucas 13,1-9)

domingo, 23 de marzo de 2025
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Jesús se esforzaba de muchas maneras en despertar en la gente la conversión a Dios. Era su verdadera pasión: ha llegado el momento de buscar el reino de Dios y su justicia, la hora de dedicarnos a construir una vida más justa y humana, tal como la quiere él.

Según el evangelio de Lucas, Jesús pronunció en cierta ocasión una pequeña parábola sobre una «higuera estéril». Quería desbloquear la actitud indiferente de quienes le escuchaban, sin responder prácticamente a su llamada. El relato es breve y claro.

Un propietario tiene plantada en medio de su viña una higuera. Durante mucho tiempo ha venido a buscar fruto en ella. Sin embargo, años tras año, la higuera viene defraudando sus expectativas. Allí sigue, estéril en medio de la viña.

El dueño toma la decisión más sensata. La higuera no produce fruto y está absorbiendo inútilmente las energías del terreno. Lo más razonable es cortarla. «¿Para qué va a ocupar un terreno en balde?».

Contra toda sensatez, el viñador propone hacer todo lo posible para salvarla. Cavará la tierra alrededor de la higuera, para que pueda contar con la humedad necesaria, y le echará estiércol, para que se alimente. Sostenida por el amor, la confianza y la solicitud de su cuidador, la higuera queda invitada a dar fruto. ¿Sabrá responder?

La parábola ha sido contada para provocar nuestra reacción. ¿Para qué una higuera sin higos? ¿Para qué una vida estéril y sin creatividad? ¿Para qué un cristianismo sin seguimiento práctico a Jesús? ¿Para qué una Iglesia sin dedicación al reino de Dios?

¿Para qué una religión que no cambia nuestros corazones? ¿Para qué un culto sin conversión y una práctica que nos tranquiliza y confirma en nuestro bienestar? ¿Para qué preocuparnos tanto de «ocupar» un lugar importante en la sociedad si no introducimos fuerza transformadora con nuestras vidas? ¿Para qué hablar de las «raíces cristianas» de Europa si no es posible ver los «frutos cristianos» de los seguidores de Jesús?

José Antonio Pagola

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“Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Domingo 23 de marzo de 2025. 3º de Cuaresma

domingo, 23 de marzo de 2025
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19-cuaresmaC3 cerezoLeído en Koinonia:

Éxodo 3, 1-8a. 13-15: “Yo soy” me envía a vosotros.
Salmo responsorial: 102: El Señor es compasivo y misericordioso.
1Corintios 10, 1-6. 10-12: La vida del pueblo con Moisés en el desierto fue escrita para escarmiento nuestro.
Lucas 13, 1-9:  Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

Análisis

El texto del libro del Éxodo nos presenta una versión -la más conocida, seguramente- de la así llamada vocación de Moisés, que es también la “autopresentación” de Yavé.

Las antiguas opiniones sobre diferentes fuentes hablan de dos antiguas tradiciones que se integran en este texto. Según Gen 4,26 Enosh fue el primero en invocar el nombre de Yavé, sin embargo, acá Moisés no lo conoce por lo que Diosa se lo debe revelar. Por otra parte el nombre del monte es Horeb y no Sinaí, y el suegro de Moisés es Jetró mientras que en 2,18 es Reuel. Así se ha hablado de las diferentes tradiciones a las que históricamente se las llamó Elohista y Yahvista, aunque el tema hoy está en discusión (en especial la antigüedad de éstas, y la existencia del primero).

Muchos elementos podríamos señalar, pero destaquemos solo algunos:

Moisés es llamado, y como es frecuente en los relatos de vocación de la Biblia se sigue un esquema similar: (1) oración y respuesta, v.7 y v.9; (2) promesa de salvación, v. 8 y v.10; (3) encargo, v.16-17 y v.10; (4) objeción, 4,1 y v.10; (5) signo, 4,1-9 y v.12; (6) nueva objeción, 4,10 y v.13; (7) respuesta final de Dios, 4,13-16 y 4,17. Como se ve, parecería que las dos fuentes entremezcladas tienen el mismo esquema. Que se utilice un “relato de vocación” nos pone en el contexto de los profetas, lo que no es ajeno al texto, ya que Moisés debe ser “escuchado” como uno que habla “en nombre de Dios”.

Otro elemento es lo que causa la intervención de Dios: lo que lo motiva es “el clamor”. El grito de dolor no deja a Dios “fuera” de la historia. Desde el clamor de la sangre de Abel, Dios toma partido por “los-que-claman”, los que sufren la opresión e injusticia (Gn 18,21; 19,13; Ex 11,6; 22,22: “no dejaré de oír su clamor”; 1 Sam 9,16; Is 5,7; Sal 9,13). El clamor de su pueblo no le permite “hacer oídos sordos”, y frente a ese dolor es que elige y envía a su elegido “Moisés”.

Finalmente digamos algo sobre el ”nombre” de Dios. Entre los antiguos semitas, el “nombre” es el sentido, es su misma existencia. Que Dios tenga nombre, y distinto del nombre que recibió hasta ahora indica que algo ha cambiado (cambiamos de Dios); este es un Dios que se muestra a partir de la historia, como un Dios que manda a los que elige para dar respuesta a los clamores que lo conmueven y no lo dejan indiferente. ¿Qué significa el nombre de Dios? Podemos preguntarnos qué significó en su origen, y qué significó para los lectores del Éxodo. No es fácil dar respuesta, lo cierto es que parece incluir el verbo “ser”/“estar”: las opiniones más sólidas hoy son tres: “yo soy el que hace ser”, lo que remite a que Dios es creador, aunque no se entiende a qué viene esta confesión de fe en este momento; además de que el reconocimiento de Dios como creador parece más tardío, como en el 2º Isaías, en tiempos del exilio); “yo soy el que soy” en el sentido de resaltar Dios existe, mientras que los dioses-ídolos no existen (en ese sentido parece usarlo Os 1,9), el marco remite en cierto modo a la alianza y la “duplicación” destaca la soberanía de Dios que “hace misericordia con quien hace misericordia” (Ex 33,19), es decir: siempre; finalmente, “yo soy el que estaré” (con ustedes), es el Dios de la presencia salvadora, el que acompaña la historia. Este último por el contexto, y el anterior por el marco son los que nos parecen más probables: Dios garantiza su presencia y se enfrenta con los dioses de Egipto: el clamor de su pueblo por el sufrimiento no puede quedar impune.

La Primera carta de Pablo a los Corintios presenta muchas dificultades cuando pretendemos “ubicarla”. Parece muy desordenada, y no es evidente que todo esté en el lugar que Pablo lo pensó. Sabemos que Pablo contesta preguntas escritas que la comunidad le ha hecho (7,1) y es probable que cada vez que usa “con respecto a” también lo esté haciendo (7,1.25; 8,1; 12,1; 16,1.12). Eso no impide que se hayan introducido en el resto de la carta textos provenientes sea de otras cartas o de nuevas circunstancias que exigieron una reelaboración del escrito por parte del mismo Pablo (esta última es nuestra opinión pero no es el caso destacarla acá). En principio, entonces, el texto de 1 Cor 10,1-13 pertenece al bloque donde Pablo responde acerca de la carne ofrecida a los ídolos.

La referencia a las figuras (typos) del AT que recuerdan el bautismo y la eucaristía, parecen decir que no se debe creer que por ser partícipes de la comunidad sacramental, no por estar bautizados y tomar parte de la eucaristía tenemos la garantía de no caer (eso sería hacerse un ídolo; ver 11,30). La idolatría es la clave de la unidad (lamentablemente omitida por el texto litúrgico). Los israelitas cayeron, y también nosotros debemos cuidarnos de no caer: “el que crea estar de pie cuide de no caer” es la conclusión y la clave del texto.

El Evangelio se ubica en el “viaje a Jerusalén” donde Lucas presenta muchos textos de su fuente propia, “L”, un poco -aparentemente- desordenados. Sin embargo, el relato presenta una cierta semejanza en la forma con lo que viene diciendo: en 12,51 también había preguntado “creen que…” y su respuesta fue “les aseguro que…” concluyendo con una parábola. En este caso se presenta abruptamente una situación histórica, con una aparente interpretación religiosa. Jesús corrige esa interpretación e incluso presenta otra situación semejante que se prestaría a la misma interpretación. “No, les aseguro” es la corrección que Jesús propone (vv.3.5) para lo cual presenta otra parábola (vv.6-9).

El acontecimiento histórico nos es desconocido. Se han propuesto diferentes hechos, pero ninguno coincide exactamente con este. Es extraño que Flavio Josefo no lo haya narrado siendo, como es, muy poco amigo de Pilato. Pero el debate supone un (o dos) acontecimiento(s) ocurridos realmente. La mezcla de sangre de galileos con la de los sacrificios hace pensar en la fiesta de la Pascua: en esa fecha Pilato y los peregrinos -también los de Galilea- se encuentran en Jerusalén, y los laicos participan de los sacrificios ya que deben llevar a su casa, o lugar de tránsito, el cordero para ser comido en familia. El otro hecho afecta a 18 personas, si el primero es incidental, este es ocasional, en el primero hay un criminal, pero en el segundo hay un hecho casual, lo común de ambos son los muertos y la interpretación que los interlocutores de Jesús hacen del hecho. De la torre de Siloé sabemos de su existencia, y su ampliación. Josefo la narra, pero no cuenta -tampoco- ningún accidente de este tipo. No sabemos si Lc no está pensando o puede estar releyendo la caída de Jerusalén posterior al 70, pero más allá del o los hechos históricos, lo importante es la respuesta a la imagen de Dios que todo esto supone.

Comentario

Jesús nos enseña, en el texto de hoy a aprender a escuchar la voz de Dios en los acontecimientos de la historia. De hecho sus interlocutores también lo hacían, y por eso van a contarle los hechos, pero escuchaban mal, Dios no decía lo que ellos entendían. Es verdad que Dios habla, pero hay que aprender a escucharlo. Dios no nos dice que los muertos de esos acontecimientos drásticos eran pecadores, de hecho todos lo son. Lo que Dios nos dice es que por serlo, debemos convertirnos y dar frutos de conversión. Los frutos son una palabra de Dios para esta etapa de la historia.

Vivimos en sociedades llamadas cristianas. “Occidental y cristiana” se decía, y los frutos fueron torturas, desapariciones, asesinatos, delaciones, miedo, desesperanza… y más todavía: hambre, desocupación, analfabetismo, falta de salud y vivienda, desesperanza… y “por los frutos se conoce el árbol“. Hoy, muchos llamados cristianos siguen viviendo su fe muy lejos de los frutos de amor y justicia que nos pide el Evangelio: participan de mesas de dinero, de la tiranía del mercado, pagan sueldos “estrictamente «justos»” y precisamente bajos, están afiliados a partidos que nada tienen que ver con la Doctrina Social de la Iglesia (¿se puede -por ejemplo- ser cristiano y neo-liberal? ¡ciertamente no!). ¿Y los frutos? Individualismo, hambre, pobreza… Así, por ejemplo, vemos que uno de los problema que tenemos en América Latina para el reconocimiento “oficial” de nuestros mártires es que quienes los han matado “se llaman ellos mismos cristianos!”, y esto desconcierta a muchos.

No bastan las palabras. De nada sirve una higuera estéril. Una higuera debe dar higos ya que para eso ha sido plantada. Un pueblo redimido por Cristo, debe edificar, con su vida (y con su muerte si fuera necesario) un Reino que dé frutos de verdad, de justicia y de paz, de libertad, de vida y de esperanza…. Estamos lejos, ¡muy lejos! de lograrlo. Es verdad que en decenas de comunidades hay también frutos muy vivos de solidaridad, de paz, de oración, de justicia y de vida, de celebración y de esperanza… y podríamos multiplicar los frutos que vemos en las comunidades; pero todo lo anterior también es cierto. Faltan muchos frutos que dar, falta mucha vida que cosechar y alegría que festejar. El continente de la violencia, de la injusticia y el hambre reclama frutos de los cristianos. Y esos frutos deben darse en la historia. Los acontecimientos cotidianos, de dolor y de muerte, que tan frecuentes vivimos en América Latina nos dan una palabra de Dios, una palabra que debemos aprender a escuchar, que debemos comprender para no creer que Dios dice lo que no está diciendo. Jesús nos enseña la “dinámica del fruto” para aprender a reconocer allí un Dios que sigue hablando y que nos sigue llamando a la conversión. no para una conversión individual y personal, sino que dé frutos para los hermanos, para la historia y para la vida. Y la Cuaresma es tiempo oportuno para empezar a darlos… Leer más…

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Yahvé, Soy el que Soy. Verbo de comunión, no sustantivo de dominación

domingo, 23 de marzo de 2025
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IMG_0488Del blog de Xabier Pikaza:

Llevo varios días comentando el tema de las lecturas de este Dom 3 Cuaresma (23.3.25). En insistido en Ex 3 (Moisés y Mahoma, liberacíón de los hebreos), teniendo en el fondo Lc 13 (parábola del viñador).

Hoy, domingo, me centro con cierto temblor y mucha reverencia filológica y teológica, ante la definición y sentido de Dios como Yahve, verbo de acción/ser de Dios y de los hombres.

Siga leyendo quien desee llegar conmigo al centro de “gravedad” de la Biblia (judaísmo), tal como ha sido y sigue siendo entendido por judío, musulmanes, (a)gnósticos y cristianos.  Buen domingo a todos.

Moisés ante la zarza ardiente.

             Nació en la tribu sacerdotal de Leví, y su madre, no pudiendo ocultarlo, lo confió a las aguas del Nilo en un barco-cuna para que alguien que le viera se apiadara y le recogiera.

Bajó la hija del Faraón a bañarse en el río… Vio la cestilla con el niño, se compadeció y exclamó: `Es uno de los niños hebreos’. Entonces dijo la hermana de Moisés (que estaba escondida): ¿Quieres que vaya y llame a una nodriza de entre las hebreas, para que te críe este niño?’. La hija del Faraón le contestó: ‘Vete’. Fue la joven y llamó a la madre del niño. Y la hija del Faraón le dijo: ‘Toma este niño y críamelo, que yo te lo pagaré’. Tomó la mujer al niño y lo crió. El niño creció y ella lo llevó a la hija del Faraón, que lo tuvo por hijo y le llamó Moisés, diciendo: ‘De las aguas sacado’ (Ex 2, 5-10)

              Moisés renace en el Nilo y su madre (hebrea) le cría y alimenta hasta el destete, momento en que le acoge su madre adoptiva egipcia, la hija del Faraón. Es hombre de dos mundos: los egipcios le ofrecen un conocimiento que luego podrá poner al servicio de la libertad, para destruir desde dentro el sistema de poder del mundo. Será libertador de los hebreos, pero llevando en su vida y tarea el conocimiento del sistema de poder y de organizacíón económica de Egipto.

Tras ese comienzo, el texto calla. Deja que los años de Moisés transcurran oscuros en la casa y corte de la hija del Faraón. Lleva en la sangre el recuerdo de sus hermanos oprimidos y crece en un ambiente egipcio, pero no olvida a su pueblo.

En aquellos días, cuando Moisés ya fue mayor, salió a visitar a sus hermanos y comprobó sus penosos trabajos. Vio también cómo un egipcio golpeaba a un hebreo, a uno de sus hermanos. Miró a uno y otro lado y, no viendo a nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena (Ex 2, 11-12).

             Ha sentido en su sangre la injusticia dl poder que mata, y mata él tambiién con violencia al opresor, pero pronto descubre que ese gesto ha sido peligroso: «Salió al día siguiente y vio a dos hebreos que se enfrentaban ente sí y reñían. Y dijo al culpable: ‘¿Por qué riñes a tu hermano?’. Este respondió: ‘¿Quién te ha hecho jefe y juez sobre nosotros? ¿Acaso estás pensando en matarme como mataste al egipcio?'» (Ex 2, 13-14). Supo que le perseguirían y tuvo que huir a Madián, en el desierto del Sinaí donde encuentra amigos que le acogen y ofrecen un lugar en su familia.

            Jetró, sacerdote y pastor de Madián, acoge al fugitivo, ofreciéndole la mano de su hija. Ciertamente, Moisés forastero (como indica el nombre de su hijo), pero en sentido estricto no es un exilado, ni está perdido, pues ha encontrado muchachas que le esperan en el pozo, un jefe de tribu que le acoge y una mujer que le hace padre. La historia debería concluir en este punto: Moisés fugitivo se instalará en la estepa, como los antepasados nómadas del pueblo. Pero el auténtico camino empieza ahora, desde Dios:

  1. Moisés era pastor del rebaño de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián.
  2. Una vez, llevó las ovejas… hasta Horeb (Sinaí).
  3. El Ángel de Yahvé se le apareció como llama de fuego, en una zarza.
  4. Vio la zarza estaba ardiendo, pero no se consumía. Dijo Moisés:
  5. Voy para ver este prodigio: ¿por qué no se consume la zarza?.
  6. Cuando Yahvé… vio que Moisés se acercaba dijo:
  7. ‘Yo soy el Dios de tus padres, Dios de Abraham, Isaac y Jacob.

Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios (Ex 3, 1-6).

  1. DIOS YAHVÉ, ZARZA ARDIENTE [1]

A diferencia de los egipcios, que habían encerrado a Dios en un sistema de ley sagrada (de trabajo, dinero y poder), Moisés empieza a verle en la naturaleza, como revelado en la montaña de la estepa (Horeb-Sinaí), Señor de la naturaleza, sobre el sistema de opresión de Egipto, que identifica lo sagrado con el orden económico-social. Dios fuego, poder transformador: llama de vida que jamás se consume, fuente de luz y calor, misterio.

Los egipcios habían per-vertido las fuerzas de la naturaleza, al convertirlas en principio de opresión. En contra de eso. Dios se manifiesta a Moisés como Yahvé, en la zarza de la vida que eternamente arde sin consumirse, enviándole a liberar a su pueblo de Egipto y diciéndole:

  1. Y ahora marcha, te envío al faraón
  2. para que saques a mi pueblo, a los hijos de Israel».
  3.  Moisés replicó «¿Quién soy yo… para sacar a los hijos de Israel de Egipto?
  4.  Respondió Dios: “Yo soy/estoy contigo; y esta es la señal…”.
  5. Moisés replicó Si ellos me preguntan: ¿Cuál es su nombre?” ¿qué les respondo?».
  6.  “Yo soy el que soy/el quue actúo”. Esto dirás a los hijos de Israel:
  7. “Yo soy” (Yahvé) me envía a vosotros.  :
  8. El Señor, Dios de vuestros padres, Abrahán, Isaac, Jacob, me envía a vosotros.
  9. Este es mi nombre. Yahvé (yo soy/actúo) para siempre  (Ex 3, 10-17).

NOMBRE DE DIOS, ACCIÓN LIBERADORA

2024_72262_PORTADA_Ahora lo entiendo_Dios es verbo.inddÉste es el Dios de los padres, Dios de Abraham, Isaac y Jacob(pueblo elegido), protector de oprimidos, hebreos esclavizados en Egipto. Contra quienes piensan que Dios es pura tradición, opresión  de un pasado que nos sigue atando a lo que ha sido, frente a los que añaden que Dios nos aleja de la vida y carece de amor para cambiar la realidad, este Dios de Moisés viene y  como Presencia de liberación.

En un primer momento, Dios viene y actúa como lo divino, en forma singular (El) o plural (Elohim), ante la roca inmensa del desierto, revelándose en lo ´más pobre, amenazado, pequeño, inútil, como una zarza, pero una zarza  que arde sin cesar, sin apagarse nunca, sin perder nunca su fuego.

Dentro de la tradición israelita este Dios ha recibido otros nombres como: El-Sadai (quizá Señor de la altura), El-Elyon (Dios del Monte, Dios Excelso) etc., pero ahora no aparece como simple ElElohim (divinidad en general), ni como Baal, Señor cósmico, ritmo de la vida, sino como Yahvé (Soy-quien-estoy presente, soy el que actúo). Los israelitas han tomado a ese Nombre-Sin-Nombre, Dios queue no se identifiCa con ningúnn poder-imperio del mundo, como principio invisible, innombrable de todo lo que es y actúa (Soy-quien-actúo), como nombre del Dios de Moisés, quien debe presentarse ante los israelitas para deccirles.: Yo soy (’ehyh) me ha enviado a vosotros,Yahvé, Dios de vuestros padres (Ex 3, 11-15).

Esta denominación, Yahvé יהוה (YHVH),  con la que Dios se presenta a los israelitas, no es sustantivo, sino verbo activo, de una acción creadora,, como casi todos los nombres personales hebreos, queue no son sustantivos/sujetos, sino expresiones de una accón que son teófora (portadora de Dios), indicación de un verbo activo dvino, significan por ejemplo Dios-fortalece (Ezequias), Dios-escucha (Ismael), Dios-salva (Jesús), Dios Juzga (Daniel). Dios-generoso (Juan), Dios-recuerda (Zacarías), Dioes fuerte (Gabriel),  Dios cura (Rafael) etc.

 Moisés siente dificultad. Dios le ha pedido que abandone su nueva familia de la estepa de Madián, junto al Sinaí, quese enfrente al Faraón, opresor de los hebreos, sucesor de aquel que antaño pretendió matarle (cf. Ex 2,15-23). Dios le envía a liberar a los mismos hebreos que antes habían rechazado su arbitraje (Ex 2, 13-14; cf. Hech 7,24-34). Es normal que le cueste (cf. Jc 6,15; Lc 1,34 etc) y diga: ¿Quién soy yo…?

Así pregunta el ser humano que se descubre pequeño e incapaz ante la tarea de su vida. Pero Dios le responde: Yo estaré, (’ehyh) contigo como presencia activa en tu tarea, yo mismo seré tu vida, movimiento y existencia su itinerario. El hombre (Moisés) tiene queue definrse como es teofanía personal del Dios que vive, actúa y existe en por medio de él, en todo el pueblo de Israel (=Dios lucha, el que lucha con Dios)  como ’Ehyh,  Yahvé (=yo Soy/Actúo), verbo de todos los verbos, acción de todas las acciones, existencia de toda las existencias, añadiendo.

Dios se define de esa forma como  Yahvé (=Soy, estoy contigo), añadiiendo: ¡Y cuando saques al pueblo de Egipto responderéis (=adoraréis) a Elohim en este monte!(3,12), volveréis aquí para ser lo que yo soy, Verbo activo de vuestra vida. Moisés ha descubierto a Dios, le ha visto en el fuego de la zarza. Luego han de verle, haciendo el mismo itinerario ante Dios y con Dios todos los oprimidos (cf. Ex 19-24), pues el ser-acción de Dios en Moisés, ante la zarza ardiente  han de asumirlo todos los israelitas.

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