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Un Dios separado no existe.

domingo, 11 de mayo de 2025
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IMG_1110Comentario al evangelio del domingo 11 mayo 2025

Jn 10, 27-30

Un mecanismo característico de la mente es la proyección, que la lleva a crear imaginarios antropocéntricos, es decir, dotados de rasgos humanos. En el campo religioso, tal mecanismo ha dado como resultado la creación de dioses (y diosas) a la medida humana. Dios aparecía así como un ser (o yo) separado, adornado con nuestras mismas cualidades, aunque en grado superlativo.

Las personas sabias, sin embargo, siempre han afirmado otra cosa. Lo que vivió el propio Jesús –“El Padre y yo somos uno”–, lo han vivido los místicos, aunque pocos lo hayan expresado de ese modo. Recojo algunas afirmaciones destacadas: “El fondo de Dios y mi fondo son el mismo fondo” y “Dios y yo somos uno” (Maestro Eckhart); «Amor [así acostumbraban nombrar a Dios las beguinas] y esas Almas son una misma cosa y no dos” (Marguerite Porete); “Mi yo es Dios: no me conozco otra identidad que Dios” (Santa Catalina de Génova); “¡Vedlo! Soy Dios. ¡Vedlo! Estoy en todas las cosas. ¡Vedlo! Hago todas las cosas” (Juliana de Norwich); “En mi ser esencial, Yo, por naturaleza, soy Dios” (Jan van Ruysbroeck).

Pero, por lo general, los seguidores de Jesús no comprendieron el mensaje que se lee en el evangelio de hoy. Lo que hicieron fue “divinizar” a Jesús y pensar que una afirmación de ese tipo únicamente podía referirse a él, ignorando algo básico desde la comprensión no-dual: lo que es Jesús, lo somos todos.

Hace poco tiempo recibí un correo de un hombre a quien no conozco, en el que, refiriéndose a los años de su juventud pasados en un seminario, expresaba lo siguiente: “Lógicamente de esto hace muchos años, pero en mi interior no veía a Dios como una persona distinta a nosotros sino todo lo contrario, pero no podía decirlo ni insinuarlo en aquellos entornos… Pero yo creía que Dios no podía ser alguien tan distante y distinto a nosotros mismos. Sentía lo mismo que tú expresas en tus libros, pero no le sabía poner nombre: NO DUALIDAD”.

Un dios separado no existe, porque en la realidad no existe separación alguna. Esto es un dato reconocido por la filosofía (piénsese en Alfred Whitehead) y por la misma ciencia (la física cuántica y su principio de interrelación: los experimentos del premio Nobel de física en 2022, Alain Aspect y las explicaciones de Carlo Rovelli). No existen cosas (separadas), sino procesos, es decir, interrelación absoluta. Nada puede quedar fuera de la única Totalidad. Todo es relación, es decir, todo es amor.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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En la vida y también en el cónclave, Cristo es el Buen Pastor

domingo, 11 de mayo de 2025
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IMG_1103Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

Evocaciones desde el buen pastor

01.- El Buen Pastor.

Desde la Reforma del Concilio Vaticano II el cuarto domingo de Pascua está dedicado siempre a Xto como Buen Pastor. Por eso todos los años, en este domingo, leemos algún párrafo del cp 10 de San Juan, el capítulo del Buen Pastor, del rebaño, el redil, la puerta, etc. La imagen central del IV domingo de Pascua es, pues, la del Buen Pastor, el redil, las ovejas, (Juan, 10). Yo soy el buen pastor.

En el transfondo de la imagen de Cristo como Buen Pastor subyace la mentalidad pastoril de aquellos tiempos y pueblos de la cultura bíblica, (Nosotros todavía hoy podemos pensar en Aránzazu, Aralar, la cañada real, etc.):

La  metáfora del pastor está muy presente en la Biblia, también en los evangelios

  • Jesús llora ante el pueblo, que vivía como ovejas sin pastor, (Mc 6,30-34).
  • Jesús defiende las ovejas frente a los depredadores (asalariados, salteadores).
  • El salmo 22, que hemos cantado, es una espléndida oración a partir de la experiencia de Dios como Buen Pastor: Dios es nuestro Pastor.
  • El Pastor sugiere y confiere Vida: yo les doy vida eterna y no perecerán. (v 28).
  • En más de una ocasión hay crítica fuerte de los falsos pastores (dirigentes) que se apacientan a sí mismos: son los sacerdotes del Templo que se despreocupan por completo de la multitud de enfermos que yacían junto a la puerta del Templo. (Ez 34,3).

02.- El Buen pastor da vida definitiva.

            El Señor, JesuCristo, Buen Pastor cuida, protege a sus ovejas, busca a la oveja perdida, transmite vida.

La imagen del Pastor tiene también alguna semejanza con  la de la vid y los sarmientos. Los sarmientos recibimos la savia y la vida del Señor, vid verdadera, (Jn 15). San Juan insiste en el encuentro, en el conocimiento que Cristo tiene de nosotros: conozco mis ovejas y mis ovejas me conocen.

De ahí que el evangelio de San Juan insista en permaneced en mí y yo en vosotros. Mis ovejas escuchan mi voz y yo les doy Vida y no perecerán. Las ovejas siguen al buen Pastor.

Inspira gran confianza saber que el Señor es el Pastor que guía y apacienta nuestra existencia. Aunque en la vida pasemos por valles oscuros: enfermedades, crisis, problemas,  dificultades es de gran consuelo saber que nuestro buen Pastor es Cristo.

03.- Somos pastores.

            En cierto sentido también nosotros somos pastores en la vida: los padres sois pastores de vuestros hijos, de la familia; los médicos son también pastores de sus pacientes; los maestros de sus alumnos, los políticos son pastores del pueblo, un buen cura es pastor de su parroquia, de su gente, un buen amigo es también, en cierto sentido, un buen pastor…

            Es una noble misión en la vida acompañar, apacentar…

Seamos buenos pastores en la vida.

04.- El papa como pastor.

Probablemente para cuando celebremos esta Eucaristía ya habrá sido elegido el nuevo obispo -pastor- de Roma, el papa.

Por los vericuetos de la historia y de la política el obispo de Roma, el papa, ha terminado siendo un jefe de estado de la ciudad del Vaticano. (Estados pontificios, Renacimiento, la Unidad italiana del siglo XIX). A esta lectura del primado de Roma se le puede llamar “estatalista”. El papa es un jefe de estado…

Pero si volvemos la mirada al Evangelio (Juan 21), el papa es quien apacienta las ovejas del rebaño del Señor. Apacienta mis ovejas  le dijo Jesús a Pedro. En cierto sentido, pues, el papa es un pastor y quiera Dios que sea un buen Pastor.

Yo no sé si el papa es un jefe de estado, como cristiano creo que ha de ser un buen Pastor.

En nuestros años de seminaristas jóvenes cantábamos cuando el obispo entraba en la iglesia la antífona: pastor bone in populo: pastor bueno en medio del pueblo. Nos hará bien que el papa sea un buen pastor.

            Pero no nos olvidemos nunca que el supremo pastor, el buen Pastor es JesuCristo. La voz -la palabra- más importante en la Iglesia sea la de JesuCristo.

05.- Tú me conoces.

Yo conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí.

El Buen Pastor nos conoce y es bueno que nos conozca y nos apaciente. El Señor nos sondea y nos conoce, (salmo 138). Él nos guía hacia fuentes tranquilas, hacia las verdes praderas del Reino, (Salmo 22).

No tengamos miedo a que Dios nos conozca, El Buen Pastor cuidas siempre de sus ovejas y cuando nos descarriamos sale a buscar la oveja perdida, (Lc 15).

“No tengamos miedo a un Pastor, que Él mismo va a ser el cordero que da la vida por nosotros”.

Él conoce nuestra psicología, nuestras limitaciones, nuestro pecado profundo, pero no nos condena. El buen Pastor nos recoge y nos lleva al aprisco. El buen Pastor nos guía hacia las lejanías silenciosas en las que intuimos a Dios.

06.- Sigamos al Buen Pastor: no errantes, sino peregrinos.

La vida es peregrinar. Somos peregrinos no seres erráticos, que deambulamos de aquí para allá, (como nos condenó Nietzsche), somos caminantes, peregrinos (per agrum: por los campos de la vida y de la historia, por la mies del Señor) hacia el redil del Señor: hacia las “verdes praderas del Reino”,

El que compuso el salmo 22 sabía por experiencia que en la vida pasamos por valles oscuros. Esto es así por ley de vida y por ley de los hombres: vamos a sufrir crisis, quizás injusticias, enfermedades, envejecimiento, culpabilidades, problemas de todo tipo, y muerte. Pero no temamos, porque Tú vas conmigo.

El Señor es nuestro pastor, nada nos falta.

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“Ser como el Buen Pastor en el ministerio de la evangelización que se nos ha confiado”, por Consuelo Vélez

domingo, 11 de mayo de 2025
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IMG_1128De su blog Fe y Vida:

IV Domingo de Pascua 11-05-2025

Este pasaje retoma a Jesús como buen pastor pero el énfasis está en que el mismo amor del Padre por las ovejas, es el de Jesús por ellas.

Jesus conoce sus ovejas y les comunica la vida eterna

La garantía de que nadie les hará daño a las ovejas, es que el Padre que se las ha dado, no lo permitirá, ya que, él y su Padre son uno

Que nuestra evangelización de testimonio de este Buen Pastor que arriesga todo por sus ovejas hasta que todas lleguen a la vida bienaventurada a la que están llamadas

Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa»

(Juan 10, 27-30)

Este cuarto domingo de Pascua nos ofrece un texto muy breve. Retoma lo que el mismo evangelio de Juan había narrado en el capítulo 10, sobre Jesús como Buen Pastor y del cuidado del pastor con sus ovejas, muy distinto al de un asalariado que, cuando ve llegar el peligro, las abandona. Aquí se nos presenta un resumen de tal pasaje, pero mostrando la relación entre Jesús y su Padre y, como, el mismo amor del Padre por las ovejas, es el mismo amor de Jesús por ellas. Jesús recibió la misión de su Padre y él la está cumpliendo con toda prontitud, conociéndolas y dándoles la vida eterna. Ellas reconocen su voz y le siguen. Y la garantía de que nadie les hará nada y nadie las arrebatara, es que el Padre que se las ha dado, no lo permitirá, ya que, él y su Padre son uno.

Este texto es un texto teológico como todo el evangelio de Juan. De ahí que se refiera a la vida eterna y a esa unidad entre Jesús y su Padre. El significado, por tanto, ya se refiere a los bienes definitivos que esperamos en la vida cristiana: la vida de comunión con Dios, la participación en el misterio de amor de nuestro Dios Trinidad.

Este tiempo de Pascua nos revela, por tanto, la alegría del Jesús resucitado entre nosotros, encomendándonos su misma misión: anunciar la buena noticia del amor de Dios para con todos sus hijos e hijas, amor que siempre cuida, protege y conduce a la vida plena. Que nuestra evangelización de testimonio de este Buen Pastor que arriesga todo por sus ovejas hasta que todas lleguen a la vida bienaventurada a la que están llamadas.

(Foto tomada de:  https://elcatolicismo.com.co/iglesia-hoy/formacion/jesus-es-el-senor-es-el-buen-pastor)

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“Las manos del Buen Pastor”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 11 de mayo de 2025
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buenpastor6De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Las manos del Buen Pastor – comentario a San Juan 10, 27-30 –

Sus manos

Como ovejas al matadero, cientos de civiles indefensos, hermanos de la misma y única humanidad, son asesinados por una guerra no mencionada, por ideologías ancladas en el pasado, por razones geopolíticas que no dan importancia a la vida de las personas, daños colaterales de sus proyectos de poder.

Sí, ante la locura homicida de quienes usan la guerra como agresión, que viola todas las reglas, en desprecio del sentido común y, en este caso, de un (supuesto) credo compartido, somos como ovejas conducidas al matadero. Inútiles. Perdedoras. Confundidas.

Pero no estamos solos.

Otro, conducido al matadero, que hemos celebrado solemnemente durante la Semana Santa, ahora se yergue victorioso. Y esta certeza es nuestro horizonte: no tenemos miedo, el Señor ha vencido al mundo (Jn 16,33).

Con amor, con entrega. Y esto podemos hacerlo, obstinadamente, compartiendo esa paz del corazón que nos da el Resucitado y que se convierte en elección de vida, pensamiento, acción.

Juntos, siguiendo al Buen Pastor. 

Un Buen Pastor tenaz

Todos tenemos en mente la espléndida imagen del Pastor que deja las noventa y nueve ovejas en el redil para ir a buscar la oveja que se ha perdido y, después de encontrarla, la carga sobre sus hombros y la lleva con las demás (Lc 15,4-8).

Reseteamos, por un momento, esa imagen.

Porque el Pastor de San Juan es de otra pasta.

No es el Buen Pastor, es el Pastor Auténtico.

Es un verdadero luchador que defiende a las ovejas del ataque de los lobos y de la indolencia de los mercenarios. Muy parecido al heroico adolescente David, que no tenía miedo de cazar con su honda al león y al oso que atacaban al rebaño (1 Sam 17,34-35).

Una acentuación que completa la de San Lucas. Jesús es el misericordioso, el compasivo, revela el rostro tierno de Dios, sin duda. Pero también es decidido, dispuesto a morir por sus ovejas, como hemos tenido ocasión de celebrar en los días de la Pascua de Resurrección.

La fe es para los fuertes, no para los débiles. Está llena de ternura, pero también de convicción y determinación pacíficas. Requiere convicción, constancia y firmeza.

Así se presenta el Señor: como un aliado, el hombre fuerte que nos defiende de la desesperación, del caos, del victimismo.

Y anuncia solemnemente cómo formar parte de su rebaño. 

Escuchar la voz

Para formar parte de su rebaño, primero hay que escuchar su voz con constancia, conocer al Señor y hacerse conocer por Él, seguirlo.

En este Tiempo Pascual, la Liturgia vuelve a situar en el centro de nuestra reflexión la acogida de la Palabra, esa Palabra capaz de sacudir los corazones de los tristes discípulos de Emaús, esa Palabra que, acogida con la inteligencia del Espíritu, ayuda a leer los acontecimientos de la Historia en la lógica de Dios.

Palabra que debe ser acogida, conocida, rezada, vivida.

Porque esa Palabra nos permite leer nuestra vida y los acontecimientos, incluso conflictivos e incomprensibles, que estamos viviendo, la violencia, el dominio del liberalismo inhumano, la indiferencia, en la lógica de Dios.

Pero esta lectura meditada debe hacerse con constancia, para aprender a reconocer la voz del Señor, y debe acogerse con autenticidad, con el profundo deseo de adaptarse a lo que dice.

Volviendo a poner en el centro la meditación de la Palabra de Dios y una lectura orante de la Escritura. 

La vida eterna

Escuchar la voz del Señor, seguir sus indicaciones, nos hace tomar conciencia de la vida eterna que está en nosotros. La vida eterna, es decir, la vida del Eterno, la vida misma de Dios.

La grey está formada por hombres y mujeres que han descubierto su propia alma, que la custodian, que la cultivan.

En estos términos, solo Dios sabe de quién está compuesta la grey.

Incluso las personas que no sienten que pertenecen a una Iglesia, o que aparentemente viven lejos de ella, pueden cultivar su interioridad con pasión y verdad, y sentir, fuerte y tenaz, el agarre del Señor.

Seguir a Cristo significa, en cierto momento, experimentar la radicalidad expresada por el Maestro, una afirmación llena de compromiso: nadie puede arrebatarnos de su mano.

Ni los demás con sus juicios.

Ni la violencia de todos los terroristas del mundo.

Ni la decepción de nuestras vidas.

Ni siquiera nuestros errores y nuestros pecados.

La caridad de Dios es más fuerte que cualquier cosa. Nada nos separará de Él (Rm 8).

Nos hemos descubierto amados, hemos elegido amar. Sabemos en quién encontrar fuerza y amor. 

Para conocer al Padre

Seguimos a Cristo, el auténtico pastor, fuerte, confiamos en Él, nos dejamos guiar.

De Él, no de otros. De Él, no de otra cosa.

No de nuestros apetitos, no de modas, no de miedos, no de culpas, no de una visión errónea de nosotros mismos, no de límites, no de sombras.

De Él. Y hacerlo nos lleva al pleno conocimiento de Dios.

Porque solo Cristo conoce a Dios en plenitud.

Nosotros no creemos en Dios, sino en el Dios de Jesucristo.

En este Domingo la Iglesia nos invita a rezar por nuestros ministros ordenados y consagrados y que muchos acojan la llamada a ponerse al servicio de las comunidades, sobre todo en estos tiempos frágiles (y no se necesitan hombres fuertes, sino hombres también frágiles que conozcan al Pastor Fuerte, Cristo).

Entonces hay que ser muy, muy claros: el único Pastor, en la Iglesia, es Cristo.

Y todas las ovejas lo siguen, incluso aquellas que tienen ministerios en la Iglesia, es decir, un servicio para el bien común.

Y a nuestro presbítero no le pedimos que sea un superhombre, un hipercoherente, sino un discípulo, ante todo. Para que él también pueda decir: «Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo» (1 Cor 11,1).

Esto es lo que necesitamos, ahora más que nunca: ministros ordenados que sean ante todo seguidores de Cristo.

Cristianos con nosotros. Ministros ordenados para nosotros.

Para decirle con obras y, si fuera necesario, con palabras, al mundo que somos amados.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el IV Domingo de Pascua, 11 de mayo de 2025

1.- El Buen Pastor: voz suave y mano fuerte.

2.- El Buen Pastor, el timbre de una voz diversa.

3.- El Buen Pastor que habla al corazón.

4.- El Buen Pastor que guía a la vida.

5.- El Buen Pastor ofrece la vida eterna.

6.- El Buen Pastor da la vida.

7.- Las manos del Buen Pastor – comentario a San Juan 10, 27-30 –.

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“Mi Pastor es el Señor”, por Juan Masiá SJ

miércoles, 7 de mayo de 2025
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IMG_1132De su blog Vivir y pensar en la frontera:

Yo soy Puerta, Puente y Palabra

¿Por quién vota el evangelista Juan y el profeta Ezequiel? Escuchemos los ecos de la Palabra inspirada. El Señor dice al pueblo: sabed quién soy yo como Pastor

Yo soy el Pastor ideal (en griego, enfatizado, ho poimén ho kalós, el pastor por excelencia, kalós!, modelo de pastor)

Yo soy el verdadero Pastor, soy el verdadero Guía (en la Biblia, “Rey-Pastor”) , soy el Camino para mi pueblo.

Yo soy el verdadero Evangelizador del Reinado de Dios (en la Biblia, “Profeta”), soy la Luz para mi pueblo

Yo soy el verdadero Mediador (en la Biblia, “Sacerdote o Puente” de Bendición) entre Dios y su pueblo

El pueblo responde al Señor:

Mi Pastor es el Señor . El Señor es el que es mi pastor y mi Camino (mi pastor no es el rey ni el Presidente de mi nación, sino el Señor; no es el jefe de mi tribu, sino el Señor)

Mi Evangelizador es el Señor. El Señor es el que es mi Evangelizador y mi Luz (no es mi profeta preferido, sino el Señor; no es mi orador mediático más seguido, sino el Señor)

Mi Mediador de Bendición y Vida es el Señor (no es “mi obispo papable preferido”, sino el Señor)

El Pastor aclara su relación con las ovejas:

 “mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen, les doy vida definitiva, nadie las arrancará de mi mano (Jn 10, 27-29), yo, que soy el modelo de pastor, conozco íntimamente a mis ovejas y ellas me conocen íntimamente a mí, igual que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre; por eso me entrego yo mismo por las ovejas” (Jn 10, 14-15), mis ovejas están llamadas a participar de la única mediación entre el Padre y el pueblo, es decir, elsacerdocio común de los/as fieles como participación en el único sacerdocio de Cristo (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 10; 2 Tim 2, 5; 1 Pe 2, 9-10).

El Pastor aclara su relación con el Origen de las ovejas:

El Padre y yo somos uno. El Padre me ha entregado y encargado las ovejas, lo que me ha entregado mi Padre es lo que más importa, nadie puede arrancar nada de la mano del Padre” (Jn 10, 27-30).

Hasta aquí, las palabras del Evangelio que animan al pueblo a dar gracias al Padre por el don del Buen Pastor.

A continuación, el profeta Ezequiel pone en boca del Señor palabras duras contra los “pastores” corruptos o mentirosos o abusadores:

¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!… No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas, no recogéis las descarriadas, ni buscáis las perdidas y maltratáis brutalmente a las fuertes…Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas para que dejen de apacentarse a sí mismos… Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear—oráculo del Señor (Ezequiel, 34).

Confortada, al mismo tiempo que estimulada, por el contraste de estas Palabras de Vida, en Juan 10 y Ezequiel 34, la comunidad eclesial extendida por el mundo entero, implora la venida del Espíritu sobre el Cónclave mientras entona sacramentalmente el salmo 22 (23):

Mi Pastor es el Señor (el Único Mediador)

Me guía por el sendero justo (luz del Camino)

Me conduce hacia fuentes tranquilas (agua de Vida)

Prepara una mesa ante mi y mi copa rebosa (Pan y vino de Pascua)

Y desde el Más Acá y Más Allá, donde ya descansa en el seno de la Vida de la vida, nuestro añorado Francisco repite, tras cada estrofa, la antífona de su sueño:

 “Sueño con una iglesia que hable más de la Palabra de Dios y menos del Papa; que hable más de gracia y menos de ley; que hable más de Jesucristo y menos de sí misma (Evangelii gaudium n. 38)

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“Cualquiera no sirve”. 3 Pascua – C (Juan 21,1-19)

domingo, 4 de mayo de 2025
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IMG_1047Después de comer con los suyos a la orilla del lago, Jesús inicia una conversación con Pedro. El diálogo ha sido trabajado cuidadosamente, pues tiene como objetivo recordar algo de gran importancia para la comunidad cristiana: entre los seguidores de Jesús, solo está capacitado para ser guía y pastor quien se distingue por su amor a él.

No ha habido ocasión en que Pedro no haya manifestado su adhesión absoluta a Jesús por encima de los demás. Sin embargo, en el momento de la verdad es el primero en negarlo. ¿Qué hay de verdad en su adhesión? ¿Puede ser guía y pastor de los seguidores de Jesús?

Antes de confiarle su «rebaño», Jesús le hace la pregunta fundamental: «¿Me amas más que estos?». No le pregunta: «¿Te sientes con fuerzas? ¿Conoces bien mi doctrina? ¿Te ves capacitado para gobernar a los míos?». No. Es el amor a Jesús lo que capacita para animar, orientar y alimentar a sus seguidores, como lo hacía él.

Pedro le responde con humildad y sin compararse con nadie: «Tú sabes que te quiero». Pero Jesús le repite dos veces más su pregunta, de manera cada vez más incisiva: «¿Me amas? ¿Me quieres de verdad?». La inseguridad de Pedro va creciendo. Cada vez se atreve menos a proclamar su adhesión. Al final se llena de tristeza. Ya no sabe qué responder: «Tú lo sabes todo».

A medida que Pedro va tomando conciencia de la importancia del amor, Jesús le va confiando su rebaño para que cuide, alimente y comunique vida a sus seguidores, empezando por los más pequeños y necesitados: los «corderos».

Con frecuencia se relaciona a jerarcas y pastores solo con la capacidad de gobernar con autoridad o de predicar con garantía la verdad. Sin embargo, hay adhesiones a Cristo, firmes, seguras y absolutas, que, vacías de amor, no capacitan para cuidar y guiar a los seguidores de Jesús.

Pocos factores son más decisivos para la conversión de la Iglesia que la conversión de los jerarcas, obispos, sacerdotes y dirigentes religiosos al amor a Jesús. Somos nosotros los primeros que hemos de escuchar su pregunta: «Me amas más que estos? ¿Amas a mis corderos y a mis ovejas?».

José Antonio Pagola

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“Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado”. Domingo 04 de mayo de 2025. 3er Domingo de Pascua

domingo, 4 de mayo de 2025
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28-pascuaC3 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 5, 27b-32. 40b-41: Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.
Salmo responsorial: 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Apocalipsis 5, 11-14: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la riqueza.
Juan 21, 1-19: Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado

En el pasaje de Hechos, los apóstoles son llamados a rendir indagatoria ante el Sanedrín, o Junta Suprema de los judíos. Conviene reflexionar sobre lo que implica concretamente la fe en la resurrección de Jesús; esto es, el testimonio de que él continúa vivo y actuando no ya físicamente, sino a través de la comunidad que ha asumido con el coraje y la valentía de su Maestro el proyecto del Reino. La Resurrección carece de pruebas históricas, y el creyente no las necesita. La prueba más segura y contundente nos la da, precisamente, la comunidad misma de creyentes que se fue formando alrededor de la fe en la Resurrección y que da testimonio de ella a través de una experiencia vital que ha evolucionado desde una total ignorancia e incapacidad para comprender a Jesús, hasta un cambio tan radical que ya nadie teme dar testimonio de que Jesús está vivo y que su proyecto sigue adelante. Con una valentía increíble, aquellos que habían huido abandonando al Maestro en su prendimiento, recalcan ahora que seguirán predicando porque “hay que obedecer a Dios antes que a los humanos”. Esta situación se repetirá innumerables veces en la historia de la Iglesia, cuando la autenticidad del mensaje entre en conflicto con los intereses que se le oponen.

En el evangelio Jesús se presenta a los apóstoles junto al lago Tiberíades, en medio de la vida ordinaria a la que ellos estaban acostumbrados. Habían dejado de ser los pescadores de personas a que los había llamado Jesús, y tras el supuesto fracaso del Maestro habían vuelto a su oficio de siempre. Allí se les presenta Jesús y aprovecha lo que les es familiar. Y allí Dios les manifiesta su poder y su gloria, a través del símbolo de la pesca y de la comida.

El Resucitado los invita a tirar la red, que recogerá una pesca milagrosa; una red que es símbolo de la Iglesia y de la pesca multitudinaria que harían los seguidores de Jesús después de este encuentro, cuando vuelvan a tomar el rumbo que habían perdido.

El discípulo a quien el Señor más amaba le reconoce en el milagro de la abundancia de peces, y Pedro se siente nada delante de aquel que le encomendó una tarea especifica que dejó de cumplir.

El capítulo 21 del cuarto evangelio fue agregado posteriormente. Es claro que Jn 20,30-31 era la conclusión original. Y es interesante que el capítulo 21 esté centrado en la figura de Pedro. En todo el evangelio los grandes protagonistas habían sido “el discípulo amado”, los discípulos en general y especialmente las discípulas, y entre ellas la madre de Jesús y María Magdalena. La figura de Pedro tiene relieve secundario; más aun, aparece siempre contrapuesta y subordinada a la del “discípulo amado”. Para Juan lo más importante es ser discípulo/discípula. Ahora, en el capítulo 21, se afirma a Pedro como pastor a partir de la inquietante pregunta triple de Jesús resucitado: “Simón, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas”. Pedro es reconocido como pastor porque ahora cumple la condición de buen discípulo. Durante la Pasión negó tres veces ser discípulo de Jesús. Ahora el Señor le pide una triple confesión de su sincero amor como discípulo.

Antes que jerárquica, la Iglesia es una comunidad de discípulos. En la tradición de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) es una iglesia fundada y dirigida por los 12 apóstoles, llamados también comúnmente los 12 discípulos. El capítulo 21 de Juan expresa la armonización de la dos tradiciones: Pedro es reconocido como pastor, pero bajo la condición de que acepte su definición fundamental como discípulo. Una vez reconocido como pastor, Jesús le anuncia la clase de muerte con la que glorificaría a Dios: su crucifixión en Roma. Después el Señor le reiterará su consigna favorita: “sígueme”, es decir, lo urge formalmente a ser su discípulo. Leer más…

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La aparición más extraña en el sitio más inesperado. Domingo 3º de Pascua. Ciclo C.

domingo, 4 de mayo de 2025
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pedro-me-amas1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El cuarto evangelio tuvo dos ediciones. La primera terminaba en el c.20. Más tarde, no sabemos cuándo, se añadió un nuevo relato, el que leemos hoy (Jn 21,1-19). El hecho de que se añadiese a un evangelio ya terminado significa que su autor le daba especial importancia.

Un comienzo sorprendente

            Según el cuarto evangelio, cuando Jesús se aparece a los discípulos al atardecer del primer día de la semana, les dice: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo. Pero ellos no deben tener muy claro a dónde los envía ni cuándo deben partir. Vuelven a Galilea, a su oficio de pescadores; en todo caso, resulta interesante que Natanael, el de Caná, no se dirige a su pueblo; se queda con los otros. Pero no son once, solo siete. Pedro propone ir a pescar, y se advierte su capacidad de liderazgo: todos le siguen, se embarcan… y no pescan nada.

Algunos comentaristas han destacado las curiosas semejanzas entre los evangelios de Lucas y Juan. Aquí tendríamos una de ellas. En el momento de la vocación de los cuatro primeros discípulos, también han pasado toda la noche bregando sin pescar nada, y una orden de Jesús basta para que tengan una pesca abundantísima. Por otra parte, en la propuesta de Pedro: “Me voy a pescar”, resuenan las palabras de Jesús: “Yo os haré pescadores del hombres.

       En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: 

            Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: 

            – Me voy a pescar.

            Ellos contestan: 

            – Vamos también nosotros contigo.

            Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 

            Jesús les dice: 

            – Muchachos, ¿tenéis pescado?

            Ellos contestaron: 

            – No.

            Él les dice: 

            – Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.

            La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.

            Dos reacciones: el impulsivo y el creyente

El relato de lo que sigue es tan escueto que parece invitar al lector a imaginar la escena y completar lo que falta.

Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: 

            – Es el Señor.

            Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: 

            – Traed de los peces que acabáis de coger.

            Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. 

            El contraste más marcado es entre el discípulo al que Jesús tanto quería y Pedro. El primero reconoce de inmediato a Jesús, pero se queda en la barca con los demás. Pedro, al que no se le pasado por la cabeza que se trate de Jesús, se lanza de inmediato al agua… pero no sabemos qué hace cuando llega a la orilla. Tampoco Jesús le dirige la palabra. Espera a que lleguen todos para decir que traigan los peces, y de nuevo es Pedro el que sube a la barca y arrastra la red hasta la orilla. Hay dos formas de protagonismo en este relato: el de la intuición y la fe, representado por el discípulo al que quería Jesús, y el de la acción impetuosa representado por Pedro.

            [La cantidad de 153 peces se ha prestado a numerosas teorías, pero ninguna ha conseguido imponerse. Según Plinio el Viejo, existían ciento cincuenta y tres variedades de peces. El evangelista habría querido decir que la pesca se extendió al mundo entero, abarcando a toda clase de personas.]

El misterio de la fe: seguridad sin certeza

Jesús les dice:

– Vamos, almorzad.

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.

          Durante la comida extraña nadie dice nada, ni siquiera Jesús. En ese silencio resalta uno de los mensaje más importantes del relato: Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.” Lo saben, pero no pueden estar seguros, porque su aspecto es totalmente distinto. Es otro de los puntos de contacto entre Lucas y Juan. Los dos insisten en que Jesús resucitado es irreconocible a primera vista: María Magdalena lo confunde con el hortelano, los discípulos de Emaús hablan largo rato con él sin reconocerlo, los once piensan en un primer momento que es un fantasma.

            Frente a la apologética barata que nos enseñaban de pequeños, donde la resurrección de Jesús parecía tan demostrable como el teorema de Pitágoras, los evangelistas son mucho más profundos y honrados. Sabemos, pero no nos atrevemos a preguntar.

¿Un final eucarístico?

Jesús no dice nada, pero hace mucho. Los gestos de dar el pan y el pescado recuerda a la multiplicación de los panes y los peces, con su claro mensaje eucarístico. La escena también recuerda a la de los discípulos de Emaús, que no reconocen a Jesús, pero lo descubren al partir el pan, aunque aquí no se habla de reconocimiento. Lo esencial es que Jesús alimenta a sus apóstoles, dándoles de comer uno a uno.

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. 

            Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. 

Pedro de nuevo: humildad y misión

               La última parte, que se puede suprimir en la liturgia, vuelve a centrarse en Pedro. Va a recibir la imponente misión de sustituir a Jesús, de apacentar su rebaño. Hoy día, cuando se va a nombrar a un obispo, Roma pide un informe muy detallado sobre sus opiniones políticas, lo que piensa del aborto, del matrimonio homosexual, el sacerdocio de la mujer… Jesús también examina a Pedro. Pero solo de su amor. Tres veces lo ha negado, tres veces deberá responder con una triple confesión, culminando en esas palabras que todos podemos aplicarnos: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. A pesar de las traiciones y debilidades.

            Y Jesús le repite por tres veces la nueva misión: “pastorea mis ovejas. Cuando escuchamos esta frase pensamos de inmediato en la misión de Pedro, y no advertimos la novedad que encierra “mis ovejas”. La imagen del pueblo como un rebaño es típica del Antiguo Testamento, pero ese rebaño es “de Dios. Cuando Jesús habla de “mis ovejas” está atribuyéndose ese poder y autoridad, semejantes a los del Padre, de los que tanto habla el cuarto evangelio.

Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: 

            – Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

Él le contestó: 

            – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice: 

            – Apacienta mis corderos.

Por segunda vez le pregunta: 

            – Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

Él le contesta: 

            – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Él le dice: 

            – Pastorea mis ovejas. 

Por tercera vez le pregunta: 

            – Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:
– Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice: 

            – Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» 

Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: 

            – Sígueme.

La alegría en la persecución (Hechos 5,27b-32.40b-41)

            [Nota previa muy importante: La traducción litúrgica ha suprimido algo esencial: los azotes a los apóstoles. El texto griego dice: “llamando a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron”. En el leccionario, al faltar los azotes, no se comprende por qué se marchan “contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús].

          En la lectura podemos distinguir tres secciones: 1) el sumo sacerdote interroga a los apóstoles y los acusa de seguir hablando de Jesús, haciendo responsables a las autoridades judías de su muerte. 2) Pedro responde que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, e insiste en que Dios resucitó a Jesús. 3) Final: los azotan, les prohíben nuevamente hablar de Jesús y ellos salen contentos de haber merecido ese ultraje.

            Dos detalles llaman la atención: a) la necesidad que tienen los apóstoles de hablar de Jesús, aunque se lo prohíban y los castiguen; así se explica la difusión del cristianismo en el ámbito del siglo I por las regiones más distintas. b) La alegría en medio de las persecuciones, que no tiene nada que ver con el masoquismo, sino como forma de revivir el destino de Jesús.

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo:

– «¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»

Pedro y los apóstoles replicaron:

– «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»

Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

Jesús exaltado (Apocalipsis 5,11-14)

            Este tema lo ha tratado Pedro ante el sumo sacerdote cuando dice: “La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador”.  El Apocalipsis desarrolla este aspecto hablando del Cristo glorioso del final de los tiempos.

         Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente:

– «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.»

Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos, que decían:

– «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.»

Y los cuatro vivientes respondían:

– «Amén

Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.

Reflexión final

            Las lecturas de este domingo son muy actuales. Además de la persecución sangrienta de Jesús a través de los cristianos, está el intento de silenciarlo, como pretendía el sumo sacerdote. Aunque a veces, el problema no es que nos prohíban hablar de Jesús, sino que no hablamos de él por miedo o por vergüenza.

            Otras veces nos resulta difícil, casi imposible, identificarlo en la persona que tenemos enfrente. O admitir ese triunfo suyo del que habla el Apocalipsis. Las lecturas nos invitan a reflexionar y rezar para vivir de acuerdo con la experiencia de Jesús resucitado.

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III Domingo de Pascua. 04 mayo, 2025

domingo, 4 de mayo de 2025
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3Do-Pascua

“Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla;

pero los discípulos no sabían que era Jesús…”

(Jn 21, 1-19)

 

El tiempo de Pascua es el tiempo de las sorpresas del Resucitado. Los discípulos y discípulas de la primera hora nos han legado su experiencia de encuentro con el Resucitado. En cada uno de esos encuentros hay un algo de sorpresa.

Siempre les cuesta descubrir quién es el personaje que irrumpe en la escena, da igual que se haya aparecido otras veces, es difícil de reconocer. El texto nos dice que erala tercera vez que Jesús se aparecía a sus discípulos, después de resucitar de entre los muertos.”

Parece que los discípulos se han quedado tan sobrepasados tras la muerte violenta de su maestro que no pueden reconocerle resucitado, pero recuerdan sus gestos. Porque ya en otras ocasiones les había invitado a echar las redes o había bendecido con ellos los alimentos.

La apariencia del Resucitado es distinta, desconocida, pero sus gestos son inconfundibles, en ellos sus discípulos reconocen al Crucificado. Lo que la lógica es incapaz de razonar lo descubre el amor en los gestos pequeños.

Un pequeño gesto es capaz de cambiar por completo la dirección de una vida. Cuenta el autor de un libro que se titula “La guerra no es santa: Relato del infierno Muyahidin”, cómo la ternura de un gesto le hizo conectar con la luz que después de toda la violencia vivida, aún quedaba en su corazón. Invitado en casa de un amigo se puso enfermo con una fiebre muy alta, entonces la madre de su amigo se acercó a su cama y le tomó la fiebre poniéndole la mano sobre su frente. Ese gesto le recordó lo que solía hacer su propia madre cuando él era pequeño y enfermaba.

Ese gesto le hizo descubrir la ternura en las personas que siempre había considerado enemigas, infieles y a las que deseaba eliminar. Había crecido en un país lleno de violencia y con la creencia de que matar “infieles” era la llave de entrada al Paraíso.

Él, que había crecido viendo semanalmente como los infieles eran castigados con la muerte de una manera pública, a modo de espectáculo y con ello se había ido oscureciendo su corazón, afirma que aquel gesto, unido a otros, hizo que el pequeño punto blanco que todavía quedaba en su corazón fuera ganando espacio.

Los gestos, nuestros gestos como los del Resucitado pueden transformar la realidad. Claro que no vale con cualquier gesto, son los gestos nacidos del amor, aquellos que brotan de lo más puro, de nuestra misma esencia. Gestos que no siempre son fáciles porque en nosotros también hay violencia y oscuridad.

Oración

Ayúdanos, Trinidad Santa, a vivir conectadas a nuestra propia esencia, ese lugar bondadoso e inviolable, del que nace el amor que nos hace semejantes a Ti.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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El relato es fantástico y simbólico.

domingo, 4 de mayo de 2025
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11E9CD87-F275-45F8-8BD6-FA4AE7257E6DDOMINGO 3º DE PASCUA (C)

Jn 21, 1-19

Se trata de una vivencia interior que, o se tiene, y entones no hay que explicar nada, o no se tiene y entonces no hay manera de explicarla. Esta simple constatación es la clave para afrontar los textos. No hay palabras para expresar la vivencia, por eso usan símbolos.

El objeto de estos textos no es explicar ni convencer, sino invitar a la misma experiencia que hizo posible la absoluta seguridad de que Jesús estaba vivo. Descubriremos la fuerza arrolladora de esa Vida y podremos intuir la profundidad del cambio operado en ellos. Las autoridades religiosas y romanas pretendieron borrarle de la memoria de los vivos.

En el relato que hoy leemos, nada es lo que parece. Todo es mucho más de lo que parece. Responde a un esquema teológico definido, que se repite en todas las apariciones. No pretenden decirnos lo qué pasó, sino transmitirnos la experiencia de una comunidad. En aquella cultura, la manera de transmitir ideas era a través de relatos elaborados ad hoc.

Se manifestó (ephanerôsen) significa “surgir de la oscuridad”. “Al amanecer”, cuando se está pasando de la noche al día, los discípulos pasan de una visión terrena de Jesús a través de los sentidos, a una experiencia interna que les permite descubrir en él lo que no se puede ver ni oír ni tocar. Sigue el esquema que se da en todas las apariciones.

Situación dada. Habían vuelto a su tarea habitual. Lo que les va a pasar, ni lo esperan ni lo buscan. Los discípulos están juntos, forman comunidad. No se hace alusión a los doce sino a los siete, signo de plenitud. Misión universal de la nueva comunidad. La noche significa la ausencia de Jesús. Sin él, la misión es estéril. Con él todo es posible.

Se hace presente. Toma la iniciativa, sin que ellos lo esperen. La primera luz de la mañana es señal de la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje simbólico. Jesús es la luz que permite trabajar y dar fruto. No los acompaña; su acción se ejerce por medio de los discípulos. Cuando siguen sus instrucciones, encuen­tran pesca y le descubren a él mismo.

Saludo. Una conversación que pretende acentuar la cercanía. “Muchachos» (paidion) diminutivo de (pais) = niño. Es el “chiquillo de la tienda”. Al darles ese nombre, está exigiéndoles una disponibilidad total. Él tiene ya pan y pescado. Ellos tienen que seguir buscando y compartiendo el alimento. Jesús sigue en la comunidad, pero sin actuar.

Lo reconocen. Solo uno lo descubre, el que está más identificado con Jesús. Reconoce al Señor en la abundancia de peces, es decir, en el fruto de la misión. Solo el que tiene experiencia del amor sabe leer las señales. El éxito es señal de la presencia del Señor. El fracaso delataba la ausencia del mismo. Juan Comunica su intuición a Pedro.

No ven primero a Jesús, sino el fuego y la comida, las expresiones de su amor a ellos. El alimento que les da se distingue del que ellos logran por su indicación. Hay dos alimentos: uno es don gratuito aportado por Jesús, el otro lo deben conseguir con el esfuerzo.

La misión. Hoy se personaliza en Pedro. Con su pregunta, Jesús enfrenta a Pedro con su actitud. Solo él lo había negado, solo él tenía que rectificar. Jesús usa el verbo “agapaô” = amar, unidad. Pedro contesta con “phileô” =querer, amistad. Al preguntarle por 3ª vez, pone en relación este episodio con las tres negaciones. Espera una rectificación total.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Después de Jesús, nosotros la Iglesia.

domingo, 4 de mayo de 2025
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A6D7C498-A326-4637-8F8B-3FD005FBA91AJn 21, 1-19

«Apacienta mis corderos… Apacienta mis ovejas».

Uno de los capítulos del “Curso de cultura religiosa” de José E. Ruiz de Galarreta estaba dedicado a la Iglesia, y abarcaba desde sus orígenes en el siglo primero hasta nuestros días. En él ofrecía una visión muy positiva de su coyuntura actual, y vamos a comenzar este comentario con un resumen telegráfico de su contenido.

Decía así:

Imbuidos del espíritu de Jesús, aquellos hombres y mujeres comprometidos con la misión se convierten en semilla poderosa que cae en buena tierra y da cosecha abundante. Surgen las primeras comunidades cristianas y sus miembros se reúnen en las casas para celebrar la Cena del Señor, en la que escuchan a los Testigos, leen las primeras recopilaciones de los hechos y dichos de Jesús y atienden las necesidades de los más necesitados. Su modo de vida es fértil y contagioso, y no dejan de crecer.

Las autoridades comienzan a recelar de su creciente influencia sobre el pueblo y llegan las persecuciones. Judíos y romanos los persiguen, los encarcelan, los torturan y los matan, pero el espíritu que los anima, el espíritu de Jesús, los mantiene firmes, y cuanto más los persiguen, más se reafirman en su fe… Y siguen creciendo.

Pero a partir del siglo II se abandona el estilo de Jesús. Primero se imponen las teologías filo-gnósticas en boga y luego las metafísicas platónica y aristotélica. Se relegan las parábolas. Abbá se convierte en la Primera Persona de la Santísima Trinidad y se olvida la buena Noticia. Se impone el celibato y se margina a las mujeres. Llegan las pompas señoriales de los obispos bizantinos y la monarquía absoluta del Papa. La Iglesia, antes perseguida, se convierte en perseguidora…

Y llegamos a nuestros días. Y cuando todo parecía perdido, surge una generación de gente que no está dispuesta a permitir que el Viento de Dios que empujó a la primera comunidad deje de soplar en la Iglesia actual.

Y el espíritu renace. Y hay signos evidentes de que la Iglesia, quizá por primera vez, es consciente de sus pecados y se esfuerza por salir de ellos. Y vemos que hay más la gente que se acerca a la Iglesia movida por la fe, y no por la costumbre. Que el sacerdocio deja de ser una situación de prestigio y comodidad, y se convierte en una opción de servicio. Que casi nadie piensa que fuera de la Iglesia no haya salvación o que la acción de Dios en el mundo se dé solamente dentro de la Iglesia.

Y vemos también que el Santo Sacrificio de la misa va dejando paso a la eucaristía y que la exégesis seria nos ayuda a entender mejor la Palabra. Que se recupera la humanidad de Jesús –tantos siglos sometida a un docetismo indiscutido– y se redescubre a Abbá, enmascarado por ese Padre Todopoderoso caracterizado, sobre todo, por el poder y la justicia. Y que por primera vez en muchos siglos, no es el clero, sino todos los cristianos, los que podemos decir “nosotros la Iglesia”.

La Iglesia se enfrenta esperanzada –terminaba diciendo José Enrique– al reto de responder a los desafíos de cada momento y cada cultura; de ser fiel simultáneamente a dos principios fundamentales: a lo recibido de los Testigos, y a los signos de los tiempos…

Y todo eso es cierto, y enormemente esperanzador, pero la visión preponderante entre cristianos y no cristianos es otra distinta basada también en hechos palpables. Porque es innegable que el bienestar que ha traído aparejada la cultura consumista ha hecho que el mundo haya dejado de ser un valle de lágrimas, que los fieles hayan dejado de refugiarse en el más allá y hayan olvidado su dimensión espiritual… Que hayan cerrado la puerta de acceso a su interior, abandonado la eucaristía (alimento básico de las primeras comunidades), dejado de escuchar la Palabra, sacado a Jesús de sus vidas y, al menos aparentemente, que se estén convirtiendo en grupos marginales en extinción que nada representan en la marcha del mundo. Como decía J. Antonio Estrada: «El progreso del más acá va a sustituir a la expectativa del más allá»…

Ante este panorama, quizá tengamos que acostumbrarnos a pensar en una Iglesia minoritaria, de gente activa y comprometida, que se mantenga fiel a los criterios de Jesús, aparque sus prejuicios y sus complejos seculares, deje de ir a remolque de los criterios del mundo (aunque con ello cause escándalo) y se sienta levadura destinada a fermentar toda la masa. Una Iglesia fértil abrazada con decisión a la misión de empapar la sociedad de los criterios de Jesús.

A muchos de sus seguidores nos gustaría que toda la humanidad le conociese y adoptase sus criterios, pero eso es una utopía. Lo que quizá no lo sea, es una humanidad plural empapada de los criterios de Jesús (aunque no lo sepa) y que camina hacia su destino; el Reino. Porque los criterios que definen el Reino son universales, y porque Jesús nos envió por el mundo a proclamarlos.

Y no se trata de predicar por las calles y plazas (eso no sirve de nada), sino de vivir el evangelio de forma coherente con la esperanza de que esa forma de vivir se contagie al resto de la sociedad. Ya ocurrió en el tiempo  de las primeras comunidades e incluso en la sociedad romana previa a Constantino… y puede volver a pasar.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Tú sabes que te quiero.

domingo, 4 de mayo de 2025
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DOMINGO 3º Pascua (C)

Jn 21, 1-19

En el mundo globalizado en que vivimos, ¿qué sentido damos a la fe?, ¿qué prioridad otorgamos en nuestra existencia a confiar en lo Divino? ¿Qué significa hoy, celebrar la Pascua en una sociedad materialista, donde predominan la inmediatez, la increencia y la indiferencia religiosa? ¿Dónde están nuestros jóvenes y adultos después del paréntesis de la Semana Santa? ¿Y aquellos que recibieron una educación en la fe en el seno de una comunidad parroquial cristiana comprometida y, sin embargo, se han desvinculado o se han alejado de las celebraciones y muestran un total desinterés en transmitir la fe recibida? De lo que no tenemos duda es que Abbá Dios sigue llamando a toda persona por caminos insospechados, a través de otras mediaciones que, afortunadamente, trascienden todas nuestras expectativas.

Pero, por otra parte, ¿es la Iglesia católica coherente y creíble manteniendo una estructura patriarcal, misógina, donde priman las relaciones de poder, de privilegio de unos en detrimento de otras, las mujeres? Aunque ha habido avances significativos en comparación con la opacidad de otros pontificados, el legado de Francisco es complejo y un futuro incierto. La persistencia de esta desigualdad condiciona la capacidad de la Iglesia para conectar con una gran parte de la población. Sería de esperar una conversión, un cambio más inclusivo que reconozca plenamente el potencial y la dignidad de las mujeres. Superar las barreras, las divisiones seculares, los obstáculos derivados de una teología dogmática, de una interpretación literal de las Escrituras o una tradición desfasada y volver una y otra vez al Evangelio del Reino como el papa Francisco ha iniciado y puesto en práctica en su pontificado. Asimismo, esperamos en una renovación teológica, litúrgica y pastoral que responda a los desafíos que tiene planteado el mundo actual.

Este tiempo pascual nos invita a replantearnos nuestra fe, el encuentro con Cristo que acontece y se desarrolla en la vida cotidiana, en la brega diaria de nuestros quehaceres. Lo que significa que la resurrección debe vivirse en el presente que nos toca vivir. Por eso en las apariciones pascuales tienen gran importancia las comidas donde el pan se parte, se reparte y se comparte, todo se pone en común y se presta servicio a los más necesitados, a quienes se encuentran en dificultad. El Resucitado se hace también presente en el trabajo que, con espíritu de solidaridad, realizan los discípulos y discípulas de manera sencilla, sin declaraciones altisonantes, en el duro camino de la vida. El Señor “se aparece” en la historia humana para ayudarnos a hacer de nuestros pasos una historia de salvación.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (5,27b-32. 40b-41) nos muestra cómo en las primeras comunidades se ven en la necesidad de desobedecer formalmente una orden de autoridad, porque iba en contra de la radical exigencia del Evangelio. ¿Somos testigos cualificados: “testigos de esto somos nosotros/as y el Espíritu Santo”, frente a cualquier autoridad que nos pida ser serviles, complacientes con sus exigencias, cómplices de sus engaños?

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado”. ¿En qué mesas hacemos presente al Resucitado hoy? ¿Qué signos externos revelan la autenticidad de “mi resurrección” interior, el encuentro real en que Jesús me cuestiona si le quiero?

¿Qué claves nos pueden ayudar a vivir la resurrección como un camino de renovación, vivencial, apasionante?

– Acoger y agradecer las pequeñas cosas de cada día como un regalo: cada amanecer/atardecer, el aire que respiro, un plato de comida en la mesa, la casa en la que habito, el nacimiento de cada ser humano, la plantita o el árbol que rebrotan de nuevo…

– Vivir el presente, que me pone en contacto con la eternidad, me hace mirar más allá de las limitaciones vengan de donde vengan…

– Contemplar los acontecimientos, situaciones, noticias como oportunidad para ver la trama, la urdimbre de la vida, el misterio que nos envuelve, la mano misteriosa que nos guía en lo escondido…

– Dejar de rumiar los fallos del pasado, el bien que no hice, la culpa que me angustia, los pensamientos que me enredan…

– No inquietarme por la inseguridad del futuro: el trabajo, la salud, la familia, la situación del mundo; no hay miedo si confío en que estoy en manos de Dios.

– Mirar a todo hombre o mujer sin hacer distinciones por razón de apariencia, sexo, raza, estatus social… porque todos somos hermanos e incluso considerar a aquellos que provocan dolor en los más necesitados, en los inocentes… y pedir al Señor por ellos para que cambien de actitud…

– Alimentarme cada día de la Palabra de Dios que me nutre, me sostiene, me transforma, me impulsa a seguir sus pasos aun en las adversidades de la existencia.

– Encontrar espacios de contemplación y silencio que me ayuden a saborear el genuino diálogo de Dios en mí y yo en él.

– Caminar cada día teniendo en cuenta las bienaventuranzas de Jesús y la subversión de valores que conlleva para mi vida. Y si no tengo fuerza para cambiar, le pediré a Abbá Dios que no me suelte de su mano.

– Tener presente la muerte, no como el final del camino sino como el principio de la Vida, el ‘yo soy’ definitivo, la entrada de mi Ser en plenitud, es decir, el encuentro definitivo con Cristo en la otra orilla de la eternidad.

El encuentro final pasa por los encuentros de cada día en esta orilla de la vida. ¿Somos los/as cristianos/as signo auténtico de la presencia del Resucitado hoy?

¡Shalom!

 

Mª Luisa Paret

Fuente Fe Adulta

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El amor, criterio de verdad.

domingo, 4 de mayo de 2025
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People from different races,, holding hands,, isolated on white,, nonrecognizable people,, hands and arms onlyComentario al evangelio del domingo 4 mayo 2025

Jn 21, 1-19

En alguna tradición amerindia, se indicaba que “si no quieres errar, toma el camino de la compasión”. En realidad, todas las tradiciones espirituales han señalado el amor como criterio de verdad. El Buddha resumía su mensaje en estas palabras: «Hacer el bien, evitar el mal y purificar el corazón». Por su parte, Jesús de Nazaret, remitiéndose a su propia experiencia (“Amaos unos a otros como yo os he amado”), indica el mismo camino: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Sin embargo, en la práctica, las religiones han solido utilizar otros criterios bien diferentes: el cumplimiento de las normas, la obediencia, la autoridad, el interés de la propia institución religiosa, el poder jerárquico, el beneficio…

En el ámbito espiritual ha ocurrido algo parecido. Parecía valorarse, por encima de todo, el supuesto nivel de “iluminación” de las personas, su conocimiento, su carisma, el número de seguidores o discípulos, las obras que llevaban a cabo…

La experiencia, sin embargo, nos muestra que cualquiera de esos criterios puede resultar engañoso y perjudicial, porque todos ellos se prestan con facilidad a ser utilizados e incluso retorcidos por el ego. Con las mejores palabras y las más sofisticadas justificaciones, el ego busca siempre su propio beneficio, apropiándose de todo aquello que pueda dotarlo de una sensación de ser “alguien” o de ser “más que” los demás.

De ahí que el criterio de verdad, aquel que desnuda o desenmascara cualquier autoengaño, solo puede ser el amor. Porque el amor, al tiempo que nos sitúa en la consciencia de unidad -amar es certeza de no separación-, requiere que el yo se haga a un lado, se quite de en medio. El amor es la fuerza que nos desegocentra y solo quien vive desegocentrado se halla en la verdad.

Tenía razón aquel monje del desierto cuando, al preguntarle un discípulo por una clave para no equivocarse en el camino espiritual, le contestó: “Estarás seguro de no engañarte en el camino espiritual cuando no juzgues nunca a nadie”.

Y acertaba también de pleno el anónimo autor de La nube del no saber, en el siglo XIV, cuando escribía: “Con respecto al orgullo, el conocimiento puede engañarnos con frecuencia, pero el afecto delicado y dulce no te engañará. El conocimiento tiende a fomentar el engreimiento, pero el amor construye. El conocimiento está lleno de trabajo, pero el amor es quietud”.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Una pregunta a los cardenales del cónclave: «Pedro, ¿me amas?»

domingo, 4 de mayo de 2025
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2912B0A5-FD2C-45D3-BF07-5B46182B8D00Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- El evangelio de hoy tiene este año resonancias especiales.

        Salta a la vista la coloración eclesial del texto evangélico de hoy: el lago, la barca, la pesca, Pedro, el Discípulo Amado, “es el Señor”, apacentar el rebaño, las brasas, el pescado, la comida fraterna, la Eucaristía…

        Todavía estamos viviendo con intensidad y agradecimiento la vida, misión y muerte del papa Francisco; y estamos ya ante la elección del que haya de llevar las «sandalias del pescador» siendo obispo Roma.

           El evangelio  que hemos escuchado reviste, pues,  este año resonancias especiales y más vivas.

02.- Algunas connotaciones previas.

          Ya de por sí el evangelio de San Juan es tardío; data de finales del siglo I, cercanos ya al año 100, y este capítulo 21 es una especie de epílogo añadido posteriormente. Ello significa que aquella comunidad lleva ya unas décadas de vida eclesial y también de dificultades: como siempre y como toda comunidad cristiana en la historia.

        Algunas evocaciones del texto:

  • Están en el lago.

      Hace ocho días estaban en el cenáculo, encerrados y con miedo. Hoy están ya fuera, en el lago (el mar es siempre lugar de riesgos y peligros).

       El cristianismo y la Iglesia  han de vivir “a descampado”, “mar adentro”, no en ghettos ni encerrados, no “a buen recaudo”…

  • Tiberíades: mundo pagano

     Están en el lago “Tiberíades” (de Tiberio, emperador romano). Lo normal hubiese sido que el evangelio hablara del lago de Galilea o también de Genesaret, pero el evangelista quiere recalcar el aspecto de paganismo en el que se encuentran.

       El cristianismo vive siempre en “territorio” difícil, pagano…

  • Siete discípulos (no doce): Universalismo.

       Están siete discípulos, no doce. Los doce significa todo Israel, los siete es otra totalidad: la universalidad del mundo y de la misión.

        El mensaje de Jesús no es solamente para Israel, sino para toda la humanidad.

        El lugar del evangelio es el mundo, la sociedad, si se le quiere llamar paganismo, pues el paganismo. Ser cristiano es vivir abiertos, en la sociedad, en diálogo con el mundo, con la vida, con las gentes, la cultura, con las ciencias, con la política, etc. Es la Gaudium et Spes  del Vaticano II: la Iglesia en el mundo.

       La Iglesia naciente se ha abierto. La misión ha comenzado. “Iglesia en salida” que decía Francisco

03.- Símbolos joánicos: no pescaron nada.

        En esta escena están presentes los simbolismos clásicos de san Juan respecto de la Iglesia y de la misión: la barca, la pesca, la noche, etc.

         En san Juan la noche es la ausencia de Cristo, que es la luz. (Yo soy la luz del mundo, (Jn 8,12; 9,5).

           Y porque estaban de noche, sin Cristo, por eso no pescaron nada.

         No es precisamente el de Emaús el anochecer eclesiástico y clerical en nuestras viejas iglesias europeas.

           No pescaron nada porque estaban de noche y Cristo no estaba con ellos.

        Que no se nos olvide –que se nos está olvidando- que lo más importante y decisivo es Cristo: infinitamente más importante que las estructuras, los curas y las curias, las Unidades Pastorales, la jerarquía, más decisivo que todo eso, es Cristo.

      Una Iglesia en la que se da una búsqueda de puestos (Francisco le llamaba “carrerismo”), en la se discute quién manda aquí, o cuestiones menores como una absolución general o individual o si hace falta permiso para que los laicos distribuyáis la comunión, o que la misa así o asá, no es la comunidad de Jesús.

       Si esto sigue así, seguiremos sin pescar nada.

04.- vv 3-5. estaba ya amaneciendo … jesús se presentó … pero ellos no sabían que era Jesús. ¿Tenéis pescado? ¡no!

        El Señor había resucitado. Había amanecido, había luz., donde hay luz está Cristo o donde está Cristo, hay luz.

            Donde una persona y una comunidad buscan caminos para la luz, la Verdad, Cristo está ya o está muy cerca.

        No hay gente en las iglesias, no hay seminaristas ni vocaciones… A lo mejor es que Cristo no va en nuestra barca.

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05.- ¿Un papa progresista o conservador?

Pedro, ¿Me amas?

        En el momento en que redacto esta homilía está por delante el cónclave en el que los cardenales habrán de elegir al nuevo obispo de Roma.

        Se nos ha metido hasta la médula el esquema: progresista – conservador. Tal persona, cura, obispo o papa, tal institución o congregación religiosa es progresista o conservadora.

        Lo que JesuCristo le pregunta a Pedro no es de qué ideología o tendencia eres, sino que le pregunta por tres veces si le ama. Pedro, ¿me amas?

        El cristianismo y en el momento actual el primado de Roma se “ventila”· en el amor, no en la progresía o conservadurismo, sino en si los cristianos todos y el papa somos buena gente, buenas personas y amamos.

          Hemos conocido unos cuantos papas.

  • Juan XXIII no era un hombre especialmente progresista, era un hombre bueno: quería, amaba al Señor, amaba al pueblo de Dios y a la humanidad. Mantuvo durante toda su vida su bondad natural de origen “rural” y por eso fue un papa bueno. Se le recuerda, le recordamos como el “papa bueno”.
  • El mismo Pablo VI –un hombre muy diferente- de tono democrático, fue un hombre bueno, un místico bondadoso. Amaba profundamente a la Iglesia y a este mundo “fantástico y difícil” como dijo en varias ocasiones.
  • Francisco ha sido un hombre y un papa bueno, bondadoso podríamos decir que bueno con todo el mundo, especialmente con los más pobres, marginados, sencillos, humildes.

       Lo decisivo en la vida es ser buena gente. Ser cristiano: laico o papa es ser bueno, bondadoso, amar en la vida ¿Me amas?

    La progresía como el conservadurismo muchas veces terminan siendo un fanatismo fundamentalista con ansias de poder y sin amor.

     Seguramente que evocando las tres veces que Pedro le negó a Jesús, ahora le dice al Señor que le ama, que es su amigo: un juego de palabras entre ágape y filia: amor y amistad.

      Que el que haya de ser nuevo papa sea buena gente, bondadoso, que ame a la gente, sobre todo a los más débiles.

06.- Unas brasas les está preparando pan y pescado.

        Es la Eucaristía. Las Brasas.

      Este relato junto al lago es una Eucaristía. Cristo celebra la Eucaristía con los suyos. Cristo es el pan de Vida. Cristo es la Vida y el calor (las brasas) de la comunidad.

          Lo de las brasas tiene su retranca y su ternura: está resonando la noche de la pasión del Señor, cuando Pedro niega a Jesús tres veces: hacía frío, los soldados romanos hacen fuego ya había unas brasas, (Jn 18,18). Junto al lago resuena también el atardecer de Jesús con los dos de Emaús al calor de las brasas del hogar.

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“Que este tiempo pascual nos lleve a renovar nuestro amor a Jesús, “hasta el final” ”, por Consuelo Vélez

domingo, 4 de mayo de 2025
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De su blog Fe y Vida:

tiempo-pascual-lleve-renovar-Jesus_2774732500_17700365_660x371III Domingo de Pascua 04-05-2025

El texto comienza mostrando la desesperanza de los discípulos después de la muerte de Jesús, para luego llegar al encuentro personal con Él, personificado en el diálogo de Jesús con Pedro

Cuando la pesca los desborda por lo abundante que es, el discípulo amado lo reconoce: “es el Señor”. Inmediatamente Pedro se arroja al agua a su encuentro.

El contexto es una comida preparada por Jesús que recuerda la última cena, signo inequívoco de la presencia de Jesús entre ellos

Todo esto prepara el momento cumbre del texto: el diálogo con Pedro. Por tres veces Jesús le pregunta si lo ama, Pedro responde afirmativamente las tres veces

Es un texto prototipo de la llamada que Jesús sigue haciendo hoy a todas las personas que van comprendiendo su camino. No se está exento de la infidelidad, pero siempre con la posibilidad de renovar el amor.

Después de esto, Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban junto Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo:

-«Voy a pescar».

Ellos le respondieron:

-«Vamos también nosotros».

Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo:

+ «Muchachos, ¿tienen algo para comer?».

Ellos respondieron:

-«No».

Él les dijo:

+ «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán».

Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dio a Pedro:

– «¡Es el Señor!».

Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.

Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo:

+ «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar».

Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.

Jesús les dijo:

+ «Vengan a comer».

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos. Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro:

+ «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?».

Él le respondió:

-«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».

Jesús le dijo:

+ «Apacienta mis corderos».

Le volvió a decir por segunda vez:

+ «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».

Él le respondió:

+ «Sí, Señor, saber que te quiero».

Jesús le dijo:

«Apacienta mis ovejas».

Le preguntó por tercera vez:

+ «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».

Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo:

+ «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero».

Jesús le dijo:

+ «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras».

De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo:

+ «Sígueme»

(Juan 21, 1-19)

Continuamos con las apariciones de Jesús a sus discípulos después del acontecimiento de la Pascua, pero, en esta ocasión, el texto comienza mostrando la desesperanza de los discípulos después de la muerte de Jesús, para luego llegar al encuentro personal con Él, personificado en el diálogo de Jesús con Pedro.

En el primer momento, los discípulos que habían sido llamados a ser “pescadores de hombres”, parecen reconocer su fracaso y retoman su antiguo oficio, yendo a pescar. El texto nos informa que esa noche no pescaron nada. Es entonces cuando se aparece Jesús en la orilla y los invita a echar las redes de nuevo. Ellos no lo reconocen en el primer momento, pero cuando la pesca los desborda por lo abundante que es, el discípulo amado lo reconoce: es el Señor. Inmediatamente Pedro se arroja al agua a su encuentro.

Continua la segunda escena del texto, cuando Jesús ya tiene las brasas puestas con pan y les dice que lleven el pescado que acaban de pescar. El contexto es, entonces, una comida preparada por Jesús que recuerda la última cena, signo inequívoco de la presencia de Jesús entre ellos. Ninguno de los discípulos pregunta nada, pero todos saben que es Jesús en medio de ellos. Todo esto prepara el momento cumbre del texto: el diálogo con Pedro. Por tres veces Jesús le pregunta si lo ama, Pedro responde afirmativamente las tres veces -el número tres nos lleva a recordar las tres negaciones de Pedro, también calentándose junto a unas brasas-, como queriendo reparar lo acontecido antes. La tercera vez Pedro añade: tú lo sabes todo, como queriendo apoyarse no solo en su sincero deseo de responder afirmativamente, sino en el mismo Jesús que, sabiendo bien lo que Pedro ha hecho, sigue preguntándole con el mismo amor de la primera llamada. Jesús, por su parte, le pide, ante cada respuesta, que “apaciente sus ovejas. Finaliza el texto con las palabras de Jesús sobre la realidad de Pedro, primero joven que le sigue con entusiasmo, pero hace su voluntad muchas veces y, después, siendo viejo donde ya realmente habrá aprendido en qué consiste el seguimiento y su fidelidad lo llevará, como a Jesús, a donde no quiere. Nosotros ya sabremos que será al martirio. Todo se cierra con la invitación de Jesús: “sígueme”.

Esta fue la tercera vez, según este evangelio -aunque este último capítulo se considera un añadido posterior- que Jesús se apareció a los discípulos. Pero es un texto prototipo de la llamada que Jesús sigue haciendo hoy a todas las personas que van comprendiendo su camino, recordando que el seguimiento tiene como base la relación personal de amor entre cada persona y el mismo Jesús, pero siempre, con la misión de anunciar el evangelio a todos, de hacer presente el reino con los que los rodean. La eucaristía ha de ser signo de ese llamado de Jesús, en medio de la comunidad y para la comunidad. El seguimiento no está exento de la infidelidad, pero siempre con la posibilidad de renovar el amor. Que este tiempo pascual nos permita renovar el amor para un seguimiento más fiel, hasta el final.

(Foto tomada: https://combonipca.org/?p=3424)

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“Pedro, ¿me amas? ”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 4 de mayo de 2025
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IMG_1039De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

La “segunda conclusión” del Evangelio según Juan es extraordinaria porque no pretende contar hechos extraordinarios o sobrehumanos sobre Jesús resucitado, sino que sólo quiere hablarnos de su presencia discreta, inaprensible, fiel y paciente en medio de su comunidad.

En ella emergen las dos figuras de Pedro y el discípulo amado. A Pedro le toca seguir a Jesús, no imponer la mano sobre el discípulo amado por el Señor, que permanece misteriosamente presente en la Iglesia. Quien es vidente y ve con los ojos de Cristo reconocerá al Señor, mientras que Pedro sigue siendo uno que no ha podido reconocer al Resucitado sino por consejo del discípulo amado, que permanece.

Cuando un autor termina un libro y escribe la conclusión, expresando el propósito por el cual escribió, el libro puede ser publicado. Si sentimos la necesidad de añadir a esta conclusión otro capítulo de narraciones, en continuidad con los anteriores, entonces debe haber razones decisivas e importantes. Esto, como es sabido, es lo que ocurrió también con el cuarto evangelio, que concluyó con el capítulo 20 y luego fue ampliado con un nuevo capítulo, el texto litúrgico de hoy. ¿Por qué una recuperación corta pero rica en episodios?

Es difícil para nosotros responder con certeza, pero al menos podemos formular una hipótesis. El autor o los editores consideraron necesario conectar «al discípulo a quien Jesús amaba» (cf. Jn 13,23; 19,26; 20,2; 21,7.20.23) con Simón, el discípulo a quien desde su primer encuentro Jesús había dado el nombre de Pedro, roca sólida entre todos los demás (cf. Jn 1,42).

Esta manifestación del Resucitado tiene lugar en las orillas del Mar de Galilea, donde según los evangelios sinópticos tuvo lugar la llamada de las dos primeras parejas de hermanos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan, pescadores unidos en una pequeña empresa (cf. Mc 1,16-20 y par.).

Después de la muerte y resurrección de Jesús, los discípulos regresaron a Galilea, a su vida ordinaria de trabajo, vida comunitaria, vida de fe y de espera. Y he aquí que un día cualquiera Pedro toma la iniciativa y dice a los demás: «Me voy a pescar». Los otros seis responden: “Nosotros también vamos contigo”. Esta historia quiere contarnos mucho más sobre lo que les pasó a aquellos pescadores. Aquí, de hecho, sólo quedan un puñado de discípulos: ni siquiera once, como los que quedaron, ¡y ni siquiera las mujeres! – representando a la comunidad de Jesús; está Pedro que toma la iniciativa de una pesca que no es pescar peces. Los otros seis están dispuestos a seguirle en su iniciativa.

“Pero aquella noche no pescaron nada”: una pesca infructuosa, trabajo y esfuerzo sin resultados. ¿Este resultado fallido indica algo? Puede ser que sí: es decir, Pedro puede reivindicar la iniciativa, pero sin la palabra, la orden, la indicación del Señor, la pesca quedará estéril, la misión sin fruto.

Pero al amanecer, allí en la playa aparece un hombre cuya identidad los discípulos desconocen. Por otra parte, faltan las condiciones para reconocerlo: todavía hay claroscuros y no está cerca, ni ha dicho nada para que los discípulos puedan reconocer su voz. Es él quien rompe el silencio y les lanza una pregunta: “Hijitos, ¿tenéis algo de comer?” Una pregunta escuchada muchas veces, de la boca de un mendigo en la calle o en la puerta de una casa. Sí, la pregunta de un mendigo que pide algo de comer para mantenerse. Los discípulos debieron oírlo a menudo en los caminos de Palestina, lo oyen ahora al amanecer y lo oirán siempre en todos los acontecimientos de la historia. Su respuesta es un rotundo “no”. No hay pesca, luego no hay comida.

Pero el hombre continúa: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. Así lo hacen aquellos discípulos pescadores, un tanto asombrados, y la red se llena de tal cantidad de peces, que es difícil arrastrarla hasta la orilla. Así pues, una pesca abundante y extraordinaria que sorprende a todos.

Pero en su asombro hay quien discierne algo más y distinto: es el discípulo a quien Jesús amaba, que había experimentado una intimidad única con Jesús, hasta el punto de apoyar la cabeza en su pecho en la Última Cena (cf. Jn 13,25).

El amor pasivo que había experimentado lo convirtió en un profeta, un hombre de mirada penetrante, un hombre capaz de ver con el corazón y no sólo con los ojos. Por eso, señalando con el dedo a Jesús, puede gritar: “¡Es el Señor!”. Esto le dice a Pedro, señalándole a aquel hombre en la playa y revelándole lo que él no había podido ver. Pedro no lo duda ni un instante y en su entusiasmo lleno de deseo de estar con el Resucitado se lanza inmediatamente al agua para nadar hacia él.

Es inútil callarlo: en el cuarto evangelio hay una auténtica “santa competición” entre el discípulo amado y Pedro, no una competición de ‘celos’, porque los dos discípulos son diferentes y sus respectivas relaciones con Jesús son diferentes.

En la Última Cena, Pedro se sitúa junto al discípulo amado, cerca de Jesús, y debe preguntarle a éste, que abraza a Jesús sobre su pecho, para descubrir quién es el traidor (cf. Jn 13,24-25). Y el discípulo amado, recibida la respuesta de Jesús, no dice nada a Pedro (cf. Jn 13,26). Luego, al alba de la resurrección, anunciados por María Magdalena, Pedro y el discípulo amado corren juntos al sepulcro, pero este último llega primero (cf. Jn 20,3-4). Deja entrar a Pedro en el sepulcro (cf. Jn 20,5-7), pero es él quien «vio y creyó» (Jn 20,8), mientras que Pedro está contado entre aquellos que «aún no habían comprendido la Escritura: que él debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9).

El discípulo amado precede a Pedro en el discernimiento, en el conocimiento, en la fe, y sin embargo reconoce siempre que en el orden de la vida comunitaria Pedro es el primero por voluntad de Jesús.

Cuando los discípulos llevaron la red llena de peces a la orilla, vieron un fuego encendido con peces encima y un poco de pan, mientras Jesús les pidió que trajeran algunos de los peces que habían pescado. En todo caso, Jesús les ha preparado una comida: aun siendo resucitado, sigue siendo él quien sirve la mesa, quien prepara la comida y la distribuye.

Mientras tanto, Pedro se ocupa de descargar el pescado y todo ocurre sin que la red se rompa, porque sabe cómo manejarla y evitar que se produzcan desgarros. Es obra suya de unidad, de comunión: a él le toca conservar intacta, sin lágrimas, la túnica de Jesús tejida de arriba abajo (cf. Jn 19, 23-24). A él le corresponde velar para que la misión no cause laceraciones en la comunidad de creyentes.

Y aquí está el banquete: «Venid a comer», dice Jesús, y nadie responde, porque basta mirarlo, basta sentir su presencia, basta ver su estilo al partir el pan y ofrecer la comida para reconocerlo. No olvidemos tampoco que, cuando se escribió este capítulo, ya se hacía referencia a Jesús con el término ichthús, “pez”, un anagrama de cinco palabras: “Jesucristo Theoû Hyiós SoterJesucristo de Dios Hijo Salvador”.

Y aquí finalmente llegamos a la historia que es la verdadera razón para agregar este capítulo 21.

Después de terminar de comer, Jesús inicia un diálogo con Simón Pedro:

Simón, hijo de Juan, ¿me amas (verbo agapáo) más que estas cosas?

Él le respondió: «Sí, Señor; tú sabes que te amo (verbo philéo)».

Le dijo: «Sé el pastor de mis corderos».

Le volvió a decir la segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas (verbo agapáo)?»

Él le respondió: «Sí, Señor; tú sabes que te amo (verbo philéo)».

Le dijo: «Sé el pastor de mis corderos».

Le dijo por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»

Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: “¿Me amas (verbo philéo)?” y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo (verbo philéo)».

Jesús le respondió: «Sé el pastor de mis corderos».

Hay que observar atentamente el juego de verbos griegos. La tercera vez Jesús ya no le pregunta a Pedro: “¿Me amas?” (verbo agapáo), sino, como Pedro ya le había respondido dos veces, le pregunta: “¿Me amas?” (verbo philéo). Para Jesús, basta el amor humano de Pedro, su capacidad de amar: llegará el día –le dice inmediatamente después– en que Pedro sabrá vivir el amor, el ágape hasta el final (Jn 13,1), hasta el don de su vida en el martirio, pero no ahora…

Pedro, por su parte, parece grande porque es humilde, porque no pretende decir: «Te amo», con ese ágape que viene sólo de Dios. Aquí está toda la grandeza de Pedro, que renuncia a ser protagonista de ese amor que sólo Dios puede dar.

El Pedro que había sido presuntuoso («¡Daré mi vida por ti!»: Jn 13,37), el Pedro que siempre estuvo tan seguro y entusiasta que quiso hacer más de lo que Jesús le pedía («Señor, lávame no solo los pies, sino también las manos y la cabeza»: Jn 13,9), es ahora el Pedro anciano, espiritualmente maduro, humilde porque fue humillado, sin pretensiones, porque comprendió que era una roca frágil, que se hundía al primer soplo del viento… Para él, la vida fue una lección, pero precisamente por eso puede ser pastor de corderos y ovejas perdidas.

Entonces Jesús podrá contarle todo. No le recuerda el pecado de la negación y el miedo, sino que le revela lo que le espera: «Sí, Pedro, eras joven, lleno de vida y entusiasmo, y en aquel entonces decidiste lo que querías e ibas adonde querías. Pero, cuando envejezcas, ya no serás completamente dueño de ti mismo. Te verás obligado a pedir ayuda, extenderás las manos y pedirás que otros te vistan, porque no podrás hacerlo solo, y serás llevado adonde no quieras ir».

Es ciertamente una profecía del martirio que le espera, de la forma de muerte que le sobrevendrá cuando sea crucificado y derrame su sangre para gloria de Dios; pero también de una forma de “muerte” cotidiana, en el ministerio que le compete, cuando a menudo tendrá que conformarse con decisiones que no querría. En la debilidad de la vejez, este “martirio blanco” también será posible, más aún, necesario…

Entonces, ¿cuál es la responsabilidad de Pedro? Seguir a Jesús. La última palabra de Jesús a Pedro es como la primera: «¡Sígueme!» (cf. Jn 1,42-43). Incluso en la diminución, en la pasividad, en el fracaso, en la entrega de las propias facultades a los demás, se puede seguir al Señor.

¿No es precisamente esto lo que vivió Jesús, hecho objeto, cosa, manipulado, a merced de otros que hacían con él lo que querían, como sucedió con Juan Bautista (cf. Mc 9,13; Mt 17,12)? Éste es el seguimiento de Jesús al que ninguno de nosotros puede escapar.

Pero el discípulo amado por Jesús aún permanece junto a Pedro. ¿Habrá aprendido también Pedro a amarlo? Aquí de repente Pedro se interesa por él y le pregunta a Jesús: «Señor, ¿qué será de él?». (Jn 21,21). Pero Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú sígueme». (Jn 21,22). Respuesta dura pero clara: el discípulo amado es aquel que permanece, de quien Pedro debe aceptar otro fin, otro ministerio, otro testimonio. Él estará entre los corderos que Pedro pastorea, pero Pedro debe simplemente reconocerlo.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el III Domingo de Pascua, 4 de mayo de 2025

 1.- Pedro, ¿me amas?

 2.- El Maestro de la Humanidad y el lenguaje humano de los afectos

 3.- Comentario al Evangelio de San Juan 21, 1-19.  

 4.- ¡Sígueme! 

 5.- Las tres preguntas de Jesús a Pedro

 6.- Al final todos seremos juzgados por el amor

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La duda audaz del apóstol Tomás es un regalo que los católicos LGBTQ+ comparten

lunes, 28 de abril de 2025
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IMG_1035La publicación de hoy es de  Phoebe Carstenscolaboradora de Bondings 2.0.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Segundo  Domingo de Pascua se pueden encontrar aquí.

Siempre he tenido debilidad por el apóstol Tomás, una de las figuras centrales del Evangelio de hoy. A menudo se le recuerda por su aparente «duda«, dada su negativa a creer que el Señor Resucitado se apareció porque no lo vio con sus propios ojos. Sin embargo, siempre he sentido que esta era una evaluación injusta de su situación. En su insistencia en ver a Jesús con sus propios ojos, Tomás muestra una característica que comparten los «bienaventurados» que ven sin creer: la audacia. Y es esta audacia, esta valentía, con la que tantos católicos queer podemos identificarnos al proclamar una fe y un Dios que trasciende la división y la duda humanas.

Creer sin ver es, sin duda, un acto audaz, y por eso Jesús declara «bienaventurados» a quienes «no han visto y han creído«. Muchos católicos queer podrían encontrarse adoptando esta postura, ya que, si bien es alentador y esperanzador que parezca haber un creciente apoyo a los católicos queer, lamentablemente también es cierto que aún queda mucho por hacer. Quizás creamos y anhelemos una visión del catolicismo que aún no hemos visto ni experimentado en primera persona. Muchos aún no hemos visto una comunidad parroquial que manifieste verdaderamente la bienvenida integral de Cristo. Algunos no hemos visto la imagen de Cristo reconocida y aceptada por otros en la experiencia de vida de una persona gay o trans. Algunos no hemos visto la misericordia de Dios reflejada en las acciones de familiares, amigos y líderes de la Iglesia.

Y, sin embargo, incluso sin haber visto estas cosas en primera persona, seguimos creyendo. Creemos en un Dios de amor y misericordia, incluso cuando las acciones de otros oscurecen esa visión. Creemos que el catolicismo es nuestro hogar, incluso cuando el signo de «bienvenida» a veces está oculto. Incluso cuando nuestras vidas están marcadas por el sufrimiento, la exclusión y el dolor, nos aferramos a la esperanza pascual de la resurrección, la plenitud de la vida y las «señales y prodigios» del poder de Dios, aunque aún no las hayamos recibido nosotros mismos. Es por esta razón que Jesús declara que quienes pueden creer sin ver son verdaderamente bienaventurados, porque su fe es verdaderamente audaz.

Pero yo diría que la bienaventuranza no termina ahí. Aunque muchas interpretaciones critican a Tomás, viendo solo su duda y su fe aparentemente insuficiente, que exige pruebas para creer, siempre he creído que esta no es una forma muy caritativa de entenderlo.

Solo puedo imaginar lo destrozado que debió sentirse Tomás al escuchar la noticia de los otros discípulos sobre su asombroso encuentro con Cristo. ¿Qué estaría pensando? ¿Jesús eligió el momento justo para aparecer cuando todos estaban cerca menos yo? ¿Acaso no le importaba que yo no estuviera allí? ¿Acaso Jesús no quería aparecerse a mí también?

Quizás su respuesta a los discípulos, «Si no veo la señal de los clavos en sus manos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré», no fue simplemente incredulidad, sino más bien una especie de oración. Una petición audaz, sin duda: Señor, quiero experimentarte por mí mismo. Quiero sentirte con mis propias manos, verte con mis propios ojos.

Después de todo, los demás discípulos —como nos dice el comienzo del Evangelio— pudieron ver a Jesús y observar sus manos y su costado sin siquiera tener que pedírselo. Al igual que Tomás, creen y se alegran solo después de haber visto a Jesús. La única diferencia es que Tomás tuvo la audacia de preguntar.

También en este caso, los católicos queer pueden sentir una resonancia con su propia postura de fe. Muchos de nosotros, excluidos o marginados por nuestras comunidades eclesiales, finalmente exigimos ver y reclamar a Jesús por nosotros mismos, en nuestros propios términos, cuando nos damos cuenta de que no hay ningún guardián ni valla que nos separe del encuentro con Dios. Buscamos reivindicar nuestro propio testimonio, descubrir la verdad de Cristo en nuestra propia experiencia, en lugar de confiar en las afirmaciones de otros. Oramos para que Dios nos permita verlo con nuestros propios ojos: ver las manos y el costado de Jesús, sentir su mirada y escuchar su voz, incluso si no estamos incluidos en el Cenáculo, incluso si nos excluyen. Como personas queer, buscamos un Dios que nos encuentre en nuestras vidas, y es un encuentro que a menudo debemos pedir con valentía.

La buena noticia para Tomás, y para nosotros, es que Jesús no deja que esa oración quede sin respuesta. Tomás no se queda solo; Jesús se aparece de nuevo a sus discípulos, esta vez para decirle: «Aquí estoy: mira, siente y cree». También a los católicos queer, Dios les responde: «Aquí estoy, compruébalo tú mismo». Dios está presente en nuestras familias elegidas, en nuestras vibrantes presentaciones, en nuestra alegría y resiliencia, en nuestras comunidades inclusivas y en nuestra esperanza inquebrantable. Cuando oramos para que Dios se nos revele de nuevo, Dios nos da una respuesta audaz a nuestra audaz pregunta.

Ciertamente, somos bendecidos cuando creemos sin haber visto. Creo que somos igualmente bendecidos, como Tomás, cuando tenemos la audacia de pedirle a Dios que nos muestre su presencia con claridad y la audacia de creer que nuestra esperanza de encontrarnos con Dios se hará realidad.

—Phoebe Carstens, Ministerio New Ways, 27 de abril de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Abrir las puertas”. 2 Pascua – C (Juan 20,19-31)

domingo, 27 de abril de 2025
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IMG_0899El evangelio de Juan describe con trazos oscuros la situación de la comunidad cristiana cuando en su centro falta Cristo resucitado. Sin su presencia viva, la Iglesia se convierte en un grupo de hombres y mujeres que viven «en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos».

Con las «puertas cerradas» no se puede escuchar lo que sucede fuera. No es posible captar la acción del Espíritu en el mundo. No se abren espacios de encuentro y diálogo con nadie. Se apaga la confianza en el ser humano y crecen los recelos y prejuicios. Pero una Iglesia sin capacidad de dialogar es una tragedia, pues los seguidores de Jesús estamos llamados a actualizar hoy el eterno diálogo de Dios con el ser humano.

El «miedo» puede paralizar la evangelización y bloquear nuestras mejores energías. El miedo nos lleva a rechazar y condenar. Con miedo no es posible amar al mundo. Pero, si no lo amamos, no lo estamos mirando como lo mira Dios. Y, si no lo miramos con los ojos de Dios, ¿cómo comunicaremos su Buena Noticia?

Si vivimos con las puertas cerradas, ¿quién dejará el redil para buscar las ovejas perdidas? ¿Quién se atreverá a tocar a algún leproso excluido? ¿Quién se sentará a la mesa con pecadores o prostitutas? ¿Quién se acercará a los olvidados por la religión? Los que quieran buscar al Dios de Jesús nos encontrarán con las puertas cerradas.

Nuestra primera tarea es dejar entrar al Resucitado a través de tantas barreras que levantamos para defendernos del miedo. Que Jesús ocupe el centro de nuestras iglesias, grupos y comunidades. Que solo él sea fuente de vida, de alegría y de paz. Que nadie ocupe su lugar. Que nadie se apropie de su mensaje. Que nadie imponga un estilo diferente al suyo.

Ya no tenemos el poder de otros tiempos. Sentimos la hostilidad y el rechazo en nuestro entorno. Somos frágiles. Necesitamos más que nunca abrirnos al aliento del Resucitado para acoger su Espíritu Santo.

José Antonio Pagola

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“A los ocho días, llegó Jesús”, Domingo 27 de abril de 2025. 2º Domingo de Pascua

domingo, 27 de abril de 2025
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27-pascuaC2 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 5, 12-16: Crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.
Salmo responsorial: 117: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19: Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos.
Juan 20, 19-31: A los ocho días, llegó Jesús.

El libro de los Hechos, el Apocalipsis y el evangelio de Juan se escribieron casi por la misma época. La Iglesia de Jesús, formada por muchas y diferentes comunidades, estaba recogiendo las diversas tradiciones sobre Jesús histórico y cada comunidad las reelaboraba y contaba de acuerdo a las nuevas situaciones que estaban viviendo. Eran tiempos de grandes conflictos con el imperio romano y con los fariseos de Jamnia (norte de Jerusalén), donde radicó el único grupo oficial judío que sobrevivió a la destrucción del templo el año 70. Es en este momento cuando se fragua la bifurcación de caminos entre el judaísmo oficial y el judaísmo cristiano, o judíos que creían en el también judío Jesús. A posteriori, la teoría (la hermenéutica, la interpretación que tenemos que elaborar para tranquilizar nuestros corazones y nuestras mentes dándonos un sentido) ha dicho que es que Dios decidió abrir una nueva etapa histórica manifestando un misterio escondido desde siempre, y otras varias teologías. Los estudios históricos hoy están en capacidad de trazarnos ya, más o menos, las causas históricas e ideológicas que de hecho cristalizaron en la separación. Hoy, a la altura de estos tiempos en los que la historia y la arqueología nos permiten conocer casi con toda seguridad cómo fue de distinta aquella historia, no estamos obligados a historificar la teología; tenemos derecho a saber la verdad, y a reconocer la teología como teología, como creación hermenéutica, que aquellas generaciones de cristianos necesitaron para interpretar y recrear su historia, pero que nosotros, en una sociedad culta y científica –con otra epistemología– no necesitamos para interpretar-recrear la realidad, podemos aceptar la historia como fue, como hoy sí sabemos que fue.

Lo mismo nos pasa con respecto al «calendario» de la muerte de Jesús – Pascua – Pentecostés… Lucas se tomó la libertad de imaginar/crear un calendario, un cronograma, que podemos de decir que se sacó de la manga, o sea, de su creatividad y genialidad catequética. Tan bien hecha resultó, que fue la que se llevó el gato al agua, la que se impuso, no por a la fuerza, sino por lo bien hecha que estaba y lo catequéticamente práctica que resultaba. (Estamos en un caso semejante a lo de la bifurcación entre cristianismo y judaísmo: lo que teologizamos no es realmente lo que sucedió con respecto al judaísmo oficial de Jamnia, pero es lo que «se impuso» –tampoco por imposición, sino por practicidad teórica; como sabemos, esta separación incluso abismo entre la realidad histórica real y nuestra propia visión-interpretación histórica, es mucho más frecuente que lo que ordinariamente pensamos).

En efecto, veamos. Jesús entra y se coloca en medio de la comunidad. Sopla sobre ellos/as y dice que les envía el Espíritu Santo. Para la comunidad de Juan (en la que, con la que escribe), la Pascua de Resurrección y Pentecostés acontecieron el mismo día en que Jesús resucitó. No hay que esperar 50 días para Pentecostés.

Y en esa Pascua-Pentecostés «toda la comunidad» de discípulos y discípulas recibe la autoridad para perdonar los pecados. Esto corresponde a la tradición que también Mateo ha conservado en su evangelio (Mt 18,18) y que luego la Iglesia, en su proceso de clericalización (reinterpretación clerical ésta sí, impuesta con poder de coerción) fue perdiendo, pero que sí recuperaron las Iglesias Evangélicas con la Reforma Luterana, que significó un esfuerzo sincero por reconciliarse con la historia real. Entonces, en el siglo XVI todavía no era tan posible como lo es hoy, por el avance de la ciencia; Ello querría decir que el avance del conocimiento de la humanidad, nos obliga a reconciliarnos con la realidad histórica, que cada vez conocemos mejor, y nos obliga a tomar conciencia del carácter construido de nuestras interpretaciones teológicas; tradicionalmente ha sido posible convivir con creencias y elaboraciones míticas, pero cada vez se nos hace más necesario relegar las creencias y las interpretaciones al cajón de las curiosidades históricas –con frecuencia muy ricas e instructivas– para quedarnos con una visión digna de esta humanidad que vive en una sociedad de conocimiento.

En la segunda parte de este evangelio nos encontramos con el diálogo de Jesús y Tomás. Hace tres años, nuestro comentarista, en este mismo comentario a este evangelio, escribió:

«Ojos que no ven corazón que no siente», dice el refrán. Cuentan que cuando Yury Gagarin, el astronauta ruso, regresó de aquel primer paseo a las estrellas, dijo: “He andado por el cielo y no he visto a Dios”. Pobre Yury tan parecido a Tomás, que podría llamarse su mellizo.

Hoy no nos atrevemos a tratar así a Yury Gagarin, ni al llamado «ateísmo científico» que en esa anécdota él simboliza. Los cristianos hemos estado dos o tres siglos enfrentados al materialismo científico, irreconciliablemente enfrentados a su ateísmo. La Iglesia empeñada en la existencia de un Dios concebido como un Señor, creador, todopoderoso, que lee nuestras conciencias, providente, que todo lo supervisa y lo autoriza o no, que habita en el cielo, que dice, piensa, decide, se ofende, se arrepiente, perdona… Y el ateísmo científico negando la existencia de tal «Señor», de rostro y características tan antropomórficas… La fe –decíamos entonces– consiste en «creer lo que no se ve», someter nuestro entendimiento y aceptar las fórmulas de la fe de la Iglesia aunque nos parezcan increíbles… Y se nos recordaba que tendríamos más mérito que Tomás el Apóstol, que sólo creyó cuando vio…

Se acabó aquel enfrentamiento inútil, aquel diálogo de sordos en el que las dos partes sólo tenían media verdad. Tenía razón el ateísmo científico en rechazar una imagen tan cosificada (dios como un ser, como un ente) y tan antropomórfica de Dios. Reivindicaba una verdad que los cristianos no acababan de entender. Había que dar la razón a Gagarin: efectivamente, por allí no pudo ver a Dios porque ese dios-ente celestial… no existe –y si efectivamente lo hubiera visto, habría que decirle que no era Dios eso que habría visto–. La fe no consiste en imaginar o en aceptar la existencia de un Señor por encima de las nubes ni en las alturas espaciales por donde Gagarin paseó; allí efectivamente no hay nada. Podemos seguir sintiendo la presencia del Misterio, a la vez que no creemos en duendes, en espíritus ni en divinidades antropomórficas. La fe es otra cosa. No es sumisión irracional del pensamiento, ni aceptación obligada de fórmulas o dogmas, o relatos míticos. El valor ejemplar de Tomás el Apóstol metiendo sus dedos en las llagas de Jesús, decididamente, no sirve en directo como metáfora para interpretar la fe en la coyuntura actual del mundo, por mucho que la forcemos. Es necesario dar un salto hacia delante, un salto cualitativo, por el que Dios deja de ser considerado un ente, ni un Señor, ni un habitante de las alturas del cielo… y la fe deja de ser sumisión del entendimiento, humillación de la persona, renuncia a la visión de la ciencia. Se acabó el tiempo del enfrentamiento con la razón y con la ciencia. Es preciso actualizar nuestras ideas, porque, con frecuencia, al hablar de la fe seguimos repitiendo los mismos tópicos sobrepasados del «creer lo que no se ve», de renunciar a la seguridad de lo que vemos, de ofrecer «el obsequio de nuestra razón», de humillarnos ante Dios… El ateísmo científico es un problema del siglo XIX, la ciencia actual abandonó esa posición hace bastante tiempo. Seguir utilizando para hablar de la fe aquellas metáforas combativas, no sólo no nos hace bien, sino que es dañino. Leer más…

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26-4-25 II Pascua. Cónclave de Cesarea (Mc 8,27-33)

domingo, 27 de abril de 2025
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2D2F0619-DB52-4D6A-8E85-FF6D0900E238Del blog de Xabier Pikaza:

No es lo mismo pero algo se parece.  Esta mañana se ha  celebrado misa fúnebre y sepelio del Papa Francisco. El Cardenal Re ha proclamado un hermoso sermón sobre Jn 21, con la pregunta de Jesús a Pedro “¿Me amas más que éstos?”.

Este pasaje  de Cesarea (ciudad del César)  no se puede aplicar sin más al próximo cónclave vaticano, pero puede ayudarnos a plantear algunas cosas. Piensen los lectores. Buena Pascua 

Haré una lectura “fuerte” del Cónclave de Jesús del que he tratado extensamente en  Comentario de Marcos. Además, ese evangelio tiene muchas semejanzas con el de Jn 20 de este Dom II de Pascua  (las dos primeras apariciones pascuales de Jesús, una sin Tomás y otra con Tomas, con Pedro al fondo). Buen domingo II de Pascua a todos. Feliz memoria de Francisco. Empecemos a pensar en el cónclave/sínodo próximo.

Mc 8, 27-33 “Cónclave en Cesárea 

Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesárea de Felipe; por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?». 28Ellos le contestaron: «Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas». 29Él les preguntó: «Y vosotros, ¿Quién decís que soy?».

Tomando la palabra Pedro le dijo: «Tú eres el Mesías». 30Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto. 31Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». 32Se lo explicaba con toda claridad.

Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. 33Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Apártate de mí detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».

Pedro y sus compañeros. Diálogo con Jesús.

 . La relación de Jesús con sus compañeros-amigos no fue una historia de buenos-perfectos (Jesús) y malos (los otros), sino de búsqueda y compromiso compartido, de manera que la opción de Jesús se fue fraguando en un contexto dialogal dramático, de palabra discutida y recreada (recuperada) por pascua.

Simón-Pedro y los restantes compañeros se unieron a Jesús y le siguieron porque confiaban en él y/o porque esperaban cumplir por (con) él sus expectativas de poder, pasando de la penitencia del Bautista al poder, abundancia y riqueza del Reino. En este contexto no se puede hablar de un Jesús “héroe” que sabía y hacía bien todo, pero rodeado por una “banda” de ignorantes, sin ideas ni valores (entre los que sobresalía por terquedad Simón Pedro).

Al contrario, por el hecho de que habían estado con Juan Bautista, debemos suponer que Pedro y sus compañeros tenían ideas y valores, no sólo para dialogar con Jesús, sino incluso para enfrentarse con él. No le acompañaron para obedecerle a ciegas y callar, sino para colaborar en su camino, buscando y discutiendo estrategias adecuadas. No elevamos a Jesús rebajando a sus compañeros y amigos.       En este contexto se inscribe la institución de los Doce, que constituye un elemento clave de la historia de Jesús.

13 Subió Jesús después al monte, llamó a los que quiso y fueron donde él.14 Constituyó entonces Doce, a los que llamó apóstoles, para que estuvieran con él y para enviarlos a proclamar el mensaje16 Constituyó a estos Doce: a Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro…

Jesús asume con sus doce discípulos, a partir de Pedro, la promesa y camino de las tribus de Israel. No quiere volver a la historia pasada, no se limita a recordarla, sino que se decide a cumplirla en su vida, de una forma nueva, con un grupo de compañeros, a quienes convoca a su lado. Ellos no son un grupo más, sino compendio de todo Israel y de esa forma simbolizan la suerte y promesa de la historia israelita… y el camino de Jesús que les había prometido darles doce tronos reales(no como la ínsula barataria de Don Quijote a Sancho Panza). Recordemos esto: Jesús les ha prometido doce tronos, con Pedro el primero

 Cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos juzgando a las doce tribus de Israel (cf. Mt 19, 28-29; Lc 22, 30),

 Estas palabras forman el principio de la promesa de Jesús, que ha debido cambiar, transformando la visión del Hijo de Hombre de Dan 7, en un camino que va de Mc 8, 27-28 (donde empieza diciendo a Jesús que es el Mesías, interpretando su camino en forma de triunfo por lo que Cristo debe reprenderle: apártate de mí Satanás), a Mc 10, 41-45 (donde empieza a decir que el Hijo de Hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos.

El problema de fondo no es la  identidad y función de Pedro y sus compañeros, sino la de Jesús cuando va descubriendo  en concreto, paso a paso, que la llamada de Dios no le lleva a triunfar sobre un trono con doce paladines, sino a morir por todos, como puede interpretarse la palabra citada. Empecemos por la primera promesa de Jesús, a la que Pedro apela cuando dice a Jesús que él es el Cristo). Esto es lo que Jesús había prometido a Pedro:

 ‒ Vosotros, los que me habéis seguido. Los Doce como una corporación mesiánica con opinión y palabra. Ellos son, por un lado, hombres concretos (cf. Mt 10, 2-4) y, por otro son signo (representación) de Israel. Jesús les presenta y ellos se toman como herederos de las promesas de Israel.

En la regeneración o renacimiento (palingenesía)… Esa palabra o su equivalente forma parte de una “filosofía” o esperanza muy extendida de tipo cultural/religioso que indica la culminación del tiempo (synteleia aiônos: Mt 13, 39.40.49), indicando en lenguaje helenista la transformación mesiánica de la humanidad.

Cuando el Hijo del hombre se siente en su Trono de Gloria. Esa transformación cósmica está vinculada a la esperanza israelita de la venida del Hijo de Hombre de Dan 7, que Jesús debió compartir con sus discípulos, a quienes invitaba a formar parte de su grupos, diciéndoles “os sentaréis también vosotros sobre Doce Tronos… juzgando a las Doce Tribus de Israel, en el sentido de “tener autoridad”, salvar…

 Ahora, cuando suben a Cesárea de Felipe estos Doce de Jesús, piensan con Pedro que ha llegado la hora de los tronos. No podía ser de otra manera. Todos siguen pensando lo mismo que Pedro, menos Jesús que descubre que el camino que han tomado no es de tronos, sino de cruces.

Jesús fue viendo que su “trono” y el de de sus colaboradores no era  de triunfo sobre otros, sino de entrega de la vida e incluso de muerte. Por eso les convoca a un cónclave especial; el tema es de todos y entre todos ha de tratarse. Por eso le pregunta qué piensan de él, de su caso y, cuando Pedro le dice que es el mesías/Cristo, Jesús le contesta que se calle, que no es eso

27 Y salieron Jesús y sus discípulos hacia las aldeas de Cesárea de Filipo y por el camino les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?28Ellos contestaron: Unos, que Juan Bautista; otros, que Elías o uno de los profetas. 29 El siguió preguntándoles: Y vosotros quién decís que soy yo? Pedro le respondió: Tú eres el Cristo. Pero Jesús les prohibió terminantemente que hablaran a nadie acerca de él.

 La gente de fuera anda con cábalas: Que eres un profeta, una clonación de Juan Bautismo, o un tipo distinto de profeta… Eso dicen los de fuera, pero Pedro, en nombre de los doce responde. Tú eres el Cristo, y que has venido a imponer tu poder sobre el mundo como un César más alto que el de Roma y a nosotros nos debes doce tronos, para eso los prometiste.  

Esta fue la situación, la gran disputa entre Pedro,  que exigía a Jesús que cumpliera su palabra…y la de Jesús que ahora dice que no ha venido a tomar el poder sino a dar la vida y morir por los otros.

31 Jesús empezó a enseñarles que el Hijo de hombre debía (dei) padecer mucho, que sería rechazado por los presbíteros, sumos sacerdotes y escribas; que lo matarían, y a los tres días resucitaría….32 Entonces Pedro lo tomó aparte y se puso a increparlo. 33 Pero Jesús se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole:¡Apártate de mí, Satanás o piensas las cosas de Dios, sino las de los hombres (Mc 8, 31-33).

Pedro había increpado a Jesús, exigiéndole que cambie de postura, pues según piensa en ese momento, siguiendo la primera promesa de Jesús), él piensa que la iglesia mesiánica sólo se puede edificar con gran poder, no dando la vida y muriendo por los otros.

Pero Jesús rechaza a Pedro llamándole Satán (Tentador). Al principio le había dicho como a los otros tres de Mc 1, 16-20: Andrés  y Pedro, los Zebedeos) : ¡venid! (deute opisô mou: Mc 1, 17); ahora le reprende ¡apártate! (hypage opisô mou: 8, 33), en palabra de condena, añadiendo: «El Hijo del hombre debe padecer…» (8, 31), utilizando una fórmula teológica: Dei (Dios lo quiere, es necesario…), que implica la transformación (inversión) del anuncio de triunfo mesiánico que he comentado ya en Dan 7.

Un problema de fondo un problema actual

 Para algo han venido al funeral de Francisco presidentes, reyes y magnates. Además, Pedro piensa con gran parte de la Biblia (AT) que sólo puede ser Cristo es quien domina a los demás, quien conquista el reino de Dios y ofrece a sus seguidores el dominio sobre los vencidos (es decir, sobre otros grupos menos importantes). Pues bien, Jesús le responde ahora y dice que auténtico Cristo es quien sabe padecer,dejando que le derroten, quien ama en gratuidad, poniendo la vida a merced de los otros, un tema que Mt 5 ha elaborado en las antítesis, que estudiaremos en la tercera parte de este libro.

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