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Confianza

domingo, 21 de junio de 2020
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2AE750E6-06B1-4026-AFA8-3D64B26ACBFCDomingo XII del Tiempo Ordinario

21 junio 2020

Mt 10, 26-33

El miedo es lo opuesto a la confianza. Y aseguran los neurocientíficos que ambos usan las mismas redes neuronales. Lo cual implica que alimentar el miedo –consciente o inconscientemente– significa socavar la posibilidad misma de confiar.

          El miedo es una emoción importante que nos permite detectar las amenazas y protegernos ante ellas. Forma parte, por tanto, de nuestro equipamiento biológico. El problema surge cuando la amenaza no es real, sino fabricada por nuestra mente, como consecuencia de miedos “heredados” generacionalmente, de experiencias infantiles más o menos traumáticas o de la ignorancia acerca de lo que realmente somos.

          Con tales condicionamientos, no es extraño que la mente vea peligros por doquier, instalándonos en el miedo de manera habitual, incrementando la ansiedad y encerrándonos en una cárcel interna que cada vez oprimirá más. El miedo acobarda y constriñe, aísla y obliga a vivir a la defensiva en permanente estado de alerta.

          Frente a tales miedos-fantasmas –creados y alimentados por una mente temerosa e ignorante–, el mensaje de las personas sabias aparece indefectiblemente coloreado por la confianza. Es lo que percibimos, por ejemplo, en Jesús de Nazaret quien, de manera constante, insiste: “No tengáis miedo”, confiad.

          La confianza brota de la comprensión, de la certeza de que aquello que somos se halla siempre a salvo. En palabras del propio Jesús: “pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Experimentaremos dolor y muerte en nuestra forma vulnerable, pero lo que somos realmente permanece siempre inafectado. Por decirlo de manera simple: somos aquello que no puede ser dañado.

          Y habla Jesús de “gorriones” y de “cabellos”… Todo, absolutamente todo, hasta lo más insignificante, responde a un designio sabio. Vivimos confundidos porque percibimos solo una apariencia muy limitada de la realidad. Si pudiéramos apreciarla en su conjunto, advertiríamos que, en lo profundo, todo está bien, todo tiene su lugar. Y que la vida no se equivoca cuando cae un pájaro del cielo o un cabello de nuestra cabeza.

          Si lo quiero analizar desde mi mente analítica, no entenderé nada, me sublevaré ante ese tipo de afirmaciones y, con toda probabilidad, añadiré sufrimiento. Si comprendo que soy (somos) la misma vida expresándose, superada la consciencia de separatividad, viviré en la confianza. Porque quien percibe su (nuestra) verdadera identidad vive ecuánime e imperturbable en toda situación.

          De una forma que puede sonar escandalosa tanto a la mente analítica como a la ortodoxia religiosa, la mística beguina del siglo XIV, Juliana de Norwich, proclamaba gozosa: “El pecado es necesario, pero todo acabará bien, y todo acabará bien, y cualquier cosa, sea cual sea, acabará bien”.

¿En mi día a día, alimento más el miedo o la confianza?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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El fundamento de la religión es el miedo, el fundamento del cristianismo es el amor y la confianza

domingo, 21 de junio de 2020
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índiceDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. El miedo. Tal vez el eje central de la Palabra de hoy la encontramos en la primera lectura del profeta Jeremías: el Señor está conmigo. Jesús constata que los seres humanos tenemos miedo. No tengáis miedo. Y la razón última de este “no tener miedo” es que el Señor está conmigo…

En principio el miedo es un instinto de auto-conservación por el que tendemos a autoprotegernos de la enfermedad, de una agresión, de diversos peligros. El miedo es como un mecanismo de defensa ante los peligros de la vida.

También nosotros podemos sentir miedos de todo tipo: miedo a la enfermedad, al futuro: a que no nos llegue el dinero, la pensión, miedo a quedar relegado, a perder brillo social, ante la decrepitud de las fuerzas, de las capacidades. ¿Quién está libre de un cáncer, de un infarto, de un Alzheimer? Miedo ante la muerte.

Podemos sentir miedo ante las instituciones. A mí que no me quiten el puesto de trabajo. En la vida política esto lo vemos todos los días, también en la vida eclesiástica: cargos, potestades, miedos a no medrar o a perder el puesto. Por eso sentimos miedo ante las instituciones eclesiásticas: que el “obispo no me toque” o vamos a ver si me “asciende”. (A veces da la impresión de que los curas y los obispos son los “gestores” de la salvación. Dios no tiene más remedio que hacer lo que dice un obispo).

También hemos vivido otros miedos más profundos y traidores: miedos y angustias de tipo moral-religioso. ¡Cuánto daño y angustia ha infundido la moral que hemos recibido!

“El fundamento de la religión es el miedo”, el fundamento del cristianismo es la confianza y la paz.

El miedo es insuficiente para vivir. El miedo bloquea, paraliza. Hace falta confianza en el bien para superar los miedos, sobre todo los miedos últimos y definitivos de la vida. El miedo (angustia) y la confianza son principios antagónicos.

En esta pandemia muchas personas, ¿todos?, tenemos miedo y, mejor o peor, ponemos los medios que nos aconsejan las instituciones sanitarias y políticas. Pero el miedo profundo y último se supera con confianza, con la intimidad con Dios.

Cuatro veces aparece hoy en el evangelio la situación de miedo, “no tengáis miedo”. Es una llamada frecuente en Jesús: no perdáis la calma, no temáis…

Si bien no siempre, pero en estas cuestiones tienen mucho que decir la psicología, tal vez a la medicina-psiquiatría, pero también la bondad, la cercanía, la familiaridad, la empatía tienen mucho que decir y hacer. Evidentemente que la farmacopea puede calmar, sedar, y no es menos cierto que en ciertos momentos habrá que echar mano de la farmacia, pero no es lo mismo estar dormido que estar en paz. El miedo y la angustia son problemas que encuentran un buen tratamiento en la confianza, en el amor, la amistad, la fe. La bondad es una buena -excelente- terapia.

         Jesús dice que no tengamos miedo a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma, la persona podríamos decir. Es evidente que Dios no nos va a liberar de la muerte física, ni –posiblemente- de una enfermedad, Dios no nos va a liberar de algunos desasosiegos personales. Pero a eso no hay que temer.

         Hay que tener miedo a lo que puede matar el alma, la persona. Y no olvidemos que se puede estar muerto en vida. Recordemos que este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, (hijo pródigo).

Hay realidades que pueden matar la persona: el racismo, la ambición de dinero, el poder; las adicciones matan…

  1. El miedo se supera con confianza.

         El miedo aparece con frecuencia en el NT

El lago, el mar es sitio de peligro y la barca (la Iglesia naciente) atravesó como pudo diversas tormentas en las que los creyente sintieron miedo y angustia. Pedro sintió miedo en el mar y se hundía. (Mt 14,26ss). ¿Y quién no siente miedo en las travesías de la vida? Cuando Cristo está presente en la vida de la comunidad y de los comuneros (creyentes) se hace la calma (Mt 8,26). Cuando la misericordia y el amor de Dios se están haciendo presentes en la Iglesia con el papa Francisco, sentimos un cierto alivio) A veces las instituciones infunden miedo. Los padres del ciego del Templo no se atrevían a hablar por miedo a los judíos del Templo (Jn 19,38). Las instituciones eclesiásticas y algunos de sus representantes con sus modos de actuar han infundido miedo y desesperanza José de Arimatea fue un hombre valiente y, al mismo tiempo, con miedo pues pide a Pilatos el cadáver de Jesús para darle tierra. (Jn 19,38).  ¿Nos haríamos cargo de un ejecutado en una pena de muerte? Tras la muerte de Jesús, los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos (Jn 20,19). Cuando Jesús no está en mi vida, en nuestra vida eclesial, vivimos encerrados y con miedo.

  1. confianza: Jesús insiste: no tengáis miedo. Vivid en paz.

         Jesús seguro que sintió miedo en su vida. Era hombre y en muchos momentos “le venían mal dadas”: de hecho lo buscaron para despeñarlo por el barranco. Jesús fue audaz y valiente, pero sintió miedo ante los fariseos (la ley Y el poder del pueblo), ante Herodes, ante los sacerdotes del Templo (la banca), Jesús sintió miedo ante la cruz: la víspera de su muerte sudó sangre en el huerto de los Olivos: estoy triste hasta la muerte; y en la cruz se sintió abandonado. Muchas realidades le tuvieron que infundir miedo.

         Sin embargo, Jesús fue un hombre de calma y de paz. No perdáis la calma, confiad (Jn 14,1-12). No temáis a los que pueden hacer daño al cuerpo, pero no pueden tocar la vida y los valores (Mt 10,28). La paz os dejo, mi paz os doy. No se turbe vuestro corazón, no tengáis miedo. (Jn 10,27). no temas, pequeño rebaño.

         Para un creyente vivir sin miedo es confiar en Dios, vivir en la paz de Dios. Toda la primera lectura de hoy (Hebreos) está impregnada de confianza, de fe en Dios: Abraham y Sara en situaciones imposibles se fían y viven en la paz de Dios, La paz en el plano personal es la integración y armonía de la existencia.[1] Dejar, descansar toda nuestra existencia en manos de Dios. Hay una expresión popular que creo recoge bien este sentimiento: que sea lo que Dios quiera. Es -probablemente- el acto de fe más hondo que podemos hacer en la vida.

         Una enfermedad incierta, puede ser fuente de gran preocupación. Un superior, un jefe, un político o un obispo despótico pueden hacer daño, hacen mucho daño, pero mi vida no descasa en ellos, solamente en Dios descansa mi vida (salmo 61) y ahí encuentro la paz.

         Estas cosas son más para pensarlas y vivirlas en nuestro interior, que para decirlas.

Nos pase lo que nos pase que no nos pase sin el Señor.

  1. Seamos gente que sembramos calma.

         En nuestro convivir y transcurrir seamos gente de calma. No infundamos miedo, nervios, despotismo, sino serenidad. Hay personas que tienen veinte céntimos de poder, un cargo o un bastón de mando y van perdonando la vida a los demás. No infundamos miedo. Muchas veces somos una cabeza hitleriana y un manojo de nervios: transmitimos miedo, angustia, ansiedad.

         No encendamos el ventilador y aireemos enseguida litigios, defectos, malos augurios y chismes. No seamos un vulgar Internet que airea todo lo que recibe. Juan XXIII decía aquello: no seamos profetas de calamidades.

         El Seños nos dejó su paz, la paz os dejo, mi paz os doy. No temamos, comuniquemos paz.

No temas, pequeño rebaño. Dios Padre nos lleva al Reino

[1] No es el momento, pero también hemos de tener en cuenta el problema de la paz socio-política y de la pacificación. Los cristianos hemos de trabajar para pacificar la vida de los pueblos, de nuestro pueblo.

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“Cada domingo”. 14 de junio de 2020. Cuerpo y Sangre de Cristo. Juan 6, 51-58.

domingo, 14 de junio de 2020
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corpuschristiPara celebrar la eucaristía dominical no basta con seguir las normas prescritas o pronunciar las palabras obligadas. No basta tampoco cantar, santiguarnos o darnos la paz en el momento adecuado. Es muy fácil asistir a misa y no celebrar nada en el corazón; oír las lecturas correspondientes y no escuchar la voz de Dios; comulgar piadosamente sin comulgar con Cristo; darnos la paz sin reconciliarnos con nadie. ¿Cómo vivir la misa del domingo como una experiencia que renueve y fortalezca nuestra fe?

Para empezar, hemos de escuchar con atención y alegría la Palabra de Dios, y en concreto el evangelio de Jesús. Durante la semana hemos visto la televisión, hemos escuchado la radio y hemos leído la prensa. Vivimos aturdidos por toda clase de mensajes, voces, noticias, información y publicidad. Necesitamos escuchar otra voz diferente que nos cure por dentro.

Es un respiro escuchar las palabras directas y sencillas de Jesús. Traen verdad a nuestra vida. Nos liberan de engaños, miedos y egoísmos que nos hacen daño. Nos enseñan a vivir con más sencillez y dignidad, con más sentido y esperanza. Es una suerte hacer el recorrido de la vida guiados cada domingo por la luz del evangelio.

La plegaria eucarística constituye el momento central. No nos podemos distraer. «Levantamos el corazón» para dar gracias a Dios. Es bueno, es justo y necesario agradecer a Dios por la vida, por la creación entera y por el regalo que es Jesucristo. La vida no es solo trabajo, esfuerzo y agitación. Es también celebración, acción de gracias y alabanza a Dios. Es bueno reunirnos cada domingo para sentir la vida como regalo y dar gracias al Creador.

La comunión con Cristo es decisiva. Es el momento de acoger a Jesús en nuestra vida para experimentarlo en nosotros, identificarnos con él y dejarnos trabajar, consolar y fortalecer por su Espíritu. Todo esto no lo vivimos encerrados en nuestro pequeño mundo. Cantamos juntos el Padrenuestro sintiéndonos hermanos de todos. Le pedimos que a nadie le falte el pan ni el perdón. Nos damos la paz y la buscamos para todos.

José Antonio Pagola

 

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“Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”. Domingo 14 de junio de 2020. Cuerpo y Sangre de Cristo.

domingo, 14 de junio de 2020
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34-CorpuschristiALeído en Koinonia:

Deuteronomio 8,2-3.14b-16a: Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres
Salmo responsorial: 147:
Glorifica al Señor, Jerusalén.
1Corintios 10,16-17:
El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo
Juan 6,51-58:
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

El Deuteronomio pone en boca de Moisés tres grandes y solemnes discursos ante el pueblo, antes de entrar en la tierra prometida. Algunos han catalogado el Deuteronomio como el “testamento de Moisés”, refiriéndose a sus últimas palabras, llenas de unción y de una honda espiritualidad. Moisés hace memoria del pasado, para dar sentido al hoy de cada generación. La primera palabra de nuestro texto es “recuerda”. Recordar, hacer memoria, conectar con el pasado glorioso, es parte de la historia de fe, o de la salvación. Dios no sólo ha irrumpido en un momento dado en la historia de este pueblo, sino que ha estado presente en todos los momentos alegres y tristes. Nunca le ha abandonado. Más aún las pruebas sufridas en el desierto, fueron necesarias para madurar, para confiar, para vivir exclusivamente de Yahvé, sin apoyos humanos. El desierto es símbolo de la fe pura. El hambre, necesidad básica y urgente se convirtió en prueba para medir la fe-confianza en el Dios que sacia plenamente. Más tarde en una sociedad próspera y consumista el pueblo se olvidó de Yahveh. Fue entonces cuando estos discursos de Moisés adquirieron plena actualidad. Se les recuerda que: “no sólo de pan vive el ser humano sino de cuanto sale de la boca de Dios“. Desde esta perspectiva el ayuno adquiere su sentido profundo. Recuérdese que Mateo retomará este verso para enfrentar las tentaciones de Jesús. En la fiesta de hoy proclamamos a Jesús, Pan de vida, ante las hambres de nuestros desiertos. El es el verdadero maná que Dios da a la humanidad. Todos los demás panes (el dinero, el sexo, el consumismo, la fama, el poder…) no logran saciar plenamente las ansias de hambre del corazón humano, más aún dejan un hambre mayor… Viene entonces Jesús con su palabra y sus gestos, con su propuesta de Reino y Alianza y hace posible un mundo lleno de posibilidades en donde todo se comparte y nadie pasa necesidad.

Pablo orienta a una comunidad de los peligros de división. Aprovecha el contexto comunitario de la Eucaristía para hacer algunas aplicaciones prácticas a este respecto. La palabra clave es: el Cáliz, el Pan… ¿no nos “une” a todos, en la sangre, en el cuerpo de Cristo?. El tema es: La unión de todos en el cuerpo y la sangre de Cristo. De este modo revela el grave compromiso de unidad (común – unión) entre todos. Beber el Cáliz, comer el Pan…expresan el hondo sentido de una fe comprometida por la unidad, la fraternidad, el amor, la solidaridad, la entrega, a los hermanos en Cristo. Si esto no está claro, nuestras Eucaristías están vacías de sentido, o son un mero rito religioso intimista, muy lejos de lo que lo que Pablo quiso inculcar a su comunidad. Acto seguido el Apóstol de los gentiles remacha el tema con la comparación “el Pan es uno… nosotros somos muchos”… para concluir que al comulgar “formamos un solo cuerpo”. La unidad en la universalidad, es un tema de gran actualidad. Pero también “el cuerpo” expresa la dimensión sacramental de la Iglesia que en la diversidad de razas y culturas visibiliza al Cristo total.

El capítulo 6 del evangelio según San Juan está consagrado al llamado “discurso eucarístico”. Los versos del 51-59 revelan una unidad en la expresión: “vivirá para siempre“, con la que comienza y termina nuestro texto. Jesús mediante una fórmula de auto revelación se declara: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo“. Los judíos no entendían. Sucede lo mismo en nuestros días. Sin fe es imposible entender este gran misterio. Aunque lo explique el mismo Jesús, sin fe es imposible captar el sentido que encierran estas palabras y su alcance en la vida. Partiendo entonces de la fe, podemos afirmar con propiedad que Jesús es el Pan de Vida. Es decir, es aquel que ha venido, no de este mundo limitado e insaciable, sino de arriba, de Dios, para saciar definitivamente las hambrunas enraizadas en el corazón humano. Las profundas insatisfacciones, que son muchas, el cansancio de la vida, el sin sentido, los anhelos del corazón… encuentran en este Pan de vida un remedio saludable. La terrible soledad se transforma en habitación de comunión de vida. El creyente ya no vive para sí, es un consagrado, un poseído por una presencia transformadora que le eterniza y da pleno sentido a su existencia. Un dato interesante de este Evangelio es la relación que hace de esta comida (única y sin precedentes), con el sacrificio de Jesús: se trata de comer su cuerpo, beber su sangre. Al comulgar el cuerpo y la sangre de Cristo el creyente no solo recibe, se identifica, se une a… sino que es capacitado para dar, ofrecer, entregar una vida digna… a semejanza de aquel a quien comulga.

 Mi Cuerpo es Comida

Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida,

El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.

(Pedro CASALDÁLIGA)

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 058 de la serie «Un tal Jesús» (http://radialistas.net/category/un-tal-jesus/), de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El gemido del viento». Leer más…

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Pikaza

domingo, 14 de junio de 2020
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Del blog de Xabier Pikaza:

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Una día del Corpus a medias. Ciclo A.

domingo, 14 de junio de 2020
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corpus-christiDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj: 

Este año 2020, la pandemia del coronavirus provocará que el día del Corpus falte en muchas ciudades y pueblos lo más típico de esta fiesta: la procesión solemne por las calles. Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.

            Sin embargo, las lecturas del ciclo A parecen adaptarse al coronavirus y carecen de ese aspecto alegre y festivo. Lo que pretenden es enseñarnos el valor de la eucaristía y su repercusión en nuestra vida.

El maná, un triste alimento de tiempo de crisis (Deuteronomio 8,2-3.14b-16a

            En el Antiguo Testamento hay dos tradiciones principales sobre el maná. La primera (Éxodo 16) lo presenta como un alimento que baja del cielo cada día (menos el sábado, para respetar el día de descanso), con sabor a galletas de miel, que toda la gente recoge por igual, sin que a nadie le falte o le sobre, tan sorprendente que se deben conservar dos litros en una jarra dentro del Arca de la Alianza. En esta línea, un salmo lo llamará «pan de ángeles».

            Pero hay otra tradición muy distinta, nada milagrosa (Números 11,4-9), en la que el maná se parece a una semilla que hay que recoger, moler y cocer, y al final tiene un sabor más prosaico: pan de aceite. Al cabo de poco tiempo, la gente comenta: «Se nos quita el apetito de no ver más que el maná» (Nm 11,6).

            El texto del Deuteronomio elegido para la primera lectura ocupa un puesto intermedio entre estas dos tradiciones: el maná es un don de Dios, un alimento «que no conocieron vuestros padres»; pero es un alimento de tiempo de crisis, cuando se recorre «un desierto inmenso y terrible, lleno de serpientes y alacranes, un sequedal sin una gota de agua». Si el texto del Dt se leyera completo, advertiríamos el contraste entre el maná y los alimentos que se encontrarán en la tierra prometida, «tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares y de miel, tierra en que no comerás tasado el pan, en la que no carecerás de nada» (Dt 8,8-9).

Moisés habló al pueblo, diciendo:

El camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus preceptos o no. Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios. No te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres.»

            Ya que la catequesis bíblica ha insistido en la idea milagrosa del maná, conviene tener presente esta otra para comprender el contraste con el pan de vida que ofrece Jesús.

Sobrevivir y vivir eternamente (Juan 6,51-58)

            A principios de junio de 2020 se calculan en unos 400.000 los muertos por la covid-19. En este contexto es fácil sintonizar con el evangelio de la fiesta del Corpus. Comienza y termina con las mismas palabras: «El que coma de este pan vivirá para siempre». Y en medio: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día».

            Mucha gente acepta la muerte con resignación o fatalismo. Otros se rebelan contra ella. El cuarto evangelio es de los que se rebelan. Comienza afirmando que en la Palabra de Dios «había vida». Y ha venido al mundo para que nosotros participemos de esa vida eterna.

            El texto que leemos hoy está tomado del largo discurso tenido por Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Relacionándolo con la primera lectura, advertimos el contraste entre “supervivencia” y “vida eterna”. El maná es un alimento de pura supervivencia, no garantiza la inmortalidad, como subraya Jesús: «vuestros padres lo comieron y murieron». En cambio, el alimento que da Jesús, su cuerpo y su sangre, sí garantiza la vida eterna: «yo lo resucitaré en el último día».

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

―Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Disputaban los judíos entre sí:

―¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Entonces Jesús les dijo:

―Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.

            En una lectura precipitada, parece que esta última parte del discurso no ofrece ninguna novedad, que se limita a repetir la promesa de la vida eterna para quien coma «el pan que ha bajado del cielo». Sin embargo, hay aspectos nuevos e importantes.

  1. Beber la sangre. Hasta ahora, solo se ha hablado del pan. En esta sección final se hace referencia cuatro veces a la sangre, verdadera bebida, igual que el pan es verdadera comida. Dado la relación del discurso con la eucaristía, esta referencia era imprescindible. La iglesia primitiva siempre recordó el doble gesto de Jesús durante la última cena: al comienzo, partiendo el pan; al final, bendiciendo y pasando la copa. Pan y vino son esenciales. Un discurso sobre la eucaristía no puede dejar de mencionar la sangre, el vino.
  2. La dureza del lenguaje. Hasta ahora, el discurso ha sido polémico y ha provocado discusión y rechazo. Jesús, en vez de echarse atrás e intentar justificar sus expresiones, usa fórmulas escandalosas que se prestan a ser interpretadas como canibalismo: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Hay que comerla y beberla. Sin explicación alguna ni matices. ¿Por qué? Jesús no quiere seguidores inconscientes y rutinarios. En los evangelios sinópticos hay otras muchas expresiones suyas, durísimas, desanimando a seguirle a quienes no estén dispuestos a cargar con la cruz, a renunciar a todo, a abandonar al padre y a la madre… En una línea distinta, estas palabras del discurso son también una forma de seleccionar a sus seguidores, como queda claro poco después.
  3. La vida. La repetición frecuente de «la vida eterna» y de «yo lo resucitaré en el último día» parece sugerir que es algo que solo se consigue después de la muerte. Ahora se deja claro que «el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna». La tiene ya, ahora, antes de morir. Sin decirlo expresamente, el texto supone que hay dos formas de vida: la normal, física, y la espiritual o eterna. La primera la tienen todos los seres humanos; la segunda, quienes comen el cuerpo y la sangre de Jesús. ¿En qué consiste esa vida?
  4. Jesús dentro de nosotros. La respuesta la ofrecen estas palabras: «El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él». Es la única vez que aparece este tema en el discurso, que recuerda la experiencia de Pablo: «Vivo yo, pero no yo; es Cristo quien vive en mí». Pero la imagen que mejor puede expresarlo es la del feto en el vientre de su madre: habita en ella, y ella en él. Esa intimidad absoluta y misteriosa es la que se produce en la eucaristía. Y esa presencia de Jesús en los que comulgamos no termina al cabo de un cuarto de hora, como enseñaban hace años. Una educación religiosa bienintencionada, pero deficiente, hace pensar a muchos que Jesús está principalmente en el sagrario, olvidando que está dentro de nosotros tan realmente como allí.

Unión con Jesús y unión con los hermanos (1 Corintios 10,16-17)

            La idea de que, al comulgar, Jesús habita en nosotros y nosotros en él, corre el peligro de interpretarse de forma muy individualista. La lectura de Pablo a los corintios ayuda a evitar ese error. La comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo no es algo que nos aísla. Al contrario, es precisamente lo que nos une, «porque comemos todos del mismo pan».

Hermanos: El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

            Este tema se inserta en el contexto de un problema muy candente en la comunidad de Corinto por aquel tiempo: ¿Puede un cristiano comer la carne de un animal inmolado a un dios pagano? He comentado esta larga sección en mi obra Hasta los confines de la tierra. II. El macedonio. Verbo Divino, Estella 2006, 167-205.

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Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. 14 Junio, 2020

domingo, 14 de junio de 2020
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«Yo soy el pan vivo que he descendido del cielo: si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.»

(Jn 6, 51-58)

Jesús nos habla del pan vivo. Nos habla de un elemento material, que es el pan, y de  un verbo, que habla de dinamicidad y vida, es decir, habla del espíritu.

Nos sitúa en  la realidad total que somos y de cómo hemos de alimentarnos desde nuestra humanidad, para llenarnos de divinidad.

¿Cómo no comer y beber la vida de Jesús si es lo que me permite unificar mi vida? Nuestros cuerpos vibran  al llenarse de la energía que aportan el pan y el vino. Pero no es una energía cualquiera, es la que aporta el espíritu. Vivificando nuestras vidas. Llenándolas de esa vibración incontenible, de quién renueva haciendo novedad su vida todos los días, a través  de la  Eucaristía.

Jesús se nos entrega de una manera total. Entrega todo lo que es. Y eso nos  permite a nosotras entregarnos  también en todo lo que somos. Una entrega que se renueva todos los días, porque todos los días recibimos lo que somos  y entregamos lo que somos.

Muchos hablan de la Eucaristía como un símbolo, y esta palabra, símbolo  significa reunir.  La reunificación de una materia llena de espíritu, puede ser un símbolo. Pero para mí es auténtica presencia de quién se deja comer para dar nueva vida.

Es cierto que hay muchas más presencias de Jesús en el mundo, porque todo lleva semillas de divinidad si lo sabemos “mirar” con los ojos de la transparencia. Pero la Eucarística es la que recibimos a través del saboreo, diluyéndose Dios en nosotras en una unidad llena de común –unión.

La Eucarística es una Presencia viva que todos los días se quiebra para entregarse. Es una invitación a vivir en la plenitud que somos. En  totalidad. Porque sólo podemos  entregarnos cuando somos una con todo.  Entonces sí, la parte es el todo y el todo, la parte.

Dejarnos amasar en las vulnerables semillas que se unifican para formar la masa y, posteriormente, llenas de ese fuego que impregna, entregarse sin miedo, en una donación confiada para ser parte y todo de la humanidad.

ORACIÓN

Gracias Jesús por entregar tu cuerpo y sangre todos los días, siendo alimento de Vida Nueva, que nutre, vivifica y nos hace comprender que nuestra vida, como la tuya, es un entrega sin medida ni tiempo.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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La eucaristía, el sacramento de nuestra fe.

domingo, 14 de junio de 2020
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Panes y pecesJn 6,51-59

La eucaristía es una realidad muy profunda y compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tal vez sea la realidad cristiana más compleja y difícil de comprender y de explicar. Podíamos considerarla como acción de gracias (eucaristía), Sacrificio, Presencia, Recuerdo (anamnesis), alimento, fiesta, unidad. Tiene tantos aspectos que es imposible abarcarlos todos en una homilía. Podemos quedarnos en la superficialidad del rito y perder así su verdadera riqueza. Lo que vamos a hacer es intentar superar muchas visiones raquíticas o erróneas sobre este sacramento.

1º.- La eucaristía no es magia. Claro que ningún cristiano aceptaría que al celebrar una eucaristía estamos haciendo magia. Pero si leemos la definición de magia de cualquier diccionario, descubriremos que le viene como anillo al dedo a lo que la inmensa mayoría de los cristianos pensamos de la eucaristía: Una persona revestida con ropajes especiales e investida de poderes divinos, realizando unos gestos y pronunciando unas palabras “mágicas”, obliga a Dios a producir un cambio sustancial en una realidad material. Cuando se piensa que en la consagración se produce un milagro, estamos hablando de magia.

2º.- No debemos confundir la eucaristía con la comunión. La comunión es solo la última parte del rito y tiene que estar siempre referida a la celebración de una eucaristía. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto. Ir a misa y dejar de comulgar, es sencillamente un absurdo. Ir a misa con el único fin de comulgar, sin ninguna referencia a lo que significa el sacramento, es un autoengaño. Esta distinción entre eucaristía y comunión explica la diferencia de lenguaje entre los sinópticos y Jn en el discurso del pan de vida. Jn hace referencia al alimento, pero alimentarse lo identifica con, “el que cree en mí, el que viene a mí”.

3º.- Cuerpo no significa cuerpo, sangre no significa sangre. No se trata del sacramento de la carne y de la sangre físicas de Cristo. En la antropología judía, el hombre es una unidad indivisible, pero podemos descubrir en él cuatro aspectos: Hombre-carne, hombre-cuerpo, hombre-alma, hombre-espíritu. Hombre-cuerpo era el ser humano en cuanto sujeto de relaciones. Al decir: esto es mi cuerpo, está diciendo: esto soy yo, esto es mi persona. Para los judíos la sangre no era solo símbolo de la vida. Era la vida misma. Cuando Jesús dice: “esto es mi sangre, que se derrama”, está diciendo: esto es mi vida al servicio de todos, es decir, que toda su vida está entregada a los demás.

4º.- La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Solo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que Jesús significó en la última cena y que es lo que significa el sacramento. Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mt: “donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. El clericalismo que otorga a los sacerdotes un poder divino para hacer un milagro, no tiene ningún apoyo en la Escritura. La eucaristía la celebran todos los cristianos gracias al sacerdocio de los fieles.

5º.- La comunión no es un premio para los buenos. Esta frase la dijo el Papa Francisco en una ocasión y me impresionó por su profundidad. No son los que “que están en gracia” los que pueden acercarse a comulgar. Somos los desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me siento pecador estoy necesitado de celebrar el sacramento. Cuando más necesito el signo del amor de Dios es cuando me siento separado de Él. Es absurdo de dejar de comulgar cuando más lo necesito.

6º.- La realidad significada no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don: El don total de sí mismo, que ha manifestado durante toda su vida y que le ha llevado a su plenitud, identificándole con el Padre. Ese es el significado que yo tengo que descubrir. La eucaristía no es un producto más de consumo que me proporciona seguridades. Podemos oír misa sin que nos obligue a nada, pero no puedo celebrar la eucaristía sin comprometerme con los demás. No se puede salir de misa como si no hubiera pasado nada. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que me he quedado en el rito.

7º.- Haced esto no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que recordáramos el significado de lo que acaba de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer. Haced también vosotros esto. Entregad la propia vida a los demás como he hecho yo.

8º.- Los signos no son el pan y el vino sino el pan partido y el vino derramado. Durante siglos, se llamó a la eucaristía la fracción del pan. No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer. Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, porque Dios es don infinito, entrega total a todos y siempre. Esto tenéis que ser vosotros. Si queréis ser cristianos tenéis que partiros, repartiros, dejaros comer, triturar, asimilar, desapare­cer en beneficio de los demás. Una comunión sin este compromi­so es una farsa, un garabato, como todo signo que no signifique nada.

Todavía es más tajante el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo esto es mi vida que se está derramando, consumiendo, en beneficio de todos. Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tenéis que hacer vuestra, mi propia vida. Nuestra vida solo será cristiana si se derrama, si se consume, en beneficio de los demás como la mía.

Celebrar la Eucaristía es comprometerse a ser para los demás. Todas las estructu­ras que están basadas en el interés personal, o de grupo, no son cristianas. Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que Jesús quiso expresar en la última cena.

La eucaristía es un sacramento. Y los sacramentos, ni son milagros ni son magia. Se produce un sacramento cuando el signo (algo que entra por los sentidos) nos conecta con una realidad trascendente que no podemos ver, ni oír, ni tocar. Esa realidad significada, es lo que nos debe interesar. La hacemos presente por medio del signo. No se puede hacer presente de otra manera. Las realidades trascendentes, ni se crean ni se destruyen; ni se traen ni se llevan; ni se ponen ni se quitan. Están siempre ahí. Son inmutables y eternas.

El ser humano no tiene que liberar o salvar su «ego», a partir de ejercicios de piedad sino liberarse del «ego», que es precisamente lo contrario. Solo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestro yo individual y egoísta que se cree independiente. Estamos hablando del sacramento del amor, del sacramento de la unidad. Si la celebración de la eucaristía no nos lleva a esa unidad, significa que es falsa.

Meditación

No se trata solo de comer, sino de asimilar lo comido.
Si como sin asimilar, se producirá indigestión.
Si comulgo y no me identifico con lo que fue Jesús, me engaño.
Si no llego a lo significado, no hay sacramento que valga.
Realizado el signo, que entra por los sentidos,
queda por hacer lo importante: descubrir y vivir lo significado.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Dios ha muerto.

domingo, 14 de junio de 2020
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jesus-cruzDios ha muerto, Nietszche ha muerto y yo no gozo de buena salud (Woody Allen)

Mt.18, 16-20

Jesús se acercó y les habló: Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra

Los Panteones antiguos eran celestiales, y los dioses podían permitirse el lujo de realizar visitas de placer a las mortales, como por ejemplo Zeus visitando a Dánae, del pintor austríaco Gustav Klimt, y del que según Karl Kraus, representa la libertad femenina.

Richard Wagner mostró el derrumbamiento de su templo en la ópera El ocaso de los dioses.

Asegura Feurbach en La esencia del cristianismo, que Dios ha muerto vencido por el hombre.

¿Será todo esto cierto? Yo personalmente lo deseo, porque si muere, no me quedaré huérfano, razón por la cual me atrevo a hacer mío lo que Esquilo dijo Prometeo: “en una palabra, aborrezco a todos los dioses”, si bien el anteriormente citado filósofo alemán, en otra ocasión dijo: “Homo homini deus est”, lo cual yo tampoco me creo, aunque tampoco lo de Homo homini lupus de Hobbes.

En cambio, sí me hubiera gustado aplicarme lo que alguien dijo del Cid Campeador: ¡Dios, que buen vassallo, si oviesse buen señore!

Mas ya que dios ni es ni existe, -tan solo un bello sueño mitológico-, dejémosle que muera o viva donde más le plazca: posiblemente en los sueños de los filósofos griegos y en los Panteones romanos.

Fiedrich Nietzsche escribió en La gaya ciencia, que “Dios está muerto” (Gott ist tot), y su frase no significa que Nietzsche creyera que existía un Dios, y que, en realidad, había muerto: lo que dijo es una metáfora. El filósofo alemán pretende expresar que no solo Dios murió, sino que el ser humano le mató con el propósito de llegar a un mayor entendimiento del mundo.

En cambio, God’s Not Dead, es una película norteamericana de drama cristiano, dirigida por Harold Cronk en 2014.

La trama de este largometraje relata los esfuerzos del estudiante Josh Wheaton por probar la existencia de Dios en su clase de filosofía, la cual es enseñada por su profesor ateo llamado Jeffery Radisson: un ateo que exige que, si sus estudiantes quieren aprobar, tienen que firmar una declaración de que Dios está muerto.

Josh es el único estudiante en la clase que se niega a hacerlo, por lo que Radisson, estudiante de intercambio chino cuyo padre le había alentado a no convertirse al cristianismo, se levanta y dice: “Dios no está muerto”. Casi toda la clase sigue el ejemplo de Martin, obligando a Radisson a salir del salón, derrotado.

Pero Woody Allen dijo: Dios ha muerto, Nietszche ha muerto y yo no gozo de buena salud.

Miguel de Unamuno no dejó nunca de plantearse la existencia de Dios y el destino del ser humano. Ante el cuadro del Cristo de Velázquez expresaba esas luces y sombras:

 

¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?

Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.

Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico;
blanco tu cuerpo al modo de la luna
que muerta ronda en torno de su madre
nuestra cansada vagabunda tierra.

Blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?

Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.

Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico;
blanco tu cuerpo al modo de la luna
que muerta ronda en torno de su madre
nuestra cansada vagabunda tierra.

Blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Nos habita y nos nutre.

domingo, 14 de junio de 2020
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manoscorazJn 6, 51-58

El Evangelio de este domingo ilumina la fiesta del Corpus Christi que la Iglesia celebra. Más allá de los tonos rituales y de tradición de esta fiesta, Juan nos revela su profundo significado tocando uno de los centros neurálgicos de nuestra fe cristiana. Para comprender este discurso de Jesús, identificándose con el Pan de Vida, con el alimento de su carne y sangre, hemos de situarnos en la certeza de que el lenguaje religioso es metafórico. Y, como en toda metáfora, coexisten dos elementos: uno imaginario y otro real; además, hay que tener en cuenta el contexto para comprenderlos.

Pues bien, este famoso sermón de Jesús es pronunciado en la Sinagoga de Cafarnaúm, tras haber realizado el milagro de la multiplicación de los panes y los peces y tras el intento de los judíos galileos de proclamarle rey. Subyace en este contexto la polémica de Jesús con algunos de sus contemporáneos que esperaban a un Mesías que les diera de comer y, otros, como un gran líder que restaurara la verdadera Ley.

Comienza con la metáfora del pan bajado del cielo. Para un israelita el pan bajado del cielo no puede ser otra cosa que el maná que recibieron sus antepasados en el desierto, para ellos un signo sagrado de la acción salvadora de Dios y que nadie había cuestionado hasta entonces. Sin embargo, Jesús se expresa superando esta tradición y recuperando un sentido nuevo y provocador. Él es el pan vivo bajado del cielo, el nuevo alimento de Dios que no sacia el hambre como necesidad fisiológica sino el hambre de sentido de la vida que es nutrido por su misma naturaleza. Sus oyentes no han comprendido esta metáfora y, situados en la literalidad de sus palabras, discuten porque lo que dice es imposible: –¿Cómo puede éste darnos de comer su carne? Esto es lo que nos ocurre cuando el lenguaje religioso metafórico lo intentamos convertir en una verdad absoluta real desde nuestras categorías humanas y no percibimos la realidad y el elemento que la representa; se corre, así, el riesgo de sacralizar el significante y diluir su significado. Claramente, con esta afirmación, Jesús se ha desmarcado de su propia tradición religiosa.

Este discurso de Jesús va girando en espiral hasta llegar a un núcleo que parece una radiografía de lo que es el ser humano en su esencia: –Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él–, es decir, lo más profundo de lo que somos está hecho de un intercambio permanente entre la humanidad y la Divinidad. Jesús no parece pretender formatear las mentes de los judíos para instalar su programa sino resaltar la libertad para elegir adherirse a su movimiento que es mucho más que una forma de vivir: es una nueva conciencia de la existencia.

Jesús avanza en su discurso y va mostrando a un Dios que es la fuente de la vida humana: – El Padre que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por Él. Así también el que me coma vivirá por mí -. Parece una danza que va entrelazando la vida humana en la vida divina revelando el sentido de la encarnación de Dios. Un Dios que se hace carne / Cuerpo no para deleitarse en su obra creadora, sino para agrandarla, no para recordar obsesivamente sus miserias y límites sino para liberarlos y que sea más real su presencia a través de ella. Así mismo, con su sangre supera el vínculo cerrado endogámico del judaísmo e inaugura una nueva familia abierta a todos: “quien quiera…”–; una nueva humanidad cuyo alimento es para todo ser y todo ser digno de pertenecer a ella.

FELIZ DOMINGO

 14 de junio de 2020

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Somos vida viviéndose en forma humana.

domingo, 14 de junio de 2020
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435F30C7-250C-41B7-8E01-4CD0233A9722Fiesta de “Corpus Christi”

14 junio 2020

Jn 6, 51-58

“Yo soy la vida” (Jn 11,25).

          Es sabido que en la redacción del cuarto evangelio participaron diferentes autores que fueron rehaciendo o glosando el original. En lo que a la metáfora del “pan de vida” se refiere, se perciben dos modos de explicarla notablemente diferentes: según un autor, el “pan” es la palabra que Jesús, en cuanto “alimento” y fuente de vida para el ser humano; sin embargo, otro glosador posterior identifica al “pan” con la “carne”, probablemente para subrayar la importancia del rito y el lugar central que debía otorgarse a la celebración de la eucaristía en la comunidad. Si, en un primer momento, los discípulos afirmaban que su alimento era la palabra de Jesús, más tarde insistirán en que el verdadero alimento es su cuerpo, presente en el pan que comulgan.

          Más allá de la interpretación teológica y su insistencia en la “materialidad” física del cuerpo de Cristo que se hace presente en el pan –así lo proclama la doctrina de la “transubstanciación”–, el texto evangélico habla sobre todo de comunión y de vida: “Habita en mí y yo en él…; yo vivo por el Padre…, el que me come vivirá por mí”. Aquí se encuentra la clave espiritual.

          “Padre” es una metáfora intercambiable por la de “Vida”. Todo es vida, en un despliegue admirable de formas que, a nuestros ojos, parecieran, en ocasiones, ocultarla. Pero cualquier forma, toda forma es, en realidad, vida.

          La vida no es algo que tenemos; tampoco es algo en lo que nos movemos. La vida no es un “contenedor” dentro del cual aparecemos nosotros, así como el resto de los seres. Somos la vida, que temporalmente se expresa en esta forma.

          El Padre, Jesús, nosotros, todos los seres… somos, en nuestra identidad profunda, vida. Porque solo la vida es. Todo lo demás son formas que ex-isten.

         Eso significa, en lo concreto, que no somos nosotros los que vivimos la vida –como con frecuencia tendemos a pensar–, sino que es la vida la que se vive en –o nos vive a– nosotros.

        Se nos hace presente, una vez más, nuestra realidad paradójica: somos vida expresándose en una forma impermanente. Teniendo en cuenta los dos polos de la paradoja, la sabiduría consiste en vivir la persona –que tenemos, en la que nos experimentamos– como un cauce por el que la vida –que somos– fluye. Lo cual tiene una traducción tan concreta como revolucionaria con respecto a nuestra forma habitual de funcionar: se trata de vivir diciendo “sí”.

          Decir “sí” a la vida implica alinearse con ella, recibir todo lo que viene, amar lo que es, agradecer, bendecir, confiar, responsabilizarse…, en la certeza de que la propia sabiduría de la vida va conduciendo todo el proceso. El objetivo solo es uno: crecer en la comprensión de lo que realmente somos. Tal comprensión, cuando es experiencial, equivale a liberación. No somos un yo separado de la vida y enfrentado a ella –esta creencia constituye la fuente de todo sufrimiento mental–, sino la misma vida y, a la vez, un cauce particular por el que la vida se expresa en todo momento.

¿Cómo me sitúo ante la vida?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Mientras exista hambre en el mundo, la Eucaristía no será plena, (P Arrupe)

domingo, 14 de junio de 2020
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9FDE193A-80CD-4EE1-8C0A-D343111392EFDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Corpus christi: cuerpo de Cristo.

         Celebramos hoy la fiesta del Cuerpo de Cristo, es decir la presencia de Cristo en nosotros y en nuestras comunidades cristianas.

         La presencia de Cristo no es una cuestión fisiológica (seamos delicados), se trata de que Cristo está siempre presente en medio de los creyentes: donde estáis dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo. (Mt 18,20). Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. (Mt 28,19). Guardad mi presencia en medio de vosotros, haced esto en memoria mía, (1Cor 11).

         El Señor está presente en toda asamblea cristiana por pequeña y humilde que sea, JesuCristo en medio de nosotros: comparte nuestra vida.

JesuCristo fue feliz comiendo con sus discípulos junto al lago, con los dos de Emaús, con publicanos y pecadores, que somos nosotros.

El Señor nos invitó a guardar su memoria en medio de nosotros.

  1. Vivir en eucaristía: en agradecimiento

Eu – Xaris: buen regalo, buena gracia.[1]

Celebrar la Eucaristía no es sola ni principalmente celebrar un mero rito, sino vivir en actitud de agradecimiento: agradecidos a la vida, que cantaba Violeta Parra. Gracias a la vida que me ha dado tanto… Gracias a Dios, gracias a nuestros padres y familia, a nuestros amigos, compañeros, gracias a nuestros maestros, a los médicos que nos cuidan,

De bien nacidos es ser agradecidos”, dice un refrán castellano. Todo esto es también celebrar la Eucaristía

  1. Eucaristía es Multiplicar los panes en plena pandemia y en un mundo

que vive-muere de hambre.

La multiplicación de los panes no es una cuestión de magia o de prestidigitación, sino de solidaridad.Es un milagro que el ser humano dé, pero cuando Cristo está presente en nuestra mente y en nuestro corazón, cuando celebramos la Eucaristía con lo poco que hay, apenas cinco panes y dos peces, se reparte y llega para todos.

En muchos momentos y también en esta etapa de enfermedad y, por tanto de crisis económica, laboral, etc. Eucaristía es la solidaridad del pueblo con los que tienen carencias. Pensemos en los bancos de alimentos, en los comedores sociales, en el P. Ángel, en la hermana Winie Mutuku (hija de la caridad premiada hace algunas semanas por el gobierno de Kenia por su labor de dar comida a los niños)

Se saciaron todos e incluso llega a sobrar. La multiplicación de los panes es multiplicar la vida.

         El milagro es la solidaridad y la generosidad.

         La solución a la crisis económica no está tanto en la economía, cuanto en el corazón y solidaridad de las personas, en la ética.[2] Lo que transforma el mundo no son las leyes, sino el corazón.

Multiplicar los panes es tener buen corazón y compartir.

Celebrar la Eucaristía es también hacer lo que podamos para crear una sociedad justa, para crear trabajo, viviendas y educación para todos

  1. La Eucaristía es una mesa, un banquete abierto a todos.

La Eucaristía hemos de situarla en el contexto de las muchas comidas, cenas salvíficas que Jesús celebró con mucha gente: comidas de encuentro y de vida.

  • o San Juan no sitúa la Eucaristía no tanto en la última Cena, sino en el cp. 6: en la multiplicación de los panes, (Jn 6). El pueblo tiene hambre (entonces y ahora). Cristo es pan de vida: Yo soy el pan de vida (Jn 6).
  • o El Reino de los cielos se parece a un banquete, (Mt 22,24), especialmente para los desheredados, para los pobres.
  • o Recordemos cómo Cristo resucitado come con sus compañeros y discípulos.
  • o Los dos de Emaús reconocen la Vida al partir el pan (Lc 24, 13-35, v 30: Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio).
  • o Junto al lago Jesús les dice a los suyos si tienen algo que comer, comen pan y pescado (Lc 24, 36-49) y cuando compartieron el pan, se les abrió la inteligencia y comprendieron (v 45).

La Eucaristía no es un precepto para cumplir con la Iglesia y salvar mi alma. No me imagino a Jesús diciendo a los suyos: tenéis que ir a Misa los domingos, etc. Les dijo: guardad mi presencia en medio de vosotros, ¿Cuándo, cuántas veces?

La Eucaristía es algo más, más serio y profundo: la eucaristía es  vida. Impregnemos nuestra vida de Vida. Disfrutemos de la vida.

         A veces pensamos en una Iglesia de perfectos, gente de élite, milimétricos en moral, espartanos en ética, puros hasta el escrúpulo. Sin embargo la Iglesia nunca fue así y nunca lo será, porque estamos los que estamos: pecadores profundos, que amamos la vida, pero no acertamos.

  1. Yo soy el pan de vida, quien coma de este pan, vivirá

         El Señor es nuestro alimento. Pero no se trata, al menos no se trata únicamente de comer fisiológicamente un trozo de pan en el que creemos que está el Señor. Más bien comer el pan de vida es alimentar nuestra existencia, nuestro pensamiento y corazón de JesuCristo. Si alimentamos nuestra mente y vida del amor del Señor, del servicio, de la solidaridad, etc., tendremos vida, vida plena, definitiva.

         A modo de ejemplo: vivir no es meramente engullir unas vitaminas, proteínas, etc., sino que vivir es convivir en respeto, paz, servicio en la familia, en la amistad, en el pueblo, en las ideologías, en la iglesia, etc., la Vida, el pan de vida, vivir es vivir en la paz del Señor, en solidaridad, en acogida.

  1. La mesa del Señor está abierta a todos.

         Se hace extraño cómo el rigor litúrgico y moral han ido reduciendo “los cubiertos de los comensales” de la mesa de JesuCristo y no precisamente por las normas sanitarias, sino por un rigorismo moral y ritual.

Para los que viven del entramado moral-litúrgico, la Eucaristía es un restaurante de no sé cuántas estrellas y con la “rigidez litúrgica del desfile del día de la victoria”. Para los que andamos como podemos en la vida, la Eucaristía es la última Cena, es Emaús, pobres hombres y mujeres desesperanzados, incluso traidores, (Judas[3] y Pedro), pero que tienen la fortuna de encontrarse con Cristo y se sientan a la mesa con él.

Sin embargo es de mucho consuelo saber que la mesa del Señor está abierta a todos, especialmente a los pecadores y publicanos.

         La mesa de los ricos y de los poderosos está cerrada a los pobres. La mesa del Señor está abierta incluso a Judas y le ofrece un trozo de pan.

         Jesús disfrutaba comiendo con los pobres, pecadores. Él mismo era pobre y era buena gente.

¿Y nosotros?

Da mucho alivio saber que todos tenemos sitio en la casa, en la mesa, en la fiesta del Padre. No importa nuestra condición moral, nuestro pecado. Sí, somos hijos pródigos, publicanos, “magdalenas”, hemorroísas, pero Dios nos sienta a su mesa y encantado. Dios nos tiene ya preparado el sitio para el banquete. Nuestro sitio es sobre todo su corazón, su amor.

         Tenía mucha razón el Padre Arrupe cuando decía que: Mientras exista hambre en el mundo, la Eucaristía no será plena.

  1. La Eucaristía crea la Iglesia.

         Cristo dijo a los suyos: “haced esto en memoria mía…”, y va y nos inventamos el sagrario.[4] ¡No! Lo que Jesús nos dijo es: “quiero estar en medio de vosotros: en vuestro pensamiento, en vuestro corazón, en vuestras opciones y decisiones, en vuestra vida, en vuestros pobres. Se trata de que El Señor esté presente en nosotros, haced esto en memoria mía…

         Conforme, Cristo está en el sagrario, ¿pero está en mi vida y en la nuestras parroquias y diócesis?

  1. Dadles vosotros de comer.

         Demos gracias a Dios, que eso es la Eucaristía: acción de gracias.

         Hay gente que se pregunta con un cierto escándalo: ¿Y qué hace Dios que permite el hambre en el mundo, la guerra, que tantos niños mueran de paludismo?

         Pues la respuesta está en el evangelio de hoy: Dios nos ha hecho a nosotros

Dadles vosotros de comer

[1] “Eu” en griego significa bueno y “Xaris” es la misma palabra que el ángel le dijo a María: Dios te salve María, llena eres de gracia (“Xaris”).

[2] Del mismo modo que una buena salud no está solamente en Osakidetza (Seguridad Social), sino en una buena ética.

[3] Nunca ha dicho nadie, ni la iglesia que Judas esté condenado.

[4] El sagrario tiene el sentido de una cierta prolongación de la Eucaristía, especialmente en la vida monástica, así como también para los enfermos

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“Abrirnos al misterio de Dios”. 07 de junio de 2020. Santísima Trinidad (A.) Juan 3, 16-18.

domingo, 7 de junio de 2020
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24.the_trinity-blanchard-lowresA lo largo de los siglos, los teólogos han realizado un gran esfuerzo por acercarse al misterio de Dios formulando con diferentes construcciones conceptuales las relaciones que vinculan y diferencian a las Personas divinas en el seno de la Trinidad. Esfuerzo, sin duda, legítimo, nacido del amor y el deseo de Dios.

Jesús, sin embargo, no sigue ese camino. Desde su propia experiencia de Dios, invita a sus seguidores a relacionarse de manera confiada con Dios Padre, a seguir fielmente sus pasos de Hijo de Dios encarnado, y a dejarnos guiar y alentar por el Espíritu Santo. Nos enseña así a abrirnos al misterio santo de Dios.

Antes que nada, Jesús invita a sus seguidores a vivir como hijos e hijas de un Dios cercano, bueno y entrañable, al que todos podemos invocar como Padre querido. Lo que caracteriza a este Padre no es su poder y su fuerza, sino su bondad y su compasión infinitas. Nadie está solo. Todos tenemos un Dios Padre que nos comprende, nos quiere y nos perdona como nadie.

Jesús nos descubre que este Padre tiene un proyecto nacido de su corazón: construir con todos sus hijos e hijas un mundo más humano y fraterno, más justo y solidario. Jesús lo llama «reino de Dios», e invita a todos a entrar en ese proyecto del Padre buscando una vida más justa y digna para todos, empezando por sus hijos más pobres, indefensos y necesitados.

Al mismo tiempo, Jesús invita a sus seguidores a que confíen también en él: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí». Él es el Hijo de Dios, imagen viva de su Padre. Sus palabras y sus gestos nos descubren cómo nos quiere el Padre de todos. Por eso invita a todos a seguirlo. Él nos enseñará a vivir con confianza y docilidad al servicio del proyecto del Padre.

Con su grupo de seguidores, Jesús quiere formar una familia nueva donde todos busquen «cumplir la voluntad del Padre». Esta es la herencia que quiere dejar en la tierra: un movimiento de hermanos y hermanas al servicio de los más pequeños y desvalidos. Esa familia será símbolo y germen del nuevo mundo querido por el Padre.

Para esto necesitan acoger al Espíritu que alienta el Padre y a su Hijo Jesús: «Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y así seréis mis testigos». Este Espíritu es el amor de Dios, el aliento que comparten el Padre y su Hijo Jesús, la fuerza, el impulso y la energía vital que hará de los seguidores de Jesús sus testigos y colaboradores al servicio del gran proyecto de la Trinidad Santa.

José Antonio Pagola

 

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“Dios mandó a su Hijo para que el mundo se salve por él”. Domingo 07 de junio de 2020. Santísima Trinidad.

domingo, 7 de junio de 2020
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32-TrinidadA cerezoLeído en Koinonia:

Éxodo 34,4b-6.8-9: Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso
Interleccional:
Daniel 3. A ti gloria y alabanza por los siglos.
2Corintios 13,11-13: La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo
Juan 3,16-18: Dios mandó a su Hijo para que el mundo se salve por él

La Biblia nos revela en una palabra quien es Dios: Dios es amor (1 Jn 4,8). Amor personal (porque te ama a ti, como si sólo a ti amase) amor total (sin medida, porque la medida del amor es dar sin medida), amor sacrificado (oblativo, entregado y paciente), amor universal (inclusivo, no excluyente), amor preferencial (se inclina más hacia el débil). Las lecturas de hoy nos revelan el perfil, el rostro o la fisonomía de Dios. La lectura del Éxodo lo revela como un Dios “compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia y lealtad” (Ex 34,6); y esto inmediatamente después del episodio de adoración al becerro de oro (Ex 32). Como queriendo contrastar la infidelidad del Pueblo y la fidelidad de Dios.

Pablo, en la segunda lectura nos desvela el misterio de un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, mediante el saludo trinitario a la asamblea: “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con ustedes” 2 Cor 13, 13.

Finalmente el evangelio de hoy, tomado de San Juan, es uno de esos textos cumbres de la literatura bíblica que revelan una luz especial: “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo” (Jn 3,16).

Éstos serían como los versículos fundamentales para nuestra fiesta. En primer lugar el Dios de Israel y de Jesús, es un Dios inserto en la historia. El antiguo y nuevo Pueblo de Dios no llegaron a la experiencia de Dios, ni por la naturaleza (religiones naturalistas, tendentes a divinizar la creación), ni por la filosofía (la elucubración de los filósofos, que a través de las causas segundas, llegaron a una primera causa: Dios), sino por la historia. De ahí que el credo de Israel y el de la Iglesia se definan como credos históricos. Imposible proclamar a este Dios, dejando de lado los grandes acontecimientos salvíficos: que “nació de María, la virgen, que padeció bajo Poncio Pilatos, que fue crucificado, muerto y sepultado”, etc., son datos históricos puntuales. Dejar de lado la historia, sería desencarnar la fe, privarla de su sacramentalidad histórica. Un Dios desentendido de la historia no sería el Dios de los cristianos. En segundo lugar, en esta historia llena de luces y de sombras, pero guiada de la mano de Yahveh, se va dando un avance; lo que los teólogos han llamado “la revelación progresiva”. Cuando éramos niños tuvimos una experiencia de Dios que fue madurando poco a poco hasta hacernos adultos… Se trata de un principio de la pedagogía divina. El misterio de Dios uno y trino es fruto de esta experiencia de revelación progresiva en la historia. Revelación cumbre, expresión de maduración: Dios no es un ser aislado, desentendido de las realidades temporales, solitario. Es un Dios comunitario, familia, sociedad, fraternidad, etc. Por eso como dijimos al principio; la cumbre de toda la revelación bíblica es ésta: Dios es amor. Y el amor nunca es soledad, aislamiento, sino comunión, cercanía, diálogo, alianza.

La naturaleza misma de Dios es todo un proyecto de vida que revela la naturaleza misma del alma humana, creada a imagen y semejanza de Dios. De este modo podemos entender cómo la misma humanidad siente esa necesidad de alianza, aun en medio de la pluralidad. Vivimos en una casa común, somos una familia (humana), tenemos las mismas necesidades, los mismos problemas. Dios en esta hora de la historia habla a través de esos signos de un mundo en búsqueda.

En tercer lugar no hay que estar rompiéndose la cabeza para intentar comprender (desde nuestra lógica natural) un misterio que nos es dado por revelación, y que sólo puede ser aceptado plenamente por la fe. A Dios nadie lo ha visto jamás, sólo el Hijo que estaba en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer (Jn 1,18). La fe ciertamente que pasa del oído a la mente, de la mente al corazón, y del corazón a la vida. No se trata de un proceso meramente racional. Pues la razón se entiende necesitada de la razonabilidad de la fe, al reconocerse humilde ante el misterio de Dios. En efecto Dios revela estas cosas a la gente sencilla, y las esconde a los sabios de este mundo. Esta es la lógica y la sabiduría de nuestro Dios, muy distinta y muy distante de la lógica natural, marcada por los egoísmos humanos. Dios entra más fácilmente en le corazón del niño que en el del adulto, en el corazón del humilde que en el del soberbio, en el corazón del débil que en el del fuerte.

Estamos ante el más grande misterio, que ni ojo vio, ni oído escuchó… Acerquémonos a Dios con Adoración (El Padre)… dispuestos a asumir su proyecto de fraternidad (El Hijo)… con toda la profundidad de nuestro ser (El Espíritu Santo). Leer más…

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7.6. 2020.Año de Biblia y Trinidad: Gracia de Cristo, Amor de Dios, Comunión del Espíritu, 2 Cor 13

domingo, 7 de junio de 2020
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C990A918-E22C-4F5A-9EB7-783D5D9896AEDel blog de Xabier Pikaza:

| X Pikaza

El papa Francisco ha querido que el  2020 sea Año de la Biblia, pero entre pandemias y otros temas lo estamos olvidando. Pero hoy 7.6.20, día de la Trinidad, quiero recordar que el tema central de la Biblia Cristiana es la revelación del Dios , Padre‒Hijo‒Espíritu Santo, escribiendo con esta ocasión un trabajo de fondo sobre la hermenéutica o interpretación trinitaria de la Biblia.

Este trabajo es una continuación del que publiqué ayer, sobre la Trinidad de Ratzinger,en diálogo con Franz Sabotta, amigo SJ, colega de Ratzinger que murió sin haber culminado su carrera teológica… Yo, en cambio, tuve la suerte de seguir por un tiempo:

‒ El año 1973 (a los cinco años de mi conversación con F. Sobotta) fui nombrado profesor de Teodicea y Trinidad en la Pontificia de Salamanca.

‒ Pero el 1984 me negaron el nihil obstat, aplicando la doctrina Ratzinger, por seguir la Biblia y no un tipo de dogmática escolar sobre la Trinidad (encarnación, humanidad de Dios…)

‒ Pude volver a la Universidad el 1989, pero con el veto de enseñar Dogmática (es decir, teología trinitaria), pero seguí con ello en estudios y publicaciones.

79051C13-D8D5-46CA-BBFF-9CA077B648BAA pesar de eso, me ha ido bien… y hoy, día de la Trinidad en el Año de la Biblia, quiero rehacer un trabajo sobre Trinidad y Biblia, publicado en  Iglesia Viva 167 (1993)  373-390 (on line: https://iviva.org/revistas/167/167-03%20PIKAZA.pdf ). Siga leyendo quien quiera ver la forma en que vinculo Trinidad y Biblia.

    Dedico este trabajo a M. Ofilada, columnista de RD, experto y maestro en Trinidad. Buena fiesta de la Trinidad para todos los amigos trinitarios y a los alumnos que quizá recuerden alguna de mis clases sobre la Trinidad, con mis amigos trinitarios y todos los que celebran la fiesta del Dios Trinidad

  1. HERMENÉUTICA TRINITARIA DE LA BIBLIA

 La confesión trinitaria de Dios constituye quizá la mejor y más profunda hermenéutica teológica cristiana de la Biblia. Dios mismo aparece así como principio unificante o personaje central de la Escritura, no sólo en perspectiva arqueológica (estudio del pasado) sino también en clave de lectura moderna de los textos. Se trata de una hermenéutica teológica, es decir, propia de un creyente cristiano que interpreta y actualiza los textos de la Biblia a partir de su confesión creyente: el Dios del AT se desvela de esa forma como Padre que se manifiesta totalmente en Jesús, su Hijo (NT), en camino que se encuentra abierto hacia los hombres (en la iglesia) por medio del Espíritu Santo.

73F14842-BEC8-4A1C-9BEC-75275A2837F6Esta hermenéutica trinitaria ofrece sentido y unidad a la Escritura, en un camino (unos caminos) de gran densidad cultural que ahora esbozaremos de una forma, al mismo tiempo, tanteante y sistemática. Distinguimos cinco esquemas principales, que se encuentran más desarrollados en los libros de la bibliografía citada aI final del artículo (especialmente en el mío, el de Hill y el de Milano). Lectura de la Biblia como texto del pasado y trasfondo cultural de nuestro tiempo se implican y fecundan en estos caminos que ahora ofrecemos.

Conforme a una visión tradicional, popularizada y sistematizada por Hegel, el ser de Dios consiste en revelarse. En esa perspectiva han de entenderse las grandes religiones de la historia: son formas de captar y explicitar la revelación de lo divino. Por eso, en un sentido extenso, puede hablarse de una Trinidad revelatoria que consta de tres rasgos o momentos que se pueden condensar de esta manera:

  1. a) Hay un Revelante (Revelador), es decir, un ser primigenio o fundante que se manifiesta a sí mismo, en gesto de generosidad o donación. En el principio no está el puro vacío, ni el enigma insoluble, ni la confusión general; en el principio hallamos siempre a Aquél (aquello) que se abre y manifiesta.
  2. b) Hay un Mediador o mediación, es decir, unos signos de presencia o manifestación de 1o divino. Toda nuestra forma de experiencia es «simbólica» en eI sentido radical del término: el Revelante (a quien nunca vemos por sí mismo) se vuelve «palabra» para nosotros.
  3. c) Hay una Realidad sagrada que viene a explicitarse como expresión o resultado de la presencia divina. A través de su «palabra» o mediación, el Revelante original (o Dios) se vuelve presente en medio de nosotros, que somos la expresión y presencia del Espíritu divino.

Estos tres elementos de la Trinidad o tríada revelatoria pertenecen a la misma estructura de la realidad interpretada como proceso de comunicación: somos personas o existimos porque hay alguien que «nos habla» desde el mismo fondo de la realidad, en llamada o palabra que nos constituye como humanos. De esa forma lo ha entendido la Escritura judeocristiana, en proceso de impresionante fidelidad cultural y religiosa.

Son muchos los caminos de experiencia que encontramos en la Biblia. Ella es una especie de gran enciclopedia o biblioteca donde se recogen múltiples aspectos de la vida: hay sendas o veredas que parecen ya perdidas para siempre o superadas; hay aspectos culturales que no tienen ya para nosotros ningún tipo de importancia.

Pero en el fondo de esa multiplicidad hallamos una especie de camino central o unificante que nos capacita para orientarnos en el cúmulo de textos; es como la clave hermenéutica o la guía de lectura de la Biblia; Dios se va expresando o revelando entre los hombres a través de unos acontecimientos y personas que se encuentran mutuamente vinculados.

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Fiesta de la Santísima Trinidad. Ciclo A.

domingo, 7 de junio de 2020
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Trinidad-RubliovAndréi Rubliov (hacia 1411)

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 El año litúrgico comienza con el Adviento y la Navidad, celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, cuya venida celebramos el domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad.

Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá pretendía (como ocurrió con la fiesta del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. En cambio, las lecturas son breves y fáciles de entender, centrándose en el amor de Dios.

La única definición bíblica de Dios (Éxodo 34,4b-6.8-9)

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, ofrece la única definición (mejor, autodefinición) de Dios en el Antiguo Testamento y rebate la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios terrible, amenazador, a diferencia del Dios del Nuevo Testamento propuesto por Jesús, que sería un Dios de amor y bondad. La liturgia, como de costumbre, ha mutilado el texto. Pero conviene conocerlo entero.

            Moisés se encuentra en la cumbre del monte Sinaí. Poco antes, le ha pedido a Dios ver su gloria, a lo que el Señor responde: «Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza, y pronunciaré ante ti el nombre de Yahvé» (Ex 33,19). Para un israelita, el nombre y la persona se identifican. Por eso, «pronunciar el nombre de Yahvé» equivale a darse a conocer por completo. Es lo que ocurre poco más tarde, cuando el Señor pasa ante Moisés proclamando:

«Yahvé, Yahvé, el Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos» (Éxodo 34,6-7).

            Así es como Dios se autodefine. Con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad. Nada de esto tiene que ver con el Dios del terror y del castigo. Y lo que sigue tira por tierra ese falso concepto de justicia divina que «premia a los buenos y castiga a los malos», como si en la balanza divina castigo y perdón estuviesen perfectamente equilibrados. Es cierto que Dios no tolera el mal. Pero su capacidad de perdonar es infinitamente superior a la de castigar. Así lo expresa la imagen de las generaciones. Mientras la misericordia se extiende a mil, el castigo sólo abarca a cuatro (padres, hijos, nietos, bisnietos). No hay que interpretar esto en sentido literal, como si Dios castigase arbitrariamente a los hijos por el pecado de los padres. Lo que subraya el texto es el contraste entre mil y cuatro, entre la inmensa capacidad de amar y la escasa capacidad de castigar. Esta idea la recogen otros pasajes del AT:

            «Tú, Señor, Dios compasivo y piadoso,

            paciente, misericordioso y fiel» (Salmo 86,15).

            «El Señor es compasivo y clemente,

            paciente y misericordioso;

            no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo.

            No nos trata como merecen nuestros pecados

            ni nos paga según nuestras culpas;

            como se levanta el cielo sobre la tierra,

            se levanta su bondad sobre sus fieles;

            como dista el oriente del ocaso,

            así aleja de nosotros nuestros delitos;

            como un padres siente cariño por sus hijos,

            siente el Señor cariño por sus fieles» (Salmo 103, 8-14).

            «El Señor es clemente y compasivo,

            paciente y misericordioso;

            El Señor es bueno con todos,

            es cariñoso con todas sus criaturas» (Salmo 145,8-9).

            «Sé que eres un dios compasivo y clemente,

            paciente y misericordioso,

            que se arrepiente de las amenazas» (Jonás 4,2).

            Como consecuencia de lo anterior, Dios se convierte para Moisés en modelo de amor al pueblo: las etapas del desierto han sido momentos de incomprensión mutua, de críticas acervas, de relación a punto de romperse. Ahora, las palabras de Dios mueven a Moisés a interesarse por el pueblo y a demostrarle el mismo amor que Dios le tiene.

El amor de Dios al mundo (Juan 3,16-18)

            Este breve fragmento, tomado del extenso diálogo entre Nicodemo y Jesús, insiste en el tema del amor de Dios llevándolo a sus últimas consecuencias. No se trata solo de que Dios perdone o sea comprensivo con nuestras debilidades y fallos. Su amor es tan grande que nos entrega a su propio Hijo para que nos salvemos y obtengamos la vida eterna. «De tal manera amó Dios al mundo…». La palabra «mundo» puede significar en Juan el conjunto de todo lo malo que se opone a Dios. Pero en este caso se refiere a las personas que lo habitan, a las que Dios ama de una forma casi imposible de imaginar. Dios no pretende condenar, como muchas veces se predica y se piensa, sino salvar, dar la vida. Una vida que consiste, desde ahora, en conocer a Dios como Padre y a su enviado, Jesucristo, y que se prolongará, después de la muerte, en una vida eterna. En estos meses de pandemia, que nos han puesto en contacto frecuente con la muerte, las palabras de Jesús nos sirven de ánimo y consuelo.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Nuestra respuesta: amor con amor se paga (2 Corintios 13,11-13)

En la primera lectura, Dios se convertía en modelo para Moisés, animándolo al amor y al perdón. En la carta de Pablo a los corintios, Dios se convierte en modelo para los cristianos. La misma unión y acuerdo que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu debe darse entre nosotros, teniendo un mismo sentir, viviendo en paz, animándonos mutuamente, corrigiéndonos en lo necesario, siempre alegres.

Esta lectura ha sido elegida porque menciona juntos (cosa no demasiado frecuente) a Jesucristo, a Dios Padre y al Espíritu Santo. En esas palabras se inspira uno de los posibles saludos iniciales de la misa.

Hermanos: Alegraos, enmendaos, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente con el beso ritual. Os saludan todos los santos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros.

Conclusión

«Escucha, Israel: el Señor, tu Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser».

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7 de junio de 2020. Domingo de la Solemnidad de la Trinidad. Ciclo A

domingo, 7 de junio de 2020
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Tanto amó Dios al mundo…”

(Jn 3, 16-18)

Y eso precisamente es lo que celebramos hoy: ¡Qué Dios es Amor AMANDO!

Dios no solo es amor, porque también es AMAR. La Trinidad, lejos de ser una cosa muy complicada de la que es difícil hablar, sencillamente nos muestra que Dios ama. Es amor activo.

El Padre, el Hijo y la Santa Ruah ponen ante nuestros ojos la más bella relación de amor. Y, al mismo tiempo, nos invitan a participar de ella.

Tanto amó Dios al mundo…” ¿Qué puede hacer el amor sino amar?

Descubrir que Dios es amor o mejor, descubrir que Dios te ama personalmente, no te hace la vida más fácil. Tampoco te da respuesta a todas las preguntas. No. Pero le añade una riqueza única. Un plus de sentido.

Aunque una cosa es saberlo y otra experimentarlo. Cuando experimentas que Dios es amor porque te descubres profundamente amada es un punto y aparte.

Es descubrir que cada ser humano, cada persona es Icono de la Trinidad. Porque todas estamos llamadas a ser pura relación de amor.

No, la Trinidad no es un complicado tratado sobre el misterio de Dios lleno de dogmas y extendido en cientos de volúmenes. No. La Trinidad somos tú y yo, somos todas nosotras juntas, la humanidad entera. Recreada. Siempre amada. Divina. En plenitud. La Trinidad es el movimiento de Dios en la humanidad que nos entrelaza haciéndonos hermanas.

Para hablar de la Trinidad no necesitamos palabras complicadas. Ya que la Trinidad, como el Reino, se parece a todo lo humano. Está inmersa en todo lo nuestro.

Parafraseando a Jesús podríamos decir: “La Trinidad se parece a una bella danza en grupo a la que tú estás invitada a participar.”

Oración

Trinidad Santa, damos el don de re-conocerte, de descubrirte presente en nuestra vida. Revélanos la grandeza de sabernos Icono de tu amor en relación.

 

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Todo lo que podemos decir de Dios será siempre inadecuado..

domingo, 7 de junio de 2020
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trinidadJn 3, 16-18

Tampoco hoy celebramos una fiesta dedicada a Dios; celebramos que Dios es una fiesta todos los días, que es algo muy distinto. La fiesta es siempre alegría, relación, vida, amor. El creyente es aquel que se ha sentido invitado a esa fiesta y forma parte inextricable de la misma fiesta. La Trinidad, tiene que liberarnos del Dios Ser poderoso y empaparnos del Dios Ágape que nos identifica con Él. El Dios todopoderoso es lo contrario del Dios trino. Dios es amor y solo amor. Solo en la medida que amemos, podremos conocer a Dios.

Se nos dice que es el dogma más importante de nuestra fe católica, y sin embargo, la inmensa mayoría de los cristianos no pueden comprender lo que la teología quiere decir. La gran enseñanza de la Trinidad es que solo vivimos, si convivimos. Nuestra vida debía ser un espejo que en todo momento reflejara el misterio de la Trinidad. Pero para llegar al Dios de Jesús, tenemos que superar el ídolo al que nos aferramos, el falso dios en quien todos hemos creído y en gran medida, seguimos creyendo los cristianos.

Debemos estar muy alerta, porque tanto en el AT como en el nuevo podemos encontrar retazos de este falso dios. Jesús experimentó al verdadero Dios, pero fracasó a la hora de hacer ver a sus discípulos su vivencia. En los evangelios encontramos chispazos de esa luz, pero los seguidores de Jesús no pudieron aguantar el profundo cambio que suponía sobre el Dios del AT. Muy pronto se olvidaron esos chispazos y el cristianismo se encontró más a gusto con el Dios del AT que le daba las seguridades que anhelaba.

La Trinidad no es una verdad para creer sino la base de nuestra vivencia cristiana. Una profunda experiencia del mensaje cristiano será siempre una aproximación al misterio  Trinitario. Solo después de haber abandonado siglos de vivencia, se hizo necesaria la reflexión teológica sobre el misterio. Los dogmas llegaron como medio de evitar lo que algunos consideraron errores en las formulaciones racionales, pero lo verdaderamente importante fue siempre vivir esa presencia de Dios en el interior de cada cristiano. Solo viviendo la realidad de Dios en nosotros se podrá manifestar luego en el servicio al otro.

Lo más urgente en este momento para el cristianismo, no es explicar mejor el dogma de la Trinidad, y menos aún, una nueva doctrina sobre Dios Trino. Tal vez nunca ha estado el mundo cristiano mejor preparado para intentar una nueva manera de entender el Dios de Jesús o mejor, una nueva espiritualidad que ponga en el centro al Espíritu-Dios, que impregna el cosmos, irrumpe como Vida, aflora decididamente en la conciencia de cada persona y se vive en comunidad. Sería, en definitiva, la búsqueda de un encuentro vivo con Dios. No se trata de explicar la esencia de la luz, sino de abrir los ojos para ver.

No debemos pensar en tres entidades haciendo y deshaciendo, separada cada una de las otras dos. Nadie se podrá encontrar con el Hijo o con el Padre o con el Espíritu Santo. Nuestra relación será siempre con el UNO que nos une. Es urgente tomar conciencia de que cuando hablamos de cualquiera de las tres personas relacionándose con nosotros, estamos hablando de Dios. En teología, se llama “apropiación” (¿indebida?) esta manera impropia de asignar acciones distintas a las tres personas de la Trinidad. Ni el Padre solo ha creado la realidad, ni el Hijo separado ha venido a salvarnos, ni el Espíritu Santo actúa en cada uno por su cuenta. Todo es “obra” del Dios sin hacer nada.

Nada de lo que pensamos o decimos sobre Dios es adecuado. Cualquier definición o cualquier calificativo que atribuyamos a Dios son incorrectos. Lo que creemos saber racionalmente de Dios es un estorbo para vivir su presencia vivificadora en nosotros. Mucho más si creemos que solo nuestro dios es el verdadero. Incluso los ateos pueden estar más cerca del verdadero Dios que los muy creyentes. Ellos por lo menos rechazan la creencia en el ídolo que nosotros nos empeñamos en mantener a toda costa.

Los creyentes no solemos ir más allá de unas ideas (ídolos) que hemos fabricado a nuestra medida. Callar sobre Dios, es siempre más exacto que hablar. Dicen los orientales: “Si tu palabra no es mejor que el silencio, cállate”. Las primeras líneas del “Tao” rezan: El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao; el nombre que se le puede dar, no es su verdadero nombre. Teniendo esto en cuenta, podemos hablar de Dios sin ninguna limitación pero con la conciencia que toda palabra es inadecuada.

De la misma manera, siempre que aplicamos a Dios contenidos verbales, aunque sean los de “ama”, “perdonó”, “salvará”, estamos radicalmente equivocados, porque en Dios los verbos no pueden conjugarse. Dios no tiene tiempos ni modos. Dios no tiene “acciones”. Dios, todo lo que hace, lo es. Si ama, es amor. Pero al decir que es amor, nos equivocamos también, porque le aplicamos el concepto de amor humano, que no se puede aplicar Dios. En Dios, el AMOR es algo completamente distinto.

Es un amor que no podemos comprender, aunque sí experimentar. Este experimentar que Dios es amor sería lo esencial de nuestro acercamiento a Él. Los primeros cristianos emplearon siete palabras diferentes para hablar del amor. Al amor que es Dios lo llamaron ágape. No se trata de una relación entre sujeto y objeto sino en la identificación de ambos. En nosotros hay un sujeto que ama, un objeto amado y el amor. Ese amor no se puede aplicar a Dios porque no hay nada fuera de Él y distinto a Él. En Dios el amor es su esencia, no una cualidad como en nosotros; no puede no amar, porque dejaría de ser.

Vivir la experiencia de Dios Trino sería convivir. Sería experimentarlo: 1) Como Dios, ser absoluto. 2) Como Dios a nuestro lado presente en el otro. 3) Como Dios en el interior de nosotros mismos, fundamento de nuestro ser. En cada uno de nosotros se tiene que estar reflejando siempre la Trinidad. Empezar por descubrir a Dios en nosotros, identificado con  nuestro propio ser. Descubrimos a Dios con nosotros en los demás. Descubrimos también a Dios que nos trasciende y en esa trascendencia completamos la imagen de Dios.

Hoy no tiene ningún sentido la disyuntiva entre creer en Dios o no creer. Todos tenemos nuestro Dios o dioses. Hoy la disyuntiva es creer en el Dios de Jesús o creer en un ídolo. La mayoría de los cristianos no vamos más allá del ídolo que nos hemos fabricado a través de los siglos. Lo que rechazan los ateos, es nuestra idea de Dios que no supera un teísmo interesado y miope. Después de darle muchas vueltas a tema, he llegado a la conclusión de que es más perjudicial para el ser humano el teísmo que el ateismo.

La verdad es que no hemos hecho mucho caso al Dios revelado por Jesús. Su Dios es amor y solo amor. Aunque, condicionado por la idea de Dios del AT, dio un salto en el vacío y nos llevó al Abbá insondable. La mejor noticia que podía recibir un ser humano es que Dios no puede apartarle de su amor. Esta es la verdadera salvación que tenemos que apropiarnos. Es también el fundamento de nuestra confianza en Dios. Confianza absoluta y total porque, aunque quisiera, no puede fallarnos. En esa confianza consiste la fe.

Meditación

El Dios amor no responde a nuestra idea del amor.
Dios es: El que ama, el amado y el amor. Los tres a la vez.
La creación no es más que la manifestación de ese Dios.
En toda criatura queda reflejada su manera de ser.
Descubrirlo sería la meta de toda nuestra vida.

 Tu dios es un ídolo

Si es un ser frente a los demás seres
Si ha hecho las cosas y sigue manipulándolas
Si te premia si le obedeces y te castiga si no lo haces
Si te vigila desde el cielo para controlarte
Si te ama como amamos los humanos
Si te exige adoración y pleitesía
Si espera sacrificios de ti
Si está dispuesto a hacer lo que tú quieres
Si se siente ofendido
Si te educa con palo y zanahoria
Si le encuentras en un lugar y no en otro
Si tiene privilegios con alguno
Si te salva desde fuera y para el más allá
Si te pide paciencia antes de darte
Si le buscas fuera de ti y del mundo
Si necesita mediaciones
Si es un dios que necesita que le adores
Si es el dios de los buenos
Si me hace caso solo cuando soy bueno

El dios creado por nosotros es siempre un ídolo

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Epístola a Dios.

domingo, 7 de junio de 2020
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Trinidad-RubliovVivimos en el mundo cuando amamos. Solo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida (Albert Einstein)

7 de junio. LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Jn 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo para que quien crea en él no perezca y tenga vida eterna

Momento cenit de un trascendental diálogo de amor entre la divinidad y el mundo. Con él has puesto en marcha, Señor mío, la historia de la salvación humana.

El parlamento tuyo comenzó en el Génesis cuando iniciaste la Creación el primer día y la faz de la tierra era un desierto, pero Tú le insuflaste vida, y culminaste Tu tarea cuando el hombre hecho de barro, se convirtió en un ser vivo.

Muchos, millones de siglos más tarde, como cuentan las crónicas bíblicas, Tu hijo dijo que también él había venido para que tuviéramos vida y en abundancia la tuviéramos (Jn 10,10).

Y no contento con todo esto, que ya es bastante, se desbordó el río de su ser, y quiso compartir las aguas con el mundo entero:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado (Jn 13, 34).

En sus discursos sobre el amor, Platón decía de una forma muy bella en el Banquete que “el amor es siempre el deseo de poseer el bien”.

En el Antiguo Testamento el tema del amor humano es constante: al amor sexual, que es creador -cuasi un dios-, le dedica uno de sus libros más poéticos, El Cantar de los Cantares, cuyo primer capítulo se escribió en el Génesis:

“El hombre exclamó: ¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”

 

Pedro Pablo Rubens pintó a Adán y Eva de este modo.

Después les dijiste que se amaran… y te dieron dos nietos para que jugaras con ellos y les amaras.

Y en El Cantar de los Cantares 1,16, diálogo en el bosque, el segundo:

“He aquí que tu eres hermosa, amiga mía; / he aquí que eres bella: tus ojos de paloma. / He aquí que tú eres hermoso, amado mío, y suave: / nuestro lecho también florido.

Juan de la Cruz entona su canción de amor en Noche oscura del alma:

“Buscando mis amores, / iré por esos montes y riberas; / ni cogeré las flores, / ni temeré las fieras, / y pasaré los fuertes y fronteras”.

Finalmente, y al otro lado de las fronteras cristianas, el Kamasutra, un antiguo texto hindú que trata igualmente sobre el comportamiento sexual humano.

Evangélicamente Albert Einstein, que era judío, entonaba también este precioso himno:

“Vivimos en el mundo cuando amamos. Solo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida”.

Te rogué, muy Señor mío, para que Pablo Neruda me enviara un Poema desde Santiago de Chile, nombre como ves de santo, y el resultado fue este:

SI ME QUIERES

Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz o sombra…
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca, y gris, verde, y rubia,
y morena…

Quiéreme día,
quiéreme noche…
¡Y madrugada en la ventana abierta! …

Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda!… O no me quieras

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Dios no juzga el mundo, sino que lo invita a acoger su salvación.

domingo, 7 de junio de 2020
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trinidad-misericordiosaJn 3, 16-18

El texto de hoy se encuentra al final del diálogo de Jesús con Nicodemo que leído en su totalidad presenta una de las claves fundamentales que permite entender en toda su hondura el texto que hoy comentamos. Esta clave se podría formular diciendo que creer en Dios, en el Dios que anunció Jesús y desde el que se vivió en todo su ser, no es una cuestión de esfuerzo ni de grandes reflexiones, es abrirse a un encuentro transformador que redimensiona toda la vida.

Tanto amó Dios al mundo… Nos resulta a veces difícil de entender que en Dios solo hay amor y que, por tanto, solo quiere amarnos, acompañarnos, apoyar nuestra felicidad. En estos meses de pandemia desde multitud de foros nos han invitado a rezar, pero pocas veces nos han invitado a sentirnos abrazados por el amor incondicional de Dios para afrontar estos momentos inciertos. Pocas veces nos han ayudado a mirar a Jesús y contemplarlo afrontando el mal con fe y esperanza, sin culpar a nadie, y menos a Dios, del dolor humano.

Jesús entregó su vida para que nadie quedase fuera del abrazo de su Padre-Madre.  Jesús afrontó el fracaso de la cruz, no porque Dios buscase un “chivo expiatorio” para recuperar la confianza en la humanidad y empezar de nuevo, sino que se dejó vencer en la cruz porque la violencia cierra las puertas al amor, a la bondad, a la confianza y solo de esa manera Dios podía seguir ofreciendo la Vida a todas/os y cada una/o de las/os que habitamos este mundo.

Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo... Tenemos la tentación de pensar que Dios juzga con nuestros propios criterios, que cada uno recibe lo que siembra, que quien obra mal finalmente será castigado…Pero Dios no es así, y Jesús lo dejó muy claro con sus palabras, pero también con su praxis. Él no juzgó a las personas, sino sus actos. Él no condenó a sus enemigos, sino que los acogió con entrañas maternas, se sentó con ellos a la mesa, los miró a los ojos, los buscó para liberarlos del mal.

A Jesús lo juzgaron por eso, por no juzgar, por no separar a los buenos de los malos, por no castigar, por no justificar el lanzamiento de la piedra condenatoria. Como a sus contemporáneos, nos cuesta entender que el amor verdadero lleva siempre de la mano el perdón y que Dios nunca va a satisfacer nuestros deseos de venganza, de reparación sino es perdonándonos a nosotras/os y a nuestros enemigos/as.

El que cree en él no será juzgado…El evangelio de Juan es sin duda un texto complejo y no siempre fácil de entender en toda su hondura por su lenguaje y por muchas de sus construcciones teológicas, sin embargo, es clara la llamada que continuamente hace a sus lectores/as a tomar postura ante la persona y el mensaje de Jesús. Es una llamada que no se puede dejar para mañana, sino que hay que responder aquí y ahora. Por eso, creer para este evangelio no es asentir a una serie de verdades sagradas, sino decidirse por Jesús y acoger su salvación.

Jesús no obligó a nadie a convertirse a ningún credo, ni condicionó su acción sanadora y salvadora a ritos u ofrendas. Él invitó sencillamente a confiar, a escuchar y a hacer camino junto a él.  De hecho, Nicodemo se admira de las enseñanzas y signos que hace Jesús y por eso sabe que Dios está con él (Jn 3, 2), pero Jesús lo invita a algo más, lo invita a nacer de nuevo, lo invita a creer (Jn 3, 3). Por eso desde ahí se entiende que quien cree no será juzgado (Jn 3, 18).

Creer del modo que nos propone este evangelio en coherencia con lo recibido del Maestro, solo es posible si reconfiguramos nuestras creencias, nuestras falsas ideas sobre Dios y sobre los seres humanos y nuestra conducta a la luz de la propuesta de Jesús. Solo así es posible acoger la salvación y entender a Jesús. Y para eso hay que nacer de nuevo, volverse a sorprender con la vida, abrirse a recibir el dinamismo de la santa Ruah.

El texto de hoy nos ofrece una nueva oportunidad para hacernos la pregunta de cómo creo, cómo experimento la salvación que el Dios amor anunciado, vivido y entregado por Jesús me ofrece. No hay juicio pero sí, la urgencia de una toma de postura, de una decisión que libere nuestros miedos, nuestras falsas seguridades, nuestro egoísmo y sane la angustia y el dolor que muchas veces nos aflige.

En este momento en que necesitamos afrontar el golpe con el que la pandemia nos ha herido a cada una/o y a toda la humanidad en su conjunto, creer que Dios es más grande que cualquier mal, experimentar que no estamos solos/as en la incertidumbre, sentir que es posible sentirnos salvados/as y así ser oferta de salvación para otros/as  podría hacernos decir como Nicodemo: ¿Cómo puede ser esto? (Jn 3, 9). Puede ser si hacemos con Jesús el camino, puede ser si con realismo nos abrimos a la esperanza, puede ser si dejamos que la santa Ruah habite nuestro corazón como brisa suave que conforta y alienta, puede ser si nos sentimos parte de la humanidad herida y nos decidimos a recuperar la salvación que Dios pone en nuestro corazón y la compartimos con otros/as en el cotidiano camino de nuestra historia.

Y así, podrá ser que nuestro testimonio creyente forme parte del esfuerzo de tantos por hacer posible una nueva humanidad y una nueva historia.

Carme Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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