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Espíritu Santo, ven…

domingo, 9 de junio de 2019
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“Sin el Espíritu Santo, Dios es lejano, Cristo queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad un dominio, la misión proselitismo, el culto una evocación, la praxis humana una moral de esclavos…

Pero en el Espíritu Santo el cosmos es elevado a gemidos de parto del Reino, Cristo resucitado está presente, el Evangelio es potencia de vida, la Iglesia significa comunión, la autoridad un servicio, la misión es un pentecostés, la liturgia un memorial y una anticipación, la praxis humana queda divinizada”

*

Ignacio IV,
patriarca de Antioquía

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Pentecost-fire

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros.

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.”

*

Juan 14, 15-16. 23b-26

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Jesús nos envía al Espíritu para que pueda llevarnos a conocer del todo la verdad sobre la vida divina. La verdad no es una idea, un concepto o una doctrina, sino una relación. Ser guiados hacia la verdad significa ser insertados en la misma relación que tiene Jesús con el Padre; significa llegar a ser partner en un noviazgo divino. Esa es la razón por la que Pentecostés es el complemento de la misión de Jesús. Con Pentecostés, el ministerio de Jesús se hace visible en plenitud. Cuando el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos y habita en ellos, su vida queda «cristificada», esto es, transformada en una vida marcada por el mismo amor que existe entre el Padre y el Hijo. La vida espiritual, en efecto, es una vida en la que somos elevados a ser partícipes de la vida divina.

Ser elevados a la participación de la vida divina del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo no significa, sin embargo, ser echados fuera del mundo. Al contrario, los que entran a formar parte de la vida espiritual son precisamente los que son enviados al mundo para continuar y llevar a término la obra iniciada por Jesús. La vida espiritual no nos aleja del mundo, sino que nos inserta de manera más profunda en su realidad. Jesús dice a su Padre: «Yo los he enviado al mundo, como tú me enviaste a mí» (Jn 17,18). Con ello nos aclara que, precisamente porque sus discípulos no pertenecen ya al mundo, pueden vivir en el mundo como lo ha hecho él (cf. Jn 17,15s). La vida en el Espíritu de Jesús es, pues, una vida en la cual la venida de Jesús al mundo -es decir, su encarnación, muerte y resurrección- es compartida externamente por los que han entrado en la misma relación de obediencia al Padre que marcó la vida personal de Jesús. Si nos hemos convertido en hijos e hijas como Jesús era Hijo, nuestra vida se convierte en la prosecución de la misión de Jesús.

*

H. J. M. Nouwen,
Tú eres mi amado: la vida espiritual en un mundo secular,
PPC, Madrid 2000.

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El joven fraile

sábado, 8 de junio de 2019
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Del blog Nova Bella.

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Y pensar que nadie desabrochará mi camisa
con manos de paloma,
ni hará caracoles en el vello de mi pecho
porque ya tengo un amor que es Todo y Nada…

Y saber que soy un guerrero
que reza como un almendro…

*

Antonio Praena

dominico

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La novedad del amor cristiano

jueves, 6 de junio de 2019
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4509652_nLa señal del cristiano también en la vida política

Benjamín Forcano
Madrid.

ECLESALIA, 27/05/19.- Jesús estaba reunido con sus discípulos y discípulas, en la casa de Marco, para celebrar la Pascua. Andaba preocupado por lo que presentía que le iba a ocurrir, y les dice:

“Me queda muy poco de estar con vosotros. Y a donde yo voy, no podéis seguirme ahora. Sí, lo haréis más tarde. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado. Amaos también entre vosotros. En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis unos a otros”. (Jn, 13,33-36)

Somos en el mundo millones y millones de cristianos. Son dos las preguntas a las que debiéramos responder: ¿Aporta alguna novedad el mandamiento de Jesús sobre el amor? ¿A qué nos compromete en la vida política el amor mutuo de que nos habla Jesús?

El amar al prójimo es una norma de ética universal

“No hagas a los demás, lo que no quieras que te hagan a ti”, norma que está escrita en el corazón de toda persona, de toda ley y de toda cultura. También en la ley y cultura cristianas. Es este un punto constitutivo el ser humano, que regula la convivencia de unos seres humanos con otros y de unos pueblos con otros.

Esta ética racional es la que nos permite concebir y trabajar por la implantación de un proyecto de ética universal, en la que se salvaguarda la dignidad humana, sus derechos y sus responsabilidades. Y es la que viene ratificada en el primer artículo de la Declaración universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos… dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Esta ética pertenece y está incluida en la ética cristiana, como algo común a todas las religiones, de universal reconocimiento y acuerdo. La persona humana, nunca, en ningún lugar, en ninguna cultura o religión, en ningún imperio o sistema político, puede ser utilizada como medio, es fin. Y desde ella puede establecerse un programa de universal convergencia y colaboración en torno a los problemas básicos de la igualdad, justicia, solidaridad, libertad y paz.

 La novedad de Jesús: amaos como yo os he amado

El tratamiento con el prójimo y con Dios mismo, comienza por asegurar el tratamiento con nosotros mismos. Mal asunto si no comenzamos por amarnos nosotros mismos, pues la medida del amor al prójimo y a Dios mismo está en la medida de amor que nos tengamos a nosotros mismos.

Así como en nuestro cuerpo no cabe esperar la salud y el bienestar si cada uno de sus órganos no cumple con su función, del mismo modo nuestra relación con los demás no puede ser saludable y positiva si previamente no la aseguramos con nosotros mismos.

Si no valoro lo que soy, si no considero que mi dignidad es sagrada, si no defiendo mis derechos y no permito que alguien los menosprecie, tampoco lo haré cuando mi prójimo sea sometido o explotado. Ahora bien, este cuidar del otro como de uno mismo lo hace el amor. El camino de la propia realización no puede recorrerse al margen o en contra del prójimo y en especial del prójimo más débil y marginado. Por ellos comienza y se garantiza una nueva sociedad, que no dejará de actuar falsamente si se construye contra la dignidad, el bien y los derechos de los mayormente dañados y olvidados.

En este sentido, la responsabilidad de un mundo que avanza o retrocede, que se libera o esclaviza, es intrínseca a todo ser humano. La sociedad no está forjada por agentes mágicos o divinos, sino por obra del sujeto humano. Tenemos el mundo que nosotros fabricamos. Así que el cambio de nosotros mismos es previo para cambiar a los otros: que nadie vea en nosotros un juez, un peligro, un obstáculo, una amenaza, sino una experiencia de mayor amor, libertad y paz .

 El amor a todos como si de Dios mismo se tratara

Nadie que sea humano, puede vivir sin preguntarse por el sentido de la vida. Si la pregunta es permanente, lo es también la respuesta. Sumergidos en el mundo cuántico, buscamos y establecemos un principio universal al que denominamos Vida, Energía universal, Vacio cuántico, Dios Amor…

El cambio profundo y vertiginoso de nuestra época lo mismo que afecta a nuestra manera de entender, tratar y relacionarnos con los demás y con el planeta tierra, afecta también a nuestra manera de entender, tratar y relacionarnos con Dios.

El amor a todos y a cada uno, como si de Dios mismo se tratara, y el amor preferente por los que menos cuentan en esta sociedad, es una opción que realza nuestra humanidad y nos pone a la altura de Dios mismo. Los más necesitados y marginados son para un cristiano, en el mensaje de Jesús, los que le representan y hacen su vez, son sus vicarios: “Cuanto hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

Partiendo de esos sujetos –los tenidos siempre como menores y esclavos- es como acertaremos a luchar contra la desigualdad y la injusticia, a quebrar la soberbia e hipocresía de los grandes, idólatras del dinero y del poder, a construir un mundo nuevo.

El amor al enemigo concuerda con nuestro ser

Cualquiera puede ver que enterrar los abismos de desigualdad no es posible sin suscitar oleadas de odio. Sabemos que Jesús de Nazaret enseña que el principio que todo lo rige es Dios Amor, siendo él su rostro visible en la historia y el camino a seguir para amarnos como él nos ama.

Amar incluso a nuestros enemigos, sobrepasando la ley del talión (ojo por ojo y diente por diente) “Os han enseñado que se mandó a los antiguos: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero, a vosotros que me escuchais, yo os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian”.

Al enemigo hay que combatirlo con amor: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”. ¿Es válida para todos la respuesta de Jesús? Si mi ser es amor, y el amor me relaciona con los demás, viendo en cada uno de ellos mi yo, odiar a ellos es odiar a mi mismo, traicionar mi ser. Es preciso buscar el bien del otro como si fuera el mío. Amar al enemigo instintivamente, emocionalmente, incluso racionalmente es muy difícil, casi imposible.

El conocimiento que me lleva a amar al enemigo viene de la toma de conciencia de mi ser. El verdadero amor es lo contrario del egoísmo. Cuando descubro que mi verdadero ser y el ser del otro se identifican, no necesitaré más razones para amarle. Como no las necesito para amar a todos los miembros de mi cuerpo, aunque estén enfermos y me duelan.

El Evangelio de Jesús es, en esto, asombroso y liberador: “Perdonad siendo compasivos como vuestro Padre es compasivo”. O también: “Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto”.

Este fue el camino de Jesús, el primogénito y hermano mayor. Actuando como él, nos ponemos a su nivel por su espíritu, obramos como hijos de Dios. Todos somos hijos de Dios, y si hijos de Dios, hermanos y hermanas, unidos a él como Padre, y si dejamos de amar al enemigo en un hermano nos separamos del Dios Amor, Padre de todos. Para llegar a la plenitud, hay que amar como Dios Padre y sed perfectos como él.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Espiritualidad

Un amor vulnerable

miércoles, 5 de junio de 2019
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Del blog de Henri Nouwen:

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«Estoy profundamente convencido de que el líder cristiano del futuro está llamado a ser alguien completamente irrelevante, y a presentarse ante el mundo ofreciendo solamente su persona totalmente vulnerable. Así es como Jesús vino a revelarnos el amor de Dios. El gran mensaje que debemos ofrecer, como servidores de la Palabra de Dios y discípulos de Jesús, es que Dios nos ama no por lo que hacemos o logramos, sino porque nos nos ha creado y redimido por amor y nos ha escogido para proclamar ese amor como la verdadera fuente de toda vida humana».

*

Henri Nouwen
«En el nombre de Jesús»
PPC

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Amor activo, somos responsables de Dios

miércoles, 5 de junio de 2019
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

El ideal burgués de fraternidad, que la revolución francesa ha unido al de igualdad y libertad, ha quedado en gran parte inoperante en el campo de las luchas político-económicas del siglo XIX–XX, porque no se ha dado una verdadera trasformación en línea de justicia. Detrás de las hermo­sas palabras de hermandad e igualdad se escondía el ansia de dominio de algunos privilegiados, la «libertad» de realizarse a costa de los otros. ¡Que triunfe el que es más fuerte! se decía o, por lo menos, se pensaba. Es lógico que, en contra de esa situación, que ha dado origen al capitalismo financiero y depredador que nos amenaza, se haya levantado un nuevo tipo de conciencia de amor entre los hombres: Una solidaridad de oprimidos, abierta hacia los grandes ideales de igualdad fundamental entre los hombres. Siguiendo en esa línea, a partir de las experiencia ya citada de E. Hillesum, sin negar tu primera actitud de protesta, tú misma me has dicho, que somos responsables de la obra de Dios (es decir, del mismo Dios)[1].

Estrictamente hablando, solidaridad significa comunión de intere­ses y suele surgir allí donde unos hombres, unidos en el mismo dolor y explotación, se sienten capaces de asumir su suerte y comenzar un gran proceso de transformación. El ideal cristiano de fraternidad influía poco y además parecía aliado a los valores burgueses. Las palabras genéricas sobre la vinculación humana de los ilustrados del siglo XVIII sonaban a sermón vacío, en un mundo de masas obreras sometidas a una inmensa explotación. Desde ese fondo surgió en diversos lugares un ideal nuevo de solidaridad humana (cf. cap. 38).

 Fueron tiempos duros, pero no vacíos. Allí donde habría podido decir­se que la historia fracasaba comenzaron a surgir caminos de justicia, en los siglos XIX y XX. Las grandes palabras de amor interhumano parecían rotas, al menos en las capitales de la industria, la política, el comercio. Parecía que lo humano se encontraba condenado a perecer entre los resortes del capital (el nuevo dios), entre intereses coloniales y luchas de poder. Pues bien, desde esa situación se fue elevando la voz de condenados, los obreros sin poder ni pan, que proclamaban una nueva ley humana, un camino de igualdad y de esperanza. De esa forma, en medio de una tierra de palabras vanas y de bellos propósitos de amor inoperante, convertido en propulsor de la injusticia, fue surgiendo un ideal distinto de amor­ solidario, interpretado como fuerza de transformación del hombre y de la historia.

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 Esa solidaridad, entendida como intento de crear amor a través de un cambio de estructuras, se vincula al descubrimiento de que las clases sociales no derivan de la naturaleza, sino que provienen de la historia  y cultura de los hombres, como empiezan diciendo K. Marx y F. Engels, en El Manifiesto comunista de 1848: «Hasta hoy toda la historia de la sociedad ha sido una constante sucesión de antagonismos de clases, que revisten diversas modalida­des, según las épocas». Ese antagonismo deriva de las condiciones de producción, se explicita en formas de ideología clasista, elaboradas para el dominio de unos pocos y se concretiza en la misma organización de los estados. En esa línea, la humanidad, internamente dividida, corre el riesgo de destruirse. Por eso es necesario un movimiento inverso que, partiendo de la misma opresión, pueda superarla. Esto podía realizarlo únicamente la clase proletaria.

En ese contexto quiero hablar de la solidaridad marxista, pero después, en un nivel mucho más hondo, retomando la experiencia de E. Hillesum (y de Jesús), quiero desarrollar algunas ideas que tú misma que tú misma me enseñaste, al decir que debemos ser solidarios con el mismo Dios y ayudarle en el camino de la llegada de su reino. Somos responsables del orden social (como empezaré mostrando con unas reflexiones tomadas en parte del marxismo), pero, en un nivel más hondo, somos responsables del mismo Dios, es decir, de su obra y presencia en el mundo, como supo y dijo Jesucristo.

  Solidaridad comunista.

Como here­dero de la revolución francesa y del judeo-cristianismo, K. Marx (1818-1883) suponía que los hombres han de vincularse en justicia, en contra de lo que sucede actualmente, en que se hallaban divididos, escindidos, rotos por la lucha entre las clases. Sólo desde el interior de la clase subyugada o destruida de los proletarios puede surgir un camino de emancipación solidaria:

¿Dónde reside, pues, la posibilidad positiva de la emancipación…? En la forma­ción de una clase con cadenas radicales, de una clase que es la disolución de todas: de una esfera que posee un carácter universal debido a sus sufrimientos universales y que no reclama para sí ningún derecho especial, porque no se comete contra ella ningún daño especial, sino el daño puro y simple, que no puede invocar ya un título histórico sino su titulo humano…; de una esfera, por último, que no puede emanciparse sin emanciparse de todas las demás esferas de la sociedad y. al mismo tiempo, emanciparlas a todas ellas; que es, en una palabra, la pérdida fatal del hombre y que, por lo tanto, sólo puede ganarse a sí misma mediante la recuperación total del hombre. Esta disolución de la sociedad como clase especial es el proletariado (Marx-Engels, Sobre Religión I, Sígueme, Salamanca 1974, 105).

Este pasaje condensa y anuncia lo que ha querido ser la solidaridad marxista, fundada en la comunión en el dolor y en el despojo. La unidad de la burguesía no se fundamenta en la razón, ni en los valores de la humanidad, sino en intereses de grupo. Por el contrario, la unidad de la clase proletaria se funda sobre la carencia de todos los valores. El proletariado no dispone de nobleza, ni de fuerza o bienes de fortuna; su único valor es la vida, la verdad del hombre que, al llegar hasta la hondura de sí mismo, despojado de todo, no tiene más valor que el hecho de formar parte del género humano. Desde esa base, en el principio de todos los caminos de transformación humana está la vivencia del sufrimiento compartido, la solidaridad en la opresión.

Esa solidaridad se abre en forma de lucha revolucionaria. En un mo­mento determinado, los proletarios, unidos en el despojo, descubren la posibilidad de planear y edificar una existencia diferente, a través de la ruptura del orden actual (burguesía), para así crear una forma de vida compartida. Para realizar ese cambio es necesario que la unión en el dolor se vuelva solidaridad activa en alzamiento y en combate. En este contexto has de entender el lema final del Manifiesto Comunista: ¡proletarios de todos los pueblos: uníos! Esa unión del proletariado constituye el dogma base del credo comunista, que según Marx y Engels se oponen a los esquemas de humildad y pequeñez del cristianismo:

Los principios sociales del cristianismo predican la cobardía, el desprecio de sí mismo, la humillación, la sumisión, el desaliento; en una palabra, todas las cualidades de la canaille. Y el proletariado, que no quiere ser tratado como una canaille, necesita su valentía, su sentimiento de sí mismo, su orgullo y su sentido de independencia mucho más que su pan. Los principios sociales del cristianismo son solapados, y el proletariado es revolucionario (Ibid., 178-179).

Éstos son los elementos que definen y realizan la unión proleta­ria. Enamoramiento y amistad quedan en penumbra, como datos intimistas que no cuentan directamente en la nueva solidaridad. Los valores que se estiman principales son al interior del grupo la camaradería y al exterior la militancia. Camarada es quien se integra en la clase proletaria, convirtiéndola en principio y medida de toda su tarea. El camarada sabe que su suerte personal no es decisiva, lo que importa es la trasformación de clase, la unidad en el proceso, el movimien­to proletario que culmina en el futuro de la nueva humanidad sin opresión del hombre sobre el hombre. Los valores intimistas, individuales, son menos importantes. Lo que importa es la solidaridad de grupo, que lleva a la unidad de los individuos (proletarios), para la transformación de la humanidad. Hasta que llegue ese final reconciliado, el camarada es militante: Se integra en la dinámica de lucha de clases y la asume de tal forma que es capaz de dar su en aras de la solidaridad.

Esa solidaridad tiende al surgimiento de una sociedad sin clases.«Tan pronto como, en el transcurso del tiempo, hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la producción esté concentrada en manos de la sociedad, el Estado perderá todo carácter político» (Manifiesto comunista, Madrid 1977, 46). En una sociedad de clases, el Estado es signo y garantía de violencia, como instrumento de dominio de una clase sobre otras. Por la revolución socialista, el Estado cambiará, haciéndose vehículo de ideas y proyectos revoluciona­rios, que llevan a la superación de las clases sociales. Así, cuando se cumpla el proceso y el proletariado, inicialmente despojado de todo, a través de un proceso de organiza­ción y lucha, haya logrado asumir la esencia de lo humano, el Estado como signo de imposición desaparecerá y la sociedad se organizará de forma transparente y solidaria, en libertad y en igualdad, de tal manera que los signos de la vieja imposición irán al puesto que les fuera preparado previamente, «al museo de antigüedades, junto al torno de hilar y al hacha de bronce (cf. F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Madrid 1970, 217).

Las maneras de hablar sobre ese momento final son diversas: Identificación del hombre con su naturaleza, transparen­cia interhumana, trabajo como juego, superación de las necesidades etc. Triunfará la solidaridad y el hombre no será enemigo de los hombres. Estas eran las palabras básicas del ideal comunista. Ahora que las realizaciones concretas de ese ideal han fracasado (año 2012), tras millones de muertos de la dictadura estalinista y maoísta, preguntamos: ¿Sigue teniendo un valor? ¿Dónde han estado sus fallos? ¿Cómo se relaciona la solidaridad marxista con el amor del cristianismo?

Solidaridad cristiana.

Sabes bien que es difícil contestar a las preguntas anteriores, y aquí sólo puedo esbozar algunos rasgos de la solidaridad cristiana partiendo de una lectura social Mt 25, 31-46 (“tuve hambre y me disteis de comer…»), distinguiendo cinco rasgos de la solidaridad cristiana. En su principio está la gracia de la encarnación, es decir, la certeza de que Dios nos ama, tal como aparece en el evangelio de Jesús. Por eso, la solidaridad con los excluidos no es sencillamente efecto del camino de la historia: Es don de Dios que se hace humano, asumiendo nuestro dolor, es compromiso de ayudar al Dios que sufre en los hambrientos, sedientos, exilados, enfermos y encarcelados.

La solidaridad de Jesús no se identifica con los intereses de un determinado grupo proletario, sino con la situación de todos los oprimidos. El marxismo ha destacado el sufrimiento de la clase proletaria industrial, poniendo de relieve su potencial, a través de un “partido” que asuma y represente los intereses de los proletarios, a los que se vincularán todos los restantes pobres de la tierra. Más que con los proletarios que en el fondo son ya poderosos (capaces de iniciar una revolución violenta, tomando el poder), Jesús se identifica con los proletarios-excluidos, incapaces de tomar el poder.

La solidaridad de Jesús es gracia (donación y comunión). Amar es más que ir asu­miendo la existencia de los otros; amar implica darse, ofreciendo la vida por ellos. Allí donde el marxismo introducía la lucha entre las clases, para liberar a los proletarios-oprimidos, Jesús sabe que la injusticia y violencia del mundo actual sólo puede cambiar con amor no violento. De esa forma, su solidaridad se expresa asumiendo el dolor de la historia (Dios hambriento, Dios preso…) y conduce a la comunión personal. Él no quiere que muramos para así integrarnos en el todo de la clase social o de la especie, sino para crear nuevas  relaciones personales, haciéndonos solidarios con él, ayudándole a ser y a expresarse en todos los que sufren sobre el mundo. Leer más…

Biblia, Espiritualidad ,

Amar en mí

viernes, 31 de mayo de 2019
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Cuando el Señor mandó a su pueblo amar al prójimo como a sí mismo (cf. Lv 19,18), no había venido aún a la tierra; de suerte que, sabiendo hasta qué punto se ama la propia persona, no podía pedir a sus criaturas un mayor amor al prójimo. Pero cuando Jesús dio a sus apóstoles un mandamiento nuevo, su mandamiento, no habló ya de amar al prójimo como a sí mismo, sino de amarlo como él, Jesús, lo amó y lo amará hasta la consumación de los siglos.

Señor, sé que no nos mandas nada imposible. Tú conoces mejor que yo mi debilidad, mi imperfección, sabes que no podré nunca amar a mis hermanas como tú las amas, si no eres aún tú, Jesús mío, quien las ama en mí. Para concederme esta nueva gracia has dado un mandamiento nuevo. ¡Oh! Cuánto lo amo, pues me da la garantía de que tu voluntad es amar en mí a todos aquellos a quienes me mandas amar. Sí, estoy convencida de ello; cuando practico la caridad, es sólo Jesús quien obra en mí. Cuanto más unida estoy a él, tanto más amo a mis hermanas.

*

Teresa de Lisieux,
Manuscritos autobiográficos C,
Monte Carmelo, Burgos 1997

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¿Arde el Amor?

viernes, 31 de mayo de 2019
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Stéfano Cartabia, Oblato,
Uruguayo

ECLESALIA, 10/05/19.- La pasada Semana Santa 2019, probablemente, quedará marcada por el incendio de la Catedral de Notre Dame de París. Una Catedral que no es solo una catedral: es símbolo, historia, arte, cultura, fe.

Ardió Notre Dame bajo el implacable fuego. Ardió Notre Dame, en otros tiempos ardió Roma y hoy en día siguen ardiendo hogares, víctimas de la pobreza o la guerra. También se caen aviones, descarrilan trenes, chocan autos, se sacude la tierra, se agitan las aguas y el egoísmo humano sigue generando sufrimiento inútil.

Ardió Notre Dame: tanto dolor, tanta amargura, alguna polémica como siempre y tantas preguntas sin respuestas. ¿Qué enseñanza nos deja el incendio devastador? ¿Qué nos hace vislumbrar la Pascua entre llamas y humo?

Todo es frágil y pasajero. Basta un poco de fuego, un descuido. Basta poco, realmente muy poco, para que una existencia se apague, una flor se marchite, una Catedral se derrumbe, se calle la sonrisa de un niño, barrios enteros desaparezcan. “La apariencia de este mundo es pasajera” (1 Cor 7, 31), recuerda Pablo.

Es la hermosa fragilidad de la existencia misma, la maravillosa fragilidad del vuelo de las mariposas, del canto del ruiseñor, de la colorida hoja otoñal que se desprende y cae. Fragilidad que se convierte en hermosa y maravillosa cuando es reconocida, amada, asumida. Fragilidad que invita a vivir la existencia con liviandad y desapego.

La liviandad del ser que no tiene nada que ver con superficialidad o falta de responsabilidad. Es la liviandad de la gratuidad, de quien recibe el existir como regalo y lo entrega, día tras día, sin quejas ni afán de posesión. Es la liviandad de quien pisa la tierra con respeto y ternura, de quien mira la realidad con amor, de quien se tiñe de paciencia, de quien honra a todo ser viviente.

El desapego de quién ha conocido al Amor y se ha entregado a Él. El desapego de quien ha aprendido a soltar todo, para vivir el presente en su plenitud y belleza. El desapego de quien vive de lo invisible, de quien se deja respirar. El desapego de quien descubrió el Ser eterno que late en el seno mismo de la fragilidad.

Así, es Pascua. Así sopla el Espíritu eterno que alienta en la fragilidad, la sostiene y en ella se expresa y en ella, también, arde. Entonces la pregunta que la fragilidad nos hace se hace más esencial: ¿arde el Amor? ¿Arde en ti, el Amor?

Más allá de todo lo que se muere, derrumba y cae, ¿arde el Amor? Seguirá existiendo la fragilidad y seguirán derrumbándose catedrales. ¿Arde el Amor que no se derrumba? Esta es la pregunta pascual y la única pregunta a la cual vale la pena responder. El fuego consumió Notre Dame y consume nuestros días. Otros fuegos y otros incendios afectan a nuestras existencias.

¿Somos lo suficientemente sabios para aprender de estos fuegos? ¿Somos lo suficientemente sabios para transformar estos fuegos en el Amor que arde y no consuma (Ex 3, 2)? Es este el Amor Pascual. Es este el Misterio de Cristo resucitado que late en cada rincón de fragilidad. Es este el mensaje pascual que resuena glorioso: en el seno mismo de la Cruz, invisible y silencioso, arde el Amor y en la oscuridad y en el silencio del sepulcro, arde la Vida. En el corazón de la fragilidad y el dolor humano, habita lo único real: el Amor. ¿Ya lo viste? ¿Estás en Casa?

¡Feliz Pascua de resurrección!

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Espiritualidad , ,

Si él no me hubiera amado…

jueves, 30 de mayo de 2019
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No habría aprendido yo a amar al Señor

si él no me hubiera amado.

¿Quién puede comprender el amor,

sino quien es amado?

Yo amo al Amado,

a él ama mi alma:

allí donde está su reposo,

allí estoy yo también.

Y no seré un extraño,

porque no hay envidia junto al Señor altísimo,

porque quien se une al Inmortal

también será inmortal,

y quien se complace en la vida

viviente será.

Que permanezca tu paz conmigo, Señor,

en los frutos de tu amor.

Enséñame el canto de tu verdad,

de suerte que venga a mí como fruto la alabanza,

abre en mí la cítara de tu Espíritu Santo

para que te alabe, Señor, con toda melodía.

Prorrumpo en un himno al Señor porque soy suyo

y cantaré la canción consagrada a él

porque mi corazón está lleno de él

*

(de las Odas de Salomón)

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“El amor qué desarma”, por Gabriel María Otalora

jueves, 30 de mayo de 2019
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 jesus-woman-taken-adultery_1344951_tmbDe su blog Punto de Encuentro:

A veces nos empeñamos en que el evangelio no sea Buena Noticia. No creemos, como el Papa, que la misericordia es la actitud que busca siempre el rostro de la persona, la que cambia el corazón y la vida de cualquier persona. Es tan importante esto, que algunos pasajes entrañan un impacto mayor del amor que Dios nos tiene y que debemos cultivar en nuestra vida. Sin duda, El hijo pródigo y el pasaje de Juan sobre la adúltera, son dos ejemplos, y ambos en la liturgia de la Cuaresma.

Las leyes de aquél entonces solo protegían a los hombres, por eso resulta desconcertante el carácter radicalmente transformador del relato de la mujer sorprendida en adulterio. Tan es así, que costó muchos años que se incorporase a los textos canónicos. Algunos Padres de la Iglesia, como san Agustín, temieron que el relato podía alentar al adulterio o servir de excusa para no reconocer su gravedad. Y Calvino temió que el texto desacreditara las leyes mosaicas de la pena de muerte para el adulterio (Levítico y Deuteronomio).

Aquellos escribas y fariseos estaban obligando a Jesús a elegir entre la misericordia y la justicia legal. Siempre ha estado latente el miedo a la Verdad por muy liberadora que sea; en este caso, el tema no es tanto “la mujer adúltera” sino la doble vara de medir y la hipocresía de los varones frente a la audacia amorosa del Maestro que descoloca a todos, también a nosotros, ojo. La adúltera de este evangelio es culpable y, contra toda lógica religiosa de entonces, Jesús no la condena sino que la salva de morir y le devuelve la paz interior. Resulta muy revelador que el mandamiento de Jesús a la mujer para que se apartara del pecado vino después de que ya había sido absuelta de su pecado. Este es el orden correcto: justificación primero y luego santificación. De hecho, no puede ser de otra manera, porque aunque acudamos al Señor con un arrepentimiento genuino de nuestros pecados, nunca conseguiremos cambiar por nuestros propios medios. Este cambio sólo es posible después de haber sido regenerados por medio del Espíritu Santo.

Es importante tener esto claro, porque lo hemos asumido justo al revés. Los propios fariseos lo hacían así. Para ellos, la persona se tenía que esforzar en merecer el perdón de Dios por una conducta intachable. Para más desconcierto, Jesús ni siquiera condena a los prestigiosos acusadores que se van retirando con pecados seguramente igual de graves o aun mayores. Ni tampoco condena al adúltero, sino que ofrece un camino de gracia a los hombres desde su aceptación cómplice en el adulterio.

Hay que recordar que el fundamento del matrimonio en la ley judía no era el amor ni el compromiso, pues la mujer sufría una apabullante desigualdad de consideración y derechos. Lo esencial era el deber de fidelidad pero entendido desde la propiedad que tenía el marido sobre la mujer. Al cometer adulterio, las mujeres cargaban con el pecado sexual (fuente de tentación y ocasión de pecado para el hombre) y vulneraban la propiedad de otro hombre al transgredir la pureza del linaje del marido engañado, lo cual socavaba el honor y cuestionaba a todo el clan familiar. El adulterio se equiparaba a un robo.

En este relato no caben espacios para que nadie se sienta superior a nadie -excepto Jesús- que ni siquiera se comporta como un juez sino que actúa en el plano superior del amor gratuito de Dios El día en que todos nos consideremos pecadores podremos dialogar y perdonarnos mutuamente por la gracia de Dios. Con el episodio de la mujer adúltera, la mujer es rescatada de la exclusión y presentada como persona equiparada al varón aunque pecadora como él pero igual de destinataria de la Buena Noticia.

Este pasaje nos obliga a preguntarnos cada vez que acusamos a alguien, da igual si somos hombre o mujer: ¿cómo quisiera ser tratado? Toda ley es un medio, y puede convertir a la religión en excluyente, entendida como un sistema judicial más, tan del gusto de algunos que pretenden arrinconar al Papa y a sus mensajes porque desinstala conciencias que no son mejores que las de aquellos escribas y fariseos expertos en Dios. O puede ser una oportunidad de cambio y de esperanza,sobre todo para las mujeres peor consideradas y maltratadas.

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Dentro de tus ojos

sábado, 25 de mayo de 2019
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Del blog Nova Bella:

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Yo soy Aquel a quien amo

y el que amo es yo.

Si me ves, le ves

y si le ves,

nos contemplamos los dos.

*

Ibn Mansur Al Hallaj,
Yo soy Dios

índice

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Dar amor

lunes, 20 de mayo de 2019
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Del blog Nova Bella:

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Nada de ustedes retengan para ustedes,

a fin de que los reciba todo enteros

el que se les ofrece todo entero.

*

San Francisco de Asís,
Carta a toda la orden, 29

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Amaos unos a otros

domingo, 19 de mayo de 2019
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Repetimos este poema del blog Pays de Zabulon, porque en este contexto mundial y local, refleja claramente dónde hemos de responder al mandato de Jesús…

Reflexiones de Rev. David Eck Asheville de Carolina del Norte, extraído del blog I’ m christian, I’ m gay, Del Let talk,  19 de noviembre de 2009.

“He escrito este poema que se inspira en Jn 13, 34-35. ¡Espero que te ponga en crisis tanto como a mí me ha puesto!

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Amaos los unos otros como yo os he amado.
Esto parece tan simple, tan lineal.
Pero … ¿ Querer al liberal de “corazón lleno de compasión “?
¿Amar al conservador de “valores familiares “?
¿Querer al musulmán? ¿Al judío? ¿Al budista? ¿Al hinduista?
¿Amar al inmigrante en situación irregular? ¿Amar el que tiene todos los privilegios?
¿Amar al gay? ¿La lesbiana? ¿Al transgénero?
¿Amar a los manifestantes por la paz? ¿Amar a los hacedores de guerra?
¿Amar al iraquí? ¿Al palestino? ¡Al norcoreano?
¿Amar al republicano y al demócrata?
Amar al sin techo? ¿Al mendigo?
¿Al enfermo de sida? ¿Al detenido condenado a muerte?
Tendemos a amar con los dedos cruzados en busca de una escapatoria,
Buscando la manera de limitar a aquellos a los que elegimos amar.
Así como el escriba que, una vez, le preguntaba a Jesús: “¿quién es mi prójimo?”
Tendemos a amar de modo selectivo, poniendo condiciones.
Amamos a los que se nos parecen, piensan como nosotros, creen como nosotros.
¿Quién sería odiado por Jesús? ¡Nadie!
La única cosa que enfurecía a Jesús era la hipocresía espiritual,
Los que proclamaban amar a Dios pero no conseguían decidirse a amar a sus prójimos,
Los que creían que ellos eran los elegidos de Dios mientras que trataban a otros como si fueran el mal personificado.
Amaos los unos a los otros como yo os he amado.
Posiblemente no sea tan simple, después de todo.
Pero es el signo por el cual otros reconocerán que somos discípulos de Jesús.

*
Citado por Loquito en anotherdaylight – 2 mayo 2012

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Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:

“Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.

*

Juan 13, 31-33a. 34-35

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«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (cf. Mt 22,37-39). Empiezo a experimentar que un amor a Dios total e incondicionado nace posible un amor al prójimo visibilísimo, solícito y atento. Lo que a menudo defino como «amor al prójimo» se muestra con excesiva frecuencia como una abstracción experimental, parcial y provisional, de sólito muy inestable y huidiza. Pero si mi objetivo es el amor a Dios, me es posible desarrollar asimismo un profundo amor al prójimo. Hay otras dos consideraciones que pueden explicarlo mejor.

Antes que nada, en el amor a Dios me descubro a «mí mismo»

de un modo nuevo. En segundo lugar, no nos descubriremos sólo a nosotros mismos en nuestra individualidad, sino que descubriremos también a nuestros hermanos humanos, porque es la gloria misma de Dios la que se manifiesta en su pueblo a través de una rica variedad de formas y de modos. La unicidad del prójimo no se refiere a esas cualidades peculiares, irrepetibles de un individuo a otro, sino al hecho de que la eterna belleza y el eterno amor de Dios se hacen visibles en las criaturas humanas únicas, insustituibles, finitas.

Es precisamente en la preciosidad del individuo donde se refracta el amor eterno de Dios, convirtiéndose en la base de una comunidad de amor. Si descubrimos nuestra misma unicidad en el amor de Dios y si nos es posible afirmar que podemos ser amados porque el amor de Dios mora en nosotros, podremos llegar entonces a los otros, en los que descubriremos una nueva y única manifestación del mismo amor, entrando en una íntima comunión con ellos.

*

H. J. M. Nouwen,
Ho ascoltato iI silenzio. Diario da un monastero trappista,
Brescia 199810, 82s.

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“No perder la identidad”. 5 Pascua – C (Juan 13,31-33a.34-35)

domingo, 19 de mayo de 2019
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05-PASC-CEs la víspera de su ejecución. Jesús está celebrando la última cena con los suyos. Acaba de lavar los pies a sus discípulos. Judas ha tomado ya su trágica decisión, y después de tomar el último bocado de manos de Jesús, se ha marchado a hacer su trabajo. Jesús dice en voz alta lo que todos están sintiendo: «Hijos míos, ya no estaré con vosotros por mucho tiempo».

Les habla con ternura. Quiere que queden grabados en su corazón sus últimos gestos y palabras. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que os conocerán todos que sois mis discípulos será que os amáis unos a otros». Este es el testamento de Jesús.

Jesús habla de un «mandamiento nuevo». ¿Dónde está la novedad? La consigna de amar al prójimo está ya presente en la tradición bíblica. También los filósofos griegos hablan de filantropía y de amor a todo ser humano. La novedad está en la forma de amar propia de Jesús: «amaos como yo os he amado». Así se irá difundiendo a través de sus seguidores su estilo de amar.

Lo primero que los discípulos han experimentado es que Jesús los ha amado como a amigos: «No os llamo siervos… a vosotros os he llamado amigos». En la Iglesia nos hemos de querer sencillamente como amigos y amigas. Y entre amigos se cuida la igualdad, la cercanía y el apoyo mutuo. Nadie está por encima de nadie. Ningún amigo es señor de sus amigos.

Por eso, Jesús corta de raíz las ambiciones de sus discípulos cuando los ve discutiendo por ser los primeros. La búsqueda de protagonismos interesados rompe la amistad y la comunión. Jesús les recuerda su estilo: «no he venido a ser servido sino a servir». Entre amigos nadie se ha de imponer. Todos han de estar dispuestos a servir y colaborar.

Esta amistad vivida por los seguidores de Jesús no genera una comunidad cerrada. Al contrario, el clima cordial y amable que se vive entre ellos los dispone a acoger a quienes necesitan acogida y amistad. Jesús les ha enseñado a comer con pecadores y con gentes excluidas y despreciadas. Les ha reñido por apartar a los niños. En la comunidad de Jesús no estorban los pequeños sino los grandes.

Un día, Jesús llamó a los doce, puso a un niño en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí». En la Iglesia querida por Jesús, los más pequeños, frágiles y vulnerables han de estar en el centro de la atención y los cuidados de todos.

José Antonio Pagola

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«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.». Domingo 24 de abril de 2016. 5º Domingo de Pascua

domingo, 19 de mayo de 2019
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30-pascuaC5 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 14, 21b-27: Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos.
Salmo responsorial: 144: Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.
Apocalipsis 21, 1-5a: Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.
Juan 13, 31-33a. 34-35: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.

El libro de los Hechos nos sigue presentado el éxito misionero de Pablo y Bernabé entre los gentiles, pues “Dios les había abierto la puerta a los no judíos para que también ellos pudieran creer” (v.27). Sus desvelos misioneros serían fuente de esa propagación del Evangelio que, extendiéndose a lo ancho del mundo “gentil”, llegaría hasta nosotros.

Por su parte Juan, el vidente de Patmos, alienta nuestra esperanza con su magnífica visión de “un cielo nuevo y una tierra nueva”, como la gran meta de nuestros esfuerzos por transformar las realidades de muerte que nos rodean y redimir al mundo con la fuerza vital arrolladora del Resucitado. Una nueva realidad de justicia, paz y amor fraterno habrá de traer “la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios y engalanada como una novia”. Es la esperanza maravillosa que podemos enarbolar frente a los catastrofistas que nos amenazan con una destrucción inexorable del mundo, sobre la base de supuestas profecías que en nada se condicen con las promesas de la Nueva Alianza que Cristo ha sellado con su pasión y su triunfo sobre la muerte. “Esta es la morada de Dios con los hombres –señala un entusiasmado Juan-; acampará entre ellos. Serán su pueblo, y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. El que estaba sentado sobre el trono dijo: Ahora hago el universo nuevo”.

El evangelio nos presenta unos cuantos versículos del gran discurso de despedida de Jesús en la noche de la Cena, donde el Maestro entrega su testamento espiritual a los discípulos: el gran mandato del amor como signo visible de la adhesión de sus discípulos a él y de la vivencia real y afectiva de la fraternidad. El mundo podrá identificar de qué comunidad se trata si los discípulos guardan entre sí este mandato del amor. Jesús rescata la Ley, pero le pone como medio de cumplimiento el amor; quien ama demuestra que está cumpliendo con los demás preceptos de la Ley. Es posible que en la comunidad primitiva se hubiera discutido cuál debía ser su distintivo propio e inequívoco. Para eso apelan a las palabras mismas de Jesús. En un mundo cargado de egoísmo, de envidias, rencores y odios, la comunidad está llamada a dar testimonio de otra realidad completamente nueva y distinta: el testimonio del amor.

Una de las principales causas por las que tantos cristianos abandonan la Iglesia radica justamente en la falta de un testimonio mucho más abierto y decidido respecto al amor. Con mucha frecuencia nuestras comunidades son verdaderos campos de batalla donde nos enfrentamos unos contra otros; donde no reconocemos en el otro la imagen de Dios. Y eso afecta la fe y la buena voluntad de muchos creyentes. Por cierto, no se trata de que nuestras comunidades y agrupaciones sean totalmente ajenas al conflicto, no; el conflicto es necesario en cierta medida, porque a partir de él se puede crear un ambiente de discernimiento, de acrisolamiento de la fe y de las convicciones más profundas respecto al Evangelio; en el conflicto –llevado en términos de respeto y amor cristiano mutuo- aprendemos justamente el valor de la tolerancia, del respeto a la diversidad, y el mejoramiento de nuestra manera de entender y practicar el amor. Del conflicto así entendido -inevitable donde hay más de una persona-, es posible hacer el espacio para construir y crecer. Para ello hacen falta la fe, la apertura al cambio y, sobre todo, la disposición de ser llenados por la fuerza viva de Jesús. Sólo en esa medida nuestra vida humana y cristiana va adquiriendo cada vez mayor sentido y va convirtiéndose en testimonio auténtico de evangelización. Leer más…

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19.5.19 Dom 5 pascua: Como yo os he amado

domingo, 19 de mayo de 2019
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gay-amor_560x280Del blog de Xabier Pikaza:

Amaos los unos a los otros. El testamento de Cristo

De penitencia me puso que le quisiera

Os doy un mandamiento nuevo: que os queráis unos a otros,  como yo os he querido. La señal por la que todos conocerán que sois mis discípulos  será que os amáis unos a otros 

El Evangelio de Juan  describe a Jesús como un hombre de amor, alguien que sólo dejó a los suyos en herencia el amor. Poco parece el amor como herencia, para alguien que quieres dineros, pero en sentido profundo es todo

‒ Juan supone que Jesús ha amado a los suyos con amor de hombre (como Cristo encarnado) y con amor de Hijo eterno de Dios. Ciertamente, él amaba a todos (¡tanto amó Dios al mundo…!), pero su amor se ha centrado de un modo especial en una comunidad de amigos (amados) con los que ha formado una escuela y semillero de amor (centrado en la comunidad del Discípulo amado).

‒ La vida de Jesús es experiencia de amor encarnado en una comunidad de amantes… En este contexto queda velado el amor a los “enemigos” (propio del Sermón de la Montaña de Lc y Mt); no se niega, pero queda en un segundo plano. Juan ha puesto de relieve el amor de Jesús a su Iglesia, a su  “comunidad de iluminados en amor”, comunidad-semilla, para transformar el mundo por amor.

‒ Esto dice  dice a los suyos: “quereros  unos a otros… (como yo os he querido). No excluye a los enemigos, pero pone en primer plano queda la comunidad de amantes… De esa forma ha creado una comunidad de amor, que se expresa en forma de iglesia. Así puede decir a los suyos “amaos unos a otros como yo os he amado”[1].

1. Así lo había dicho Pablo desde la cárcel donde estaba detenido por amor

Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, 6 un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos (Ef 4, 1-4).

 Ésta es la experiencia básica de Pablo y de sus seguidores: todos los hombres y mujeres pueden unirse en amor, formando un cuerpo, por medio de la iglesia. Pablo supone que habían sido en otro tiempo como niños, separados, enfrentados, dominados por leyes diversas que les impedían vivir en libertad. Pero Dios envío a su propio Hijo, para liberar a los que estaban dominados por leyes de diverso tipo, para que pudieran volverse mayores y vivir en comunión de amor (cf. Gal 4, 4).

2. El amor es fin y meta de la historia humana

Ésta es la experiencia escatológica, la certeza de que han llegado los últimos tiempos, pues se ha revelado la verdad definitiva del amor,   pues la justicia de Dios se ha revelado de tal forma que por ella los hombres pueden vivir y reconciliarse  en amor(cf. Rom 1, 17; 2 Cor 5, 11-21).

Otros han conquistado imperios (como Alejandro Magno) o han fijado instituciones nacionales (como el Moisés de la tradición judía). Pablo ha realizado algo más hondo: basándose en Jesús, ha suscitado y dirigido iglesias, es decir, comunidades mesiánicas sin más principio de vida que el amor, unidas entre sí, abiertas a toda la humanidad. De esa forma ha logrado algo que parecía imposible: que unos hombres y mujeres de orígenes distintos (pecadores, excluidos de la sociedad honorable) puedan juntarse y convivir de un modo eficaz, sin más principio ni norma que la gracia, entendida como amor mutuo liberado.

3. Iglesia, «estado general» de amor

En perspectiva católica, siguiendo el testimonio de Pablo, la iglesia es, ante todo, un espacio de amor universal, donde en todos los rollos estás escrito simplemente «quereros»; un lugar donde hombres y mujeres pueden crecer y desarrollarse en amor, sin más asignatura ni obligación que esa «quereros».  

Iglesia, amor de esposo-esposaLa iglesia es una esposa mesiánica: «De tal forma amó Cristo a su iglesia que murió por ella, le ofreció su propia vida», como el hombre ama a la mujer, como el marido a la esposa querida (cf. Ef 5, 25 s). En esa línea se dice que los obispos o animadores de las comunidades asumen el lugar de Cristo y son «esposos» de su iglesia; por eso llevan una alianza como signo de compromiso de fidelidad y entrega. Pero la fuerza de ese amor han de vivirla de algún modo todos los cristianos, varones y mujeres, siendo esposos-esposas de la iglesia, viviendo dentro de ella en una relación de bodas  de Caná (cf Jn 2, 1-11).

 La iglesia es un grupo mesiánico, cuerpo del Cristo. En el amor matrimonial hay un momento, peculiarmente profundo, cuando los esposos se hacen un mismo cuerpo, compartiendo no sólo el pan, sino la misma vida (cf. Ef 5, 28s; con cita de Gen 2, 23-24). La iglesia es un cuerpo compartido, es ámbito de amor y plenitud mesiánica: no es algo que está fuera, que yo utilizo y dejo después, a conveniencia. La iglesia soy yo, siendo con otros: formando con ellos un solo cuerpo.

Las dos imágenes (de matrimonio y de cuerpo) se unen. En el lugar donde ellas se cruzan y fecundan emerge la peculiaridad y sentido del amor hacia la iglesia. Ella aparece frente a mí y dentro de mí, como un amigo, un campo de amor que me ofrece su cariño y que recibe mi cuidado. Su amor me descentra, me lleva a superar el narcisismo egoísta de mi propia búsqueda y me abre hacia los otros; pero, al mismo tiempo, siento que la iglesia se halla dentro de mí mismo….

4. Amor de Madre, de pastor, de amigo

Amor de madre.Los católicos llaman a la iglesia «santa madre»: en el seno de sus aguas bautismales reciben la existencia de creyentes. Con su palabra y sacramento, la iglesia les engendra en el camino de la fe y de la esperanza. Por eso, es un signo cercano de la dimensión materna de Dios, expresada particularmente en el Espí­ritu santo, amor que funda y sostiene a los creyentes. Así aparece como casa-materna: hogar donde los cristianos aprenden a ser y caminar. Por eso, muchos sienten nostalgia y quisieran tornar a las raíces de la madre, para vivir así en el seno de Dios que es el Espíritu, en el seno del que mana el agua de la vida

Pastores y ovejas, amigos. Siguiendo en la línea del evangelio de Juan (Jn 21), los cristianos aparecen con frecuencia como ovejas de un rebaño al que sus pastores deben amar, en gesto de entrega persona y de comunicación de la vida (cf. Jn 10). Pero el mismo texto sabe que pastores y ovejas de la iglesia son amigos que se conocen y se comunican, amigos que comparten la vida en transparencia (cf. Jn 10, 14 15, 15). Pastores y rebaño acaban siendo espacio de amor universal fundado en Cristo.

5.Fraternidad y amistad

(a) La iglesia es una fraternidad donde no hay más padre-madre que Dios, ni más pastor-dirigente que Cristo: «no llaméis a nadie maestro, porque uno sólo es vuestro maestro (Jesús) y todos vosotros sois hermanos; no llaméis a nadie Padre…, no llaméis a nadie jefe…» (cf. Mt 23, 8-12). Estas palabras expresan el misterio de una iglesia donde sólo se puede hablar de tres amores. Hay un amor de Dios, que es padre/madre de quien recibimos la existencia, en gesto agradecido. Hay un amor de Cristo, maestro o dirigente universal, porque ha entregado su vida por todos. Hay un amor fraterno, que define la vida de todos los hombres y mujeres de la iglesia, en gesto de diálogo. Eso significa que no pueden establecerse jerarquías paternas o doctrinales dentro de la iglesia, porque el único padre es Dios y el único maestro es Cristo. Esta experiencia de fraternidad universal define el cristianismo.

(b) La iglesia es amistad: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 12-17). También aquí aparece el Padre, como fuente de todo amor y Cristo, como principio del nuevo “mandato”, que es mandato de amor (2)

La iglesia ha de ofrecer un espacio donde hombres y mujeres pueden ser amados. Vivimos en un tiempo en que corremos el riesgo de no tener ya referencias de amor. Es como si nos halláramos solos, en un mundo que nos ha “arrojado” a la vida, para que podamos sobrevivir, cada uno según sus fuerzas. Pues bien, en ese contexto, el conjunto de la iglesia puede y debe presentarse como espacio donde hemos nacido en amor y en amor podemos crecer y ser personas. En ese sentido ha de ser mantenida y profundizada la autoridad de la iglesia, entendida como ámbito de surgimiento y maduración, es decir, como verdadera “auctoritas”: como aquello que nos permite crecer en amor, viviendo de esa forma sin miedo al futuro.

6. Iglesia, una fiesta de amor

Ella no es sólo una “madre” que nos permite crecer, sino un lugar en el que debemos comprometernos a cumplir la tarea humana del amor. En ese segundo momento, dentro de la iglesia, amar implica esforzarse por cumplir el evangelio. Sin un compromiso fuerte de amor a favor de los demás no hay iglesia. Pues bien, amar en la iglesia (desde la iglesia) supone entregarse por los pobres, decidirse por la justicia, abrir un campo de esperanza de reino entre los hombres.

Finalmente, amar en la iglesia significa participar en el misterio de su fiesta. El amor eclesial se celebra como agradecimiento personal y búsqueda confiada (orante) y experiencia de reino (celebración comunitaria).  Toda la tradición cristia­na sabe que el amor eclesial se concretiza en el servicio hacia los pobres. Pero esa misma tradición confiesa que el amor liberador, que continúa el gesto de la vida de Jesús, se celebra en la liturgia de su pascua, en la comunión y compromiso de la eucaristía. Leer más…

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Jesús y Dios. Jesús, nosotros y los otros. Domingo 5º de Pascua. Ciclo C

domingo, 19 de mayo de 2019
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Nueva-JerusalénDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

«Vi la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo…»

El domingo pasado leímos que las ovejas seguían al pastor. Hoy el pastor abandona temporalmente a su rebaño, dejándole un encargo de última hora. Las dos primeras lecturas hablan de las persecuciones presentes y de la gloria futura en la nueva Jerusalén.

Lectura del evangelio según san Juan 13, 31-33a. 34-35

El evangelio de hoy, tomado del discurso de Jesús durante la última cena, aborda brevemente dos temas: Jesús y Dios; Jesús, nosotros y los otros. En realidad, el texto del cuarto evangelio incluye entre estos dos temas un tercero: Jesús y los discípulos. Los responsables de la selección no desaprovecharon la ocasión de suprimirlo.

Jesús y Dios. (Puede extrañar que no escriba “Jesús y el Padre”, pero en esta primera parte Jesús usa tres veces la palabra “Dios” y nunca “Padre”.)

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.

Estamos en la noche del Jueves Santo. Judas acaba de salir del cenáculo para traicionar a Jesús y este pronuncia unas palabras desconcertantes. “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él.”

            ¿Qué quiere decir Jesús? La primera dificultad está en que usa cinco veces el verbo “glorificar”, que nosotros no usamos nunca, aunque sepamos lo que significa. Nadie le dice a otro: “yo te glorifico”, o “Pedro glorificó a su mujer”. Sólo en la misa recitamos el Gloria, y ahí el verbo va unido a otros más usados: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos”. Pero, en el fondo, después de leer la frase diez o doce veces, queda más o menos claro lo que Jesús quiere decir: ha ocurrido algo que ha redundado en su gloria y, consiguientemente, en gloria de Dios; y Dios, en recompensa, glorificará también a Jesús.

¿Qué es eso que ha ocurrido ahora y que redunda en gloria de Jesús? Que Judas ha salido del cenáculo para ir a traicionarlo. Parece absurdo decir esto. Pero recuerda lo que dice la primera lectura: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. A través de la pasión y la muerte es como Jesús dará gloria a Dios, y Dios a su vez lo glorificará.

San Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales, anima al ejercitante, en momentos como este, a pedir la gracia de “alegrarse y gozarse de tanta alegría y gozo de Cristo nuestro Señor”. Algo fundamental, pero que podemos pasar por alto.

            Jesús, nosotros y los otros.

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

Esta parte, muy conocida, es fácil de entender y muy difícil de practicar. El amor al prójimo como a uno mismo es algo que está ya mandado en el libro del Levítico. La novedad consiste en amar “como yo os he amado”. La idea de que Jesús amaba solo a uno de los discípulos (“el discípulo amado”) no es exacta. Amaba a todos, y si a ellos les hubieran preguntado en aquel momento cómo les había amado Jesús dirían que eligiéndolos y soportándolos. Es mucho, pero hay una forma más grande de demostrar el amor: dando la vida por la persona a la que se quiere, como el buen pastor que da la vida por sus ovejas.

Cabe el peligro de concluir: “Si Jesús nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarlo a él”. Sin embargo, el mandamiento nuevo no habla de amar a Jesús, sino de amarnos unos a otros. Esto supone un cambio importante con respecto al libro del Deuteronomio, donde el mandamiento principal es “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Jesús, de forma casi polémica, omite la referencia a Dios y habla del amor al prójimo. Y lo mismo que a los israelitas se los reconocía por creer en un solo Dios dentro de un ambiente politeísta, a los cristianos se nos debe reconocer por amarnos unos a otros.

Sin embargo, cuando se conoce la historia de la Iglesia, queda claro que los cristianos nos distinguimos, más que por el amor mutuo, por la capacidad de pelearnos, no solo entre diversas confesiones, sino dentro de la misma. Curiosamente, la situación ha mejorado mucho entre las distintas confesiones, mientras los conflictos abundan dentro de la misma iglesia. Lo cual es comprensible. Es más fácil pelearse con el hermano que vive contigo que con el que ha formado su propia familia y está más lejos.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 14, 21b-27           

El domingo pasado se leyó la actividad de Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia, y las dificultades que promovieron al final los judíos y algunas señoras importantes, obligándoles a huir de allí. Marchan entonces a Iconio, Listra y Derbe (el mapa ayuda a seguir el itinerario). Lo que allí ocurrió no se lee en la misa, pero es importante recordarlo brevemente para comprender la lectura de hoy (el que quiera puede leer el capítulo 14 de los Hechos, que es muy interesante).

En Iconio predican con bastante éxito, pero al final la gente se divide, algunos intentan apedrearlos y tienen que huir de nuevo.

            En Listra curan a un tullido y la gente los consideran dioses; ellos consiguen con dificultad que no les den culto. Pero vienen judíos de Antioquía e Iconio que ponen a la gente contra Pablo; lo apedrean y lo arrastran fuera de la ciudad dándolo por muerto. Los discípulos lo recogen y al día siguiente huye con Bernabé hacia Derbe.

En Derbe anuncian el evangelio y ganan bastantes discípulos. Allí no se dan persecuciones. Terminada la predicación, emprenden el viaje de vuelta a Antioquía de Siria (donde habían comenzado el viaje misionero), pasando por las mismas ciudades que ya habían evangelizado. Este viaje de vuelta es el tema de la lectura de hoy.

En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios.

En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.

El viaje de vuelta, contado tan esquemáticamente, debió de durar, como mínimo, uno o dos meses. Pero Lucas no se detiene a contar con detalle lo ocurrido. Para él es más importante indicar la conducta de los apóstoles. En todas las comunidades hacen lo mismo durante la vuelta:

1) Confortar y exhortar a perseverar en la fe. “Confortar” es un verbo exclusivo de Hch (14,22; 15,41; 18,23) y siempre tiene por objeto a los discípulos o a las comunidades (no a individuos). ¿Cómo se conforta y exhorta? Advirtiéndoles de la realidad: “hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios”. Igual que Pablo y Bernabé han tenido que sufrir para anunciar el evangelio; igual que Esteban fue apedreado hasta la muerte (Hch 11,19). Las persecuciones y tribulaciones forman parte esencial de la vida cristiana.

2) Designar responsables. Esta palabra griega, presbitérous, etimológicamente designa a los “ancianos”, pero en la práctica se aplica a los responsables de la comunidad y terminará adquiriendo un matiz muy concreto: sacerdote. Pero no es eso lo que designan los apóstoles, sino simples encargados de dirigir la comunidad, las asambleas litúrgicas, etc.

3) Celebrar liturgias de oración y ayuno, en las que encomiendan a la comunidad al Señor.

Finalmente, cuando llegan a Antioquía de Siria, pueden dar la gran noticia: Dios ha abierto a los paganos la puerta de la fe. Ha comenzado una etapa nueva en la historia de la iglesia y de la humanidad.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a

Si la primera lectura se fija sobre todo en las tribulaciones por las que hay que pasar para entrar en el reino de Dios, la segunda, del Apocalipsis, habla de ese reino de Dios, del mundo futuro maravilloso. No es literatura de ficción, aunque lo parezca. Los cristianos del siglo I estaban sufriendo numerosas persecuciones, y la certeza de un mundo distinto era el mayor consuelo que podían recibir.

 Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.» Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Todo lo hago nuevo.»

Aunque el lenguaje es muy distinto, la idea de fondo es la misma en las dos primeras lecturas: ahora mismo, la comunidad padece grandes tribulaciones (Hch), hay lágrimas, muerte, luto, llanto, dolor (Ap), pero todo esto llevará al reino de Dios (Hch) y a un mundo maravilloso (Ap).

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V Domingo de Pascua. 19 mayo, 2019

domingo, 19 de mayo de 2019
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5-Do-PAscua

«La señal por la que os reconocerán como discípulos míos…»

(Jn 13, 31-35)

¿Qué otra cosa podemos querer cada uno de nosotros en el momento de la muerte que dejar como legado a nuestros seres queridos un deseo de amor y unidad entre ellos, para nuestra familia, para nuestra comunidad, para nuestro grupo? Así, tan humano, se muestra Jesús en su última cena, en su última despedida: «amaos los unos a los otros».

Sin embargo da un paso más y nos invita a recibir nuestra identidad conscientemente y a trabajar por ser dignos, dignas, de llevarla encima. Se lo oí a un sacerdote en una homilía y mis oídos se estremecieron ante una afirmación tan rotunda y tan, he de  reconocerlo, profundamente verdadera. Dijo: «la señal de los cristianos no es la cruz sino el amor».

Como monja trinitaria la redención, el sentirme redimida, el saber a la humanidad redimida, forma parte de nuestra manera particular de vivir en la Iglesia. La cruz es un elemento clave porque nos recuerda que Cristo se entregó hasta la muerte por cada una de nosotras, por cada uno de nosotros.

Y a veces, es verdad, nos quedamos mirando las heridas que sangran y se nos pasa por alto el motivo, que no es el odio, ni la soledad, ni el abandono, el único motivo por el que Cristo está ahí clavado en la cruz es el amor. Tan fácil y tan complejo como amarnos a pesar de nuestras diferencias, a pesar de nuestras incomprensiones, a pesar de nuestros conflictos. Siempre, por encima, Jesús nos recuerda que ha de estar nuestro amor mutuo y que solo ese amor será la manera de reconocernos como hermanos, como hijos.

Hoy también es el día del amor.

Feliz día. Feliz domingo.

Oración

“Tú me conoces y me sondeas,
tú me amas y confías en que el amor será el motor de mi vida,
el amor que tú has puesto en mi corazón
para entregar a mi prójimo
porque si no amo a quien veo,
¿cómo podré amarte a ti, a quien no veo?”

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Vida, Amor, Unidad forman una sola realidad.

domingo, 19 de mayo de 2019
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1405782261Jn 13, 31-35

El evangelio de hoy también está sacado de un discurso de Jesús en el evangelio de Jn; el último y más largo, después del lavatorio de los pies. Es un discurso que abarca cinco capítulos, y es una verdadera catequesis a la comunidad, que trata de resumir las más originales enseñanzas de Jesús. No se trata de un discurso de Jesús, sino de una cristología elaborada por aquella comunidad a través de muchos años de experiencia y convivencia cristianas. En el momento de la cena, los discípulos no hubieran entendido nada del discurso.

El mandamiento del amor sigue siendo tan nuevo que está aun sin estrenar. No se trata solo de algo muy importante; se trata de lo esencial. Sin amor, no hay cristiano. Nietzsche llegó a decir: «solo hubo un cristiano, y ese murió en la cruz»; precisamente porque nadie ha sido capaz de amar como él amó. Como decíamos el domingo pasado, solo el que hace suya la Vida de Dios será capaz de desplegarla en sus relaciones con los demás. La manifestación de esa Vida es el amor efectivo a todos los seres humanos.

La pregunta que debo hacerme hoy es: ¿Amo de verdad a los demás? ¿Es el amor mi distintivo como cristiano? No se trata de un amor teórico, sino del servicio concreto a todo aquel que me necesita. La última frase de la lectura de hoy se acerca más a la realidad si la formulamos al revés: La señal, por la que reconocerán que no sois discípulos míos, será que no os amáis los unos a los otros. Hemos insistido demasiado en lo accidental: en el cumplimiento de normas, en la creencia de verdades y en la celebración de unos ritos.

Seguimos presentando el amor como un precepto. Así enfocado, no puede funcionar. Amar es un acto de la voluntad, a quien solo mueve el bien. Esto es muy importante, porque si no descubro la razón de bien, la voluntad no puede ser motivada. Si me limito a cumplir un mandamiento, no tengo necesidad de descubrir la razón de bien en lo mandado, sino solo obedecer al que lo mandó. Aquí está el error. El que una cosa esté mandada, me tiene que llevar a descubrir por qué está mandada; me tiene que llevar a ver en ella la razón de bien. Si no doy este paso, será para mí una programación sin consecuencias.

Ahora es glorificado el Hijo de hombre y Dios es Glorificado en él. Jesús ha lavado los pies a los discípulos y su muerte está decidida. ¿Dónde está la gloria? Allí donde se manifiesta el amor. Ese amor manifestado, es a la vez, la gloria de Dios y la gloria de Jesús. En el griego profano, “doxa” significaba simplemente opinión, fama. El “kabod” hebreo que traducen por doxa los LXX, significaba, por una parte, la trascendencia y la santidad de Dios que el hombre debe reconocer. Juan mantiene el sentido de “gloria” de Dios, que también atribuye al Hijo. Jesús en todas sus obras, manifiesta la “doxa” de Dios.

Lo original de Juan es que esa gloria no se manifiesta en los actos espectaculares de poder, sino en los actos que expresan el Amor-Dios. La gloria de Dios es el Amor manifestado. No se trata de fama y honor. Tampoco se trata de majestad, esplendor o poder. La gloria de la que habla Jn no es algo externo; está en la misma esencia de la persona. Morir por los demás es la mayor gloria, porque es la mayor manifestación posible de amor. La gloria de Jesús no es consecuencia de su muerte, es la misma muerte por amor. Ni Dios ni Jesús después de morir, pueden recibir otra clase de gloria que amar como ellos aman.

Les llama Hijitos” (teknia) diminutivo de (tekna). En castellano el cariño se expresa mejor con el posesivo “hijitos míos”. Esta expresión está justificada porque se trata de un momento íntimo y emocionante. Les anuncia su próxima muerte, por eso lo que sigue tiene carácter de testamento. Lo que Jesús pide a los suyos es un amor incondicional y a todos sin excepción. Todas las normas, todas las leyes tienen que orientarse a ese fin.

Igual que yo os he amado. El “igual que yo” no es solo comparativo, sino originante. Debéis amaros porque yo os he amado, y tanto como yo os he amado. El Amor-Dios no se puede ver, pero se manifiesta en las obras. Es la señal de identidad del cristiano. Es el mandamiento nuevo, opuesto al antiguo, la Ley. Queda establecida la diferencia entre las dos Alianzas. La antigua basada en una relación jurídica de toma y da acá. En la nueva, lo único que importa es la actitud de servicio a los demás. No se trata de una ley, sino de una respuesta personal a lo que Dios es en nosotros. “Un amor que responde a su amor”.

Jesús no propone como primer mandamiento el amar a Dios, ni el amor a él mismo. Dios es don total y no pide nada a cambio. Ni él necesita nada de nosotros, ni nosotros le podemos dar nada. Dios es puro don. Se trata de descubrir en nosotros ese don incondicional de Dios, que a través nuestro debe llegar a todos. El amor a Dios sin entrega a los demás es pura farsa. El amor a los demás por Dios y no por ellos mismos, es una trampa que manifiesta egoísmo. El amar para que Dios me lo pague no es más que una programación calculada. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios, sino al hombre.

Jesús se presenta como “el Hijo de Hombre” (modelo de ser humano). Es la cumbre de las posibilidades humanas. Amar es la única manera de ser plenamente hombre. Él ha desarrollado hasta el límite la capacidad de amar, hasta amar como Dios ama. Jesús no propone un principio teórico, y después dice que vamos a cumplirlo todos. Jesús comienza por vivir el amor y después dice: ¡imitadme! El que le dé su adhesión quedará capacitado para ser hijo, para actuar como el Padre, para amar como Dios ama.

En esto conocerán que sois discípulos míos. El amor que pide Jesús tiene que manifestarse en todos y cada uno de los aspectos de la existencia. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ritos, o normas. El distintivo será el amor manifestado. La base y fundamento de la nueva comunidad será la vivencia, no la programación. Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como Padre y cada miembro lo imita, haciéndose hijo y hermano.

Que os améis unos a otros, se ha entendido a veces como un amor a los nuestros. Algunas formulaciones del NT, pueden dar pie a esta interpretación. No, desde cada comunidad cristiana, el amor tiene que llegar a todos. No se trata de amar a los que son amables (dignos de ser amados), sino de estar al servicio de todos como si fueran yo mismo. Si dejo de amar a una sola persona, mi amor evangélico es cero. No se trata de un amor humano más. Se trata de entrar en la dinámica del amor-Dios. Esto es imposible si primero no experimentamos ese AMOR. ¡Ojo! esta verdad es demoledora.

Después de todo lo comentado en esta pascua, podemos hacer un resumen. La Vida, que se manifestó en Jesús, es el mismo Dios-Vida que se le había entregado absolutamente. Ese Dios-Vida, que también se da a cada uno de nosotros, nos lleva a la unidad con Él, con Jesús y con todos los hombres. Esa identificación absoluta, que se puede vivir, pero que no se puede ver, se manifiesta en la entrega y la preocupación por los demás, es decir, en el amor. El amor evangélico, no es más que la manifestación de la unidad vivida.

Meditación

Amor es la única respuesta posible al Amor, que es Dios.
Como ser humano, Jesús experimentó ese AMOR.
Toda su vida es consecuencia y manifestación de esta vivencia personal.
También para nosotros es ese el único camino.
Sin esa experiencia de que Dios es AMOR en mí,
el mensaje evangélico se quedará fuera de mi propio ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Don y revelación

domingo, 19 de mayo de 2019
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suenos-tierraLos árboles son santuarios. El que sabe hablarles, el que sabe escucharles, descubrirá la verdad  (Hermann Hesse)

19 de mayo. DOMINGO V DE PASCUA

Jn 13, 31-33ª 34-35

En eso conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros (v35)

Mark Twain, escritor y orador estadounidense escribió obras tan interesantes como El príncipe y el mendigo y Diarios de Adán y Eva. En este último he leído la esta frase de Adán mientras, paseando por el Paraíso Terrenal, contemplaba con admiración las cataratas del Niágara: “Entonces tuve de pronto una brillante idea, a la que di rienda suelta diciendo: “Pero cuánto más maravilloso sería verla precipitarse hacia arriba”.

Personalmente, estas palabras tan imaginativas han despertado en mi mente la quizás igualmente descabellada idea de que este mandamiento nuevo de Jesús a sus discípulos, el amor de donación, debería llevarnos a poner también patas arriba el pensamiento rutinario de la visión vulgar de unas cataratas cayendo ritualmente hacia abajo.

Ya San Pablo señalaba tales dificultades cuando decía en 1 Corintios 12:“Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu…, a los demás, discernimiento de espíritus…”.

Todas estas formas de actuar nos llevarían un tejido social de notas y personas perfectamente polifónico, que aquellas ideas doloridas se transformaran en motores ayudaran a despegar en un velo ascendente hasta que el sol de la evidencia nos ayudara en el discernimiento paulino.

Como nos gustaría también que todas estas cosas sucedieran cuanto antes o si necesario fuera que los cristianos asistieran a tal alumbramiento, y estuvieran ausentes, solicitaríamos el milagro que pidió Ana Comnena, esposa de emperador Alejo I, puesto que su marido estaba lejos en el campo de batalla y deseaba que asistiera al parto. Cuando su madre Irene Ducas estaba a punto de traerla al mundo, y para dar tiempo a que llegara el padre, hizo la señal de la cruz sobre su vientre, pidiéndole su hija que esperase a nacer hasta que Alejo regresara. Se presentó a los dos días del ruego de la madre.

Yo haré también mi ritual signum crucis, y espero se repita pronto otra vez dicho misterioso milagro.

Hermann Hesse dice que Los árboles son santuarios. El que sabe hablarles, el que sabe escucharles, descubrirá la verdad. ¿Sabremos nosotros interpretar correctamente sus cuitas interminables cuando nos paseamos perezosamente por los bosques de nuestra interioridad humana?

 

Soñar nuestras ideas es siempre sorprendente y la Naturaleza nos lo ofrece perennemente gratis, como apunta Aristóteles.

“La Naturaleza es un espectáculo que se desarrolla ante el hombre”, decía el filósofo ateniense.

LOS SUEÑOS DE LA TIERRA

Los sueños de la Tierra son dorados
circunvalando al sol en rotar
inmenso, Inmenso y repetido caminar
siguiendo los senderos señalados.

No importan si de tierra o asfaltados,
pues tus alas te llevan al altar
de los cielos en perenne rodar,
sobre ligeros vientos ya soñados.

Misterioso soñar y loco anhelo
de una optimista realidad
que vuela sin cesar y sin recelo.

Y más allá de ti, tu libertad
Recorre sin parar picos y celos
hasta lograr tu más bella bondad.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Qué imagen nos identifica como cristianos?

domingo, 19 de mayo de 2019
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VOCACIÓN 67Juan (13,31-33a.34-35)

Vivimos en la época de la imagen. Nos preocupa e interesa la imagen que damos, la que tienen de nosotros y la que vemos en los demás. Hacemos fotos que difundimos por internet; se hacen virales ciertas imágenes en muy poco tiempo y ellas configuran las conversaciones, las ideas, los gustos y… ¡cuántas veces las opciones de muchos de nosotros!

Muchas veces, la señal de pertenencia a un grupo o el modo de participar en un evento es llevar la “misma” camiseta, pañuelo, distintivo… ¡Qué cómodos nos sentimos unidos de este modo a un grupo grande, amparados y arropados por otros, fácilmente reconocibles como “de los nuestros”!

En este contexto, y partiendo del evangelio de este domingo, podemos preguntarnos, ¿cuál es la imagen que damos los cristianos? ¿Qué imagen nos identifica? ¿Qué imagen difundimos?…

Los primeros cristianos tenían muy claro, en una época en que lo virtual no existía, que había una señal por la que se les reconocía. Su vida, desde que eran seguidores de Jesús, era tan distinta que no pasaba desapercibida. El evangelio de Juan pone en boca de Jesús: “La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”

Jesús no está en esta cultura de la imagen, de lo externo, de lo que brilla superficialmente… Y nos habla del amor. Pero del amor con estilo propio: “Como yo os he amado”.

La señal de “los suyos” no es algo que se “pone encima”, no consiste en teñir todo de un determinado color, repetir unas determinadas fórmulas o practicar unas mismas costumbres incluso piadosas…

La señal de los cristianos es algo que sale de lo profundo de la persona y compromete toda la vida. Es, a la vez, un regalo y un mandato: lo hemos recibido como don, porque no podemos amar como Jesús, si el Espíritu no cambia nuestro corazón, y a la vez tenemos que vivirlo cada día como ardua tarea.

El signo distintivo de los cristianos no es cualquier amor, es amar como Jesús nos ama a cada uno de nosotros. Y para descubrir más plenamente cómo nos ama, rebobinamos y recordamos su vida y su muerte.

Leemos las primeras frases de este evangelio a la luz del amor que Jesús tiene a sus discípulos. Y las leemos en el contexto que nos marca el evangelio de hoy: en la última cena, cuando Jesús siente que son los últimos momentos que pasará con ellos, cuando Judas sale del cenáculo.

Juan afirma que Judas salió, y esta salida pone en marcha toda la trama de la traición. Judas ha estado mucho tiempo con Jesús, le ha escuchado, pero ahora se “escapa” se autoexcluye del grupo, de la comunidad de Jesús.

Es una decisión que, en un momento o en otro, todos tenemos que tomar. Porque cada uno de nosotros tenemos la posibilidad de “salir” del cenáculo o de quedarnos con Jesús y con la comunidad. ¿Nos animamos a poner nombres y a confesarnos a nosotros mismos las veces que “hemos salido” dejando a Jesús con los otros discípulos?

Pero si nos quedamos, si apostamos por permanecer en la comunidad de sus seguidores, tantas veces defectuosos y hasta difíciles, escucharemos y podremos comprender y compartir el camino del seguimiento.

Escucharemos a Jesús que, en los últimos momentos de su vida, nos dice lo realmente importante, como hacemos todos cuando vemos que la vida y el tiempo se nos acaban. Y nos lo dice en tono cariñoso, de confidencia, llamándonos “hijos míos”:

– Llega el momento del triunfo de Dios, aunque me veáis en la cruz, despreciado, abandonado, traicionado… Tenéis que ver a través de ello la gloria del Padre, la que yo comparto con Él.

– Y solo una encomienda, un deseo, un mandato: amaos y hacedlo de forma que este amor os defina, os distinga y caracterice. Amaos como yo os he amado.

Con la luz del Espíritu y la fuerza de la comunidad podremos celebrar el triunfo del resucitado, que pasa por la muerte en cruz; podremos empeñarnos en amar sin condiciones, a los que nos aman y a los que nos traicionan o abandonan, a los que son de los nuestros y a los que se consideran de otros grupos…

Si estamos dispuestos, si nos dejamos conquistar por este amor, lo intentaremos una y otra vez. Si confiamos en que la fuerza de este amor que se nos regala nos irá cambiando… ¡permanecemos con Jesús en el cenáculo! En ese espacio donde se come y bebe, se comparte la vida en profundidad y se escucha al amigo en comunidad. Y esto, nos identifica y llena nuestra vida.

Mª Guadalupe Labrador, fmmdp

Fuente Fe Adulta

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