Te deseo…

Te deseo…
Te deseo que te conviertas
en esa criatura frágil y luminosa
que, aun descendiendo de Jerusalén a Jericó,
no olvida que cada herida
puede convertirse en una rendija de luz.
Te deseo que seas un abrazo que cura,
una mirada que levanta,
una palabra que envuelve el corazón.
Te deseo que aceptes tus caídas
como el seno donde nace la compasión,
que no te avergüences de tus lágrimas,
porque son agua que riega
la semilla del amor.
Te deseo que te conviertas
en ese samaritano que hay dentro de ti,
ese ojo que sabe mirar,
esa mano que sabe tocar sin herir,
ese corazón que,
en lugar de preguntar quién es el prójimo,
elige convertirse en él.
Te deseo que sientas que el albergue
donde se cuida al otro
es también tu corazón,
que acoge a todos,
que es tu casa,
la que sabe a bienvenida, acogida y abrazo,
la que sabe a hogar, mesa y pan,
que el camino no es solo para caer
sino también para renacer juntos.
Te deseo que descubras
que lo que has regalado con tu historia,
con tus heridas, tus límites,
puede convertirse en un don para quienes encuentres,
porque nada se pierde
de lo que ha sido amado.
Te deseo, también,
que vivas tu fragilidad como fuerza,
tu límite como llamada,
tu camino como vocación.
Porque quizá el buen samaritano
no eres tú, ni yo
sino Dios mismo que,
caminando a nuestro lado,
nos enseña cada día a convertirnos
en amor en movimiento,
en camino,
hoy.
*
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
***
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