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Ni la Virgen ni Dios “inmatricularon” una casa en Belén

Viernes, 8 de enero de 2021

ABF59562-0716-4FAD-8B9A-25FD7C5AF34EDel blog de Xabier Pikaza:

La Iglesia puede tener casas… pero sólo para “venderlas” y dar el dinero a los “pobres”

 Ahora, en cambio, en Navidad 2020, un tipo de iglesia de España y del mundo sigue inmatriculando bienes, entre ellos muchas casas, desde la Grande de Vaticano hasta otras más pequeñas.
 
El tema de fondo es complejo, y no se resuelve con ensoñaciones generales, pero exige una respuesta radical de la Iglesia de Jesús, si quiere ser coherente con el mensaje y vida de su Cristo
 
La Iglesia puede tener casas… pero sólo para “venderlas” y dar el dinero a los “pobres”, esto es, para que sean expresión de vida compartida (Mc 10). La Iglesia puede “negociar”  iglesias, casas (escuelas, universidades u hospitales… etc.), pero sólo al servicio de los pobres (Mt 25), para recibir y ofrecer espacio de vida a  exiliados, descartados…, de manera que su capital no sea para sí, sino los otros,para todos
 
En ese sentido,la Iglesia no puede matricular nada como propiedad particular (ni la Catedral de X, ni siquiera el Vaticano), pues toda propiedad cristiana es común. En esa línea, sus bienes (¡sin excepción alguna!) sólo pueden ser suyos en la medida en que ella hace que sean de todos, de forma que los da y reparte, invirtiendo el camino de inmatriculaciones y capitalizaciones que parecen estar buscando algunos.

Planteamiento inicial

          En este contexto, sabiendo que Jesús nació sin casa en Belén, quiero reflexionar sobre el tema en un plano de fondo  “cristiano” (no en línea jurídica o político…). Empiezo por el caso de las inmatriculaciones (tal como se da en España). Muchos dicen que la forma en que la Iglesia inmatricula sus pretendidos bienes no es clara, que no se sabe bien los que ella tiene, que tiene ni cómo los ha inmatriculado. Así podemos empezar reflexionando:

(a) No es que la iglesia sea muy “rica”, Ricos son los estados, las multinacionales, el gran Capital… Pero mientras ella no sea totalmente desprendida y clara en este campo  de las casas y el dinero, empezando por la cabeza (¡el mayor problema actual del Vaticano es su capital!), no podrá decir que es fiel al evangelio… ni podrá acoger  a Jesús cuando viene como vino en Belén.

(b) En un contexto de inmatriculaciones como el nuestro, la iniciativa debía partir de la Iglesia, que tendría que presentar mañana mismo, un lunes, claramente sus razones y papeles,  esté o no jurídicamente obligada, mostrando con toda claridad que todos los bienes que ella “administra” no son “suyos”,  sino de todos, mostrando con plena transparencia, que ella así lo hace, poniendo su “capital “espiritual” (que el Cristo de Dios), y también histórico, cultural, artístico, asistencial, afectivo etc. al servicio de aquellos que los necesitan.

(c) Pero el tema de la Iglesia no es inmatricular, sino  poner todas las posesiones y bienes de la Iglesia al servicio del bien común, y en especial de los oprimidos y/o excluidos,  incluso en contra (por encima) de algunas leyes (conforme a la palabra de Jesús: No podéis servir a Dios y a la Mamona.

      En sí misma, como Jesús, la iglesia en sí (no para alguna de sus obras) no necesita inmatriculaciones, pero si las tiene ha hacerlas para servicio de aquellos que, como Jesús, no tenían espacio en la “posada legal de Belén”. ¿Para qué necesita la iglesia 2020, en España y en el mundo, inmatricular a su nombre (teóricamente en el nombre de Jesús) unos bienes?

  1. Muchos piensan que la iglesia inmatricula bienes para ser rica…, para tener poder. Pues bien, para responder a su verdad más honda, la Iglesia tiene que invertir ese proceso de enriquecimiento egoísta haciendo que todos sus bienes muebles e inmuebles estén limpiamente al servicio de todos, en especial de los más pobres,  es decir, que sean de verdad de los más pobres, no en un tipo de retórica piadosista (no piadosa).
  2. ¿Puede la iglesia inmatricular para sí unos bienes, al modo en que lo hacen las empresas capitalistas, en un mundo donde miles de instituciones de poder, desde estados a corporaciones, quieren “inmatricularlo” todo, incluso el agua, como “bien” de mercado dominado por algunos?  ¿Puede sumarse la iglesia a la carrera de un capitalismo que en el fondo (e incluso en la forma) va en contra del evangelio.
  3.  La Iglesia no puede inmatricular nada para sí (como iglesia “particuar”), sino sólo para “Jesús y su gente”, es decir, para todos, y en especial para aquellos que no tienen casa, ni bienes propios, por encima naciones y estados, de multinacionales y leyes de propiedad particular…  Es absolutamente necesario (por evangelio)  que todos los bienes de la iglesia (inmatriculados o no) sean para servicio de todos, no para lucro particular, sino para comunicación gratuita entre todos y para todos.
  4. Quiero una iglesia a contra-corriente. En ese sentido “la inmatriculación eclesial” no puede ser un “acto de apropiación particular”, sino más bien de “desapropiación”. Ella puede y deber tener un capital, pero sólo un capital-servicio, un capital de “bienes verdes”,  que ella “administra” (¡no posee!) para bien de todos, siempre que la sociedad civil (el Estado) se lo permita, para servicio de los más pobres.
  5. La “administración de esos bienes inmatriculados por la Iglesia”… constituye la prueba de fe del cristianismo (o, mejor dicho, el “dogma” fundante de la iglesia). Sólo en la medida en que no capitalice para sí (no tenga nada frente a otros) la Iglesia se podrá llamar cristiano.  En ese sentido, quiero que la iglesia “tenga mucho”, pero nada para para ella, ni para enriquecimiento de su gente (su staff), sino para iniciar y recorrer un camino de total gratuidad.

Desarrollo teórico. Tres principios

                La iglesia no es una corporación económico-social (o doctrinal), sino espacio de  comunicación y gratuidad al servicio de los más pobres, para que todas las “casas de Belén, es decir, del mundo” sean posadas de acogida para los pobres y excluidos de la sociedad.   Éste es el dogma cristiano, que los hombres y mujeres puedan darse unos a otros y acogerse, escucharse y dialogar, en donación gratuita, en esperanza de vida: eso es religión para los cristianos. En esa línea, la verdad cristiana es la comunicación creyente, la estructura de comunicación y acogida de la iglesia cobra un valor teológico especial, queda integrada en la dogmática.

  1. La fe en Dios  según Jesús se identifica con el despliegue de la comunión personal gratuita, una sociedad de renacidos, donde nada “capitaliza” para uno mismo, de un modo egoísta, sino para los demás. Ese proyecto comunicativo de Jesús ha sido combatido por los poderes del sistema que le han condenado. Pero invirtiendo esa condena, Dios le resucita, haciéndole en medio de la historia humana garantía y camino de comunicación gratuita de la vida.
  2. El Dios que nació en Belén si casa (sin propiedad particular), quiere que todos los hombres compartan lo que tienen, que nadie se encuentre sin casa, porque solo se tiene de verdad aquello que se regala a los otros… En esa línea “inmatricular” algo en nombre de Jesús significa “des-matricularlo”, ponerlo por principio al servicio de todos. En esa línea, la iglesia o comunidad de “amigos de Jesús” tiene que presentarse como como la comunidad de aquellos que, creyendo en la Palabra de Jesús resucitado, la celebran con su vida y la comparten… En esa línea, los bienes de la comunidad de Jesús (edificios, locales, servicios…) no son para ella, para su staff, sino para todos los hombres.  Jesús dijo al “joven rico”: Inmatricula todo lo que quieras, para con la condición de que lo pongas inmediatamente al nombre y servicio de todos.
  3. La iglesia no puede inmatricular bienes para su staff o personal administrativo. Los ministros de la iglesia han de ser mujeres y hombres al servicio de la comunicación, hombres y mujeres cuyo bien supremo es compartir. Su “grandeza” no está en tener, sino en dar. Por eso, los ministerios cristianos son mediaciones comunicativas: no expresan el poder de un Dios rico en sí (principio superior y separado, que se goza imponiendo su dictado), sino del Dios de Jesús, que nace en Belén, entre pobres, para pobres.

La Iglesia de Jesús como anti-sistema

               No tiene intereses económicos, ni finalidades comerciales o administrativas, pues solamente busca la vida y comunión de los humanos: pretende que las cosas se resuelvan, pues en su nivel no hay cosas para resolver, sino que los creyentes dialoguen y vivan. Por eso decimos que es autogestionaria.

El sistema, en cuanto institución económico-administrativo, no deja lugar para ese tipo de gestiones: no le importa el diálogo personal, sino que las cosas funcionen y los problemas se revuelven con eficacia, en un todo donde los diversos elementos están conectados. Por el contrario, cada comunidad eclesial puede y debe ser autogestionaria, a nivel de fe y comunicación humana, pues no busca el funcionamiento legal, sino que los creyentes puedan dialogar en Cristo, acojan  y expandan la fe, celebren el amor mutuo y esperen en amor la vida eterna.

            Las comunidades eclesiales han de estar abiertas a los excluidos del sistema, siendo, al mismo tiempo, capaces de crear espacios de comunión dialogada entre sus miembros. Pero a veces sucede lo contrario: la apatía de muchos creyentes y el predominio de la búsqueda de poder y de seguridad (¡inmatriculación tras inmatriculación!)  ha convertido a las iglesias en principios de colonización espiritual y aun económica: Así surgen en la Iglesia un tipo de poderes que actúan de forma paternalista (¡ciertamente, con buena voluntad y mucho sacrificio!) sobre un grupo de fieles subordinados a quienes ofrecen su “servicio religioso” como a menores de edad.              Esta situación nace del miedo: Queremos bienes inmatriculados para estar seguros, queremos poder para así sentirnos justificados. Algunos suponen que si la jerarquía dejara de velar por sus creyentes estos se perderían, pues  son como niños que deben tener protección. Pues bien, ese miedo no es cristiano: la iglesia no tiene nada que perder, ni defender; los posibles privilegios que antes tuvo han perdido hoy su sentido. Por otra parte, la sociedad no la necesita, vive perfectamente sin ella, aunque a veces la utiliza para engalanar sus fiestas (matrimonios, funerales…).

Sólo cambiando de actitud (año 2020) ahora que la Iglesia ya no es necesaria en línea de poder político-económico, ella puede volverse significativa por su entrega al servicio de los demás, con sus valores evangélicos, como testigo de la libertad y comunión entre los creyentes (para los humanos).   El sistema quiere cosas, poderes bienes… en la línea de un capitalismo de imposición. En contra de esa actitud y camino de capitalización, la Iglesia ha de ser testimonio activo de “anti-capitalización”. No necesita inmatriculación; quiere vivir en libertad generosa de amor.

Comunión inmediata. Una iglesia sin burocracia de poder económico o social

La iglesia es anti-sistema, no por mimetismo o lucha (como si quisiera oponerse al sistema para ocupar su lugar), sino porque ha descubierto y quiere ofrecer algo que el sistema ignora: un espacio de encuentro desde Dios entre personas. Dinero y burocracia, metódicamente organizados, definen nuestro mundo y lo hacen de un modo eficaz, en plano administrativo, de manera que parece que existimos sólo cuando aparecemos en la información. Pues bien, la iglesia se sitúa y nos sitúa a otro nivel, allí donde no importan documentos, sino la palabra personal, vivir en libertad y compañía. Por eso, la iglesia no quiere que sus miembros estén en los archivos, sino los unos en el  corazón de los otros:

– El sistema es control y organización burocrática de la economíay necesita planificación, según principios que pueden programarse y evaluarse. Así, en lenguaje popular, podemos afirmar que el sistema son leyes y papeles. Lógicamente, ha de tener burocracia especializada, gestora de los procesos de producción y distribución de bienes y del movimiento de los agentes productivos y consumidores, conforme a unas leyes precisas, dentro de un orden social informatizado. Vivimos en un mundo de absoluta burocracia, medido por una administración racional que sólo funciona en la medida en que se encuentra programado y documentado en los sistemas informáticos. El capital base del sistema no son productos alimenticios, ni armas u oro, ni tampoco recursos energéticos, sino los medios de comunicación:  la red de información y contactos sociales que mantienen vinculados a todos los que “merecen” (o logran) vincularse.

– La iglesia no es control burocrático, sino gratuidad y encuentro personal. Por eso, en principio, ella no necesita documentación legal, sino comunión en perdón y encuentro de corazones, conforme a unos textos ya evocados (Mc 2, 1-12; Jn 8, 1-11).De manera consecuente, en muchos siglos, ella ha vivido sin más papeles que los vinculados a la memoria de Jesús (Biblia), sin necesidad de archivos ni justificantes. Pero después, como heredera del imperio romano, ha creado la primera administración racional de occidente, con archivos de bautismo y matrimonio, nombramientos ministeriales y una chancillería y burocracia ejemplar al servicio de su propio sistema. Así ha cumplido una función de suplencia en una sociedad donde apenas había burocracia. Pero ese tiempo ha terminado: el sistema social se ha organizado y la iglesia puede volver a lo que es: comunión fraterna de personas que comparten la vida de un modo directo. Ella había realizado funciones del César, pensando que eran de Dios y así había construido un edificio de leyes sociales con tinte sacral; hoy no hacen falta, de manera que la iglesia puede acabar siendo lo que era, lugar de experiencia contemplativa y encuentro personal.

El sistema realiza sus servicios burocráticos en perspectiva educativa y laboral, económica y policial, jurídica y sanitaria… en una línea de fondo capitalista. A ese nivel importan los papeles: archivos informatizados identifican y controlan a los individuos, según tarea, trabajo o número. Cierta administración eclesial, quizá por mimetismo, se ha dejado arrastrar en esa línea y produce números, hojas de bautismos y matrimonios, certificados y firmas, de manera que algunas parroquias y diócesis parecen oficinas de estadística. Gracias a Dios, ese movimiento de burocratización no se ha universalizado de manera consecuente y pienso que llega el momento de pararlo. La iglesia en cuanto tal (en su vida y sus celebraciones) es un lugar donde no hay más documentación que la palabra (sí, no: Mt 5, 37), proclamada, escuchada, compartida… una palabra al servicio de la comunión, de la acogida universal, del servicio a los más pobres.

– La iglesia es memoria viva de comunión personal. Los papeles son necesarios para la administración oficial del sistema, donde está en juego el dinero y cada uno actúa como función, no como persona ¿Qué sentido tendría acreditarse con papeles en una reunión de hermanos en familia? ¿quién iría a justificar con documentos su presencia en una cena de amistad? Por eso, allí donde la pertenencia debe justificarse con papeles y no por la palabra de presencia y testimonio, la iglesia se vuelve sistema impersonal. Ciertamente, los cristianos tendrán que hacer papeles al ponerse en contacto con la sociedad civil, cuando inscriben sus instituciones, de inspiración evangélica,  en el  contexto administrativo o judicial de entorno: los tendrán que hacer ante el César, pero no ante Dios, pues. Dios no necesita documentaciones, ni las necesita la comunidad creyentes, fundada siempre en la palabra personas de sus fieles. El César, en cambio, los necesita y sólo al entrar en contacto con el César han de emplearlos los cristianos.

– Centrándonos ya en el tema de fondo del Jesús que no tenía casa inmatriculada para nacer en Belén (ni una piedra propia donde reclinar su cabeza: Mt, 8.20). La iglesia en cuanto tal no puede tener títulos de propiedad, pues todo en ella se comparte (y se abre a los necesitados). Pero si un cristiano o grupo de cristianos (no la iglesia en sí) registra un campo o casa en el orden del sistema deberá emplear la documentación pertinente, pero sabiendo siempre que el bien que inmatricula (edificio, casa, lonja…) no es suyo, sino de los pobres, para servicio de los demás…

             Vivimos en un mundo donde la seguridad se vincula cada vez más a documentos, títulos de propiedad y capital y más capital (como único Dios del mundo).  Pues bien, invirtiendo ese proceso, la iglesia debería insistir en el valor primario del encuentro personal y el testimonio de las comunidades,  en gesto de acogida y servicio a los demás, para así crear comunidades de liberados para el Reino de Dios.

La Iglesia ¿una institución distinta?

Jesús nació y creció fuera del sistema, no tenía casa en Belén. Jesús se opuso después a los tres pilares sagrados del sistema israelita (un Dios visto como ley, un culto religioso entendido como templo sacrificial, y una familia y sociedad entendidas el clave de poder económico-social).En esa línea se opueo estructura imperial y económica de Roma, siendo así crucificado, de manera que la pascua es ratificación divina de su rompimiento mesiánico. Como testigos y continuadores de aquel gesto nos sabemos hoy nosotros, cristianos del tercer milenio, llamados a ofrecer  el testimonio de Dios más allá del sistema, a nivel de gratuidad y comunicación personal. No abandonamos lo anterior para crear otro pueblo como el de Abrahán o Moisés, ni para establecer la ley islámica, como Mahoma; ni hemos dejado la seguridad del sistema para descubrir la luz interna, más allá de los deseos, como Buda. Admiramos, ciertamente, esas rupturas y nos sentimos solidarios de quienes las hicieron y las siguen haciendo en China o India, África o América. Pero buscamos la del Cristo.

  Rompiendo el estuche de hierro del sistema económico capitalista de la sociedad actual, la iglesia debe ser signo de encuentro personal, donde cada uno sea lo que es (quien es) en confianza y apertura de amor y servicio hacia los otros, superando un tipo de familia impositiva, de sociedad legal, de sistema económico de poder.

– En el  principio de la iglesia está gesto de Jesús que abandona su buena familia, para plantar su casa entre los pobres y excluidos del sistema (enfermos, posesos, pecadores). Jesús y sus discípulos dejaron el orden de los sabios, buenos militares de la liberación (celotas), puros y perfectos (fariseos, esenios), para hacerse hermanos de los excluidos. Este no es un rechazo hacia la soledad interior, para aislarse del mundo, sino hacia la universalidad, reconociendo la presencia y don de Dios en aquellos que no importan ni cuentan en las estadísticas, pues están fuera de los buenos libros y de los espectáculos sagrados o profanos de los triunfadores. De manera consecuente, para mantenerse fiel al evangelio, la iglesia debe tomar su tienda y moverse a la periferia del sistema: romper su vinculación con las estructuras de poder, sus ventajas diplomáticas y sociales, para sentarse en la calle de la vida, con Jesús y sus primeros discípulos, creando familia  en gratuidad universal, por encima de la ley del mundo.

Esta es una ruptura de comunicación orante. Hay una oración del sistema, que se expresa en forma de representación, como espectáculo circense, gran teatro del mundo, organizado por los medios (radio, intenet, televisión). Vivimos en una sociedad mediática. Ciertamente, los “medios” en sí son neutrales y pueden ayudar al ser humano, pero pueden crear adición y no crean comunión. Por eso, la palabra de la iglesia debe superar ese nivel y conducirnos con Jesús al lugar de la ruptura orante, al encuentro personal con Dios. Jesús rechazó el culto del sistema (sacrificios, ritos nacionales), para dialogar con Dios desde la vida, en comunión directa con los hombres y mujeres de su entorno. Ciertamente, la iglesia actual habla de oración, pero a veces parece que le tiene miedo. La mayoría de los templos cristianos de occidente se han cerrado o son para turistas. Muchos orantes recetas o modelos orientales, como si la fuente de misterio de la iglesia su hubiera secado: no hay apenas  varones contemplativos; las admirables mujeres de las grandes tradiciones monacales (benedictinas, franciscanas, carmelitas) viven cerradas en clausuras legales, bajo el dominio de clérigos no orantes y su influjo no parece grande en el conjunto de la iglesia…

    Estos dos momentos de la ruptura cristiana (social y contemplativo) son inseparables. El descubrimiento del valor de los pequeños, a nivel de humanidad cercana, no por la estructura del sistema, y el descubrimiento y cultivo del misterio personal de Dios, son como dos piernas para el caminar humano. Frente a la lógica del sistema, que a todos domina y en el fondo iguala, expulsando a los más débiles, se eleva la experiencia de gratuidad, que se concreta en el valor de cada uno de los hombres y mujeres, capaces de encontrar a Dios libremente en la intimidad de su existencia, para abrirse en amor liberador hacia los otros.

– Un punto de partida es el la apertura concreta hacia los pobres o excluidos. No valen por sistema, espectáculo u organización, sino por ellos mismos: son dignos de amor, especialmente si están necesitados. Frente al Todo del orden social que promete beatitud a sus privilegiados, se elevan el enfermo y moribundo de Buda, el huérfano, viuda y extranjero de la tradición israelita. Ellos son signo de un Dios de gratuidad, que habita en lo escondido, rompiendo y superando los modelos de sacralidad del mundo, propios de las religiones organizadas, que acaban bendiciendo el sistema (buena familia, culto bueno, sacerdotes funcionarios de los grandes ritos eclesiales). Sobre esta ruptura de los pobres (enfermos, pecadores, leprosos, manchados) ha trazado Jesús su camino mesiánico, ha iniciado la marcha de su iglesia.

          –  El otro punto de partida  es el encuentro gratuito y personal con Dios, a quien cada creyente descubre como fuente de ser y amor cercano (Padre). Este es el alfabeto y lenguaje de la iglesia, en una sociedad de espectáculo y planificación. Por encima de todo fingimiento, el fiel acoge y agradece la vida como don (=cree). Por eso vive en libertad: nada le puede dominar, nadie puede dirigirle desde fuera, pues se sabe querido de Dios, elegido, en manos del misterio fundante que es el Padre. Se dice que el budismo nace cuando reconocemos la omnipotencia del dolor y superamos la dictadura del deseo que domina y destruye nuestra vida. Pues bien, el cristianismo nace y se expande allí donde afirmamos sorprendidos, respondiendo a su palabra y presencia de amor, que hay Dios y que él es Padre nuestro y de los expulsados del sistema.

   Este es el milagro, este “capital” de la iglesia, sin necesidad de “inmatriculaciones”: hombres y mujeres pueden vivir y vincularse por la fe en el Padre, en comunión de amor a los pequeños, excluidos del sistema. Desde esa confesión se unieron los primeros cristianos, esperando la próxima venida de Jesús, el fin del tiempo.

    Por eso me puede parecer bien que la iglesia de España quiera inmatricular bienes y bienes… pero con una condición: Sabiendo que no son para ellas, sino para administrarlos de un modo totalmente gratuito y universal, al servicio de los más ignorantes y pobres, de los excluidos y humillados del mundo.

 

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