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Trinidad y/5. Trinidad. Dios Persona en la vida de los hombres

Lunes, 8 de junio de 2015

TrinidadDel blog de Xabier Pikaza:

La Trinidad es la forma de ser persona en Dios (y de Dios):

‒ Cerrado en su identidad individual o puramente humana, el hombre no sería persona, en el sentido radical de la palabra. Todos los intentos de fundar su personalidad del hombre separándole de Dios (por dominio de sí, trabajo material o puro encuentro intramundano) son al fin insuficientes, en sentido cristiano. Quizá podamos añadir que, en un plano puramente antropológico, el hombre (varón/mujer) es un camino de búsqueda personal, un ser que tiende a sí mismo, desde y con los otros, no una persona estricta, pues esa palabra (persona), elaborada en perspectiva teológica (aplicada a Cristo de forma trinitaria), sólo puede entenderse en relación con el Dios de Jesús.

‒ El hombre es persona, en sentido cristiano, haciéndose persona en Dios, por medio de Cristo, que la primera persona humana (desde el Padre-Dios, que es primera persona trinitaria). Jesús despliega, así, en forma humana el misterio divino del Hijo de Dios, realizando al mismo tiempo, en forma divina, su relación plena con los hombres. Sólo en su encarnación (es decir, en su historia personal) se puede afirmar que él es persona divina siendo, al mismo tiempo (surgiendo así en la historia como) persona humana. En esa línea decimos que él ha podido realizar y ha realizado, en plenitud, en una historia humana su mismo itinerario personal de Hijo de Dios (y que él ha realizado en forma divina su itinerario humano) .

De esta forma culmina la reflexión trinitaria, que me ha venido ocupando en los últimos días. Gracias a todos los que me han seguido en este camino fuerte de “estudio” del Dios cristiano.

1. Tema de nuestro tiempo, un tema “eterno”.

Estas reflexiones podía haber terminado la postal anterior, pero he querido añadir, casi a modo de apéndice, unas ideas sobre la identidad del Espíritu Santo, en línea de esperanza, evocando abriendo un camino de estudio sobre la persona y tarea del Espíritu Santo (Señor y Dador de Vida, Concilio de Constantinopla I), que no ha sido todavía suficientemente analizado, y menos aún resuelto, por la teología.

La primera idea que debemos tener firme es que, como sabe la tradición teológica, las personas de la Trinidad no son unívocas (las “tres” iguales), sino que cada una “es” de una forma distinta, el Padre como ingénito que engendra, el Hijo Jesús como engendrado que entrega la vida al Padre, dándola a los hombres, y el Espíritu como el amor que procede del Padre (por el Hijo), abriendo un camino de historia y comunicación interhumana, impulsando por dentro a los hombres para que sean personas en comunión y esperanza de vida.

(a) Una tradición que va de San Agustín a Santo Tomás (con K. Barth y K. Rahner) tiende a decir que, en sentido estricto, Dios es sólo una persona, que se revela en tres modos internos de subsistencia.

(b) Pues bien, en contra de eso, en la línea de Ricardo de San Víctor y Juan de la Cruz, vengo afirmando que Dios es Uno siendo comunión de personas, del Padre con el Hijo Jesús, en el Espíritu Santo, abriendo así un camino en el que su misma realidad eterna (inmanencia) se expresa e identifica con su economía (con el despliegue de la historia de la salvación).

En esa línea he venido diciendo que ser persona es un estar abierto no sólo hacia el futuro de uno mismo y de los otros, sino al mismo Dios, como ha puesto de relieve una tradición teológica, que podemos centrar en Joaquín de Fiore, monje calabrés que en el siglo XII, que anunciaba el cumplimiento definitivo de la historia desde una perspectiva trinitaria: ha pasado el tiempo del Padre, que vino a definirse como servidumbre; también se ha realizado ya el tiempo del Hijo, desplegado como infancia o sumisión filial; viene ahora el reino del Espíritu, abierto hacia la plena libertad en el amor. Pues bien, en ese itinerario de Dios, que se desvela plenamente como Espíritu en la historia de los hombres, estamos implicados nosotros, no sólo de una forma contemplativa (conocer el misterio), sino activa, comprometiéndonos con Dios y por Dios, en la línea ya evocada al tratar de San Juan de la Cruz y de Etty Hillesum, cuando decía que “tenemos que ayudar a Dios”.

Con esto hemos entrado, imperceptiblemente, en un dominio nuevo. Hemos pasado de un plano más teórico, en el que importan las definiciones conceptuales bien precisas, al espacio de la praxis donde las cosas sólo se entienden comprometiéndose por ellas, dejándose cambiar en el intento de cambiar el mundo y conociendo en la medida en que uno hace (se hace). Este cambio de nivel, que puede entenderse como ruptura epistemológica, nos capacita para interpretar cristianamente el misterio del Espíritu, en línea de compromiso creyente y de transformación de la historia.

En esa línea he venido suponiendo que el hombre tiene, por su misma humanidad, una estructura personal abierta hacia el misterio, de manera que puede escuchar a Dios si Dios le habla (como supone K. Rahner). Pero la verdad concreta de su vida, la realidad de su persona, sólo puede entenderse como resultado de la gracia, como inclusión en el misterio Trinidad por medio de Jesús, el Cristo, en una historia. En sentido originario podríamos decir no existen más personas que las trinitarias: el encuentro de Dios Padre con el Hijo en (por) el Espíritu. Por eso, los hombres sólo pueden ser personas, como dueños de sí mismos en un gesto de apertura hacia los otros, en apertura radical al Dios de Cristo, superando así las barreras de la muerte, si es que se introducen (de un modo consciente o sin saberlo) en la vida del misterio trinitario (tal como se expresa en la pascua de Jesús).

Ciertamente, el tema de la persona se puede situar en otros planos: familiares y sociales, jurídicos y económicos… Pero sólo adquiere su verdadero contenido cristiano y su verdad en Jesucristo, en referencia mesiánica (en perspectiva trinitaria). Así decimos que, en sentido radical, el hombre es libre porque está abierto al infinito, per ser hijo de Dios Padre que le ha “redimido”, es decir, la ha creado plenamente en Jesucristo, concediéndole dignidad infinita; es persona porque él puede y debe realizarse como hijo de Dios, desde la experiencia de su Espíritu.

Ésta es la aportación cristiana (de la Encarnación y la Trinidad): el hombre puede realizarse en plenitud como persona, introduciéndose en amor en el misterio intradivino, formando así parte del mismo despliegue de Dios, haciéndose y siendo con Jesús Trinidad. En esta línea, podemos añadir que la salvación consiste en realizarse para siempre de un modo personal, desde Jesús, en su misterio trinitario, es decir, en el ámbito del despliegue y realización de Dios. La condena humana (aquello que simbólicamente llamamos infierno) consiste, en cambio en rechazar ese camino, desligando nuestra vida de la vida de Dios, separándonos de Jesús, el Cristo (de manera que nuestra existencia se cierre en sí misma, en camino de muerte, sin vincularse a lo divino, que es la vida).

2. Trinidad en la historia: ser persona en Dios.

La verdad del hombre está en introducirse, por gracia y libertad, en el misterio primordial y escatológico del amor trinitario. Éste es el principio y fundamento de la vida: El Dios eterno, trinitario, se revela y realiza en Cristo, como historia y comunión en la que pueden introducirse los hombres. En este contexto descubrimos nuestra meta: también nosotros como humanos, por medio de Jesús, en el Espíritu, podemos participar ya para siempre de la vida divina, entendida como gracia, encuentro libre, gratuito de personas. No somos Dios, pero sólo podemos realizarnos plenamente, como humanos, si penetramos (somos introducidos) en la gracia del misterio trinitario, formando así parte (por gracia) del mismo despliegue trinitario.

El hombre se hace persona en Cristo asumiendo el camino filial de Hijo de Dios y su entrega fraterna al servicio de los otros, especialmente de los pobres y los marginados, dentro de la vida de un Dios que es amor. Dando un paso más podemos añadir que el hombre se hace persona en el Espíritu Santo, a través del don pascual de Jesucristo. Por eso, la realidad personal de la apertura a Dios y de la comunión interhumana no es algo que los hombres deban empezar creando con su esfuerzo, como obligados a inventar un nuevo plano de existencia que antes no existiera, sino que es don de Dios, presencia trinitaria, en el Espíritu de Cristo.

Pero, al mismo tiempo, hay que añadir que ese nivel de la persona no es un dato accidental o secundario que se añada, de manera algo arbitraria, sobre un fondo humano previo ya fijado y bien constituido. El hombre no se encuentra ya acabado antes de convertirse en destinatario de la gracia personal, sino que va “acabando”, se va haciendo, en un proceso de personalización que arranca de su misma naturaleza para luego desbordarla internamente, por gracia. Así venimos a encontramos en el centro de la paradoja de lo personal, que sólo se comprende desde un fondo trinitario:

‒ Como naturaleza, el hombre está llamado a ser persona. Eso significa que lleva dentro de sí mismo un dinamismo de vida y realidad que le sobrepasa: busca aquello que no puede alcanzar con sus propias fuerzas; tiende hacia aquello que le desborda. Sólo así, queriendo transcender su propio límite y fronteras, el hombre viene a explicitarse como humano.
‒ La gracia personal de Dios en Jesucristo, como participación de la vida trinitaria, nunca puede conseguirse por el simple dinamismo de la naturaleza, porque implica ‒por definición‒ un don gratuito de Dios que se revela, en su verdad más honda, ofreciendo su propia vida divina a los hombres, que se hacen así plenamente personas en el interior del misterio trinitario.

Esta paradoja ha de entenderse desde el centro de la teología, allí donde se cruzan y fecundan el camino de Jesús y la presencia del Espíritu. Como he venido diciendo, el hombre es buscador de persona: está en camino de sí mismo, queriendo descubrir y realizar su verdad. Jesús asume esa búsqueda, dentro de la historia de la revelación israelita, encarnando así, por gracia-presencia de Dios, la misma filiación del Hijo de Dios en la vida de los hombres. Desde ese fondo afirmamos que Jesús es la persona fundante, la persona del Hijo de Dios en forma humano. A partir de este principio cristológico entendemos el sentido del Espíritu y su influjo en la historia.

El Espíritu es persona en comunión, amor que brota de Jesús y le vincula con el Padre, vinculándose a la vez con el conjunto de los hombres. De esa forma, a través del misterio pascual expandido como efusión pneumatológica en pentecostés, el mismo Espíritu de Dios viene a introducirse como plenitud de vida y principio de realización en el camino de los hombres. A partir de aquí, y dejando de lado otros problemas que ahora nos desbordan, podemos afirmar:


‒ El Espíritu es persona divina al desplegarse o efundirse en los hombres.
Es persona como plenitud de Dios, ámbito de amor intradivino, comunión histórica “y” eterna, Amor-Persona que surge de la unión del Padre con el Hijo. Es “persona” en Dios, siendo principio de personalización y comunión en la historia humana. De esa forma actualiza la vida-obra de Jesús, apareciendo así como el verdadero sujeto de la historia y de la comunión interhumana.

‒ El espíritu Santo ratifica la comunión definitiva entre los hombres, que aparecen así como portadores de la “Trinidad de Dios”. Los hombres y mujeres viven, según eso, para expresar en su existencia la comunión que es Dios, y eso significa que ellos no pueden cerrarse en comuniones inferiores, de tipo social, político, económico (por más importantes que sean). Todas las restantes formas de unidad resultan limitadas: la persona humana se realiza plenamente sólo desde Cristo como ya hemos indicado; de una forma semejante, la unidad interhumana sólo puede culminar en apertura hacia el Espíritu de Dios que nos ha dado Jesucristo.

Esta última afirmación vuelve a situamos en el centro del problema antropológico. Los hombres tienden a centrar su vida humana en forma de sociedad particular: como raza, estado, clase, como grupo social determinado. Partiendo de todo lo anterior, esos niveles de clausura resultan limitados. Pues bien, superando ese plano, sin negarlo, cristianos son aquellos que se saben vinculados, convocados y personalizados, por el mismo Espíritu de Dios que les convoca en Jesucristo. Cada uno de ellos puede realizarse y se realiza en verdad como persona en la medida en que se encuentra sustentado y apoyado por la fuerza personalizante del Espíritu divino que Jesús ha desplegado con su vida y muerte sobre el mundo; cada cristiano es persona existiendo así en el mismo proceso interior de la vida de Dios.

3. Plenitud y comunión, ser persona en lo humano.

En la línea anterior podemos añadir que sólo el Espíritu de Dios abre a los hombres a un encuentro social definitivo, haciendo que ellos puedan realizarse plenamente, como personas, en libertad individual y en participación comunitaria, vinculándose entre sí, en Dios, de una forma ya definitiva.

‒ Por un lado, los hombres son personas en su encuentro social, abierto por Jesús hacia el Reino de Dios, por medio del Espíritu. Pero debemos añadir que ellos son personas, en sentido cristiano, en cuanto logran vivir la comunión de Cristo, en formas de existencia compartida (iglesia), de tal forma que su mismo amor común (que es signo del amor de Padre e Hijo) viene a presentarse como fuente de vida, manantial de Espíritu en el mundo. En esa línea podemos hablar de “salvación”, es decir, de esperanza escatológica de plenitud definitiva o resurrección. Frente a un eterno retorno en el que todo giraría sin más meta ni destino que el girar, el evangelio ha descubierto y proclamado el futuro de la vida como Resurrección.

‒ Lógicamente, en esa línea, todas las otras formas de comunidad de este mundo acaban siendo limitadas. Ninguna de ellas puede interpretarse como salvación total de Dios, revelación definitiva del Espíritu, porque aún esperamos la plenitud de la resurrección final. Sólo cuando llegue el mundo nuevo podrá hablarse de la revelación, plena de Dios, de la presencia plena de su Espíritu en la historia. Con esto hemos venido a situamos nuevamente en el nivel escatológico.

Muchos han pensado y piensan que el proceso de la vida se halla dominado por un Padre superior (un tipo de poder violento) que nos controla y dirige desde arriba, en una lucha sin fin por el poder. Pues bien, en contra de eso, partiendo de la revelación del Antiguo Testamento, por medio de Jesús hemos descubierto que Dios es Padre de amor, y que la historia es un encuentro personal que lleva a la comunión entre todos y la vida eterna, por obra del Espíritu Santo, en gesto de comunión y perdón, de resurrección y vida eterna (como dice el símbolo romano).

‒ En esta perspectiva de unidad escatológica debemos superar la lógica de lucha que parece imperar en el mundo. Muchos ¡piensan que la vida es un combate y que los hombres sólo pueden realizarse en la medida en que se oponen los unos a los otros. Como Hegel definía, analizando la lógica del amo y del esclavo, un hombre surge a la existencia (a su conciencia) al situarse frente a otro para dominarle. Pues bien, esta postura me parece falsa, partiendo del Espíritu de Cristo. En el principio no se encuentra ya la lucha, ni la vida se define en forma de batalla. En el principio está el amor del Padre que genera, y la existencia que é1 ofrece se concibe en forma de don generador, abierto hacia un futuro de vida siempre nueva.

‒ También debemos superar en esa línea la lógica egoísta, de aislamiento, de aquellos que pretenden realizarse separados de los otros. Muchos piensan que la vida es un proceso de realización intrapersonal y, por lo tanto, cada uno debe preocuparse de sí mismo, manteniendo relaciones sólo más superficiales con los otros. Pues bien, en contra de eso, en el Espíritu de Cristo descubrimos que no existe plenitud individual fuera de la entrega y comunión con otros: quien pretenda realizarse por aislado se destruye; quien entregue la vida a los demás ese conserva su vida verdadera la realiza, para siempre, como gracia, en la Gracia de Dios y de su Hijo, que es el Espíritu Santo.

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