El evangelio de hoy es exclusivo de Lucas, sin correspondencias en Mateo y Marcos. Y las tres breves partes en que podemos dividirlo se centran en el mismo tema, muy apropiado a la Cuaresma: la conversión.
Lectura del evangelio según Lucas 13, 1-9
En aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús respondió:
– ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pareceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceareis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola:
– Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: «Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?». Pero el viñador respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar».
Tres maneras de morir
1) Asesinado por Pilato; 2) Aplastado por una torre; 3) Negándonos a convertirnos.
Todo comienza con el aparente deseo de informar a Jesús, galileo, de lo que ha hecho el procurador romano a otros galileos: matarlos mientras ofrecían sacrificios en el templo. Parece un informe imparcial, pero es una trampa muy astuta: nadie le pregunta qué piensa de este hecho; se limitan a contarle el caso. Si responde airadamente, se enemistará con las autoridades; si se calla la boca, se revelará como un mal galileo y un mal israelita.
Para quienes han venido a contarle el caso, todo se juega entre unos galileos muertos, Pilato y Jesús. Ellos se limitan a informar, como la prensa; el caso no les afecta personalmente. Y aquí es donde Jesús va a cazarlos en su propia trampa. Con una ironía muy sutil da por supuesto que sus informadores no le piden una declaración de tipo político (Pilato es un asesino, ¡muerte a los romanos!) sino de tipo religioso (esos galileos han muerto por ser pecadores). De hecho, la mayoría de los judíos de la época (y muchos cristianos actuales), consideran que una desgracia es consecuencia de un pecado.
Pero Jesús toma un rumbo distinto. Los importantes no son los galileos muertos, Pilato y Jesús. Los importantes son ellos, los que preguntan, que no pueden considerarse al margen de los acontecimientos. Si piensan que esos galileos eran más pecadores que ellos, se equivocan. También se equivocaron quienes pensaron que los dieciocho aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé eran más pecadores que los demás.
La muerte no solo la provocan políticos injustos y criminales (Pilato) o desgracias naturales evitables (la torre). Hay otra amenaza mucho más grave: la que tramamos contra nosotros mismos cuando nos negamos a convertirnos.
Dios pide higos a la higuera, no pide peras al olmo
La historia de los galileos y de la torre la ha utilizado Jesús para avisar seriamente, y por dos veces: «Si no os convertís, todos pereceréis». Pero esta exhortación no debe interpretarse de forma equivocada. Dios no va a caer sobre nosotros como una torre ni va a mandar a sus ángeles con espadas desenvainadas. Mediante un breve parábola Lucas cuenta cómo nos va a tratar: como un agricultor sensato, realista y paciente.
Sensato, porque solo nos pide lo que podemos dar naturalmente, sin especial esfuerzo. De la higuera solo espera que dé higos, no plátanos ni melones. Lo que espera de nosotros es algo que cada uno debe pensar teniendo en cuenta sus circunstancias familiares y laborales, pero nunca esperará nada que exceda nuestra capacidad.
Realista, porque no se deja engañar. La higuera lleva tres años sin dar fruto. Con él no valen las excusas del mal estudiante que asegura haber trabajado mucho cuando no ha dado golpe en todo el curso. A nosotros podemos engañarnos diciendo que damos fruto; a Dios, no.
Paciente, porque ha esperado ya tres años, y todavía está dispuesto a conceder uno más. Según el Levítico, cuando se planta un árbol frutal, los tres primeros años no se pueden cortar sus frutos; el cuarto año, se consagran al Señor; al quinto se pueden comer (Lv 19,23-25). El propietario lleva tres años viniendo a buscar fruta en ella, lo cual significa que ha sido improductiva durante siete. Su decisión de cortarla es comprensible, ya que la higuera absorbe mucho alimento y quita las sustancias nutritivas a las cepas que la rodean.
Pero la parábola no habla solo del dueño de la viña. El gran protagonista es el viñador, el que intercede por la higuera y se compromete a cavarla y echarle estiércol. Ya que la higuera nos representa a cada uno de nosotros, el viñador tiene que ser Jesús. Se espera que la higuera produzca fruto no solo por ella misma sino también gracias a su acción.
En definitiva, la parabolita final matiza bastante la dureza de la primera parte del evangelio. Pero matizar no significa anular. Si nos empeñamos en no dar fruto, si no mejora nuestra relación con Dios y con el prójimo, por más que Jesús cave y trabaje, la higuera será cortada.
Nosotros no somos distintos ni mejores (1 Cor 10,1-6.10-12)
En el evangelio, Jesús advierte a los presentes que no deben considerarse mejores que los asesinados por Pilato o muertos por el derrumbe de la torre. La segunda lectura nos recuerdan que nosotros no somos mejores que el pueblo de Israel. A pesar de tantos beneficios divinos (paso del Mar, maná, agua que brota de la roca), muchos israelitas no agradaron a Dios y terminaron pereciendo en el desierto. Esto debe servirnos de ejemplo y escarmiento. Nos puede ocurrir lo mismo si nos comportamos igual que ellos. Dicho con las palabras del evangelio. «Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».
No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento, espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.
Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron aquéllos. No protestéis, como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador.
Todo esto les sucedía como un ejemplo y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer.
Historia de la salvación (II): vocación de Moisés (Ex 3,1-8.13-15)
La primera lectura de los domingos de Cuaresma se dedica a recordar grandes personajes o momentos de la Historia de la Salvación, para sugerir que la Pascua es el culmen de dicha historia. Tras recordar a Abrahán el domingo pasado, hoy se cuenta la vocación de Moisés.
La lectura del Éxodo nos habla de la preocupación de Dios por su pueblo esclavizado en Egipto. La vocación de Moisés será el primer acto de su liberación. Por eso, el estribillo del Salmo repite: «El Señor es compasivo y misericordioso». Pero igual de importante, o más, es la revelación del nombre de Yahvé. Los judíos, para evitar el uso indebido del nombre de Dios, nunca usan Yahvé, sino «el Señor» (adonay), «el nombre» (ha-shem), «los cielos» u otro circunloquio. El Concilio Vaticano II pidió evitar la forma hebrea para no herir la sensibilidad de los judíos. Por eso, siempre que aparece, las traducciones españolas usan «el Señor», igual que hicieron los judíos de lengua griega al traducir la Septuaginta. Esta decisión, válida para la liturgia, significa un empobrecimiento horrible a la hora de entender muchos textos del Antiguo Testamento.
En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó, la zarza ardía sin consumirse.
Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza». Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:
– Moisés, Moisés.
Respondió él:
– Aquí estoy.
Dijo Dios:
– No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.
Y añadió:
– Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.
Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios.
El Señor le dijo:
– He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel.
Moisés replicó a Dios:
– Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: «El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros». Si ellos me preguntan: «¿Cuál es su nombre?», qué les respondo?
Dios dijo a Moisés:
– Yo soy el que soy. Esto dirás a los hijos de Israel: «Yo-soy me envía a vosotros».
Dios añadió:
– Esto dirás a los hijos de Israel: El Señor, Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación».
Jesús nos habla de la igualdad. Nos dice que nuestra condición humana tiene grandeza y pequeñez, que nadie es mejor que nadie, que todos llevamos en nuestro interior semillas de humanidad y eternidad.
Nos habla de conversión, metanoia, cambio, mejor, transformación. Si disponemos nuestro ser al encuentro con el Amor de Dios, nuestras semillas de pequeñez, de límites, germinarán y serán fecundadas por Su Amor siendo transformadas. Así nuestra miseria, nuestro estiércol, que no nos gusta e intentamos ocultar, lo descubriremos como posibilidad de nuevo nacimiento. Un nacimiento no de seno humano sino del agua y del espíritu que es lo que posibilita la metanoia.
Jesús nos recuerda que es tiempo de transformar, de querer cambiar, de dejar de mirar nuestro ombligo, de erradicar nuestras pulsiones de dominio, poder, y vivir en la solidaridad donde todo es para todos. La maravilla es que todas las semillas que nos conforman no son ni buenas ni malas, son semillas, y toda semilla lleva en su interior posibilidad de fruto, germen de vida nueva.
Pero para ello hay que querer no tanto dar fruto, sino ser fruto. Y esto conlleva dejarse comer, entregarse, despertenecerse. Ser para los demás.
Así hace Dios con nosotras. No nos pide imposibles, lo único que quiere es que demos al cien por cien lo que somos.
No nos pide producir naranjas si somos higuera, ni nos pide producir limones si somos ciruelo, solo nos pide que seamos lo que estamos llamadas a ser.
Para ello nos riega con la ternura, la cercanía, la compasión, la escucha. Sí, esa es la metodología de Jesús, esperar, darnos tiempo y arropar nuestra tierra seca para que germine.
Oración
“Jesús, viñador de nuestra tierra, gracias por tu espera paciente, por tu empeño constante, gracias por tu cercanía y compasión, riéganos con el agua de tu ternura, para que podamos ser ternura para nuestros hermanos.”
Comentarios desactivados en Dios no castiga, pero tampoco premia.
DOMINGO 3º DE CUARESMA (C)
Lc 13,1-9
El mensaje de hoy es muy sencillo de formular, pero muy difícil de asimilar. Con demasiada frecuencia seguimos oyendo la fatídica expresión: ¡Castigo de Dios! El domingo pasado decíamos que no teníamos que esperar ningún premio de Dios. Hoy se nos aclara que no tenemos que temer ningún castigo. “El Dios que premia a los buenos y castiga a los malos”.
Es un Dios que interviene en la historia a favor del pueblo oprimido. Así lo creían ellos, desde una visión mítica de la historia. No es Dios sino los seres humanos quienes podemos alcanzar la salvación. Esto es muy importante. Somos nosotros los responsables de que la humanidad camine hacia una liberación o que siga hundiendo en la miseria a los humanos.
“Yo soy el que soy”. Estamos ante la intuición más sublime de toda la Biblia. Dios no tiene nombre, simplemente, ES. Todos sabemos que el discurso sobre Dios es siempre analógico, es decir: sencillamente inadecuado, y solo “sequndum quid”, acertado. A la hora de la verdad, lo olvidamos y defendemos esos conceptos como si fuera la realidad de Dios.
El evangelio de hoy nos plantea el eterno problema. ¿Es el mal consecuencia de un pecado? Así lo creían los judíos del tiempo de Jesús y así lo siguen creyendo la mayoría de los cristianos de hoy. Desde una visión mágica de Dios, se creía que todo lo que sucedía era fruto de su voluntad. Los males se consideraban castigos y los bienes premios.
Incluso la lectura de Pablo que hemos leído se pude interpretar en esa dirección. Jesús se declara completamente en contra de esa manera de pensar. Está claro en el evangelio de hoy, pero lo encontramos en otros muchos pasajes; el más claro, el del ciego de nacimiento en el evangelio de Jn, donde preguntan a Jesús, ¿quién peco, éste o sus padres?
Debemos dejar de interpretar como actuación de Dios lo que no son más que fuerzas de la naturaleza o consecuencia de atropellos humanos. Ninguna desgracia que nos alcance debemos atribuirla a un castigo de Dios; de la misma manera que no podemos creer que somos buenos porque las cosas nos salen bien. El evangelio de hoy no puede ser más claro, pero como decíamos el domingo pasado, estamos incapacitados para oír lo que nos dice.
Si no os convertís, todos pereceréis. La expresión no traduce adecuadamente el griego metanohte, que significa cambiar de mentalidad. No dice Jesús que los que murieron no eran pecadores, sino que todos somos pecadores y tenemos que cambiar de rumbo. Sin una toma de conciencia de que el camino que llevamos termina en el abismo, nunca lo evitaremos. Si soy yo el que camino hacia el abismo, solo yo podré evitar el precipicio.
La parábola de la higuera es clara. El tiempo para dar fruto es limitado. Dios es don incondicional, pero no puede suplir lo que tengo que hacer yo. Tengo una tarea asignada; si no la llevo a cabo, la culpa será solo mía. No tiene que venir nadie a premiarme o castigarme. El cumplir la tarea y alcanzar mi plenitud es el premio; no alcanzarla es el castigo.
¿Qué significa dar fruto? ¿En qué consistiría la salvación para nosotros aquí y ahora? Esta es la pregunta que nos debemos plantear. No se trata de hacer o dejar de hacer esto o aquello. La salvación no es alcanzar nada ni conseguir nada. Es tu verdadero ser, ya está en ti, porque ya estás identificado con Dios. Nuestra tarea consiste en descubrir y vivir esa realidad, que es tu verdadera salvación. Lo que no sea esta toma de conciencia es mitología.
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Lc 13, 1-9
«Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro…»
Una de las parábolas clave para entender los criterios de Jesús es la del fariseo y el publicano. El fariseo da gracias a Dios por ser como es y ni siquiera se atribuye el mérito de ser así… pero el autor nos dice que no alcanzó la justificación que buscaba. Y nos preguntamos: ¿Cómo puede una oración de acción de gracias de un hombre justo no ser grata a Dios?
Parece una parábola paradójica, pero la explicación es muy sencilla: el fariseo había recibido mucho y se había quedado con todo. Pensaba que las virtudes con las que Dios le había favorecido eran parte de su “Haber”, cuando en realidad formaban parte de su “Debe”. Las había recibido para dar fruto y, según el sentido de la parábola, no lo había dado. Recuerdo decir a Ruiz de Galarreta: «Me preocupan más mis virtudes que mis pecados», y es lógico, porque el pecado es consustancial a nosotros, pero las virtudes –los talentos– las hemos recibido para compartirlas.
El espíritu de Dios solo se puede manifestar en nuestro mundo si está encarnado, y esto significa que en él no puede haber amor, sino personas que amen y sean amadas, ni puede haber misericordia, sino personas misericordiosas. El amor, la misericordia, la tolerancia o la simpatía, solo pueden darse en las personas; solo pueden darse encarnados. Y eso implica que si yo he recibido sabiduría, empatía o cualquier otro talento, es para que haya sabiduría y empatía en el mundo; y no me los puedo guardar para mí solo, sino que deben dar fruto.
Los frutos que Dios espera de nosotros son los derivados del amor; reflejo directo de su amor. Pablo manifiesta esta idea de forma magistral en su primera carta a Corintios: «Si me falta el amor de nada me sirve… si no tengo amor nada soy». Conocer a Jesús, ahondar en su mensaje, guardar los mandamientos, pertenecer a la Iglesia, participar en sus ritos o frecuentar sus sacramentos, de nada me sirve si no amo y si ese amor no da fruto.
Los frutos del amor son la entrega, la fraternidad, la solidaridad, el desprendimiento, la misericordia, la tolerancia, la ayuda mutua… pues son el modo que tenemos los seres humanos de contribuir a la obra de Dios; es decir, de generar humanidad en torno nuestro y llevar la creación a plenitud.
Una cosa más; y ésta anecdótica. Si leemos la parábola de la higuera como si fuese una alegoría –cosa que no viene al caso porque rara vez las parábolas de Jesús tienen carácter alegórico–, ¿con quién identificaríamos a Dios; con el amo que quiere arrancarla… o con el viñador que quiere seguir abonándola un año más para darle otra oportunidad?…
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
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Lc 13, 1-9
Lucas 13, 1-9
Estábamos a punto de empezar a comer. Habíamos invitado a María de Magdala, nuestra vecina. Desde que era discípula de Jesús de Nazaret, nos gustaba hablar con ella, porque nos transmitía la buena noticia del Maestro con pasión.
Tras la bendición de los alimentos, mi padre nos dijo:
– Voy a cortar la higuera que tenemos en la viña. A pesar de haberla cuidado, no ha dado fruto estos tres últimos años. Hoy no he encontrado ni un solo higo en sus ramas.
María le respondió:
– Dale otra oportunidad. Yo misma iré a cuidarla, cavaré bien el alcorque y llevaré basura del establo. Por favor, dale esa oportunidad, en lugar de cortarla.
– ¿Para qué vamos a perder el tiempo, si no merece la pena? -replicó mi padre.
– Porque, desde que he conocido al Maestro he entendido la importancia de dar más oportunidades. No digo una, ni dos, sino dar hasta 70 veces 7. Así nos lo explicó hace poco, al hablarnos del perdón. Jesús hizo eso conmigo y he nacido de nuevo, lo mismo que Nicodemo; también están renaciendo muchos hombres y mujeres que estaban tirados en las cunetas de la vida.
Nos quedamos en silencio. María siempre hablaba desde las entrañas. El ejemplo de la higuera solo había sido un pretexto para compartir ese fuego que llevaba en su interior. Poco después, mi padre sacó un tema difícil, que era la comidilla de la aldea.
– María ¿qué nos dices del último escándalo que ha provocado Jesús? Todos sabemos que unos galileos cometieron un grave pecado, al ofrecer sacrificios, porque lo tenemos prohibido. Es normal que lo pagaran con la muerte. Habían ofendido a Dios, y Pilato se encargó de que los ejecutaran. Las culpas se pagan.
María se entristeció. Movía la cabeza hacia los lados y nos miraba como diciendo: no entendéis nada. Con la voz rota por el dolor nos dijo:
– ¿En qué Dios creemos? ¿Está Yahvé con el hacha levantada, para quitarnos la vida cuando pecamos? ¿Nos ha creado para vivir como hijos e hijas amados, o para castigarnos con la muerte cuando hacemos el mal? ¿Es castigo de Dios que se caiga una torre y nos pille debajo? ¿Es castigo que se desborde el río y nos ahoguemos? El Maestro nos invita continuamente a la conversión, a que cambiemos de camino cuando nuestros pasos están equivocados. Nos invita a cambiar de mentalidad cuando juzgamos a los demás. Nos invita a revestirnos de misericordia. Lleva tres años predicando lo mismo, pero… ¡tenemos los oídos tapados y el corazón endurecido!
Mi madre asentía con la cabeza. Ella rezumaba misericordia y entendía bien a María; eran grandes amigas. Mi padre y mis hermanos insistían en que las culpas se pagan y Dios se encarga de cobrarlas cada día.
Cuando acabamos de comer, María, con mucha sencillez y convencimiento nos dijo:
– Para entender al Maestro hay que intentar vivir lo que nos dice. Es verdad que nos causa escándalo, porque sus palabras son como una medicina amarga: es difícil de tragar, pero nos cura la enfermedad. Quizá nuestro interior está tan seco y enfermo como el de la higuera. La diferencia está en que Dios no deja de darnos oportunidades…, y nosotros, en cambio, tenemos preparada el hacha para cortar lo que no da los frutos que esperamos, aunque sea en la familia o en el vecindario.
Por la noche, antes de apagar el candil, seguí dando vueltas a las palabras de Magdalena. Y decidí que ya era hora de ir a conocer personalmente al Maestro. Tenía la esperanza de que, con el tiempo, pudiera llegar a decir lo mismo que Job: “De oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos”.
Sí, las palabras de Jesús son una medicina amarga. Y veinte siglos después, preferimos sustituirla por “caramelos”, que nos endulzan la vida y nos dejan la conciencia tranquila. O por ritos arcaicos, sin plantearnos si nos ayudan a convertirnos. O por cantos religiosos, que contradicen el mensaje del evangelio, pero vamos pasando de generación en generación.
El mundo va dando pasos hacia el rearme. Muchos “mesías” utilizan el miedo como moneda, para comprar voluntades y sumisión, a costa de la justicia y la paz. En este contexto, oímos una vez más la llamada a la conversión que nos dirige Jesús. Hoy nos da una nueva oportunidad. ¿Necesitaremos 70 veces 7, para convertirnos?
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Comentario al evangelio del domingo 23 marzo 2025
Lc 13, 1-9
Hemos crecido en una cultura tan marcada por la creencia en la culpa y en el castigo que, sin dificultad, hemos asumido, con ella, la actitud moralista y, en el terreno específicamente religioso, la idea de un dios que amenaza y castiga cuando no se cumple lo mandado.
Culpa, castigo, moralismo y amenaza tienen mucho en común: son creencias que giran en torno al ego -al que, aunque parezca paradójico, tratan de sostener-, partiendo de la idea de que el ser humano no es fiable y carece de guía interna adecuada que oriente su comportamiento. En consecuencia -sostiene esa visión-, necesita que le marquen lo que “debe” hacer, y que ese “debería” vaya acompañado de una advertencia que busque mantenerlo en el temor. Ese sería el papel de la culpa, de la amenaza y del castigo.
En la práctica, tal visión da como resultado la artificiosa división de los humanos entre “autoridad” -que se arroga el poder de imponer las normas- y “súbditos” -obligados a resignarse y obedecer lo ordenado-.
Y algo todavía más grave: esa visión se sostiene en una concepción radicalmente negativa del ser humano -una antropología sumamente pesimista, que ve a la persona esencialmente inclinada al mal-, a la vez que alienta un comportamiento tan egoico como artificioso: el ego se ve empeñado en hacer algo, por la simple razón de que “debe” hacerse.
Me parece urgente desmontar todas esas creencias tan falsas y engañosas como dañinas:
la creencia en la culpa,
la creencia en el castigo como medio de “mejorar” a la persona,
la creencia en la amenaza como medio para lograr objetivos saludables,
la creencia en la idea de que el comportamiento humano ha de estar marcado por el “debería”.
Tales creencias no solo se revelan radicalmente falsas, sino que siguen fortaleciendo una mirada distorsionada sobre la persona, marcada por la desconfianza básica y el moralismo autómata.
Alguien podrá argüir que la vida en sociedad requiere la amenaza para quienes pudieran constituir un peligro para la misma. Y que será necesario aislar o recluir a esas personas. Pero eso puede hacerse desde la prevención, sin potenciar la amenaza, ni el castigo, ni la culpa.
Comentarios desactivados en Señor, no te canses de mí, ten paciencia conmigo .
Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:
01.- La vida tiempo de siembra.
Poco a poco nos vamos adentrando en la cuaresma y, también, poco a poco, seguimos caminando por la vida.
La vida es tiempo de siembra.
Dice el salmo 125:Al ir iban llorando llevando la semilla. Llegaremos a la Pascua y algún día llegaremos a la Pascua definitiva-: al volver vuelven cantando trayendo las gavillas…
La vida es tiempo de desierto, de camino, de siembra.
Al mismo tiempo la cuaresma es tiempo de conversión…
A lo largo de en nuestra vida hemos comenzado muchas cuaresmas, muchos advientos, hemos hecho muchos Ejercicios espirituales, muchos retiros… Lo hemos intentado mil veces, pero hemos conseguido poco. Como la higuera del evangelio, no damos fruto…
¿La historia de nuestra conversión es la historia de nuestro fracaso?
02.- Paciencia histórica.
Aquella higuera del evangelio no daba fruto. Quizás como nosotros. Pero ello no ha de ser motivo de desesperanza sino de paciencia. En la vida hemos de tener paciencia histórica con nosotros mismos y con los demás.
El buen labrador del Evangelio le dice al dueño de la tierra: espera un poco: yo cavaré, cuidaré de la higuera, espera, verás que el año que viene puede dar fruto.
En otra parábola del evangelio -la del trigo y la cizaña, (Mt 13, 24-52)- el Padre, dice a los labradores: no os precipitéis en arrancar la cizaña, tened paciencia hasta el final.
Dios tiene una paciencia infinita con nosotros.
Para Dios nadie es un fracasado en esta vida. Dios Padre tiene paciencia para esperar a todos los hijos pródigos que vamos pasando por la historia. Ante Dios Padre no somos “des-graciados”, todos y siempre estamos en su gracia, en su amor.
La historia del ser humano está llena de fracasos, pero todos acontecen en la misericordia y paciencia de Dios.
Tengamos paciencia con nosotros mismos y con los demás.
Dios tiene una paciencia infinita con la humanidad y sabe soportar nuestras continuas infidelidades, incluso cuando en nuestro campo se entremezcla la cizaña y el trigo.
Quizás nuestra oración pudiera ser:
Señor, no te canses de mí, ten paciencia conmigo.
03.- Yo soy el que soy.
En la primera lectura (Éxodo) hemos escuchado la pregunta que Moisés le hace a Dios: ¿Quién le digo al pueblo que eres Tú?Dios le dice: Yo soy el que soy.
Moisés y los israelitas han salido y vienen de la esclavitud del faraón de Egipto. Dios se les presenta como liberador.
Israel cree -fe- en un Dios liberador.
En la historia hay mucho faraón suelto: político, económico, religioso, eclesiástico, también hoy. Basta ver un telediario y algunas diócesis.
El Dios de la Biblia, el Dios de Jesús es liberador de la historia, liberador de nuestros fracasos personales en la vida.
Comentarios desactivados en «En cuaresma: no dejemos pasar la ocasión de una verdadera conversión», por Consuelo Vélez
De su blog Fe y Vida:
Comentario al evangelio del III domingo de cuaresma (23-03-2025)
Jesús no pretende rebatir la doctrina de la retribución sino dejar claro que los acontecimientos negativos que pueden suceder no pasan porque los afectados sean más pecadores.
En ese sentido, todos están llamados a la conversión y nadie puede sentirse ajeno a ello.
El evangelio de hoy resulta bastante interpelante para los cristianos de hoy. ¿Dan los frutos esperados? ¿no han tenido el suficiente plazo para ello?
Son urgentes los frutos de la paz, la justicia social, la compasión, la solidaridad y tantas otras transformaciones que vendrían de una sincera conversión a los valores del Reino
En aquella ocasión se presentaron algunos a informarle acerca de unos galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Él contestó:
+ ¿Piensan que aquellos galileos, sufrieron todo eso porque eran más pecadores que los demás galileos? Les digo que no; y si ustedes no se arrepienten, acabarán como ellos. ¿O creen que aquellos dieciocho sobre los cuales se derrumbó la torre de Siloé y los mató, eran más culpables que el resto de los habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y si ustedes no se arrepienten acabarán como ellos. Y les propuso la siguiente parábola:
‘Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo al viñador: Hace tres años que vengo a buscar fruta en esta higuera y nunca encuentro nada. Córtala, que encima está malgastando la tierra. Él le contestó: Señor, déjala todavía este año; cavaré alrededor y la abonaré, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás’.
(Lc 13, 1-9)
Este texto, propio de Lucas, presenta a algunos que se acercan a Jesús a preguntarle sobre la suerte de los galileos asesinados por Pilatos en el santuario, lo cual daría a entender que por algún comportamiento negativo sufrieron esa muerte. Seguramente esa lectura proviene de la teoría de la retribución en la que se afirma que Dios hace bien a los buenos y castiga a los malos. En este caso, queda la inquietud si esa fue la razón de dicho asesinato. Pero Jesús no pretende rebatir dicha teoría sino mostrar, añadiendo otro ejemplo, el de la torre de Siloé que se derrumbo matando a 18 personas, que en ningún caso esos acontecimientos sucedieron porque ellos eran más pecadores. Lo que importa es entender la llamada a la conversión que es para todos y nadie puede considerarse mejor que los demás. La conversión es un tema frecuente en Lucas y, en este pasaje, así se muestra.
Para seguir profundizando en esas situaciones, Jesús ofrece la parábola de la higuera estéril que bien podría aludir a Israel que no acoge la palabra salvadora. El planteamiento de la parábola es lógico: si no da fruto, será mejor cortarla para no malgastar la tierra. Pero el viñador que cuida aquel campo, intercede por la higuera y le pide plazo en el cual intentará fortalecerla para que de fruto. El dueño de la tierra le da un año más, tiempo en el cual, si no da fruto, merecerá ser cortada. En continuidad con los dos ejemplos anteriores, el fruto que se espera es el de la conversión. Pero cuando llegue el tiempo, ya no podrá darse más espera.
Por lo tanto, el evangelio de hoy resulta bastante interpelante para los cristianos de hoy. ¿Dan los frutos esperados? ¿no han tenido el suficiente plazo para ello?Por parte de Dios siempre existe la generosidad de cavar alrededor y abonar a los suyos. Pero los plazos llegan y si los frutos no se recogen, no queda más que la esterilidad. Ojalá que no dejemos pasar las oportunidades que el Señor nos regala para una conversión que de frutos al mundo en que vivimos. Son urgentes los frutos de la paz, la justicia social, la compasión, la solidaridad y tantas otras transformaciones que vendrían de una sincera conversión a los valores del Reino. En esta cuaresma, no dejemos pasar la oportunidad de una verdadera conversión a este Dios que no se cansa de esperarnos.
(Foto tomada de: https://www.centrocristianodelavila.com/pensamiento/la-higuera-esteril.htm)
Comentarios desactivados en “Dios es paciente”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF
De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa cristiana):
Comentario a la lectura evangélica (Lucas 13,1-9)
Caín arremete contra Abel, otra vez, todavía.
Y los civiles mueren. Y los niños. Y asedios como en la Edad Media, que llevaron a la gente al hambre y al frío. Y pesadilla nuclear. Y amenazas y fantasmas. Sombras.
¿Dónde está la belleza de Tabor? ¿Dónde está el Dios hermoso del que nos habló Jesús?
¿Dónde, por amor de Dios, si los hombres que profesan ser creyentes matan a hermanos creyentes?
Nuestra Cuaresma es desgarradora. De nuevos miedos, de pruebas muy duras.
Todo se destruye para afirmar principios, para mostrar músculos, una pelea entre machos alfa.
Pero ¿dónde está Dios al final?
¿Cómo podemos seguir creyendo en la salvación?
¿Cómo podemos tener esperanza?
Si
Si Dios es bueno ¿por qué el sufrimiento?
Si fuera un bastardo, un Moloch caprichoso e irritable, entonces podría entenderlo. Pero si creo en un Dios bueno y misericordioso, ¿por qué tengo que lidiar con el dolor? Sobre todo cuando, finalmente, dirijo mi vida hacia el Tabor, abro vislumbres de conversión y por tanto, de algún modo, ¿esperaría un poco más de un camino recto?
¿Es Dios un sádico?
Es tan bueno y amable, ¿pero no lo pongamos nervioso?
O bien sabe y no hace, y entonces es malo. O no lo sabe y por eso no está allí. O bien sabe y no puede y por lo tanto es inútil, argumentaban los filósofos griegos.
A lo largo de la historia, los autores bíblicos han dado diversas respuestas que buscaban, de alguna manera, salvaguardar a Dios, terminando por masacrar al hombre.
La síntesis del razonamiento fue: si sufrís es porque habéis transgredido las indicaciones divinas. En resumen: es vuestra culpa. ¿Y entonces el dolor de los inocentes?
Los rabinos habían decretado: los inocentes pagan los errores de sus padres.
¡El razonamiento va bien pero Dios sale realmente mal parado! Luego vino Job quien decretó que también los justos sufren y no sabemos por qué.
¡Qué respuestas!
Como si Dios no hubiera hablado en la magnífica página del Éxodo: Conozco el sufrimiento del pueblo.
Y envía a Moisés. ¡Qué mal negocio! De nosotros depende construir la paz. De mí.
Finalmente Jesús
Nos atormenta la idea de que el dolor y la desgracia tienen en último término su origen en Dios. Y, al final, pensamos que si alguien sufre una desgracia, es de alguna manera un castigo divino, o una advertencia muy clara.
¿Quién es el culpable de la muerte de los sepultados por el derrumbe de la torre de Siloé? ¿Y qué pasa con aquellos pobres desgraciados asesinados durante el culto por los soldados romanos?
La respuesta de Jesús es inquietante: no son sus pecados la causa de su muerte. Sino la inexperiencia del constructor y la violencia de los romanos. Hay razones simples de causa y efecto que explican gran parte del dolor que experimentamos. Como en toda guerra.
Nuestras elecciones, nuestros vértigos, la opresión de los seres humanos, nuestra codicia, la fugacidad del ser, el hecho de que somos criaturas frágiles.
Así es.
Pero, añade Jesús, aprovechad estos episodios para hacer cálculos, para comprender que la vida es corta e inestable, que es imprescindible encontrar lo esencial. Para convertiros. Jesús no ofrece respuestas, sino que indica un camino, ve el sufrimiento como una oportunidad.
Entiendo
Me rebelo dentro de mí, no quisiera sufrir, ¡nada más que historias! Pero al final me doy por vencido: no tengo todas las respuestas dentro de mí, no sé la razón del dolor, al menos el de los inocentes (¡mucho del sufrimiento que experimento lo he creado yo mismo!). Pero yo confío.
Sí, Señor, trato de tomar las inevitables dificultades de la vida no como un castigo sino como una oportunidad. Y no, no tienes nada contra mí en absoluto, no es broma.
A menudo me enojo conmigo mismo, y más raramente con los demás.
Y Tú no eres el asegurador de mi vida, yo no soy heterodirigido, yo no soy un títere.
Soy yo quien debo construir un metro cuadrado de paz (en pensamientos, acciones, palabras) a partir de mi corazón que está en paz porque se descubre amado.
¡Qué alto vuela Jesús! ¡Cuánta dignidad encuentro en mí mismo!
Y además
El evangelista Lucas se atreve a ir más allá.
Dios es como el señor que sabe tener paciencia aunque la higuera esté estéril, aunque espera una cosecha abundante y no encuentra nada. En lugar de cortar la higuera y plantar otra, como haríamos nosotros, cava alrededor de ella y la fertiliza, esperando que dé fruto.
Dios es paciente, es un esperanzado incurable, siempre espera que podamos cambiar, dar lo mejor, florecer y dar fruto. ¡Cuántas vidas áridas encuentro! ¡Y cuánto corre el riesgo de secarse mi vida, a pesar de todos los cuidados que he recibido en estos largos años!
La Cuaresma se me da como una oportunidad para mirarme honestamente a mí mismo, para ver si los frutos que produzco son sabrosos o están aún verdes. Para ver si el cuidado que Dios me da me hace crecer lozano o si, más bien, corro el riesgo de encerrarme en mí mismo, alimentándome de la savia sólo para vegetar.
¡Es tan hermoso experimentar el cuidado de Dios!
Pero esto sólo lo podremos hacer si, como el domingo pasado, nuestra mirada se abre más allá de lo evidente, más allá de lo cotidiano.
Incluso el dolor puede entonces leerse desde una perspectiva diferente.
A pesar del sufrimiento, el Dios del que Jesús vino a hablar es bueno.
Y sólo tiene un deseo: que prosperemos.
Entonces el sufrimiento que experimentamos puede transformarse en un fertilizante que nos nutra con lo esencial.
Y convertir el mundo. Empezando, sin ir más lejos, por mí.
Comentarios desactivados en Un intento de reformular el «credo» (suponiendo que se pueda hablar del misterio).
De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):
Los diversos enunciados doctrinales están constituidos por palabras de hombres, cuyo significado puede cambiar con la evolución de los tiempos y, sobre todo, de las diversas situaciones culturales.
Además de que los nuevos descubrimientos de la ciencia han abierto también nuevas perspectivas para la interpretación y la comprensión de los acontecimientos y de las tradiciones históricas…
En consecuencia, las doctrinas y los dogmas no pueden fijarse en fórmulas inmutables, sino que deben ser continuamente interpretados y reformulados.
Tal vez, incluso, el corazón de la crisis del cristianismo actual es ante todo doctrinal, teológico… No es del todo cierto que las masas deserten hoy sólo porque se escandalizan del comportamiento de los autodenominados creyentes.
En este sentido, también el Papa Francisco nos ha dirigió la siguiente exhortación: “Más que el miedo a hacer el mal, espero que nos mueva el miedo a encerrarnos en estructuras que nos dan una falsa protección, en fórmulas que nos convierten en jueces implacables, en hábitos en los que nos sentimos cómodos, mientras fuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cesar: Dadles vosotros de comer”.
A mi pequeña manera, me he prometido desde hace tiempo reescribir «el credo». Soy muy consciente de que se trata de un intento ambicioso, por no decir poco realista e incluso temerario, que considero como un primer borrador en el que hay que seguir profundizando cada día, meditando, rezando…
Pero me complace compartirlo, tanto para recibir sugerencias valiosas como quizá también para animar a algunos de vosotros a hacer lo mismo.
Aparte de que tal intento, lo estoy experimentando bien, puede ayudarnos a centrarnos en lo que creemos, quién sabe si no constituirá un pequeño aliento de corazón, procedente de una sinodalidad espontánea desde abajo, para que un día se nos dé la posibilidad de profesar un credo que, sin afectar al corazón de nuestra fe cristiana, pueda en su formulación seguir siendo comprensible y sobre todo creíble para nosotros, hombres y mujeres de hoy.
Quisiera añadir también que probablemente ni siquiera sería correcto llegar a una única reformulación del «Credo» para toda la Iglesia universal. Se podría dejar a las distintas Conferencias Episcopales la tarea de llegar a una formulación que tenga en cuenta su propia cultura y en la que puedan percibir «el olor de sus propias ovejas». El pluralismo vivido en diálogo y comunión es auténtica riqueza.
Creo en Dios, que es nuestro Padre y Madre, Misterio de Amor y Comunión, en quien subsiste todo el universo. En virtud de su perenne y amorosa acción creadora, que se realiza continuamente por la fuerza de su Espíritu, todos, seres humanos, animales, vegetales y minerales, somos, existimos, vivimos, nos relacionamos y nos realizamos en esta casa común del universo.
Creo en Jesús de Nazaret que, alimentado por el afecto y sostenido por el ejemplo de María y José, pudo desarrollar plenamente su humanidad, dejando florecer en él ese mismo Espíritu que día tras día lo hizo Hijo y hermano universal. Según el testimonio de sus discípulos, habiéndose mostrado acogedor con todos, y especialmente con los más pobres y marginados, murió crucificado pidiendo perdón, revelándonos así el rostro comunitario y misericordioso de Dios.
Creo en el Espíritu Santo, el aliento vivificante dado a Jesús y que Jesús resucitado regala a la comunidad creyente. Él alimenta continuamente en todos nosotros, creyentes y no creyentes, ese profundo deseo e impulso que nos impulsa día tras día a crecer en humanidad como hijos e hijas de Dios, y por tanto hermanos y hermanas entre todos, en el pleno respeto de la casa común que nos acoge como hogar.
Creo en la Iglesia católica universal, comunidad de comunidades, dialogante, ecuménica, interreligiosa, testigo humilde y gozoso de la presencia resucitada de Jesús que, por su propio Espíritu, sigue vivo en medio de nosotros y tiene el único poder de proclamar el Año de Gracia, su Buena Noticia, mediante obras de justicia, liberación, reconciliación y paz.
Creo en la Comunión universal y cósmica que constituye nuestra meta y en la que incluso ahora moramos todos, incluidos nuestros seres queridos fallecidos. Sostenida por la esperanza de que, a través de nuestra colaboración, y a pesar de nuestras fragilidades e infidelidades, alcanzará esa plenitud en la que ‘Dios será Todo en Todos‘.
En sentida comunión con el Concilio de Nicea cuyo 1700º aniversario celebramos en este año de 2025.
Comentarios desactivados en «San José, amigo confidente de Dios», por P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):
El nombre hebreo Yôsep (José), es un nombre auspicioso para quienes desean una familia numerosa, de hecho significa “que el Señor añada” (al niño que nace) otros muchos.
Nombre popular en la Biblia, lo llevan personajes ilustres de la historia de Israel, desde el hijo de Jacob y Raquel, vendido como esclavo por sus hermanos por celos, pero que luego llegó a ser gobernador de Egipto (Gn 37-42), hasta el esposo de María. Lo que tienen en común es que ambos, en situaciones dramáticas, fueron los salvadores de su familia.
En el Nuevo Testamento, sin embargo, se advierte una evidente reticencia a la hora de tratar a José de Nazaret, esposo de María y padre de Jesús. Ni en las cartas de Pablo ni en las de los demás autores del Nuevo Testamento se menciona a José, pero lo sorprendente es el papel marginal que incluso los evangelistas parecen concederle.
En el Evangelio considerado el más antiguo, el de Marcos, no hay ninguna referencia a él, y Jesús es recordado sólo como «el hijo de María». Se nombran sus hermanos Santiago, José, Judas y Simón, así como sus hermanas (Mc 6,3), pero no se menciona a su padre. El Evangelio de Juan habla también de la madre de Jesús (Jn 2,1; 19,25) y de sus hermanos (Jn 7,3-10), pero no hay ninguna indicación de José.
Sólo en los Evangelios de Lucas, y en particular de Mateo, los evangelistas tratan, de modos diversos, esta singular figura, de la que curiosamente no refieren ni una palabra, y de cuya profesión se habla sólo en relación con Jesús, conocido como «el hijo del carpintero» (Mt 13, 55).
La escasez de información sobre José en los Evangelios ha significado que la Iglesia y la tradición han recurrido en gran medida a textos apócrifos, en particular al Protoevangelio de Santiago, que se encuentra poco después de los Evangelios.
La Iglesia presenta a José como el padre “putativo” de Jesús, como escribe Lucas en su Evangelio (“era hijo, según se creía, de José”, Lc 3,23). Si Lucas habla de José como padre de Jesús (Lc 4,22), Mateo, a pesar de ser el evangelista que más resalta su figura providencial para la Sagrada Familia, lo excluye radicalmente de la concepción del hijo. De hecho, en la genealogía con la que Mateo abre su narración, enumerando los antepasados de Jesús, treinta y nueve veces, a partir de Abraham, presenta a un hombre que engendra un varón («Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá…», Mt 1,1), una sucesión de padre a hijo que recorre la historia de Israel desde Abraham a David y Salomón hasta José. Pero llegado al trigésimo noveno «engendró» («Jacob engendró a José», Mt 1, 16), en lugar de continuar, como exigiría el ritmo y la coherencia, con «José engendró a Jesús», la transmisión de la vida iniciada con Abraham de padre a hijo se interrumpe bruscamente. De hecho, Mateo escribe que «Jacob engendró a José, marido de María, de la que nació Jesús, llamado el Cristo» (Mt 1,16), excluyendo a José de la generación de su hijo.
En la cultura judía no existía el término “padres”, sino sólo padre y madre, con roles diferentes. Mientras que el padre es quien engendra, la madre simplemente da a luz al hijo (Is 45,10). Mateo, rompiendo con esta cultura y tradición, presenta a una mujer de la que nace el hijo, dejándonos así entrever una acción particular de Dios: Cristo no es el hijo de José, sino el «Hijo de Dios» (Mt 27,54), generado por el Espíritu, la misma energía divina que en el relato de la creación se cernía sobre las aguas (Gn 1,1-2).
José es presentado por Mateo como “justo”, calificación que indica no sólo la conducta moral del individuo, sino su plena fidelidad a la Ley de Moisés, como Isabel y Zacarías, los padres de Juan, que “eran justos ante Dios” porque “observaban irreprensiblemente todas las leyes y preceptos del Señor” (Lc 1,6).
Cuando José descubre que María, antes de vivir juntos, estaba embarazada, sabe que su deber «justo» es denunciar a su esposa infiel y hacerla lapidar, como manda la Ley divina (Dt 22,20-21). Pero José no hace eso. Entre la fidelidad a la Ley y el amor a la esposa, triunfa la misericordia y José busca una salida que salve a María («decidió despedirla en secreto», Mt 1,19).
José no observa la Ley, y esta falta de obediencia al mandato divino es suficiente para que el Espíritu no sólo entre en su vida y haga que tome a María como esposa (Mt 1,20) y la salve de una muerte segura, sino que también lo hace capaz de percibir en su existencia la presencia del «Dios misericordioso» (Dt 4,31).
José es el hombre justo, el hombre que no habla sino que hace, a diferencia de los escribas y fariseos que «dicen pero no hacen» (Mt 23,3). Para el evangelista, él es el primero de aquellos «misericordiosos» a quienes Jesús proclamará bienaventurados «porque alcanzarán misericordia» (Mt 5,7), y de aquellos «limpios de corazón» proclamados bienaventurados «porque verán a Dios» (Mt 5,7.8), es decir, tendrán una experiencia constante de la presencia del «Señor misericordioso» (Eclo 48,20) en su vida. Esto es lo que permite a José ser siempre guiado por Dios mismo (el “Ángel del Señor”), quien tres veces, número que en el simbolismo numérico hebreo indica totalidad, le dirá lo que debe hacer (Mt 1,20; 2,13.19).
Repitiendo las hazañas del primer José de la Biblia (Gn 45-46), el carpintero de Nazaret salva a su familia de los complots asesinos del rey Herodes llevándolos a Egipto, para luego regresar a la más distante pero segura Galilea. Al acoger como propio al hijo de María, José lo legitima a los ojos del pueblo, y el niño, al que dio el nombre de Jesús (del hebreo Yehsȗà, «El Señor salva»), experimenta, incluso antes de la protección del Padre celestial, a su padre terrenal, José, como su salvador.
Comentarios desactivados en 19.3.25. Ficha laboral de San José, el carpintero de Nazaret (Mc 6, 3; Mt 13,55; Lc 4, 22)
Del blog de xabier Pikaza:
Así presentan a Jesús los evangelios sinópticos, lo mismo que Juan (4, 41-43). En las reflexiones que siguen dejo a un lado el tema teológico de su “concepción” virginal de Jesús, por el Espíritu Santo, para centrarme en su concepción, nacimiento e identidad como “tekton”, artesano en general o más concreto “carpintero”, lo mismo que José.
Sus antepasados eran probablemente emigrantes de Belén de Judea, que habían venido a Nazaret de Galilea, en tiempo de Alejandro Janeo (en torno al 100 a. C.), como agricultores, recibiendo en propiedad unas tierras, que les vinculaban a la promesa y bendición de Dios, en la línea que indican los libros antiguos (especialmente Levítico y Josué). Pero él (José), como otros muchos, había perdido la tierra, volviéndose así campesino sin campo (y quizá obrero sin obra).
| Xabier Pikaza
Introducción
Hoy, dentro de una sociedad industrializada, se nos hace difícil entender lo que aquello supuso, pues la mayoría no vivimos ya inmediatamente de la tierra, sino que nuestras “propiedades” se contabilizan en forma de inversiones, trabajo o dinero. En tiempos de Jesús, en la sociedad agraria de Galilea, el israelita “ideal” era un propietario de la tierra, un campesino bien casado, con familia y campo, que descubría y cultivaba el don de Dios en la siembra y la cosecha. En el momento en que un descendiente de campesinos (a no ser que fuera sacerdote) perdía la propiedad de su campo, solía quedar desamparado, en sentido económico y simbólico, es decir, religioso (perdía la herencia que Dios mismo había concedido a las familias de su pueblo). En este contexto se entiende la presentación de Jesús como artesano:
Marcos le define directamente a Jesús como “el tekton” (Mc 6, 3). Ésa es su escuela, ése es su oficio y carné de identidad: es un hombre que debe “vender” su trabajo, de forma que, para vivir, no se encuentra a merced de la “providencia de Dios” (lluvia) y de su propio esfuerzo (trabajo personal en el campo), sino que depende de la oferta y demanda de otros, en un mundo lleno de carencia y dureza. No es simplemente “tekton” (un carpintero/obrero como otros), sino “ho tekton”, con artículo definido: éste es su apodo o sobrenombre: el Artesano.
Antes de llamarse “el Cristo” (y para serlo), Jesús Galileo ha sido “tekton”, un obrero a merced de los demás, un hombre al que todos pueden llamar y mandar, para encargarle unas tareas, de las que él ha de vivir. La Obra de Dios, que asumirá después, está vinculada al trabajo inmisericorde de gran parte de la gente de su tiempo y de su tierra. Sin duda, tiene un conocimiento básico de la Escritura y se siente identificado con la tradición religiosa del judaísmo. Pero, al mismo tiempo, se encuentra a merced de las necesidades y ofertas laborales de otros hombres. Es evidente que esa situación implica una “disonancia” fáctica muy fuerte: su forma de vida no responde a lo que Dios había “prometido” a su pueblo.
Mateo parece suavizar esa afirmación y presenta a Jesús como “el hijo del tekton” (Mt 13, 5). Ese cambio puede responder a un intento de “atenuar” la dureza de su estado laboral, pues no se le llama directamente “el tekton” (sino el hijo del tekton), pero en realidad no la atenúa, sino que la refuerza y endurece. Jesús no es simplemente un “nuevo tekton”, alguien que acaba de empobrecer, por situaciones inmediatas de familia, sino que aparece como “el hijo de”,”: alguien que ha nacido en una familia que carecía ya de la seguridad económica que ofrece la propiedad de un campo, cultivado directamente, como signo de bendición de Dios. Cuando más tarde prometa a sus seguidores “el ciento por uno” en campos (agrous: Mc 10, 30 par), Jesús querrá invertir esa situación donde muchos hombres y mujeres como él no han tenido ni tienen un campo para mantener una familia.
Lucas y Juanpueden haber sentido embarazo de llamarle “tekton” o “hijo de tekton” y por eso cambian la expresión, diciendo: “¿No es éste el hijo de José?” (Lc 4, 22 y Jn 6, 42).Ciertamente, se podría afirmar que actúa así por un simple “ahorro verbal”: bastaría con decir que es “hijo de José”, no se necesita más información. Pero podemos recordar que Mc 6, 3 le llama “hijo de María” y, sin embargo, añade la otra información, llamándole “el tekton”. Todo nos permite suponer que Lucas (y Juan) han omitido el dato laboral porque, en el contexto donde escriben, les parece indigno definir a Jesús por un trabajo que le hace dependiente de los otros. Evidentemente, Jesús no tenía un currículo elevado.
Esta presentación de Jesús por su “trabajo” puede tener un aspecto negativo y otro positivo.
(1) Uno negativo: Jesús no es untekton de ocasión (hombre con tierras propias aunque, en ocasiones, trabaje también como artesano), sino el tekton, alguien sin trabajo propio, pues no tiene tierras ni hacienda agrícola, ni otros medios de subsistencia, sino sólo aquello que otros quieran ofrecerle como trabajo y salario, en un mundo sin contratos fijos ni salarios permanentes.
(2) Pero este dato puede ofrecer también un aspecto positivo: Jesús ha sido capaz de trabajar al servicio de los demás, dentro de un duro mercado de oferta y demanda. Así ha podido conocer la realidad social desde la perspectiva de precariedad y pobreza de los campesinos expulsados de su tierra. Ésta ha sido su escuela, una escuela donde se aprenden cosas que no están en la Escritura de los rabinos profesionales, ni en el templo de los sacerdotes [1].
Un israelita palestino (galileo) honorable debía ser propietario de una tierra, que Dios mismo le había “dado”,
de manera que podía vivir de ella, con su familia, trabajando con sus manos y recibiendo así la bendición de Dios, tal como lo ha seguido mostrando la legislación posterior de la Misná, donde, a lo largo de los siglos (del II al IV d. C.), se toma como referencia una sociedad de agricultores (grupos familiares) libres, propietarios de tierras que ellos mismos trabajan de un modo directo. Pues bien, por medio de una serie de cambios sociales, introducidos por la cultura greco-romana, que actuaba a través de la política urbanista y centralizadora de Herodes el Grande y de su hijo Antipas, una parte considerable de los agricultores de Galilea, a pesar de las leyes del Jubileo (cada familia volvía a poseer la propia tierra: Lev 25), fueron incapaces de mantener sus propiedades, volviéndose campesinos sin campo, sin otro remedio que hacerse obreros o mendigos para así sobrevivir.
José, el marginado. Comenzaba una época nueva. La propiedad de la tierra (antes de todas las familias) fue pasando a manos de unos pocos, de manera que gran parte de la población vino a engrosar el proletariado (y, en el mejor de los casos, el funcionariado) urbano de las nuevas capitales (Séforis, Tiberíades), construidas por los reyes herodianos. Desde ese fondo se entiende la situación del Jesús tekton, campesino sin campo, agricultor sin agro. En contra de lo que prometían las bendiciones de Israel y las promesas davídicas, José era un hombre sin importancia social: no formaba parte de los propietarios de tierras (en las que se expresa la bendición de Dios), ni era heredero de una estirpe sacerdotal acomodada, como pudo ser Juan Bautista (cf. Lc 1) y como fue F. Josefo (según su Autobiografía) [2].
En sentido social y económico, José era heredero sin herencia. Conocía la pobreza desde dentro y no de un modo “intelectual”, como muchos “eclesiásticos” judíos o cristianos y como casi todos los teóricos modernos de occidente, que hablan (hablamos) de una miseria “ajena” (que no es nuestra), aunque nosotros mismos la provoquemos. Jesús no era un simple “pobre de espíritu”, sino un pobre real, por su situación como tekton o artesano. En ese sentido se le puede llamar “judío marginal” (como hace J. P, Meier, Un judío marginal, Verbo Divino, Estella 1998 ss), aunque nosotros preferimos llamarle “marginado”, porque le han expulsado al margen de la sociedad israelita y él ha protestado como veremos en todo lo que sigue [3].
Marginal y marginado. En un sentido, era marginal como supone Meier: venía del margen de la tierra de Palestina (de Galilea), no tenía conocimientos académicos ni poderes económicos, era un galileo sin cargo especial, ni función importante en la vida del pueblo: no era sacerdote, escriba o representante de una familia rica… Pero, en sentido más estricto, es un marginado, pues le han arrojado al margen los cambios sociales y económicos que Galilea ha venido sufriendo en los últimos decenios, dentro de un mundo religioso controlado cada vez más por escribas (de las varias escuelas), sacerdotes oficiales y miembros de la nueva aristocracia económica (que ha pactado con Roma). Es un artesano, está a merced del trabajo que le ofrecen otros, de manera que no puede cumplir la Ley como la cumplen aquellos que disponen de tiempo y contexto apropiado para ello (como muchos fariseos). Jesús no tiene trabajo propio y por eso vive a merced de la propiedad y trabajo de otros.
Un marginado activo. La marginalidad le ha vinculado con otros muchos hombres y mujeres de su tiempo, expulsados como él de la corriente de los privilegiados de la tierra. Esa misma situación le ha capacitado para entender desde otra perspectiva y de otra forma la Escritura de su pueblo y para iniciar una nueva interpretación de la herencia israelita (pero empalmando con la tradición de la liberación de Egipto). Es un marginado, pero no un resentido (no propugna la violencia reactiva en contra de los ricos). Es un marginado con un potencial inmenso de creatividad positiva. Desde ese fondo se entiende la respuesta que Jesús ofrece a los retos de su tiempo, la manera en que ha venido a situarse ante la realidad israelita, formulando (iniciando y recorriendo) un proyecto de juicio de Dios ante el Jordán, con entrada posterior en la tierra prometida (acompañando a Juan Bautista) e iniciando después un camino de Reino (por sí mismo y con los pobres, en Galilea) [4].
¡Marginados del mundo, escuchad!Jesús era un campesino desposeído y, por eso, no podía trabajar para (por) sí mismo, sino que debía poner su tiempo y su vida a disposición de otros (dadores de trabajo), sin la seguridad que, en aquel tiempo, concedía un tipo de posesión privada, en especial un campo de cultivo [5]. Por eso, cuando habla de “pobreza” y llama bienaventurados a los ptojoi (que no son los que deben realizar un trabajo duro para subsistir, sino los mendigos, aquellos que no tienen nada, ni siquiera trabajo), Jesús no está proponiendo una teoría sobre otros, sino que hablando de su propia situación de marginado, que conoce y comparte la suma pobreza de las gentes de su entorno. Jesús no entiende su marginalidad como principio de una actitud agresiva, que desemboca en la venganza, sino como fuente de una forma distinta de crear o recrear la sociedad [6].
No es un marginal que se retira y aleja, saliendo de los círculos sociales, como alguien que no tiene nada que aportar, un “idiota” que no sabe oponerse y decir “no” (Nietzsche, El Anticristo), alguien que no ofrece nada positivo a las instituciones sociales que son la base del eterno Israel, construido precisamente con buenas instituciones (J. Klausner), sino que se ha opuesto al mundo dominante de una forma mucho más radical. Jesús no rechaza las cosas desde arriba, ni pide o concede limosna, ni se limita a mejorar lo que ya existe, con unos pequeños retoques, ni ofrece su opción desde dentro del sistema, sino que inicia un camino fuerte de construcción social y humana, precisamente desde aquellos que, como él, carecen de tierra y estabilidad económica. Ésta es su forma de “oponerse”, la más profunda que conozco [7].
En esa línea podemos afirmar que su escuela ha sido el trabajo y la pobreza, pero no un trabajo “propio”, realizado por personas que son dueñas de sus campos (y que deben defender su propiedad, contratando quizá a unos artesanos), sino el trabajo alienado de millones y millones de personas, que no tienen nada propio y que dependen de aquello que otros quieran ofrecerles. Jesús no ha sido un trabajador autosuficiente (dueño de su empresa o campo), sino “hetero-dependiente”, como los artesanos, los parados, los mendigos, que no pueden alimentarse ni dependen de sí mismos (¡pues no tienen nada propio!), sino que depende de aquello que otros quieran (o no quieran) ofrecerles. Sólo desde esa situación se entiende su oferta de Reino.
José y Jesús, artesanos dependientes. Jesús ha logrado aprender en la escuela del trabajo opresor, como artesano dependiente. Una situación como la suya ha destruido y destruye a gran parte de los hombres y mujeres, pero algunos, como Jesús, han logrado reaccionar y ofrecer una respuesta que abre caminos de humanidad. De manera creadora habían respondido, en otro tiempo, los hebreos oprimidos en Egipto (condenados a realizar duros trabajos a la fuerza), cuando salieron de Egipto y buscaron formas nueva de existencia en pobreza y libertad compartida. Algo semejante ha sucedido con Jesús: desde una situación social y laboral muy parecida, en las nuevas circunstancias de Galilea, desde la periferia del gran Imperio Romano, retomando las raíces religiosas de Israel, desarrollando un proyecto radical de Reino.
Jesús no ha sido uno de aquellos “carpinteros sabios”, que ha creído descubrir G. Vermes, hombres eficientes, con trabajo asegurado, que podían volverse maestros de otros buenos trabajadora, pues tenían suficiente tiempo libre para argumentar sobre problemas muy profundos de la Ley israelita. Al contrario, Jesús ha debido formar parte de los carpinteros-obreros sin tierra, que, conforme al ideal del jubileo israelita (Lv 25), quedaban fuera del espacio de las bendiciones de Israel. No ha sido un “pensador de tiempo libre”, experto en mejorar lo que existe, sino profeta en tiempos de opresión, pues no quería adaptarse sin más en lo que existe, sino acoger y crear una alternativa de Reino, conforme al modelo y promesa de la historia israelita [8].
Venimos suponiendo que sus antepasados podían haber emigrado desde Belén de Judea a Nazaret de Galilea, con el fin de poseer una tierra buena, una heredad para el trabajo y la familia, según la voluntad de Dios, conforme a las promesas… Pero, en cualquier caso, fuera oriundo de Belén o haya nacido de una familia que vivía por siglos en la misma Galilea, lo cierto es que ha sido víctima de las trasformaciones de los últimos decenios, viniendo a ser un hombre sin tierra ni trabajo propio, como uno de aquellos que esperan cada día el posible jornal que les ofrezca algún “amo” (cf. Mt 20, 1-16). Su mensaje no ha sido un “lujo espiritual”, desconectado de la vida, sino una propuesta de respuesta a los problemas de la vida.
Así le encontramos como obrero no especializado, un artesano del ramo de la construcción, que quizá ha servido por un tiempo en el mercado laboral del rey Antipas, en sus nuevas ciudades (Séforis, junto a Nazaret; Tiberíades, junto al lago de su nombre), o ha estado al servicio de otros propietarios agrícolas. Ciertamente, ha podido tener más movilidad que un campesino con tierras y más necesidad de conocimiento que un propietario, pero ha carecido del poder y, sobre todo, de la seguridad que ofrece un campo propio, una herencia israelita [9].
El trabajo en la propia casa-campo arraiga al hombre y su familia en una tierra y una historia, que la Escritura de Israel ha vinculado a Dios. La familia agrícola posee una identidad sagrada que suele mantenerse mucho tiempo, pues tradición y tierra se trasmiten por generaciones… En una familia de ese tipo el padre (con la madre) es el testigo de Dios, portador de unas bendiciones y valores, que se mantienen con muy pocos cambios, a lo largo de siglos. En ese contexto, Dios tiende a manifestarse a través de la sacralidad de la tierra y de la continuidad del grupo, sancionando unos valores de justicia y solidaridad, simbolizados por los padres, que garantizan la continuidad de la vida (herencia) [10].
Lógicamente, los padres eran signo de Dios como autoridad y garantía de vida para los hijos de “buena” familia. En esa línea, el Dios israelita había cumplido una función esencial, a lo largo de la historia. Pero ya no respondía a las necesidades de los campesinos sin tierra, entre los que hallamos a Jesús Galileo. Por eso, era necesario volver más atrás de la “herencia” de la tierra, garantizada por el paso de los padres a los hijos. Había que volver más allá, a un tiempo en que los hebreos no tenían tierra, superando la forma de propiedad y seguridad familiar que había valido después.
Los artesanos de Galilea vivían en una situación más parecida a los hebreos de Egipto, sin seguridad material o social (sin una familia que pudiera garantizar la propiedad de la tierra). Los campesinos galileos habían perdido o estaban perdiendo la “herencia de Dios” (la tierra); de manera que ya no podían creer en el Dios de los “buenos” propietarios y tenían que buscar nuevas formas de experiencia religiosa y/o convivencia. Ellos carecían ya de “patrimonio” (vinculado al patriarcado): no tenían tierras que dejar en herencia a los hijos, de manera que, estrictamente hablando, carecían de herederos. En el fondo, los artesanos aparecían como hombres sin patria duradera, itinerantes que iban pidiendo trabajo en aldeas y pueblos. En realidad, ellos no tenían ya estructuras familias (casas), pues ellas estaban vinculadas a la tierra.
El artesano podía ser un temporero sin formación, pero también podía aparecer como un técnico especializado, capaz de volverse rico. Pero le faltaba la identidad representada por la tierra que se transmite y hereda de padres a hijos, le faltaba el arraigo de la familia que se alza y asegura en torno a una propiedad, de manera que viene a presentarse como un hombre sin raíces permanentes. Pero, en compensación, podía tener la oportunidad de conocer otros pueblos y gentes, logrando así una visión más extensa de las condiciones de vida del conjunto de los hombres, especialmente de los pobres. En ese fondo se sitúa la vida y mensaje de Jesús, a quien veremos como constructor de nueva familia [11].
Los rasgos anteriores nos permiten descubrir en José y en Jesús una fuerte disonancia cognitiva y vital. (1) Por un lado, como descendiente de una familia vinculada a Belén, se siente portador de la promesa davídica, que incluye la posesión de una tierra, de la que todos han de ser propietarios, compartiendo la herencia de Dios. (2) Pero, al mismo tiempo, forma parte de una gran masa de hombres y mujeres que han perdido la tierra, de manera que parecen expulsados de la herencia de Abrahán y de David. En ese contexto, él se siente llamado a ofrecer una experiencia nueva de “heredad” a los pobres y marginados, que están fuera del espacio abierto por las promesas de Abraham, por las esperanzas de David [12].
Desde ese fondo ha de entenderse el mensaje de las bienaventuranza (¡los mansos heredarán la tierra! Cf. Mt 5, 5) y la promesa del “ciento por uno”: aquellos que, por una parte, lo han perdido (o lo han dejado) todo recibirán de otra manera, por caminos nuevos (pero en esta misma tierra), el “ciento por uno” en familia, casas, campos etc. (cf. Mc 10, 29-30). Ese “ciento por uno” resulta imposible allí donde se mantiene el antiguo sistema, que ha dividido a los hombres en propietarios (que tienen y aumentan lo tenido) y expulsados (que lo han perdido todo); pero es posible y lógico allí donde se instaura un tipo de propiedad no clasista ni posesiva, que permite que personas y familias compartan lo que tienen. Para entender mejor ese mensaje, que iremos desarrollando, podemos ofrecer aquí un sencillo esquema de división de clases que nos permitirá situar el entorno de Jesús, desde la perspectiva de la educación por el conflicto y el trabajo [13]:
José y Jesús viven en un mundo que se encuentra dominado, de hecho, por una clase mercantil que ha separado ya el dinero (capital) de la vida real, es decir, del trabajo inmediato y de las necesidades concretas de los hombres y mujeres. Ciertamente, no parece que Jesús haya sido un “purista” estricto, ni tampoco un “reformador económico”: no ha condenado en principio a todos los “comerciantes”, ni ha rechazado a los “publicanos” (recaudadores de impuestos, al servicio de un orden socio/económico que era, a fin de cuentas, romano), a los que gran parte del pueblo consideraba impuros. Pero, mirando las cosas a mayor profundidad, él ha querido poner el comercio y dinero al servicio de los pobres, de un modo “gratuito” (por comunicación directa entre los hombres), de manera que su proyecto implicaba un cambio total en la manera de ver la economía. En ese sentido decimos que ha sido más que un reforma
El imaginario simbólico de Jesús lo forma una sociedad sin clases, una federación de agricultores, pastores (y pescadores del lago), que que comparten bienes y trabajos. Unos y otros, agricultores, pastores/pescadores, han de ser componentes básicos de una sociedad igualitaria (no mercantil, no imperial), formada por familias y clanes libres, que reflejan un tipo de presencia de Dios en la que no hay supremacía ni dependencia de unos respecto de otros. Por eso, estrictamente hablando, según Jesús, no debería haber campesinos (sometidos) porque su sociedad ideal (en la línea de Lev 25: ley del jubileo), debería estar formada por agricultores/pastores que mantienen un mismo nivel económico, de producción, intercambio y consumo de bienes. Leer más…
Comentarios desactivados en San José, Esposo de María y Patrón de las Uniones Queer
La reflexión de hoy para la Solemnidad de San José es de la colaboradora invitada Jennifer Van Boxel (ella/ella), una católica de toda la vida que ha estado activa en la lectura, los saludos, la catequesis y la ayuda a los necesitados. Divide su tiempo entre trabajar como analista de datos y trabajar como editora independiente de materiales de juegos. Le gusta escribir, observar aves y jugar juegos de mesa con su esposa Danielle.
Era abril de 2022 y estaba sentada en mi banco habitual de la iglesia, tratando de no llorar. Los rituales habituales de la misa, en los que he participado toda mi vida, se desarrollaban a mi alrededor, pero ese día estaba preocupado, por lo que sólo estaba vagamente consciente de ellos. Estaba concentrado en otros asuntos: ¿pertenecía aquí? ¿Podría quedarme aquí? A pesar de todos los himnos que dicen “todos son bienvenidos”, ¿era realmente bienvenida ahora que yo, una mujer, tenía esposa? Mi matrimonio, que parecía ser una unión heterosexual completamente típica cuando fue consagrado en una iglesia católica diez años antes, había dado un vuelco cuando mi amada se declaró ante mí como una mujer transgénero. ¿A quién podría recurrir como modelo sobre cómo proceder?
Te sorprenderá saber que el modelo que identifiqué ese día cuando lloraba en la iglesia es San José, Esposo de María. En el calendario de la iglesia, hoy es la solemnidad de este santo bajo ese título particular.
Cuando mi amado anunció la noticia, yo ya era un católico queer, pero sigiloso. Unos meses antes, le había contado a mi cónyuge que había encontrado una palabra para mi experiencia de intimidad física, algo con lo que había estado lidiando durante la década que llevábamos juntos. Esa palabra es “asexualidad“.
No vi que esta conversación saliera a la luz; Era más una cuestión de que ambos finalmente encontraran una palabra para algo que sabíamos que era parte de mí. Sin embargo, tener esa etiqueta (y junto con ella el conocimiento adquirido recientemente de que otras personas en el mundo experimentan el amor romántico sin atracción sexual) hizo que fuera mucho más fácil hablar e interactuar con mi cónyuge en esos niveles. Ver esa carga aligerada para mí, ver lo relajado y cómodo que estaba con el nuevo nivel de apertura entre nosotros ayudó a mi cónyuge a darse cuenta de lo que era posible no solo para mí, sino para ambos.
Cuando mi cónyuge me dijo que era transgénero, algunas de las cosas que más me pesaban eran el miedo por su seguridad y el miedo por el futuro de nuestra relación. Estas son cosas que San José conocía bien. Cuando Mary le contó sobre su embarazo, él no quería exponerla a los peligros de la ley, pero tampoco estaba seguro de cómo podrían estar juntos. Él ya tenía un contrato matrimonial formal con ella, y aquí estaba ella, diciéndole que las cosas no iban a ser como la sociedad esperaba que fueran. Estaba embarazada de un niño, no de él. Y si aceptamos la doctrina de la virginidad perpetua, su matrimonio iba a ser célibe.
Joseph estaba en conflicto: ¿debería hacer lo que la sociedad esperaba y terminar la relación? La oración, sin embargo, le mostró otro camino: un matrimonio amoroso que no se ajustaba a la norma. Pasé un año después de la universidad con el Cuerpo de Voluntarios Jesuitas, y una de las cosas que aprendí durante ese tiempo fue la práctica de la lectio divina, una lectura meditativa de un pasaje de las Escrituras. Ese día de abril de 2022, llegué a casa de Misa con los pensamientos de San José que había descubierto allí y recurrí a esta práctica. Las líneas de las Escrituras sobre José son pocas, pero saqué mi Biblia para pasar un rato con Mateo 1:18-24:
Ahora bien, así se produjo el nacimiento de Jesucristo.
Cuando su madre María estaba desposada con José,
pero antes de que vivieran juntos,
fue hallada encinta por obra del Espíritu Santo.
José su marido, como era un hombre justo,
pero sin querer exponerla a la vergüenza,
decidió divorciarse de ella en silencio.
Tal era su intención cuando, he aquí,
El ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:
“José, hijo de David,
no temas recibir en tu casa a María tu esposa.
Porque es por el Espíritu Santo
que este niño ha sido concebido en ella.
Ella dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús,
porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.
Cuando José despertó,
Hizo como el ángel del Señor le había mandado.
y llevó a su esposa a su casa.
Me puse en la situación de José. Me pregunté qué sentía él, “un hombre justo”. ¿Sintió una sensación de pérdida? ¿O una vez que el ángel le mostró el camino a seguir, sintió alivio? Quizás él, como muchos santos elogiados por su “sacrificio” del celibato, podría haber sido felizmente asexual. Por supuesto, nunca podremos conocer los sentimientos interiores de San José, pero creo que él reconocería los puntos en común entre mi matrimonio y el suyo.
Con Fiducia Supplicans, el documento del Vaticano que permite bendiciones a parejas del mismo sexo, tan prominente en las noticias estos días, me encuentro pensando en San José nuevamente. He llegado a considerarlo como el santo patrón de las uniones “irregulares” como la mía y tantas otras que experimentan personas queer. Soy una mujer católica, casada por la iglesia, aunque mi cónyuge no es católico. Seguimos en un matrimonio feliz, uno que fue bendecido por la iglesia cuando ni ella ni nosotros sabíamos que esta relación era extraña. Nos consolamos y apoyamos unos a otros, y nutrimos a la próxima generación (nuestros hermanos y los hijos de nuestros amigos) a pesar de que nuestra combinación de sexualidad y género significa que no tendremos nada propio.
Han pasado dos años desde que mi esposa me reveló que era transgénero y poco a poco me estoy volviendo más valiente para ser abiertamente queer en mi comunidad parroquial local. Empecé a usar mi pin de arcoíris cuando soy lector o saludador, con la esperanza de sentirme menos solo en mi homosexualidad católica. Y una vez que haya llegado a conocer un poco a mis compañeros feligreses a través de ministerios compartidos, casualmente me referiré a mi cónyuge como “mi esposa” cuando hable con ellos. Hasta ahora, nadie ha respondido mal, pero si alguna vez alguien lo hace y se pregunta cómo podría permanecer en un matrimonio así y seguir siendo un “buen católico”, señalaré a San José como mi modelo.
Mi crisis de fe en 2022 no fue si debía quedarme con mi esposa, sino si podía quedarme en una institución que considera nuestra relación como “irregular”. Con la ayuda de San José, me he dado cuenta de que mi catolicismo es una parte tan intrínseca de mí como mi asexualidad. El catolicismo y la asexualidad han estado conmigo toda mi vida y necesito ambos para prosperar. Y también necesito a mi esposa.
—Jennifer Van Boxel (ella/ella), 19 de marzo de 2024
Comentarios desactivados en Transformados en el desierto, confiando en las promesas de Dios
Maxwell Kuzma
La reflexión de hoy es de nuestro invitado Maxwell Kuzma, un hombre transgénero que vive en una granja en Ohio y escribe sobre la intersección entre la identidad queer y la fe. Puedes seguirlo en Twitter @maxwellkuzma.
Las lecturas litúrgicas de hoy nos invitan a contemplar temas de transformación, discernimiento y fe en medio de la incertidumbre. Nos ayudan en nuestro camino espiritual, siempre lleno de altibajos, gozosa exuberancia y quietud desértica. Los católicos LGBTQ+ solemos ser especialmente sensibles al discernimiento espiritual sereno en nuestros caminos. La Cuaresma nos ofrece muchas ayudas.
En la lectura del Génesis, presenciamos la alianza de Dios con Abram, donde Dios le promete una descendencia tan numerosa como las estrellas. Esta promesa llega en medio de la incertidumbre para Abram, quien, aunque fiel, lucha por comprender plenamente cómo se cumplirán las promesas de Dios. Su pregunta: «¿Cómo sé que la poseeré?» refleja las dudas y preguntas que muchos de nosotros tenemos en nuestro camino espiritual.
‘Abraham y las estrellas’ de Waylon Smith.
Ante desafíos o períodos de duda, puede ser difícil confiar plenamente en los planes de Dios para nosotros. Al igual que Abram, muchos católicos LGBTQ+ enfrentamos momentos de incertidumbre y cuestionamiento, especialmente cuando nuestras experiencias de identidad y amor no siempre son plenamente comprendidas o aceptadas por la sociedad o la Iglesia. Sin embargo, la promesa de Dios a Abram nos recuerda que, incluso en medio de nuestras dudas y luchas, somos parte de una historia más grande. El pacto que Dios hizo con Abram no fue solo para él, sino para las generaciones venideras, y de igual manera, el amor y la fidelidad de Dios se extienden a todos, independientemente de nuestra identidad o experiencias. No estamos solos en nuestro camino; las promesas de Dios siguen siendo para nosotros, y estamos invitados a caminar con fe, incluso cuando el camino parezca incierto.
La respuesta al Salmo de hoy, «El Señor es mi luz y mi salvación», subraya aún más este tema de la confianza y la fe. En momentos de miedo u oscuridad, recordamos que Dios es nuestro guía y refugio. A través del discernimiento, apaciguamos nuestros miedos al detenernos y mirar hacia nuestro interior para escuchar la apacible voz de Dios.
Las personas LGBTQ+ de fe tienen una relación única con el discernimiento, una relación inusualmente profunda debido al autoconocimiento necesario para encontrarnos plenamente con Dios, tal como somos. A menudo nos sentimos marginados o excluidos, y este salmo nos asegura que Dios nos ve, nos conoce y siempre está con nosotros. Las palabras del salmista reflejan la importancia de esperar en el Señor con valentía y confianza. Al enfrentar desafíos sociales y personales, nos aferramos a la creencia de que el amor y la presencia de Dios nos guiarán en la oscuridad.
En la lectura de Filipenses, San Pablo insta a la comunidad a «mantenerse firmes en el Señor» e imitar a quienes viven según el ejemplo de Cristo. Es muy fácil sentirse desanimado o aislado cuando enfrentamos el rechazo o luchamos por reconciliar nuestra fe con nuestra identidad. Pero también sabemos que Cristo siempre está presente con los vulnerables y marginados. Incluso si todos nos alejaran, Cristo nos vería y estaría con nosotros.
Finalmente, el pasaje del Evangelio de Lucas narra la historia de la Transfiguración, donde Jesús revela su gloria divina a Pedro, Juan y Santiago en la cima de la montaña. Este momento de revelación divina nos recuerda quién es Jesús. La gloria de Dios no siempre es visible en la vida cotidiana, pero siempre está presente. Nosotros también estamos invitados a escuchar a Jesús, como nos ordena la voz desde la nube, y a confiar en la promesa de transformación que ofrece a todos.
Para las personas LGBTQ+, la Transfiguración también es una fuente de esperanza. Así como los discípulos presenciaron un destello de la gloria de Jesús, nosotros también estamos llamados a vernos a la luz del amor y la gloria de Dios. Esta luz brilla sobre todas las personas, independientemente de su identidad o origen. Nos llama a aceptar nuestro verdadero ser y a confiar en que, incluso en momentos difíciles, la gloria de Dios está presente y transformará nuestras vidas de maneras que no siempre podemos ver en el momento.
Al reflexionar sobre estas lecturas, recordamos que este tiempo de Cuaresma nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre nuestro propio camino espiritual, de mantenernos firmes en nuestra fe y de escuchar la voz de Jesús que nos llama a la transformación. Así como la fe de Abram fue contada como justicia y los discípulos vislumbraron la gloria divina, nosotros también estamos llamados a vivir con fe, confiando en que la alianza de Dios con nosotros es verdadera y que su luz nos guiará en cada momento de oscuridad e incertidumbre.
—Maxwell Kuzma, 16 de marzo de 2025
Para una reflexión guiada sobre el evangelio de hoy, consulta la entrega sobre la Transfiguración de Journeys, la serie de reflexiones bíblicas del Ministerio New Ways Ministry para personas LGBTQ+ y sus aliados.
Comentarios desactivados en “Vivir ante el misterio ”. 2 Cuaresma – C (Lucas 9,28-36)
El hombre moderno comienza a experimentar la insatisfacción que produce en su corazón el vacío interior, la trivialidad de lo cotidiano, la superficialidad de nuestra sociedad, la incomunicación con el Misterio.
Son bastantes los que, a veces de manera vaga y confusa, otras de manera clara y palpable, sienten una decepción y un desencanto inconfesable frente a una sociedad que despersonaliza a las personas, las vacía interiormente y las incapacita para abrirse al Trascendente.
La trayectoria seguida por la humanidad es fácil de describir: ha ido aprendiendo a utilizar con una eficacia cada vez mayor el instrumento de su razón; ha ido acumulando un número cada vez mayor de datos; ha sistematizado sus conocimientos en ciencias cada vez más complejas; ha transformado las ciencias en técnicas cada vez más poderosas para dominar el mundo y la vida.
Este caminar apasionante a lo largo de los siglos tiene un riesgo. Inconscientemente hemos terminado por creer que la razón nos llevará a la liberación total. No aceptamos el Misterio. Y, sin embargo, el Misterio está presente en lo más profundo de nuestra existencia.
El ser humano quiere conocer y dominar todo. Pero no puede conocer y dominar ni su origen ni su destino último. Y lo más racional sería reconocer que estamos envueltos en algo que nos trasciende: hemos de movernos humildemente en un horizonte de Misterio.
En el mensaje de Jesús hay una invitación escandalosa para los oídos modernos: no todo se reduce a la razón. El ser humano ha de aprender a vivir ante el Misterio. Y el Misterio tiene un nombre: Dios, nuestro «Padre», que nos acoge y nos llama a vivir como hermanos.
Quizá nuestro mayor problema sea habernos incapacitado para orar y dialogar con un Padre. Estamos huérfanos y no acertamos a entendernos como hermanos. También hoy, en medio de nubes y oscuridad, se puede oír una voz que nos sigue llamando: «Este es mi hijo… Escuchadlo».
Comentarios desactivados en “Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” . Domingo 16 de marzo de 2025. Domingo 2º de Cuaresma (C)
Leído en Koinonia:
Génesis 15, 5-12. 17-18: Dios hace alianza con Abrahán, el creyente. Salmo responsorial: 26: El Señor es mi luz y mi salvación. Filipenses 3, 20-4, 1: Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso. Lucas 9, 28b-36: Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió.
Análisis
El texto de Gn 15 pertenece a una unidad que tiene dos partes muy marcadas: la primera vv.1-6 sobre la promesa de un hijo y descendencia, la segunda vv.7-21 sobre la promesa de la tierra. El texto que hoy presenta la liturgia presenta una cierta confusión ya que encontramos la conclusión de la primera parte, y parte de la segunda. Muchos estudiosos se han preguntado por la antigüedad del texto, hoy parece haber acuerdo que si bien mucho material es antiguo, tenemos también elementos tardíos (como por ejemplo semejanzas con el Segundo Isaías). Incluso los primeros defensores de la teoría de fuentes del Pentateuco afirmaban que descubrir las fuentes de este texto resultaba muy difícil si no imposible.
La primera parte (vv.1-6) nos muestra la promesa de Dios (v.1), la objeción de Abraham, (vv.2-3), la respuesta de Dios en forma de signo (vv.4-5: v.4, negación a la objeción, v.5, signo en el cielo) y aceptación de Abraham (v.6). Como vemos, la liturgia sólo incorpora el signo y la aceptación final. La escena es muy conocida, por ser uno de los momentos iniciales, primordiales, del Primer Testamento.
Es sabido que a los domingos de Cuaresma se les ha asignado «textos bíblicos fuertes», referentes a elementos o dimensiones capitales de la fe judeo-cristiana. Este de hoy es claro: nada menos que la Alianza de Dios con Abraham, la Alianza que dio origen a todo, porque a partir de ahí es que supuestamente se comenzaría a formar el pueblo de Israel –de la descendencia de Abraham– y de ahí saldría Jesús, y de ahí el cristianismo, la Iglesia, y de ahí todo el Occidente Cristiano. De hecho, sin ir más lejos, la Doctrina del Destino Manifiesto de los Estados Unidos de América considera a este país como el nuevo Israel para los tiempos de la modernidad democrática. Países, religiones –incluido el Islam– y culturas creen llevar dentro de su código genético cultural el ADN de Abraham, todas ellas se consideran, de alguna manera, elegidas por Dios, queridas por Él, por medio de este Patriarca privilegiado que hoy estaría marcando más de la mitad de la Humanidad (cristianos y musulmanes ya sumamos el 54% de la población actual).
Al hecho mismo de esta Alianza de Yavé con Abraham se apela en el Parlamento del Estado Israelí para invocar el derecho de Israel a la tierra que ocupa, en medio de un conflicto de dimensiones prácticamente mundiales. Esos pocos versículos del capítulo 15 no son pues un fragmento piadoso sin importancia. Treinta y cinco siglos más tarde (según la tradición bíblica) del hecho que relata, sigue teniendo siendo considerado, pues, decisivo, cultural y políticamente.
¿Pero fue histórico un hecho tan importante? Más concretamente, ¿lo fue el personaje protagonista, Abraham? En muchas universidades –estamos queriendo hablar de hechos científicos, no de creencias religiosas– hace tiempo que se enseña que no, que no lo es, a la luz de las investigaciones arqueológicas más avanzadas. Obviamente, estamos ante una nueva edición del conflicto de la fe con la ciencia. En nuestra fe y en nuestras eucaristías podemos seguir hablando de todo esto, pero no podríamos hacerlo en el ámbito riguroso de la ciencia o de la universidad.
No vamos a resolverlo ahora, ni siquiera a abordarlo como sería conveniente. Solamente queremos dejar constancia de esta cuestión pendiente. Como el domingo pasado, recomendamos abordar el tema del «nuevo paradigma arqueológico-biblico». Véase la revista VOICES (eatwot.net/VOICES) y tómese su último número –en línea, gratuito–).
La carta de Pablo a los Filipenses tiene una serie de puntos que merecerían ser discutidos. Señalemos, sin embargo, que 3,1-4,1 parece ser una unidad (o quizá hasta 4,3 por la repetición de la invitación a estar alegres). En la mayor parte del cap. 3 Pablo alerta a la comunidad contra los “perros”, “obreros malos”, “falsos circuncisos”, todo lo que parece una ironía contra los grupos judaizantes, es decir quienes pretendían que los cristianos para ser verdaderamente salvados previamente debían aceptar la circuncisión. El tema es complicado: ¿quiénes eran? la cosa se discute, pero parecen ser grupos que pretenden que los cristianos venidos del mundo no judío se hagan a sí mismos primero judíos (circuncisión mediante) para poder gozar luego de los beneficios de la salvación. Puede ser para evitar conflictos: el judaísmo es una religión lícita, las novedades no son bien vistas por algunos griegos; puede ser por cerrazón ante la novedad de parte de los “judaizantes”; puede ser por una suerte de idolatría de la Ley, la circuncisión y la misma ley puestas casi al mismo nivel que Dios… la cuestión es que misioneros itinerantes han llegado a Filipos e insistido en que es necesario hacerse judíos por la circuncisión, y dejar de ser perros (= paganos). Pablo les dice que ellos son los incircuncisos, los perros, etc… A continuación presenta una especie de “curriculum” frente a los que lo cuestionaban: él tiene tantas o más razones para gloriarse de ser judío, pero no pone allí su seguridad, “todo eso lo tiene como estiércol” y sigue en camino para alcanzar a Cristo. Estemos donde estemos, avancemos (3,16).
El Evangelio de la Transfiguración según la versión de Lucas propone una serie de elementos que es interesante tener en cuenta. La diferencia con los textos de Mateo y Marcos hizo que muchos se pregunten si Lucas tuvo en su poder una fuente propia, aunque otros piensan que posiblemente las diferencias se deban propiamente a la redacción del evangelista.
Los elementos comunes son conocidos: Jesús ha anunciado que le espera el rechazo y la muerte. En los otros Sinópticos Pedro se ha escandalizado y Jesús lo compara con “Satanás” aunque esto es omitido por Lc. Jesús anuncia que quien quiera ser discípulo debe cargar la cruz (“cada día” añade Lc). Esto es muy duro, pero termina aclarando que “algunos de los que están… no probarán la muerte hasta que vean” (Mt aclara “al Hijo del hombre viniendo”) el Reino. Precisamente Jesús se aparta a algunos y les hará “ver”. Así sucede la Transfiguración.
Hay elementos que son propios de Lc y son interesantes: a diferencia de Mc/Mt los días son “ocho”, Jesús sube “al” monte (como si supiéramos cuál es) y sube “para orar” lo que es muy frecuente en Lc; lo que ocurre sucede “mientras oraba”, como una consecuencia de esta oración. Lc agrega como algo importante el contenido de la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. Agrega el temor en medio de la nube, Jesús es además de “Hijo” presentado como “elegido”. Finalmente Lc omite toda relación entre Elías y el Bautista en el descenso del monte. Es interesante que este monte no sea el monte Sión, lugar donde Dios se encuentra con su pueblo: la cita “este es mi hijo” remite al Sal 2 que en v.6 dice que “ha instalado a su rey en Sión, su monte santo”.
Ante la presencia de Moisés y Elías interviene Pedro, pero “no sabe lo que decía”, probablemente Lc lee la clásica incomprensión propia de Mc pensando que es toda la Iglesia la que debe ser reunida por el Señor, o porque no se le puede dar a Dios una morada… La nube es un signo de la presencia divina y de su gloria (“vieron la gloria”, v.32), y por eso cuando los discípulos entran en la nube (sólo Lc señala expresamente que también ellos quedan cubiertos por la nube) “se llenaron de temor”; ellos no son simples espectadores, la nube es reunión de los discípulos en torno a la palabra de Dios, y unidos a su vez con los personajes del cielo en una suerte de “comunión de los santos”. Sin embargo, como en Getsemaní, el sueño los vence (22,45-46), no son testigos del diálogo, y sólo después de la resurrección comprenderán.
“Escúchenlo” es la clave del relato: para estar en cercanía a Jesús no es necesario armar tiendas, sino escucharlo, vivir de su palabra. La peregrinación no ha terminado, estamos en camino aunque la transfiguración ilumine brevemente el escándalo de la cruz anunciada; la Iglesia en marcha a su éxodo en el cielo mira el monte, como Israel miraba el Sinaí en su éxodo.
De golpe, súbitamente todo termina y encontramos a “Jesús solo”. Sin prohibición de por medio, los discípulos guardan el secreto, seguramente porque no han comprendido y se mantienen en el misterio.
Comentario
¡Jesús es tan extraño…! Después de tirar abajo todas las expectativas propias de su tiempo, y remarcar que como Mesías lo van a matar, y así salvará a todos, -después de eso-, dice que sus seguidores deben caminar su mismo camino, deben pasar las mismas cruces, y hasta el mismo martirio, y esto ¡cada día!… ¿Quién lo entiende? Pero cuando todo parece, casi, una invitación al masoquismo, se nos manifiesta transfigurado… “¡esto es lo que les espera!”, nos señala, como en un relámpago en medio de la noche. Cruz y resurrección, van tan de la mano, que se hace imposible separarlas. La resurrección da un sentido nuevo y fructífero a una vida que quiere gastarse y entregarse, como el fruto da sentido al entierro del grano. Pero también, la muerte da un sentido nuevo a la resurrección, ¡¡¡el amor nunca se hace tan generoso como cuando da la vida!!!, y Jesús no será un Mesías “allá en las nubes”, sino uno que camina nuestros pasos, uno que pasó por la cruz y que se dirige a Jerusalén, tierra de Pascua, y tierra que es punto de partida de la misión.
La transfiguración es un anticipo; es un “eclipse al revés”: una luz en medio de la noche. Da un sentido completamente nuevo a la vida, ¡y a la muerte! Hace comprensible la maravillosa reflexión de Hélder Câmara: “El que no tiene una razón para vivir, no tiene una razón para morir”.
La Transfiguración es decirnos “esto es lo que les espera”, es decirnos que “dar la vida vale la pena”. Todo proceso de conversión y cambio tiene sentido porque tenemos una roca firme, tenemos uno que no cambia, y garantiza nuestra vida fecunda, un “resucitado que es el crucificado” (J. Sobrino). Por eso la importancia que tiene “escuchar” a Jesús. Es la voz del profeta de los tiempos finales, del profeta como Moisés, que nos enseña el camino de la vida, el camino del éxodo que es camino de Pascua. Leer más…
Comentarios desactivados en 16.3. 25. Dom 2º de Cuaresma. Transfiguración, camino de paz (Lc 9, 28-36)
Del blog de Xabier Pikaza:
Un judío argentino, oficial del ejército de Israel, me dijo un día: Yo veo a Jesús con frecuencia o, más bien, me siento Jesús, en la Cima más alta, que llamáis de la Transfiguración, que es la Montaña de la Guerra de Israel, muy cerca de Meguido, Harmagedón, cuando subo a reparar mi espíritu cansado o a preparar la próxima guerra final de Israel:
Estábamos celebrando un Congreso sobre Religión y Paz, en Majadahonda (Madrid), debía ser el año 1983. Hablamos de la Transfiguración. Presidió la misa R. Panikker.
El argentino me dijo que subía al Tabor para tomar fuerza con Moisés y Elías, para vencer a los enemigos de Israel.
El texto de Lucas 9 que este domingo 16.3.25 nos ofrece la liturgia nos pide que subamos al Tabor de Jesús, para verle con Moisés y Elías, e iniciar un camino de éxodo de paz que conduce a la verdadera Jerusalén.
Los políticos de Europa, Rusia y USA quieren dinero para armas que les permitan ganar la paz. Yo, con el evangelio, quiero ofreceros una meditación cuaresmal de cuaresma, para convertir el Monte del Tabor en Monte de Bienaventuranza de la paz, con Jesús, Moisés, Elías… y mi compañero argentino de guerra a quien sigo recordando por sus buenas discusiones
| Xabier Pikaza
Un judío y un cristiano en el Tabor
Allí se me muestran, sobre la altura hoy ocupada por signos cristianos, los dos personajes centrales de mi historia, Moisés, hombre de Ley, Elías, el profeta. Se me aparecen con toda claridad, les veo con ojos cerrados, les siento con ojos abiertos, se apoderaban de mi espíritu y escucho la gran voz de la Altura Infinita, lo mismo que Jesús: ¡Tú eres mi Hijo, redime tú esta tierra, libérala de los poderes enemigos!
Así me siguió diciendo el judío:
– Sobre el monte me elevo con Jesús, como él y me siento enviado por Dios para cumplir la tarea de liberación del pueblo, con la ley de Israel en la mano (Moisés), con la experiencias más alta de oración (Elías…), con razones y con armas… Jesús retomó allí en su tiempo el buen camino, pero que no lo supo culminar… o no lo culminaron sus seguidores, los cristianos. Por eso, nosotros, los buenos judíos, herederos de Jesús, en la línea de Moisés y Elías, debemos culminarlo, con leyes, razones, armas y oraciones
Sí, ya sé que Usted, cristiano, no quiere o puede reconocerlo, me dijo, pero el Tabor es el monte de Barac, el Rayo, el gran guerrero de Israel, con Débora, la Abeja, la profetisa más grande. Allí subieron los soldados escogidos, como sabe Jueces 4, y de allí bajaron, con la ayuda del Dios de Moisés y de Elías (aunque Elías sea posterior), para vencer en la gran batalla a todos los cananeos y palestinos enemigos. No hace falta que se lo recuerde.
Usted lee la Biblia, y sabe que este monte, antes de lo que llaman Transfiguración de Jesús, era y sigue siendo la Montaña de la Transfiguración militar y victoriosa de Israel, con Barac y Débora.
No quise argumentar, guardé silencio. Pero, en un momento dado, se situó en un plano personal y me preguntó: Y usted, cristiano ¿ve a Jesús? ¿Le ve con Moisés y con Elías, como el judío eterno, el hombre universal de la libertad israelita? ¿No habrá espiritualizado y deshumanizado a Jesús y convertido esta imagen poderosa de la Transfiguración, que es una de “jura de bandera” de Israel, en una especie de evocación puramente estética de un cielo superior “sin carne” y sin historia, un Icono contemplativo de tipo helenista para evadirse del mundo real, mientras los hombres, mujeres y niños reales siguen oprimidos?
Soy de respuestas retardadas, quizá retrasadas. No quise entrar en polémica con el judeo-argentino, oficial del Ejército de Israel. No dije nada al buen porteño-israelita, que interpretaba con armas de guerra el relato de la Transfiguración y que subía a Tabor para retomar la experiencia de Jesús, con signos de Barac/Débora y para así cumplirla liberando toda la tierra de Israel, el mundo entero, e iniciando la era mesiánica anunciada por Moisés y Elías?
No le dije entonces nada, pero he seguido pensando en ello, año tras año, como podrá ver quien lea mi Historia de Jesús y mis Comentarios de Marcos y Mateo (Verbo Divino, Estella 2012 y 2017). Sé que aquel judío tenía en parte razón: Al Tabor hay que subir para tomar fuerza y bajar a la lucha por la liberación de los pobres y enfermos … Pero tengo la impresión de que la respuesta de aquel oficial no es la definitiva.
El camino de Jesús desde el Tabor incluye un elemento contemplativo, pero es ante todo un camino de compromiso real con la historia, un camino de transformación personal como muestra el Evangelio de Marcos, un camino de éxodocomo muestra la versión de Lucas que hoy se lee, que no dice muerte, como ha traducido el texto litúrgico de este domingo, sino que pone éx-odo, como pone el texto griego (como he puesto entre paréntesis en la versión del princpio),. Le tengo un gran respeto a la tradición oriental/ortodoxa del Icono de la Transfiguración, pero no interpreta ni asume todos los elementos del texto.
Una lectura “situada”. Para comprender el texto.
Éste relato de la Transfiguración ha sigo leído y entendido desde diversas perspectivas por la tradición. Aquí van algunas de ellas.
Mi dialogante judío leía el evangelio en plano mesiánico-militar, partiendo de Barac/Débora,a quienes unía con Jesús, deseando reiniciar y culminar desde el Tabor la Gran Guerra de la reconquista judía y de la culminación mesiánica del Gran Israel… Jesús estaba en el buen camino, pero no supo culminarlo.
Los exegetas profesionales leen este pasaje desde una perspectiva de Pascua cristiana y de fiesta judía de los Tabernáculos. La tradición cristiana anterior a Marcos habría “creado” simbólicamente este pasaje para presentar a Jesús Resucitado, Hijo de Dios, introduciendo su figura pascual en un momento de su historia anterior, con Moisés y Elías… De esa forma se habría cumplido, por otra parte, la fiesta judía de los Tabernáculos, es decir, de la plenitud del descanso futuro del Pueblo.
Los cristianos helenistas habría reinterpretado este pasaje en línea de “transfiguración sacral”,convirtiendo la escena en un “signo de cielo”, en el Icono por excelencia. Se trata de “ver” más allá de los accidentes y formas externas, la verdad de Dios que se expresa en Jesús, de un modo simbólico. Éste ha sido y sigue siendo el Icono más importante (el sacramento fundamental) de una parte significativa de la Iglesia ortodoxa.
La Iglesia Católica ha querido aplicar este Icono a la vida de los religiosos contemplativos ,como han marcado varios documento sobre el despliegue de la Vida Religiosa (como decía Vida Fraterna en Comunidad”, año 1994). La vida religiosa sería un Tabor continuado, un lugar de encuentro con el Dios de Jesús en la montaña.
Todo lo anterior es importante, pero el signo de la Transfiguración tiene otros elementos importantes, como indica el texto de Lucas de la liturgia de hoy:
Lucas 9, 28b-36
En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte/éxodo que iba a consumar en Jerusalén (τὴν ἔξοδον αὐτοῦ, ἣν ἤμελλεν πληροῦν ἐν Ἱερουσαλήμ). Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.
– Perspectiva histórica.
Aquí se habla de un “hecho”. En esta línea se destaca la experiencia religiosa de Jesús y puede pensarse que la escena presenta un hecho de su vida pública: se transfiguró sobre la montaña y sus tres discípulos principales le descubrieron como Hijo de Dios, escuchando unas palabras de la nube que tomaron como voz divina, revelación transformante del misterio que presente a Jesús diciendo: ¡ese es mi Hijo querido, escuchadle!
Esa interpretación es valiosa, pero debemos añadir que las palabras de la nube divina no se dirigen a Jesús sino a los discípulos, para fortalecer su fe vacilante. El mensaje de Dios parece situarnos en contexto actual (post-pascual). Dios no está hablando aquí a Jesús, se dirige a nosotros y nos dice quién es Jesús,para que le escuchemos. Por eso diremos que ésta es una escena de pascua.
– Perspectiva apocalíptica.
La escena original no hablaría de una transfiguración histórica de Jesús (Mc 9, 2c sería posterior), sino de una visión y esperanza escatológica: los cristianos han visto a Jesús tras su muerte sobre el cielo, con Moisés y Elías, anticipando el final del tiempo como Pedro interpreta rectamente en Mc 9, 5 (9, 6 es posterior). Aquí no se contaría lo que pasó, sino lo que esperamos que pase. También nosotros, como Pedro, Juan y Santiago queremos subir a la Montaña de Dios, para ver a Cristo trasfigurado. La voz del cielo ratifica esa esperanza.
– Perspectiva pascual. Ese pasaje nos contaría una experiencia pascuL… Tenemos que ver a Jesús resucitado, como le vieron Pedro, Santiago y Juan. Los diversos elementos del relato (montaña, proclamación mesiánica, voz de Dios…) hacen pensar que estamos ante una experiencia de resurrección, interesada en mostrar a Jesús como hijo de Dios (Mc 9, 7) o rey escatológico. El mensaje del texto estaría cerca de Rom 1, 3-4 que identifica pascua y nacimiento del Hijo: el blanco de las vestiduras (Mc 9, 3) es color celeste de los ángeles (Mc 16, 5; Mt 28, 3; Jn 20, 12) o santos (Ap 6, 11; 7, 9, etc.); Moisés y Elías son habitantes del cielo con quienes dialoga Jesús. Los creyentes viven, según esto, a dos niveles: unidos a Jesús pertenecen al mundo divino, donde quieren integrarse con Pedro (Mc 9, 5); pero la Voz de Dios les invita al cumplimiento del mensaje de Jesús (oídle), mientras siguen viviendo sobre el mundo (Mc 9, 7).
Sentido. Entender y vivir la transfiguración
Desde esos tres planos se entiende el pasaje: cuando la Voz de la nube (presencia de Dios) atestigua que Jesús es su Hijo (Mc 9, 7) no alude sólo al fin del tiempo o a la pascua, sino a su realidad humana, en el camino de la historia, pues en ella ha venido a desplegarse su filiación divina. El misterio de la gloria orante de Jesús se funda en Dios y por eso es necesario que Dios mismo lo proclame.
El domingo 1º de Cuaresma se dedica siempre a las tentaciones de Jesús, y el 2º a la transfiguración. El motivo es fácil de entender: la Cuaresma es etapa de preparación a la Pascua; no sólo a la Semana Santa, entendida como recuerdo de la muerte de Jesús, sino también a su resurrección. Este episodio, que anticipa su triunfo final nos ayuda a enfocar adecuadamente estas semanas.
El contexto: la promesa
Jesús ha anunciado que debe padecer mucho, ser rechazado, morir y resucitar. Y ha avisado que quienes quieran seguirle deberán negarse a sí mismos y cargar con la cruz. Pero tendrán su recompensa cuando él vuelva triunfante. Y añade: «Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán antes de ver el reinado de Dios». ¿Se cumplirá esa extraña promesa?
El cumplimiento: la transfiguración
Ocho días después de estas palabras, Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se caían del sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: Maestro, que bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle.
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.
El relato podemos dividirlo en dos partes: la subida a la montaña y la visión. Desde un punto de vista literario es una teofanía, una manifestación de Dios, y los evangelistas utilizan los mismos elementos que empleaban los autores del Antiguo Testamento para describirlas. Por eso conviene recordar algunos datos de la famosa teofanía del Sinaí, cuando Dios se revela a Moisés.
La teofanía del Sinaí
Dios no se manifiesta en un espacio cualquiera, sino en un sitio especial, la montaña, a la que no tiene acceso todo el pueblo, sino sólo Moisés, al que a veces acompaña su hermano Aarón (Ex 19,24), o Aarón, Nadab y Abihú junto con los setenta dirigentes de Israel (Ex 24,1). La presencia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que habla (Ex 19,9). Es también frecuente que se mencione en este contexto el fuego, el humo y el temblor de la montaña, como símbolo de la gloria y el poder de Dios que se acerca a la tierra. Estos elementos demuestran que los evangelistas no pretenden ofrecer un informe objetivo, “histórico”, de lo ocurrido, sino crear un clima semejante al de las teofanías del Antiguo Testamento.
La subida a la montaña
Jesús sólo elige a tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan. Este dato no debemos interpretarlo solo como un privilegio; la idea principal es que va a ocurrir algo tan grande que no puede ser presenciado por todos.
Lucas introduce aquí un cambio pequeño pero importante. Marcos y Mateo dicen que subieron “a una montaña alta y apartada”; Lucas, que “subieron a la montaña para rezar”. La altura y aislamiento del monte no le interesa, lo importante es que Jesús reza en todas las ocasiones trascendentales de su vida.
La visión
En ella hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud. El primero es la transformación del rostro y las vestiduras de Jesús. El segundo, la aparición de Moisés y Elías. El tercero, la aparición de una nube luminosa que cubre a los presentes. El cuarto, la voz que se escucha desde el cielo.
En ella hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud.
La transformación del rostro de Jesús. Lucas destaca que el cambio se produce mientras Jesús oraba, y se centra en el cambio de su rostro más que en el de sus vestidos: “Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.” Es un anticipo de las apariciones de Cristo resucitado, cuando su rostro es difícil de identificar para María Magdalena, los dos de Emaús y los discípulos en el lago.
La aparición de Moisés y Elías. Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios hablaba cara a cara. Según la tradición bíblica, sin Moisés no habrían existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva a esa religión hacia el siglo IX a.C., cuando está a punto de sucumbir por el influjo de la religión cananea. Sin Elías habría caído por tierra toda la obra de Moisés. Por eso los judíos concedían especial importancia a estos dos personajes. El hecho de que se aparezcan ahora a los discípulos (no a Jesús) es una manera de garantizarles la importancia del personaje al que están siguiendo. No es un hereje ni un loco, no está destruyendo la labor religiosa de siglos, se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.
En este contexto, las palabras de Pedro proponiendo hacer tres chozas suenan a simple despropósito. Pero son consecuencia de lo que ha dicho antes: «qué bien se está aquí». Es mejor quedarse en lo alto del monte que cargar con la cruz y seguir a Jesús hasta la muerte.
Como en el Sinaí, el monte queda cubierto por una nube.
Las palabras de Dios reproducen exactamente las que se escucharon en el momento del bautismo, cuando Dios presentaba a Jesús como su siervo. Pero aquí se añade un imperativo: «¡Escuchadle!» La orden se relaciona directamente con las anteriores palabras de Jesús, sobre su propio destino y sobre el seguimiento y la cruz de sus discípulos.
Resumen
La transfiguración supone para los discípulos una enseñanza creciente: 1) al ver transformados su rostro y sus vestidos tienen la experiencia de que su destino final no es el fracaso, sino la gloria; 2) la aparición de Moisés y Elías confirma que Jesús es el culmen de la historia religiosa de Israel y de la revelación de Dios; 3) la voz del cielo les enseña que seguir a Jesús no es una locura, sino lo más conforme al plan de Dios.
La anticipación de nuestro triunfo (Filipenses 3,17-4,1)
A la comunidad de Filipos, igual que a otras fundadas por Pablo, llegaron misioneros cristianos, pero de la línea radical, judaizante. Estaban convencidos de salvarse por observar una serie de normas alimentarias (“su Dios es el vientre”) y por la circuncisión (“se glorían de sus vergüenzas”); en consecuencia, aunque no lo reconozcan, para salvarse no es preciso que Jesús muera por nosotros, y “se comportan como enemigos de la cruz de Cristo”.
Frente a esta postura, los filipenses, seguidores de Pablo, no aspiran a cosas terrenas sino que aguardan a un salvador, Jesús, que transformará nuestro cuerpo humilde a semejanza del suyo glorioso. Esta promesa de la transformación de nuestro cuerpo es la que ha movido a elegir esta lectura, en paralelo con la del evangelio: la transfiguración de Jesús no solo anticipa su gloria sino también la nuestra.
Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas.
Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. El transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelos de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.
La teofanía a Abrahán (Gn 15, 5-12. 17-18)
El texto ha sido elegido por su importancia en la historia de la salvación, que se recuerda en las primeras lecturas de los domingos de Cuaresma, pero no tiene relación estricta con el evangelio.
En el libro del Génesis, Abrahán, presentado como un pastor seminómada, recibe las dos mayores promesas que puede desear: una descendencia numerosa y una tierra donde asentarse. El texto podemos dividirlo en tres partes: la primera promete una descendencia numerosa como las estrellas; la segunda, la tierra (sin concretar de qué tierra se trata, se supone la de Canaán); la tercera une los dos temas: la descendencia de Abrahán heredará la tierra (en este caso se le atribuye una extensión fabulosa).
1)
En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo:
– Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes.
Y añadió:
– Así será tu descendencia.
Abrahán creyó al Señor, y se le contó en su haber.
2)
El Señor le dijo:
– Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos para darte en posesión esta tierra.
El replicó:
– Señor Dios, cómo sabré yo que voy a poseerla.
Respondió el Señor:
– Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.
Abrahán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abrahán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrahán, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso, y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.
3)
Aquel día el Señor hizo alianza con Abrahán en estos términos: A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río Éufrates.
A los matrimonios o las parejas se les suele preguntar algo así como: “Yvosotros, ¿cómoosconocisteis?”. A las personas consagradas nos suelen preguntar por nuestra vocación.
Pienso que si a Jesús le hubiéramos preguntado por su vocación nos habría contado dos cosas: el momento de su bautismo en el Jordán y el momento que describe el evangelio de hoy, y que nosotros llamamos la transfiguración.
Esos son dos momentos decisivos de la vida de Jesús y es probable que Jesús mismo hablara de ellos en más de una ocasión, de hecho nos los cuentan los tres evangelios sinópticos: Marcos, Mateo y Lucas.
Las primeras seguidoras de Jesús guardaron en el corazón el recuerdo de estos dos “hitos” en la vida de su Maestro. Las dos veces que Jesús oye la voz del Padre que le recuerda su propia identidad: “EsteesmiHijo”.
El núcleo fuerte de cualquier vocación no es hacer esto o aquello sino descubrir quiénes somos. Cuando Dios nos llama nos desvela nuestra identidad. Por eso la vocación no es una cosa que sucedió si no que se renueva diariamente.
La llamada de Dios es a SER, ¿a ser qué? ¡A ser HIJAS AMADAS! Esto es lo más importante. Después viene la manera concreta de realizarlo que es única para cada persona. Unas responderán desde el matrimonio, otras desde la vida consagrada, la maternidad o paternidad, la soltería. Desde un compromiso total con la gente empobrecida o desde una opción preferencial por la vida de oración. Porque aunque aparentemente la llamada es la misma para todas y todos, ya se sabe (las madres lo saben muy bien): ¡no hay dos hijas iguales!
Acompañemos a Jesús en este día importante de su vida. Recreemos en nuestro corazón los detalles de aquel momento: la montaña, la intimidad con los amigos, el encuentro con Dios, su voz… Jesús nos deja entrar en una de sus experiencias más profundas.
Hoy nos lleva consigo a lo alto de una montaña, para orar. ¿Te apuntas?
Oración
¡Qué hermoso es estar aquí!, Trinidad Santa, en el corazón mismo de la oración del Hijo. Escuchando la voz del Padre. Fluyendo en el amor de la Santa Ruah que nos va transformando en lo que somos: HIJAS AMADAS SUYAS.
Comentarios desactivados en En Jesús (y en nosotros) está siempre lo divino, aunque se perciba.
DOMINGO 2º DE CUARESMA (C)
Lc 9,28-36
Toda la Biblia es el relato de la manifestación de Dios. Son leyendas construidas para fundamentar las creencias de un pueblo. La Alianza sellada por Abrahán con el mismo Dios es el hecho más importante de la epopeya bíblica. Hay un detalle muy significativo. Dios no llegó a la cita hasta que vino la noche y Abrahán cayó en “un sueño profundo…”
La conversación con Moisés y Elías fue sobre el “éxodo de Jesús” (pasión y muerte). Se trata de un relato pascual. Todos los relatos evangélicos son pascuales. Me refiero a que en un principio se pensó como relato de resurrección, pero con el tiempo se retrotrajo a la vida terrena de Jesús, para potenciar el carácter divino de Jesús y su conexión con el AT.
Todos los elementos del relato se toman del AT. El monte, lugar de la presencia de Dios. El resplandor, signo de que Dios estaba allí. La nube en la que Dios se manifestó a Moisés. La voz, que es el medio por el que Dios comunica su voluntad. El miedo presente siempre que se experimenta lo divino. Las chozas, alusión a la fiesta mesiánica en la que se conmemoraba el paso por el desierto. Moisés y Elías: La Ley y los Profetas.
El relato se presenta como una transfiguración. Cambió la figura, lo que se puede percibir por los sentidos. En lo esencial, Jesús fue siempre el mismo. En Jesús, como en todo ser humano, lo importante es lo divino que no puede ser percibido por los sentidos. En los relatos pascuales, el Jesús que se les aparece, es el mismo que anduvo con ellos en Galilea. En los relatos de su vida, se dice lo contrario. Jesús, con el que viven, es ya el glorificado.
Las interpretaciones de este relato, apuntan siempre a una manifestación de “gloria”. La gloria de Dios no tiene nada que ver con la gloria humana. En Dios, la gloria es su esencia, no algo añadido. Si en Jesús habitaba la plenitud de la divinidad, quiere decir que Dios y su “gloria” nunca se separaron de él. Como hombre sí podría recibir gloria. Cuando queremos añadírsela después de su muerte, seguimos cayendo en la gran tentación de siempre.
En Jesús está ya la plenitud de la divinidad, pero está en su humanidad, aunque no se puede percibir por los sentidos. Todo lo que Jesús nos pidió que superáramos, lo queremos recuperar con creces. Jesús acaba de decir que tiene que padecer mucho; que seguirle es renunciar a sí mismo. Pedimos a Dios que recubra de oropel nuestra escoria.
Lo divino no es lo contrario de lo humano, sino compatible con nuestras limitaciones. Es absurda una esperanza de futuro. Dios nos ha dado ya todo lo que podría darnos. Claro que esto contradice nuestras expectativas. Pero esa es la clave: ¿Estamos dispuestos a aceptar la salvación que Jesús ofrece, o seguimos esperando una ‘salvación’ para nuestro falso yo?
¡Escuchadle a él solo! Seguimos, como Pedro, aferrados al Dios del AT. El cristianismo ha velado de tal forma el mensaje de Jesús, que es casi imposible distinguir lo que es mensaje evangélico y lo que son resonancias del AT. Hoy son numerosos los odres nuevos, que esperan vino nuevo, porque no aguantan el vino viejo y agrio que les seguimos ofreciendo.
El hecho de que Moisés y Elías se retiraran antes de que hablara la voz, es una advertencia para nosotros que no acabamos de superar el Dios del AT. Jesús ha dado un salto en la comprensión de Dios que debemos dar nosotros también. En realidad, en ese salto consiste toda la buena noticia de Jesús. El Dios del AT no es buena noticia sino temible noticia.
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