Dom 5 julio 20, 14 tiempo ordinario; Mt 11, 15-20. Atrévete a ser hijo. La ruta del Padre
No nos hemos atrevido en general a ser hijos, ni hemos seguido la ruta del Padre. Legiones de falsos salvadores nos han impuesto rutas de sísifos, piedras inmensas, y lo hemos admitido, y encima les hemos llamado salvadores y señores… Nos han dicho que somos esclavos,que les debemos la vida y lo hemos creído.
En contra de eso, el evangelio es el descubrimiento y recorrido de la ruta del padre, y así lo dice Jesús, este domingo, abriendo para nosotros la ruta del padre y de la madre, la ruta de la vida, para todos, empezando por los más pequeños, por los niños, los miedosos, los enfermos. Este es el tema.
Introducción
Algunos quisieron crear una religión de sísifos, para subir la piedra a pulso hasta el alto de la roca, pero fueron incapaces; la pedro rodaba de nuevo hasta el fondo del valle. Algunos jerarcas cristianos también han querido imponer cargar muy pesadas a los otros, sin tocarlas ellos ni siquiera con los dedos de la mano izquierda (cf. Mt 23, 4). Jesús en cambio dice que su carga es ligera o, mejor dicho, que no es carga, pues él mismo es quien la lleva por nosotros.
No impuso Jesús ninguna carga! Pero nos dijo también: ¡Si podéis, llevar los unos las cagas de los otros, no por obligación, sino por solidaridad. Si vas por ahí y ves a un Sísifo llevando su piedra, desde el tiempo de los griegos hasta ahora, dile que la eche, que ruede hasta el suelo, que no se ocupe de ella. Y si de verdad el no puede dejarla, cógela tú y llévala por él, que así pesa mucho menos.
Por eso, el evangelio de Jesús no está escrito para Sísifos atados sin pausa a su roca, sino niños que llaman a sus padres… y padres que acogen a sus hijos, llevando así la carga de la vida, conociéndose y amándose entre sí. Éste es el mensaje fundamental del evangelio de este domingo (Mt 11, 25-30), que consta de tres partes que voy a comentar: Una Alabanza (1, 25-26), de una revelación paterno-filial (1, 26) y una llamada
Alabanza. 11 25 Yo te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra, pues has ocultado esto a sabios y entendidos, y lo has revelado a los pequeños. 26 Sí, Padre, pues que esta ha sido tu voluntad.
Confesión. 11 27 Todo me ha sido entregado por mi Padre: y nadie conoce al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar.
Llamada. 11 28 Venid a mí todos los agotados y cargados, que yo os daré descanso. 29 Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, pues soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. 30 Porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.
Alabanza (11, 25-26).
Proviene de la tradición pascual de la iglesia, que descubre y confiesa a Jesús, muerto ya y resucitado, como revelador del Padre. Pero, en su tenor original, evoca y actualiza la experiencia histórica de Jesús:
11 25 Yo te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra, pues has ocultado esto a sabios y entendidos, y lo has revelado a los pequeños. 26 Sí, Padre, pues que esta ha sido tu voluntad[1].
Frente a los sabios y entendidos, representados por los galileos de 11, 20-24, se sitúan ahora los pequeños (nepioi), que han acogido el evangelio. Así lo descubre Jesús, y da gracias al Padre por ello. Éste ha sido su descubrimiento mesiánico: La revelación de Dios en los pequeños, y no en las orgullosas ciudades de Galilea, ni en los sabios del judaísmo rabínico.
Leído de esa forma, ese pasaje nos sitúa ante un misterio: la manifestación de Dios rompe la dinámica religiosa de sabiduría y grandeza de las ciudades galileas(presumiblemente orgullosas por su conocimiento de la Escritura y por su forma de entender el judaísmo). En contra de ellas, eleva Jesús, por gracia de Dios, a los pequeños que escuchan su Palabra. Frente al círculo cerrado de los sabios y entendidos que se buscan a sí mismos y se creen suficientes, ratifica el Dios de Jesús el valor de los pequeños, en gesto de admiración exultante, revelándose por ellos como Padre.
En este principio se vinculan la hondura y universalidad, la profundidad y amplitud del evangelio de Mateo, que aparece así como portador de una revelación que no “cabe” en un pueblo de grandes y sabios. Este pasaje destaca así la autoridad de Dios Padre, a quien Jesús reconoce y alaba por su acción salvadora, en la línea del Éxodo, desvelando así su Nombre originario (cf. Ex 3, 14): Kyrios/Yahvé (¡Soy el que Soy!) del cielo y de la tierra, liberador sacral de los hebreos, siendo, al mismo tiempo, Padre que acoge y eleva a los pequeños. Éstas palabras (¡pues has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos…!) deben situarse en la historia de las comunidades cristianas de Galilea, que, en un momento de conflicto, entre el 40 y 70 dC, tendieron a desligarse del movimiento de Jesús, de forma que no pudo haber una “galilea cristiana”. Leer más…























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