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Dios nunca entrará en la dinámica de nuestra justicia.

domingo, 16 de octubre de 2022
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DOMINGO 29 (C)

Lc 18,1-8

Comentar las lecturas de hoy es complicado porque, partiendo de ellas, tenemos que concluir literalmente lo contrario de lo que dicen. La 1ª: el mito de la elección. El Dios de Jesús no puede estar en contra de nadie. Amalec es para Dios tan querido como el pueblo israelita, aunque los judíos y nosotros sigamos pensando otra cosa. La 2ª: El mito de la inspiración. No toda la Escritura es útil para enseñar. Recordad las palabras de Jesús: habéis oído que se dijo… pero yo os digo… La 3ª: el mito de la justicia de Dios. Ni ahora ni después, ni al que se lo pida con insistencia ni al que no se lo pida, va a hacer justicia humana de ninguna manera.

Lo que llamamos palabra de Dios es fruto de una profunda experiencia religiosa personal, pero está expresada en conceptos que corresponden a una visión mítica del mundo. Al intentar entenderla y juzgarla desde nuestra mentalidad, que ya no es mítica, distorsionamos el mensaje. Debemos tener la valentía de separar el mensaje del envoltorio en que ha sido transmitido. Nuestra teología ha sido un intento desesperado de convertir el mito en logos. El mito nunca podrá ser racionalizado. Si lo entendemos racionalmente, lo destrozamos y nos impedirá descubrir su valor, llevándonos a una falsificación de la verdad que en él se contiene.

La modernidad racionalista cometió el error de lanzar por la borda la increíble riqueza de la experiencia religiosa, porque confundió el embalaje mítico, en que venía presentada, con la verdad que quería trasmitir. Con el agua del baño hemos tirado por la ventana al niño. Pero las religiones, sobre todo la nuestra, siguen manteniendo el error de no querer prescindir del envoltorio porque después de tanto tiempo insistiendo en que había que mantener a toda costa el mito, ahora no tiene posibilidad ni valentía para proponer la verdad separada del mismo mito.

Hoy es imprescindible atender al contexto para entender el texto. A continuación del relato de los diez leprosos que hemos leído el domingo pasado, le preguntan a Jesús los fariseos sobre cuándo llegará el Reino de Dios. Jesús responde con afirmaciones sobre el Reino de Dios y sobre la última venida del Hijo del hombre. Con la perspectiva de ese pequeño apocalipsis, el relato de hoy cobra su verdadero sentido. No trata de prevenir cualquier desánimo, sino del peligro de caer en el desaliento porque la parusía se retrasaba demasiado. Recordemos que la expectativa de un final inmediato era el ambiente en que se vivió el primer cristianismo.

La parábola del juez y la viuda no tiene aplicación posible desde nuestra religiosidad actual. No podemos poner como modelo para Dios a un juez injusto que actúa por aburrimiento. Pero es que ni siquiera podemos esperar que haga justicia. Hoy sabemos que Dios no puede tener ahora una postura y otra para dentro de una hora o para el final de los tiempos. Dios es siempre el mismo y no puede cambiar para amoldarse a una petición. No tenemos que esperar al final del tiempo para descubrir la bondad de Dios sino descubrir a Dios presente, incluso en todas las calamidades, injusticias y sufrimientos que los hombres nos causamos unos a otros.

El tema es de máxima importancia, porque la oración de petición, en cualquiera de sus formas, es una de las manifestaciones religiosas que más nos dice sobre nuestra manera de entender a Dios y al hombre. Lo que esperamos de la oración de petición nos puede servir de test para comprender el estadio en que se encuentra nuestra religiosidad. Agustín nos ha metido por un callejón sin salida cuando afirmó que si la oración no era eficaz, quia malum, quia mala, quia male. Que quiere decir: porque soy malo, porque pido cosas malas, porque las pido de mala manera. Este razonamiento es insostenible, porque, constatado que Dios no responde, nos las arreglamos para dejar a salvo a Dios, pues la culpa la tenemos siempre nosotros.

De manera menos lapidaria yo me atrevo a decir: Si rezamos, esperando que Dios cambie la realidad: malo. Si esperamos que cambien los demás, malo, malo. Si pedimos, esperando que el mismo Dios cambie: malo, malo, malo. Y si terminamos creyendo que Dios me ha hecho caso y me ha concedido lo que le pedía: rematadamente malo. Cualquier argucia es buena, con tal de no vernos obligados a hacer lo único que es posible: cambiar nosotros.

No es tarea de Dios impartir justicia humana, y la justicia divina se está realizando en todo momento. Para Él todo está en orden en cada instante. El que es objeto de injusticia no será afectado en su verdadero ser si él no se deja arrastrar por la misma injusticia. La justicia humana se impone por el poder judicial. Cuando pedimos a Dios que imponga “justicia” le estamos pidiendo que actúe para restablecer un desequilibrio. Para Dios todo está siempre en absoluto equilibrio, no necesita equilibrar nada. Dios no puede actuar contra nadie por malo que sea. Dios está siempre con los oprimidos, pero nunca contra los opresores.

En la Biblia “hacer justicia” es liberar al oprimido. Ésta era la acción más propia de Dios. El pueblo de Israel interpretó los acontecimientos favorables como acción de Dios a su favor. Pero cuando las cosas le iban mal tenían que concluir que se debía a que no habían sido fieles a la Alianza. La verdad es que ante las mayores injusticias de entonces y de ahora, Dios se calla. Es muy difícil armonizar este silencio de Dios con la insistencia en la eficacia de la oración. Dios nunca podrá hacer justicia, tal como la entendemos los humanos.

Aquí no se trata de la oración sino de la petición a Dios de justicia para los oprimidos. No debemos esperar la acción puntual de Dios, sino descubrir su presencia en todo acontecer y en toda situación. Es mucho más importante saber aguantar la injusticia que alcanzar nuestra justicia. Es mucho más importante ser siempre “justos” que conseguir justicia de otros. La justicia de Dios es una actitud que permite descubrir todo lo que puedo esperar en el momento actual, sin que Dios tenga que hacer nada, mucho menos teniendo que echar mano de su poder.

La oración no la hago para que la oiga Dios, sino para escucharla yo mismo y darme la ocasión de profundizar en el conocimiento de mi verdadero ser. Todo ello me llevará a dar sentido al sinsentido aparente de tanta injusticia humana como experimentamos en el mundo. El silencio de Dios, ante tanta injusticia, me obliga a profundizar en la realidad que me desborda y a buscar la verdadera salida, no la salida fácil de una solución externa del problema, sino la búsqueda del verdadero sentido de mi vida en esa circunstancia. Mi justicia la tengo que hacer yo en mí. La injusticia del otro no me debe hacer injusto a mí.

Pedir a Dios justicia, aquí o para el más allá, es mantener el ídolo que hemos creado a nuestra medida. La justicia en el más allá se inventó precisamente para armonizar la idea de un Dios justo al modo humano con la realidad de una injusticia presente. En tiempo de los macabeos se vio que los males que afligían a los seres humanos no se podían explicar como castigo de Dios, porque Antíoco estaba sacrificando precisamente a los más fieles a la Ley. Para superar esa contradicción se sacó de la manga un castigo y un premio para después de la muerte.

El mensaje de Jesús está sin estrenar. ¿A quién de nosotros se nos ha ocurrido alguna vez dar la túnica al que nos roba el manto? ¿Quién ha puesto una sola vez la otra mejilla cuando le han dado una bofetada? Ni siquiera admitimos la posibilidad de entrar en la dinámica del evangelio. Todo lo contrario, tratamos por todos los medios de que Dios se acomode a nuestra manera de pensar y actúe como actuamos nosotros. La única manera de ser justo es no practicar ninguna injusticia. Este es el sentido que tiene casi siempre “justicia” en la Biblia.

La injusticia no se puede arreglar desde las víctimas. Mirada desde el que la sufre, la injusticia no tiene arreglo. La mayoría de las veces lo que provoca es más injusticia o venganza. La injustica nunca podrá afectar a la esencia del injuriado, con tal de que no se deje arrastrar para caer él mismo en injusticia. La única manera de superar una injusticia es que, el que la cometió tome conciencia de que se ha hecho daño a sí mismo y salga de esa dinámica.

Meditación

La mayor injusticia, sufrida desde esta perspectiva,
es compatible con la plenitud humana más absoluta.
Nuestra justicia está siempre mezclada con la venganza.
Mi plenitud no está en la derrota del enemigo
sino en dejarme derrotar por mantenerme en el amor.
Esto es el evangelio. ¿Quién se lo cree?

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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La esencia de Dios.

domingo, 16 de octubre de 2022
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12190055_984102751651193_5912908670137319560_nLc 18, 1-8

«Y Dios ¿no hará justicia a sus elegidos…?

Jesús nos habla frecuentemente de Dios en el evangelio, pero siempre a través de un lenguaje parabólico, analógico, que no trata de definirlo ni abarcarlo, sino de desvelar su relación con nosotros. Por supuesto, Dios no es padre, ni pastor, ni médico, ni sembrador, pero estas imágenes al alcance de todos tienen la virtud de situar nuestra mente en la buena dirección cuando pensamos en Él.

Sabemos de Dios lo que hemos visto en Jesús, y no sabemos nada más. Sus hechos reflejan cómo es Dios para nosotros, y sus dichos nos muestran su concepción de Dios. Como dice Juan en su prólogo solemne: «A Dios nadie le ha visto jamás, el hijo Unigénito es quien nos lo ha dado a conocer». Y algo similar ocurre con el ser humano; sabemos de nosotros lo que hemos visto en Jesús, y nada más.

Pero los humanos somos gente curiosa y tratamos de obtener respuestas a través de la razón. A lo largo de la Edad Media, la posibilidad de acceder racionalmente a Dios era una idea generalmente aceptada, pero fue rechazada a partir del Renacimiento —si lo puedes entender, no es Dios.

No obstante, persiste el viejo debate filosófico en torno a Dios, y por extensión en torno al ser humano. Y nos gusta polemizar sobre inmanencia y trascendencia, creacionismo y panteísmo, teísmo y deísmo, dualismo y monismo… Y esto puede estar muy bien como ejercicio intelectual, pero corremos el riesgo de elevar estas ideas al rango de verdades básicas para nuestra vida, olvidando que no pasan de ser proposiciones filosóficas sometidas a error.

Inmanuel Kant afirmaba —y justificaba— que cualquier proposición metafísica tiene las mismas probabilidades de ser cierta que su contraria, y esto es algo que nos conviene no olvidar cuando decidimos hacer metafísica. ¿Es Dios transcendente o inmanente? ¿Es el creador del universo? ¿Se preocupa por nuestra suerte?… ¿Es el ser humano parte de Dios? ¿Es una mera criatura compuesta de cuerpo caduco y alma inmortal?… No lo sabemos, pero si alguna de estas hipótesis le ayuda a alguien a vivir con más sentido, pues bendito sea Dios.

En su libro “La pregunta por Dios”, Juan Antonio Estrada, sacerdote jesuita, nos deja esta excelente reflexión con la que vamos a finalizar. Dice así: «Es característico de la naturaleza humana plantearse grandes cuestiones filosóficas que escapan a las limitaciones de su conocimiento, y acabar reconociendo que nuestra mente limitada no tiene respuesta para muchos enigmas existenciales que ella misma nos plantea».

Y añade: «Debemos acostumbrarnos a vivir sabiendo que hay cosas que no conocemos y que hay preguntas a las que no sabemos responder».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

 Fuente Fe Adulta

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¿Aún encontrará fe en este mundo?

domingo, 16 de octubre de 2022
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images16 de octubre de 2022

Lc 18, 1-8

Continuamos nuestro camino litúrgico de la mano del Evangelio de Lucas que, este domingo, nos deja un texto complejo, ambiguo, pero muy significativo.

Jesús narra una parábola que forma parte de la pedagogía del camino tan propia de Lucas. Muy fiel a su narrativa, no se centra en contextualizar la parábola sino en meternos directamente en ella. En esta ocasión, incluso, ya la interpreta para que no nos molestemos en muchas elucubraciones. Ha introducido un tema que preocupaba mucho a las primeras comunidades cristianas: la llegada del reinado de Dios y la nueva humanidad que traía consigo. Sin embargo, Jesús parece estar más preocupado por su deseo de que ese Reino se haga realidad en el mundo que ya tenemos. El texto de hoy, claramente, pone sobre la mesa la necesidad de justicia y qué tiene qué ver Dios con ella.

La insistente petición de una viuda consigue que le haga justicia un juez que no tiene muchas ganas de ello. En cuatro momentos del breve texto se repite «Hacer justicia». Sin duda, es el centro de la parábola y de su mensaje. Este “hacer justicia” pone en escena a dos personajes enfrentados: la viuda y su adversario. La viudedad femenina suponía una vida en soledad y desprotección, dolor y lágrimas, y solía estar asociada a la espantosa presencia de un juez corrompido. Esta figura era necesaria porque siempre existían conflictos de herencia que la ponían en pleito contra un adversario con más poder que ella. Como mujer y como oprimida no puede hacer nada con su contrario. Por eso, no tiene más opción que atosigar al juez hasta lograr recibir su justicia.

Estaremos de acuerdo en afirmar que esta parábola no desprende mucha lógica. Cabría esperar una reacción más dura del juez como castigarla o prohibirla acercarse para siempre al tribunal. Sin embargo, cede para dejar de ser molestado por las continuas quejas de la mujer. Desplacémonos ahora a la figura del juez ya que Jesús quiere que los oyentes nos paremos ante su reacción. Como este juez, muchas personas viven insensibles hacia las realidades más vulnerables, pero también pone de manifiesto que, de una manera contradictoria e inexplicable, resuelve la situación a favor de la viuda.

La intención de Jesús no parece ser blanquear la actitud del juez cuya motivación para hacer el bien no puede ser más egoísta. Tal vez pretende insistir a los  judeo-cristianos (de antes y de ahora) que vayan abandonando la imagen e interpretación de un Dios que no siempre favorece al más vulnerable sino al más cumplidor.

Si el juez humano resuelve a favor de la viuda, cuánto más el Dios que quiere revelar Jesús; un Dios que no actúa por cansancio sino por amor a sus hij@s y a los que insta a vivir en esa confianza profunda y radical. Es decir, una fe más identificada con vivir en una conexión permanente con nuestro origen, con nuestro espacio divino; la bondad, la justicia, no es una sentencia sino una consecuencia de lo que somos en nuestra existencia más esencial y profunda.

Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿aún encontrará fe en este mundo? No una fe a golpe de talón, a golpe de premio-castigo, de sentencias contra los malos, excluidos, diferentes, a golpe de ofrendas para conseguir algo, porque tiene una caducidad muy breve, porque cuando es saciada, ya no quiere más. Es lo que llamamos la tranquilidad de conciencia cuando “cumplimos” con lo que nos piden nuestros “superiores” humanos o ideológicos. Esta viuda pide justicia, es decir, no pide tranquilidad para su conciencia, pide ser reconocida en su dignidad. No pide nada material que, probablemente necesitaba, sino “existir” como ser humano con el valor intrínseco que tenemos como hij@s de Dios. No dice Jesús que cuando llegue la plenitud habrá sentencia, sólo se pregunta hasta dónde va a durar nuestra fe: si es una costumbre o un vínculo liberador que nos lleva hacia la plenitud.

Y no hay que dejar escapar la situación de la viuda que, simbólicamente, aglutina muchas realidades de nuestro planeta que necesitan ser restauradas en su dignidad y en sus derechos. Veo a las mujeres iraníes, a tantos hombres y mujeres que están siendo conducidos a perder su vida para que un dictador inhumano sacie sus delirios de poder, todas las víctimas de la violencia machista física y psicológica, cualquier violencia que mal-trata a otro ser humano. Os emplazo a seguir añadiendo situaciones personales, sociales, planetarias, que necesitan una respuesta, como esta viuda, de JUSTICIA, no desde el egoísmo sino desde la DIGNIDAD.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Dios juez.

domingo, 16 de octubre de 2022
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0F039A2F-ED73-4D2F-ACDB-2A3F20DD0914Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

16 octubre 2022

Lc 18, 1-8

Parece claro que estamos ante una “parábola de contraste” (probablemente no pronunciada por Jesús, sino construida por la comunidad posterior) que, mostrando la indignidad de un juez concreto, busca subrayar la magnanimidad de un Dios justo y solícito que cuida de los suyos.

Con todo, no deja de apreciarse un elemento sectario por parte de aquella comunidad de seguidores que se autocalifican como “sus elegidos”. Y algo que es más grave, visto siempre desde nuestra perspectiva: la imagen de Dios como juez. Tal imagen corresponde a un nivel mítico de consciencia, caracterizado -por lo que se refiere a esta cuestión- por la heteronomía, el mérito y la recompensa.

Pocas imágenes han pervertido tanto la conciencia religiosa como esta de “Dios Juez” que, tal como se enseñaba habitualmente en la predicación y en la catequesis, te estaba vigilando constantemente (“mira que te mira Dios…”), no se le escapaba nada y anotaba todo para darte el castigo merecido.

Tal imagen contaminó la conciencia religiosa inoculando en generaciones cristianas sentimientos angustiantes de miedo y de culpa. Como ha quedado dicho, se trata de una imagen mítica, pero extremadamente fácil de grabar en la conciencia y sumamente “eficaz” para sostener la institución religiosa, que poseía el poder de definir el comportamiento moral.

Resultaba fácil de inocular porque se asentaba en la experiencia vivida con las figuras parentales (percibidas como “jueces” que premian o castigan): se trata, sin duda, de un esquema infantil, seguramente ya olvidado, pero no por ello menos activo en la vida adulta. Es sabido que los esquemas o patrones vividos en la infancia quedan grabados a fuego en el cerebro, por lo que tienden a perpetuarse, condicionando nuestro modo de ver y de vivir, hasta que no se “ajustan cuentas” con ellos.

Y se convertía en un eficaz instrumento de sumisión porque la persona que se siente culpable (piénsese en el fenómeno frecuente de los “escrúpulos” en el ámbito religioso) está dispuesta a someterse con tal de liberarse de aquel sentimiento agobiante.

La espiritualidad acaba con la imagen de un “dios juez” y con todo sentimiento de culpa. Se comprende que “Dios” no es un Ente que dirige nuestra vida desde fuera y marca nuestro comportamiento en base a premios y castigos, sino la Realidad última que nos constituye. Por decirlo brevemente, “Dios” no es un Ser, sino un estado de ser. A su vez, esta comprensión muestra el engaño y la perversión de la culpabilidad; lo que emerge, en su lugar, es responsabilidad.

¿Mantengo imágenes míticas De Dios?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Orar es demorarse en Dios para que nos importen los hombres…

domingo, 16 de octubre de 2022
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ORAR-GRANDEDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Orar en la vida.

El tema central de este domingo es la oración.

San Lucas es el evangelista que más presenta a Jesús orando.

Jesús les cuenta a los suyos esta parábola del juez injusto y la pobre viuda para mostrarles la necesidad de orar siempre y sin desanimarse.

Orar es la actitud en la vida de abiertos a Dios, en silencio (no digáis muchas palabras) y a la escucha del Señor. Orar es poner en Dios nuestra vida y todo lo que ella conlleva. Orar es ver la vida desde Dios, al menos intentarlo.

    JesuCristo vivió toda su existencia en oración, es decir vivió siempre en relación con Dios, en comunión con Dios.

Jesús vivió con la mirada puesta en Dios Padre. Frecuentemente pasaba la noche orando a Dios. Toda su vida fue una oración.

¡Cuántas vueltas no le daría Jesús a su situación ante el templo, el culto, los sacerdotes, zelotas, los fariseos – la ley, la justicia, el amor, los pobres! Tal y como iban  las cosas, Jesús pensó, oró en su final Jesús se preguntaría muchas veces: ¿Cómo terminaré? ¿Lo que estoy haciendo será lo que Dios Padre quiere?

02.- Orar no es pedir cosas.

ilíaOrar no es pedir cosas, sino confiar infinitamente en Dios.

Quien cree y confía en Dios, pone su vida, sus problemas en Él y vive toda la existencia desde Dios. Solamente ora quien cree y confía.

    A veces nos dirigimos a un Dios que desconociera nuestros problemas, y no es así.

Si pensamos que Dios ya ve los problemas humanos, pero no puede o no quiere intervenir, todavía sería peor.

No se trata, pues, de pedir que Dios acabe con el hambre en el mundo, que pare la guerra o que cure un cáncer. Como bien sabemos, Dios no hace, ni va a hacer esas cosas, si es que no las hacemos nosotros o, cuando menos, no comenzamos a trabajar. ¿Qué hace Dios por el problema del hambre en el mundo? Pues nos ha hecho a nosotros: dadles vosotros de comer…

Porque la oración no consiste en pedir que Dios se salte las leyes de la creación, que por otra parte Él mismo ha dispuesto. Oramos para que tal enfermo o nosotros mismos vivamos con dignidad y sobrellevemos humana y dignamente nuestra enfermedad, nuestras limitaciones, nuestra propia muerte.

Cuando oramos, ponemos nuestra vida y la de nuestros hermanos los hombres ante Dios. En la oración tomamos conciencia de nuestra indigencia, hacemos presente ante Dios nuestra situación; nuestra oración es expresión de la preocupación y compromiso que sentimos por los problemas y las situaciones.

Cuando Dios trabaja, el que suda es el ser humano.

Cuando de nada nos sirve rezar escribía Antonio Machado y cantaba JM Serrat. Cuando de nada nos sirve rezar, permanezcamos silenciosamente en oración en el Señor. Él escucha nuestra presencia. Él alivia la profundidad de nuestra vida.

03.- La oración es un encuentro y una experiencia.

Somos cristianos porque hemos experimentado el amor de Dios, por eso nos acercamos a él para presentarle y compartir nuestras necesidades, expresarle también nuestras quejas o manifestar nuestro agradecimiento.

No hay que hablar mucho: no digáis muchas palabras… (Mt 6,7). Dios ya conoce nuestra historia y nuestras historias. Basta con estar con el Señor.

En estos tiempos de prisas y de ansiedades, orar es encontrarse con el Señor en quietud, en calma, permanecer en Él.

    Cristo nos llama a orar, pero no tanto porque Dios no conozca nuestros problemas o no nos escuche, o para ver si nos cae la lotería o apruebo el examen de fin de curso, o nos cura de esta enfermedad sino porque nosotros mismos necesitamos vivir siempre desde Dios. Orar es vivir en el Señor.

    Orar es acoger el don de Dios. La oración no cambia a Dios, sino al que ora. El Señor Jesús vivió toda su existencia desde Dios, en oración.

    La oración es, pues, valiosa, realizadora y, por eso, los creyentes oramos, vivimos en una actitud de oración.

Orar es distinto de rezar. Orar es vivir en referencia a Dios. Orar es demorarse en Dios.

Rezar es expresar nuestra apertura a Dios. Muchas, las más de las veces de forma muy elemental. Hacer la señal de la cruz a un enfermo, un avemaría en momentos de abatimiento es más valioso y eficaz que todas las verborreas y moniciones litúrgicas. Una señal de la cruz es un “icono” que nos evoca -llama- a la ultimidad de Dios.

A veces la oración es aquello de Santa Teresa de Jesús:

Nada te turbe; nada te espante;

Todo se pasa; Dios no se muda;

la paciencia todo lo alcanza.

Quien a Dios tiene, nada le falta.

Sólo Dios basta.

 

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Nuestra Señora del Pilar, Patrona de Aragón y Zaragoza

miércoles, 12 de octubre de 2022
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136f9095482933f8074b8befdc0fed89El origen de la devoción a la Virgen del Pilar se remonta al siglo I. Cuenta le leyenda que, desde Jerusalén, donde aún vivía la Virgen María, vino a España para confortar al apóstol Santiago el Mayor en las tareas de evangelización. La tradición afirma que lo visitó milagrosamente a las orillas del río Ebro, donde Santiago estaba reunido con los primeros hispanos convertidos al cristianismo.

Como recuerdo de aquel acontecimiento se levantó más tarde en aquel lugar una capillita en honor de Nuestra Señora, venerando su imagen en un pilar. Documentos monacales del siglo IX dan testimonio del templo dedicado en la ciudad de Zaragoza a María siempre Virgen.

La advocación de nuestra Señora del Pilar ha sido objeto de un especial culto por parte de los españoles. En pocos templos de los pueblos de España falta la imagen de la Virgen del Pilar.

Su basílica, a las orillas del Ebro a su paso por Zaragoza, es un lugar privilegiado de oración, donde sopla con fuerza el Espíritu.

Esta devoción a la Virgen del Pilar fue llevada también en las carabelas de Colón hasta los pueblos hermanos de América. Desde el año 1908, en el interior de la gran basílica que hoy existe en Zaragoza, junto al altar de la Virgen hacen guardia de honor a nuestra Señora las banderas de los países hispanoamericanos.

El papa Inocencio XIII, en 1723, concedió oficio litúrgico propio de la Virgen del Pilar para el día 12 de octubre.

***

LECTIO

Primera lectura:

Primer libro de las Crónicas 15,3-4.15-16; 16,1-2

David reunió en Jerusalén a todo Israel para trasladar el arca del Señor al lugar que le había preparado. Reunió a los hijos de Aarón y a los levitas.

Los levitas transportaron el arca apoyando las barras sobre sus hombros, como lo había prescrito Moisés, por orden del Señor.

David ordenó a los jefes de los levitas que dispusieran a sus hermanos los cantores con todos los instrumentos musicales de acompañamiento, arpas, cítaras y címbalos, e hicieron resonar bellas melodías en señal de regocijo.

Metieron el arca de Dios y la colocaron en medio de la tienda que David había levantado para ella. Ofrecieron luego al Señor holocaustos y sacrificios de reconciliación.

Cuando David terminó de ofrecer los holocaustos y los sacrificios de reconciliación, bendijo al pueblo en nombre del Señor.

Estos versículos de los capítulo 15 y 16 del libro de las Crónicas, que presenta la liturgia en la fiesta de la Virgen del Pilar, hacen referencia a la gran fiesta que celebró David el día que trasladó el arca de Dios desde Baalá a Jerusalén. Dice el texto del libro de Samuel que en esa fiesta «David danzaba ante el Señor frenéticamente… entre gritos de júbilo y al son de trompetas» (2 Sm 6,14-15). Jerusalén se convierte, por la presencia del arca, en ciudad santa, ciudad bendecida por Dios. En aquella fiesta, David convocó a todo Israel: era una fiesta nacional de bombo y platillo.

En las letanías de nuestra Señora invocamos a María como Arca de la Nueva Alianza y Templo del Espíritu Santo. Aquel regocijo de David con todo su pueblo, las ofrendas y oraciones que hicieron y la bendición que recibieron eran imágenes de esta fiesta en la que el arca de la Nueva Alianza vino de Jerusalén a Zaragoza para bendecir a los nuevos cristianos y para asentar su trono en el gran templo de nuestros corazones.

***

Segunda lectura:

Hechos de los apóstoles 1,12-14

Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, lo que se permitía andar en sábado.

Y así que entraron, subieron a la estancia de arriba, donde se alojaban habitualmente. Eran Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Zelota y Judas el de Santiago.

Todos ellos hacían constantemente oración en común con las mujeres, con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

 Después de la ascensión de Jesús a los cielos, el libro de los Hechos de los apóstoles se centra en la constitución de la comunidad cristiana. Los que le habían seguido por el camino son convocados por el Espíritu para seguir con la misión de Jesús. En el grupo de los que acompañaban a Jesús en su vida pública estaban María, su madre, y otras mujeres. El evangelio de Lucas, en el capítulo 8, dice que junto con los Doce le seguían María Magdalena, Juana, Susana y otras muchas.  En estos versículos que leemos en la fiesta de la Virgen del Pilar, se resalta la presencia de María en esta primera comunidad pospascual. Ella, los apóstoles y algunas mujeres perseveraban en la oración común.

Esta oración entre hombres y mujeres da un tono peculiar a la primera comunidad cristiana, muy distinto a lo que se hacía en la sinagoga judía. Jesús había roto la separación, y la primera comunidad sigue acorde con el estilo de Jesús. Podemos pensar en la importancia de María en la formación de esa primera comunidad de Jerusalén y trasladar, sin esfuerzo, esa misma importancia en el apoyo a Santiago en la formación de la primera comunidad de España.

*

Evangelio:

Lucas 11,27-28

Mientras decía esto, una mujer de entre la gente gritó:

– «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron».

Pero él le dijo:

«Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica».

Arrebatada por la emoción del momento, una mujer del pueblo, corazón en mano, alaba a Jesús y le dice cuan orgullosa tenía que estar su madre por haberlo llevado en su seno. Las palabras de la mujer son un cumplimiento de la profecía sobre María de Lc 1,28: «Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones».

Pero Jesús, humilde y sencillo como su madre, traslada la atención de él mismo y de su madre a una insistencia más central: realmente, es más dichoso el que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica. La grandeza personal de María está en haber escuchado a Dios y haber dado un «sí» incondicional.

María escuchó y puso en práctica la Palabra de Dios al responder en la anunciación: «He aquí la esclava del Señor». Es una actitud humilde, valiente, libre y auténtica.

María, que meditó en su corazón las palabras y los gestos de Jesús, hace pensar en aquellos que «escuchan la Palabra con un corazón noble y generoso» (Lc 8,15).

*

MEDITATIO

Del libro del Eclesiástico 24,3-15:

Yo salí de la boca del altísimo y cubrí la tierra como una niebla. Habité en las alturas, y mi trono fue columna de nube. Sola recorrí el círculo celeste, y por las profundidades del abismo me paseé. En las olas del mar, en toda la tierra, en todo el pueblo y nación yo imperé. En todos ellos busqué el reposo, y en qué territorio instalarme. Entonces me ordenó el creador de todas las cosas, mi hacedor fijó el lugar de mi habitación, y me dijo: «Pon tu tienda en Jacob, y en Israel ten tu heredad».

Desde el principio y antes de los siglos me creó, y existiré eternamente. En su santa tienda, en su presencia, ejercí el ministerio, y así en Sión me instalé. En la ciudad amada establecí mi residencia, y en Jerusalén tuve la sede de mi imperio. En el pueblo glorioso eché raíces, en la porción del Señor, en su heredad. Crecí como el cedro en el Líbano, como el ciprés en las montañas del Hermón. Crecí como palmera en Engadí, cual brote de rosa en Jericó; como magnífico olivo en la llanura, crecí como el plátano. Como el cinamomo y el espliego he dado mi aroma, como mirra escogida exhalé mi perfume; como gálbano, ónix y estacte, y como perfume de incienso en el tabernáculo. Yo extendí como terebinto mis ramas, y mis ramas están llenas de gracia y de majestad. Como vid eché hermosos sarmientos, y mis flores dan frutos de gloria y de riqueza. Venid a mí los que me deseáis, y saciaos de mis frutos.

*

ORATIO

Virgen santa del Pilar:

Desde este lugar sagrado

alienta a los mensajeros del Evangelio,

conforta a sus familiares

y acompaña maternalmente

nuestro camino hacia el Padre,

con Cristo, en el Espíritu Santo. Amén.

(Oración de Juan Pablo II ante el altar de la Virgen del Pilar en Zaragoza.)

 

*

CONTEMPLATIO

La piedad de la Iglesia a la santísima Virgen María es un elemento intrínseco del culto cristiano. La veneración que la Iglesia ha dado a la Madre del Señor en todo tiempo y lugar -desde el saludo y la bendición de Isabel hasta las expresiones de alabanza y súplica en nuestro tiempo- constituye un sólido testimonio de que la lex orandi de la Iglesia es una invitación a reavivar en las conciencias su lex credendi. Y viceversa: la fe viva de la Iglesia requiere que por todas partes florezca lozana su oración fervorosa a la Madre de Cristo. Culto a la Virgen de raíces profundas en la palabra revelada y de sólidos fundamentos dogmáticos.

La misión maternal de la Virgen empuja al pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora; por eso el pueblo de Dios la invoca como consoladora de los afligidos, salud de los enfermos, refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado; porque ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado. Y -hay que afirmarlo nuevamente- dicha liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas.

La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar «los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos». Virtudes sólidas, evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la Palabra de Dios (cf. Lc 1,26-38; 1,45; 11,27-28; Jn 2,5); la obediencia generosa (cf. Lc 1,38); la humildad sencilla (cf. Lc 1,48); la caridad solícita (cf. Lc 1,39-56); la sabiduría reflexiva (cf. Lc 1,29.34; 2,19.33.51); la piedad hacia Dios, pronta al cumplimiento de los deberes religiosos (cf. Lc 2,21.22-40.41), agradecida por los bienes recibidos (Lc 1,46-49); la fortaleza en el destierro (cf. Mt 2,13-23), en el dolor (cf. Lc 2,34-35.49; Jn 19,25); la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor (cf. Lc 1,48; 2,24); el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la cruz (cf. Lc 2,1-7; Jn 19,25-27); la delicadeza provisoria (cf. Jn 2,1-11); la pureza virginal (cf. Mt 1,18-25; Lc 1,26-38); el fuerte y casto amor esponsal.

De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para reproducirlos en la propia vida. Y tal progreso en la virtud aparecerá como consecuencia y fruto maduro de aquella fuerza pastoral que brota del culto tributado a la Virgen.

La piedad hacia la Madre del Señor se convierte para el fiel en ocasión de crecimiento en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la «llena de gracia» (Le 1,28) sin honrar en sí mismo el estado de gracia, es decir, la amistad con Dios, la comunión en Él, la inhabitación del Espíritu. Esta gracia divina alcanza a todo el hombre y lo hace conforme a la imagen del Hijo (cf. Rom 2,29; Col 1,18).

La Iglesia católica, basándose en su experiencia secular, reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para el hombre hacia la conquista de su plenitud. (De la exhortación del papa Pablo VI Marialis cultus.)

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ACTIO

Reunirme hoy en oración con otros, como María con otras mujeres y los apóstoles, y pedir al Espíritu Santo fortaleza para los evangelizadores que están en tierra de misión.

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PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El milagro de Calanda

Como en otros santuarios marianos, los fieles han recibido en el de nuestra Señora del Pilar favores extraordinarios que han atribuido a su intercesión ante la omnipotencia divina. Desde el siglo XIII se habla en los documentos que conserva su archivo de «los mytos et innumerabiles miraglos que Nuestro Seynor Jesucristo feitos a et cada día facer non cesa en los ovientes devoción en la gloriosa et bienaventurada Virgen María suya Santa María del Pilar».

Un manuscrito del siglo XV recogió algunos de ellos. Y en 1680 el canónigo Félix de Amada dio a la imprenta una colección de milagros obrados por intercesión de la Virgen del Pilar. Entre ellos, es universalmente conocido el llamado milagro de Calando, por su evidente superación de las fuerzas de la naturaleza y por su innegable verdad histórica. Tuvo lugar entre las diez y las once de la noche del jueves 29 de marzo de 1640, en la villa aragonesa de Calanda y en la persona del ¡oven de 23 años Miguel Juan Pellicer, al cual, debido a un accidente, hubo que amputársele la pierna derecha en octubre de 1637 en el hospital de Gracia, de Zaragoza, por el cirujano Juan Estanca, siendo enterrada por el practicante Juan Lorenzo García.

Tras su convalecencia, durante dos años, fue mendigo en la puerta del templo de nuestra Señora del Pilar, de la que era muy devoto desde su niñez, por existir una ermita de esta advocación en Calando, y a la que se había encomendado antes y después de su operación, confesando y comulgando en su santuario.

Vuelto a la casa de sus padres en Calanda a primeros de marzo de 1640, el citado día 29 de ese mes, habiéndose acostado en la misma habitación de sus padres, por haber un soldado alojado en su casa, lo encontraron éstos dormido media hora más tarde con dos piernas, notándosele en la restituida las mismas señales de un grano y unas cicatrices que tenía la amputada.

A instancias del Ayuntamiento de Zaragoza, adonde acudió Miguel Juan tras su curación a dar gracias a la Virgen del Pilar, se incoó en el Arzobispado un proceso el 5 de junio de 1640, pronunciando sentencia afirmativa de calificación milagrosa el arzobispo Pedro Apaolaza, asesorado por nueve teólogos y canonistas, el 27 de abril de 1641. Se conserva íntegro el texto de este proceso con las declaraciones de los 25 testigos.

El milagro se divulgó rápidamente por todas partes. El mismo papa Urbano VIII fue informado personalmente por el jesuíta aragonés F. Franco en 1642. Entre los milagros, que por definición son todos excepciones de la naturaleza, el de Calanda es a su vez excepcional; por eso las relaciones coetáneas lo calificaron de «milagro inaudito en todos los tiempos». (Por Tomás Domingo Pérez, en el Libro de la Virgen, C.B.C.)

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Solo el extranjero regresó: Católicos LGBTQ+ en el camino sinodal

lunes, 10 de octubre de 2022
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D3210EB0-7BF1-4288-B345-B04141A8E172La publicación de hoy es del editor gerente de Bondings 2.0 Robert Shine, cuya breve biografía se puede encontrar aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 28 del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

Solo el extranjero regresó.

En el Evangelio de hoy, Jesús se representa curando a diez leprosos, personas rechazadas por la sociedad cuyas enfermedades se entendieron como las consecuencias del pecado. Sin embargo, Jesús se acerca a los leprosos, los cura y en otras historias incluso los toca. Más notable, aquí Jesús cura a un leproso samaritano entre los diez, una persona doblemente «otra» por la comunidad de Jesús.

Sured por Jesús, los leprosos se van, aparentemente para ir a «mostrarte a los sacerdotes» como él instruyó. Pero el samaritano, el extranjero, el paria entre los marginados: esta persona regresa para glorificar a Dios y dar gracias por la curación. Y es esta demostración de fe por la cual Jesús dice que se salva el leproso ahora curado.

En octubre de 2021, el Papa Francisco lanzó el Sínodo sobre Synodalidad, un viaje de dos años que el pueblo peregrino ha emprendido para aprender o, con mayor precisión, volver a aprender cómo ser una comunidad de fe en discernimiento, asumiendo la responsabilidad colaborativa de la Iglesia. El proceso del Sínodo culminará en octubre de 2023 con una reunión en Roma. En nuestro punto medio, las lecturas de hoy son adecuadas para la reflexión.

La primavera pasada, unos 1,000 católicos y aliados LGBTQ+ participaron en nuevas formas de conversaciones espirituales del Ministerio para el Sínodo, donde las personas compartieron sus experiencias y fe. Los frutos de estas conversaciones dieron como resultado nuevas formas en que el Ministerio del Sínodo informó, «desde los márgenes hasta el Centro«, que se presentó a muchos líderes de la iglesia. (Para todas las nuevas formas en que los recursos del Sínodo del Ministerio, vea el final de esta publicación).

Los problemas LGBTQ+ también han aparecido en Diocesan y National Synod Reports Worldwide. En términos a veces marcados, la gente de Dios ha dejado en claro que los problemas LGBTQ+ deben abordarse con urgencia.

Mientras leía la línea del Evangelio de hoy, «¿No había nadie más que este extranjero para dar gracias a Dios?» Pienso en el viaje del año pasado.

Ser LGBTQ+ en la iglesia hoy todavía puede significar ser tratado como un leproso, un paria, un extranjero. Llevamos las heridas de discriminación y exclusión que otros nos infligen. Pero también sabemos, las formas en que Jesús se acerca a nosotros y nos invita a sanar y a la fe.

3477A571-19A2-46A1-BAFE-AAA28F7D064EJesús ofrece curación a todos los heridos, es decir,  a cada persona. Pero son menos los que regresan para dar gracias. Este proceso sinodal me ha expuesto de una nueva manera a la frecuencia con la que los cátólicos LGBTQ+ son los extranjeros que regresaron. En nuestro informe del Sínodo, los temas de alegría, la esperanza, la gratitud, y esa fe que salva, fueron más poderosas que las heridas. Quizás glorificamos a Dios y damos gracias tan fervientemente porque, como otros pueblos marginados, sabemos cuán profundamente es la curación de Jesús.

El segundo año del Sínodo comienza ahora con un camino que es menos que claro. Viajar juntos puede ser más difícil a medida que pasamos de escuchar ampliamente a sintetizar y, eventualmente, implementando. Donde sea que este viaje nos lleve, nosotros, como LGBTQ+ católicos y aliados, debemos recordar ser como el extranjero al volver siempre a Jesús para glorificar a Dios y dar gracias.

Espero que este viaje sinodal también nos acerque a una iglesia donde no somos extranjeros, porque ya no hay más extranjeros, leprosos o marginados (Ef 2:19). Sueño con una iglesia, para citar al Papa Francisco recientemente, «que no excluye a nadie». Hasta entonces, glorifico a Dios y agradezco por todo lo posible por que muchos de ustedes tomen para darse cuenta de ese sueño un poco más.

–Robert Shine (él/él), New Ways Ministerio, 9 de octubre de 2022

Próximo programa: Continuando las conversaciones LGBTQ+ Synod

A principios de este año, las nuevas formas en que Ministerio celebró una serie de conversaciones espirituales LGBTQ+ que ayudaron a dar forma a su informe para el Sínodo. Muchos participantes expresaron su gratitud por la oportunidad de compartir sus historias entre sí y fomentar la solidaridad, y solicitaron más oportunidades de conversación. Este otoño, las nuevas formas en que el Ministerio está celebrando dos sesiones virtuales para la oración y la discusión de grupos pequeños sobre cómo las personas LGBTQ+ y los aliados para compartir aún más sus experiencias y fe. Para registrarse o aprender más, haga clic aquí.

Otros recursos del sínodo

Webinar: A Rainbow Synod: Global LGBTQ+ Perspectives on Synodality hasta ahora

Este seminario web presentó un panel de defensores mundiales para conversar sobre sus experiencias de este proceso sinodal hasta ahora. El seminario web de 75 minutos es una herramienta para detenerse, reflexionar y considerar los próximos pasos. Los participantes exploraron preguntas como: ¿Qué ideas fueron más pronunciadas? ¿Qué lecciones se han aprendido? ¿Cómo procedemos desde aquí? Una grabación está disponible haciendo clic aquí.

Webinar: Synodality como un camino hacia la reconciliación con la hermana Nathalie Becquart, XMCJ

Este seminario web por el subsecretario del Sínodo de Obispos en el Vaticano consideró cómo la sinodalidad se puede poner en práctica a medida que la Iglesia Católica se convierte en una iglesia escucha e inclusiva. Se puede ver una grabación de la presentación y discusión de 75 minutos haciendo clic aquí.

Webinar: LGBTQ Católicos y sinodalidad con el Dr. Robert Choiniere

Este seminario web exploró cómo todos los católicos, especialmente las personas LGBTQ y los aliados, pueden ayudar a asegurarse de que cada voz se escuche y grabe. Se puede ver una grabación de la presentación y discusión de 75 minutos haciendo clic aquí.

Webinar: Celebrando el Synodality: Sínodos como práctica espiritual con el Dr. Brian Flanagan

Este seminario web examinó los fundamentos espirituales de la sinodalidad, así como cómo todos los católicos, especialmente los católicos LGBTQ y sus partidarios, pueden prepararse y participar en oración en el Sínodo. Se puede ver una grabación de la presentación y discusión de 75 minutos haciendo clic aquí.

Para todas las nuevas formas en que los recursos del Sínodo del Ministerio, haga clic aquí.

Fuente New Ways Ministry

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“Recuperar la gratitud”. 28 Tiempo ordinario – C (Lucas 17,11-19)

domingo, 9 de octubre de 2022
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28-TO-C

Se ha dicho que la gratitud está desapareciendo del «paisaje afectivo» de la vida moderna. El conocido ensayista José Antonio Marina recordaba recientemente que el paso de Nietzsche, Freud y Marx nos ha dejado sumidos en una «cultura de la sospecha» que hace difícil el agradecimiento.

Se desconfía del gesto realizado por pura generosidad. Según el profesor, «se ha hecho dogma de fe que nadie da nada gratis y que toda intención aparentemente buena oculta una impostura». Es fácil entonces considerar la gratitud como «un sentimiento de bobos, de equivocados o de esclavos».

No sé si esta actitud está tan generalizada. Pero sí es cierto que, en nuestra «civilización mercantilista», cada vez hay menos lugar para lo gratuito. Todo se intercambia, se presta, se debe o se exige. En este clima social la gratitud desaparece. Cada cual tiene lo que se merece, lo que se ha ganado con su propio esfuerzo. A nadie se le regala nada.

Algo semejante puede suceder en la relación con Dios si la religión se convierte en una especie de contrato con él: «Yo te ofrezco oraciones y sacrificios y Tú me aseguras tu protección. Yo cumplo lo estipulado y Tú me recompensas». Desaparecen así de la experiencia religiosa la alabanza y la acción de gracias a Dios, fuente y origen de todo bien.

Para muchos creyentes, recuperar la gratitud puede ser el primer paso para sanar su relación con Dios. Esta alabanza agradecida no consiste primariamente en tributarle elogios ni en enumerar los dones recibidos. Lo primero es captar la grandeza de Dios y su bondad insondable. Intuir que solo se puede vivir ante Él dando gracias. Esta gratitud radical a Dios genera en la persona una forma nueva de mirarse a sí misma, de relacionarse con las cosas y de convivir con los demás.

El creyente agradecido sabe que su existencia entera es don de Dios. Las cosas que le rodean adquieren una profundidad antes ignorada; no están ahí solo como objetos que sirven para satisfacer necesidades; son signos de la gracia y la bondad del Creador. Las personas que encuentra en su camino son también regalo y gracia; a través de ellas se le ofrece la presencia invisible de Dios.

De los diez leprosos curados por Jesús, solo uno vuelve «glorificando a Dios», y solo él escucha las palabras de Jesús: «Tu fe te ha salvado». El reconocimiento gozoso y la alabanza a Dios siempre son fuente de salvación.

José Antonio Pagola

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” ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”. Domingo 09 de octubre de 2022. 28º Ordinario

domingo, 9 de octubre de 2022
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53-ordinarioc28-cerezoLeído en Koinonia:

2Reyes 5, 14-17: Volvió Naamán al profeta y alabó al Señor.
Salmo responsorial: 97:  El Señor revela a las naciones su salvación.
2Timoteo 2, 8-13: Si perseveramos, reinaremos con Cristo.
Lucas 17, 11-19: ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?

Después de un comentario tradicional, añadimos otro comentario crítico

Entre samaritanos y judíos –habitantes del centro y sur de Israel respectivamente- existía una antigua enemistad, una fuerte rivalidad que se remontaba al año 721 a.C. en el que el emperador Sargón II tomó militarmente la ciudad de Samaría y deportó a Asiria la mano de obra cualificada, poblando la región conquistada con colonos asirios, como nos cuenta el segundo libro de los Reyes (cap. 17). Con el correr del tiempo, éstos unieron su sangre con la de la población de Samaría, dando origen a una raza mixta que, naturalmente, mezcló también las creencias. “Quien come pan con un samaritano es como quien come carne de cerdo (animal prohibido en la dieta judía)”, dice la Misná (Shab 8.10). La relación entre judíos y samaritanos había experimentado en los días de Jesús una especial dureza, después de que éstos, bajo el procurador Coponio (6-9 p.C.), hubiesen profanado los pórticos del templo y el santuario esparciendo durante la noche huesos humanos, como refiere el historiador Flavio Josefo en su obra Antigüedades Judías (18,29s); entre ambos grupos dominaba un odio irreconciliable desde que se separaron de la comunidad judía y construyeron su propio templo sobre el monte Garitzín (en el siglo IV a.C., lo más tarde). Hacia el s. II a.C., el libro del Eclesiástico (50,25-26) dice: “Dos naciones aborrezco y la tercera no es pueblo: los habitantes de Seir y Filistea, y el pueblo necio que habita en Siquém (Samaría)”. La palabra “samaritano” constituía una grave injuria en boca de un judío. Según Jn 8,48 los dirigentes dicen a Jesús en forma de insulto: ¿No tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco?

Ésta era la situación en tiempos de Jesús, judío de nacimiento, cuando tiene lugar la escena del evangelio de hoy. Los leprosos vivían fuera de las poblaciones; si habitaban dentro, residían en barrios aislados del resto de la población, no pudiendo entrar en contacto con ella, ni asistir a las ceremonias religiosas. El libro del Levítico prescribe cómo habían de comportarse éstos: “El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13, 45-46). El concepto de lepra en la Biblia dista mucho de la acepción que la medicina moderna da a esta palabra, tratándose en muchos casos de enfermedades curables de la piel.

Jesús, al ver a los diez leprosos, los envía a presentarse a los sacerdotes, cuya función, entre otras, era en principio la de diagnosticar ciertas enfermedades, que, por ser contagiosas, exigían que el enfermo se retirara por un tiempo de la vida pública. Una vez curados, debían presentarse al sacerdote para que le diera una especie de certificado de curación que le permitiese reinsertarse en la sociedad. Pero el relato evangélico no termina con la curación de los diez leprosos, pues anota que uno de ellos, precisamente un samaritano, se volvió a Jesús para darle las gracias.

Por lo demás algo parecido había sucedido ya en el libro de los Reyes, donde Naamán, general del ejército del rey sirio, aquejado de una enfermedad de la piel, fue a ver al profeta de Samaría, Eliseo, para que lo librase de su enfermedad. Eliseo, en lugar de recibirlo, le dijo que fuese a bañarse siete veces en el Jordán y quedaría limpio. Naamán, aunque contrariado por no haber sido recibido por el profeta, hizo lo que éste le dijo y quedó limpio. Cuando se vio limpio, a pesar de no pertenecer al pueblo judío, se volvió al profeta para hacerle un regalo, reconociendo al Dios de Israel, como verdadero Dios, capaz de dar vida. Este Dios, además, se manifiesta en Jesús como el siempre fiel a pesar de la infidelidad humana.

Lo sucedido al leproso del evangelio sentaría muy mal a los judíos. De los diez leprosos, nueve eran judíos y uno samaritano. Éste, cuando vio que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Estar a los pies de Jesús es la postura del discípulo que aprende del maestro. Los otros nueve, que eran judíos, demostraron con su comportamiento el olvido de Dios que tenían y la falta de educación, que impide ser agradecidos. Sólo un samaritano -oficialmente heterodoxo, hereje, excomulgado, despreciado, marginado-, volvió a dar gracias. Sólo éste pasó a formar parte de la comunidad de seguidores de Jesús; los otros quedaron descalificados.

Tal vez, los cristianos, estemos demasiado convencidos de que sólo «los de dentro», los de la comunidad, «los católicos», o «los de la parroquia»… somos los que adoptamos los mejores comportamientos. Hay gente mucho mejor fuera de nuestros círculos, incluso en otras iglesias, y hasta en otras religiones, incluso entre quienes dicen que «no creen». En el evangelio de hoy es precisamente alguien venido de fuera, despreciado por los de dentro, el único que sabe reconocer el don recibido de Dios, dando una lección magistral a quienes no supieron agradecer. Aprendamos la lección del samaritano. Leer más…

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9.10.23. Fe samaritana, no religión de sacerdotes (Lc 17, 11-19)

domingo, 9 de octubre de 2022
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10-lepers-31Del blog de Xabier Pikaza:

Con la parábola del buen samaritano (Lc 10), que acoge y cura al herido del camino (en contra de sacerdotes y levitas), pone Lc 17 esta parábola del samaritano agradecido (creyente) que va donde Jesús, en contra de los nueve «servidores de una ley opresora, que vuelven a la religión de los sacerdotes.

Ésta es quizá la parábola más escandalosa de los evangelios (cf. también Mc 1, 39-45):  Jesús cura a diez leprosos y les dice (en forma provocadora) que se sometan a la ley de los sacerdotes, como si todo siguiera igual en el mundo. Nueve curados «de ley» no entienden a Jesús, cumplen externamente su mandato y se refugian en la ley de los sacerdotes. Sólo uno, que es samaritano, le entiende y no va, pues eltiempo de dominio y ley de los sacerdotes ha pasado.

Este samaritado que Vuelve a dar gracias a Jesús, para caminar con él. Ha encontrado la fe, ha encontrado el amor. no necesita sacerdotes.

Este samaritano hemos de ser todos nosotros. Jesús no ha venido para liberarnos de un tipo de religión de sacerdotes antiguos, pues sólo la fe (la gratuidad amorosa) puede salvarnos. Éste es, a mi juicio,el evangelio más hondo y necesario para este siglo XXI, como puede verse en la Historia de Jesús

  Jesús cura a diez leprosos, y, en un primer momento, les «manda» que vayan donde  los sacerdotes. Nueve curados (judíos religiosos), observantes de ley, se someten a la norma  de y siguen siendo en el fondo unos “leprosos” curados en lo externo, sometidos a tipo de ley que les manipula y esclaviza

Sólo un samaritano, que que no tiene religión de ley, ni está obligado a cumplir mandamientos de sacerdotes, se descubre curado y vuelve para dar gracias a Jesús, para caminar con él. Éste es el único curado de verdad, iniciando  con Jesús una vida de agradecimiento sanador por encima de todas las religiones particulares de los sacerdotes, como he puesto de relieve en Historia de Jesús..

Texto. Lucas 17, 11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. Jesús, al verlos, les dijo: “Id a presentaros a los sacerdotes. Y, mientras iban de camino, quedaron limpios.

Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?” Y le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado.” 

OBSERVACIONES PRELIMINARES

            Este milagro de los diez leprosos es una parábola de la vida humana, como la parábola de  Mt 25, 1-13, don la diez muchachas que van de bodas; cinco son prudentes, llevan aceite en sus alcuzas); cinco son necias, que no llevan llevar aceite.

Aquí (Lc 17) hay diez leprosos, todo el universo. La humanidad está representada por una “pandilla” de enfermos de covid, condenados a la muerte. Van juntos, gritando y sufriendo . Son judíos y gentiles, “cristianos” observantes de ley o gentes de la vida. Ante la lepra universal no pueden hacerse distinciones. Bajo el riesgo de esa pandemia tamos todos,  sin que se pueda decir que unos son culpables (han buscado la lepra a pulso) y otros inocentes (sufren sin causa). Todos sin excepción están (estamos) condenados .

Pero la historia sigue, en forma parabólica. Viene Jesús y nos dice “curaos todos”, vivir sin lepra… Pero añade algo sorprendente: “id y presentaos a los sacerdotes”, es decir, a laz autoridades establecidas, que puede ser levitas del templo de Jerusalén o funcionarios de las diversas leyes y sistemas de este mundo.

            Esta propuesta de Jesús, leída bien, desde el evangelio resulta escandalosa. En un primer plano Jesús parece  que quiere llevarnos atrás, a los tiempos de la letra, viviendo cada uno según su ley (según la religión o ley de los sacerdotes de sus pueblosp ueblo).

Pero leyendo el texto en profundidad, descubrimos que  Jesús nos cura para que, superando la pura ley de los sacerdotes de ley, descubramos la gratuidad, para caminar con él en gesto  de agradecimiento salvador, por encima de todos los sacerdotes legales del mundo, conforme a la letra-letra de este evangelio

En un prmer momento, Jesús deja a cada uno ante sus sacerdotes, para que vuelvan si quiere al mundo antiguo, a la religión de la ley.

Pero, en el sentido más profundo, Jesús nos cura para que pocamos volver a él sin sacerdotes, para darle gracias, para vivir en gratuidad, por encima de un tipo de ley de sacerdotes. Para esos que vuelven a los sacerdotes del sistema quedándose allli, el milagro de Jesús ha servido para nada. Sólo el samaritano, un hombre que no tiene sacerdotes de ley, qeda de verdad curado.

Esta esa una parábola para el siglo XXI. La superación de un tipo de ley de sacerdotes  de ley podrá abrirnos un camino de fe salvadora. Sólo abandonando un tipo de ley religiosa de sacerdotes podremos creer de verdad en Jesucristo y curarnos del todo, según este evangelio

  1. Los que escuchan a Jesús de un modo externo (los nueve del grupo legal), que vuelven a sus “sacerdotes antiguos” (escuchando aJesús sólo de un modo externo) siguen dominados para una ley religiosa que les esclaviza, siguen siendo en el fondo leprosos. De esa manera, lo que Jesús ha hecho con ellos termina siendo en vano: La religión de ley (de sacerdotes antiguos) les sigue destruyendo. No han quedado curados, no han dado el “salto” a la gratuidad, a superar la religión de ley, para vivir en gracia y agradecimiento con Jesús.
  2. Por eso he dicho que es mejor no tener religión que tener una religión de ley. El que no tiene religión aparece aquí, conforme al lenguaje judío, como un samaritano…No tiene ley que le esclaviza, no tiene religión, pero tiene un corazón… y siente que Jesús le ha curado y va a darle gracia… es decir, va a mostrarse como hombre de fe (no de religión o ley establecida). Los nueve restantes parece curados, pero no lo están. Siguen viviendo bajo una ley religiosa, no tienen ve verdadera, no tienen libertad, no tienen agradecimiento.

            Sólo el samaritano que deja todo a un lado y vuelve donde Jesús para darle gracias  y para iniciar con él un camino de fe ha sido salvado.

DESARROLLO MÁS PROFUNDO.

Primer acercamiento.  Este relato de la curación inicial de 10 leprosos y final de uno sólo, a quien Jesús dice “tú fe te ha salvado”, tiene una historia compleja que puede condensarse como sigue:

  1. Jesús estuvo en compañía de leprosos (como estará Francisco de Asís), y así le recuerda la tradición, ofreciéndoles presencia, abriendo para ellos un camino solidario de salud y salvación.
  2. El relato clave de la curación de un leproso es el de Mc 1, 40-45 (que Lucas ha recogido en su evangelio: Lc 5, 12-16). Es un relato fuerte: La iniciativa parte del leproso; Jesús le cura y le dice que se presenta para certificar su curación, pero él se niega, no quiere someterse más a los sacerdotes (que controlan y someten, no curan)… y se pone a pregonar lo que ha hecho Jesús.
  3. Lucas (que recoge como he dicho el relato de Marco, en Lc 5, 12-16) ha sentido la necesidad de reelaborarlo, de un modo también poderoso, en el pasaje de este domingo.

Reelaboración: Lc 17, 11-19  Lucas sitúa el relato en el camino de ascenso a Jerusalén, en el límite entre Galilea y Samaría, lugar clave de disputas religiosas.

  1. Los leprosos que salen al encuentro y le invocan de lejos (para no contaminarle), pidiendo a Jesús que les cure, son diez. Significativamente, la lepra no distingue entre judíos y gentiles, galileos y samaritanos. Todos son hermanos en la miseria.
  2. Jesús les manda “a los sacerdotes”. No dice “al sacerdote”, para no presuponer que hay uno sólo (el judío). Cada puede ir a su sacerdote de turno, Jerusalén o a Samaría, a Tiro o a Damasco. Jesús les manda “al sistema sagrado”, como queriendo que se integran de nuevo en el orden oficial.
  3. Pero uno vuelve… Se ve “limpio” (katharos) y no quiere acudir ya al sacerdote de turno, para que firme su ficha “¡curado!”; no quiere someterse nuevo a la ley del sistema que crea leprosos para decir después que puede (a veces) curarlos… Desobedece en un sentido a Jesús, pero en otro más alto le obedece.
  4. Éste es samaritano… un hombre que no tiene religión de ley, de forma que puede vivir en gratuidad, volviendo a Jesús para seguir con él, en fe, en gratuidad, en amor, por encima de los mandamientos.  A este le dice Jesús ¡Tú fe te ha salvado! (hê pistis sou sesôken se).
  5. Ésta es la fe del samaritano que confía en Jesús, por encima del sistema de ley, la fe de un hombre que confía en el amor y el agradecimiento por encima de las leyes  religiosas. Los otros nueve pueden haber quedado externamente limpios, pero no se han salvado… Siguen apegados a las leyes del poder del mundo, no creen en la gracia del Dios de Jesús, no creen en el poder de la fe sanadora que Jesús he la transmitido.

MILAGROS DE JESÚS, UN ACTO DE FE

 Desde ese fondo puedo condensar algunos rasgos de la fe y las curaciones de Jesús, tal como han sido reasumidas y entendidas por la tradición cristiana…

 Estos diez leprosos son todo el mundo, la humanidad excluida y sucia que Jesús quiere curar, con fe, es decir, con honda humanidad. Allí donde otros piensan que la vida de los hombres sigue condenada a la lepra (¡lepra de esos diez, lepra del Vaticano, como dice el Papa Francisco…!), Jesús cree que es posible no sólo la curación, sino incluso la salvación.

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“Malos”, pero agradecidos. Domingo 28 Ciclo C

domingo, 9 de octubre de 2022
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28-tocevDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Las lecturas de este domingo son fáciles de entender y animan a ser agradecidos con Dios. La del Antiguo Testamento y el evangelio tienen como protagonistas a personajes muy parecidos: en ambos casos se trata de un extranjero. El primero es sirio, y las relaciones entre sirios e israelitas eran tan malas entonces como ahora. El segundo es samaritano, que es como decir, hoy día, palestino. Para colmo, tanto el sirio como el samaritano están enfermos de lepra.

Naamán el sirio (2 Reyes 5,14-17)

            El relato del segundo libro de los Reyes (5,14-17) es mucho más extenso e interesante de lo que refleja la lectura litúrgica. Naamán es un personaje importante de la corte del rey de Siria, pero enfermo de lepra. En su casa trabaja una esclava israelita que le aconseja visitar al profeta de Samaria, Eliseo. Así lo hace, y el profeta, sin siquiera salir a su encuentro, le ordena bañarse siete veces en el Jordán. Naamán, enfurecido por el trato y la solución recibidos, decide volverse a Damasco. Pero sus servidores le convencen de que haga caso al profeta.

            En aquellos días, Naamán de Siria bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta Eliseo, y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño. Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo:

            ‒ Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta un regalo de tu servidor.

            Eliseo contestó:

            ‒ ¡Vive Dios, a quien sirvo! No aceptaré nada.

            Y aunque le insistía, lo rehusó. Naamán dijo:

            ‒ Entonces, que a tu servidor le dejen llevar tierra, la carga de un par de mulas; porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor.

            Con vistas al tema de este domingo, lo importante es la actitud de agradecimiento: primero con el profeta, al que pretende inútilmente hacer un regalo, y luego con Yahvé, el dios de Israel, al que piensa dar culto el resto de su vida. Pero no olvidemos que Naamán es un extranjero, una persona de la que muchos judíos piadosos no podrían esperar nada bueno. Sin embargo, el “malo” es tremendamente agradecido.

Un samaritano anónimo (Lucas 17,11-19)

            Si malo era un sirio, peor, en tiempos de Jesús, era un samaritano. Pero a Lucas le gusta dejarlos en buen lugar. Ya lo hizo en la parábola del buen samaritano, exclusiva suya, y lo repite en el pasaje de hoy (Lc 17, 11-19).

            Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:

            ‒ Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.

            Al verlos, les dijo:

            ‒ Id a presentaros a los sacerdotes.

            Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo:

            ‒ ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?

            Y le dijo:

            ‒ Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

Si malo era un sirio, peor, en tiempos de Jesús, era un samaritano. Basta recordar lo que escribió Jesús ben Sirá: «Dos naciones aborrezco y la tercera ya no es pueblo: los habitantes de Seír y Filistea y el pueblo necio que habita en Siquén» (Eclo 50,25). Pero a Lucas le gusta dejarlos en buen lugar. Ya lo hizo en la parábola del buen samaritano, exclusiva suya, y lo repite en el pasaje de hoy.

Este relato refleja mejor que el de Naamán la situación de los leprosos. Viven lejos de la sociedad, tienen que mantenerse a distancia, hablan a gritos. «Jesús, jefe, ten compasión de nosotros». Se encuentran en situación desesperada, y su grito recuerda al que en los salmos se dirige a Dios cuando el orante se siente desfallecer, solo y afligido, en profunda angustia (Sal 6,3; 9,14; 25,16 etc.).

¿Cómo reacciona Jesús? Al principio de su actividad en Galilea curó a un leproso, pero Lucas lo cuenta indicando cuatro detalles: 1) extiende la mano y lo toca; 2) responde a su petición diciendo: «Quiero, queda limpio»; 3) al instante desaparece la lepra; 4) le ordena ir al sacerdote y ofrecer lo mandado por Moisés (Lc 5,12-16)

Ahora Jesús no hace nada, se limita a ordenarles: «Id a presentaros a los sacerdotes». ¿Qué significa el plural «los sacerdotes»? ¿Que cada uno irá a buscar al sacerdote residente en su pueblo? ¿Que acudirán a diversos sacerdotes en el templo de Jerusalén? ¿Por qué no les dice que ofrezcan lo mandado por Moisés? Estas preguntas no interesan a Lucas. Lo importante es que los leprosos, sin que les desaparezca la lepra de inmediato, obedecen a Jesús y se ponen en camino. Un notable acto de fe en la palabra de Jesús, porque la sensación de haberse curado no la tienen hasta más adelante.

Entonces, solo uno vuelve, alabando a Dios por el camino, y se postra rostro en tierra a los pies de Jesús para darle gracias. Pero Jesús no se dirige a él, sino a un auditorio que abarca a todos los presentes, haciendo tres preguntas: ¿No han quedado limpios los diez? Él sabe que sí, aunque los demás no lo sepan. ¿Dónde están los otros nueve? Se supone que en busca de un sacerdote. ¿Solo este extranjero ha vuelto a dar gloria a Dios? Algo evidente, aunque nadie sabe que es extranjero. Cabe una objeción: este samaritano dio gloria a Dios en cuanto advirtió que estaba curado, ¿no habrán hecho lo mismo los demás, aunque no volviesen a dar las gracias a Jesús? Esta pregunta nos hace caer en la cuenta de que no se puede dar gloria a Dios sin dar las gracias a Jesús.

La escena termina con unas palabras que hemos escuchado en otros casos: «Tu fe te ha salvado» (7,50; 8,48; reaparecerá en 18,42). Todos han sido curados, solo uno se ha salvado. Nueve han mejorado su salud, solo uno ha mejorado en su cuerpo y en su espíritu, ha vuelto a dar gloria a Dios.

Poco antes, los discípulos han pedido a Jesús que les aumente la fe (17,5). Ahora Lucas ofrece una pista para conseguirlo. La fe se manifiesta en la alabanza a Dios y el agradecimiento a Jesús, algo que está a nuestro alcance.

Examen de conciencia

¿Dónde me sitúo? ¿Entre los “buenos” poco agradecidos, o entre los “malos” agradecidos?

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Domingo XXVIII del Tiempo ordinario. 09 Octubre, 2022

domingo, 9 de octubre de 2022
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“… cayó de bruces a sus pies dándole gracias. Era samaritano.”

(Lc 17, 11-19)

¿Qué es un pongo? ¿No lo sabes? Es aquel objeto que te regalan y según abres el paquete piensas:  “y esto… ¿dónde lo pongo?”.  Hace unos años era bastante frecuente acumular «pongos» por la casa, o, reconozcámoslo,  envolverlos con otro papel y darles un destino más aventurero. ¡Incluso hay gente que ha recibido su «pongo» de regalo de vuelta! Pero hoy día este método se ha sustituido por el «ticket regalo», mucho más práctico y funcional. Siempre «aciertas», el efecto sorpresa se diluye porque el impacto inicial no tiene tanta repercusión. Total, lo puedes cambiar por lo que te gusta, así que todos contentos. Realmente se ahorran un montón de situaciones embarazosas, esos silencios tensos al ver la cara de quienes no saben disimular y su rostro dibuja decepción o incluso enfado al recibir tu regalo… Pero en este nuevo sistema de regalos perdemos fácilmente algo esencial: la capacidad de asombrarse, y, con ella, la capacidad de agradecer. Se nos atrofia por la superabundancia que nos rodea y que tampoco nos satisface.

¿La gratuidad se nos está convirtiendo en un derecho?

El Evangelio de hoy nos habla de diez personas que viven repudiadas por la sociedad, apartadas de la vida cotidiana de los pueblos y expulsadas a los descampados por causa de su enfermedad. Cuando aparece Jesús, ven en Él una oportunidad real de salir de la marginación. Se quedan a distancia, se saben excluidas, pero gritan para salir de su situación. Jesús las ve y se dirige a ellas. Las envía a los sacerdotes, porque son ellos quienes tienen que certificar su sanación. Y ellas confían en su palabra y se ponen en camino. Antes de llegar ya recobran la salud. Y nos sabemos el final de la historia… una de ellas, vuelve dando gracias a Dios y se postra ante Jesús en un gesto que denota un profundo agradecimiento. Era un extranjero, un samaritano, esos que no se hablaban con los judíos porque éstos consideraban a aquellos de segunda categoría.

Podríamos hablar de los números que aparecen en el relato, el diez, el nueve, el uno… Pero sería extendernos mucho. Sin embargo, si tienes tiempo estás invitada, invitado, a pinchar en este link y buscar en la biblia el número diez, el diezmo… Por ejemplo encontrarás esa semilla santa de la que habla Isaías en el capítulo 6. Seguro que te da para una bonita reflexión y para meditar a lo largo de la semana.

La palabra Eucaristía significa «Acción de gracias», no «ritual intimista», así que vayamos a la eucaristía de este domingo con el corazón agradecido, y con el firme propósito de guiar nuestra vida hacia el camino del agradecimiento. La vida se nos «desanudará», será mucho más sencilla y más gozosa de vivir.

Oración

Bendito Tú, Señor Jesús,
Hijo del Dios vivo,
Bendita tu Palabra sanadora,
tu mirada profunda y misericordiosa,
Bendito Tú, Señor.

*

Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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No es el cumplimiento de la Ley lo que te salvará.

domingo, 9 de octubre de 2022
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DOMINGO 28 (C)

Lc 17,11-19

Una vez más se nos recuerda el texto que Jesús va de camino hacia Jerusalén, donde se enfrentará al poder del templo, lo que le llevará a la muerte y a la plenitud como ser humano en la entrega total. En esa subida se va haciendo presente la salvación, no solo al final del camino como nos han hecho creer. Jesús sale al encuentro de los oprimidos y esclavizados de cualquier clase. Se preocupa de todo el que encuentra en su camino y tiene dificultades para ser él mismo. Sin la compasión de Jesús, el relato sería imposible.

Dice un proverbio oriental: cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando al dedo. Al seguir empleando el título “los diez leprosos” nos quedamos en el dedo y no descubrimos la luna a la que apuntan. Debíamos decir: diez leprosos curados, uno salvado. En el texto vemos que la fe abarca no solo la confianza sino la respuesta, fidelidad. Es la respuesta que completa la fe que salva. La confianza cura, la fidelidad salva. Mientras el hombre no responde con su propio reconocimiento y entrega, no se produce la verdadera liberación. Una vez más queda cuestionada nuestra fe, por no llevar implícita la fidelidad.

El protagonista es el que volvió. La lepra era el máximo exponente de la marginación. La lepra es una enfermedad muy peligrosa. Al no tener clara la diferencia entre lepra y otras infecciones de la piel, se declaraba lepra cualquier síntoma que pudiera dar sospechas. Muchas de esas infecciones se curaban espontáneamente y el sacerdote volvía a declarar puro al enfermo. A esta manera de actuar puramente defensiva, Jesús quiere oponer una fe-confianza que debe cambiar también la actitud de la sociedad. Al tomar como referencia la salvación del samaritano, está resaltando la universalidad de la salvación de Dios; pero sobre todo, está criticando la idea judía de una relación con Dios excluyente.

No tiene por qué tratarse de un relato histórico. Los exégetas apuntan más bien a una historia del primer cristianismo, encaminada a resaltar la diferencia entre el judaísmo y la primera comunidad cristiana. En efecto, el fundamento de la religión judía era el cumplimiento estricto de la Ley. Si un judío cumplía la Ley, Dios cumpliría su promesa de salvación. En cambio, para los cristianos, lo fundamental era el don gratuito e incondicional de Dios; al que se respondía con el agradecimiento. “Se volvió alabando a Dios y dando gracias”. Tenemos datos para descubrir que esta era la actitud de la primera comunidad.

Distinguimos 7 pasos: 1º.- Súplica profunda y sincera. Son conscientes de su situación desesperada y descubren la posibilidad de superarla. “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. 2º. – Respuesta indirecta de Jesús. “Id a presentaros a los sacerdotes”. Ni siquiera se habla de milagro. 3º.- Confianza de los diez en que Jesús puede curarlos. 4º.- En un momento del camino quedan limpios. “Mientras iban de camino”. 5º.- Reacción espontánea de uno. “Viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios y dando gracias”. 6º.- Sorpresa de Jesús, no por el que vuelve, sino por los que siguieron su camino. “Los otros nueve, ¿dónde están?” 7º.- Una verdadera actitud vital que permite al samaritano alcanzar mucho más que una curación: una verdadera salvación. “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”.

En este relato encontramos una de las ideas centrales de todo el evangelio: La autenticidad, la necesidad de una religiosidad que sea vida y no solamente programación y acomodación a unas normas externas. Se llega a insinuar que las instituciones religiosas pueden ser un impedimento para el desarrollo integral de la persona. Todas las instituciones tienden a hacer de las personas robots, que ellas puedan controlar con facilidad. Si no defendemos nuestra personali­dad, la vida y el desarrollo individual termina por anularse. El ser humano, por ser a la vez individual y social, se encuentra atrapado entre estos dos frentes: la necesidad de las instituciones y la exigencia de defenderse de ellas para que no lo anulen.

Solo uno volvió para dar gracias. Solo uno se dejó llevar por el impulso vital. Los nueve restantes se sintieron obligados a cumplir la ley: presentarse al sacerdote para que les declarara puro y pudieran volver a formar parte de la sociedad. Para ellos, volver a formar parte del organigrama religioso y social era la única salvación que esperaban. Los nueve vuelven a someterse a la institución; van al encuentro con Dios en el templo. El Samaritano creyó más urgente volver a dar gracias. Fue el que acertó, porque, libre de las ataduras de la Ley, se atrevió a expresar su vivencia profunda. Encuentra la presencia de Dios en Jesús.

La verdadera salvación para el leproso llega en el agradecimiento. El problema es que queremos expresar a Dios nuestro agradecimiento como lo hacemos a otras personas. Solo viviendo el don podemos agradecerlo. Los otros nueve fueros curados, pero no encontraron la verdadera salvación; porque tenían suficiente con la liberación de la lepra y la recuperación del estatus social. Nos sentimos inclinados a buscar la salvación en las seguridades externas y a conformarnos con ella. Incluso no tenemos ningún reparo en meter a Dios en nuestra propia dinámica y convertirle en garante de la salvación material.

El cumplimiento de una norma solo tiene sentido religioso cuando la hemos interiorizado desde el convencimiento personal. Jesús no dio ninguna nueva ley, solo la del amor, que no puede ser nunca un mandamiento. Ese valor relativo, que Jesús dio a la Ley, le costó el rechazo frontal de todas las instancias religiosas de su tiempo. Jesús tuvo que hacer un gran esfuerzo por librarse de todas las instituciones que, en su tiempo como en todo tiempo, intentaban manipular y anular a la persona. Para ser él mismo, tuvo que enfrentarse a la ley, al templo, a las instancias religiosas y civiles, a su propia familia.

El seguimiento de Jesús consiste en una forma de vivir. La vida escapa a toda posible programación que le llegue de fuera. Lo único que la guía es la dinámica interna, es decir, la fuerza que viene de dentro de cada ser y no el constreñimiento que le puede venir de fuera. La misma definición de Aristóteles lo expresa con claridad. Vida = «motus ab intrinseco» (movimiento desde dentro). No basta el cumplir escrupulosamente las normas, como hacían los fariseos, hay que vivir la presencia de Dios. Todos seguimos teniendo algo de fariseos.

Un ejemplo puede aclararnos esta idea. Cuando se vacía una estatua de bronce, el bronce líquido se amolda perfectamente a un soporte externo, el molde; la figura puede salir perfecta en su configuración externa, solo le falta la vida. Eso pasa con la religión; puede ser un molde perfecto, pero acoplarse a él no es garantía ninguna de vida. Y sin vida, la religión se convierte en un corsé, cuyo único efecto es impedir la libertad. Todas las normas, todos los ritos, todas las doctrinas son solo medios para alcanzar la vida espiritual. Conformarnos con aceptar una programación perfecta puede impedirnos esa vida auténtica.

No sé si somos conscientes de que “eucaristía” significa acción de gracias. Además, en ella repetimos más de quince veces “Señor ten piedad”, como los diez leprosos. Salvación es reconocer y agradecer a Dios lo que Él es. El evangelio de hoy tenía que motivarnos para celebrar conscientemente esta eucaristía. Que sea una manifestación de agradecimiento y alabanza. Antiguamente tenía gran importancia la celebración de las Témporas en Octubre. Eran días de acción de gracias que tenían mucho sentido para la gente del campo. Al finalizar la recolección de los frutos, se le daba gracias a Dios por todos sus dones.

Meditación

La confianza produce la curación, la fidelidad produce la salvación.
La identificación con el Otro me libera de la opresión de los otros.
En los demás puedo encontrar seguridades. En Dios encontraré libertad.
Sin reconocimiento del don, no puede haber respuesta.
La principal tarea del ser humano es ese descubrimiento,
que nos llevará a una fidelidad incondicional.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El regalo de la vida.

domingo, 9 de octubre de 2022
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Lc 17, 11-19

«Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz»

Algunos especialistas sostienen que Lucas no está narrando hechos, sino que recoge una parábola cuyo mensaje central sería más o menos el siguiente: “Es mucho lo que recibimos y muy poco lo que agradecemos”. Y quizá nuestro problema no sea solo de agradecimiento, sino de consciencia; de pasar por la vida de forma tan mecánica y rutinaria que no nos hacemos conscientes del don extraordinario que ésta representa.

A veces vivimos a la defensiva, agobiados por mil contingencias negativas que asaltan nuestra vida. Otras, afanosos, deseosos de alcanzar las metas y anhelos que nos proponemos o que nos tientan, pero, en cualquier caso, incapaces de pararnos a pensar en todo lo bueno que hemos recibido empezando por la vida. Por supuesto, todavía somos menos capaces de pararnos a dar gracias a Dios por ello.

Quizá por esa razón, siento un especial deleite cuando el celebrante nos sorprende con la lectura de una plegaria eucarística, tan sencilla, que está reservada a misa de niños.

«Te alabamos Padre por todas las cosas bellas que has hecho en el mundo y por la alegría que has dado a nuestros corazones. Te alabamos por la luz del sol y por el agua clara, y por tu Palabra que ilumina nuestras vidas. Te damos gracias por esta Tierra tan hermosa que nos has dado, por las mujeres y los hombres que la habitan y por habernos hecho el regalo de la vida. De veras, Señor, tú nos amas, eres bueno y haces maravillas por nosotros».

Es estupendo sentirse vivo; ser conscientes de haber recibido el regalo irrepetible de la vida. Porque con la vida hemos recibido también la capacidad de amar y ser amados; de conectar con las personas que nos rodean y gozar íntimamente del lazo afectivo que establecemos con ellas, de sentir esa plenitud que nos llena el alma en algunos momentos y nos transporta a otra dimensión a la que llamamos felicidad.

De vibrar con la belleza de este mundo; una belleza superflua si la miramos desde Darwin, pero imprescindible si la miramos desde la perspectiva de un padre que prepara la morada de sus hijos. De emocionarnos contemplando la inmensidad del firmamento estrellado, el intenso azul del mar, las montañas nevadas en el horizonte, el colorido de los bosques en otoño, el sonido rumoroso de una regata que se desliza entre hojas caídas o el sosiego que trasmite un atardecer de verano…

Y me dirán que la vida no solo es eso, sino que en ella también hay enfermedad, muerte y sufrimiento; y lo que es peor, que todo ello sofoca la esperanza de un futuro feliz donde el mal haya sido superado… Pero es aquí donde recibimos el mejor regalo de todos; la buena noticia que proclama el evangelio y recoge la plegaria: «De veras, Señor, tú nos amas, eres bueno y haces maravillas por nosotros» …

Y es que, a pesar del mal, hay razones para creer que esto tiene sentido, que tenemos futuro… o como decía Ruiz de Galarreta, «que está pensado por una Madre».

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Encuentro, sanación y agradecimiento.

domingo, 9 de octubre de 2022
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curacion de un leprosoLc 17, 11-19

El evangelio de hoy narra un milagro de Jesús, una curación. Los milagros de Jesús son expresión de su acción liberadora, de sus relaciones sanadoras e incluyentes frente a un orden social y religioso más preocupado por el cumplimiento de las leyes que por aliviar el sufrimiento de las personas. En este caso el de diez leprosos. Pero el tema central de este texto no es propiamente el milagro sino el agradecimiento.

Jesús obra el milagro como es habitual en él, desde la absoluta gratuidad, sin pretender ningún tipo de protagonismo o compensación, porque lo que está en el centro de su acción liberadora es el sufrimiento del otro y no su ego ni su necesidad de reconocimiento. El milagro busca la restitución y la inclusión de los leprosos en la comunidad y por ello Jesús les envía a los sacerdotes, para que una vez confirmado que han quedado sanados de la enfermedad sean reintegrados y acogidos en la comunidad de la que forman parte.

Pero el tema central del relato es el desigual modo con que el grupo de leprosos procesa interiormente el encuentro con Jesús y su sanación. Sólo uno de ellos, el samaritano, vivirá aquel encuentro y su sanación como algo absolutamente inédito, desde una experiencia profunda de agradecimiento que le desborda y le hace volver a Jesús, consciente que una experiencia radicalmente nueva ha surgido en su vida y nada podrá ya volver a ser igual. La mediación de los sacerdotes ya no le es necesaria. A partir de lo que el mismo ha experimentado se ha convertido en testigo de la irrupción de un nuevo orden inaugurado por Jesús, el del amor y la compasión frente a la ley y los ritos vacíos.

De esa experiencia brota el agradecimiento como un don incontenible: convertirse en amor como respuesta al amor recibido. Los gritos iniciales de auxilio se convierten por parte del leproso samaritano en gritos de alegría. No es casual, que sea precisamente un samaritano, un “maldito”, el único del grupo que reaccione de esta manera y capte el misterio de novedad radical acontecido en Jesús, pues el evangelio está siempre atravesado por esa constante: los últimos serán los primeros y los pobres son los preferidos de Dios.

La gratuidad y el agradecimiento son signos de que el reino esta ya entre nosotros y nosotras. Ambos nacen de la lógica del don, no de la retribución, la suficiencia o los merecimientos. También de la humildad radical que supone experimentarnos vulnerables y necesitados.

Jesús toma la palabra al final del relato y sus preguntas van dirigidas también a nosotras y nosotros hoy. ¿Dónde nos encontramos con Él?, ¿De qué nos sana? ¿Qué novedad radical introduce en nuestra vida? ¿Qué puede más en nosotros la lógica del don y el agradecimiento o la suficiencia? ¿Quiénes son para nosotros y nosotras nuestros maestros para vivir en clave de agradecimiento en nuestra vida cotidiana?

Pepa Torres Pérez

Fuente Fe Adulta

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El poder de la gratitud.

domingo, 9 de octubre de 2022
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gracias

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

9 octubre 2022

Lc 17, 11-19

La gratitud es un sentimiento profundamente terapéutico, a la vez que constituye un test de la madurez humana -psicológica y espiritual- de la persona.

La gratitud aleja la queja y el lamento, libera del victimismo y constituye el más eficaz antídoto frente al desánimo y el desaliento. Hoy conocemos también, desde las neurociencias, que el sentimiento de gratitud libera dopamina y oxitocina: al generar sentimientos de gratitud, se activa el sistema de recompensa del cerebro, que es el responsable de la sensación de bienestar y placer en nuestro cuerpo.

El efecto “sanador” de la gratitud radica en el hecho de que ese sentimiento nos coloca en el lugar adecuado, es decir, en la verdad de lo real: nuestra identidad profunda no es el “yo”, que puede sentirse descolocado por lo que sucede, sino la consciencia, vida o totalidad. Tiene lugar así un “círculo virtuoso”: cuando estamos situados en la verdad de lo que somos, la gratitud fluye espontánea; y cuando vivimos la gratitud incondicional, esta nos coloca en la verdad de lo que somos.

La gratitud, comprendida en profundidad, no nace únicamente cuando todo nos va bien o cuando alcanzamos una meta soñada. La gratitud no se halla a merced de lo que nos ocurre, porque en realidad no es (solo) una actitud que podamos vivir y cultivar. Gratitud es lo que somos.

La gratitud brota de la gratuidad, de la comprensión experiencial de que todo es gracia. Este es el motivo por el que las personas sabias han invitado a dar gracias por absolutamente todo lo que pudiera suceder.

Sin embargo, esta propuesta sabia no es asumible para el ego, que divide la realidad en “buena” y “mala”. A partir de ahí, puede dar gracias cuando ocurre algo “bueno”, pero se frustra y sufre cuando le adviene lo que etiqueta como “malo”.

La lectura adecuada y la vivencia de la gratitud incondicional requiere dos condiciones que, en cierto modo, corren paralelas: la comprensión no-dual y el reconocimiento de que, en nuestra identidad profunda, somos gratitud.

La comprensión no-dual nos permite ver la realidad no troceada ni fragmentada por nuestras etiquetas, al mismo tiempo que nos hace reconocer que lo realmente real -nuestra verdadera identidad- se halla siempre a salvo, más allá de lo que nos ocurra. Todo es uno y todo lo que sucede forma parte de ese único entramado. Todo nace del Fondo último (consciencia, vida) que sostiene y constituye todas las formas. Alineados con ese Fondo, porque hemos descubierto que es nuestra verdadera identidad, la gratitud brota de manera espontánea, junto con el sí a lo que es.

Esto no significa que nuestra mente y nuestra sensibilidad no se rebelen ante determinadas situaciones hasta el punto de resultarnos imposible vivir la gratitud. Todo esto forma parte de nuestra propia constitución psicológica, pero no niega la verdad de la armonía última de lo real.

La vivencia o no de la gratitud constituye, además, un test de la madurez humana. La ausencia de gratitud mostraría la identificación con el ego -y la consciencia de separatividad- que, de modo narcisista, exige que la realidad responda a sus expectativas. Por el contrario, la gratitud sostenida es señal de comprensión experiencial de quien vive en la consciencia de unidad.

Y un último apunte: gratitud no significa resignación ni indolencia. Como ocurre cuando se vive la aceptación, la gratitud -desde la misma consciencia de unidad de donde nace- movilizará a la persona para hacer todo lo que tenga que hacerse. El comportamiento sabio es siempre paradójico: abandono (confianza, rendición, gratitud) y acción.

¿Qué ocupa más lugar en mi vida: la queja o la gratitud?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Lo que se opone a la gracia no es tanto el pecado, cuanto el miedo a Dios.

domingo, 9 de octubre de 2022
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Diez leprososDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

03.10.2022

01.-Gracia: gratitud: gratuidad: agradecimiento y compasión

    El acento de las lecturas de hoy no recae tanto sobre unas curaciones en sí mismas, (1ª lectura: Naamán, sirio con lepra y Evangelio: diez leprosos), sino que el eje central del evangelio es el agradecimiento, la gratitud, la gracia y que Jesús siente compasión.

    ¿Y qué es la gracia?

  • Hemos recibido una educación según la cual “Vivir en gracia” consistía en “no vivir en pecado”, porque Dios se enfadaba y castigaba.
  • Otra variante de la gracia entendía que la gracia era una especie de energía que Dios nos daba para que nos mantuviéramos firmes ante las tentaciones.
  • Otra acepción de la gracia era aquellos “puntos casa” o una cuenta corriente en la que íbamos anotando en unas hojas-fichas y así almacenábamos cuantitativamente “unidades de gracia» que nos defendía contra Dios: siete rosarios, 25 jaculatorias, 12 comuniones espirituales, 30 visitas al santísimo, etc…. Por esos actos religiosos se nos concedían 100 días, uno o diez años de indulgencia, o incluso indulgencia plenaria, etc. [1]

    Pero la gracia no es contabilidad espiritual. Dios no tiene ordenador, ni Excel, ni nada por el estilo.

    La cuestión de la gracia es gratuidad y agradecimiento en la vida. La gracia es la relación gratuita y bondadosa que Dios quiere tener y tiene con nosotros los seres humanos.

Dios paseaba y charlaba todas las tardes con Adán y Eva (la humanidad) por el paraíso. Pero “cuando pasó lo que pasó”, que nadie lo sabe y le llamamos “manzana” o pecado original, Dios decidió acompañarnos siempre en la vida, hizo una alianza de amistad eterna, sellada por JesuCristo.

Hay un canon –una plegaria eucarística- en la que se lee: Cuando por desobediencia perdimos tu amistad…  (¿Y quién ha dicho que Dios retirara su amistad, su relación amorosa y gratuita al ser humano?)

    Dios no ha dejado nunca de amar gratuitamente (gracia) al ser humano. El Padre nunca retira su amistad al hijo perdido. Dios siempre está cerca de nosotros, siente compasión de nosotros, porque es gracia, gratuidad para nosotros

Lo mejor y más valioso de la vida es de balde: la vida misma, el sentido de la vida, la esperanza, la paz interior, la serenidad, la amistad, el amor son gratuitos, son gracia…

Estos últimos domingos meditábamos sobre el escasísimo valor del dinero, (No podéis servir a Dios y al dinero. Qué difícil es ser rico y feliz. El rico y el pobre Lázaro).

Las lecturas de hoy nos subrayan esta verdad. ¿Alguien de nosotros ha comprado la vida? Es gratuita, gracia: nos la han dado. ¿Quién puede comprar el sentido de la vida? ¿Dónde se vende paz interior, amistad, amor?

2.- Ser agradecidos y vivir agradecidamente.

    Es importante ser agradecidos en la vida.

    ¿Por qué no somos agradecidos?: ¿Por qué no vivimos en gracia?

  • Porque nos consideramos importantes y autosuficientes.
  • Porque le tenemos miedo a Dios y no nos sentimos queridos por Él.
  • Porque consideramos a Dios como un amo justiciero y temible.
  • La consecuencia del desagradecimiento, la ausencia de gracia, gratuidad, en nuestra vida es el temor y la amargura

    Vale la pena recordar aquella canción de Violeta Parra: Gracias a la vida, que me ha dado tanto…

  •   Vivir en gracia no es meramente evitar como se pueda –y si se puede- el pecado para que Dios no se rebote.
  •   Vivir en gracia es de corazones nobles.
  •   Vivir en gracia es el sentimiento que brota del corazón de la persona que tiene paz interior.

    La persona agradecida no es autosuficiente y está reconciliada consigo misma, reconoce su limitación, incluso su pecado. La persona sencilla, el humilde es quien vive cerca de Dios porque le parece un regalo que Dios nos ame. Incluso el pecador, -que somos todos- vive liberado de la necesidad de autojustificarse con obras y miedos, porque todo lo recibe de Dios.

03.- Hacia la Eucaristía.

    Eucaristía significa buena acción de gracias.

    Un pobre hombre leproso, samaritano, pagano (extranjero) “para más inri” y por tanto inferior, un samaritano es quien vuelve a dar gracias.

    Lo que se opone a la gracia no es tanto el pecado, cuanto el miedo a Dios.

    Sintámonos queridos por Dios.

    Vivir ya es gracia un regalo. Vivamos en gracia.

[1] Lástima que el esquema sobre las indulgencias, que K Rahner había preparado para que se discutiera en el Concilio Vaticano II, no saliera adelante

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Sobre cómo entender correctamente el contexto de la cultura oral en la que surgieron los Evangelios

jueves, 6 de octubre de 2022
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EC734FEF-0AB5-45EA-A3A7-0A322A0E127CDel blog de Antonio Piñero:

Seguimos reflexionando de la mano de S. Guijarro y de su libro sobre “Los Cuatro Evangelios”.

Escribe Antonio Piñero

16-09-2022 (1257)

Hasta llegar a la “cristalización” de la tradición oral sobre Jesús  en “textos” escritos hay mucha tela que cortar, ya que este tránsito llevó por lo menos 20 años, si se considera que Jesús murió en el año 30 de la era común y que la Fuente Q se compiló en el 50.

La tesis actual frente a la idea de la “Historia de las formas” (escuela interpretativa del Nuevo Testamento) a saber que la creencia en la resurrección de Jesús era “un muro que impedía el acceso a la tradición sobre este”, la tendencia actual  de la investigación nos lleva a recalcar y valorar más la existencia de una tradición oral, independiente de la creencia en la resurrección, que ha de tenerse en cuenta. Esa tradición oral es muy valiosa para reconstruir al Jesús histórico. Pero la cuestión es cómo llegamos a la tradición oral (o la extraemos) cuando lo único que tenemos es tradición escrita sobre Jesús: el Nuevo Testamento y en especial los evangelios. Volveré inmediatamente sobre ello.

Sostiene S. Guijarro que “El estudio reciente de la naturaleza oral de los textos antiguos ha cuestionado alguno de los presupuestos de la escuela de interpretación de los textos del Nuevo Testamento denominada Historia de las formas que reflejan un contexto cultural muy diferente a aquel en el que tuvo lugar la comunicación entre los transmisores de la tradición oral sobre Jesús y sus destinatarios” (p. 112). Sin duda alguna es así. Y la ambigüedad de la expresión guijarriana “la naturaleza oral de los textos antiguos”, como si nuestro autor quisiera decir “todos los textos antiguos”, se resuelve cuando se precisa que se esos textos antiguos son preferentemente los evangelios.

La Historia de las formas no cayó en la cuenta, según Guijarro, de que su manera de comprender la composición de los Evangelios era parecido a como entienden los arqueólogos su trabajo. Estos investigadores, al excavar un asentamiento, van encontrando / delineando estratos que ellos, los investigadores, diferencian claramente por años o épocas. Según la Historia de las Formas cada estrato de los evangelios, bien estudiado y señalado, es un medio para identificar las diversas etapas de la evolución del cristianismo primitivo. En este se distinguen sobre todo dos estratos: el más tardío, en lengua griega helenística, y otro más antiguo, en lengua aramea (y también en griego): estrato palestinense.

Critica luego Guijarro no el uso, sino el empleo abusivo de esta estructura mental de la investigación por parte de la Historia de las Formas y advierte oportunamente que esta manera de pensar está influida subconscientemente por un paradigma mental: el uso del papel y de la imprenta.

“Acostumbrados durante siglos a un modelo que considera el texto escrito la forma más perfecta de comunicación, resulta muy difícil imaginar un mundo en el que la comunicación escrita ocupaba un lugar secundario respecto a la comunicación oral. Los textos escritos cumplieron una función importante en el cristianismo naciente…, pero esos textos no eran la forma primaria de comunicación, Por ello para comprender lo que significaba entonces la comunicación oral no se puede partir de lo que significa ahora la comunicación escrita, sino que es necesario hacer un esfuerzo para entender los procesos implicados en esa otra forma de comunicación. Y el lugar que ocupan en ella los textos escritos” (p. 113).

Y entonces cita Guijarro  a J. D. G. Dunn, y sostiene que hay que cambiar de paradigma: para entender bien lo que es y supone la tradición oral en la plasmación de los evangelios es incorrecto partir del “paradigma literario” de la Historia delas Formas. Es necesario absolutamente volver los ojos y configurar otro paradigma, el de la tradición oral;  cómo funciona la tradición oral, en el supuesto de que primero fue la palabra y luego el texto escrito.

Sin duda es este un planteamiento interesante. Y aquí tiene que ver mucho la investigación de Eugenio Gómez Segura, con quien trabajo actualmente en la preparación a largo plazo de un volumen amplio sobre “Jesús de Nazaret. Historia y mito”, ya que él, en su reciente libro “Hijos de Yahvé. Una arqueología de Jesús y Pablo” (Edit. Dilema, Madrid 2021) ha planteado la necesidad de considerar los estratos de nuestra única fuente (insisto como dije: ¡un texto escrito!, el Nuevo Testamento), aunque Gómez Segura no afirme necesariamente, por supuesto, que un estrato más reciente se superpone a otro como una “reelaboración” necesaria y por escrito del estrato precedente.

Tema interesante para reflexionar. Seguiremos.

Saludos cordiales de Antonio Piñero

www.antoniopinero.com  

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La fe no depende de la historia real, sino de lo que pensaban y transmitieron los primeros cristianos (Rudolf Bultmann)

miércoles, 5 de octubre de 2022
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EC734FEF-0AB5-45EA-A3A7-0A322A0E127CLeído en el blog de Antonio Piñero

Escribe Antonio Piñero

Decía en mi postal anterior del día 2 de septiembre que “será interesante averiguar cómo explica Guijarro la func­­ión que tiene la tradición oral en el proceso concreto de formación de los Evangelios. Lo comentaremos”. Eso es lo que hago hoy.

Argumenta Guijarro en las pp.110 y siguientes que la denominada Escuela de las Formas (Véase una explicación de lo que piensa y significa esta escuela en mi libro “Aproximación al Jesús histórico”, Trotta, 4ª edic. 2020, pp. 179-194) aceptaba en su metodología “implícitamente el carácter literario de la tradición sobre Jesús” y “que imaginaba la composición de los Evangelios como el resultado de un proceso de copia y corrección de documentos escritos. Se conocía y se valoraba el papel de la tradición oral pero no se tenían los instrumentos para identificarla y estudiarla”.

Tiene razón Guijarro, así como en la idea de que la tradición oral se plasmaba luego por escrito en forma de sagas y leyendas de todo tipo, como las que explicaban el origen de una costumbre o cualquier otra entidad (“una etiología”). Por tanto la tradición oral no funciona solo como tal, sino que discurre paralela a una “tradición por escrito”.

También veo oportuno por parte de Guijarro, que este señale cómo la Historia de las formas “inventó” o descubrió lo que se llama el “contexto vital” (que a menudo se suele aludir en su forma alemana “Sitz im Leben”: p. 111). Lo aclaro brevemente: las tradiciones no se forman porque sí, sino que están determinadas por el contexto o situación social, económica, religiosa o de otros intereses, que la condicionan. Y señala nuestro autor que la filología/ teología alemana redujo en la práctica esta idea del contexto vital no a los condicionantes que acabo de señalar, sino solamente al “contexto eclesial”, es decir, al pensamiento religioso de los grupos cristianos primitivos que formaban “iglesias” o grupos que se  reunían normalmente en la casa del individuo del grupo, casa que fuera la más grande y tuviera cabida para 20 o 30 personas, no más al principio

Y es verdad también lo señalado por nuestro autor que el influjo del fideísmo protestante, de los estudiosos alemanes sobre todo, otorgó demasiada importancia a la creatividad de ese grupo de primeros discípulos de Jesús que se reunían después de la muerte de éste, pertrechados ya con la creencia de que Jesús había resucitado, y que reflexionaban sobre lo que había pasado realmente con él y como interpretarlo.

Y sostiene –Guijarro, con razón, que la influencia de Rudolf Bultmann fue decisiva en toda la investigación de lengua inglesa y alemana (ciertamente no entre no –o mucho menos– en países en los que se escribía en español, italiano y francés). Bultmann defendía que no era posible que la ciencia histórica y filológica tuviera acceso a la tradición sobre Jesús antes de su muerte (“prepascual y teñida por la fe en un hecho sobrenatural, la resurrección de un muerto”). Y es más: aunque se mantuviera que sí, que es posible acceder a ella, nada de lo encontrado ayudaría a la fe cristiana.

¿Por qué? Porque Jesús, su vida y sus ideas son puramente judías; no cristianas. Jesús no fue un cristiano. El cristianismo había comenzado solo con la proclamación no de un hecho histórico, sino de un hecho ciertamente (la muerte de Jesús en cruz) más una interpretación teológica, de pura fe en algo que no pertenece a la historia sino  a la fe: la proclamación de que Jesús había resucitado. Por tanto, y aquí viene lo importante, el único fundamento de la fe no es la  historia, sino lo proclamado por los primeros seguidores de Jesús, que eran los mesianistas = “cristianos”… Y se insiste en que mucho o casi todo de lo proclamado por estos, guardado en las comunidades o grupos de las primeras iglesias, no era más que una especulación de fe sobre hechos en sí no relevantes para la fe. La fe no depende de la historia real, sino de lo que pensaban y transmitieron los primeros cristianos.

Creo que este resumen de Guijarro que yo he amplificado o parafraseado un poco para que sea más inteligible a todos es interesante y merece la pena reflexione sobre ello.

Seguiremos.

Saludos cordiales de Antonio Piñero

www.antoniopinero.com

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Desde zurcir calcetines en adelante, los actos ordinarios ayudan a construir el Reino de Dios

lunes, 3 de octubre de 2022
Comentarios desactivados en Desde zurcir calcetines en adelante, los actos ordinarios ayudan a construir el Reino de Dios

09B1E21E-6125-4886-8BC4-C208741AD588La reflexión de hoy es de la colaboradora de Bondings 2.0 Grace Doerfler, cuya biografía está disponible aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Domingo 27 del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

En el evangelio de hoy (Lucas 17:5-10), los Apóstoles le piden a Jesús más fe, y él responde que la fe del tamaño de una semilla de mostaza puede hacer maravillas.

“Si tuvieras fe del tamaño de un grano de mostaza, le dirías a esta morera: ‘Desarráigate y plántate en el mar’, y te obedecería”, les dice a sus discípulos.

En el pasado, he leído este comentario de Jesús como una especie de reprensión. Pero sentarme con este pasaje de las Escrituras me ha invitado a escuchar estas palabras de Jesús de una manera nueva, como palabras de consuelo. Tan pequeña o débil como podamos imaginar que es nuestra fe a veces, Jesús parece estar diciendo que lo que tenemos para ofrecer es suficiente. Y podemos confiar en que Dios está obrando en nuestras vidas, aumentando los frutos de nuestra fe en formas que no necesariamente podemos imaginar.

La segunda mitad del evangelio de hoy, la imagen de Jesús del siervo humilde y obediente parece a primera vista desconectada de la imagen de la semilla de mostaza. Jesús les dice a sus discípulos que no deben esperar una recompensa rápida por su fe, sino que comparan una vida de discipulado con un largo día lleno de deberes.

No es la imagen más glamorosa, quizás. Pero la espiritualidad de Dorothy Day, conocida por su hospitalidad radical, ofrece una clave para entender las dos mitades de este evangelio. En una meditación sobre la Navidad, escribió:

“Qué simplificación de la vida sería si nos forzáramos a ver que donde quiera que vayamos está Cristo, desgastando los calcetines que tenemos que zurcir, comiendo la comida que tenemos que cocinar, riendo con nosotros, callando con nosotros, durmiendo con nosotros.”

Para Dorothy, el discipulado era un deber, y ese deber era un deleite.

B6DADAF6-3256-4E8F-945A-4534AFCC38B6Su vida de servicio a las personas en situación de pobreza y falta de vivienda se basó en pequeños actos de amor: lavar los platos, lavar la ropa, hacer las camas para los invitados, orar por los necesitados.

El ejemplo de discipulado de Dorothy nos muestra que no necesariamente necesitamos un aumento de fe para hacer grandes cosas, como imaginan los apóstoles en el evangelio de hoy. Jesús les asegura a ellos, ya nosotros, que la fe que anima nuestra vida cotidiana es suficiente para que Dios trabaje con ella. La santidad existe en las tareas mundanas que constituyen gran parte de nuestras vidas. Dios magnifica nuestros esfuerzos en formas que no vemos o entendemos de inmediato, como una semilla de mostaza que brota para crecer.

Muchos católicos LGBTQ+ lamentan la exclusión de la comunidad, los sacramentos o el ministerio en función de sus identidades; muchos más lamentan las relaciones tensas con los miembros de la familia o la falta de libertad para expresarse por completo. Hay muchas heridas que necesitan curación.

Pero el evangelio de hoy, y su recordatorio del trabajo diario del discipulado, ofrece un vistazo de cómo podemos responder a estos desafíos. Santas son las formas en que nos cuidamos unos a otros, santas las formas en que alimentamos la fe de los demás. Cuando creamos una comunidad para aquellos que han sido excluidos durante mucho tiempo, ya sea por su estatus socioeconómico, estatus migratorio, discapacidad, raza, orientación sexual o identidad de género, plantamos una semilla. Por pequeños que parezcan nuestros esfuerzos, son precisamente la obra de construir el reino de Dios al que Jesús nos invita en el evangelio de hoy.

En el testimonio constante de nuestras vidas, desde el zurcido de los calcetines, estamos invitados a confiar en que Dios siempre está presente, “riendo con nosotros, callando con nosotros, durmiendo con nosotros”. Servir a Dios entre nosotros en todas las formas que Dios toma no es más que nuestro deber, como nos dice Jesús hoy y como nos recuerda Dorothy Day, pero es un deber que puede arrancar moreras y plantarlas en el mar. A medida que nos amamos y nos cuidamos unos a otros, en la fe de que a quien servimos es Cristo, Jesús promete que nuestra fe como la semilla de mostaza puede hacer más de lo que podemos imaginar.

¿De qué maneras pequeñas y ordinarias puedes, como persona o aliado LGBTQ+, ayudar a construir el reino de Dios? ¿Qué acciones pequeñas y ordinarias de otros han tenido un efecto positivo en usted? Deja un comentario en la sección de abajo.

—Grace Doerfler (ella/ella), New Ways Ministry, 2 de octubre de 2022

Fuente New Ways Ministry

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