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El amor transforma

domingo, 30 de octubre de 2022
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300B25B5-D100-47F2-8B9A-104057FD332CDomingo XXXI del Tiempo Ordinario

30 octubre 2022

Lc 19, 1-10

El relato del encuentro de Jesús con Zaqueo contiene una extraordinaria riqueza, que se manifiesta incluso en los detalles aparentemente más insignificantes, cuando se leen en clave simbólica, en la que, con seguridad, fue escrito. En el texto cabe distinguir, al menos, cinco escenas: la situación de Zaqueo, su actitud, la actitud de la gente, la actitud de Jesús y el resultado final.

Zaqueo era “jefe de publicanos y rico”, pero al mismo tiempo, por su profesión, objeto de desprecio manifiesto por parte, no solo de la gente más religiosa, sino de la mayor parte del pueblo. Desprecio que lo condenaba a la marginación social.

Sin embargo, aun en esa situación, algo le impulsa a buscar, llegando al extremo de un comportamiento manifiestamente ridículo -subirse a una higuera- para un hombre de su rango económico.

Jesús lo ve, le habla y se invita a su casa, afrontando las murmuraciones de la gente, para quienes alguien se contaminaba por el hecho de entrar en la casa de un pecador. Pero Jesús es libre frente a críticas y prejuicios. Él es un hombre que “ve” a Zaqueo en su corazón -el que era un “hijo del demonio” para la gente, es visto por Jesús como un “hijo de Abraham”-, toma la iniciativa y hace posible el encuentro con aquel con quien nadie quería encontrarse.

El efecto es sorprendente: Zaqueo “se pone en pie” -es decir, recupera su dignidad humana- y libera, a la vez, su anhelo de justicia y su capacidad de amar. Y ello fue posible porque se sintió “visto” en su corazón.

Y el relato culmina con una frase que, según el autor del evangelio, sintetiza toda la existencia de Jesús y constituye el “programa” de vida de toda persona sabia: “buscar y salvar lo que estaba perdido”, es decir, ayudar a pasar de la ignorancia y del sufrimiento a la comprensión y a la vida plena.

¿Qué evoca en mí cada una de las cinco escenas?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Zaqueo: Zacarías, que significa: Dios me recuerda con afecto.

domingo, 30 de octubre de 2022
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índiceDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Zaqueo: Dios me recuerda, me salva “Hoy”

    Zaqueo es una contracción, como un diminutivo de Zacarías, que significa: Dios me recuerda. Es algo de lo que significa Jesús: Dios salva. Dios no se olvida de nosotros.

“hoy” (no mañana)hoy ha entrado la salvación a esta casa”

La salvación del Dios de Jesús ha acontecido ya, Hoy estamos salvados: Hoy tengo que alojarme en tu casa. Hoy ha entrado la salvación a esta casa, (Lc 19,5.9).

Es la teología lucana (S Lucas) que nos hace ser conscientes de que hoy –no mañana- hoy estamos salvados.

  • El hoy del evangelio de Lucas es radical. La salvación ya está entre nosotros: estamos salvados hoy, no mañana. San Lucas lo repite de comienzo a fin de su evangelio:
  • Cuando Jesús nace en Belén la noticia se difunde a los pastores (marginados): Hoy os ha nacido, un Salvador, (Lc 2, 11).
  • En su “discurso programático, al comienzo de su ministerio, tras leer la Escritura Jesús dice: la sinagoga: Hoy se cumple ante vosotros esta Palabra, (Lc 4, 21).
  • Ahora con Zaqueo ocurre lo mismo: Hoy ha llegado la salvación a esta casa.
  • Al pobre Pedro le pasó algo por el estilo: Pedro se acuerda de que el Señor le había dicho; Hoy mismo, antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces y arrepentido llora amargamente, (Lc 22, 61)
  • Y fue lo último que Jesús hizo en este mundo: le dijo (al buen ladrón): Hoy estarás conmigo en el Paraíso. (Lc 22, 61)
  • No estaría de más una revisión de la asignatura pendiente de las indulgencias, del “perdón a plazos” del purgatorio, etc.
  • La salvación está ya, hoy, en nuestra historia.

Estamos, pues, en un ámbito, en una historia de salvación.Hoy (no mañana) estamos salvados

Desde esta teología de Lucas  nos haría bien una revisión de la doctrina del purgatorio.

Zaqueo era archi (jefe) de publicanos: cobrador y ladrón de impuestos para el Imperio romano (poder opresor).

    Lo de los publicanos en san Lucas tiene su ironía. En este evangelio aparecen seis publicanos y todos son puestos como modelos de buena actitud existencial.

    Y es que el Dios de Jesús es así. Ya en el Antiguo Testamento Dios se muestra bondadoso y salvífico. Lo hemos escuchado en el espléndido texto de la Sabiduría (1ªlectura)

Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado… a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida.

    Después de leer este texto, el alma se esponja. Dios no odia a nadie, sino que a todos nos acoge ya desde ahora, hoy. El cristianismo es un canto a la vida, al amor, al perdón.

Desde este texto del libro de la Sabiduría nos haría bien una revisión de la doctrina del infierno.

02.- No da la talla.

Y los males de Zaqueo no terminan ahí, no solamente era un ladrón legal, sino que además era “corto de estatura”: no daba la talla, diríamos nosotros. Y la cortedad no se refiere a lo físico.

Todo ser humano es pequeño, poca cosa, por mucho que se lo tenga o nos lo tengamos creído…

Zaqueo andaba corriendo de aquí para allá queriendo y saber quién era Jesús, quería ver a Jesús (v 3). Trataba de distinguir quién era Jesús. Zaqueo buscaba la verdad, la vida.

En la vida hay evoluciones, involuciones, revoluciones, devoluciones… Hay etapas, situaciones en las que no vemos el camino a seguir, andamos perdidos, despistados. No hay que quedarse en la higuera.

¿Cambio algo alguna vez en mi vida?

03.- Zaqueo se sube a un árbol, a una higuera.

Zaqueo, el pobre hombre,  no podía entrar en ninguna casa, porque era “persona non grata”, tampoco podía entrar en institución alguna, ni en el Templo.

Se sube a un árbol, lo cual tiene también su retranca Se sube a una higuera (sicómoro). (Lc 19,4), para ver quién era Jesús. La higuera es Israel, algo así como el pozo de Jacob en Juan 4. La higuera representa la Complutense, la UPV, el centro de la sabiduría, el árbol de Gernika, el parlamento, el Obispado, la cátedra. Pero desde esas instancias e instituciones se ve poco, más bien nada, al menos nada decisivo.

    Baja de una vez de esos árboles

La alusión a otro árbol es también evidente: donde se ve a JesuCristo es en el árbol de la cruz.

04.- Jesús le mira de abajo arriba (y no al revés).

Es Jesús quien se acerca y le mira de abajo arriba: levantó los ojos (Lc 19,5) [1]. No es lo mismo mirar de abajo arriba: el publicano que no se atrevía a levantar la mirada (Lc 18,13), que mirar de arriba abajo, por encima del hombro. (Que se lo pregunten a los emigrantes, a los negros, a los pobres, a los sin techo, a los marginados de la sociedad y de la Iglesia…

05.- ¡Anda, baja rápido de la higuera! Y Zaqueo baja y se pone contento, (Lc 19,5).

    Lo de “estar en la higuera” tiene para nosotros un sentido de despiste e ingenuidad: “estás en la inopia, que no te enteras, baja del guindo”. Jesús le dice a Zaqueo: baja de la higuera: de Israel, del poder, del escaño parlamentario, de la sede, deja ya de medrar y ponte “a pueblo llano”. [2]

06.- Zaqueo bajó a toda prisa y lo recibió muy contento en su casa.

    Dos hermosas actitudes de Zaqueo:

  1. a) Deja corriendo los tinglados del poder (la higuera). Lo del poder es que no tiene remedio: no nos gusta bajar ni dejar un milímetro de nuestra cota de poder.
  2. b) Baja encantado: dos veces hace alusión el evangelio de hoy a estar contento: Zaqueo termina contento conociendo y comiendo con Jesús.

¿Estoy contento en la vida, estoy contento porque el Señor esté en mi casa? (absténganse eclesiásticos).

07.- Zaqueo acoge a Jesús en su casa.

San Lucas emplea muchas de veces esta actitud de acogida y protección que es la casa.

  • María entró en casa de Zacarías y fue acogida por Isabel en su casa (Lc 1,40.57).
  • A pesar de ser de la casa y estirpe de David, Jesús no tuvo una casa en Belén para nacer con toda la tradición de David, del pueblo, la etnia etc. (Lc 2,7), no había una mujer como Rajab en el AT, ni un Zaqueo. Jesús entra en casa de la familia de Pedro y cura a su suegra y a toda la familia de la fiebre de poder (Lc 4,38).
  • El publicano, Leví, le ofreció a Jesús un gran banquete en su casa con un grupo grande de recaudadores de impuestos, (Lc 5,29)
  • El centurión romano no se consideró digno de que Jesús entrara en su casa, (Lc 7,6).
  • Jairo, oficial de la sinagoga le rogaba a Jesús que entrara a su casa, (Lc 8,41).
  • Marta le recibió en su casa. Lc 10,38
  • Los hijos de Israel se excusan ante el banquete y Jesús dice: Salid a los caminos y por los cercados, e invitad a todos para que se llene mi casa. (Lc 14,23).
  • El hijo perdido vuelve a casa, (Lc 15)

¿Jesús está en mi casa?

08.- El hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Termina así el evangelio de hoy y termina así la misión del Señor. A estas alturas del año litúrgico y de nuestra vida, nos damos cuenta agradecidamente de qué significan estas cosas. Buscar y salvar lo que estaba perdido. Desde Rahab a Zaqueo: ahí andamos muchos “hijos perdidos, ovejas perdidas” en la vida.

Seamos Rahab o Zaqueos o los dos:

Hoy ha llegado la salvación a nuestra casa

[1] Recuerda un poco la Eucaristía: Jesús “eleva los ojos al cielo”.

[2] Esto es como lo de san Pablo, que más que caer del caballo, cayó del burro…

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Vulnerabilidad LGBTQ+ como un camino a la oración genuina

lunes, 24 de octubre de 2022
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B5B594F3-3944-46C6-B096-E63A2AC7BD33Mark Guevarra

La publicación de hoy es de colaborador invitado Mark Guavarra. Después de ser despedido como asociado pastoral por no revelar el estado de su relación, Mark se ha convertido en un defensor de la inclusión LGBTQ+ en la iglesia. Mark es estudiante de doctorado en la Unión de Graduados Teológicos, en Berkeley, California, con un interés por la sinodalidad.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 30 del Tiempo Ordinario  se pueden encontrar aquí.

El evangelio de hoy es una continuación de las parábolas de Lucas sobre la oración. La semana pasada en Bondings 2.0, Michael Sennett, mirando a la viuda que le suplica incansablemente al juez, reflexionó sobre la persistencia como un componente necesario de la oración. Esta semana miramos otro componente: la vulnerabilidad.

Brené Brown, un conocido orador y autor, habla de la vulnerabilidad de esta manera:

«La vulnerabilidad es nuestra medida más precisa de coraje. Ofrece una invitación y una promesa. Cuando nos atrevemos a dejar caer la armadura que nos protege de sentirnos vulnerables, nos abrimos a las experiencias que traen propósito y significado a nuestras vidas.»

Vemos esto desde una perspectiva teológica en la oración del publicano en el evangelio de hoy. Su simple oración expone su total vulnerabilidad ante Dios: «Oh Dios, sé misericordioso conmigo pecador.» Esto le abre la curación, la reconciliación y la verdadera libertad.

Muchos de nosotros en la comunidad LGBTQ+ sabemos de tal vulnerabilidad, especialmente en medio de los temores y dolores de visibilizarse y el posible rechazo y persecución. Nada de lo que podamos decir o hacer nos ayudará. Estamos abandonados a la misericordia de Dios y confiamos en que Dios tiene nuestros mejores intereses en mente.

Esta vulnerabilidad ha sido visceralmente compartida por muchos participantes LGBTQ+ en sesiones de escucha sinodal en todo el mundo durante el año pasado.

En un reciente seminario web de New Ways Ministry sobre las perspectivas globales LGBTQ+ sobre la sindalidad hasta ahora, Ursula Halligan comparte cómo es casi un que un milagro que la gente haya compartido de manera tan vulnerable y perseverante en la fe en medio de grandes desafíos. Hallygan ayudó a que los participantes en Irlanda incluso pidieran valientemente una disculpa por el maltrato de las personas LGBTQ+ y el rechazo de su fe por parte de la Iglesia Institucional. Afortunadamente, fue recibido con humilde reconocimiento por lo menos por algunos líderes de la iglesia.

Pero si bien la vulnerabilidad es un ideal propuesto, la parábol también es una narración con moraleja. Jesús se dirige a aquellos que estaban convencidos de su propia justicia y desprecian a todos los demás. Contrasta el recaudador de impuestos con un líder religioso santurrón .

151A268B-178B-4852-A04E-AFE7DE441D3FEl líder religioso manifiesta la arrogancia pura: “Oh Dios, te agradezco que no sea como el resto de la humanidad, -codicioso, deshonesto, adúltero,- o incluso como este recaudador de impuestos. Ayuno dos veces por semana, y pago el diezmo de mis ingresos.» En comparación con la definición de vulnerabilidad de Brown, esta oración muestra una falta de coraje y rechaza cualquier experiencia de propósito y significado para su vida. Teológicamente, el líder religioso realmente no necesita a Dios ya que ha hecho todo el trabajo requerido para su salvación.

La yuxtaposición del líder religioso santurrón y el recaudador de impuestos enseñan una lección clara, y sin embargo Jesús, así como Brown, reconoce que los humanos podemos y actuamos con justicia propia.

Somos propensos a sentirnos arrogantes y autocomplacientes, como cuando celebramos diligentemente la Misa cada domingo, damos generosamente y servimos en los ministerios. Si soy honesto conmigo mismo, puedo ser santurrón. Puedo jactarme de tener el tipo correcto de teología, orar de la manera correcta, unirme a los grupos de la iglesia correcta, e incluso venerar a los santos correctos.

Practicar la vulnerabilidad y evitar la justicia propia se reduce a la actitud correcta al participar en prácticas espirituales, participar en la comunidad, llevar a cabo la misión y reflexionar sobre Dios. Nuestra sanación y rectitud con Dios no viene automáticamente por las cosas que hacemos. Más bien, nuestra sanación y plenitud son dones ya dados a corazones humildes y vulnerables. Así es como leo a Brown cuando habla de «experiencias que traen propósito y significado a nuestras vidas.»

Y así, en estas dos parábolas llegamos a ver componentes esenciales de la oración: la perseverancia y la vulnerabilidad. Si, en nuestras vidas y en nuestra oración, optamos persistentemente por ser vulnerables y evitar la justicia propia, nuestra relación con Dios puede ser genuina. Al igual que el recaudador de impuestos que grita: «Oh Dios, sé misericordioso conmigo un pecador.»

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Guevarra con su pareja, el reverendo Mark Chiang (derecha), ministro de la Iglesia Presbiteriana de St. Andrew en Edmonton. (Proporcionada)

—Mark Guevarra, Octubre 23, 2022

Fuente New Ways Ministry

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Fallece J. P. Meier, autor de la investigación más documentada y extensa sobre la vida de Jesús

lunes, 24 de octubre de 2022
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57BA438F-379B-42FA-AC14-78CB5E4EBD8ADel blog de Xabier Pikaza:

El sacerdote norteamericano escribió, entre otras obras, ‘Jesús, un judío marginal’ (Verbo Divino)

Acaba de morir J. P. Meier, noticia tristísima para todos los “amigos” de la historia de Jesús. Fui compañero suyo en el Bíblico de Roma, aunque no tuvimos ocasión de relacionarnos.

Después he seguido apasionadamente su obra, que he comentado varias veces en RR y en mis libros sobre la historia de Jesus.

J. P. Meier  sido un historiador ejemplar. He discutido algunos de sus planteamientos, en especial su manera de catalogar y analizar las parábolas. He respondido a su visión del proyecto de Jesús en mi Historia de Jesús. Pero sin él y muchos como él no podríamos haber conocido la trayectoria del proyecto de Jesús. Editorial Verbo Divino ha publicado su obra sobres Jesús. Descansa en paz, sentimos tu ausencia. Sigues estando con nosotros. A mis amigos y colegas de Verbo Divino quiero dar gracias por haber publicado fielmente tu obra: He was the world’s leading scholar of the historical Jesus

  Xabier Pikaza

Compendio de su obra:

Sacerdote y teólogo católico norteamericano, nacido en New York. Estudió en la Universidad Gregoriana y en el Instituto Bíblico de Roma. Ha sido presidente de la Catholic Biblical Association y profesor de la Universidad Católica de Washington y de de la de Notre Dame. Ha escrito varios libros sobre Jesús y el Nuevo Testamento: Law and History in Matthew’s Gospel (Roma 1976); The Vision of Matthew: Christ, Church and Morality in the First Gospel (New York 1979); Antioch and Rome: New Testament Cradles of Catholic Christianity (en collaboración con R. E. Brown, Philadelphia 1983).

Es autor de la investigación más documentada y extensa sobre la vida de Jesús: A Marginal Jew: Rethinking the Historical Jesus I-IV (New York 1991/2009; versión castellana: Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico I-V, Estella 1998-2018). Meier presenta a Jesús como pretendiente mesiánico, maestro sabio y carismático asesinado, a lo largo de una obra enciclopédica, escrita de forma clara, atractiva y apasionada que constituye, posiblemente el mejor trabajo histórico actual sobre la historia de Jesús.

Meier ha desarrollado una visión multiforme de Jesús, a quien presenta, por otra parte, como la figura más rica y variada del judaísmo de su tiempo, desde una perspectiva histórica y no dogmática. Su trabajo seguirá marcando el pensamiento cristiano de los próximos decenios.

Así resume su visión de Jesús: «Simplemente, como dato fáctico, podemos decir: ningún judío individual de los que podamos identificar, que viviera en Palestina, en aquel tiempo de cambio de era, ha encarnado en sí mismo y, ciertamente, en una carrera que sólo ha durado unos pocos años esta variedad de funciones: (1) Predicador itinerante, (2) profeta escatológico, (3) heraldo del Reino de Dios, (4) hacedor de milagros (así se le suponía), 5) maestro e intérprete de la Ley de Moisés, (6) maestro de sabiduría y tejedor de parábolas y aforismos, (7) gurú personal y líder de una banda itinerante de discípulos, varones y mujeres, (8) profeta judío de Galilea, que terminó siendo crucificado en Jerusalén por el prefecto romano, a causa de su pretensión de ser Rey de los Judíos. (9) Hijo de David…» (cf. Jesús: Un coloquio en tierra santa, Estella 2004, 107-108) (Pikaza, Diccionario pensadores cristianos)

VISIÓN DE CONJUNTO

015FAE91-EDAA-4B23-B209-7818CAAA9813Quizá el exegeta que ha estudiado de manera más completa la figura de Jesús en los últimos decenios. J. P. Meier estudió en el Instituto Bíblico de Roma (en los mismos años en que yo estudiaba), y empezó escribiendo algunos libros sobre el evangelio de Mateo y el origen del cristianismo ((Cf. Law and History in Matthew’s Gospel, Roma 1976); The Vision of Matthew: Christ, Church and Morality in the First Gospel, New York 1979; Antioch and Rome: New Testament Cradles of Catholic Christianity (en colaboración con R. E. Brown, Philadelphia 1983)), pero luego se ha centrado en la elaboración de una obra monumental sobre la vida de Jesús: A Marginal Jew: Rethinking the Historical Jesus I-V (New York 1991/2009; versión castellana: Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico I-IV, Estella 1998-2017), en la que ha venido trabajando desde hace más de cuarenta años.

Ha publicado cinco volúmenes (uno de dos tomos) sobre:

  1. El encuadramiento histórico y las raíces de la persona de Jesús.
  2. El mensaje del Reino (con la figura de Juan Bautista) y los milagros (en dos tomos)
  3. Los compañeros y competidores
  4. La interpretación de la Ley y el mensaje del amor.
  5. Las parábolas, con su mensaje doctrinal, personal y escatológico

Le quedan (quedaban) en principio tres volúmenes

6. Los títulos de Jesús, con la experiencia de su identidad personal.7. El juicio y muerte (pasión) de Jesús8. (No parece que vaya a escribir un volumen sobre los textos de resurrección, pues ello desborda el plano del Jesús histórico, tal como él lo entiende).

 J. P. Meier no es el único que ha escrito (y ha escrito bien) sobre la historia de Jesús, pero su trabajo es quizá el más significativo e influyente de los últimos decenios, no sólo entre los católicos (lo cita con abundancia y respeto el mismo Papa Benedicto XVI), sino también entre los protestantes y los agnósticos. Él es quizá el punto de referencia básico en el estudio de la vida de Jesús, a principios del siglo XXI, de manera que quien quiera ocuparse seriamente del tema ha de ponerse en contacto con su obra. Tanto en la conclusión como en la introducción de los diversos volúmenes de su obra, todavía en curso de publicación, y especialmente en un trabajo dedicado de un modo directo a su forma de entender la vida de Jesús (Del profeta como Elías al mesías real davídico, publicado en D. Donnelly (ed), Jesús, un coloquio en Tierra Santa, Verbo Divino, Estella 2004, 63-112), J. P. Meier ha sintetizado su interpretación de la vida de Jesús, afirmando, de manera sorprendida, que no tuvo más remedio que cambiar de visión y perspectiva a medida que iba estudiando con más detención y escribiendo con más precisión sobre el tema, a lo largo de veinte años (que pueden alargarse quizá durante bastante tiempo).

F09B2B40-C4A9-4394-BB22-B5596C1B48D0Jesús ha sido (y sigue siendo) una sorpresa para J. P. Meier. Jesús seguirá una sorpresa para aquellos que decidan entrar en su vida, según los evangelios, tanto desde un punto de vista crítico (científico) como desde el punto de vista religioso (y en especial cristiano). En las reflexiones que siguen no estudio la vida de Jesús en sí, sino la forma en que esa vida ha sido interpretada por J. P. Meier a lo largo de su investigación sobre Jesús, Judío marginal, a lo largo de unos años fascinantes, que han marcado el interés de un público muy intenso, de especialistas bíblicos, de historiadores y estudiosos de la vida de Jesús. No ofrezco tampoco un resumen de la obra de J. P. Meier (cosa que podrá hacerse en otro momento), sino una introducción a la lectura de su magna obra que es, en el fondo, una introducción (quizá la mejor que puede hacerse en la actualidad) a la lectura de la historia de Jesús). Ésta es una obra que honra a una editorial como Verbo Divino, desde un punto de vista científico y cristiano, cultural y espiritual

1. Momentos básicos de la vida de Jesús y de la composición de la obra de Meier.

Estos dos momentos (Profeta como Elías, Mesías en la línea de David) marcan no sólo el itinerario de Jesús (su toma de conciencia, su despliegue profético-mesiánico), sino el ritmo de estudio y trabajo histórico de J. P. Meier, tal como él mismo lo ha venido mostrando, de un modo velado, sin revelar sus conclusiones, al final de Vol III y Vol IV (edición española: III, 651-652; IV, 657). Pero el mismo J. P. Meier nos ha ofrecido un «adelanto» de sus conclusiones en el trabajo ya citado (Jesús, un coloquio en Tierra Santa, Verbo Divino, Estella 2004, 63-112), que servirá de base para lo que sigue. J. P. Meier no ha publicado todavía el último volumen de su obra y, siendo como es, muy «obediente» a los textos, podrá ir quizá cambiando de opinión a medida que los vaya investigando con más detención. Pero ésta es, por ahora, su última visión del tema.

Profeta como Elías.En el estudio que desembocó en los dos primeros volúmenes de su obra (Un judío marginal) publicados en 1991 y 1994, J. P. Meier vino a encontrarse ante el rostro de un Jesús histórico, mensajero del Reino de Dios, que él no había esperado ni buscado: «El retrato de un (1) profeta escatológico itinerante, (2) obrador de milagros, (3) proveniente del norte de Israel, vestido con el manto de Elías». ((Cf. A Marginal Jew: Rethinking the Historical Jesus II, Doubleday, New York 1994, 1039-1049 (Versión cast. Un Judío Marginal II/2, Verbo Divino, Estella 1997, 1082-1092)). Ciertamente, J. P. Meier fue descubriendo que Jesús mantuvo tensas relaciones y disputas con grupos rivales, como los fariseos y saduceos, y que elaboró y mantuvo enseñanzas importantes sobre aspectos significativos de la Ley mosaica, componiendo proverbios y aforismos, según la tradición sapiencial de Israel.

Ese Jesús trazó además algún tipo de estructura u organización para sus seguidores. Pues bien, a pesar de su variedad, todos esos rasgos, vinculados a su ministerio profético itinerante y a su mensaje escatológico, expresado a través de parábolas narrativas, pueden y deben interpretarse desde una visión de Jesús como profeta escatológico en la línea de Elías.

Mesías real davídico. Pues bien, a partir del tercer volumen (publicado el 2001) y, sobre todo, a partir del cuarto (publicado el 2009), J. P. Meier ha ido descubriendo y mostrando que la visión anterior (Jesús profeta como Elías) resulta insuficiente para entender su mensaje y camino (y su movimiento). El mismo despliegue y estudio de los textos le ha llevado a descubrir (en contra de sus intenciones) un rasgo nuevo de Jesús, que actúa como Mesías real davídico (más que como profeta) y que acaba siendo crucificado por los romanos bajo el título de Rey de los Judíos. Este paso del Jesús profeta escatológico como-Elías (maestro sapiencial, realizador de milagros), al de Jesús que actúa y se compromete como Mesías real davídico en Jerusalén forma la trama y sentido no sólo de la figura de Jesús, sino de la obra de J. P. Meier (que quiere ser fiel a esa historia).

Eso significa que no podemos hablar de Jesús como figura estática (con un solo proyecto), sino como alguien que ha desplegado su propuesta por lo menos en dos tiempos, con dos figuras distintas: Profeta como Elías, pretendiente mesiánico como David. Desde ese fondo se plantea según J. P. Meier el tema exegético e histórico central del principio del cristianismo: ¿Cómo concuerdan entre sí estos dos retratos: el de Jesús profeta y el de Jesús Mesías? ¿Cómo se puede pasar de Jesús profeta escatológico, hacedor de milagros como-Elías (una figura que, sin duda, tiene un fondo histórico) a un Jesús que actúa y muere en Jerusalén como Mesías real davídico (una figura que es también histórica)? Desde ese fondo se plantean, según J. P. Meier, dos preguntas fundamentales: (1) ¿Es cierto el Jesús histórico se consideró mesías real davídico? (2) ¿Cómo se relaciona ese Jesús mesiánico con el Jesús profeta?

El problema del origen de la visión de Jesús como descendiente davídico. La aportación de Pablo en Rom 1, 3-4. Son muchos los investigadores que han negado ese supuesto, entre ellos John J. Collins y Christoph Burger, quienes suponen que la idea mesiánica era conocida en Israel, en aquel tiempo, pero que Jesús no la aceptó a lo largo de su vida pública, de manera que la visión mesiánica ha sido una interpretación (invención) de sus discípulos, que proyectaron sobre la historia de Jesús un elemento posterior de la fe cristiana .

Pues bien, en contra de eso, estudiando uno por unos los textos en los que aparece la visión de Jesús como Mesías (hijo de David), J. P. Meier ha demostrado que esos textos sólo tienen sentido si es que, en un momento dado, Jesús mismo se entendió (y otros le entendieron) como “mesías davídico”.  J. P. Meier sabe que los datos sobre el nacimiento de Jesús en Belén son secundarios (derivados teológicos), pero él añade que su filiación davídica no es un simple theologumenon, pues ella aparece en los más diversos estratos de la tradición evangélica (anunciaciones y genealogías de Jesús, himnos…), antes de haber sido asumida por los evangelios de la infancia. Ha sido precisamente esa tradición de Jesús como “hijo de David” la que ha servido como “matriz” para el despliegue de los diversos temas de la infancia de Jesús, y en especial de su nacimiento en Belén.

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“Desconcertante”. 30 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,9-14)

domingo, 23 de octubre de 2022
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51_30_TO-C_1639739Fue una de las parábolas más desconcertantes de Jesús. Un piadoso fariseo y un recaudador de impuestos suben al templo a orar. ¿Cómo reaccionará Dios ante dos personas de vida moral y religiosa tan diferente y opuesta?

El fariseo ora de pie, seguro y sin temor alguno. Su conciencia no le acusa de nada. No es hipócrita. Lo que dice es verdad. Cumple fielmente la Ley, e incluso la sobrepasa. No se atribuye a sí mismo mérito alguno, sino que todo lo agradece a Dios: «¡Oh, Dios!, te doy gracias». Si este hombre no es santo, ¿quién lo va a ser? Seguro que puede contar con la bendición de Dios.

El recaudador, por el contrario, se retira a un rincón. No se siente cómodo en aquel lugar santo. No es su sitio. Ni siquiera se atreve a levantar sus ojos del suelo. Se golpea el pecho y reconoce su pecado. No promete nada. No puede dejar su trabajo ni devolver lo que ha robado. No puede cambiar de vida. Solo le queda abandonarse a la misericordia de Dios: «¡Oh Dios!, ten compasión de mí, que soy pecador». Nadie querría estar en su lugar. Dios no puede aprobar su conducta.

De pronto, Jesús concluye su parábola con una afirmación desconcertante: «Yo os digo que este recaudador bajó a su casa justificado, y aquel fariseo no». A los oyentes se les rompen todos sus esquemas. ¿Cómo puede decir que Dios no reconoce al piadoso y, por el contrario, concede su gracia al pecador? ¿No está Jesús jugando con fuego? ¿Será verdad que, al final, lo decisivo no es la vida religiosa de uno, sino la misericordia insondable de Dios?

Si es verdad lo que dice Jesús, ante Dios no hay seguridad para nadie, por muy santo que se crea. Todos hemos de recurrir a su misericordia. Cuando uno se siente bien consigo mismo, apela a su propia vida y no siente necesidad de más. Cuando uno se ve acusado por su conciencia y sin capacidad para cambiar, solo siente necesidad de acogerse a la compasión de Dios, y solo a la compasión.

Hay algo fascinante en Jesús. Es tan desconcertante su fe en la misericordia de Dios que no es fácil creer en él. Probablemente los que mejor le pueden entender son quienes no tienen fuerzas para salir de su vida inmoral.

José Antonio Pagola

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“El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no”. Domingo 23 de octubre de 2022. 30º Ordinario

domingo, 23 de octubre de 2022
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55-ordinarioc30-cerezoLeído en Koinonia:

Eclesiástico 35, 12-14. 16-18: Los gritos del pobre atraviesan las nubes.
Salmo responsorial: 33: Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.
2Timoteo 4, 6-8. 16-18: Ahora me aguarda la corona merecida.
Lucas 18, 9-14. El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no.

La mayor parte de las parábolas de Jesús tienen como telón de fondo la vida de las aldeas de Galilea y refleja distintas experiencias de vida del campesinado. Solamente unas pocas se salen de este marco. Una de éstas es la del fariseo y el recaudador que se sitúa en contexto urbano y, más en concreto, en la ciudad de Jerusalén, en el recinto del templo: el lugar propicio para obtener la purificación de los pecados.

La influencia y atracción del templo para los judíos se extendía incluso más allá de las fronteras de Palestina, como lo mostraba claramente la obligación del pago del impuesto al templo por parte de los judíos que no vivían en Palestina. Pagar ese impuesto se había convertido en tiempos de Jesús en un acto de devoción hacia el templo, porque éste hacía posible que los judíos mantuviesen una relación saludable con Dios.

En tiempos de Jesús, el cobro de impuestos no lo hacían los romanos directamente, sino indirectamente, adjudicando puestos de arbitrios y aduanas a los mejores postores, que solían ser gente de las élites urbanas o aristocracia. Estas élites, sin embargo, no regentaban las aduanas, sino que, a su vez, dejaban la gestión de las mismas a gente sencilla, que recibía a cambio un salario de subsistencia. Los recaudadores de impuestos practicaban sistemáticamente el pillaje y la extorsión de los campesinos. Debido a esto, el pueblo tenía hacia estos cobradores de impuestos la más fuerte hostilidad, por ser colaboracionistas con el poder romano. La población los odiaba y los consideraba ladrones. Tan desprestigiados estaban que se pensaba que ni siquiera podían obtener el arrepentimiento de sus pecados, pues para ello tendrían que restituir todos los bienes extorsionados, más una quinta parte, tarea prácticamente imposible al trabajar siempre con público diferente. Esto hace pensar que el recaudador de la parábola era un blanco fácil de los ataques del fariseo, pues era pobre, socialmente vulnerable, virtualmente sin pudor y sin honor, o lo que es igual, un paria considerado extorsionador y estafador.

En su oración, el fariseo aparece centrado en sí mismo, en lo que hace. Sabe lo que no es: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco es como ese recaudador, pero no sabe quién es en realidad. La parábola lo llevará a reconocer quién es, precisamente no por lo que hace (ayunar, dar el diezmo…), sino por lo que deja de hacer (relacionarse bien con los demás).

El fariseo decimos que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que gana. Hace incluso más de lo que está mandado en la Torá. Pero su oración no es tan inocente. Lo que parecen tres clases diferentes de pecadores a las que él alude (ladrón, injusto, pecador) se puede entender como tres modos de describir al recaudador. El recaudador, sin embargo, reconoce con gestos y palabras que es pecador y en esto consiste su oración.

El mensaje de la parábola es sorprendente, pues subvierte el orden establecido por el sistema religioso judío: hay quien, como el fariseo, cree estar dentro, y resulta que está fuera; y hay quien se cree excluido, y sin embargo está dentro.

En el relato se ha presentado al fariseo como un justo y ahora se dice que este justo no es reconocido; debe haber algo en él que resulte inaceptable a los ojos de Dios. Sin embargo, el recaudador, al que se nombra con un despectivo “ése”, no es en modo alguno despreciable. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo? Tal vez solamente uno: mirar despectivamente al recaudador y a los pecadores que él representa. El fariseo se separa del recaudador y lo excluye del favor de Dios.

Dios, justificando al pecador sin condiciones, adopta un comportamiento diametralmente opuesto al que el fariseo le atribuía con tanta seguridad. El error del fariseo es el de ser “un justo que no es bueno con los demás”, mientras que Dios acoge graciosamente incluso al pecador. Esta parábola proclama, por tanto, la misericordia como valor fundamental del reino de Dios. Con su comportamiento el recaudador rompe todas las expectativas y esquemas, desafía la pretensión del fariseo y del templo con sus medios redentores y reclama ser oído por Dios, ya que no lo era por el sistema del templo y por la teología oficial, representada por el fariseo.

Si la interpretación de la parábola es ésta, entonces se puede vislumbrar por qué Jesús fue estigmatizado como «amigo de recaudadores y de pecadores», y por qué fue crucificado finalmente por las élites de Jerusalén con la ayuda de los romanos y el pueblo.

En esta parábola se cumple lo que leemos en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja”. Dios está con los que el sistema ha dejado fuera. Como estuvo con Pablo de Tarso, como se lee en la segunda lectura, que, a pesar de no haber tenido quien lo defendiera, sentía que el Señor estaba a su lado, dándole fuerzas. Leer más…

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23.10.22. Iglesia de fariseos y publicanos. Un tema pendiente (Lc 18, 9-14. Dom 30 TO)

domingo, 23 de octubre de 2022
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6CB57D60-F542-41FF-B428-432519A7ED02Del blog de Xabier Pikaza:

La iglesia ha sido (es) a la vez farisea (se presenta como santa) y publicana (ha trampeado con dineros). El evangelio supone que los publicanos pueden convertirse (aunque con difícultad). Los fariseos lo tienen más difícil, sobre todo cuando justifican su razón y santidad con grandes argumentos, pero ellos también pueden convertirse, según la tradición judía (y cristiana).

Texto:

21.10.2022 | X Pikaza Ibarrondo

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar.

Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:»¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»

Comentario

El publicano del evangelio acepta lo que es, se reconoce en Dios, puede vivir en verdad, en sí mismo, ante los otros… Al reconocerse pecador está diciendo que quiere cambiar, que lo hará, aunque el evangelio no dice cómo. Por el contrario, el fariseo, profesional de la oración, se eleva en este caso como un mentiroso: Miente ante Dios, se miente a sí mismo, y desprecia a los que él piensa que no son de su altura.

El fariseo. ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás. Da gracias por lo que es, no va a cambiar. Desprecia a los que no son como él…, como los ricos que se creen privilegiados por serlo y que da unas pequeñas limosnas para tener más sometidos a los pobres.

 El mundo se divide para el fariseos en dos mitades: en una estaba él y Dios (¡que en el fondo eran lo mismo, él era Dios!); en la otra mitad están (estamos) todos los demás. Las cosas funcionan razonablemente bien, muy bien, y este fariseo se lo venía a decir a Dios, esto es, a sí mismo, en un gesto solemne de auto-glorificación, ante los ojos de todos, que nos habíamos apartado para dejarle sitio en el centro y le miraban, con miedo, recelo y envidia desde las esquinas de la columnata.

Gracias te doy, porque no soy como esos otros): ladrones, injustos, adúlteros.

 Sin duda, este fariseo cumple la ley con sus mandamientos (como el buen rico del texto que sigue: Lc 18, 18-31). Pero, como sabe Pablo, una ley bien cumplida, de forma legalista, lleva a la muerte, pues termina dividiendo a los hombres entre cumplidores y no cumplidores, entre limpios y manchados (expulsando de su centro a los que no son importantes). Los “cumplidores” pueden utilizar la ley para triunfar, imponiéndose sobre los demás, sin misericordia. Entre ellos se encuentra este fariseo, que ha venido a decirle a Dios que ha triunfado, y a darle gracias por ello.

  Buena es la ley, seguiría diciendo Jesús, pero entendida como la entiende este fariseo es un arma terrible, al servicio de la propia seguridad y del desprecio de los otros.

Ésta puede ser la ley de un tipo de políticos que buscan su propia justificación a costa de los otros…, a los que echan la culpa de todo.

Ésta es la ley del “buen capitalismo” (y de una “santa” iglesia)  que piensa que tiene razón en lo que hace (¡y hasta paga los impuestos, con justicia “religiosa”, y financia procesiones y manifestaciones de triunfo religioso!), pero condena a la pobreza a millones de personas… (margina a todos los distintos….).

Es la ley de los jerarcas del templo que administran con buena conciencia su dinero y su memoria histórica, para condenar a los otros (¡ladrones, injustos, adúlteros…!). Entre ellos se encuentra este buen fariseo que no adultera con mujeres de otros (¡cumple la ley!), pero quizá no ama con ternura e igualdad a la suya (ni a ninguna), y que quizá “se divierte” con mujeres libres o prostitutas (¡que eso no es adulterio!), sin importarles lo que sienten, lo que piensa.

Ni como ese publicano. La visión del publicano confirma al fariseo en la justicia y el valor de su riqueza económica o religiosa. . La visión del publicano le permite vivir más tranquilo, ser quien es y portarse como se porta… porque hay en el mundo publicanos y prostitutas a quieren utilizar sin remordimientos, porque son malos y se merecen lo que tienen (es decir, lo que no tienen).

 Este fariseo necesita que haya publicanos, para que cobren sus impuestos y realicen sus negocios sucios, necesita (probablemente) de la prostituta (por lo menos para sus desahogos morales: para sentirse bien). En el fondo, él mismo está diciendo (sin darse cuenta de ello) que su “justicia” está montada sobre la injusticia de los otros, una injusticia que él mismo está propiciando, dentro de un sistema religioso avalado por el templo (un templo al servicio de los fariseos).

Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.

 Antes se había detenido en los mandamientos de la ley de Dios (no robar, no cometer injusticias legales, no adulterar). Ahora se fija en los mandamientos de la iglesia: ayunar, pagar el diezmo… En un sentido, es un hombre ascético (ayuna), pero el ayuno puede haberse convertido en un medio de autocontrol y de auto seguridad para dominar mejor a los demás…

Es un hombre de diezmo: contribuye al mantenimiento de “su iglesia” (y de su economía, que haya pobres para servrle y justificarle)… y se limita a dar una pequeña limosna a los pobres, para que sigan estando ahí, como ejemplo de lo que no se debe ser, de lo que no se debe hacer. Posiblemente es un rico que paga buenos diezmos, es decir, que ofrece mucho dinero para obras sociales al servicio del sistema (no de los pobres); es el rico que mantiene la injusticia de fondo de fondo de la sociedad, dando incluso muchísimo dinero en caridades al servicio del propio orgullo, publicadas en la televisión de turno, magnificadas por los voceros y clientes. Da para sentirse bien, da para que se mantenga y consolide su sistema.

El publicano se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo. No, no podía mirar ni a la puerta del Sagrario. No miraba y, sin embargo, estaba mirando… No levantaba los ojos y, sin embargo, comprendía…Sabía que Dios es distinto y se ponía ante los ojos y las manos de ese Dios. Me costaba verle en el espejo, porque se escondía detrás de la columna, pero estaba seguro de era muy flaco, enfermizo, pero con ojos de amor. Me hubiera gustado jugar con él, pero no podía acercarme más allá del espejo… y así le seguí mirando.

Sólo se golpeaba el pecho, diciendo

Quería despertar su corazón su corazón “a golpes”, como se hace con alguien que parece muerto, que ha tenido una parada cardiaca y vemos que el médico sacude con fuerza su pecho para que el corazón pueda latir de nuevo…  Sabía que hay Dios y que Dios podía poner su vida en movimiento. No sabía cómo, pero tenía que cambiar. No tenía respuesta, pero la estaba buscando. El templo de Dios no es para él un lugar de justificación de lo que existe (como para el fariseo), sino un lugar de reconocimiento y cambio. Leer más…

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“La justicia parcial de Dios”. Domingo 30 Ciclo C

domingo, 23 de octubre de 2022
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fariseo-publicanoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El Catecismo que estudié de pequeño decía que Dios “premia a los buenos y castiga a los malos”. Pero no concretaba quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Y como nuestra forma de pensar es con frecuencia muy distinta de la de Dios, es probable que los que Dios considera buenos y malos no coincidan con los que nosotros juzgamos como tales.

Dios, un juez parcial a favor del pobre

Esta la imagen que ofrece la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico 35,12-14.16-18

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Lo más curioso de este texto es que no lo escribe un profeta, amante de las denuncias sociales y de las críticas a los ricos y poderosos, sino un judío culto, perteneciente a la clase acomodada del siglo II a.C.: Jesús ben Sira, viajero incansable en busca de la sabiduría, pero también gran conocedor de las tradiciones de Israel. Y la imagen que ofrece de Dios dista mucho de la que tenían bastantes israelitas. No es un Dios imparcial, que juzga a las personas por sus obras; es un Dios parcial, que juzga a las personas por su situación social. Por eso se pone de parte de los pobres, los oprimidos, los huérfanos y las viudas; los seres más débiles de la sociedad.

Comienza el autor diciendo: El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial. Pero añade de inmediato, con un toque de ironía: no es parcial contra el pobre. Porque la experiencia de Israel, como la de todos los pueblos, enseña que lo más habitual es que la gente se ponga a favor de los poderosos y en contra de los débiles.

Dios, un juez parcial a favor del humilde

El evangelio de Lucas (Lc 18, 9-14) ofrece el mismo contraste mediante un ejemplo distinto, sin relación con el ámbito económico.

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

‒ Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.» Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

La parábola es fácil de entender, pero conviene profundizar en la actitud del fariseo.

La confesión de inocencia

Un niño pequeño, cuando hace una trastada, es frecuente que se excuse diciendo: “Mamá, yo no he sido”. Esta tendencia innata a declararse inocente influyó en la redacción del capítulo 150 del Libro de los muertos, una de las obras más populares del Antiguo Egipto. Es lo que se conoce como la “confesión negativa”, porque el difunto iba recitando una serie de malas acciones que no había cometido. Algo parecido encontramos también en algunos Salmos. Por ejemplo, en Sal 7,4-6:

Señor, Dios mío, si he cometido eso, si hay crímenes en mis manos,
si he perjudicado a mi amigo o despojado al que me ataca sin razón,
que el enemigo me persiga y me alcance,
me pisotee vivo por tierra, aplastando mi vientre contra el polvo.

O en el Salmo 26(25),4-5:

No me siento con gente falsa,
con los clandestinos no voy;
detesto la banda de malhechores,
con los malvados no me siento.

La profesión de bondad

Existe también la versión positiva, donde la persona enumera las cosas buenas que ha hecho. Encontramos un espléndido ejemplo en el libro de Job, cuando el protagonista proclama (Job 29,12-17):

Yo libraba al pobre que pedía socorro y al huérfano indefenso,
recibía la bendición del vagabundo y alegraba el corazón de la viuda;
de justicia me vestía y revestía,
el derecho era mi manto y mi turbante.
Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo,
yo era el padre de los pobres
y examinaba la causa del desconocido.
Le rompía las mandíbulas al inicuo
para arrancarle la presa de los dientes.

El orgullo del fariseo

Volvamos a la confesión del fariseo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»

Si el fariseo hubiera sido como Job, se habría limitado a las palabras finales: Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Pero al fariseo lo come el odio y el desprecio a los demás, a los que considera globalmente pecadores: ladrones, injustos, adúlteros. Sólo él es bueno, y considera que Dios está por completo de su parte.

La humildad del publicano

En el extremo opuesto se encuentra la actitud del publicano. A diferencia de Job, no recuerda sus buenas acciones, que algunas habría hecho en su vida. A diferencia del Libro de los muertos y algunos Salmos, no enumera malas acciones que no ha cometido. Al contrario, prescindiendo de los hechos concretos se fija en su actitud profunda y reconoce humildemente, mientras se golpea el pecho: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

En el AT hay dos casos famosos de confesión de la propia culpa: David y Ajab. David reconoce su pecado después del adulterio con Betsabé y de ordenar la muerte de su esposo, Urías. Ajab reconoce su pecado después del asesinato de Nabot. Pero en ambos casos se trata de pecados muy concretos, y también en ambos casos es preciso que intervenga un profeta (Natán o Elías) para que el rey advierta la maldad de sus acciones. El publicano de la parábola muestra una humildad mucho mayor. No dice: “he hecho algo malo”, no necesita que un profeta le abra los ojos; él mismo se reconoce pecador y necesitado de la misericordia divina.

Dios, un juez parcial e injusto

Al final de la parábola, Dios emite una sentencia desconcertante: el piadoso fariseo es condenado, mientras que el pecador es declarado inocente: Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no.

¿Debemos decir, en contra del Catecismo, que “Dios premia a los malos y castiga a los buenos”? ¿O, más bien, que debemos cambiar nuestros conceptos de buenos y malos, y nuestra imagen de Dios?

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Domingo XXX. 23 de Octubre 2022

domingo, 23 de octubre de 2022
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El fariseo, erguido, hacía interiormente esta oración: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como el resto…”

(Lc 18, 9-14)

¡Qué fácil es creerse buena!…o por lo menor mejor que otras personas. Como si los defectos ajenos nos dieran permiso o justificaran nuestras “pequeñas” faltas. Y es que nuestras faltas siempre son pequeñas en ‘comparación’ con las de otras personas. A fin de cuentas, yo no he matado nunca a nadie ni robo millones de euros como todos esos corruptos que pueblan los telediarios…

En el fondo, en el fondo, nuestro discurso es el mismo que el del fariseo. Y a Dios no le gusta. Nunca le ha gustado que “echemos balones fuera” que es lo que hicieron Adán y Eva cuando los sorprendió comiendo el fruto prohibido.

Cuando nos acercamos a Dios se nos caen las caretas y no nos valen de nada las excusas. Quiere que nos presentemos como somos y como estamos. Nos quiere a nosotras no a esa imagen impoluta que nos vamos construyendo.

Nos quiere libres y auténticas, tal cual nos ha creado. No le asusta nuestra debilidad, lo que le duele es que queramos ocultársela. Su perdón es infinito pero no hará nada sin nuestra libertad.

Por eso, cuando nos presentamos llenas de justificaciones, culpando a las demás, queriendo parecer lo que no somos, Él no puede transformarnos, no puede curarnos.

Pero si le mostramos nuestras heridas, el daño que hemos hecho, nuestras torpezas y desatinos, entonces sí. Con todos esos pedazos, aparentemente inútiles, Él puede recrearnos. Y lo hará. Pero necesita esos pedazos.

Necesita que nos dejemos mover por la humildad que Él ha puesto como semilla en cada una de nosotras.

Oración

Haz, Trinidad Santa, crecer esa semilla de humildad que nos has regalado.

Para que nos acerquemos a ti sin alejarnos de nuestras hermanas

(¡y sin alejarlas a ellas de ti!). Amén

*

Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no tiene que justificarme ni condenarme.

domingo, 23 de octubre de 2022
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Lc 18,9-14

Hoy tenemos dos inconvenientes. Primero, que se trata de una parábola y la parábola tiene un único mensaje. El resto es relleno. Segundo, en todo el NT enseña la patita el maniqueísmo. Lo tenemos metido hasta el tuétano. Bueno/malo, espíritu/materia, luz/tiniebla. Pero resulta que nada es banco o negro. La realidad es una serie infinita de grises. Hoy se nos invita a ponernos de parte del publicano y en contra del fariseo y nos quedamos todos tan anchos. El fariseo tiene muchas cosas buenas que pasamos por alto y el publicano tiene muchas cosas malas que voluntariamente olvidamos.

Lucas, en la introducción a la parábola, lo deja claro: “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás” El fariseo se siente excelente y falla en su apreciación. El publicano se siente pecador y falla al considerar que Dios está lejos de él, por eso tiene que insistir en pedir un perdón que Dios ya le ha otorgado. Lo más normal del mundo sería alabar al que era bueno y criticar al malo, pero a los ojos de Dios todo es diferente. Dios es el mismo para los dos, uno le acepta por su gratuidad, el otro pretende poner a Dios de su parte por la bondad de sus obras.

Este mensaje se repite muchas veces en los evangelios. Recordemos la frase de Mateo: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. ¿A quién dijo eso Jesús? A los cumplidores de toda la Ley, que hoy serían los religiosos de todas las categorías. Aún hoy, desde nuestra visión raquítica del hombre y de Dios, nos resulta inaceptable esta idea. Seguimos juzgando por las apariencias sin tener en cuenta las actitudes personales, que son las que de verdad califican las acciones de las personas. Y lo que es peor, nos preocupa más lo que hacemos que lo que sentimos.

Dios está cerca de los dos, pero el publicano reconoce que la cercanía de Dios es debida a su amor incondicional. En consecuencia el publicano está más cerca de Dios a pesar de sus pecados. El fariseo cree que Dios tiene la obligación de amarle porque se lo ha ganado. “Los buenos de toda la vida” tienen mayor peligro de entrar en esta dinámica. Si nos atreviésemos a pensar, descubriríamos lo absurdo de esa postura. Todo lo bueno que puedo descubrir en mí viene de Él, que desde lo hondo de mi ser lo posibilita.

Dios no me quiere porque soy bueno sino porque Él es amor. Si parto del razonamiento farisaico, resultaría que el que no es bueno no sería amado por Dios, lo cual es un disparate. Este razonamiento parte de la visión ancestral que los seres humanos tenían de Dios, pero tenemos que dar un salto en nuestra concepción de un dios separado y ausente, que exige nuestro vasallaje para estar de nuestra parte. Dios no me puede considerar un objeto porque nada hay fuera de Él. El fallo más grave que podemos cometer como seres humanos es precisamente considerarnos algo al margen de Dios.

Dios me está aportando lo que soy antes de empezar a existir, es ridículo que pueda merecerlo. Lo que sí puedo y debo hacer es responder conscientemente a ese don y tratar de agradecerlo, desplegándolo en mi vida. Si no respondo adecuadamente a lo que Dios es para mí, la única actitud adecuada es reconocerlo, pedirle perdón y agradecerle que siga amándome a pesar de todo. Estas simples reflexiones me llevarán a la consecuencia de que no tengo que ser bueno para que Dios me ame, porque Él me quiere y no puede fallarme. Voy a intentar ser agradecido fallándole menos.

También tendrían consecuencias para nuestra relación con los demás. Amar al que se porta bien conmigo no tiene ningún valor. Es lo que hacemos todos, pero tenemos que revisar esa actitud. Si me porto humanamente con aquel que no se lo merece, estaré dando un salto de gigante en mi evolución hacia la plenitud. Ser más humano me hace a la vez, más divino. Hemos interiorizado que debíamos actuar divinamente, aunque ese intento llevara consigo el olvidarse de nuestra humanidad. Los altares están llenos de santos que se olvidaron por completo de las relaciones verdaderamente humanas.

El evangelio nos propone dos modos de orar, no solo distintos sino completamente contrarios. Cada oración manifiesta la idea de Dios que tiene uno y otro. Para uno, se trata de un Dios justo, que me da lo que merezco. Para el otro, Dios es amor que llega a mí sin merecerlo. Ojo al dato, porque todos estamos más cerca del fariseo que del publicano. Una vez más tengo que advertir de la importancia de hacer una reflexión seria sobre este asunto. No basta ser bueno por una acomodación estricta a la norma. Hay que ser humano, respondiendo a las exigencias de nuestro auténtico ser.

He tenido problemas serios cada ver que he dicho que Dios ama a todos de la misma manera. La respuesta automática era: “Dios es amor, pero es también justicia”. Implícitamente me estaban diciendo: ¿Cómo me va a amar Dios a mí, que cumplo su santa voluntad, igual que a ese desgraciado que no cumple nada de lo que Él manda? Una vez más estamos exigiendo a Dios que sea justo a nuestra manera. Para superar esta tentación debemos abandonar la idea de una religión que me viene de fuera. El hecho de que venga de Dios no cambia la mezquindad de la perspectiva.

Debemos descubrir la bondad de lo mandado y no conformarnos con el cumplimiento de la norma. Ese descubrimiento no es tan fácil como parece. Ningún acto u omisión son buenos porque están mandados. Están mandados porque lo exige mi ser más profundo, más allá de mi ego superficial. Para descubrir esas exigencias tengo que aprovecharme de la experiencia de aquellos que lo han descubierto, pero en ningún caso quedo dispensado de experimentarlo por mí mismo. Sin esa experiencia, toda la religiosidad se queda reducida a un puro ropaje externo que no toca lo profundo de mi ser.

El desaliento, que a veces nos invade, es consecuencia de un desenfoque espiritual. Nada tienes que conseguir ni por ti mismo, ni de Dios. Dios ya te lo ha dado todo y te ha capacitado para desplegar todo tu ser. No tengas miedo a nada ni a nadie. Tu ser profundo no lo puede malear nadie, ni siquiera tú mismo. Tus fallos son solo la demostración de que no has descubierto lo que eres, pero las posibilidades de descubrir esa plenitud siguen intactas. Las limitaciones que descubro cada día, y que tanto nos hacen sufrir, no pueden malograr todas las posibilidades que me acompañan siempre.

Cuando te sientas abrumado por tus fallos, descubre que para Dios eres siempre el mismo, único, irrepetible, necesario para el mundo y para Dios. La autoestima es imprescindible para poder desarrollarte, pero nunca puede apoyarse en las cualidades que puedes tener o no tener. Esa pretensión de apoyar la autoestima en las cualidades, adquiridas o por adquirir, nos llevará siempre a un rotundo fracaso. Tomar conciencia de que lo que soy no depende de mí es la clave para una total seguridad en lo que soy.

Meditación-contemplación

No te conformes con aceptar la religión como programación.
Aprovecha la experiencia de otros para conocerte mejor.
Descubre tu ser verdadero y actúa en consecuencia.
Lo humano que hay en ti, tienes que desplegarlo.
Baja a lo hondo de tu ser y descubre lo que eres.
No tienes que alcanzar nada, solo vivir lo que ya eres.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Otra vez los talentos.

domingo, 23 de octubre de 2022
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Lc 18, 9-14

«Os aseguro: éste último bajó a su casa justificado, y el otro no»

Corremos el riesgo de interpretar esta parábola con nuestra mentalidad de cristianos del siglo veintiuno y llegar a conclusiones que quizá no coincidan con la intención del autor. Por ejemplo, podemos pensar que no quedó justificado porque con su conducta escrupulosa solo pretendía hacerse “acreedor” a la vida eterna, pero, por una parte, esto no se desprende del texto, y por otra, ésa es una creencia legítima que aún hoy es compartida por muchos.

Tampoco podemos afirmar que no quedó justificado por su prepotencia; por su falta de humildad al considerarse mejor que los otros hombres, porque si leemos el pasaje con rigor y detenimiento, veremos que no se está arrogando mérito alguno, sino que le está dando gracias a Dios por lo recibido. Menos aún nos podemos apoyar en la última frase del texto de hoy —«el que se ensalce será humillado y quien se humille será ensalzado»— porque, según los especialistas, este epílogo es un simple añadido parenético que además resulta poco apropiado al texto.

Nos encontramos pues ante la paradoja de un hombre justo, que dedica su vida a ser grato a los ojos de Dios, que se dirige a Dios en actitud de acción de gracias, y que, según el evangelio, no queda justificado… y la pregunta es… ¿por qué?…

Probablemente, para entenderlo sea preciso partir de la parábola de los Talentos, pues, al parecer, el fariseo había recibido mucho y lo había invertido todo en su propia perfección. Al igual que el fariseo de la parábola, cada uno de nosotros ha recibido muchos talentos en forma de inteligencia, iniciativa, habilidad, simpatía, liderazgo … pero no los hemos recibido para que nos sirvamos de ellos, sino para que den fruto. Y esto debe hacernos reflexionar, y quizá por ello, Ruiz de Galarreta decía: «No me preocupan nada mis pecados; me preocupan mis virtudes» … mis talentos.

Y volvemos a un mensaje recurrente en el evangelio: lo importante son los frutos; «Por sus frutos les conoceréis» … «Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro…». De nada les sirve al sacerdote y al levita que bajaban a Jericó su condición sagrada, porque Jesús pone de ejemplo al odiado samaritano que se conmueve ante la desgracia ajena y socorre a la víctima. De nada le sirve al fariseo de la parábola de hoy su fe en Dios, su conocimiento de la Ley y el cumplimiento con largueza de la misma, porque lo que Dios espera de nosotros es otra cosa; es amor, compasión, servicio… frutos.

Para los fariseos lo primero es la Ley. Para Jesús lo primero son las personas, y si la Ley no sirve a las personas, es que no sirve para nada. De esta radical diferencia a la hora de concebir la religión vino el permanente enfrentamiento entre ellos; y de ella también su desenlace.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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De fariseos y publicanos.

domingo, 23 de octubre de 2022
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fariseoypublicanoLc 18, 9-14

DOMINGO 30º T.O. (C)

Lc 18, 9-14

El Evangelio juzga con severidad a los fariseos, grupo de judíos nacionalistas, rigoristas, tradicionales y legalistas. No sienten la necesidad de conversión. Aferrados a sus opiniones y creencias personales, desprecian a los humildes. La soberbia les impidió conocer a Jesús como enviado de Dios.

El fariseísmo, también hoy, como sistema de pensamiento y de conducta, se formula como una religión formalista y exterior, sin interiorización personal. Está más atento a la letra, a las fórmulas celebrativas que al espíritu, exagera los actos de los hombres frente a Dios, es soberbio e hipócrita. Es, además, guardián celoso de la pureza legal, ritualista, tiquismiquis. ¿Quién no se ha topado en la Iglesia, en la escuela, con este modelo representativo de algún obispo, sacerdote, religioso/a, maestro/a? ¿Tal vez yo mismo/a?

Hoy se advierte en ciertos ámbitos de la sociedad una moral farisea, anacrónica, a saber, la de quienes manifiestan públicamente unas normas determinadas y a escondidas se guían por otras (especialmente en lo que a la moral sexual se refiere, léase, los abusos de pederastia, la manipulación de las conciencias, la discriminación por razón de género, sexo, estado, etc.); aquellos que se escandalizan de actos humanos de escasa importancia y se acogen a derechos y privilegios que se justifican sólo por la herencia, por su posición, apelando a la tradición, por el ejercicio del poder. Defienden la ley cuando les conviene y en otros momentos proclaman la primacía de su conciencia.

El espíritu fariseo se manifiesta en todos los tiempos, nos atañe a todos; es radicalmente opuesto al espíritu cristiano. De hecho, es una amenaza constante del cristianismo, ya que tiende a reducirlo a una secta de rígidas reglas y cumplimientos legales, sin universalidad y sin perdón. También los cristianos tenemos zonas de fariseísmo; son aquellos ámbitos personales que se resisten a la conversión.

En el Evangelio de hoy, vemos que la única oración que Dios acepta es la del publicano. Aquellos subalternos judíos, encargados por Roma de cobrar impuestos. Por su oficio y, con frecuencia, por su proceder tramposo se los tenía por pecadores. Sin embargo, Jesús acogía a todos y comía con ellos (Mc 2,15-16). Los maestros de la ley y los fariseos criticaban este proceder (Lc 15,1-2). En los evangelios Jesús aparece en continuas disputas con este grupo. Su mensaje se basa en la compasión y en la gracia. Pero ellos no están dispuestos a cambiar su ideal de perfección y exigencia, del premio y del mérito.

Esta parábola desmonta dos actitudes frecuentes que pueden pasarnos por alto: la indiferencia y la religiosidad basada en el enaltecimiento, en la “medalla”; religiosidad en la que paradójicamente fuimos formados durante años y que tan bien refleja la parábola de “los trabajadores de la viña” (Mt 20,1-16), que rompe nuestros esquemas y nos hace exigir nuestra recompensa. En realidad, ambas actitudes no son más que manifestaciones de nuestro ego en el modo de situarnos ante la vida y en lo religioso. El ego es incapaz de compasión; vive aferrado a sus seguridades, a sus necesidades, a sus miedos, para que nadie venga a arrebatarle lo que tanto trabajo le costó alcanzar. Asimismo, es incapaz de vivir la gracia, la gratuidad; su vida está planteada, calculada, para que todas sus acciones tengan recompensa, y en lo religioso necesita ser salvado, situarse por encima de “los otros” porque es fiel cumplidor y espera que Dios le recompense adecuadamente todos sus esfuerzos y sacrificios.

Es la tentación del triunfalismo que todos podemos sentir y que Pablo expresa magníficamente en su Carta a los Corintios (2 Cor 12,7b-10). La clave es justamente el agradecimiento a Dios por nuestras debilidades: limitaciones, dificultades físicas, ofensas recibidas, falta de empatía con personas concretas, críticas duras… porque todo ello es motivo de conversión gozosa, no de juicios, sino de cambio interior profundo, de humanización permanente, de ofrecer valores en lugar de imponer normas.

En esta parábola se denuncia precisamente esa religiosidad basada en el mérito. De hecho, “Jesús la dice por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás”. Es una religiosidad que coloca a la persona en un plano de superioridad (con derecho a juzgar a los demás, en actitud de constante comparación e incluso desprecio hacia el/a diferente, personas que abusan de las libertades por las que otros han luchado, personas en el fondo “no reconciliadas” consigo mismas. Aquello que condenamos en los otros, está también oculto y reprimido en nosotros. Cuando juzgamos o desacreditamos, conscientes o no, nos mostramos a nosotros mismos. Por el contrario, al reconocer nuestra propia debilidad, desaparecen los juicios, las descalificaciones y entramos en el ámbito de la compasión, de la gracia.

Es significativo también el lenguaje de gestos. El fariseo erguido, orgulloso, en lugar destacado. El publicano situado detrás, sin atreverse “a levantar los ojos al cielo”. El primero pregonando sus méritos, el segundo admitiendo su debilidad, susurraba: “Ten compasión de este pobre pecador”.

Respecto a la indiferencia como apuntaba más arriba, nos duele, y mucho, la reciente muerte de una joven kurda, Mahsa Amini, tras ser detenida en Teherán por la policía de la moralidad, encargada de hacer cumplir las reglas de indumentaria impuestas a las mujeres iraníes (o el burka de las mujeres afganas), pero nos dejan indiferentes las arbitrarias interpretaciones bíblicas, teológicas, el soporte jurídico del CIC [1], especialmente antievangélico, y el comportamiento de una parte de la jerarquía empeñada en ignorar y silenciar la voz de las mujeres en la Iglesia durante décadas [2].

En ese sentido y desde el Evangelio de Jesús, ¿somos fariseos o publicanos?

¡Shalom!

 

Mª Luisa Paret

 

[1] CIC Código de Derecho Canónico

[2] http://www.redescristianas.net/la-revuelta-de-mujeres-en-la-iglesia-hasta-que-la-igualdad-se-haga-costumbre-manifiesto/

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/14259-la-revuelta-de-las-mujeres-en-la-iglesia.html

Fuente Fe Adulta

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Una breve parábola que contiene todo un tratado de psicología y espiritualidad

domingo, 23 de octubre de 2022
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 ED7C8DF9-88AF-46B0-AE44-1B3011A59BF7Domingo XXX del Tiempo Ordinario

23 octubre 2022

Lc 18, 9-14

Quienes han sido educados en el “ideal de perfección” y, además, sienten que se han tenido que “esforzar” para “cumplir” lo requerido, suelen alimentar un sentimiento de “superioridad moral” con respecto a los demás, por cuanto se creen “más perfectos” y -como en el caso del fariseo de la parábola- aportan sus credenciales.

Con frecuencia, el intento por “ser mejor” suele producir el efecto contrario, no solo porque cuanto más se lucha contra algo, más se refuerza; no solo porque ese mismo esfuerzo voluntarista suele producir neurosis, sino porque en lugar de favorecer la desapropiación del ego, este se fortalece.

El objetivo del trabajo psicológico es construir un yo lo más “sano” -integrado, unificado, armonioso- posible; el del trabajo espiritual, trascender el yo, porque comprendemos que nuestra identidad trasciende nuestra personalidad.

Pues bien, tanto en el plano psicológico como en el espiritual, únicamente se puede crecer a partir del reconocimiento y aceptación de la propia verdad, de toda nuestra verdad. Solo la verdad construye y libera. Solo la aceptación de la propia verdad -como concluye Jesús en la parábola- “reconcilia” y nos permite vivir como personas reconciliadas con nosotros mismos, con los demás y con la realidad.

La búsqueda de perfección -sin negar el valor de la misma cuando se entiende y se vive de manera ajustada, es decir, desde la humildad o aceptación de la propia verdad- conlleva con frecuencia un movimiento de represión de todo aquello que, teóricamente, chocaría con la perfección buscada. Por tanto, se reprime y se genera sombra que, a continuación, se proyectará en los demás, como hace el fariseo con el publicano.

Movidas por un “ideal de perfección”, no es raro que las personas se conviertan en jueces tan implacables como injustos, ya que no advierten que todo aquello que les crispa de los demás habita también en ellos.

Por el contrario, el conocimiento propio y la aceptación de toda nuestra verdad -también aquella que habíamos tratado de ocultar y reprimir-, es decir, el reconocimiento de la propia sombra, nos baja del pedestal en el que nos había instalado nuestro orgullo neurótico exigiéndonos ser “perfectos” y nos humaniza: la aceptación de toda nuestra verdad elimina el juicio a los otros, nos hace humanos, humildes y compasivos.

En una breve parábola, Jesús ofrece un tratado completo de psicología y de espiritualidad.

¿Vivo más el juicio o la compasión?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Los fariseos (incluidos los de hoy) de la historia se sienten muy seguros. Los publicanos siempre confían en la compasión de Dios.

domingo, 23 de octubre de 2022
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fariseoypublicanoDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Dios es compasivo

En la parábola del fariseo y el publicano que acabamos de escuchar aparecen, una vez más, los grandes y humildes temas cristianos: el mensaje de compasión, consuelo y perdón de Dios ante la miseria y el pecado humano.

Jesús y el Dios -Padre de Jesús- tienen alergia a la autosuficiencia y fanfarronería de los orgullosos y fariseos.

Pero nos quedaríamos en una visión superficial de esta parábola si únicamente viésemos en ella un enfrentamiento entre el orgullo del fariseo y la humildad del publicano. No es que el publicano sea humilde –que lo es-, sino que confía en la misericordia de Dios: Ten compasión de mí.

El cristianismo es compasión, siempre compasión y misericordia.

02.- La Actitud farisaica no se fía ni de Dios.

Ante este Dios bueno y perdonador el fariseoes el representante de un tipo de religión, que tiene por base la auto.seguridad, auto.suficiencia y, por tanto, el fariseo no necesita propiamente ninguna ayuda de Dios. Dios es un mero espectador de su auto.salvación y de su auto.incensación.

El fariseo propiamente no debe nada a Dios. Para el fariseísmo Dios es un mero inspector de hacienda que pasa revista a la infinidad de cosas religiosas que ha hecho bien. El fariseo no cree ni necesita de Dios: el fariseo, como tantas posturas católicas creen en sí mismos, son unos creídos… La actitud farisea no cree en el perdón, en la gratuidad de la salvación, no cree en la redención de Cristo, el fariseo no cree a Dios, desconfía de Dios y únicamente cree en sí mismo y se fía de sí mismo y de sus obras, «por si acaso Dios no es bueno» voy a hacer esto y lo otro… El fariseo no cree en la gracia por eso no tiene que agradecer nada a Dios, todo lo logra por sí mismo… El fariseo no se fía ni de Dios.

Nosotros no podemos hacer nada para salvarnos, nada más que acoger la gracia y la bondad que Dios nos ofrece. Habéis sido salvados (justificados) por pura gracia, (Efesios 2).

En el fariseo y fariseísmo todo gira con fuerza en torno al «yo»: sus acciones, su justicia, sus méritos etc…

03.-Señor, ten compasión de mí

La postura del publicano es de gran contenido humano y cristiano. El publicano es un hombre pecador y que se sabe pecador, reconoce su culpa y recuerda –como el hijo perdido- la bondad del Padre: ¡Señor, ten compasión de este pecador! El publicano es un hombre religiosamente condenado, que sabe que no tiene salida porque no puede hacer nada para salvarse: solamente le queda -nos queda- una posibilidad de salvación: la compasión del Padre y de Cristo Jesús, es decir caer confiadamente en brazos de Dios misericordioso: poner su confianza en el Padre del hijo pródigo, en Jesús que acoge a la adúltera, en el buen Pastor que sale a buscar la oveja perdida, en el mismo que cena con Zaqueo, en el mismo que da la vida a la hemorroísa y perdona al buen ladrón.

La actitud del publicano es humilde: misericordia, Dios mío por tu bondad (salmo 50), no por mis acciones… Misericordia, Señor, porque eres bueno y tu misericordia es eterna (salmo 99). Para el publicano su único punto de apoyo es el Señor, que es bueno y rico en misericordia, (salmo 85).

El publicano desde su pecado reconoce y es comprensivo con el pecado de los demás. Si yo soy el primero que peca cómo no voy a comprender a los demás que también pecan. ¿Cómo voy a lanzar una pena, una excomunión, una condena contra mi hermano si yo soy más pecador que él?

El publicano no es un hombre seguro de sí mismo, «pagado de sí», el publicano confía en Dios y admite la crítica de su pensamiento y de su actuación. El publicano es un hombre que agradece infinitamente la comprensión y la gracia -lo gratuito- de la salvación de Dios.

04.-El fariseo no salió justificado, el publicano, sí.

El fariseo no salió justificado (tampoco le hacía falta…). Este tipo de personas no necesitan justificación, ya están justificadas por sí mismas.

El publicano es quien queda justificado por la bondad de Dios.

Algunos años más tarde a esta parábola, San Pablo, inicialmente fariseo, romperá con el esquema religioso de la ley. La ley mata, la circuncisión y el rito son puro cuento, el cumplimiento no sirve para nada más que para satisfacer la arrogancia del ego. Sois hijos de la libertad y del espíritu. Estáis justificados por pura gracia y don de Dios.

Os digo que el publicano salió justificado y el fariseo, no.

¡Ten compasión de mí, de nosotros!

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Persistiendo como la viuda: un viaje de un católico transgénero a la oración

lunes, 17 de octubre de 2022
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F1176EAF-0758-4818-B46C-6F48B67BB2F2Michael Sennett

La reflexión de hoy es por el colaborador de Bondings 2.0 Michael Sennett, cuya breve biografía se puede encontrar haciendo clic aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 30 del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

Advertencia de contenido: la publicación de hoy contiene menciones de suicidio.

Tengo una confesión que hacer. Durante un período de mi vida, temía la oración absolutamente.

A los 14 años, me di cuenta de que era transgénero. Desafortunadamente, había pocos recursos a mi disposición. Aunque recuerdo con cariño la Guía de recursos de Hudson, un sitio web dedicado al asesoramiento para la gente Trans Masculina, la mayoría de los medios se burlan y vilizaron a las personas transgénero. Debido a las opciones limitadas disponibles para mí, me aferré a lo que estaba familiarizado: la Iglesia Católica.

Los mensajes que encontré en la iglesia no afirmaban. El clero y los laicos describieron la rareza como una enfermedad que podría curarse. Cuando era adolescente, no sabía que había parroquias católicas y espacios en línea que me aceptarían con los brazos abiertos. Recé, rogándole a Dios que me arreglase, pero nada cambió. Cuando finalmente armé de valor a los 16 años para salir, mi familia estaba aceptando y mis amigos me apoyaron. Sin embargo, todavía pensaba que Dios me odiaba. Todas las noches, me acostaba en la cama y suplicaba a Dios en la oración para que reparase mi identidad.

Este primer acercamiento a la oración se basaba en suplicar a Dios por desesperación. No tenía intención de escuchar o tener en cuenta. Cuando no había evidencia de que mis oraciones fueran respondidas, es decir, que ya no sería trans, perdí el corazón y me cerré. Este estilo no cultivó una fructífera devoción. En cambio, me sumergió en oleadas de cansancio. Convencida de que estaba rota y no era querida, busqué una manera de escapar del dolor y el miedo que pesaba mucho en mi corazón. En mi desesperación, solo había una solución. Hoy hace diez años intenté suicidarse.

Afortunadamente, he recibido la gracia de la curación. Es cierto que la cura no era lo que esperaba. El capellán que me visitó en la unidad psiquiátrica compartió conmigo Escrituras esperanzadoras. Un sacerdote con el que hablé más tarde ese año me aseguró que ser trans no es un pecado. Las Hermanas de la Misericordia con las que tuve el privilegio de reunirme en la universidad pacientemente me enseñaron cómo rezar genuinamente. Un jesuita que conocí durante esos años enfatizó la importancia de la autenticidad en la relación con Dios. Mi identidad transgénero no era lo que necesitaba reparación, era mi forma de oración.

D4AB5D5D-EF29-492F-A759-B99E18A9CE07En el Evangelio de hoy (Lucas 18: 1-8), Jesús le dice a la parábola de una viuda persistente y un juez deshonesto. Admiro a la viuda por no cesar en su búsqueda de justicia. El juez, que ni teme a Dios ni respeta a ningún ser humano, no está inclinado a concederle una decisión justa. Solo para evitar sus apelaciones incesantes, el juez finalmente emite una decisión justa para la viuda.

A diferencia de la viuda persistente, una vez me rendí rápidamente cuando me enfrenté a la injusticia. Jesús nos asegura que Dios sin duda «asegurará los derechos de sus elegidos que le llaman día y noche». Si nos mantenemos firmes en la oración, no debemos preocuparnos: Dios nos atenderá. Sin embargo, la fe no siempre es fácil de mantener. Personas LGBTQ+ católicos y aliados podrían luchar con la fe frente a la injusticia persistente. Ciertamente lo hice. ¿Cómo permanecemos siendo fieles, como Jesús espera de nosotros, incluso en medio de la decepción de las oraciones que parecen quedar  sin respuesta?

La persistencia es clave. La persistencia en la oración no significa que simplemente hagamos demandas para que Dios nos las conceda. Dios no es un genio que otorga deseos. Nuestro creador amoroso quiere estar en relación con nosotros. Tomar conciencia de la presencia de Dios, nos conecta mejor. Meditar sobre las Escrituras o imaginar una escena de los Evangelios, permitiendo que el Espíritu nos guíe, nos ayuda a reconocer lo que Dios está tratando de decirnos. La incomodidad y las distracciones pueden aparecer, pero considera a dónde te llevan. Dios no ignora nuestras oraciones, pero las respuestas no siempre son lo que pensamos. Como cualquier otra habilidad, la oración requiere práctica.

Nuestra persistencia es importante porque Dios es persistente con nosotros. En retrospectiva, sé que he sido testigo de la presencia de Dios muchas veces. En mi tía Carol que me visitaba en el hospital todos los días para jugar a las cartas y animarme. A través de los sacrificios de mis padres por mí y mis hermanas. En los magníficos colores de una puesta de sol sobre el océano. Dios está constantemente acercándose a nosotros. Cuando aceptamos la invitación y persistimos en nuestra comunicación con Dios, nuestra propia fe se fortalece. La persistencia me ha alentado a comenzar recientemente los Ejercicios Espirituales, a discernir verdaderamente dónde Dios está guiando mi futuro.

Jesús oró. Oró antes de las comidas, por la mañana y por la noche. Oró en momentos de alegría y tristeza. Jesús oró durante su bautismo y su pasión. Oraba diariamente sin desanimarse. Esta es una lección para nosotros. No deberíamos desanimarnos si creemos que nuestras oraciones no han sido respondidas, deberíamos pedir la gracia para ver la respuesta de Dios en nuestras vidas. ¿Encontrará Jesús fe en la tierra cuando regrese? Solo si devolvemos la energía persistente de Dios en nuestra propia oración para mantener la fe que Jesús anhela encontrar.

—Michael Sennett (he/him), Octubre 16, 2022

Fuente New Ways Ministry

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“Dios no es imparcial”. 29 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,1-8)

domingo, 16 de octubre de 2022
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La parábola de Jesús refleja una situación bastante habitual en la Galilea de su tiempo. Un juez corrupto desprecia arrogante a una pobre viuda que pide justicia. El caso de la mujer parece desesperado, pues no tiene a ningún varón que la defienda. Ella, sin embargo, lejos de resignarse, sigue gritando sus derechos. Solo al final, molesto por tanta insistencia, el juez termina por escucharla.

Lucas presenta el relato como una exhortación a orar sin «desanimarnos», pero la parábola encierra un mensaje previo, muy querido por Jesús. Este juez es la «antimetáfora» de Dios, cuya justicia consiste precisamente en escuchar a los pobres más vulnerables.

El símbolo de la justicia en el mundo grecorromano era una mujer que, con los ojos vendados, imparte un veredicto supuestamente «imparcial». Según Jesús, Dios no es este tipo de juez imparcial. No tiene los ojos vendados. Conoce muy bien las injusticias que se cometen con los débiles y su misericordia hace que se incline a favor de ellos.

Esta «parcialidad» de la justicia de Dios hacia los débiles es un escándalo para nuestros oídos burgueses, pero conviene recordarla, pues en la sociedad moderna funciona otra «parcialidad» de signo contrario: la justicia favorece más al poderoso que al débil. ¿Cómo no va a estar Dios de parte de los que no pueden defenderse?

Nos creemos progresistas defendiendo teóricamente que «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos», pero todos sabemos que es falso. Para disfrutar de derechos reales y efectivos es más importante nacer en un país poderoso y rico que ser persona en un país pobre.

Las democracias modernas se preocupan de los pobres, pero el centro de su atención no es el indefenso, sino el ciudadano en general. En la Iglesia se hacen esfuerzos por aliviar la suerte de los indigentes, pero el centro de nuestras preocupaciones no es el sufrimiento de los últimos, sino la vida moral y religiosa de los cristianos. Es bueno que Jesús nos recuerde que son los seres más desvalidos quienes ocupan el corazón de Dios.

Nunca viene su nombre en los periódicos. Nadie les cede el paso en lugar alguno. No tienen títulos ni cuentas corrientes envidiables, pero son grandes. No poseen muchas riquezas, pero tienen algo que no se puede comprar con dinero: bondad, capacidad de acogida, ternura y compasión hacia el necesitado.

José Antonio Pagola

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Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan. Domingo 16 de octubre de 2022. 29º Ordinario

domingo, 16 de octubre de 2022
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54-ordinarioc29-cerezoDe Koinonia:

Éxodo 17,8-13: Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel.
Salmo responsorial: 120: El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
2Timoteo 3, 14-4, 2: El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.
Lucas 18, 1-8: Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para ello, además de trabajar duro, deberán ser constantes en la oración, como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser oída por aquél juez que hacía oídos sordos a su súplica. Su constancia, rayana en la pesadez, llevó al juez a hacer justicia a la viuda, liberándose de este modo de ser importunado por ella.

Esta parábola del evangelio tiene un final feliz, como tantas otras, aunque no siempre suele suceder así en la vida. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a intervenir en este mundo de desorden e injusticia legalizada? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, el demencial armamento militar, el derroche de recursos que destruyen el medio ambiente, el hambre, la desigualdad creciente entre países y entre ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible –al menos no ejerce como tal-, sino débil, sufriente, “padeciente”; el Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos; marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

No andamos dejados de la mano de Dios. Por la oración sabemos que Dios está con nosotros. Y esto nos debe bastar para seguir insistiendo sin desfallecer. Lo importante es la constancia, la tenacidad. Moisés tuvo esa experiencia. Mientras oraba, con las manos elevadas en lo alto del monte, Josué ganaba en la batalla; cuando las bajaba, esto es, cuando dejaba de orar, los amalecitas, sus adversarios, vencían. Los compañeros de Moisés, conscientes de la eficacia de la oración, le ayudaron a no desfallecer, sosteniéndole los brazos para que no dejase de orar. Y así estuvo –con los brazos alzados, esto es, orando insistentemente-, hasta que Josué venció a los amalecitas. De modo ingenuo se resalta en este texto la importancia de permanecer en oración, de insistir ante Dios.

En la segunda lectura Pablo también recomienda a Timoteo ser constante, permaneciendo en lo aprendido en las Sagradas Escrituras, de donde se obtiene la verdadera sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. El encuentro del cristiano con Dios debe realizarse a través de la Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud. De este modo estaremos equipados para realizar toda obra buena. El cristiano debe proclamar esta palabra, insistiendo a tiempo y a destiempo, reprendiendo y reprochando a quien no la tenga en cuenta, exhortando a todos, con paciencia y con la finalidad de instruir en el verdadero camino que se nos muestra en ella. Leer más…

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16.10.22. Grito de asesinados; rebelión de viudas contras jueces (Lc 18, 1-8; Dom 29 TO

domingo, 16 de octubre de 2022
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juez250Del blog de Xabier Pikaza:

Henry Dumery escribió un famoso libro titulado “la fe no es un grito”; es conocimiento razonado, elevación  del «alma», razón clara, justicia. Por su parte,  J. de Dios Martin Velasco comentó ese libro en una tesis doctoral fuerte sobre Dumery.

Pero, a pesar de las razones de Dumery y M. Velasco,  la fe es también (y sobre todo) grito ante la sangre de los asesinados.rebelión de viudas, protesta contra jueces de falsa justicia que desoyen por sistema a los pobres y excluídos de su des-orden social.

Más allá de un tipo de razón judicial que quiere arreglarlo todo con justicia insuficiente y partidista (opresora), está el grito de Jesús en la Cruz (Mc 14, 34), el rugido apocalíptico de los asesinados (Ap 6, 9) la rebelión de la viuda de este evangelio de hoy, que quiere pegar en la cara al juez injusto.

Texto. Lc 18 1, 8

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: Hazme justicia frente a mi adversario. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.

Y el Señor añadió: Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? (Lucas 18, 1-8)

 Introducción

En el principio era la palabra, dice Jn 1,1. Pero esa palabra puede tener muchos tonos y matices: Puede ser palabra de amor, razonamiento filosófico, parlamente político, imposición dogmática… Pero, en un momento dado, la primera palabra puede y debe ser el grito de dolor y de protesta, en contra de las malas razones, de jueces y manipuladores de la razón (sin-razón) a su servicio. La fe es un grito en contra de todos los asesinatos de la historia. En esa línea, el  evangelio de hoy concede la palabra de una viuda que no tiene “juez” que la defienda (en su vida) fe y que protesta, pidiendo justicia, dispuesta a pegar en la cara al mismo juez.

Esta viuda está en la línea de otras que van aparecido en  el evangelio de Lucas:  (a) La del nacimiento de Jesús (Lc 2, 37). (b) La viuda y madre del niñomuerto de Naím (Lc 7, 12). (c) La viuda que da todo lo que tiene, la mejor cristiana (Lc 21, 2-3).

 Primer desarrollo

En contra de los que piensan que no merece la pena salir a la calle y gritar (en plano social y religioso, político o eclesial) nos pone este evangelio ante el ejemplo de la fe y del grito de protesta  (de rebelión) de la viuda, capaz de cambiar el orden injusto del sistema. Muchas veces queda más respuesta  y propuesta que el grito de protesta, en contra de las instituciones de injusticia de la tierra (incluso dentro de la Iglesia).

Ciertamente, es necesaria la justicia, con el buen pensamiento, con el compromiso de instituciones e iglesias, pero hay muchos jueces (políticos, poderosos, eclesiásticos) que ponen su pretendida justicia al servicio de su opresión. En contra de ellos no existe más solución que el grito, la protesta, incluyendo el gesto de la viuda que quiere pegar en la cara al juez del sistema opresor.

Por eso es importante la rebelión y el grito insistente de las viudas, que claman ante Dios y ante los hombres. Para que el mundo cambie sigue siendo también ese grito de las viudas, la voz de todos los oprimidos del mundo, a los que el mismo Jesús dice: Juntaos y gritad al Dios omnipotente…

            En esa línea  se sitúa la pregunta final de este evangelio: El Hijo del Hombre, cuando vuelva ¿encontrará esta fe en la tierra? ¿Qué fe?

La de la viuda que insiste pidiendo justicia.  Ésta sigue siendo la fe-oración que mueve, la fe-oración que cura, fe que se mantiene tensa, en búsqueda de justicia, hasta que llegue el Hijo del Hombre.

La viuda “cree” (tiene fe) en el valor de su insistencia:e stá convencida de que el juez le atenderá, si se mantiene firme y pide, una y otra vez, con actitud que puede llegar a ser “desagradable” para el mismo juez (¡puede acabar pegándole en la cara!). La súplica de la viuda (¡que no tiene más recurso que su insistencia!) puede transformar al mismo juez.

 Se trata, pues, de no resignarse, de no aceptar sin más el mundo tal como ahora como está, de protestar… Ésta viuda es el signo de las voces de todos los que gritan y  protestan… ¡Si todos los pobres gritaran, como esa viuda, el sistema de poder tendría que cambiar  (que destruirse). Un sistema que se dice «democrático» no puede gobernar en contra del grito de la mayoría.

Ésta parábola no es una palabra particular (circunstancial) de Jesús, sino que ella recoge la experiencia más honda de la Biblia, desde los hebreos de Egipto que gritan y Dios les escucha (Ex 2). En contra de lo que se dice, al final de todo no está el triunfo militar de los más fuertes, ni el poder del dinero, sino el poder más alto, la omnipotencia del grito, un grito incesante, de no-violencia activa.

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Los ejemplos de tres mujeres… y de tres varones. Domingo 29 Ciclo C”. Domingo 29 Ciclo C

domingo, 16 de octubre de 2022
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imageDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El ejemplo de una viuda (Lucas 18, 1-8)

            Los cristianos para los que Lucas escribió su evangelio no estaban muy acostumbrados a rezar, quizá porque la mayoría de ellos eran paganos recién convertidos. Lucas se esforzó en inculcarles la importancia de la oración: les presentó a Isabel, María, los ángeles, Zacarías, Simeón, pronunciando las más diversas formas de alabanza y acción de gracias; y, sobre todo, a Jesús retirándose a solas para rezar en todos los momentos importantes de su vida.

            El comienzo del evangelio de este domingo parece formar parte de la misma tendencia. Sin embargo, el final nos depara una gran sorpresa.

            En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:

            ‒ Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle:

            ‒ Hazme justicia frente a mi adversario.

            Por algún tiempo se negó, pero después se dijo:

            ‒ Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.

            Y el Señor añadió:

            ‒ Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios…

            Interrumpe la lectura y pregúntate cuál sería el final lógico. Probablemente éste: Pues Dios, ¿no escuchará a los quienes le suplican continuamente, sin desanimarse?

            Sin embargo, no es así como termina la parábola de Jesús, sino con estas palabras:

            Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar.

            El acento se ha desplazado al tema de la justicia, a una comunidad angustiada que pide a Dios que la salve. No se trata de pedir cualquier cosa, aunque sea buena, ni de alabar o agradecer. Es la oración que se realiza en medio de una crisis muy grave. Recordemos que Lucas escribe su evangelio entre los años 80-90 del siglo I. El año 81 sube al trono Domiciano, que persigue cruelmente a los cristianos y promulga la siguiente ley: “Que ningún cristiano, una vez traído ante un tribunal, quede exento de castigo si no renuncia a su religión”.

            En este contexto de angustia y persecución se explica muy bien que la comunidad grite a Dios día y noche, y que la parábola prometa que Dios le hará justicia frente a las injusticias de sus perseguidores.

            Sin embargo, Lucas termina con una frase desconcertante: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». En medio de las dificultades y persecuciones, un desafío: que nuestra fe no se limite a cinco minutos o a un comentario, sino que nos impulse a clamar a Dios día y noche.

Los ejemplos de una abuela y de una madre (2 Timoteo 3,14-4,2)

            “Desde niño conoces la Sagrada Escritura”, dice Pablo a su querido discípulo y compañero Timoteo en la segunda lectura de hoy. ¿Quién se la dio a conocer? Lo dice el comienzo de la carta: su abuela, Loide, y su madre, Eunice (2 Tim 1,5). Timoteo es un caso curioso: su padre era pagano; su madre, judía, no circuncida a su hijo (como si hoy día no lo bautizase), pero tanto ella como la abuela instruyen al niño en la Sagrada Escritura. Al pasar los años, quizá por no estar circuncidado, se siente más cerca de los cristianos que de los judíos y tiene excelentes relaciones con las comunidades Iconio y Listra. Estas se lo recomiendan a Pablo y le servirá de compañero durante su segundo viaje misional.

            El texto litúrgico recuerda las ventajas de la Sagrada Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud. Pero recordemos que su conocimiento no le vino a Timoteo de la sinagoga, sino de su abuela y de su madre. No le podrían proporcionar los conocimientos profundos de un escriba, pero le hicieron enorme bien y a nosotros nos dejan un ejemplo muy digno de imitar.

Querido hermano: Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado; sabiendo de quien lo aprendiste, y que de niño conoces la Sagrada Escritura; ella puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación. Toda escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud: así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.

Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta con toda comprensión y pedagogía.

El ejemplo de Moisés, Aarón y Jur (Éxodo 17, 8-13)

            En comparación con los ejemplos de las mujeres, el de los varones tiene luces y sombras. Los amalecitas, un pueblo nómada, atacaban a menudo a los israelitas durante su peregrinación por el desierto hacia la Tierra Prometida. Pero Moisés no espera que Dios intervenga para salvarlos; ordena a Josué que los ataque. Lo interesante del relato es que mientras Moisés mantiene las manos en alto, en gesto de oración, los israelitas vencen; cuando las baja, son derrotados. ¿Y si se cansa? A los judíos nunca le faltan ideas prácticas para solucionar el problema.

            En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín. Moisés dijo a Josué:

            ‒ Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano.

            Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a Amalec; mientras Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte. Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía baja, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.

            Este texto se ha elegido porque va en la misma línea del evangelio: orar siempre sin desanimarse. Pero usar la oración para matar amalecitas no parece una idea muy evangélica.

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Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. 16 octubre, 2022

domingo, 16 de octubre de 2022
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“Para mostrar (a sus discípulos)  la necesidad de orar siempre, sin desanimarse, Jesús les contó esta parábola. Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había también en aquella ciudad una viuda que no cesaba de suplicarle: `hazme justicia frente a mi enemigo`. El juez se dijo: ´aunque no temo a Dios ni respeto a nadie, es tanto lo que esta viuda me importuna, que le haré justicia para que deje de molestarme de una vez´. Y el Señor añadió: ´cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará fe en la tierra?”.

(Lc 18,1-8)

¡Qué bella invitación nos hace Jesús! Nos llama a perseverar, a confiar en nuestro Dios.

La oración cristiana es una relación personal con Dios. Relación que nos descubre lo que en verdad somos: ¡Hijas e hijos de Dios! No hay mayor gozo para una persona buscadora de interioridad que saber que Dios Padre está esperando nuestra súplica insistente, como la de la viuda.

Súplica que es un balbuceo del corazón, una mirada confiada. Un dejarse descubrir por la ternura de Dios Padre-Madre, que no responde cansado y malhumorado como el juez, sino con amor tierno a nuestras miradas, a nuestras búsquedas, a nuestras añoranzas de interioridad.

Este es el fin de nuestra oración: llegar a las entrañas de Dios, dejarnos tocar, dejarnos atraer por su Amor. Y esta experiencia tiene retorno, no queda en las nubes perdida,  sino que nos enseña: “aprended a hacer el bien, buscad el derecho, proteged al oprimido, socorred al huérfano, defended a la viuda” (Is 1,17) todo lo contrario del juez.

Oración

Abre tu corazón, levanta la mirada más allá de lo tangible y con corazón suplicante pon en manos de Dios Padre-Madre el dolor de la humanidad y el tuyo propio. Ante Él todo se transforma.

*

Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

 

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