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“Volver a Belén”. Natividad del Señor – A (Lucas 2,1-14)

miércoles, 25 de diciembre de 2019
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En medio de felicitaciones y regalos, entre cenas y bullicio, casi oculto por luces, árboles y estrellas, es posible todavía entrever en el centro de las fiestas navideñas «un niño recostado en un pesebre». Lo mismo sucede en el relato de Belén. Hay luces, ángeles y cantos, pero el corazón de esa escena grandiosa lo ocupa un niño en un pesebre.

El evangelista narra el nacimiento del Mesías con una sobriedad sorprendente. A María «le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo». Ni una palabra más. Lo que realmente parece interesarle es cómo se acoge al niño. Mientras en Belén «no hay sitio» ni siquiera en la posada, en María encuentra una acogida conmovedora. La madre no tiene medios, pero tiene corazón: «Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre».

El lector no puede continuar el relato sin expresar su primera sorpresa: ¿En este niño se encarna Dios? Nunca lo hubiéramos imaginado así. Nosotros pensamos en un Dios majestuoso y omnipotente, y él se nos presenta en la fragilidad de un niño débil e indefenso. Lo imaginamos grande y lejano, y él se nos ofrece en la ternura de un recién nacido. ¿Cómo sentir miedo de este Dios? Teresa de Lisieux, declarada en 1997 doctora de la Iglesia, dice así: «Yo no puedo temer a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí… ¡Yo le amo!».

El relato ofrece una clave para acercarnos al misterio de ese Dios. Lucas insiste hasta tres veces en la importancia del «pesebre». Es como una obsesión. María lo acuesta en un pesebre. A los pastores no se les da otra señal: lo encontrarán en un pesebre. Efectivamente, en el pesebre lo encuentran al llegar a Belén. El pesebre es el primer lugar de la tierra donde descansa ese Dios hecho niño. Ese pesebre es la señal para reconocerlo, el lugar donde hay que encontrarlo. ¿Qué se esconde tras ese enigma?

Lucas está aludiendo a unas palabras del profeta Isaías en las que Dios se queja así: «El buey conoce a su amo; el asno conoce el pesebre de su señor. Pero Israel no me conoce, no piensa en mí» (Isaías 1,3). A Dios no hay que buscarlo en lo admirable y maravilloso, sino en lo ordinario y cotidiano. No hay que indagar en lo grande, sino rastrear en lo pequeño.

Los pastores nos indican en qué dirección buscar el misterio de la Navidad: «Vayamos a Belén». Cambiemos nuestra idea de Dios. Hagamos una relectura de nuestro cristianismo. Volvamos al inicio y descubramos un Dios cercano y pobre. Acojamos su ternura. Para el cristiano, celebrar la Navidad es «volver a Belén».

José Antonio Pagola

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“La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.” Miércoles 25 de diciembre de 2019. Natividad del Señor

miércoles, 25 de diciembre de 2019
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08-navidada4-cerezoLeído en Koinonia:

Misa del día

Isaías 52,7-10: Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.
Salmo responsorial: 97: Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.
Hebreos 1,1-6: Dios nos ha hablado por el Hijo.
Juan 1,1-18: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

Hoy celebramos la fiesta del nacimiento de Jesús de Nazaret, pero en realidad en esta fiesta hay muchos componentes, de muy diverso género, y no sería bueno tratarlos todos como dimensiones teológicas racionalmente interpretables. Hay también elementos culturales, sociales, históricos, afectivos… Esta mezcla hace desaconsejable echar mano sólo de la lupa teológica racional. Quizá es ésta una fiesta en la que hay que dejar a un lado esa perspectiva racional, y hacernos niños, y celebrar con la ingenuidad del niño/a que todos/as llevamos dentro.

Pero digamos en todo caso una palabra sobre cada lectura.

La lectura de Isaías es un canto de alabanza de la próxima liberación de Jerusalén. Dos imágenes enmarcan la lectura, por una parte la de los mensajeros que sobre los montes de Judá traen la noticia de la próxima liberación, y gritan: ¡Yahvé reina! La segunda imagen es la de los centinelas que prorrumpen en júbilo porque ven el retorno de Yahvé a Sión y exclaman alborozados cómo el Señor ha consolado a su pueblo y ha rescatado a Jerusalén. Y es que en el contexto en que se escribe el libro de Isaías, la mayoría del pueblo de Israel se encuentra exiliado en Babilonia, son esclavos de los asirios. Sin embargo, ven como muy positivo que Darío asuma el poder, y ponen sus esperanzas en que el será el «rescatador», que les permitirá retornar a su tierra. Esta realidad es inminente, por lo que el escritor canta ya la alegría del retorno a la tierra. Para nosotros hoy, esos pies del mensajero anuncian el nacimiento del Señor, y nosotros, como los centinelas, proclamamos alegres la presencia del Salvador que se hace vida en medio de nosotros.

El salmo responsorial corresponde a un himno de alabanza dirigido a Yahvé porque ha obrado maravillas y porque ha revelado la justicia a las naciones acordándose de la lealtad de Dios a Israel. El salmista invita a toda la creación (mar, ríos y montes) a aclamar a Yahvé que llega a juzgar el mundo con justicia y los pueblos con equidad. Esa felicidad la compartimos nosotros con el salmista cuando recibimos a Jesús que llega, que nace. Él es Dios mismo que se convierte en Buena Noticia, anuncio de salvación para todos los pueblos, que asume nuestra condición humana y por ello estamos alegres y cantamos llenos de júbilo y esperanza.

La carta a los hebreos refuerza aún más la alegría de esta celebración de la Natividad del Señor Jesús. Expresa que «muchas veces y de múltiples maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, pero en estos últimos tiempos nos habló por medio de su Hijo a quien instituyó heredero de todo». Hermanos, estamos en los últimos tiempos pues la revelación a llegado a su plenitud en Jesucristo. Él es imagen de Dios invisible, quien le ve a él ve al Padre; pues al asumir la condición humana y al nacer en un establo, como un hombre pobre; Dios se ha manifestado como solidario con todos los hombres de la tierra y por medio de Jesús ha mostrado el camino de la salvación.

La liturgia de hoy, la de la misa del día, como la más solemne –porque otra es la de la media noche–, proclama el prólogo del evangelio de Juan. Un texto bien solemne, y muy especial. Haríamos mal en leerlo como cualquier otro de los relatos evangélicos de la Navidad, en torno al nacimiento de Jesús, como los evangelios de la infancia. El texto de Juan pudo ser escrito treinta años más tarde, el último de entre los textos evangélicos hoy canónicos, en torno al año 100 d.C. Entenderlo como un relato «descriptivo» que nos trasmite información sobre «cómo sucedieron las cosas», información transmitida a Juan evangelista como por revelación directa, sería un error. Hoy la ciencia bíblica enfoca este texto con otra luz, conoce mejor su naturaleza y sabe que se trata de otra cosa.

En todo caso, es un texto clave, uno de los pocos textos de los que se puede decir que han sido sencillamente decisivos para la configuración concreta del desarrollo del cristianismo. Muchos opinan que fue Pablo el creador del cristianismo, más que los evangelios sinópticos por ejemplo. Otra opinión también común es la de que quien fundó el cristianismo fue en realidad Juan, al fundamentarlo con esta visión fantástica genial que nos entrega este texto, que catapultó la reflexión sobre Jesús a su máxima dimensión.

Más allá de lo que de este texto hubiera de ser retenido o no, la dimensión de encarnación que daría al cristianismo lo ha marcado, realmente. Encarnación, y su complemento, la divinización, son como una columna vertebral del cristianismo, y una de las marcas registradas de su espiritualidad y su compromiso histórico.

En la dimensión concreta de la historicidad, ya sabemos: no tenemos ninguna noticia histórica de la fecha del nacimiento de Jesús. El 25 de diciembre fue tomado de la fiesta romana del nacimiento del Sol, pues a partir de ese día –hoy sabemos que no exactamente– comienza a aumentar el tiempo de insolación (en el hemisferio norte, obviamente, y locontrario en el sur); el Sol en estos días superaba su período anterior invernal, de muerte y disminución. Si a Jesús se le llamaba «el Sol de Justicia», qué mejor fecha para datar su nacimiento que el día del re-nacimiento del Sol astronómico, que en el mundo romano era considerado divino. Leer más…

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Dios en Salida: La Tierra, Planeta de Navidad

miércoles, 25 de diciembre de 2019
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D8ED4929-29B6-4171-8BDB-0213A3DA8E99Del blog de Xabier Pikaza:

Feliz Navidad 2019

Que los hombres se hablen y amen: Así nace Dios

 

De manera sorprendente  el evangelio de Juan (1, 12-13) amplía y aplica la Navidad de Jesús (nacer de Dios, concepción por el Espíritu) a todos los que escuchan y acogen la Palabra:

A quienes la recibieron (a la Palabra de Dios) les dio el poder de ser Hijos de Dios; los cuales no han nacido (no han sido engendrados) ni de las sangres, ni del deseo (=voluntad) de la carne, ni del deseo (voluntad) de un varón, sino que han nacido de Dios.

               Desde ese fondo quiero ofrecer una sencilla Teología de la Navidad, como introducción a esta gran fiesta de Dios y del Hombre que celebran (celebramos) los cristianos. Nace Dios en nosotros, es su fiesta. Nacemos nosotros en Dios, es nuestra fiesta.

Nacemos todos y somos, unos en los otros, ésta es la fiesta universal de la vida sagrada, en este diminuto Planeta de la Navidad, que es la tierra, perdida en un espacio infinito de fuerzas, movimientos, astros y asteroides que parecen vagar y perderse en su nada. Dios en salida, esto es la tierra, es Navidad.

Jesús, nacimiento universal

 410F6C62-ACD8-42D8-BC46-AA8155E2AD77        Conforme al texto citado de Jn 1, 12‒13, todos los que confían en el Dios de la Vida y de él provienen (provenimos) son Palabra de Dios encarnada, como ha sido Jesús (Palabra hecha carne: Jn 1, 14). En esa línea quiero hablar de un mesianismo universal de la Palabra proclamada y compartida, en contra de otros de tipo particular[1]:

‒ Éste no es un mesianismo guerrero, Cristo no es un conquistador.Los Salmos de Salomón recuerdan que Dios escogió a David por rey y aseguró con juramento que sus hijos gozarían del reino para siempre (Sal Sal 17, 5). Pero ese salmo sigue diciendo que el pecado de Israel truncó la promesa (Sal Sal 17, 6-22), de forma que debe elevarse la voz del orante: «Mira, oh Señor, y ensalza entre ellos a su rey…; cíñele de fuerza, de manera que pueda aniquilar a los poderes enemigos y limpie a Jerusalén de los paganos…» (17, 23-24).

            El rey a quien espera el orante de este salmo es Hijo de David (17, 5. 23) y Ungido del Señor (17, 36; 18, 6. 8). Su tarea primordial será instaurar el reino de Israel, venciendo a los poderes enemigos y logrando así el dominio sobre todos los pueblos de la tierra (17, 23-27). Pues bien, conforme a todo lo que venimos indicando, un reino extendido por dominio militar va en contra del Cristo Jesús. En la Navidad no celebramos, por tanto, un mesianismo guerrero de grandes vencedores, sino la Navidad de la Vida en los pequeños y los pobres, en los niños.

‒ Éste no es un mesianismo clerical, Cristo no es sacerdote superior, ni un mago celeste de templo. Los ambientes sacerdotales del entorno de Jesús consideraban primordial el orden cúltico y religioso del templo. Por eso, junto al mesías de David (guerrero) insistían en el Mesías de Aarón (Gran Sacerdote). Esta dualidad mesiánica, insinuada en Zac 6, 9-14, ha sido temáticamente desarrollada en Test XII Pat y en algunos textos Qumrán. El rey, mesías de David (o de Israel) dirigirá el combate, como jefe de batalla, pero ha de hallarse sometido a la norma y dirección del Sumo sacerdote, jerarca sacral y mediador de Dios para los hombres. Cf. Test Levi 18; Test Judá 24; CD VII, 18 XIX, 7; 1Q Sa II, 12 1Q Sb V, 20.

  historia-de-jesus          Pues bien, en contra de eso, Jesús se opuso al orden sacerdotal del templo, con su jerarquía de levitas superiores. El Cristo que ha nacido en Belén no ha sido un mesías sacerdotes, sino un niño de pueblo, en el entorno de Jerusalén, un niño de todos, para todos, la humanidad entera como “niño de Dios”, Dios hecho niño, aprendiendo a vivir y viviendo en la trama de dura y tierna historia de los hombres.

En una línea regia y/o sacerdotal, Jesús no hubiera sido mesías para todos. Conforme a la “lógica de Dios”, Jesús (Dios niño) no ha impuesto el Reino por la fuerza, ni ha sido Sumo Sacerdote de Jerusalén,  sino  Mensajero y Presencia (=Palabra) de un Dios que es principio de comunión (=salvación) universal. Posiblemente se consideraba “hijo de Dios”, pero no para imponerse sobre otros, sino para abrir entre (para) todos un camino de Palabra compartida.

No vino de un cielo superior de imposición, de manera sólo transcendente, para realizar un juicio supra-temporal, sino que surgió en la historia de esperanza de su pueblo, centrada, simbólicamente, en la figura de David. En esa línea, él actuó como rey sin reino (sin ejército, dinero o territorio, sin estrategia militar…), como hombre de Dios, Dios-hombre al servicio de los pobres, desde Galilea, mirando hacia Jerusalén, donde subirá para proclamar su (una) Palabra que es presencia salvadora, universal de Dios, nueva humanidad.

Nacer de Dios, ésa es la Palabra

Éste es el testimonio clave de la Navidad, conforme a Jn 1, 14: La Palabra se hizo carne,es decir, un niño. Jesús es la Palabra que nace, el mensaje de la vida que es Dios, esperanza de resurrección (de culminación) para los hombres. . En ese contexto debo insistir en la importancia de una cristología de la Palabra resucitada y resucitadora, mostrando así que Jesús es Cristo por ser (y siendo) palabra de Dios encarnada:

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‒ Jesús es “palabra creadora”, en la línea del Logos-Dabar de Gen 1 y de los profetas. Pero el autor del Génesis y los profetas suponen que Dios‒Palabra no se ha encarnado del todo en los hombres. Ciertamente, ellos han proclamado un mensaje muy hondo, como muestran Amós y Jeremías, Ezequiel e Isaías II, pero (conforme a una visión recogida en Hbr 1, 1‒4, cf. cap. 5‒8, 19) ellos nunca han dicho plenamente la Palabra, de forma que no se identifica con Dios en amor, en sanación, en presencia personal (resucitada).

‒ Jesús es Palabra‒Persona,de manera que en él se identifica lo que él es y lo que dice, con lo que dice y es Dios, de tal forma que sus seguidores le han podido llamar Palabra de Dios (=Dios Palabra humana). Ciertamente, él no ha dicho “yo soy la Palabra de Dios”, pero sus discípulos le han visto así, y así le han comprendido, como ha puesto de relieve el evangelio de Juan. En ese sentido podemos afirmar que él ha muerto por ser Palabra de Dios (como a profeta falso le han condenado), y sólo así, por ser Palabra Viva (=Dios Palabra) ha resucitado.

              Los profetas habían sido “portadores de la Palabra”, y de esa forma ratificaban sus oráculos con la expresión: ¡Así dice Yahvé, Palabra de Dios! Pues bien, Jesús no ha sido sólo Palabra de Dios por lo que ha dicho, sino por lo que ha sido, de manera que le llamamos Mesías (Hijo de Dios, Salvador…) por ser Palabra, principio de comunicación universal, como ratifica su pascua. Ciertamente, en un sentido, “Jesús ha muerto”, pero ha muerto por hacerse (=para hacerse) palabra de comunicación universal, en amor, sobre la muerte.

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“Natividad del Señor”. 25 de diciembre

miércoles, 25 de diciembre de 2019
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62A8447D-D6C4-4A16-A106-872D8E4E133ADel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Natividad del Señor

Tres misas el mismo día

No sé cuándo comenzó la tradición de celebrar tres misas el día de Navidad; imagino que debe de ser muy antigua. Se comienza con la famosa misa del Gallo, por la noche, sigue la misa del alba y se termina con la del día. Cada una de ellas tiene sus lecturas propias, las mismas en los tres ciclos (A, B, C). Indicaré algo que pueda ayudar en la del Gallo (la de la noche) y en la del día (con el evangelio más difícil).

Misa de la noche

Tres motivos de alegría (Isaías 9,2-7)

En una película ambientada en la Segunda Guerra Mundial (no consigo recordar su título), la noche de Navidad, en medio del frío y la nieve, un grupo numeroso de soldados y refugiados comienza a cantar el villancico “Noche de Dios”. Ese es el ambiente adecuado para entender la primera lectura. El profeta se dirige a un pueblo que camina en las tinieblas, que ha sufrido durante un siglo la opresión del imperio asirio, y le anuncia un cambio prodigioso: un mundo de luz y alegría. Por tres motivos: el fin del opresor, el fin de la guerra y el nacimiento de un niño. Es esto último lo que atrae la mayor atención. El niño será un heredero de David, adornado con los nombres y cualidades más admirables que se pueden esperar de un gobernante: que sepa aconsejar, que sepa defender, que se comporte como un padre con sus súbditos, que traiga un reinado de paz.

El evangelio de Mateo citará esta profecía, pero aplicará a Jesús solo el comienzo: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”. Jesús no termina con el opresor romano, no se acaban las guerras, y no reinstaura el trono de David. Pero su palabra y su acción irradian luz y alegría en toda Galilea.

Dos motivos de compromiso (Carta a Tito 2,11-14).

El autor une la primera venida de Jesús (“ha aparecido la gracia de Dios”) con la segunda y definitiva (“la aparición gloriosa del gran Dios y salvador nuestro, Jesucristo”). ¿Motivos de alegría? Sin duda. Pero estos dos venidas son también motivo de compromiso. Amor con amor se paga. Hay que renunciar a la vida sin religión y los deseos mundanos, llevar una vida sobria y honrada, esperar la vuelta del Señor, dedicarse a las buenas obras.

El anuncio más desconcertante a las personas más inesperadas (Lucas 2,1-14)

Lucas, evangelista de los pobres y la pobreza, lo subraya desde el primer momento. Gabriel ha anunciado a María que concebirá un hijo prodigioso, que heredará el trono de David y reinará en la casa de Jacob para siempre. A la hora de la verdad, el niño no dispone ni siquiera de una cuna, solo de un pesebre. Porque la familia no encuentra sitio en el piso de arriba, donde se alojan las personas, y debe permanecer en el de abajo, donde están los animales.

En la misma línea, el anuncio del nacimiento, a pesar de toda la parafernalia del ejército del cielo cantando, se dirige a “unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño”. La profesión de pastor, aunque a algunos le recuerde a los antiguos patriarcas de Israel, era de las más despreciadas y odiadas en aquel tiempo, sobre todo por los campesinos. Y pasar la noche a aire libre vigilando el rebaño no es la ocupación más agradable. A estas personas se dirige el mensaje: “Os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor”.

Lucas juega con el lector, lo desafía. ¿Qué salvador les ha nacido a los pastores? ¿Y qué señal portentosa puede ser un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre? Al día siguiente, los pastores estarán de nuevo con el rebaño, vigilando en medio del frío. Pero su vida ha cambiado. Después de encontrar a María, a José y al niño acostado en el pesebre volverán dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído (evangelio de la Misa de la aurora).

Los pastores son un ejemplo perfecto para el cristiano. La Navidad no nos habla de un gran rey, deslumbrante de riqueza y esplendor. El ángel lo presenta “envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Y en este ser tan débil y poco aparente debemos depositar la confianza de que nos salvará. Y por él debemos alabar y dar gloria a Dios.

Misa del día

Presupuesto para entender el Prólogo

Las conquistas de Alejandro Magno, a finales del siglo IV a.C., supusieron una gran difusión de la cultura griega. En Judea, como en todas partes, los griegos ejercían un influjo enorme: cada vez se hablaba más su lengua, se imitaban sus costumbres, se construían edificios siguiendo su estilo, se abrían gimnasios, se enseñaba la doctrina de sus filósofos. Los judíos, al menos la clase alta, estaban encandilados con la sabiduría de Grecia. Sin embargo, algunos autores no compartían ese entusiasmo. Para ellos, la sabiduría griega era un producto reciente, obra del ingenio humano, y tenía su templo en un lugar pagano: Atenas. La verdadera sabiduría es eterna, procede de Dios, y reside en Jerusalén. Esto puede decirse con palabras vulgares, o poéticamente, presentando a la sabiduría como una mujer y contando su historia. Basándonos en diversos textos bíblicos podemos reconstruir esa historia de la Sabiduría.

La historia de la Sabiduría de Dios

1ª etapa: la Sabiduría junto a Dios desde el comienzo (Proverbios 8,22-36).

El Señor me estableció al principio de sus tareas,

al comienzo de sus obras antiquísimas.

En un tiempo remotísimo fui formada,

antes de comenzar la tierra.

Antes de los océanos fui engendrada,

antes de los manantiales de las aguas.

Todavía no estaban encajados los montes,

antes de las montañas fui engendrada.

No había hecho aún la tierra y la hierba

ni los primeros terrones del orbe.

2ª etapa: la Sabiduría y la creación

Cuando colocaba el cielo, allí estaba yo;

cuando trazaba la bóveda sobre la faz del océano;

cuando sujetaba las nubes en la altura

y fijaba las fuentes abismales.

Cuando ponía un límite al mar,

y las aguas no traspasaban su mandato;

cuando asentaba los cimientos de la tierra,

yo estaba junto a Él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano,

todo el tiempo jugaba en su presencia;

jugaba con la bola de la tierra

disfrutaba con los hombres.

Tercera etapa: la Sabiduría se instala en Jerusalén (Eclesiástico, 24).

Por todas partes busqué descanso

y una heredad donde habitar.

Entonces el creador del universo me ordenó,

el creador estableció mi morada:

Habita en Jacob, sea Israel tu heredad.

En la santa morada, en su presencia ofrecí culto

y en Sión me establecí;

en la ciudad escogida me hizo descansar,

en Jerusalén reside mi poder.

Eché raíces entre un pueblo glorioso,

en la porción del Señor, en su heredad.

Sin embargo, cabe la posibilidad de que algunos rechacen los consejos de la sabiduría. De hecho, muchos judíos no aceptaban este mensaje. Otro autor presenta a la Sabiduría como una mujer que se queja de no ser escuchada (Proverbios 1,22-25).

Os llamé, y rehusasteis;

extendí mi mano, y no hicisteis caso;

rechazasteis mis consejos,

no aceptasteis mi reprensión.

En resumen: la sabiduría de Dios está junto a él desde el principio, lo acompaña en el momento de la creación, disfruta con los hombres, se establece en Israel. Pero muchos no disfrutan con ella. Prefieren seguir otro camino, no le hacen caso.

La historia de la Palabra

El autor del Prólogo aplicó las ideas anteriores a Jesús, introduciendo algunos cambios. Ante todo, en vez de llamarlo sabiduría de Dios, prefirió llamarlo la Palabra.

Primera etapa: la Palabra junto a Dios

Hay una diferencia notable con el texto sobre la Sabiduría. La sabiduría es creada por Dios. La Palabra, no; existe con él desde el principio. Además, el autor del himno es muy sobrio, no se le ocurre decir que la Palabra jugaba en presencia de Dios.

Segunda etapa: la Palabra y la creación

Parece un trabalenguas, pero es muy sencillo. Todo fue creado por la Palabra de Dios; el sol, la luna, las estrellas, las montañas, el mar, el mármol, la madera, el cristal… Todo ha sido creado por la Palabra de Dios. Y ella, además de haber creado a los hombres, es también nuestra luz. La única novedad, muy importante, es que desde el principio se entabla una lucha entre la luz y la tiniebla; pero la tiniebla no logra imponerse, no puede derrotarla.

Tercera etapa: el mundo, creado por la Palabra, la ignora.

Hasta ahora todo ha ido bien. Dios y la Palabra pueden estar contentos. De pronto, advierten que la Palabra es ignorada por el mundo. El mundo no se refiere aquí a los seres inanimados sino a las personas que ignoran a Dios, no lo adoran, o prescinden de él. En autor del Prólogo piensa en todos los pueblos paganos, que podrían haber conocido al Dios verdadero, pero que habían caído en diversas formas de idolatría.

Cuarta etapa: la Palabra decide instalarse en Israel; su pueblo la rechaza

¿Qué hará la Palabra cuando se vea ignorada por el mundo? Para un judío, la respuesta es clara: refugiarse en Israel, el pueblo elegido, igual que hacía la sabiduría: “Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad”. Eso mismo hace la Palabra, pero se encuentra con una desagradable sorpresa: «Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.»

Quinta etapa: la Palabra decide hacerse carne y habitar entre nosotros. 

La Palabra ha sufrido dos derrotas: el mundo la ignora, su pueblo la rechaza. ¿Qué haría cualquiera de nosotros en su lugar? Quedarse junto a Dios y olvidarse de todos. Afortunadamente, Dios no es así. La Palabra toma la decisión más asombrosa que se puede imaginar.

Del optimismo ingenuo al realismo mágico

La historia de la Sabiduría resulta demasiado optimista. El himno puede parecer muy pesimista. Sin embargo, no lo es. Aunque no sea todo el mundo ni todo Israel, hay un grupo, formado por judíos y paganos, dispuestos a acoger a Jesús, a creer en él. Y ésos, todos nosotros, reciben una enorme recompensa: se convierten en hijos de Dios, contemplan su gloria, y de su plenitud reciben gracia tras gracia.

Motivos de sobra para estar alegres y desearos a todos FELIZ NAVIDAD.

 

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25 de diciembre. Natividad del Señor. Ciclo A

miércoles, 25 de diciembre de 2019
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Natividad

“La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a toda persona. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijas de Dios, si creen en su nombre.”

(Jn 1, 1-8)

Este evangelio es como abrir la ventana una mañana soleada y dejar que la habitación se llene de luz y de frescura. Ese instante en el que el día está por estrenar “todo nuevito”.

Así empieza el cuarto evangelio: lleno de verdadera luz y de novedad. Como una brisa fresca que se lleva el aire viciado. Y así puede ser también este tiempo de Navidad que acabamos de estrenar. Puede ser una brisa fresca que renueve el aire de nuestros corazones.

Aquí está la Luz, la Palabra, Dios mismo con el deseo renovado de entrar en nuestra historia, en nuestra vida cotidiana.

Nos conoce, él ha tejido cada centímetro de nuestro ser… y nos quiere, por eso vuelve. Pero nos respeta y por eso espera a que le recibamos, no entra por la fuerza sino que llama y espera.

Esta puede ser una Navidad más, llena de turrones, regalos y villancicos o puede ser una Navidad nueva llena de LUZ. Y así los turrones y todo lo demás será todavía mejor y más bonito.

Que esta Navidad podamos contarnos entre quienes reciben la luz y así, bien iluminadas nos reconozcamos como lo que somos Hijas e Hijos de Dios.

Porque si hoy vuelve a ser Navidad es porque creemos que Dios se encarna en cada una de nosotras.

Oración

Que tu Palabra, hecha de Verdad y de Luz germine y crezca en esta Navidad en nuestra humanidad. Amén

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Navidad

miércoles, 25 de diciembre de 2019
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OLYMPUS DIGITAL CAMERAJn 1, 1-18

Anoche nos hablaban de un Niño, del pesebre, de pastores, de ángeles. En esta mañana nos habla del Verbo, Palabra preexistente, de Dios eterno y trascendente. Es una prueba más de que nos encontramos ante algo indecible. Curiosamente termina diciendo exactamente lo mismo: y la PALABRA se hace carne, Niño. Los dos relatos, como buenos subalternos, te colocan ante el misterio, pero el que tienes que torearlo eres tú. Solo tú puedes adentrarte en la realidad que está en ti, “más dentro de ti mismo que lo más íntimo de ti mismo”, como decía Agustín. Pero está ahí, y solo tú puedes descubrir ese tesoro y disfrutar de él.

La encarnación solo tiene realidad dentro de ti, como solo tuvo realidad dentro de Jesús, no fuera en acontecimientos o fenómenos externos. Solamente dentro de ti y dentro del otro. Buscarlo en otra parte es engañarte. Dice un cuento oriental: Un señor que pasaba por la calle, ve a su vecino que está buscando algo enfrente de su casa. ¿Qué es lo que has perdido? Le pregunta. La llave de mi casa. Yo te ayudaré a encontrarla. Pasa media hora y la llave no aparece. ¿Pero dónde la has perdido? Le pregunta el vecino. Dentro de casa. ¿Entonces por que la estás buscado aquí? Es que aquí hay más luz… Si no vivo lo que hay de Dios en mí, jamás lo descubriré ni en los acontecimientos, ni en los demás, ni en Jesús.

Aunque el domingo segundo de Navidad volvemos a leer este evangelio, voy a adelantar una frase: “caí Theos en o Lagos” y en latín: “et Deus erat Verbum”. La traducción puede ser: “y Dios era la Palabra”. También podría traducirse  por  “un ser divino era el proyecto”, puesto que en esta frase “Theos” no lleva artículo. En castellano también podemos traducir: “y la Palabra era Dios”. Pero debemos tener en cuenta que no se explica lo que es la Palabra por lo que es Dios, sino al revés; se explica lo que es Dios por lo que es la Palabra. Dios es el que se hizo hombre, y si se hizo hombre en Jesús, es que se hace hombre en todos los seres humanos. Por el contrario, si es Jesús el que se hace Dios, nosotros quedaremos al margen de lo que allí pasó. El despiste está asegurado y en ese error hemos vivido toda nuestra vida.

Seguimos creyendo y diciendo que Dios se ha hecho hombre, y hacemos decir al evangelio lo que nos interesa que diga. No es el hombre el que tiene que escalar las alturas del cielo para llegar a ser Dios; ha sido Dios el que se ha abajado y ha compartido su ser con el hombre. Eso es lo que significa la encarnación. Por medio de Jesús, podemos llegar a saber lo que es Dios. Pero un Dios que no está ya en la estratosfera, ni en los templos, ni en los ritos, sino en el hombre… Las consecuencias de esta verdad en nuestra vida religiosa serían tan demoledoras que nos asustan; por eso preferimos seguir pensando en un Jesús que es Dios, pero dejando bien claro que eso no nos afecta a nosotros.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El niño de todos los rostros

miércoles, 25 de diciembre de 2019
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he_risen_christ_710b-“Dios no repara en el color cuando decide desatar un tornado” (Film Criadas y Señoras)

25 diciembre. Navidad

Lc 2, 1-14

El ángel les dijo: No temáis. Mirad, os doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo

Un tercio de la población mundial es cristiana, y es el mayor grupo religioso -2.200 millones- de la población terrestre. Que sigamos celebrando su cumpleaños después de más de dos milenios de su nacimiento no deja de ser, como mínimo, sorprendente.

En la película ¡Qué bello es vivir! (1946), de Frank Kapra, George mantiene con su hija pequeña este diálogo: -“Procura dormir un poco”. –“No tengo sueño”.-Lo sé, lo sé, pero tienes que dormir. Así soñarás con ella y será un jardín entero”. Un sueño en el que doblan las campanas de todos los templos, de todos los sonidos y tamaños, celebrando con alegres villancicos el nacimiento de un niño en el pesebre de un establo.

Le había anunciado el profeta Isaías en 9, 5. Hoy le cantan los ángeles del cielo y los pastores; mañana los reyes de la tierra y la Cristiandad plena. Porque este niño de los mil rostros reflejan la identidad de la Humanidad entera y, como dice el convertido apóstol Pablo: “Porque la gracia de Dios salva a todos los hombres…” (Tit 2, 11)

Personalmente le veo como como veía a Treya, su amante esposa, Ken Wilber: “Sus ojos parecían comprometidos con la verdad. Cuando te miraba a los ojos sabías, a ciencia cierta, que esa mujer jamás te mentiría. Todos sus gestos y movimientos parecían impregnados de una integridad que despertaba de inmediato toda tu confianza. Parecía una persona con una gran confianza en sí misma, aunque no, por ello, se mostraba orgullosa ni insolente” (Gracia y Coraje).

Verdad, Integridad y Confianza, expresadas limpiamente en la Totalidad del Espacio y fundiéndose en todo el Universo a través de su palabra, sus gestos y sus hechos. Esta imagen seductora de Jesús trae a mi memoria la película Criadas y señoras (2011), de Tate Taylor, en la que las niñas blancas cuidadas por las criadas negras, las quieren, las abrazan y besan: “Tu eres mi mamá de verdad, Emy”, dice una de ellas. Y yo no me resisto, agradecido, a decirle al Buen Jesús otro tanto.

El Bom-Jesus de Río acoge al mundo entero con sus brazos abiertos. Porque, como dice una de las protagonistas negras en el citado film: “Dios no repara en el color cuando decide desatar un tornado”. Ni se olvida de los olivos, las aves, los peces, las tortugas y las liebres.

LA GACELA

Abrió el Cielo su jaula de podencos
y mi sangre lloró su ácido dolor
sobre la tierra ácida.

Mis oraciones eran cicatrices
en los jirones de la luna nueva.

-¿Por qué estas Navidades no regalas
Tarjetas de Crédito a tus fieles?

“Abres la mano tú, Señor,
y sacias de favores
a todos los vivientes”, dice el Salmo.

Así que no te olvides
de todas tus restantes criaturas:
los olivos, las aves y los peces
ni tampoco las liebres y tortugas.

¿Por qué una vez creadas, si son tuyas,
las dejaste a su suerte abandonadas?

(NATURALIA. El sueño de las criaturas. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Navidad: plenitud, abundancia y totalidad.

miércoles, 25 de diciembre de 2019
Comentarios desactivados en Navidad: plenitud, abundancia y totalidad.

cuentonavidad-blog_imagenDurante siglos las personas experimentaron en sus vidas la presencia y comunicación de Dios de diversas maneras. Así lo intentan expresar y explican las religiones, desde las más arcaicas a las más contemporáneas.

Ciertamente, de Dios puede decirse que es comunicación y vida. Y comunicación cada vez más próxima.

Con el nacimiento de Jesús esta comunicación se vuelve palpable, cercana, afectuosa. La Navidad nos permite, de esta manera, vislumbrar la cercanía de quien “existe desde el principio”, de aquel en quien reside la vida (“en él estaba la vida”), de la luz, de quien “estaba junto a Dios y era Dios”… (Jn 1).

Este Dios, tan bien narrado en textos bíblicos judíos, se acerca y viene a nuestra casa. La Navidad nos recuerda, así, la corporalidad de la comunicación de Dios. Si Dios ha hablado de muchas maneras, lo ha hecho de manera especial en Jesús; en ese niño que viene en una familia y vive con ellos.

Pero, a la vez, y siendo plenamente persona, Jesús transparenta lo trascendental (“Quien me ve a mí ve al Padre”). Y lo hace justamente en un cuerpo y persona humana.

Gracias a ello, “de su plenitud todos hemos recibido gracias tras gracia” (Jn 1,16). La Navidad también nos habla de plenitud, de abundancia, de totalidad. Nos recuerda que recibimos todo, que tenemos todo lo necesario, que estamos, nosotros al igual que él “llenos de gracia y de verdad”.

De esta manera, gracia sobre gracia, Dios se sigue comunicando. Sigue siendo la Palabra que existía desde el principio y que “ilumina a todo hombre”.

Y nos invita a ser consecuentemente transparentes. A transparentar la vida y la luz, a volver a nacer del agua y del espíritu (“ellos han nacido de Dios”) y a recibir y ofrecer la energía de quienes son hijos de Dios.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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La vida tiene sentido

miércoles, 25 de diciembre de 2019
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27E69FFE-2CA9-4DFC-BD54-38B62E2C6133Del blog de Tomás Muro La verdad es Libre:

  1. En el principio: un himno solemne.

        Hemos escuchado el comienzo solemne, majestuoso del Evangelio de San Juan. No es el lenguaje narrativo, “familiar” de San Lucas y San Mateo: con tantos detalles teológico-históricos: el “censo, Belén”, “no hay lugar para ellos en la posada”, “los pastores”, “la noche”, “los ángeles”, “los magos”, “la estrella”, “Herodes”, “la huida a Egipto”, “César Augusto”, “Cirino”, etc.

El evangelio de San Juan solemne y sencillamente dice que: el Verbo, la Palabra, se hizo carne, uno de nosotros.

Este comienzo del evangelio de San Juan es un himno que las comunidades cristianas de tradición joánica cantaban a la Encarnación de la Palabra (logos).

  1. Evocación del Génesis y Nietzsche.

         La tradición de San Juan comienza su evangelio como una transparencia del comienzo del libro del Génesis:

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

La tierra era caos y confusión y oscuridad, (Gn 1).

         Así pues, San Juan inicia su evangelio como el Génesis pero con un eu-angelion: con una buena noticia:

En el principio existía no un caos, confusión y oscuridad,

sino la Palabra y la luz.

         Sin embargo hoy, nuestro momento cultural vive -vivimos- más bien en otro contexto:

La parodia más seria que he oído es esta: En el principio era el absurdo y el absurdo era Dios y Dios era el absurdo.

(NIETZSCHE, F. Demasiado humano).

El principio no es el punto inicial sea espacial o temporal: aquí comienza mi casa y allí la del vecino; o dentro de ocho días comenzará el año 2020, sino que principio significa que el Universo, la existencia, nuestra vida está llena de sentido. Mi casa y la tuya, el Universo, la existencia, el tiempo y la eternidad, por principio “son” sentido. No es que el cosmos y la vida tengan sentido, “son” sentido. La tierra no es un caos, confusión y oscuridad, sino un orden, son Palabra, luz y vida.

Pero estas cosas, que parecen “resueltas” en el “macro-cosmos”, en la historia del Universo y en la Biblia, se nos tornan a veces intempestivas y poco evidentes en nuestro pequeño “micro-cosmos” personal y cultural. Por mil caminos y meandros perdemos las evidencias y la confusión puede presidir nuestra vida; nos quedamos a oscuras, se nos apagan la claridad de la vida y podemos entrar en una oscuridad espesa, cuando no en tinieblas. A veces la existencia se convierte en un caos.

         Dimensiones de la vida, que en tiempos más jóvenes y más fuertes física y psicológicamente, estaban integradas y eran fuente de vida y creatividad, pierden -perdemos- su evidencia, su luz y su aliento. Hay momentos y situaciones o etapas en la vida en las que las capacidades humanas, las energías se apagan y no terminamos de digerir o de dar cauce (sentido: logos) a los problemas: pueden ser las crisis personales, la salud-enfermedad, el ocaso de la vida, la debilidad moral y el pecado, los crónicos conflictos familiares, los espasmos eclesiásticos que obturan la serenidad eclesial y evangélica.

  1. La palabra es luz y vida.

Quién sabe por qué caminos: quizás por el de la búsqueda en la noche de los Magos, tal vez por el camino de la decepción y desesperanza de los dos de Emaús, quizás por la travesía del desierto de la libertad del Éxodo, vamos llegando a la luz, a la Palabra y así, buscando fragmentos de luz, hilvanamos nuestra vida construyendo nuestra biografía con sentido.

La palabra, (el Logos, es quien confiere sentido a nuestro ser y acontecer. La luz y la Palabra nos pueden iluminar tenuemente en:

Un encuentro personal (palabra) con un familiar o compañero, en una conversación (palabra) con el médico, en la intimidad y sinceridad matrimonial (palabra),en una conversación (palabra) con un amigo, en una lectura (palabra), en un rato de oración y pensamiento (palabra), desde la misma Palabra. Con la Palabra, el Logos, la razón llegamos a intuir, a ver y a dar salida a los problemas y situaciones difíciles en la fe, en la configuración humilde de nuestro pequeño mundo conceptual y sensitivo.

Lo propio, lo específico de Dios y del hombre es la Palabra. ¿Qué es lo que nos constituye en seres humanos, en personas sino la Palabra, el lenguaje, la cultura, la revelación?

Lo que humaniza la vida personal, la alimentación, la sexualidad, el amor, la convivencia, la política: la vida comunitaria, las negociaciones en los conflictos, la enfermedad, la depresión, es la Palabra

Podemos orar en nuestro interior con Blas de Otero[1]:

Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo que tiré, como un anillo, al agua,

si he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo

lo que era mío y resultó ser nada,

si he segado las sombras en silencio,

me queda la palabra.

         Todo tiene una luz y una palabra sensata en la vida: en el caos personal, en las tinieblas, en el pecado y en la muerte.

  1. Celebrar la navidad.

         Algo de esto, y mucho más, que escapa a nuestra razón y palabra humanas, es celebrar la Navidad y la Palabra.

         El viento de Dios aleteaba por encima de las aguas (Gn 1,1). Es el mismo viento (Espíritu) que majestuosamente sobrevuela las aguas y tempestades humanas. Es el viento que dio aliento a María de la que nació el que es Palabra, razón y sentido del Universo y de nuestro ser y acontecer. La Palabra se hizo uno de nosotros, (Jn 1,14).

         Si no feliz, al menos sí, una esperanzada Navidad.

[1] Poeta bilbaíno (1916-1979) que pasará por o entrelazará tres etapas en su vida: religiosa, existencialista y social.

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Nacimiento de Jesús

miércoles, 25 de diciembre de 2019
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navidad-sabor-Amazonia_2182591724_14140195_660x371Hermanos y hermanas, es posible ver al Niño sin descubrir; podemos tan sólo ver una pequeña vida humana, sin demasiadas posibilidades de ser significativa. Despertemos nuestra mirada. Oremos

Que la Buena Noticia de tu venida configure nuestra vida

• Que la Iglesia sea la comunidad de los que hemos visto, es decir, de los que hemos reconocido y acogido la Buena Noticia del amor de Dios en ese Niño y nos sentimos enviados a todos los niños que hoy se encuentran en la intemperie sin tener cubiertas sus necesidades básicas.

Que la Buena Noticia de tu venida configure nuestra vida

• Que los creyentes nos acerquemos a los descampados e intemperies de nuestra historia, en busca de los que andan cargados de dolor y miseria y seamos para todos ellos Buena Noticia.

Que la Buena Noticia de tu venida configure nuestra vida

• Que nuestra mirada acostumbrada a detenerse en lo que brilla, en lo que llama la atención, acierte a descubrir la señal que está en el pesebre, en la penumbra de lo pequeño y escondido.

Que la Buena Noticia de tu venida configure nuestra vida

• Que nuestro corazón se desconcierte porque a un niño hay que acercarse desde la ternura y no desde el poder, desde la esperanza y no la desilusión, desde abajo y no desde arriba…

Que la Buena Noticia de tu venida configure nuestra vida

• Que la mirada atenta de Belén nos encamine hacia los descampados y periferias, a abandonar nuestros cansancios, a no dar importancia al polvo y salir al encuentro de los que andan perdidos.

Que la Buena Noticia de tu venida configure nuestra vida

Padre bueno, concédenos la gracia de enterarnos, de darnos cuenta de que para encontrarnos con tu hijo Jesús tenemos que bajar, ir a lo sencillo y vivir amando sin “peros” ni exclusiones. Gracias por el regalo de Belén.

Vicky Irigaray

Fuente Fe Adulta

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«Iniciar la reacción». Bautismo del Señor – C (Lc 3,15-16.21-22)

domingo, 13 de enero de 2019
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Bautismo_CEl Bautista no permite que la gente lo confunda con el Mesías. Conoce sus límites y los reconoce. Hay alguien más fuerte y decisivo que él. El único al que el pueblo ha de acoger. La razón es clara. El Bautista les ofrece un bautismo de agua. Solo Jesús, el Mesías, los «bautizará con el Espíritu Santo y con fuego».

A juicio de no pocos observadores, el mayor problema de la Iglesia de hoy es «la mediocridad espiritual». La Iglesia no posee el vigor espiritual que necesita para enfrentarse a los retos del momento actual. Cada vez es más patente. Necesitamos ser bautizados por Jesús con su fuego y su Espíritu.

En no pocos cristianos esta creciendo el miedo a todo lo que pueda llevarnos a una renovación. Se insiste mucho en la continuidad para conservar el pasado, pero no nos preocupamos de escuchar las llamadas del Espíritu para preparar el futuro. Poco a poco nos estamos quedando ciegos para leer los «signos de los tiempos».

Se da primacía a certezas y creencias para robustecer la fe y lograr una mayor cohesión eclesial frente a la sociedad moderna, pero con frecuencia no se cultiva la adhesión viva a Jesús. ¿Se nos ha olvidado que él es más fuerte que todos nosotros? La doctrina religiosa, expuesta casi siempre con categorías premodernas, no toca los corazones ni convierte nuestras vidas.

Abandonado el aliento renovador del Concilio, se ha ido apagando la alegría en sectores importantes del pueblo cristiano, para dar paso a la resignación. De manera callada pero palpable va creciendo el desafecto y la separación entre la institución eclesial y no pocos cristianos.

Es urgente crear cuanto antes un clima más amable y cordial. Cualquiera no podrá despertar en el pueblo sencillo la ilusión perdida. Necesitamos volver a las raíces de nuestra fe. Ponernos en contacto con el Evangelio. Alimentarnos de las palabras de Jesús que son «espíritu y vida».

Dentro de unos años, nuestras comunidades cristianas serán muy pequeñas. En muchas parroquias no habrá ya presbíteros de forma permanente. Que importante es cuidar desde ahora un núcleo de creyentes en torno al Evangelio. Ellos mantendrán vivo el Espíritu de Jesús entre nosotros. Todo será más humilde, pero también más evangélico.

A nosotros se nos pide iniciar ya la reacción. Lo mejor que podemos dejar en herencia a las futuras generaciones es un amor nuevo a Jesús y una fe más centrada en su persona y su proyecto. Lo demás es más secundario. Si viven desde el Espíritu de Jesús, encontrarán caminos nuevos.

José Antonio Pagola

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“Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo”. Domingo 13 de enero de 2019. Bautismo del Señor

domingo, 13 de enero de 2019
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09-bautismodelsenor (C) cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 42, 1-4. 6-7: Mirad a mi siervo, a quien prefiero. 
Salmo responsorial: 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz. 
Hechos de los apóstoles 10, 34-38: Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.
Lucas 3, 15-16. 21-22: Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo

Hoy celebra la liturgia el bautismo de Jesús. Las lecturas de este día nos ofrecen tres elementos para reflexionar sobre el bautismo en el Señor.

Un primer elemento lo encontramos en el texto de Isaías, quien nos habla de la actitud del siervo de Dios; éste ha sido llamado y asistido por el Espíritu para llevar a cabo una especial misión en el pueblo de Israel: hacer presente con su vida la actitud misma de Dios para con la humanidad; es decir, evidenciar que Dios instaura su justicia y su luz por medio de la debilidad del ser humano. Por tanto, es tarea de todo bautizado testimoniar que Dios está actuando en su vida; signo de ello es su manera de existir en medio de la comunidad; debe ser una existencia que promueva la solidaridad y la justicia con los más débiles, pues en ellos Dios actúa y salva; en ellos se hace presente la liberación querida por Dios.

El segundo elemento está presente en el relato de los Hechos de los Apóstoles. La intención central de este relato es afirmar que el mensaje de salvación, vivido y anunciado por Jesús de Nazaret, es para todos. La única exigencia para ser partícipe de la obra de Dios es iniciar un proceso de cambio (respetar a Dios y practicar la justicia), que consiste en abrirse a Dios y abandonar toda clase de egoísmo para poder ir, en total libertad, al encuentro del otro, pues es en el otro donde se manifiesta Dios. A ejemplo de Jesús, todo bautizado tiene el deber de «pasar por la vida haciendo el bien»; tiene la tarea constante de cambiar, de despojarse de todo interés egoísta para poder así ser testigo de la salvación.

El evangelio de Mateo desarrolla el tercer elemento que identifica el verdadero bautismo: La obediencia a la voluntad del Padre. “La justicia plena” a la que se refiere Jesús en el diálogo con Juan el Bautista manifiestamente la íntima relación existente entre el Hijo de Dios y el proyecto del Padre. Esto significa que el bautismo es la plenitud de la justicia de Dios, ya que las actitudes y comportamientos de Jesús tienen como fin hacer la voluntad de Dios. Esta obediencia y apertura a la acción de Dios afirma su condición de hijo; es hijo porque obedece y se identifica con el Padre. Esta identidad de Jesús con el Padre (ser Hijo de Dios) se corrobora en los sucesos que acompañan el bautismo: el cielo «se abre», desciende el Espíritu, y una voz comunica que Jesús es Hijo predilecto de Dios. Es «hijo» a la manera del siervo sufriente de Isaías (Is 42,1): hijo obediente que se encarna en la historia y participa completamente de la realidad humana. El bautismo, en consecuencia, provoca y muestra la actitud de toda persona abierta a la divinidad y voluntad de Dios; y hace asumir, como modo normal de vida, el llamado a ser hijos de Dios, identificándonos en todo con el Padre y procurando, con nuestro actuar, hacer presente la justicia y el amor de Dios.

Por desgracia, en la actualidad el bautismo se ha limitado al mero rito religioso, desligándolo de la vida y la experiencia de fe de la persona creyente. Se ha olvidado que el bautismo es un hecho fundamental del ser cristiano, pues tendría que ser la expresión de la opción fundamental de la persona, opción que toma a la luz del ejemplo de Jesús y por la que se compromete a ser cristiano. Leer más…

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13.1.19. Bautismo de Jesús, bautismo cristiano. Breve teología.

domingo, 13 de enero de 2019
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86C0FC36-F34A-48BB-91E4-E3818E03BA2EDel blog de Xabier Pikaza:

La primera fiesta tras la Navidad y Epifanía es la del Bautismo de Jesús. El evangelio dice así:

Lucas 3, 15-16. 21-22
Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo…En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»

El bautismo es el primer sacramento cristiano, signo de nuevo nacimiento y de vinculación a la Iglesia. Ayer presenté el tema, al ocuparme de la Navidad y de la Resurrección de Jesús. Hoy lo competo desde la perspectiva del nacimiento de Jesús y de los nuevos cristianos en la Iglesia.

Sería importante tratar de la problemática actual del bautismo en la Iglesia, con las consecuencias que implica para la unidad y libertad de los cristianos (varones y mujeres), pero ése es un tema requiere mayor atención, por eso quiero dejarlo hoy a un lado.

Pero hay una cosa que no me resisto a decir: La iglesia actual ha tendido a olvidar la importancia del bautismo, insistiendo más en otros sacramentos «muy menores», como son el de la Ordenación ministerial y el Matrimonio. Así nos va.

Otro día me ocuparé del tema. Hoy me limito a presentar un esquema general del bautismo de Jesús y de los cristianos, según la teología del Nuevo Testamento. Buen domingo a todos.

Introducción. Bautismos judíos

Los judíos del tiempo de Jesús destacaban el carácter lustral (purificador) y legal de los bautismos, que limpian y purifican las manchas de los sacerdotes y fieles, capacitándoles para realizar legalmente los ritos. De todas formas, el rito básico de la identidad israelita (para los varones) era la circuncisión y además el perdón oficial no se lograba con agua, sino con sacrificios, como dice Lev 17, 11: «Os he dado la sangre para expiar por vuestras vidas» (cf. Lev 17,11).

Según eso, la purificación legal se realiza con sangre de animales, pues ella es signo de vida, principio de expiación y alianza (cf. Ex 12, 13.23; 24, 3-8; Lev 14, 4-7; 16, 16-19), aunque, como he dicho, la misma Ley pedía lavatorios y bautismos, para que los sacerdotes se purificaran al empezar y terminar sus ritos (cf. 2 Cron 4, 2-6; Lev 16, 24-26) y para aquellos que habían contraído alguna mancha ritual, que les separaba de la comunidad, como los leprosos curados (Lev 14, 8-9; cf. 2 Rey 5, 14) y los que habían tenido relaciones sexuales, poluciones o menstruaciones… (cf. Lev 14, 16-24).

1. Bautismo judío, iniciación de Jesús.

Conforme a lo anterior, las casas de los judíos puros (y ricos) tenían piscinas purificatorias (miqvot), para «limpiarse». Los esenios de Qumrán se bautizaban al menos una vez al día, para la comida ritual (cf. 1Q 5, 11-14). Había también hemero-bautistas, como Bano, que se purificaban así cada día (incluso varias veces), para estar limpios ante Dios, compartiendo la pureza del principio de la creación. En tiempo de Jesús había surgido además la figura y mensaje de Juan Bautista, que anunciaba e impartir un bautismo, para purificación de los pecados.

En un momento dado, Jesús fue a bautizarse, haciéndose discípulo de Juan.
Éste el primero de los grandes cambios que nosotros conocemos: Él abandoNó la familia, dejó el trabajo como tekton y se integró en una poderosa “escuela bautismal” (como he puesto de relieve en cap. 13). Abandonó así la cultura social del entorno, pensó que el orden socio‒sacral de este munco está acabando, y que todo termina con un juicio de Dios, que hará posible una nueva entrada de los verdaderos israelitas, que cruzarán el Jordán, como en tiempos de Josué (cf. Jos 1-6) y podrán vivir en la Tierra Prometida. En ese contexto se inscribe el bautismo de Jesús:

Y sucedió entonces que llegó Jesús, de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio los cielos rasgados y al Espíritu descendiendo sobre él como paloma. Se oyó entonces una voz desde los cielos: Tú eres mi Hijo Querido, en ti me he complacido (Mc 1, 9-11).

Fue un gesto y momento de “estado naciente”, no un dato pasajero, sino un acontecimiento que marcó la historia de su vida, trazando una ruptura respecto a lo anterior y definiendo su nueva opción mesiánico‒profético al servicio del Reino, retomando, de forma distinta, no sólo la tradición apocalíptico‒mesiánica, sino su forma de entender (y “practicar”) la biblia israelita:

‒ El bautismo fue para Jesús un momento de iniciación y de promesa mesiánica, como ha destacado la tradición cristiana cuando afirma que vio los cielos abiertos y escuchó la voz de Dios Padre diciéndole ¡tú eres mi Hijo! y confiándole su tarea creadora y/o salvadora (¡ofreciéndole su Espíritu!). Ciertamente, esa escena (cf. Mc 1, 9-11 par.), ha sido recreada desde la vida posterior de la Iglesia, pero en su fondo puede y debe haber existido un núcleo fiable, que anticipa la acción posterior de Jesús, vinculada a la promesa del Hijo de David: “Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo” (2 Sam 7, 14), tal como ha sido proclamada por Sal 2, 7: “Tú eres mi hijo, yo hoy te he engendrado”.

‒ Fue una experiencia de inversión, esto es, de cumplimiento profético y revelación mesiánica. En ella vino a expresarse un Dios que, conforme a la mejor tradición israelita, actúa a contrapelo de los hombres. Precisamente allí donde, llegando al fin de su mensaje apocalíptico, Juan le colocaba ante la meta de juicio y destrucción, experimentó y descubrió Jesús la verdad más alta de su misión, recuperando su vocación davídica, entendida como impulso y llamada mesiánica de Reino. Es como si aquello que Juan anunciaba se hubiera cumplido, de tal forma que allí donde todo ha terminado (ha llegado el juicio) puede comenzar de otra manera todo, en línea de vida y no de muerte.

‒ Esta experiencia profético-mesiánica marcó la nueva historia de Jesús. No queremos decir que las cosas sucedieran externamente como dice el texto, pero los hilos posteriores de su vida sólo pueden entenderse desde aquí, en una línea que lleva del antiguo Elías, profeta del juicio (como Juan), al nuevo Elías, mensajero de la brisa suave y del nuevo comienzo de Jesús (cf. cap. 5 y 16). Sólo en ese contexto, allí donde descubre que todo lo anterior se ha cumplido (ha muerto), puede iniciar Jesús su nueva trayectoria, desde la voz del Padre, que le dice “tú eres mi hijo”, y con la brisa del Espíritu (que le envía a realizar su obra).

‒Vocación filial de Reino. No ha sido un proceso racional en plano objetivo, algo que puede demostrarse por medio de argumentos, sino un tipo de “intuición” vital, que ha trasformado las coordenadas de su imaginación y de su voluntad, de su forma de estar en el mundo y de su decisión de transformarlo. En ese sentido decimos que se trata de una “vocación”, una llamada que Jesús ha “recibido” y acogido en lo más profundo de su ser, un estado naciente. No es imposible que, en este momento crucial, haya escuchado la voz de Dios que le llama Hijo y haya “sentido” la experiencia del Espíritu, haciéndole asumir su tarea davídica de Reino. Todo el transcurso posterior de su vida se entiende a partir de esta llamada.

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“Bautismo de Jesús”. Ciclo C

domingo, 13 de enero de 2019
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20160WDel blog  El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 

Un ejercicio sencillo y una sorpresa

            Imagina todo lo que has hecho o te ha ocurrido desde que tenías doce años hasta los treinta (suponiendo que hayas llegado a esa edad). Si pones la lista por escrito necesitarás más de una página. Si la desarrollas con detalle, saldrá un libro.

            La sorpresa consiste es que de Jesús no sabemos nada durante casi veinte años. Según Lucas, cuando subió al templo con sus padres tenía doce años de edad; cuando se bautiza, “unos treinta años”. ¿Qué ha ocurrido mientras tanto? No sabemos nada. Cualquier teoría que se proponga es pura imaginación.

            Este silencio de los evangelistas resulta muy llamativo. Podían haber contado cosas interesantes de aquellos años: de Nazaret, con sus peculiares casas excavadas en la tierra; de la capital de la región, Séforis, a sólo 5 km de distancia, atacada por los romanos cuando Jesús era niño, y cuya población terminó vendida como esclavos; de la construcción de la nueva capital de la región, Tiberias, en la orilla del lago de Galilea, empresa que se terminó cuando Jesús tenía poco más de veinte años. Nada de esto se cuenta; a los evange­listas no les interesa escribir la biografía de su protagonista.

            Pero más llamativo que el silencio de los evangelistas es el silencio de Dios. Al profeta Samuel lo llamó cuando era un niño (según Flavio Josefo tenía doce años); a Jeremías, cuando era un muchacho y se sentía incapaz de llevar a cabo su misión; a Isaías, con unos veinte años. ¿Por qué espera hasta que Jesús tiene “unos treinta años”, edad muy avanzada para aquella época? No lo sabemos. “Los caminos de Dios no son nuestros caminos”. Buscando explicaciones humanas, podríamos decir que Isaías y Jeremías tenían como misión transmitir lo que Dios les dijese; Jesús, en cambio, además de esto formará un grupo de seguidores, será para ellos un maestro, “un rabí”, y esto no puede serlo a los veinte años. Pero esto no soluciona el problema. Seguimos sin saber qué hizo Jesús durante tantos años. Para los evangelistas, lo importante comienza con el bautismo.

El bautismo de Jesús

            Es uno de los momentos en que más duro se hace el silencio. ¿Por qué Jesús decide ir al Jordán? ¿Cómo se enteró de lo que hacía y decía Juan Bautista? ¿Por qué le interesa tanto? Ningún evangelista lo dice. La versión de Lucas es la siguiente:

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

            En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»

            Lucas sigue muy de cerca al relato de Marcos, pero añade dos detalles de interés: 1) Jesús se bautiza, “en un bautismo general”; con ello sugiere la estrecha relación de Jesús con las demás personas; 2) la venida del Espíritu tiene lugar “mientras oraba”, porque Lucas tiene especial interés en presentar a Jesús rezando en los momentos fundamentales de su vida, para que nos sirva de ejemplo a los cristianos.

            Por lo demás, Lucas se atiene a los dos elementos esenciales: el Espíritu y la voz del cielo.

            La venida del Espíritu tiene especial importancia, porque entre algunos rabinos existía la idea de que el Espíritu había dejado de comunicarse después de Esdras (siglo V a.C.). Ahora, al venir sobre Jesús, se inaugura una etapa nueva en la historia de las relaciones de Dios con la humanidad. Porque ese Espíritu que viene sobre Jesús es el mismo con el que él nos bautizará, según las palabras de Juan Bautista.

            La voz del cielo. A un oyente judío, las palabras «Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto» le recuerdan dos textos con sentido muy distinto. El Sal 2,7: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy», e Isaías 42,1: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero». El primer texto habla del rey, que en el momento de su entronización recibía el título de hijo de Dios por su especial relación con él. El segundo se refiere a un personaje que salva al pueblo a través del sufrimiento y con enorme paciencia. Lucas quiere evocarnos las dos ideas: dignidad de Jesús y salvación a través del sufrimiento.

            El lector del evangelio podrá sentirse en algún momento escandalizado por las cosas que hace y dice Jesús, que terminarán costándole la muerte, pero debe recordar que no es un blasfemo ni un hereje, sino el hijo de Dios guiado por el Espíritu.

El programa futuro de Jesús

            Pero las palabras del cielo no sólo hablan de la dignidad de Jesús, le trazan también un programa. Es lo que indica la primera lectura de este domingo, tomada del libro de Isaías (42,1-4.6-7).

Así dice el Señor: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.

            El programa indica, ante todo, lo que no hará: gritar, clamar, vocear, que equivale a amenazar y condenar; quebrar la caña cascada y apagar el pabilo vacilante, símbolos de seres peligrosos o débiles, que es preferible eliminar (basta pensar en Leví, el recaudador de impuestos, la mujer sorprendida en adulterio, la prostituta…).

            Dice luego lo que hará: promover e implantar el derecho, o, dicho de otra forma, abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión; estas imágenes se refieren probablemente a la actividad del rey persa Ciro, del que espera el profeta la liberación de los pueblos sometidos por Babilonia; aplicadas a Jesús tienen un sentido distinto, más global y profundo, que incluye la liberación espiritual y personal.

            El programa incluye también cómo se comportará: «no vacilará ni se quebrará». Su misión no será sencilla ni bien acogida por todos. Abundarán las críticas y las condenas, sobre todo por parte de las autoridades religiosas judías (escribas, fariseos, sumos sacerdotes). Pero en todo momento se mantendrá firme, hasta la muerte.

Misión cumplida: pasó haciendo el bien

            La segunda lectura, de los Hechos de los Apóstoles, Pedro, dirigiéndose al centurión Cornelio y a su familia, resumen en estas pocas palabras la actividad de Jesús.

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

            Un buen ejemplo para vivir nuestro bautismo.

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13 Enero. Bautismo del Señor. Ciclo C

domingo, 13 de enero de 2019
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“Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”

(Lc 3, 15-16. 21-22)

Todavía con la resaca de Navidad, del comienzo de año y de la Epifanía, y ya se nos presenta a Jesús tomando sus propias opciones.

En los versículos anteriores Lucas nos presenta a Juan anunciando un tiempo nuevo y aclarando que él no era el Mesías esperado. Jesús, como tantos israelitas, también escucha esta buena noticia por boca de Juan. También quiere Jesús participar de este cambio comenzando por el bautismo. Se mezcla con el pueblo, es uno más de tantos; también hace fila, también espera en el calor del desierto… ¿Y nosotras? ¿En qué nos toca esperar? ¿Cómo esperamos? ¿En qué situaciones optamos por ser una persona entre tantas?

Para Jesús, este momento está cargado de contenido, se da una íntima comunión con el Padre y con su Espíritu. En ese momento en el que Jesús está orando es cuando recibe la confirmación personal: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”.

El destinatario de ese mensaje es exclusivamente Jesús. Será más adelante en su vida cuando tres discípulos (Pedro, Santiago y Juan) escuchen esta misma frase, en el monte Tabor, al ser testigos de la Transfiguración de Jesús (Lc 9, 28-36). En esa ocasión se les pedirá que lo escuchen.

¿Y nosotras? ¿Hemos escuchado nuestro mensaje personal de parte de Dios? ¿Estamos atentas para escucharlo? ¿Nos sabemos sus hijos e hijas amadas?

Dios Trinidad se hace presente en este pasaje de forma palpable. También el Espíritu Santo, al que parece que es más difícil describir, aparece hoy en forma de paloma. Dios Trinidad se hace presente en la historia, también en la actualidad. Dios es comunión, una comunión a la que también estamos llamadas nosotras.

Oración

Trinidad Santa, que nuestras esperas sean oportunidades de comunión íntima contigo.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Celebramos hoy el verdadero nacimiento de Jesús.

domingo, 13 de enero de 2019
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2754-neonian-baptistery-ravenna-dome-mosaic-baptism-christ-detailLc 3, 15-22

Comenzamos el “tiempo ordinario”. El bautismo es el primer acontecimiento que los evangelios nos narran de la vida de Jesús. Es además, el más significativo desde su nacimiento hasta su muerte. Lo importante no es el hecho en sí, sino la carga simbólica que el relato encierra. El bautismo y las tentaciones hablan de la profunda transformación que produjo en él una experiencia que se pudo prolongar durante años. Jesús descubrió lo que Dios era para él y lo que tenía que ser él para los demás. Descubrió el sentido de su vida.

Los cuatro evangelistas resaltan la importancia que tuvo para Jesús el encuentro con Juan el Bautista y el descubrimiento de su misión y; a pesar de que es un reconoci­miento de cierta dependencia de Jesús con relación a Juan. Ningún relato nos ha llegado de los discípulos de Juan. Todo lo que sabemos de él lo conocemos a través de los escritos cristianos. Si lo han narrado todos los evangelistas, a pesar de que se podía interpretar como una subordinación a Juan, quiere decir que tiene unas posibilidades muy grandes de ser histórico.

Celebramos hoy el verdadero nacimiento de Jesús. Él mismo nos dijo que el nacimiento del agua y del Espíritu era lo importante. Si seguimos celebrando con mayor énfasis el nacimiento carnal, es que no hemos entendido el mensaje evangélico. Nuestra religión sigue empeñada en que busquemos a Dios donde no está. Dios no está en lo que podemos percibir por los sentidos. Dios está en lo hondo del ser y allí tenemos que descubrirlo. El bautismo de Jesús tiene un hondo calado en todos los evangelios, porque el relato nos lanza más allá de lo sensible. Marcos y Juan comienzan su evangelio con el bautismo.

Lc no da ninguna importancia al hecho del bautismo. Destaca los símbolos: Cielo abierto, bajada del Espíritu y voz del Padre. Imágenes que en el AT están relacionadas con el Mesías. Se trata de una teofanía. Según aquella mentalidad, Dios está en los cielos y tiene que venir de allí. Abrirse los cielos es señal de que Dios se acerca a los hombres. Esa venida tiene que ser descrita de una manera sensible, para poder ser percibida. Lo importante no es lo que sucedió fuera, sino lo que vivió Jesús dentro de sí mismo. Jn no narra el bautismo, lo da por supuesto y habla directamente de la presencia del Espíritu en Jesús.

El gran protagonista de la liturgia de hoy es el Espíritu. En las tres lecturas se hace referencia directa a él. En el NT el Espíritu es entendido a través de Jesús; y a la vez, Jesús es entendido a través del Espíritu. Esto indica hasta qué punto se consideran mutuamente implicados. Comprenderemos esto mejor si damos un repaso a la relación de Jesús con el Espíritu en los evangelios, aunque no en todos los lugares “espíritu” se refiere a lo mismo.

 

 Marcos: 1,10 Vio rasgarse los cielos y al Espíritu descender sobre él.

1,12 El Espíritu lo impulsó hacia el desierto.

 Mateo:  3,16 Se abrieron los cielos y vio el Espíritu de Dios que bajaba como paloma.
 Lucas:  3,22 El Espíritu Santo bajó sobre él en forma corporal como una paloma.

4,1 Jesús salió del Jordán lleno del Espíritu Santo.

4,14 Jesús, lleno de la fuerza del Espíritu, regresó a galilea.

4,18 El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

 Juan: 1,32 Yo he visto que el Espíritu bajaba del cielo y permanecía sobre él.

1,33 Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, es quien bautiza con E. S. y fuego.

3,5 Nadie puede entrar en el Reino, si no nace del agua y del Espíritu.

6,63 El Espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada.

También hay que recordar que estamos hablando de la experiencia de Jesús como ser humano, no de la segunda o de la tercera persona de la Trinidad. Lo que de verdad nos debe importar a nosotros es el descubrimiento de la relación de Dios para con él, como ser humano, y la respuesta que el hombre Jesús dio a esa toma de conciencia. Lo singular de esa relación es la respuesta de Jesús a esa presencia de Dios-Espíritu en él. En contra de lo que siempre se nos ha dicho, el bautismo no es la prueba de la divinidad de Jesús, sino la prueba de una verdadera humanidad. Un ser humano que afronta sus limitaciones y ora.

En el discurso de Jn en la última cena, Jesús hace referencia al Espíritu que les enviará, pero también les dice que no les dejará huérfanos. Esas dos expresiones hacen referencia a la misma realidad. También dice que el Padre y él vendrán y harán morada en aquel que le ama. Jesús se siente identificado con Dios, que es Espíritu. No tenemos datos para poder adentrarnos en la psicología de Jesús, pero los evangelios no dejan ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios. Fue una relación personal. Se atreve a llamarle Abba, (papá) cosa inusitada en su época y aún en la nuestra. Hace su voluntad; Le escucha siempre; etc.

Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar su experiencia de Dios. El único objetivo de su predica­ción fue que también nosotros lleguemos a esa misma experiencia. La comunicación de Jesús con su «Abba» no fue a través de los sentidos ni a través de un órgano portentoso. Se comunicaba con Dios como nos podemos comunicar cualquiera de nosotros. Ningún hilo telefónico especial. Tenemos que descartar cualquier privilegio en este sentido. A través de la oración, de la contemplación el Hombre Jesús descubrió quién era Dios para él. Lc dice que esa manifestación de Dios en Jesús se produjo “mientras oraba”.

El descubrimiento de esa presencia nace sencillamente de su concien­cia de criatura. Dios como creador está en la base de todo ser creado, constituyéndolo en ser. Yo soy yo porque soy de Dios. Todo lo que tengo de positivo me lo está comunicando Dios; es el mismo ser de Dios en mí. Solo una cosa me diferencia de Dios; mis limitaciones. Esas sí son mías y hacen que yo no sea Dios, ni criatura alguna que pueda identificarse absolutamente con Dios. Lo importante para nosotros es intentar descubrir lo que pasó en el interior de Jesús y ver hasta qué punto podemos nosotros aproximarnos a esa misma experiencia.

La experiencia de Dios que tuvo Jesús no fue un chispazo que sucedió en un instante. Más bien tenemos que pensar en una toma de conciencia progresiva que le fue acercando a lo que después intentó transmitir a los discípulos. Los evangelios no dejan lugar a duda sobre la dificultad que tuvieron los primeros seguidores de Jesús para entender esto. Eran todos judíos y la religiosidad judía estaba basada en la Ley y el templo, es decir, en una relación puramente externa con Dios. Para nosotros esto es muy importante. Una toma de conciencia de nuestro verdadero ser no puede producirse de la noche a la mañana.

¿Cómo interpretaron los primeros cristianos, todos judíos, este relato? Dios, desde el cielo, manda su Espíritu sobre Jesús. Para ellos Hijo de Dios y ungido era lo mismo. Hijo de Dios era el rey una vez ungido; el sumo sacerdote, también ungido; el pueblo elegido por Dios. Lo más contrario a la religión judía era la idea de otro Dios o un Hijo de Dios. ¿Cómo debemos interpretar nosotros esa interpretación? Hoy tenemos conocimientos suficientes para recuperar el sentido de los textos y salir de una mitología que nos ha despistado durante siglos. Jesús es hijo de Dios porque salió al Padre, imitó en todo al Padre, le hizo presente en todo lo que hacía. Pero entonces también yo puedo ser hijo como lo fue Jesús.

Meditación

Jesús nació del Agua y del Espíritu.
Este segundo nacimiento dará a luz mi verdadero ser.
Ya está en mí, pero tengo que descubrirlo.
No te identifiques con tus limitaciones.
Tus fallos son carencias, pero tú eres lo positivo que hay en ti.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Nosotros somos la Palabra.

domingo, 13 de enero de 2019
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BAUTISMO DE JESUS“La palabra es el espejo de la acción” (Solón de Atenas)

13 de enero. Bautismo del Señor.

Lc 3, 15-16. 21-22

Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto (v 22)

Nadie sabía en aquel tiempo por dónde andaba la Palabra, pues andaba muy lejos de los hombres, sin que ninguno pudiera certificar dónde. Por eso, aunque era su luz y brillaba en las tinieblas, no la comprendieron. Y cuando vino a iluminar su casa, el mundo no la reconoció, y su casa permaneció en tinieblas. Desde entonces caminan a tientas como ciegos, con su bastón y perro por aceras, por calles y por campos. Aunque lo más comprometido es que el universo entero anda invidente por todos los espacios.

En la Galaxia nuestra, La Vía láctea, el Camino de Santiago, en lugar de ser blanco es negro. La Palabra quiso hacerse hombre y venir a hospedarse a nuestra tienda, pero al ver que no había día en ella devolvió su billete a la estrella y se quedó en el cielo.

Juan Bautista daba gritos solemnes en un desierto sin farolas, y el sonido de su testimonio también se quedó en tinieblas y sin la plenitud que le era propia. Quizás por eso nadie ha visto jamás a Dios, incluso cuando en el monte Horeb su voz ardía en una zarza asustando a Moisés.

“Cuando se necesitan brazos, el socorro y las palabras no sirven de nada” (Esopo, fabulista griego)

El Hombre no es demostrable, como no lo son el Mundo ni Dios. Si, a pesar de ello, el saber intenta demostrar uno de los tres, necesariamente se pierde en la nada. No puede equivocarlos, así se apodere de las alas de la aurora para ir a los confines extremos del mar. (Sam 139, 11-12: Si digo que me sorba la tiniebla, / que la luz se haga noche en torno a mí, / tampoco la oscuridad es oscura para ti, / la noche es clara como el día: / da lo mismo tiniebla o luz).

CORO

Al igual que la brisa ligera
levanta en espesos torbellinos
el polvo de los surcos,
¡que el vals nos arrastre!
¡Haced retumbar la llanura
con el estallido de vuestras canciones!

Apoteosis. Coro Celestial

ÁNGELES

¡Salvada!
¡Cristo ha resucitado!
¡Cristo acaba de renacer!
¡Paz y felicidad
a los discípulos del Maestro!
¡Cristo acaba de renacer!
¡Cristo acaba de renacer!
¡Cristo ha resucitado!

(Los muros de la prisión se han abierto.
El alma de Margarita sube al cielo.
Fausto la sigue con ojos cargados de
desesperación   cae de rodillas y reza.
Mefistófeles, en el centro, es derribado
por la espada luminosa del arcángel.)

MISA DE ÁNGELIS

¡Oh, Dios, que brillas en el mundo!

He encendido las luces de mi tienda,
alfombrada con pieles y con sueños,
y yo te espero impaciente en ella.

Celebraremos una ‘Misa de ángelis’,
con serafines, querubines y tronos,
dominaciones, virtudes, potestades,
principados, arcángeles y ángeles,
entonando canciones a tu nombre.

De celebrantes, las brillantes estrellas
Sirio, Alpha Centauri, Arturo, Vega, Lira,
y los vistosos corazón sangrante,
anémonas, lirios y rosas
y, cómo no, el Arco Iris trazado sobre el cielo,
iluminando el corazón de gentes y universos.

………………………….

Y Tú y yo repicando campanas
Y llenando los bancos de la iglesia.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Hij@s amad@s. Y punto. Sobran los efectos especiales.

domingo, 13 de enero de 2019
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bautismo-jesusSan Lucas (3,15-16.21-22)

Respeto profundamente cualquier otro comentario que se haga del evangelio de hoy, pero no debe distraernos Juan Bautista, para captar mejor el mensaje central.

Una cosa es que tengamos una experiencia profunda y otra que tengamos los recursos apropiados para explicarla o compartirla. Cuando no encontramos las palabras apropiadas, recurrimos a las imágenes, símbolos, expresión corporal, música o danza…

Los evangelistas nos repiten una y otra vez que Jesús, en diferentes momentos de su vida, tuvo la experiencia de ser Hijo Amado. Y punto. El resto son envoltorios que hay que quitar.

Para que las primeras comunidades cristianas se hicieran una idea de lo que pudo experimentar Jesús, los evangelistas tuvieron el detalle de recurrir al lenguaje y a los símbolos propios de las teofanías. Sin duda, ayudaron a sus oyentes y a sus lectores.

Hoy, en 2019, nos sobran los cielos abiertos, la paloma, las voces y todos los “efectos especiales” que van unidos al bautismo de Jesús.

Corremos el riesgo de quedarnos con el envoltorio y pensar que la vida de Jesús transcurrió entre ángeles, nubes, voces y facilidades de todo tipo.

La experiencia personal de ser y sentirnos hij@s amad@s ¿marca un antes y un después en nuestra vida? ¿Hasta qué punto es la experiencia fundante, la raíz de nuestra vida cristiana?

Sentirnos amad@s ¿impulsa nuestro comportamiento moral? San Agustín lo entendió muy bien: “Ama y haz lo que quieras”. ¿Hemos descubierto que el Amor nos ama?

Si no lo hemos descubierto, o lo olvidamos, nuestro discurso moral se convierte en una retahíla de normas y mandamientos. Puede llevarnos a los escrúpulos o a concebir el seguimiento de Jesús como un código de la circulación que nos ayuda a movernos por la vida, con la amenaza de que puede caernos “una multa o un castigo divino” en cualquier descuido.

Jesús no respetó el sábado reiteradas veces, se saltó leyes de pureza ritual, anduvo con compañías poco respetables… pero amó hasta el extremo. En sus entrañas estaba el manantial del Amor, que recibía el agua del Abbá. En el bautismo se entrelazaron y confluyeron más aún sus caudales.

El sacramento del bautismo es uno de los muchos caminos que pueden ayudarnos a descubrir que somos hijos e hijas amados. Pero, en nuestra vida diaria ¿qué conexión hay entre estar bautizados y sentirnos amados, como Jesús?

Ojalá, al leer o escuchar el evangelio de hoy, sintamos una sacudida y nos demos por aludidos. Ojalá el Espíritu Santo nos ayude a comprender que somos hijos e hijas, no siervos; y que hemos sido gratuitamente salvados.

Si descubrimos también que todo ser humano es hijo amado, se habrá producido un milagro.

Marifé Ramos González

Fuente Fe Adulta

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¿Quién soy yo? la respuesta se halla en el silencio.

domingo, 13 de enero de 2019
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599c9badcaa54_juanbautistaGDomingo después de Epifanía: Fiesta del Bautismo de Jesús. 13 enero 2019

Lc 3, 15-16.21-22

Los evangelistas presentan a Jesús como el Mesías esperado que “bautiza con Espíritu Santo y fuego”, es decir, que comunica la misma vida divina. Para ellos, Juan es solo el “precursor”, quien anuncia que “el tiempo último se ha cumplido”, pero es con Jesús con quien se hace presente la plenitud.

Más dificultad debieron experimentar para explicar el motivo por el que el propio Jesús se pusiera en la fila de quienes esperaban a ser bautizados por Juan. Porque este hecho no resultaba fácil de conciliar con lo que ellos mismos afirmaban a propósito de su Maestro. La disonancia es de tal calibre que, probablemente, nos hallamos ante un dato estrictamente histórico: ningún discípulo se hubiera atrevido a afirmar el bautismo de Jesús por parte de Juan, de no haber ocurrido realmente.

En cualquier caso, lo que interesa al evangelista es la proclamación que introduce a continuación, con la que presenta la fe de aquella primera comunidad en Jesús como “el hijo amado” de Dios.

Esta proclamación nos remite a la cuestión decisiva: ¿quiénes somos? Desde la mentalidad judía, de Jesús se dijo que era “el hijo amado de Dios” y, más tarde, desde la fe cristiana, se le reconoció como “Dios y hombre”, “el Hijo de Dios encarnado”.

Pues bien, eso que se afirma de Jesús es válido igualmente para todos los seres humanos. Todos somos Plenitud de Presencia expresándose y experimentándose en esta forma concreta que llamamos “persona” o “yo”.

Ahí radica el secreto profundo de nuestra paradoja. Y eso explica que todo radique en encontrar la respuesta adecuada a la pregunta quién soy yo. Pero esa respuesta no puede provenir de la mente.

Por ese motivo, me parece que ante cualquier pregunta mental –que tiende a encerrarnos en discusiones tan prolongadas como estériles–, lo adecuado es “retraducirla” a esta otra: ¿quién soy yo? A diferencia de las otras, esta primera cuestión nos resitúa –nos coloca en “otro lugar”– y, al resituarnos, toda pregunta mental aparece en el marco adecuado. De otro modo, podemos enzarzarnos en debates interminables que no pasarán de ser meros juegos mentales.

La mente, necesariamente ambigua e incapaz de atrapar la verdad, no puede conducirnos más allá de sí misma. Es una herramienta preciosa para manejarnos en el mundo de los objetos –de las formas– y para desenmascarar la irracionalidad –este es el gran logro de la llamada “razón crítica”–, pero se revela absolutamente incapaz de responder a la gran cuestión: ¿quién soy yo? En este campo, lo que se requiere es justamente aprender a acallarla si queremos empezar a ver con claridad. Tal como repite Marià Corbí, siguiendo lo que han dicho sabios y místicos de todos los tiempos, “el silenciamiento desde la mente pretende conducir nuestra comprensión hasta llegar a ver con toda claridad que lo que damos por realidad es solo una construcción de nuestra mente” [1].

Ante cualquier debate, sobre todo si nos vemos “pillados” emocionalmente –el sujeto de la emoción siempre es el ego–, el camino adecuado es el de acallar la mente y abrirnos a saborear la Verdad que se oculta en el Silencio. Ahí salimos de la ambigüedad y experimentamos la Plenitud que, constituyendo nuestra identidad, transciende por completo el mundo de las formas y de las construcciones mentales. Es justamente el Silencio quien guarda la respuesta a la pregunta ¿quién soy yo?, tal como recuerda la bella parábola de Chuang-Tzú (siglo IV a.C.):

“El Emperador Amarillo fue paseando al Norte del Agua Roja, a la montaña de Kwan Lun. Miró a su alrededor desde el borde del mundo. Camino a casa, perdió su perla del color de la noche.

Mandó a la Ciencia a buscar su perla, y no consiguió nada. Mandó al Análisis a buscar su perla, y no consiguió nada. Mandó a la Lógica a buscar su perla, y no consiguió nada. Entonces preguntó a la Nada. ¡Y la Nada la tenía!

El Emperador Amarillo dijo: “Es en verdad extraño: ¡La Nada, que no fue mandada, que no trabajó nada para encontrarla, tenía la perla del color de la noche!”.

“¿Por qué somos temporales?, se pregunta Pedro Miguel Lamet. ¿No sería mucho mejor ser eternos? En realidad somos temporales y eternos a la vez, si despertamos a nuestra auténtica identidad. Y después de todo, ¿este sentirse temporal no es también fuente de gozo? ¿No hay un sabor a infinito en todo lo finito?” [2].

En esa comprensión se halla la clave de la sabiduría, que Fidel Delgado formula en clave de bienaventuranza: “Feliz quien se sabe en camino y en casa a la vez” [3].

¿Vivo consciente de lo que soy? ¿En qué se nota?

 

Enrique Martínez Lozano

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[1] M. CORBÍ, Silencio desde la mente. Prácticas de meditación, Bubok, Barcelona 2011, p.15.

[2] P.M. LAMET, El sabor eterno del tiempo, en http://www.pedrolamet.com/?p=1503

[3] F. DELGADO, Prólogo al libro de E. MARTÍNEZ LOZANO, Metáforas de la no-dualidad. Señales para ver lo que somos, Desclée De Brouwer, Bilbao 2018, p.21.

Fuente Fe Adulta

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Los cielos están abiertos para todos

domingo, 13 de enero de 2019
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bautismo-de-jesc3bas1Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. EL BAUTISMO EN EL RÍO JORDÁN: EN EL DESIERTO, NO EN EL TEMPLO.

Hemos terminado de celebrar la Navidad y -para entendernos- entre el nacimiento de Jesús y el relato que acabamos de escuchar han transcurrido treinta años.

El bautismo se solía celebrar en el templo, en las piscinas del Templo de Jerusalén.

Juan Bautista se encuentra en el desierto, en el río Jordán. Juan lleva el templo y el culto al desierto, que evoca el Éxodo y la libertad. La relación con Dios no se resuelve tanto en los ritos del templo sino en el camino del desierto de la vida, en el camino hacia la tierra de promisión, en la libertad.

La situación y la escena es parecida a la del encuentro de Jesús con la samaritana: A Dios se le adora en espíritu y honradez.

Posiblemente el Bautismo solamente se celebra cuando hay amor a la libertad, a la tierra de promisión, cuando se intenta tener un espíritu honrado.

02. BAUTISMO DE JESÚS: SOLIDARIDAD DON LA HUMANIDAD.

El que no tenía pecado se hace solidario con nosotros, comparte las penas y sufrimientos de la humanidad.

Jesús desciende a lo profundo de las aguas (a los infiernos) con nuestras debilidades.

Jesús comparte con nosotros la densidad de nuestra historia y de nuestras historias.

Jesús se hizo uno de nosotros (San Pablo).

El papa, Benedicto XVI, hace una lectura hermosa de este pasaje en su libro “Jesús de Nazaret”

Jesús había cargado con toda la culpa de la humanidad: entró con ella en el Jordán.

03. LOS CIELOS SE ABREN.

El pueblo de Israel (¡y gran parte la mentalidad católica!) pensaba que los cielos estaban cerrados para la humanidad.

Ha pasado al lenguaje coloquial y es hermoso experimentar, escuchar o decir: “se le abrió el cielo”, “se me abrieron los cielos”. Bueno, pues esto es lo que JesuCristo experimentó y nos comunicó desde el comienzo de su misión de Jesús: que los cielos se han abierto.

El relato del Bautismo de Jesús significa que el camino hacia nuestra salvación, hacia la casa de Dios Padre está definitivamente abierto.

Jesús abre los cielos: Dios Padre ha abierto su casa al hijo pródigo (en realidad nunca la había cerrado, pero los sistemas religiosos se empeñan siempre en condenar al ser humano). El banquete está preparado para todos. Zaqueo está invitado, el buen ladrón está también en los cielos.

Los cielos se han abierto para todos y definitivamente.

Esperemos que no sea verdad aquello de que lo que salva el Evangelio lo condenan los eclesiásticos.

04. CONSOLAD A MI PUEBLO (ISAÍAS / 1ª LECTURA).

Vitral de San Juan Bautista en la Iglesia de San Cipriano de Muskildi (Zuberoa)Es una hermosa tarea abrir cielos y tierras, alimentar esperanzas, consolar al pueblo.

El relato del bautismo de Jesús es un texto de revelación: Este es mi hijo amado. Lo que Jesús nos revela es que ha sido enviado a sanar los corazones que sufren, curar a los enfermos, dar de comer a los hambrientos, liberar las conciencias, a consolar. Jesús pasó la vida haciendo el bien.

Consolar es aliviar, -cuando menos intentarlo- una pena, un sufrimiento.

Claro que para ello hay que haber experimentado en nuestro propio ser el alivio y el consuelo. Quien no tiene experiencia de la bondad humana, del amor humano y de Dios, difícilmente podrá consolar a los demás.

FANATISMO

Las actitudes fanáticas de personas religiosas, políticas, de corte nacional, de determinadas instituciones, etc. en el fondo es que no han experimentado el amor y la bondad de la vida, de Dios, de los demás.

El fundamentalismo que muestran algunos obispos y curas en el fondo es una carencia de afecto, ternura e indulgencia originarios. El que no ama, no ha conocido a Dios, (1Jn 4,8).

Los fanatismos, las superortodoxias, las intransigencias en el fondo no son tanto problemas políticos o cristianos, cuanto problemas de origen y contenido psíquico de falta de consuelo, de amor. Quien tiene experiencia del amor, no es fanático, ni fundamentalista.

Muchas personas religiosas ordenan, disponen e imponen, mandan, etc. El cristiano consuela, alivia, ayuda.

Quizás sea por estas cosas por las que el papa Francisco sea mal visto y poco apreciado en determinados sectores católicos: porque Francisco en el fondo ayuda, consuela, alivia…

Noble tarea la de consolar en la vida.

05. MIENTRAS JESÚS ORABA.

Jesús se encuentra con Dios en el silencio y la oración (como nosotros). Y ahí es donde se manifiesta que Jesús es hijo de Dios.

Jesús toma conciencia de su ser y misión en los grupos de Juan Bautista (conciencia mesiánica). Jesús lentamente va tomando conciencia de que Dios se expresa en Él.

Jesús sentía que Dios Padre embargaba su vida, le protegía, le impulsaba.

En el evangelio de Lucas la oración tiene una importancia mayor que en otros. Lucas presenta a Jesús orando en los momentos decisivos:

o El bautismo le “pilla” a Jesús orando, (Lc 3,21).

o En toda su actividad pública, Jesús se retiraba para orar, (Lc 5,16)

o Jesús ora cuando ha de escoger a los Doce (Lc 6,12-13)

o La oración transfigura a Jesús (y no al revés), (Lc 9,28-29).

o Cuando ora, Jesús expresa su experiencia de Dios: Padre, (Lc 11,1).

o Jesús agradece a Dios los signos que se van dando en su misión, que es del Padre, (Lc 10,21).

o Cercana ya la muerte, en el huerto de los Olivos, Jesús ora “trágicamente”, (Lc 22,39-46).

o En la cruz Jesús ora y pone su vida-muerte en manos de Dios Padre, (Lc 23,46).

o También en la cruz Jesús ora a Dios Padre por quienes le están ejecutando: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.

Acabamos de celebrar la Navidad. Jesús es hijo de María: nace de entre nosotros.

De la misma manera, Jesús tomó conciencia de su ser y misión en su familia, en la sinagoga, en los grupos de Juan Bautista (conciencia mesiánica), en el silencio y en la oración.

Jesús toma conciencia de su misión en la oración. Jesús “no viene a este mundo con la lección sabida”, sino que Jesús va madurando en la oración. Jesús va tomando conciencia de los problemas que va viendo y viviendo: el tipo de religión, el fariseísmo y legalismo, el Templo ritualista, la injusticia de saduceos, sacerdotes, la pobreza, etc. Jesús lentamente va tomando conciencia de que las cosas no van como Dios Padre quiere. El poder (Pedro) piensa como los hombres, pero no como Dios, etc. Dios Padre tiene otro designio que, poco a poco, se va expresando en Él.

La oración no es una huida del mundo y de los demás, la oración no le encierra a Jesús en sí mismo, sino que le impulsa a la madurez, a contrastar las cosas con Dios y a la solidaridad.

Todo ser humano necesitamos momentos de silencio, de reflexión y de oración, de encuentro con nosotros mismos, con los demás y con Dios.

La oración no es un narcisismo, sino un “hogar” en el que vivimos en silencio y contemplación las cosas de “casa”, nos vemos en nuestro caminar con nuestras ilusiones y preocupaciones, nuestras enfermedades y limitaciones, en la oración vemos las injusticias, y todo lo vemos y vivimos con Dios como ultimidad y los demás como referencia.

La oración es la brecha por la que se nos abren los cielos.

LOS CIELOS ESTÁN ABIERTOS

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Recordatorio

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