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Una Rosa de todos

Miércoles, 13 de febrero de 2019

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A los cien años de la muerte de Rosa Luxemburgo

Koldo Aldai Agirretxe
Artaza (Navarra).

ECLESALIA, 28/01/19.- Eran los albores de la Primera Gran Conflagración mundial. Europa comenzaba a desangrase como nunca hasta entonces. La sangre la ponían los campesinos y obreros de unas y otras naciones, los asalariados que padecían similares abusos en uno y otro bando, aquellos proletarios que comenzaban a soñar más allá de sus propias y limitadoras fronteras.

Quién sino ella, en medio de la furia patriótica germana, tuvo el valor de gritar firmando su sentencia de prisión primero, de muerte después. No subáis a esos trenes…”.“Los soldados franceses son vuestros hermanos…” clamaba Rosa Luxemburgo a los soldados alemanes que partían a aquellas horribles trincheras de la Gran Guerra. Hace cien años esta líder espartaquista fue ejecutada junto su amigo y también líder, Karl Liebknecht. Después de haber sido encarcelada y torturada, pagó con su propia vida el precio de la utopía.

Ha hecho falta un siglo entero para recoger las flores que ella mereció, para detener los vagones que ella pidió vaciar. Perdimos las batallas, pero nos quedan los héroes, sobre todo las heroínas. Haciéndolas presentes ya estamos ganando, no contra nadie, estamos ganando contra el olvido, estamos triunfando frente a la injusticia, la inhumanidad y la insolidaridad.

Tal como describen sus biógrafos, su donación al ideal fue absoluta. Se entregó por entero a la emancipación de los últimos. Sin embargo, no quiso consentir que el socialismo progresara a costa de otro ideal que le antecede, la libertad. Por eso le resultó ya tan incómoda al pujante Lenin, por eso Stalin nunca la incluyó en su iconografía, por eso ha permanecido siempre en nuestros corazones. Su revolución era altruista, no bolchevique. En los tiempos de las revanchas y los asaltos a los Palacios de Invierno, ella se apresuró a proclamar:La venganza es un placer que dura solo un día, la generosidad es un sentimiento que te puede hacer feliz eternamente…”

No busco su final. Cuando la nueva ola revolucionaria de Enero de 1919 ella no estaba por la labor. Rusia estaba al lado, pero en Alemania no se daban las condiciones. Otros se precipitaron, calcularon mal, pero fueron su rostro y el Liebknecht los de los culatazos mortales del 15 de Enero. Ahí se congeló el recuerdo sin mácula ninguna. Ahí dejó alto como nadie el listón de la ética revolucionaria: “No debemos olvidar que no se hace la historia sin grandeza de espíritu, sin una elevada moral, sin gestos nobles…” La izquierda radical es la que organiza ahora los homenajes, pero la Rosa era un poco de todos/as, de cuantos creemos que nuestro mundo está urgido del “rayo de bondad” que ella representaba y al que en sus discursos aludía.

A la vista de la deriva, a veces terrible, que han tomado algunas revoluciones sociales, uno llega a temer que los espartaquistas hubieran triunfado en aquel u otro invierno, que Rosa Luxemburgo hubiera desembarcado en los despachos del poder. Las banderas rojas se reúnen en su homenaje, ¿pero quien previno del peligro de la dictadura bolchevique, sería hoy hoz y martillo? En el centenario de su muerte una revolución particular y partidista no podrá llevársela de la mano, reclamar la sola herencia de esta mujer por encima de todo humana y universal.

La meta era el camino y la barbarie nunca supo que entronizó a esa mujer valiente en las crónicas más luminosas de la historia. Antimilitarista, socialista, feminista…, fue más allá de todos los “istas”. Los “istas” no dejan de empequeñecernos y ella era grande sobre todo en generosidad y arrojo. Sencillamente llevaba la entera humanidad en lo más profundo de su corazón. Rosa Luxemburgo vive en nuestro presente de más paz, justicia y solidaridad. En el centenario de su asesinato resucita con especial fuerza. En realidad era un imposible. ¿Cómo va a morir quien se entrega por entero al progreso de la humanidad, quién da su vida por los más altos ideales? ¡Siempre gracias!

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Espiritualidad , ,

Dan Berrigan, Profeta de la paz y la justicia

Miércoles, 25 de mayo de 2016

timthumb.phpJuan Yzuel*,
Zaragoza.

ECLESALIA, 13/05/16.- Recibo con una mezcla de tristeza y de gratitud la noticia de la muerte de Dan Berrigan. Un profeta de la paz y la justicia se ha ido. Lo conocí en el Catholic Worker de Manhattan en los años 80. Preparábamos entonces el Plowshares pilgrimage, una peregrinación de más de 4000 kilómetros para alertar sobre la política de rearme nuclear del presidente Reagan. Mi humilde misión era traducir los folletos al español. En aquellas charlas, sus palabras y su mirada inspiraban esa paz especial que solo se encuentra en los que vienen de la gran tribulación y han acrisolado su fe en el sufrimiento, la incomprensión y la persecución.

La noticia me ha llegado a través de la columna de Amy Goodman en democracynow.org que leo con frecuencia y os invito a visitar pues está también en español. Entresaco de su crónica algunos de estos datos, además de los que encuentro en la red.

Daniel Berrigan, sacerdote católico jesuita, activista por la paz, teólogo y poeta, falleció el 30 de abril de 2016 a los 94 años de edad. Su vida estuvo marcada por la compasión y el amor por la humanidad, así como por un inquebrantable compromiso con la paz y la justicia. Pasó años en prisión por sus valientes acciones pacifistas contra la guerra. En cada acción de su vida llevó a la práctica el Evangelio que predicaba. Dio impulso a diversos movimientos, inspiró a millones de personas, escribió de una manera hermosa y con una ingeniosa sonrisa compartió su amor por la vida con sus familiares, amigos y con todos aquellos con quienes rezó y luchó por la paz.

En los años 60, junto con su hermano Philip Berrigan, también sacerdote josefita,  y Thomas Merton, monje trapense,  fundó una coalición intereclesial contra la Guerra del Vietnam y escribieron conjuntamente cartas a los principales periódicos argumentando la necesidad de ponerle fin. Su notoriedad aumentó cuando Dan y su hermano, con otros activistas católicos, irrumpieron en un centro de reclutamiento militar en 1967 y derramaron su propia sangre sobre las citaciones de reclutamiento en alusión a la sangre derramada en la guerra de Vietnam. Al año siguiente, el 17 de mayo de 1968, pocas semanas después del asesinato de Martin Luther King Jr., los dos hermanos y otras siete personas se hicieron famosos por retirar citaciones de reclutamiento del centro de reclutamiento de Catonsville, en Maryland, y quemarlas con napalm de fabricación casera en el estacionamiento de las oficinas. Mientras cantaban un himno reunidos alrededor de la fogata fueron finalmente arrestados.

Dan Berrigan expresó en un comunicado emitido por el grupo antes de la acción, dado que sabían que serían arrestados: “Nuestras disculpas, buenos amigos, por quebrantar el buen orden, por quemar papeles en lugar de niños, por despertar la ira de quienes propagan la muerte”. Y agregó: “No podíamos hacer otra cosa, así que ayúdanos Señor”.

Las acciones de Los Nueve de Catonsville, como se conoció al grupo, hicieron que aumentara la intensidad de las acciones contrarias a la guerra de Vietnam en todo el país. Algunas personas habían quemado sus fichas de reclutamiento antes que ellos, pero después de la acción de Catonsville esto se volvió una táctica emblemática y cada vez más frecuente para demostrar la oposición real y simbólica a la guerra. Dan Berrigan expresó: “Elegimos ser criminales sin poder en tiempos de poder criminal. Elegimos ser etiquetados como criminales de paz por los criminales de guerra”.

Daniel Berrigan fue sentenciado a prisión pero antes de entregarse para cumplir su condena, pasó a la clandestinidad. A pesar de figurar en la lista de los más buscados del FBI, Berrigan aparecía repentinamente en diferentes rincones del país y pronunciaba discursos contra la guerra. Habló durante un gran acto en apoyo a Los Nueve de Catonsville en la Universidad de Cornell, donde era capellán. Luego del discurso, al verse acorralado por el FBI y la policía, Berrigan se escondió dentro de una de las marionetas gigantes de la compañía de teatro con contenido político Bread & Puppet. Disfrazado de esa manera logró salir del Barton Hall de la Universidad de Cornell y evitó ser arrestado. Finalmente, las autoridades dieron con su paradero en Block Island, frente a las costas de Rhode Island, y lo arrestaron. Una famosa fotografía capturó el momento en que dos tristes agentes del FBI que se hacían pasar por observadores de aves en la isla se llevaban esposado al sonriente padre Berrigan.

Berrigan escribió en sus memorias, tituladas “No Bars to Manhood”: “Dado que la maquinaria estadounidense no funciona bien, ni en sus mecanismos internos, ni en sus engranajes con el mundo, los hombres de bien deben tomar medidas”. Y aclaró: “Algunos de ellos han de estar dispuestos a ir a la cárcel”.

En 1980, Berrigan, una vez más con su hermano Phil y otras personas, irrumpió en una planta de misiles de General Electric ubicada en King of Prussia, Pennsylvania. Allí golpearon con martillos cabezas de ojivas nucleares hasta dañarlas de modo que no pudieran ser reparadas y luego derramaron su sangre sobre las partes dañadas. Las acciones que llevaron adelante ese día dieron inicio al Movimiento Plowshares, que creció hasta convertirse en un movimiento mundial. Las acciones de Plowshares se inspiran en un versículo del libro de Isaías, del Antiguo Testamento:

“Convertirán sus espadas en arados
y sus lanzas en podaderas.
No levantará la espada pueblo contra pueblo,
y nunca más se adiestrarán para la guerra”.
(Is 2,4)

Su lucha por la paz desafió al Gobierno de Estados Unidos, al Pentágono y a la jerarquía de la propia Iglesia Católica. Por ese último pecado, fue apartado de su labor eclesiástica en Estados Unidos. Su exilio incluyó viajes a América Latina y Sudáfrica, que lejos de curarlo de su compromiso con la lucha por la justicia, solo lo reafirmaron. Continuó como activista contra la guerra y participó en las protestas contra la intervención estadounidense en Centroamérica y contra las guerra del Golfo, Kosovo, Afganistán e Irak. Fue además un destacad integrante de los movimiento Pro vida, contra el aborto, contra la pena de muerte y diversas causas de derechos humanos, incluidos los derechos de los LGTB.

Padre Berrigan: viviste a tope el evangelio y practicaste lo que predicabas. Gracias por el testimonio que nos has dado y porque tantas personas confundidas encontraron luz en tu ejemplo. Descansa en paz, de la misma manera en que has vivido

 (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

*alcierzo.com

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