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“Carta para el prisionero Dietrich Bonhoeffer”, por Carlos Osma.

martes, 12 de agosto de 2025
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De su blog Homoprotestantes:

[Menorca] 26 de julio de 2025

Querido Dietrich,

Primero de todo disculparme por la familiaridad con la que me dirijo a ti en esta carta pero, aunque fuiste asesinado casi treinta años antes de que yo naciera, tus pensamientos han sido para mí tan relevantes desde que era joven, que te sigo considerando como un profesor por el que siento un profundo agradecimiento, y al que tengo que volver a leer de vez en cuando para no olvidar que «Dios no nos llama a la religión, sino a la vida» [1]. Solo como anécdota te explicaré que cuando mi marido y yo nos casamos —eso es hoy posible, siento que tú no pudieras vivirlo—, lo hicimos en la congregación de Barcelona donde tú fuiste asistente de vicario durante un año. No fue una casualidad, era una forma de agradecerte el empujón final para —como lo decimos hoy — salir del armario.

Imagino que te sorprenderá recibir esta carta, pero no te la envío a la prisión de Tegel donde la Gestapo te encerró en 1943 acusándote de conspiración, ni al campo de concentración de Buchenwald, o al de Flossenbürg donde —como treinta mil personas más durante los siete años en los que estuvo abierto— fuiste asesinado en abril de 1945 por tu relación con el complot que intentó asesinar a Hitler. Te la envío a la prisión en la que estás encerrado desde entonces, y no me refiero a esa en la que eres una especie de santo protestante —¡Tú, que escribiste que «ante los religiosos, me avergüenzo con frecuencia de nombrar a Dios» [2]!— sino a esa otra donde el heterocentrismo te tiene hoy prisionero. Tengo que reconocer que yo mismo te había situado allí, y ahora no entiendo cómo ha sido posible. Te pido disculpas, y que sirva esta carta como un intento de liberarte.

No me ha gustado nunca leer comentarios o biografías sobre la obra de autores que me han influido, prefiero hacerme yo mismo una idea leyendo sus obras. Por eso cuando en 2018 Charles Marsh publicó una biografía sobre ti [3], no tuve ningún interés en leerla. Evidentemente me equivoqué. Había leído algún artículo en el que se afirmaba que Marsh insinuaba que estabas enamorado de tu amigo Eberhard Bethge, pero no le di credibilidad —la homofobia interiorizada entre otras cosas nos hace pensar que una persona es heterosexual hasta que no se demuestre lo contrario, sobre todo si como ocurre en tu caso eres uno de los teólogos más importantes del siglo XX—. Pero este verano, por un buen comentario que hizo un amigo sobre el libro, decidí hacerlo. Cuando llegué a la primera descripción de vuestra relación, me quedé perplejo:

«Desde que la Gestapo cerró Finkenwalde el 28 de septiembre de 1937, y hasta poco antes del arresto de Bonhoeffer en abril de 1943, Bethge y él permanecieron juntos, compartiendo un dormitorio en la casa de sus padres de Marienburger Alle siempre que estaban en Berlín. Tenían también una cuenta bancaria en común, firmaban las postales navideñas como “Dietrich y Eberhard”, discutían sobre los regalos que hacían en común, planeaban sofisticadas vacaciones, y tenían numerosas peleas. Karl y Paula Bonhoeffer, así como sus hijos y familiares, guardaron para sí cualquier tipo de reserva que el dúo pudiera suscitarles, y pronto dieron la bienvenida al “señor Bethge” al círculo familiar» [4].

En una entrevista que le realizaron a Marsh sobre la biografía Extraña Gloria afirmó que sobre tu homosexualidad los especialistas habían debatido mucho en las conferencias que se han hecho sobre tu vida y reflexión teológica, pero ese debate siempre tenía lugar entre comidas, copas y cervezas, nunca en sesiones académicas. [5] Me alegra que se haya atrevido a dar valor a esta área tan importante de tu vida, ofreciendo muchos datos que ponen de relieve tu relación con Bethge, y que te libera de los márgenes, de los cuchicheos entre especialistas, y de la prisión en la que muchos te querrían. Quizás el dato que más me sorprendió, porque muestra la naturalidad con la que tu familia vivía vuestra relación, es la forma en la que se refirió a Bethge tu sobrina Marianne al describir el momento en el que sacasteis a su familia de Alemania para ponerla a salvo porque tu hermana gemela Sabine estaba casada con un cristiano de origen judío:

«Nuestro coche estaba repleto, pero de manera que pareciera que simplemente íbamos de vacaciones. Christiane y yo estábamos acostadas en la parte trasera. El tío Dietrich y el «tío» Bethge habían traído un coche» [6].

Decidí después de leer a Marsh, volver a leer las cartas que tú y Bethge os mandasteis cuando estabas en la prisión de Tegel. Unas cartas que podían pasar la censura de la Gestapo, o ser leídas por los intermediarios que os las hacían llegar. Pero aun así, leía y volvía a leer frases que hasta ese momento me habían pasado totalmente desapercibidas, y que daban cuenta de vuestra relación:

«Solamente hablando contigo llegaba a saber si mi pensamiento servía para algo o no… Pensaré cada día en ti y pediré a Dios que te guarde y te vuelva a traer». [7]

 «Para nosotros dos fue muy hermoso el estar juntos y no puedo imaginarme que en los años que vengan se haya de cambiar algo en esto. Eso es una posesión real, quizás obtenida lenta y trabajosamente, pero ha merecido la pena todo lo que los dos hemos invertido en ello» [8].

«Cual claras y frescas aguas, donde el espíritu se purifica del polvo del día, en las que se refresca del abrasador calor y se fortifica a la hora del cansancio; cual baluarte, adonde tras el peligro y la confusión se retira el espíritu, donde se encuentra asilo, consuelo y fuerzas, así es el amigo para el amigo» [9].

«Hoy hace ocho años, por la noche, nos hallábamos sentados ante la chimenea… Sé que estás pensando en mí en este día, y si tus pensamientos no solo contienen recuerdos del pasado, sino también esperanzas para el futuro, incluso aunque sea un futuro cambiado, entonces seré feliz» [10].

Sé que nunca te han gustado ni los novelistas ni los teólogos que están obsesionados con la vida íntima y personal, y que para ti la esencia de un ser humano no radica ahí, pero algo más de dos décadas después de tu muerte el movimiento feminista puso sobre la mesa que lo personal es político, y a partir de entonces quienes sentimos atracción afectivo-sexual por personas de nuestro mismo sexo hemos utilizado la estrategia de visibilizarnos para tratar de lograr espacios de libertad, y leyes que nos protejan a nosotros y nuestras familias. Supongo que a ti te sonará todo esto un poco extraño, no puedo hacer que pienses como yo lo hago en el siglo XXI, como tampoco trato de trasladar acríticamente mi experiencia a la tuya. Sin embargo, creo que es importante que se visibilice tu relación de amor con Bethge, es necesario que puedas salir de esa prisión, primero por vosotros, por dar dignidad y reconocimiento a vuestra relación, a vuestros sentimientos. Pero también porque has sido y sigues siendo un referente para muchos cristianos y cristianas, a los que puedes ayudar a entender el amor y el deseo entre dos personas del mismo sexo como parte también de la creación de dios.

Muchos se han aferrado a la amistad —así es como os reconocíais el uno al otro— para explicar la naturaleza de vuestra relación. Pero tus cartas muestran algo más que una amistad, más bien un intento de responder a las preguntas que realizó Foucault sobre el deseo de querer estar con una persona de tu mismo sexo:

«¿Cómo pueden dos varones estar y vivir juntos, compartir su tiempo, su comida, su dormitorio, su ocio, sus desgracias, sus experiencias, sus confidencias? ¿En qué consistiría eso de estar entre hombres a pelo, ajenos a las relaciones institucionales, familiares y de compañerismo impuesto?» [11].

Y para dar más peso a su argumento se aferran a tu compromiso matrimonial con María von Wedemeyer, ignorando que el matrimonio era casi la única posibilidad que se os abría a la mayoría de hombres y mujeres gais de vuestra generación. Bastan las palabras de María, explicando una de sus visitas a la prisión de Tegel, para comprenderlo:

«Y era tan buena, tu cálida mano; todo lo que deseaba era que la dejaras ahí… Un escalofrío me recorrió entera, me llenó por completo, sin dejar espacio para el pensamiento. Pero la quitaste. No te gusta ser romántico, ¿verdad?[12].

He leído también varios comentarios de personas que te han rescatado de la prisión de la  heteronormatividad, pero que te hacen pagar un precio por ello. El primero es el propio Marsh en su biografía cuando afirma cosas como:

«La relación de Bonhoeffer con Bethge siempre había tratado de moverse en la dirección del amor romántico, siempre casto» [13].

Y llega a afirmar incluso, sin prueba alguna, que moriste célibe. Supongo que trata de presentarte más aceptable a esas instituciones religiosas que te tienen como referente pero muestran verdaderos problemas con el sexo en general, y entre dos hombres o dos mujeres en particular. No sé si te producirá una sonrisa lo que te voy a decir, pero creo que al igual que son incapaces de pensar que el nacimiento de Jesús se debió a una noche de amor entre María y José, a las que les precedieron y siguieron muchas más; no quieren ni imaginarse lo que tú y Bethge podrías haber hecho en la habitación de tus padres. Esa obsesión por problematizar el sexo, sobre todo el de las personas gais —ahora solemos identificarnos así— me parece que habla más de sus temores y frustraciones que de nuestra realidad. O somos célibes, y por tanto santos, o tenemos sexo compulsivo, convirtiéndonos en degenerados. A mí no me importa lo que pasara en vuestra intimidad, pero espero que os hiciera felices.

Nunca necesité que fueras gay para sentirme interpelado por tus reflexiones, y en el fondo no intenté entrar en tu intimidad cuando las leía, sino en la mía. Quizás por eso no me di cuenta de que amabas a otro hombre, mientras tus palabras me preparaban para que yo pudiera hacerlo aunque eso significara perderlo casi todo:

«Cuando uno ha renunciado por completo a llegar a ser algo, tanto un santo como un pecador convertido o un hombre de iglesia, un justo o un injusto, un enfermo o  un sano… entonces se arroja uno por completo en los brazos de Dios, entonces ya no nos tomamos en serio nuestros propios sufrimientos, sino los sufrimientos de Dios en el mundo, entonces velamos con Cristo en Getsemaní» [14].

Espero de todo corazón que algún día seas liberado completamente de la prisión heteronormativa donde la religiosidad pretende mantenerte encerrado. Pero, antes de despedirme, me gustaría saber si te sientes de alguna forma culpable por no haber levantado también la voz por esos hombres que murieron en campos de concentración como el tuyo llevando un triángulo rosa en el pecho. No es un juicio, no soy nadie para tratar de ponerme en tu lugar así a la ligera; sin embargo es una de las muchas preguntas que me hago después de descubrir tu amor por Bethge. Sé que no voy a obtener una respuesta definitiva a la pregunta, o quizás ya la diste en tu diario poco tiempo antes de tu muerte:

 «No debes dudar nunca de que recorro con gratitud y alegría el camino por el que soy conducido. Mi vida pasada está colmada de la bondad de Dios, y sobre la culpa se halla el amor perdonador del Crucificado» [15].

De corazón muchas, muchas, muchas gracias por todo. Te envío todo mi afecto, y mi deseo de liberación. Tuyo,

Carlos Osma

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Notas:

[1] Dietrich Bonhoeffer, Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio, Salamanca: Ediciones Sígueme 2001, p. 253.

[2] Ibid. 198.

[3] Charles Marsh, Extraña Gloria. Vida de Dietrich Bonhoeffer, Madrid: Editorial Trotta 2018.

[4] Ibid. 316.

[5] Christopher Benson, Dietrich Bonhoeffer and the Romance of Friendship [en línea], Spiritual Friendship <https://spiritualfriendship.org/2014/06/05/dietrich-bonhoeffer-and-the-romance-of-friendship/> [Consulta: Julio 2025].

[6] Marsh, Extraña Gloria, p. 354.

[7] Bonhoeffer, Resistencia y sumisión, p. 99.

[8] Ibid. 230.

[9] Ibid. 272.

[10] Marsh, Extraña Gloria, p. 468.

[11] Michel Foucault, ¿Qué hacen los hombres juntos?, Madrid: Ediciones Cinca. Colección Empero 2015.

[12] Marsh, Extraña Gloria, pp. 452-453.

[13] Ibid. 494.

[14] Bonhoeffer, Resistencia y sumisión, p. 258.

[15] Ibid. 274.

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80 años del asesinato de Dietrich Bonhoeffer por los nazis

miércoles, 9 de abril de 2025
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Dietrich Bonhoeffer

Dietrich Bonhoeffer

«Este es el final; para mí, el comienzo de la vida»

Su fe fue más fuerte que el miedo

No se puede ser nacionalsocialista y cristiano al mismo tiempo: esta opinión determinó la vida de Dietrich Bonhoeffer. El teólogo fue asesinado por los nazis el 9 de abril de 1945.

Dietrich Bonhoeffer se atrevió a resistir al régimen de Hitler y pagó por ello con su vida. El legado del teólogo continúa inspirando hoy, incluso de manera inesperada.

La estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad”,

El teólogo y militante en la resistencia  Dietrich Bonhoeffer es hoy una de las figuras más importantes del siglo XX y representa sobre todo un cristianismo comprometido políticamente. En la mañana del 9 de abril de 1945, a Dietrich Bonhoeffer lo sacaron de su celda en el campo de concentración de Flossenbürg, en Baviera, para ser ejecutado. Apenas unas horas antes, el pastor protestante había estado orando con sus compañeros de prisión.

Su última frase registrada fue: «Este es el final; para mí, el comienzo de la vida«. Fue ahorcado justo un mes antes del colapso definitivo de la dictadura nacionalsocialista en la Segunda Guerra Mundial.

Nacido el 4 de febrero de 1906 en Breslavia, creció con siete hermanos en una familia de clase media alta. Su padre, Karl Bonhoeffer, profesor de psiquiatría, fue destinado al hospital universitario Charité de Berlín en 1912 y la familia se mudó a una mansión en el lujoso barrio de Grunewald. Los Bonhoeffer no tenían mucho que ver con la Iglesia, por lo que les sorprendió que el hijo menor, Dietrich, decidiera estudiar Teología protestante cuando terminó el bachillerato. La familia esperaba que su aspiración fuera una carrera académica. Se doctoró a los 21 años y a los 24 era el docente más joven de la facultad de Teología. Más tarde se arrepintió de su excesiva ambición y creía que se había convertido en un buen teólogo, pero no en un cristiano. A este cambio contribuyó también el año que pasó en el Seminario Teológico Unión en Nueva York. Allí aprendió cómo pueden contribuir los cristianos a resolver problemas sociales como la pobreza y la injusticia.

Cuando los nacionalsocialistas tomaron el poder, Bonhoeffer no tardó en advertir de los peligros del nuevo régimen y del culto al Führer. No estaba de acuerdo con la opinión generalizada de que la Iglesia no debía inmiscuirse en política. Para él, la leyes de los nazis contra los judíos, como el “párrafo ario”, no eran compatibles con la visión bíblica de la humanidad. Y no reconocía la Iglesia del Reich instalada por el régimen nazi con su obispo Ludwig Müller. Estaba convencido de que no se podía ser nacionalsocialista y cristiano al mismo tiempo. Cuando defendió ante los párrocos berlineses que en caso necesario la Iglesia también tendría que “parar la rueda bloqueando los radios”, es decir, ofrecer resistencia política, muchos abandonaron la sala.

Bonhoeffer desempeñó un papel decisivo en la creación de una contraiglesia, la llamada Iglesia Confesante, un movimiento de oposición de los cristianos protestantes fundada en 1934 como reacción a los esfuerzos de los nazis para controlar la Iglesia protestante, pero criticó que esta no adoptara una postura más firme en sus declaraciones contra el “párrafo ario” y la pretensión de poder total de Hitler. Creer que la Iglesia podría mantener su independencia en el marco de un sistema totalitario le parecía una ilusión peligrosa. Cuando exigió que todos los párrocos críticos con el régimen se declararan en huelga, también quedó marginado dentro de la Iglesia Confesante. Para poner distancia, asumió la dirección de dos congregaciones en Londres. Estando allí, recibió una petición de la Iglesia Confesante para que regresara a Alemania y asumiera la dirección de un seminario de predicadores. En estos seminarios se preparaba a los futuros párrocos para su ministerio. Estaban pensados como “centros de poder” de una contraiglesia. Bonhoeffer asumió esta tarea. Su enseñanza era una mezcla de formación espiritual, conocimientos teológicos y educación política.

Otras leyes y decretos fueron quitando gradualmente terreno a los seminarios, hasta que finalmente solo podían mantenerse ilegalmente. El propio Bonhoeffer estaba cada vez más en el punto de mira de la Gestapo. Le prohibieron enseñar y hablar en público. Temiendo su inminente detención, sus amigos le presionaron para que se marchara a Estado Unidos. Bonhoeffer lo hizo a regañadientes. En EE. UU., en 1930/31, se familiarizó con el movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos y se dio cuenta de que la fe no era sólo una convicción personal, sino que también consistía en oponerse activamente a las injusticias. «Bonhoeffer estaba convencido de que los cristianos compartimos la responsabilidad no solo sobre nosotros mismos, sino también sobre los demás y el mundo, (…) especialmente hacia los más débiles”, explica a DW el profesor Florian Höhne, primer presidente de la sección alemana de la Sociedad Internacional Bonhoeffer (IBG).

Solo unas pocas semanas después, en julio de 1939, regresaba de Nueva York a la Alemania nazi. Pensaba que no tenía derecho a participar en la reconstrucción de Alemania si no compartía la difícil situación del pueblo alemán. De regreso en Alemania, Bonhoeffer observó cómo la Iglesia se adaptaba al Estado nazi, pastores y clérigos juraban lealtad a Hitler.

Por medio de su cuñado, Hans von Dohnanyi, se enteró de los planes para matar a Hitler y se unió al grupo de resistencia liderado por el teniente general Hans Oster. Usaría sus contactos en el extranjero para averiguar la actitud de los políticos, sobre todo en Inglaterra, en caso de que Hitler fuera destituido y triunfara un golpe de Estado. Bonhoeffer asumió dos papeles en la resistencia: «Utilizó sus contactos con iglesias cristianas y comunidades religiosas en el extranjero para intercambiar información y que los aliados conocieran los planes golpistas. Y negociar opciones para el período posterior, para recibir una señal de los aliados de que aprobaban esos planes golpistas y no simplemente continuarían la guerra después, que estaban dispuestos a negociar la paz”, explica Höhne. Su segunda tarea era «actuar como pastor de sus conspiradores y asesorarlos en conflictos de conciencia«.

Pero las conexiones de Bonhoeffer con la resistencia fueron descubiertas y la Gestapo lo arrestó el 5 de abril de 1943. Estuvo dos años en prisión, sin juicio regular, hasta su ejecución. Allí escribió textos teológicos y sociopolíticos.

516309437-1-Placa conmemorativa en el antiguo campo de concentración de Flossenbürg © pa/dpa

Fue en esa época cuando Bonhoeffer conoció a Maria von Wedemeyer, de 18 años. Se comprometieron en secreto. Las conexiones de Bonhoeffer con la resistencia fueron descubiertas y la Gestapo lo arrestó el 5 de abril de 1943 Bonhoeffer, fue detenido y llevado a la prisión de Berlín-Tegel. Estuvo dos años en prisión, sin juicio regular, hasta su ejecución. Allí escribió textos teológicos y sociopolíticos. Las pruebas contra él eran escasas y había esperanzas de que lo pusieran en libertad. Tras el fallido intento de asesinato de Hitler por parte del grupo liderado por Claus Schenk Graf von Stauffenberg, se descubrió su implicación en el complot para derrocar a Hitler.

Tras los intensos bombardeos aéreos sobre Berlín, Bonhoeffer fue trasladado primero a los sótanos de la prisión de la Gestapo en la Prinz-Albrecht-Straße, después lo llevaron al campo de concentración de Buchenwald y, tras una breve estancia con otros prisioneros en una Alemania que se hundía, fue transportado por todo el sur de Alemania hasta que el grupo fue alojado provisionalmente en una escuela de Schönberg, en el bosque bávaro. La mañana siguiente fueron a recogerlo y lo llevaron al campo de concentración de Flossenbürg. Fue interrogado durante la noche, un “consejo de guerra” lo condenó a muerte y fue asesinado la madrugada del 9 de abril de 1945.

Su familia y su prometida, Maria von Wedemeyer, no supieron de la muerte de Dietrich Bonhoeffer hasta finales de julio. Resultó que su hermano Klaus y sus cuñados, Hans von Dohnanyi y Rüdiger Schleicher, también habían sido fusilados o ahorcados. Más recientemente, círculos de la derecha religiosa y política han intentado apropiarse de la figura Bonhoeffer para sus propios fines. Una mirada a su vida y a sus escritos muestra claramente que tales reinterpretaciones pervierten todo aquello por lo que vivió y luchó este teólogo.

72117195_906Lugar conmemorativo del campo de concentración Flossenbürg, en Baviera, donde ejectuaron a Bonhoeffer.
Imagen: Armin Weigel/dpa/picture alliance

Un patrimonio con múltiples facetas

Su obra y persona son veneradas, interpretadas y apropiadas en todo el mundo por teólogos liberales, activistas de derechos humanos, demócratas, activistas de izquierda, conservadores, pero también por ultraderechistas, teóricos de la conspiración y partidarios nacionalistas cristianos del presidente estadounidense, Donald Trump.

Pero ¿por qué lo invocan grupos tan diferentes? ¿Qué defendía realmente Bonhoeffer con su pensamiento y su mensaje?

Después de la guerra, Bonhoeffer se convirtió en un ícono, modelo de fe, de no darse por vencido, de actuar. Muchos de sus libros se convirtieron en éxito de ventas internacionales, e incluso se filmó una película sobre su vida.

Pero mientras los teólogos liberales, los demócratas y los activistas de derechos humanos lo celebran como un luchador por la justicia social y la responsabilidad cristiana, los círculos conservadores de ultraderecha y los nacionalistas cristianos, sobre todo, en Estados Unidos, lo veneran como un pionero contra un Estado supuestamente extralimitado. Los nacionalistas cristianos ven a su nación como elegida por Dios y quieren imponer políticamente su visión muy conservadora de los valores cristianos.

Sobre todo, para los partidarios de Trump, Bonhoeffer es un símbolo de rebelión contra el llamado Estado profundo: la idea de que existe una estructura de poder secreta detrás de un gobierno oficial, que controla la política y la sociedad. Algunos establecen paralelismos entre su lucha contra Hitler y su propia oposición al aborto, los derechos LGBTQ o las regulaciones de vacunación.

Teólogos de EE.UU. y Alemania, descendientes de Bonhoeffer y la Sociedad Internacional Bonhoeffer (IBG) se oponen firmemente a esta apropiación. En una carta abierta de octubre de 2024, el IBG denunció que la vida y la obra de Bonhoeffer estaban siendo utilizadas cada vez más, especialmente por los nacionalistas cristianos, para legitimar la violencia política.

Bonhoeffer se opuso al régimen de Adolf Hitler no con armas, sino con palabras, hechos y una fe firme: de predicador se convirtió en conspirador. «Bonhoeffer era un pacifista cristiano, que sólo consideraba la posibilidad de la violencia tras una lucha intensa. Pero su pensamiento estaba marcado por la búsqueda de la paz y la cuestión de qué une a los cristianos más allá de las fronteras nacionales”, subrayó Höhne.

Höhne considera que la influencia de Bonhoeffer tiene sus raíces en su fascinante biografía, que inspira más allá de las fronteras políticas, teológicas e ideológicas, sobre todo, porque defendió sus convicciones con su vida.

La estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad”,

El tiempo que pasó en prisión lo dedicó a tratar de entender y explicar la conducta de sus compatriotas, en la correspondencia que intercambió con sus padres y con un amigo, Eberhard Bethge, que luego de su muerte fue compilada y publicada bajo el título Resistencia y sumisión. No apuntaba a la ignorancia, cuyo remedio es la educación, sino al defecto moral que lleva a personas inteligentes a abandonar el pensamiento crítico. ¿Cómo fue posible que un país culto y avanzado como Alemania, la tierra de tantos poetas, científicos y filósofos trascendentes, cayera bajo el influjo del nazismo, de una doctrina cuyos fundamentos eran el racismo y el supremacismo era el interrogante que se planteaba Bonhoeffer. ¿Cómo explicar la aparente incapacidad de una inmensa porción de la población para tomar conciencia de las atrocidades que se estaban cometiendo? ¿Cómo explicar la complicidad activa o pasiva de tantos frente a acciones que violaban principios esenciales de una ética humana?

Fue entonces cuando formuló su célebre tesis sobre la estupidez, una de las fases más trascendentes de su legado intelectual. Para Bonhoeffer, la respuesta a los interrogantes que suscitaba la actitud de la gente ante el régimen estaba en la estupidez y no en la maldad. Pero no se refería a la estupidez como un rasgo individual sino como un fenómeno social, colectivo y de índole moral antes que intelectual.

Tampoco lo ve como algo innato al individuo. La estupidez surge de la vida de relación porque se contagia. Por eso podemos ver a personas muy inteligentes comportarse como estúpidas, porque ello es un rasgo de personalidad y no resultado de la falta de capacidades mentales.

La persona estúpida es peligrosa pero no porque no sea inteligente, sino porque ha renunciado a razonar críticamente ya que tiende a aceptar dogmas y órdenes sin cuestionarlos.

La estupidez es un enemigo más peligroso para el bien que la maldad”: es una de las definiciones más difundidas. El mal puede ser combatido con más facilidad porque es evidente, decía, genera reacciones contrarias, motiva a exponerlo y a enfrentarlo. En cambio la estupidez no puede ser enfrentada con la racionalidad, la lógica o las evidencias, porque no atiende a esos argumentos.

La lectura de la exposición de la hipótesis de Bonhoeffer sobre la estupidez resulta de una actualidad y vigencia sorprendentes.

“La estupidez -escribió- es un enemigo más peligroso del bien que la malicia. Se puede protestar contra el mal; éste puede ser expuesto y, si es necesario, prevenido mediante el uso de la fuerza. El mal siempre lleva en sí el germen de su propia subversión, pues deja en los seres humanos al menos una sensación de inquietud. Contra la estupidez estamos indefensos. Ni las protestas ni el uso de la fuerza sirven de nada en este caso; las razones caen en oídos sordos; los hechos que contradicen los prejuicios de uno simplemente no deben creerse —en tales momentos, la persona estúpida incluso se vuelve crítica—, y cuando los hechos son irrefutables, simplemente se descartan como intrascendentes, como incidentales. En todo esto, la persona estúpida, a diferencia de la maliciosa, está completamente satisfecha de sí misma y, al irritarse fácilmente, se vuelve peligrosa al atacar. Por eso, se recomienda mayor precaución al tratar con una persona estúpida que con una maliciosa. Nunca más intentaremos persuadir al estúpido con razones, pues es absurdo y peligroso”.

Esta alusión al peligro posiblemente se deba al fenómeno de la delación del que Bonhoeffer habrá sido testigo, por otra parte inherente a todos los regímenes totalitarios.

Bonhoeffer precisó que la estupidez no es un defecto intelectual sino moral. Tampoco es un rasgo congénito, sino que en determinadas circunstancias las personas se vuelven estúpidas o permiten que les suceda. Es menos un problema psicológico que sociológico y por eso suele ser un fenómeno de contagio.

El hecho de que una persona estúpida sea testaruda no implica que sea independiente, advierte Bonhoeffer. Al contrario, está bajo hechizo y al tratar con esa persona, la impresión que se tiene es que se está hablando con eslóganes y consignas.

La estupidez no es lo mismo que la ignorancia, por lo tanto no puede ser vencida por la vía de la instrucción, como puede serlo la ignorancia, sino por la vía de una liberación. Y eso debe darse primero por una acción externa, antes que interna. O sea, del estúpido no se puede esperar nada.

Para Bonhoeffer, este fenómeno se da bajo ciertas condiciones. Todo ascenso de un poder fuerte, ya sea político o religioso infecta de estupidez a buena parte de la Humanidad. Frente a esto, las personas, más o menos conscientemente, renuncian a su autonomía de pensamiento. El poder utiliza propaganda, intimidación o manipulación emocional para instalar un conformismo acrítico.

 “La acción no brota del pensamiento, sino de la disposición a la responsabilidad. La prueba definitiva de una sociedad moral es el tipo de mundo que deja a sus hijos”, dijo Bonhoeffer. Coherente con esa convicción, él no fue solo un intelectual.

Fuente DW.com/Deutschland.de/Infobae

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La fe radiante de Dietrich Bonhoeffer (y IV), por José Arregi

viernes, 31 de mayo de 2024
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Dietrich Bonhoeffer

Dietrich Bonhoeffer

De su blog Umbrales de Luz:

R.M.B. : Nuestra labor como seres humanos, según Bonhoeffer, “no es un problema religioso: es vivir las alegrías y los sufrimientos tras las huellas de Jesús. Interiorizar, cuestionar nuestra conciencia moral, huir del individualismo y de la autosatisfacción que ofrecen las obras piadosas y la búsqueda de la salvación”. “Nuestra obra de hombres es la fe”. ¿Cómo debemos interpretar esta afirmación?

J.A.: Lo resumiría diciendo: para Bonhoeffer, el ser o el destino último, verdadero, del mundo y de la humanidad es vivir la vida y asumir el destino de Jesús, de “Cristo”. Pero también cabría decir a la inversa, aunque el pastor teólogo no propuso explícitamente esta formulación invertida: el ser y el destino de Jesús o del “Cristo” consistió en realizar y dar cumplimiento al ser y al destino del mundo, al ser y al destino del ser humano en el mundo. Ser “mundo” consiste en ser en relación, formar un único cuerpo armónico en devenir religado. Y ser “humano” consiste en ser hijo e hija, hermana y hermano, en hacerse prójimo, en recibir y darse, y en encontrar así la salud y la salvación, la bienaventuranza o la dicha de vivir. Cosmología, antropología, cristología, teología… no son realidades yuxtapuestas ni capas superpuestas; son una única Realidad con Alma. Y, de por sí, no tiene nada que ver con religión alguna: con credos, cultos, espacios y personajes “sagrados”, espíritus, dioses, cielos ni infiernos del más allá…, creaciones culturales humanas todas ellas, para bien y para mal

Observo de paso: para Bonhoeffer, la diferencia entre el Jesús histórico y el “Cristo de la fe” no tiene relevancia. Para muchos cristianos y teólogos de hoy, entre los que me cuento, “Cristo” es, independientemente de la literalidad de los dogmas cristológicos, el nombre tradicional cristiano de la plenitud humana liberada, es más, el nombre de la Creación liberada en la fraterno-sororidad universal de los vivientes y de todos los seres; en cuanto al hombre particular Jesús de Nazaret, es la  semilla y el anticipo, el testigo o mártir y profeta precursor, no único ni perfecto, de la plenitud crística, horizonte de nuestra vida.

Pues bien, ser “Cristo” significa para Bonhoeffer (y para mí) “ser para los demás”, o diríamos, mejor, ser inseparablemente desde, por, con y para los demás, todos los seres. Y conlleva darse hasta morir. Y en eso mismo consiste en última instancia ser persona humana, o bonobo, petirrojo, gusano, agapanto, agua, bosón, estrella, galaxia o agujero negro… Ser desde, con y para y darse hasta morir: eso es lo que hizo Jesús, aunque no fuera perfecto. Se dio y fue crucificado. Pero morir por darse es vivir, es resucitar a una vida que no muere, a la Vida que late en todo cuanto es, desde la partícula a las galaxias (o incluso universos) sin fin. Como Jesús. Como todos los vivientes, como todos los seres que forman un único cuerpo cósmico: el mundo.

El “trabajo” o la “misión” del cristiano es vivir las alegrías y los sufrimientos de la vida humana en el mundo con Jesús, como Jesús. Pero también a la inversa: el “trabajo” o la “misión” del Jesús particular o del “Cristo universal” es gozarse de las alegrías humanas y cargar con sus tareas u dolores, vivir cargado con el peso del mundo y animado por la “materia” que es en el fondo pura energía, que no sabemos qué es ni de dónde viene, pero de la que emergen constantemente nuevas formas de ser y de vida. En eso consiste la “mundanidad” o la “intramundanidad” de Dios.

Nuestra tarea cristiana es una y doble, dice Bonhoeffer: “orar y hacer justicia”, y ambas tareas son “mundanas”. No son dos tareas ni actividades paralelas y consecutivas. Orar no es dirigir oraciones a una divinidad para que nos ayude, ni es refugiarse dentro de sí. Orar es respirar y ser a fondo, expresar y desplegar a fondo nuestro ser, encontrarse a fondo consigo y con todo, con y en el Corazón del todo, con y en la justicia y la paz de todo. Hacer justicia no es mera acción, es obrar y vivir encarnando arriesgada y libremente, solidaria y gozosamente, nuestro ser profundo y verdadero, la inspiración profunda de nuestra fuente interior. En eso consiste el “cristianismo arreligioso”.

Nuestro “trabajo humano es la Fe”, pero la fe no tiene que ver con creencias, sean religiosas u otras. Es la confianza en esa inspiración que emana de lo más hondo del mundo, que permite vivir a fondo –en un marco religioso o no religioso, pero más allá de todo marco– nuestras tareas y fiestas, éxitos y fracasos, alegrías y sinsabores, certezas y perplejidades, y “arrojados en los brazos de Dios” con “Dios” o sin “Dios”.

R.M.B. : Jesús será “el último” y “sus palabras no pasarán”. Nos queda por vivir lo “penúltimo”, y podemos comprobar lo difícil que es hoy ese tiempo, y lo probable que es que siga siéndolo.

“No olvidar nunca que somos terrenales, y que la muerte y la resurrección están ya presentes en nosotros”, como testimonió Bonhoeffer hasta su último aliento.

J.A.: “Último” y “penúltimo”… Son categorías que valen para situar los objetos o los sucesos, o a nosotros mismos, en las coordenadas espacio-temporales del mundo: la penúltima casa de la calle, el último día del mes… Si estas coordenadas no son aplicables ni siquiera a la realidad infra-atómica, a las partículas atómicas, ¡cuánto menos a eso que constituye nuestro ser profundo, que es uno con el ser profundo de todos los seres! Lo último se vive y se juega en lo penúltimo, en el espacio y el tiempo de nuestra historia, en nuestra forma terrestre, pero no está delimitado por el espacio y el tiempo. Nuestro ser profundo es eterno.

Eterno en esto que llamamos tiempo y espacio, nuestro mundo visible. La eternidad no significa que dura sin fin, ni lo que comienza después del tiempo. La vida eterna es la vida en bondad feliz, la vida como gracia de recibirse y darse. La vida que no nace ni muere. La “vida divina” en todo, la vida verdaderamente humana o el aliento o el espíritu cósmico de la vida. Los cristianos la llamamos la vida crística, y la celebramos encarnada en la figura de Jesús, hombre particular y símbolo crístico universal a la vez.

Dar la vida en nuestra finitud abierta al infinito, en medio de nuestras miserias y grandezas, gozos y penas: en eso consiste la resurrección. Resucitamos en vida, como Jesús resucitó en su vida libre y dada, en su compasión sanadora, en su comensalía abierta, en su libertad solidaria. La vida es transformación incesante, en cada latido y respiración. Cuando cesan los latidos y la respiración, se culmina la transformación incesante en que consiste la vida en su forma terrestre, y se abre a la gran transformación: el aliento se hace uno con el Aliento, la vida con la Vida. La llamamos muerte, pero es la pascua, el paso final de esta forma que somos hacia la Plenitud sin forma en todas las formas, en un proceso que se extiende de lo que llamamos materia-energía a lo que llamamos vida en todas las formas de vida. Un proceso que es a la vez terrestre y cósmico, y en su fondo transciende las medidas estrechas del espacio y del tiempo. Cada día es el principio de la creación y el fin del mundo regido por el poder injusto. Materia sintiente, viviente, amante, caminamos en la gran comunión cósmica hacia el Amor, hacia la plenitud de la Vida más allá de los límites de nuestro amor herido, de nuestra vida limitada.

Un testigo de los últimos momentos de Dietrich Bonhoeffer cuenta que sus últimas palabras, en el patio del campo de concentración de Flossenbürg, mientras se dirigía desnudo a la horca a sus 39 años, fueron: “Este es el fin; para mí, es el principio de la vida”.

R.M.B. : La última palabra para el teólogo …

Nadie, ni Dietrich Bonhoeffer, tiene la última palabra, aunque a todos nos llega un momento en que dejamos de ser dueños de nuestro aliento y cesa nuestra voz, que sigue sonando en todas las voces. El último aliento que el profeta mártir entregó prematuramente inspira nuevas palabras que prolonguen la profecía de su martirio.

¡Qué poco duró la voz de Dietrich! ¡Ojalá hubiera prolongado su vida y hubiera podido seguir desarrollando su discurso teológico durante las décadas de los 40 a los 90 del siglo XX, cuando Europa en masa emprendió el camino de la superación de una espiritualidad y de un cristianismo anclado en unas categorías religiosas ininteligibles e inservibles! Un camino que el resto de los continentes también recorrerán más pronto que tarde. En mayo de 1944 escribió: “Las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer”. A él lo enmudecieron, pero el eco de sus palabras y de su silencio continúa resonando. Y a nosotros y a los que nos sigan –si hay quien nos siga– nos toca prolongar su testimonio martirial, su oración y su labor por la justicia más allá de la palabra, pero también su palabra, su reflexión teológica. A nosotros nos toca arriesgar nuestra propia palabra siempre penúltima.

Llevamos muchas décadas de retraso después de las últimas palabras de Bonhoeffer que, a su vez, quiso recuperar siglos de retraso de la Iglesia que se dice seguidora de Jesús, apunto más allá de la religión y de la imagen teísta tradicional del Misterio último y fontal. Karl Barth, el teólogo referente más descollante e influyente de las Iglesias protestantes de los años 40 y 60, se sintió desconcertado por la teología del último Bonhoeffer, por su apelación a un “cristianismo arreligioso”, se pronunció contra él y contra unos pocos que se atrevieron a tomar su relevo (Harvey Cox, Vahanian, Robinson, Van Buren, Altizer, Hamilton, Tillich…). Las Iglesias, tanto las protestantes y anglicanas como la católica y la ortodoxa, se abrieron a ciertas reformas institucionales, pero siguieron aferradas a los significados tradicionales de los dogmas fundamentales.

Este camino ha fracasado ya o fracasará. La fidelidad a la Tierra, al Evangelio de Jesús y al testimonio de Bonhoeffer, exige una transformación más profunda que ninguna otra que se haya dado en la historia del cristianismo, salvo aquella transformación que llevó al movimiento de Jesús a convertirse en religión patriarcal, clerical e imperial. El Evangelio, la humanidad, la Tierra y el eco de las palabras del pastor teólogo exigen reinventar un “cristianismo arreligioso” en un mundo arreligioso: reinventar a Dios más allá del teísmo; redescubrir a Jesús como Cristo más allá del significado literal de los dogmas; reaprender a leer toda la Biblia y su inspiración más allá de la letra; reimaginar una Iglesia más allá de todos sus pilares religiosos, patriarcales, clericales.

Tal vez sea ya demasiado tarde para emprender esa radical revisión teológica e institucional y para que las Iglesias, “orando y haciendo justicia”, sean realmente fermento de un mundo nuevo. Ya no poseen la masa social necesaria para ello. Pero, a corto y medio plazo, no veo otra alternativa para lo que vaya quedando de las comunidades cristianas: o intentarlo o resignarse a convertirse en gueto cultural y reliquia de museo. En cualquiera de los casos, el Aliento de la Vida seguirá animando el corazón de la Tierra, de la humanidad, del universo entero.

Rose-Marie Barandiaran – José Arregi

Toulouse – Aizarna, 2022

(Publicado en GOLIAS Magazine 211, julio-agosto 2023, pp. 29-34)

 

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La fe radiante de Dietrich Bonhoeffer (III), por José Arregi.

viernes, 24 de mayo de 2024
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Dietrich Bonhoeffer

Dietrich Bonhoeffer

Dietrich Bonhoeffer

De su blog Umbrales de Luz:

Rose-Marie Barandiaran: ¿No es gracias a la retirada de Dios” que el hombre se deja alcanzar por él? ¿Por qué entonces le invocamos en nuestros dramas?

¿Por qué separamos lo profano de lo sagrado? Jesús no era un sacerdote. Era simplemente humano. Si nos tomamos en serio los sufrimientos de Dios, si velamos con Jesús en Getsemaní, ¿nos ayudará eso a ser y seguir siendo cristianos?

José Arregi: La metáfora del “retiro” o del “retraimiento” es muy evocadora. Pero no podemos entenderla ni en el sentido teísta (“Dios”, una vez creado el universo, se retira de él, y solo interviene ocasionalmente: milagros, revelación, encarnación…), ni en el sentido deísta (“Dios”, una vez creado, se retira del todo y se vuelve un “Dios ocioso”, pasivo, idea que se encuentra ya en Aristóteles y culmina en el deísmo ilustrado de Voltaire, Rousseau y Montesquieu). La metáfora del “retirarse” de Dios habría que interpretarla más bien en el sentido del tzintzum de la Cábala judía: la creación significa que el Infinito se retira o se “estrecha” como la madre que dentro de sí “hace sitio” a la criatura que crece dentro de ella. Esta idea la han desarrollado en nuestros días autores como, por ejemplo, el rabino Marc-Alain Ouaknin, el filósofo Hans Jonas (cuya madre desapareció en Auschwitz) y el teólogo Jürgen Moltmann. Es revelador que el término hebreo bará, utilizado por el relato del Génesis para decir “crear”, significa “separar”. Crear significa “separar”, en el sentido de hacer sitio… dar lugar. “Dios crea el mundo como el mar la playa: retirándose”, escribió el poeta Hölderlin.

Pero esta imagen del retraimiento divino fácilmente evoca todavía una imagen dualista, pues la madre y el niño, como el mar y la playa, son dos. Dios y mundo no son dos (ni uno formado de dos partes, ni “uno y lo mismo” en contraposición a dos). Dios es –no podemos utilizar sino unas pobres metáforas– el Corazón de todo lo que es, el Fondo, el Fuego, el Aliento que inspira, la creatividad que todo lo mueve y relaciona… No tiene, pues, sentido, “rezar” para que “Dios” acuda a socorrernos. Cuando nos volvemos al fondo de nosotros mismos y nos inclinamos compasivamente haciéndonos prójimos de la persona herida, entonces realizamos lo divino que somos, Dios se manifiesta y crece como lo mundano y humano más profundo, como la posibilidad mejor del mundo. Dios no es alguien que pueda acudir a socorrernos, sino nuestro fondo mejor, lo profundo y más real de nuestro ser, que podemos ir despertando. Así es como oraba, por los mismos años y en circunstancias similares a las del teólogo Bonhoeffer, una agnóstica mística, Etty Hillesum, 8 años más joven que él: “Tú no puedes  ayudarme, pero yo te ayudaré, Dios mío. Y será la forma de que tú me ayudes”.

RMB: Intento comprender: el Dios infinito (¡y plural!) se contrae para hacer sitio a la creación, hace el vacío, lo que me hace pensar en: «la tierra era tohu y bohu, una oscuridad sobre el abismo, pero el soplo de Elohim se cernía sobre la faz de las aguas». Gen 1:2

Podríamos añadir: el movimiento de las olas se preparaba para acoger «la alteridad del mundo». Cuando Dios se retiró, dejó tras de sí algunas emanaciones de su luz, que podrían ser elementos de misericordia a los que podríamos agarrarnos para construir un mundo mejor. El hombre no es intrínsecamente bueno, pero puede llegar a serlo, es una elección. Esta versión me parece más interesante que la del pecado original y da un nuevo sentido a la crucifixión de Jesús…

J.A.: La realidad, toda ella, es divina, en todo aquello que la realiza para el bien común. Jesús fue divino en su humanidad compasiva, solidaria, comprometida. Cuanto más humanos somos, más divinos (libres y buenos, buenos y felices, sanos y salvos) nos volvemos.

Por eso, el “sufrimiento de Dios” del que habla Bonhoeffer no podemos entenderlo como sufrimiento de un “Dios” distinto y extrínseco al mundo; sería volver incurriendo así en un burdo teísmo dualista. El “sufrimiento” de Dios es el sufrimiento del mundo en su centro o su corazón –hecho de poder y de paciencia, de esperanza activa, de acción movida por el aliento–, el sufrimiento del mundo en busca de su plena realización común.

Así es como entiendo la vida de Jesús, imagen y anticipo (no único ni perfecto) del Cristo cósmico en devenir en todos los seres. Esto nos lleva más allá del teísmo y del deísmo, pero también más allá del ateísmo positivista.

R.M.B.: Hubo un tiempo en que la Iglesia era todopoderosa en casi todos los ámbitos. Hoy, ¿qué haría falta para que el discurso de la Iglesia sonara a verdad?

Según Dietrich, «el poder va en contra de la conversión y la purificación».

¿No hay otras formas de vivir con sabiduría y bondad?

J.A.: Bonhoeffer se preguntó siempre, y sobre todo en sus dos años de prisión, sus últimos años, acerca del lugar de la Iglesia en un mundo arreligioso, y acerca de la forma que debiera adoptar en este mundo. Es decir, sobre la forma de la Iglesia llegada a su “edad adulta”. Cuando llegue, afirma, “el rostro de la Iglesia habrá cambiado por completo”. Pero tampoco tuvo tiempo para concretar y sistematizar los rasgos de ese rostro adulto de la Iglesia. A pesar de ello, los criterios fundamentales para caminar hacia esa realización adulta son claros. Por ejemplo:

1) Que deje de considerarse “privilegiada en el plano religioso”, que “pertenezca plenamente al mundo”; 2) Que no se presente como mediación necesaria entre Dios y la sociedad, la humanidad; 3) Que cese de predicar la necesidad humana de Dios para así reafirmar la necesidad de sus servicios religiosos; 4) Que no busque su lugar allí donde fracasa la humanidad, sino “en medio de la aldea”, como Jesús, allí donde se juegan los gozos y los dramas, las fiestas y las luchas de la gente; 5) Que no ofrezca doctrinas, creencias y normas, y cuánto menos con pretensión de poseer el monopolio de la verdad y del bien; que, por el contrario, ofrezca una humilde palabra y testimonio sobre la Palabra de la reconciliación, de la misericordia, de la liberación, e infunda así inspiración y alma para vivir; 6) Que hable de Dios de otra forma, “mundanamente”; 7) Que no se ocupe de su propia autoconservación como institución, sino de su profunda transformación, y sobre todo de la profunda transformación del mundo; 8) Y la primera condición: que abandone el registro del poder, del dominio, de la superioridad; que, para ello, haga desaparecer en su organización interna todo vestigio clerical y jerárquico (que no faltan en las iglesias protestantes y anglicanas, aunque sean mucho más leves que en las Iglesias católica romana y ortodoxa).

Tales criterios de fondo plantean preguntas que el joven teólogo encarcelado y ejecutado no pudo abordar teórica ni prácticamente, por ejemplo: en un mundo sin religión y en un “cristianismo arreligioso”, para unos cristianos «arreligiosos” y “mundanos«, ¿qué podría significar, qué objetivo podría proponerse todavía, qué forma concreta podrían adoptar la comunidad eclesial, la parroquia, el templo, la predicación, la liturgia…? ¿Debería acaso desaparecer todo espacio comunitario para la oración y la reflexión, o todo espacio personal para la interioridad y la meditación inspiradas por la tradición cristiana de impronta “religiosa” y “teísta”? Son cuestiones vivas que se nos plantean todavía hoy, pues el cristiano es una persona social y toda comunidad viva, como todo viviente, necesita una forma. No son las cuestiones más importantes, pero no son desdeñables para muchas cristianas y cristianos en transición hacia una tierra desconocida para las religiones tradicionales.

R.M.B.: ¿De qué debe vivir la Iglesia para ser testigo auténtico del mensaje del que es depositaria? Dietrich llega incluso a decir que «la Iglesia es realmente Iglesia cuando ayuda a los no religiosos». «Cristo puede ser el señor de los no religiosos!”

J.A.: Se me presentan preguntas y perplejidades similares a las que acabo de formular: ¿de qué y para qué debe vivir la Iglesia en un mundo mayor de edad, “arreligioso”?  Ni ella misma puede ya seguir creyendo en un “Dios tutor”, ni profesando creencias hoy absurdas, o practicando extraños ritos medievales o milenarios, ni secundando normas morales obsoletas (por ejemplo en el campo del género y de la orientación sexual, de la sexualidad en general, del origen y fin de la vida…). Nada de eso puede ofrecer si quiere ser sal, levadura, aliento para la inmensa mayoría de las mujeres y hombres de hoy alejados de esas creencias y prácticas religiosas. Dietrich Bonhoeffer escribió con razón que la religión (creencias, ritos, códigos) no es más que es un ropaje histórico, cultural, prescindible.

Las cristianas y los cristianos de hoy, a título individual y comunitario, deberán dejar toda letra que mata y vivir del espíritu, que es respiro, amplitud, vida. Vivir la gracia y la liberación del Evangelio de Jesús releído en nuestros lenguajes y paradigmas de hoy. Y de lo que viven ellas/ellos mismos deberán ofrecer a todos los demás – cristianos o no cristianos, religiosos o no religiosos, indistintamente –, y ello por pura responsabilidad y sin sentimiento alguno de superioridad sobre nadie. Recibiendo de los demás y ofreciendo a los demás espíritu, vida, aliento, inspiración para una transformación personal y política profunda. Está en juego la vida común de la humanidad y del planeta.

Para ello, la Iglesia puede y debe prescindir de todo lenguaje y de toda forma religiosa que hoy carezca de sentido, allí donde carezca de sentido. Pero, en principio, no hay por qué desdeñar ninguna fuente de inspiración, religiosa o laica –tampoco, por lo tanto, la fuente cristiana–, pues la inspiración profunda y el agua son las mismas. El Espíritu alienta en todos los seres. A uno puede inspirarle el gregoriano o Bach, a otro el jazz o Dalida.

¿Deberá la Iglesia despojarse de los evangelios, de sus “mitos” fundacionales (el Cristo sanador, la Cena pascual, la Cruz solidaria, la resurrección del Crucificado, el Pentecostés universal…), de todas sus escrituras, símbolos y ritos? No necesariamente. Bonhoeffer mismo, a pesar de toda su crítica de la religión y de su insistencia en el carácter “arreligioso” del mundo y del propio cristianismo, ni antes ni después de su arresto renunció a todas las formas y expresiones religiosas de su fe en el “Dios centro de la realidad” y en el “Cristo de los no religiosos”. De hecho, en el patíbulo, ante la horca, se arrodilló y rezó…

Dígase lo que se diga, Jesús fue religioso y teísta. Eso sí, enseñó a no poner por encima de la vida ningún ninguna “tradición humana” (Mc 7,8) (y todas las creencias, ritos y normas lo son). Lo único absoluto de Jesús fue la confianza profunda, la comensalía abierta, la compasión sanadora, la solidaridad liberadora, ser “para los demás”. Y así es también “señor de los no religiosos”: no significa de ningún modo que los no religiosos estén sometidos a su poder, sino que también por él pueden ser inspirados para una vida más bondadosa y bienaventurada.

(Continuará)

Rose-Marie Barandiaran – José Arregi

(Publicado en GOLIAS Magazine 211, julio-agosto 2023, pp. 26-28)

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La fe radiante de Dietrich Bonhoeffer (II), por José Arregi.

viernes, 10 de mayo de 2024
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Dietrich Bonhoeffer Dietrich Bonhoeffer

De su blog Umbrales de Luz:

Rose-Marie-Barandiaran“Dios no está más allá de los límites de este mundo, sino en el centro del mundo en vida y bondad”. Para el pastor alemán, este centro es la Realidad misma, es decir, “Dios es el centro absoluto de la realidad”. ¿Te resuena esta idea, José?

José Arregi: Sí, es una de las expresiones de Bonhoeffer que me resultan más sugerentes. “Dios en el centro de la vida”, “en el centro del mundo”, “centro absoluto de la realidad”. Pero que Dios sea “centro” no significa que sea el punto central de algo más grande, ni el eje o el núcleo de la vida personal, de la historia humana o del universo entero. Ni que Dios sea el poder decisivo, o el factor determinante, o el valor supremo. Dios no es algo ni alguien que crea, actúa, habla, interviene, sirve para algo, necesario para explicar el origen del mundo o para garantizar la vida eterna.

Tal “Dios” sería, dice Bonhoeffer, un deus ex machina, como aquellas divinidades que sobre el escenario del teatro griego “salían de una máquina” e intervenían para resolver una situación embarazosa. Es lo que hacen las religiones o las personas religiosas, afirma el pastor teólogo en párrafos brillantes: recurren a “Dios” para solventar sus problemas, sus limitaciones, la ignorancia, el sufrimiento, la angustia, la culpa, la muerte… o la sequía. Postulamos la “hipótesis Dios”, llamamos “Dios” a lo que nos falta y que necesitamos, y lo sacamos de nuestra maquinaria mental-emocional para resolver nuestros problemas. Es un proceder “fraudulento” y “deshonesto”, denuncia Dietrich. Y una estrategia de corto alcance, advierte, porque el “Dios necesario” retrocede o muere en la misma medida en que avanza nuestro saber o poder.

No es que muera, es que no existe sino en cuanto constructo de la mente humana. “No hay un Dios que hay” (“einen Gott den es gibt gibt es nicht”) sentenció Bonhoeffer; no “hay Dios” como hay energía, átomos o animales; no hay un “Dios” que se pueda contar como algo o alguien, como Ente Superior de una suma de entes o el Ente Supremo necesario más allá de todos los entes. Nos lo sacamos de nuestra maquinaria cerebral y social como remedio engañoso en nuestra necesidad.

Ahora bien, Dios no es lo que nos falta, es SER y el poder ser de todo, el potencial abierto y emergente de bondad en la evolución del universo sin comienzo ni fin. No es “una realidad”, es lo Real absoluto de toda realidad, que es una e interrelacionada, y toda ella inseparablemente física, viviente, sintiente, inteligente, emocional, consciente…, de la que el ser humano no es ni centro ni culmen ni fin. Claro que la teología de Bonhoeffer era todavía ajena a esta visión ecológica integral; su visión del mundo y, por lo tanto, su ética y su teología son antropocéntricas, están profundamente centradas en el compromiso socio-político por la justicia y la liberación. Y así inspirará directamente la teología política de Metz y de Moltmann, y a través de éstos, indirectamente, la teología de la liberación. Ciertamente, no hay contradicción de principio entre la teología de la liberación política y la teología de la liberación ecológica. Pero Dios no es, insistiría Bonhoeffer, ni la razón ética ni la garantía de éxito de la acción liberadora política o ecológica: es su centro y su verdadera manifestación, su dinamismo y su realización profunda, su cruz y su gloria, independientemente de credos y religiones.

Dios no es, pues, “nada”, a saber, no es algo que forme parte de algo –energía, materia, organismos vivientes, seres conscientes…– ni la suma de todas las partes: es la bondad creadora que late en cuanto es, la comunión de todos los seres desde la partícula atómica todavía invisible hasta las galaxias en constante formación; es el latido profundo de todo; es el impulso originario que mueve la vida, el amor, y todas las luchas humanas por la paz en la justicia, y todos los dolores de parto de la naturaleza o del universo o multiverso emergente. Dios no es tampoco “nadie”, alguien junto a alguien: es el Tú profundo que se nos revela en el tú que somos cada uno para nosotros mismos, y en el tú que son para cada uno todos los seres (agua, árbol, pájaro, refugiada africana con un niño en brazos…); y es el Yo profundo que funda todo yo, todo organismo, cuerpo, forma y conciencia en sus innumerables grados y formas.

Por eso, tampoco “experimentamos” a Dios como experimentamos el sabor de una fruta, la presencia de una amiga, la pasión de un compromiso, el placer y la belleza de una música o del silencio de un bosque o de un atardecer. Solo experimentamos a Dios en nuestras experiencias humanas, mundanas. Cuando respiramos, respiramos a Dios; cuando contemplamos el campo, contemplamos a Dios; cuando gozamos de una comida, gozamos de Dios; cuando padecemos una ausencia padecemos la ausencia de Dios; cuando sufrimos por una causa perdida, sufrimos la pérdida de Dios, cuando vivimos la esperanza activa de la paz y de la justicia, vivimos la esperanza activa en Dios. O también podríamos decir: Dios mira, huele, saborea, goza, sufre y llora, confía y espera en nosotros, en todo… Es necesario aprender a mirar y sentir la realidad a fondo, venerar e invocar y confiar en el fondo de lo real. Así entiendo la afirmación de Bonhoeffer de que Dios es el centro absoluto (no relativo o parcial) de toda realidad, aunque bien me gustaría saber cómo recibiría él esta interpretación en la cárcel de Tegel o de Buchenwald. Y hoy, aquí.

R.M.B. : Vivimos de nuevo tiempos revueltos, difíciles para los más vulnerables, y el sufrimiento alcanza su punto culminante en una guerra que nos golpea de cerca. Nuestras oraciones y consagraciones no parecen surtir efecto. ¿Qué significa esto?

Si retomamos la imagen de que “el mundo descansa en la mano de Dios”, Dios, sin embargo, parece querer dejar al mundo su autonomía. Permanece “impotente y débil, clavado en la cruz”.¿Es así como nos ayuda a vivir como seres humanos? ¿Significa esto que nos corresponde a nosotros actuar?

J.A.: Vivimos sin duda, a nivel planetario, los tiempos más turbulentos de los 300.000 años de la especie humana Sapiens. Es verdad que nunca han sido tantas las posibilidades de Bien Común de la humanidad –otra cosa es el Bien Común de la comunidad de todos los vivientes, que no parece que haya ganado nada con la aparición de los humanos ni parece que vaya a mejorar su situación, debido al creciente impacto humano en el planeta entero–, pero nunca ha habido tanta guerra, explotación y diferencias, nunca tan pocos han poseído tanta riqueza a costa de la miseria de tantos. La guerra de Ucrania es hoy la más mediática, pero ni siquiera hoy es la más mortífera.

¿Y Dios? Cientos y cientos de millones de creyentes preguntan aún por qué “Dios” permite estas cosas, o siguen organizando vigilias de oración para que “Dios” nos asista. El deus ex machina sigue vivo en el imaginario de mucha gente. Las advertencias de Bonhoeffer a la gente religiosa siguen vigentes: su religión es un peligroso autoengaño personal, social, político. Es verdad que la inmensa mayoría –en unas dimensiones que nuestro autor nunca pudo ni siquiera sospechar– ya no cree en tal divinidad, simplemente porque su visión del mundo o su sentido común o su sabiduría más honda les dicen que esa creencia no solo es absurda, sino también potencialmente perniciosa.

El teólogo pastor les daría la razón en lo que niegan. Ese “Dios” que se hace presente y actúa cuando quiera para socorrer a los pobres humanos creados por él no existe. Pero no se limitó a negar al “Dios” que niegan los ateos. Y nunca renunció a seguir utilizando la palabra Dios (Gott, God) para anunciar a “otro” Dios en quien pudieran creer también los ateos (sin dejar de serlo, me atrevería a decir). Bonhoeffer es –junto con Tillich– uno de los teólogos cristianos pioneros de la crítica del teísmo entendido como creencia en un Theos Ente Supremo creador y omnipotente que interviene en el mundo cuando así lo decide. Nunca afirma explícitamente que se deba superar dicho teísmo, ¿pero qué otra cosa dice en el fondo cuando denuncia la imagen “religiosa” de Dios, el deus ex machina, y habla del “Dios impotente” o del “Dios que nos abandona” a nuestra propia autonomía y a nuestros propios recursos?

¿Qué puede significar que “Dios es impotente y débil”, o que “Dios sufre”? Algunos Santos Padres (como Orígenes, s. III) ya se preguntaron sobre el sufrimiento de Dios y grandes teólogos como Hans Urs von Balthasar y Moltmann han escrito sobre ello de manera profunda. Pero ¿qué significa que “solo un Dios que sufre puede ayudarnos” o que podemos “descansar en las manos de Dios” cuando Dios nos abandona a nuestra suerte? ¿Qué significa que “debemos vivir como si Dios no existiera”? ¿Qué significa su consigna más paradójica y sorprendente, a la vez que seguramente la más bella y sugerente: “Vivir ante Dios sin Dios”? Todo ello apunta a la superación del teísmo, del “Dios” omnipotente que habla y obra, hace y deshace en el mundo como quiere. ¿Cómo entender todas esas expresiones? No basta con decir, aunque lo diga sin cesar la Biblia, que Dios pone a prueba a sus fieles permitiendo que sufran o haciéndolos sufrir o haciéndoles experimentar el abandono y el silencio absoluto de Dios. Tampoco bastan todas las disquisiciones más sutiles (y estériles) para compaginar la libertad humana con la omnipotencia de un Dios, pues tales disquisiciones no resisten a esta simple pregunta: ¿Por qué no nos hizo libres e impecables como, según el dogma, hizo a Jesús e incluso a su madre María, nacida sin pecado original?

Es mucho más sencillo reconocer que ya no podemos creer en un “Dios” Ente Supremo omnipotente y extrínseco. Tampoco Bonhoeffer podía creer en ese “Dios”. Sin embargo, descansaba en las manos de Dios: en lo más hondo de sí y del mundo tan turbulento que le había llevado a aquella cárcel, y en la luz vacilante de los ojos de sus compañeros de prisión percibía una Presencia segura, el deseo, la aspiración y la inspiración que todo lo mueve, el poder de la bondad más fuerte que la muerte. No hay “Dios”, pero podemos vivir en Dios, es decir, podemos vivir en paz y perderlo todo o darlo todo en paz a pesar de todo, y subir los escalones del patíbulo, como Bonhoeffer los subió, desnudo, libre y en paz. El secreto es saber mirar, percibir, sentir, compadecer, fraternizar, vivir más a fondo.

Pero queda la pregunta: ¿llegó Bonhoeffer lo bastante lejos en su reflexión sobre Dios más allá del teísmo tradicional? ¿Encontró el lenguaje adecuado, más allá de sus atrevidas y sugerentes expresiones paradójicas? Sinceramente, creo que no, y de ningún modo se lo podemos reprochar. ¿Habría llevado más lejos su reflexión con un lenguaje más claro y coherente, de no haber sido colgado en la horca a los 39 años? Sin duda lo hubiera hecho, aunque ni él habría logrado ni nosotros ni nadie logrará nunca decir el Misterio Indecible con palabras inequívocas. Pero lo fundamental es vivir a fondo, y Bonhoeffer vivió a fondo, y así experimentó a Dios, ayudó a Dios –la bondad creadora, fuente de la realidad– a manifestarse, a crear, a crearse. Y así se halló a sí mismo, halló descanso.

(Continuará)

Rose-Marie Barandiaran – José Arregi

(Publicado en GOLIAS Magazine 211, julio-agosto 2023, pp. 22-26)>

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“La fe radiante de Dietrich Bonhoeffer” (I), por José Arregi

viernes, 3 de mayo de 2024
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Dietrich Bonhoeffer Dietrich Bonhoeffer

De su blog Umbrales de Luz:

Dietrich Bonhoeffer nació en 1906 en Breslavia, Alemania (hoy Wroclaw, Polonia). Se hizo pastor luterano y se opuso al ascenso del nazismo en Alemania en la década de 1930. Sospechoso de participar en el atentado contra Hitler, fue encarcelado en Berlín en 1943, pero mantuvo contactos con el mundo exterior. Posteriormente fue trasladado a una prisión de la Gestapo y finalmente internado en un campo de concentración. Sus compañeros de prisión fueron testigos de su humildad, bondad y radiante fe hasta el momento final de su ahorcamiento en abril de 1945.

Rose-Marie-Barandiaran : Quise tener esta conversación con el teólogo José Arregi (a quien los lectores de Golias tienen la oportunidad de leer) porque la vida y la espiritualidad de Bonhoeffer me parecieron tocar cuestiones que nos preocupan hoy. Enumeraré sólo algunas: el ateísmo, la trascendencia, la realidad, la omnipotencia, el sufrimiento, la posición de la Iglesia y… cuál debe ser nuestra tarea como seres humanos…

Ya en 1931, Bonhoeffer constató el auge del ateísmo entre sus contemporáneos. En 1944, escribió a María, su novia: “El mundo avanza hacia la adultez, hace tabula rasa de una falsa imagen de Dios, se encamina a una era no religiosa”.

¿Qué piensas, José, casi 80 años después de Bonhoeffer?

José Arregi: Son palabras de un hombre justo de fe probada al fuego del crisol. Lo ha arriesgado todo por lo más verdadero, y está a punto de perderlo…. A punto de perderlo, a no ser que haya que invertir todas nuestras categorías religiosas y teológicas, de verdad y de mentira, de ganancia y de pérdida, de vida y de muerte.

Conmueve imaginar a un joven pastor luterano de 37 años, brillante profesor de teología, extraordinariamente dotado de corazón, inteligencia y palabra, miembro destacado y peligrosamente comprometido de la Iglesia confesante antinazi, encerrado en una estrecha celda oscura de 2 x 3 m., tan oscura como su destino personal, y sumido en reflexiones teológicas. En sus entrañas sensibles y en su mente lúcida bullen interrogantes que sacuden todas las certezas: ¿Será que el mundo, y sobre todo Europa, esta Europa ilustrada y convulsa, está abandonando la vida por negar a Dios? ¿O será que debe negar al “Dios religioso” tapa-agujeros, para poder encontrar a Dios como gracia de vivir en libertad y bondad, más allá de la religión y de todos sus credos, normas y cultos? ¿Qué es, pues, Dios? ¿Y quién es Cristo para nosotros hoy? ¿Tiene algo que ofrecer todavía el cristianismo? ¿Qué cristianismo, qué Iglesia? Son nuestras preguntas 80 años después.

Bonhoeffer, de buen tono vital a pesar de todo, no se encoge ante ningún interrogante, aunque sacuda los cimientos vitales y carezca de respuestas. Siente la imperiosa necesidad de una nueva teología, un nuevo lenguaje para hablar de Dios, de Jesús, para anunciar el Evangelio a un mundo que ni entiende ni puede aceptar las creencias tradicionales ligadas a una cosmovisión y antropología en ruinas. No llegó a elaborar la teología que intuía. De él nos ha quedado un pensamiento fragmentario, inacabado: fue ahorcado en abril de 1945, a sus 39 años, de los que los dos últimos los pasó en la cárcel.

Sus reflexiones fundamentales, las más novedosas, a menudo paradójicas y provocadoras, se hallan en las cartas que escribió a su amigo y luego editor Bethge entre abril y septiembre de 1944 desde la cárcel de Tegel, a las afueras de Berlín. No estoy seguro de comprender exactamente o de interpretar correctamente algunas de sus afirmaciones lapidarias más conocidas y citadas: que “Dios nos abandona”, que Cristo es “señor de los arreligiosos”, que es necesario un “cristianismo arreligioso” o “mundano”, que hemos de vivir “como si Dios no existiera”, “vivir ante Dios sin Dios”…  ¡Cuánto me gustaría que hubiese sobrevivido muchos años y hubiera podido ahondar y sistematizar sus intuiciones profundas y creo que certeras! Su pensamiento es atrevido, abierto, en búsqueda, y diré lo que me sugiere para nuestro tiempo, no menos mortífero y peligroso que el suyo.

Dicho esto, vayamos a tu pregunta. ¿Qué pensaba realmente sobre el ateísmo? No sabría decirlo con seguridad. Nunca se llamó ateo, pero llama la atención que, en medio de una sociedad europea moderna en la que el ateísmo crecía de manera imparable –sobre todo, de momento, entre las masas obreras y las élites intelectuales–, confiese que siente más simpatía por los ateos que por los creyentes. Y que al mundo tradicional premoderno, religioso y teísta –la inmensa mayoría de los que asistían a los cursos y a los oficios presididos por el teólogo pastor– éste lo califique como “mundo menor de edad”, “ignorante” e “inconsciente”. Y más todavía: que declare tajantemente que el mundo ateo que niega a “Dios” está más cerca de Dios que el mundo religioso que lo afirma.

Bonhoeffer invierte así la interpretación teológica tradicional del ateísmo, y eso presupone una profunda metamorfosis de la noción misma de Dios, de Cristo, del cristianismo, de la fe, de la Iglesia. Nos ofrece bocetos parciales de una nueva teología, iluminadora si sabemos entenderla y aplicarla hoy con honradez intelectual y vital.

R.M.B. : Para Bonhoeffer, la “trascendencia” no significa “huir de este mundo para encontrar soluciones en el más allá”. La “transcendencia”, para él, es simplemente “el prójimo en mi camino”.

Encuentro esta admisión profundamente conmovedora y directamente vinculada a Jesús de Nazaret.

J.A.: Así es. Claro que el judío Jesús imaginaba un “Dios” Señor del cielo y de la tierra, pero eso no es lo decisivo. Lo decisivo es que el Jesús de los relatos evangélicos –el Jesús “real” (y plural) de las primeras comunidades cristianas, más allá de la estricta historicidad y más allá del dogma, el Jesús que Bonhoeffer llama siempre Jesucristo o Cristo, que le inspiraba a él y que nos puede inspirar a nosotros– declara: “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21). Traduzcámoslo: “No todo el que cree en los dogmas y me da culto experimentará la presencia de Dios, sino quien viva humanamente en justicia, misericordia y libertad”.

Su parábola del buen samaritano es una crítica de la religión y de la transcendencia religiosa donde las haya: hacerse prójimo de la persona herida es para Jesús el criterio de lo divino y de lo humano. “Entended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9,13, citando Os 6,6), no divinidades, templos, códigos y credos.

“Permaneced fieles a la tierra” –había proclamado el Zaratustra de Nietzsche–, alejaos de “esperanzas sobreterrenales”, no seáis “despreciadores de la vida”, “no queremos entrar en el reino de los cielos: nos hemos hecho humanos y queremos el reino de la tierra”. Más cerca de Nietzsche que de los discursos religiosos, también Bonhoeffer reclama el reino de Dios en la tierra, no en el más allá. Para el teólogo pastor, libre entre los barrotes de una cárcel, la transcendencia, la fe, el cristianismo se realiza en la misericordia y la justicia, que no son cosas diferentes. Dios se encarna en la vida humanamente vivida, en nosotros como en Jesús. Y me gustaría añadir: Dios se encarna en el universo, en la tierra, en la comunión de los vivientes y de todos los seres; Bonhoeffer no lo dijo todavía, pero quiero imaginar que hoy lo diría. La transcendencia no se opone a la inmanencia, sino que es su realización profunda, que no significa perfecta.

(Continuará)

Rose-Marie Barandiaran – José Arregi

(Publicado en GOLIAS Magazine 211, julio-agosto 2023, pp. 20-22)

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¿Era gay el pastor alemán y líder de la resistencia nazi, Dietrich Bonhoeffer?

sábado, 5 de julio de 2014
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noticias_file_foto_818393_1404487933Asesinado por los nazis, una nueva biografía se pregunta si el célebre pensador y teólogo luterano estaba enamorado de su amigo y biógrafo, Eberhard Bethge. Tenía 39 años cuando el pastor alemán Bonhoeffer fue ejecutado en el campo de concentración de Flossenbürg en 1945 acusado de sedición. En su libro ‘Strange Glory: A Life of Dietrich Bonhoeffer’ (Extraña gloria: La vida de Dietrich Bonhoeffer), el escritor, Charles Marsh, relata la intensa cercanía de la relación entre los dos hombres que compartían la misma cuenta bancaria, tocaba el piano y viajaban juntos y recibían regalos de los amigos con su nombres escrito en la misma tarjeta, como hacen cientos de parejas en el mundo ante cualquier efeméride.

De hecho, cuando Bonhoeffer fue asesinado a manos de los nazis, le legó la mayor parte de su patrimonio a su biógrafo, Bethge, en lugar de a su propia novia, Maria Von Wedemeyer. Sin embargo, lo que Marsh no puede ratificar, por carecer de pruebas, si Bonhoeffer declaró sus sentimientos a su amado o incluso si los admitió para sí mismo. Lo cierto es que ya no queda nadie vivo a quien preguntar.

La relación de Bonhoeffer con Bethge siempre estaba en la cuerda floja hacia el logro de un amor romántico, escribe Marsh en el libro, ‘nunca casto pero completo en sus aspiraciones complejas’.

Marsh también duda de que Bethge sintiera lo mismo por su mentor. Es más cuenta en el libro que Bonhoeffer finalmente murió virgen. El discípulo del pastor alemán consagró su vida a la promoción del libro y de las ideas del Bohhoeffer impartiendo conferencia por todo el mundo. Incluso se casó con la sobrina de su maestro, Renate. Escribió el libro «Dietrich Bonhoeffer: Hombre de visión, hombre de valor», que se publicó en 1970, 25 años después de la muerte de su mentor. Bethge falleció en el año 2000.

11_DB Student 1923Dietrich Bonhoeffer fue profesor de la Universidad de Berlín, donde enseñó Teología y escribió varios libros. Opuesto firmemente al nazismo y a la claudicación de las iglesias alemanas frente a Hitler, se vio implicado, junto con Karl Barth, Martin Niemöller y otros, en el establecimiento de la Bekennende Kirche (Iglesia Confesante o Iglesia de la Confesión, de teología luterana pero no oficial). En abril de 1933, en una conferencia ante los pastores berlineses, Bonhoeffer insistió en que la resistencia política se hacía imprescindible. Entre finales de 1933 y 1935 sirvió como pastor de dos iglesias germanas protestantes en Londres.

Volvió a Alemania para encabezar un seminario ilegal para pastores de la Iglesia Confesante, en Finkenwalde, Pomerania —hoy Szczecin, Polonia sobre el río Oder—, donde recibió el apoyo incondicional de la condesa Ruth von Kleist Retzow. Allí conoció a su nieta María von Wedemeyer, que sería su prometida. Regresó a los Estados Unidos brevemente y retornó a Alemania en uno de los últimos barcos que hicieron la travesía antes del comienzo de las hostilidades.

La Gestapo clausuró el seminario en 1937
y le prohibió predicar, enseñar y finalmente hablar en público. El seminario funcionó entonces en el estadio von Blumenthal de Gross Schlönwitz, pero fue nuevamente cerrado al estallar la guerra. La resistencia, con la que colaboraba Bonhoeffer, era activa desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Durante este período, Bonhoeffer mantuvo estrechos contactos con Carl Friedrich Goerdeler y trabajó mano a mano con numerosos opositores a Hitler. Durante la Segunda Guerra Mundial, Bonhoeffer desempeñó un papel clave de acaudillamiento en la Iglesia de la Confesión, que se oponía a las políticas antisemitas de Hitler. Estaba entre aquellos que apelaban a la abierta resistencia de la Iglesia al tratamiento que Hitler daba a los judíos. Aunque la Iglesia de la Confesión no era grande, representaba un foco considerable de oposición cristiana al régimen nazi en Alemania.

En 1939 se unió a un grupo clandestino de la resistencia, que incluía militares de alto rango con base en Abwehr, la Oficina de Inteligencia Militar, quienes, encabezados por el almirante Wilhelm Canaris, querían derrocar el régimen nacionalsocialista de Hitler. Lo arrestaron en abril de 1943, después de que condujera hacia él el dinero del Proyecto 7, usado para ayudar a escapar a judíos a Suiza. Fue acusado de conspiración y encerrado en la cárcel de Tegel, en Berlín, durante un año y medio. Tras el infructuoso atentado del 20 de julio de 1944, Bonhoeffer fue sindicado de complicidad por sus conexiones con los conspiradores, algunos de los cuales eran familiares suyos, como su tío, el comandante de la ciudad de Berlín, Paul von Hase, ejecutado el 8 de agosto de 1944. El 8 de octubre fue trasladado a la prisión de la Gestapo en la calle Prinz-Albrecht para interrogarlo y el 7 de febrero de 1945 al campo de concentración de Buchenwald. En abril de 1945 fue llevado al Campo de concentración de Flossenbürg.

bonhoeffer-1_22El 8 de abril de 1945 bajo órdenes de Ernst Kaltenbrunner, en corte marcial se condenó a la horca a Dietrich Bonhoeffer y a su cuñado Hans von Dohnanyi -éste último fue ejecutado al día siguiente en Sachsenhausen-, General Hans Oster, General Friedrich von Rabenau, Theodor Strünck, juez Dr. Karl Sack, Capitán Ludwig Gehre y al almirante Wilhelm Canaris.

En el amanecer del 9 de abril, Bonhoeffer, que el día anterior había dirigido un servicio religioso a petición de los demás presos, fue ejecutado con la horca. Debió desnudarse para subir al cadalso. Sus últimas palabras fueron «Este es el fin; para mí el principio de la vida». El doctor del campo -testigo de la ejecución- anotó «Se arrodilló a rezar antes de subir los escalones del cadalso, valiente y sereno. En los cincuenta años que he trabajado como doctor nunca ví morir un hombre tan entregado a la voluntad de Dios». Su cadáver fue incinerado. También fue condenado por participar en la conspiración su hermano Klaus Bonhoeffer, que fue ejecutado en Berlín junto a doce conspiradores entre ellos Rüdiger Schleicher y Friedrich Justus Perels.

Bonhoeffer es considerado mártir por su fe; fue absuelto de cualquier crimen por el gobierno alemán a mediados de los 90. El calendario de la Iglesia Episcopal en los Estados Unidos de América lo recuerda el 9 de abril, fecha de su martirio. Una frase muy citada de uno de sus libros más leídos, «Seguimiento»El costo de ser discípulo» o «El precio de la gracia», 1937), prefiguraba su muerte. «Cuando Cristo llama a un hombre, le ofrece a venir y morir».

Fuente Ragap

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«Dietrich Bonhoeffer. La gracia cara», por Carlos Osma.

jueves, 15 de mayo de 2014
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bonhoeffer2Un buen artículo de uno de mis teólogos favoritos y que publica Homoprotestantes:

El pasado 9 de abril se cumplieron 69 años de la muerte del  pastor y teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer. Un hombre que rechazó toda escapatoria “espiritual” ante la barbarie nazi, y que entendió el llamado cristiano como entrega total a la realidad del mundo. Su mensaje, poseedor de la fuerza que imprime la acción a la palabra, produce tanto admiración como rechazo, pero ha influido profundamente en la Iglesia que le sucedió.

 Nace en Breslau el 4 de Febrero de 1906 en una familia numerosa, burguesa y culta. Con apenas 6 años, su familia se traslada a Berlín donde el padre trabaja como profesor de Psiquiatría y Neurología en la universidad. Pese a que su madre era hija y nieta de teólogos, sorprendió que Dietrich decidiera estudiar teología, cosa que hizo con éxito en Tubinga y Berlín. Su tesis doctoral “La comunión de los Santos”, defendida en 1927, refleja ya su interés por la esencia de la Iglesia.

 Continúa su formación como vicario, en la Iglesia Evangélica alemana de Barcelona, en 1928. Allí, además de reflexionar sobre cómo llevar el evangelio a cada clase social, se pregunta sobre la relación entre mundo y Dios: “La tierra es nuestra madre, como Dios es nuestro padre, y pone en brazos del padre únicamente al que permanece fiel a su madre [1].

 Dos años después estudiará en Nueva York donde conoce el protestantismo americano. Lo define como: “Una especie de club social” o “un protestantismo sin reforma” pero queda influido por la dimensión social del evangelio, la convivencia entre distintas razas y el comportamiento de las iglesias en unos momentos de crisis.

 A su vuelta a Berlín imparte clases en la Universidad [2]. Su forma de entender la iglesia ejerció sobre sus alumnos tanto fascinación: “En la comunidad uno se convierte en Cristo para el otro. Los miembros no están desligados unos de otros”, como escándalo: “La Iglesia…se sitúa en la periferia de la vida… Pero ella querría estar en el centro y por eso habla, juzgando y condenando, sobre cuestiones centrales de la vida. Así es como se hace despreciable y odiosa”.

 Cuando en 1933 Hitler es designado canciller del Reich la Iglesia se divide, la mayoría son simpatizantes del nacionalsocialismo, pero los teólogos Barth, Niemöller y el propio Bonhoeffer forman La Iglesia Confesante. Mientras Barth y Niemöller toman una postura más neutral y trascendente Bonhoeffer se enfrenta al nazismo advirtiendo de los peligros hacia los que su país se encaminaba. Decepcionado, parte hacia Londres donde informa sobre la situación a las iglesias extranjeras, llamándolas a intervenir proclamando la ilicitud de la guerra: “No hay camino para la paz que pase por el camino de la seguridad. Porque la paz supone audacia y es un gran riesgo”.

 En 1935, animado por Barth, decide volver y reunir a jóvenes teólogos en un seminario. En esta etapa encuentra en la Biblia su camino, el Sermón del Monte le dirige hacia el servicio y el sacrificio absoluto.  Es entonces cuando escribe una de sus más bellas y, a la vez, exigentes reflexiones: “La gracia barata es la gracia sin seguimiento de Cristo, la gracia sin cruz…la gracia es cara porque le ha costado cara a Dios, porque le ha costado la vida de su Hijo, y porque lo que le ha costado caro a Dios no puede resultarnos barato a nosotros [3]”.

 Pero en 1939 está arrinconado: no puede vivir en Berlín, hablar en público o publicar, por lo que huye a Estados Unidos. Semanas después vuelve: “Si no participo con mi pueblo de las pruebas actuales, no tendré derecho a reconstruir la vida cristiana en Alemania después de la guerra”, y se encuentra con una Iglesia Confesante debilitada por las represalias. En este punto decide colaborar con la Abwehr (organización militar de contraespionaje), donde participa en diferentes complots contra la vida de Hitler. Sabedor de situarse en contra de la tradición cristiana pregunta a sus compañeros: “¿Darían ustedes la absolución a un tiranicida?”.

 Finalmente es detenido en abril de 1943 y conducido a la prisión de Tegel donde convivirá con hombres a los que no les interesa la religión. Se cuestiona entonces: “¿Hay Cristianismo sin religión? ¿Cómo hablar de Dios sin religión?”. Rechaza también la idea de un Dios omnipotente y toma como modelos la encarnación y humildad de Cristo:“El Dios que está con nosotros es el que nos abandona…Ante Dios y con Dios, vivimos sin Dios. Dios consiente en ser desalojado del mundo y clavado en la cruz. Dios es impotente y débil en el mundo y solamente así está con nosotros y nos ayuda [4]”.

 La situación se complica al descubrirse su verdadera participación en la resistencia. Cuando Hitler está a punto de caer, decide la muerte de algunos hombres, entre ellos Bonhoeffer. En el campo de Flossenburg es juzgado, declarado culpable y ahorcado, tenía 39 años. Sus últimas palabras lo muestran sin miedo y con la seguridad que da una fe que ha sabido amar al mundo: “Voy hacia la libertad que da la muerte y voy hacia la alegría”.

Carlos Osma

BIBLIOGRAFÍA

 A parte de la bibliografía referida en las notas a pie de página son dignos de mención, para profundizar en la vida y  pensamiento de Bonhoeffer, las siguientes obras:

– Bonhoeffer, D. Cartas de amor desde la prisión. (Madrid: Editorial Trotta, 1998).

–                          Ética. (Madrid: Editorial Trotta, 2000).

–                         Redimidos para lo humano. (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1979).

–                         Vida en comunidad. (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1995).

 [1]Si no se dice lo contrario todas las citas han sido tomadas de: Hourdin, G. Bonhoeffer. Una Iglesia para mañana. (Madrid: Ediciones Bailén, 1972).

[2]Uno de estos semestres de docencia queda recogido en: Bonhoeffer, D. Creer y Vivir. (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1985).

[3]Bonhoeffer, D. El precio de la gracia. (Santander: Ediciones Sígueme, 1986, Págs. 16-17).

[4]Estas y otras reflexiones aparecen en sus cartas publicadas en: Resistencia y sumisión. (Salamanca: Ediciones Sígueme, 2001).

 NOTA

 Publicado en la Revista Cristianismo Protestante en Julio de 2005

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Bonhoeffer, teólogo y pastor comprometido, en el cine

jueves, 3 de julio de 2025
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Dietrich Bonhoeffer

Dirigida por Todd Komarnicki con admiración, e incluso con pasión, por el personaje

Dietrich Bonhoeffer fue un teólogo alemán y pastor luterano que nos ha fascinado a muchos cristianos y no cristianos durante décadas por la fuerza de sus escritos y por su compromiso social y político que lo llevó a ser ahorcado por los nazis

Su firme resistencia al régimen dictatorial, asesino y genocida de Hitler lo llevó a participar activamente en una red de resistencia que conspiraba para acabar con el peligroso dictador; lo que le condujo a la cárcel y la muerte

Recientemente, Bonhoeffer fue el protagonista de un filme que está en la cartelera de las salas de cine comerciales, a pesar de ser un tema poco habitual: «Bonhoeffer, el espía«

«Bonhoeffer, el espía» es la versión española reducida del título en inglés: «Bonhoeffer, pastor, spy, assassin«. Desde mi punto de vista, al título española le falta la palabra ‘pastor‘, pero al inglés le sobra la de ‘asesino‘, pues no es el caso

No es la primera vez que la vida del teólogo ha sido llevada a la pantalla

 

Dietrich Bonhoeffer fue un teólogo alemán y pastor luterano que nos ha fascinado a muchos cristianos y no cristianos durante décadas por la fuerza de sus escritos y por su compromiso social y político que lo llevó a ser ahorcado por los nazis. Su firme resistencia al régimen dictatorial, asesino y genocida de Hitler lo llevó a participar activamente en una red de resistencia que conspiraba para acabar con el peligroso dictador; lo que le condujo a la cárcel y la muerte. Recientemente, Bonhoeffer fue el protagonista de un filme que está en la cartelera de las salas de cine comerciales, a pesar de ser un tema que no es habitual en estas: Bonhoeffer, el espía. Anteriormente ya se había hecho otro film sobre su figura: Bonhoeffer: Agente de Gracia (2000) y varios documentales como  “Un santo que conspiró: Recordando a Dietrich Bonhoeffer (1989) o Bonhoeffer (2003).

Bonhoeffer, el espía es la versión española reducida del título en inglés: “Bonhoeffer,pastor, spy, assassin”. Desde mi punto de vista, al título española le falta la palabra “pastor”, pero al inglés le sobra la de “asesino”, pues en absoluto es el caso de Bonhoeffer. Aunque, a pesar de su profundo compromiso con el pacifismo y la enseñanza cristiana del amor y el perdón, se vio obligado a tomar decisiones drásticas que desafiarían sus principios más fundamentales a medida que Adolf Hitler consolidaba su poder y perpetraba sus  atrocidades, Bonhoeffer fue siempre una persona de una profunda religiosidad y espiritualidad  como manifiestan sus escritos.

Sobre todo los escritos que hizo en la prisión, especialmente Resistencia y sumisión. Cartas desde el cautiverio (1977), publicado décadas después y pronto en español, que leímos con fruición teólogos y estudiantes de teología en los años 70-80 del siglo pasado, pero también en años posteriores hasta hoy. En el librodesarrolla una visión crítica de las instituciones eclesiásticas cristianas, indicando lo que éstas han de ser en el mundo actual. Extracto algunos textos de las primeras páginas de la edición española de Sígueme escritos en 1942:

La gran mascarada del mal ha trastornado todos los conceptos éticos… Es la abismática maldad del mal

¿Quien se mantiene firme? Sólo aquel para quien la norma suprema no es su razón, sus principio, su convivencia, su libertad o su virtud, sino que es capaz de sacrificarlo  todo cuando se siente llamado en la fe y en la sola unión con Dios a la acción obediente y responsable…

Para el bien la necedad (la estupidez) constituye un enemigo más peligroso que la maldad. Existe la posibilidad de protestar contra el mal, de ponerlo de manifiesto y, en caso necesario, de evitarlo por la fuerza… El necio (el estúpido), a diferencia del malo, se siente enteramente satisfecho de si mismo y puede hacerse peligroso cuando pasa al ataque…

La auténtica compasión no nace del miedo sino del amor liberador y redentor de Cristo hacia todos los que sufren. La esperanza inactiva y la contemplación apática no son actitudes cristianas”.

En esta obra aparece la crítica delDios tapa-agujeros, que nos dio a conocer a Bonhoeffer por los año 70: “No debemos utilizar a Dios como tapa-agujeros de nuestro conocimiento imperfecto. Porque entonces, si los límites del conocimiento van retrocediendo cada vez más-lo cual es objetivamente inevitable- Dios es desplazado continuamente junto a ellos… Hemos de hallar a Dios en las cosas que conocemos… Dios quiere ser reconocido en la vida y no sólo en la muerte, en la salud y la fuerza y no solo en el sufrimiento”.

Bonhoeffer escribe también en otro de su mejores libros, El precio de la gracia (1937, en español 1968):

La gracia barata es la gracia sin seguimiento de Cristo, la gracia sin cruz, la gracia sin Jesucristo vivo y encarnado.  La gracia cara es el tesoro oculto en el campo por el que el hombre vende todo lo que tiene; es la perla preciosa por la que el mercader entrega todos sus bienes; es el reino de Cristo por el que el hombre se arranca el ojo que le escandaliza; es la llamada de Jesucristo que hace que el discípulo abandone sus redes y le siga.  La gracia cara es el Evangelio que siempre hemos de buscar, son los dones que hemos de pedir, es la puerta a la que se llama. Es cara porque llama al seguimiento, es gracia porque llama al seguimiento de Jesucristo; es cara porque le cuesta al hombre la vida.

Dietrich Bonhoeffer (1906-1945)

Dietrich Bonhoeffer nació enBreslau (antes Alemania y hoy Polonia) en 1906, en el seno de una familia de la burguesía prusiana que integraba la élite cultural berlinesa en la capital en la que viviría desde 1912. Su padre era profesor de psiquiatría y director de la clínica psiquiátrica de la Universidad de Berlín; y su madre era pianista. Fue alumno del gran teólogo liberal Von Harnack en la prestigiosa universidad de Tubinga y luego en la de Berlín, en la que se doctoró muy joven con una tesis que sería muy alabada por el gran teólogo Karl Barth. Poco después va a Barcelona como vicario de la Iglesia Luterana de Barcelona y en 1930 vuelve a Alemania para presentar su tesis de habilitación para la docencia universitaria; pero hace aun una estancia de una año en New York, tomando cursos de especialización en el  Union Theological Seminary, siendo ordenado pastor en 1931.

Profesor en la Universidad de Berlín, enseñó teología, fue consiliario de estudiantes y publicó varios libros. Opuesto firmemente al nazismo y a la claudicación de la Iglesia Luterana Alemana  (Evangelische Reichskirche) frente a Hitler, participó con Karl Barth, Martin Niemöller y otros en la fundación de la Iglesia Confesante (Bekennende Kirche). Hitler decidió arramblar con las iglesias, destruir las imágenes, no dejar una sola huella de Dios en ellas, cambiando la Biblia por judía, en un libro que exaltase la pureza aria: Mi lucha (Mein Kampf). La Iglesia Confesante era alternativa a la oficial; se oponía a las políticas antisemitas de Hitler y la claudicación de la Iglesia ante el régimen. Aunque la Iglesia Confesante no era grande, representaba un foco considerable de oposición cristiana al régimen nazi en Alemania. En abril de 1933, en una conferencia ante los pastores berlineses, Bonhoeffer insistió en que la resistencia política se hacía imprescindible. Entre finales de ese año y 1935 sirvió como pastor de dos iglesias germanófonas protestantes en Londres.  Volvió a Alemania para encabezar un seminario ilegal para pastores de la Iglesia Confesante, en Finkenwalde (hoy Polonia). La Gestapo clausuró el seminario en 1937 y le prohibió predicar, enseñar y finalmente hablar en público. Ya en 19936 había sido desposeído de su cátedra universitaria.

En 1939 se unió a un grupo clandestino de la resistencia, que incluía militares de alto rango que, encabezados por el almirante Wilhelm Canaris, querían derrocar el régimen nacionalsocialista. Lo arrestaron en abril de 1943, después de que condujera hacia él el dinero del Proyecto 7, usado para ayudar a escapar a judíos a Suiza. Acusado de conspiración, fue encerrado en la cárcel de Tegel (Berlín), durante un año y medio. Tras el infructuoso atentado de julio de 1944, Bonhoeffer fue acusado de complicidad por sus conexiones con los conspiradores, algunos de los cuales eran familiares suyos, como su tío, el comandante de la ciudad de Berlín, Paul von Hase, ejecutado el 8 de agosto de 1944.  Meses después fue trasladado al campo de concentración de Buchenwald y de aquí al Campo de concentración de Flossenbürg, donde seria ajusticiado en la horca en Abril de 1945, ya en los últimos días de la II Guerra Mundial. Aunque no aparece así en el film, parece que debió desnudarse para subir al cadalso. Sus últimas palabras fueron “Este es el fin; pero para mí es el principio de la vida”. El doctor del campo —testigo de la ejecución— anotó “Se arrodilló a orar antes de subir los escalones del cadalso, valiente y sereno. En los cincuenta años que he trabajado como doctor nunca vi morir un hombre tan entregado a la voluntad de Dios”. Su cadáver fue incinerado. Una frase muy citada de uno de sus libros más leídos (El precio de la gracia), prefiguraba su muerte: “Cuando Cristo llama a un hombre, le ofrece a venir y morir”.

En 1945 se descubrió escondido bajo las tejas de un tejado un manuscrito que había redactado Bonhoeffer a petición de unos amigos de la resistencia; René Marlé recoge algunos párrafos en su libro Dietrich Bonhoeffer. Testigo de Jesucristo entre sus hermanos (1968):

“Quizás en otras épocas lo propio del cristianismo fue dar testimonio de la igualdad de los hombre; hoy será precisamente el cristianismo quien deberá intervenir apasionadamente a favor del respeto a los otros y la caridad humana… El peligro de dejarnos arrastrar al desprecio del hombre es muy grande… Pero la única actitud fecunda con respecto a los hombre –con respecto a los débiles- es el amor”.

Con toda razón, Dietrich Bonhoefferes considerado mártir por su fe. Tiene una imagen en la  galería de “Mártires del siglo XX” de la abadía de Westminster, junto a Martin Luther King y Óscar Romero. Tiene un templo luterano bajo su advocación en Hamburgo. Está también en el calendario de mártires de la Iglesia Episcopal de EEUU. E incluso la Iglesia católica consideró hacerlo oficialmente santo y ponerlo en su santoral. Pablo VI se refirió a Bonhoeffer como un hondamente cristiano y cuya definición “Jesús, hombre para los demás” es válida para nuestro tiempo; y el papa Francisco también citó a Bonhoeffer en sus escritos.

«Bonhoeffer, el espía«

Gran parte de esto aparece reflejado en el film “Bonhoeffer, el espía”, donde su figura es defendida por su director Todd Komarnicki (evangélico estadounidense que había dirigido Resistencia y había hecho el guión de títulos como Sully de Clint Eastwood) con admiración e incluso con pasión por su valentía, por su coherencia, y por su compromiso cristiano.

La mayoría de las críticas defienden el valor cinematográfico de la película, aun no siendo genial ni especialmente creativa, con palabras como esta: “Notable y valiosa película cargada de pensamientos filosóficos, reflexiones morales, y discursos históricos, que muestra con una hábil amabilidad poética la comprometida actitud de una pequeña legión de valientes”; otro comentarista tituló “Si las palabras no bastan pasemos a la acción”. Otro titula “Desenmascarando estúpidos”, por unas conocidas palabras de Bonhoeffer sobre “la teoría de la estupidez humana; pues decía que su país, lleno de poetas, intelectuales y pensadores, había caído en manos de estúpidos. La estupidez no es la falta de inteligencia, sino una condición moral y social; para Bonhoeffer es como un virus sobre todo en contextos de poder y dominación.

A mí me ha parecido que está realizada con una calidad clásica, buen ritmo, buena fotografía, buena ambientación y medios más que suficientes, algo imprescindible para una película histórica. Constantes flashback llevan a su vida pasada (su infancia feliz, su adolescencia, sus estudios y trabajo pastoral…), antes de sus años finales. Es expresivo el hecho de que la película está distribuida por Angel, la distribuidora deThe Chosen(“Los discípulos”, sobre Jesús de Nazaret y los apóstoles). Creo que merece la pena verla; sobre todo para los amantes de la figura de Bonhoeffer.

Pero me ha parecido que, aunque es de producción irlandesa-belga, resulta demasiado norteamericana y aún inglesa; una historia estilo Hollywood, cuando el verdadero Bonhoeffer no era un espía héroe de acción, sino un teólogo de fe y un pastor.

Por ello le dedica un espacio excesivo a EEUU y a Inglaterra; incluso llega a tener una secuencia disparatada donde aparece tocando el piano con Louis Armstrong

En cambio aparece menos la realidad europea, aunque la mayor parte se desarrolle en Alemania. Entre los vacíos importantes a este respecto está que no aparece Karl Barth (teólogo suizo que rechazó la teología liberal, típica del protestantismo del siglo XIX, con su teología dialéctica), la figura fundamental de la Iglesia Confesante de Bonhoeffer. Incluso, la fundación de la Iglesia Confesante parece ser no en Berlín por parte de luteranos alemanes, sino en Londres por parte de anglicanos británicos…

Afortunadamente,  sí aparece otro de sus fundadores, el pastor luterano Martin Niemöller, autor de unas famosas palabras mucho tiempo atribuidas a Bertold Brech (con pequeñas variantes de que «vinieron por los comunistas… por los obreros… los estudiantes… los curas…«), y que pasó años en campos de concentración por este discurso que escuchamos en la película: “Primero vinieron a por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío. Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre”.

La críticas negativas han llegado de algunos protestantes. Como la titulada “La falsificación de la historia de Bonhoeffer”, que dice que la película “traspasa todos los límites de falsificación de la historia”; al presentarlo como un atrevido conspirador que se infiltra en la “inteligencia” nazi y lleva a fugitivos judíos por la frontera a Suiza, pues su oposición al nazismo fue moral y espiritual; o que no aparezca en el film como ahorcado en el campo de concentración de Flossenbürg, sino en una granja bávara “después de dar un sermón y celebrar la Santa Cena, ¡nvitando a la Mesa del Señor hasta a un oficial de las SS!” y ajusticiado de manera más digna que lo que fue en realidad; o recitando en el cadalso la Bienaventuranza sobre “los puros de corazón” que “verán a Dios” , cuando él no se sentía “puro de corazón” sino culpable de un intento de asesinato y necesitado del perdón de Dios.

Con todo, he disfrutado viéndola y creo que merece la pena ver la película.

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La puerta estrecha: Gracia cara vs. Gracia barata…

domingo, 24 de agosto de 2025
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La gracia barata es el enemigo mortal de nuestra Iglesia. Hoy combatimos en favor de la gracia cara

La gracia barata es la gracia considerada como una mercancía que hay que liquidar, es el perdón malbaratado, el consuelo malbaratado, el sacramento malbaratado, es la gracia como almacén inagotable de la Iglesia, de donde la toman unas manos inconsideradas para distribuirla sin vacilación ni límites; es la gracia sin precio, que no cuesta nada.

Porque se dice que, según la naturaleza misma de la gracia, la factura ha sido pagada de antemano para todos los tiempos. Gracias a que esta factura ya ha sido pagada podemos tenerlo todo gratis. Los gastos cubiertos son infinitamente grandes y, por consiguiente, las posibilidades de utilización y de dilapidación son también infinitamente grandes. Por otra parte, ¿qué sería una gracia que no fuese gracia barata?

La gracia barata es la gracia como doctrina, como principio, como sistema, es el perdón de los pecados considerado como una verdad universal, es el amor de Dios interpretado como idea cristiana de Dios. Quien la afirma posee ya el perdón de sus pecados.

La Iglesia de esta doctrina de la gracia participa ya de esta gracia por su misma doctrina. En esta Iglesia, el mundo encuentra un velo barato para cubrir sus pecados, de los que no se arrepiente y de los que no desea liberarse. Por esto, la gracia barata es la negación de la palabra viva de Dios, es la negación de la encamación del Verbo de Dios.

La gracia barata es la justificación del pecado y no del pecador.

Puesto que la gracia lo hace todo por sí sola, las cosas deben quedar como antes. «Todas nuestras obras son vanas». El mundo sigue siendo mundo y nosotros seguimos siendo pecadores «incluso cuando llevamos la vida mejor». Que el cristiano viva, pues, como el mundo, que se asemeje en todo a él y que no procure, bajo pena de caer en la herejía del iluminismo, llevar bajo la gracia una vida diferente de la que se lleva bajo el pecado. Que se guarde de enfurecerse contra la gracia, de burlarse de la gracia inmensa, barata, y de reintroducir la esclavitud a la letra intentando vivir en obediencia a los mandamientos de Jesucristo. El mundo está justificado por gracia; por eso -a causa de la seriedad de esta gracia, para no poner resistencia a esta gracia irreemplazable- el cristiano debe vivir como el resto del mundo.

Le gustaría hacer algo extraordinario; no hacerlo, sino verse obligado a vivir mundanamente, es sin duda para él la renuncia más dolorosa. Sin embargo, tiene que llevar a cabo esta renuncia, negarse a sí mismo, no distinguirse del mundo en su modo de vida.

Debe dejar que la gracia sea realmente gracia, a fin de no destruir la fe que tiene el mundo en esta gracia barata.

Pero en su mundanidad, en esta renuncia necesaria que debe aceptar por amor al mundo -o mejor, por amor a la gracia- el cristiano debe estar tranquilo y seguro (securus) en la posesión de esta gracia que lo hace todo por sí sola. El cristiano no tiene que seguir a Jesucristo; le basta con consolarse en esta gracia. Esta es la gracia barata como justificación del pecado, pero no del pecador arrepentido, del pecador que abandona su pecado y se convierte; no es el perdón de los pecados el que nos separa del pecado. La gracia barata es la gracia que tenemos por nosotros mismos.

La gracia barata es la predicación del perdón sin arrepentimiento, el bautismo sin disciplina eclesiástica, la eucaristía sin confesión de los pecados, la absolución sin confesión personal. La gracia barata es la gracia sin seguimiento de Cristo, la gracia sin cruz, la gracia sin Jesucristo vivo y encarnado.

La gracia cara

La gracia cara es el tesoro oculto en el campo por el que el hombre vende todo lo que tiene; es la perla preciosa por la que el mercader entrega todos sus bienes; es el reino de Cristo por el que el hombre se arranca el ojo que le escandaliza; es la llamada de Jesucristo que hace que el discípulo abandone sus redes y le siga.

La gracia cara es el Evangelio que siempre hemos de buscar, son los dones que hemos de pedir, es la puerta a la que se llama. Es cara porque llama al seguimiento, es gracia porque llama al seguimiento de Jesucristo; es cara porque le cuesta al hombre la vida, es gracia porque le regala la vida; es cara porque condena el pecado, es gracia porque justifica al pecador. Sobre todo, la gracia es cara porque ha costado cara a Dios, porque le ha costado la vida de su Hijo -«habéis sido adquiridos a gran precio»– y porque lo que ha costado caro a Dios no puede resultamos barato a nosotros. Es gracia, sobre todo, porque Dios no ha considerado a su Hijo demasiado caro con tal de devolvernos la vida, entregándolo por nosotros. La gracia cara es la encarnación de Dios.

La gracia cara es la gracia como santuario de Dios que hay que proteger del mundo, que no puede ser entregado a los perros; por tanto, es la gracia como palabra viva, palabra de Dios que él mismo pronuncia cuando le agrada. Esta palabra llega a nosotros en la forma de una llamada misericordiosa a seguir a Jesús, se presenta al espíritu angustiado y al corazón abatido como una palabra de perdón.

La gracia es cara porque obliga al hombre a someterse al yugo del seguimiento de Jesucristo, pero es una gracia el que Jesús diga: «Mi yugo es suave y mi carga ligera».

*

Dietrich Bonhoeffer
El precio de la Gracia. El Seguimiento
Ediciones Sígueme, Salamanca 2004

***

 

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.

Uno le preguntó:

“Señor, ¿serán pocos los que se salven?”

Jesús les dijo:

“Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; y él os replicará: “No sé quiénes sois.”

Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.”

Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.”

Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.”

*

Lucas 13, 22-30

***

Si deseo intentar expresar quién es este «tú» que me busca, que me llama -como se manifiesta en la conciencia de quien cree-, puedo dar algunas de sus características, que son también un intento de descripción de la experiencia de fe, aunque no la agotan, y no son sino el esfuerzo por decir algo que está más allá de nuestras palabras.

El «» que busca al creyente se presenta, en primer lugar, como un misterio indisponible, sobre el que no podemos poner las manos, que está siempre más allá de cuanto pensamos haber comprendido o captado de él. Se presenta asimismo con la característica de don, o sea, algo que no podemos pretender, sino que se da, y cuyo darse nos sorprende, porque tiene siempre la connotación de lo gratuito, de lo no debido.

Se presenta aún como alguien que habla, que dice palabras de consuelo, de aliento, incluso de juicio, pero que siempre levantan y hacen caminar de nuevo. Se presenta como alguien que atrae con una atracción que suscita una búsqueda continua. Quien cree, cuando reflexiona sobre su fe, siente como muy verdaderas las palabras del salmo: «Como busca la cierva corrientes de agua, asi, Dios mío, te busca todo mi ser» (Sal 42), o bien: «Oh Dios, tú eres mi Dios, desde el alba te deseo; estoy sediento de ti» (Sal 63). Y este «tú» misterioso, que se hace buscar, que nos atrae continua y misteriosamente, se presenta también como un aliado, como alguien que está de mi parte, que me permite decir en cualquier circunstancia: «Dios me ama y no temo ningún mal».

Se presenta como alguien que abre siempre nuevas perspectivas, nuevos horizontes de acción, y, por consiguiente, suelta de continuo los lazos de la vida, plantea nuevas vías de salida, nuevos posibles comienzos. Por último, se presenta como alguien que se entrega, que se comunica, que se manifiesta, que ofrece una comunicación de experiencia.

El que conoce un poco la Biblia se da cuenta de que en cada página vibra la presencia de un «tú» que continuamente nos sorprende, nos impulsa, estimula la vida cotidiana y la abre a la novedad. Y el que cree, cuando lee las palabras bíblicas, siente de una manera eficaz su verdad para su vida; vive, por así decirlo, su confirmación.

*

Carlo María Martini,
«Las razones por las que creo»,
en Cátedra de los No Creyentes,
Milán 1992

***

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“¡No! en nombre De Dios“, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 7 de agosto de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

¿Qué clase de religión es esa que legitima, justifica y ofrece un fundamento teológico a guerras, genocidios, suspensión total de la ayuda humanitaria, exterminios y proyectos de aniquilación de poblaciones enteras perseguidos con lucidez y una ferocidad cada vez más violenta? 

No es una cómoda pregunta, y sí una provocación también teniendo en cuenta la inaceptable tragedia que se está consumiendo ante nuestros ojos en Gaza. Creo que somos conscientes de que en el conflicto de Palestina todas las partes en lucha también están sostenidas por razones religiosas fuertes y vinculantes. También los islamistas de Hamás. Pero si el judaísmo es la religión que promueve el shalom ¿cómo explicar que hoy en Israel sean precisamente los partidos religiosos los menos dispuestos a la paz y lleguen a proponer una suspensión total de la ayuda humanitaria a Gaza?

Estamos ante otro ejemplo de esa perversa conexión que une «Dios-guerra-violencia», presente en todas las religiones y que corre el riesgo de convertirse en indisociable cuando la religión y la política se funden en un único proyecto, condicionando las instituciones de la otra. Romper el escándalo entre «Dios-guerra-violencia» y mantener separado el plano religioso del político son los dos grandes retos a los que todos estamos llamados si queremos poner fin al escándalo de matar y hacer morir en nombre de Dios.

Fue David Hume (1711-1776) quien sostenía que los errores de la filosofía son siempre ridículos; los de la religión son siempre peligrosos. No estoy seguro de que los errores de la filosofía siempre hagan sonreír. Sin embargo, estoy seguro —y comparto la segunda parte de la máxima de David Hume— de que las interpretaciones religiosas erróneas no solo crean peligros para toda la humanidad, sino verdaderas tragedias, conflictos, sufrimientos e incluso guerras.

Somos testigos de ello: todas las religiones más importantes del mundo profesan esencialmente, además del amor por lo Absoluto —en cualquiera de sus formas—, también la paz y la fraternidad. Sin embargo, por miedo, por interpretaciones imprecisas y a veces falsas de los textos sagrados, por errores clamorosos sobre acontecimientos humanos o porque se quiere imponer el propio credo, las religiones acaban transformando la paz y la hermandad «predicadas» en guerras fratricidas infinitas e inhumanas.

Liberar a las confesiones religiosas de los componentes de maldad y violencia que se esconden en su interior es, por lo tanto, un ejercicio crítico indispensable y urgente para convivir en el signo de la fraternidad. Una tarea que incumbe tanto a quienes ejercen funciones de liderazgo y responsabilidad en las comunidades religiosas como a los fieles que se reconocen en ese credo. Pero liberar a las religiones de las cuotas de violencia y maldad que se esconden en ellas es también responsabilidad de la cultura, del mundo educativo, de los contextos formativos, para llegar luego a involucrar también a quienes ocupan cargos políticos y gubernamentales.

Esto significa que el administrador político debe comprometerse a que las actividades políticas, legislativas y administrativas realizadas por el bien común no solo sean «distintas» de la esfera religiosa, sino también «separadas», para evitar que los códigos de conducta religiosos se impongan con la fuerza de la ley (¡que es violencia!) a quienes no se reconocen en ese «credo».

Cuando en nombre de Dios se impone a todos un comportamiento derivado de la propia creencia religiosa o se considera al otro como enemigo por pertenecer a otras confesiones religiosas, por ser diferente, se entra inevitablemente no solo en el «peligro de las religiones» expuesto por David Hume, sino que se crean también las premisas para que el debate político degenere en un enfrentamiento y un conflicto difícilmente reconciliable.

El Dios que se hizo hombre en Jesús —dicen algunos teólogos cristianos— nos ha liberado de la religión. Y esta afirmación no pretende condenar en sí misma la experiencia religiosa, que sigue siendo fuente de vida y espiritualidad cuando se vive sin traicionar sus raíces. Sin embargo, quiere recordar a todos que ningún hombre en la Tierra está autorizado a utilizar el nombre de Dios para legitimar su poder o para someter y dominar a otros seres humanos.

Impedir que la religión como tal sea gestionada de manera despiadada o fanática hasta el punto de sembrar la muerte en quienes la adoptan y en quienes les rodean es el imperativo urgente al que todos estamos llamados. Como dice el Cardenal Ravasi: «Hay una religiosidad estrecha y mezquina que, paradójicamente, aleja de Dios y del aliento libre y gozoso de su Espíritu. Por eso debemos vigilar sin cesar nuestro interior, custodiar la pureza de la fe, verificarla con la medida del amor».

Y aquí está otro punto de vital importancia en la reflexión: «No tomarás el nombre de Dios en vano» (el texto se encuentra en el libro del Éxodo y es más articulado: «No tomarás en vano el nombre del Señor, tu Dios, porque el Señor no deja impune a quien toma en vano su nombre» -Éxodo 20, 7-). Es uno de los Diez Mandamientos que se estudiaban (¡de memoria!) en el Catecismo para aprender los Diez Mandamientos.

A nivel ético y popular, era el fundamento bíblico para condenar la mala costumbre del lenguaje vulgar que llega a la blasfemia. Sin embargo, en el texto no se prohíbe todo uso del nombre de Dios, sino cualquier forma de uso que tenga por objeto «apropiarse» de la fuerza divina que contiene. Cuando Dios revela su nombre —«Yo seré el que seré» (Éxodo 3,14)—, manifiesta al mismo tiempo que es una Presencia Fiel que nunca abandonará a su pueblo, y que es inaccesible, inasible e imposible de poseer.

Lo mismo ocurre con nosotros: el «nombre» es mucho más que la designación convencional que se da a las cosas, los animales o las personas. El conocimiento del nombre nos introduce en la confianza, la comunión y la intimidad. Pero el otro —con su nombre— sigue siendo un misterio inagotable e imposible de manipular y manejar para nuestro propio uso y consumo.

Si esto es así para las personas, aún más, dice el libro del Éxodo, para la realidad de Dios, cuyo nombre lo describe como una presencia misteriosa e inalcanzable.

El término «en vano», en cambio, en hebreo puede traducirse, según los especialistas, por «vano, falso o inútil», y es la palabra con la que se designa también al ídolo («Hablan contra ti con engaño, abusan de tu nombre» – Salmo 139,20-). Relacionado con la prohibición de esculpir imágenes de «ídolos», este precepto recuerda a Israel que no debe caer en la tentación de querer representar a Dios con la intención de «capturarlo» con un «nombre» pronunciado mágicamente y propiedad de quien puede nombrarlo.

¿Y si tomáramos al pie de la letra esta petición y dejáramos todos de usar el nombre de Dios de manera «falsa» para legitimar nuestros pequeños-grandes objetivos de afirmación, éxito, victoria, prestigio…?

Cuántas veces el nombre de Dios es un velo que cubre motivaciones —políticas, económicas…— de quienes creen no solo actuar en nombre de Dios, sino también que su Dios les permite cometer actos terribles, que no es descabellado llamar ‘genocidas’.

Esta es la verdadera blasfemia que Dios no absuelve: apropiarse del nombre de Dios para ejercer el poder, para iniciar guerras y para dominar o matar a seres humanos considerados arbitrariamente enemigos.

No hay otro camino: se nos pide que sigamos profundizando y poniendo en práctica esta laicidad severa, pero liberadora -«vivir como si Dios no existiera»- (Dietrich Bonhoeffer), que nos pide que no nos apropiemos —¡jamás!— del nombre de Dios, si queremos que las religiones no se alejen de los hombres y de la paz.

Finalizo reproduciendo la oración a Dios escrita por el ilustrado Voltaire, que se encuentra en su Tratado sobre la tolerancia (1765). Voltaire la compuso en un siglo marcado por fuertes contrastes ideológicos y religiosos. Su objetivo era oponerse con todas sus fuerzas (morales y racionales) al fanatismo intolerante que caracteriza a quienes se adhieren a una confesión religiosa de forma pasiva y acrítica. La Oración a Dios es una súplica a un Dios universal, no vinculado a religiones específicas, por la misericordia y la tolerancia entre los hombres.

Un texto que merece la pena conocer y que considero una buena lectura en este caluroso verano de 2025 ensuciado y vilipendiado por guerras inaceptables, intolerables y que, vergonzosamente, se llevan a cabo en nombre de Dios:

Ya no es por lo tanto a los hombres a los que me dirijo, es a ti, Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos: si está permitido a unas débiles criaturas perdidas en la inmensidad e imperceptibles al resto del universo osar pedirte algo, a ti que lo has dado todo, a ti cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar con piedad los errores inherentes a nuestra naturaleza; que esos errores no sean causantes de nuestras calamidades. 

Tú no nos has dado un corazón para que nos odiemos y manos para que nos degollemos; haz que nos ayudemos mutuamente a soportar el fardo de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre los vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros idiomas insuficientes, entre todas nuestras costumbres ridículas, entre todas nuestras leyes imperfectas, entre todas nuestras opiniones insensatas, entre todas nuestras condiciones tan desproporcionadas a nuestros ojos y tan semejantes ante ti; que todos esos pequeños matices que distinguen a los átomos llamados hombres no sean señales de odio y persecución; que los que encienden cirios en pleno día para celebrarte soporten a los que se contentan con la luz de tu sol; que aquellos que cubren su traje con una tela blanca para decir que hay que amarte no detesten a los que dicen la misma cosa bajo una capa de lana negra; que dé lo mismo adorarte en una jerga formada de una antigua lengua o en una jerga más moderna; que aquellos cuyas vestiduras están teñidas de rojo o violeta, que mandan en una pequeña parcela de un pequeño montón de barro de este mundo y que poseen algunos fragmentos redondeados de cierto metal, gocen sin orgullo de lo que llaman grandeza y riqueza y que los demás los miren sin envidia: porque Tú sabes que no hay en estas vanidades ni nada que envidiar ni nada de que enorgullecerse.

¡Ojalá todos los hombres se acuerden de que son hermanos! ¡Que odien la tiranía ejercida sobre sus almas como odian el latrocinio que arrebata a la fuerza el fruto del trabajo y de la industria pacífica! Si los azotes de la guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos destrocemos unos a otros en el seno de la paz y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir por igual, en mil lenguas diversas, desde Siam a California, tu bondad que nos ha concedido ese instante.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Posdata:

Hasta puede ser que el documento internacional más importante de los últimos tiempos haya pasado dejado de la mano de Dios… y olvidado de la conciencia humana al ángulo oscuro del salón del olvido. Me refiero al acuerdo internacional más relevante de los últimos años y que fue firmado entre el Papa Francisco y el gran imán Imán de Al-Azhar, Ahmed Al-Tayeb, el 4 de febrero de 2019. Siento hasta un cierto punto de tristeza cuando ya no oigo aludir, mucho menos aún citar, aquel Documento sobre la Fraternidad Humana. Y, sin embargo, sospecho que ahí, precisamente ahí, reside la clave para promover la paz mundial y la convivencia común a través del diálogo interreligioso, la libertad religiosa, la ciudadanía y la fraternidad.

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Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

domingo, 29 de junio de 2025
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Mt 16,18 «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia«. Fragmento del Codex Sinaiticus.

Aunque es casi imposible, para leer la Palabra con una cierta novedad hay que escapar de las interpretaciones que hemos oído desde siempre porque, con frecuencia, se ajustan poco al evangelio. Una de ellas es la que dice que estamos asentados sobre la roca de Pedro y que la Iglesia siempre estará ahí. Discutible.

Lo que dice el texto que hemos leído es algo de esto: el llamado Simón, es su nombre, recibe el sobrenombre de Pedro (Petros): piedra arrojadiza, un canto del camino, un guijarro (roca, por su parte se dice lithos). Aunque adherido a Jesús, Pedro es  terco y cerril para entender los mecanismos del reino: así es Pedro. Y Jesús dice que SOBRE ESTA PIEDRA EDIFICARÉ MI IGLESIA.

Es decir, la Iglesia de Jesús se asienta sobre la debilidad de Pedro (y la nuestra). Y si no se hunde es porque Jesús la sostiene porque si no fuera así, hace ya tiempo que esto se hubiera acabado. Es un milagro que la Iglesia perdure cuando está basada sobre el frágil cimiento que somos nosotros. La fuerza de Jesús es la que sostiene a la comunidad cristiana. Sostenidos por él.

Esto tiene unas consecuencias decisivas para nuestra manera de entender la fe:

· Humildad: es preciso aceptar la debilidad de la Iglesia con humildad. El papa León ha pedido a los cristianos que seamos más humildes. Que, a estas alturas, andemos gloriándonos de que somos tantos y tales indica que nos cuesta entender lo básico del evangelio.

· Confianza: nuestra evidente debilidad remite a la confianza en Jesús que ha de traducirse en confianza en los hermanos. Sin esa doble confianza no puede persistir la fe de la Iglesia. Una fe asentada en la desconfianza es camino sin salida.

· Futuro: mirar hacia atrás es la manera de poner en peligro la pervivencia de la Iglesia. Y eso por la sencilla razón de que el evangelio mira al futuro, no al pasado. Una fe anclada en el pasado es un peligro para la Iglesia.

No creamos que una vivencia de la fe asentada en estas certezas se vuelve irrelevante. Todo lo contrario: la actividad social y de mediación del Papa León en estos primeros pasos de su pontificado nos hace ver que la Iglesia, si se apoya en los valores del evangelio, puede hacer una gran contribución a la mejora de la sociedad. El evangelio, no lo dudemos, es terapéutico.

Hace ya años que el teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer profetizó: «Nuestra Iglesia, que durante estos años sólo ha luchado por su propia subsistencia, es incapaz de erigirse ahora en portadora de la Palabra que ha de reconciliar y redimir a los hombres y al mundo. Por esta razón las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer, y nuestra existencia de cristianos sólo tendrá, en la actualidad, dos aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres». Pues bien, oremos y trabajemos por la justicia. Por esas sendas la comunidad cristiana se hace fuerte y tiene un horizonte ante ella.

Fidel Aizpurúa Donazar

29 de junio de 2025

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Ser cristiano…

miércoles, 25 de junio de 2025
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«Ser cristiano no significa ser religioso de una  manera determinada , convertirse en una determinada clase de persona por un método determinado (un pecador, un penitente, un santo), sino que significa ser persona; no un «tipo de persona«, sino el ser humano que Cristo crea en nosotros»

*

Dietrich Bonhoeffer

***

Imagen: Fotograma de la película Bonhoeffer, el espía

***

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El Señor es mi Pastor.

domingo, 11 de mayo de 2025
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SALMO 23

El Señor es mi Pastor…

Los pastores de mi casa
me enseñaron a sentirLo.
La «chivita» deportada
por la guerra fratricida
me ayudó a reconocerme
vigilado por sus Ojos,
añorado por sus Manos.

Yo sería un pastor
¿bueno?

Tu Palabra me alimenta, cada día,
como un valle.
Me convida tu Misterio, como un monte.
Como un río me penetra,
perdonado,
tu Ternura.

Pirineo y sus pastores,
por las rocas,
en la nieve,

por el Ésera desnudo tierra abajo,
por las noches estrelladas cielo arriba.

Los balidos impotentes me acosaban, siendo niño.
Los balidos de los pobres, degollados, me traspasan.
¿No bastaba con tu sangre, Pascua nuestra?

Si atardece en mis majadas,
Tú serás su paz caliente.
No les faltará tu silbo
cuando rompa el día nuevo.

Los mayores desencantos
puedo atravesar seguro.
¡Tú me llevas como un hombro,
Pastor bueno!

*

Pedro Casaldáliga
Todavía estas palabras, 1994

***

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Yo doy la vida eterna a mis ovejas

En aquel tiempo, dijo Jesús:

“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano.

Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre.

Yo y el Padre somos uno.”

*

Juan 10, 27-30

***

Jesús, el buen pastor, dice de sí mismo que conoce a los suyos. Ser conocidos por Jesús significa nuestra bienaventuranza, nuestra comunión con él. Jesús conoce sólo a quienes ama, a aquellos que le pertenecen, a los suyos (2 Tim 2,1 9). Nos conoce en nuestra calidad de perdidos, de pecadores que tienen necesidad de su gracia y la reciben, y, al mismo tiempo, nos conoce como ovejas suyas. En la medida en que nos sabemos conocidos por él y sólo por él, se nos da a conocer, y nosotros lo conocemos como el único al que pertenecemos para la eternidad (Gal 4,9; 1 Cor 8,3).

El buen pastor conoce a sus ovejas, y sólo a ellas, porque le pertenecen. El buen pastor, y sólo él, conoce a sus ovejas porque sólo él sabe quién le pertenece para la eternidad. Conocer a Cristo significa conocer su voluntad sobre nosotros y con nosotros, y llevaría a cabo; significa amar a Dios y a los hermanos (1 Jn 4,7s; 4,20). La bienaventuranza del Padre es reconocer al Hijo como hijo, y la del Hijo es reconocer al Padre como padre. Este recíproco reconocimiento es amor, es comunión. Del mismo modo, la bienaventuranza del Salvador es reconocer al pecador como su propiedad conquistada, y la del pecador es reconocer a Jesús como su Salvador. En virtud de que Jesús está ligado al Padre (y a los suyos) por semejante comunión de amor y de conocimiento recíproco, puede entregar su propia vida por las ovejas y adquirir así el rebaño como propiedad suya para toda la eternidad.

*

Dietrich Bonhoeffer,
Memoria y fidelidad,
Magnano 1979, pp. Ió3s

***

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“Volver a Jesús”. 4 Pascua – C (Juan 10, 27-30)

domingo, 11 de mayo de 2025
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Se pueden hacer toda clase de estudios y diagnósticos. Lo cierto es que el mundo necesita hoy savia nueva para vivir. Las Iglesias andan buscando aliento y esperanza. Las muchedumbres pobres del planeta reclaman justicia y pan. Occidente ya no sabe cómo salir de esa tristeza mal disimulada que ningún bienestar logra ocultar.

El problema no es solo de cambios políticos ni de renovaciones teológicas, sino de vida. Estamos necesitados de algo parecido al «fuego» que prendió Jesús en su breve paso por la tierra: su mística, su lucidez, su pasión por el ser humano. Necesitamos personas como él, palabras como las suyas, esperanza y amor como los suyos. Necesitamos volver a Jesús.

Desde el inicio, los cristianos vieron que él podía guiar a los seres humanos. Con su conocido lenguaje, el cuarto evangelio lo presenta como el «pastor» capaz de liberar a las ovejas del aprisco donde se encuentran encerradas para «sacarlas afuera», a un país nuevo de vida y dignidad. Él marcha por delante marcando el camino a quienes lo quieren seguir.

Jesús no impone nada. No fuerza a nadie. Llama a cada uno «por su nombre». Para él no hay masas. Cada uno tiene nombre y rostro propios. Cada uno ha de escuchar su voz sin confundirla con la de extraños, que no son sino «ladrones» que quitan al pueblo luz y esperanza.

Esto es lo decisivo: no escuchar voces extrañas, huir de mensajes que no vienen de Galilea. Siempre que la Iglesia ha buscado renovarse se ha desencadenado una vuelta a Jesús para seguir de nuevo sus pasos. Como se ha recordado tantas veces, «sígueme» es la primera y la última palabra de Jesús a Pedro (Dietrich Bonhoeffer).

Pero volver a Jesús no es tarea exclusiva del papa ni de los obispos. Todos los creyentes somos responsables. Para volver a Jesús no hay que esperar ninguna orden. Francisco de Asís no esperó a que la Iglesia de su tiempo tomara no sé qué decisiones. Él mismo se convirtió al evangelio y comenzó la aventura de seguir a Jesús de verdad. ¿A qué tenemos que esperar para despertar entre nosotros una pasión nueva por el evangelio y por Jesús?

José Antonio Pagola

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“El Dios crucificado y los pueblos crucificados”, por Juan José Tamayo

jueves, 1 de mayo de 2025
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Aunque ya ha pasado la Semana Santa a que se refiere el autor, publicamos este artículo que leímos en su blog y 
que se hace realidad en lo cotidiano de nuestra vida y en el día a día del mundo sufriente:

«Existimos en cuanto seres humanos sufrientes e indignados por la injusticia«

En días tan señalados para las iglesias cristianas como los de Semana Santa me viene a la memoria la expresión “teología de la cruz” que el joven teólogo Martin Lutero utilizó en 1518 durante la disputa de Heidelberg

«La cruz de Cristo, como Jürgen Moltmann ha demostrado en su libro El Dios crucificado, constituye la base y la crítica de toda teología cristiana. Lástima que pronto la teología de la cruz se tornara conformista con el orden burgués y que, apoyándose en ella, Lutero justificase la violencia de los príncipes»

En días tan señalados para las iglesias cristianas como los de Semana Santa me viene a la memoria la expresión “teología de la cruz que el joven teólogo Martin Lutero utilizó en 1518 durante la disputa de Heidelberg. Lo hizo en polémica con la “teología de la gloria”, del cristianismo eclesiástico medieval, representada en la figura triunfante del Pantocrator de las iglesia románicas.

La cruz de Cristo, como Jürgen Moltmann ha demostrado en su libro El Dios crucificado, constituye la base y la crítica de toda teología cristiana. Lástima que pronto la teología de la cruz se tornara conformista con el orden burgués y que, apoyándose en ella, Lutero justificase la violencia de los príncipes contra la Guerra de los Campesinos y el asesinato de la figura más representativa del ala izquierda del protestantismo naciente, Thomas Müntzer, a quien Ernst Bloch llama “teólogo de la revolución” (Thomas Müntzer, teólogo de la revolución, traducción de Jorge Deike Robles, Ciencia Nueva, Madrid, 1968; Antonio Machado Libros, 2002).

Es quizá al revolucionario y heterodoxo Müntzer a quien el filósofo de la esperanza, Ernst Bloch, se refiriera cuando en el frontispicio de su libro El ateísmo en el cristianismo afirma que “lo mejor de la religión es que crea herejes”. Ciertamente no se refiere a Lutero, como algunas veces se ha dicho, a quien sitúa del lado del conservadurismo político y teológico, lo considera defensor de la moral señorial y recuerda que recomendaba a los campesinos obediencia pasiva y acatamiento de la injusticia.

El tema del Dios crucificado está presente en la primera de las novelas de la Trilogía de la noche titulada La noche, del escritor judío Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz en 1986 y superviviente de los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald, donde fueron asesinados su padre, su madre y su hermana menor. En dicha novela hace un relato patético y estremecedor del que fue testigo:

 “La SS colgó a dos hombres judíos y a un joven delante de todos los internados en el campo [de concentración]. Los hombres murieron rápidamente, la agonía del joven duró media hora. “¿Dónde está Dios? ¿Dónde está Dios?”, preguntó uno detrás de mí. Cuando después de largo tiempo el joven continuaba sufriendo, colgado del lazo, oí otra vez al hombre decir: “¿Dónde está Dios ahora?”. Y en mí mismo escuché la respuesta: “¿Dónde está? Aquí. Colgado del patíbulo.

“Dios clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo […]. Dios es impotente y débil en el mundo, y solo así Dios está con nosotros y nos ayuda […]. Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y sus sufrimientos”.

En una de sus cartas desde el cautiverio, la dirigida el 16 de abril de 1944 a su amigo y posterior editor Eberhard Begthe, Dietrich Bonhoeffer, teólogo mártir del nazismo, vuelve sobre el tema ofreciendo otra imagen de Dios muy alejada de aquella que lo sitúa en el cielo disfrutando de una pacífica y eterna vejez: “Dios clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo […]. Dios es impotente y débil en el mundo, y solo así Dios está con nosotros y nos ayuda […]. Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y sus sufrimientos”.

Adelantándose en varias décadas al teólogo alemán Jürgen Moltmann, Simone Weil habla de «Dios crucificado«. Nuestro parecido con Dios, afirma, no radica en la omnipotencia, sino en la dimensión pensante y finita de la existencia, en el carácter sufriente de la realidad humana: «Saber que, como ser pensante y finito, yo soy Dios crucificado. Parecerse a Dios, pero a Dios crucificado» [1]. Hay aquí un claro mentís al viejo atributo divino de la omnipotencia y a la concepción prometeica del ser humano, y una defensa de la debilidad y el carácter sufriente de Dios, en la misma dirección de Dietrich Bonhoeffer.

Simone Weil fundamenta el carácter divino del cristianismo en las palabras del Salmo 22, 2, pronunciadas por Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15, 43). «La divinidad -afirma en un texto sugerente y de gran creatividad literaria- está dispuesta para nosotros en madera muerta, cortada geométricamente a escuadra, de la que cuelga un cadáver. El secreto de nuestro parentesco con Dios debe buscarse en nuestra mortalidad» [2]. Nada que ver con la apologética católica para quien eran los milagros la demostración irrefutable de la divinidad de Jesús de Nazaret.

En un texto de 1978 de gran profundidad teológica, el teólogo Ignacio Ellacuría, asesinado el 16 de noviembre de 1989 en San Salvador junto con cinco compañeros jesuitas y dos mujeres salvadoreñas colaboradoras en el servicio doméstico, historifica la idea del “Dios crucificado” y la traduce en la experiencia sufriente del “pueblo crucificado, que define como “aquella colectividad que, siendo la mayoría de la humanidad. Debe su situación de crucifixión a un ordenamiento social promovido y sostenido por una minoría, que ejerce su dominio”.

 Ellacuría considera al “pueblo históricamente crucificado” la continuación histórica del Siervo de Yahvé -del Segundo Isaías-, a quien los poderes de este mundo siguen despojando de todo y arrebatando todo, hasta la vida, sobre todo la vida. El “pueblo históricamente crucificado” se convierte así en la categoría mayor de su teo-política de la liberación y en el principal signo de los tiempos. Se refiere a todos los pueblos a quienes los poderosos siguen despojando de su dignidad y arrebatándolos la vida prematura e impunemente [3].

Albert Camus afirmaba no conocer a ninguna persona que hubiera dado la vida por defender el argumento ontológico de Anselmo de Canterbury. Quizá tampoco por creer en el Dios motor inmóvil de Aristóteles, ni en el Dios sustancia infinita, eterna y dotada de los atributos de la independencia, la omnisciencia y omnipresencia –todos terminados en CIA-, de Descartes. Yo tampono la daría. Como diagnosticara Nietzsche en Así hablaba Zaratustra y La gaya ciencia, ese Dios está muerto y bien muerto. El propio Camus reformula el principio cartesiano “pienso, luego existo” como “me indigno, luego existimos”, existimos en cuanto seres humanos sufrientes e indignados por la injusticia.

Hay otras imágenes más creíbles de Dios y más acordes con los acontecimientos que celebra el cristianismo estos días. Una es la propuesta metafórica del científico social portugués Boaventura de Sousa Santos: el Diosactivista de los derechos humanos, que es un Dios subalterno y se enfrenta con el Dios invocado por los opresores. Otra la imagen de José Saramago: “Dios es el gran silencio del universo y el ser humano la voz que ha sentido a ese silencio”. En estas imágenes sí se puede creer, como en la del “Dios crucificado”, identificado con los “pueblos crucificados”, a quienes hay que bajar de la cruz. En dicha tarea ha de traducirse el principio-misericordia de Jon Sobrino.

[1]    Simone Weil, La gravedad y la gracia, edición y traducción de Carlos Ortega, Trotta, Madrid, 2025, 5ª edición, 128.

[2]    Ibid., 128.

[3] Ignacio Ellacuría, “Cruz y resurrección. Presencia y a nuncio de una Iglesia nueva”: CRT-SERVIR (México), 1978, 49-82.

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La valentía de la obispa Budde: La valentía no es suficiente. «También se trata de responsabilidad»

lunes, 21 de abril de 2025
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IMG_9654La obispa Mariann Edgar Budde se hizo conocida mundialmente por su sermón crítico el día después de la toma de posesión del presidente Donald Trump. Ahora ha escrito un libro sobre «ser valiente» y está preocupada por la situación en Estados Unidos.

La obispa estadounidense Mariann Edgar Budde (65) lamentó un «retiro a la vida privada» en vista del punto de inflexión político provocado por la segunda presidencia de Donald Trump. No faltan personas dispuestas a decir algo, pero los tiempos han cambiado y la opinión pública está dividida, declaró Budde al diario «Zeit» (jueves 20 de marzo). Muchos estadounidenses apoyan a Trump y sus decisiones. Budde dijo que tenía miedo de refugiarse en la vida privada.

Katholisch.de informó, además, que la obispa episcopal estadounidense Marianne Budde, quien desafió pública y directamente al presidente Donald Trump a ser más compasivo en sus políticas con respecton a los inmigrantes y las personas LGBTQ+, ha publicado el libro «Siendo valiente«.

Al reflexionar sobre su desafío al presidente, que tuvo lugar durante un servicio de oración inaugural en la Catedral Nacional de Washington, D.C., Budde dijo: «Mis palabras no fueron bien recibidas«. En su libro, Budde advierte que, dada la situación política actual, la valentía no es suficiente. «También se trata de responsabilidad«, dijo, citando a Dietrich Bonhoeffer, teólogo protestante alemán y combatiente de la resistencia nazi, asesinado por los nazis por su oposición a su régimen.

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IMG_0735How We Learn to Be Brave(«Cómo Aprendemos a Ser Valientes«) es una guía inspiradora para los momentos clave de la vida que, si se viven con fe y discernimiento, nos preparan para alcanzar la valentía más plena.

Los momentos decisivos de la vida son esos puntos clave en los que estamos llamados a superar nuestros miedos y actuar con fuerza. Con «How We Learn to Be Brave” (Cómo Aprendemos a Ser Valientes«, la Obispa Mariann Budde nos enseña a responder con claridad y gracia incluso en los momentos más difíciles. Ser valiente no es algo que ocurre de forma aislada; es un camino que podemos elegir emprender cada día.

La Obispa Budde explora la gama completa de momentos decisivos, desde los más visibles y dramáticos (la decisión de irse), hasta los más internos y personales (la decisión de quedarse), pasando por las decisiones valientes tomadas con la vista puesta en el futuro (la decisión de empezar), los que nacen del sufrimiento (la decisión de aceptar lo que no elegimos) y los que llegan de forma inesperada (la decisión de asumir la responsabilidad). Basándose en ejemplos que van desde Harry Potter hasta el Evangelio según Lucas, entrelaza con fluidez experiencias personales con relatos de las Escrituras, la historia y la cultura popular para subrayar tanto la universalidad de estos momentos como el llamado particular que cada uno de nosotros debe atender cuando llegan.

Cómo aprendemos a ser valientes brindará la fortaleza y la comprensión necesarias a quienes buscan respuestas en tiempos de incertidumbre.

Beneficios del contenido:

IMG_0737Con la sabiduría de la obispa Budde, los lectores aprenderán a vivir y a responder según sus verdaderas creencias y de maneras que se alineen con su mejor versión. La obispa Budde denunció públicamente la infame foto de Trump sosteniendo una Biblia afuera de su iglesia tras el asesinato de George Floyd.

Combina la narrativa personal con una hermosa narración para revelar el valiente poder de la convicción.

Comprende cómo la valentía está disponible para todos nosotros, ya que es algo que se aprende.

Aprende cómo la valentía es el resultado de una serie de momentos, grandes y pequeños, que suman un todo, mucho mayor que la suma de sus partes.

Nos inspira a reconocernos como forjadores de nuestros propios destinos y escritores de nuestras propias narrativas heroicas.

Nos anima a tener la valentía de aceptar y vivir plenamente la vida que se nos ha dado.

Fuente Katholisch.de/Amazon/Cristianos Gays

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La unión con Jesucristo

miércoles, 26 de marzo de 2025
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Dietrich Bonhoeffer con estudiantes del Seminario Finkenwalde

…Probablemente no exista ningún cristiano a quien Dios no conceda, al menos una vez en la vida, la gracia de experimentar la felicidad que proporciona una verdadera comunidad cristiana. Sin embargo, tal experiencia constituye un acontecimiento excepcional añadido gratuitamente al pan diario de la vida cristiana en común. No tenemos derecho a exigir tales experiencias, ni convivimos con otros cristianos gracias a ellas. Más que la experiencia de la fraternidad cristiana, lo que mantiene unidos es la fe firme y segura que tenemos en esa fraternidad. El hecho de que Dios haya actuado y siga queriendo obrar en todos nosotros es to que aceptamos por la fe como su mayor regalo; to que nos llena de alegría y gozo; to que nos permite poder renunciar a todas las experiencias a las que él quiere que renunciemos.

– ¡Qué dulce y agradable es para los hermanos vivir juntos y en armonía!- Así celebra la sagrada Escritura la gracia de poder vivir unidos bajo la autoridad de la palabra. Interpretando más exactamente la expresión « en armonía», podemos decir ahora: es dulce para los hermanos vivir juntos por Cristo, porque únicamente Jesucristo es el vínculo que nos une. «Él es nuestra paz». Sólo por él tenemos acceso los unos a los otros y nos regocijamos unidos en el gozo de la comunidad reencontrada.

*

Dietrich Bonhoeffer
Vida en comunidad,
Salamanca, Sígueme 1982, 9.27

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Calumnia, que Alguien queda…

domingo, 23 de febrero de 2025
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Centurión

Voy a engarzar en paz esas espinas
entre las rosas todavía nuevas.
Mi voluntad rendida Tú examinas,
Tú mi holocausto sin retorno pruebas.

Tus manos han ceñido mis riñones
desde la mocedad. Te ha reservado
mi corazón la flor de sus carbones.
Si he amado, Señor, a Ti te he amado.

Mi opción de eunuco por el Reino ostento
sobre esta frágil condición de hombre,
capaz, con todo, de acoger Tu aliento.

Cuando el lagar su desazón concluya,
Tú salvarás la causa de mi nombre
que sólo quiere ser la Causa Tuya.

*

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Pedro Casaldáliga
El Tiempo y la Espera.
Editorial Sal Terrae, Santander 1986

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a losque os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.

Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.

Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.

Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: osverterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida quemidiereis se os medirá a vosotros».

*

Lucas 6, 27-38

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Mirad por qué camino va Dios hacia los hombres, hacia sus enemigos. Es el camino que la misma Escritura llama necedad, el camino del amor hasta la cruz. Reconocer la cruz de Jesucristo como el invencible amor de Dios a todos los hombres, tanto a nosotros como a nuestros enemigos: ésta es la mayor sabiduría.

¿O creemos que Dios nos ama a nosotros más que a nuestros enemigos? ¿Acaso nos creemos los benjamines de Dios? La cruz no es propiedad privada de nadie: pertenece a todos los hombres, tiene valor para todos. Dios ama a nuestros enemigos -eso es lo que significa la cruz-, por ellos sufre, por ellos conoce la miseria y eldolor, por ellos ha dado a su Hijo amado. Por eso tiene una importancia capital que ante cualquier enemigo que nos encontremos, pensemos de inmediato: Dios le ama, lo ha dado todo por él. También tú, ahora, dale lo que tengas: pan, si tiene hambre; agua, si tiene sed; ayuda, si está débil; bendición, misericordia, amor. ¿Pero lo merece? Sí. En efecto, ¿quién merece ser amado, quién necesita nuestro amor más que aquel que odia? ¿Quién es más pobre que él? ¿Quién está más necesitado de ayuda, quién está más necesitado de amor que tu enemigo? ¿Has probado alguna vez a considerar a tu enemigo como alguien que, en el fondo, está delante de ti en su extrema pobreza y te ruega, sin poder dar voz a su ruego: «Ayúdame, dame lo único que todavía me puede ayudar a liberarme de mi odio, dame el amor, el amor de Dios, el amor del Salvador crucificado»? Todas las amenazas, todos los puños tendidos son, en definitiva, mendigar el amor de Dios, la paz, la fraternidad.

Cuando rechazas a tu enemigo, rechazas al más pobre de los pobres, le echas a la calle […]. La brasa de carbón quema y hace daño cuando te toca. También el amor puede quemar y hacer daño. Nos enseña a reconocer qué miserables somos. Es el dolor ardiente del arrepentimiento el que se hace sentir en aquel que, a pesar del odio y de las amenazas, encuentra sólo amor, nada más que amor. Dios nos ha hecho conocer este dolor. Cuando lo hayamos experimentado, ya está, ha sonado la hora de la conversión.

*

Dietrich Bonhoeffer,
Memoria y fidelidad,
Magnano 1979, pp. 117ss y 123ss, passim.

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Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

domingo, 6 de octubre de 2024
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Las lecturas, en las que leemos que “Dios los hizo hombre y mujer” y que el divorcio está aparentemente prohibido, han sido tan duramente utilizadas contra las personas LGBTQ+ y las personas divorciadas que no teníamos muchas ganas de reflexionar sobre ellas ni publicar ningún artículo. Persistímos en esta reflexión porque confiamos en que Dios habla a través de las Escrituras… Y habla más positivamente que “sus” iglesias, las iglesias que dicen seguirle.

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CONTIGO

¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.

¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?

*

Luis Cernuda

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“… De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.”

*

Marcos 10, 2-16

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*

Una pareja de esposos tiene derecho a acoger y celebrar el día de su matrimonio viviéndolo como un triunfo incomparable. Si las dificultades, las resistencias, los obstáculos, las dudas y las vacilaciones no han sido simplemente orillados, sino lealmente afrontados y vencidos – y es ciertamente un bien que las cosas no discurran de una manera demasiado suave-, entonces ambos esposos habrán obtenido efectivamente el triunfo decisivo de su vida; con el «sí» que se han dicho recíprocamente han decidido con toda libertad dar una nueva orientación a toda su vida; ambos han desafiado con serena seguridad todos los problemas y las perplejidades que la vida hace nacer frente a cada vínculo duradero entre dos personas y han conquistado, mediante un acto de responsabilidad personal, una tierra nueva para su vida.

        El matrimonio es más que vuestro amor recíproco. Posee un valor y un poder mayores, porque es una institución santa de Dios, a través de la cual quiere conservar a la humanidad hasta el fin de los días. Desde la perspectiva de vuestro amor, os veis solos en el escenario del mundo; desde la perspectiva del matrimonio, sois un eslabón en la cadena de las generaciones que Dios hace nacer y morir para su gloria, llamándolas a su Reino.

        Desde la perspectiva de vuestro amor veis solo el cielo de vuestra alegría personal; el matrimonio os inserta de una manera responsable en el mundo y en la responsabilidad de los hombres; vuestro amor os pertenece a vosotros solos, es personal; el matrimonio es algo suprapersonal, es un estado, un ministerio. Dios hace vuestro matrimonio indisoluble, lo protege de todo peligro interior y exterior; Dios quiere ser el garante de su indisolubilidad.

        Ésta es una alegre certeza para cuantos saben que ninguna fuerza en el mundo, ninguna tentación, ninguna debilidad humana, puede desatar lo que Dios mantiene unido; más aún, quien sabe esto puede decir con confianza: «Lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre». Libres de todas las ansias que el amor lleva siempre consigo, podéis deciros, con seguridad y confianza total: no podremos perdernos nunca más, pues nos pertenecemos recíprocamente hasta la muerte por voluntad de Dios.

        Vivid juntos perdonándoos recíprocamente vuestros pecados, sin lo cual no puede subsistir ninguna comunidad humana, y mucho menos un matrimonio. No seáis autoritarios entre vosotros, no os juzguéis ni os condenéis, no os dominéis, no echéis la culpa el uno a la otra ( * ), sino acogeos por lo que sois y perdonaos recíprocamente cada día, de corazón. Desde el primero al último día de vuestro matrimonio, debe seguir siendo válida esta exhortación: acogeos… para la gloria de Dios. Habéis oído la palabra que Dios dice sobre vuestro matrimonio. Dadle gracias por ella, dadle gracias por haberos guiado hasta aquí y pedidle que funde, consolide, santifique y custodie vuestro matrimonio: de este modo seréis «algo para alabanza de su gloria».

*

Dietrich Bonhoeffer,
Resistencia y sumisión,
Ediciones Sígueme, Salamanca 1983.

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( * ) El uno al otro, la una a la otra, añadimos nosotros…

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