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Ocho puertas para entrar en el Reino de Dios. Fiesta de todos los Santos

domingo, 1 de noviembre de 2015
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Carrera 100 ms vallaDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

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En la Fiesta de Todos los Santos, la lectura del evangelio recoge las bienaventuranzas. Es una forma de indicarnos el camino que llevó a tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia a la santidad. Resulta imposible comentar cada una de ellas en poco espacio. Me limito a indicar algunos detalles fundamentales para entenderlas.

Las bienaventuranzas no son una carrera de obstáculos

Muchos cristianos conciben las bienaventuranzas como una carrera de obstáculos, hasta que conseguimos llegar a la meta del Reino de Dios. Y la carrera se hace difícil, tropezamos continuamente, nos sentimos tentados a abandonar cuando vemos tantas vallas derribadas. «No soy pobre material ni espiritualmente; no soy sufrido, soy violento; no soy misericordioso; no trabajo por la paz… No hace falta que un juez me descalifique, me descalifico yo mismo.» Las bienaventuranzas se convierten en lo que no son: un código de conducta.

Las bienaventuranzas son ocho puertas para entrar en el Reino de Dios

El arquitecto de la basílica de las bienaventuranzas la concibió con ocho grandes ventanas que permiten ver el hermoso paisaje del lago de Galilea. Prefiero concebir las bienaventuranzas no como ocho ventanas, sino como ocho puertas que permiten entrar al palacio del Reino de Dios. Para entenderlas rectamente hay que advertir donde las sitúa Mateo: al comienzo del primer gran discurso de Jesús, el Sermón del Monte, en el que expone su programa e indica la actitud que debe distinguir a un cristiano de un escriba, de un fariseo y de un pagano.

            A diferencia de los políticos, capaces de mentir con tal de ganarse a los votantes, Jesús dice claramente desde el principio que su programa no va a agradar a todos. Los interesados en seguirlo, en formar parte de la comunidad cristiana (eso significa aquí el «Reino de los cielos»), son las personas que menos podríamos imaginar: las que se sienten pobres ante Dios, como el publicano de la parábola; los partidarios de la no violencia en medio de un mundo violento, capaces de morir perdonando al que los crucifica; los que lloran por cualquier tipo de desgracia propia o ajena; los que tienen hambre y sed de cumplir la voluntad de Dios, como Jesús, que decía que su alimento era cumplir la voluntad del Padre; los misericordiosos, los que se compadecen ante el sufrimiento ajeno, en vez de cerrar sus entrañas al que sufre; los limpios de corazón, que no se dejan manchar con los ídolos de la riqueza, el poder, el prestigio, la ambición; los que trabajan por la paz; los perseguidos por querer ser fieles a Dios.

            Pero las bienaventuranzas son ocho puertas distintas, no hay que entrar por todas ellas. Cada cual puede elegir la que mejor le vaya con su forma de ser y sus circunstancias.

Evitar dos errores

            En conclusión, las bienaventuranzas no dicen: «Sufre, para poder entrar en el Reino de Dios». Lo que dicen es: «Si sufres, no pienses que tu sufrimiento es absurdo; te permite entender el evangelio y seguir a Jesús».

            No dicen: «Procura que te desposean de tus bienes para actuar de forma no violenta». Dicen: «Si respondes a la violencia con la no violencia, no pienses que eres estúpido, considérate dichoso porque actúas igual que Jesús».

            No dicen: «Procura que te persigan por ser fiel a Dios». Dicen: «Si te persiguen por ser fiel a Dios, dichoso tú, porque estás dentro del Reino de Dios».

            Pero, al tratarse de los valores que estima Jesús, las bienaventuranzas se convierten también en un modelo de vida que debemos esforzarnos por imitar. Después de lo que dice Jesús, no podemos permanecer indiferentes ante actitudes como la de prestar ayuda, no violencia, trabajo por la paz, lucha por la justicia, etc. El cristiano debe fomentar esa conducta. Y el resto del Sermón del Monte le enseñará a hacerlo en distintas circunstancias.

Las puertas y el palacio

            Finalmente, no olvidemos que estas ocho puertas nos permiten entrar en el palacio y sentarnos en el auditorio en el que Jesús expondrá su programa a propósito de la interpretación de la ley religiosa, de las obras de piedad, del dinero y la providencia, de la actitud con el prójimo… Este gran discurso es lo que llamamos el Sermón del Monte. Limitarse a las bienaventuranzas es como comprar la entrada del cine y quedarse en la calle.

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«Curarnos de la ceguera». 30 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,46-52)

domingo, 25 de octubre de 2015
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30-852866-300x200¿Qué podemos hacer cuando la fe se va apagando en nuestro corazón? ¿Es posible reaccionar? ¿Podemos salir de la indiferencia? Marcos narra la curación del ciego Bartimeo para animar a sus lectores a vivir un proceso que pueda cambiar sus vidas.

No es difícil reconocernos en la figura de Bartimeo. Vivimos a veces como «ciegos», sin ojos para mirar la vida como la miraba Jesús. «Sentados», instalados en una religión convencional, sin fuerza para seguir sus pasos. Descaminados, «al borde del camino» que lleva Jesús, sin tenerle como guía de nuestras comunidades cristianas.

¿Qué podemos hacer? A pesar de su ceguera, Bartimeo «se entera» de que, por su vida, está pasando Jesús. No puede dejar escapar la ocasión y comienza a gritar una y otra vez: «ten compasión de mí». Esto es siempre lo primero: abrirse a cualquier llamada o experiencia que nos invita a curar nuestra vida.

El ciego no sabe recitar oraciones hechas por otros. Solo sabe gritar y pedir compasión porque se siente mal. Este grito humilde y sincero, repetido desde el fondo del corazón, puede ser para nosotros el comienzo de una vida nueva. Jesús no pasará de largo.

El ciego sigue en el suelo, lejos de Jesús, pero escucha atentamente lo que le dicen sus enviados: «¡Ánimo! Levántate. Te está llamando». Primero, se deja animar abriendo un pequeño resquicio a la esperanza. Luego, escucha la llamada a levantarse y reaccionar. Por último, ya no se siente solo: Jesús lo está llamando. Esto lo cambia todo.

Bartimeo da tres pasos que van a cambiar su vida. «Arroja el manto» porque le estorba para encontrarse con Jesús. Luego, aunque todavía se mueve entre tinieblas, «da un salto» decidido. De esta manera «se acerca» a Jesús. Es lo que necesitamos muchos de nosotros: liberarnos de ataduras que ahogan nuestra fe; tomar, por fin, una decisión sin dejarla para más tarde; y ponernos ante Jesús con confianza sencilla y nueva.

Cuando Jesús le pregunta qué quiere de él, el ciego no duda. Sabe muy bien lo que necesita: «Maestro, que pueda ver». Es lo más importante. Cuando uno comienza a ver las cosas de manera nueva, su vida se transforma. Cuando una comunidad recibe luz de Jesús, se convierte.

José Antonio Pagola

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«Maestro, haz que pueda ver» . Domingo 25 de octubre de 2015. Domingo 30º ordinario.

domingo, 25 de octubre de 2015
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57-ordinarioB30 cerezoLeído en Koinonia:

Jeremías 31, 7-9: Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos.
Salmo responsorial: 125El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Hebreos 5, 1-6: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
Marcos 10, 46-52: Maestro, haz que pueda ver.

El libro de Jeremías nos muestra un aspecto de la manifestación de Dios al que no estamos acostumbrados: la ternura. Dios nos ama sin importar si vamos por la vida como ciegos o cojos, es decir, si a duras penas podemos caminar o si apenas vemos o presentimos por dónde vamos. Dios nos ama, así estemos en un estado de vulnerabilidad o debilidad absoluta, como lo puede estar una mujer encinta o una madre que recién ha alumbrado a su hija. Dios nos ama incluso si hemos huido de él y nos hemos refugiado en el último confín de la tierra. Y la razón de ese amor no es otra que la de sentirnos hijos suyos, la de habernos engendrado por su amor, la de hacernos partícipes de su reino. Una de las insistencias de Jesús era la de vivir la experiencia amorosa de Dios como la esencia sobre la que se funda y funde nuestra vida; y no porque ello estuviera a tono con la sensibilidad religiosa de su tiempo.

El salmo empalma bien con la primera lectura y nos muestra cómo la magnificencia de Dios consiste en el rescate y redención de su pueblo. La experiencia del exilio ya no es la de vivir en un país extranjero, sino la de sentir que ningún lugar del mundo es extraño al proyecto transformador de Dios.

La segunda lectura, de la carta a los Hebreos, afianza y confirma esa dimensión del poder de Dios manifestado como compasión y misericordia. Jesús consagra nuestra vida a Dios por medio de su vida y su Palabra. Él redime nuestras faltas y nos encamina por una experiencia en la que convertimos en fortalezas nuestras infaltables debilidades humanas. Él nos ofrece un camino de redención que supera el puro precepto religioso, la simple justificación sentimental o un vacío racionalismo abstracto. Dios es el que llama, y nosotros somos quienes podemos responderle. Ya no queremos un gurú o un experto en religión, sino un hermano o una hermana que camine con nosotros y nos ayude a realizar esa vocación por la cual nos hemos hecho cristianos.

El evangelio de Marcos narra la curación del ciego Bartimeo, el último “milagro” de Jesús narrado por Marcos. Tradicionalmente este pasaje se ha incluido en el género “milagro”, pero si se lo examina bien, carece de algunos elementos típicos de este género, como por ejemplo el gesto de curación o la palabra sanadora. Estamos, más bien, ante un relato, basado tal vez en un hecho histórico, que sobre todo quiere acentuar la importancia de la fe como fundamento del discipulado.

El relato, dentro de su sobriedad, está «cargado de detalles», que, sin duda, han sido puestos en el relato con segunda intención, para facilitar una interpretación y aplicación concreta. Marcos nos indica el lugar donde sucede este episodio: a la salida de Jericó, la ciudad de las palmeras en medio del desierto de Judá, la puerta de entrada en la tierra prometida (cf Dt 32,49; 34,1), paso obligado para los peregrinos que venían de Galilea, por el camino del Jordán, a Jerusalén, ciudad de la que dista algo más de 30 kilómetros. La Jericó del tiempo de Jesús estaba situada al suroeste de la mencionada en el AT. Había surgido en torno a la lujosa residencia invernal construida por Herodes.

Hay, además, una alusión explícita –aunque suene un tanto genérica– al nombre del ciego: Bar-timeo, el «hijo de Timeo»; Mateo y Lucas no mencionarán este detalle. Junto con el de Jairo es el único nombre propio que aparece en Marcos antes de iniciar el relato de la pasión. Algunos piensan que esto es debido al hecho de que probablemente este hombre formó parte de la comunidad cristiana palestinense.

El protagonista es un hombre ciego, doblemente pobre, por tanto. Lv 19,14, Dt 27,18, Is 59,9 son textos que nos ayudan a comprender la situación de los ciegos en Israel. La liturgia ha establecido un nexo entre este evangelio y la primera lectura de Jeremías porque en ambos casos se habla de un acontecimiento gozoso para los ciegos.

El diálogo comienza con una petición de Bartimeo, de hondo trasfondo veterotestamentario (cf Os 6,6), y que la liturgia eucarística ha incorporado en el acto penitencial: “Ten compasión de mí”. La petición va precedida por el título mesiánico de hijo de David. Esta es la única vez que aparece este título en el evangelio. Posteriormente el ciego le llamará “rabbuní” (término que solemos traducir por “maestro” y que el original de Marcos no traduce).

La gente lo manda callar para que no moleste. Este mandato no tiene nada que ver con el “secreto mesiánico” tan típico de Marcos, ya que aquí quien manda callar no es Jesús sino la gente. Cuando el ciego se entera de que Jesús lo llama, “soltó el manto” y, de un salto, se acercó a Jesús. Este detalle aparece también en 2Re 7,15. Es una manera de indicar el interés que produce el acontecimiento.

El diálogo posterior se narra de una manera esquemática: pregunta (¿Qué quieres que haga por ti?), petición (“Maestro, que pueda ver”) y respuesta (“Anda, tu fe te ha curado”). Como ya se indicó antes, faltan el gesto y las palabras de la curación. El acento recae en la fuerza de la fe. Esta es la que permite pasar de la tiniebla a la luz, del borde del camino al interior del camino, de la pasividad de quien mendiga a la actividad de quien sigue a Jesús hasta el final.

Hoy se habla mucho de las terapias sanadoras a través de la medicina natural, de las técnicas psicológicas, de las tradiciones budistas, de los flujos de energía… y de los problemas sicosomáticos, que se curan de un modo también psico-somático… Los milagros se desnudan y se nos hacen mucho más explicables, mucho más del día a día. La vida está llena de «milagros» para quien sabe llevarla, por quien la lleva con coraje, con «fe». La «inteligencia emocional» (cfr. Daniel Goleman), la «inteligencia ecológica» (del mismo autor), la «inteligencia espiritual» (cfr. Danah Zohar), el holismo, la sinergia… nos trasladan a un «realismo mágico» nada inaccesible. La fe mueve montañas, ya lo dijo Jesús. Los milagros de nuestra fe no tienen por qué ser milagros-milagros, estrictamente sobrenaturales… Al menos, muchos de los de Jesús de Nazaret parece que no lo fueron, y los nuestros de hoy día es más difícil que lo sean. Tal vez necesitemos simplemente «educar los ojos» con esa inteligencia emocional, ecológica, espiritual (no en la visión lineal en la que nos educaron en el viejo paradigma)… y volver a echar mano de la fe, del «coraje de existir» (Tillich). Leer más…

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Dom 25. 10. 15. El ciego del camino y los «gorilas» de Dios

domingo, 25 de octubre de 2015
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2Domingo 30. Ciclo b. Un ciego en el camino: Mc 10, 46-52. Muchos siguen a Jesús de un modo equivocado, buscando su triunfo personal, como han ido mostrando las historias de los últimos domingos:

–unos discípulos «gorilas» (¡perdón gorilas de verdad!)no dejan que los niños se acerquen a Jesús;
–hay un rico que quiere seguir a Jesús, pero no vende todo y lo da a los pobres para hacerlo:
–los zebedeos le siguen (lo mismo que Pedro), pero exigen los primeros puestos o le ponen condiciones.

Entre los que siguen a Jesús de un modo equivocado quiero hoy destacar a los «gorilas», conforme a la segunda acepción de esa palabra:

— 1ª acepción. Gorilas son unos honrados primates de la selva africana (del Congo), donde quedan pocos y amenazados, son una belleza.
— 2ª acepción. Gorilas son un tipo de guardaespaldas duros, que dicen proteger por interés a ciertas personas (en nuestro caso a Jesús, y por extensión al Papa), aunque con frecuencia imponen su poder.

Los «gorilas» de Jesús no lograron impedir que acogiera y curar al ciego del camino. Dicen que algunos altos gorilas del Papa quieren impedir las reformas de Francisco. Desde ese fondo puede entenderse el evangelio de hoy. Buen domingo, buen fin del Sínodo.

Jesús, el ciego de Jericó y los gorilas.

Frente a los gorilas que quieren dirigir la marcha de Jesús presenta este evangelio a un auténtico discípulo: un mendigo ciego a quien todos rechazan; pero Jesús siente y le llama, escucha y le cura, por piedad y justicia de Dios.

Este mendigo pide luz, no sólo para ver a Jesús (y para verse a sí mismo en Jesús), sino para dejar todo y seguirle , pero unos «gorilas» a quienes Jesús no ha nombrado guardaespaldas se lo impiden

En este ciego del camino de Jericó a Jerusalén se compendian todos los que quieren acompañar a Jesús, para ver y transformarse, para aprender y cambiar.

Pero hoy, como entonces, sigue habiendo «gorilas» que no quieren que los ciegos vean, que quieren controlar el camino de Jesús.

Éste sigue siendo un evangelio inquietante y muy actual, aunque en este post no quiero hacer comparaciones más precisas con la Iglesia del Sínodo 2014/2015 que termina precisamente en este domingo, con claros gorilas del Dios de Jesús, porque me parecen evidentes.

Hay todavía bastantes que quieren (¿queremos?) controlar a Jesús como «guardaespaldas», que le impiden (¿le impedimos?) acercarse de verdad a la gente. Pero Jesús quiere y puede liberarse de ellos (¿de nosotros?), para que el ciego de Jericó pueda ver y seguirle en libertad, superando así el intento de aquellos que intentan controlarle.

Ojalá vuelva a liberarse Jesús este domingo de gorilas del final del Sínodo en que estamos todos implicados. Buen domingo a todos.

El texto

Mc 10, 46 Llegaron a Jericó. Y cuando salía de Jericó acompañado por sus discípulos y por bastante gente, el hijo de Timeo, Bartimeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. 47 Y oyendo que era Jesús el Nazareno quien pasaba, se puso a gritar:
¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!
48 Muchos lo reprendían para que callara.
Pero él gritaba todavía más fuerte:
¡Hijo de David, ten compasión de mí!
49 Jesús se detuvo y dijo:
Llamadlo.
Llamaron entonces al ciego, diciéndole:
Animo, levántate, que te llama.
50 El, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
51 Jesús, dirigiéndose a él, le dijo:
¿Qué quieres que haga por ti?
El ciego le contestó:
Maestro, que recobre la vista.
52 Y Jesús le dijo:
Vete, tu fe te ha salvado.
Y al momento recobró la vista y le siguió por el camino.

Jericó es la última etapa.
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En Jericó, ciudad de la fuentes y palmeras, gran oasis, bajo la Montaña de las Tentaciones, comienza la dura subida a Jerusalén, donde Jesús tendrá que enfrentarse con su muerte. Allí se sitúa esta narración, en cuyo fondo hay un recuerdo histórico, un relato de milagro.

Pero además de un recuerdo del pasado, el texto ofrece un claro paradigma o ejemplo de discipulado, construido en oposición a los zebedeos del pasaje precedente: sólo la misericordia puede abrir un camino para ciegos y pobres.

Otros sólo comprenderán después que Jesús ha muerto. Los fuertes zebedeos aprenderán únicamente muy después de la Pascua (¡bebereis mi cáliz!: Mc 10, 39), pero no pueden presentarse aún como ejemplo de seguimiento, pues no tienen limpia la mirada de evangelio. Pues bien allí donde ellos fallan ha encontrado Marcos un testigo mesiánico que sabe dejarlo todo y seguir a Jesús, con los ojos abiertos. Es un ciego, mendigo de Jericó, donde se inicia la última jornada que lleva hacia Jerusalén.

Allí donde ignoran los zebedeos, apegados al poder religioso, el ciego sabe y pide: ¡Ten compasión de mí! (10, 47-48). Santiago y Juan querían sentarse en la gloria de la Iglesia, en deseo insaciable de dominio sobre el resto de los «fieles». Por el contrario, Bartimeo, sentado a la vera de un camino que no ve, busca compasión, llamando a Jesús por dos veces ¡Hijo de David, es decir, Rey mesiánico!

No le importa el dinero, ni busca poder, ni le preocupa la estructura del sistema israelita o de la Iglesia. Es un marginado del bordo del camino, pero sabe que el mesianismo (filiación de David) se expresa como misericordia.

La ley de los gorilas

Evidentemente, los gorilas de la selva son mucho mejores. Los nuestros son profesionales del poder y de la política de fuerza. Más que para proteger a los indefensos sirven para crear barreras de distancias y de silencio, de seguridad y miedo. ¡No dejan que el ciego se acerque a Jesús!

Pero el ciego quiere verle y para ello grita, a fin de que su voz pase por encima del cerco de gorilas. Era malo el deseo de dinero y poder para seguir a Jesús… (cf. Mc 10, 22;10, 35-45). Pero este ciego no quiere dinero ni poder, sino solamente ver, caminar con Jesús, ser persona. Eso pide Bartimeo.
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Los que manipulan el mensaje, rodeando a Jesús como guardaespaldas que distinguen a los buenos de los malos, a los que pueden o no pueden acercarse. No les importa el ciego y por eso quieren acallar su voz del ciego, impidiéndole que grite y que estorbe la buena marcha del grupo.

Se ha creado en torno a Jesús un círculo de cortesanos (guardaespaldas)sin misericordia que se creen con derecho para decidir lo que él debe hacer o no hacer (cf. Mc 10, 13-16). Esta es la iglesia de los gorilas, que mandan sobre Jesús, que le encierran en una especie de “mesias-móvil”, que le aísla, que le tapa.

Cuando alguien goza de dinero o fortuna le rodean de inmediato aduladores y aprovechados. Es evidente que Marcos condena ese peligro en la iglesia de su tiempo (y en la posterior, como haría en la actualidad).

Pero Jesús escucha por encima del cerco de los que le rodean, y atiende a la voz del que llama y quiere simplemente compasión: ¡Ten piedad de mi!

Están allí los guardaespaldas sin piedad, que cierran el círculo de su poder en torno a Jesús, pensando que es Hijo de David en línea superioridad, y que tiene que subir bien rodeado de escoltas a la ciudad, para tomar allí su mando. Pero Jesús rompe ese círculo y escucha la voz del que le llama, pidiendo compasión.

Nosotros, occidentales del siglo XXI, hemos creado un círculo de gorilas informáticos y políticos que excavan fosos y cierran los caminos (¡basta pensar en los muros de Israel y de USA, con todos los ejércitos del Este de Europa, con Europa entera que no quiere escuchar el grito de los refiguados!).

Surge así círculo de gorilas de hierro y de sangre para protegernos y proteger a nuestro «Jesús» (es decir, nuestros bienes). Pero el Jesús verdadero, hoy como entonce, en Jericó como en los Balcanes, rompe los muros y escucha la voz del que llama, para acoger al ciego que grita ¡piedad!, dialogando con él: ¡Qué quieres que te haga? (10, 51).

Un mendigo ciego.

Sobre los mendigos se ha trazado y se sigue trazando una intensa literatura casi siempre negativa. Está, por una parte, el ciego sabio que toca la música y canta (como el famoso Homero de Quios), el ciego que guía desde su oscuridad a los videntes engañados… Pero están también los ciegos de las conspiraciones destructoras, que parecen guiar desde el subsuelo la marcha de un mundo desquiciado y loco, como cuenta E. Sábato en el durísimo Informe sobre ciegos de su novela “Sobre héroes y tumbas”.

La verdadera pregunta es éste: ¿Quiénes son los verdaderos ciegos? ¿Los expulsados del sistema o los expulsadores? ¿Los que imaginan conspiraciones diabólicas por todas partes…, los que las planean de hecho, porque no son trigo limpio, o los pobres que simplemente quieren ver, seguir a Jesús, ser libres?

El tema es desquiciante. ¿Necesitaremos siempre más gorilas de pólvora y fuego para impedir que los ciegos se acerquen? ¿No será mejor que todos escuchemos, que dejmos que la voz de la piedad nos llegue: la voz de Allah, Dios clemente y misericordioso, la voz de Señor de Israel, también clemente, la voz del Padre de Jesús, que es Padre de la misericordia?

Basta con que escuchemos la voz del que dice a nuestro lado, con su ojos y y con su mirada suplicante: ¡Ten piedad de mí! Piedad y justicia, piedad y transformación social y personal. Éste es el tema del mendigo ciego, sentado al borde del camino por el que nosotros queremos pasar, en la marcha que nos lleva a «conquistar» los espacios del poser y del dinero de una Jerusalén que pensamos que nos pertenece. Este ciego del camino de Jericó sólo quiere ver.

La petición del ciego.

No pide ningún signo de dominio; sólo quiere ver, vivir en plenitud y se lo pide a Jesús, que sube rodeado de curiosos y de aprovechados hacia Jerusalén, en la última etapa de su vida, para “encontrar y ver a Dios”, en el gesto místico supremo de su entrega a favor del Reino, es decir, de los pobres y mendigos, de los ciegos y excluidos de la sociedad.

Los gorilas de su grupo quieren que el ciego calle, que nadie perturbe la buena marcha mesiánica del poder, que nadie diga que hay ancianos abandonados, niños sin familia, emigrantes hacinados… Que nadie perturbe nuestra buena calma.

Estos gorilas de Jesús son (¿somos?) los verdaderos ciegos, porque queremos conservar lo que tenemos. Por el contrario, este ciego de Jericó levanta y deja todo (su manto, con el dinero que quizá ha recogido) y viene al lado de Jesús. No le importa lo que tiene, su puesto de ciego al borde del camino (¡un puesto donde podía conseguirse quizá algo de dinero!); deja el manto, con las monedas encima (el manto para pedir y resguardarse en la noche…), todo su tesoro y viene hacia Jesús..

Jesús escucha y valora la petición de ciego. Todos quieren y piden otras cosas. Los zebedeos exigían los primeros puestos; otros suben a Jerusalén con el deseo de conquistar la ciudad, de conseguir prebendas de templo o palacio, de dinero o casas… En contra de eso, este ciego sólo quiere ver.

Y eso es lo que Jesús puede y quiere darle. No puede darle dinero (no lo tiene), ni puede repartirle beneficios o prebendas (en su empresa no hay tal cosa). Pero puede darle “ojos nuevos”, capacidad de ver. Eso pide el ciego, eso da Jesús. De esa manera, el ciego aparece como el único que “cree” de verdad, que sabe ver, pues creer es confiar en el poder mesiánico de abrir los ojos.

Creer es buscar una vida de luz, es conocer… Ésta es la única mística, la verdad más honda: ver para seguir a Jesús en libertad,
para vivir con él y como él. Éste es un ciego que “ve” más que todos los videntes. Ve porque quiere ver y caminar y sentir… Este ciego ve porque sabe entender lo que implica el camino de Jesús y le dice “quiero ver”.

El camino del ciego

Jesús le responde que vaya (hypage) y vea, viviendo en libertad, conforme a su deseo. No le impone nada, no le pide que venga con él a Jerusalén, ni que forme parte de su comunidad o iglesia. Jesús, el hombre de la luz, le dice que vea y que vaya, que no tenga miedo a caminar.

Le pide que vaya: que deje su puesto de ciego, con su manto y sus monedas al borde del camino. Le pide que vaya, que hay mil cosas que ver: quizá su familia, que espera en la casa lejana; quizá las fuentes y palmeras y las plazas de Jericó, ciudad famosa…

Quizá el lago cercano, el Mar de la Sal, allí abajo, con monjes qumramitas que escriben libros y buscan visiones nocturnas. Quizá dese ver el rostro de los niños para bendecir a Dios o los ojos de una mujer para amar…

Jesús no le exige nada: le dice que vaya, que se sienta libre y cómodo, que la vida es ver.

Pero él, en vez de marchar, se une a Jesús y le sigue, subiendo con él hacia Jerusalén (Mc 10, 52b). Ya había abandonado el manto (toda su riqueza) al escuchar su llamada (10, 50). Ahora, sin manto, le acompaña en un camino de ascenso que desemboca en la entrega de la vida a favor de los demás.

Los zebedeos no habían comprendido la verdad mesiánica. Este ciego la conoce, sabiendo que Jesús es Hijo de David por ser misericordioso.

En cierto sentido hubiera sido más seguro y económicamente más rentable continuar sentado como invidente a la vera del camino, con el pan asegurado cada día, con las limosnitas de los peregrinos, con el sueño asegurado cada noche, con su manto (pues allá en Jericó nunca nieva, ni hace frío y puede dormirse muy bien junto a cualquier muro de la calle).

Pero él lo deja todo: ha querido arriesgarse: ha buscado la luz y ha encontrado a Jesús y con Jesús el camino que culmina en la entrega de la vida.

Jesús puede ahora subir a culminar su tarea en Jerusalén, pues ya tiene a un verdadero acompañante, a un ciego que ve. Otros suben con él buscando privilegios, prebendas, visiones misteriosas de Reinos y Paraísos encantados. Suben llenos de oscuridades y equivocaciones. Éste lo ha dejado todo (manto y dinero, puesto de mendigo) y está dispuesto a trazar con Jesús yn camino de vida, al servicio de todos.

Los zebedeos buscaban al Cristo glorioso, repartiendo tronos e influencias a diestra y siniestra. En contra de eso, este ciego ha confesado su fe en el Hijo de David misericordioso, que no se sienta en trono alguno, ni pretende imponerse sobre nadie. Este ciego quiere ver para descubrir el camino mesiánico y seguirlo con Jesús.

Este ciego es ahora, en esta escena, el verdadero discípulo de un Jesús, rodeado de falsos discípulos. Este ciego, con la mujer de la unción de Mc 14, 3-9, es la señal más clara de que Jesús no ha fracasado, según el evangelio de Marcos.

¿Y nosotros? También, nosotros, como ciegos del camino pedimos un milagro, para ver a Jesús y caminar con él, es decir, para compartir su misión y así verle en su verdad, como mesías de los pobres y los ciegos del camino.

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El ciego Bartimeo y nuestra ceguera. Domingo 30 Ciclo B

domingo, 25 de octubre de 2015
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ciegoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Un relato aparentemente sencillo

El evangelio de este domingo (la curación del ciego Bartimeo) parece, a primera vista, muy fácil de entender: uno más de los milagros que hace Jesús a lo largo de su vida.

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.» Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Pero con detalles curiosos

  1. Bartimeo llama a Jesús “hijo de David”. Es la única persona que le da este título en el evangelio de Mc. “Hijo de David”, aplicado a Jesús, puede tener dos sentidos: a) Jesús es el Mesías esperado, el rey de Israel; aunque inmediatamente antes haya hablado de su muerte, de que ha venido a servir, no a ser servido, el ciego confiesa su fe en la dignidad de Jesús y en su poder de curarlo. b) Jesús es igual que Salomón (el hijo de David más famoso), al que las leyendas posteriores terminaron atribuyendo poder de curaciones; en este sentido se usa con más frecuencia en el evangelio de Mateo.
  1. La actitud del ciego, que grita cada vez más fuerte, aunque la gente le mande callar. Marcos indica, con cierta ironía, que las mismas personas que lo mandan callar son las que luego lo animan a levantarse e ir hacia Jesús. Pero lo importante es la petición que repite: “ten compasión de mí”, que se concretará luego en poder ver.
  1. Es curioso que se cuente que “soltó el manto” antes de acercarse a Jesús. Parece un detalle innecesario. Sin embargo, recuerda lo que se ha dicho al comienzo del evangelio a propósito de los primeros discípulos, que “dejando las redes, lo siguieron” (Mc 1,18).
  1. Aunque Bartimeo piensa que Jesús puede curarlo, Jesús le dice “tu fe te ha curado”, poniendo de relieve la importancia de la fe.
  1. Este es el único caso en todo el evangelio en el que una persona, después de ser curada, sigue a Jesús por el camino. Aunque el texto no lo dice, lo sigue hacia Jerusalén, hacia la muerte y la resurrección.

El relato en el conjunto del evangelio

            Cuando leemos este relato en el conjunto del evangelio de Marcos nos damos cuenta de que tiene una importancia enorme.

  1. Este episodio cierra una larga sección del evangelio en la que Jesús ha ido formando a sus discípulos sobre los temas más diversos: los peligros que corren (ambición, escándalo, despreocupación por los pequeños), las obligaciones que tienen (corrección fraterna, perdón) y el desconcierto que experimentan ante las ideas de Jesús a propósito del matrimonio, los niños y la riqueza. Después de todas esas enseñanzas, el discípulo puede sentirse como ciego, incapaz de ver y pensar como Jesús.
  1. En este contexto, la actitud de Bartimeo, gritando insistentemente a Jesús que se compadezca de él, es un símbolo de la actitud que debemos tener cuando no acabamos de entender o no somos capaces de practicar lo que Jesús enseña. Pedirle que seamos capaces de ver y de seguirle incluso en los momentos más difíciles.

1ª lectura: una imagen vale más que mil palabras

refugiados-sirios

El texto de Jeremías pretende consolar al pueblo de Israel, desterrado primero por los asirios y luego por los babilonios, prometiéndole que volverá del norte y de los confines de la tierra. Incluso las personas menos capacitadas para moverse (ciegos, cojos, preñadas, recién paridas), volverán a la patria. Las antiguas penas se transformarán en grandes consuelos.

Así dice el Señor: «Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos: proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. Mirad que yo os traeré del país del norte, os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos: los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito.»

La relación de la primera lectura con el evangelio es muy escasa. Este texto de Jeremías quizá se ha elegido porque habla de ciegos que vuelven a Jerusalén, igual que Bartimeo sigue a Jesús hacia Jerusalén. Sin embargo, la actual tragedia de los refugiados ayuda a valorar ese mensaje de esperanza.

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A Don Antonio Cañizares «Nada de lo que Vd. dijo lo habría dicho Jesús»

domingo, 25 de octubre de 2015
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1153173603_740215_0000000000_noticia_normal(María Victoria Gómez Morales).- Estimado D. Antonio: Le recuerdo todavía de cuándo iba a darnos clase de Teología, siendo coadjutor de una parroquia de Aluche. He leído atentamente la intervención que le ha llevado a pedir perdón por las críticas que está recibiendo. Le agradezco su arrepentimiento, pero hay que insistir en que este lenguaje no se puede admitir. Desde el Evangelio, por supuesto.

Nada de lo que ha dicho Vd. lo habría dicho Jesús, cuyas enseñanzas – puro Evangelio – dicen todo lo contrario. Él pide acogida al forastero, mientras Vd. predica el miedo a todos esos inmigrantes, tan cruelmente tratados. Y dice más, porque habla de una eventual ‘invasión’ de personas de otras religiones en una Europa que, por ello, podría dejar de ser cristiana. No me extiendo más, porque bien claro se lo han dicho.

Dijo Vd., además, que «no hay pobres en nuestras calles». Pero ¿con quién se trata Vd., que ni siquiera ve que existan los «empobrecidos», los que viven en nuestras calles o en las afueras de la ciudad? ¿Tan poco se relaciona con ellos como que, al menos, sepa que exiten y en abundancia?

Parece que algunos de Vds., nuestros obispos, viven muy lejos de la vida real, de entrar en sus chabolas o tiendas de latas y cartones. Pobres empobrecidos, en muchos casis víctimas de las decisiones políticas que, como dice el Papa, los descartan, los dejan en las cunetas de la vida. Hablen, pues, de la corrupción en que vivimos, de los políticos que nos gobiernan, de las injusticias que cada día y en cadena se cometen…

Que Dios le dé un poco más de valentía para denunciar lo que hay que denunciar y callar lo que no existe más que en su cabeza. Diga palabras de verdad.

Siento que al cabo de tantos años lo que nos una sea la falta de entendimiento, no la amistad que brota del amor cristiano.

Con todos mis respetos, le envío mi amor en Cristo Jesús y mi deseo de que me perdone por tomarme una atribución que no me corresponde.

Con todo afecto

Fuente Religión Digital

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«Nada de eso entre nosotros». 29 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,35-45)

domingo, 18 de octubre de 2015
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29-852865Camino de Jerusalén, Jesús va advirtiendo a sus discípulos del destino doloroso que le espera a él y a los que sigan sus pasos. La inconsciencia de quienes lo acompañan es increíble. Todavía hoy se sigue repitiendo.

Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, se separan del grupo y se acercan ellos solos a Jesús. No necesitan de los demás. Quieren hacerse con los puestos más privilegiados y ser los primeros en el proyecto de Jesús, tal como ellos lo imaginan. Su petición no es una súplica sino una ridícula ambición: «Queremos que hagas lo que te vamos a pedir». Quieren que Jesús los ponga por encima de los demás.

Jesús parece sorprendido. «No sabéis lo que pedís». No le han entendido nada. Con paciencia grande los invita a que se pregunten si son capaces de compartir su destino doloroso. Cuando se enteran de lo que ocurre, los otros diez discípulos se llenan de indignación contra Santiago y Juan. También ellos tienen las mismas aspiraciones. La ambición los divide y enfrenta. La búsqueda de honores y protagonismos interesados rompen siempre la comunión de la comunidad cristiana. También hoy. ¿Qué puede haber más contrario a Jesús y a su proyecto de servir a la liberación de las gentes?

El hecho es tan grave que Jesús «los reúne» para dejar claro cuál es la actitud que ha de caracterizar siempre a sus seguidores. Conocen sobradamente cómo actúan los romanos, «jefes de los pueblos» y «grandes» de la tierra: tiranizan a las gentes, las someten y hacen sentir a todos el peso de su poder. Pues bien, «vosotros nada de eso».

Entre sus seguidores, todo ha de ser diferente: «El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos». La grandeza no se mide por el poder que se tiene, el rango que se ocupa o los títulos que se ostentan. Quien ambiciona estas cosas, en la Iglesia de Jesús, no se hace más grande sino más insignificante y ridículo. En realidad, es un estorbo para promover el estilo de vida querido por el Crucificado. Le falta un rasgo básico para ser seguidor de Jesús.

En la Iglesia todos hemos de ser servidores. Nos hemos de colocar en la comunidad cristiana, no desde arriba, desde la superioridad, el poder o el protagonismo interesado, sino desde abajo, desde la disponibilidad, el servicio y la ayuda a los demás. Nuestro ejemplo es Jesús. No vivió nunca «para ser servido, sino para servir». Este es el mejor y más admirable resumen de lo que fue él: servicio a todos.

José Antonio Pagola

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«El que quiera ser primero, sea esclavo de todos». Domingo 18 de octubre de 2015. Domingo 29º

domingo, 18 de octubre de 2015
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56-ordinarioB29 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 53, 10-11: Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años.
Salmo responsorial: 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Hebreos 4, 14-16: Acerquémonos con seguridad a trono de la gracia.
Marcos 10, 35-45: El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.

La primera lectura de hoy, tomada de la segunda parte del libro de Isaías, nos habla de la misión del ‘siervo sufriente’, es decir, de aquel imaginado redentor del Pueblo de Dios que ofrece su vida para ver el nacimiento de una nueva posibilidad, de una nueva descendencia. Este poema nos habla más de esperanza, de tenacidad y de lucha que de sufrimiento pasivo o resignación. La misión del siervo del Señor no es ver su cuerpo destrozado, sino servir de puente para las nuevas generaciones de creyentes que se han de inspirar en su particular estilo de vida. Por esta razón la “nueva descendencia” no se refiere, ni en el texto ni en la interpretación cristiana, a los descendientes biológicos, sino a una nueva generación de personas comprometidas con la Causa de Dios en favor de su pueblo, el pueblo pobre, dolorido y oprimido.

El Salmo nos sirve de puente entre la primera y la segunda lectura, al recordarnos que la Palabra de Dios se identifica por su capacidad para ayudarnos a reconocer la verdad. Una verdad que no es un asunto metafísico o etéreo, sino la encarnación del proyecto de Dios en la historia por medio de la justicia y el derecho.

El fragmentito de la carta a los Hebreos que hoy leemos nos recuerda que Jesús ha sido probado en todo igual que nosotros, por lo que podemos tener confianza de ser bien comprendidos. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de comprender a los débiles…

El evangelio, de Lucas, nos presenta una escena breve, un pasaje simple pero muy importante del mensaje de Jesús. Jesús establece con claridad su diferencia con el espíritu del mundo, el de los jefes de este mundo, que esclavizan a los suyos y se sirven de ellos; Jesús proclama que su actitud es exactamente la contraria: «No he venido a ser servido sino a servir», y «el que quiera ser grande, que sea el servidor de todos». Es un rasgo cristiano central, decisivo. Y sin complicaciones ni alambicamientos teóricos: no se trata de creer doctrinas, sino de centrar la propia vida sobre la base del amor-servicio. No un amor cualquiera (romántico, sentimental, de bellas palabras…), sino un amor que se expresa en el servicio. No insistiremos nunca demás en este principio central del evangelio, que Lucas nos recuerda hoy.

El penúltimo domingo de octubre la Iglesia Católica lo celebra como Domingo Mundial («Do-Mund») de las Misiones. Muchos de los católicos mayores recordamos que cuando fuimos niños salimos, tal día como hoy, a las calles, con una hucha en las manos, para hacer una cuestación económica en favor de las misiones. En algunas sociedades católicas de entonces, aquello formó parte de un paisaje religioso urbano, que ya desapareció. No se dejó de hacer simplemente por pereza, o por olvido… sino por razones de la secularización de la sociedad. Pero hoy, con una perspectiva más amplia, vemos que no sólo han afectado las razones clásicas de la «secularización»; también han intervenido razones que se refieren a las «Misiones» mismas.

En un tiempo como el que vivimos, marcado radicalmente por el pluralismo religioso, y marcado también, crecientemente, por la teología del pluralismo religioso, el sentido de lo «misionero» y de la «universalidad cristiana» han cambiado. Hasta ahora, en demasiados casos, lo misionero era sinónimo de «convertir» al cristianismo (al catolicismo concretamente en nuestro caso) a los «gentiles», y la «universalidad cristiana» era sentida como la centralidad del cristianismo: nosotros éramos la religión central, la (única) querida por Dios, y por tanto, la religión-destino de la humanidad. Todos los pueblos (universalidad) estaban destinados a abandonar su religión ancestral y a hacerse cristianos (a «convertirse»)… El «proselitismo», por cualquier medio que fuera posible, estaba justificado; más, era lo mejor que podíamos hacer por la humanidad: el fin justificaba los medios.

Todo esto, lógicamente, ha cambiado. Comprendemos perfectamente que las religiones y las culturas (todas, no sólo la nuestra) han vivido, desde sus orígenes, aisladas, sin sentido de pluralidad. Una especie de «efecto óptico» y, a la vez, una cierta ley de la «psicología evolutiva» de la humanidad, les ha hecho concebirse a sí mismas -cada una- como únicas, y como «centrales» (pensando cada una que eran el centro absoluto de la realidad), igual que cada uno de nosotros, cuando hemos sido niños/as, hemos comenzado a conocer la realidad siempre a partir de nuestro ego-centramiento psicológico inevitable, igual también que todos los humanos han pensado que su tierra, y hasta el planeta Tierra, eran el centro del mundo y hasta del cosmos… Sólo con la expansión del conocimiento y con la experiencia de la pluralidad, las personas, los pueblos y las culturas se han ido dando cuenta de que no son el centro, de que hay otros centros, y han sido capaces de madurar y de descentrarse de sí mismas reconociendo una realidad mayor.

Todas las religiones, no sólo la nuestra, están desafiadas a entrar en esta maduración y este reconocimiento de una perspectiva panorámica mucho más amplia que aquella en la que han vivido precisamente toda su historia, los varios milenios de su existencia. La religiosidad, la espiritualidad del ser humano, es mucho más amplia, y mucho más antigua (decenas de milenios al menos) que cualquiera de nuestras religiones. Dar al tiempo sagrado de nuestra religión la centralidad y unicidad cósmica y universal que le solemos dar, necesita sin duda una reevaluación más ponderada. Un pensamiento religioso más sereno y maduro se inclina cada día más hacia una revalorización generosa de las otras religiones, y a una profundización del sentido de modestia y de pluralismo, que no es claudicación ante nada, sino apertura de corazón al llamado divino que hoy sentimos, vibrante y poderoso, hacia una convergencia universal que antes no acabábamos de captar.

Buen día hoy, el del DóMund, para presentar estos desafíos y para profundizarlos en la homilía, en la reunión de la comunidad, en el grupo de estudio, o en el aula con mis alumnos. No desaprovechemos la oportunidad para actualizar también nuestra visión personal en estos temas: hay muchas lecturas (véase, por ejemplo, en la RELaT –http://servicioskoinonia.org/relat– no pocos artículos sobre el tema: en el menú desplegable «selección por materias», escoger «Teología sistemática – Diálogo de religiones – Pluralismo religioso» y pulsar en «ir». También en servicioskoinonia.org/LibrosDigitales). Leer más…

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Dom 18.10.15. El cáliz que has de beber (Evangelio de los Zebedeos)

domingo, 18 de octubre de 2015
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 29, ciclo b. Mc 10, 35-45. Ayer comenté y critiqué, desde una perspectiva de evangelio, unas palabras del Cardenal Cañizares (no es todo trigo limpio), y lo hice con algo de acritud que ahora lamento (y que después corregí en el mismo post). No es que Mons. Cañizares no tuviera razón, sino todo lo contrario, él la tenía y la tiene, pero en un plano que parece más “zebedeo” que propio de Jesús, según el evangelio de este domingo:

Mons. Cañizares tenía razón y la tiene desde un punto de vista de corrección política: Sin duda, un tipo de emigración masiva de personas del Este pone en peligro no sólo la frágil estabilidad cultural y nacional de un tipo de visión política de España, sino la estabilidad de Europa. Por eso es bueno defender lo nuestro, incluso dentro de una larga tradición política cristiana.

Cañizares tenía y tiene razón diciendo que en el fondo de las multitudes que vienen del Este, además de los buenos pobres de siempre, hay mafias políticas y económicas: Hay directrices, consignas y estrategias de auténticos “tunantes” (por usar la palabra de G. Theissen, que ayer empleaba en mi comentario).

caminando hacia cristoPor otra parte, muchos que criticaban a Mons. Cañizares tampoco eran del todo “trigo limpio”, pues tenían (¿teníamos?) en el fondo otro intereses de dominación política más o menos confesados. Pues bien, en este contexto, resulta providencial el evangelio de hoy.

También los zebedeos, el ala política del movimiento de Jesús, tenían razón en su propuesta, al ofrecerse para organizar de un modo racional su proyecto de reino. Ellos lo harían sin duda mucho mejor que el «santo» de las andas de la imagen… pero, evidentemente, necesitaban tomr (recibir) el poder.

El evangelio de hoy afirma que los zebedeos eran los políticamente correctos: Querían ganar una cota de poder para servicio del “evangelio”. Querían “racionalizar” la tarea mesiánica de Jesús, y se sentían capaces de hacerlo (¡en el evangelio de Mateo se dice que en el fondo estaba su madre, es decir, el clan de familia).

Ellos venían de la buena administración; su padre era armador, o al menos propietarios de barcos. Sabían lo que es organizar movimientos sociales, sabían de eso mucho más que Jesús, un pobre albañil… Podrían gobernar bien, si que se viera demasiado (sin utilizar mucho) el mauser de la mano y el dólar de le espalda.

Y sin embargo Jesús critica a los zebedeos, diciéndoles que el único modo de organizar el reino es “dejándose matar”, es poniendo la vida al servicio de los otros, incluso de los tunantes que vienen del Este. Sin duda, Jesús no era políticamente correcto… y estaba dispuesto a morir por los “tunantes”, es decir, por aquellos que no son trigo limpio, no para que todo se destruya, sino para que de la muerte por amor (en servicio a los excluidos) pueda surgir y surja un mundo nuevo de resurrección para todos.

Buen domingo a todos, y sigan leyendo si quiere esta profundísima parábola sobre el poder (sobre lo correcto)… y sobre el estar dispuestos a morir por el bien de los demás. Por favor, pónganse por un momento en la piel de los zebedeos (pues también ellos, al fin, dieron la vida por los otros, como estoy seguro de que Mons. Cañizares quiere darla).

Marcos 10, 35-45

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.» Les preguntó:- «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús replico: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Contestaron /: «Lo somos» «Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.»

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniendolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

Éste es un pasaje evidentemente simbólico, construido en su forma presente por la comunidad y reformado por el mismo Marcos, desde su perspectiva social y eclesial (a partir, sin duda, de una experiencia de Jesús y de un proyecto eclesial “zebedeo”, que iba en línea de poder mesiánico, no de entrega de la vida por los otros).

Zebedeos, políticamente correctos

‒ Uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria, es decir, en tu Reino. . Sentarse a la derecha y a la izquierda significa “compartir” el poder de Jesús, no de un modo excluyente, pero sí superior al de los otros (recordemos que Mt 19, 28 hablaba de los doce seguidores de Jesús sentados sobre doce tronos, juzgando a las tribus de Israel:). El Reino de Dios se concibe por tanto como un camino y una meta de triunfo social, a fin de lograr la pacificación de todos, como una forma de tomar el poder y ejercerlo (evidentemente bien, a favor de los demás, pero en línea de poder).

No sabéis lo que pedís: ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber? De pronto, Jesús cambia de tercio… La meta y tarea de su movimiento no tomar el poder y triunfar (para crear un tipo de paz política mundial), sino dar la vida por los demás, convirtiéndose en semilla de resurrección, es decir, de un tipo de “política distinta”. Estos zebedeos forman con Pedro el “triunvirato” más saliente de la iglesia primitiva, el deseo de convertir el proyecto de Jesús en un camino políticamente correcto de administración del poder.

Pero Jesús no era políticamente correcto. Por eso rechaza su petición de los zebedeos (y de Pedro) y les recuerda que su “compromiso” mesiánico consiste en beber su cáliz, es decir, en compartir su camino de entrega y de muerte: Ellos, los de Jesús, tienen que morir para que vivan otros… Ellos, su generación política, tienen que “dar la vida”, para que pueda surgir una humanidad distinta.

‒ Beberéis mi cáliz… Jesús les ha preguntado si “están dispuestos beber su cáliz” y ellos han respondido que sí… Éste es el gran “milagro” de la escena. Estos zebedeos que quieren sentarse en dos tronos beber con Jesús la copa del triunfo final sobre los pueblos le dicen que sí, que, a pesar de todo, van a seguir con él… Que están dispuestos a beber el cáliz de la muerte, es decir, del sacrificio y de la entrega propia, para que vivan otros, para que vivan todos, los que vienen del Este y los que son (somos) del Oeste, como dice Jesús en otra ocasión (Mt 8).

Pero sentaros a mi derecha a mi izquierda… Jesús les confía la tarea de seguirle, y así puede asegurar (confirmar) el camino mesiánico, en su vertiente de “entrega de la vida”, pero no ratificar el triunfo político final (en forma externa) que depende del Padre. De esa forma se sitúa, y sitúa a sus discípulos ante un gesto mesiánico de ofrenda y regalo de la propia vida, que ha de ser ratificado por su Padre.

Una teoría sobre el poder, lo políticamente incorrecto

En ese contexto ha interpretado Jesús y ha superado el principio del poder, viendo que los otros diez se (los Doce sin los zebedeos) indignaron… (20, 24), no tanto porque los zebedeos quisieran los primeros puestos, sino porque querían también ellos, los otros discípulos. Seguimos en el mismo contexto anterior del evangelio, donde los discípulos discutían sobre los primeros puestos en el Reino, pues todos querían ocuparlos, entendiendo el mesianismo de Jesús en clave de triunfo y dominio sobre los demás.


Aquí ofrece Jesús la carta magna de la relación entre poder político e iglesia,
un tema que debe interpretarse como crítica frente a un mesianismo entendido en línea de poder, tema que ya había sido desarrollado en las tentaciones (cf. Mt 4, 1-11). No es una norma o principio que trate sólo de la Iglesia y de su organización interna, sino una enseñanza universal, válida para todos los poderes de la tierra, en un contexto de fuerte opresión como la expresada por el Imperio Romano: Leer más…

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¿Triunfar o servir? Domingo 29. Ciclo B

domingo, 18 de octubre de 2015
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0029Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En las lecturas de los domingos anteriores Jesús ha ido instruyendo a los discípulos a propósito de los más diversos temas (los niños, el divorcio, la riqueza, etc.). En el de hoy da su última gran enseñanza antes de subir a Jerusalén para la pasión.

En lo que piensa Jesús

Todo comienza con el tercer anuncio de la pasión y resurrección, que no se lee, pero que es fundamental para entender lo que sigue. Jesús repite una vez más a los discípulos que los sumos sacerdotes y los escribas lo condenarán a muerte, lo entregarán a los paganos, se burlarán de él, le escupirán, azotarán y matarán.

En lo que piensan Santiago y Juan: Presidente del Gobierno y Primer Ministro

Igual que en los casos anteriores, al anuncio de la pasión sigue una muestra de incomprensión por parte de los apóstoles: Santiago y Juan, dos de los más importantes, de los más cercanos a Jesús, ni siquiera han prestado atención a lo que dijo.

En aquel tiempo se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:

-Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.

Les preguntó:

-¿Qué queréis que haga por vosotros?

Contestaron:

-Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

Mientras Jesús habla de sufrimiento, ellos quieren garantizarse el triunfo: “sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. “En tu gloria” no se refiere al cielo, sino a lo que ocurrirá “en la tierra”, cuando Jesús triunfe y se convierta en rey de Israel en Jerusalén: quieren un puesto a la derecha y otro a la izquierda, Presidente de Gobierno y Primer Ministro. Para ellos, lo importante es subir.

Jesús replicó:

-No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?

Contestaron:

-Lo somos.

Jesús les dijo:

-El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.

La respuesta de Jesús, menos dura de lo que cabría esperar, procede en dos pasos. En primer lugar les recuerda que para triunfar hay que pasar antes por el sufrimiento, beber el mismo cáliz de la pasión que él beberá. No queda claro si Juan y Santiago entendieron lo que les dijo Jesús sobre su cáliz y su bautismo, pero responden que están dispuestos a lo que sea. Entonces Jesús, en un segundo paso, les echa un jarro de agua fría diciéndoles que, aunque beban el cáliz, eso no les garantizará los primeros puestos. Están ya reservados, no se dice para quién.

La reacción de los otros diez y la gran enseñanza de Jesús

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.

Jesús, reuniéndolos, les dijo:

-Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.

¿Por qué se indignan? Probablemente porque también ellos ambicionan los primeros puestos. Jesús aprovecha la ocasión para enseñarles cómo deben ser las relacio­nes dentro de la comunidad. En la postura de los discípulos detecta una actitud muy humana, de simple búsqueda del poder. Para que no caigan en ella, les presenta dos ejemplos opuestos:

1) el que no deben imitar es el de los reyes y monarcas helenísticos, famosos por su abuso del poder: “Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las opri­men”.

2) el que deben imitar es el del mismo Jesús, que ha venido a servir y a dar su vida en rescate por todos.

En medio de estos dos ejemplos queda la enseñanza capital: “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. En la comunidad cristiana debe darse un cambio de valores absoluto.

Pero esto es lo que debe ocurrir “entre vosotros”, dentro de la comunidad. Jesús no dice nada a propósito de lo que debe ocurrir en la sociedad, aunque critica indirectamente el abuso de poder.

Primera lectura: Isaías 53,10-11

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento.
Cuando entregue su vida como expiación,
verá su descendencia, prolongará sus años;
lo que el Señor quiere prosperará por sus manos.
A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará,
con lo aprendido mi Siervo justificará a muchos,
cargando con los crímenes de ellos.

Este texto se ha elegido como comentario de las palabras de Jesús: “el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” y de sus referencias anteriores a la pasión (el cáliz y el bautismo). Por eso comienza diciendo que El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento; unas palabras que escandalizan por la forma de hablar de Dios, pero que hay que interpretarlas como un recurso para el triunfo final. De hecho, el texto de Isaías insiste más en el éxito de Jesús (verá su descendencia, prolongará sus años, verá y se hartará) y de su obra (el plan de Dios prosperará por sus manos, justificará a muchos).

Reflexiones

1. Este pasaje constituye la última enseñanza de Jesús antes de la pasión, en la que nos deja su forma de entender su vida: “El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. Este ejemplo es válido para todos los cristianos, no sólo para papas y obispos.

2. Esta espléndida enseñanza no nos habría llegado si Santiago, Juan y los otros diez hubieran sido menos ambiciosos. Los fallos humanos pueden traer grandes beneficios.

3. La enseñanza de Jesús ha calado muy poco en la Iglesia después de veinte siglos y en ella se sigue dando un choque de ambiciones al más alto nivel. La única solución será tener siempre presente el ejemplo de Jesús.

4. El texto de Isaías nos ayuda a mirar con esperanza los momentos difíciles de nuestra vida. Aunque la impresión que podemos tener a veces es que Dios nos está triturando con el sufrimiento, no es ésa su intención, sino sacar de nosotros algo muy bueno.

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«Una cosa nos falta». 28 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,17-30)

domingo, 11 de octubre de 2015
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28-852864El episodio está narrado con intensidad especial. Jesús se pone en camino hacia Jerusalén, pero antes de que se aleje de aquel lugar, llega «corriendo» un desconocido que «cae de rodillas» ante él para retenerlo. Necesita urgentemente a Jesús.

No es un enfermo que pide curación. No es un leproso que, desde el suelo, implora compasión. Su petición es de otro orden. Lo que él busca en aquel maestro bueno es luz para orientar su vida: «¿Qué haré para heredar la vida eterna?». No es una cuestión teórica, sino existencial. No habla en general; quiere saber qué ha de hacer él personalmente.

Antes que nada, Jesús le recuerda que «no hay nadie bueno más que Dios». Antes de plantearnos qué hay que «hacer», hemos de saber que vivimos ante un Dios Bueno como nadie: en su bondad insondable hemos de apoyar nuestra vida. Luego, le recuerda «los mandamientos» de ese Dios Bueno. Según la tradición bíblica, ese es el camino para la vida eterna.

La respuesta del hombre es admirable. Todo eso lo ha cumplido desde pequeño, pero siente dentro de sí una aspiración más honda. Está buscando algo más. «Jesús se le queda mirando con cariño». Su mirada está ya expresando la relación personal e intensa que quiere establecer con él.

Jesús entiende muy bien su insatisfacción: «una cosa te falta». Siguiendo esa lógica de «hacer» lo mandado para «poseer» la vida eterna, aunque viva de manera intachable, no quedará plenamente satisfecho. En el ser humano hay una aspiración más profunda.

Por eso, Jesús le invita a orientar su vida desde una lógica nueva. Lo primero es no vivir agarrado a sus posesiones: «vende lo que tienes». Lo segundo, ayudar a los pobres: «dales tu dinero». Por último, «ven y sígueme». Los dos podrán recorrer juntos el camino hacia el reino de Dios.

El hombre se levanta y se aleja de Jesús. Olvida su mirada cariñosa y se va triste. Sabe que nunca podrá conocer la alegría y la libertad de quienes siguen a Jesús. Marcos nos explica que «era muy rico».

  • ¿No es esta nuestra experiencia de cristianos satisfechos de los países ricos?
  • ¿No vivimos atrapados por el bienestar material?
  • ¿No le falta a nuestra religión el amor práctico a los pobres?
  • ¿No nos falta la alegría y libertad de los seguidores de Jesús?

José Antonio Pagola

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«Vende lo que tienes y sígueme». Domingo 11 de octubre de 2015. Domingo 28º ordinario

domingo, 11 de octubre de 2015
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55-ordinarioB28 cerezoDe Koinonia:

Sabiduría 7, 7-11: En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.
Salmo responsorial: 89
Sácianos de tu misericordia, Señor. Y toda nuestra vida será alegría.
Hebreos 4, 12-13: La palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón.
Marcos 10, 17 – 30: Vende lo que tienes y sígueme.

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, expresa la preferencia de la Sabiduría frente a todos los bienes de la tierra. El sabio pone en la plegaria de Salomón la superioridad de los valores espirituales sobre los materiales, supeditándolos todos al don de la sabiduría y la prudencia para el gobierno de su pueblo.

En el texto de la carta a los hebreos, el autor, al describir la fuerza transformadora de la Palabra de Dios, se hace eco de hondas raíces veterotestamentarias. En efecto, ya Isaías 42,9 había comparado la Palabra de Dios con la espada, y Jeremías la había presentado como una realidad operante por sí misma ( Jer 23,29).

La íntima acción salvadora de la Palabra en la persona oyente es descrita en el texto diciendo que es “penetrante… hasta el punto donde se dividen alma y espíritu”. Allí, en el santuario de la intimidad del corazón de la persona, de la comunidad oyente activa de esa voz salvadora que le muestra caminos de liberación, allí, donde reside la voluntad y la decisión de aceptarla o de rechazarla, donde anida lo más denso del ser humano: sus intereses, sus afectos, su libertad, es hasta donde la Palabra llega cuestionante, incisiva, liberadora, transformante. Por eso, el autor de la carta coloca intencionadamente las palabras “corazón, deseos, intenciones”, como abarcando en estas categorías la integralidad humana. Dios y su Palabra, “más íntimo que yo mismo” en expresión de San Agustín, conoce hasta los secretos más recónditos del corazón. El más absoluto misterio humano está patente ante sus ojos. Por eso, la Palabra es juez densamente imparcial, que conoce amando lo que ocurre en la conducta humana y en el corazón de hombres y mujeres.

La imagen del camino es central en el evangelio de Marcos (cf Mc 10, 17). Estamos ante el tema del seguimiento de Jesús. En ese sentido va la pregunta de aquel que únicamente Mateo llama «el joven rico» (19, 22); para Marcos (y Lucas) parece tratarse más bien de una persona mayor que pregunta: ¿cómo heredar la vida? (cf Mc 10,17). Jesús comienza por remitir a Dios; su bondad está al inicio de todo. Esto equivale a resumir la primera tabla de los mandamientos. En seguida enuncia explícitamente los correspondientes a la segunda tabla, con un añadido importante (que sólo se encuentra en Marcos): «no seas injusto» (v. 19). La frase es algo así como un sumario del listado que se recuerda. Se trata de la condición mínima que se plantea al creyente. Con sencillez el rico dice que todo eso lo ha observado (cf v. 20), no hay nada de arrogante en esta afirmación. Ésa era la convicción de los sabios de la época: la ley puede ser cumplida plenamente.

Pero seguir a Jesús es algo más exigente. Con afecto lo invita Jesús a ser uno de los suyos. No sólo debe abandonar la riqueza, hay que entregarla a los pobres, a los necesitados. Esto lo pondrá en condiciones de seguirlo (cf v. 21). No basta respetar la justicia en nuestras actitudes personales, hay que ir a la raíz del mal, al fundamento de la injusticia: el ansia de acumular riqueza. Pero, dejar sus posesiones, le resultó una exigencia muy dura al preguntante; como muchos de nosotros prefirió una vida creyente resignada a una cómoda mediocridad (cf v. 22). «Creer sí, pero no tanto». Profesar la fe en Dios, aunque negándonos a poner en práctica su voluntad. Jesús aprovecha la ocasión para poner las cosas en claro con sus discípulos: el apego al dinero y al poder que él otorga es una dificultad mayor para entrar en el Reino (cf v. 23). La comparación que sigue es severa; algunos han querido suavizarla, pretendiendo -por ejemplo- que había en la ciudad unas puertas pequeñas llamadas «agujas»… y que bastaba entonces al camello agacharse para poder entrar por ese ojo de aguja…

Los discípulos, en cambio, entendieron bien el mensaje. El asunto se les presenta poco menos que imposible. Pasar por el ojo de una aguja significa poner su confianza en Dios y no en las riquezas. No es fácil ni personalmente ni como Iglesia aceptar este planteamiento, siguiendo a los discípulos nos preguntamos -con pretendido realismo-: “entonces, ¿quién se podrá salvar?» (cf v. 26). El dinero da seguridad, nos permite ser eficaces, decimos. El Señor recuerda que nuestra capacidad de creer solamente en Dios es una gracia (cf v. 27).

Como comunidad de discípulos, como Iglesia, debemos renunciar a la seguridad que da el dinero y el poder. Eso es tener el «espíritu de sabiduría» (Sab 7,7), aceptar que ella sea nuestra luz (cf v. 10). A la sabiduría nos lleva la palabra de Dios, cuyo filo corta nuestras ataduras a todo prestigio mundano. Ante ella nada queda oculto, todas nuestras complicidades aparecen con claridad (cf Hb 4,12-13). Como creyentes, como Iglesia, ¿seremos capaces de pasar por el ojo de una aguja?

Una lectura ecológica del evangelio de hoy

El mundo, la humanidad, se encuentra hoy, también, ante el desafío de tener pasar «por el ojo de una aguja» si quiere conseguir… no ya la vida eterna celestial, sino simplemente la supervivencia terrestre.

Es un «ojo de aguja» nuevo. Nunca nos habíamos visto en esta situación. Siempre, desde siempre –es decir, desde que el homo et mulier sapientes aparecimos sobre esta tierra–, el ser humano percibió la tierra como ilimitada, inagotable, cuasi infinita, capaz de absorber impasible nuestro proyecto de desarrollo continuo, infinito.

Pero hace sólo cinco siglos (Magallanes, 1522) se dio cuenta de que la tierra no era una superficie plana infinita, sino una superficie esférica, cerrada sobre sí misma, y por tanto, limitada. Y ha sido sólo al final del pasado siglo XX cuando ha descubierto que su proyecto humano de desarrollo podría topar con los límites de la Tierra. Así lo proclamó proféticamente, en solitario, el famoso libro del Club de Roma «Los límites del crecimiento», de 1972, que no fue escuchado. Pero su profecía fue confirmada y ratificada al filo del cambio del siglo (1992, «Más allá de los límites del crecimiento»), al denunciar que estábamos en peligro de sobrepasarnos («overshot») más allá de la capacidad del planeta para absorber y regenerar los recursos que consumimos. Ese peligro ya se hizo realidad oficialmente el 23 de septiembre de 2008: los científicos que siguen el estado del Planeta, especialmente la Global Foot Print Network han hablado del «Día del sobrepasamiento», el «Earth Overshoot Day», día en el que calculan que hemos sobrepasado en un 30% su capacidad de reposición de los recursos necesarios para las demandas humanas. En este momento estamos necesitando más de una Tierra para atender a nuestra subsistencia…

El Informe de Desarrollo Humano del PNUD 2007-2008 confirmó la denuncia, y, de otra manera y con otros datos, confirmó que si toda la humanidad adoptara un nivel de vida como el de EEUU o Europa, necesitaríamos 9 planetas (pág. 48 de la edición en español).

Despidámonos pues de la «vida eterna» para la Humanidad. El planeta seguirá, sí, pues ha pasado crisis semejantes, y aunque la vida terrestre sea diezmada, el planeta seguirá, pero seguirá… sin nosotros. Ésta en la que estamos ya hace tiempo es la «sexta extinción». La anterior, la quinta, hace 65 millones de años, por efecto de un meteorito según las actuales hipótesis, causó la desaparición de los dinosaurios. La sexta, la presente, actualmente en curso acelerado, está causada concretamente por una especie biológica que ha llegado a convertirse en fuerza geológica. Parece que va a ser una crisis profunda, que se llevará consigo a dos tercios de las especies actuales (entre ellas la causante). Nada de «vida eterna», pues, sino la condena a «una muerte anunciada», y con carácter de inminencia.

Pero… «sólo una cosa tienes que hacer si quieres todavía alcanzar»… una prolongación de la vida: abandona el «sistema» que te lleva a la muerte, centrado obsesivamente en el enriquecimiento material, ciego a los costes ecológicos, y pasa a adoptar un nuevo estilo de vida, un nuevo paradigma, una nueva forma de mirar al planeta, comprendiendo que eres Tierra y dependes de ella, y que en vez de vivir de espaldas a ella y en guerra contra ella, debes vivir en amistad y en relación cariñosa y simbiótica con ella.

Se ha dicho muy frecuentemente en los últimos tiempos que el cristianismo tenía, ha tenido un «punto ciego» en el aspecto ecológico, que todo nuestro patrimonio simbólico de los tres grandes monoteísmos está construido no sólo «de espaldas a la naturaleza» (nos consideramos no naturales sino sobrenaturales), sino en buena parte «contra la naturaleza», como sus dueños y dominadores, por derecho divino incluso… Afortunadamente, la encíclica del Papa Francisco, de este año, Laudato sii’, acaba de dar un buen paso en sentido contrario. No podemos borrar nuestra historia pasada, ni nuestra realidad actual, pero al menos acabamos de dar un primer signo de conversión desde la cúpula misma de la institución. Como dice la encíclica, no se trata sólo de cuidar la naturaleza, sino de toda otra forma de pensar, una nueva cultura, una revolución mental.

Y también una revolución teológica: la de dejar de pensar que la ecología no tiene que ver con la vida cristiana, ni con la vida espiritual… y pasar a pensar que respetar la vida, cultivarla, reverenciarla, sentirla como nuestra placenta, nuestro hogar, nuestra hermana madre Tierra… tiene que formar parte, por derecho propio, del hecho de ser cristiano, como forma parte del hecho de ser ser humano.

La Agenda Latinoamericana’2010 (latinoamericana.org/index2010.html) ya planteó la necesidad de afrontar a fondo el tema de nuestra «conversión ecológica», y el de la «re-conversión ecológica» del cristianismo (incluida nuestra teología, nuestras creencias y nuestra espiritualidad). Todos los cristianos/as deberíamos insistir en nuestras comunidades en tocar, en hacer presente, en estudiar este tema, el tema «planetariamente más urgente»… Sus textos y materiales pastorales pueden ser tomados de su archivo (servicioskoinonia.org/agenda/archivo); ofrece también sugerencias para organizar grupos de estudio, materiales para la educación popular, textos y reflexiones para organizar en nuestras comunidades una reflexión profunda sobre el tema en su página complementaria: latinoamericana.org/2010/info Leer más…

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Dom 11.10.15. «Y mirándole le amó». De hombre a hombre

domingo, 11 de octubre de 2015
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115181Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 28. Mc 10, 17-22. Fue el año 1990, en la Cátedra Domingo de Soto, en el edificio histórico de la Universidad de Salamanca (Aula Unamuno, junto a la de Fray Luis de León). Ofrecí una lectura contextual de Mc 10, con el hombre que buscó a Jesús para “heredar la vida eterna”, y con la respuesta de Jesús que “mirándole le amó y le dijo: Vende lo que tienes, dáselo a los pobres… y luego ven y sígueme” (es decir, el texto de este domingo 28 de la liturgia).

Presenté ese texto como una declaración de amor, o así lo sintieron al menos algunos de los presentes, entre ellos el sacerdote de un pueblo de Castilla y un joven artista, que me llamaron y vinieron a mi casa el día siguiente, para precisar el sentido y alcance de aquellas palabras del evangelio: “y mirándole le amó”, en el sentido fuerte del término (con agapaô).

Pasamos la tarde en torno a un café, hablando ellos sobre el (su) amor, yo sobre el texto de Marcos. Era evidente que se querían y que su tendencia afectiva iba en línea homoerótica. No convivían, pero se miraban y veían. Querían ser cristianos y lo eran, siendo uno además un buen sacerdote.

Ni ellos entraron en los detalles de sus manifestaciones de amor, ni yo se lo pregunté. Eran adultos y consecuentes con el evangelio y con la Iglesia. Simplemente les fui explicando el entorno del pasaje, pues querían ser fieles a Jesús: servicio a los pobres, cuidado exquisito por los niños, fidelidad, un ancho campo de evangelio…, sin convertirse inútilmente en “piedra de escándalo” para los demás.

imagesAsí se fueron, comprometidos a ser mejores cristianos, según el evangelio, queriéndose más entre sí. Tristemente, ambos han muerto (¡han pasado 25 años desde aquello!), pero su presencia y conversación, su fidelidad humana… y su manera de entender a Marcos me emocionó y me sigue alumbrando todavía.

Antes yo no había caído en la cuenta de lo que decía el texto, me deslizaga por la superficie sin fijarme, aunque en la conferencia debí decir cosas para que ellos lo entendieran como lo hicieron. Desde entonces he comprendido algo mejor el tema.

Ahora (año 2015) ya no voy por la Cátedra D. de Soto, de la Universidad de Salamanca, pero he escrito dos comentarios extensos de Marcos (uno en Clíe, otro en Verbo Divino), y en ambos me detengo sobe el tema, y así podrá leerlo en su versión académica quien quiere.

En esta postal no tomo ni un texto ni el otro, sino una parte transcrita de aquella conferencia, hace 25 años, un texto que me remitió el Prof. Corzo ,y que aún conservo en mi PC, con el título: “Y mirándole le amó”.

He pensado que este recuerdo y comentario podrá ofrecer compañía a mis amigos nuevos virtuales, en este fin de semana de Sínodo de la Familia. Un saludo a todos.

Mc 10, 17-22

Yendo Jesús de camino, corriendo vino uno y se le inclinó, y le pidió diciendo: – Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo:
– Lee la Escritura ¿sabes lo que dice?…: No matarás, no adulterarás, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tus padres. Vete y cúmplelo. Él replicó: – Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud.

(Tras esto sigue un texto asombroso, que a mí me resultaría difícil transcribir; no suelo hacerlo así, no me sale, no es mi lenguaje, amor de hombre a hombe).

Y Jesús mirándole le amó, y le dijo: – Una cosa te falta: vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.
Pero él, entristecido por esta palabra, suspirando profundamente se fue. Era muy rico (10, 17-22).

Éste es un texto sorprendente.

Aquí tenemos un hombre perfecto, alguien que cumple perfectamente todo lo mandado, desde la juventud: es fiel a la ley del Antiguo Testamento, a la moral israelita. Este es un hombre ideal, un ser completo, alguien que no ha tenido problemas de conciencia, un inocente.

Ha cumplido todos los mandamientos sociales, pero viene a buscar a Jesús y le dice: Oye ¿qué puedo hacer?. Jesús le ofrece le recuerda los mandamientos de la Ley, él responde que la cumple. Entonces, Jesús, mirándole le amó.

La escena está compuesta en forma de cruce de miradas. Al traducir el texto, he dicho que a mi me cuesta emplear ese lenguaje: no es mi estilo, se me hace muy difícil hablar de un cruce de miradas que sean creadoras o descubridoras de amor, entre un hombre y otro hombre.

Ya sé, a veces se habla del flechazo inmediato, pero solemos tomarlo como figura literaria. Por eso, me pregunto ¿es posible en dos miradas sentir un amor fuerte, como el que aparece aquí, para dejarlo todo y seguir al amigo? Se trata de la mirada de Jesús, que responde al hombre rico (aquí no aparece como joven, a diferencia de lo que se dice en el evangelio de Mateo). Jesús que mira con amor y ama con la mirada a un hombre que viene a preguntarle sobre la vida.

Aquí se habla de un amor absolutamente real y fuerte, entre dos varones. Así lo dice el texto, utilizando para ello la palabra sagrada del amor en el Nuevo Testamento: ágape. Permitidme que lo lea en griego, no me lo toméis a pedantería: ho de Iesous ….êgapêsen auton: y Jesús, mirándole, le amó (10, 21). Esta es la única vez que Marcos utiliza en un sentido fuerte la palabra amor, refiriéndose a relaciones interhumanas. En las otras dos es el mismo Dios el que llama a Jesús su “querido”, en el bautismo y en la transfiguración (Mc 1, 11; 9, 7)

Jesús y el hombre rico

Dios le ha llamado “querido”. Jesús dice ahora que ama a ese hombre que viene… y lo hace sin palabras, a través de la mirada… y con la invitación siguiente: Vende todo, dáselo a los pobres, ven y sígueme.

Marcos no habla en su evangelio del amor de Jesús hacia una mujer sino de su amor hacia un hombre que ha venido para preguntarle ¿qué puedo hacer? Es le ve por dentro, le mira y le dice algo así, con su mirada:

Eres muy rico, pero no quiero tus riquezas, te quiero a ti, )por qué no dejar todo y te vienes conmigo?. Véndelo todo, no me traigas nada, no me des ninguna cosa, ven tú mismo, a tí te quiero, Ven tú conmigo y haremos el camino juntos.

Platón definía ya el amor, la amistad, como un caminar dos juntos, dos personas, hombre y mujer, dos hombres, dos mujeres, en una misma dirección, haciendo en comunión la experiencia de la vida. Pero éste hombre de Jesús tiene muchas riquezas que le impiden caminar con él, en camino de evangelio humano y divino. Las riquezas son para él más importantes que el amor. Quiere amar pero no puede, no tiene libertad para hacerlo, ha puesto otra cosa por encima del amor: sus riquezas.

El evangelio de Marcos ha venido diciendo que Jesús era especialista en amor a los niños, a quienes acogía en la calle, a quienes quería ofrecer amor respetuoso, profundo, creador… Ahora, aquí, Jesús aparece como especialista en amor a un hombre maduro.

Jesús es un gran especialista en amor y, sin embargo, aparece como amante fracasado, pues el amigo se le va: prefiere entristecido las riquezas. Es hermosísimo que el Evangelio le presente así, como fracasado, alguien que ha dicho al amigo te quiero ven conmigo, para descubrir que el otro se le marcha.

En el judaísmo de aquel tiempo (y en el cristianismo del nuestro) da la impresión de que la riqueza está por encima del amor. Por eso se dice: primero asegura la riqueza y luego podrás amar. Pues bien, Jesús dice lo contrario: ¿eres capaz de desprenderte absolutamente de todo y de poner el amor en el centro total y absoluto de la vida, confiando así que ella tiene sentido?

Me diréis que Jesús pide al hombre rico una locura, evidentemente es locura su petición: ¡vende todo!. El refrán castellano decía: contigo pan y cebolla. Desde ahí se puede interpretar nuestro pasaje. Jesús mira a este hombre con amor y le dice: Vende lo que tienes, ven y sígueme.

Sólo porque le ha mirado con amor puede pedirle que lo deje todo. Pero, bueno, ¿qué significa que Jesús mire con este amor a un hombre rico? No lo sé del todo, aunque puedo presentirlo, entendiendo el pasaje como texto abierto a los cristianos de todos los tiempos, en camino que debemos traducir, haciendo del mutuo amor experiencia de vida compartida.

Un momento central del evangelio

Algunos darían un paso más. Se ha dicho que al fondo del evangelio actual de Marcos puede haber un capítulo perdido, un Evangelio Secreto, del que quedan huellas, según dicen, en algunos Santos Padres. Ese Evangelio Secreto de Marcos hablaría de un amigo íntimo de Jesús, no en plano homosexual, pero sí en plano de intimidad profunda. Un copista posterior habría encontrado el texto un poco duro, haciéndolo desapareció del Evangelio.

Como restos de ese Evangelio Secreto, centrado en el amor misterioso de Jesús quedaría un pequeño resto en aquella preciosa escena de cuando prenden a Jesús en el huerto: alguien, un joven, se escapa desnudo dejando la sábana en manos de aquellos que le apresan (cf. Mc 14, 51). Hay una inmensa literatura sobre ese texto y sobre los posibles misterios del amor de Jesús. Personalmente, creo que ese Evangelio Secreto no ha existido, es una invención de algunos exegetas. Por otra parte, el Evangelio de San Marcos está bien como está, habla bastante de amor.

Marcos no ha tenido miedo a que alguien elabore una interpretación homosexual del amor de Jesús. Por eso ha presentado con toda fuerza la escena que hemos comentado, la del hombre rico, diciendo que Jesús, mirándole le amó. De esa forma deja la puerta abierta a un desarrollo de amor que luego encontraremos en San Juan, cuando habla de discípulo amado de Jesús.

Evidentemente, Marcos no niega el amor de Jesús hacia las mujeres, pues su evangelio transmite el más impresionante relato de cariño intersexual, cuando habla de la unción de Betania. Difícilmente se puede escribir una historia más bella que la de esta mujer desconocida que vino un día, cuando Jesús estaba comiendo, para ungirle en la cabeza con perfume y decirle, de esa forma, con perfume: Sé tú mismo, vive, camina, yo te quiero, no tengas miedo (Mc 14, 3-9). Leer más…

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Salomón, el joven rico y los discípulos. Domingo 28 Ciclo B

domingo, 11 de octubre de 2015
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Joven-Rico-600x708Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

  Las lecturas de este domingo enfrentan tres posturas: la de Salomón, que pone la sabiduría por encima del oro, la plata y las piedras preciosas; la del rico, que pone su riqueza por encima de Jesús; la de los discípulos, que renuncian a todo para seguirlo.

1. Salomón: la sabiduría vale más que el oro

El libro de la Sabiduría se escribió en el siglo I a.C., probablemente en Alejandría, en griego (por eso los judíos no lo consideran inspirado). No sabemos quién lo escribió, pero el autor finge ser Salomón. Un recurso muy habitual en la época para dar mayor prestigio al libro. Recordaréis que Salomón, al comienzo de su reinado, tuvo un sueño en el que Dios le dijo que pidiese lo que quisiera. En vez de pedir oro, plata, la derrota de sus enemigos, etc., pidió sabiduría para gobernar al pueblo. Inspirándose en ese relato, el autor del libro de la Sabiduría pone estas palabras en boca del rey:

Supliqué y se me concedió la prudencia,
invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría.
La preferí a cetros y tronos,
y en su comparación tuve en nada la riqueza;
no le equiparé la piedra más preciosa,
porque todo el oro a su lado es un poco de arena,
y, junto a ella, la plata vale lo que el barro;
la quise más que a la salud y la belleza
y me propuse tenerla por luz,
porque su resplandor no tiene ocaso.
Con ella me vinieron todos los bienes juntos,
en sus manos había riquezas incontables.

2. El joven rico: la riqueza vale más que Jesús

El evangelio contiene dos escenas: en la primera, los protagonistas son el rico y Jesús.

Cuando se puso en camino, llegó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó:
‒ Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar vida eterna?
Jesús le respondió:
‒ ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno fuera de Dios. Conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no perjurarás, no defraudarás, honra a tu padre y a tu madre.
Él le contestó:
‒ Maestro, todo eso lo he cumplido desde la adolescencia.
Jesús lo miró con cariño y le dijo:
‒ Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después vente conmigo.
A estas palabras, el otro frunció el ceño y se marchó triste; pues era muy rico.

El protagonista, antes de formular su pregunta, pretende captarse la benevolencia de Jesús o, quizá también, justificar por qué acude a él: lo llama «maestro bueno», título que no se aplica en Israel a ningún maestro (solo conocemos un ejemplo del siglo IV d.C.).

La pregunta

El problema que le angustia es «qué he de hacer para heredad vida eterna», algo fundamental para entender todo el pasaje. Lo que pretende el protagonista es, dicho con otra expresión judía de la época, «formar parte de la vida futura» o «del mundo futuro»; lo que muchos entre nosotros entienden por «salvarse». Este deseo sitúa al protagonista en un ambiento distinto del normal: admite un mundo futuro, distinto del presente, mejor que éste, y desea participar en él. Por otra parte, su pregunta no es tan rara como podemos imaginar. Si nos preguntasen qué hay que hacer para «salvarse«, las respuestas es probable que variasen bastante. Una pregunta parecida la encontramos hecha al rabí Eliezer (hacia el año 90) por sus discípulos. Y responde: «Procu­raos la estima de vuestros vecinos; impedid que vuestros hijos lean la Escritura a la ligera y haced que se sienten entre las rodillas de los discípulos de los sabios; y, cuando oréis, sed conscientes de quién tenéis delante. Así conseguiréis la vida del mundo futuro».

La respuesta de Jesús

Jesús, antes de responder, aborda el saludo y da un toque de atención sobre el uso precipitado de las palabras. El único bueno es Dios. (Afortunadamente, por entonces no existía la Congregación para la Doctrina de la Fe, que lo habría condenado por error cristológico).

Luego responde a la pregunta haciendo referencia a cinco mandamientos mosaicos, todos ellos de la segunda tabla, aunque cambiando el orden y añadiendo «no defraudarás», que no está en el decálogo.

Lo curioso es que Jesús no dice nada de los mandamientos de la primera tabla, que podríamos considerar los más importantes: no tener otros dioses rivales de Dios, no pronunciar el nombre de Dios en falso y santificar el sábado. Para Jesús, de forma bastante escandalosa para nuestra sensibilidad, para «salvarse» basta portarse bien con el prójimo.

Cuando el protagonista le responde que eso lo ha cumplido desde joven, Jesús lo mira con cariño y le propone algo nuevo: que deje de pensar en la otra vida y piense en esta vida, dándole un sentido nuevo. Ese sentido consistirá en seguir a Jesús, de forma real, física, pero antes es preciso que venda todo y lo dé a los pobres. El programa de Jesús se limita a tres verbos: vender, dar y seguir.

La reacción del rico

Entonces es cuando el personaje frunce el ceño y se aleja, «pues era muy rico». Con esta actitud, no pierde la vida eterna (que depende de los mandamientos observados), pero sí pierde el seguir a Jesús, dar plenitud a su vida ahora, en la tierra.

No es lo mismo salvarse que entrar en el reino de Dios

Mientras el rico se aleja, Jesús completa su enseñanza sobre el peligro de la riqueza y el problema de los ricos.

Jesús miró en torno y dijo a sus discípulos:
‒ Qué difícil es que los ricos entren en el reino de Dios.
Los discípulos se asombraron de lo que decía. Pero Jesús insistió:
‒ ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios.
Ellos quedaron espantados y se decían:
‒ Entonces ¿quién puede salvarse?
Jesús se les quedó mirando y les dice:
‒ Para los hombres es imposible, no para Dios; todo es posible para Dios.

Las palabras «¡Qué difícil es que los ricos entren en el reino de Dios!» requieren una aclaración. Entrar en el reino de Dios no significa salvarse en la otra vida. Eso ya ha quedado claro que se consigue mediante la observancia de los mandamientos, sea uno rico o pobre. Entrar en el Reino de Dios significa entrar en la comunidad cristiana, comprometerse de forma seria y permanente con la persona de Jesús en esta vida.

Ante el asombro de los discípulos, Jesús repite su enseñanza añadiendo la famosa comparación del camello por el ojo de la aguja. Ya en la alta Edad Media comenzó a interpretarse el ojo de la aguja como una puerta pequeña que habría en la muralla de Jerusalén; pero esa puerta nunca ha existido y la explicación sólo pretende suavizar las palabras de Jesús de manera un tanto ridícula. Jesús expresa con imaginación oriental la dificultad de que un rico entre en la comunidad cristiana.

¿Por qué se espantan los discípulos? Su reacción podemos interpretarla de dos formas: 1) ¿quién puede salvarse?; 2) ¿quién puede subsistir?

En el primer caso, los discípulos refle­jarían la mentalidad de que la riqueza es una bendición de Dios; si los ricos no se salvan, ¿quién podrá salvarse?

En el segundo caso, los discípulos pensarían que la comunidad no puede subsis­tir si no entran ricos en ella que pongan sus bienes a disposi­ción de todos.

En cualquier hipótesis, la respuesta de Jesús (“para Dios todo es posible”) da por terminado el tema.

3. Los discípulos: Jesús vale más que todo

Pedro entonces le dijo:
‒ Mira, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido.
Contestó Jesús:
‒ Todo el que deje casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mí y por la buena noticia ha de recibir en esta vida cien veces más en casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y campos, con persecuciones, y en el mundo futuro vida eterna.

La intervención de Pedro no empalma con lo anterior, sino que contrasta la actitud de los discípulos con la del rico: «nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido». Ahora quiere saber qué les tocará.

La respuesta de Jesús enumera siete objetos de renuncia, como símbolo de renuncia total: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, campos. Todo ello tendrá su recompensa en esta vida (cien veces más en todo lo anterior, menos en padres) y, en la otra, vida eterna. Pero, al hablar de la recompensa en esta vida, Marcos añade «con persecuciones».

Decía Salomón que, con la sabiduría “me vinieron todos los bienes juntos”. A los discípulos, la abundancia de bienes se la proporciona el seguimiento de Jesús.

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«Acoger a los pequeños». 27 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,2-16)

domingo, 4 de octubre de 2015
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27-852863-300x198El episodio parece insignificante. Sin embargo, encierra un trasfondo de gran importancia para los seguidores de Jesús. Según el relato de Marcos, algunos tratan de acercar a Jesús a unos niños y niñas que corretean por allí. Lo único que buscan es que aquel hombre de Dios los pueda tocar para comunicarles algo de su fuerza y de su vida. Al parecer, era una creencia popular.

Los discípulos se molestan y tratan de impedirlo. Pretenden levantar un cerco en torno a Jesús. Se atribuyen el poder de decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. Se interponen entre él y los más pequeños, frágiles y necesitados de aquella sociedad. En vez de facilitar su acceso a Jesús, lo obstaculizan.

Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.

Jesús se indigna. Aquel comportamiento de sus discípulos es intolerable. Enfadado, les da dos órdenes: «Dejad que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis». ¿Quién les ha enseñado a actuar de una manera tan contraria a su Espíritu? Son, precisamente, los pequeños, débiles e indefensos, los primeros que han de tener abierto el acceso a Jesús.

La razón es muy profunda pues obedece a los designios del Padre: «De los que son como ellos es el reino de Dios». En el reino de Dios y en el grupo de Jesús, los que molestan no son los pequeños, sino los grandes y poderosos, los que quieren dominar y ser los primeros.

El centro de su comunidad no ha de estar ocupado por personas fuertes y poderosas que se imponen a los demás desde arriba. En su comunidad se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados.

El reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños. Donde estos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre.

José Antonio Pagola

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«Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Domingo 4 de octubre de 2015 Domingo 27º ordinario

domingo, 4 de octubre de 2015
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54-ordinarioB27 cerezoLeído en Koinonia:

Génesis 2, 18-24: Y serán los dos una sola carne.
Salmo responsorial: 127: Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.
Hebreos 2, 9-11: El santificador y los santificados proceden todos del mismo.
Marcos 10, 2-16: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

 En la primera lectura nos encontramos con el segundo relato de la creación, que está centrado en la creación del hombre y de la mujer, ambos formados de tierra y aliento divino. Los dos son hechura de Dios, y por lo tanto deberían ser iguales, a pesar de su diversidad. La relación perfecta entre los dos no está garantizada ni escrita en su sangre: es una conquista de la libertad que ellos deben construir. Un proyecto de unidad que compromete la responsabilidad de cada uno.

El autor de la carta a los hebreos nos dice que la pasión y la muerte de Jesús no son fines en sí mismos, sino solamente un camino hacia la resurrección y la salvación plena. Los cristianos no nos podemos quedar contemplando al crucificado del viernes santo, construyendo nuestra vida desde el dolor, el sufrimiento y la muerte. La misma epístola nos dice que el propio Jesús “en los días de su vida mortal presentó, con gritos y lágrimas, oraciones y súplicas, al que lo podía salvar de la muerte”. Esto quiere decir que él mismo luchó por encontrar una alternativa que no estaba sujeta a su voluntad sino a hacer la voluntad del Padre. Estamos en hora de superar todo tipo de devoción que se queda en la contemplación de los sufrimientos y dolores de Jesús y construir nuestra vida cristiana desde la esperanza que nos ofrece la resurrección.

En el evangelio, los fariseos ponen a prueba a Jesús preguntándole qué piensa sobre el divorcio y si era lícito repudiar a una mujer. La respuesta de Jesús es significativa cuando caemos en cuenta de que, tanto en el judaísmo como en el mundo greco-romano, el repudio era algo muy corriente y estaba regulado por la ley. Si Jesús respondía que no era lícito, estaba contra la ley de Moisés. Por eso les devuelve la pregunta y les dice que la ley de Moisés es provisional y que ahora se han inaugurado los tiempos de la plenitud en los que la vida se construye desde un orden social nuevo, en el que el hombre y la mujer forman parte de la armonía y el equilibrio de la creación. La novedad de esta afirmación de Jesús saltaba a la vista; en su interpretación desautorizaba no sólo las opiniones de los maestros de la ley que pensaban que a una mujer se le podía repudiar incluso por una cosa tan insignificante como dejar quemar la comida, sino incluso, relativizaba la misma motivación de la ley de Moisés. Además tiraba por tierra las pretensiones de superioridad de los fariseos, que despreciaban a la mujer, como despreciaban a los niños, a los pobres, a los enfermos, al pueblo. Nuevamente, al defender a la mujer, Jesús se ponía de parte de los rechazados, los marginados, los ‘sin derechos’.

Pero como los discípulos en esto compartían las mismas ideas de los fariseos, no entendieron y, ya en casa, le preguntaron sobre lo que acababa de afirmar. Jesús no explicó mucho más, simplemente les amplió las consecuencias de aquello: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra la primera; y lo mismo la mujer: si repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

El segundo episodio de nuestro evangelio nos presenta un altercado de Jesús con sus discípulos porque ellos no permiten que los niños se acerquen a Jesús para que él los bendiga. Los discípulos pensaban que un verdadero maestro no se debía entretener con niños porque perdía autoridad y credibilidad. Decididamente algo no era claro en ellos. No acababan de asimilar las actitudes de Jesús ni los criterios del Reino. Y Jesús se enojó con ellos; su paciencia también tenía límites y si algo no toleraba era el desprecio hacia los marginados. Y les dijo con mucha energía: dejen que los niños se me acerquen. ¿Con qué derecho se lo impiden, cuando el Padre ha decidido que su Reinado sea precisamente en favor de ellos? ¿No entienden todavía que en el Reino de Dios las cosas se entienden totalmente al contrario que en el mundo?

Los niños que no pueden reclamar méritos, carecen de privilegios y no tienen poder, son ejemplo para los discípulos, porque están desprovistos de cualquier ambición o pretensión egoísta y por eso pueden acoger el Reino de Dios como un don gratuito. De los que son como ellos es el Reino de Dios, dice Jesús.

Es necesario que nuestra experiencia cristiana sea verdaderamente una realidad de acogida y de amor para todos aquellos que son excluidos por los sistemas injustos e inhumanos que imperan en el mundo. Nuestra tarea fundamental es incluir a todos aquellos que la sociedad ha desechado porque no se ajustan al modelo de ser humano que se han propuesto. Si nos reconocemos como verdaderos seguidores de Jesús, es necesario comenzar a trabajar por la humanidad que a los débiles de este mundo se les ha arrebatado.

Una nota crítica:

Para este tema del evangelio, que centrará hoy la homilía de este domingo en muchas comunidades cristianas, el divorcio, la liturgia propone como primera lectura el relato de la creación del hombre y de la mujer, en el relato del Génesis, lógicamente. Por ser de la Biblia, por ser del Génesis, por ser del relato de la creación… todo pareciera dar a suponer que contiene en sí mismo el fundamento religioso último y máximo de la visión cristiana del matrimonio. Probablemente, en muchas homilías, el relato bíblico se constituirá en la única referencia, en la referencia totalizante y suprema, y se querrá sacar de ella el fundamento integral de la postura actual de la Iglesia sobre el matrimonio. ¿No será eso fundamentalismo?

Hoy ya sabemos que el relato de la «creación» no es un relato científico, de historia natural; más aún: no tiene nada que decir ante lo que la ciencia nos dice hoy sobre el origen de la Tierra, de la Vida, de nuestra especie humana o sobre nuestra sexualidad. El relato no es histórico, no hay que entenderlo como una narración de algo que realmente ocurrió… hoy nadie sostiene lo contrario. En las catequesis bíblicas solemos decir ahora que tenemos que «tratar de captar lo que los autores bíblicos querían decir…», que no era lo que la mera letra dice… En realidad, no se trata ni de eso siquiera, porque los autores bíblicos no escribían para nosotros, ni estaban pensando en un mensaje distinto de lo que leemos.

La verdad es que no deberíamos abandonar una postura de profunda humildad en este campo, porque los cristianos, durante casi toda nuestra historia, hasta hace unos cien años –algo más para los protestantes– hemos estado pensando lo contrario de esto que ahora decimos. Hemos estado pensando que eran textos históricos, que había que entender al pie de la letra y que había que creerlos ciegamente, y que su contenido era real, e incluso «más que científico, estaba por encima de la ciencia» (la ciencia no podría contradecirlos): porque eran textos directamente divinos, revelados, y por tanto dogmáticos. Hace apenas 100 años el Pontificio Instituto Bíblico, la máxima autoridad oficial católico-romana, condenó taxativamente a quienes pusieran en duda el «carácter histórico» de los once primeros capítulos del Génesis… y en todo el conjunto de la Iglesia se pensaba así, desafiando arrogantemente a la ciencia.

Durante siglos, durante más de un milenio, el texto del relato de la creación que hoy leemos ha sido utilizado para justificar directa o indirectamente el androcentrismo, o sea, la inferioridad de la mujer, creada «en segundo lugar», y «de una costilla de Adán». Más aún: durante más de dos mil años –y aún hoy, para la mayor parte de la civilización occidental– este texto ha justificado el antropocentrismo, el mirar y entender la realidad toda como puesta al servicio de este ser diferente, superior a todos los demás, «sobre-natural», que sería el ser humano, poniéndolo todo bajo «el valor absoluto de la persona humana», a cuyo servicio y bajo cuyo dominio habría puesto Dios toda la «creación», con el mandato de explotar omnímodamente la naturaleza: «crezcan y multiplíquense, y dominen la Tierra»…

Desde hace medio siglo un coro reciente y creciente de científicos y humanistas achacan a los textos bíblicos la minusvaloración y el desprecio que la tradición cultural occidental ha sentido y ejercido sobre la naturaleza, hasta provocar la actual crisis ambiental que nos ha puesto al borde del colapso y amenaza con colapsar efectivamente.

Viene todo esto a decir que hoy no podemos deducir directamente de los textos bíblicos nuestra visión de los problemas humanos -matrimonio y divorcio incluidos-, como si la construcción de nuestra visión moral y humana dependiera de unos textos que en buena parte contienen las experiencias religiosas de unos pueblos nómadas del desierto hace unos tres mil años… Sería bueno que los oyentes de las homilías supieran discernir con sentido crítico la dosis de fundamentalismo que algunas de nuestras construcciones morales clásicas pueden contener. Sería todavía mejor que los autores de las homilías incorporaran a sus contenidos esta visión crítica y esta superación del fundamentalismo. Debemos salir del bibliocentrismo: no podemos vivir encerrados en un libro, con toda nuestra perspectiva, categorías y normas sometidas al limitado alcance cultural de un libro de hace varios milenios… Si queremos buscar las palabras más profundas que puedan iluminarnos, debemos buscarlas también y sobre todo en la Realidad, en la Naturaleza, en el libro del cosmos, de la Vida y de nuestra propia misteriosa naturaleza… Leer más…

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Dom 4.9.15. Sí al divorcio, en caso de… Un evangelio para el Sínodo

domingo, 4 de octubre de 2015
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 27, tiempo ordinario. No podía empezar mejor la segunda parte de este sínodo sobre la familia, el próximo domingo (4.9.15), que leyendo el evangelio de ese día (Mc 10, 2-6), con la palabra de Jesús sobre el matrimonio y divorcio.

Jesús no ofrece aquí una doctrina unitaria (canónica), desarrollada expresamente sobre el tema, de un modo completo, sino que responde a una pregunta-trampa que le plantean unos fariseos para tentarle, con una cuestión muy concreta sobre el poder que cierta ley antigua daba al hombre de expulsar a su mujer.

Se trata, como digo, de una pregunta-trampa (para poner a prueba a Jesús), pues, tanto si responde “sí” como si responde “no”, pueden acusarle, en un caso de dureza contra la mujer, en otro caso de infidelidad a la Ley. Éste es un texto que ha sido poderosamente reelaborado por Pablo en 1 Cor y por los evangelios de Lucas y Mateo.

Por cuestión de “oportunidad”, y porque será el texto más discutida en el Sínodo, quiero presentar y comentar hoy, en vez de la versión de Marco, la paralela de Mateo, que ofrece algunas novedades importantes, como podrá ver quien siga leyendo. Resulta evidente que Jesús no resolvió el tema con un sí o con un no (como querían entonces los fariseos, y como quieren hoy algunos “padres” famosos del Sínodo).

Debo recordar que los votantes del Sínodo sobre el matrimonio y divorcio serán sólo “padres espirituales”, sin hijos reconocidos (¿dónde están las madres, los maridos, las mujeres, los hermanos, los novios, las novias, las parejas… para decir su experiencia y palabra sobre el tema?).
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Se trata, pues, claramente, de un sínodo “manco”, que Jesús no habría celebrado así. Pero es lo que hay, y le deseamos mucho “éxito”, para que después el Papa Francisco pueda elaborar, según la ley actual, el documento y doctrina sobre la familia.

Con esa idea, para ilustración de aquellos que quieran conocer mejor la visión de Jesús y el evangelio, presento aquí esta reflexión algo extensa, que DM formará parte de mi próximo Comentario de Marcos. Es un texto largo, algo erudito, pero estoy convencido de que podrá servir para algunos lectores amigos silenciosos, que van acompañando en gran número. Gracias a todos.

Texto: Mt 19, 3-9

19, 3 Y se le acercaron unos fariseos que, poniéndole a prueba y diciéndole: ¿Puede uno expulsar a su mujer por un motivo cualquiera? 4 El respondió: ¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra; 5 y que dijo también: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? 6 De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.

‒ 7 Le contestaron: ¿Por qué pues prescribió Moisés dar acta de divorcio y repudiarla? 8 Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. 9 Os digo pues que quien repudie a su mujer ‒a no ser por fornicación ‒ y se case con otra, comete adulterio.

Presentación

La perícopa, tomada básicamente de Mc 10, 2-12, ofrece dos novedades muy significativas.

(a) Mateo introduce la cláusula de la porneia (19, 9: me epi porneia), que aparecía también en Mt 5, 31-32, por la que (a diferencia de lo que sucede en Marcos) permite que el varón pueda expulsar a la mujer (no la mujer al varón) a causa de la fornicación en sentido extenso.

(b) Mateo formula el tema en una clave estrictamente judía, desde la perspectiva del varón, sin añadir una enseñanza “eclesial” para los discípulos (en casa, es decir, en la iglesia) a diferencia de Mc 10, 10-12, que “iguala” así (en ese contexto) el derecho matrimonial de los hombres y de las mujeres, desde una perspectiva que puede tener un fondo cristiano, pero que puede entenderse también desde la legislación romana (que concedía a las mujeres el derecho de divorciarse).

Eso significa que Mateo se mantiene (quizá ha querido mantenerse expresamente) en una perspectiva más tradicional, limitándose al caso concreto de la situación de Jesús, con la pregunta de los fariseos (si el varón puede expulsar a la mujer) y la respuesta que él les ofrece. Lo que más le importa es, según eso, la manera de entender y/o quizá de reinterpretar la norma del Dt 24, 1-3, por la que se supone que el varón podía expulsar a la mujer (romper de esa manera el matrimonio), con tal de que le diera el “libelo” o documento de divorcio.

Éste parece haber sido el caso y respuesta original de Jesús, que no intentó resolver el tema del matrimonio en general, sino el planteado por el Deuteronomio, apelando a Gen 1, 27; 2, 24 (varón y mujer los hizo, serán una sola carne…, como he destacado en mi Comentario de Marcos, Verbo Divino, Estella 2012). Pero, siendo más fiel a la formulación de Jesús, desde una perspectiva judía, Mateo añade la cláusula de la “porneia” (fornicación), que parece vincularse más con el tema y concesión de Dt 24, 1-3, y que nos sigue situando así en un nivel de legislación muy cercano al judaísmo.

La cláusula de la porneia

Esa palabra, añadida como excepción por el Jesús de Mateo, parece situarnos pues en una perspectiva cercana al judaísmo…, pero que ofrece una inquietante y poderosa actualidad. Por eso debemos agradecer a los fariseos la pregunta… y a Jesús que les respondiera, aceptando su parte de verdad.

Los fariseos habían preguntado a Jesús si el hombre puede expulsara la mujer “por cualquier causa”. No preguntan si puede hacerlo o no (pues les parecía evidente que puede), sino sólo si puede hacerlo por toda causa (kata pasan aitian: 19, 3), en una línea que parece cercana a las controversias que mantenían las escuelas rabínicas de Shammai y Hillel.

Jesús responderá en principio que no (que el hombre no puede expulsar a la mujer), pero añadiendo que hay un caso en el que puede hacerlo, por una causa específica, como es la porneia o fornicación, de la que seguiré tratanto.

Todo nos permite suponer que el tema de la porneia alude en principio a la fornicación de la mujer, en un perspectiva muy judía, pues conforme a la ley y costumbre israelita, el marido tenía derecho a la fidelidad de la mujer, de manera que si ella no la guardaba, sino que cometía algún tipo de porneia (que debía ser, por tanto, propia de ella, es decir, de la mujer) el hombre podía expulsarla (pues no estaba obligado a mantener su matrimonio con una mujer acusada de porneia).

(Pero una vez situado así el tema en el evangelio, al ampliar y universalizar el contexto, lo que se dice de la porneia de la mujer puede y debe aplicarse a la porneia del hombres… es decir, de los dos…es decir: del matrimonio hecho porneia y destruído, como seguiré mostrando).

Mateo, un planteamiento conservador, pero muy actual


Éste es el tema de fondo del pasaje, que había aparecido en Mt 5, 31-32.
Pero el significado del texto no es tan claro porque si se tratara de una verdadera porneia en el sentido de infidelidad matrimonial tendría que haber utilizado la palabra moikheia (adulterio), pues Mt 15, 19 ha distinguido perfectamente ambas palabras, hablando de moicei/ai( pornei/ai, es decir, de adulterios y fornicaciones. Leer más…

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El problema del divorcio. Domingo 27. Ciclo B

domingo, 4 de octubre de 2015
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divorcio1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El relato del evangelio consta de dos escenas: en la primera, los fariseos preguntan a Jesús si se puede repudiar a la mujer y reciben su respuesta (2-9); en la segunda, una vez en la casa, los discípulos insisten sobre el tema y reciben nueva respuesta (10-12).

Los fariseos y Jesús

            Desde allí se encaminó al territorio de Judea al otro lado del Jordán. De nuevo concurrió a él la gente y, según su costumbre, los enseñaba. Se acercaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron:

            ‒ ¿Puede un hombre repudiar a su mujer?

                  Les contestó:

            ‒ ¿Qué os mandó Moisés?

                  Respondieron:

            ‒ Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla.

                  Jesús les dijo:

            ‒ Porque sois obstinados escribió Moisés semejante precepto. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer, y los dos se hacen una carne. De suerte que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha juntado que el hombre no lo separe.

La pregunta de los fariseos resulta desconcertante, porque el divorcio estaba permitido en Israel y ningún grupo religioso lo ponía en discusión. Que el matrimonio es una institu­ción divina lo sabe cualquier judío por el Génesis, donde Dios crea al hombre y a la mujer para que se compenetren y complemen­ten. Pero el judío sabe también que los problemas matrimoniales comienzan con Adán y Eva. El matrimonio, incluso en una época en la que la unión íntima y la convivencia amistosa no eran los valores primordiales, se presta a graves conflictos.

            Por eso, desde antiguo se admite, como en otros pueblos orientales, la posibilidad del divorcio. Más aún, la tradición rabínica piensa que el divorcio es un privilegio exclusivo de Israel. El Targum Palestinense (Qid. 1,58c, 16ss) pone en boca de Dios las siguientes palabras: «En Israel he dado yo separación, pero no he dado separación en las naciones»; tan sólo en Israel «ha unido Dios su nombre al divorcio».

            La ley del divorcio se encuentra en el Deuteronomio, capítulo 24,1ss donde se estipula lo siguiente:

«Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa…»

Un detalle que llama la atención en esta ley es su tremendo machismo: sólo el varón puede repudiar y expulsar de la casa. En la perspectiva de la época tiene su lógica, ya que la mujer se parece bastante a un objeto que se compra (como un televisor o un frigorífico), y que se puede devolver si no termina convenciendo. Sin embargo, aunque la sensibilidad de hace veinte siglos fuera distinta de la nuestra (tanto entre los hombres como entre las mujeres), es indudable que unas personas podían ser más sensibles que otras al destino de la mujer. Este detalle es muy interesante para comprender la postura de Jesús.

En cualquier caso, la ley es conocida y admitida por todos los grupos religiosos judíos. Por consiguiente, la pregunta de los fariseos resulta desconcertante. Cualquier judío piadoso habría respondido: sí, el hombre puede repudiar a su mujer. Sin embargo, Jesús, además de ser un judío piadoso, se muestra muy cercano a las mujeres, las acepta en su grupo, permite que le acompañen. ¿Estará de acuerdo con que el hombre repudie a su mujer? Así se comprende el comentario que añade Mc: le preguntaban «para ponerlo a prueba». Los fariseos quieren poner a Jesús entre la espada y la pared: entre la dignidad de la mujer y la fidelidad a la ley de Moisés. En cualquier opción que haga, quedará mal: ante sus seguidoras, o ante el pueblo y las autoridades religiosas.

La reacción de Jesús es tan atrevida como inteligente. Porque él también va a poner a los fariseos entre la espada y la pared: entre Dios y Moisés. Empieza con una pregunta muy sencilla que se puede volver en contra suya: “¿Qué os mandó Moisés?” Y luego contraataca, distinguiendo entre lo que escribió Moisés en determinado momento y lo que Dios proyectó al comienzo de la historia humana.

En el Génesis, Dios no crea a la mujer para torturar al varón (como en el mito griego de Pandora), sino como un complemento íntimo, hasta el punto de formar una sola carne. En el plan inicial de Dios, no cabe que el hombre abandone a su mujer; a quienes debe abandonar es a su padre y a su madre, para formar una nueva familia.

Las palabras de Génesis 1,27 sugieren claramente la indisolubilidad: el varón y la mujer se convierten en un solo ser. Pero Jesús refuerza esa idea añadiendo que esa unión la ha creado Dios; por consiguiente, «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Jesús rechaza de entrada cualquier motivo de divorcio.

La aceptación posterior del repudio por parte de Moisés no constituye algo ideal sino que se debió a «vuestro carácter obstinado». Esta interpretación de Jesús supone una gran novedad, porque sitúa la ley de Moisés en su contexto histórico. La tendencia espontánea del judío era considerar toda la Torá (el Pentateuco) como un bloque inmutable y sin fisuras. Algunos rabinos condenaban como herejes a los que decían: «Toda la Ley de Moisés es de Dios, menos tal frase». Jesús, en cambio, distingue entre el proyecto inicial de Dios y las interpretaciones posteriores, que no tienen el mismo valor e incluso pueden ir en contra de ese proyecto.

(Si aplicamos este mismo criterio a la historia de la moral cristiana comprenderemos su importancia: hay cosas que hoy se permiten o se mandan, pero eso no significa que sean automáticamente buenas o mejores que la propuesta inicial del evangelio.)

Los discípulos y Jesús

            Entrados en casa, le preguntaron de nuevo los discípulos acerca de aquello. El les dice:

            ‒ Quien repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio contra la primera. Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio.

            Esta escena saca las conclusiones prácticas de la anterior, tanto para el varón como para la mujer que se divorcian. Las palabras: Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio, cuentan con la posibilidad de que la mujer se divorcie, cosa que no contemplaba la ley judía, pero sí la romana. Por eso, algunos autores ven aquí un indicio de que el evangelio de Marcos fue escrito para la comunidad de Roma. Aunque en los cinco primeros siglos de la historia de Roma (VIII-III a.C.) no se conoció el divorcio, más tarde se introdujo.

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«Son amigos, no adversarios». 26 Tiempo Ordinario – B (Marcos 9,38-43.45.47-48)

domingo, 27 de septiembre de 2015
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26-852862-300x190A pesar de los esfuerzos de Jesús por enseñarles a vivir como él, al servicio del reino de Dios, haciendo la vida de las personas más humana, más digna y dichosa, los discípulos no terminan de entender el Espíritu que lo anima, su amor grande a los más necesitados y la orientación profunda de su vida.

El relato de Marcos es muy iluminador. Los discípulos informan a Jesús de un hecho que les ha molestado mucho. Han visto a un desconocido «expulsando demonios». Está actuando «en nombre de Jesús» y en su misma línea: se dedica a liberar a las personas del mal que les impide vivir de manera humana y en paz. Sin embargo, a los discípulos no les gusta su trabajo liberador. No piensan en la alegría de los que son curados por aquel hombre. Su actuación les parece una intrusión que hay que cortar.

Le exponen a Jesús su reacción: «Se lo hemos querido impedir porque no es de los nuestros». Aquel extraño no debe seguir curando porque no es miembro del grupo. No les preocupa la salud de la gente, sino su prestigio de grupo. Pretenden monopolizar la acción salvadora de Jesús: nadie debe curar en su nombre si no se adhiere al grupo.

Jesús reprueba la actitud de sus discípulos y se coloca en una lógica radicalmente diferente. Él ve las cosas de otra manera. Lo primero y más importante no es el crecimiento de aquel pequeño grupo, sino que la salvación de Dios llegue a todo ser humano, incluso por medio de personas que no pertenecen al grupo: «el que no está contra nosotros, está a favor nuestro». El que hace presente en el mundo la fuerza curadora y liberadora de Jesús está a favor de su grupo.

Jesús rechaza la postura sectaria y excluyente de sus discípulos que solo piensan en su prestigio y crecimiento, y adopta una actitud abierta e inclusiva donde lo primero es liberar al ser humano de aquello que lo destruye y hace desdichado. Este es el Espíritu que ha de animar siempre a sus verdaderos seguidores.

Fuera de la Iglesia católica, hay en el mundo un número incontable de hombres y mujeres que hacen el bien y viven trabajando por una humanidad más digna, más justa y más liberada. En ellos está vivo el Espíritu de Jesús. Hemos de sentirlos como amigos y aliados, nunca como adversarios. No están contra nosotros pues están a favor del ser humano, como estaba Jesús.

José Antonio Pagola

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«El que no está contra nosotros está a favor nuestro». Domingo 27 de septiembre de 2015. Domingo 26º de tiempo ordinario

domingo, 27 de septiembre de 2015
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53-OrdinarioB26 cerezoDe Koinonia:

Números 11, 25-29: ¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!
Salmo responsorial: 18: Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.
Santiago 5, 1-6: Vuestra riqueza está corrompida.
Marcos 9, 38-43. 45. 47-48: El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Si tu mano te hace caer, córtatela

Una clave de comprensión para las lecturas de este domingo: «Nadie puede ser excluido del servicio que se realiza en nombre de Dios».

En medio de las tradiciones del pueblo israelita por el desierto, el libro de los Números nos presenta el relato del «reparto» del espíritu de Moisés, entre setenta miembros del pueblo. La intención es que Moisés no tenga que llevar la carga solo. Con esta decisión de Yavé, la responsabilidad queda repartida: cada uno de quienes han recibido «parte» del espíritu que estaba en Moisés debería ser profeta en el pueblo. Ahora bien, tendríamos que atenernos al contexto para intuir qué características implicaba la tarea de estos personajes.

El capítulo 11 del libro de los Números nos da cuenta de las etapas de la marcha por el desierto; la narración se centra en una dificultad que tiene el pueblo: llevan varios meses comiendo maná y ya se encuentran hastiados: «tenemos el alma seca» (v. 6), «no vemos más que maná» (v. 6b), y con esto viene la tentación de añorar el tiempo de abundancia de comida en Egipto. Por aquí podemos intuir la grave dificultad en que se halla Moisés, ¿cómo hacer para que el pueblo no siga pensando en Egipto? El desierto es el gran desafío. Detrás está Egipto, con su abundancia, pero también con su esclavitud. Hacia delante está la promesa de una tierra, una libertad, una vida digna, pero que hay que conquistar a precio de privaciones, sacrificios, esfuerzos.

El relato causa admiración porque Yavé monta en cólera… Es un recurso literario para introducir la preocupación de Moisés, que se expresa en una bella oración de intercesión por el pueblo. La solución que plantea Yavé es la adecuada: reunir setenta representantes del pueblo para repartir entre ellos el espíritu que estaba en Moisés; de esa manera la dirección, orientación y concientización del pueblo sería obligación de muchos y no sólo de Moisés.

El espíritu que se dona a todas estas personas viene a ser, entonces, profético; es decir, está en función de profetizar. Hay que asumir que esta actividad profética está orientada a ayudar al pueblo a tomar más y más conciencia del plan de Dios con ellos, a entender lo que hay realmente detrás: Egipto y su abundancia de comida pero con su esclavitud que es lo contrario al plan divino, y lo que está por delante: un desierto inevitable, desafiante, mortal, pero al fin y al cabo, un medio que es necesario asumir para poder llegar a la tierra de la libertad, tierra de promisión. A cualquier persona del pueblo que, entendiendo las cosas así, «catequizara» a sus hermanos en este sentido había que verlo como profeta «autorizado» no porque hubiera estado necesariamente en la tienda del encuentro, sino por estar en comunión con el ideal de Yavé.

Ese parece ser el caso de Eldad y Medad. Ellos no estuvieron en el momento del reparto del espíritu y sin embargo estaban profetizando. Viene la reacción de Josué, el mismo que más tarde se encargará de guiar a su pueblo en los trabajos de conquista y ocupación de la tierra prometida. Josué no entiende todavía que todo el que influya de manera positiva en la conciencia del ser hermano, debe ser considerado profeta, y por eso aconseja a Moisés que lo prohíba (v. 28). Por su parte, Moisés ha captado muy bien que en el trabajo de liberación del pueblo, todos y todas tienen una gran tarea, y responde a Josué con palabras aparentemente duras, pero que en definitiva buscan también abrir la conciencia de su ayudante: «ojalá todo el pueblo fuera profeta» (v. 29); ojalá cada uno asumiera con verdadero empeño la tarea de concientizarse y concientizar a su semejante, a su prójimo, ¿no es eso justamente lo que Dios quiere y espera? A Josué pues, no le preocupaba mucho la necesidad de que cada miembro del pueblo tuviera una conciencia bien formada para continuar hacia adelante por el desierto; le preocupaba más defender lo «oficial», lo «autorizado» por Dios en la tienda del encuentro, es decir lo «instituido», la defensa de «los derechos de Dios».

En la misma línea, nos presenta el evangelio de Marcos para este domingo, una situación semejante con los discípulos de Jesús. Apenas transmitida por Jesús la lección sobre quién es el mayor (Mc 9,33-37), se produce un incidente que tiene que ver con la exclusividad de los miembros del grupo seguidor de Jesús. Juan le cuenta a Jesús que le han impedido a un hombre expulsar demonios en su nombre porque no se trataba de uno de los miembros del grupo (v. 38). No hay una pregunta, cómo hacer en casos semejantes, qué posición asumir, etc. La respuesta de Jesús es sabia, «nadie que obre un milagro en mi nombre puede después hablar mal de mí» (v. 39), y «el que no está contra nosotros, está con nosotros». En la tarea de construcción del reino nadie tiene la exclusiva. Tal vez los discípulos no tenían claro o no recordaban que su pertenencia al grupo de Jesús fue un don de pura gratuidad; ninguno de ellos presentó ante Jesús un concurso de méritos para ser elegido; fue Jesús quien se presentó ante ellos, se les atravesó a cada uno por su camino y los llamó, aun a sabiendas de que no eran ni los mejores ni lo más representativo de su sociedad. En ese sentido también otros y otras pueden seguir siendo llamados. En cada hombre y en cada mujer Dios ha sembrado las semillas del bien; cómo y cuándo esas semillas comienzan a germinar y dar frutos, eso es decisión de cada uno. A veces nos parecemos a Juan y al resto de discípulos, nos ponemos celosos de quienes sin pertenecer a la institución hacen obras mejores que las nuestras. Y sale inevitablemente la frase: «pero ése o ésa es de tal o cual religión, o de tal o cual grupo…». Anteponemos a la vocación universal de hacer el bien y a la práctica del amor, unos intereses mezquinos y unos criterios de autoridad y de exclusividad absolutamente rechazados por Jesús (cf. Mc 9,39)

El diálogo de Jesús con sus discípulos refleja la situación de la comunidad para la cual Marcos escribe su evangelio. Una comunidad quizás muy consciente de lo que eran las exclusiones, pero al mismo tiempo en peligro de ser exclusivista, con una excusa quizás aparentemente sana: «ser o no ser de los nuestros», «ser o no ser del camino», «estar o no estar en el proceso…», y en fin otras talanqueras que pretendidamente intentan justificarse con la excusa de defender la «pureza» de la fe o del «credo» o del «orden» o, en definitiva, de «defender los derechos» de Dios.

Pues bien, cuando se cae en el extremo de «defender» a Dios, o los «derechos» de Dios, lo que se logra en definitiva es minimizar a Dios, ponerlo en ridículo ante el mundo, y la consecuencia más inmediata, la que previó Jesús y quizás la que ya se veía en la primera comunidad, era la del escándalo a los más pequeños. A Jesús le preocupan los «pequeños», no sólo los menores de edad, sino los que apenas empiezan a intuir la dinámica del reino con la subsiguiente imagen de Dios que él propone.

Con todo, a través de los siglos, los peligros de la comunidad primitiva se convierten en hechos reales: cuántos creyentes promotores del bien, de la justicia y de la paz excluidos o en entredicho sólo porque «no eran de los nuestros», cuántos Josués y Juanes empeñados todavía en «defender» una pretendida exclusividad que, por supuesto, nadie posee, con lo cual lo único que logran es escandalizar cada vez más a muchos, haciéndoles creer que Dios es tan pequeño, que puede reducirse a los estrechos límites de un grupo o de una institución, aunque sus adeptos se cuenten por millares.

Si logramos tomar conciencia de que Dios es más grande que un grupo o una institución y que en ningún momento nuestra vocación es la de defender unos supuestos derechos de Dios, sino simplemente servir, ponernos en función de construir el Reino con y desde las múltiples posibilidades que ello implica dada la insondable riqueza del mismo espíritu, entonces jamás se nos ocurrirá pensar si éste o aquél es o no es «de los nuestros», sino mejor… ¡como cooperar más y mejor con aquél o aquélla que tan bien están luchando por construir aquí el Reino! Leer más…

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