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Primer Domingo de Adviento. 27 noviembre, 2016

domingo, 27 de noviembre de 2016
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“Por esto estad también vosotros preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”

(Mt 24, 37-44)

Aquí está de nuevo el Adviento llamando a nuestra puerta. Nos pilla casi “descuidadas”, con este verano que no acababa da la sensación de que llega antes de tiempo.

-Pero, no te quedes en la puerta, pasa. Estábamos algo despistadas, es verdad, pero te estábamos esperando.

Y entonces, el bueno del Adviento, entra, así como es él y empieza a prepararlo todo. Inquieto, alegre, un poco precipitado, a ratos “tremendista”, pero siempre tierno.

Esta semana el Adviento viene a prepararnos, desea que estemos preparadas, no vaya a llegar la Navidad y tenga que pasar de largo…

Bien, tenemos esta semana para prepararnos, para abrir esas cinco puertas que son nuestros sentidos y estar alerta.

Tener preparados nuestros ojos, bien limpios y abiertos para descubrir los mensajes ocultos de nuestro Dios Amor. Tener preparados nuestros oídos, evitando ruidos, buscando el silencio que nos abre a la Palabra. Tener preparado nuestro olfato, nuestra intuición, reconociendo ese olor que despierta en nosotras el Recuerdo de lo Conocido. Tener preparado nuestro tacto, con la piel suave y desnuda que nos permita acariciar la Vida  Recién Nacida. Tener preparado nuestro gusto, con el paladar fino para gustar y degustar las delicias de la Buena Nueva.

Es lo que nos dice, con otras palabras, el evangelio de hoy, quizá con un tono apocalíptico que nos hiere un poco la sensibilidad, pero que aquellas primeras comunidades de mujeres y hombres entendían perfectamente.

No, no conocemos los tiempos de Dios, no sabemos cuándo irrumpirá en nuestra vida ni cómo lo hará, por eso tenemos que estar siempre preparadas, siempre listas, siempre atentas.

-Bienvenido Adviento, ponte cómodo, tenemos mucho de qué hablar.

Oración

Gracias, Dios Trinidad, por regalarnos este tiempo de Adviento que nos ayuda a tomarnos más en serio nuestra responsabilidad como cristianas, como portadoras de una Buena Noticia.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Ni lamentar el pasado ni esperar nada del futuro

domingo, 27 de noviembre de 2016
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hombre-sentado-biblia-campoMt 24, 37-42

Hoy, comenzamos un nuevo año litúrgico. El tiempo de adviento se caracteriza por su complicada estructura. Por una parte recordamos el largísimo tiempo de adviento que precedió a la venida del Mesías. Esta es la causa de que encontremos en el AT tantos textos bellísimos sobre el tema. Fue un tiempo de sucesivas expectativas, porque las promesas nunca terminaban de cumplirse. Esas esperanzas eran claramente equivocadas, porque suponían una intervención directa, externa y puntual de Dios a favor de un pueblo. Todas las lecturas del AT van en este sentido y pueden despistarnos.

Por otra parte, tenemos la aparición histórica de Jesús. Aunque no sabemos ni el día ni el año de su nacimiento, se trata del punto de partida imprescindible para comprender nuestras expectativas como cristianos. Jesús hizo presente el Reino de Dios en su persona, a través de su trayectoria humana. La primera e imprescindible referencia para nosotros, es su vida terrena, porque es en su vida donde hizo presente el amor y desterró el odio. La preocupación por el “Jesús histórico”, que se ha despertado en nuestro tiempo con tanta fuerza, es el punto de partida para todo lo que podemos decir de Jesús teológicamente.

Jesús no sólo hizo presente el Reino, sino que hizo una propuesta a todos los hombres de todas las naciones, de todas las culturas, de todas las religiones. Se trata de una oferta de salvación definitiva para el hombre. Él quiso indicar, a todos los seres humanos, el camino de la verdadera salvación. Celebrar el adviento hoy sería tomar conciencia de esta propuesta de salvación y prepararnos para hacerla realidad. Esa posibilidad de plenitud humana, debe ser nuestra verdadera preocupación. Ebeling dijo: lo más real de lo real no es la realidad misma, sino sus posibilidades. Jesús, viviendo a tope una vida humana, desplegó todas sus posibilidades de ser y propuso esa misma meta a todos.

Hay otro aspecto del adviento que es necesario tener muy claro. Al constatar, siglo tras siglo en la historia de Israel, que las expectativas no se cumplían, se fue retrasando el momento de su ejecución, hasta que se llegó a colocarlo en el final de los tiempos. Surgió así la escatología, un genero literario que nos dice muy poco hoy día. Es sorprendente que ni siquiera la venida de Jesús se consideró definitiva para los cristianos. Es la mejor prueba de que la salvación que él propuso no nos convence. Por eso los cristianos sintieron la necesidad de una segunda venida, que sí traería la salvación que todos esperamos.

Armonizar estas perspectivas es muy complicado para nosotros hoy. El tiempo anterior a Jesús, la vida terrena de Jesús, nuestra propia realidad histórica y el hipotético futuro escatológico nos puede llevar a una dispersión que convierta el adviento en un batiburrillo que nos impida enfocar bien su celebración. Creo que lo más urgente para nosotros hoy, es centrarnos en hacer nuestro el mensaje de Jesús y vivir esa posibilidad de plenitud que él vivió y nos propuso. Partiendo de su vida, debemos tratar de dar sentido a la nuestra.

La visión de Isaías en la primera lectura, está muy lejos de ser una realidad. Es la utopía que puede mantenernos firmes dentro de una realidad que sigue siendo sangrante. La realidad no debe eliminar la esperanza de un mundo más humano. Debemos aferrarnos a la utopía de que otro mundo es posible. La esperanza se funda en que Dios no nos puede abandonar ni retirar la oferta de esa plenitud. Esa esperanza, a la que nos invitan las lecturas, no es de futuro sino de presente. La percibimos como de futuro, porque todavía no hemos hecho nuestras todas las posibilidades que tenemos a nuestro alcance.

Pablo nos repite que ya va siendo hora de espabilarse, pero seguimos portándonos como verdaderos insensatos. Seguimos caminando en una dirección equivo­cada. Las advertencias que hace Pablo a los romanos, son las mismas que tendríamos que hacer hoy: nada de comilonas y borracheras, lujuria y desenfre­no, riñas y pendencias. El excesivo cuidado de nuestro cuerpo, fomentará los malos deseos. El hedonismo que pretende el placer inmediato, terminará por aniquilar nuestro verdadero ser.

El evangelio nos invita a estar vigilantes. Estar despiertos es la condición mínima para desarrollar nuestra humanidad. Creo que estamos bien despiertos para todo lo terreno y material. Esa excesiva preocupación por lo material, es lo que la Escritura llama “estar dormido”. Hoy empezamos el Adviento, preparación para la Navidad, pero los grandes almacenes, y todos los medios de comunicación ya hace casi un mes que han empezado su preparación. Menos de un 15 % de nuestra sociedad escuchará unos minutos cada domingo el anuncio de que Jesús nace, frente a las muchísimas horas que va a soportar la propaganda consumista. ¿Será suficiente para contrarrestar su efecto devastador?

Crecer en la parte verdaderamente humana de nuestro ser, exige esfuerzo y dedicación. Halagar la parte instintiva es mucho más fácil que espolear el espíritu. Los emperadores romanos ofrecían pan y circo a las masas para que no exigieran otras cosas. Hoy la oferta tranquilizante es fútbol y tele. Nuestra religión, olvidando el evangelio, ha caído también en la trampa de una salvación acomodada a las apetencias de la mayoría, ofreciendo al hombre la eliminación del dolor, el pecado, la muerte. Como eso es imposible aquí y ahora, porque son inherentes a nuestra naturaleza, se ha proyectado la salvación para un más allá. No, Dios quiere la plenitud para todos, aquí y ahora, mientras aún somos humanos.

Adviento no es solo la preparación para celebrar dignamente un acontecimiento que se produjo hace más de veinte siglos. El adviento debe ser un tiempo de reflexión profunda, que me lleve a ver más claro el sentido que debo dar a toda mi existencia. No hay tiempos más propicios que otros para afrontar un tema determinado. Soy yo el que tengo que acotar el tiempo que debo dedicar a los asuntos que más me interesan. Y lo que más me debía interesar, tal como nos lo advierte la liturgia, es mi verdadero ser, no mi falso ser.

Dios está viniendo en todo instante, pero solo el que está verdaderamente despierto se dará cuenta de esa presencia. Si no descubro esa presencia, mi vida puede transcurrir sin enterarme de la mayor riqueza que está a mi alcance. Dios no tiene que venir en ningún momento ni de ninguna parte, porque es la base y fundamento de mi ser y si se separara de mí un solo instante, mi ser volvería a la nada. Lo que llamamos Dios está en mí como fundamento aunque yo no descubra su presencia. Pero como ser humano, mi más alta posibilidad de plenitud consiste precisamente en descubrir y vivir conscientemente esa realidad. Dios está en todo, pero solo el hombre puede ser consciente de esa presencia.

No tengo que esperar tiempos mejores para poder realizar mi proyecto humano. Si tengo que esperar a que Dios cambie algo o cambien los demás para encontrar mi salvación, no he descubierto lo que soy ni lo que es Dios. La salvación que Jesús propuso, no está condicionada por circunstancias externas. Aún en las situaciones más adversas, está siempre a nuestro alcance. En cualquier momento puedo hacer mía esa salvación. En cualquier instante de mi vida puedo descubrir la plenitud. Si no soy capaz de descubrir mi salvación en esta situación en que hoy me encuentro, no seré capaz de descubrirla nunca.

El error en el que estamos instalados, es esperar que esa salvación venga de fuera en un próximo futuro. Dios no tiene futuro y esta viniendo siempre y desde dentro. Aquí puede que esté la clave para cambiar nuestra mentalidad. Pero preferimos seguir pensando en el Dios todopoderoso que actúa a capricho y desde fuera. De esa manera no hay forma de hacer nuestro el Reino de Dios que está ya dentro de nosotros. Hoy el evangelio nos advierte: si el encuentro no se produce es porque seguimos dormidos.

Meditación-contemplación

“Daos cuenta del momento en que vivís”.
Se trata de despertar, de tomar conciencia de las posibilidades.
Soy un ser humano, no simple biología.
Mi meta, mi plenitud está más allá de toda materialidad.
……………

“Comían, bebían, se casaban…” ¿Qué hay de malo en ellos?
Lo único malo es poner el objetivo de tu vida en comilonas y borracheras.
Ni siquiera es preciso hacer daño a otros para impedir la plenitud.
El fallo está en vivir enredado en las cosas de este mundo.
………………

“¡Caminemos a la luz del Señor!”
Aún desde las tinieblas, podemos vislumbrar la luz.
La muerte no es la noche hacia la que encamino mientras vivo.
Al contrario, desde la noche nos encaminamos hacia el día.
……………..

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Ser alguien

domingo, 27 de noviembre de 2016
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accion-haz-algo-esperar-retribucion_1_1070025El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos (Marcel Proust)

27 de noviembre, domingo I de Adviento

Mt 24, 37-44

Por tanto, estad preparados, porque este Hombre llegará cuando menos penséis

La búsqueda del reino interior es uno de los principales temas de los escritos de los Padres de la Iglesia. “Parece que realmente el más grande de los conocimientos, decía San Clemente de Alejandría, sea el conocimiento de sí mismo, pues aquél que se conoce a sí mismo tendrá el conocimiento de Dios y, al tener este conocimiento, se hará semejante a Dios”.

En su Psychología perennis Ken Wilber escribe: “Es muy probable que la incógnita de quiénes somos haya atormentado a la humanidad desde el inicio de la civilización, y siga siendo, hoy en día, uno de los más inquietantes de todos los interrogantes humanos”.

Esforzada tarea de Titanes a los que cantó en su Teogonía Hesíodo y que, con resonancias bíblicas lucharon por ese “ser como dioses”. Un mito grabado en los muros del infinito, en el que se puede leer la preocupación de los hombres por poseer dicho saber imposible. Rubens (1577-1640) pintó La caída de los Titanes, en cuyo lienzo de desnudos aparecen derrotados.

Jesús nos insta en el Evangelio a que permanezcamos en vela. Toda metanoia, en palabras del Bautista, denota en griego una situación en la que un trayecto exige abandonar el camino en que se andaba y tomar otra dirección. El Príncipe Andrei se lo decía a Pierre en la película Guerra y Paz: “Te valoras en muy poco, Pierre, y no dejas aflorar lo mejor que hay en ti. Procura ser alguien”.

El Cosmos, precipitado en nuestro ser, también nos lo demanda. En una tira japonesa de la Abeja Maya, ésta se hace la siguiente reflexión: “Mmm… veamos. ¿Qué tengo en mi agenda para hoy?: Sólo… ¡Ser!” Una inquietud que azuza la mente de Maya a descubrir nuevos caminos y no contentarse con estar donde estamos, tratando de ver el mundo –y de vernos a nosotros mismos– de otra manera. ”El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”, como dijo el escritor galo Marcel Proust.

Mi daemon interno me sugiere caminar por los senderos de la vida con un nuevo mirar, y ver las cosas gestando en mí y en ellas un Ser alguien sin fin en crecimiento. Tendré la sensación de crecer y mejorar cuando haya construido algo más grande que mi propio ego.

Una historia zen cuenta que durante un paseo por un paisaje nevado, el discípulo le preguntó al maestro: “Maestro, los tejados están blancos, ¿cuándo dejarán de estarlo?” El maestro tardó en contestar. Se concentró y, al fin, le dijo con voz áspera: “¡Cuando los tejados están blancos, están blancos; cuando no están blancos, no están blancos!” Alejandro Jodorowsky (1929) hace esta interpretación de la historia en su libro La sabiduría de los cuentos:

“Lo importante es aceptarse uno mismo. Si mi condición presente me produce malestar es señal de que la rechazo. Entonces, más o menos conscientemente, trato de ser distinto del que soy, en definitiva, no soy yo. Si, por el contrario, acepto plenamente mi estado de este momento, estoy en paz. No me lamento por creer que debería ser más santo, más bello, más puro de lo que soy aquí y ahora. Cuando soy blanco, soy blanco, cuando soy oscuro, soy oscuro, y punto. Ello no impide que trabaje en mí, que trate de ser un instrumento mejor; esta aceptación de uno mismo no limita las aspiraciones, sino que las sustenta. Porque sólo puedo avanzar a partir lo que soy realmente”.

NO CULPES A NADIE (Fragmento)

Aprende a nacer desde el dolor y a ser
más grande que el más grande de los obstáculos,
mírate en el espejo de ti mismo
y serás libre y fuerte y dejarás de ser un
títere de las circunstancias porque tú
mismo eres tu destino. 

Levántate y mira el sol por las mañanas
y respira la luz del amanecer. 

Tú eres parte de la fuerza de tu vida,
ahora despiértate, lucha, camina,
decídete y triunfarás en la vida;
nunca pienses en la suerte,
porque la suerte es:
el pretexto de los fracasados.

Pablo Neruda

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Cada vez más cerca

domingo, 27 de noviembre de 2016
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imagesMt 24, 37-44

A las puertas de la Pasión, el evangelista Mateo recoge unas palabras de Jesús en las que nos recuerda que quien siga sus pasos va a sufrir persecución y dificultades. Que no nos llamemos a engaño: la venida que tanto ansiamos irá acompañada de experiencias contrapuestas de gozo y dolor; aceptación y rechazo; comprensión e incomprensión. Las luces de neón, con su atractivo brillo, tan propias del tiempo navideño, no podrán ocultar las sombras, porque precisamente al haber oscuridades, necesitamos la Luz.

Llama la atención que el mensaje de este primer domingo de adviento –tiempo de esperanza– sea poco grato de escuchar. En esta ocasión pareciera que el evangelio nos quiere “aguar la fiesta”. Esperamos a un Dios que se hace niño, pero aquí se nos habla de Él como el Hijo del Hombre, esa figura extraña envuelta en un halo de misterio; confiamos en un Señor que acoge a la humanidad, pero el evangelio avisa de que algunos quedarán apartados –a uno se lo llevarán, a otro lo dejarán (Mt 24,40)–. ¿Qué se nos quiere comunicar?

– En primer lugar que, a pesar de todo, en medio de tantos problemas y peligros, el Señor viene. Dios no nos deja tirados sino que, justamente en las situaciones más sufridas, llega. Lo hizo viviendo una vida terrena, y lo sigue haciendo acompañando la nuestra. Realmente es Dios-con-nosotros. Jesús está con el hombre –porque verdaderamente es hijo de hombre–, no contra él.

– En segundo lugar, se nos recuerda que es importante estar atentos –llamados a ser vigías de la fe– no sea que entre el impacto de la dureza de la vida con sus tristezas, la distracción de efímeras felicidades, y la invasión de tanto ruido, se nos escapen los signos que anuncian su presencia.

– Y en tercer lugar, que nos dejemos empapar por el diluvio de amor que la persona de Jesús encarna. En tiempos de Noé, el agua arrasó con lo que no estaba bien arraigado en Dios; con el Señor, puede ocurrir ahora algo parecido si no nos aferramos a Él. No se trata de ser agoreros; el evangelio no anuncia una condenación definitiva al final de la existencia, pero nos advierte de que es posible vivir mejor ahora. Por eso, merece la pena aprovechar y disfrutar ya, en este momento, su llegada sanadora.

En el fondo, el Maestro con sus palabras nos está “dando un meneo” para que espabilemos. Podemos perdernos lo más importante de nuestra vida por atolondrados, indolentes y comodones; y todo ello por dejarnos llevar por nuestros egoísmos y por hacer caso a quien no debemos. Nos lo advierte san Pablo en la segunda lectura. Hay un tiempo que corre a nuestro favor. Aprovechémoslo. A día de hoy, el Señor está más cerca que cuando empezamos a creer (Rm 13,14). Tan cerca “que no se puede aguantar”. No malgastemos el tiempo en tonterías porque nos lo podemos perder. ¿A quién le puede amargar un amor tan dulce como el del Señor que nos va a alegrar la vida?

María Dolores López Guzmán

Fe Adulta

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Invitación para vivir el Adviento. 27 noviembre, 2016

domingo, 27 de noviembre de 2016
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adviento-2016

No lo aseguro al 100% pero al menos para mí pocos textos hay tan sencillos, tan bellos y tan sugerentes como el que sigue: “el pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande” (Is. 9,2).

No tiene desperdicio, posee melodía propia y se te clava en el corazón como un estribillo reconciliador.

Os invitamos a iniciar este Adviento saboreando la frase, desmenuzándola, como cuando tienes una sabrosa galleta y no quieres que se termine.

Repite despacio:

el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande

¿Qué?, ¿verdad que es magnífica?

Antes de que te demos algunas pistas para poder rumiar en torno a ella te animamos a que tú mism@ elabores tu reflexión y oración.

¿Qué puede sugerirnos? Ufff, muchas cosas, pero veamos solo algunas de ellas.

Comenzamos:

– PUEBLO: Olé, así, a lo grande, mejor, mucho mejor, de cuándo acá le va bien a alguien yendo solo por la vida. Nada, nada, mucho mejor en grupo, en familia, en comunidad, en asamblea, en Iglesia, en…  Y además, para darle mayor énfasis al asunto, aparece una palabra en singular para referirse a una realidad plural, múltiple, diversa; como Trinidad, que también expresa pluralidad en la unidad…   Y “pueblo” refleja identidad, además de las connotaciones que posee de sencillez, humildad, y también fuerza. Vamos, que sí, que se parece a la palabra Trinidad 😉

“Pueblo”, sí, no ciudadanía, nación, no, solo “pueblo”. Precioso, sí precioso.

Continuemos. Pero juntos, ¿eh?

– ANDABA: ¡Genial!, nada de estar quieto, es peligrosísimo para la salud. Lo primero que te dice el médico es que el reposo sea moderado, ya sabes: calambres, riesgo de trombos,… No, el pueblo andaba, avanzaba, se preocupaba por moverse, con inquietud, con deseo.  El deseo es un carburante muy potente. El deseo genera movimiento y esperanza, hace levantar la cabeza, indagar posibilidades, otear caminos… Y no solo el deseo propio, también el sabernos y sentirnos desead@s.  Dios se sirve del deseo, y de los deseos, para acercarse más al corazón.

– en TINIEBLAS: bueno, no todo va a ser rosa, pero no vamos a dramatizar. Es verdad que siempre asociamos las tinieblas al temor, a lo desconocido, a la desconfianza, al mal… Pero, si lo miramos bien, eso no es el fin, es más bien el paso.  Dios empezó a crear a partir de un espacio de tinieblas, ¡y de caos! Y en la noche se gestó la resurrección, como cualquier vida nueva,  que todo hay que decirlo. ¡De noche nacerá Jesús!  En tinieblas estamos muchas veces, por eso es importante no estar en la oscuridad solos y quietos, sino “pueblo” y “andando”.  Además, de perogrullo es, si no hubiera noche de vez en cuando, ¿cómo íbamos a darnos cuenta del crecimiento que se produce en la oscuridad? Recordemos que toda semilla precisa de la oscuridad para poder germinar. Y con esto queda dicho todo… o casi todo.

Pero bueno, por lo pronto, aunque a oscuras, estaban juntos y caminando.

– VIO: Buena noticia, algo se estaba cociendo para poder ver, alguna esperanza estaba sondeando el alma,  porque os aseguro que si es noche cerrada no te ves ni la mano por mucho que abras los ojos. Así que el pueblo vio, ¿eh?, mmmmmmm… qué interesante. Estaban atentos, pendientes, con los sentidos aguzados, confiando que alguno de los cinco recogiera un indicio. En este caso fue la vista. ¿O vio con el corazón? Porque hay formas y formas de ver. Ya dijo aquel sabio lo de “lo esencial es invisible a los ojos”.  ¿Vo con los ojos de la fe?, ¿cómo fue ese “vio”?

– UNA GRAN LUZ:  apoteósico, “digno colofón”  que se decía antiguamente. Una luz inmensa, descomunal, una luz colosal, y ya no hay tinieblas, no hay dudas, ni temores, no hay traspiés ni caminos equivocados. En cambio sí siguen juntos, avanzando y mirando intensamente. Ahora ya la búsqueda tiene un objetivo claro, una hermosa meta definida. En un ámbito de oscuridad aparece una luz enorme que permite que el pueblo se reconozca como tal. El misterio de las sombras queda solucionado por la verdad de la luz. No hay nada que no llegue a saberse, nada que se pueda esconder. El pueblo comienza un nuevo tiempo de claridad y honestidad, de vida nueva, de vida abundante.

Repitamos ahora con más hondura:

“el pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz”

No me digas que no es precioso.

Un bonito camino en este Adviento.

El trabajo interior es personal, aunque ya sabes que siempre es bueno compartirlo con alguien.

(Si deseas trabajar estas ideas de manera personal o en grupo pincha aquí y te daremos algunas pistas)

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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«La “Sola Gratia” nunca ha sido gratis «, por Carlos Osma

lunes, 21 de noviembre de 2016
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introDe su blog Homoprotestantes:

Por mucho que se enarbole la bandera del verdadero protestantismo, o del cristianismo más original, la gracia nunca ha sido suficiente para justificar el amor de Dios por los seres humanos. Siempre se han puesto condiciones para que Dios se mueva a misericordia y se decida a salvarnos de nuestras miserias o de las que nos rodean. La “Gratia” nunca ha sido gratis, se ha convertido más bien en un filón de donde muchas y muchos han ido estirando para beneficio propio.

Cuando los evangelios nos presentan a Jesús curando enfermos, liberando a poseídos o salvando a mujeres a punto de ser apedreadas, se nos está hablando de la “Gratia” divina, del amor de un Dios que por iniciativa propia decide acercarse al ser humano para salvarlo de sus miserias, aunque éste no haya hecho nada por merecerlo. En ningún lugar se nos dice que esos hombres y mujeres fuesen ejemplares, más bien todo lo contrario, en la mayoría de ocasiones eran personas marginadas y rechazadas por la sociedad y los religiosos de su tiempo.

Pero cuando cerramos la Biblia y escuchamos a quienes predican el amor incondicional de Dios, parece que no todos los seres humanos somos merecedores de dicha “Gratia”, sólo quienes piensan, sienten o actúan dentro de lo que la predicadora o predicador de turno considera aceptable. Dicho de otra manera, se nos pide que seamos aceptables para que Dios nos ame lo suficiente para querer salvarnos. El amor de Dios, al que se nos tiene acostumbrados, no es todopoderoso; cumplir las normas de quienes predican la “Gratia”, sí.

Fue Dietrich Bonhoeffer quien habló de dos tipos de gracia, la gracia barata y la gracia cara, y es la primera de ellas la que se vende y se compra desde los altares de quienes se han erigido como mediadores entre nosotros y Dios. La gracia barata es la gracia que merecemos, la que nos hemos ganado siendo buenas personas. Es la gracia de quienes vivimos encerrados en el mundo de lo aceptable, de lo correcto. La gracia de quienes miramos a Dios esperando a que nos pague todo lo que hemos hecho por su causa, por su Reino, aunque éste no sea más que un mundo religioso ideal construido a nuestra imagen y semejanza.  La gracia cara es aquella que no merecemos nosotros, ni nuestros enemigos, pero que Dios da tanto a unos como a otros. Es la gracia de los desposeídos, de los marginados, de quienes no son aceptables, de quienes egoístamente intentan construir un mundo más justo que les permita tener vida. Es la gracia de los hijos pródigos que se equivocaron mil veces, de quienes arruinaron su vida corriendo tras deseos que nunca fueron satisfechos, pero que ahora vienen avergonzados para ser abrazados por su padre.

Creo sinceramente que muchas cristianas y cristianos lgtbi hemos puesto demasiada energía en comprar gracia barata, realizando un esfuerzo titánico que no ha satisfecho nuestra necesidad de aceptación. Hemos pedido perdón por cosas que jamás deberíamos haber pedido, y nos hemos comportado como quienes no éramos, permitiendo que nos despreciasen sin abrir la boca. Como reacción a todo esto, en ocasiones nos hemos ido al otro extremo queriendo demostrar que somos perfectos, cristianos intachables con una fuerza de voluntad que puede cambiar por sí sola el mundo y nuestras comunidades. Por eso, aunque afirmábamos que no necesitábamos la gracia barata, nuestro comportamiento seguía haciéndonos sus prisioneros. Y lo que es peor, nos olvidábamos de la otra gracia, la de verdad, la gracia cara de un Dios que nos ama tal y como somos.

Los cristianos y las cristianas lgtbi, como el resto de seres humanos, somos vulnerables. Vivimos multitud de situaciones dolorosas, que nos hacen sentir impotentes. Al igual que sentimos felicidad cuando nos enamoramos, o alegría por compartir la amistad con personas a las que queremos, también vivimos fracasos, enfermedades, injusticias, o la misma muerte de nuestros seres queridos y la nuestra propia. No somos todopoderosos, no somos infalibles, ni heroínas, ni siquiera tenemos a veces la fuerza necesaria para estar a la altura de las circunstancias en las que vivimos. Gastamos demasiada energía en esconder que en realidad somos frágiles y que necesitamos la gracia de Dios, esa que da Él a pesar de cómo somos nosotros. Y ese “a pesar”, no tiene nada que ver con nuestra orientación sexual, más bien todo lo contrario, es por su gracia que somos capaces de amar y desear a personas de nuestro mismo sexo.

Cuando dejamos de exigirnos la perfección, cuando ya no nos importa lo que piensen los vendedores de indulgencias, es entonces cuando nos abandonamos a la “Gratia” divina. Una “Gratia” que nunca es una huida del mundo, sino otra forma de vivir en él. Es también, el poder de la vida que surge donde reina la muerte y que nos permite llegar más lejos de lo que nuestras fuerzas por sí solas alcanzarían para construir a nuestro alrededor un mundo más justo; es un sentido, una guía, una esperanza, un empuje que nos invita a no rendirnos ante nuestras limitaciones o nuestra fragilidad, y a poner todo nuestro esfuerzo al servicio de dignificar la vida; todas las vidas.

Somos arcilla en las manos del alfarero… Es en nuestra debilidad donde Dios muestra su poder, su voluntad de salvarnos, su amor incondicional por nosotros. Es su gracia, esa que le costó tan caro conseguir, la que nos ha convertido en sus hijas e hijos. Nunca han sido nuestros méritos o deméritos los que nos han hecho merecedores o no merecedores de ella. Aunque nos cueste comprenderlo y aceptarlo, el cristianismo predica a un Dios que se acerca al ser humano para salvarlo sin exigirle previamente algo a cambio. Es el amor de Dios el origen y la consumación de la salvación, y Jesús el único mediador para nosotros los cristianos. Todos los demás mediadores que dicen serlo en su nombre, son simples usurpadores. Y el reino que pretenden construir es el suyo propio, el de las buenas personas, que nada tiene que ver con el Reino de los desheredados que predicó Jesús.

Carlos Osma

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«Cargar con la cruz». Solemnidad de Cristo Rey – C (Lucas 23,35-43)

domingo, 20 de noviembre de 2016
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34-to-300x298El relato de la crucifixión, proclamado en la fiesta de Cristo Rey, nos recuerda a los seguidores de Jesús que su reino no es un reino de gloria y de poder, sino de servicio, amor y entrega total para rescatar al ser humano del mal, el pecado y la muerte.

Habituados a proclamar la «victoria de la Cruz», corremos el riesgo de olvidar que el Crucificado nada tiene que ver con un falso triunfalismo que vacía de contenido el gesto más sublime de servicio humilde de Dios hacia sus criaturas. La Cruz no es una especie de trofeo que mostramos a otros con orgullo, sino el símbolo del amor crucificado de Dios que nos invita a seguir su ejemplo.

Cantamos, adoramos y besamos la Cruz de Cristo porque en lo más hondo de nuestro ser sentimos la necesidad de dar gracias a Dios por su amor insondable, pero sin olvidar que lo primero que nos pide Jesús de manera insistente no es besar la Cruz sino cargar con ella. Y esto consiste sencillamente en seguir sus pasos de manera responsable y comprometida, sabiendo que ese camino nos llevará tarde o temprano a compartir su destino doloroso.

No nos está permitido acercarnos al misterio de la Cruz de manera pasiva, sin intención alguna de cargar con ella. Por eso, hemos de cuidar mucho ciertas celebraciones que pueden crear en torno a la Cruz una atmósfera atractiva pero peligrosa, si nos distraen del seguimiento fiel al Crucificado haciéndonos vivir la ilusión de un cristianismo sin Cruz. Es precisamente al besar la Cruz cuando hemos de escuchar la llamada de Jesús: «Si alguno viene detrás de mí… que cargue con su cruz y me siga».

Para los seguidores de Jesús, reivindicar la Cruz es acercarse servicialmente a los crucificados; introducir justicia donde se abusa de los indefensos; reclamar compasión donde solo hay indiferencia ante los que sufren. Esto nos traerá conflictos, rechazo y sufrimiento. Será nuestra manera humilde de cargar con la Cruz de Cristo.

El teólogo católico Johann Baptist Metz viene insistiendo en el peligro de que la imagen del Crucificado nos esté ocultando el rostro de quienes viven hoy crucificados. En el cristianismo de los países del bienestar está ocurriendo, según él, un fenómeno muy grave: «La Cruz ya no intranquiliza a nadie, no tiene ningún aguijón; ha perdido la tensión del seguimiento a Jesús, no llama a ninguna responsabilidad, sino que descarga de ella».

¿No hemos de revisar todos cuál es nuestra verdadera actitud ante el Crucificado? ¿No hemos de acercarnos a él de manera más responsable y comprometida?

José Antonio Pagola

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Domingo 20 de noviembre de 2016. Jesucristo rey del Universo. 34ª semana de tiempo ordinario

domingo, 20 de noviembre de 2016
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59-ordinarioc34-cerezoLeído en Koinonia:

2Samuel 5, 1-3: Ungieron a David como rey de Israel.
Salmo responsorial: 121, 1-2. 4-5: Vamos alegres a la casa del Señor.
Colosenses 1, 12-20: Nos ha trasladado al reino de su Hijo querido.
Lucas 23, 35-43: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino

La fiesta de Cristo Rey fue establecida por la Iglesia en la época del ocaso de las monarquías con objeto de apoyar a las monarquías y aristocracias, interesadas por la pervivencia del Ancien Régime, y para oponerse a los nacientes regímenes republicanos, que representaban los intereses del pueblo, de los pobres, del liberalismo y de la naciente democracia. Sus orígenes son pues muy discutibles. Sin embargo, en todo caso, los textos de la liturgia de esta fiesta muestran la manera peculiar en que Cristo sería “Rey”.

Conviene recordar en qué consistían las esperanzas mesiánicas del pueblo judío en el tiempo de Jesús: unos esperaban a un nuevo rey, al estilo de David, tal como se lo presenta en la primera lectura de hoy. Otros, un caudillo militar que fuera capaz de derrotar el poderío romano; otros como un nuevo Sumo Sacerdote, que purificaría el Templo. En los tres casos, se esperaba un Mesías triunfante, poderoso.

El salmo que leemos hoy, también proclama el modelo davídico de “rey”. Jerusalén, la “ciudad santa” es la ciudad del poder. Eso explica por qué, cuando Jesús anuncia la Pasión a sus seguidores, no logran entender por qué tiene que ir a la muerte.

– El evangelio de hoy nos presenta cómo reina Jesús el Cristo: no desde un trono imperial, sino desde la cruz de los rebeldes. La rebelión de Jesús es la más radical de todas: pretende no sólo eliminar un tipo de poder (el romano, o el sacerdotal) para sustituirlo por otro, que con un nombre distinto estaría basado en la misma lógica de dominación y violencia (que era lo que correspondía a las expectativas judías).

Podríamos decir que Jesús es el anti-modelo de rey de los sistemas opresores: no quiere dominar a las demás personas, sino promover, convocar, suscitar, el poder de cada ser humano, de modo que cada una y cada uno de nosotros asumamos responsablemente el peso y el gozo de nuestra libertad.

Uno de los grandes sicólogos del siglo XX, Erich Fromm, plantea, en su libro El miedo a la libertad, que ante la angustia que produce en el ser humano la conciencia de estar separados del resto de la creación, adoptamos dos actitudes igualmente patológicas: dominar a otros, y buscar de quién depender entregándole nuestra libertad. En ambos casos, las personas tratamos de, a través de estos mecanismos, disolver esa barrera que nos separa de las otras personas y del resto del universo. El pecado fundamental del ser humano es, según esto, un pecado de poder mal administrado, mal asumido. Y éste es el origen de todos los demás pecados: la avaricia, que conduce a un orden económico injusto; la soberbia, que nos impide ver con claridad nuestros errores y pecados; la mentira, que nos lleva a manipular o a dejarnos manipular; la lujuria, el sexo utilizado como instrumento de poder para “poseer”, oprimir; el miedo, que nos impide levantarnos y caminar sobre nuestros propios pies.

Enmarañados en estas trampas del poder a que nos conduce nuestro “miedo a la libertad”, cuando un régimen opresor de cualquier signo que sea se nos hace insoportable, buscamos como derrocarlo… para sustituirlo por otro que sin embargo funciona sobre la misma lógica. Esa es la lógica que Jesús desarticula de manera total y radical.

Cuando en Getsemaní acuden los soldados y las turbas “de parte de los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo” (Mt 26,47) para prender a Jesús, él no recurre a violencia de ningún tipo. Jesús se niega a ser coronado rey al estilo del “mundo” luego de la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6,15). La tentación del poder, entendido al estilo de los sistemas opresores persigue a Jesús desde el desierto hasta la cruz. Y desde el desierto hasta la cruz, Jesús rechaza este modelo, denuncia con toda claridad que procede del diablo, del “príncipe de este mundo”, no cae en sus trampas. El costo de esta resistencia no sólo valiente sino lúcida de Jesús es la muerte.

En la cruz Jesús derrota total y radicalmente al demonio del poder concebido como violencia y opresión por una parte y como dependencia, sumisión y alienación por otra. De este modo que inaugura así un nuevo tipo de relaciones entre las personas y con el universo entero, basadas no en la dominación/dependencia, sino en el respeto mutuo, en la armonía, en la valentía para asumir el peso de la propia libertad responsable.

– En la carta a los Colosenses, Pablo señala cómo a través de Jesús el Cristo (primogénito de todas las criaturas, preexistente y co-creador del universo, cabeza de la iglesia, primicia de la plenitud de la Creación entera) se produce la reconciliación de todos los seres con Dios. Esta y otras expresiones paulinas han dado lugar a interpretaciones erróneas, que consideran que la muerte de Jesucristo en la cruz era el precio que había que pagar para que el Padre, enojado y rencoroso, perdonara a la humanidad pecadora.

Los evangelios nos muestran con claridad por qué y cómo es que Jesús nos reconcilia con el Padre: no por que ese Dios, padre–madre, sea un dios rencoroso, sino porque habíamos perdido el rumbo de la auténtica unidad con Dios y con el universo entero: ésa que no se hace sucumbiendo a nuestro miedo existencia y escudándonos en posiciones de poder (dominante o dependiente) sino superando nuestros miedos, atreviéndonos a presentarnos tal como somos ante Dios, en total pobreza de espíritu, sin escudos protectores que nos impidan ver su rostro.

– Desgraciadamente, ¡cuántas veces en nuestra vida eclesial reproducimos los modelos de “reinado” del mundo, y no los de Dios en Jesucristo! ¡Cuántas veces establecemos relaciones de poder autoritarias en vez de fraternas! ¡Cuántas veces entramos en contubernio con los poderes del sistema, ya sea por acción o por omisión!

El modelo de “reinado” que nos presenta el “Cordero degollado” nos interpela y llama a la conversión. No es necesario ni conveniente subrayar la «realeza» de Jesús si ello conlleva tergiversar su auténtico y efectivo proyecto de vida. Hace daño, sobre todo a los más oprimidos, presentar esa imagen monárquica y principesca de un Jesús que, en verdad, dedicó toda su vida y sus energías a desenmascarar y a luchar contra ese tipo de estructuras. Leer más…

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Dom 20.11.16. Cristo Rey. Allí donde todos son reyes

domingo, 20 de noviembre de 2016
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo de Cristo Rey (Lucas 23, 35-43). No es rey el que domina sobre los demás, aunque lo haga bien, sino aquel que no lo hace, que no domina, no se impone, sino que da la vida (deja que se la quiten) para que pueda llegar el paraíso, para otros puedan vivir, para que amanezca el día de la nueva humanidad reconciliada.

Así decimos que Cristo es (será) rey allí donde todos son reyes, no rebajando a los demás, sino elevándolos, para que todos tengan dignidad, compartan la vida, reinen siendo hermanos, amigos, enamorados.

Termina el año litúrgico con la fiesta de Cristo Rey del Universo, termina donde empieza la tarea de los seguidores de Jesús. He venido hablando en este blog del Reino como experiencia de gratuidad, como don y regalo de vida (vida compartida), a partir de los pobres.

Pues bien, Cristo es Rey allí donde todos son reyes, allí donde la vida puede expresarse en forma de encuentro y comunión de amor eterno, sin fin.

Hoy añadimos que sólo es rey aquel que está dispuesto a morir y muere, de algún modo, al servicio de los demás, para que llegue el “paraíso”. Desde ese fondo han contado los evangelios la muerte de Jesús, como triunfo de aquel que ha perdido todo (se ha dejado matar) para que los hombres (todos) puedan ser reyes.

1491589_10153207706228185_6778361563878211790_nSer Rey como Jesús significa renunciar a dominar sobre los demás. Ser Rey es regalar la propia vida para que vivan otros… pudiendo ofrecer de esa manera el paraíso, como el Jesús de Lucas que le dice al «buen» bandido: ¡Hoy estarás conmigo…».

Esto es el reino, no un paraíso de evasión sino de comunión y perdón universal, no sólo entre enamorados, sino entre todos, porque el perdón es principio y sentido del amor enamorado.

Éste es el día en que se anuncia con más fuerza el Paraíso, que consiste en comenzar a ser como Jesús, regalando y compartiendo la vida.

Hoy nos cuesta decir que Jesús es Rey, porque vivimos en un mundo de reyes de mentida, de engaños políticos, de opresiones. Por eso sería bueno empezar diciendo que Jesús es Rey para que nadie pueda reinar sobre los otros con opresión y mentida.

Buen día de Jesús que es rey porque renunció a dominar a los demás.

El texto

Los relatos de la muerte de la muerte de Jesús en los evangelios siguen perspectivas diferentes.

Marcos y Mateo destacan más el drama abismal de la muerte del Cristo (Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?).

Lucas y Juan han elaborado una catequesis de la muerte de Jesús como triunfo del Cristo, que reina ya desde la Cruz (Juan) o que culmina allí su camino de recreación del paraíso, es decir, de creación de la humanidad reconciliada. Aquí quiero presentar y comentar brevemente el relato de Lucas (Lc 23, 35-43), distinguiendo sus seis elementos:

1. (Sacerdotes). En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.
2. (Soldados). Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»
3. (La sentencia oficial). Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: Éste es el rey de los judíos.
4 (Un malhechor) Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
5. (Otro malhechor) .Pero el otro lo increpaba: ¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibirnos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues en tu reino.
6. (Paraíso) Jesús le respondió: Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

1. Sacerdotes.

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.

El texto les llama los “arkhontes”, es decir, los que tienen la “arkhe” o principado religioso y social, la primacía. Son por el contexto y por su palabra los grandes sacerdotes que han condenado a Jesús. Conforme a una visión teológica y simbólica normal de aquel momento aparece como “arkhontes malos”, ángeles perversos, rectores del orden religioso manipulado por el Diablo. Ellos son los que tienen la autoridad para decir quién es el Mesías de Dios, el Elegido… y deciden que Jesús no lo es, porque se deja matar en vez de “salvarse” a sí mismo. En el fondo, piensan que el elegido de Dios tiene ser un “egoísta”, alguien que se salva a sí mismo, siendo capaz de matar a los otros para ello: ¡matar a los que le matan y así vengarse!

Son profesionales de la violencia (son los que sacrifican…), profesionales de la victoria de Dios. Quieren vencer siempre, mantenerse por arriba: su Cristo es el vencedor de Dios y de esa forman quieren vencer ellos. Se creen superiores y, de esa forma, se ríen de los derrotados y vencidos. De esa forma, al burlarse de los caídos, muestran su maldad y su miseria. Piden al Cristo que les haga vencer, son funcionarios de la muerte: son arkhontes del diablo, perversión suprema de la humanidad. ((Nota: no se hagan fáciles comparaciones con los arkhontes de las religiones actuales ¿…?)).

2. Soldados

Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

Son los “stratiôtai”, los estrategas de la violencia oficial del imperio, que quiere dominar sobre la tierra con las armas. Son los representantes del Imperio Romano y se unen también a los “arkhontes” de la religión, pero sólo de un modo parcial… Es como si ellos no entraran del todo en el juego… Por eso, ellos dicen desde fuera “si eres Rey de los judíos”… Los arkhontes hablaban en lenguaje más religioso del “Mesías de Dios, del Elegido”. Los soldados hablan de un “rey de los judíos”. Ellos están al servicio del César, que es rey de Roma, no pueden aceptar otros reyes, por eso les han encargado que maten a éste y lo hacen… Pero tienen cierta compasión y, en medio de la burla, le ofrecen “vinagre” para calmar su sed (y quizá para adormecerle, aunque no es claro). Leer más…

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Cristo Rey: Reinaré en esta casa, reinaré en el mundo

domingo, 20 de noviembre de 2016
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15032717_685838261593369_7808546997212423734_nDel blog de Xabier Pikaza:

Varias veces he tratado del tema, y hoy vuelvo para comentar las tentaciones de Jesús , que son básicamente las del Reino (que él rechazó).

Pero más que las tentaciones de Jesús y de su reino en el pasado me interesan las tentaciones propias del Jesús de la Iglesia actual , pues ella ha podido caer bastantes veces en la tentación del Reino, en contra de Jesús (como ponía de relieve, de forma emocionada y profética, el Cardenal Y. Congar en varios de sus libros y memorias, que cito en mi Historia de Jesús).

El tema del Reino de Jesús (¡y de la Iglesia!) está lleno de imágenes y proyecciones políticas, que vienen desde Constantino hasta los vencedores de la guerra española del 1936-1938 (imagen) y Guerrilleros de Cristo Rey, de infeliz memoria en nuestra tierra.

Es un tema que no se encuentra aún resuelto, pues muchos quieren seguir teniendo una Iglesia entendida como Reino (¡dictadura!) sobre las conciencias, no en sentido puramente político, pero sí de imposición social

No quiero tratar de Cristo Rey arriba (en el puro cielo), sino de la tentación de un tipo de Reino en este mundo, un Reino de fondo religioso (falsa ideología) que corre el riesgo de volverse infierno para miles y millones de personas, sin pan, sin verdadera libertad, sin autonomía de conciencia.

En esa línea insisto en el infierno de este mundo, que es el anti-reino, señalando con un adagio latino que ubi Diabolus ibi et Infernus, esto es, donde está el Diablo, aquello es infierno. Ofrezco una reflexión tomada de un documento clásico de Dostoievsky, pero adaptándolo y aplicándolo a nuestras circunstancias económicas, sociales e intelectuales, desde la perspectiva de las tentaciones de Jesús.

historia-de-jesusDel infierno en el mundo trata el relato de las tentaciones de Jesús, que trazan con tona nitidez un programa de anti-reino (esto es, de Diablo), no de Reino, en este tiempo duro en el que entramos, inquietados muchos de nosotros por el efecto Trump, pero olvidando quizá que gran parte de los gobernantes de hecho son como Trump, pero con careta, incluso peores que él.

Buscamos el Reino del Pan (¡nuestro pan, nuestro capital!), hablando de votos y de democracia, pero con gobiernos al servicio de los poderosos (es decir, del mismo capital), inventando para ello una ideología del progreso y de la seguridad de fondo falsamente religioso, apelando incluso a las Iglesias.Así lo mostraré en las reflexiones que siguen, que no tratan de política en sí, sino de evangelio y de iglesia.

El problema, a mi juicio, no está en cambiar el gobierno (aunque unos gobiernos pueden ser mejores que otros), sino en cambiar los principios y estructuras de la vida humana, empezando por el pan/economía (al servicio de todos), y siguiendo por el poder político (que no ha de ser un arte de dominio, sino de comunicación en libertad), para culminar en la ideología, que es el pensamiento (religión) como experiencia de libertad compartida, en gratuidad.

Quiero con estas reflexiones, quizá intempestivas, trazar el sentido de este día de Cristo-Rey, superando las tentaciones de un reino diabólico. Buen día de Cristo Rey a todos a todos.

Imagen 1. Ingenua (y falsa) propaganda de la posguerra española… Digo ingenua, porque la situación actual es más pervera ¿Se podría hoy poner un letrero: Reinaré en el Capital, reinaré en el mundo?
Imagen 2. Portada/puerta de mi libro sobre Jesús, de donde he tomado las reflexiones de esta postal, en una línea de comunión económica, comunicación social y libertad de conciencia, iluminada por la verdad.

Introducción. Texto de Marcos

Quiero así citar, como si fuera comienzo de Cuaresma (más que día de Cristo-Rey), el texto de las tentaciones de Jesús. Los investigadores saben, desde antiguo, que no se trata de un dato histórico, que deba tomarse al pie de la letra, como algo que pasó a Jesús en un sentido externo. Pero, en un plano más profundo, ellas pertenecen a la historia del despliegue de la conciencia de Jesús y de su identidad mesiánica, como lo han mostrado as dos “fuentes” básicas de su vida: el evangelio de Marcos y el texto Q, transmitido por Lucas y Mateo. El texto de Marcos dice así:

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En seguida, el Espíritu le impulsó al desierto,
y estuvo en el desierto cuarenta días,
siendo tentado por Satanás. Estaba con las fieras,
y los ángeles le servían (Mc 1, 12.13).

Este relato no quiere narrar un hecho de la historia de Jesús, sino que ofrece una interpretación de conjunto de esa historia, desde la perspectiva de la creación (es el hombre de Gen 2-3) y la constitución del pueblo israelita (es el pueblo de Israel en sus cuarenta años/días de desierto: libros del Éxodo al Deuteronomio). Jesús aparece así como el verdadero Israel (que ha pasado el Mar Rojo: Bautismo), como el hombre verdadero, de manera que su historia es “la historia del hombre”, el comienzo de la nueva humanidad.
En este contexto se dice que “fue tentado por Satán”, en palabra que no alude a un hecho concreto, sino a toda la vida de Jesús, que ha sido una vida de revelación del Espíritu de Dios y de prueba de Satán, la prueba final, la victoria de Dios sobre lo diabólico. En ese contexto se añade que Jesús “estaba con las fieras y los ángeles le servían”, indicando así que su vida es la vida del verdadero Adán-Eva, el nuevo ser humano.

Texto de Mateo y Lucas (Q):

A diferencia de Marcos, la tradición del Q (recogida por Mt 4, 1-11; Lc 4, 1-13) ha desarrollado esa “tentación” de Jesús de una forma mesiánica, en tres tentaciones, que no pueden entenderse tampoco de forma “historicista”, pero que son históricas en el sentido más profundo de la palabra. Ellas trazan el sentido más profundo de la historia de Jesús, mirada desde una perspectiva económica (posesión de bienes), política (control de los medios del poder) e ideológico/religiosa (producción y posesión de ideas):

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó, diciendo: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.

Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: Todo esto te daré, si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto. Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían. (Mt 4, 1-11) .

Contexto

Estas tentaciones ofrecen la visión más luminosa y actual de las exigencias y riesgos sociales del Reino de Jesús. El evangelio no es una evasión idealista, sino un programa de «lucha» contra los poderes diabólicos. Para exponer el sentido de esa lucha escribieron los separados de Qumran su Manual de Guerra (4QM); para darle nuevo contenido han escrito Mt 4 y Lc 4 este espléndido relato que recoge, en el principio de la historia de Jesús, el sentido de conjunto de su obra. Leer más…

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¿Cristo Rey contra Trump? Domingo 34 Ciclo C

domingo, 20 de noviembre de 2016
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CrucificadoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El título puede resultar polémico y populista, pero pretende hacer caer en la cuenta de la relación entra la fiesta de Cristo Rey y el momento actual. Cuando Achille Ratti fue elegido Papa en febrero de 1922 y tomó el nombre de Pío XI, tenía la experiencia reciente de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución rusa. Pocos meses después, en octubre, Mussolini organizaba la marcha sobre Roma, que llevaría al triunfo del fascismo. Un año más tarde (8 de noviembre de 1923) Hitler intenta un golpe de estado en Munich. Pío XI, alarmado por las tensiones crecientes en Europa y en todo el mundo, piensa que la única y verdadera solución a los problemas de tipo social, político, económico, es atenerse al mensaje del evangelio. Si Cristo fuese el rey de este mundo, muy distintas serían las cosas. Entonces instituyó esta fiesta, aprovechando que en 1925 se cumplían mil seiscientos años del concilio de Nicea, que proclamó la realeza de Cristo al añadir al credo apostólico las palabras: “y su reino no tendrán fin”.

Ha pasado casi un siglo. El lenguaje, como tantas cosas, ha cambiado; las verdades profundas, no. No creo que muchos católicos se animen a decir hoy día que la solución a los problemas que puede plantear el presidente Trump a nivel nacional y mundial sea Cristo Rey. Pero sí debemos estar dispuestos a defender los valores evangélicos del amor al prójimo, especialmente al más necesitado, de reconocernos todos como hermanos, hijos del mismo Padre, de la compasión, la justicia, la paz.

Inicialmente esta fiesta se celebraba el domingo anterior la de Todos los Santos (1 de noviembre). La reforma del Concilio Vaticano II decidió cerrar el año litúrgico con esta festividad, para subrayar la victoria final de Jesús. Las lecturas varían en los tres ciclos y cada año ofrece un aspecto distinto de la realeza de Jesús. ¿Qué une a las dos lecturas principales de hoy? La concepción del rey como salvador en medio de las dificultades.

David, el rey salvador (2 Samuel 5, 1-3)

La primera lectura sólo se comprende recordando los acontecimientos previos. Años atrás, el primer rey israelita, Saúl, ha muerto luchando contra los filisteos. Le ha sucedido un hijo bastante inútil, Isbaal, y el poder se concentra en las manos del general Abner. Pero tensiones internas y externas llevarán al asesinato de Abner y, más tarde, de Isbaal. Las tribus del norte, sin rey ni general, se sienten desconcertadas. Y consideran que la única solución es ofrecerle el trono a David, que ya es rey de Judá desde hace siete años. Y se dirigen a la que entonces era capital de Judá, Hebrón (Jerusalén todavía no había sido conquistada).

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron:
‒ Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: «Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel.»
Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

Nosotros leemos estas palabras sin darle especial importancia. Pero el que los del norte vengan a buscar la salvación en el rey del sur era entonces algo inaudito, que sólo se explica por la necesidad urgente de un rey que los salve.

Jesús, el rey incapaz de salvar (Lucas 23, 35-43)

Los contemporáneos de Jesús también esperaban un rey con capacidad de salvar. La lectura del evangelio de lo deja muy claro. Las autoridades, los soldados, uno de los malhechores crucificado con Jesús, lo repiten hasta la saciedad. Pronuncian los mayores títulos: Mesías de Dios, Elegido, rey de los judíos, Mesías. Pero sólo están dispuestos a aplicárselos a Jesús si se salva a sí mismo, o, como dice el otro crucificado, «sálvate a ti mismo y a nosotros». La sorpresa aparece al final, en la petición del buen ladrón.

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo:
A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.»
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:
¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
Pero el otro lo increpaba:
¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.
Y decía:
Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.
Jesús le respondió:
Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

El evangelio de san Juan pone en boca de Jesús, durante el juicio ante Pilato, las palabras: «Mi reino no es de este mundo». Y eso mismo dice aquí, no Jesús, sino el que conocemos como «el buen ladrón». El reino de Jesús no se realiza en este mundo, no es aquí donde realizará obras portentosas para que la gente lo acepte como rey. Su reino se encuentra en una dimensión distinta, en la que entrará a través de la muerte. Por eso, el buen ladrón no pide que lo salve. Sólo pide un recuerdo: «acuérdate de mí».

A lo largo de su vida, Jesús escuchó muchas peticiones: de leprosos que deseaban ser curados, de ciegos y cojos, de padres de niños difuntos, de discípulos asustados por la tormenta… Pero esta resulta la petición más bella y más sencilla: «Jesús, acuérdate de mí». El buen ladrón pide muy poco. Pero hace falta una fe profundísima para creer que ese ajusticiado, al que todos rechazan y del que todos se burlan, dentro de poco será rey, y que un simple recuerdo suyo puede traer la felicidad. Así ocurre en la promesa que Jesús le hace: «hoy estarás conmigo en el paraíso».

«Acuérdate de mí» y «estarás conmigo» son las dos caras de una misma moneda, de la intimidad plena entre el rey y su súbdito, más satisfactoria que todas las prebendas y beneficios mundanos que regalan otros reyes.

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Último Domingo del Tiempo Ordinario, Jesucristo Rey del Universo. 20 noviembre, 2016

domingo, 20 de noviembre de 2016
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“Habían puesto sobre su cabeza una inscripción, que decía:

Este es el rey de los judíos.”

(Lc 23, 25-38)

Un rey crucificado ya es lacerante, pero un Dios crucificado… si se piensa despacio, olvidando que ya nos hemos acostumbrado a ver crucifijos de todos los tamaños, estilos y materiales. Olvidando que es una imagen que muchas veces ya no nos estremece. Entonces hacer el esfuerzo de ver en Jesús a Dios ocupando el último lugar, el último de los últimos, ese que nadie nunca querría ocupar. El lugar de los delincuentes, de los blasfemos, de los pecadores, de los marginados…

Pues así, todo junto y bien mezclado, nos da una imagen muy aproximada del estilo de rey que quiere ser nuestro Dios cristiano.

No, la realeza de Dios, ya lo decía Jesús (Jn 18, 36), no tiene nada que ver con la realeza de este mundo.

Nosotros hoy, como en tiempos de Jesús los judíos, soñamos, deseamos, anhelamos, un Dios, un Mesías, un Salvador a lo grande: fuerte, invencible, poderoso. Muy al estilo de los grandes héroes. Sí, así nos gustaría.

Así  lo representamos: estatuas monumentales, ricas tallas, frescos donde Jesús es un pantocrátor en majestad, como los reyes de todos los tiempos: con corona, dignos ropajes, oro y por supuesto poder, mucho poder. ¡Todo el poder!

Pero da igual, Dios en Jesús, se empeña en ser “como uno de tantos”, se pone a la fila de los pecadores, se deja acariciar los pies por mujeres de mala fama, se mezcla con la chusma y también con los ricos corrompidos, pero siempre vestido de “paisano” y sin bolsa en la cintura. Se nos escapa del Templo y corretea por las calles, los caminos y los campos.

Le interesan, siempre le han interesado, las ovejas descarriadas, las monedas perdidas, lo que no tiene solución, el desecho social, tanto por arriba como por abajo…

Nuestro rey Jesús es el que se deja ajusticiar, ridiculizar, abofetear y escupir. Y se presenta desgarrado, sangrante y desnudo, cavado en una cruz, torturado. Ese es el camino que lleva al reino, a la realeza de Cristo.

Oración

“Mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros,

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad.”

(Salmo 131)

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Jesús quiso que reinara el Amor

domingo, 20 de noviembre de 2016
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1c2744_7993Lc 23, 35-43

El último domingo del año litúrgico se dedica a Jesús. Toda la liturgia tiene como principio y como fin al mismo Jesús. Comienza en Adviento con la preparación a su nacimiento, y termina con la fiesta que estamos celebrando como culminación más allá de su vida terrena. Como todo ser humano nació como un proyecto que se fue realizando durante toda su vida y que culminó con la plenitud de ser que expresamos con el título de Rey. Pero Jesús respondió a Pilato que su Reino no era de este mundo. Pues a pesar de ello, nosotros no estamos de acuerdo con lo que dijo Jesús y le proclamamos Rey del universo. Claro, nosotros sabemos mucho mejor, lo que es y lo que no es Jesús.

Con el evangelio en la mano, ¿podemos seguir hablando de “Jesús rey del universo”? Un Jesús que luchó contra toda clase de poder; que rechazó como tentación, la oferta de poseer todos los reinos del mundo. Un Jesús que dijo: Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de Dios. Un Jesús que invitó a sus seguidores a no someterse a nadie. Un Jesús que dijo que no venía a ser servido, sino a servir. Un Jesús que dijo a los Zebedeo: “El que quiera ser grande que sea el servidor, y el que quiera ser primero que sea el último». Un Jesús que, cuando querían hacerlo rey, se escabulló y se marchó a la montaña; por cierto, con gran cabreo de los apóstoles que se fueron en la barca sin esperarlo. Podíamos hacer más referencias, pero creo que está claro lo que quiero decir.

La palabra Rey, Padre, Hijo, Mesías, Pastor, tienen gran riqueza de significados simbólicos, tanto en el AT como en el Nuevo. Todas están relacionadas entre sí y no se puede entender separando unas de otras. La idea de un “rey”, en Israel, fue más bien tardía. Mientras fueron un pueblo nómada no tenía sentido pensar en un rey, ni siquiera sabían lo que era. Solo cuando llegaron a Canán y se establecieron en las ciudades conquistadas, sintieron la necesidad de copiar sus estructuras sociales y le pidieron a Dios un rey. Esa petición de un rey, fue interpretada por los profetas como una apostasía, porque para el pueblo judío, el único rey debía ser Yahvé.

Encontraron la solución convirtiendo al rey en un representante de Dios. Para erigir a una persona como rey, se le ungía. Es lo que significa exactamente Mesías (Ungido). La unción le capacitaba para una misión: conducir al pueblo en nombre de Dios. De ahí que desde ese momento se le llamara hijo de Dios. Lo propio de un hijo es actuar como el padre, en lugar del padre. También se le llamaba padre del pueblo y pastor del pueblo. Lo mismo que Dios era padre y pastor para su pueblo, el que era elegido como rey era ungido, hijo, pastor y padre. Los primeros cristianos utilizaron todas estas palabras para referirse a Jesús y nosotros podemos seguir utilizándolas como símbolos.

Una clave para entender la fiesta de hoy la podemos encontrar en el mismo evangelio que acabamos de leer. En primer lugar, el letrero que Pilato puso sobre la cruz, era una manera de mofarse, no de Jesús, sino de las autoridades judías que se lo habían entregado. Es curioso que nosotros hayamos ampliado el ámbito de su realeza a todo el universo. ¿Para escarnio de quien? Los soldados también le colocaron una corona y un cetro para reírse de él. ¿Creéis que Jesús se hubiera encontrado más cómodo con una corona de oro y brillantes y con un cetro cuajado de piedras preciosas? Por desgracia él no está presente para poder protestar por la tergiversación que supone la farsa.

Las autoridades, el pueblo, uno de los ladrones, le piden que se salve; pero Jesús no bajó de la cruz. Desde el bautismo hasta la cruz, le acompaña la tentación de poder. Jesús se salvó de esa tentación, pero no como esperaban los que estaban a su alrededor. Hoy seguimos esperando, para él y para nosotros, la salvación que se negó a realizar. Nos negamos a admitir que nuestra salvación pueda consistir en dejarnos aniquilar por los que nos odian. La plenitud del hombre es el servicio hasta la muerte. Si seguimos esperando la salvación externa, de seguridad, de poder o de gloria, quedaremos decepcionados como ellos. Jesús será Rey del Universo, cuando la paz y el amor reinen en todos los rincones de la tierra. Cuando todos seamos testigos de la verdad.

Sin embargo, el centro de la predicación y actuación de Jesús fue el Reino de Dios”. Nunca se predicó a sí mismo ni revindicó nada para él. Todo lo que hizo y todo lo que dijo, hacía siempre referencia a Dios. El Reino de Dios es una realidad que no hace referencia a un rey. Ni Dios ni Jesús pueden hacer nada por implantar su Reino al margen de nuestra actuación. Somos nosotros los que tenemos que hacerlo presente aquí y ahora, como Jesús lo hizo presente mientras vivió entre nosotros. Jesús de Nazaret se identificó de tal manera con ese Reino, que pudo decir: “quien me ve a mí, ve a mi Padre”. Esto no lo decía como segunda persona de la Trinidad, sino como ser humano que había llegado a la experiencia fundamental y había descubierto que su auténtico ser y Dios eran uno.

Los cristianos descubrieron esta identificación, y pronto pasaron de aceptar la predicación de Jesús a predicarle a él. Surge entonces la magia de un nombre, Jesucristo (Jesús el Cristo, el Ungido). El soporte humano de esta nueva figura queda determinado por la cualidad de Ungido, Mesías. El adjetivo (ungido) queda sustantivado (Cristo). Lo determinante y esencial es que es Ungido. Lo que Jesús manifiesta de Dios, es más importante que el sustrato humano en el que se manifiesta lo divino. Pero debemos tener siempre muy claro que los dos aspectos son inseparables. No puede haber un Jesús que no sea Ungido, pero tampoco puede haber un “Ungido” sin un ser humano, Jesús.

Cristo no es exactamente Jesús de Nazaret, sino la impronta de Dios en ese Jesús. El Reino que es Dios, es el Reino que se manifiesta en Jesús. Para poder aplicar a Jesús ese título, debemos despojarlo de toda connotación de poder, fuerza o dominación. Jesús condenó toda clase de poder. Pero no solo condenó al que somete; condenó con la misma rotundidad al que se deja someter. Este aspecto lo olvidamos y nos conformamos con acusar a los que dominan. No hay opresor sin oprimido. El reinado de Cristo es un reino sin rey, donde todos sirven y todos son servidos. Cuando decimos: reina la paz, no queremos decir que la paz tenga un reino sino que la paz se hace presente en ese ámbito.

Jesús quiere seres humanos completos, que sean reyes, es decir, libres. Jesús quiere seres humanos ungidos por el Espíritu de Dios, que sean capaces de manifestar lo divino a través de su humanidad. Tanto el que esclaviza como el que se deja esclavizar, deja de ser humano y se aleja de lo divino. El que se deja esclavizar es siempre opresor en potencia, no se sometería si no estuviera dispuesto a someter. Entre todas las opresiones posibles la religiosa es más inhumana porque es capaz de llegar a lo más profundo del ser y oprimirle radicalmente. Emplear términos militares, como “guerrilleros de Cristo”, “cruzados de Cristo”, para designar personas o asociaciones que pretenden estar vinculadas a Jesús, es muestra de la más burda tergiversación del evangelio.

En el padrenuestro, decimos: “Venga tu Reino”, expresando el deseo de que cada uno de nosotros hagamos presente a Dios como lo hizo Jesús. Y todos sabemos perfectamente como actuó Jesús: desde el amor, la comprensión, la tolerancia, el servicio. Todo lo demás es palabrería. Ni programaciones ni doctrina, ni ritos, sirven para nada si no entramos en la dinámica del Reino. Jesús quiere que todos seamos reyes, es decir que no nos dejemos esclavizar por nada ni por nadie. Cuando responde a Pilato, no dice “soy el rey”, sino soy rey. Con ello está demostrando que no es el único, que cualquiera puede descubrir su verdadero ser y actuar según esa exigencia.

Meditación-contemplación

“No es de este mundo”, no quiere decir que es un reino para el más allá.
Quiere decir que no es un reino como los que conocemos aquí.
El reinado de Jesús, es el reinado de Dios.
Es el reinado del amor, del servicio, de la entrega total.
……………….

Cristo es rey porque es Señor de sí mismo.
Lo que hay de Dios en él, gobierna todo su ser.
Nada de lo que él es, queda fuera de la influencia divina.
De esa manera, estás llamado a ser tú mismo, rey.
……………..

Jesús le dice a Pilato: Yo he venido para ser testigo de la Verdad.
Porque es Verdad, porque es auténtico, es Rey de sí mismo.
En él la parte espiritual reina sobre la psicológica y biológica.
Ahí tienes la manera de llegar a ser REY.
……………….

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Jesús, Rey del Universo

domingo, 20 de noviembre de 2016
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amar-al-projimoEl amor es una escala inmensa que comienza sobre la tierra y termina en los cielos (Jacques Offenbach)

20 de noviembre, domingo XXXIV del TO

Lc 23, 35-43

Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí

En la Carta Encíclica Quas primas en la que Pío XI nombra Rey a Jesús en diciembre de 1925 el Papa justifica esta nominación diciendo que él es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Y para ello no tiene reparo en recurrir al NT, que en Hch 4, 12 dice que: “Ningún otro proporciona la salvación; no hay otro nombre bajo el cielo concedido a los hombres que pueda salvarnos”.

Quizás, de todos los títulos otorgados por la Iglesia a quien en el Cenáculo lavó y secó los pies a los discípulos (Jn 13, 5), sea éste de rey el más desafortunado. Juan se lo atribuyó en tres ocasiones en el Apocalipsis: “El Señor de los reyes del mundo” (Ap 1, 15); “Lucharán contra el Cordero, pero el Cordero los derrotará, porque es señor de señores y rey de reyes” (Ap 17, 14); “En el manto y sobre el muslo lleva escrito un título: Rey de reyes y Señor de señores” (Ap 19, 36).

En su obra De los Nombres de Cristo, el agustino Fray Luis de León (127-1591) le atribuye doce principales. El octavo es el de Rey de Dios, del que dice que es así llamado por las cualidades que puso en él para este oficio.

A mí me gustaría que este reino no fuera el de los Señores de la Guerra chinos sino un cuartel general, obra del amor incondicional, de solidaridad y construcción de la armonía entre los seres. Un país como el cantado por los protagonistas de La vie parisienne, de Jacques Offenbach donde uno quisiera vivir eternamente. Y un París donde la alegría le roba a uno el aliento, y en el que “¡Se balbucearán canciones, se darán y robarán besos!”

En el brillante Dúo del amor, el barón sueco y Pauline –un noble y una corista- “El amor es una escala inmensa que comienza sobre la tierra y termina en los cielos”. En conclusión, un reino bien distinto del que proponía el jefe de prisiones Milton Wardee (Burt Lancaster) al soldado Robert Prewitt (Montgomery Clif) en la película estadounidense De aquí a la eternidad, dirigida por Fred Zinnemann: “Un hombre puede tener convicciones y obedecerlas, pero no aquí; en el ejército sólo se puede obedecer”.

La controvertida política catalana Pilar Rahola, declarada no creyente, nos sorprende en esta ocasión con su Pregón del Domund: La Patria del Corazón, pronunciado en la Sagrada Familia de Barcelona el pasado 15 de octubre. “Estoy aquí, dice, porque he recibido el inmerecido honor de ser la pregonera de un grandioso acto de amor que, en nombre de Dios, nos permite creer en el ser humano”. Con estas palabras empieza su pregón, y lo termina con estas otras: “…gracias, mil gracias, por creer en un Dios de luz, que nos ilumina a todos”. Gracias a ti, estimada Pilar, por darle al Reino de Jesús este sugerente sentido de Patria del Corazón.

Ahora solamente esperamos irnos todos juntos con el sol, el viento, el corzo, el abedul y el ágata, al Banquete del Reino. También con Dimas, el buen ladrón, que se lo pidió a Jesús con tanta fuerza. ¡Y cómo no, también con Gestas!

DIÁLOGO DEL SOL Y EL VIENTO

-“Soy la Palabra en Espíritu fundida,
que aliento y vida proporciona”, dijo el viento.

-“Soy Calor que hace crecer la vida,
y soy la luz que la ilumina”, dijo el sol.

Y repitieron su esclerótica monodia
hasta que el sol se puso y cesó el viento.

Volvió el amanecer, y el corzo, el abedul y el ágata
en matrimonio exprés se unieron en protesta.

-“No sois más que nosotros”, respondieron.
Con el alborear se renovó el diálogo.

Y el sol, el viento, el corzo, el abedul y el ágata,
se fueron todos juntos… ¡al Banquete del Reino!

(EN HIERRO Y EN PALABRAS. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Paradojas

domingo, 20 de noviembre de 2016
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barth-buen-ladron“Jesús, dándose cuenta de que pensaban venir para llevárselo y proclamarlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo” (Jn 6,15). Qué poco hemos aprendido de ese gesto de huída y de qué poco le sirvió a él realizarlo: cargados de buena voluntad e incapaces de encajar el rechazo del Maestro hacia todo lo que tiene que ver con honores y pompas tal como nosotros las imaginamos, celebramos la solemnidad de Jesucristo REY DEL UNIVERSO evitando, milagrosamente, añadirle el título de EMPERADOR como quizá algunos hubieran deseado.

Afortunadamente el Evangelio está ahí, como una barrera inexpugnable que obliga a detenerse a todo aquello que suena a triunfo mundano, ostentación, oropeles o coronas, y por eso la liturgia de hoy se convierte en una gran paradoja. Según el diccionario, “idea extraña y opuesta a la opinión común; dicho o hecho que parece contrario a la lógica; figura de pensamiento que emplea expresiones aparentemente contradictorias”. Y nada tan contradictorio como contemplar al Rey en una cruz, coronado de espinas y cargando con un título de burla que aludía al ridículo de su falsa realeza.

Pero la incongruencia absoluta nos espera al final de la escena: aquel hombre impotente que agonizaba promete el paraíso a otro ajusticiado colgado a su derecha que se había dirigido así a él: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.

Es el único personaje de todo el Evangelio que se dirige a Jesús llamándole sencillamente por su nombre, sin añadir ningún otro título como SeñorMaestroHijo de David o Mesías. Sin saberlo, estaba acertando con lo que el hombre crucificado al que invocaba había venido a hacer: aproximarse, acortar distancias, vivir entre nosotros como uno de tantos, entregarnos su nombre y su amistad, compartir nuestro desvalimiento, estar tan cerca como para escuchar el susurro de aquel hombre sin aliento que moría a su lado .

Y en eso consistió, paradójicamente, su gloria, su realeza y su triunfo.

Dolores Aleixandre RSCJ

Fuente Fe Adulta

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«Para tiempos difíciles» . 33 Tiempo ordinario – C (Lucas 21,5-19)

domingo, 13 de noviembre de 2016
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33-to-296x300Los profundos cambios socioculturales que se están produciendo en nuestros días y la crisis religiosa que sacude las raíces del cristianismo en occidente, nos han de urgir más que nunca a buscar en Jesús la luz y la fuerza que necesitamos para leer y vivir estos tiempos de manera lúcida y responsable.

Llamada al realismo

En ningún momento augura Jesús a sus seguidores un camino fácil de éxito y gloria. Al contrario, les da a entender que su larga historia estará llena de dificultades y luchas. Es contrario al espíritu de Jesús cultivar el triunfalismo o alimentar la nostalgia de grandezas. Este camino que a nosotros nos parece extrañamente duro es el más acorde a una Iglesia fiel a su Señor.

No a la ingenuidad

En momentos de crisis, desconcierto y confusión no es extraño que se escuchen mensajes y revelaciones proponiendo caminos nuevos de salvación. Estas son las consignas de Jesús. En primer lugar, «que nadie os engañe»: no caer en la ingenuidad de dar crédito a mensajes ajenos al evangelio, ni fuera ni dentro de la Iglesia. Por tanto, «no vayáis tras ellos»: No seguir a quienes nos separan de Jesucristo, único fundamento y origen de nuestra fe.

Centrarnos en lo esencial

Cada generación cristiana tiene sus propios problemas, dificultades y búsquedas. No hemos de perder la calma, sino asumir nuestra propia responsabilidad. No se nos pide nada que esté por encima de nuestras fuerzas. Contamos con la ayuda del mismo Jesús: «Yo os daré palabras y sabiduría»… Incluso en un ambiente hostil de rechazo o desafecto, podemos practicar el evangelio y vivir con sensatez cristiana.

La hora del testimonio

Los tiempos difíciles no han de ser tiempos para los lamentos, la nostalgia o el desaliento. No es la hora de la resignación, la pasividad o la dimisión. La idea de Jesús es otra: en tiempos difíciles «tendréis ocasión de dar testimonio». Es ahora precisamente cuando hemos de reavivar entre nosotros la llamada a ser testigos humildes pero convincentes de Jesús, de su mensaje y de su proyecto.

Paciencia

Esta es la exhortación de Jesús para momentos duros: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». El término original puede ser traducido indistintamente como «paciencia» o «perseverancia». Entre los cristianos hablamos poco de la paciencia, pero la necesitamos más que nunca. Es el momento de cultivar un estilo de vida cristiana, paciente y tenaz, que nos ayude a responder a nuevas situaciones y retos sin perder la paz ni la lucidez.

José Antonio Pagola

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«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». Domingo 13 de noviembre de 2016 33º Ordinario

domingo, 13 de noviembre de 2016
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58-ordinarioc33-cerezoLeído en Koinonia:

Malaquías 3, 19-20a: Os iluminará un sol de justicia.
Salmo responsorial: 97:El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.
2Tesalonicenses 3, 7-12: El que no trabaja, que no coma.
Lucas 21, 5-19: Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas

 Estamos ya en el final del año litúrgico, y por una lógica probablemente mal aplicada al distribuir los textos bíblicos a lo largo del año litúrgico, el tema de las lecturas de este domingo es también el del «final de los tiempos», el «final del mundo». De hecho, en el evangelio hay numerosos pasajes que aluden a este tema, los famosos textos «apocalípticos» (el género «apocalíptico» era muy del gusto de aquellos tiempos).

Durante la historia del cristianismo, también el final del mundo ha sido un tema siempre presente. Formaba parte de la identidad cristiana, diríamos. Ser cristiano implicaba creer que nuestra vida va a acabar con un juicio de Dios sobre nosotros, y también sobre la existencia del mundo como conjunto: Dios decidiría en algún momento -muy probablemente por sorpresa- el final del mundo, y toda humanidad sería convocada a juicio, en el Valle de Josafat por más señas, junto a la muralla oriental del templo de Jerusalén (lo que convirtió a ese valle en un auténtico cementerio VIP, muy cotizado…).

Este concepto del «final del mundo» estaba enmarcado (hasta ayer mismo, cuando nosotros éramos niños) dentro del contexto de una cosmovisión que imaginaba a Dios como un «Señor todopoderoso», situado fuera del mundo, encima, en un segundo piso celestial, observando y con frecuencia interviniendo en el mundo, donde se debatía la humanidad que Él había creado allí para superar una prueba y pasar a continuación a la vida definitiva, que ya no sería aquí en la tierra, sino en otro lugar, en «un cielo nuevo y una tierra nueva», porque la vieja tierra sería destruida con el final del período de prueba de la Humanidad. A continuación ya todo sería distinto: una «vida eterna» en el cielo -o en el infierno tal vez para algunos-.

Ruboriza hoy –y casi parece caricatura– contar o describir aquella visión que durante siglos se identificó con la doctrina cristiana. Durante milenio y medio al menos la creyeron revelada por Dios mismo. Dudar de ella o de cualquiera de sus detalles era tenido como un pecado (grave) de «falta de fe» y -peor aún- como un desacato a la revelación. Sobre la visión global o el «gran relato» –porque además era realmente un relato– que el cristianismo ofrecía (pecado original, juicio particular, juicio universal, cielo, purgatorio o infierno…) no era permitido dudar.

Hoy nos podemos llevar las manos a la cabeza al caer en la cuenta de qué parte tan grande de toda esta visión estaba constituida por tradiciones mitológicas ancestrales, pensamiento platónico… ¡Genial Platón!, que logró crear una «imagen» del mundo que cautivaría la imaginación de la humanidad por generaciones y generaciones, durante varios milenios, por vinticinco siglos, hasta hoy.

La revolución científica comenzada en el siglo XVI comenzó a cuestionar aquella cosmovisión platónico-aristotélica del cristianismo: las esferas celestiales, los siete cielos, la separación entre el mundo perfecto supra-lunar y el imperfecto o corruptible infra-lunar, la descripción tan viva de los «novísimos» (muerte, juicio, infierno y gloria)… Pero lo que en la visión científica o el conocimiento simplemente físico de las personas iba desmoronándose, se refugiaba en la visión religiosa, como si el cielo de la fe fuera el aristotélico-platónico, aunque el cielo astronómico fuera totalmente otro.

Hoy día, con el avance que la ciencia ha realizado, la escatología (rama de la ciencia que trata del «eskhatos, lo último») no sabe dónde colocar eso último, ni cómo conectarlo con lo que hoy sabemos todos. Y por eso cuesta seguir hablando de lo que era «lo último» dentro de las coordenadas teológicas tradicionales: unas realidades últimas conectadas directamente con la «prueba» y el «juicio de Dios» sobre nosotros, y una «vida eterna» vista como el premio o castigo correspondiente… La vida, la muerte, y la posible continuidad o no de la vida… todo ello era planteado en las coordenadas de aquella visión mítica (Dios arriba, que decide crear una humanidad y la pone a prueba para llevar a quienes la superen a la vida eterna…).

Tan internalizada está esta convicción mítica del «Dios que crea a los humanos en una vida provisional para probar si pueden acceder a la vida eterna», que todavía hoy, muchos cristianos no sólo siguen pensando así, sino que no ven la posibilidad de que vida, muerte y más allá de la muerte sean dimensiones existenciales humanas que deban dejar de ser «utilizadas» con la idea de premios y castigos de Dios a los humanos por su conducta. Muchos predicadores tendrían hoy dificultades para enfocar su homilía superando esa interpretación tradicional…

Pero, afortunadamente, «otro cristianismo es posible». Es posible… porque ya es real: ya lo viven muchos, y algunos incluso dan razón de esta su fe, y su nueva esperanza, desligada de premios y castigos. No es éste el lugar para presentar toda una escatología renovada, pero sí para remitir a tres obras recomendables a quien trate de replantear su fe fuera del paradigma premoderno mítico:

– Roger LENAERS sj, Otro cristianismo es posible, Abya Yala, Quito, Ecuador, 2006 (http:/tiempoaxial.org).

– Las «12 tesis del obispo John Shelby SPONG», que pueden ser encontradas en la mayor parte de los buscadores de internet.

– La revista CONCILIUM dedicó recientemente un número monográfico a la «resurrección de los muertos», en noviembre de 2006 (el número 318).

– John Shelby SPONG, Vida eterna: una nueva visión. Más allá de las religiones, más allá del teísmo, más allá de cielo e infierno, 232 pp, publicado en español por la editorial Abya Yala de Quito, en su colección «Tiempo axial» (http:/tiempoaxial.org). El subtítulo lo dice todo sobre la intención y el enfoque de este libro.

Completamos con una referencia tradicional a las tres lecturas de hoy:

Malaquías, a través de un lenguaje apocalíptico, alienta al pueblo justo que sirve enteramente al Señor, indicándoles que ya llegará el día en que se hará sentir la justicia de Dios sobre los que no guardan su ley; que ellos no son los que realmente dirigen el caminar de la historia, sino que es el Dios amante de la vida quien la guía, conduciéndola por el camino de la paz y de la vida. Todos los que caminan por el camino del Señor serán iluminados por el “sol de la justicia” que irradia su luz en medio de la oscuridad, en medio del dolor y la muerte.

El salmo que leemos hoy es un himno al Rey y Señor de toda la Creación, quien dirige con justicia a todos los pueblos de la tierra, quien es amoroso y fiel con el pueblo de Israel. Dios es un Dios justo, que merece ser alabado por todos, pues ha derrotado la muerte y ha posibilitado la vida para todos; por ello toda la Creación lo alaba, celebra la presencia de ese Dios misericordioso y justo en medio del pueblo liberado. Es un salmo de agradecimiento por los beneficios que el pueblo ha recibido por tener su esperanza puesta en el Dios de la Vida.

Muchos de los creyentes de Tesalónica, concretamente las “clases superiores”, pensaron que no debían preocuparse por las cosas de la vida cotidiana, como el trabajo, y que más bien debían esperar, de brazos cruzados, la inminente venida del Señor y dedicarse a la ociosidad. Pablo llama fuertemente la atención sobre esa actitud, pues son personas que viven del trabajo ajeno, son explotadores de los otros (esclavos) y, gracias a ello, acumulan riquezas sin esforzarse en absoluto. Es a ellos a quienes Pablo se dirige con vehemencia: «el que no trabaje que no coma» (v.10), ya que esta actitud no es propia de la enseñanza de los apóstoles.

Puede ser que la presencia magnífica del templo de Jerusalén alentara la fe de los judíos hasta el punto de ser más significativos la arquitectura y el poder de la religión que el mismo Dios de Israel; puede ser que fueran más importante los sacrificios, el ritual, la construcción majestuosa… que las actitudes exigidas por el mismo Dios para un verdadero culto a él: la misericordia y la justicia social. Por eso Jesús afirma que el templo será destruido, pues no posibilita una relación legítima con Dios y con los hermanos, sino que crea grandes divisiones sociales e injusticias. Es importante ir descubriendo en nuestra vida que la experiencia de fe debe estar atravesada por el servicio incondicional a los demás; es así como vamos sintiendo el paso de Dios por nuestra existencia y es así como vamos construyendo el verdadero templo de Dios, el cual no se debe equiparar con edificaciones ostentosas, sino con la Iglesia-comunidad de creyentes que se inspira en la Palabra de Dios y se mantiene firme en la esperanza de Jesús resucitado. Leer más…

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Dom 13. XI. 216. No ha de quedar piedra sobre piedra. El nuevo Templo

domingo, 13 de noviembre de 2016
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14938101_680837185426810_4279848513672868936_nDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 33. Tiempo ordinario. Lucas 21, 5-19. Se acerca el final del ciclo litúrgico, y las lecturas de la misa nos sitúa ante el fin de todas de las cosas o, mejor dicho, ante el fin del tiempo actual. Pues bien, entre las cosas que acaban, según el evangelio está el Templo, un tipo de templo (como el de Jerusalén), con todo lo que significa.

El Templo de Jerusalén era lo más grande que había, según el judaísmo, una de las instituciones más estables y justas de la historia, más que el Imperio Romano o que la estructura del capitalismo actual Pues bien, Jesús vino y dijo que el Templo (¡lo más grande, al parecer eterno, el fin de la historia!) iba a caer, por sus propias contradicciones interiores… añadiendo que esa caída resultaba en el fondo buena, porque hacía posible el surgimiento de una Edad Distinta, más justa.

El evangelio se ocupa también de otros problemas (de enfrentamientos y persecuciones). Pero en esta postal voy a referirme hoy solamente el Templo, con aplicación a nuestro tiempo…

images— Constructores del Nuevo Templo de la Humanidad se llamaban y se llaman los Masones, arquitectos y albañiles de un templo que debía ser la Humanidad Entera, racional y liberada de las supersticiones.

— Constructores del templo de Jesús, en humanidad abierta a los más pobres, en comunión de amor universal, queremos ser también nosotros, los cristianos del siglo XXI, en gesto de apertura universal, en perdón, en acogida, en esperanza.


Para que nazca el nuevo templo de Jesús que forman los cristianos, todos los hombres y mujeres, unidos por el Espíritu de Dios, como quiso en especial san Pablo, tras la muerte de Jesús, tienen que caer los viejos templos, construidos sobre bases de poder de algunos, sobre separaciones clasistas, sobre miedo.

De ese tema trata la postal que sigue, en línea histórica, espiritual y social. Buen domingo a todos

Texto. Lucas 21, 5-8

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»
Él contesto: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: «Yo soy», o bien: «El momento está cerca; no vayáis tras ellos…

Jesús y el Templo

Para un judío, la estabilidad del mundo dependía del Templo. El santuario de Dios garantizaba, con su edificio y liturgia expiatoria, el orden de la tierra. Si falla el templo el mundo pierde su sentido y los hombres quedan desfondados, sin unión con Dios, sin garantías de vida y pervivencia:

¿Cómo se podrá vivir sin templo? ¿Cómo mantenerse y superar los riesgos de la historia si no existe un santuario donde puedan expiarse los pecados?

El templo de Jerusalén, vinculado a la memoria de David-Salomón, era el centro de la vida israelita y se encontraba bajo la protección del gobernador romano con autoridad para nombrar al Sumo Sacerdote. Por su parte, en el templo se celebraba cada día un sacrificio a favor de Roma, simbolizando así la estabilidad y sacralidad del orden israelita, dentro del imperio. Mientras hubiera templo, el mundo podría seguir existiendo, con sus tres funciones: económica, política y religiosa

Función Económica.

El templo constituía el centro mercantil del pueblo israelita, que se había comprometido a mantener sus instituciones y su culto, al menos tras la “restauración” del exilio (año 525 a. C.) y las reformas de Esdras y Nehemías (cf. Neh 10, 2-39). En principio, el templo de Jerusalén había sido un “santuario real”, de manera que los reyes debían mantener su culto. Pero tras el exilio vino a convertirse en “santuario de la nación”, de manera que, aún estando bajo protección de los reyes de Israel o del Imperio de turno, su mantenimiento fundamental se hallaba en manos del conjunto del pueblo judío.

Por otro lado, el templo funcionaba como “banco” donde los fieles depositaban (y los sacerdotes administraban) grandes sumas de dinero. En esa línea podemos recordar que la mayoría de la gente de Jerusalén vivía, de una manera o de otra, de las construcciones, de los depósitos y trabajos del templo, de manera que se podía hablar de una “economía de templo”.

En esa línea, la caída del templo (del orden sagrado de este mundo) implicaba la caída y ruina del orden económico, expresado y fundado en la economía del templo. Pues bien, en ese contexto, cuando Jesús dice que “no quedará piedra sobre piedra”… está diciendo que la economía falsamente sagrada de nuestro mundo va a ser destruida, porque es injusta.

Función política.

En un plano, los judíos habían separado religión y política, pero la política influía mucho en la religión (y la religión en la política). En esa línea, aunque estuvieran sometidos a Roma, en sentido estricto, los sacerdotes de Jerusalén poseían una gran autonomía y ejercían gran poder, a partir del mismo templo, como supone un texto famoso de Flavio Josefo (del siglo I d.C.), defensor de una teocracia o gobierno de sacerdotes:

Nuestro legislador no atendió a ninguna de estas formas de gobierno, sino que dio a luz el Estado teocrático, como se le podría llamar…, que consiste en atribuir a Dios la autoridad y el poder… ¿Qué ley podría ser más hermosa y más justa que la que atribuye a Dios el gobierno de todo, la que encomienda a los sacerdotes administrar los asuntos más importantes en interés público y que confía al Sumo Sacerdote, a su vez, la dirección de los demás sacerdotes… Los sacerdotes quedaron encargados de vigilar a todos, de dirimir las controversias y de castigar a los condenados… La legislación de Moisés prescribe un único templo para un único Dios… Los sacerdotes han de servirle continuamente (a Dios). A estos los ha de presidir siempre quien les precede por su linaje .

El templo cumplía una función política, vinculada al imperio de Roma. Por eso, la caída del templo implicaba la ruina de un sistema político injusto. Si hoy se nos dice que el templo va a caer, se está indicando que ha de caer y destruirse nuestra forma de política, que es injusta, porque sacraliza un tipo de instituciones de violencia y de dominio de unos sobre otros

Función religiosa.

El templo simbolizaba y expresaba la presencia de Dios, que habitaba en medio del pueblo. En ese sentido aparecía como lugar privilegiado de oración y purificación, especialmente de perdón de los pecados. Como hemos visto, ese templo había sido devaluado o declarado ya inútil, de hecho, por Juan Bautista, cuando ofrecía el perdón de los pecados a través su bautismo y no por un ritual sagrado. También Jesús lo “desacralizó”, declarando que su función religiosa (¡de purificación y de perdón!) había terminado, como indica bien su gesto (Mc 11 par).

Jesús no quiso purificar el templo para reformarlo, sino que destruirlo (que se destruyera, en su forma actual), para que pudiera surgir un santuario diferente, “no hecho por manos humanas” (cf. Mc 14,2 8). Las cosas que el hombre “fabrica” son “ídolos”, algo que puede ponerse y se pone al servicio del poder y del dominio de unos sobre otros. En contra de eso, el verdadero templo debe identificase con el cuerpo mesiánico (cf. Jn 2, 21; 1 Cor 3, 16), es decir, con la humanidad reconciliada, que es el Reino de Dios. Jesús no ha necesitado ni necesita el templo exterior para preparar y proclamar la llegada del Reino de Dios y así sube a Jerusalén para indicar, de manera pública y abierta, que la función de ese templo ha terminado. Leer más…

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«El fín de año, el fín del mundo». Domingo 33 Ciclo C

domingo, 13 de noviembre de 2016
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senales-finDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Para la Iglesia, el año litúrgico no termina el 31 de diciembre sino a finales de noviembre. De ese modo puede reservar cuatro domingos antes del 25 de diciembre para celebrar el Adviento, que forma ya parte del nuevo ciclo litúrgico. El último domingo del tiempo ordinario se dedica en los tres ciclos a celebrar la fiesta de Cristo Rey. Y el penúltimo, el 33, a recordar el fin del mundo y de la historia. Algo que puede parecer bastante ajeno a nuestra mentalidad y cultura, pero que fue esencial para los primeros cristianos y que ofrece materia interesante de reflexión.

Del entusiasmo ingenuo a la esperanza apocalíptica

La gran tragedia experimentada por el pueblo judío a comienzos del siglo VI a.C. (en el año 586), cuando parte importante de la población fue deportada a Babilonia, Jerusalén y el templo quedaron en ruinas, y el pueblo perdió la independencia, provocó al cabo de unos años un florecimiento de profecías que anunciaban la vuelta de los desterrados, la prosperidad y esplendor de Jerusalén, la gloria futura del pueblo de Dios. Los profetas rivalizaban entre ellos por ver quién anunciaba un futuro mejor. Y la gente, durante siglos, alentó aquellas esperanzas. Hasta que la realidad se impuso, dando paso a una gran decepción: ni independencia, ni riqueza, ni esplendor. La decepción fue tan fuerte, que algunos grupos vieron la solución en la desaparición del mundo presente, radicalmente malo, y la aparición de un mundo futuro maravilloso, del que sólo formarían parte los buenos israelitas. La primera lectura de hoy, Malaquías 3, 19-20a, lo afirma con toda claridad.


Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir ‒dice el Señor de los ejércitos‒, y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.

En este breve pasaje, lo único que precisa comentario es la metáfora final. Para nosotros, «un sol de justicia» es un sol terrible, del que buscamos refugio bajo cualquier sombra. Pero este no es el sentido aquí, sino todo lo contrario: «un sol salvador, que nos salva con sus rayos». ¿De dónde viene esta extraña metáfora? Probablemente de Egipto, inspirándose en la imagen del sol alado, que representa su acción benéfica sobre todo el mundo.

El cálculo del momento final y las señales

Ya que la mentalidad apocalíptica considera inminente el fin del mundo, desea calcular el momento exacto en que tendrá lugar y las señales que lo anunciarán. Las dos preguntas que formulan los discípulos a Jesús en el evangelio de hoy recogen muy bien ambos aspectos: ¿Cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder? Los Testigos de Jehová, cuando afirmaban a mediados del siglo pasado que el fin del mundo sería en 1984 (70 años después de la gran conflagración, marcada por el comienzo de la Gran Guerra en 1914) son los mejores exponentes modernos de esta forma de pensar.

Para la mentalidad apocalíptica, cualquier acontecimiento trágico, sobre todo si era de grandes proporciones, anunciaba el fin del mundo. Por eso, en el evangelio de este domingo, cuando los discípulos oyen anunciar la destrucción de Jerusalén, inmediatamente piensan en el fin del mundo.

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos.  Jesús les dijo:

            ‒ Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.

            Ellos le preguntaron:

            ‒ Maestro, ¿Cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?

El peligro de esta mentalidad es que resulta estéril. Todo se queda en cálculos y señales, sin un compromiso directo con la realidad. Y eso es lo que pretenden evitar los evangelios sinópticos cuando ponen en boca de Jesús un largo discurso apocalíptico, que la liturgia se encarga de mutilar abundantemente (en nuestro caso, los 29 versículos de Lucas 21,8-36 quedan reducidos a los doce primeros; menos de la mitad).

 

La respuesta de Jesús

            Él contestó:

            ‒ Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: «Yo soy», o bien: «El momento está cerca»; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.

            Luego les dijo:

            ‒ Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

            Las palabras de Jesús recogen un buen catálogo de las señales habituales en la apocalíptica: 1) a nivel humano, guerras civiles, revoluciones y guerras internacionales; 2) a nivel terrestre, epidemias y hambre; 3) a nivel celeste, signos espantosos.

Pero nada de esto anuncia el fin del mundo. Antes, y aquí radica la novedad del discurso, ocurrirán señales a nivel personal y comunitario: persecución religiosa y política, cárcel, juicio ante tribunales civiles; incluso la traición de padres y hermanos, la muerte y el odio de todos por causa de Jesús. Esta parte abandona la enumeración de catástrofes apocalípticas para describir la dura realidad de las primeras comunidades cristianas. En todas ellas habría algunos juzgados y condenados injustamente, traicionados incluso por sus seres más queridos.

Sólo dos frases alivian la tensión de este párrafo tan trágico.

La primera resulta casi irónica, pero no lo es: Así tendréis ocasión de dar testimonio. La persecución, la cárcel y los juicios injustos no se deben ver como algo puramente negativo. Ofrecen la posibilidad de dar testimonio de Jesús, y así lo interpretaron los numerosos mártires de los primeros siglos y los mártires de todos los tiempos.

La segunda alienta la confianza y la esperanza: ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Más bien habría que decir que perecerán todos los cabellos de vuestra cabeza, pero salvaréis vuestras almas, que es lo importante.

Si siguiésemos leyendo el discurso, todo culminaría en la aparición de Jesús, «el Hijo del Hombre que llega en una nube con gran poder y gloria». Es el sol del que hablaba Malaquías, que ilumina y salva a todos los que creen en él.

Frente a la curiosidad, testimonio

Las lecturas de este domingo corren el peligro de ser interpretadas en el Primer Mundo como mero recuerdo de lo que ocurrió entre los primeros cristianos. Muy distinta será la interpretación de bastantes iglesias africanas y asiáticas, que se verán muy bien reflejadas y consoladas por las palabras de Jesús. También nosotros debemos recordar que, sin persecuciones ni cárceles, nuestra misión es aprovechar todas las circunstancias de la vida para dar testimonio de Jesús.

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Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario. 13 de Noviembre, 2016

domingo, 13 de noviembre de 2016
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“Pero antes de todo,

os echarán mano y os perseguirán, os arrastrarán a las sinagogas y a las cárceles, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por mi nombre.

Esto os servirá para dar testimonio.

Haceos el propósito de no preocuparos por vuestra defensa, porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a los que no podrá resistir ni contradecir ninguno de vuestros adversarios. Seréis entregados incluso por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos; y a alguno de vosotros os matarán. Todos os odiarán por mi causa. Pero ni un pelo de vuestra cabeza se perderá.

CON VUESTRA PRESEVERANCIA OS SALVARÉIS.”

(Lc 21, 5-19)

Es inevitable que la lectura de este Evangelio nos traiga al corazón a cada una de nuestras hermanas y hermanos perseguidas a causa de su fe en Jesús.

El corazón se estremece cuando te vienen al recuerdo imágenes, noticias, testimonios…

Estremece pensar que hay persona tan convencidas de su fe que no pueden renegar de ella, incluso si el precio a pagar es entregar la propia vida.

Inevitablemente una mira su propia fe, su propia vida…¡y se avergüenza!

Personalmente he manifestado, además públicamente, mediante una Profesión Solemne, que entregaba mi vida pero tengo que admitir que ante una muerte violenta no sé si sería capaz de mantenerme fiel a mi compromiso, ¿me vencería el miedo?… creo que sí.

Pero sin ir tan lejos, sin llegar al extremo de tener que entregar la propia vida, también me descubro tacaña y mediocre en lo pequeño. No siempre soy capaz de entregar mi tiempo, mi esfuerzo, mi servicio…¡ni tan solo soy capaz de renunciar a ciertas comodidades!

Hoy el evangelio y el testimonio de quienes están siendo perseguidas a causa de su fe me espolean, me reclaman, me hieren. Ojalá la herida sea lo suficientemente profunda como para que me ayude a entregar de verdad la vida.

Oración

Sácanos, Trinidad Santa, de la mediocridad, esa que nos paraliza a la hora de entregar la vida.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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