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“Falta de fe y sobra de presunción“. Domingo 27. Ciclo C

domingo, 6 de octubre de 2019
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jesus-aumenta-nuestra-fe-3-10-10Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Después de la parábola del rico y Lázaro, Lucas empalma cuatro enseñanzas de Jesús a los apóstoles a propósito del escándalo, el perdón, la fe y la humildad. Son frases muy breves, sin aparente relación entre ellas, pronunciadas por Jesús en distintos momentos. De esas cuatro enseñanzas, el evangelio de este domingo ha seleccionado sólo las dos últimas, sobre la fe y la humildad (Lucas 17,5-10).

Menos fe que un ateo

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor:

            ‒ Auméntanos la fe.

El Señor contestó:

            ‒ Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa montaña: «Arráncate de raíz y plántate en el mar». Y os obedecería.

El evangelio de Mateo cuenta algo parecido: un padre trae a su hijo, que sufre ataques de epilepsia, para que lo curen los apóstoles. Ellos no lo consiguen. Aparece Jesús, y lo cura de inmediato. Los apóstoles, admirados, le preguntan por qué ellos no han sido capaces de curarlo. Y Jesús les responde: “Por vuestra poca fe. Si tuvierais fe como un grano de mostaza…”

Lucas le da un enfoque distinto, más irónico y malicioso. En su evangelio los apóstoles no buscan la explicación a un fracaso, sino que formulan una petición: “Auméntanos la fe”.

¿Qué piden los apóstoles? ¿Qué idea tienen de la fe? Ya que no eran grandes teólogos, ni habían estudiado nuestro catecismo, su preocupación no se centra en el Credo ni en un conjunto de verdades. Si leemos el evangelio de Lucas desde el comienzo hasta el momento en el que los apóstoles formulan su petición, encontramos cuatro episodios en los que se habla de la fe:

  • Jesús, viendo la fe de cuatro personas que le llevan a un paralítico, lo perdona y lo cura (5,20).
  • Cuando un centurión le pide a Jesús que cure a su criado, diciendo que le basta pronunciar una palabra para que quede sano, Jesús se admira y dice que nunca ha visto una fe tan grande, ni siquiera en Israel (7,9).
  • A la prostituta que llora a sus pies, le dice: “Tu fe te ha salvado” (7,50).
  • A la mujer con flujo de sangre: “Hija, tu fe te ha salvado” (8,48).

En todos estos casos, la fe se relaciona con el poder milagroso de Jesús. La persona que tiene fe es la que cree que Jesús puede curarla o curar a otro.

Pero la actitud de los apóstoles no es la de estas personas. En el capítulo 8, cuando una tempestad amenaza con hundir la barca en el lago, no confían en el poder de Jesús y piensan que morirán ahogados. Y Jesús les reprocha: “¿Dónde está vuestra fe? (8,25). La petición del evangelio de hoy, “auméntanos la fe”, empalmaría muy bien con ese episodio de la tempestad calmada: “tenemos poca fe, haz que creamos más en ti”. Pero Jesús, como en otras ocasiones, responde de forma irónica y desconcertante: “Vuestra fe no llega ni al tamaño de un grano de mostaza”.

¿Qué puede motivar una respuesta tan dura a una petición tan buena? El texto no lo dice. Pero podemos aventurar una idea: lo que pretende Lucas es dar un severo toque de atención a los responsables de las comunidades cristianas. La historia demuestra que muchas veces los papas, obispos, sacerdotes y religiosos/as nos consideramos por encima del resto del pueblo de Dios, como las verdaderas personas de fe y los modelos a imitar. No sería raro que esto mismo ocurriese en la iglesia antigua, y Lucas nos recuerda las palabras de Jesús: “No presumáis de fe, no tenéis ni un gramo de ella”.

Ni las gracias ni propina

En línea parecida iría la enseñanza sobre la humildad. El apóstol, el misionero, los responsables de las comunidades, pueden sufrir la tentación de pensar que hacen algo grande, excepcional. Jesús vuelve a echarles un jarro de agua fría.

Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa»? ¿No le diréis: «Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú»? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer».

La parábola es de una ironía sutil. Al principio, el lector u oyente se siente un gran propietario, que dispone de criados a los que puede dar órdenes. Al final, le dicen que el propietario es Dios, y él es un pobre siervo, que se limita a hacer lo que le mandan. El mensaje quizá se capte mejor traduciendo la parábola a una situación actual.

Suponed que entráis en un bar. ¿Quién de vosotros le dice al camarero: «¿Qué quiere usted tomar?». ¿No le decís: «Una cerveza», o «un café»? ¿Tenéis que darle las gracias al camarero porque lo traiga? ¿Tenéis que dejarle una propina? Pues vosotros sois como el camarero. Cuando hayáis hecho lo que Dios os encargue, no penséis que habéis hecho algo extraordinario. No merecéis las gracias ni propina.

Un lenguaje duro, hiriente, muy típico del que usa Jesús con sus discípulos.

El profeta Habacuc y la fe (Hab 1,2-3; 2, 2-4)

La primera lectura, tomada de la profecía de Habacuc habla también de la fe, aunque el punto de vista es muy distinto. El mensaje de este profeta es de los más breves y de los más desconocidos. Una lástima, porque el tema que trata es de perenne actualidad: la injusticia del imperialismo. En su época, el recuerdo reciente de la opresión asiria se une a la experiencia del dominio egipcio y babilónico. Tres imperios distintos, una misma opresión. El profeta comienza quejándose a Dios:

¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que escuches?

¿Te gritaré “violencia” sin que salves?

¿Por qué me haces ver desgracias,

me muestras trabajos, violencias y catástrofes,

surgen luchas, se alzan contiendas? 

Habacuc no comprende que Dios contemple impasible las desgracias de su tiempo, la opresión del faraón y de su marioneta, el rey Joaquín. Y el Señor le responde que piensa castigar a los opresores egipcios mediante otro imperio, el babilónico (1,5-8). Pero esta respuesta de Dios es insatisfactoria: al cabo de poco tiempo, los babilonios resultan tan déspotas y crueles como los asirios y los egipcios. Y el profeta se queja de nuevo a Dios: le duele la alegría con la que el nuevo imperio se apodera de las naciones y mata pueblos sin compasión. No comprende que Dios «contemple en silencio a los traidores, al culpable que devora al inocente». Y así, en actitud vigilante, espera una nueva respuesta de Dios.

El Señor me respondió así: 

«Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido. 

La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará;

si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. 

El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe.»

La visión que llegará sin retrasarse es la de la destrucción de Babilonia. El injusto es el imperio babilónico, que será castigado por Dios. El justo es el pueblo judío y todos los que confíen en la acción salvadora del Señor.

El tema tratado por Habacuc no tiene relación con la petición de los discípulos. Pero las palabras finales, “el justo vivirá por su fe”, tuvieron mucha importancia para san Pablo, que las relacionó con la fe en Jesús. Este puede ser el punto de contacto con el evangelio. Porque, aunque nuestra fe no llegue al grano de mostaza ni esperemos cambiar montañas de sitio, esa pizca de fe en Jesús nos da la vida, y es bueno seguir pidiendo: “auméntanos la fe”.

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Domingo XXVII del Tiempo Ordinario.06 octubre, 2019

domingo, 6 de octubre de 2019
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“Los apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe.”

(Lc 17, 5-18)

Cuando un niño nace lo colocan sobre su madre, y el niño no teme, confía. Se siente envuelto en la ternura de quien lo acaba de dar a luz. Esto es la fe, esa confianza de quién se abandona, de quien se entrega a vivir en Dios.

Cuando observo a los niños en brazos de sus padres, entiendo lo que es vivir en Dios. Cuando al niño algo le asusta o le asalta el miedo, corre a abrazarse a sus padres, y ahí se relaja, nada malo puede suceder.

El temor, el miedo, es vivir en el ego. En nuestra propia superficie marcada por patrones culturales, sociales, familiares. El miedo surge ante determinadas situaciones que no sé resolver o que no soy capaz de afrontar. El miedo no sano es un producto de la mente y por tanto aprendido. Este miedo solo existe en nuestra mente, en nuestro imaginario y es alimentado por él.

Lo importante no es creer en Dios, sino experimentar a Dios, porque si le experimento creeré en Él. La experiencia se convierte en depósito de nuevas experiencias. La fe es dejar a Dios ser Dios en nosotras y que se realice Su Voluntad. Confiar en Dios significa dejar de girar alrededor de un@ mism@, para vivir en la Profundidad donde yo soy y Él habita.

El aumento de fe no es un tema de cantidad sino de esencia. Pasar de la seguridad en las cosas o en los méritos propios a confiar en las posibilidades que Dios nos otorga.

La fe es descubrirnos habitad@s de semillas de infinitud que hay que abonar todos los días, porque la fe es dinámica, y es una actitud ante la vida que marca toda nuestra existencia.

Oración

Haz, Señor, que nuestra fe aumente

al contacto del encuentro diario contigo,

otórganos  la capacidad  de despertar a nuestro ser niñ@s

que, confiadas, se abandonan en Ti.

Te lo expresamos a Ti, Padre, por medio de Jesús, tu Hijo

y mediante la fuerza y la ternura de la Santa Ruah.

 

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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El secreto está en confiar en uno mismo

domingo, 6 de octubre de 2019
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oteando-el-horizonte-640x640x80Lc 17,5-12

Sigue el evangelio con propuestas aparentemente inconexas, pero Lc sigue un hilo conductor muy sutil. Hasta hoy nos había dicho, de diversas maneras, que no pongamos la confianza en las riquezas, en el poder, en el lujo; pero hoy nos dice: no la pongas en tu falso ser ni en la obras que salen de él, por muy religiosas que sean. Confía solamente en “Dios”. Los que se pasan la vida acumulando méritos no confían en Dios sino en sí mismos. La salvación por puntos es lo más contrario al evangelio. Pero ese dios al que tengo que rendir cuantas tiene que dejar paso al Dios que es el fundamento de mi ser y que se identifica con lo que yo soy en profundidad.

Una vez más debemos advertir que las Escrituras no se pueden tomar al pie de la letra. Si lo entendemos así, el evangelio de hoy es una sarta de disparates. En realidad son todo símbolos que nos tienen que lanzar a un significado mucho más profundo de lo que aparenta. Ni hay un Yo fuera a quien servir, ni hay un yo raquítico que patalea ante su Señor. Cada uno de nosotros es solo la manifestación de Dios que a través nuestro manifiesta su poder para hacer un mundo más humano. No hay un mí ningún yo que pueda atribuirse nada. Ni hay fuero un YO al que pueda llamar Dios. Ni Dios puede hacer nada sin mí ni yo puedo hacer nada sin él. ¿De qué puedo gloriarme?

Esa petición, que hacen los apóstoles a Jesús, está hecha desde una visión mítica (dualista) del Dios, del hombre y del mundo. La parábola del simple siervo cuya única obligación es hacer lo mandado, refleja la misma perspectiva. Ni Dios tiene que aumentarnos la fe ni somos unos siervos inútiles ni necesitamos poderes especiales para trasplantar una morera al mar. La religión ha metido a Dios en esa dinámica y nos ha metido por un callejón del que aún no hemos salido. Descubrir lo que realmente somos sería la clave para una verdadera confianza en Dios, en la vida, en cada persona. El relato nos da suficientes pistas para salir del servilismo y de la adoración al Dios cosa.

Jesús no responde directamente a los apóstoles. Quiere dar a entender que la petición –auméntanos la fe- no está bien planteada. No se trata de cantidad, sino de autenticidad. Jesús no les podía aumentar la fe, porque aún no la tenían ni en la más mínima expresión. La fe no se puede aumentar desde fuera, tiene que crecer desde dentro como la semilla. A pesar de ello, en la mayoría de las homilías que he leído antes de elaborar ésta, se termina pidiendo a Dios que nos aumente la fe. Efectivamente, podemos decir que la fe es un don de Dios, pero un don que ya ha dado a todos. ¿Que Dios sería ese que caprichosamente da a unos una plenitud de fe y deja a otros tirados? Viendo cada una de sus criaturas, descubrimos lo que Dios está haciendo en ellas en cada momento.

Al hablar de la fe en Dios, damos a entender que confiamos en lo que nos puede dar. Se interpretó la respuesta de Jesús como una promesa de poderes mágicos. La imagen de la morera, tomada al pie de la letra, es absurda. Con esta hipérbole, lo que nos está diciendo el evangelio es que toda la fuerza de Dios está ya en cada uno de nosotros. El que tiene confianza podrá desplegar toda esa energía. Lo contrario de la fe es la idolatría. El ídolo es un resultado automático del miedo. Necesitamos el ser superior que me saque las castañas del fuego y en quien poder confiar cuando no puedo confiar en mí mismo. Dios no anda por ahí haciendo el ridículo jugando a todopoderoso. Tampoco nosotros debemos utilizar a Dios para cambiar la realidad que no nos gusta.

La fe no es un acto sino una actitud personal fundamental y total que imprime un sí definitivo a la existencia. Confiar en lo que realmente soy me da una libertad de movimiento para desplegar todas mis posibilidades humanas. Nuestra fe sigue siendo infantil e inmadura, por eso no tiene nada que ver con lo que nos propone el evangelio. La mayoría de los cristianos no quieren madurar en la fe por miedo a las exigencias que esto conllevaría. La fe es una vivencia de Dios, por eso no tiene nada que ver con la cantidad. El grano de mostaza, aunque diminuto, contiene vida exactamente igual que la mayor de las semillas. Esa vida, descubierta en mí, es lo que de verdad importa.

Tanto a nivel religioso como civil, cada vez se tiene menos confianza en la persona humana. Todo está reglamentado, mandado o prohibido, que es más fácil que ayudar a madurar a cada ser humano para que actúe por convicción. Estamos convirtiendo el globo terráqueo en un inmenso campo de concentración. No se educa a los niños para que sean ellos mismos, sino para que respondan automáticamente a los estímulos que les llegan. Los poderosos están encantados, porque esa indefensión les garantiza un total control sobre la población. Lo difícil es educar para que cada individuo sea él mismo y responda personalmente ante las propuestas de salvación que le llegan.

Para la mayoría, creer es el asentimiento a una serie de verdades teóricas, que no podemos comprender. Esa idea de fe, como conjunto de doctrinas, es completamen­te extraña tanto al Antiguo Testamento como al Nuevo. En la Biblia, fe es equivalente a confianza en… Pero incluso esta confianza se entendería mal si no añadimos que tiene que ir acompañada de la fidelidad. La fe-confianza bíblica supone la fe, supone la esperanza y el amor. Esa fe nos salvaría de verdad. Esa fe no se consigue con propagandas ni imposiciones porque nace de lo más hondo de cada ser.

No debemos esperar que Dios nos libre de las limitaciones, sino de encontrar la salvación a pesar de ellas. Esa confianza no la debemos proyectar sobre una PERSONA que está fuera de nosotros y del mundo. Debemos confiar en un Dios que está y forma parte de la creación y por lo tanto de nosotros. Creer en Dios es apostar por la creación; es confiar en el hombre; es estar construyendo la realidad material, y no destruyéndola; es estar por la vida y no por la muerte; es estar por el amor y no por el odio, por la unidad y no por la división. Tratemos de descubrir por qué tantos que no «creen» nos dan sopas con honda en la lucha por defender la naturaleza, la vida y al hombre.

Superada la fe como creencia, y aceptado que es confianza en…, nos queda mucho camino por andar para una recta comprensión del término. La fe que nos pide el evangelio no es la confianza en un señor poderoso por encima y fuera del mundo, que nos puede sacar las castañas del fuego. Se trata más bien, de la confianza en el Dios inseparable de cada criatura, que la atraviesa y la sostiene en el ser. Podemos experimentar esa presencia como personal y entrañable, pero en el resto de la creación se manifiesta como una energía que potencia y especifica cada ser en sus posibilidades. Creer en Dios es confiar en la posibilidad de cada criatura para alcanzar su plenitud.

La mini parábola del simple siervo nos tiene que llevar a una profunda reflexión. No quiere decir que tenemos que sentirnos siervos, y menos aún inútiles, sino todo lo contrario. Nos advierte que la relación con Dios como si fuésemos esclavos nos deshumaniza. Es una crítica a la relación del pueblo judío con Dios que estaba basada en el estricto cumplimiento de la Ley, y en la creencia de que ese cumplimiento les salvaba. La parábola es un alegato contra la actitud farisaica que planteaba la relación con Dios como toma y da acá. Si ellos cumplían lo mandado, Dios estaba obligado a cumplir sus promesas. Es la nefasta actitud que aún conservamos nosotros.

Pablo ya advirtió que la fe y la esperanza pasarán, porque perderán su sentido. La verdad es que también el amor, tal como lo entendemos nosotros, también tiene que ser superado. Desde nuestra condición de criaturas no podemos entender el amor más que como una relación de un sujeto que ama con un objeto que es amado. El amor “a” Dios y el amor “de” Dios van mucho más allá. En ese amor, desaparece el sujeto y el objeto, solo queda la unidad (el amor) “amada en el amado transformada”. No entender esto es causa de infinitos malentendidos en nuestra relación con Él.

Meditación

Si la confianza no es absoluta y total no es confianza.
El mayor enemigo de la fe-confianza son las creencias,
porque exigen la confianza en ellas mismas.
Tener fe no es esperar que las cosas cambien.
Es ser capaz de bajar al fondo de mí mismo,
para anular el efecto negativo de cualquier limitación.

Fray Marcos

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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¡Si tuviéramos fe!

domingo, 6 de octubre de 2019
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arbol-vientoLa razón por la cual las aves pueden volar y nosotros no podemos, es simplemente porque tienen una fe perfecta, porque tener fe es tener alas (JM Barrie)

6 de octubre 2019. DOMINGO XXVII DEL TO

Lc 17, 5-10

Los apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe (v 5)

Un evangelio en el que se recoge el tema, el poder de la fe y la pequeña parábola del siervo.

Una actitud fundamental del ser humano, que implica fidelidad y lealtad.

(Éxodo 14, 31) Los israelitas vieron la mano magnífica de Dios y lo que hizo a los egipcios, respetaron al Señor y se fiaron del Señor y de Moisés su siervo.

(Deuteronomio 1, 32) Pero ni por ésas creísteis al Señor, vuestro Dios, que había ido por delante buscándoos lugar donde acampar.

El deber del discípulo tiene un denominador común: el servicio del reino posiblemente desde la fe.

En el Nuevo testamento, en Juan es sinónimo de escuchar, acudir a, recibir: Os escribo esto a los que creéis en la persona del Hijo de Dios para que sepáis que poseéis vida eterna Primera Carta 1, 13).

“Auméntanos la fe”, dijeron los apóstoles, a lo que el Señor les contestó: “Si tuvierais la fe de un grano de mostaza, diríais a esta morera: Arráncate de raíz y arrójate al mar, y os obedecería” (Mt 17-20). En Lucas, el símil es la morera y se trata de la fe en sí. Fe en la que los valores más importantes tienen que ver con lo humano.

Las parábolas más importantes, son las parábolas vegetales de Jesús, entroncadas en la misma Naturaleza: un poco de agua, y el desierto deja de ser estéril y se convierte en un jardín exuberante. Una montaña más cercana de conversión, que mueve corazones.

Así lo dijo JM Barrie: “La razón por la cual las aves pueden volar y nosotros no podemos, es simplemente porque tienen una fe perfecta, porque tener fe es tener alas”.

Y otro tanto hizo cuando dijo en Lucas 17, 5: “Los apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe”.

TENER FE

Teniendo fe, el desamor, 1
no lo pudo vencer.
Ni tormentas a su alrededor,
lo hicieron perder.

Herido por dardos de dolor;
triste por dentro a veces.
Peleando contra desalientos,
no se dejó vencer.

Decidido a no perecer 2
buscando ser como león; 3
con Dios intentó vencer,
…batallando en su corazón.

Presa de injusticias fue,
continuó intentando.
Entre el martillo y el yunque,
continuó orando.

No se dejó vencer,
en el mundo de la tentación.
Buscó en fe crecer.
Hoy canta bella canción.

Javier R. Cinacchi

 

Vicente Martínez

Fe Adulta

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Creer en la gratuidad y el perdón.

domingo, 6 de octubre de 2019
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un-abrazo-a-jesusLos compañeros de Jesús le piden que aumente su fe. Esta petición hay que entenderla en el marco de la enseñanza que el Maestro les proponía en los versículos anteriores (Lc 17, 1-4). Él les había invitado a perdonar siempre y a no ser nunca ocasión de pecado para otros. Esta propuesta a los discípulos les parecía difícil de asumir, por eso le piden que aumente su fe. En su respuesta, Jesús reorienta el horizonte de sus deseos porque no se trata tanto de creer más, sino de creer de otra manera.

Para Jesús la fe no consiste en asentir a verdades o en creer en algo que alguien dice, más bien para él se trata de asumir una conducta marcada por la lealtad, la entrega y la solidaridad que nace de la confianza en su persona y en su mensaje.

Los discípulos en el texto lucano se sienten abrumados por la exigencia que supone asumir una conducta que implica vivir desde la gratuidad y la bondad de corazón y necesitan razones poderosas que compensen el esfuerzo. Pero el maestro cuestiona su necesidad. La fe que ellos desean no sirve para vivir en la dinámica del Reino. No se trata de hacer obras extraordinarias (que una morera se autotrasplante en el mar) sino de vivir de otra manera. Quien tiene una fe auténtica es capaz de hacer lo imposible porque confía, no en sus fuerzas, sino en la Palabra de Jesús.

El ejemplo que el Maestro introduce al final sobre el señor y el criado se orienta a reforzar esta idea. Nadie en su sociedad contemplaba que un amo sintiese compasión de su esclavo cansado, sino que lo urgiría a terminar sus tareas antes de descansar. A Jesús esta evidencia en las relaciones entre amo y siervo le permite mostrar a sus discípulos lo que se espera de ellos si quieren vivir en fidelidad su pertenencia a la comunidad del Reino.

No se trata de justificar la conducta del amo, que sin duda para nosotras y nosotros es abusiva, sino de aprender de la fidelidad del criado que se comporta como se espera de él. Quien se sienta llamada o llamado a seguir a Jesús no ha de buscar destacar por su heroicidad o su ejemplaridad, sino que ha de actuar entregándolo todo, viviendo en gratuidad y disponibilidad y atenta o atento siempre al bien del otro/a.

Ser como ese siervo al que nada se le debe era seguramente para Lucas, una metáfora del modo de actuar al que estaban llamados /as quienes habían recibido un servicio en la comunidad. La diakonía era la clave no sólo para el discipulado, sino que también el modelo para ejercer cualquier rol comunitario. Llevar a cabo la tarea encomendada, responder al liderazgo para el que se ha sido elegido, no ha de ser motivo de vanagloria, sino una respuesta agradecida al Dios amor y bondad que sostiene la existencia y un compromiso firme contra todo lo que destruye al ser humano.

La regla de conducta comunitaria ha de ser, por tanto, la gratuidad, la disponibilidad absoluta para darlo todo sin esperar nada a cambio. La fe en Jesús se aquilata en esa respuesta. La inutilidad del siervo/a no responde a su incapacidad para llevar a cabo su trabajo, ni a una humildad impotente ante la realidad. La sentencia final del relato invita, por el contrario, a vivir con honestidad y sencillez el camino de seguimiento, respondiendo desde lo mejor de cada una/o sin claudicar en la acogida y el perdón, sin buscar el poder ni cerrar las puertas a la esperanza.

Carmen Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Cauces por los que la vida fluye.

domingo, 6 de octubre de 2019
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tumblr_oilew1kwpn1ueyd50o1_1280Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

6 octubre 2019

Lc 17, 5-10

A veces, el mejor modo de malinterpretar una parábola –ocurre lo mismo con los mitos– es tomarla literalmente, olvidando que se trata de un texto simbólico que apunta siempre más allá de la propia literalidad.

Así, por ejemplo, la expresión: “soy un siervo inútil” resulta intencionadamente provocativa. Tomada al pie de la letra evoca sumisión, sometimiento, desvalorización de sí e incluso afirmación de la propia indignidad. Todas ellas actitudes completamente erradas y nefastas en sus consecuencias, aunque el poder de turno haya tratado siempre de alimentarlas, como medio de dominio absoluto.

La abolición de la esclavitud y la búsqueda de superación de todo tipo de servilismo constituyen un logro irrenunciable que es preciso salvaguardar frente a cualquier forma de prepotencia.

Pero la parábola no va por ahí, por más que, en la época en que se pronuncia, los trabajadores del campo vivieran en régimen de cuasi esclavitud. A partir de esta experiencia cotidiana, el relato incide en la cuestión de nuestra identidad.

En el contexto religioso teísta en el que nace, la pregunta se formulaba de este modo: ¿Quién soy yo ante Dios? Y la parábola responde: Un siervo inútil que solo ha hecho lo que tenía que hacer. Bien entendida, la respuesta es sabia: soy alguien en quien Dios se expresa con libertad, una manifestación de la misma divinidad.

Sin embargo, la trampa estaba acechando desde el primer momento…, en cuanto alguien pensara en Dios como un “Ser” separado, tal como ocurre en el teísmo. No porque no sea legítima la forma de dirigirse a Dios como un “Tú”, sino porque se absolutice esa imagen. El resultado –podrían encontrarse muchos casos en que ocurrió así– no varía mucho de lo que se viviría ante un “patrón” humano: un sentimiento radical de indignidad ante Dios que, más allá de la intención del creyente, viciaría irremediablemente la vivencia espiritual.

Leída desde una clave espiritual, que evita la trampa mencionada, la parábola se vuelve luminosa: la apropiación carece de sentido porque no existe ningún yo hacedor.

Sabemos que la apropiación es el mecanismo que da lugar al nacimiento del yo –eso ocurre en cuanto la mente se apropia de sus contenidos– y lo caracteriza: el yo no puede creer que existe si no es a través de aquello –material o inmaterial– de lo que se apropia.

La comprensión hace ver que no existe tal “yo”: somos consciencia que se está expresando a través de esta “forma” (persona). Ignorarlo es confusión. Al comprenderlo, dejamos de identificarnos con el yo separado, al que reconocemos como simple “cauce” o canal por el que la consciencia se expresa. Tal reconocimiento, que lleva a decir: “Aquí no hay «nadie» consistente”, nos libera de toda idea de mérito y, con ello, del orgullo. No haces nada; todo se hace en ti. Y verás que todo “encaja” admirablemente en cuanto te reconozcas como la consciencia una que compartes con todos los seres.

¿Vivo identificado con el yo o me reconozco como consciencia?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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No es lo mismo fe que doctrina

domingo, 6 de octubre de 2019
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cristo-cerezo-720_560x280Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Auméntanos la fe. no es lo mismo fe que doctrina

            Los apóstoles piden a Jesús que les aumente la fe, que no significa que les aumente la doctrina o les dé unas cuantas clases de teología.

doctrina

            La doctrina, la teología son la formulación, la expresión de la fe, de lo que creemos. Lo primero y primario es la fe, luego vendrán las doctrinas, formulaciones, catequesis, etc.

            De ahí que uno puede saber mucha doctrina o teología y no ser creyente. Probablemente es lo que les pasaba a los apóstoles: sabían toda la doctrina, pero tenían poca fe, por lo que le piden a Jesús: auméntanos la fe.

Fe

            Es la confianza total en la vida, en Dios. Fe cristiana es la experiencia personal de la misericordia de Dios Padre.

            La fe no es una cuestión de cantidad de doctrinas o catecismos, sino la calidad de nuestra relación con Dios y con la vida. La fe es, ante todo, confianza inquebrantable en Dios. Fe es vivir confiando en la bondad de Dios.

Si la fe te causa miedo, no es fe, sino un subproducto religioso. Recordemos aquella parte de la oración de Teilhard:

Cuanto te deprima e inquiete es falso.

Te lo aseguro en el nombre

de las leyes de la vida

y de las promesas de Dios.

Por eso,

cuando te sientas apesadumbrado, triste,

adora y confía.

Uno de los sentidos de la palabra fe es confianza. Un creyente se fía de Dios, confía en Dios. Sé de quién me he fiado, dice la tradición de San Pablo. (2Tim 1,12).

            La vida transcurre con entereza y se realiza con esperanza cuando vivimos en la confianza (fe) como actitud existencial.

            Cuando digo -sin palabras- “yo creo”, estoy afirmando que confío, me fío. La vida necesita y merece “credentidad” de ser vivida.

            Creer es confiar en el Señor (¡no tenerle miedo!). Más que creer en Dios, “creemos a Dios”, confiamos en Dios.

  1. El ser humano necesita creer para vivir.

            La fe, lo que uno piensa y cree es lo más central de la existencia humana. Necesitamos creer, confiar en algo o en Alguien para vivir humanamente. Nos podremos equivocar de dioses (ídolos) y de fe, pero necesitamos ambos para vivir. El mismo Nietzsche (ateo macizo) decía: “mejor cualquier fe a ninguna fe”.

La fe -lo que creemos- ilumina toda nuestra vida, todas nuestras opciones, todos nuestros pasos. Vivimos de lo que creemos. Quien cree (fe) en la patria, en el dinero, en el poder, toda su vida se ve coloreada por tal fe y uno vive “por y para” esa realidad en la que ha puesto su confianza.

Podríamos traducir la expresión de Habacuc y de San Pablo por: “uno vive de lo que cree y para lo que cree”. El justo, el ser humano vive por la fe.

Vivir en una permanente desconfianza es casi imposible. Para vivir hay que creer (confiar) en la vida, en los demás, en Dios. Lo problemático en la vida no es confiar, sino desconfiar. Nos es necesaria la fe, alguna fe, para vivir equilibradamente como personas.

  1. Crisis de fe y crisis de creencias

            De unas décadas a esta parte, los sectores más ultraconservadores de la iglesia han echado en cara que muchos católicos, sobre todo los que amamos y vivimos el Concilio Vaticano II, que estamos sumidos en una crisis de fe y la hemos echado a perder, cuando en realidad el Concilio promovió un cambio de formulaciones, de expresiones, es una crisis, el Concilio y la vida eclesial de las comunidades cristianas fueron un crisol donde se purificaron ciertas creencias y formas que impiden que la fe en el Señor siga viva hoy en día.

            Cuando se nos echa en cara que no tenemos fe, lo que hemos hecho ha sido un cambio de creencias (así lo expresaba Ortega y Gasset en su momento), de formulaciones, de estructuras.

A la fe no vamos a volver retornando a las posturas más intransigentes, cuando no fanáticas de “palo y tente tieso”. [1] La misericordia es mejor que el fanatismo, “mejor con miel que con hiel”, dice un proverbio castellano.

  1. La confianza como tono vital.

            En momentos de crisis personales, de depresión, de crisis eclesiásticas la vía de salida está en la confianza en Dios y en los demás. La solución a estas crisis no está en la quincallería eclesiástica, sino en la confianza en la misericordia de Dios.

            Y la fe acontece en la profundidad e intimidad de la propia conciencia. La confianza, el amor acontecen desde lo más profundo de nuestro ser y ahí hallamos una inmensa paz y serenidad

Si tuviéseis fe como una pequeña semilla de mostaza…

            La semilla es pequeña, débil, pero llena de vida. Es como el sentido de la vida: algo muy tenue, muy frágil, pero lleno de vida que impregna la existencia de horizonte y sentido.

            No hacen faltan grandes alardes ni concentraciones para confiar, para creer. La fe acontece en la sencillez de la vida cotidiana, en la confianza matrimonial, en el silencio interior de la noche (quizás personal), en la soledad (comunitaria) de la celda de la vida monacal. La fe es tan fuerte, porque es tan sencilla, la fe es la semilla en la tierra de nuestra vida.

  1. Acojamos y generemos confianza

La confianza es buena, hace bien, sana. Pongamos nuestra existencia en Dios, confiemos y generemos confianza y paz en nuestro derredor.

Abiertos al ser, a Dios, a Cristo digamos el acto de fe:

¡Señor, auméntanos la fe!

[1] Con la nueva situación que nos ofrece el obispo de Roma, Francisco, la intransigencia casi fanática de la doctrina (que no verdad) ha dejado paso a la bondad y la misericordia. La Iglesia está dejando de ser un tribunal inquisicional y está pasando a ser un redil, un hogar, un lugar de misericordia.

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Francisco de Asís, vestido de Evangelio

viernes, 4 de octubre de 2019
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En la fiesta del cristiano por excelencia, Francisco, el Poverello de Asís… Siguiendo su ejemplo, se nos invita a despojarnos  de todo lo superfluo y revestirnos con la desnudez del Evangelio:

S.Francesco'StripBenedetto

Francisco, hijo de un rico comerciante de Asís, nació en 1181 (o 1182). Disuadido de sus ideales de gloria caballeresca a raíz de las experiencias decisivas de su encuentro con los leprosos y de la oración ante el crucifijo en la iglesia de San Damián, Francisco abandonó su familia y comenzó una vida evangélica de penitencia. Con los numerosos compañeros que muy pronto se unieron a él, comprendió que estaba llamado a vivir el Evangelio sine glossa, como fraternidad de menores a ejemplo de Jesús y de sus discípulos. Al año siguiente a la aprobación de la Regla y vida de los hermanos menores en  1223 por el papa Honorio III, Francisco recibió los estigmas del Crucificado, sello de la conformidad con su único Señor y Maestro. Cuando murió, en 1226, Francisco era un hombre extenuado por la fatiga y por las enfermedades y, al mismo tiempo, un hombre reconciliado con el sufrimiento, consigo mismo y con toda criatura. Fue canonizado en 1228 y es patrono de Italia y de los ecologistas.

***

“Altísimo y omnipotente buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen
y ningún hombre es digno de nombrarte.

Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor por la hermana Agua,
la cual es muy humilde, preciosa y casta.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda no les hará mal.

Alaben y bendigan a mi Señor
y denle gracias y sírvanle con gran humildad…”

*

San Francisco de Asís.
Cántico de las Criaturas

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***

Su vida estuvo enteramente caracterizada -hasta el momento de la conversión- por la búsqueda de un modelo que pudiera educar y plasmar su natural propensión al canto.

Lo encontró de repente en el Señor Jesús, en la belleza de su vida narrada por el Evangelio y, en particular, en el luminoso canto nuevo de su muerte en la cruz.

Dejó que la pasión marcara cada uno de sus pasos y afinara de manera progresiva todas las fibras de su persona con la humanidad del Hijo de Dios, que se entregó por completo a sí mismo por nosotros.

Francisco oró así: «Te ruego, oh Señor, que la ardiente y dulce fuerza de tu amor arrebate mi mente de todas las cosas que hay bajo el cielo, para que muera yo de amor por tu amor, como tú te dignaste morir por amor a mi amor» (oración Absorbeat).

Su camino estuvo siempre acompañado por confirmaciones y consuelos. Su predicación y su ministerio tocaron el corazón de las personas y suscitaron decisiones de conversión y de reconciliación.

Su manera de seguir radicalmente al Señor se volvió, cada vez más, casa hospitalaria para otros muchos hermanos y hermanas, que encontraron en su itinerario personal una modalidad radical y actual de interpretar y vivir el Evangelio de la nueva estación histórica que avanzaba. Sin embargo, en el tiempo del monte Alverna, parece apagarse el canto fluente.

En esta estación encuentra Francisco la prueba más terrible: las fatigas originadas por un movimiento que se institucionaliza -que pierde en intensidad evangélica y llega incluso a dudar sobre la posibilidad de que sea integralmente practicable su estilo de vida- repercuten en su misma fe.

La pregunta sobre la verdad de sus intuiciones más profundas y la duda sobre el origen divino de su proyecto de vida resuenan en un silencio opresor en el que Dios no parece hablarle ya, a pesar de haberlo buscado con tanta tenacidad.

Francisco experimenta el abandono de Dios y se retira de los hermanos para no mostrar su semblante, que ha perdido la serenidad habitual. El canto nuevo, por consiguiente, no le fue dado en un momento de paz y consolación, sino en un momento en el que -como dice el salmista- «fallan los cimientos» (Sal 11,3) y todas las seguridades parecen hundidas

*

C. M. Martini – R. Cantalamessa,
La cruz como raíz de la perfecta alegría,
Verbo Divino, Estella 2002, pp. 15-16).

***

Leer también: “Francisco de Asís, en quien el ser humano resultó bien”, por Leonardo Boff

***

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La Virgen de los Homosexuales

jueves, 3 de octubre de 2019
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nuestra_senora_de_los_gaysDel blog de Xabier Pikaza:

«El Dios de Cristo se identifica no sólo con los hambrientos, desnudos… sino también con los homosexuales victimizados»

«Tuve hambre y me disteis de comer (J. Puente, sobre F. Ebner) desde la perspectiva de ‘fui homosexual y me acogisteis'»

«Esta obra de Ebner ayuda a superar un paradigma sexual de opresión»

«El Dios de Cristo se identifica no sólo con los hambrientos, desnudos… sino también con los homosexuales victimizados»

Publiqué  hace un tiempo una reseña de la primera edición de este importante libro de J. Puente López, analista político/literario, pensador cristiano, amigo (cf. Periodista Digital Org 12.1.18). Hoy vuelvo a presentar introducción al mismo libro, con motivo de su 2ª. Edición, retomando un motivo central de la obra, que el autor entiende desde Mt 25,31-46: Tuve hambre y me disteis de comer, desde la perspectiva de fui homosexual y me acogisteis.

Lo hago con una novedad muy significativa desde dentro de la tradición católica: La Virgen María se aparece como amiga-madre de los homosexuales, a quienes acoge en su seno, diciéndonos a todos fui homosexual y me acogisteis, en la línea de la Virgen de la Merced, del amor y la ternura, de la misericordia liberadora del Magníficat. Publico en esa línea un gran trabajo de J. Puente, retomando la filosofía de F. Ebner, desde una perspectiva personalista y social, condensada en este libro (Un paso adelante…):

Richard-Hörmann+Ferdinand-Ebner-Ethik-und-Leben-Fragmente-einer-Metaphysik-der-individuellen1. Según J. Puente, la obra de Ebner no ayuda sólo a superar un paradigma sexual de opresión, que convierte a los homosexuales en víctimas de una cultura patriarcal androcéntrica, sino que en un contexto evangélico más amplio es superación de todo tipo de opresiones (desde Mt 25: Tuve hambre…, hambre de amor).

2. Según Mt 25, el Dios de Cristo se identifica no sólo con los hambrientos, desnudos… sino también con los homosexuales victimizados. Jesús no dice sólo tuve hambre y me disteis de comer, sino fui homosexual y me acogisteis como humano.

3.Hay teólogos ultra-ortodoxos (falsamente ortodoxos), que escriben en «portales» informático bien conocidos (infoxx), que están haciendo correr en torno a Mt 25, 31-46 dos afirmaciones falsas. (a) Que la confesión de Cristo «tuve hambre…» etc. no se pude interpretar en clave de «género» (fui homosexual…). (b) Que los pequeños de Mt 25, 31-46 (pobres, homosexuales, desnudos, exiliados…) son sólo presencia de Cristo por ser «católicos de iglesia oficial»  y por ser pequeños/expulsados por humanidad universal (negando así el principio básico de la encarnación cristiana.

«Se están haciendo correr en torno a Mt 25, 31-46 dos afirmaciones falsas»

Demostré el carácter universal (humano) de esta presencia de Cristo en los sufrientes (hambrientos, exiliados, excluidos…),  en una línea en la que caben de un modo especial los oprimidos sexuales (los homosexuales en cuanto excluidos), en un libro sobre Mt. 25, que J. Puente cita generosamente.

En esa línea, continuando lo que dije hace un año de esta obra, en su primera edición, quiero incluir hoy en mi blog esta espléndida interpretación que J. Puente me (nos) ofrece del pensamiento de J. Ebner y de su propia filosofía/teología a partir de Mt 25, 31-46.

Escribo esta reseña del pensamiento de J. Puente conmocionado todavía por el suicidio de un «homosexual» de Iglesia (clérigo de alta corporación católica) que, no pudiendo resistir la presión condenatoria de sus falsos colegas de falso cristianismo, sintiéndose incapaz de rehacer su vida, fue a ponerla y  matarse, ante el Dios de la Vida, delante de una imagen de la Virgen María, madre-hermana de los homosexuales sufrientes.

El problema clave no es su muerte/suicidio: Dios es Vida, y en ella ha sido acogido este homosexual suicidado; él se ha refugiado en  la Virgen María que es patrona, es decir padre-madre-signo de los homosexuales sufrientes, ante su famoso santuario de… En sus brazos de signo-presencia de Dios descansa de su cansado y fuerte caminar de amor. El problema es el tema es que este homosexual suicidado (¡si, suicidado, pues le han «suicidado»!) no haya encontrado en su corporación ni fuera de ella a nadie que le dijera de verdad, con el corazón y los ojos del amor, con las manos y las lágrimas: ¡Vive,  hermano, vive amor, tal como eres, pues Dios te ama así y no te quiere distinto!

Pero ese hermano-amigo suicidado no encontró palabras ni presencia de amor. Él no fracasó, ha fracasado la institución-corporación que ha puesto una ley dudosísima por encima del evangelio del amor.  Con él y en él hemos muerto muchos… pero queremos que esa muerte sea principio de resurrección.

Así murió él, poniendo su amor crucificado ante la Virgen de los Homosexuales, que le recibió en el seno de su vida, la Vida del Cristo de Dios. Con su recuerdo y presencia quiero vivir… y en esa línea, a favor de la vida, me atrevo a presentar estas palabras de Julio, que sitúa el tema una parte del tema de los homosexuales a la luz de Mt 25, 31-46.

Gracias, Julio, por haberme mandado este trabajo, que publico emocionado por tu amistad y conocimiento, todo lo que sigue es tuyo.

Desposeídos y excluidos: la cuestión social 

51W09DclKLLTodos en la Iglesia están de acuerdo en que debemos acoger con respeto y caridad cristiana a toda clase de personas. También al pecador y al que tiene otra forma de ver la vida. Dedicarnos a descalificar al prójimo y a buscar herejes no es la mejor manera de testimoniar el Evangelio. Tampoco damos testimonio cristiano si cerramos los ojos ante los necesitados y los excluidos.

Julio L. Martínez ha escrito en la prensa española (ABC, 17 de agosto de 2019) un artículo, “El crimen de la solidaridad”, sobre el tema de los inmigrantes en el que dice lo siguiente: “El ejercicio de la solidaridad más que enemigo a batir es energía benéfica que nos conecta con las fuentes de la humanidad y nos da la energía moral (pre-política) para transformar las estructuras injustas. Un icono evangélico de la dimensión ético-política de la solidaridad unida a la justicia se encuentra en el Juicio final (Mt. 25, 31-46). Jesús se identifica con el que tiene hambre, es forastero o está en la cárcel, y dice: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hijos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Hace algunas décadas Xabier Pikaza en su libro “Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños” (1984) nos hizo ya ver la importancia del nuevo esquema antropológico y de apertura universal del designio de Dios que representa Mt 25, 31-46.

Eso es lo que se quiere destacar. Ese es el tema central de mi libro. Es ahí donde Ebner vio el corazón de la fe cristiana y de la ética evangélica, y aquello que pone de relieve la obra “Un paso adelante. Cien años con Ebner. Cristianismo, cultura y deseo”. El resto de las reflexiones que se hacen, algunas publicadas ya en RD, tratan de mostrar o explicar la tesis principal.

Los excluidos y la barbarie de la guerra

“La guerra europea descubre el estado verdadero de la especie humana. Es más que una mera cuestión política y económica. Indica adonde llegan después de todo los hombres con toda su política y economía” (F. Ebner, II, 410, año 1917).

Nos resulta difícil en la Iglesia entender aquello de “misericordia quiero y no sacrificios” del Antiguo Testamento (Oseas, 6, 6) y del Nuevo (Mt 9, 13). Y cuando creemos haberlo entendido nos empeñamos en ver el pecado en la conducta de los demás, por ejemplo, en aquellos que no pueden relacionarse íntimamente con los demás más que desde la condición sexual que Dios les dio, y nos sentimos orgullosos de no ser como ellos, orgullosos como decía el fariseo en la narración de Lc 18, 9-14, de no ser pecadores como los demás hombres.

1181561Con razón decía Ebner que “querernos los unos a los otros” en el sentido también de saber “soportarnos” y “sufrirnos los unos a otros” (“einander leiden”) es el mandato que nos acompaña en el caminar que nos propone la realidad de Cristo. Es la enseñanza de la carta a los Colosenses (3, 13). No sería una mala norma de vida social y comunitaria. A Ebner no se le ocultaba esta dificultad de llevar a la práctica con compasión y misericordia el mandamiento del amor y la enseñanza de Mt 25, 31-46, de tener “las entrañas conmovidas”, como el Evangelio, de “tener compasión” (Mt 14, 14).

En su Fragmento 14 y también en su diario de 1917 nos recuerda Ebner lo que cuenta Tolstói de una comunidad cristiana en Rusia, los “Duchoborzen”. Tolstói explica que acostumbran a postrarse ante cada persona porque en cada hombre ven a Dios. “Sin embargo, – dice Ebner – qué enormemente difícil le resulta al hombre, aunque sea solo interiormente, postrarse ante el Tú, ante la presencia de Dios en otro hombre”. Y en su diario de 1917 escribe: “Se afirma que Jesús dijo: Has visto a tu hermano, entonces has visto a tu Dios. Si hay una experiencia de Dios entonces es la experiencia del tú en otro hombre (la experiencia espiritual propiamente dicha, según el sentido de la enseñanza de los evangelios)”. Los editores del Diario de 1917 señalan con razón que Ebner está pensando aquí en el pasaje de Mt 25, 40.

«En su opción por el prójimo la conciencia de la persona cuestiona el totalitarismo y la violencia»

Sin duda la repetida referencia a esta enseñanza de Cristo en la obra de Ebner indica que es una verdad central para él en su forma personal de entender y de vivir la fe cristiana. No prescinde de la rica realidad del mundo, no la olvida, pero ve su realidad a través del otro, a través de la relación con el tú, que es esencial para establecer una correcta relación con Dios y con el mundo que Dios ha creado. “En la realidad de otro hombre – en el tú – se nos da su realidad” (“ihre Wirklichkeit”, su realidad, la del mundo). “Pero también la realidad de Dios”. Y es desde esta comprensión como debemos entender su crítica cultural y social. Una crítica que nunca se hizo sin estar acompañada aquí y allá, en diversos textos, de una valorización del significado de esa tendencia inicial que lleva al hombre en sus afanes creativos y en sus intereses culturales a buscar un sentido a su existencia.

la_merced(Imagen: la Virgen de la Merced o Guadalupe, de Montserrat, el Pilar o Torreciudad que ha acogido a su «suicida de amor», en su manto de amiga del alma, como madre- de los homosexuales, la que derriba del trono a los potentados y acoge a los oprimidos… Bajo su manto están los cautivos, no cautivos de su homosexualidad, sino de la prepotencia de aquellos de aquellos que les oprimen bajo una falsa ley de no-amor).

Teniendo esto en cuenta podemos comprender mejor un texto que escribió al final de su vida, que es revelador. Se trata de un párrafo de su epílogo al Fragmento del año 1916, el “Nachwort de 1931”, lo último que escribió, donde habla del dinero como del “engaño de la vida” (“Lebensillusion”), y de la “llamada cultura de la humanidad” que se crea a costa de millones de seres humanos que quedan excluidos de ella y excluidos (“ausgeschlossen”) en resumidas cuentas de una existencia digna del hombre.

En este texto Ebner relaciona íntimamente su crítica cultural con la trágica situación de millones de personas en su tiempo. ¿No tenía derecho a ser un tanto pesimista culturalmente si la gran cultura europea no había evitado la Primera Guerra Mundial y se estaba preparando para la segunda? Se calculaba que cerca de un millón de personas, entre alemanes y franceses, habían perecido en la batalla de Verdún en 1916. La guerra era un “asesinato en masa organizado”. La cultura que desembocaba en aquella masacre aparecía así como falta de humanidad auténtica. El respeto a la vida y a los valores humanos estaba ausente en aquella sociedad de la Primera Guerra Mundial. Un cristiano no podía ser un representante del optimismo cultural teniendo delante de los ojos aquella barbarie, lo cual no quería decir que esa comprensión del cristianismo fuera ciega para los valores de la vida de la verdadera cultura.

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Justicia

domingo, 29 de septiembre de 2019
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Dentro de Auschwitz

¿Cómo
hablar de Dios
después de Auschwitz?,
os preguntáis vosotros,
ahí, al otro lado del mar, en la abundancia.

¿Cómo
hablar de Dios
dentro de Auschwitz?,
se preguntan aquí los compañeros,
cargados de razón, de llanto y sangre,
metidos en la muerte
diaria
de millones…

*

Pedro Casaldáliga
Todavía estas palabras, 1994

***

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:

-“Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.

Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.

Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. “

Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.”

El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.”

Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.”

El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.”

Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”

*

Lucas 16, 19-31

***

La experiencia de un camino de pobreza es un camino de liberación, de alegría y de entusiasmo -porque nos une íntimamente a Cristo-, y nos hace gustar de una manera imprevista la fuerza de la cruz, su capacidad de renovar hasta las situaciones más estancadas, aparentemente más irritantes por su inmovilismo.

El momento del descubrimiento de las páginas del evangelio supone, para todos, un poco de gusto, de atención, de compromiso con un mayor ejercicio de austeridad, de pobreza, de penitencia, de renuncia. Sin este esfuerzo, esas páginas se quedan como mudas; cuando se ha dado algún paso en este sentido, aunque sea simple, entonces las palabras de Jesús se vuelven actuales y resonantes, adquieren relieve y nos damos cuenta de que vivimos algo de la alegría y el entusiasmo de los Doce, que caminaban por los caminos de Palestina siguiendo a Jesús después de haberle dicho: «Pues bien, Maestro, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

*

Carlo María Martini,
Diccionario espiritual: pequeña guía para el alma,
Promoción Popular Cristiana, Madrid 1998.

***

***

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“Romper la indiferencia”. 26 Tiempo ordinario – C (Lucas 16,19-31)

domingo, 29 de septiembre de 2019
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26-TO-C-600x400Según Lucas, cuando Jesús gritó: «no podéis servir a Dios y al dinero», algunos fariseos que le estaban oyendo y eran amigos del dinero «se reían de él». Jesús no se echa atrás. Al poco tiempo, narra una parábola desgarradora para que los que viven esclavos de la riqueza abran los ojos.

Jesús describe en pocas palabras una situación sangrante. Un hombre rico y un mendigo pobre que viven próximos el uno del otro, están separados por el abismo que hay entre la vida de opulencia insultante del rico y la miseria extrema del pobre.

El relato describe a los dos personajes destacando fuertemente el contraste entre ambos. El rico va vestido de púrpura y de lino finísimo, el cuerpo del pobre está cubierto de llagas. El rico banquetea espléndidamente no solo los días de fiesta sino a diario; el pobre está tirado en su portal, sin poder llevarse a la boca lo que cae de la mesa del rico. Solo se acercan a lamer sus llagas los perros que vienen a buscar algo en la basura.

No se habla en ningún momento de que el rico ha explotado al pobre o que lo ha maltratado o despreciado. Se diría que no ha hecho nada malo. Sin embargo, su vida entera es inhumana, pues solo vive para su propio bienestar. Su corazón es de piedra. Ignora totalmente al pobre. Lo tiene delante pero no lo ve. Está ahí mismo, enfermo, hambriento y abandonado, pero no es capaz de cruzar la puerta para hacerse cargo de él.

No nos engañemos. Jesús no está denunciando solo la situación de la Galilea de los años treinta. Está tratando de sacudir la conciencia de quienes nos hemos acostumbrado a vivir en la abundancia teniendo junto a nuestro portal, a solo unas horas de vuelo, a pueblos enteros viviendo y muriendo en la miseria más absoluta.

Es inhumano encerrarnos en nuestra «sociedad del bienestar» ignorando totalmente esa otra «sociedad del malestar». Es cruel seguir alimentando esa «secreta ilusión de inocencia» que nos permite vivir con la conciencia tranquila pensando que la culpa es de todos y de nadie.

Nuestra primera tarea es romper la indiferencia. Resistirnos a seguir disfrutando de un bienestar vacío de compasión. No continuar aislándonos mentalmente para desplazar la miseria y el hambre que hay en el mundo hacia una lejanía abstracta, para poder así vivir sin oír ningún clamor, gemido o llanto.

El Evangelio nos puede ayudar a vivir vigilantes, sin volvernos cada vez más insensibles a los sufrimientos de los abandonados, sin perder el sentido de la responsabilidad fraterna y sin permanecer pasivos cuando podemos actuar.

José Antonio Pagola

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“Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces”. Domingo 29 de septiembre de 2019. 26º Ordinario

domingo, 29 de septiembre de 2019
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51-ordinarioc26-cerezoLeído en Koinonia:

Amós 6, 1a. 4-7: Los disolutos encabezarán la cuerda de cautivos.
Salmo responsorial: 145: Alaba, alma mía, al Señor.
1Timoteo 6, 11-16: Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor.
Lucas 16, 19-31: Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

El profeta Amós denuncia las injusticias de los poderosos que vivían en lujos y en banquetes y no se afligían por el desastre o ruina «de José». Esta es una denominación de las tribus del Norte (Israel). Tal indiferencia denota una vez más la ceguera de los que se sienten seguros, sin tener en cuenta las advertencias que les hacía el profeta. En el camino al exilio, estos notables irán al frente de los deportados. (No fueron los pobres los que fueron deportados, sino las élites de la clase media y alta).

Pablo exhorta a su amigo Timoteo a que permanezca siempre firme en su fe, en busca de la justicia, la piedad, la caridad. Teniendo en cuenta el llamado de atención que hace Pablo en el versículo 10, donde afirma que la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar por él, se extraviaron de la fe y se atormentaron con muchos sufrimientos, enseguida viene la otra exhortación al discípulo que huya de estas cosas y el llamado a vivir de los valores del Reino. Pablo invita a Timoteo a que conserve el mandato del Señor, a que se mantenga firme en su compromiso y busque siempre la vida eterna a la que ha sido llamado y a la que ha hecho profesión solemne delante de muchos testigos.

Leemos hoy una parábola del evangelio de Lucas. Se llamaba Lázaro (nombre derivado del hebreo el’azar que significa “Dios ayuda”), aunque en vida no gozó, al parecer, de la ayuda divina. Le tocó en desgracia ser mendigo, como a tantos millones de seres humanos hoy, estar postrado en el portal de la casa de un rico sin nombre, uno de tantos, al que tradicionalmente se le ha calificado de “epulón”, banqueteador.

Lázaro o “Dios ayuda” tenía en realidad pocas aspiraciones: se contentaba con llenarse el estómago con lo que tiraban de la mesa del rico, las migajas de pan en las que los señores se limpiaban las manos a modo de servilletas. Pero ni siquiera esto pudo conseguirlo, pues nadie le hizo entrar a la sala del banquete. Para colmo, unos perros callejeros, animales considerados impuros y en estado semisalvaje, tan comunes en la antigüedad, se le acercaban para lamerle las llagas. Imposible mayor marginación: pobreza e impureza de la mano. Nada dice el evangelio de las creencias religiosas de este hombre, con razones sobradas para dudar seriamente de la reconocida compasión divina para con el pobre y el oprimido. Tal vez ni siquiera tuviese tiempo ni ganas de pararse a pensar en semejantes disquisiciones teológicas.

Tanto al rico como al pobre les llegó la hora de la muerte, a partir de la cual se cambiarían en el más allá las tornas, como pensaban los fariseos. Aunque, dicho sea de paso, con esto del “más allá”, quienes hacían de la religión baluarte de conservadurismo e inmovilismo han invitado mil veces a la resignación, tildada de “cristiana”, a la paciencia y al mantenimiento de situaciones injustas a los que las sufrían; en el más allá -se decía- Dios dará a cada uno su merecido. Aunque siempre cabe pensar: ¿y por qué no ya desde el más acá?

Para muchos predicadores, satisfechos con la imagen de un Dios que “premia a los buenos y castiga a los malos”, como el dios que profesaban los fariseos, la parábola terminaba en el más allá contemplando el triunfo del pobre y la caída del rico. Apenas se comentaba la última escena, clave importante para comprender su mensaje. De ser así, esta parábola sería una invitación a aceptar cada uno su situación, a resignarse, a cargar con su cruz, a no rebelarse contra la injusticia, a esperar un más allá en el que Dios arregle todos los desarreglos y desmesuras humanas. Entendido así, el mensaje evangélico se hermanaría con un conformismo a ultranza que ayuda a mantener el desorden establecido, la injusticia humana y las clases sociales enfrentadas.

Pero esta parábola no es una promesa para el futuro. Mira a la vida presente y va dirigida a los cinco hermanos del rico, que continuaban –después de la muerte de su hermano y de Lázaro– en la abundancia y el despilfarro. Por eso, el rico, alarmado por lo que espera a sus hermanos si siguen viviendo de espaldas a los pobres, pide a Abrahán que envíe a Lázaro a su casa, a sus hermanos, para que los prevenga, no sea que acaben en el mismo lugar de tormento. Para cambiar la situación en que viven sus hermanos, el rico epulón piensa que hace falta un milagro: que un muerto vaya a verlos. Crudo realismo de quien conoce la dinámica del dinero, que cierra el corazón humano a la evidencia de la palabra profética, al dolor y al sufrimiento del pobre, a la exigencia de justicia, al amor e incluso a la voz de Dios. El dinero deshumaniza. Me remito a la experiencia de cada uno.

Bien lo sabía el profeta Amós cuando amenazaba a los ricos que se acostaban en lechos de marfil, arrellanados en divanes y se daban a la gran vida entre comilonas, música, vino abundante y perfumes exquisitos, sin dolerse del sufrimiento de los pobres (Am 6,1a.4-7). Aquellos fingían devoción a Dios y veneración hacia la ciudad santa y el templo, creyendo de este modo contentar a Dios y quedar justificados. Pero el verdadero Dios no es amigo de una religión que separa el culto de la vida, el incienso de la práctica del amor al prójimo. Este Dios, según el libro del Deuteronomio, comparte suerte con el pobre, el huérfano, la viuda y el extranjero; con todos aquellos a quienes los poderosos les han arrebatado el derecho a una vida vivida con dignidad.

La parábola no puede tener más actualidad en este año 2016, año en que las estadísticas dicen que va a producirse un fenómeno estadístico importante: el 1% más rico de la población del mundo va a superar su propio récord patrimonial, que estaba en el 49% de la riqueza del mundo, y va a pasar a ser el 50%; ya se han hecho con la riqueza de medio mundo. El actual sistema mundial privilegia la desigualdad. El mundo actual no es bueno para los muchos Lázaros. Leer más…

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29.09.18. Domingo 16, ciclo C. Lc 16, 19-31. Lázaro puede ayudar al epulón (pero aquí, ahora mismo…)

domingo, 29 de septiembre de 2019
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Del blog de Xabier Pikaza:

En un mundo de epulones ciegos, suicidas y asesinos

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(Imágenes 1:Lázaro recibe a los «epulones», de  A. y O. 2. San Lázaro de Verín recibe  a los que vienen… 3. Una ciudad con muro entre lazaros y epulones. 4. Jerusalén ¿una ciudad para todos?)

Ésta es quizá la parábola más “escandalosa”  y verdadera del evangelio.Estoy convencido de que el 80 por ciento de la clase acomodada piensa que es inmoral y falsa… Algo parecido piensa, a mi entender, un 50 por ciento de la iglesia (aunque no se atreva a decirlo en alto). Ciertamente, el contenido de esta parábola de Lucas 16 es fuerte, pues va en contra del orden establecido… y muchos no loa aceptan.

El orden establecido está hecho para que los ricos puedan comer en sus casas, disfrutando de aquello que han ganado, sin abrir su puerta  (en USA o España, GB o Italia…) a los pobres Lázaros del mundo entero, del Sahel o de Indostania, del Cercano Oriente o de algún tipo de Lazaria de su misma tierra (en USA, España…).

10123Hay incluso partidos políticos y gobiernos que van directamente en contra de esta parábola… porque a su juicio destruye el buen orden de la tierra, es decir, del orden establecido. Pues bien, la parábola dice que los «epulones» se destruyen a sí mismo, y destruyen el mundo, mientras los los Lázaros tienen asegurado un camino de vida y de futuro, en el “seno de Abraham”, que no es el cielo sin más (en el ultramundo), sino la vida de la promesa que Dios hizo al patriarca de los pobres.

El epulón no tiene nombre… El pobre se llama Lázaro

El rico no tiene nombre personal, ni identidad propia. El evangelio le llama simplemente “el plousios, es decir, el rico (adjetivo sustantivado, no nombre). La tradición latina posterior le llamará epulón (de epulare,  que significa “banquetear”), esto es, aquel que no hace más que consumir. En la antigua Roma había un “colegio sacerdotal” de “epulones” (los comedores, es decir, los que comen mucho y dirigen los banquetes de los ricos).

El pobre tiene en cambio un nombre, le llama Lázaro (del hebreo Eleazar, aquel que ha sido compadecido por Dios). Es, por tanto, una persona ante Dios y debe serlo ante los hombres, a quienes pide ayuda con su necesidad (hambre, heridas…). Este evangelio nos sitúa ante la ruina de “epulonia” (la tierra o colegio sacerdotal de los ricos epulones, que consumen todos los recursos de la tierra), dejando morir a los Lazaros de hambre, a la puerta de su casa o tierra.

Epulonia y Lazaria

Favela de ParaisÛpolis (swimming pools). This favela (shanti town) on the left is ironically called ParaisÛpolis (Paradise city). Photo: Tuca Vieira Los epulones y Lázaros  forman según eso dos tipos de seres humanos: los anti‒personas (ricos sin nombre) y lase personas (los lázaros con nombre). Son “figuras humana”: Una es la “clase” de los parásitos epulones (que todo lo consumen banqueteando) y otra la clase de la humanidad de los “Lázaros”, compadecidos de Dios.

Sería hermoso trazar un mapa de las dos tierras, la Epulonia de los que todo lo consumen, hasta morir sin remedio y matar la misma tierra, y la Lazaria, que constituye el gran “lazareto” de la humanidad enferma, expulsada, dominada. Antiguamente, Lazaria o tierra de los “lazaretos” solía ser una ermita‒hospital (o un tipo de cárcel) donde se expulsaba a los enfermos‒pobres, porque “contaminaban” la ciudad…, una ermita‒hospital donde tenían que pasar “cuarenta días” (cuarentena de vigilancia) cuando venían de viajes de tierras de peste, hasta mostrar que no tenían enfermedades.

Tema de sermón, la parábola del Santo de los Lazaretos

jeru6al destruccionConozco bien la ermita del Lázaro de Verín (Ourense), a las afueras de la villa, donde en otro tiempo se expulsaba o tenía en cuarentena a los hermanos, antes de cruzar el río y pasar a la ciudad. Si mal no recuerdo, celebré el año 1986 el solemne triduo del San Lázaro (fiesta: el 28 de junio). Como se sabe, hay dos Lázaros en el Nuevo Testamento, uno más histórico (el hermano de Marta y María, el resucitado, cf. Jn 11‒12) y este más alegórico, de la parábola de Lc 16. Prediqué tres días sobre este Lázaro de alegoría, creo que con provecho del pueblo; algunos se acordarán, sin duda del evento.

Con esto podemos pasar a la parábola‒alegoría, una de las más fuertes del evangelio, una parábola absolutamente actual, cuyos rasgos están tomados del judaísmo anterior (los personajes son judíos, el “cielo” se identifica con la “casa” o morada de Abraham…), que divide la humanidad en dos “clases”: La clase de los epulones‒parásitos que lo consumen todo y que se condenan a sí mismos a la muerte… Y la “comunidad” de los Lázaros (preferidos de Dios), expulsados de la tierra, a la puerta de la Casa‒Epulonia (la casa del rico y sus hermanos‒mafia destructora), sin más riqueza que su necesidad.

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La parábola es “escandalosa” y muchas quisieran arrancarla del evangelio (empezando por particos políticos con nombre latinos como VOX), pues los epulones se condenan, simplemente por ser ricos‒tragones (que todo lo consumen); no se dice si son buenos o manos en otros rasgos de moral, no se añade cómo han conseguido las riquezas, sin son del Banco Central o de la OMC. Su capital es un gran “vientre”, y con el vientre se consumen, destruyendo el mundo, y destruyéndose a sí mismo; sin dejar que pasen o lleguen a su puerta los “Lázaros” (de quienes tampoco se dice que tengan virtudes especiales, sino sólo que son pobres, que no comen, que necesitan cuidados médicos…).

Les ha tocado mala suerte a los epulones, que son los que viven para organizar su fiesta y comer/consumir las riquezas (minerales, energía, buenas comidas…) del mundo. Ellos mueren y pasan sin más, sin que Abraham, el Padre, pueda hacer algo por ellos.

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Los Lázaros, en cambio,  tienen la suerte Dios que es la Vida… Ciertamente, morirán al fin (lo mismo que los epulones, quizá antes), pero su vida ha merecido la pena, y los ángeles de Abraham les reciben su en casa, la casa donde todo se comparte…

Desde el fondo anterior se comprende la historia mundialmente famosa de un rico (=epulón, un hombre centrado en la buena comida), que comía y gastaba sin preocuparse de nadie, mientras moría a su puerta de hambre y de llagas un mendigo (=lázaro, de donde viene lazareto). Pero el rico también murió, y así la historia pudo contarse también desde el otro lado[1]:

Parábola, texto

  16, 19-21 Primera escena. A la puerta de la casa del rico, en este mundo: Había un hombre rico (=Epulón) , que se vestía de púrpura y de lino finísimo, y celebraba cada día banquetes espléndidos. Y cierto pobre, llamado Lázaro, estaba echado a su puerta, lleno de llagas, y deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa de Epulón, pero no podía; y los perros venían y le lamían las llagas.

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Los zapatos de Susana. Domingo 26. Ciclo C

domingo, 29 de septiembre de 2019
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zapatos de lujoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

‒ Judas, se me han roto los zapatos. Tienes que darme dinero para comprarme unos nuevos.

            ‒ ¿Cuánto necesitas? ‒ pregunta Judas sin entusiasmo.

            ‒ He visto unos muy sencillos. Sólo cuestan seiscientos veinticinco euros.

            Judas pega un salto.

            ‒ ¡Seiscientos veinticinco euros! ¿Estás loca, Susana? ¡Estos que llevo puestos me costaron treinta!

            ‒ Pues el bolso que hace juego con los zapatos cuesta mil cuatrocientos cincuenta.

            Bartolomé sonríe contemplando la escena. Susana es la gran bienhechora del grupo, ha entregado todo su dinero, sin reservarse nada, y ahora está poniendo en un aprieto a Judas. “Judas no tiene sentido del humor”, piensa Bartolomé. “Se cree que Susana va en serio”.

            ‒ A mí no me parecen caros esos zapatos ‒comenta para incordiar‒. Yo creo que deberías darle el dinero.

            ‒ No tenemos ni trescientos euros, estúpido.

            ‒ Entonces no podré alquilar la suite de lujo que cuesta veinte mil euros la noche.

            ‒ ¿No tenéis cosas más serias de las que hablar? ‒interviene Jesús‒.

            ‒ Esto es muy serio, maestro. ¿Sabes cómo tira el dinero la gente, el lujo con que viven algunos?

            ‒ Claro que lo sé. Basta ver la televisión.

            ‒ Tú estás muy atrasado, maestro. Tienes que meterte en Internet. Buscar en Google. Casas de lujo, relojes de lujo, coches de lujo, zapatos de lujo… No te imaginas la sorpresa que te ibas a llevar.

            ‒ Sorpresa, no. Indignación. Prefiero no mirar.

            ‒ Y los cabrones que gastan el dinero de esa forma, ¿se salvarán? ‒pregunta Tomás con deseo de provocar a Jesús.

            ‒ Ya deberías saber la respuesta. Os conté una historia sobre ese tema.

            ‒ Yo no la recuerdo.

            ‒ Estarías fuera, como siempre.

            ‒ Cuéntala otra vez, maestro ‒pide Pedro‒.

            Jesús se sienta, se concentra un momento y comienza:

            ‒ Había un hombre rico que se vestía en los mejores sastres de Nueva York, viajaba en su avión particular, miraba la hora en un reloj de oro con brillantes, comía en los restaurantes más lujosos y habitaba en un palacete de cuarenta habitaciones en medio de un bosque inmenso. ¿Sabéis cuánto gastó un día en una comida en un restaurante del sur de Francia?

            Rebuscó en la mochila y finalmente consiguió encontrar una factura que enseñó a todos.

            ‒ Ciento siete mil quinientos veinticuatro francos. Hice una fotocopia del periódico porque no me lo podía creer.

         banquete  ‒ Y eso en euros, ¿cuánto es? ‒ pregunta Judas.

            ‒ Mas de dieciséis mil euros, bastante más.

            ‒ ¡Por una sola comida!

            ‒ Cuando iba a la ciudad en su deportivo ‒continuó Jesús‒, el rico pasaba delante de un mendigo sentado a la entrada de una pobre choza, fabricada con cartones y cubierta con una chapa de uralita. El mendigo lo miraba con envidia y el rico apartaba la mirada. El mendigo acudió una vez a la mansión del rico para pedir algo de comer. Pero encontró la verja cerrada y el guardia de seguridad lo despidió con malos modos. Al cabo del tiempo murió el mendigo y fue al paraíso. Poco después, el rico se estrelló con su deportivo a doscientos por hora, murió, lo enterraron, y fue a parar al infierno. Estando allí, achicharrándose vivo, levantando los ojos, vio a lo lejos al mendigo, y le grito: “Por favor, tráeme un vaso de agua, aunque sólo sea un vasito; me muero de sed y me torturan estas llamas.” Pero el mendigo le contestó: “Lo siento, tío. Recuerda que tú tuviste de todo en la otra vida mientras yo me moría de hambre. Ahora se han cambiado las tornas. Además, aunque te parezca que estoy cerca, entre nosotros hay un abismo que nadie puede cruzar.” El rico guardó silencio un momento y luego preguntó: “¿Cómo te llamas?” El mendigo le contestó: “Si me hubieras preguntado mi nombre en la otra vida, también me habrías dado de comer. Pero tú siempre apartabas la mirada. Por eso estás ahora al otro lado del abismo”.

            Menos Tomás, todos recordaban la historia, que siempre les impresionaba. Fue Susana quien rompió el encanto.

            ‒ Cuando yo enseñaba catequesis, contaba una historia parecida que me habían enseñado las monjas de pequeña. ¿Os la cuento?

            Y la contó sin esperar permiso de nadie:

      – Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. (El seno de Abrahán es como el paraíso, explicó Susana, y Abrahán es el que se encarga de organizarlo todo allí.) Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” Pero Abraham le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.

            ‒ Se parece mucho, pero a mí me gusta más lo de los aviones y el deportivo ‒opinó Leví.

            ‒ Todavía no he terminado ‒lo cortó Susana‒. Mi historia sigue diciendo que el rico le insistió a Abrahán: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abraham le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abraham. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.” Abraham le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”

            Cuando Susana calló, Bartolomé comentó irónico:

            ‒ El problema es que hoy día nadie cree en el infierno. Habría que cambiar la historia. Por ejemplo, que al mendigo le toque la primitiva y el rico se arruine.

            ‒ No seas tonto, Bartolomé ‒lo cortó María‒. Eso sí que no se lo cree nadie.

¿Dónde se basa esta historia?

            La parábola del rico y Lázaro, exclusiva del evangelio de Lucas, se inspira en un texto del profeta Amós, elegido este domingo como primera lectura. Este profeta del siglo VIII a.C. vivió una situación muy parecida, en ciertos aspectos, a la de hoy: gente millonaria, que puede permitirse toda clase de lujos, y gente que llega a duras penas a fin de mes o incluso pasa hambre.

            El profeta se dirige a la clase alta de las dos capitales, Jerusalén (Sión) y Samaria, y denuncia su forma de vida: «Os acostáis en lechos de marfil, os arrellanáis en divanes, coméis carneros del rebaño y terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales; bebéis vino en copas, os ungís con perfumes exquisitos y no os doléis del desastre de José».

            El lujo se extiende a todos los ámbitos: al mobiliario, con lechos y divanes de marfil, mientras la inmensa mayoría de la gente duerme en el suelo; a la comida, a base de carne de carnero y de ternera, cuando los pobres se contentan con pan y agua, unas uvas y un poco de queso; a la bebida en copas refinadas o de gran tamaño (el término hebreo puede interpretarse de ambos modos); a los perfumes carísimos, mientras los pobres sólo huelen a sudor.

            Y esta gente que se permite toda clase de lujos “no se duele del desastre de José”. José no es una persona concreta sino todo el país, conocido entonces como Casa de José porque sus tribus principales eran Efraín y Manasés, los dos hijos del patriarca José.

            Lo que dice el profeta es que esa gente que vive con toda clase de lujos no se preocupa lo más mínimo del sufrimiento de millones de personas que lo pasan mal. Como castigo, les anuncia la invasión de un ejército extranjero que pondrá fin a sus orgías y los deportará.

El cambio que introduce la parábola

            La parábola cambia radicalmente el tema del castigo. Mientras Amós piensa qué ocurrirá en esta vida, mediante la invasión de los asirios, Jesús lo desplaza a la otra vida. Él no se hace ilusiones; en esta vida, el rico seguirá disfrutando, y el pobre pasando hambre. Este cambio radical en el punto de vista ayuda a entender otras afirmaciones del evangelio de Lucas.

            En el Magnificat, María pronuncia unas palabras que, aplicadas a nuestro mundo, resultan estúpidas o de un cinismo blasfemo cuando dice que Dios “a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. A la luz de la parábola del rico y Lázaro queda claro cuándo tendrá lugar esa revolución.

            Lo mismo afirma el comienzo del Discurso en la llanura (equivalente en Lucas al Sermón del monte de Mateo), que contrasta la situación presente (ahora) con la futura. “Dichosos los pobres, porque el reinado de Dios les pertenece. Dichosos los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis… Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya recibís vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque pasaréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque lloraréis y haréis duelo” (Lc 6,20-25).

El rico no era un criminal

            Lo que más debe intranquilizarnos (porque la parábola pretende sacudir la conciencia) es que el rico no es un explotador ni un criminal, no se dice que pagara un salario de miseria a sus obreros ni que se hubiera enriquecido con el narcotráfico. Lo que denuncia la parábola es su forma exquisita de vestir (púrpura y lino) y de comer (banqueteaba espléndidamente todos los días), sin fijarse en el pobre que está tendido a su puerta. Es la injusticia indirecta causada por el egoísmo.

¿Dos textos trasnochados?

         africa_pobreza   Tanto Amós como Jesús viven en una sociedad muy distinta de la nuestra (al menos de la del Primer Mundo). Entonces no existía la clase media. La riqueza se acumulaba en pocas manos, mientras la mayor parte del pueblo vivía en circunstancias muy duras. Aplicar la parábola a los multimillonarios de hoy día, jeques árabes, grandes industriales, artistas de cine, deportistas de élite… supondría dejar con la conciencia tranquila a los millones de personas que vivimos en circunstancias infinitamente mejores que la inmensa mayoría de la población mundial. Si ahora mismo resulta difícil resistir su mirada, mucho más difícil será cuando nos mire Dios.

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Domingo XXVI del Tiempo Ordinario. 29 septiembre, 2019

domingo, 29 de septiembre de 2019
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“-Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.”

(Lc 16, 19-31)

“…manda a Lázaro…” Incluso estando en el mismísimo infierno este rico sigue sintiéndose superior a Lázaro y sin ningún reparo reclama que le sirva.

Y ese debe ser precisamente el infierno: pensar que las demás personas están para satisfacer mis propias necesidades y las de mi gente. Ver a la otra persona “de segunda clase”, inferior ya sea por su condición económica, social, por sus capacidades diferentes o por su orientación sexual…

Siempre podemos encontrar un motivo, una justificación para desplegar nuestras ansias de dominio. Nuestro lado más oscuro y dejar de ver en la otra persona a alguien exactamente igual que yo.

Ese es el problema de la riqueza en cualquier aspecto de la vida. En cuanto nos sentimos “ricos”, nos creemos “mejores” y se estropea la comunión de la que deberíamos ser imagen.

La violencia que sacude nuestro mundo nace de la rivalidad. Nace cuando nuestra mirada se enferma y vemos a las demás personas como “mejores” o “peores” que nosotras mismas. Cuando en lugar de colocarnos “al lado” de las demás nos inventamos toda una jerarquía de valores o virtudes que nos hacen olvidar el gran valor de la dignidad humana que TODA personas posee porque le ha sido dada.

Las primeras páginas del Génesis nos advierten de este peligro, Dios le dice a Caín: “-¿Por qué te enfureces? ¿Por qué andas cabizbajo? Si obraras bien, llevarías bien alta la cabeza; pero si obras mal, el pecado acecha a tu puerta y te acosa, aunque tú puedes dominarlo.” (Gn 4, 6-7)

Si el pecado original daña la relación de la humanidad con Dios al querer ocupar su lugar, este segundo pecado nos llama la atención sobre aquello que daña las relaciones humanas.

En el fondo los dos pecados son muy similares. Ambos tienen que ver con el ansia de poder y dominio que llevamos en el corazón: la envidia, la codicia, el egoísmo… Todo aquello que nos hace creer que los demás son rivales, enemigos. Todo aquello que nos hace olvidar que somos comunión y nos necesitamos, y es precisamente en nuestras buenas relaciones donde crecemos y nos asemejamos a Dios Trinidad.

Oración

Haznos reconocer, Trinidad Santa, el valor de nuestra propia dignidad para que desde la humildad que da ese conocimiento nos abramos a la dignidad de las demás.

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Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Siempre habrá un Lázaro a tu puerta.

domingo, 29 de septiembre de 2019
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lazarus-2Lc 16, 19-31

Por última vez, después de una insistencia machacona, nos habla Lc de la riqueza. Yo también tengo claro que en materia de riqueza no haremos caso ni aunque resucite un muerto. La parábola va dirigida a los fariseos. Acaba de decir el evangelista: “Oyeron esto (no podéis servir a dos amos) los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de él”. Jesús apoyándose en las creencias que ellos aceptaban, quiere hacerles ver que, si de verdad creyeran lo que predican, no estarían tan pegados a las riquezas.

Esta parábola es clave para entender algo de lo mucho que nos dice el evangelio sobre las riquezas. No se puede hablar de ellas en abstracto y la parábola nos obliga a pisar tierra. El rico no tiene en cuenta al pobre y sin esa toma de conciencia nada tiene sentido. Lo único negativo de la parábola es que, mal interpretada, nos ha permitido utilizarla como opio para el pobre. Aguanta un poco, hombre, que aunque te parezca que el rico disfruta, espera al más allá y le verás freírse en el infierno, mientras tú encontrarás la dicha más completa.

Esta parábola nos dice lo mismo que (Mt 25,34-46) “Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber…” Las dos hay que entenderlas dentro de una visión mitológica del más allá: premio y el castigo más allá, como solución de las injusticias del más acá. Utilizar estos textos para seguir hablando de un premio para los pobres y un castigo para los ricos en el más allá, no tiene sentido alguno; a no ser que se busque la resignación de los pobres para que los ricos puedan seguir disfrutando de sus privilegios.

Para comprender por qué el rico, que comía y vestía de lo suyo, es lanzado al “hades”, debemos explicar el concepto de rico y pobre en la Biblia. Para nosotros “rico” y “pobre” son conceptos que hacen referencia a una situación social. Rico es el que tiene más de lo necesario para vivir y puede acumular bienes. Pobre es el que no tiene lo necesario para vivir y pasa necesidades vitales. En el AT la perspectiva es siempre religiosa. Fueron los profetas, sobre todo Amós, los que levantaron la liebre y denunciaron la maldad de la riqueza. Su razonamiento es simple: la riqueza se amasa siempre a costa del pobre.

Pobres, en el AT, sobre todo a partir del destierro, eran aquellos que no tenían otro valedor que Dios. Se trataba de los desheredados de este mundo que no tenía nada en qué apoyar su existencia; no tenían a nadie en quien confiar, pero seguían confiando en Dios. Esta confianza era lo que les hacía agradables a Dios, que no les podía fallar (Lázaro, Eleazar -´el ´azar en hebreo- significa Dios ayuda). No existe en el AT concepto puramente sociológico de rico y pobre, porque nada se podía desligar del aspecto religioso.

Ahora comprenderéis por qué el evangelio da por supuesto que las riquezas son malas sin más matizaciones. No se dice que fueran adquiridas injustamente ni que el rico hiciera mal uso de ellas, simplemente las utilizaba a su antojo. Si Lázaro no hubiera estado a la puerta, no habría nada que objetar. Pero es precisamente el pobre, el que con su sola presencia, llena de maldad el lujo y los banquetes del rico. Tampoco Lázaro se propone como ejemplo moral de pobre, sino como contrapunto a la opulencia del rico.

Para comprender, que no es fácil, el mensaje del evangelio, basta ver el comportamiento de Jesús. Manifiesta una predilección por todos los que necesitaban liberación, entre ellos los pobres; pero también admitió la visita de Nicodemo, era amigo de Lázaro, aceptó la invitación de Mateo, acogió con simpatía a Zaqueo, fue a comer a casa de un fariseo rico, etc. No es fácil descubrir las motivaciones profundas de la manera de actuar de Jesús. Jesús descubrió que la riqueza, acumulada y no compartida, impide entrar en el Reino. Pero su actitud no fue excluyente, sino abierta y de acogida para los ricos.

El mensaje del evangelio no pretende solucionar un problema social sino denunciar una falsa actitud religiosa. Una correcta actitud religiosa solucionaría la injusticia social. El evangelio está a años luz del capitalismo, pero también del comunismo. Jesús predica el “Reino de Dios”, que consiste en hacer de todos los hombres una comunidad de hermanos. La diferencia es sutil, pero sustancial. El comunismo reparte los bienes, pero mantiene al pobre en su pobreza para seguir justificándose. Jesús propone compartir como fruto del amor que nos une. La consecuencia sería la misma, que los ricos dejarían de acaparar y los pobres dejarían de serlo, pero el camino recorrido humanizaría tanto al rico como al pobre.

Seguramente que el rico de hoy hacía favores e invitaría a comer a sus hermanos y a los amigos ricos como él. Esa actitud no garantiza humanidad alguna. El amor cristiano solo está garantizado cuando hago algo por aquel que no va a poder pagármelo de ninguna manera. El amor que pide Jesús nunca se puede desligar de la compasión. Amor sin compasión es interés. Un niño no tiene compasión por su madre, por eso lo que siente por ella no es “amor” sino interés. La mayoría de las relaciones que calificamos de amor, no son más que egoísmo.

Ahora podemos entender por qué refugiarse en la incapacidad de cada uno para solucionar el hambre del mundo no puede ser excusa para no hacer nada. Recordad, la denuncia no es de un problema social, sino religioso. Nuestra pasividad está demostrando que la religión no es más que una tapadera que intenta sumar seguridad espiritual a las seguridades materiales que tenemos. Jesús no está pidiendo que soluciones el hambre del mundo, sino que salgas de tu error al confiar en la riqueza. No se te pide que salves el mundo, sino que te salves tú. Si los ricos dejásemos de acaparar bienes, inmediatamente llegarían a los pobres.

Me daría por satisfecho si todos nosotros saliéramos de aquí convencidos de que la pobreza no es un problema que alguien tiene que solucionar, sino un escándalo en el que todos participa­mos y del que tenemos la obligación de salir. No es suficiente que aceptemos teóricamente el planteamiento y nos dediquemos a criticar las injusticias que se están cometiendo hoy en el mundo. Debemos descubrir que aunque yo esté dentro de la legalidad cuando acumulo bienes materiales, eso no garantiza que mi relación con Dios sea la correcta.

No basta despojar a los ricos de su riqueza, porque los ahora pobres ocuparían su lugar. Eso ha pasado en todas las revoluciones sociales. La única solución pasa por superar todo egoísmo para hacer un mundo de hermanos. Es verdad que los ricos no se consideran hermanos de los pobres, pero tampoco los pobres se consideran hermanos de los ricos. El evangelio va mucho más allá de la solución de unas desigualdades sociales, pero también esas injusticias quedarían superadas con un verdadero amor-compasión.

No podemos desarrollar una auténtica religiosidad sin contar con el pobre. Nuestra religión, olvidando el evangelio, ha desarrollado un individualismo absoluto. Lo que cada uno debe procurar es una relación intachable con Dios. La moral católica está encaminada a perfeccionar esta relación con Él. Pecado es ofender a Dios y punto. El evangelio nos dice algo muy distinto. El único pecado que existe es olvidarse del hombre que me necesita. Mi grado de acercamiento a Dios es el grado de acercamiento al otro. Todo lo demás es idolatría.

Meditación-contemplación

Satisfacer las necesidades biológicas no es malo, pero es insuficiente.
Solo las exigencias de tu verdadero ser te llevarán a la plenitud.
No debes renunciar a nada sino elegir lo mejor para ti, aquí y ahora.
Dios te está dando siempre una posibilidad de plenitud.
No desarrollar esa potencialidad es la verdadera condenación.
Tú solito estás malogrado tu existencia.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Mammón y las riquezas.

domingo, 29 de septiembre de 2019
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plotino1La oración no es para cambiar los planes de Dios. Es para confiar y descansar en Su soberana voluntad (Martin Lutero)

29 de septiembre 2019. DOMINGO XXVI DEL TO

Lc 16, 18-31

Le dice Abrahán: Tienen a Moisés y los Profetas, que los escuchen (v 29)

Este Evangelio, propone la incompatibilidad entre seguimiento de Jesús y servicio al dinero Mammón, que en arameo significa riqueza y bienes materiales. Lucas presenta esta parábola, que muestra algún aspecto de lo que Jesús recibe como realidad del Reino, poniendo énfasis obre la imposibilidad de servir a Dios, a su reino, y al dinero.

Consecuencia más inmediata: el olvido de las más mínimas relaciones de justicia y de la finalidad de la misma existencia humana, pues los textos evangélicos, no son letra muerta sino viva, donde los pensamientos rolan conmigo y yo con mis pensamientos hasta vehiculizarse en exquisito manjar del paraíso, siendo necesariamente preciso para ello, aderezarlo con copiosas especias orientales.

La mente teje constantemente ideas, despintándonos con su desordenado tejer, y dificultándonos la traducción los textos evangélicos, aunque, como dice Willigis Jäger en Sabiduría Eterna: “Lo que se exige es aceptar la situación que no podemos transformar. En la aceptación de lo que no podemos cambiar se cifra el auténtico proceso de transformación”, transformación imprescindible y necesaria.

Decía Amós, 6, 6: “Bebéis en copas vino, os ungís con perfumes exquisitos, no os doléis del desastre de José, en Salmo 37, 11 se les otorga el disfrute de la prosperidad en la tierra, y en el Deuteronomio 15, 8, a que les abramos la mano y les prestemos a la medida de su necesidad.

La pobreza más ofensiva es la del ser humano, como la que atacó el profesor indio Amartya Sen, (1993), sobre el Premio Nobel de Economía en 1998, “por su contribución al análisis del bienestar económico”.

“No es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita”, decía Fray Marcos en la misa del pasado domingo.

Como dice Plotino en su Libro I de la Eneida a través de uno de sus personajes más famosos, a los menesterosos le ocurrirá lo que a Eneas, que subió hasta las estrellas del cielo:

 “Deja ese miedo, Citerea, que intacto permanece para ti el sino de los tuyos, verás la ciudad y las prometidas murallas de Lavinio y llevarás, sublime, hasta las estrellas del cielo al magnífico Eneas”.

Lucas ha escrito en su evangelio, 16, 29, Abrahán dice que tienen a Moisés y los Profetas, que los escuchen, pero en cambio, a nosotros, ¿nos escucha alguien?

 Posiblemente tenía razón Martín Lutero cuando escribió esta frase: La oración no es para cambiar los planes de Dios. Es para confiar y descansar en Su soberana voluntad”, voluntad que nos invita a la conmiseración y compasión de los necesitados.

Poema de Leonard Cohen escribió un hermoso poema en el que modula:

Los pájaros cantan al hacerse de día:
“Empieza de nuevo”
oí que decían.

No pierdas el tiempo
Pensando en lo que ya pasó
o en lo que aún no ha pasado.

Tañe las campanas que aún pueden repicar,
olvídate de tu ofrecimiento perfecto.

Todo tiene una grieta:
así es como entra la luz.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Misericordia comunicativa versus inhumanidad.

domingo, 29 de septiembre de 2019
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26_Ord_CLucas 16,19-31

Existe una crítica generalizada a la tradición interpretativa de este texto. Esta consiste en que refuerza la idea de que el sufrimiento es un medio para la salvación y de que hemos apagado el disfrute de la vida advirtiendo que todo placer vivido en el presente traerá sufrimiento en el futuro. Como si se tratara de una especie de equilibrio o justicia retributiva: si sufres ahora, disfrutarás después y si disfrutas ahora sufrirás en el futuro. Además, aquí, en el mejor de los casos, nos mantendríamos en un “valle de lágrimas” mientras que la alegría y la justicia se demoran a un “más allá” que está por venir. Y viceversa: sumamos aquí el miedo por el infierno, lleno de tormentos, para quienes tienen momentos de abundancia y satisfacción.

Hay que tener entonces mucho cuidado al leer este texto para no caer en este estereotipo, que ciertamente ha sido muy dañino y perjudicial para la salud espiritual de muchos creyentes.

El problema de fondo que plantea el texto parece ser, por el contrario, la distancia insalvable, la incomunicación, la falta de cuidado. El rico vive en la opulencia; el pobre se parece más a los perros que a un ser humano: come las migajas que caen de la mesa y los perros le curan las heridas como si fuera de su manada. Entre el rico y el pobre no hay comunicación. Esta distancia será la misma que se planteará, a continuación en el relato, en la imagen del abismo: “entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso”. Es decir, la distancia se vuelve insalvable con el tiempo.

Hay dos cuestiones entonces sobre las que el texto llama la atención:

  1. Jesús apunta con energía que no pueden existir estos desequilibrios económicos que rebajen la dignidad de las personas. Invita a renovar la mirada, el contacto y el cuidado hacia quienes pasan necesidad.
  2. Se señala la necesidad de maleabilidad del pensamiento y cambio de actitud en relación con los textos bíblicos. Este aspecto está intrínsecamente vinculado al anterior. La misericordia abre una hermenéutica particular que, de la mano de los profetas, llama al cuidado y a defender la justicia. Y con esta práctica se dilata la comprensión de los textos antiguos.

La dureza de entendimiento es así la culpa más grave de los fariseos y ahí está su lucha. Tal es su cerrazón que no cambiarían de opinión ni siquiera si un muerto resucitara.

El texto hace un fuerte llamado a escuchar las escrituras al decir que “si no escuchan a Moisés y a los profetas” nada los convencerá. Pero si ellos son los expertos en Escrituras. ¿Qué pasa entonces? Lo que pasa es que no la comprenden. Y no pueden comprender porque la misericordia en la práctica es un ejercicio que abre el entendimiento y permite interpretar y entender los mensajes de Moisés y los profetas; mensajes de liberación de esclavitudes y de corazones convertidos. Si no llevan a la práctica lo que leen no pueden seguir comprendiendo.

Jesús les está diciendo, justamente a los fariseos expertos en Escritura a quienes va dirigido este pasaje, que pueden ver toda clase de milagros, incluso la resurrección de un muerto, pero que ni siquiera así serían capaces de convencerse. Porque no pasan por la conversión que vincula y restablece vínculos de fraternidad y dignidad humanas.

También a nosotros, los lectores y oyentes de este texto, se nos invita a tener un espíritu atento y moldeable a lo que dicen los profetas y Moisés. Pero la posibilidad de esta hermenéutica y transformación intelectual y espiritual radica en la práctica de vínculos de cuidado y de solidaridad. Si no nos convertimos leyendo los textos sagrados, tampoco nos convenceremos, aunque abunden los signos.

También para nosotros la misericordia comunicativa es esencial si no queremos caer en la distancia brutal que nos vuelve inhumanos.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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La indiferencia como defensa

domingo, 29 de septiembre de 2019
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Compasión.2-234x300Domingo XXVI del Tiempo Ordinario
29 septiembre 2019
Lc 16, 19-31

“Ojos que no ven, corazón que no siente”, afirma con perspicacia el refrán popular. La indiferencia consiste justamente en eso: en no querer ver, como una forma de blindarse frente a aquello que podría amenazar nuestra zona de confort, los intereses y expectativas de nuestro ego.

          La indiferencia, por tanto, es lo opuesto a la compasión, en cuanto capacidad de sentir y vibrar con el otro, particularmente en su dimensión de necesidad y vulnerabilidad. La compasión –en el sentido etimológico del término griego que aparece en el texto evangélico: “splagchnizomai”– nos remueve en las entrañas, nos ablanda y nos mueve a actuar en beneficio de la persona; la indiferencia nos ciega y endurece, nos paraliza y nos encierra.

          Si tenemos en cuenta que la compasión constituye uno –si no el primero– de los ejes centrales del evangelio de Jesús, no es extraño que la indiferencia –junto con la hipocresía (mentira) de quienes se consideraban superiores a los demás o utilizaban la religión en beneficio propio (el fariseo, como arquetipo)– sea la actitud denunciada con más dureza.

          En esa denuncia se inscribe precisamente la parábola que estamos comentando, junto con otras dos bien conocidas: la que denuncia la indiferencia del sacerdote y del levita que no auxiliaron al hombre malherido (Lc 10, 25-37) y la del “juicio universal” que deja al descubierto a quienes no supieron ver al Señor en quien tenía hambre, estaba desnudo, enfermo o preso (Mt 25, 31-46).

          La parábola rezuma sabiduría por los cuatro costados, mostrando con precisión lo que es la indiferencia. En ningún momento se dice que el “hombre rico” –innominado, es decir, es alguien que “no existe”– agrediera o cometiera algún acto positivo contra Lázaro –el pobre existe, tiene un nombre que significa: “Dios ayuda”–; simplemente no lo vio.

          La indiferencia produce un “abismo inmenso”. En lugar de ver al otro como no-separado de mí –“carne de mi carne”, como dice el mito de la creación (Gen 2,23); “no te cierres a tu propia carne”, clamaba el profeta Isaías (58,7)–, la indiferencia lo ignora por completo, creando una separación tan abismal como errónea.

¿Qué signos de indiferencia percibo en mí?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Lázaro es calladamente pobre, no dice ni palabra. Al rico se le llena «la boca de cantares»

domingo, 29 de septiembre de 2019
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031617-Lc-16-19-31Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Una aclaración previa: Jesús riqueza y sexualidad.

En continuidad con el tema del domingo pasado, también hoy se nos plantea la cuestión de la riqueza, el dinero y la miseria humanas.

Jesús habló -predicó y vivió- pobremente. Jesús no fue rico ni amó la riqueza. Jesús fue pobre: nació en un establo, no tuvo dónde reclinar su cabeza y murió como un marginado, fuera de la ciudad. Al mismo tiempo, las palabras-predicación de Jesús sobre la riqueza-pobreza fueron abundantes y enérgicas. ¡Ay de vosotros los ricos! ¡No podéis servir a Dios y al dinero! El joven rico no siguió a Jesús no porque fuese malo, sino porque era rico: una cosa te falta, vende lo que tienes y dalo a los pobres, luego sígueme. ¡Qué difícil es que un rico entre en el Reino de los cielos! Jesús elogia y propone con “hoja de ruta cristiana”: Bienaventurados los pobres.

Por contraposición, las palabras de Jesús sobre la sexualidad son muy escasas y todas comprensivas: De Magdalena se dice que salieron siete demonios (o lo que fuere, la mujer adúltera: Yo no te condeno, y poco más

Sin embargo en la moral legalista en la que hemos sido educados y a la que se quiere volver, ocurre exactamente al revés. Conforme a esa moral de Derecho Canónico todo lo sexual es pecado y se solía decir que pecado grave. Sin embargo en los asuntos de dinero, apenas había unos criterios de moralidad económico-cristiana.

Dicho de otro modo más sencillo y familiar. En la moral católica recibida se puede ser rico, pero no se puede ser divorciado, o todo lo sexual es pecado…

  1. Lo que no quiere decir esta parábola.
  • o Esta parábola no es una descripción de cómo se desarrollará la vida después de la muerte. Es una parábola, no una topografía de ningún lugar.
  • o Tampoco es una promesa a los pobres de un final feliz en compensación por lo mal que lo han pasado antes en esta vida. No es una invitación a la resignación de los pobres en beneficio del status quo de los ricos.
  • o Tampoco se trata de una “escatología tarifada”: ¿Cuánto dinero me está permitido tener y almacenar de modo que Dios no me pueda echar nada en cara al final de los tiempos?
  1. No perdamos de vista la misericordia de Dios.

En la vida nos salvamos no por nuestros méritos, por lo bien que hemos cumplido con la normativa eclesiástica. Nos salvamos por JesuCristo y porque para Dios no hay nada imposible.

  1. Algunos significados de esta parábola. Breves notas
  • o Esta parábola es la reafirmación dicha poco antes en el evangelio de San Lucas (Lc 16.9.13): El dinero hace perder la cabeza al ser humano, nos vuelve locos. El dinero rompe toda posibilidad de comunicación con Dios e impide una solidaridad y convivencia en paz entre los hombres y pueblos. Los ricos son los que impiden que los barcos de rescate: “open arms”, “aita Mari”, etc. lleguen a los puertos con los migrantes: sea Salvini, otros estados europeos, Trump o quien fuere.
  • o En el dinero pretendemos hallar seguridad: tengo que ahorrar por si me sobreviene una enfermedad, que no me falte en la ancianidad, hay que dejar alguna herencia a los hijos, etc. En el dinero buscamos la seguridad porque no confiamos en Dios y en los demás
  • o El dinero es el que crea los abismos (hades) y los sufrimientos, las diferencias de clases sociales, las miserias humanas, las llagas y la tristeza
  • o San Lucas es muy sutil y dice que solamente los perros se compadecían de Lázaro. Los dueños, no; son los perros los que se compadecen y alivian el dolor de Lázaro lamiéndole las llagas. (Perro, en el mundo bíblico significaba extranjero-pagano. Los judíos, los religiosos no tenían misericordia. Son los paganos: los samaritanos, etc., quienes tienen compasión y sienten misericordia).
  1. Los que “montan la película” son los “religiosos”, no los que sufren, ni los cristianos.
  • o Llama poderosamente la atención en esta parábola que ni Dios, ni Jesús ni Lázaro dicen ni palabra. Por ello, “me da” que todo el tinglado del infierno, la condenación, el fuego, la gota de agua, “te pido que”, etc. lo montan los “judíos”, es decir: los “hombres religiosos” de turno.
  • o El pobre Lázaro está medio muerto, dormitando en cualquier cajero automático, enfermo, lleno de llagas y moscas, como los niños africanos que vemos en el telediario… Pero Lázaro, el pobre hombre, no dice nada, se calla.
  • o Extrañamente el rico se dirige no a Dios Padre, ni a Lázaro, ni a Jesús (como el buen ladrón), sino a Abrahán. El rico, incluso en el “más allá”, no siente misericordia, no se acerca a Dios Padre, como el hijo pródigo,. El rico epulón busca una especie de “tráfico de influencias”·y apela a Abrahán, el padre de Israel, personaje más que importante. Como Abrán es importante “me podrá echar una mano”.
  • o Los infiernos, los purgatorios y las diferencias abismales (abismos) están en este mundo, En el “otro mundo”, las cosas serán muy de otra manera y para todos, gracias a Dios.
  • o Y “en el más allá” no parece que las cosas vayan tampoco por el lado del poder y las influencias. Cuando estamos cegados por el dinero “no nos enteramos” ni con Abrahán, ni con Moisés, ni aunque resucite un muerto.
  • o Dios, que se supone está en el cielo, tampoco dice nada en la parábola, ni tan siquiera se le menciona. Dios no hace discursos, Dios hace, Dios salva callada y discretamente.
  1. Dios no ha creado el infierno (el abismo: sheol) “ni aquí ni allá”.
  • o Dios no ha creado dos estaciones “Termini” para la vida humana: si haces esto o lo otro, terminarás en el cielo; si “comes de la manzana” terminarás en “la caldera de pedro botero”. El infierno no es obra ni cosa de Dios. En el Génesis no aparece la creación del infierno, ni en el Credo decimos: “Creo en el infierno”. Dios sufre cuando nos ve cómo andamos a veces por la vida.
  • o Dios solamente quiere la vida y la salvación para los suyos, que somos toda la humanidad. El Dios de Jesús es un Dios de la vida, de la misericordia y quiere que todos nos salvemos, sea lo que fuere la salvación: el encuentro universal o la visio beatifica. No hay más que una historia y esta es de salvación.
  • o No hay más que un Padre que aguarda que volvamos, que lleguemos los hijos a casa.
  1. El problema está en la libertad humana.

         La parábola se inserta en el contexto del pensamiento y actitud de Jesús ante el dinero. No podéis servir a Dios y al dinero, (Lc 16,13), que leíamos el domingo pasado. Jesús piensa, vive y predica que el dinero no es bueno y no es bueno porque no realiza, no construye personas. Bienaventurados los pobres en Mateo, y ¡ay de vosotros los ricos! en Lucas. La riqueza despista mucho en la vida.

  • o La riqueza no salva, y cuando nuestras opciones (libertad) hacen presa en el dinero o en otras realidades, (la dichosa manzana), podemos hacer y hacernos daño, nos podemos equivocar de medio en medio.
  • o Y ahí está el problema. El hijo mayor de la parábola no quería entrar en la fiesta. Si uno no quiere entrar en la fiesta universal, ¿qué se puede hacer?
  • o Pero también cabe preguntarse si una libertad limitada y pobre, dañada, como todo lo humano, una libertad así, ¿puede optar por el mal absoluto? ¿podemos ofender tan brutalmente a Dios?

O dicho de un modo más amable, un poco infantil si se quiere, pero no lleno de verdad: un niño de dos años ¿puede ofender a su ama, a su aitona? Y nosotros ¿qué somos para Dios?

  1. Valles de tinieblas atrios de verdes praderas del Reino
  • o ¿Qué pasa y cómo cuando atravesamos las cañadas oscuras de la vida y de la muerte? No lo sabemos, pero creemos (fe) que en ese tránsito que es la muerte, Jesús (el crucificado) nos acompaña como a hijos pródigos y el Padre nos abraza.

Dios tiene en su infinita misericordia “los medios que fueren” para que ese encuentro sea un crisol donde

Lava quod est sordidum,               Limpia lo que está sucio

Riga quod est aridum,                   riega la aridez de nuestra vida

Sana quod est saucium.                 Sana lo herido

Dios con su infinita bondad puede “tocar” nuestro corazón y “sellar” los abismos e infiernos creados en esta vida: puede ayudarnos a allanar las profundidades de dolor, de malos tratos, de racismos, guerras, pobreza y miserias.

  • o Incluso entre el mal uso de la libertad y el final del ser humano y de la humanidad media siempre la misericordia de Dios, y ello es motivo de esperanza y fuente de paz.

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