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09 de Enero. Bautismo del Señor. Ciclo C

domingo, 9 de enero de 2022
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“Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”

(Lc 3, 15-16. 21-22)

Todavía con la resaca de Navidad, del comienzo de año y de la Epifanía, y ya se nos presenta a Jesús tomando sus propias opciones.

En los versículos anteriores Lucas nos presenta a Juan anunciando un tiempo nuevo y aclarando que él no era el Mesías esperado. Jesús, como tantos israelitas, también escucha esta buena noticia por boca de Juan. También quiere Jesús participar de este cambio comenzando por el bautismo. Se mezcla con el pueblo, es uno más de tantos; también hace fila, también espera en el calor del desierto… ¿Y nosotras? ¿En qué nos toca esperar? ¿Cómo esperamos? ¿En qué situaciones optamos por ser una persona entre tantas?

Para Jesús, este momento está cargado de contenido, se da una íntima comunión con el Padre y con su Espíritu. En ese momento en el que Jesús está orando es cuando recibe la confirmación personal: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”.

El destinatario de ese mensaje es exclusivamente Jesús. Será más adelante en su vida cuando tres discípulos (Pedro, Santiago y Juan) escuchen esta misma frase, en el monte Tabor, al ser testigos de la Transfiguración de Jesús (Lc 9, 28-36). En esa ocasión se les pedirá que lo escuchen.

¿Y nosotras? ¿Hemos escuchado nuestro mensaje personal de parte de Dios? ¿Estamos atentas para escucharlo? ¿Nos sabemos sus hijos e hijas amadas?

Dios Trinidad se hace presente en este pasaje de forma palpable. También el Espíritu Santo, al que parece que es más difícil describir, aparece hoy en forma de paloma. Dios Trinidad se hace presente en la historia, también en la actualidad. Dios es comunión, una comunión a la que también estamos llamadas nosotras.

Oración

Trinidad Santa, que nuestras esperas sean oportunidades de comunión íntima contigo.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Celebramos hoy el verdadero nacimiento de Jesús.

domingo, 9 de enero de 2022
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DOMINGO 1º BAUTISMO DE JESÚS (C)

Lc 3,15-22

Comenzamos el “tiempo ordinario”. El bautismo es el primer acontecimiento que los evangelios nos narran de la vida de Jesús. Es además, el más significativo desde su nacimiento hasta su muerte. Lo importante no es el hecho en sí, sino la carga simbólica que el relato encierra. El bautismo y las tentaciones hablan de la profunda transformación que produjo en él una experiencia que se pudo prolongar durante años. Jesús descubrió el sentido de su vida, lo que Dios era para él y lo que tenía que ser él para los demás.

Los cuatro evangelistas resaltan la importancia que tuvo para Jesús el encuentro con Juan el Bautista y el descubrimiento de su misión. A pesar de que es un reconoci­miento de cierta dependencia de Jesús con relación a Juan. Ningún relato nos ha llegado de los discípulos de Juan. Todo lo que sabemos de él lo conocemos a través de los escritos cristianos. Si a pesar de que se podía interpretar como una subordinación, lo han narrado todos los evangelistas, quiere decir que tiene grandes posibilidades muy de ser histórico.

Celebramos hoy el verdadero nacimiento de Jesús. Él mismo nos dijo que el nacimiento del agua y del Espíritu era lo importante. Si seguimos celebrando con mayor énfasis el nacimiento carnal, es que no hemos entendido el mensaje evangélico. Nuestra religión sigue empeñada en que busquemos a Dios donde no está. Dios no está en lo que podemos percibir por los sentidos. Dios está en lo hondo del ser y allí tenemos que descubrirlo. El bautismo de Jesús tiene un hondo calado porque nos lanza más allá de lo sensible.

Lucas no da ninguna importancia al hecho físico. Destaca los símbolos: Cielo abierto, bajada del Espíritu y voz del Padre. Imágenes que en el AT están relacionadas con el Mesías. Se trata de una teofanía. Según aquella mentalidad, Dios está en los cielos y tiene que venir de allí. Abrirse los cielos es señal de que Dios se acerca a los hombres. Esa venida tiene que ser descrita de una manera sensible para poder ser percibida. Lo importante no es lo que sucedió fuera, sino lo que vivió Jesús dentro de sí mismo.

El gran protagonista de la liturgia de hoy es el Espíritu. En las tres lecturas se hace referencia directa a él. En el NT el Espíritu es entendido a través de Jesús; y a la vez, Jesús es entendido a través del Espíritu. Esto indica hasta qué punto se consideran mutuamente implicados. Comprenderemos esto mejor si damos un repaso a la relación de Jesús con el Espíritu en los evangelios, aunque no en todos los casos  “espíritu” significa lo mismo.

Marcos:      1,10 Vio rasgarse los cielos y al Espíritu descender sobre él.

                   1,12 El Espíritu lo impulsó hacia el desierto.

Mateo:        3,16 Se abrieron los cielos y vio el Espíritu de Dios que bajaba como paloma.

Lucas:         3,22 El Espíritu Santo bajó sobre él en forma corporal como una paloma.

                   4,1 Jesús salió del Jordán lleno del Espíritu Santo.

                   4,14 Jesús, lleno de la fuerza del Espíritu, regresó a Galilea.

                   4,18 El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

Juan:          1,32 Yo he visto que el Espíritu que bajaba del cielo y permanecía sobre él.

                   1,33 Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, es quien bautiza con E. S. y fuego.

                   3,5 Nadie puede entrar en el Reino, si no nace del agua y del Espíritu.

                   6,63 El Espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada.

 

Hay que recordar que estamos hablando de la experiencia de Jesús como ser humano, no de la segunda o de la tercera persona de la Trinidad. Lo que de verdad nos debe importar a nosotros es el descubrimiento de la relación de Dios para con él, como ser humano, y la respuesta que el hombre Jesús dio a esa toma de conciencia. Lo singular de esa relación es la respuesta de Jesús a esa presencia de Dios-Espíritu en él. El bautismo no es la prueba de la divinidad de Jesús, sino la prueba de una verdadera humanidad.

En el discurso de Juan en la última cena, Jesús hace referencia al Espíritu que les enviará, pero también les dice que no les dejará huérfanos. Esas dos expresiones hacen referencia a la misma realidad. También dice que el Padre y él vendrán y harán morada en aquel que le ama. Jesús se siente identificado con Dios, que es Espíritu. No tenemos datos para poder adentrarnos en la psicología de Jesús, pero los evangelios no dejan ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios. Fue una relación mucho más que personal. Se atreve a llamarle Abba, (papá) cosa inusitada en aquella época y aún en la nuestra.

Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar su experiencia de Dios. El único objetivo de su predica­ción fue que también nosotros lleguemos a esa misma experiencia. La comunicación de Jesús con su «Abba«, no fue a través de los sentidos ni a través de un órgano portentoso. Se comunicaba con Dios como nos podemos comunicar cualquiera de nosotros. Tenemos que descartar cualquier privilegio en este sentido. A través de la oración, de la contemplación, el Hombre Jesús descubrió quién era Dios para él. En este caso, Lucas dice que esa manifestación de Dios en Jesús se produjo “mientras oraba”.

El descubrimiento de esa presencia nace sencillamente de su concien­cia de criatura. Dios como creador está en la base de todo ser creado, constituyéndolo en ser. Yo soy yo porque soy de Dios. Todo lo que tengo de positivo me lo está comunicando Dios; es el mismo ser de Dios en mí. Solo una cosa me diferencia de Dios: mis limitaciones. Esas sí son mías y hacen que yo no sea Dios, ni criatura alguna pueda identificarse absolutamente con Dios. Lo importante para nosotros es intentar descubrir lo que pasó en el interior de Jesús y ver hasta qué punto podemos nosotros aproximarnos a esa misma experiencia.

La experiencia de Dios que tuvo Jesús no fue un chispazo que sucedió en un instante. Más bien tenemos que pensar en una toma de conciencia progresiva que le fue acercando a lo que después intentó transmitir a los discípulos. Los evangelios no dejan lugar a duda sobre la dificultad que tuvieron los primeros seguidores de Jesús para entender esto. Eran todos judíos y la religiosidad judía estaba basada en la Ley y el templo, es decir, en una relación puramente externa con Dios. Para nosotros esto es muy importante. Una toma de conciencia de nuestro verdadero ser no puede producirse de la noche a la mañana.

¿Cómo interpretaron los primeros cristianos, todos judíos, este relato? Dios, desde el cielo, manda su Espíritu sobre Jesús. Para ellos Hijo de Dios y ungido era lo mismo. Hijo de Dios era el rey, una vez ungido; el sumo sacerdote, también ungido; el pueblo elegido por Dios. Lo más contrario a la religión judía era la idea de otro Dios o un Hijo de Dios. ¿Cómo debemos interpretar nosotros esa interpretación? Hoy tenemos conocimientos suficientes para recuperar el sentido de los textos y salir de una mitología que nos ha despistado durante siglos. Jesús es hijo de Dios porque salió al Padre, imitó en todo al Padre, le hizo presente en todo lo que hacía. Pero entonces también yo puedo ser hijo como lo fue Jesús.

Meditación

Jesús nació del Agua y del Espíritu.
Este segundo nacimiento dará a luz mi verdadero ser.
Ya está en mí, pero tengo que descubrirlo.
No te identifiques con tus limitaciones.
Tus fallos son carencias, pero tú eres lo positivo que hay en ti.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Lleno del Espíritu.

domingo, 9 de enero de 2022
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BAUTISMO DE JESUSLc 3, 21-22

«Tú eres mi hijo amado; en ti tengo complacencia»

Lo que vieron los ojos fue un galileo entrando en las aguas del Jordán y siendo bautizado por Juan el Bautista. La teofanía que recoge el texto a continuación —el cielo abierto, la paloma, la voz…— es fruto de la fe de sus autores, y solo con los ojos de la fe puede ser percibida.

Los evangelistas van a iniciar el relato de la vida pública de Jesús y quieren dejar claro desde el principio quién es el protagonista. Quieren anticiparnos que ese hombre capaz de mostrar con sus palabras la sabiduría de Dios y con sus hechos su misericordia; que es capaz de llegar hasta el final por ser consecuente con los criterios que nos propone, ese hombre —decíamos— es así, se comporta así, porque está lleno del espíritu de Dios.

El capítulo segundo del Génesis define al ser humano como barro con aliento de Dios; con espíritu de Dios, y esta definición formulada por el yahvista hace más de tres mil años todavía hoy sigue siendo válida para muchos de nosotros. En todo ser humano sopla el viento de Dios, su espíritu, aunque en algunos este soplo sea apenas perceptible, y en la mayoría de nosotros no pase de ser una brisa que solo en ocasiones pone de relieve nuestra humanidad.

Pero a lo largo de la historia, ese soplo, ese aliento, esa acción de Dios en definitiva, se ha manifestado de forma poderosa en muchos hombres y mujeres de cualquier tiempo, lugar o condición. Y no es preciso acudir a la biografía de grandes personajes para sentir el soplo de Dios en los seres humanos; basta que miremos a nuestro alrededor para que lo veamos en ese pariente, o ese amigo, o aquel compañero de trabajo… Es muy difícil sustraerse a esta realidad si uno va un poco atento por la vida.

Ahora bien, por encima de todos, hubo un hombre en quien el espíritu de Dios se manifestó de una forma tan extraordinaria que somos incapaces de entenderla o formularla. Su amigo íntimo, Simón —Pedro, como a él le gustaba llamarle—, lo definió luego como “Ungido por Dios con Espíritu Santo y con poder”.

Pedro recorrió con él Galilea, Judea y la tierra de gentiles, y conoció a un hombre que hacía propios los problemas ajenos y estaba siempre rodeado de enfermos, lisiados, pobres y pecadores. Que se compadecía de ellos, les sanaba, les enseñaba y les devolvía la esperanza que habían perdido. Que les decía que no eran unos pobres desgraciados como todos aseguraban, sino los más importantes a los ojos de Dios.

Y es que en Jesús hemos visto que el espíritu de Dios mueve a compadecer, a servir, a sanar, a enseñar, a dar esperanza… Y no solo vemos en él cómo es Dios para nosotros, sino también cómo es el ser humano en plenitud; libre de la opresión del pecado. Como decía Ruiz de Galarreta: «La Palabra le anuncia al ser humano que es más que un animalillo destinado a sobrevivir lo más cómodamente que pueda. Le dice: «Eres más, no te conformes, no te dejes engañar»».

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Bautismo de Jesús.

domingo, 9 de enero de 2022
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Lc 3, 15-16. 21-22

Siempre son difíciles de trasmitir las experiencias profundas porque difícilmente caben en las fronteras de las palabras, se escapan de los límites de los significados y por eso es necesario acudir a los símbolos y a los espacios amplios del relato para poder acoger, aunque sea de forma incompleta lo que se experimenta en lo hondo del corazón.

Para los compañeros y compañeras de Jesús contar a otros y otras lo que supuso para él su bautismo en el Jordán no fue una tarea fácil. Tenían que transmitir una vivencia honda y determinante en la vida del Maestro y para ello necesitaban poner en juego no solo toda su habilidad narrativa sino también hacer memoria de su experiencia religiosa y su camino de fe en Jesús.

Lucas, en concreto, nos presenta este momento crucial de la vida de Jesús como una experiencia vocacional, como el punto de partida desde el que se va a desplegar su vida a partir de ese momento. En la historia, narrada en pocos versículos, confluyen a la vez la experiencia íntima de Jesús con la proclamación pública de su identidad y su misión. El bautismo de Jesús expresará así su doble vinculación con Dios y con su pueblo.

Esperaban y se preguntaban en su interior. La difícil situación política, económica y social que vivía Palestina en el siglo I había despertado la esperanza en el pueblo de una intervención divina que les abriese caminos de futuro y les ofreciese un valedor ante tanta injusticia e impotencia sufrida (Mesías). La voz crítica de Juan, su modo diferente de actuar y su enfrentamiento con el poder herodiano hacía que muchos se preguntasen si él era quien traería la salvación de Dios tan anhelada. (Lc 3, 1-14). Juan, sin embargo, es consciente de que su papel es otro (Lc 3, 16-17). Él inspiraba en el corazón de la gente esperanza, pero será Jesús quien les invite a cambiar su vida desde Dios (Lc 3, 18).

Tod@s se bautizaban y Jesús también se bautizó. El relato recoge en breves pinceladas la vivencia de Jesús en el momento del bautismo. En primer lugar, Lucas indica que Jesús al introducirse en las aguas del Jordán oraba (Lc 3, 21). Este dato expresa la hondura del momento. No se trata de un rito sin más sino de una experiencia de encuentro con Dios que se revela como Padre (Lc 3, 22). En segundo lugar, este encuentro se expresa a través de imágenes (se abrió el cielo, el espíritu como paloma, la voz de Dios) que subrayan la fuerza existencial del momento y legitiman el camino que Jesús emprenderá a partir de ahora.

En el bautismo de Jesús la fuerza no está en la conversión, como proclamaba Juan, sino en la revelación. Todas las personas presentes son testigos de la experiencia que Jesús vive. Los que esperaban y se preguntaban, los que anhelaban en su corazón la salvación encuentran ahora una respuesta. Se trata de escuchar a aquel que ha recibido el Espíritu para ser Buena Noticia, para sanar, liberar, reconstruir (Lc, 4, 18). Aquel que es Hijo y nos hace hij@s invitándonos a acoger también el amor misericordioso de su Abba que nos levanta en nuestras caídas y nos reviste de una humanidad nueva.

El relato termina sin aplausos ni reconocimientos por parte de quienes estaban presentes. Quizá porque nos quiere invitar al silencio, a reencontrarnos con nuestra propia experiencia de encuentro con ese Dios que hace nuevas toda las cosas, a acoger  a la Santa Ruaj que nos ayuda a reconocer en Jesús la encarnación de su Palabra y una vez más hacernos compañer@s de camino, agentes de liberación y perdón en nuestro mundo herido.

Hoy necesitamos de nuevo recordar este episodio de la vida de Jesús. Quizá, no tanto, por los hechos portentosos que narra, sino por la experiencia que sostiene. En ella encontramos a Jesús escuchando en su corazón al Dios Padre/madre que sostiene su vida, que lo fortalece y le hace sentir la profunda libertad que lo hace hijo y lo envía. Esta experiencia abre para nosotr@s un camino que nos lleva al centro de nuestro corazón y ahí escuchar la palabra que Dios pronuncia en nuestra vida. Una palabra en la que confiar, desde la que esperar y que nos vincula como hermanas y hermanos, como hijas e hijos de un Padre/Madre que nos acompaña en la vida, nos invita a las preguntas y nos acoge en la respuesta amorosa de su amor y nos bautiza en la honda certeza de que solo el amor salva. Así lo hizo Jesús.

Carme Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Bautismo y comprensión

domingo, 9 de enero de 2022
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9 enero 2022

Lc 3, 15-16.21-22

El rito del bautismo -conocido en diferentes tradiciones- posee una profunda carga simbólica: introducida en el agua, la persona sale “limpia”, purificada, renovada. Ese gesto evoca, por tanto, un “nuevo nacimiento”.

Ahora bien, visto desde la comprensión, el “nuevo nacimiento” no es producido por ninguna causa “externa”: un dios separado, un rito particular, una creencia determinada, una fe o una práctica religiosa… Porque -en una profunda paradoja, tal como han visto siempre las personas sabias- nacemos a lo que ya somos.

Lo que tiene de “nuevo”, por tanto, no es el hecho en sí -siempre hemos sido eso que ahora llamamos “nuevo”-, sino la comprensión de lo que realmente somos. El “nuevo nacimiento” se opera gracias a la comprensión experiencial de lo que somos.

A quienes se hallan identificados con el estado mental, este planteamiento les parece alucinatorio. Y suelen recurrir a lo que consideran, según ellos, constataciones simples y elementales que no invalidarían por completo. Dicen, por ejemplo: “Me miro al espejo y me reconozco: soy YO”… Con lo que la conclusión que plantean parece tan obvia que no entienden cómo se pueda poner en cuestión: caer en la cuenta de que soy mi “yo” es algo evidente para cualquier persona.

Sin embargo, este aparentemente simple razonamiento parece olvidar la facilidad con que nuestros sentidos (y nuestra mente) nos engañan en cosas que parecen absolutamente “evidentes”: ¿durante cuánto tiempo creímos los humanos que la tierra era plana o que el sol giraba en torno a ella? ¿Quién se hubiera atrevido a ponerlo en cuestión? ¿Cuánta gente sigue afirmando que la materia es sólida y no, esencialmente, vacío? ¿Y no ocurre algo parecido en los sueños? Todo lo que soñamos nos parece absolutamente real…, hasta que despertamos.

Estos ejemplos nos hacen ver que lo que asumimos como “evidencias”, tal vez no lo sean tanto. Y más tras los descubrimientos neurocientíficos que nos alertan de que no vemos nunca la realidad, sino solo una imagen mental de la misma. ¿Quién te asegura, pues, que lo que ves en el espejo eres realmente tú, sino simplemente tu creencia previa que has absolutizado? Del mismo modo que para ver la “irrealidad” de los sueños necesitamos despertar, también para ver más allá de la apariencia que nos devuelve el espejo acerca de nosotros mismos, necesitamos comprender: una cosa es la apariencia -forma, personalidad, yo…- y otra es la realidad -fondo, identidad…- que la sostiene. En resumen: no soy lo que veo en el espejo. Soy Eso que es consciente del personaje que ve.

Esta es la comprensión que nos hace “nacer de nuevo”, es decir, caer en la cuenta de que somos realmente Eso que había quedado oculto u olvidado, el tesoro escondido, del que hablaba el propio Jesús.

¿Me quedo en las apariencias o sé ir más allá de ellas?

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En España se bautizan -aproximadamente- la mitad de los que nacen. «ESCUCHADLE»

domingo, 9 de enero de 2022
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bautismo-de-jesc3bas1Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

ALGUNOS DATOS PARA EMPEZAR

En el año 2015 se produjeron en España 420.290 nacimientos. Los bautizos fueron 231.254. Es decir, que, en España, hoy por hoy, los niños que se bautizan son poquito más de la mitad de los nacidos.

01. Relatos de revelación

    Tanto el Bautismo de Jesús como la Transfiguración, (Lc 9,28-36) son relatos en los que se nos presenta a Cristo: “Este es”. Son narraciones de Revelación. Los dos acontecimientos están compuestos con algunos símbolos  comunes: el cielo, la nube, la voz que surge, la expresión: “Éste es mi hijo amado”.

    El Bautismo de Jesús y después el de la Transfiguración son la experiencia que aquellos cristianos tienen de que Dios nos habla en la persona de Jesús, es la Palabra: Éste es mi hijo amado, escuchadle.

       1.1.-  Rahner definía al ser humano como aquel que presta atención a toda palabra que se pronuncia en la historia [1]: palabras culturales, acontecimientos personales y sociales, catástrofes, logros de las ciencias, gestos de bondad y solidaridad y, también a toda posible palabra transcendente. Por ejemplo, a nosotros casi insensiblemente se nos ha revelado el sentido de la vida en nuestra propia familia, la ética la hemos recibido como por ósmosis, etc.

         1.2.-Jesús estaba orando.

Entre el nacimiento de Jesús y su bautismo hemos de pensar que pasaron unos treinta años, muchos años. Esos años los podemos llenar con lo que nos dice San Lucas: Jesús fue creciendo físicamente, en sabiduría y en amistad (gracia) de Dios y ante los hombres, (Lc 2,52). Es decir, Jesús no fue un “extraterrestre”, que se lo sabía todo, incluso lo que le iba a ocurrir, tampoco fue un “niño prodigio”. Jesús fue creciendo y aprendiendo de sus padres, en la escuela-ikastola (sinagoga).

Durante algún tiempo Jesús fue discípulo de los grupos que su primo, Juan Bautista, “llevaba” en el Jordán. Para entender un poco esto, pensemos en los grupos de las parroquias donde los cristianos cultivan su fe.

    Jesús adulto va tomando la decisión de una vida y una misión entregada al Reino de Dios.

    Dice el texto que Jesús estaba orando. Cuando hemos de tomar decisiones importantes o, cuando la vida nos pone en situaciones difíciles, es sano orar: La oración es la respiración del alma, de la propia psicología, ¡Cuántas veces Jesús se retiró a orar!

02.- Jesús se bautiza.

En un momento dado, Jesús se bautiza.

Estar libre de pecado no impidió a Jesús bautizarse. Jesús, siendo de condición divina, no retuvo el ser igual a Dios. Se despojó de sí tomando condición de haciéndose semejante a los hombres, se hizo uno de tantos. (Flp 2,6-7)

    Jesús no solamente se hace hombre, sino que se hace pecado. Es una solidaridad plena con el ser humano. El que no era pecado, cargó con los nuestros y descendió a las aguas “bautismales” del Jordán.

Durante toda su vida Jesús será amigo de pecadores y publicanos. Jesús se sumergió en las “aguas turbulentas” de la humanidad.

    Jesús había cargado con toda la culpa de la humanidad: entró con ella en el Jordán.

03,- La Revelación hoy.

La Revelación no la hemos de entender como si Dios hubiese dictado al oído de Moisés, Isaías o de Mateo lo que tenían que decir o escribir. Podemos entender que la revelación es una Palabra, Logos, que Dios fue ayudando a nacer en el corazón y en el pensamiento del ser humano (Israel) a través y en medio de las vicisitudes y situaciones de la vida humana:

  • La Ética nacen en el caminar del pueblo por el desierto y se concreta en el Éxodo-Sinaí, (el Decálogo).
  • La fe en la resurrección, en la “otra vida”, va brotando en la conciencia de Israel a través de muchos acontecimientos: justicia-injusticia de Dios (Job), guerras (Macabeos), oración (salmos), etc.
  • El cantar de los Cantares es un canto de bodas para hablar del amor de Dios a la humanidad.

La Palabra de Dios, la Revelación no viene de “afuera hacia adentro, de arriba a abajo”, sino que nace “dentro” del ser humano  con la mirada puesta en Dios. La revelación es “ver la vida desde Dios”.

  Es la mayéutica (ayudar a dar a luz). Dios ayuda al ser humano, a Israel a dar a luz una Palabra que es Palabra de Dios.

  • En su sugerente libro sobre los “Ministerios en la Iglesia”, E. Schillebeeckx [2], dice que en las primeras iglesias, se consideraba como venido de Dios, aquello que brotaba de la comunidad cristiana. Tanto en la elección de Matías para completar el número de los Doce (tras el final de Judas), como en la elección de los Siete (diáconos), participa toda la comunidad, (HH 1,15-26 / 6, 1-6). La “voluntad y la palabra” de Dios brota también de la asamblea cristiana.

Por otra parte, no podemos ser tan providencialistas como para pensar que toda palabra de Dios nos viene por la jerarquía.

    La Palabra, la verdad, la sensatez, no nos vienen exclusivamente por voz de la jerarquía. Dios habla también a través del pueblo creyente, de los acontecimientos de la vida y de la historia.

04.- Se abrieron los cielos… Una voz ... Este es mi hijo amado

Se abrieron los cielos.

Los cielos estaban cerrados, con la presencia de Cristo los cielos se abren para la humanidad que ha descendido con el Señor a las aguas del Jordán.

La casa de Dios Padre está abierta para todos.

Este es mi Hijo amado, escuchadle


[1] Se podría decir que es la tesis angular de todo el pensamiento de K. Rahner: El ser humano como Oyente de la Palabra.

[2] SCHILLEBEECKX, E. El ministerio eclesial, responsables en  la iglesia, Madrid, Cristiandad, 1.983.

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“El Bautismo del Señor. ”, por el pastor Rubén Bernal Pavón

domingo, 9 de enero de 2022
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09_baut_bAgentes de un mundo nuevo

Comentario del San Lucas 3:15-17, 21-22

Juan el bautista, la voz que “clama en el desierto” (Lc 3:4), agitaba las conciencias de las multitudes y promovía la conversión y la transformación del pueblo hacia una vida comprometida con el Reinado de Dios. Impulsaba una reorganización ética del mundo en la que de poco serviría tener el pedigrí de ser “hijos de Abraham” (Lc 3:8). Exponía que, en la justicia del Reinado de Dios, hay que compartir los bienes propios con quienes no tienen (Lc 3:11), y no se debe abusar ni explotar los recursos de otras personas como solían hacer los publicanos (Lc 3:13), ni extorsionar a la gente por medio de imposiciones violentas para extraerles beneficios, como acostumbraban hacer los soldados (Lc 3:14).

Juan, al igual que los profetas del Antiguo Testamento, reclamaba un cambio de actitud en la vida de la gente para que el compromiso con Dios se manifestara a nivel social en el trato con el prójimo. La forma externa de este cambio de vida se manifestaba con el bautismo. Seguramente no era visto con buenos ojos por parte de las autoridades religiosas que los judíos, “hijos de Abraham,” tuviesen que realizar este rito tan parecido al bautismo de prosélitos, es decir, los gentiles convertidos al judaísmo (Lc 20:4-6).1

Este bautismo se realizaba en el río Jordán porque fue el río que el pueblo cruzó para entrar en la tierra prometida (Jos 3). Efectuarlo allí implicaba de algún modo que, cada persona, sin perder de vista la dimensión comunitaria, debía realizar su propio éxodo tomando conciencia de la acción de Dios en la historia (y en su propia historia), y procurando acatar la voluntad divina.2 (Aquí puede haber un fondo interesante para orientar el sermón).

El ministerio de Juan despertaba grandes expectativas y muchos suponían que era el mesías esperado. Para desmarcarse de esta confusión, Juan indicó que su bautismo (que solo era de agua) contrastaría con el bautismo de aquel que era más poderoso, un bautismo en Espíritu Santo y fuego (v. 16). La idea del fuego frente a la del agua era familiar en esta época (1 Hen 67:13); implicaba una purificación del mal en el imaginario de un fuego santo que destruye y produce una criba.3 Conllevaba la idea de un fuego que devora lo que no puede hallarse ante Dios,4 o el juicio venidero del que no hay escapatoria (Lc 3:7).5 En cualquier caso, desde una actitud poiménica (cura de almas) centrada en Jesús, en nuestro quehacer homilético conviene enfocarlo desde la comparativa del agua (que lava por fuera) y el fuego (que purifica lo más íntimo de cada uno de nosotros).Desde un enfoque pastoral podemos relacionarlo con la democratización del Espíritu en las lenguas de fuego en Pentecostés (Hch 2:1-4), y con la manera en que nuestro corazón arde de gozo por la salvación del Señor. Sin embargo, no hay que olvidar la dimensión purificadora de juicio, pues viene confirmada seguidamente en el v. 17. Aunque, si hemos de hablar de un “fuego consumidor” (Heb 12:29), que sea el que hace desaparecer las malas actitudes y pecados que anidan en nuestro interior.

Jesús aparece para bautizarse (v. 21). Eso significa que se identifica y solidariza con el pueblo7 porque el pecado no se entendía de modo individual, sino en su dimensión socio-colectiva. Se trataba de algo que dañaba la sociedad, tanto a nivel relacional con Dios, como en los seres humanos entre sí.

En el bautismo, el Espíritu viene a Jesús (cf. Is 11:2); aparece con forma de paloma, un símbolo que representaba a Israel8 y que recuerda al ave que envió Noé tras el diluvio para indicar un nuevo comienzo. Como la de Noé, esta segunda paloma, indica otro comienzo, señala una era donde Dios por medio de Jesús se relacionará de un modo nuevo con su pueblo y con la humanidad.9 Sin dar pie al adopcionismo, quizá es interesante destacar que el bautismo fue un paso más en la conciencia mesiánica de Jesús, quien no nació sabiendo, sino que tuvo un proceso de crecimiento en sabiduría (Lc 2:40; 2,52). Podemos suponer que fue un momento en que se sintió confirmado en su vocación.10 La voz del Padre en esta escena trinitaria otorga reconocimiento a Jesús como su Hijo amado en el que se complace y da respaldo al ministerio que va a desempeñar.

Tal vez convenga recordar en nuestro sermón que nuestros bautismos remiten a que el Señor “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tit 3:5) y que todas y todos hemos sido bautizados por un solo Espíritu, constituyendo un solo cuerpo que bebe de ese mismo Espíritu (1 Co 12:13). Por tanto, nuestro bautismo apunta al de Jesús, con quien somos conjuntamente crucificados/as, quien ha abierto un camino nuevo y por cuyo Espíritu nos hace participantes de su cuerpo. En el bautismo morimos y expresamos el nacimiento a una nueva vida en Cristo.

Gálatas 3:27 señala que por nuestra fe tenemos un bautismo distinto al que Juan realizaba; hemos sido bautizados/as en Cristo y eso nos lleva a ser también hijas e hijos de Dios ( Gá 3:26), con lo cual se nos otorga el verdadero linaje de Abraham (Gá 3:29). Participamos de una nueva y cálida relación filial con Dios y nos proyectamos, como nuevas criaturas (2 Co 5:17), hacia una nueva (re)creación. Somos agentes, aquí y ahora, del soñado mundo nuevo que anunciaba el bautista en el desierto.


Notas

  1. En realidad se debate si el origen ritual del bautismo de Juan debe buscarse en las repetidas abluciones de los esenios (teniéndose en cuenta las similitudes de Juan con estos grupos), o si, por el contrario se encuentra en el ritual del único bautismo de prosélitos. Cf. J. DRANE, Jesús, 3ªed. (Estella: Verbo Divino, 1996), 34.
  2. Cf. B. PÉREZ ANDREO, La revolución de Jesús. El proyecto del Reino de Dios (Madrid: PPC, 2018), 60.
  3. Cf. B. PÉREZ ANDREO, Op. Cit., 30; R. P. MENZIES, The development of early Christian pneumatology with special reference to Luke-Acts (Sheffield: Academic Press, 1991), 135-145.
  4. Cf. E. SCHWEIZER, El Espíritu Santo, 3ª ed. (Salamanca: Sígueme, 2002), 73.
  5. Cf. H. KÖSTER, Introducción al Nuevo Testamento (Salamanca: Sígueme, 1988), 576.
  6. Cf. H. ALVES, Símbolos en la Biblia (Salamanca: Sígueme, 2008), 196.
  7. Cf. G. E. LADD, Teología del Nuevo Testamento (Tarrasa: CLIE, 2002), 241. Cf. También M. GREEN, Creo en el Espíritu Santo (Miami: Caribe, 1977), 154, y J. DRANE, Op. Cit., 35.
  8. J. DUNN, Jesús y el Espíritu (Salamanca: Secretariado Trinitario, 1981), 38.
  9. Ibíd. 36.
  10. Cf. J. M. CASTILLO, Símbolos de libertad. Teología de los sacramentos (Salamanca: Sígueme, 1981), 194.

 


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Rubén Bernal Pavón


Fuente Working Preacher

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Una luz en el camino

viernes, 7 de enero de 2022
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Ahora que no hay novedad en nuestra vida
ni en los caminos de la historia,
ni en nuestra memoria personal y colectiva,
ni en lo que proponen los gurús y la ciencia…
es tiempo de reflexionar y ahondar
en todo lo que llevamos a cuestas,
y en las zonas yermas del mundo
y de las entrañas nuestras.

Ahora que tu palabra rompe nuestros planes,
y las estrellas desaparecen de nuestro horizonte,
y en los caminos se mezclan tantas huellas,
y la vida se nos nubla y cierra…
es tiempo de hacer silencio,
de olvidar los tristes sentimientos
y acoger tu insólita propuesta
de ir al reverso del historia.

Porque en esos lugares
Tú siempre estás a la vista,
esperando nuestra llegada
para cuidar la vida
y ofrecernos tu buena noticia.
¡Qué gran horizonte y tarea, para no aburrirnos,
y recrearnos, en esta época triste y oscura!

¡Vamos a encontrarnos, Señor,
en las encrucijadas y caminos,
en las plazas y en las casas que vivimos.

*

Florentino Ulibarri
Fuente Fe Adulta

***

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Epifanía 2. Manifestación de Dios, misión cristiana (Mt 2, 1-12 y 28, 16-20). Buscar el centro, salir a las periferias

viernes, 7 de enero de 2022
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Clipboard-17825-R154Oj1xNPTlUbyTU1rxsiO-568x320@LaStampa.it.jpg f=detail_558&h=720&w=1280&$p$f$h$w=3bc683aDel blog de Xabier Pikaza:

Presenté ayer el tema más externo de la epifanía, con la revelación de la Estrella, y el viaje iniciático (actual) de los Magos desde un fondo de astronomía bíblica. Hoy completo el tema evocando el fondo teológico de la epifanía, con sus dos elementos.

(a) La Epifanía es, por un lado, la fiesta de la Manifestación de Dios, del brillo y fulgor escondido de su divinidad en la vida de los hombres. Está en el fondo la certeza de que los hombres son (somos) revelación de Dios, manifestación afortunada de la “estrella” o luz que viene de lo alto (como sabe Mt 2, 1-12)..

(b) La Epifanía se abre, por otro lado, a la misión cristiana. No somos simplemente revelación de Dios, sino que tenemos que “decirlo”, como mensajeros del Cristo de Dios en la tierra, caminando desde el centro (Belén y Galilea) a las periferias de la tierra enriqueciendo a todo el mundo con la estrella (gracia) luz de Dios  que es el sentido y futuro de la vida (Mt 28, 16-20).

 Introducción “litúrgica”.

Recuerdo con nostalgia el “orden” de la liturgia romana anterior al Vaticano II cuando, después de Navidad, venía el “tiempo de la epifanía” que, de hecho, se alargaba hasta cuaresma, como primera versión del Cristianismo, con sus tres tiempos centrales: De Navidad-Epifanía, de Cuaresma-Pascua y de Pentecostés.

Con la reforma postconciliar (que en esto ha sido desafortunada, los liturgos del post-concilio se equivocaron), este “tiempo de epifanía” desaparece prácticamente de tal forma que tras el domino 2º después de Navidad comienza un “tiempo ordinario”, que, a mi juicio, está “descafeinado” de evangelio.

Se pierde así el “tiempo de epifanía”, con todo lo referente al principio de la “manifestación de Dios en Cristo” (en su nacimiento y en el comienzo de su vida “apostólica”: Bautismo, bodas de Caná). Ciertamente, la misión cristiana se funda en la muerte y pascua de Cristo-Mesías, pero sin esta epifanía o manifestación misionera de la encarnación-nacimiento de Cristo (como primera parte del tiempo de Pentecostés) se corre el riesgo de perder algo importante en la visión del origen y expansión del cristianismo.

El tema no es que nosotros propaguemos la misión de Cristo, sino que Dios se manifiesta en nuestra vida, que seamos revelación de Dios.

Somos epifanía de Dios. Sentido general

Icono de la huida a egiptoLa palabra epifanía (manifestación) ha entrado en la liturgia cristiana, para evocar la presencia y manifestación de Dios en el nacimiento de Cristo, tal como aparece en el relato de los magos (Mt 2, 1-12).

(1)  Religiones epifánicas y proféticas.En sí misma, la palabra epifanía (con su experiencia de fondo) no pertenece a la tradición de la Biblia hebrea, de tal manera que los especialistas han tendido a distinguir dos tipos de religiones.

(a) Las religiones paganas, que pueden llamarse religiones de epifanía, porque en ellas se revela el misterio eterno de Dios en formas inmutables, de presencia o manifestación de lo divino.

(b) Por el contrario, la religión bíblica es de tipo profética: no da testimonio del Dios «que siempre es», sino del Dios que actúa en el tiempo, abriendo un camino de historia que culminará en el día de Yahvé, el momento de su revelación final, de tipo apocalíptico, no epifánico (significativamente, el nombre de Antioco Epífanes ha quedado como símbolo de los enemigos de Yahvé: 2 Mac 2, 20; 2, 13).

            De todas formas, esta distinción no puede tomarse como absoluta y, así en los textos finales del Antiguo Testamento se alude con frecuencia a la epifanía de Dios, entendida como “salida” de Dios  (por utilizar un lenguaje del Papa Francisco), un camino que nos lleva del centro (Belén-Galilea) a los confines de la tierra.

Epifanía cristiana. Textos básicos del NT

Los textos más antiguos del Nuevo Testamento no hablan de la epifanía de Dios, sino que emplean un lenguaje vital de manifestación y presencia de Dios en la vida de Jesús. Pero los textos más tardíos (especialmente las Cartas Pastorales de la tradición de San Pable)   han empleado un lenguaje de epifanía, , que aparece ya también en Lc 2, 11-12, donde Jesús viene a mostrarse como manifestación de Dios sobre la tierra (cf. Lc 2, 10-11).

En esa línea se sitúa la pequeña confesión de 1 Tim 3, 16 donde se dice que es

  • «el misterio se manifestó en la carne y fue justificado en el Espíritu;
  • se apareció a los ángeles y fue predicado a las gentes;
  • fue creído en el cosmos y fue asumido en Gloria».

            El misterio se ha manifestado (ephanerôthê), de tal forma que se ha dejado ver en el nivel angélico. De la epifanía (de Dios o de Cristo) hablan también  1 Tim 6, 14 y 2 Tim 4, 1-8. Pero el texto epifánico por excelencia es el de Tito 2, 11-13:

«Se ha manifestado (epephanê) la gracia salvadora de Dios a todos los hombres, enseñándonos a vivir de manera prudente, justa y piadosa en este tiempo, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, aguardando la bienaventurada esperanza, la manifestación (epiphaneian) de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo».

El autor de la carta a Tito ha interpretado el cristianismo como religión de epifanía, pero conservando un elemento escatológico: se ha manifestado (epephan) ya la gracia de Dios que nos salva. Frente a los mitos o cultos orientales que hablaban de la epifanía de un Dios cósmico (o de un emperador sagrado), la carta a Tito habla de la epifanía de «nuestro Dios Jesucristo», es decir, del Mesías crucificado. Quizá en ningún otro lugar del Nuevo Testamento se ha presentado el cristianismo con expresiones tan helenistas. En ningún otro lugar se ha destacado tanto la divinidad de Jesús, en claves de epifanía sagrada, conservando, sin embargo, las bases cristianas.

Magos de Mt 2 y misioneros de Mt 28.

El texto básico de la Epifanía de Dios en el NT es el de Mt 2, 1-12.  Este motivo) nos sitúa en el centro de una extensa tradición astro-lógica (-nómica) que vincula al ser humano (y especialmente al que aparece como salvador) con un (=el) Astro del cielo: es como luz en el firmamento, marcando la línea de futuro de la historia. Por eso, allí donde ha nacido el Rey de los judíos ha debido encenderse (simbólicamente) una luz, que atrae a los «magos», que vienen hacia Jerusalén, iniciando la marcha de los pueblos hacia el futuro de su plena humanidad. Por eso, este pasaje debe interpretarse en la línea que lleva del mesianismo particular judío (Mt 10, 5-6) al mesianismo universal de Mt 28, 16-20.

          Desde ese fondo se distinguen y completan los dos tipos de cristología y misión que han definido el comienzo de la iglesia, según el evangelio de Mateo: una es centrípeta (los gentiles tienen que venir a Jerusalén para adorar al Dios israelita en su Mesías); la otra es centrifuga (los enviados del Cristo pascual salen a ofrecer en todas las direcciones su mensaje). La primera tradición (Mt 2) es más judía y puede entenderse como principio del evangelio de Mateo. La segunda (Mt 28, 16-20) es más pascual, expresando mejor la novedad cristiana. Entre ambas se extiende el evangelio, que ahora interpretamos como relato de transformación cristológica y misionera. Ambos modelos resultan paradójicos.

Los magos (gentiles) buscan en Jerusalén al Rey de los judíos. Vienen pero no encuentran al Rey en Sión/Jerusalén, sino en Belén; no lo descubren venerado y victorioso, sino escondido y perseguido; por eso tienen que volver a su país, no pueden quedarse en Judea, ni cultivar de una forma nacional el mesianismo. Ese retorno de los magos es un signo del carácter todavía incompleto de un mesianismo cerrado en Israel.

Los discípulos de Jesús llevarán su mensaje y vida (su discipulado), pero no desde Jerusalén sino desde la montaña de la pascua de Galilea (Mt 28). No van para volver a Jerusalén (donde estaría el centro de la iglesia establecida), sino para ofrecer su fermento de vida (su discipulado) a todos los pueblos de la tierra, quedándose entre ellos. Son portadores del mensaje-vida de Jesús, pero no de una forma nacional judía (o cristiana), sino que deben aceptar en cada país el esquema de vida (cultura, religión fundante) de los pueblos hacia los que se dirigen.

El evangelio de Mateo (=Mt) ha elaborado una cristología del camino misionero, que pasa del camino de los Magos a Jerusalén-Belén (Mt 2) al camino de los misioneros de Jesús desde el monte de Galilea a todos los pueblos de la tierra (Mt 28, 16-20), como seguiré indicando. Ésta es una reflexión programáticaes de tipo académico. proviene de un trabajo publicado Estudios trinitarios (2003), recogido on line en Mecabá, recreado pora el Aula de Teología de la Universidad de Cantabria y reelaborado, finalmente,  en Comentario de Mateo, con anotaciones del Diccionario de la Biblia. Es un texto académico, muy matizado, con abundantes notas. Buen tiempo de epifanía a todos

EPIFANÍA DE DIOS Y MISION CRISTIANO: DE MAGOS DE ORIENTE A LOS MISIONEROS GALILEOS DE JESÚS (Mt 2, 1-12; 28, 16-20)

Magos. Rey de los judíos y mesías pascual

 Los magos vienen a Jerusalén porque han visto en oriente la estrella del Rey de los judíos…Ese tema nos sitúa en el centro de una extensa tradición astro-lógica (-nómica) que vincula al ser humano (y especialmente al salvador) con un (=el) Astro del cielo: es como luz en el firmamento y futuro de la historia. Por eso, allí donde ha nacido el Rey de los judíos ha debido encenderse una luz, se expande una esperanza de salvación sobre la tierra. Esa luz atrae a los «magos», que vienen hacia Jerusalén, iniciando la marcha de los pueblos hacia el futuro de su plena humanidad. Por eso, como venimos suponiendo, este pasaje debe interpretarse en la línea que lleva al mesianismo universal de Mt 28, 16-20.

Los magos preguntan por el mesías en Jerusalén, pero no lo encuentran allí (en la ciudad del templo, donde habita un rey de este mundo), sino en Belén, capital donde se centran y cumplen las promesas. De esa forma, este segundo capítulo de Mt, con su procesión de pueblos buscando al mesías, puede entenderse ya como anuncio de la culminación pascual del evangelio: una prolepsis de lo que será la misión final cristiana, interpretada aquí en forma centrípeta (desde el modelo de la gran peregrinación de pueblos hacia el centro de la tierra, que es Jerusalén).

 – La cristología de los magos brota de la tradición israelita: los pueblos paganos de Oriente vienen hacia Jerusalén, para adorar al Rey de los judíos, que ha nacido ya, pues ha surgido su Estrella. Ellos, los magos, son signo de un camino de búsqueda y fe universal, que desborda el nivel israelita, tanto por su origen como por su meta. Por su origen: la fuerza que les lleva hacia Jesús no es la ley de Israel, sino la luz o estrella de su propia religión (de su paganismo). Por su meta: tras adorar a Jesús no quedan allí, para formar parte del pueblo judío, sino que vuelven a sus tierras, como indicando que el camino y luz del Rey israelita ha de interpretarse desde sus propias tradiciones religiosas y culturales.[1]

– La cristología del envío final (28, 16-20) empalma con los magos, pero invierte y completa su sentido: no son ellos (magos gentiles) los que deben buscar en Jerusalén al Rey israelita, para encontrar al Niño de Belén y marchar por otro camino hacia su tierra; son los mismos cristianos quienes deben expandir la experiencia mesiánica ia todos los pueblos de la tierra, como enviados del Cristo pascual, desde la montaña de su resurrección (en Galilea, no en Jerusalén). Los cristianos ya no esperan la venida de los pueblos, como parece haber hecho la iglesia primera de Jerusalén y la tradición de las comunidades judeo-cristianas, cuya dotrina ha recogido (y superado) Mt en su evangelio, sino que deben ir a las naciones (y no sólo a las de oriente), llevando la buena nueva del discipulado, de la comunicación fraterna, poniéndose así en manos de la cultura y vida de los pueblos. [2]

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“Seguir la estrella”. Epifanía del Señor – C (Mateo 2,1-12) 06 de enero 2021

jueves, 6 de enero de 2022
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09_EPIFANIA-C_1487581Estamos demasiado acostumbrados al relato de los magos. Por otra parte, hoy apenas tenemos tiempo para detenernos a contemplar despacio las estrellas. Probablemente no es solo un asunto de tiempo. Pertenecemos a una época en la que es más fácil ver la oscuridad de la noche que los puntos luminosos que brillan en medio de cualquier tiniebla.

Sin embargo, no deja de ser conmovedor pensar en aquel escritor cristiano que, al elaborar el relato de los magos, los imaginó en medio de la noche, siguiendo la pequeña luz de una estrella. La narración respira la convicción profunda de los primeros creyentes después de la resurrección. En Jesús se han cumplido las palabras del profeta Isaías: «El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una luz grande. Habitaban en una tierra de sombras, y una luz ha brillado ante sus ojos» (Isaías 9,1).

Sería una ingenuidad pensar que nosotros estamos viviendo una hora especialmente oscura, trágica y angustiosa. ¿No es precisamente esta oscuridad, frustración e impotencia que captamos en estos momentos uno de los rasgos que acompañan casi siempre el caminar del ser humano a lo largo de los siglos?

Basta abrir las páginas de la historia. Sin duda encontramos momentos de luz en que se anuncian grandes liberaciones, se entrevén mundos nuevos, se abren horizontes más humanos. Y luego, ¿qué viene? Revoluciones que crean nuevas esclavitudes, logros que provocan nuevos problemas, ideales que terminan en «soluciones a medias», nobles luchas que acaban en «pactos mediocres». De nuevo las tinieblas.

No es extraño que se nos diga que «ser hombre es muchas veces una experiencia de frustración». Pero no es esa toda la verdad. A pesar de todos los fracasos y frustraciones, el hombre vuelve a recomponerse, vuelve a esperar, vuelve a ponerse en marcha en dirección a algo. Hay en el ser humano algo que lo llama una y otra vez a la vida y a la esperanza. Hay siempre una estrella que vuelve a encenderse.

Para los creyentes, esa estrella conduce siempre a Jesús. El cristiano no cree en cualquier mesianismo. Y por eso no cae tampoco en cualquier desencanto. El mundo no es «un caso desesperado». No está en completa tiniebla. El mundo está orientado hacia su salvación. Dios será un día el fin del exilio y las tinieblas. Luz total. Hoy solo lo vemos en una humilde estrella que nos guía hacia Belén.

José Antonio Pagola

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Fiesta de la Epifanía del Señor. 6 de enero de 2022

jueves, 6 de enero de 2022
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epifania6-1024x785Leído en Koinonia:

Isaías 60, 1-6: La gloria del Señor amanece sobre ti. 
Salmo responsorial: 71: Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra. 
Efesios 3, 2-6: Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos. 
Mateo 2, 1-12: Venimos de Oriente para dorar al Rey.

 La época en que se escribe esta parte del libro del profeta Isaías (Tercer Isaías) corresponde a la restauración, es decir, al regreso a Jerusalén de los exiliados en Babilonia, regreso a la gran ciudad de Dios. Cuando este grupo de exiliados llegó a Israel encontró sus ciudades destruidas, sus campos abandonados o apropiados por otras familias, las murallas derruidas y el templo, el lugar donde Yahvé habitaba, incendiado. Esta dramática realidad los desanimó completamente, centrando sus esperanzas y sus motivaciones únicamente en la reconstrucción de sus viviendas y sus campos, dejando de lado la restauración del templo y, con ello, la confianza en la venida gloriosa de Yahvé, quien traería para Israel la salvación plena en la misma historia. Isaías anima la fe de su pueblo, los invita a poner nuevamente su fe y su corazón en la fuerza salvífica de Yahvé, quien traerá la paz y la justicia a su pueblo, por ello Jerusalén será una ciudad radiante, llena de luz, en donde la presencia de Dios como rey hará de ella una nación grande, ante cuya presencia se postrarán todos los pueblos de la tierra. El profeta manifiesta con esta gran revelación que Dios es quien dará inicio a una nueva época para Israel, una época donde reinará la luz de Dios y serán destruidas todas las fuerzas del mal, pues Dios se hace presente en Israel y ya más nadie podrá hacerle daño.

Esta visión profética posee una comprensión muy reducida de la acción salvífica de Dios, ya que es asumida como una promesa que se cumplirá en beneficio única y exclusivamente del pueblo de Israel y no de toda la tierra. Pablo, a través de la carta a los Efesios, ampliará esa comprensión, afirmando que la salvación venida por Dios, a través de Jesús, es para “todos”, judíos y paganos. El plan de Dios, según Pablo, consiste en formar un solo pueblo, una sola comunidad creyente, un solo cuerpo, una sola Iglesia, un organismo vivo capaz de comunicar a toda la creación la vida y la salvación otorgada por Dios. La carta a los Efesios expresa que el misterio recibido por Pablo consiste en que la Buena Nueva de Cristo se hace efectiva también en los paganos, ellos son coherederos y miembros de ese mismo Cuerpo; esto significa que Dios se ha querido revelar a toda la humanidad, actúa en todos, salva a todos, reconcilia a todos sin excepción.

El evangelio que leemos hoy, en la Fiesta de la «Epi-fanía», confirma este carácter universal de la salvación de Dios. Mateo expresa, por medio de este relato simbólico, el origen divino de Jesús y su tarea salvífica como Mesías, como rey de Israel, heredero del trono de David; para ello el evangelista insiste en nombrar con exactitud el lugar donde nació Jesús y en confirmar, a través del Antiguo Testamento, que con su presencia en la historia se da cumplimiento a las palabras de los profetas. Por otro lado, el rechazo de este nacimiento por parte de las autoridades políticas (Herodes) y religiosas (sumos sacerdotes y escribas) del pueblo judío y el gozo infinito de los magos, venidos de Oriente, anuncian desde ya ese carácter universal de la misión de Jesús, la apertura del evangelio a los paganos y su vinculación a la comunidad cristiana. La Epifanía del Señor es la celebración precisa para confesar nuestra fe en un Dios que se manifiesta a toda la humanidad, que se hace presente en todas las culturas, que actúa en todos, y que invita a la comunidad creyente a abrir sus puertas a las necesidades y pluralidades del mundo actual.

En un tiempo como el que vivimos, marcado radicalmente por el pluralismo religioso, y marcado también, crecientemente, por la teología del pluralismo religioso, el sentido de lo «misionero» y de la «universalidad cristiana» han cambiado profundamente. Hasta ahora, en demasiados casos, lo misionero era sinónimo de proselitismo, de «convertir al cristianismo» a los «gentiles», y la «universalidad cristiana» era entendida desde la centralidad del cristianismo: éramos la religión central, la (única) querida por Dios, y por tanto, la religión-destino de la humanidad. Todos los pueblos (universalidad) estaban destinados a abandonar su religión ancestral y a hacerse cristianos… Tarde o temprano el mundo llegaría a su destino: a ser «un sólo rebaño, con un solo pastor»…

Hoy todo esto ha cambiado, aunque muchos cristianos (incluidos muchos de sus pastores) todavía siguen en la visión tradicional. Buen día hoy, pues, para presentar estos desafíos y para profundizarlos. No desaprovechemos la oportunidad para actualizar también personalmente nuestra visión en estos temas. En la RELaT (servicioskoinonia.org/relat) hay muchos materiales para estudiar el tema, así como para debatirlo en grupos de estudio o de catequesis.

En el Nuevo Testamento, además de Juan 7,42, encontramos referencias a Belén en las narraciones de Mateo 2 y Lucas 2 acerca del nacimiento del Salvador en la ciudad de David. La tradición de que el Mesías debía nacer en Belén tiene su base en el texto de Miqueas 5,2, donde se señala que de Belén Efrata debía salir quien gobernaría Israel y sería pastor del pueblo. Hoy ya sabemos que Jesús nació probablemente en Nazaret, y que la afirmación de que nació en Belén es una afirmación con intenció teológica.

El término “magos” procede del griego “magoi”, que significa matemático, astrónomo y astrólogo. Estas dos últimas disciplinas eran una misma en la antigüedad, por lo que con ambas se podía estudiar el destino y designio de las personas. Es decir, los «reyes magos» no fueron ni reyes ni magos en el sentido actual de estas palabras; habrían sido astrólogos o estudiosos del cielo. Fue el teólogo y abogado cartaginés Tertuliano (160-220 d.C.) quien aseguró que los magos serían reyes y que procederían de Oriente. En la visita de los magos a Jesús, los Padres de la Iglesia vieron simbolizadas la realeza (oro), la divinidad (incienso) y la pasión (mirra) de Cristo.

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Epifanía 1. Los magos y la estrella, con una nota de astro-nomía (-logía) bíblica

jueves, 6 de enero de 2022
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adoracion-reyes-ravena--644x450Del blog de Xabier Pikaza:

Popularmente esta fiesta se llama de los Reyes. Pero la tradición y liturgia de la Iglesia la llama Epifanía, que significa “manifestación sagrada” o presencia de Dios, con el sentido de Teofanía. Se celebra desde antiguo, y es la fiesta primitiva de la Navidad (que una fiesta más tardía). Así la conservan todavía las Iglesias orientales. Trataré de ella en dos “postales”.

La primera (hoy, víspera de Reyes: 5.1.22) expone de un modo más popular y exigente la venida de los magos y la estrella, en búsqueda de Cristo, es decir, de la nueva humanidad, insistiendo en la astronomía-astrología sagrada.

La  segunda tratará de la Epifanía estrictamente dicha, como “fiesta” de la misión (manifestación) de Cristo y de su iglesia (esto es, de sus magos-ministros mediadores), y lo hará de un modo más teológico, evocando el tema de la nueva y más alta epifanía cristiana, en un mundo que parece quedarse sin luces de Dios, ni de Navidad.

1.LOS MAGOS Y LA ESTRELLA

Introducción.

Recogiendo tradiciones ancestrales, para situar la novedad del nacimiento de Jesús, Hijo de Dios,  el Evangelio de Mateo cuenta la historia de unos “magos” (expertos, adivinos, sabios) de Oriente que vinieron a Jerusalén buscando al Rey de los Judíos, para ofrecerle sus respetos y servirle Belén, donde se dice que vino a posarse su Estrella.

Habían visto la luz de su “estrella” e imaginaron la riqueza de su corte, y de esa forma, dejándolo todo vinieron, preguntaron, se cercioraron en sueños. No le hallaron donde le esperaban, en el templo de Gran Dios de la Ciudad, ni en el Pretorio del Emperador, ni en la escuela de Rabinos eruditos, sino que en una casa humilde Belén, con José y María, sus testigos. Así vienen ahora, miles y millones de “magos” de oriente y occidente, del norte y del sur, buscando a un Rey Justo que pueda protegerles, dándoles dignidad, y un salario suficiente, y una casa… No vienen en camellos, sino como polizontes, andando por bosques y desiertos, en barcos o trenes “piratas”.

Buscan a un Rey Justo, en el Vaticano de Roma o en el Palacio de Oriente de Madrid, en la Comunidad Europea  o en el Pentágono de USA, pero no le encuentran su ese lugar. Nadie les acoge… todos cierran las entradas con muros y soldados, matan a los niños y mayores que sobran… y así muchos mueren o tienen que marcharse de nuevo (como los magos de la historia), sin haber “adorado” al Nuevo Rey, que es un niño. Esa es la historia de fondo de esta fiesta de la Epifanía de Jesús, vulgarmente fiesta de los Magos, o incluso de los Reyes Magos (cuando el unido Rey del relato es el Niño al que orienta la Estrella, en brazos de su madre.

Nueva introducción

La fiesta del 6 de enero, día de Magos (llamados de ordinario Reyes), que vienen de Oriente para adorar al Niño se llama, litúrgicamente, Epifanía. Es la fiesta de la «revelación de Dios», su manifestación suprema, en la vida de Jesús, un hombre que nace para «alumbrar» a otros hombres. Ha sido durante siglos la fiesta principal de la Navidad, mejor dicho, la Navidad en sí, como expresión de la Luz de Dios que alumbra a los hombres.

Es una fiesta de ilusión creadora, pues los «reyes» no son reyes, sino buscadores de Dios, hombres atentos a la voz de las estrellas. Tampoco son «magos» en sentido vulgar, sino visitantes que vienen de lejos queriendo encontrar (y compartir) la verdad… Ellos nos preguntan.  ¿Podemos, debemos responderles?.

Esta es una fiesta que se abre al conocimiento más hondo de la venida de Dios entre los hombres. Es una fiesta que se ha concretado en general en una ilusión de niños: la fiesta de la Cabalgata de los Magos de la Paz, que quieren que el Niño viva, que todos los niños vivan y tengan ilusiones y regalos, fantasía y gozo que inunda también a los varones. Quiere ser la fiesta en que los niños pueden ser los Reyes de la casa y la ciudad, día en que la vida es un regalo.

Es una fiesta en la que pueden hacerse reflexiones infinitas. Aquí me contentaré con presentar el texto de la Biblia, empezando por la “estrella”, para ofrecer una breve evocación de su sentido, precisando después el sentido de la estrella, con una reflexión más erudita de la astronomía-astrología de la Biblia.

Texto, Mt 2 (Historia de Jesús)

Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: – ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. La enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: – En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será pastor de mi pueblo Israel.» Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que les precisara el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén diciéndoles: – Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría, entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes se marcharon a su tierra por otro camino (Mt 2, 1-12).

(Explicaciónn en Historia de Jesús y Comentario Mateo)

Magos somos nosotros Esta es la fiesta del fin y sentido de la Navidad. Cuando parece que todo está definitivamente cerrado vienen unos Magos para abrir las puertas de la vida. Cuando parece que el cielo está negro, brilla una luz para aquellos que quieren seguir caminando. Herodes mata a los niños de Belén, asesina a los inocentes para seguir reinando (como nuestra cultura que mata a unos 40.000 mil niños cada día para seguir reinando…).

Pero queda uno, Jesús, que podrá reinar, para que nunca más mueran los niños inocentes. Y que, sobre todo, la certeza iluminada de que los magos somos (tenemos que ser) nosotros, encargados de ofrecer a los niños un mundo donde sea posible la vida, la ilusión de la vida. Debemos hacernos MagosNosotros, los mayores, tenemos que hacer de magos, para decir a los niños que hay estrellas que guían a la Navidad, en la ruta de la vida, que sigue abierta.

1. Nosotros, los mayores, somos responsables directos o indirectos de los 40.000 niños de Belén y sus alrededores (todo el mundo) que mueren de hambre cada día, asesinados por un sistema que sólo se busca a sí mismo. Nosotros, los magos, debemos crear un mundo donde ningún niño-Dios muera abandonado.

2. Nosotros, los magos, debemos enseñar a los niños (con nuestra presencia y testimonio) que la vida es un don,que el oro del mundo es un regalo, para todos los hombres y mujeres del mundo: que la economía de la tierra está al servicio de la vida y la ilusión de todos, desde China y África, la India y Persia (tierras de los magos) hasta el extremo del occidente. Que no nos mataremos por oro ni petróleo, sino que lo compartiremos, para bien de todos los niños

3. Nosotros, los magos, tenemos que decir a los niños que la vida es gozo y gloria, es incienso de admiración y de ternura, de intimidad orante y de cercanía, de amor mutuo, de encuentros infinitos. Tenemos que decirles que no buscaremos la gloria del poder, la victoria de la imposición, el incienso de la mentira, sino que buscaremos y compartiremos el incienso del amor que puede celebrarse en intimidad de familia. Les diremos que habrá siempre un perfume a su lado (a nuestro lado), al lado de todos los hombres y mujeres, que podrán comer y gozarse y soñar…

4. Nosotros los magos tendremos que enseñar a los niños que la vida está hecha también de mirra. La mirra es perfume de amor (de enamorados), pero también es bálsamo de muerte (se emplea para honrar a los cadáveres). La mirra es como una flor preciosa que nos puede acompañar en la vida, en el crecimiento de cada día, en la comunión de cada noviazgo, en la tristeza y esperanza de cada despedida… Que cada muerte sea tiempo de amor, esperanza de amor (y no fruto de violencia).

2.LA ESTRELLA DE LOS MAGOS. ASTRONOMÍA Y ASTROLOGÍA DE LA BIBLIA

(Diccionario Biblia: Entrada «astros»)

  1. La estrella de la Navidad de Jesús, el día de su nacimiento.

Carece de sentido preguntar a los astrónomos-científicos el día en que brilló la estrella de los magos (cf. Mt 2, 9-10)[1], pues al evangelio Mateo no le importan los astros externos, ni él mismo fue en persona a Belén o Nazaret, para investigar lo que pasó, sino que fue a la Biblia, para descubrir lo prometido, conforme a la experiencia de la Iglesia (hacia el 70/80 dC). No sabemos el día en que nació, aunque una tradición simbólica y celebrativa (apropiada para el hemisferio norte) dice que fue el 25 de diciembre. No sabemos ni siquiera el año (entre el 7 y el  4 a.C.)[2].

El texto dice, simbólicamente, que los magos vienen a Jerusalén porque han visto en oriente la estrella del Rey de los judíos… Ese tema nos sitúa en el centro de una extensa tradición astro-lógica (-nómica) que vincula al ser humano (y especialmente al hombre salvador) con un (=el) Astro del cielo. Así es la estrella de la Epifanía,  como luz en el firmamento y futuro de la historia. Por eso, allí donde ha nacido el Rey de los judíos ha debido encenderse una luz, se expande una esperanza de salvación sobre la tierra.

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Los reyes magos somos nosotros. Fiesta de la Epifanía.

jueves, 6 de enero de 2022
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images21Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El autor del primer evangelio (el de Mateo), que probablemente vive en Antioquía de Siria, lleva años viviendo una experiencia muy especial: aunque Jesús fue judío, la mayoría de los judíos no lo aceptan como Mesías, mientras que cada vez es mayor el número de paganos que se incorporan a la comunidad cristiana. Algunos podrían interpretar este extraño hecho de forma puramente humana: los paganos que se convierten son personas piadosas, muy vinculadas a la sinagoga judía, pero no se animan a dar el paso definitivo de la circuncisión; los cristianos, en cambio, no les exigen circuncidarse para incorporarse a la iglesia.

Mateo prefiere interpretar este hecho como una revelación de Dios a los paganos. Para expresarlo, se le ocurre una idea genial: anticipar esa revelación a la infancia de Jesús, usando un relato que no debemos interpretar históricamente, sino como el primer cuento de Navidad. Un cuento precioso y de gran hondura teológica. Y que nadie se escandalice de esto. Las parábolas del hijo pródigo y del buen samaritano son también cuentecitos, pero han cambiado más vidas que infinidad de historias reales.

La estrella

Los antiguos estaban convencidos de que el nacimiento de un gran personaje, o un cambio importante en el mundo, era anunciado por la aparición de una estrella. Orígenes escribía en el siglo III:

“Se ha podido observar que en los grandes acontecimientos y en los grandes cambios que han ocurrido sobre la tierra siempre han aparecido astros de este tipo que presagiaban revoluciones en el imperio, guerras u otros accidentes capaces de trastornar el mundo. Yo mismo he podido leer en el Tratado de los Cometas, del estoico Queremón, que han aparecido a veces en vísperas de algún aconteci­miento favorable; de lo que nos proporciona numerosos ejemplos” (Contra Celso I, 58ss).

Sin necesidad de recurrir a lo que pensasen otros pueblos, la Biblia anuncia que saldrá la estrella de Jacob como símbolo de su poder (Nm 24,17). Este pasaje era relacionado con la aparición del Mesías.

El bueno: los magos

De acuerdo con lo anterior, nadie en Israel se habría extrañado de que una estrella anunciase el nacimiento del Mesías. La originalidad de Mt radica en que la estrella que anuncia el nacimiento del Mesías se deja ver lejos de Judá. Pero la gente normal no se pasa las noches mirando al cielo, ni entiende mucho de astronomía. ¿Quién podrá distinguirla? Unos astrónomos de la época, los magos de oriente.

La palabra “mago” se aplicaba en el siglo I a personajes muy distin­tos: a los sacerdotes persas, a quienes tenían poderes sobrenaturales, a propagandis­tas de religiones nuevas, y a charlatanes. En nuestro texto se refiere a astrólogos de oriente, con conocimientos profundos de la historia judía. No son reyes. Este dato pertenece a la leyenda posterior, como luego veremos.

El malo: Herodes, los sumos sacerdotes y los escribas

La narración, muy sencilla, es una auténtica joya literaria. El arran­que, para un lector judío, resulta dramático. “Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes”. Cuando Mt escribe su evangelio han pasado ya unos ochenta años desde la muerte de este rey. Pero sigue vivo en el recuerdo de los judíos por sus construcciones, su miedo y su crueldad. Es un caso patológico de apego al poder y miedo a perderlo, que le llevó incluso a asesi­nar a sus hijos y a su esposa Mariamme. Si se entera del nacimiento de Jesús, ¿cómo reaccionará ante este competidor? Si se entera, lo mata.

Un cortocircuito providencial

Y se va a enterar de la manera más inesperada, no por delación de la policía secreta, sino por unos personajes inocentes. Mt escribe con asombrosa habili­dad narrativa. No nos presenta a los magos cuando están en Oriente, observando el cielo y las estre­llas. Omite su descubrimiento y su largo viaje.

La estrella podría haberlos guiado directamente a Belén, pero entonces no se advertiría el contraste entre los magos y las autoridades políticas y religiosas judías. La solución es fácil. La estrella desaparece en el momento más inoportuno, cuando sólo faltan nueve kilómetros para llegar, y los magos se ven obligados a entrar en Jerusalén.

Nada más llegar formulan, con toda ingenuidad, la pregunta más compromete­do­ra: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo”. Una bomba para Herodes.

El contraste

Y así nace la escena central, importantísima para Mt: el sobresalto de Herodes y la consulta a sacerdotes y escribas. La respuesta es inmediata: “En Belén, porque así lo anunció el profeta Miqueas”. Herodes informa a los magos y éstos parten. Pero van solos. Esto es lo que Mt quiere subrayar. Entre las autori­dades políticas y religiosas judías nadie se preocupa por rendir homenaje a Jesús. Conocen la Biblia, saben las respuestas a todos los proble­mas divinos, pero carecen de fe. Mientras los magos han realizado un largo e incómodo viaje, ellos son incapa­ces de dar un paseo de nueve kilómetros. El Mesías es rechazado desde el principio por su propio pueblo, anunciando lo que ocurrirá años más tarde.

Los magos no se extrañan ni desaniman. Emprenden el camino, y la reapari­ción de la estrella los llena de alegría. Llegan a la casa, rinden homenaje y ofrecen sus dones. Estos regalos se han interpretado desde antiguo de manera simbólica: realeza (oro), divinidad (incienso), sepultura (mirra). Es probable que Mt piense sólo en ofrendas de gran valor dentro del antiguo Oriente. Un sueño impide que caigan en la trampa de Herodes.

Los Reyes magos, somos nosotros

A alguno quizá le resulte una interpretación muy racionalista del episodio y puede sentirse como el niño que se entera de que los reyes magos no existen. Podemos sentir pena, pero hay que aceptar la realidad. De todos modos, quien lo desee puede interpretar el relato históricamente, con la condición de que no pierda de vista el sentido teológico de Mt. Desde el primer momento, el Mesías fue rechazado por gran parte de su pueblo y aceptado por los paganos. La comunidad no debe extrañarse de que las autoridades judías la sigan rechazando, mientras los paganos se convierten.

Nosotros somos los herederos de esos paganos convertidos. Y debemos preguntarnos hasta qué punto nos parecemos a ellos. No se trata de hacer un largo viaje de miles de kilómetros, ni de llevar regalos costosos. A Jesús lo tenemos muy cerca: en la iglesia, en el prójimo, en nosotros mismos. ¿Tenemos el mismo interés de los Magos en presentarnos ante él y adorarlo? Si buscamos en nuestro interior, encontraremos algo que ofrecerle.

La mitificación de la estrella

La estrella ha atraído siempre la atención, y sigue ocupando un puesto capital en nuestros naci­mientos. Mt, al principio, la presenta de forma muy sencilla, cuando los magos afirman: “hemos visto salir su estrella”. Sin embargo, ya en el siglo II, el Protoevangelio de Santiago la aumenta de tamaño y de capacidad lumínica: “Hemos visto la estrella de un resplandor tan vivo en medio de todos los astros que eclipsaba a todos hasta el punto de dejarlos invisibles”. Y el Libro armenio de la infancia dice que acompañó a los magos durante los nueve meses del viaje.

En tiempos modernos incluso se ha intentado explicarla por la conjunción de dos astros (Júpiter y Saturno, ocurrida tres veces en 7/6 a.C.), o la aparición de un cometa (detectado por los astrónomos chinos en 5/4 a.C.). Esto es absurdo e ingenuo. Basta advertir lo que hace la estrella. Se deja ver en oriente, y reaparece a la salida de Jerusalén hasta pararse encima de donde está el niño. Puesta a guiarlos, ¿por qué no lo hace todo el camino, como dice el Libro armenio de la infancia? ¿Y cómo va a pararse una estre­lla encima de una cuna? Para Dios «nada hay imposible», pero dentro de ciertos límites.

El número y nombre de los magos

En el Libro armenio de la infancia (de finales del siglo IV) se dice: “Al punto, un ángel del Señor se fue apresurada­mente al país de los persas a avisar a los reyes magos para que fueran a adorar al niño recién nacido. Y éstos, después de haber sido guiados por una estrella durante nueve meses, llegaron a su destino en el momento en que la Virgen daba a luz… Y los reyes magos eran tres hermanos: el primero Melkon (Melchor), que reinó sobre los persas; el segundo, Baltasar, que reinó sobre los indios, y el tercero, Gaspar, que tuvo en posesión los países de los árabes”. Para Mt, el dato esencial es que no son judíos, sino extranjeros.

            Según Justino proceden de Arabia. Luego se impone Persia. En cuanto al número, la iglesia siria habla de doce.

El contraste entre la primera lectura y el evangelio

La liturgia parece ver en el relato de los magos el cumplimiento de lo anunciado en el libro de Isaías (Is 60,1-6).

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz;

la gloria del Señor amanece sobre ti!

Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos,

pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti.

Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.

Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti;

tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos.

Entonces lo verás, radiante de alegría;

tu corazón se asombrará, se ensanchará,

cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar

y te traigan las riquezas de los pueblos.

Te inundará una multitud de camellos,

de dromedarios de Madián y de Efá.

Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro,

y proclamando las alabanzas del Señor.

            Sin embargo, la relación es de contraste. En Isaías, la protagonista es Jerusalén, la gloria de Dios resplandece sobre ella y los pueblos paganos le traen a sus hijos, los judíos desterrados, la inundan con sus riquezas, su incienso y su oro. En el evangelio, Jerusalén no es la protagonista; la gloria de Dios, el Mesías, se revela en Belén, y es a ella adonde terminan encaminándose los magos. Jerusalén es simple lugar de paso, y lugar de residencia de la oposición al Mesías: de Herodes, que desea matarlo, y de los escribas y sacerdotes, que se desinteresan de él.

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06 Enero de 2022. Epifanía. Ciclo C

jueves, 6 de enero de 2022
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“¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?

Hemos visto salir en Oriente su estrella, y venimos a adorarle.”

(Mt 2,1-12)

Hoy recordamos la visita de unos sabios extranjeros a Jesús recién nacido. La historia es como un juego de reyes: en primer lugar, para entrar en el espíritu del Evangelio, podemos olvidarnos de todas las ideas sobre Melchor, Gaspar y Baltasar que pueblan nuestro imaginario. El segundo rey es Herodes, el rey de Judea. Y el tercer rey es Jesús, el Mesías judío que ya desde el comienzo atrae a gente de otras naciones.

En la escena, los sabios son quienes van de acá para allá. Vienen de lejos siguiendo una estrella que les ha de llevar hasta el rey de los judíos. Mirándoles sentimos el sabor que nos dejan las personas libres: lo que les guía es una estrella del cielo, están en movimiento, les llena la alegría. Van sin expectativas, prejuicios ni intereses, saben reconocer a Jesús. Y, lo más importante: lo adoran.

Esto es lo que la liturgia nos invita a hacer en este tiempo: como los sabios, ponernos delante de Jesús vacías de nosotras mismas, sin pedir, sin querer comprender, sin esperar nada. Solo permanecer en silencio.

La actitud de Herodes es completamente diferente. Quiere saber dónde está el Mesías, pero tiene miedo. Teme por su propio poder. Pretende encontrar a Jesús sin moverse de su palacio.

Y Jesús, tan pequeñín, ya mueve a tanta gente. Este tiempo nos ayuda tal vez a acercarnos a él con más sencillez, confianza, silencio. Cuando crece, a veces sentimos que no le comprendemos, que le pedimos demasiado y hacemos demasiado poco, que no tenemos ganas de acercarnos a él por miedo a que la vida se nos complique más de lo que ya está… Hoy se nos regala una buena ocasión para estar, para poner el corazón, sin más propósito, delante del Señor de nuestra vida.

Oración

Padre, que tu Santa Ruah nos vaya transformando en personas sabias y libres, capaces de cruzar oasis y desiertos buscando a tu Hijo en nuestro mundo


*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios se está manifestando siempre en todo lo que es.

jueves, 6 de enero de 2022
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EPIFANÍA (C)

Mt 2,1-12

Es una de las fiestas más antiguas, anterior a la Navidad. “Epifanía” significa en griego manifestación. Parece ser que en su primer significado hacía referencia a la primera luz que aparecía en Oriente y anunciaba el nuevo día. Hasta hace bien poco se conmemoraban este día tres ‘manifestaciones’ de Jesús: la adoración de los magos, la boda de Caná y el bautismo. Hoy celebramos en occidente la adoración de los magos, más conectada con la Navidad y como símbolo de la llamada de todos los pueblos a la salvación ofrecida por Dios en Jesús. En oriente se sigue celebrando hoy la Navidad.

El relato que hoy leemos del evangelio de Mateo, no hay la más mínima posibilidad de que sea histórico. Esto no nos debe preocupar en absoluto, porque lo que se intenta con esa “historia” es dar un mensaje teológico. Dios se está manifestando siempre. El que lo descubre tiene que convertirlo en imágenes para poder comunicarlo a los que no lo han descubierto. Si nos quedamos en los signos, no descubriremos la realidad. Dios se manifiesta siempre pero lo descubrimos solo en circunstancias muy concretas.

El concebir la acción de Dios como venida de fuera y haciendo o deshaciendo algo en el mundo material, sigue jugándonos muy malas pasadas. Muchas veces he intentado explicar cómo es la actuación de Dios, pero acepto que es muy difícil de comprender, mientras sigamos creyendo en un Dios todopoderoso, apto para hacer o deshacer cualquier entuerto. Pensemos, por ejemplo, en el comienzo de la mayoría de las oraciones de la liturgia: “Dios todopoderoso y eterno… para terminar pidiendo algo.”

Debemos superar la idea de Dios creador como hacedor de algo que deja ahí fuera. Dios no puede desentenderse de la criatura, como hacemos nosotros al ‘crear’ algo. Lo que llamamos creación es manifestación de Dios, que está ahí sosteniendo en el ser a su criatura. Imaginad que la creación es la figura que se refleja en el espejo. Si quitamos del medio la realidad reflejada, el espejo no podría reflejar ninguna imagen. Dios crea porque es amor y en la creación manifiesta su capacidad de unir. Al crear Dios solo puede buscar el bien de las criaturas, no puede esperar nada de ellas para Él.

La creación no falla nunca. Siempre está manifestando a su creador. En el Génesis se repite una y otra vez, que lo que iba haciendo Dios era “bueno”. Cuando llega a la creación del hombre, dice: era todo “muy bueno”. La idea de un Dios que tiene que estar haciendo chapuzas con la creación es mezquina. La idea de una salvación como reparación de una creación que le salió mal, es consecuencia de un maniqueísmo mal disimulado. Cada ser humano puede no ser consciente de lo que es y vivir como lo que no es, pero seguirá siendo manifestación de Dios y como tal único y perfecto.

Podemos seguir diciendo, que Dios actúa puntualmente en la historia, que se sigue manifestando en los acontecimientos, pero conscientes de que es una manera impropia de hablar. Con ello queremos indicar que el hombre, en un momento determinado, se da cuenta de la acción de Dios, y para él es como si en ese momento Dios hiciera algo. Como Dios está en toda criatura y en todos los acontecimientos, está ahí en todo momento. La manifestación de Dios es siempre la misma para todos, pero solo algunos, en circunstancias concretas, llegan a descubrir su teofanía.

La presencia de Dios nunca puede ser apodíctica, nunca se puede demostrar, porque no tiene consecuencias que se puedan percibir por los sentidos y por lo tanto no se puede obligar a nadie a admitir esa presencia. Es indemostrable. Tener esto claro equivaldría a desmontar todo el andamiaje de las acciones espectaculares como demostración de la presencia del poder de Dios. No digamos nada cuando ese poder se quiere poner al servicio de los “buenos”, e incluso, en contra de los “malos”. Pascal decía: “Toda religión que no confiese un Dios escondido, es falsa”.

Dios es el Dios que se revela siempre y el que siempre está escondido. La experiencia de los místicos les llevó a concluir que Dios es siempre el ausente. S. Juan de la Cruz lo dejó claro: «A donde te escondiste, Amado y me dejaste con gemido. Como el ciervo huiste, habiéndome herido. Salí tras ti clamando y eras ido.» Y el místico sufí persa Rumi dice: «Calla mi labio carnal. Habla en mi interior la calma, voz sonora de mi alma, que es el alma de otra Alma eterna y universal. ¿Dónde tu rostro reposa, Alma que a mi alma das vida? Nacen sin cesar las cosas, mil y mil veces ansiosas de ver Tu faz escondida”.

El relato de los Magos no hace referencia a personas sino a personajes. Ni eran reyes, ni eran magos, ni eran tres. Eran sabios que escudriñaban el cielo para entender la tierra. Porque estaban buscando, encontraron. Fijaros que lo descubren los que estaban lejos, pero no se enteraron de nada lo que estaban más cerca del niño. Para descubrir la Presencia lo único definitivo es la actitud. Al descubrir algo sorprendente, se pusieron en camino. No sabían hacia donde encaminarse, pero arriesgaron.

Otro mensaje importantísimo para los primeros cristianos, casi todos judíos, es que todos los seres humanos están llamados a la salvación. Para nosotros hoy esto es una verdad obvia, pero a ellos les costó Dios y ayuda salir de la conciencia de pueblo elegido. Pablo lo propone como un misterio que no había sido revelado en otro tiempo: “También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa”. Lo definitivo no es pertenecer a un pueblo sino estar en búsqueda.

Preguntan por un Rey de los judíos, clara contraposición al rey Herodes. La ciudad se sobresaltó con él, es decir identificada con el rey en su tiranía. Es Herodes el que lo identifica con el Mesías. Los sacerdotes y escribas “sabían” donde tenía que nacer, pero no experimentan ninguna reacción ante acontecimiento tan significativo. Una vez más se demuestra que el conocimiento puramente teórico no sirve de nada.

En aquellas culturas, el signo de la presencia extraordinaria de Dios en una vida humana era la estrella. Se creía que el nacimiento de toda persona estaba precedido por la aparición de su estrella. El relato nos dice que la estrella de Jesús, solo la pudo ver el que está mirando al cielo. Solo los que esperan algo están en condiciones de aceptar esa novedad. Los magos insatisfechos siguen escudriñando el cielo y por eso pueden detectar la gran novedad de Jesús. En Jerusalén nadie la descubre.

Los dones que le ofrecen son símbolo de lo que significa aquel niño para los primeros cristianos después de haber interpretado su vida y su mensaje. El oro, el incienso y la mirra son símbolos místicos de lo que el niño va a ser: el oro era el símbolo de la realeza. El incienso se utilizaba en todos los cultos que solo se tributan a Dios; la mirra se utilizaba para desparasitar el cuerpo y para embalsamarlo, como hombre.

Meditación

¿Por qué no descubrimos a Dios? Muy sencillo:
O busco un dios que no existe.
O le busco donde no está.
O le busco con la razón y no con el corazón.
No hay que buscar a Dios
si no la luz que nos permita verlo en todas partes.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Signos, certezas y sueños. Epifanía para el mundo de hoy.

jueves, 6 de enero de 2022
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fichero_25918_20130104(Mt 2, 1-12)

Mt 2, 1-12*

Sabían de signos, de señales en el cielo estrellado. Leían. Estudiaban. Buscaban. Esperaban. Se les llama magos, sabios. Pero algo concluyó aquella noche al reconocer una estrella concreta que les puso en marcha en la dirección que les señalaba.

Quizás llegaron a Jerusalén pensando que el pueblo estaría de fiesta y preguntaron inocentemente: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Es que vimos una estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo; con la naturalidad de quienes dan por hecho que allí les darían datos del nacimiento del Mesías que el pueblo de Israel esperaba desde la antigüedad.

“El rey Herodes, al oírlo, se sobresaltó y con él toda Jerusalén”. ¡Es normal el sobresalto! Unos extranjeros preguntando por algo que, por mucho que supieran y esperaran algún día, no podría ser anunciado de esa manera. “Así que convocó a los sumos sacerdotes y escribas del pueblo y les preguntó dónde debía nacer el Cristo”. Ellos le respondieron: ‘En Belén de Judá, porque así lo dejó escrito el profeta’.

Por si no le quedaba claro a Herodes siguieron: “Y tú, Belén de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel”.

Herodes conocía, sin duda, las palabras del profeta, habría sido instruido desde su juventud en la Ley, pero era rey, tenía poder y debió de ser costoso pensar en las repercusiones que podría tener para él la llegada del Mesías. Implicaría una pérdida de poder y toda la parafernalia que rodea a los poderes desde que el mundo es mundo.

“Llamó aparte a los magos y, gracias a sus datos, pudo precisar el tiempo de la aparición de la estrella. Después les envió a Belén con este encargo: ‘Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando lo encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarlo”. Aquí empieza la manipulación del poderoso intentando hacerse con toda la información para ejecutar un plan que ayudara a preservar su status. Más de lo mismo a lo largo de la historia de la humanidad y siempre generando víctimas inocentes. No fue muy original el villano Herodes. Todo un clásico.

“Ellos, confiados, se pusieron en camino. La estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño”. Siempre aparecen signos en la historia de quien busca, si es que es una búsqueda sincera. Si parte de dentro de quien se ha de poner en camino. Hay signos pero no siempre los vemos. Sucede a veces que, aun viéndolos los rechazamos porque la prepotencia no deja espacio y ni valora nada que no pueda ser tocado, medido y pesado. Así los signos se difuminan, se esfuman… y los buscadores se mueven perdidos por bosques desconocidos.

“Al ver la estrella, se llenaron de una inmensa alegría”. La estrella como signo, y su confiada certeza les llevó hasta la meta deseada: “Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su madre. Entonces se postraron y lo adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.” Símbolos para honrar a quien esperaban y encontraron.

Sigue el relato (Mt 2, 16*): “Avisados en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su país por otro camino”. Parece que también hacían caso a los sueños. Con sensatez y sin más explicaciones “regresaron a su país por otro camino”. Como decimos ahora, ningunearon al sobresaltado y manipulador rey Herodes, que “al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y mandó matar a todos los niños de Belén y de su comarca, menores de dos años”. Orgía de muerte contra inocentes. En nuestro tiempo lo llaman “daños colaterales”.

Epifanía es manifestación. Sí, Dios se manifiesta. Luego habrá que abrir el corazón de a esa manifestación que viene en forma de signos, certezas y sueños. ¿Una estrella? Sí, porqué no. ¿Una intuición? Sí, porque “la intuición sin miedo es fecunda y creativa” esto me dijo en una ocasión un sabio monje.

Para mí, a estas alturas de vida, unos pequeños personajes me provocan de continuo; me hacen estar especialmente atenta a lo que dicen casi sin ser conscientes de lo que están diciendo. Me despiertan de la dormidera, la rutina, el aburrimiento de los adultos resabiados (¡pobres!) que queremos darles lecciones y acabamos domesticándoles. Son los niños y niñas pequeños que tengo alrededor. Ellos no miran signos, ni sueños… no lo necesitan. Ellos son epifanía de la Epifanía que celebramos el 6 de enero, son la certeza de que Dios se manifiesta en cada uno de nosotros, pero ellos aún lo llevan a flor de piel. Translucen.

Estemos atentos a nuestros pequeños maestros, cuidémoslos. Queda bien claro en la escritura lo que dijo, el que nació en Belén de Judá, cuando se puso a contarlo.

Mari Paz López Santos

pazsantos@pazsantos.com

FEADULTA 6 enero 2022

(*) Los textos en cursiva son de la Biblia de Jerusalén

Fuente Fe Adulta

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La estrella y el camino de la verdad. Fiesta de Epifanía.

jueves, 6 de enero de 2022
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Mt 2, 1-12

Parece claro que el presente texto es una construcción del evangelista, que le sirve para mostrar la dimensión universal del nacimiento de Jesús, como apertura o “epifanía” (manifestación) a todos los humanos, personificados en los “magos de Oriente”.

Con ello prepara el próximo relato –debido a la persecución de Herodes, los padres del niño huirán con él a Egipto–, en el que se hace presente la intención de Mateo de presentar a Jesús como el “nuevo Moisés” que vendrá de Egipto para liberar a su pueblo.

Más allá de la intencionalidad del evangelista, el texto encierra un profundo simbolismo, cargado de sabiduría.

Todo empieza con una “estrella”. Es la luz interior (intuición, insight) la que desencadena el proceso de búsqueda y nos pone en camino. Puede aparecer de manera inesperada en cualquier momento y, con frecuencia, suele surgir en una situación de crisis que, al remover nuestros hábitos, hace que nos abramos a una dimensión más profunda.

En cualquier caso, se trata siempre de la voz del anhelo que nos habita, y que no es otra cosa que expresión de nuestra verdadera identidad que nos llama para “volver a casa”.

La estrella no tiene otra finalidad que la de conducirnos a “casa”. Pero apenas iniciamos el camino aparecen las dificultades: los apegos que no estamos dispuestos a soltar, las formas de funcionar que se nos han hecho habituales, el miedo a la incomodidad que supone todo cambio, el susto ante lo desconocido… y, en último término, la ignorancia básica que nos hace tomarnos por lo que no somos y nos mantiene en esa noria de insatisfacción que empieza y acaba en el yo.

El relato dice que los magos llevaron oro, incienso y mirra. La meta a la que apunta la voz del anhelo requiere desapego y desprendimiento de nuestros “tesoros”. Y eso solo es posible cuando comprendemos que aquello a lo que nos habíamos aferrado palidece ante la verdad de lo que somos.

En efecto, el camino en el que nos introduce el anhelo es el camino de la verdad: la estrella siempre conduce a la verdad. Y sabemos o intuimos que la verdad nos va a desnudar de todo aquello que habíamos absolutizado. Por ese motivo es importante que nos preguntemos si realmente buscamos la verdad… o nos conformamos con cualquier sucedáneo.

Puede ser que afirmemos alegremente que deseamos la verdad y, sin embargo, nos embarquemos en el llamado “camino espiritual” buscando sencillamente bienestar, tranquilidad o seguridad, es decir, una situación que podamos controlar. Si es así, no será extraño que nos veamos zarandeados por la Vida y, antes o después, confrontados con la motivación real que mueve nuestra búsqueda.

¿Busco la verdad por encima de cualquier otra cosa o busco que se puedan realizar mis expectativas?

Enrique Martínez Lozano

Boletín Semanal

 

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Búsquedas y caminos

jueves, 6 de enero de 2022
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índice

Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

01. Epifanía.

    La fiesta de la Epifanía (manifestación) es un canto a la luz y a la alegría. “Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría”.

El relato de los Magos es crítico y alentador a un tiempo.

Crítico con una concepción estrecha y fanática de Pueblo de Dios; alentador de una visión universal y generosa de Pueblo de Dios.

Crítico

Ninguno de los que pertenecen al ámbito judío ha visto nada. Herodes, lo mismo que los sacerdotes y los maestros de la ley, y toda Jerusalén con él se llevan un susto de muerte al hablar del “rey de los judíos nacido en Belén”. (El poder siempre tiene miedo),

Alentador

Y es alentador porque quien ve la luz, la estrella son unos magos extranjeros, paganos, unos que no pertenecen al “partido oficial”, “a la iglesia”.

¿Habrá que estar en la periferia como dice el papa Francisco (con los pobres / pastores / magos) o en camino (los magos) para ver la luz?

Dios nos libre de quien cree poseer la verdad y no la busca como los magos.

02.- Hemos visto salir su estrella.

El relato tiene un doble movimiento y enfrentado:

02.1 Universalismo

Los magos -extranjeros- han visto salir la luz de la estrella en la noche de la vida. Los magos son gente extranjera: como los emigrantes, los que no son de nuestra nación, de nuestra cultura.

Por otra parte están los judíos, los “nacionales y autóctonos”, quienes que pretenden tener toda la verdad y todos los derechos.

    ¿Sigo la estela de la estrella?

02.2 El rey Herodes y el rey de los judíos.

    El rey Herodes está donde suelen estar los reyes y poderosos: en su palacio, en el poder.

    El rey de los judíos de momento está en un pesebre, al final de su vida Jesús le dirá a “otro rey”, Pilato, que Él es rey y el título de rey estará colgado en la cruz, en el calvario.

    En mi vida ¿de qué lado estoy? ¿de los poderosos, de los fuertes o de los pobres del evangelio?

03.- ¿Dónde está?

Los magos y Herodes buscan al niño.

Dos veces aparece en el evangelio de hoy la pregunta ¿Dónde está?¿Dónde está el rey de los judíos? /

La pregunta no es meramente local como cuando preguntamos dónde está tal persona o determinada calle.

Hay preguntas que tienen un calado más hondo.

  • Cuando unos padres un día hablan con su hijo adolescente despistado y le preguntan ¿dónde estás?, es evidente que no se trata de una cuestión geográfica.
  • Cuando uno mismo se pregunta en determinados momentos de la vida ¿dónde estoy? No es un asunto local.
  • Tras el asesinato de Aldo Moro en 1978, Pablo VI pronunció aquella oración en la que interpelaba a Dios: ¿Dónde estabas mientras asesinaban a este hombre?

En los mitos del origen, (Génesis) aparece ya está densa pregunta:

  •  Tras el mal uso de la libertad, Dios le pregunta a Adán ¿Dónde estás), (Gn 3,9).
  •  Cuando Caín mata a Abel, Dios le pregunta ¿Dónde está tu hermano? (Gn 4,9).
  • Job en su desgracia se encara con Dios con una pregunta semejante a la del evangelio de los Magos: ¿dónde está Dios), (Job 20,7)
  • Job se pregunta: el hombre dónde estará a su muerte? (Job 17,15)
  • Ojalá si pudiera saber dónde hallar a Dios (Job 23,3 / 35,1).

¿Dónde me encuentro en la vida?, ¿dónde está Dios? Son cuestiones de hondo calado para la existencia humana.

    Quien busca en la vida la verdad, la libertad, la justicia, está en camino, tal vez es ya un creyente, quizás un cristiano anónimo que diría Rahner.

    La misma pregunta se puede hacer honesta o deshonestamente. Los magos y Herodes se hacen la misma pregunta, pero por motivos diversos y encontrados.

    El “hacia dónde” del ser humano es Dios.

03.1 Las estrellas.

estrella-belenAbraham vivió hacia el año 1950 a.C. Era un nómada, “era un arameo errante” (Dt 26,5): iba de aquí para allá con sus rebaños de ovejas, su familia, su gente. No tenía un sitio fijo para vivir. Por eso no tenían templo, ni casa, ni lugar estable. Dios estaba en el cielo, en las estrellas: Mira las estrellas… (Gn 15,5).

    Hay situaciones y etapas en la vida en las que un creyente ha de mirar al cielo, a las estrellas para encontrar a Dios, porque no parece estar en las instituciones socio-político-eclesiásticas. Tal vez es la actitud en la que hemos de vivir muchos de nosotros la Epifanía de este año: elevar nuestra mirada por encima de las mediaciones eclesiásticas para tratar de encontrarnos con Dios en las estrellas, en el seguimiento de la estrella, de la propia conciencia. En ocasiones es difícil intuir a Dios entre la cordillera de mitras…

    ¿Busco a Dios en el horizonte, en la transcendencia?

03.2 Encontraron al niño en un pesebre

    Claro que también podemos encontrar al Señor acostado en un pesebre o en una patera, o con su madre dormitando en unos cartones o cajeros automáticos.

Los magos no encontraron al rey de los judíos en Jerusalén. Allí estaba el rey Herodes, los sacerdotes, los fariseos y abogados, etc. Cristo está con toda seguridad en los pobres y débiles de la tierra. Dar limosna es una ofrenda al Señor, ayudar a un emigrante, a un enfermo es adorar al niño. ¿Veo a Dios en la debilidad, en los pobres y marginados?

En resumidas cuentas: puedo pasarme la vida criticando todo y a todos, pero ¿busco a Dios y sigo la estrella?

0.3.2.1. Vieron al niño: se llenaron de inmensa alegría

    La búsqueda de la verdad es siempre un camino, una preocupación, ¿qué he de hacer, por dónde tirar, cuál será la solución? Cuando tras una reflexión o un tiempo de discernimiento, de estudio; tras una conversación con un médico, con la familia, con un sacerdote, un psicólogo, un buen amigo uno halla la luz, al menos una dosis razonable de verdad, uno descansa, se llena de paz, de alegría.

03.2.2.- Volvamos a casa por otros caminos

    Los magos recibieron noticia en sueños de volverse a su casa por otro camino.

Herodes fue un rey, y todos llevamos un Herodes dentro de nosotros mismos, podemos tener temores de que nos quiten nuestra cota de poder.

    Cuando uno escucha a Dios se da cuenta de que los caminos de Herodes: del poder, del anquilosamiento y de no caminar, producen muerte (inocentes).

Como los magos:

  • Levántate y volvamos a casa por otro camino

 

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Dios nos ha tomado la delantera.

martes, 4 de enero de 2022
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Hay que tener confianza en Dios, hermano/a,
pues Él ha confiado en nosotros.
Hay que tener fe en Dios,
pues Él ha creído en nosotros.
Hay que dar crédito a Dios,
que nos ha dado crédito a nosotros.
¡Y qué crédito! ¡Todo el crédito!
Hay que poner nuestra esperanza en Dios
puesto que Él la ha puesto en nosotros.

Singular misterio, el más misterioso:
¡Dios nos ha cogido la delantera!

Así es Él, hermano/a, así es Él.
Se le desborda la ternura por los poros,
nos alza hasta sus ojos, nos besa,
nos hace mimos, cosquillas y guiños,
y sueña utopías para nosotros
más que las madres más buenas y apasionadas.

Dios ha puesto su esperanza en nosotros.
Él comenzó, ya en los orígenes, y no se cansa.
Él espera que el más pecador de nosotros
trabaje, al menos un poco, por sus hermanos.
Él espera en nosotros más que nosotros mismos,
¿y nosotros no vamos a esperar en Él?

Dios nos dio su Palabra,
nos confió a su Hijo amado
que vino a nuestro mundo y casa;
nos confió su hacienda,
su Buena Noticia,
y aún su esperanza misma,
¿y no vamos a poner nosotros
nuestra esperanza en Él?

Hay que tener confianza en la vida
a pesar de lo mal que dicen que está todo.
Hay que tener esperanza en las personas, ¡en todas!
Sólo en algunas hasta los fariseos y necios la tienen…
Hay que confiar más en Dios
y echarnos en sus brazos y descansar en su regazo.

Hay que esperar en Dios.
Mejor: hay que esperar a Dios.
Y si todo esto ya lo hacemos,
una cosa nos falta todavía:
Hay que esperar con Dios
a que su Palabra se haga buena nueva
en nuestras entrañas,
en su casa, que es nuestra casa.

*

Florentino Ulibarri
Fuente Fe Adulta

***

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Y la Palabra se hizo carne

domingo, 2 de enero de 2022
Comentarios desactivados en Y la Palabra se hizo carne

Jesús Carne

Si me hiciste, Señor, de barro tierno,

de húmedas albas silenciosas,

¿cómo no dar, por mi terrestre invierno,

la más perfecta de tus rosas?

Si me hiciste de musgo y llamas locas,

de arena y agua y vientos fríos,

¿no he de buscar mi ser entre las rocas,

en las arenas y en los ríos?

¿No he de sentirme enriquecido al verlos

en olorosa y cruda guerra,

si me diste dos pies, para tenerlos

siempre en contacto con la tierra?

*

José Hierro
Viento de invierno

***

Dios nos ha tomado la delantera.

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada. Lo que se hizo en ella era la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo.

En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios.

Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.»

Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.

*

Juan 1, 1-18

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