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La catedral de Ana.

domingo, 7 de noviembre de 2021
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viudaMc 12, 38-44

Ahí está ella, entre los enfermos sin techo de Nueva York. Es una mujer de mi comunidad, Hermanas Para la Comunidad Cristiana (SFCC en inglés). Ella va mucho más allá de la comunidad cristiana.

Ana después de muchos años en el proyecto Sure, we Can ha discernido su llamada a crear Hogar con los más abandonados de la sociedad. Su compromiso es y de hecho ya está construyendo casitas para los más vulnerables por enfermedad y sin techo, en el centro de Nueva York, para los no queridos en ningún sitio, ni en la calle. Y sin seguro médico, por supuesto.

Se siente llamada a servir a estas personas, y a ello dedica todo su ser. Si tiene que hablar con el alcalde lo hace, si con los políticos -para conseguir ayudas y permisos- ahí va. Si tiene que sembrar tomates y construir pequeños habitáculos con voluntarios… con ellos se arremanga. Es hermana de lxs sin techo, de lxs que sus familias ignoran por adictos… de lxs leprosos de hoy.

En el corazón financiero del mundo, el corazón de una mujer late a otro ritmo.

Me recuerda el impacto del Efecto Mariposa: “el aleteo de las alas de una mariposa en Brasil puede provocar modificaciones atmosféricas hasta culminar en una tempestad en Nueva York. El presupuesto teórico es que todas las cosas están inter-ligadas y van asumiendo elementos nuevos, creando complejidades en el curso de su evolución” (Boff).

Siempre, a lo largo de la historia, hay una mujer o un grupo de mujeres que, pasando desapercibidas: cambian, transforman, proyectan y construyen el futuro.

La llaman la Dorothy Day de hoy. Es vasca y habla poco. Cuando lo hace, sonríe. Son sus gestos los que encarnan el Evangelio. (Al final hay un enlace sobre su trabajo).

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Cuando leo el texto de hoy, emergen de mi interior las Anas en el mundo -son tantas las que lo dan todo, que se exponen a tope- y lo hacen porque confían en el fiel, y en la bondad intrínseca de los humanos.

En la primera lectura ya vemos cómo a una viuda -a una persona sin recursos de ningún tipo, en aquel tiempo- se le pide que comparta todo lo que le queda; y lo hace. Y, gracias a ese abandono descubre que la fidelidad de Dios se vuelca en ella. Es la fuerza de nuestras Anas, anónima en el Evangelio y en la realidad de hoy; su fuerza es su conexión con el Todo que saca lo mejor de ellas y las impulsa al riesgo absoluto por Amor al Absoluto.

La viuda, miembro débil de la sociedad, representa a la comunidad fiel, que en medio de una realidad eclesial corrompida, como ahora, y que horroriza a tantxs, ama a Dios como compañero de camino.

Jesús nos quiere dar una enseñanza, como se la dio a sus discípulos a quienes vemos, a través de la figura del joven rico, y otros, que no quieren abandonar su riqueza, su seguridad, y les/nos dice: no son los ricos, los ordenados, los importantes… los que valen a los ojos de Dios, sino los que ponen su confianza en Abba/Amma, y no en el dinero ni en el prestigio, refugio de personajes inmaduros afectivamente, que necesitan poseer, controlar, dominar para sentirse bien. De ahí la hecatombe de instituciones que se han hecho fuertes a fuerza de explotar, dominar, violar derechos y cuerpos.

Esta confianza equivale a la del discípulo, a la de la persona que tiene una relación personal de amistad y cariño, con el Maestro, y le acompaña y sigue su proyecto.

Por ello, la viuda que contemplamos echando todo su capital en las ofrendas del Templo, encarna la antítesis de los dirigentes infieles a Dios por su amor al dinero y al poder moral sobre otros. Y Jesús flipa cuando la ve, y cuando te ve, a ti que a tu manera también lo haces: “Anas” de hoy, compartiendo todo lo que tienen con sus hijos y refugiados, acercándose en el supermercado a las marroquíes para saludar y acoger y ofrecer, como vi ayer: el barullo que montó una abuela con un grupo de mujeres muy cubiertas de telas y mascarillas que se confunden con burkas… podían ser marroquíes, pakistaníes, afganas, sirias…sus risas me hicieron notar que eran muy jóvenes. Ellas cubiertas, ellos no, claro. Sutilezas de control que empobrecen y silencian a personas que podrían ser educadoras, sanitarias…en sus países, y tienen que vivir exiladas porque en los templos de las religiones y en los palacios hay personajes mezquinos, en nómina y eméritos.

La viuda es modelo de discípula. ¿Cómo es la discípula de hoy? Como nosotras la encarnemos. Con estudios, sí, pero sobre todo alguien apasionado por el Evangelio, que como nuestras Anas, no tenga miedo a la intemperie. En unos casos, real, de no-techo, como la de Nueva York, en otros casos, la mayoría, de no-reconocimiento, de no-apoyo, como siempre en la historia.

No pretendo adivinar el futuro, pero desde la tripa al cerebro veo clarísimo que la iglesia de Jesús: las comunidades cristianas en general, sólo resucitarán, cuando las Anas de hoy formen parte -con su aleteo de mariposa- de la tormenta que Jesús provoca cuando entra en la vida de la gente. Y sepan acompañar a los nuevos miembros de comunidades alternativas a las esclerotizadas por el patriarcado dominante.

Me gusta la catedral de Ana. Muy cerquita de las majestuosas catedrales católica y episcopaliana de Nueva York.

Creo que no es el único modelo de discípula. Pero cuando Jesús la ve echando todo lo que tiene para vivir, en el limosnero…el hombre se derrite. ¡Ya lo creo! También él está hasta arriba de clericalismo, de política sucia, de abusos de poder en nombre de una religión que no existe más que en la mente de sus organizadores. Y al ver a aquella mujer, ve en ella lo que no logra despertar en ellos. Por esto, tal vez, ellos no la reciben, porque se sienten amenazados por su discipulado radical y fiel.

Conozco otras que no se llaman Ana, pero que me hablan de Evangelio puro, como mi amiga a quien ETA mató al marido en el portal de su casa, y desde entonces se dedica a hablar de reconciliación en centros educativos de todo Vizcaya. O la otra amiga, que con Parkinson y el suicidio por depresión de la hija que cuidaba como a una recién nacida, se dedica a visitar o llamar a diario a personas mayores y solas, llevándoles, con su aleteo la cercanía del que es fiel. O la que acoge en su casa a su hija, nieto, yerno a quién la pandemia ha dejado vulnerables, con inseguridad de perder todo por lo que habían trabajado muchos años, como las Anas de La Palma, cuya lava se ha llevado sus propiedades, pero no su corazón.

También ellas son viudas. Y son mujeres. Y crean a su alrededor cercanía y bondad. No entran en las papeletas de futuros Vicarios episcopales, ni generales…están ahí, dando vida, como la mariposa aleteando. Y Jesús está orgulloso de ellas, y mira a los letrados de reojo con unas ganas de mandarles a la mismísima…mientras ellos ceden sus catedrales por dinero a una vulgaridad, y ellas, las Anas, la siguen limpiando.

¿A qué también tú conoces a varias “Anas”? Es más, tal vez seas una de ellas. Por ello a todas os damos las Gracias. Nos vemos en vuestras catedrales, vuestros hogares, auténticos lugares de comunidad cristiana, donde siempre hay acogida, bizcocho y cariño. ¡Menuda Eucaristía! Aunque sea online, como ha sido últimamente para muchxs y sigue uniendo a las Anas de diferentes países y continentes, porque ellas, no paran. Son incombustibles, por eso la Comunidad Cristiana sigue en las calles, en las pantallas, en los hogares.

Ahí nos vemos hermanxs. Aunque sea Nueva York o La Palma, o tu barrio o tu pantalla.

¡Feliz Domingo!

Magda Bennásar Oliver, sfcc

espiritualidadintegradoracristiana.es

Fuente Fe Adulta

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Poder o entrega

domingo, 7 de noviembre de 2021
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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

7 noviembre 2021

Mc 12, 38-44

Los letrados (escribas) y la viuda constituyen dos símbolos que encarnan maneras de vivir diametralmente opuestas.

 Los primeros se mueven por el poder, queriendo ofrecer una imagen ostentosa y persiguiendo reconocimiento, privilegios y dinero por cualquier medio. Jesús denuncia el “amplio ropaje” que suele utilizarse, en los ámbitos más dispares, como signo distintivo de superioridad. (Si se me permite un paréntesis: ¿qué sentido tiene que, todavía hoy, la jerarquía de la iglesia siga vistiendo capisayos que producen vergüenza ajena y que, para más inri, tienen su origen en los que vestían los poderosos del Imperio romano? Indudablemente, la resistencia a abandonarlos, parece indicar la necesidad, consciente o inconsciente, de manifestar una posición de poder).

 En un nivel más profundo, los “letrados” pueden verse como símbolo del ego (religioso), que se mueve en virtud de sus propias necesidades e intereses narcisistas.

 Por su parte, la imagen de la viuda, tal como es presentada en el relato, representa a la persona capaz de entregar y entregarse (“todo lo que tenía para vivir”), de manera generosa y desapropiada.

 El contraste que el relato pone de manifiesto refleja el que cada uno de nosotros vivimos en nuestro interior. En nosotros conviven, mejor o peor, y en diferentes “dosis”, tanto el “letrado” -el ego que gira constantemente en torno a sí mismo- como la “viuda” -la dimensión profunda que vive en la comprensión y se expresa en el amor que se entrega-.

 La psicología profunda nos enseña que “todos tenemos de todo” porque, más allá de la imagen que mostramos y en la que nos reconocemos, hay otra parte equivalente -la sombra- donde se albergan aspectos ocultos de signo contrario. La sombra no es mala. De hecho, en cuanto somos capaces de reconocerla y de abrazarla, la sombra nos humaniza, regalándonos, a partes iguales, humildad y compasión. Dejamos de “ver la mota en el ojo ajeno” -como diría el propio Jesús-, porque ya hemos visto la “viga” en el propio (Lc 7,41).

¿Reconozco al “letrado” y a la “viuda” que habitan en mí?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Lo que importa no es la cantidad, sino que la viuda dio todo lo que tenía para vivir

domingo, 7 de noviembre de 2021
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53225_n_19-08-12-0-15-50Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

1.- Sentir compasión por los débiles. generosidad.

Las dos lecturas de hoy están centradas en la figura de dos mujeres viudas pobres y débiles.

Las viudas, los huérfanos y extranjeros eran los pobres de solemnidad en tiempos de Jesús (¿y hoy?)

Es muy humano muy cristiano atender a los débiles: a las viudas, a los huérfanos y extranjeros: emigrantes, enfermos…

Sentir compasión por los débiles es algo muy noble, que nos hace bien a todos.

Por otra parte, estas dos mujeres muestran una gran generosidad. La generosidad es el arte de darse a sí mismo. Más que dar cosas, se trata en la virtud de «compartir-se» uno mismo con los demás.

El que da gana más que el que recibe

2.-  Ruptura entre el Evangelio y los escribas.

Las dos pobres viudas: la de Sarepta, que da la poca harina que tenía para ella y su hijo, y la viuda que echa en el templo veinte céntimos, -también todo lo que tenía para vivir-, suponen la ruptura definitiva entre el evangelio de Jesús y el fariseísmo con los escribas. Guardaos, cuidaos de los escribas, que eran los intérpretes de la ley y se sentían muy cercanos a los fariseos.

Los escribas y fariseos eran gente de poder que se consideraban no solamente con derecho, sino con obligación de ser inflexibles  y duros en el mantenimiento de los dogmas, normas, ritos y dignidades. Les gustaba verse reconocidos, estimados por el pueblo. (Más o menos como los cardenales y obispos que hoy se oponen a una interpretación benévola de la Iglesia que promueve el papa Francisco respecto de la doctrina, de la liturgia, de la pastoral de los divorciados, homosexuales, etc. La mentalidad del escriba es presuntuosa, dura e intransigente

Las pobres viudas dan en limosna lo que tenían para vivir. Jesús no mira la cantidad que dan, sino la totalidad: lo han dado todo lo que tenían para vivir. Es como la prefiguración de Jesús, que da su vida por la humanidad.

3.- Poderosos y sencillos en la iglesia.

     Los poderosos dicen cosas incluso hasta justas, pero no las hacen. La rigidez y estrechez de mente no tienen buen corazón. Los escribas, hombres de leyes defienden la ley, la norma, la doctrina fosilizada, pero el ser humano les importa poco.

     Los escribas y prepotentes aman los primeros puestos de las sinagogas, de los cabildos de las catedrales, de los obispados, de los parlamentos, etc. Gustan de pisar alfombras rojas de festivales de cine o de aeropuertos, o de pasarelas o de simposios. A nuestro “ego” le gusta figurar, que nos saluden, que reconozcan nuestra labor, que nos inviten, etc.

La religión, los entramados religiosos: puestos, cargos, vestimentas, honores y dignidades son el tranquilizante y la seguridad de los poderosos. El cristianismo, por contraposición, es humildad, generosidad y bondad.

Cuidado también con explotar la religión para obtener beneficios, cosa que se ha dado y se da en el hábitat eclesiástico.

     Quienes tienen alguna responsabilidad en la Iglesia han de ser servidores de la comunidad. Si olvidamos esto, somos un peligro; (y lo hacemos con frecuencia).

     El gesto de las dos viudas, nos descubre que el corazón del cristianismo es un abandono y confianza en Dios, una gratuidad plena, amor solidario, generosidad. Aquellas mujeres no tienen poder alguno, ni cargos, ni poseen “dignidad eclesiástica” alguna, lo único que tienen es un corazón bueno, pero esto sirve de poco en las instituciones de poder.

     El centro de la Iglesia no es el poder ni los poderosos, sino el pueblo creyente, la fe y el buen corazón de los sencillos y misericordiosos.

4.- Evocaciones.

     La Palabra de hoy tiene evocaciones, llamadas:

  • Respeto y reconocimiento hacia los humildes: viudas, huérfanos y emigrantes, pobres, enfermos, etc. No despreciemos nunca a los débiles, a los ignorantes, a los niños, no critiquemos nunca a un mendigo, a un drogadicto, a un “maldito” de la sociedad ni a ningún marginado por la Iglesia. Cuando nos encontramos con personas en esas situaciones, es cuando más respeto hay que tener hacia el ser humano. [1] Valoremos y amemos lo sencillo y al sencillo, al humilde. Apreciemos las pequeñas cosas de la vida cotidiana, los pequeños gestos de generosidad, las tareas sencillas de casa, de la vida cotidiana, el trabajo bien hecho, la ayuda.
  • La generosidad como actitud de vida.

La generosidad en la limosna, en la dedicación del tiempo y de las cualidades (los talentos), además de hacer bien, son un buen antídoto contra la neurosis ególatra y contra el fanatismo ultraortodoxo en los diversos campos: dogmático, litúrgico, legalista, político.

Lo que es indispensable para vivir es mucho, aunque sea poco. Es el caso de la viuda del evangelio de hoy. Es la persona la que valora el don. Demos lo que somos tenemos, no de lo que nos sobra.

Los textos de hoy evocan la multiplicación de los panes, que es una variante de la Eucaristía. Si “decimos Misa” es porque queremos celebrar la Eucaristía y celebrar la Eucaristía es amasar un pan para los demás.

[1] Cuando las cosas te van bien en la vida, te conocen muchos amigos; cuando las cosas y la vida te van mal, eres tú quien conoce quiénes son tus amigos. (En la cárcel y en la cama (enfermedad) te diré quién te ama).

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“En las manos de Dios”. 2 de noviembre de 2021. Conmemoración de los difuntos. Marcos 5, 33-39; 16,1-6

martes, 2 de noviembre de 2021
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jesus-abrazo-2Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.

Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Que hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?

La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de Dios. ¿Cómo relacionarnos con él?

Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de confianza: “En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido”

¿Qué sentido pueden tener hoy entre nosotros esos funerales en los que nos reunimos personas de diferente sensibilidad ante el misterio de la muerte? ¿Qué podemos hacer juntos: creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también increyentes?

A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos, pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza.

A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe. Decirle desde dentro a nuestro ser querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a Dios:

“Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nosotros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver“.

José Antonio Pagola

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¿Rezar por los difuntos? – (¡Mejor ocúpate de los vivos!)

martes, 2 de noviembre de 2021
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6301986548_3b2150603f_mDel blog de Jairo del Agua:

¿Podemos hacer algo por los difuntos? ¿Ellos pueden hacer algo por nosotros? He ahí otro tema de urgente profundización y purificación.

Deberíamos empezar por convencernos de que la muerte, para los cristianos, es una liberación, una meta, una pascua: el paso a la tierra prometida. NO un motivo de tristeza y, menos aún, de penitencia reparadora.

Puede que haya tristeza y llanto por la separación humana, por el dolor sensible, por la tragedia a veces. Pero todo eso debería estar arropado y consolado por la fe (segura confianza) en la felicidad eterna.

Los que mueren, mueren para vivir. No sabemos el camino que aún tendrán que recorrer, pero estamos ciertos de que pasaron definitivamente a la orilla de la Vida.

Por tanto, los signos y oraciones deberían ser de esperanza y alegría por la etapa superada (en la forma posible a cada cual), por el desembarco en los brazos del Padre. En los símbolos litúrgicos debería dominar el blanco y no el morado penitencial que ya no tiene sentido.
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Lo primero que podemos hacer por nosotros y por nuestros difuntos es “aceptar” su descanso en la paz. Ya entraron en la, para nosotros, inalcanzable eternidad. No puedes hacer nada más por ellos, como no puedes operarte de apendicitis por el que entró en el quirófano o como no puedes examinarte por tus hijos.

Esas “ánimas” por las que te preocupas tendrán que hacer, ellas solitas, su propia rehabilitación y su vuelta al Padre para poder ver su rostro. Nada puedes hacer y nada hay que temer porque están caminando bajo el impulso de la Misericordia infinita.

El único y universal remedio, lo que realmente puedes hacer “aquí y ahora” es: “Vencer el mal con abundancia de bien” (Rom 12,21) con el impulso y experiencia de los que partieron. Únicamente puedes ensanchar el bien que pugna por inundar tu vida. Te propongo estos tres avances bajo la sonrisa de tus difuntos:

1. Rectificar los malos funcionamientos que heredaste (parte del pecado original), muy sutiles a veces, porque suelen ser subconscientes y no nos hemos parado a concientizarlos.

2. Perdonar, perdonar de corazón las posibles heridas que te causaron, hasta que no quede ni rastro de resentimiento. No porque necesiten tu perdón, sino porque ese perdón es la medicina que necesitan tus heridas. Y recuerda: perdonar NO es apretar los dientes y olvidar el dolor de tus heridas. Perdonar es comprender. Comprendiendo tu propia fragilidad (conociéndote a ti mismo) entrarás en la comprensión de la limitación de los que te hirieron.

3. Seguir el buen ejemplo que te dejaron. Es la mejor forma de amar y honrar su memoria. Tiene sentido nombrarles en la santa Misa para sentirnos orando “CON ellos”, pero NO “POR ellos”, para seguir sintiendo su aliento y ejemplo de vida, para concientizar que pertenecen a tu misma Iglesia y siguen viviendo en ella.
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15582905686_22791bfc2b_nAmar es admirar y admirar nos lleva a imitar lo que admiramos. Si admiramos (amamos), es que esa persona nos atrae. Si nos atrae, es porque ya tenemos en nosotros algo de eso que admiramos.

La “presencia interior” de tus difuntos (más que su recuerdo cerebral) estimulará eso que pugna por crecer en ti. Esa sería la gran finalidad de honrar a los muertos. ¿Qué admiraste y qué sigues amando en tus difuntos? Si no hay amor, solo queda sensiblería u obligación mental o rutina externa. Nada de su “vida” te ha quedado, solo recuerdos muertos.

Si lo que te queda es amor, es un disparate hacer cambalaches con el Cura o con Dios. Tus difuntos no necesitan estipendios. Ya han desembarcado en las manos del Padre. Dedica tus dineros a los pobres vivos o a las necesidades de la Iglesia caminante. Los que ya pasaron no lo necesitan.

Lo que ellos desean -con toda seguridad- es que aproveches bien su buen ejemplo y rectifiques sus errores, que sigas tu camino y despliegues todos tus dones. ¡Eso será para ellos aire fresco! ¡Eso es lo urgente, realista y espiritualmente eficaz! Lo otro, los negocios espirituales y el “dios negociador”, son pura idolatría.
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Otra cosa es que necesites apoyar el dolor de la ausencia en la ternura del Padre. Hazlo sin reservas. Puede, incluso, que sea un consuelo para ti poner a tus difuntos en la mesa del altar y oír sus nombres. Puede que eso te recuerde su buen ejemplo. Hazlo si es positivo para ti, pero sin pagar contraprestación alguna.

No olvides que la Eucaristía (acción de gracias) es totalmente gratuita, es puro don del Señor, invitación a imitarle: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19).

No hay culpas que pagar, ni sacrificios purificadores, ni méritos que aplicar para sacar a los muertos del “fuego”.

Lo que intentamos vivir, bajo el signo de una “comida fraterna”, es la vivificante presencia y ejemplo del Señor: amor, unión, paz, alegría… y motivación mutua para caminar hacia los brazos del Padre. Y el ejemplo de los que le siguieron antes que nosotros (nuestros santos y difuntos) nos puede ayudar sobremanera.

¿Todavía crees en el “avaro ídolo” que se queda con tu hambre o tu dinero para “compensar” las culpas de tus muertos? ¿Acaso no descubriste al Dios de los cristianos, todo perdón, todo misericordia, todo atracción, todo gratuidad? Repítelo muchas veces en tu interior: ¡El Dios verdadero es infinita gratuidad! Solo tu cerrazón y alejamiento podrán privarte de su abundancia derramada.
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15582905746_59faeef360_nProcura saltar sobre las esperpénticas fórmulas canónicas: “óyenos”, “acuérdate…” o “recuerda…”. ¿Pero a qué “desmemoriado ídolo” rezamos? ¿Acaso has olvidado tú a tus difuntos? ¿Cómo puede haberlos olvidado su Padre? ¿No se sentiría ofendida una madre terrícola a la que suplicases: acuérdate de tu hijo fallecido? ¿Cómo podemos pronunciar esas necedades? “Guías ciegos…” (Mt 23,16).

Si alguien, desde fuera, observase nuestros rezos oficiales, tendría que concluir que oramos a un “dios con alzhéimer”, al que hay que repetir y repetir que no olvide.

No hemos leído la Escritura y NO creemos en el Dios verdadero que jamás olvida a sus hijos:

“Estoy a la puerta y llamo…” (Ap 3,20).

“¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!” (Is 49,15).

“En la palma de mis manos te llevo tatuado” (Is 49,16).

No sigo para no cansarte. Pero sigue tú leyendo, por ejemplo, “El Cantar de los Cantares”
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Me gusta imaginar a nuestros muertos eclosionando bajo la arena como tortuguitas marinas. Unos llegarán más crecidos y otros menos. Unos saldrán muy cerca del agua y otros muy lejos. Pero todos, absolutamente todos, tras la carrera de la última purificación por la arena, se sumergirán en la Inmensidad y encontrarán, por fin, su destino.

Unos lo habrán intuido y gozado ya en esta vida. Para otros será una sorpresa verse liberados de inconsciencias, errores, oscuridades y rebeldías. Se encontrarán con el Padre que negaron o ignoraron y empezarán a comprender… Tal vez todo eso requiera el esfuerzo que no hicieron en vida, la rehabilitación necesaria para ser capaces de “ver” lo que no quisieron o pudieron ver en esta tierra.

¿Cómo será esa rehabilitación? Eso pertenece al misterio y no se nos ha revelado. Lo que sabemos con certeza es que “Dios lo será todo en todos” (1Cor 15,28). Esa es nuestra fe, esa nuestra esperanza, esa la alegría de recordar a nuestros muertos. Por eso, cuando pongas a tus seres queridos sobre el altar, piensa que ya caminan o han llegado a la Luz, sin posible retorno.

Nada cambiará con tus rezos, ni el difunto, ni el Dios de la Misericordia que se derrama permanentemente sobre todos: sobre nosotros y sobre ellos.

Lo único que puede cambiar es tu corazón. Todavía estás en camino y puedes elegir. Todavía puedes cambiar e inundar tu vida de bien y paz, para desembarcar más cerca de la Felicidad cuando eclosiones en la ribera del Mar.

Tu cambio, tu elección del bien, repercute en la Iglesia universal. Eso te están gritando desde el otro lado -estoy seguro- los que te quieren. Tu propio progreso no te costará un céntimo, solo algún esfuerzo. Pero merece la pena, ya lo verás.

¡Y cómo alegrarás a los que te esperan!

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Jueves 01 de Noviembre de 2021. Todos los Santos

lunes, 1 de noviembre de 2021
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Leído en Koinonia:

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Apocalipsis 7,2-4.9-14

Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: “No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios.” Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.

Después esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: “¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!” Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo: “Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén.”

Y uno de los ancianos me dijo: “Ésos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?” Yo le respondí: “Señor mío, tú lo sabrás.” Él me respondió: “Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero.”

Salmo responsorial: 23

Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos. R.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos. R.

Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob. R.

1Juan 3,1-3

Veremos a Dios tal cual es

Queridos hermanos: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él, se purifica a sí mismo, como él es puro.

Mateo 5,1-12a

Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:

“Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.”

***

Homilía de Monseñor Romero sobre los textos litúrgicos de hoy

1 de Noviembre de 1977
El Paisnal

Yo he querido venir con mucha devoción, con mucho cariño, a esta celebración que se está realizando en la Iglesia de El Paisnal. Fue una invitación, una invitación, una iniciativa, de las queridas religiosas oblatas al Sagrado Corazón que, en colaboración convalientes catequistas y asesoradas por la pastoral de la Arquidiócesis, están manteniendo esta llama de la fe, en este difícil ambiente de Aguilares, de El Paisnal y de todos los cantones.

Mi presencia aquí, quiere ser entonces, un apoyo a esta pastoral, a esta hora heroica, de quienes no se avergüenzan de la Iglesia en estas horas de prueba, como acaba de decir al Apocalipsis, “la gran tribulación”.

PALABRA DE ÁNIMO

Quiero ser mi presencia de pastor, junto a las religiosas y a ustedes, queridos catequistas, casi como la presencia del Padre Grande aquí muerto entre dos campesinos: Manuel y Nelson Rutilio. Aunque el Padre Grande, don Manuel y Nelson ya terminaron su faena, y ahora se unen a esa turba de los santos en el cielo, para que nosotros contemplemos -pastor y fieles miremos a través de estas tumbas, no sólo el Día de Difuntos, que se celebrará mañana, sino a los santos del cielo, la gran muchedumbre venida de la gran tribulación por los caminos de las Bienaventuranzas, que se acaban de proclamar en el evangelio. Para decirles, también, no sólo a las hermanas y a los catequistas, sino a los fieles, sobre todo aquellos que se encuentran un poco acobardados, miedosos, huyendo: que no tengan miedo, que vale la pena seguir estos caminos que no terminan en una tumba sino que se abren al horizonte del cielo.

Y vengo, queridos hermanos, para decirles en este ambiente donde la persecución, el atropello, la grosería de unos hombres contra otros hombres ha marcado de sangre y de humillación, a decirles el lenguaje claro de la Iglesia. Que no se confunda este lenguaje, este mensaje de esperanza y de fe de la Iglesia, con el lenguaje subversivo, con el lenguaje político de la mala ley, de los que pelean por el poder, de los que disputan las riquezas de la tierra, de los que hablan de liberaciones únicamente a ras de tierra, olvidando las esperanzas del cielo, de los que han puesto sus ilusiones en sus haciendas, en sus haberes, en sus capitales, en su poder; para decirles a todos, hermanos, que el lenguaje de la Iglesia no hay que confundirlo con esas idolatrías; y que los idólatras y los que le sirven a los idólatras no tienen por qué temer este lenguaje nítido, limpio de corazón, claro que la Iglesia predica. Leer más…

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“Creer en el Cielo”. Todos los Santos” – B (Mateo 5,1-12).

lunes, 1 de noviembre de 2021
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31-852867En esta fiesta cristiana de «Todos los Santos», quiero decir cómo entiendo y trato de vivir algunos rasgos de mi fe en la vida eterna. Quienes conocen y siguen a Jesucristo me entenderán.

Creer en el cielo es para mí resistirme a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándome en Jesús, intuyo, presiento, deseo y creo que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el deseo de vida, de justicia y de paz que se encierra en la creación y en el corazón da la humanidad.

Creer en el cielo es para mí rebelarme con todas mis fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creo en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podré ver a los que vienen en las pateras llegar a su verdadera patria.

Creer en el cielo es para mí acercarme con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, minusválidos físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión y la angustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creo que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: Entra para siempre en el gozo de tu Señor.

No me resigno a que Dios sea para siempre un «Dios oculto», del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No me puedo hacer a la idea de no encontrarme nunca con Jesús. No me resigno a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío. Quiero que un día los últimos sean los primeros y que las prostitutas nos precedan. Quiero conocer a los verdaderos santos de todas las religiones y todos los ateísmos, los que vivieron amando en el anonimato y sin esperar nada.

Un día podremos escuchar estas increíbles palabras que el Apocalipsis pone en boca de Dios: «Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente de la vida». ¡Gratis! Sin merecerlo. Así saciará Dios la sed de vida que hay en nosotros.

José Antonio Pagola

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“Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”. Domingo 01 de noviembre de 2021. Todos los Santos

lunes, 1 de noviembre de 2021
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58-TodoslossantosALeído en Koinonía:

Apocalipsis 7,2-4.9-14: Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.
Salmo responsorial: 23: Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor. 1Juan 3,1-3Veremos a Dios tal cual es.
Mateo 5,1-12a: Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Se celebra hoy la Solemnidad de Todos los Santos. Qué bueno sería que los «santos» en ella celebrados no se redujeran sólo a los del “mundo católico”, los santos de nuestro pequeño mundo, de la Iglesia Católica, sino a «todos los santos del mundo», a los santos de un mundo verdaderamente «cat–hólico» (etimológicamente, según el todo, referido al todo), o sea, «universal». ¿No queremos celebrar en este día a todos los santos que están ya ante Dios? ¿Pues cómo vamos a limitarnos a pensar en «catálogo romano de los santos», de los «canonizados» por la Iglesia católica romana, según esa práctica llevada a cabo sólo desde el siglo XI, de «inscribir» oficialmente a los santos particulares de nuestra Iglesia, en ese libro? ¿Será que quienes figuran oficialmente inscritos durante 9 siglos en esta sola Iglesia son «todos los santos»… o tal vez serán sólo una insignificante minoría entre todos ellos?

Es decir: pocas fiestas como ésta requieren ser «universalizadas» para hacer honor a su nombre: la festividad de «todos los santos». Por tanto, hay que hacer un esfuerzo por entenderla con una real universalidad. Ésta es una fiesta «ecuménica»: agrupa a todos los santos. Es más que ecuménica, porque no contempla sólo a los santos cristianos, sino a «todos», todos los que fueron santos a los ojos de Dios. Ello quiere decir, obviamente, que también incluye a los «santos no cristianos»… a los santos de otras religiones (debería ser una fiesta inter-religiosa), e incluso a los santos sin pertenencia a ninguna religión, los «santos paganos» (Danielou tituló así un libro suyo), los santos anónimos (éstos deben ser verdadera legión), incluso los «santos ateos», a los que el pasaje de Mt 25,31ss pone en evidencia («cada vez que lo hicieron con alguno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron»).

Una fiesta, pues, que podría hacernos reflexionar sobre dos aspectos: sobre la santidad misma (¿qué es, en qué consiste, qué «confesionalidad» tiene…?), y sobre el «Dios de todos los santos». Porque muchas personas todavía piensan -sin querer, desde luego- en «un Dios muy católico». Para algunos Dios sería incluso «católico, apostólico… y romano». O sea, «nuestro». O «un Dios como nosotros», de hecho. Pudiera ser que, también… un poco… hecho «a imagen y semejanza» nuestra.

La actitud universalista, la amplitud del corazón y de la mente hacia la universalidad, a la acogida de todos sin etiquetas particularistas, siempre nos cuestiona la imagen de Dios. Dios no puede ser sólo nuestro Dios, el nuestro, el que piensa como nosotros e intervendría en la historia siempre según nuestras categorías y de acuerdo con nuestros intereses… Dios, si es verdaderamente Dios, ha de ser el Dios de todos los santos, el Dios de todos los nombres, el Dios de todas las utopías, el Dios de todas las religiones (incluida la religión de los que con sinceridad y sabiendo lo que hacen optan con buena conciencia por dejar a un lado “las religiones”, aunque no «la religión verdadera» de la que por ejemplo habla Santiago en su carta, 1,27). Dios es «católico» pero en el sentido original de la palabra. Está más allá de toda religión concreta. Está «con todo el que ama y practica la justicia, sea de la religión que sea», como dijo Pedro en casa de Cornelio (Hch 10).

Hoy nos parece todo esto tan natural, pero hace apenas 50 años que estamos pensando de esta manera -los años que hace que se celebró el Concilio Vaticano II-. En las vísperas de aquel Concilio, el famoso teólogo dominico Garrigou-Lagrange (avanzado, progresista, y por ello perseguido) escribía, con la mentalidad que era común en el ambiente católico: «Las virtudes morales cristianas son infusas y esencialmente distintas, por su objeto formal, de las más excelsas virtudes morales adquiridas que describen los más famosos filósofos… Hay una diferencia infinita entre la templanza aristotélica, regulada solamente por la recta razón, y la templanza cristiana, regulada por la fe divina y la prudencia sobrenatural» (Perfection chrétienne et contemplation, Paris 1923, p. 64). Danielou, por su parte, afirmaba: «Existe el heroísmo no cristiano, pero no existe una santidad no cristiana. No debemos confundir los valores. No hay santos fuera del cristianismo, pues la santidad es esencialmente un don de Dios, una participación en Su vida, mientras que el heroísmo pertenece al plano de las realidades humanas» (Le mystère du salut des nations, Seuil, Paris 1946, p. 75). Todas las grandes figuras de la humanidad, personajes como Sócrates o como Gandhi… sólo podrían considerarse héroes, no santos. No quedarían incluidos hoy en esta fiesta, según la visión católico-romana de aquellos tiempos preconciliares, porque «santos», sólo podrían serlo los buenos cristianos, ¡y católicos! Ésta es una de las tantas «rupturas» que realizó el Concilio Vaticano II.

La primera lectura bíblica de esta fiesta litúrgica, del Apocalipsis, aun estando redactada en ese lenguaje no sólo poético, sino ultra-metafórico, lo viene a decir claramente: la muchedumbre incontable que estaba delante de Dios era «de toda lengua, pueblo, raza y nación»… En aquel entonces, hablar de «las naciones» implicaba a las religiones, porque se consideraba que cada pueblo-raza-nación tenía su propia religión. A Juan le parece contemplar reunidos, en aquella apoteosis, no sólo a los judeocristianos, sino a «todos los pueblos», lo que equivale a decir: a todas las religiones.

Si corregimos así nuestra visión, estaremos más cerca de «ver a Dios tal como es» (segunda lectura), tal como podremos verle más allá de los velos carnales del chauvinismo cultural o el tribalismo religioso -que no son muy distintos-. Obviamente, esos «ciento cuarenta y cuatro mil» (doce al cuadrado, o sea, «los Doce», o «las Doce ‘tribus’ de Israel», pero elevadas al cuadrado y multiplicadas por mil, es decir, totalmente superadas, llevadas fuera de sí hasta disolverse entre «toda lengua, pueblo, raza y nación»), esos ciento cuarenta y cuatro mil, o los entendemos como un símbolo macroecuménico, o nos retrotraerían a un fantástico tribalismo religioso.

Las bienaventuranzas comparten esta misma visión «macro-ecuménica»: valen para todos los seres humanos. El Dios que en ellas aparece no es «confesional», de una religión, no es «religiosamente tribal». No exige ningún ritual de ninguna religión. Sino el «rito» de la simple religión humana: la pobreza, la opción por los pobres, la transparencia de corazón, el hambre y sed de justicia, el luchar por la paz, la persecución como efecto de la lucha por la Causa del Reino… Esa «religión humana básica fundamental» es la que Jesús proclama como «código de santidad universal», para todos los santos, los de casa y los de fuera, los del mundo «católico»…

Si a propósito de la festividad de Todos los Santos se nos sugiere el texto de las Bienaventuranzas, es porque ellas son en verdad el camino de la santidad universal (y supra-religional, simple y profundamente humana); en y con las Bienaventuranzas como carta de navegación para nuestra vida es posible alcanzar la meta de nuestra santificación, entendida como la lucha constante por lograr en el cada día el máximo de plenitud de la vida según el querer de Dios.

En la homilía, en la oración, en la conversación que tengamos sobre el tema, no dejemos de nombrar hoy a Gandhi, que tiene que ir de la mano con Francisco de Asís; a Martin Luther King acompañado por Mons. Oscar Arnulfo Romero –finalmente reconocido como «mártir» por Roma–; a la mística santa Teresa con el incomparable Ibn Arabí; al inefable Juan de la Cruz con el místico Nisagardatta («¡Yo soy Eso!»)… La manera de cambiar la vieja mentalidad «tribal», que también nos ha afectado en la concepción de la santidad, es practicar, conversar, manifestar la nueva mentalidad macroecuménica.

Dentro de la perspectiva cristiano-católica, para una aplicación más parenética de este precedente comentario exegético, recomendamos como la mejor referencia el capítulo V de la Constitución Dogmática de la Iglesia “Lumen Gentium”, del Vaticano II, sobre el “Universal llamado a la santidad”. Antes del Concilio se solía pensar que había una especie de «profesionales de la santidad», que se dedicaban de un modo especializado a conseguirla, como los monjes y los religiosos/as, que se decía que vivían en el «estado de perfección»; a los demás, los laicos/as o seglares, como que se les consideraba de alguna manera dispensados de tener que tender a la santidad. Leer más…

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1.11.21. Santos son los Dichosos, es decir, los Felices (Mt 5, 1-12)

lunes, 1 de noviembre de 2021
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C00CE5E7-A83D-4AA3-96FE-06207E2EEAD0Del blog de Xabier Pikaza:

La Iglesia celebra hoy la fiesta de Todos los santos, quizá con discursos sobre la santidad y los santos del calendario cristiana. Pero el texto que aduce como evangelio para esta fiesta es el de los bienaventurados-felices de Mt 5, 1-12.

Según ese evangelio, la nota esencial de la santidad cristiana, no  es gloria del cielo, sino la felicidad de la tierra. Santos son los bienaventurados/dichosos de este mundo: aquellos que lo son y aquellos que hacen felices a los otros. Éste es el testimonio clave de la santidad cristiana. Todo lo demás, incluidas canonizaciones, ceremonias y condecoraciones especiales, son apostillas secundarias.

Sobre este tema he tratado, en estos dos últimos años, en dos libros distintos, pero convergentes, uno en italiano, Cammini di Felicità, otro en castellano, Felices vosotros . Verá quien siga leyendo el mensaje central de ambos libros: La esencia de la santidad cristiana consiste en la felicidad.

Texto litúrgicos: los Santos/Felices de Jesús (los canonizados):

  1. Dichosos/santo los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
  2. Dichosos/santos los que lloran, porque ellos serán consolados.
  3. Dichosos/santos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
  4. Dichosos/santos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
  5. Dichosos/santos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
  6. Dichosos/santos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
  7. Dichosos/santos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
  8. Dichosos/santos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 3‒12)

Don son los tipos santos o bienaventurados o santos, según este evangelio de Mateo:

  1. Los pobres como tales: hambrientos, mansos, oprimidos…
  2. Los que ayudan a los pobres: misericordiosos, pacificadores…

No es que existan dos grupos separados (por un lado los pobres, por otro los que ayudan a los pobres), pues unos y otros se encuentran no sólo mezclados, sino que cada uno puede formar parte de ambos grupos, siendo en un sentido pobre (necesitado) y en otro también (pudiendo así ofrecer a otros su riqueza). En ese contexto hay que empezar diciendo que sólo aquellos que en un sentido son pobres pueden “salvar” (enriquecer, humanizar) a los que se toman como ricos.

Las bienaventuranzas han recibido en Mateo un tono más “confesional”, y así aparecen como expresión de la vida de la Iglesia, pero, en otra línea, estrictamente hablando, ellas ofrecen un mensaje universal de humanidad, de tal forma que en ellas no hay nada que sea específico y exclusivo de la iglesia (re en Jesús, jerarquía eclesial, bautismo‒ eucaristía, dogma de encarnación, Trinidad…), sino que todo puede y debe aplicarse a los hombres y mujeres como tales.

1. Felices/santos los pobres de Espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos

A diferencia del penês,que es un hombre de pocos recursos, pero que puede mantenerse con su esfuerzo y trabajo, ptojos es aquel que no posee nada, el pordiosero o mendigo, que  no tiene otro medio de vida que la limosna (cf. Lc 14,13.21; 16, 20, 22). A menudo, estos ptojoi‒pobres suelen ser de mala fama, de manera que no se puede hablar en general de pobres moralmente buenos, llenos de riquezas interiores (como serían algunos anawim del judaísmo tardío).

Pues bien, esos pobres de la bienaventuranza, carecen en principio de todo, de manera que sólo pueden subsistir por la ayuda o sostén de los demás, es decir, como mendigos, empiezan siendo los bienaventurados de Dios. Lc 6, 20 les llamaba simplemente pobres, prometiéndoles la dicha del Reino. Mateo, en cambio, les presenta como pobres de espíritu no para negar su carencia material, sino para matizarla desde una perspectiva cristiana, en dos líneas posibles:

 ‒ Son pobres por voluntad, es decir, por decisión personal. En esa línea destaca Mt 5, 3 la bienaventuranza de aquellos que, pudiendo hacerse o vivir como ricos, asumen voluntariamente un camino de pobreza, por solidaridad, al servicio de los demás (cf. 2 Cor 8, 9; Flp 2, 6-11), como Jesús que no fue sólo pobre por condición social (artesano, trabajador desposeído), sino por opción personal, esto es, por decisión creyente: no ha querido ayudar a los pobres desde arriba o por milagro externo (como le dice el diablo de la primera tentación: Mt 4, 1-4), ni quiere “salvarles” desde su más alta autoridad externa (como Job, antes de ser derribado de su altura), sino que se ha “encarnado” (=ha vivido) en la vida de los pobres, compartiendo con ellos su historia de carencias, para iniciar una transformación social y personal, desde lo más bajo, abriendo con los carentes, la marcha el Reino de Dios.

En esa línea, Jesús ha promovido un movimiento mesiánico de solidaridad y ayuda, con y por los pobres, para expresar y ofrecer la bienaventuranza de Dios a todos, incluso a los ricos. Ciertamente, Mateo no ha negado la bienaventuranza de los pobres materiales (a quienes el Jesús de 25, 31-46 llama sus “hermanos más pequeños”), pero ha querido destacar la pobreza por opción de los creyentes que renuncian a la riqueza propia (personal o de Iglesia) a favor de los pobres, para abrir así el camino del Reino desde abajo, en comunión de vida con los excluidos personales y sociales, dentro de la Iglesia, pues en ella sólo pueden construir activamente el camino de Dios y ser felices aquellos que se hacen por voluntad pobres y hermanos de los pobres conforme a la justicia del Reino (cf. Mt 5, 20).

Ciertamente, se puede hablar de ricos que tienen espíritu pobre, de manera que, teniendo muchas riquezas, no se elevan sobre lo demás, sino que les ayudan, aunque desde arriba (como Job antes de su prueba). Pero Jesús no quiere ese tipo de ricos en su Iglesia, no quiere que existan en ella patronos ricos que asisten y ayudan a los otros desde arriba, sino que todos compartan en comunión de amor la vida, unos con todos, desde la pobreza de los más pobres.

En otra línea, esta expresión (pobres de Espíritu)podría referirse a personas que son especialmente indigentes en un plano de espíritu, en decir de conocimientos y de entendimiento. Estos serían aquellos que, en un sentido intelectual, no saben, no entienden, no logran penetrar en los “secretos” de la interpretación rabínica de la ley, siendo así como mendigos espirituales. Pero de ordinario, estos pobres de espíritu suelen ser también pobres “materiales” (mendigos, sin posesiones ni trabajo), hombres y mujeres que, en una sociedad competitiva, quedan en un plano inferior, por ser agresivos y capaces de triunfar en un plano cultural, social o psicológico.

Sea como fuere, estos pobres suelen ser también despreciados por falta de cultura, indigentes económicos, personas sin dignidad, los más pequeños, aquellos que no pueden elevarse sobre los demás imponerles su derecho, la masa de marginados, derrotados, expulsados, sin posibilidades de cambiar por fuerza la historia de los hombres, sometidos a un destino de desprecio y muerte. Pues bien, con ellos ha venido a vincularse Jesús, no para hacerles orgullosos, capaces de triunfar con violencia sobre los demás, sino para crear una humanidad distinta, fundada en la confianza y en la solidaridad. Sólo desde este principio pueden entenderse las bienaventuranzas que siguen: No habrá justicia ni paz si los hombres no asumen un camino voluntario de pobreza, es decir, de desprendimiento actito y comunicación de bienes (Mt 6, 19).

Conforme a este principio, solo se puede hablar de felicidad humana y especialmente de Iglesia allí donde se empieza situando en el centro del cuidado de la vida a los pobres, en línea de bienaventuranza. Como he dicho, al poner pobres de espíritu allí donde Lc 6, 20 decía simplemente pobres, Mateo no ha negado la bienaventuranza de la pobreza material, y así sigue hablando en su evangelio de marginados, excluidos y despreciados (cf. Mt 18, 1-14), pero él no quiere que en la Iglesia siga habiendo pobres materiales si es que hay otros que tienen bienes muy abundantes en ella, pues una iglesia donde algunos mueren de hambre mientras otras derrochan riquezas no es iglesia, ni cristiana.

Jesús habla pues de la felicidad de los pobres de cuerpo y espíritu, de bienes materiales y sociales, de aquellos que son “pobres por voluntad de entrega a los demás” con aquellos que son “pobres de espíritu” (de menos recursos y posibilidades), llamados también a ser felices. Es la felicidad de aquellos que, pudiendo enriquecerse a cosa de otros, asumen voluntariamente un camino de pobreza, por solidaridad, esto es, por servicio a los demás, como Jesús, que, pudiendo haberse puesto al lado de los ricos, se unió a los pobres, iniciando con ellos un camino de felicidad salvadora (cf. 2 Cor 8, 9; Flp 2, 6-11).  Quien quiera vivir como rico, y ayudar a los pobres solamente desde fuera (quedando siempre arriba) no será en verdad feliz, ni podrá ser cristiano en la línea de Jesús.

2. Felices/santos los que sufren, porque serán consolados  

  Lc 6, 21 decía hoi klaiontes nyn, los que actualmente lloran, destacando quizá más el llanto en sí, por cualquier causa que fuere, el dolor que se expresa en forma de lamentación amarga (cf. Mt 2, 18; 26, 75) o grito fuerte de hambre, enfermedad o abandono. Mateo, en cambio, dice hoi penthountes término que parece referirse más en concreto a los que saben sufrir y aún más a los que aceptan el dolor como una forma de maduración (purificación), en línea de catarsis y de ayuda a los demás, no en gesto penitencial de lamentación, sino por felicidad más honda.

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Ocho puertas para entrar en el Reino de Dios. Fiesta de todos los Santos

lunes, 1 de noviembre de 2021
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Carrera 100 ms vallaDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En la Fiesta de Todos los Santos, la lectura del evangelio recoge las bienaventuranzas. Es una forma de indicarnos el camino que llevó a tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia a la santidad. Resulta imposible comentar cada una de ellas en poco espacio. Me limito a indicar algunos detalles fundamentales para entenderlas.

Las bienaventuranzas no son una carrera de obstáculos

Muchos cristianos conciben las bienaventuranzas como una carrera de obstáculos, hasta que conseguimos llegar a la meta del Reino de Dios. Y la carrera se hace difícil, tropezamos continuamente, nos sentimos tentados a abandonar cuando vemos tantas vallas derribadas. «No soy pobre material ni espiritualmente; no soy sufrido, soy violento; no soy misericordioso; no trabajo por la paz… No hace falta que un juez me descalifique, me descalifico yo mismo.» Las bienaventuranzas se convierten en lo que no son: un código de conducta.

Las bienaventuranzas son ocho puertas para entrar en el Reino de Dios

El arquitecto de la basílica de las bienaventuranzas la concibió con ocho grandes ventanas que permiten ver el hermoso paisaje del lago de Galilea. Prefiero concebir las bienaventuranzas no como ocho ventanas, sino como ocho puertas que permiten entrar al palacio del Reino de Dios. Para entenderlas rectamente hay que advertir donde las sitúa Mateo: al comienzo del primer gran discurso de Jesús, el Sermón del Monte, en el que expone su programa e indica la actitud que debe distinguir a un cristiano de un escriba, de un fariseo y de un pagano.

            A diferencia de los políticos, capaces de mentir con tal de ganarse a los votantes, Jesús dice claramente desde el principio que su programa no va a agradar a todos. Los interesados en seguirlo, en formar parte de la comunidad cristiana (eso significa aquí el «Reino de los cielos»), son las personas que menos podríamos imaginar: las que se sienten pobres ante Dios, como el publicano de la parábola; los partidarios de la no violencia en medio de un mundo violento, capaces de morir perdonando al que los crucifica; los que lloran por cualquier tipo de desgracia propia o ajena; los que tienen hambre y sed de cumplir la voluntad de Dios, como Jesús, que decía que su alimento era cumplir la voluntad del Padre; los misericordiosos, los que se compadecen ante el sufrimiento ajeno, en vez de cerrar sus entrañas al que sufre; los limpios de corazón, que no se dejan manchar con los ídolos de la riqueza, el poder, el prestigio, la ambición; los que trabajan por la paz; los perseguidos por querer ser fieles a Dios.

            Pero las bienaventuranzas son ocho puertas distintas, no hay que entrar por todas ellas. Cada cual puede elegir la que mejor le vaya con su forma de ser y sus circunstancias.

Evitar dos errores

            En conclusión, las bienaventuranzas no dicen: «Sufre, para poder entrar en el Reino de Dios». Lo que dicen es: «Si sufres, no pienses que tu sufrimiento es absurdo; te permite entender el evangelio y seguir a Jesús».

            No dicen: «Procura que te desposean de tus bienes para actuar de forma no violenta». Dicen: «Si respondes a la violencia con la no violencia, no pienses que eres estúpido, considérate dichoso porque actúas igual que Jesús».

            No dicen: «Procura que te persigan por ser fiel a Dios». Dicen: «Si te persiguen por ser fiel a Dios, dichoso tú, porque estás dentro del Reino de Dios».

            Pero, al tratarse de los valores que estima Jesús, las bienaventuranzas se convierten también en un modelo de vida que debemos esforzarnos por imitar. Después de lo que dice Jesús, no podemos permanecer indiferentes ante actitudes como la de prestar ayuda, no violencia, trabajo por la paz, lucha por la justicia, etc. El cristiano debe fomentar esa conducta. Y el resto del Sermón del Monte le enseñará a hacerlo en distintas circunstancias.

Las puertas y el palacio

            Finalmente, no olvidemos que estas ocho puertas nos permiten entrar en el palacio y sentarnos en el auditorio en el que Jesús expondrá su programa a propósito de la interpretación de la ley religiosa, de las obras de piedad, del dinero y la providencia, de la actitud con el prójimo… Este gran discurso es lo que llamamos el Sermón del Monte. Limitarse a las bienaventuranzas es como comprar la entrada del cine y quedarse en la calle.

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Todos santos porque lo divino nos atraviesa y es nuestra esencia.

lunes, 1 de noviembre de 2021
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7229TODOS SANTOS (B)

Mt 5, 1-12

Esta fiesta puede tener un profundo sentido si la entendemos como invitación a la unidad de todos en Dios. No recordamos a cada uno de los humanos como individuos. Celebramos la Santidad (Dios), que se da en cada uno. No se trata de distinguir mejores y peores, sino de tomar conciencia de lo que hay de Dios en todos. El hombre perfecto no solo no existe, sino que no puede existir. El concepto de santo que arrastramos desde hace siglos tiene que ser superado. No refleja el mensaje de Jesús sobre lo que Dios espera de nosotros.

Trataré de explicar cómo hemos llegado a ese concepto. Cuando el cristianismo se tropezó con la cultura griega, los ‘Santos Padres’ emprendieron una tarea de inculturación que trastocó el mensaje de Jesús. La razón griega trituró el mensaje que era vitalista. El Logos griego engulló el mito judío. Hoy conocemos el ideal de perfección que manejaban los filósofos griegos. Los cristianos incorporaron ese ideal. La ‘arete’ griega pasó al latín como ‘virtus’; en ambos casos significa fortaleza, valor, perfección. El hombre perfecto era el ‘vir’ que se guiaba siempre por la razón y no se dejaba llevar nunca para la pasión.

La propuesta del evangelio se convirtió en perfección griega y se vendió como propuesta evangélica. Pero la perfección griega es fruto de la razón y el evangelio no tiene nada que ver con la racionalidad. Desde entonces el santo era aquel ser humano que obraba siempre desde una fuerza de voluntad (vir-tuoso). Este sutil cambio tuvo consecuencias nefastas para la religiosidad posterior. El santo será para siempre el que actúa desde la racionalidad que quiere decir desde el falso yo. Todo lo que haga o deje de hacer estará encaminado a potenciar su individualidad. Será una pura programación para conseguir un fin personal.

Digo todo esto porque la idea de santo que hemos manejado corresponde a esta influencia griega. Queda así explicado, no justificada, la racionalización del concepto de santo. Las dos consecuencias nefastas de esa postura las seguimos padeciendo hoy. Por un lado el sentirse superior y, en la medida que alcanzo ese ideal de perfección, mirar a los demás por encima del hombro, creyendo que son inferiores. No hay nada más alejado del mensaje evangélico. Por otro lado, en la medida que no consigo ese objetivo que me he propuesto, la necesidad de simular para que los demás me crean perfecto, cayendo en un fariseísmo deshumanizador.

Esta distorsión se culminó con la incorporación al cristianismo de la juridicidad romana. Durante muchos siglos quien canonizaba a los santos era la comunidad (pueblo de Dios), con criterios de humanidad. Después canonizó la Iglesia con criterios racionales: un proceso con abogados que defienden la perfección del candidato y la aportación de los preceptivos milagros bien justificados y el veredicto final de unos jueces. Así se explica que haya en los altares tantas personas que han llevado una vida programada perfecta. Muy cumplidores de todas las normas externas, pero con ninguna empatía con los demás seres humanos.

Es verdad que los evangelios ponen en boca de Jesús: Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto. Pero ¿cómo es perfecto Dios? Cuando Dios dice: “sed santos porque yo soy santo”, no hace alusión a la condición moral. La perfección de Dios no se debe a sus cualidades. Dios es solo esencia, no hay nada que pueda no tener. Nosotros somos perfectos en nuestro verdadero ser, en lo que hay de Dios en nosotros. No hablamos de nuestras cualidades sino de Dios nuestra esencia, tesoro que llevamos en vasija de barro.

“Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Es un error garrafal el creer que podemos alcanzar la perfección evangélica con el esfuerzo personal. “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el Reino de Dios”. Jesús decía eso precisamente a los ‘perfectos’, a los que cumplían la Ley hasta la último tilde. Esta frase de Jesús es un aldabonazo contra la idea de perfección que acabamos de explicar. Dios no valora el cumplimiento de una programación sino un corazón sincero, humilde y agradecido. Todo lo que somos lo hemos recibido de Dios.

Después de estas sencillas explicaciones, ¿qué sentido tiene hablar de “comunión de los santos”? Si pensamos que se trata de unas gracias, que ellos han ‘merecido’ y que nos ceden a nosotros, estamos ridiculizando a Dios y al ser humano. Los dones de Dios ni se pueden cuantificar ni se almacenan. Todo lo que nos viene de Dios es siempre gratuito, nunca se puede merecer. Si tomamos conciencia de que en Dios todos somos uno, veremos que lo que cada uno puede vivir de Dios, lo viven todos y beneficia a todos.

Por la misma razón tenemos que aquilatar la expresión “intercesores”, aplicada a los santos. Si lo entendemos pensando en un Dios que solo atiende las peticiones de sus amigos, o de aquellos que son “recomendados”, estamos ridiculizando a Dios. En (Jn 16,26-27) dice Jesús: “no será necesario que yo interceda ante el Padre por vosotros, porque el Padre mismo os ama”. Lo hemos dicho hasta la saciedad, Dios no nos ama porque somos buenos, menos por recomendación sino porque Él es amor y está en cada uno de nosotros.

Se puede entender la intercesión de una manera aceptable. Si descubrimos que esas personas, que han tomando conciencia de su verdadero ser, son capaces de hacer presente a Dios en todo lo que hacen, pueden facilitarnos ese mismo descubrimiento, y por lo tanto, el acercamiento a Dios. Descubrir que ellos confiaron en Dios a pesar de sus miserias, nos tiene que animar a confiar más nosotros mismos. Y no solo valdría para los que convivieron con ellos, sino para todos los que después de haber muerto, tuvieran noticia de su “vida y milagros”. Allanarían el camino para que creciera el número de los conscientes.

No os dejéis llamar maestro. No llaméis a nadie padre. Jesús dijo al joven rico: ¿por qué me llamas bueno? ¿Cómo habría respondido si le hubiera llamado santo? Pues nosotros no solo santo, sino que nos atrevemos a llamar a un ser humano santísimo. ¡Cuándo tomaremos en serio el evangelio! No somos santos cuando somos perfectos, sino cuando vivimos lo más valioso que hay en nosotros como don absoluto. La perfección moral es consecuencia de la santidad, no su causa. Todos somos santos aunque muy pocos lo descubren.

Las bienaventuranzas quieren decir que es preferible ser pobre, que ser rico opresor; es preferible llorar que hacer llorar al otro. Es preferible pasar hambre a ser la causa de que otros mueran de hambre porque les hemos negado el sustento. Dichosos, no por ser pobres, sino por no ser egoístas. Dichosos, no por ser oprimidos, sino por no oprimir.

Para mí, tiene un profundo significado teológico que la fiesta de los difuntos esté ligada a la de todos los santos. Litúrgicamente ‘los difuntos’ se celebra el día 2, pero para el pueblo sencillo, el día de todos los santos es el día de difuntos, sin más. Con lo que hemos dicho tenemos datos para una interpretación en profundidad de esta fiesta. Si todo ser humano tiene un fondo impoluto, Dios tiene que amarnos precisamente por eso que ve en nosotros de sí mismo. No puede haber miedo a equivocarse. Todos son santos en su esencia.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Vivir definitivamente felices.

lunes, 1 de noviembre de 2021
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todoslossantosDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

01. UNA MUCHEDUMBRE INMENSA: LA HUMANIDAD.

En un lenguaje enigmático, solemne -y con la caja de los truenos preparada-, la apocalíptica (1ª lectura) nos habla de una muchedumbre inmensa, es decir de toda la humanidad significada con ese número simbólico de 144.000 (12 tribus x 12), que va llegando a la casa del Padre pasando por la gran tribulación de la vida.

Todos –toda la humanidad- estamos marcados en la frente por nuestro Dios: todos estamos destinados a la vida, a la salvación.

La fiesta de hoy, Todos los Santos, es la misma que la de mañana: Todos los difuntos. Son como dos caras de la misma moneda. Toda la humanidad está sellada y llamada a la vida.

La memoria de los santos, que son nuestros mayores, nuestros difuntos, la memoria de JesuCristo nos hace bien, nos reconcilia. La Comunión de los Santos: una especie de memoria, de solidaridad y “circularidad” entre los que se fueron y los que quedamos. Ellos se acuerdan de nosotros y de un modo más amable. Ellos oran por nosotros.

02. HACIA TI MORADA SANTA: HACIA LA VIDA ETERNA:

Todos los Santos es fiesta de gran esperanza, porque nos anuncia nuestro futuro, el futuro absoluto. Hacia Ti, morada santa, cantamos.

Creemos -fe- en la vida eterna, que no es lo mismo que una vida “indefinida”, sin fin. No es lo mismo vida “sin fin” que vida plena, definitiva. No es lo mismo amontonar años o tiempo que la vida plena de JesuCristo.

El papa Benedicto se preguntaba y nos preguntaba en el comienzo de su encíclica: Spe Salvi ¿DE VERDAD QUEREMOS VIVIR ETERNAMENTE?

Muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo.

Seguir viviendo para siempre -sin fin- parece más una condena que un don.

Queremos vivir sin fin, (¿), pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable.

Decía San Ambrosio que la inmortalidad es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia. No debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación. (San Ambrosio).

La eliminación de la muerte o su aplazamiento ilimitado crearían una situación imposible y no comportaría beneficio alguno para el individuo mismo ni para la humanidad.

Pero vivimos como una contradicción, un contraste interior en nuestra propia existencia:

o Por una parte, no queremos morir, los que nos aman, sobre todo, no quieren que muramos.

o Por otra parte, sin embargo, tampoco deseamos seguir existiendo ilimitadamente y mucho menos queremos seguir existiendo como vivimos en este estado de cosas, (más de lo mismo, no).

o Tampoco la tierra ha sido creada con esta perspectiva de una vida indefinida. La Tierra y el universo (o pluriversos) terminarán simplemente por las leyes cósmicas.

03. ¿QUÉ VIDA QUEREMOS?

santos-2Entonces ¿qué es lo que realmente queremos? La pregunta de fondo que está tras esta cuestión es: ¿Y qué es realmente vida? ¿Qué significa “eternidad”? En el fondo lo que deseamos es felicidad, libertad, paz, amor, serenidad, una vida bienaventurada, feliz. En el fondo queremos la felicidad.

Un poco por educación y otro poco porque desconocemos completamente cómo son estas cosas, nos imaginamos que el cielo es como “Disneylandia” o como “la casa de la pradera”. Pero la vida definitiva no es eso. El cielo no es un lugar, decía el mismo papa Benedicto, sino un estado, una situación, personal y comunitaria”.

“El cristianismo no anuncia sólo una salvación cualquiera del alma en un impreciso más allá, en el cual todo aquello que en este mundo nos ha sido precioso y querido será cancelado, sino que promete la vida eterna” (Benedicto XVI)

Además tenemos la experiencia de que la vida feliz, la vida definitiva no es ésta. Solemos decir que “esto no es vida”. Tenemos una sabia ignorancia de lo que es la vida. Tenemos una nostalgia profunda de vida definitiva.

La vida definitiva es esta que tenemos “entre manos” pero vivida desde JesuCristo: He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Todo el evangelio de San Juan está lleno de alusiones a la vida: Yo soy el pan de vida, el agua de vida, Yo soy la Resurrección y la vida, etc.

La eternidad no es una continua sucesión de días en el calendario, sino el momento pleno de satisfacción y plenitud en el que Dios y la humanidad nos abraza y nosotros abrazamos a Dios y a la humanidad.

La vida eterna es bienaventuranza.

Bienaventurados

La eternidad es el momento de sumergirnos en el océano de amor infinito en el cual el tempo -el antes y el después ya no existe-.

Este momento es la vida eterna.

No sabemos más, vivimos en una docta ignorantia, una sabia ignorancia.

Confiamos en Cristo, nos fiamos de Él. Sé de quién me he fiado.

04. ESPERANZA

El ser humano nunca ha sabido tanto de sus orígenes y tan poco de su destino.

Entre el Génesis, Darwin y los bing-bang del origen, sabemos, más o menos, de dónde venimos, pero estamos escasos de horizontes y de futuro absoluto. ¿Hacia dónde vamos?

Por otra parte, la postmodernidad científico-nihilista en la que vivimos tan llena de adelantos y progresos, va de victoria en victoria hasta la derrota final. Vivimos en el club de los proyectos vivos y las esperanzas muertas.

Sin embargo el ser humano es una sed infinita, una esperanza de plenitud, aunque tal plenitud no está en nuestras manos. Pero la sed nos habla del agua, el hambre nos habla de algún alimento.

¿La esperanza infinita no nos estará hablando de Dios?

Sin embargo la esperanza tiene poca, más bien nula, presencia en grandes sectores de la sociedad, de la vida cultural, de la vida política, incluso de la vida eclesiástica.

El animal puede seguir caminando a oscuras, hacia el muro infranqueable o hacia el abismo.

El hombre se resiste a caminar si no presiente uno puerta abierta al futuro» (Teilhard de Chardin).

Es sano vivir en la frontera: nada está cerrado ni tan siquiera por la muerte. Miremos la vida con esperanza y ojos de plenitud.

La esperanza es el keroseno que nos lanza siempre hacia adelante.

Esperemos en lo más hondo de nuestro ser y sembremos esperanza en la medida que podamos.

El cristianismo es una esperanza infinita en la misericordia de Dios.

Nuestro corazón está inquieto y solamente descansará cuando te encuentre, decía san Agustín

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Llamados/as a ser felices, bienaventurados, santos.

lunes, 1 de noviembre de 2021
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1130312909sermon-mountMt 5, 1-12

Si algo constatamos estos dias es ese afan de salir, de disfrutar, de recuperar encuentros perdidos o aplazados, en definitiva el deseo de vivir y ser felices. Y en este momento a los cristianos se nos ocurre celebrar la fiesta de “Todos los Santos” y proclamar repetidas veces, ¡hasta siete! Que somos felices, dichosos, bienaventurados… ¡santos! Pero muchsa veces sentimos que el mensaje no es claro, o no logra conectar con nuestra gente. Sinceramente, ¿a quien le interesa hablar hoy de santidad? ¿Será que esta búsqueda de felicidad tiene algo que ver con la santidad o es totalmente ajena a ella?

Todo depende de cómo concibamos la santidad. Si santo es separarse de este mundo y buscar una perfección personal, haciendo cosas más o menos “raras”, lo más seguro es que no interesa a muchos. Pero si nos apropiamos de la llamada a la santidad que hizo el Vaticano II para todos (y no sólo para sacerdotes, obispo o religiosos), la propuesta puede ir muy de la mano de quien busca la felicidad y el sentido de su vida. O si recordamos cómo el Papa Francisco nos invita a mirar a nuestro alrededor y descubrir a los que ya lo son, a  los santos de la puerta de al lado que son los varones y mujeres del pueblo de Dios: “los padres que crían con tanto amor a sus hijos, los hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, los enfermos, las religiosas ancianas que siguen sonriendo (…) son aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios”. Entonces, estaremos de acuerdo con él, y constataremos que la santidad excede los límites de la iglesia católica porque el Espíritu derrama sus dones sin medida y suscita por doquier signos de su presencia. Y, ¿qué signo de la presencia de Dios es más elocuente que la vida, el amor, la plenitud o la felicidad?

Desde ahí vamos a dejarnos sorprender por el evangelio de esta fiesta y a descubrirnos “bienaventurados” llamados a ser felices, incluso a descubrir cómo somos felices en circunstancias que no lo hubiésemos sospechado, y a dejar que se nos grabe en lo más hondo, hasta que llegue a transformarnos.

No vamos a tomar las bienaventuranzas como un programa de vida o algo a cumplir. Son el horizonte, la meta, el tesoro a descubrir. Tenemos que acercarnos a cada una de ella, y quizá solo a su primera parte, como a realidades y experiencias, propias unas veces y que vemos en otras personas en muchas ocasiones. Como pistas por las que avanzamos hasta vivir en esa “dinámica” del reino, que tantas veces choca con otras dinámicas y formas de vivir que nosotros mismos tenemos.

Y escuchamos y acogemos que somos “felices”, santos, cuando somos pobres de espíritu”, que significa haber alcanzado la libertad interior, ser conscientes de dónde ponemos la seguridad de nuestra vida… Pero también vivir una existencia austera y despojada, sintiéndonos llamados a compartir la vida de los más necesitados.

O cuando somos manso/a, para poseer la tierra a diferencia del orgullo que se cultiva en la sociedad. La mansedumbre es fruto del Espíritu, propio de quien deposita toda su confianza en Dios. Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos nuestros límites y defectos –y los de los demás- con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más ni menos que nadie, podemos darnos una mano evitando desgastar energías en lamentos o disimulos inútiles.

Que somos felices, santos, cuando sabemos llorar con los demás, compartir el sufrimiento ajeno y afrontar las situaciones dolorosas, solidarizándonos con el sufrimiento del mundo para transformarlo.

Y seguimos escuchando que somos felices, bienaventurados, cuando sentimos hambre y sed de justicia, de que la vida digna sea posible para todos y sentirlo como se siente el hambre, desde las entrañas.

Cuando somos misericordiosos dejando que fluya de nuestro corazón el amor recibido de Dios, y acogiendo a los demás incondicionalmente, como nos sentimos acogidos nosotros.

Que somos santos o felices, cuando tenemos un corazón limpio para poder ver a Dios un corazón sencillo, sin doblez, auténtico, transparente.

Y nos admiramos en estos tiempos de escuchar que somos felices, santos, cuando trabajamos por la paz sin excluir a nadie. Construyendo la paz en la búsqueda de consenso, de armonía, de perdón, de posibilidad de vida para todos.

Más aun, al final se nos dice que somos santos, felices, cuando nos sentimos perseguidos a causa de la justicia porque el reino de Dios reclama una sociedad justa y en paz y esto no se puede hacer sin una gran dosis de entrega personal para contrarrestar todos los obstáculos a la justicia que nacen de los intereses personales y los egoísmos grupales que, una y otra vez, retrasan la plenitud del reino.

Y quizá queda resonando en nosotros el “somos”, como una invitación a descubrir en el presente, no como una promesa de futuro. ¿Cómo podemos vivir a diario las bienaventuranzas? Anclando experiencias, es decir, cada vez que tengamos experiencia de estar viviendo una de estas actitudes que nos dice el evangelio conviene que nos paremos y tomemos conciencia de ello, de que “somos felices” viviendo así. Que respiremos profundamente y dejemos que se nos grabe en lo más hondo. Ser conscientes de la cantidad de experiencias de bienaventuranza que vivimos es posible y nos ayuda a darnos cuenta de cómo caminamos hacia la meta y a qué paso.  

A esta santidad estamos todos llamados. Esta santidad es don de Dios que se acoge y da fruto en nuestra vida. Nos permite sentirnos “hijos e hijas de Dios, ser consolados, alcanzar misericordia… sentir que se nos ha dado y ya es nuestro el reino de Dios y, por ello, desbordar de felicidad. ¿Estamos dispuestos a arriesgar lo necesario para experimentarlo?

Mª Guadalupe Labrador Encinas, fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Día de los Santos: Morir como cristiano (M. del Pozo Garrigós)

lunes, 1 de noviembre de 2021
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E3CAB9D2-A3EF-4C9C-BB62-2A7A625488B1Del blog de Xabier Pikaza:

Se llamaba Manuel, pero le llamábamos Garrigós, pues en Galicia todos era manolos. Le conocí en la Merced de Poio (Pontevedra), donde fui su profesor dos años (1969-1971). Él venía del noviciado, yo del Bíblico de Roma. Era algo mayor que yo, nacido y crecido en Madrid. Su padre era torero, luego apoderado de torero (de J. Bernardó). Su madre era dueña de una peletería.

Estudió medicina, aunque le faltaban alguna asignatura. Conoció a los mercedarios de la Buena Dicha (Silva 25, Madrid),entró en la Orden, hizo el noviciado y estudiaba teología en Poio. Era hombre de inteligencia  y conversación, mas que de libros.

Atendía inmóvil en clase con ojos admirados, boli en la mano y media cuartilla en el pupitre. De vez en cuando apuntaba alguna  idea y seguía escuchando. No necesitaba  más, sabía lo que oía, sin necesidad de estudiar luego. De vez en cuando me decía “hablamos”, salíamos a la glorieta del naranjo y me preguntaba algunos temas que le parecían oscuros. Hablábamos, él opinaba en línea clásica, eso le bastaba.

Le interesó el sentido de la muerte, sobre la que tuve que escribirle después unas ideas-vivencias personales, cuando supo que moría, diciéndome que quería morir como cristiano.

Morir sabiendo por qué moría, morir como cristiano

      Conocía de primera mano el riesgo (dolor, sangre incluso belleza) de la muerte, desde niño, en el Madrid sitiado de la guerra, como hijo de familia de toreros, como estudiante de medicina y luego como aprendiz de teólogo (así me decía).

            El año 1972 nos separamos, comunicándonos con cierta frecuencia, no por carta (no era hombre de escritos), sino por múltiples encuentros. Él se había ordenado de presbítero fue conventual (profesor, formador) en varios conventos del entorno de Castilla y Galicia. Yo empecé a enseñar teología en la Pontificia de Salamanca.

            A finales del 1988 enfermó de gravedad, y supo desde el principio que era “cosa de muerte”. Me llamó a Verín (Orense) donde estaba y me dijo: “Me quedan unos meses, no puedo engañarme. Quiero que me digas qué es morir como cristiano, no como torero, ni como militar, ni de anciano… sino como cristiano”.

            Así hablamos toda una tarde, bajo la inmensa higuera otoñal del convento de Verín. Me contó, le conté, nos contamos. No sacó ni un solo apunte. Al día siguiente, de mañana, cuando tomé el coche para Salamanca, me pidió: “Escríbeme cuatro o cinco páginas de eso que me has dicho. Me las mandas por correo, me quedan aún unos meses”.

            Escribí unas páginas, se las mandé. Me llamó para darme gracias, diciéndome que había subrayado y “pintado” algunas líneas. “Quiero pensar en ellas”, nos vemos dentro de dos meses, si te parece en Madrid. Estaré por allí, debo despedir a mi madre”.

Así fue como pase con él una mañana de enero del año 1989, por la calle Arenal,en la casa de su madre donde estaba “descansando”. Me dijo que gustaría vivir todavía unos meses, recibir la muerte con las flores de la Pascua de Primavera. No pudo verlas, murió el 3 de febrero, la Pascua la celebró en cielo.

Tenía mis cinco folios coloreados y subrayados en la mesilla de noche. No hablamos apenas de ellos. Nos miramos mucho, yo sentí que todo estaba bien. Él me dio las gracias por haber sido su amigo, y también su profesor (¡sé algo más de teología, he leído un par de veces todos los evangelios…).  Le dije que volvería al final del semestre. No pude volver para verle en vida. Murió antes.

7EC4B508-6C27-48CD-BC62-70B0A8B688B2            No sé qué pasó con aquellos cinco folios titulados “morir como cristiano”. No me atreví a pedírselos a su madre. No tenía copia, aunque sé que los había transcrito, caso de memoria, en el último capítulo de un libro titulado Trinidad y Comunidad Cristiana (Secretariado Trinitario, Madrid 1989, pags. 293-298), ya descatalogado, del que tengo algún ejemplar. Acabo de mirar, y veo que el libro ha sido “publicado” on line 

   Para facilitar la tarea de alguno que tenga interés por esas páginas (¡que para mí son emocionantes, una parte de vida, mi relación más honda con Manolo Garrigós!) las transcribo aquí, con algunas leves correcciones y adaptaciones. Fueron y siguen siendo mi experiencia de “morir como cristiano”, a través de mi hermano, alumno y, sobre todo, amigo Manuel del Pozo Garrigós.

MORIR COMO CRISTIANO. PARA M. DEL POZO GARRIGÓS

   (Dios de vivos, Dios Padre)

 Martín Heidegger había definido al hombre como ser para la muerte. Pero nosotros podemos y debemos definirlo como ser para la vida, en la línea de Sab 2,23 (Dios creó al hombre para la inmortalidad), conforme a la palabra de Jesús en Mc 12, 27, donde se presenta a Dios como Dios de vivos, no de muertos.

El Dios cristiano es Dios de vivos porque es Padre en un sentido muy profundo, principio y fin de todo lo que existe. Es Padre originario porque da la vida, en gesto de confianza y libertad: nos capacita para ser y realizarnos dentro de este mundo conflictivo, amenazado por la herida del dolor y de la muerte. Así nos acompaña, a lo largo de un camino que resulta muchas veces enigmático e hiriente, como Padre amigo que nos permite ser y nos alienta en medio de los riesgos de la historia. Pero Dios es, a la vez, Padre final.

Los padres de este mundo dan la vida y normalmente nos ayudan y acompañan mientras somos aún pequeños. Pero a veces nos dejan solos, luego mueren normalmente antes que nosotros y nos dejan solos del todo, de manera que debemos morir sin su asistencia. El Padre Dios es diferente: nos ha dado vida en el principio, nos acompaña en el camino y nos espera al final, de tal manera que su paternidad se define del modo más profundo precisamente aquí, en la línea de frontera de la muerte. En un nivel de experiencia cristiana, Dios se muestra plenamente como Padre porque nos recibe tras el velo de la muerte, nos acoge y resucita, como indica Rom 1, 3-4.

Jesús murió, porque era un hombre… Pero, al mismo tiempo, sintió y vivió tiempo la muerte como trance de dolor y abandono. Le dejaron solo todos sus amigos, sólo unas mujeres amigas, con la madre, le miraban y lloraban de lejos, no podían acercarse más, era guerra, habia soldados.

09B06F82-80E8-40E8-95F8-ECD8F2FB9F1A  Jesús sintió, además, en otro sentido mas hondo, que le abandonaba el mismo Dios, y así le preguntó, con las palabras de un salmo que sabia de memoria:  «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» (Sa 22,2; Mc 15, 34).

Esas palabras fueron el comienzo y clave de una conversación dolorida, entrañable, que mantuve ante el lecho de la muerte con mi amigo Manuel del Pozo Garrigós, a principios del año 1989. Me dijo que esperaba seguir vivo cuando salieran las primeras flores de la primavera en el huerto pequeño que podía  tras el cristal de su ventana.

Pero no llegó a verlas en la tierra. Falleció poco después en Madrid, un frío  3 de febrero de 1989. Su recuerdo, con las palabras que entonces nos dijimos, me ayudan entender y asumir mejor el misterio de la muerte en Cristo. Hablamos de la humanidad más honda de Jesús, que había cargado hasta el final con nuestro sufrimiento, padeciendo nuestra angustia y soledad ante la muerte.

 En cierto sentido, también nosotros, situados ante ella, debemos asumir y recorrer hasta el final su experiencia de soledad, el misterio más profundo del fracaso: ¿Por qué me has abandonado? (Mc 15, 34, cf Sal 22, 2). ¿Para qué ha sido la vida, si al final debe acabarse? ¿para qué la luz del cielo y la esperanza de su reino si al final nos doblegamos, impotentes, ante el peso del dolor, ante el cansancio de la muerte?

 (Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu)

 Pero Manuel me dijo: No me hables más de esas palabras de abandono; ya he pensado en ellas, con ellas he sufrido y he rezado, ahora quiero que me expliques otras, las de otro evangelio que dice «en tus manos encomiendo mi espíritu»

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“El amor se aprende”. Domingo 31 Tiempo ordinario – B (Marcos 12,28-34)

domingo, 31 de octubre de 2021
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31_to_b-600x400Casi nadie piensa que el amor es algo que hay que ir aprendiendo poco a poco a lo largo de la vida. La mayoría da por supuesto que el ser humano sabe amar espontáneamente. Por eso se pueden detectar tantos errores y tanta ambigüedad en ese mundo misterioso y atractivo del amor.

Hay quienes piensan que el amor consiste fundamentalmente en ser amado y no en amar. Por eso se pasan la vida esforzándose por lograr que alguien los ame. Para estas personas, lo importante es ser atractivo, resultar agradable, tener una conversación interesante, hacerse querer. En general terminan siendo bastante desdichados.

Otros están convencidos de que amar es algo sencillo, y que lo difícil es encontrar personas agradables a las que se les pueda querer. Estos solo se acercan a quien les cae simpático. En cuanto no encuentran la respuesta apetecida, su «amor» se desvanece.

Hay quienes confunden el amor con el deseo. Todo lo reducen a encontrar a alguien que satisfaga su deseo de compañía, afecto o placer. Cuando dicen «te quiero», en realidad están diciendo «te deseo», «me apeteces».

Cuando Jesús habla del amor a Dios y al prójimo como lo más importante y decisivo de la vida, está pensando en otra cosa. Para Jesús, el amor es la fuerza que mueve y hace crecer la vida, pues nos puede liberar de la soledad y la separación para hacernos entrar en la comunión con Dios y con los otros.

Pero, concretamente, ese «amar al prójimo como a uno mismo» requiere un verdadero aprendizaje, siempre posible para quien tiene a Jesús como Maestro.

La primera tarea es aprender a escuchar al otro. Tratar de comprender lo que vive. Sin esa escucha sincera de sus sufrimientos, necesidades y aspiraciones no es posible el verdadero amor.

Lo segundo es aprender a dar. No hay amor donde no hay entrega generosa, donación desinteresada, regalo. El amor es todo lo contrario a acaparar, apropiarse del otro, utilizarlo, aprovecharse de él.

Por último, amar exige aprender a perdonar. Aceptar al otro con sus debilidades y su mediocridad. No retirar rápidamente la amistad o el amor. Ofrecer una y otra vez la posibilidad del reencuentro. Devolver bien por mal.

José Antonio Pagola

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“No estás lejos del reino de Dios”. Domingo 31 de diciembre de 2021 31º Ordinario

domingo, 31 de octubre de 2021
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58-ordinariob31-cerezoLeído en Koinonia:

Deuteronomio 6, 2-6: Escucha Israel: Amarás al Señor con todo el corazón.
Salmo responsorial: 17: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Hebreos 7, 23-28: Como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.
Marcos 12, 28b-34: No estás lejos del reino de Dios.

En las estepas de Moab, Moisés da sus últimas instrucciones al pueblo que se prepara para entrar a la tierra de Canaán. Atrás quedó Egipto, debió quedar. Y atrás quedó también el desierto donde supuestamente el pueblo tuvo que haber aprendido muchas cosas que tendrán que ser muy útiles para su proyecto como pueblo en la tierra de la libertad. Egipto será un lugar para nunca volver, al desierto será necesario volver cuando el pueblo olvide o pierda su horizonte ya que ése es el espacio ideal para el reencuentro con su Dios, para dejarse reconquistar por él (cf. Os 2,14). Aquí, pues, en su despedida, Moisés insiste en lo más importante para que el pueblo tenga vida: cumplir las instrucciones y normas que el Señor ha dado. El texto del Deuteronomio que leemos hoy es el alma, la guía, la hoja de ruta que Israel no puede descuidar ni cambiar por otra cosa so riesgo de perderse y perecer como nación. La connotación en hebreo del verbo shemá lleva implícito el imperativo de obedecer, poner en práctica, y eso era lo que tenía que haber hecho el pueblo: escuchar obedeciendo, escuchar poniendo en práctica.

La redacción de este pasaje, aunque aparenta ser de una época previa a la conquista y posesión de la tierra, en realidad es de una época en la cual Israel ha probado y experimentado en carne propia lo que significa no escuchar poniendo en práctica los mandatos y preceptos del Señor. Estamos en la llamada época del post-exilio, Israel ha pasado por las experiencias históricas más crueles y difíciles: desaparición del sistema solidario tribal, aparición de la monarquía (punto de partida de todos sus pecados), división del reino, destrucción de ambos reinos, deportación… En todo momento Israel fue instruido por medio de los profetas que siempre lo invitaban a reorientar su camino, pero la queja de Dios fue siempre constante: «Israel no me escucha» (Sof 3,2), no me obedece, va camino a la perdición…

Las experiencias históricas obligan a Israel a aprender qué significa escuchar a su Dios y poner en práctica su Palabra, su instrucción. Con base en todo lo que le ha pasado, Israel descubre que los mandatos del Señor no buscan atarlo, cerrarle horizontes ni poner a todo un pueblo bajo la dirección de un Dios caprichoso. No es un Dios cualquiera el que libre y espontáneamente ha optado por este pueblo, es un Dios de Vida que sólo busca orientar al pueblo por sendas de vida. Israel no entendió siempre así el propósito de Dios y se fue detrás de otros dioses, y cuando se metió en el proyecto de otras divinidades empezó a perderse, se confundió y resultó siendo peor que otros pueblos que no conocían al verdadero y único Dios. Así pues, después de sobrevivir a las más duras experiencias, Israel vuelve a recordar cuál era desde el principio la propuesta de su Dios: amarlo sólo a él, buscarlo sólo a él y no confiarse de ninguna otra propuesta por más llamativa que fuera para no volver a caer en un fracaso peor.

El evangelio nos presenta la versión «marquiana» (de Marcos) de la pregunta a Jesús sobre el mayor y más importante de los mandamientos. La versión mateana (Mt 22,34-40) tuvimos oportunidad de reflexionarla hace unos días. Ambas versiones están ubicadas en el mismo contexto de la discusión de los saduceos con Jesús a cerca de la resurrección de los muertos. Cuando los fariseos ven que Jesús ha callado a los saduceos, se juntan con los escribas para ponerlo ellos también a prueba, pensarán que con ellos tal vez no saldrá tan bien librado. Y es que «pasar el examen» con los fariseos y maestros de la ley, seguramente no era fácil dado que para ellos la ley no era sólo aquella que Dios había dado a su pueblo por medio de Moisés, recordemos que en tiempos de Jesús esta gente manejaba ¡más de medio millar de mandatos y preceptos! Dependiendo de su forma de ver y de pensar, un mandato podía variar de importancia para unos y para otros, pues como es normal había distintas tendencias o escuelas, alguna muy liberal, y otras no tanto. ¿Cuál de ellas está representada aquí? No lo sabemos. Por la respuesta del escriba a Jesús, uno podría pensar que se trataba de una tendencia bastante liberal (vv. 32-33), al punto que a Jesús le pareció simpática su respuesta y le advierte lo cerca que está del reino de Dios.

Jesús se encuentra con que su pueblo cumple con una norma de varios siglos. Todos los días, tres veces al día todo israelita varón recita el «Shemá Israel, escucha Israel: el Señor nuestro Dios es uno sólo, a él amarás…», el shemá, pero ese shemá se quedó sólo en el campo auditivo, al campo de la práctica no se ve, y eso es lo que Jesús denuncia a lo largo de su ministerio, muchas palabras, muchas normas y preceptos, mucho apelo a Dios para todo, muchas frases de la ley en los bordes del manto, en el marco de la puerta, en el brazo, en la frente, pero nada en el corazón y menos aún en la vida ordinaria, en la práctica cotidiana.

En la comunidad de Marcos se están presentando situaciones similares a las del judaísmo. Las normas y preceptos que conocen los primeros cristianos son necesariamente aquellas que vienen del mundo judío; ahora, ¿serán de obligatorio cumplimiento todos esos preceptos en esta nueva experiencia de vida que se supone está animada por la presencia viva del Señor resucitado? Lo primero y más importante que los creyentes deben tener en cuenta es que no se trata de una adhesión a una divinidad distinta a la del judaísmo. Es el mismo Dios revelado a pueblo de Israel y en la Escritura, es el mismo Dios de Jesús, por tanto lo que primero tiene que hacer el cristiano es profesar su fe, amor y adhesión a ese Único Dios en términos de «escuchar» su Palabra y ponerse en función de obedecerle. Ese es el proyecto de vida de Jesús, eso fue lo que movió toda su vida y su obra y eso es lo que tiene que mantener vivo al cristiano, su adhesión a ese único y verdadero Dios a quien no le interesa otra cosa que el amor y adhesión a El lo vivan sus fieles en el amor mutuo y fraterno. No tiene sentido para Jesús hablar del amor a Dios sin tener en cuenta la ÚNICA puerta de acceso a Él: el prójimo. Leer más…

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31.10.21. Sólo Dios no basta. Dios solo no es Dios (Credo cristiano, Dom 31 T0. Mc 2, 28-34)

domingo, 31 de octubre de 2021
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poema-12665-dos-amoresDel blog de Xabier Pikaza:

La Iglesia ha elaborado dos “credos”, que se llaman confesiones de fe y se “rezan” en la misa: el corto (de los Apóstoles) y el largo (de Nicea-Constantinopla). Esos credos contienen tres artículos: Creo en Dios, en Jesús yen el Espíritu Santo.

Pero hay en el evangelio un credo anterior,  formulado por Jesús, según el evangelio de este día: el credo de la vida (la confesión de vida), no para rezar en la misa y acabar, sino para vivir,  con dos artículos que son amar a Dios y al prójimo.  Ésta es la fe de Jesús. Creer es amar, todo lo demás es consecuencia. Todo el resto es comentario

Somos amor a Dios (en Dios); pero sólo Dios no basta, a pesar de lo que dijera en un momento Santa Teresa. Dios sólo no es Dios; perderse en Dios destruirse, a no ser que Dios sea el prójimo, la vida concreta de los hombres y mujeres, en quienes (por quienes) vivimos, nos movemos y somo, como dice el evangelio de este domingo.

Si sólo hubiera un mandamiento (el Shemá de Dios) la vida del hombre podría acabar en un espiritualismo descarado, inhumano teológico: en la dictadura de los que se creen emisarios de Dios (en línea de iglesia), en la nube del no ser de algunas tendencias advaitas, muy comunes en algunos círculos que se dicen orientales.

Un amor, son dos amores.

Acercóse un día a Jesús uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?

Jesús le contestó: El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.

Le dijo el escriba: muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera El, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas (Mc 12, 28-34).

Aquí se condensa el evangelio de Marcos,El escriba, hombre del Libro, interpreta a Dios como alguien que tiene poder para mandar, es decir, para imponer unos preceptos a sus criaturas, en este caso a los judíos. Ciertamente, su pregunta (¿cuál es el primero de los mandamientos?) es buena y veremos que Jesús la admite. Pero esta pregunta ha de entenderse desde el fondo del mejor judaísmo: el mandamiento (entolê) no es algo que se debe cumplir a la fuerza, sino aquello hace que seamos personas, voluntariamente.

Carta_8DICCiertamente, el judaísmo del tiempo de Jesús tenía muchos “mandamientos menores”, que podían resultar muy numerosos. Así se decía que había 248 mandamientos positivos (que dicen lo que hay que hacer) y 365 negativos (que dicen lo que no se puede hacer), en total 613. De todas formas, más que mandamientos eran normas de conducta, en el plano de la buenas costumbres (para la comida y las relaciones familiares, para el trabajo y los negocios). Todos los judíos sabían que esos mandamientos se condensan y centran en una actitud básica de respeto a Dios y de justicia entre los hombres.

En esa línea se sitúa la pregunta del escriba judío que busca la raíz de los 613 preceptos, para condensarlos y resumirlos en su basa. Así viene donde Jesús y le pregunta. El escriba es un hombre de libro y conoce de memoria los 613. Jesús, probablemente, no los conoce, aunque sabe que están ahí y que pueden ser valiosos para algunas circunstancias. Pero a él sólo le importa la raíz de la fe y de la vida, es decir, el mandamiento básico. De esa forma, acepta el reto y no responde con uno sino con dos “mandamiento, como indicando que al principio no hay un tipo de monismo (sólo Dios o sólo el hombre) sino un dualismo básico, un diálogo entre Dios y los humanos.

Primer mandamiento o Shema: Amarás al Señor, tu Dios…

El primer mandamiento o credo de Israel es una confesión y compromiso de amor. Ésta es la palabra esencial del judaísmo, éste ha sido y sigue siendo el punto de partida de la conciencia de amor de occidente (con el cristianismo y el Islam) El pueblo nace y se configura escuchando una palabra de Dios, que le pone en pie y le capacita para responder amando, en gesto abierto al conjunto de la comunidad:

imagesEscucha, Israel: Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se la repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado; 8 las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas. Cuando Yahvé tu Dios te haya introducido en la tierra que a tus padres Abraham, Isaac y Jacob juró que te daría: ciudades grandes y prósperas que tú no edificaste, casas llenas de toda clase de bienes, que tú no llenaste, cisternas excavadas que tú no excavaste, viñedos y olivares que tú no plantaste, cuando hayas comido y te hayas saciado, cuida de no olvidarte de Yahvé que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre. A Yahvé tu Dios temerás, a él le servirás, por su nombre jurarás (Dt 6, 4-13)

Esta confesión es un credo de pacto, pues expresa e incluye la alianza de Dios con su pueblo. Es una confesión afectiva y fundante, pues no alude todavía a mandatos concretos, sino a la raíz que los sustenta y unifica, vinculando al pueblo con Dios, en el amor o fidelidad básica. Es una confesión que brota de la revelación de Dios que el pueblo acoge, escuchando y respondiendo su palabra. Incluye dos artículos. (1) Sólo Yahvé es Dios y se eleva frente las restantes figuras religiosas que son mentira, idolatría (como saben los judíos, sus elegidos). (1). Israel es pueblo de Dios, llamado entre todos para testimoniar su amor a Dios y responderle en gesto generoso: “Amarás a Yahvé, tu Dios, con corazón, alma y fuerzas”.

Vivir es escuchar

Esta confesión nos lleva allá del mandato en cuanto tal, hasta el fundamento del que brotan todos los mandatos: escucha, acoge la voz de Dios. Sólo quién oye bien puede cumplir lo mandado. En el fondo de la Ley (lo que debe hacerse) se halla la obediencia, entendida en su sentido original de ob-audire (=escuchar con asentimiento, en griego hyp-akouein). Antes del hacer, en gesto de duro cumplimiento, está el escuchar o acoger la voz de Dios. En el principio, el hombre es oyente de la Palabra. Jesús ha citado los primeros términos del Shemá (escucha…), poniendo su enseñanza a la luz del mensaje fundante de Dt 6, 4-6.

1. Escucha (en hebreo shemá; en griego akoue). Este es el principio de todo mandato: oye, es decir, atiende a la voz, acoge la Palabra. En el fondo se dice: no te cierres, no hagas de tu vida un espacio clausurado donde sólo se escuchan tus voces y las voces de tu mundo. Más allá de todo lo que haces y piensas, de todo lo que deseas y puedes, está el ancho campo de la manifestación de Dios (y de los otros, que te hablan): abrirse a su voz, mantener la atención, ser receptivo ante el misterio, ese es el principio y sentido de toda religión y de todo amor, esa es la verdad del mandamiento.

2. Israel. Comunidad de aquellos que escuchan a Dios; eso es Israel. Comunidad de personas que se mantienen atentas, oyendo la misma Palabra: ese es el pueblo que brota de Dios. Quedan en segundo plano los restantes elementos configuradores: patriarcas, circuncisión, leyes alimenticias, ritos de tipo sagrado… Todo eso es secundario. Sólo la escucha del único Dios configura al único pueblo israelita.

3. El Señor, muestro Dios, es Señor único. Pagano es quien se pierde adorando muchas voces y así acaba escuchándose a sí mismo (a sus ídolos). Israelita, en cambio, es quien sabe a acoger al único Dios (al “nuestro”). La palabra fundante del mandato pide al creyente que escuche sólo a Dios: que se deje transformar por él, que acoja su revelación y que no crea a ningún otro posible “señor” de los que existen (quieren imponerse) sobre el mundo.

4. Amarás… Dios habla desde su propia trascendencia, como fuente de gracia; el ser humano le escucha, para responderle con amor, es decir, con la entrega del propio ser. En esta perspectiva, el amor del hombre no es lo primario; no es algo que brota por instinto natural, no es una simple expansión de la especie. Entendido en sentido fuerte, ese amor es gesto de respuesta agradecida, algo que brota cuando se descubre que Dios nos ha ofrecido su palabra y asistencia.

El mandamiento es lo que somos

Entendido en sentido estricto, este mandato primero no expresa aquello que debemos hacer, sino aquello que somos, en perspectiva de gracia abierta al despliegue de la vida. El hombre se define como aquel ser especial que puede escuchar la palabra de amor, respondiendo a ella. Ciertamente, el amor no se puede imperar: si se cumple por obligación ya no es amor. Pero se debe animar y potenciar. Así dice el texto:

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El mandamiento más importante.

domingo, 31 de octubre de 2021
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evangelio_08_06_17Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La curación del ciego Bartimeo nos dejó camino de Jerusalén. En la cronología de Marcos, el domingo tiene lugar la entrada triunfal; el lunes la purificación del templo; y el martes, en la explanada del templo, las autoridades interrogan a Jesús sobre su poder; los fariseos y herodianos sobre el tributo al César; los saduceos sobre la resurrección. Son enfrentamientos con mala idea, que desembocan en una escena inesperada, en la que un escriba reconoce la sabiduría de Jesús.

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:

―¿Que mandamiento es el primero de todos?

Respondió Jesús:

―El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amaras al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». El segundo es este: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos.»

El escriba replico:

―Muy bien, maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:

―No estás lejos del reino de Dios.

Y nadie se atrevió a dirigirle más preguntas.

1. El protagonista es un escriba. Los escribas son los especialistas en la Ley de Moisés, parecidos a los actuales profesores de teología, pero con una formación mucho más intensa, porque tenían que aprender de memoria el Pentateuco y las interpretaciones de los rabinos; además, no podían ejercer su profesión hasta cumplir los cuarenta años. Gozaban de gran prestigio entre el pueblo, aunque su peligro era el legalismo: la norma por la norma, con todas las triquiñuelas posibles para evadirla cuando les interesaba. Por eso Jesús tuvo tantos enfrentamientos con ellos. En los evangelios aparecen generalmente como enemigos, pero en este caso las relaciones entre el escriba y Jesús son muy buenas y los dos se alaban mutuamente.

2. La pregunta por el mandamiento principal. La antigua sinagoga contaba 613 mandamientos (248 preceptos y 365 prohibiciones), que dividía en fáciles y difíciles. Fáciles, los que exigían poco esfuer­zo o poco dinero; difíciles, los que exigían mucho dinero o ponían en peligro la vida. P.ej., eran difíciles el honrar padre y madre, y la circuncisión. Generalmente se consideraba que los difíciles eran importantes; entre los temas importantes aparecen la idolatría, la lascivia, el asesinato, la profanación del nombre divino, la santificación del sábado, la calumnia, el estudio de la Torá (el Pentateuco). Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, o de saber qué era lo más importante.

3. La respuesta de los contemporáneos de Jesús. Citaré dos casos. El primero se encuentra en una anécdota a propósito de los famosos rabinos Shammay y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús. Una vez llegó un pagano a Shammay (hacia 30 a.C.) y le dijo: “Me haré prosélito [es decir, estoy dispuesto a convertirme al judaísmo] con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja”. Shammay lo echó amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. Entonces el pagano fue a Hillel (hacia el 20 a.C.), que éste le dijo: “Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción”. Y lo tomó como prosélito.

También del Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) se recuerda un esfuer­zo parecido de sintetizar toda la Ley en una sola frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19,18); este es un gran princi­pio general en la Torá”.

4. La respuesta de Jesús. El esfuerzo por sintetizar en una sola frase lo esencial se encuentra al final del Sermón del Monte en el evangelio de Mateo: “Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos, porque eso significan la Ley y los Profetas” (Mt 7,12).

En el evangelio de hoy, Jesús responde con una cita de la Escritura: “Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6,5), aunque añade también “con toda tu mente”. Estas palabras forman parte de las oraciones que cualquier judío piadoso recita todos los días al levantarse y al ponerse el sol. En este sentido, la respuesta de Jesús es irreprochable. No peca de originalidad, sino que aduce lo que la fe está confesando continuamente.

La novedad de la respuesta de Jesús radica en que le han preguntado por el manda­miento principal, y añade un segundo, tan importante como el primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19,18). Ambos preceptos están al mismo nivel, deben ir siempre unidos. Jesús no acepta que se pueda llegar a Dios por un camino individual e intimista, olvidando al prójimo. Dios y el prójimo no son magnitudes separables. Por eso, tampoco se puede decir que el amor a Dios es más importante que el amor al prójimo. A la pregunta del escriba por el mandamiento más importante (en singular) responde diciendo que son estos dos (en plural). Y no hay precepto más grande que ellos.

5. La reacción del escriba. El protagonista, que no ha venido a poner a prueba a Jesús (como ocurre a los escribas y fariseos en otros casos), sino a conocer lo que piensa, se muestra plenamente satisfecho de la respuesta. Y añade un comentario importantísimo: amar a Dios y al prójimo “vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Con estas palabras, el escriba abandona el plano teórico y saca las consecuencias prácticas. Durante siglos, muchos israelitas, igual que hoy muchos cristianos, pensaron que a Dios se llegaba a través de actos de culto, peregrinaciones, ofrendas para el templo, sacrificios costosos de animales… Sin embargo, los profetas les enseñaban que, para llegar a Dios, hay que dar necesariamente el rodeo del prójimo, preocuparse por los pobres y oprimidos, buscar una sociedad justa. En esta línea se orienta el escriba.

Aunque su punto de vista es muy fácil de entender, cuento una anécdota interesante. En la basílica de la Virgen de Luján, en Argentina, un sitio de peregrinación nacional muy frecuentado, era costumbre llevar ramos de flores para la Virgen. La última vez que estuve allí, me llamó la atención un letrero colocado de manera oficial y muy clara advirtiendo a los fieles que a la Virgen le agrada mucho más que se dé de comer al hambriento que el que le regalen a ella un ramo de flores.

La 1ª lectura, del libro del Deuteronomio, ha sido tomada porque es la base de la respuesta de Jesús.

En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tu, tus hijos y tus nietos, mientras viváis; así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Ya te dijo el Señor, Dios de tus padres: “Es una tierra que mana leche y miel.” Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria.»

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Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. 31 de octubre de 2021

domingo, 31 de octubre de 2021
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“Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:

-No estás lejos del Reino de Dios.

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.”

(Mc 12, 28-34)

Las palabras, así con minúscula, también tienen fuerza, bien lo saben quienes se dedican al mundo de la publicidad. No basta con tener un buen producto hay que saber venderlo.

Hace años que se oye decir que en la Iglesia tenemos que cambiar de lenguaje, que muchas de nuestras celebraciones ya no dicen nada a la gente de hoy. Y es enteramente cierto.

El mensaje que tenemos que anunciar es el mejor de los productos y es más necesario que nunca, pero si no nos atrevemos a cambiar de lenguaje no nos entenderá nadie.

Es admirable la audacia que tuvieron muchos autores bíblicos que al citar otros textos más antiguos, los reelaboran, los cambian sin ningún pudor.

Y hoy podríamos hacer nosotras lo mismo. Vamos a cambiar un poco el texto, en lugar de mandamiento vamos a hablar de misión. La cosa quedaría más o menos así:

“¿Qué es lo primero en la misión?

Y Jesús respondería: -Lo primero en la misión es que te enamores de Dios perdidamente, como si no hubiera nada más en el mundo. Y lo segundo, que ese amor te lleve a las personas, a todas las personas. Esto es lo más importante, todo lo demás irá llegando.

Y cualquier persona de hoy contestaría:

-Tienes razón, Maestro, lo único que realmente vale la pena y queremos todos es que nos quieran. El lenguaje del amor lo entiende todo el mundo.

Jesús, viendo una respuesta tan sensata, diría:

-Por el camino del Amor encontrarás la felicidad, que es otra manera de decir Reino de Dios.”

Ojalá nos atrevamos a ser tan osadas como aquellas primeras comunidades cristianas que no dudaron en emplear el lenguaje del Imperio para hablar de lo que habían experimentado con Jesús.

De todos modos el problema del lenguaje deja de ser un problema cuando tienes una experiencia transformadora. Porque no puedes callártela. Y precisamente eso es lo que hace que el mensaje sea contagioso, por mucha teología que sepamos. Y aunque hagamos un impecable máster en catequética, si no nos hemos encontrado con el Dios de Jesús, no tendremos nada que anunciar.

Las personas místicas de todos los tiempos han encontrado el lenguaje que necesitaban para transmitir su experiencia y con ella han acercado a mucha gente al Reino.

Oración

Trinidad Santa, que no queramos empezar anunciando, sino recibiéndoTe a ti como Buena Noticia. Que sea el encuentro Contigo el que nos haga buscar las palabras para darTe a conocer.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no es un ser que ama, sino el AMOR.

domingo, 31 de octubre de 2021
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Mc 12,28-34

Hoy cambiamos de escenario. Jesús lleva ya unos días en Jerusalén. Ha realizado ya la purificación del templo; ha discutido con los jefes de los sacerdotes, maestros de la ley y ancianos sobre su autoridad para hacer tales cosas; con los fariseos y herodianos sobre el pago del tributo al césar; con los saduceos sobre la resurrección. El letrado que se acerca hoy a Jesús, no demuestra ninguna agresividad, sino interés por la opinión del Rabí.

La pregunta tiene sentido, porque la Torá contiene 613 preceptos. Para muchos rabinos todos los mandamientos tenían la misma importancia, porque eran mandatos de Dios y había que cumplirlos solo por eso. Para algunos el mandamiento más importante era el sábado. Para otros el amor a Dios era lo primero. Aunque Jesús responde recitando la “shemá”, da un salto en la interpretación, uniendo ese texto, que hablaba solo del amor a Dios, con otro en (Lv 19,18) que habla del amor al prójimo.

El amor a Dios fue un salto de gigante sobre el temor al Dios amo poderoso y dueño de todo. En el AT el amor a Dios era absoluto, “sobre todas las cosas”. El amor al prójimo era relativo, “como a ti mismo”. Según la Torá, era perfectamente compatible un amor a Dios y un desprecio absoluto, no solo a los extranjeros sino también a amplios sectores de la propia sociedad judía a quienes creían rechazados por el mismo Dios.

Según Jesús la palabra mandamiento tiene que dar un cambio radical y significar algo distinto cuando la aplicamos a Dios. Dios no manda nada. Dios no hace leyes sino que pone en la esencia de cada criatura el plano, la hoja de ruta, para llegar a su plenitud. Dios no “quiere” nada de nosotros ni para nosotros. Su “voluntad” es la más alta posibilidad que se encuentra en cada criatura, no algo añadido desde fuera después de haberla creado.

En Juan los dos mandamientos se convierten en uno solo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”. Jesús no dice que le amemos a él ni que amemos a Dios ni que ames al prójimo como a ti mismo, sino que ames a los demás como él te ha amado a ti. El cambio es radical. Aún no nos hemos dado cuenta de esta novedad. Dios no es un ser separado de mí, al que debo amar, sino el amor que me permite sentirme uno con el otro.

En nosotros el amor es una cualidad que puedo tener o no tener. En Dios el amor es su esencia. Si dejara de amar dejaría de ser. Lo que queremos decir cuando hablamos del amor a Dios o del amor de Dios no tiene nada que ver con lo que queremos significar cuando hablamos del amor humano. El amor humano es siempre una relación entre dos. El amor de Dios es la identificación de dos. De este amor es del que habla el evangelio.

Se trata de una posibilidad específicamente humana. El amor-Dios y nuestro amor no son grados distintos de la misma realidad, sino realidades sustancialmente distintas. Dios no se puede relacionar con las criaturas como lo hacemos nosotros, porque no está fuera de ninguna de ellas. Nosotros podemos relacionarnos con las demás criaturas pero no con Dios porque es nuestro ser. Vivir esto nos permite identificarnos con los demás, amarlos.

Una vez más el lenguaje nos juega una mala pasada. La palabra “amor” es una de las más manoseadas del lenguaje. Hablar con propiedad de Dios-Amor-Unidad, es imposible. Nuestro lenguaje es para andar por casa. Al emplearlo para hablar de lo divino se convierte en trampa que pretende ir más allá de lo que puede expresar. Intentar llegar a Dios con nuestros conceptos es inútil. La manera de trascender el lenguaje es la vivencia. Solo la intuición puede llevarnos más allá del discurso. Solo amando sabrás lo que es el amor.

En realidad, el camino hacia el amor empezó en las primeras millonési­mas de segundo después del Big-Bang; cuando las partículas primigenias se unieron para formar unidades superiores. Esta tendencia de la materia a formar entidades más complejas, lleva en sí la posibilidad de perfección casi infinita. La aparición de la vida, que consigue integrar billones de células, fue un gran salto hacia esa capacidad de unidad. No sabemos qué es la vida biológica, pero conocemos sus efectos sorprendentes. Dios es la Vida que unifica todo.

Llegada la inteligencia y superada la pura racionalidad el ser humano está capacitado para alcanzar una unidad que no es la del egoísmo individual. Un conocimiento más profundo y una voluntad que se adhiere a lo mejor, hacen posible una nueva forma de acercamien­to entre seres que pueden llegar a un grado increíble de unidad, aunque no sea física. Descubierta esa unidad, surge lo específicamente humano. Esta capacidad de salir de la individualidad, e identificarme con Dios y con el otro, es lo que llamamos amor.

Este amor es consecuencia de un conocimiento, pero no racional. Es inútil que nos empeñemos en explicar por qué debemos amar a los demás. Este amor solo llegará después de haber experimentado la presencia en nosotros del Amor que es Dios. Lo mismo que llamamos vida a la fuerza que mantiene unidas a todas las células de un viviente, podemos llamar AMOR a la energía que mantiene unidos a todos los seres de la creación. Si descubro que la base de todo ser es lo divino, descubriré la “razón” del verdadero amor.

Todos los místicos de todas las religiones, de todos los tiempos, han llegado a la misma vivencia y nos hablan de la indecible felicidad de sentirse uno con el Todo y fuera del tiempo. Esa sensación de integración total es la máxima experiencia que puede tener un ser humano. Una vez llegado a ese estado, el ser humano no tiene nada que esperar. Fijaos hasta qué punto demostramos nuestro despiste, cuando seguimos llamando “buen cristiano” al que va a misa, confiesa y comulga, solo porque tiene asegurada la otra vida. Ser cristiano no es el objetivo último del hombre, solo un medio para llegar a amar.

No debo comerme el coco tratando de averiguar si amo a Dios. Lo que tengo que examinar es hasta qué punto estoy dispuesto a darme a los demás. Solo eso cuenta a la hora de la verdad. El amor teórico, el amor que no se manifiesta en obras y actitudes concretas, es una falacia. Ya lo decía Juan en su primera carta: “Si alguno dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su prójimo, a quien ve, es un embustero y la verdad no está en él”. Pero es imprescindible que nos examinemos bien. No debemos confundir amor con instinto. Si apartamos de nuestro amor a una sola persona todo lo demás es egoísmo.

Meditación

El amor planteado desde la razón no tiene sentido,
Tampoco entendido como mandamiento que obliga.
Aprender a amar es la tarea más importante para todo ser humano.
Ser más humano es ser capaz de amar más.
Todo esfuerzo que no te lleve a esa meta será tarea inútil.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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