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Claridad sobre la “claridad”: Lucidez conservadora vs. el bien común

miércoles, 16 de abril de 2025
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IMG_0939Dra. Nicolete Burbach

La publicación de hoy es de la Dra. Nicolete Burbach, colaboradora invitada y responsable de justicia social y ambiental en el Centro Jesuita de Londres, Reino Unido. Su investigación se centra en el uso de las enseñanzas del Papa Francisco para abordar las dificultades de la Iglesia en su encuentro con la transfobia.

Decir que las enseñanzas de la Iglesia deben explicarse con “claridad” es un cliché.

Utilizada de esta forma tan cliché, la palabra “claridad” está cargada de connotaciones adicionales. Los católicos más conservadores son casi siempre quienes expresan esta afirmación. Lo hacen de una manera que sugiere que esta claridad hará que las enseñanzas de la Iglesia, tal como las interpretan, no solo sean comprensibles, sino también persuasivas.

A veces, pedir “claridad” también es una forma de exigir una retractación cuando los líderes de la Iglesia dicen cosas con las que no están de acuerdo. Algo a lo que los conservadores se refieren, en consecuencia, como crear «confusión«, en una estrategia retórica que resultará familiar a cualquiera que haya seguido los acontecimientos del papado del Papa Francisco. En ambos casos, «claridad» significa una reafirmación o despliegue de la enseñanza de la Iglesia de manera que consolide una visión conservadora para la Iglesia y la sociedad. Por lo tanto, es particularmente común donde esta visión parece estar más en riesgo, como en torno a la inclusión LGBT+.

«Claridad» es un término que también surge con frecuencia en la política secular transfóbica. En Gran Bretaña, estos llamados suelen relacionarse con la Equality Act 2010 (Ley de Igualdad de 2010), una ley que designa ciertas características como «protegidas«. Estas características, que incluyen «sexo«, «reasignación de género» y «religión o creencias«, están «protegidas» en el sentido de que la discriminación por su base es ilegal, a menos que sea un «medio proporcionado para lograr un objetivo legítimo«.

Los ataques legales a los derechos de las personas trans en el contexto británico generalmente giran en torno a la forma en que la Ley de Igualdad equilibra estas protecciones, en particular en disputas laborales sobre el acceso de las mujeres trans a espacios exclusivos para mujeres o la protección contra el acoso por parte de colegas «críticos con el género«. Las demandantes argumentan que estas protecciones discriminan injustamente a personas con otras características. Por ejemplo, argumentan que los empleadores discriminan a las mujeres cisgénero por su sexo al negarles espacios «exclusivos para personas trans«, o a las personas «críticas con el género» al castigarlas por sus creencias.

Estos se convierten en la base de los comentarios de los medios de comunicación que exigen «claridad» en torno a la Ley. Estas demandas suelen girar en torno a dos afirmaciones: primero, que la Ley no define el «sexo» con suficiente claridad, lo que en realidad significa que no excluye claramente a las mujeres trans de ser tratadas como mujeres; y segundo, que la Ley no nos dice qué constituye un «medio proporcionado para lograr un fin legítimo«, lo que en realidad significa que no permite explícitamente la exclusión de las personas trans por defecto. Como en el contexto católico, “claridad” aquí significa conformidad con una visión conservadora del mundo.

Una razón por la que la palabra «claridad» se presta a este tipo de retórica es porque connota rigor, distinciones nítidas y cierto dominio intelectual del mundo. Estos conceptos se unen en una estética que podríamos llamar «lucidez conservadora». Esta estética asocia el rigor y una rigidez poderosa e inflexible con la defensa lúcida y resuelta de la verdad conocida.

La lucidez conservadora se considera no cerrada de mente, sino intelectualmente rigurosa; se niega a ceder ante un mundo moderno laxo y confuso. Identifica las formas establecidas de pensar, actuar y organizar la sociedad no solo como correctas, sino claramente correctas. Exalta entonces todo aquello que reconoce no solo una cosmovisión conservadora, sino también su obviedad. La lucidez conservadora valora la «claridad» porque la considera sinónimo de la verdad de las creencias conservadoras y la exige como una forma de insistir en ellas.

IMG_0716La política transfóbica, ya sea católica o secular, explícitamente conservadora, o incluso teóricamente progresista o feminista, puede canalizar esta estética. La lucidez conservadora opone la novedad al pensamiento claro y al sólido «sentido común«. La lucidez conservadora se encuentra dondequiera que se denuncie la naturaleza supuestamente absurda de la identidad trans o las supuestas ideologías novedosas que la promueven.

Comprender este paralelismo es esclarecedor, sobre todo porque nos ayuda a responder a la retórica de la «claridad» en un contexto secular. El siempre mediático Papa Francisco tiene un método para responder a las demandas católicas de «claridad«: no subir a la silla, no «aclarar«, no dar marcha atrás. Un ejemplo particularmente destacado de esta estrategia se encuentra en su respuesta —o mejor dicho, su falta de respuesta— a la ahora infame dubia que exige «claridad» en torno a su enfoque pastoral en Amoris Laetitia. Este método proporciona un modelo útil de respuesta a la retórica de la «claridad» en general.

Una fortaleza de la respuesta de Francisco es que ofrecer una «aclaración» simplemente admite la idea de que la «claridad«, en este sentido ideológico, debería estar presente. Responder simplemente sugiere que las enseñanzas e interpretaciones que traspasan los límites de una cosmovisión conservadora deben ser examinadas, evaluadas en términos conservadores, o incluso solo deben expresarse con la consiguiente afirmación de las creencias que, de otro modo, podrían interpretarse como cuestionadas. Al negarse a «aclarar» sus enseñanzas, Francisco las presenta de una manera que sugiere que se sostienen en sus propios términos.

Al hacerlo, Francisco también desplaza el enfoque del debate hacia un conjunto más preciso de prioridades. Los llamados a la «claridad» exigen que nos centremos en apaciguar a los conservadores preocupados. Sin embargo, las enseñanzas que sus detractores consideran «poco claras» son las que intentan hacer que la Iglesia sea inhabitable para las personas a las que aliena, como las personas queer o los católicos divorciados y vueltos a casar. Francisco promueve estas enseñanzas motivado por la visión del bien común, o «el conjunto de condiciones sociales que permiten a las personas, tanto en grupo como individualmente, alcanzar su plenitud y facilidad» (CIC 1906).

La visión de Francisco pone de relieve la naturaleza común del bien común. Esto sienta las bases de una ética de inclusión en la que todos tienen cabida, «incluso quienes pueden ser considerados dudosos por sus errores» (Evangelii Gaudium 236). Esta ética, a su vez, motiva su enfoque pastoral; y su negativa a «aclarar» dicho enfoque implica negarse a desviar su atención de la búsqueda del bien común de esta manera. Esta estrategia es significativa en el contexto de la formulación de políticas, ya que las leyes deben elaborarse «en aras del bien común» (CIC 1951). Al centrar nuestra atención en la búsqueda del bien común, Francisco nos recuerda que esta idea, y no la de apaciguar a los conservadores, debe ser la prioridad de los responsables políticos. De hecho, las exigencias de «claridad» sirven específicamente para oscurecer la legítima prioridad de garantizar el bien común. Por ejemplo, algunos críticos de la Ley de Igualdad (al igual que quienes critican leyes similares en otros países) afirman que prohibir a las mujeres trans el uso de espacios separados por sexos se justifica como una forma de proteger a las mujeres cis. En este contexto, las exigencias de «claridad» son en realidad llamamientos a afirmar la legitimidad de dichas prohibiciones. Pero, más que esto, son llamamientos a desestimar el interés de las mujeres trans en la seguridad como parte del bien común, o a considerarla de menor valor que la seguridad de las mujeres cis. De hecho, permitir el acceso de las mujeres trans a estos espacios no tiene ningún efecto negativo en la seguridad de las mujeres cis, sino que tiene un efecto positivo significativo para ellas. Dado que la seguridad de las mujeres cis no está realmente en juego aquí, las exigencias de claridad son llamamientos a considerar la seguridad real de las mujeres trans como algo menos importante que la sensación de seguridad de las mujeres cis ante una mera sensación de amenaza.

Recurrir al lenguaje de la Ley de Igualdad, visto desde la perspectiva del bien común, y excluir a las mujeres trans de los espacios para mujeres, ciertamente no es «proporcionado«. La estrategia de Francisco de negarse a aclarar esto no solo nos libera de tener que justificar los derechos de las personas trans ante estándares fundamentalmente injustos, sino que deja muy claro el problema que los rodea, en el verdadero sentido de la palabra.

–Dra. Nicolete Burbach, Centro Jesuita de Londres, 11 de abril de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Contra la cultura del malestar”, por Gabriel Mª Otalora

martes, 21 de mayo de 2024
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IMG_4612De su blog Punto de Encuentro:

La expresión “Welfare State” -Estado del bienestar- surge en Gran Bretaña (1942) donde se dan las bases para una democracia que cubra las necesidades básicas de una vida digna para todos. A partir de los impuestos de todo ciudadano en edad laboral, nace el derecho universal a una vivienda familiar, a la jubilación y a la sanidad pública. Fue el embrión de muchas otras coberturas y prestaciones.

La cultura del malestar sería el reverso por los efectos del neoliberalismo paralizante, dado que es mucho más que una teoría económica. Nos vendieron la globalización como positiva, y cedimos la soberanía financiera, cuando lo cierto es que la codicia era su principal razón de ser, cada vez en menos manos. Con la liberalización de la economía global descontrolada, el margen de maniobra de gobiernos y poderes públicos es limitado e insuficiente. La consecuencia mundial son las desigualdades en aumento, cuya onda expansiva llega hasta la clase media, a la economía real. El Estado del Bienestar no es la causa de la crisis económica.

No estoy proponiendo el modelo colectivista autoritario (soviético o maoísta) que nunca ha triunfado con la violencia y la falta de libertad. Pero es una falacia obligarnos a elegir entre comunismo y capitalismo, como únicas formas de gobernarse la sociedad. La involución neoliberal a la que me refería se aprecia en la calculada insatisfacción consumista, la obsesión por la acumulación como receta de bienestar, el deterioro de la política… mientras crece la superficialidad en los lazos sociales y familiares en beneficio de la conexión on line. Este ensimismamiento individualista produce malestar y profundiza la angustia social. Espectadores y víctimas a la vez.

Por supuesto que este asunto concierne a toda la eurozona, lugar privilegiado si comparamos la situación global del planeta. Aún así, la autocomplacencia de la UE en medio de una pérdida de confianza en sus organismos representativos va produciendo un declive (decadencia) del que se aprovecha la extrema derecha. Es el precio de aceptar pasivamente un modelo consumista que no atiende a los peligros de arrasar el planeta. El consumismo es intocable, a pesar de la  deuda pública y privada que acumula, imposible de estabilizar ni a medio plazo.

De hecho, ya percibimos la fragilidad social del modelo neoliberal que ahora se presenta cruel. En primer lugar con nosotros: mejor es que cada cual se pague sus necesidades, pero al hablar de impuestos, ese dinero lo guardamos para nuestras necesidades. ¿Y quién no lo tenga para sufragarlas? Como si la enfermedad fuese a voluntad y la desprotección estuviera justificada para legalizarla. Y en segundo lugar, con la inmigración justa teñida por la xenofobia.

La crisis social se ha instalado y amenaza con el Estado del Bienestar pareciéndose al estado del malestar, como ya ocurre en gran parte del planeta. Los logros alcanzados es el fruto de muchos años de trabajo y del empeño para que la mayoría viva dignamente desde los acuerdos entre diferentes.

Frente a la competitividad del mercado, es necesario reivindicar la igualdad de oportunidades real como requisito de ejercer la libertad solidaria  que lleva al bienestar. El reto está en el difícil equilibrio entre el libre mercado y los servicios universales estatales. O dicho mejor, el reto es evitar la pérdida del bien común al sustituirlo por el bienestar: ¡lo importante es el Estado del Bien Común! que exige derechos ¡y deberes responsables! con una iniciativa privada no capitalista para un Estado solidario fuerte.

No todo vale para salir del estado del malestar. Requiere función pública eficaz y actuación personal ética y comprometida; ocuparnos, cada persona, de los cimientos más que de los edificios vistosos; de generar bondad -desinteresada- a nuestro alrededor para lograr el bien común universal, el Estado del Bien Común que alcance también a tanto inmigrante desprotegido.

Jesús de Nazaret hizo política, aunque no fuera partidista: se implicó en las necesidades e injusticias y miró con amor a quienes lo padecían; es decir, denunció lo que deshumanizaba y se afanó en ayudar a quien lo necesitaba, también con amor. Esto es evangelizar hoy, ser nosotros Buena Noticia.

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¿Quién calmará nuestra ira?

martes, 19 de julio de 2022
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manos-sucias-hogar-pobre-hombre-pan-sociedad-capitalismo-moderno_140289-16«El cristianismo presenta en este sentido un razonamiento imbatible»

«Fluye la convicción de que la historia dirigida en términos de ‘capitalismo universal’, no ofrece salida ni para la mayoría de la gente, ni para las generaciones futuras, ni para la casa común»

«La impresión es que la voz más atrevida, la que dice que no hay más salida que el caos, tiene un eco que para sí quisieran otras. Ya, sí, quizá, pero ¿quiénes la acaban pagando y cuánto en cada caso? No olviden esta pregunta. Las víctimas»

«Es vieja la queja que aquí planteo, pero en la memoria colectiva tiene que quedar a fuego que el hambre y la sed de justicia para todos es el primer presupuesto ético indiscutible de la vida humana en común»

«El cristianismo presenta en este sentido un razonamiento imbatible para identificar por qué el bien común justo: responder las preguntas de convivencia desde el hambre y la sed de justicia para todos»

A menudo salta a los medios la voz de algún renombrado hombre o mujer de la cultura cuya palabra nos deja por su sencillez y acierto conmocionados. De alguna forma, todos aspiramos a dar con ese autor de referencia que nos confirma en lo que intuimos. También conocemos personas cuya manía es siempre llevar la contraria al común y adoptar posiciones o explicaciones inesperadas. Sorprender, para bien o para mal, siempre es una habilidad.

Pero ¿cómo pondremos algún orden en el revuelto de ideas si todo vale igual y lo mismo? Porque el derecho a decir lo que uno quiera, en uso de la legítima libertad de expresión, es el no va más sobre la palabra, pero el valor del contenido de lo dicho, esa es otra cuestión.

Es clásico recordar que las personas somos absolutamente respetables y con un derecho inalienable a decir, pero nuestros dichos siempre son absolutamente discutibles. Esta realidad de opiniones y juicios, venidos de todos los lados y en todos los modos imaginables, nos coloca en una posición difícil para ordenar cuidadosamente la palabra sobre qué supone, por ejemplo, la salida justa de una sucesión de crisis como las ahora encadenadas; o qué pensar de la forma como se enreda el mundo en un cruce de potencias que se disputan la hegemonía económica y militar; o si en la guerra estamos en un lado de palabra y en otro con los hechos; o, y es otro ejemplo, si las religiones tienen un futuro, sean las históricas renovadas o las nuevas espiritualidades que podrían llegar, si al ser humano le es imposible vivir sin buscar un sentido último a la existencia, a menos que le obliguen a dejar de ser humano; o, por fin, si nuestra voluntad de vivir en libertad es imposible, porque el modo social capitalista, concentrado al máximo en poderes opacos que a nadie dan cuenta, se lo impide a la inmensa mayoría del común.

En este contexto, la impresión es que la voz más atrevida, la que dice que no hay más salida que el caos, porque cuanto peor, mejor para todos, y porque si todo estalla, podremos empezar de nuevo con alguna posibilidad de dar con algo nuevo, tiene un eco que para sí quisieran otras. Ya, sí, quizá, pero ¿quiénes la acaban pagando y cuánto en cada caso? No olviden esta pregunta. Las víctimas.

Evidentemente, lo dicho no significa que lo pensemos a cada paso, pero en el ambiente fluye la convicción de que la historia dirigida en términos de “capitalismo universal”, no ofrece salida ni para la mayoría de la gente, ni para las generaciones futuras, ni para la casa común, nuestra pequeña Tierra. Parecería entonces que, con cierta facilidad, habríamos de movilizarnos en torno a objetivos tan claros como universales. Obra, empuja y acuerda un modo de vida, en libertades, paz, consumo y uso de la Tierra, que te asegure entregarla a las generaciones futuras, ¡tus hijos e hijas, tus nietos y nietas!, en unas condiciones como, al menos, tú la recibiste y vigila que no los arruinas con tus opciones de hoy. Algo así es el principio de justicia si dices que estás de su parte y los amas.

Esta pequeña progresión para deslindar quiénes somos los humanos, y si respetamos esa dignidad que nos reconocemos, es una reflexión repetida, lo sé, pero a la vez cuestionada y negada. Nada puede decirse de una democracia y sociedad humana de bien si damos por buena la desigualdad incontable en que se asienta, o la importancia de una guerra por su distancia a nuestra casa. La idea de que vamos a empujar por un mundo tan digno, que no acepte la injusticia contra los otros más débiles que yo, no puede causar desprecio por parecer una quimera de niños o poetas. La pregunta primera de toda persona digna no es si me respetan en los derechos fundamentales, sino si me respetan en los derechos de los otros más débiles que yo; y, solo, porque han nacido en otra tierra, otra sociedad y otra familia. Sin elegir y sin haber errado en nada, a unos nos viene una condición social, -ojo, es el sustrato material de la dignidad-, y a otros les toca otra mucho peor, y, entonces, todo el lenguaje ético de mi sociedad está viciado por un mentira original. Así nace el artificio de la libertad en una sociedad moderna, la que da por inevitable lo que hay, un desorden social bien engrasado para que reproduzca posiciones heredadas de centro y periferia.

Es vieja la queja que aquí planteo, pero en la memoria colectiva tiene que quedar a fuego que el hambre y la sed de justicia para todos es el primer presupuesto ético indiscutible de la vida humana en común; el único que hace justicia a todos, lo pretende, sin dejarse generalizar en un universalismo tramposo.

El cristianismo presenta en este sentido un razonamiento imbatible para identificar por qué el bien común justo (el que dota de equidad a la vida social de todos) supera claramente al interés general (el que se conforma con atender a la mayoría social de peso). No es poco ni pequeño este último objetivo, apenas perseguido en serio, pero la ética social desde los más ignorados y desposeídos tiene otra medida para hablar de la paz: responder las preguntas de convivencia desde el hambre y la sed de justicia para todos.

Fuente Religión Digital

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Consuelo Vélez: «Ser los primeros en apostar por el bien común en todos los casos»

martes, 31 de agosto de 2021
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DC0DCC5A-7CFD-432B-A259-6D2792CAAF4BDe su blog Fe y Vida:

Libertades individuales y bien común.

«Si el coronavirus es tan contagioso ¿cómo es posible que dudemos en tomar todas las medidas necesarias -y hasta exagerando- para evitar que los demás sean contagiados?»

«El bien común limita nuestra libertad individual, impide que tengamos más beneficios propios, deja en segundo lugar los intereses particulares para que el bien de los demás se ponga en primer plano»

«Si los que nos decimos creyentes no vamos ‘de primeras’ mostrando que creemos en el Padre/Madre de todos y por eso posponemos los propios intereses en favor del bien común ¿de qué fe estamos hablando?»

La tensión entre las libertades individuales y el bien común siempre existirá refiriéndose a muchas situaciones de cada día. Con el coronavirus de nuevo esa tensión ha salido a la luz y no es fácil ponerse de acuerdo. Desde Francia y otros países que se precian de la defensa de las libertades individuales hasta los países que ni siquiera tienen todavía acceso a las vacunas, hay muchos que piensan que no les deben imponer nada porque sería violentar sus libertades, como muchos otros que defienden la necesidad de que haya regulaciones y se decreten las medidas necesarias para garantizar la marcha de la sociedad. Y así seguiremos en ese debate y tal vez nunca logremos estar de acuerdo.

Pero me quiero referir a las experiencias religiosas y, concretamente al cristianismo, en el que la propuesta central es la fraternidad/sororidad, el bien común, la defensa del más desfavorecido, el compartir de bienes, etc., para cuestionar si, en verdad, nuestra fe se pone en primer plano para funcionar en la sociedad, si nuestro testimonio es claro y creíble, si lo que predicamos lo aplicamos.

Independientemente de que el Estado regule o no, la coherencia entre lo que creemos y vivimos podría ser mucho más evidente en nuestra sociedad. Si el coronavirus es tan contagioso ¿cómo es posible que dudemos en tomar todas las medidas necesarias -y hasta exagerando- para evitar que los demás sean contagiados? Si la muerte ha golpeado tan real y de manera indiscriminada a tantos, ¿cómo no evitar a toda costa que las personas mueran y que se colasen los servicios de salud pública? Sinceramente a mi me parece tan obvio que, desde la fe, lo que nos interese sea el bien común, que no logro entender por qué tantas personas de fe, no se disponen con diligencia y generosidad a pensar en los otros/as antes que en sí mismos.

Ya en la Conferencia Episcopal Latinoamericana y Caribeña celebrada en Puebla (1979) la Iglesia se preguntaba cómo era posible que, en un continente creyente, fuera tan inmensa la brecha entre ricos y pobres, tan inmensa la injusticia estructural. Y han pasado más de cuarenta años y la pregunta sigue vigente porque quienes luchan por erradicar la injusticia estructural y buscan caminos de transformación social, muchas veces son las personas menos creyentes, mientras que tantas otras que se precian de ser cristianas, engrosan cada vez más las tendencias neoliberales y las visiones de extrema derecha, fundamentadas en el beneficio propio, en las libertades individuales, en la mayor ganancia, en el progreso de los más fuertes.

La vida cristiana ¿no debería sacudirse de su ceguera evangélica y lanzarse a vivir lo más propio de ella: la acogida del reino de Dios que se inauguró con Jesús, en la comunidad de hermanos y hermanas que testimonian la fraternidad/sororidad de los hijos e hijas de Dios?. Esto implicaría que fuéramos los primeros en apostar por el bien común en todos los casos, en todas las circunstancias, en todos los momentos. Por supuesto el bien común limita nuestra libertad individual, impide que tengamos más beneficios propios, deja en segundo lugar los intereses particulares para que el bien de los demás se ponga en primer plano.

Esto es lo que Francisco expresó muy bien en la Encíclica Fratelli Tutti (n. 120), refiriéndose a la propiedad privada: “(…) Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. En esta línea recuerdo que la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada. El principio del uso común de los bienes creados para todos es el primer principio de todo el ordenamiento ético-social, es un derecho natural, originario y prioritario. Todos los demás derechos sobre los bienes necesarios para la realización integral de las personas, incluidos el de la propiedad privada y cualquier otro, no deben estorbar, antes, al contrario, facilitar su realización (…). El derecho a la propiedad privada sólo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados, y eso tiene consecuencias muy concretas que deben reflejarse en el funcionamiento de la sociedad. Pero sucede con frecuencia que los derechos secundarios se sobreponen a los prioritarios y originarios, dejándolos sin relevancia práctica”.

Y más sencillo aún, el mandamiento del amor: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo” (Mc 12, 28-31) es a la vez, tan claro y tan determinante, que solo con tenerlo presente podría ser suficiente para que los cristianos antepongamos el bien común, frente al propio interés. Hablar de comunidad no es un slogan, una moda o una característica abstracta. Es vivir con otros/as en la vida real, con lo que ella nos trae cada día y que en este tiempo pasa por el control del coronavirus, la distribución de los bienes de la tierra, el cuidado de la casa común, y tantos otros desafíos actuales que reclaman mucha calidad humana, mucha honestidad y verdaderos principios éticos. Y si los que nos decimos creyentes no vamos ‘de primeras’ mostrando que creemos en el Padre/Madre de todos y por eso posponemos los propios intereses en favor del bien común ¿de qué fe estamos hablando?

(Foto tomada de: https://blog.fevecta.coop/Alianza-entre-cooperativismo-y-sindicalismo-para-el-bien-comun/)

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Adela Cortina: «O sacamos los arrestos éticos, o muchos quedarán en el camino»

miércoles, 1 de abril de 2020
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corti2Asegura que la sociedad va a «cambiar radicalmente» después de esta crisis

 La filósofa y catedrática de Ética explica que hay que decidir si se quiere una sociedad unida en la que trabajen todos juntos para que la gente esté mejor, o una marcada por la separación y el ir «unos contra otros»

«No se trata de hacer una jugada corta», sino de «construir el futuro»

«Tenemos que sacar todos nuestros arrestos éticos y morales y enfrentarnos al futuro con gallardía, porque si no mucha gente va a quedar sufriendo por el camino, y a eso no hay derecho», advierte la filósofa y catedrática de Ética Adela Cortina ante la pandemia de coronavirus.

En una entrevista con EFE, Cortina (Valencia, 1947) asegura que la sociedad va a «cambiar radicalmente» después de esta crisis, que habrá «un antes y un después» y que para poder salir delante se va a necesitar toda «la capacidad moral« y todo el «capital ético» de cada uno.

Plantearnos el futuro y decidir unidad o disgregación

La catedrática de Ética de la Universitat de València destaca que los seres humanos tienen ahora que plantearse el futuro y decidir qué quieren: si una sociedad unida en la que trabajen todos juntos para que la gente esté mejor, o una marcada por la separación y el ir «unos contra otros».

«Si elegimos el conflicto, la polarización y la disgregación, se nos irá todo al traste y sufrirá todo el mundo, desde los más vulnerables, por supuesto, pero también los más poderosos», afirma Cortina, que en 2008 ingresó en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Insiste en que la solidaridad, la justicia y las buenas decisiones «se cultivan», y eso va conformando un «carácter» en los pueblos y las gentes

«Si nos damos cuenta de que lo importante es estar unidos, porque las personas lo merecen y porque tenemos que trabajar juntos, nos irá muchísimo mejor», sostiene, e insiste en que todo depende de la libertad de elección de cada persona y asegura que «hay mucho margen de maniobra» por parte de todos.

Cultivar la solidaridad y las buenas costumbres cada día

Insiste en que la solidaridad, la justicia y las buenas decisiones «se cultivan», y eso va conformando un «carácter» en los pueblos y las gentes. «Nunca es tarde para empezar», asegura y precisa que el coronavirus ha dado lugar a «brotes de solidaridad», pero hay que ver cómo se actúa cuando no haya una «amenaza constante».

«Nos estamos jugando mucho cada día, aunque solo nos acordamos de todas estas cuestiones en momentos de grandes amenazas, de grandes catástrofes o de grandes guerras: en esos momentos pensamos que habría que hacer las cosas mejor», sostiene.

Cortina, Premio Nacional de Ensayo en 2014 por «¿Para qué sirve realmente la ética?», reivindica que no hay que esperar a que haya una «desgracia rotunda» para darnos cuenta de que la humanidad «viviría mucho más feliz y mucho más contenta, y todos podrían salir adelante y seguir son sus planes de vida» si en cada ámbito de la vida social se trataran de alcanzar los fines por los que existen.

«A ver si aprendemos que, igual que el campo hay que cultivarlo día a día para que las plantas crezcan, nosotros también tenemos que cultivar las buenas costumbres, las buenas aspiraciones y hábitos y los grandes ideales en cada momento, no solamente cuando aparece una catástrofe aterradora», afirma.

No hemos aprendido nada de la crisis de 2007

Destaca que siempre se dice que hay que convertir las crisis en oportunidades de crecimiento, pero se teme que de la crisis económica de 2007 «no hemos aprendido nada». «Veo (tanto en la ciudadanía como en la política) las mismas actitudes de antes, el mismo jugar al día, a la baza más cercana, nunca pensar en el medio y largo plazo», afirma la filósofa, que añade: «No se trata de hacer una jugada corta», sino de «construir el futuro, que es algo muy amplio», cada día.

Pero confía en que se aprenda de la crisis actual, por un motivo: «Después de la catástrofe vamos a vernos con tal cantidad de retos y de problemas por resolver que, como no lo hagamos con ese pensamiento del medio y largo plazo va a quedar muchísima gente por el camino, en la cuneta».

Las empresas tienen que ser éticas en los ERTE

La también presidenta de la Fundación Etnor (Ética de los Negocios y las Organizaciones Empresariales) defiende asimismo que en estos momentos las empresas «tienen que ser éticas, por supuesto que sí».

«Si hay empresas que aprovechan este momento para eliminar puestos de trabajo de una manera que no es en absoluto necesaria, eso es una inmoralidad impresionante, y una buena empresa no lo hace», alerta.

Afirma que, en este momento, seguir con un puesto de trabajo es «fundamentalísimo para la vida de las personas» y eso «una empresa ética lo tiene en cuenta«. Las que «despiden a gente sin ninguna necesidad» son «malas empresas», añade.

Y concluye que lo mismo se puede aplicar a la política: «La que no se preocupa del bien común es una mala política, además de inmoral».

Fuente Religión Digital

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«El bien común en tiempos de desconfianza», por Marco Antonio Velásquez

jueves, 8 de junio de 2017
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enciclica-rerum-novarum-sobre-la-cuestion-obrera-13696-mla138174624_984-fEl 15 de mayo se cumplen 126 años de la promulgación de la primera encíclica social de la Iglesia, la Rerum Novarum de León XIII. Con dicho documento magisterial la Iglesia irrumpe en el campo de la justicia social, iluminando el quehacer de la política y de la economía, en una época de grandes transformaciones sociales.

Se inaugura así un gran capítulo de la historia, donde la Doctrina Social de la Iglesia acompaña al desarrollo de importantes movimientos sociales. Su mayor contribución será el discernimiento moral del bien común, al subordinar el interés privado a la supremacía de este bien superior. Queda así trazado el límite de lo que es bueno y justo, respecto de lo malo e injusto.

Así, la Doctrina Social de la Iglesia se transforma en un criterio de orientación de la conducta humana para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, pero para los cristianos adquiere el valor de una obligación moral.

En el contexto de una realidad global, Chile acumula una larga lista de lacras sociales que han dañado gravemente la convivencia cívica. Ahí están los abusos, la corrupción y la injusticia social, que provocan indignación y desconfianza. En la base de estos males es vulnerado gravemente el anhelo universal del bien común.

La tarea de articular el bien común es responsabilidad individual y colectiva, de la que nadie queda excluido. Sin embargo, la más elevada manera de favorecer el ejercicio de este bien superior es la función política y el servicio público. En esa lógica, el desprestigio de la política encuentra sus raíces en demasiados hechos en que el interés privado, partidista o de grupos de presión ha suplantado al bien común.

Consecuentemente, la ciudadanía responde a la transgresión del bien común con desconfianza. Sin embargo, ello tiene un perjuicio inevitable, en cuanto quebranta el propio sistema democrático, debilitando su estructura y sus funciones.

Lamentablemente, en Chile, junto con las conductas personales y colectivas que vulneran el imperio del bien común, hay un elemento estructural propio que ha impedido su ejercicio pleno y es la Constitución de 1980. Su porfiada vigencia garantiza el derecho preferente de unos pocos en perjuicio del interés general, representado por la necesidad de garantizar derechos sociales universales.

En dicha constitución el eufemismo neoliberal remite erróneamente a la Doctrina Social de la Iglesia mediante el denominado rol subsidiario del Estado. Bajo ese principio se establece la no discriminación del Estado en materia económica, para consagrar la libertad económica privada y restringir la acción del Estado a un rol subsidiario y pasivo, allí donde no existe iniciativa privada.

Dicho precepto constitucional encuentra su símil en el principio de subsidiaridad de la Doctrina Social de la Iglesia. Sin embargo, hay una diferencia sideral en cuanto el rol subsidiario exacerba la libertad económica, mientras el principio de subsidiaridad establece la obligación moral del Estado de asegurar la realización plena del bien común, tendiente a garantizar derechos sociales fundamentales.

En un país de innegable raíz cristiana como Chile, surge una consecuencia moral incuestionable y es el imperativo del bien común. Al respecto, es oportuno tomar conciencia que entre los ciudadanos existe una reserva moral que se mantiene intacta y que remite a él, prueba de ello es el repudio social de la indignación que despiertan las faltas a la probidad de algunos actores políticos y sociales.

Actualmente Chile enfrenta una importante encrucijada histórica en un contexto de desconfianza social generalizada. El país, o se deja llevar por interesados ideologismos o decididamente opta por volver a darle cabida a la moral del bien común, como el principio rector de la conducta pública que debe regir el comportamiento de sus líderes sociales.

En medio de la desconfianza que afecta a muchas instituciones fundamentales del país, hay la gran oportunidad de abrir el camino de retorno al imperio del bien común.

Marco Antonio Velásquez

Fuente Fe Adulta

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Recordatorio

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