Comentarios desactivados en “Reaccionar”. 1 Adviento – A (Mateo 24,37-44)
Los ensayos que conozco sobre el momento actual insisten mucho en las contradicciones de la sociedad contemporánea, en la gravedad de la crisis sociocultural y económica, y en el carácter decadente de estos tiempos.
Sin duda, también hablan de fragmentos de bondad y de belleza, y de gestos de nobleza y generosidad, pero todo ello parece quedar como ocultado por la fuerza del mal, el deterioro de la vida y la injusticia. Al final todo son «profecías de desventuras».
Se olvida, por lo general, un dato enormemente esperanzador. Está creciendo en la conciencia de muchas personas un sentimiento de indignación ante tanta injusticia, degradación y sufrimiento. Son muchos los hombres y mujeres que no se resignan ya a aceptar una sociedad tan poco humana. De su corazón brota un «no» firme a lo inhumano.
Esta resistencia al mal es común a cristianos y agnósticos. Como decía el teólogo holandés E. Schillebeeckx, puede hablarse dentro de la sociedad moderna de «un frente común, de creyentes y no creyentes, de cara a un mundo mejor, de aspecto más humano».
En el fondo de esta reacción hay una búsqueda de algo diferente, un reducto de esperanza, un anhelo de algo que en esta sociedad no se ve cumplido. Es el sentimiento de que podríamos ser más humanos, más felices y más buenos en una sociedad más justa, aunque siempre limitada y precaria.
En este contexto cobra una actualidad particular la llamada de Jesús: «Estad en vela». Son palabras que invitan a despertar y a vivir con más lucidez, sin dejarnos arrastrar y modelar pasivamente por cuanto se impone en esta sociedad.
Tal vez esto es lo primero. Reaccionar y mantener despierta la resistencia y la rebeldía. Atrevernos a ser diferentes. No actuar como todo el mundo. No identificarnos con lo inhumano de esta sociedad. Vivir en contradicción con tanta mediocridad y falta de sensatez. Iniciar la reacción.
Nos han de animar dos convicciones. El hombre no ha perdido su capacidad de ser más humano y de organizar una sociedad más digna. Por otra parte, el Espíritu de Dios sigue actuando en la historia y en el corazón de cada persona.
Es posible cambiar el rumbo equivocado que lleva esta sociedad. Lo que se necesita es que cada vez haya más personas lúcidas que se atrevan a introducir sensatez en medio de tanta locura, sentido moral en medio de tanto vacío ético, calor humano y solidaridad en el interior de tanto pragmatismo sin corazón.
Comentarios desactivados en “Estad en vela para estar preparados”. Domingo 27 de Noviembre de 2022. 1º de Adviento
Leído en Koinonia:
Isaías 2, 1-5: El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del Reino de Dios. Salmo responsorial: 121: Vamos alegres a la casa del Señor. Romanos 13, 11-14. Nuestra salvación está cerca. Mateo 24, 37-44: Estad en vela para estar preparados.
Hoy comienza el «año litúrgico», que no coincide con el año civil, ni con el curso lectivo, ni tal vez con el «ejercicio económico anual»… El año litúrgico es una periodización propia de la Iglesia católica.
Comienza con el tiempo de «adviento», uno de los varios que lo componen… «Ad-viento», apócope de «ad-venimiento», significa venida, llegada, y alude a «la venida de Cristo», que, bíblicamente hablando, son dos: la venida que ya tuvo lugar, que celebraremos en Navidad, y la futura, la llamada «segunda venida» de Jesús, «en poder y majestad», que, en la visión clásica tradicional, pondrá fin al mundo, inaugurará el «juicio final» o «juicio de las naciones», y abrirá la era definitiva, el «nuevo eón», la «vida eterna» beatífica para los salvados, y el sufrimiento eterno en el infierno para los «condenados». Todo ello, dicho en el lenguaje clásico tradicional religioso cristiano. Pero, ¿qué creemos hoy, realmente, de todo ello? ¿Cuánto de todo ello lo creemos sólo «simbólicamente», con un contenido de significado muy diferente del literal?
Los dos últimos capítulos del evangelio de Mateo forman el llamado «discurso escatológico» de Jesús. El evangelista pone en su boca y agrupa en estos capítulos los dichos «escato-lógicos», o sea, los que se refieren al final (del mundo). Ya sabemos hermenéutica bíblica y no vamos a entrar en el tema de la historicidad de esos dichos en cuanto efectivamente dichos (o no) por Jesús. Bien pudiera ser que Jesús expresara estas u otras ideas semejantes, porque Jesús estuvo inmerso en la mentalidad religiosa y cultural de su época -igual que dijo que Dios «hace salir el sol» sobre justos y pecadores, porque participaba de la visión cosmológica precopernicana-. Pero la pregunta importante es: ¿debemos creer nosotros hoy en esa «descripción del final» propia de aquella visión apocalíptica? ¿Creemos efectivamente que Jesús «vendrá de nuevo», tal vez «pronto», «como el ladrón», y con semejantes consecuencias?
Richard DAWKINS, que se ha hecho muy popular con su combate crítico a creencias religiosas sobrepasadas (que él cree que representan todavía la forma de creer de los cristianos inteligentes y actualizados de hoy), confiesa que queda «abatido alconstatar que el 50% de los estadounidenses cree que el mundo tiene apenas 6 mil años», y añade: «La única superpotencia mundial actual está a punto de ser dominada por electores que creen que el universo entero comenzó después de la domesticación del perro. Creen también que serán personalmente ‘arrebatados’ a las alturas celestrianes todavía en el tiempo de su vida, hecho que será seguido por un Armagedón muy bienvenido como heraldo de la segunda venida de Cristo». Sam HARRIS por su parte (Letter to a Christian Nation), aduciendo encuestas del Instituto Gallup, sustiene que «nada menos que el 44% de la población estadounidense está convencida de que Jesús va a volver para juzgar a los vivos y a los muertos, en algún momento de los próximos cincuenta años». «Imagine usted las consecuencias, si algún miembro significativo del gobierno estadounidense realmente creyese que el mundo está pronto a acabar de esta manera… El hecho de que casi la mitad de la población de EEUU crea en eso, en base simplemente a un dogma religioso, debe ser considerado una emergencia moral e intelectual». Dawkins, que prologa el libro de Harris, añade que hablar de una «emergencia moral e intelectual» tal vez es muy moderado.
Efectivamente, aunque hayamos olvidado historias pasadas de los muchos movimientos milenaristas de siglos pasados, hoy sabemos bien de consecuencias terribles que están teniendo en la actualidad las creencias religiosas que derivan en violencia y terrorismo por motivaciones religiosas verdaderamente apocalípticas, tanto de un signo como de otro. Las creencias religiosas, sobre todo su interpretación, no son un mero «asunto privado» de cada quien. Qué crean los norteamericanos electores del gobierno de la mayor potencia militar del mundo, para mí no es simplemente un «asunto privado» de ellos. Qué crean y piensen sobre el final del mundo y sobre la intervención y el dominio que Dios tiene sobre nuestro modo de gestionar este mundo, no es un asunto religioso privado del que la sociedad no deba preocuparse, porque, en determinadas circunstancias, puede llegar a ser verdaderamente «una emergencia moral e intelectual». Pensemos también en la cantidad de creyentes de pequeñas «iglesias libres» que se multiplican entre masas de población que viven en sectores de pobreza o miseria, y en las creencias fundamentalistas que difunden… ¿No son realidades de interés público, tal vez de salud pública, o incluso de «emergencia moral e intelectual»?
Casi con toda seguridad, los lectores de este comentario bíblico no están en esas penosas situaciones religiosas a las que acabamos de aludir. Pero es bien probable que no sepan bien qué decir ante el evangelio de hoy: ¿seguimos creyendo en una «segunda venida de Cristo»? Probablemente no creen en su inminencia, ni en su carácter «apocalíptico», ni en Armagedón y sus amenazas… pero no han decidido si seguir creyendo o no en «la segunda venida de Cristo». Mientras no lo decidan críticamente –o sea, mientras no personalicen su fe, en ese sentido– seguirán creyendo con la creencia tradicional (confiarán una parte importante de su vida a esa creencia), de que lo más profundo de la realidad es que es el plan de un Dios que quiso crearnos y ponernos una prueba, y que esa «segunda venida» será el paso a una vida eterna de premio o castigo por nuestra conducta moral en este mundo. Todo eso es lo que está implicado en la «segunda venida».
Ocasiones como ésta, del domingo que inaugura el Adviento, que pone ante nuestros ojos meditativos esa segunda venida, son, deberían ser, una ocasión para «agarrar el toro por los cuernos» y abordar estos temas, sin contentarnos con darles en la homilía simplemente varios «pases» litúrgicos que los utilizan simbólicamente, sin tener el coraje de responder a ninguna de las preguntas fuertes que pasan por la mente de los oyentes.
La esperanza ha sido considerada clásicamente como la virtud típica del Adviento, la dimensión de nuestra vida que cultivar especialmente en estas cuatro semanas. Como el pueblo de Israel y tantos otros pueblos, que vivieron la historia como un caminar iluminado por la esperanza del encuentro con Dios, el adviento nos invita a considerar nuestra vida como un caminar que no podemos sobrellevar sino con la fuerza de la esperanza. ¿Cuál es el peso de la esperanza en nuestra vida?
Tal vez, en el ambiente de nuestra ciudad o de los medios de comunicación… ya se ha instalado la publicidad navideña. Para el comercio, adviento significa bombardeo publicitario prenavideño, una navidad que, para ellos, no sería exitosa sin un aumento del consumo en todos los campos. Un cristianismo coherente no puede caer en en la trampa de tanto mensaje publicitario aparentemente religioso, que lo que pretende es solamente hacernos consumir.
La primera lectura, de Isaías, una de cuyas frases –la de la conversión de las lanzas en podaderas– figura en el vestíbulo del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York, expresa bien la dimensión terrena de la utopía de esperanza que animaba a los profetas: un mundo reconciliado, en la paz de la convivencia y el trabajo, superadas las guerras y las preparaciones para las guerras –los arsenales de armas y las maniobras militares–. Por ser parte del Primer Testamento, a Isaías le falta la visión universalista: ni el «final» ni mucho menos el «fin» son que la Humanidad camine hacia el monte de Sión, sino simplemente hacia la Utopía de Dios, sea cual sea el monte sagrado de su religión.
Este primer domingo de Adviento, esta inauguración del nuevo ciclo litúrgico, con este planteamiento inicial del tema de la esperanza y de la imagen –un tanto chocante a nuestra sensibilidad– del fin del mundo y de la segunda venida de Jesucristo, pueden hacernos pensar. Así como el tema de la muerte personal (sus circunstancias, su acercamiento, su conveniente previsión) es un tema un tanto tabú en la sociedad occidental, también entre los cristianos de la actualidad resultan un tanto tabú estos temas que los textos litúrgicos del adviento nos plantean; no porque sean tabús, sino porque no sabemos bien qué decir. La expresión clásica y tradicional depende de un lenguaje mítico y precientífico hoy día casi inaceptable, y es necesaria una urgente actualización. Buena tarea para para este tiempo de Adviento, o incluso para todo el año litúrgico que hoy iniciamos. Leer más…
Comentarios desactivados en 27.11.22. El mundo se muere, podemos matarlo (1 Adviento: Mt 24, 37-44)
Del blog de Xabier Pikaza:
Malo era el tiempo de Noé: Entonces no se sabía. Sólo unos videntes-profetas decían que puede llegar el diluvio,el fin de todo. Pero Dios quiso llamar a Noé y unos pocos pudierpn salvarse en el arca
Peor era el tiempo de Jesús. La gente pensaba que Cesar Augusto (vencedor de cántabros y astures) impondría su paz en la tierra y así construyeron el Ara de la paz eterna en Roma. Pero Jesús supo que esa paz y ese altar eran mentira, y así dijo: Tened mucho cuidado, pues llega el fin del mundo.
Mucho peor es todavía nuestro tiempo: Hoy sabemos, sin necesidad de profetas como Cristo o Noé, que si si seguimos viviendo como ahora llegará muy pronto el fin del mundo.
| X.Pikaza
Así lo dice el evangelio de Mateo, para insistir al fin en el poder de destrucción de nuestro mundo. Si seguimos como ahora no podrá haber ya más advientos. Nietzsche decía que hemos matado a Dios. A Dios no hemos matado, pero podemos matarnos a nosotros mismos haciendo que llegue de esa forma el fin del mundo
Mateo 24,37-44
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempos de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre
‒ Como en los días de Noé(24, 37-39). Ell texto compara a Jesús con Noé, que había venido a preparar un “arca” en la que pudieran salvarse unoa poxoa elegidos. Pues bien, así como antaño la gente seguía viviendo a su aire, como si nada pasara, sin advertir que el diluvio iba a estallar muy pronto, también ahora, tras la pascua de Jesús, los hombres siguen ocupados en sus maquinaciones de mueerte, corriendo así el riesgo de ser arrastrados por unnuevo diluvio (sin poder acogerse al arca salvadora de Jesús).
‒ Uno será tomado, otro dejado (24, 40-41). A diferencia de la imagen anterior (todos arrastrados por el diluvio), ésta sirve para marcar la separación entre personas muy cercanas: dos hombres en el campo (uno tomado, otro dejado), dos mujeres moliendo en casa (una tomada, otra dejada). Lc 17, 34 añade en este contexto una imagen esponsal: un hombre y una mujer sobre una misma cama: uno tomado, otro dejado.
‒ Velad pues… (24, 42). Por eso se pide vigilancia a todos, pues nadie tiene asegurada la salvación ni decidida la condena. La venida del Hijo del Hombre será peros que el mismo diluvio, si no construímos un arca distinta, en la que quepan no sólo los hombres y mujeres, sino también los animales.
En este contexto dice Jesús “velad”, lo que significa que estemospreparados ante la hora de Dios, cuyo misterio no pueden descifrarlo ni los ángeles sagrados, ni el Hijo de Dios, pues la hora pertenece al secreto de Dios.
‒ Como un ladrón (24, 43-44)… El texto lo dice de forma misteriosa: (a) Por un lado sabe que “no pasará esta generación hasta que todo esto se cumpla” (24, 34), pues han brotado los retoños y llegará pronto el verano (cf. 24, 32-35). (b) Por otro ladose añade: “nadie sabe el día ni la hora; ni los ángeles del cielo, ni tampoco el hijo…” (24, 36)… Nadie sabe, pro nosotros mismos estamos haciendo que llegue esa hora. No es Dios el que marca la hora del fin del mundo, la estamos marcando y aceleando nosotros, con nuestra violencia contra la naturaleza, con nuestras bombas. [1].
En general, las religiones cósmicas, es decir, aquellas que divinizan la naturaleza, no pueden hablar del fin del mundo. El mundo es como es y lo será siempre, pues todo gira y vuelve, todo se repite (mito del eterno retorno). Tampoco las religiones de la interioridad (budismo, taoísmo…) pueden hablar de un fin del mundo, porque el mundo en sí no existe o es sólo una expresión del ser divino. Sólo las religiones bíblicas, que apelan un principio (creación) pueden hablar de un fin del mundo, pero en general no lo entienden como destrucción, sino como “transformación”. No se trata de negar lo que hay, de volverlo a la nada, sino de culminarlo, destruyendo ciertas formas actuales de este mundo, para que puedan surgir otras distintas, que recojan aquello que ha sido el proceso anterior de la historia.
(1) Fin de la historia. De la profecía a la apocalíptica. La visión del fin del mundo forma parte de la teología apocalíptica de algunos círculos judíos del siglo IV a.C. al I d.C. que han expresado así su oposición al mundo actual, anunciando su fin. Esos círculos apocalípticos se sitúan en la línea de los profetas, pero radicalizan su visión. Los profetas criticaban la infidelidad y riesgo de la historia (sobre todo, israelita), porque querían transformarla; los apocalípticos, en cambio, suponen que la historia ha pedido su sentido, de manera que Dios debe destruirla, creando un mundo nuevo para justos o creyentes.
Los profetas apelaban a la libertad y al compromiso de los fieles, que debían convertirse y cambiar las condiciones actuales de la historia humana. En contra de eso, los apocalípticos tienden a pensar que los hombres ya no pueden convertirse, pues se encuentran en manos de agentes superiores (demonios y ángeles) que definen su vida y deciden su futuro, que está ya marcado de antemano. Los profetas piensan que es posible un cambio; los apocalípticos suponen que el fin de la historia (la hora final) se encuentra decidida, de manera que los fieles sólo pueden hacer una cosa: aguardar el tiempo definido para el fin del mundo.
A pesar de esas diferencias (más o menos marcadas según los casos), podemos y debemos afirmar que la apocalíptica judía proviene de la profecía. Los motivos principales de la profecía (de los siglos VIII-V) a.C., encuadrados en las nuevas circunstancias culturales del pueblo, dominado por griegos y romanos (del siglos IV a. C. al II d.C.), desembocan, en la apocalíptica, con su visión del fin del mundo. Ella tiene un elemento catastrofista (de manera que parece dominada por el miedo y la venganza), pero en su fondo late un impulso fuerte de protesta. Cuando anuncia el fin de este mundo (en los libros apócrifos de Henoc o Esdras, de Baruc o los esenios de Qumrán), la apocalíptica aparece, ante todo, como una literatura de resistencia, contra los poderes injustos de este mundo.
(2) Dualismo y mesianismo.Jesús de Nazaret. El judaísmo profético había distinguido entre un hoy de violencia y un futuro de reconciliación mesiánica, al final de la historia (pero dentro de este mundo). Pues bien, avanzando en esa línea, influidos quizá por la especulación irania (persa), los apocalípticos han distinguido aún más entre el tiempo actual, sometido a la lucha entre fuerzas buenas y malas, y el futuro de lucha aún más grande, con el juicio final y la reconciliación de los justos, suponen que Dios ha creado a los hombres escindidos entre un espíritu de vida y otro de muerte. Casi todos añaden que estamos inmersos en una lucha donde se vinculan experiencias y batallas políticas (entre reyes y pueblos del mundo) y sobrenaturales (de ángeles y hombres contra diablos y poderes pervertidos).
Desde ese fondo, apoyándose en la esperanza de los profetas y buscando una reconciliación final, los apocalípticos han tendido a decir que el eón/holam actual es perverso y diabólico (de forma que tiene que ser destruido. Sólo cuando acabe este mundo (destruido por el fuego del juicio o por un tipo de agua de diluvio) podrá surgir el eón/holam futuro, creado por Dios para siempre. Frente a la oscuridad actual vendrá la luz; frente a la lucha y dolor presente, el gozo y felicidad escatológica de Dios. La visión apocalíptica del fin suele estar unida a una visión mesiánica del mundo nuevo que va a venir. Así lo anuncian ya algunos de los textos apocalípticos más antiguos: “En esos días toda la tierra será labrada con justicia; toda ella quedará cuajada de árboles y será llena de bendición” (1 Hen 10, 12). «Luego en la décima semana (…) será el juicio eterno, en el que Dios tomará venganza de todos los Vigilantes (ángeles perversos). El primer cielo desaparecerá y aparecerá un cielo nuevo, y todas las potestades del cielo brillarán eternamente siete veces más» (1 Hen 91, 15-16).
Estrictamente hablando, parece que Jesús no anunció un fin del mundo en cuanto tal, sino la llegada del Reino de Dios, es decir, la transformación de la humanidad. Pero la llegada de ese Reino está vinculada con signos de “destrucción” (al menos simbólica) del mundo actual. En ese sentido, las palabras que prometen la llegada del Hijo del Hombre pueden estar relacionadas con el fin del mundo actual. «Pasada la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará resplandor; las estrellas caerán del cielo y las fuerzas celestes se tambalearán; y entonces verán venir al Hijo del humano entre nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra al extremo del cielo» (Mc 13, 24-27). Esos fenómenos cósmicos (con la destrucción de los poderes astrales que definen y mantienen la vida actual del mundo) pueden entenderse de un modo simbólico; pero, estrictamente hablando, ellos parecen entenderse mejor si se interpretan como expresión del fin del mundo actual.
El Apocalipsis supone que la forma actual este mundo acabará, de manera que todo el libro aparece como símbolo y anuncio de ese fin. Pero, si nos fijamos con detalle, observaremos que del fin del mundo en cuanto tal no se dice nada. Terminan y acaban los poderes cósmicos y demoníacos de destrucción, terminan y quedan destruidas las estructuras de pecado que mantienen a los hombres sometidos (las bestias y la prostituta, el mismo dragón perverso), pero del mundo en cuanto tal no se dice que termina, sino que será renovado. En ese contexto añade: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe más. Y yo vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén que descendía del cielo de parte de Dios, preparada como una novia adornada para su esposo» (Ap 21, 1-2). Se dice que no existe la “creación anterior”, envejecida (la que se inició en Gen 1, 1). Pero no se dice “cómo” ha sido destruida, ni si ha sido transformada por dentro, hasta convertirse en esta nueva creación (nuevo cielo, nueva tierra). Lo que al autor le importa no es el fin del mundo en cuanto tal (como fenómeno de destrucción cósmica), sino el surgimiento de la nueva realidad, que es la que Dios ha preparado para los fieles.
(3) Variaciones sobre el fin del mundo. 2 Pedro y Mateo. El texto que parece hablar de una manera más “material” del fin del mundo es 2 Pedro. Es una carta tardía, escrita ya bien entrado el siglo II d.C., a nombre de Pedro, retomando algunos argumentos de la carta de Judas, para oponerse a los gnósticos que entienden la salvación de Jesús como algo puramente interior y para refutar a los cansados que afirman que nada ha cambiado, que todo sigue igual desde la venida de Jesús. Éstas son sus palabras centrales:
«Por la palabra de Dios existían desde tiempos antiguos los cielos, y la tierra que surgió del agua y fue asentada en medio del agua. Por esto, el mundo de entonces fue destruido, inundado en agua. Pero por la misma palabra, los cielos y la tierra que ahora existen están reservados para el fuego, guardados hasta el día del juicio y de la destrucción de los hombres impíos… El día del Señor vendrá como ladrón. Entonces los cielos pasarán con grande estruendo; los elementos, ardiendo, serán deshechos, y la tierra y las obras que están en ella serán consumidas…. Por causa de ese día los cielos, siendo encendidos, serán deshechos; y los elementos, al ser abrasados, serán fundidos. Pues, según las promesas de Dios esperamos cielos nuevos y tierra nueva en los cuales mora la justicia» (2 Ped 3, 5-7. 12-13).
2 Pedro supone que el mundo antiguo fue destruido por el agua (cf. Gen 6-8), aunque nosotros sabemos por la Biblia que aquella destrucción no fue una aniquilación, sino una transformación de la humanidad. Pues bien, el mundo actual será destruido o consumido por el fuego, conforme a una imagen que se ha repetido en muchas culturas, que hablan de una “conflagración” o incendio cósmico (el tema aparece en México y la India). La novedad del pasaje no está en la afirmación de que el mundo será destruido, sino en la certeza de que esa destrucción está al servicio del surgimiento de unos cielos nuevos y una tierra nueva (como en el Apocalipsis; el tema está tomado de Is 65, 17).
En una línea semejante parecen situarse algunos textos de Mateo, el más judío de los evangelios, que asume y destaca el tema apocalíptico del “fin” o consumación de este mundo, tanto en la parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13, 39-40. 49), como en el discurso apocalíptico (24, 3). Pues bien, esa consumación del mundo está vinculada al anuncio del evangelio; por eso, lo que importa no es que el mundo acabe, sino que Jesús estará con los suyos hasta la consumación del mundo (cf. Mt 2, 14; 28, 20).
El objetivo y centro del mensaje cristiano no es que el mundo acaba (tema que aceptan, sin problema, gran parte de los judíos del entorno), sino la presencia de Jesús como signo de Dios, para ofrecer la salvación de Dios a los creyentes. En ese sentido se podría decir que sólo acaban y se destruyen los perversos, en el “fuego eterno”, como pone de relieve el texto básico del juicio* (Mt 25, 41). Por eso, más que el posible fuego material de la destrucción cósmica (a la que aludía 2 Pedro) importa el fuego de la “destrucción humana” que amenaza a los perversos.
FIN DEL MUNDO II. NOSOTROS PODEMOS DESTRUIRLO.
(He presentado hace unos días el tema de las bombas… Puede terminar su lectura aquí quien lo haya visto. Lo presento de nuevo para aquellos que no lo hayan visto)
Sigue siendo valioso lo que dice la Biblia.., con Noé, con Jesús, con el evangelio de Mateo. Pero hoy somos más “culpables”, pues no sólo conocemos que el mundo puede destruirse, sino que somos nosotros los que podemos hacerlo. No hace falta Dios para destruir el mundo, nosotros nos bastamos (en contra de Dios).
Los textos bíblicos de los cuatro domingos de Adviento no constituyen propiamente una preparación a la Navidad, sino una introducción a todo el nuevo año litúrgico. Por eso abarcan etapas muy distintas: 1) lo que se esperó del Mesías antes de su venida; 2) su nacimiento; 3) su actividad pública, y las reacciones que suscitó; 4) su vuelta al final de los tiempos. Estas cuatro etapas se mezclan cada domingo y resulta difícil relacionar las distintas lecturas. Si buscamos un elemento común sería el tema de la esperanza: ¿qué debemos esperar?, ¿cómo debemos esperar?
¿Qué debemos esperar? La utopía de la paz universal
La primera lectura (Isaías 2,1-5) responde a una de las experiencias más universales: la guerra.
Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén:
Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos.
Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor.»
Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.
Israel debió enfrentarse desde su comienzo como estado a pueblos pequeños, a guerras civiles y a grandes imperios. Pero no sólo los israelitas era víctimas de estas guerras, sino todos los países del Cercano Oriente, igual que hoy día lo son tantos países del mundo.
Podríamos contemplar este hecho con escepticismo: el ser humano no tiene remedio. La ambición, el odio, la violencia, siempre terminan imponiéndose y creando interminables conflictos y guerras. Sin embargo, la lectura de Isaías propone una perspectiva muy distinta. Todos los pueblos, asirios, egipcios, babilonios, medos, persas, griegos, cansados de guerrear y de matarse, marchan hacia Jerusalén buscando en el Dios de Israel un juez justo que dirima sus conflictos e instaure la paz definitiva.
El texto de Isaías une, lógicamente, la desaparición de la guerra con la desaparición de las armas. En este contexto, hoy día es frecuente hablar de las armas atómicas, los submarinos nucleares, los drones de última generación. Quisiera recordar unos datos muy distintos, de armas mucho más sencillas. A fines de 2017 había aproximadamente 857 millones de armas de fuego civiles en los 230 países y territorios estudiados. Desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial (1945), unos 30 millones de personas han perecido en los diferentes conflictos armados que han sucedido en el planeta, 26 millones de ellas a consecuencia del impacto de armas ligeras.
Esta primera lectura bíblica nos anima a esperar y procurar que un día se haga realidad lo anunciado por el profeta: De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.
¿Cómo debemos esperar? Vigilancia ante la vuelta de Jesús (Mateo 24,37-44)
La liturgia da un tremendo salto y pasa de las esperanzas antiguas formuladas por Isaías a la segunda venida de Jesús, la definitiva. En el contexto del Adviento, esta lectura pretende centrar nuestra atención en algo muy distinto a lo habitual. Los días previos al 24 de diciembre solemos dedicarlos a pensar en la primera venida de Cristo, simbolizada en los belenes. El peligro es quedarnos en un recuerdo romántico. La iglesia quiere que miremos al futuro, incluso a un futuro muy lejano: el de la vuelta definitiva de Jesús, y la actitud de vigilancia que debemos mantener.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
La actitud de vigilancia queda expuesta en dos comparaciones.
La primera, tomada del Antiguo Testamento, hace referencia a lo ocurrido en tiempos del diluvio. Antes de él, la gente llevaba una vida normal, despreocupada. La catástrofe parecía inimaginable. Lo mismo ocurrirá cuando venga el Hijo del Hombre. Por tanto, estad en vela; no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
La segunda, tomada de la vida diaria, presenta al dueño de una casa que desea defender su propiedad contra los ladrones. El mensaje es el mismo: estad en vela.
A propósito de estas comparaciones podemos indicar dos cosas:
1) Ambas insisten en que la venida del Hijo del Hombre será de improviso e imprevisible; no habrá ninguna de esas señales previas que tanto gustaban a la apocalíptica (oscurecimiento del sol y de la luna, terremotos, guerras, catástrofes naturales).
2) Las dos comparaciones exhortan a la vigilancia, a estar preparados, pero no dicen en qué consiste esa vigilancia y preparación; se limitan a crear un interés por el tema. Esta falta de concreción puede decepcionar un poco. Pero es lo mismo que cuando nos dicen al comienzo de un viaje en automóvil: «ten cuidado». Sería absurdo decirle al conductor: «Ten cuidado con los coches que vienen detrás», o «ten cuidado con los motoristas». El cristiano, igual que el conductor, debe tener cuidado con todo.
¿Cómo debemos esperar? Disfrazarnos de Jesús (Romanos 13,11-14)
Hermanos: Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo.
Pablo parte de la experiencia típica de las primeras comunidades cristianas: la vuelta de Jesús es inminente, «nuestra salvación está más cerca», «el día se echa encima». El cristiano, como hijo de la luz, debe renunciar a comilonas, borracheras, lujuria, desenfreno, riñas y pendencias. Es el comportamiento moral a niveles muy distintos (comida, sexualidad, relaciones con otras personas) lo que debe caracterizar al cristiano y como se prepara a la venida definitiva de Jesús. Ese pequeño catálogo podría haberlo firmado cualquier filósofo estoico. Pero Pablo añade algo peculiar: «Vestíos del Señor Jesucristo». Esto no es estoico, es típicamente cristiano: Jesús como modelo a imitar, de forma que, cuando la gente nos vea, sea como si lo viese a él. Creo que Pablo no tendría inconveniente en que sus palabras se tradujesen: «Disfrazaos del Señor Jesucristo». Comportaos de tal forma que la gente os confunda con él. Buen programa para comenzar el Adviento.
Reflexión final
Las lecturas de este domingo pueden fomentar, más que la esperanza, la desilusión. Cuando termine la guerra en Ucrania, no faltarán otros iluminados que provoquen nuevas guerras. A mucha gente le interesa más la misión Artemis que la segunda venida de Jesús. Y la radio y la televisión harán propaganda en los próximos días de las cenas navideñas y de los regalos que debemos comprar. A pesar de todo, el cristiano, como Abrahán, debe «esperar contra toda esperanza».
Aquí está de nuevo el Adviento llamando a nuestra puerta. Nos pilla casi “descuidadas”…
-Pero, no te quedes en la puerta, pasa. Estábamos algo despistadas, es verdad, pero te estábamos esperando.
Y entonces, el bueno del Adviento, entra, así como es él y empieza a prepararlo todo. Inquieto, alegre, un poco precipitado, a ratos “tremendista”, pero siempre tierno.
Esta semana el Adviento viene a prepararnos, desea que estemos preparadas, no vaya a llegar la Navidad y tenga que pasar de largo…
Bien, tenemos esta semana para prepararnos, para abrir esas cinco puertas que son nuestros sentidos y estar alerta.
Tener preparados nuestros ojos, bien limpios y abiertos para descubrir los mensajes ocultos de nuestro Dios Amor. Preparar nuestros oídos, evitando ruidos, buscando el silencio que nos abre a la Palabra. Tener preparado nuestro olfato, nuestra intuición, reconociendo ese olor que despierta en nosotras el Recuerdo de lo Conocido. Preparar nuestro tacto, con la piel suave y desnuda que nos permita acariciar la Vida Recién Nacida. Tener preparado nuestro gusto, con el paladar fino para gustar y degustar las delicias de la Buena Nueva.
Es lo que nos dice, con otras palabras, el evangelio de hoy, quizá con un tono apocalíptico que nos hiere un poco la sensibilidad, pero que aquellas primeras comunidades de mujeres y hombres entendían perfectamente.
No, no conocemos los tiempos de Dios, no sabemos cuándo irrumpirá en nuestra vida ni cómo lo hará, por eso tenemos que estar siempre preparadas, siempre listas, siempre atentas.
-Bienvenido Adviento, ponte cómodo, tenemos mucho de qué hablar.
Oración
Gracias, Dios Trinidad, por regalarnos este tiempo de Adviento que nos ayuda a tomarnos más en serio nuestra responsabilidad como cristianas, como portadoras de una Buena Noticia.
Comentarios desactivados en Dios está siempre ahí, no tiene que venir de ninguna parte.
ADVIENTO – 1º(A)
Mt 24,37-42
Hoy, comenzamos un nuevo año litúrgico. El tiempo de adviento se caracteriza por su complicada estructura. Por una parte recordamos el largísimo tiempo de adviento que precedió a la venida del Mesías. Esta es la causa de que encontremos en el AT tantos textos bellísimos sobre el tema. Fue un tiempo de sucesivas expectativas, porque las promesas nunca terminaban de cumplirse. Esas expectativas eran claramente infundadas porque suponían una intervención directa, externa y puntual de Dios a favor de su pueblo.
Por otra parte, tenemos la aparición histórica de Jesús. Se trata del punto de partida imprescindible para comprender nuestras expectativas como cristianos. Jesús hizo presente el Reino de Dios en su trayectoria humana. La primera e imprescindible referencia, para nosotros, es su vida terrena, porque es en su vida donde hizo presente el amor y desterró el odio. La preocupación por el “Jesús histórico”, que se ha despertado en nuestro tiempo, debe ser el punto de partida para todo lo que podemos decir de Jesús teológicamente.
Jesús no solo hizo presente el Reino, sino que hizo una propuesta a todos. Se trata de una oferta de salvación definitiva para el hombre. Él quiso indicar, a todos los seres humanos, el camino de la verdadera salvación. Celebrar el adviento hoy sería tomar conciencia de esta propuesta de salvación y prepararnos para hacerla realidad. Esa posibilidad de plenitud humana debe ser nuestra verdadera preocupación. Ebeling dijo: lo más real de lo real no es la realidad misma, sino sus posibilidades. Jesús, viviendo a tope una vida humana, desplegó todas sus posibilidades de ser y propuso esa misma meta para todos.
Hay otro aspecto del adviento que es necesario tener muy claro. Al constatar, siglo tras siglo en la historia de Israel, que las expectativas no se cumplían, se fue retrasando el momento de su ejecución, hasta que se llegó a colocarlo en el final de los tiempos. Surgió así la escatología, un genero literario que nos dice muy poco hoy día. Es sorprendente que ni siquiera la venida de Jesús se consideró definitiva para los cristianos. Es la mejor prueba de que la salvación que él propuso no nos convence. Por eso los cristianos sintieron la necesidad de una segunda venida, que sí traería la salvación que todos esperaban.
Armonizar todas estas perspectivas es muy complicado para nosotros. El tiempo anterior a Jesús, la vida terrena de Jesús, nuestra propia realidad histórica y el hipotético futuro escatológico nos puede llevar a una dispersión que convierta el adviento en un batiburrillo que nos impida enfocar bien su celebración. Creo que lo más urgente, para nosotros hoy, es centrarnos en hacer nuestro el mensaje de Jesús y vivir esa posibilidad de plenitud que él vivió y nos propuso. Partiendo de su vida, debemos tratar de dar sentido a la nuestra.
La visión de Isaías en la primera lectura está muy lejos de ser una realidad. Es la utopía que puede mantenernos firmes dentro de una realidad que sigue siendo sangrante. La realidad no debe eliminar la esperanza de un mundo más humano. Debemos aferrarnos a la utopía de que otro mundo es posible. La esperanza se funda en que Dios no nos puede abandonar ni retirar la oferta de esa plenitud. Esa esperanza, a la que nos invitan las lecturas, no es de futuro sino de presente. La percibimos como de futuro, porque todavía no hemos hecho nuestras todas las posibilidades que tenemos a nuestro alcance.
Pablo nos repite que ya va siendo hora de espabilarse, pero seguimos portándonos como verdaderos insensatos. Seguimos caminando en una dirección equivocada. Las advertencias que hace Pablo a los romanos, son las mismas que tendríamos que hacer hoy: nada de comilonas y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas y pendencias. El excesivo cuidado de nuestro cuerpo, fomentará los malos deseos. No cabe un resumen mejor del hedonismo que pretende el placer inmediato y terminará por aniquilar nuestro verdadero ser.
Estar despiertos es la condición mínima indispensable para desarrollar nuestra humanidad. Estamos bien despiertos para todo lo terreno y material. Esa excesiva preocupación por lo material es lo que la Escritura llama “estar dormido”. Hoy empezamos el Adviento, pero los grandes almacenes y todos los medios de comunicación ya hace casi un mes que han empezado su preparación. Menos de un 15% de nuestra sociedad escuchará el anuncio de que Jesús nace, frente a la muchedumbre que va a soportar la propaganda consumista.
Descubrir lo que soy exige esfuerzo y dedicación. Halagar la parte instintiva es más fácil que espolear el espíritu. Los emperadores romanos ofrecían pan y circo a las masas para que no exigieran otras cosas. Hoy la oferta tranquilizante es fútbol y tele. Nuestra religión ha caído en la trampa de una salvación acomodada a nuestras apetencias, ofreciéndonos la eliminación del dolor, el pecado o la muerte. Como eso es imposible aquí y ahora, se ha proyectado la salvación para un más allá. No, Dios quiere nuestra plenitud, aquí y ahora.
Adviento no es solo la preparación para celebrar dignamente un acontecimiento que se produjo hace más de veinte siglos. El adviento debe ser un tiempo de reflexión profunda, que me lleve a ver más claro el sentido que debo dar a toda mi existencia. No hay tiempos más propicios que otros para afrontar un tema determinado. Soy yo el que tengo que acotar el tiempo que debo dedicar a los asuntos que más me interesan. Y lo que más me debía interesar, tal como nos lo advierte la liturgia, es mi verdadero ser, no mi falso yo.
Dios está viniendo en todo instante, pero solo el que está despierto descubrirá esa presencia. Si no la descubro, mi vida transcurrirá sin enterarme de la mayor riqueza que está a mi alcance. Dios no tiene que venir en ningún momento ni de ninguna parte, porque es la base y fundamento de mi ser. Lo que llamamos Dios está en mí como fundamento aunque yo no descubra su presencia. Pero como ser humano, mi más alta posibilidad de plenitud consiste precisamente en descubrir y vivir conscientemente esa realidad.
No tengo que esperar tiempos mejores para poder realizar mi proyecto de plenitud humana. Si tengo que esperar a que Dios cambie la realidad o cambien a los demás para encontrar mi salvación, no he descubierto lo que soy ni lo que es Dios. La salvación que Jesús propuso no está condicionada por circunstancias externas. Aún en las situaciones más adversas, está siempre a nuestro alcance. En cualquier momento puedo hacer mía esa salvación. En cualquier instante de mi vida puedo descubrir la plenitud.
El error en el que estamos instalados es esperar que esa salvación venga de fuera en un próximo futuro. Dios no tiene futuro y está viniendo siempre y desde dentro. Aquí puede que esté la clave para cambiar nuestra mentalidad. Pero preferimos seguir pensando en el Dios todopoderoso que actúa a capricho y desde fuera. De esa manera no hay forma de hacer nuestro el Reino de Dios que está ya dentro de nosotros. Hoy el evangelio nos advierte: si el encuentro no se produce es porque seguimos dormidos.
Meditación
Se trata de despertar, de tomar conciencia de las posibilidades.
Lo malo es poner el objetivo de tu vida en comilonas y borracheras.
Ni siquiera es preciso hacer daño a otros para impedir la plenitud.
El fallo está en vivir enredado en las cosas de este mundo. “¡Caminemos a la luz del Señor!”
«Estad vigilantes, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre»
Las dos cumbres del calendario litúrgico son la Pascua de Resurrección y la Navidad, y cada una de ellas viene precedida de un tiempo de preparación; la cuaresma y el adviento. Pero, con independencia de lo que diga la liturgia, una celebración será importante para mí en la medida en que lo sea el hecho que se celebra, y cuanto más lo sea, más me afanaré en prepararla con primor. En este caso, me importará preparar bien la Navidad si lo que ocurre en ella es importante; y si no, no.
Pero ¿qué ocurre en Navidad?…
Por una parte, celebramos el nacimiento de Jesús, su aniversario, pero Jesús murió hace mucho tiempo y nadie celebra el cumpleaños de los muertos. Si lo seguimos celebrando es porque no está muerto, sino tan vivo en nosotros que lo consideramos parte de nuestra vida… Y si esto es así, la pregunta inicial que acabamos de plantear nos lleva a otra pregunta mucho más importante: ¿Quién es Jesús para mí?… ¿Qué importancia tiene en mi vida?
En primer lugar, Jesús es importante para mí porque me enseña a vivir con sentido. Como decía Ruiz de Galarreta: «Sus criterios y sus valores son lo mejor que he encontrado y, además, creo que si todos viviésemos según ellos la humanidad sería algo mucho mejor que lo que es ahora». Pero hay más, porque los cristianos no nos limitamos a admirarle y aceptar sus criterios de vida, sino que, ascendiendo al plano de la fe, creemos en él.
Y esto significa que para nosotros Jesús es presencia de Dios salvador en el mundo, y que, al encontrarnos con él, nos estamos encontrando con Dios mismo. Citando nuevamente a Ruiz de Galarreta: «No es que nosotros inventamos a Dios, no es que nuestra razón lo descubre, es que lo buscamos porque nuestra naturaleza lo necesita, y lo encontramos porque Él nos sale al encuentro».
Ese lugar de encuentro es Jesús. Y en Jesús hemos descubierto que la vida tiene sentido; que Dios no es el que nos amarga la vida con preceptos y amenazas, sino nuestro aliado contra el mal; que podemos librarnos del temor de Dios, del miedo a la muerte y al castigo por nuestros pecados; que podemos sacudirnos el sometimiento a esa caterva de ídolos que nos esclavizan…
Y desde esta perspectiva, la Navidad cobra toda su importancia. Estamos celebrando que “Dios está con nosotros”, que ha apostado por nosotros, es decir, que la aventura humana —la mía en particular y la de del conjunto de la humanidad en general— tiene sentido, que nuestra vida es mucho más de lo que ven los ojos, que está pensada por Dios y que nuestro destino no es morir, sino Vivir.
Y esto sí que es importante; esto sí que merece celebrarse por todo lo alto.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
Comentarios desactivados en Cuatro largas semanas de espera.
(Mt 24, 37-44)
Empezamos cuatro largas semanas de espera. Esperar. ¿Queda alguien que sepa esperar sin desesperar? Vivimos en una sociedad de una inmediatez patológica.
Cuatro largas semanas que llamamos Adviento, del latín adventus: “llegada”. Llegar. Otro verbo al que pedimos datos concretos: día, hora, medio de transporte, estación, terminal, datos climáticos, coordenadas GPS, equipaje… ¡Así no!
Se supone que estamos esperando a alguien que va a llegar, que se toma su tiempo dejando que nos preparemos para que no haya confusiones y, como ya pasó hace mucho, muchísimo, tiempo… “cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos”.Nos llegan profetas del consumo, voceros que nos hablan de la magia de este tiempo, frívolos cantamañanas, agoreros inyectando miedos, poderosos asustados de su poder disimulando para que no se les note… y caemos en este circo.
Cuatro largas semanas de Camino, paso a paso, con los pies descalzos sobre un desierto de asfalto y tecnología de la distracción, pero empeñados en estar atentos a tu Palabra.
Palabra que resuena como cada Adviento: “Estad en vela…” poniendo atención silenciosa, mirada contemplativa y expectación sin ansiedad, porque sabemos que lo que esperamos viene sin la premura acaparante del tiempo del mundo.
En estas cuatro largas semanas un suave susurro interior nos espabilará como cada Adviento: “Estad también vosotros preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre”.
Preparémonos ahondando en el mensaje, que no es una amenaza; es una celebración de Vida, llena de aceptación y de compromiso. Habrá visitas, encuentros, sustos, sueños y alguna que otra sorpresa.
Sólo entenderán los que se preparen desde la sencillez del corazón para recibir lo inexplicable: Dios hecho Niño.
Comentarios desactivados en El ladrón que abre un boquete en nuestra casa.
Domingo I de Adviento
CICLO «A»
27 de Noviembre 2022
Mt 24, 37-44
Con una metáfora, Jesús lanza una invitación llena de sabiduría: ¡vive con atención para evitar que el ladrón abra un boquete en tu casa!
Ante tal aviso, lo primero que surge es preguntarnos: ¿de qué ladrón habla?, ¿quién es ese “ladrón”?
La enseñanza religiosa lo ha personificado en la figura del demonio, del que en la carta de Pedro se dice que “anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar” (1 Pe 5,8). Se trata de una lectura mítica, que es necesario leer en clave simbólica. La idea de un demonio “personal” que estaría empeñado en frustrar el “plan de Dios” es solo otro mito más.
Tal vez, el modo más sencillo para identificar al ladrón del que aquí se habla pase por preguntarnos cuál es el “boquete” que puede abrir en nuestra casa (o persona).
Un boquete se abre para penetrar en la casa, ocuparla y sustraer todo lo que hay de valor en ella. Pues bien, aquello que puede robar nuestro tesoro (desconectar de nuestra identidad) y hacernos vivir alienados de nosotros mismos, en la oscuridad, la confusión y el sufrimiento no es otra cosa que la ignorancia. La ignorancia es el ladrón.
La ignorancia no tiene que ver con la falta de instrucción o de erudición -siempre ha habido personas analfabetas profundamente sabias-, sino que se refiere a una cuestión absolutamente nuclear: desconocer y vivir alejados de lo que somos.
La invitación de Jesús, así entendida, coincide plenamente con la que siempre han propuesto las personas sabias: vivir con sabiduría, vivir en la comprensión. Si la ignorancia es el desconocimiento de lo que somos -que lleva a vivir en la confusión y el sufrimiento-, la comprensión nos lleva a reconocernos en nuestra verdad profunda, es decir, nos trae a “casa”.
La ignorancia abre un boquete en nuestra persona por donde sentimos que se nos escapa la vida. La comprensión ilumina nuestra persona, posibilitando una existencia llena de paz, ecuanimidad, gusto, sentido, plenitud…
Para hacer frente al “ladrón” y favorecer la comprensión liberadora, es necesario -como señala el texto- “estar en vela”, es decir, alimentar algunos cuidados prioritarios: el amor a sí mismo/a frente a la distancia o el auto-reproche, la atención frente a la mente pensante y cavilosa, el silencio de la mente y del ego, el amor y deseo de bien para todos los seres, la aceptación profunda y la gratitud ante todo lo que la vida nos trae… Estos cuidados preparan el camino a la comprensión y mantienen a salvo la “casa”.
¿Puedo decir que vivo con atención? ¿Qué cuido prioritariamente?
Comentarios desactivados en En tiempos de Noé pasaba lo mismo que hoy: la gente comía, bebía, compraba, black friday, Catar…
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- En tiempos del pobre Noé.
¿Qué pasaba en tiempos de Noé? Pues lo mismo que hoy: que la gente comía, bebía, ahorraba, compraba (Black Friday), viajaba, se casaba y vivía como “si sí”, inconscientemente.
También nosotros vivimos narcotizados y en una sedación crónica por el consumismo, el nihilismo y la ausencia de pensamiento
La gente se reía de Noé, porque el buen hombre estaba haciendo un arca, un barco en pleno desierto: ¿para qué sirve una barca en el desierto? ¿Cuándo se han visto inundaciones en el Sahara? Noé estaba “chinado”, haciendo el canelo.
Pero el diluvio (el agua bautismal) llegó y arrastró a la gente que paseaba por las boutiques, por las playas turísticas y estaciones de nieve, por Catar… La gente en tiempos de Noé vivía -como hoy- en una dulce estupidez.
Siempre nos hace falta un diluvio, un agua bautismal que nos despierte y purifique este mundo, esta sociedad y nos devuelva el buen sentido, el sentido de la vida y de la muerte
Por otra parte, nosotros, el mundo occidental, estamos viviendo entre decepciones, en el ocaso de los grandes ideales y de la gran tradición cristiana, en medio de corrupciones políticas, económicas:
El mundial de fútbol de Catar es buena prueba de esa corrupción: 6500 / 7.000 trabajadores muertos en la construcción de los campos de fútbol) sin que el pensamiento ni la ética se hagan presentes.
Alguien decía que no estamos asistiendo a una época de cambios, sino a un cambio de época. Hay que ser conscientes hacia dónde estamos cambiando.
No se permite que afloren las cuestiones fundamentales. Sobre todo los problemas del sentido de la vida, la ética, la muerte. Todo se resuelve por sedación. ¿qué otra explicación puede tener el vacío de los planes (programas) de educación en los que se elimina la filosofía, la religión, la ética, en los que no se plantea el sentido de la vida, o la misma cuestión de la eutanasia o la muerte?
Es hora de despertar de la somnolencia y es tiempo de despertar y vivir en vela.
Lo hemos escuchado hoy en las tres lecturas:
o Caminar a la luz (Isaías).
o Daos cuenta del momento en que vivís. Despertad del sueño (Romanos).
o Velad, estad despiertos, (Mateo).
02.- El sentido de la vida.
Quizás el problema más fuerte que se nos plantea en este momento cultural es el del sentido de la vida.
El cantante italiano Vasco Rossi tiene una canción demoledora. Evoquemos aunque solamente sea una estrofa:
Voglio trovare un senso a questa vita Quiero encontrar sentido a esta vida
Anche se questa vita un senso non ce l’ha Si bien esta vida no tiene sentido
Voglio trovare un senso a questa storia Quiero hallar sentido a esta historia
Anche se questa storia un senso non ce l’ha Si bien esta historia no tiene sentido
Voglio trovare un senso a questa voglia Quiero encontrar sentido a mi deseo,
Anche se questa voglia un senso non ce l’ha Aunque este deseo no tiene sentido.
Sai che cosa penso ¿Sabes qué pienso?
Che se non ha un senso Que no hay sentido alguno,
Si la vida no tiene sentido, ¿para qué vivir?
Por sentido de la vida podemos entender si existe algo por lo cual merece la pena que yo siga existiendo.
Quien se deja interpelar por el sentido de la vida, se está preguntando por la meta y horizonte
No estamos lejos de la primera meditación de los “Ejercicios Espirituales” de San Ignacio de Loyola: Principio y Fundamento.
03.- Esperar lúcidamente en la vida.
Quien no sabe de dónde viene termina por no saber a dónde va. Los clásicos lo decían de modo semejante: ex memoria, spes: la esperanza nace de la memoria, el recuerdo fundamenta nuestra existencia.
Seguramente que causa decepción si decimos que nuestra esperanza se fundamenta en lo acontecido en Cristo. No nos va a pasar nada más importante en la historia y en nuestra vida que la memoria: la presencia activa de Xto hoy y en el futuro absoluto.
Se trata de vivir con esperanza; no solamente a la espera, sino con esperanza. La esperanza aguarda algo que humanamente nos sobrepasa. Decía Laín Entralgo: el ser humano espera por naturaleza algo que no está en su naturaleza.
Hay esperas pasivas. Aguardamos a que llegue el autobús, aguardamos a que nos reciba el médico. La esperanza es confiadamente creativa: miramos y confiamos en lo que nos será gratuitamente dado y trabajamos ya en ese futuro absoluto.
Porque la esperanza es una planta muy débil y delicada, hemos de cuidarla mucho. Procuremos dar razón de nuestra esperanza, (1Pedro 3,15).
04.- Comencemos esperanzadamente el adviento.
Comencemos con buen ánimo el Adviento. En realidad la vida es un Adviento: una nostalgia y esperanza infinitas.
A pesar de los pesares, esperemos contra toda desesperanza (San Pablo).
Que la vida no nos pille aletargadas como a las gentes del tiempo de Noé.
Estad despiertos, que se acerca vuestra liberación
Comentarios desactivados en Magda Bennásar: ¿Qué ve el sol, que yo no veo?
Cuando nace un nuevo día, y contemplamos el amanecer, sabemos que la ausencia de luz ha sido por unas horas, que el sol ha estado siempre ahí, y que simplemente la Tierra le ha dado una vuelta dándole así al sol la oportunidad de alumbrar y caldear a todos y a absolutamente todo, en cada rincón del Planeta.
Con fidelidad, con precisión, con total donación de sí, el sol es el mejor aliado de la vida, es capacitador de los procesos para la vida… no me extraña que se haya elegido como día del nacimiento de Jesús, nuestro Sol, el día del nacimiento del sol o del solsticio de invierno en el hemisferio norte y de verano en el hemisferio sur.
El sol, al fin y al cabo es una estrella que se encuentra en el centro del sistema solar, que se formó hace unos 4600 millones de años. Su composición no ha cambiado mucho desde hace más de cuatro mil millones de años y seguirá siendo bastante estable durante otros cinco mil millones de años más…
¿No os impresiona? A mí me fascina saber, vislumbrar, que al fin y al cabo, el sol es una estrella, y que nuestra materia prima es polvo de estrellas. El sol es un familiar, nuestros cuerpos están formados de la misma sustancia. Estamos tan íntimamente emparentados que no podemos separar de nosotrxs lo que nos hace uno.
Sin el sol no habría vida en nuestro planeta. Sin ti tampoco. El sol ve los lugares ensombrecidos y fielmente se acerca, calienta, ilumina, alimenta y sigue su recorrido, como una madre, alimentando, abrigando, dando vida a todo.
Si el sol tiene esa importancia, recuerda que tú mucho más, porque en el proceso de evolución de la materia, a lo largo de billones de años, tú y yo estábamos en ese proceso que fue culminando en un ser consciente de que es consciente.
La energía del origen, en la que nos dirá Chardin ya estaba ahí el Cristo Cósmico, es la energía vital que corre por nuestras venas, es la vida que forma parte de la vida de todo, incluido el sol, tu vecina, la flor en tu ventana.
En esa orquesta de melodías y colores y diversidad se desarrolla el gran concierto de la vida. Y el Cristo está en todo, y tú y yo sabemos que está en ti y en mí.
Ese Cristo que late y palpita en todo, no tiene que venir de ningún lado a decirnos quienes somos… ese Cristo permea cada fibra de nuestro ser y como el sol, trae luz y presencia viva a nuestras vidas que sufren, por ignorancia, carencias de afecto, de calor, de sentido…
La persona de Jesús de Nazaret es la expresión humana, más completa, del Cristo. Y nosotrxs estamos invitadxs hoy a encarnar: poner carne-cuerpo-vida-corazón, como lo hizo Jesús de Nazaret en su momento histórico. Y con ello, todo evoluciona.
Estamos inmersos en un universo de energía que va más allá de nuestra comprensión y que nos pertenece. Y todo, todo, ha sido gestado con esa energía Fontal.
¿Creéis que podemos vivir con esa amplitud de conciencia y apertura a todo? Voy entendiendo, despacio, porque eso es muy grande, que esa comprensión es la gran vacuna que nos inmuniza de tantas medias verdades y simplezas que nos han predicado, por ignorancia o por miedo.
Estos miedos institucionales a perder poder y fuerza han sumido a la humanidad occidental en una mediocridad interior que ha posibilitado que grandes virus como el capitalismo con sus múltiples consecuencias, hayan destruido la mente de muchas personas que no tenían acceso a una formación más sólida.
El mundo occidental cristiano ha fracasado y en la actualidad las personas buscan llenar su vacío interior con diferentes espiritualidades que llenan el gran vacío que dejó una religión que se alejó de sus orígenes, deslumbrada por el poder del Imperio Romano, y desde entonces sigue errante detrás de poderes de diversa índole. Es esta institución la que ha silenciado a lxs profetas de hoy. Las mentes más brillantes siguen en los márgenes mientras tenemos que contemplar la caída del imperio religioso que han montado, con daños irreparables a miles de vidas.
A muchxs nos pilla ya fuera , en la periferia, donde como en los inicios del cristianismo, se nos relata que gente normal recibe un anuncio de unas posibilidades de encuentro directo, de diálogo con el Dios de la Vida, que transmite vida porque es la vida, y no necesita de mediadores: ni sacerdotes, ni maridos… para dejar a las vírgenes y ancianas rebosantes de vida, gestando el futuro, llenas de gozo y de cantos por un mañana diferente: sin poderes humanos ni divinos, sólo con la conexión directa con la energía Fontal, desde la que viene Cristo, el Mesías, el Ungido, el Amado, buscando a la persona aislada, tal vez dependiente de nuevos gurús, por concepciones obsoletas de la vida.
Os invitamos, desde esa periferia de nuestro blog, a que vivamos el Adviento, con una mirada tipo la del sol, que tiene luz dentro, que tiene una experiencia global, y que comparte con Todo su don: irradiar calor y luz.
Comentarios desactivados en “Creer es otra cosa ”. 4 Adviento – C (Lucas 1,39-45)
Estamos viviendo unos tiempos en los que cada vez más el único modo de poder creer de verdad va a ser para muchos aprender a creer de otra manera. Ya el gran converso John Henry Newman anunció esta situación cuando advertía que una fe pasiva, heredada y no repensada acabaría entre las personas cultas en «indiferencia», y entre las personas sencillas en «superstición». Es bueno recordar algunos aspectos esenciales de la fe.
La fe es siempre una experiencia personal. No basta creer en lo que otros nos predican de Dios. Cada uno solo cree, en definitiva, lo que de verdad cree en el fondo de su corazón ante Dios, no lo que oye decir a otros. Para creer en Dios es necesario pasar de una fe pasiva, infantil, heredada, a una fe más responsable y personal. Esta es la primera pregunta: ¿yo creo en Dios o en aquellos que me hablan de él?
En la fe no todo es igual. Hay que saber diferenciar lo que es esencial y lo que es accesorio, y, después de veinte siglos, hay mucho de accesorio en nuestro cristianismo. La fe del que confía en Dios está más allá de las palabras, las discusiones teológicas y las normas eclesiásticas. Lo que define a un cristiano no es el ser virtuoso u observante, sino el vivir confiando en un Dios cercano por el que se siente amado sin condiciones. Esta puede ser la segunda pregunta: ¿confío en Dios o me quedo atrapado en otras cuestiones secundarias?
En la fe, lo importante no es afirmar que uno cree en Dios, sino saber en qué Dios cree. Nada es más decisivo que la idea que cada uno se hace de Dios. Si creo en un Dios autoritario y justiciero terminaré tratando de dominar y juzgar a todos. Si creo en un Dios que es amor y perdón viviré amando y perdonando. Esta puede ser la pregunta: ¿en qué Dios creo yo: en un Dios que responde a mis ambiciones e intereses o en el Dios vivo revelado en Jesús?
La fe, por otra parte, no es una especie de «capital» que recibimos en el bautismo y del que podemos disponer para el resto de la vida. La fe es una actitud viva que nos mantiene atentos a Dios, abiertos cada día a su misterio de cercanía y amor a cada ser humano.
María es el mejor modelo de esta fe viva y confiada. La mujer que sabe escuchar a Dios en el fondo de su corazón y vive abierta a sus designios de salvación. Su prima Isabel la alaba con estas palabras memorables: «¡Dichosa tú, que has creído!». Dichoso también tú si aprendes a creer. Es lo mejor que te puede suceder en la vida.
Comentarios desactivados en “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Domingo 19 de diciembre de 2021. 4º de Adviento
De Koinonia:
Miqueas 5, 1-4a. De ti saldrá el jefe de Israel: Salmo responsorial: 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19. Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. Hebreos 10, 5-10: Aquí estoy para hacer tu voluntad. Lucas 1, 39-45: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
Miqueas, de quien está tomada la primera lectura, vivió en el reinado de Ezequías. Cuando el modesto profeta llegó a la corte, se encontró con Isaías, de quien al parecer recibió influjo literario, aunque siempre conservó su estilo personal.
Miqueas atacó sobre todo a los poderosos que abusan del pobre para robar y oprimir, a los jueces corrompidos, pero compuso también magníficos poemas de salvación, entre los que sobresale la profecía sobre Belén. El Mesías esperado nacerá en Belén, pequeña población de Judá y hará que los seres humanos puedan vivir tranquilos y Él será nuestra paz.
La segunda lectura está tomada de la carta a los Hebreos. Supuestamente Pablo compara la obra cultual de Cristo con la del Antiguo Testamento, y el sacrificio de Cristo con los antiguos “sacrificios” religiosos. A través de esta comparación se nos muestra con profundidad la naturaleza y finalidad de la encarnación. El sacrificio de Cristo tiene lugar de una vez para siempre y no consiste tanto en la inmolación de una víctima, cuanto en la comunión con el Padre, a la que todos somos invitados. En lo sucesivo no habrá una religión de ceremonias y de ritos, sino una religión “en Espíritu y en Verdad”. La voluntad de Dios no ha sido la muerte del Hijo, sino el hacer partícipe a su Hijo de la condición humana con el suficiente amor para que todo lo humano quedara transformado. La sangre del Hijo, más que ofrenda para aplacar a un Dios justiciero, es don a los seres humanos de un Dios lleno de amor. Nuestra santificación consiste en vivir “en Espíritu y en Verdad” esa amistad con Dios. Aquí radica la esencia del Espíritu religioso.
Acercarse a celebrar el nacimiento de Jesús conlleva recordar la condición de mujer y la fe de María. El episodio llamado de la visitación, del evangelio de Lucas nos relata el encuentro de dos mujeres madres. María, la galilea, va a Judá, la región en la que un día el hijo que lleva dentro de ella será rechazado y condenado a muerte (Lc 1,39). Ante el saludo de la joven, el niño que Isabel está a punto de dar a luz “salta de gozo” (vv. 41 y 44). La madre alude poco después a lo que siente dentro de sí; se trata de la alegría del niño –el futuro Juan Bautista- alrededor de quien habían girado hasta el momento los acontecimientos narrados en este primer capítulo de Lucas. Juan cede ahora el paso a Jesús. El gozo es la primera respuesta a la venida del Mesías. Experimentar alegría porque nos sabemos amados por Dios es prepararnos para la navidad.
Isabel pronuncia entonces una doble bendición. Como ocurre siempre en manifestaciones importantes, Lucas subraya que lo hace “llena del Espíritu Santo” (v. 41). María es declarada “Bendita entre las mujeres”(v. 42), su condición de mujer es destacada; en tanto que tal es considerada amada y privilegiada por Dios. Esto es ratificado por el segundo motivo del elogio: “Bendito el fruto de tu vientre” (v.42). Este fruto es Jesús, pero el texto subraya el hecho de que por ahora está en el cuerpo de una mujer, en sus entrañas, tejido de su tejido. El cuerpo de María deviene así el arca santa donde se alberga el Espíritu y manifiesta la grandeza de su condición femenina. En su visitante, Isabel reconoce a la “madre del Señor” (v 43), aquella que dará a luz a quien debe liberar a su pueblo, según lo anunciaba el profeta Miqueas (5,2-5).
Bendecir (bene-dícere) significa hablar bien, ensalzar, glorificar. Con anterioridad al nacimiento de Jesús, aparecen en los evangelios bendiciones por parte de Zacarías, Simeón, Isabel y María. Todos bendicen a Dios por lo que hace. Pero, al mismo tiempo, Jesús bendice a los niños, a los enfermos, a los discípulos, al Padre. Toda bendición va dirigida a Dios. La oración de bendición es, sobre todo, alabanza de acción de gracias. De este modo celebramos la Eucaristía. Pero también la bendición se extiende a todas las criaturas incluso a las inanimadas: ramos, ceniza, pan y vino. Son bienaventurados los santos y especialmente “bendita” es María, la madre de Jesús.
El Espíritu Santo ayuda a Isabel a pronunciar una bendición: “¡Bendita eres entre todas las mujeres y bendito sea el fruto de tu vientre!”. Desde entonces, millones de veces lo hemos dicho todos los cristianos en el “Ave María”. Son benditos, bienaventurados o dichosos los que creen en Dios, los que practican la Palabra, los que dan frutos, los pobres con los que se identifica Jesús.
María creyó. Ésta fue su grandeza y el fundamento de su felicidad: su fe. María se convierte en maestra de la fe, aceptando cuanto se le anuncia de parte de Dios aunque ella no se pudiera explicar el modo como se realizaría aquel plan. Toda la vida de María se fundamenta en su fe, en la adhesión que ha prestado desde el primer momento a la revelación que llegó hasta ella. Leer más…
Comentarios desactivados en Dom 4 Adv. De mil hombres uno, de mil mujeres ninguna. Ministerio de María en la iglesia (20.12.21).
Del blog de Xabier Pikaza:
Diógenes anduvo con un candil buscando un hombre en Atenas, y dicen que no encontró ninguno. Salomón, rey y sacerdote de Jerusalén, escribió un libro llamado Qohelet (en griego Eclesiastés), manual de “asamblea” o iglesia (qahal), diciendo que entre mil hombres sólo encontró uno y entre mil mujeres ninguna (Ecl ó Qoh 7, 28).
La iglesia católica busca hombres y entre mil suele encontrar uno para cura o ministro. Entre mujeres no busca, porque dice de antemano que no puede haber ninguna.
Posiblemente el tema se puede contar de otra manera rasgos. Pero el hecho de que la Gran Iglesia haya puesto a María en un pedestal de templo pero no le haya concedido ministerio alguno significa que ella sigue estando en el AT, como Salomón, como indicaré recordando a María y su función de Adviento, para pasar ya por fin al NT.
| X. Pikaza
Evangelio, 4º Dom Adviento. Lucas 1, 39-45
En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.
Este evangelio interpreta el comienzo de la Iglesia como “diálogo de mujeres” (Isabel y María) que definen el pasado de Israel y el futuro de la Iglesia de seguidores de Jesús. Isabel presenta a María como “bendita” (euloguêmenê) el título más grande que se puede dar a una persona, y como “bienaventurada” (makaria), dignidad suprema de un hombre en el mundo) y como “creyente” (pisteusasa).
Estas tres notas (bendita, bienaventurada y creyente) son las más altas de un cristiano, de forma que el hecho de decir que ella es “mujer” (y no varón) para impedir que sea “ministro” (representante y mensajero de Jesús) parece una torpeza, quizá una “necedad” (en el sentido del Eclesiastés).
Diógenes no pudo encontrar a una mujer, porque no la buscaba. Tampoco Salomón, aunque tenía un harén de casi 1000 esposas-esclavas sexuales). El Dios del NT encontró sin embargo una mujer-persona, llamada María, capaz de dialogar con él y con Isabel su prima. Entiéndanse desde aquí las reflexiones que siguen, tomadas de un diccionario de Mariología y de otro de Biblia.
Una Virgen llamada María. Itinerario personal (Lc 1, 27)
El evangelio presenta a María como virgen, parthenos. Esta palabra incluye diferentes matices que han sido muchas veces discutidos y que ahora no podemos precisar. Aquí sólo queremos indicar su significado en relación con María, como mujer libre, dueña de sí misma. La virginidad es precisamente expresión de libertad personal, de autonomía, como ahora mostraremos.
1.Parthenos, virgen, una mujer sexual y humanamente ya madura. No es niña que crece y que no tiene todavía la experiencia de vida y madurez del propio cuerpo; no es niña que juega y va aprendiendo, mientras deja que el curso de su vida lo decidan y lo fijen otros. Virgen es aquella mujer que ha madurado, descubriendo de forma experiencial la vida de su cuerpo (cf Gén 3,20) y sabiendo que ella misma es la que debe decidir sobre esa vida y realizarla.
2. Parthenos,es una mujer que actúa como dueña de sí misma. No se define simplemente como objeto de deseo para el macho, en la línea de Gén 3,16; tampoco se limita a desplegarse como vientre-pechos para el hijo conforme a la palabra popular de Lc 11, 27. Al presentarse como virgen, la mujer trasciende el plano de la vitalidad (cf Gén 3,20), entendida como relación con el marido y con los hijos; ella es más que una función reproductora, al servicio del deseo del varón y de la vida de su prole. La mujer empieza a ser ella misma, con un nombre propio, con una personalidad irrepetible, con su propia libertad personal. En esta perspectiva nos sitúa el término de virgen en Mt/01/23y Lc/01/27.
3. María,una virgen desposada (Lc 1,27), y esto añade un dato muy significativo al tema. No es la virgen miedosa, de ciertas neurosis, que se mantiene en soledad por miedo hacia un marido; no es tampoco la virgen egoísta, que prefiere hacer la vida a solas, sin tener que compartirla con otros; tampoco es la virgen dura de ciertas leyendas, que se mantiene independiente por despecho o por rechazo, para oprimir mejor a los varones; no es, finalmente, la virgen amazona, defensora violenta de su libertad, que combate a los varones opresores. Ella es virgen desposada, es decir, abierta al diálogo con un varón, llamado José, con quien proyecta compartir su vida.
4. María ha nacido a la libertad y como mujer libre pretende comprometerse con un varón, en el camino mesiánico de las promesas patriarcales, ligadas precisamente al matrimonio y a la descendencia. No es una virgen solitaria, que rechaza como desagradable o negativa (para ella) toda relación profunda con otras perssonas. Tampoco es virgen vestal, que haya decidido consagrar su castidad a Dios, como sacerdotisa de un culto que prohíbe las uniones sexuales de la tierra. María es virgen desposada: se sabe dueña de sí misma y, como tal, ha decidido compartir con un varón el camino de su vida, conforme a la palabra más sagrada del AT.
5. María es una virgen que dialoga con Dios que ha salido a su encuentro para proponerse un compromiso de vida más alto. Debemos destacar el dato. Dios no habla en este plano a una casada, que ha realizado ya su opción afectiva dentro de un matrimonio consolidado, aunque ese matrimonio fuera estéril, como en el caso de Isabel y Zacarías (cf Lc 1,5-25). Tampoco sale al encuentro de una virgen vacilante, que no sabe cómo responder con su virginidad ni cómo comprometerse. Dios habla al corazón de una «virgen desposada», introduciéndose en el ámbito de su decisión y liberándola para un tipo de compromiso superior, que será único en la historia de la humanidad.
Lucas y Mateo nos presentan, con gran delicadeza y sobriedad, los elementos fundamentales de este compromiso de María. Ella puede realizarlo porque es virgen desposada: porque es dueña de sí misma y se halla abierta hacia el misterio del amor que es el espacio de la vida. Precisamente en ese espacio le habla Dios y ella le responde de manera afirmativa, «concibiendo por la fe al mismo Hijo de Dios», como ha destacado sin cesar la tradición cristiana; ella ha concebido «por la palabra», es decir, en plena libertad, como persona que escucha y que responde en nivel de totalidad personal y no sólo en un plano de ideas.
6. Mujer mesiánica de un hombre que debe confiar en ella. Desde este momento, por intervención especial del Espíritu santo que ella asume libremente, María se convierte en mujer mesiánica, signo de vida para hombres y mujeres (cf Mt 1,23; Lc 1,31-35).María no se define ya como mujer poseída por el deseo de un varón que la domina. El nivel fundamental de su deseo queda ya saciado desde el Dios que le dirige la palabra, con la fuerza del Espíritu (cf Lc 1,35). Ella tiene vida propia, tiene su misterio. Por eso puede quedar en silencio respetuoso ante el varón (José) con el que se ha desposado, pues no la entiende. De esta forma se invierten los papeles ordinarios de la historia. Normalmente es el varón el que domina y la mujer, de hallarse dominada, debe darle explicaciones.
Cuando falta poco para estas fiestas, las lecturas nos ofrecen tres ejemplos excelentes para vivir su sentido y un mensaje de esperanza.
El ejemplo de Isabel: alabanza, asombro, alegría (Lucas 1,39-45)
En aquellos días, María se puso de camino y fue a prisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:
–“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.“
Aunque en el relato del evangelio la iniciativa es de María, poniéndose en camino hacia un pueblecito de Judá, los verdaderos protagonistas son Isabel, la única que habla, y Juan, el hijo que lleva en su seno. Es este el primero en reaccionar, antes que su madre. En cuanto oye el saludo de María (Lucas no cuenta qué palabras usó para saludar) da un salto en el seno de Isabel. Esta, llena de Espíritu Santo, expresa los sentimientos que debe tener cualquier cristiano ante la presencia de Jesús y María.
Alabanza (“¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”). El Antiguo Testamento recoge la alabanza de algunas mujeres, pero por motivos muy distintos. Yael es proclamada “bendita entre las mujeres” por haber asesinado a Sísara, general de los enemigos; Rut, por haber elegido a Booz, a pesar de no ser joven; Abigail, por haber impedido a David que se tomara la justicia por su mano; Judit, por haber matado a Holofernes y liberado a Israel; Sara, la esposa de Tobit, por haber abandonado a sus padres para venir a vivir con la familia de Tobías. ¿Qué ha hecho María para que Isabel la bendiga? El relato de la anunciación lo deja claro: ha aceptado el plan de Dios (“he aquí la esclava del Señor”) y eso la ha convertido en madre de Jesús o, como dirá Isabel, en “la madre de mi Señor”. Motivo más que suficiente de alabanza.
Asombro (“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”). La forma de expresarse Isabel, tan personal, recuerda lo que escribió san Pablo a los Gálatas a propósito de la muerte de Jesús: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”. Se deja en segundo plano el valor universal de la encarnación y de la muerte para destacar lo que significan para mí. La Navidad, celebrada año tras año durante siglos, corre el peligro de convertirse en algo normal. No nos asombramos de esta venida de Jesús a mí, como si fuera la cosa más lógica del mundo. Buen momento para detenernos y asombrarnos.
Alegría (“la criatura saltó de gozo en mi vientre”). Lucas termina por donde empezó: hablando de la reacción de Juan. Pero ahora añade que el salto en el vientre de su madre lo provocó la alegría de escuchar el saludo. Los domingos anteriores han insistido en el tema de estar siempre alegres. Lo específico de este evangelio es que la alegría la provoca la presencia de María y de Jesús.
Estos tres sentimientos los inspira, según Lucas, el Espíritu Santo; ya que generalmente no lo tenemos tan presente como debiéramos, es este un buen momento para pedirle que los infunda también en nosotros.
El ejemplo de María: fe
Las palabras de Isabel, que comienzan con una alabanza de María y de Jesús, terminan con otra alabanza de María: “¡Dichosa tú que has creído!” Y esto debe hacernos pensar en la grandeza del misterio que celebramos. No es algo que se pueda entender con argumentos filosóficos ni demostrar científicamente. Es un misterio que exige fe. Para muchos, como decía el cardenal Newman, la fe es “la capacidad de soportar dudas”. Para María es fuente de felicidad. Lo será siempre, a pesar de las terribles pruebas por las que debió pasar. En ese camino misterioso de la fe, ella se nos ofrece como modelo.
El ejemplo de Jesús: cumplir la voluntad de Dios (Hebreos 10,5-10)
Hermanos:
Cuando Cristo entró en el mundo dijo: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni victimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: ‘Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.”
Primero dice: “No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias”, que se ofrecen según la Ley. Después añade: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.” Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.
En la mentalidad del pueblo, y de gran parte del clero de Israel, lo más importante en la relación con Dios era ofrecerle sacrificios de animales y ofrendas. En el fondo latía la idea de que Dios necesita alimentarse como los hombres. Los profetas, y también algunos salmistas, llevaron a cabo una dura crítica a esta mentalidad: lo que Dios quiere no es que le ofrezcan un buey o un cordero, sino que se cumpla su voluntad. Esta idea la recoge el autor de la Carta a los Hebreos y la pone en boca de Jesús (“Aquí estoy para hacer tu voluntad”), completándola con otra idea: los sacrificios de animales no tenían gran valor, había que repetirlos continuamente. En cambio, cuando Jesús se ofrece a sí mismo, su sacrificio es de tal valor que no necesita repetirse. Los sacrificios de animales pretendían establecer la relación con Dios, sin conseguirlo plenamente. El sacrificio de Jesús establece esa relación plena al santificarnos.
Al mismo tiempo, el ejemplo de Jesús nos enseña a poner el cumplimiento de la voluntad de Dios por encima de todo, de acuerdo con lo que repetimos a menudo: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.
Un anuncio (Miqueas 5,1-4)
Así dice el Señor:
“Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel. En pie, pastorea con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz.
Este breve oráculo del libro de Miqueas es famoso porque lo cita el evangelio de Mateo cuando los magos de Oriente preguntan dónde debía nacer el Mesías. El texto se dirige a personas que han vivido la terrible experiencia de la derrota a manos de los babilonios, el incendio de Jerusalén y del templo, la deportación, la desaparición de la dinastía davídica. La culpa, pensaban muchos, había sido de los reyes, los pastores, que no se habían comportado dignamente y habían llevado a cabo una política funesta. En medio del desánimo y el escepticismo, el profeta anuncia la aparición de un nuevo jefe, maravilloso, que extenderá su grandeza hasta los confines del mundo y procurará la paz y la tranquilidad a su pueblo. Pero no será como los monarcas anteriores, será un nuevo David. Por eso no nacerá en Jerusalén, sino en Belén.
Resumen
Lo que relaciona las lecturas de este domingo es la misión de Jesús y los frutos que produce. La de Miqueas anuncia que su misión consistirá en ser jefe (pastor) de Israel, procurándole al pueblo la tranquilidad y la paz. En la Carta a los Hebreos, su misión es cumplir la voluntad del Padre; gracias a eso ha restaurado nuestra relación con Dios, nos ha santificado. En el evangelio, la misión no la lleva a cabo Jesús, sino María; su simple presencia provoca una reacción de alabanza, asombro y alegría en Isabel y Juan.
En esta era de las terapias llama la atención que todavía no se hayan «re-inventado» la de bendecir, y le hayan puesto un nombre en inglés. Aunque tal vez sí la han inventado y todavía no la conocemos… Sea como sea, el arte de bendecir da para muchos cursos, talleres y libros. Además, sus buenos efectos para la salud son constatables desde el principio.
Pero antes de seguir con la bendición echemos un vistazo al evangelio que nos regala este último domingo de adviento. Es un texto muy conocido, nos lo sabemos prácticamente de memoria: la visita de María a su prima Isabel.
María, la mujer bendita de Nazaret, cuando recibe el encargo de ser la madre del Hijo de Dios, con una mezcla de asombro, temor y alegría, lo primero que hace es ponerse en camino, irse a compartir su experiencia con quien sabe que vive algo parecido.
María e Isabel son las dos grandes protagonistas del adviento. Las dos, rodeadas de fragilidad, una por su vejez y la otra por su juventud, no solo esperan, sino que sostienen la espera y hacen realidad la promesa.
Ayer leía en un misal de 1996 un pequeño comentario a lo que es el adviento. Hablaba de tres personajes protagonistas del adviento: el pueblo, Isaías y Juan Bautista. El autor de dicho comentario olvidó por completo a las grandes estrellas: María e Isabel.
Isabel, que con sus años ha aprendido el hermoso arte de bendecir, es lo primero que hace cuando oye llegar a María: “-¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”
El encuentro entre estas dos mujeres nos invita a bendecir, a ponerle voz y palabra a todo lo bueno que descubrimos. No nos engañemos pensando que el encuentro entre María e Isabel tenía solo cosas buenas, las palabras de Isabel podrían haber sido muy diferentes, algo así como: «¡Menudo lío en el que te has metido, María! ¿Cómo vamos a explicarle a la familia, al pueblo y a José que estás embarazada cuando ni siquiera estás casada?»
Lo de bendecir no es solo, ni principalmente, para los momentos idílicos, es más como la medicina que nos ayuda a descubrir el lado luminoso de la realidad. Quien bendice hace eso: señala la luz, lo bueno, y de ella recibe la fuerza y la claridad.
Oración
¡Bendecid! sí, tomando como modelo a Isabel ejercitemos el arte de bendecir.
¡Bendecid! y nuestra vida se llenará de bendición.
¡Bendecid! y la luz le seguirá ganando terreno a las tinieblas.
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DOMINGO 4º DE ADVIENTO (C)
Lc 1.39-45
Esos textos no podemos tomarlos como si fueran crónicas de sucesos. Son teología narrativa. Que el texto se ajuste más o menos a los hechos, que sea totalmente inventado o que tenga como fundamento mitos ancestrales, no tiene importancia ninguna. Lo importante es descubrir el mensaje que el autor ha querido transmitir. Si fueran noticias de un suceso, nos daríamos por enterados y punto. Si son teología, nos obliga a desentrañar la verdad que sigue siendo válida. Este texto es uno de los más densos y profundos de Lucas.
Hemos leído los textos desde una perspectiva equivocada. Ni María sabía que había engendrado al “Hijo de Dios” ni Isabel que llevaba en su seno la Precursor. No tiene ninguna verosimilitud que noventa años después del suceso, alguien se acuerde de una visita a una prima, mucho menos que recuerde las palabras que se dijeron. No digamos nada si imaginamos a María, arrancándose con el magníficat, recitado palabra por palabra. No, el relato nos está trasmitiendo lo que pensaban los cristianos de finales del siglo primero.
En el texto todo son símbolos. La primera palabra en griego es ‘anastasa’, que significa levantarse, resurgir, que se ha pasado por alto en la traducción oficial. Es el verbo que emplea el mismo Lucas para indicar la resurrección. Significa que María resucita a una nueva vida y sube a la “montaña”, el ámbito de lo divino. Pensamos que la madre da la vida al hijo. Aquí es el Hijo el que da vida a la madre. Inmediatamente, la madre lleva al que le ha dado esa vida, a los demás, es decir da a luz al Hijo. Eckhart decía con gran atrevimiento: todos estamos preñados de Dios y la principal tarea de todo cristiano es darle a luz.
La visita de María a su prima simboliza la visita de Dios a Israel. La subida de Galilea a Judá nos está adelantando la trayectoria de la vida pública de Jesús. También el Arca de la alianza recorrió el mismo camino por orden de David. El relato está calcado del libro de Samuel II que narra el traslado del arca de la ciudad de Baalá al monte Sion. David dijo: ¿Quién soy yo para que me visite el arca de mi Señor? El arca permaneció tres meses en casa de Obededón de Gat. En la llegada del arca hubo saltos de alegría. El Señor llenó de bendiciones a la casa de Obededón. Hubo cantos y anuncios de liberación.
Lo sublime se digna visitar a lo pequeño. El Emmanuel se manifiesta en el signo más sencillo. El AT y el nuevo se encuentran y se aceptan, fuera del marco de la religiosidad oficial. Desde ahora Dios lo debemos encontrar en lo cotidiano, en la vida. Jesús, ya desde el vientre de su madre, empieza su misión, llevar a otros la salvación y la alegría. Todo quiere indicar que la verdadera salvación siempre repercutirá en beneficio de los demás; si alguien la descubre, inmediatamente la comunicará. La visita comunica alegría (el Espíritu), también a la criatura que Isabel llevaba en su vientre. Se descubre el empeño por dejar a Juan por debajo de Jesús.
Si leemos con atención, descubriremos que todo el relato se convierte en un gran elogio a María. Y es el mismo Espíritu el que provoca esa alabanza: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” ¿Cuántas veces hemos repetido esta alabanza? “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” “Dichosa tú que has creído”. Creer no significa la aceptación de verdades, sino confianza total en un Dios, que siempre quiere lo mejor para el ser humano. A continuación, María pasa al elogio de Dios con el canto de “el Magníficat”.
Lo que intentan estos relatos de la infancia de Jesús es presentarlo como una persona de carne y hueso, aunque extraordinaria ya desde antes de nacer. Cuando afirmamos que esos relatos no son históricos no queremos decir que Jesús no fue una figura histórica. El NT hace siempre referencia a una historia humana concreta, a una experiencia humana única. Sin esa referencia al hombre Jesús, el evangelio carecería de todo fundamento. Ahora bien, el lenguaje que emplea cada uno de los evangelistas es muy distinto. Basta comparar los relatos de Mateo y Lucas con el prólogo de Juan, para darnos cuenta de la abismal diferencia.
La novedad que se manifiesta en María, no elimina ni desprecia la tradición, si no que la integra y transforma. El relato está haciendo constantes referencias al AT. En ningún orden de la vida, debemos vivir volcados hacia el pasado porque impediríamos el progreso. Pero nunca podremos construir el futuro destruyendo nuestro pasado. El árbol no crece si se cortan las raíces. Lo nuevo, si no integra y perfecciona lo antiguo, nunca prosperará.
A la vivencia de Jesús, hace referencia la carta de Pablo. Jesús no es un extraterrestre, sino un ser humano como nosotros, que supo responder a las exigencias más profundas de su ser. La clave está en esa frase: «Aquí estoy para hacer tu voluntad.» No se trata de ofrecer a Dios “dones” o “sacrificios”. Se trata de darnos a nosotros mismos. Esa actitud es propia de una persona volcada sobre lo divino que hay en ella. Pablo contrapone la encarnación al culto. Dios no acepta holocaustos ni víctimas expiatorias. Solo haciendo su voluntad, damos verdadero culto a Dios. En Juan, dice Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”.
Los primeros cristianos no llegaron a la conclusión de que Jesús era Hijo de Dios porque descubrieron en Él la “naturaleza” de Dios sino porque descubrieron que Jesús cumplió su voluntad. Hacía presente a Dios en lo que era y lo que hacía. Para el pensamiento semítico, ser hijo no era principalmente haber sido engendrado sino el reflejar lo que era el padre, cumplir su voluntad, imitarle. Esa fidelidad al ser del padre convertía a alguien en verdadero hijo. Descubrir esto en Jesús, les llevó a considerarlo, sin duda alguna, Hijo de Dios.
Esa voluntad no la descubrió Jesús porque tuviera hilo directo con Dios fuera. Como cualquier mortal, tuvo que ir descubriendo lo que Dios esperaba de él. Siempre atento, no solo a las intuiciones internas, sino también a los acontecimientos y situaciones de la vida, fue adquiriendo ese conocimiento de lo que Dios era para él, y de lo que él era para Dios. ‘La voluntad de Dios’ no es algo venido de fuera y añadido. Es nuestro ser en cuanto proyecto y posibilidad de alcanzar su plenitud. De ahí que, ser fiel a Dios es ser fiel a sí mismo.
En todas las épocas y todos los seres humanos han intentado hacer la voluntad de Dios, pero era siempre con la intención de que el “Poderoso” hiciera después la voluntad del ser humano. Era la actitud del esclavo que hace lo que su dueño le manda, porque es la única manera de sobrevivir. Es una pena que después del ejemplo que nos dio Jesús, los cristianos sigamos haciendo lo mismo de siempre, intentar comprar la voluntad de Dios a cambio de nuestro servilismo. En esa dirección van todas nuestras oraciones, los sacrificios, las promesas, votos.
Salvación y voluntad de Dios son la misma realidad. Jesús, como ser humano, tuvo que salvarse. Para nuestra manera de entender la encarnación, esta idea resulta desconcertante. Creemos que salvarse consiste en librarse de algo negativo. La salvación de Dios no consiste en quitar sino en poner plenitud, En todo ser humano está ya la plenitud como un proyecto que tiene que ir desarrollando. Jesús llevó ese proyecto al límite. Por eso es el Hijo.
Meditación-contemplación
¡Dichoso tú, si de verdad, confías!
María lleva a Jesús a su prima Isabel.
Antes de darle a luz, ya lo manifiesta a los demás.
La semilla divina ya está dentro de ti.
Si la dejas crecer se manifestará fuera.
Es posible que la posesión más valiosa de un ser humano sea la fe, por encima de la sabiduría, la riqueza o el prestigio. Porque la fe nos invita a pensar que no somos unos seres arrojados a este mundo sin referencias y sin más perspectiva que volver a la nada de la que procedemos —como afirma Heidegger—, sino que la vida tiene sentido y que nuestro destino es vivir.
Y quizá lo menos importante de una creencia es que sea “verdadera”. Lo que la hace importante es que nos impide resignarnos a la condición de meros animales más evolucionados que el resto, nos invita a pensar que la vida no se detiene con la muerte, nos ayuda a soportar mejor sus reveses y nos mueve a vivir con mayor ambición. En definitiva, la fe da sentido a nuestra existencia y nos allana el camino de la felicidad.
Cuando alguien busca el sentido de su vida, la primera pregunta es inmediata: ¿Existe un Dios que nos ha concebido con un fin determinado?… Porque si esto es así, basta con que desentrañemos el propósito de Dios y decidamos si queremos ser, o no, consecuentes con él. El problema es que los cauces de comunicación con Dios no son evidentes y solo contamos con nuestra fe para responderla.
La fe en Dios fue lo normal entre la mayoría de ciudadanos hasta bien entrada la edad moderna, y sólo entonces entró en crisis. Este cambio de mentalidad estuvo motivado por el desarrollo científico experimentado en esta época de la historia, y más concretamente, con el convencimiento generalizado de que a través de la ciencia íbamos a dominar la Naturaleza, vencer las enfermedades y, en definitiva, lograr en esta vida la felicidad que la religión sitúa después de la muerte.
Sobre esta base, se desarrolló una filosofía materialista, cientifista, que proclama falso todo lo que escapa al ámbito científico, que rechaza de plano la idea de Dios y propugna como alternativa a la religión un humanismo ateo que considera pueril la práctica religiosa.
Por ejemplo, Freud define la religión como “patología social” que confunde simples fenómenos psíquicos con realidades. Marx la llama el “opio del pueblo”, que mantiene al hombre ausente e inactivo ante la injusticia social. Nietzsche afirma que “Dios ha muerto” en la cultura occidental, y Russell plantea que si Dios existiese tendríamos noticia de su existencia…
Pero el reto de dar sentido a una vida sin Dios y con muerte no es trivial, pues implica que todo el esfuerzo que hagamos para desarrollar un proyecto vital que llene nuestra vida va a quedar destruido por la muerte. Es como si Miguel Ángel hubiese pintado la capilla Sixtina sabiendo que iba a ser destruida en el momento de ser acabada… La muerte es lo normal, pero la sentimos como lo más inesperado, lo más terrible, lo más absurdo; como el fracaso definitivo… a no ser que la fe alimente la esperanza de más vida al traspasar su umbral… «Dichosa tú porque has creído».
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
Comentarios desactivados en Discernir entre muchas posibilidades y caminar juntos.
James B. Janknegt, “The Visitation,”
Dos cosas quiero resaltar de la visita de María a Isabel, que narra el evangelio de Lucas. La primera es la decisión de María de ponerse en camino. La segunda es la importancia de la alegría celebrada, compartida y que genera una comprensión de la situación concreta y de la historia en clave profética.
El discernimiento acerca de nuestras acciones es una constante sobre todo en momentos especiales de la vida: ¿Qué tenemos que hacer? Y nos encantaría recibir -desde fuera- una respuesta clara, concisa y directa. Pero el discernimiento en el Espíritu no suele ser tan fácil y no suele haber una receta precisa, sino que se presentan incontables posibilidades y cada uno en particular puede elegir diferentes caminos. Además, no siempre sabemos hacia dónde nos conduce cada decisión y no podemos predecir las consecuencias directas e indirectas de nuestros actos. El itinerario no esta diseñado de antemano; está por hacerse y por inventarse. María decide ir a visitar a su prima. Ello implica tiempo de camino, de peregrinación, de estadía fuera de casa y de vuelta al camino. No es una acción sencilla para una mujer embarazada que asume aparentemente sola el reto.
El segundo aspecto es que el encuentro, el camino y sobre todo la alegría celebrada ofrece un modo de comprender la realidad muy específico. Las mujeres, según este relato, se alegran, cantan y recuerdan los textos de sus antepasadas en la fe, según sus escritos sagrados. Cantan juntas, con las voces de sus antepasadas y de este modo la realidad cobra nueva luz para ellas y para todos los demás. Se vuelven profetas para todas las generaciones.
El Adviento es para nosotros un tiempo especial para este discernimiento: ¿Qué hacer? ¿Cómo mejorar? Y nos habla de la conversión como un proceso continuo de atención a la Palabra y a lo que nos pasa y, sobre todo, a las personas que nos rodean.
Pero la conversión no consiste solamente en un proceso individual. Como comunidad reunida, que celebra, como Iglesia que camina en un proceso de conversión continua y estructural, vivimos en una ekklesia semper reformanda, tanto en estilos, en horarios, en estructuras…
En este tiempo, a esta característica de la Iglesia en movimiento, que celebra y que se alegra, se la caracteriza por iniciativa del papa Francisco, con la categoría de sinodalidad. En esta situación, tal vez las palabras proféticas y que invitan a la conversión podrían sonar algo así: ”Aprendamos a caminar juntos”. “Que cada uno discierna su propia vocación y ejerza el ministerio que le ha sido asignado”. “Alegrémonos y hagamos fiestas con los demás”. “Tomemos parte en este proceso de renovación eclesial y no nos mantengamos al margen”. “Escuchemos y demos lugar a los carismas de los otros”. “Construyamos la casa común; seamos partícipes de esta ciudadanía eclesial”.
Parece claro que Lucas construye este relato -los llamados “relatos de la infancia” son construcciones teológicas- con el objetivo de subrayar, desde el inicio mismo, uno de sus temas preferidos: el gozo. Y lo hace desde una doble perspectiva: Jesús como causa de gozo -incluso antes de nacer, ya hace saltar de alegría a Juan todavía en el vientre de su madre- y la fe como fuente de dicha permanente, según las palabras que Isabel dirige a María.
Al hablar de gozo, en el lenguaje habitual, podemos referirnos a una cualidad relativa a nuestro estado de ánimo, que tiene su polo opuesto en la pena o la tristeza. Y en ese nivel psicológico, es normal que ambos sentimientos se alternen, debido a la impermanencia que caracteriza de modo inexorable el mundo de las formas, donde todo es polar.
Sin embargo, ese mismo término apunta también a otra realidad que trasciende la impermanencia y, por tanto, es transpersonal, estable y no conoce opuesto: es el Gozo-sin-objeto o incondicionado, que experimentamos en nuestra dimensión profunda o espiritual.
Este Gozo no es ya una cualidad que tengamos o podamos perder, así como tampoco depende de alguna circunstancia que pudiera acontecer. Se trata de una realidad transpersonal: no somos, por tanto, sujetos del mismo, sino que es él la realidad que nos sostiene.
En cuanto realidad transpersonal, no conoce opuesto, sino que abraza en su seno tanto el gozo como la pena o tristeza: es no-dual. Y en cuanto tal, trasciende el mundo de las formas y la le ley de polaridad y de la impermanencia.
El Gozo no se apoya en ningún objeto, material o inmaterial -bienes, poder, prestigio, salud, relaciones de diverso tipo, creencias religiosas…-; porque todo objeto es impermanente y, por tanto, incapaz de sostener nada de manera estable.
Más aún, como realidad transpersonal, el Gozo no necesita ser sostenido por otra cosa. Él mismo es autoconsistente. Es uno con el fondo de lo real. Constituye, por tanto, nuestra verdadera identidad. En el nivel profundo, somos Gozo. No tenemos, por tanto, que “fabricarlo” ni sostenerlo, sino únicamente reconocerlo. Eso es lo que nos otorga la comprensión profunda.
En ese camino de reconocimiento ocupa un lugar destacado adiestrarnos a acallar la mente pensante, ya que ella, alejándonos de la comprensión de nuestra verdadera identidad, es la fuente de preocupaciones y de sufrimientos. Silenciada la mente pensante, ¿qué puede quitarnos el Gozo que somos?
En mi día a día, ¿dónde busco la fuente del gozo?
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Al hablar del Gozo-sin-motivo, ¿cómo no recordar las palabras de Francisco de Asís sobre la “verdadera alegría” o la “alegría perfecta”? Tras descartar que la alegría perfecta se halle vinculada al reconocimiento ni al éxito, Francisco cuenta esta narración:
“Vuelvo de Perusa y, en medio de una noche cerrada, llego aquí; es tiempo de invierno, está todo embarrado y hace tanto frío, que en los bordes de la túnica se forman carámbanos de agua fría congelada que golpean continuamente las piernas, y brota sangre de las heridas. Y todo embarrado, aterido y helado, llego a la puerta; y, después de golpear y llamar un buen rato, acude el hermano y pregunta:
– ¿Quién es?
Yo respondo:
– El hermano Francisco.
Y él dice:
– Largo de aquí. No es hora decente para andar de camino; no entrarás.
Y, al insistir yo de nuevo, responde:
– Largo de aquí. Tú eres un simple y un inculto. Ya no vienes con nosotros. Nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.
Y yo vuelvo a la puerta y digo:
– Por amor de Dios, acogedme por esta noche.
Y él responde:
– No lo haré. Vete al lugar de los crucíferos y pide allí.
Te digo que, si hubiere tenido paciencia y no me hubiere turbado, en esto está la verdadera alegría, y la verdadera virtud y salud del alma”.
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