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«La duda como alimento de la fe», por Gabriel María Otalora

martes, 1 de julio de 2025

De su blog Punto de Encuentro:

Platón atribuyó a Sócrates el famoso “solo sé que no sé nada”. La duda metódica de Descartes tiene peso en la historia de la filosofía universal. Pero hay dudas y dudas: desde el permanente cuestionamiento de alcanzar un conocimiento verdadero ante la falta de evidencias, hasta dudar entre las diferentes opciones que plantea la realidad. Todas las dudas, incluso las fundadas en el escepticismo, nacen de buscar certezas.

Tan es así que la duda ayuda a construir nuestro pensamiento crítico, ya que sin duda no hay progreso. Aunque puede igualmente mostrar inseguridad o indecisión que nace de un cálculo interesado.

En el plano específico cristiano no es diferente. Podemos acoger la duda como un ejercicio de humildad en el crecimiento espiritual al utilizarla como parte de la búsqueda en pos de una experiencia de fe más madura. Y podemos convertirla en una barrera que levantamos desde actitudes interesadas que apagan nuestra fe. Nuestro problema está aquí, en la falta de fe, a pesar de que la Biblia está llena de páginas trufadas de hechos que demuestran el Dios fiel y cercano que cumple sus promesas… aunque no cumpla nuestros deseos puntuales. Hoy no es siempre, y los tiempos de Dios no son los nuestros, tantas veces.

La duda puede incluso convertirse en certeza negativa. El escéptico más famoso de la Biblia fue el discípulo Tomás, que declaró que no creería que su maestro y amigo  Jesús había resucitado, a no ser que pudiera verlo y tocarle en persona. Creyó solo cuando se cumplieron sus deseos, pero su actitud nos dejó una lección para siempre: dichosos los que crean sin haber visto. El que espera, sabe, y por eso es paciente: «La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Hebreos 11) porque Dios ha demostrado ser fiel, verdadero y capaz.

¿Qué hacer entonces, en medio de tantas dudas? Debemos volver siempre a la fuente, a las Escrituras, y hacerlo en clave de oración. En sus páginas encontraremos la actitud necesaria para aceptar la finitud humana, incluidas aquellas dudas que surgen ante tantas decisiones importante, en medio de los avatares diarios, cuando en nuestra interioridad se llena de dudas en lo humano y lo divino. La receta, pues, es alimentarnos a diario con la oración, sobre todo cuando nos sentimos aplastados por los problemas o sufrimientos sin aparente solución. “Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa (Isaías 41).

Si Dios guarda silencio, tengamos paciencia, esperemos en el Señor, oremos sin cesar abiertos a la esperanza entre las dudas. Quizás no recibamos una solución como la que esperamos, pero es seguro que Dios no fallará por más que el camino a recorrer sea difícil. Es lo que tiene el crecimiento interior, que requiere tiempo y no se logra entre algodones, sino entre podas. La Biblia es muy clara también en esto.

Como expresa bellamente el franciscano Mikel Hernansanz, hay que mirar a los primeros discípulos de Jesús, tras la muerte del Maestro:

-Dudan, pero mantienen vivo tu recuerdo Señor, y acogen al forastero (Emaús).

-Dudan, pero se apoyan mutuamente, se mantienen unidos (Cenáculo).

-Dudan, pero permanecen con sus llantos en el lugar en el que tú estuviste (Magdalena y otra mujeres).

-Dudan, pero confiesan tres veces el amor que te negaron poco antes (Pedro).

-Dudan, pero se atreven a pedirte señales claras, desean tocarte (Tomás).

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