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¿Permitiremos que se nos arruine la Navidad?

Jueves, 31 de diciembre de 2020

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Juan de Burgos Román
Madrid.

ECLESALIA, 28/12/20.- Hola, que digo que ya estamos, como aquel que dice, metidos en Navidad, así que me pongo a escribirte, que, aunque hice el propósito de hacerlo a menudo, y no solo de Navidad en Navidad, lo cierto es que fallé de nuevo, y no quiero que, de tan escaso trato, terminemos por olvidar nuestra amistad. Me dicen que esta Navidad de ahora, la del malhadado año 2020, con el coronavirus campando por sus respetos, va a tener tintes sombríos, y que hay que hacer cuanto esté a nuestro alcance para conseguir que la Navidad no se nos arruine, más.

Cuando oigo esto, no termino de entender qué es lo que me dicen que se nos puede arruinar. Me parece que cada uno está pensando en una Navidad distinta, bueno, que hay muchas formas de percibir lo que es la Navidad y que estas son asombrosamente diferentes entre sí, pues, según quien hable, la cosa puede ser muy distinta: para unos, es una fecha mágica; para otros, son días de animación, festejos, adornos, bullicio y algazara; hay quienes entiende que es tiempo para actividades lúdicas, como ir a cazar elfos, pongo por caso; también los hay que piensan que es momento de villancicos, belenes, abetos iluminados, tradiciones, lotería, Reyes Magos y Papás Noel; para bastantes, son jornadas de vida en familia, de ir a visitar a aquellos a los que poco se visita y de separar juguetes para donar; para algunos otros, es tiempo de decir gracias, de reconciliación, de descubrir todo lo bueno que nos rodea; también los hay que piensan que es el momento de dar y recibir amor, de ofrecer lo mejor de nosotros mismos y de disfrutar del momento presente; unos pocos piensan que es la época para renovar la fe en Dios y de hacer que emerja la espiritualidad; y, aunque cada vez quedan menos, los hay que todavía entienden que es la fiesta en la que se conmemora el nacimiento de Jesús de Nazaret.

Bien es cierto que las gentes, en general, supongo, entienden que la Navidad es un poco de cada una de estas cosas que te digo, unos pellizcando más de aquí y otros más de allá, que creo que cada cual va buscando que su Navidad sea lo más venturosa posible y que ciframos nuestra felicidad en cosas muy dispares, con independencia de lo acertados que puedan estar los unos y los otros en sus apreciaciones.

Cuando las gentes aluden al espíritu de la Navidad, no están pensando, creo yo, en nada relacionado con lo espiritual ni, menos aún, con Dios, que me parece que se están refiriendo, por lo general, a la solidaridad, al compartir, cuando no a zambullirse en una gran celebración familiar, a la decoración del hogar, con luces y espumillón, a los dulces típicos de la época y a esas películas que echan en televisión todos los años por estas fechas.

Muchos, sino todos, consideramos que, por ejemplo, una deliciosa cena con la familia es motivo de alegría y bienestar, pero son pocos los que estiman que vivir siguiendo los consejos de Jesús de Nazaret nos pueda conducir a una felicidad mucho más intensa y duradera que la de la cena de la que te hablo, y es que en esto hay una percepción errónea, en exceso, de lo que es el seguimiento de Jesús, pues muchos son los que lo entiende como un modo, duro y penoso, de conseguirse el cielo, pese a que, contrariamente, es la mejor manera de situarse en la vida para lograr que la felicidad se nos haga presente, incluso allí donde hay dolor, que el cielo no se gana, porque es un regalo.

Y ya en estas, yo me digo que, para quienes no se les pasa por la cabeza la idea de dirigirse a Dios o para los que tiene escasa relación con él, cosa esta que le acaece a muchas gentes, y como quiera que, además, lo poco que les llega de las cosas de Dios es, normalmente, a través de los creyentes con quienes se relacionan, yo me digo, te decía, que para que a estas personas se les ocurra incorporar a Dios a sus vidas, o simplemente para llegar a tener curiosidad por saber cómo podría ser su vivir sintiendo a Dios a su lado, sería preciso que llegaran a percibir que el vivir de los creyentes que ellos conocen, fuese un vivir alegre, atractivo, vamos, que se los viese felices donde otros andan afligidos. Así que me da por pensar en que muy mala ha de ser la imagen que debemos estar dando los que nos decimos creyentes, o al menos bastantes de nosotros, para que sean tan pocos los que se nos acercan a preguntarnos por ese Dios con el que tan bien nos van las cosas. De modo que voy a intentar vivir mi vida de creyente como es debido, quiero decir de manera que la felicidad, no solo me visite de cuando en cuando, sino intentando que se quede a vivir conmigo.

Ah, que se me olvidaba: ojalá acertemos todos a proceder de manera que no se nos arruine esta Navidad, como suponen los agoreros que nos ha de pasar, y no te digo que le debamos perder el respeto al coronavirus, que sería una temeridad, sino que espero que consigamos que no sea él quien gobierne en nuestros adentros.

Y que un abrazo. Juan.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Imagen: Dibujo de Agustín de la Torre

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