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Archivo para Domingo, 10 de noviembre de 2019

Para Dios todos están vivos

Domingo, 10 de noviembre de 2019

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PRESENCIAS

con amigos ausentes.
Me encuentro siempre
entre el instante y la muerte.
Me encuentro siempre
con un libro enfrente,
con un hombre doliente,
y un paisaje y la corriente,
y el sol rusiente,
y el sueño, por fin, clemente.
Y un pájaro, un niño, y un árbol, vivientes.
Y Dios persistentemente presente…

*

Pedro Casaldáliga
Clamor elemental,
Editorial Sígueme, Salamanca 1971

***

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

“Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.”

Jesús les contestó:

“En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.”

*

Lucas 20, 27-38

***

 

Entre las diferentes formas de la corporeidad existe un abismo imposible de colmar a veces: una piedra no se convierte en pájaro. Otras formas corpóreas, sin embargo, aunque presentan diferencias, están en una relación vital, constituyen las fases de un único desarrollo, como por ejemplo la semilla y la planta que de ella nace. En este caso, el abismo queda superado por el misterio del grano que germina. Sin embargo, para superarlo es necesario lo que Pablo llama «el morir». La semilla debe entrar en la tierra y morir en ella, es decir, perder su forma, a fin de que pueda nacer la nueva planta. Y he aquí el paso: lo mismo sucede en el hombre. También en el hombre está presente la corporeidad en dos formas: la terrena y la celestial; de ellas, la primera es semilla de la segunda. También ellas están separadas por la muerte. El cuerpo deberá ser depositado en la tierra y descomponerse; sólo entonces se convertirá en el cuerpo nuevo, celestial. Pero he aquí la diferencia: la planta «nace» verdaderamente «de la semilla», de sus virtualidades y funciones; no así, en cambio, el cuerpo celestial del terrestre. A través de su descomposición, la semilla vive de una manera directa en la nueva planta. El cuerpo humano será resucitado después de la muerte. Aquí domina otro poder, que no brota del interior de la estructura humana, sino de la libertad de Dios.

*

Romano Guardini,
Le cose ultime,
Milán 1997, pp. 69ss.

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

“Decisión de cada uno”. 32 Tiempo ordinario – C (Lucas 20,27-38)

Domingo, 10 de noviembre de 2019

32-TO-C-600x338Jesús no se dedicó a hablar mucho de la vida eterna. No pretende engañar a nadie haciendo descripciones fantasiosas de la vida más allá de la muerte. Sin embargo, su vida entera despierta esperanza. Vive aliviando el sufrimiento y liberando del miedo a la gente. Contagia una confianza total en Dios. Su pasión es hacer la vida más humana y dichosa para todos, tal como la quiere el Padre de todos.

Solo cuando un grupo de saduceos se le acerca con la idea de ridiculizar la fe en la resurrección, a Jesús le brota de su corazón creyente la convicción que sostiene y alienta su vida entera: Dios «no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos son vivos».

Su fe es sencilla. Es verdad que nosotros lloramos a nuestros seres queridos porque, al morir, los hemos perdido aquí en la tierra, pero Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo esos hijos suyos a los que tanto ama. No puede ser. Dios está compartiendo su vida con ellos porque los ha acogido en su amor insondable.

El rasgo más preocupante de nuestro tiempo es la crisis de esperanza. Hemos perdido el horizonte de un Futuro último y las pequeñas esperanzas de esta vida no terminan de consolarnos. Este vacío de esperanza está generando en bastantes la pérdida de confianza en la vida. Nada merece la pena. Es fácil entonces el nihilismo total.

Estos tiempos de desesperanza, ¿no nos están pidiendo a todos, creyentes y no creyentes, hacernos las preguntas más radicales que llevamos dentro? Ese Dios del que muchos dudan, al que bastantes han abandonado y por el que otros siguen preguntando, ¿no será el fundamento último en el que podemos apoyar nuestra confianza radical en la vida? Al final de todos los caminos, en lo profundo de todos nuestros anhelos, en el interior de nuestros interrogantes y luchas, ¿no estará Dios como Misterio último de la salvación que andamos buscando?

La fe se nos está quedando ahí, arrinconada en algún lugar de nuestro interior, como algo poco importante, que no merece la pena cuidar ya en estos tiempos. ¿Será así? Ciertamente no es fácil creer, y es difícil no creer. Mientras tanto, el misterio último de la vida nos está pidiendo una respuesta lúcida y responsable.

Esta respuesta es decisión de cada uno. ¿Quiero borrar de mi vida toda esperanza última más allá de la muerte como una falsa ilusión que no nos ayuda a vivir? ¿Quiero permanecer abierto al Misterio último de la existencia confiando que ahí encontraremos la respuesta, la acogida y la plenitud que andamos buscando ya desde ahora?

José Antonio Pagola

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“No es Dios de muertos, sino de vivos”. Domingo 10 de noviembre de 2019. 32º Ordinario

Domingo, 10 de noviembre de 2019

57-ordinarioc32-cerezoLeído en Koinonia:

2Macabeos 7, 1-2. 9-14: El rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
Salmo responsorial: 16: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
2Tesalonicenses 2, 16-3, 5: El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.
Lucas 20, 27-38: No es Dios de muertos, sino de vivos.

Los saduceos eran los más conservadores en el judaísmo de la época de Jesús. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, que atribuían a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida… lo consideraban ideas “liberacionistas” de resentidos sociales. Para ellos no existía otra vida, la única vida que existía era la presente, y en ella eran los privilegiados –tal vez por eso, pensaban que no había que esperar otra–.

A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los ancianos, o sea, los jefes de las familias aristocráticas, y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a fundamentar teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un estilo de vida de acuerdo a las costumbres paganas de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas.

Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones que tenían más firmemente arraigadas era la fe en la resurrección, que los saduceos rechazaban abiertamente por las razones expuestas anteriormente. Pero muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena, sólo que para siempre, ya sin muerte.

Jesús estaba ya en la recta final de su vida pública. El último servicio que estaba haciendo a la Causa del Reino –en lo que se jugaba la vida–, era desenmascarar las intenciones torcidas de los grupos religiosos de su tiempo. Había declarado a los del Sanedrín incompetentes para decidir si tenían o no autoridad para hacer lo que hacían; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el imperio romano debía dejar a Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su especialidad, la ley de Moisés.

La posición de Jesús en este debate con los saduceos puede sernos iluminadora para los tiempos actuales. También nosotros, como la sociedad culta que actualmente somos, podemos reaccionar con frecuencia contra una imagen demasiado fácil de la resurrección. Cualquiera de nosotros puede recordar las enseñanzas que respecto a este tema recibió en su formación cristiana de catequesis infantil, la fácil descripción que hasta hace 50 años se hacía de lo que es la muerte (separación del alma respecto al cuerpo), lo que sería el «juicio particular», el «juicio universal», el purgatorio (si no el limbo, que fue oficialmente «cerrado» por la Comisión Teológica Internacional del Vaticano hace unos pocos años), el cielo y el infierno (¡!)…

La teología (o simplemente la imaginería) cristiana, tenía respuestas detalladas y exhaustivas para todos estos temas. Creía saber casi todo respecto al más allá, y no hacía gala precisamente de sobriedad ni de medida. Muchas personas «de hoy», con cultura filosófica y antropológica (o simplemente con «sentido común actualizado») se ruborizan de haber creído semejantes cosas, y se rebelan, como aquellos saduceos coetáneos de Jesús, contra una imagen tan plástica, tan incontinente, tan maximalista, tan fantasiosa, y para más inri, tan segura de sí misma. De hecho, en el ambiente general del cristianismo, se puede escuchar hoy día un prudente silencio sobre estos temas, otrora tan vivos y hasta tan discutidos. En el acompañamiento a las personas con expectativas próximas de muerte, o en las celebraciones en torno a la muerte, no hablamos ya de los difuntos ni de la muerte de la misma manera que hace unas décadas. Algo se está curvando epistemológicamente en la cultura moderna, que nos hace sentir la necesidad de no repetir ya lo que nos fue dicho, sino de revisar y repensar con más continencia lo que podemos decir/saber/esperar.

Como a aquellos saduceos, tal vez hoy Jesús nos dice también a nosotros: «no saben ustedes de qué están hablando…». Qué sea el contenido real de lo que hemos llamado tradicionalmente «resurrección», no es algo que se pueda describir, ni detallar, ni siquiera «imaginar». Tal vez es un símbolo que expresa un misterio que apenas podemos intuir, pero no concretar. Una resurrección entendida directa y llanamente como una «reviviscencia», aunque sea espiritual (que es como la imagen funciona de hecho en muchos cristianos formados hace tiempo), hoy no parece sostenible, críticamente hablando.

Tal vez nos vendría bien a nosotros una sacudida como la que dio Jesús a los saduceos. Antes de que nuestros contemporáneos pierdan la fe en la resurrección y con ella, de un golpe, toda la fe, sería bueno que hagamos un serio esfuerzo por purificar nuestro lenguaje sobre la resurrección y por poner por delante su carácter mistérico. Fe sí, pero no una fe perezosa y fundamentalista, sino una fe seria, sobria, crítica, responsable y continente. Hay libros adecuados para estos temas, que recomendamos más abajo. Leer más…

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10.11.19. Domingo 32, ciclo C. Lc 20, 27-38. Érase una mujer al servicio de siete maridos

Domingo, 10 de noviembre de 2019

41Del blog de Xabier Pikaza:

La pregunta saducea

La resurrección de la mujer

Érase una mujer al servicio de siete maridos…  Así lo cuenta Lc  20, 27-38, uno de los textos más luminosos y liberadores del Nuevo Testamento, que los “sacerdotes” posteriores, de la iglesia saducea (legalista), no han sabido entender o no han querido aplicar, como los que preguntaron a Jesús, suponiendo que el tema de la “resurrección” (cambio de vida) no se aplica a las mujeres, pues ellas son los que son, y no tienen más remedio que seguir sometidas a los hombres, en el matrimonio y  en los otros planos de la vida.

Este pasaje vincula la liberación de la mujer con su (la) resurrección. Los saduceos suponían que la forma que vida que tienen las mujeres (y la ley del levirato: siete mujeres para un hombre) no tenía sentido la resurrección; por eso plantearon a Jesús una “pregunta trampa”, que iba en contra de todo mesianismo, de toda utopía y cambio en línea de “resurrección”, por culpa de las mujeres, como explicaremos a continuación.

Pero Jesùs contexto vinculando la liberación de las mujeres con la resurrección,  con un texto que sigue marcando hasta hoy la identidad cristiana, un texto central de la tradición sinóptica (Lc 20, 27‒38; cf. Mc 12, 18‒27; Mt 22, 23‒33), que, en general ha quedado marginado dentro de la iglesia posterior:

Texto: El evangelio del domingo:

  1. En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano (cf. Dt 25, 5ss). Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.
  2. Jesús les contestó: “En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección”. Estáis muy equivocados
  3. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos (Ex 3, 6) (Lc 20, 27-38)

PROBLEMÁTICA FUNDAMENTAL

  1. En un sentido, el texto anuncia el futuro de los hombres y mujeres tras la muerte, pero en otro  sentido más profundo trata de las condiciones y formas de vida de este mundo, donde hay una “ley” que separa y divide a los hombres y mujeres, poniendo a las mujeres al servicio de la reproducción y de la hacienda (herencia) de los hombres “propietarios”. Ellas no se poseen a sí mismas, ni poseen su dinero, ni  su cuerpo, sino que “ruedan” al servicio de los hombres. Pues bien, eso es lo que pone en juicio este pasaje, eso es lo que supera.
  2. Con la llegada del Reino (simbolizado por la resurrección), cambia esa ley, cesa ese decreto que somete a las mujeres al servicio de los hombres y los hijos, de la hacienda y finalmente de la  misma religión (que ratifica el poder de los varones). Esta es la experiencia y novedad del texto, como una bomba que estalla bajo la línea de “flotación” de un tipo de sociedad machista. Conforme al camino y mensaje de Jesús, ellas, las mujeres, no están para los hombres (sometidas a su hacienda y religión), sino que valen/son en sí mismas, como ángeles (hijos de Dios) y sólo desde autonomía y libertad pueden colaborar en igualdad con los hombres.
  3. En este contexto, ser “hijos de Dios, ser como ángeles” no significa ser axesuados  (¡que las mujeres sean angelitos falsamente espirituales!), sino que sean autónomas, independientes, personas (presencia de Dios). En el camino de Jesús (que es camino de reino‒resurrección) emerge así la “dignidad” angélico (es decir, divina) de varones y mujeres, de forma que las mujeres no son siervas de los hombres (para placer, procreación y cuidado de la casa) sino personas autónomas, en todos los sentidos. Eso significa  ser “como ángeles”, es decir, hijos de Dios (=presencia de Dios).
  4. Consecuencia judía y cristiana. En esa línea, un “matrimonio de levirato (como el de las mujeres judías  sometidas a los hombres) o una institución levirática como un tipo de Iglesia católica donde las mujeres se encuentra sometidas “jerárquicamente” a los hombres, carece de sentido. Ciertamente, un tipo de ortodoxia o catolicismo posterior ha aceptado este texto de Jesús, pero lo ha arrinconado (como si fuera un pasaje de puro folklore), instituyendo unos ministerios leviráticos de varones que se creen superiores ante Dios y siguen dominando a las mujeres. Buena prueba de ello son las razones “antievangélicos” que cierta jerarquía sigue aduciendo para no “ordenar” a las mujeres.
  5. Sólo en ese sentido se puede hablar una Resurrección que empieza ya aquí, en esta vida y que se aplica de igual forma a varones mujeres. La prueba de Jesús viene dada por el texto clave de Ex 3, 6 (y de otros pasajes del AT), donde Dios se presenta como “Dios de Abraham, Isaak y Jacob”, es decir, al mismo tiempo (pues Jesús iguala a varones y mujeres) como “Dios de Sara y Agar, de Rebeca, Raquel y Lea…”. Éste es el Dios que está presente y se revela (vive en los hombres y mujeres, que siguen viviendo en su memoria y en la vida de la historia por encima de la muerte).

PRESENTACIÓN Y DIVISIÓN DEL TEXTO.

t60135657-b376054665_s400Tal como lo he dividido, el texto tiene tres partes. La primera trata de la ley del levirato y del caso de la mujer de siete maridos. La segunda del matrimonio y los ángeles.  Los saduceos ridiculizan la resurrección de los muertos, hablando una mujer que había sido “propiedad” de siete maridos. ¿De quién de ellos será al fin de los tiempos? La cuestión ha sido bien planteada: no alude a la mera supervivencia espiritual sino a realización integral de la persona, dentro de un grupo social (de una familia), en un cielo realísimo, de maridos y mujeres, de propiedades y tierras. Es evidente que una mujer concebida como propiedad del varón no tiene cabida en el Reino de la resurrección, en el que todo se vuelve actual, pues ella tendría que ser concebida como propiedad de siete varones. En este contexto se plantea le ley del levirato.

Ley del Levirato:

“Si unos hermanos viven juntos y muere uno de ellos sin dejar hijo, la mujer del difunto no se casará fuera de la familia con un hombre extraño. Su cuñado se unirá a ella y la tomará como su mujer, y consumará con ella el matrimonio levirático… (Dt 25, 5).   Éstos son los fundamentos y sentido de esa “ley”

  1. La herencia debe mantenerse en la familia o clan, de forma que la mujer no vale por sí misma, sino al servicio de la herencia y familia. El texto supone, dentro del espíritu de continuidad familiar, que cada hombre, fundador de familia, posee una tierra y que debe legarla a sus descendientes, dentro de una “federación” de familias libres. Si un hombre muere sin dejar herencia, su tierra podría convertirse en propiedad de otros… Por eso, la viuda debía casarse de nuevo dentro de la familia.
  2. En otro sentido, esa ley quiere proteger a las viudas… que corren el riesgo de quedar desamparadas, si pierden al marido y no tienen hijos (como sabe el conjunto de leyes de Éxodo y Deuteronomio, que mandan proteger a las viudas). Pues bien, en aquel contexto, la mejor forma de proteger a las viudas era mantenerlas dentro de la misma familia, no por “caridad”, sino por ley (como esposas de un hermano del difunto).
  3. Pero, al final, esa ley ratificaba el “sometimiento” de la mujer, al servicio del marido y de los hijos (de la herencia de la casa). Pues bien, la novedad de Jesús consiste en “liberar” a las mujeres de ese tipo de ley, de ese tipo de familia, dándoles autonomía, como “ángeles” poderosos, es decir, como “hijos de Dios”, lo mismo que los varones, pues lo que se dice del “reino futuro” se dice del reino presente, es decir, de la Iglesia de Jesús.
  4. La mujer sometida al “engranaje” de poder familiar, económico y religioso de los varones. En el engranaje citado de herencia de la tierra y de mantenimiento de la estirpe (las dos promesas de Abrahán: tierra y descendencia) entra la mujer. Pues bien, premisamente para impedir la lucha por la herencia (y para confirmar la autoridad de los varones) en una sociedad patriarcalista (¡el padre mantiene su “nombre” por los hijos) se ha establecido la ley del levirato, aunque ella pueda aparecer también y sea garantía de seguridad para las mujeres: (Una viuda sin hijos (sin familia) carece de protección y derechos civiles; para defenderla en plano económico y afectivo, ofreciéndole una casa, la desposa su cuñado! Mirada así, esa ley resultaba necesaria en aquel… pero mirada desde la perspectiva de Jesús aquel ley de la mujer sometida era mala, debía superarse, en camino de Reino.

Respuesta de Jesús

Rut 4Jesús acepta el levirato, en un sentido, para los hijos de este eón” (hoiy houioi tou aiônos toutou). Eso significa que él no demoniza esa ley, pero la sitúa sólo en este mundo, antes de la “resurrección”, es decir, antes de la llegada del Reino de Dios. Es una ley que puede haber valido, en un mundo de opresión y dominio de varones, pero no vale ya para el reino  (Sobre el levirato cf. D. A. Leggett, The Levirate and Goel. Institution in the Old Testament with special Attention to the Book of Ruth, Ney Jersey 1974; R. de Vaux, Instituciones del AT, Herder, Barcelona 1985, 71-73).

No se casan al estilo antiguo

En esta vida, hombres y mujeres se casan y son casados; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán ni serán casados. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, siendo hijo de la resurrección. Estáis muy equivocados

            He procurado traducirlo al pie de la letra. En un plano general, la respuesta de Jesús es clara: Los resucitados no se casan al estilo antiguo y por eso carece de sentido la pregunta sobre quién de los siete poseerá a la viuda común sobre el cielo. Ni los hombres serán dueños (no se casarán en clave activa de posesión); ni ellas serán siervas (no serán casadas, en plano de sometimiento).

Habrá acabado el tiempo en que la esposa sin marido y descendencia puede ser “utilizada” por “levires” para asegurar la herencia patriarcal de la familia. Ella será por fin persona en el sentido radical de la palabra: responsable y dueña de sí misma, independiente ante Dios y ante los otros. Eso significa que ella no estará ya al servicio de un campo, ni de una descendencia del marido. Será libre, como el esposo, podrá vivir una vida personal…

Éste es el tema de fondo. Un tema hermoso…, pero revolucionario. Para que se cumple lo que pide Jesús es necesaria una revolución económica (de posesión de campos) y familiar (de posesión de mujeres). Jesús proyecta esa revolución para el “fin” (para el tiempo de la resurrección). Pero es evidente que lo que se dice del fin (Reino de Dios) se aplica al presente, pues el Reino está comenzando ya.

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La resurrección: ¿mito o realidad? Domingo 32 Ciclo C

Domingo, 10 de noviembre de 2019

29abril2011Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Hace una semana hemos celebrado la fiesta de los difuntos. Miles de personas habrán visitado los cementerios o, al menos, los habrán recordado y asistido a la eucaristía. Pero las actitudes ante la muerte habrán sido muy distintas: desde una gran fe en la resurrección hasta la duda o incluso la negación. Las lecturas de este domingo nos ofrecen dos actitudes muy distintas ante la esperanza de otra vida: la de quienes creen firmemente en ella (los siete hermanos del libro de los Macabeos) y la de quienes bromean sobre la cuestión (los saduceos)

Los israelitas y la fe en la resurrección

            En contra de lo que muchos pueden pensar, el pueblo de Israel no tuvo en todos los siglos antes de Jesús una idea clara de la resurrección. Más bien se daba por supuesto que el hombre, cuando moría, descendía al Seol, donde llevaba una forma de vida en la que no era posible la felicidad ni tenía lugar una visión de Dios. La oración que pronuncia el piadoso rey Ezequías (siglo VIII a.C.) expresa muy bien la opinión tradicional (Isaías 38,18-19).

            «El Abismo no te da gracias, ni la Muerte te alaba,

            ni esperan en tu fidelidad los que bajan a la fosa.

            Los vivos, los vivos son los que te dan gracias, como yo ahora.»

            Los judíos comienza a creer en la resurrección en los últimos siglos del Antiguo Testamento; los testimonios más claros proceden del siglo II a.C., en el libro de Daniel y en 2 Macabeos. Debió de contri­buir mucho a implantar esta fe la idea de que quienes morían por ser fieles a Dios y a sus manda­mientos debían recibir una recompensa en la otra vida. La última visión del libro de Daniel termina con estas palabras: «Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua» (Daniel 12,2). Y, poco después, el ángel dice a Daniel: «Te alzarás a recibir tu destino al final de los días» (Daniel 12,13).

Los que se toman la resurrección en serio

            El libro segundo de los Macabeos contiene en el c.7 una leyenda sobre la muerte de siete hermanos junto con su madre, en la que se afirma claramente la fe en la resurrección. Un fragmento de ese capítulo constituye la primera lectura de este domingo (2 Macabeos 7, 1-2. 9-14).

            «En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»

            El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna. »

            Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.»

            El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida».

Los que se toman la resurrección en broma

            Esta fe en la resurrección fue aceptada plenamente por los fariseos. En cambio, los saduceos la rechazaban como novedad e intentan discutir sobre el tema con Jesús. El evangelio de Lucas lo cuenta de este modo:

            En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

            ‒ Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.

            Jesús les contestó:

            ‒ En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.

Los saduceos

            Los saduceos formaban uno de los grandes grupos religioso-políticos de la época de Jesús, junto con los fariseos, los esenios y los sicarios. Su nombre deriva de Sadoc, sumo sacerdote en tiempos de Salomón. Aunque el partido estaba com­puesto en gran parte por sacerdotes, también lo integraban seglares. Su rasgo más destacado es que pertenecían a la aristo­cra­cia. Cuentan sobre todo con los ricos; no tienen al pueblo de su parte. «Esta doctrina es profesada por pocos, pero éstos son hombres de posición elevada» (Flavio Josefo, Antigüedades de los Judíos XVIII, 1, 4).

            Aparte de su condición de aristócratas, otro rasgo característico es que únicamente reconocían como vinculante la Torá escrita y rechazaban el conjunto de la interpretación tradicional y su desarrollo ulterior a lo largo de los siglos, «las tradiciones de los antepasados». Es muy posible que sólo conside­rasen el Penta­teuco como texto canónico en el sentido estricto.

            Como consecuencia de lo anterior, su visión religiosa era muy conservadora:

            1) negaban la resurrección de los cuerpos y cual­quier tipo de supervivencia personal;

            2) negaban la existencia de ángeles y espíritus;

            3) afirmaban que «el bien y el mal estaban al alcance de la elección del hombre y que éste puede hacer lo uno o lo otro a voluntad»; en consecuencia, Dios no ejerce influjo alguno en las acciones humanas y el hombre es él mismo causa de su propia fortuna o desgracia.

            Cuando se acercan a Jesús no plantean los tres problemas, sólo el primero, a propósito de la resurrec­ción.

El argumento de los saduceos: la ley del levirato

            El argu­mento que aducen es muy simple; más que simple, irónico, basado en una ley antigua. En Israel, como entre los asirios e hititas, se pretendía garanti­zar la descendencia y la estabilidad de los bienes familiares mediante una ley que se conoce con el nombre latino de «ley del levirato» (de levir, «cuñado»), y dice así:

            «Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin hijos, la viuda no saldrá de casa para casarse con un extraño; su cuñado se casará con ella y cumplirá con ella los deberes legales de cuñado; el primogénito que nazca continuará el nombre del hermano muerto, y así no se extinguirá su nombre en Israel. Pero si el cuñado se niega a casarse, la cuñada acudirá a las puertas, a los ancianos, y declarará: ‘Mi cuñado se niega a transmitir el nombre de su hermano en Israel, no quiere cumplir conmigo su deber de cuñado’. Los ancianos de la ciudad lo citarán y procura­rán convencerlo; pero si se empeña y dice que no quiere tomarla, la cuñada se le acercará, en presencia de los ancianos, le quitará una sandalia del pie, le escupirá en la cara y le responderá: ‘Esto es lo que se hace con un hombre que no edifica la casa de su hermano’ Y en Israel le pondrán por mote ‘La casa del Sinsandalias” (Dt 25,5-10).

            He citado toda la ley por simple curiosidad. A los saduceos les basta la primera parte para plantear un caso aparentemente insoluble. Parten de la idea, bastante exten­dida entre los ju­díos de la época, de que la vida matrimonial conti­nuaba después de la resurrección. Entonces, ¿cómo se resuelve el caso de los siete hermanos que han tenido la misma mujer? La pregunta de los saduceos es inteli­gente: no niegan de entrada la resurrec­ción, al contrario, parecen afirmar­la («cuando resuci­ten»); pero proponen una difi­cultad tan grande que el adversario puede sentirse obligado a reconocer su derrota y negar esa resurrección.

La respuesta de Jesús

            En los evangelios de Marcos y Mateo, la respuesta de Jesús comienza con un duro ataque a los saduceos: «Estáis equivocados, porque no conocéis las Escrituras ni el poder de Dios». Decirle a un judío, sobre todo si es sacerdote, que no conoce las Escrituras ni el poder de Dios es el mayor insulto que se le puede dirigir. Lucas omite esta frase y Jesús se limita a indicar la diferencia radical entre la vida presente y la futura. «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán». Los saduceos entienden la vida futura como una reproducción literal de la presente (muchas mujeres, y también muchos hombres, dirían que para eso no vale la pena resucitar). Para Jesús, en cambio, las relaciones cambian por completo: varones y mujeres serán «como ángeles de Dios».

            Para comprender esta comparación con los ángeles hay que tener en cuenta la mentalidad dualista que reflejan algunos escritos judíos anterio­res, como el Libro de Henoc. En él se distinguen dos clases de seres: los carnales (los hombres) y los espiritua­les (los ánge­les). Los primeros necesitan casarse para garantizar la procrea­ción. Los segundos, no. A los primeros, Dios «les ha dado mujeres para que las fecunden y tengan hijos y así no cese toda obra sobre la tierra». Y a los ángeles se les dice: «Voso­tros fuisteis primero espirituales, con una vida eterna, inmor­tal, por todas las generaciones del mundo. Por eso no os he dado mujeres, porque la morada de los espirituales del cielo está en el cielo» (Henoc 15,4-7). En este texto, la mujer es vista exclusivamente desde el punto de vista de la procreación, y el matrimonio no tiene más fin que garantizar la supervivencia de la humanidad.

            A la luz de este texto, la comparación con los ángeles significa que la humanidad pasa a una forma nueva de existen­cia, inmortal, en la que no es preciso seguir procreando. De las palabras de Jesús no pueden sacarse más conclusiones sobre la vida de los resucitados. El sólo pretende desvelar el equívoco en que se mueven los saduceos y la mayoría de sus contemporáneos en este punto. Lo curioso es que Jesús diga esto a un grupo religioso que tampoco cree en los ángeles.

La resurrección

            Resuelta la dificultad, pasa a demostrar el hecho de la resurrec­ción. Los rabinos fundamentaban la fe en la resurrección usando tres recursos:

            1) citas de la Escritura (los puedes ver en el apartado siguiente);

            2) relatos del AT de resurrección de muer­tos (los de Elías y Eliseo);

            3) argumentos de razón.

            Jesús se limita al primer recurso citando las palabras de Dios a Moisés cuando se le revela en la zarza ardiente: «Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob». Conviene recordar que estas palabras formaban parte de una de las dieciocho bendiciones que todo judío piadoso rezaba tres veces al día. Por tanto, se trata de palabras conoci­das y repetidas continuamente por los saduceos, pero de las que no extraen la consecuencia lógica: «Dios no es un Dios de muer­tos, sino de vivos». A una mentalidad crítica, esta argumen­tación puede resultarle de una debilidad sorprendente. Sin embargo, no es tan débil. Más bien, deja clara la debilidad del punto de vista de los saduceos, que confiesan una serie de cosas sin querer aceptar las conclusiones. Desde el punto de vista de un debate teológico, es más honesto negarlo todo que afirmar algo y negar lo que de ahí se deriva.

            Años más tarde, en algunos cristianos de Corinto se daba una actitud parecida a la de los saduceos. Aceptaban y confesaban que Jesús había resucitado, pero negaban que los demás fuésemos a resucitar. Se aceptaba el evangelio como algo válido para esta vida, pero se negaba su promesa de otra vida definiti­va. Esta contradicción es la que ataca Jesús en los saduceos.

            Si mi interpretación es exacta, este texto no serviría para demos­trarle a un ateo que existe la resurrección. El debate de Jesús con los saduceos se mueve a un nivel de fe y de aceptación de unas verdades prelimina­res. El texto se dirige más bien a gente de fe, como nosotros, que dudan de sacar las consecuencias lógicas de esa fe que confiesan.

Textos usados por los rabinos para demostrar la resurrección

            A título de curiosidad recojo esos textos. Desde un punto de vista crítico, algunos carecen de valor, están traídos por los pelos. El más valioso es el último, el de Isaías. Recuerdo que los judíos no admiten como inspirados los libros de los Macabeos, y no usan la primera lectura de hoy para argumentar.

Dt 4,4: «Vosotros, que habéis seguido unidos a Yahvé vuestro Dios, estáis hoy todos vivos».

            Dt 11,9: «Prolongaréis vuestros años sobre la tierra que el Señor, vuestro Dios, prometió dar a vuestros padres y a su descendencia: una tierra que mana leche y miel.»

            Dt 31,16: «El Señor dijo a Moisés: Mira, vas a descansar con tus padres…»

            Is 26,19 «¡Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán, despertarán jubilosos los que habitan en el polvo! Porque tu rocío es rocío de luz, y la tierra de las sombras parirá.»

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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. 10 noviembre, 2019

Domingo, 10 de noviembre de 2019

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“…y es que ya no pueden morir, pues son como ángeles; son hijos de Dios, porque han resucitado”.

(Lc 20, 27-36)

El Evangelio de este domingo nos plantea una cuestión muy seria. Más allá del lio de los siete maridos, lo que pone sobre el tapete es el tema de la Resurrección.

Y no es tan fácil como en Pascua. En Pascua hablamos de la resurrección de Jesús, la celebramos y con la primavera se nos va llenando todo de vida, de esperanza y de colores. Podríamos decir que creer en la resurrección de Jesús es fácil, es lo que esperamos durante toda la cuaresma. Esperamos que la vida venza sobre la muerte. Esta es la esperanza cristina: la muerte no tienen la última palabra.

Hasta aquí todo bien. Pero el evangelio de hoy no nos habla de la resurrección de Jesús, no. Lo que nos pregunta este evangelio es: ¿qué esperamos, qué creemos que hay después de la muerte, de la nuestra y de la nuestros seres queridos? ¿Qué creemos que es morir?

Pregunta difícil, incómoda, sobre todo si la muerte está presente y cercana en nuestra vida. Una manera de saber verdaderamente qué creemos que hay después de la muerte es pararnos a pensar en qué le hemos dicho a una persona cercana cuando ha fallecido un ser querido o más aún; qué hemos pensado y sentido ante la muerte de una persona a la que queríamos.

¿Creemos realmente que la muerte es de verdad la Pascua? Ese paso que nos conduce a ser en plenitud aquello que anhelamos. ¿Creemos de verdad en la VIDA (con mayúsculas) que inaugura Jesús? ¿Te lo crees?

Oración

Trinidad Santa, no permitas que nos dejemos arrastrar por las redes de nuestra sociedad

que nos quiere hacer creer que no existe la muerte, ni la enfermedad, ni el dolor…

y con ello nos vuelve incapaces de hacerles frente con humanidad y madurez.

 

*

Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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El más allá no es una continuación del más acá.

Domingo, 10 de noviembre de 2019

alex_pettyfer_1175095842Lc 20,27-38

Por fin estamos en Jerusalén. Lc ya ha narrado la entrada solemne y la purificación del Templo. Sigue la polémica con los dirigentes. Los saduceos, que tenían su bastión en torno al templo, entran en escena. Era más un partido político que religioso. Estaba formado por la aristocracia laica y sacerdotal. Preferían estar a bien con la Roma y no poner en peligro sus intereses. Solo admitían el Pentateuco como libro sagrado. Tampoco admitían la tradición. No creían en la resurrección. Jesús no responde a la pregunta. Responde a lo que debían haber preguntado.

El planteamiento responde a una visión mítica. Lo que encerraba una verdad desde esa visión, se convierte en absurdo cuando lo entendemos racionalmente desde nuestro paradigma. Pensar y hablar del más allá es imposible. Es como pedirle a un ordenador que nos de el resultado de una operación sin suministrarle los datos. Ni siquiera podemos imaginarlo. Puedo imaginar lo que es una montaña de oro aunque no exista en la realidad, pero tengo que haber percibido por los sentidos lo que es el oro y lo que es una montaña. No tenemos ningún dato que nos permita imaginar el más allá, porque todo lo que llega a nuestra mente ha entrado por los sentidos.

Las imaginaciones para el más allá carecen de sentido. Lo único racional es aceptar que no sabemos absolutamente nada. El instinto más visceral de cualquier ser vivo es la permanencia en el ser; de ahí que la muerte se considere como el mal supremo. Para el ser humano, con su capacidad de razonar, ningún programa de salvación será convincente si no supera su condición mortal. Si el hombre considera la permanencia en el ser como un valor absoluto, también considerará como absoluta su pérdida. Todos los intentos por encontrar una salida son inútiles.

Todos queremos ser eternos en nuestro yo individual porque no hemos descubierto nuestro verdadero ser más allá de nuestra contingencia. Esa contingencia no es un fallo, sino mi propia naturale­za; por lo tanto no es nada que tengamos que lamentar ni de lo que Dios tiene que librarnos, ni ahora ni después. Mis posibilidades de ser las puedo desplegar aquí y ahora, a pesar de esa limitación. No creo que sea coherente el postular para el más allá un cielo maravilloso mientras seguimos haciendo de la tierra un infierno.

Nuestro ser, que creemos autosuficiente, hace siempre referencia a Otro que me fundamenta, y a los demás que me permiten realizarme. La razón de mi ser no está en mí sino en Otro. Yo no soy la causa de mí mismo. No tiene sentido que considere mi propia existencia como el valor supremo. Si mi existir se debe al Otro, Él será el valor supremo también para mi ser individual y aparentemente autónomo. Si el Otro, desde su ser permanente, se relaciona conmigo, esa relación no puede terminar y mi relación con Él también lo será eterna.

El pueblo de Israel empezó a reflexionar sobre el más allá unos 200 años antes de Cristo. El concepto de resurrección no se acuñó hasta después de las luchas macabeas. Los libros de los Macabeos se escribieron hacia el año 100 a C. El libro de Daniel se escribió hacia el año 164 a C. Anteriormente solo se pensó en la asunción al “cielo” de determinadas personas que volverían a la tierra para llevar a cabo una tarea de salvación; no se trataba de resurrección escatológica sino de una situación de espera en la reserva para volver.

Para los semitas, el ser humano era un todo, no un compuesto de partes. Se podían distinguir en él, distintos aspectos: a) Hombre-carne. b) Hombre-cuerpo. c) Hombre-alma. d) Hombre-espíritu. Por otro lado, los filósofos griegos consideraron al hombre como compuesto de cuerpo y alma. Afirmaban la inmortalidad del alma, pero no concedían ningún valor al cuerpo; al contrario lo consideraban como una cárcel. La muerte era una liberación, una ascensión.

Los semitas, al no conocer un alma sin cuerpo, no podían imaginar un ser humano sin cuerpo. Ni siquiera tienen una palabra para esa realidad desencarnada. Tampoco tienen un término para expresar el cuerpo sin alma. La doctrina cristiana sobre el más allá, nace de la fusión de dos concepciones del ser humano irreconciliables, la judía y la griega. Lo que hemos predicado los cristianos hubiera sido incomprensible para Jesús. La palabra que traducimos por alma quiere decir simplemente “vida”. Y la palabra que traducimos por cuerpo, quiere decir persona.

El NT proclama la resurrección de los muertos. Aunque nosotros hoy pensamos en la supervivencia del alma, no es esa la idea que nos quiere trasmitir la Biblia. Nos hemos apartado totalmente del pensamiento de la Biblia y ha prevalecido la idea griega, aunque tampoco la hemos conservado con exactitud, porque para los filósofos griegos no se necesitaba ninguna intervención de Dios para que el alma subsistiera y la resurrección del cuerpo era un flaco favor.

La base de toda reflexión sobre al más allá está en la resurrección de Cristo. La experiencia que de ella tuvieron los discípulos es que en Jesús, Dios realizó plenamente la salvación de un ser humano. Jesús sigue vivo con una Vida que ya tenía cuando estaba con ellos, pero que no descubrieron hasta que murió. En él, la última palabra no la tuvo la muerte sino la Vida. Esta es la principal aportación del texto de hoy: “serán como Ángeles, serán hijos de Dios”.

¿Cómo permanecerá esa Vida que ya poseo aquí y ahora? Ni lo sé ni puedo saberlo. No debemos rompernos la cabeza pensando como va a ser ese más allá. Lo que de veras me debe importar es el más acá. Descubrir que Dios me salva aquí y ahora. Vivenciar que hoy es ya la eternidad para mí. Que la Vida definitiva la poseo ya en plenitud ahora mismo. En la experiencia pascual, los discípulos descubrieron que Jesús estaba vivo. No se trataba de la vida biológica sino la Vida divina que ya tenía antes de morir, a la que no puede afectar la muerte biológica.

Los cristianos hemos tergiversado hasta el núcleo central del mensaje de Jesús. Él puso la plenitud del ser humano en el amor, en la entrega total, sin límites a los demás. Nosotros hemos hecho de esa misma entrega una programación. Soy capaz de darme, con tal que me garanticen que esa entrega terminará por redundar en beneficio de mi ego. Lo que Jesús predicó fue que la plenitud humana está precisamente en la entrega total. Mi objetivo cristiano debe ser deshacerme, no garantizar mi permanencia en el ser. Justo lo contrario de lo que pretendemos.

¿Te preocupa lo que será de ti después de la muerte? ¿Te ha preocupado alguna vez lo que eras antes de nacer? Tú relación con el antes y con el después tiene que responder al mismo criterio. No vale decir que antes de nacer no eras nada, porque entonces hay que concluir que después de morir no serás nada. La eternidad no es una suma de tiempo sino un instante más allá del tiempo. Desde la visión más escolástica, para Dios soy igual en este instante que antes de nacer o después de morir. Desde la visión de Dios que tenemos hoy, no somos nada distinto de Él y en Él siempre hemos sido y seremos lo mismo.

“…porque para Él, todos están vivos”. ¿No podría ser esa la verdadera plenitud humana? ¿No podríamos encontrar ahí el auténtico futuro del ser humano? ¿Por qué tenemos que empeñarnos en que nos garanticen una permanencia en el ser individual para toda la eternidad? ¿No sería muchísimo más sublime permanecer vivos solo para Él? ¿No podría ser que consumirnos en favor de los demás fuese la auténtica consumación del ser humano? ¿No es eso lo que celebramos en cada eucaristía?

Meditación

Para Dios todo está en un eterno presente.
Como ser humano puedo vivir conscientemente mi relación con el Absoluto.
La experiencia de lo Absoluto es mi verdadera Vida.
No confundir con mi vida biológica que solo es un accidente.
Mi presente se funde con mi pasado y mi futuro.
Desde mi contingencia, puedo experimentar un ahora eterno.

 

Fray Marcos

Fe Adulta

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Dios de vivos y muertos

Domingo, 10 de noviembre de 2019

jesus-latigoLa mente del hombre es como una tienda de idolatrías y supersticiones (Juan Calvino)

Luc 20, 27-38

No es Dios de muertos, sino de vivos

10 domingo. DOMINGO XXX DEL TO

Prueba de Dios en Antiguo Testamento: el Señor es Dios de vivos, y Jesús en el Nuevo: tanto, de vivos como de muertos; aunque las voces más auténticas las pronunció el fiorentino Girolamo Savonarola (1452-1448), dominico, mientras él trabajaba por establecer una “república cristiana” -así como Calvino (1509-1564) lo hizo después en Ginebra-, y que a mi mejor hubiera parecido que hubiera ostentado más color verde de república, que amarillo de cristiana, igual que es el color de los revolucionarios.

 

¿Acaso no eras tú, Jesús, quien látigo en mano, azotaste ladrones en un templo, realizando latrocinio?

David Hume (1711-1776), filósofo escocés, dijo:

“Debe señalarse que los principios religiosos sufren una suerte de flujo y reflujo en la mente humana, y que los hombres tienen natural a elevarse de la idolatría monoteísmo y a recaer de nuevo del monoteísmo en la idolatría”, testimonio igualmente revolucionario.

Sueños de Ébano; un Rave’l Dreams, estrenado el 20 febrero de 2016 en L’Auditori de Barcelona, que cautivó tanto a audiencias aficionadas al jazz como a la música clásica, y las notas de una fuga de Bach con látigo azotaban fuertemente las ondas para que avanzasen sobre el mar, más rápidas que el viento.

“Es sólo en mi persona donde reside el poder soberano, cuyo carácter propio es el espíritu de consejo, de justicia y de razón; es a mí a quien deben mis cortesanos su existencia y su autoridad; la plenitud de su autoridad que ellos no ejercen más que en mi nombre reside siempre en mí y no puede volverse nunca contra mí; sólo a mí pertenece el poder legislativo sin dependencia y sin división; es por mi autoridad que los oficiales de mi Corte proceden no a la formación, sino al registro, a la publicación y a la ejecución de la ley; el orden público emana de mí, y los derechos y los intereses de la Nación, de los que se suele hacer un cuerpo separado del Monarca, están unidos necesariamente al mío y no descansan más que en mis manos”: Aguarda momento: ya no está el malvado, fíjate en su puesto: ya no está” (Discurso de Luis XV al Parlamento de París el 3 de marzo de 1776).

Un rey que, como libertino, no quiso comprometerse nunca con nada ni con nadie, como revolucionario, jamás se comprometió con ninguna.

San Luis IX de Francia (1214-1270) en cambio, combinó su tarea de gobierno con un ascetismo del que el ateo filósofo Voltaire llegó a decir que No es posible que ningún hombre haya llevado más lejos la virtud”.

Mucho de lo aquí expuesto, ha de tomarse con prudencia grande, porque en las calles de estos pueblos de adobes, viven bastantes aldeanos que pueden interpretar los hechos banalmente.

En cierta ocasión dijo alguien que aquella noche oscura había llegado un barco por el río con todas las velas encendidas y que las apagasen. La orden fue inmediatamente cumplida: bajaron corriendo dos vecinos, soplaron con todas las fuerzas que pudieron y las apagaron. El río, el barco, las velas y las estrellas se quedaron muy tristes: la noche se quedó a oscuras.

“La mente del hombre es como una tienda de idolatrías y supersticiones” (Juan Calvino).

En Evangélico Cuarteto hemos dedicado un Rave’l Dreams a Jesús, quien látigo en mano, azotó a ladrones en un templo.

“Quien escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a un hombre sin juicio que construyó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos, golpearon la casa y ésta se derrumbó” (Lc 7, 26-27).

EN NINGÚN LUGAR

Busqué una casa soleada
donde albergar mis inquietudes;
la deseaba plena de virtudes
y sobre roca edificada.

Pero una tarde llegó el viento
celoso de mi dicha y de mi casa

Sopló como un tifón que arrasa,
y la llevó con gesto violento.

Tomé entonces conciencia
de que cuanto en la vida acaece
es un sabio Maestro.

Todo lugar se mueve sin licencia:
nada nos pertenece,
y nada es para siempre nuestro.

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Enraizad@s en el Dios de la Vida.

Domingo, 10 de noviembre de 2019

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10 de noviembre de 2019

El evangelio de este domingo nos propone una nueva reflexión, realizada por Jesús, sobre la nueva imagen de Dios y la esencia del ser humano en referencia a su dimensión trascendente. Comienza el texto aludiendo a un momento anterior en el que ha colocado en su lugar natural la dimensión humana, social, económica, política y religiosa. En este momento, la toma de postura de Jesús va a venir por un encuentro tenso con los saduceos. Es importante recordar que ya está cerca la detención de Jesús y el juicio político y religioso al que fue sometido.

Los saduceos pertenecían a la aristocracia sacerdotal de donde provenía el sumo sacerdote. Constituían una de las tres grandes corrientes del pensamiento judío. Su teología era conservadora y sólo aceptaban la Torá escrita rechazando la ley transmitida oralmente. Negaban la resurrección y, esta afirmación, les enfrenta al Maestro. Tuvieron un papel muy relevante en la condena a muerte de Jesús. De hecho, los dos versículos siguientes a este texto, que no recoge la liturgia de hoy, son esenciales para comprender este enfrentamiento: esos dos versículos hablan de que algunos maestros de la ley dijeron a Jesús que tenía razón y ya nadie se atrevía a hacerle más preguntas. Como se puede observar, Jesús usa el argumento de la ley escrita dada a Moisés haciendo referencia a un Dios de vivos y no de muertos. Utilizar este argumento, aunque interpretado por parte de Jesús, le da autoridad y le hace creíble, aparentemente, ante algunos maestros de la ley.

Lo que se pone en cuestión, en este texto, no es sólo la resurrección sino la imagen de Dios desde las nuevas claves de su mensaje. Es verdad que hace referencia al momento de la revelación a Moisés ante la zarza que no se consume. Esta referencia encaja bien para definir que Dios se revela como el SER, como le responde Yahvé a Moisés en el texto del Éxodo. Lo que caracteriza en esencia al Dios de Jesús es la VIDA y un Dios que ES, un Dios presente y vivo, no es una idea que se transmitió en un momento histórico, ni una esperanza futura que conquistaremos a través de nuestras obras, premios y esfuerzos egocéntricos. Dios es trascendente, pero Dios está. Y es una experiencia posible pero transpersonal y transcultural. Vamos hacia un estado que supera las categorías humanas. La pregunta sobre el matrimonio que realizan los saduceos pone de manifiesto esta intuición según la respuesta de Jesús. Este colectivo, que representa a la institución judía, va siendo desestabilizado por Jesús con su discurso. Ellos, preocupados por la pertenencia de la mujer viuda que va pasando de mano en mano hasta ver de quién es propiedad. Jesús, preocupado por recuperar la dignidad esencial del ser humano que explicita claramente que es: “ser hijos e hijas de Dios”. En el ámbito de la fe, como bien dice san Pablo en la carta a los Gálatas, hemos sido revestidos de esa dignidad y ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, TODOS SOMOS UNO, una encarnación del Dios de la Vida; ya no hay roles, ni privilegios, ni ningún constructo humano porque quedará desvanecido ante ese Dios presente que NOS HACE SER desde nuestra raíz divina.

Vivir desde esta convicción y desde esta experiencia tiene unas consecuencias éticas de mucha envergadura en nuestra vida, en nuestra visión del ser humano, de las relaciones humanas, en nuestra fe, en nuestra aportación a la historia y al mundo real de hoy. Vivir desde esta nueva consciencia de SER y de VIVIR podría ser el motor que dé a luz una nueva humanidad.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Detrás de las apariencias

Domingo, 10 de noviembre de 2019

-1Domingo XXXII del Tiempo Ordinario 

10 noviembre 2019

Lc 20, 27-38

           Al yo le gusta la casuística. Le entretiene y le permite divagar, a la vez que fortalece su idea de que las cosas son como él –la mente– las percibe, lo cual alimenta también su creencia de que lleva el control.

          Sin embargo, todas esas preguntas nunca podrán conducirnos más allá de la mente. Eso explica que nunca terminen y que fácilmente nos enreden en conceptos que, en definitiva, nos alejan de la genuina comprensión.

          Esas preguntas tienen su lugar y muestran su valor en todo lo relacionado con el mundo de las formas u objetos, pero se revelan absolutamente inútiles cuando queremos transcender el estado mental.

          Ante tal constatación, podemos encontrar una clave pedagógica de primera importancia, que consiste en traducir cualquier pregunta mental en esta otra: “¿qué soy yo?”. Esta es la primera pregunta, porque es la única para la que podemos tener una respuesta no-conceptual (que transciende la mente). Todas las demás respuestas son solo constructos mentales, “mapas” construidos por la mente.

       Ante esa pregunta, la mente se acalla y es ahí, en el Silencio, donde puede nacer la genuina comprensión.

       Mientras no transcendemos la mente, gracias a silenciarla, fácilmente nos perdemos en el mundo de las formas, aunque hagamos elucubraciones eruditas sobre cualquier asunto, pidiendo a la mente lo que no nos puede dar.

      Por decirlo metafóricamente, nos ocurre como cuando nos situamos ante la pantalla del cine: nos perdemos en las imágenes que se mueven mientras ignoramos la pantalla que las sostiene.

           Tal reacción es comprensible: las imágenes nos fascinan y, en cierto sentido, nos hipnotizan, atrapando toda nuestra atención. Ahí nos sentimos a gusto. Mientras que en el silencio –cuando las formas se silencian– fácilmente nos aburrimos y nos sentimos incómodos. Estamos tan acostumbrados al mundo de las formas que no sabemos qué hacer en la realidad de la no-forma, en Aquello que las sostiene, y que es lo único realmente real. Las formas son apariencias impermanentes; solo la no-forma permanece como “sustrato” último, atemporal y aespacial.

       En el relato evangélico, los saduceos se acercan a Jesús pertrechados con preguntas inacabables y que, sin embargo, no conducen a ningún lugar, porque son solo elucubraciones mentales. Jesús los remite a la Vida, como realidad última que se expresa en todas las formas, transcendiéndolas.

¿Me pierdo en las formas manifiestas o me abro a “ver” más allá de ellas?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Ironías de la vida: quienes no creían en la resurrección eran los curas: los saduceos, preguntan tramposamente por ella a Jesús

Domingo, 10 de noviembre de 2019

índiceDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

No hay prisa en la vida: pedagogía.

Dios no reveló todo de una vez al ser humano, a Israel. Sería tan absurdo como si una madre enseñara el teorema de Pitágoras a su hijo en la cuna. Todo va en la vida poco a poco y a fuego lento. Todo tiene su tiempo. Además hay cuestiones que “no se enseñan, pero hay que aprenderlas”. A unos chavalillos les puedes enseñar de sopetón todo lo que hay que enseñar sobre la sexualidad, la libertad, la justicia, etc. Lo irán entendiendo poco a poco como puedan en la vida, a veces a trompicones como todos y como siempre.

1 Macabeos

         La primera lectura de hoy está tomada del libro segundo de los Macabeos, que data aproximadamente del año 160 aC[1]. En esta época, cercana a Jesús, Israel cree ya en la resurrección.

         Pero al pueblo de Israel le costó “Dios y ayuda” llegar a la fe en la resurrección. Israel formula la fe en la resurrección más bien tarde.

Israel no tiene como presupuesto la inmortalidad del alma (de origen griego, sino que Israel llegará a confiar en la promesa de la resurrección del Dios de la vida.

  • o Los primeros atisbos de fe en la vida post-mortem, los tenemos en unos salmos, llamados místicos. (Orar es un modo de conocer y de creer).
  • o El profeta Ezequiel, hacia el año 600 aC hace un acto de fe en la vida, cuando dice que Dios es capaz de devolver la vida o a la vida aquel osario en que termina el ser humano, (Ez 37).
  • o El profeta Daniel, que data de la década los años 160 a.C., (muy cercano a Jesús) habla expresamente de la fe en la resurrección.

Durante unos 1000 años, en números redondos, Israel no vivió la fe en la resurrección. Vivieron confiadamente con sus crisis y altibajos, guerras y enfermedades, ironías (Eclesiastés) y abatimientos, (Job). Las cuestiones de la justicia de Dios, de la retribución, del “más allá” quedaban siempre pendientes en el AT hasta muy cerca de Jesús.

  1. Pequeña conclusión. No tengamos prisa en la vida.

         Nada en la vida, ni la misma vida, surge de la noche a la mañana: la gestación de la vida requiere tiempo, el crecimiento de los niños-jóvenes, la realización de la historia no es como el Nescafé “instantáneo”. Las mareas culturales, ideológicas, religiosas son lentas, con calma. Sembrar requiere espera y esperanza.

         Hay etapas y situaciones tanto personales como comunitarias que no se solucionan de la noche a la mañana. Hoy los jóvenes no van a Misa, tenemos menos chicos en la confirmación, la gente se ha alejado de la Iglesia, esto es un desastre, etc. y hay que aplicar una terapia de urgencia. No soltemos el “séptimo de caballería” y comencemos a echar la culpa a esto o aquello. Calma. Dejad el trigo y la cizaña. Tengamos paciencia histórica. El trigo muere, crece, se hace espiga y pan no por la prisa que le metamos, sino por la vida que tiene dentro.

No tengamos ni metamos prisas y angustias en la vida.

  1. Ironías de la vida: quienes no creían en la resurrección eran los curas: los saduceos, que niegan la resurrección.

Saduceos: (de Sadoc, sacerdote ligado a la historia de David y de Salomón). Formaban parte de la aristocracia sacerdotal. No eran muchos, pero con mucho poder y riqueza. Constituían la nobleza laica. Atendían el culto del Templo de Jerusalén. Estrictos (fundamentalistas) en cuestiones de la ley y teología.

         Pues resulta que estos saduceos eran los que no creían en el Dios de la vida, cuando el pueblo ya había llegado a la fe en la resurrección. En tiempos de Jesús el pueblo y el mismo Jesús creían ya en la resurrección. Dio era Dios de la vida, no de los muertos.

  1. pregunta absurda, una trampa como acostumbran a hacer los legalistas:

La pregunta que los saduceos le hacen a Jesús es una cuestión trampa y malintencionada. Si no crees en la resurrección ¿a qué viene que le preguntes a Jesús de quién será mujer la que ha quedado viuda?

Algunas preguntas de ese estilo saduceo que nos hacemos o nos hacen hoy:

Por ejemplo: La misa de la boda del sábado a las 13 horas, ¿vale para el domingo? Porque ¿las 13 horas es ya la tarde del sábado? El mosto vale para consagrar, porque no es vino, pero es fruto de la vid. ¿Se pueden tomar anticonceptivos? No, porque se evita la natalidad. ¿Y cuál es la intencionalidad del método Ogino? ¿Se puede admitir en el rito latino a un niño ucraniano (de la Iglesia oriental) que ha sido adoptado por unos padres vascos (rito latino)? Pues sí y no. Hay que hacer constar que tal niño procede de la Iglesia oriental… Si el pan de la Eucaristía tiene o no tiene gluten, etc… La Vigilia pascual necesaria y absolutamente ha de ser cuando anochece y no a las 19h, por ejemplo, porque es una hora frívola (¿)

         A los saduceos les importa poco la ley del levirato[2]: se van muriendo los maridos y queda en pie la esposa-viuda.

La ley del levirato (Dt 25,5-10) decía que muerto el marido, su hermano debía casarse con la viuda y los posibles hijos de este “nuevo” matrimonio eran considerados hijos del primer marido. La finalidad era conservar el apellido, la genealogía, el patrimonio.

A los saduceos la ley del levirato les importaba poco o nada, lo que les interesaba era mantener la doctrina, lo dicho por Moisés: no hay resurrección. O más bien les importa “pillarle” a Jesús.

  1. Elegantemente Cristo se remonta al Dios de la vida. Una docta ignorantia: la vida es más amplia de lo que yo sé.

         Jesús “no entra al trapo” del Derecho Canónico de turno, se remonta al origen y al fundamento de todo:

Al Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob“. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.”

         Es decir el Dios de toda descendencia y linaje es un Dios de la vida.

Ya no describe más cómo sea esa vida. Un sabio silencio nos hará bien. Dios es un Dios de vivos y no de la muerte.

         No sabemos más. Jesús tampoco sabía más, y si lo sabía, se lo calló. Cómo será, dónde será, ¿Cómo ángeles? Y ¿qué son los ángeles?

         Estamos en el Dios de la vida.

         Los humanos creemos que sabemos algo de la vida, pero la verdad es que las grandes cuestiones y problemas siguen en pie. ¿Cómo ser bienaventurado y feliz en la vida? Los resultados de las elecciones de hoy ¿construirán una sociedad justa, pacífica, feliz? ¿Qué es bueno y qué es malo? ¿Qué sentido tiene esto que llamamos vida, si es que tiene algún sentido? ¿Hay algo después de la muerte? ¿Qué podemos esperar de la vida y de la muerte?

         Ante estas cuestiones quizás es mejor callar, confiar, esperar, orar y abrirnos al Dios de la vida. Callar y con Jesús y remontarnos al Dios de la vida.

  1. Dios es el sentido de la vida.

         En la historia de la Teología la cuestión del final -de la finalización- de la vida, los novísimos, han quedado prácticamente en manos de la moral: si eres bueno, vas al cielo, de otro modo, al infierno.

         Pero podemos explorar otros caminos.

         En esta postmodernidad en la que vivimos suele aflorar la cuestión del sentido de la vida. ¿La vida tiene algún sentido? ¿Vamos hacia “algún lado” que valga la pena? Este es el humus en el que pueden surgir problemas y cuestiones de tipo psíquico y psiquiátrico como la depresión con sus muchas consecuencias.

         ¿Tiene sentido la vida? ¿O estamos flotando en la nada?

         En términos algo filosóficos podemos pensar y creer con buen criterio que la vida tiene sentido y que este sentido es Dios. Dios es el sentido de la vida. Con la muerte no termina la vida. Nuestra vida descansa en el ser, no en la nada. Es lo que hemos escuchado en el Evangelio: Dios es Dios de vivos y no de muerte … Dios es la meta y la roca de nuestra existencia.

         Dios nos llama a la vida: en Él descansamos (salmo 61) y Él es el sentido de nuestra existencia. Descansamos en el ser no en la nada, ni en el vacío, ni en el fracaso.

         Creemos en el Dios de la vida, en ese Dios que llena de sentido nuestra existencia. Dios es de vivos no de muerte.

         Y si “esto” tiene algún sentido, que lo tiene, éste es bueno, amable, lleno de plenitud.

No podemos concretar más porque no sabemos más. Jesús tampoco sabía más, y si lo sabía, se lo calló. Cómo será, dónde será. Mejor un discreto silencio: una docta ignorancia.

         Estamos en el Dios de la vida. En Dios nos movemos y existimos, (HH 17,28).

         Dios es el sentido y la meta de nuestra vida

[1] Las fechas suelen ser discutidas y discutibles, pero los biblistas datan este libro por los años 175-164.

[2] Levir significa: cuñado.

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