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13.5.18. Ascensión: Símbolo chamánico, experiencia mística y mensaje pascual

Domingo, 13 de mayo de 2018

32104918_977038432473349_1691253585955782656_nDel blog de Xabier Pikaza:

Celebramos el próximo 13 de mayo la fiesta de la Ascensión del Señor, que forma (con Pentecostés) la etapa conclusiva del ciclo pascual. Es una fiesta importante del ciclo litúrgico cristiano, y así quiero presentarla hoy, para evocar mañana el texto litúrgico de Mc 16.

— Empezaré hablando de la Ascensión del alma (o del hombre entero) como símbolo iniciático y místico, que puede encontrarse en los chamanes

— Presentaré después las grandes ascensiones del Antiguo Testamento y de la tradición judía: de Henoc y Elías, con Moisés (a las que se puede vincular la Ascensión de Mahoma en el Corán).

— Trazaré el sentido de la Ascensión de Jesús, a la que uno la Asunción de María, su Madre. Como he dicho, éste es un símbolo importante de la tradición cristiana, una experiencia de fe. Pasado mañana comentaré el texto del evangelio de Marcos. Buen día a todos.

Imagen 1: Ascensión místico-apocalíptica de Henoc, la más famosa de las iniciaciones apócrifas judías.

Imagen 2: Ascensión pascual de Jesús, en fondo grande

Imagen 3: Ascensión/asunción del “alma” de María, según la tradición oriental

(tema desarrollado en Diccionario de las tres religiones, VD, Estella 2009, pag.139-141. Imagen final)
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1. Judaísmo

1. Tradición antigua. Diversas ascensiones.

La ascensión es un símbolo religioso muy extendido, que expresa el convencimiento de que Dios (lo divino) se encuentra en un espacio superior o cielo se puede subir. En ese contexto se habla de un cosmos en tres niveles: el cielo de los dioses, la tierra de los hombres y el infierno (o mundo inferior) propio del diablo y de los condenados. En muchas religiones antiguas se habla del ascenso interior y corporal de los “chamanes”, que descubren así el corazón de Dios.

El judaísmo, como otras religiones más racionalistas, ha superado pronto el carácter literal de ese símbolo, al descubrir y afirmar que Dios está en todas partes, sin estar físicamente en ninguna (pues no una entidad física, ni ocupa un espacio). Pero ha conservado el simbolismo y así ha podido seguir diciendo no sólo que Dios está en las alturas, sino también que algunos personajes religiosos han “ascendido” ellas.

Así se habla de la Ascensión de Henoc, que fue raptado al cielo (caminó, pues, Henoc con Dios y desapareció, porque Dios lo llevó consigo: Gen 5, 24); la literatura posterior vinculada con ese personaje (1, 3 y 3 Henoc) ha desarrollado de modo figurativo y simbólico su ascenso, iniciando sí un tipo de mística de elevación a lo divino.

La Biblia habla también de una Ascensión de Elías, en un relato que ha tenido gran importancia para toda la tradición posterior:«Aconteció que mientras ellos (Elías y Eliseo) iban y conversaban, he aquí que un carro de fuego con caballos de fuego los separó a los dos, y Elías subió al cielo en un torbellino. Eliseo, al verlo, gritó: ¡Padre mío, padre mío! ¡Carro de Israel, y sus jinetes! Y nunca más le vio» (2 Rey 2, 11-12).

Hay otro relato de subida celesta, titulado Ascensión de Moisés, donde se aplica y expande el primer ascenso de Moisés a la montaña (Ex 24), pero entendido ya en forma escatológica. Se trata de un relato de origen judío, pero recreado después por los cristianos, donde se hablaba de cómo fue ascendido Moisés a los cielos. El ascenso de Moisés y Elías se encuentra atestiguado, desde un fondo judío, por la tradición cristiana más antigua, cuando dice que Moisés y Elías se aparecieron a Jesús desde el cielo donde estaban en el monte de la Transfiguración (cf. Mc 8, 1-8 par).

2. Ascenso a los Hekalot.

32222417_977038655806660_9113464081448173568_nDisputan los especialistas sobre la posibilidad de que existiera ya, a finales de la época del Segundo Templo, una técnica mística de “ascenso” a los Hekalot o palacios celestes para dialogar allí con Dios, siguiendo el ejemplo de 1 Hen 14 (en la línea de 2 y 3 Henoc). Un testimonio de ello podría ser el de Pablo, judío fariseo, que dice de sí mismo:

«Conozco a un hombre en Cristo que hace catorce años–si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe– fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé respecto a este hombre–si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe– que fue arrebatado al paraíso, donde escuchó cosas inefables que al hombre no le es permitido expresar» (2 Cor 12, 1-3).

Esta ascensión de Pablo, aunque realizada “en Cristo” (en clave mesiánica) sigue siendo una experiencia expresamente judía. En esa línea podemos hablar de una Escuela de Ascensos Místicos que son propios de los Sefer Hekalot, o libros de Ascenso a los Atrios divinos, donde se describe y organiza el proceso de un ascenso iniciático, que lleva al místico a través de los diversos estadios del cielo (de los cielos), hasta los “atrios supremos del templo de Dios”, para llegar al espacio escondido e invisible de la Majestad, en su gran trono.

Estos libros, escritos hacia el siglo IV-VII d. C., describen de forma clásica el ascenso místico. Algunos de sus protagonistas pueden ser los mismos Amoraim que de un modo público durante el codifican, letra a letra, los principios de la Ley que regula la vida del buen judaísmo (en el Talmud). Pero de pura Ley no se vive y quizá, por la noche, o en otros grupos, ellos mismos van exponiendo las etapas del Gran Viaje de Ascenso celeste. Posiblemente, conservan tradiciones secretas del antiguo templo ya desaparecido.

Saben que, en un sentido, el que “ve a Dios” muere (como dice la Biblia oficial). Pero quieren ir más allá de esa Biblia: quieren subir y palpar, de algún modo, lo divino, porque la religión y la vida son paradójicas, como ha mostrado J. H. LAENEN, La mística judía. Una introducción, Trotta, Madrid 2006, y, en un sentido más audaz, M. BARKER, The Great Angel: A Study of Israel’s Second God, London: SPCK, 1992; The Older Testament: The Survival of Themes from the Ancient Royal Cult in Sectarian Judaism and Early Christianity (London: SPCK, 1987.


Estos místicos de la ascensión celeste
actuaban como “exploradores” del cielo. Primero se preparaban, de un modo ascético – entre otras cosas debían ayunar por siete días –, escuchando la instrucción de los maestros. Después, adoptaban la postura adecuada y se sentaban, poniendo la cabeza entre sus rodillas, recitando plegarias e himnos extáticos, como en un susurro, lo que provocaba una suerte de auto-hipnosis.

Absorbidos en un estado de profundo olvido de sí, ellos podían subir y ver con los ojos de su mente cómo aparecían los palacios celestiales, a través de los cuales podía comenzar la travesía. Las descripciones de los místicos del la ascensión a los Hekalot o atrios celestes nos llevan normalmente, a través de siete cielos, hasta el atrio supremo donde se puede contemplar (sin ver) la Figura Divina sobre su trono glorioso. La ascensión debe realizarse a través de puertas muy bien custodiadas por ángeles hostiarios, encargados de mantener el orden del ascenso, que va llevando a los videntes, más allá de los mundos angélicos, hasta el espacio de Dios.

Éste era un ascenso que se realizaba a través del fuego, con gran riesgo de ser destruidos. Era un ascenso que permitía a los videntes vincularse, de manera cada vez más honda, con el misterio superior de lo divino. Sólo después de haber superado todas las pruebas, en el séptimo cielo, el vidente queda inmerso en la visión de los misterios del Trono divino, hasta ver de alguna forma al Santo, revestido con una deslumbrante indumentaria celestial. A veces de habla de un velo (pargod o cortina que separa a Dios del resto del cielo), de manera que detrás podía vislumbrarse la figura divina sobre el Trono. En esa cortina, sostenida por ángeles, estaban bordados los pensamientos originarios de Dios.

2. Cristianismo

En contra de la representación anterior, donde se hablaba de un ascenso místico (realizado por el vidente mientras seguía viviendo en este mundo), la Ascensión cristiana de Jesús constituye un elemento de su experiencia pascual, de tal forma que se encuentra vinculada a su muerte a favor de los demás, tal como ha puesto de relieve la Carta a los Hebreos, donde se recogen, quizá, representaciones místicas del entorno judío. Jesús ha subido una sólo vez, por su muerte, ha “traspasado” la cortina y se ha introducido así en el gran Santuario de Dios, donde permanece intercediendo por los hombres (cf. Hebr 8-9). Por eso, la Iglesia puede afirmar que algunos de esos seres humanos (como María, la Madre de Jesús) han ascendido también al cielo.

1. Ascensión de Jesús.

En ese contexto se entiende la fiesta cristiana de la Ascensión, que se celebra cuarenta días después de la Pascua, recordando la “subida” de Jesús a los cielos, tal como ha sido narrada por Lucas (en Lc 24, 50-51 y Hech 1, 0-11). Esa tradición aparece también en el final canónico de Marcos (cf. Mc 16, 19) y está en el fondo de gran parte de los testimonios pascuales de Pablo y de Juan que interpretan la resurrección de Jesús como ascenso o elevación. La doctrina cristiana sostiene así que Cristo ascendió en forma física al Cielo, por su Resurrección, en presencia de sus Apóstoles.

La Ascensión implica, por tanto, una transformación total (una resurrección), y no una simple visión interior. Ella constituye un tipo de “mutación” escatológica, en todos los planos, de manera que se puede y se debe afirmar que Jesus resucitado (“ascendido al cielo”) forma parte del misterio de Dios, que se abre así, de forma nueva hacia los hombres, tal como suponen los credos de la Iglesia (romano y niceno-contantinopolitano), cuando afirman que “subió a los cielos, donde está sentado a la derecha de Dios Padre”.

En ese sentido decimos que el Señor está Sentado, como rey final a la derecha de Dios (Hech 2, 33-34; cf. Sal 110, 1). Lógicamente, Hebr 1, 3 puede afirmar que, después de realizar la purificación de los pecados… se sentó a la Derecha de la Majestad, en las Alturas, vinculando de esa forma espacio superior (cielo geográfico) y tiempo futuro (cielo de culminación histórica). La sesión del Cristo nos conduce hasta la meta gozosa y misteriosa de la historia, hasta el lugar y tiempo ya cumplido donde el mismo Dios se expresa como banquete de amor para los hombres.

Así se vinculan por siempre los dos signos preferidos de Jesús: banquete y bodas, sentarse en comida nupcial, reclinarse y recostarse, en amor que no se acaba, convirtiendo la vida en transparencia de gracia. Sentarse es ya vivir en plenitud: llegar hasta el lugar donde la fuente de la vida se hace meta de gozo culminado, plaza y avenida gozosa de existencia, en comunión de mesa y lecho, en ciudad de amor transfigurado (cf. Ap 21-22).

2. Asunciòn de María.

32074123_977039022473290_7456368653865320448_nÉste es también un dogma antropológico, que nos permite entender a María como la primera cristiana, es decir, como modelo de creyente que ha subido ya al cielo. Así lo ha ratificado Pío XII, el año 1950:

“pronunciamos, declaramos y definimos que la Inmaculada Padre de Dios, la Siempre Virgen María, cumplido el transcurso de su vida terrestre, fue elevada (Asunta) en cuerpo y alma a la gloria celeste” (Denzinger-Schönmetzer 3903).

María se encontraba vinculada al nacimiento de Jesús (→ Navidad); ahora aparece unida a la pascua de Jesús, de manera que sube con el a la altura de Dios. El dogma no dice cómo murió, de manera que algunos han podido afirmar que no murió, sino que fue arrebatada (ascendida) directamente a la Gloria del Cristo, como sucederá al final con todos los creyentes (cf.1 Tes 4, 17). Sea como fuere, el dogma supone que María ha culminado su camino y ha sido acogida en la gloria de Cristo, resucitando con él.

De ella se dice que ha sido asumida (Asunción) y no que se ha elevado por sí misma como Cristo (Ascensión), para destacar de esa manera su condición de criatura. Pero esto resulta secundario. Lo que importa es que la iglesia sabe que ella ha culminado su camino, alcanzando así la gloria mesiánica de Dios.

Este dogma de la “asunción de María” es anti-helenista, es decir, contrario a un espiritualismo que divide al hombre, diciendo que en la muerte “el cuerpo vuelve al polvo y el alma vuela al cielo”. En contra de eso, María ha vinculado en su vida cuerpo y alma, lo mismo que Jesús, Logos de Dios, de quien se dice que es carne (Jn 1, 14). También María ha sido carne, una vida histórica concreta, que ha nacido por gracia (Inmaculada) y que gratuitamente culmina su existencia, en manos de Dios, con Jesús. Éste es un dogma abierto a la simbología teológica, como ha destacado la tradición de la iglesia en la escena de la “Coronación de María como reino del cielo y de la tierra”. Evidentemente, se trata de una imagen, pero ella es muy significativa: María es recibida en el misterio de la Trinidad de manera que el Padre y el Hijo unidos la coronan con el Espíritu Santo (que puede aparecer en forma de paloma).

diccionario-de-las-tres-religiones---pdfLa antropología helenista, que ha sido dominante en la iglesia, ha venido afirmando que el alma de los justos sube al cielo tras la muerte (porque ella es inmortal), pero que el cuerpo tiene que esperar hasta la resurrección del fin de los tiempos. En contra eso, situándose en un camino distinto de experiencia antropológica y culminación pascual, este dogma afirma que María ha culminado su vida en Dios, por medio de Jesús, en cuerpo y alma, es decir, como carne personal o, mejor dicho, como persona histórica. De esa manera nos sitúa en el centro del misterio cristiano, vinculado a la muerte y resurrección de Jesús.

Este dogma no niega la muerte, no dice que el alma sea inmortal por su naturaleza; no escinde o separa a María del resto de los fieles, como si a ella se le hubiera ofrecido algo que no se da a los otros, como si ella fuera la única que muere y sube (resucita) al acabar el curso de su vida. Al contrario, este dogma abre para todos los creyentes una misma experiencia pascual de muerte y ascenso al Reino de Dios. María aparece así como primera cristiana completa, pues la vemos en Jesús y por Jesús como primera de los resucitados.

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