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“Necesitamos orar”. 17 Tiempo ordinario – C (Lucas 11,1-13)

domingo, 27 de julio de 2025
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Quizá la tragedia más grave del hombre de hoy sea su incapacidad creciente para la oración. Se nos está olvidando lo que es orar. Las nuevas generaciones abandonan las prácticas de piedad y las fórmulas de oración que han alimentado la fe de sus padres. Hemos reducido el tiempo dedicado a la oración y a la reflexión interior. A veces la excluimos prácticamente de nuestra vida.

Pero no es esto lo más grave. Parece que las personas están perdiendo capacidad de silencio interior. Ya no son capaces de encontrarse con el fondo de su ser. Distraídas por mil sensaciones, embotadas interiormente, encadenadas a un ritmo de vida agobiante, están abandonando la actitud orante ante Dios.

Por otra parte, en una sociedad en la que se acepta como criterio primero y casi único la eficacia, el rendimiento o la utilidad inmediata, la oración queda devaluada como algo inútil. Fácilmente se afirma que lo importante es «la vida», como si la oración perteneciera al mundo de «la muerte».

Sin embargo necesitamos orar. No es posible vivir con vigor la fe cristiana ni la vocación humana infra alimentados interiormente. Tarde o temprano la persona experimenta la insatisfacción que produce en el corazón humano el vacío interior, la trivialidad de lo cotidiano, el aburrimiento de la vida o la incomunicación con el Misterio.

Necesitamos orar para encontrar silencio, serenidad y descanso que nos permitan sostener el ritmo de nuestro quehacer diario. Necesitamos orar para vivir en actitud lúcida y vigilante en medio de una sociedad superficial y deshumanizadora.

Necesitamos orar para enfrentarnos a nuestra propia verdad y ser capaces de una autocrítica personal sincera. Necesitamos orar para irnos liberando de lo que nos impide ser más humanos. Necesitamos orar para vivir ante Dios en actitud más festiva, agradecida y creadora.

Felices los que también en nuestros días son capaces de experimentar en lo profundo de su ser la verdad de las palabras de Jesús: «Quien pide está recibiendo, quien busca está hallando y al que llama se le está abriendo».

José Antonio Pagola

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“Pedid y se os dará”. Domingo 27 de julio de 2025. 17º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 27 de julio de 2025
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Leído en Koinonia:

Génesis 18, 20-32: No se enfade mi Señor, si sigo hablando. 
Salmo responsorial: 137: Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste.
Colosenses 2, 12-14 Os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados.
Lucas 11, 1-13: Pedid y se os dará.

Primera lectura

Este texto, continuación del que se leía el domingo pasado, nos muestra a Abraham, padre de la fe y antepasado de Israel, como gran intercesor antes los habitantes de estas ciudades. Muestra una actitud a imitar: apertura y ayuda a los demás. La negociación entre el intercesor y Dios, recuerda el estilo oriental (y muy latinoamericano, también) del regatear. Lo que se busca es acentuar la insistencia intercesora de Abraham y la magnitud del pecado de Sodoma y Gomorra. El texto es el mejor ejemplo de oración como diálogo audaz y comprometido con Dios, en el que vemos a Abraham hablar con el Señor y tratar de convencerlo a partir de su bondad y justicia, pero, al parecer, abusando de su confianza. El estilo y modo de proceder es, obvio, de una mentalidad semítica: poner en juego el honor de Dios, su reputación de justicia pero que muestran la confianza en Dios y la proximidad de los hombres a El. Por otra parte , este texto, puede ser modelo para el tema de la hospitalidad: Al narrar como estos “tres seres” escuchan a Abraham atentamente. Esta “atención” le permite entrar en el misterio. Uno se revela como el Señor (18,10.13.20) y los otros dos como sus ángeles (19,1). La narración, que al principio hablaba tres hombres, adquiere aquí un carácter teofánico y manifiesta el sentido profundo de la hospitalidad.

Segunda lectura

A partir de este texto los cristianos consideraban la pila bautismal como un sepulcro en el que somos sepultados con Cristo; por otra parte, es también como la madre que engendra a la vida; de ahí, el expresivo ritual de la inmersión. Pero el ritual que representa esta muerte y esta resurrección sólo tiene eficacia si corresponde a la fe en Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos. Esta expresa, pues, la vinculación entre bautismo y fe. Pecado y muerte, fe y bautismo son correlativos. La inserción al misterio de Cristo acontece en el bautismo, pero se funda en la fe. Haber resucitado significa en realidad vivir en Cristo, como consecuencia de haber obtenido el perdón de los pecados como resultado de la muerte del Señor. Siendo coherente, Pablo dice que “el perdón del pecado es liberación de la ley y de su observancia, porque existe una correspondencia entre Ley, muerte y pecado (cf. Rom 7,7-9). La mejor expresión paulina al respecto se encuentra aquí como imagen. La Ley ha sido clavada en la cruz.

Evangelio

La oración forma parte de la vida del pueblo judío. Los piadosos volvían su espíritu a Dios varias veces al día. Jesús aprende, desde el pueblo y su tradición a orar. Como buen judío, aprendió a rezar en la familia y en la sinagoga. En su ministerio, su oración toma adquiere una particularidad: su acercamiento a Dios, “su Abbá”. Lucas lo describe en oración varias ocasiones (3,21; 5,16; 6,12; 9,29). Los exegetas reconocen en Lucas la transmisión más fiel de la oración del Padrenuestro y que es la más breve. Del arameo pasó al griego y así la incluyó Lucas en su narración.

PADRE, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE: o sea que Dios sea conocido, dado a conocer, alabado, amado, bendecido, glorificado y agradecido por todas las gentes del mundo. Que el nombre del Señor, o sea el mismo Dios, reciba estimación, amor veneración, y piadosa adoración por todos y cada vez más. Hay que volver a notar el orden de la oración en el Padrenuestro. Primero que Dios sea reverenciado y amado.

VENGA TU REINO: es una oración misionera. Lo que buscan los misioneros es hacer que Dios reine en las gentes de las tierras que ellos están misionando desde sus culturas e idiosincrasia. Y es lo que debemos desear y pedir y buscar todos en todos los tiempos: que reine Dios. Que venga su Reino. Si primero buscamos el Reino de Dios, todo lo demás vendrá por añadidura. Es un deseo de que Dios reine en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestro hogar, en la sociedad, en la nación y en el mundo entero. Y en cuantas naciones y personas todavía no reina!

DANOS EL PAN DE CADA DÍA. Pedimos para cada día el pan, sin afanarnos por el futuro, porque Dios estará también en el futuro y El proveerá. Como el Maná del desierto, el pan de cada día es un don maravilloso de la bondad del Señor. Con esta petición del pan diario le estamos queriendo pedir que nos libre del desempleo o de la demasiada carestía, y de las inundaciones y sequías que acaban con los cultivos, y de las guerrillas que impiden a los campesinos recoger sus cosechas, empleo para el esposo que tiene que mantener una familia, ayudas económicas para esa madre abandonada; protección para el anciano echando a un lado por la sociedad. El corporal y el espiritual. Todos los días los necesitamos, por eso tenemos que pedirlo todos los días.

PERDONANOS NUESTROS PECADOS, COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN. El perdón es un arte que se consigue con infinitos ejercicios. San Agustín enseña que a algunos no les escucha Dios la oración que le hacen, porque antes no han perdonado a los que los han ofendido, o no le han pedido perdón al Señor por sus pecados. Sin pedirle excusas por los disgustos que le hemos proporcionado, ¿cómo queremos que nos conceda las gracias que le estamos suplicando?. Es un recuerdo muy oportuno para que no se nos vaya a ocurrir nunca la mentirosa idea de creernos buenos. Dios pone una condición para perdonarnos: no podemos obtener perdón del cielo, si no perdonamos en la tierra. El día del Juicio no tendrás disculpas: te juzgarán como hayas juzgado. Te condenarán si no quisiste perdonar a los demás, y te absolverán si supiste perdonar siempre (San Cripriano): El Padre Celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan.

ÉL LES DARÁ EL ESPÍRITU SANTO. El objetivo final y el contenido de la oración cristiana es llegar a recibir el Espíritu que es capaz de renovar la faz de la tierra, incluidos nosotros. El Espíritu Santo es la fuerza que viene de lo alto con poder avasallador y aleja los vicios y nos trae muchos buenos pensamientos y deseos. El Espíritu Santo quiere ser nuestro Huésped, y es enviado por el Padre Celestial si se lo pedimos con fe y perseverancia. El Espíritu Santo es el que nos hace comprender las Sagrada Escrituras. El Espíritu Santo cuando viene nos ofrece: orar mejor, arrepentirnos de nuestros pecados y tener deseo de dedicarnos a agradar a Dios. Leer más…

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27.7.25. Dom 17 TO. Pedid y se os dará, buscad y hallareis, llamad y se os abrirá. Meditación oriental, oración cristiana (Lc 11, 1-13)

domingo, 27 de julio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Este es  con el Padres-Nuestro de Mt 6, la enseñanza de Jesús y el libro de los Salmos el capítulo más importante de la Biblia  sobre la oración cristiana, 

Cientos de miles de trabajos se han dedicado al tema, distinguiendo o comparando la meditación oriental, tipo Yoga, como iluminación interior (auto-conocimiento silencioso de la propia verdad) con la oración cristiana (comunicación o dialogo consigo mismo, con  otros y con Dios). 

Introducción

El evangelio de hoy insiste en las tres palabas fundamentales de la oración bíblica,, cristiana que son:

– Pedid (αἰτεῖτε), esto es, abrirse en amor y confianza a la vida como don y aprendizaje, en diálogo con Dios.

– Buscad (ζητεῖτε) la propia identidad, el camino propio, en comunión con otro. Buscadores nos han hecho Dios y la vida; búsqueda apasionada, eso es la oración, con los salmos, con el evangelio

Llamad (κρούετε), tocad a la puerta de Dios y de los hombres y mujeres con los que vivís, caminando juntos.. Hay cientos y miles de puertas cerradas en nuestra vida… Tenemos que llamar, llamarnos unos a otros y y abrir nuestr puerta, en comunión con otros. .

Lea  cada uno el evangelio  de este domingo  y saque sus propias consecuencias, con eso basta, no hace hace falta más. Por si alguien tiene tiempo suficiente y quiere entretenerse ofrezco las reflexiones que siguen, conforme a mi estilo, partiendo de mi comentario sobre los evangelios y de mi diccionario de la Biblia. Buen domingo de verano europeo a todos

Texto 

Lucas 11, 1-13 

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» Él les dijo: «Cuando oréis decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.»»

Y les dijo: «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.»

Y, desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.»

Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros:

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre.

¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»

 Qué es orar

 Orar es pedir y compartir: Pedir dando y dar compartiendo, bendecir el pan da cada día, dando gracias al Dios que nos los ofrece y a los hermanos con quienes lo trabajamos, recibimos y compartimos, en comunión de vid<. Por eso he querido unir en ests reflexión que ahora realizo a partir de Lc 11, 1-13  los dos temas centrales de  la petición y el del pan compartido, trabajando y gozando, a fin de que podamos compartir la vida, haciéndonos comida (alimento vital) unos de otros y para otros [1]

El ser humano nace indigente,

y necesita de otros no sólo para pervivir y crecer biológicamente, sino también y, sobre todo, par renacer como humano, ser de palabra y voluntad. Por eso, imitando la fórmula de Hech 17, 28, podemos afirmar que, viviendo en Dios (naciendo de él), los hombres ncemos y vivimos de la palabra y amor de otros seres humanos (padres y educadores). Así nacen (nacemos) de niños)  pidiendo con nuestro llanto y necesidad no sólo cuidado físico, sino una respuesta de educación (lenguaje y amor) de otros seres humanos, de forma que en ellos y por ellos vivimos, nos movemos y somos.

            Un hombre o mujer que nace y es abandonado muere en unas horas. Un hombre o mujer que nace y es recibido biológicamente con comida y vestido, pero sin palabra/amor no madura como humano, no adquiere lenguaje, no puede relacionares, de forma que acaba muriendo.

            Si otras personas (padres, educadores) no hubieran respondido a nuestra petición recién nacidos y no nos hubieran educado en la palabra no habríamos “crecido” (nacido) como humanos. No pedimos exigiendo por ley, sino porque somos solidarios unos de los otros, hermanos en Dios. Por eso, toda petición es un acto de fe o confianza en aquellos a quienes pedimos, empezando por Dios

            Entre los elementos de la oración de Jesús, sobresale la petición como diálogo con Dios y experiencia de comunicación interpersonal. Dios abre en ella un espacio y camino de vida para el hombre, y los hombres, por su parte, pueden dialogar con Dios y así caminan y comparten vida unos en/con otros, en intimidad, de forma que pueden decir como Jesús y el Padre “nosotros, los hombres, somos uno (Jn 10, 30; 17, 21).

            No vamos a solas hacia Jesús como si Él fuera la cumbre de una inmensa montaña separada de todo, sino que Dios camina con (hacia) nosotros, en gesto de solidaridad y comunión interpersonal. Siendo transcendente (más allá de este mundo) el Dios de Jesús no se encuentra lejos, fuera, al exterior de nuestra vida, sino dentro de ella, en nosotros, con nosotros, de tal manera que en él y por él vivimos, nos movemos y somos, como existencia en compañía, también nosotros, traduciendo la comunión con Dios en forma de comunión interhumana (amor al prójimo).

A través de la encarnación (Jn 1, 14)

Dios hace a los hombres capaces de irse hacerse sí mismos (en Dios y por Dios), pero habitando al mismo tiempo unos en otros, a través de un proceso de llamada y respuesta, de petición y respuesta, en una con.-versación que se expresa no sólo en este mundo (mientras vivimos biológicamente), sino también más allá de este mundo, superando por recuerdo personal o por resurrección las fronteras de la muerte.

            Orar es no sólo dialogar con Dos, sino dialogar unos con otros (traduciendo el amor a Dios en forma de amor mutuo), en alianza/comunión de vida. Algunos aliados temporales se vinculan para realizar una obra (con un fin determinado), de manera que acabada la obra acaba la alianza. Los aliados de por vida se vinculan no sólo para obrar, sino para convivir y enriquecerse mutuamente (como en un matrimonio), siendo uno en el otro y sabiendo ambos que sólo así pueden realizar la tarea más honda (que puede ser especial la educación de los hijos).

En esta línea hablamos de alianza entre el hombre y Dios, no sólo para co-operaren la acción  sino para con-vivir, ser y actuar unos en otros: Dios en los hombres, los hombres en Dios y unos hombres con otros. Dios no es sólo aliado estratégico, sino amigo personal, y así podemos fiarnos de él como él tiene fe en nosotros. Él nos ha dado libertad para ser y actuar en su mundo (tierra). Nosotros confiamos en él para realizar su tarea, sabiendo que el principio de todo conocimiento es la fe mutua (confiar en él y él en nosotros). De un modo semejante podemos hablar de una fe y conversación inter-humana: Los seres humanos vivimos en Cristo, unos en otros y con otros, como ha puesto de relieve San Pablo y su escuela teológica.

Creer no es aceptar cosas no vistas sino confiar unos en otros (hombres en Dios, unos hombres con otros). En el principio de todo conocimiento (y de toda colaboración con Dios) hay un gesto de confianza mutua, que es el sentido y fundamento de toda oración: Creer en Dios (vivir en alianza con él) es saberse en sus manos, y dejar que él realice su acción más alta en y con nosotros. Creer en Dios significa comprometernos a realizar con él su Reino, esto es, a ser en él “reino de vida” divina encarnada.

            Este motivo fue analizado y discutido de manera intensa por pensadores hispanos del siglo XVI. Éstá fue quizá la mayor discusión de la teología católica y cristiana de los últimos siglos, animada por Domingo Báñez OP (1528-1604: sistema de la pre-moción) y Luis de Molina SJ (1535-1600: sistema del con-curso). Dejando a un ladootros matices, me atrevo a decir que más que un tipode pre-moción (lo que Dios hace en nosotros), lo que en el fondo se discute es el conocimiento mutuo, es decir, el hecho de convivir unos en otro, Dios en los hombres por encarnación y los hombres en Dios y entre sí por in-habitación. De forma lógica, las tradiciones bíblicas han interpretado la presencia e influjo de Dios como «palabra» de conocimiento, es decir, como diálogo personal en amor.

            Las tradiciones bíblica saben que Dios y el hombre comparten la vida, se conocen y vinculan mutuamente, de manera que se puede hablar de un ser y obrar común (de Dios en el hombre, del hombre en Dios) que expresa y define (decide) nuestra identidad humana (en una perspectiva que bíblicamente puede interpretarse desde el discurso de Pablo en el Areópago de Atenas: Hch 17).

            Lo que se discutía era una la mayor de las cuestiones religiosas y sociales de la historia cristiana: Qué quiere hacer Dios en (con) nosotros, y qué queremos y podemos y hacer nosotros en (con) Dios, no sólo en un nivel de intimidad personal sino de actuación física y biológica. Se trata de «hacer» o, mejor dicho, de hacernos humanos, de convivir unos hombres y mujeres en otros, en el interior de la acción de Dios, trazando así una historia que nos define y desborda, desde el presente y futuro de Dios, que ha de ser nuestro espacio de futuro.

            No se trata sólo de conocer aquello que podemos hacer, sino de decidirnos y hacerlo (apostando por la vida de Dios, que es en el fondo la clave y raíz de nuestra vida) pues de ello depende nuestra forma de seguir habitando en este mundo enigmático, abierto a grandes posibilidades, todavía sin explorar, pero también a grandes riesgos conforme a la alternativa de vida o muerte que plantea Dt 30, 15. En ese sentido, la historia es un riesgo y tarea de Dios, como han descubierto sorprendidos los cristianos sabiendo que el Cristo de Dios ha sido crucificado por ser fiel al camino del Reino.

            Hay un mundo externo, sin interioridad (al menos conocida), un mundo que parece pasivo frente de Dios, como si Dios lo fuera todo, por sí mismo, sin nadie real a su lado o frente a él. Pero Dios ha querido crear (implantar) en ese mundo seres libres, capaces de escucharle (acoger su voluntad) y responderle, de forma que el sentido y futuro de la creación depende de ellos (de nosotros).

 El hombre es indigente y abundante,

ser que necesita de otros, ser que desborda de sí mismo hacia otros. Nace como niño que no puede sostenerse sobre el mundo, y así empieza mendigando con su propia pequeñez y llanto la respuesta de padres o educadores;por eso, un niño a solas, abandonado, que no pide y no recibe, es inviable, no puede realizarse como humano. Una persona que pretenda ser autónoma y renuncie a pedir la ayuda o presencia de otros se vuelve anti-persona. Así dice Jesús:

  1. Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá;
  2. porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra
  3. y a quien llama se le abre (Mt 7, 7-8)

             No pedimos humillados, temblorosos, como siervo que mendiga ante su amo. No pedimos tampoco desde arriba, como el amo que se impone al siervo. Ni pedimos exigiendo, con la ley en la mano. Pedimos porque somos solidarios, en un clima de confianza y mutua ayuda, pedimos porque amamos y sabemos que nos aman. Por eso, toda petición comienza siendo un acto de fe: al pedir a Dios su ayuda, le decimos que este mundo es suyo, confesamos su presencia creadora en nuestra vida y realizamos en el mundo la obra que él nos ha confiado

            Dicen algunos que Dios tiene un plan preestablecido, de manera que nosotros no podemos cambiar sus intenciones. Si es así, ¿por qué pedir? Resultaría preferible conocer y aceptar su voluntad y no hacer ya peticiones. Esta observación tiene un momento de verdad: Dios no es aprendiz de creador, ser vacilante que no sabe qué hacer y que cambia a capricho su acción y voluntad conforme a lo que nosotros le pidamos. Pero después que eso ha quedado firme, debemos añadir: Dios es amigo que dialoga con los hombres, por el Cristo, de manera que comparte con nosotros la tarea de su reino. Eso significa que, en misterio superior, sin dejarse manejar desde fuera, pero en amor Dios nos habla y nos responde.

Dios no ha trazado nuestro itinerario (los caminos de su reino) de una forma solitaria, sin contar nadie (con nosotros). Al contrario, él ha creado el mundo para colaborar con los hombres, y de esa forma va trazando un camino que nosotros, a la vez, vamos trazando con él. La historia no está escrita, la vamos escribiendo en Dios  y con Dios, en un camino dirigido hacia la plena salvación por Cristo. De esa forma, al pedirle que venga y nos ayude (en cada caso de la vida), estamos influyendo en su venida.

            Misteriosamente, trascendiendo las posibles leyes necesarias del mundo, desde el fondo de su gratuidad, Dios nos atiende, alienta en nuestra vida, cumple nuestras peticiones… La manera de expresar y concretar esta oración es siempre misteriosa. En realidad, nunca sabemos pedir como conviene (cf. Rom 8, 26), pero al hacerlo, aunque lo hagamos como ante un espejo borroso (1 Cor 13, 12) vamos explorando en el camino que conduce a la morada del Dios en quien vivimos y somos. Por eso es necesario que el Espíritu venga en nuestra ayuda y que nosotros aprendamos, viviendo en el Espíritu. Por eso, él ha querido hacernos libres, de manera que su voluntad o acción viene a quedar «influenciada» por la nuestra. En esta perspectiva han de entenderse nuestras peticiones.

– Dios actúa en y por el hombre, y en un sentido lo hace todo (se hace siempre lo que él quiere, pues élsiembra en el amor y corazón del hombre una respuesta que el hombre viene a darle después libremente). Un creador limitado sería incapaz de suscitar vivientes que se vuelvan libres y que puedan responderle. Su actividad avanzaría en una sola dirección, del hacedor hacia su hechura, del constructor hacia la cosa construida; sólo Dios sería responsable de todo lo que existe. Pero si el creador es omnipotente (como Dios) él puede suscitar seres vivientes que asuman su libertad y se realicen como libres, de manera que acojan su llamada y le respondan libremente, de forma que Dios mismo haga aquello que quieren los hombres.

– El hombre influye en la acción de Dios, colaborando libremente con él, pues Dios le ha dado libertad para realizarse y libremente debe escucharle y responderle, colaborando con él (como hace Dios con Jesucristo). Si no fuera así no habría encarnación. Si Dios obligara a Jesús desde fuera, imponiéndole a la fuerza su voluntad, no se podría hablar de encarnación. El hombre no influye sobre Dios por su poder autónomo o grandeza, por sus obras entendidas en un plano legalista, sino por amor, en libertad, porque Dios ha decidido respetar en amor, dejando que las voces de Jesús (que son voces de historia) influyan en su propia voluntad eterna, que no es intemporal, sino que está encarnada en el tiempo.

Por eso, Dios quiere (=Dios debe) venir y suplicarnos,

 pidiendo que le respondamos. Creándonos libres en amor, Dios omnipotente ha venido a convertirse en dependiente de nosotros, de forma que debe escuchar lo que pidamos, para respondernos. Toda la Escritura es testimonio de esa doble petición (de ese doble influjo). Los pedimos a Dios bienes de la tierra: pan, salud… Por su parte, Dios nos pide amor y debe atender cuando le amamos.

            En un momento supremo de amor, cuando los hombres se vuelven transparentes a su gracia, el mismo Dios viene a mostrarse suplicante, como padre ante el hijo, como esposo ante la esposa… o viceversa. Nosotros, creaturas libres, podemos darle a Dios algo que el mismo Dios, siendo infinito, no tiene: Amor de creaturas, personas de la tierra. Si no nos escuchara y respondiera no sería Dios, ni nosotros seríamos creatura libre en sus manos.

            Dicen algunos que Dios tiene un plan preestablecido, de manera que nosotros no podemos cambiar sus intenciones. Si es así, como he dicho ya ¿por qué pedir? Resultaría preferible conocer su voluntad, dejar que él haga y no hacer ya peticiones. Esta observación tiene un momento de verdad. Ciertamente, Dios no es aprendiz de creador, ser vacilante que no sabe qué hacer o qué pedir y que cambia a capricho su acción y voluntad conforme a lo que nosotros le pidamos. Pero, quedando eso firme, debemos añadir que Dios es amigo que dialoga con los hombres, por el Cristo, de manera que comparte con nosotros la tarea de su reino, despertando nuestra conciencia en amor, y dándonos aquello que pedimos.

            El Dios de Cristo no tiene un plan cerrado de antemano, sino que va modulando su plan en diálogo de amor y vida con los hombres. Eso significa que Dios nos atiende, acompaña nuestra vida, nos espera, escucha y cumple nuestras peticiones… La manera de expresar y concretar esta oración es el secreto mayor de nuestra vida. En principio, no sabemos pedir como conviene (cf. Rom 8, 26), pues Dios aparece ante nosotros como en un espejo borroso (1 Cor 13, 12). Pero después, dejando que el Espíritu venga en nuestra ayuda, vamos descubriendo a Dios y aprendemos a pedir, viviendo en él y compartiendo su vida en la nuestra.

Dios nos necesita (Etty Hillesum,1914-1943).

 Dios ha querido hacernos libres, haciéndose dependiente de nosotros. En esta perspectiva han de entenderse nuestras peticiones.

– Dios actúa y en un sentido lo hace todo, sembrando en el amor y corazón del hombre una respuesta que éste debe darle libremente. Un creador limitado sería incapaz de suscitar vivientes que se vuelvan libres y que puedan responderle.

– El hombre influye en la vida de Dios, pues Dios le ha dado espacio libre para realizarse y libremente debe respetarle y responderle. El hombre no influye en Dios por ley, sino por amor, en gratuidad, en oración.

En esa línea añadimos que Dios quiere venir y suplicarnos, pidiéndonos que respondamos a su petición con nuestras peticiones. Toda la Escritura es testimonio de ese cruce de peticiones. Los hombres comenzamos suplicando a Dios los bienes de la tierra: pan, salud… Por su parte, Dios nos pide y ofrece amor y fe.  En un momento determinado, cuando los hombres se vuelven transparentes ante el gozo de Dios y ante su gracia, el mismo Dios viene a mostrarse suplicante, como padre que ante al hijo, como los esposos entre sí. Nosotros, creaturas libres, podemos darle a Dios algo que el mismo Dios, siendo infinito, no tiene: amor de creaturas, presencia personal sobre de la tierra.De esa formaayudamos a Dios, haciéndole presente (divino) en el mundo. Más que imponerse sobre nosotros, Dios nos pide amor, que colaboremos con él, como indica E. Hillesum, desde un campo de concentración nazi:

Te ayudaré, Dios mío, para que no me abandones,

  • pero no puedo asegurarte nada por anticipado.
  • Sólo una cosa es para mí cada vez más evidente:
  • Que tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti,
  • y así nos ayudaremos a nosotros mismos [2]

                     Así se expresa E. Hillesum, judía amiga de Jesús, condenada a morir en un Lager nazi, por la “justicia” de imperio de falsa tradición cristiana. Conforme al shemajudía (Dt 6, 6-9), en la línea del evangelio de Mateo, ella supo creer en Dios (aceptarle), apostando por él, con los pobres y condenados de la historia, a los que responde libremente con amor, como ha respondido a Israel y a Jesús.

Los hombres no podemos darnos totalmente la vida unos a otros

 en sentido radical, pero podemos negarla, negándonos a nosotros mismos. No podemos salvarnos, es decir, culminar nuestro camino en Dios (por nosotros mismos), superando la violencia desencadenada actualmente sobre el mundo, pero podemos acompañar y ayudar a Dios para ´que él nos sostenga, para que transforme por dentro nuestros corazones, de manera que no luchemos unos contra otros, hasta matarnos todos, sino que compartamos la vida de Dios sobre la tierra.

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“Aprendiendo a rezar”. Domingo 17 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

domingo, 27 de julio de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El domingo pasado, el evangelio nos animaba a escuchar a Jesús, como María. Hoy nos anima a hablarle a Dios. Ante una persona importante es fácil quedarse sin palabras, no saber qué decir. Mucho más ante Dios. Quizá por eso, los discípulos no rezan. Pero les suscita curiosidad ver a Jesús rezando. ¿Qué dice? ¿Por qué no les enseña a hablarle a Dios? Este será el tema del evangelio, que recoge dos cuestiones muy distintas: la oración típica del cristiano y la importancia de ser insistentes y pesados en nuestra oración, hasta conseguir que Dios se harte y nos conceda… ¿Qué nos concederá Dios? Dada la importancia del tema, comentaré la primera lectura al final.

Aprendiendo a rezar (Lucas 11, 1-4)


            Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

            ‒ Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. 

            Él les dijo:

            ‒ Cuando oréis decid:

            “Padre,

            santificado sea tu nombre,

            venga tu reino,

            danos cada día nuestro pan del mañana,

            perdónanos nuestros pecados,

            porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo,

            y no nos dejes caer en la tentación.”

Nota a la traducción

            En Lucas faltan dos peticiones que conocemos por Mateo: “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, y “líbranos del mal”.

            La liturgia traduce “nuestro pan del mañana”; debería traducir, como en la misa, “nuestro pan de cada día”, ya que la fórmula griega es la misma en Mateo y Lucas. Pero existe una discusión muy antigua sobre si epiousion se debe interpretar del alimento cotidiano o como referencia a la eucaristía. Parece que la liturgia se ha inclinado en este caso por la interpretación eucarística.

Breve comentario al Padre nuestro

            El “Padre nuestro” es la síntesis de todo lo que Jesús vivió y sintió a propósito de Dios, del mundo y de sus discípulos. En torno a estos temas giran las peticiones (sean siete como en Mateo o cinco como en Lucas).

            Frente a un mundo que prescinde de Dios, lo ignora o incluso lo ofende, Jesús propone como primera petición, como ideal supremo del discípulo, el deseo de la gloria de Dios: “santificado sea tu Nombre”; dicho con palabras más claras: “proclámese que Tú eres santo”. Es la vuelta a la experiencia originaria de Isaías en el momento de su vocación, cuando escucha a los serafines proclamar: “Santo, santo, santo, el Señor, Dios del universo” (Is 6). La primera petición se orienta en esa línea profética que sitúa a Dios por encima de todo, exalta su majestad y desea que se proclame su gloria.

            Ante un mundo donde con frecuencia predominan el odio, la violencia, la crueldad, que a menudo nos desencanta con sus injusticias, Jesús pide que se instaure el Reinado de Dios, el Reino de la justicia, el amor y la paz. Recoge en esta petición el tema clave de su mensaje (“está cerca el Reinado de Dios”), en el que tantos contemporáneos concentraban la suma felicidad y todas sus esperanzas.

            Como tercer centro de interés aparece la comunidad. Ese pequeño grupo de seguidores de Jesús, que necesita día tras día el pan, el perdón, la ayuda de Dios para mantenerse firme. Peticiones que podemos hacer con sentido individual, pero que están concebidas por Jesús de forma comunitaria, y así es como adquieren toda su riqueza.

            Cuando uno imagina a ese pequeño grupo en torno a Jesús recorriendo zonas poco pobladas y pobres, comprende sin dificultad esa petición al Padre de que le dé “el pan nuestro de cada día”.

            Cuando se recuerdan los fallos de los discípulos, su incapacidad de comprender a Jesús, sus envidias y recelos, adquiere todo sentido la petición: “perdona nuestras ofensas”.

            Y pensando en ese grupo que debió soportar el gran escándalo de la muerte y el rechazo del Mesías, la oposición de las autoridades religiosas, se entiende que pida “no caer en la tentación”.

            El Padre nuestro nos enseña que la oración cristiana debe ser:

            Amplia, porque no podemos limitarnos a nuestros proble­mas; el primer centro de interés debe ser el triunfo de Dios;

            Profunda, porque al presentar nuestros problemas no podemos quedarnos en lo superficial y urgente: el pan es importante, pero también el perdón, la fuerza para vivir cristianamente, el vernos libres de toda esclavitud.

            Íntima, en un ambiente confiado y filial, ya que nos dirigimos a Dios como “Padre”.

            Comunitaria. Padre nuestro«, danos, perdónanos, etc.

            En disposición de perdón.

Necesidad de ser insistentes en la oración (Lucas 11,5-13)

            Y les dijo:

            ‒ Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.” Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.” Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. 

            Pues así os digo a vosotros:

            Pedid y se os dará,

            buscad y hallaréis,

            llamad y se os abrirá;

            porque quien pide recibe,

            quien busca halla,

            y al que llama se le abre. 

            ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?

            ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente?

            ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

            Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?

El ejemplo del amigo importuno

            En las casas del tiempo de Jesús los niños no duermen en su habitación. De la entrada de la casa a la cocina no se va por un pasillo. No existe luz eléctrica ni linterna. Un solo espacio sirve de todo: cocina y comedor durante el día, dormitorio por la noche. Moverse en la oscuridad supone correr el riesgo de pisar a más de uno y tener que soportar sus quejas y maldiciones.

            El “amigo” trae a la memoria un simpático proverbio bíblico: “El que saluda al vecino a voces y de madrugada es como si lo maldijera”. Este amigo no saluda, pide. Y consigue lo que quiere.

            Este individuo merecería que le dirigiesen toda la rica gama de improperios que reserva la lengua castellana para personas como él. Sin embargo, Jesús lo pone como modelo. Igual que más tarde, también en el evangelio de Lucas, pondrá como modelo a una viuda que insiste para que un juez inicuo le haga justicia.

La bondad paternal de Dios y un regalo inesperado

            En realidad, no haría falta ser tan insistentes, porque Dios, como padre, está siempre dispuesto a dar cosas buenas a sus hijos.

            Aquí es donde Lucas introduce un detalle esencial. Las palabras tan conocidas “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” se prestan a ser mal entendidas. Como si Dios estuviera dispuesto a dar cualquier cosa que se le pida, desde un puesto de trabajo hasta la salud, pasando por aprobar un examen. Esta interpretación ha provocada muchas crisis de fe y la conciencia diluida de que la oración no sirve para nada.

            El evangelio de Mateo, que recoge las mismas palabras, termina diciendo que Dios “dará cosas buenas a los que se las pidan”. La oración de Jesús en el huerto de los olivos demuestra que Dios tiene una idea muy distinta de nosotros, incluso de Jesús, de lo que es bueno y lo que más nos conviene.

            Pero las palabras del evangelio de Mateo a Lucas le resultan poco claras y ofrece una versión distinta: “vuestro Padre celestial dará Espíritu Santo a los que se lo piden”. Para Lucas, tanto en el evangelio como en el libro de los Hechos, el Espíritu Santo es el gran motor de la vida de la iglesia. En medio de las dificultades, incluso en los momentos más duros de la vida, la oración insistente conseguirá que Dios nos dé la fuerza, la luz y la alegría de su Espíritu.

Un regateo inútil (Génesis 18, 20-32)

En la primera lectura Abrahán es como el amigo inoportuno de la parábola, aunque, en este caso, su insistencia no sirve de nada. Sodoma y Gomorra desaparecerán de la historia porque no se encontraron en ella ni siquiera diez personas buenas. Prescindiendo de lo que pueda haber de histórico a propósito de esas dos ciudades, el episodio está contado pensando en Jerusalén, que también ha sido devastada por los babilonios en el año 586 a.C. ¿Cómo es posible que Dios no la haya perdonado? El autor de este pasaje del Génesis lo tiene claro: la culpa no es de Dios, que está dispuesto a perdonar a todos si encuentra un número mínimo de inocentes. La culpa es de la ausencia total de inocentes.

            En aquellos días, el Señor dijo:

            ‒ La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré.

            Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán.

            Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios:

            ‒ ¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?

            El Señor contestó:

            ‒ Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.

            Abrahán respondió:

            ‒ Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?

            Respondió el Señor:

            ‒ No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco.

            Abrahán insistió:

            ‒ Quizá no se encuentren más que cuarenta.

            Le respondió:

            ‒ En atención a los cuarenta, no lo haré.

            Abrahán siguió:

            ‒ Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?

            Él respondió:

            ‒ No lo haré, si encuentro allí treinta.

            Insistió Abrahán:

            ‒ Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran sólo veinte?

            Respondió el Señor:

            ‒ En atención a los veinte, no la destruiré.

            Abrahán continuó:

            ‒ Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?

            Contestó el Señor:

            ‒ En atención a los diez, no la destruiré.

El lector moderno no está de acuerdo con esta mentalidad. En las ciudades de Ucrania, de Siria, en Gaza, en Hiroshima y Nagasaki había sin duda más de diez justos. Dios no es el responsable de invasiones, bombardeos, destrucciones y deportaciones. De eso nos encargamos los hombres, que sabemos hacerlo muy bien. Pero Abrahán nos sirve de modelo. No se alegra al enterarse de que esas ciudades van a ser destruidas, intercede por ellas, intenta que no les sobrevenga la desgracia. Algo que muchas personas buenas siguen haciendo con procedimientos muy distintos y acudiendo a instancias de otro tipo. ¡Ojalá tengan más éxito que Abrahán!

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Domingo XVII del Tiempo Ordinario. 27 julio, 2025

domingo, 27 de julio de 2025
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Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.»

(Lc 11,1- 13)

Lo habitual en la vida de Jesús es orar,  los textos hacen referencia a su oración muchas veces. En esta ocasión Jesús no está solo, cerca de él están sus discípulos, que oran con él. Jesús ora con frecuencia, y se deja ver orando. No se esconde el testimonio creíble del poder de la oración. Y despierta el deseo de Dios en los corazones que lo ven: «Enséñanos a orar».

Son ellos, sus discípulos, quienes toman la iniciativa, de donde sale la propuesta… Esto no deja de ser un reto para nosotras y para todas las personas que llevan en el corazón la Buena Noticia y desean contarla a quienes están a su lado. A veces, nos perdemos en fórmulas y teorías que no despiertan ningún deseo en quienes nos miran; y eso que los textos de nuestra tradición ya nos dicen que «la letra mata y el Espíritu da vida». (2 Cor. 3,6).

Estamos viviendo tiempos convulsos, violentos, agresivos. Duele vernos tan perdidas, tan rapaces…. Indigna verse tan manipulada por las noticias, donde nos presentan buenos buenísimos y malos malísimos, como en las películas de indios y vaqueros. Como si no existieran las personas que trabajan por la paz, que oran por la paz, que encuentran en la religión la consistencia de la vida. Como si no fueran muchos más quienes mueren fieles a Dios que quienes matan por un pseudodios. Y en este tsunami la gente busca, y busca con deseo de algo más profundo, y aparecen los guías espirituales, gurús, chamanes…

¿Y en la Iglesia? ¿Dónde están los maestros de oración que tanto estamos necesitando? Esos que despiertan el deseo de Dios, como lo hace Jesús.

El Papa escribe a las monjas: «Vivid (….) contribuyendo a que Cristo nazca y crezca en el corazón de las gentes sedientas, aunque a menudo de manera inconsciente, de Aquel que es camino, verdad y vida.» (cfr. Vultum Dei nº.37). El reto está en mostrarnos, en dejarnos ver orando, con hondura, sencillamente, sin fórmulas vacías, con espontaneidad y sobre todo, sobre todo, con profunda confianza. Y Cristo nacerá en los corazones sedientos, nacerá y crecerá con raíces hondas, libres, fuertes.

¿Cómo, dónde, cuándo? No tenemos respuestas, ni teorías, solo deseo, un profundo deseo de relacionarnos con Dios, Abba, como Jesús lo hace. Deseo de sumergirnos en la relación amorosa de la Trinidad. Para ello ya nos lo dice Jesús, ¡pidamos el Espíritu a nuestro Padre!

Oración

Enséñanos a orar, también a nosotras, como hiciste aquellos primeros discípulos.

 

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Enséñanos a orar.

domingo, 27 de julio de 2025
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DOMINGO 17 (C)

Lc 11,1-13

Si Jesús hubiera dado una oración concreta a sus discípulos para que la repitieran, ¿se les habría olvidado con tanta facilidad? Solo dos evangelistas la narran y, además, de manera diferente. No, la oración no se enseña, nace de una actitud vital que tiene que ir más allá de cualquier deseo o preocupación por agradar a un dios que está más allá de las nubes.

¿Alguien se puede creer que lo que hacía Jesús cuando se retiraba a ‘orar’ era repetir oraciones prefabricadas? Los discípulos estaban intrigados por lo que Jesús hacía cuando se quedaba solo. La oración es algo vivo que tiene que salir de lo más hondo del ser.

Hubo un tiempo en que di mucha importancia al Padrenuestro, hasta me lo aprendí en arameo y lo recé muchas veces en la lengua que utilizó Jesús. Pero hoy no lo veo de la misma manera. No deja de ser un rezo más que hay que superar para llegar a contemplar.

Para comprender lo que acabo de decir, debemos distinguir entre rezar o pedir, meditar y contemplar. Nos han enseñado, incluso obligado a rezar, pero nadie se ha preocupado de que aprendamos a contemplar. Se trata de una forma de vida y a vivir no se puede aprender.

El Padrenuestro intenta trasmitirnos, en el lenguaje religioso de la época, toda la novedad de la experiencia de Jesús. Esto quiere decir que no se sacaron el Padrenuestro de la manga. Cada una de las expresiones que encontramos en él, se encuentra también en el AT.

Entendido literalmente, el Padrenuestro no tiene sentido. Ni Dios es padre en sentido literal; ni está en ningún lugar; ni podemos santificar su nombre, porque no lo tiene; ni tiene que venir su Reino de ninguna parte, porque está siempre en todos y en todo; Ni su voluntad tiene que cumplirse, porque no tiene voluntad alguna. Ni tiene nada que perdonar, mucho menos, puede tomar ejemplo de nosotros para hacerlo; ni podemos imaginar que sea Él el que nos induzca a pecar; ni puede librarnos del mal, porque eso depende solo de nosotros.

No pretendo enseñaros a orar, pero intentaré daros alguna pista. La oración de contemplación surge espontáneamente de lo hondo del ser. Lo difícil es alcanzar las condiciones que la mente necesita para que esto ocurra. Surge con la misma facilidad con que mana el agua de una fuente una vez que se le quitan los estorbos que le impedían salir.

La preparación comienza por el cuerpo. No es nada fácil conseguir que el cuerpo esté relajado, en armonía, sin interferencias de los sentidos ni de la mente racional que dispersan nuestra atención. Las técnicas orientales de relajación pueden ser muy útiles para preparar el terreno, siempre que no las confundamos con la verdadera contemplación.

Centrar toda nuestra atención en una llama, repetir un mantra con total atención, o simplemente observar con atención nuestra propia respiración nos puede llevar a una imprescindible concentración. Si soy capaz de concentrarme absolutamente en un solo objeto, será muy fácil dar el paso a no pensar en nada. Ahí comienza la contemplación.

Dejar de pensar no es quedar dormidos. Se trata de acallar nuestra capacidad de razonar. Nuestra imaginación está siempre saltando de un pensamiento a otro sin poder evitarlo. Meditar es poner en marcha una facultad que hemos olvidado, la intuición. Sería quedar absolutamente pasivos pero atentos a lo que pasa en lo más hondo de nuestro ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Venga a nosotros tu Reino.

domingo, 27 de julio de 2025
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Lc 11, 1-13

«Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.»

Por Jesús sabemos que la voluntad de Dios es que vivamos compartiendo, perdonando, consolando, ayudando, sirviendo y trabajando por la justicia. Y lo sabemos porque él vivió así; porque pasó por la vida haciendo la voluntad del Padre. Como dijo su amigo Pedro: «Pasó haciendo el bien y ayudando a los oprimidos por el mal…», es decir, creando humanidad a su alrededor, y ésa debe de ser nuestra mejor guía y nuestra mejor oración.

Ahora bien, también sabemos que Jesús se retiraba con frecuencia a orar; que precisaba de la oración para afrontar la descomunal tarea que se había propuesto. Podemos imaginarle, allá en la soledad de la montaña, dirigiéndose a Abbá para compartir con Él sus anhelos, sus desvelos, sus fracasos y tentaciones; como lo hacen los hijos con su padre; porque Jesús había asumido íntimamente la condición de hijo y se confortaba de tanto desvelo y tantos sinsabores hablando con su Padre.

Así lo hizo en Getsemaní y salió confortado. Su Padre no le relevó de apurar el cáliz, pero Jesús se llenó de su Espíritu y afrontó la pasión con coraje inusitado. En la cruz se sintió abandonado y posiblemente fracasado «Dios mío, Dios mío…», pero tras esta oración afrontó la muerte dando una gran voz y saltando confiado en brazos de Abbá: «En tus manos encomiendo mi espíritu».

Un día, tiempo atrás, a orillas del lago, se alzó una voz entre la multitud que gritó: «Enséñanos a orar», y como siempre ocurría, la respuesta de Jesús sobrepasó toda expectativa, porque en ella nos hizo entrega de su Dios, Abbá, y partícipes de su propia relación con Él. Cuando oréis, nos dijo, no debéis dirigiros al Dios todopoderoso y eterno, sino a Abbá, vuestro padre, vuestra madre, porque no sois esclavos o asalariados, sino hijos amados. Y pedid lo importante; el Reino, el alimento, el perdón y la liberación de la esclavitud a que nos somete el mal.

«Así pues debéis orar vosotros: Padre nuestro, santificado tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad, danos el pan de cada día, perdónanos como nosotros perdonamos, y líbranos del mal».

Lo que se pide en el Padrenuestro es que venga tu Reino, que se haga tu voluntad”, lo que equivale a una renuncia a todas las pequeñas peticiones que suelen poblar nuestras oraciones en favor de una aspiración de verdaderos hijos.

Como decía Ruiz de Galarreta: «El Padrenuestro es por tanto la oración de los hijos y constituye una profesión de fe, una confesión pública de nuestra relación con Dios y con los demás. Para rezar el Padrenuestro necesitamos elevarnos por encima de la mediocridad y hacer un acto consciente de que somos hijos constructores del Reino. Recitar el Padrenuestro es un fuerte desafío, y lo profesamos avalados por invitación de Jesús; porque nos dijo que orásemos así; por eso, sólo por eso nos atrevemos a decir…».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Cuando oréis decid: Padre:.

domingo, 27 de julio de 2025
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Señor, enséñanos a orar” Lc 11, 1b., le pidió a Jesús uno de los discípulos cuando Jesús hubo terminado de orar. Aunque se pueden dar algunas indicaciones como hizo Jesús con ellos, a orar se aprende solo. Ya nos decía Santa Teresa de Ávila: “Orar es tratar muchas veces, a solas, de amistad, con quien sabemos nos ama”. Y se hace en soledad porque el trato es personal, parte de cada individuo, y aunque aprendemos mucho unos de otros cuando compartimos, al final, la amistad entre Dios y yo, como cualquier amistad, depende de las dos personas.   ¿Se puede tener una amistad con Dios?

Cuando oréis decid: Padre…” 11,2b. Eso no es lo que Jesús aprendió de los maestros de la Ley de su tiempo. “Abba” es una de las palabras que los eruditos en Sagradas Escrituras nos dicen que estamos seguros que Jesús pronunció. Una novedad que no fue bien acogida porque, aunque en el AT se afirme que Dios es Padre, nunca se le invoca como tal.

La palabra aramea Abba, la usaban los hijos (no solo los niños sino también los adultos), con sus padres. Era una forma de tratar con respeto. Jesús es el primero que la usa para dirigirse a Dios. Expresa la nueva relación de amor y confianza en Dios. Por eso nos atrevemos a hablar de amistad porque está basada en el amor y la confianza.

Los discípulos invocan a Dios como Padre y entonces aprenden que lo que hace hijos-as es el amor universal. El hijo/a, en la cultura semítica demuestra que lo es, no por la existencia dada-recibida, sino en la identidad de conducta; el hijo-a demuestra serlo con su actividad igual a la del padre.

Seguro que Jesús no nos quiso proponer una oración más, como las tantas que rezaban Él y sus contemporáneos, sino más bien que la oración siempre ha de tener dos componentes fundamentales: Dios y su proyecto, el reino.

Muchos se han quedado en el rezar, el Padrenuestro y muchas otras oraciones hechas, y no han pasado a ese nivel de amor y confianza al que estamos llamados desde el principio de nuestra vida.

Lo mismo que para muchos es inconcebible una amistad con Dios, y siempre hablan de Él como si fuera una tercera persona, parece que se les ha quedado fijado que la relación con Dios es sobre todo para “pedir” porque Dios es Omnipotente y eso que aprendimos en el catecismo está grabado a fuego y, es imposible de borrar.

Claro, si alguien intenta convencernos de que Dios no es Dios porque lo puede todo, y ese no es su máximo atributo ¿qué nos queda de la imagen de la infancia de que Dios es omnipotente, omnipresente, lo ve y lo juzga todo y puede cambiar en un segundo el rumbo de la historia?

Llamar a Dios “Padre” es una manera de interpretar a “Dios creador” que al crear a la persona humana no se queda solo en la imagen, sino que termina en la de “hijo/a”.

Venga tu reino” es la preocupación de Jesús, un reino donde no es esencial la relación con Dios sino un nuevo modelo de sociedad para un mundo roto por la división y la lucha entre hermanos, un reino que, aunque le pedimos que venga sabemos muy bien que está en nuestras manos ir haciéndolo realidad.

Pedimos perdón porque, aunque nos llamamos cristianos, su proyecto no es lo que nos desvela, lo que nos quita el sueño, sino más bien que yo y los míos estemos bien. Eso es lo que le pedimos insistentemente y la fe se nos tambalea cuando no nos salen las cosas como quisiéramos.

Así no es posible construir una verdadera amistad porque para lograr ese amor tan desinteresado como lo es el de la amistad, lo que preocupa al otro se tiene que convertir en mi preocupación y tarea.

Para acabar Jesús pone un ejemplo de alguien que necesita que un amigo le eche una mano para ayudar a otro. Por eso dice: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis llamad y se os abrirá”, es decir, manteneos en una actitud despierta, activa y encontraréis lo que necesitáis, quizá no tanto para vosotros como para los demás.

Pedir, buscar, llamar, es propio del amigo que tiene la confianza suficiente para hacerlo y sabe que tarde o temprano hallará lo que necesita.

Orar, tratar muchas veces a solas de amistad con quien sabemos nos ama, es el mejor tiempo “perdido”; nos habla de Dios y de nosotros, nos da luz para el camino, nos pone en nuestro lugar, nos regala el Espíritu, que hace posible que sigamos caminando con todo y a pesar de todo.

Carmen Notario

Fuente Fe Adulta

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Quien busca, encuentra.

domingo, 27 de julio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 27 julio 2025

Lc 11, 1-13

Existe un dicho oriental, según el cual, “cuando el alumno está preparado, el maestro aparece”, que podría retraducirse de esta manera: Quien vive apertura y docilidad a la vida, sabe leer lo que le ocurre como oportunidad de aprendizaje y crecimiento.

En realidad, aquel dicho equivale al aforismo que el evangelio pone en boca de Jesús: “Quien busca, encuentra”, que podría expresarse también de este otro modo: el Anhelo no defrauda.

Alguien podría pensar que la experiencia humana parece indicar justo lo contrario: la frustración constituye un elemento habitual en nuestra existencia, hasta el punto de que hay personas que terminan cayendo en la decepción, en la tristeza, en la resignación fatalista o incluso en el hundimiento. Se dan, sin duda, experiencias dolorosas, más o menos traumáticas, que, unidas a otros factores, pueden conducir a ese estado.

No niego la realidad de la frustración, pero tampoco equiparo el deseo con el Anhelo, ni lo que me gusta con lo que necesito.

El deseo nace del yo y busca, prioritariamente, el bien del propio yo (tiene la forma de una flecha curva, que vuelve sobre sí misma). Se halla íntimamente emparentado con la expectativa. Y la expectativa es la madre de la frustración. Por el contrario, el Anhelo -así, con mayúscula- no nace de la mente ni del yo -por más que, luego, nos hagamos conscientes de él-, sino de la misma vida que somos. Se trata de un dinamismo caracterizado por la desapropiación y la gratuidad (tiene forma de flecha recta), que nos impulsa desde dentro. No busca, de entrada, algún bien particular para el yo; tampoco busca que se satisfagan sus deseos. Solo busca favorecer que la vida fluya a través de nuestra persona. Por eso, en la medida en que nos encuentra motivados -preparados, buscando…, por utilizar los términos de los dichos anteriores-, disponibles, dóciles y rendidos a su empuje, nunca defrauda. Es cierto que implica la “muerte” del yo, pero regala la vida.

Enrique Martínez Lozano

Fuente

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Somos familia de Dios: Padre nuestro.

domingo, 27 de julio de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Invitación a la oración.

La primera lectura (Génesis – Abrahán) y el evangelio nos convocan a orar.

Jesús oraba siempre. A lo largo de su vida le podemos ver frecuentemente orando; confrontaba sus cosas, su vida, sus problemas y los ponía en manos de Dios Padre. Pasaba largas noches en oración.

Los discípulos -los cristianos de la iglesia naciente- sienten la necesidad de orar y le piden a Jesús que les enseñe a orar.

Existen muchos métodos de oración, incluso a veces adoptamos formas y sistemas de oración de otras culturas y religiones.

Si vamos al evangelio la oración es algo muy sencillo y ya está en el evangelio: métete en tu habitación, cierra la puerta y ponte en brazos de Dios Padre. Guarda silencio y escucha a Dios Padre: Padre nuestro…

Con gran respeto para otras religiones y formas de oración, nuestra oración es ponernos en brazos de Dios Padre.

02.- Orar en silencio, en paz, en Dios.

        Orar es sentir necesidad de pensar las cosas, la vida, los problemas y ponerlos en Dios. Y tal vez ante Dios y con Dios nuestra mejor palabra sea el silencio. Nuestro silencio habla por sí mismo.

Más que hablar, orar es escuchar a Dios en el silencio y la profundidad de nuestra alma.

El creyente ora en las diversas circunstancias de la vida: en la enfermedad, en el sufrimiento, en el pecado, en los peligros, en el trabajo, en un nacimiento en la familia, ante la muerte, etc. Una persona creyente que ora, es muy consciente, ve y vive las realidades desde Dios y ante Dios.

Orar es algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy profundo.

Orar es demorarse en Dios.

Quien ora ha aprendido a vivir.

03.- La oración es ser consciente: “estar en sí”.

La oración es un “momento” consciente ante Dios y también en la asamblea eclesial.

Orar es “estar en sí”, ser consciente de la vida ante el Señor.

La oración supone un abrirse a la ultimidad de Dios. Orar es la actitud del ser humano que se abre a Dios y se pone en sus manos En la oración vemos y ponemos nuestra vida, nuestros criterios, nuestros caminos, nuestros problemas y nuestras esperanzas a la luz y el amor de Dios. Una persona creyente ora, es decir, ve esas realidades desde Dios y ante Dios.

La oración es un acto de confianza en Dios Padre.

En la oración abrimos nuestra vida y la ponemos en manos de Dios.

04.- ¿Confrontar la vida ante qué tipo de Dios? Padre.

Lo primero que Jesús nos dice a la hora de orar es que nos dirigimos a un Dios que es Padre: Padre nuestro

Si he de presentarme ante un Dios del Derecho Canónico o ante el Dios del Santo Oficio o del juicio final de Miguel Ángel de la capilla Sixtina o ante el Dios que condena al infierno, “mejor es morirse”.

Ante un Dios judicial y justiciero uno no puede orar. Con un Dios que se parece a Hacienda o a la Inquisición, es mejor no hablar.

Hay personas que tienen siempre una actitud de prepotencia y juicio: en el orden clerical, familiar, laboral, en la vida normal, en el mundo episcopal y clerical: sistemáticamente su actitud es de juicio, de culpabilización. Es muy distinto orar, charlar y confrontar la vida con el padre del hijo pródigo, a tener que rendir cuentas a un Dios justiciero de cierta moral o del derecho canónico, o del mundo episcopal – clerical.

La experiencia que Jesús tiene de Dios y lo que nos ha dicho es que Dios es Padre. Padre nuestro: Padrenuestro…

Uno puede pedirle consejo, dejarse iluminar por su Padre. Con el Dios y Padre de Jesús se puede tratar y charlar, orar. Con el Dios de ciertos entramados e instituciones católicas, no es posible orar.

Con el Dios de Jesús “se puede hablar” porque la palabra que nos dirige es de bondad, de un padre bueno. Lo que Dios dice es siempre misericordia. El poder y la justicia de Dios son misericordia.

05. Conclusión. No somos extraños para Dios.

Tal vez, la lección más importante del evangelio de hoy acerca de la oración es que:

  • No somos extraños para Dios, somos hijos de Dios, familia de Dios.
  • El Dios de Jesús es Padre. Con el Dios de Jesús, Padre, se puede tratar: es bueno hablar y tratar.
  • Jesús nos dice: No eres un extraño para Dios: somos sus hijos. Dios es mi, -nuestra- familia. Por eso, cuando os dirijáis a Dios decidle:

Padre nuestro.

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“Pedir a Dios Padre lo fundamental: ‘que venga su Reino’”, por Consuelo Vélez

domingo, 27 de julio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XVII Domingo del Tiempo Ordinario – 27-07-2025

El evangelio de Lucas presenta varias veces a Jesús orando y en esta ocasión al terminar uno de sus discípulos le pido que les enseñe a orar.

Jesús nos enseña una manera de concebir a Dios y de dirigirnos a él: como «Padre/Madre«

Jesús nos enseña lo que hemos de pedir: el reino

La oración de petición es, por tanto, la fuerza y la confianza en el Padre del cielo que nos fortalece para realizar en este mundo, todo lo que necesitamos hacer, respondiendo así, a las necesidades de todos.

Consuelo Vélez

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

– «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos».

Él les dijo entonces:

+ «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación».

Jesús agregó:

+ «Supongamos que algunos de ustedes tienen un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: «Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle», y desde adentro él le responde: «No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos».

Yo les aseguro que, aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.

También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.

¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan»

(Lucas 11, 1-13).

El evangelio de Lucas presenta varias veces a Jesús orando y en esta ocasión al terminar uno de sus discípulos le pido que les enseñe a orar. Las palabras que dice Jesús son más o menos las que tenemos en el Padre Nuestro que hoy rezamos, de ahí que podemos reconocer en esa sencilla oración una conexión profunda con el Jesús de los evangelios, una manera apropiada de hacer nuestra propia oración.

Un aspecto a comentar de esta oración es la manera de llamar a Dios. Jesús se dirige a él como “Padre” pero recordemos que en otras ocasiones los evangelistas ponen en boca de Jesús la palabra “Abba”, una expresión mucho más cercana, prácticamente de la confianza que un niño tiene en su padre. Jesús entonces nos enseña una manera de concebir a Dios y de dirigirnos a él. Nuestro Dios es el padre misericordioso, el padre todo amor, el padre todo confianza. Tenemos que seguir trabajando por quitarnos las imágenes de Dios que no corresponden al Padre del que nos habla Jesús. Dios no es castigador o vigilante. Dios no tiene nada que ver con la exigencia legal, ni con la compra de sus favores. Dios, es amor y solo amor. O, como lo decimos ahora, Dios es Madre, con el amor entregado y generoso que han encarnado tantas mujeres de la tierra.

En esta oración Jesús añade lo que hemos de pedir: el reino, el pan de cada día, y perdonar a los que nos ofrenden como Dios perdona nuestras ofensas.

Jesús continúa diciendo una parábola para explicar mejor lo que quiere enseñarles. Se refiere al amigo que va a pedir prestados tres panes porque no tiene nada para darle al otro amigo que llegó a su casa y, como otras veces hemos comentado, el valor de la hospitalidad es muy importante para el pueblo judío. El relato continúa diciendo que es tarde y el amigo no parece dispuesto a ayudarlo. Pero, Jesús le asegura que, al final, el amigo le dará los panes, al menos para no ser importunado. Y hace la pregunta obvia, ya no con respecto al amigo, sino a la relación filial. ¿Podrá un padre negarle algo a su propio hijo? Y añade: seguramente le dará lo que le pide porque es su hijo. Por lo tanto, con más razón, el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quien se lo pida.

Podríamos decir que la conclusión del pasaje es la invitación que Jesús hace a los suyos: “pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”. Todo esto nos lleva a decir una palabra sobre la oración de petición. Es verdad que tenemos muchas necesidades y, atendiendo a las mismas palabras de Jesús, el Padre del cielo no dejará de ayudarnos. Pero hemos de prestar atención a lo que nos dice que pidamos: “venga tu reino”. El reino de Dios es de justicia y paz, es de fraternidad/sororidad. El reino es don de Dios y tarea nuestra. Por tanto, pedir el reino es comprometernos con hacerlo posible en el aquí y ahora y, de esa manera, todas aquellas realidades materiales que tanto necesitamos, podrán llegar a todas las personas.

La oración de petición es, por tanto, la fuerza y la confianza en el Padre del cielo que nos fortalece para realizar en este mundo, todo lo que necesitamos hacer, respondiendo así, a las necesidades de todos. Esta es la actitud adecuada para nuestras oraciones de petición. No hemos de desfigurar la imagen de nuestro Dios, haciéndolo parecer a un Dios mago o a un Dios que nos exige muchas oraciones para concedernos lo que necesitamos. La imagen del Dios de Jesús es al que le pedimos fuerzas para hacer todo como si solo dependiera de nosotros, confiados en que todo depende de Él.

(Foto tomada de: https://radiomaria.org.ar/programacion/jesus-maestro-de-oracion/)

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“De las oraciones a la oración – San Lucas 11, 1-13 -”, por Joseba Kamiruaga Meza CMF

domingo, 27 de julio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa cristiana):

Damos el salto cuando descubrimos que tenemos alma. Y al seguir a nuestra alma aprendemos a dialogar con Dios. Un Dios desconocido, al principio (y nos parece un poco tonto hablar con alguien que aún no sabes si existe), hasta que poco a poco descubrimos que ese diálogo nos lleva a otro lugar, a un mundo desconocido.

Nos acercamos a la fe por lo que hemos oído, y luego, paso a paso, experimentamos al Dios de Jesús y nos descubrimos amados y capaces de amar.

Nos descubrimos amados.

Es una mirada suave, sutil, libre, pura, la que descubrimos en nosotros mismos.

Eres engendrado a una nueva vida.

Tú sigues siendo el mismo y tu vida también, pero tu corazón y tu mirada cambian, se hacen profundos, ves más allá del horizonte.

Más allá del caos, los miedos, las angustias, los lugares comunes. Ves el diseño oculto a lo largo de los siglos.

Cuando, finalmente, dejamos de lado los muchos prejuicios, las cosas que creemos creer, nos abrimos a escuchar verdaderamente el mensaje evangélico. Y, después de haber seguido al Señor, después de habernos sentado también nosotros a escuchar su Palabra, llega un momento en el que pedimos, como hacen los discípulos: Maestro, enséñanos a orar.

No piden: enséñanos oraciones.

Esas ya las saben, como nosotros, fórmulas breves memorizadas. Pero lo que hace Jesús es otra cosa.

Algo nuevo. Intenso. Verdadero.

Un verdadero encuentro.

 ¡Por favor!

No sabemos rezar, no bromeemos.

Tratamos a Dios como a un poderoso al que hay que convencer. Para que nos haga felices, para que nos conceda alguna gracia, al fin y al cabo.

La oración, por desgracia, goza de muy mala fama entre los católicos.

Como algo inútil, que debe dejar espacio, en cambio, a la acción.

Detrás de esta idea hay siglos de invitaciones a la devoción, a la recitación de fórmulas que nacieron espléndidas y murieron distraídas, de rosarios rezados pensando en otra cosa.

La oración concebida como un agotamiento para convencer a Dios. Un agotamiento que lleva al agotamiento, el nuestro y el de Dios. El término mismo, «oración», se ha convertido en sinónimo de «recitación», de cantinela, de insistencia para convencer a alguien de nuestras buenas intenciones.

 ¡Por favor, hazme un favor!

Se ha convertido en el estribillo de nuestra petición, de nuestra oración cotidiana.

Antes de hablar de oración, debemos hacer el enorme esfuerzo de borrar todas estas ideas falsas y ponernos a escuchar.

 Escuchar

Como María, la oración es, ante todo, sentarse a escuchar.

Escuchar a alguien a quien se ama, se estima, se admira.

Ese Jesús que rezaba como nadie había rezado jamás, que sorprendía y fascinaba a los Apóstoles cuando, en plena noche, se levantaba para hablar en su corazón con el Padre. Un estilo nuevo, diferente de la oración colectiva, en el templo, en la sinagoga. Una oración íntima que los apóstoles intuyen como origen de la serenidad y la fuerza del Señor, del Maestro.

Por eso le piden que les enseñe a rezar.

Y Jesús lo hace, entregándoles la oración por excelencia, el Padrenuestro, que en la versión de Lucas es aún más esencial. Y que ya nos dice lo que es la oración: diálogo con el Padre, para pedir, sí, pero también para actuar, para cambiar de actitud ante la vida.

La oración es confianza

Jesús nos revela el rostro del Padre: es a Él a quien dirigimos nuestra oración. No a un déspota caprichoso, ni a un poderoso al que hay que convencer. Nos hemos convertido en hijos, nos dice San Pablo, Dios nos trata como trata a su hijo amado. Un buen padre sabe lo que necesita su hijo, no le deja sufrir. Muchas de nuestras oraciones no son escuchadas porque se dirigen al destinatario equivocado: no se dirigen a un padre, sino a un padrastro o a un tutor antipático al que pedir algo que, en realidad, creemos que nos corresponde.

Tantas veces confieso algo que he descubierto en mi pobre vida: pedí y no me fue dado. Entonces, en esos momentos, me desanimé. Hoy, años después, sé que obtuve todo lo que necesitaba y que, a menudo, no era lo que pedía.

La oración es amistad y constancia

Como aquel que va a pedir pan en plena noche.

Cuando rezamos, nos dirigimos a un amigo. Y lo hacemos para pedirle algo con lo que alimentar a los huéspedes de nuestra vida, no para ganar la lotería.

Amistad recíproca, como leemos en la hermosa página del Génesis: la relación con Abraham se consolida y Dios decide hablarle de su proyecto de abandonar Sodoma a su maldad. Abraham siente un vuelco en el corazón: en Sodoma vive Lot, su sobrino, y comienza una dura negociación. Al final, Abraham se sale con la suya: si Dios encuentra en Sodoma tan solo diez justos, salvará toda la ciudad, dando la vuelta a la teoría de la solidaridad según la cual todos pagan por la culpa de uno. En este caso, todos serán salvados por los méritos de diez.

La oración es una conversación íntima, un intercambio de opiniones, un entendimiento mutuo.

No es una lista de la compra, ni un intento de corrupción, ni una letanía para dar suerte.

Concebimos la oración como una serie de fórmulas de buenos deseos, pero la oración es ante todo escuchar, escuchar a Dios, e interceder, interceder por el mundo, no por mis necesidades.

¿Por qué no?

¿Por qué no aprender a rezar?

La oración te necesita a ti, ante todo: tal como eres, devoto o ateo, santo o pecador. Pero un «tú» verdadero, no falso, no aparente. La oración necesita tiempo: cinco minutos, para empezar, el tiempo en el que no estás completamente atontado o distraído, apagando el móvil y aislándote. La oración necesita un lugar: tu habitación, el metro, la pausa para comer. La oración necesita una palabra que escuchar: mejor si es el Evangelio del día, para leerlo con calma y saborearlo. La oración necesita una palabra que decir: las personas con las que te encuentras, las cosas que te angustian, un «gracias» dicho a Dios. La oración necesita una palabra que vivir: ¿qué cambia ahora que retomas tu actividad cotidiana?

Venga el Espíritu prometido por el Señor, amigos, el Espíritu que nos permite ver con una mirada diferente incluso las cosas que nos parecen indispensables para nuestra felicidad, comprendiendo, finalmente, que lo que consideramos un obstáculo insuperable no es tan importante resolverlo y, tal vez, ni siquiera es un obstáculo.

Porque, en la oración, descubriremos que nada nos puede impedir decir con verdad: Padre.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 27 de julio de 2025

1.- Si rezamos, haremos circular el pan del amor.

2.- Dios siempre cumple sus promesas.

3.- Para rezar bien hay que tener hambre de vida.

4.- En el «Padre nuestro», Jesús nos enseña la gramática de Dios.

5.- Padre Nuestro, la oración que une la tierra y el cielo.

6.- El Padrenuestro, gramática de Dios.

7.- La oración según Jesús.

8.- De las oraciones a la oración – San Lucas 11, 1-13 –.

 P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Festividad de Santiago Apóstol

viernes, 25 de julio de 2025
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(Santiago el Mayor peregrino, de El Greco. Museo de Santa Cruz de Toledo.)

Santiago, llamado «el mayor», era hijo de Zebedeo y de Salomé (Mc 15,40; Mt 27,56) y hermano mayor de Juan el evangelista. Junto con él fue llamado entre los primeros discípulos de Jesús, y siempre se le cita entre los tres primeros apóstoles en el Nuevo Testamento.

Fue testigo privilegiado de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37), de la transfiguración de Jesús (Mt 17,1) y de la agonía de Jesús en Getsemaní (Mt 26,37). Fue decapitado hacia el año 44, en tiempos de Herodes Agripa, en los días de la Pascua (Hch 12,1-3).

LECTIO

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 4,33.5.12.27b-33; 12,1b

En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los trajeron y los condujeron a presencia del consejo, y el sumo sacerdote los interrogó:

¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.

Pedro y los apóstoles replicaron:

-Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero». «La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión con el perdón de los pecados». Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.

Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos, y el rey Herodes hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan.

 La primera lectura de la solemnidad de Santiago, patrón de España, presenta a nuestra consideración la idea del testimonio de la resurrección de Jesús por parte de los apóstoles. Este testimonio, mandato expreso del Señor, no puede ser encadenado por ninguna instancia humana, porque el testigo debe obedecer a Dios antes que a los hombres. Y puede hacerlo gracias al Espíritu Santo, «que Dios da a los que le obedecen». Esta obediencia llevó a Santiago a derramar su sangre, corroborando con ello su testimonio, su «martirio».

***

Sal 66, 2-3. 5. 7-8

R. Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. R.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
y gobiernas las naciones de la tierra. R.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga;
que le teman hasta los confines de la tierra. R

***

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 4,7-15

Hermanos:

Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros.

Nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no quedamos a merced del peligro; nos derriban, pero no llegan a rematarnos.

Por todas partes vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.

Porque nosotros, mientras vivimos, estamos siempre expuestos a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

Así que en nosotros actúa la muerte, y en vosotros, en cambio, la vida.

Pero como tenemos aquel mismo espíritu de fe del que dice la Escritura: Creí y por eso hablé, también nosotros creemos, y por eso hablamos, sabiendo que el que ha resucitado a Jesús, el Señor, nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos dará un puesto junto a él en compañía de vosotros.

Porque todo esto es para vuestro bien; para que la gracia, difundida abundantemente en muchos, haga crecer la acción de gracias para gloria de Dios.

El mensaje central de esta segunda lectura podríamos resumirlo de este modo: «Por todas partes vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús» (v. 10a). Lo que Pablo dice por experiencia directa, lo aplica literalmente la liturgia al apóstol cuya solemnidad celebramos hoy: de Jesús a Pablo y de Pablo a Santiago, y así sucesivamente, se va creando, a lo largo de la historia, la cadena de los testigos o, mejor aún, de los «mártires» en sentido propio.

Puede decir que lleva la muerte de Jesús en su propio cuerpo no sólo quien recibe la gracia excepcional de derramar la sangre por amor a Cristo y a los hermanos, sino también quien, día tras día, vive con seriedad y serenidad la radicalidad evangélica. Quien realiza esta experiencia puede hablar en nombre de Jesús, puede decir que es siervo del Evangelio por lo que anuncia, pero sobre todo por lo que hace y por cómo vive: «Creí y por eso hablé» (v. 13).

La palabra de los testigos no sólo es significativa, sino también eficaz: precisamente porque tiene la elocuencia de la experiencia vivida, de la sangre derramada, del martirio padecido.

***

Aleluya

R. Aleluya, aleluya, aleluya
Astro brillante de España, apóstol Santiago,
tu cuerpo descansa en la paz,
tu gloria pervive entre nosotros. R

***

Proclamación del Evangelio según san Mateo 20,20-28

En aquel tiempo, la madre de los Zebedeos se acercó a Jesús con sus hijos y se arrodilló para pedirle un favor. Él le preguntó:

-¿Qué quieres? Ella contestó: -Manda que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando tú reines.

Jesús respondió:

-No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa de amargura que yo he de beber?

Ellos dijeron:

-Sí, podemos.

Jesús les respondió:

-Beberéis mi copa, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes lo ha reservado mi Padre.

Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo:

-Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que los magnates las oprimen. No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser importante entre vosotros, sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero, sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos.

***

Mateo nos refiere en esta página de su evangelio, tal vez con una sutil ironía, la petición que la madre de los Zebedeos -Juan y Santiago- presentó a Jesús. Si bien estamos dispuestos a mostrarnos un tanto indulgentes con la madre, lo estamos ciertamente un poco menos con los dos hermanos, que con una excesiva rapidez se declaran dispuestos a compartir con Jesús el cáliz, la copa, que ha de beber. Afortunadamente, Jesús sabe cambiar en bien lo que, humanamente hablando, podría parecer fruto de la intemperancia y de la precipitación.

El discurso se convierte de hipotético en profético: Jesús predice la muerte que Santiago padecerá por su fidelidad radical al Maestro y al Evangelio.

Y no sólo esto, sino que de este diálogo -que, por otra parte, suscita el desdén de los otros apóstoles- extrae Jesús también una lección de humildad para todos los que quieran seguirle por el camino del Evangelio. La grandeza de los discípulos de Jesús puede y debe ser valorada con unidades de medida bastante diferentes a las que conoce el mundo. En la escuela de Jesús se aprende a subvertir la escala de valores y a considerar válido sólo lo que lo es a los ojos de Dios. Precisamente, según

el ejemplo que nos dejó Jesús: siendo rico, se hizo pobre; aun siendo Señor, se hizo siervo-esclavo; siendo maestro, aprendió a obedecer al Padre; siendo sacerdote, se hizo víctima por amor.

MEDITATIO

«El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos» (Mt 20,28). Es más que lícito que nos preguntemos qué psicología brota de una afirmación autobiográfica como ésta, y la respuesta no puede ser equívoca. Estamos frente a un gran don que Jesús ha hecho a sus discípulos de ayer y de hoy, ofreciéndoles la posibilidad de penetrar en su corazón de Hijo inmolado por amor, en su espiritualidad de Cordero inmolado en rescate de los hermanos.

Todo esto es lo que se expresa mediante la metáfora del «servicio», un término que ha de ser bien entendido: hemos de rescatarlo de todo tipo de servilismo, de toda abdicación pasiva a la propia libertad, y hemos de inscribirlo en el horizonte de una total expropiación personal y de una entrega completa de nosotros mismos al Padre. La luz de esta afirmación de Jesús se difunde, obviamente, por todo el Evangelio.

Jesús, sin embargo, se presenta también como siervo «de muchos», a saber: de todos los que el Padre le ha confiado como hermanos, oprimidos por el pecado, pero abiertos al don de la liberación. El cáliz de la pasión, que Jesús acepta libremente de manos del Padre, sólo espera ser saboreado también por aquellos por los que el Maestro de Nazaret lo bebió hasta las heces.

ORATIO

Tu ley, Señor Jesús, es el signo de tu realeza: tú nos quieres obedientes porque sólo a través de la obediencia -como tú mismo demostraste- se llega a rey.

Tu ejemplo, Señor Jesús, manifiesta tu profunda identidad de Hijo: Hijo de Dios Padre que vive y expresa siempre su propia sumisión en su plena disponibilidad.

Tu Palabra, Señor Jesús, ilumina nuestro camino: el que tú nos muestras no vale sólo para ti, sino también para todos los que, libremente, te han elegido como maestro y te siguen con alegría por el camino del Evangelio.

Tu martirio, Señor Jesús, lo fuiste viviendo en cada momento de tu vida: quien ha aprendido a conocerte a través de las páginas evangélicas sabe que, para ti, ser siervo significaba vivir del todo para Dios y del todo para los hermanos. Ésta es la «ley real» de la que habla el apóstol Santiago en su carta.

CONTEMPLATIO

El objetivo de los dos discípulos [Juan y Santiago] es obtener el primado respecto a los otros apóstoles. […] ¿Os dais cuenta de cómo todos los apóstoles son aún imperfectos? Tanto los dos que quieren elevarse sobre los diez como los diez que tienen envidia de ellos. Ahora bien, fijémonos en cómo se comportan a continuación y les veremos exentos de todas estas pasiones. […]

Santiago no sobrevivirá mucho tiempo. En efecto, poco después del descenso del Espíritu Santo, llegará su fervor a tal extremo que, dejando de lado todo interés terreno, llegará a una virtud tan elevada que morirá inmediatamente (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, Roma 1967, pp. 98 y 99ss).

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día estas palabras: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mt 20,28).

LECTURA ESPIRITUAL

Las fiestas de los santos proponen ejemplos oportunos a la imitación de los fieles. A esta función de ejemplaridad ha querido unir siempre la Iglesia el reconocimiento de la intercesión de los santos en favor de sus hermanos los hombres. Éste es el motivo por el que, desde siempre, ha aceptado y fomentado gustosa la designación de determinados santos como patronos para los diversos pueblos.

La liturgia de la misa de Santiago, patrono de España, no hace sino corroborar esta misma idea. Santiago, que «bebió el cáliz del Señor y se hizo amigo de Dios», fue siempre, junto con su hermano Juan y con Pedro, uno de los apóstoles que gozó de las mayores intimidades de Jesús. Y si bien su acción en el evangelio no adquiere el relieve de la de los otros dos predilectos, fue él quien primero selló con su propia sangre la entrega al Señor y a la predicación de su doctrina. Esta misma acción, tras su muerte, es reconocida por nosotros en favor de «los pueblos de España», precisamente como respuesta a su elección como patrono. Pero, al mismo tiempo que reconocemos gustosos su acción en el pasado, pedimos de cara al futuro que, así como  él mantuvo su entrega plena a Jesús hasta el sacrificio de su propia vida, así también, «por el patrocinio de Santiago, España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos»(http://sagradaramiliadevigo.net).

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Biblia, Espiritualidad

“El camino de la vida”: Santiago, apóstol (Mateo 20,20-28)

viernes, 25 de julio de 2025
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Solemnidad de Santiago, apóstol, patrono de España

En pocos años ha crecido de manera insospechada el número de gentes, sobre todo jóvenes, que recorren «el camino de Santiago». No es fácil saber a qué se debe exactamente tal atracción. Peregrinar es mucho más que hacer deporte o vivir una aventura. Mucho más que emprender un viaje turístico o recorrer una ruta cultural. ¿Qué buscan quienes se ponen en camino hacia Santiago?

El camino ha sido desde muy antiguo un símbolo empleado para significar la vida humana. Vivir es caminar, dar pasos, marchar hacia el futuro. Lo dijo de forma bella Jorge Manrique en sus famosas Coplas: «Partimos cuando nacemos andamos mientras vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos así que cuando morimos descansamos». Quien peregrina largas horas fácilmente comienza a repensar su vida de peregrino por esta tierra.

El camino es siempre marcha hacia adelante: ¿hacia dónde? El peregrino se pone en camino por algo: ¿qué le anima a emprender la marcha? Sin meta no hay camino sino un ir de una parte a otra vagando sin sentido. Solo la meta convierte el recorrido en camino. Solo la meta da sentido a los esfuerzos de cada día. La pregunta es inevitable: ¿Cuál es la meta de la vida?, ¿hacia dónde hemos de encaminar nuestros pasos?

Siempre se emprende el camino con esperanza y cierto temor, con confianza y con incertidumbre. Es necesario andar el camino acertado, no extraviarse, no seguir caminos equivocados. Así sucede también en la vida. Hemos de encontrar nuestro propio camino: ¿qué quiero hacer con mi vida?, ¿a qué quiero dedicarla? La grandeza de una persona se mide por la meta a que aspira y por el ideal que moviliza sus esfuerzos. Solo cuando sigue su vocación personal, sale el joven de la indefinición y del gregarismo.

Con el paso de los días, la peregrinación se va convirtiendo en escuela que permite ahondar en lo esencial de la vida. El cansancio, la marcha en silencio, la perseverancia en el esfuerzo, van conduciendo al peregrino hacia el fondo de su corazón. Es entonces cuando pueden brotar las preguntas esenciales: ¿No es Dios la meta última del ser humano? ¿No es la vida un peregrinar hacia nuestra patria verdadera? ¿No es Cristo el camino que hemos de seguir para encontrarnos con el Padre?

La llegada a Santiago, el encuentro con el apóstol testigo del Señor, la acción de gracias a Dios, la súplica callada, la reconciliación sacramental y la participación en la eucaristía puede culminar una experiencia religiosa renovadora como pocas.

José Antonio Pagola

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25.7.25 Fiesta de Santiago (y Juan) Zebedeo. Evangelio y política de poder, una contradicción

viernes, 25 de julio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Santiago (=Jacob, Jacobo) Zebedeo, al que suelen llamar Mayor (para distinguirle de Santiago Menor, hermano de Jesús, que sería más bajo de estatura. Este Santiago el Grande o Mayor era  hermano de Juan Zebedeo. Ambos forman la rama política privilegiada del movimiento de Jesús.

Debían ser de familia importante, tenían un negocio de barcos y pescado, Eran del grupo de los zebedeos, bien conocidos en la zona.

Quisieron enseñar a Jesús, darle una lección de política a Jesús, de política total, de izquierda y de derecha,  y así se lo dijeron. Jesús les escuchó, no les echó de su lado, les diño la lección de política más honda de todos los tiempos, como seguiré indicando.

Dicen algunos que Santiago llegó hasta España para enseñar política (como quiso venir también San Pablo, cf. Rom 14-15). 

Desde ese fondo, al trasluz del «peligroso» paradigma zebedeo, quiero presentar el proyecto de evangelio que Jesús propone  a Juan y Santiago. Si la iglesia rechaza ese proyecto se destruye a sí misma

| Xabier Pikaza

Introducción. Los zebedeos, Santiago

Este Santiago, a quien la tradición llamará el Mayor, para contraponer a al otro Santiago, llamado el Menor, tiene que haber sido un miembro importante de  la iglesia, uno de los dirigentes de la comunidad primitiva de Jerusalén, pues Hech 12, 2 afirma que el rey Agripa (41-44 d. C.) le hizo matar, como supone de un modo indirecto Mc 10, 39, donde Jesús le asegura que será capaz de beber su cáliz, lo mismo que su hermano Juan.

Una tradición posterior, fundada en las teorías apocalítpticas deBeato de Liébana, le ha vinculado con la ciudad hispana de Santiago de Compostela, donde estaría enterrado, al occidente del mundo antiguo, lugar que se ha convertido en uno de los santuarios preferidos de la cristiandad.

Según la tradición de los sinópticos (no del evangelio Juan), los «zebedeos, Santiago (=Jacob) y Juan forman parte del núcleo  de los primeros llamados (Mc 1, 19) y aparecen como miembro del grupo de los tres o cuatro discípulos preferidos de Jesús (cf. Mc 1, 29; 5, 37; 9, 2; 13, 3; 14, 33 par), cuya historia he precisado en otro lugar (comentarios a Marcos y Mateo).

Jesús (o la primera tradición de la iglesia) les ha dado el nombre de Boanerges, hijos del trueno (Mc 3, 17), quizá por su ardor mesiánico (vinculado al fuego de Dios), aunque es posible que la palabra «trueno» se utilice en sentido apocalíptico(cf. Ap 10, 3-4; 11, 19; 16, 18). Ellos serían testigos apasionados de la obra de Jesús, preparando en Jerusalén la llegada del Reino de Dios.

También les encontramos entre aquellos que quieren ocupar los primeros puestos en el Reino (cf. Mc 10, 35.41) y quieren que el fuego de Dios destruya a los que no reciben a Jesús, en especial a los samaritanos (Lc 9, 54. En esa línea, Santiago y Juan han sido fuertemente criticados por Jesús (según Marcos y Lucas).

— Santiago representa en esa línea una iglesia de poder, una iglesia que espera a Jesús, que llegará muy pronto, en Jerusalén, para instaurar un Reino Universal, de tipo socio-político y religioso. Así aparece varias veces en los sinópticos, especialmente en el evangelio de Marcos.

— Santiago y Juan (con Pedro) han sido testigos de algunos gestos de Jesús («resurrección» de la Hija de Jairo…: Mc 5) y ha recibido en el Tabor la promesa y garantía de la resurrección de Jesús (Mc 9), aunque ha corrido el riesgo de entenderla en línea de toma de poder.

Santiago Mártir. Le condenó Agripa, el mejor político de entonces

 Era ambicioso, quería poder… pero era generoso y arriesgado,  dejándose matar por el Reino de Cristo, aceptando paradójicamente la muerte… v

 Fue como digo Santiago ha sido  no de los dirigentes de la comunidad primitiva de Jerusalén, pues Hech 12, 2 afirma que el rey Agripa (41-44 d. C.) le hizo matar porque le pareció un hombre peligroso para el orden del reino.

Recordemos que Agripa era uno de los políticos más importantes de Roma, un hombre ilustrado, amigo íntimo del emperador Claudio, quizá el mejor emperador  de Roma.  Murió muy pronto, el año 44/45… y desde entonces la vida se hizo irrespirable e Israel-Palestina,  hasta que estalló la más dura guerra de oriente 867-70 d.C)

Así lo cuenta Lucas

 En aquel mismo tiempo el rey Herodes Agripa echó mano a algunos de la iglesia para maltratarles.2 Y mató a espada a Santiago hermano de Juan.3 Y viendo que esto agradaba a los judíos, procedió a prender también a Pedro (Hech 12, 2).

Este Santiago actuó en la iglesia de Jerusalén como miembro del «lobby más político/social de Jesús»… Y así lo vio el rey Agripa, a quien el emperador Claudio había hecho  rey de 41 d. C., con el intento fracasado de “pacificar” todo el territorio de Israel/Palestina… Y para dar “ejemplo” contentar a otros «lobbis» judíos le mando ejecutar, queriendo matar también a Pedro.

(Claudio era el Trump de entonces y Agripa era Netanyahu, pero infinitamente más inteligentes que los actuales.

Agripa mandó matar y mataron a Santiago,,, Pedro se escapó, como cuenta de un modo novelado Lucas…, Pablo andaba lejos.... Agripa murió pronto, repentinamente, Claudio también, llegó Nerón, llegaron otros peores,  empezó una especie de guerra mundial entre romanos y judíos. Pero volvamos a la lección política de Jesús a Santiago y su hermanó Juan  que eran entonces los polis-milis de la Iglesia.

Pedro logró escaparse, con la ayuda de un «ángel», es decir, de buenos amigos en la administración judía, como indica con toda precisión Hechos 12. 

Conforme a la indicación de Mc 10, dirigida a Santiago y a su hermano Juan…. (mi cáliz beberéis…) da la impresión de  también Juan fue ejecutado por cristiano peligroso… y pudo ser, pero mucho más tarde, según la tradición, pues en en concilio de Jerusalén (año 49, Hch 15 y Gal 2),

Juan participa junto a Pedro en el grupo “pro-judío”  del Concilio de Jerusalén, el año 49 d.C., como dice con toda precisión san Pablo en Gal 2, cuando presenta al triunvirato cristiano de Jerusalén, formado por  Santiago el pequeño, hermano de Jesús (a Santiago Mayor le habían matado 15 años atrás, el 44/45), Pedo y Juan Zebedeo..

¿Santiago en Compostela?

Es prácticamente imposible que este Santiago saliera de Jerusalén para venir en cuerpo mortal a Zaragoza (donde la visitó la Virgen del Pilar) y para llegar hasta Compostela, de donde volvió a Jerusalén .

Durante 10 años (del 30 al 40 d.C.), Santiago Zebedeo fue con Pedro y con su hermano Juan dirigente máximo de la Iglesia de Jerusalén (siendo condenado a muerte precisamente por ello; que los discípulos pudieran trae más tarde su cadáver a Compostela es difícil, pero no imposible).

 Durante esos años (30-40 d.C), la Iglesia de Jerusalén no mandó misioneros por el mundo, cosa que empezará a hacer sólo tras el Concilio del 49/50…. Cuando al fin de la carta a los Romanos Pablo dice que quiere llegar a España está suponiendo (=afirmando) que ningún cristiano ha llegado antes allí como misionero.

Pero la tradición posterior ha hecho bien (simbólicamente) al llevar a Santiago Zebedeo por Zaragoza (revelación de la Madre de Jesús como pilar de la iglesia hispana) hasta a Compostela… para volverle a llevar de muerto a Compostela,conservando allí su cuerpo (su memoria) como signo de la misión occidental del evangelio, hasta los límites de Finis-terrae, fin de la tierra.  donde está enterrado en sentido simbólico muy profundo, en un campo de estrellas.

Esa ha sido para la iglesia de occidente la primera peregrinación «espiritual», simbólica… respondiendo al ardor de Santiago Zebedeo, el primer apóstol que muere por defender a Cristo (siendo como era ardoroso, incluso en sentido político/militar, como le verá más tarde la tradición de Compostela).

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Santiago Apóstol

viernes, 25 de julio de 2025
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Del Blog de José Luis Sicre El Evangelio del Domingo:

En el Nuevo Testamento hay tres Santiago: el Mayor, hermano de Juan, cuya fiesta celebramos hoy; el Menor, hijo de Alfeo; y Santiago, «el hermano del Señor», que desempeña un papel muy importante en los Hechos de los Apóstoles; Eusebio de Cesarea lo presenta como el primer obispo de Jerusalén.

 Lo fundamental de la 1ª lectura, tomada del libro de los Hechos, es la última frase, sobre la decapitación de Santiago por orden de Herodes Agripa I, nieto de Herodes el Grande. Como esto se cuenta en menos de un versículo (12,1b), la liturgia ha antepuesto un fragmento sobre el testimonio de los apóstoles a partir del c.4, utilizando varios versículos, suprimiendo otros, y cambiando su orden (4,33.5.12.27b-33). La muerte de Santiago queda enmarcada en el valor de los apóstoles, que se consideran obligados a «obedecer a Dios antes que a los hombres», aunque les cueste la vida.

 La 2ª lectura (2 Corintios 4,7-15) habla también de las persecuciones y dificultades del apóstol, pero Pablo está seguro de que «quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará a nosotros».

 Evangelio (Mateo 20,20-28)

 Conviene situarlo en su contexto. Jesús acaba de anunciar su muerte y resurrección. ¿Cómo reaccionarán los doce? Al primer anuncio reaccionó Pedro protestando. Al segundo siguió un silencio cargado de tristeza. Al tercero reaccionan todos de la manera más imprevisible, como si no se hubieran enterado de nada.

Entonces la madre de Santiago y Juan, que no estaba presente durante el anuncio anterior, pide para sus hijos algo totalmente contrario a lo que Jesús ha venido enseñando.

 Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacer una petición.

Él le preguntó:

-¿Qué deseas?

Ella le contestó:

-Manda que, cuando reines, estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

Jesús contestó:

-No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber la copa que yo voy a beber?

Le contestan:

-Podemos.

Les dice:

-Mi copa la beberéis, pero sentarse a mi derecha e izquierda no me toca a mí concederlo; será para los que mi Padre tiene destinados.

Cuando los otros diez lo oyeron, se indignaron con los dos hermanos.

Pero Jesús los llamó y les dijo:

-Sabéis que entre los paganos los gobernantes tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre vosotros; antes bien, quien quiera ser grande entre vosotros que se haga vuestro servidor; y quien quiera ser el primero, que se haga vuestro esclavo. Lo mismo que el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos.

El relato de Mateo se basa en el de Marcos, pero introduce un cambio curioso. En Marcos son los dos hermanos quienes hacen la petición; en Mateo es la madre. No creo que responda a la tendencia habitual de Mateo de exculpar a los discípulos, porque Santiago y Juan se hallan presentes. Incluso quedan peor que en Marcos, porque buscan una recomendación.

La petición la interpretamos mal si la aplicamos a lo que ocurrirá «en el cielo». Los dos hermanos y su madre están pensando en lo que ocurrirá «en la tierra», cuando Jesús triunfe y se convierta en rey de Israel en Jerusalén. Quieren un puesto a la derecha y otro a la izquierda: Presidente de Gobierno y Primer Ministro. Para ellos, lo importante es subir. No aceptan el sufri­miento, ni ser como niños, ni han caído en la cuenta del escándalo que provocan con su actitud.

La respuesta de Jesús, menos dura de lo que cabría esperar, procede en dos pasos. En primer lugar, les recuerda que para triunfar hay que pasar antes por el sufrimiento, beber el mismo cáliz de la pasión que él beberá. No queda claro si Juan y Santiago entendieron lo que les dijo Jesús sobre su cáliz y su bautismo, pero responden que están dispuestos a lo que sea. Entonces Jesús, en un segundo paso, les echa un jarro de agua fría diciéndoles que, aunque beban el cáliz, eso no les garantizará los primeros puestos. Están ya reservados, no se dice para quién.

Los otros diez también reaccionan en contra de la enseñanza de Jesús. No hay corrección fraterna individual sino indignación comunitaria.

Jesús aprovecha para enseñarles cómo deben ser las relacio­nes dentro de la comunidad. En la postura de los dos hermanos detecta una actitud muy humana, de simple búsqueda del poder. Para que los discípulos no caigan en ella, Jesús les presenta dos ejemplos opuestos: 1) El que no deben imitar: el de los reyes y monarcas helenísticos, famosos por su abuso del poder. 2) El que deben imitar: el del mismo Jesús, que ha venido a servir y a dar su vida en rescate por todos.

En medio de estos dos ejemplos queda la enseñanza capital: «el que quiera subir, sea servidor vuestro y el que quiera ser primero sea esclavo vuestro». En la comunidad cristiana debe darse un cambio de valores absoluto. Pero esto es lo que debe ocurrir «entre vosotros», dentro de la comunidad. Jesús no dice nada a propósito de lo que debe ocurrir en la sociedad, aunque critica indirectamente el abuso de poder. Es impor­tante tener presente que este texto no puede usarse hipócritamen­te contra los políticos, sin aplicarnos a nosotros la segunda parte.

Reflexión final

Las tres lecturas nos sugieren que la fiesta de Santiago no debemos utilizarla para lanzar las campanas al vuelo en plan nacionalista y superficial. Su ejemplo, y el de los demás apóstoles, fue la entrega plena a la proclamación del evangelio, aunque implicase persecuciones y muerte. Santiago nos anima a ser fieles a Jesús y al evangelio.

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25 de julio de 2025. Solemnidad de Santiago

viernes, 25 de julio de 2025
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Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros; el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo

(Mt 20, 20-28)

Esta fiesta de Santiago que se nos cuela en pleno domingo viene a recordamos algo muy importante: somos peregrinas, peregrinos. Necesitamos que nos lo recuerden porque nos pasa como a los discípulos, que se nos olvida, y en lugar de querer caminar tras las huellas de Jesús andamos buscado lugares de privilegio. Asientos de mando. Puestos importantes.

Sea como sea, los puestos importantes junto a Jesús no son como los imaginamos. El trono de Jesús es una cruz, es decir, el último y más inhóspito lugar. Si queremos estar a su derecha o a su izquierda nos espera una cruz, un lugar marginal. Esta es su manera de ser grande. Así no los manifiesta Él mismo a lo largo de toda su vida. Y así nos lo han ransmitido las primeras comunidades de creyentes que consignaron por escrito la vida y la enseñanza de Jesús, pero cuando leemos el evangelio, además de descubrir la grandeza de la Buena Noticia, se pone de manifiesto también la torpeza humana.

Aquellos primeros seguidores no entendían a Jesús. Lo habían dejado todo y andaban por Galilea detrás del Maestro, pero a cada paso se ponía de manifiesto que ni siquiera la convivencia estrecha con Jesús es suficiente para entrar en su Reino.

Y no es que el Reino sea difícil de encontrar, somos nosotras las que nos perdemos con soberana facilidad. Queremos ser discípulas, nos ponemos en camino, pero nos cuesta abandonarnos a un amor tan gratuito, a una verdad tan profunda y a una confianza tan extrema. Nos empeñamos en adoquinar el camino e incluso nos hemos atrevido a poner peajes. Sin embargo el Reino de Jesús es insobornable. El camino único para cada persona y solo se llega cuando acogemos a las demás como hermanas. Metiendo cualquier título que nos separe en la maleta del olvido y sirviendo, que es el segundo nombre del amor.

Oración 

A tu derecha o a tu izquierda, con las manos prontas para el servicio y los pies ligeros para el camino, compartiendo tu misma suerte, tu mismo destino. Amén

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Servir sin esperar nada a cambio

viernes, 25 de julio de 2025
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Mt 20, 20-28

No es fácil hacer una reflexión coherente en esta fiesta de Santiago. Sabemos que se trata de una fiesta más sociológica que religiosa; la prueba está en que la celebramos como fiesta o no, dependiendo de los intereses del político de turno. Desde el punto de vista religioso no tiene mayor relevancia, pero aun así debemos aprovecharla para recordar nuestros orígenes y tomar conciencia de los primeros pasos del cristianismo en nuestra España. Aunque la relación de Santiago con nuestra patria no sobrepasa el ámbito de la leyenda, puede ser una ocasión para experimentar la pertenencia.

También puede ser una buena ocasión para expresar juntos nuestro agradecimiento. Acción de gracias a todos aquellos primeros seguidores de Jesús que nos han ayudado a ser lo que somos. Y no cabe duda que la vivencia de los apóstoles fue vital para todo el que, más tarde, ha querido acercarse a él. No olvidemos que la eucaristía es siempre “acción de gracias”. En la figura de Santiago, agradecemos a todos los que nos han ayudado a iniciarnos y progresar en la fe. Conscientes de que es una riqueza que no hemos merecido, pero que tenemos que descubrir y desplegar.

La fiesta de cualquier apóstol nos recuerda que lo que nosotros pretendemos vivir hoy, ya lo han vivido hace dos mil años, otros que eran tan humanos y tan limitados como nosotros. El evangelio que acabamos de escuchar, no tiene desperdicio; pero curiosamente no es ningún alegato a favor de Santiago y Juan, y tampoco de los otros diez. El recordar esas pretensiones tan “humanas” nos lleva a los fundamentos de la primera comunidad y nos recuerda como se fue desarrollando y extendiendo desde un insignificante grupo de discípulos muy duros de mollera.

El evangelio nos recuerda una de la claves del mensaje de Jesús. No es fácil entrar en la dinámica del servicio total a los demás sin esperar nada a cambio, como actitud básica en la vida de un seguidor de Jesús. Es uno de los puntos del evangelio que están sin estrenar. Poquísimos cristianos, a través de los dos mil años de cristianismo, han sido capaces de vivir esa simple enseñanza. Hoy sigue siendo para nosotros, la piedra donde tropezamos en nuestro intento de vivir el evangelio. Descubrir que el centro es siempre el otro nos llevaría a una auténtica actitud evangélica.

Se ha utilizado la religión para escalar puestos y vivir mejor. Cuentan de un monaguillo que tocaba las campanas con todo entusiasmo a la muerte de un Papa. Cuando le preguntaron qué le ponía tan eufórico, contestó: El escalafón es el escalafón. Seguimos intentando por todos los medios, estar por encima de los demás. Ni clérigos ni laicos dejan de buscar el ser más que los demás, el mandar y disponer según su voluntad. Esa voluntad se da por supuesto que es la voluntad de Dios.

El ser humano es social en todos los aspectos de la vida, también en el religioso. El seguimiento del evangelio no se puede hacer individualmente y desentendiéndose de de los demás, pero esa interdependencia tiene que vivirse con sentido de comunidad. En ningún caso debemos refugiarnos en guetos cerrados o peor aún, defensivos contra todo lo que no somos capaces de integrar. El grupo nos tiene que ayudar a comprender mejor y a vivir el evangelio.

El evangelio propone una alternativa al poder, como dominio y opresión. Para Jesús, todo poder que no se ejerce como servicio a todos es una usurpación del evangelio. Santiago y Juan pretendían aprovechar su cercanía a Jesús como un medio para alcanzar el poder. Jesús les ofrece una alternativa a ese mismo poder. Esta propuesta desbarata nuestra instintiva tendencia al domino de otro y a la opresión. Los primeros seguidores de Jesús aprendieron la lección, aunque les costó Dios y ayuda.

La necesidad de estar por encima de los demás es signo de que estamos anclados en nuestro falso yo. Nadie podrá superar esa exigencia del ego si no deja de identificarse con la parte de sí mismo que no es más que apariencia. El evangelio de hoy nos pone en guardia sobre esa tentación de emplear la religión para estar por encima de los demás. Recordemos que la diatriba de Jesús no va dirigida solo contra los dos hermanos sino también contra los diez que demuestran tener las mismas aspiraciones.

Vamos a aprovechar esta fiesta para pensar en nuestra pertenencia a una nación. Sin duda tenemos mucho que rectificar en la forma que hemos tenido de vivir la fe en comunidad. Hemos dejado atrás el nacionalcatolicismo, pero dudo que hayamos superado el afán de vencer al opositor en lugar de convencer desde la vivencia religiosa. No podemos evocar esta fiesta para seguir defendiendo nuestros instintos patrioteros, oponiéndonos con uñas y dientes a todo el que no es de los nuestros.

La campaña de desprestigio y acoso que está sufriendo hoy el cristianismo en España no debe asustarnos y debe servir de acicate para superar actitudes trasnochadas. En vez de quejarnos, lo que tenemos que hacer es ser más fuertes, pero desde la postura de Jesús, abandonando todo privilegio y poniéndonos a nivel de los más bajos para elevar a todos desde ahí. Los apóstoles no lo entendieron todo de repente, pero supieron aprender de sus mismos errores. Los fallos tienen que hacernos más firmes.

También tiene sentido celebrar con los no creyentes una fiesta sociológica. Cada pueblo, y el conjunto de todos los pueblos de España, tenemos que vivir en comunidad para poder solucionar los problemas que afectan a todos. El primer requisito para que nos comprometamos en la búsqueda del bien común, será potenciar el sentido de pertenencia. El pertenecer a una familia no impide, sino que potencia la pertenencia a un pueblo o ciudad, sea grande o pequeña. La pertenencia a un municipio no tiene que impedir para nada la integración en la región. Si la pertenencia a una comunidad no me hace sentirme más seguro y más libre es que están mal planteados.

Jesús nos dijo: No será así entre vosotros. Pero la historia y los oprimidos nos dicen:Ha sido y sigue siendo así entre nosotros. Seguimos con la misma dinámica de los dos hermanos. Debemos comparar lo que vivimos con la propuesta de Jesús. No vale la excusa: primero hay que servir a Dios y luego a los hombres. Esta idea es sencillamente diabólica, porque bajo el pretexto de servir a Dios, estamos preparados para servirnos de todo dios, y dispensarnos de servir a los demás.

Ni poder ni riqueza ni honores tienen valor para Jesús, porque no ayudan a ser más humanos. Lo único que nos hace más humano es el servicio a los demás. El único valor absoluto es el hombre, cualquier hombre; a él tiene que estar orientado todo lo demás. Esta actitud, que es la clave del mensaje de Jesús, la hemos cambiado por otra que no se le parece en nada. Para la Iglesia, lo importante es la institución no la persona. En nombre de la institución se puede machacar impunemente a la persona concreta, poniendo como excusa que hay que sacrificarse por la comunidad.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Poder o Servicio

viernes, 25 de julio de 2025
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Fiesta de Santiago 

25 julio 2025

Mt 20, 20-28

Parece que la búsqueda de poder, en todos los niveles, es tan antigua como la humanidad. También en el reducido grupo de Jesús, que siempre lo denunció con fuerza, afloró la lucha interna por ese motivo. El evangelista Mateo, tratando de “suavizar” la situación, pone la petición en boca de la madre de los Zebedeos, aunque sabemos por Marcos (10,35) que no fue ella, sino los propios hermanos, quienes reclamaban de Jesús los lugares de privilegio.

  ¿Qué tiene el poder que lo convierte en objeto prioritario de deseo? Fundamentalmente, promesa de autoafirmación, de bienestar y de seguridad. Veamos cada una de ellas.

  El yo se afirma en la comparación, confrontándose con los otros -si dejara de confrontarse, saldría de la consciencia de separatividad y terminaría diluyéndose- y marcando su (imaginada) superioridad. El poder le promete una posición de superioridad e incluso de dominio, sumamente golosa para él.

  El yo trata de eludir constantemente la frustración. Desde su pretensión de que la realidad responda a sus deseos, cree encontrar en el poder la posición privilegiada para conseguir todo lo que se propone.

  El yo, como vacío que es, hambrea seguridad. Ahí nace su necesidad compulsiva de aferrarse a todo aquello que puede sostenerlo: posesiones, bienes, títulos, imagen, relaciones… Pues bien, el poder promete otorgarle una aureola de fuerza y de superioridad, haciéndole creer que se encuentra a salvo de los miedos.

  Eso es lo que el poder promete. Pero la realidad es bien distinta: lo que realmente produce es división y enfrentamiento. Y es aquí donde se hace patente la sabiduría de Jesús, constatando cómo funciona el ejercicio del poder, previniendo de su trampa (no será así entre vosotros) y compartiendo su propio camino de servicio.

 La sabiduría -el acierto en la existencia- no pasa por acumular poder, sino por servir hasta dar la vida. La búsqueda de poder es el programa del ego, que terminará en frustración; el servicio nace de la comprensión de lo que somos.

¿Qué hay en mí de búsqueda de poder, aunque solo sea en mis relaciones más cercanas, y qué hay de servicio?


Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Santiago: ¿España católica? ¿Euskaldun fededun?

viernes, 25 de julio de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Las raíces de nuestra fe y de nuestra Fe y de nuestra Traditio.

Celebramos hoy la fiesta de Santiago Apóstol hermano de Juan, hijos del Zebedeo y apodados, hijos del trueno.

Santiago, aunque evangelizó fuera de Jerusalén probablemente muere en Jerusalén, al poco tiempo de la muerte y resurrección de Xto, el año 44.

Estas celebraciones de las fiestas de los apóstoles: Pedro y Pablo, Andrés, Bartolomé, Santiago., etc. nos invitan a pensar en las raíces de nuestra fe, así como de nuestra tradición cultural, que viene a ser lo mismo.

02. Vivir es recordar y proyectar.

RECORDAR

Tradición significa “lo que se nos entrega” (tradere: entregar). Un pueblo, una Iglesia vive de lo que ha recibido, de lo que “recuerda”.

Nuestra “gran tradición”, lo que nos ha llegado a nosotros en gran parte es cultura y fe judías, no poco de Grecia. Al mismo tiempo hemos recibido la gran tradición cristiana, JesuCristo, que insertado en nuestro “hábitat” vasco: idioma, cultura, tradiciones, etc. nos ha configurado como pueblo y como Iglesia.

Nos comprendemos a nosotros mismos y vivimos de y en un recuerdo: hemos nacido en una época determinada, en una familia, , en un pueblo. Recordamos y vivimos en nuestros idiomas, en nuestras fiestas, en nuestro modo de entender la afectividad, la ciudad – convivencia, la vida, el trabajo, la muerte. Vivimos de y en nuestro recuerdo histórico, en la memoria de nuestro pueblo, de nuestra cultura, de nuestra Iglesia.

Es imposible, es insensata una vida humana sin memoria. No sería humana. Una persona sin familia, sin idioma, sin modos de vida recibidos es absolutamente impensable. Sin memoria, no somos. Quien no recuerda, no vive humanamente.

Vivir es, pues, recordar.

Demos un paso más, hoy en día ¿Podemos decir hoy en día que el País Vasco y España siguen en la tradición cristiana? ¿Es cierto hoy aquello de la “España católica” y “euskaldun fededun?”

Mucho me temo que no

Todos somos conscientes de la honda descristianización -desreligiosización- que se ha producido y sigue ganando terreno en nuestro pueblo.

El problema no es tanto de tipo moral, aunque la ética y lo moral tienen gran importancia en la vida. Creo que hemos llegado a la época del vacío, de la nada, a vivir errantes en una noche inmensa

Ya Nietzsche nos condenó a vivir en la noche de la nada: no existe Dios, ni valores, no hay nada “más allá”, los grandes valores y los “grandes relatos”: Dios, el Éxodo: la libertad, la justicia, la transcendencia son un “cuento de hadas”, y mejor dejarlos en el “trastero” de la historia, pero ·no os preocupéis, no pasa nada. Tenéis que aprender en la nada, en el vacío, en la noche espesa, errantes por la vida.

Y en esas estamos…

PROYECTAR

El ser humano, los pueblos, las iglesias y religiones vivimos entre el recuerdo y el futuro, entre recordar y mirar hacia adelante. Vivir es también proyectar.

Y con el panorama que tenemos delante, ¿qué podemos proyectar?

Nosotros los europeos tenemos instalado en “nuestro Windows ilustrado” (la Ilustración) el programa que dice que la razón tecnológica nos va a solucionar los grandes problemas de la vida. Proyectamos una sociedad tecnológica, científica, pero no nos damos cuenta de que la salida no está ahí.

Bien están los proyectos y progresos tecnológicos, el superdordenador cuántico IBM en Ibaeta, etc. Pero el progreso tiene que ser humano, de y para el ser humano.

Despreciamos la traditio por ser una antigüalla, el Concilio de Trento es para “carcamales”, etc…

Pero la humanidad siempre ha pensado: los filósofos griegos, árabes, S Agustín, S Tomás, la Escuela de Salamanca, determinadas reflexiones de un concilio, etc. han pensado mucho y bien.

¡Ya quisiéramos hoy tener curas y obispos tridentinos!

El pensamiento y el cristianismo (o el mundo religioso) no pueden estar ausentes de los proyectos de los pueblos.

El proyecto de los pueblos o es humanista, para todo el ser humano y para todos los seres humanos o, si no, se convierte en un progreso meramente tecnológico.

Vivir es recordar y proyectar.

03. La Fiesta de Santiago.

El recuerdo de los primeros creyentes, los apóstoles, nos hace bien.

No es mal programa de vida recordar desde JesuCristo y proyectar hacia JesuCristo.

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Recordatorio

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