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“Últimos deseos de Jesús”. 6 Pascua – C (Juan 14,23-29)

domingo, 26 de mayo de 2019
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06-PASC-CJesús se está despidiendo de sus últimos discípulos. Los ve tristes y acobardados. Todos saben que están viviendo las últimas horas con su Maestro. ¿Qué sucederá cuando les falte? ¿A quién acudirán? ¿Quién los defenderá? Jesús quiere infundirles ánimo descubriéndoles sus últimos deseos.

Que no se pierda mi mensaje. Es el primer deseo de Jesús. Que no se olvide su Buena Noticia de Dios. Que sus seguidores mantengan siempre vivo el recuerdo del proyecto humanizador del Padre: ese «reino de Dios» del que les ha hablado tanto. Si lo aman, estos es lo primero que han de cuidar. «El que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras… el que no me ama no las guardará».

Después de veinte siglos, ¿qué hemos hecho del Evangelio de Jesús? ¿Lo guardamos fielmente o lo estamos manipulando desde nuestros propios intereses? ¿Lo acogemos en nuestro corazón o lo vamos olvidando? ¿Lo presentamos con autenticidad o lo ocultamos con nuestras doctrinas?

El Padre os enviará en mi nombre un Defensor. Es el segundo deseo de Jesús. No quiere que se queden huérfanos. No sentirán su ausencia. El Padre les enviará el Espíritu Santo que los defenderá del riesgo de desviarse de él. Este Espíritu que han captado en él, enviándolo hacia los pobres, los impulsará también a ellos en la misma dirección.

El Espíritu les «enseñará» a comprender mejor todo lo que les ha enseñado. Les ayudará a profundizar cada vez más su Buena Noticia. Les «recordará» lo que le han escuchado. Los educará en su estilo de vida.

Después de veinte siglos, ¿Qué espíritu reina entre los cristianos? ¿Nos dejamos guiar por el Espíritu de Jesús? ¿Sabemos actualizar su Buena Noticia? ¿Vivimos atentos a los que sufren? ¿Hacia dónde nos impulsa hoy su aliento renovador?

Os doy mi paz. Es el tercer deseo de Jesús. Quiere que vivan con la misma paz que han podido ver en él, fruto de su unión íntima con el Padre. Les regala su paz. No es como la que les puede ofrecer el mundo. Es diferente. Nacerá en su corazón si acogen el Espíritu de Jesús.

Esa es la paz que han de contagiar siempre que lleguen a un lugar. Lo primero que difundirán al anunciar el reino de Dios para abrir caminos a un mundo más sano y justo. Nunca han de perder esa paz. Jesús insiste: «No os inquietéis ni tengáis miedo».

Después de veinte siglos, ¿Por qué nos paraliza el miedo al futuro? ¿Por qué tanto recelo ante la sociedad moderna? Hay mucha gente que tiene hambre de Jesús. El papa Francisco es un regalo de Dios. Todo nos está invitando a caminar hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a su Evangelio.

José Antonio Pagola

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“El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho”. Domingo 26 de mayo de 2019. 6º Domingo de Pascua

domingo, 26 de mayo de 2019
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31-pascuaC6 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 15, 1-2. 22-29: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables.
Salmo responsorial: 66:  Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Apocalipsis 21, 10-14. 22-23: Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo.
Juan 14, 23-29: El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho.

El libro de los Hechos nos presenta la controversia de los apóstoles con algunas personas del pueblo que decían que los no circuncidados no podían entrar en el reino de Dios. Los apóstoles descartaban el planteamiento judío de la circuncisión. Ésta se realizaba a los ocho días del nacimiento al niño varón, a quien sólo así se le aseguraban todas las bendiciones prometidas por ser un miembro en potencia del pueblo elegido y por participar de la Alianza con Dios. Todo varón no circuncidado según esta tradición debía ser expulsado del pueblo, de la tierra judía, por no haber sido fiel a la promesa de Dios (cf. Gn 17,9-12). El acto ritual de la circuncisión estaba cargado -y aún lo está- de significado cultural y religioso para el pueblo judío. Estaba ligado también al peso histórico-cultural de exclusión de las mujeres, las cuales no participaban de rito alguno para iniciarse en la vida del pueblo: a ellas no se les concebía como ciudadanas.

Es bien importante este episodio dentro de la elaboración literaria que Lucas hace del nacimiento de la primitiva Iglesia. Ésta fue capaz de intuir genialmente que aquel rito de la circuncisión discriminaba inevitablemente entre hombres y mujeres, y entre judíos y paganos. Los dirigentes principales de la Iglesia central (por así decir) ratificaron la intuición que los misioneros de vanguardia pusieron en marcha al evangelizar en la frontera con el mundo pagano. En aquel contexto cultural diferente, el signo de la circuncisión no sólo no era significativo, sino que implicaba una marginación de la mujer, y una imposición incomprensible para quienes s convertían desde el paganismo. Fue una lección de sentido histórico, de comprensión de la relatividad cultural, y de aceptación de los signos de los tiempos.

No deberíamos reflexionar hoy sobre este tema de un modo meramente arcaizante: «cómo hicieron ellos», sino preguntándonos qué otros signos, elementos, dimensiones… del cristianismo están hoy necesitados de una reformulación o reconversión, en esta la nueva frontera cultural que hoy atravesamos, probablemente mucho más profunda que la que se vivía en aquel momento que los Hechos de los Apóstolos nos relatan. Muchas cosas que hasta ahora significaban, se han vaciado de valor evocativo. En muchos casos, no sólo se han vaciado, sino que se han cargado de sentido contrario. Acabamos haciendo gestos que se quedan en simples ritos sin significado vivo, o repitiendo fórmulas que dicen cosas en las que ya no creemos –o en las que ya no podemos creer–.

Permítasenos evocar la publicación que el movimiento judío conservador de EEUU ha realizado el pasado mes de febrero (http://internacional.elpais.com/internacional/2016/03/02/actualidad/1456932458_958209.html) de una nueva edición del manual de oraciones, Sidur en hebreo, edición que ha puesto todas las oraciones en un lenguaje que no distingue entre hombres y mujeres, entre personas y/o parejas hetero y homosexuales. Hay que recordar que el idioma hebreo –y otros– tiene formas verbales diferentes para el hombre y la mujer. «Yo rezo», por ejemplo, no utiliza la misma palabra igual cuando lo dice un hombre o cuando lo dice una mujer. Lo cual quiere decir que cuando se reza juntos, normalmente la mujer ha tenido que quedar supeditada a rezar con expresiones masculinas. Este nuevo Sidur es un esfuerzo para acomodar símbolos religiosos tan importantes como los de un oracional, a la sensibilidad actual. Lo que en siglos y milenios anteriores parecía intocable, hoy ya no nos lo parece a muchas personas y comunidades; las más intuitivas y clarividentes están reivindicando la necesidad de dar pasos adelante, y deberíamos apoyarles.

También en otros idiomas persisten las diferencias discriminatorias de género, pero no tanto ya por las diferencias de las formas verbales y otras, cuanto por las desactualizaciones en términos culturales y epistemológicos: se trata de conjuntos completos de símbolos que ya no están culturalmente vigentes, fórmulas de fe que dicen cosas hoy realmente no creemos, creencias que ya todos sabemos que son mitos, pero que son repetidas ritualmente con toda seriedad como si de descripciones históricas se tratara, esperando que aparezcan por alguna parte los niños del cuento de Andersen que nos hagan caer en la cuenta a todos de que «el rey está desnudo». Por eso, es de profunda actualidad la lucidez de que hizo gala la Iglesia primitiva en torno a la práctica de la circuncisión.

El Apocalipsis nos presenta también una crítica a la tradición judía excluyente. Juan vio en sus revelaciones la nueva Jerusalén que bajaba del cielo y que era engalanada para su esposo, Cristo resucitado. Esta nueva Jerusalén es la Iglesia, triunfante e inmaculada, que ha sido fiel al Cordero y no se ha dejado llevar por las estructuras que muchas veces generan la muerte. Aquí yace la crítica del cristianismo al judaísmo que se dejó acaparar por el Templo, en el cual los varones, y entre éstos especialmente los cobijados por la Ley, eran los únicos que podían relacionarse con Dios; un Templo que era señal de exclusión hacia los sencillos del pueblo y los no judíos.

La Nueva Jerusalén que Juan describe en su libro no necesita templo, porque Dios mismo estará allí, manifestando su gloria y su poder en medio de los que han lavado sus ropas en la sangre del Cordero. Ya no habrá exclusión -ni puros ni impuros-, porque Dios lo será todo en todos, sin distinción alguna.

En el evangelio de Juan, Jesús, dentro del contexto de la Ultima Cena y del gran discurso de despedida, insiste en el vínculo fundamental que debe prevalecer siempre entre los discípulos y él: el amor. Judas Tadeo ha hecho una pregunta a Jesús: “¿por qué vas a mostrarte a nosotros y no a la gente del mundo”? Obviamente, Jesús, su mensaje, su proyecto del reino, son para el mundo; pero no olvidemos que para Juan la categoría “mundo” es todo aquello que se opone al plan o querer de Dios y, por tanto, rechaza abiertamente a Jesús; luego, el sentido que da Juan a la manifestación de Jesús es una experiencia exclusiva de un reducido número de personas que deben ir adquiriendo una formación tal que lleguen a asimilar a su Maestro y su propuesta, pero con el fin de ser luz para el “mundo”; y el primer medio que garantiza la continuidad de la persona y de la obra de Jesús encarnado en una comunidad al servicio del mundo, es el amor. Amor a Jesús y a su proyecto, porque aquí se habla necesariamente de Jesús y del reino como una realidad inseparable.

Ahora bien, Jesús sabe que no podrá estar por mucho tiempo acompañando a sus discípulos; pero también sabe que hay otra forma no necesariamente física de estar con ellos. Por eso los prepara para que aprendan a experimentarlo no ya como una realidad material, sino en otra dimensión en la cual podrán contar con la fuerza, la luz, el consuelo y la guía necesaria para mantenerse firmes y afrontar el diario caminar en fidelidad. Les promete pues, el Espíritu Santo, el alma y motor de la vida y de su propio proyecto, para que acompañe al discípulo y a la comunidad.

Finalmente, Jesús entrega a sus discípulos el don de la paz: “mi paz les dejo, les doy mi paz” (v. 27); testamento espiritual que el discípulo habrá de buscar y cultivar como un proyecto que permite hacer presente en el mundo la voluntad del Padre manifestada en Jesús. Es que en la Sagrada Escritura y en el proyecto de vida cristiana la paz no se reduce a una mera ausencia de armas y de violencia; la paz involucra a todas las dimensiones de la vida humana y se convierte en un compromiso permanente para los seguidores de Jesús. Leer más…

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26.5.19. Dom 6 Pascua. Amor que explora. El gran deseo de Dios

domingo, 26 de mayo de 2019
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caminando-con-DiosDel blog de Xabier Pikaza:

Vendremos a él pondremos en él nuestra morada

Juan 14, 23-29 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él…

Amor que explora. Jesús, explorador de amor[1]

   Somos exploradores de amor… Hemos salido en búsqueda del gran continente escondido y misterioso del amor… y en el camino estamos.. Pues bien, la sorpresa de este domingo 6 de Pascua es que no vamos solos, pues camina con nosotros Dios, por medio de Jesús, a quien hoy llamo explorador de amor:

  1. Vives en Dios, y en él caminas… y exploras misterios de amor, nuevos continente de vida que te llevan del deseo a la libertad, de la necesidad al don, de la alegría al gozo…
  2. Dios vive en ti… y por ti explora también caminos de amor. Éste es el gran misterio: Dios te necesita para amar, para ser  y hacerse en ti camino de amor.
  3. Tu amor y el de Dios se unen en Jesús… de forma que son en él y por él dos amores y un sólo amor…

Lee el evangelio entero… y sumérgete en el amor de Dios, es decir, en tu propio amor. No tengas miedo, vive y explora el amor, lo que eres, lo que quieres. Después, si aún deseas, puedes volver a mi texto.

Introducción teórica. De la necesidad al deseo.

Tú me ofreciste las bases para escribir este capítulo, siguiendo en la línea del anterior, pues me hiciste ver que los animales tienen deseos fijados por instinto de naturaleza (desean lo que necesitan para vivir), mientras los hombres nacemos en un espacio de amor (de don) que no está fijado (cerrado), de manera que podemos desearlo “todo”, no sólo para responder a las necesidades, sino para vivir humanamente, en el nivel de los deseos personales. Convertir la necesidad “natural” en deseo, y hacer del deseo principio de amor, ésa ha sido la tarea principal de la vida humana, como me decías (y como vengo suponiendo en este libro).

Partiendo de esa apertura, el deseo puede tomar mil formas y caminos. Los animales necesitan sin más, y al saciarse cesan. El hombre nace deseando, de tal forma que su vida se abre como un haz de apetencias insaciables; tiene también necesidades, como el comer, dormir (y en plano de especie aparearse y engendrar); pero ellas pueden volverse fuente de deseos personales, que jamás sacian del todo. En esa línea me decías que el hombre es el animal que convierte sus necesidades en deseos, y los organiza y estructura de un modo personal y social, a través de la cultura. Los animales siguen movidos por la necesidad, y una vez saciada vuelven al equilibrio. El hombre, en cambio, nunca puede saciar sus deseos:

Eres naturaleza y como tal formas parte del proceso del cosmos y la vida. Quieras o no, en ti se refleja y concretiza, se hace carne, tensión y movimiento, acción y reacción, el gran proceso de los seres, esa fuerza que se expresa como luz, enciende las estrellas, se derrama en los abismos y se expande en las raíces del proceso y sementera de la tierra. Sientes la vida, en ti acaece, la percibes como inmenso mar de fuerzas que se extienden, se condensan y vuelven a expandirse. Quizá fuera preciso añadir que, al ser viviente personal, tú eres un centro del latir del cosmos: Una especie de dique donde la vida se remansa por un momento y toma fuerza, para expandirse de nuevo ¿No es maravilloso? ¡Recibes y das vida! La acoges y la expandes, en el mar indefinido de las cosas.

Eres persona.En un momento dado, te sientes dueña y tomas conciencia de tu vida, descubriéndote capaz de ser tú misma. Te conoces, sabes lo que tienes, lo que puedes, sientes tu existencia y te encuentras responsable; quieres con firmeza, proyectas tu existencia sobre el mar de los poderes naturales, te recibes y realizas a ti misma. ¿No es maravilloso? Así adviertes que la vida no es algo que recibes simplemente desde fuera, sino que tú misma la asumes y construyes. No sólo la sientes sino que la con-sientes, de forma que puedes moderarla y dirigirla, dirigiéndote a sí misma, descubriendo que eres «tú», un sujeto, y descubriendo a tu lado otros sujetos, que han hecho que tú seas (eres por su gracia), y así la vida indefinida, que parece carente de sentido, se vuelve camino de vida personal.

 La naturaleza no desea, sino que necesita, y de esa forma se expande, fluye y refluye en un equilibrio de poderes, tal como se expresa en los diversos seres animales, que se mantienen en el plano del instituto, en armonía de acción y reacciones; no conoce individuos, no tiene interioridad, todo en ella parece situarse en un nivel externo. Pero cuando surge el ser humano nace algo distinto: La vida deja de hallarse regulada de un modo inconsciente, y empieza a existir (a conocerse) en unos seres que son libres al amarse. En los estratos inferiores, el proceso de la vida está saciado (está colmado) en lo que es o en lo que tiene, en equilibrio de totalidad. Cuando llega ser humano, esa naturaleza cerrada en sí (como impulso por tener y por gozar), se vuelve inviable. Como pura naturaleza, el hombre no tiene posibilidad de supervivencia. Por eso, a fin de vivir en su nivel, ha de iniciar un camino de libertad, como persona. Eso eres tú, una extraña o, si quieres, una intrusa: Tienes que vivir en libertad y amor, o no puedes (te mueres).

Según eso, para ti, viviente humano, el deseo no es ya un puro destino de fuerzas naturales, que se imponen, sino que ha de encontrarse asumido en tu despliegue personal de amor y libertad. Ciertamente, tienes necesidades (como el hambre) que debes saciar, pero básicamente vives en un nivel de impulsos y deseos que tú misma diriges. Así te construyes a ti misma humanizando esas pulsiones, integrándolas de un modo misterioso en el proyecto de tu vida, que tú misma descubres y trazas, en apertura a los otros. Sólo eres persona haciendo tuyo el impetuoso mar de los impulsos, realizándote por ellos y tendiendo a estructurarlos de forma equili­brada, convirtiendo tu «medio» cósmico-vital en mundo humano.

De esa forma vives entre el impulso de la naturaleza (que sigue estando en el fondo de tu vida) y tu deseo y libertad de amor (que define aquello que tú quieres). No eres puro deseo, ni libertad desnuda, sino unión de ambos aspectos o momentos: Eres naturaleza que se eleva sobre sí misma, y eres persona que tiende a realizarse en libertad de amor, sobre la base de los impulsos naturales. Si los impulsos estuvieran fijados de manera necesaria, clausurándose en su propio círculo, no podrías ser persona; acabarías siendo esclava de tus apetencias, en un campo de pulsiones fijadas de antemano. Sólo el hecho de que esos impulsos y deseos naturales no se encuentren fijados de antemano permiten que seas persona, en libertad. Por eso, lo que en un momento determinado nos podía parecer imperfección (la apertura indefinida del deseo) se convierte en fundamento de la mayor perfección.

 En esa línea, S. Freud (1856-1939) mostró que el niño es en principio un deseo universal. Pero que luego, a fin de hacerse adulto, debe integrar su deseo en la ley que marcan otros, y de un modo simbólico esencial el padre. Estrictamente hablando, sólo llega a ser persona aquel que emerge del mar de los deseos y los cumple, en lo posible, pero sujetándose también (sujetándolos) a un tipo de “ley” que se expresa lo que se puede llamar el principio de realidad (representado por el Padre). En ese contexto se sitúa el “pecado original” de la Biblia, que consistiría en no aceptar ninguna ley, en quererlo todo, queriendo hacernos dioses (dueños del bien y del mal, portadores de un conocimiento absoluta). Por eso, la Biblia añade que fue necesaria una “ley”, para trazar los límites del hombre. En ese lugar de “desajuste”, entre el deseo de tenerlo todo (¡seréis como dioses!) y la necesidad de sujetarse a lo que existe de hecho a través de la Ley (a las normas reales de la vida) nos sitúa la Biblia (cf. Gen 2-3), según S. Freud. Leer más…

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Del interior del templo al interior del ser humano. Domingo 6º de Pascua. Ciclo C.

domingo, 26 de mayo de 2019
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templo-salomon-16Grupo de personas2Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 «Vendremos a él y haremos morada en él»

Igual que el domingo anterior, la primera lectura (Hechos) habla de la iglesia primitiva; la segunda (Apocalipsis) de la iglesia futura; el evangelio (Juan) de nuestra situación presente, como morada de Dios.

1ª lectura: la iglesia pasada (Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29)

Uno de los motivos del éxito de la misión de Pablo y Bernabé entre los paganos fue el de no obligarlos a circuncidarse. Esta conducta, compartida por la comunidad cristiana de Antioquía de Siria, no sólo provocó la indignación de los judíos sino también de un grupo cristiano de Jerusalén educado en el judaísmo más estricto. Para ellos, renunciar a la circuncisión equivalía a oponerse a la voluntad de Dios, que se la había ordenado a Abrahán. Algo tan grave como si entre nosotros dijese alguno ahora que no es preciso el bautismo para salvarse.

            Como ese grupo de Jerusalén se consideraba “la reserva espiritual de oriente”, al enterarse de lo que ocurre en Antioquía manda unos cuantos a convencerlos de que, si no se circuncidan, no pueden salvarse. Para Pablo y Bernabé esta afirmación es una blasfemia: si lo que nos salva es la circuncisión, Jesús fue un estúpido al morir por nosotros.

            En el fondo, lo que está en juego no es la circuncisión sino otro tema: ¿nos salvamos nosotros a nosotros mismos cumpliendo las normas y leyes religiosas, o nos salva Jesús con su vida y muerte? Cuando uno piensa en tantos grupos eclesiales de hoy que insisten en la observancia de la ley, se comprende que entonces, como ahora, saltasen chispas en la discusión. Hasta que se decide acudir a los apóstoles de Jerusalén.

            Tiene entonces lugar lo que se conoce como el “concilio de Jerusalén”, que es el tema de la primera lectura de hoy. Para no alargarla, se ha suprimido una parte esencial: los discursos de Pablo y Santiago (versículos 3-21).

            En la versión que ofrece Lucas en el libro de los Hechos, el concilio llega a un pacto que contente a todos: en el tema capital de la circuncisión, se da la razón a Pablo y Bernabé, no hay que obligar a los paganos a circuncidarse; al grupo integrista se lo contenta diciendo a los paganos que observen cuatro normal muy importantes para los judíos: abstenerse de comer carne sacrificada a los ídolos, de comer sangre, de animales estrangulados y de la fornicación.

            Esta versión del libro de los Hechos difiere en algunos puntos de la que ofrece Pablo en su carta a los Gálatas. Coinciden en lo esencial: no hay que obligar a los paganos a circuncidarse. Pero Pablo no dice nada de las cuatro normas finales.

            El tema es de enorme actualidad, y la iglesia primitiva da un ejemplo espléndido al debatir una cuestión muy espinosa y dar una respuesta revolucionaria. Hoy día, cuestiones mucho menos importantes ni siquiera pueden insinuarse. Pero no nos limitemos a quejarnos. Pidámosle a Dios que nos ayude a cambiar.

 En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia. 

            Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barrabás y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y les entregaron esta carta:

            Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud.

2ª lectura: la iglesia futura (Lectura del libro del Apocalipsis 21,10-14. 22-23)

            En la misma tónica de la semana pasada, con vistas a consolar y animar a los cristianos perseguidos, habla el autor de la Jerusalén futura, símbolo de la iglesia.

            El autor se inspira en textos proféticos de varios siglos antes. El año 586 a.C. Jerusalén fue incendiada por los babilonios y la población deportada. Estuvo en una situación miserable durante más de ciento cincuenta años, con las murallas llenas de brechas y casi deshabitada. Pero algunos profetas hablaron de un futuro maravilloso de la ciudad. En el c.54 del libro de Isaías se dice:

            11 ¡Oh afligida, venteada, desconsolada!

            Mira, yo mismo te coloco piedras de azabache, te cimento con zafiros,

           12 te pongo almenas de rubí, y puertas de esmeralda,

            y muralla de piedras preciosas.

            El libro de Zacarías contiene algunas visiones de este profeta tan surrealistas como los cuadros de Dalí. En una de ellas ve a un muchacho dispuesto a medir el perímetro de Jerusalén, pensando en reconstruir sus murallas. Un ángel le ordena que no lo haga, porque Por la multitud de hombres y ganados que habrá, Jerusalén será ciudad abierta; yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella oráculo del Señor (Zac 2,8-9).

            Podría citar otros textos parecidos. Basándose en ellos dibuja su visión el autor del Apocalipsis. La novedad de su punto de vista es que esa Jerusalén futura, aunque baja del cielo, está totalmente ligada al pasado del pueblo de Israel (las doce puertas llevan los nombres de las doce tribus) y al pasado de la iglesia (los basamentos llevan los nombres de los doce apóstoles).

            Pero hay una diferencia esencial con la antigua Jerusalén: no hay templo, porque su santuario es el mismo Dios, y no necesita sol ni luna, porque la ilumina la gloria de Dios.

El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. «Brillaba como una piedra preciosa, como Jaspe traslúcido. 

            Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al occidente tres puertas. 

            La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero. 

            Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero.

            La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.

3ª lectura: la comunidad presente (Juan 14, 23-29)

            El texto del evangelio de Juan ofrece, en pocas líneas, tres temas:

            1) El cumplimiento de la palabra de Jesús y sus consecuencias.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. 

            Se contraponen dos actitudes: el que me ama ‒ el que no me ama. A la primera sigue una gran promesa: el Padre lo amará. A la segunda, un severo toque de atención: mis palabras no son mías, sino del Padre.

            La primera parte es muy interesante cuando se compara con el libro del Deuteronomio, que insiste en el amor a Dios (“amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser”) y pone ese amor en el cumplimiento de sus leyes, decretos y mandatos. En el evangelio, Jesús parte del mismo supuesto: “el que me ama guardará mi palabra”. Pero añade algo que no está en el Deuteronomio: “mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.

            El tema de Dios habitando en nosotros se trata con poca frecuencia porque lo hemos relegado al mundo de los místicos: santa Teresa, san Juan de la Cruz, etc. Pero el evangelio nos recuerda que se trata de algo que nos afecta a cada uno de nosotros y que no debemos pasar por alto. Pensemos en el influjo enorme que siguen ejerciendo en nosotros personas que han muerto hace años: familiares, amigos, educadores, que siguen “vivos dentro de nosotros”. Una reflexión parecida deberíamos hacer sobre cómo Dios está presente dentro de nosotros e influye de manera decisiva en nuestra vida. Y lo deberíamos ver como una prueba del amor de Dios: “mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

            Por otra parte, decir que Dios viene a nosotros y habita en nosotros supone un novedad capital con respecto al Antiguo Testamento, donde se advierten diversas posturas sobre el tema. 1) Dios no habita en nosotros, nos visita, como visita a Abrahán. 2) Dios se manifiesta en algún lugar especial, como el Sinaí, pero sin que el pueblo tenga acceso al monte. 3) Dios acompaña a su pueblo, haciéndose presente en el arca de la alianza, tan sagrada que, quien la toca sin tener derecho a ello, muere. 4) Salomón construye el templo para que habite en él la gloria del Señor, aunque reconoce que Dios sigue habitando en “su morada del cielo”. 5) Después del destierro de Babilonia, cuando el profeta Ageo anima a reconstruir el templo de Jerusalén, otro profeta muestra su desacuerdo en nombre del Señor: “El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies; ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para mi descanso?” (Isaías 66,1).

            Cuando Jesús promete que él y el Padre habitarán en quien cumpla su palabra, anuncia un cambio radical: Dios no es ya un ser lejano, que impone miedo y respeto, un Dios grandioso e inaccesible; tampoco viene a nosotros en una visita ocasional. Decide quedarse dentro de nosotros. ¿Qué le ofrecemos? ¿Un hotel de cinco estrellas o un hostal?

            2) La promesa del Espíritu Santo.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. 

            Dentro de poco celebraremos la fiesta de Pentecostés. Es bueno irse preparando para ella pensando en la acción del Espíritu Santo en nuestra vida. Este breve texto se fija en el mensaje: enseña y recuerda lo dicho por Jesús. Dicho de forma sencilla: cada vez que, ante una duda o una dificultad, recordamos lo que Jesús enseñó e intentamos vivir de acuerdo con ello, se está cumpliendo esta promesa de que el Padre enviará el Espíritu. 

            Pero hay algo más: el Espíritu no solo recuerda, sino que aporta ideas nuevas, como añade Jesús en otro pasaje de este mismo discurso: “Me quedan por deciros muchas cosas, pero no podéis con ellas por ahora. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.” Parece casi herético decir que Jesús no nos transmite la verdad plena. Pero así lo dice él. Y la historia de la Iglesia confirma que los avances y los cambios, imposibles de fundamentar a veces en las palabras de Jesús, se producen por la acción del Espíritu.

            3) La vuelta de Jesús junto al Padre

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado.» Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

            Estas palabras anticipan la próxima fiesta de la Ascensión. Para comprenderlas, lo mejor es compararlas con la famosa oda de Fray Luis de León:

            ¿Y dejas, Pastor santo,

            tu grey en este valle hondo, escuro,

            con soledad y llanto;

            y tú, rompiendo el puro

            aire, ¿te vas al inmortal seguro?

            Los antes bienhadados,

            y los agora tristes y afligidos,

            a tus pechos criados,

            de ti desposeídos,

            ¿a dó convertirán ya sus sentidos?

            ¿Qué mirarán los ojos

            que vieron de tu rostro la hermosura,

            que no les sea enojos?

            Quien oyó tu dulzura,

            ¿qué no tendrá por sordo y desventura?

            Aqueste mar turbado,

            ¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto

            al viento fiero, airado?

            Estando tú encubierto,

            ¿qué norte guiará la nave al puerto?

            ¡Ay!, nube, envidiosa

            aun deste breve gozo, ¿qué te aquejas?

            ¿Dó vuelas presurosa?

            ¡Cuán rica tú te alejas!

            ¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

            Las palabras de Jesús en el evangelio de Juan pretenden que no nos sintamos tristes y afligidos, pobres y ciegos, sino alegres por el triunfo de Jesús. Pero de esto hablaremos otro día.

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VI Domingo de Pascua. 26 de Mayo, 2019

domingo, 26 de mayo de 2019
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6-Do-Pascua

“Quien me ama guardará mi palabra,
y mi Padre lo amará,
y vendremos a él y haremos morada en él.”

(Jn 14, 23-29)

Llevamos ya un largo recorrido de Pascua, nos asomamos a la sexta semana y la cotidianidad de nuestras vidas le ha ido robando brillo al grito jubiloso del Domingo de Resurrección. Quizá por eso hoy el evangelio propuesto para la Eucaristía nos invita a “guardar la palabra”.

Se guardan aquellas cosas que se necesitan o que son queridas. Cuando hacemos limpieza en casa o en nuestra habitación volvemos a guardar cosas aparentemente inútiles de las que no podemos desprendernos. Normalmente cosas que nos hacen recordar, pequeños “sacramentos” (sacramento = realidad visible que evoca algo que no vemos). Y los recuerdos forman parte de nuestro almacén interior, son esos objetos que llenan los cajones de nuestra casa interior.

Hoy Jesús nos pide que guardemos su palabra, que le hagamos un sitio en nuestra casa, nos está diciendo: “Quiero que Tú seas mi casa, la casa de Dios Trinidad.

Enamorarnos

Cuando nos enamoramos no podemos pensar en nada más que en la persona amada, todo lo que vemos, oímos y sentimos lo relacionamos con esa persona. Y casi sin querer no hablamos de otra cosa. Enamorarse es dejarse habitar por otra persona.

Y Jesús al decirnos: “quien me ama guardará mi palabra”, nos está invitando a ENAMORARNOS, a dejarnos habitar por Dios, a vivir en Su Amor.

Nos llama a un compromiso, a dejar que el grito de Pascua ahonde en nosotras, enraíce, pase de la explosión de la alegría al compromiso continuado. Es decir, del enamoramiento primero al amor fiel.

El entusiasmo primero es bueno, ¡y necesario! pero no es suficiente. Seríamos como aquellas semillas que crecieron rápidamente, pero se secaron por falta de raíz (Mc 4, 5-6). Al entusiasmo primero hay que sumarle su buena dosis de compromiso, una pizquita de locura, dos cucharadas colmadas de generosidad y todo el amor que sea necesario. Todo junto, bien amasado, da como resultado el pan del Reino.

Porque si Jesús se hizo pan, nosotras también nos tendremos que dejar comer, partir y repartir. ¿Casa? ¿Pan? ¿Discípula?

Oración

“Trinidad Santa, amásanos con la levadura nueva de tus sueños,
haznos pan tierno que calma el hambre,
hogar cálido que descansa el alma
y discípulas fieles a tu Palabra.”

 

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Dios no es mi huesped, sino el centro de mi ser

domingo, 26 de mayo de 2019
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07278g-entender-espiritualidadJn 14,23-29

Seguimos en el discurso de despedida. El tema del domingo pasado era el amor manifestado en la entrega a los demás. Terminábamos diciendo que ese amor era la consecuencia de una experiencia interior, relación con lo más profundo de mí mismo, que es Dios. Hoy nos habla el evangelio de lo que significa esa vivencia íntima. La Realidad que soy es mi verdadero ser. El verdadero Dios no es un ser separado, que está en alguna parte de la estratosfera, sino el fundamento de mi ser y de cada uno de los seres del universo.

Este discurso de despedida, que Juan pone en boca de Jesús, nos habla de cómo entendía y practicaba aquella comunidad el seguimiento de Jesús. No se trataba de seguir a un líder que desde fuera les marcaba el camino, sino de descubrir la experiencia más profunda de Jesús, y repetirla en cada uno de los cristianos.

En estos siete versículos podemos descubrir las dificultades que encontraron para expresar la experiencia interior. Por cada afirmación que hemos leído hoy, encontramos en el evangelio otra que dice exactamente lo contrario. Es la prueba de que las expresiones sobre Dios no se pueden entender al pie de la letra. Necesitan interpretación porque los conceptos no son adecuados para expresar las realidades trascendentes. En este orden puede ser verdad una afirmación y la contraria. El dedo y la flecha pueden apuntar los dos a la luna.

En Jn 15,9 dice: Como el Padre me ha amado así os he amado yo, permaneced en mi amor. Aquí dice: “si alguno me ama le amará mi Padre…” ¿Quién ama primero?

Jesús había dicho que iba a prepararles sitio en el hogar del Padre, para después llevarles con él (14.2). Ahora dice que el Padre y él mismo vendrán al interior de cada uno.

Les había advertido: “como me persiguieron a mí, os perseguirán a vosotros (Jn 16,2). Ahora nos dice: “la paz os dejo, mi paz os doy”.

Nos había dicho: yo y el Padre somos uno (10,30). Quien me ve a mí ve a mi Padre (14,9). Ahora nos dice: El Padre es más que yo.

No os dejaré huérfanos, volveré para estar con vosotros (14,18). Y en esta ocasión nos dice que el Padre mandará el Espíritu en su lugar.

Digerir estas aparentes contradicciones es una de las claves para entender la experiencia pascual.

Insisto, una cosa es el lenguaje y otra la realidad que queremos manifestar con él. Dios no tiene que venir de ninguna parte para estar en lo hondo de nuestro ser. Está ahí desde antes de existir nosotros. No existe «alguna parte» donde Dios pueda estar, fuera de mí y del resto de la creación. Dios es lo que hace posible mi existencia. Soy yo el que estoy fundamentado en Él desde el primer instante de ser. El descu­brirlo en mí, el tomar conciencia de esa presencia, es como si viniera. Esta verdad es la fuente de toda religiosidad.

El hecho de que no llegue a mí desde fuera, ni a través de los sentidos, hace imposible toda mediación. Todo intermediario, sea persona o institución, me alejan de Él más que acercarme. En el AT, la presencia de Dios se localizaba en la tienda del encuentro o el templo. La “total presencia” debía ser una característica de los tiempos mesiánicos. Desde Jesús, el lugar de la presencia de Dios es el hombre. Dentro de ti lo tienes que experimentar; pero también descubrirlo dentro de cada uno de los demás. La presencia es interna, pero se manifiesta.

El Espíritu es el garante de esa presencia dinámica: “os irá enseñando todo”. Por cinco veces, en este discurso de despedida, hace Jesús referencia al Espíritu. No se trata de la tercera persona de la Trinidad, sino de la divinidad como fuerza (ruaj). “Santo” significa separado; pero no separado de Dios, sino separado de las actitudes del mundo. Si esa Fuerza de Dios no nos separa del mundo (opresión), no podremos comprender el amor.

«Os conviene que yo me vaya, porque si no, el Espíritu no vendrá a vosotros.» Ni el mismo Jesús con sus palabras y acciones fue capaz de llevar a los apóstoles hasta la experiencia de Dios, que les ayudaría a descubrir al mismo Jesús. Mientras estaba con ellos, estaban apegados a su físico, a sus palabras, a sus manifestaciones humanas. Todo muy bonito, pero que les impedía descubrir la verdadera identidad de Jesús. Al no ver a Dios en Jesús, tampoco descubrieron la realidad de Dios dentro de ellos. Cuando desapare­ció, se vieron obligados a buscar dentro de ellos, y allí encontraron lo que no podían descubrir fuera.

El Espíritu no añadirá nada nuevo. Solo aclarará lo que Jesús ya enseñó. Las enseñanzas de Jesús y las del Espíritu son las mismas, solo hay una diferencia. Con Jesús, la Verdad viene a ellos de fuera. El Espíritu las suscita dentro de cada uno como vivencia irrefutable. Esto explica tantas conclusiones equivocadas de los discípulos durante la vida de Jesús. Las palabras (aunque sean las de Jesús) y los razonamientos no pueden llevar a la comprensión. El Espíritu les llevará a experimentar dentro de ellos la misma realidad que Jesús quería explicar. Entonces no necesitarán argumentos, sino que lo verán claramente.

“Paz” era el saludo ordinario entre los semitas. No solo al despedirse, sino al encontrarse. Ya el “shalom” judío era mucho más rico que nuestro concepto de paz, pero es que el evangelio de Jn hace hincapié en un “plus” de significado sobre el ya rico significado judío. La paz de la que habla Jesús tiene su origen en el interior de cada uno. Es la armonía total, no solo dentro de cada persona, sino con los demás y con la creación entera. Sería el fruto primero de unas relaciones auténticas en todas direcciones. Sería la consecuencia del amor que es Dios en nosotros, descubierto y vivido. La paz no se puede buscar directamente. Es fruto del amor.

Deben alegrarse de que se vaya, porque ir al Padre, aunque sea a través de la muerte, no es ninguna tragedia. Será la manifestación suprema de amor, será la verdadera victoria sobre el mundo y la muerte. El Padre es mayor que él porque es el origen. Todo lo que posee Jesús procede de Él. No habla la 2ª persona de la Trinidad; sería una herejía. Para el evangelista, Jesús es un ser humano a pesar de su preexistencia: “Tomó la condición de esclavo, pasó por uno de tantos…” Dios se manifiesta en lo humano, pero Dios no es lo que se ve en Jesús.

Dios se revela y se vela en la humanidad de Jesús. La presencia de Dios en él no es demostrable. Está en el hombre sin añadir nada, Dios es siempre un Dios escondido. «Toda religión que no afirme que Dios está oculto no es verdadera» (Pascal). El sufí lo dejó bien claro: Calle mi labio carnal, / habla en mi interior la calma / voz sonora de mi alma / que es el alma de otra alma / eterna y universal. / ¿Dónde tu rostro reposa / alma que a mi alma das vida? / Nacen sin cesar las cosas, / mil y mil veces ansiosas /de ver tu faz escondida.

En la Biblia existe una tensión entre la trascendencia y la inmanencia de Dios. El hombre no puede ver a Dios sin morir. No puede ser represen­tado por ninguna imagen. No puede ser nombrado. Pero a la vez, se presenta como compasivo, como pastor de su pueblo, como esposo, como madre que no puede olvidarse del fruto de su vientre. En el NT, se acentúa el intento de acercar a Dios al hombre. Los conceptos de «Mesías», «Siervo», «Hijo de hombre», «Palabra», «Espíri­tu», «Sabiduría», incluso «Padre», son todos ejemplos de ese intento.

Meditación

Jesús descubrió la presencia absoluta de Dios.
Todo lo que vivió y enseñó fue consecuencia de esa experiencia.
Sabía que era la clave para que el hombre alcanzase plenitud.
Sin identificación con lo divino no puede haber verdadera humanidad.
Sin descubrir el tesoro que hay dentro de ti,
nunca estarás dispuesto a prescindir de todo lo demás.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Templo del creyente

domingo, 26 de mayo de 2019
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paloma de las manos del espírituAmad a esta Iglesia, permaneced en la Iglesia, sed vosotros esta Iglesia (San Agustín)

26 de mayo. DOMINGO VI DE PASCUA.

Jn 14, 23-29

Jesús le contestó (a Judas): Si alguien me ama cumplirá mi palabra Padre le amará, vendremos a él y habitaremos en él 

Somos un tejido social bien entramado donde notas y personas (el Padre, Jesús y nosotros mismos) suenan armónicamente bien a todos los sentidos. Y si ese tejido social se arruga, llamar urgentemente a Jesús y al Padre, pedirles agua y plancha, y alisarlos.

En otro capítulo del Evangelio de Juan, el IV, versículo 21, Jesús y la samaritana: “Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre”, el maestro de Nazaret, -que le había pedido agua para beber, y él se la da de vida en abundancia- le anuncia al mismo tiempo que, en el futuro, la adoración no estará ligada a lugares, sino una persona, a Él mismo, el nuevo Templo de Dios, y será un culto en espíritu y de verdad, algo que proviene del corazón movido por Dios y que se revelará en acciones concretas de vida.

Un importante maestro espiritual hinduista indio, Ramana Maharashi (1879-1950), dice en La Filosofía de la existencia“Un universo indefinible, en el que todas las cosas, seres y eventos están interrelacionados -un tejido social bien entramado- apenas tiene sentido a menos que sea consistente. Así las leyes de la naturaleza son inherentes a la naturaleza, y no han sido impuestas por un legislador divino. Es la ley a la que todas las partes de la totalidad se tienen que conformar por su propia existencia como partes o manifestaciones de una totalidad indivisible. La Ley surge de la manera de encajar de manera precisa las partes de la totalidad”.

L´État cést moi, dijo El Rey Sol, y todos los franceses le rindieron honor y pleitesía, aunque las leyes sensatas, humanas y divinas, no se imponen jamás a la totalidad de las partes. Posiblemente no lo hubiera dicho, si hubiera escuchado al Papa Francisco: “Cada cual, con su carisma y misión, somos iguales ante el Señor y somos necesarios en la Iglesia”. Y no digamos nada sí él, tan políticamente cristiano, hubiera leído en Mc 9, 35, lo de: “El que quiera ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”.

Sin duda, el universo es un templo bien construido -Templo de todos los templos-, cuyos cimientos han sido sólidamente asentados. Es posible que siguiendo los planos del templo de Gerizim, donde se construyó el tabernáculo, de acuerdo con los planes de Yahvé transmitidos a Moisés, como se dice en el Antiguo Testamento.

Y si a pesar de todas estas prevenciones no funcionara convenientemente el sistema previsto, y el templo viniera al mundo con defecto de fábrica y sin sello de garantía que avale la marca de “Somos unos buenos cristianos”, es que el sistema elemental de emergencia no ha funcionado adecuadamente, y es necesario llevarlo al taller urgentemente y repararlo. Es conveniente que las olas del océano sean conscientes de la tarea programada para ellos, los robots bañen con su habitual pericia el producto.

En la obra de Cervantes, El Ingenioso Don Quijote de la Mancha, , dijo el ilustre caballero a Sancho Panza su escudero: “Si a mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con sola una gota se ahorraran tiempo y medicinas” y te curaras. Es un bálsamo de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida alguna”.

Un buen baño del tal ungüento vendría bien al Rey, a Gerizim, a Ramana, al Templo de Jerusalén y a todos los nuestros, haciendo que los amáramos o más y por más tiempo.

San Agustín, obispo de Hipona, decía a sus feligreses: “Amad a esta Iglesia, permaneced en esta Iglesia, sed vosotros esta Iglesia. Y que jamás se cumpla en nosotros lo que decía Robert Burton (1567-1640), clérigo inglés y profesor de la Universidad de Oxford: “Allí donde Dios tiene un templo, el diablo suele levantar una capilla”.

planeta-azul

TIERRA LATIENTE

La Tierra está latiendo dentro y fuera
de mí. También debajo de mí late
en un feliz y amistoso debate
con ritmos de clarín y de bandera.

Rueda sin fin la rutilante esfera
por la senda de un celestial combate,
y sin que apenas nadie se percate
de su veloz y singular carrera.

Grácil es su rodar, y aventurera.
No existe campeón, héroe ni vate
que le prive de siempre primera.

Supera con laurel cualquier embate,
venga de la más mansa o feroz fiera,
sin que nadie la copa le arrebate.

 

Vicente Martínez

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Y vendremos a él y haremos morada en él

domingo, 26 de mayo de 2019
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12261a-errores-practicar-espiritualidadJn 14, 23-29

En el último domingo de Pascua seguimos leyendo el discurso de despedida de Jesús. En esta narración, la comunidad de Juan quiere resumir el testamento que Jesús deja a sus seguidores. En el fragmento de hoy hay dos promesas: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él… el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será el que os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.” ¡¡¡Genial!!! ¡Estas sí que son Palabra de Vida eterna! ¡Cuántas veces habré leído este texto sin enterarme de nada!

Mi idea de Dios, próxima a la que presenta el AT, que he mantenido larguísimos años de mi formación cristiana, me ponía las cosas muy difíciles para compaginarla con mi evolución intelectual y humana. El dios en que creía se me iba haciendo inverosímil e increíble.

No hace mucho oí, por primera vez, la expresión “Hacer experiencia de Dios”. Me pareció una afirmación contradictoria. Mis ideas de experimento y del dios en que creía eran incompatibles. De ese dios lejano (en los cielos), todopoderoso y juez de vivos y muertos no se puede tener experiencia. En cambio, hoy es para mí una evidencia que sólo si experimentas la presencia de Dios en tu vida cotidiana (si tienes la vivencia de su Presencia) puedes ser creyente en Él. Sin hacer equivalentes creencias y fe. La fe es un encuentro personal con un DiosAmor (sin guion) cercano e íntimo. Así es el Dios de Jesús de Nazaret. Hoy puedo vivir con alegría que Jesús es «La morada de Dios entre los hombres» y nosotros también. Así el lugar de la presencia del Dios de Jesús es el hombre. Por eso podemos experimentarlo (vivenciarlo) dentro de nosotros mismos mismo y descubrirlo dentro de cada uno de los demás seres humanos.

¿Qué ha pasado en mi vida para este cambio? Que buscando a dios me he encontrado al Jesús de los Evangelios. Al Jesús modelo de imagen de Dios. Modelo de la encarnación de Dios en todo. Y a partir de este encuentro he ido elaborando otra imagen de Dios, del hombre, de mí misma y del mundo. Y desde ahí veo las cosas “divinas” de otra manera.

El encuentro con el Dios de Jesús ha producido en mí una revolución de todo mi sistema creyente. Un Dios cercano, Fundamento de mi ser e identificado conmigo. El Dios Encarnación, Presencia, Fundamento y Padre. (Todo son metáforas porque nuestro vocabulario se queda pobre para nombrar al Innombrable). Igualmente, el cambio en la visión del hombre no ha sido menor. Del ser carente, incompleto, incapaz de bondad, a un ser en evolución y progreso, capaz de desarrollar sus potencialidades y llegar a su realización plena; un ser abierto y autónomo, responsable de sí mismo y de los otros. Un ser para los otros. En síntesis: el hombre como imagen y semejanza del Dios de Jesús.

Y como la idea de Dios y del hombre que tengas es fundamental en la espiritualidad que vives y en la religión que practicas, la transformación de ella acarrea necesariamente un cambio de la religiosidad y la espiritualidad. Y en consecuencia, modifica radicalmente tu identidad cristiana. Como veíamos el domingo pasado la señal del cristiano no es la cruz. La señal del cristiano es el amor a Dios en el hombre. Porque son una misma realidad. Porque Dios se ha encarnado, se ha identificado (“a mí me lo hicisteis”) con el hombre.

Si nos sentimos “morada de Dios”, si verdaderamente Dios está en nosotros, tenemos necesariamente que manifestarlo. Dios es amor y lo mejor de nosotros es nuestro ser amoroso; que es nuestro verdadero ser, nuestro ser profundo. Somos templos de Dios, presencia constante del Espíritu de Dios con nosotros. Somos seres habitados. No estamos solos. Somos presencia del amor de Dios en el mundo. Nuestra vida tiene que dar testimonio de esa Presencia. ¿Cómo? Siendo sus manos y sus pies. Trabajando con ilusión en la implantación del Reinado de Dios en el mundo. Tenemos que ayudar a Dios en esa tarea. Todo en nosotros es don y tarea. Los talentos recibidos son para emplearlos en los que necesitan de nosotros. Somos administradores fieles y sabios de nuestras cualidades para rentabilizarlas en el bien común de nuestros próximos. Dios los da para el bien de toda la comunidad. Los otros descubrirán la presencia de Dios en mi vida cuando manifieste a través de mis comportamientos lo que de Dios hay en mí. Bondad, honradez, disponibilidad, actitud de servicio a los demás. Cuando, de verdad sea un ser para otro. Desde nuestro ser amoroso. Esto es Vivir desde nuestro ser resucitado, desde nuestra nueva humanidad. Eso es nacer de nuevo, nacer a la Vida divina, eterna, definitiva. Y esto aquí y ahora. Sin dejarlo para más tarde.

África de la Cruz

Fuente Fe Adulta

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La paz que nadie nos puede quitar

domingo, 26 de mayo de 2019
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image-300x248VI Domingo de Pascua

26 mayo 2019

Jn 14, 23-29

Aun con un estilo a veces recargado y repetitivo –a la vez que deudor de su momento histórico y de su paradigma cultural–, el autor del cuarto evangelio tiene la virtud de expresar la verdad profunda de lo que somos. Por eso, cuando lo leemos desde la comprensión, sus palabras transmiten sabiduría atemporal y despiertan resonancias en nuestro interior porque salen al paso del anhelo profundo que nos habita, por más que a veces esté aletargado.

En la Carta a los Efesios (2,14) se afirma que “Jesús es nuestra paz”. Sin duda, a tenor de lo que aparece en los evangelios sinópticos, Jesús vivió en paz profunda o ecuanimidad. Una paz que nacía en él de la certeza de estar siempre en el Padre y de no buscar otra cosa en la vida que “cumplir su voluntad”. Sin duda, una persona que no se aferra a las expectativas de su ego, sino que ama lo que la Vida quiere, permanecerá anclada en la paz.

El ego vive en el sobresalto porque, en cuanto se hace presente la frustración, se altera o se deprime. Por esa razón, en tanto en cuanto estemos identificados con él, la paz nos resultará inasible. Cuando, por el contrario, dejamos de asociar nuestra “suerte” a la suya, porque hemos comprendido que no somos él, es posible la ecuanimidad aun en medio de los contratiempos. Lo cual recuerda aquella expresión sabia de Khrisnamurti: “El secreto de mi paz es que no me importa lo que suceda”.

En medio de una terrible crisis de angustia, esa parece que fue la experiencia de Jesús: “Que no sea lo que quiero yo, sino lo que quieres tú” (Mc 14,36). Cuando una persona solo quiere lo que “Dios”, el “Padre”, la “Vida” quiere, ¿qué podría quitarle la paz?

Lo cual no significa que no haya dolor, decepción y frustración. Somos seres sensibles y todo lo que acontece hace que vibremos. Y cuando lo que acontece es doloroso, algo en nuestro interior acusa el dolor.

Sin embargo, el movimiento de la superficie no niega la quietud del fondo. Cuando saboreamos el Silencio, experimentamos que, más allá de las circunstancias y bajo la agitada superficie de la mente, existe un nivel profundo que permanece estable, en silencio y en paz. Por eso, con razón afirma el texto que la paz de Jesús no es como la que da el mundo. Esta última dura lo que dura la bonanza, es una “paz” deudora de las circunstancias. La paz de Jesús, por el contrario, es una paz sin objeto, porque no depende de otro factor; es consistente en sí misma.

¿Nos la tiene que dar Jesús, como afirma el texto? Eso es solo una lectura mental, que se basa en la creencia de la separación; es decir, nace de una consciencia de separatividad. La paz de Jesús es la paz que somos. En aquella forma de hablar, parecía ser un “regalo” venido de fuera –y ciertamente Jesús nos ha regalado su forma de vivirla, en la que podemos vernos alcanzados y, sobre todo, “despertados”– pero, en la comprensión, se nos hace manifiesto que la paz no es “algo”, ni viene de “fuera”, ni es condicionada… La Paz de la que se habla es una con el Fondo de lo real: es otro nombre de lo que somos.

¿Cómo es la paz en mí?

Enrique Martínez Lozano

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Salud y Salvación

domingo, 26 de mayo de 2019
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imagesDel blog de Tomás Muro la verdad es libre:

  1. ¿Pascua del enfermo?

        Parece un cierto contrasentido celebrar la Pascua del enfermo. Si algo no es vida, es la enfermedad.

Pero tal vez JesuCristo deja ver sus heridas en los enfermos, cuando nos encontramos en o con la enfermedad. La Resurrección no borra las señales del sufrimiento.

        Alguna respuesta y salida hemos de hallar al dolor, al sufrimiento, a la vida.

  1. La enfermedad.

        Cuando nos encontramos sanos vivimos en una cierta armonía, un cierto bienestar, equilibrio, algo de confianza y seguridad.

La enfermedad es un ataque a la vida, que nos puede sobrevenir de mil formas, por muchos caminos y nos puede herir en la parte física, en la psicológica (espiritual) o en las dos.

La enfermedad (seria / grave) nos embarga de una gran debilidad, el sufrimiento y el dolor hacen su tarea, disminuyen las capacidades, y ello nos puede sumir en una incertidumbre y preocupación. ¿Qué será de mí?

  1. Afrontar la enfermedad.

03.1         Nuestra respuesta más normal y habitual ante la enfermedad suele ser la médica. Acudimos al Ambulatorio, al médico, al hospital. El diálogo, la entrevista entre el médico y el paciente es una conversación científica: síntomas, diagnóstico, pronóstico, pauta a seguir, etc. Es así, es lo que hay que hacer.

  • 2 Pero no todo en la enfermedad es dolor físico. Ciertamente hay que aliviar el dolor, (el “dolorismo” que propugnaba alguna ascética no es ni humano ni cristiano).

Pero la enfermedad va a estar siempre presente en nuestra vida y en muchas ocasiones la enfermedad va envuelta en incertidumbre, seria preocupación, desesperanza, miedo, angustia. Tal vez nos agobia el presentimiento de que, quizás, sea la última enfermedad. La vida es una enfermedad mortal.

  • 3 Siempre, pero en muchas ocasiones más, el tratamiento de la enfermedad es humanista y tiene una dimensión espiritual.

Una cosa es la libertad religiosa y otra -muy distinta- es que el ser humano tiene una dimensión espiritual que hay que cuidar y enseñar a cuidar. Uno puede ser ateo o increyente, pero ha de cuidar el fondo espiritual de su persona. (No porque uno sea ateo deja de ser espiritual y ha de cultivar su dimensión espiritual)

Romano Guardini, gran teólogo de la primera mitad del siglo XX (1885-1968), -siendo él mismo depresivo- escribía: La melancolía (depresión) es algo demasiado doloroso y que penetra con demasiada profundidad en las raíces de nuestra existencia humana como para que podamos abandonarla sólo en manos de los psiquiatras.

La enfermedad tiene un tratamiento médico, pero no únicamente científico, sino también espiritual.

Algo de esto decía también el neurólogo donostiarra,  Félix Martí Massó en los cursos de verano de la UPV: la curación y la salida de estas enfermedades “del alma” se asienta en tres piedras angulares: la medicina (química), la logoterapia (grupo, familia, amigos, etc.) y en la dimensión espiritual.

  1. Salud: Salvación.

     images2   La expresión “salud” es la misma que “salvación”.

        Cuando estamos enfermos necesitamos, añoramos la salud y la salvación. La salud es un asunto médico, pero es más que eso, porque se trata de aliviar la desesperanza, la conciencia, sembrar paz en el hundimiento personal.

        Hablamos de “calidad de vida”, pero tal calidad la reducimos el buen ejercicio de unas funciones fisiológicas. Pero la salud y la vida humanas son más que la mera funcionalidad orgánica: la serenidad, la paz, la felicidad, la justicia, el sentido de la vida, hacer el bien, no se venden en la farmacia.

        Jesús pasó su vida entre nosotros haciendo el bien, curando enfermos: fue un “buen samaritano”. Jesús es la cercanía de Dios a los débiles, a pobres, a los enfermos.

        Sentirnos acogidos por el Buen Samaritano alivia mucho en la enfermedad.

        Ser buenos samaritanos es noble tarea.

Anda y haz tú lo mismo.

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Mujeres diaconisas: cristianas subalternas

miércoles, 22 de mayo de 2019
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766BF1F1-2474-4AE7-9A51-41830C729E34Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid,
Madrid.

ECLESALIA, 17/05/19.- En la Asamblea Plenaria de la Unión Internacional de Superioras Generales celebrada en Roma en mayo de 2016, le preguntaron al papa Francisco si había algún impedimento para incluir a las mujeres entre los diáconos permanentes, al igual que ocurrió en la iglesia primitiva, y por qué no creaba una comisión oficial para estudiar el tema.

Unos meses después el papa despejó la incógnita y creó una Comisión, formada por seis hombres y seis mujeres, presidida por el entonces secretario –hoy presidente- de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el arzobispo español Luis Ladaria Ferrer- hoy cardenal- , para el estudio del diaconado femenino en la Iglesia católica. De la Comisión fueron excluidos cuatro continentes: Asia, África, América Latina y Oceanía. Había doce miembros europeos y una estadounidense. El inicio de dicha comisión no podía ser más asimétrico y desigual.

En la rueda de prensa ofrecida el 7 de mayo en el avión de vuelta de su viaje a Macedonia el papa reconoció la disparidad de criterios de los miembros de la Comisión tras dos años de estudio e, implícitamente, se refirió a la disolución de la misma sin que hubiera emitido un informe al respecto. A la vista de la falta de resultados, el papa no ha tomado ninguna decisión.

Mejor, así, porque, en mi modesta opinión, se trataba de una Comisión tan innecesaria como ineficaz, como se ha demostrado por la falta de resultados y su rápida disolución. Era innecesariaporque el estudio ya está hecho por exegetas, teólogos, teólogas, historiadoras e historiadores del cristianismo. Las conclusiones cuentan con un amplio consenso entre quienes vienen investigando desde siglos sobre el tema: Jesús de Nazaret formó un movimiento contrahegemónico igualitario de hombres y mujeres que lo acompañaron por los caminos de Galilea, compartieron su estilo de vida itinerante y asumieron responsabilidades sin discriminación alguna por razones de género.

En los primeros siglos del cristianismo hubo mujeres sacerdotes, diaconisas y obispas que ejercieron funciones ministeriales y tareas directivas hasta que la Iglesia se jerarquizó, clericalizó, patriarcalizó y las mujeres fueron reducidas al silencio. El libro de la teóloga estadounidense Karen Jo Torjesen Cuando las mujeres eran sacerdotes. El liderazgo de las mujeres en la iglesia primitiva y el escándalo de su subordinación con el auge del cristianismo (El Almendro, Córdoba, 1996) lo demuestra con todo tipo de argumentos: arqueológicos, históricos, teológicos y hermenéuticos. Y más recientemente Sacerdotas. La mujer en las diferentes liturgias y religiones, de Yolanda alba /Almuzara, Córdoba, 2018).

La Comisión me parecía ineficaz, si faltaba voluntad de incorporar a las mujeres a las funciones eclesiales directivas, al acceso directo a lo sagrado sin mediación patriarcal y a la participación en la elaboración de la doctrina y de la moral. Hoy puede afirmarse que faltaba dicha voluntad. A los hechos me remito. En la encíclica Inter insigniores, el papa Pablo VI cerró a cal y canto la puerta al acceso de las mujeres al ministerio sacerdotal alegando que Jesucristo solo ordenó a varones.

Sus sucesores han repetido tan falaz argumento como un mantra. Juan Pablo II, asesorado por el cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, radicalizó el cierre al afirmar que el asunto quedaba zanjado definitivamente. Benedicto XVI, conocedor como teólogo que era, de la existencia de mujeres diaconisas, sacerdotes y obispas en el cristianismo primitivo, se mostró igualmente contumaz y siguió el mismo camino de obstrucción al sacerdocio de las mujeres. El papa Francisco ha vuelto a ratificarlo citando la contundente afirmación excluyente de Juan Pablo II.

No puedo compartir la idea del diaconado femenino, porque, de instaurarse institucionalmente y atendiendo a las funciones auxiliares que se les asignaría, las mujeres seguirían siendo subalternas y estarían al servicio de los sacerdotes y de los obispos, no de la comunidad cristiana. Más que de entrar en el estatus de colaboradoras directas de los sacerdotes y obispos, pasarían a un estado de servidumbre permanente.

Creo que es hora de pasar de la subalternidad de las mujeres a la igualdad; de la sumisión al empoderamiento; de su estatuto de dependencia a la autonomía; de ser objetos decorativos a sujetos activos. Y eso con el diaconado femenino no se lograría, sino todo lo contrario: se prolongaría la minoría de edad de las mujeres bajo el espejismo de que se está dando un importante paso hacia adelante y de que se les concede protagonismo.

Insisto, lo que se haría sería perpetuar la humillación y la servidumbre, la subalternidad y la dependencia del clero sacerdotal, episcopal y papal. Para que se produzca un cambio real en el estatuto de inferioridad de las mujeres es necesario que sean reconocidas como sujetos religiosos, eclesiales, éticos y teológicos, cosa que ahora no sucede.

Y para que esto suceda es necesario mirar al pasado, ciertamente, pero no con la añoranza de reproducir acríticamente la tradición, sino con el objetivo de recuperar creativamente el protagonismo que las mujeres tuvieron en el movimiento de Jesús y en los primeros siglos de la Iglesia cristiana. Pero, sobre todo, hay que mirar al presente y al futuro para poner en práctica en el interior de la Iglesia el principio de igualdad y no discriminación de género que rige, aunque imperfectamente, en la sociedad.

Cualquier discriminación y cualquier injusticia de género son, antropológicamente, contrarias a la igual dignidad de todos los seres humanos; teológicamente, van en contra de la creación de ser humano como hombre y mujer a imagen y semejanza de Dios; eclesialmente, son contrarias al movimiento igualitario de Jesús de Nazaret, al principio de fraternidad-sororidad que debe regir en la Iglesia y a la igualdad de las cristianas y los cristianos por el bautismo.

Sin igualdad y justicia de género, la Iglesia seguirá siendo una de los últimos, si no el último, de los bastiones del patriarcado que quedan en el mundo. En otras palabras, se mantendrá como una patriarquía perfecta. Y para justificar dicha patriarquía no podrá apelar a Jesús de Nazaret, su fundador, sino al patriarcado religioso, basado en la masculinidad sagrada, que apela al carácter varonil de Dios para convertir al hombre en único representante y portavoz de la divinidad.

Como afirmara la filósofa feminista Mary Daly, “Si Dios es varón, entonces el varón es Dios”. ¡Patriarcado en estado puro! Como escribe la intelectual feminista de la tercera ola, Kate Millet, en su libro Política sexual, “el patriarcado tiene a Dios de su parte”. Es verdad. Y lo es desde su alianza y complicidad con Adán en contra de su primera esposa, Lilith, defensora de la igualdad entre ella y Adán, como cuenta un Midrash del siglo XII,

O quizá habría que decir, mejor, que son las masculinidades sagradas, las que se arrogan la representación patriarcal de Dios y es a ellas a quienes el patriarcado ha tenido y sigue teniendo de su parte. ¿Hasta cuándo? De nosotros y nosotras depende que esa situación se perpetúe o, por el contrario, cambie.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Sheol

lunes, 20 de mayo de 2019
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Situacion-Lesbos-cadaveres-refugiados-ahogados_841427270_52504083_667x375Siempre me ha chocado esa expresión que decimos en el credo “Jesús después de morir en la cruz, descendió a los infiernos.” Igual es mejor traducirla por “bajó a lo más profundo”. Jesús muere como maldito. Ya no puede bajar más. Y así se une a los últimos de la sociedad. Muchas personas viven sin vivir, en el mundo de los difuntos, en el sheol. Y Jesús lo transforma todo, lo llena de vida y resurrección.

Qué bonita vida y mensaje para el Triduo Pascual. Bajar, descender, acercarnos, entrar en el mundo de los más marginados, de los que no cuentan, ni casi son; Y llenarlos de vida, de dignidad, de salvación. “Jesús se anonadó haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.” Pero es que no vivió como cualquier hombre, sino como los más débiles de la humanidad.

Es preciso entrar en el mundo, en el submundo de los “muertos”, de los marginados… Los que viven en los arcenes de la vida, viven o mal viven.

Me agrada mucho el que en varias capitales se suelte un preso, se le dé libertad. Es un pequeño gesto de liberación, en recuerdo de Cristo preso, muerto y resucitado. Por desgracia veo y siento a los pobres, desde la altura de mi vida normal. Es preciso bajar al fondo de la vida y compartir la vida sin vida de los pobres, de los sin techo, de los enfermos, de los muertos… Defender y luchar por una sociedad en la que todas las personas vivamos como hijos de Dios. Jesús lo hizo a lo largo de su vida y ahora lo expresa con esa acción que decimos de Él: bajar a los infiernos, lo de abajo de la vida. Todos los muertos, los que no son, los que no cuentan, reciben la vida y la plenitud.

“Por eso Dios lo exaltó y le concedió el nombre sobre todo nombre”. Son demasiados los muertos por violencia, por el mar, por el hambre. Son demasiadas las personas que mal viven y en las que domina la muerte.

Me maravilla el que, a pesar de los muertos por la violencia en tantas partes del mundo, siga habiendo misioneros, voluntarios, personas entregadas, hasta la muerte. Eso sí que es bajar a los infiernos.

Le doy muchas vueltas al ataque de Sri Lanka, ¿Cómo se puede curar y sanar esa realidad?  Son precisas todas las medidas, toda la cultura nueva de paz, toda la responsabilidad de las Naciones Unidas, todo el esfuerzo de cada habitante del mundo…Todo muy bueno y necesario. Pero saco en conclusión que solamente, y gracias a las personas buenas de toda religión que aman y gracias a un amor que es más fuerte que la muerte, se puede vencer este odio. “Bajó y sigue bajando a los infiernos”. Por eso será posible y llegará la paz a los vivos.

Nos lleva a todos consigo a su Reino aquí ya en la tierra.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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“No perder la identidad”. 5 Pascua – C (Juan 13,31-33a.34-35)

domingo, 19 de mayo de 2019
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05-PASC-CEs la víspera de su ejecución. Jesús está celebrando la última cena con los suyos. Acaba de lavar los pies a sus discípulos. Judas ha tomado ya su trágica decisión, y después de tomar el último bocado de manos de Jesús, se ha marchado a hacer su trabajo. Jesús dice en voz alta lo que todos están sintiendo: «Hijos míos, ya no estaré con vosotros por mucho tiempo».

Les habla con ternura. Quiere que queden grabados en su corazón sus últimos gestos y palabras. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que os conocerán todos que sois mis discípulos será que os amáis unos a otros». Este es el testamento de Jesús.

Jesús habla de un «mandamiento nuevo». ¿Dónde está la novedad? La consigna de amar al prójimo está ya presente en la tradición bíblica. También los filósofos griegos hablan de filantropía y de amor a todo ser humano. La novedad está en la forma de amar propia de Jesús: «amaos como yo os he amado». Así se irá difundiendo a través de sus seguidores su estilo de amar.

Lo primero que los discípulos han experimentado es que Jesús los ha amado como a amigos: «No os llamo siervos… a vosotros os he llamado amigos». En la Iglesia nos hemos de querer sencillamente como amigos y amigas. Y entre amigos se cuida la igualdad, la cercanía y el apoyo mutuo. Nadie está por encima de nadie. Ningún amigo es señor de sus amigos.

Por eso, Jesús corta de raíz las ambiciones de sus discípulos cuando los ve discutiendo por ser los primeros. La búsqueda de protagonismos interesados rompe la amistad y la comunión. Jesús les recuerda su estilo: «no he venido a ser servido sino a servir». Entre amigos nadie se ha de imponer. Todos han de estar dispuestos a servir y colaborar.

Esta amistad vivida por los seguidores de Jesús no genera una comunidad cerrada. Al contrario, el clima cordial y amable que se vive entre ellos los dispone a acoger a quienes necesitan acogida y amistad. Jesús les ha enseñado a comer con pecadores y con gentes excluidas y despreciadas. Les ha reñido por apartar a los niños. En la comunidad de Jesús no estorban los pequeños sino los grandes.

Un día, Jesús llamó a los doce, puso a un niño en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí». En la Iglesia querida por Jesús, los más pequeños, frágiles y vulnerables han de estar en el centro de la atención y los cuidados de todos.

José Antonio Pagola

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«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.». Domingo 24 de abril de 2016. 5º Domingo de Pascua

domingo, 19 de mayo de 2019
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30-pascuaC5 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 14, 21b-27: Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos.
Salmo responsorial: 144: Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.
Apocalipsis 21, 1-5a: Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.
Juan 13, 31-33a. 34-35: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.

El libro de los Hechos nos sigue presentado el éxito misionero de Pablo y Bernabé entre los gentiles, pues “Dios les había abierto la puerta a los no judíos para que también ellos pudieran creer” (v.27). Sus desvelos misioneros serían fuente de esa propagación del Evangelio que, extendiéndose a lo ancho del mundo “gentil”, llegaría hasta nosotros.

Por su parte Juan, el vidente de Patmos, alienta nuestra esperanza con su magnífica visión de “un cielo nuevo y una tierra nueva”, como la gran meta de nuestros esfuerzos por transformar las realidades de muerte que nos rodean y redimir al mundo con la fuerza vital arrolladora del Resucitado. Una nueva realidad de justicia, paz y amor fraterno habrá de traer “la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios y engalanada como una novia”. Es la esperanza maravillosa que podemos enarbolar frente a los catastrofistas que nos amenazan con una destrucción inexorable del mundo, sobre la base de supuestas profecías que en nada se condicen con las promesas de la Nueva Alianza que Cristo ha sellado con su pasión y su triunfo sobre la muerte. “Esta es la morada de Dios con los hombres –señala un entusiasmado Juan-; acampará entre ellos. Serán su pueblo, y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. El que estaba sentado sobre el trono dijo: Ahora hago el universo nuevo”.

El evangelio nos presenta unos cuantos versículos del gran discurso de despedida de Jesús en la noche de la Cena, donde el Maestro entrega su testamento espiritual a los discípulos: el gran mandato del amor como signo visible de la adhesión de sus discípulos a él y de la vivencia real y afectiva de la fraternidad. El mundo podrá identificar de qué comunidad se trata si los discípulos guardan entre sí este mandato del amor. Jesús rescata la Ley, pero le pone como medio de cumplimiento el amor; quien ama demuestra que está cumpliendo con los demás preceptos de la Ley. Es posible que en la comunidad primitiva se hubiera discutido cuál debía ser su distintivo propio e inequívoco. Para eso apelan a las palabras mismas de Jesús. En un mundo cargado de egoísmo, de envidias, rencores y odios, la comunidad está llamada a dar testimonio de otra realidad completamente nueva y distinta: el testimonio del amor.

Una de las principales causas por las que tantos cristianos abandonan la Iglesia radica justamente en la falta de un testimonio mucho más abierto y decidido respecto al amor. Con mucha frecuencia nuestras comunidades son verdaderos campos de batalla donde nos enfrentamos unos contra otros; donde no reconocemos en el otro la imagen de Dios. Y eso afecta la fe y la buena voluntad de muchos creyentes. Por cierto, no se trata de que nuestras comunidades y agrupaciones sean totalmente ajenas al conflicto, no; el conflicto es necesario en cierta medida, porque a partir de él se puede crear un ambiente de discernimiento, de acrisolamiento de la fe y de las convicciones más profundas respecto al Evangelio; en el conflicto –llevado en términos de respeto y amor cristiano mutuo- aprendemos justamente el valor de la tolerancia, del respeto a la diversidad, y el mejoramiento de nuestra manera de entender y practicar el amor. Del conflicto así entendido -inevitable donde hay más de una persona-, es posible hacer el espacio para construir y crecer. Para ello hacen falta la fe, la apertura al cambio y, sobre todo, la disposición de ser llenados por la fuerza viva de Jesús. Sólo en esa medida nuestra vida humana y cristiana va adquiriendo cada vez mayor sentido y va convirtiéndose en testimonio auténtico de evangelización. Leer más…

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19.5.19 Dom 5 pascua: Como yo os he amado

domingo, 19 de mayo de 2019
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gay-amor_560x280Del blog de Xabier Pikaza:

Amaos los unos a los otros. El testamento de Cristo

De penitencia me puso que le quisiera

Os doy un mandamiento nuevo: que os queráis unos a otros,  como yo os he querido. La señal por la que todos conocerán que sois mis discípulos  será que os amáis unos a otros 

El Evangelio de Juan  describe a Jesús como un hombre de amor, alguien que sólo dejó a los suyos en herencia el amor. Poco parece el amor como herencia, para alguien que quieres dineros, pero en sentido profundo es todo

‒ Juan supone que Jesús ha amado a los suyos con amor de hombre (como Cristo encarnado) y con amor de Hijo eterno de Dios. Ciertamente, él amaba a todos (¡tanto amó Dios al mundo…!), pero su amor se ha centrado de un modo especial en una comunidad de amigos (amados) con los que ha formado una escuela y semillero de amor (centrado en la comunidad del Discípulo amado).

‒ La vida de Jesús es experiencia de amor encarnado en una comunidad de amantes… En este contexto queda velado el amor a los “enemigos” (propio del Sermón de la Montaña de Lc y Mt); no se niega, pero queda en un segundo plano. Juan ha puesto de relieve el amor de Jesús a su Iglesia, a su  “comunidad de iluminados en amor”, comunidad-semilla, para transformar el mundo por amor.

‒ Esto dice  dice a los suyos: “quereros  unos a otros… (como yo os he querido). No excluye a los enemigos, pero pone en primer plano queda la comunidad de amantes… De esa forma ha creado una comunidad de amor, que se expresa en forma de iglesia. Así puede decir a los suyos “amaos unos a otros como yo os he amado”[1].

1. Así lo había dicho Pablo desde la cárcel donde estaba detenido por amor

Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, 6 un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos (Ef 4, 1-4).

 Ésta es la experiencia básica de Pablo y de sus seguidores: todos los hombres y mujeres pueden unirse en amor, formando un cuerpo, por medio de la iglesia. Pablo supone que habían sido en otro tiempo como niños, separados, enfrentados, dominados por leyes diversas que les impedían vivir en libertad. Pero Dios envío a su propio Hijo, para liberar a los que estaban dominados por leyes de diverso tipo, para que pudieran volverse mayores y vivir en comunión de amor (cf. Gal 4, 4).

2. El amor es fin y meta de la historia humana

Ésta es la experiencia escatológica, la certeza de que han llegado los últimos tiempos, pues se ha revelado la verdad definitiva del amor,   pues la justicia de Dios se ha revelado de tal forma que por ella los hombres pueden vivir y reconciliarse  en amor(cf. Rom 1, 17; 2 Cor 5, 11-21).

Otros han conquistado imperios (como Alejandro Magno) o han fijado instituciones nacionales (como el Moisés de la tradición judía). Pablo ha realizado algo más hondo: basándose en Jesús, ha suscitado y dirigido iglesias, es decir, comunidades mesiánicas sin más principio de vida que el amor, unidas entre sí, abiertas a toda la humanidad. De esa forma ha logrado algo que parecía imposible: que unos hombres y mujeres de orígenes distintos (pecadores, excluidos de la sociedad honorable) puedan juntarse y convivir de un modo eficaz, sin más principio ni norma que la gracia, entendida como amor mutuo liberado.

3. Iglesia, «estado general» de amor

En perspectiva católica, siguiendo el testimonio de Pablo, la iglesia es, ante todo, un espacio de amor universal, donde en todos los rollos estás escrito simplemente «quereros»; un lugar donde hombres y mujeres pueden crecer y desarrollarse en amor, sin más asignatura ni obligación que esa «quereros».  

Iglesia, amor de esposo-esposaLa iglesia es una esposa mesiánica: «De tal forma amó Cristo a su iglesia que murió por ella, le ofreció su propia vida», como el hombre ama a la mujer, como el marido a la esposa querida (cf. Ef 5, 25 s). En esa línea se dice que los obispos o animadores de las comunidades asumen el lugar de Cristo y son «esposos» de su iglesia; por eso llevan una alianza como signo de compromiso de fidelidad y entrega. Pero la fuerza de ese amor han de vivirla de algún modo todos los cristianos, varones y mujeres, siendo esposos-esposas de la iglesia, viviendo dentro de ella en una relación de bodas  de Caná (cf Jn 2, 1-11).

 La iglesia es un grupo mesiánico, cuerpo del Cristo. En el amor matrimonial hay un momento, peculiarmente profundo, cuando los esposos se hacen un mismo cuerpo, compartiendo no sólo el pan, sino la misma vida (cf. Ef 5, 28s; con cita de Gen 2, 23-24). La iglesia es un cuerpo compartido, es ámbito de amor y plenitud mesiánica: no es algo que está fuera, que yo utilizo y dejo después, a conveniencia. La iglesia soy yo, siendo con otros: formando con ellos un solo cuerpo.

Las dos imágenes (de matrimonio y de cuerpo) se unen. En el lugar donde ellas se cruzan y fecundan emerge la peculiaridad y sentido del amor hacia la iglesia. Ella aparece frente a mí y dentro de mí, como un amigo, un campo de amor que me ofrece su cariño y que recibe mi cuidado. Su amor me descentra, me lleva a superar el narcisismo egoísta de mi propia búsqueda y me abre hacia los otros; pero, al mismo tiempo, siento que la iglesia se halla dentro de mí mismo….

4. Amor de Madre, de pastor, de amigo

Amor de madre.Los católicos llaman a la iglesia «santa madre»: en el seno de sus aguas bautismales reciben la existencia de creyentes. Con su palabra y sacramento, la iglesia les engendra en el camino de la fe y de la esperanza. Por eso, es un signo cercano de la dimensión materna de Dios, expresada particularmente en el Espí­ritu santo, amor que funda y sostiene a los creyentes. Así aparece como casa-materna: hogar donde los cristianos aprenden a ser y caminar. Por eso, muchos sienten nostalgia y quisieran tornar a las raíces de la madre, para vivir así en el seno de Dios que es el Espíritu, en el seno del que mana el agua de la vida

Pastores y ovejas, amigos. Siguiendo en la línea del evangelio de Juan (Jn 21), los cristianos aparecen con frecuencia como ovejas de un rebaño al que sus pastores deben amar, en gesto de entrega persona y de comunicación de la vida (cf. Jn 10). Pero el mismo texto sabe que pastores y ovejas de la iglesia son amigos que se conocen y se comunican, amigos que comparten la vida en transparencia (cf. Jn 10, 14 15, 15). Pastores y rebaño acaban siendo espacio de amor universal fundado en Cristo.

5.Fraternidad y amistad

(a) La iglesia es una fraternidad donde no hay más padre-madre que Dios, ni más pastor-dirigente que Cristo: «no llaméis a nadie maestro, porque uno sólo es vuestro maestro (Jesús) y todos vosotros sois hermanos; no llaméis a nadie Padre…, no llaméis a nadie jefe…» (cf. Mt 23, 8-12). Estas palabras expresan el misterio de una iglesia donde sólo se puede hablar de tres amores. Hay un amor de Dios, que es padre/madre de quien recibimos la existencia, en gesto agradecido. Hay un amor de Cristo, maestro o dirigente universal, porque ha entregado su vida por todos. Hay un amor fraterno, que define la vida de todos los hombres y mujeres de la iglesia, en gesto de diálogo. Eso significa que no pueden establecerse jerarquías paternas o doctrinales dentro de la iglesia, porque el único padre es Dios y el único maestro es Cristo. Esta experiencia de fraternidad universal define el cristianismo.

(b) La iglesia es amistad: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 12-17). También aquí aparece el Padre, como fuente de todo amor y Cristo, como principio del nuevo “mandato”, que es mandato de amor (2)

La iglesia ha de ofrecer un espacio donde hombres y mujeres pueden ser amados. Vivimos en un tiempo en que corremos el riesgo de no tener ya referencias de amor. Es como si nos halláramos solos, en un mundo que nos ha “arrojado” a la vida, para que podamos sobrevivir, cada uno según sus fuerzas. Pues bien, en ese contexto, el conjunto de la iglesia puede y debe presentarse como espacio donde hemos nacido en amor y en amor podemos crecer y ser personas. En ese sentido ha de ser mantenida y profundizada la autoridad de la iglesia, entendida como ámbito de surgimiento y maduración, es decir, como verdadera “auctoritas”: como aquello que nos permite crecer en amor, viviendo de esa forma sin miedo al futuro.

6. Iglesia, una fiesta de amor

Ella no es sólo una “madre” que nos permite crecer, sino un lugar en el que debemos comprometernos a cumplir la tarea humana del amor. En ese segundo momento, dentro de la iglesia, amar implica esforzarse por cumplir el evangelio. Sin un compromiso fuerte de amor a favor de los demás no hay iglesia. Pues bien, amar en la iglesia (desde la iglesia) supone entregarse por los pobres, decidirse por la justicia, abrir un campo de esperanza de reino entre los hombres.

Finalmente, amar en la iglesia significa participar en el misterio de su fiesta. El amor eclesial se celebra como agradecimiento personal y búsqueda confiada (orante) y experiencia de reino (celebración comunitaria).  Toda la tradición cristia­na sabe que el amor eclesial se concretiza en el servicio hacia los pobres. Pero esa misma tradición confiesa que el amor liberador, que continúa el gesto de la vida de Jesús, se celebra en la liturgia de su pascua, en la comunión y compromiso de la eucaristía. Leer más…

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Jesús y Dios. Jesús, nosotros y los otros. Domingo 5º de Pascua. Ciclo C

domingo, 19 de mayo de 2019
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Nueva-JerusalénDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

«Vi la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo…»

El domingo pasado leímos que las ovejas seguían al pastor. Hoy el pastor abandona temporalmente a su rebaño, dejándole un encargo de última hora. Las dos primeras lecturas hablan de las persecuciones presentes y de la gloria futura en la nueva Jerusalén.

Lectura del evangelio según san Juan 13, 31-33a. 34-35

El evangelio de hoy, tomado del discurso de Jesús durante la última cena, aborda brevemente dos temas: Jesús y Dios; Jesús, nosotros y los otros. En realidad, el texto del cuarto evangelio incluye entre estos dos temas un tercero: Jesús y los discípulos. Los responsables de la selección no desaprovecharon la ocasión de suprimirlo.

Jesús y Dios. (Puede extrañar que no escriba “Jesús y el Padre”, pero en esta primera parte Jesús usa tres veces la palabra “Dios” y nunca “Padre”.)

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.

Estamos en la noche del Jueves Santo. Judas acaba de salir del cenáculo para traicionar a Jesús y este pronuncia unas palabras desconcertantes. “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él.”

            ¿Qué quiere decir Jesús? La primera dificultad está en que usa cinco veces el verbo “glorificar”, que nosotros no usamos nunca, aunque sepamos lo que significa. Nadie le dice a otro: “yo te glorifico”, o “Pedro glorificó a su mujer”. Sólo en la misa recitamos el Gloria, y ahí el verbo va unido a otros más usados: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos”. Pero, en el fondo, después de leer la frase diez o doce veces, queda más o menos claro lo que Jesús quiere decir: ha ocurrido algo que ha redundado en su gloria y, consiguientemente, en gloria de Dios; y Dios, en recompensa, glorificará también a Jesús.

¿Qué es eso que ha ocurrido ahora y que redunda en gloria de Jesús? Que Judas ha salido del cenáculo para ir a traicionarlo. Parece absurdo decir esto. Pero recuerda lo que dice la primera lectura: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. A través de la pasión y la muerte es como Jesús dará gloria a Dios, y Dios a su vez lo glorificará.

San Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales, anima al ejercitante, en momentos como este, a pedir la gracia de “alegrarse y gozarse de tanta alegría y gozo de Cristo nuestro Señor”. Algo fundamental, pero que podemos pasar por alto.

            Jesús, nosotros y los otros.

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

Esta parte, muy conocida, es fácil de entender y muy difícil de practicar. El amor al prójimo como a uno mismo es algo que está ya mandado en el libro del Levítico. La novedad consiste en amar “como yo os he amado”. La idea de que Jesús amaba solo a uno de los discípulos (“el discípulo amado”) no es exacta. Amaba a todos, y si a ellos les hubieran preguntado en aquel momento cómo les había amado Jesús dirían que eligiéndolos y soportándolos. Es mucho, pero hay una forma más grande de demostrar el amor: dando la vida por la persona a la que se quiere, como el buen pastor que da la vida por sus ovejas.

Cabe el peligro de concluir: “Si Jesús nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarlo a él”. Sin embargo, el mandamiento nuevo no habla de amar a Jesús, sino de amarnos unos a otros. Esto supone un cambio importante con respecto al libro del Deuteronomio, donde el mandamiento principal es “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Jesús, de forma casi polémica, omite la referencia a Dios y habla del amor al prójimo. Y lo mismo que a los israelitas se los reconocía por creer en un solo Dios dentro de un ambiente politeísta, a los cristianos se nos debe reconocer por amarnos unos a otros.

Sin embargo, cuando se conoce la historia de la Iglesia, queda claro que los cristianos nos distinguimos, más que por el amor mutuo, por la capacidad de pelearnos, no solo entre diversas confesiones, sino dentro de la misma. Curiosamente, la situación ha mejorado mucho entre las distintas confesiones, mientras los conflictos abundan dentro de la misma iglesia. Lo cual es comprensible. Es más fácil pelearse con el hermano que vive contigo que con el que ha formado su propia familia y está más lejos.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 14, 21b-27           

El domingo pasado se leyó la actividad de Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia, y las dificultades que promovieron al final los judíos y algunas señoras importantes, obligándoles a huir de allí. Marchan entonces a Iconio, Listra y Derbe (el mapa ayuda a seguir el itinerario). Lo que allí ocurrió no se lee en la misa, pero es importante recordarlo brevemente para comprender la lectura de hoy (el que quiera puede leer el capítulo 14 de los Hechos, que es muy interesante).

En Iconio predican con bastante éxito, pero al final la gente se divide, algunos intentan apedrearlos y tienen que huir de nuevo.

            En Listra curan a un tullido y la gente los consideran dioses; ellos consiguen con dificultad que no les den culto. Pero vienen judíos de Antioquía e Iconio que ponen a la gente contra Pablo; lo apedrean y lo arrastran fuera de la ciudad dándolo por muerto. Los discípulos lo recogen y al día siguiente huye con Bernabé hacia Derbe.

En Derbe anuncian el evangelio y ganan bastantes discípulos. Allí no se dan persecuciones. Terminada la predicación, emprenden el viaje de vuelta a Antioquía de Siria (donde habían comenzado el viaje misionero), pasando por las mismas ciudades que ya habían evangelizado. Este viaje de vuelta es el tema de la lectura de hoy.

En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios.

En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.

El viaje de vuelta, contado tan esquemáticamente, debió de durar, como mínimo, uno o dos meses. Pero Lucas no se detiene a contar con detalle lo ocurrido. Para él es más importante indicar la conducta de los apóstoles. En todas las comunidades hacen lo mismo durante la vuelta:

1) Confortar y exhortar a perseverar en la fe. “Confortar” es un verbo exclusivo de Hch (14,22; 15,41; 18,23) y siempre tiene por objeto a los discípulos o a las comunidades (no a individuos). ¿Cómo se conforta y exhorta? Advirtiéndoles de la realidad: “hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios”. Igual que Pablo y Bernabé han tenido que sufrir para anunciar el evangelio; igual que Esteban fue apedreado hasta la muerte (Hch 11,19). Las persecuciones y tribulaciones forman parte esencial de la vida cristiana.

2) Designar responsables. Esta palabra griega, presbitérous, etimológicamente designa a los “ancianos”, pero en la práctica se aplica a los responsables de la comunidad y terminará adquiriendo un matiz muy concreto: sacerdote. Pero no es eso lo que designan los apóstoles, sino simples encargados de dirigir la comunidad, las asambleas litúrgicas, etc.

3) Celebrar liturgias de oración y ayuno, en las que encomiendan a la comunidad al Señor.

Finalmente, cuando llegan a Antioquía de Siria, pueden dar la gran noticia: Dios ha abierto a los paganos la puerta de la fe. Ha comenzado una etapa nueva en la historia de la iglesia y de la humanidad.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a

Si la primera lectura se fija sobre todo en las tribulaciones por las que hay que pasar para entrar en el reino de Dios, la segunda, del Apocalipsis, habla de ese reino de Dios, del mundo futuro maravilloso. No es literatura de ficción, aunque lo parezca. Los cristianos del siglo I estaban sufriendo numerosas persecuciones, y la certeza de un mundo distinto era el mayor consuelo que podían recibir.

 Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.» Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Todo lo hago nuevo.»

Aunque el lenguaje es muy distinto, la idea de fondo es la misma en las dos primeras lecturas: ahora mismo, la comunidad padece grandes tribulaciones (Hch), hay lágrimas, muerte, luto, llanto, dolor (Ap), pero todo esto llevará al reino de Dios (Hch) y a un mundo maravilloso (Ap).

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V Domingo de Pascua. 19 mayo, 2019

domingo, 19 de mayo de 2019
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5-Do-PAscua

«La señal por la que os reconocerán como discípulos míos…»

(Jn 13, 31-35)

¿Qué otra cosa podemos querer cada uno de nosotros en el momento de la muerte que dejar como legado a nuestros seres queridos un deseo de amor y unidad entre ellos, para nuestra familia, para nuestra comunidad, para nuestro grupo? Así, tan humano, se muestra Jesús en su última cena, en su última despedida: «amaos los unos a los otros».

Sin embargo da un paso más y nos invita a recibir nuestra identidad conscientemente y a trabajar por ser dignos, dignas, de llevarla encima. Se lo oí a un sacerdote en una homilía y mis oídos se estremecieron ante una afirmación tan rotunda y tan, he de  reconocerlo, profundamente verdadera. Dijo: «la señal de los cristianos no es la cruz sino el amor».

Como monja trinitaria la redención, el sentirme redimida, el saber a la humanidad redimida, forma parte de nuestra manera particular de vivir en la Iglesia. La cruz es un elemento clave porque nos recuerda que Cristo se entregó hasta la muerte por cada una de nosotras, por cada uno de nosotros.

Y a veces, es verdad, nos quedamos mirando las heridas que sangran y se nos pasa por alto el motivo, que no es el odio, ni la soledad, ni el abandono, el único motivo por el que Cristo está ahí clavado en la cruz es el amor. Tan fácil y tan complejo como amarnos a pesar de nuestras diferencias, a pesar de nuestras incomprensiones, a pesar de nuestros conflictos. Siempre, por encima, Jesús nos recuerda que ha de estar nuestro amor mutuo y que solo ese amor será la manera de reconocernos como hermanos, como hijos.

Hoy también es el día del amor.

Feliz día. Feliz domingo.

Oración

“Tú me conoces y me sondeas,
tú me amas y confías en que el amor será el motor de mi vida,
el amor que tú has puesto en mi corazón
para entregar a mi prójimo
porque si no amo a quien veo,
¿cómo podré amarte a ti, a quien no veo?”

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Vida, Amor, Unidad forman una sola realidad.

domingo, 19 de mayo de 2019
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1405782261Jn 13, 31-35

El evangelio de hoy también está sacado de un discurso de Jesús en el evangelio de Jn; el último y más largo, después del lavatorio de los pies. Es un discurso que abarca cinco capítulos, y es una verdadera catequesis a la comunidad, que trata de resumir las más originales enseñanzas de Jesús. No se trata de un discurso de Jesús, sino de una cristología elaborada por aquella comunidad a través de muchos años de experiencia y convivencia cristianas. En el momento de la cena, los discípulos no hubieran entendido nada del discurso.

El mandamiento del amor sigue siendo tan nuevo que está aun sin estrenar. No se trata solo de algo muy importante; se trata de lo esencial. Sin amor, no hay cristiano. Nietzsche llegó a decir: «solo hubo un cristiano, y ese murió en la cruz»; precisamente porque nadie ha sido capaz de amar como él amó. Como decíamos el domingo pasado, solo el que hace suya la Vida de Dios será capaz de desplegarla en sus relaciones con los demás. La manifestación de esa Vida es el amor efectivo a todos los seres humanos.

La pregunta que debo hacerme hoy es: ¿Amo de verdad a los demás? ¿Es el amor mi distintivo como cristiano? No se trata de un amor teórico, sino del servicio concreto a todo aquel que me necesita. La última frase de la lectura de hoy se acerca más a la realidad si la formulamos al revés: La señal, por la que reconocerán que no sois discípulos míos, será que no os amáis los unos a los otros. Hemos insistido demasiado en lo accidental: en el cumplimiento de normas, en la creencia de verdades y en la celebración de unos ritos.

Seguimos presentando el amor como un precepto. Así enfocado, no puede funcionar. Amar es un acto de la voluntad, a quien solo mueve el bien. Esto es muy importante, porque si no descubro la razón de bien, la voluntad no puede ser motivada. Si me limito a cumplir un mandamiento, no tengo necesidad de descubrir la razón de bien en lo mandado, sino solo obedecer al que lo mandó. Aquí está el error. El que una cosa esté mandada, me tiene que llevar a descubrir por qué está mandada; me tiene que llevar a ver en ella la razón de bien. Si no doy este paso, será para mí una programación sin consecuencias.

Ahora es glorificado el Hijo de hombre y Dios es Glorificado en él. Jesús ha lavado los pies a los discípulos y su muerte está decidida. ¿Dónde está la gloria? Allí donde se manifiesta el amor. Ese amor manifestado, es a la vez, la gloria de Dios y la gloria de Jesús. En el griego profano, “doxa” significaba simplemente opinión, fama. El “kabod” hebreo que traducen por doxa los LXX, significaba, por una parte, la trascendencia y la santidad de Dios que el hombre debe reconocer. Juan mantiene el sentido de “gloria” de Dios, que también atribuye al Hijo. Jesús en todas sus obras, manifiesta la “doxa” de Dios.

Lo original de Juan es que esa gloria no se manifiesta en los actos espectaculares de poder, sino en los actos que expresan el Amor-Dios. La gloria de Dios es el Amor manifestado. No se trata de fama y honor. Tampoco se trata de majestad, esplendor o poder. La gloria de la que habla Jn no es algo externo; está en la misma esencia de la persona. Morir por los demás es la mayor gloria, porque es la mayor manifestación posible de amor. La gloria de Jesús no es consecuencia de su muerte, es la misma muerte por amor. Ni Dios ni Jesús después de morir, pueden recibir otra clase de gloria que amar como ellos aman.

Les llama Hijitos” (teknia) diminutivo de (tekna). En castellano el cariño se expresa mejor con el posesivo “hijitos míos”. Esta expresión está justificada porque se trata de un momento íntimo y emocionante. Les anuncia su próxima muerte, por eso lo que sigue tiene carácter de testamento. Lo que Jesús pide a los suyos es un amor incondicional y a todos sin excepción. Todas las normas, todas las leyes tienen que orientarse a ese fin.

Igual que yo os he amado. El “igual que yo” no es solo comparativo, sino originante. Debéis amaros porque yo os he amado, y tanto como yo os he amado. El Amor-Dios no se puede ver, pero se manifiesta en las obras. Es la señal de identidad del cristiano. Es el mandamiento nuevo, opuesto al antiguo, la Ley. Queda establecida la diferencia entre las dos Alianzas. La antigua basada en una relación jurídica de toma y da acá. En la nueva, lo único que importa es la actitud de servicio a los demás. No se trata de una ley, sino de una respuesta personal a lo que Dios es en nosotros. “Un amor que responde a su amor”.

Jesús no propone como primer mandamiento el amar a Dios, ni el amor a él mismo. Dios es don total y no pide nada a cambio. Ni él necesita nada de nosotros, ni nosotros le podemos dar nada. Dios es puro don. Se trata de descubrir en nosotros ese don incondicional de Dios, que a través nuestro debe llegar a todos. El amor a Dios sin entrega a los demás es pura farsa. El amor a los demás por Dios y no por ellos mismos, es una trampa que manifiesta egoísmo. El amar para que Dios me lo pague no es más que una programación calculada. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios, sino al hombre.

Jesús se presenta como “el Hijo de Hombre” (modelo de ser humano). Es la cumbre de las posibilidades humanas. Amar es la única manera de ser plenamente hombre. Él ha desarrollado hasta el límite la capacidad de amar, hasta amar como Dios ama. Jesús no propone un principio teórico, y después dice que vamos a cumplirlo todos. Jesús comienza por vivir el amor y después dice: ¡imitadme! El que le dé su adhesión quedará capacitado para ser hijo, para actuar como el Padre, para amar como Dios ama.

En esto conocerán que sois discípulos míos. El amor que pide Jesús tiene que manifestarse en todos y cada uno de los aspectos de la existencia. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ritos, o normas. El distintivo será el amor manifestado. La base y fundamento de la nueva comunidad será la vivencia, no la programación. Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como Padre y cada miembro lo imita, haciéndose hijo y hermano.

Que os améis unos a otros, se ha entendido a veces como un amor a los nuestros. Algunas formulaciones del NT, pueden dar pie a esta interpretación. No, desde cada comunidad cristiana, el amor tiene que llegar a todos. No se trata de amar a los que son amables (dignos de ser amados), sino de estar al servicio de todos como si fueran yo mismo. Si dejo de amar a una sola persona, mi amor evangélico es cero. No se trata de un amor humano más. Se trata de entrar en la dinámica del amor-Dios. Esto es imposible si primero no experimentamos ese AMOR. ¡Ojo! esta verdad es demoledora.

Después de todo lo comentado en esta pascua, podemos hacer un resumen. La Vida, que se manifestó en Jesús, es el mismo Dios-Vida que se le había entregado absolutamente. Ese Dios-Vida, que también se da a cada uno de nosotros, nos lleva a la unidad con Él, con Jesús y con todos los hombres. Esa identificación absoluta, que se puede vivir, pero que no se puede ver, se manifiesta en la entrega y la preocupación por los demás, es decir, en el amor. El amor evangélico, no es más que la manifestación de la unidad vivida.

Meditación

Amor es la única respuesta posible al Amor, que es Dios.
Como ser humano, Jesús experimentó ese AMOR.
Toda su vida es consecuencia y manifestación de esta vivencia personal.
También para nosotros es ese el único camino.
Sin esa experiencia de que Dios es AMOR en mí,
el mensaje evangélico se quedará fuera de mi propio ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Don y revelación

domingo, 19 de mayo de 2019
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suenos-tierraLos árboles son santuarios. El que sabe hablarles, el que sabe escucharles, descubrirá la verdad  (Hermann Hesse)

19 de mayo. DOMINGO V DE PASCUA

Jn 13, 31-33ª 34-35

En eso conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros (v35)

Mark Twain, escritor y orador estadounidense escribió obras tan interesantes como El príncipe y el mendigo y Diarios de Adán y Eva. En este último he leído la esta frase de Adán mientras, paseando por el Paraíso Terrenal, contemplaba con admiración las cataratas del Niágara: “Entonces tuve de pronto una brillante idea, a la que di rienda suelta diciendo: “Pero cuánto más maravilloso sería verla precipitarse hacia arriba”.

Personalmente, estas palabras tan imaginativas han despertado en mi mente la quizás igualmente descabellada idea de que este mandamiento nuevo de Jesús a sus discípulos, el amor de donación, debería llevarnos a poner también patas arriba el pensamiento rutinario de la visión vulgar de unas cataratas cayendo ritualmente hacia abajo.

Ya San Pablo señalaba tales dificultades cuando decía en 1 Corintios 12:“Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu…, a los demás, discernimiento de espíritus…”.

Todas estas formas de actuar nos llevarían un tejido social de notas y personas perfectamente polifónico, que aquellas ideas doloridas se transformaran en motores ayudaran a despegar en un velo ascendente hasta que el sol de la evidencia nos ayudara en el discernimiento paulino.

Como nos gustaría también que todas estas cosas sucedieran cuanto antes o si necesario fuera que los cristianos asistieran a tal alumbramiento, y estuvieran ausentes, solicitaríamos el milagro que pidió Ana Comnena, esposa de emperador Alejo I, puesto que su marido estaba lejos en el campo de batalla y deseaba que asistiera al parto. Cuando su madre Irene Ducas estaba a punto de traerla al mundo, y para dar tiempo a que llegara el padre, hizo la señal de la cruz sobre su vientre, pidiéndole su hija que esperase a nacer hasta que Alejo regresara. Se presentó a los dos días del ruego de la madre.

Yo haré también mi ritual signum crucis, y espero se repita pronto otra vez dicho misterioso milagro.

Hermann Hesse dice que Los árboles son santuarios. El que sabe hablarles, el que sabe escucharles, descubrirá la verdad. ¿Sabremos nosotros interpretar correctamente sus cuitas interminables cuando nos paseamos perezosamente por los bosques de nuestra interioridad humana?

 

Soñar nuestras ideas es siempre sorprendente y la Naturaleza nos lo ofrece perennemente gratis, como apunta Aristóteles.

“La Naturaleza es un espectáculo que se desarrolla ante el hombre”, decía el filósofo ateniense.

LOS SUEÑOS DE LA TIERRA

Los sueños de la Tierra son dorados
circunvalando al sol en rotar
inmenso, Inmenso y repetido caminar
siguiendo los senderos señalados.

No importan si de tierra o asfaltados,
pues tus alas te llevan al altar
de los cielos en perenne rodar,
sobre ligeros vientos ya soñados.

Misterioso soñar y loco anhelo
de una optimista realidad
que vuela sin cesar y sin recelo.

Y más allá de ti, tu libertad
Recorre sin parar picos y celos
hasta lograr tu más bella bondad.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Qué imagen nos identifica como cristianos?

domingo, 19 de mayo de 2019
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VOCACIÓN 67Juan (13,31-33a.34-35)

Vivimos en la época de la imagen. Nos preocupa e interesa la imagen que damos, la que tienen de nosotros y la que vemos en los demás. Hacemos fotos que difundimos por internet; se hacen virales ciertas imágenes en muy poco tiempo y ellas configuran las conversaciones, las ideas, los gustos y… ¡cuántas veces las opciones de muchos de nosotros!

Muchas veces, la señal de pertenencia a un grupo o el modo de participar en un evento es llevar la “misma” camiseta, pañuelo, distintivo… ¡Qué cómodos nos sentimos unidos de este modo a un grupo grande, amparados y arropados por otros, fácilmente reconocibles como “de los nuestros”!

En este contexto, y partiendo del evangelio de este domingo, podemos preguntarnos, ¿cuál es la imagen que damos los cristianos? ¿Qué imagen nos identifica? ¿Qué imagen difundimos?…

Los primeros cristianos tenían muy claro, en una época en que lo virtual no existía, que había una señal por la que se les reconocía. Su vida, desde que eran seguidores de Jesús, era tan distinta que no pasaba desapercibida. El evangelio de Juan pone en boca de Jesús: “La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”

Jesús no está en esta cultura de la imagen, de lo externo, de lo que brilla superficialmente… Y nos habla del amor. Pero del amor con estilo propio: “Como yo os he amado”.

La señal de “los suyos” no es algo que se “pone encima”, no consiste en teñir todo de un determinado color, repetir unas determinadas fórmulas o practicar unas mismas costumbres incluso piadosas…

La señal de los cristianos es algo que sale de lo profundo de la persona y compromete toda la vida. Es, a la vez, un regalo y un mandato: lo hemos recibido como don, porque no podemos amar como Jesús, si el Espíritu no cambia nuestro corazón, y a la vez tenemos que vivirlo cada día como ardua tarea.

El signo distintivo de los cristianos no es cualquier amor, es amar como Jesús nos ama a cada uno de nosotros. Y para descubrir más plenamente cómo nos ama, rebobinamos y recordamos su vida y su muerte.

Leemos las primeras frases de este evangelio a la luz del amor que Jesús tiene a sus discípulos. Y las leemos en el contexto que nos marca el evangelio de hoy: en la última cena, cuando Jesús siente que son los últimos momentos que pasará con ellos, cuando Judas sale del cenáculo.

Juan afirma que Judas salió, y esta salida pone en marcha toda la trama de la traición. Judas ha estado mucho tiempo con Jesús, le ha escuchado, pero ahora se “escapa” se autoexcluye del grupo, de la comunidad de Jesús.

Es una decisión que, en un momento o en otro, todos tenemos que tomar. Porque cada uno de nosotros tenemos la posibilidad de “salir” del cenáculo o de quedarnos con Jesús y con la comunidad. ¿Nos animamos a poner nombres y a confesarnos a nosotros mismos las veces que “hemos salido” dejando a Jesús con los otros discípulos?

Pero si nos quedamos, si apostamos por permanecer en la comunidad de sus seguidores, tantas veces defectuosos y hasta difíciles, escucharemos y podremos comprender y compartir el camino del seguimiento.

Escucharemos a Jesús que, en los últimos momentos de su vida, nos dice lo realmente importante, como hacemos todos cuando vemos que la vida y el tiempo se nos acaban. Y nos lo dice en tono cariñoso, de confidencia, llamándonos “hijos míos”:

– Llega el momento del triunfo de Dios, aunque me veáis en la cruz, despreciado, abandonado, traicionado… Tenéis que ver a través de ello la gloria del Padre, la que yo comparto con Él.

– Y solo una encomienda, un deseo, un mandato: amaos y hacedlo de forma que este amor os defina, os distinga y caracterice. Amaos como yo os he amado.

Con la luz del Espíritu y la fuerza de la comunidad podremos celebrar el triunfo del resucitado, que pasa por la muerte en cruz; podremos empeñarnos en amar sin condiciones, a los que nos aman y a los que nos traicionan o abandonan, a los que son de los nuestros y a los que se consideran de otros grupos…

Si estamos dispuestos, si nos dejamos conquistar por este amor, lo intentaremos una y otra vez. Si confiamos en que la fuerza de este amor que se nos regala nos irá cambiando… ¡permanecemos con Jesús en el cenáculo! En ese espacio donde se come y bebe, se comparte la vida en profundidad y se escucha al amigo en comunidad. Y esto, nos identifica y llena nuestra vida.

Mª Guadalupe Labrador, fmmdp

Fuente Fe Adulta

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