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Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 08 de agosto de 2021

domingo, 8 de agosto de 2021
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No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre, que me ha enviado”

(Jn 6,41-51)

Podemos comenzar transformando en positivo este versículo: “Bendecid. Solo puede venir a mí quien es atraído por el Padre”.

El seguimiento de Jesús no tiene su origen en nosotras, la iniciativa primera es de Dios. Es Dios quien atrae, quien despierta la sed, quien suscita el deseo… Nuestra parte está en ese ir a Jesús, acercarnos y seguirle, escucharle y dejarnos hacer por Él.

Los judíos que le escuchaban le criticaban porque creían saber quién era, de dónde venía, quiénes eran sus padres… Pero parece que Jesús les pide que vayan más allá, que traspasen ese muro de creer saberlo todo… y se dejen acariciar por el regalo de la novedad de su amor.

Juan, en esta parte del Evangelio, nos propone recordar a los israelitas que, al poco de huir de Egipto, en Éxodo 16, se quejan a Moisés y a Aarón por no tener qué comer.

También se nos invita hoy a mirar nuestras críticas y nuestras murmuraciones. En la Iglesia nos es muy fácil criticar a otras personas que no siguen a Cristo como nosotras, que oran de diferentes maneras, que tienen otros compromisos y otra forma de expresar su fe… Ojalá, cuando lo hagamos, escuchemos a Jesús diciéndonos: todas las personas que vienen a mí han sido atraídas por el Padre. Quizás comencemos a sentirnos realmente hermanadas, nos alegremos al descubrir la riqueza de las seguidoras de Cristo…

Cuando era adolescente, discutía mucho con mi hermano y luego iba quejándome a nuestra madre. Ella intentaba calmarme y me decía: “Pero, ¿por qué discutís tanto? ¡Si en el fondo sois los dos iguales!”. No le entendía nada. Luego me he dado cuenta “de mayor” que nos pasa lo mismo… Nos molesta y criticamos a las demás personas pero, en el fondo (nos guste o no), nos parecemos muchísimo… Hemos sido creadas a imagen y semejanza de Dios, ¿no?

Oración

Gracias, Trinidad Santa, por atraernos hacia Ti.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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En Jesús, debemos descubrir la divinidad.

domingo, 8 de agosto de 2021
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050319090901Jn 6, 41-52

Seguimos en el c. 6 del evangelio de Jn. Aumenta la tensión entre los judíos y Jesús. A medida que Jesús va profundizando en la enseñanza y ellos creen entender lo que quiere decir, se hace más insoportable su mensaje. La propuesta sigue siendo la misma, pero va apareciendo la enorme diferencia que existe entre lo que ellos han aprendido de los rabinos y lo que Jesús les quiere trasmitir. Recordemos que el balance final no puede ser más desolador; de los cinco mil quedaron doce, y uno es Judas.

Lo criticaban porque había dicho: yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Bajar del cielo es una de las claves para comprender a Jesús en este evangelio. Siguen las alusiones al AT. “Criticaban” es el mismo verbo que la versión de los LXX utiliza para hablar de las murmuraciones en el desierto. Los israelitas murmuraron contra Moisés en el desierto por no darles de comer como comían en Egipto. Les recuerda que el pueblo estuvo contra Moisés en los momentos difíciles. Aquellos no confiaron en Moisés y estos no confían en él.

¿No es este el hijo de José? En los sinópticos, hacen el mismo comentario los vecinos de su pueblo. El mayor obstáculo para acercarse a Jesús, es conocerlo demasiado. Para su mentalidad, que no superaba la idea del dios antropomórfico, la lógica es aplastante. Si es hijo de José y de María, no puede ser hijo de Dios. Hoy apreciamos el ridículo que supone contraponer la paternidad de Dios y la de José. Son realidades de naturaleza distinta. Hemos caído en la trampa al revés: Jesús no puede ser hijo de José, porque es hijo de Dios.

Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae. Más de 90 veces hace Juan referencia al Padre, Pero lo entendemos mal. Nuestro concepto de padre tenemos que cambiarlo por el de principio, origen, fundamento, germen, comienzo, razón de ser, realidad última. La última realidad no se puede expresar con palabras ni con imágenes, por eso encontramos en los evangelios tantas aparentes contradicciones. El mismo Jesús dice en otro lugar: “Nadie va al Padre si no es por mí”. Para llegar a la Verdad, tenemos que ir más allá de los contrarios.

Y yo lo resucitaré el último día. Debemos tener mucho cuidado con esta frase. Lo que normalmente hemos entendido por resurrección, no sirve para descubrir el sentido. Es una manera de decir que está tratando de una Vida, a la que no afecta la muerte. “Hemos pasado de la muerte a la vida, lo sabemos porque amamos a los hermanos”. La Vida definitiva tiene que tener un alimento también trascendente. Ese alimento tiene el mismo origen que tiene esa Vida: Dios. “El último día” esa Vida permanecerá idéntica a hoy.

Serán todos discípulos de Dios. También Jesús es discípulo, el mejor; por eso puede ser a la vez maestro. Ir a Jesús, ir al Padre, es conocerlos, no por vía racional, sino por vía vivencial. La fe es actitud vital y no asentimiento a verdades teóricas. “Esta es la salvación, que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo”. Solo la persona que ha tenido experiencia de Dios, puede comprender lo que otra diga de Él. Ellos estaban incapacitados para comprender a un Dios que está al servicio del hombre. Para ellos, Dios es el Soberano, el Señor. La única relación que cabe con Él es un servilismo de toma y da acá.

Vuestros padres comieron el maná en el desierto, pero murieron. Una nueva referencia al maná para dejar bien clara la diferencia. El maná alimenta el cuerpo que tiene que morir. Jesús, como pan de Vida, alimenta el espíritu con una Vida a la que no afecta la muerte. Esa es la diferen­cia. La expresión “pan de Vida” no se encuentra en ninguna otra parte de la Biblia; eso indica la originalidad de la doctrina de Juan. La VIDA, con mayúsculas, es el tema fundamental de todo el evangelio de Juan. Se trata de la misma Vida de Dios. Más adelante nos dirá: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre”. No se trata de vida material ni algo parecido pero espiritual. Se trata de la VIDA que es el mismo Dios.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que come de este pan vivirá para siempre. Jesús es el alimento de la verdadera Vida. Este es el mensaje de Juan. Dios lo es todo para Jesús, y lo tiene que seguir siendo para todo cristiano. Jesús no puede suplantar en ningún momento a Dios. En este capítulo, más de quince veces se hace referencia a Dios, para dejar claro que el verdadero protagonista es Él, no Jesús. Es verdad que, con el tiempo, los cristianos terminaron predicando a Cristo, pero era solo una manera de comunicar su mensaje. Ya en las primeras comunidades se pasó del Jesús que predica, al Cristo predicado. En el evangelio de Juan se ha dado ya claramente este paso.

El pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo. No pueden comprender que su Dios se pueda manifestar en la carne. Recordemos que “carne”, para los judíos, era el mismo ser humano pero en su aspecto más bajo; lo que le hacía limitado y contingente; aquello por lo que le venían todos sus “males”: dolor, enfermedad, muerte… Es tal vez la afirmación más rotunda sobre la encarnación en todo el NT. Para ellos, Dios era lo contrario de cualquier limitación. Para ellos un Dios-carne, un Dios ‘limitado’ es inaceptable. Jesús quiere hacerles ver que el Espíritu se manifiesta siempre en la carne. No puede haber don del Espíritu donde no hay carne. El significado de esta afirmación hay que entenderlo bien.

La grandeza de la carne consiste en que está informada y trasformada por el Espíritu, sin dejar de ser carne. Desde ahora, solo se puede encontrar a Dios en la realidad concreta y en el Hombre. Esa transformación es la que está manifestando el evangelio de Juan desde el principio. Pensemos en el diálogo con Nicodemo: “Hay que nacer de nuevo”. “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu”. La carne es neutral; puede ser la base de lo más bajo y de lo más sublime; depende de cada uno. Nuestro gran error consiste en seguir pensando que, para acercarse a Dios, hay que alejarse de la carne.

Un Dios involucrado en la carne sigue siendo inaceptable. Por eso hemos descarnado la persona misma de Jesús. La carne sigue siendo para nosotros perversa. La Escritura dice que el Verbo se hizo carne, pero nosotros nos empeñamos en decir que la carne (Jesús) se hizo Dios. El Dios identificado con la carne (con toda carne) no interesa a los dirigentes, porque hace imposible la manipulación de los intermediarios. Pero es inaceptable también para los cristianos de a pie, porque nos impide la relación intimista que no pasa por el encuentro con los demás.

Hemos convertido la misma eucaristía en cosa sagrada en sí, olvidándonos de que es, sobre todo, sacramento (signo) del amor y de la entrega a los otros. El fin de la eucaristía no es el consagrar un trozo de pan y un poco de vino sino hacer sagrado (consagrar) a todo ser humano, identificándolo con Dios mismo y haciéndole objeto de nuestro servicio y adoración. Cada vez que nos arrodillamos ante Dios, estamos creando un ídolo. Dios no es objetivable. Cuando me arrodillo estoy poniendo a Dios de rodillas ante mi falso yo, que intento potenciar. Seguimos empeñados en que en la eucaristía, el pan se convierte en Jesús, pero el evangelio dice que Jesús se convierte en pan. No tengo que adorar a Jesús, convertido en pan sino convertirme yo en pan, como él, para que todos me coman.

Meditación

La vida biológica no tiene más remedio que acabar.
Si hago mía la misma Vida de Jesús,
ya estoy en la eternidad, aquí y ahora,
porque he integrado la Vida de Dios en mí.
Solo tengo que descubrir y vivir lo que ya soy.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Pan para el camino.

domingo, 8 de agosto de 2021
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Jn 6, 41-52

«Yo soy el pan vivo bajado del cielo»

Estamos acostumbrados a las grandes síntesis teológicas de Juan; a su empeño en poner en boca de Jesús palabras que en realidad son suyas (de Juan), lo que nos impide saber si alguna vez Jesús dijo estas cosas. No obstante, la idea es preciosa y vamos a tratar de desarrollarla brevemente.

Somos caminantes. El libro del Éxodo es una excelente metáfora de nuestra vida: “Desde la cómoda esclavitud de nuestras pasiones, por el desierto de la vida hacia la casa del Padre”. Y es cierto que podemos decidir no caminar, o que, cansados, decidamos quedarnos en algún albergue confortable del camino, pero si decidimos seguir adelante, necesitaremos alimento para reponer las fuerzas.

Unos buscan ese alimento en los sacramentos, en la liturgia, en los ritos. Otros lo buscan en su interior; en la oración, en el silencio, en la meditación. Otros en la propia comunidad de creyentes… Y la experiencia nos dice que todo esto es eficaz, y que nos alimenta, pero lo que aquí dice Juan es que el pan es Jesús mismo: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si uno come de este pan vivirá para siempre…»

Tratando de descifrar el simbolismo de estas expresiones, podemos pensar que nuestro pan, nuestro alimento, es la propia praxis de Jesús, son sus criterios, es su proyecto colosal, lo que significa que nos alimentamos cuando perdonamos, cuando compadecemos, cuando damos de comer, cuando trabajamos por la paz y la justicia… Porque el compromiso con el Reino genera un círculo virtuoso que se alimenta a sí mismo, y así, cuanto más compromiso asumimos, mejor alimentados estamos para comprometernos más.

Y, lógicamente, podemos dudar del acierto de esta interpretación, pero tiene a su favor dos factores que casi podríamos calificar de empíricos. El primero nos viene de fuera de nosotros, pues vemos que las personas que han decidido apostar sin reservas por los criterios del Reino, lo hacen cada vez con mayor fuerza y convicción. La segunda la encontramos dentro de nosotros, pues cuando actuamos de este modo notamos que nuestro ánimo se conforta, y nos sentimos mejor.

Pero si esto es así, es decir, si es la acción lo que nos alimenta ¿para qué sirven la oración, los sacramentos, el silencio…? Pues siguen siendo cruciales porque evocan al Espíritu, y como decía Ruiz de Galarreta: «El camino de seguir a Jesús no es sin más una decisión humana, sino una obra del Espíritu; del viento de Dios en nosotros».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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La salvación como pan repartido y compartido.

domingo, 8 de agosto de 2021
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Jn 6, 41-51

El lenguaje del evangelio de Juan es, sin duda, difícil de entender para la gente que habitamos el siglo XXI porque tiene conceptos e imaginarios que están ya muy lejos de nuestra cosmovisión y de nuestros referentes religiosos. Sin embargo, cuando intentamos traducir sus conceptos y categorías descubrimos que trasmite un mensaje hondo y de gran sensibilidad.

El relato de hoy nos sitúa en uno de los grandes títulos que el Evangelio da a Jesús: Pan de vida. Después de la multiplicación de los panes (Jn 6, 1-13), el evangelio desarrolla un extenso diálogo entre Jesús y los presentes sobre el significado del signo que ha realizado. En él se van entrelazando el recuerdo de la memoria liberadora del éxodo, que Israel atesoraba como signo del cuidado y protección que Dios había manifestado con él, y la nueva oferta salvadora que Jesús anuncia y encarna (Jn 6, 28-40).

El maná en el desierto recuperó la vida del pueblo, ahora Jesús, es el nuevo pan que Dios envía y lo hace ya no de forma puntual e histórica sino encarnada en la vida y la palabra de Jesús.

«¿No es este Jesús, el hijo de José?»

Las comunidades que dieron a luz este evangelio vivieron conflictos importantes, se sintieron amenazadas en algunos momentos y necesitaron esforzarse por llegar a consensos que les permitiesen hacer camino como grupo en su fe en Jesús y no perder la comunión con otras comunidades que tenían sensibilidades diferentes.

El texto de este domingo tiene en su trasfondo esta realidad y en él se vislumbra con claridad las dificultades experimentadas con los grupos judíos que no reconocían el mesianismo de Jesús y estaban lejos de entender su mensaje y la entrega de su vida por hacer posible la acción salvadora de Dios. Por eso, Juan recoge la incredulidad de algunos que no podían entender que alguien tan familiar, tan humano pudiese ser portador de un mensaje tan trascendente.

La cotidianeidad, humildad y cercanía de Jesús cuestiona porque, con frecuencia, pensamos que lo de Dios tiene que ser a lo grande. Lo pequeño, lo de la puerta de al lado, lo familiar nos parece que no puede representarlo suficientemente. Eso es lo que pensaron algunos de los paisanos de Jesús cuando le criticaban que se declarara tan familiar con Dios y abriese con su vida un espacio nuevo de salvación.

Jesús, el hijo de José y María, es capaz de ofrecer un nuevo comienzo de liberación, de encuentro con Dios, de esperanza para quien desfallece, de horizonte de futuro. Pero sólo creyendo en Jesús es posible acoger y experimentar la confianza y la vida renovada (Jn 6, 43-50).

Yo soy el pan de la vida

En los versículos anteriores Jesús se había definido a sí mismo como “pan de vida”, una expresión que solo aparece en el evangelio de Juan pero que, sin duda, son el resultado de su reflexión en torno a la celebración de la Eucaristía y de la actualización del recuerdo de las palabras que Jesús pronunció en la última cena.

La expresión “bajado del cielo” traduce ese vínculo profundo entre Jesús y su Abba y su conciencia de ser enviado por él a dar vida y vida en abundancia. Jesús, sale al paso de las críticas de quienes se escandalizan de su osadía al mostrarse tan cercano con el Dios de Israel. Para él, solo quien acoge en confianza su palabra y sus obrar puede entender esa relación, sin embargo, quien no quiere abandonar sus seguridades religiosas tendrá siempre justificaciones suficientes para no creer en la acción salvadora de Dios realizada en Jesús (Jn 6, 43- 46).

Cuando Jesús, en el relato, se identifica como pan de vida, está actualizando en su persona la memoria de la presencia liberadora de Dios entre su pueblo. Yahvé fue pan para el pueblo en el desierto, lo acompañó y lo sostuvo en la prueba (Ex 16, 1-15): Ahora Jesús vuelve a ser ese pan que llena la vida de sentido, que ofrece horizontes de esperanza, que sostiene en la impotencia.  Por eso invita a creer en él, a escucharlo, a entender que él entrega la vida para hacer más humano el mundo.

Carme Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Comprender para vivir

domingo, 8 de agosto de 2021
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BB6717E6-B8DD-4444-98D3-69A994117BAFDomingo XIX del Tiempo Ordinario

8 agosto 2021

Jn 6, 41-51

 “El que cree tiene vida eterna”. Al hilo del comentario del domingo pasado, cabe “traducir” tal expresión de este modo: Quien comprende sabe que es vida y vive en plenitud. Vayamos por partes.

 La “comprensión” -entendida en el sentido más profundo, experiencial o vivencial: en este sentido, es sinónimo de “sabiduría”, que viene de “saborear”- es fuente de claridad y de confianza. Si por “creer” entendemos “confiar”, tal como hace el cuarto evangelio, está claro que únicamente puede confiar quien comprende. Ahora bien, si por “creer” se entiende adhesión mental a algún contenido, eso es lo opuesto a “comprender”. Porque la creencia es solo un constructo mental; la comprensión, por el contrario, es certeza. La creencia se apoya en algo recibido -en definitiva, es un conocimiento “de segunda mano”-; la comprensión viene como fruto de la experiencia y de la autoindagación.

 Comprender significa caer en la cuenta de que, más allá de la persona en la que nos estamos experimentando, somos Aquello que es consciente, cualquiera que sea el nombre que le demos: consciencia, ser, vida… Comprender, por tanto, equivale a saber que somos vida.

 Y es esta comprensión la condición para vivir en plenitud. Lo cual no significa que vayan a desaparecer de nuestra existencia los condicionamientos, límites y carencias que palpamos a diario -y que forman parte ineludible de nuestra condición humana-, sino que hemos saboreado el “lugar” donde todos nos hallamos a salvo, más allá de este “juego” temporal que estamos representando.

 Ese es el “lugar” de la comprensión. Y para acceder a él precisamos acallar la mente y situarnos en el Testigo, conectar con la sensación profunda de presencia y permanecer ahí. Poco a poco, en el saboreo de esa sensación de presencia, se nos irá regalando percibir que la presencia percibida no es “algo” que surge como fruto del silencio, sino que constituye nuestra más profunda identidad: somos presencia consciente. Eso es la comprensión.

 Desde ese lugar, podremos observar y atender cualquier circunstancia que aparezca en nuestra existencia cotidiana. Desde esa distancia liberadora, es posible “desinflar” las burbujas mentales que antes nos agobiaban y saber que, en lo profundo, en toda circunstancia, somos plenitud.

¿En qué “lugar” vivo habitualmente: en la mente o en el Testigo?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Que no se nos olvide que Jesús fue hombre

domingo, 8 de agosto de 2021
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04BDA6E6-AB3A-431F-9DE8-5CBC0CCAB3F9Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Elías: un hombre postmoderno

     Hoy hemos asistido en la primera lectura a un momento en el que Elías huye de la reina Jezabel que ha jurado matarlo. Elías desaparece de escena y se va al desierto. Elías (profeta del siglo IX a.C.) se cansa ya de vivir y se desea la muerte: quítame la vida, que no valgo más que mis mayores.

     Dios le dice: Levántate, come que el camino es superior a tus fuerzas.

     También nosotros podemos tener desilusiones y decepciones en la vida la vida: postraciones, abatimientos y desánimos, fracasos, etc. Hay que tener coraje: audacia para levantarse, comer y seguir el camino que es superior a nuestras fuerzas.

En el fondo la llamada depresión es un cansancio existencial: ya no quiero, no vale la pena vivir más. Personalmente, como sociedad-política, como iglesia podemos llegar a momentos en los que sentimos harto cansados, siempre igual y no cambia nada…

No es raro escuchar la pregunta ¿por qué sigues en la Iglesia?

Es el momento de acoger la palabra que Dios le dirige a Elías y Jesús a nosotros: come que el camino es superior a tus fuerzas, levántate, come  el pan de vida y sigue caminando.

Levantarse y comer no son cuestiones meramente físicas, sino más bien personales: levantarnos de nuestros cansancios, cuando no caídas en la vida, comer del pan que alimenta el cuerpo, pero sobre todo, el alma y ponernos de nuevo en camino. La salud, la creatividad, el tono vital no son cuestiones meramente físiológicas, ni tan siquiera médicas.

     Hay que alimentarse de pan de vida. Esto significa alimentarse de valores, de cultura, de criterios sanos.

  1. Este es el hijo del carpintero.

     Es natural que los paisanos y contemporáneos de Jesús se extrañaran y no vieran en Jesús la expresión de Dios, el hijo de Dios. Los contemporáneos de Jesús le veían como el hijo de José, de María. «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo? ¿Cómo puede ser Palabra -hijo- de Dios?

No es cuestión sencilla (excepto para fanáticos) cómo Dios pueda entrar en nuestra historia, y decirnos una Palabra.

De ahí los relatos poéticos del nacimiento de Jesús, que no es expresión del hombre (José), sino expresión de Dios.

     Lo que cambian la vida y los tiempos… La primera herejía: los gnósticos y docetas negaban que Jesús fuese hombre. Para los gnósticos “parecía” que Jesús era hombre, pero no lo era, Jesús era dios.

(En el fondo es el pensamiento griego que se introduce e impregna el cristianismo naciente y todo lo material, corpóreo, sexual es negativo, sucio, poco valioso).

El cristianismo es materialista: efectivamente Dios está -es- Jesús, Dios se encarna en la humanidad de Jesús: el Verbo se hizo carne. El cristianismo es profundamente materialista. San Juan lo subrayará con fuerza: el Verbo, la Palabra de Dios se hizo carne, (sarx).

(Quizás hoy en día también deambula por algunos medios teológicos el gnosticismo. Que Jesús fuese hombre o no, tiene poca o ninguna importancia. Lo que importa es que Jesús era Dios…)

     Jesús es “la clave y el escándalo”. Se presenta como pan de vida que baja del cielo, se presenta como hijo de Dios, que habla de lo que “Dios le ha dicho”. Pero para los ojos de la mayor parte de sus contemporáneos, como quizás también para nosotros, Jesús es el hijo de María, del carpintero que “ya sabemos quiénes son”...

Las personas religiosas no pueden comprender que un hombre, Jesús, sea expresión -hijo- de Dios porque les va mejor un “Dios lejano, etéreo, prepotente, sacro, que no toque la vida concreta”.

El ser humano es quien va siempre un paso más allá de la realidad. La realidad es un símbolo que hemos de transcender.

Esta semana, el día 6, celebrábamos la Transfiguración del Señor, que en el fondo es ver en Jesús al hijo de Dios, transfigurar la humanidad de Jesús en expresión de Dios.

Del texto de hoy podemos sacar una conclusión: la razón no es la medida de la realidad. Si miramos las cosas, las personas, los problemas únicamente desde la razón, no llegaremos al ser de la vida. Decía Pascal que la fe tiene razones que la razón no conoce. Hay que ser razonables en la vida, pero hay muchas dimensiones que están un paso más allá de la razón:

  • Por vía racional no pasaremos de la creación a Dios. Darwin “es verdad”, Dios creador, también. Habrá que activar otros mecanismos como son la poética y la fe.
  • El perdón no es fruto de la razón. El perdón será fruto del amor.
  • Escuchando la pasión de San Mateo de Bach o una misa de requiem podemos “tocar” la belleza, la redención, el amor, llegar a Dios pero no por vía racional, sino por la emoción estética, muy diversa de la racional.
  • Jesús fue un hombre. Nunca podremos llegar por vía racional a afirmar que el hijo del carpintero es hijo, expresión de Dios.
  • El celibato es irracional, lo cual no significa que no sea valioso que algunas personas, renuncien elegante y espiritualmente a una dimensión de su vida por el ideal del reino de los cielos.
  • La esperanza no es lo más mínimo demostrable por vía racional; sin embargo nos es absolutamente necesaria para vivir.

La crisis de la modernidad radica en pensar que únicamente es verdad lo demostrable y verificable. Lo que no puedo demostrar no existe, ni es…

Recuperemos el mundo del símbolo, de la transcendencia, del relato, de la poesía, de la delicadeza, de la poesía, de la teología narrativa.

La realidad, el ser,  es más amplio que lo que yo sé o puedo conocer.

  1. Cristo es el pan de vida.

Levántate y come, que el camino es largo y superior a tus fuerzas.

A veces pensamos que el alimento está en el éxito, en el dinero, en el poder.

Más bien el alimento, el pan de vida es la serenidad como fuente de felicidad y de vida, en la sencillez, en la solidaridad, en el mejor entendimiento posible entre personas y pueblos, en el respeto, en el amor.

Alimentemos nuestra existencia de los grandes valores y viviremos.

Finalmente, Dios nos levantará de la muerte. Una de las palabras más empleadas por el NT para hablar de la resurrección y la vida es: levantar.

Quien come de este pan, vive para siempre.

 

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«Amores bíblicos bajo censura». Entrevista a Renato Lings

sábado, 7 de agosto de 2021
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978-84-1377-468-8Interesantísima entrevista que hemos leído en el blog de Carlos Osma:

El teólogo Renato Lings acaba de publicar Amores bíblicos bajo censura. Sexualidad, género y traducciones erróneas con la editorial Dykinson (Madrid), donde profundiza en los textos bíblicos más significativos sobre la sexualidad y el género de forma crítica y liberadora. Lo hace de una forma exhaustiva y minuciosa, tanto, que en el prólogo del libro el profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, Javier de la Torre, lo compara con un orfebre, y a los diecisiete capítulos que componen el libro, con diecisiete piedras preciosas que asombran a lectoras y lectores. Agradezco a Renato Lings, que desde su taller de orfebre malagueño, haya accedido a contestar estas preguntas sobre su nuevo libro.

¿Cómo surgió la idea de escribir este libro? ¿Qué pretende aportar?

En 2011 publiqué en Costa Rica Biblia y homosexualidad ¿Se equivocaron los traductores? El material contenido en este libro analiza una serie de textos del Antiguo Testamento. Por tanto, y para tener en cuenta la Biblia en su totalidad, se me ha planteado la necesidad de publicar una segunda obra que incluya también los textos del Nuevo Testamento que se suelen citar en los debates sobre sexualidad y género.

En Amores bíblicos bajo censura sigo una línea de interpretación parecida al libro anterior, pero he reducido el tamaño de cada capítulo con el fin de hacerlos más amenos, legibles e inteligibles. Además, he agregado algunos temas no tratados antes: los eunucos en la Biblia, Rut y Noemí, David y Jonatán, el centurión y su muchacho, el discípulo amado, la primera carta a los Corintios, la carta a los Romanos y la bendición original.

¿Ha sido fácil el proceso de composición y publicación?

No ha sido fácil. Ha habido varios retrasos en el proceso. Ante todo, la pandemia que nos rodea por los cuatro costados lo ha complicado bastante.

En su obra estudia con profundidad el significado de algunas palabras, por ejemplo yadah (conocer), que para un gran número de exegetas es un eufemismo sexual. De hecho, en el relato de Sodoma y Gomorra los varones piden a Lot que les entregue a sus dos huéspedes para conocerlos. Y en el Génesis Adán conoce a Eva y esta concibe a Caín. ¿Es o no es yadah un eufemismo sexual?

Claro, está muy arraigado en la cultura hispana el dicho “conocer en el sentido bíblico” utilizado como eufemismo sexual. Sin embargo, en el contexto del hebreo clásico, “conocer” tiene connotaciones jurídicas. Si Adán conoce a Eva, significa que la “reconoce” como esposa suya. Una vez celebrado este momento solemne, comienza la vida íntima de la pareja con la noche de la boda, siguiendo las costumbres del mundo antiguo. Al narrador no le preocupa la parte sexual de la relación.

También en el Génesis, en el relato de Sodoma y Gomorra, “conocer” interviene en seis ocasiones: Génesis 18,19 y 18,21; 19,5 y 19,8; 19,33 y 19,35. En todo momento, cumple funciones jurídicas y judiciales en el sentido de “reconocer”.

De todas maneras, el lenguaje del sexo en hebreo es bastante más concreto y menos eufemístico, como lo documento en el capítulo 2 del libro. Las expresiones típicas en el Génesis son “acostarse” (shákhab) con alguien o “entrar” o “llegar” (boo) a una persona.

Según la traducción que hace la Reina Valera de 1ª Cor 6,9, y muchas otras traducciones de la Biblia, ni los afeminados (malakoi) ni los homosexuales (arsenokoitai) heredaremos el reino de Dios. ¿Qué le parece esta traducción?

Francamente, desacertada. En primer lugar, malakoi significa literalmente “blandos”, adjetivo aplicable a diferentes grupos de personas incluidos los delicados, los indecisos, los carentes de pasión o de dignidad o de firmeza. Además, en el mundo antiguo, los “afeminados” solían ser aquellos varones que se enamoraban de las mujeres o que les gustaba pasar mucho tiempo en su compañía.

En cuanto al término arsenokoitai, “varones-cama”, la traducción “homosexuales” es un anacronismo. La palabra homosexual pertenece a la época moderna, siendo acuñada en Alemania en el año 1869. Hoy por hoy se refiere a una relación igualitaria entre dos personas del mismo sexo, fenómeno que no existía en tiempos del apóstol Pablo ya que toda relación íntima, también entre el hombre y la mujer, se basaba en una rígida jerarquía social. O sea, en el mundo antiguo, las relaciones sexuales se desenvolvían entre dos individuos desiguales.

Por otra parte, durante el renacimiento europeo se pensó que arsenokoitai se refería a los pedófilos. Tal es el caso del reformador Martín Lutero, quien en su traducción alemana de la Biblia pone la palabra Knabenschänder, que significa literalmente “abusadores de niños”. En buen castellano, equivaldría probablemente a “corruptores de menores”.

Hay muchas otras palabras que usted muestra como mal traducidas en muchas traducciones de la Biblia. ¿A qué cree que se deben estas malas traducciones que realizan especialistas?

La tradición de la iglesia cristiana, a partir de los padres de la iglesia (siglos II, III y IV) tiene mucho que ver con el problema. La teología patrística es eminentemente misógina y, al mismo tiempo, padece de una aguda fobia al erotismo. Esta tendencia se agravó durante la Edad Media, época que ve nacer el término “sodomía” en el siglo XI. La reforma protestante, que rompió en algunos sentidos con la tradición católica, conservó y continuó la represión de lo homoerótico, fenómeno que continúa hasta nuestros días en algunos ambientes eclesiásticos.

O sea, la tradición es la que enseña a muchos traductores cómo deben interpretar los textos que hablan de la diversidad sexual y al género. Por otra parte, los traductores de la Biblia suelen ser personas con varios compromisos académicos y docentes y con poco tiempo para actualizar sus conocimientos. Por tanto, muchos se limitan a usar los diccionarios y comentarios de prestigio, obras que a veces son de considerable edad y que reflejan los prejuicios de tiempos pasados. De esta manera, se siguen produciendo y perpetuando las traducciones erróneas.

Meses atrás escribió una carta abierta a la Sociedad Bíblica Española mostrando el dolor que puede causar al colectivo LGTBIQ la forma en la que se traducen algunas palabras de la Biblia. ¿Qué pretendía con aquella carta? ¿Cuál ha sido la respuesta?

Con esta carta a la Sociedad Bíblica pretendía iniciar un diálogo con los traductores afiliados a esta entidad. Debido a la enorme influencia psicológica que ejerce su trabajo sobre las personas lectoras, quería plantear y debatir con ellos el tema de las traducciones erróneas y anacrónicas que tanto dolor causa a miles de individuos del colectivo LGTBIQ.

Lamentablemente, la respuesta ha sido nula. A estos traductores les he escrito dos veces y en ambas ocasiones no me han hecho llegar reacción alguna, ni positiva ni negativa.

Hace en su libro aproximaciones positivas al amor entre dos personas del mismo sexo en la Biblia, por ejemplo, cuando estudia el relato en el que Jesús sana al muchacho del centurión. ¿Cree que entre el centurión y el muchacho había una relación de amor? ¿Cómo calificaría esa relación?

Según algunos estudiosos de la época helenística, era frecuente que los oficiales del ejército romano tuvieran viviendo consigo una persona querida de uno o de otro sexo. En el caso de este centurión, es llamativo que él, siendo representante del poder imperial, acuda a un predicador itinerante judío llamado Jesús, para solicitarle ayuda. Algo hay entre él y su “muchacho” que le impele a realizar una intercesión de esta índole. De hecho, la palabra “muchacho” (gr. pais) se refiere a menudo, en la antigua cultura griega, a un adolescente querido. Además, téngase en cuenta que la palabra paiderastia significa “amor de muchachos” refiriéndose a la relación íntima entre un hombre maduro y un varón menor de dieciocho años.

Habla también del Discípulo Amado que aparece en el Evangelio de Juan, y usted lo identifica con Lázaro de Betania. ¿Qué puede aportarnos el amor entre Jesús y este discípulo al colectivo LGTBIQ?

Puede aportarnos mucho. El evangelista nos muestra una relación de ternura e intimidad entre el Maestro y este discípulo muy querido que nos invita a acercarnos a Jesús y quererlo con la misma confianza.

Hace una lectura muy interesante de Gn 1,27: “Dios creó al terrícola a su imagen y semejanza, a imagen de Dios los creó. Varón y hembra los creó”. ¿Puede leerse este texto como que la potencialidad de la diversidad estaba en el primer ser humano que Dios creó según el libro del Génesis?

Sin duda. El narrador hebreo no vacila ante la ambivalencia, o plurivalencia, del primer terrícola. Esto no debe sorprendernos. Una visión muy similar es apreciable en otros mitos y leyendas del mundo antiguo donde se habla de los primeros seres humanos. O sea, según el Génesis, la diversidad sexual y de género forma parte integral de la existencia humana.

Agradezco mucho sus respuestas, y para acabar, estoy convencido de que hay muchas cosas que ha aprendido y le han sorprendido positivamente mientras escribía el libro. Puede destacarnos una.

Una de las sorpresas más importantes, y más gratas, ha sido descubrir que el llamado pecado original, que tanto ha impregnado la teología católica y protestante a partir de Agustín de Hipona, no tiene base alguna en el Génesis leído en su versión primitiva. El narrador hebreo presenta una situación totalmente distinta: el terrícola nace creado a imagen y semejanza del Creador y es bendecido. No hay pecado original sino bendición original. El ser humano recibe de nacimiento el don de la creatividad. En síntesis, el Génesis plantea que Dios nos encomendó una misión maravillosa: ser cocreadores del universo.

Muchas gracias Renato

 Puedes conseguir el libro Amores bíblicos bajo censura en la Librería Dykinson.

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Transfiguración del Señor

viernes, 6 de agosto de 2021
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Del mismo modo que el episodio de la transfiguración prepara en el evangelio a los apóstoles para entrar en la comprensión del misterio de la pasión-muerte de Jesús, así también en la Iglesia, casi con el mismo propósito, se celebra la fiesta de la Transfiguración cuarenta días antes de la correspondiente a la Exaltación de la Cruz. La fiesta de la Transfiguración ya aparece desde el siglo V en el calendario de la liturgia oriental para recordar la subida de Jesús al monte Tabor con Pedro, Santiago y Juan, testigos privilegiados de su gloria. El episodio está atestiguado de manera concorde por los evangelios sinópticos. La fiesta se difundió rápidamente también en la Iglesia romana, pero no fue  introducida oficialmente hasta el año 1457, con ocasión de una victoria obtenida contra los turcos.

1ª lectura:

Su vestido era blanco como nieve

Lectura de la profecía de Daniel 7, 9-10. 13-14

Miré y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó. Su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas; un río impetuoso de fuego brotaba y corría ante él. Miles y miles lo servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros.

Seguí mirando. Y en mi visión nocturna vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia.

A él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará.

*

Al profeta se le revela, en una visión nocturna, el designio de Dios sobre la historia. Ve la sucesión de los grandes imperios y de sus violentos dominadores (7,2-8), mas este espectáculo de la altivez humana se interrumpe: a Daniel se le ha concedido contemplar los acontecimientos desde el punto de vista del Señor de la historia. Él es el Juez omnipotente {cf. v. 10), que conoce y valorará definitivamente la obra de los hombres, pero es también alguien que interviene en el tiempo para rescatarlo: en efecto, a los reinos terrenos se contrapone el Reino que el «Anciano» confía a la obra de un misterioso «Hijo de hombre» que viene sobre las nubes (vv. 13ss). El autor sagrado indica así que este personaje es un hombre, aunque es de origen divino, celeste.

Ya no se trata del Mesías davídico esperado para restaurar con poder el Reino de Israel, sino de su transfiguración sobrenatural: el Hijo del hombre inaugurará un Reino que, aunque se inserta en el tiempo, «no es de este mundo» (Jn 18,36).

Éste triunfará al final sobre los imperialismos mundanos, llevando la historia a su cumplimiento escatológico. Entonces «los santos del Altísimo» participarán plenamente en la soberanía del Hijo del hombre y constituirán una sola cosa con él y en él (Dn 7,18.22.27). Con esta figura bíblica se identificará Jesús a menudo en su predicación y, en particular, en la hora decisiva del proceso ante el Sanedrín que le condenará a morir en la cruz.

***

Salmo

Sal 96, 1-2. 5-6. 9

R. El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.

El Señor reina,
la tierra goza, se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono. R.

Los montes se derriten como cera ante el Señor,
ante el Señor de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. R.

Porque tú eres, Señor,
Altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. R.

***

Segunda lectura:

2 Pedro 1,16-19

Queridos:

Cuando os dimos a conocer la venida del poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos inspirados por fantásticas leyendas, sino porque fuimos testigos oculares de su grandeza.

Él recibió, en efecto, honor y gloria de Dios Padre cuando se escuchó sobre él aquella sublime voz de Dios: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Y ésta es la voz, venida del cielo, que nosotros escuchamos cuando estábamos con él en el monte santo.

Tenemos también la palabra de los profetas, que es firmísima, y hacéis bien en dejaros iluminar por ella, pues es como una lámpara que alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día y el lucero matutino se alce en vuestros corazones.

*

Pedro y sus compañeros han contemplado la grandeza de Jesús, han oído la voz celestial que le proclamaba Hijo predilecto, por eso se reconocen portadores de una gracia mayor que la de los profetas. En efecto, pueden confirmar por experiencia personal la veracidad de las profecías a las que Jesús da cumplimiento. La palabra del Antiguo Testamento, sin embargo, no ha agotado su tarea de «lámpara que alumbra en la oscuridad» (v. 19): deberá seguir siempre alumbrando los pasos de los creyentes que avanzan en medio de las tinieblas de la historia hasta el día sin ocaso de la venida de Cristo en la gloria {cf. v. 19). En este camino, la visión radiante de Jesús transfigurado, que los apóstoles nos atestiguan, sostiene nuestra fe y enciende de deseo nuestra esperanza: el «lucero de la mañana» se alza ya en el corazón de quien vela expectante.

***

Aleluya Mt 17, 5c
R. Aleluya, aleluya, aleluya
Este es mi Hijo, el amado,
en quien me complazco.
Escuchadlo
. R.

***

Evangelio:

Este es mi Hijo, el amado

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 9, 2-10

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Se les parecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:

«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No sabía qué decir, pues estaban asustados.

Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:

«Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo».

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Esto se les quedo grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.

*

El relato de Marcos tiene una connotación particular de absolutidad que no admite matices de componendas. Absoluta es la exigencia de soledad, de separación del contexto habitual (v. 2b); absoluto es el contraste entre el aspecto de Jesús, contemplado por los tres apóstoles, y la experiencia común (v. 3). Las figuras de Moisés y Elías evocan asimismo una decisión neta y radical: en virtud de su excepcional experiencia en el Horeb/Sinaí y de la fe vivida integralmente, eran esperados, respectivamente, como el profeta (Moisés) que viene a introducir al Profeta definitivo, y como el precursor del Mesías (Elias, cf. v. 11).

El discípulo se da cuenta de su propia inadecuación. Las palabras de Pedro no son disparatadas: probablemente, el acontecimiento tuvo lugar el séptimo día de la fiesta de las Chozas, durante la cual vivía la gente en tiendas hechas con ramas; aunque, a buen seguro, la realidad de la que es testigo la supera infinitamente. El Maestro aparece como el cumplimiento de las expectativas de Israel, y mucho más: es el Hijo amado, como declara la voz que sale de la nube de la Presencia de YHWH. Y la invitación que sigue no deja lugar a la duda: «Escuchadlo» (v. 7). La palabra de Jesús tenía, por consiguiente, el peso de la autoridad divina cuando, pocos días antes, había predicho de manera abierta su  crucifixión y la había propuesto a los discípulos como camino necesario (8,31.34-37). Ahora bien, si esta exigencia de adhesión absoluta a la palabra y a la misma persona de Jesús trae consigo la perdición de nosotros mismos, ofrece también la promesa de la vida verdadera en el Reino de Dios (8,35). La promesa de algo cuya realización se entrevé en el monte de la transfiguración y de lo que Pedro, Santiago y Juan pregustan el cumplimiento en la belleza que irradia del rostro de Jesús.

***

MEDITATIO

Existe una llama interior que arde en las criaturas y canta su pertenencia a Dios, y gime por el deseo de él.

Existe un hilo de oro sutil que une los acontecimientos de la historia en la mano del Señor, a fin de que no caigan en la nada, y los conectará finalmente en un bordado maravilloso. El rostro de Cristo está impreso en el corazón de cada hombre y le constituye en amado de Dios desde la eternidad. Y están, a continuación, nuestros pobres ojos ofuscados…, acostumbrados a dispersarse en la curiosidad epidérmica e insaciable, trastornados por múltiples impresiones; nosotros no sabemos ya orientar la mirada al centro de cada realidad, a su fuente. Nos volvemos incapaces de asumir la mirada de Dios sobre las cosas, porque nuestra lógica y nuestra práctica se orientan en dirección opuesta a la suya, en su esfuerzo por no perder nuestra vida, por no tomar nuestra cruz. Sólo cuando Jesús nos deja entrever algo de su fulgurante misterio nos damos cuenta de nuestra habitual ceguera.

La luz de la transfiguración viene a hendir hoy, si lo queremos, nuestras tinieblas. Ahora bien, debemos acoger la invitación a retirarnos a un lugar apartado con Jesús subiendo a un monte elevado, es decir, aceptar la fatiga que supone dar los pasos concretos que nos alejan de un ritmo de vida agitado y nos obligan a prescindir de los fardos inútiles. Si fuéramos capaces de permanecer un poco en el silencio, percibiríamos su radiante Presencia. La luz de Jesús en el Tabor nos hace intuir que el dolor no tiene la última palabra. La última y única Palabra es este Hijo predilecto, hecho Siervo de YHWH por amor. Escuchémoslo mientras nos indica el camino de la vida: vida resucitada en cuanto dada. Escuchémoslo mientras nos indica con una claridad absoluta los pasos diarios. Escuchémoslo mientras nos invita a bajar con él hacia los hermanos. Entonces el lucero de la mañana se alzará en nuestros corazones e, iluminando nuestra mirada interior, nos hará vislumbrar -en la opacidad de las cosas, en la oscuridad de los acontecimientos, en el rostro de cada nombre- a Dios «todo en todos», eterna meta de nuestra peregrinación en el tiempo.

  ORATIO

Jesús, tú eres Dios de Dios, luz de luz. Nosotros lo creemos, pero nuestros ojos son incapaces de reconocer tu belleza en las humildes apariencias de que te revistes.

Purifica, oh Señor, nuestros corazones, porque sólo a los limpios de corazón has prometido la visión de Dios.

Concédenos la pobreza interior que nos hace atentos a su Presencia en la vida diaria, capaces de percibir un rayo de tu luz hasta en los lugares donde todo aparece oscuro e incomprensible. Haznos silenciosos y orantes, porque tú eres la Palabra salida del silencio que el Padre nos pide que escuchemos. Ayúdanos a ser tus verdaderos discípulos, dispuestos a perder la vida cada día por ti, por el Evangelio; haz crecer tu amor en nosotros para ser contigo siervos de los hermanos y ver en cada hombre la luz de tu rostro.

CONTEMPLATIO

Antes de tu cruz preciosa, antes de tu pasión, tomando contigo a los que habías elegido entre tus sagrados discípulos, subiste al monte Tabor, oh Soberano, queriendo mostrarles tu gloria. Y ellos, al verte transfigurado y más resplandeciente que el sol, caídos rostro en tierra, se quedaron atónitos frente a la soberanía, y aclamaban: «Tú eres, oh Cristo, la luz sin tiempo y la irradiación del Padre, aunque, voluntariamente, te hagas ver en la carne, permaneciendo inmutable».

Tú, Dios Verbo, que existes antes de los siglos, tú que te revistes de luz como de un manto, transfigurándote delante de tus discípulos, oh Verbo, refulgiste más que el sol. Estaban junto a ti Moisés y Elías, para indicar que eres el Señor de vivos y de muertos y para dar gloria a tu economía inefable, a tu misericordia y a tu gran condescendencia, por la que salvaste al mundo, que se perdía por el pecado.

Nacido de nube virginal y hecho carne, transfigurado en el monte Tabor,  Señor, y envuelto por la nube luminosa, mientras estaban contigo tus discípulos, la voz del Padre te manifestó distintamente como Hijo amado, consustancial y reinante con él. De ahí que Pedro, lleno de estupor, exclamara: «¡Qué bien estamos aquí!», sin saber lo que decía, oh misericordiosísimo Benefactor (Anthologhion di tutto l’anno, Roma 2000, IV, pp. 871ss).

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «A tu luz vemos la luz» (Sal 35,10).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Puedes leer de nuevo el texto que viene en la Migaja Espiritual precedente de J. Corbon, …

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La Transfiguración: Una lectura desde el pensamiento de Monseñor Romero

viernes, 6 de agosto de 2021
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san_romeroMauricio Manzano*

El viernes 05 de agosto se celebró la misa en el atrio de catedral en honor al Divino Salvador del Mundo. En la tarima principal se encontraban autoridades religiosas y políticas, muchas personas portaban poster y camisas con el rostro sonriente de Monseñor Romero. En este contexto litúrgico un amigo me pregunto ¿Cómo entendía Romero la Transfiguración? Algunas reflexiones.

En Teología, la transfiguración indica la transformación experimentada por Jesús en el Monte Tabor ante la presencia de Pedro, Juan y Santiago. Con la “aparición” de Elías y Moisés, el relato fue de gran importancia para las primeras comunidades cristianas que fue plasmando en tres evangelios: Mateo 17,1-9, Marcos 9, 2-10 y Lucas 9,28.36.

Este relato de la Trasfiguración de Jesús impactó profundamente a Romero, sus acciones se pueden leer a la luz de éste. Para él, la Teología de la Trasfiguración abarca y trasciende todo, de esta “Gran Teología” se derivan tres teologías que se vislumbran en sus escritos: la teología sobre Cristo, la teología antropológica y la teología eclesial. Para Romero la transfiguración es una transformación, implica un cambio de forma y de fondo de las personas, de la iglesia y de las estructuras sociales injustas.

Ciertamente, el principio y fundamento de la vida de Romero fue Jesús. Como el niño va formando su símbolo en base al juego y a la imitación, Romero fue configurándose con Jesús en base a la oración, al discernimiento y la contemplación. Tanto en su diario espiritual como en sus homilías, en el centro ubica la figura de Jesús quien fue su referencia de imitación y seguimiento. Para Romero, Jesús no era una divinidad abstracta alejada de la historia, en la humanidad de Jesús percibía su divinidad.

Sin una pizca de ingenuidad, Romero sabía que esta concepción, seguimiento e imitación de Jesús no estaban exentos de conflictos; en una homilía lo expreso: “Cristo es piedra de escándalo, por eso a mí me hacen un inmenso honor cuando me rechazan porque me parezco un poquito a Jesucristo, que también fue piedra de escándalo…” (Hom. 12/08/1978). La teología cristológica de Romero consiste en hacer de Jesús el fundamento más profundo de su vida y, desde esa concepción cristológica, se logra comprender su amor por los pobres y su pasión por la justicia. Sabía que la transfiguración en Jesús, en ocasiones, pasa por el calvario de la cruz, y lo asumió.

También Romero tenía claro que no hay transformación auténtica sin conversión personal. Para Romero la fe en Jesús lleva implícito la exigencia de una transformación humana. Un cambio de estructura si no pasa por un cambio de la persona no sirve de nada, dice Romero, en una homilía, dejando claro que la trasfiguración social demanda un cambio personal:

“Yo creo, queridos hermanos … que nosotros, los cristianos, somos los llamados a ofrecer a la historia del Continente latinoamericano, los hombres nuevos que los obispos señalaron allá en Medellín cuando dijeron: ‘De nada sirve cambiar estructuras económicas, sociales, políticas, de nada sirven estructuras nuevas si no hay hombres nuevos’. Y los hombres nuevos, los hombres renovados, son aquellos que con su fe en la resurrección de Jesucristo hacen suya toda esta grandiosa Teología de la Transfiguración” (Hom. 02/03/ 1980).

Por último, la iglesia transfigurada de Romero es una iglesia encarnada e identificada con los más vulnerables.

Son cuatro cartas pastorales las que escribió, y es significativo que tres de ellas fueron publicadas en el contexto de la fiesta de la trasfiguración de Jesús. Y en las cuatro cartas aparece la convicción de una Iglesia encarnada e identificada con los sufrimientos de los pobres. Incluso, algunos testimonios afirman que adrede detuvo la construcción de la catedral, argumentando que una iglesia de lujo era una ofensa para muchos feligreses que vivían en casas de cartón y lámina.

La misión de la iglesia lleva implícita un mensaje de redención y trasformación de las estructuras injustas, “el reto amoroso de la transfiguración de Cristo a los salvadoreños: la transfiguración de nuestro pueblo”, afirmó el obispo mártir. Y la Iglesia debe ser imagen y testimonio de trasformación.

A Romero se le dio la gracia de entrar al corazón de su Referente y conocer la justicia que lo habitaba y con todos los riesgos que suponía se aferró a ello. Esto era peligroso, sin duda. Para Romero, Cristo fue su principio y fundamento. Una de las causas por las que asesinan a Jesús es por su pretensión de asimilarse a Dios (Marcos 15,2); podemos decir de Romero que una de las causas por lo que es asesinado es por su pretensión de asimilarse a Jesús.

Para Romero, la transfiguración es una transformación que implica un cambio de forma y de fondo de las personas, de la iglesia y de las estructuras sociales injustas. Estaba convencido que este mundo es posible pero transfigurado, es decir, si los que lo habitan, en unidad, se comprometen a realizar una trasformación estructural de la sociedad, más justa, solidaria e inclusiva, que ponga en el centro al ser humano de manera integral, especialmente a los más pobres.

Año con año, el pueblo salvadoreño sigue celebrando la transfiguración de Jesús como parte de su identidad religiosa y cultural. Romero llamó a comprometerse con la transformación. Sus palabras deben seguir inspirando esta tarea que hoy por hoy sigue siendo la mayor deuda de la sociedad salvadoreña, y sobre todo de aquellos y aquellas que un día la propugnaron como la razón de ser de sus vidas.

*Catedrático e investigador de la Universidad Luterana Salvadoreña

Fuente Universidad Luterana Salvadoreña

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“Cómo creer en Jesús”. 18 Tiempo Ordinario – B (Juan 6,24-35)

domingo, 1 de agosto de 2021
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18_to_b-600x4001Según el evangelista Juan, Jesús está conversando con la gente a orillas del lago de Galilea. Jesús les dice que no trabajen por cualquier cosa, que no piensen solo en un «alimento perecedero». Lo importante es trabajar teniendo como horizonte «la vida eterna».

Sin duda es así. Jesús tiene razón. Pero ¿cuál es el trabajo que quiere Dios? Esta es la pregunta de la gente: ¿cómo podemos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere? La respuesta de Jesús no deja de ser desconcertante. El único trabajo que Dios quiere es este: «Que creáis en el que Dios os ha enviado». ¿Qué significa esto?

«Creer en Jesús» no es una experiencia teórica, un ejercicio mental. No consiste simplemente en una adhesión religiosa. Es un «trabajo» en el que sus seguidores han de ocuparse a lo largo de su vida. Creer en Jesús es algo que hay que cuidar y trabajar día a día.

«Creer en Jesús» es configurar la vida desde él, convencidos de que su vida fue verdadera: una vida que conduce a la vida eterna. Su manera de vivir a Dios como Padre, su forma de reaccionar siempre con misericordia, su empeño en despertar esperanza es lo mejor que puede hacer el ser humano.

«Creer en Jesús» es vivir y trabajar por algo último y decisivo: esforzarse por un mundo más humano y justo; hacer más real y más creíble la paternidad de Dios; no olvidar a quienes corren el riesgo de quedar olvidados por todos, incluso por las religiones. Y hacer todo esto sabiendo que nuestro pequeño compromiso, siempre pobre y limitado, es el trabajo más humano que podemos hacer.

Por eso, desentendernos de la vida de los demás, vivirlo todo con indiferencia, encerrarnos solo en nuestros intereses, ignorar el sufrimiento de la gente que encontramos en nuestro camino… son actitudes que indican que no estamos «trabajando» nuestra fe en Jesús.

José Antonio Pagola

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“El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed”. Domingo 01 de agosto de 2021. Domingo 18º de tiempo ordinario

domingo, 1 de agosto de 2021
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43-ordinarioB18 cerezoDe Koinonia:

Éxodo 16,2-4.12-15: Yo haré llover pan del cielo.
Salmo responsorial: 77: El Señor les dio un trigo celeste.
Efesios 4, 17.20-24: Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios.
Juan 6,24-35: El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed.

La primera lectura, del Éxodo, nos recuerda cómo el desierto es la carencia de todo. A toda persona le llega de vez en cuando su desierto: la situación crítica en la que parece que no se encuentran soluciones de ayuda para sobrevivir a tan crítica situación. Al pueblo de Israel le era muy provechoso el tener que estar en el desierto donde todo falta, para que pudiera experimentar el portentoso modo que Dios tiene para ayudar a los que en Él confían. En el desierto el Pueblo de dios aprende a experimentar la condición de “pobre”, de “necesitado de todo” del auxilio de Dios. Esto le será útil para el crecimiento de su fe y de su esperanza en las ayudas milagrosas. En la península del Sinaí hay un arbusto llamado “tamarisco”. Produce una secreción dulce que gotea desde las hojas hasta el suelo. Por el frío de la noche se solidifica y hay que recogerla de madrugada antes de que el sol la derrita. ¿Sería esto lo que Dios le proporcionó a su pueblo, multiplicándolo claro está, de manera prodigiosa? Lo cierto es que los israelitas consideraron siempre la aparición de este alimento como una demostración de la intervención milagrosa a favor de su pueblo. Lo llamaron “maná”, porque los niños al comerlo preguntaban: “¿qué es esto?, “lo que en su idioma se dice: “Man-ah?”. También es llamado por los salmos “pan del cielo” (Sal 78) y el libro de la Sabiduría dice que, “sabía a lo que cada uno deseaba que supiera” (Sab16,20). Jesús dirá que el Verdadero Pan bajado del cielo será su cuerpo y su sangre. O sea que este maná milagroso del desierto era un símbolo y aviso de lo que iba a hacer Dios más tarde con sus elegidos, dándoles como alimento el cuerpo de su propio Hijo divino.

La segunda lectura continuada de la carta a los Efesios pide a los creyentes que se dejen renovar por el Espíritu Santo y pasen de un modo de obrar no digno del ser humano, a un modo de obrar digno de quien tiene fe en Cristo. Pide que abandonemos nuestro estilo anterior de vida pecaminosa y marchemos en adelante por un nuevo camino de vida cristiana. Se nos invita a no dejarnos guiar por esta “vaciedad de criterios”. En estos pocos versículos continúa la exhortación a buscar la unidad y a vivir dignamente la propia vida cristiana, guiada y fundamentada en un verdadero conocimiento de Cristo. Pablo desarrolla este argumento jugando con la antítesis del ser humano viejo y el ser humano nuevo (Col 3,9-10; 1Cor 5,7-8). Elegir la novedad, lo nuevo, es elegir a Cristo. Esto significa romper con el viejo ser humano pecaminoso, con el pecado del mundo, para estar dispuestos a una continua renovación en el Espíritu, a vivir en la justicia y santidad y ser justos y rectos. Este texto es una clara respuesta a quienes piensan que el cristianismo simplemente es una cosa del pasado.

El evangelio de hoy, de Juan, el discurso del pan de vida, se desenvuelve en tres afirmaciones lógicamente sucesivas, y la primera que presenta este texto es: el real o verdadero “pan del cielo” no es el maná dado una vez por Moisés, contrariamente a lo que la gente pensaba (v.31). Es literalmente el pan que ha bajado del cielo. Dios, no Moisés, es quien da este pan (v.32). Jesús ha realizado signos para revelar el sentido de su persona (domingo anterior), pero la gente sólo lo han entendido en la línea de sus necesidades materiales (6,26.12). Jesús ha querido llevarnos a la comprensión de su persona, porque sólo a través de la fe pueden entender quien es él y sólo así podrá donarse a ellos como comida: pero para hacer esto es necesario trabajar o procurar por un alimento y una vida que no tienen término y que son dones del Hijo del hombre (v.27). Los judíos piensan de inmediato en las obras (v.28; Rm 9,31-32), pero Jesús replica que sólo una obra deben cumplir: creer en él (v.29; Rm 3,28), reconocer que tienen necesidad de él, como se tiene necesidad del alimento material. Al considerar la exigencia de Jesús muy grande es por lo que piden una demostración de los que afirma realizando una señal que al menos se compare con aquellas realizadas por Moisés (vv. 30-31), pues aquellas que acaba de realizar (6,2) no se consideran suficientes. Jesús responde afirmando que es más que Moisés, pues en él (Cristo) se realiza el don de Dios que no perece. Su pan se puede recoger (6,13), el maná se pudrió (Ex 16,20).

“Yo soy el pan de vida” es una fórmula de fuerza extraordinaria, parecida a aquellas otras que sólo a Jesús se podría atribuir: “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy el buen pastor”… el que viene a Jesús no tendrá hambre ni sed, no necesita de otras fuentes de gozo para saciar sus anhelos y aspiraciones. Jesús es fuente de equilibrio y de gozo, fuente de sosiego y de paz. Jesús es el lugar y fundamento de la donación de la vida que Dios hace al ser humano. En Jesucristo, Dios está por completo a favor del ser humano, de tal modo que en él se le abre su comunión vital, su salvación y su amor, y en tal grado que Dios quiere estar al lado del ser humano como quien se da y comunica sin reservas. En la comunión con el revelador –Cristo- se calma tanto el hambre como la sed de vida que agitan al ser humano. Leer más…

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1.8.21. Yo soy el pan. Sin pan para los pobres no habrá paz para los ricos

domingo, 1 de agosto de 2021
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1CBB687F-B464-49A8-9842-ED294C6CA5B7Del blog de Xabier Pikaza:

Este es el discurso del «pan de vida» de Jesús en Cafarnaúm, que sigue al «milagro» de las multiplicaciones.  En un sentido,  el relato de Juan resulta más tradicional que Mc 6, 31-46 y 8, 1-8, pues ha destacado el carácter mesiánico y político del signo: los que se han alimentado con los dones de Jesús quieren tomarle y elevarle como rey, traduciendo su  «milagro» en forma su poder eclesial y alimenticio (cf. Jn 6, 14).

De esa forma recrea el evangelio de Juan el tema de Mt 4 y Lc 4  donde Jesús decía que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Pues bien, esa palabra de Dios se concretiza ahora en forma de pan de vida, esto es, de carne y sangre compartida. Ser hombre de verdad (masías de Dios) implica convertir la propia vida en «carne» (pan de vida) para los demás. 

El evangelio de Juan sabe que Jesús ha rechazado  el reino político/militar que le proponen sus discípulos (como se lo ha propuesto el diablo de las tentaciones deMt 4 y Lc 4). Desde ese fondo ello ha desarrollado un largo discurso y catequesis eucarística, que suele titularse el Sermón del Pan de Vida Jn 6, 22-61.

Está en su fondo la temática del pan y el vino: las multiplicaciones de Jesús, la experiencia de comidas gozosas de la iglesia. Pero lo que ahora emerge y se sitúa en primer plano es la experiencia poderosa de la identidad eucarística de Jesús entendido como «carne» compartida, como «sangre» de vida que él ofrece a todos.

Él no se limita a repartir el pan del reino, no es un simple convidado que ofrece el vino nuevo de las bodas de Caná, sino que él mismo es Pan de Vida y Vino de la Fiesta, verdad (fe, palabra) y comida verdadera (cuerpo y sangre) para los humanos.

4DAC7182-1CA2-4035-B5A3-C10613FFEB3CMuchos discípulos le buscan simplemente porque quieren alimento material; él les ofrece una comida que dura hasta la vida eterna y sólo puede consumirse y consumarse en fe, creyendo en él. A partir de aquí se inicia la revelación más alta, que presento en forma de disputa entre “los judíos” (quizá judeocristianos que no acaban de aceptar la visión eucarística de Juan) y Jesús, que así aparece como revelación eucarística de Dios.

 He dividido el texto en cinco apartados que marcan el proceso eclesial y catequético de  esta revelación eucarística, en disputa no sólo con el judaísmo exterior (que ha quedado fuera de la iglesia de Jesús), sino también con otros grupos eclesiales, que no aceptan la visión eucarística de Juan, su concentración cristológica. No puedo discutir el texto en profundidad, pues ello exigiría todo un libro. Simplemente marco sus momentos esenciales.

 1. Pan del cielo. Ellos entonces le dijeron:¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas?   Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Les dio a comer pan del cielo. Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios el que baja del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 30-34).

Este primer apartado(Maná, Pan del cielo) sitúa ya el tema en un ámbito de disputa con un tipo de judaísmo que, a juicio de Juan, está anclado en un pan que no ofrece comida verdadera, pues sigue dejando morir a los humanos. Además, el verdadero autor de aquel Maná, que es un primer pan del cielo, no fue Moisés, fue el Padre  de Jesús, que ahora quiere ofrecer y ofrece el verdadero Pan del Cielo, que será el mismo Jesucristo.

2. Hambre de Dios. – Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. –  Jesús les dijo: Yo soy el pan vivo (=de vida). El que venga a mí, no tendrá hambre,  el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 35).

Este apartado presenta a Jesús como Pan viviente que sacia un hambre distinta, hambre de Dios y de reino, que atormenta a los humanos desde el mismo principio de los tiempos. Juan está evocando aquí el motivo y signo del Árbol de la Vida, el vino de las Bodas de Caná: sólo el pan mesiánico, encuentro personal con Cristo, es comida verdadera para los humanos.

3. La eucaristía no es simplemente cuerpo, es «carne». Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: Yo soy el pan que ha bajado del cielo… ¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede  decir ahora: He bajado del cielo? – Jesús les respondió:  No murmuréis entre vosotros…. Yo soy el pan de vida. Vuestros   padres comieron el maná en el desierto y murieron….  Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le daré, es mi carne para vida del mundo (Jn 6, 41-51).

 El tema de fondo es la «carne» (la vida más honda de Jesús). Ciertamente, los hombres y mujeres comen pan externo y se alimentan mientras siguen en el mundo de alimentos materiales, de plantas y animales. Pero sólo les sacia una comida humana, el cuerpo y sangre (la carne) de otros seres personales, como supo Jesús cuando decía, el día de la Cena:  Comed: esto es mi Cuerpo.

234B6E4F-2835-4435-BF1A-B863BAF882F8Sólo un humano puede saciar a otro humano, como sabe todo enamorado. La vida se vuelve así amor, cuerpo mesiánico centrado y culminado en Cristo. Para quien haya seguido los dos capítulos anteriores de este libro (sobre la Cena de Jesús y su Pascua) lo que dice aquí Jesús será evidente, un simple corolario de lo ya evocado.

4. Disputa sobre la carne de Jesús.  – Discutían entre sí los judíos y decían: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? – Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros… Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.  El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Como el Padre viviente me ha enviado, y yo vivo por el Padre, el que me coma vivirá por mí (Jn 6, 52-57).

Este apartado  elabora lo anterior y lo sitúa en un plano carnal y trinitario, desde la perspectiva del Dios que es “comunión”, pero entendido en sentido carnal, esto es, de vida humana concreta, que nace, que sufre, que ama y que muere. La eucaristía es la revelación más honda de la identidad y riqueza divina, pero en línea de carne.

En los sinópticos, conforme a las palabras de la institución, Jesús dice: Esto es mi Cuerpo(sôma), en el sentido de corporalidad. Juan acepta ese signo, pero lo interpreta desde la perspectiva de la carne concreta (sarx).

El cuerpo se puede “espiritualizar”, en sentido de comunión más espiritual. La carne no. La carne es la vida concreta, la humanidad en el sentido de fragilidad, de entrega de la vida… En ese sentido, la eucaristía ha de entenderse desde la formulación radical de Jn 1, 14, que no es “el Verbo se hizo cuerpo”, sino el Verbo “se hizo carne”. En esa línea, cuando Jesús pide a los suyos que coman su carne y beban su sangre, les ofrece y pide algo inaudito, pero que forma parte de su identidad divina humana.

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Eucaristía e inmortalidad.

domingo, 1 de agosto de 2021
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201507181202301f2a2dDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

¿Cuántos miles de veces has comulgado desde que hiciste la Primera Comunión? ¿Se ha convertido ya en rutina, aunque seas consciente de su importancia? Hablando de otro tema: ¿Qué piensas de la otra vida? ¿Eres de los que dicen: «El pobrecito se ha muerto», como si fuera una desgracia sin remedio? ¿Estarías dispuesto, como Gilgamés, el gran héroe mesopotámico, a realizar un peligroso viaje para conseguir la planta de la inmortalidad, o piensas que es una tarea absurda e imposible? A menudo preferimos no hacernos estas preguntas. Es más cómodo esconder la cabeza, como el avestruz. Pero el autor del cuarto evangelio (san Juan o quien sea) disfruta amargándonos la vida.

El debate sobre el pan de vida

Este domingo y los tres siguientes se lee el «Debate sobre el pan de vida», que continúa el tema de la multiplicación de los panes y los peces. El inconveniente de dividir el debate y sus consecuencias en cuatro domingos es que se pierde su fuerte tensión dramática. Por ello, considero importante ofrecer una visión de conjunto, aunque haya que anticipar datos de los próximos domingos.

Los interlocutores del debate

Los interlocutores de Jesús, aunque resulte extraño, cambian: al principio son los galileos que se beneficiaron del milagro de la multiplicación de los panes; cuando el debate adquiere un tono polémico, son los judíos quienes «critican» a Jesús y «discuten entre ellos». Pero su reacción final, cuando termina de hablar Jesús, no se cuenta. El protagonismo pasa a muchos de sus discípulos [de Jesús], que «se escandalizan» y lo abandonan. Al final, solo quedan los doce.

Los tres puntos principales del debate

Los debates y discursos de Jesús en el evangelio de Juan, aunque largos y complicados, se pueden resumir en pocas ideas. En este podemos distinguir tres, estrechamente relacionadas.

  1. La «vida eterna» (vv.27.40.47.54), «la vida» (v.33.53), «vivir para siempre» (v.51.58). Es un tema obsesivo del cuarto evangelio, que comienza afirmando que «el Verbo era vida» y lo ejemplifica en la resurrección de Lázaro, donde Jesús se muestra como «la resurrección y la vida». Recuerda lo que decía Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme».
  2. Esa vida eterna se consigue comiendo «el pan de la vida» (v.35.48.51), «el verdadero pan que da la vida al mundo» (v.33.51), «el pan que ha bajado del cielo» (v.41.50.58). Al que come de ese pan, Jesús «lo resucitará en el último día» (vv.39.40.44.54).
  3. Los dos temas anteriores están muy vinculados al de la fe en Jesús: «lo que Dios quiere es que creáis en el que ha enviado» (v.29); «el que cree en mí nunca tendrá sed» (v.35); «el que cree en mí tiene la vida eterna» (v.47). Por eso, los discípulos que abandonan a Jesús lo hacen porque «no creían» (v.64); en cambio, los Doce, como afirma Pedro, «hemos creído y sabemos que tú eres el santo de Dios» (v. 69).

Por consiguiente, al hablar del «pan de vida», la fuerza capital recae en «la vida», esa vida eterna a la que Jesús nos resucitará en el último día. Igual que la comida no es un fin en sí misma, sino un medio para subsistir, el pan eucarístico está directamente enfocado a la obtención de la inmortalidad. Quien comulga, como algunos corintios, sin creer en la otra vida, no es consciente de la estrecha relación entre eucaristía y vida eterna.

El desarrollo del debate y sus consecuencias

En el texto litúrgico (que suprime el pasaje 6,36-40) podemos distinguir tres grandes partes (domingos 18, 19, 20), centradas en el diálogo entre Jesús y los presentes en la sinagoga de Cafarnaúm. Todo termina con la reacción tan distinta de muchos discípulos y de los Doce (domingo 21).

La primera parte (domingo 18), que desarrollaré luego, termina con una revelación inimaginable por parte de Jesús: «Yo soy el pan de vida», «el que baja del cielo y da la vida al mundo».

La segunda (domingo 19) comienza con la reacción crítica de los judíos ante la pretensión de Jesús de haber bajado del cielo. Imposible: conocen a su padre y a su madre. Pero él termina con una afirmación más desconcertante aun: «el pan que yo daré es mi carne».

La tercera (domingo 20) empalma con la afirmación anterior: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Los judíos llevan razón. Parece imposible, absurdo. Jesús no lo explica ni matiza. Insiste en que comer su carne y beber su sangre es la única forma de conseguir la vida eterna.

Con lo anterior termina del debate, sin que se diga cómo reaccionan los judíos. Pero sí se indica la reacción de los discípulos (domingo 21), distinguiendo entre el escándalo de mucho de ellos y la respuesta positiva de los Doce.

Notas al debate

  1. Aunque las ideas puedan resultar claras, son difíciles de aceptar. La reacción normal de los oyentes es que les están tomando el pelo, que Jesús está loco, o que es un blasfemo. Una persona a la que conocen de pequeño, igual que a su familia, tiene que haberse vuelto loca para decir que ha bajado del cielo, que es superior a Moisés, que quien viene a él no tendrá nunca hambre ni sed, que es preciso comer su cuerpo y beber su sangre, como si ellos fuesen caníbales.
  2. Jesús recurre a la ironía («me buscáis porque os hartasteis de comer»), al escándalo (rebajando la importancia del maná) y a expresiones simbólicas desconcertantes (comer su carne y beber su sangre). Con ello pretende lo contrario que los políticos actuales: que solo lo siga un grupo selecto, aquellos que «le trae el Padre». Este enfoque desconcertante del cuarto evangelio se basa probablemente en la experiencia posterior a la muerte de Jesús, y pretende explicar por qué la mayoría de los judíos no lo aceptó como enviado de Dios.
  3. El debate no reproduce lo ocurrido al pie de la letra, es elaboración del autor del cuarto evangelio. Él sabe que sus lectores, su comunidad, entenderá rectamente los símbolos. Cuando Jesús dice que «mi cuerpo es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida», que hay que comer su cuerpo y beber su sangre, saben que no se trata de comer un trozo de su brazo o beber un vaso de su sangre; se refiere a la eucaristía, al pan y la copa de vino que comparten.
  4. Desde un punto de vista pastoral, si el tema ya era complicado y escandaloso para muchos discípulos, los teólogos se han encargado de complicarlo aún más con el concepto de «transubstanciación». El que tenga dificultades sobre este punto podría acogerse a las palabras finales de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el santo de Dios». Y que los teólogos sigan discutiendo.

La versión milagrosa del maná (Ex 16, 2-4.12-15)

Ya que el evangelio hace referencia al don del maná, se lee la versión del libro del Éxodo, que lo une al de las codornices (pan y carne). Hay otra versión muy distinta del maná, nada milagrosa, en el libro de los Números 11,7-9. En este relato, el pueblo está harto de no comer más que maná. Y se añade: «El maná se parecía a semilla de coriandro con color de bedelio; el pueblo se dispersaba a recogerlo, lo molían en el molino o lo machaban en el almirez, lo cocían en la olla y hacían con ello hogazas que sabían a pan de aceite. Por la noche caía el rocío en el campamento y encima de él, el maná».

Sin embargo, la versión que terminó imponiéndose fue la milagrosa, de un alimento que envía Dios desde el cielo, no cae los sábados para respetar el descanso sabático, todos recogen lo mismo, sabe a galletas de miel, y es tan maravilloso que hay que conservar dos litros en el Arca de la Alianza. Estos detalles han sido suprimidos en la versión litúrgica, que, sin embargo, mantiene a las codornices; podría haberlas dejado volando y nadie las echaría de menos.

En aquellos días, la comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo:

-¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda la comunidad.

El Señor dijo a Moisés:

-Mira, haré llover pan del cielo para vosotros; que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba, a ver si guarda mi instrucción o no. He oído las murmuraciones de los hijos de Israel. Diles: al atardecer comeréis carne, por la mañana os hartaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.

Por la tarde una bandada de codornices cubrió todo el campamento, y por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto una polvo fino, como escamas; parecido a la escarcha sobre la tierra. Al verlo, los hijos de Israel se dijeron: «¿Qué es esto?». Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: «Es el pan que el Señor os da de comer.»

El maná y el pan de vida (Jn 6, 24-35)

La introducción ha suprimido muchos datos. Después de la multiplicación de los panes y los peces, los discípulos se marchan en la barca mientras Jesús se retira al monte huyendo del deseo de la gente de hacerlo rey. Por la noche, cuando la barca está en peligro por un viento en contra, Jesús se aparece caminando sobre el agua, sube a la barca y al punto llegan a tierra. Lo anterior se ha suprimido. El relato comienza cuando la gente advierte la ausencia de Jesús y de los discípulos y va a Cafarnaúm en su busca.

Empieza entonces el largo debate. La sección de hoy consta de cuatro intervenciones de la gente (tres preguntas y una petición), seguidas de cuatro respuestas de Jesús.

Todo comienza con una pregunta muy sencilla: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» Jesús, en vez de responder a la pregunta, hace un suave reproche («me buscáis porque os hartasteis de comer») y les habla del alimento que dura hasta la vida eterna. Lo lógico sería que la gente preguntase cómo se consigue ese alimento; en cambio, pregunta cómo pueden hacer lo que Dios quiere. Y Jesús responde: lo que Dios quiere es que crean en aquel que ha enviado. Los galileos captan que Jesús habla de creer en él, y adoptan una postura más exigente: para creer en él deberá realizar un gran prodigio, como el del maná. Con la referencia al maná le ponen a Jesús el tema en bandeja. Enfrentándose a la tradición que presenta el maná como «pan del cielo» y «pan de ángeles», Jesús dice que el maná no se puede comparar con el verdadero pan del cielo, que no se limita a saciar el hambre, sino que da la vida al mundo. Los galileos reaccionan de forma parecida a la samaritana: «Señor, danos siempre de ese pan». La respuesta de Jesús no puede ser más desconcertante: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.» ¿Cómo reaccionará la gente? La solución el domingo próximo.

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:

-Maestro, ¿cuándo has venido aquí?

Jesús les contestó:

-En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna; el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios.

Ellos le preguntaron:

-Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?

Respondió Jesús:

-La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado.

Le replicaron:

-¿Y qué signo haces tú para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo».

Jesús les replicó:

-En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.

Entonces le dijeron:

-Señor, danos siempre de este pan.

Jesús les contestó:

-Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.

«El hombre comió pan de ángeles» (Sal 77)

El salmo alaba al Señor por su poder al alimentar al pueblo con el maná e introducirlo en «las santas fronteras» de la tierra prometida. Pensando en las palabras de Jesús, debemos alabarlo, no por aquel milagro pasado, sino por darnos cada día el verdadero pan del cielo.

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Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. 01 de agosto de 2021

domingo, 1 de agosto de 2021
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d-xviii

“…lo encontraron al otro lado…”

(Jn 6, 24-35)

Lo primero que llama la atención es cómo la gente busca a Jesús y a sus discípulos. Pero está búsqueda ¿a qué se debe? Jesús se lo dice, me buscáis porque os he dado de comer. Continúa el texto: “lo encontraron al otro lado”, y esto es llamativo porque nosotras buscamos a Jesús en nuestro lado donde sabemos movernos y sentimos seguridad, donde el territorio es conocido y el mapa está trazado.

Sin embargo Jesús pasa al otro lado, y es a lo que nos enseña. Jesús cruza desde la zona de confort al espacio de la novedad, de la sorpresa, de lo diferente. Nos hace buscarle en otro contexto, fuera de los márgenes, en un estado distinto. Para comprenderlo en lo que es, en la profundidad de su mensaje y de su vida.

Y la siguiente pregunta: “Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?”. Y Jesús se adelante y les dice: No me busquéis porque puedo saciar vuestro hambre físico, sino porque puedo saciar vuestro hambre espiritual.

Yo soy el pan vivo, un pan que llena cada vez que se consume. Un pan triturado en el dolor y hecho entrega para dar vida.

Ser su cuerpo y rompernos en una entrega diaria. Sabiéndonos llenas de ese alimento que plenifica porque lleva a un encuentro en la totalidad que somos.

Es una mínima cantidad de alimento para un máximo de Presencia, porque lleva la totalidad de la entrega.

En la entrega no hay medida, hay esencia. No puedo darme por partes. No puedo calcular lo que me doy, porque eso no es entrega, eso es cálculo.

La entrega no mide, es donación total, y eso hace Jesús en cada partícula del pan, entregarse totalmente. Dona la totalidad que es, para que al recibirlo formemos el cuerpo de la común unión de ser todos en Él.

Al recibir el pan de vida recibimos, en un encuentro sin fronteras, la posibilidad de ser uno con Él. Siendo cuerpo, siendo entrega, siendo vida.

Oración

Ayúdanos a experimentar cada día ese encuentro en la partícula de lo pequeño para vivirte a lo grande.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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No te da Vida comer el pan sino el dejarte comer.

domingo, 1 de agosto de 2021
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pictures-of-jesus-last-supper-949848-wallpaperJn 6, 24-35

Seguimos en el c. 6 del evangelio de Juan. La lectura de hoy afronta directamente la discusión con los judíos. En todo caso, este capítulo plantea una discusión larga y dura, en la que Jesús va concretando y profundizando las exigencias del seguimiento. Se va acentuando la distancia a medida que Jesús va aquilatando el discurso. El proceso será: Entusiasmo, duda, desencanto, desilusión, oposición, rechazo, abandono.

El diálogo es un montaje que permite a Juan poner en boca de Jesús lo que aquella comunidad consideraba las claves del seguimiento. No contesta a la pregunta: ¿cómo y cuándo has llegado aquí?, sino a las verdaderas intenciones de la gente, llevando el diálogo a su terreno. Lo que tiene importancia es el compromiso de entrega, al que quiere llevarlos.

Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. La “señal” era una invitación a compartir, pero ellos vieron en ella solo la satisfacción del apetito. Esa búsqueda de Jesús no es correcta, solo pretenden seguridades. Jesús va directamente al grano y desenmascara su intención. No le buscan a él sino el pan que les ha dado. No le buscan por conseguir un futuro más humano. Esas palabras critican la religión de todos los tiempos. Todas las religiones manipulan a Dios para ponerlo a su servicio.

Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que dura dando Vida definitiva. Esta propuesta de trabajar por la Vida, es el resumen de todo su mensaje. Vale lo mismo para aquel tiempo que para hoy. Trata de advertir de la facilidad que tiene el hombre de malograr su vida enredándose en lo puramente material o dejándose llevar por lo sensible. La búsqueda del verdadero pan exige esfuerzo. Es un camino de lucha, de superación, de purificación, de regeneración, de muerte y de nuevo nacimiento (bautismo).

El alimento que perdura lo da Dios gratuitamente. Jesús descubrió ese don y desplegó su verdadera Vida. Sin alimento no puede haber vida. Por eso hay que escucharle cuando habla de otro tipo de comida, que es la que nos salva. También hay que trabajar por el alimento que perece, pero no debe ser el objetivo único de nuestra vida. Los judíos muestran un cierto interés, pero es puramente superficial. Acostumbrados a moverse a golpe de preceptos, preguntan a Jesús por las normas, incapaces de imaginar a Dios que da todo gratis.

Éste es el trabajo que Dios quiere, que prestéis adhesión al que él ha enviado. Conocer lo que Dios espera de nosotros parecería el verdadero camino, pero ese interés es solo aparente. En realidad no nos interesa demasiado lo que Dios quiere. Lo que de verdad nos interesa es lo que nosotros queremos. Para garantizar seguridades, hemos fabricado un Dios a medida. De todas formas Jesús les dice lo que Dios espera de ellos: que le presten su adhesión. La discusión entre fe y obras queda superada drásticamente: confiar en Jesús.

Pero inmediatamente viene la institución y nos dice: lo que Dios quiere es esto y aquello; que no es más que lo que les interesa a los dirigentes de turno. Jesús no vino a dar nuevas normas morales sino a enseñarnos el camino de la verdadera Vida. Lo que tengo que “hacer”, lo tengo que descubrir yo, no me tiene que llegar de fuera como programación, no tengo que ser un robot al que le han introducido un programa. Lo que Dios quiere es que lleguemos a nuestra plenitud, y el “mapa de ruta” está en nuestro interior, no fuera.

A Dios le importa más lo que somos que lo que hacemos. Mostramos nuestra ceguera cuando estamos preocupados por lo que Dios quiere que hagamos o dejemos de hacer. Solo una cosa es fundamen­tal: confiar. Creer no es aceptar una serie de verdades teóricas y quedar tan tranquilos. Esto es lo que pide Jesús a sus oyentes. Tergiversamos esa confianza cuando la convertimos en esperanza de que Dios cumpla nuestros deseos. Confiar es aceptar la voluntad de Dios, no venida de fuera, sino como inserta en la raíz de nuestro ser.

¿Qué señal realizas tú para que viéndola te creamos? La exigencia de una señal es la demostración de que no creen. Estarían dispuestos a aceptar un Mesías, semejante a Moisés, que demostrara su valía a base de prodigios. El maná estaba considerado como el mayor de los milagros. Exigen de Jesús que legitime sus pretensiones con otro prodigio igual o mayor. Pero la Vida que Jesús promete no viene de fuera y espectacularmente; está en cada uno y se manifiesta en lo cotidiano como amor desinteresado, como preocupación por el otro.

No os dio Moisés el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Aquello no era más que un símbolo. La realidad está en Jesús, verdadero pan del cielo, que alimenta la verdadera Vida. Recordemos que los rabinos consideraban la Torah como el pan que Dios les había otorgado. Ahora es Jesús la única Ley que salva. Danos siempre pan de ese. Reacción aparentemente sincera, pero equivocada. Le llaman Señor; creen en sus palabras; esperan que satisfaga sus anhelos; pero no le dan su adhesión sincera.

Yo soy el pan de Vida. En todos los discursos que encontramos en este evangelio, se hace referencia a la Vida. Se trata de una realidad que no podemos explicar con palabras, ni meter en conceptos humanos. Solo a través de símbolos y metáforas podemos indicar el camino de una vivencia, que es lo único que nos llevará a descubrir de qué se está hablando. “Yo soy” en Juan es la suprema manifestación de la conciencia de lo que era Jesús. Cada uno de nosotros debemos descubrir lo que verdaderamente somos, como lo descubrió Jesús.

El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed. ¿Qué significa, “ir a él, creer en él”? Aquí radica todo el meollo del discurso. No se trata de recibir nada de Jesús, sino de descubrir que todo lo que él tenía lo tengo yo. Lo que Jesús propone es que los seres humanos descubran que se puede vivir desde una perspectiva diferente, que alcanzar la plenitud humana significa descubrir lo que Dios es en cada uno y una vez descubierto ese don total (Vida), respondamos como respondió Jesús.

Lo que propone Jesús está en contra de toda lógica. Está diciendo que el pan que da Vida no es el pan que se come, sino el pan que se da. Si te conviertes en pan como él, entonces, ese darte se convertirá en Vida. Jesús no invita a buscar la propia perfección, sino a desarrollar la capacidad de darse a sí mismo. Solo dándote, superarás el egoísmo y alcanzarás la plenitud. Yo soy” es la clave de la comprensión de Jesús en el evangelio de Juan. Lo que pongamos después del ‘yo soy’ no tiene importancia. Aquí añade… pan, VIDA.

 

Meditación

La Vida espiritual también necesita de alimento.
Jn presenta a Jesús como el alimento que da Vida.
Para que alimente, tengo que asimilarlo.
Como Jesús, tenemos que descubrir esa Vida
y dejar que nos atraviese desde lo hondo del ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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La señal.

domingo, 1 de agosto de 2021
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artwork_images_424157556_176230_david-lachapelleJn 6, 24-35

«¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obras realizas?…»

Muchos de los que escucharon a Jesús no creyeron en él y no le siguieron. Los doctores lo tenían por impostor. Los fariseos por un impío que no guardaba el sábado, ni ayunaba ni se recataba de comer con pecadores. Los sacerdotes se sintieron tan amenazados por su doctrina y el entusiasmo que causaba en la gente, que cuando subió a Jerusalén lo quitaron de enmedio en menos de una semana. Sus familiares lo tenían por loco. Los que en principio le siguieron porque vieron en él la mejor versión del mesías libertador de Israel que esperaban, le abandonaron cuando quisieron hacerle rey y él los dejó plantados.

Pero hubo mucha gente que le siguió hasta el final; que abandonó sus tradiciones milenarias más sagradas (como la circuncisión o el sábado) y se dejó embriagar por su vino nuevo y poderoso. Y nos podemos preguntar: ¿Qué señales vieron en él para que rompiesen con el pasado y le siguiesen, con tal entusiasmo, que no le dejaban descansar y hasta se olvidaban de comer por escucharle?…

La respuesta es que Jesús les fascinaba porque les hablaba de Dios como jamás nadie les había hablado. Y le seguían, porque nunca se cansaba de hacer el bien y liberar a los oprimidos por el mal; porque les prestaba toda su atención; porque daba esperanza a los marginados a quienes todos consideraban aborrecidos de Dios por sus pecados… y por tantas cosas más.

Ésas eran sus señales.

La señal de las primeras comunidades nos la desvela Lucas en “Hechos” cuando dice que en ellas no había pobres. Estaban tan comprometidas con el evangelio, tan empapadas de evangelio, que no podían permitir que alguno de sus hermanos pasase necesidad. Y aunque las autoridades les perseguían, la gente les respetaba y les admiraba… y no dejaban de crecer.

A nosotros nos está tocando vivir en un mundo sumido en una profunda crisis de sentido; un mundo necesitado de unos valores que lo humanicen. Y en este contexto nos podemos preguntar, ¿qué testimonio estamos dando “nosotros la Iglesia”? ¿cuál es nuestra señal?… Quizá la mejor señal sería que el mundo viese que allí donde hay cristianos hay más justicia y honestidad, y aunque esto nos pueda parecer una utopía, es en realidad el compromiso que se nos supone a quienes tenemos la osadía de llamarnos cristianos.

La clave es el compromiso. Decía Ruiz de Galarreta que el lema del cristiano podría ser «máximo compromiso, máxima confianza». Máximo compromiso con la misión, y máxima confianza, porque quien juzga nuestros fallos es nuestra madre.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

 

Nota de Fe Adulta:

Después de dos ciclos litúrgicos completos, es decir, más de seis años en el encargo, nuestro querido Vicente Martínez le pasa el testigo a Miguel Ángel Munárriz. No es un adiós ni mucho menos. Vicente seguirá deleitándonos con esos valores cristianos creativamente engarzados con las bellas artes, pero será en la sección de artículos. Por otro lado, tod@s conocemos a Miguel Ángel por sus artículos y sobre todo por su estrecha relación con la obra de José Enrique Galarreta, del que se considera su discípulo y del que fue buen amigo. Será una bonita forma de hacer presente a Galarreta en este portal. Y recordando las ideas de José Enrique, tenemos asegurado hablar de Jesús y hablar de Evangelio. Gracias Vicente. Gracias Miguel Ángel.

 

Fuente Fe Adulta

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Pan de Dios en el desierto de Sin.

domingo, 1 de agosto de 2021
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manaRabí Yehudá ben Samuel sentía sobre sus hombros un pesado fardo que aumentaba cada vez que recordaba las palabras del salmo: “Lo que oímos y aprendimos y nos contaron nuestros padres, no lo encubriremos a nuestros hijos, lo contaremos a la siguiente generación: las glorias del Señor, y su poder, y las maravillas que realizó…”

Corrían tiempos difíciles y él no estaba seguro de poder comunicar a sus hijos esas maravillas. Vivían en un país de la diáspora, los niños se mezclaban con hijos de gentiles y, aunque aprendían hebreo en la Bet ha Midras, esa lengua ya no era la suya ni tenían ya la misma veneración por las costumbres judías que él había vivido en su infancia. Hacían preguntas que él de niño jamás se habría atrevido a hacer y había oído decir a  su hijo mayor que el maná solo era semillas de cilantro que habían encontrado en el desierto: “Era como el que guarda mi madre en la despensa y no me extraña que nuestros padres se cansaran de comer lo mismo durante cuarenta años”.

Por eso Rabí Yehudá se preparaba para narrarles aquella historia, así que tomó el rollo de la Torah y buscó el libro de Shemot. Cuando encontró el relato del maná, sintió una intensa emoción: “Toda la comunidad de Israel partió de Elim y llegó al desierto de Sin el día quince del segundo mes después de salir de Egipto y la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto diciendo: Nos habéis sacado de Egipto para matar de hambre a toda esta comunidad…

Así comenzaba el relato que se había convertido para él en el maestro que lo había iniciado en otro tipo de sabiduría y le había convertido en el creyente que ahora era. Cuando lo descubrió, estaba atravesando un tiempo de penurias y se había reconocido en las murmuraciones de los israelitas y en su fe vacilante. Más tarde le llegó un golpe de suerte y los tejidos que fabricaba subieron de valor pero, con la riqueza, llegaron las tentaciones: “Es mi habilidad para los negocios la que me ha hecho rico”, pensó. Pero las palabras de Moisés le curaban de su soberbia: “Es el Señor quien os da este pan…

Con las posesiones, llegó también la ansiedad por acumular pero tuvo un sueño liberador: al abrir las arcas en que almacenaba sus bienes, las encontraba llenas de gusanos, como el maná que se guardaba de un día para otro. También su afán por seguir produciendo sin detener el ritmo de los telares se le reveló, de pronto, como un gran pecado y volvió a guardar el Sábado como día dedicado al Señor, según había ordenado Moisés.  Empezó también a obedecer la orden de “llevar porciones a los que no tenían” y se convirtió en un hombre generoso que compartía con esplendidez sus bienes con los pobres. Iba aprendiendo a conocer mejor la desmesurada misericordia de su Dios y a descubrirla como un manantial incesante de dones que colmaba de bienes su existencia.

La llegada de sus hijos interrumpió sus recuerdos. Se quedaron de pie en torno a él y antes de comenzar su explicación, Rabí Yehudá pronunció la bendición: “Bendito eres, Señor Dios nuestro que nos rescataste de la esclavitud, nos hiciste vivir y en la abundancia nos alimentaste. Bendito eres Tú Señor, Rey del universo, que sacas para nosotros el pan de la tierra”. Y ellos respondieron: Amén, amén. Y se sentaron a escucharle.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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¿Creer?

domingo, 1 de agosto de 2021
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CieloDomingo XVIII del Tiempo Ordinario

1 agosto 2021

Jn 6, 24-35

Tal como suele entenderse en este evangelio, creer no significa tanto adhesión mental cuanto confianza inquebrantable. Y, en este mismo evangelio, se invita a creer en Jesús -más aún, se afirma que en eso se resume la voluntad de Dios-, con la promesa de que la confianza en él saciará toda hambre y toda sed.

 En el texto encontramos dos afirmaciones que, por más que se les haya concedido una validez durante siglos, entran en fuerte disonancia con la consciencia moderna y son superadas en una mirada transpersonal. Las dos afirmaciones a las que me refiero pueden sintetizarse de este modo: la salvación viene de “fuera” y se juega decisivamente en la figura de Jesús. Analicemos ambas creencias.

 Las religiones ofrecen una salvación que viene de “fuera”. Es precisamente ese “fuera” el que hoy se cuestiona: fuera, ¿de qué?; fuera, ¿dónde?; ¿acaso puede haber algo “fuera” de lo real? A medida que nos hacemos más conscientes de la capacidad proyectiva de la mente, nos resulta más fácil entender su tendencia a colocar “fuera” -o viniendo de fuera- aquello que más anhelamos. Desde la percepción de su propia necesidad e inseguridad, el ser humano dirigió su mirada hacia “algo” más grande que él que nombramos como “trascendencia”.

 Sin embargo, como los místicos han sabido ver, la trascendencia no se halla fuera, ni siquiera lejos, sino en nuestra más íntima profundidad. Hasta el punto de poder afirmar que constituye aquello que realmente somos. Con lo que venimos a descubrir que aquello que nuestra mente había proyectado en el exterior no es sino nuestra identidad habitualmente ignorada.

 Por su parte, la religión cristiana -a partir de Pablo de Tarso- otorgó a Jesús el rango de “salvador”, haciendo de él un ser radicalmente diferente de todos los demás. En consonancia con el momento histórico en que aparece, convierte a Jesús en un Dios “separado”, con cualidades y poderes únicos.

 Sin embargo, bien pudiera ser que se tratara solo de una lectura realizada desde la fe -de un “mapa creyente”-, que se desvela con nitidez al hacernos conscientes que aquello que se afirma de Jesús vale en realidad para todos nosotros.

 ¿Qué significa, por tanto, creer en Jesús y ver saciado nuestro anhelo? Por decirlo brevemente: comprender lo que realmente somos. Como el Jesús del cuarto evangelio, todos nosotros podemos decir: “El Padre y yo somos uno”, “Yo soy la vida” o, sencillamente, “Yo soy”. Y no hablo lógicamente del yo particular o ego, sino de aquella identidad profunda que compartimos con Jesús y todos los seres. Así entiendo por qué en eso se condensa todo: cuando se comprende experiencialmente lo que somos, se ha encontrado el tesoro.

¿Dónde busco la respuesta a mi anhelo más profundo?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Somos seres hambrientos

domingo, 1 de agosto de 2021
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450_1000Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Continuamos escuchando el cp 6 del Evangelio de San Juan: la multiplicación de los panes, JesuCristo como pan de vida, Eucaristía.

01. Los seres humanos necesitamos comer y buscamos alimento que nos nutra, agua que apacigüe nuestra sed

Los humanos somos hambrientos. Necesitamos alimentarnos en todos los sentidos.

Podemos observar esta menesterosidad en:

o El hambre física cotidiana es una continua llamada de atención de las necesidades humanas.

o Los jóvenes y no jóvenes que, al amanecer, salen somnolientos de las discotecas en las que han pasado la noche tratando de alimentar su hambre y sed de felicidad.

o Las adicciones: droga, alcohol, ludopatía, pornografía son expresión de un hambre infinita de placer y tras el placer de una nostalgia de felicidad no lograda.

o Las migraciones nos hablan del hambre del humano tiene hambre en todas las latitudes: las pateras, los movimientos de los países de la Europa del Este, de Latinoamérica, etc.

o También tenemos hambre de cultura, de saber, así como una gran necesidad y nostalgia de valores, de pensamiento y criterios con los que vivir.

Buscar a Jesús es buscar la vida y buscar la vida es buscar a Jesús, (equivocaciones incluidas):

02. EL PAN QUE ALIMENTA

En ocasiones en la vida nos alimentamos con panes que no sacian nuestra hambre, ni nuestras nostalgias e inquietudes de absoluto. Nunca el placer ni el dinero, ni el poder son suficientes, hasta que descansemos en el Señor. Nuestro corazón está inquieto y solamente descansará cuando te encuentre, (San Agustín)

Vivir de determinadas maneras, comer cualquier pan es como pretenden apaciguar la sed bebiendo agua del mar…

En la vida nos hace falta pan material, tecnología, medicina, un cierto confort, pero no olvidemos la afirmación de Cristo allá en las tentaciones: no solo de pan vive el hombre. O si le damos la vuelta caeremos quizás mejor en la cuenta: Quien vive solamente de tal pan material, muere.

En el tercer mundo mueren de hambre material, y nosotros morimos de comer demasiado y demasiado mal. Es sabido que la superabundancia y consumismo en el que hemos vivido hasta ahora es causa de “nuestras” enfermedades somáticas y psíquicas.

Es más que importante y decisivo, de qué pan nos alimentamos:

no son las diversas especies de frutos los que alimentan al hombre, sino que es tu Palabra la que mantiene a los que creen en Ti, (Sab 16,26). Tu Palabra es dulce al paladar (Sal 119,103)

Lo que distingue al ser humano del animal es la PALABRA, que da sentido a toda realidad humana y crea relaciones entre las personas.

03. YO SOY EL PAN VIVO BAJADO DEL CIELO. QUIEN COMA DE ESTE PAN VIVIRÁ SIEMPRE. EL PAN QUE YO DOY PARA LA VIDA DEL MUNDO ES MI CARNE”. (Juan 6, 51).

imagesLa presencia de Jesús en la Eucaristía es una presencia real y simbólica a la vez.

Es REAL porque el Señor así nos lo dejó: donde estéis dos o más reunidos en mi nombre allí estoy yo, haced esto en memoria mía: esto es mi cuerpo.

Es SIMBÓLICA porque no podemos hablar de las cosas de Dios, como si se tratase de cosas de los hombres. La Escritura, la Biblia (Revelación) no son una fuente de información directamente representativa de hechos o datos objetivos sobre la realidad trascendente. A Dios nadie le ha visto nunca jamás. Los textos bíblicos no comunican conocimientos objetivos sobre la realidad trascendente, como si se tratase de realidades iguales a las cotidianas del mundo de los humanos. Dios y su infinita bondad que Jesús nos ha revelado, no caben en nuestra mente, ni en nuestras palabras y ritos.

No es menos cierto que los humanos no tenemos otro lenguaje más que el nuestro para hablar de Dios. El Creador dejó en nosotros su huella a la hora de comunicarnos. Gracias a esos vestigios podemos hacer nuestro en el lenguaje simbólico la profundidad de Dios.

EL SÍMBOLO CONDUCE A UNA COSA DIFERENTE A SÍ MISMO; hace presente algo diferente, revela algo peculiar que no podría conocerse sin el símbolo. El símbolo, los símbolos participan de la realidad que significan

o El AGUA es limpieza-purificación, es vida, ¿qué otra cosa significa el BAUTISMO?

o El ACEITE (crisma – óleo) sirve como unción, masaje de preparación para el combate de la vida (y de la enfermedad). ¿QUÉ OTRA COSA ES LA CONFIRMACIÓN, MINISTERIO ECLESIAL, LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS?

o El PAN es alimento y vida(sobre todo en nuestra cultura mediterránea), Esto es la EUCARISTÍA

Los símbolos revelan ciertos aspectos de la realidad, los más profundos, que desafían otros medios de conocimiento. EL LENGUAJE SIMBÓLICO ES EL MÁS REAL. LOS SÍMBOLOS SON EL BALBUCEO HUMANO DE LO DIVINO; son la expresión más exacta que humanamente se puede, de lo que supera el techo de todo lo humano, de Dios.
En la Eucaristía la fe nos permite y ayuda a trascendernos a nosotros mismos, superar todo lo humano y recibir al Señor,

En este encuentro la mente humana calla y obedece, el creyente confía y se deja inundar del amor infinito de Dios.

Lo decía santo Tomás en ese himno que lo hemos cantado mil veces en nuestra vida: Praestet fides supplementum Sensum defectui: La fe ha de prestar el suplemento necesario para comprender lo que los sentidos no pueden “tocar”.

04. PAN DE VIDA.

ev-0Cristo es el pan de vida. El pan, el humilde pan, es la presencia de Cristo: de la Vida. Pero no se trata, al menos no exclusivamente, de tomar un poco de pan en la Eucaristía. El pan de vida de Cristo son las bienaventuranzas, la solidaridad, el amor, el perdón, la redención…

Cuando comemos de ese pan (de esos criterios) y cuando repartimos el pan tenemos vida en el más amplio sentido de la palabra: respetamos a todos los hombres y pueblos, cuidamos de los ancianos, enfermos, ayudamos a crecer a los niños, repartimos en pan, el trabajo, la cultura.

La samaritana, (Jn 4) le pide a Jesús: dame de esa agua y no tendré más sed. Ahora la muchedumbre le pide. Danos de ese pan.

“YO SOY EL PAN DE VIDA. EL QUE VIENE A MÍ NO PASARÁ HAMBRE”

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“Eucaristía y crisis económica”. 17 Tiempo Ordinario – B (Juan 6,1-15)

domingo, 25 de julio de 2021
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17_to_b-600x441Todos los cristianos lo sabemos. La eucaristía dominical se puede convertir fácilmente en un «refugio religioso» que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana. Es tentador ir a misa para compartir una experiencia religiosa que nos permite descansar de los problemas, tensiones y malas noticias que nos presionan por todas partes.

A veces somos sensibles a lo que afecta a la dignidad de la celebración, pero nos preocupa menos olvidarnos de las exigencias que entraña celebrar la cena del Señor. Nos molesta que un sacerdote no se atenga estrictamente a la normativa ritual, pero podemos seguir celebrando rutinariamente la misa sin escuchar las llamadas del evangelio.

El riesgo siempre es el mismo: comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren. Compartir el pan de la eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.

En los próximos años se van a ir agravando los efectos de la crisis mucho más de lo que nos temíamos. La cascada de medidas que se nos dictan de manera inapelable e implacable irá haciendo crecer entre nosotros una desigualdad injusta. Iremos viendo cómo personas de nuestro entorno más o menos cercano se van empobreciendo hasta quedar a merced de un futuro incierto e imprevisible.

Conoceremos de cerca inmigrantes privados de asistencia sanitaria, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación, familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas por el desahucio, gente desasistida, jóvenes sin un futuro nada claro… No lo podremos evitar. O endurecemos nuestros hábitos egoístas de siempre o nos hacemos más solidarios.

La celebración de la eucaristía en medio de esta sociedad en crisis puede ser un lugar de concienciación. Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos. Toda la eucaristía está orientada a crear fraternidad.

No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año el evangelio de Jesús sin reaccionar ante sus llamadas. No podemos pedir al Padre «el pan nuestro de cada día» sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.

José Antonio Pagola

 

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