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El Papa pide disculpas, en nombre de la Humanidad, por la “monstruosidad” del Holocausto.

Martes, 27 de mayo de 2014

ofrenda-de-franciscoNunca más, Señor, nunca más. Aquí, estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre ha sido capaz de hace

“¿Como has sido capaz, hombre, de este horror, qué te ha hecho caer tan bajo?”

“¿Quién te ha corrompido? ¿Quién te ha convencido de que eres Dios?”

(José M. Vidal/Jesús Bastante enviado especial a Tierra Santa).- “¿Quién te ha corrompido? ¿Quién te ha desfigurado? ¿Quién te ha contagiado la presunción de apropiarte del bien y del mal? ¿Quién te ha convencido de que eres dios? No sólo has torturado y asesinado a tus hermanos, sino que te los has ofrecido en sacrificio a ti mismo, porque te has erigido en dios”. Francisco oró, triste, en silencio, durante varios minutos, en Yad Vashem, el memorial del Holocausto, un símbolo de la “monstruosidad” humana, por la que pidió perdón en nombre de todos.

Emotiva visita al Yad Vashem del Papa Francisco. Con cantos y saludos del Santo Pade a algunos de los supervivientes del Holocausto. Le cuentan sus historias personales al Papa, que se emociona y les besa las manos uno a uno. Como si besase la carne de Cristo. Y pregunta al mundo “¿cómo ha sido capaz de esta monstruosidad?“, para pedir a Dios que nos de la gracia de “avergonzarnos de esta máxima idolatría”.

Tras una breve ofrenda floral en el Monte Herzl al fundador del sionismo -una acción criticada desde el mundo árabe-, Francisco se dirigió hasta el memorial de Yad Vashem, donde rindió homenaje a las víctimas del Holocausto nazi.

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Fue un encuentro sobrio, serio, en el que estuvo en todo momento acompañado por el presidente de Israel, Simon Peres, y el primer ministro, Benjamín Netanyahu, en el que se hizo memoria de todos los horrores de la guerra y la deshumanización de algunos locos. Seis millones de judíos perecieron durante el Holocausto. Muchos siguen haciéndolo víctimas de la incomprensión y el totalitarismo, de la persecución y otras formas de antisemitismo y racismo en todo el mundo. También en la tierra que vio nacer a Jesús. Y en otros lugares, como Ucrania, cuyo dolor se recordó en el encuentro en Yad Vashem.

También fue un homenaje, en forma de velas encendidas, a los Justos entre las Naciones, los que pusieron su granito de arena para salvar millones de vidas de la barbarie. Francisco depositó una corona de flores en el suelo, junto al fuego, y oró en silencio durante unos instantes.

Después, se encontró con seis supervivientes de los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau o Manthaussen, a los que besó las manos y con quienes compartió breves pero emocionadas palabras.

Algunas frases del Papa

“¿Dónde estás, hombre, frente a la tragedia inconmensurable del Holocausto?”

“Resuena como una voz que se pierde en un abismo sin fondo”

“¿Como has sido capaz de este horror, qué te ha hecho caer tan bajo?”

“NO ha sido el polvo del suelo”

“No ha sido el aliento de vida que insuflé en tu alma”

“Ese soplo viene de mí. Este abismo no es solo obra tuya de tus manos, de tu corazón”

“¿Quién te ha corrompido? ¿Quién te ha convencido de que eres Dios?”

“No solo has torturado a tus hermanos, sino que te los has ofrecido en sacrificio a tí mismo, porque te has erigido en Dios”

“Volvemos a escuchar aqui la voz de Dios: ¿Adán, dónde estás?”

“A tí, Señor, Dios nuestro, la Justicia. Para nosotros, la vergüenza y la deshonra en el rostro”

“Señor, escucha nuestra súplica. Sálvanos por tu misericordia de esta monstruosidad”

“Señor, un alma afligida clama a Tí. Escucha, Señor y ten piedad”

“Hemos pecado contra ti. Tú reinas para siempre. Acuérdta de nosotros en tu misericordia”

“Danos la gracia de avergonzarnos de esta máxima idolatría, de haber despreciado y destruido esa carne”

“Nunca más, Señor, nunca más”

“Aquí, estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre ha sido capaz de hacer”

Y el Papa firma en el libro de honor del Memorial del Yad Vashem

https://www.youtube.com/watch?v=Tr8Yro4Z8pE

Texto íntegro del discurso del Papa

“Adán, ¿dónde estás?” (cf. Gn 3,9).
¿Dónde estás, hombre? ¿Dónde te has metido?
En este lugar, memorial de la Shoah, resuena esta pregunta de Dios: “Adán, ¿dónde estás?”.

Esta pregunta contiene todo el dolor del Padre que ha perdido a su hijo.
El Padre conocía el riesgo de la libertad; sabía que el hijo podría perderse… pero quizás ni siquiera el Padre podía imaginar una caída como ésta, un abismo tan grande.

Ese grito: “¿Dónde estás?”, aquí, ante la tragedia inconmensurable del Holocausto, resuena como una voz que se pierde en un abismo sin fondo…
Hombre, ¿dónde estás? Ya no te reconozco.

¿Quién eres, hombre? ¿En qué te has convertido?
¿Cómo has sido capaz de este horror?
¿Qué te ha hecho caer tan bajo?
No ha sido el polvo de la tierra, del que estás hecho. El polvo de la tierra es bueno, obra de mis manos.
No ha sido el aliento de vida que soplé en tu nariz. Ese soplo viene de mí; es muy bueno (cf. Gn 2,7).

No, este abismo no puede ser sólo obra tuya, de tus manos, de tu corazón… ¿Quién te ha corrompido? ¿Quién te ha desfigu-rado?
¿Quién te ha contagiado la presunción de apropiarte del bien y del mal?
¿Quién te ha convencido de que eres dios? No sólo has torturado y asesinado a tus hermanos, sino que te los has ofrecido en sacrificio a ti mismo, porque te has erigido en dios.

Hoy volvemos a escuchar aquí la voz de Dios: “Adán, ¿dónde estás?”.
De la tierra se levanta un tímido gemido: Ten piedad de nosotros, Señor.
A ti, Señor Dios nuestro, la justicia; nosotros llevamos la deshonra en el rostro, la vergüenza (cf. Ba 1,15).

Se nos ha venido encima un mal como jamás sucedió bajo el cielo (cf. Ba 2,2). Señor, escucha nuestra oración, escucha nuestra súplica, sálvanos por tu misericordia. Sálvanos de esta monstruosidad.

Señor omnipotente, un alma afligida clama a ti. Escucha, Señor, ten piedad.
Hemos pecado contra ti. Tú reinas por siempre (cf. Ba 3,1-2).
Acuérdate de nosotros en tu misericordia. Danos la gracia de avergonzarnos de lo que, como hombres, hemos sido capaces de hacer, de avergonzarnos de esta máxima idolatría, de haber despreciado y destruido nuestra carne, esa carne que tú modelaste del barro, que tú vivificaste con tu aliento de vida.
¡Nunca más, Señor, nunca más!

“Adán, ¿dónde estás?”. Aquí estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre, creado a tu imagen y semejanza, ha sido capaz de hacer.
Acuérdate de nosotros en tu misericordia.

Fuente Religión Digital

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