Comentarios desactivados en “Estad preparados”. Domingo 07 de agosto de 2022. 19º domingo del Tiempo Ordinario
Leído en Koinonia:
Sabiduría 18, 6-9: Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti. Salmo responsorial: 32: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Hebreos 11, 1-2. 8-19: Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Lucas 12, 32-48: Estad preparados.
Primera Lectura
Los israelitas, oprimidos en Egipto, experimentaron que el Señor era su salvador la noche en que murieron los primogénitos de los egipcios. Por eso aquella noche tuvo una significación trascendental para la historia de los hebreos. Les recordaba las promesas que Dios había hecho a sus padres; que desde entonces Israel fue un pueblo libre y consagrado al Señor. La primera cena del cordero pascual sirve de modelo a lo que había de ser centro de la vida religiosa y cultural.
La participación en un mismo sacrificio simbolizaba la unión solidaria de un pueblo en un destino común. La celebración pascual recuerda que Dios no cesa de elegir a su pueblo entre los justos y de castigar a los impíos.
Hoy, toda esta imagen de Dios, por más que la hayamos estado escuchando y venerando durante milenios, desde siempre, aparece como profundamente inadecuada, inaceptable. ¿Qué clase de Dios es ése que opta por un pueblo, lo elige, le regala una tierra que está ya ocupada por otros pueblos da poder a su pueblo elegido para que los expulse y los destruya? ¿Es verosímil esta imagen de Dios? ¿No es propia de los tiempos «tribales», donde cada tribu se imagina que tiene su Dios protector que la defenderá contra las demás? (Recomendamos leer al respecto, por ejemplo, de John Shelby SPONG, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, Abya Yala, Quito, Ecuador, www.tiempoaxial.org; también se puede mirar en google y en youtube sobre este autor).
Segunda Lectura
La fe de Abraham y de los patriarcas sirve de ejemplo. Para estimular la perseverancia en la fe que lleva a la salvación, la carta a los Hebreos aduce una serie de testigos. Abraham, lo mismo que los hebreos del siglo I, conoció la emigración, la ruptura respecto al medio familiar y nacional y la inseguridad de las personas desplazadas. Pero en esas pruebas encontró Abraham motivo para ejercer un acto de fe en la promesa de Dios.
La fe enseña a no darnos por satisfechos con los bienes tangibles ni con esperanzas inmediatas. Abraham creyó por encima de la amenaza de la muerte. Sufrió la esterilidad de Sara y la falta de descendencia. Esta prueba fue para él la más angustiosa porque el patriarca se acercaba a la muerte sin haber recibido la prenda de la promesa. Aquí se hace realidad la última calidad de la fe: aceptar la muerte sabiendo que no podrá hacer fracasar el designio de Dios.
Más que el sufrimiento, es la muerte el signo por excelencia de la fe y de la entrega de uno mismo a Dios. Abraham creyó en un “más allá de la muerte”, creyó le sería concedida una posteridad incluso en un cuerpo ya apagado, porque le había sido prometida. Esta fe constituye lo esencial de la actitud de Cristo ante la cruz. También se entregó a su Padre y a la realización del designio divino, pero tuvo que medir el fracaso total de su empresa: para congregar a toda la humanidad, se encuentra aislado pero confiado en un por encima de la muerte que su resurrección iba a poner de manifiesto.
Evangelio
El evangelio de hoy nos presenta unas recomendaciones que tienen relación con la parábola del domingo anterior del rico necio. Los exegetas se diversifican en cuanto a la estructura que presente el texto y no determinan las unidades de las que se compone. La actitud de confianza con el que inicia el texto no debería de omitirse “no temas, rebañito mío, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino”. Esta exhortación a la confianza, al estilo veterotestamentario y que gusta a Lucas, expresa la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo, pero expresa también la autocomprensión de las primeras comunidades: conscientes de su pequeñez e impotencia, vivían, sin embargo, la seguridad de la victoria. La bondad de Dios, en su amor desmedido, nos ha regalado el Reino. Desde aquí tenemos que entender las exhortaciones siguientes. Si el Reino es regalo, lo demás es superfluo (bienes materiales). Recordemos los sumarios de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Lucas invita a la vigilancia, consciente de la ausencia de su Señor, a una comunidad que espera su regreso, pero no de manera inminente como sucedía en las comunidades de Pablo (cf. 1Tes.4-5). La Iglesia de Lucas sabe que vive en los últimos días en los que el hombre acoge o rechaza de forma definitiva la salvación que se regala. Cristo ha venido, ha de venir; está fuera de la historia, pero actúa en ella. La historia presente, de hecho, es el tiempo de la iglesia, tiempo de vigilancia.
Fitzmyer, ilustra esta afinada concepción de la historia, aparecen varias recomendaciones en lo que puede considerarse como los “retazos de una hipotética parábola”. Lo importante será descubrir en cuál de esas recomendaciones centramos la llegada que hay que esperar de manera vigilante. La predicación histórica de Jesús tienen estas máximas sobre la vigilancia y la confianza. Ahora, en este texto se les reviste de carácter escatológico. El punto clave reside en la invitación “estén preparados”; o lo que es lo mismo, lo importante es el hoy. A la luz de una certeza sobre el futuro, queda determinado el presente. Esta es la comprensión de la historia de Lucas: “se ha cumplido hoy” (4,21), “está entre ustedes” (17,20-21) y “ha de venir” (17,20).
El Reino es, al mismo tiempo, presente y algo todavía por venir. De aquí la doble actitud que se exige al cristiano: desprendimiento y vigilancia. Es necesario desprenderse de los cuidados y de los bienes de este mundo, dando así testimonio de que se buscan las cosas del cielo.
La vigilancia cristiana es inculcada constantemente por Cristo (Mc 14,38; Mt 25,13). La vida del cristiano debe ser toda ella una preparación para el encuentro con el Señor. La muerte que provoca tanto miedo en el que no cree, para el cristiano es una meditación: marca el fin de la prueba, el nacimiento a la vida inmortal, el encuentro con Cristo que le conduce a la Casa del Padre.
La intervención de Pedro, demuestra que la exhortación de Jesús sobre el significado de actuar y perseverar en vigilancia es en primer lugar referido a aquellos que son “la cabeza” de la comunidad, o mejor dicho para los que “están al servicio” de la comunidad. La resurrección a la vida depende del modo como ejercitaron ese servicio.
Comentarios desactivados en 7.7.22. Dom 19. No temas, pequeño rebaño; vuestro Padre ha querido daros el reino (Lc 12, 32)
Del blog de Xabier Pikaza:
El Dios de Jesús es Abba, Padre, siendo también Imma, es decir, madre. Estos dos nombres unidos, que Jesús ha recreado (como mesías materno/paterno) nos sitúan ante la experiencia más honda de la vida humana, en la raíz del evangelio.
| X. Pikaza
Las dos palabras (Abba e Imma) son inseparables, pues, en principio, el Padre depende de la Madre. En el centro del Nuevo Testamento se encuentra la palabra Abba, que Jesús ha utilizado en su oración, al referirse al Padre (cf. Mc 14, 36 par). Ésta es una palabra de la Biblia Cristiana, pero ella sólo puede interpretarse a partir de la madre (Imma), que se la transmite al niño, aunque luego ella queda a veces en la penumbra. Sólo cuando Imma (o la que hace sus veces) enseña al niño a decir Padre , y cuando el niño dice así (Abba) la vida tiene sentido y el hombre se sabe enraizado en la marcha divina de la vida.
Diciendo Abba, el niño no se aleja de la madre, para caer en manos de un mal patriarcalismo, sino que penetra en la experiencia más honda de la madre, que pone al niño ante su padre. Para que la vida del niño madure en riqueza y diálogo hace falta una buena madre (Imma) que le lleve al Abba, entrando en la relación mutua del padre y de la madre, que será principio de todas las restantes relaciones (con los hermanos, con los otros).
Abba no es una palabra técnica, propia de discusiones eruditas, sino la más sencilla de todas las palabras, casi onomatopéyica, que el niño pronuncia y comprende en el mismo principio de su vida, al referirse cariñosamente al padre (abba), en unión (a partir) de la madre (imma) como primera de todas las experiencias que son, al mismo tiempo, profanas y sagradas. No es palabra aislada, que se entiende por sí misma, sino que forma parte de una relación doble: Imma-Abba, Madre-Padre. Por eso, tomada en sí misma, ella alude a un padre que no solamente incluye elementos de madre (padre materno, padre tierno), sino que sigue teniendo a su lado a la madre, de la que depende (la Madre es la que sigue haciendo que el hijo diga Padre).
Un Abba sin Imma no es sólo enfermizo sino contrario al evangelio, pues al lado del Abba ha de estar la Imma como iniciadora y testigo del Padre. Su misma cercanía (las dos palabras marcan el acceso del niño a la vida personal consciente) definen su identidad. Muchos han aplicado a Dios palabras muy sabias, como si hubiera que dejar la infancia para encontrarle, como si la experiencia del niño fuera incapaz de abrirnos a la hondura de la Realidad. Pues bien, Jesús ha vuelto de algún modo a la infancia (en ejercicio de intensa neotenia), recuperando ante Dios su primera experiencia de niño en brazos de la madre (Imma) que le lleva al padre, pudiendo decía así Abba (que es siempre Padre desde la Madre).
Otros no se han atrevido, Jesús, en cambio, lo ha hecho
y de esa forma ha saludado a Dios de un modo intenso con la más fuerte de todas las palabras, aquella que los niños confiados y gozosos aprenden de boca de la Madre (Imma) para referirse al Padre (Abba) en quien creen y confían, sin dejar por eso a la Madre (sino todo lo contrario). Conocer a Dios resulta, para Jesús, lo más fácil y primero; no ha necesitado argumentos para comprender su esencia, no ha buscado demostraciones: Su madre María le ha enseñado a decir Abba y en el abba familiar (José) ha podido descubrir el rostro de Dios Abba, un Padre con madre o, mejor dicho, desde la madre.
La experiencia de Dios como Madre-Padre resulta inseparable del camino concreto, diario, de su vida. Jesús se ha confiado en Dios Madre-Padre y de esa forma ha vivido, dialogando con la tradición de su pueblo y de su entorno religioso pero, sobre todo, viviendo de un modo trasparente, ante el Dios que es madre-padre. No ha dejado de ser niño para hacerse mayor, sino que se ha hecho mayor profundizando en su experiencia de niño.
No os preocupéis… Don y tarea del Padre
El punto de partida del mensaje de Jesús es el don del Dios Padre/madre; la conversión (transformación) del hombre vendrá después. Mirado así, el mensaje de Jesús resulta sencillo, asombrosamente claro, lo más simple y normal: Nos conduce de nuevo, como a niños, con la ayuda de la madre, al lugar del verdadero nacimiento, al gozo y presencia del Padre. Otros personajes religiosos, históricos o simbólicos (Daniel, Henoc, Esdras…) habían realizado largos “viajes” para encontrar a Dios, Señor de Espíritus, envuelto en Halo de Misterio, Anciano de Días. Jesús no los ha hecho, sabe que Dios está a su lado. Jesús dice:
No os preocupéis, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos o con qué nos vestiremos? Porque los gentiles buscan ansiosamente todas estas cosas; pero vuestro Padre (Mt: celestial] sabe que las necesitáis. Por eso, buscad primero el reino y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura (Lc 12, 22-32; cf. Mt 6, 25-33).
Éste pasaje sapiencial nos sitúa ante el principio de la vida (cf. Gen 1-3), para descubrir allí la mano bondadosa de un Dios Padre, que realiza acciones y gestos maternos: Alimenta y viste a los hombres, como Madre que da leche al hijo y que le abriga, para que pueda así crecer y madurar sin miedo. Pues bien, cuando Jesús compara a los hombres con cuervos (Mt: aves) que no siembran y con lirios que no hilan, lo hace precisamente para marcar la diferencia, dentro de las semejanzas; aves y plantas no trabajan, pero los hombres han de hacerlo (sembrar, hilar…), aunque sabiendo que en el fondo de todo, más profundo que el trabajo, está el gozo y confianza de la vida, que se funda en el Padre y en su don del reino.
Lo primero es la experiencia del Dios Creador, que cuida a los pájaros del cielo y a los lirios del campo, apareciendo después como Padre de los pequeños, de aquellos que parecen más pobres y perdidos, como Fuente de Amor entrañable, principio de existencia, alimento y protección (vestido). Por eso, el evangelio es ante todo palabra de consuelo para hombres y mujeres agobiados y oprimidos (cf. Mt 11, 28), revelación de Padre/Madre, principio de vida. Por eso, en principio, situados ante el Padre/Madre, los hombres no tenemos que hacer nada, sino ser: Dejar que nos ame el Padre/Madre y nos ponga en camino de reino.
La oración al Padre
Los textos anteriores han mostrado la bondad universal y reconciliadora de Dios en cuyo nombre ha salido Jesús a proclamar el reino. Desde ese fondo y desde la necesidad de los hombres se entiende su oración:
Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino.
Danos hoy nuestro pan cotidiano, y perdona nuestra deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores (versión de Mt), y no nos metas en tentación (Lc 11, 2-4; cf. Mt 6, 9-13).
Éste es el nombre de Dios, simplemente padre, padre-madre. El primer nombre, el más hondo de la vida
‒ Santificado sea tu Nombre. Al decir a Dios “santificado sea tu Nombre” (=santifica tu nombre), le pedimos que muestre su santidad, como Padre liberador de los oprimidos, dominados por los prepotentes. Nombre significa identidad, lo más propio de Dios, aquello que define su persona. Pues bien, ahora descubrimos que el Nombre de Dios es Padre (Padre/Madre) no Yahvé (Soy el que Soy: Ex 3, 14), y así le pedimos que lo santifique, es decir, que se manifieste como tal, escuchando y respondiendo a sus hijos, los hombres.
‒ Venga tu reino. Los judíos habían llamado a Dios Rey y Padre en las Dieciocho Bendiciones. Jesús le llama sólo Padre, pero le pide que venga (que traiga) su Reino (afirmando así implícitamente que es Rey). Ésta es su paradoja: El Reino que pedimos y buscamos no es conquista de un rey que se impone por armas, sino regalo familiar de Padre. En este contexto recordamos la tradición mesiánica israelita: El Padre Dios desplegaba su poder a través del Hijo Rey (monarca davídico). Ahora, por medio de Jesús, Dios revela y despliega su Reino, sin necesidad de un rey de este mundo.
‒ Danos hoy nuestro pan cotidiano. Del Padre nuestro pasamos al pan nuestro. El primer signo del Padre no es una Ley particular sagrada, sino el alimento universal que deben compartir en solidaridad todos los hombres y mujeres, sin distinción de raza o religiones. La primera tarea de Dios Madre/Padre es alimentar a sus hijos, dándoles su pecho, ofreciéndoles sus bienes. Este pan, que Don de Dios, es “nuestro”, es decir, de todos lo orantes, que deben trabajar por conseguirlo y compartirlo. Los cuervos y lirios tenían su pan si trabajar (cf. Mt 6, 25-34). Los hombres lo reciben del Padre Dios Padre trabajando y compartiendo lo que tienen.
‒ Perdona nuestras deudas… Del pan pasamos al perdón. La oración supone que tenemos deudas con Dios y con otros hermanos. Según justicia, el hombre debería devolverle a Dios (y a los demás) lo que les debe. Pero Dios no es acreedor, ni juez, sino Padre y, como tal, perdona las deudas de los hijos, como recuerda esta petición, que nos hace pasar del plano de la ley (que impone obligaciones) al de la gracia. Como madre-padre, Dios perdona todo que pudiéramos deberle. Pero, al mismo tiempo, su perdón supone que también nosotros perdonemos nuestras deudas como hermanos.
‒ Y no nos metas en tentación… En esta versión de Lucas pedimos al Padre que “no nos meta en tentación”: lo normal sería que lo hiciera, como en el principio de los tiempos (Gen 2-3); por eso, nosotros, débiles humanos, le decimos que se porte como Padre, que no ponga nuestra vida a prueba. Pero el texto se puede traducir también diciendo no nos dejes caer en la tentación, protégenos en ella, suponiendo así que en la vida hay pruebas y que el verdaderoPadre educa a los hijos para que puedan superarlas, sin quedar derrotados por ellas. Lógicamente, no podemos evitar las pruebas, pero pedimos a Dios que nos ayude a superarlas.
Todo lo que pidiereis orando, creed que ya lo habéis recibido y así será. Y cuando oréis, perdonad si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre celestial os perdone vuestras culpas (Mc 11, 24-25).
Los seguidores de pueden dialogar y dialogan directamente con Dios,
con plena confianza, teniendo la certeza de que el Padre les ha concedido ya (cf. elabete: 11, 24) aquello que le piden. Frente al negocio del templo, que divide a unos de otros (judíos y gentiles, laicos y levitas, vendedores y compradores…), ha situado Marcos la experiencia luminosa y creadora de la reconciliación directa de unos hombres y mujeres que se perdonan mutuamente, como el Padre Dios les perdona.
Siglos habían tardadolos judíos en construir una nación fundada en leyes y templo. Pues bien, Jesús ha superado ese nivel, condenando el comercio del templo (cf. Mc 11, 11), para instaurar una comunidad donde cada uno es sacerdote, y puede orar con plena confianza, sin necesidad de sacrificios ni templos exteriores:
‒ Y cuando oréis, perdonad… No hay templo que avale unos derechos particulares (judíos) ni un perdón por rito. Y así, desaparecido el santuario antiguo con sus leyes sacrificiales, emerge el perdón gratuito del Padre que se expresa a través del perdón interhumano. Orar es perdonar, vivir en gratuidad. No exigir, no imponer los criterios propios, no expulsar ni condenar a nadie, amar directamente, como hijos de Dios.
‒ Para que vuestro Padre Celestial os perdone… Marcos emplea aquí el lenguaje cultual (paraptôma: caída, ofensa; cf. Rom 4, 25; 5, 15-20; Mt 6, 14-15) en vez del económico y profano (deudas, Mt 6, 12), para situarnos ante los pecados que según la tradición judía eran ofensas contra Dios, de tal manera que sólo Dios podía perdonarlos, a través de un ritual preciso, muy sagrado, de templo. Pues bien, ese ritual ha terminado, pues Dios ama y/o perdona como Padre, allí donde nosotros acogemos su perdón y nos amamos mutuamente.
Dios se revela así como Padre, no porque impone su autoridad sobre los hombres, sino porque les ama. No es Señor de seres sometidos, sino Madre-Padre, Imma-Abba, de hijos libres, que le acogen y responden, perdonándose entre sí. En ese contexto se vinculan los dos mandamientos “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón; amarás al prójimo como a ti mismo” (cf. Mc 12, 38-34 par). Otros grupos judíos decían algo semejante (amar a Dios, amar al prójimo), pero sólo Jesús ha vinculado de forma radical esos mandatos, como base de toda experiencia y tarea religiosa, descubriendo a Dios en el despliegue y desarrollo del amor humano (cf. Lc 10, 25-37: parábola del buen samaritano), interpretado de forma universal.
Jesús supera así el plano del talión, de manera que aquello que podía parecer pura arbitrariedad se convierte en principio de una justicia más alta, del don gratuito del Padre. Ésta es básicamente una experiencia de “oración”, que se expresa en forma de unión gratuita con Dios. De esa forma, allí donde Jesús dice pedid y se os dará, buscad y hallaréis… (Mt 7, 7; Lc 11, 9) se está diciendo: Pedid y Dios Padre os dará; buscad, y Dios Padre os mostrará… Así concluye la sección:
Si pues vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, cuanto más vuestro Padre celestial dará bienes a quienes se los pidan (Mt 7, 11) [Cf Lc 11, 13: dará el Espíritu santo a quienes se lo pidan].
Si los padres humanos saben dar cosas buenas a sus hijos, queriendo para ellos lo mejor, más lo querrá el Padre (Mt: “celestial”), ofreciendo sus dones a los hombres, hijos suyos. Por eso, los hombres, hijos de Dios, no deben angustiarse, pues Dios cuida de ellos, de manera que incluso los cabellos de su cabeza están contados (cf- Mt 10, 29-31). Dios es Padre-Madre, en sus manos estamos. Todos somos sus hijos.
El Nuevo Testamento termina con unas palabras de Jesús en el libro del Apocalipsis: “Sí, vengo pronto”. A las que responde el autor: “Amén. Ven, Señor Jesús”. Aunque la mayoría de los católicos no ha leído el Nuevo Testamento de punta a cabo, a muchos les suena la idea de “la segunda venida de Jesús” o “la vuelta del Señor”, sin que a nadie le quite el sueño. Esa vuelta no la ven como algo inmediato, ni siquiera a largo plazo.
A gran parte de los cristianos de finales del siglo I, cuando Lucas escribe su evangelio, le ocurría lo mismo. Desde niños, o desde que se convirtieron, les habían anunciado la pronta vuelta del Señor. Pero pasaron años, décadas, y no volvía. Escritos muy distintos del Nuevo Testamento recogen el desánimo y el escepticismo que se fue difundiendo en las comunidades. Hasta el punto de que el autor de la segunda carta a los Tesalonicenses se siente obligado a negar la inminencia de esa vuelta: «No perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por profecías o discursos o cartas fingidamente nuestras, como si el día del Señor fuera inminente» (2 Tes 2,2).
Lucas también está convencido de que el fin del mundo no es inminente. Antes habrá que extender el evangelio «hasta los confines de la tierra», como expone en los Hechos de los Apóstoles. Pero aprovecha la enseñanza de generaciones anteriores para exhortar a la vigilancia.
[El sacerdote puede elegir este domingo entre una lectura breve y otra larga. Sin detenerme en justificar los motivos, aconsejo limitarse a la breve: Lucas 12,39-40.]
Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
Si se lee el texto de forma rápida parece hablar de los mismos personajes: unos criados y su señor. Sin embargo, habla de dos señores distintos:
1) uno que vuelve de un banquete o una boda, y al que esperan sus criados;
2) otro, que no tiene criados, se entera de que esa noche va a venir un ladrón, y lo espera en vela.
Dos comparaciones anticuadas
Veinte siglos hacen que incluso las imágenes más expresivas se desvirtúen. La primera comparación trae a la memoria la serie Downton Abbey, con toda la servidumbre perfectamente uniformada y dispuesta a la entrada del palacio esperando la llegada del señor o la familia. Esto pasó a la historia. Imaginando una comparación actual diría: “Tened los chalecos antibalas puestos y las armas preparadas, igual que los agentes de seguridad que esperan que el Presidente salga de la recepción”. Demasiado llamativo y aplicable a poca gente. Pero lo más desconcertante es lo que hace el Presidente: en vez irse a descansar o a dormir, se dedica a servir la cena a sus guardias.
La segunda comparación, la del que espera la venida del ladrón, también parece anticuada. Esa función la cumplen las agencias de seguridad y la policía. Sin embargo, dados los numerosos fallos en este campo, es posible que el dueño de la casa se mantuviese en vela.
Los protagonistas y los consejos
Las imágenes tan distintas de los criados (1ª comparación) y del dueño de la casa (2ª) se refieren a nosotros, los cristianos. El otro gran protagonista es Jesús, presentado una vez como señor y otra como ladrón. Como señor es algo caprichoso, puede volver a cualquier hora, sin avisar; y lo mismo le ocurre como ladrón.
Ya que se trata de dos comparaciones distintas, los consejos también difieren: en el primer caso, debemos imitar a los criados que esperan a su señor, con paciencia, aceptando que venga cuando quiera; en el segundo, imitar al propietario que espera al ladrón, preparados para la llegada imprevista del Hijo del hombre.
Hay también una notable diferencia en cuanto al tono: la primera comparación da por supuesto que el señor encontrará a los criados vigilando y los proclama dos veces bienaventurados. La segunda tiene un tono de amenaza y peligro.
De la vuelta del Señor al encuentro con el Señor
A mediados del siglo XX, los Testigos de Jehová estaban convencidos de que el fin del mundo sería en 1984 (70 años después de 1914, el comienzo de la Primera Guerra Mundial). Supongo que ahora mantendrán otra fecha. Pero no debemos reírnos de ellos. La adaptación de antiguas profecías a nuevas realidades es frecuente en el Antiguo Testamento y también en la iglesia primitiva.
En el caso concreto de la lectura de hoy, sin negar la vuelta del Señor, el acento se ha desplazado a algo más cercano e indiscutible: el encuentro personal con él después de la muerte. En esta perspectiva, la exhortación a la vigilancia sigue siendo totalmente válida.
Pero vigilar no significa vivir angustiados, sino cumplir adecuadamente las propias obligaciones, como recuerdan las exhortaciones de las cartas del Nuevo Testamento: en la vida de familia, el trabajo, la sociedad, la comunidad, es donde el cristiano demuestra su actitud de vigilancia.
La primera lectura (Sabiduría 18,6-9)
La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, ofrece dos posibles puntos de contacto con el evangelio. El texto dice así.
La noche de la liberación [de Egipto] se les anunció de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se fiaban. Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables, pues con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti. Los hijos piadosos de un pueblo justo ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales.
Primer punto de contacto: vigilancia esperando la salvación.
El libro de la Sabiduría piensa en la noche de la liberación de Egipto
El evangelio, en la salvación que traerá la segunda venida de Jesús.
En ambos casos se subraya la actitud vigilante de israelitas y cristianos.
Segundo punto de contacto: solidaridad
Al momento de salir de Egipto, los israelitas se comprometen a compartir los bienes: serían solidarios en los peligros y en los bienes.
En la forma larga del evangelio, Jesús anima a los cristianos a ir más lejos: Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo.
Reflexión final
Leer este evangelio en el primer domingo de agosto, cuando muchos acaban de empezar las vacaciones, no parece lo más adecuado. Sin embargo, precisamente al comienzo de las vacaciones es cuando más nos aconsejan una actitud de vigilancia: con respecto a la protección de la casa, las ruedas del coche, la revisión del motor, la protección de los rayos solares… Siendo realistas, también al comienzo de las vacaciones es cuando muchos se encuentran definitivamente con el Señor. La vigilancia no es solo para el otoño.
Este domingo el Evangelio nos invita a esperar. Pero esta espera tiene que ser activa, expectante. No como quien espera el autobús, sino como quien espera la visita de alguien importante. Es una invitación a estar preparadas, para que no se nos escapen las cosas buenas.
La espera que nos enseña Jesús nada tiene que ver con “mirar al cielo” (cfr. Hch 1, 11). Hacia donde hay que mirar es hacia los hermanos. La espera que nos enseña Jesús tiene que ver con el servicio.
Para relacionarnos con el Dios de Jesús es imprescindible atender a las hermanas, a las personas que nos rodean, sirviendo a quienes lo necesiten. La espiritualidad cristiana es una espiritualidad encarnada por eso el mejor termómetro de nuestra relación con Dios es nuestra vida cotidiana. De nada sirven muchas horas de oración ni haber asistido a misa todos los domingos de nuestra vida si nuestro amor a Dios no se traduce en amor al prójimo.
Pero tampoco vale lo contrario: de nada sirve ser voluntario en tres ONGs si al final llevo una vida vacía porque he desconectado con la Presencia viva de Dios que me habita.
Necesitamos de muchos ratos sentadas a los pies del Maestro para que nuestro “hacer” se depure de todo activismo, de todo afán de protagonismo, de toda apariencia. Pero necesitamos también levantarnos, abandonar el cómodo espacio de intimidad con Dios y volvernos hacia quienes puedan necesitarnos sirviendo.
Jesús, el gran orante, la noche que en que iba a ser entregado, “se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura. Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies…” (Jn 13, 4-5)
En el itinerario que nos ofrece Jesús, oración y servicio van juntas, no se pueden separar, se alimentan mutuamente y nos hacen crecer armónicamente. Tampoco nuestro cuerpo y nuestro espíritu son dos realidades separadas, si descuidamos nuestro cuerpo o nuestro espíritu nuestra vida se resiente, se enferma.
Oración
“Trinidad Santa, ayúdanos a vivir con la cintura ceñida para el servicio
y la lámpara de la oración siempre encendida. ¡Amén!”
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DOMINGO 19 (C)
Lc 12,32-48
El texto del evangelio de este domingo forma parte de un amplio contexto, que empezaba el domingo pasado con la petición de uno a Jesús: “dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. A partir de ahí, Lucas propone una larga conversación con los discípulos que abarca 35 versículos y toca muy diversos temas. Se trata de pensamientos dispersos que el evangelista organiza a su manera. Sin duda reflejan la manera de ver la vida de la primera comunidad, como lo demuestra la conciencia de ser un pequeño rebaño.
Que el texto utilice el lenguaje escatológico nos ha despistado. El que nos hable de talegos o tesoros en el cielo que nadie puede robar, o que Dios llegará como un ladrón en la noche, nos ha alejado del Dios de Jesús. Este lenguaje mítico a nosotros hoy no nos aclara nada. Dios no tiene que venir de ninguna parte. Está llamando siempre pero desde dentro. No pretende entrar en nosotros sino salir a nuestra conciencia y manifestarse en nuestras relaciones con los demás. No hemos superado la idea de un Dios que actúa desde fuera.
El domingo pasado se nos pedía no poner la confianza en las riquezas. Hoy se nos dice en quién hay que poner la confianza para que sea auténtica: no en un dios todopoderoso externo, sino en el hombre creado a su imagen y que tiene al mismo Dios como fundamento. No es pues, cuestión de actos de fe, sino afianzamiento en una actitud que debe atravesar toda nuestra vida. Confiadamente, tenemos que poner en marcha todos los recursos de nuestro ser, conscientes de que Dios actúa solo a través de sus criaturas, y que solo a través de cada una de ellas la creación evoluciona. Ayúdate y Dios te ayudará.
Se trata de estar siempre en actitud de búsqueda. Más que en vela, yo diría que hay que estar despiertos. No porque puede llegar el juicio cuando menos lo esperemos, sino porque la toma de conciencia de la realidad que somos exige plena atención a lo que está más allá de los sentidos y no es fácil de descubrir. El tesoro está escondido y hay que “trabajar” para descubrirlo. No se trata de confiar en lo que nosotros podemos alcanzar, sino en que Dios ya nos lo ha dado todo. Ha sido Dios el primero que ha confiado en nosotros en el momento en que pretende darse él mismo sin limitación ni restricción alguna.
Si hemos descubierto el tesoro que es Dios, no hay lugar para el temor. A las instituciones no les interesa la idea de un Dios que da plena autonomía al ser humano, porque no admite intermediarios. Para ellos es mucho más útil la idea de un dios que premia y castiga, porque en nombre de ese dios pueden controlar a las personas. La mejor manera de conseguir sometimiento es el miedo. Eso lo sabe muy bien cualquier autoridad. El miedo paraliza a la persona, que inmediatamente tiene necesidad de alguien que le ofrezca su ayuda para poder conseguir aquello que ya poseían plenamente antes de tener miedo.
Cuentan que una madre empezó a meter miedo de la oscuridad a su hijo pequeño. El objetivo era que no llegara nunca tarde a casa. Con el tiempo, el niño fue incapaz de andar solo en la noche. Eso le impedía una serie de actividades que hacía muy difícil desarrollar su personalidad. Entonces la madre, fabricó un amuleto y dijo al niño: esto te protegerá de la oscuridad. El niño, convencido, empezó a caminar en la noche sin ningún problema, confiando en el amuleto que llevaba colgado del cuello. ¡Sin comentario!
No debo confiar en un Dios externo sino en mi propio ser que tiene a Dios como fundamento y me proporciona posibilidades infinitas desde dentro de mí mismo. Esto es lo que significa: “vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino”. El dios araña que necesita chupar la sangre al ser humano no es el Dios de Jesús. El dios del que depende mi futuro, no es el Dios de Jesús. El dios que me colmará de favores cuando cumpla su santa voluntad, no es el Dios de Jesús. El Dios de Jesús es don total, incondicional e irrevocable.
El Padre ha tenido a bien confiaros el Reino. Este es el punto de partida. No tengáis miedo, estad preparados, etc., depende de esta verdad. Si el Reino es el tesoro encontrado, nada ni nadie puede apartarme de él. Todo lo que no sea esa realidad absoluta, que ya poseo, se convierte en calderilla. Nuestra tarea será descubrir el tesoro, todo lo demás surgirá espontáneamente. El Reino es el mismo Dios escondido en lo más hondo de mi ser. Los demás valores deben estar subordinados al valor supremo que es el Reino.
“Dar el reino” aplicado a Dios no tiene el mismo sentido que puede tener en nosotros el verbo dar. Dios no tiene nada que dar. Dios se da el mismo, pero a nosotros se da antes de que nosotros seamos. De ese modo, Dios se convierte en el sustrato y fundamento de mi ser. Sin Él, yo no sería nada. Ese don descubierto y vivido es la raíz de todas mis posibilidades de ser. Lo que puedo llegar a ser, más allá de mi biología, es consecuencia de esa presencia de Dios en mí que me capacita para llegar a ser lo que Él mismo es.
Esa fe-confianza, falta de miedo, no es para un futuro en el más allá. No se trata de que Dios me dé algún día lo que ahora echo de menos. Esta es la gran trampa que utilizan los intermediarios. A ver si me entendéis bien: Dios no tiene futuro. Es un continuo presente. Ese presente es el que tengo que descubrir y en él lo encontraré todo. No se trata de esperar a que Dios me dé tal o cual cosa dentro de unos meses o unos años. El colmo del desatino es esperar que me dé, después de la muerte, lo que no quiso darme aquí.
La idea que tenemos de una vida futura desnaturaliza la vida presente hasta dejarla reducida a una incómoda sala de espera. La preocupación por un más allá nos impide vivir en plenitud el más acá. La vida presente tiene pleno sentido por sí misma. Todo lo que podemos proyectar para el futuro, está ya aquí y ahora a nuestro alcance. Aquí y ahora puedo vivir la eternidad, puesto que puedo conectar con lo que hay de Dios en mí. Aquí y ahora puedo alcanzar mi plenitud, porque teniendo a Dios lo tengo todo.
La esperanza cristiana no se basa en lo que Dios me dará sino en que sea capaz de descubrir lo que Dios me está dando ya. Para que llegue a mí lo que espero, Dios no tiene que hacer nada; ya lo está haciendo. Yo soy el que tiene mucho que hacer, pero en el sentido de tomar conciencia y vivir la verdadera realidad que soy. Por eso hay que estar despiertos. Por eso tenemos que vivir el momento presente, porque es el definitivo y en él puedo dar el paso a la experiencia cumbre. Ese sería el momento definitivo de mi vida.
Demostramos falta de confianza y exceso de miedos, cuando buscamos a toda costa seguridades, sea en el más acá sea para el más allá. El miedo nos impide vivir el presente. Solo viviremos cuando perdamos el miedo. Debemos caminar aunque no tengamos controlado ni el camino ni la meta. Mientras más se acerca a la plenitud un ser humano, más vasto es el horizonte de plenitud que se le abre. Esto, que en sí mismo es un don increíble, a veces lleva a la desesperanza, porque la vida humana es siempre un comienzo.
Meditación
El único objetivo de toda religión debía ser llevarte al interior,
donde te encontrarás con el mismo Dios como centro de tu ser.
Antes de descubrirlo, la confianza es imprescindible.
Nadie tira por la borda las seguridades si no encuentra la total seguridad.
Muchas veces te han dicho que tienes que vender todo lo que tienes.
Pero la realidad es muy tozuda. Nadie da todo por nada.
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Lc 12, 32-48
«No acumuléis tesoros en la tierra…»
La cultura de la riqueza nos ha proporcionado un bienestar inimaginable hace tan solo unos años, pues, al menos en apariencia, la felicidad es la tónica general entre los ciudadanos de las sociedades opulentas. Vistas desde una sociedad próspera como la nuestra, las recomendaciones que hoy leemos en el evangelio parecen muy poco afortunadas, y da la impresión de que Jesús no llegó a vislumbrar siquiera el potencial que tiene el progreso para llenar la vida y generar felicidad.
Pero si escarbamos un poco bajo la superficie, quizá comprobemos que el precio que estamos pagando por mantener esta prosperidad es desmedido, y ello sin necesidad de aludir a los grandes problemas globales que nos están abocando al desastre, sino limitando nuestra reflexión al ámbito personal.
Porque bajo esa superficie engañosa y aparente, encontramos en primer lugar una sociedad compleja en extremo que nos abruma; que nos somete a tal cúmulo de preocupaciones, compromisos y desvelos, que nos impide encontrar el sosiego y la paz necesarios para plantear la vida en plenitud y vivirla con sentido.
Pero hay más, porque si seguimos profundizando, caeremos en la cuenta del grado de alienación que nos produce el dinero y todo lo que se puede comprar con dinero. No es que la riqueza en sí sea mala, y de hecho hay quien la convierte en talento para construir el Reino, pero suele ocurrir que no somos nosotros los que poseemos las riquezas, sino que son las riquezas las que nos poseen a nosotros. Convertimos así un talento en una “pasión”que nos esclaviza, que nos maneja a su antojo y nos transforma en personas “pasivas” a su merced.
En la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, Jesús nos muestra hasta qué punto puede endurecerse el corazón de alguien que está poseído por sus riquezas. Dice la parábola que Epulón, en medio de los tormentos del Hades, le pide a Abraham que envíe a Lázaro a visitar a su padre y a sus hermanos para que se arrepientan y eviten su destino, y Abraham le contesta: «No harán caso, aunque resucite un muerto».
Finalmente, y allá en el fondo, descubrimos que la cultura de la riqueza nos enfrenta nada menos que a nuestra propia esencia, porque el motor de nuestro mundo es la ambición, y la ambición nos inhabilita para compadecer, para perdonar, para ayudar, para servir, y nos convierte en personas peligrosas carentes de humanidad y capaces de cualquier cosa por alcanzar sus objetivos.
Y la conclusión es que quizá Jesús no andaba tan descaminado; que quizá debamos preguntarnos si lo que el mundo llama progreso, no es en realidad una tiranía despiadada que nos impide vivir con sentido, nos esclaviza y nos deshumaniza…
Quizá debamos preguntarnos si no estamos vendiendo la primogenitura por un plato de lentejas.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
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Lc 12, 32-48
Como suele pasar con la mayoría de los relatos evangélicos, las comparaciones puestas en boca de Jesús exceden la realidad y los relatos se vuelven intrigantes y hasta distópicos. Estos relatos del texto de Lucas 12,32-48 son cuanto menos inquietantes y se distancian bastante de lo que podemos suponer que se daba en el entorno de Jesús. Ciertamente, es muy improbable que en la práctica un sirviente se mantenga en vela toda la noche, todas las noches. Mucho más increíble es que el señor, al llegar, si encontrara a sus sirvientes en vela, se pusiera a servir él mismo a los sirvientes. La metáfora resulta cada vez más increíble: sirvientes que cumplen la voluntad de un señor aún sin conocerla y un señor que castiga con azotes o que sirve él mismo a sus sirvientes, según el caso.
Es clara la insistencia de este texto acerca del estar en vela, vigilante, el estar preparados y, sobre todo, acerca de la premura por cumplir la voluntad de Dios. Pero no se trata de hacer lo que se pueda con buena intención o de intentar conocer la voluntad de Dios. El relato es sumamente exigente: conocer o no conocer la voluntad no exime de cumplirla, y todas las acciones tienen consecuencias drásticas.
Este relato podría interpretarse de manera actual como una llamada a convertirnos en agentes de nuestra propia vocación y misión y a discernir en común espacios institucionales que hagan posible la realización del reino. Siempre teniendo presente que estas exigencias son realizables ya que están en función de una promesa: “No temas, pequeño rebaño, que el Padre ha querido darles el reino”.
Por el contrario, el activismo es uno de los desafíos que sigue acechando nuestras comunidades. Incluso en las comunidades más vitales, se piden muchas obras y tareas a cada uno, la mayoría de ellas muy buenas y necesarias. Sin embargo, en el relato no se habla de cantidad; no se trata de hacer mucho; se trata de mantenerse “en vela” y de estar atentos para cumplir la voluntad de Dios. Este estar en vela requiere fe y atención; requiere de un discernimiento individual y de uno colectivo, de uno personal y de otro institucional.
Unir la atención, el trabajo y la acción no resulta sencillo. Los tiempos actuales están mucho más llenos de activismo que de acción. La filósofa Hannah Arendt distingue bien el trabajo y la acción. El trabajo estaría más vinculado al hacer para cubrir las necesidades mientras que la acción sería aquella actividad propiamente humana que tiene un sentido más allá de las necesidades y que contribuye a la formación de realidades que colaboran en el crecimiento y desarrollo de todos y de todo. Por supuesto que un activismo sin dirección queda descartado de las opciones éticas.
En el mismo sentido, orientar las decisiones, las expectativas e incluso las posesiones al sentido profundo de la vida es el requisito sine qua non para que crezca el reino. Y esta disposición desapegada genera entusiasmo, inspiración, prevalece frente a los obstáculos y anima a la acción, porque está claro que “donde está tu tesoro allí está tu corazón”.
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Domingo XIX del Tiempo Ordinario
7 agosto 2022
Lc 12, 32-48
La sentencia de Jesús invita a poner luz en aquello que consideramos nuestro tesoro. ¿Qué es, en la práctica, más allá de las palabras, lo realmente importante para mí? Porque será eso lo que me movilizará, ya que ahí habré puesto también mi corazón.
Un modo simple de saber cuál es nuestro tesoro consiste en ver cómo reaccionamos ante las diferentes pérdidas o las frustraciones. Porque aquella pérdida o frustración que más me altere será un indicador inequívoco de que allí tenía puesto mi corazón. La explicación es simple: reaccionamos con mayor intensidad cuanto más valoramos aquello que perdemos. La alteración que nos produce una pérdida es directamente proporcional al valor que atribuimos al objeto perdido y al apego que vivíamos hacia él.
Por lo tanto, únicamente podremos liberarnos de los falsos “tesoros”, que terminan confundiéndonos y esclavizándonos, cuestionando, tanto el valor que atribuimos a las cosas, como nuestro apego a las mismas. Es claro que valor y apego son deudores del modo como nos vemos a nosotros mismos. Al crecer en comprensión de lo que soy, siendo consciente de que, en mi verdadera identidad, soy plenitud de consciencia, dejaré de atribuir un valor desproporcionado a lo que solo es un objeto. Y, en consecuencia, aflojará en la misma medida el apego que vivía hacia él.
Dicho brevemente: la comprensión relativiza tanto el valor como el apego. Porque desnuda a los objetos de su pretensión de ser “tesoros”, lo cual permite, a su vez, que nos liberemos del apego y pongamos nuestro “corazón” en lo realmente real.
¿Qué es lo que más valoro? ¿A qué estoy más apegado?
Comentarios desactivados en ¿La religión nace del miedo? El cristianismo de la confianza. No temáis.
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- El miedo.
El miedo es una sensación de angustia ante un peligro real o supuesto, presente o futuro.
Podemos sentir miedo ante una enfermedad, ante el sin-sentido, ante una situación familiar, política, ante un fracaso. Podemos sentir miedo ante la muerte. Dependiendo de la educación que hayamos recibido y cuál sea nuestra imagen de Dios y de la religión, podemos temer, sentir miedo a Dios
A veces el miedo deriva en angustia, que es más difusa, más inconcreta y más profunda. Se trata de un estado de ansiedad “generalizada”. Es un síntoma existencial que no depende de la riqueza o pobreza, de la salud o enfermedad. De hecho podemos sufrir angustia y depresión el rico y el pobre, el sano y el enfermo, el ignorante y el culto, el creyente y el ateo, el hombre y la mujer.
¿Habrá alguna persona que no haya sentido miedo o angustia en algún momento de su vida?
02.- No temas pequeño rebaño mío.
Hay una tesis (una corriente de pensamiento) que sostiene que la religión tiene su origen en el miedo. Tenemos miedo en la vida y por ello recurrimos a Dios, a los ritos, cuando no a las supersticiones, magia, etc…
Es posible que la religión tenga su origen en los miedos humanos. El cristianismo, no. El cristianismo es confianza y descanso en el Señor. ¡Cuántas veces nos dijo Jesús: no temáis, no tengáis miedo en las tempestades y galernas de la vida!
El miedo es lo contrario de la fe y de la confianza en las personas, en la vida y en Dios.
En estas cuestiones tienen mucho que decir y hacer la psicología, tal vez la medicina, pero también la bondad, la cercanía, la familiaridad empatía tienen mucho que decir y hacer. El miedo no es problema médico, al menos no es solamente una cuestión médica. El miedo y la angustia son problemas que encuentran un “buen tratamiento” en la confianza, la amistad y la fe.
La ciencia, la psiquiatría son muy valiosas en estas cuestiones, pero no es lo mismo vivir en paz que estar sedado. La serenidad y paz es algo más profundo: pase lo que pase, me pase lo que me pase sin Ti, Señor. Mi vida está bien en Dios: por ello no temo en la vida, ni en la muerte, y aunque peque, que peco, encuentro paz en el Señor… No temamos: el Señor está de nuestro lado, da sentido a la vida, nos acoge siempre con bondad y perdón; nos da vida.
La serenidad y calma de Cristo no provienen de que al final de la vida cuadren las cuentas morales en un supuesto juicio bancario allá en el juicio final, sino que la serenidad del creyente proviene de que estamos anclados, firmes en Dios: firmes en un Dios que no es un contable (un Dios que se limite a ser un mero contador de los pecados y de acciones buenas cuando el ser humano muere es un Dios superfluo, ese Dios no vale absolutamente para nada ni es el Dios de Jesucristo).El encuentro con Dios es siempre salvífico: en la vida y en la muerte
La palabra “fe” (confianza) aparece hoy más de siete veces en la primera lectura (Hebreos).
La paz y la calma interiores provienen de una profunda confianza –fe– en el Señor: es la experiencia del abandono en el Señor, la confianza radical en Dios. S Pablo dirá: «Sé de quién me he fiado«: desde esa profunda confianza en el Señor la vida transcurrirá en paz aún dentro de las crisis y dificultades.
Esto es lo que recoge bien la mística: nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta. De otra manera lo dice el salmo 61: Solamente en Dios descansa mi vida… Y es lo que nos dice Cristo:no temáis, vivid serenos, en paz.
Comentarios desactivados en 6.7.22. Tansfiguración. Transfiguración. De la guerra de Dios a la curación del niño enfermo (Mc 9, 2-29)
Del blog de Xabier Pikaza:
Un oficial del ejército de Israel, me dijo un día (en un congreso de Fe y Secularidad, de Majadahonda): Yo veo a Jesús con frecuencia yme identifico con él, en el monte Tabor, que vosotros llamáis de la Transfiguración.
‒ Allí se me aparecen los dos personajes que hablaban con Jesús.Moisés, que es la Ley Elías que es la profecía. Se me aparecen con claridad, les veo con ojos cerrados, les siento con ojos abiertos, me llenan por dentro espíritu y escucho lavoz delInfinito que me dice, lo mismo que Jesús: ¡Tú eres mi Hijo, redime tú esta tierra, libérala de los poderes!
Recordando a ese oficial judío quiero evocar los dos elementos del «icono» de la transfiguraciòn: Ver a Jesús y curar al niño enfermo (no luchar en guerra de muerte), en un mundo lleno de visionarios de monte e inutiles de llano).
05.08.2022 | X Pikaza
1. LÍNEA DE GUERRA: LIBERAR LA TIERRA CON VIOLENCIA
Así me siguió diciendo el judío:Sobre el monte me elevo como Jesús y me siento enviado por Dios para cumplir la tarea de liberación de esta tierra, con la ley de Israel en la mano (Moisés), con la experiencias más alta de oración (Elías…), con razones y con armas…
Jesús retomó aquí en su tiempo el buen camino, pero no lo supo culminar… o no lo culminaron sus seguidores, los cristianos. Por eso, nosotros, los buenos judíos, herederos de Jesús, en la línea de Moisés y Elías, debemos culminarlo, liberando esta tierra con leyes, armas y oraciones
Sí, ya sé que Usted, cristiano, no quiere o puede reconocerlo, me dijo, pero el Tabor es el monte de Barac, el Rayo, el gran guerrero de Israel, con Débora, la Abeja, la profetisa más grande. Allí subieron los soldados escogidos, como sabe Jueces 4, y de allí bajaron, con la ayuda del Dios de Moisés y de Elías (aunque Elías sea posterior), para vencer en la gran batalla a todos los cananeos y palestinos enemigos. No hace falta que se lo recuerde, Usted lee la Biblia, y sabe que este monte, antes de lo que llaman Transfiguración de Jesús, era y sigue siendo la Montaña de la Transfiguración militar y victoriosa de Israel, con Barac y Débora.
No quise argumentar, guardé silencio. Pero, en un momento dado, me preguntó: Y usted, cristiano ¿ve a Jesús con Moisés y con Elías, como el judío eterno, el hombre universal de la libertad israelita? ¿No habrá espiritualizado a Jesús y convertido esta imagen poderosa de la Transfiguración, que es una especie de “jura de bandera” de Israel, en evocación puramente estética de un cielo superior “sin carne” y sin historia, para evadirse del mundo real, mientras los hombres, mujeres y niños reales siguen oprimidos?
INTERMEDIO
Soy de respuestas retardadas, quizá retrasadas. No quise entrar en polémica con el judeo-argentino, oficial del Ejército de Israel. No dije nada al buen porteño-israelita, que interpretaba con armas de guerra el relato de la Transfiguración y que subía a Tabor para retomar la experiencia de Jesús, con signos de Barac/Débora y para así cumplirla liberando toda la tierra de Israel, el mundo entero, e iniciando la era mesiánica anunciada por Moisés y Elías?
No le dije entonces nada, pero he seguido pensando en ello, año tras año he llegado a la conclusiòn de que al Tabor se sube para ver a Dios en Cristo y del Tabor se baja para liberar la tierra,pero no como creía este oficial israelí, sino curando a los niños enfermos de todos los pueblos
Mi dialogante judío leía el evangelio en plano mesiánico-militar, partiendo de Barac/Débora,a quienes unía con Jesús, deseando reiniciar y culminar desde el Tabor la Gran Guerra de la reconquista judía y de la culminación mesiánica del Gran Israel… Jesús estaba en el buen camino, pero no supo culminarlo.
Los exegetas profesionales suelen leeer este pasaje desde una perspectiva de Pascua cristiana y de fiesta judía de los Tabernáculos. La tradición cristiana anterior a Marcos habría “creado” simbólicamente este pasaje para presentar a Jesús Resucitado, Hijo de Dios, introduciendo su figura pascual en un momento de su historia anterior, con Moisés y Elías… De esa forma se habría cumplido, por otra parte, la fiesta judía de los Tabernáculos, es decir, de la plenitud del descanso futuro del Pueblo.
La Iglesia Católica ha querido aplicar esta escena a la vida es`piritual de los creyentes. Eso es importante, pero el signo de la Transfiguración (ver a Jesús) va unido a la curación del niño enfermo, como he mostrado en evangelio de Marcos.
2. FE SANADORA, CURAR AL NIÑO ENFERMO
Mi “compañero” soldado quería bajar del Tabor para luchar contra los enemigos malos, imponiendo su buena “ley” judía en el llano. A diferencia de eso, Jesús bajó con sus tres elegidos para expulsar al «demonio mudo» y violento de un niño enfermo:
Éste es el mensaje del evangelio de la transfiguración.No es bajar del monte para luchar contra los enemigos, sino para curar al niño enfermo:
(a. Situación) 14 Cuando llegaron al llano la gente quedó sorprendida y corrió a saludarlo. 16 y Jesús les preguntó: ¿De qué estáis discutiendo? 17 Uno de entre la gente le contestó: Maestro, te he traído a mi hijo, pues tiene un espíritu mudo. 18 Cada vez que se apodera de él, lo tira por tierra, y le hace echar espumarajos y rechinar los dientes hasta quedarse rígido. He pedido a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.
(b. Fe del padre) 19 Jesús dijo: Traédmelo. 20 Se lo llevaron y, en cuanto el espíritu le vio, sacudió violentamente al muchacho, que cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos. 21 Entonces le preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? El padre contestó: Desde pequeño. 22 Y muchas veces lo ha tirado al fuego y al agua para acabar con él. Si algo puedes, compadécete de nosotros y ayúdanos.23 Jesús le dijo: (Dices si puedo. Todo es posible a quien cree).24 El padre del niño gritó al instante: ¡Creo, pero ayuda mi incredulidad!
(c. Milagro: acción de Jesús) 25 Jesús, viendo que se aglomeraba la gente, increpó al espíritu impuro, diciéndole: Espíritu mudo y sordo, te ordeno que salgas y no vuelvas a entrar en él. 26 Y el espíritu salió entre gritos y violentas convulsiones. El niño quedó como muerto, de forma que muchos decían que había muerto. 27 Pero Jesús, tomándole de la mano, lo levantó, y él se puso en pie (Mc 9).
Este niño lunático (seleniakos, dice el evangelio ), dominado por la “mala luna” (Selene)de su padre violento, forma parte de la granprocesión de pobres que recorren la trama del evangelio: locos y leprosos, publicanos y ciegos, cojos, mancos, paralíticos, mujeres impedidas y sobre todo hambrientos, hombres que buscan un poco de pan en el desierto o descampado.
Visionarios de monte, inútiles de llano
En el monte se hallaba Jesús transfigurado; abajo está el padre impotente con el hijo enfermo, rodeado de escribas, con nueve discípulos inútiles del Cristo (pues no pueden curar al niño enfermo).
Los visionarios de arriba piensan que han hallado a Dios, que han visto su misterio; por eso quieren quedarse allí, haciendo tres tabernáculos sagrados donde pueden descansar ya para siempre con el Cristo transfigurado, sin introducirse en la pasión del mundo, sin pasar por la complejidad de la historia, olvidando todos los problemas (disputas, locuras) de este mundo viejo.
Por su parte, los inútiles de abajo disputan y razonan con todos los escribas de la historia, pero sus razones y gritos no consiguen curar al niño enfermo.
Este es el divorcio de la historia, la ruptura entre una oración sin vida (los de arriba se despreocupan del niño) y un esfuerzo humano sin oración (los discípulos de abajo quieren curarle pero no lo consiguen). Los de arriba desean una casa de recogimiento particular, tabernáculos santos dónde solo se escucha una oración sin compromiso con el mundo. Los de abajo disputan con escribas sobre el niño enfermo, pero no pueden curarale.
En medio de esa escisión de los discípulos se extiende la tragedia de la historia representada por el padre y el niño enfermo. Sólo Jesús puede superarla, bajando con los discípulos orantes hasta el valle de locura y discusión, para curar al niño y decir a los discípulos de abajo que este tipo de demonios sólo pueden expulsarse con oración (9,29), es decir, subiendo a la montaña de la pascua para recibir allí la fuerza de Dios y traducirla en gesto de servicio hacia los pobres. En la unión de esos planos se mantiene Jesús, uniendo de esa forma cielo y tierra, contemplación y acción liberadora, en gesto que Mc vincula con su muerte. Así ha pintado la escena Rafael Sanzio:
– Arriba está Jesús, el Hijo verdadero, culminando un camino iniciado por la ley (Moisés) y los profetas (Elías), rodeado de testigos que miran ignorantes su misterio, mientras quieren quedar allí por siempre. Ellos no saben expandir la casa de la vida; quieren cerrarse en tres tiendas “sagradas” y eternas. Sólo Dios sabe, define y constituye el sentido de Jesús, en clave de familia, en palabra de ratificación pública de su paternidad. Dios había dicho ya a Jesús, en intimidad personal: ¡Tú eres mi Hijo amado, en tí me he complacido! (1,11).
Ahora expande esa palabra en forma abierta, para que la iglesia entera lo reciba y actúa en consecuencia: ¡Este es mi Hijo amado, escuchadle! (9,7). Esto significa que el misterio de la transfiguración debe expandirse, de forma que todos acogen y escuchen a Jesús, conforme a la voz de Dios. Esta revelación superior (voz de la nube) desvela, al mismo tiempo, la paternidad bondadosa de Dios y el poder creador (salvador) de la palabra de Jesús, a quien constituye Hijo querido. Dios aparece de esa forma como Padre que confía en Jesús, diciéndonos que confiemos en el y le escuchemos, porque es su agapêtos, Hijo entrañable.
– Abajo, en cambio, hay un padre impotente: un hombre que no puede creer en el hijo, ni transmitirle su palabra (cf. 9,17-24). La tragedia de la escena está en el hecho de que el padre humano no consigue decir a su hijo enfermo lo que el Padre Dios dice a Jesús al llamarle mi Hijo amado. Por eso, toda la actuación de Jesús ha de entenderse como terapia paterna: quiere que el padre confíe, acepte a su hijo y le quiera (le crea), llamándole agapêtos, querido, traduciendo así en la tierra el misterio del Dios del reino de Jesús .Este es el tema: un padre incrédulo, un hijo loco, incomunicados entre sí, en medio de unos profesionales de la religión (escribas, discípulos inútiles del Cristo) que no saben más que discutir entre sí.
En el centro de la tierra queda una familia rota, una sociedad impotente, entregada a las disputas estériles. Este es el entorno de una iglesia mundanizada (los nueve de abajo), mientras la iglesia sacralizada del Tabor (los tres de arriba) sueña de forma egoísta en su propia tranquilidad celeste, olvidándose del mundo, olvidándose del Cristo que ha venido a dar la vida en medio de la fuerte locura e injusticia de la tierra.
Acabo de participar en una eucaristía y un señor, me dice al final: “vaya, ya hemos cumplido con una obligación. Ya he oído misa”.
Me impresiona. Que celebremos la eucaristía como una obligación, como un deber.
Seguido veo al salir del templo a una madre que lleva a su hijo enfermo con ELA sentado en una silla, y le va diciendo cada piropo… que arde el hacha. Hay enamoramiento, hay amor profundo hacia él.
Eso es lo que menos percibo en los cristianos. Siento que estamos poco enamorados de Jesús, que hemos visto la vida cristiana como una obligación, como un mandamiento de la Iglesia. Qué pena. Nos falta el vigor, la fuente, la energía… Quizás sabemos algunas cosas sobre Jesús pero, tal como nos lo plantea el evangelio, nos cuesta llegar al enamoramiento de Él, a estar tan identificados con Él que ya no actuemos según el evangelio por obligación sino por cariño, por vivir dentro la presencia actuante de Jesús.
Cuando muchos cristianos leemos el Evangelio y vemos las exigencias del perdón, del amor sin límites, la alegría con que vivir, el compartir más allá de la limosna, de una forma disimulada, decimos “bueno ya vale, eso para los monjes”.
Nos ha hecho mucho daño el pensar que los votos de pobreza, servicio o responsabilidad social no eran para nosotros, sino solo para los que han hecho los votos. Nos ayudará mucho el no vivir el cristianismo como religión, sino como opción, como apuesta personal, como actitud de vida.
Cuando veo la vida y el quehacer de muchos misioneros y misioneras me quedo afectado. Lo entregan todo porque aman y se sienten amados por Jesús. Y ese mismo amor lo descubro y lo siento en multitud de personas que aman y realizan maravillas porque les mueve el amor de Jesús que les mantiene.
Tenemos necesidad urgente de conocer a Jesús. Pero un conocimiento que nos lleve a un encuentro personal con Él, a un contacto, a una vivencia. De ahí brotará nuestra fe. Y entonces hablaremos y actuaremos lo que nos brota de la abundancia del corazón.
De un pozo seco, no podemos sacar agua. De un corazón frio, no puede brotar el Amor.
Comentarios desactivados en Un cuenco de madera maciza, bellamente tallado.
La reflexión de hoy es del colaborador de Bondings 2.0, Maka Black Elk.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el 18º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
“Así será para todos los que acumulan tesoros para sí mismos, pero no son ricos en lo que es importante para Dios”. (Lc 12,21)
Cuando yo era un niño pequeño fui a una boda con mi familia. La ceremonia se realizó a nuestra manera tradicional Lakota. El hombre y la mujer se sientan juntos sobre una túnica de búfalo en el campo abierto. Se alimentaron mutuamente con comida sagrada de pemmican y jugo de chokecherry. El líder espiritual habló, los hirió y ató un cordón de cuero alrededor de sus muñecas, uniéndolos como una pareja. Luego, como era costumbre, caminaron juntos hacia su casa mientras el resto de la comunidad celebraba.
Recuerdo el regalo de bodas que mi madre le dio a la joven pareja: un cuenco de madera maciza, bellamente tallado. Ella les dijo: “Este cuenco de madera se entrega como una oración con la esperanza de que siempre tengan un hogar y tengan la capacidad de alimentar a su familia y tengan abundancia para ofrecer comida a los demás”. Parte del mensaje del regalo fue que tenemos la responsabilidad de dar a los demás y compartir nuestros hogares ya que hemos sido bendecidos al tenerlos.
Como un niño que ya sabía en mi corazón que era gay, no sabía si alguna vez podría estar en esa situación. No sabía si sería posible construir una casa con un socio. Ni siquiera sabía si era algo que sería bueno a los ojos de Dios. ¿Me darían alguna vez un bol como ese con una pareja con la que estaba construyendo una vida juntos? Si eso sucediera, ¿qué podría compartir con los demás?
En la lectura del Evangelio de hoy, Jesús cuenta la parábola de un hombre rico que atesora sus riquezas y bienes más allá de sus necesidades. Dios le dice al hombre rico: “Necio, esta noche te exigirán la vida; y las cosas que has preparado, ¿de quién serán? (Lc 12,20) Este mensaje nos recuerda la importancia del cuidado de nuestros semejantes. Atesorar la riqueza de uno es privar a los demás. ¿Qué será de tus posesiones de todos modos si no se comparten en el mundo en el que vivimos actualmente?
El cuenco de madera nos dice el mismo mensaje. Ser rico en lo que le importa a Dios es compartirnos a nosotros mismos y nuestras pertenencias. Tomar nuestra abundancia y ofrecerla a los demás.
En la comunidad LGBTQ+, esto no se puede dar por sentado. Algunos han experimentado la falta de vivienda. Otros imaginan una vida destinada a la soledad. Haríamos bien en prestar atención a las palabras de Jesús y asegurarnos siempre de compartir nuestra abundancia unos con otros, especialmente con los más necesitados.
Hoy pienso en ese cuenco y sé que es posible. Con o sin pareja, puedo construir un hogar y compartir mi abundancia. Ese cuenco me recordará que yo también puedo ser rico en lo que a Dios le importa.
Comentarios desactivados en “Lucidez de Jesús”. 18 Tiempo ordinario – C (Lucas 11,13-21)
Uno de los rasgos más llamativos en la predicación de Jesús es la lucidez con que ha sabido desenmascarar el poder alienante y deshumanizador que se encierra en las riquezas.
La visión de Jesús no es la de un moralista que se preocupa de saber cómo adquirimos nuestros bienes y cómo los usamos. El riesgo de quien vive disfrutando de sus riquezas es olvidar su condición de hijo de un Dios Padre y hermano de todos.
De ahí su grito de alerta: «No podéis servir a Dios y al Dinero». No podemos ser fieles a un Dios Padre que busca justicia, solidaridad y fraternidad para todos, y al mismo tiempo vivir pendientes de nuestros bienes y riquezas.
El dinero puede dar poder, fama, prestigio, seguridad, bienestar… pero, en la medida en que esclaviza a la persona, la cierra a Dios Padre, le hace olvidar su condición de hermano y la lleva a romper la solidaridad con los otros. Dios no puede reinar en la vida de quien está dominado por el dinero.
La raíz profunda está en que las riquezas despiertan en nosotros el deseo insaciable de tener siempre más. Y entonces crece en la persona la necesidad de acumular, capitalizar y poseer siempre más y más. Jesús considera como una verdadera locura la vida de aquellos terratenientes de Palestina, obsesionados por almacenar sus cosechas en graneros cada vez más grandes. Es una insensatez consagrar las mejores energías y esfuerzos en adquirir y acumular riquezas.
Cuando, al final, Dios se acerca al rico para recoger su vida, se pone de manifiesto que la ha malgastado. Su vida carece de contenido y valor. «Necio…». «Así es el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios».
Un día, el pensamiento cristiano descubrirá con una lucidez que hoy no tenemos la profunda contradicción que hay entre el espíritu que anima al capitalismo y el que anima el proyecto de vida querido por Jesús. Esta contradicción no se resuelve ni con la profesión de fe de quienes viven con espíritu capitalista ni con toda la beneficencia que puedan hacer con sus ganancias.
Comentarios desactivados en “Lo que has acumulado, ¿de quién será?”. Domingo 31 de julio de 2022. 18º domingo del Tiempo Ordinario.
Leído en Koinonia:
Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23: ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos? Salmo responsorial: 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación. Colosenses 3, 1-5. 9-11: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo. Lucas 12, 13-21: Lo que has acumulado, ¿de quién será?.
La 1ª lectura nos enfrenta con preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez. El Eclesiastés pertenece a un grupo de libros que llamamos sapienciales. La “sabiduría” es un amplio concepto que puede englobar desde la habilidad manual de un artesano hasta el arte para desenvolverse en la sociedad, la madurez intelectual… representa una actitud de personas y pueblos cuya finalidad es encontrar respuestas a los grandes interrogantes y misterios de la existencia humana.
Podemos calificar de contestatario al autor del Eclesiastés. Es una voz escéptica y crítica, disidente frente a la tradición sapiencial que confía ilimitadamente en las posibilidades de la razón y sabiduría humanas. El sabio Qohélet es un autor, por lo menos, desconcertante. La pregunta que mueve toda la reflexión de su libro es ésta: “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?” (1,3) y su respuesta: vanidad de vanidades (se puede traducir también por vaciedad, sin sentido…) todo es vanidad (1,2.17; 2,1.11. 17. 20. 23. 26; 12,8)
Éste parece un libro muy poco religioso. ¿Cómo se nos propone a los cristianos este libro, como Palabra de Dios, con esa respuesta tan materialista, tan poco optimista…? O esta otra conclusión: “la felicidad consiste en comer, beber y disfrutar de todo el trabajo que se hace bajo el sol, durante los días que Dios da al hombre, pues esa es su recompensa” (5,17) es como decir vulgarmente “comamos y bebamos, que mañana moriremos…”
El autor recorre a lo largo de su libro todas las esferas del ámbito humano: trabajo, riqueza, dolor, alegría, decepciones, religión, justicia, sabiduría, ignorancia, el tiempo, la muerte… buscando respuesta a su pregunta. Hagamos lo que hagamos en nuestra vida, al final el destino es el mismo para todos los hombres: la muerte, ¿la nada? Es una pregunta seria ¿qué pintamos aquí, en la tierra? ¿para qué vivir, trabajar, luchar, amar, pensar, esforzarnos en la ecología, la educación, la política, los derechos humanos…? Breve es nuestra vida sobre la tierra (Sab 2,1), la mayor parte de nuestra vida es fatiga inútil, que pasa aprisa y vuela (Salmo 89, 10). La experiencia humana es como “atrapar vientos” una tarea inútil y decepcionante. Viene a nuestra mente aquella otra frase evangélica: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero…?”.
Con el autor, el lector sigue con fruición ese recorrido por la existencia humana, por el devenir Por mucho que nos afanemos, nada nos vamos a llevar…
En la época del destierro se empezó a desarrollar la teoría de la retribución personal y del destino individual: el pueblo elegido profesaba una doctrina de retribución colectivista: la bondad o maldad de un individuo tenía repercusiones en el grupo y en los descendientes. En el contexto del exilio estas ideas van cambiando: cada persona recibía en vida la recompensa adecuada a su conducta (2Re 14, 5-6; Jer 31, 29-30; Ez 18, 2-3. 26-27). Sin embargo, la experiencia desmentía este principio. Después del destierro este problema ocupa un puesto primordial en la reflexión sapiencial, y no resulta fácil encontrar una respuesta adecuada. El libro de Job refleja vivamente este drama, apuntando distintas soluciones, pero ninguna definitiva ni convincente: Job es invitado a entrar en el misterio de Dios y desde ahí poder relativizar su dolor, su desesperación y pretensiones. Qohelet se hace eco del mismo escándalo y lo amplía: aún suponiendo que el justo siempre recibiera bienes, tal recompensa no es proporcional al esfuerzo que pone el hombre en conseguirla, pues no da plena satisfacción a los anhelos del ser humano. Tanto Job como Qohelet se mueven en el ámbito de retribución intramundana, no atisban nada más allá de la muerte.
No está mal que Qohélet nos recuerde el sabor de las cosas sencillas, el disfrute de las cosas ordinarias, que también son don de Dios. En esto conectaría muy bien con la mentalidad de la postmodernidad: presentista, del carpe diem (aprovecha el día)… No hace falta que hagamos un esfuerzo grandísimo en salir de esta realidad temporal para encontrar a Dios. Él es compañero cercano de todo lo que vivimos. Nos lo dice la fe. La vida tiene sentido porque somos personas humanas, no animalitos, y en nuestros genes llevamos escrita esa búsqueda de sentido, porque estamos hechos “a imagen y semejanza de Dios”, un Dios creador, que se mueve, que sale de sí, que inventa, que busca.
Evangelio: la vida no depende de los bienes
Va en la misma línea sapiencial que la 1ª lectura: el ser humano busca sin descanso la alegría y la felicidad, pero en torno a esta búsqueda planean serios peligros. Uno de ellos: poner la felicidad en la acumulación insaciable de bienes, la codicia.
A Jesús, como Maestro, se le acercan dos hermanos en litigio y le suplican que ponga orden, que haga justicia. Jesús sabe ponerse en su sitio: él no ha venido al mundo como juez jurídico, legal. Va más allá de lo externo: “Él sacará a la luz los pensamientos íntimos de los hombres” (Lc 2, 35b), va a la raíz de los problemas, que está en el corazón del ser humano. Para Él es más importante desenmascarar la codicia que nos domina, que hacer valer los derechos de cada uno. Con lo primero, se conseguirá lo segundo.
Comentarios desactivados en Dom 31.7.22. Repartidor de herencias, rico tonto (Lc 12, 13-21)
Del blog de Xabier Pikaza:
Al hacerse institución establecida, la Iglesia ha recreado una ley de herencias religiosas y sociales que se parece más a un mal judaísmo que al buen Jesús judío del evangelio.
Por su parte, haciéndose rica, ella ha venido a ser propietaria de herencias económicas y sociales. Es evidente muchas veces las ha empleado para bien de los pobres, pero otras veces las han puesto al servicio de sus intereses de poder. En ese contexto se sitúa el evangelio de este domingo que consta de una relato ejemplar y de una parábola amenazadora, como pongo de relieve en Dios o el dinero
| X Pikaza Ibarrondo
Texto. Lc 12, 13-21
(Relato ejemplar. Repartir herencias)
En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:
– «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»
Él le contestó:
– «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?»
Y dijo a la gente:
– «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.«
(Parábola amenazadora: el rico tonto)
Y les propuso una parábola:
– «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.»
Y se dijo: «Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida. «
Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será? «
Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.»
RELATO EJEMPLAR. JESÚS NO ES JUEZ DE HERENCIAS. (LC 12, 13-15). Mmm
Este pasaje retoma un motivo de sabiduría universal, importante en la historia de Israel (al menos desde Abrahán), que Jesús había planteado en la parábola de los viñadores homicidas, que matan el hijo del dueño, para quedarse con la herencia (cf. Mc 12, 1-12):
En aquel tiempo, dijo a Jesús uno de la multitud: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Él le contestó: Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro sobre vosotros? Y les dijo: Mirad y guardaos de toda avaricia, pues aunque uno sea rico su vida no depende de las riquezas que él tiene (Lc 12, 13-15).
Vivimos de herencias, esto es, de aquello que gratuitamente nos ha dado la familia, la sociedad, quizá la Iglesia: del amor que nos han ofrecido, del lenguaje que nos han enseñado para comunicarnos y hablar, de las tradiciones culturales y sociales, de la tierra que otros han cultivado previamente, de los animales que han domesticado etc. En ese sentido, la herencia (o tradición) es necesaria, de forma que sin ella no habría vida humana, pero si un tipo de herencia (sobre todo económica) define y fija el lugar de cada uno, en contra de otros tipos de familia o grupos, destruimos la verdad del evangelio, que es una buena “nueva”, una ruptura y novedad frente a herencias que dividen y fijan a los hombres en lo antiguo (lo ya sido).
Hubo sociedades, como la judía en tiempos de Jesús, que organizaron de manera minuciosa tradiciones y riquezas de tipo familiar y social, cultural, religioso y económico, de manera que la misma religión era para ellos buena herencia, una práctica garantizada por el tiempo, hecha de leyes y buenas posesiones, de manera que la tarea más importante era regular lo transmitido, para que pasara de padres a hijos, dentro un pueblo definido ya desde el pasado, de forma que los escribas (maestros religiosos) eran, ante todo, jueces y expertos en herencias.
Pero Jesús no aceptó ese oficio, al servicio de la gente rica (dueños de fortunas, de tierras o bienes que pudieran transmitirse), porque pensó que se debía superar el etilo legal de esas herencias, al servicio de las familias importantes, que ratificaba un modelo social de posesión y transmisión de bienes, al servicio de los ricos. Él quiso abrir la herencia del reino para todos, empezando por los pobres y excluidos de las posesiones del mundo, y por eso pidió al rico que quiso seguirle que renunciara a su herencia (que los muertos entierren a sus muertos: Lc 9, 60), que no quisiera sobresalir en la línea de su padre, y que dejara sus bienes a los pobres, para así poder seguirle en libertad y comunión de vida (Lc 18, 18-23; cf. Mc 10, 17-22).
Conforme a ese modelo socio-religioso (y económico), la ley de herencias implica un tipo de discriminación social, un modo de perpetuar el orden clasista de la sociedad. Por eso, Jesús no quiso resolver por ley estas cuestiones, sino subir de plano y enseñar a compartirlo todo a todos, de manera que no se puede hablar de transmisión cerradas de herencias particulares, de unas familias a sus sucesoras, sino de apertura y comunión de bienes, de todos con todos, para enriquecerse de esa forma unos a otros, ofreciendo cada uno la riqueza de su vida a los demás, conforme al modelo del mismo Jesús que da/regala su existencia (cuerpo y sangre) a modo de comida superior, eucaristía.
En un momento de grave crisis económica, cuando muchas familias no saben cómo llegarán al fin de mes, resulta irónico que el evangelio nos ponga en guardia contra el deseo de disfrutar de nuestra riqueza. Sin embargo, Lucas no escribía para millonarios, y algún provecho podían sacar de la enseñanza de Jesús incluso los miembros más pobres de su comunidad. Las dos lecturas de hoy coinciden en denunciar el carácter engañoso de la riqueza, pero Jesús añade una enseñanza válida para todos.
Una elección curiosa: la primera lectura
En el Antiguo Testamento, la riqueza se ve a veces como signo de la bendición divina (casos de Abrahán y Salomón); otras, como un peligro, porque hace olvidarse de Dios y lleva al orgullo; los profetas la consideran a menudo fruto de la opresión y explotación; los sabios denuncian su carácter engañoso y traicionero. En esta última línea se inserta la primera lectura de hoy, que recoge dos reflexiones de Qohélet, el famoso autor del “Vanidad de vanidades, todo vanidad”.
La primera reflexión afirma que todo lo conseguido en la vida, incluso de la manera más justa y adecuada, termina, a la hora de la muerte, en manos de otro que no ha trabajado (probablemente piensa en los hijos).
¡Vanidad de vanidades, dice Qohelet;
vanidad de vanidades, todo es vanidad!
Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto,
y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado.
También esto es vanidad y grave desgracia.
La segunda se refiere a la vanidad del esfuerzo humano. Sintetizando la vida en los dos tiempos fundamentales, día y noche, todo lo ve mal: De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente.
Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?
De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente.
También esto es vanidad.
Ambos temas (lo conseguido en la vida y la vanidad del esfuerzo humano) aparecen en la descripción del protagonista de la parábola del evangelio.
Petición, parábola y enseñanza (Lc 12,31-21)
En el evangelio de hoy podemos distinguir tres partes: el punto de partida, la parábola, y la enseñanza final.
El punto de partida es la petición de uno: Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.
El punto de partida
En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:
‒ Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.
El le respondió:
‒ ¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?
Y les dijo:
‒ Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.
Si esa misma propuesta se la hubieran hecho a un obispo o a un sacerdote, inmediatamente se habría sentido con derecho a intervenir, aconsejando compartir la herencia y encontrando numerosos motivos para ello. Jesús no se considera revestido de tal autoridad. Pero aprovecha para advertir del peligro de codicia, como si la abundancia de bienes garantizara la vida. Esta enseñanza la justifica, como es frecuente en él, con una parábola.
La parábola.
Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: “¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?” Y se dijo: “Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea”. Pero Dios le dijo: “¡Necio! esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?”
A diferencia de Qohélet, Jesús no presenta al rico sufriendo, penando y sin lograr dormir, sino como una persona que ha conseguido enriquecerse sin esfuerzo; y su ilusión para el futuro no es aumentar su capital de forma angustiosa sino descansar, comer, beber y banquetear.
Pero el rico de la parábola coincide con el de Qohélet en que, a la larga, ninguno de los dos podrá conservar su riqueza. La muerte hará que pase a los descendientes o a otra persona.
La enseñanza final.
Si todo terminara aquí, podríamos leer los dos textos de este domingo como un debate entre sabios.
Qohélet, aparentemente pesimista (todo lo obtenido es fruto de un duro esfuerzo y un día será de otros) resulta en realidad optimista, porque piensa que su discípulo dispondrá de años para gozar de sus bienes.
Jesús, aparentemente optimista (el rico se enriquece sin mayor esfuerzo), enfoca la cuestión con un escepticismo cruel, porque la muerte pone fin a todos los proyectos.
Pero la mayor diferencia entre Jesús y Qohélet la encontramos en la última frase.
Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios.
Frente al mero disfrute pasivo de los propios bienes (Qohélet), Jesús aconseja una actitud práctica y positiva: enriquecerse a los ojos de Dios. Más adelante, sobre todo en el capítulo 16, dejará claro Lucas cómo se puede hacer esto: poniendo sus bienes al servicio de los demás.
Jesús y el Banco Central Europeo
El BCE, en su intento de frenar la inflación, ha decidido subir los tipos de interés para que no invirtamos ni gastemos más de lo preciso. Jesús, en cambio, nos invita a invertir, pero de forma muy distinta, enriqueciéndonos a los ojos de Dios. Las posibilidades son múltiples, recuerdo una sola. Las ONG que trabajan en África y otros países del Tercer Mundo recuerdan a menudo lo mucho que se puede hacer a nivel alimenticio, sanitario, educativo, con muy pocos euros. Quienes no corren peligro, como el protagonista de la parábola, de disfrutar de enormes riquezas, pueden aprovechar lo que tienen, incluso poco, para hacer el bien y enriquecerse a los ojos de Dios.
Comentarios desactivados en Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. 31 julio, 2022
“Maestro, dile a mi hermano que reparta
conmigo la herencia… “Tened mucho
cuidado con toda clase de avaricia; que
aunque se nade en la abundancia, la vida no
depende de las riquezas”.
El Maestro trasciende esa petición. “Y añadió: tened mucho cuidado con toda clase de avaricia”, cambia de persona (del singular al plural), ya no es uno el que le ha expuesto la petición, son todos los que le escuchan: tened mucho cuidado. He aquí cómo Jesús nos sugiere lo necio que es un corazón ambicioso, un corazón que su única esperanza es “llenar sus graneros”, “nadar en la abundancia”.
Lucas nos deja entrever que para Jesús las posesiones, el dinero, no tienen más valor que aquello que nos facilita una vida en paz. Una vida que nos ayude a crecer como personas, a descubrir la belleza de lo sencillo y lo pequeño.
Hoy, a ti y a mí, se nos ha ofrecido la novedad de una jornada para vivirla en toda su plenitud. ¡Y eso es una inmensa riqueza! Se nos ofrece la posibilidad de acercarnos a la persona necesitada y compartir con ella lo que tenemos y ella necesita. ¡Y esa es la mejor herencia!
Disfrutar de la inmensidad de la vida, del aire, de una amigable compañía. ¡Eso es la felicidad más intensa! No dejes que la envidia, la avaricia, el egoísmo o el rencor posean tu corazón. Deja que el Señor de tu existencia sea el Dios de la ternura, el dar y darnos, el amor sin medida. ¡Esa es la mejor posesión!
¡Y saberte vivida desde la comunión con Dios Trinidad! Escucha asombrada, desde el silencio como Jesús te dice: “con amor eterno te amo”. Eso desbordará tus “graneros” que nunca se vaciarán y compartirás, repartirás y siempre tendrás más para entregar.
Oración
Trinidad Santa, Tú que eres comunión, relación y entrega:
Hoy,
yo te pido en nombre de las personas pobres, marginadas,
de las perseguidas, de quienes te buscan:
“Maestro, dile a mi hermana/o que reparta conmigo la herencia”,
que reparta tu amor, que reparta y comparta lo que le sobra
y así, construiremos un mundo más humano, más justo,
en el que todos cabemos y todos podemos tener espacio.
Comentarios desactivados en Las seguridades son una trampa.
Lc 12,13-21
Desplegar la verdadera Vida y dar sentido a la biológica no depende de tener más o menos, sino de ser en plenitud. Hay frases en el relato que nos han despistado. Que lo acumulado lo vaya a disfrutar otro no es la razón de la estupidez, porque en el caso de que lo pudiera disfrutar él mismo, parece que sería válida la acumulación de riquezas. La actitud del rico es equivocada porque pone su felicidad en lo acumulado, creyendo que esa seguridad le puede solucionar todas las necesidades que como ser humano necesita satisfacer.
Tampoco se trata de proponer como alternativa el ser rico ante Dios, si se entiende como acumulación de méritos que después de esta vida le pagarán con creces. Llevamos muchos siglos enredados en esta trampa sin darnos cuenta que también esas seguridades espirituales pretenden potenciar el ego, exactamente igual o peor que los bienes materiales. Esta manera de entender la propuesta va en contra del mensaje de Jesús que nos pide olvidarnos del yo. Hay en el evangelio otra frase que nos ha metido por el mismo camino sin salida: “acumulad tesoros en el cielo…”. Las dos las hemos entendido al revés.
En la Edad Media surgieron dos personajes formidables que supieron interpretar el evangelio. Se trata de S. Francisco de Asís y Santo Domingo. Ambos fundaron su propia orden fundamentada en la pobreza absoluta. Los dos vivieron desprendidos de todo, rechazando cualquier clase de seguridad que pudiera hacer la vida más fácil. S. Francisco fue el hombre más feliz del mundo sin poseer absolutamente nada. Era tan pobre que su felicidad no dependía ni siquiera de su propia pobreza. Santo domingo podía decir, como Jesús, que no tenía donde reclinar la cabeza. Desprendido de todo estaba siempre disponible.
El objetivo del hombre es desplegar su humanidad. El evangelio nos dice que tener más no nos hace más humanos. La conclusión es muy sencilla: la posesión de bienes de cualquier tipo, no puede ser el objetivo último de ningún ser humano. La trampa de nuestra sociedad está en que no hemos descubierto que cuanto mayor capacidad de satisfacer necesidades tenemos, mayor número de nuevas necesidades desplegamos; con lo cual no hay posibilidad alguna de marcar un límite. Ya los santos padres decían que el objetivo no es aumentar las necesidades, sino el conseguir que esas necesidades vayan disminuyendo cada día que pasa.
La vida es un desastre solo para el que no sabe traspasar el límite de lo caduco. Querámoslo o no, vivimos en la contingencia y eso no tiene nada de malo. Nuestro objetivo es dar sentido humano a todo lo que constituye nuestro ser biológico. Lo humano es lo esencial, lo demás es soporte. Aspirar a los bienes de arriba y pensar que lo importante es acumular bienes en el cielo, es contrario al verdadero espíritu de Jesús. Ni la vida es el fin último de un verdadero ser humano ni podemos despreciarla en aras de otra vida en el más allá.
Es muy difícil mantener un equilibrio en esta materia. Podemos hablar de la pobreza de manera muy pobre y podemos hablar de la riqueza tan ricamente. No está mal ocuparse de las cosas materiales e intentar mejorar el nivel de vida. Dios nos ha dotado de inteligencia para que seamos previsores. Prever el futuro es una de las cualidades más útiles del ser humano. Jesús no está criticando la previsión, ni la lucha por una vida más cómoda. Critica que lo hagamos de una manera egoísta, alejándonos de nuestra verdadera meta como seres humanos. Si todos los seres humanos tuviéramos el mismo nivel de vida, no habría ningún problema, independientemente de la capacidad de consumir a la que hubiéramos llegado.
El hombre tiene necesidades, como ser biológico, que debe atender. Pero a la vez, descubre que eso no llega a satisfacerle y anhela acceder a otra riqueza que está más allá. Esta situación le coloca en un equilibrio inestable, que es la causa de todas las tensiones. O se dedica a satisfacer los apetitos biológicos, o intenta trascender y desarrollar su vida espiritual, manteniendo en su justa medida las exigencias biológicas. En teoría, está claro, pero en la práctica exige una lucha constante para mantener el equilibrio. Bien entendidos, la satisfacción de las necesidades biológicas y el placer que pueden producir, nada tienen de malo en sí. Lo nefasto es poner la parte superior del ser al servicio de la inferior.
Solo hay un camino para superar la disyuntiva: dejar de ser necio y alcanzar la madurez personal, descubriendo desde la vivencia lo que en teoría aceptamos: El desarrollo humano, vale más que todos los placeres y seguridades; incluso más que la vida biológica. El problema es que la información que nos llega desde todos los medios nos invita a ir en la dirección contraria y es muy fácil dejarse llevar por la corriente. La sociedad nos invita a ser ricos. El mensaje de Jesús nos propone ser felices porque ya somos inmensamente ricos.
El error fundamental es considerar la parte biológica como lo realmente constituyente de nuestro ser. Creemos que somos cuerpo y mente. No tenemos conciencia de lo que en realidad somos, y esto impide que podamos enfocar nuestra existencia desde la perspectiva adecuada. El único camino para salir de este atolladero es desprogramarnos. Debemos interiorizar nuestro ser verdadero y descubrir lo que en realidad somos, más allá de las apariencias y tratar de que nuestra vida se ajuste a este nuevo modo de comprendernos.
Se trata de desplegar una vida verdaderamente humana que me permita alcanzar una plenitud. Solo esa Vida plena, puede darme la felicidad. Se trata de elegir entre una Vida humana plena y una vida repleta de sensaciones, pero vacía de humanidad. La pobreza que nos pide el evangelio no es ninguna renuncia. Es simplemente escoger lo que es mejor para mí. No se trata de la posesión o carencia material de unos bienes. Se trata de estar o no, sometido a esos bienes, los posea o no. Es importante tomar conciencia de que el pobre puede vivir obsesionado por tener más y malograr así su existencia.
La clave está en mantener la libertad para avanzar hacia la plenitud humana. Todo lo que te impide progresar en esa dirección es negativo. Puede ser la riqueza y puede ser la pobreza. La pobreza material no puede ser querida por Dios. Jesús no fue neutral ante la pobreza/riqueza. No puede ser cristiana la riqueza que se logra a costa de la miseria de los demás. No se trata solo de la consecución injusta, sino del acaparamiento de bienes que son imprescindibles para la vida de otros. El cacareado progreso actual es radicalmente injusto, porque se consigue a costa de la miseria de una gran parte de la población mundial. El progreso desarrollista, en que estamos inmersos, es insostenible además de injusto.
Esperar que las riquezas nos darán la felicidad es la mayor insensatez. La riqueza puede esclavizarnos. Nos han convencido de que si no poseo aquello o no me libro de esto, no puedo ser feliz. Tú eres ya feliz. Solo tu programación te hace ver las cosas desde una perspectiva equivocada. Si el ojo está sano, lo normal es la visión, no hay que hacer nada para que vea. Sin tener nada de lo que ambicionamos podríamos ser inmensamente felices. Aquello en lo que ponemos la felicidad puede ser nuestra prisión. En realidad, no queremos la felicidad sino seguridades, emociones, satisfacciones, placer sensible.
Meditación
Codiciar es desear con ansia lo que da seguridad a tu ego.
Pon todo tu empeño en desplegar tu ser verdadero.
Me debo ocupar de las necesidades materiales;
pero mi preocupación debe ser el desplegar mi humanidad.
El tesoro no está en las cosas, o en el cielo, sino dentro de mí.
Dentro de ti está la única seguridad, la plenitud, la felicidad.
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Lc 12, 13-21
«¡Necio! Esta misma noche te van a exigir la vida»
El sentido de la vida se puede buscar en Dios o fuera de él. Existen muchos cauces que nos ayudan a buscar el sentido de la vida en Dios, y a estos cauces los llamamos religiones. Quien practica una religión sostiene que el mundo tiene significado en Dios, y que el ser humano tiene un destino marcado por Él.
También existen muchos cauces para buscar sentido a la vida fuera de Dios, y el mejor ejemplo lo encontramos en la infinidad de propuestas de vida que existen al respecto. No obstante, estos cauces son más inciertos que los anteriores, porque el problema de dar sentido a una vida sin Dios y con muerte no es trivial, ya que supone vivir sabiendo que todo el esfuerzo que hagamos para lograr las metas que nos hayamos propuesto van a quedar destruidas por la muerte.
Es como si Miguel Ángel hubiese pintado la capilla Sixtina sabiendo que iba a ser destruida en el mismo momento de ser acabada.
Quede claro que no pretendemos defender la imposibilidad de dar sentido a la vida de espaldas a Dios, pues todos conocemos personas cabales y responsables capaces de hacerlo. Pero, como apuntábamos antes, da la impresión de que éste es un cauce reservado a minorías, y que, privados de Dios, la inmensa mayoría de ciudadanos no encuentra otra salida a su situación vital que banalizar su existencia para soslayar la realidad aterradora del sufrimiento y de la muerte.
Heidegger, en su ensayo “El ser para la muerte”, llama inauténtica esta forma de vivir, y afirma que para apropiarnos de un destino auténtico que nos salve de la banalidad, debemos asumir la angustia de caminar hacia la nada y vivir cada momento de nuestra vida conscientes de que vamos a morir… Y ésta es sin duda una forma de afrontar nuestra finitud prescindiendo de Dios, aunque resulta evidente que está al alcance de muy pocos…
Finalmente, hay un hecho que no podemos pasar por alto, y es que hay personas que buscan el sentido de la vida en Dios y fracasan, y las hay que lo buscan fuera de Dios y también fracasan. Y este hecho, en apariencia nimio y natural, nos puede dar la clave para entender mejor nuestra vida y tener más oportunidades de darle sentido.
Porque si convenimos que la esencia de lo humano es “la humanidad”, la única forma de dar sentido a la vida será a través de su práctica, y esto, al menos en teoría, puede ser independiente de las creencias o increencias de cada uno. Cualquier actitud vital que genera humanidad es portadora de sentido, y cualquiera otra que no lo haga provocará un vacío imposible de llenar con actividades mundanas o con prácticas religiosas.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
Comentarios desactivados en Lo que has acaparado ¿para quién será?
Lc 12,13-21
DOMINGO 18º T.O. (C)
La Eucaristía celebra una entrega, una donación, un servicio; solo es posible celebrarla en búsqueda de justicia, en dinámica de amor-caridad.
Sin embargo, el amor-caridad ha sido con frecuencia falseado, reducido espiritualmente a consuelo de afligidos y en lo material a limosna-calderilla. Urge restituirle su sentido original, la caridad es amor. Pero también el amor ha sido prostituido por la demagogia, la retórica o la inoperancia. Ha quedado reducido al amor-sentimiento o al amor-belleza. ¡Así todos tranquilos!
Un primer paso para rescatar el amor-caridad consiste en situarlo como constitutivo antropológico humano. No puede quedar reducido solo al ámbito personal, familiar sino que implica una relación yo-nosotros, yo-hermanos, yo-aldea global, casa común. Sin acción transformadora del mundo, no hay caridad, no hay amor. El amor cristiano es caridad política; ha de alcanzar a la sociedad entera.
El prójimo del evangelio no es solo el que está próximo sino el que padece cualquier clase de necesidad, el descartado, el desvalido. Los actuales vulnerables no son hoy personas aisladas, sino clases sociales y países enteros. La liberación y su celebración cristiana solo son posibles a partir de la práctica del amor-caridad política.
En el evangelio, Jesús se niega a ser árbitro o juez de un conflicto económico pero advierte del riesgo de toda clase de codicia, de buscar seguridades terrenas, crearnos nuevas necesidades en una espiral de consumismo alienante olvidando nuestro ser esencial, el verdadero objetivo de toda vida humana. Pobreza y riqueza pueden ser igualmente engañosas si la motivación es el ego. El equilibrio del terror al que venimos asistiendo es absolutamente inaceptable, inmoral, inhumano y perverso para millones de personas. Jesús no critica la previsión o la lucha por una vida más digna, ni quiere la pobreza para ningún ser humano sino que advierte del peligro de hacerlo de forma egoísta alejándonos de nuestra verdadera meta como seres humanos.
Asimismo, Jesús da a la Iglesia una regla de oro: la Iglesia no ha sido nombrada árbitro o juez del mundo de la economía, no es quien para ofrecer un programa político-económico concreto. ¡Muchos problemas se habrían evitado de haberlo tenido en cuenta la Iglesia! Sí debe procurar o sugerir propuestas o argumentos para que los sistemas económicos-políticos puedan ser generadores de bienes para la humanidad pero también puedan ser juzgados éticamente. Así se explica que la Iglesia haya condenado tanto el neoliberalismo capitalista como la utilización de un sistema totalitario en el que “el sinsentido de la guerra y el chantaje recíproco de algunos poderosos acalla la voz de la humanidad que invoca la paz” (Mensaje del papa Francisco para la Jornada Mundial de los Pobres 2022).
La codicia presente en el fondo de tantos conflictos, el indecente negocio bélico sigue poniendo en riesgo la vida de millones de personas y del planeta. “No estamos en el mundo para sobrevivir, señala Francisco, sino para que cada uno se permita una vida digna y feliz”. “La pobreza que mata es miseria, resultado de la injusticia, la explotación, la violencia y la injusta distribución de los recursos. Es una pobreza sin futuro porque la impone la cultura del descarte que no ofrece perspectivas ni salidas. Esta pobreza afecta también la dimensión espiritual que a menudo se descuida, no existe o no cuenta”.
Podríamos preguntarnos: ¿Adónde nos está llevando esta carrera de armamento que provoca la muerte de inocentes y más pobreza?, ¿qué podemos hacer?, ¿cuáles son nuestras verdaderas intenciones? Pregunta que nos remite a aquella de Jesús a Judas, poco antes de su traición: «Amigo, ¿a qué vienes?» (Mt 26, 50).
Algunos de nuestros dirigentes son cristianos, otros se adhieren a unos principios humanistas que deberían tener alguna relevancia en este asunto crucial. En todo caso, como creyentes, estamos obligados a actuar en consonancia con nuestra conciencia cristiana de evitar determinados males porque somos responsables de enormes bienes. En cada ser humano vemos a Cristo, somos veladores de nuestros hermanos/as. La responsabilidad cristiana no está de uno ni de otro lado dentro de la lucha de poder, sino del lado de Dios y de la verdad, aspecto extremadamente olvidado hoy, y del lado de la totalidad de la humanidad.
¿Cómo parar este desastre en estos tiempos en los que hemos acabado por desechar los valores morales tachándolos de irrelevantes e incluso los propios cristianos ignoramos las exigencias de la ética cristiana en este tema? La rectitud y la verdad moral son tan necesarias para los seres humanos y la sociedad como el aire, el agua, la comida, la casa. Como clama el papa Francisco, “¿Se está realmente buscando la paz? ¿Existe voluntad de que haya una desescalada militar? No nos rindamos ante la violencia, que nos encaminemos hacia la paz y el diálogo”.
El apego al dinero conlleva el mal uso de los bienes y del patrimonio. Manifiesta una fe débil y una esperanza miope. El problema no es el dinero en sí, que forma parte de la vida cotidiana y de las relaciones sociales de las personas, sino el valor que le damos nosotros; no puede convertirse en un absoluto como si fuera lo principal para el desarrollo humano. Ese apego nos impide mirar la vida con realismo y ver las necesidades de los demás. La acumulación de riqueza se convierte en el ídolo que termina atándonos a una vida superficial, alienada e hipócrita.
Termina el evangelio de Lucas haciéndose eco de las palabras que Dios dirige al hombre, a toda persona, a nosotros, hoy: “¡Necio, esta misma noche morirás!, ¿para quién será lo que has acaparado?” Así sucederá al que amontona riquezas para sí y no es rico a los ojos de Dios”.
¿Amor-caridad o ambición y codicia? ¿Paz y justicia o guerra y desolación?
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