El domingo pasado Jesús les hacía esta misma pregunta a dos de sus discípulos: Santiago y Juan.
Jesús se muestra disponible: “¿Qué quieres que haga por ti?” Nos invita a expresarle nuestras necesidades, porque al expresarlas pueden empezar a sanar.
Bartimeo era ciego y era evidente. Pero también Santiago y Juan estaban ciegos. Incluso los otros diez andaban mal de la vista. Sin embargo solamente Bartimeo era consciente de su ceguera y por eso le pide a Jesús: “-Maestro, que pueda ver.”
Estamos acostumbradas a leer la Biblia a trocitos y está muy bien para unas cosas. Nos ayuda a meditar sobre un aspecto concreto, pero si nos conformamos con esa lectura perdemos la visión de conjunto.
Los evangelios que venimos leyendo los últimos domingos forman una unidad que está pensada para hacernos caer en la cuenta de nuestra propia ceguera.
Desde finales del capítulo 8, Marcos nos está mostrando el camino que tiene que recorrer el Mesías. Y es un camino que atraviesa el sufrimiento.
Jesús anuncia por tres veces su pasión mientras intenta hacerles comprender a sus discípulos lo que significa el seguimiento.
Al final de toda esta enseñanza y después de tres anuncios de la pasión queda clara una cosa: los discípulos no han entendido NADA. Dos de ellos le piden puestos de honor y los demás se enfadan.
Jesús se acerca a su pasión y sus discípulos están cada vez más lejos. Aquí aparece Bartimeo. Es un Icono de Esperanza. Un resquicio de Luz.
Alguien está empezando a comprender… Bartimeo se da cuenta de su ceguera. Oye hablar de Jesús pero todavía no puede ver al Mesías.
Bartimeo es el modelo de discípulo porque quiere ver y cuando recobra la vista sigue a Jesús por el camino.
Y nosotras, ¿somos conscientes de nuestra ceguera? ¿Dónde tenemos puesta nuestra mirada? ¿En nuestro propio ombligo como Santiago y Juan? ¿En lo que hacen los demás como los otros diez? ¿O queremos ponerla en Jesús como Bartimeo?
Oremos
Maestro, que recobre la vista.
El evangelio de hoy quiere ayudarnos a descubrir nuestra ceguera, ¿le dejamos?
Comentarios desactivados en Tú puedes ver, lo único que tienes que hacer es abrir los ojos.
DOMINGO 30º (B)
Mc 10,46-52
Sale Jesús de Jericó, camino de Jerusalén. Hoy no hay enseñanza añadida, el mismo relato entraña la lección. Lo encontramos en los tres sinópticos. Lucas sitúa el relato antes de entrar en Jericó. Mateo habla de dos ciegos, pero el relato es el mismo. Estamos en la última escena, antes de entrar en Jerusalén. Después de este relato el evangelio da un quiebro. Lo acontecido en Jerusalén está más cerca del relato de la pasión que de lo narrado hasta aquí. No es una crónica de algo que pasó. Es teología narrativa. Todo son símbolos mesiánicos.
Este relato tiene poco que ver con los anteriores que propone Marcos. Le llama; le pregunta qué es lo que quiere; no rechaza el título de Hijo de David; no lo aparta de la gente; la curación no va acompañada de ningún gesto; no le manda guardar silencio. Una vez que Marcos ha dejado claro que el camino hacia el Reino es la entrega hasta la muerte, ya no hay lugar para los malentendidos. No tiene sentido mandar callar ni rechazar el título de Mesías. Como suele pasar en los evangelios todo son símbolos, incluida la ciudad de Jericó.
Al borde del camino. Bartimeo es el símbolo de la marginación, está fuera del camino, tirado en la cuneta, sin poder moverse, viendo cómo los demás pasan y dependiendo de ellos. La sociedad había asignado al ciego su papel, pero no se resigna. Sigue intentando superar su situación a pesar de la oposición de la gente. “Hijo de David” era un título equivocado; suponía un Mesías que se impondría por la fuerza, pero a Jesús ya no le importa, no le manda callar, sino que se implica vitalmente para sacarle de la situación.
Le regañaban para que se callara. Los demás no quieren saber nada de los problemas del ciego. Como si le dijeran: en la situación en que te encuentras no tienes derecho a protestar. Aguanta y calla. Era el sentir del pueblo judío. “La gente” significa, la inmensa mayoría de los cristianos que siguen hoy a Jesús, pero no descubren la necesidad de emprender un nuevo camino. Una vez más aparece la sutil ironía de Marcos: los que seguían a Jesús eran un obstáculo para que el ciego se acercara a él. Los más cercanos a Jesús siguen sin ver.
¡Llamadlo! En menos de una línea se repite tres veces el verbo llamar. La llamada antecede siempre al seguimiento. Jesús valora la situación de distinta manera. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Al menor síntoma de acogida, el ciego da un salto. Un ciego debía andar a tientas y con cuidado. Ahora confía y da el salto, aunque no ve. El manto que había sido hasta el momento su única protección, se convierte en estorbo. Todas sus esperanzas están ahora puestas en Jesús. Este es el verdadero milagro que se realiza antes del milagro.
¿Qué quieres que haga por ti? La pregunta no tiene ningún sentido, pero pretende que el ciego tome conciencia de su situación. ¿Qué va a querer un ciego? La pregunta que le hace Jesús es la misma que el domingo pasado hacía a Santiago y Juan. La pregunta es idéntica, pero la respuesta es completamente distinta. Los dos hermanos quieren “sentarse” junto a Jesús en su gloria. El ciego quiere ver para “caminar” con él. La diferencia no puede ser más abismal. ¿De verdad quiero salir de mi ceguera? ¿O me encuentro tan a gusto con ella?
¡Que pueda ver! Jesús provoca este grito. En toda la Biblia, el “ver” tiene casi siempre connotaciones cognitivas. Ver significa la plena comprensión de aquello que es importante. Este grito es el centro del relato, siempre que no nos quedemos en lo físico. Se trata de ver el camino que conduce a Jerusalén para poder seguirlo. El camino del servicio que conduce hacia el Reino. De ahí la respuesta de Jesús: ¡Anda! El objetivo final no es la visión, sino la adhesión a Jesús y el seguimiento. Una lección para los discípulos que no terminan de ver.
Tu fe te ha curado. Una vez más, la fe-confianza es la que libera. Solo él ve a Jesús. Solo él le sigue por el camino que lleva a la entrega total en la cruz. Marcos deja bien claro que una respuesta auténtica a la llamada de Jesús será siempre cosa de minorías. La multitud que seguía a Jesús sigue ciega. Todos estos domingos venimos viendo la falta total de comprensión de los discípulos. No habían ni siquiera atisbado lo que Jesús les viene proponiendo una y otra vez. Solo después de la experiencia pascual ven a Jesús y le siguen.
Y lo seguía por el camino. El ciego, una vez que descubrió a Jesús, le sigue en el camino hacia Jerusalén. Antes estaba al borde, es decir fuera del camino. El relato de una ceguera material es el soporte de un mensaje teológico: Jesús es capaz de iluminar el corazón de los hombres que están ciegos. Los discípulos demuestran, una y otra vez, su ceguera. Un ciego tirado en el camino, ve. Antes de ver, espera el falso “Mesías davídico”. Después descubre al auténtico Jesús, que va hacia la entrega total en la cruz, y le sigue sin pensarlo dos veces.
Ya en la lectura de Jeremías encontramos el mismo mensaje: Dios salva un resto de su pueblo. No salva a los poderosos, ni a los sabios, ni a los perfectos sino a los ciegos y cojos, preñadas y paridas. Es decir, a los débiles. No es el ciego el que está hundido en la miseria. La verdadera miseria está en los que mandan callar al ciego. Lo repetimos todos los días. ¡Que se callen los miserables! ¡Que eliminen los mendigos de las calles! No nos dejan vivir en paz. Ignorar la miseria que hay a nuestro alrededor es la única manera de vivir tranquilos.
La evolución ha sido posible gracias a que la vida ha sido despiadada con el débil. El evangelio establece un cambio sustancial en esa marcha. Jesús trastoca esa escala de valores, que aún prevalece hoy. Se daba por supuesto que Dios rechazaba todo lo defectuoso. Nietzsche no pudo soportar ese cambio, porque creía que el evangelio exaltaba la mezquindad. Nunca fue capaz de descubrir el valor de un ser humano a pesar de sus limitaciones. La esencia de lo humano no está en la perfección sino en la misma persona.
La actitud de Jesús fue un escándalo para los judíos de su tiempo y sigue siéndolo para nosotros hoy. Jesús no solo se acercó a los ciegos, cojos y tullidos; también se acercó a los pecadores públicos, a las prostitutas, a las adúlteras. Lucas, después de este relato, inserta el de Zaqueo que expresa lo mismo, pero con relación a los impuros. Nosotros seguimos creyendo que los pecadores son también rechazados por Dios, pero la cruda realidad es que nos preceden en el Reino. ¡Qué difícil es para nuestra racionalidad aceptar esta verdad!
La escala de valores que nos propone el evangelio, no sólo es distinta, sino radicalmente opuesta a la que los humanos manejamos todavía hoy. Entendemos al revés el evangelio cuando pensamos: Qué grande es Jesús, que, de una persona despreciable, ha hecho una persona respetable. El evangelio dice lo contrario, esa persona ciega, coja, manca, sorda, pobre, andrajosa, marginada, pecadora; esa que consideramos un desecho humano, es preciosa para Dios. Y por lo tanto es preciosa para Jesús. ¡Nos queda aún mucho por andar!
Comentarios desactivados en Disfrutar al estilo de Jesús.
Mc 10, 46-52
«Muchos le increpaban para que callara, pero él gritaba mucho más: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”…»
El fugaz paso de Jesús por Jericó camino de Jerusalén nos ofrece dos escenas preciosas que reflejan su estilo inconfundible y nos ayudan a conocerle mejor.
La primera se produce a su llegada. Al parecer, la fama de Jesús ha llegado hasta Judea, y muchos ciudadanos de Jericó deciden salir a la puerta del Este a recibirle. Podemos imaginar a los notables del pueblo compitiendo por el honor de hospedar en su casa al profeta de Galilea, y podemos imaginar, también, su estupor al ver que él los ignora y se invita a la casa del jefe de los publicanos, Zaqueo; el hombre más rico y más odiado de la ciudad.
No le conocen y quedan escandalizados. No saben que los más importantes para él no son los sabios, los ricos o los poderosos, sino los necesitados; necesitados de salud, de dinero o de estima. Tampoco saben que no tiene reparo alguno en que le vean en compañía de personas despreciadas por la sociedad si con ello consigue liberarles de la vergüenza, la humillación y el sentido de culpa que con tanto ahínco fomentan en ellos los tenidos por buenos. «Yo no los desprecio –parece decir a todos– porque lo importante son las personas».
La segunda escena que nos brinda el texto de hoy es su salida hacia Jerusalén. Podemos volver a imaginar a los importantes apretujándole y agobiándole a la cabeza del grupo en su afán por cruzar con él algunas palabras… pero en la puerta del Oeste se produce un suceso que da al traste con su pretensión.
Y sucede que Bartimeo, mendigo ciego que estaba sentado al borde del camino, oyendo que era Jesús de Nazaret el que pasaba, comienza a gritar con todas sus fuerzas: «¡Hijo de David! ¡Jesús! ¡Ten compasión de mí!». Algunos de la comitiva le reprenden porque está atrayendo la atención de la gente y desluciendo el fasto, pero cuanto más le riñen, más grita él. Aprietan el paso para evitarle, pero Jesús le escucha, se detiene y da una orden escueta: «Llamadle». Momentos después Bartimeo recobra la vista y le sigue loco de alegría por el camino de Jerusalén.
El primer día de su paso por Jericó es un pecador público el que capta su interés por encima de todos los personajes notables, y ahora es un empecatado ciego que a nadie le importa… excepto a Jesús. Ése es su estilo; un estilo que empapa todo el evangelio. Recordamos el pasaje del leproso, cuando todos se apartan y él se le acerca, extiende la mano y le toca para sanarlo; o el de la viuda pobre que deposita su monedita en el arca del Templo y es la primera a los ojos de Jesús. O el de la mujer adúltera por quien se juega la vida por salvarla…y la pierde… Y tantos pasajes más.
Suele gustarnos hacer una lectura del evangelio muy erudita, y eso estimula la mente, pero no mueve el corazón. A veces es conveniente pararse a contemplar la escena en lugar de analizarla o interpretarla; limitarse a saborearla, a disfrutar del estilo de Jesús… pues sólo de esta forma, tal vez, su lectura afecte a nuestra vida.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
Comentarios desactivados en ¿Estamos dispuestos/as a gritar, a saltar y arrojar lejos lo que nos mantiene al borde del camino y nos impide seguir a Jesús?
Marcos 10,46-52
“Esta historia es tu historia” es una de las frases que en relación a los textos bíblicos suele repetir Dolores Aleixandre y que estoy convencida es una clave valiosa para ponerse delante del evangelio. Esto, que es verdad siempre, lo es quizá más o al menos más fácil con el evangelio que hoy se nos presenta.
Estamos ante un texto vivo, conciso, esquemático, claro y sumamente simbólico en el que cada palabra, cada detalle es sugerente y con el que podemos identificarnos fácilmente. Un texto cargado de detalles que requiere poca explicación. Por eso os propongo simplemente escuchar el evangelio, la historia de Bartimeo como “mi propia historia” y plantearnos, ¿Qué dice de mí y qué me dice de mi seguimiento de Jesús?
Recordamos el texto y nos fijamos en algunos detalles
– Donde sitúa Marcos los hechos: En el camino que lleva de Jericó a Jerusalén, etapa final de esta “subida de Jesús” y por lo tanto al final de su vida, el último signo antes de su muerte narrado por Marcos. Interesante encuadre en el que nos plantea las características del seguimiento de Jesús.
– Quienes, que personas intervienen: Jesús que va culminando su camino rodeado de gente y al escuchar los gritos del ciego se detiene para escucharle. El ciego que no es una persona anónima, sino identificada con su nombre y su origen, su padre. Los que siguen a Jesús nombrados de dos formas, unos son discípulos y el resto “otra gente” o la multitud. De todos se dice sin distinción que oyen los gritos del ciego y le mandan callar, son gritos molestos, rompen el buen ambiente.
– Lo que pasa, lo que le pasa a Bartimeo.
Bartimeo, la persona ciega, pobre, marginada, que está sentado al borde del camino, alejado de los demás, oye “que pasa Jesús” e intenta llamar su atención gritando: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mi”. Un grito claro y comprometido. Atribuye a Jesús un título mesiánico, Hijo de David, que manifiesta su reconocimiento y su fe en Él. Y le pide que tenga compasión de él, nada concreto, algo así como “date cuenta de que estoy aquí” de que quiero encontrarme contigo.
Resiste a los que intentan hacerle callar y sigue gritando, hasta que escucha entusiasmado la gran noticia: ¡Animo, te llama! Y reacciona a lo grande: Salta, tira el manto y se acerca a Jesús.
Se encuentra cara a cara con Jesús. Bartimeo le vuelva a llamar Maestro y contesta a su pregunta de forma clara y contundente: ¡Que vea! ¡Que pueda ver!
Y al ser consciente de que se produce en él un cambio, que empieza a ver y escucha el reconocimiento de Jesús: Es tu fe la que te ha devuelto la vista… Toma una gran decisión “seguir a Jesús”, se convierte en su discípulo.
Ahora nos preguntamos, ¿quién de nosotros no es o no se parece a Bartimeo? ¿No están presentes en nuestra historia personal algunos, o muchos, de estos momentos o situaciones?
1. Estar al borde del camino. ¿Cuándo nos sentimos así? ¿De qué camino estamos al borde? ¿Por decisión propia o porque las circunstancias nos han llevado ahí? ¿No estamos a veces viendo pasar a la gente desde fuera, viendo lo que pasa, incapaces de entrar en el camino?
2. Gritar a quien intuimos o creemos que puede salvarnos, ayudarnos… ¿A quién gritamos cuando parece que no podemos más? ¿Descubrimos que Jesús pasa de muchas formas a nuestro lado? ¿Cómo aprovechamos la oportunidad de encontrarnos con Él? ¿Con la lucidez y confianza de Bartimeo que llama a Jesús, Mesías y Señor? ¿No nos hemos sentido muchas veces silenciados, por las costumbres, por la barrera de la gente, por lo que “se lleva”, se ve bien, o simplemente porque molesta lo que vivimos o decimos?
3. Saltar y tirar el manto, aquello que nos ata o esclaviza, que nos pesa y no nos deja avanzar. Saltar es más que levantarnos o dejarnos levantar, es el impulso decidido a no seguir postrados, a cambiar. ¿Cuándo ha sido la última vez que nos hemos decidido a saltar y a desprendernos de los pesos muertos? ¿Cuántas veces hemos pensado que debemos hacerlo y no nos decidimos?
4. Encontrarnos con Jesús hablar con él mirarle de cerca y dejarnos mirar, escuchar su pregunta y responderle desde lo más profundo de nuestro corazón y en verdad, qué deseamos, qué queremos ver… Y desde esta experiencia única empezar a seguirle.
¿Qué le pido yo a Jesús? ¿Estoy siguiendo a Jesús como decisión personal o soy “otra gente” que va por el camino simplemente porque lo he hecho siempre, sin mirar a los del borde, sin haberme encontrado con Él? ¿Le sigo con la decisión y alegría que despierta en mí la fe y la confianza en Él?
Este domingo el evangelio nos invita a gritar, a saltar, a arrojar lejos tantos antiguos mantos que nos aplastan. Nos invita a abrir nuestros oídos y escuchar el “murmullo” de que pasa Jesús desde el sitio en que estemos, aunque sea al borde del camino y su paso nos lleva a soñar con un nuevo sitio para nosotros siguiendo al Maestro, al Señor de nuestra vida. Y finalmente nos invita a repetir una y otra vez las mismas palabras que el ciego: “Maestro, que pueda ver”. Que podamos ver la situación del mundo y esa mirada nos reavive la compasión cada día. Que podamos ver todo aquello que nos paraliza y escuchar cada mañana: levántate, te llama a ponerte en camino. Que podamos ver nuestras pobrezas y, en lugar de hundirnos o replegarnos, percibir ese ánimo que se nos regala como don.
La respuesta del ciego, en el texto evangélico, es acertada. Porque acertamos cuando el objetivo primero de nuestra existencia es querer “ver”. Todo lo demás nacerá de ahí.
Se trata de un ver que es sinónimo de comprensión profunda, de aquel conocer directo, inmediato, sentido, que aporta certeza a la vez que ilumina toda la realidad.
Hay dos modos de conocer. Uno es mental, opera a través de la razón, se mueve entre conceptos y razonamientos, utiliza el análisis y la reflexión y, como resultado, aumenta nuestra capacidad de entender todo lo que se refiere al mundo de los objetos.
Pero hay otro modo de conocer, previo a la razón. Se experimenta como un conocimiento “sentido” en toda la persona, se expresa a través de la intuición o “conocimiento interno”, con tal lucidez e intensidad, que la persona tiene la sensación de “ver”. A diferencia del anterior -que podríamos definir como conocimiento por medio del análisis y la reflexión-, este es un conocimiento por identidad: conocemos algo cuando -y porque- lo somos.
Es un modo de conocer que se nos puede regalar en el momento más inesperado, aunque dotado siempre de una sensación contundente de certeza, es decir, de “visión”. Quien lo experimenta -incluso aunque luego no pueda encontrar palabras o “mapas” para expresarlo adecuadamente- sabe que es verdad.
Pero, aun siendo regalo -no puede ser de otro modo, ya que es inalcanzable para la mente-, es posible favorecer su emergencia. Y si el conocimiento mental se estimula por medio del razonamiento, este otro modo de conocer (transmental o no-dual) requiere el silencio de la mente. En la práctica de ese silencio, al ejercitarnos en suspender el pensamiento, se están poniendo las condiciones para que la intuición pueda hablarnos. Todo lo demás nacerá de aquí. Por eso decía que el primer motor de nuestra existencia, como en el caso del ciego -una metáfora, por cierto, de nuestra condición habitual-, es querer ver.
Comentarios desactivados en Los fuegos artificiales de la tecnología deslumbran pero no iluminan.. Que vea…
Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:
v 46. Jesús sale de Jericó y al borde del camino se hallaba Bartimeo, el hijo de Timeo, que era ciego y estaba mendigando. (En la tradición de san Juan el ciego lo era de nacimiento. (Jn 9).
Probablemente en esta situación de ceguera y al borde del camino nos encontramos también muchos de nosotros: estamos ciegos, no vemos el camino, no vemos la salida a nuestra situación personal, a los problemas socio-políticos, ni a la misma situación eclesial.
El siglo XVIII es llamado en Europa el “siglo de las luces”: la Ilustración (luz – tinieblas), porque se pensaba -y se piensa- que la ciencia, el progreso tecnológico, la industrialización iban a sacar al ser humano de las tinieblas de la religión y de la fe.
Pero quizás hemos confundido los fuegos artificiales con la luz, “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12). Los fuegos artificiales deslumbran y ciegan más que iluminan.
01.- Ver en la vida
Necesitamos ver en la vida, necesitamos situar bien los problemas, saber hacia dónde vamos, poner la esperanza en lo que vale la pena. ¿Quizás podríamos decir que ver es creer? El ciego Bartimeo cree en JesuCristo -hijo de David- antes de ver
El ser humano es quien ve, quien necesita ver para vivir. Vemos con inteligencia -somos seres racionales-, pero también, y sobre todo, vemos con el corazón y con la fe.
02.- Ten compasión de mí.
vv 47-48 El ciego comienza a gritar: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí” … Muchos le reprendían para que se callara. Pero gritaba más: ten compasión de mí.
Es una expresión muy frecuente en tantos enfermos que se acercan a Jesús: Ten compasión de mí, ayúdame, que vea, si quieres puedes limpiarme, si quieres puedes curarme.
Es el reconocimiento de nuestras miserias, de nuestras cegueras y pecado, al mismo tiempo que es el reconocimiento de que la luz no está en nosotros.
Por otra parte es también la actitud de Jesús, que con frecuencia siente lástima, mira con afecto, etc.
La mayoría de los discípulos le reprendía al ciego y no le dejaba que expresara su debilidad y ceguera.
Es una situación semejante a la actual: el nihilismo en que vivimos nos ha sumido en una ceguera y ni tan siquiera se permite que afloren las cuestiones más elementales de la existencia.
Pero las mayorías llamadas democráticas, las mayorías sociológicas impiden que gritemos: ten compasión de nosotros. Los ámbitos escolares, universitarios, los medios de comunicación, la política no ofrecen luz, más bien ofrecen la oscuridad de los hijos de las tinieblas.
03.- v 51 Señor, que vea.
Aquel hombre quería ver. La luz es el símbolo de la Verdad, del saber dónde estamos en la vida, hacia dónde vamos, qué sentido tiene todo esto.
Señor que vea, es una auténtica oración.
Hay cosas que únicamente se entienden -y resuelven- en la fe y en la oración, que no es otra cosa que ponerse en referencia a Dios.
En muchos momentos de la vida en los que uno no sabe por dónde tirar, lo único que nos cabe es poner nuestra vida confiadamente en referencia a Dios: que vea el camino. Y la salida está en la confianza en Dios.
04.- v 52 Jesús le dijo al ciego: vete, tu fe te ha salvado, e inmediatamente recobró la vista.
Lo más fundamental en la vida es la fe, es decir, la confianza. La fe es el acto más central y envolvente de la existencia humana: uno vive “de”, “por“ y “para” lo que cree. Uno vive iluminado (luz), desde la realidad en la que cree. Uno ve desde su fe. La pregunta elemental para saber cuál es mi fe es preguntarme: qué es lo que más me importa en la vida. La respuesta que nos demos es nuestro dios y nuestra fe.
San Juan comienza su evangelio con un espléndido prólogo que es un canto a la LUZ:
Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
En la Palabra había VIDA y la VIDA era la LUZ de los hombres.
La LUZ brilla en la tiniebla y las tinieblas no pudieron sofocar la LUZ.
La palabra era la LUZ verdadera, que ILUMINA a todo hombre.
Comentarios desactivados en «Que “podamos ver” para vivir un verdadero discipulado», por Consuelo Vélez
De su blog Fe y Vida:
Comentario al evangelio del domingo XXX del Tiempo Ordinario 27-10-2024
Bartimeo parece entender mejor a Jesús y emprende un auténtico camino del discipulado
Podemos preguntarnos por los caminos que hoy Jesús recorrería y de qué manera viviría la audacia, el profetismo y el compromiso que supo vivir en su tiempo histórico
Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego estaba sentado junto al camino. Al enterare de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: ¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí! Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús se detuvo y dijo: Llámenlo. Llaman al ciego, diciéndole: ¡Ánimo, levántate! Te llama. Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús dirigiéndose a él, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? El ciego le dijo: Rabbuni, ¡que vea! Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino. (Mc 10, 46-52).
El evangelio del domingo pasado nos presentaba a Santiago y Juan quienes no habían entendido la pasión de Jesús y le estaban pidiendo sentarse a su derecha y a su izquierda. En este domingo vemos otro personaje, el mendigo ciego Timeo o Bartimeo, que parece entender mejor a Jesús y emprende un auténtico camino del discipulado. El texto nos presenta a Jesús de camino a Jerusalén, pero deteniéndose en Jericó. Y allí es donde Bartimeo está sentado junto al camino y al enterarse que pasa Jesús, lo reconoce como Hijo de David y le pide compasión para su situación.
No le va a pedir cosas materiales, lo cual sería propio de su situación de mendicidad, sino algo esencial para su vida: el poder ver. Y aunque la multitud le increpaba para que se callara, consigue la atención de Jesús quien lo manda llamar. Si el domingo hace 15 días el hombre rico se va triste ante la respuesta que le da Jesús sobre cómo ganar la vida eterna, en este pasaje el ciego no duda en levantarse y despojarse de lo que tiene -arroja el manto- y rápidamente va donde Jesús. De alguna manera, comienza un seguimiento que explícitamente al final del texto, se dirá que fue la consecuencia de su encuentro con Él.
Ahora bien, Jesús le pregunta qué quiere que haga por él y el ciego tiene muy clara su petición: ¡que vea! Y Jesús realiza el milagro añadiendo que es la fe del mismo mendigo ciego, la que lo ha salvado. Al instante recobra la vista y aunque Jesús le dice que se vaya con el milagro conseguido, Bartimeo comienza a seguirle por el camino.
Timeo (Bartimeo) se presenta, entonces, como modelo de discipulado que no teme subir con Jesús a Jerusalén donde su muerte es evidente y donde sus discípulos se dispersarán por temor a correr la misma suerte del maestro.
A la luz de este texto, y de los de los domingos anteriores, podemos preguntarnos por el discipulado que vivimos en el aquí y ahora de nuestro tiempo. Sería importante entender los caminos que hoy Jesús recorrería y de qué manera viviría la audacia, el profetismo y el compromiso que supo vivir en su tiempo histórico.
Pero tal vez hace falta pedirle a Jesús que nos libre de las cegueras del miedo, de la prudencia, del temor a perder oportunidades, o de tantas otras actitudes que no nos dejan seguirlo por sus mismos caminos. Recuperar la vista al estilo de Bartimeo nos ayudaría a dar testimonio de un seguimiento más fiel a los valores del reino, como tantas veces lo hemos dicho en estos comentarios a los evangelios de los domingos precedentes.
(Foto tomada de https://radiomaria.org.ar/programacion/dia-15-la-curacion-de-bartimeo/)
Comentarios desactivados en ¡María, mujer con rostro, desfigurada y anónima, desconocida para propios y extraños!
Del blog de Alfonso J.Olaz El Rincón del Peregrino:
¡María, mujer con rostro desfigurada y anónima, desconocida para propios y extraños!
María
Hoy has venido a nuestra ciudad después de un largo viaje, al llegar a la estación central de autobuses: nadie ha venido a recibirteNo han acudido los poderosos medios de comunicación, ni una exaltada muchedumbre, ni los políticos de turno, como si fueras una gran estrella del rockPara bajar tu equipaje del autobús te ha ayudado un pobre como tú
Y a pesar de todo esto, avanzas sin hacer ruido
como la hija de Dios
como la madre de Jesús
María Tú ocupas un lugar singular en el Corán, tu nombre es dicho setenta veces
Para los musulmanes, eres la mujer más grande de todas las mujeres
Mil quinientos millones de musulmanes, que en su corazón tienen sitio para TI
¡Cuántos intereses hay en que no se conozca el nombre de María, la mujer más grande entre todas las mujeres!
¡Y nosotros, los Cristianos, los Católicos!
¡Qué intereses tenemos!
¿Qué lugar ocupas en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestra palabra, en nuestro testimonio de vida?
¿Eres la mujer más grande para los Cristianos?
¿Conocemos a María, nuestra madre, la que está en medio de nosotros?
¡María, mujer anónima, voz de los sin voz!
La que nos sostiene y nos inspira la ternura del amor
Y de su mano nos aparta de todos los peligros
¡Tú dijiste sí y ya fuiste madre para todos, para todos!
Tú nos elegiste para amar en grande, que todo lo logra, sin desfallecer, sin dudas, con el corazón de madre
María eres mi madre, te pertenezco Maria eres mi modelo, te estudio Maria eres mi maestra, te escucho Maria eres mi sosten, me apoyo en ti Maria eres mi fuerza, combato contigo Maria eres mi refugio, descanso en ti Maria eres para todos, para todos
¡María!
No eres de los desesperanzados, ni de los que están tristes, ni abatidos
Eres de los que creen que la esperanza es posible
Para dejando la tristeza, vivir la alegría,
que con la alegría y el humor: la esperanza vuelve y todo es posible
¡María!
Tu nombre, el buen Dios te lo puso
Del cielo bajó tu nombre.
Con la ayuda de los Ángeles
De la mano del buen Dios
En toda la Tierra
No había el nombre de María
Y se hizo el nombre de María.
¡No hubo nombre más singular y dulce que el de María!
Y su nombre se unió a la Creación,
Y fue ya todo su esplendor, con toda su luz
Y se hizo luz más brillante en el día,
Y en la noche apartó las sombras para ser luz segura y serena,
para todas sus criaturas,
para todos los caminantes en el camino de María
Del cielo tuvo que venir
Tu nombre y el amor
Estrella siempre certera que a todos guía a buen puerto
La elegida por el buen Dios
La que nunca falla y todo lo tiene, todo
Lo mejor siempre viene de arriba,
que está encima de nuestras cabezas, por donde nada vemos
Y al aprender a mirar a los ojos,
aprendemos como los niños con la mirada en el centro,
en el nuestro, no de arriba hacia abajo, como los tristes orgullosos,
sino desde abajo hacia nuestro centro, que es el nuestro
¡Y lo que vino, qué bueno fue! Y lo que sigue viniendo cada día, nadie puede mejorarlo
Maria
Mujer que en la ciudad rezas por todos nosotros
y cada día nos envías lucecitas y perfumes de esperanza
¡Te haces la encontradiza!
En los mayores que cada día toman el sol en el parque.
En los niños y adolescentes que juegan en el patio del colegio
¡Te haces la encontradiza!
En la feliz salida de los obreros que terminan su jornada de trabajo en la fábrica.
En las puertas de las iglesias al salir de la misa
En las tabernas, bares, cafeterías y restaurantes donde los hombres y mujeres se reúnen para celebrar su amistad
Te haces la encontradiza!
En los centros comerciales donde muchos acuden cada día
En los presos que entran a los centros penitenciarios «y en los que salen después de cumplir su condena»
¡Te haces la encontradiza!
¡Qué tienes, María, que muchos no te conocen y los que decimos que te conocemos, que poco te damos a conocer!
Del Evangelio de la Madre a la vida De la vida al Evangelio de la Madre
Comentarios desactivados en “Las apariciones y la María del Evangelio”, por Pedro Miguel Lamet
Leído en su blog:
¿Se ha aparecido realmente la Virgen en Medjugorje?
Ha llegado la respuesta de la Iglesia sobre Medjugorje. Pero la polémica sobre las apariciones viene de antiguo
«Apariciones: ensayo crítico«, del padre Staehlin analizaba entre otros prodigios el de Fátima y desmitificaba muchos pretendidos hechos sobrenaturales.
Ratzinger “apretó los tornillos al Papa para que no diese pie a que pudiera interpretar que había alguna revelación en Fátima«
En noviembre de 1980, Juan Pablo II explicó por qué no se había revelado el famoso secreto de Fátima
Lucía se cambió de convento. Al parecer , tenía mal carácter “y se enfadaba mucho”. Según su testimonio y memorias, que escribió por mandato de sus superiores, tuvo otras apariciones en sus años de vida en el monasterio
Vivimos un momento ávido de maravillosismo. Si no se cree en Dios o no se vive una auténtica espiritualidad, se busca el fenómeno sorprendente, también fuera de la Iglesia
Me rechinan esos textos donde la madre de Jesús aparece anunciando calamidades, fustigando a los pecadores, con una teología de los años cuarenta
| Pedro Miguel Lamet
¿Se ha aparecido realmente la Virgen en Medjugorje? Durante quince años los numerosos peregrinos que acuden continuamente a este santuario y experimentan frecuentes fenómenos inexplicables, entre ellos no pocos de oración conversión, han esperado la respuesta de la Iglesia a esta pregunta. Además, ¿quién no tiene un familiar o conocido que han visitado este lugar o incluso es decidido partidario del mismo?
Pues bien, el veredicto de la Iglesia no aprueba la sobrenaturalidad de esas apariciones, pero sí su culto, las peregrinaciones y el valor de Medjugorje para el fomento de la devoción a la Virgen. La Doctrina de la Fe, de acuerdo con las nuevas normas sobre apariciones aprobadas el pasado 4 de mayo, dice textualmente que su decisión «no significa reconocer como reales los supuestos acontecimientos sobrenaturales, sino sólo resaltar que, dentro de este fenómeno espiritual de Medjugorje, el Espíritu Santo obra provechosamente para el bien de todos”. Esta misma postura acaba de mantener recientemente también con pretendidas apariciones acaecidas en el norte de Italia y Extremadura.
POLÉMICA SOBRE FÁTIMA
La polémica sobre las apariciones viene de antiguo. Recuerdo un famoso libro publicado en 1954 por el jesuita español de origen austriaco Carlos María Staehlin, obra que, a pesar de haber pasado por nueve censores, según me contaba él mismo, fue retirada de la circulación por decisión jerárquica. Apariciones: ensayo crítico, analizaba entre otros prodigios el de Fátima y desmitificaba muchos pretendidos hechos sobrenaturales. Por ejemplo, daba cuenta de los errores de algunas profecías de la vidente Lucía en Fátima, como la fecha del fin de la Primera Guerra Mundial el 17 de octubre de 1917. De hecho, la gran conflagración no acabaría hasta el año siguiente. Pero el padre Staehlin, tras la retirada de su riguroso estudio, se vio obligado a cambiar de trabajo y dedicarse al estudio del cine, convirtiéndose por cierto en uno de sus principales teóricos, gran especialista en concreto en Ingmar Bergman.
Otro episodio lo viví como informador años después, en tiempos de Juan Pablo II. El 13 de mayo de 1982, al año justo del atentado de Ali Agca, el papa visiblemente emocionado había doblado su rodilla a los pies de la Virgen de Fátima en Cova de Iría. En aquella ocasión dijo: “He visto un reclamo de atención hacia el mensaje que partió de aquí hace sesenta y cinco años”. En declaraciones a los periodistas no dudó en relacionar la perestroika con las profecías de la Virgen de Fátima; se entrevistó durante veinte minutos con Sor Lucía y coloca la bala que le atravesó el abdomen en la corona de la imagen de María.
Esta aceptación pública de una revelación privada, que para un católico no es obligado creer por no encontrarse entre los dogmas, ya que la revelación autentica termina con el Nuevo Testamento, molestó al entonces propio “guardián de la ortodoxia” y mano derecha del Papa en temas de doctrina, cardenal Joseph Ratzinger. Según contó el entonces arzobispo de Tarragona, Ramón Torrella, en una entrevista, este cardenal “apretó los tornillos al Papa para que no diese pie a que pudiera interpretar que había alguna revelación en Fátima. Yo me limité a decirle: ‘Mire, Santo Padre, yo lo que digo es que usted no puede nombrar ni una sola vez ‘Rusia’. Si usted en Fátima nombra la palabra ‘Rusia’, al día siguiente se interrumpen las relaciones ecuménicas del Patriarcado de Moscú con Roma’”. De hecho estas relaciones se hicieron cada vez más difíciles y Torrella nunca llegó al cardenalato, que según algunos se merecía. A pesar de ello Juan Pablo II hizo publicar a Ratzinger un documento sobre la explicación de su atentado conectándolo con Fátima.
Durante una conversación con un reducido grupo de peregrinos en la plaza de la catedral de Fulda, en Alemania occidental, en noviembre de 1980, Juan Pablo II explicó por qué no se había revelado el famoso secreto de Fátima. El papa respondió que “la gravedad de su contenido” podría provocar una respuesta hostil por parte del “poder del comunismo internacional”, lo que tenía que evitar la Iglesia por razones de diplomacia. Aludió luego una parte del mensaje: “cuando los océanos cubrirán ciertas partes de la tierra, y desde ese momento millones de hombres perecerán”. Y añadió sobre la Iglesia: “Tendremos que prepararnos a sufrir largas y grandes pruebas que requerirán de nosotros incluso el sacrificio de nuestras vidas por Cristo”. El Papa exhortó luego a la oración y a la renovación “porque es aún posible evitar las pruebas”.
SANTIDAD Y APARICIONES
Curiosamente “el papa de la sonrisa”, Juan Pablo I, tuvo también relación con Fátima. Su hermano, Eduardo Luciani, contó que cuando su hermano Albino oía hablar de Fátima se levantaba muy turbado porque, al parecer, Lucía le había comunicado la brevedad de su pontificado. Las hipótesis en torno al secreto han sido muchas: la guerra nuclear, catástrofes ecológicas y desastres espirituales.
Sobre la credibilidad dada por el papa Wojtyla a Fátima, los teólogos insisten que es una preferencia personal que no obliga a la fe, en la que un católico es libre de creer o no. A este propósito se cita la amistad de Juan Pablo II con el famoso padre Pío de Pietrelcina, el capuchino que tenía en sus pies y manos los estigmas de la Pasión y facultades de videncia. Cuando Karol Wojtyla lo visitó de estudiante, el fraile le predijo que sería elegido papa y que moriría mártir. De hecho, el proceso de beatificación de este singular personaje estaba hacia años bloqueado por sus predecesores. Cuando Wojtyla ascendió a la sede de Pedro, lo volvió a poner en marcha hasta canonizarlo. Hoy su santuario es muy visitado y goza de gran devoción sobre toda en Italia. Sus biógrafos, incluso los más favorables, cuentan historias sorprendentes, como sus luchas personales con el demonio -grabadas por orden de Juan XXIII-, o la construcción del mayor hospital del sur de Italia, sin permiso de sus superiores.
Por otra parte, conviene recordar que Lucía Ingresó religiosa en 1925 en las doroteas de Túy, como humilde hermana lega. En 1934 hizo los votos perpetuos, pero no perseveró en la congregación. En 1946 consiguió la necesaria autorización para pasarse a las carmelitas de Coímbra, pero no ya como hermana lega, sino como una religiosa de coro, lo que suponía un rango mayor. Al parecer la vidente de Fátima, según testigos, tenía mal carácter “y se enfadaba mucho”. Según su testimonio y memorias, que escribió por mandato de sus superiores, tuvo otras apariciones en sus años de vida en el monasterio.
El 19 de febrero de 2006, un año después de su fallecimiento, su cuerpo fue trasladado desde Coímbra hasta el Santuario de Fátima, donde fue sepultada junto a sus primos. hoy en los altares -sin duda con razón, solo eran dos niños inocentes y humildes- Jacinta y Francisco Marto. El 14 de febrero de 2008, en la catedral de Coímbra, el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, en ocasión del aniversario de la muerte de Sor Lucía, hizo público el inicio de la fase diocesana de la causa de beatificación, atendiendo la petición del obispo de Coímbra Albino Mamede Cleto. Sor Lucía fue declarada Venerable por el papa Francisco en junio de 2023.
Staehlin en su libro distingue entre las apariciones y la santidad de los videntes, entre las “obras”, por las que “los conoceréis”, según Jesús, y otros fenómenos que pueden tener otras explicaciones. Citaba por ejemplo el caso de un protestante que tenía en manos y pies los estigmas, pero no solía abrir ni por el forro su Biblia llena de polvo. Para el jesuita las virtudes heroicas de santa Bernardette de Lourdes constituyen el verdadero argumento de sobrenaturalidad.
En mi opinión vivimos un momento ávido de maravillosismo. Si no se cree en Dios o no se vive una auténtica espiritualidad, gracias a la pura fe o la vida de oración, se busca el fenómeno sorprendente, también fuera de la Iglesia. Eso muestra la afición a los programas milenaritas, las sicofonías, los ovnis, poltergueists y demás misterios de andar por casa. Dentro de la Iglesia siempre ha existido la necesidad de lo extraordinario, de ver lo invisible, tocar las llagas como Tomás, demostrar palpablemente. No digo que no exista el milagro, pero en el Nuevo Testamento, como señalan los biblistas, es más un signo del Reino que una prueba irrefutable. Nunca vamos a encontrar la prueba incuestionable de la verdad en el prodigio, porque, si no, creería todo el mundo.
Respecto a María, la aldeana de Nazaret que dijo “sí” a Dios, me rechinan esos textos donde la madre de Jesús aparece anunciando calamidades, fustigando a los pecadores, con una teología de los años cuarenta centrada en el infierno, el purgatorio, los malos, el pecado. La María de veras es la de la Anunciación, el abrazo alegre a su pariente Isabel, la solitaria de Nazaret, cuando Jesús parte; la madre dolorida de la calle de la amargura y al pie de la cruz, la que nos recibe como hijos, la que con los apóstoles se llena del Espíritu Santo. Nunca una diosa, sino una mujer del pueblo, querida de Dios y llena de gracia.
Que hay gente a la que ayudan las apariciones para confirmar su fe, bien; está en su derecho, pero que no nos quieran imponer con eso una Iglesia antediluviana, lejana a la verdad de la palabra del Evangelio, la mejor tradición y los auténticos santos.
Comentarios desactivados en “El día de después”, por Dolores Aleixandre
Desde que empecé a engancharme a la serie The Chosen vi clarísimo que de mayor sería guionista de esa serie. No imaginaba nada tan apasionante como dedicarme a recrear escenas del Evangelio para filmarlas después.
Lo malo es que en seguida llegó Doña Realidad poniéndome en mi sitio: -“¡Pero si mayor ya eres! ¿No te das cuenta de que ese trabajo queda fuera de tu alcance?”. Para consolarme de mi frustración dije como Humphrey Bogart en Casablanca: “Siempre nos quedará Paris” en la versión actualizada de “Siempre me quedará Alandar”.
Así que doy rienda suelta a mi fantasía.
Vayan imaginando la escena: el grupo de discípulos/as, sentados en el suelo a la sombra de un árbol, escuchan a Jesús que se ha puesto a contarles una historia de las suyas: “El dueño de una viña salió por la mañana para contratar jornaleros…” Ellos apenas prestan atención porque se saben de memoria ese cuentecillo que circula en las enseñanzas de los rabinos para que sus discípulos aprendan que el esfuerzo y el trabajo reciben siempre recompensa. Así que ya conocen cómo termina, lo han escuchado muchas veces y les gusta ese cuento que tiene un final lógico y justo: a quien ha trabajado más, hay que pagarle más; el esfuerzo se merece una recompensa y así deben funcionar las cosas.
Por eso, el final que propone Jesús los descoloca: el dueño pagará a todos lo mismo y dirá a los que protestaban: “- A éstos les pago igual porque, aunque han llegado a última hora, han trabajado en ese tiempo más que vosotros en todo el día”
“Cuando llegaron los primeros, pensaban que cobrarían más; pero también ellos cobraron un denario cada uno. Al recibirlo, se quejaban del dueño, diciendo: «Estos últimos han trabajado sólo un rato y les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor». Pero él respondió a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero dar a este último lo mismo que a ti, ¿no puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿Por qué miras con malos ojos que yo sea bueno?». (Mt 20, 10-15).
La polémica está servida:
“- Maestro, ¿a qué viene ese otro final diferente?”
“- ¿Por qué lo has cambiado?”,
“- ¿Es que no valoras el trabajo y los méritos y por eso les has quitado importancia?”
“- Complicas las cosas y cada vez es más difícil entenderte…”
Mientras protestan y se quitan la palabra, Jesús permanece callado.
Al final les dice:
“- ¿Pero es que ninguno de vosotros se ha dado cuenta de que en las tres últimas palabras está la clave para entender la historia? Recordadlas: “YO SOY BUENO”
¿No os dais cuenta de que esas palabras son como un anzuelo con el que trato de pescaros a ver si, de una vez, os decidís a salir de vuestra mentalidad estrecha y mezquina? ¿No veis que estoy intentando tirar de vosotros y empujaros a pensar en el Padre de otra manera? ¿Cómo voy a convenceros de que su amor no depende de vuestros méritos y esfuerzos, de que os quiere porque sí, porque no lo puede remediar, más allá de cómo seáis y cuál sea vuestra retahíla de méritos?
Eso es lo que quiere decir aquel Salmo: “Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde: Dios lo da todo a los que ama mientras duermen” (Sal 126)
Os propongo imaginar que es el día de después y el amo os ha dicho la víspera: “Mañana estáis todos contratados” así que, sabiendo que ocurrió la víspera ¿a qué hora vais a llegar? Las respuestas son casi unánimes: “Eso ni se pregunta: si me van a pagar igual, llegaría a trabajar justo una hora antes de acabar la jornada” “Yo también llegaría lo más tarde posible”… Solo Santiago el Menor (ese cojo tan desvalido de la serie) da una respuesta diferente: “Pues a mí, eso de que salten por los aires los méritos me ha gustado mucho, así que yo llegaría al amanecer y le diría al dueño: “-No me pagues este tiempo de más, quiero probar a qué sabe eso de tener el corazón bueno como el tuyo…”
Como los guionistas tenemos que presentar distintas opciones, se puede elegir entre estas reacciones de Jesús:
CLÁSICA: “Enhorabuena Simón, hijo de Alfeo, porque eso no te lo han revelado ni la razón ni el cálculo, sino mi Padre que está en los cielos. Dichoso tú porque has escapado como un pájaro de la trampa de los cazadores de méritos…”
SAPIENCIAL: Eres un verdadero sabio, Santiago… Has dejado atrás la suficiencia de quien trata de asegurar su vida sobre su propio esfuerzo. Ahora caminas libre en la tierra de la gracia, esa que no se consigue sino que se recibe…
CÓMPLICE: Santi, chaval, no sabes la alegría que me das. Qué alivio que al menos uno de este grupo de colegas tuyos tan zoquetes -no me explico cómo puedo quererles tanto-, empieza a enterarse un poco de por dónde voy… Vamos a tomarnos un vino para celebrarlo…”
Hasta aquí mis propuestas finales de guion. Pero si no les gustan, tengo otras.
Dolores Aleixandre:
Jubilada feliz. Encajando el envejecer con cierto garbo (de momento). Convencida de la fuerza de la Palabra y de la bondad última de las personas. Adicta a la Biblia y a contársela a otros. Agradecida a la vida, al cariño de tantos amigos y al sentido del humor. Aficionada al cine, a la música polifónica y a Gomaespuma. Lectora desordenada y escritora de vuelo corto. Orgullosa de ser columnista de alandar. Tratando de callarme más, rezar más y vivir más atenta al latido del corazón de Dios en el corazón del mundo.
Comentarios desactivados en El camino hacia la gloria parece una sinodalidad
Sabina Marroquín
La reflexión de hoy es de la colaboradora invitada Sabina Marroquin (ella/ella), ministra universitaria de la Universidad de Dayton, donde para ella es una gran alegría servir a las comunidades LGBTQ+ en el campus. Después de graduarse de la Universidad Estatal de Midwestern, completó un año de servicio con las Hermanas de San Francisco de Filadelfia y ha trabajado para la iglesia de alguna manera desde entonces. Cuando no está en el trabajo, puede encontrarla pasando tiempo con su Comunidad Laica Marianista, entrenando baloncesto juvenil o disfrutando de una buena taza de café y un audiolibro.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el vigésimo noveno domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
Practicar la contemplación ignaciana, u oración imaginativa, es una de mis formas favoritas de orar con los Evangelios. A menudo me resulta fácil situarme en una escena en la que los discípulos están siendo extremadamente humanos y demasiado identificables. Despertar a Jesús durante una tormenta, preguntarme cómo podrían encontrar suficiente pan para alimentar a una multitud, Pedro sin comprender del todo las enseñanzas de Jesús pero tratando de vivirlas con gran entusiasmo: me imagino pensando o haciendo muchas de estas mismas cosas.
La lectura del Evangelio de hoy, sin embargo, me resulta un poco más difícil. Cuando los apóstoles Santiago y Juan le dicen a Jesús que quieren que haga todo lo que le piden, me sorprende su audacia. Respondiendo a su petición de lugares de honor, Jesús les pregunta si pueden beber la copa de la que él bebe. Jesús les está dando la oportunidad de reconsiderar. En cambio, Santiago y Juan se doblegan, diciendo que pueden beber de la copa. En este punto, sólo puedo imaginarme en esta escena como un discípulo recogiendo mi mandíbula del suelo. Ciertamente he pedido cosas y expresado mi propio compromiso con Dios en mis oraciones, entonces, ¿por qué la petición de Santiago y Juan me resulta tan extraña?
Para una persona LGBTQ+, la idea de pedir un lugar de honor puede parecer imposible cuando no está segura de si está siquiera invitada al banquete celestial. O, si saben que están invitados, pueden sentir que tienen que justificar por qué deberían ser bienvenidos a su llegada.
Como alguien que no siempre me considera digna de ocupar lugares distinguidos, la petición de los Apóstoles es irreconocible. Si bien un sentimiento de indignidad puede tener sus raíces en la humildad y la reverencia a Dios, la indignidad que siento al leer este pasaje no tiene sus raíces en una oración humilde como Mateo 8:8 (“Señor, no soy digno de que entres en mi casa; pero una palabra tuya bastará y mi siervo quedará sano“), sino desde mi experiencia de ser juzgada y excluida. Es difícil pedir un lugar de honor cuando la mayoría de las veces sólo quiero que me valoren lo suficiente como para que me inviten a la mesa, incluso si tengo que acercar mi propia silla. Reconocernos a nosotros mismos y a los demás como amados por Dios y que tenemos un lugar en la Iglesia es una verdad simple pero profunda que la petición de Santiago y Juan puede resaltar.
Desafortunadamente, esta verdad puede verse empañada por las dolorosas experiencias de injusticia, discriminación y juicio. A pesar de saber que las personas LGBTQ+ podrían enfrentar estos desafíos en las comunidades religiosas, seguimos apareciendo. De manera similar, Santiago y Juan sabían que seguir a Jesús tendría un costo y aun así dijeron que sí a beber la misma copa que él. ¡Estoy asombrada por su rápida respuesta porque me tomó casi una década de oración y muchas lágrimas responder a esa pregunta en mi propia vida!
Las personas queer de fe saben muy bien que reconocer y compartir diferentes partes de sí mismos tiene un costo. Sin embargo, hay algo increíblemente poderoso en traer la plenitud de quién eres a Dios y llegar a creer que Dios te ama tal como eres que hace que todo valga la pena.
Como católica LGBTQ+, si esa afirmación fuera el primer mensaje que escuché sobre la fe y la sexualidad, probablemente todavía habría llorado, pero me habría ahorrado años de tratar de arreglar algo que pensaba que estaba mal en mí y de preguntarme si Dios realmente me amaba. Yo cuando nada cambió.
No importa cuál sea tu historia, todos beberemos de lo que Henri Nouwen llamó la copa de la alegría y la copa de la tristeza a lo largo de nuestras vidas. No hay manera de beber de uno y evitar el otro porque la copa de Cristo contiene ambos. Para mí, tener compañeros en el viaje ha hecho que mi taza sepa menos a café instantáneo y más a un café con leche de mi cafetería favorita.
Cuando somos invitados a la vida de alguien, es una oportunidad sagrada para servirle escuchando profundamente y recibiendo sus alegrías y tristezas con el amor de Dios. Este llamado al servicio a través del encuentro es alto y claro en el Evangelio de hoy, pero también en la invitación del Papa Francisco a una cultura del encuentro y en el Sínodo sobre la sinodalidad.
Santiago y Juan piden gloria y Jesús responde con un camino hacia la grandeza que se parece mucho a la sinodalidad. Que cada uno de nosotros escuche profundamente a quienes encontramos en nuestra vida cotidiana y seamos inspirados por el Espíritu Santo para responder con acciones amorosas.
—Sabina Marroquín (ella/ella), 20 de octubre de 2024
Comentarios desactivados en “Contra la jerarquía del poder”. 29 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,35-45)
Santiago y Juan se acercan a Jesús con una petición extraña: ocupar los puestos de honor junto a él. «No saben lo que piden». Así les dice Jesús. No han entendido nada de su proyecto al servicio del reino de Dios y su justicia. No piensan en «seguirle», sino en «sentarse» en los primeros puestos.
Al ver su postura, los otros diez «se indignan». También ellos alimentan sueños ambiciosos. Todos buscan obtener algún poder, honor o prestigio. La escena es escandalosa. ¿Cómo se puede acoger a un Dios Padre y trabajar por un mundo más fraterno con un grupo de discípulos animados por este espíritu?
El pensamiento de Jesús es claro. «No ha de ser así». Hay que ir exactamente en dirección opuesta. Hay que arrancar de su movimiento de seguidores esa «enfermedad» del poder que todos conocen en el imperio de Tiberio y el gobierno de Antipas. Un poder que no hace sino «tiranizar» y «oprimir».
Entre los suyos no ha de existir esa jerarquía de poder. Nadie está por encima de los demás. No hay amos ni dueños. La parroquia no es del párroco. La Iglesia no es de los obispos y cardenales. El pueblo no es de los teólogos. El que quiera ser grande que se ponga a servir a todos.
El verdadero modelo es Jesús. No gobierna, no impone, no domina ni controla. No ambiciona ningún poder. No se arroga títulos honoríficos. No busca su propio interés. Lo suyo es «servir» y «dar la vida». Por eso es el primero y más grande.
Necesitamos en la Iglesia cristianos dispuestos a gastar su vida por el proyecto de Jesús, no por otros intereses. Creyentes sin ambiciones personales, que trabajen de manera callada por un mundo más humano y una Iglesia más evangélica. Seguidores de Jesús que «se impongan» por la calidad de su vida de servicio.
Padres que se desviven por sus hijos, educadores entregados día a día a su difícil tarea, hombres y mujeres que han hecho de su vida un servicio a los necesitados. Son lo mejor que tenemos en la Iglesia. Los más «grandes» a los ojos de Jesús.
Comentarios desactivados en “El que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. Domingo 20 de octubre de 2024. Domingo 29º
Leído en Koinonia:
Isaías 53, 10-11: Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años. Salmo responsorial: 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. Hebreos 4, 14-16: Acerquémonos con seguridad a trono de la gracia. Marcos 10, 35-45: El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.
La primera lectura de hoy, tomada de la segunda parte del libro de Isaías, nos habla de la misión del ‘siervo sufriente’, es decir, de aquel imaginado redentor del Pueblo de Dios que ofrece su vida para ver el nacimiento de una nueva posibilidad, de una nueva descendencia. Este poema nos habla más de esperanza, de tenacidad y de lucha que de sufrimiento pasivo o resignación. La misión del siervo del Señor no es ver su cuerpo destrozado, sino servir de puente para las nuevas generaciones de creyentes que se han de inspirar en su particular estilo de vida. Por esta razón la “nueva descendencia” no se refiere, ni en el texto ni en la interpretación cristiana, a los descendientes biológicos, sino a una nueva generación de personas comprometidas con la Causa de Dios en favor de su pueblo, el pueblo pobre, dolorido y oprimido.
El Salmo nos sirve de puente entre la primera y la segunda lectura, al recordarnos que la Palabra de Dios se identifica por su capacidad para ayudarnos a reconocer la verdad. Una verdad que no es un asunto metafísico o etéreo, sino la encarnación del proyecto de Dios en la historia por medio de la justicia y el derecho.
El fragmentito de la carta a los Hebreos que hoy leemos nos recuerda que Jesús ha sido probado en todo igual que nosotros, por lo que podemos tener confianza de ser bien comprendidos. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de comprender a los débiles…
El evangelio, de Lucas, nos presenta una escena breve, un pasaje simple pero muy importante del mensaje de Jesús. Jesús establece con claridad su diferencia con el espíritu del mundo, el de los jefes de este mundo, que esclavizan a los suyos y se sirven de ellos; Jesús proclama que su actitud es exactamente la contraria: «No he venido a ser servido sino a servir», y «el que quiera ser grande, que sea el servidor de todos». Es un rasgo cristiano central, decisivo. Y sin complicaciones ni alambicamientos teóricos: no se trata de creer doctrinas, sino de centrar la propia vida sobre la base del amor-servicio. No un amor cualquiera (romántico, sentimental, de bellas palabras…), sino un amor que se expresa en el servicio. No insistiremos nunca demás en este principio central del evangelio, que Lucas nos recuerda hoy.
El penúltimo domingo de octubre la Iglesia Católica lo celebra como Domingo Mundial («Do-Mund») de las Misiones. Muchos de los católicos mayores recordamos que cuando fuimos niños salimos, tal día como hoy, a las calles, con una hucha en las manos, para hacer una cuestación económica en favor de las misiones. En algunas sociedades católicas de entonces, aquello formó parte de un paisaje religioso urbano, que ya desapareció. No se dejó de hacer simplemente por pereza, o por olvido… sino por razones de la secularización de la sociedad. Pero hoy, con una perspectiva más amplia, vemos que no sólo han afectado las razones clásicas de la «secularización»; también han intervenido razones que se refieren a las «Misiones» mismas.
En un tiempo como el que vivimos, marcado radicalmente por el pluralismo religioso, y marcado también, crecientemente, por la teología del pluralismo religioso, el sentido de lo «misionero» y de la «universalidad cristiana» han cambiado. Hasta ahora, en demasiados casos, lo misionero era sinónimo de «convertir» al cristianismo (al catolicismo concretamente en nuestro caso) a los «gentiles», y la «universalidad cristiana» era sentida como la centralidad del cristianismo: nosotros éramos la religión central, la (única) querida por Dios, y por tanto, la religión-destino de la humanidad. Todos los pueblos (universalidad) estaban destinados a abandonar su religión ancestral y a hacerse cristianos (a «convertirse»)… El «proselitismo», por cualquier medio que fuera posible, estaba justificado; más, era lo mejor que podíamos hacer por la humanidad: el fin justificaba los medios.
Todo esto, lógicamente, ha cambiado. Comprendemos perfectamente que las religiones y las culturas (todas, no sólo la nuestra) han vivido, desde sus orígenes, aisladas, sin sentido de pluralidad. Una especie de «efecto óptico» y, a la vez, una cierta ley de la «psicología evolutiva» de la humanidad, les ha hecho concebirse a sí mismas -cada una- como únicas, y como «centrales» (pensando cada una que eran el centro absoluto de la realidad), igual que cada uno de nosotros, cuando hemos sido niños/as, hemos comenzado a conocer la realidad siempre a partir de nuestro ego-centramiento psicológico inevitable, igual también que todos los humanos han pensado que su tierra, y hasta el planeta Tierra, eran el centro del mundo y hasta del cosmos… Sólo con la expansión del conocimiento y con la experiencia de la pluralidad, las personas, los pueblos y las culturas se han ido dando cuenta de que no son el centro, de que hay otros centros, y han sido capaces de madurar y de descentrarse de sí mismas reconociendo una realidad mayor.
Todas las religiones, no sólo la nuestra, están desafiadas a entrar en esta maduración y este reconocimiento de una perspectiva panorámica mucho más amplia que aquella en la que han vivido precisamente toda su historia, los varios milenios de su existencia. La religiosidad, la espiritualidad del ser humano, es mucho más amplia, y mucho más antigua (decenas de milenios al menos) que cualquiera de nuestras religiones. Dar al tiempo sagrado de nuestra religión la centralidad y unicidad cósmica y universal que le solemos dar, necesita sin duda una reevaluación más ponderada. Un pensamiento religioso más sereno y maduro se inclina cada día más hacia una revalorización generosa de las otras religiones, y a una profundización del sentido de modestia y de pluralismo, que no es claudicación ante nada, sino apertura de corazón al llamado divino que hoy sentimos, vibrante y poderoso, hacia una convergencia universal que antes no acabábamos de captar. Leer más…
Comentarios desactivados en Santiago y Juan. Para una historia de los zebedeos y su madre (20.10.34; Dom 29 TO)
Del blog de Xabier Pikaza:
Conforme a los sinópticos, Santiago (=Jacob) y Juan forman parte del grupo de los primeros llamados (Mc 1, 19), entre los tres o cuatro discípulos preferidos de Jesús (cf. Mc 1, 29; 5, 37; 9, 2; 13, 3; 14, 33 par).
Jesús (o la tradición de la iglesia) les ha dado el nombre de Boanerges, hijos del trueno (Mc 3, 17), quizá por su ardor mesiánico, quizá en sentido apocalíptico (cf. Ap 10, 3-4; 11, 19; 16, 18). Les encontramos entre aquellos que quieren ocupar los primeros puestos en el Reino (cf. Mc 10, 35.41) y que el fuego de Dios destruya a los que no reciben a Jesús, en especial a los samaritanos (Lc 9, 54.
Ellos representan una iglesia “dura” que espera un Reino de tipo socio-político y religioso. Han sido testigos de algunos milagros de Jesús (“resurrección” de la Hija de Jairo…: Mc 5) y han recibido en el Tabor la promesa y garantía de la resurrección de Jesús (Mc 9), en línea de toma de poder… y en esa línea se mantienen.
He presentado en otros lugares la historia de los hermanos zebedeos y su madre. Aquí me limito a comentar algunos de sus rasgos, conforme a la tradición de sinópticos y Hechos, dejando abiertos (sin desarrollar) otros temas, como el desarrollo de la iglesia samarita, la relación de Juan Zebedeo con el autor del 4º Evangelio y de Apocalipsia y el posible martirio de Juan (que parece supuesto en Mc 10.
| Xabier Pikaza
TEXTO BASE (Mc 10, 35-45)
(a. Petición) 35 Y se le acercaron Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte.36 Jesús les preguntó: ¿Qué queréis que haga por vosotros? 37 Ellos le contestaron: Concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.
(b. Respuesta. Profecía) 38 Jesús les replicó: No sabéis lo que pedís. )Podéis beber el cáliz que yo he de beber, o ser bautizados con el bautismo con que seré bautizado?39 Ellos le respondieron: Sí, podemos. Jesús entonces les dijo: Beberéis el cáliz que yo he de beber y seréis bautizados con el bautismo con que yo seré bautizado. 40 Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado.
(c. Confirmación) 41 Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Jacobo y Juan. 42 Jesús los llamó y les dijo: Sabéis que los que parecen mandar a las naciones las gobiernan tiránicamente y que sus magnates las oprimen. 43 No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; 44 y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos. 45 Pues tampoco el Hijo del humano ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por mucho (1)
10, 38-40. Profecía. Beberéis mi cáliz 38 Jesús les replicó: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, o ser bautizados con el bautismo con que seré bautizado?39 Ellos le respondieron: Sí, podemos. Jesús entonces les dijo: Beberéis el cáliz que yo he de beber y seréis bautizados con el bautismo con que yo seré bautizado. 40 Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado.
Jesús responde cambiando el nivel de la petición. No acepta, ni rechaza lo que piden, pues de ese modo seguiría utilizando (a favor o en contra) la lógica de fuerza, sino que rechaza la misma petición como carente de sentido: ¿No sabéis lo que pedís! (10, 38). Los zebedeos han seguido a Jesús y, sin embargo, no entienden su estilo de Reino, no comprenden que Jesús no quiere el trono (¡no quiere reinar!), sino regalar la vida por los demás, para que todos los hombres y mujeres (y en especial los más necesitados) sean “reyes”. Éstos zebedeos, que llevar largo tiempo con Jesús no saben ni lo más elemental: ¡Jesús no busca el primer trono, ni para sí, ni para los demás, pues su Reino no puede entenderse en la línea de una “toma de poder”!
El verdadero Jesús (quizá en contra del de la promesa de logion ya citado de los Doce Tronos del Q, cf. Mt 19, 28), no puede ofrecer tronos para imponerse sobre el mundo, sino un camino de seguimiento, como sabe Mc 8, 34: ¡Quien me quiera seguir, que tome su cruz y me siga! (palabra que ellos, los Doce, y de un modo especial los Zebedeos no han querido escuchar). Jesús no puede ofrecer Tronos de Reino, sino un camino de entrega de la vida, como muestra la continuación del texto: de Jesús:
—Pregunta y respuesta. ¿Podéis beber mi cáliz, bautizaros con mi bautismo? (10, 38-39a). Ellos desean mandar con Jesús, para imponerse. Jesús les pregunta si pueden seguirle en su entrega, en donación de vida. Frente a la gloria que buscan en él, Jesús les ofrece su camino de entrega, expresado en el signo del cáliz (que significa solidaridad y entrega) y en la señal del bautismo (que implica también muerte: quedar bajo el poder de las aguas destructoras). En el fondo les pregunta si están dispuestos a morir con (como) él. Ellos responden que sí: ¡podemos! Ciertamente, no son miedosos o egoístas vulgares.
–Concesión. Mi cáliz lo beberéis, con mi bautismo os bautizareis! (39b). En prolepsis o anticipación de lo que vendrá, Jesús confirma la disposición de los zebedeos, ratificando su entrega martirial ya cumplida (todo nos permite suponer que han muerto ya por y con Jesús cuando Marcos se escribe este pasaje, en torno al 70 d.C.). De esa forma, Jesús acepta el sentido más profundo de la vida los zebedeos, pues al fondo de ella hay algo bueno: quieren vivir con él y acompañarle, compartiendo su entrega por el reino. Evidentemente, nos hallamos en un contexto eclesial. Marcos está presentando algo que ya ha sucedido: los zebedeos han seguido a Jesús tras la pascua, muriendo como él.
—Reserva escatológica. Pero el sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo… (10, 40). De Jesús es la entrega, la copa y bautismo que ofrece a los suyos. Pero la gloria del trono es misterio de Dios, regalo de gracia que sólo gratuitamente puede recibirse, no como dos tronos sobre los demás, sino como Vida para todos y con todos. Jesús acoge y ratifica el camino de muerte, pero la respuesta final ya no es suya, sino de Dios.
En este contexto, al menos veladamente, Jesús indica aquí que el “triunfo mesiánico” de Dios no se expresa en forma de dominio sobre los demás. No se trata, por tanto, de decir que el puesto de poder, a la derecha e izquierda de Jesús, no lo tendrán ellos, sino otros, como podrían ser María de Nazaret y Juan Bautista (que aparecen en los ábsides de muchas iglesias románicas, a los lados del Pantokrator) o como podría ser Roca (en gran parte de la simbología católica moderna…), sino de algo mucho más profundo: ¡No existirán tales tronos de poder, nadie mandará sobre los otros”.
Ésta es la i paradoja del texto: precisamente aquí, cuando más les critica, Jesús confirma la petición de los zebedeos (darán la vida por el Reino) y les indica que su entrega no implica (ni logra) ningún tipo de dominio sobre los demás(sentarse en dos tronos, al lado del Gran Trono del Hijo del hombre, pues el Hijo del Hombre no tiene un trono de ese tipo). De esa manera, Jesús escucha su deseo de poder, para transformarlo en su camino de entrega, abriendo una “ventana de pascua” y permitiéndonos ver el buen final de Juan y Jacobo, que han muerto ya por el evangelio. Por eso su recuerdo se mantiene con gozo dentro de la iglesia, pero no como recuerdo de Poder (sentados en unos tronos), sino como presencia de solidaridad al servicio del Reino . De esa manera se vinculan y separan el cáliz y el trono.
(a) Los zebedeos piden trono, y Jesús sólo les puede ofrecer su propio gesto de entrega de la vida, garantizando su fidelidad en el camino mesiánico: «El cáliz que yo bebo beberéis, con el bautismo con que yo soy bautizado os habréis de bautizar» (10, 39); de esa manera, ellos reciben y realizan la misma vocación del Hijo del hombre, en misión que se explicita como entrega de la vida. Esto es lo que Jesús puede ofrecer a los que vengan a seguirle, subiendo con él a Jerusalén.
(b) Jesús no puede darles trono sobre los demás, sino ofrecerles lugar en su camino de entrega de su vida, poniéndose (y poniéndoles) en manos de Dios. Lo mismo ha de pasar a sus discípulos: «sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa que yo pueda concederos, sino que es para aquellos para los que ha sido reservado» (10, 40).
Jesús deja la Gloria en manos de Dios Padre (como indica el pasivo divino de hetoimastai: a los que Dios lo ha reservado), sabiendo que ella no consiste en sentarse en unos tronos sobre los demás, sino en compartir la vida con todos. Esta unión de cáliz y trono, de entrega actual de la vida (con Cristo) y de herencia del reino futuro (desde Dios) constituye el centro y clave del discipulado.
Lo más consolador en ese texto no es el hecho de dejar la gloria (trono) en manos de Dios (sabiendo que Dios no da a nadie un trono sobre otros), sino el decir que los zebedeos podrán beber el cáliz con el Cristo: le seguirán hasta el final en el camino de entrega de la vida. Aprender a morir con Jesús, eso es seguirle, ser su discípulo. Los zebedeos le han pedido un trono de poder, en gesto equivocado de deseo de dominio. Jesús ha querido y ha podido transformar ese deseo, haciendo que ellos puedan mantenerse fieles a la gracia de la vida y a la entrega hasta la muerte (4) .
10, 41-45. Enseñanza. No ha venido a que le sirvan 41 Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Jacobo y Juan. 42 Jesús los llamó y les dijo: Sabéis que los que parecen mandar a las naciones las gobiernan tiránicamente y que sus magnates las oprimen. 43 No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; 44 y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos. 45 Pues tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.
El problema de los zebedeos es de todos los discípulos. Por eso, los diez restantes (incluido Roca, que aquí queda en segundo lugar) se enojan con ellos, iniciando una disputa general por el poder (10, 41). Es evidente que, dejándose llevar por esa disputa, la iglesia acabaría destruyéndose a sí misma. Para superar ese riesgo, Jesús ofrece la nueva lógica de autoridad y servicio que brota de su entrega. Vuelve de esa forma a la enseñanza de 9, 33-35, cuando ponía al niño en el centro de la iglesia, como veremos, ofreciendo un comentario y una ampliación del sentido de este pasaje.
Los diez se indignan contra Jacobo/Santiago y Juan, no porque rechazan su visión del reino, sino porque aceptándola también quieren alcanzar sus mismos puestos de poder a derecha e izquierda de Jesús. Estamos en la situación de 9,34: los discípulos se afanan y combaten entre sí por ocupar los “tronos” que, a su juicio, Jesús debe concederles; le han seguido buscando recompensa; le han creído, pero de una forma falsa, suponiendo que en el fondo todos sus discursos de entrega de la vida eran un simple motivo pasajero. Lo que Jesús ha de ofrecer en realidad y ellos desean ansiosamente es sentarse en unos tronos, reinar en este mundo. Piensan que hay poder en medio. Hay quizá muchísimo dinero
LOS ZEBEDEOS Y SU MADRE (Mt 20, 20-23).
El relato de Marcos ha sido reformulado por Mateo, desde una perspectiva social y eclesial, partiendo de su madre:
Mt 20, 20 Entonces, se acercó a él la madre de los hijos del Zebedeo, con sus hijos, postrándose y pidiéndole algo. 21 El le dijo: ¿Qué quieres? Ella contestó: Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino. 22 Jesús contestó: No sabéis lo que pedís ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber? Le dijeron: Sí, podemos 23 Él les dijo: Ciertamente, mi copa la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no me pertenece a mí el concederlo, sino que es para quienes ha sido preparado por mi Padre.
Este pasaje expone el deseo de poderesde la perspectiva de la madre, por medio del cual Mateo ha criticado veladamente un tipo de estructura eclesial de poder, que parece necesaria en un contexto de mesianismo político, pero que va en contra del evangelio.
‒La madre de los zebedeos, una gebîra (20, 20). Según Mc 10, 35 eran los mismos zebedeos (Santiago y Juan) quienes elevaban a Jesús la petición. Mateo, en cambio, introduce aquí a la madre, que habla en nombre de sus hijos (Mt 20, 20-21). La intercesión de la madre resulta significativa, porque ella actúa como gebîra, mujer con autoridad, representante de sus hijos, aunque ellos se llamen oficialmente hijos del Zabedeo. Tal como aparece aquí, ella ha debido ser importante en la Iglesia, como supone Mt 27, 56 (¿ha muerto el Zebedeo, que en Mt 4, 21 aparecía con sus hijos en la barca?).
Es muy posible que esta versión de la escena en Mateo, haya sido recreada por una Iglesia antigua (quizá de Jerusalén), donde la madre de los zebedeos ha querido ejercer (a través de sus hijos) una función de control que otros grupos cristianos no aceptaban. En esa línea, la inserción de la madre, elevando su ruego a Jesús, no tendría una función de “disculpar” a los zebedeos, para condenarle a ella como “ansiosa de poder”, sino que intentaría exponer (y rechazar) una visión genealógica de la comunidad, donde la madre ejercería el poder a través de los hijos[1].
‒Que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu Reino20, 21). Aquí no se dice en tu gloria (cf. Mc 10, 38), sino en tu reino (basileia), lo mismo que en Mt 18, 1, donde se hablaba de ser los primeros en el Reino. Sentarse a su derecha e izquierda significa “compartir” el poder de Jesús, no de modo excluyente, pero sí por encima de otros, en un contexto donde se acaba de afirmar que los Doce seguidores se sentarán sobre doce tronos, juzgando a las Doce tribus de Israel, algo que lógicamente debía culminar y realizarse en Jerusalén (cf. 19, 28). El Reino se concibe por tanto como ejercicio de dominio mesiánico: Una forma de tomar el poder y ejercerlo (a favor de otros, pero en línea de supremacía).
La madre llama a los zebedeos “estos dos hijos míos”, como si no tuviera otros (al menos varones), y dependiera de ellos para vivir (ésta podría ser la razón de que ella siguiera a Jesús y a sus hijos: cf. 27, 56). Es evidente que no ha entendido (no ha “aceptado”) la nueva formulación de Jesús sobre la familia mesiánica (cf. 19, 28-29), pues quiere reintroducir en ella estructuras de poder, centradas en sus hijos, aunque no dice quién ocupará la derecha (parte buena),y quien la izquierda.
Estos zebedeos forman con Pedro el “triunvirato” más saliente de la iglesia primitiva (cf. Mt 17, 1) y representan el mayor riesgo eclesial de dominio cristiano. Por eso, Jesús rechaza su petición y les recuerda su “compromiso”, que consiste en beber su cáliz, es decir, en compartir su camino de entrega hasta la muerte (cf. Mt 27, 27.39.42). En este contexto, Mc 10, 39 añadía el tema de “recibir el bautismo de Jesús”, que Mateo ha omitido quizá porque entiende el bautismo en sentido más eclesial (cf. 28, 16-20). Sea como fuere, Jesús rechaza la petición de (la madre de) los zebedeos, como contraria a su camino y compromiso de Reino.
Una propuesta política
Jesús no se refiere ni condena, según eso, a los malos gobernantes (que podrían ser sustituidos por otros buenos), sino a los gobernantes como tales dentro de una estructura de dominio (imperium) que se expresa y despliega en clave de poder. No critica, por tanto, el “mal gobierno”, sino la misma institución de un gobierno regido por arcontes/príncipes y megaloi/grandes, a diferencia de la glosa de Rom 13, 1-7, donde el autor postpaulino acepta básicamente el orden político de Roma.
Comentarios desactivados en Mc 10, 35-45. Jesús anti-zebedeo. Contra el «poder» de «unos» y «otras» (Dom 20.10. 24)
Del blog de Xabier Pikaza:
Los zebedeos (dueños de un barco) pidieron a Jesús una más poder para servicio del “evangelio”. Venían de la buena administración de su padre Zebedeo, armador, o, al menos, propietario de barco. Sabían organizar movimientos sociales, mejor que Jesús, pobre albañil… Podrían dirigir la política del Reino, uno a la derecha otro a la izquierda. Pero Jesús no quería política, ni buena ni mala, simplemente evangelio.
Éste es un texto para el Sínodo Vaticano y para el anti-Vaticano de las obispas y presbíteras del barco/casa del nuevo Zebedeo/a sobre el río de Roma, a un tiro de piedra del Vaticano.
| Xabier Pikaza
Los que han alquilado ese barco zebedeo de sínodos para escenificar una ceremonia de “consagración” (ordenación) de mujeres empoderadas en la Iglesia dicen que tienen razones para ello, que no actúan por protesta, sino para escenificar la igualdad de cristianos y cristianas en una iglesia, en la que, según Mt 20, 17-29, la madre Zebedea pidió a Jesús poder para sus hijos en el barco de familia.
De ese anti-sínodo de las “zebedeas ha tratado RD este mismo día, con otros “portales” que andan por ahí, entre las que quiero articulosincensura.blogspot.com). Yo me limito a presentar el evangelio de este domingo.
Por pudor presento la versión oficial de Marcos no la de Mateo con su alegato de la madre Zebedea, que actúa como “super-obispo”, de manera que un amigo me ha dicho que ella ha rogado a Jesús por sus “hijas” presbíteras y obispas zebedeas del barco/catedral del Tíber.
Dejo para mañana el tema de Mateo. Hoy me centro en Marcos,
Evangelio de Marcos: 10, 35-45
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.» Les preguntó:- «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús replico: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Contestaron /: «Lo somos».
«Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.»
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos (Mc 10, 35-45)
Éste es un pasaje evidentemente simbólico, construido en su forma presente por la comunidad y reformado por el mismo Marcos, desde su perspectiva social y eclesial (a partir, sin duda, de una experiencia de Jesús y de un proyecto eclesial “zebedeo”, que iba en línea de poder mesiánico, no de entrega de la vida por los demás).
Zebedeos, políticamente correctos‒ Uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria, es decir, en tu Reino. . Sentarse a la derecha y a la izquierda significa “compartir” el poder de Jesús, no de un modo excluyente, pero sí superior al de los otros (recordemos que Mt 19, 28 hablaba de los doce seguidores de Jesús sentados sobre doce tronos, juzgando a las tribus de Israel:). El Reino de Dios se concibe por tanto como camino y meta de triunfo social, a fin de lograr la pacificación de todos, como una forma de tomar el poder y ejercerlo (evidentemente bien, a favor de los demás, pero en línea de poder).
‒ No sabéis lo que pedís: ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber? De pronto, Jesús cambia de tercio… La meta y tarea del movimiento de Jesús no es no tomar el poder y triunfar (para crear un tipo de paz política mundial impuesta desde arriba, desde Washington, Moscú, Pekín o Tel Aviv), sino dar la vida por los demás, convirtiéndose en semilla de resurrección, no de una simple de “política distinta”.
Según la tradición de los sinópticos, estos zebedeos forman con Pedro el “triunvirato” más saliente de la iglesia primitiva, ellos desearon el deseo de convertir el proyecto de Jesús en un camino políticamente correcto de administración del poder. Pero Jesús no era políticamente correcto.
Por eso rechaza la petición de los zebedeos (y de Pedro) y les recuerda que su “compromiso” mesiánico consiste en beber su cáliz, es decir, en compartir su camino de entrega y de muerte: Ellos, los de Jesús, tienen que morir para que vivan otros… Ellos, su generación política, tienen que “dar la vida”, para que pueda surgir una humanidad distinta.
‒ Beberéis mi cáliz… Jesús les ha preguntado si “están dispuestos beber su cáliz” y ellos han respondido que sí…
Éste es el el fondo” de la escena. Estos zebedeos quieren sentarse en dos tronos para beber con Jesús la copa del triunfo final sobre los pueblos. Jesús les pregunta si pueden sufrir por él, y ellos le dicen que sí, que, a pesar de todo, van a seguir con él… Que están dispuestos a beber el cáliz de la muerte, es decir, del sacrificio y de la entrega propia, para que vivan otros, para que vivan todos, los que vienen del Este y los que son (somos) del Oeste, como dice Jesús en otra ocasión (Mt 8).
Pero sentaros a mi derecha a mi izquierda… Jesús les confía la tarea de seguirle, y así puede asegurar (confirmar) el camino mesiánico, en su vertiente de “entrega de la vida”, pero no ratificar el triunfo político final (en forma externa) que depende del Padre. De esa forma se sitúa, y sitúa a sus discípulos ante un gesto mesiánico de ofrenda y regalo de la propia vida, que ha de ser ratificado por su Padre.
Un rechazo radical del poder En ese contexto ha interpretado Jesús y ha superado el principio del poder, viendo que los otros diez (los Doce sin los zebedeos) se indignaron… (20, 24), no tanto porque los zebedeos quisieran los primeros puestos, sino porque los querían también loe otros, todos los Doce.
Aquí ofrece Jesús la carta magna de la relación entre poder político e iglesia, un tema que debe interpretarse como crítica frente a un mesianismo entendido en línea de toma de poder. El Reino de Jesús (y la iglesia) no puede establecerse en forma de toma de poder (ni económico, ni político, ni religioso), sino de renuncia a todo poder.
‒ Una teoría política: Sabéis que los jefes de las naciones (arkhontes) las aplastan, y los grandes (megaloi) las oprimen (20, 25). Ésta es una interpretación negativa de la política, que no habría sido aceptada en modo algunos por los ideólogos del poder imperial romano, ni siquiera por el autor de la glosa de Rom 13, 1-7.
Un tipo de iglesia posterior, que ha pactado con el poder romano y con los reinos de este mundo, ha interpretado esta frase en sentido moralista, como algo que puede y debe superarse. En contra de eso, el evangelio la entiende en un sentido radical (igual que lo hubiera hecho el Apocalipsis).
Jesús no dice a los arkhontes y megaloi de los pueblos (tôn ethnôn) que sean buenos administradores del poder, sino que abandonen todo poder, si quieren ser hombre o mujeres de evangelio . Jesús no está criticando el “mal gobierno”, sino la misma institución de un gobierno regido por arkhontes/primeros y megaloi/grandes.
Según eso, él quiere en la iglesia un gobierno que no sea gobierno, un poder sin poder, sin arkhontes y megaloi, un poder que no venga desde arriba para imponer y dominar a los pequeños.
Eso significa que es la misma estructura del poder de los pueblos (que según Marcos se expresa en la política del imperio romano) está pervertida, pues no es servicio, sino como pre-potencia.
‒ Iglesia, anti-política: No sea así entre vosotros, sino que quien quiera ser grande sea vuestro servidor, y quien quiera ser primero sea vuestro esclavo. Así formula Jesús la destrucción cristiana del poder (sin recreación cristiana posible), rechazando para ello un tipo de orden y dominio social, fundada en la pre-eminencia del emperador sobre el pueblo, y de los estratos más altos de población (orden senatorial, ecuestre etc.) sobre los más bajos, utilizando para ello el poder sagrado del ejército, entendido como revelación del poder de Dios sobre los hombres.
Formulando así el tema, Jesús invierte también el orden religioso de un tipo de judaísmo fundado en la preeminencia de los sacerdotes y de otros grupos influyentes de la población sobre el resto de los hombres y mujeres. No es que las buenas mujeres sean “ordenadas” en un barco de Roma para tomar el poder de sacerdotes y obispos como mujeres…sino que no haya poder de sacerdotes ni obispos (no dice Jesús que no haya sacerdotes y obispos, varones o mujeres, sino que no sean poder).
En contra de ese “orden” político-social de poder (de emperadores, reyes u obispos/obispas), Jesús propone un cambio radical, que se expresa a través de la figura y presencia de los siervos y esclavos (diakonoi, douloi), pero no con el fin de tomar el poder y ocupar así el puesto de los dominadores antiguos, sino para superar de raíz la estructura y sentido del conjunto centrado en la superioridad de los arkhontes/megaloi. Jesús no busca, pues, una simple inversión de lugares (los de abajo arriba, y los de arriba abajo), sino de una superación de este tipo de lugares sociales, que se expresan a través de una dominación ideológica y social de clase.
‒ Una tradición bíblica. Este Jesús que sube a Jerusalén (cf. 20, 17-19) no propone una toma de poder, sino una negación del mismo poder, entendido como dominio de unas “clases altas” (arkhontes, megaloi), que utilizan su pretendida grandeza como justificación y medio de dominio económico, social e ideológico (religioso) sobre los demás.
Al plantear de esa forma el tema, Jesús se sitúa en una línea de tradición antigua de la Biblia que ha formulado, al menos desde el Canto de Ana (1 Sam 2, 1-10), que proclama la exigencia (experiencia y tarea) de una inversión de todos los poderes, hasta culminar en el canto de María, que ofrece la versión lucana del tema, desde un contexto de judeo-cristianismo (Lc 1, 47-55) . Pero aquello que en otros casos era una visión “profética” o una anticipación apocalíptica se ha convertido ahora en proyecto concreto de vida social, encarnado en los seguidores de Jesús, a quienes Jesús ofrece su enseñanza: “No sea así entre vosotros, sino que…” (20, 27).
De manera bastante común, la iglesia posterior ha tomado estas palabras como un “proyecto espiritual”, para regulación interna de la vida de algunos privilegiados (sobre todo monjes), dejando sin cambiar la forma y estructura externa de la vida de los hombres. Pues bien, en contra de eso, Jesús propone aquí un programa activo de transformación social, encarnado en el grupo de sus seguidores, que aparecen de esa forma a modo de “comunidad protesta”, como alternativa social concreta, en medio de un contexto imperial que piensa y actúa de otra forma.
La pequeña iglesia de los seguidores de Jesús ha de instituirse según eso en forma de grupo testimonial y de protesta, en contra del gran imperio de Roma. ‒ Como el Hijo del hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos. En la línea de lo que vengo diciendo, esa tradición socio-política de superación del poder antiguo se funda en la experiencia del Antiguo Testamento, pero ella ha sido ratificada y ha venido a culminar en una línea de transformación mesiánica en la figura y obra de Jesús, que aparece así como aquel que da la vida por los otros, y que triunfa precisamente al no triunfar, en una perspectiva que por los demás ha sido ratificada por Pablo en Flp 2, 6-11. Esta frase (el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido…) recoge el cambio esencial del mesianismo de Jesús, que se opone expresamente a la imagen de Dan 7, 13-14, donde se decía que el Hijo del Hombre vendrá al final, tras el juicio del Anciano de Días, para recibir el poder regio y el dominio sobre las naciones…
Según eso, el Hijo de Hombre de los evangelios, lo mismo que el de Flp 2, 6-11 lugares, no ha venido recibir el honor de los pueblos (a ser servido), sino a servir, dando la vida por los otros, para iniciar de esa manera un tipo nuevo de “redención”, es decir, de lytron, que no es el viejo sacrificio de los que se “humillan” o quedan destruidos ante Dios, sino el de aquellos que entregan su vida por los demás.
Jesús, que no ha venido a tomar el poder de los que mandaban (sacerdotes de Jerusalén, emperadores de Roma), ni a invertirlo en un tipo de poder opuesto, aunque equivalente, sino a superarlo, convirtiendo así la vida en gesto de servicio y comunión por los demás. Ésta ha sido la enseñanza más honda del evangelio, la lección que él ha debido transmitir a los zebedeos (y a través de ellos a otros), es decir, a todos sus discípulos, mostrándoles la necesidad de un cambio radical en la visión del poder.
(Seguira mañana la historia de los zebedeos… empezando por la madre que quiere el poder para los hijos)
En las lecturas de los domingos anteriores Jesús ha ido instruyendo a los discípulos a propósito de los más diversos temas (los niños, el divorcio, la riqueza, etc.). En el de hoy da su última gran enseñanza antes de subir a Jerusalén para la pasión.
En lo que piensa Jesús
Todo comienza con el tercer anuncio de la pasión y resurrección, que no se lee, pero que es fundamental para entender lo que sigue. Jesús repite una vez más a los discípulos que los sumos sacerdotes y los escribas lo condenarán a muerte, lo entregarán a los paganos, se burlarán de él, le escupirán, azotarán y matarán.
En lo que piensan Santiago y Juan: Presidente del Gobierno y Primer Ministro
Igual que en los casos anteriores, al anuncio de la pasión sigue una muestra de incomprensión por parte de los apóstoles: Santiago y Juan, dos de los más importantes, de los más cercanos a Jesús, ni siquiera han prestado atención a lo que dijo.
En aquel tiempo se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:
-Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.
Les preguntó:
-¿Qué queréis que haga por vosotros?
Contestaron:
-Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.
Mientras Jesús habla de sufrimiento, ellos quieren garantizarse el triunfo: “sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. “En tu gloria” no se refiere al cielo, sino a lo que ocurrirá “en la tierra”, cuando Jesús triunfe y se convierta en rey de Israel en Jerusalén: quieren un puesto a la derecha y otro a la izquierda, Presidente de Gobierno y Primer Ministro. Para ellos, lo importante es subir.
Jesús replicó:
–No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?
Contestaron:
-Lo somos.
Jesús les dijo:
-El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.
La respuesta de Jesús, menos dura de lo que cabría esperar, procede en dos pasos. En primer lugar les recuerda que para triunfar hay que pasar antes por el sufrimiento, beber el mismo cáliz de la pasión que él beberá. No queda claro si Juan y Santiago entendieron lo que les dijo Jesús sobre su cáliz y su bautismo, pero responden que están dispuestos a lo que sea. Entonces Jesús, en un segundo paso, les echa un jarro de agua fría diciéndoles que, aunque beban el cáliz, eso no les garantizará los primeros puestos. Están ya reservados, no se dice para quién.
La reacción de los otros diez y la gran enseñanza de Jesús
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, reuniéndolos, les dijo:
-Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.
¿Por qué se indignan? Probablemente porque también ellos ambicionan los primeros puestos. Jesús aprovecha la ocasión para enseñarles cómo deben ser las relaciones dentro de la comunidad. En la postura de los discípulos detecta una actitud muy humana, de simple búsqueda del poder. Para que no caigan en ella, les presenta dos ejemplos opuestos:
1)el que no deben imitar es el de los reyes y monarcas helenísticos, famosos por su abuso del poder: “Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las oprimen”.
2) el que deben imitar es el del mismo Jesús, que ha venido a servir y a dar su vida en rescate por todos.
En medio de estos dos ejemplos queda la enseñanza capital: “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. En la comunidad cristiana debe darse un cambio de valores absoluto.
Pero esto es lo que debe ocurrir “entre vosotros”, dentro de la comunidad. Jesús no dice nada a propósito de lo que debe ocurrir en la sociedad, aunque critica indirectamente el abuso de poder
Primera lectura: Isaías 53,10-11
El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años; lo que el Señor quiere prosperará por sus manos. A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará, con lo aprendido mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos.
Este texto se ha elegido como comentario de las palabras de Jesús: “el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” y de sus referencias anteriores a la pasión (el cáliz y el bautismo). Por eso comienza diciendo que El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento; unas palabras que escandalizan por la forma de hablar de Dios, pero que hay que interpretarlas como un recurso para el triunfo final. De hecho, el texto de Isaías insiste más en el éxito de Jesús (verá su descendencia, prolongará sus años, verá y se hartará) y de su obra (el plan de Dios prosperará por sus manos, justificará a muchos).
Reflexiones
1. Este pasaje constituye la última enseñanza de Jesús antes de la pasión, en la que nos deja su forma de entender su vida: “El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. Este ejemplo es válido para todos los cristianos, no sólo para papas y obispos.
2. Esta espléndida enseñanza no nos habría llegado si Santiago, Juan y los otros diez hubieran sido menos ambiciosos. Los fallos humanos pueden traer grandes beneficios.
3. La enseñanza de Jesús ha calado muy poco en la Iglesia después de veinte siglos y en ella se sigue dando un choque de ambiciones al más alto nivel. La única solución será tener siempre presente el ejemplo de Jesús.
4. El texto de Isaías nos ayuda a mirar con esperanza los momentos difíciles de nuestra vida. Aunque la impresión que podemos tener a veces es que Dios nos está triturando con el sufrimiento, no es ésa su intención, sino sacar de nosotros algo muy bueno.
Es triste que el evangelio de hoy no haya perdido actualidad. Si nos asomamos al panorama político actual vemos claramente cómo “los jefes de los pueblos los tiranizan, y los grandes los oprimen.”
Parece que el deseo de poder es algo “incrustado” en la condición humana. Santiago y Juan querían ser importantes, poderosos. No querían ser un discípulo más y no les bastaba ser uno de los “doce”. Ellos quería ser los primeros. Bueno, los segundos. Estar a la derecha y a la izquierda de Jesús.
Y hay que ver cómo se acercan a Jesús, más que pedirle o preguntarle le exigen: “ Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.”
Los otros diez, aunque no se han atrevido a exigir nada a Jesús, adolecen de los mismo. Se indignan porque en el fondo todos quieren lo mismo. Todos queremos lo mismo.
Los discípulos de hoy no somos muy distintos a estos doce. La historia de la Iglesia es preclara en este sentido. No faltan luchas de poder, ni tiranías, ni opresiones.
Parece que las últimas frases del evangelio de hoy se nos suelen olvidar. “Vosotros, NADA DE ESO: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; el que quiera ser el primero, sea el esclavo de todos.”
Las olvidamos no porque sean difíciles de entender, sino más bien porque no necesitan ninguna explicación. Son demasiado claras.
Ah!, sí, a veces nos acordamos de estas palabras de Jesús, sobre todo para “lanzárselas” a otra persona. La mota del ojo ajeno es fácil de ver. Se las recordamos a las demás. Hablamos mucho de servicio y hasta escribimos libros, pero el servicio callado y desinteresado sigue siendo un bien escaso.
Nos gusta tanto ser las primeras que enseguida pensamos: “Bien, pues yo seré la primera en servir”. Pero entonces no servimos para ser como Jesús sino para que se nos reconozca, para ser grandes, importantes, para ser las primeras. Y quizá entonces ese servicio no nos lleve al Reino de Dios sino a cualquier tiranía humana.
Oración
Libéranos, Trinidad Santa, de la angustia de no poder ser el primero. Libéranos de los sentimientos de culpar de nuestros fallos al otro.(Cfr. “Liberame”, Brotes de Olivo.)
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DOMINGO 29º (B)
Mc 10,32-45
Sigue el camino hacia Jerusalén. Al anunciar Marcos tres veces la pasión, está mostrando la rotundidad del mensaje. Al proponer después de cada anuncio la radical oposición de los discípulos, resalta la dificultad de entenderle. A continuación del primer anuncio Pedro dice a Jesús que, de pasión y muerte, ni hablar. Después del segundo, lo discípulos siguen discutiendo quién era el más importante. Hoy al tercer anuncio de la pasión los dos hermanos pretenden sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda ‘en su gloria’.
Uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Le llaman maestro, pero le dicen lo que tiene que hacer. Los dos hermanos están pidiendo los primeros puestos en el reino terreno que Jesús va a instaurar. Pero, aunque estuvieran pensando en el reino escatológico, estarían manifestando el mismo afán de superioridad. Ya decíamos el domingo pasado que la actitud egoísta es la misma, se pretendan seguridades para el más acá o para el más allá.
No sabéis lo que pedís. Se refleja una diferencia abismal de criterios. Jesús y los discípulos están en distinta longitud de onda. Con esta frase, Marcos está proponiendo una sutil proyección sobre el momento mismo de la muerte de Jesús. Si tenemos en cuenta que, para Jesús, el lugar de la gloria es la cruz, le estarían pidiendo que vayan con él a la muerte. Curiosamente, todos los evangelios nos dicen que, efectivamente, había en aquel momento uno a su derecha y otra a su izquierda, pero eran malhechores comunes.
Los otros diez se indignaron. Señal inequívoca de que todos estaban deseando los mismos puestos. El resto de los discípulos tenían las mismas ambiciones que los dos hermanos, pero eran cobardes y no tenían la valentía de manifestarlo. Normalmente en la protesta por lo que hace otro podemos manifestar el deseo de hacer lo mismo. La inmensa mayoría de los cristianos seguimos intentando utilizar a Dios en nuestro provecho.
Los jefes de los pueblos los tiranizan… Es impresionante el resumen que hace de la manera de utilizar el poder en el mundo. Jesús no critica ni la democracia ni la monarquía; critica a las personas que ejercen el poder oprimiendo. Da por supuesto que, en el ámbito civil, lo normal, es ejercer el poder tiranizando. ¡Qué distinto lo que propone Jesús! «Nada de eso» sino lo contrario: Servir. Una lección difícil de aprender.
El Hijo de hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir. Ahora no son los jefes de los sacerdotes los que le quitan la vida, sino que es él el que la entrega libremente. Este cambio de perspectiva en muy importante para el sentido general. Al decir que da su vida, el texto griego no dice “zoe” ni “bios” sino “psyche”, que no significa exactamente vida, sino lo humano, lo psicológico, la persona. Dar su vida no significaría morir, sino poner su humanidad al servicio de los demás mientras vive.
Hoy muy probablemente en la homilía se criticará a la Iglesia porque no sigue el evangelio huyendo de todo poder y sirviendo a todos. Los entes de razón no son sujetos de reacciones humanas. Somos las personas con nombre y apellidos las que seguimos actuando sin tener en cuenta el evangelio. En muy pocos siglos los cristianos volvieron a considerar correcto y deseable lo que Jesús había criticado tan duramente.
El evangelio nos dice, por activa y por pasiva, que el cristiano es un ser para los demás. Si no entendemos esto, no hemos comprendido el a b c del mensaje de Jesús. Este mensaje es también la x, porque es la incógnita más difícil de despejar, la realidad más camuflada bajo la ideología justificadora que siempre segrega toda religión institucionalizada. Somos cristianos en la medida que nos damos a los demás. Dejamos de serlo en la medida que nos aprovechamos de ellos, de cualquier forma, para estar por encima de ellos.
Este principio básico del cristianismo no ha venido de ningún mundo galáctico. Ha llegado hasta nosotros gracias a un ser humano en todo semejante a nosotros. Lo descubrió en lo más hondo de su ser. Al comprender lo que Dios era en él, al percibirlo como don total, Jesús hizo el más profundo descubrimiento de su vida. Entendió que la grandeza del ser humano consiste en esa posibilidad que tiene de darse como Dios se da.
En ese don total, encuentra el hombre su plena realización. Cuando descubre que la base de su ser es el mismo Dios, descubre la necesidad de superar el apego al falso yo. El ego es siempre falso porque es una creación mental, por eso necesita estar siempre afianzándose. Liberado del “ego”, se encuentra con la verdadera realidad que es. En ese momento, su ser se expande y se identifica con el Ser Absoluto. El ser humano se hace uno con Él. No va más. Ni Dios puede añadir nada a ese ser. Es ya una misma cosa en él.
Mientras no haga este descubrimiento, estaré en la dinámica del joven rico, de los dos hermanos y de los demás apóstoles: buscaré más riquezas, el puesto mejor y el dominio de los demás. Si acepto darme a todos por programación (será a regañadientes y esperando una recompensa, aunque sea espiritual) estoy buscando potenciar mi “ego”. Tampoco se trata de sufrir, de humillarse ante Dios o ante los demás, esperando que me lo paguen con creces. La máxima gloria será vivir y desvivirse en beneficio de los demás.
Los evangelios están escritos desde una visión mítica. En el relato no se cuestiona que Jesús se sentará en su trono ni que habrá alguien a su derecha y a su izquierda. La expresión tan repetida en los evangelios: “reino de Dios” o “reino de los cielos, no debemos entenderla como una realidad que existe en alguna parte sino como una metáfora de lo que Dios es en todos. La mejor prueba es que, a renglón seguido, nos dice que la gloria consiste en el servicio, en el amor manifestado no en ningún gobierno.
El objetivo último de Jesús fue entregarse, deshacerse en beneficio de los demás. Su consumación en la identificación con Dios, fue idéntica realidad a su consumición en favor de los demás. No tiene sentido que lo hiciera esperando una recompensa de gloria. La superación del yo y la identificación con Dios es su máxima gloria. No puede haber más. No hay un Dios que glorifique ni un Jesús glorificado. Cuando Jesús dice. “Yo y el Padre somos uno”, está manifestando que ha llegado a la plenitud de ser.
Hoy descubrimos una contradicción más del evangelio, pero no literal (como la paz os dejo y no he venido a traer paz sino espada) sino formal. Jesús da por supuesto que se sentará en su gloria, pero a continuación nos dice que no ha venido a ser servido sino a servir. Indica con claridad que los primeros cristianos no asimilaron fácilmente el mensaje de Jesús. Incluso llegaron a entender su muerte como requisito para su total glorificación. No nos debe extrañar que, después de dos mil años, seguimos sin aceptar el mensaje y solo aspiramos a que nos paguen con creces los sacrificios que hemos hecho por los demás.
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Mc 10, 35-45
«No sabéis lo que pedís».
Eran pescadores de Cafarnaún. Jesús los llamaba “los hijos del trueno” por su temperamento vivo y tumultuoso. Uno de ellos, Juan, conoció a Jesús a orillas del Jordán en el entorno del Bautista, y quedó tan fascinado por él, que muchas décadas después recordaba hasta la hora del encuentro: «Serían las cinco de la tarde» … De vuelta en Cafarnaún, Jesús les invitó a Juan, a su hermano Santiago, a Pedro y a Andrés a una aventura insólita, y le siguieron porque junto a él la vida prometía adquirir todo su sabor.
Ese mismo sábado, en la sinagoga, fueron testigos de su primera intervención pública y participaron del estupor de los asistentes al acto: «¿Qué es esto? ¿Una doctrina nueva y revestida de autoridad?» … Al día siguiente salieron a las aldeas próximas y comenzó la aventura. Recorrían mil caminos y visitaban docenas de pueblos y ciudades. Jesús atendía a los enfermos y necesitados y predicaba la buena Noticia del Reino por todos los rincones de Galilea. La gente le seguía entusiasmada.
Quizá fue cuando vieron que su fama se extendía y que muchos comenzaban a ver en él al mesías esperado, cuando empezaron a acariciar la idea de convertirse en jefes del pueblo. Así, cuando Jesús les hablaba del Reino de Dios, ellos entendían el reino de Israel –con trono y sin romanos–, y por mucho que Jesús lo negara, ellos seguían aferrados a ese sueño. Tras la multiplicación de los panes se les presentó la oportunidad esperada, y dado que Jesús tuvo que despacharlos en la barca a toda prisa, es probable que fuesen ellos los que estaban azuzando a la gente que quería proclamarle rey.
Pero no desfallecieron. Un día, de regreso a Cafarnaún, se enzarzaron en una agria discusión para acordar quien sería el primero en el nuevo reino, pero no llegaron a ningún acuerdo. Poco después, Santiago y Juan decidieron zanjar la cuestión hablando directamente con el Maestro, pero solo consiguieron exasperar a sus compañeros. Jesús insistía, una y otra vez, en que aquello iba a acabar mal, pero ellos le habían visto vencer tantas veces a quienes le acosaban, que no admitían un final que no fuese glorioso.
Subieron a Jerusalén y prendieron a Jesús. Ellos se atrancaron en casa de un amigo, y solo las mujeres fueron capaces de estar a la altura de la situación. Pedro tuvo un arranque de coraje… pero se rajó… Es probable que huyeran de Jerusalén entre la gente que regresaba de celebrar la Pascua; aterrados por miedo a las autoridades judías, desmoralizados por la muerte de su maestro y sumidos en angustiosas dudas de fe por este hecho. Pedro, Andrés y los Zebedeos volvieron a faenar en la mar.
Pero algo insólito ocurrió en sus vidas que les hizo renacer en la fe y presentarse de nuevo en el Templo, afirmando, y empeñando su vida en esta afirmación, que Jesús había resucitado. Todo había cambiado radicalmente, y si en el evangelio aparecen los discípulos anclados en lo antiguo, en Hechos aparecen ya «convertidos«, creyendo en Jesús por encima de todo mesianismo patriótico y de todas las tradiciones anteriores.
Ruiz de Galarreta resumía así el camino de su conversión: «Le conocieron, quedaron fascinados por él, le siguieron y solo al final creyeron»… Todo empieza por conocerle, y si el mundo no le conoce es imposible que crea en él.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
Comentarios desactivados en Cáliz, bautismo y vida.
(Mc 10,35-45)
El cáliz representa -en muchas prácticas religiosas, filosóficas o iniciáticas- la vida entera. Beber del cáliz simboliza la participación en la vida y el destino de otra persona o de un grupo reunido alrededor de la mesa, cuanto menos a nivel ritual.
¿Pueden los amigos de Jesús beber el cáliz que beberá Jesús? Esta pregunta está en el centro del relato de Marcos 10,35-45.
El discurso había comenzado con una clara referencia escatológica en que los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, piden “sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Se refieren a la “gloria” casi como repuesta al anuncio que Jesús había hecho de su muerte y su resurrección (relatado en los versículos previos a este relato).
Esta pregunta, que es más bien escatológica, no es respondida directamente, sino que da lugar a otra pregunta más simbólica y ritual en términos de el cáliz y el bautismo: “¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?”. Es decir, en lugar de dar una respuesta, Jesús cambia la pregunta. La respuesta afirmativa de los hermanos es corroborada por Jesús, pero este se niega a conceder los “puestos” de cercanía a él en la gloria.
Veamos un poco qué representan el cáliz y el bautismo. Participar del cáliz es participar en su vida. Como en muchas otras tradiciones, quienes están juntos a la mesa son del grupo del maestro y les espera su mismo destino. Bautizarse no es una novedad ya que existía el bautismo de Juan (y otros), pero bautizarse con el bautismo con el que Jesús se bautizará, sí que parece una construcción más inesperada. Jesús en el relato mateano ya ha recibido el bautismo de Juan. Le espera ahora otro bautismo: el del paso por la muerte hacia la vida.
Y así se unen la pregunta de los hermanos en términos de gloria con la respuesta de Jesús en términos sacramentales de presente orientado a eternidad: el presente se orienta al cáliz y al bautismo y así a la vida. Bautismo y Eucaristía resumen en este texto la participación en la vida, muerte y resurrección. No son ritos vacíos. No son meros momentos importantes en la vida. Por el contrario, manifiestan cómo la vida misma es fecundada en todos sus momentos, tanto los más conectados como los más dolorosos, por la gracia. Cada acontecimiento es la oportunidad para dar la vida por los demás. Y todo acontecimiento se vuelve oportunidad para servir (como se explica en los versículos siguientes).
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