Del blog de Xabier Pikaza:
Dominus Flevit, cuando Dios sólo puede llorar
Llanto por el templo vaticano
Presenté el otro día la escena de Ramos (entrada de Jesús en la ciudad‒Iglesia) desde la perspectiva de la Hija de Sion, Iglesia‒Novia que se alegra y canta, baila y exulta, por la llegada de su Novio, conforme a la cita de Zacarías, utilizada por el evangelio de Mateo y el de Juan.
Después he comentado la carta‒documento del expapa Benedicto XVI y de su entorno vaticano sobre la situación de la Iglesia, desde la perspectiva de la pederastia y problemática sexual de una parte del clero, carta dura, documento estremecedor de un expapa que llora y acusa, pidiendo conversión para la Iglesia, desde una perspectiva de “estado” vaticano, es decir, de poder de Iglesia.
Pues bien, en ese contexto, al entrar en la Semana de la Pasión del Señor, quiero ofrecer una reflexión sobre el llanto mesiánico del Cristo ante Jerusalén que es signo de la Iglesia. Voy a suponer que Jesús lloraba no tanto por la vieja ciudad, que sería destruida muy pronto (a los 40 años), sino por la Iglesia actual, con la estructura de “Estado” (un estado de poder),que va a caer, quizá en menos de 40 años.
(Imagen 2: Vista de Jerusalén desde el lugar del llanto de Jesús, Dominus Flevit)
Como todas las grandes comparaciones, ésta que voy a establecer a continuación no puede tomarse tampoco al pie de la letra; las cosas no se repiten sin más. Pero pienso que es adecuada y conveniente. Suponed que Jesús entra con asno y su látigo en la Ciudad Estado del Vaticano, ante los lamentos del expapa Benedicto VI, ante el dolor de Francisco. ¿Qué haría? Seguid leyendo, si queréis pensar conmigo. Pienso que al final del texto sólo quedarán claras dos cosas:
- Lo que Jesús haga para destruir un tipo de templo vaticano servirá para que los niños canten. Todo ha de ser para alegría y vida de los niños, por encima de un tipo de opresión o pederastia que les tiene atenazados.
- Lo que Jesús haga será para alegría y bodas de la Hija‒Sión, es decir, de una humanidad llamada al amor.
Buen día a todos con este Ramos 2.
Jesús perseguido, ya no andaba en público.
Jesús ha preparado su misión de manera programada, para culminar su tarea en Jerusalén; en ella son claves los textos sobre la entrada en la ciudad y el signo sobre el templo. Pero al principio de todo está la escena de Jesús perseguido. En un pasaje sorprendente, Jn presenta a Jesús fugitivo, perseguido por los sacerdotes que buscan su muerte:
Ya no andaba en público por Judea;se retiro a una ciudad llamada Efrom,junto al desierto y se quedó allí con sus discípulos (Jn 11, 54).
Como prófugo y bandido que calcula su momento y se defiende, evitando todo riesgo innecesario, Jesús permanece semi-oculto, en Efrom, aldea de proscritos. Pero llega el momento y se decide, subiendo a Jerusalén como profeta mesiánico que llama a las puertas de su pueblo. Sin ingenuidad, pero en gesto de arrojo y confianza, cuando los presagios eran adversos, ha comenzado la subida, acompañado de algunos discípulos como Tomás que dicen: vayamos también nosotros, y muramos con él (Jn 1 1, 16). La Escritura les presenta atenazados por el miedo, admirados y llenos de asombro (cf. Mc 10, 32). No estamos ante el ruralismo galileo de unos pobres aldeanos que se acercan ingenuamente a la ciudad, sino ante la decisión de un profeta mesiánico que viene a realizar sus signos: entra como rey, declara el fin del viejo templo.
Entrada pacífica, una paz más dura que la guerra, pero paz sanadora
Pocos años después tomaron la ciudad violentamente los rebeldes‒insurgentes contra Roma; muchos judíos habían soñado conquistarla y liberarla para siempre; pues bien, Jesús ha decidido entrar en ella de un modo pacífico, pero muy provocativo. No necesita soldados: no viene a declarar la guerra, pero junta a sus seguidores y con ellos «toma» la ciudad:
Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó a dos discípulos, diciéndoles:
– Id a esa aldea de enfrente y encontraréis en seguida una borrica atada, con un pollino; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita.
[Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta:Decid a la ciudad de Sión:Mira a tu rey que llega, humilde, montado en un asno,en un pollino, hijo de acémila (Is 62, 11; Zac 9, 9)].
Fueron los discípulos e hicieron lo que Jesús les había mandado: trajeron la borrica y el pollino, les pusieron encima los mantos y Jesús montó. La mayoría de la gente se puso a alfombrar la calzada con sus mantos. Otros la alfombraron con ramas que cortaban de los árboles. Y los grupos que iban delante y detrás gritaban:
– Hosanna al Hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Señor!
Hosanna al que está en las alturas!Al entrar en Jerusalén, la ciudad entera preguntaba alborotada: ¿Quién es éste?La gente contestaba: Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea (Mt 21, 1-11).
He presentado el texto de Mateo, que elabora el relato de fondo de Mc 11, 1-11, conservando su extrañeza y fuerza. No es asunto de teoría o catequesis, sino historia mesiánica que sólo se puede narrar si se ha vivido. Jesús la ha preparado y realizado, como profeta que cuida sus gestos: en el momento decisivo de su vida quiere mostrar a su ciudad que es rey y como rey penetra triunfador en ella. Recordando a Zac 9, 9, viene sobre un asno, mansamente, rechazando el mesianismo de la guerra:
Destruirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén,destruirá los arcos de la guerra y dictará paz a las naciones,dominará de mar a mar, del gran mar al confín de la tierra (Zac 9, l0).
No quiere superar la vieja guerra con otra más justa, sino con el don de su vida, a cuerpo de amor. Por eso se presenta inerme, como rey de paz. Alguna gente le comprende y como a rey le acogen, extendiendo ante su paso vestidos y ramos. Como a rey le aclaman, proclamando: ¡Viva (hosanna) al Hijo de David!
La escena resulta sobriamente intensa y sobrecogedora. No podía haber mostrado con más fuerza su pretensión y tarea: sus seguidores cantan el salmo de la fiesta escatológica: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! (Mt 21, 9; cf. Sal 118, 26). Se acerca el reino de David (cf. Mc 11, 10). Jesús viene sin duda como pretendiente mesiánico.
Jesús derrotado de antemano, Dios que llora
Esta es una escena para ser imaginada. Ha empezado a bajar la colina del monte de los Olivos. Ante sus ojos se extiende, entera y dura, la hiriente Jerusalén. ¡Cuántos conquistadores han soñado tomar la ciudad y realizar en ella las promesas! Pero todos los guerreros de violencia acaban destruyendo aquello que conquistan. Jesús lo sabe y llora. Llora por su ciudad, se lamenta por su iglesia vaticana:
Al acercarse y ver la ciudad dijo llorando:¡Si al menos tú supieras en este día lo que lleva hacia la paz!Pero no, quieres que se oculte ante tus ojos.Pues bien, vendrán los días en que tus enemigos te rodearán de trincheras,te sitiarán, apretarán el cerco y te arrasarán, a ti y a tus hijos,no dejando piedra sobre piedra,porque no reconociste el tiempo en que Dios te visitaba (Lc 19, 42-44).
Sigamos imaginando. Jesús ha «tomado» mesiánicamente la ciudad sin violencia exterior. Humildemente ha entrado, sobre un asno, no en caballo o con carros de combate; abiertamente ha entrado, ofreciendo lugar en su proyecto a los marginados y excluidos de la tierra; no ha traído soldados sino amigos que le cantan y cantan al Dios de fraternidad, reino prometido.
Pues bien, la ciudad no ha querido recibirle: es contraria a su mesianismo y propone su muerte, sin saber que al hacerlo se está condenando a sí misma. Jesús, responde llorando, no por sí mismo, sino por la ciudad que, al rechazar su paz, termina entregándose en las manos de los profesionales de la muerte, la desnuda violencia interhumana.
Jesús mismo “destruye” su templo, la casa “vaticana” de la Iglesia.
Fuerte ha sido el signo mesiánico de la conquista de la ciudad. Más fuerte es aún el signo mesiánico y anti-sacerdotal que Jesús realiza sobre el templo, corazón de la ciudad. La casa de Dios ha venido a convertirse por lucro y ambición de sus jerarcas en objeto de disputa y luchas económicas, con sus vendedores y cambistas, profesionales del dinero que comercian con el culto. Pues bien, Jesús se acerca: como ha tomado la ciudad quiere tomar el templo, pero no para cambiar sus estructuras de injusticia, sino para indicar que el mismo tiempo del templo ha terminado porque llega el reino.
No quiere purificar el templo en el sentido técnico del término, pues eso implicaría introducir un tipo distinto de pureza en el lugar de la impureza. Jesús no quiere limpiar, sino que se destruya. Leer más…
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