El poseso de la sinagoga (Mc 1,21-28): «Religión que enloquece, religión que cura»
«Jesús proclama en la sinagoga su enseñanza nueva con autoridad para sanar a los enfermos»
Henry Bergson (1859-1941), judío universal, distinguió las dos fuentes o tipos de religión y moral que han definido y definirán la historia de la humanidad:
Una que cura, ensancha la vida del hombre, despliega su amor y le permite crecer en libertad, en comunión con los demás, en esperanza de futuro para todos.
Otra que somete que al hombre, le encierra en una falsa ley sagrada, le impide vivir en libertad, curarse en amor…
Esta religión negativa existía en algunas sinagogas del tiempo de Jesús; también puede existir en ciertos grupos de cristianos actuales.Por eso es bueno comentar este pasaje de Mc 1, 21-28, donde se cuenta la forma en que Jesús curó a un “poseso” a quien estaba destruyendo (enloqueciendo) una mala sinagoga religiosa.
| Xabier Pikaza Teólogo
Texto
(a. Sinagoga) 21 Y se dirigieron a Cafarnaúm y de pronto, en el sábado, entró en la sinagoga y se puso a enseñar. 22 La gente estaba admirada de su enseñanza, porque los enseñaba con autoridad, y no como los escribas.
(b. Poseso) 23 E inmediatamente en la sinagoga de ellos había un hombre en (con) espíritu impuro, que se puso a gritar: 24 ¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret?¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: ¡El Santo de Dios!
(c. Jesús) 25 Y le increpó diciendo: ¡Cállate y sal de él! 26 Y el espíritu impuro retorciéndole violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él.
(a. Gente) 27 Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros:¡Qué es esto? ¡Una doctrina nueva con autoridad!¡Manda incluso a los espíritus inmundos y éstos le obedecen! 28 Y pronto se extendió su fama por todas partes, en toda la región de Galilea.
Introducción
Era difícil encontrar un signo más hiriente. La sinagoga debería ser espacio de total pureza, hogar donde los humanos forman la auténtica familia de Dios, en libertad y transparencia. Pues bien, en contra de eso, Jesús sabe que la propia sinagoga tiene al ser humano impuro, cautivado. Por eso viene con cuatro acompañantes (sus amigos) para liberar al endemoniado de la sinagoga (es decir, de la religión).
Los escribas mantenían en la sinagoga una enseñanza vinculada a tradiciones de ley que podía encerrar al hombre bajo su propia enfermedad (la enfermedad de la misma sinagoga), dominado por espíritus impuros que brotan de su misma religión. La ley sacral de aquella religión era mala o, por lo menos, inútil: no consigue sanar al enfermo, quizá aumenta su opresión con nuevas opresiones.
Jesús ha ofrecido en esa sinagoga su enseñanzanueva (didakhê kainê: 1, 27) con autoridad para sanar a los enfermos. No cura como mago engañoso, sino como maestro, con la palabra: su enseñanza desata, libera, purifica al ser humano que se hallaba oprimido dentro de ella. Frente a la esclavitud de una religión que se utiliza para oprimir ha elevado Jesús su palabra de poder que libera a los enfermos.
La autoridad de Jesús se identifica con su misma palabra sanadora que ilumina al oprimido por la sacralidad ritual de una mala religión “enloquecida”, porque este “loco de la sinagoga” es un hombre enloquecido por la mala religión. .En contra de eso, la enseñanza nueva de Jesús cura y transforma, superando la opresión del espíritu impuro de la mala religión.
No discute Jesús sobre Dios en forma abstracta; no propone teorías de pureza más intensa, sobre ritos y alimentos. Tampoco ofrece una doctrina sapiencial de tipo moralista. No tiene una doctrina mejor sobre leyes o formas de conducta. No es rabino más sabio, escriba más agudo. Todo eso es secundario para el evangelio de Marcos La enseñanza nueva de Jesús se identifica con su autoridad humana, con su capacidad de limpiar a los enfermos de la sinagoga.
Esta palabra (enseñanza nueva con autoridad: 1, 27) define a Jesús: no va a la sinagoga para discutir doctrinas sino para enseñar curando, para liberar a los humanos del demonio social y religioso. Lógicamente, su evangelio es palabra sanadora. Frente a la ortodoxia legalista de una antigua o nueva sinagoga que encierra bajo la opresión de sus códigos, ofrece Jesús el poder de su enseñanza sanadora.
Un enloquecido religioso
El impuro de la sinagoga “conoce” a Jesús, descubriendo que ha venido a “luchar contra el demonio”. No es el impuro el que habla, sino el “espíritu” que le tiene poseído, un espíritu plural, que conoce a Jesús desde el principio, y así le dice, el mal espíritu de la sinagoga o falsa religión que se ha apoderado que se ha “apoderado” de este pobre hombre enfermo:
Ese mal “espíritu” es plural y así dice: ¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Es como si le dijera que “ellos” no quieren hacer la guerra, que pueden pactar con Jesús, repartiéndose cómodamente las “posesiones”, como han hecho con las autoridades de la sinagoga, donde pueden entrar y tener sus posesos.
Pero, al mismo tiempo, ese “espíritu” es singular y se identifica quizá con el mismo Satán que dice a Jesús: ¡Conozco quién eres: El Santo de Dios. Ese Satán no se manifiesta aquí en poderes bestiales de tipo cósmico, sino en algo mucho más sutil y, en el fondo, más peligroso: en la destrucción de los mismos fieles del judaísmo de la sinagoga, donde ha entrado. Éste es un espíritu que utiliza la “religión” (aquí el judaísmo sinagogal) para apoderarse de los hombres y mujeres y para destruirles
Jesús cura al poseso (1, 25-26), mandándole que calle. No argumenta con él, no razona. Hay poderes de perversión con los que no se puede hablar, hay que mantenerles en silencio desde el principio, no con la autoridad de una doctrina erudita (como aquella que han desarrollado los escribas), sino con el poder más fuerte de la vida, propio del Hijo de Dios, que sabe descubrir la opresión humana y luchar contra ella, en la sinagoga o fuera de ella (o en la misma iglesia). Todos los restantes principios de la sinagoga le parece secundarios (ritos, doctrinas, sacralidades…). Lo único que importa (que le importa) es la libertad de los hombres y mujeres, que puedan ser ellos mismos, sin disociación interior, sin estar poseídos por espíritus externos.
La autoridad de Jesús se identifica con su misma palabra sanadora que ilumina al oprimido por un tipo de falsa sacralidad religiosa. Frente a la sinagoga que impone una enseñanza que no cura, sino que regula y organiza lo que existe, ofrece Jesús la enseñanza que cura y transforma, superando la opresión del espíritu impuro.
La enseñanza de Jesús no es valiosa por más profunda en plano teórico, por más rica en simbolismos literarios o cósmicos, sino porque libera al oprimido de la sinagoga (1, 23). No se dice la enfermedad del oprimido (ceguera, parálisis…), se dice simplemente que está impuro: dominado por un espíritu antihumano al que Jesús descubre y hace hablar.
Y entrando Jesús en la sinagoga… Las sinagogas habían nacido a finales del siglo II a.C. y vinieron a convertirse pronto, ya en tiempos de Jesús, en una institución básica del judaísmo, que no se define ya por el culto del templo de Jerusalén, sino por la asociación voluntaria de personas y grupos que se reúnen para estudiar la Ley y consolidar sus vínculos de pueblo.
Al principio, las sinagogas habían sido un refuerzo o ayuda, junto al templo, que seguía siendo el centro del judaísmo. Pero ellas fueron tomando cada vez más importancia, hasta convertirse en la institución básica de un tipo judaísmo presidido por escribas, buenos estudiosos de la Ley, que se han vuelto padres del pueblo que emerge y se consolida tras la caída del templo (70 d. C.), en contraste con el cristianismo, representado por el Jesús de Marcos, que aparece ya aquí en contraste con la sinagoga.





















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