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30.6.21 Domingo de la Trinidad, un Dios que parece jubilado por inútil: El Dios El Cristiano, un Dios por descubrir.

domingo, 30 de mayo de 2021
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 88259463-B143-4C9A-9A23-9345013763A7Del blog de Xabier Pikaza:

K. Rahner (1904-1984), gran teólogo del siglo XX, dijo que si un día se suprimiera la Trinidad, en la teología y en la iglesia, no pasaría nada. ¿Por qué? Porque en el fondo, para una mayoría, ella no «pinta» ni hace nada, es como un mueble abandonado hace siglos. Ésta es una de las críticas mayores que he escuchado contra el cristianismo. Así decía Rahner, el año 1960: 

“…los cristianos, a pesar de su confesión ortodoxa de la Trinidad, son en la realización de su existencia religiosa casi exclusivamente «monoteístas»….Si hubiera que desechar, por falsa, la doctrina trinitaria, la mayor parte de la bibliografía religiosa podría permanecer casi tal y como está”.

“…la idea que el cristiano tiene de la Encarnación no tendría que modificarse nada si no hubiera Trinidad… la doctrina de la gracia es, de hecho, monoteísta, no trinitaria…»

“ (En contra de eso…) La tesis fundamental… que destaca la Trinidad en tanto misterio de salvación…podría formularse así: la Trinidad «económica» es la inmanente, y recíprocamente”.

Éstas son algunas afirmaciones de un trabajo de K. Rahner, que citaré en su versión “on line”, presentando después una pequeña versión mía del tema.

Rahner quiso recuperar desde su gran magisterio el carácter trinitario (=encarnatorio) del cristianismo, aunque quizá con poca fortuna. Yo he querido imitarle, en una línea más modesta, como verá quien siga leyendo. Buen día de la Trinidad a todos, pues sin ella (sin encarnación) no seríamos cristianos.

| X. Pikaza

Trabajo de K. Rahner:   Advertencias sobre el tratado dogmático «de Trinitate», edición en PDF Escritos de Teología IV,Cristiandad, Madrid 1962, 107-111 (=«Bemerkungen zum dogmatischen Traktat ‘De Trinitate’»: Universitas (Festschrift für Bischof A. Stohr) 1, Mainz 1960, 130-150.

Reflexión básica de K. Rahner

  1. A partir de la Edad Media, la reflexión teológica y la vida de la Iglesia se ha desligado de su raíz “trinitaria”, de forma que han surgido “dos trinidades”. (a) La Trinidad inmanente se ha convertido en una especie de reflexión arcana sobre el Dios en sí, sin influjo real en la “trinidad económica” o, mejor dicho, en la “economía” viva de la teología y vida de la iglesia.
  2. Prácticamente todo en la teología y en la vida de la Iglesia se ha desarrollado y resuelto como si no hubiera trinidad/encarnación real (histórica), de manera que si no hubiera trinidad en el Cristianismo real de occidente no cambiaría prácticamente nada.
  3. El tratado “de Dios” (y la visión práctica de Dios) se ha desligado de Dios, de manera que todo sucede y se resuelve como si Dios-Trinidad no existiera. Lo mismo se puede decir del tratado de la Gracia y de la Iglesia, de los Sacramentos y de la vida eterna.

Ampliación de X. Pikaza

              De la visión de K. Rahner y de su influjo he tratado en algunos libros, como  Enchiridion Trinitatis y Trinidad. Ahora quiero evocar sólo tres puntos en los que la “crítica trinitaria” de Rahner sigue siendo pertinente.

  1. La estructura real de la Iglesia y de su estructura sigue siendo pre-trinitaria y pre-encarnatoria, pues aboga por una jerarquía monárquica (no comunitaria), sin encarnación real en la historia (como si Jesús de Nazaret no hubiera existido o no fuera el “Hijo” encarnado).
  2. Prácticamente todo el Derecho Eclesial es pre-trinitario y pre-encarnatorio, pues se funda en una visión ontológica no trinitaria ni encarnatoria de la autoridad.
  3. El compromiso social de la Iglesia, siendo muy bueno, sigue siendo también pre-trinitario y pe-encarnatorio, pues tiende a fundarse en un Dios superior de arriba, no de comunión y encarnación real, como Cristo.

Reflexión posterior

              A pesar de la crítica de K. Rahner, que yo mismo he mantenido, la iglesia en su raíz ha sido y sigue siendo Trinidad (comunión de Dios) y encarnación (presencia y despliegue de esa comunión en forma humana). Mantener destacar ese principio trinitario de la iglesia, como quería Rahner, exige, a mi juicio,  trersgrandes “reformas” o críticas.

  1. La primera consiste en “fundarse” a en Escritura, como quiere el Papa Francisco. Se trata de volver al despliegue vivo de la Biblia, descubriendo así el despliegue y presencia de Dios en la vida de los hombres, no en una superestructura ontológica de tipo idealista y dictatorial.
  2. La Trinidad es una exégesis de la vida y persona de Jesús, tanto en su vinculación a Dios (en su relación con el Padre) como en su apertura hacia los hombres: en su mensaje de libertad y en el don pascual que el Espíritu ofrece a los creyentes. Vivir cómo y desde Jesús, eso es creer en la Trinidad.
  3. La Trinidad es la misma comunión divina, expresada en forma de comunión y comunicación de vida entre los hombres, en un plano personal y social, afectivo y económico.

AMPLIACIÓN TEÓRICA. TRINIDAD REDENTORA

(Texto de una mis colaboraciones a la revista Trinidad y Liberación, de los Padres Trinitarios, en la que colaboro desde hace muchos años, agradeciéndoles su fidelidad al carisma trinitario y su amistas entrañable).

Trinidad es ser/vivir en libertad y comunión, siendo cada uno perfecto en sí mismo, recibiendo y dando lo que es y lo que tiene. Trinidad es, según eso, amor de Padre/Hijo (dar y recibir), siendo amor compartido/enamorado (Espíritu Santo).

Dios es por tanto amor enamorado donde el Padre y el Hijo (dar y recibir) son de tal manera en comunión que puede y debe confesarse, con  San Juan de la Cruz, que ellos son un Amante y un Amado, en el Amor que es el Espíritu.Ésta no es una opinión más, una verdad entre otras, sino la verdad cristiana,el descubrimiento emocionado de la realidad de Dios, el principio de toda redención.

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Fiesta de la Santísima Trinidad. Ciclo B

domingo, 30 de mayo de 2021
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24.the_trinity-blanchard-lowresDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El año litúrgico comienza con el Adviento y la Navidad, celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, que es lo que celebramos el domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad. Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Cambiando el orden de las lecturas subrayo la relación especial de cada una de ellas con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Dios Padre (Deuteronomio 4, 32-34. 39-40)

Moisés habló al pueblo, diciendo:  

– «Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos? Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre.»

Como es lógico, un texto del Deuteronomio, escrito varios siglos antes de Jesús, no puede hablar de la Trinidad, se limita a hablar de Dios. Su autor pretende inculcar en los israelitas tres actitudes:

1) admiración ante lo que el Señor ha hecho por ellos, revelándose en el Sinaí y liberándolos previamente de la esclavitud egipcia;

2) reconocimiento de que Yahvé es el único Dios, no hay otro; cosa que parece normal en un mundo como el nuestro, con tres grandes religiones monoteístas, pero que suponía una gran novedad en aquel tiempo;

3) fidelidad a sus preceptos, que no son una carga insoportable, sino el único modo de conseguir la felicidad.

Dios Hijo (Mateo 28, 16-20)

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

̶  «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

El texto del evangelio, el más claro de todo el Nuevo Testamento en la formulación de la Trinidad, pero al mismo tiempo pone de especial relieve la importancia de Jesús.

A lo largo de su evangelio, Mateo ha presentado a Jesús como el nuevo Moisés, muy superior a él. El contraste más fuerte se advierte comparando el final de Moisés y el de Jesús. Moisés muere solo, en lo alto del monte, y el autor del Deuteronomio entona su elogio fúnebre: no ha habido otro profeta como Moisés, «con quien el Señor trataba cara a cara, ni semejante a él en los signos y prodigios…» Pero ha muerto, y lo único que pueden hacer los israelitas es llorarlo durante treinta días.

Jesús, en cambio, precisamente después de su muerte es cuando adquiere pleno poder en cielo y tierra, y puede garantizar a los discípulos que estará con ellos hasta el fin del mundo. A diferencia de los israelitas, los discípulos no tienen que llorar a Jesús sino lanzarse a la misión para hacer nuevos discípulos de todo el mundo. ¿Cómo se lleva a cabo esta tarea? Bautizando y enseñando. Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo equivale a consagrar a esa persona a la Trinidad. Igual que al poner nuestro nombre en un libro indicamos que es nuestro, al bautizar en el nombre de la Trinidad indicamos que esa persona le pertenece por completo.

      En la primera lectura, Dios exigía a los israelitas: «guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo»; en el evangelio, Jesús subraya la importancia de «guardar todo lo que os he mandado».

Dios Espíritu Santo (Romanos 8, 14-17)

Hermanos: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.

La formulación no es tan clara como en el evangelio, pero Pablo menciona expresamente al Espíritu de Dios, al Padre, y a Cristo. No lo hace de forma abstracta, como la teología posterior, sino poniendo de relieve la relación de cada una de las tres personas con nosotros.

Lo que se subraya del Padre no es que sea Padre de Jesús, sino Padre de cada uno de nosotros, porque nos adopta como hijos.

Lo que se dice del Espíritu Santo no es que «procede del Padre y del Hijo por generación intelectual», sino que nos libra del miedo a Dios, de sentirnos ante él como esclavos, y nos hace gritarle con entusiasmo: «Abba» (papá).

Y del Hijo no se exalta su relación con el Padre y el Espíritu, sino su relación con nosotros: «coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados».

Reflexión final

La fiesta de la Trinidad provoca en muchos cristianos la sensación de enfrentarse a un misterio insoluble, no es la que más atrae del calendario litúrgico. Sin embargo, cuando se escuchan estas tres lecturas la perspectiva cambia mucho.

El Deuteronomio nos invita a recordar los beneficios de Dios, empezando por el más grande de todos: su revelación como único Dios. (Esto no debemos interpretarlo como una condena o infravaloración de otras religiones).

El evangelio nos recuerda el bautismo, por el que pasamos a pertenecer a Dios.

La carta a los Romanos nos ofrece una visión mucho más personal y humana de la Trinidad.

Finalmente, las tres lecturas insisten en el compromiso personal con estas verdades. La Trinidad no es solo un misterio que se estudia en el catecismo o la Facultad de Teología. Implica observar lo que Jesús nos ha enseñado, y unirnos a él en el sufrimiento y la gloria.

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Fiesta de la Santísima Trinidad. 30 de mayo de 2021.

domingo, 30 de mayo de 2021
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Queremos felicitar calurosamente a nuestras hermanas del Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa que nos alimentan semanalmente con su espiritualidad en este día de su Fiesta.

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Los once discípulos fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había citado. Al verlo, lo adoraron; ellos que habían dudado…”

(Mt 28, 16-20)

¿Verdad que da una cierta envidia ver que los discípulos tenían una cita con Jesús? Dan ganas, muchas veces, de tener un encuentro cara a cara con Él. Deseamos tener a nuestro lado a Alguien de carne y hueso, tan concreto como nosotras mismas. Querríamos que Jesús, aquel nazareno del siglo primero, estuviera presente entre nosotras. Ver su mirada y oír sus palabras… ¡Y hasta pensamos que eso aliviaría nuestro corazón y nos quitaría todas las dudas! En el fondo creemos que las primeras discípulas y los primeros discípulos de Jesús tuvieron más suerte y que para ellos todo resultó más sencillo.

Pero el texto de hoy es muy claro: “Al verlo, lo adoraron; ellos que habían dudado”. Aquellos primeros discípulos tuvieron un itinerario lleno de dificultades como lo es también el nuestro. No les faltaron dudas ni temores. También a ellos los mordió la envidia, el orgullo y la traición.

Tampoco a ellos les cabía en la cabeza que Jesús fuera Dios y que Dios era Trinidad. Sencillamente porque estas realidades solo caben en el corazón. Porque el corazón es mucho más amplio y espacioso. Es un lugar que, bien entrenado, tiene una capacidad infinita de amar que es justo la medida que tiene Dios.

Somos imagen de Dios porque Dios ha puesto en nuestros corazones la capacidad de amar como Él nos ama. Por eso, en la medida en que desarrollamos nuestra capacidad de amar nos vamos haciendo más y más semejantes a Dios.

Además, cuando amamos nos ponemos en relación, nos unimos unos a otros. Y así, juntas, formando una gran red en la que cabemos todas y todos, entonces sí nos convertimos en lo que somos: Imagen de Dios Trinidad.

Pues en este día de la Trinidad no perdamos el tiempo pensando eso de si son tres pero son uno y todo lo que eso significa. No. Dediquemos el día a AMAR. Y así experimentaremos lo que ES esa danza amorosa del Padre, el Hijo y de la Santa Ruah.

Oración

Gracias, Trinidad Santa, por invitarnos a participar del Amor y de la Danza. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Pensar a Dios no sirve de nada; vivirlo sí.

domingo, 30 de mayo de 2021
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trinidad-misericordiosaMt 28, 16-20

Es verdad que la Biblia dice que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero, en realidad, es el hombre el que está fabricando a cada instante un Dios a su medida. Es verdad que nunca podremos llegar a un concepto adecuado de lo que es Dios, pero no es menos cierto que muchas ideas de Dios pueden y deben ser superadas. Si ha cambiado nuestro conocimiento del mundo y del hombre, será lógico que cambie nuestra idea de Dios. El Dios antropomórfico tiene que dejar paso a un Dios-Espíritu, cada vez menos cosificado.

Decir que la Trinidad es un dogma, o un misterio, no hace más comprensible la formulación trinitaria. La verdad es que hoy no nos dice casi nada, y menos aún las explicaciones que se han dado a través de los siglos. Todas las teologías surgieron de una elaboración racional que siempre se hace desde una filosofía, determinada por un tiempo y una cultura. También la primitiva teología cristiana se desarrolló en el marco de una cultura y una filosofía, la griega. Pudo ser muy útil a través de la historia, pero no tenemos por qué atarnos a ella.

Cada día se nos hace más difícil la comprensión del misterio, entre otras cosas porque no sabemos qué querían decir los que elaboraron el dogma. Aplicar hoy a las tres personas de la Trinidad la clásica definición de Boecio “individua sustantia, racionalis naturae”, se antoja un poco ridículo. Aplicar a Dios la individualidad y la racionalidad propia del hombre es ridículo. Dios no es un individuo, ni es una sustancia ni es una naturaleza racional.

La dificultad, para hablar de Dios como tres personas, la encontra­mos en el mismo concepto de persona, que lejos de ser una constante a través de la historia, ha experimentado sucesivos cambios de sentido. Desde el «prosopon» griego, que era la máscara que se ponían en el teatro para que “resonara” la voz; pasando a significar el personaje que se representaba; al final terminó significando el individuo físico. El sentido moderno de persona, es el de yo individual, conciencia subjetiva, es decir, el núcleo íntimo del ser humano.

En la raíz del significado está la limitación. Existe la persona porque existe la diferencia y la separación. Esto es imposible aplicárselo a Dios. En los últimos años se está hablando del ámbito transpersonal. Creo que va a ser uno de los temas más apasionantes de los próximos decenios. Si el hombre está anhelando lo transpersonal, es ridículo seguir encasillando a Dios en un concepto personal, que siempre supone la limitación del propio ser.

Siempre que nos atrevemos a decir “Dios” estamos expresando una idea, es decir, un ídolo. Ídolo no es solamente una escultura de dios. También es un ídolo cualquier concepto que le aplicamos. El ateo sincero está más cerca del verdadero Dios, que los teólogos que creen haberlo atrapado en conceptos. Dios no es nada que podemos nombrar. El “soy el que soy” del AT tiene más miga de lo que parece. Dios es solo verbo, pero un verbo que no se conjuga, porque no tiene tiempos ni modos. Dios ES un inmenso presente que lo llena todo.

Dios no se identifica con la creación, pero tampoco es nada separado de ella. De la misma manera que no podemos imaginar la Vida como algo separado del ser que está vivo, no podemos imaginar lo divino separado de todo ser creado que, por el mero hecho de existir, está traspasado de Dios. Tampoco podemos decir que está donde actúa, porque tampoco puede actuar de una manera causal a semejanza de las causas segundas. La acción de Dios no podemos percibirla por los sentidos ni ser objeto de ciencia.

Jesús dio un vuelco a la idea de Dios. No es el Dios de los buenos, de los religiosos ni de los sabios. Es el Dios de los excluidos, de los enfermos, de los irreligiosos inmorales y ateos. El evangelio nos dice: “las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el Reino de Dios”. El Dios de Jesús no interesa porque no aporta nada a los “buenos”. En cambio, llena de esperanza a los “malos”, que se sienten perdidos. «No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores»

Para nosotros, es sobre todo la experiencia que Jesús tuvo de su Abba, lo que nos debe orientar en nuestra búsqueda. Jesús no se propuso inventar una nueva religión ni un nuevo Dios. Lo que intentó, con todas sus fuerzas, fue purificar la idea de Dios que tenía el pueblo judío en su época. Ese esfuerzo le costó la vida. Jesús en todo momento quiere dejar claro que su Dios es el mismo del AT. Eso sí, tan purificado y limpio de adherencias idolátricas, que da la impresión de ser una realidad completamente distinta.

La forma en que Jesús habla de Dios se inspira en su experiencia personal. Naturalmen­te esa vivencia no hubiera sido posible sin hacer suyo el bagaje religioso heredado de la tradición bíblica. En ella se encuentran ya claros chispazos de lo que iba ser la revelación de Jesús. La experiencia básica de Jesús fue la presencia de Dios en su propio ser. Descubrió que Dios lo era todo para él y decidió corresponder siendo él mismo todo para los demás. Tomó concien­cia de la fidelidad de Dios y respondió siendo fiel a sí mismo. Al llamar a Dios «Abba», Jesús abre un horizonte completamente nuevo en las relaciones con el absoluto.

La base de toda experiencia religiosa reside en la condición de criaturas. El modo finito de ser uno mismo demuestra que no se da a sí mismo la existencia, por lo tanto, es más de Dios que de sí mismo. Sin Dios no sería posible nuestra existencia. El reconoci­miento de nuestra limitación es el camino para llegar a la experiencia de Dios. Él es el único verdadero y sólido fundamento sin el cual, nada existe. Jesús descubre que el centro de su vida está en Dios. Pero eso no quiere decir que tenga que salir de sí para encontrar su centro. Descubrir a Dios como fundamento es fuente de una insospechada humanidad.

Esta idea de Dios supone un salto sobre la idea del AT. Allí Dios era el Todopoderoso que hace un pacto al modo humano, y observa desde su atalaya a los hombres para ver si cumplen o no su “Alianza”, y reacciona en consecuencia. Si la cumplen, los ama y los premia, si no la cumplen, los reprueba y castiga. En Jesús Dios actúa de modo muy diferente. Él es don absoluto e incondicional. Él es agape y se da totalmente. Es el hombre el que tiene que reaccionar al descubrir lo que Dios es para él. La fidelidad de Dios es lo primero y el verdadero fundamento de una actitud humana.

Dios no puede ser un «tú» en el mismo sentido que lo es otro ser humano. Dios sería más bien la Realidad que posibilita el encuentro con un “tú”; es decir, sería como ese “tú” ilimitado que se experimenta en todo encuentro humano con el otro. Pero a Dios nunca se le puede experimentar directa­mente como tal “tú”, sin el rodeo del encuentro con un “tú” humano. No se trata pues, de evitar a toda costa el vocabulario teísta sino exponer con suficiente claridad el carácter analógico de todo lenguaje sobre Dios.

Meditación

La mejor pista nos la da Jesús: “yo y el Padre somos uno”.
Bien entendido que esto lo dijo como ser humano.
Jesús sigue siendo Jesús y Dios sigue siendo Dios,
pero toda diferencia ha desaparecido.
Solo si llego a descubrir lo que soy,
podré llegar, no a conocer, sino a vivir lo que es Dios.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El hombre, trino y uno.

domingo, 30 de mayo de 2021
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imglectiodivinaSupe también, con más tiempo y determinación aún, que esa flora y fauna interiores se enriquecen cuanto más se observan (Pablo D’Ors).

Domingo de la Santísima Trinidad.

Mt 28, 16-20

Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que les había indicado Jesús. Al verlo, se postraron, pero algunos dudaron.

«Así pues, reconoce hoy, y aprende en tu corazón, que el Señor es Dios, arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro» (Dt 4, 39). Misterio y cercanía. La invocación trinitaria explícita del Evangelio de Mateo nos ubica ante estas dos realidades: la de quienes se postran y adoran y la de quienes dudan. Los primeros reconocen a un Dios misterio, el que está arriba en el cielo; los segundos, a un Dios cercano que está abajo en la tierra.

El de arriba es frío y lejano. El de abajo, próximo y amoroso. En su obra Ensayo sobre vida y espiritualidad, Ed. Desclée de Brouwer (2015), el teólogo y geólogo Manuel García Hernández, nos presenta un ejemplo paradigmático en dos cuadros de la Santísima Trinidad pintados por Ribera y el Greco. El valenciano, dibuja un Dios-Padre sosteniendo con frialdad en su regazo al Hijo muerto. El griego, un Padre-Sumo Sacerdote, que parece representar más la religión de la Ley que la de la Gracia.

Son Padres-Dios de arriba en el cielo, que poco o nada dicen a los hombres de abajo en la tierra, a los que en palabras de San Pablo su filiación adoptativa les permite clamar «Abba«, Padre. Son aquellos que trinitariamente encarnados viven al Dios celeste en el terreno. Alphonse y Rachel Goettmann definen esta realidad en su obra La mystique du couple Ed. Desclée de Brouwer (2011): «La palabra «Trinidad» –Tri-unidad, forjada por la antigua Tradición de los Padres- recopila verdaderamente lo esencial del misterio: los tres en uno, la unidad en la diversidad«.

Juan Ramón Jiménez intuyó la dificultad de despejar la incógnita de este misterio en los versos de su poema «No corras. Ve despacio»El poeta ahonda en una búsqueda íntima hasta encontrar el todo, no ya en el exterior sino en la comunión con su yo, donde se funden espíritu y naturaleza. El de Moguer no ha querido correr el peligroso riesgo que Wanda anunciaba en la película Ida (2013), del polaco Pawlikowski: «¿Y si después de ir allá descubres que no hay ningún Dios?»  Más fácil y seguro es buscarle dentro.

No corras. Ve despacio,
que donde tienes que ir
es a ti mismo…
y tu pequeño yo, recién-nacido eterno,
no te puede seguir.

En Una terapia peligrosa, de Harold Ramir (USA 1999), el protagonista (Robert De Niro) nos señala la dirección en que hay que caminar para lograrlo: «Debes mirar dentro de ti…, de tu ser interior, y averiguar quién eres; porque yo he avanzado… Estoy siendo positivo, y me siento bien conmigo mismo». Esa es la plenitud donde el espíritu se encarna en la materia y la materia se hace espíritu. Y sentarse a pensarla nos lleva a enriquecerla. A Pablo D’Ors le sucedió otro tanto, nos relata en Biografía del silencio: «Supe también, con más tiempo y determinación aún, que esa flora y fauna interiores se enriquecen cuanto más se observan».

El amor es revoltoso, nos cruza y entrecruza por pasillos abiertos interiores hasta hacernos «humanos trino y uno»: saxo y melodía de igual modo. León Felipe el zamorano nos descubre que el hombre tiene sangre, que nos enseña que el hombre es Dios, incluso el mal ladrón que está en el Gólgota a su izquierda. Una mística la suya espiritualmente íntima, que nada tiene de confesional ni dogmática. Que también es trinidad oculta en ella: el misterio, la tragedia y lo divino. «Yo soy el que ama, decía el sufí  Al-Halla, y el que yo amo ha venido a ser yo; somos un solo espíritu fundido en un solo cuerpo».

CRISTO, TE AMO

Cristo, te amo
no porque bajaste de una estrella
sino porque me descubriste
que el hombre tiene sangre,
lágrimas, congojas…
¡llaves, herramientas!
para abrir las puertas cerradas de la luz.
Sí… Tú me enseñaste que el hombre es Dios…
un pobre Dios crucificado como Tú.
Y aquel que está a tu izquierda en el Gólgota,
el mal ladrón…
¡también es un Dios!

León Felipe

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Estoy con vosotros todos los días.

domingo, 30 de mayo de 2021
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logo-spirito-santoMt 28, 16-20

Estamos ante el final del evangelio de Mateo. El grupo de los once habían confiado en la palabra de las mujeres que les habían comunicado que Jesús había resucitado y que los esperaba en Galilea y allí se dirigieron.

Las mujeres del grupo habían comprendido al reunirse a hacer el duelo por el amigo, que aquel sepulcro vacío no tenía la última palabra, y allí, entre el miedo y el asombro, recordaron todo lo compartido con él por los caminos de Galilea, lo que habían descubierto cuando les hablaba o cuando actuaba. En esa memoria experimentaron de nuevo la fuerza del proyecto compartido y aquella primera ausencia se convirtió en presencia y fueron a contarlo al resto de sus compañeros.

Volver a Galilea significa volver a los orígenes, al lugar donde había empezado aquel ilusionante proyecto junto a Jesús pero que con la crucifixión del maestro todo parecía haber perdido sentido. El regreso a Galilea no fue fácil, el impacto de la cruz era muy fuerte y, aunque comenzaban a creer en la nueva presencia de Jesús y se fortalecía su fe en el Dios que él les había anunciado y que ahora los y las invitaba a encontrarse con él de nuevo en la vida, estaban vacilantes e inseguros.

Subieron al monte que, sin duda, señala a aquel en que el maestro recreó su propuesta en aquella proclama tan honda y a la vez desafiante que eran las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-11). Un monte en el que cuestionó un modo de vivir la ley y las relaciones humanas (5, 17-42). Un monte en el que recordó a sus compañeros y compañeras de camino que han de ser sal y luz (Mt 5, 13-16) y que todo ello solo era posible si su corazón iba más allá de sus heridas, de sus conflictos, de sus pérdidas o de sus fracasos y podían amar sin condiciones, sin quedarse en los espacios seguros de quienes los amaban y eran capaces de ofrecer perdón y tender la mano al enemigo (Mt 5, 43-48).

Ahora, de nuevo en el monte galileo, Jesús los invita a ponerse de nuevo en camino y a recordar lo que compartieron con él y a continuarlo y, sobre todo, a compartirlo con otros y otras y seguir invitando a la mesa del banquete del reino que él había inaugurado, sin distinción, sin limites y sin preferencias, como le habían visto hacer a Jesús.

Id y haced discípulos y discípulas, les dijo. Sí, porque el mensaje no era algo solo para ellos, no era solo para su grupo por muy cerca que hubiesen estado del maestro. La palabra salvadora y liberadora que en Jesús habían experimentado tenían que ofrecerla a otros y otras, tenían que entusiasmarse de nuevo con el proyecto y salir a los caminos y entrar en los pueblos para hacer visible con sus vidas al Dios que quería seguir recordando a sus hijas e hijos que los amaba gratuitamente y que solo deseaban su felicidad y poder alegrarse junto a ellos y ellas.

La comunidad receptora del evangelio se sentiría posiblemente invitada al final de la lectura del evangelio a volver a leerlo desde el principio a pasearse de nuevo por los recuerdos que Mateo les regala en su relato, a volver a Galilea, ahora ya no físicamente, para fortalecer su discipulado, para discernir sus actuaciones, para dejarse penetrar de nuevo por el mensaje.

Como aquella comunidad nosotras y nosotros también hoy estamos invitadas e invitados a volver a Galilea releyendo y ahondando en el mensaje de fe y vida que hemos heredado y sostenernos una vez más en la certeza de que Jesús sigue estando con nosotras y nosotros cada día, que nos anima, que nos ofrece su palabra, su sueño y, sobre todo, el camino para vivir en plenitud y con profunda gratuidad y hondura cada día y cada momento.

Carme Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Más allá del tiempo y del espacio.

domingo, 30 de mayo de 2021
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Espacio.1Fiesta de la Trinidad

30 mayo 2021

Mt 28, 16-20

Todas las formas son espacio-temporales: ocupan un lugar en el espacio y en el tiempo. De hecho, el espacio-tiempo -una dimensión más en el mundo de los objetos- es “creado” por estos en la medida en que se expanden y se mueven. Lo cual significa que nacen simultáneamente.

 Lo realmente real, sin embargo, trasciende el tiempo y el espacio. Por eso, de ello no puede decirse con rigor que “existe”, sino que sencillamente “es”.

 En nuestro nivel “superficial” -del yo o de la persona- existimos como una forma más. En nuestra identidad profunda, somos. Todo lo que existe aparece y desaparece, nace y muere. Lo que es, sin embargo, permanece idéntico a sí mismo de manera estable.

 “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, afirma Jesús, según este relato evangélico. En nuestra identidad profunda, más allá de la “forma” única de cada cual, somos lo mismo que Jesús. Por tanto, aquellas palabras podrían “traducirse” de este modo: lo que somos (“Yo soy”) está siempre con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

 Nuestra tragedia es que tendemos a olvidarlo, viviéndonos desconectados de la verdad de lo que somos, o poniendo nuestra “salvación” fuera de nosotros. La sabiduría, por el contrario, significa vivir anclados en nuestra identidad -atemporal, ilimitada- mientras nos “desplegamos” en esta forma que se mueve en el tiempo y el espacio.

 Para el cuarto evangelio, Jesús es el “Yo soy” -“el Padre y yo somos uno”-, viviéndose en la “forma” del carpintero de Nazaret y luego maestro itinerante. Del mismo modo, todos y todas somos el mismo “Yo soy”, viviéndose en cada una de nuestras personas.

¿Me reduzco al espacio-tiempo o me reconozco en la consciencia que lo trasciende?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Solo Dios puede salvarnos

domingo, 30 de mayo de 2021
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03.06.Santa-Trinidad_Teofanes-el-Griego_Fresco-Iglesia-de-la-Transfiguracion-en-la-calle-Ilyin_NovgoroDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Entre ateísmos, agnosticismos y la nada.

         Celebramos hoy la fiesta del misterio insondable de Dios.

Celebramos, lógicamente, nuestra fe en Dios.

         La humanidad no ha sido atea (ni en la mayor parte del mundo lo es tampoco hoy en día). Probablemente el ateísmo, agnosticismo, nihilismo, etc. son un fenómeno relativamente nuevo que han hecho buena carrera en Europa occidental y poco más. El primer ateo “oficial” de la historia es Feuerbach (1804-1872), y quien firma el “parte de defunción” de Dios es Nietzsche (1844-1900): “Dios ha muerto”

         Ahora bien que Dios haya desaparecido de la escena europea, no significa que el ser humano deje de ser creyente. El ser humano es creyente por naturaleza; otra cuestión es en qué Dios creamos. No digo que el ser humano sea cristiano sino creyente.

Quien deja de creer en Dios, pronto creerá en cualquier cosa.

         Así hay quien cree en el dinero, en la patria, en el poder, en el placer: y esos son su “dios”, más bien sus ídolos. Hay quien vive por y para el dinero, por y para la patria, para el placer, hay quien vive con el centro de su existencia puesto en el equipo de fútbol del que es “forofo”, etc.

         Después en la vida la decepción, la frustración será el “test”, el PCR que nos indica que nos hemos equivocado de Dios o de ídolo en el que creíamos.

  1. Hacia el misterio de dios.

Celebramos hoy el misterio de Dios, misterio que no podemos comprender, pero al que podemos vivir abiertos, en el que podemos creer y al que podemos amar. Es el misterio del ser y del sentido.

         Intentar abarcar y explicar lo que sea Dios, es una pretensión imposible (excepto para fanáticos e intransigentes religiosos, que los hay…). ¡Dios nos libre de personas y eclesiásticos que esgriman conocer y tener a Dios! (Al día siguiente nos lo querrán vender e imponer en el supermercado con sus dogmas, ritos y leyes). Decía San Agustín (supongo no será un teólogo sospechoso) que si sabes quién es Dios, ese tal no es Dios. Deus Semper maior: Dios es siempre mayor de lo que podamos pensar y decir acerca de él. Dios no cabe en nuestro lenguaje, en nuestras fórmulas dogmáticas, en nuestros libros, leyes y ritos.

Entonces ¿qué o quién es Dios?

         Escribía Paul Tillich, teólogo alemán en pleno nazismo, a mediados del siglo XX:

El nombre de esta profundidad infinita e inagotable y el fondo de todo ser es Dios. Esta profundidad es lo que significa la palabra Dios. Y si esta palabra carece de suficiente significación para vosotros, traducidla y hablad entonces de las profundidades de vuestra vida, de la fuente de vuestro ser, de vuestro interés último, de lo que os tomáis seriamente, sin reserva alguna. Para lograrlo, quizá tendréis que olvidar todo lo que de tradicional hayáis aprendido acerca de Dios, quizás incluso esta misma palabra. pero si sabéis que Dios significa profundidad, ya sabéis mucho acerca de Él. Entonces ya no podréis llamaros ateos o incrédulos. Porque ya no os será posible pensar o decir: la vida carece de profundidad, la vida es superficial, el ser mismo no es sino superficie. Si pudiérais decir esto con absoluta seriedad, seríais ateos; no siendo así, no lo sois. Quien sabe algo acerca de la profundidad, sabe algo acerca de Dios.[1]

         Probablemente hoy en día (no digo en otras épocas) sino hoy en día ateo o agnóstico es el superficial, el frívolo, el que anda surfeando por las crestas de las olas de la postmodernidad.

¿Quieres saber cuál es tu Dios? Dios es aquello que te tomas absolutamente en serio en la vida, aquello por lo que estarías dispuesto a dejarlo, a entregarlo todo.

  1. El Dios de Jesús

         Claro que algo sabemos de Dios por JesuCristo. Sabemos que el Dios de Jesús es Padre y es amor.

         La percepción que Jesús tiene de Dios es que es su padre y nuestro padre, con lo que un padre supone de creación, de amor y de protección hacia sus hijos.

El entramado eclesiástico, los contextos teológicos y la educación recibida han creado e infundido no el aliento vital que celebrábamos el pasado domingo, (Pentecostés), ni la bondad, ni la experiencia de la Alianza, ni del perdón y del amor de Dios. El sistema eclesiástico ha creado un esquema religioso de miedo, cuando no de terror y angustia, de escrúpulo y culpabilidad, de condenación que eran el “carnet de identidad” de Dios.

Es una verdadera pena que el cristianismo haya degenerado en un sistema de cultivar miedo. Cuando el cristianismo olvidó y abandonó del centro de su ser la bondad de Dios, se convirtió en una máquina infernal de condenación.

Muchas veces en la vida me pregunto si por arte de la ciencia, de la psiquiatría desapareciera el miedo y la angustia ¿desaparecería ese tipo de religión férreo y fundamentalista?

Sin embargo el miedo y la angustia propugnados desde los púlpitos y cátedras son cristianamente falsos.

Dios, el Dios de Jesús,  no es el “gendarme del universo”, ni el inquisidor que nos haya de mandar a la hoguera (para eso ya estaba y sigue estando el Santo Oficio). Jesús nos enseña a creer en el Dios Padre del hijo pródigo, del buen ladrón, de la samaritana y de la adúltera.

Que Dios es Padre significa vivir en la bondad. Dios es amor, (1Jn 48).

  1. Creer.

         La fe, confiar, fiarse en la vida es absolutamente necesario para mantenerse en pie. No digo exactamente la fe cristiana, sino vivir confiadamente. Sin una fe en algo o alguien, la vida carece de sentido, de meta, de horizonte y se torna inestable

         ¿Y qué es la fe?

La fe es una pasión infinita. La fe no es una teología o un catecismo, siendo estos necesarios. La fe se da cuando mi vida queda sobrecogida por la realidad última del Ser, de Dios. La fe implica toda la existencia humana. La fe no es una parte de mi vida que se reduce a la misa dominical (eso en el mejor de los casos es religión, no fe).

La fe es el estado de experimentar una preocupación como última. La dinámica de la fe es la dinámica de la preocupación última del hombre.[2]

La fe es un acto que se produce en el eje vital y constituirá el centro de la persona[3]

         Para vivir humanamente (no de cualquier manera) es necesario creer: tener una preocupación como algo fundamental. El mismo Nietzsche decía aquello de que “quien tiene una razón para vivir, ya encontrará el cómo”.

  1. Una intuición de K Rahner.

         Podemos hacer nuestra aquella distinción que hacia Karl Rahner en el acercamiento a Dios

Trinidad inmanente

Es el Dios en sí. ¿Qué es Dios en sí? No sabemos. Estamos abiertos al misterio, pero desconocemos lo que Dios sea en sí. Respetemos la ultimidad de Dios.

No seamos pretenciosos como dice el salmo 130:

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

2sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre.

Trinidad económica (oikos: hogar / nomos: ley)

Lo que sí sabemos es lo que Dios ha hecho por nosotros: la economía de la salvación. Lo que Dios ha hecho es salvarnos. La “ley del hogar” cristiano es la salvación, la paternidad de Dios, sentirnos queridos.

No sabemos quién es Dios, a duras penas intuimos algo de Jesús. Acojamos la salvación como el ciego de Jericó. Lo que sé es que veo, que estamos salvados.

Nosotros creemos estas cosas porque son valiosas, construyen bien la existencia humana y dan sentido a nuestra vida.

Alguien (Heidegger) decía aquello de que: Solamente Dios puede salvarnos, y es una gran verdad.

[1] TILLICH, P. Se conmueven los cimientos de la tierra, 95.

[2] Tillich, P. Dinámica de la Fe, Buenos Aires, Ed Aurora, 1976, 7.

[3] Tillich, P. Dinámica de la fe, 10

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José María Castillo: «El clero, que rige a la Iglesia, le ha modificado el proyecto del Evangelio a Jesús

viernes, 28 de mayo de 2021
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De su blog Teología sin censura:

el-sexo-y-los-curas«Jesús nunca pretendió fundir su Evangelio con la Religión del templo y los sacerdotes»

Son los sacerdotes, desde sus templos, los que leen y explican el Evangelio como les conviene o no les complica la vida. Es lo que mejor le viene a la Religión. Y lo que explica que haya tanta gente muy religiosa, que está tan lejos del Evangelio

La pregunta, que brota de esta situación, es inevitable: ¿creemos en Dios? ¿en qué Dios creemos?    

La crisis religiosa, que crece imparablemente, sobre todo en los países más industrializados (los más ricos), se está manifestando no sólo en el abandono de las prácticas religiosas, sino sobre todo en el culmen y origen de tales prácticas: Dios mismo. Pero, como hacerse “ateo” descaradamente es asumir una postura más bienfea, en amplios sectores de la opinión pública, los “sabiondos” en cosas de religión buscan escapatorias, que les pueden venir estupendamente para maquillar sus posiciones ambiguas de abandono o incluso negación de Dios. Un ejemplo – quizá pertinente en este delicado asunto – pueda ser el reciente libro, de Roger Leaners, “Después de Dios, ¿otro modelo es posible?”.

Quienes piensan de esta manera (o se acercan a ella) deberían empezar pensando que la totalidad de la realidad no se agota en lo “inmanente”. El cristianismo ha basado su existencia precisamente en la aceptación de que lo “trascendente” es absolutamente imprescindible para que sea posible la totalidad de la realidad. Por esto precisamente, cuando el Evangelio afirma: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único de Dios… es el que nos lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18), en la base y fondo de esta afirmación, lo que en realidad se dice es que, si no aceptas la “trascendencia”, lo que no aceptas es el Evangelio. Es decir, lo que no aceptas es el cristianismo.

La enseñanza de Jesús a sus apóstoles fue tajante y clara en este sentido, según la repuesta que el mismo Jesús le dio a Felipe: “El que me ve a mí está viendo a Dios” (Jn 14, 9). ¿Qué estaba viendo Felipe? Un hombre condenado a muerte.Porque era un hombre considerado muy peligroso para el templo (“tópos” = “lugar santo”, cf. Bauer-Aland, col. 1693) (Jn 11, 48), una amenaza para los sacerdotes y para la Religión. Lo que, en realidad, nos viene a decir que la Religión no soporta el Evangelio. Un hombre bueno, Jesús, al que ni Pilato quiso matar, mientras que los profesionales de “lo sagrado” se burlaron de él hasta en su agonía (Mt 27, 38-44 par.). Porque, para ellos, Jesús (con su Evangelio) fue un “delincuente ejecutado” (G. Theissen).

Y es que la “conducta” (“êrga” = “obras”) (Mt 11, 2) de Jesús desconcertó incluso a Juan Bautista. La Religión se desconcertó ante el Evangelio. ¡Vamos a vencer el miedo! Y vamos a preguntarnos: ¿Creemos en el Dios de la Religión? ¿Creemos en el Dios del Evangelio? El Dios del Evangelio se da a conocer en “las obras” (“ta êrga”) de Jesús: (Jn 5, 20. 36; 9, 3 s; 10, 25. 32. 37 s): “Si no creéis en mí, creed en mis obras”. Es decir: “creed en mi conducta”. ¿Qué conducta? Dar vida: al paralítico, al ciego, al difunto, al pobre, al desamparado… Es una conducta para los demás. Tanto más, cuanto más necesitados.

En el caso de la Religión, se trata de una conducta exactamente al revés. Porque no es una conducta esencialmente “para los demás”, sino una conducta, ante todo, “para sí mismo”: es la sumisión, la obediencia, la exacta observancia, la subordinación “a superiores invisibles” (Walter Burkert). Y todo esto, ¿para qué? Para liberarse de sentimientos de culpa, para alcanzar lo que se desea, para obtener suerte, triunfo y gloria.

Ahora bien, dado que existen estas dos formas de relación con Dios, “para sí” y “para los demás”, el enorme problema que se nos plantea consiste en que la Iglesia, en los siglos primero al cuarto, vivió y se comportó de tal manera que, teniendo su origen en Jesús y su Evangelio, terminó fundiendo, en una difícil y extraña unidad, lo que, en la “teología narrativa” de los evangelios se nos muestra, se ve y se palpa como el enfrentamiento mortal entre la Religión y el Evangelio.

Pero esta fusión y confusión de Religión y Evangelio se ha complicado mucho más por el hecho, perfectamente comprensible, del “desequilibrio social” que, de facto e inevitablemente, se da y actúa entre la Religión y el Evangelio. La Religión da dinero, poder, importancia, influencia y exige sumisión. Mientras que el Evangelio se basa en el despojo y exige cercanía a identificación con lo pobre, lo marginal y todo cuanto despoja al discípulo, que asume, como proyecto de vida, el “seguimiento de Jesús”.

Según los evangelios, Jesús nunca pretendió fundir su Evangelio con la Religión del templo y los sacerdotes. El clero, que rige a la Iglesia, le ha modificado el proyecto del Evangelio a Jesús. Y son los sacerdotes, desde sus templos, los que leen y explican el Evangelio como les conviene o no les complica la vida. Es lo que mejor le viene a la Religión. Y lo que explica que haya tanta gente muy religiosa, que está tan lejos del Evangelio.

La pregunta, que brota de esta situación, es inevitable: ¿creemos en Dios? ¿en qué Dios creemos?

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“Abiertos al Espíritu”. Pentecostés – B. (Juan 20,19-23)

domingo, 23 de mayo de 2021
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821292-300x261No hablan mucho. No se hacen notar. Su presencia es modesta y callada, pero son «sal de la tierra». Mientras haya en el mundo mujeres y hombres atentos al Espíritu de Dios será posible seguir esperando. Ellos son el mejor regalo para una Iglesia amenazada por la mediocridad espiritual.

Su influencia no proviene de lo que hacen ni de lo que hablan o escriben, sino de una realidad más honda. Se encuentran retirados en los monasterios o escondidos en medio de la gente. No destacan por su actividad y, sin embargo, irradian energía interior allí donde están.

No viven de apariencias. Su vida nace de lo más hondo de su ser. Viven en armonía consigo mismos, atentos a hacer coincidir su existencia con la llamada del Espíritu que los habita. Sin que ellos mismos se den cuenta son sobre la tierra reflejo del Misterio de Dios.

Tienen defectos y limitaciones. No están inmunizados contra el pecado. Pero no se dejan absorber por los problemas y conflictos de la vida. Vuelven una y otra vez al fondo de su ser. Se esfuerzan por vivir en presencia de Dios. Él es el centro y la fuente que unifica sus deseos, palabras y decisiones.

Basta ponerse en contacto con ellos para tomar conciencia de la dispersión y agitación que hay dentro de nosotros. Junto a ellos es fácil percibir la falta de unidad interior, el vacío y la superficialidad de nuestras vidas. Ellos nos hacen intuir dimensiones que desconocemos.

Estos hombres y mujeres abiertos al Espíritu son fuente de luz y de vida. Su influencia es oculta y misteriosa. Establecen con los demás una relación que nace de Dios. Viven en comunión con personas a las que jamás han visto. Aman con ternura y compasión a gentes que no conocen. Dios les hace vivir en unión profunda con la creación entera.

En medio de una sociedad materialista y superficial, que tanto descalifica y maltrata los valores del espíritu, quiero hacer memoria de estos hombres y mujeres «espirituales». Ellos nos recuerdan el anhelo más grande del corazón humano y la Fuente última donde se apaga toda sed.

José Antonio Pagola

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“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo”. Domingo 23 de mayo de 2021. Pentecostés

domingo, 23 de mayo de 2021
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34-PentecostesB cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 2,1-11: Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar:
Salmo responsorial: 103: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
1Corintios 12,3b-7.12-13: Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo:
Juan 20,19-23: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo.
En el presente ciclo B pueden utilizarse tambien las siguientes lecturas:
Gálatas 5,16-25: El fruto del Espíritu.
Juan 15,26-27;16,12-15: El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.

Cualquier gran ciudad de nuestro mundo rememora ya el ambiente de la torre de Babel: pluralidad de lenguas, pluralidad de culturas, pluralidad de ideas, pluralidad de estilos de vida y problemas inmensos de intolerancia e incomprensión entre los que la habitan. ¿Cómo convivir y entenderse quienes tienen tantas diferencias? La situación está volviéndose especialmente problemática en los países desarrollados, pero también en las grandes ciudades de todo el mundo. Inmigrantes del campo, del interior, de otras provincias o países que lo dejan todo para buscar un trabajo, un hogar, un lugar donde recibir sustento y calidad de vida. A la desesperada son cada día más los que abandonan su país para tocar a la puerta de los países desarrollados, aunque para ello haya que surcar mares tenebrosos en barcas desamparadas. Llegar a la otra orilla es la ilusión… Y cuando llegan, si es que los dejan entrar, comienza un verdadero calvario hasta poder situarse al nivel de los que allí viven. Nuestro mundo se ha convertido ya en paradigma de la torre de Babel, palabra que significaba «puerta de los dioses». Así se denominaba la ciudad, símbolo de la humanidad, precursora de la cultura urbana. Una ciudad en torno a una torre, una lengua y un proyecto: escalar el cielo, invadir el área de lo divino. El ser humano quiso ser como Dios (ya antes lo había intentado en el paraíso a nivel de pareja, ahora a nivel político) y se unió (-se uniformó-) para lograrlo.

Pero el proyecto se frustró: aquél Dios, celoso desde los comienzos del progreso humano, confundió (en hebreo, “balal”) las lenguas y acabó para siempre con la Puerta de los dioses (“Babel”). Tal vez nunca existió aquel mundo uniformado; quizá fue sólo una tentadora aspiración de poder humano. Después del castigo divino, las diferentes lenguas fueron el mayor obstáculo para la convivencia, principio de dispersión y de ruptura humana. El autor de la narración babélica no pensó en la riqueza de la pluralidad e interpretó el gesto divino como castigo. Pero hizo constar, ya desde el principio, que Dios estaba por el pluralismo, diferenciando a los habitantes del globo por la lengua y dispersándolos.

Diez siglos después de escribirse esta narración del libro del Génesis, leemos otra en el de los Hechos de los Apóstoles. Tuvo lugar el día de Pentecostés, fiesta de la siega en la que los judíos recordaban el pacto de Dios con el pueblo en el monte Sinaí, «cincuenta días» (=«Pentecostés») después de la salida de Egipto.

Estaban reunidos los discípulos, también cincuenta días después de la Resurrección (el éxodo de Jesús al Padre) e iban a recoger el fruto de la siembra del Maestro: la venida del Espíritu que se describe acompañada de sucesos, expresados como si se tratara de fenómenos sensibles: ruido como de viento huracanado, lenguas como de fuego que consume o acrisola, Espíritu (=«ruah»: aire, aliento vital, respiración) Santo (=«hagios»: no terreno, separado, divino). Es el modo que elige Lucas para expresar lo inenarrable, la irrupción de un Espíritu que les libraría del miedo y del temor y que les haría hablar con libertad para promulgar la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús.

Por esto, recibido el Espíritu, comienzan todos a hablar lenguas diferentes. Algunos han querido indicar con esta expresión que se trata de “ruidos extraños”; tal vez fuera así originariamente, al estilo de las reuniones de carismáticos. Pero Lucas dice “lenguas diferentes”. Así como suena. Poco importa por lo demás averiguar en qué consistió aquel fenómeno para cuya explicación no contamos con más datos. Lo que sí importa es saber que el movimiento de Jesús nace abierto a todo el mundo y a todos, que Dios ya no quiere la uniformidad, sino la pluralidad; que no quiere la confrontación sino el diálogo; que ha comenzado una nueva era en la que hay que proclamar que todos pueden ser hermanos, no sólo a pesar de, sino gracias a las diferencias; que ya es posible entenderse superando todo tipo de barreras que impiden la comunicación.

Porque este Espíritu de Dios no es Espíritu de monotonía o de uniformidad: es políglota, polifónico. Espíritu de concertación (del latín “concertare”: debatir, discutir, componer, pactar, acordar). Espíritu que pone de acuerdo a gente que tiene puntos de vista distintos o modos de ser diferentes. El día de Pentecostés, a más lenguas, no vino, como en Babel, más confusión. “Cada uno los oía hablar en su propio idioma de las maravillas de Dios”. Dios hacía posible el milagro de entenderse.. Se estrenó así la nueva Babel, la pretendida de Dios, lejos de uniformidades malsanas, un mundo plural, pero acorde. Ojalá que la reinventemos y no sigamos levantando muros ni barreras entre ricos y pobres, entre países desarrollados y en vías de desarrollo o ni siquiera eso. Leer más…

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Con las puertas bien cerradas.

domingo, 23 de mayo de 2021
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pentecostesUna sinfonía debe ser como el mundo. Debe abarcar todo (Gustav Mahler)

23 de mayo, domingo de Pentecostés

Juan 20, 19-23

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos

En este domingo de Pentecostés amanecen los orígenes de la Iglesia y el inicio de la misión apostólica a todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones. Es el sentido de “empezaron a hablar lenguas extranjeras” del cap. 2, vers. 4 de los Hechos. El viento huracanado del Espíritu transformando las tablas de piedra muerta de Moisés en la carne viva del corazón de los creyentes. Su entendimiento se desplegó a la verdad y la vida. Así lo dijo Albert Einstein veinte siglos después: “La mente es igual que un paracaídas, sólo funciona si se abre”.

En la película María Magdalena del director australiano Garth Davis, estrenada en febrero de este año, la protagonista, aunque no parece haber estado aquel día en el Cenáculo, unió también su voz a la de los discípulos diciendo: “No me quedaré callada, me haré oír”. Quizás lo hizo siguiendo la insinuación del libro de los Hechos (2, 3) cuando dice de los Apóstoles que “Se llenaron todo de Espíritu Santo y empezaron a hablar lenguas extranjeras”.

María, según el film, es una joven que busca dar un nuevo sentido a su vida y que, a pesar de las jerarquías y reglas impuestas por su época, se atreve a desafiar a su familia y unirse a un nuevo movimiento social liderado por Jesús de Nazaret. Un retrato auténtico, único y humanista, de una de las figuras espirituales más enigmáticas e incomprendidas de la historia.

Davis explicó que quiso crear un mundo en el que la gente se pudiera identificar, para compartir el mensaje, muy simple, que es la idea de que la libertad individual viene dada por “el amor al prójimo”. Magdalena, aparece como una mujer de firmes principios que entiende que su camino está al lado de la religión, de ese mesías que ha llegado para conducirlos hacia un mundo mejor.

En 2016, el papa Francisco la declaró “apóstol de los apóstoles”. Simplificando el mensaje, que sí aparece en el Evangelio, se acentúa la idea de que el Reino famoso, del que se lleva hablando toda la película, estaba ya dentro de nosotros y que lo que tenemos que hacer no es ni creer, ni convertirnos, ni nada de eso. Solo sacar nuestra bondad de dentro y hacer bueno el mundo.

El Evangelio apócrifo de Felipe la menciona como “compañera” de Jesús, como la figuró Garth Davis. En la obra Otro Dios es posible Parte II, María y José Ignacio López Vigil, se escribe este magnífico diálogo en consonancia con dicha película y el relato evangélico:

¿Qué pasó aquella mañana del domingo cuando María Magdalena fue al sepulcro donde habían puesto su cadáver?

A lo que Jesús respondió: “Pasó que el Espíritu de Dios la llenó de fuerza, de alegría. A ella y a las otras mujeres. Y ellas animaron a los hombres, que seguían acobardados. Y salieron a las calles a contar a todo el mundo, que el Reino de Dios había cambiado, que las cosas pueden cambiar, que van a cambiar”.

El investigador Francis S. Collins, en su libro ¿Cómo habla Dios? dice: “Conforme leí el relato de la vida real de Jesús por primera vez en los cuatro Evangelios, la naturaleza testimonial de las narraciones y la enormidad de las afirmaciones de Cristo y sus consecuencias empezaron a penetrar en mí gradualmente”. ¿Pero para qué penetran? Para salir luego al exterior y ser testimonio de lo que uno vive, y luz que ayuda a los demás a hacer lo mismo.

La Naturaleza nos da también lecciones sobre esto. Los girasoles, por ejemplo, se despiertan y se mueven hacia el sol siguiéndole en su ruta de este a oeste como las agujas de un reloj, y al oscurecer giran en sentido contrario para esperar su salida a la mañana siguiente. Los días que no luce nublados se miran unos a otros para recibir y dar la energía recibida. Un transmitirse la vida como la que transfiere el relojero paseando calle arriba, calle abajo camino del Padre Eterno.

RELOJERO, SUBE Y BAJA

Calle arriba, calle abajo,
camino del cementerio,
sube y baja, baja y sube…
el relojero.

Lleva un reloj a la espalda
a ritmo de segundero.
Tiemblan todos los ancianos…
en el pueblo.

Trancan puertas y ventanas,
-mientras le ladran los perros-
con los ojos bien cerrados…
de alma y cuerpo.

Que no se asusten los niños,
que el reloj no va con ellos,
ni busques pala ni pico…
sepulturero.

La muerte no va con nadie;
tan solo va con el miedo.
Es vida, -¡paso a la Vida!-…
y es misterio.

Calle arriba, calle abajo,
camino del Padre Eterno,
sube vestido de blanco…
mi relojero

Doblen badajos al aire
desde la torre del pueblo
Suene a gloria la campana…
de mi templo.

(EN HIERRO Y EN PALABRAS. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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El espíritu os guiará hasta la verdad plena.

domingo, 23 de mayo de 2021
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portapent13Juan 20, 19-23

Pentecostés era una fiesta judía que se celebraba a los cincuenta días de la Pascua. Nosotros, los cristianos, celebramos la venida del Espíritu-Ruah (hebreo). Culmina así, el ciclo pascual. Pero, ¿cómo hablar hoy del Espíritu en un mundo globalizado que nos invita a vivir desde fuera, donde lo atractivo está fundamentalmente en el exterior? Incluso para los que nos decimos cristianos, ¿cómo se comunica Dios en nuestras comunidades? ¿Y en mí? ¿Somos capaces de percibirlo? ¿Lo reducimos a una fiesta más?

A veces en nuestra Iglesia nosotros también cerramos las puertas, quizá por miedo al futuro, al cambio, a equivocarnos o sencillamente porque “siempre ha sido así”. ¿Qué miedos crees que nos atenazan como Iglesia? Sin embargo, es el Espíritu el que nos convoca, el que nos trae su paz, el que nos une y permanece en medio de nosotros y hace que permanezcamos unidos más allá de nuestras diferencias. Él es el que viene a nuestras vidas, se comunica a la Iglesia y también a cada persona.

En este tiempo de pandemia que llevamos soportando más de un año ya, hemos vivido además, por circunstancias obvias, la ausencia de la Comunidad cristiana que da soporte, aliento y apoyo fraterno en cuantas celebraciones compartimos la fe, la vida y la esperanza; o esos momentos de silencio y oración que nos ayudan a desvelar permanentemente el Misterio de Dios en nosotros, en mí, en los demás, en el universo. Cuando vivimos en comunión con ese Misterio desde dentro, ¿qué actitudes me refuerza y cuáles me invita a dejar?, ¿qué resistencias frenan o dificultan la irrupción del Espíritu-Ruah en mí? ¿Soy capaz de ponerme en acción o me pueden la pasividad o la pereza?

Porque no son dos ámbitos contrapuestos lo interior y lo exterior. Sino que ambos son el reflejo de la irrupción del Espíritu en cada uno/a. Si hemos descubierto la abundancia y el derroche de dones que se nos da por pura gratuidad, “lo demás se dará por añadidura”. Si hemos acogido y experimentado en lo más íntimo de nuestro ser, aun de manera callada, sencilla y humilde, el misterioso proceder de Dios-Espíritu, nos daremos cuenta de que Él sigue actuando en mí, en todo ser humano (incluso antes de que yo/ tú mismo empezara/s a existir) “porque desde el principio estáis conmigo” y nos impulsa a la misma meta: “porque el Espíritu os guiará hasta la verdad plena”.

Que no es otra meta que vivir la mejor Humanidad, el Amor como fundamento de mi ser, “porque te he visto latiendo en los bancales,
favoreciendo, urdiendo…
porque me enseñas a ser en lo que era,
a olvidar mis estiajes en esta primavera…
porque es llegado el tiempo del que ama”… (José G. Nieto),
y así confluir, biológica y espiritualmente, en la íntima unión con la Divinidad.

San Pablo, en la Carta a los Gálatas, les recuerda algo de plena actualidad: “El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, disponibilidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí” (5,16-25). Lo exterior, lo interior forman parte de una misma realidad impregnada de bondad, belleza, armonía, amistad, equilibrio, conciliación, relación, unificación… Porque eso y no otra cosa es el plan de Dios para sus criaturas desde los orígenes (recuérdese el bellísimo relato de la Creación) y, me atrevería a decir, que el sueño de plenitud de todo ser humano en todas las religiones.

¿Cómo concretarlo, hoy, con los pies en la tierra? Jesús nos dejó un proyecto de Felicidad: las Bienaventuranzas. Hoy, podemos recrearlas en este nuevo Pentecostés:

Felices quienes, ante un hecho imprevisto, un grave diagnóstico, una ruptura dolorosa, se ponen en manos del Espíritu para afrontar con confianza/fe esa etapa incierta, difícil.

Felices quienes reconocen sus errores, debilidades, desalientos y “aun con las puertas cerradas por miedo…” salen de sí mismos y se dejan impulsar por el Espíritu.

Felices quienes despejan de puertas y ventanas obstáculos, prejuicios, quejas, pesimismos e inconvenientes y dejan entrar la luz del Espíritu que lo baña todo.

Felices quienes, a pesar de la edad, la experiencia, los batacazos… reviven la novedad del Espíritu y no se quedan aferrados al pasado sino que prosiguen su camino cada día.

Felices quienes saben sacar provecho de la historia, con sus etapas de esplendor y oscuridad, ni mejores ni peores que otras, dejando atrás estereotipos, mitos, tópicos y construyen, renovados por el Espíritu, las pequeñas historias de cada día tan llenas de amor, de esperanza, de utopía.

Felices quienes se dejan cautivar por la mirada limpia, los dones recibidos y la intuición-certeza del encuentro con Dios-Espíritu, aun sin saberlo, y todo ello de manera fugaz, imperceptible, íntima, cotidiana.

Felices quienes dan su tiempo, sus talentos, su carisma y, al mismo tiempo, saben acoger los de los demás en un intercambio fecundo y libre de dones, capacidades, habilidades y virtudes.

Felices quienes saben rastrear las huellas del Espíritu, seguir su dinamismo con humildad y atención constante a sus intuiciones e inspiraciones.

Felices quienes se arriesgan a vivir con actitud de apertura, servicio y encuentro, anticipando la salvación y siendo signo de la misma en la corresponsabilidad y en el compartir.

Felices porque sabiéndonos hijos/as de Dios, continuamos siendo ascuas en la lumbre no relumbrones fatuos, luz desde dentro, zarza ardiente en los desiertos de la vida, mesa en la que compartimos pan y vino, cuerpos inflamados por tu Espíritu que nos gloriamos en este nuevo Pentecostés de celebrar todo “lo que Dios ha hecho con nosotros” porque “abres tu mano y sacias de favores a todo ser viviente” (Sal 145, 15-16).

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

Fuente Fe Adulta

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“Confiar en el Evangelio”. Ascensión del Señor – B (Marcos 16,15-20)

domingo, 16 de mayo de 2021
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AscensiónLa Iglesia tiene ya veinte siglos. Atrás quedan dos mil años de fidelidad y también de no pocas infidelidades. El futuro parece sombrío. Se habla de signos de decadencia en su seno: cansancio, envejecimiento, falta de audacia, resignación. Crece el deseo de algo nuevo y diferente, pero también la impotencia para generar una verdadera renovación.

El evangelista Mateo culmina su escrito poniendo en labios de Jesús una promesa destinada a alimentar para siempre la fe de sus seguidores: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Jesús seguirá vivo en medio del mundo. Su movimiento no se extinguirá. Siempre habrá creyentes que actualicen su vida y su mensaje. Marcos nos dice que, después de la Ascensión de Jesús, los apóstoles «proclamaban el evangelio por todas partes y el Señor actuaba con ellos».

Esta fe nos lleva a confiar también hoy en la Iglesia: con retrasos y resistencias tal vez, con errores y debilidades, siempre seguirá buscando ser fiel al evangelio. Nos lleva también a confiar en el mundo y en el ser humano: por caminos no siempre claros ni fáciles el reino de Dios seguirá creciendo.

Hoy hay más hambre y violencia en el mundo, pero hay también más conciencia para hacerlo más humano. Hay muchos que no creen en religión alguna, pero creen en una vida más justa y digna para todos, que es, en definitiva, el gran deseo de Dios.

Esta confianza puede darle un tono diferente a nuestra manera de mirar el mundo y el futuro de la Iglesia. Nos puede ayudar a vivir con paciencia y paz, sin caer en el fatalismo y sin desesperar del evangelio.

Hemos de sanear nuestras vidas eliminando aquello que nos vacía de esperanza. Cuando nos dejamos dominar por el desencanto, el pesimismo o la resignación, nos incapacitamos para transformar la vida y renovar la Iglesia. El filósofo norteamericano Herbert Marcuse decía que «la esperanza solo se la merecen los que caminan». Yo diría que la esperanza cristiana solo la conocen los que caminan tras los pasos de Jesús. Son ellos quienes pueden «proclamar el evangelio a toda la creación».

José Antonio Pagola

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“Subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.”. Domingo 16 de mayo de 2021. Ascensión del Señor

domingo, 16 de mayo de 2021
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33-AscensionB cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 1,1-11: Lo vieron levantarse.
Salmo responsorial: 46: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.
Efesios 1,17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo.
O bien:Efesios: 4,1-13:
A la medida de Cristo en su plenitud.
Marcos 16,15-20: Subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

El tema protagonista de este domingo es, indiscutiblemente, «la Ascensión», la subida misma de Jesús al cielo. Un segundo tema es el de «el mandato misionero» que el autor de los Hechos de los Apóstoles que compuso aquella escena puso en boca de Jesús.

En el primer tema, «la ascensión misma», no serán pocos los predicadores que simplemente la darán por supuesta, como indubitablemente histórica en su literalidad textual; habrá creyentes sencillos, de los que de hecho todavía creen que Jesús emprendió una ascensión real, una subida física y vertical, «hacia el cielo», que saldrán de la misa con la misma fe de siempre en la Ascensión, la misma que tuvieron nuestros abuelos, y los abuelos de sus abuelos.

Otros predicadores tratarán el tema de la ascensión con una calculada ambigüedad en sus palabras, de forma que no afirme explícitamtente la historicidad literal de «la subida», pero tampoco la cuestione; simplemente, dejarla ahí, y saltar por encima de ella para centrarse en el segundo tema, el del mandato misionero.

Una tercera actitud sería la de abordar el tema «agarrando el toro por los cuernos», es decir, haciendo caer en la cuenta a los fieles, explícitamente, de que hoy día, ser cristiano no implica en absoluto la necesidad de creer en una «subida física de Jesús» hacia ninguna parte. No vamos a extendernos aquí en un tema que requiere una explicación clara y detallada. Recomendamos más bien la lectura de este iluminador texto de Leonardo Boff, que puede ser tomado de la biblioteca de los Servicios Koinonía, aquí: http://www.servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm Predicar claramente sobre estos elementos tan elementales, hacerlo con pedagogía y con delicadeza, sin brusquedad de «rompe y rasga», es algo que los fieles suelen agradecer –incluso explícitamente, yendo a la sacristía, tras la misa-. Recomendamos vivamente el texto también para utilizarlo en la reunión de estudio bíblico, o incluso para el estudio personal.

El tema del mandato misionero está asociado a la Ascensión por tradición. El final del evangelio de Marcos es el que asocia un mandato misionero de Jesús en el momento de «su despedida antes de partir para el cielo». Hoy sabemos que tal despedida-subida no es histórica, sino una genial composición literaria de Lucas, y que el capítulo final del evangelio de Marcos es añadido posterior, no original. Nada de ello daña en nada a la Misión, que no recibe su fuerza de que realmente fuera proclamada precisamente en la escena de la Ascensión. La Misión tiene otro fundamento, ajeno a la historicidad de la escena de la Ascensión. Por eso no beneficia a la Misión justificarla con un procedimiento mítico: «Jesús, antes de subir al cielo para irse al lugar de donde habría venido, al despedirse, pidió a sus amigos asumir la misión, ahora en una nueva etapa, hacia los confines del mundo». Proceder así, con esta argumentación «mítica» -que ha sido una argumentación bien radicional, empequeñece la misión, porque rebaja sus fundamentos hasta la categoría del mito. Qué sea la misión y qué fundamento tenga, habrá de definirse desde otros fundamentos. Leer más…

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16.5.2021. Ascensión de Jesús:Subir al cielo, liberar la tierra

domingo, 16 de mayo de 2021
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EC8414AA-C681-4242-8096-94DB453F9320-741x1024Del blog de Xabier Pikaza:

La Iglesia celebra este domingo la fiesta de la Ascensión de Jesús,que voy a presentar en dos partes:

a) Subir al cielo: Conforme a la visión tradicional, cumplida su tarea histórica, Jesús subió al «cielo», está sentado a la derecha del Padre. Él así el «pionero» de la Vida, abre un camino, traza una linea de Vida, descubre y ofrece (comparte) la humanidad de Dios, la divinidad del hombre.

b)Liberar la tierra. Conforme al Evangelio canónico de Marcos, que se lee y comenta en la liturgia de este día (ciclo B, Mc 16, 15-20), «subiendo al cielo», por su mismo gesto de «ascenso de gloria», Jesús desciende,él mismo y con los suyos, al infierno de la tierra, para liberar, perdonar, animar… abriendo así un espacio de reconciliación sobre la tierra. Éste es quizá el más extraño y abrupto de los evangelios; pocas veces se lee, casi nunca se comentado. Por eso he querido explicarlo con cierta detención, para gozo y compromiso de liberación.

  Solemos decir que ese «final» del evangelio de Marcos no es de Marcos el evangelista, sino un añadido posterior  que es posiblemente de la iglesia romana… De una iglesia que era entonces (principios del siglo II d.C.), valiente, rompedora, encarnada en un mundo de duros combates frente a todas las opresiones imperiales.

Como homenaje a ese iglesia de Roma quiero leer y comentar ese evangelio, aunque sea un poco largo. Buen día para todos los amigos de mi blog, este domingo de Ascensión.

| X Pikaza

 A. INTRODUCCIÓN

 El símbolo de la Ascensión constituye una forma de expresar la resurrección y glorificación de Jesús y, de esa forma, está latente en el conjunto del Nuevo Testamento, pero Lucas lo ha desarrollado de forma explícita, al final de su evangelio (Lc 24, 50-53) y al comienzo de los Hechos (Hech 1, 1-11), para completar de esa manera las apariciones de la pascua y para señalar que el Cristo no actúa ya en la forma antigua sobre el mundo.

Para representar la historia de la Pascua de Jesús  de esa manera, Lucas ha tenido que poner un límite temporal a las apariciones. En un primer momento no había necesario trazar unas fronteras entre el tiempo de pascual y el comienzo de la vida de la iglesia (cf. 1 Cor 15). Por eso, lo mismo que se había mostrado en el principio a las mujeres y a Pedro con los discípulos, Jesús podía seguirse revelando para mostrar nuevos caminos y experiencias dentro de la iglesia.

Pero, más tarde, una vez que los creyentes fueron tomando distancia en relación con los principios de la pascua, resultaba necesario poner unas fronteras    de unión y separación entre el pasado y presente de la Iglesia

(a) Hubo un tiempo de pascua, centrado en los cuarenta días de las apariciones de Jesús a los apóstoles. Aquellos fueron días de nacimiento: tiempo de la gran recreación y de enseñanza final para los discípulos antiguos, como un idilio de comunicación entre Jesús y sus discípulos. Los que tuvieron la fortuna de vivir aquellos días participaron de un acontecimiento único que ya no volverá a repetirse nunca más dentro de la historia (cf. Hech 1, 1-5).

(b) Este tiempo ha culminado y terminado en la Ascensión. Jesús tiene que marcharse de este mundo: dejar su antigua forma de presencia. Así aparece claramente en el gesto solemne del ascenso al cielo, desde el Monte de los Olivos (Lc 24, 50-53; Hech 1, 6-11). De ahora en adelante los cristianos ya no pueden apelar a nuevas formas de revelación fundante de Jesús. El tiempo de pascua ha terminado. Ya no pueden darse más apariciones normativas del Señor resucitado, porque la época pascual ha pasado.

          Posiblemente, el autor de Lucas-Hechos ha reelaborado tradiciones anteriores que hablaban de una aparición de Jesús en la montaña, en la línea de Mt 28, 16-20, pero no en Galilea, sino en Jerusalén. De esa forma sube al Monte de los Olivos,  pero no para quedarse allí, sino para Ascender al misterio de Dios, a la plenitud de la gloria, para sentarse a la derecha de Dios Padre (cf. Hech 2, 33).

De esa forma, la aparición enla el Monte de los Olivos se convierte en última aparición, la visión pascual se vuelve experiencia de despedida: «Jesús les dirigió fuera (de la ciudad), hacia Betania y levantando las manos les bendijo. Y sucedió que al bendecirles se separó de ellos y se elevaba hacia el cielo» (Lc 24, 50-51).

Los discípulos le preguntaban: «¿Es éste el tiempo en que debes restablecer el reino de Israel? Jesús les dijo: no os es dado conocer los tiempos y señales pues el Padre los ha puesto bajo su dominio; pero recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 6‑8).

Los discípulos   la victoria de Israel sobre los pueblos. Jesús no ha rechazado ese deseo, no les ha negado lo que piden; pero pone su camino y la verdad de su reinado a la luz del poder y del amor del Padre. Desde ese mismo fondo ofrece su promesa: la venida del Espíritu, el camino de la iglesia. Eso significa que el poder del reino debe traducirse en forma de mensaje universal de salvación. Jesús no viene a imponer su ley por fuerza, sino a ofrecer su salvación gratuita a todos los que buscan gracia sobre el mundo. Éste ha sido su mensaje, éste el sentido de su vi­da. Así lo muestra a sus discípulos, mientras «retorna» hacia el Padre.

«Y diciendo estas cosas, mientras ellos le miraban, fue elevado y una nube lo arrebató de su mirada. Y miraban hacia el cielo, viendo cómo se elevaba he aquí que aparecieron ante ellos dos varones, vestidos de blanco. Y les dijeron: varones galileos ¿qué hacéis mirando al cielo? Este mismo Jesús que ha sido elevado de vosotros al cielo volverá de nuevo, en la forma en que le habéis visto subir hacia los cielos» (Hech 1, 9‑11).

Este es el texto básico de la Ascensión de Jesús: ha terminado su misión histórica; por eso tiene que marchar, dejando espacio a sus discípulos.

La Ascensión aparece así como Despedida (fin del tiempo pascual), una Elevación (queda acogido en el misterio de Dios) y una Promesa (envía el Espíritu a los suyos y volverá al fin de los tiempos). Jesús ha subido hacia la altura de Dios, desbordando el plano de historia y geografía de la tierra, para culminar el despliegue de su vida (evangelio de Lc) de manera que puede comenzar el tiempo de la iglesia (Hechos).

 Simbólicamente, la Ascensión marca el fin de la historia de Jesús y se expande como promesa de retorno. El mismo Jesús que ha subido volverá. De esa forma, entre ascenso y retorno del Cristo, se abre un tiempo nuevo, propio de la misión y tarea de la iglesia. (Texto tomado de Diccionario Biblia… pag 120-122); imagen: Templete de la Ascensión en el Monte de los Olivos)

B. ASCENSIÓN DE JESÚS, DESCENSO LIBERADOR DE LA IGLESIA .EVANGELIO CANÓNICO  DE MARCOS (Mc 16, 15-20)

— El Evangelio de Juan identifica la Ascensión con la Crucifixión: Jesús elevado en la Cruz «sube» (se introduce) en el misterio pleno de Dios y lo atrae todo hacia su Vida.

— Mt 28, 16-20 interpreta la Ascensión como presencia misionera de Jesús en sus discípulos: Él se aparece en la Montaña de Pascua en Galilea y les envía al mundo entero: «y yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos».

En esa línea avanza el texto de hoy, tomado del apéndice “canónico” de Marcos, uno de los textos más significativos de la historia de la iglesia, «manual» de exorcistas y carismáticos, guía de la misión de una iglesia llamada a descender al infierno de este mundo para ofrecer allí la liberación de Cristo.

– Es un  texto extraño, abrupto, que rompe el «discurso» anterior de Marcos (que acaba en Mc 16, 8) y ofrece un compendio de la misión cristiana, desde una perspectiva carismática y milagrosa de decisión, valentía (osadía) y esperanza, pero con el riesgo de insistir en aspectos «milagrosos» que no responder al texto anterior del evangelio. — Es un texto añadido por un «redactor» eclesial. A mediados del s. II, algunos manuscritos del evangelio de Marcos comenzaron a incluir tras Mc 16, 8 un apéndice, que antes circulaba quizá de forma independiente, con un compendio de experiencias pascuales, y un mandato misionero con la Ascensión del Señor (que ahora presentamos: Mt 16, 15-20). Este pasaje (que surgió probablemente en la Iglesia de Roma)recoge, en forma de resumen o compendio, algunos testimonios fundamentales de la experiencia pascual y del comienzo de la Iglesia.

— Es un pasaje espléndido, que expresa la fe de una iglesia antigua, quizá la de Roma, un compendio del cristianismo de milagros, es decir, de encarnación «rompedora» formulado de manera rompedora en la miseria del mundo, para transformarlo y curarlo desde Cristo, como he puesto de relieve  en Comentario de Marcos,VD, Estella 2013.

 Mc. 16,15-20. Ascenso de Jesús, descenso liberador de la Iglesia   

(a. Envío) 15 Jesús resucitado les dijo (a todos los discípulos): Yendo a todo el mundo, proclamad el evangelio a toda creatura

(b. Juicio) 16 Quien crea y sea bautizado, se salvara; quien no crea, será juzgado.

(c. Señales) 17 Estas señales acompañarán a los creyentes: expulsarán demonios en mi nombre, hablarán en lenguas nuevas, 18 y tomarán serpientes venenosas en sus manos, y si bebieran algo venenoso no les hará daño, impondrán las manos sobre los enfermos y éstos sanarán. 19 Por su parte, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo – y se sentó a la derecha de Dios.

(d. Cumplimiento) 20 Ellos, pues, saliendo, predicaron por todas partes (pantakhou), con la cooperación el Señor (Kyrios) y el fortalecimiento de la Palabra (Logos), por medio de las señales que les seguían

De manera sistemática y precisa se exponen aquí los elementos principales de la pascua de Jesús y de la misión del evangelio, en un pasaje condensado que ofrece semejanzas  con 1 Cor 15,5-7; Mt 28,16-20; Jn 20,19-23; Lc 24,36-49; Hch 1,6-8  De manera sorprendente, el nuevo esquema incluye rasgos que parecen arcaicos (algunos signos que harán los misioneros) y otros que pudieran tomarse como ya avanzados dentro del mensaje y camino de la Iglesia. Éste es, como he dicho, un texto rompedor, que puede compararse con la misión que proclama el Papa Francisco de Roma:

16,15. El gran envío Id a todo el mundo (kosmos) y proclamad el evangelio a toda creatura (ktisis). Éste es el envío mesiánico universal, el acta fundacional de la Iglesia, a partir de los Once y del resto de la iglesia primitiva, que se había reunido para llorar por Jesús.

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Ascensión del Señor. Ciclo B. Triunfo y misión

domingo, 16 de mayo de 2021
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Ecce Homo +Elisabeth Ohlson Wallin+1998Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Subir al cielo como imagen del triunfo (Hechos 1,1-11)

La imagen de Jesús subiendo al cielo ha sido bastante representada por los artistas, y la tenemos incorporada desde niños, además de formar parte de nuestra profesión de fe. Alguno podría imaginar que esta escena se encuentra en los cuatro evangelios. Sin embargo, el único que la cuenta es Lucas, y por dos veces: al final de su evangelio y al comienzo del libro de los Hechos.

En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.

Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».

Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:

-Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?

Les dijo:

-No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”.

Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

-Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo.

 

Los cuarenta días. El evangelio de Lucas y los otros evangelistas no dice nada de este período de 40 días entre la resurrección y la ascensión. ¿Por qué lo introduce Lucas en el libro de los Hechos? ¿Qué quiere decirnos? El número 40 se usa en la Biblia para indicar plenitud, sobre todo cuando se refiere a un período de tiempo. El diluvio dura 40 días y 40 noches; la marcha de los israelitas por el desierto, 40 años; el ayuno de Jesús, 40 días… Se podrían citar otros muchos ejemplos. En este caso, lo que pretende decir Lucas es que los discípulos necesitaron más de un día para convencerse de la resurrección de Jesús, y que este se les hizo especialmente presente durante el tiempo que consideró necesario, para terminar también de instruirlos sobre el Reino de Dios.

La comida de despedida. Se centra en la orden de Jesús de permanecer en Jerusalén hasta que reciban el Espíritu Santo. Algo parecido había escrito Lucas en el evangelio: «Quedaos en la ciudad hasta que seáis revestidos de una fuerza de lo alto». Aquí queda más clara la referencia al Espíritu Santo, preparándonos para la próxima fiesta de Pentecostés.

La expansión del evangelio frente a la preocupación política. Se supone que el grupo se pone en marcha hacia el monte de los Olivos, porque más tarde se dirá que «se volvieron a Jerusalén desde el monte de los Olivos». Al llegar allí los discípulos manifiestan su preocupación puramente política: la restauración del reino de Israel. Su pregunta le sirve a Jesús para volver la atención a lo realmente importante: la venida del Espíritu, que les dotará de fuerza para extender el evangelio desde Jerusalén hasta el confín de la tierra. Estas palabras resumen lo que contará el libro, que anuncia la llegada del evangelio a Samaria, la costa, los paganos de Cesarea, Antioquía de Siria, actual Turquía, Grecia, terminando en Roma (que algunos consideran «el confín del mundo»). Apenas terminado de decir esto, Jesús es arrebatado e, igual que se contaba de Hércules, una nube lo oculta. Mientras los discípulos miran al cielo se les aparecen dos personajes vestidos de blanco que les hablan de la vuelta definitiva de Jesús.

La ascensión. Con respecto al relato del evangelio se advierten notables diferencias.

En el evangelio, Jesús bendice antes de subir al cielo (en Hch, no).

En Hechos, una nube oculta a Jesús (en el evangelio no se menciona la nube).

En el evangelio, los discípulos se postran (en Hch se quedan mirando al cielo).

En el evangelio vuelven a Jerusalén; en Hch se les aparecen dos personajes vestidos de blanco.

Si el mismo autor, Lucas, cuenta el mismo hecho de formas tan distintas, significa que no podemos quedarnos en lo externo, en el detalle, sino que debemos buscar el mensaje profundo.

La idea de la ascensión resulta chocante al lector moderno por dos motivos muy distintos: 1) no es un hecho que hayamos visto; 2) se basa en una concepción espacial puramente psicológica (arriba lo bueno, abajo lo malo), que choca con una idea más perfecta de Dios.

Precisamente por esta línea psicológica podemos buscar la explicación. Desde las primeras páginas de la Biblia encontramos la idea de que una persona de vida intachable no muere, es arrebatada al cielo, donde se supone que Dios habita. Así ocurre en el Génesis con el patriarca Henoc, y lo mismo se cuenta más tarde a propósito del profeta Elías, que es arrebatado al cielo en un carro de fuego. Interpretar esto en sentido histórico (como si un platillo volante hubiese recogido al profeta) significa no conocer la capacidad simbólica de los antiguos.

Sin embargo, existe una diferencia radical entre estos relatos del Antiguo Testamento y el de la ascensión de Jesús. Henoc y Elías no mueren. Jesús sí ha muerto. Por eso, no puede equipararse sin más el relato de la ascensión con el del rapto al cielo.

Es preferible buscar la explicación en la línea de la cultura clásica greco-romana. Aquí sí tenemos casos de personajes que son glorificados de forma parecida tras su muerte. Los ejemplos que suelen citarse son los de Hércules, Augusto, Drusila, Claudio, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Los incluyo al final para los interesados.

Estos ejemplos confirman que el relato tan escueto de Lucas no debemos interpretarlo al pie de la letra, como han hecho tantos pintores, sino como una forma de expresar la glorificación de Jesús.

Sentarse a la derecha de Dios como imagen del triunfo (Efesios 1,17-23)

La segunda lectura es muy interesante para interpretar rectamente la fiesta de hoy. No habla de la ascensión de Jesús al cielo, pero se explaya hablando de su triunfo con una imagen distinta: está sentado a la derecha de Dios, por encima todo y de todos.

Hermanos: El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro. Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

Subir y sentarse a la derecha de Dios, insistiendo en la misión (Marcos 16,15-20)

El evangelio de Marcos, en su versión original, terminaba de forma bastante abrupta, diciendo que las mujeres que habían ido al sepulcro, aunque reciben el encargo de ir a decir a los discípulos que Jesús ha resucitado y que lo verán en Galilea, muertas de miedo no dijeron nada a nadie (16,8). No sabemos por qué el autor quiso terminar su obra de esta forma. Como una película que acaba cuando nadie lo espera y suscita muchos comentarios. Quizá fuese esa su intención: provocar al lector.

Años más tarde, un autor que conocía los evangelios de Mateo y Lucas, y el libro de los Hechos, recogió de ellos, dándoles un enfoque muy personal, algunos relatos de apariciones de Jesús y la noticia final sobre su ascensión al cielo. Estos versículos 16,9-20 es lo que se conocen como el «final largo de Marcos». De él está tomado el fragmento de hoy (Mc 16,15-20).

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los once y les dijo:

-Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.

Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.          

Las dos primeras lecturas han usado dos imágenes distintas para hablar de la glorificación de Jesús: ser llevado al cielo y sentarse a la derecha de Dios. Aquí, en el penúltimo párrafo, se unen ambas: «fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios». Una forma muy humana de hablar, pero habitual en la Biblia. Jesús subió triunfalmente al cielo y ahora sigue ocupando la máxima dignidad junto a Dios Padre.

Pero el evangelio concede más importancia aún al tema de la misión de los apóstoles, como se advierte comparándolo con la 1ª lectura.

En Hechos, los discípulos muestran una vez más su preocupación política por la restauración del reino de Israel, y Jesús desvía la atención hacia la próxima venida del Espíritu Santo, que les dará fuerzas para ser sus testigos en todo el mundo.

En Marcos, el tema de la misión se trata en cinco puntos:

1) Orden de ir al mundo entero a proclamar la buena nueva.

2) Esa noticia puede ser aceptada o rechazada, pero con consecuencias muy distintas en cada caso.

3) Se mencionan las señales que acompañarán a los misioneros: expulsión de demonios, don de lenguas, inmunidad ante ataques de serpientes, curaciones. Estas señales recuerdan lo que se cuenta en el libro de los Hechos de los Apóstoles a propósito de Pablo.

4) En Hechos, la reacción de los discípulos es quedarse embobados mirando al cielo. En Marcos, se ponen en marcha de inmediato a pregonar el evangelio por todas partes.

5) En Hechos se habla de la fuerza del Espíritu Santo que acompañará a los apóstoles. En Marcos, «el Señor cooperaba y confirmaba el mensaje con las señales que lo acompañaban».

Por eso, la Ascensión o triunfo de Jesús no es motivo para quedarse mirando al cielo. Hay que mirar a la tierra, al mundo entero, en el que los discípulos de Jesús debemos continuar su misma obra, contando con la fuerza del Espíritu y la compañía continua del Señor.

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16 de Mayo. VII Domingo de Pascua. La Ascensión del Señor. 15 Mayo, 2021

domingo, 16 de mayo de 2021
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Ellos salieron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba con ellos”

(Mc 16, 15-20)

En su origen, el evangelio de Marcos terminaba de una manera un poco brusca, tal vez cortante, con las mujeres en la mañana de resurrección, que llenas de temor huyen del sepulcro y no cuentan a nadie lo que han visto y oído por miedo. Miedo, ¿a qué? Ni idea. Además de ser cortante, con este final no es que las mujeres salgamos muy bien paradas… ¡miedosas!.

Pero después hubo un añadido, un apéndice, y es el que nos va situando en el evangelio de hoy. Primero habla de incredulidad, una característica muy propia de nuestra condición humana. No creyeron a María de Magdala y prefirieron continuar tristes y llorando; tampoco a los que se encontraron con Jesús de camino a Emaús; no creemos a las demás y dudamos de ellas, de sus capacidades, hasta que vemos con nuestros propios ojos. Y luego nos supone un esfuerzo decir “tenías razón”.

No creyeron hasta que se presentó Jesús cuando estaban todos juntos a la mesa. Y ahí, en medio del grupo, de la comunidad, en medio del miedo, de la incredulidad, de la tristeza y las lágrimas, confiando una vez más en ellos les encargó: ID por todo el mundo y proclamad la buena noticia. Y ellos fueron, salieron, sabiendo que el Maestro les acompañaba.

Salgamos nosotras también. Porque no solo hoy en esta fiesta de la Ascensión, sino en cada Eucaristía, en cada celebración que estamos juntas a la mesa, en torno al Pan bendito, cada vez que somos conscientes de la presencia de Jesús en medio de la comunidad, en medio de nuestra condición humana vuelve a confiar en nuestra fragilidad y nos encarga ID. Vayamos, salgamos como discípulas que somos, sabiendo que el Maestro nos acompaña. Salgamos, y que se nos note que lo sabemos.

Oración

Gracias, Trinidad Santa, por sacarnos una y otra vez de nuestro barro. Bendita seas. Amén.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Una vez muerto, Jesús está fuera del tiempo y el espacio.

domingo, 16 de mayo de 2021
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ASCENSIONMc 16, 15-20

¿Qué estamos celebrando? Es la pregunta que debemos hacernos hoy. Nos va a costar Dios y ayuda superar la visión física, corpórea y chata de la Ascensión, que venimos aceptando durante demasiados siglos. Nos encontramos con el problema de siempre: confundir la realidad con el relato mítico. La Ascensión no es más que un aspecto de la cristología pascual. Resurrección, Ascensión, glorifica­ción, Pentecostés, constituyen una sola realidad, que está fuera del alcance de los sentidos. Esa realidad no temporal, no localizable, es la más importante para la primera comunidad y es la que hay que tratar de descubrir.

Hoy tenemos conocimientos suficientes para intentar una interpretación más acorde con lo que los textos nos quieren trasmitir. No podemos seguir pensando en un Jesús subiendo físicamente más allá de las nubes. Para poder entender la fiesta de la Ascensión, debemos volver al tema central de Pascua. Estamos celebrando la Vida, pero no la biológica sino la divina. Esa Vida no está sujeta al tiempo, por lo tanto no hay en ella acontecimientos, es eterna, plena e inmutable. Solo teniendo en cuenta estas sencillas verdades, podremos comprender adecuadamente lo que estamos celebrando este domingo.

Mateo no sabe nada de una ascensión. Juan no habla de ascensión, pero en la última aparición, Jesús dice a Pedro: “si quiero que éste permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?” Está claro que para volver, primero tiene que irse. El final canónico de Marcos, que leemos hoy y fue añadido a mediados del s. II, nos dice que Jesús sentó a la derecha de Dios. Solo Lucas nos habla de ascensión: “se separó de ellos y fue elevado al cielo”. En Hechos nos cuenta, con todo lujo de detalles, la subida de Jesús al cielo.

Relatos de raptos eran frecuentes en la literatura clásica. Tito Livio, en su obra histórica sobre Rómulo dice: “Cierto día Rómulo organizó una asamblea popular junto a los muros de la ciudad para arengar al ejército. De repente irrumpe una fuerte tempestad. El rey se ve envuelto en una densa nube. Cuando la nube se disipa, Rómulo ya no se encontraba sobre la tierra; había sido arrebatado al cielo”. Tenemos otros ejemplos: Heracles, Empédocles, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Todos siguen el mismo esquema.

El AT cuenta el rapto de Elías. También se habla de la asunción de Henoc en (Gen 5, 24). El libro eslavo de Henoc, escrito judío del siglo primero después de Cristo, describe el rapto de Henoc: “Después de haber hablado Henoc al pueblo, envió Dios una fuerte oscuridad sobre la tierra que envolvió a todos los hombres que estaban con Henoc. Y vinieron los ángeles y cogieron a Henoc y lo llevaron hasta lo más alto de los cielos. Dios lo recibió y lo colocó ante su rostro para siempre”. Nada nuevo bajo el sol.

La palabra “cielo” es muy utilizada en religión. La repetimos dos veces en el Padrenuestro, dos en el Gloria y tres en el credo. Arrastra una amplia gama de significados desde la cultura griega y de todo el Oriente Medio. La complejidad de las concepciones del mundo físico en aquella época explica los innumerables matices que encontramos en el “cielo” teológico. No es fácil dilucidar qué sentido se quiere dar a la palabra en cada caso. En el bautismo de Jesús, el cielo se rasgó y lo divino bajó hasta él. Cuando termina su ciclo vital, el cielo se rompe para que Jesús vuelva a traspasar el límite de lo terreno, para entrar en él.

Un dato muy interesante, que nos proporciona la exégesis, es que las más antiguas expresiones de la experiencia pascual que han llegado hasta nosotros, sobre todo en escritos de Pablo, están formuladas en términos de exaltación y glorifica­ción, no con la idea de resurrección y menos aún de ascensión. En el AT encontramos abundantes textos que hablan del siervo doliente, machacado por los hombres, pero reivindicado por Dios. Esta fue la base de la idea de glorificación con la que se quiso expresarse la experiencia pascual.

Lo que celebramos no está en el tiempo, pertenece al hoy como al ayer, no hace referencia a un pasado. Son realidades que están hoy en nuestra propia vida. Puedo vivirlas como las vivieron los discípulos. El hombre Jesús se transforma definitivamen­te, alcanzando la meta suprema. Se hace una sola realidad con Dios. Nosotros necesitamos desglosar esa realidad para intentar penetrar en su misterio, analizando los distintos aspectos que la integran. La Ascensión quiere manifestar que llegó a lo más alto, pero no en sentido físico.

La verdadera ascensión de Jesús empezó en el pesebre y terminó en la cruz cuando exclamó: «consumatum est». Ahí terminó la trayectoria humana de Jesús y sus posibilidades de crecer. Después de ese paso, todo es como un chispazo que dura toda la eternidad. Pero había llegado a la plenitud total en Dios, precisamen­te por haberse despegado (muerto) de todo lo que en él era caduco, transitorio, terreno. Solo permaneció de él lo que había de Dios y por tanto se identificó con Dios totalmente. Esa es también nuestra meta. El camino también es el mismo de Jesús: despegarnos de nuestro ego.

La experiencia pascual consistió en ver a Jesús de una manera nueva. El haber vivido con él, el haber escuchado lo que decía y visto lo que hacía, no les llevó a la comprensión de su verdadero ser. Estaban demasiado pegados a lo externo, y lo que hay de divino en Jesús no puede entrar por los sentidos. Su desaparición les obligó a mirar dentro de sí, y descubrir allí lo que había vivido Jesús. Solo entonces ven al verdadero Jesús. Seguimos apegados a una imagen terrena de Jesús que nos impide descubrir su verdadero ser.

Para comprender la ascensión debemos tener en cuenta el descenso. Jesús bajo a los infiernos, “descendit ad ínferos” es decir a lo más bajo. Solo desde ahí su puede hacer el ascenso total y definitivo. Desde lo más bajo a lo más alto. Pero no recuperando el estado anterior sino permaneciendo en la Nada identificado con el Todo. No aceptamos ese descenso definitivo porque no está de acuerdo con las pretensiones de nuestro ego. Es la experiencia de todos los místicos. Para llegar a serlo todo debes convertirte en Nada.

Jesús no bajó a los infiernos como triunfador. Esa es la imagen mítica que se tenía de muchos personajes antiguos. Jesús bajó realmente a lo más bajo con su muerte. La muerte en la cruz no era una forma más de deshacerse de una persona que molesta. Era un intento en toda regla no solo de matar a la persona sino de hacerla desaparecer. Se trataba de aniquilarlo en el sentido etimológico de la palabra. Convertirle en nada. Era un castigo tan rotundo que eliminaba todo recuerdo del ajusticiado.

No tiene ningún sentido pensar que después de condenarlo a la cruz, se permitiera enterrarlo con todos los honores. Ni embalsamamiento ni sepulcro nuevo ni guardas custodiando el sepulcro tienen ningún sentido. No hubo ningún sepulcro ni vacío ni lleno. A los crucificados se les echaba en una fosa común sin enterrarlos para que los comieran las aves y los animales carroñeros. No dejaban ninguna posibilidad para que el muerto fuera recordado, mucho menos honrado y agasajado. Ese descenso es la culminación de su ser. No fue una estrategia sino el signo de su aniquilamiento e identificación absoluta con Dios.

Meditación

Hoy nos fijamos en la meta a la que Jesús llegó,
que es, al mismo tiempo, el punto del que partió.
Todos hemos salido del Padre y hemos llegado al mundo.
Todos tenemos que dejar el mundo y volver al Padre.
Ese Padre está en lo más hondo de nuestro ser.
Si me empeño en buscarlo en otra parte, encontraré al ídolo.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Ascensión

domingo, 16 de mayo de 2021
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el-papa-visita-mexico-y-cuba_480_311Vacíate de la preocupación. ¿Por qué te quedas en prisión cuando la puerta es tan amplia? Muévete fuera de la maraña del miedo (Rumi)

13 de mayo. Domingo VII de Pascua. Ascensión del Señor

Mc 16, 15-20

Y les dijo: Id por todo el mundo proclamando la Buena Noticia 

Toda la Biblia, debe leerse siendo conscientes de que contiene muchas leyendas, símbolos, mitos y tradiciones del pueblo hebreo y otros pueblos.  Y, en este caso, el hecho de la Ascensión. Además, es importante que todos sus textos los ubiquemos e interpretemos en los contextos culturales en que fueron escritos. El ascenso de Mahoma es también un hecho milagroso, ya que se le concede la posibilidad de ver todas las características del cielo y del infierno. También Jesús había bajado a los infiernos y subido al cielo: “¿Qué quiere decir subió sino que también bajo a las regiones inferiores de la tierra? Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo” (Efesios 4, 9-10).

Y dicho esto, fue llevado de su presencia. Una nube lo envolvió de modo que ya no lo vieron más; desapareció y ellos se quedaron mirando al cielo. Mientras miraban atónitos hacia el lugar por donde se había ocultado, aparecieron junto a ellos dos ángeles con blancas vestiduras, que les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿qué hacéis asombrados mirando al cielo? Jesús ha sido llevado de aquí, según habéis visto. Y este mismo Señor, así como ha sido llevado al cielo ante vuestros ojos, así también volverá” (Hechos 1, 1-11).

El Museo del Prado nos permite contemplar un óleo sobre tabla –La Ascensión del Señor-del pintor belga Juan de Flandes (1460-1519). Oculto por una nube, Jesús asciende al cielo ante María y los Apóstoles, entre los que destaca Santiago con vara y sobrero de peregrino. La parte superior de su cuerpo aparece oculta para otorgar mayor protagonismo a las huellas de sus pies, impresas en la cima del Monte de los Olivos. Un ambiente de humanidad trascendida y una invitación a acompañarle, presiden todo el cuadro.

El célebre poeta místico musulmán persa conocido como Yalalad-Din Muhammad Rumi (1207-1273) nos explica cómo alcanzó la meta de lo trascendental por él tan soñada. En 1244 experimentó una profunda transformación, a raíz de su encuentro con un sufí errante llamado Shams-ol din Malekdad. Rumi abandonó toda ciencia, toda autoridad y toda posición social y religiosa, y, renacido en el Amor, se fue expandiendo hasta alcanzar la Unión con el Amado. El propio Rumi evocaba así aquel encuentro trascendental:

“Estaba muerto, volví a la vida; sólo lágrimas era,

me troqué en risa, 

me llegó la fortuna del amor, y, por su gracia, me hice eterno”.

A partir de ahí aconsejaba a sus discípulos que hicieran lo mismo, y les decía: Vacíate de la preocupación. ¿Por qué te quedas en prisión cuando la puerta es tan amplia? Muévete fuera de la maraña del miedo.

Otro tanto había hecho Jesús doce siglos antes. Primero renaciendo personalmente en el amor con el Padre, y luego proponiendo a sus seguidores la misión de ayudar a los demás a hacer otro tanto: Y les dijo: Id por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a todos (Mc 16, 15).

El Calendario 2018 de SED, nos invita a abrir nuestra vida a la trascendencia y a comprometernos con el hermano.

DANZA DE LA FRATERNIDAD

“El ritmo de la solidaridad une corazones y nos fortalece en la emocionante danza de la fraternidad.

Actuando con justicia evitas sufrimientos y promueves la paz.

Permite a tu espíritu salvar la barrera de lo material, lo inmediato, lo caduco… Abre tu vida a la trascendencia. Ejercítate en la meditación y llegarás a sentir los fundamentos de tu ser.

Sumergirse en el mundo natural serena el espíritu y cautiva los sentidos, de tal manera, que su música, emociona; y la paleta de sus colores sugiere caminos nuevos.

Situar tu vida ante la presencia de Dios misericordioso, que Jesús nos reveló como Padre, es oración. Oración que transforma el corazón, oración que te compromete con el hermano.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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