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15.12.24 Dom 3º. Adviento de Juan Bautista: Unos militare le preguntaron: Qué hacemos? (Lc 3)

domingo, 15 de diciembre de 2024
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IMG_9035Del blog de Xabier Pikaza:

Lucas 3, 10-18 ¿Qué hacemos nosotros?

En aquel tiempo, le preguntaban a Juan: «¿Entonces, qué hacemos?» Él contestó: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.»

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro ¿Qué hacemos nosotros?» Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido.» Unos militares le preguntaron: «¿Qué hacemos nosotros?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.»

Introducción. Juan Bautista no es Jesús, pero está en el camino de Jesús:

 El evangelio de Lucas está escrito en un contexto parecido al de Flavio Josefo, hacia el año 80/90 d.C.  y así presenta a Juan Bautista como un profeta moralista), diciendo que fue asesinado porque su mensaje escatológico (y su forma de vivir) podía provocar un levantamiento popular:

Juan, de sobrenombre Bautista… era un hombre bueno que recomendaba a los judíos que practicaran las virtudes y se comportaran justamente en las relaciones entre ellos y piadosamente con Dios y que, cumplidas esas condicione, acudieran a bautizarse…, dando por sentado que su alma estaba ya purificada de antemano con la práctica de la justicia.

Y como el resto de las gentes se unieran a él (pues sentían un placer exultante al escuchar sus palabras), Herodes, por temor a que esa enorme capacidad de persuasión que el Bautista tenía sobre las personas le ocasionara algún levantamiento popular (puesto que las gentes daban la impresión de que harían cualquier cosa si él se lo pedía), optó por matarlo, anticipándose así a la posibilidad de que se produjera una rebelión… Entonces, Juan, tras ser trasladado a la fortaleza de Maqueronte, fue matado en ella» (Josefo, Ant XVIII, 116-119).

 Josefo presenta  así  a Juan un moralista, parecido a los estoicos y cínicos de su entorno greco-romano, un predicador de la virtud (cumplir la ley y contentarse cada uno con lo suyo), como supone de manera convergente Lc 3, 10-14. Pero de esa forma no se explicaría bien la condena de Hyab, pues todo nos lleva a pensar que Herodes le mandó matar a Juan porque tuvo miedo de su protesta social y de su anuncio del Más Fuerte:

 Yo os bautizo en agua para conversión. Detrás de mí llega uno Más Fuerte que yo… Tiene el hacha levantada sobre la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Él os bautizará en Espíritu Santo y Fuego. Lleva en su mano el bieldo y limpiará su era: y reunirá su trigo en el granero; pero quemará la paja en fuego que jamás se apaga (Mt 3, 9-12; cf. Lc 3, 3-9).

             Con su gesto (bautismo) y su anuncio, Juan proclama su amenaza final, preparando la llegada del juicio, que es Hacha que corta los árboles sin fruto, Huracán que limpia la era y Fuego que quema la leña inútil y la paja. En esa línea, su bautismo evoca por un lado la muerte (¡todo será destruido!), y, por otro, abre una esperanza de salvación para aquellos que lo reciben, dejando que Juan les introduzca en el río, para renacer de esa forma a la vida que se acerca:

 ‒ Juan se opone al poder socio-religioso del Templo de Jerusalén, que ha tomado el monopolio de la religión judía. Por eso se distancia del templo y sus ritos, volviendo a la ribera oriental del Jordán, para anunciar e iniciar la nueva entrada en la tierra, en contra de un orden ritual que expulsa a publicanos y prostitutas, a quienes él acoge, como hará Jesús (cf. Mt 21, 31).

Juan rechaza orden socio-económico simbolizada de un modo especial en las comidas, pero no en una línea de pureza ritual, pues la miel silvestre (no bien refinada) es impura, lo mismo que el pelo de camello, sino en el sentido económico-comercial. A su juicio es impura la comida del mercado, vinculada a la injusticia social que impide que todos coman[1].

Mensaje de Juan según el evangelio de Lucas. Juan Bautista y el dinero

 Lucas ha reinterpretado el juicio escatológico de Juan en forma de enseñanza ética, convirtiéndole en un moralista. Ciertamente, Lc 3, 7-9 le presenta como intérprete del juicio profético (ya está cayendo el hacha contra la raíz del árbol…), en un contexto de gran importancia económica, comparable al Magníficat (Lc 1, 45-56). Pero más adelante, en Lc 3, 10-14, él ha traducido esa denuncia de juicio (fin de este mundo) en un mensaje de “organización ética de este mundo”, en la línea de una doctrina posterior de la Iglesia, que aparece en la glosa de Rom 17, 1-7, en 1 Pedro y en las Caras Pastorales de la tradición de Pablo . Este es un Juan cristianizado, en la línea tardía del tiempo de Lucas (90-100 d.C.), un moralista de la justicia y equilibrio universal:

 ‒ Economía universal, al servicio de la vida, no del capital. “La gente le preguntaba: – ¿Qué tenemos que hacer? Y les contestaba: El que tenga dos túnicas, que le dé una al que no tiene ninguna, y el que tenga comida que haga lo mismo” (Lc 3, 10-11). Comida y vestido no han ser objeto de compra-venta,  no han de estar al servicio del capital, sino de comunicación  interhumana y así deben compartirse, es decir, ponerse al servicio de todos, empezando por los pobres. Quien atesore dos túnicas (casas, comida, monedas…), mientras otros no tienen ninguna, destruye el principio central de la justicia. Ésta es la base de la moral, dirigida a todos, no sólo a sacerdotes o gobernantes. Los objetos básicos de la vida (vestido, comida) han de ponerse al servicio de todos, en línea de comunicación, no de compraventa. No se trata por ahora de creer en Jesús, ni de aceptar dogmas o caminos especiales… La única verdad moral consiste en compartir la vida, en contra de un sistema capitalista que amontona dinero (Mammón) mientras sigue habiendo gente sin comida o vestido.

Economía de administradores (Publicanos  servidores de hacienda, comerciantes…). “Vinieron también unos publicanos a bautizarse y le dijeron: Maestro ¿Qué tenemos que hacer? Él les respondió: No exijáis nada fuera de lo establecido” (diatetagmenon) (3, 12-13). Juan supone así que hay un orden (sistema) de economía, y de esa forma pide a los funcionarios que sólo exijan lo regulado, que no cobren más, ni utilicen su poder al servicio propio. Este Juan sabe que puede haber normas injustas, que deben cambiarse, pero debe mantenerse firme el principio anterior de compartir lo que se tiene. En contra del Apocalipsis, Juan Bautista  piensa que en principio los gestores del dinero  público  los pueden cumplir un servicio (¡de manera que no los demoniza!), pero sabiendo que en la base de todo es el principio anterior de “dar aquello que nos sobra a los necesitados…”. “Reyes y publicanos” no son dueños, sino administradores de unos bienes que son  para todos.

La economía está al servicio de los hombres, no los hombres al servicio de la economía.  Eso significa que los bienes han de ponerse al servicio de todos… no a la inversa. Este Juan aparece así como reformador, dentro del sistema, no para destruirlo, sino para ponerlo al servicio del bien común (para compartir túnica y comida, es decir, humanidad).

Una “economía” militar “También los soldados le preguntaban: – ¿Y nosotros qué debemos hacer? Juan les contestó: –No uséis la violencia, no hagáis extorsión a nadie, y contentaos con vuestra paga” (3, 14). Este Juan admite la función de los soldados del Imperio, a quienes concibe como policías (ministros del orden público) al servicio de  la paz universal. Muchos judíos de entonces querían que se aboliera el imperio romano y no hubiera soldados, pues su función es intrínsecamente perversa (cf. Dan 2.7 y Ap 12-13).

Pero Lucas admite la existencia de soldados, y los presenta incluso como “pioneros” evangélicos, es decir, como garantes de la paz público, en un servicio social de anticipación del evangelio  (cf. Hch 10-11, conversión de Cornelio). No es antimilitarista, no es anarquista, ni celota guerrillero. Admite a los soldados, pero cree y dice que ellos deben cambiar y por eso les pide tres cosas:

(a) No emplear violencia. Juan quiere soldados sin armas, sin cañones, sin carros de combate… Soldados como servidores de humanidad, para bien de la paz entre todos, un tipo de ángeles humanos para ayuda de los más débiles.Este Juan de Lucas supone que los soldados no son (no han de ser) ser portadores de violencia (no emplean la espada), sino ministros de un orden social que no puede imponerse matando, sino protegiendo a los demás, como pacifistas activos, arriesgándose al servicio de los débiles, para defenderles.

(b) No extorsionar a nadie. En esa línea, el Bautista utiliza una palabra plástica “me sykophantêsete”, no seáis psicofantes, no utilicéis vuestro poder para imponeros a los otros. En contra de los que utilizan las armas para matar y enriquecerse, para tomar el poder y mantenerse a la fuerza,  Juan pide a los soldados quelas pongan las armas  al servicio de los indefensos. Este Juan va en contra de los generales y generalitos de Roma que han acudido a diversos alzamientos militares para tomar el poder, para mantenerlo con sus pretorianos, para manejar los hilos de la política y de las armas al servicio de sí mismo.

(c) Contentarse con la paga”. Esta es la reflexión de fondo: Que el ejército no esté al servicio del dinero… no busque más o más dinero, que el Estado no se convierta en una Pluto-cracia al servio de las armas, de la guerra universal.   Lo mismo puede y debe decirse de los funcionarios (publicanos y empleados de la administración): No han de buscar dinero, sino cumplir su función al servicio de todos, sabiendo que la norma fundamental es la ya establecida: Si tienes dos túnicas dale una a quien no tiene ninguna.

Adviento del Bautista. …  Juan Bautista no es Cristo,

ni los comerciantes y soldados son Cristo, pero pueden ponerse al servicio de la humanidad, es decir, de Cristo.

 Juan Bautista puede situarse con los comerciantes y soldados en un camino de AdvientoEl proyecto y mensaje de Jesús se sitúa en ese contexto de gran crisis de Israel que estaba descubriendo y proclamando Juan Bautista. Pero, pasado un tiempo, Jesús  dejó el Jordán y vino a Galilea para iniciar por sí mismo el gran cambio, pero no para implantar el orden tranquilo que Lc 3, 10-14 atribuye más tarde a Juan Bautista (un equilibrio de publicanos y soldados), sino para anunciar la gran transformación mesiánica y liberadora de los pobres, en la línea del canto de su madre (Magníficat).

En esa línea, Jesús vendrá a ser el profeta universal de la justicia mesiánica, secular y campesina, enraizado en las tradiciones proféticas de liberación de Israel, desde la esperanza de los pobres. La tradición posterior intentará vincular su movimiento con la tradición letrada de escribas y rabinos (y eso puede contener un elemento positivo), pero él fue ante todo representante y testigo de la esperanza de su pueblo, desde los marginados sociales con los que había convivido. Ciertamente, aceptó algunos rasgos del mensaje de Juan, pero más que el juicio de Dios le interesará la vida de los pobres, la transformación de los campesinos, enfermos y excluidos, insistiendo así en el aspecto social del mensaje.

 Jesús fue profeta de vida, no de libro, promotor de libertad m de amor y comunión entre todos,  de manera que más que la gloria de Israel (su pureza nacional) le importaba la suerte de los marginados, excluidos, hambrientos y oprimidos, como había proclamado su madre (Magníficat). No buscó el equilibrio ético de Juan (tal como lo interpreta Lc 3, 10-14), ni el compromiso imperial de Rom 13, 1-7, sino que quiso situarse ante la desmesura del Dios de los profetas en una línea de amor fuerte que culmina de algún modo en el Apocalipsis.

Desde ese fondo ha de entenderse el camino de vuelta de Jesús a Galilea, que deja a Juan Bautista y, sin haberle condenado, comienza su misión liberadora en Galilea, ayudando de manera positiva a los que en ese momento se hallaban más oprimidos por la fuerza de los prepotentes.  No lo hace como sacerdote ni escriba, sino como líder profético campesino. Sólo desde ese fondo se entiende su evangelio.

[1] Juan condena toda comercialización de la comida: Es injusto comprar y vender comida en el mercado… al servicio del mercado. Al revés, el mercadeo ha de estar de los hombres. Por eso, los mercaderes han de ser «servidores» de la vida humana, no señores de ella.

(2) Juan condena toda militarización del ejército... Es injusto un ejército al servicio de su poder y de su guerra, como en tiempo de los alzamientos militares de Roma y del mundo moderno. Todo alzamiento militar que busca el poder militar,  dirigido por «brujos psicofantes» es demoníaco. Los soldados sólo tienen sentido como servidores pacíficos de la libertad y fraternidad humana, como han puesto de relieve los últimos papas de la iglesia católica, Juan XXII y Benedicto XVI, en la línea de Juan Bautista. Con ellos seguimos haciendo camino de Adviento hacia Cristo.

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Una buena noticia bastante extraña. Domingo 3º Adviento. Ciclo C.

domingo, 15 de diciembre de 2024
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san juan bautista el grecoIMG_9013Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Si el domingo pasado no hubiéramos celebrado la fiesta de la Inmaculada, los textos del domingo pasado dejaban claro el tono alegre del Adviento. Los de este domingo lo acentúan todavía más.Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate de todo corazón, Jerusalén”, comienza la 1ª lectura. Su eco lo recoge el Salmo: Gritad jubilosos, habitantes de Sión: Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel. La carta a los Filipenses mantiene la misma tónica: Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os repito, estad siempre alegres.” Y el evangelio termina hablando de la Buena Noticia; y las buenas noticias siempre producen alegría.

Las lecturas ofrecen materia abundante (¡demasiada!). Quien vaya a comentarlas debe seleccionar lo más importante para su auditorio.

 Alegría de Jerusalén y alegría de Dios (Sofonías 3,14-18)

Este breve texto, probablemente del siglo V a.C., aborda dos problemas políticos, con un final religioso. Jerusalén ha sufrido la deportación a Babilonia, el rey y la dinastía de David han desaparecido, los persas son los nuevos dominadores. No tiene libertad ni rey. El profeta anuncia un cambio total: el Señor expulsa a los enemigos y será el rey de Israel. Lo más sorprendente es el motivo de este gran cambio: el amor de Dios. Cuando se recuerda que los profetas consideran la historia del pueblo una historia de pecado, asombra que Dios pueda gozarse y complacerse en él. Las palabras finales se adaptan perfectamente al espíritu del Adviento. La Iglesia, y cada uno de nosotros, debe aplicárselas.

Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás. Aquel día dirán de Jerusalén: «No temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta».

Alegría, mesura y oración (Filipenses 4,4-7)

Pablo escribe a su comunidad más querida. En la parte final de la carta, tres cosas le aconseja: alegría, mesura y oración.

Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os repito, estad siempre alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobre pasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

         Alegría, confiando en la pronta vuelta del Señor. Al principio de su actividad misionera, Pablo estaba convencido de que Cristo volvería pronto. Lo mismo esperaban la mayoría de los cristianos a mediados del siglo I. Aunque esto no se realizó, las palabras “El Señor está cerca” son verdad: no en sentido temporal, sino como realidad profunda en la Iglesia y en cada uno de nosotros.

        Mesura. En el contexto navideño, cabe la tentación de interpretar la mesura como una advertencia contra el consumismo. Sin embargo, el adjetivo que usa Pablo (evpieike.j) tiene un sentido distinto. Se refiere a la bondad, amabilidad, mansedumbre en el trato humano, que debe ser semejante a la forma amable y bondadosa en que Dios nos trata.

            Oración. En pocas palabras, Pablo traza un gran programa a los Filipenses. Una oración continua, “en toda ocasión”; una oración que es súplica pero también acción de gracias; una oración que no se avergüenza de pedir al Señor a propósito de todo lo que nos agobia o interesa.

Una «buena noticia» bastante extraña (Lucas 3,10-18)

En el texto del evangelio podemos distinguir tres partes: unos consejos prácticos; un anuncio, y un resumen final.

Consejos prácticos (10-14)

En aquel tiempo la gente preguntaba a Juan:

¿Entonces qué hacemos?

Él contestó:

− El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:

− ¿Maestro, qué hacemos nosotros?

;Él les contestó:

No exijáis más de lo establecido.

Unos militares le preguntaron:

¿Qué hacemos nosotros?

Él les contestó:

− No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.

El domingo pasado vimos cómo Juan Bautista exigía la conversión. ¿En qué consiste? ¿Cómo manifiesta uno que se ha convertido? Lucas responde poniendo unas preguntas en boca de la multitud, de los recaudadores de impuestos (los publicanos) y de los soldados. La presencia de recaudadores no extraña, teniendo en cuenta que también se interesarán por la predicación de Jesús. Más extraña resulta la mención de los soldados, ya que este colectivo no se vuelve a mencionar en el NT; debe tratarse de judíos al servicio de Herodes Antipas.

La respuesta más exigente es la primera, dirigida a todos: compartir el vestido y la comida. Recuerda lo que pide Dios en el libro de Isaías: «partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne» (Is 58,7).

La respuesta a los recaudadores se queda en lo negativo: «No exijáis más de lo ordenado». La actividad de los publicanos abarcaba muchos aspectos de la vida diaria:derechos de importación y exportación, portazgos, peaje, impuestos urbanos, etc. «Y si el pacífico residente, el labrador, el comerciante o el fabricante se veía constantemente expuesto a sus exacciones, el viajero, el caravanero o el buhonero se encontraban con su vejatoria presencia en cada puente, por la carretera y a la entrada de las ciudades. Se tenía que descargar cada bulto, y todo su contenido era abierto y registrado; hasta las cartas eran abiertas; y debe haberse precisado de algo más que de la paciencia oriental para soportar la insolencia de los recaudadores y para someterse a sus ‘falsas acusaciones’ al fijar arbitrariamente la cuota por la tierra o los ingresos, o el valor de las mercancías” (A. Edersheim, Usos y costumbres de los judíos, Clie, Terrasa 2003, 76-78).

La respuesta a los soldados une lo negativo: «no maltratéis ni extorsionéis a nadie» y lo positivo: «contentaos con vuestra paga». «Tanto para los soldados como para los publicanos, Lucas se interesa por una ética de la justa adquisición de bienes y del buen uso del dinero» (Bovon, El evangelio según san Lucas I, 252).

Anuncio (15-17)

 El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos:

Yo os bautizo con agua; pero viene uno que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.

La denuncia inicial (que deberíamos haber leído el domingo pasado) y los consejos prácticos no crean malestar en la gente, animan a preguntarse por la identidad de Juan. Este responde hablando de un personaje con más autoridad (no le da el título de Mesías), que llevará a cabo una misión doble: positiva (bautismo) y ambigua (bieldo).

Dos temas indica Juan a propósito del personaje futuro: la mayor importancia de su persona y el mayor valor de su bautismo. La mayor importancia de la persona la expresa aludiendo a su fuerza, porque del Mesías se espera que la tenga para derrocar a los enemigos, y a la indignidad de Juan respecto a él, ya que no puede cumplir ni siquiera el servicio de un esclavo.

La mayor importancia del bautismo queda clara por la diferencia entre el agua, en uno,  y el Espíritu Santo y el fuego, en el otro. Bautizar significar «lavar», «purificar». Y si se quiere mejorar la conducta del pueblo, nada mejor que el Espíritu de Dios: «Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos y que cumpláis mis mandamientos» (Ez 36,27). Además, el fuego purifica más que el agua.

Basándose en el Salmo 2, algunos textos concebían al Mesías con un cetro en la mano para triturar a los pueblos rebeldes y desmenuzarlos como cacharros de loza. Juan no lo presenta con un cetro, utiliza una imagen más campesina: lleva un bieldo, con el que separará el trigo de la paja, para quemar ésta en una hoguera inextinguible.

Al comienzo de su intervención, Juan hizo referencia al hacha dispuesta a talar los árboles in­útiles; al final, al bieldo que echa la paja en la hoguera. Dos imágenes potentes para animar a la conversión.


Sumario (18)

Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba la Buena Noticia.

Este versículo resume la actividad de Juan fijándose en su predicación y sin mencionar el bautismo. Las palabras de Juan pueden parecer muy duras, pero constituyen una buena noticia para quien está dispuesto a convertirse.

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15 de Diciembre de 2024. Tercer Domingo de Adviento. Ciclo C.

domingo, 15 de diciembre de 2024
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«¿Qué hacemos nosotros?»

(Lc 3, 10-18)

El tercer domingo de adviento siempre nos repite lo mismo, como Pablo en la carta a los Filipenses: ¡Alegraos!

La primera lectura de la Eucaristía nos regala una de las imágenes más bellas de Dios. El profeta Sofonías nos muestra a un Dios radiante de alegría, en algunas traducciones dice que saltando y danzando en medio de su pueblo como en los días de fiesta.

Y un Dios así de contento ¿qué nos dice? ¡Que nos alegremos! Algo así como: «vosotros, cada uno de vosotros, sois mi alegría y yo puedo ser la vuestra, ¡Alegraos conmigo!»

Por eso la invitación del adviento es la alegría. Dios ha decidido venir a habitar en medio de nosotros, porque es aquí, entre nosotras, siendo uno de los nuestros como quiere danzar y saltar de alegría.

Sin embargo, a simple vista, el evangelio que nos presenta la Iglesia en este domingo no parece que hable de alegría… Nos encontramos de nuevo con Juan Bautista. A él acuden distintos tipos de gentes y todos con la misma pregunta: «¿qué hacemos?» Y Juan tiene una respuesta para cada uno.

Con otras palabras les va invitando a compartir, a obrar con justicia, a no abusar de la autoridad, ni dejarse llevar por la codicia. Todo esto, ¿para qué? Precisamente para poder ser felices, para poder vivir con alegría la Buena Noticia.

Juan Bautista anuncia la venida del Mesías, del ungido de Dios, de Dios mismo y a Dios se le encuentra en el compartir, en la justicia, en la sencillez. No con estas palabras pero Juan les está diciendo: ¡alegraos!, y para que puedan alegrarse de verdad les dice lo que tienen que hacer.

Muy bien, y nosotros, ¿qué hacemos? Es una buena pregunta. ¿Qué podemos hacer para vivir con alegría? ¿Te atreves a preguntarle a Dios qué debes hacer para ser feliz?

Oración

¡Alegraos! es la invitación, aceptarla y cómo aceptarla depende de cada uno.

¡Alegraos! tanto como Dios se alegra con nosotros.

¡Alegraos! para que la Buena Noticia sea creíble.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa 

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Para que Dios te ame, no tienes que hacer nada.

domingo, 15 de diciembre de 2024
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3-avent-c-1lecbisDOMINGO 3º DE ADVIENTO (C)

Lc 3,10-18

 

La primera palabra de la liturgia de este domingo es una invitación a la alegría. Esa alegría, en el AT, está basada siempre en la salvación que va a llegar. Hoy estamos en condiciones de dar un paso más y descubrir que la salvación ha llegado ya porque Dios no tiene que venir de ninguna parte y con su presencia en cada uno de nosotros, nos ha comunicado lo que Él mismo es. No tenemos que estar contentos ‘porque Dios está cerca’, sino porque Dios está ya en nosotros.

La alegría es como el agua de una fuente, la vemos solo cuando aparece en la superficie, pero antes, ha recorrido un largo camino que nadie puede conocer, a través de las entrañas de la tierra. La alegría no es un objetivo a conseguir directamente sino la consecuencia de un estado de ánimo que se alcanza después de un proceso. Ese proceso empieza por la toma de conciencia de mi verdadero ser. Si descubro que Dios forma parte de mí, encontraré la absoluta felicidad.

¿Qué tenemos que hacer? La respuesta manifiesta la igualdad y la diferencia entre el mensaje de Jesús y de Juan. El Bautista se creía que la salvación que esperaban de Dios iba a depender de su conducta. Esta era también la actitud de los fariseos. Jesús sabe que la salvación de Dios es gratuita e incondicional. Es curioso que los seguidores de Jesús, todos judíos, se encontraran más a gusto con la predicación de Juan que con la del mismo Jesús. Esto queda muy claro en los evangelios.

Por esa misma razón los primeros cristianos, que seguían siendo judíos, cayeron en seguida en una visión del evangelio moralizante. Jesús no predicó ninguna norma moral. Es más, se atrevió a relativizar la Ley de una manera insólita. El hecho de que permanezcan en el evangelio la frase como “las prostitutas os llevan la delantera en el Reino” indica claramente que para Jesús había algo más importante que el cumplimiento de la Ley. S. Agustín en una de sus genialidades lo expresó con rotundidad: “ama y haz lo que quieras”. No hay un resumen mejor del evangelio.

Todas las respuestas que da Juan van encaminadas a mejorar las relaciones con los demás. Se percibe una preocupación por hacer más humanas esas relaciones, superando todo egoísmo. Está claro que el objetivo no es escapar a la ira de Dios sino imitarle en la actitud de entrega a los demás. El evangelio nos dice una y otra vez, que la aceptación por parte de Dios es el punto de partida, no la meta. Seguir esperando la salvación de Dios, es la mejor prueba de que no la hemos descubierto dentro. La pena es que seguimos esperando que venga a nosotros lo que ya tenemos.

El pueblo estaba en expectación. Una manera de indicar la ansiedad de que alguien les saque de su situación angustiosa. Todos esperaban al Mesías y la pregunta que se hacen tiene pleno sentido. ¿No será Juan el Mesías? Muchos así lo creyeron, no solo cuando predicaba, sino también mucho después de su muerte. La necesidad que tiene de explicar que él no es el Mesías no es más que el reflejo de la preocupación de los evangelistas por poner al Bautista en su sitio; es decir, detrás de Jesús. Para ellos no hay discusión. Jesús es el Mesías. Juan es solo el precursor.

La presencia de Dios en mí no depende de mis acciones u omisiones. Es anterior a mi propia existencia y ni siquiera depende de Él pues no puede no darse. No tener esto claro nos hunde en la angustia y terminamos creyendo que solo puede ser feliz el perfecto, porque solo él tiene asegurado el amor de Dios. Con esta actitud estamos haciendo un dios a nuestra imagen y semejanza; estamos proyectando sobre Dios nuestra manera de proceder y nos alejamos del evangelio que nos dice lo contrario.

Pero ¡ojo! Dios no forma parte de mi ser para ponerse al servicio de mi contingencia, sino para arrastrar todo lo que soy a la trascendencia. La vida espiritual no puede consistir en poner el poder de Dios a favor de nuestro falso ser, sino en dejarnos invadir por el ser de Dios y que él nos arrastre a lo absoluto. La dinámica de nuestra religiosidad es absurda. Estamos dispuestos a hacer “sacrificios” y “renuncias” que un falso dios nos exige, con tal de que después cumpla él los deseos de nuestro falso yo.

No hemos aceptado la encarnación ni en Jesús ni en nosotros. No nos interesa para nada el “Emmanuel” (Dios-con-nosotros), sino que Jesús sea Dios y que él, con su poder, potencie nuestro ego. Lo que nos dice la encarnación es que no hay nada que cambiar, Dios está ya en mí y esa realidad es lo más grande que podría esperar. Ésta tendría que ser la causa de nuestra alegría. Lo tengo ya todo. No tengo que alcanzar nada. No tengo que cambiar nada de mi verdadero ser. Tengo que descubrirlo y vivirlo. Mi falso ser se iría desvaneciendo y mi manera de actuar cambiaría.

La salvación no está en satisfacer los deseos de nuestro falso ser. Satisfacer las exigencias de los sentidos, los apetitos, las pasiones, nos proporcionará placer, pero eso nada tiene que ver con la felicidad. En cuanto deje de dar al cuerpo lo que me pide, responderá con dolor y nos hundirá en la miseria. Hacemos lo imposible para que Dios tenga que darnos la salvación que esperamos. Incluso hemos puesto precio a esa salvación: si haces esto y dejas de hacer lo otro, tienes asegurada la salvación.

Este conocimiento no es racional ni discursivo, sino vivencial. Es la mayor dificultad que encontramos en nuestro camino hacia la plenitud. Nuestra estructura mental cartesiana nos impide valorar otro modo de conocer. Estamos aprisionados en la racionalidad que se ha alzado con el santo y la limosna, y nos impide llegar al verdadero conocimiento de nosotros mismos. Permanecemos engañados creyendo que somos lo que no somos. Pidiendo a Dios que potencie ese falso ser.

La alegría de la que habla la liturgia de hoy no tiene nada que ver con la ausencia de problemas o con el placer que me puede dar la satisfacción de los sentidos. La alegría no es lo contrario al dolor o a nuestras limitaciones que nos molestan. Las bienaventuranzas lo dejan muy claro. Si fundamento mi alegría en que todo me salga a pedir de boca, estoy entrando en un callejón sin salida. Mi parte caduca y contingente termina fallando siempre. Si me apoyo en esa parte de mi ser, fracasaré.

La respuesta que debo dar a la pregunta: ¿qué debemos hacer?, es simple: Compartir. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Tengo que adivinarlo yo. Ni siquiera la respuesta de Juan nos puede tranquilizar, pues la realización de las obras puede ser programación. No se trata de hacer o dejar de hacer sino de fortalecer una actitud que me lleve en cada momento a responder a la necesidad concreta del otro.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Tiempo de despertar.

domingo, 15 de diciembre de 2024
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White Male Dressed as Jesus in Jewish Attire. Others as John the Baptist/ Prophet with burlap clothes and wood staff near river.

«Pero viene uno más poderoso que yo que os bautizará en Espíritu Santo y fuego»

La Navidad es una de las dos cumbres del calendario litúrgico y viene precedida de un tiempo de preparación para celebrarla mejor; el Adviento. Pero una celebración será importante para mí en la medida en que lo sea el hecho que se celebra, y cuanto más lo sea, más me afanaré en prepararla bien. Por tanto, me importará preparar bien la Navidad si lo que ocurre en ella es importante; y si no, no.

Pero ¿qué ocurre en Navidad?…

En Navidad celebramos el nacimiento de Jesús, su aniversario; podríamos decir que celebramos su cumpleaños, pero Jesús murió hace mucho tiempo y nadie celebra el cumpleaños de los muertos. Si lo seguimos celebrando es porque no está muerto, sino tan vivo en nosotros que lo consideramos parte de nuestra vida; porque la llegada de Jesús es algo que sucedió y que sigue sucediendo. Pero, ¿qué importancia tiene Jesús en mi vida? …

Jesús es importante para mí porque es el que da sentido a mi vida. Porque en Jesús he descubierto que Dios no es un arcano inaccesible, sino que es Abbá, la madre que me acompaña en esta vida y me espera al otro lado de la muerte. En Jesús hemos sabido que la mejor forma de vivir es perdonando, compartiendo, compadeciendo, ayudando, sirviendo, trabajando por la paz y la justicia… y de Jesús hemos recibido una misión: ser sal, ser luz, ser semilla, ser levadura… para que el mundo tenga sabor, para que no camine en tinieblas, para que dé buena cosecha; para que de buenos frutos.

Jesús es para nosotros, los cristianos, presencia de Dios salvador en el mundo, y al encontrarnos con él, nos estamos encontrando con Dios mismo. Y desde esta perspectiva, la Navidad cobra toda su importancia. Estamos celebrando que Dios ha apostado por nosotros, es decir, que la aventura humana —la mía en particular y la de del conjunto de la humanidad en general— tiene sentido, que nuestra vida es mucho más de lo que ven los ojos, que está pensada por Dios y que nuestro destino no es morir, sino Vivir.

Como decía Ruiz de Galarreta: «La venida histórica de Jesús marcó una encrucijada para el pueblo de Israel, y también es una encrucijada para nosotros. Hay que elegir entre conformarse con esta vida, con sus valores y sus satisfacciones, y resignarse a morir… o no conformarse, fiarse de la Palabra de Jesús y aspirar a más, a más vida, a otros valores que el orín no puede corroer». Por eso, nosotros, la Iglesia, aprovechamos todos los años la Navidad para que Jesús vuelva a nacer con más fuerza en cada uno, para que conociéndole mejor, aceptándole más, creyendo más en él, nuestra vida se vaya trasformando todos los días a mejor.

El Adviento es por tanto tiempo de despertar si nos habíamos dormido, de avivar nuestra fe. ¡Viene el Señor! ¡Qué alegría! Dios está con nosotros, es nuestro aliado y nunca nos abandona.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Acoger la salvación, transformando la vida.

domingo, 15 de diciembre de 2024
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IMG_8852(Lc 3, 10-18)

Juan Bautista se siente urgido a un anuncio radical y urgente. Para él no se trata de tener fe en que Dios cambiará las cosas sino de empezar a cambiarlas. A través de un diálogo con la gente que acudía a escucharlo, Juan va concretando modos posibles para transformar la vida personal y desde ella también la colectiva. Solo así podrán acoger la Buena Noticia que Jesús encarna y de la que él solo se siente mensajero.

¿Entonces, qué debemos hacer?

El diálogo se entabla a través de una única pregunta que diferentes grupos le van formulando: “¿Qué tenemos que hacer?”. Juan responde a cada uno de ellos de forma concisa y concreta, proponiéndoles formas de actuar en los espacios cotidianos de sus vidas.

La primera pregunta brota a coro de la gente que había acudido a escucharlo y recibir el bautismo en el Jordán. A ellos y ellas Juan les propone compartir generosamente con quien no tiene. “Quien tenga dos túnicas, que comparta con quien no tiene; y quien tenga comida, haga lo mismo”

Una propuesta de fuertes resonancias proféticas y que sin duda sus oyentes podían identificar. Por ejemplo, Isaías y Ezequiel recordaban al pueblo desorientado y herido por las consecuencias del exilio a no esperar soluciones externas para reconstruir su vida y recuperar la esperanza. Ambos invitaban a la responsabilidad personal para alcanzar la justicia, a sanar heridas con generosidad y solidaridad, a recuperar los mandamientos desde el corazón abandonando la rigidez de las normas y el egoísmo de las excusas.

Este es el ayuno que yo quiero, dice el Señor… que partas tu pan con el hambriento, y recibas en casa a los pobres sin hogar; que proporciones vestido al desnudo, y que no te desentiendas de tus semejantes. Entonces brillará tu luz como la aurora y tus heridas sanarán enseguida, tu recto proceder caminará ante ti…y el Señor te guiará siempre...” (Is 58)

Quien no oprime a nadie, sino que devuelve al deudor su prenda; que no comete robo, sino que da su pan al hambriento y cubre al desnudo con ropa, …se comporta recta y honradamente…y caminará en la senda del Señor…” (Ez 18)

La invitación de Juan no es por tanto la consecución de un ideal de pobreza, sino de justicia. Una justicia que nace de la voluntad de Dios. Una voluntad que solo busca la vida plena para todo ser humano (Dt 15, 4).

La segunda pregunta la formulan los publicanos o cobradores de impuestos. Para ellos la respuesta se orienta a evitar los abusos en los cobros y conformarse con recaudar lo justo. En el Imperio Romano era frecuente que se subarrendara la recaudación de los impuestos en las ciudades a empresarios locales. Estas personas debían adelantar el dinero que se consideraba se tenía que recaudar y luego conseguir por todos los medios no solo recuperarlo sino obtener beneficios.

En la antigüedad la gente daba por supuesto que los bienes eran limitados y cuando alguna persona aumentaba sus riquezas era porque otra las había perdido. El buscar tener más bienes negociando con ellos era etiquetado de conducta negativa no solo por los medios usados para adquirirlos sino porque rompía el equilibrio social y económico que daba sentido a su mundo.

Juan propone a este grupo de publicanos un camino sencillo pero difícil: renunciar a las dinámicas de violencia y de evitar la codicia: “No exijáis más de lo que está ordenado”. La propuesta nos recuerda el encuentro de Jesús con Zaqueo que Lucas narra unos capítulos más adelante (Lc 19, 1-10). Un relato en el que vemos las consecuencias de un enriquecimiento injusto, pero también el proceso de conversión que el protagonista vive y que le lleva, no sólo a devolver lo ganado injustamente sino a hacerlo con gratuidad y sin esperar nada a cambio.

Sin duda la actuación de Zaqueo va mucho más allá de la que Juan propone, pero ambas coinciden en que la conversión a la Buena Noticia no trata de renuncias, ni de exigencias sino de habitar nuestra vida desde la gratuidad, la solidaridad y la lealtad porque es ahí donde el Reino de Dios se encarna.

La tercera pregunta llega desde un grupo al que nos sorprende ver junto al río Jordán escuchando al Bautista: Unos soldados que, aunque no se especifica, eran sin duda romanos. Encontrarse a estos hombres escuchando a Juan es por lo menos sorprendente y sin duda incomodo porque representaban al poder romano invasor. Juan, sin embargo, ni los rechaza ni les pide que dejen de ser lo que son. Les pide que “No maltratéis ni denunciéis a nadie y contentaos con vuestra paga”. (Lc 3,14).

Juan en la propuesta que les hace reconoce implícitamente que hay prácticas abusivas en el ejercicio que están dificultando mucho la vida de la gente y desde ahí les propone romper con sus malas prácticas. No les pide que abandonen su lugar social, sino que cambien su modo de ejercer el poder. Los acoge desde su deseo de construir su vida de otra manera, ofreciéndoles la posibilidad de acoger la Buena Noticia de la acción salvadora de Dios sin renunciar a su condición extranjera. Ellos encarnan así, la voluntad inclusiva de un Dios que no pone límites a su amor y que reconoce en cualquier ser humano, sea cual sea su condición, a un hijo.

Reordenar las pertenencias

A estos tres grupos de personas Juan les propone reorganizar su vida para que en ella brote la salvación. Les ofrece pautas concretas para cambiar sus horizontes desde la solidaridad y la justicia. No les pide renunciar a lo que tienen sino a poner límite a sus ambiciones condicionándolas a un bien mayor: acoger la Buena Noticia de Jesús.

No es a él a quien han de seguir sino a Jesús. Los cambios que les pide no son un punto de llegada sino un punto de partida para acoger el camino de vida que es Jesús. El será la respuesta a sus inquietudes, la luz para sus cegueras, la esperanza para sus corazones.

Carme Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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¿Qué hacemos?

domingo, 15 de diciembre de 2024
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IMG_8980Domingo III de Adviento,

15 de diciembre de 2024

Lc 3, 10-18

Con frecuencia, los seres humanos nos perdemos en el ¿qué hacer? Bien porque, de manera infantil, nos alienamos a los otros por tratar de obtener su aprobación, bien porque la acción nace de los miedos y necesidades inmediatas del ego.

Más allá de trampas infantiles y narcisistas, parece claro que la acción adecuada lleva siempre el sello de la desapropiación y la gratuidad. Ahora bien, tales características no pueden ser asumidas por el yo, que necesariamente gira de un modo egocentrado. Es decir, no pueden nacer de una consciencia de separatividad; únicamente pueden darse en la consciencia de unidad.

Vivir en la consciencia de unidad significa comprender que todos somos Uno, por lo que cualquier otro es no-otro de mí -así se entiende la propuesta que hace el Bautista a quienes le preguntan qué hacer-, y que nuestra forma particular (yo o persona) es solo un cauce por el que la acción fluye.

En la medida en que puede tomar distancia del propio yo, la persona se comprende como Vida y, en su acción, deja que la Vida fluya a través de ella. Llega un punto, incluso, en que no tiene nada que decidir: se halla tan alineada con la Vida, que solo dice sí a lo que la Vida le va trayendo en cada momento. Esto es vivir y actuar con sabiduría.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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No siempre se puede estar contento, pero sí vivir serenamente.

domingo, 15 de diciembre de 2024
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IMG_8981Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Vivid serenamente toda la vida.

En la liturgia anterior al concilio Vaticano II a este tercer domingo de Adviento se denominaba “domingo  Gaudete”, algo así como domingo de la alegría (Domingo gaudete: gaudium: gozo, alegría). Era como una pequeña tregua en el esfuerzo (penitencia) del Adviento.

La Palabra de hoy es como una llamada a la alegría, a la serenidad: Alégrate, hija de Sión; y San Pablo  nos insta a vivir siempre alegres en el Señor; os lo repito, vivid en paz de Dios… San Lucas en el evangelio nos anuncia por medio de Juan Bautista que Jesús nos bautizará espíritu, en el aliento vital, en las ganas de vivir…

02.- Evangelio y alegría.

        El cristianismo no es una religión para cumplir con una normativa jurídico-moral-litúrgica. Sería -es- enojoso, es penoso un cristianismo.

Jesús no es un maestro religioso, un jurista que se sabe hasta la “letra pequeña” de la ley, de la liturgia, del dogma y la impone, quieras que no…

Jesús fue más bien distante de la ley y cercano a la vida, a la salud, al alimento; nos llama a la bienaventuranza, la alegría, la esperanza.

  • El ángel anuncia a los pastores: os anuncio una gran alegría: hoy os ha nacido un salvador (Lc 2,10)
  • Los magos se llenan de alegría al ver la estrella que les anuncia la luz de la verdad. (Mt 2,10) Cuando vieron la estrella, se regocijaron sobremanera con gran alegría.
  • El programa cristiano es de bienaventuranza, de felicidad, no de pesadumbre y agobio religioso. Jesús nos invita a que seamos bienaventurados y vivamos alegres (Mt 5).
  • La Palabra, el mensaje cristiano es de profunda alegría, como quien encuentra un tesoro, (Mt 13,44).
  • Dios mismo se alegra por todo pecador que cambia su trayectoria de vida. (Lc 15,32).
  • Jesús supone un gozo infinito, imperecedero, que nadie nos puede quitar, (Jn 15,11; 16,22).
  • La fuente principal de alegría está en la Resurrección del Señor. Los discípulos se llenan de alegría al encontrarse con el resucitado. (Lc 24,41; Jn 20,20).
  • ¿No ardía nuestro corazón? Se dicen los dos de Emaús, (Lc 24)

03.- No siempre se puede estar contento, pero sí en paz interior.

        La vida va como va y hay momentos en los que por mil circunstancias brota la preocupación, el miedo, la incertidumbre.

        No siempre podemos estar contentos, pero sí que podemos vivir en la quietud, en el sosiego de nuestro interior, descansando en el Señor y vivir en serenidad, en calma: no perdáis la calma. No temas pequeño rebaño mío, (Lc 12,32)

04.- El Espíritu del Señor es serenidad y alegría en nuestra vida.

        Los discípulos, que estaban asustados, encerrados se llenan de alegría al ver al Señor, cuando éste se les hace presente.

        Pronto celebraremos la Navidad, la presencia de la alegría y de la bondad de Dios en medio de nosotros.

        El Señor nos llenará de paz. Por tanto:

Estad siempre alegres en el Señor,

 os lo repito, vivid siempre en paz.

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“¿Qué debemos hacer en este tiempo de adviento?”, por Consuelo Vélez

domingo, 15 de diciembre de 2024
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IMG_8990De su blog Fe y Vida:

Comentario al evangelio del III domingo de adviento 15-12-2024

¿Qué debemos hacer para vivir este tiempo de adviento? ¿Qué actitudes hemos de cambiar?

Si Juan Bautista predica la conversión, con Jesús saldrá a la luz la verdad de cada uno y todo aquello que no responda a ese llamado será rechazado

Como el Bautista, sigamos anunciando al Niño que viene y actuemos en coherencia con lo que esta venida supone para nuestra vida

La Palabra del Señor, se dirigió a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Juan recorrió toda la región del río Jordán, predicando un bautismo de arrepentimiento para perdón de los pecados. La gente le preguntaba:

-Pues ¿qué debemos hacer?

Y él les respondía:

– El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo.

Vinieron también publicanos a bautizarse y le dijeron:

– Maestro, ¿qué debemos hacer?

Él les dijo:

– No exijan más de lo que les está fijado.

Le preguntaron también unos soldados:

– Y nosotros ¿qué debemos hacer?

Él les dijo:

– No hagan extorsión a nadie, no hagan denuncias falsas y conténtense con su pago.

Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo; respondió Juan a todos, diciendo:

– Yo les bautizo con agua, pero viene él que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El los bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.

Y con otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Nueva

(Lc 3, 2b-3.10-18)

Continuamos en las lecturas de estos domingos de adviento con el evangelio de Lucas y con la figura de Juan el Bautista. El domingo pasado nos lo habían presentado predicando en el desierto. Hoy está entablando un diálogo con tres grupos de personas distintas las cuales se sienten interpeladas por su predicación y le preguntan ¿qué debemos hacer? Juan Bautista responde a cada grupo de manera distinta. A los primeros, un grupo de personas sin más especificación, les dice que si tienen dos túnicas han de dar una y si tienen para comer han de compartir con los que tienen. En otras palabras, el cambio de vida en este caso, viene por la solidaridad, el compartir, el ayudar a todo necesitado que se encuentre en el camino. En el segundo caso, quienes le pregunta qué han de hacer son los publicanos. Estos tenían el oficio de recoger los impuestos para el Imperio, pero tal vez podían cobrar más para quedarse con la diferencia. Juan Bautista les dice que no deben cobrar más de lo que está fijado. Finalmente, un grupo de soldados también le hacen la misma pregunta y Juan les contesta que no extorsionen a nadie, ni los acusen mentirosamente y se contenten con su salario. Como podemos ver, a cada grupo les responde según sus circunstancias.

Nosotros también, como preparación en este tiempo de adviento, podríamos hacerle la misma pregunta ¿qué debemos hacer para estar dispuestos a recibir al Niño que viene? La repuesta hemos de encontrarla cada uno en aquello que hacemos diariamente, en nuestras circunstancias concretas donde siempre podemos optar por el mayor bien, la verdad profunda y la bondad para con todos.

En la segunda parte del relato vemos que la gente, ante el actuar de Juan el Bautista se pregunta si él es el Mesías o han de esperar a otro. Juan les responde a partir del bautismo que él realiza -con agua- y el que realizará el Mesías –en espíritu santo y fuego-. Y les especifica algo de ese bautismo en el espíritu: viene a separar el trigo de la paja, quemará todo lo que no sirve. Es decir, si Juan predica la conversión, con Jesús saldrá a la luz la verdad de cada uno y todo aquello que no responda a ese llamado será rechazado.

Termina el evangelio diciendo que Juan exhortaba de muchas maneras, anunciando al pueblo la Buena Noticia que llega. Nosotros ya próximos a navidad hemos de seguir está misma dinámica del anuncio gozoso del Niño que viene, pero al mismo tiempo, poniendo en práctica lo que implica acogerlo, recibirlo, reconocerlo en la historia que vivimos.

(Foto tomada de: https://emausayudanosayudar.com/ayuda-social-a-los-mas-necesitados/)

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“Dios es feliz, porque libera”… III Domingo de Adviento (Lucas 3,10-18)

domingo, 15 de diciembre de 2024
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IMG_8995Comentario a la lectura evangélica (Lucas 3,10-18) del III Domingo de Adviento

Dios es feliz.

Esto es lo que el profeta Sofonías dice al pueblo en el exilio. No es feliz porque el pueblo sufra, sino porque sabe que lo conducirá de vuelta a Jerusalén.

Dios es feliz. Crear, amar, existir, salvar, ser.

Dios es feliz porque ha decidido intervenir, forzar su mano a pesar de que se había comprometido a permanecer oculto, fuera de la vista, porque el Amor sólo puede dejarnos libres.

Dios es feliz porque viene, porque nace, porque libera, porque motiva. Es un Dios feliz el que esperamos. Un Dios que trae la felicidad cuando menos lo esperamos.

Dios es feliz y nosotros con Él.

En la Biblia se utilizan más de veinticinco términos para describir la felicidad. Así, para recordarnos a los cristianos, a menudo deprimidos y apesadumbrados, que la fe tiene que ver con la alegría.

Pablo escribe a los cristianos de Filipos: es verdad, hay fatigas, bajamos los brazos viendo las muchas contradicciones que experimentamos, estamos constantemente abrumados por mil noticias que nos desaniman. Pero si Dios está cerca, escribe Pablo, nada puede realmente apagarnos, angustiarnos, alejarnos. De Él.

Y este Adviento, marcado todavía por el miedo, por la incertidumbre del futuro, por la impaciencia social, por la crisis galopante en nuestras comunidades cristianas, por…, tiene precisamente este propósito: hacer que nuestro corazón habite en Dios, levantar la mirada, sumergirnos en las profundidades del océano, abandonando la superficie sacudida por la tempestad.

El Adviento es esto: volver a creer que Dios es feliz y que nos hace felices.

Peregrinos.

¡Qué bueno es poder escribir estas cosas! ¡Qué hermoso contemplar este secreto compartido, más allá de las muchas contradicciones! Estamos tan desesperadamente necesitados de buenas noticias, de consuelo, de horizontes diferentes de la sombría experiencia que tenemos cada día.

Dispuestos a recorrer kilómetros para encontrar a alguien que nos dé esperanza.

Como las multitudes de Jerusalén que bajan al Mar Muerto para encontrarse con el profeta Juan.

Tienen el templo, y los sacerdotes, y el culto, pero sus corazones no están llenos.

Rituales, no verdad.

Costumbre cansada, no palabras que sacuden y resucitan.

Acuden a Juan, piden ayuda, piden camino, etapas, indicaciones, propuestas.

¿Qué debemos hacer?

Para ser felices. Para vivir, por fin. Para florecer.

Y es algo extraordinario, inesperado, esencial.

¿Qué debemos hacer?

Somos nosotros los que tenemos que hacer. Nadie lo hace por nosotros, nadie nos da la felicidad y la plenitud. Sólo yo puedo tomar las riendas de mi vida, dejándome iluminar por la plenitud de Dios. Yo soy el capitán de mi barco.

Y Juan señala.

Haced.

Dad una de las dos túnicas que tenéis, él que vive desnudo.

Dad de comer, él que ayuna.

No exijáis, el que nada pide.

No robéis, el que nada posee.

Le escuchan porque vive lo que dice. Entonces los buscadores llegan hasta él. Incluso los publicanos, incluso los soldados. Él no los rechaza, altivo en su fama de santidad.

Todos pueden ir. Y a todos les ofrece un camino.

Sencillo, accesible, posible.

¿Es una indicación para nuestra Iglesia en su camino pos-sinodal?

Una suma de pequeñas cosas.

Las respuestas del profeta son desconcertantes: consejos banales, sencillos, no propone ninguna opción radical imposible, ningún sueño excesivo: comparte, no robes, no seas violento…

Al pueblo (¡creyente y devoto!) Juan le pide que comparta, que no deje que la fe se quede sólo en oración o pertenencia vaga, sino que haga vibrar esta fe en nuestra vida, que la deje contagiar nuestra vida y nuestras opciones concretas, para no hacer esquizofrénica nuestra religiosidad.

A los publicanos, a los recaudadores de impuestos y a los ladrones, nos pide que seamos honestos, que no exijamos demasiado escondiéndonos detrás de un dedo. Como cuando, los profesionales, exigimos demasiado dinero por nuestra experiencia apelando a los honorarios y olvidando los momentos difíciles que vive la gente.

A los soldados, acostumbrados a la violencia, Juan les pide moderación y justicia, no que se enseñoreen de los demás.

Juan tiene razón: de las pequeñas cosas nace la aceptación.

Juan tiene razón, haz bien lo que estás llamado a hacer, hazlo con alegría, hazlo con sencillez y se convierte en profecía, en el camino preparado para acoger al Mesías.

Era normal que los publicanos robaran, normal que los soldados fueran prepotentes, normal que la gente acaparara lo poco que ganaba. Entonces como ahora.

Juan muestra una «otra» historia: sé honesto, no seas prepotente, comparte.

Esta «otra» historia es nuestra civilización, la que hay que defender con la razón y la profecía.

Esto podemos hacer, hoy, para contrarrestar toda violencia, todo abuso, todo desaliento. Para acoger al Dios que viene.

Se hace heroico, también hoy, ser honrado en la honestidad del trabajo, profético ser manso en un mundo de tiburones, desconcertante hacer gestos de gratuidad.

Dios se hace pequeño. En pequeñas actitudes trazamos su estela luminosa.

Y esto da alegría, también ahora.

Porque el Dios feliz ama a las personas felices.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

(Remitido por el autor)

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A la espera de una comunidad de fe que acoja

lunes, 9 de diciembre de 2024
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IMG_8977Darius Villalobos

La reflexión de hoy es de Darío Villalobos, consultor del ministerio y gerente de proyectos. Ha formado parte del personal de la Federación Nacional para el Ministerio Juvenil Católico y la Arquidiócesis de Chicago en una variedad de funciones ministeriales, incluido el ministerio juvenil, el ministerio de jóvenes adultos y la catequesis. Es un graduado de la Universidad DePaul y de la Unión Teológica Católica. Se ha desempeñado como director parroquial de OCIA, ministro de música litúrgica, director de retiros, catequista y ministro de jóvenes.

Las lecturas litúrgicas de hoy del 2º Domingo de Adviento están disponibles aquí.

Como alguien que sirve a comunidades diversas que a menudo se encuentran al margen de nuestra Iglesia y sociedad, a veces me pregunto cómo debe sonarles la Palabra de Dios. Mis propias identidades me mantienen en un espacio privilegiado dentro de la Iglesia y gran parte de la sociedad. Soy un hombre latino, cisgénero, bien educado y bien hablado. Crecí en una comunidad parroquial católica donde me sentí como en casa ya que mi familia estaba muy involucrada en el ministerio.

Cuando escucho las lecturas litúrgicas de hoy, escucho la afirmación de mi fe personal en Dios y la Iglesia, como si estas palabras fueran para mí. Nada en estos pasajes me desafía o sorprende particularmente. El mensaje de que debido a que Dios es todopoderoso y nos ama, disfrutaremos de estar en la gloria de Dios es uno que he escuchado una y otra vez al comienzo de nuestro año litúrgico, y es uno que puedo aceptar fácilmente.

Sin embargo, cuando miro estas lecturas desde una perspectiva diferente, es fácil ver lo difícil que puede ser escucharlas. Mi padrino compartía algunas de las mismas identidades que yo. Era latino, hombre, bien hablado y lo suficientemente educado como para servir en las fuerzas del orden. Tenía dos identidades que no comparto y que complicaron su vida: era ex pandillero y gay.

Mi padrino luchó con su identidad toda su vida. A menudo encontraba espacios que aceptaban algunas de sus identidades, pero nunca todas. Como ex miembro de una pandilla, le costó adaptarse a su trabajo policial y, en ocasiones, recibió más respeto de los reclusos que le asignaron proteger que de sus compañeros oficiales. Se ocupa del racismo de ser un hombre latino de piel oscura en un entorno construido por y para hombres blancos. Era normal que lo hicieran sentir como el «otro».

Rara vez encontró apertura en su trabajo o en su comunidad religiosa sobre su homosexualidad, por lo que se mantuvo cercano la mayor parte de su vida. Se sentía más cómodo con su familia, pero aun así tuvo que lidiar con el juicio de un padre católico devoto que no podía conciliar lo que le enseñaron y quién era su hijo. Hasta una etapa avanzada de su vida, luchó con su fe y sus sentimientos, como si no perteneciera a ninguna comunidad de fe.

Cuando escucho las palabras del profeta Baruc en la primera lectura de “quítate el manto de luto y de miseria; vestíos del esplendor de la gloria de Dios para siempre”, pienso en la vida y los desafíos de mi padrino. Mientras luchaba por encontrar una comunidad y una iglesia que le dieran la bienvenida, ¿cómo le sonarían estas palabras? ¿Sería capaz de creer que Dios pagaría su luto y miseria con el esplendor de la gloria de Dios? Alguien que haya sentido el rechazo de la Iglesia y de otras instituciones, ¿podría escuchar estas palabras y pensar que estarían incluidas en la invitación a “envolverse en el manto de la justicia de Dios” y a “llevar sobre la cabeza la mitra que muestra la gloria del nombre eterno”? ¿Puede alguien a quien le han dicho que no pertenece a la Iglesia creer que “Dios mostrará a toda la tierra tu esplendor”?

No sé si alguna vez entenderé completamente lo que se siente al ser diferente y separado como lo estaba mi padrino, o como se sienten muchos católicos LGBTQ+. Me resulta difícil imaginarme sentirme rechazado por la Iglesia cuando me he sentido como en casa y acogido como soy.

IMG_8978Sin embargo, puedo empatizar con los sentimientos de los católicos LGBTQ+ cuando reflexiono sobre el último año de vida de mi tío. Sabía que se estaba muriendo y no quería morir. Pero nunca estuvo más contento espiritualmente que al encontrar una comunidad que lo aceptara, un ministerio LGBTQ con sede en una parroquia de Chicago. El  Archdiocesan Gay and Lesbian Outreach- Centro Arquidiocesano para Gays y Lesbianas (A.G.L.O.) era un lugar donde podía ser él mismo sin temor a ser juzgado o la necesidad de ocultar quién era para hacer que los demás se sintieran más cómodos o evitar el rechazo.

Me invitó a misa un domingo y agradezco haber aceptado su invitación para acompañarlo. Verlo encontrar un lugar donde pudiera estar en paz consigo mismo fue un regalo para mí. Era un recuerdo que conservo ahora mucho después de su fallecimiento, apenas antes de cumplir 52 años. Después de años de no sentir nunca del todo que podría ser bienvenido en ningún lugar como su yo pleno, encontró un hogar y ese hogar le permitió estar en paz con Dios, la Iglesia y consigo mismo.

Las palabras de San Pablo en la segunda lectura de hoy ofrecen consuelo a los creyentes, pero pienso especialmente en aquellos que pueden sentirse rechazados y marginados en la Iglesia:

“Estoy seguro de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús”.

Debemos reconocer que Dios está trabajando para hacernos exactamente quienes Dios nos creó para ser. Puede que no experimentemos la aceptación o el amor de esa persona aquí y ahora, pero hoy recuerdo que Dios aún no ha terminado con nosotros. Todavía tenemos oportunidades de encontrar gracia, paz y plenitud.

En esta temporada de Adviento, al pensar en cómo mi padrino esperaba una comunidad de fe donde se sintiera bienvenido, pienso en la anticipación que tengo por la encarnación de Dios para transformar el mundo y ver el esplendor de Dios manifestado en nuestra iglesia y nuestras comunidades para que todos puedan sentirse bienvenidos y amados. Esta realidad puede parecer lejana en algunos momentos, pero tengo la esperanza de que, a pesar de los desafíos que enfrentaremos en los días y meses venideros, podamos pronunciar con confianza las palabras del salmista: “El Señor ha hecho grandes cosas con nosotros y estamos llenos de alegría”.

—Darío Villalobos, 8 de diciembre de 2024

Fuente New Ways Ministry

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“Anuncios del Mesías”, por Carmiña Navia.

lunes, 9 de diciembre de 2024
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IMG_8918ADVIENTO SEGUNDA SEMANA

Sólo cuando somos conscientes de necesitar liberación y salvación podemos acoger la palabra que nos anuncia la llegada de acontecimientos o hechos cotidianos que nos puede llevar al otro lado. Los anawin o pobres de Yhwh supieron reconocer al Mesías porque en su horizonte, los habitaba esa esperanza de liberación. Quien está satisfecho o evadido, no espera nada y por eso no ve los anuncios de la llegada de nuevas realidades sorprendentes.

En medio de un panorama desolador, el profeta Baruc invita a quienes tiene su confianza en Dios, a una nueva morada, a una nueva época:

Jerusalén, quítate tu ropa de duelo y aflicción, y vístete para siempre el esplendor de la gloria que viene de Dios. Envuélvete en el manto de la justicia que procede de Dios, pon en tu cabeza la diadema de gloria del Eterno. Porque Dios mostrará tu esplendor a todo lo que hay bajo el cielo. Pues tu nombre se llamará de parte de Dios para siempre: «Paz de la Justicia» y «Gloria de la Piedad».Levántate, Jerusalén, sube a la altura, tiende tu vista hacia Oriente y ve a tus hijos reunidos desde oriente a occidente, a la voz del Santo, alegres del recuerdo de Dios.

Días en los que Yhwh habitará en medio de su pueblo y ese “tiempo de Dios”, será un tiempo de justicia y de paz, que reflejará el esplendor de la Energía Divina irrumpiendo en las calles de una ciudad habitada por paradigmas de amor y transparencia. Es necesario hacernos conscientes de que el anuncio bíblico que promete grandeza y bienestar, está unido siempre a la condición de lograrlo: esa condición es la justicia.

Vivir el adviento en nuestro mundo actual, atormentado por tantas guerras, injusticias y arbitrariedades exige de nosotros y nosotras una sensibilidad capaz de ver más allá de las apariencias y también capaz de esperar contra toda esperanza. Precisamente porque el mundo está mal, necesitamos “esperas” y anuncios de una LUZ que ilumine nuestro horizonte. Dios nos acompañará en la construcción de la justicia y el amor: Nuestra mirada ha de detenerse en tantas mujeres y hombres que día a día tejen la bondad y posibilitan un mundo de hermandad, de acogida y abrazos.

Si somos capaces de ver por detrás de las bombas, de las violaciones y múltiples violencias, por detrás de tanta injusticia y deshonestidad institucionalizadas… descubriremos universos de generosidad y manos amorosas. En: las madres que cuidan a sus hijos, las mujeres que acompañan enfermos, los médicos que luchan por la vida, los maestros-maestras que orientan sus alumnos, los hombres y  mujeres que cultivan la tierra cada día… El adviento es un buen tiempo para gritar la vida a cuatro vientos y acallar los sones espantosos del mal que quiere desplazar otras rutas. El adviento, kairós que nos permite descubrir el paso de Dios entre nosotros y nosotras.

Oculta y presente en tantos milagros cotidianos de la vida, oculta y presente en el amor que se derrama a manos llenas las 24 horas de cada día por medio de los seres que se entregan y cuidan de los otros… la Energía Divina anuncia y posibilita nuevos tiempos, nuevos amaneceres regados por el agua de la vida naciente. El Mesías visita nuestro mundo, vive en nuestro interior y se hace realidad cuando lo potenciamos, cuando somos capaces de encontrar sus huellas, sus llamados, sus luces.

¡Abramos nuestros ojos al llamado de VIDA que silenciosamente recorre nuestros días y recorre cada rincón de una sociedad muchas veces tan ciega!

Carmiña Navia Velasco

Adviento 2024

Fuente Fe Adulta

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“Abrir caminos a Dios”. 2 Adviento – C (Lucas 3,1-6)

domingo, 8 de diciembre de 2024
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IMG_8892Juan grita mucho. Lo hace porque ve al pueblo dormido y quiere despertarlo, lo ve apagado y quiere encender en su corazón la fe en un Dios Salvador. Su grito se concentra en una llamada: «Preparad el camino del Señor». ¿Cómo abrirle caminos a Dios? ¿Cómo hacerle más sitio en nuestra vida?

Búsqueda personal. Para muchos, Dios está hoy encubierto por toda clase de prejuicios, dudas, malos recuerdos de la infancia o experiencias religiosas negativas. ¿Cómo descubrirlo? Lo importante no es pensar en la Iglesia, los curas o la misa. Lo primero es buscar al Dios vivo, que se nos revela en Jesucristo. Dios se deja encontrar por aquellos que lo buscan.

Atención interior. Para abrir un camino a Dios es necesario descender al fondo de nuestro corazón. Quien no busca a Dios en su interior es difícil que lo encuentre fuera. Dentro de nosotros encontraremos miedos, preguntas, deseos, vacío… No importa. Dios está ahí. Él nos ha creado con un corazón que no descansará si no es en él.

Con un corazón sincero. Lo que más nos acerca al misterio de Dios es vivir en la verdad, no engañarnos a nosotros mismos, reconocer nuestros errores. El encuentro con Dios acontece cuando a uno le nace desde dentro esta oración: «¡Oh, Dios!, ten compasión de mí, que soy pecador». Este es el mejor camino para recuperar la paz y la alegría interior.

En actitud confiada. El miedo cierra a no pocos el camino hacia Dios. Les da miedo encontrarse con él: solo piensan en su juicio y sus posibles castigos. No terminan de creerse que Dios solo es amor y que, incluso cuando juzga al ser humano, lo hace con amor infinito. Despertar la confianza en este amor es empezar a vivir de manera nueva y gozosa con Dios.

Caminos diferentes. Cada uno ha de hacer su propio recorrido. Dios nos acompaña a todos. No abandona a nadie, y menos cuando se encuentra perdido. Lo importante es no perder el deseo humilde de Dios. Quien sigue confiando, quien de alguna manera desea creer, es ya «creyente» ante ese Dios que conoce hasta el fondo el corazón de cada persona.

José Antonio Pagola

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“Todos verán la salvación de Dios”. Domingo 8 de diciembre de 2024. 2º de Adviento

domingo, 8 de diciembre de 2024
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02advientoB2cerezoDe Koinonia:

Baruc 5, 1-9: Dios mostrará tu esplendor.
Salmo responsorial: 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Filipenses 1, 4-6. 8-11:  Que lleguéis al día de Cristo limpios e irreprochables.
Lucas 3, 1-6: Todos verán la salvación de Dios.

El tiempo de adviento es tiempo de esperanza y de apertura al cambio: cambio de vestido y de nombre (Baruc), cambio de camino (Isaías). Cambiar, para que todos puedan ver la salvación de Dios.

En un bello poema Baruc canta con fe jubilosa la hora en que el Eterno va a cumplir las promesas mesiánicas, va a crear la nueva Jerusalén, va a dar su salvación. Jerusalén es presentada como una “Madre” enlutada por sus hijos expatriados. Dios regala a Sión, su esposa, la salvación como manto regio, le ciñe como diadema la “Gloria” del Eterno. La Madre desolada que vio partir a sus hijos, esclavos y encadenados, los va a ver retornar libres y festejados como un rey cuando va a tomar posesión de su trono. Le da un nombre nuevo simbólico: “Paz de Justicia-Gloria de Misericordia”; es decir, Ciudad-Paz por la salvación recibida de Dios. Ciudad-Gloria por el amor misericordioso que le tiene Dios.

Haciéndose eco de los profetas del destierro, Baruc dice una palabra consoladora a un pueblo que pasa dificultad: “El Señor se acuerda de ti” (5,5). Ya el segundo Isaías se había preguntado: “¿Puede una madre olvidarse de su criatura? (…) pues aunque ella se olvide, yo no me olvidaré” (Is 49,15). El Dios fiel no se olvida de Jerusalén, su esposa, que es invitada ahora a despojarse del luto y vestir “las galas perpetuas de la Gloria que Dios te da” (5,1). Es la salvación que Dios ofrece para los que ama, de los que se acuerda en su amor.

¿Dónde está nuestro profetismo cristiano? El profeta no es un adivino, ni alguien que pre-dice los acontecimientos futuros. El profeta se enfrenta a todo poderío personal y social, habla desde el “clamor de los pobres” y pretende siempre que haya justicia. Obviamente le preocupa el futuro del pueblo, la situación sangrante de los pobres. Los profetas surgen en los momentos de crisis y de cambios para avizorar una situación nueva, llena de libertad, de justicia, de solidaridad, de paz.

La misión del profeta cristiano es cuestionar los “sistemas” contrarios al Espíritu, defender a toda persona atropellada y a todo pueblo amenazado, alentar esperanzas en situaciones catastróficas y promover la conversión hacia actitudes solidarias. Tiene experiencia del pueblo (vive encarnado) y contacto con Dios (es un místico), y de ahí obtiene la fuerza para su misión. Por medio de los profetas, Dios guía a su pueblo “con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9). El profeta “allana los caminos” a seguir.

En el evangelio, al llegar la plenitud de los tiempos, el mismo Dios anuncia la cercanía del Reino por medio de Juan y asegura con Isaías que “todos verán la salvación de Dios” (Lc 3,6). Para el Dios que llega con el don de la salvación debemos preparar el camino en el hoy de nuestra propia historia.

Juan Bautista, profeta precursor de Jesús, fue hijo de un “mudo” (pueblo en silencio) que renunció al “sacerdocio” (a los privilegios de la herencia), y de una “estéril” (fruto del Espíritu). Le “vino la palabra” estando apartado del poder y en el contacto con la bases, con el pueblo. La palabra siempre llega desde el desierto (donde sólo hay palabra) y se dirige a los instalados (entre quienes habitan los ídolos) para desenmascararlos. La palabra profética le costó la vida a Juan. Su deseo profético es profundo y universal: “todos verán la salvación de Dios”. La salvación viene en la historia (nuestra historia se hace historia de salvación), con una condición: la conversión (“preparad el camino del Señor”). ¿Qué debemos hacer para ser todos un poco profetas?

La invitación de Isaías, repetida por Juan Bautista y corroborada por Baruc, nos invita a entrar en el dinamismo de la conversión, a ponernos en camino, a cambiar. Cambiar desde dentro, creciendo en lo fundamental, en el amor para “aquilatar lo mejor” (Flp 1,10). Con la penetración y sensibilidad del amor escucharemos las exigencias del Señor que llega y saldremos a su encuentro “llenos de los frutos de justicia” (1,11).

Esa renovación desde dentro tiene su manifestación externa porque se “abajan los montes”, se llenan los valles, se endereza lo torcido y se iguala lo escabroso (Bar 5,7). Se liman asperezas, se suprimen desigualdades y se acortan distancias para que la salvación llegue a todos. La humanidad transformada es la humanidad reconciliada e igualada, integrada en familia de fe: “los hijos reunidos de Oriente a Occidente” (Bar 5,5). Convertirse entonces es ensanchar el corazón y dilatar la esperanza para hacerla a la medida del mundo, a la medida de Dios. Una humanidad más igualitaria y respetuosa de la dignidad de todos es el mejor camino para que Dios llegue trayendo su salvación. A cada uno corresponde examinar qué renuncias impone el enderezar lo torcido o abajar montes o rellenar valles. Nuestros caminos deben ser rectificados para que llegue Dios.

Adviento es el tiempo litúrgico dedicado por antonomasia a la esperanza. Y esperar es ser capaz de cambiar, y ser capaz de soñar con la Utopía, y de provocarla, aun en aquellas situaciones en las que parece imposible.

Dejémonos impregnar por la gracia de este acontecimiento que se nos aproxima, dejemos que estas celebraciones de la Eucaristía y de la liturgia de estos días nos ayuden a profundizar el misterio que estamos por celebrar.

Unidos en la esperanza caminamos juntos al encuentro con Dios. Pero al mismo tiempo, Él camina con nosotros señalando el camino porque “Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su Gloria, con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9). Leer más…

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8.12.24. Adviento, Dios es utopía (2º Dom Adviento)

domingo, 8 de diciembre de 2024
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IMG_8636Del blog de Xabier Pikaza:

Adviento significa venida y, en nuestro caso, venida de Dios como principio de utopía (de salvación), más allá de la pura creatividad humana, tal como actualmente la conocemos. Desde ese fondo quiero establecer en pequeño diálogo con Nietzsche, M. Eliade, Heidegger, Bultmann y Habermas. Buen domingo a todos

Nietzsche: historia sin utopía. Sólo queda el superhombre

 Según Nietzsche, la vida no se funda en ideales o principios superiores: vale por sí misma, en el proceso de su eterno auto-surgimiento. No tiene un camino definido, no es historia de caída, conflicto y reconciliación, como piensan Hegel y Marx (en línea judeocristiana), sino que es siempre idéntica a sí misma: no se dirige a ningún sitio, no vale para nada (es decir, para otra cosa), sino por sí misma. No está sometida a un Dios más alto, ni dirigida hacia el futuro de ninguna reconciliación superior, material o espiritual, sino que es lucha auto-creadora donde triunfan los más fuertes, no para evadirse de la vida, sino para mantenerse y realizarse en ella. La historia no busca así nada fuera de sí misma, ni debe lograr ninguna meta, sino que vale en sí, como proceso que perviven y se imponen los más capaces[1].

A su juicio, sólo aquellos individuos o grupos que no han sido capaces de asumir y desplegar la fuerza de la vida, por impotencia o carencia de creatividad, han buscado evasiones, inventando el mundo del Espíritu, como han hecho los cristianos. Invirtiendo y re-formulando una palabra evangélica (cf. Mc 14, 38 par), podría decir que el espíritu es débil y la carne o vida fuerte. Precisamente allí donde la vida se despliega en plenitud emerge el superhombre, nuevo y verdadero ser humano, idéntico a sí mismo. Nietzsche ha invertido de esa forma el mesianismo cristiano del futuro (esperanza de la gracia de Dios, utopía de los más pequeños) para defender el mesianismo actual y eterno de la vida:

 – Super-hombre, fin de la historia. Habían dominado los seres disminuidos, inmersos en la lucha por un reconocimiento ilusorio (amos y siervos, ambos enfermos), esclavizados por la economía (burgueses y proletarios), incapaces de vivir en plenitud, realizando por sí mismos su vida. Frente a ellos debe elevarse el hombre superior, dueño de sí, capaz de enfrentarse a su destino. Había individuos domesticados, enjaulados en una cárcel de moralismo y resentimiento. Llegan los auténticos humanos, que serán ser por siempre, super-hombres.

Eterno retorno, no hay historia. El super-hombre no entrega su existencia a otro, sino que vive y se despliega por su propio poder; no es producto de un Dios superior, ni efecto de una acción externa, sino expresión de su creatividad. No hay para Nietzsche transcendencia (platonismo) ni meta final (judeocristiasmo). La verdad de los humanos es lo que siempre ha sido y vuelve sin cesar, donde ellos son lo que son, en proceso que valioso por sí mismo (eterno retorno), que no lleva (no debe llevar) a ningún futuro o transcendencia fuera de sí mismo.

Según eso, la historia cesa y cesa toda búsqueda de un ser futuro y/o superior, siendo ya el eterno retorno de la voluntad de poder, donde los humanos aceptan lo que son y no pretenden conseguir metas distintas. El espiritualismo ha sido negación de la vida, cobardía ante la propia realidad. La división de clases y la búsqueda de reconciliación desde la clase inferior (comunismo) es invento de los resentidos (débiles), que se oponen al despliegue de los poderosos. Frente a la pre-historia pasada (dominada por el resentimiento) y la pot-historia de los idealistas, sitúa Nietzsche la pura voluntad de poder, siempre actual, sin pasado ni futuro, ajustada al destino (eterno retorno) de la vida, sin historia[3].

            Esta visión de la actualidad (eterno retorno) de la historia, sin utopías ni esperanzas de futuro, contiene elementos que pueden resultar valiosos para los cristianos, pues también Jesús ha valorado el presente como revelación de Dios (del Reino). Pero en ella falta algo esencial para el evangelio: la experiencia del valor de los pequeños, la ternura compasiva, el gozo de la mutua dependencia en diálogo de amor,la gracia del perdón, la creatividad compartida y el futuro de la utopía que puede recrearse en clave de esperanza cristiana. El super-hombre de Nietzsche ha sido interpretado de diversas formas, que aquí no detallamos, desde los bordes del nazismo hasta de la post-modernidad. Pero todas destacan la exigencia de auto-creatividad humana, con la “exaltación” de los más capaces y un fondo de desprecio por los “pobres” del mundo, que siguen quedando así excluidos, fuera de los campos de juego donde triunfan e imponen su eterna verdad los vencedores del sistema[4].

El problema de fondo sigue siendo la exclusión, justificada de los débiles. La razón ilustrada era en principio universal, y había querido incluir en su proyecto de reconciliación a todos los humanos (amo y esclavo, burgués y proletario), aunque no hubiera logrado conseguirlo; por eso, su utopía acababa resultando imposible. Por el contrario, la razón nietzscheana empieza y acaba siendo parcial, propia de privilegiados, que emergen de la masa y pueden situarse frente a ella. No se sienten llamados a cambiar a los demás (al modo budista o cristiano), pues su tarea consiste en ser ellos mismos, desarrollando su propio privilegio, como seres distintos, conscientes de su destino, de su más honda verdad. En contra de eso, la utopía racional y la esperanza cristiana del Reino quieren abrirse a todos los humanos[5].

Tampoco hay utopía, sólo queda eterno retorno (M. Eliade)

 Los filósofos anteriores (Kant, Hegel, Marx…)seguían entendiendo la historia en sentido lineal, abierta a la utopía de la reconciliación final, de manera que podían tomarse como herederos de la Biblia. En contra de eso, Nietzsche había negado esa visión, concibiendo el ser como eterno retorno de la voluntad de poder y/o como justificación del poder de los que habían logrado conseguirlo. En una perspectiva en parte convergente se sitúa M. Eliade (1907-1986), fenomenólogo interesado en recuperar, más allá de la historia cristiana o de la “negatividad” budista, la sacralidad eterna del paganismo.

Eliade entiende la experiencia religiosa como hierofanía, o revelación de lo sagrado, que se manifiesta de un modo especial en las religiones fundantes de la naturaleza, que descubren y celebran los poderes divinos del cosmos. La finalidad más honda de la religión no ha consistido en dar sentido a la historia (como quisieron Hegel y Marx) sino en superar su terror y/o riesgo. Las cosas pasan, todo cambia, todo muere. Inmerso en esa situación, el humano siente miedo de sí mismo (de perderse en el flujo de cambios) y por eso se refugia en aquellas realidades que vuelven siempre y siempre permanecen.

Lógicamente, la hierofanía básica es aquella que arraiga a los humanos en la raíz eterna de la naturaleza, en poderes que siempre permanecen pues siempre retornan. Lo divino se desvela de un modo especial en las realidades “inmutables” (estrellas del cielo y rocas de la tierra) y, de un modo especial, en aquellas que renacen de la muerte y/o vuelven siempre, conforma al ritmo del eterno retorno de la naturaleza (estacione del año) y de la misma vida. La religión constituye, según eso, una estrategia de supervivencia para aquellos que no pueden (no son capaces de) vencer el miedo a la fragilidad y a la muerte. Los humanos conocen su diferencia (son conscientes de la muerte), pero en el fondo quieren negarla (o superarla) a través de la religión, insertando su vida en el eterno retorno de la naturaleza; negando así el sentido de la historia como proceso temporal:

 La humanidad pudo soportar en el pasado los sufrimientos históricos (porque)eran considerados como un castigo de Dios… Fueron aceptados precisamente porque tenían un sentido meta-histórico, porque, para la gran mayoría de la humanidad, que aún permanecía en la perspectiva tradicional, la historia no tenía y no podía tener ningún valor en sí. Cada héroe repetía el gesto arquetípico, cada guerra reiniciaba la lucha entre el bien y el mal, cada nueva injusticia social era identificada con los sufrimientos del salvador…[6].

 El cristianismo es religión del tiempo: descubrimiento de Dios en la historia de Jesús. Pero su novedad ha resultado engañosa: muchos cristianos han seguido manteniendo su fe en el valor eterno de la realidad, en el fondo del eterno retorno de los tiempos. Han sido cristianos de nombre, pero paganos de experiencia profunda, descubriendo y cultivando la religión como experiencia de la repetición del orden primordial, afirmación de aquello que siempre permanece. Al pensar así, M. Eliade se sitúa cerca de Nietzsche, aunque no acepte su crítica anti-religiosa, su voluntad de poder o exaltación del super-hombre, porque parece defender una vuelta al paganismo pre-cristiano (y pre-budista) con su sacralización del eterno retorno de la naturaleza. Lógicamente, rechaza una filosofía historicista(como la de Hegel o Marx), pues ofrece una solución falsa al terror de la historia, al paso del tiempo. La “razón histórica” de la modernidad no libera al humano del terror del tiempo, haciéndole capaz de adentrarse en lo divino. Tampoco puede liberarle una filosofía de la acción social, pues el tiempo todo lo destruye.

Pero Nietzsche queda básicamente en la crítica, de tal forma que su vida y obra culmina, al menos parcialmente, con la afirmación del Anticristo, que podría traducirse como expresión de una vuelta al Dionisio griego, de la sacralización de la vida, sin historia. Por el contrario, M. Eliade, analista certero de la modernidad, se atreve a replantear el pensamiento y experiencia religiosa desde el enigma del tiempo, es decir, del proceso de la historia. Da la impresión de que, a su juicio, la vuelta a la naturaleza, con el eterno retorno de la sacralidad cósmica, no es la solución definitiva. La ciencia no ofrece repuesta, tampoco lo hace la creatividad política. Sólo siguen abiertos dos posible caminos religiosos:

El mito del eterno retorno, la certeza de que existe un orden permanente de estabilidad y sentido en el fondo de los cambios de la historia. Según este modelo, no puede hablarse de creatividad personal (individual ni social), pues los humanos no hacemos nada nuevo, simplemente repetimos y/o actualizamos, hogaño como antaño, los arquetipos de la realidad originaria. Tememos a la historia (a nuestra creatividad), pues todos los caminos llevan a la muerte, y por eso nos refugiarnos una y otra vez en la matriz vital del cosmos de la que, quizá, no deberíamos haber salido nunca. No queremos tener o no tenemos responsabilidad moral estricta: nada hacemos en verdad, nada destruimos, nos limitamos a dejar que el ciclo eterno (divino) de la Vida se exprese en nuestra vida.

El cristianismo, con su historia mesiánica, vinculada a la libertad creadora del humano y a la existencia personal de Dios llama, sustenta y responde a los humanos. l «terror a la historia»(del paso del tiempo que todo lo destruye) se ha vuelto cada vez más difícil de soportar. Muchos ya no pueden refugiarse en los modelos divinos del eterno retorno sagrado. «Sólo una libertad que tiene su fuente y halla su garantía y su apoyo en Dios es capaz de defender al hombre moderno del terror de la historia», es decir, del destructivo del paso del tiempo, del horrible gusano de la muerte.En esa línea podríamos y deberíamos hablar de un cristianismo que fuera capaz de descubrir activamente la presencia de Dios en el camino de realización comunitaria de los creyentes[7].

Como fenomenólogo e historiador de la religión, M. Eliade no ha querido ofrecer una valoración confesional, diciendo por dónde debemos caminar. Pero, al menos en una perspectiva, su obra parece un canto nostálgico a las viejas religiones cósmicas, como si hubiera sido mejor que no nacieran las grandes religiones post-axiales (cristianismo, budismo). Parece que lamenta el triunfo de esas nuevas religiones, pues las anteriores, del eterno retorno, ofrecían una experiencia mejor de integración del humano en el cosmos.Más en concreto, el cristianismo es religión del «hombre caído en desgracia», que ha perdido el paraíso de los arquetipos y la repetición, condenados a morir en la historia[8].

A pesar de esa nostalgia, Eliade deja abierto el camino a la singularidad del cristianismo como experiencia y movimiento de libertad, pues el pecado, que es propio del humano y no de la naturaleza o de los dioses del eterno retorno, puede superarse humanamente en un camino de historia, centrado en el Cristo. Ciertamente, los humanos pueden vivir en desgracia, destruyéndose a sí mismos en la historia (ese es su pecado, el terror de la muerte); pero pueden elevarse y cultivar en amor el misterio del encuentro personal con Dios, que se expresa y realiza en el encuentro interhumano. La misma historia, que es tiempo de caída, puede interpretarse y realizarse como tiempo de salvación (de Reino) en clave de esperanza que asume y transfigura los valores de la utopía racional de la modernidad[9].

  1. De Heidegger a Bultmann. Sólo queda un adviento existencial

 Nietzsche había criticado la visión escatológica de la historia; M. Eliade parecía inclinado a superar las confesiones históricas (de tronco bíblico), para defender la religión del cosmos, centrada en el eterno retorno de la realidad sagrada, simbolizada por los dioses, aunque había mostrado la posibilidad de superar el terror de la historia (entendida como proceso de muerte) a través de una experiencia personal de libertad, en relación con lo divino. En este contexto resulta casi obligatoria la referencia a M. Heidegger, que (en Ser y tiempo) ha distinguido historia e historicidad:

– Historia (Historie) evoca el decurso externo de los hechos, que suceden en el tiempo cronológico del cosmos, conforme al decurso de generaciones. Pues bien, ella carece de sentido: los hechos pasan, suceden y se pierden, en un ritmo dominado finalmente por la muerte. Heidegger no puede asumir en este plano la utopía racional y política (de Hegel o Marx), nila esperanza escatológica del cristianismo y su promesa de Reino.

Historicidad (Geschichte) es el carácter propio (temporal) del ser humano, llamado a realizarse y decidirse de manera auténtica, superando la fijación del pasado que le determina de manera objetiva, y asumiendo la angustia de la muerte. No pertenece al orden social externo, sino a la realidad de cada humano. No hay «historia universal», ni «historias parciales», sino historicidad de cada individuo. Sólo a ese nivel, en la decisión del aquel que, asumiendo su angustia por (ante) la muerte, vive en autenticidad tiene sentido la existencia. Leer más…

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¿Hay motivos para estar alegres? Domingo 2º de Adviento. Ciclo C.

domingo, 8 de diciembre de 2024
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1D26B104-3B79-4CC5-91DB-34520A97F96EDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

“Preparad el camino al Señor…”

Las últimas noticias sobre la variante ómicron y otros muchos problemas a nivel mundial no invitan al optimismo. Sin embargo, lo que intentan transmitirnos las lecturas de este domingo es alegría. La del profeta Baruc ordena expresamente a Jerusalén: “quítate tu ropa de duelo y aflicción”. Si el sacerdote que preside la eucaristía quisiese realizar una acción simbólica, al estilo de los antiguos profetas, podría quitarse la casulla morada y cambiarla por una blanca y dorada. También el Salmo habla de alegría: “la lengua se nos llenaba de risas, la lengua de cantares”; “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Pablo escribe a los cristianos de Filipos que reza por ellos “con gran alegría”. Y el evangelio recuerda el anuncio de Juan Bautista: “todos verán la salvación de Dios”. Las lecturas de este domingo no justifican que se suprima el Gloria, todo lo contrario. Hay motivos más que suficientes para cantar la gloria de Dios.

Primer motivo de alegría: la vuelta de los desterrados (Baruc 5,1-9)

Jerusalén, quítate tu ropa de duelo y aflicción, y vístete para siempre el esplendor de la gloria que viene de Dios. Envuélvete en el manto de la justicia que procede de Dios, pon en tu cabeza la diadema de gloria del Eterno. Porque Dios mostrará tu esplendor a todo lo que hay bajo el cielo. Pues tu nombre se llamará de parte de Dios para siempre: Paz de la Justicia y Gloria de la Piedad.

Levántate, Jerusalén, sube a la altura, tiende tu vista hacia el Oriente y ve a tus hijos reunidos desde oriente a occidente, a la voz del Santo, alegres del recuerdo de Dios.

Salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve traídos gloria, como un trono real. Porque ha ordenado Dios que sean rebajados todo monte elevado y los collados eternos, y colmados los valles hasta allanar la tierra, para que Israel marche en seguro bajo la gloria de Dios. Y hasta las selvas y todo árbol aromático darán sombra a Israel por orden de Dios. Porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con la misericordia y la justicia que vienen de él.

La lectura de Baruc recoge ideas frecuentes en otros textos proféticos. Jerusalén, presentada como madre, se halla de luto porque ha perdido a sus hijos: unos marcharon al destierro de Babilonia, otros se dispersaron por Egipto y otros países. Ahora el profeta la invita a cambiar sus vestidos de duelo por otros de gozo, a subir a una altura y contemplar cómo sus hijos vuelven“en carroza real”, “entre fiestas”, guiados por el mismo Dios.

¿Qué impresión produciría esta lectura en los contemporáneos del profeta? Sabemos que a muchos judíos no les ilusionaba la vuelta de los desterrados; había que proporcionarles casas y campos, y eso suponía compartir los pocos bienes que poseían. Otros, mejor situados económicamente, verían ese retorno como un punto de partida de un resurgir nacional.

Y esto demuestra la enorme actualidad de este texto de Baruc. A primera vista, hoy día Jerusalén es Siria, Iraq, tantos países de África que están perdiendo a sus hijos porque deben desterrarse en busca de seguridad o de trabajo. Pero también nosotros podemos identificarnos con Jerusalén y ver a esos cientos de miles de personas no como una amenaza para nuestra sociedad y nuestra economía, sino como hijos y hermanos a los que se puede acoger y ayudar en su desgracia.

Segundo motivo de alegría: la bondad de la comunidad (Filipenses 1,4-6.8-11)

Rogando siempre y en todas mis oraciones con alegría por todos vosotros a causa de la colaboración que habéis prestado al Evangelio, desde el primer día hasta hoy; firmemente convencido de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús.

Pues testigo me es Dios de cuánto os quiero a todos vosotros en el corazón de Cristo Jesús.  Y lo que pido en mi oración es que vuestro amor siga creciendo cada vez más en conocimiento perfecto y todo discernimiento, llenos de los frutos de justicia que vienen por Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.

Pablo sentía un afecto especial por la comunidad de Filipos, la primera que fundó en Macedonia. Era la única a la que le aceptaba una ayuda económica. Por eso, en su oración, recuerda con alegría lo mucho que los filipenses le ayudaron a propagar el evangelio. Y les paga rezando por ellos para que se amen cada día más y profundicen en su experiencia cristiana. La actitud de Pablo nos invita a pensar en la bondad de las personas que nos rodean (a las que muchas veces solo sabemos criticar), a rezar por ellas y esforzarnos por amarlas.

Tercer motivo de alegría: el anuncio de la salvación (Lucas 3,1-6)

En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios.

A diferencia de los otros evangelistas, Lucas sitúa con exactitud cronológica la actividad de Juan Bautista. No lo hace para presumir de buen historiador, sino porque los libros proféticos del Antiguo Testamento hacen algo parecido con Isaías, Jeremías, Ezequiel, etc. Con esa introducción cronológica tan solemne, y con la fórmula “vino la palabra de Dios sobre Juan”, al lector debe quedarle claro que Juan es un gran profeta, en la línea de los anteriores. El Nuevo Testamento no corta con el Antiguo, lo continúa. En Juan se realiza lo anunciado por Isaías.

Juan, igual que los antiguos profetas, invita a la conversión, que tiene dos aspectos: 1) el más importante consiste en volver a Dios, reconociendo que lo hemos abandonado, como el hijo pródigo de la parábola; 2) estrechamente unido a lo anterior está el cambio de forma de vida, que el texto de Isaías expresa con las metáforas del cambio en la naturaleza.

Pero, a diferencia de los grandes profetas del pasado, Juan no se limita a hablar, exigiendo la conversión. Lleva a cabo un bautismo que expresa el perdón de los pecados. Se cumple así la promesa formulada por el profeta Ezequiel en nombre de Dios: “Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará”.

Las dos conversiones

¿Se podría mandar a una persona como penitencia estar alegre? Parece una contradicción. Sin embargo, las lecturas de este domingo y de todo el Adviento nos obligan a examinarnos sobre nuestra alegría y nuestra tristeza, a ver qué domina en nuestra vida. Es posible que, sin llegar a niveles enfermizos, nos dominen altibajos de cumbres y valles, momentos de euforia y de depresión, porque no recordamos que hay motivos suficientes para vivir con serenidad la salvación de Dios.

Al mismo tiempo, las lecturas nos invitan también a convertirnos al prójimo, acogiéndolo, amándolo, rezando por ellos.

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8 de Diciembre de 2024. Segundo Domingo de Adviento. Ciclo C.

domingo, 8 de diciembre de 2024
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“…vino la Palabra de Dios sobre Juan.”

(Lc 3,1-6)

¡Anunciad!. Si este adviento empezaba con la invitación a levantarnos, a ponernos en pie y alzar la cabeza, ahora nos urge a anunciar.

Nos presenta a Juan Bautista, un personaje peculiar, de esos a los que uno se vuelve a mirar cuando te los cruzas por la calle. Así fue, una persona peculiar de las que Dios nos regala con una cierta frecuencia. Un inconformista valiente, de los que no se callan la verdad, le pique a quien le pique. Es más, de esos que se atreven a gritar verdades y por eso se buscan problemas.

Juan Bautista era de esas personas que se han dejado transformar y por eso la esperanza habita en ellas. Saben que la realidad está llena de posibilidades y de bondad y están convencidas de que todo ser humano es capaz de cambiar, que lo bueno es patrimonio de todos, “…todos verán la salvación de Dios”.

A sus ojos no existen los obstáculos: los caminos se pueden allanar, los valles se pueden elevar, los montes y las colinas pueden descender y hasta lo torcido se puede enderezar. Su confianza no tiene límites por eso atraen a otras personas.

Necesitamos “Juanes”.  Cada uno de nosotros podríamos intentar esta semana ser un poco “Juan Bautista”, lo de vestirse de piel de camello es opcional, pero llevemos allá donde vayamos un mensaje lleno de esperanza. ¡Que se nos note que la Palabra de Dios nos ha tocado el corazón!

Confiemos y que esa confianza se dilate, se contagie. Quien tiene fe, aunque esa fe sea pequeña como un granito de mostaza, si se agarra a esa fe pequeñita, ¡podrá mover montañas!

Oración

¡Anunciad! para que lo torcido empiece a enderezarse.
¡Anunciad! para que la esperanza reverdezca.
¡Anunciad! para que todos vean la salvación de Dios.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Juan fue todo un profeta, de él partió Jesús para su mensaje.

domingo, 8 de diciembre de 2024
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battistaDOMINGO 2º DE ADVIENTO (C)

Lc 3,1-6

Las tres figuras de la liturgia de Adviento son: Juan Bautista, Isaías y María. El evangelio de hoy nos habla del primero. La importancia de este personaje está acentuada por el hecho de que hacía trescientos años que no aparecía un profeta en Israel. Al narrar Lucas la concepción y el nacimiento de Juan antes de decir casi lo mismo de Jesús, manifiesta lo que este personaje significaba para las primeras comunidades cristianas. Para Lucas la idea de precursor es la clave de todo lo que nos dice de él. Se trata de un personaje imprescindible.

Los evangelistas se empeñan en resaltar la superioridad de Jesús sobre Juan. Se advierte una cierta polémica en las primeras comunidades, a la hora de dar importancia a Juan. Para los primeros cristianos no fue fácil aceptar la influencia del Bautista en la trayectoria de Jesús. El hecho de que Jesús acudiese a Juan para ser bautizado, nos manifiesta que Jesús tomó muy en serio la figura de Juan, y que se sintió atraído e impresionado por su mensaje. Juan tuvo una influencia muy grande en la religiosidad de su época. En el momento del bautismo de Jesús, él era ya muy famoso. A Jesús no le conocía nadie.

Es muy importante el comienzo del evangelio de hoy. Estamos en el c. 3, y curiosamente, Lucas se olvida de todo lo que dijo en los capítulos 1 y 2. Como si dijera: ahora comienza, de verdad, el evangelio, lo anterior era un cuento. Intenta situar en unas coordenadas concretas de tiempo y lugar los hechos para dejar claro que no inventa los relatos. Hay que notar que el “lugar” no es Roma ni Jerusalén sino el desierto. También quiere significar que la salvación está dirigida a hombres concretos de carne y hueso, y que esa oferta implica no solo al pueblo judío sino a todo el orbe conocido: “todos verán la salvación de Dios”.

Como buen profeta, Juan descubrió que, para hablar de una nueva salvación, nada mejor que recordar el anuncio del gran profeta Isaías. Él anunció una liberación para su pueblo, precisamente cuando estaba más oprimido en el destierro y sin esperanza de futuro. Juan intenta preparar al pueblo para una nueva liberación, predicando un cambio de actitud por parte de Dios pero que dependería de un cambio de actitud en el pueblo.

Los evangelios presentan el mensaje de Jesús como muy apartado del de Juan. Juan predica un bautismo de conversión, de metanoya, de penitencia. Habla del juicio inminente de Dios, y de la única manera de escapar de ese juicio, su bautismo. No predica un evangelio -buena noticia- sino la ira de Dios, de la que hay que escapar. No es probable que tuviera conciencia de ser el precursor, tal como lo entendieron los cristianos. Habla de «el que ha de venir» pero se refiere al juez escatológico, en la línea de los antiguos profetas.

Para los evangelios, Jesús predica una “buena noticia”. Dios es Abbá, Padre-Madre, que ni amenaza ni condena ni castiga, simplemente hace una oferta de salvación total. Nada negativo debemos temer de Dios. Todo lo que nos viene de Él es positivo. No es el temor, sino el amor lo que tiene que llevarnos hacia Él. Me pregunto, por qué, después de veinte siglos, nos encontramos más a gusto con la predicación de Juan que con la de Jesús.

La verdad es que la predicación de Jesús coincide en gran medida con el mensaje de Juan. Critica duramente una esperanza basada en la pertenencia a un pueblo o en las promesas hechas a Abrahán, sin que esa pertenencia conlleve compromiso alguno. Para Juan, el recto comporta­miento personal es el único medio para escapar al juicio de Dios. Por eso coincide con Jesús en la crítica del ritualismo cultual y a la observancia puramente externa de la Ley.

Dios no tiene ni pasado ni futuro; no puede “prometer” nada. Dios es salvación, que se da a todos en cada instante. Algunos hombres (profetas) experimentan esa salvación según las condiciones históricas que les ha tocado vivir y la comunican a los demás como promesa o como realidad. La misma y única salvación de Dios llega a Abrahán, a Moisés, a Isaías, a Juan o a Jesús, pero cada uno la vive y la expresa según la espiritualidad de su tiempo.

No encontramos la salvación que Dios quiere hoy para nosotros, porque nos limitamos a repetir lo ya dicho. Solo desde la experiencia personal podremos descubrir esa salvación. Cuando pretendemos vivir de experiencias ajenas, la fuerza de atracción del gozo inmediato acaba contrarrestando la programación. En la práctica, es lo que nos sucede a la inmensa mayoría de los humanos. El hedonismo es la pauta: lo más cómodo, lo más fácil, lo que menos cuesta, lo que produce más placer inmediato, es lo que motiva nuestra vida.

Más que nunca, necesitamos una crítica sincera de la escala de valores en la que desarrollamos nuestra vida. Digo sincera, porque no sirve de nada admitir teóricamente la escala de Jesús y seguir viviendo en el más absoluto hedonismo. Tal vez sea esto el mal de nuestra religión, que se queda en la pura teoría. Apenas encontraremos un cristiano que se sienta salvado. Seguimos esperando una salvación que nos venga de fuera.

Al celebrar una nueva Navidad, podemos experimentar cierta esquizofrenia. Lo que queremos celebrar es una salvación que apunta a la superación del hedonismo. Lo que vamos a hacer en realidad es intentar que en nuestra casa no falte de nada. Si no disponemos de los mejores manjares, si no podemos regalar a nuestros seres queridos lo que les apetece, no habrá fiesta. Sin darnos cuenta, caemos en la trampa del consumismo. Si podemos satisfacer nuestras necesidades en el mercado, no necesitamos otra salvación.

En las lecturas bíblicas debemos descubrir una experiencia de salvación. No quiere decir que tengamos que esperar para nosotros la misma salvación que ellos anhelaban. La experien­cia es siempre intransferible. Si ellos esperaron la salvación que necesitaron en un momento determinado, nosotros tenemos que encontrar la salvación que necesitamos hoy. No esperando que nos venga de fuera, sino descubriéndola en lo hondo de nuestro ser que tenemos capacidad para sacarla a la superficie. Dios salva siempre. Cristo está viniendo.

El ser humano no puede planificar su salvación trazando un camino que le lleve a su plenitud como meta. Solo tanteando puede conocer lo que es bueno para él. Nadie puede dispensarse de la obligación de seguir buscando. No solo porque lo exige su progreso personal sino porque es responsable de que los demás progresen. No se trata de imponer a nadie los propios descubrimientos, sino de proponer nuevas metas para todos. Dios viene a nosotros siempre como salvación, pero ninguna salvación puede agotar la oferta de Dios.

Es importante la referencia a la justicia, que hace por dos veces Baruc y también Pablo, como camino hacia la paz. El concepto que nosotros tenemos de justicia, es el romano, que era la restitución según la ley, de un equilibrio roto. El concepto bíblico de justicia es muy distinto. Se trata de dar a cada uno lo que espera, según el amor. Normalmente, la paz que buscamos es la imposición de nuestros criterios, sea con astucia, sea por la fuerza.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Juan Bautista.

domingo, 8 de diciembre de 2024
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Juan-Bautista-John-BaptistLc 3, 1-6

«Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego»

Juan era un profeta enfrentado al sistema; un hombre austero y exigente consigo mismo que recorría el Jordán invitando al pueblo a volver la espalda al pecado, a cumplir su parte de la Alianza con Dios, a la penitencia y al bautismo por inmersión. Se movía entre Enón (cerca de Salin) en Perea, y las inmediaciones de Jericó, en Judea, y allí acudía gente de toda Palestina a escucharle.

El gran éxito de Juan provenía del hecho insólito de abrir una puerta de salvación al pueblo llano y depauperado. A aquella chusma maldita —según expresión de los fariseos—, a los que todos despreciaban y condenaban de antemano, les decía que el Señor no les despreciaba; que también podían acceder al reino de Dios; que la salvación, en contra de lo que decían las autoridades religiosas, no estaba reservada a los selectos, sino a todos los que se convirtiesen arrepintiéndose de sus pecados.

Su enfrentamiento con las autoridades civiles tenía su origen en que Juan les hablaba con inusitada crudeza, denunciaba en público sus abusos y ponía de relieve sus vicios y corrupciones. También estaba amenazado por las autoridades religiosas, porque ofrecía la salvación al pueblo a través de un rito no sancionado por ellas, y en lugar profano; ajeno al Templo. La gente sagrada de Israel no podía permitir un hecho de estas dimensiones al margen de su omnímoda influencia.

En cualquier caso, su fama como profeta era formidable y crecía de día en día. Mucha gente de Jerusalén, de toda Judea e incluso de Galilea, salía al Jordán a escucharle y a ser bautizados por él.

Los cuatro evangelistas lo presentan como el precursor de Jesús, su heraldo, pero el discurso catastrofista de Juan —«ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles»— nada tiene que ver con el discurso de Jesús. Tampoco lo tiene su estilo de vida; ascético en el caso de Juan, y hasta cierto punto confortable en el de Jesús. Juan es el último de los profetas alarmistas propios del Antiguo Testamento, y Jesús es el portador de la Buena Noticia. Nada que ver.

No obstante, ambos tenían en común que fueron aceptados por el pueblo llano, y acosados hasta la muerte por los poderosos que no querían ver su modo de vida comprometido por la predicación de aquellos marginados. También tenían en común que su coherencia y su coraje los llevaron a la muerte.

Y ésta es una constante a lo largo de la historia. Dios esparce la palabra a boleo para que llegue a todos, pero solo es aceptada por los que se sienten necesitados de ella; por los insatisfechos, por los que desean mejorar y están dispuesto a cambiar. Es rechazada por los entendidos que se sienten seguros y no precisan de la Palabra de nadie; por los que se sienten satisfechos y quieren que todo siga como está.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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De vuelta a casa.

domingo, 8 de diciembre de 2024
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IMG_8772“Casa” es el primer lugar donde nacemos, el hogar que se nos ha preparado con tanto mimo y cariño que nos va “constituyendo” y nos hace ser quienes somos, hasta que llega el momento de romper con todo ello para forjarnos nuestra propia casa, la que construimos con nuestro esfuerzo, con nuestros sueños, a veces lejos en todos los sentidos de nuestra casa original porque para crecer hay que separarse.

Puede ser que nuestra vida tenga poco movimiento físico, que vivamos en la misma ciudad donde nacimos, que conservemos amistades y relaciones durante muchos años, que sea lo más parecido a una rutina monótona en la que van pasando los días…y sin embargo el camino de la vida es un sendero tortuoso con muchas curvas, con grandes pendientes e interminables senderos llanos, sin árboles a los lados, sin perspectiva al frente muchas veces, un gran desierto con ansia siempre de regresar a “casa”.

Los cambios no vienen dados por las circunstancias que acontecen y nos “salpican” de una u otra manera, sino de la lectura que hacemos de eso que nos acontece y de la manera que reaccionamos a todo ello.

El pueblo de Israel nos precede en esa lectura de lo que le acontece como un pueblo que vive en diálogo con su Dios, que a raíz de las vicisitudes de la vida va entendiendo que su fidelidad y su amor son eternos, y que se hacen realidad en el deseo de que el pueblo viva en la justicia, en la paz, en el gozo. Sin embargo, la libertad, prima por encima de todo y es el pueblo mismo quien se busca su propio dolor, su propio sufrimiento cuando opta por el egoísmo, la violencia, la opresión de los más pequeños.

Esas vueltas cíclicas del luto y la aflicción al gozo y la celebración, de la opresión a la vuelta a casa en libertad, del esfuerzo físico y moral a la seguridad, la paz y la alegría de un pueblo que se sabe guiado, conducido por la justicia y la misericordia de Dios, no es únicamente patrimonio del pueblo de Israel, es más bien un “ir y venir” de un camino que se realiza en la historia del ser humano como individuo y también como colectivo.

Esa lectura de un Dios que interviene en la historia, es la lectura de quien se va dando cuenta de la trayectoria de madurez en su vida, de cómo va aprendiendo tanto de sus equivocaciones como de sus logros.

Eso que suena a promesa de Dios en un futuro incierto es más bien una llamada a ir realizando aquí y ahora ese ideal que vemos tan lejos y que es el que estamos llamados a construir piedra a piedra, día a día.

“Dios ha mandado rebajarse a todos los montes elevados y a todas las colinas encumbradas”. La Palabra de Dios nos relata cómo desde el principio la raza humana se ha creído superior al resto de la Creación y se ha encumbrado utilizando todos los recursos naturales para su propio beneficio. El camino que Dios elige es opuesto a nuestros sueños y delirios de grandeza. No aceptamos la pequeñez, el vivir en la intemperie, el ocupar nuestro puesto en un entramado de redes maravillosas de vida.

Adviento, “ad ventum”, venida, a- hacia… No rememoramos un pasado maravilloso ni esperamos un futuro glorioso. Estamos en un presente muy complicado, muy decisivo en lo que se refiere a la supervivencia del género humano.

Ahora, más que nunca, es imprescindible, no celebrar la Navidad como acontecimiento histórico, sino hacer realidad esa cercanía de Dios que busca “Paz en la justicia”, reunirnos de oriente y occidente para que rebajemos el uso de combustibles fósiles, que acojamos a quien deja su hogar y su “casa” por su propia supervivencia y la de los suyos, que cuidemos de la naturaleza que sabiamente nos enseña el equilibrio para que ella puede cuidar de nosotrxs.

Se nos llama a un cambio de conciencia de quienes somos y donde estamos. No es un cambio moral únicamente ni un cambio que pedimos a lxs poderosxs, a lxs ricxs; sabemos que ese cambio es muy difícil.

Dios viene hoy “hacia”, “a” nosotrxs en esa llamada a cuidar de la “casa común”. Esa casa a la que pertenecemos y a la que añoramos porque es el hogar que nos prepararon con tanto mimo y cuidado. Somos producto de su evolución. Esa es la buena obra que Dios ha empezado en cada unx de nosotrxs y que llevará al final si damos nuestro consentimiento.

No es lo que pasa, las circunstancias que rodean nuestra vida lo que nos condiciona sino la lectura que hacemos de ellas y las decisiones que tomamos las que nos convierten en quienes somos.

Dios viene hacia nosotrxs, nosotrxs vamos hacia Dios es sólo un lenguaje. Somos parte de un universo en constante evolución, nunca estamos fuera, ni nos desconectamos porque la Vida lo permea todo.

Este tiempo de adviento es una llamada a entrar en otro registro: desacelerar el paso, contemplar lo pequeño, lo insignificante, dejarnos envolver por el silencio, transformar por la Palabra y actuar según nos vaya hablando nuestra conciencia. Llegar a casa y abrir la puerta para dejar entrar a quien lo necesite.

Carmen Notario, SFCC

Fuente Fe Adulta

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