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(3) Asunción, el último «dogma» de la Iglesia Católica

miércoles, 15 de agosto de 2018
Comentarios desactivados en (3) Asunción, el último «dogma» de la Iglesia Católica

9e8f880d-11b0-4cb7-96a7-1f30066b9cb6Del blog de Xabier Pikaza:

Ayer mismo (era yo un niño), el año 1950, en lenguaje de su tiempo, el Papa Pío XII,«definió» este dogma, él «último» de la Iglesia:

Pronunciamos, declaramos y definimos que la Inmaculada Madre de Dios, la Siempre Virgen María, cumplido el transcurso de su vida terrestre, fue elevada (Asunta) en cuerpo y alma a la gloria celeste (Denzinger-Schönmetzer 3903).

De esa forma completó y culminó hasta hoy (2018) la «conciencia» mesiánica más espiritualista de la Iglesia católica, aplicando a María el don y experiencia pascual de Jesús, algo que no es exclusivo de ella sino de todos los creyentes, y en el fondo de todos los hombres que viven inmersos en la vida del Dios de la Vida.

Éste es el último dogma de la Iglesia católica romana, en la línea de Nicea (323). María ha sido una mujer en Dios, inserta en y con Cristo, su Hijo, en la Vida Originaria que es la Vida en plenitud (en este mismo mundo).

Después con el Vaticano II (1962-1965) no hubo ya dogmas de María (ni de la Iglesia), sino cartas y textos pastorales. Hoy el Papa Francisco (tan lejano y tan cercano a Pío XII) tiene otros temas pendientes de Iglesia, no está quizá para dogmas marianos, aunque éste de la Asunción abre un camino esencial en la conciencia más «divina» de la iglesia más «humana», como seguiré indicando en lo que sigue.

En la imagen un Icono tradicional de la Dormitio/Asunción:María muere, y así queda su cuerpo en la «cama» del sepulcro, mientras Cristo su Hijo toma su alma (María en pequeño) y la lleva a su Gloria. Los Doce de Jesús (con algunas mujeres al fondo) quedan ya solos en torno al sepulcro de la Madre.

Quizá, para completar el dogma de María en línea del Concilio de Nicea, habría que completar el dogma diciendo que la Asunción ha sido y es la plena humanización de María (y de la humanidad en Dios), representada en ese icono por los Doce de Jesús, una «compañía mesiánica» en camino, que deberá se más claramente de hombres y mujeres, no sólo de varones.
Buen día de la Asunción a todos.

Situar del dogma, decir la experiencia católica de María

‒ Éste es un dogma pascual. El dogma de la Inmaculada insistía en el nacimiento sin pecado de María. Este nuevo dogma la vincula a la pascua: Resurrección y Ascensión al “cielo”. La declaración no dice cómo murió en sentido externo, de tal forma que algunos han podido afirmar que no murió, sino que fue arrebatada directamente a la Gloria del Cristo, como 1 Tes 4, 17 supone para los justos de la última generación, es decir, de la de Pablo. Pero ése es un tema secundario (aunque en otro tiempo haya sido muy discutido). De un modo u otro, María ha culminado su camino, siendo acogida con Cristo, y así se dice que ha sido asumida (Asunción) y no que se ha elevado por sí misma como Cristo (Ascensión), para destacar su condición de criatura. La iglesia sabe que ella ha culminado su camino, alcanzando así la gloria mesiánica de Dios.

‒ Éste es, también, un dogma anti-helenista, es decir, contrario a un espiritualismo que dividen al hombre, diciendo que en la muerte «el cuerpo vuelve al polvo y el alma vuela al cielo». En contra de eso, María ha vinculado en su vida cuerpo y alma, lo mismo que Jesús, Logos de Dios, de quien se dice que es carne (Jn 1, 14). María es carne, es decir, una vida histórica concreta, que ha nacido por gracia (Inmaculada) y que gratuitamente culmina su existencia, en manos de Dios, con Jesús. La tendencia helenista, dominante en la iglesia, ha venido afirmando que el alma de los justos sube al cielo tras la muerte, pero que el cuerpo tiene que esperar hasta el momento de la resurrección final. En contra eso, abriendo un camino nuevo de experiencia antropológica y de comunión pascual, este dogma afirma que María ha culminado ya su vida en Dios, por medio de Jesús, en cuerpo y alma, es decir, como carne personal, persona histórica. De esta forma, la mariología nos sitúa en el centro del misterio cristiano, sin separación de cuerpo y alma.

‒ Éste es un dogma abierto a la simbología teológica, como ha destacado la tradición de la iglesia en la escena de la «Coronación de María como reina del cielo y de la tierra». Evidentemente, se trata de una imagen, pero es muy significativa: María es recibida en el misterio de la Trinidad de manera que el Padre y el Hijo unidos la coronan con el Espíritu Santo (que puede aparecer en forma de paloma). De esa manera, ella que es humanidad, persona de este mundo, queda integrada en el misterio de Dios, pero no en nombre propio, sino en nombre y en lugar del conjunto de la historia humana.

Situar el Dogma

Esta definición mariana de la Asunción ha completado el ciclo de las definiciones antropológicas marianas. El dogma de la Inmaculada suponía que Dios ha dirigido de manera personal el nacimiento y despliegue de María. El dogma de la asunción añade, de manera consecuente, que Dios mismo ha querido recibirla (en la pascua de Cristo) tras la muerte.
Según eso, María no ha sido un alma que ha descendido de la altura inmortal, sino una persona histórica, y de esa forma se ha venido realizando a lo largo de un tiempo concreto, que va del nacimiento hasta la muerte. De Dios ha nacido, naciendo de otros hombres y mujeres (de sus padres); en diálogo con Dios y con su entorno (especialmente con Jesús) ha realizado su vida, llegando a ser plenamente en su muerte, que no ha sido una vuelta a la nada, sino una plenitud personal, una apertura en manos de Dios, con Jesucristo:

‒ Jesús ha resucitado en perspectiva humana, como mesías de la nueva humanidad reconciliada, culminando así su camino de Hijo de Dios, condenado por los hombres, pero vivificado por su Padre, que le acoge y transfigura, haciéndose así principio y centro de nueva humanidad reconciliada, mesiánica.

‒ María ha muerto también: ha entregado su existencia en Dios,y Dios le ha recibido en la gloria de su mismo Hijo Jesucristo, en el Espíritu. Así podemos afirmar, en lenguaje simbólico, que ella es la primera de los hombres ya resucitados en el Cristo, la primera (¡no la única!) de aquellos que culminan su camino personal, siendo así recibidos (¡culminados!) dentro del triunfo pascual de Jesús, Hijo de Dios.

El texto ya citado de la definición de 1950 presenta este misterio con palabras teológicas de entonces. Por un lado, para no adentrarse en controversias de carácter teológico, ha evitado hablar de la muerte de María, diciendo «cumplido el curso de su vida terrestre fue asunta…». Por otro lado emplea categorías de alma y cuerpo, para señalar de esa manera el sentido total, abarcador, de la asunción de María; ella culmina en Dios del todo (en alma y cuerpo) y no sólo en un aspecto separado o parcial de su existencia.

Este uso teológico está determinado por una tradición católica que emplea los conceptos de alma y cuerpo en relación a la persona y vida del cristiano: el hombre «es alma», es decir, un ser viviente espiritual, distinto de la pura materia; el hombre «es cuerpo», ser del mundo que se encuentra integrado en el proceso vital y material del cosmos. Esos conceptos se han solido emplear de muchas formas, aunque en términos normales han tendido a interpretarse de manera disociada: muchos han visto al hombre como un alma inmortal unida por un tiempo al cuerpo. Por la muerte cesa es unidad y el alma sube al cielo, por los méritos de Cristo, si es que ha sido justa sobre el mundo, mientras el cuerpo se corrompe sobre el mundo hasta la resurrección final. Así se podría decir que sólo María está en el cielo en cuerpo y alma.

Tiempo de María, el futuro de la historia.

Al afirmar que María «ha sido asunta» (asumida, elevada) en la gloria de los cielos tras la muerte, este dogma supone que ella ha entrado en el tiempo pascual de la resurrección de los muertos; ella no es Dios ni tiene eternidad, pero ha recibido en Cristo la forma de existencia plena, como persona ya plenamente realizada. El tiempo no discurre para ella como sobre el mundo, en un camino que avanza sin cesar entre principio (nacimiento) y muerte, sino que se ha cumplido y, de esa forma, integrándose en el Cristo, ella participa de la nueva creación que es la plenitud de Dios para los hombres. En esa línea podemos distinguir tres tipos de «tiempo», si es que puede emplearse en cada caso esa palabra:

‒ Hay un tiempo eterno que es propio de Dios, como amor originario, encuentro de vida sin fin, en forma de Trinidad, antes de la creación y de la historia de los hombres, pero en el fondo de ella. Estrictamente hablando, este es un tiempo “abstracto”, pues de hecho, en la historia de la salvación, Dios se hace tiempo pascual (de plena encarnación) para los hombres.

‒ Hay un tiempo histórico, propio de la vida de los hombres en el mundo, como proceso que discurre del nacimiento hasta la muerte. También este tiempo es “abstracto”, pues los hombres no quedan encerrados en su propio tiempo, sino que se abren en Cristo al tiempo pascual de Dios (a no ser que escojan ellos mismos la muerte).

‒ Hay finalmente un tiempo pascual, que es la plenitud de Dios para los hombres, como unión de los tiempos precedentes; éste es el tiempo propio de Jesús resucitado (en cuanto humano) y de aquellos que acogen su camino y participan de su reino. Es el tiempo de María asunta al cielo. Leer más…

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La Virgen María, «Nuestra Señora de las Ecologías»

miércoles, 15 de agosto de 2018
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la-virgen-de-la-ecologia_560x280Nuestro país se viste de advocaciones marianas relacionadas con el medio ambiente

Montaña, Paloma, del Arroyo, Guadalupe, Montserrat, Manzano, Castañar, Encina, Nieves…

(Antonio Aradillas).- En su expresión ecológica tan sublime, como espectacular y religiosa, la Santísima Virgen María, con sus advocaciones piadosas, se hace popularmente presente sobre todo en el calendario festivo propio del verano.

De ahí nuestras prisas en destacar tal realidad y reconocimiento, con lo que poder contribuir de alguna manera a la conservación del planeta «mundo» , en cuya destrucción egoísta se da la triste y estadística impresión de estar tantos empeñados, hasta impiadosa y sacrílegamente.

Desde el pináculo de cualquier calendario mariano festivo, me asomo aquí y ahora, con el deseo de adscribirnos de alguna manera a ritos, ceremonias, tradiciones y comportamientos del pueblo- pueblo, en la relación establecida religiosamente con la Divinidad, por la mediación de la Virgen, en el rosario de sus advocaciones «naturales», tanto o más teológicas que las misteriosamente «sobrenaturales» , antes y después de dejar constancia brillante de que son tantos, tan bellos y tan reparadores los nombres y los sobrenombres, que no todos pueden caber en el resplandeciente listado de sus letanías.

El Camino -Nuestra Señora del Camino- lo inicia en las tozudas y empobrecidas tierras turolenses de una de sus comarcas -quince son los pueblos que componen su Cofradía-, patroneados por la «Santísima Virgen de la Langosta«, con inexcusables referencias no a los crustáceos marinos tan preciados en la gastronomía, sino «a los insectos salteadores que se alimentan de vegetales y se multiplican con tal rapidez, que forman plagas con efectos devastadores para la agricultura», con flagrante ruina de quienes pueblan y viven de sus tierras. Gracias a la protección de la Virgen, y a la fe de sus gentes, estas pudieron pervivir y superar dificultades tan graves, en unos tiempos o edades en las que el campo y sus cosechas solo estaban en manos de Dios y no en las de la química.

Madrid, capital de las Españas, lo es también de advocaciones marianas tan representativas ecológicamente como la Almudena, Atocha –«atochar»– y Paloma. Los accidentes geográficos relacionados con el terreno en los que «aparecieron» sus imágenes, le confieren en multitud de versiones nombres tan sagrados como el Mar, Collado. Montaña, Navahonda, Prado, Monte, Castellar, Castillo, Valle, Sierra, Dehesa, Cabeza, Finisterre. Muela o Cerro, Peñalosa, Piélago, Puerto, Fuente -en singular o en plural-, Fuensanta, Fuencisla, Aguasantas, Fuensalida, del Río, del Arroyo, Guadalupe, Covadonga, Monserrat….Árboles y frutos les salen al paso a los peregrinos por los caminos y santuarios ecológicos marianos, que demandan protección y ayuda a favor de la salvación del mundo, con denominaciones tales como Guía, Manzano, Castañar, del Castaño, Encina, Olmos, de la Oliva, Peral, Navalazarza, de las Flores, Rosario, Poveda, Paular, Alameda, Espinar, del Espino, Huertas y Huerto, Madroño…

La Estrella es referencia de seguridad, de Esperanza y de Luz. Las Nieves lo son de pureza y blanco -Blanca-, aún en pleno verano. Con sobrenombres de aves y pájaros  las advocaciones de la Virgen tachonan los cielos, y multitud de pueblos, regiones y Comunidades Autónomas, con mención reiterada, verbenera y popular, para la Paloma Palomares, el Águila y la Divina Pastora.

Por su abundancia y matices en sus nombres oficiales o populares, es de difícil catalogación exacta, entre otras, la Candelaria, Begoña, Aránzazu, del Refugio, Aurora, del Pazo, Altamira, Sonsoles, Los Llanos, Trabajo, Destierro, de la Leche, del Buen Parto, del Santo Celo, Azucena, Alarilla, Butarque, –«lugar de légamos»-, Chavela -«lugar de robles»-, Buena Vista, Somosierra ,-«la Sierra por antonomasia»-, el Rocío.. Piedra Escrita,- o del Enigma-, Roncesvalles, del Yugo, del Puy, Riánsares, Piedras Albas, Fuentes Claras…

No hay una necesidad que atender por esos mundos de Dios, y más si estos son hispanos y además, rurales, en cuya presurosa atención no se haga presente la Virgen en cualquiera de sus piadosas y exactas advocaciones, con ritos, preces, letanías, sermones, procesiones, cánticos e himnos, peregrinaciones, y hasta dulces o platos típicos en el listado de su rica y variada gastronomía, por supuesto, que todos ellos, con nombres muy santos, y algunos, aún indulgenciado, previas las gestiones canónicas de sus cofrades. En esta tarea intervienen con idéntica piedad, las advocaciones, cuyas identidades hayan respondido, y respondan, a las lenguas llamadas vernáculas, sin exclusión de las de procedencia latina, griega, celta, ibérica o pre-ibérica, sin faltar a la cita las provenientes de «allende los mares», y más cuando patrióticamente se alardea de que «en cuyos dominios jamás se ponía el sol…«

Es posible «que no sea oro todo cuanto reluce» . Pero hay mucho oro en todo, reluzca o no reluzca. La devoción popular tiene nombres y atributos de Virgen. Si la ecología, y parte de lo que todavía queda de «mundo» -limpio y reluciente- al mundo, se cuidara, por creyentes y no tanto, es de confiar en la efectividad de la protección de la Virgen, una de cuyas advocaciones más socorridas es precisamente la de la Esperanza.

Todo el mundo es templo de Dios y santuario de la Virgen. También lo es de cuantas personas lo habitan y viven, aunque posiblemente, y con más activas responsabilidades, de quienes dicen profesar la fe cristiana como acto de adoración a Dios, mediante el servicio a los más necesitados.

En unos tiempos de tantas y tan graves profanaciones del mundo universo, «Nuestra Señora de las Ecologías – ciencia que estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con el medio ambiente-, ¡rogad por nosotros¡«, es -será- oración, y programa de vida, prevalentes. Y es que «el hombre no es ya simplemente un servidor de los dioses, sino un ser que piensa», gracias sean dadas a Dios, AMÉN,

Fuente Religión Digital

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María no es el fruto de ningún privilegio.

miércoles, 15 de agosto de 2018
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3750880Lc 1, 39-56

No debemos caer en el error de considerar a María como una entidad paralela a Dios, sino como un escalón que nos facilita el acceso a Él. El cacao mental que tenemos sobre María, se debe a que no hemos sido capaces de distinguir en ella dos aspectos: uno la figura histórica, la mujer que vivió en un lugar y tiempo determinado y que fue la madre de Jesús; otro la figura simbólica que hemos ido creando a través de los siglos, siguiendo los mitos ancestrales de la Diosa Madre y la Madre Virgen. Las dos figuras han sido y siguen siendo muy importantes para nosotros, pero no debemos mezclarlas.

De María real, con garantías de historici­dad, no podemos decir casi nada. Los mismos evangelios son extremadamente parcos en hablar de ella. Una vez más debemos recordar que para aquella sociedad la mujer no contaba. Podemos estar completamente seguros de que Jesús tuvo una madre y además, de ella dependió totalmente su educación durante los once o doce primeros años de su vida. El padre en la sociedad judía del aquel tiempo, se desentendía totalmente de los niños. Solo a los 12 ó 13 años, los tomaban por su cuenta para enseñarles a ser hombres, hasta entonces se consideraban un estorbo.

De lo que el subconsciente colectivo ha proyectado sobre María, podríamos estar hablando semanas. Solemos caer en la trampa de equiparar mito con mentira. Los mitos son maneras de expresar verdades a las que no podemos llegar por vía racional. Suelen ser intuiciones que están más allá de la lógica y son percibidas desde lo hondo del ser. Los mitos han sido utilizados en todos los tiempos, y son formas muy valiosas de aproximarse a las realidades más misteriosas y profundas que afectan a los seres humanos. Mientras existan realidades que no podemos comprender, existirán los mitos.

En una sociedad machista, en la que Dios es signo de poder y autoridad, el subconsciente ha encontrado la manera de hablar de lo femenino de Dios a través de una figura humana, María. No se puede prescindir de la imagen de lo femenino si queremos llegar a los entresijos de la divini­dad. Hay aspectos de Dios, que solo a través de las categorías femeninas podemos expresar. Claro que llamar a Dios Padre o Madre, son solo metáforas para poder expresarnos. Usando solo una de las dos, la idea de Dios queda falsificada porque podemos quedar atrapados en una de las categorías masculinas o femeninas.

El hecho de que la Asunción sea una de las fiestas más populares de nuestra religión es muy significativo, pero no garantiza que se haya entendido correctamente el mensaje. Todo lo que se refiere a María tiene que ser tamizado por un poco de sentido común que ha faltado a la hora de colocarle toda clase de capisayos que la desfiguran hasta incapacitarla para ser auténtica expresión de lo divino. La mitología sobre María puede ser muy positiva, siempre que no se  distorsione su figura, alejándola tanto de la realidad que la convierte en una figura inservible para un acercamiento a la divinidad.

La Asunción de María fue durante muchos años una verdad de fe aceptada por el pueblo sencillo. Solo a mediados del siglo pasado, se proclamó como dogma de fe. Es curioso que, como todos los dogmas, se defina en momentos de dificultad para la Iglesia, con el ánimo de apuntalar sus privilegios que la sociedad le estaba arrebatando.

Hay que tener en cuenta que una cosa es la verdad que se quiere definir y otra muy distinta la formulación en que se mete esa verdad. Ni Jesús, ni María, ni ninguno de los que vivieron en su tiempo, hubieran entendido nada de esa definición dogmática. Sencillamente porque está hecha desde una filosofía completamente ajena a su manera de pensar. Para ellos el ser humano no es un compuesto de cuerpo y alma, sino una única realidad que se puede percibir bajo diversos aspectos, pero sin perder nunca su unidad.

La fiesta de la Asunción de María nos brinda la ocasión de profundizar en el misterio de toda vida humana. Se trata de la aplicación a María de toda una filosofía de la vida, que puede llevarnos mucho más allá de consideraciones piadosas. Cuando el dogma habla de “en cuerpo y alma”, no debemos entenderlo como lo material o biológico por una parte, y lo espiritual por otra. El hilemorfismo, mal entendido nos ha jugado un mala pasada. Los conceptos griegos de materia y forma, son ambos conceptos metafísicos. El dogma afirma que todo el ser de María ha llegado a identificarse con Dios.

En la más clásica filosofía occidental encontramos tres conceptos que se han calificado como trascendentales: “unum”, “verum”, “bonum” (unidad, verdad y bondad). Pero la más simple lógica nos dice que, si esos conceptos se pueden aplicar a todos los seres, no hay lugar para sus contrarios: multiplicidad, falsedad y maldad. Esta contundente conclusión nos lleva a desestimar estas cualidades contrarias y negativas, como realidades realmente existentes. Este aparente callejón sin salida nos obliga a considerar estas tres últimas realidades como apariencias sin consistencia verdadera.

Allí donde encontramos multiplicidad, falsedad, maldad, debemos profundizar hasta descubrir en lo más hondo de todo ser, la unidad, la verdad y la bondad. Toda apariencia debe ser superada para encontrarnos con la auténtica realidad. Esa REALIDAD está en el origen de todos y está escondida en todo. En el momento que desaparezcan las apariencias, se manifestará toda realidad como una, verdadera y buena. Es decir, que la meta de todo ser se identificará con el origen de toda realidad.

La creación entera está en un proceso de evolución, pero aquella realidad hacia la que tiende, es la realidad que le ha dado origen. Ninguna evolución sería posible si esa meta no estuviera ya en la realidad que va a evolucionar. Ex nihilo nihil fit, (de la nada, nada puede surgir) dice también la filosofía. Si como principio de todo lo que existe ponemos a Dios, resultaría que la meta de toda evolución sería también Dios.

Lo que queremos expresar en la celebración de una fiesta de la Asunción de María, es precisamente esto. No podemos entender literalmente el dogma. Pensar que un ser físico, María, que se encuentra en un lugar, la tierra, es trasladado localmente a otro lugar, el cielo, no tiene ni pies ni cabeza. Hace unos años se le ocurrió decir al Papa Juan Pablo II que el cielo no era un lugar, sino un estado. Pero me temo que la inmensa mayoría de los cristianos no ha aceptado la explicación, aunque nunca la doctrina oficial había dicho otra cosa.

El dogma propone que la salvación de María fue absoluta y total, es decir, que alcanzó su plenitud. Esa plenitud solo puede consistir en una identificación con Dios. Se trata de un cambio de estado. María ha terminado el ciclo de su vida terrena y ha llegado a su plenitud. No a base de añadidos externos sino por un proceso interno de identificación con Dios. En esa identificación con Dios ha llegado al límite de las posibilidades. Todas las apariencias han sido superadas. Esa meta es la misma para todos.

Cuando nos dicen que fue un privilegio, porque los demás serán llevados de la misma manera al cielo, pero después del juicio final, ¿De qué están hablando? Para los que han terminado el curso de esta vida, no hay tiempo. Todos los que han muerto están en la eternidad, que no es tiempo acumulado, sino un instante. Concebir el más allá, como si fuera continuación del más acá, nos ha metido en un callejón sin salida; y parece que muchos se encuentran muy a gusto en él. Del más allá no podemos saber nada. Lo único que podemos descartar es que sea prolongación de la vida del aquí.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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María: Madre y memoria de Jesucristo

miércoles, 15 de agosto de 2018
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imagesDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

00. NOTA PREVIA. EL DOGMA DE LA ASUNCIÓN.

La tradición de la veneración a la Virgen proviene desde el comienzo de la Iglesia. El Concilio de Éfeso (año 431) ya dijo que María era theo-tokos: madre de Dios (la que ha dado a luz a Dios). Sin embargo la definición del dogma de la Asunción es reciente. Fue el papa Pío XII, quien el 1 de noviembre de 1950, María, la madre del Señor fue llevada a los cielos en cuerpo y alma.

¡Cómo no vamos a creer que María terminó con su Hijo, Jesús, en la casa del Padre, en el cielo!

01. UNA FIESTA LLENA DE VIDA Y ALEGRÍA

El relato evangélico de hoy está lleno de vida y vitalidad:

Dos mujeres que están creando vida, de qué van a hablar si no es de la misma vida, llenas de alegría, esperanza y, quizás, algo de preocupación.

o El encuentro de dos familias, dos mujeres que están gestando dos nuevas vidas: María e Isabel, Jesús y Juan.

o Bendita entre las mujeres

o La criatura salta de alegría en el seno materno de Isabel

o María canta a Dios: Proclama mi alma

o Se alegra mi espíritu en Dios.

o Le felicitarán todas las generaciones.

Sabemos que la vida tiene dificultades, pero la existencia humana es encuentro, es crear vida, es bendición, es alegría, es felicitarse por las pequeñas -y las grandes- cosas que acontecen en la historia y en nuestras vidas.

02. MARÍA: MADRE.

02.1 MARÍA ES NUESTRA MADRE .

En el discurso de clausura del Concilio, en 1965, el papa Pablo VI proclamó (como en el Magnificat) que:

María Santísima es Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, así de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa.

Ya desde la cruz, Jesús unió a María y al discípulo amado en una relación materno-filial. La iglesia naciente al pie de la cruz se constituye por el amor y el perdón: en el Calvario únicamente hay redención, salvación, cariño infinito: mujer, ahí tienes a tu hijo (y le dijo al Discípulo Amado), ahí tienes a tu madre, (Jn 19,26-27).

No olvidemos, recordemos que todos somos discípulos amados, no porque nosotros seamos buenos, sino porque Dios es bueno nos ama y porque María nos quiere como a hijos suyos, pues somos hermanos de Jesús.

02.2 LA MADRE ES SIEMPRE MEMORIA

En la vida familiar la madre es siempre memoria para el hijo, para la familia. El filum afectivo, quien “convoca” la familia es la madre. (Incluso en los problemas y conflictos, la memoria suele ser la madre).

En estas sencillas comunidades cristianas nuestras, María nos recuerda, nos remite al Señor. María es siempre la memoria. Dirigir nuestra mirada a María, como ella vuelve a nosotros sus ojos misericordiosos, es dirigir nuestra mirada a Jesús.

María, la madre, nos recuerda siempre al Hijo.

En estos momentos de dificultades eclesiásticas nos hace bien mirar a María para encontrarnos con Cristo. María, la mariología no es un “arma arrojadiza”, especialmente contra el mundo protestante , sino que la madre es siempre encuentro con los hermanos, con Cristo.

03. MARÍA: MEDITÓ Y PROCLAMÓ EN SILENCIO.

Llama la atención la discreción de María. Excepto en los relatos para el nacimiento de Jesús (la visita del ángel y el Magníficat), no tenemos más “palabras” de María. Los evangelios con alguna frecuencia repiten aquello de que María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón, (Lc 2,19.51). María guarda un silencio acogedor del misterio (Dios) durante toda su vida.

Quizás el único momento en que proclama es cuando es consciente de que va a ser madre. Y proclama el agradecimiento: llena de gratitud, canta al Señor.

Bueno será también en estos momentos acoger a Cristo, conservar el Evangelio en nuestro corazón y vivir con agradecimiento en el fondo de nuestro ser: agradecimiento a nuestros padres, a la comunidad y momento eclesial en el que hemos vivido, a María y al Señor.

04 LA FIESTA DE LA ASUNCIÓN ES CANTO DE ESPERANZA A LA VIDA.

Dios no nace, no llega a nosotros como un extraterrestre en una nave espacial. Dios vino a nosotros -y viene- como venimos todos. Por medio de personas embarazadas de vida que, como Isabel o María, traen vida a la humanidad, dan luz a la vida, aportan esperanza desde su estado de buena esperanza.

María e Isabel se visitaron en ese estado por una parte de dificultad y, por otra, de buena y gran esperanza. ¿Y si nosotros visitáramos con esperanza a nuestros hermanos en situaciones de dificultad?

El nivel de esperanza de nuestra civilización está bajo mínimos. La fiesta de la Asunción puede ser como una palabra que sostiene la esperanza de los sencillos, apoyando la causa de los pobres, dando sentido al clamor de los hambrientos, estando siempre al lado de quienes nos necesitan, dando vida a quienes se encuentran abatidos por el pesimismo de quien no tiene fe y no ve más allá de los límites de este pequeño mundo que es nuestra historia.

05. FIESTAS DE MUCHAS CIUDADES Y PUEBLOS.

En este día, en estos días muchos pueblos y ciudades celebramos la fiesta central de la vida comunitaria de nuestros pueblos.

Solemos celebrar los contenidos de la vida: el cumpleaños, un aniversario, un éxito, etc. Se celebran contenidos

El mes de agosto es un mes de vacaciones , pero no es lo mismo estar de vacaciones -necesarias, por otra parte- que celebrar una fiesta, un contenido. Vacación significa vacío, vacuo. Las vacaciones son necesarias para descansar un poco de los cansancios de la vida, aunque el capitalismo nos programa los cansancios, pero para programarnos las vacaciones.

Celebrar, lo que se dice celebrar, hoy celebramos poco o nada. Tenemos más días libres que nunca, pero celebramos poco.

La fiesta de la Asunción es el contenido de nuestras fiestas, aunque sociológicamente sean más importantes los fuegos y los piratas de la Concha que la Asunción. Los cristianos disfrutamos de la vida y de las fiestas como todo ser humano, pero con un plus de contenido, de esperanza y de futuro.

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Nuevas imágenes para la Asunción de María.

miércoles, 15 de agosto de 2018
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estos_son_mi_madre_y_hermanosLa imagen de Asunción despierta imágenes de movimiento, de atracción hacia arriba, de impulso ascensional; nuestra mirada es atraída hacia la altura y vemos a María elevada hacia ese ámbito que llamamos «cielo» donde, con palabras de Pablo, están «las cosas de arriba«, por contraposición a “las cosas de abajo” (Col 3,1). Pero además de esta imagen espacial, podemos explorar otras que nos acerquen a María:

La obra terminada

Al hablar de la Asunción nos referimos al resultado final y a la culminación del proceso vital de María. Pero la meta supone siempre un camino, el fruto ha tenido una larga maduración en el árbol, la piedra preciosa ha cristalizado lentamente durante miles de años en la hondura de la roca. Cuando se emprende una obra pública de envergadura se suele construir una maqueta que muestre el proyecto que se está construyendo y se expone en un lugar visible para que todos puedan ver cómo va a ser el final: al mirarla, contemplamos e imaginamos la obra ya terminada. La Iglesia nos pone hoy ante una “maqueta” que nos muestra el resultado final de la obra de Dios en la mujer que no opuso ninguna resistencia a su acción: “Hágase en mí…”, dijo María, la mujer de la Nueva Creación, acogiendo sobre ella la presencia del mismo Espíritu que “se cernía sobre la faz de las aguas” (Gen 1,2) en la mañana de la primera creación.

El fruto de la nueva Tierra

Cuando Moisés no sabía cómo convencer a un pueblo cansado, escéptico y desmotivado para entrar en la tierra de la promesa, envió exploradores a Canaan que volvieron cargados con gigantescos racimos de uvas dulces, frescas y apetitosas: ¡Estos son los frutos de la tierra hacia la que nos dirigimos!”, dijo Moisés al mostrárselos a los israelitas (Num 13). Algo así hace la Iglesia cuando nos presenta la Asunción de María, como si nos dijera: “Mirad las primicias de la humanidad nueva, ella es el fruto ya granado de la Tierra hacia la que nos dirigimos. Dichosos vosotros por haber recibido la buena noticia del campo donde echa sus raíces el Árbol de la Vida que produce semejante fruto, compartid con otros ese secreto a voces, ese sabor del vino que llena de alegría”. La existencia ya glorificada de María y su alegría, son los únicos instrumentos de que dispone para decirnos: “Es una tierra que mana leche y miel. Vale la pena subir a conocerla”.

La casa preparada

Me voy a prepararos lugar, decía Jesús, y cuando vaya y os prepara el lugar, vendré de nuevo a llevaros a mi casa para que donde yo esté, estéis también vosotros (Jn 14, 2-3).

María, la primera en llegar a la Casa, toma parte con su Hijo en la tarea de preparar ese lugar para que un día, donde ella esté, estemos también nosotros. Ella nos espera «a mesa puesta» en ese banquete del que le gustaba hablar a su Hijo.

La meta alcanzada

La imagen es de Pablo en su carta a los Filipenses: Hermanos, yo no lo he alcanzado aún, ni he llegado ya a ser perfecto, sino que continúo mi carrera a fin de poder alcanzar a aquel por quien yo mismo fui alcanzado, Cristo Jesús. (Fil 3,12). El evangelio nos presenta a María desde el comienzo «caminando deprisa» desde Nazaret de Galilea a la sierra de Judea para llegar a casa de su prima Isabel y en aquella primera “meta” de su carrera, recibió de labios de Isabel la primera bienaventuranza: «Dichosa tú que has creído…». Y aquello no fue sino un anticipo de la felicitación que iba a recibir en el final definitivo de su trayectoria. Toda la vida de María consistió en dirigirse apasionadamente hacia esa meta definitiva que no podía ser otra cosa que su propio Hijo. Como cuando llega la primavera y el ánade salvaje emprende el vuelo de retorno y nada puede detener su impulso ascensional.

Dolores Aleixandre

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“Atraídos por el Padre hacia Jesús”. 19 Tiempo Ordinario – B (Juan 6,41-51)

domingo, 12 de agosto de 2018
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Según el relato de Juan, Jesús repite cada vez de manera más abierta que viene de Dios para ofrecer a todos un alimento que da vida eterna. La gente no puede seguir escuchando algo tan escandaloso sin reaccionar. Conocen a sus padres. ¿Cómo puede decir que viene de Dios?

A nadie nos puede sorprender su reacción. ¿Es razonable creer en Jesucristo? ¿Cómo podemos creer que en ese hombre concreto, nacido poco antes de morir Herodes el Grande y conocido por su actividad profética en la Galilea de los años treinta, se ha encarnado el Misterio insondable de Dios?

Jesús no responde a sus objeciones. Va directamente a la raíz de su incredulidad: «No sigáis murmurando». Es un error resistirse a la novedad radical de su persona obstinándose en pensar que ya saben todo acerca de su verdadera identidad. Les indicará el camino que pueden seguir.

Jesús presupone que nadie puede creer en él si no se siente atraído por su persona. Es cierto. Tal vez, desde nuestra cultura, lo entendemos hoy mejor. No nos resulta fácil creer en doctrinas o ideologías. La fe y la confianza se despiertan en nosotros cuando nos sentimos atraídos por alguien que nos hace bien y nos ayuda a vivir.

Pero Jesús les advierte de algo muy importante: «Nadie puede aceptarme si el Padre, que me ha enviado, no se lo concede». La atracción hacia Jesús la produce Dios mismo. El Padre que lo ha enviado al mundo despierta nuestro corazón para que nos acerquemos a Jesús con gozo y confianza, superando dudas y resistencias.

Por eso hemos de escuchar la voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos conducir por él hacia Jesús. Dejarnos enseñar dócilmente por ese Padre, Creador de la vida y Amigo del ser humano: «Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza me acepta a mí».

La afirmación de Jesús resulta revolucionaria para aquellos judíos. La tradición bíblica decía que el ser humano escucha en su corazón la llamada de Dios a cumplir fielmente la Ley. El profeta Jeremías había proclamado así la promesa De Dios: «Yo pondré mi Ley dentro de vosotros y la escribiré en vuestro corazón».

Las palabras de Jesús nos invitan a vivir una experiencia diferente. La conciencia no es solo el lugar recóndito y privilegiado en el que podemos escuchar la Ley de Dios. Si en lo íntimo de nuestro ser nos sentimos atraídos por lo bueno, lo hermoso, lo noble, lo que hace bien al ser humano, lo que construye un mundo mejor, fácilmente nos sentiremos invitados por Dios a sintonizar con Jesús.

José Antonio Pagola

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“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Domingo 12 de agosto de 2018. Domingo 19º de tiempo ordinario

domingo, 12 de agosto de 2018
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44-ordinarioB19 cerezoDe Koinonia:

1Reyes 19,4-8: Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios.
Salmo responsorial: 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Efesios 4,30-5,2: Vivid en el amor como Cristo.
Juan 6,41-51: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

La narración del primer libro de los Reyes está sumamente cuidada y llena de detalles que hacen de esta simple huida algo más profundo y simbólico. Para empezar, las alusiones al desierto, a los padres, a los cuarenta días y cuarenta noches de camino, al alimento, al monte de Dios, son demasiado claras y numerosas como para no reconocer en el camino de Elías el camino inverso al que realizó Israel en el éxodo. No se trata sólo de una huida; también hay una búsqueda de las raíces que terminará en un encuentro con Dios. También los grandes héroes como Elías y Moisés (cf. Num 11,15) han sentido nuestra debilidad. Elías, desanimado del resultado de su ministerio huye porque «no es mejor que sus padres» en el trabajar por el reino de Dios y es mejor reunirse con ellos en la tumba (v.4). Cuando el hombre reconoce su debilidad, entonces interviene la fuerza de Dios (2Cor 12,5.9). Con el pan y el agua, símbolos del antiguo éxodo, Elías realiza su propio éxodo (símbolo de los cuarenta días, v.8) y llega al encuentro con Dios. Tal como está narrado este episodio de Elías nos habla del camino, de los empeños, de las tareas demasiado grandes para hacerlas con las propias fuerzas y de la necesidad de caminar apoyados en las fuerzas del alimento que nos mantiene.

La segunda lectura es la continuación de esta exhortación apostólica que desciende a detalles hablando de aquello que el cristiano debe evitar (aspecto negativo) o debe hacer (aspecto positivo). Así, el cristiano puede trabajar en la edificación de la iglesia y no entristecer al Espíritu rompiendo la unidad (4,25-32a; 4,3). Este modo de vivir encuentra su fundamento en aquello que Cristo ha realizado o el Padre ha cumplido por Cristo. Vivir de manera cristiana y vivir en el amor como Cristo y el Padre (cf. Mt 5,48). Como el Padre perdona, así debe hacer el cristiano (v. 32b); Mt 6,12.14-15). Como Cristo ama y se dona en sacrificio, así hace el cristiano. La unidad es fruto del sacrificio personal. El tema de la imitación de Dios, consecuencia y expresión de ser hijos suyos, revela la referencia evangélica de esta exhortación de Efesios (cf. Mt 4,43-48). El Espíritu es el elemento determinante del comportamiento cristiano. En línea con otros pasajes paulinos sobre el Espíritu, en éste su recepción se vincula (indirectamente) al bautismo y se le considera como sello/marca que identificará en la parusía a cuantos pertenecen a Cristo.

El evangelio de Juan que hoy leemos comienza con el escándalo que se produce en los judíos porque Jesús se equipara al pan; pero más aun porque dice que ha “bajado del cielo”. Para ellos esto no tiene explicación, puesto que conocen a Jesús desde su infancia y saben quiénes son sus padres. Para ellos su vecino Jesús, visto en su sola dimensión humana, no guarda relación alguna con las promesas del Padre y con su proyecto de justicia revelado desde antiguo.

Juan utiliza esta figura del escándalo y del no poder ver más allá de la dimensión humana de Jesús, para dar a conocer la dimensión que encierra la persona y la obra del Maestro. En primer lugar, la adhesión a Jesús es obra también de Dios; es él mismo quien suscita la fe del creyente y lo atrae a través de su hijo.

Conocer a Jesús es apenas un primer paso en el cual se encuentran sus paisanos; pero adherir la propia fe a él es el siguiente paso, que exige un despojarse totalmente para poder encontrar en él el camino que conduce al Padre. Sólo este segundo momento permite descubrir que Dios se está revelando en Jesús tal cual es; esto es, un Dios íntimamente comprometido con la vida del ser humano y su quehacer.

Jesús propone asumir el paso de la vida humana con un total compromiso. El alimento, que es indispensable para vivir, es utilizado como metáfora para hacer ver que más allá de la dimensión humana de cada persona hay otra dimensión que requiere también ser alimentada. El ser humano, llamado a trascenderse a sí mismo, tiene que esforzarse también continuamente para que su ciclo de vida no se quede sólo en lo material.

Así pues, el conocimiento y aceptación de la propuesta de Jesús alimenta esa dimensión trascendente del ser humano, que es la entrega total y absoluta a la voluntad del Padre; y la voluntad del Padre no es otra que la búsqueda y realización de la Utopía de la Justicia en el mundo en todos los ámbitos (Reinado de Dios), para que haya «vida abundante para todos» (Jn 10,10). Leer más…

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Dom 12.8.18. Pan vivo. Todos discípulos de Dios

domingo, 12 de agosto de 2018
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38781047_1052461438264381_607642803282903040_oDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 19 B. Jn 6, 41-45. Sigue el tema del domingo anterior, sobre la auténtica comida. Frente a un pan “muerto” (que lleva al dominio de unos, con la opresión de otros, y termina en la muerte), Jesús habló en Cafarnaúm de un pan vivo que es Dios: en él vivimos, pudiendo ser también pan vivo (como él, como Jesús),dando así vida a otros.

En ese fondo presenta el evangelio una de las palabras más sorprendentes de la Biblia: ¡Todos serán discípulos (didaktoi) de Dios! “Todos” tiene un sentido universal, y significa aquellos que escuchen la voz interior, alimentados y enseñados por Dios (=que es su comida) y que así pueden y deben hacerse comida (alimento) unos para otros.

Es evidente que este evangelio puede y debe entenderse también en línea de economía material (¡que todos los hombres coman, que nadie muera de hambre!), pero ha de entenderse sobre todo en clave de “economía integral”, sabiendo que un hombre nace y vive vive de otros hombres (empezando por sus padres), y que sólo es total y plenamente humano si se vuelve alimento para otros.

38831449_1052456324931559_967970643653951488_nHay una economía que, en general, va en contra de este evangelio, pues hombres y pueblos no quieren descubrir la enseñanza de Dios ni hacerse para para los otros, sino que escuchan otras enseñanza y convierten su vida en gran lucha por el pan material, con millones de muertos materiales cada año, y con cientos de millones de muertos más hondos (carentes de verdadera humanidad).

Lógicamente, la respuesta al problema del pan no es más pan, sino más humanidad, en una línea de transformación (de meta-noia, trans-humanización). Sin un nuevo y más alto Capital Humano (sin la conversión del hombre en pan para los otros), nuestra humanidad siglo XXI no tiene salida. En esa línea quiero interpretar el texto del Evangelio de Juan. Buen fin de semana a todos.

Texto

— En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»

— Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día.

— Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios». Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.

— Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan de vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Juan 6, 41-51).

1. Evocaciones históricas

Este pasaje recoge y condensa toda la tradición de la Biblia, que es un libro de Comidas, esto es, de alimentación integral del hombre.

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a. En esa línea culmina la creación, cuando Dios ofrecía a Adán y Eva los frutos del jardín… (Gen 2), diciéndoles que podían comer de todo, pero sin hacerse “dioses” (es decir, sin comer del árbol del bien y del mal, que consiste en “adorar” un tipo de capital in-humano y de matarse unos a otros…). El gran pecado es la “mamona” (el capital divinizado en forma de violencia).

Frente a ese pecado está la revelación de la verdad de Dios: Que hombres y mujeres sean (se hagan) pan, unos para los otros. Para eso es preciso que todos sean “discípulos de Dios”, como Jesús.

b. Ésta es la verdad del Éxodo judío, donde se dice que Dios mismo regalaba el maná (pan del camino) para hombres y mujeres, por igual a todos, de manera que ninguno tuviera más que otros, sino todos lo bastante y suficiente para comer y para amarse (cf. Ex 16; Núm. 11).

Éste es el signo: Que todos puedan comer en fraternidad e igualdad y libertad (como dirá la Revolución francesa…). Que todos puedan comer lo que necesitan, pues lo que sobre se pudre. Se les pudre a los ricos su riqueza sobrante, es decir, aquella que no ponen al servicio de todos, y ellos mismos se pudren con ella… y así los hombres mueren también, aunque quizá de otra manera.

c. Éste es el mensaje del evangelio de este domingo, siempre que sepamos leerlo de un modo integral, aplicando a los cristianos (a los hombres y mujeres) aquello que Jesús dice de sí mismo, conforme al principio de la encarnación… Que todos podamos decir (y digamos con la vida): Yo soy pan de vida…

Como (y porque Jesús es Eucaristía) y porque compartimos su vida, como discípulos de Dios, también nosotros podemos y debemos ser pan de vida. En ese sentido, todos somos hijos de José, pan de Eucaristía, como seguiré indicando en los números que siguen.

2. Simplemente un hombre, pero un hombre hecho comida

Hemos visto en los domingos anteriores el tema de la multiplicación de los panes, con las primeras palabras de Jesús sobre el pan de vida. Avanzando en esa línea, el evangelio de Juan nos descubre el secreto más hondo de Jesús: Escuchando a Jesús podemos y debemos hacernos “discípulos de Dios”, siendo así para para los otros.

Los “judíos” (en este caso no son los “judíos de raza”) sino todos aquellos que no quieren escuchar a Jesús y le critican diciendo: «No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

Éste es el tema: Critican a Jesús porque no le ven suficientemente elevado, como un ángel poderoso, un emperador sobre la tierra, sino simplemente un hombre que viene de José y de María… ¿Cómo puede decir que él es pan “bajado del cielo”? ¿Cómo podemos decir igualmente nosotros que somos (¡hemos de ser!) pan de vida y de cielo para los hombres y mujeres que están a nuestro lado.

Éste es el tema: la salvación de Dios (pan del cielo) forma parte de nuestra propia historia. Jesús no es pan superior por ser un prodigio celeste, sino, porque, siendo un simple ser humano, ha querido que su vida sea pan para los otros.

3. Revelación del Padre, el verdadero Pan de vida.

Ha nacido de José y María y, sin embargo (¡por eso!), de esa forma, ha venido de Dios, porque el mismo le envía y sostiene, haciéndole pan para los otros. Es un hombre normal y, sin embargo (¡por eso!), puede ser y es Dios/pan para los otros.

Jesús hombre se hace “pan”, humanidad convertida en alimento para los demás, en la línea de aquel adagio de Plauto: “Mortalem mortali iubare, hoc est Deus”. Que un mortal (¡no un dios supereior!) ayude y alimente a otro mortal ¡eso es Dios! Que un hombre como Jesús se haga “eucaristía” (y nos capacite a todos para ser eucaristía, pan compartido): Esa es la revelación de Dios, que atrae a los hombres.

(a) Dios mismo les atrae hacia Jesús, de tal forma que pueden descubrir en él un potencial de vida que les alimenta, les emociona, les sacia. De esa forma, ellos descubren en Jesús el “poder” de Dios que se expresa en la humanidad solidaria, en la entrega de la vida por los otros.

(b) En el fondo de esta “atracción” de Jesús, y de la saciedad que brota de ella se descubre el poder de la resurrección, que consiste en descubrir y vivir ya desde aquí en el nivel más alto de la vida. A Jesús le han matado precisamente por hacerse “pan” (por regalar la vida por los otros). Pues bien, Dios mismo le ha “resucitado”, o, mejor dicho, Dios mismo es su resurrección.

4. Todos discípulos de Dios…

Jesús cita una palabra bíblica que no aparece directamente en el Antiguo Testamento, pero que está su raíz: «serán todos discípulos de (enseñados por: didaktoi) Dios», tendrán su Espíritu, expresarán su vida, como proclama la más honda palabra de promesa de Joel, citada por Pedro en el primer sermón de la Iglesia:

En aquellos días efundiré mi espíritu sobre todo ser humano,
y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas;
vuestros ancianos tendrán sueños de vida,
y vuestros y vuestros jóvenes verán visiones nuevas (de nueva humanidad)
También sobre los siervos y siervas (esclavos/esclavas)
derramaré mi espíritu en aquellos días (Joel 2, 28- 29; Hechos de los Apóstoles (2, 17-18

Este es un texto claro de revelación del Espíritu, donde se descubre el sentido de “todos serán discípulos de Dios”, Dios mismo les dará su Espíritu para que descubran el sentido de la vida y se vuelvan pan (fuente de pan) para los otros.

“Todos” significa aquí todos, de un modo directo, acogiendo la más honda “palabra/espíritu” de Dios que les hace “discípulos” de Dios (conocedores, portadores, de su obra), para así convertir su propia vida en pan de vida para los demás.

Todos son los mayores y jóvenes, hombres y mujeres, esclavos/esclavas y libres… Todos se descubren de esa forma portadores de Dios, pan de Dios, unos para los otros, superando la división de estado, de sexo/género y de situación social. La mujer ya no es menos que hombre, ni el joven que el mayor, ni el esclavo que el libre… Aquí se revela, en la línea de Gal 3, 28, la verdadero dignidad universal del ser humano, sin jerarquías sacrales, sin dominios sacerdotales (en este contexto se sitúa lo mismo la cita original de Joel como la de Pedro)

La historia de las religiones (e incluso de la Iglesia católica) ha sido a veces una disputa de maestros y escuelas, de jerarcas buenos y falsos maestros… Pues bien, Jesús sabe que el único Maestro es Dios, de manera que todos, cada uno de los hombres y mujeres, puede recibir y recibe la palabra de Dios, como adultos, como mayores de edad.

5. Venir a Jesús, ser como Jesús: hacerse pan

El texto indica que es Dios mismo quien enseña, quien hace a todos discípulos suyos, de manera que puedan vincularse a Jesús, compartir con él la revelación de la vida, el pan compartido. Leer más…

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Tres tipos de pan. Domingo 19. Ciclo B

domingo, 12 de agosto de 2018
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9604cc58-3a5c-4126-bade-9d1e2256c0f8Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La primera lectura y el evangelio nos hablan de tres clases de pan: el que alimenta por un día (maná), el que da fuerzas para cuarenta días (Elías) y el que da la vida eterna (Jesús). Pero comencemos recordando lo ocurrido en la sinagoga de Cafarnaúm.

Desarrollo de Juan 6,42-52

El pasaje es complicado porque mezcla diversos temas.

  1. Objeción de los judíos: ¿Cómo puede este haber bajado del cielo?
  2. Respuesta de Jesús: si creyerais en mí, lo entenderíais.

              – Pero solo cree en mí aquel a quien el Padre atrae.

              – Mejor dicho: Dios enseña a todos, pero no todos quieren aprender.

              – Atención: El que Dios enseñe a todos no significa que lo veamos.

  1. Jesús y el maná: el pan que da la vida y el pan que no la garantiza.
  2. Final sorprendente: el pan es mi carne.

Exposición del contenido

El domingo pasado, Jesús ofrecía un pan infinitamente superior al del milagro de la multiplicación. Ese pan es él, que ha bajado del cielo. El evangelio de este domingo comienza contando la reacción de los judíos ante esta afirmación. ¿Cómo puede haber bajado del cielo uno al que conocen desde niño, que conocen a su padre y a su madre?

     Jesús no responde directamente a esta pregunta. Ataca el problema de fondo. Si los judíos no aceptan que ha bajado del cielo es porque no creen en él. Y si no creen en él, es porque el Padre no los ha llevado hasta él. Esta afirmación tan radical sugiere que todo depende de Dios: solo los que él acerca a Jesús creen en Jesús. Por eso, inmediatamente después se añade: «Dios instruye a todos… pero no todos quieren aprender». Solo el que acepta su enseñanza viene a Jesús, lo acepta, y cree que ha bajado del cielo. Ningún judío puede echarle a Dios la culpa de no creer en Jesús.

     La idea de que Dios instruye a todos cabe interpretarla como si fuese un profesor sentado delante de sus alumnos, al que pueden ver. No. A Dios no lo ha visto nadie. Solo el que procede de él: Jesús.

     Tras este paréntesis sobre la fe, la acción del Padre y la visión de Dios, Jesús vuelve al tema del pan que baja del cielo, el que da la vida, a diferencia del maná, que no la da. Pero termina añadiendo una afirmación más escandalosa aún: «el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». La reacción de los judíos no se hace esperar: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». La solución, el próximo domingo.

En aquel tiempo los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo», y decían: «¿No es este Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

   Jesús les dijo: «Dejad de criticar. Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae, y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: Todos serán enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y acepta su enseñanza viene a mí. Esto no quiere decir que alguien haya visto al Padre. Sólo ha visto al Padre el que procede de Dios. Os aseguro que el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo; el que come de él no muere». «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

   Los judíos discutían entre ellos: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».

Tres notas al evangelio

  1. El auditorio cambia. Ya no se trata de los galileos que presenciaron el milagro, sino de los judíos. En el cuarto evangelio, los judíos representan generalmente a las autoridades que se oponen a Jesús. Sin embargo, lo que dicen («conocemos a su padre y a su madre») no encaja en boca de un judío, sino de un nazareno. Esto demuestra que no estamos ante un relato histórico, que recoge los hechos con absoluta fidelidad, sino de una elaboración polémica.
  2. El tema de la fe interrumpe lo relativo a Jesús como pan bajado del cielo, pero es fundamental. Solo quien cree en Jesús puede aceptar eso. Lo curioso, en este caso, es cómo se llega a la fe: por acción del Padre, que nos lleva a Jesús. Normalmente pensamos lo contrario: es Jesús quien nos lleva al Padre. «Yo soy el camino… nadie puede ir al Padre sino por mí». Aquí se advierte, como en todo el evangelio de Juan, la acción recíproca del Padre y de Jesús.
  3. Tras este inciso, Jesús vuelve a contraponer el maná y su pan. En la primera parte (domingo 18), adoptó una actitud muy crítica ante el maná. Cuando los galileos, citando el Salmo 78,24, dicen que Dios «les dio a comer pan del cielo», Jesús responde que el maná no era «pan del cielo»; el verdadero pan del cielo es él. Ahora añade otro dato más polémico: los que comían el maná morían; su pan da la vida eterna.

El pan de Elías (1ª lectura: 1 Reyes 19,4-8).

            elias-y-el-panEl siglo IX a.C. fue de profunda crisis religiosa. El rey de Israel, Ajab, se casó con una princesa fenicia, Jezabel, muy devota del dios cananeo Baal. La gente ya era bastante devota de este dios, al que atribuían la lluvia y las buenas cosechas. Pero el influjo de Jezabel y la permisividad de Ajab provocaron que Yahvé dejase de tener valor para el pueblo. A esto se opuso el profeta Elías, denunciando a los reyes y matando a los profetas de Baal, lo que le habría costado la vida si no llega a huir hacia el sur, al monte Horeb (el Sinaí). El viaje es largo, demasiado largo, y Elías se desea la muerte. Un ángel le ofrece una torta cocida sobre piedras; la come dos veces, y con la fuerza de aquel manjar camina cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte en el que tuvo lugar la gran revelación de Dios a Moisés. Este relato se ha usado a menudo en relación con la eucaristía, y por eso se ha elegido para este domingo.

En aquellos días, Elías llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado. Él se internó en el desierto una jornada de camino y fue a sentarse bajo una retama, deseándose la muerte y diciendo: «¡Ya basta, oh Señor! Quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres». Luego se acostó y se quedó dormido debajo de la retama. Un ángel le tocó y le dijo: «Levántate y come». Miró en derredor, y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras ardiendo y un vaso de agua. Comió, bebió y luego se volvió a acostar. El ángel del Señor volvió por segunda vez, le tocó y le dijo: «Levántate y come, pues te resta un camino demasiado largo para ti». Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquel manjar caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb.

Tres clases de panes

            Las lecturas de hoy sugieren una reflexión.

            Antes de la reforma de Pío X, la comunión no era frecuente. Los cristianos más piadosos comulgaban una vez a la semana; normalmente, una vez al mes. La comunión era para ellos como el pan de Elías, que da fuerzas para vivir cristianamente durante un período más o menos largo de tiempo.

            Con la reforma de Pío X, a comienzos del siglo XX, se difunde la comunión diaria, aunque no se oiga misa. (Recuerdo de joven, en la iglesia de los franciscanos de Cádiz, la gran cantidad de gente que iba a comulgar en un altar lateral mientras en el altar mayor se decía una misa que muy pocos seguían). Es como el maná, que da fuerzas para ese día, pero conviene repetirlo al siguiente.

            El evangelio de Juan nos hace caer en la cuenta de que la eucaristía no solo da fuerzas para un día o un mes. Garantiza la vida eterna. Se comprende que Jesús interrumpa su discurso para hablar de la fe y de la acción del Padre.

Una anécdota

Cuenta san Ignacio de Loyola en su Autobiografía (§ 96) que «estando un día, algunas millas antes de llegar a Roma, en una iglesia, y haciendo oración, sintió tal mutación en su alma y vio tan claramente que Dios Padre le ponía con Cristo, su Hijo, que no tendría ánimo para dudar de esto, sino que Dios Padre le ponía con su Hijo». Una experiencia que encaja perfectamente con el evangelio de hoy y nos invita a pedir lo mismo.

La vida eterna en la vida diaria (2ª lectura: Efesios 4,30-5,2)

            Se cuenta en el libro del Éxodo que, en la noche de Pascua, los israelitas mojaron con la sangre del cordero el dintel y las dos jambas de la puerta de la casa para que el ángel del Señor, al castigar a los egipcios, pasase de largo ante las casas de los israelitas. Esta costumbre se remonta a los pastores, que al comienzo de la primavera sacrificaban un cordero y untaban con su sangre los palos de la tienda para preservar al ganado de los malos espíritus y garantizar una feliz trashumancia.

            El autor de la carta a los Efesios recoge la imagen y la aplica al Espíritu Santo, que nos ha marcado con su sello para distinguirnos el día final de la liberación. Y añade una serie de consejos para vivir esa unidad en la que ha insistido en las lecturas de los domingos anteriores. Sirven para un buen examen de conciencia y para ver cómo podemos vivir, ya aquí en la tierra, la vida eterna del cielo.

Hermanos No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, que os ha marcado con su sello para distinguiros el día de la liberación. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor, como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

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Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 12 de agosto de 2018

domingo, 12 de agosto de 2018
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“No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre, que me ha enviado”

(Jn 6,41-51)

Podemos comenzar transformando en positivo este versículo: “Bendecid. Solo puede venir a mí quien es atraído por el Padre”.

El seguimiento de Jesús no tiene su origen en nosotras, la iniciativa primera es de Dios. Es Dios quien atrae, quien despierta la sed, quien suscita el deseo… Nuestra parte está en ese ir a Jesús, acercarnos y seguirle, escucharle y dejarnos hacer por Él.

Los judíos que le escuchaban le criticaban porque creían saber quién era, de dónde venía, quiénes eran sus padres… Pero parece que Jesús les pide que vayan más allá, que traspasen ese muro de creer saberlo todo… y se dejen acariciar por el regalo de la novedad de su amor.

Juan, en esta parte del Evangelio, nos propone recordar a los israelitas que, al poco de huir de Egipto, en Éxodo 16, se quejan a Moisés y a Aarón por no tener qué comer.

También se nos invita hoy a mirar nuestras críticas y nuestras murmuraciones. En la Iglesia nos es muy fácil criticar a otras personas que no siguen a Cristo como nosotras, que oran de diferentes maneras, que tienen otros compromisos y otra forma de expresar su fe… Ojalá, cuando lo hagamos, escuchemos a Jesús diciéndonos: todas las personas que vienen a mí han sido atraídas por el Padre. Quizás comencemos a sentirnos realmente hermanadas, nos alegremos al descubrir la riqueza de las seguidoras de Cristo…

Cuando era adolescente, discutía mucho con mi hermano y luego iba quejándome a nuestra madre. Ella intentaba calmarme y me decía: “Pero, ¿por qué discutís tanto? ¡Si en el fondo sois los dos iguales!”. No le entendía nada. Luego me he dado cuenta “de mayor” que nos pasa lo mismo… Nos molesta y criticamos a las demás personas pero, en el fondo (nos guste o no), nos parecemos muchísimo… Hemos sido creadas a imagen y semejanza de Dios, ¿no?

Oración

Gracias, Trinidad Santa, por atraernos hacia Ti.

 

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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En la “carne”, en Jesús, debemos descubrir lo divino.

domingo, 12 de agosto de 2018
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050319090901Jn 6, 41-52

Seguimos en el c. 6 del evangelio de Jn. Aumenta la tensión entre los judíos y Jesús. A medida que Jesús va profundizando en la enseñanza y ellos creen entender lo que quiere decir, se hace más insoportable su mensaje. La propuesta sigue siendo la misma, pero va apareciendo la enorme diferencia que existe entre lo que ellos han aprendido de los rabinos y lo que Jesús les quiere trasmitir. Recordemos que el balance final no puede ser más desolador; de los cinco mil quedaron doce, y uno es Judas.

Lo criticaban porque había dicho: yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Bajar del cielo es una de las claves para comprender a Jesús en este evangelio. Siguen las alusiones al AT. “Criticaban” es el mismo verbo que la versión de los LXX utiliza para hablar de las murmuraciones en el desierto. Los israelitas murmuraron contra Moisés en el desierto por no darles de comer como comían en Egipto. Les recuerda que el pueblo estuvo contra Moisés en los momentos difíciles. Aquellos no confiaron en Moisés y estos no confían en él.

¿No es este el hijo de José? En los sinópticos, hacen el mismo comentario los vecinos de su pueblo. El mayor obstáculo para acercarse a Jesús, es conocerlo demasiado. Para su mentalidad, que no superaba la idea del dios antropomórfico, la lógica es aplastante. Si es hijo de José y de María, no puede ser hijo de Dios. Hoy apreciamos el ridículo que supone contraponer la paternidad de Dios y la de José. Son realidades de naturaleza distinta. Hemos caído en la trampa al revés: Jesús no puede ser hijo de José, porque es hijo de Dios.

Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae. Más de 90 veces hace Juan referencia al Padre, Pero lo entendemos mal. Nuestro concepto de padre tenemos que cambiarlo por el de principio, origen, fundamento, germen, comienzo, razón de ser, realidad última. La última realidad no se puede expresar con palabras ni con imágenes, por eso encontramos en los evangelios tantas aparentes contradicciones. El mismo Jesús dice en otro lugar: “Nadie va al Padre si no es por mí”. Para llegar a la Verdad, tenemos que ir más allá de los contrarios.

Y yo lo resucitaré el último día. Debemos tener mucho cuidado con esta frase. Lo que normalmente hemos entendido por resurrección, no sirve para descubrir el sentido. Es una manera de decir que está tratando de una Vida, a la que no afecta la muerte. “Hemos pasado de la muerte a la vida, lo sabemos porque amamos a los hermanos”. La Vida definitiva tiene que tener un alimento también trascendente. Ese alimento tiene el mismo origen que tiene esa Vida: Dios. “El último día” esa Vida permanecerá idéntica a hoy.

Serán todos discípulos de Dios. También Jesús es discípulo, el mejor; por eso puede ser a la vez maestro. Ir a Jesús, ir al Padre, es conocerlos, no por vía racional, sino por vía vivencial. La fe es actitud vital y no asentimiento a verdades teóricas. “Esta es la salvación, que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo”. Solo la persona que ha tenido experiencia de Dios, puede comprender lo que otra diga de Él. Ellos estaban incapacitados para comprender a un Dios que está al servicio del hombre. Para ellos, Dios es el Soberano, el Señor. La única relación que cabe con Él es un servilismo de toma y da acá.

Vuestros padres comieron el maná en el desierto, pero murieron. Una nueva referencia al maná para dejar bien clara la diferencia. El maná alimenta el cuerpo que tiene que morir. Jesús, como pan de Vida, alimenta el espíritu con una Vida a la que no afecta la muerte. Esa es la diferen­cia. La expresión «pan de Vida» no se encuentra en ninguna otra parte de la Biblia; eso indica la originalidad de la doctrina de Juan. La VIDA, con mayúsculas, es el tema fundamental de todo el evangelio de Juan. Se trata de la misma Vida de Dios. Más adelante nos dirá: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre”. No se trata de vida material ni algo parecido pero espiritual. Se trata de la VIDA que es el mismo Dios.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que come de este pan vivirá para siempre. Jesús es el alimento de la verdadera Vida. Este es el mensaje de Juan. Dios lo es todo para Jesús, y lo tiene que seguir siendo para todo cristiano. Jesús no puede suplantar en ningún momento a Dios. En este capítulo, más de quince veces se hace referencia a Dios, para dejar claro que el verdadero protagonista es Él, no Jesús. Es verdad que, con el tiempo, los cristianos terminaron predicando a Cristo, pero era solo una manera de comunicar su mensaje. Ya en las primeras comunidades se pasó del Jesús que predica, al Cristo predicado. En el evangelio de Juan se ha dado ya claramente este paso.

El pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo. No pueden comprender que su Dios se pueda manifestar en la carne. Recordemos que “carne”, para los judíos, era el mismo ser humano pero en su aspecto más bajo; lo que le hacía limitado y contingente; aquello por lo que le venían todos sus “males”: dolor, enfermedad, muerte… Es tal vez la afirmación más rotunda sobre la encarnación en todo el NT. Para ellos, Dios era lo contrario de cualquier limitación. Para ellos un Dios-carne, un Dios ‘limitado’ es inaceptable. Jesús quiere hacerles ver que el Espíritu se manifiesta siempre en la carne. No puede haber don del Espíritu donde no hay carne. El significado de esta afirmación hay que entenderlo bien.

La grandeza de la carne consiste en que está informada y trasformada por el Espíritu, sin dejar de ser carne. Desde ahora, solo se puede encontrar a Dios en la realidad concreta y en el Hombre. Esa transformación es la que está manifestando el evangelio de Juan desde el principio. Pensemos en el diálogo con Nicodemo: “Hay que nacer de nuevo”. “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu”. La carne es neutral; puede ser la base de lo más bajo y de lo más sublime; depende de cada uno. Nuestro gran error consiste en seguir pensando que, para acercarse a Dios, hay que alejarse de la carne.

Lo que no aguantaron aquellos judíos, seguimos sin aceptarlo nosotros. Un Dios involucrado en la carne sigue siendo inaceptable. Por eso hemos descarnado la persona misma de Jesús. La carne sigue siendo para nosotros perversa. La Escritura dice que el Verbo se hizo carne, pero nosotros nos empeñamos en decir que la carne (Jesús) se hizo Dios. El Dios identificado con la carne (con toda carne) no interesa a los dirigentes, porque hace imposible la manipulación de los intermediarios. Pero es inaceptable también para los cristianos de a pie, porque nos impide la relación intimista que no pasa por el encuentro con los demás.

Hemos convertido la misma eucaristía en cosa sagrada en sí, olvidándonos de que es, sobre todo, sacramento (signo) del amor y de la entrega a los otros. El fin de la eucaristía no es el consagrar un trozo de pan y un poco de vino sino hacer sagrado (consagrar) a todo ser humano, identificándolo con Dios mismo y haciéndole objeto de nuestro servicio y adoración. Cada vez que nos arrodillamos ante Dios, estamos creando un ídolo. Dios no es objetivable. Cuando me arrodillo estoy poniendo a Dios de rodillas ante mi falso yo, que intento potenciar. Seguimos empeñados en que en la eucaristía, el pan se convierte en Jesús, pero el evangelio dice que Jesús se convierte en pan. No tengo que adorar a Jesús, convertido en pan sino convertirme yo en pan, como él, para que todos me coman.

Meditación

La vida biológica no tiene más remedio que acabar.
Si hago mía la misma Vida de Jesús,
ya estoy en la eternidad, aquí y ahora,
porque he entrado a formar parte de la Vida de Dios.
Cuanto antes deje de identificarme con mi yo,
antes alcanzaré la plenitud de ser en una Vida definitiva.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Vida que debe ser comunicada.

domingo, 12 de agosto de 2018
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juan-6-41-51-2“Igual que una flor bella y de brillante color, y asimismo rebosante de perfume, son de fructíferas las buenas palabras de quien las pone en práctica” (El Dhammapada)

12 de agosto. Domingo XIX del TO

Jn 6, 41-51

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre

La vida no ha sido creada para nacer, crecer y morir prisionera en la celda de sí misma. Entonces muere como un aborto sin sentido de la Naturaleza. La vida es amor que nace, expansión que crece, luz permanente y libremente viva, que ilumina los confines de todos los extremos de la Tierra.

En sus anotaciones al comentario del evangelio de Juan, dice Schökel: “Comiendo la carne gloriosa de Jesús, pan de vida, el creyente recibe con sobreabundancia la vida divina. Esta comunicación de vida participada acontece en un contexto de misión. No se trata de una vida que se confina, sino que debe comunicarse a los demás”.

El pintor Claude Monet (1840-1926), al igual que toda la generación de los impresionistas, fue el pintor de las fiestas alegres, del alborozo popular. Con él, el arte se apodera de la calle, de la vida. La calle Montorgueil. Fiesta del 30 de junio de 1878 es un óleo sobre lienzo (Museo de Orsay, Paris). El cuadro irradia una energía y una vitalidad extraordinarias. Las banderas, como una materia viva, formando líneas oblicuas, ocupan la parte esencial del espacio, creando una especie de desfile donde se precipita la multitud. Este lienzo transmite toda la fuerza de la felicidad en su pleno apogeo.

Jesús nos oferta un bodegón de sabrosa comida para que la comamos y ofertemos a los demás participar en el banquete, como La Rue Montorgueil de París era fiesta para todo el pueblo. El lienzo de sus palabras –“quien coma de este pan vivirá para siempre”- transmiten vitalidad y fuerza, garantiza a todos felicidad, salud y vida eterna.

Oración de súplica: Dame, Señor, pinceles que pinten mil colores y sensibilidad artística suficiente que me permitan llenar de lienzos los museos, y colgar de las farolas de las calles del mundo mis cuadros, con escenas de vida plena que alimente almas. Y suplico también que se abran infinitamente las compuertas del cielo para que el agua de las nubes inunden mis sentimientos y los de cuantos me conocen.

Uno de los protagonistas de la película Ventanas abiertas (2014), dirigida por Nacho Vigalondo, dice: Tengo que dirigir en el teatro / el alegre ballet de mis ideas / pues quiero que las bailen también / músicos y poetas”. Y otro comenta: “También aquí las ventanas se abren de par en par para que la vida vivida en su interior se transmita a la vida de todos”. Quiero que las de mi corazón y mente jamás se cierren al corazón y mente de los otros.

Anselm Grün (1945), monje alemán benedictino, escribió en Atrévete a ser nuevo: “La persona que no se arriesga a ser ella misma, que se endurece como el faraón o que se deja mandar por capataces, como hacían los israelitas, y se transforma en una caricatura de la figura humana”. Riesgo que habitualmente corren quienes se cierran a cal y canto sobre sí.

El Dhammapada, una compilación de las enseñanzas de Buda, nos habla igualmente de lo positivo que es expandir la belleza, el olor y el perfume de nuestro buen comportamiento: “Igual que una flor bella y de brillante color, y asimismo rebosante de perfume, son de fructíferas las buenas palabras de quien las pone en práctica”.

¿Y acaso no fue ésta la oferta que, según Jn 6, 51, nos hizo Jesús cuando dijo: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre”?

Lo importante es no pasarse la vida en la sala de espera, y pedirle a Dios que nos habrá la sala de consultas para poder comunicarnos, con Él y con los demás, la vida.

EL CIERVO

Como el ciervo sediento busca el agua…, canta el salmo.

Y la Esposa, en San Juan de la Cruz, dice al Esposo:
“Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido”. 

Así te busco yo, mi Dios, y no te encuentro;
mi cita contigono ha sido concertada todavía.
¿Por qué no abres consulta y me das hora? 

¡Toda una vida en la sala de espera! 

Al fin me cercioré
que sólo había sala de clientes. 

……………………….

Expuse el caso a las restantes criaturas,
y a coro unas, y otras a capella,
entonaron el Himno de la Duda. 

(NATURALIA.
Los sueños de las criaturas.
Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Tú eres el pan de vida.

domingo, 12 de agosto de 2018
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eucaristia0(Jn 6,41-52)

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”.

A oídos de los contemporáneos de Jesús, esta expresión debía sonar radical y contundente. Para un judío el “pan del cielo” evocaba, sin duda, la dura experiencia de huida y éxodo del pueblo por el desierto después de haber sido esclavos en Egipto (Ex 16,1ss). En aquellos largos años, como le sucedió también a Elías (1Re 19,4-8), el pueblo fue alimentado por un pan que bajó del cielo y apareció como don para que pudieran recobrar las fuerzas y no morir.

En ambas experiencias la situación era similar: la de haber llegado hasta la extenuación, hasta ese pequeño hilo que separa la vida de la muerte. Seguramente sólo quien lo experimenta puede saber lo que, en esas circunstancias, supone un trozo de pan. Un pequeño elemento que devuelve la vida, que repara las fuerzas y sosiega el desánimo, que recupera la esperanza perdida y alimenta la capacidad para seguir caminando. Para Elías supuso la posibilidad de caminar cuarenta días y cuarenta noches… para el pueblo huido de Egipto, cuarenta años. Toda una vida.

Pero Jesús dice que su pan es aún mucho más que eso. “Vuestros antepasados comieron el maná en el desierto y, sin embargo, murieron”. “El que coma de este pan vivirá para siempre”. Jesús se ofrece como pan de vida eterna, como el alimento que sobrepasa todo lo imaginado y esperado.

El pan es signo de vida. Lo es también de mesa compartida, de solidaridad entre quienes lo dividen, de conversación, de comunión, de trabajo, proceso y esfuerzo. El pan se come a diario y aunque todos lo valoramos, lo aprecia mejor quien deja en él su sudor y dedicación.

Jesús, al hacerse pan, acoge todo esto en sí y se nos da como alimento que no sólo repara las fuerzas sino que redime y salva. Porque en su pan hallamos mucho más: vida entregada hasta el extremo, amor infinito que humaniza y hermana, que nos acerca a Dios y nos aproxima al otro, que nos ofrece camino y dirección, sentido y alegría.

Al saber que los judíos le criticaban por haber dicho esto -como murmuró el pueblo en el desierto contra Moisés y Aarón y contra el mismo Dios (Nm 14,2.28; Ex 16,8)- Jesús les exhorta: “no critiquéis, no murmuréis entre vosotros”. Así como Israel comió el maná y se alimentó mediante la adhesión a la Ley, ahora Jesús convoca a aceptar la nueva revelación de Dios en Él, en su amor entregado, en el cuerpo partido y repartido del Hijo amado.

Una interpelación que hoy nos llega a nosotros: “no critiquéis, no desconfiéis, no os alejéis de mi propuesta de vida. Yo me hago pan para daros vida eterna. Acogedme, comedme y sed uno en mí. Haceos vosotros también pan, descended y sed alimento los unos para los otros”.

Celebrando un día más la Eucaristía, suplicamos que todo esto se realice en nosotros, haciéndonos eco del bello poema de Pedro Casaldáliga, cmf:

Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida.

El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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Elías postmoderno

domingo, 12 de agosto de 2018
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7e0875a9-4ad8-4a75-bc9b-2608b2132be5Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. PAN DE VIDA
Continuamos hoy escuchando el capítulo 6º de san Juan que desarrolla la cristología del PAN de VIDA. YO SOY EL PAN DE VIDA.

02. ELÍAS: UN HOMBRE POSTMODERNO
Hoy hemos asistido en la primera lectura a un momento en el que Elías huye de la reina Jezabel que ha jurado matarlo. Elías desaparece de escena y se va al desierto. Elías se cansa ya de vivir y se desea la muerte: no valgo más que mis mayores.

Dios le dice: Levántate, come que el camino es superior a tus fuerzas.

Cansancios y canseras hay muchos en la vida y de muchos tipos: postraciones, abatimientos y desánimos hay mil en la vida. Hay que tener coraje: audacia para levantarse, comer y seguir el camino que es superior a nuestras fuerzas.

En el fondo la llamada depresión es un cansancio existencial que en castellano podemos denominamos cansera: ya no quiero, no vale la pena vivir más. Personalmente, como sociedad-política, como iglesia podemos llegar a momentos en los que sentimos harto cansados, siempre igual y no cambia nada…

03. ALIMENTARSE DEL PAN DE VIDA: LEVÁNTATE Y COME.
496dc431-4fa3-4376-ae04-914be3906f35Levantarse y comer no son cuestiones meramente físicas, sino más bien personales: levantarnos de nuestros cansancios, cuando no caídas en la vida, comer del pan que alimenta el cuerpo, pero sobre todo, el alma y ponernos de nuevo en camino.

La salud, la creatividad, el tono vital no son cuestiones meramente físicas, ni tan siquiera médicas. La alimentación, la medicina, la higiene, la psicología son cuestiones importantes, pero no son la “varita mágica”.

Hay que alimentarse de pan de vida. Esto significa alimentarse de valores, de cultura, de criterios sanos.

Hay panes que sedan o distraen el hambre de la existencia, pero no alimentan.

04. CRISTO ES EL PAN DE VIDA.

Cristo pudo haber dicho que la vida y la felicidad radicaba en otras cuestiones:

o cuantas más pagas extraordinarias tengáis tendréis más vida, sin embargo proclamó la pobreza cuando fuente de felicidad.

o cuanto más poder económico, político o eclesiástico tengáis, viviréis más, sin embargo proclamó el servicio y rechazó el poder.

o Cuantos más tanques y misiles tengáis, mejor; sin embargo, JesuCristo proclamó la paz como fuente de felicidad y de vida.

o Cuantos más ritos religiosos hagáis y mejor cumpláis las leyes de la Iglesia, tendréis más salvación.

El pasado domingo, 5 de agosto decía el papa Francisco en el ángelus:

Es una tentación común reducir la religión sólo a la práctica de las leyes.

En esas cuestiones aludidas no está la vida.

Cristo se presenta como PAN DE VIDA.

05 ESTE ES EL HIJO DEL CARPINTERO. ELEVARSE POR ENCIMA DE LOS SÍMBOLOS.

Jesús es la clave y el escándalo. Se presenta como pan de vida que baja del cielo, se presenta como hijo de Dios, que habla de lo que Dios le ha dicho. Pero para los ojos de la mayor parte de sus contemporáneos, como para nuestros contemporáneos, Jesús es el hijo de la señora María, del carpintero que “ya sabemos quiénes son”…

Esta es una de las diferencias ente el cristianismo y otro tipo de concepciones religiosas. El cristianismo es profundamente materialista: efectivamente Dios está en Jesús, en la humanidad de Jesús: el Verbo se hizo carne.

Las personas religiosas no pueden comprender que un hombre sea expresión de Dios porque les va mejor un “Dios lejano, etéreo, que no toque la vida concreta”.

El ser humano es quien va siempre un paso más allá de la realidad. La realidad es un símbolo que hemos de transcender.

Del texto de hoy podemos sacar una conclusión: la razón no es la medida de la realidad. Si miramos las cosas, las personas, los problemas únicamente -únicamente- desde la razón, no llegaremos al ser de la vida. Decía Pascal que la fe tiene razones que la razón no conoce. Hay que ser razonables en la vida, pero hay muchas dimensiones que están un paso más allá de la razón:

o Por vía racional no llegaremos de la creación a Dios. Habrá que activar otros mecanismos como son la poética y la fe.

o El perdón no es fruto de la razón. El perdón será fruto del amor.

o Escuchando la pasión de San Mateo de Bach o una melodía podemos “tocar” la belleza, la redención, el amor, llegar a Dios pero no por vía racional, sino por la emoción estética, muy diversa de la racional.

o Jesús fue un hombre. Nunca llegaremos por vía racional a afirmar que el hijo del carpintero es hijo, expresión de Dios.

o El celibato es irracional, lo cual no significa que no sea valioso que algunas personas, renuncien elegante y espiritualmente a una dimensión de su vida por el ideal del reino de los cielos.

o La esperanza no es lo más mínimo demostrable por vía racional; sin embargo nos es absolutamente necesaria para vivir.

La crisis de la modernidad radica en pensar que únicamente es verdad lo demostrable y verificable. Lo que no puedo demostrar no existe, ni es.

Recuperemos el mundo del símbolo, de la transcendencia, del relato, de la poesía, de la delicadeza, de la teología narrativa.

La realidad, el ser, es más amplio que lo que yo sé o puedo conocer.

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“Pan de Vida eterna”. 18 Tiempo Ordinario – B (Juan 6,24-35)

domingo, 5 de agosto de 2018
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18_to_b-600x4001¿Por qué seguir interesándonos por Jesús después de veinte siglos? ¿Qué podemos esperar de él? ¿Qué nos puede aportar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿Nos va a resolver acaso los problemas del mundo actual? El evangelio de Juan habla de un diálogo de gran interés que Jesús mantiene con una muchedumbre a orillas del lago Galilea.

El día anterior han compartido con Jesús una comida sorprendente y gratuita. Han comido pan hasta saciarse. ¿Cómo lo van a dejar marchar? Lo que buscan es que Jesús repita su gesto y los vuelva a alimentar gratis. No piensan en otra cosa.

Jesús los desconcierta con un planteamiento inesperado: «Esforzaos no por conseguir el alimento transitorio, sino por el permanente, el que da la vida eterna». Pero ¿cómo no preocuparnos por el pan de cada día? El pan es indispensable para vivir. Lo necesitamos y debemos trabajar para que nunca le falte a nadie. Jesús lo sabe. El pan es lo primero. Sin comer no podemos subsistir. Por eso se preocupa tanto de los hambrientos y mendigos, que no reciben de los ricos ni las migajas que caen de su mesa. Por eso maldice a los terratenientes insensatos que almacenan el grano sin pensar en los pobres. Por eso enseña a sus seguidores a pedir cada día al Padre pan para todos sus hijos.

Pero Jesús quiere despertar en ellos un hambre diferente. Les habla de un pan que no sacia solo el hambre de un día, sino el hambre y la sed de vida que hay en el ser humano. No lo hemos de olvidar. En nosotros hay un hambre de justicia para todos, un hambre de libertad, de paz, de verdad. Jesús se presenta como ese Pan que nos viene del Padre no para hartarnos de comida, sino «para dar vida al mundo».

Este Pan venido de Dios «da la vida eterna». Los alimentos que comemos cada día nos mantienen vivos durante años, pero llega un momento en que no pueden defendernos de la muerte. Es inútil que sigamos comiendo. No nos pueden dar vida más allá de la muerte.

Jesús se presenta como «Pan de vida eterna». Cada uno ha de decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Pero quienes nos llamamos seguidores suyos hemos de saber que creer en Cristo es alimentar en nosotros una fuerza imperecedera, empezar a vivir algo que no acabará en nuestra muerte. Sencillamente, seguir a Jesús es entrar en el misterio de la muerte sostenidos por su fuerza resucitadora.

Al escuchar sus palabras, aquellas gentes de Cafarnaún le gritan desde lo hondo de su corazón: «Señor, danos siempre de ese pan». Desde nuestra fe vacilante, a veces nosotros no nos atrevemos a pedir algo semejante. Quizá solo nos preocupa la comida de cada día. Y a veces solo la nuestra.

José Antonio Pagola

 

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“El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed”. Domingo 2 de agosto de 2015. Domingo 18º de tiempo ordinario

domingo, 5 de agosto de 2018
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43-ordinarioB18 cerezoDe Koinonia:

Éxodo 16,2-4.12-15: Yo haré llover pan del cielo.
Salmo responsorial: 77: El Señor les dio un trigo celeste.
Efesios 4, 17.20-24: Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios.
Juan 6,24-35: El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed.

La primera lectura, del Éxodo, nos recuerda cómo el desierto es la carencia de todo. A toda persona le llega de vez en cuando su desierto: la situación crítica en la que parece que no se encuentran soluciones de ayuda para sobrevivir a tan crítica situación. Al pueblo de Israel le era muy provechoso el tener que estar en el desierto donde todo falta, para que pudiera experimentar el portentoso modo que Dios tiene para ayudar a los que en Él confían. En el desierto el Pueblo de dios aprende a experimentar la condición de “pobre”, de “necesitado de todo” del auxilio de Dios. Esto le será útil para el crecimiento de su fe y de su esperanza en las ayudas milagrosas. En la península del Sinaí hay un arbusto llamado “tamarisco”. Produce una secreción dulce que gotea desde las hojas hasta el suelo. Por el frío de la noche se solidifica y hay que recogerla de madrugada antes de que el sol la derrita. ¿Sería esto lo que Dios le proporcionó a su pueblo, multiplicándolo claro está, de manera prodigiosa? Lo cierto es que los israelitas consideraron siempre la aparición de este alimento como una demostración de la intervención milagrosa a favor de su pueblo. Lo llamaron “maná”, porque los niños al comerlo preguntaban: “¿qué es esto?, “lo que en su idioma se dice: “Man-ah?”. También es llamado por los salmos “pan del cielo” (Sal 78) y el libro de la Sabiduría dice que, “sabía a lo que cada uno deseaba que supiera” (Sab16,20). Jesús dirá que el Verdadero Pan bajado del cielo será su cuerpo y su sangre. O sea que este maná milagroso del desierto era un símbolo y aviso de lo que iba a hacer Dios más tarde con sus elegidos, dándoles como alimento el cuerpo de su propio Hijo divino.

La segunda lectura continuada de la carta a los Efesios pide a los creyentes que se dejen renovar por el Espíritu Santo y pasen de un modo de obrar no digno del ser humano, a un modo de obrar digno de quien tiene fe en Cristo. Pide que abandonemos nuestro estilo anterior de vida pecaminosa y marchemos en adelante por un nuevo camino de vida cristiana. Se nos invita a no dejarnos guiar por esta “vaciedad de criterios”. En estos pocos versículos continúa la exhortación a buscar la unidad y a vivir dignamente la propia vida cristiana, guiada y fundamentada en un verdadero conocimiento de Cristo. Pablo desarrolla este argumento jugando con la antítesis del ser humano viejo y el ser humano nuevo (Col 3,9-10; 1Cor 5,7-8). Elegir la novedad, lo nuevo, es elegir a Cristo. Esto significa romper con el viejo ser humano pecaminoso, con el pecado del mundo, para estar dispuestos a una continua renovación en el Espíritu, a vivir en la justicia y santidad y ser justos y rectos. Este texto es una clara respuesta a quienes piensan que el cristianismo simplemente es una cosa del pasado.

El evangelio de hoy, de Juan, el discurso del pan de vida, se desenvuelve en tres afirmaciones lógicamente sucesivas, y la primera que presenta este texto es: el real o verdadero “pan del cielo” no es el maná dado una vez por Moisés, contrariamente a lo que la gente pensaba (v.31). Es literalmente el pan que ha bajado del cielo. Dios, no Moisés, es quien da este pan (v.32). Jesús ha realizado signos para revelar el sentido de su persona (domingo anterior), pero la gente sólo lo han entendido en la línea de sus necesidades materiales (6,26.12). Jesús ha querido llevarnos a la comprensión de su persona, porque sólo a través de la fe pueden entender quien es él y sólo así podrá donarse a ellos como comida: pero para hacer esto es necesario trabajar o procurar por un alimento y una vida que no tienen término y que son dones del Hijo del hombre (v.27). Los judíos piensan de inmediato en las obras (v.28; Rm 9,31-32), pero Jesús replica que sólo una obra deben cumplir: creer en él (v.29; Rm 3,28), reconocer que tienen necesidad de él, como se tiene necesidad del alimento material. Al considerar la exigencia de Jesús muy grande es por lo que piden una demostración de los que afirma realizando una señal que al menos se compare con aquellas realizadas por Moisés (vv. 30-31), pues aquellas que acaba de realizar (6,2) no se consideran suficientes. Jesús responde afirmando que es más que Moisés, pues en él (Cristo) se realiza el don de Dios que no perece. Su pan se puede recoger (6,13), el maná se pudrió (Ex 16,20).

“Yo soy el pan de vida” es una fórmula de fuerza extraordinaria, parecida a aquellas otras que sólo a Jesús se podría atribuir: “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy el buen pastor”… el que viene a Jesús no tendrá hambre ni sed, no necesita de otras fuentes de gozo para saciar sus anhelos y aspiraciones. Jesús es fuente de equilibrio y de gozo, fuente de sosiego y de paz. Jesús es el lugar y fundamento de la donación de la vida que Dios hace al ser humano. En Jesucristo, Dios está por completo a favor del ser humano, de tal modo que en él se le abre su comunión vital, su salvación y su amor, y en tal grado que Dios quiere estar al lado del ser humano como quien se da y comunica sin reservas. En la comunión con el revelador –Cristo- se calma tanto el hambre como la sed de vida que agitan al ser humano. Leer más…

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Dom 2.8.18. Hacerse Pan, ser Eucaristía

domingo, 5 de agosto de 2018
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38162961_1044055222438336_2223410324671823872_nDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 18. Tiempo ordinario. Ciclo B (Jn 6, 30-69). Comenzó el domingo pasado la lectura del Sermón del Pan de Vida, de Juan Jn 6, que seguirá estos domingos de verano (invierno austral).

En ese contexto presenté la introducción del tema: Jesús multiplico los panes y muchos, al verle capaz de ofrecer comida, quisieron coronarle rey allí mismo, junto al lago de Cafarnaum, pues para eso sirve un rey, para asegurar la comida material de todos; pero Jesús se escapó, subiendo al monte, a fin de preparar y ofrecer otro tipo de reinado.

En ese contexto interpretando de manera algo libre aquel pasaje me atreví a presentar los rasgos principales de su Reino, con su manera de situarse ante el dinero y el poder, para que todos los hombres y mujeres fueran reyes, en dignidad, en comunión, superando toda opresión de tipo económico, político o incluso religioso, para crear una gran mesa redonda en torno al par compartido (imagen 2), donde los más importantes fueran los niños y pequeños (imagen 1),con alimento de pan y, sobre todo, con cariño y cuidado de todos.

para-celebrar-fiesta-del-pan-fiesta-del-vinoHoy quiero retomar aquel motivo, ofreciendo una visión general del discurso entero de Jn 6 (el gran discurso del pan de Cafarnaum), dejando para los domingos que aún quedan algunos algún rasgo particular de este pasaje, que expone la visión eucarística del cuarto Evangelio, la más realista de todas, siendo, al mismo tiempo, la más mística.

No se trata de evadirse con eso de la eucaristía, pan de Cristo, para situarlo ysituarnos como cristianos en un plano de espiritualismo puro, separado de la vida real de los hombres y mujeres, del pan de los pobres, del amor y la acogida de los niños, de la comunión de todos.

Ciertamente, el pan es pan y debe compartirse, pero, al mismo tiempo, en un plano más hondo, el auténtico pan somos nosotros, de forma que podríamos y deberíamos decir, como Jesús y con Jesús, yo quiero ser y soy también pan de vida para otros.

No me limito a dar un poco de pan material (externo), sino que, debiendo darlo, me doy a mi mismo como pan, haciéndome así eucaristía para los demás.

No sólo de pan vive el hombre

El Signo del Vino está al comienzo del mensaje y vida de Jesús conforme al Evangelio de Juan: Bodas de Caná (Jn 2). Más adelante ha situado Juan el tema del pan, en las multiplicaciones , retomando un motivo importante de la tradición sinóptica (cf. Jn 6, 1-15).

En algún sentido, hay que afirmar que el relato de Juan resulta más tradicional que el de Mc 6, 31-46 y 8, 1-8 par, pues él ha destacado el carácter mesiánico del signo: los que se han alimentado con el pan de Jesús quieren tomarle y elevarle como rey, traduciendo su autoridad eclesial y alimenticia en forma de poder político (cf. Jn 6, 14). Pero Jesús se niega y quiere conducirles a un modo distinto de «reinado», no para imponerse sobre los demás, sino para convertirse para ellos en pan verdadero.

De esa manera introduce y elabora Juan, al interior de las confrontaciones eclesiales, el tema que Mt 4 y Lc 4 habían elaborado en forma de tentación satánica, recordando la palabra de Jesús que decía: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

En esa línea avanza Juan, desarrollando el tema del “pan que es más que pan” (pan que es palabra, pan que es humanidad, encuentro personal y gratuidad), oponiéndose a una forma puramente política y mundana, económica y social, de comprender el alimento, pues el hombre come más que comidas materiales:

Comer comen también los bueyes y los cerdos… Pero los hombres viven no sólo de pan, sino también amor y de palabra, de experiencia de vida y esperanza… De esa comida más alta, que no niega la anterior (pues la supone), pero la desborda y plenifica trata este capítulo de Juan.

Los cinco temas del gran discurso

imagesPara ello ha desarrollado un largo discurso y catequesis eucarística, que suele titularse el Sermón del Pan de Vida Jn 6, 22-61 Está en su fondo la temática del pan y el vino: las multiplicaciones de Jesús, la experiencia de comidas gozosas de la iglesia. Pero lo que ahora emerge y se sitúa en primer plano es la experiencia poderosa de la identidad eucarística de Jesús.

No se limita a repartir el pan del reino, no es un simple convidado que ofrece el vino nuevo de las bodas de Caná, sino que él mismo es Pan de Vida y Vino de la Fiesta, verdad (fe, palabra) y comida verdadera (cuerpo y sangre, vida humana, justicia) para los humanos. Muchos discípulos le buscan simplemente porque quieren alimento material; él les ofrece una comida que dura hasta la vida eterna y sólo puede consumirse y consumarse en fe, creyendo en él.

A partir de aquí se inicia la revelación más alta, que presento en forma de disputa entre “los judíos” (quizá judeocristianos que no acaban de aceptar la visión eucarística de Juan) y Jesús, que así aparece como revelación eucarística de Dios

He dividido el texto en cinco apartados que marcan el proceso eclesial y catequético de esta revelación eucarística, en disputa no sólo con el judaísmo exterior (que ha quedado fuera de la iglesia de Jesús), sino también con otros grupos eclesiales, que no aceptan la visión eucarística de Juan, su concentración cristológica

1. Maná

– Ellos entonces le dijeron: ¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Pan del cielo] Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Les dio a comer pan del cielo.
– Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 30-34).

El primer apartado (Maná, Pan del cielo) sitúa ya el tema en un ámbito de disputa de Jesús (de la Iglesia de Juan) con un tipo de judeo(cristianísmo) que, a juicio de Juan, está anclado en un pan que no ofrece comida verdadera, pues sigue dejando morir a los humanos. Además, el verdadero autor de aquel Maná, que es un primer pan del cielo, no fue Moisés, fue el Padre de Jesús, que ahora quiere ofrecer y ofrece el verdadero Pan del Cielo, que será el mismo Jesucristo.

2. Pan vivo

Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan.
– Jesús les dijo: Yo soy el pan vivo (=de vida). El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 35).

Este segundo apartado presenta a Jesús como Pan viviente que sacia un hambre distinta, hambre de Dios y de reino, que atormenta a los humanos desde el mismo principio de los tiempos. Juan está evocando aquí el motivo y signo del Árbol de la Vida del paraíso (comer según Dios) y el vino de las Bodas de Caná: sólo el pan mesiánico, encuentro personal con Cristo, es comida verdadera para los humanos. Sólo el amor de otro ser humano sacia al ser humano; sólo la comunión en humanidad y justicia es alimento verdadero

3.Pan que se come, alimento somos los unos de los otros

– Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: Yo soy el pan que ha bajado del cielo… ¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?
– Jesús les respondió: No murmuréis entre vosotros…. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron…. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le daré, es mi carne por vida del mundo (Jn 6, 41-51).

Se trata de un pan real, un pan mesiánico, una carne viva, que se identifica con Jesús, es decir, con la humanidad. Ciertamente, los hombres y mujeres comen pan externo y se alimentan mientras siguen en el mundo de alimentos materiales, de plantas y animales. Pero sólo les sacia una comida humana, el cuerpo y sangre (la carne) de otros seres personales, como supo Jesús cuando decía, el día de la Cena: Comed: esto es mi Cuerpo.

Sólo un humano puede saciar a otro humano, como sabe todo enamorado, todo hombre solidario (varón y/o mujere). La vida se vuelve así amor, cuerpo mesiánico centrado y culminado en Cristo. Sólo un ser humano es verdadero pan para otro ser humano. En esa línea, Jesús viene a mostrarse en forma de comida verdadera

4. Carne. Dios mismo se hizo «carne» en Jesús, vida compartida

Discutían entre sí los judíos y decían: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros… Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Como el Padre viviente me ha enviado, y yo vivo por el Padre, el que me coma vivirá por mí (Jn 6, 52-57).

Este apartado (5. Carne y Sangre) se limita a elaborar lo anterior y lo sitúa en un plano teológico, como expresión del misterio de Dios. La eucaristía es la revelación más honda de la identidad y riqueza divina, en la línea de Jn 14, cuando dice que el Logos o Palabra de (=que es) Dios se hizo carne. Leer más…

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Eucaristía e inmortalidad.

domingo, 5 de agosto de 2018
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201507181202301f2a2dDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

¿Cuántos miles de veces has comulgado desde que hiciste la Primera Comunión? ¿Se ha convertido ya en rutina, aunque seas consciente de su importancia? Hablando de otro tema: ¿qué piensas de la otra vida? ¿Eres de los que dicen: «El pobrecito se ha muerto», como si fuera una desgracia sin remedio? ¿Estarías dispuesto, como Gilgamés, el gran héroe mesopotámico, a realizar un peligroso viaje para conseguir la planta de la inmortalidad, o piensas que es una tarea absurda e imposible? A menudo preferimos no hacernos estas preguntas. Es más cómodo esconder la cabeza, como el avestruz. Pero el autor del cuarto evangelio (san Juan o quien sea) disfruta amargándonos la vida.

El debate sobre el pan de vida

El próximo domingo y los tres siguientes se lee el «Debate sobre el pan de vida», que continúa el tema de la multiplicación de los panes y los peces. El inconveniente de dividir el debate y sus consecuencias en cuatro domingos es que se pierde su fuerte tensión dramática. Por ello, considero importante ofrecer una visión de conjunto, aunque haya que anticipar datos de los próximos domingos.

Los interlocutores del debate

Los interlocutores de Jesús, aunque resulte extraño, cambian: al principio son los galileos que se beneficiaron del milagro de la multiplicación de los panes; cuando el debate adquiere un tono polémico, son los judíos quienes «critican» a Jesús y «discuten entre ellos». Pero su reacción final, cuando termina de hablar Jesús, no se cuenta. El protagonismo pasa a muchos de sus discípulos [de Jesús], que «se escandalizan» y lo abandonan. Al final, solo quedan los doce.

Los tres puntos principales del debate

Los debates y discursos de Jesús en el evangelio de Juan, aunque largos y complicados, se pueden resumir en pocas ideas. En este podemos distinguir tres, estrechamente relacionadas.

1. La «vida eterna» (vv.27.40.47.54), «la vida» (v.33.53), «vivir para siempre» (v.51.58). Es un tema obsesivo del cuarto evangelio, que comienza afirmando que «el Verbo era vida» y lo ejemplifica en la resurrección de Lázaro, donde Jesús se muestra como «la resurrección y la vida». Recuerda lo que decía Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme».

2. Esa vida eterna se consigue comiendo «el pan de la vida» (v.35.48.51), «el verdadero pan que da la vida al mundo» (v.33.51), «el pan que ha bajado del cielo» (v.41.50.58). Al que come de ese pan, Jesús «lo resucitará en el último día» (vv.39.40.44.54).

3. Los dos temas anteriores están muy vinculados al de la fe en Jesús: «lo que Dios quiere es que creáis en el que ha enviado» (v.29); «el que cree en mí nunca tendrá sed» (v.35); «el que cree en mí tiene la vida eterna» (v.47). Por eso, los discípulos que abandonan a Jesús lo hacen porque «no creían» (v.64); en cambio, los Doce, como afirma Pedro, «hemos creído y sabemos que tú eres el santo de Dios» (v. 69).

Por consiguiente, al hablar del «pan de vida», la fuerza capital recae en «la vida», esa vida eterna a la que Jesús nos resucitará en el último día. Igual que la comida no es un fin en sí misma, sino un medio para subsistir, el pan eucarístico está directamente enfocado a la obtención de la inmortalidad. Quien comulga, como algunos corintios, sin creer en la otra vida, no es consciente de la estrecha relación entre eucaristía y vida eterna.

El desarrollo del debate y sus consecuencias

En el texto litúrgico (que suprime el pasaje 6,36-40) podemos distinguir tres grandes partes (domingos 18, 19, 20), centradas en el diálogo entre Jesús y los presentes en la sinagoga de Cafarnaúm. Todo termina con la reacción tan distinta de muchos discípulos y de los Doce (domingo 21).

La primera parte (domingo 18), que desarrollaré luego, termina con una revelación inimaginable por parte de Jesús: «Yo soy el pan de vida», «el que baja del cielo y da la vida al mundo».

La segunda (domingo 19) comienza con la reacción crítica de los judíos ante la pretensión de Jesús de haber bajado del cielo. Imposible: conocen a su padre y a su madre. Pero él termina con una afirmación más desconcertante aun: «el pan que yo daré es mi carne».

La tercera (domingo 20) empalma con la afirmación anterior: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?» Los judíos llevan razón. Parece imposible, absurdo. Jesús no lo explica ni matiza. Insiste en que comer su carne y beber su sangre es la única forma de conseguir la vida eterna.

Con lo anterior termina del debate, sin que se diga como reaccionan los judíos. Pero sí se añade la reacción de los discípulos (domingo 21), distinguiendo entre el escándalo de mucho de ellos y la respuesta positiva de los Doce.

Notas al debate

1. Aunque las ideas puedan resultar claras, son difíciles de aceptar. La reacción normal de los oyentes es que les están tomando el pelo, que Jesús está loco, o que es un blasfemo. Una persona a la que conocen de pequeño, igual que a su familia, tiene que haberse vuelto loca para decir que ha bajado del cielo, que es superior a Moisés, que el que viene a él no tendrá nunca hambre ni sed, que es preciso comer su cuerpo y beber su sangre, como si ellos fuesen caníbales.

2. Jesús recurre a la ironía («me buscáis porque os hartasteis de comer»), al escándalo (rebajando la importancia del maná) y a expresiones simbólicas desconcertantes (comer su carne y beber su sangre). Con ello pretende lo contrario que los políticos actuales: que solo lo siga un grupo selecto, aquellos que «le trae el Padre». Este enfoque desconcertante del cuarto evangelio se basa probablemente en la experiencia posterior a la muerte de Jesús, y pretende explicar por qué la mayoría de los judíos no lo aceptó como enviado de Dios.

3. El debate no reproduce lo ocurrido al pie de la letra, es elaboración del autor del cuarto evangelio. Él sabe que sus lectores, su comunidad, entenderá rectamente los símbolos. Cuando Jesús dice que «mi cuerpo es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida», que hay que comer su cuerpo y beber su sangre, saben que no se trata de comer un trozo de su brazo o beber un vaso de su sangre; se refiere a la eucaristía, al pan y la copa de vino que comparten.

4. Desde un punto de vista pastoral, si el tema ya era complicado y escandaloso para muchos discípulos, los teólogos se han encargado de complicarlo aún más con el concepto de «transubstanciación». El que tenga dificultades sobre este punto podría acogerse a las palabras finales de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el santo de Dios». Y que los teólogos sigan discutiendo.

1ª lectura (Ex 16, 2-4.12-15)

Ya que el evangelio hace referencia al don del maná, se lee la versión del libro de los Números, que lo une al de las codornices (pan y carne). Hay otra versión muy distinta del maná, nada milagrosa, en el libro de los Números 11,7-9. En este relato, el pueblo está harto de no comer más que maná. Y se añade: «El maná se parecía a semilla de coriandro con color de bedelio; el pueblo se dispersaba a recogerlo, lo molían en el molino o lo machaban en el almirez, lo cocían en la olla y hacían con ello hogazas que sabían a pan de aceite. Por la noche caía el rocío en el campamento y encima de él, el maná».

Sin embargo, la versión que terminó imponiéndose fue la milagrosa, de un alimento que envía Dios desde el cielo, no cae los sábados para respetar el descanso sabático, todos recogen lo mismo, sabe a galletas de miel, y es tan maravilloso que hay que conservar dos litros en el Arca de la Alianza. Estos detalles han sido suprimidos en la versión litúrgica, que, sin embargo, mantiene a las codornices; podría haberlas dejado volando y nadie las echaría de menos.

En aquellos días. Toda la comunidad de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto diciendo: «¡Ojalá hubiéramos muerto por mano del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos! Vosotros, en cambio, nos habéis traído a este desierto para hacer morir de hambre a toda esta muchedumbre». El Señor dijo a Moisés: «Mira, voy a hacer llover pan del cielo para vosotros. El pueblo saldrá todos los días a recoger la ración diaria, a fin de probarle si camina según mi ley o no. «He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: a la tarde comeréis carne, y a la mañana os saciaréis de pan; así conoceréis que yo soy el Señor, vuestro Dios». Por la tarde salieron tantas codornices que cubrieron el campamento, y por la mañana había en torno a él una capa de rocío. Cuando se evaporó el rocío, apareció sobre la superficie del desierto una cosa menuda, granulada, fina, como escarcha sobre la tierra. Los israelitas, al verla, se dijeron unos a otros: «man hu’ ¿qué es esto?», pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: «Éste es el pan que os da el Señor para comer.»

Evangelio (Jn 6, 24-35)

La introducción ha suprimido muchos datos. Después de la multiplicación de los panes y los peces, los discípulos se marchan en la barca mientras Jesús se retira al monte huyendo del deseo de la gente de hacerlo rey. Por la noche, cuando la barca está en peligro por un viento en contra, Jesús se aparece caminando sobre el agua, sube a la barca y al punto llegan a tierra. Lo anterior se ha suprimido. El relato comienza cuando la gente advierte la ausencia de Jesús y de los discípulos y va a Cafarnaúm en su busca.

Empieza entonces el largo debate. La sección de hoy consta de cuatro intervenciones de la gente (tres preguntas y una petición), seguidas de cuatro respuestas de Jesús.

Todo comienza con una pregunta muy sencilla: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» Jesús, en vez de responder a la pregunta, hace un suave reproche («me buscáis porque os hartasteis de comer») y les habla del alimento que dura hasta la vida eterna. Lo lógico sería que la gente preguntase cómo se consigue ese alimento; en cambio, pregunta cómo pueden hacer lo que Dios quiere. Y Jesús responde: lo que Dios quiere es que crean en aquel que ha enviado. Los galileos captan que Jesús habla de creer en él, y adoptan una postura más exigente: para creer en él deberá realizar un gran prodigio, como el del maná. Con la referencia al maná le ponen a Jesús el tema en bandeja. Enfrentándose a la tradición que presenta el maná como «pan del cielo» y «pan de ángeles», Jesús dice que el maná no se puede comparar con el verdadero pan del cielo, que no se limita a saciar el hambre, sino que da la vida al mundo. Los galileos reaccionan de forma parecida a la samaritana: «Señor, danos siempre de ese pan». La respuesta de Jesús no puede ser más desconcertante: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.» ¿Cómo reaccionará la gente? La solución el domingo próximo.

En aquel tiempo, cuando la gente vio que no estaban allí ni Jesús ni sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Lo encontraron al otro lado del lago, y le dijeron:

   -«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?».

  Jesús les contestó:

  -«Os aseguro que no me buscáis porque habéis visto milagros, sino porque habéis comido pan hasta hartaros. Procuraos no el alimento que pasa, sino el que dura para la vida eterna; el que os da el hijo del hombre, a quien Dios Padre acreditó con su sello».

   Le preguntaron:

   -¿Qué tenemos que hacer para trabajar como Dios quiere?

  Jesús les respondió:

  -Lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado.

   Le replicaron:

   -¿Qué milagros haces tú para que los veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo.

   Jesús les dijo:

   -Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo; mi Padre es el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.

   Ellos le dijeron:

   -Señor, danos siempre de ese pan.

   Jesús les dijo:

   -Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.

 

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Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. 05 de agosto de 2018

domingo, 5 de agosto de 2018
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d-xviii

“…lo encontraron al otro lado…”

(Jn 6, 24-35)

Lo primero que llama la atención es cómo la gente busca a Jesús y a sus discípulos. Pero está búsqueda ¿a qué se debe? Jesús se lo dice, me buscáis porque os he dado de comer. Continúa el texto: “lo encontraron al otro lado”, y esto es llamativo porque nosotras buscamos a Jesús en nuestro lado donde sabemos movernos y sentimos seguridad, donde el territorio es conocido y el mapa está trazado.

Sin embargo Jesús pasa al otro lado, y es a lo que nos enseña. Jesús cruza desde la zona de confort al espacio de la novedad, de la sorpresa, de lo diferente. Nos hace buscarle en otro contexto, fuera de los márgenes, en un estado distinto. Para comprenderlo en lo que es, en la profundidad de su mensaje y de su vida.

Y la siguiente pregunta: “Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?”. Y Jesús se adelante y les dice: No me busquéis porque puedo saciar vuestro hambre físico, sino porque puedo saciar vuestro hambre espiritual.

Yo soy el pan vivo, un pan que llena cada vez que se consume. Un pan triturado en el dolor y hecho entrega para dar vida.

Ser su cuerpo y rompernos en una entrega diaria. Sabiéndonos llenas de ese alimento que plenifica porque lleva a un encuentro en la totalidad que somos.

Es una mínima cantidad de alimento para un máximo de Presencia, porque lleva la totalidad de la entrega.

En la entrega no hay medida, hay esencia. No puedo darme por partes. No puedo calcular lo que me doy, porque eso no es entrega, eso es cálculo.

La entrega no mide, es donación total, y eso hace Jesús en cada partícula del pan, entregarse totalmente. Dona la totalidad que es, para que al recibirlo formemos el cuerpo de la común unión de ser todos en Él.

Al recibir el pan de vida recibimos, en un encuentro sin fronteras, la posibilidad de ser uno con Él. Siendo cuerpo, siendo entrega, siendo vida.

Oración

Ayudanos a experimentar cada día ese encuentro en la partícula de lo pequeño para vivirte a lo grande.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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No te da Vida comer el pan sino el dejarte comer.

domingo, 5 de agosto de 2018
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pictures-of-jesus-last-supper-949848-wallpaperJn 6, 24-35

Seguimos en el c. 6 del evangelio de Jn, pero hemos pasado por alto el relato de la travesía del lago y la aparición de Jesús andando sobre el agua. La lectura de hoy afronta directamente la discusión con los judíos. En el v. 59, se dice que el encuentro tuvo lugar en la sinagoga de Cafarnaúm, pero no tiene importancia. En todo caso, se plantea una discusión larga y dura, en la que Jesús va concretando y profundizando las exigencias del seguimiento. Se va acentuando la distancia a medida que Jesús va aquilatando el discurso. El proceso será: Entusiasmo, duda, desencanto, desilusión, oposición, rechazo, abandono.

El diálogo es un montaje que permite a Jn poner en boca de Jesús lo que aquella comunidad consideraba las claves del seguimiento. No contesta a la pregunta: ¿cómo y cuándo has llegado aquí?, sino a las verdaderas intenciones de la gente, llevando el diálogo a su terreno. Lo que de verdad tiene importancia es el compromiso de entrega, al que quiere llevarlos.

Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. La “señal” era una invitación a compartir, pero ellos vieron solo en ella la satisfacción del apetito. Vaciado el signo de contenido, esa búsqueda de Jesús no es correcta, solo pretenden seguridades. Jesús va directamente al grano y desenmascara su intención. No le buscan a él sino el pan que les ha dado. No le buscan porque les haya abierto las puertas de un futuro más humano. Esas palabras que Jn pone en boca de Jesús, critican la religión de todos los tiempos. Todas las religiones terminan manipulando a Dios para ponerlo a su servicio.

Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que dura dando Vida definitiva. Esta propuesta de trabajar por la Vida es el resumen de todo su mensaje. Vale lo mismo para aquel tiempo que para hoy. Trata de advertir de la facilidad que tiene el hombre de malograr su vida enredándose en lo puramente material o dejándose llevar por lo sensible. La búsqueda del verdadero pan exige esfuerzo. Es un camino de lucha, de superación, de purificación, de regeneración, de muerte y nuevo nacimiento (bautismo).

Ese alimento que perdura, lo da Dios gratuitamente. Jesús descubrió ese don y desplegó su verdadera Vida humana. Sin alimento no se puede recorrer camino alguno. Por eso hay que escucharle cuando habla de otro tipo de comida que es la que nos salva. También hay que trabajar por el alimento que perece, pero no debe ser el objetivo único ni último de nuestra vida. Los judíos muestran un cierto interés por enterarse, pero como se demostrará más tarde, es puramente superficial. Acostumbrados a moverse a golpe de preceptos, preguntan a Jesús por las normas. Son incapaces de imaginar que Dios pueda dar algo por nada.

Este es el trabajo que Dios quiere, que prestéis adhesión al que él ha enviado. Conocer lo que Dios espera de nosotros parecería el verdadero camino para llegar, pero ese interés es solo aparente. En realidad no nos interesa demasiado lo que Dios quiere. Lo que de verdad nos interesa es lo que nosotros esperamos de Dios. Para garantizar unas seguridades, nos hemos fabricado un Dios a nuestra medida. De todas formas Jesús les dice lo que Dios espera de ellos: que le presten su adhesión. La discusión entre fe y obras queda superada de una manera drástica: confiar en Jesús es la obra primera y más importante que Dios espera.

Pero inmediatamente viene la institución y nos dice: lo que Dios quiere es esto y aquello; que no es más que lo que les interesa a los dirigentes de turno. Jesús no vino a dar nuevas normas morales sino a enseñarnos el camino de la verdadera Vida. Lo que tengo que “hacer”, lo tengo que descubrir yo, no me tiene que llegar de fuera como programación, no tengo que ser un robot al que le han introducido un programa. Lo que Dios quiere es que lleguemos a nuestra plenitud, y el “mapa de ruta” está en nuestro interior, no fuera.

A Dios le importa más lo que somos que lo que hacemos. Mostramos nuestra ceguera cuando estamos preocupados por lo que Dios quiere que hagamos o dejemos de hacer. Solo una cosa es fundamen­tal: confiar. Creer no es aceptar una serie de verdades teóricas y quedar tan tranquilos. En la Biblia creer es tener confianza en… Esto es lo que pide Jesús a sus oyentes. Tergiversamos esa confianza cuando la convertimos en esperanza de que Dios cumpla nuestros deseos. Confiar es aceptar la voluntad de Dios, no venida de fuera, sino como inserta en la raíz de nuestro ser. La clave está en saber pasar de un pan a otro pan.

¿Qué señal realizas tú para que viéndola te creamos? La exigencia de una señal es la demostración de que no creen. Estarían dispuestos a aceptar un Mesías, semejante a Moisés, que demostrara su valía a base de prodigios. El maná estaba considerado como el mayor de los milagros. Exigen de Jesús que legitime sus pretensiones con otro prodigio igual o mayor. Pero la Vida que Jesús promete no viene de fuera y espectacularmente; está en cada uno y se manifiesta en lo cotidiano como amor desinteresado, como preocupación por el otro.

No os dio Moisés el pan del cielo; no, es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Aquello no era más que un símbolo. La realidad está en Jesús, verdadero pan del cielo, que alimenta la verdadera Vida. Recordemos que los rabinos consideraban la Torah como el pan que Dios les había otorgado. Ahora es Jesús la única Ley que salva. Danos siempre pan de ese. Reacción aparentemente sincera, pero equivocada. Le llaman Señor; creen en sus palabras; esperan que satisfaga sus anhelos; pero no le dan su adhesión; buscan una salvación que les llegue de fuera sin que ellos tengan que hacer nada.

Yo soy el pan de Vida. En todos los discursos que encontramos en este evangelio se hace referencia a la Vida. Se trata de una realidad que no podemos explicar con palabras, ni meter en conceptos humanos. Solo a través de símbolos y metáforas podemos indicar el camino de una vivencia que es lo único que nos llevará a descubrir de qué se está hablando. “Yo soy” en Jn es la suprema manifestación de la conciencia de lo que era Jesús. Cada uno de nosotros debemos descubrir lo que verdaderamente somos, como lo descubrió Jesús.

El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mi no pasará nunca sed. ¿Qué significa, “ir a él, creer en él?” Aquí radica todo el meollo del discurso. No se trata de recibir nada de Jesús, sino de descubrir que todo lo que él tenía lo tengo yo. Lo que Jesús quiere proponer es que los seres humanos descubran que se puede vivir desde una perspectiva diferente; que alcanzar la plenitud humana significa descubrir lo que Dios es en cada uno y una vez descubierto ese don total (Vida), respondamos como respondió Jesús.

Lo que propone Jesús está en contra de toda lógica racional. Nos está diciendo que el pan que da Vida no es el pan que se come, sino el pan que se da. Si te conviertes en pan como él, entonces, ese darte, se convertirá en Vida. Jesús no invita a buscar la propia perfección, sino a desarrollar la capacidad de darse a sí mismo. Solo dándote, superarás el egoísmo y alcanzarás plenitud. “Yo soy” es la clave de la comprensión de Jesús en el evangelio de Jn. Lo que pongamos después del ‘yo soy’ no tiene importancia. Aquí añade “pan de Vida”, que quiere decir VIDA. Quien se identifique con él será también Vida y la podrá dar a los demás.

Meditación

‘Comida’ es una gran metáfora aplicada a la Vida espiritual.
La Vida espiritual también necesita de alimento.
Jn presenta a Jesús como el alimento que da Vida.
Para que alimente, tengo que asimilarlo.
Como Jesús, tenemos que descubrir la Vida
y dejar que nos atraviese desde lo hondo del ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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