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15 de agosto, fiesta de la Madre de Dios: Historia de la muerte, entierro y ascensión de María.

sábado, 15 de agosto de 2020
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15_08_2016_26Después de la confesión del Nacimiento, Muerte y Pascua de Jesús, no ha existido en el Cristianismo una historia más conocida y celebrada que la del Nacimiento, Muerte/Entierro y Ascensión de su madre María.

Ella fue enterrada junto al torrente Cedrón, al comienzo del valle de Josafat, y allí se conserva su memoria más antigua, vinculada a la iglesia pobre de los pobres judeo-cristianos. Más tarde, con el triunfo de los pagano-cristianos, y el establecimiento de la iglesia imperial (313 d.C.), los nuevos cristianos «pensaron» que María había subido al cielo desde el Monte Sion, en el Alto Jerusalén, junto al Cenáculo y crearon las bellísimas narraciones de la Asunción, que han pervivido hasta hoy en la memoria de la iglesia.

Ésta es una historia de fe (muerte y entierro, ascensión y reino). No todas las iglesias interpretan del mismo modo estos «datos, pero ellos constituyen un elemento clave de la historia del cristianismo. Quien no los conoce ignora una página esencial de la confesión cristiana y de la cultura de occidente. Buena fiesta y buen recuerdo a todos, este día de la muerte y gloria de María.

13.08.2020 | X.Pikaza

La fiesta y dogma de la Asunción de Santa María, Madre de Jesús, está muy vinculada a la tradición de Jerusalén, como lo muestran los monumentos arqueológico y los apócrifos asuncionistas que no son apócrifos por falsos, sino porque no han sido recogidos en la Biblia canónica de las iglesias.

María en la Biblia

Todo nos hace pensar que era de Nazaret de Galilea y que, al principio no formó parte externa del movimiento de Jesús, como indican el evangelio de Marcos y el de Juan. Pero tras la Crucifixión de su Hijo, a quien, según Jn 19, 25‒27 (y quizá Mc 15, 40‒41) acompañó junto a la cruz, ella formó parte importante de su Iglesia.

  1. La tradición de Hch 1, 14 supone que ella formaba parte de la Iglesia de los “parientes de Jesús” (de Santiago), cuya “historia” conocemos por Pablo y por Hechos de los Apóstoles. Más aún, ella actuó en ese grupo como “gebira”, Señora, madre del Señor (cf. Lc 1, 42), como he puesto de relieve en Gran Diccionario de la Biblia, Verbo Divino, Estella 1015 (voz Gebira). En esa línea, el evangelio de Lucas como el de Mateo dan testimonio de la importancia de María en esa Iglesia.
  2. La tradición de Jn 19, 25‒27 insiste en que, habiendo formado parte de la comunidad de los “hermanos” de Jesús (cf. Jn 2, 12), María se integró en “casa” (iglesia) del discípulo amado. Eso parece indicar que entre la iglesia judeo‒cristiana de la circuncisión (vinculada a los parientes de Jesús) y la del discípulo amado, del evangelio de Juan existieron profundas relaciones profundas. Por el contrario, la tradición helenista, retomada por Pablo, no sabe nada de María, aunque conoce a los “hermanos” de Jesús, de los que se dice que eran “apóstoles” y estaban casados (cf. 1 Cor 9, 5; 15, 7).
  3. Más que el “final” (muerte/dormición, resurrección/asunción) de María a la Iglesia primitiva le ha importado su “principio”, es decir, su relación con el nacimiento de Jesús. En ese sentido se sitúan las genealogías de Mt 1, 1‒17 y de Lc 3, 23‒38, que he estudiado en Historia de Jesús (Verbo Divino, Estella 2013). Pero ellas no van en la línea de María, sino en la de José “desposado con María, de la que nació Jesús. De todas formas, en esa línea, tanto Mt 1‒2 como Lc 1‒2 hablan de un nacimiento más alto de Jesús por obra/presencia del Espíritu de Dios en María (superando la línea genealógica de José).
  4. En esa línea, la Iglesia se ha ocupado pronto del origen y función activa de María en el nacimiento de Jesús, y de esa forma ha “recibido” (desde el II‒III d.C) el Protoevangelio, atribuido a Santiago (hermano del Señor), uno libro clave en la historia y devoción mariana de la Iglesia. Este evangelio combina y recrea tradiciones de la infancia (Mt 1-2; Lc 1-2), en perspectiva judeocristiana, con datos de tipo teológico‒devocional más que histórico. Defiende no sólo el nacimiento virginal de Jesús por obra del Espíritu Santo, sino la virginidad perpetua de María (hija de Joaquín y de Ana), declarando que los “hermanos” de Jesús serían hijos de José, ya viudo y padre al casarse con María. Es un evangelio de tono piadoso con tendencia judeo‒cristiana doceta, y ha influido mucho en la devoción popular y en las fiestas marianas de la Iglesia. Presenta a María como expresión de la Santidad de Dios y la vincula no sólo con el Templo de Jerusalén, sino con la tradición sacerdotal y davídica del judaísmo, viendo en ella la culminación del Antiguo Testamento.

 Muerte/dormitio, tumba de María

  1. No conservamos ningún texto primitivo que interprete la muerte/dormitio (en griego kóimêsis) de María en forma pascual, es decir, como expresión de entrega personal en manos de Dios, como Jesús su Hijo, cuya “cruz” ella habría asumido. De todas formas, los evangelios transmiten dos datos muy significativos. (a) Y una espada atravesará tu alma (cf. Lc 2, 34‒35). Esta palabra supone que María ha compartido la suerte “pascual” de Jesús, pues la espada de la revelación salvadora de Dios ha atravesado su alma. Ésta es una palabra simbólico‒teológica, pero Lucas no podría haberla transmitido a no ser que supiera que María había compartido la “buena muerte” de Jesús. (b) Y él (el discípulo amado) la recibió en su casa (eis ta idia, entre sus cosas, Jn 19,27). Esta palabra vincula a la Madre de Jesús con la Iglesia o comunidad del discípulo amado (que ha tenido conexiones con la comunidad de los hermanos de Jesús, cf. Hch 1, 13‒14) y no se podría haberse transmitido a no ser que el autor del 4º Evangelio supiera que la Madre de Jesús había muerto ya (como supone que ha muerto el Discípulo Amado, Jn 21, 22‒23).
  2. La tradición primitiva de las iglesias “helenistas” (hasta el IV d.C.) no conserva referencias sobre la muerte de María, y esto puede explicarse por el hecho de que el testimonio de la muerte de María ha sido conservado y transmitido por la iglesia judeo‒cristiana de la circuncisión, de la que conservamos pocos testimonios. Este es un dato que hoy se puede interpretar mejor, gracias a los estudios arqueológicos y teológicos del Estudio Bíblico Franciscano de Jerusalén, y en especial del Padre C.B. Bagatti 1905‒1990. Cf. New discoveries at the tomb of Virgin Mary in Gethsemane, Franciscan Press, Jerusalén 1975; Alle origini della Chiesa 1: Le comunità giudeo-cristiane. Libreria Editrice Vaticana, 1982; La chiesa primitiva apocrifa nel II secolo, San Paolo, Milano 1982. En ese contexto han de ponerse de relieve los siguientes datos:
  3. La tradición de la dormitio/kóimêsis (tumba pascual) de María está vinculada a una iglesia‒santuario de la parte alta del Valle de Josafat, junto a Getsemaní, uno de los lugares simbólicos más importantes de Jerusalén y de toda cristiandad (hacia el principio del torrente Cedrón, donde se realizaría el Juicio Final). Los seguidores de Jesús no pudieran escoger el lugar de su tumba (junto al Calvario), pero pudieron escoger y escogieron el de su Madre (y el de dos personas que, por imaginar algo, podrían ser María Magdalena y el Discípulo amado, que le acompañaron bajo la cruz). Sea como fuere desde el siglo II d.C. hay memoria de que la Madre de Jesús había sido enterrada allí.
  4. Ese lugar (con el culto consiguiente a la memoria de María) fue propio de la comunidad judeo‒cristiana, que se mantenía en parte separada de la pagano‒cristiana (más vinculada a de Pablo), que no tuvo interés por la Madre de Jesús. No sabemos lo que en II‒III se veneró en ese lugar. Ignoramos si había una sola tumba o tres tumbas, con sus cadáveres respectivos. O si el cuerpo de María había desaparecido y sólo se conservaba y veneraba el hueco donde había sido puesto. Lo cierto es que, por el estudio que en los últimos años ha podido realizarse in situ, tras una riada (año 1972), que dejó al aire los cimientos del edificio, con la tumba se ha podido determinar aquel espacio fue un lugar esencial para el culto mariano de la iglesia judeo‒cristiana. Fue ahí, al comienzo del valle de Josafat, en vinculación directa con la tradición del juicio‒final y la resurrección de los muertos, donde se recordó a María y se incubó la tradición del “ascenso” de María a los cielos. Aquel es, a mi juicio, con la “casa” de Nazaret el lugar más sagrado de la memoria mariana de la Iglesia.
  5. Las cosas cambiaron radicalmente en el siglo IV, tras el edicto de Milan (313), con la proclamación del cristianismo helenista como religión oficial del Imperio Romano (380). Fue un tiempo de gozo y triunfo para el cristianismo imperial, que pudo extenderse por todos los dominios de Roma, con ayuda de la administración política (especialmente tras el 380). Pero ese triunfo del cristianismo político de Roma fue una desgracia para muchas comunidades judeo‒cristianas (o simplemente judías) que se vieron amenazadas e incluso perseguidos.
  6.  En ese momento, ya desde el 313 comenzó una actividad febril de “recuperación” e imposición del cristianismo en el oriente y especialmente en Palestina. Entonces comienza la construcción de las grandes basílicas de Jerusalén y de su entorno, del Calvario y de Belén, del Monte de los Olivos (Eleona) y de la colina llamada del Monte Sión (en la zona alta de la ciudad, al otro lado del Monte de los Olivos (no en el antiguo Monte Sion, junto al templo de Jerusalén).
  7. No parece que se empalmara bien con la iglesia judeo‒cristiana de la circuncisión, de forma que hubo como un corte en la visión de María. De varias partes llegan entonces preguntas sobre su tumba y sobre sus restos o reliquias. Al principio, las respuestas fueron siempre las mismas: Los cristianos triunfantes de la Iglesia imperial no conocían el sepulcro de la Madre de Jesús, no tenían su cuerpo, ni sabían dónde se veneraba su memoria (vinculada a los judeo‒cristianos de la iglesia casi enterrada, como catacumba en el Valle del Cedrón (aunque entones el suelo estaba mucho más bajo que en el momento actual).

Éste es, a mi juicio, el gran secreto (quizá el mayor secreto) de la Mariología. La iglesia triunfante de los emperadores no reconoció la importancia de los humildes grupos judeo‒cristianos, que seguían viviendo en forma semi‒clandestina, conservando, casi en secreto, la memoria de la Madre de Jesús, en el lugar donde fue sepultada. Para aquellos judeo‒cristianos la conversión del cristianismo greco‒romano en religión oficial del imperio fue (¡y sigue siendo hasta el día de hoy!)  una mala noticia.

La nueva tradición mariana, de tipo más helenista, que desembocará en la declaración de María como Madre de Dios o Theotokos (Éfeso 431) ha tenido necesidad de “recrear” la figura de la Madre de Jesús, insistiendo en su carácter “pascual” (casi más bien “celeste”) y significativamente el lugar privilegiado de su “memoria” no será la pequeña iglesia del Cedrán, sino la nueva basílica construida sobre el Monte Sión (en la parte elevada de Jerusalén, junto al Cenáculo). Allí puede presentarse a María como auténtico Sion (Hija de Sión), con el alto carácter sagrado que ello implica. En ese fondo se entienden los relatos asuncionista, que constituyen el texto básico del triunfo pascual (muerte, resurrección, asunción) de María.

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Arquetipo básico de los relatos asuncionistas

Precisamente ahora, en el momento del “gran triunfo” del cristianismo oficial (imperio romano‒bizantino),   sienten más amenazadas y empiezan a desaparecer las comunidades judeo‒cristianas (de la circuncisión), depositarias de las más antiguas tradiciones marianas que, como indican Jerónimo y otros Padres de la Iglesia, siguieron existiendo hasta el siglo V‒VII d.C. y aún más tarde, siendo al fin en gran parte absorbidas por el Islam).

            En ese contexto surgieron los textos asuncionistas, un género literario y una teología que ha seguido copiándose y recreándose en varias lenguas (griego y latín, sirio y etíope etc.), como destacó  M. Jugie, La mort et l Assomption de la Sainte Vierge, Vaticano, 1994. Surgió así un “género teológico‒literario”, centrado en la muerte y resurrección/ascensión de María, como recogen M. Erbetta, Apocrifi del NT, 1/2, Vangeli, Marietti Casale M. 1982, 406‒650; A. Santos, Evangelios apócrifos, BAC, Madrid 1956, 607‒700; A. Piñero y G. del Cerro, Actos apócrifos de los apóstoles I‒III, BAC, Madrid  2012.

            En ese gran “corpus” de apócrifos de la Asunción, fijados por escrito entre el siglo IV/V y el VIII (aunque se siguen escribiendo y representando textos asuncionistas hasta el siglo XV/XVI), hay bastante continuidad. Entre los textos más antiguos podemos citar los relatos del Ps. Juan, del Ps. Melitón, de Juan de Tesalónica y del Ps. José de Arimatea, con la Leyenda Armenia de la Asunción, la Leyenda Árabe, la Leyenda Siríaca… Para una visión básica, cf. B Bagatti, OFM, Ricerche sulle tradizioni della morte della VergineSacra Doctrina, 69–70 (1973), 186–94. Entre los elementos fundantes de esa tradición, que aparecen desde el mismo siglo IV, se encuentran los siguientes:

María recibe la revelación de que va a morir, y obtiene de Jesús la certeza de que resucitará, y así lo transmite a sus acompañantes, que avisan a los doce apóstoles, extendidos por todas las partes del mundo, y ellos vienen para acompañar a la madre de Jesús en su tránsito.

El tránsito de María aparece así como una copia de la muerte/pascua de Jesús, pero con una gran diferencia: Ella morirá acompañada de los Doce Discípulos de su Hijo, que le transmiten el testimonio de gratitud de toda la Iglesia, aunque, como en el caso de Jn 20, puede faltar a la citar por retraso el apóstol Tomás que llegará tarde, aunque a tiempo para dar testimonio de la muerte (domitio, transitus) de la madre de Jesús.

‒ La muerte/asunción de María aparece así como ratificación del ministerio apostólico de los Doce (¡no de los judeo‒cristianos!) y como gran “Concilio constituyente” de la Gran Iglesia universal (no de la Iglesia de la circuncisión). En ese contexto pueden hallarse “tonos de fondo antijudío”, con hostilidad del judaísmo hacia la Gran Iglesia (y de la Gran Iglesia hacia el judaísmo”.

Este un esquema en los iconos de oriente y de los retablos medievales de occidente, que comienzan con la Anunciación‒Nacimiento de María (según el Protoevangelio de Santiago) culminación con su Muerte‒Elevación‒Coronación. De esa manera. la historia de Jesús queda integrada en la gran historia de María, su Madre, empezando en Jerusalén (“encuentro” de Joaquín y Ana en la Puerta Hermosa del Templo) y culminando en Jerusalén “dormitio y elevación”.

Último “apócrifo” asuncionista. El “misteri” de Elx/Elche

             Conforme a lo anterior, los apócrifos asuncionistas, con su doctrina general de la Subida de María en cuerpo y alma a los cielos, provienen de las iglesias de oriente, y han sido escritos en griego, siríaco, copto o árabe… Pero después, sobre todo a partir de las cruzadas (siglo XII) se han extendido y representado por el occidente latino. No han sido sólo textos para leer (legenda/leyenda), sino para representar, tanto en las iglesias como en las plazas adyacentes, escenificando el misterio de Dios en María-. Leer más…

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La evolución es posible gracias a una involución

sábado, 15 de agosto de 2020
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Maria+-+IsabelLc 1, 39-56

No debemos caer en el error de considerar a María como una entidad paralela a Dios, sino como un escalón que nos facilita el acceso a Él. El cacao mental que tenemos sobre María, se debe a que no hemos sido capaces de distinguir en ella dos aspectos: uno la figura histórica, la mujer que vivió en un lugar y tiempo determinado y que fue la madre de Jesús; otro la figura simbólica que hemos ido creando a través de los siglos, siguiendo los mitos ancestrales de la Diosa Madre y la Madre Virgen. Las dos figuras han sido y siguen siendo muy importantes para nosotros, pero no debemos mezclarlas.

De María real, con garantías de historici­dad no podemos decir casi nada. Los mismos evangelios son extremadamente parcos en hablar de ella. Una vez más debemos recordar que para aquella sociedad la mujer no contaba. Podemos estar completamente seguros de que Jesús tuvo una madre y además, de ella dependió totalmente su educación durante los once o doce primeros años de su vida. El padre en la sociedad judía del aquel tiempo, se desentendía totalmente de los niños. Solo a los 12 ó 13 años, los tomaban por su cuenta para enseñarles a ser hombres; hasta entonces se consideraban un estorbo.

De lo que el subconsciente colectivo ha proyectado sobre María, podíamos estar hablando semanas. Solemos caer en la trampa de equiparar mito con mentira. Los mitos son maneras de expresar verdades a las que no podemos llegar por vía racional. Suelen ser intuiciones que están más allá de la lógica y son percibidas desde lo hondo del ser. Los mitos han sido utilizados en todos los tiempos, y son formas muy valiosas de aproximarse a las realidades más misteriosas y profundas que afectan a los seres humanos. Mientras existan realidades que no podemos comprender, existirán los mitos.

En una sociedad machista, en la que Dios es signo de poder y autoridad, el subconsciente ha encontrado la manera de hablar de lo femenino de Dios a través de una figura humana, María. No se puede prescindir de la imagen de lo femenino si queremos llegar a los entresijos de la divini­dad. Hay aspectos de Dios, que solo a través de las categorías femeninas podemos expresar. Claro que llamar a Dios Padre o Madre son solo metáforas para poder expresarnos. Usando solo una de las dos, la idea de Dios queda falsificada porque podemos quedar atrapados en una de las categorías masculinas o femeninas.

El hecho de que la Asunción sea una de las fiestas más populares de nuestra religión es muy significativo, pero no garantiza que se haya entendido correctamente el mensaje. Todo lo que se refiere a María tiene que ser tamizado por un poco de sentido común que ha faltado a la hora de colocarle toda clase de capisayos que la desfiguran hasta incapacitarla para ser auténtica expresión de lo divino. La mitología sobre María puede ser muy positiva, siempre que no se distorsione su figura, alejándola tanto de la realidad que la convierte en una figura inservible para un acercamiento a la divinidad.

La Asunción de María fue durante muchos años una verdad de fe aceptada por el pueblo sencillo. Solo a mediados del siglo pasado, se proclamó como dogma de fe. Es curioso que, como todos los dogmas, se defina en momentos de dificultad para la Iglesia, con el ánimo de apuntalar privilegios que la sociedad le estaba arrebatando.

Hay que tener en cuenta que una cosa es la verdad que se quiere definir y otra muy distinta la formulación en que se mete esa verdad. Ni Jesús, ni María, ni ninguno de los que vivieron en su tiempo, hubieran entendido nada de esa definición dogmática. Sencillamente porque está hecha desde una filosofía completamente ajena a su manera de pensar. Para ellos el ser humano no es un compuesto de cuerpo y alma, sino una única realidad que se puede percibir bajo diversos aspectos, pero sin perder nunca su unidad.

La fiesta de la Asunción de María nos brinda la ocasión de profundizar en el misterio de toda vida humana. A todos nos preocupa cuál será la meta de nuestra existencia. Se trata de la aplicación a María de toda una filosofía de la vida, que puede llevarnos mucho más allá de consideraciones piadosas.

En la más clásica filosofía occidental encontramos tres conceptos que se han calificado como trascendentales: “unum”, “verum”, “bonum” (unidad, verdad y bondad). Pero la más simple lógica nos dice que, si esos conceptos se pueden aplicar a todos los seres, no hay lugar para sus contrarios: multiplicidad, falsedad y maldad. Esta contundente conclusión nos lleva a desestimar estas cualidades contrarias y negativas, como realidades realmente existentes. Este aparente callejón sin salida nos obliga a considerar estas tres últimas realidades como apariencias sin consistencia verdadera.

Allí donde encontramos multiplicidad, falsedad, maldad, debemos profundizar hasta descubrir la hondura de todo ser: la unidad, la verdad y la bondad. Toda apariencia debe ser superada para encontrarnos con la auténtica realidad. Esa REALIDAD está en el origen de todos y está escondida en todo. En el momento que desaparezcan las apariencias, se manifestará toda realidad como una, verdadera y buena. Es decir que la meta de todo ser se identificará con el origen de toda realidad.

La creación entera está en un proceso de evolución, pero aquella realidad hacia la que tiende, es la realidad que le ha dado origen. Ninguna evolución sería posible si esa meta no estuviera ya en la realidad que va a evolucionar. Ex nihilo nihil fit, (de la nada, nada puede surgir) dice también la filosofía. Si como principio de todo lo que existe ponemos a Dios, resultaría que la meta de toda evolución sería también Dios.

Lo que queremos expresar en la celebración de una fiesta de la Asunción de María, es precisamente esto. No podemos entender literalmente el dogma. Pensar que un ser físico, María, que se encuentra en un lugar, la tierra, es trasladado localmente a otro lugar, el cielo, no tiene ni pies ni cabeza. Hace unos años se le ocurrió decir al Papa Juan Pablo II que el cielo no era un lugar, sino un estado. Pero me temo que la inmensa mayoría de los cristianos no ha aceptado la explicación, aunque nunca la doctrina oficial había dicho otra cosa.

El dogma es un intento de proponer que la salvación de María fue absoluta y total, es decir, que alcanzó su plenitud. Esa plenitud solo puede consistir en una identificación con Dios. Como en el caso de la ascensión, se trata de un cambio de estado. María ha terminado el ciclo de su vida terrena y ha llegado a su plenitud. Pero no a base de añadidos externos sino por un proceso interno de identificación con Dios. En esa identificación con Dios no cabe más. Ha llegado al límite de las posibilidades. Todas las apariencias han sido superadas. Esa meta es la misma para todos. En lenguaje bíblico, “cielos” significa el ámbito de lo divino, por tanto María está ya en “los cielos”.

Cuando nos dicen que fue un privilegio, porque los demás serán llevados de la misma manera al cielo, pero después del juicio final, ¿de qué están hablando? Para los que han terminado el curso de esta vida, no hay tiempo. Todos los que han muerto están en la eternidad, que no es tiempo acumulado, sino un instante. Concebir el más allá, como si fuera continuación del más acá, nos ha metido en un callejón sin salida; y parece que muchos se encuentran muy a gusto en él. Del más allá no podemos saber nada. Lo único que podemos descartar es que sea prolongación de la vida de aquí.

Meditación-contemplación

El Magníficat es un excelente cántico de alabanza,
resumen de las aspiraciones de todo un pueblo,
que confía plenamente en Dios
y en la salvación que había prometido a los antepasados.
……………………

Este poema pone en boca de María estos sentimientos
y nos invita a desarrollarlos interiormente,
teniendo en cuenta que las obras de Dios
nunca se manifiestan en fenómenos espectaculares.
……………………

La obra la desplegó Dios en María.
Fue posible porque fue capaz de decir “Fiat”.
La seguirá desplegando en cada uno de nosotros,
en la medida en que sepamos estar, como ella, disponibles.
…………………

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Mari Paz López Santos: ¿Qué nos aconsejas, María?

sábado, 15 de agosto de 2020
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Dorothy Webster Hawksley, (1884-1970) Visitación de María a su prima IsabelLc 1, 39-56

Por aquí andamos, María, otro 15 de agosto, tu fiesta; aunque este año tiene connotaciones especiales en forma de mascarilla, gel, distancia, precaución y el reconocimiento de nuestra fragilidad después de lo vivido en los últimos meses.

Tú te levantas de nuevo y te pones en camino deprisa. Dejas tu hogar, tu seguridad, te desinstalas…  ¿Por qué?

Subes la montaña para llegar al sitio que quieres. No pierdes el tiempo mirando el esfuerzo que pueda suponerte… ¿Por qué?

Entras, saludas… se produce el encuentro y el reconocimiento. La Visita.

Y a este lado, quedo pensando: “Ellas se miran y ellos se mueven”. Hay vida a raudales.

Queda bien claro en las palabras de una y otra.

Queda bien dicho en el Magníficat, como proyecto y programa de los sencillos, de los ninguneados, de los indefensos, de los que se saben cargando el peso de los abusos de los que no quieren que cambie nada.

Te quedas tres meses en la casa. ¿Por qué?

En esa casa se practica la hospitalidad, la acogida entrañable y el cuidado.

Eres huésped y al mismo tiempo hospedas en tu interior un Misterio.

Me amplía la visión el hno. Christophe, monje de Tibhirine (*): “En el episodio de la Visitación, María no sólo reconoce a Isabel sino que es reconocida por ella. Un doble reconocimiento, que los pintores han sabido expresar maravillosamente presentando a las dos mujeres poniéndose su mano sobre el vientre la una a la otra… El RECONOCIMIENTO… ¿No será acaso el secreto de toda esta alegría y de toda esta luz que dimana de esta Visitación? Reconocimiento que consiste en el hecho de tocar, constatar… pero reconocimiento es también la gratitud, la acción de gracias, este agradecimiento que nos invade ante el Don de Dios… ¡Magníficat! ¡Magníficat! (Lc 1,46). Y hay otra cosa: en el “reconocimiento” está el “nacimiento”, y vivir el reconocimiento es entonces nacer a una nueva relación al otro por una comunión profunda”.

Desde el silencio surge una pregunta: ¿Qué nos aconsejas, María, en este tiempo de incertidumbre mundial?

Vuelvo al silencio. Sólo desde ahí se puede escuchar si hay respuesta. La hay.

¡Cuidaos!… cuidaos unos a otros. Ayudaros a levantar, a poneros en marcha. Entrad en relación, reconoceros unidos y juntos en la vida.

¡Cuidaos!… no os lo van a dar hecho. El camino que habréis de recorrer exige otra forma de vivir. Cuando el cuidado, la hospitalidad y la acogida superen al individualismo, el poder del dinero y el miedo a quienes no entiendan, empezareis a sentir que algo nuevo está surgiendo.

¡Cuidaos!

Gracias, María, teóloga del cuidado, la hospitalidad, la acogida… de la palabra justa y de la infinita escucha.

Mari Paz López Santos

Para FEDULTA 15 agosto 2020

 

(*) “LA CASA EN EL PUENTE – Christophe Lebreton: Huésped sin fronteras”, Cecilia Avenatti de Palumbo, Alejandro Bertolini, págs. 136-137, AGAPE LIBROS 2017-Argentina, Grupo Editorial FONTE-Monte Carmelo 2019.

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«No fiestas», pero una gran celebración: La Asunción

sábado, 15 de agosto de 2020
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im22090asuncion-maria-02jpgDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. nota previa: el dogma de la asunción.

        La tradición de venerar a la Virgen proviene desde el comienzo de la Iglesia. El Concilio de Éfeso (año 431) proclamó que María era theo-tokos: madre de Dios (la que ha dado a luz a Dios).

Sin embargo la definición del dogma de la Asunción es muy reciente. Fue el papa Pío XII, quien proclamó el 1 de noviembre de 1950, que María, la madre del Señor fue llevada a los cielos en cuerpo y alma. María, la persona de María está en Dios.

        ¡Cómo no vamos a creer que María terminó con su Hijo, Jesús, en la casa del Padre, en el cielo!

  1. “no fiestas”

        Debido a la pandemia que nos asola y, por desgracia, parece que rebrota, este año no se celebran fiestas en nuestros pueblos y ciudades. De ahí que los medios de comunicación e instituciones repitan como un “sonsonete”: “no fiestas”. Probablemente sea una buena medida sanitaria, pero la Asunción es una fiesta llena de vida, de gozo y esperanza.

Celebremos con gozo la Asunción.

        El relato evangélico de hoy está lleno de vida: la Asunción está llena de gozo y esperanza.

        Dos mujeres que están creando vida, de qué van a hablar si no es de la misma vida, llenas de alegría, esperanza y, quizás, algo de preocupación.

  •  El encuentro de dos familias, dos mujeres que están gestando dos nuevas vidas: María e Isabel, Jesús y Juan.
  •  Bendita entre las mujeres
  •  La criatura salta de alegría en el seno materno de Isabel
  •  María canta a Dios: Proclama mi alma
  •  Se alegra mi espíritu en Dios.
  •  Le felicitarán todas las generaciones.

Sabemos que la vida tiene dificultades, pero la existencia humana es encuentro, es crear vida, es bendición, es alegría, es felicitarse por las pequeñas -y las grandes- cosas que el ser humano hace.

  1. FIESTA DE ESPERANZA.

La fiesta de la Asunción, como todo el cristianismo es esperanza. Nuestro futuro absoluto está “allá”, en el cielo.

Pensando en voz alta: nuestra civilización ha sustituido la esperanza por el progreso y la ciencia. Confiamos en el progreso pero no tenemos esperanza. Los más interesados confían en la vida política. Sin embargo ni el progreso, ni la ciencia, ni la política terminan de dar razón a nuestras vidas, ni a nuestro horizonte y, menos, a nuestra muerte. El progreso es lo que es y da lo que da de sí. Pero no se puede decir que, porque un caníbal o el hombre de la cueva de Santimamiñe utilice microondas, plato, cuchillo, tenedor y servilleta, haya progresado mucho la humanidad.

        El futuro y la plenitud absolutas está en el “más allá”, o si no, no hay un futuro dotado de sentido.

La existencia llena de esperanza absoluta vive no fácil, pero sí serenamente las cuestiones de la vida: la libertad, la culpa, la gratuidad, la familia, el sufrimiento, el pueblo, el futuro.

        Nuestra meta está en el cielo de la Ascensión de Cristo y de la Asunción de María.

  1. vacaciones.

        Este año la cosa está más difícil, pero el mes de agosto, el verano suele ser el tiempo clásico de vacaciones.[1]

Cuando las cosas están “en su sitio”, es bueno celebrar los contenidos de la vida: el cumpleaños, un aniversario, un nacimiento en la familia, un éxito, etc. Se celebran contenidos

        Hoy en día celebrar, lo que se dice celebrar, celebramos poco o nada. Tenemos más vacaciones y más días libres que nunca, pero celebramos poco. El “botellón” de San Fermín es lo mismo que la zafiedad de los carnavales o del turismo sexual, pero eso no es celebrar, eso es una explosión de dionisios.

Y lo que es más grave, hoy podríamos aplicarnos aquello de que: para qué queremos canciones, si no tenemos nada que cantar

        La fiesta de la Asunción es el contenido del día de hoy. Los cristianos disfrutamos de la vida y de la fiesta con el gozo profundo de que nuestra esperanza y nuestro futuro están en Dios.

  1. La Asunción.

        La Virgen María, Jesús completaron su existencia en Dios. Algo de eso es lo que significan las fiestas de la Ascensión (Jesús) y la Asunción (María). Habremos de acallar nuestra curiosidad de cómo sea ese final, el cielo. Podemos tener dificultades sobre el cómo será, dónde, cuándo, etc., pero mantengamos firme la esperanza de que “será”. Confiemos en que será.

        Nuestro final es el mismo de Jesús y de María: el cielo. También para nosotros se abrió en el cielo la casa de Dios. (Apocalipsis).

[1] La palabra vacaciones bien del latín: vacuo: vacío.

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“Caminar sobre el agua”. 09 de agosto de 2020. 19 Tiempo ordinario (A). Mateo 14, 22-33.

domingo, 9 de agosto de 2020
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284110_247490881939361_1333783_nSon muchos los creyentes que se sienten hoy a la intemperie, desamparados en medio de una crisis y confusión general. Los pilares en los que tradicionalmente se apoyaba su fe se han visto sacudidos violentamente desde sus raíces. La autoridad de la Iglesia, la infalibilidad del papa, el magisterio de los obispos, ya no pueden sostenerlos en sus convicciones religiosas. Un lenguaje nuevo y desconcertante ha llegado hasta sus oídos creando malestar y confusión, antes desconocidos. La «falta de acuerdo» entre los sacerdotes y hasta en los mismos obispos los ha sumido en el desconcierto.

Con mayor o menor sinceridad son bastantes los que se preguntan: ¿Qué debemos creer? ¿A quién debemos escuchar? ¿Qué dogmas hay que aceptar? ¿Qué moral hay que seguir? Y son muchos los que, al no poder responder a estas preguntas con la certeza de otros tiempos, tienen la sensación de estar «perdiendo la fe».

Sin embargo, no hemos de confundir nunca la fe con la mera afirmación teórica de unas verdades o principios. Ciertamente, la fe implica una visión de la vida y una peculiar concepción del ser humano, su tarea y su destino último. Pero ser creyente es algo más profundo y radical. Y consiste, antes que nada, en una apertura confiada a Jesucristo como sentido último de nuestra vida, criterio definitivo de nuestro amor a los hermanos y esperanza última de nuestro futuro.

Por eso se puede ser verdadero creyente y no ser capaz de formular con certeza determinados aspectos de la concepción cristiana de la vida. Y se puede también afirmar con seguridad absoluta los diversos dogmas cristianos y no vivir entregado a Dios en actitud de fe.

Mateo ha descrito la verdadera fe al presentar a Pedro, que «caminaba sobre el agua» acercándose a Jesús. Eso es creer. Caminar sobre el agua y no sobre tierra firme. Apoyar nuestra existencia en Dios y no en nuestras propias razones, argumentos y definiciones. Vivir sostenidos no por nuestra seguridad, sino por nuestra confianza en él.

José Antonio Pagola

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“Mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Domingo 09 de agosto de 2020. 19º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 9 de agosto de 2020
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42-OrdinarioA19Leído en Koinonia:

1Reyes 19,9a.11-13a: Ponte de pie en el monte ante el Señor.
Salmo responsorial: 84: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
Romanos 9,1-5: Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos.
Mateo 14,22-33: Mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

Entre los primeros profetas de Israel surgen dos figuras que brillan con luz propia: Samuel y Elías. La tradición bíblica les concedió un lugar destacado no sólo por el momento crítico en el que actuaron, sino, sobre todo, por la radicalidad con la que asumieron la causa de Yavé. La teofanía del monte Horeb constituye el centro de lo que se ha llamado el “ciclo de Elías”, es decir, la colección de relatos que tienen como protagonista a este profeta (1R 17,1 – 2R 2,1-12).

En esa época había gran confusión y la fidelidad a Yavé y a sus leyes estaba en entredicho porque el rey había introducido cultos a dioses extranjeros (1R 16,31-32). Los nuevos dioses legitimaban la violencia, la intolerancia y la expropiación como medios para garantizar el poder. Elías levanta su voz en contra de estos atropellos y ve en la sequía que azota al país las consecuencias del castigo divino. Elías, entonces, en medio de persecuciones y amenazas comienza una campaña de purificación de la religión israelita. Sin embargo, sus iniciativas producen el efecto contrario y se agudiza la opresión, la violencia y la persecución.

Cansado y desanimado Elías se dirige al Horeb donde descubre que Dios no se manifiesta en los elementos telúricos –en la tormenta imponente o en el fuego abrazador–, sino en la brisa fresca y suave que le acaricia el rostro y lo invita a tomar otro camino para hacer realidad la voluntad del Señor.

Después de la masacre del monte Carmelo (1R 18,20-40), Elías, sin abandonar la denuncia de las injusticias (1R 21,1-29) y aberraciones (2R 1,1-18), opta por animar a un grupo de discípulos para que continúen su misión (2R 2,1-12). Elías descubrió así que por la vía de la violencia no se consigue nada, ni siquiera aunque sea a favor de causas justas. La fuerza de la espada puede imponer el parecer de un grupo de personas, pero no puede garantizar la paz, el respeto y la justicia.

El evangelio nos muestra otra tentación en la que pueden caer los seguidores de Jesús cuando no están seguros de los fundamentos de su propia fe. La escena de la «tormenta calmada» nos evoca la imagen de una comunidad cristiana, representada por la barca, que se adentra en medio de la noche en un mar tormentoso. La barca no está en peligro de hundirse, pero los tripulantes se abandonan a los sentimientos de pánico. Tal estado de ánimo los lleva a ver a Jesús que se acerca en medio de la tormenta, como un fantasma salido de la imaginación. Es tan grande el desconcierto que no atinan a reconocer en él al maestro que los ha orientado en el camino a Jerusalén. La voz de Jesús calma los temores, pero Pedro llevado por la temeridad se lanza a desafiar los elementos adversos. Pedro duda y se hunde, porque no cree que Jesús se pueda imponer a los «vientos contrarios», a las fuerzas adversas que se oponen a la misión de la comunidad.

Este episodio del evangelio nos muestra cómo la comunidad puede perder el horizonte cuando permite que sea el temor a los elementos adversos el que los motiva a tomar una decisión y no la fe en Jesús. La temeridad nos puede llevar a desafiar los elementos adversos, pero solamente la fe serena en el Señor nos da las fuerzas para no hundirnos en nuestros temores e inseguridades. Al igual que Elías, la comunidad descubre el auténtico rostro de Jesús en medio de la calma, cuando el impetuoso viento contrario cede y se aparece una brisa suave que empuja las velas hacia la otra orilla.

Nuestras comunidades están expuestas a la permanente acción de vientos contrarios que amenazan con destruirlas; sin embargo, el peligro mayor no está fuera, sino dentro de la comunidad. Las decisiones tomadas por miedo o pánico ante las fuerzas adversas nos pueden llevar a ver amenazadores fantasmas en los que deberíamos reconocer la presencia victoriosa del resucitado. Únicamente la serenidad de una fe puesta completamente en el Señor resucitado nos permite colocar nuestro pie desnudo sobre el mar impetuoso. El evangelio nos invita a enfrentar todas aquellas realidades que amenazan la barca animados por una fe segura y exigente que nos empuja como suave brisa hacia la orilla del Reino. Leer más…

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Dom 6.VIII.2020. Dom 19 año. Ciclo A. Sal de tu cueva: Tiempo de conversión (Elías, Jesús,Iglesia)

domingo, 9 de agosto de 2020
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sal-de-tu-cueva-23-638Del blog de Xabier Pikaza:

La primera lectura del domingo (1 Reyes 19, 9-13) dice que Elías, profeta fracasado del fuego y la ira, subió hasta la cueva del Monte de Dios, llamado Horeb, esperando su respuesta:

Y vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y rompe las peñas… pero el Señor no estaba en el huracán. Vino después un terremoto; pero el Señor no estaba allí tampoco. Vino un gran incendio, pero el Señor no era incendio. Pero Dos le dijo:¡Sal de la cueva! Y Elías salió y sintió brisa suave y, al sentirla, descubrió que Dios estaba en el aliento amoroso de la vida.

Esta fue la conversión de Elías, saliendo de la cueva de la «ira de Dios», que era su ira (fuego, terremoto, huracán)… En esa línea sitúa el evangelio la conversión de Jesús, nuevo Elías, que supera la ira de Dios para abrirnos el camino de su brisa creadora  de paz. Ante esa brisa más fuerte que todos los huracanes, incendios y terremotos nos sitúa la liturgia de este domingo, que dice a la Iglesia (nos dice): ¡Sal de tu cueva!.

1. Elías, una tradición antigua.

26411a0ffa6759f1d4e9d982cf5b5b6b258b14c1_hq    En tiempos de la gran apostasía de Israel se alzó Elías, con el fuego de Dios y con su espada, para  matar a todos los falsos profetas. De es forma llamó a Dios desde su cueva, apelando al terremoto, al huracán y al fuego , queriendo exterminar con violencia a los  enemigos de la verdad.

Pero fracasó,  no pudo matar a todos… y por eso subió a la cueva de Dios y le invocó como terremoto, incendio y huracán… Pero del Dios verdadero de Horeb no estaba en la cuevas… y le dijo: ¡Sal! Y Elías salió, y descubrió a Dios en la brisa creadora de la vida.

    La historia comenzó sobre el Monte Carmelo, donde Elias preparó el sacrificio de Dios, para matar a todos los contrarios. Llamó a Dios, y creyó que Dios venía con el fuego y con el rayo:

«Elías dijo: respóndeme, oh Yahvé; respóndeme, para que este pueblo reconozca que tú, Yahvé, eres Dios… Entonces cayó fuego de Yahvé, que consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo; y lamió el agua que estaba en la zanja. Al verlo toda la gente, se postraron sobre sus rostros y dijeron:  ¡Yahvé es Dios! ¡Yahvé es Dios! Entonces Elías les dijo: ¡Prended a los profetas de Baal! ¡Que no escape ninguno de ellos! Los prendieron, y Elías los hizo descender al arroyo de Quisón, y allí los degolló (1 Rey 18, 37-40).

Pero después de haber matado a los malos profetas, las cosas seguían como antes… Y por eso Elías decidió presentarse ante Dios, en el monte Horeb,  como nuevo Moisés, buscándole  también allí como huracán, terremoto y fuego.

117239086_1616978245146028_6321832694430261551_nEl camino era duro, cuarenta días de desierto, sin pan ni agua, y en medio de la marcha se sintió cansando e invocó a la muerte: «¡Basta ya, oh Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no soy mejor que mis padres! Se recostó bajo una retama y se durmió (para morir)» (1 Rey 19, 4-5). Pero Dios no respondió a la llamada de la muerte: no quiso acogerle en medio de la marcha y del cansancio, sino que le ofreció comida (pan y agua) para que siguiera en su camino. Así siguió caminando hacia la montaña de Dios, cuarenta días y cuarenta noches.

«Allí se metió en la cueva, donde pasó la noche. Y he aquí que vino a él la palabra de Yahvé, que le preguntó: ¿Qué haces aquí, Elías? Y él respondió: He sentido un vivo celo por Yahvé, Dios de los Ejércitos, porque los hijos de Israel han abandonado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. Yo solo he quedado, y me buscan para quitarme la vida» (1 Rey 19, 9-10).

 Elías quiere justificarse: ha venido ante Dios para pedirle cuentas y ahora está allí los dos, frente a frente: Elías, el hombre del fuego de Dios (cf. 1 Rey 18, 38-39; 2 Rey 1, 10.12) y el Dios que parece haberse olvidado de su fuego. Pero entonces Dios le manda que ponga en pie, que salga de la cueva y que vea, que sienta, que discierna:

«Un grande y poderoso huracán destrozaba las montañas y rompía las peñas delante de Yahvé, pero no Yahvé no estaba en el huracán. Después del viento vino un terremoto, pero Yahvé no estaba en el terremoto. Después del terremoto hubo un fuego, pero Yahvé no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó una brisa apacible y delicada. Y sucedió que al oírlo Elías, cubrió su cara con su manto, y salió y estuvo de pie a la entrada de la cueva. Y he aquí, vino a él una voz, y le preguntó: ¿Qué haces aquí, Elías?» (1 Rey 19, 11-13).

117194178_1616977995146053_4135192767152055859_nEn un primer momento se ha manifestado el Dios de Elías, que se expresa en los signos de ira y destrucción que él habría imaginado: este es el Dios del huracán, de terremoto y del fuego. Pues bien, éste no era el Dios verdadero, el que ha guiado a los israelitas lo largo de la historia. El verdadero Dos está en la brisa suave, después que han pasado los signos de la teofanía destructora, del volcán y del incendio, del huracán y el terremoto del Horeb.

Y de esa forma, saliendo de la cueva, Elías descubre al Dios del viento suave, de la brisa de amor, del agua de la vida. Éste es el Dios que le dice a Elías que vuelva, que empiece de nuevo:

«Ve, regresa por tu camino, por el desierto, a Damasco. Cuando llegues, ungirás a Hazael como rey de Siria. También ungirás como rey de Israel a Jehú hijo de Nimsí; y ungirás a Eliseo hijo de Safat, de Abel-Mejola, como profeta en tu lugar… Pues me he reservado en Israel a siete mil hombres que no han doblado las rodillas ante Baal, ni le han besado con sus labios» (1 Rey 19, 15-18).

Allí donde Elías pensaba que todo se hallaba terminado, tiene que volver para empezar de nuevo, poniendo en marcha nuevos caminos de historia en los reinos de Siria y de Israel que estaban enfrentados. Elías, profeta viejo y cansado, en diálogo con Dios sobre el monte del Horeb, vendrá a ser nuevamente mensajero de Dios en medio de la historia.

            El Dios de Elías debía revelarse a través de los signos de la ira y destrucción que él habría imaginado (como hará más tarde Juan Bautista: cf. Mt 3, 7-12). Pero el nuevo Elías de la Montaña sagrada descubrirá que el verdadero Dios, que ha guiado a los israelitas a lo largo de la historia, es brisa suave de amor creador. Si esta presencia del Dios de Elías la historia de Israel sería incomprensible.

     Este Elías convertido se volverá profeta verdadero, sanador de niños, protector de viudas, hombre de paz sobre la tierra. La Biblia nos hace pasar de esa manera del primer Elías, profeta del juicio y del fuego (como destacará la tradición de Juan Bautista: cf. Mt 3, 9-12), al Elías amigo y sanador carismático, que resucita al hijo de una viuda extranjera. Su discípulo Eliseo, curará de “lepra” a Naamán, general sirio, enemigo oficial de los israelitas (cf. 2 Rey 5).

2. Jesús, un profeta como Elías… La conversión de Jesús

baptemeJesús y Elías están relacionados con el Norte de Israel. También Jesús empezó siendocomo Elías un hombre celoso por la identidad de Dios (Yahvé, el Señor, es el único…),  y se fue a bautizar con Juan, el profeta del huracán, del hacha y del fuego de Dios en el Jordán:

 Juan Bautista, «al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego. .. Ya viene el más fuere que yo, él os destruirá con el huracán de Dios y con el fuego de su incendio… 12 Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga» (Mt 3, 7-12)

Jesús fue donde Juan Bautista…, esperando la llegada del Dios del fuego de la ira, del huracán y el terremoto, con el hacha en la mano, para destruir a todos los perversos… Pero cuando se bautizó en el aliento de ese Dios y salió del agua del Jordán descubrió que Dios era la brisa suave de una paloma aleando, y la voz de un Padre-amigo que le decía: Tú eres mi Hijo…(Mt 3, 16-17)

 Ésta fue la conversión de Jesús, el paso del Dios de la cueva (huracán, terremoto, hacha destructora) al Dios de la brisa de amor y de vida.

 Es muy posible que el mismo Jesús, al principio de su actividad, estuviera buscando al primer Elías, vinculado al sacrificio del Carmelo y al fuego de Dios, lo mismo que como Juan Bautista). Pero después, en la gran experiencia de su  bautismo,  Jesús descubrió al verdadero Dios, como Elías en el Monte Horeb, d  como brisa suave (espíritu de vida), en las aguas del Jordán.

Había querido conocer al Dios del Juicio, junto a Juan Bautista (profeta del fuego, del huracán y del agua destructora), pero encontró y escuchó al Dios de la palabra suave (de la brisa y del Espíritu), que le llamaba “Hijo” y le enviaba a realizar una obra de liberación amorosa, de paz de paloma, de brisa de amor. Este sería el tema de fondo de. Mc 1, 10-12 y par (cf. Mt 3, 1-2; Lc 3, 1-9).

Así podríamos hablar de una “conversión” de Jesús, que pasa del primer Elías al segundo,  del Elías del fuego de Dios en el Carmelo, al Elías de la brisa suave del Horeb, saliendo de la cueva, para empezar en Galilea su tarea de profeta carismático, al servicio de la llegada del reino de Dpos, que se expresa en la curación de los enfermos. Jesús no habría abandonado el signo de Elías, sino que lo habría reinterpretado (como supone su respuesta a la pregunta de los discípulos de Juan Bautista, en Mt 11, 2-4).

En este contexto se sitúa la decisión de Jesús, que vuelve a Galilea y busca a unos discípulos par ponerse al servicio de los pobres, anunciándoles el Reino y sanando sus enfermedades. Las curaciones de Jesús han surgido de su contacto con los enfermos, pero ellas se inspiran en las historias de Elías y Eliseo, profetas carismáticos, sanadores de enfermos.

 3. Jesús y Elías. Un signo abierto

 No sabemos si Jesús había desplegado previamente capacidades sanadoras (antes de haber ido donde Juan Bautista), aunque podemos suponer que no, pues, de lo contrario, no se entendería bien su estancia ante el Jordán, en la línea del primer Elías. Todo nos permite suponer que Jesús descubrió y desarrolló su poder de sanación tras el bautismo y en este contexto se entiende su nueva relación con Elías. También Juan había asumido, al parecer, ciertos rasgos de Elías, pero sobre todo en línea de juicio (sin milagros). En contra de eso, Jesús pondrá de relieve los aspectos sanadores Elías y Eliseo, profetas del Norte de Israel, cuyas tradiciones estaban relacionadas con Galilea y sus alrededores (como indica la historia de la sunamita, en 2 Rey 4, 8-37, y la de la viuda de Sarepta, en 1 Rey 17, 9-25).

Juan Bautista se sitúa más en la línea de un Elías juez, profeta del agua y del fuego, portador de la ira de Dios en el Carmelo (cf. 1 Rey 18). En esa perspectiva, los cristianos dirán que Juan, precursor de Jesús, se identificaba con Elías, con no sólo por su forma de vestir (Mc 1, 6 cf. 2 Rey 1, 8), sino por su manera de anunciar el juicio, añadiendo así que Elías ya había venido y se había mostrado por Juan, precediendo a Jesús, para preparar su camino (cf. Mc 9, 13; ésta es la lectura cristiana de Mc 1, 7-8 par; cf. también Lc 1, 76).

Jesús Galileo se relaciona más con Elías sanador, y así aparece no sólo en la “resurrección” del hijo de la viuda de Naím (Lc 7, 11-16), ciudad cercana a Sunem (donde Eliseo había resucitado al hijo único de la sunamita), sino en la línea del texto programático de Lc 4, 24-28, donde Jesús compara sus milagros con los de Elías/Eliseo y viene a presentarse de esa forma como nuevo Elías: alguien que es capaz de encender una esperanza de Reino o nueva humanidad, por sus curaciones.

En esa segunda perspectiva han de entenderse dos pasajes muy significativos de la tradición cristiana. (a) La transfiguración (Mc 9, 2-9), donde. Elías se aparece a Jesús, al lado de Moisés, para ofrecerle su testimonio y para acompañarse en su camino profético de Reino. (b) La cruz (Mc 15, 35-36), donde Jesús murió dando un grito muy fuerte, de forma que algunos pensaron que llamaba a Elías. Pero el evangelista supone que Jesús no pudo llamar a Elías, sino a Dios, diciendo: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

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 Lógicamente, la iglesia ha pensado que Jesús murió llamando a Dios, pero ha podido seguir pensando que en el fondo él repetía el mismo gesto de Elías que subió al Horeb para preguntarle a Dios: ¿Por qué me has desamparado? (cf. 1 Rey 18, 10; Mc 15, 34). Tanto Elías como Jesús han llamado a Dios desde su “fracaso”; tanto a Elías como a Jesús ha respondido Dios, de formas convergentes. A Elías le dice que anuncie su presencia en Siria y en todo el oriente. A Jesús le dice  que suba a Jesús, curando, abriendo un camino de vida por encima de la muerte.

De la conversión de Jesús, nuevo Elías de brisa fuerte de Dios, vive la iglesia. Sin una conversión fuerte, sin salir de su cueva de miedo y violencia sagrada (apelando al hacha, al terremoto, al huracán…) la iglesia no será camino y promesa del Dios de Jesús sobre la tierra. Por eso, la palabra clave, sigue siendo: Sal de tu cueva.

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Jesús reza, los discípulos reman, Pedro se hunde. Domingo 19. Ciclo A.

domingo, 9 de agosto de 2020
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tempestad-calmadaDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 

¿Tienes la impresión de que la Iglesia, tu parroquia, tu comunidad religiosa, se va a pique? ¿Te apetece acercarte a Jesús, pero temes perder pie a mitad de camino? Estas experiencias las tuvieron los primeros cristianos. Mateo les dio respuesta en lo que hoy nos cuenta.

La tempestad calmada y el viento en contra

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.

Pero el segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

El relato de Mateo 14,22-33

Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Pero, cuando la despide, no va en busca de sus discípulos, sube «solo» a rezar. Mateo acentúa que Jesús desea verse libre de todos para ponerse en contacto con el Padre. Esa oración será muy larga, desde el anochecer hasta la cuarta vigilia (entre las 3 y las 6 de la noche. Sin embargo, no sabemos qué dice, cómo reza. Lo importante para Mateo no es conocer el misterio sino proponernos un ejemplo que imitar. Mientras, los discípulos navegan con grandes dificultades durante todas esas horas has quedar «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). A nivel simbólico, se contraponen dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida:  

― ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. En la cultura del Antiguo Oriente, donde el mar simboliza las fuerzas del caos (como el sunami), caminar sobre el agua demuestra su poder sorprendente. Pero los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

Tercera escena: Jesús y Pedro

Pedro le contestó:

― Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

Él le dijo:

― Ven.

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: 

― Señor, sálvame.

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

― ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Pero Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.»

Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres Hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título se lo han aplicado ya el Padre durante el bautismo, el diablo en las tentaciones, y los endemoniados gadarenos (8,29). No podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un paso.

Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

Sentido eclesial y personal

Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura parezca traída por los pelos.

 

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Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 09 de Agosto, 2020

domingo, 9 de agosto de 2020
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TO-D-XIX

“Jesús les dijo en seguida: -¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Pedro le contestó: -Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.”

(Mt 14, 22-33)

Jesús siempre resuelve “marchándose a orar”. Ora ante las adversidades pero ora también después de los éxitos y los aplausos. El evangelio de hoy es la escena que sigue a la multiplicación de los panes y los peces.

Jesús se había marchado a un lugar apartado, pero la gente le había seguido. Al ver a la gente Jesús se conmueve, se olvida de su cansancio y preocupaciones. Se olvida también de su tristeza (se había retirado al enterarse de la muerte de Juan Bautista). Y se pone a curar y cuidar a la gente.

Ve la debilidad de la gente y no se desentiende. Les da de comer. Aquella multitud estaría encantada y agradecida. Pero Jesús no se deja “atrapar” por la euforia de la gente. Ahora que han comido despide a la gente y él se retira a orar.

Ni el cansancio, ni el éxito, ni las preocupaciones le despistan. Después de un día tenso, triste y de afanoso trabajo curando y atendiendo a la gente, pasa buena parte de la noche orando.

Lo bueno y lo malo, todo lo pasa por la oración. El encuentro con Abba es imprescindible. Vital. No hay excusas.

¿Qué sucedería con el cristianismo si los cristianos sintiéramos una necesidad de la oración como la que tenía Jesús? ¿Cómo sería nuestra vida si tuviéramos una relación con Dios como la que tenía Jesús?

Es una pena que hayamos opuesto acción y contemplación, como si fueran dos cosas diferentes. La oración y la acción son los dos pies que nos permiten caminar tras la huellas de Jesús.

Si la oración no te moviliza ante el dolor humano no es encuentro con Dios Trinidad. Y si las actividades sociales no te llevan directamente a los brazos del Dios de Jesús tampoco harás presente el Reino, el Rostro de Dios.

No podemos andar sobre las aguas tempestuosas de nuestra historia sin haber hecho crecer nuestra confianza en la intimidad de la oración. Y no venceremos nuestros miedos si nuestra oración no se convierte en un lugar ancho y dilatado en el que quepan todos los sufrimientos y las alegrías humanas.

Oración

Trinidad Santa, ¡mándanos ir hacia ti!
Desde nuestra oración y desde nuestra acción.
¡Amén!

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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La fe-confianza es de presenta.

domingo, 9 de agosto de 2020
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walkonwaterMt 14, 22-33

Este relato se parece más a los relatos de apariciones pascuales. Algunos exégetas sugieren que puede tratarse de un relato de Jesús resucitado, que han colocado más tarde en el contexto de la vida real. La primera lectura nos empuja a una interpretación espiritual. Tanto Elías como Pedro reciben una lección. Los dos habían hecho un Dios a su imagen y semejanza. La experiencia les enseña que Dios no se puede meter en conceptos y que es siempre más de lo que creemos. Nunca se identifica con lo que pensamos de Él.

Además de Mt, lo narra Mc y Jn. Los tres lo sitúan después de la multiplicación de los panes. Los tres presentan a Jesús subiendo a la montaña para orar. En los tres relatos, Jesús camina sobre el agua. También coinciden en señalar el miedo de los discípulos; Mt y Mc dicen que gritaron. La respuesta de Jesús es la misma: Soy yo, no tengáis miedo. En Mc y Mt, Jesús manda a los discípulos embarcar y marchar a la otra orilla; pero el verbo griego, deja entrever cierta imposición. En Jn, la iniciativa es de los discípulos.

En el AT, el monte es el lugar de la divinidad. Jesús, después de un día ajetreado, se eleva al ámbito de lo divino. Como Moisés, la segunda vez que sube al Sinaí, va solo. Nadie le sigue en esa cercanía a la esfera de lo divino. La multitud solo piensa en comer. Los apóstoles piensan en medrar. Para superar la tentación, Jesús se pone a orar. Orar es darse cuenta de lo que hay de Dios en él para poder vivirlo. Es muy interesante descubrir que Jesús necesita de la oración, desbaratando así la idea simplista que tenemos de que él era Dios, sin más. Jesús tiene necesidad de momentos de auténtica contemplación.

Jesús sube a lo más alto. Los discípulos bajan hasta el nivel más bajo. Esperan encontrar allí las seguridades que Jesús les niega al no aceptar ser rey. En realidad encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal. Son el signo del caos, de la destrucción, de la muerte. Jesús camina sobre todo esto. En el AT se dice expresamente que solo Dios puede caminar sobre el dorso del océano. Al caminar Jesús sobre las aguas, se está diciendo que domina sobre las fuerzas del mal.

En el relato se aprecia la visión que de Jesús tenía aquella primera comunidad. Era verdadero hombre  y como tal, tenía necesidad de la oración para descubrir lo que era y superar la tentación de quedarse en lo material. Al caminar sobre el mar, está demostrando que era también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia. Esta confesión apunta también a un relato pascual, porque solo después de la experiencia de la resurrección, confesaron los apóstoles la divinidad de Jesús.

La barca es símbolo de la nueva comunidad. Las dificultades que atraviesan los apóstoles son consecuencia del alejamiento de Jesús. Esto se aprecia mejor en el evangelio de Jn, que deja muy claro que fueron ellos los que decidieron marcharse sin esperar a Jesús. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente saciada. Pero Jesús no les abandona a ellos y va en su busca. Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incompatible con sus pretensiones. Su cercanía, sin embargo, les hace descubrir al verdadero Jesús.

El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra a gusto en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que le inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. La respuesta de Jesús a los gritos es una clara alusión al episodio de Moisés ante la zarza. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Jn lo utiliza con mucha frecuencia.

El episodio de Pedro, merece una mención especial ya que tiene mucha miga. Pedro siente una curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ese mismo privilegio. “Mándame ir hacia ti, andando sobre el agua”; que es lo mismo que decir: haz que yo partícipe del poder divino como tú. Pero Pedro quiere lograrlo por arte de magia, no por una transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: ¡ven!

Estamos hablando de la aspiración más profunda de todo ser humano consciente. En todas  las épocas ha habido hombres que han descubierto esa presencia de Dios. Pedro representa aquí, a cada uno de los discípulos que aún no han comprendido las exigencias del seguimiento. Jesús no revindica para sí esa presencia divina, sino que da a entender que todos estamos invitados a esa participación. Pedro camina sobre el agua mientras está mirando a Jesús; se empieza a hundir cuando mira a las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino porque no es capaz de prescindir de las seguridades.

El verdadero Dios no puede llegar a nosotros desde fuera y a través de los sentidos. No podemos verlo ni oírlo ni tocarlo, ni olerlo ni gustarlo. Tampoco llegará a través de la especulación y los razonamientos. Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios, solo puede ser vivida. El budismo tiene una frase, a primera vista tremenda: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Podíamos decir si te encuentras con dios, mátalo. Ese dios es falso, es una creación tuya. Si lo buscas fuera de ti, estas persiguiendo un fantasma.

También hoy, el viento es contrario, las olas son inmensas, las cosas no salen bien y encima, es de noche y Jesús no está presente. Todo apunta a la desesperanza. Pero resulta que Dios está donde menos lo esperamos: en medio de las dificultades, en medio del caos y de las olas, aunque nos cueste tanto reconocerlo. La gran tentación ha sido siempre que se manifestará de forma portentosa. Seguimos esperando de Dios el milagro. Dios no está en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego. Es apenas un susurro.

Hoy tenemos que afrontar la misma disyuntiva. O mantener a toda costa nuestro ídolo, o atrevernos a buscar el verdadero Dios. La tentación sigue siendo la misma, mantener el ídolo que hemos pulido y alicatado desde la prehistoria. La consecuencia es clara: nunca encontraremos al Dios verdadero. Esta es la causa de que se alejen de las instituciones los que mejor dispuestos están. Los que no aceptan los falsos dioses que nos empeñamos en venderles. Se encuentran, en cambio, muy a gusto con ese “dios” los que no quieren perder las falsas seguridades que les dan los ídolos fabricados a nuestra medida.

El ser humano ha buscado siempre el Dios todopoderoso que hace y deshace a capricho, que empleará esa omnipotencia en favor mío si cumplo determinadas condiciones. Si en la religión buscamos seguridades, estamos tergiversando la verdadera fe-confianza. Dios no puede darme ni prometerme nada que no sea Él mismo. Ni como Iglesia ni como individuos debemos poner nuestra meta en las seguridades externas. Las seguridades que con tanto ahínco busca nuestro yo, son el mayor peligro para llegar a Dios.

Meditación

El ansia de lo divino es una constante en el ser humano.
Pero queremos conseguirlo por un camino equivocado.
Lo divino forma parte de mí.
Es la parte sustancial y primigenia de mi ser.
Cuando descubro y vivo esa Presencia,
despliego todas las posibilidades de ser que hay en mí.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Tener miedo.

domingo, 9 de agosto de 2020
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pedro-camina-sobre-las-aguasEl místico y el loco van por el mismo mar, mientras que el loco se hunde, el místico nada” (Tonald Laing)

9 de agosto. DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

Mt 14, 22-33

Pero, al sentir el fuerte viento, tuvo miedo y entonces empezó a hundirse y gritó: ¡sálvame, Señor!

En la oscuridad de la noche, en la agitación de un mar levantisco, se aparece Jesús a sus discípulos.

Podemos relacionar este episodio con la transfiguración y la Pascua: son manifestaciones de la identidad profundad de Jesús con el Señor: domina los elementos, infunde paz y confianza con su presencia, con sus palabras, con el estrecho contacto de su mano.

Pedro no teme porque se hunde, sino que se hunde porque teme, y cuando Jesús se identifica le reconoce, y solicita su llamada y la sigue con audacia confiada y es al instante salvado: figura ejemplar para la Iglesia.

En medio de la tormenta, la comunidad se olvida del Jesús de la solidaridad, y le ve únicamente como un fantasma que se aproxima en la oscuridad.

El Evangelio nos invita a tener una experiencia total de Jesús, rompiendo nuestros prejuicios y nuestras seguridades.

Quieren ir hacia él, pero se dejan amedrentar por las fuerzas adversas, sin apenas confiar en su palabra, dejando que sea él quien nos hable a través del libro de la Biblia y del libro de la vida.

Es este uno de los episodios evangélicos que mejor ilustra, por una parte, la situación de la comunidad cristiana, la de Mateo y la de todos los tiempos, en su histórico caminar en medio de grandes dificultades y no pequeños prejuicios.

Y por otra parte, con la presencia permanente del Señor resucitado en la barca de Pedro y con la promesa de su presencia, termina Mateo su evangelio:

“Yo estaré con vosotros siempre, hasta el final del mundo”, en su histórico caminar en medio de grandes dificultades.

Pero, al sentir el fuerte viento, tuvo miedo y entonces empezó a hundirse y gritó: ¡sálvame, Señor! (V 30).

 

No importa si creemos o no en fantasmas, o si tienes miedo a la muerte; el miedo a lo que no conocemos es natural en el ser humano, lo hemos sentido todos.

Esa sensación en el estómago que nos paraliza. Los pensamientos del «no puedo» se cruzan por nuestra frente y se instalan cómodamente, impidiéndonos lograr lo que nos propusimos.

El miedo aparece sin permiso y se queda por mucho tiempo, hasta que nos atrevamos a practicar una estrategia simple y rápida.

Tonald Laing dijo: El místico y el loco van por el mismo mar, mientras que el loco se hunde, el místico nada” 

Y como Mateo repite en el versículo 30. Y así es lo que habitualmente gritamos todos cuando nos vemos amenazados por cualquier peligro: Pero, al sentir el fuerte viento, tuvo miedo y entonces empezó a hundirse y gritó: ¡sálvame, Señor! (Mateo 24, 30)

“¡¡Sálvanos, Jesús, que nos ahogamos, y no me ha dado tiempo a ponerme el chaleco salvavidas!!”

En mi libro En hierro y en palabras figura el poema de un gigante que causaba mucho miedo a cuantos le conocían:

POLIFEMO ENFURECIDO

Polyfêmos, el de “muchas palabras”
y un ojo solo en medio de la frente.
Odiseo y los suyos se lo extinguen.

Un diccionario de exabruptos
vomita por la boca y por las manos.
-“¿Quién te lo hizo?”, preguntaron los dioses.
-“Nadie, fue Nadie”, tronó furioso el valle.

¡Cíclope insolidario!
¿Si tu vida es nada, es “Nadie”,
por qué vacías la Montaña?
¿Por qué arrojando rocas quieres secar el Mar?

Alejado de Alguien, -de ti, del Mar, de la Montaña-
no eres Nadie.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Del miedo a la confianza.

domingo, 9 de agosto de 2020
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jesus-camina-sobre-las-aguas-4Mt 14, 22-33

9 de agosto de 2020

El Evangelio de este domingo se enmarca en una sección del texto de Mateo en el que Jesús se presenta como un líder religioso diferente. Los versículos anteriores narran la capacidad de Jesús de saciar y alimentar al ser humano más allá de la necesidad del pan cotidiano, un signo que sitúa a Jesús como fuente de abundancia y de sentido de la vida. Crece así la visibilidad de un Mesías que, más allá de los signos, supone una liberación y una bendición para quien decide seguirle. Conectado a este pasaje, se narra una experiencia fundamental que el discipulado ha de ajustar para que el seguimiento sea auténtico: reconocerle como el referente y el vínculo esencial desde una profunda confianza.

La escena sitúa a los discípulos lejos de Jesús, las olas azotaban con violencia, pues el viento les era contrario. Podría ser la descripción metafórica de una situación de crisis, de unas circunstancias vitales que avanzan en contra y desestabilizan la vida. Y es Jesús quien se acerca a ellos caminando sobre las aguas, es decir, trascendiendo la realidad y revelando su identidad verdadera. Revela una energía que puede contrarrestar la fuerza del mal viento que a veces nos azota. Aparece así la tensión entre el miedo y la confianza. La eterna cuestión de si la fe tiene espacio en nuestras noches y tormentas personales.

El miedo es humano, es lógico sentirlo ante situaciones de amenaza e inseguridad, incluso es bueno porque nos lleva a reaccionar para protegernos. Sin embargo, un miedo fuera de control es signo de dependencia y de cadenas internas que paralizan el proceso de la vida. No es diferente el miedo del ámbito espiritual al humano. Funciona de la misma manera, incluso su dinamismo es idéntico. Lo opuesto a la fe no es el ateísmo sino el miedo; nos agarramos a las creencias mentales para sujetar esa fe, pero sólo amarramos ideología y pensamientos automatizados que justifican nuestra falta de confianza auténtica. Necesitamos signos que avalen nuestra posición ante la vida, pero la fe nos lleva por el camino de la confianza sin evidencias. Esto no lo soporta un ego enarbolado. La confianza parte de la experiencia de que, contra todo pronóstico, la identidad esencial no se destruye y nace una fuerza que vence al miedo, impulsando a actuar con osadía y libertad.

Queremos signos que calmen la ansiedad que vivimos ante la incertidumbre de estas situaciones, pero nuestra mente nos introduce en una espiral de desconfianza hasta experimentar el límite de nuestra humanidad. La desconfianza nos lleva a reaccionar con hundimiento, o bien disfrazándonos de poder, como le ocurre a Pedro, cuyo resultado es más debilidad y no sentir un suelo-aguas donde apoyarse. Activar la confianza a fondo perdido, sin signos, sin sentir, sin evidencias, hace su trabajo humano y espiritual transformando el miedo en decisiones valientes que nos capacitan para escuchar interiormente:   – Tranquilizaos, soy yo. No tengáis miedo.

FELIZ DOMINGO

 

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Un espejo de nuestra situación.

domingo, 9 de agosto de 2020
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FC17900B-9931-413C-894D-9063D2EE253FDomingo XIX del Tiempo Ordinario

9 agosto 2020

Mt 14, 22-33

Para entender este relato escrito en clave simbólica, tal vez sea de ayuda conocer el significado de los elementos que utiliza. El monte representa el lugar del encuentro con Dios. La noche es, a la vez, tiempo de oscuridad y de intimidad. La madrugada es el comienzo del día, el nacimiento de la luz. La barca simboliza al grupo o la comunidad y, en términos más amplios, a toda la humanidad. El mar es símbolo del mal, lugar de fuerzas amenazadoras. La expresión “caminar sobre las aguas”  aparece en el Antiguo Testamento, como una prerrogativa de Yhwh y significaba el poder de Dios sobre el mal. “Yo soy” –parece que así habría que traducir el texto griego, mejor que “soy yo”, donde se pierde el significado real de la expresiónes la “traducción” de Yhwh: es el nombre de lo innombrable, en el que Jesús se reconoce.

          Con esos datos, no es difícil apreciar la belleza y la profundidad del relato, en lugar de entenderlo de manera literal como un milagro fantasioso.

        Jesús vive en el “ámbito” de la divinidad, porque sabe que su identidad última no es su yo separado –la persona del carpintero de Nazaret–, sino el “Yo soy” universal, uno con el ser, con Dios…, con todo lo que es. Parece que cuida esa conexión por medio del silencio en la “noche”. Y eso le permite vivir en la luz, caminar sobre el “mar” embravecido y calmar todo oleaje de amenaza.

          Pero eso no es posible solo para Jesús. El propio Pedro camina igualmente…, hasta que es atrapado por el miedo. Al desconectar de quien es, pierde la confianza, aparece la duda y se hunde. La fuente de nuestra confusión y de nuestro sufrimiento es la duda acerca de lo que realmente somos, es decir, la ignorancia básica sobre nuestra verdadera identidad; en lenguaje del evangelio, la “poca fe”.

          El relato se muestra así como un espejo capaz de reflejar nuestra vivencia en todos sus matices: la experiencia del silencio interior y los miedos que nos alborotan, la confianza en lo que es y la duda acerca de lo que somos, la fuerza confiada y el susto que nos hunde.

          El relato concluye con una profesión de fe hacia la que iba dirigida toda esta catequesis: “Realmente eres Hijo de Dios”. La comprensión experiencial nos permite reconocer que esa expresión no es exclusiva de Jesús –por más que él la viviera de una forma consciente y coherente–, sino que nos alcanza a todos. Somos “hijos e hijas de Dios”, es Dios expresándose en las formas o personas en las que nos estamos experimentando.

          Nuestra realidad es una paradoja porque estamos constituidos por un “doble nivel”: nuestra personalidad –el yo particular, separado, lo que creemos que somos cuando nos pensamos– y nuestra identidad –aquello que somos antes de pensarnos o cuando quitamos todo pensamiento, pura consciencia, “Yo soy” sin más añadidos–. Por decirlo brevemente, somos, a la vez, “Jesús” y “Pedro”. La clave de la sabiduría –y quizás el “mensaje” de este relato– es la siguiente: ¿cómo vivirnos como “Pedro” sabiendo que somos “Jesús”?

¿Cómo vivo entre el miedo y la confianza?


Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Fuera de la salvación no hay iglesia

domingo, 9 de agosto de 2020
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FCE1BD43-740C-4045-B8B8-874C9E6289C1Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Algunas notas para la homilía sobre las tempestades de la barca de Pedro

  1. texto eclesial.

        Las tres veces que aparece en los evangelios el simbolismo de la barca y la tempestad en el lago (Mt 14,22-36; 16, 5-12; Mc 4,36) son relatos eclesiales, de vivo colorido eclesial, de dificultades en la Iglesia naciente y de todo momento histórico de la Iglesia.

  • o La barca es la Iglesia, el arca de Noé, donde se salva el ser humano de los naufragios de la vida
  • o Las tempestades son los problemas, los hundimientos, las crisis, las rupturas tanto personales como eclesiásticas.
  • o Podemos evocar nuestras propias galernas y los ciclones y rupturas eclesiales.
  • o Nunca faltan tempestades políticas, insitucionales…
  • o No olvidemos la propia división y ausencia de sintonía (comunión) en nuestra propia diócesis. Las aguas de nuestra Iglesia local de San Sebastián bajan agitadas revueltas y turbias. Ello no es bueno, pero no nos ha de extrañar. Si algunos cardenales, obispos y curas se enfrentan al papa, si las dudas asaltaron a la iglesia naciente, no nos extrañemos de los choques y enfrentamientos diocesanos.

v 22: les mandó que subieran a la barca.

        Jesús invita a los suyos a “embarcarse” en la Iglesia como “lugar” de salvación, sanante. Es una de las características del papa Francisco: ¡cómo me gustaría que la Iglesia fuese un hospital donde se curan las heridas  de la vida!

        ¿Realmente la Iglesia en que vivimos es un hogar amable, salvífico en el que se cura y no se hurga cada vez más en las heridas?

        La Iglesia es la barca, el arca de Noé donde se salvó la humanidad y, en cierto sentido, el universo.

        Hemos llegado a un momento en el que, mejor que repetir aquello de que: “fuera de la Iglesia no hay salvación”, nos hará bien pensar que “fuera de la salvación no hay iglesia”.

v 24 la barca estaba lejos.

        El mar siempre es un caos, el mar es abismo, el peligro, una fuerza irrefrenable (recordemos los temporales que azotan nuestros mares y costas).

        La barca estaba lejos de la seguridad de tierra, estaba también lejos de Cristo, en medio del abismo.

        La Iglesia, como todos nosotros, está siempre, ha de estar en medio del mundo, del abismo de los temporales. Una Iglesia que esté siempre en el puerto es la esterilidad institucionalizada.

        Nos toca sufrir y orar para que estos nuevos tiempos eclesiales se abran, que no sigamos enquistados en nuestro fortín y salgamos realmente a la periferia con mente y corazón abiertos.

v 25. de noche, Jesús se acercó.

        Estos textos están escritos en el seno de unas comunidades que habían experimentado ya al Señor resucitado. No se trata de una tormenta oceanográfica en el lago, sino que con una cierta majestuosidad, Xto resucitado domina el abismo, la muerte, el caos. ¡Ánimo soy yo, no tengáis miedo!

        Cuatro veces aparece la expresión: “caminar sobre las aguas” (vv 25.26.28.29). También nosotros somos engullidos por el abismo. La vida es caminar entre muchos vendavales y aguas abismales.

        Si Cristo está en la barca o está con nosotros, no nos hundimos. La Iglesia saldrá a flote si le dejamos sitio a Cristo no a una línea ideológico-eclesiástica ultraconservadora y fanática. El único imprescindible en la barca es Cristo. Todo y todos los demás somos pobres gentes con más pretensiones de poder que de salvación.

        La Iglesia es una barca, un hospital donde se curan heridas, una iglesia sanante.

        Nos hará bien en las galernas y en las noches de la Iglesia mirar a Cristo, mirar al Reino de Cristo.

v 25. animo, soy yo, no tengáis miedo.

        Muchas veces aparece esta expresión que manifiesta la actitud de Jesús: no tengáis miedo, no temas pequeño rebaño, confiad…

        Por muchos motivos podemos sentir miedo. Esta pandemia está impregnando de miedo e incertidumbre la sociedad. ¡Cuántas personas confinadas en casa, hospitalizadas, en la uci, tienen miedo!

        Cuando el miedo está tan extendido en la barca de Pedro: sea por amenazas morales, canónicas, sea por totalitarismos eclesiásticos, a lo mejor es que estamos lejos del Señor que nos dice: ánimo, soy yo, no temáis.

        El “soy yo” evoca el Éxodo: Yo soy el que soy y recuerda toda la cristología del Evangelio de Juan: YO SOY el pan, la vid, el camino, la verdad, la vida… Que “el que es” se nos acerque, nos hace bien.

        La confianza en el Señor nos confiere coraje y la osadía, la audacia para confiar en lo que los temporales parecen destrozar.

vv 28-29 mándame ir a ti… – ven… – y se echó al agua…

        Pedro, confiando en Cristo se lanza al abismo, al mar, al agua. En el fondo es un bautismo.

        Dejemos otras cuestiones litúrgicas muy discutibles, pero nos bautizamos realmente cuando uno se lanza confiadamente (fe) al mar de la vida, a los problemas y tempestades.

        Podemos también dudar. Somos humanos como Pedro: sálvame.

Confiando en el Señor, caminamos con serenidad por las aguas turbulentas de la vida.

v 31 jesús le tendió la mano, lo agarró.

        Jesús tiende siempre la mano, no deja nunca a nadie en la estacada.

        Tanto en las borrascas personales, sociales, sanitarias como en las eclesiásticas, no perdamos la fe: ¡hombres de poca fe! Confiemos: ¡Señor sálvame!

También hoy, aunque estemos en una noche eclesiástica diocesana, confiemos: Cristo nos tiende su mano. No perdamos la fe.

vv 32-33 subieron a la barca – eres hijo de dios.

        Subieron a la barca, a la Iglesia y allí vivieron con gozo y confesaron su fe: Verdaderamente eres Hijo de Dios.

        Donde Cristo está presente, hay salvación, serenidad y ahí se puede vivir la confianza, la fe en Él.

Soy yo, no tengáis miedo

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Transfiguración del Señor

jueves, 6 de agosto de 2020
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Del mismo modo que el episodio de la transfiguración prepara en el evangelio a los apóstoles para entrar en la comprensión del misterio de la pasión-muerte de Jesús, así también en la Iglesia, casi con el mismo propósito, se celebra la fiesta de la Transfiguración cuarenta días antes de la correspondiente a la Exaltación de la Cruz. La fiesta de la Transfiguración ya aparece desde el siglo V en el calendario de la liturgia oriental para recordar la subida de Jesús al monte Tabor con Pedro, Santiago y Juan, testigos privilegiados de su gloria. El episodio está atestiguado de manera concorde por los evangelios sinópticos. La fiesta se difundió rápidamente también en la Iglesia romana, pero no fue  introducida oficialmente hasta el año 1457, con ocasión de una victoria obtenida contra los turcos.

1ª lectura:

Su vestido era blanco como nieve

Lectura de la profecía de Daniel 7, 9-10. 13-14

Miré y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó. Su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas; un río impetuoso de fuego brotaba y corría ante él. Miles y miles lo servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros.

Seguí mirando. Y en mi visión nocturna vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia.

A él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará.

*

Al profeta se le revela, en una visión nocturna, el designio de Dios sobre la historia. Ve la sucesión de los grandes imperios y de sus violentos dominadores (7,2-8), mas este espectáculo de la altivez humana se interrumpe: a Daniel se le ha concedido contemplar los acontecimientos desde el punto de vista del Señor de la historia. Él es el Juez omnipotente {cf. v. 10), que conoce y valorará definitivamente la obra de los hombres, pero es también alguien que interviene en el tiempo para rescatarlo: en efecto, a los reinos terrenos se contrapone el Reino que el «Anciano» confía a la obra de un misterioso «Hijo de hombre» que viene sobre las nubes (vv. 13ss). El autor sagrado indica así que este personaje es un hombre, aunque es de origen divino, celeste.

Ya no se trata del Mesías davídico esperado para restaurar con poder el Reino de Israel, sino de su transfiguración sobrenatural: el Hijo del hombre inaugurará un Reino que, aunque se inserta en el tiempo, «no es de este mundo» (Jn 18,36).

Éste triunfará al final sobre los imperialismos mundanos, llevando la historia a su cumplimiento escatológico. Entonces «los santos del Altísimo» participarán plenamente en la soberanía del Hijo del hombre y constituirán una sola cosa con él y en él (Dn 7,18.22.27). Con esta figura bíblica se identificará Jesús a menudo en su predicación y, en particular, en la hora decisiva del proceso ante el Sanedrín que le condenará a morir en la cruz.

***

Salmo

Sal 96, 1-2. 5-6. 9

R. El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.

El Señor reina,
la tierra goza, se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono. R.

Los montes se derriten como cera ante el Señor,
ante el Señor de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. R.

Porque tú eres, Señor,
Altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. R.

***

Segunda lectura:

2 Pedro 1,16-19

Queridos:

Cuando os dimos a conocer la venida del poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos inspirados por fantásticas leyendas, sino porque fuimos testigos oculares de su grandeza.

Él recibió, en efecto, honor y gloria de Dios Padre cuando se escuchó sobre él aquella sublime voz de Dios: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Y ésta es la voz, venida del cielo, que nosotros escuchamos cuando estábamos con él en el monte santo.

Tenemos también la palabra de los profetas, que es firmísima, y hacéis bien en dejaros iluminar por ella, pues es como una lámpara que alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día y el lucero matutino se alce en vuestros corazones.

*

Pedro y sus compañeros han contemplado la grandeza de Jesús, han oído la voz celestial que le proclamaba Hijo predilecto, por eso se reconocen portadores de una gracia mayor que la de los profetas. En efecto, pueden confirmar por experiencia personal la veracidad de las profecías a las que Jesús da cumplimiento. La palabra del Antiguo Testamento, sin embargo, no ha agotado su tarea de «lámpara que alumbra en la oscuridad» (v. 19): deberá seguir siempre alumbrando los pasos de los creyentes que avanzan en medio de las tinieblas de la historia hasta el día sin ocaso de la venida de Cristo en la gloria {cf. v. 19). En este camino, la visión radiante de Jesús transfigurado, que los apóstoles nos atestiguan, sostiene nuestra fe y enciende de deseo nuestra esperanza: el «lucero de la mañana» se alza ya en el corazón de quien vela expectante.

***

Aleluya Mt 17, 5c
R. Aleluya, aleluya, aleluya
Este es mi Hijo, el amado,
en quien me complazco.
Escuchadlo
. R.

***

Evangelio:

Este es mi Hijo, el amado

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

– “Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.”

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:

“Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.”

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

“Levantaos, no temáis.”

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

“No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.”

*

Mateo 17,1-9

***

El relato de Marcos tiene una connotación particular de absolutidad que no admite matices de componendas. Absoluta es la exigencia de soledad, de separación del contexto habitual (v. 2b); absoluto es el contraste entre el aspecto de Jesús, contemplado por los tres apóstoles, y la experiencia común (v. 3). Las figuras de Moisés y Elías evocan asimismo una decisión neta y radical: en virtud de su excepcional experiencia en el Horeb/Sinaí y de la fe vivida integralmente, eran esperados, respectivamente, como el profeta (Moisés) que viene a introducir al Profeta definitivo, y como el precursor del Mesías (Elias, cf. v. 11).

El discípulo se da cuenta de su propia inadecuación. Las palabras de Pedro no son disparatadas: probablemente, el acontecimiento tuvo lugar el séptimo día de la fiesta de las Chozas, durante la cual vivía la gente en tiendas hechas con ramas; aunque, a buen seguro, la realidad de la que es testigo la supera infinitamente. El Maestro aparece como el cumplimiento de las expectativas de Israel, y mucho más: es el Hijo amado, como declara la voz que sale de la nube de la Presencia de YHWH. Y la invitación que sigue no deja lugar a la duda: «Escuchadlo» (v. 7). La palabra de Jesús tenía, por consiguiente, el peso de la autoridad divina cuando, pocos días antes, había predicho de manera abierta su  crucifixión y la había propuesto a los discípulos como camino necesario (8,31.34-37). Ahora bien, si esta exigencia de adhesión absoluta a la palabra y a la misma persona de Jesús trae consigo la perdición de nosotros mismos, ofrece también la promesa de la vida verdadera en el Reino de Dios (8,35). La promesa de algo cuya realización se entrevé en el monte de la transfiguración y de lo que Pedro, Santiago y Juan pregustan el cumplimiento en la belleza que irradia del rostro de Jesús.

***

MEDITATIO

Existe una llama interior que arde en las criaturas y canta su pertenencia a Dios, y gime por el deseo de él.

Existe un hilo de oro sutil que une los acontecimientos de la historia en la mano del Señor, a fin de que no caigan en la nada, y los conectará finalmente en un bordado maravilloso. El rostro de Cristo está impreso en el corazón de cada hombre y le constituye en amado de Dios desde la eternidad. Y están, a continuación, nuestros pobres ojos ofuscados…, acostumbrados a dispersarse en la curiosidad epidérmica e insaciable, trastornados por múltiples impresiones; nosotros no sabemos ya orientar la mirada al centro de cada realidad, a su fuente. Nos volvemos incapaces de asumir la mirada de Dios sobre las cosas, porque nuestra lógica y nuestra práctica se orientan en dirección opuesta a la suya, en su esfuerzo por no perder nuestra vida, por no tomar nuestra cruz. Sólo cuando Jesús nos deja entrever algo de su fulgurante misterio nos damos cuenta de nuestra habitual ceguera.

La luz de la transfiguración viene a hendir hoy, si lo queremos, nuestras tinieblas. Ahora bien, debemos acoger la invitación a retirarnos a un lugar apartado con Jesús subiendo a un monte elevado, es decir, aceptar la fatiga que supone dar los pasos concretos que nos alejan de un ritmo de vida agitado y nos obligan a prescindir de los fardos inútiles. Si fuéramos capaces de permanecer un poco en el silencio, percibiríamos su radiante Presencia. La luz de Jesús en el Tabor nos hace intuir que el dolor no tiene la última palabra. La última y única Palabra es este Hijo predilecto, hecho Siervo de YHWH por amor. Escuchémoslo mientras nos indica el camino de la vida: vida resucitada en cuanto dada. Escuchémoslo mientras nos indica con una claridad absoluta los pasos diarios. Escuchémoslo mientras nos invita a bajar con él hacia los hermanos. Entonces el lucero de la mañana se alzará en nuestros corazones e, iluminando nuestra mirada interior, nos hará vislumbrar -en la opacidad de las cosas, en la oscuridad de los acontecimientos, en el rostro de cada nombre- a Dios «todo en todos», eterna meta de nuestra peregrinación en el tiempo.

  ORATIO

Jesús, tú eres Dios de Dios, luz de luz. Nosotros lo creemos, pero nuestros ojos son incapaces de reconocer tu belleza en las humildes apariencias de que te revistes.

Purifica, oh Señor, nuestros corazones, porque sólo a los limpios de corazón has prometido la visión de Dios.

Concédenos la pobreza interior que nos hace atentos a su Presencia en la vida diaria, capaces de percibir un rayo de tu luz hasta en los lugares donde todo aparece oscuro e incomprensible. Haznos silenciosos y orantes, porque tú eres la Palabra salida del silencio que el Padre nos pide que escuchemos. Ayúdanos a ser tus verdaderos discípulos, dispuestos a perder la vida cada día por ti, por el Evangelio; haz crecer tu amor en nosotros para ser contigo siervos de los hermanos y ver en cada hombre la luz de tu rostro.

CONTEMPLATIO

Antes de tu cruz preciosa, antes de tu pasión, tomando contigo a los que habías elegido entre tus sagrados discípulos, subiste al monte Tabor, oh Soberano, queriendo mostrarles tu gloria. Y ellos, al verte transfigurado y más resplandeciente que el sol, caídos rostro en tierra, se quedaron atónitos frente a la soberanía, y aclamaban: «Tú eres, oh Cristo, la luz sin tiempo y la irradiación del Padre, aunque, voluntariamente, te hagas ver en la carne, permaneciendo inmutable».

Tú, Dios Verbo, que existes antes de los siglos, tú que te revistes de luz como de un manto, transfigurándote delante de tus discípulos, oh Verbo, refulgiste más que el sol. Estaban junto a ti Moisés y Elías, para indicar que eres el Señor de vivos y de muertos y para dar gloria a tu economía inefable, a tu misericordia y a tu gran condescendencia, por la que salvaste al mundo, que se perdía por el pecado.

Nacido de nube virginal y hecho carne, transfigurado en el monte Tabor,  Señor, y envuelto por la nube luminosa, mientras estaban contigo tus discípulos, la voz del Padre te manifestó distintamente como Hijo amado, consustancial y reinante con él. De ahí que Pedro, lleno de estupor, exclamara: «¡Qué bien estamos aquí!», sin saber lo que decía, oh misericordiosísimo Benefactor (Anthologhion di tutto l’anno, Roma 2000, IV, pp. 871ss).

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «A tu luz vemos la luz» (Sal 35,10).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Puedes leer de nuevo el texto que viene en la Migaja Espiritual precedente de J. Corbon, …

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«Crear fraternidad». 18 Tiempo ordinario – A (Mateo 14,13-21)

domingo, 2 de agosto de 2020
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hqdefaultUn proverbio oriental dice que «cuando el dedo del profeta señala la luna, el estúpido se queda mirando el dedo». Algo semejante se podría decir de nosotros cuando nos quedamos exclusivamente en el carácter portentoso de los milagros de Jesús, sin llegar hasta el mensaje que encierran.

Porque Jesús no fue un milagrero dedicado a realizar prodigios propagandísticos. Sus milagros son más bien signos que abren brecha en este mundo de pecado y apuntan ya hacia una realidad nueva, meta final del ser humano.

Concretamente, el milagro de la multiplicación de los panes nos invita a descubrir que el proyecto de Jesús es alimentar a los hombres y reunirlos en una fraternidad real en la que sepan compartir «su pan y su pescado» como hermanos.

Para el cristiano, la fraternidad no es una exigencia junto a otras. Es la única manera de construir entre los hombres el reino del Padre. Esta fraternidad puede ser mal entendida. Con demasiada frecuencia la confundimos con «un egoísmo vividor que sabe comportarse muy decentemente» (Karl Rahner).

Pensamos que amamos al prójimo simplemente porque no le hacemos nada especialmente malo, aunque luego vivamos con un horizonte mezquino y egoísta, despreocupados de todos, movidos únicamente por nuestros propios intereses.

La Iglesia, en cuanto «sacramento de fraternidad», está llamada a impulsar, en cada momento de la historia, nuevas formas de fraternidad estrecha entre los hombres. Los creyentes hemos de aprender a vivir con un estilo más fraterno, escuchando las nuevas necesidades del hombre actual.

La lucha a favor del desarme, la protección del medio ambiente, la solidaridad con los pueblos hambrientos, el compartir con los parados las consecuencias de la crisis económica, la ayuda a los drogadictos, la preocupación por los ancianos solos y olvidados… son otras tantas exigencias para quien se siente hermano y quiere «multiplicar», para todos, el pan que necesitamos los hombres para vivir.

El relato evangélico nos recuerda que no podemos comer tranquilos nuestro pan y nuestro pescado mientras junto a nosotros hay hombres y mujeres amenazados de tantas «hambres». Los que vivimos tranquilos y satisfechos hemos de oír las palabras de Jesús: «Dadles vosotros de comer».

José Antonio Pagola

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«Comieron todos hasta quedar satisfechos.» Domingo 2 de Agosto. 18º Ordinario

domingo, 2 de agosto de 2020
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41-Ordinario_18_ADe Koinonia:

Isaías 55,1-3: Venid y comed .
Salmo responsorial: 144: Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores.
Romanos 8,35.37-39: Ninguna criatura podrá apartaros del amor de Dios, manifestado en Cristo.
Mateo 14,13-21: Comieron todos hasta quedar satisfechos.

La segunda parte del libro de Isaías, a la que pertenece la primera lectura de la liturgia de este domingo nos invita a hacer una valoración experiencial y sapiencial de la Palabra de Dios. Esta pequeña exhortación “cierra” los capítulos anteriores, desde el 40 hasta el 55, y ofrece una poderosa clave de lectura para comprender toda la segunda parte del libro. Además termina con el famoso texto que compara la Palabra de Dios con la lluvia vivificadora (Is 55,10-11).

El hambre y la sed son mecanismos fundamentales de los seres vivos. Todo ser viviente necesita nutrición e hidratación, pero en los seres humanos, estas necesidades biológicas tienen carácter social. En muchas culturas humanas –no todas-, compartir la bebida y el alimento son mecanismos de socialización y de integración. El autor toma, entonces, esta necesidad vital y la traslada al campo de la fe para mostrarnos que para el creyente la Palabra de Dios es algo más que una comunicación divina. La Palabra de Dios se convierte así en una necesidad inaplazable que alimenta nuestro ser y nos vivifica. Jesús mismo, retomando las reflexiones del Deuteronomio (Dt 8,3; 6,13), combate la tentación contraponiendo la voluntad divina al inmediatismo humano (Lc 4,3-4). El problema de la humanidad no es únicamente la satisfacción de las necesidades básicas, sino, también, hacer surgir y formar una consciencia que exija la justa distribución de los recursos, que lleve a que la humanidad cultive lo mejor de sí y lo entregue como solidaridad y justicia en un proyecto social alternativo al proyecto egoísta.

Pero el autor, como buen poeta y profeta, no se contenta con hacer una arenga o una instrucción legal; busca, por medio de la imagen asociada a los mejores frutos (trigo, vino, leche), que el lector encuentre no sólo consuelo sino deleite. La Palabra de Dios se convierte así en un manjar sabroso que puede ser degustado por la pura gratuidad divina. El olor del amasijo fresco, del vino bien conservado y de la leche fresca nos recuerdan los dones que Dios le ha dado a su pueblo; dones que ayudan al ser humano a construir un cuerpo vigoroso pero que deben ser acompañados por una degustación asidua de su Palabra.

Isaías nos hace una invitación a degustar con sabiduría todos los dones que Dios nos ofrece, sabiendo que lo mejor que podemos ofrecer nosotros mismos es la gratitud activa, que revierte sobre los menos favorecidos los dones que unos pocos acaparan. Lo mismo ocurre con la Palabra de Dios, debe ser entregada con sabiduría y generosidad de modo que el pueblo de Dios no desfallezca. La Palabra de Dios nos invita y convoca a hacer de este ‘valle de lágrimas’ un jardín frondoso donde florezca la justicia y la sabiduría (Sal 72,1-9).

En el evangelio de Mateo, la multiplicación y los peces nos evoca la gran tentación de considerar que únicamente la satisfacción de las necesidades básicas nos conduce al Reino. Jesús se preocupó de que sus discípulos fueran mediadores efectivos frente a las necesidades del pueblo, pero no recurriendo a la mentalidad mercantilista que reduce todo a la presencia o ausencia de dinero (Mt 14,15). Es muy fácil, a falta de un benefactor, despedir a la multitud hambrienta para que cada cual consiga lo necesario. Pero Jesús no quiere eso; él pide a sus seguidores que sean ellos mismos quienes se ofrezcan a ser agentes de la solidaridad, ofreciendo lo que son y todo (lo poco) que tienen. Entonces la ración de tres personas, cinco panes y dos peces, se convierte en el incentivo para que todos aporten desde su pobreza y pueda ser alimentado todo el pueblo de Dios, que es lo que simbolizan las doce canastas. En la intención del evangelista, Jesús demuestra de este modo que el problema no es la carencia de recursos, sino la falta de solidaridad. «Cuando el pobre crea en el pobre, ya podremos cantar ¡Libertad!», dice el canto conclusivo de la «Misa Salvadoreña».

Lo que nos acerca a Jesús no son los muchos rezos o ceremonias, sino el amor incondicional a su Causa, ¡el Reino, la Utopía! Algo que hizo diferente a Jesús de todos los predicadores de la época fue su capacidad para despertar los mejores sentimientos de la gente: amor, generosidad y respeto. Nosotros deberíamos amar a Jesús con el mismo tipo de amor con el que él nos ama. Si el nos amó con un amor solidario, generoso, compasivo… nosotros no podemos responderle con melifluas plegarias o explosiones de emotividad, porque esto no sería amor comprometido. Por eso, si entendemos con qué amor Jesús nos amó, estaremos seguros de lo que proclama Pablo: nada nos puede separar del amor de Cristo. Leer más…

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Dom.18,8.20. Los panes y los panes. Para multiplicar los panes: Un camino de enseñanza y curación (Mt 14, 13-21)

domingo, 2 de agosto de 2020
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Panes y pecesDel blog de Xabier Pikaza:

Principio y camino de la Iglesia

Retomo el motivo de de ayer (proyecto y tarea de Caritas) con el evangelio de este domingo (multiplicación de los panes y peces, Mt 14,13-21). La clave no es el aumento físico de panes y peces, sino la solidaridad y comunión , que se establece  por la educación y sanación:

Evangelio de Marcos (6, 34‒44): enseñar y alimentar”. Sólo a través de una nueva enseñanza, de una más alta “educación humana” se puede multiplicar y compartir los alimentos.

El evangelio de Mateo (14, 13‒21): curar y dar de comer. La multiplicación de los panes sólo es posible si hay una “curación previa”.  Si no se cura el corazón y la vida no se pueden compartir los alimentos.

El texto

Mt 14 13 Al oírlo (que Juan había sido ajusticiado), Jesús se retiró de allí en privado, en una barca, a un lugar solitario. Y las muchedumbres, al oírlo, le siguieron a pie, desde las ciudades.

(1) Curar:  14 Y al desembarcar, vio una gran muchedumbre, y sintió compasión de ellos y curó a los enfermos que había.

(2, alimentar) 15 Entrada la tarde se le acercaron los discípulos diciendo: El lugar es desierto, y la hora es ya avanzada. Despide, pues, a la muchedumbre, para que vayan a las aldeas y compren comida para ellos. 16 Pero Jesús les dijo: No tienen necesidad marcharse; dadles vosotros de comer. 17 Pero ellos le dijeron: No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces. 18 Pero él dijo: Traédmelos acá. 19 Y mandando a la gente que se reclinara sobre la hierba, tomando los cinco panes y los dos peces, mirando al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a las muchedumbres. 20 Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. 21 Y los que habían comido eran unos cinco mil varones, sin contar mujeres y niños[1].

       Este relato, desarrollado extensamente por Marcos (Mc 6, 30-44), incluye algunas abreviaciones y cambios que quiero indicar, destacando varios rasgos característicos de Mateo, un evangelio judío que es al mismo tiempo universal (abierto a todos los pueblos), pues nos sitúa en el espacio original de la existencia humana que es la salud y la comida:

‒ Curar y dar de comer(14, 13). Jesús huye, quiere resguardarse de Herodes, pero la gente le sigue (como había seguido al Bautista). En esa situación, busca un lugar deshabitado (una zona de desierto), sólo ellos. Pero la gente viene a buscarle, abandonando las ciudades, donde podían obtener comida. Pues bien, Jesús ve a la muchedumbre, y siente compasión, lo mismo que en Mt 9, 36, donde se dice que las gentes vagaban perdidas y enfermas, como ovejas sin pastor, cosa que aquí ya no se afirma (aunque se supone). Según el evangelio de Mateo, los dos gestos principales de Jesús son curar y alimentar[2]. En este contexto los evangelios acogen la ayuda de, pero la expresan de formas diferentes.

(a) Mc 6, 34 pone de relieve la educación y la comida. Enseñar y dar de comer, estos son los gestos principales del Mesías: Jesús empezó a enseñarles muchas cosas, para darles después de comer.

(b) Mt 14, 14 destaca la curación y la comida: Primero está la curación, la salud; la verdadera enseñanza es que los hombres y mujeres puedan vivir sanos, superar la enfermedades. Lo primero es eso que pudiéramos llamar el compromiso sanitario, luego viene la comida.

‒ De la salud al pan, la multiplicación(14, 15-21). Lógicamente, después de las curaciones viene la “alimentación” pues el hambre es un tipo de enfermedad (quizá la primera de todas). Alimentar es “curar” en el sentido originario, para que los hombres y mujeres más debilitados tomen fuerzas (=puedan vivir), sin ser dominados por la mayor aflicción que es la falta de comida, especialmente en situaciones de inseguridad económica y enfrentamiento social, como había indicado ya el relato original del paraíso (Gen 2-3), donde Dios quiere ante todo que los hombres y mujeres coman y vivan[3].

Dadles de comer vosotros

  Frente a la propuesta de los discípulos que quieren despachar a la gente, a fin de que los ricos puedan comprar (de manera que los que pueden compren para comer y los demás sigan con hambre), Jesús instaura otro sistema (dadles vosotros de comer), pasando así del modelo de la compra-venta al de la comunión. Ciertamente, los discípulos plantean el tema en plano económico (sólo tenemos cinco panes y dos peces: 14, 17); pero Jesús les responde subiendo de plano y diciendo “traedlos aquí” (los panes y los peces), haciendo que se sienten todos (sin preguntar de dónde viene de cada uno), sobre la yerba del campo[4].

Esta alimentación es, con las curaciones de Mt 11, 2-5, la acción más significativa de Jesús, su gesto sacramental por excelencia, expresión de su compromiso a favor de los pobres (que son evangelizados ante todo a través de la comida: 11, 5). En este contexto se entrelazan, partiendo de la muerte del Bautista, y en contra de la política de Herodes, la necesidad de la muchedumbre (enferma, hambrienta) y la estrategia compasiva de Jesús ( tuvo misericordia de ellos, 14, 14). En vez de ocultarse, por miedo a compartir la suerte del Bautista, él ha respondido al otro lado del mar, de manera más provocadora, curando a los enfermos de la muchedumbre que le busca.

Bendecir a Dios, dar de comer (14, 19).

Tras curar a los enfermos, Jesús alimenta a los hambrientos con los panes y peces de fraternidad mesiánica, iniciando así el momento central de su tarea, al servicio de los pobres (14, 19-20). Frente al Bautista, que no comía ni bebía (11, 18), Jesús responde bendiciendo al cielo/Dios por la comida, partiendo los panes y los peces que así ofrece a sus discípulos, para que ellos los repartan al pueblo. En contra del Diablo que intentaba dominar a los hombres con pan (4, 1-4), Jesús regala el pan y lo comparte como signo de bendición divina y abundancia humana.

 ‒ Panes discutidos. Ese mismo banquete (ofrecido a los expulsados) suscita gran rechazo de parte muchos, como sabe Jesús cuando dice que la Reina del Sur y los habitantes de Nínive se alzarán contra esta generación (cf. Mt 12, 41s), porque ellos, sin ser israelitas, aceptaron a Salomón y a Jonás, mientras que ahora los galileos no acogen su Reino. En esa línea se había situado la acusación de Jesús contra las poblaciones de Corozain, Betsaida y Cafarnaúm por no haber aceptado su mensaje (Mt 11, 21-24), mientras que las ciudades paganas de Tiro y Sidón lo habrían acogido, de haberlo escuchado. Leer más…

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Pandemia y eucaristía. Domingo 18. Ciclo A

domingo, 2 de agosto de 2020
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ancinanos-evitan-misa-kVKG-U110570824143RID-1248x770@El CorreoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Durante estos meses de pandemia, muchas personas se han visto en la imposibilidad de comulgar. Las lecturas de este domingo pueden ayudarles a comprender mejor y valorar más el don de la eucaristía.

Un alimento gratuito frente a otros caros que no sacian (Isaías 55,1-3)

«¿Tiene hambre o sed? Entre y compre sin pagar». «No vaya a la tienda de enfrente; sus productos son caros y no alimentan?». «Entre y coma gratis platos sustanciosos». Ni el supermercado más agresivo haría una propaganda como esta: lo llevaría a la ruina.

¡Atención, sedientos!, acudid por agua, también los que no tenéis dinero:

venid, comprad trigo, comed sin pagar, vino y leche de balde.

¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta?,

¿y el salario en lo que no da hartura?

Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos.

Prestad oído, venid a mí, escuchadme y viviréis.

Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David.

Este breve pasaje del libro de Isaías, contraponiendo un alimento espléndido y gratuito a otro caro e insustancial, nos ayuda a pensar en nuestras dos fuentes de alimentación: la física y la espiritual, la comida ordinaria (que cuesta y solo sacia unas horas) y la eucaristía (gratuita y que alimenta hasta la vida eterna). ¿Valoramos adecuadamente la segunda? ¿La hemos echado de menos durante estos meses?

Jesús alimenta gratuitamente a su comunidad (Mateo 14,13-21)

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:

― Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer. 

Jesús les replicó:

― No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.

Ellos le replicaron:

― Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.

Les dijo:

― Traédmelos.

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. 

Problemas de la interpretación puramente histórica

Podríamos entender el relato como el recuerdo de un hecho histórico que demostraría el poder de Jesús y la bondad de Jesús: no solo cura a los enfermos sino que se preocupa también por las necesidades materiales de la gente. Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena.

Se trata de una multitud enorme, quizá diez o quince mil personas, si incluimos mujeres y niños, como indica expresamente Mateo. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona.

La propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar a tanta gente.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por solo doce camareros (a unas mil personas por cabeza) plantea grandes problemas.

¿Cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para coger nuevos trozos cada vez que se acaban?

¿Por qué no dice nada Mateo del reparto de los peces? ¿Es que éstos no se multiplican?

Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo?

¿Cómo es posible que nadie se extrañe de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta Mateo. ¿Se basa su relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo inventado por el evangelista para transmitir una enseñanza?

Problema de la interpretación racionalista y moralizante

En el siglo XIX, por influjo especialmente de la Vida de Jesús de Renan, se difundió la tendencia a interpretar los milagros de forma racionalista, de modo que no supusieran una dificultad para la fe. En concreto, lo que ocurrió en la multiplicación de los panes fue lo siguiente: Jesús animó a sus discípulos y a la gente a compartir lo que tenían, y así todos terminaron saciados. El relato pretende fomentar la generosidad y la participación de los bienes. Esta opinión, que sigue apareciendo incluso en libros pretendidamente científicos, inventa algo que el evangelio no cuenta, incluso en contradicción expresa con él, e ignora el mundo en el que fueron redactados los evangelios.

La interpretación simbólica y eucarística

 

A la comunidad de Mateo este episodio no le resultaría extraño. Con su conocimiento del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos pasajes bíblicos.

En primer lugar, la imagen de una gran multitud de hombres, mujeres y niños, en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés.

Hay también otro relato sobre Eliseo que les vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

– Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

– ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

– Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor»

(2 Reyes 4,42-44).

Cualquier lector de Mateo podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo en tiempos antiguos. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder lo sobrepasa también de forma extraordinaria: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

Sin embargo, aquellos lectores antiguos se preguntarían qué sentido tenía ese relato para ellos. Porque su generación no podía beneficiarse del poder y la misericordia de Jesús para saciar su hambre en momentos de necesidad. Y sabían que otros muchos contemporáneos de Jesús habían pasado hambre sin ser testigos de ningún milagro parecido. En el fondo, la pregunta es: ¿sigue saciando Jesús nuestra hambre, nos sigue ayudando en los momentos de necesidad?

Aquí entra en juego un aspecto esencial del relato: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Es cierto que estos detalles no pueden exagerarse. Por ejemplo, el levantar la vista al cielo y pronunciar la bendición antes de la comida era un gesto normal en cualquier familia piadosa. También era normal recoger las sobras. Sin embargo, Mateo ofrece un detalle importante: omite los peces en el momento de la multiplicación. Algunos autores se niegan a darle valor a este detalle. Pero es interesantísimo. Cuando se come pan y pescado, lo importante es el pescado, no el pan. Carece de sentido omitir la mención del alimento principal. Si se omite, es por una intención premeditada: acentuar la importancia del pan, con su clara referencia a la eucaristía. Porque en ella acontece lo mismo que en la multiplicación de los panes. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: «Tomad y comed… tomad y bebed». Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte.

Un cristiano de hoy debería sacar el mismo mensaje de este pasaje: Jesús se compadece de nosotros y manifiesta su poder alimentándonos con su cuerpo y su sangre, mucho más importante que la multiplicación de los panes y los peces. También podríamos sacar otras enseñanzas: la obligación de preocuparnos por las necesidades materiales de los demás, de poner a disposición de los otros lo poco o mucho que tengamos. Así, los benedictinos alemanes han querido recordar la preocupación de Jesús por los necesitados instituyendo en el sitio donde se recuerda la multiplicación de los panes un centro de atención a niños disminuidos físicos. Pero lo esencial del relato es lo que decíamos anteriormente.

Amor a Cristo y amor de Dios en Cristo (Romanos 8,35.37-39)

El evangelio habla de la compasión de Jesús, de su preocupación por nuestras necesidades físicas y materiales. Pablo, que experimentó ese amor, se pregunta si hay algo que pueda impedirle amar a Cristo, negarlo o traicionarlo. Enumera siete posibilidades, incluida la del martirio, y está convencido de que siempre saldrá victorioso gracias a «Aquel que nos ha amado». Porque el amor de Dios, manifestado en Cristo, es tan grande que ninguna realidad o criatura, por sublime y poderosa que parezca, podrá apartarnos de él.

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Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. Ciclo A

domingo, 2 de agosto de 2020
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TO-D-XVIII

“Ellos le replicaron:
-Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.”

(Mt, 13-21)

 

A la mayoría de las personas nunca nos parece suficiente y con esa excusa posponemos los asuntos. “Soy demasiado joven”, “no tengo experiencia”, “a penas tenemos recursos” y bajo ese montón de cenizas se nos apaga el fuego del Espíritu.

Cuando leer o escuchas los inicios de cualquier proyecto solidario, desde la fundación de una nueva orden o congregación hasta una modesta ONG siempre encuentras lo mismo: precariedad, falta de medios, de personal y de conocimientos junto con una gran generosidad y una confianza a prueba de excusas.

A los discípulos les parecía que son cinco panes y dos peces poco o nada podían hacer. “Ellos le replicaron: -Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.” Jesús sabía que lo importante es  comenzar y arriesgar ese poco.

Demasiadas veces nos falta confianza en nuestro poco. Nuestro granito de arena nos parece insignificante y lo guardamos. No nos creemos que nuestra insignificancia pueda colaborar con la transformación del mundo.

Cuando nuestro poco se une al poco de otras personas y todo junto lo mueve la mano de Dios la realidad se transforma.

El mismo evangelio es una Escuela del poco: una mujer joven con su sí, unos pocos discípulos, un poco de fe, dos monedas de poco valor, un poco de levadura, unas semillas pequeñas… cinco panes y dos peces. Y de ese poco insignificante surge la abundancia.

Bien, hoy es un buen día para preguntarnos: ¿qué panes y qué peces nos guardamos celosamente? Y cuando hayamos contestado quizá escuchemos de labios de Jesús: “-Traédmelos”.

Oración

Danos, Trinidad Santa, la audacia de creer en lo insignificante, que seamos personas confiadas que arriesgan su poco para transformar el mundo, la humanidad y nuestro propio corazón. Amén.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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