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“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. Domingo 11 de diciembre de 2022. 3º de Adviento

domingo, 11 de diciembre de 2022
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03-advientoa3-cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 35,1-6a.10: Dios viene en persona y os salvará.
Salmo responsorial: 145: Ven, Señor, a salvarnos.
Santiago 5,7-10: Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca.
Mateo 11,2-11: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

La primera y la segunda lectura de hoy, del profeta Isaías y del apóstol Santiago, coinciden en el mensaje: merece la pena esperar, hay que esperar, debemos esperar, porque viene nuestro Dios, él mismo viene en persona, y trae el desquite… Hay que tener paciencia, porque es inminente su llegada, ya está a la puerta…

No dudamos de que esta forma de plantear la esperanza, de vivirla y de transmitirla, ha sido útil y muy eficaz para muchas generaciones anteriores a nosotros, pero tampoco dudamos de que hoy día, ese planteamiento pudiera no servir ya.

– Este motivo aducido clásicamente para fundamentar la esperanza de que Alguien viene, alguien va a irrumpir apocalípticamente en nuestra vida, incluso con inminencia, y de que nuestra esperanza consista en «esperar» (de espera, no de esperanza) su llegada… no resulta hoy ya plausible.

– Ese esquema conceptual según el cual Dios ha anunciado que vuelve, en una segunda venida que sellará el final del mundo, y que nosotros estamos por tanto en un tiempo intermedio, incierto y amenazado por la espada colgante (de Damocles) de esa sorpresa divina que llegará como la visita del ladrón… ha sido una imagen poderosa, que ha cautivado la atención de muchas generaciones, pero que hoy empieza ya a no funcionar.

– Esa idea de que debemos esperar que en el futuro Dios va a castigar a los malos… y así «poner las cosas en su sitio» y vengar las maldades de los que nos han hecho daño… probablemente fue muy efectiva en otro tiempo, como lo ha sido en pedagogía todo lo referente a los premios y castigos, las buenas y las malas notas, pero hoy ya muy pocas mentes lúcidas pueden aceptar que la pedagogía humana infantil pueda ser aplicada al misterio existencial del ser humano.

Aquellas generaciones tenían una comprensión del mundo míticamente religiosa, inserta en las coordenadas de la descripción del mundo que las mismas religiones habían elaborado: un mundo que consistía esencialmente en un «plan de Dios» para poner una prueba al ser humano y llevarlo a otra vida, mejor o peor según mereciera premio o castigo. Dentro de ese «pequeño mundo», dentro de esa cosmovisión religiosista que ocupó por milenios el imaginario de nuestros mayores, funcionaba el hablar de una segunda venida, de la prueba que Dios nos pone, de la amenaza que supone la posible sorpresa del Dios que viene e irrumpe en el mundo para finalizarlo e inaugurar otro eón, el de los premios y castigos. Este imaginario religioso (tradicional, antiquísimo, milenario…) está agotándose, desapareciendo con las generaciones mayores, desvaneciéndose y perdiendo vivacidad y plausibilidad en las generaciones medias, y siendo rechazada en las generaciones jóvenes, en las que no logra ya implantarse. La transmisión de ese tipo de fe se está interrumpiendo.

En el nuevo imaginario o cosmovisión que muchos estamos adquiriendo, fundamentado en la nueva imagen que la cosmología y el conjunto actual de las ciencias nos ofrecen, ya no cabe concebir la realidad tan «antropocéntricamente» como para pensar que todo consiste y todo se reduce a «un plan que Dios ha hecho para probar al ser humano». Al ser humano actual no le resulta ya plausible una espiritualidad que le dice que él es el centro del cosmos, y que este cosmos «ha sido creado simplemente para servir de escenario al drama humano de su salvación ultraterrena»… Y no le resulta plausible tampoco que el misterio tan respetable del más allá sea asociado con y puesto al servicio de la amenaza de castigos o la promesa de premios…

¿Es posible ser cristiano sin aceptar estas imágenes que hoy sentimos como no incorporables a nuestra cosmovisión? Sí, lo es, al costo de purificar nuestra esperanza -y, más ampliamente, nuestra cosmovisión religiosa global- de aquellas imágenes propias de un tiempo que ya no es el nuestro.

En realidad, lo que importa es el contenido profundo, la experiencia espiritual, la dimensión de esperanza (en este caso), no el soporte de categorías, esquemas mentales, cosmovisiones apocalípticas o esquemas de concepción del tiempo de los que echaron mano nuestros antepasados. El cristianismo, a lo largo de su historia, ya ha abandonado muchas imágenes que en su tiempo fueron comunes, que luego se oscurecieron, y que finalmente nos resultaron inaceptables (de algunas de las cuales hoy incluso nos avergonzamos). Durante muchos siglos, el predominio del pensamiento estático, el supuesto de la ahistoricidad, y el desconocimiento del carácter evolutivo de todo, nos ha querido hacer pensar que no podemos cambiar nada, que debemos creer a la letra lo que expresaron nuestros mayores, sin remontarnos a revivir su misma experiencia profunda pero con libertad y creatividad, y que nada puede ser innovado. Pero la misma historia está ahí para mostrar lo contrario a quien sepa y quiera verlo. Y también está ahí el presente: son muchos ya, de hecho, los cristianos/as que «creen de otra manera».

El evangelio de Mateo nos presenta la llamada «prueba mesiánica». Juan el Bautista desde la cárcel manda emisarios para preguntarle a Jesús si es él el esperado o si deben esperar a otro. Jesús no responde con algunas pruebas teologicas, ni con citas bíblicas apologéticas, o con algunos dogmas o doctrinas, sino que se remite y remite a los consultantes a los puros hechos, que pueden ser «vistos y oídos»: «los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios… y a los pobres se les anuncia el Evangelio, la Buena Noticia». Estos «hechos», estas buenas noticias, son la prueba de identidad del Mesías. Y serán, tienen que ser, la prueba de identidad de quienes sigan al Mesías, al Xristós, o sea, los «cristianos». Sólo si nuestra vida produce esos mismos hechos, sólo si somos «buena noticia para los pobres», sólo entonces estaremos siendo seguidores de aquel Mesías, del Xristós, o sea, «cristianos». Leer más…

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11.12.22. Lámpara 1ª. Juan Bautista,el mayor de los nacidos de mujer, predicador de conversión

domingo, 11 de diciembre de 2022
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023046DA-CF1A-4E75-85CB-353F166F47C4Del blog de Xabier Pikaza:

Entre las lámparas o velas de adviento (Juan, Isaías, José, María) la primera es Juan Bautista, a quien Jesús define como el mayor de los nacidos de mujer. De su función y figura, como maestro de Jesús, traté  4.12.22. Hoy quiero presentarle como predicador de penitencia, punto de partida del camino de la iglesia.

Según Juan, el hombre no tiene más salida que la conversión total o la muerte. Jesús,en cambio,cree y anuncia que el hombre forma parte del reino de Dios, de forma que está salvado por anticipado. Pero, para llegar a Jesus y acoger su camino de gracia es bueno (necesario) pasar por el fuego del Bautista (el texto que sigue esta tomado básicamente de Historia de Jesús).

Juan no es evangelio (no forma parte del Reino), pero sigue siendo necesario como principio y puerta del Reino. Para llegar al todo que es Jesús hay que pasar por la nada (negación) de Juan Bautista, como seguiré indicando en los próximos días, exponiendo el sentido de las otras lámparas de adviento (Isaías, José y María), para entenderlas al fin (14.12.22) con el evangelio de Juan de la Cruz.

Humanamente hablando, como hijos de mujer y pecadores, conforme a la amenaza de Juan, estamos condenados a la muerte… Nosotros mismos nos condenamos y matamos. No hace falta demasiado argumento para convencernos de ello.

Pero, desde ese mundo de pecado/violencia y muerte, Jesús nos ha llamado a la vida, esto a la gratuidad y al perdón mutuo.

Desde ese fondo quiero seguir presentando hoy tercer domingo de Adviento el «aviso» de Juan: Si no acogemos la gracia que es Dios podemos destruirnos.

Mateo 11:

No hay entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él»

No parece que este pasaje sea de Jesús, porque  la visión de fondo de la mujer  proviene de una tradición posterior, quizá del Q…, y porque, a juicio de Jesús, los más grandes son los niños y pequeños, no los profetas de penitencia como Juan

El texto bíblico más significativo sobre el hombre como “nacido de mujer” es ek de Job 14,1-4:

1 El hombre, nacido de mujer, corto de días y largo de dolores, 2 como flor brota y es cortado, como sombra huye y no permanece. 3 ¿Y contra uno así abres tus ojos y lo arrastras ante tu tribunal? 4 ¿Podrá un hombre puro provenir de lo impuro? ¡Ni uno podrá!

 En contra del Cantar de los Cantares, la mujer en Job es  impura. Por eso, cuando se dice que el hombre es hijo de mujer tiende a insistirse en su fragilidad: Brota como flor y es cortado, huye como sombra y no queda (cf. 14, 1‒3).

Job no alude así al primer Adán, creado por Dios como en Gen 2, sino el hombre posterior, nacido de mujer, interpretada como frágil tierra impura, vinculada a la serpiente portadora de sabiduría antidivina, de forma que quien nace de ella (de la sangre menstrual y puerperal) está condenado a ser impuro: ¿Podrá lo puro (tahôr) provenir de lo impuro ¡Ni uno podrá! (cf. 14, 4).

De la impureza del cuerpo de mujer y de sus funciones engendradoras trata extensamente la legislación judía (cf. Lev 11). Esa impureza no es pecado  en sí, de tipo sexual en sentido espiritualista, ni tampoco moral, pero es fuerte impureza humana, que debe limpiarese, a través de ritos de separación y lavado (ablución) que permiten que ella (la mujer), a pesar de su condición inferior, pueda habitar con los varones. Esa impureza de la mujer ha sido ratificada por el orante de Sal 51, 7 (Miserere) que dice: “En pecados (hete’) me concibió mi madre” (in peccatis concepit me mater mea), y muchos han entendido esos “pecados de mujer” en un contextofragilidad, de riesgo y muerte.

Pues bien, entre los hombres impuros/pecadores (nacidos de mujer) se encuentra Juan Bautista, que así (lógicamente) aparece como predicador de penitencia, a diferencia de Jesús que es testigo de la gracia más alta de Dios, sin diferencia entre hombres y mujeres.

Mensaje de Juan

Conforme a la visión de Marcos, el mensaje de Juan aparece vinculado expresa y casi exclusivamente a Jesús. Juan no es más que un precursor, alguien que está ahí al servicio de Jesús. Sin embargo, el documento Q conserva un mensaje autónomo de Juan, que resulta muy significativo.

Mt 3   7 Pero cuando Juan vio que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía:«¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?  8 Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento; 9 y no penséis decir dentro de vosotros:‘A Abraham tenemos por padre.

‘Porque yo os digo que aun de estas piedras Dios puede levantar hijos a Abraham. 10 El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. É  bautizará con Espíritu Santo y fuego 12 Tiene el bieldo en su mano, y limpiará su era. Recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en el fuego que nunca se apagará.

Lc 3. 7 Juan, pues, decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: –¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Producid, pues, frutos digno de arrepentimientoy no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: «A Abraham tenemos por padre.» Porque os digo que aun de estas piedras Dios puede levantar hijos a Abraham.

 9 También el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles. Por lo tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego17 Tiene el bieldo está en su mano para limpiar su era y juntar el trigo en su granero, pero quemará la paja en el fuego que nunca se apagará.

Temas

Hijos de ira, portadores de veneno. Juan aparece aquí como testigo y portador de la Ira Venidera, vinculada al juicio de Dios (Mt 3, 7; Lc 3, 7). Conforme a una extensa experiencia israelita, la humanidad se hallaba envuelta en pecado; por eso, muchos sacrificios expiatorios del templo tenían como fin el aplacar a Dios. Para Juan, eso es inútil: va a estallar la Ira de Dios, pues la humanidad (el pueblo de Israel) está envenenado, es portador de muerte, como hijos de víbora, portadores de veneno [1].

Frutos dignos de arrepentimiento. (Mt 3, 8; Lc 3, 8). De la imagen de la víbora, que no puede cambiar, pasamos a la imagen del árbol, que debe fruto. La tradición del Antiguo Testamento y del judaísmo ha comparado a Israel con un árbol o planta (higuera, viña, olivo…). El árbol de Israel debe dar frutos, a través del arrepentimiento.

Hijos de Abraham,las piedras… (Mt 3, 9; Lc 3, 8) Hay una confianza genealógica de Israel que se funda en la pura descendencia (hijos de Abraham). Juan, profeta escatológico tiene que ir en contra de esa confianza… La filiación de Abraham no es un seguro inmediato, sino que ella está vinculada a las buenas obras…

Trae en su mano el Hacha, para cortar los árboles que no produzcan fruto (Mt 3, 10; Lc 3, 9). No es Sembrador, sino recolector y Leñador, vigilante que mira y distingue, árbol tras árbol, para separar a los buenos de los malos. No es mensajero del amor de Dios, ni de su Paternidad, sino de su justicia destructora.

Bautizará a los suyos en Espíritu Santo… y fuego (3, 11 ), realizando así el juicio divino. Espíritu significa aquí viento: es huracán que sopla con fuerza aterradora, desgajando y destruyendo aquello que se encuentra poco cimentado sobre el mundo; es santo , en línea de separación, para destruir aquello que se opone a la pureza de Dios. Les bautizará con Fuego (3, 11). Al Viento de Dios sigue su Incendio. Ambos unidos, huracán y fuego, expresan la fuerza judicial y destructora (escatológica) de Dios y se vinculan mutuamente, como indica la tradición del AT (falta el terremoto de 1 Rey 19, 11-13).

Tiene en su mano el Bieldo y limpiará su era… (3, 12; Lc 17). Así culminan las imágenes anteriores: el Espíritu/Viento sirve para separar la paja del trigo, el Fuego para quemarla.  El Venidero, antes Leñador (tenía en su mano el hacha para cortar y quemar los árboles sin fruto), se vuelve así Trillador o Aventador (con la horquilla o bieldo separador en su mano).

¿Quién es ese Leñador, Aventador? ¿Directamente Dios? ¿Un Delegado suyo? El texto no responde, aunque probablemente aluda a Dios.  Según eso, el Bautista habría preparado una teología judicial, más que una profecía salvadora. Pero los cristianos han recreado ese mensaje y palabra de Juan, aplicándolo a Jesús, el Venidero, verdadera presencia de Dios: Emmanuel (Dios con nosotros).

A la luz de lo anterior, Jesús debería haber surgido (y realizado  su acción) como  mensajero desu destrucción purificadora, abierta sólo de manera implícita y velada a la esperanza de Reino: el texto supone que quedan (se salvan de la quema) los árboles que producen fruto bueno (3, 10); el texto afirma expresamente que el Venidero reunirá su trigo en el granero (3, 12: eivj th.n avpoqh,khn). Pues bien, asumiendo  y cumpliendo (de algún modo) el mensaje de Juan, Jesús ha invertido su proyecto escatológico, en gesto que define su visión teológica y su cristología.

Con su gesto (bautismo) y su mensaje, Juan eleva su amenaza final, anunciando el juicio de Dios, que viene como Hacha que corta (derriba los árboles sin fruto), Huracán barre (limpia la era) y Fuego que destruye (la madera corta, la paja). Ciertamente, llegará el tiempo nuevo de la salvación (con la tierra prometida), pero ella implica juicio y destrucción para todo lo perverso.

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Isaías. El lobo y el cordero: nueva humanidad, quinto evangelio (Dom 3 Adviento)

domingo, 11 de diciembre de 2022
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184D5F5C-3B92-4A00-ABA0-B1F4A687C890Del blog de Xabier Pikaza:

Es con Juan Bautista la 2ª lámpara de esperanza, mensajero del adviento de Dios. No es un sólo profeta , sino una línea de profetas, que mantuvieron viva la esperanza de Israel desde el siglo VIII al III a. C.

Su libro, “revelado” y escrito a lo largo de siglos, constituye uno de los testimonios fundamentales  de la historia y utopía de la humanidad, como indica el siguiente comentario, tomado del Gran Diccionario de la Biblia).

Texto:Isaías 35,1-6a.10 

El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.» Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo… 

            Esta palabra de esperanza está situada entre la primera y la segunda parte de libro de Isaías, que se compone de tres parte y que ha sido escrito básicamente por tres autores de la «escuela de Isaías», un línea de tradición profética que atraviesa prácticamente todo el Antiguo Testamento.

El Primer Isaías, el único que parece haber llevado ese nombre, es un profeta cuya vida conocemos con cierta seguridad. Vivió en tiempos de la gran invasión asiria, entre el 740 y el 690 a. C. y es el autor básico de Is 1-39.

El Segundo Isaías es un profeta desconocido que anuncia el retorno de los exilados de Babilonia a Jerusalén, en torno al 540 a. C.; sus oráculos han sido incluidos en Is 40-55.

 El Tercer Isaías es un profeta algo posterior, está empeñado en la obra de reconstrucción espiritual y social del pueblo en Jerusalén, en torno al 520 a. C y cuyos oráculos han siso también incluidos en el libro de Isaías (Is 55-66).

El mensaje del libro de Isaías, que ha marcado y sigue marcando la historia y la utopía social y religiosa de la humanidad, ofrece el mensaje más importante de adviento de esta año 2022 y de toda la historia de la humanidad, desde la Biblia.

(1) Primer Isaías (Is 1-39)

F4887B05-871A-4F02-8B89-D76F5F80B62FEs el profeta de la gran utopía, el primero de los testigos de un Dios que es Santo ofreciendo la luz de su esperanza a un pueblo  oprimido, miedoso, lleno de lamentos.  Es el profeta de la reconciliación cósmica (habitarán juntos el lobo y el cordero), de la renovación histórica (vendrá el vástago de Jesé: El Dios con los hombres, el hijo de la madre “virgen), de la transformación social (del hierro de las espadas forjarán arados, de las lanzas de combate podadera…).

(a) Teofanía: Santo, santo, santo.  Todo empieza con una visión nueva de Dios. Los hombres de su tiempo no creían en Dios. Adoraban a las armas,  identificaban a Dios don imperios militares, su única liturgia era la lucha de unos contra otros. Era entones como sigue siendo ahora: Nuestro Dios es el dinero, violencia y la guerra.  Pues bien, en ese contexto, Isaías descubre la presencia del Dios verdadero, que es santidad, que es justicia, que es esperanza de futuro:

«A   el año de la muerte del rey Ozías vi a Dios sentado sobre un trono alto y excelso sus vuelos (del manto) llenaban el Templo. Serafines se mantenían erguidos a su lado, con seis alas cada uno: con dos se cubrían su rostro, con dos se cubrían sus pies, y con dos volaban. Y clamaba uno al otro diciendo Santo, Santo, Santo Yahvé Sebaot, la tierra toda está llena de su gloria.   (Is 6, 1-9).

            Ante la visión de Dios, Isaías empieza confesando su pecado, el pecado de una humanidad que se desangra en una guerra sin fin, en una historia de violencia. ¿Qué puede hacer? Siente que va a morir, pero Dios le llama, le transforma, le convierte en profeta de denuncia (¡tenemos que cambiar!) y de esperanza.

(b) Pecado del pueblo, revelación de Dios. Apoyándose en la santidad de Dios, Isaías ha descubierto el pecado de los israelitas que olvidan al Señor: «Conoce el buey al amo y el asno su pesebre, pero Israel no me conoce no tiene entendimiento» (1, 3-4). Pecado es la injusticia de los ricos, es la sangre derramada (cf. 5, 8; 1, 15-17), es el culto dirigido hacia los dioses falsos (1, 29-30). Pero el mayor y más intenso es la arrogancia de aquellos que, creyéndose divinos, ignoran o desprecian a Yahvé y quieren salvarse por medio de las obras de sus manos, del dinero, de las armas, del ejército o los pactos militares:

«¡Ay de los que bajan a Egipto por auxilio y buscan apoyo en su caballería! Confían en los carros, porque son numerosos, en los jinetes, porque son fuertes… Firman pactos sin contar con mi profeta…, buscando la protección del faraón, refugiándose a la sombra de Egipto» (31, 1; 30, 2). Su país está lleno de plata y oro; sus tesoros son sin número; su país está lleno de caballos; sus carros no tienen número; su país está lleno de ídolos; adoran la obra de sus manos» (2, 7-8).

Según esto, idolatría es la riqueza, los tesoros que los hombres consideran como salvadores, las armas que ellos buscan para asegurarse, con los pactos militaresque convierten a los hombres en juguete de unos cálculos políticos al margen del amor de Dios y de su gracia. Frente a eso, el profeta ha proclamado: «los egipcios» (soldados, riquezas, pactos militares…) son hombres y no Dios, «son carne y no espíritu» (31, 3). Carne de este mundo es lo que el hombre construye por sí mismo: son las obras que se toman como salvadoras, en contra del Dios que es el único salvador del pueblo. Por eso, cuando Dios se manifieste:

«Serán humillados los ojos soberbios, abatida la altivez de los hombres. Sólo Yahvé será exaltado aquel día. Porque llega el día de Yahvé de los ejércitos sobre todo lo altivo y soberbio…; contra todas las altas torres, contra las murallas inexpugnables, contra todas las naves de Tarsis… Entonces será humillada la arrogancia del hombre. Sólo Yahvé será exaltado aquel día y los ídolos pasarán sin remedio» (Is 2, 11-12.15-16.17-18).

Ingenuamente mirada, esta manifestación pudiera parecer señal de prepotencia: el Dios del fuego y del terror, la envidia y la altivez, quiere imponerse por arriba, destruyendo a quien pudiera hacerle competencia. Pues bien, el texto dice lo contrario: la grandeza de Dios es expresión de gracia. Por eso, ante la luz de su misterio se descubre la locura, vaciedad y muerte de todos los ídolos. Idolatría es la altivez de un mundo que pretende salvarse por sus armas, sus riquezas, sus naves y sus torres.

Isaías ha mostrado que una historia fundada en las riquezas, honores y armamentos, acaba destruyéndose a sí misma. Pues bien, ¿dónde se centra la existencia verdadera? ¿Cómo realizar, fundar la historia? Isaías es tajante: el hombre se salva por la fe; por eso exige «Vigilancia y calma» en medio del peligro (7, 3-4). «Vuestra salvación está en convertiros y tener calma, vuestra valentía está en confiar y estar tranquilos» (30, 15) ¿Cómo y cuándo? Ahora mismo, en la ciudad sitiada, cuando ya se acercan los reyes enemigos, cuando Asiria envía su ultimátum sobre el pueblo (Is 7, 1-17; cf. Is 36‒37).

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¿Esperamos un Mesías salvador o un Mesías justiciero? Domingo 3º Adviento. Ciclo A.

domingo, 11 de diciembre de 2022
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jesus-mas-cerca-de-los-q-sufren-12-12-10Del blog El Evangelio del Domingo

¿Una pregunta absurda? (Mateo 11,2-11)

            Eso diría la mayoría de los cristianos. Esperamos un Mesías salvador. Sin embargo, Juan Bautista, como vimos el domingo pasado, esperaba las dos cosas: un Mesías que respetara los árboles buenos y guardara el trigo en el granero, pero también que talara los árboles improductivos y quemara la paja. Un Mesías con el hacha y el bieldo. Y estaba convencido de que ese Mesías era Jesús. Sin embargo, cuando Herodes mete a Juan en la cárcel, las noticias que le llegan lo desconciertan.

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos:

– «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»

Jesús les respondió:

– «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»

             Jesús no está actuando como el Mesías justiciero. Pase que no vaya vestido, como él, con una piel de camello, ni se alimente de saltamontes y miel silvestre, pero no enseña a rezar a sus discípulos, no les obliga a ayunar, en vez de a dar hachazos se dedica a curar enfermos y contar historias bonitas. Juan, después de estar convencido de que Jesús era el Mesías esperado, se pregunta ahora ‒y le pregunta‒ si hay que seguir esperando a otro.

            La respuesta de Jesús parece desconcertante porque repite lo que Juan ya sabe. Sin embargo, es distinto saber y comprender. Las obras del Mesías se comprenden cuando son contempladas a la luz de la Escritura. No se trata de saber que Jesús ha curado a dos ciegos, a un mudo, o a un leproso. Lo importante es que en todo eso se está cumpliendo lo anunciado por los antiguos profe­tas.

«Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abri­rán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará» (Is 35,5)

«Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán, despertarán jubilosos los que habitan en el polvo» (Is 26,19)

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para la buena noticia a los que sufren» (Is 61,1)

             A partir de esas promesas elabora Jesús su respuesta, que pasa de la enfermedad física (ciegos, cojos, leprosos, sordos) a la muerte y a la evangelización de los pobres.

            A partir del libro de Isaías se podría haber construido una imagen muy distinta, más en la línea de Juan Bautista. Jesús elige la que solo subraya lo positivo. Y esto puede provocar una reacción en contra. Por eso termina con un serio aviso: «¡Dichoso el que no se escandalice de mí!» Esto es lo que los discípulos de Juan deben comunicarle en la cárcel.

            El episodio anterior puede dejar mal sabor de boca con respecto a la figura de Juan Bautista. Por eso, el evangelio añade unas palabras de Jesús sobre él.

   Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:

– ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios.

Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: «Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.» Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.

            Estas palabras eran fundamentales para los cristianos del siglo I, teniendo en cuenta las posibles tensiones entre los discípulos de Jesús y los de Juan sobre quién de los dos era más importante. Aquí se aborda el tema exaltando a Juan y, al mismo tiempo, poniéndolo en su justo sitio. Jesús elogia las cualidades humanas de Juan: firmeza, austeridad. Pero es más que un asceta: es un profeta, e incluso más que eso: el mensajero que prepara el camino del Señor, «el Elías que tenía que venir» (Ex 23,20; Mal 3,1). Por eso, «no ha nacido de mujer nadie más grande que Juan Bautista».

            Sin embargo, la dignidad de Juan radica precisamente en ser el precursor de Jesús, y se queda en el ámbito del Antiguo Testamento. Por eso, «el más pequeño en el Reino de Dios [en la comunidad cristiana] es más grande que él». Esta frase resulta muy dura, pero encaja en la idea bíblica de que los hombres no son lo importante sino Dios y lo que él hace. Encandilarse con la grandeza de las personas, incluso de los mayores santos, no es un buen método para valorar la acción de Dios.

Destierro y repatriación de hace siglos; refugiados y desplazados de ahora (Is 35)

            Los dos primeros domingos de Adviento nos recuerdan los graves problemas de la guerra y las injusticias, ofreciendo como contrapartida la esperanza de la paz y un nuevo paraíso. El texto de Isaías de este tercer domingo aborda otra de las grandes experiencias que tuvo el pueblo de Israel: la del destierro, primero a Asiria, luego a Babilonia.

            La respuesta del profeta a los judíos desterrados en Babilonia es muy poética y de tremendo optimismo. El camino de miles de kilómetros hasta Jerusalén no era entonces (tampoco ahora) una maravillosa autopista transitada en cómodos autobuses con aire acondicionado. Cualquier caravana que hacía ese largo recorrido tenía la impresión de atravesar un terrible y árido desierto. Pero el desierto se transformará en un vergel. Lo importante es que los viajeros se animen, convencidos de que Dios les ayudará a terminar felizmente su viaje.

El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios.

Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis.» Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.

Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

            Hoy día hay millones de desplazados a causa de las guerras, del hambre, de las persecuciones de cualquier tipo. Pero el camino no se convierte para ellos en un vergel; generalmente tropiezan con una frontera cerrada y los detienen en campos de refugiados (más bien de concentración). La lectura de Isaías puede provocar en nosotros un rechazo por su ingenuo optimismo. O el deseo de comprometernos con esas personas y con la solución del problema.

Paciencia (Santiago 5,7-10)

            Los primeros cristianos también se vieron obligados a pasar del ingenuo optimismo (Jesús volverá pronto) a la realidad de su retraso. En esta circunstancia el autor de la carta de Santiago exhorta a la paciencia y el aguante, poniendo como ejemplo a personas tan distintas como los campesinos y los profetas. «La venida del Señor está cerca», «el juez está ya a la puerta». La Iglesia terminó aceptando que la vuelta de Jesús no sería inminente, pero los consejos de la carta siguen siendo válidos para los momentos en los que la vida nos exige paciencia y fortaleza en los sufrimientos.

Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor.

El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía.

Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca.

No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta.

Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

Reflexión final

            El evangelio es muy importante para examinarnos de nuestra imagen de Jesús. Generalmente partimos de que es el Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad. Por consiguiente, cualquier cosa que diga o haga debe ser perfecta. Esta actitud es muy peligrosa porque impide profundizar en la fe. Las palabras y las obras de Jesús desconcertaron a Juan Bautista, escandalizaron a los escribas y fariseos, no fueron entendidas por los discípulos. Es absurdo pensar que nosotros no tendríamos ninguna dificultad en aceptarlas. El Adviento es un buen momento para pedir esa fe y no escandalizarnos de él.

 

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Tercer Domingo de Adviento. 11 diciembre, 2022

domingo, 11 de diciembre de 2022
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Jesús les respondió:
“-Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: las ciegas ven y las inválidas andan; las leprosas quedan limpias y las sordas oyen; las muertas resucitan, y a las pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichosa quien no se sienta defraudada por mí!”

(Mt 11, 2-11)

En el evangelio de este domingo se nos presenta de nuevo la figura de Juan. Igual de decidido que la semana pasada pero también confuso. Se encuentra en prisión y sabe que las cosas pueden empeorar para él. Tiene muy clara su vocación: él no es el Mesías, él simplemente anuncia la llegada del Mesías. Oye hablar de  lo que hace y dice Jesús, y todo junto le confunde. Jesús no es exactamente el tipo de Mesías que esperaba Juan. Por eso, desde la cárcel le envía a sus discípulos con una pregunta directa: “¿eres tú el Mesías o tenemos que esperar a otro?”

Pero la respuesta de Jesús, como siempre, obliga a la responsabilidad y a la toma de postura. Podría haberle dicho: -Juan, tranquilo, yo soy el Mesías, aunque vemos a Dios de distinta manera, no te preocupes que conmigo no te equivocas.

Sin embargo, en lugar de una respuesta tranquilizadora, lo que hace es obligar a Juan a hacer uso de su libertad. Le lleva a otra manera de ver a Dios y de ser Mesías. (Recuerda que la semana pasada Juan nos hablaba de un Dios bastante enfadado, esperando la conversión con el hacha en la mano…)

Jesús le dice: -Nada de hachas, Dios no es un juez permanentemente enfadado. La Buena Noticia es que Dios no se cansa de darnos nuevas oportunidades y sus preferidas son las personas marginadas, aquellas que la Ley y la sociedad han dejado fuera del sistema. Y luego añade: -¡Dichosa quien no se sienta defraudada por mí! Que sería lo mismo que decirle: -Juan o rompes la imagen de Dios que tienes y te vuelves al Dios de la Vida o no podrás ser feliz.

Y nosotras podemos pensar qué imágenes de Dios nos tienen atrapadas sin dejarnos salir tras la huellas del Dios Vivo.

Oración

Dichosa quien no se sienta defraudada por mí. Quien sepa ver en la liberación de quienes más sufren la mano de Dios presente en la historia.

Dichosa la que se deje abrir los ojos a la novedad del Reino. La que se deje movilizar por todo aquello que devuelve la dignidad a las últimas de las últimas.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Te sentirás defraudado si confías en tu ego.

domingo, 11 de diciembre de 2022
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ADVIENTO 3º (A)

Mt 11, 2-11

Después de haber hablado de la vida pública de Jesús durante ocho capítulos, el evangelio de Mateo vuelve a hablar de Juan de una manera sorprendente. Ya nos ha dicho quién es Jesús, pero Juan desde la cárcel no las tiene todas consigo. La pregunta es muy concreta, pero Jesús responde a dos cuestiones muy distintas. De sí mismo responde de manera indirecta con lo que dice Isaías del Mesías. De Juan responde por su cuenta y riesgo, de una manera sorprendente. El relato que nos propone hoy el evangelio es desconcertante. El Precursor dudando que el anunciado sea auténtico.

¿No sabía Juan quién era Jesús? ¿No había dicho que no era digno de llevarle las sandalias? ¿No había dicho que su bautismo era solo de agua, que él bautizaría con Espíritu Santo? ¿No había dicho que él era el que tenía que ser bautizado por Jesús? ¿No había visto al Espíritu bajar sobre él? ¿No había oído la voz del cielo: Este es mi Hijo amado? ¿A qué viene ahora la pregunta de, si es o no es, el que ha de venir? Podría reflejar la duda por no responder a las expectativas que había sobre el mesías.

Una vez más recordamos que los evangelios no son crónicas de sucesos. Aunque algunas veces puedan hacer referencia a hechos reales, la intención al relatarlos es impartir teología. El tema que se propone hoy fue muy difícil de resolver para los primeros cristianos que eran judíos. El mensaje de Jesús, y su manera de comportarse, nada tenía que ver con lo que los judíos de su tiempo esperaban del Mesías. En la respuesta de Jesús, no se trata tanto de hablar de Juan cuanto de intentar que todos los que le están oyendo se den cuenta de lo que significa el mismo Jesús.

Los evangelios nacen en una cultura oriental, completamente distinta de la cultura grecorromana donde se desplegó más tarde el cristianismo. En aquella cultura, la manera de comunicar verdades era el relato. Contando una historia se le dice al interlocutor lo que se le quiere comunicar. Nada que ver con la cultura grecorromana, que había desarrollado un lenguaje lógico, discursivo, racional, que por medio de razonamientos accedía y comunicaba la verdad. Sigue siendo una catástrofe para la interpretación del evangelio que nos empeñemos en mirarlo como lenguaje lógico.

Da pena oír comentar los relatos de la infancia de Lucas y Mateo como si fueran historia, cuyo objetivo es comunicarnos lo que pasó. Y todo, sin hacer puñetero caso a los exégetas que llevan más de dos siglos diciendo que esa no es la manera adecuada de entenderlos. No solo distorsionamos los textos, haciéndoles decir lo que no dicen, sino que nos quedamos sin el verdadero mensaje, y esto es mucho más grave. Podéis imaginar lo que yo siento cuando veo a una persona salirse de la iglesia por oírme decir que esos relatos no son historia. No hay manera de superar los prejuicios.

Contadle a Juan lo que estáis viendo. No les está diciendo que su misión es curar las limitaciones. Jesús recuerda la manera de hablar del profeta Isaías, para que Juan asociara lo visto con los tiempos mesiánicos anunciados. Ni todos los leprosos van a quedar limpios, ni todos los sordos van a oír. También nos dice Isaías que el lobo habitará con el cordero y la pantera se tumbará con el cabrito, que el desierto y el yermo se regocijarán, que se alegrarán el páramo y la estepa. Estas imágenes tenemos que entenderlas como símbolos. ¿Por qué vemos las otras como reales?

¿Por qué habla de ciegos, sordos, cojos, inválidos, leprosos, y muchos otros colectivos que siguen siendo objeto de marginación? El texto quiere decir que la llegada del Reino tendrá consecuencias para todos, pero sobre todo para los más desfavorecidos. Quiere decir que el que acoja el Reino, saldrá de la dinámica de la opresión y entrará en la del servicio. Por cierto, entre las imágenes de la presencia del Mesías no hay ni un solo signo religioso. Esto tenía que hacernos pensar. Los cristianos nos olvidamos con frecuencia que, para Jesús, lo primero es el hombre; incluso antes que Dios.

La buena noticia que se anuncia a los pobres, es que Dios es Abba para todos y que la salvación ya se la ha concedido a todos. La noticia de que Dios no va a pedirnos cuenta de nuestros pecados, sino que nos ha liberado ya de todos ellos. La noticia de que no son los sabios y entendidos los que descubrirán ese Dios, sino los sencillos. La noticia de que no son los que detentan el poder, sea civil o religioso, los que están más cerca de Dios sino los que lo sufren y padecen. La noticia de que no son los “buenos” los que encontrarán a Dios de cara, sino las prostitutas y los pecadores.

Ni Juan ni sus seguidores estaban capacitados para entender a Jesús. Su figura no se ajusta al Mesías que ellos esperaban. Jesús rompe todos los moldes, desbarata todas las expectativas. Lo que aporta va en la dirección contraria de lo que esperaban. No viene a imponer nada, sino a proponer una dinámica de servicio. Su actitud de no-violencia, de no defenderse de los enemigos, de no destruir al adversario, escandaliza a todos. No solo no vine a imponer “justicia” sino que acepta la injusticia en su propia carne. De ahí la frase final de Jesús: “…y dichoso el que no se escandalice de mí”.

El Reino no lo hacen presentes los ciegos, sordos o cojos curados, sino el que se preocupa de ellos. Por no tener esto en cuenta, creemos que lo importante es librar al pobre de sus carencias. El objetivo primero debe ser librarme yo de mi inhumanidad. Incluso para un ciego, más importante que ver, es recuperar su humanidad machacada por el que le desprecia. Que esa disponibilidad sea para con un rico o para con un pobre, no tiene importancia; lo que importa es la actitud. Tampoco importa que al necesitado se le dé un millón o solo una sonrisa; en ambos casos allí está Dios.

Esa advertencia sirve también para nosotros. Seguimos escandalizándonos, porque la salvación que Jesús nos trajo no responde a la que nosotros esperamos. Seguimos sin enterarnos de que el amor que predica Jesús es absolutamente eficaz solo si se hace vida, pero es inútil si se queda en teoría. El amor nunca se pondrá al servicio de nuestro ego para alcanzar provecho personal. El amor va siempre en dirección a los demás y se olvida de sí. Nos empujará siempre a desprendernos de nuestro ego. El amor compasivo es nuestra verdadera naturaleza. El egoísmo es nuestra destrucción.

La mayoría de las miserias humanas no están a la vista. Todos estamos rodeados de carencias más importantes que las biológicas. La falta de alimento me puede matar, pero la falta de amor me destroza como ser humano. Todos necesitamos ayuda de los demás, aunque no queremos reconocerlo. Pero también yo puedo ayudar a todos los que encuentro en mi camino. Cada uno necesitará una ayuda distinta, pero puedo estar seguro de que todos esperan algo de mí. Entraré en la dinámica del Adviento cuando haga presente el Reino, no defraudando al que espera algo de mí.

 

Meditación

Todos nos sentimos de una u otra manera defraudados.
La realidad no se presenta como nosotros la queremos.
Seguimos esperando que Dios arregle el mundo.
La preocupación inmediata por nuestro ser biológico
puede impedir el descubrimiento de nuestro ser más profundo
y arruinar nuestras posibilidades como seres humanos.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Dios es parcial.

domingo, 11 de diciembre de 2022
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bajar-de-la-cruz-a-los-pobres-cristologa-de-la-liberacin-1-638Mt 11, 2-11

«A los pobres se les anuncia la buena Noticia»

Juan pide una señal porque teme por su vida y quiere dejar a buen recaudo a sus seguidores. Manda una delegación, y Jesús les contesta citando a Isaías: «Los ciegos ven … y a los pobres se les anuncia la buena Noticia»

La gran revolución de Jesús es mostrarnos que Dios es de todos. Que lo suyo no va de templos magníficos, vestiduras ostentosas o gente sagrada y poderosa, sino de todo lo contrario. Los sabios, los sacerdotes o los puros no tienen ninguna preferencia ante Él; es más, si nos guiamos por lo que vemos en Jesús, Su corazón se inclina hacia los marginados, los impuros, los desafortunados. Podríamos decir que el Dios de Jesús no es justo, sino descaradamente parcial en favor de los más necesitados.

El evangelio nos presenta a Jesús rodeado siempre de enfermos, lisiados, pobres y pecadores. Gente despreciada por los poderosos, los privilegiados, los predilectos de un dios que premia a los justos con bienes y castiga a los pecadores, como ellos, con miserias. Jesús en cambio se compadece de ellos, les cura de la enfermedad, les enseña y les devuelve la esperanza que habían perdido. Y a aquellos desarrapados, míseros, a veces cojos, o ciegos, casi siempre impuros, les dice que poseen la dignidad de hijos de Dios; que son herederos de su Reino; que no son unos pobres desgraciados, sino los más importantes a Sus ojos.

Ellos por su parte le siguen fascinados. Son como ovejas sin pastor que tienen la necesidad perentoria de que alguien les escuche y les dedique su atención; alguien que no los considere unos malditos empecatados aborrecidos de Dios… Y eso es lo que les ofrece Jesús. Para ellos aquello es el reino de Dios en la Tierra; ya no tienen que esperar más; está allí, a su lado.

Los sabios, los puros y los poderosos no sienten necesidad de él, no le siguen, y se quedan a las puertas del Reino sin ninguna oportunidad de entrar en él. Y es que la primera condición para entrar es sentirse necesitado: «Si no os hacéis como niños —los seres más necesitados— no entraréis en el reino de los cielos».

Y aquí viene la aplicación a nuestra propia vida, porque nosotros —gente sabia y acomodada— creemos tener cubiertas todas nuestras necesidades materiales y espirituales, y cada vez sentimos menos necesidad de los criterios de aquel carpintero que, hace veinte siglos, recorría los polvorientos caminos de Galilea y hablaba de Dios contando cuentos sencillos a gente sencilla.

Mateo, el pequeño recaudador de Cafarnaúm, no se sintió necesitado hasta que se vio llamado por Jesús; lo mismo que Zaqueo, el odiado jefe de recaudadores de Jericó. Pero Jesús sabía que, aunque ellos lo ignorasen, eran gente necesitada de ayuda, los llamó y cambió su vida. Quizás algún día caigamos en la cuenta de lo necesitados que somos a pesar de acumular tanto conocimiento y bienestar, y cambie también la nuestra.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Preguntas inquietantes del Adviento.

domingo, 11 de diciembre de 2022
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Mateo 11, 2-11

El Evangelio de este tercer domingo de Adviento nos recuerda que la esperanza no está exenta de preguntas ni incertidumbre, sino que se apoya también en signos. Pero estos no tienen nada que ver con los niveles de productividad, el cálculo estadístico, ni la previsión de resultados eficaces o pragmáticos, sino con la desmesura de Amor que se encarna y se compromete en hacer histórica la liberación de los y las descartables.

La lectura de Isaías que antecede al Evangelio de este domingo recoge también esta idea: Dios viene en persona y nos salva. Se aprojima. la esperanza del Adviento es inseparable de esta aprojimación. Orígenes se refiere a ello con el termino synkatábasis. Con esta categoría expresa que Dios en Jesús se familiariza con la humanidad: se aprojima. En consecuencia, también nosotros nos familiarizamos con Dios y comulgamos con Él en la medida en que vivimos dejándonos afectar y comulgando con las vidas de los y las más vulneradas. De manera que la plenitud de lo humano no acontece nunca en la negación, la indiferencia del otro/a, o el olvido de la interdependencia y la relación, sino en el cuidado y el encuentro con la alteridad y la diversidad que nos constituye.

Esa es la Buena nueva del Evangelio y quizás la novedad de cristianismo frente a otras religiones. Los signos del Reino no remiten a actitudes abstractas o meramente intencionales, sino a la liberación del sufrimiento y la humanización de la vida. No conocen tampoco las fronteras entre lo sagrado y lo profano, sino que acontecen en escenarios donde lo humano y la casa común está más amenazados, porque la profecía del Evangelio encuentra un humus más adecuado en las periferias y sus riesgos que en la seguridad de las zonas de confort.

Traduciéndolo a nuestra vida cotidiana y a nuestro contexto mundial de crisis civilizatoria y eco-social esto significa que allá donde se antepone el cuidado de la vida y su sostenibilidad, en lugar del dinero, el consumo y el lucro; allá donde se genera cultura del encuentro y lo comunitario frente al cada uno a lo suyo; allá donde se practica la hospitalidad y se ensancha la mesa del compartir los bienes; allá donde se enfrenta la injusticia y la violencia que nos quiebra como seres humanos, allá se nos revelan los signos del reino y el Evangelio se hace seminalmente presente.

El Evangelio de este domingo nos invita preguntarnos hoy por el nivel de nuestra sensibilidad para captar hoy estos signos, y comprometernos con su cuidado y aliento. La esperanza del Adviento no es una esperanza cómoda, sino inquietante, cargada de preguntas, como las de Juan Bautista a Jesús y las de Jesús a sus interlocutores. Abrámonos con profundidad a ellas y quizás desde ahí, podamos experimentar, como diría la gran mística y activista cristiana Dorothy Day, que el Evangelio es verdad, el Evangelio es ahora.

Pepa Torres Pérez

Fuente Fe Adulta

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La primacía del principio ético.

domingo, 11 de diciembre de 2022
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617EBC09-8AEC-405C-8ACB-6EAE635654F8Domingo III de Adviento 

11 diciembre 2022

Mt 11, 2-11

 “¿Eres tú el que ha de venir…?”.
O cómo saber si un “camino espiritual” es acertado.

Todas las religiones han conocido el peligro de la absolutización. Con facilidad olvidan que son solo un camino y caen en la tentación de considerarse la meta (el absoluto), identificando su mensaje con “la verdad” y arrogándose la pretensión de dictar las normas adecuadas que todos deberían cumplir. En una palabra, colocan el “principio religioso” por encima del “principio ético”.

En el evangelio de Marcos (3,1-6) encontramos la descripción de esa trampa, que explica también el creciente conflicto entre Jesús y los representantes oficiales de la religión judía. Un sábado, en la sinagoga, los fariseos están al acecho para ver si Jesús cura a un enfermo, violando la ley. Y cuando eso ocurre, se confabulan con los herodianos para matarlo.

Los fariseos otorgan la primacía al “principio religioso”: lo que hay que salvar siempre, por encima de cualquier otra consideración, es la ley religiosa. Frente a esta exigencia, ayudar o sanar a un hombre enfermo carece de importancia. Impera el legalismo religioso.

Por el contrario, Jesús relativiza ese principio religioso para dar la primacía al “principio ético”. Consciente de la trampa religiosa y “apenado por la dureza de sus corazones”, plantea esta cuestión: “¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal; salvar una vida o destruirla?”. Y es en esa clave desde donde proclama uno de sus principios más subversivos: “El sábado [la ley, la norma, la religión…] ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado”.

Pero no es esa la única ocasión en que Jesús se manifiesta de ese modo. De hecho, la primacía del “principio ético” -no está la religión por encima de la ética, sino la ética por encima de la religión- recorre absolutamente todo el evangelio. Recordaré simplemente tres escenas.

Frente a quienes podían presumir de ser seguidores suyos (“Profetizamos en tu nombre, en tu nombre expulsamos demonios, en tu nombre hicimos muchos milagros”), Jesús es tajante: “No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt 7,21).

En el camino de Jerusalén a Jericó, quienes se encuentran con Dios no son el sacerdote ni el levita -fieles cumplidores de la ley religiosa-, sino el samaritano “hereje” que jamás pisaría el Templo. Y dirigiéndose al doctor de la ley que le había planteado la cuestión sobre qué hacer, Jesús, tras narrar esa parábola, le contesta tajante: “Ve y haz tú lo mismo” (Lc 10,25-37).

En la parábola conocida como “juicio de las naciones”, el criterio decisivo -lo que se pregunta a las personas- no es en qué han creído ni qué religión han tenido, sino qué han hecho en favor de los demás: “Venid benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer…” (Mt 25,31-46).

En todos estos casos, se pone de manifiesto lo que constituyó probablemente uno de los rasgos más característicos y a la vez más provocativos de Jesús, el que terminó provocando su ejecución: afirmar que existe un camino para encontrarse con Dios que no pasa por el templo ni por la religión. El camino de la autorrealización o plenitud de vida se verifica en la acción a favor de los demás.

¿Qué prima en mi vida: el principio religioso o el principio ético?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Todo labrador que siembra, espera paciente y esperanzadamente.

domingo, 11 de diciembre de 2022
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2E0FC1A3-16BE-4346-9241-D50DAFF315B2Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

01.- ¿Eres Tú?

Juan Bautista tenía sus dudas iniciales ante Jesús, de ahí que envíe a sus discípulos a preguntar a Jesús ¿Eres Tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?

Y ello resulta un poco extraño porque Jesús y Juan B  eran primos e incluso Jesús había formado parte de los grupos de Juan Bautista en el desierto.

A lo mejor es que el Mesías esperado por Juan Bautista no coincidía exactamente con lo que estaba viendo y oyendo de Jesús. Puede ser. ¿Juan Bautista sería un hombre honrado y austero que viviría en el ascetismo de la vida monacal cercano a la espiritualidad de los monjes de Qumrám?

Si eso fue así, es natural que lo que veía en Jesús no le pareciera muy oportuno.

Por otra parte la pregunta por quién es Jesús es muy frecuente en los Evangelios ¿Quién es este que perdona los pecados? ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? ¿Quién es este que hasta los vientos y el mar le obedecen? Si eres Hijo de Dios…

Además, cada cual tiene sus sensibilidades, sus modos de ser y conocer. Hay temperamentos más cristianos que religiosos, otros son más religiosos que cristianos, otros más humanistas, otros más transcendentes desde la cultura y el humanismo: desde la poesía, música, literatura, el cine, otros ven la vida más desde la ética, etc. Todos son caminos hacia Dios. Nuestras palabras, nuestros lenguajes y culturas son limitados y no llegamos ni a conocer ni a expresar qué y quién sea Dios.

Las búsquedas y evoluciones en la vida son valiosas, honestas. No es sensato ni eclesial estar al acecho con la sospecha como visión de la realidad. La espera, la duda y las preguntas del Bautista y de todo ser humano, son honradas, humanas, valiosas.

Dejemos que hagan buen recorrido las preguntas humanas.

02.- Elogio del Bautista: icono de Cristo.

    Jesús y Juan Bautista fueron muy diferentes en su pensamiento. Juan fue un profeta algo agresivo y áspero con la injusticia, con el legalismo e fariseos y saduceos. Pero Jesús habla de su primo Juan como de un gran hombre: ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? … Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan.

La grandeza de Juan Bautista y de todo ser humano es vivir como testigo de la verdad, ser mensajeros de Cristo: Yo envío mi mensajero delante de ti.

Juan Bautista fue testigo de Cristo, no se atribuyó títulos ni méritos, no buscó puestos, no soy digno ni de desatarle las sandalias, Juan fue por delante anunciando al que había de venir.

Seamos iconos, no ídolos. Miremos la vida, la cultura, el trabajo, las personas como iconos, no como ídolos.

03.- La respuesta de Jesús.

Jesús no les entrega a los discípulos de Juan Bautista un libro de dogmática, ni el Catecismo y les dice: “esta es mi doctrina”. Jesús remite a los discípulos del Bautista a los gestos liberadores: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio.

EL evangelio es buena noticia, es liberador.

Jesús no remite a la perfección cultual o doctrinal, lo de Jesús son hechos salvíficos, liberadores: Jesús cura, restablece el equilibrio de las personas (endemoniados), rehabilita a los marginados (leprosos), el encuentro de Jesús confiere sentido y vida, etc.

Jesús entrega todas estas realidades salvíficas especialmente a los pobres: A los pobres se les anuncia el evangelio. Lo genuino del evangelio de Jesús es la salvación –liberación, perdón, etc.- especialmente a los pobres.

04.- Paciencia y esperanza en la vida.

En la vida tenemos cansancios y a veces canseras. El cansancio es consecuencia propia del trabajo y se remedia con un descanso. La cansera es más profunda y es tedio, hastío, con la sensación de haber perdido el tiempo y las energías.

Muchas situaciones pueden producir no ya cansancio, sino cansera, porque no se ve salida, no se aprecia voluntad de cambiar las cosas, una rutina y apatía espantosa lo colorea y corroe todo en la vida política y eclesiástica.

Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente la cosecha.

Paciencia es una palabra que viene del griego que significa la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, es decir: saber soportar, saber aguantar el peso de la vida con una profunda esperanza en el Evangelio. Y la esperanza es la venida del Señor. Manteneos firmes. Dichos quien ponga su confianza en la liberación de Cristo. Dichoso quien no se escandalice de mí.

El simil de la semilla es sencillo pero muy valioso. La semilla es pequeña, se ve poco, es débil, pero llena de vida.

 Todo labrador que siembra, espera paciente y esperanzadamente.

 La vida saldrá siempre adelante, aunque no sepamos cómo ni por dónde, pero el Reino de Dios, los valores del reino de Dios llegarán. Esperemos al Señor haciendo ya gestos liberadores.

Y dichoso quien no se escandalice de Cristo.

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“Entrar en adviento con Dios”, por Santiago Agrelo

viernes, 9 de diciembre de 2022
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368A35AB-A2EF-4D28-AC22-854CB299184E«Si entras con Dios en adviento, por Dios y por ti ‘florecerá la justicia‘»

«Adviento es palabra con sabor a esperanza de Dios y a esperanza de los pobres»

«Que le prepare el camino al Señor tu fe, tu confianza, la certeza del amor que Dios te tiene»

«Ellos, los pobres, darán testimonio de la verdad de tu adviento, de la cercanía del Reino de Dios, de la realización de los sueños de Dios»

Adviento es palabra con sabor a esperanza, sabor que esa palabra pierde si la sacamos del diccionario de la fe.

Adviento es palabra con sabor a esperanza de Dios y a esperanza de los pobres.

Dios está siempre en adviento porque ama la vida, porque nos ama, porque quiere que vivamos, porque sueña locuras para sus hijos: Dios sueña, se entrega y nos llama a que nos pongamos con él a la tarea de realizar lo que ha soñado.

En ese mundo, que es de Dios y es nuestro, serán de casa la justicia, la rectitud, la lealtad; ese mundo estará lleno de ciencia del Señor y en él florecerá la paz.

Para hacerlo realidad, hubo un tiempo en que el Señor vino a los suyos como palabra profética, hasta que, en la plenitud de los tiempos, vino al mundo como Palabra encarnada: vino y se entregó; viene y se entrega; viene y espera siempre a que la fe lo acoja, y por la fe la tierra se vuelva casa de paz y justicia, de pan y libertad para excluidos, desamparados y desvalidos.

El Señor vino, viene y vendrá, y su nombre es Cristo Jesús, nombre de Dios en adviento, de Dios en camino, de Dios en busca de ovejas perdidas, de hijos que se le fueron lejos de casa, nombre de Dios pobre, de Dios con nostalgia de bienaventuranza para sus hijos.

En Cristo Jesús, Dios se ha hecho servidor de todos, a todos nos llama, a todos acoge, para que todos conozcamos su misericordia y lo alabemos por ella.

Ahora, Iglesia de pobres con esperanza, Iglesia en adviento, atiende a la palabra del Señor; escucharás imperativos apremiantes: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.

Que le prepare el camino al Señor tu deseo de recibirlo; que se lo prepare tu pobreza, tu necesidad, tu hambre, te noche, tu infierno.

Que le prepare el camino al Señor tu fe, tu confianza, la certeza del amor que Dios te tiene.

Clama por la justicia que Dios quiere darte. Pídele que a tu vida venga Jesús.

Si entras con Dios en adviento, entra también en adviento el Reino de Dios, pues por Dios y por ti, el Reino está cerca, está naciendo, va en busca de quienes lo esperan, se ofrece a quienes lo necesitan.

Si entras con Dios en adviento, por Dios y por ti, “habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito”; Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, hará posible que, de acuerdo entre nosotros, unánimes, alabemos al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Si entras con Dios en adviento, por Dios y por ti “florecerá la justicia y la paz abundará eternamente”, y unos a otros nos acogeremos, como Cristo nos acogió para gloria de Dios.

Si entras con Dios en adviento, la libertad se habrá acercado “al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protección”; él salvará por tus manos la vida de los pobres.

Ellos, los pobres, darán testimonio de la verdad de tu adviento, de la cercanía del Reino de Dios, de la realización de los sueños de Dios.

Feliz camino de adviento con tu Dios.

Fuente Religión Digital

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8-8.12.2022. La Inmaculada Concepción de San José. Juan Pablo II, Francisco y Román Llamas (1924-2022).

jueves, 8 de diciembre de 2022
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EA9FEEAA-DDEA-4536-AC83-AE478DF7C1F0Del blog de Xabier Pikaza:

El complemento lógico y necesario de María Inmaculada es José inmaculado. Así aparece en los documentos “josefológicos” de Juan Pablo II (Redemptoris Custos, 1989), de Francisco (Patris Corde, 2020) y de un modo especial en la obra teológico-pastoral de Román Llamas (1924-2022), que ha fallecido hace unos días Valladolid (23.11.2022).

Expongo y sitúo con ellos el sentido  y función de José, varón, esposo y padre «inmaculado», en la línea de una antropología cristiana, poniendo de relieve la diferencia entre Juan Pablo II y Francisco, y actualizando la visión «clásica» de R. Llamas

Román Llamas OCD veneraba a San José como lo hacía Santa Teresa de Jesús, su “madre” no como acompañante subordinado de María, sino como su par (pareja) y esposo, no como simple padre “putativo” y custodio de Jesús, sino como padre real (hipostático: divino y humano), pues la verdadera esponsalidad no es relación genital en sentido externo, sinola con-vivencia de diálogo y vida; y la auténtica paternidad no es simplemente biológica en sentido también externo (de semen y ADN),  sinoacogida, encuentro y cuidado personal, en servicio y gozo de amor, en despliegue de vida.

Introducción

La iglesia católica, en su intensa “deriva” teológica y vital, tuvo necesidad de “definir” el dogma de la Inmaculada Concepción de María, esposa de José y madre de Jesús (Pío IX, 1884). La iglesia católica actual (2023) tiene necesidad de situarse en forma cristiana ante el misterio de la vida, del varón y la mujer como inmaculados, llamados a la gracia del amor, esto es, del encuentro y despliegue gozoso, agradecido, fecundo de la vida.

La iglesia ortodoxa no tuvo necesidad de definir la inmaculada concepción de María, pues su visión de la santidad del ser humano (varón y especialmente mujer)  se formulaba y vivía de otra forma. Tampoco las iglesias protestantes tuvieron necesidad  definirla por su forma de entender la gracia de Dios y la justificación de los hombres, varones y mujeres, entre ellos María. Por el contrario, los católicos tuvieron (tuvimos) la necesidad de formular ese dogma por nuestra “fijación” en los temas del sexo y del pecado. Fue buena, fue necesaria la definición de este dogma que nos ha liberado de otros dogmatismos, miedos y condenas.

7E0687DB-9B8C-4581-8FA8-167D98F3BF1B(Marc Chagall)

Pero este dogma de la Inmaculada concepción de María no ha sido todavía plenamente “recibido” (en todo dogma es necesaria la receptio), ni entendido en su amplitud, ni desarrollado. Han faltado y faltan todavía varios rasgos y experiencias:

No es posible hablar de una “inmaculada concepción” de María en claves de pura concepción genital-sexual. María no es inmaculada porque sus padres la concibieran de forma asexual, sino porque ella nace y crece desde el amor integral de sus padres. No es tampoco inmaculada porque elle no tuviera relaciones sexuales con su esposo o con otras personas (las tuviera o no es otro tema, que aquí no se plantea), sino porque sus “relaciones” fueron limpias (sin “mácula”), en amor integral (personal), en gratuidad de vida y de generación de vida, en Dios, es decir, entre los hombres (pues amor a Dios y a los otros son inseparables, según el evangelio).

No es posible hablar de María Inmaculada sin un “vis a vis” con José su esposo. Ciertamente, una mujer puede ser Inmaculada (llena de gracia) aunque su esposo sea un des-graciado (y hay ejemplos abundantes de ellos, y de lo contrario: de hombres inmaculados y mujeres desgraciada”). Este vis a vis de María y José ha sido cuidadosamente formulado por los evangelios de la infancia (Mt 1-2 y Lc 1-2).

Sin embargo, por razones que se explican pero no se justifican en modo alguno, la iglesia católica ha definido sólo la inmaculada de María, no la de José. En perspectiva evangélica (cristiana) la Inmaculada María es inseparable de José Inmaculado, en diálogo de amor, en compañía de Jesús, como ha sabido y sabe la tradición popular católica.

No es posible separar la inmaculada concepción (=despliegue vital, en plenitud de santidad) de María y José del camino “inmaculado” (de gracia y vida, de amor) de la nueva humanidad de Jesús, es decir, de nosotros, los cristianos. La tradición católica ha corrido el riesgo de definir, pintar y venerar una inmaculada de cielo, lo cual no está nada mal, pero ha sido y es peligrosísimo. La inmaculada no es una mujer de cielo (elevada sobre las nubes, en peana divina, con el diablo bajo sus pies…), sino una mujer de tierra-tierra, es decir, de humanidad concreta, de gracia y trabajo (=tri-palium, tres palos de tortura), de riesgo, en diálogo de búsqueda y prueba con otros, en este caso con José y Herodes, con “magos” y asesinos de Belén.

                Muchas otras cosas se pueden decir de María Inmaculada, desde la perspectiva de la historia de Israel y de la humanidad:  La inmaculada de las siete espadas o dolores, de los siete gozos (=llena de Gracia), del amor a/con José, de la cruz y de la pascua… como quise explicar en mi antiguo libro (Los orígenes de Jesús), sobre el que tuve que “dialogar” con el Cardenal A.M. Javierreel año 1984, en Roma, precisamente sobre este tema (¡cómo definir y entender la Inmaculada). Él había comprado y leído este libro, y le convencían muchas cosas, pero no veía ésta clara (cómo era María inmaculada, conforme a mi visión teológica, como podía ser inmaculada la Iglesia).

               El tema de aquella conversación con Javierre en Roma/Vaticano sigue pendiente.  Pero no es éste el momento de retomarla. Aquí me contento con retomar (evocar) la visión de José y María que ha desarrollado el P. Román Llamas, con los documentos pontificios que Juan Pablo II y Francisco han dedicado a la figura y presencia cristiana de José, esposo de María y padre de Jesús.

(tema parcial tomado de Diccionario de la Biblia. San José signo de Dios Padre).

JUAN PABLO II, REDEMPTORIS CUSTOS (1989), exhortación apostólicadel Sumo Pontífice sobre la figura y la misión de san José en la vida de Cristo y de la Iglesia.

          C23CEC6D-C60F-4FCA-8989-18E6602423E2 Es un trabajo “serio”, va en la buena línea, plantea temas y motivos principales de San José, muy dignos de tenerse en cuenta, pero dentro de una lectura bíblica “tradicional” (en el sentido restringido de la palabra) y de una visión de la iglesia aún más tradicional, en el sentido también estrecho de la palabra,  encorsetada en una tradición más vinculada al pasado que al despliegue profético de los temas de la vida cristiana, en un momento de fuertes cambios de tipo personal y social que el Papa no advierto (no quiere o no puede advertir).

          Es un “trabajo” necesario, una reflexión que hacía falta en la Iglesia, pero que ha de retraducirse en sentido fuerte, de vuelta a la tradición bíblica y de la actualidad y futuro de la iglesia. En esa línea nos parece poco afortunado el título: Redemptoris Custos, es decir, custodio o guardián del Redentor, como una especie de ángel custodio, de guardián, como si a Jesús le hiciera falta un tipo de policía para defenderle.

          Cuando se publicó la exhortación, muchos pensaron que Juan Pablo II estaba presentándose a sí mismo al hablar de José; él se tomó como “custodio”, guardián del buen orden de la iglesia, más que como amigo que acompaña y deja en libertad a María para que ella sea, y para que sea Jesús, descubriendo en oración y compromiso que debe acompañarles, y se acompañado por ellos, en un camino de fidelidad de amor, en libertad.

No hay más custodia que la libertad y el amor, que la compañía cercana y el diálogo profundo, desde la perspectiva de un “hijo de David”, de un hombre al que Dios ha llamado para acompañar a María y a Jesús, compartiendo con ellos en intimidad la vida. Ciertamente, este José de Juan Pablo II emerge en su exhortación como “inmaculado”, pero inmaculado de ley más que de amor y vida concreta.

FRANCISCO, PATRIS CORDE (con corazón de Padre)carta apostólica con motivo del 150° aniversario de la declaración de san José como patrono de la iglesia universal (2020).

La novedad empieza estando en el título. San José no es “custodio” del Redentor, sino un hombre que tiene y vive (realiza su camino) con “corazón de Padre”, esto es, con corazón del Padre Dios y corazón de padre humano, al lado de María. No es custorio, sino padre de Jesús, al lado de María, su madre.

Este documentos está dedicado a San José, con motivo de los 150 años de su declaración como Patrono de la Iglesia (Pío IX: 08.12.1870). Las palabras de su título latino, pueden tener dos sentidos: José amó a Jesús con corazón humano de padre; o le amó con el mismo corazón de Dios que es padre. Ambos sentidos parecen y están vinculadas en la carta de Francisco, que presenta a José como signo paterno de Dios y modelo de paternidad humana, en un contexto de familia cristiana, entendida como espacio y presencia del Reino, a los cinco años de su Exhortación Amoris Laetitia, sobre la familia (19. 03 del 2016 y del 2021).

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Bendito sea Dios… Bendita eres tú.

jueves, 8 de diciembre de 2022
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anuncio-a-mariaDel blog de José Luis Sicre El Evangelio del Domingo:

Si el próximo domingo se leyeran las lecturas normales del Ciclo A, aparecería Juan Bautista predicando la conversión y el perdón de los pecados. Y, al terminar los cuatro domingos de Adviento, el ciclo A no habría dedicado ni un solo pasaje a María (salvo la mención del ángel a José en el cuarto domingo). Cosa rara, porque, cuando va a nacer un niño, la gran protagonista es la madre. Afortunadamente, este año 2019, el segundo domingo cae el 8 de diciembre, día de la Inmaculada, y cede el puesto a esta fiesta (al menos en algunos países).

María inmaculada no significa que sea virgen

El dogma católico no está pensado para gente sencilla, y es fácil que la gente termine confundiendo los términos. Muchos relacionan “inmaculada” con “virgen antes del parto, en el parto y después del parto”. No tienen nada que ver. Inmaculada significa “sin mancha del pecado original”. Como dice la oración después de la comunión: María fue preservada, en el momento de su concepción, de los efectos del primer pecado (el de Adán y Eva), con los que nacemos todos los demás.

Este Hijo se merece la mejor madre

La idea que impulsó este dogma se encuentra en la oración inicial: “Oh Dios, que preparaste a tu Hijo una digna morada”. Idea que se desarrolla ampliamente en el Prefacio: “Libraste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo… Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo…”.

El problema

Aunque lo anterior parezca lógico, a los teólogos les planteaba un gran problema: ¿cómo podía alguien estar libre de pecado antes de que Cristo muriese, si es él quien nos redime del pecado con su muerte? Así se explica que, en la Edad Media, grandes teólogos como San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, estuviesen en contra de la idea de que María nació sin la mancha del pecado original. En siglos posteriores hubo grandes debates y enfrentamiento sobre el tema, aunque cada vez fue mayor el número de sus partidarios, especialmente en España.

La solución

Curiosamente, en la declaración del dogma influirá, al menos indirectamente, la rebelión de los romanos en 1849, deseosos de instaurar la República. Pío IX se vio obligado a huir de los Estados Pontificios, refugiándose en Gaeta. Según el historiador Louis Baunard, fue el cardenal Luigi Lambruschini quien lo animó a proclamar el dogma: “Beatísimo Padre, Usted no podrá curar el mundo sino con la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. Sólo esta definición dogmática podrá restablecer el sentido de las verdades cristianas y retraer las inteligencias de las sendas del naturalismo en las que se pierden”. Pío IX estuvo de acuerdo, pero antes quiso recabar la opinión del episcopado universal, que me manifestó de acuerdo. El dogma fue proclamado en 1854.

Buscando una base bíblica

Un dogma debe fundamentarse en la Escritura. Y los dos textos que se adujeron son los que tenemos en la primera lectura y el evangelio. En el texto del Génesis, después de maldecir a la serpiente, Dios dice: “Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón”. El texto hebreo original no habla de ella, sino del él, que se refiere a la enemistad atávica entre el campesino y la serpiente (y que podría aplicarse a Jesús). Pero la traducción latina de la Vulgata cambió él por ella, facilitando la identificación de la mujer con María, la nueva Eva que aplasta la cabeza de la serpiente. El argumento no es muy fuerte, como reconoció Juan Pablo II, porque tergiversa el texto original.

El segundo argumento se encontró en el saludo de Gabriel a María cuando la llama “llena de gracia” (kejaritomene). Esa plenitud excluiría cualquier tipo de pecado, incluido el original.

Solucionando el problema teológico

Suponiendo que los textos anteriores probasen suficientemente, ¿cómo pudo estar libre de pecado María cuando la concibió su madre, si Jesús todavía no había muerto? Los teólogos encontraron la respuesta: Dios la libró “en previsión de la muerte de su Hijo”.

Pensando en el pobre cristiano que va a misa

Lo anterior le resultará a muchos un galimatías teológico y no creo que le aumente su devoción a María. Por eso añado unas reflexiones sencillas.

En el 2º domingo de adviento del ciclo A, Juan Bautista exhorta a la conversión, que consiste en volver a Dios y cambiar de vida. María es el mejor ejemplo de esta conversión. En realidad, no es ella quien vuelve a Dios, es Dios quien se dirige a ella a través de Gabriel. Pero la relación que se establecerá entre Dios y María será la más fuerte que se puede imaginar, mediante la acción del Espíritu Santo y el nacimiento de Jesús. Y si Juan Bautista exige abandonar los proyectos propios y cambiar de forma de actuar, María renuncia a todos sus planes y se pone en manos de Dios: “Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”.

¿Se imaginaba María lo que estaba aceptando? Gabriel la engañó, al menos de entrada, al decirle que su hijo iba a ser grande, heredaría el trono de Dios y reinaría en la casa de Jacob para siempre. No le dijo que su hijo iba a ser criticado, que lo iban a considerar endemoniado y blasfemo, mucho menos que terminarían condenándolo a muerte. Pero, aunque se lo hubiera dicho, María habría respondido del mismo modo: “He aquí la esclava del Señor”.

María libre de todo pecado no significa que fuera impasible, que asistiera como una estatua a la pasión de su hijo. Significa que el odio, el espíritu de venganza, el rencor, el desánimo, nunca la dominaron. Gabriel le dijo: “has encontrado gracia ante Dios”. Gracia y mucho sufrimiento. Pero, a pesar de sus mentiras piadosas, Gabriel lleva razón. María encontró gracia ante Dios y ante nosotros, que la proclamamos bienaventurada.

En estos momentos en que el odio y el rencor se difunden por tantos ambientes y países con fuerte tradición cristiana, es bueno pedirle que su intercesión “repare en nosotros los efectos de aquel primer pecado”.

Bendita ella, bendito Dios, benditos nosotros

La segunda lectura no menciona a María, subraya el protagonismo de Dios Padre y de Jesús. No solo ella es la gran beneficiada en esta fiesta. También nosotros hemos recibido “toda clase de bienes espirituales y celestiales”. Hemos sido elegidos; hemos sido destinados a ser sus hijos; y, con ello, también a ser sus herederos.

Que María nos ayude a vencer las más diversas inclinaciones al mal y a agradecer a Dios por tanto bien recibido.

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María Inmaculada. 8 diciembre, 2022

jueves, 8 de diciembre de 2022
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“Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús.”

(Lc 1, 26-38)

En mitad de nuestro tiempo de adviento irrumpe esta fiesta importante de María. Hoy celebramos la Inmaculada Concepción de María, un dogma de fe. Algo muy importante para la teología pero difícil de explicar y de entender, como sucede con la mayoría de las cosas importantes.

Pero como en este espacio no tratamos de hacer teología sino de acercarnos, de una manera orante, a la Palabra de Dios, podemos dejar el dogma y quedarnos con María.

María, una mujer sencilla de Nazaret que recibe la visita de un ángel que le pone la vida del revés. “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo…” Y nos podemos quedar con la capacidad que tuvo María de pasar de la turbación (“Ella se turbó ante estas palabras…”) a la decisión (“…hágase…”).

María, con toda su libertad (y eso significa con miedos, con dudas y vacilaciones) acepta la misión que Dios le propone. Acoge su invitación y lo hace con todas las consecuencias.

Las representaciones artísticas del momento de la anunciación suelen ser todas ellas en lugares idílicos y nos presentan una bella escena que transmite alegría y serenidad. De hecho “La anunciación” es uno de los misterios de gozo del rosario. Y está bien que sea así, Pero no olvidemos que María con su “hágase” a los planes de Dios está dando un salto al vacío.

Eso de que una joven soltera se quedase embarazada no era en el tiempo ni en la cultura de María (ni ahora en muchas culturas) algo trivial, podía llegar a significar, en el peor de los casos, la pena de muerte de esa mujer.

Por eso, el “hágase” de María está lleno de compromiso y de confianza, de abandono en las manos de Dios.

Oración

Acompáñanos, María de Nazaret, en este itinerario de adviento. Se nuestro modelo de compromiso y fidelidad, de audacia y de coraje.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios está identificado con María y con cada uno de nosotros.

jueves, 8 de diciembre de 2022
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dante_gabriel_rossetti_-_ecce_ancilla_domini_-_wga20105Lc 1,26-38

El verdadero ser de Jesús y María es exactamente el mismo que el nuestro. Dios te ha dado a ti exactamente lo mismo que a ellos, porque se te ha dado Él mismo totalmente. No te servirá de nada el escucharlo una y otra vez. Solo cuando lo experimentes, saltará por los aires el corsé que te aprisiona y te impide crecer siendo tú mismo. Descubrirlo en María y Jesús es un salto de gigante, pero no es suficiente. Tampoco los razonamientos sirven de nada, pero voy a intentar darte alguno a lo largo de este comentario.

La doctrina de la Inmaculada es un dogma, proclamado por Pío IX en 1854. Puede ser interesante recordar el proceso histórico que llevó a esta formulación. Ni los evangelios ni los Padres de la Iglesia hablan para nada de María inmaculada. La razón es muy simple, no se había elaborado la idea que hoy tenemos de pecado original. Solo cuanto se creyó que todos los hombres nacían con una mancha o pecado (“mácula”, según S. Agustín) se empezó a pensar en una María in-maculada. Este pensamiento caló muy pronto en el pueblo sencillo, siempre abierto a todo lo que estimule su sensibilidad.

En los evangelios no hay ni rastro de una María mitológica, fuera de los relatos de la infancia de Mateo y Lucas. ¿En qué se han apoyado los mitos sobre María si no hay ningún dato real que permita concluir semejantes grandezas? Fue la capacidad de símbolos de nuestra especie que es lo que nos convierte en humanos lo que ha hecho posible convertir a María en un personaje simbólico, utópico, mítico. Esa capacidad está más allá de la racionalidad y solo se desarrolla desde lo más profundo de la mente. Solo la intuición, la vivencia personal más profunda permite esos descubrimientos abismales.

Pero el que descubre esas verdades no racionales, no tiene más remedio que expresarlas en un lenguaje que es fruto de la racionalidad. Los mitos han permitido a los seres humanos más espabilados una capacidad increíble de manipulación. Cuando un ser humano que no ha tenido esa experiencia recibe ese lenguaje, lo interpreta como literalmente racional y lo distorsiona en su significado y lo convierte en un lenguaje completamente irracional. ¿Hay algo más irracional que una madre de Dios, una concepción virginal, una inmaculada o una subida al cielo en cuerpo y alma, entendido en sentido literal? Esta es la explicación del batiburrillo en el que nos encontramos.

Aunque el pecado original es un dogma, los exégetas nos dan hoy una explicación del relato del Génesis que no es compatible con la idea de pecado original de S. Agustín: “una tara casi física, que se trasmite por generación a todos”. Menos sostenible aún es que la culpa la tengan Adán y Eva. Hoy sabemos que no ha existido ningún Adán, creado directamente por Dios. Hoy aceptamos como normal el paso progresivo de los simios al “homo sapiens”, aunque esa evolución ha sido mucho más lenta de lo que hemos creído. Esa evolución no admite un ser humano completo que sería origen de todos nosotros.

El pecado, incluido el original, no es ningún virus que se pueda quitar o poner. El primer “fallo” (¿pecado?) en el hombre, es consecuencia de su capacidad de conocimiento. En cuanto tuvo capacidad de conocer y por lo tanto de elegir, falló. El fallo no se debe al conocimiento, sino a un conocimiento limitado, que le hace tomar por bueno, lo que es malo para él. La voluntad humana elige siempre el bien, pero ella no es capaz de discernir lo bueno de lo malo, tiene que aceptar lo que le propone el entendimiento como tal.

El concepto de pecado, como ofensa a Dios, necesita una revisión urgente. Creer que los errores que comete un ser humano pueden ofender a Dios y causar una reacción por su parte es ridiculizarlo. Dios es impasible, no puede cambiar nunca. Es amor-unidad y lo será siempre y para todos. Al fallar me hago daño a mí mismo y a los demás, nunca a Dios. Sea yo lo que sea, la oferta de amor por parte de Dios será siempre invariable. Pero esa oferta no la puede hacer Dios desde fuera de mí. Para Él no hay afuera. Lo divino es el fundamento y la base de mi ser. Ahí puedo volver en todo momento para descubrirlo.

El dogma dice: “por un singular privilegio de Dios”. Para nosotros hoy esa frase es desproporcionada e inaceptable. En sentido estricto, Dios no puede tener privilegios con nadie. Dios no puede dar a un ser lo que niega a otro. El amor en Dios es su esencia. Dios no tiene nada que dar, o se da Él mismo o no da nada. Nada puede haber fuera de Dios de lo que él pueda disponer. Además no tiene partes. Si se da, se da totalmente, infinitamente. Lo que nos dice Jesús es que Dios se ha dado a todos. Lo extraordinario de María y Jesús no lo puso Dios, sino ellos mismos. Ahí está su grandeza y singularidad.

María fue lo que fue porque descubrió y vivió esa realidad de Dios en ella. Todo lo que tiene de ejemplaridad para nosotros se lo debemos a ella, no a que Dios le haya colmado de privilegios. Puede ser ejemplo porque podemos seguir su trayectoria y podemos descubrir y vivir lo que ella descubrió y vivió. Si seguimos considerando a María como una privilegiada, seguiremos pensando que ella fue lo que fue gracias a algo que nosotros no tenemos, por lo tanto, todo intento de imitarla sería vano.

Hablar de María como Inmaculada tiene un sentido mucho más profundo que la posibilidad de que se le haya quitado un pecado antes de tenerlo. Hablar de la Inmaculada es tomar conciencia de que, en un ser humano (María) descubrimos algo en lo hondo de su ser, que fue siempre limpio, puro, sin mancha alguna, inmaculado. Lo verdaderamente importante es que, si ese núcleo inmaculado se da en un solo ser humano, podemos tener la garantía de que se da en todos. Esa parte de mi ser, que nada ni nadie puede manchar (ni siquiera yo mismo), es nuestra verdadera identidad. Es el tesoro escondido, la perla preciosa.

La información que nos puede llegar de fuera no es suficiente para tomar conciencia de esa realidad. Para descubrir esa realidad tienes que bajar hasta lo más hondo del ser. Descubrirás primero los horrores de tu falso yo. Será como entrar en un desván oscuro lleno de muebles rotos, ropa vieja, telarañas, suciedad. Al encontrarte con esa realidad, la tentación es salir corriendo, porque tendemos a pensar que no somos más que eso. Pero si tienes la valentía de seguir bajando, si descubres que eso que crees ser, es falso, encontrarás tu verdadero ser luminoso y limpio, porque es lo que hay de divino en ti.

La fiesta de María Inmaculada manifiesta la cercanía de lo divino en ella y en nosotros. En ella descubrimos la presencia de Dios. Pero lo singular de María está en que hace presente a Dios como mujer, es decir, podemos descubrir en ella lo femenino de Dios. Para una sociedad que sigue siendo machista, debería ser un aldabonazo. María es grande porque descubrió y vivió como mujer lo divino. No son los capisayos, que nosotros le hemos puesto a través de los siglos, los que hacen grande a María sino haber descubierto su ser fundado en Dios y haber desplegado plenamente su feminidad desde esa realidad.

Meditación

“Él nos eligió para que fuésemos inmaculados”, dice Pablo.
Esa elección es para todos sin excepción.
Que nadie te convenza de que eres basura.
No basta con haber oído que el tesoro está ahí.
Es necesario experimentar y vivir esa presencia.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Yo no soy virgen.

jueves, 8 de diciembre de 2022
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la-virgen-de-pasoliniEn el jardín de la Iglesia se cultivan: Las rosas de los mártires, los lirios de las vírgenes, las yedras de los casados, las violetas de las viudas (San Agustín).

8 de diciembre. Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María

Lc 1, 26-38

El estupor se apoderó de todos y daban gracias a Dios sobrecogidos; decían: Hoy hemos visto cosas increíbles v.26

Los críticos están de acuerdo en que este pasaje no es estrictamente una narración de milagro, sino más bien una enseñanza del evangelista sobre el poder y los alcances de la fe.

La virginidad no es apreciada en el Antiguo Testamento: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gén 2,18).

El matrimonio era el único modo de vida que coincidía con el espíritu de la Ley, ya que la sexualidad era considerada como parte del orden de la Creación, y la virginidad equivalía a la esterilidad y significaba no tener participación en la bendición que es tener el hijo (Sal 128,3-6); por ello, la hija de Jefté llora su virginidad (Jue 11,37). Era apreciada sin embargo la virginidad anterior al matrimonio (Gén 24,16; Jue 19,24; Lev 21,23).

El celibato no era corriente y era desaprobado por los rabinos, pues pensaban que el hombre debía casarse a los dieciocho años y que si pasaba de los veinte sin tomar mujer, transgredía el mandato divino e incurría en el disgusto de Dios, pero ninguna ley obligaba taxativamente a hacerlo; se entendía que el matrimonio no era sólo para tener compañía y procrear, sino para realizarse como persona: “Quien no tiene mujer no es hombre completo”, era un dicho rabínico.

En el Nuevo Testamento notamos un gran cambio. La madre de Jesús es la única mujer a quien se aplica, casi como un título, el nombre de virgen (Lc 1,27; Mt 1,23). María va a ser madre y virgen a la vez.

Jesús permaneció virgen y fue quien reveló el verdadero sentido, la total disponibilidad, y el carácter sobrenatural de la virginidad. Cristo no la impone, pero se refiere a ella como un don de Dios, pues sólo está al alcance de “aquéllos a quienes Dios se lo concede” (Mt 19,11) y alaba a los “eunucos que a sí mismos se hicieron tales por razón del reino de los cielos” (Mt 19,12).

San Pablo afirma en 1 Cor 7,7 que el celibato como estado de vida es un don de Dios, si bien el matrimonio también lo es, y aunque en 1 Cor 7,25-40 recomienda el matrimonio, enseña que la virginidad ha de ser preferida. Ve la opción por la virginidad como una vocación específica que no duda en aconsejar. La motivación profunda, verdaderamente paulina, es que el no casado se preocupa más de las cosas del Señor: “ser santo en cuerpo y en espíritu” (v. 34).

Pablo tiene el sentido de caminar sin divisiones al encuentro del Señor. Este mismo motivo es presentado por el Apóstol a todos los corintios: deben ser hallados irreprensibles en el día de N. S. Jesucristo (1 Cor 1,8). 2 Cor 11,2 también supone la eminencia de la virginidad. Ap 14,4: “Estos son los que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes. Éstos siguen al Cordero adonde quiera que vaya, y han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero”. En este paso la palabra “vírgenes” está empleada en sentido figurado y designa a los que se han negado a la prostitución de la idolatría pagana, siendo fieles a la fe y enteramente dados a Cristo.

San Agustín dijo, y él era en estas cosas maestro: “En el jardín de la Iglesia se cultivan: Las rosas de los mártires, los lirios de las vírgenes, las yedras de los casados, las violetas de las viudas” (San Agustín)

Hoy hemos visto cosas increíbles, dijo Lucas, y a fe que esto es cierto, como también lo es que yo no soy virgen: la virginidad del alma me la arrebató un dominico, en una de las reuniones de los viernes con él en Parquelagos, y la del cuerpo la perdí yo de mi propia cuenta en cuanto tuve la oportunidad de hacerlo.

Luis de Góngora y Argote nos ofrece estos versos:

Si ociosa no, asistió Naturaleza
incapaz a la tuya oh gran Señora,
concepción limpia donde ciega ignora
lo que muda admiró de tu pureza.

Díganlo, oh Virgen, la mayor belleza
del día cuya luz tu mano dora,
la que calzas nocturna brilladora,
los que ciñen carbunclos tu cabeza.

Pura la Iglesia ya, pura te llama la Escuela,
y todo afecto pío sabio,
cultas en tu favor da plumas bellas.

¿Qué mucho, pues, si aún hoy sellado el labio,
si la naturaleza aún te aclama
Virgen pura, si el Sol, Luna y estrellas?

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Nos arriesgamos a decir sí, bajo la sombra del espíritu?

jueves, 8 de diciembre de 2022
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80_x_110_cm.La_Anunciacion_-_45_insetLc 1, 26-38

8 de diciembre de 2022

Como otras muchas veces, nos encontramos hoy con un texto evangélico muy conocido, un texto que hemos oído explicar muchas veces referido exclusivamente a María. Es verdad, el texto nos habla de  esta mujer, toda de Dios, que bajo la acción del Espíritu Santo consiente, da su  incondicional al Creador y, así, por su medio, el hijo de Dios se hace hombre, persona humana como nosotros. Esta reflexión nos ha ayudado, sin duda, a conocer y admirar a María, la Inmaculada. A considerarla realmente la madre de Jesús por obra del Espíritu Santo.

Pero este evangelio, no habla solo de María. No está escrito solo para que la conozcamos, o conozcamos su historia. Estamos ante una catequesis que busca ayudarnos a crecer en la fe. La palabra catequesis significa “resonar, hacer eco”, es decir, una catequesis es la resonancia de una palabra ya dicha. En este caso la resonancia de la Palabra de Dios en nosotros.

¿Cuál es el mensaje o el propósito de escribir este texto, esta catequesis, que forma parte de los que llamamos evangelios de la infancia de Jesús y que solo Lucas nos narra?

Para las primeras comunidades cristiana es desvelar o explicar de algún modo los orígenes de Jesús. Este Jesús que ha vivido entre ellos, al que han visto morir a manos de los romanos y del que tienen la “experiencia” de que está vivo y camina a su lado, aunque de otra forma, ¿quién es realmente? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su origen? Y Lucas contesta inequívocamente: viene de Dios, es obra de su Espíritu; pero a la vez su gestación y nacimiento se realizan a través de una mujer, como el de cada uno de vosotros.

Por eso Jesús es hijo de Dios e hijo de María, una mujer sencilla del pueblo, totalmente disponible ante Dios. María, la esposa de José, por quien Jesús entra a formar parte del pueblo judío, en la tribu de David, y de la humanidad entera (Lc. 3, 23)

Pero podemos dar un paso más y preguntarnos también: ¿Qué resuena en mí al escuchar esta Palabra de Dios, hoy, en este Adviento de 2022 en las circunstancias que estamos viviendo?  ¿Qué dice de mí y que me dice este evangelio?

Porque este texto habla también de nosotros. Nos dice a qué estamos llamados los seguidores y seguidoras de Jesús, nos habla de nuestra común vocación a “encarnar”, hacer tangible en nuestro mundo al Hijo de Dios, poniéndonos como referente a María.

Como a ella, también a cada uno de nosotros nos llega la palabra de Dios, que “entrando donde estamos” allí, en nuestra vida habitual, en nuestras familias y tareas… irrumpe con un saludo que nos paraliza y nos choca. Y como ella nos preguntamos, ¿qué saludo es este? ¿De qué nos hablas, Señor? ¿Yo, “agraciado/a” lleno/a de tus dones? ¿Qué estás conmigo? Todo eso nos suena, pero nuestra vida, como la de María ya está organizada y planificada ahora que parece salimos de la pandemia, en plena crisis económica… Ya somos cristianos, medianamente buenos, vamos a misa, rezamos, ayudamos a los pobres… ¿Qué quieres de nosotros ahora?

Y también nosotros nos llenamos de temor, nos da  miedo… Porque intuimos que la llamada de Dios, todas sus llamadas, nos sacan de lo habitual, de lo de todos, de lo que pensábamos… pero con infinito amor y comprensión. En vez de regañar nuestra falta de fe (motivos tendría) nos dice: NO TENGAS MIEDO. No temas María, no temas José, no temas Inmaculada, Carmen, Antonio…  “Has encontrado gracia ante mí” Te miro con amor, te he elegido… para que tu vida sea fecunda, y sea una vida que viene de Dios, para que hagas presente, des a luz, a mi hijo en la tierra.

Y nos toca contestar. Arriesgar desde la fe, decir que sí y dejar que sea la fuerza del Espíritu la que nos cubra con su sombra y que lo que nazca de nosotros sea “hijo de Dios, vida de Dios” o… callarnos, o decir que no, o darnos la vuelta y seguir con lo de siempre, con los  cumplimientos que controlamos y nos hacen sentirnos seguros/as. Quizá hasta justificándonos, “Yo no conozco varón, yo no tengo fuerza, yo soy mayor,  yo vivo en una sociedad que…” y no como pregunta, sino como barrera infranqueable.

Ojalá, aun en medio de pequeños o grandes temores, descubramos que el protagonismo, la fuerza es del Espíritu, no nuestra. Como en tantas otras ocasiones que sin duda hemos experimentado. Entonces encontraremos la confianza y el amor suficiente, aunque sea para balbucir tan solo: “Si, hágase en mí”  El resto es cosa del Espíritu.

Y es este mismo Espíritu el que quiere hacerse presente, nacer en el mundo, por puro amor a la humanidad, gratuitamente. Hoy, mirando a María, y como ella, solo nos queda admirar, agradecer y dejar que este amor que nos llena rebose y se derrame sobre los que nos rodean.

Mª Guadalupe Labrador Encinas, fmmdp

Fuente Adulta

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¿Manchados o inmaculados?

jueves, 8 de diciembre de 2022
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captura-de-pantalla-2017-04-03-a-las-17-06-23Fiesta de la Inmaculada Concepción

8 diciembre 2022

Lc 1, 26-38

Habitualmente se ha entendido el “pecado” como una “mancha”, refiriéndose incluso al llamado “pecado original”, por el que todo ser humano nacería ya “manchado” con aquella culpa primera. Se confundió lo que era un mito con un supuesto hecho histórico, acaecido en un tiempo y lugar determinados.

De aquella “mancha” primera quedaría excluida, según la definición dogmática de 1854, María la madre de Jesús, razón por la cual se la empezó a designar bajo la advocación de “Inmaculada Concepción”. Es decir, al revés de lo que sucedería en el resto de los humanos, María fue “concebida sin pecado original”.

Más allá de los mitos y los dogmas, la comprensión transpersonal nos hace ver que todos somos “inmaculados” en nuestra identidad última, aunque luego nuestro funcionamiento cotidiano esté lleno de “manchas” o de actitudes y comportamientos inadecuados. Pero una cosa no niega la otra.

Y eso nos lleva a replantear el tema del “pecado”, tal como también habitualmente se ha entendido. En la enseñanza religiosa, el pecado era (es) considerado como una “mancha” que rompe la comunión con Dios y hunde a quien lo comete en la culpa.

Sin embargo, el sentido del término que aparece en el evangelio no es ese. El término griego que aparece en el Nuevo Testamento es hamartia, que significa “errar el tiro”, es decir, equivocarse. Con ello, más que “mancha”el pecado es ignorancia. Y ahí aparece una convergencia entre todas las grandes tradiciones sapienciales: el mal es fruto de la ignorancia, es decir, del desconocimiento de lo que realmente somos. Debido a esa ignorancia –al tomarnos por lo que no somos–, “erramos el tiro”, sosteniendo actitudes y comportamientos que hacen daño.

No se niega nuestra capacidad de hacer daño, pero tampoco se olvida que, en todo momento, cada persona hace lo mejor que sabe y puede. Por ello, puede comprenderse todo comportamiento, si bien comprender no equivale en absoluto a justificar.

En el plano de las formas, cada persona será “responsable” de lo que hace. Pero, en el nivel profundo, todos somos “inmaculados”. Lo que somos es Verdad, Bondad y Belleza –por nombrarlo con los “transcendentales” de la filosofía escolástica–, Plenitud de Presencia, puro Ser.

Desde esta comprensión, celebrar a “María Inmaculada” es celebrar nuestra identidad profunda. Aunque nuestro pequeño yo –personalidad– funcione en la limitación y la ignorancia, apareciendo incluso “manchado” en algunas ocasiones, nuestra identidad es pura luz. La sabiduría consiste en hacer posible que la Luz que somos ilumine toda nuestra existencia.

¿Me veo “manchado/a” o “inmaculado/a”?

 

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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María gestó en su seno a Jesús. ¿La mujer ¿no puede «gestar» en la Iglesia?

jueves, 8 de diciembre de 2022
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fray-angelico-la-anunciacion-museo-nacional-del-pradoDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

01.- María acoge y nos ofrece la buena-noticia de Dios: Jesús.

María recibe la visita del ángel Gabriel.

Ángel -del griego- significa: anuncio / noticia. Así la palabra eu – angel-ion quiere decir: buena (eu) noticia (angel-ion)

Gabriel significa: “la fuerza / fortaleza de Dios”.

La potencia, la fuerza de Dios visita a María y le anuncia que va a ser madre.

María acoge el anuncio de Dios: Hágase en mí.

    Pero esta aceptación no fue sencilla para María, porque la mujer no podía tomar ninguna decisión sin haberla consultado con su marido y haber obtenido su aprobación. María no informa a José, no pide ninguna autorización a su marido.

Sin embargo María acepta lo que Dios le dice: Hágase en mí, según tu Palabra, (Lc 1,38)

    La Virgen acoge la Palabra y llega así a comunicar vida a la humanidad. Será la madre del hijo de Dios.

    La mujer, que en el mundo judío del AT no podía acercarse al santuario, “contendrá” en su seno y en su vida a la Palabra de Dios, a Jesús.

    La mujer, que ni tan siquiera podía tocar la Biblia, acogerá dentro de sí la Palabra hecho niño, hecho carne.

    La mujer, que no podía dirigirse al sacerdote y mucho menos tocarlo, será la madre del “Santo de los santos”.

    Según la vieja ley del AT, María no podía ser madre de Jesús, pero la Virgen responde a la llamada de la vida que se abre y que, para nacer, exige que no se quede en las cosas pasadas:

Ahora dice el Señor a su pueblo:

“Ya no recuerdes el ayer,

no pienses más en cosas del pasado.

Yo voy a hacer algo nuevo,

y verás que ahora mismo va a aparecer.

Voy a abrir un camino en el desierto

y ríos en la tierra estéril.

(Is 43,18-19).

    María abandona lo viejo, “lo cierto”, lo seguro, la tradición de los padres para abrirse a lo nuevo, a lo desconocido, al misterio. María abandona la ortodoxia, para poder ser plenamente libre y acoger la “herética” propuesta de Gabriel.

    Por eso la religión oficial del AT considera a María  como hereje.

02.- Día del Seminario.

    Algún día será posible el ministerio eclesial sin clericalismo e incluyendo a la mujer.

    En las diócesis vascas celebramos hoy el día del seminario.

De todos es sabida la escasez de clero y de seminaristas en la Iglesia en general y en nuestra diócesis en particular.

    Una “empresa” que se queda sin “mandos intermedios”, se lo piensa. Pero da la impresión de que en la Iglesia se piensa poco y en esta cuestión de los ministerios (servicios) se recuerda menos.

¿Qué nos dice la caja negra del hundimiento?

A lo mejor es que no hay seminaristas porque no hay cristianos.

Si no hay cristianos haríamos bien en preguntarnos por qué, ¿qué ha pasado en nuestro pueblo en los últimos 150 años, y qué ha pasado también en Occidente y en la Iglesia?

No se quiere volver la mirada a la historia y recorrer los caminos bíblicos, históricos, teológico-pastorales para abrir la reflexión hacia una diversidad de ministerios.

    Este momento –etapa- de sinodalidad en la que nos encontramos, ¿Querrá –y podrá- repensar y recomponer esta cuestión?

¿Esta carencia de clero se arregla trayendo curas de otras latitudes y todos de la misma ideología? El problema no es de curas, sino más profundo, es una cuestión de fe y de abandono del Nuevo Testamento y del Concilio Vaticano II.

Primero habrá que pensar, y después potenciar otras formas y modelos de ministerios en la Iglesia.

  Hace unos días el papa Francisco decía a la Comisión teológica Internacional que seguir la tradición no es “enrocarse” en unos moldes del pasado, sino –como María- abrir nuevos cauces al cristianismo, a la Palabra.

Necesitamos ministerios eclesiales libres de clericalismo. La Iglesia nació sin clero.

Son posibles otros ministerios creados desde otros criterios, quizás carismáticos, presbíteros (“ancianos”) casados o no, mujeres diaconisas, etc.

    Si María acogió y gestó en su seno a Jesús, ¿cómo y por qué no la mujer no puede ser “gestora” (de gestar) en la Iglesia?

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“Oración y Adviento”, por Gabriel María Otalora

miércoles, 7 de diciembre de 2022
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5B2003BE-49C4-455B-9105-67BE686B8F60 De su blog Punto de Encuentro:

  | Gabriel Mª Otalora

Estamos en unos tiempos de grandes cambios a todos los niveles. Incluso al nivel de las fiestas tradicionales a las que están afectando los cambios sociológicos de calado. Y la Navidad es una de ellas. La primacía religiosa ha dejado paso a las luces y el consumismo; incluso las luces disminuyen por la crisis quedando el regusto consumista cuyo pistoletazo de salida lo tenemos en el americanísimo Black Friday (Viernes Negro) que ya es algo nuestro, donde nos ofrecen grandes descuentos comerciales para estimular la fiebre de compras que empalma con el periodo navideño desde el Adviento.

Los que todavía queremos mantener el sentido religioso y litúrgico de estas fechas, no lo tenemos fácil. Sin embargo, un ambiente a la contra nos viene bien, en parte, para concienciarnos en ser más auténticos al sentirnos necesitados de vivir la Navidad y el Adviento que comenzamos de otra manera más cristiana.

Hablamos en liturgia de celebraciones, de celebrar esta o aquella fecha. Pero las fiestas importantes se preparan para que salgan bien. De ahí la importancia del Adviento para que la Navidad puede serlo de verdad, en el sentido de crecer nuestro conocimiento de Jesús, nuestro amor a Jesús, nuestro compromiso con Él buscando la conversión hacia una vida nueva. Hemos de prepararla bien y por eso dedicamos cuatro semanas para que esta gran fiesta deje huella en nosotros.

Escucharemos en Adviento un mensaje fundamental: «Estad preparados, el Señor viene, abridle las puertas, preparad el camino».

La venida histórica de Jesús marcó un hito desde el cual se nos propone fiarnos de la Palabra de Jesús y aspirar a más, a más vida, a otros valores que no sean perecederos. Por tanto, el Adviento es un tiempo profético que reclama un acto de fe y una decisión de caminar con mejor paso aprovechando la dimensión interior donde Dios sale a nuestro encuentro para que nada nos detenga, nos esclavice o nos estanque convirtiéndonos en personas mediocres crónicas.

La espiritualidad del cristiano está marcada por la actitud de «Salir al encuentro del Señor que viene«. Estad en vela, orad…”

Llevo tiempo observando que, lo que es hacer se hace, pero no vemos demasiado fruto: los templos se vacían, las posturas se radicalizan, estamos divididos en modelos de Iglesia cada vez más marcados donde el Papa Francisco tiene menos predicamento dentro que fuera. A veces nuestra casa recuerda la torre de Babel más que una comunidad de hermanos. La realidad global es compleja y cambiante, ciertamente, pero la falta de oración nos debilita en un mundo orientado a la acción, a la novedad y a la superficialidad sin espacio para la contemplación.

Yo añadiría la necesidad de ponernos a la escucha para enmarcar bien el Adviento: “Sin mí no podéis hacer nada”. Orad, porque sin mí no podéis hacer nada.

El salmo 121, por ejemplo, es propicio para el primer domingo de Adviento. Es muy conocido porque lo cantamos en las Eucaristías expresando la alegría del peregrino que sabe que está de camino hacia la Casa del Padre. Los umbrales de Jerusalén son los de la Iglesia comunidad en la fe. La Iglesia pueblo de Dios, nosotros, como las manos de Dios que vivan y acerquen la Buena Noticia. Adviento como tiempo de oración por la Iglesia, para que seamos, como Jesús, fuerza de salvación y tiempo de esperanza.

Es verdad que junto a los buenos deseos, el sufrimiento es difícil de aceptar y de entender. Pero nuestros sufrimientos -escribe la santa Madre Teresa de Calcuta– son como caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él.

Son muchos los males que afligen al mundo y a nuestra propia vida, pero eso no debe llevarnos al pesimismo, sino al esfuerzo por la victoria del bien en cada momento, con el prójimo como referencia fundamental… puestos los ojos en Jesús (Pagola). Y en esta lucha por el bien, el Adviento nos reclama con fuerza la necesidad de orar.

Señor, Jesús,
al comenzar este tiempo de Adviento,
ponemos en Ti nuestra confianza.

Fortalece nuestra espera para saber descubrirte
ya presente en nosotros.

Descubrirte en la gente buena
que pasa por la vida haciendo el bien.

Despiértanos de nuestros sueños,
levántanos de nuestro egoísmo.

Prepara nuestros corazones
para que se conviertan en la casa amable y humana
en la que Tú puedas nacer.

Te esperamos y salimos a tu encuentro llenos de alegría.
Y te daremos el mejor de nuestro ser.

Señor, que este tiempo de Adviento
nos ayude a vivir centrados en Jesús.

guíainfantil.com

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