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Dios crea para salvarnos

Domingo, 3 de enero de 2021

4E843CB0-6CB7-4716-97D0-AC8767FFFD53Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Prólogo de san Juan.

         Por segunda vez en Navidad escuchamos el comienzo del evangelio de san Juan: en el principio existía la Palabra y la Palabra era luz, vida y creación.

         Este prólogo de San Juan es un himno solemne en el que se encuentran ya los temas -la cristología- que el evangelio va a desarrollar: luz – tinieblas, vida, creación…

Esta es una de las páginas más profundas que se hayan escrito para decir algo de lo que es Dios, de lo que es Jesucristo, y de lo que es el hecho de la Encarnación, en esa expresión: el “Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

  1. Conocer la Palabra no coincide con estudiar la Biblia.

         Conocer la Palabra no es ser un experto en Biblia o conocer de memoria textos de la Biblia. Conocer tiene implicaciones más personales: sobre todo ser creyente. Conocer la Palabra es conocer a Cristo.

Todos conocemos intelectualmente cosas, ideologías, personas, actitudes con las que no comulgamos, no porque sean malas, sino porque no van con nuestra mentalidad o esquema de vida.

         Conocer la Palabra, conocer a Cristo significa que a mí ese “asunto” me dice, me llena y quiero vivir en el tono vital cristiano, con mis tinieblas y mi pecado a cuestas. La Palabra se conoce y se acoge en la fe.

Hay personas que están convencidas de la nada: no existe Dios, no hay valores. Eso es también fe, fe en la nada. El nihilismo y pasotismo son también una fe: estar convencido firmemente de la nada.

Conocer la Palabra es acoger a Cristo como piedra angular y sentido de nuestra vida.

  1. A quienes conocen y asumen la Palabra Dios da la capacidad de ser hijos de Dios.

Es decir, pensar y vivir conforme a la Palabra posibilita vivir humanamente, que significa vivir como seres humanos, y si vivimos como personas humanas no estamos lejos de vivir como hijos de Dios.

La Palabra de Dios, que es JesuCristo, es decir: la Luz, la Vida y la creatividad, suponen una llamada a crear personas y comunidades.

La Palabra, lo razonable, la cultura, la Luz, el diálogo en la vida encaminan hacia ser hijos de Dios. La irracionalidad, el vivir en la mera biología, en la pulsionalidad, en la carne y en la sangre, eso no crea humanismo, ni hijos de Dios.

Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. ¿No será que no acogemos la Palabra, el diálogo y la sensatez y por ello la historia de la humanidad es una historia de guerras, odios, enfrentamientos, etc.? ¿No viviremos en tinieblas, porque hemos descartado la luz?

Cuando en la vida personal, profesional, eclesiástica, política no se admite la Palabra, -la luz y la vida, el pensamiento y el diálogo-, significa que no hemos acogido la Palabra y hemos renunciado a ser y vivir como personas y como hijos de Dios.

Por ejemplo: cuando nace un niño, ha nacido -alguien- muy valioso, pero hasta ese momento ha nacido conforme a carne y sangre. Nadie nace cristiano, ni sabio, ni probablemente bueno: queda un largo camino para construir una persona: educación, valores. Y ese camino lo hemos de estructurar con la Palabra. ¿Qué otra cosa es acoger la Palabra sino un largo proceso de educación personal, familiar, escolar, universitaria, social, política?

El ser humano vive de carne y sangre (de pan vive el hombre), pero si vivimos solamente de carne y sangre, morimos.

La Ilustración y la Revolución francesa tuvieron otros graves defectos y tienen grandes lagunas, pero abrieron al ser humano hacia la palabra y hacia la razón.

Quizás el encuentro entre razón y fe, ciencia y fe, Iglesia y mundo, progreso humano y escatología no se ha producido o se ha producido muy esporádicamente y en muchos casos a regañadientes. Pero guste o no guste a políticos y eclesiásticos, es verdad aquello que dijo santo Tomás: la verdad venga de donde venga, viene del Espíritu Santo. Si nacemos de carne y sangre y renacemos de agua y Espíritu, estaremos en camino de ser hijos de Dios, es decir: personas humanas. Él, la palabra nos bautizará en Espíritu.

  1. La Palabra, la fe capacita al ser humano para ser hijos de Dios.

Cuando se acoge la Palabra, ésta cambia el modo de ver y entender la complejidad de la vida. Cuando uno está convencido de un pensamiento, de una ideología, de la fe, esos convencimientos cambian la forma de vivir. No es lo mismo vivir la sexualidad, el trabajo, la raza, la economía-dinero, el poder, las ansias de dominio, la enfermedad, la muerte, etc. siendo cristiano-creyente, que no siéndolo.

La persona razonable, la persona creyente hace y vive las mismas realidades que los demás, lo que ocurre es que las vive de una manera y con un sentido diferentes.

El perdón, la igualdad de hombre y mujer, el respeto a las personas y los pueblos, la no explotación de los más débiles, la generosidad, son valores que no han nacido de la biología (de la carne y de la sangre), sino de la Palabra.

Estas cosas no van ni por votos, ni por poder, ni por nombramientos, ni por ordenamientos jurídicos, sino por acogida de la Palabra, por convencimiento y acogida personal. Cuando la Palabra se encarna en nosotros, entonces comienza a atisbarse un rayo luz, de esperanza de humanismo y de vida.

         Que la Palabra, la razón vaya haciéndose un poco carne en nuestra historia por medio de nuestras vidas.

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