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Archivo para Martes, 14 de abril de 2020

Ojos de Pascua

Martes, 14 de abril de 2020

De Eclesalia:

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A propósito de Juan 20, 1-9

Está amaneciendo cuando María Magdalena llega al sepulcro donde reposaba el cuerpo del maestro, del amigo, del amado.

Reposaba en su corazón el cuerpo amado, como semilla viva de resurrección.

Sepulcro abierto al amanecer. Sepulcro vacío.

Amanece esta Pascua 2020, amanece sobre nuestra historia personal y sobre la humanidad herida.

Se lame las heridas esta humanidad, no solo aquellas dejadas por el virus, también las heridas que siguen supurando: violencia, guerras, pobreza, odio, fanatismo, discriminación.

Amanece la Pascua sobre estas heridas y desde estas heridas.

Amanece y el sepulcro está vacío.

Nunca hubo nadie en el sepulcro y siempre estuvo abierto.

El cuerpo del Cristo, semilla de resurrección, fecundó la tierra con la sangre de la cruz y de nuestras heridas.

La Pascua aconteció desde dentro de la cruz, no después.

Nunca hay un después para el Amor. Siempre es, aquí y ahora.

Amanece la Pascua desde el otro lado de la cruz.

Nuestras heridas no son impedimento a la Vida: ¡al contrario!

Son el vacío por el cual la Pascua se cuela y los sepulcros se abren. Son rendijas por donde la luz fluye serena y siembra resurrección.

Es Pascua, y el Amor amanece sobre nuestras existencias personales, sobre la humanidad entera y la madre tierra.

Siempre el Amor está amaneciendo y siempre encuentra los sepulcros abiertos.

Si encontramos sepulcros cerrados es porque no estamos amando y hemos arrinconado al Amor en un lugar oscuro de nuestro corazón.

La Pascua es tremendamente viva y actual con su único y eterno mensaje: solo el Amor es real.

Es ahora el momento oportuno y siempre fue ahora.

Es el momento de amanecer sobre la humanidad herida con la linterna del Amor y mirar así.

Pascua es mirar con los ojos amanecidos del Amor.

Ojos frescos y nuevos.

Tú que me lees: ¡mírate así y así, ama tus heridas y las de tus hermanos!

Mirar a la gente y a las cosas con estos ojos.

No tenemos que esperar un mundo nuevo, ilusión de los ciegos que se escapan del presente y huyen de la Vida.

¡No hay esperanza futura que no tenga raíz en el presente!

El mundo nuevo ya está y late en el fondo de tu mirada que amanece en el Amor.

Palpita el mundo nuevo en las profundidades, donde solo ojos de Pascua alcanzan a ver.

Amanecen ojos de Pascua que transforman las heridas en perlas y la sangre en fértil abono, a punto de florecer.

Esta es Pascua: otros ojos que solo ven sepulcros abiertos y manos extendidas.

Otros ojos que descubren posibilidades y senderos de bellezas.

Ojos amaneciendo en el Amor, ojos del Cristo vivo y viviente, que todo lo llena.

Ojos desparramando por doquier la paz que nos habita.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

*

Stefano Cartabia,
Oblato
Uruguay

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***

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Sí: ¡Feliz Pascua!

Martes, 14 de abril de 2020

c457cfecf568833b31446172d881-1588685.jpg!dJuan Zapatero Ballesteros
Sant Feliú de Llobregat (Barcelona).

ECLESALIA, 12/04/20.- Qué bien que la Pascua nos llegue siempre en primavera. Y, a pesar de que este año la primavera huela un tanto a “moho”, seguirá siendo la primavera que tanto nos anima y que nadie nunca nos podrá quitar ni arrebatar. Sí, porque no existe otro momento como este para celebrar que los campos, los jardines, los árboles, las flores, todas las plantas huelen a vida que empuja, que pide salir hacia fuera porque ya no aguanta por más tiempo la oscuridad y la muerte forzada que trajo el invierno. Porque, siendo primavera, la Pascua nos quiere decir con ello que solamente entiende de vida que, por lo mismo, no es exclusiva de unos pocos ni de nadie, sino que les pertenece a todos los hombres y mujeres. Sí, a todas y a todos, independientemente de cualquier tipo de condición y diferencia. También del “credo” o de la “fe” que puedan profesar y, en su caso, de la ausencia de ambos; más aún, incluso de su rechazo o indiferencia hacia ellos. Por tanto, la primavera nos hace a todos los hombres y mujeres testigos de vida y, por lo mismo, nos invita a disfrutarla y a contagiarla como la mejor de las epidemias por la que vale la pena que todo esté contagiado. Para quienes creemos en Jesús, o al menos nos esforzamos porque así sea, nos obliga a ser hombres y mujeres de vida; una obligación que no tiene nada que ver con imposición forzada ni con ultimátum despótico, sino con una invitación cariñosa y casi pordiosera a seguir siendo testigos de la mejor de las “noticias” que no es otra que la vida.

Quiero comenzar, pues, felicitando la Pascua a todas las personas que preñan de un mínimo de ilusión y de esperanza la vida de tantas/os que arrastran su alma, carentes de al menos un pequeño horizonte por el que puedan llegar a otear que, a pesar de todo, vale la pena seguir caminando. Son esas víctimas de una inercia dañina que no sabemos a quién, o quizás sí, al menos lo intuimos, le interesa muy mucho que vayan viviendo y mal llevando el caminar de cada día sin rumbo ni razón. Pues, con ello, ese “quien” pretende impedir que todas esas masas de hombres y mujeres se conviertan en conflicto punzante contra sus intereses y los de quienes, dirigidos por él “a distancia”, se encuentran, detrás o delante, moviendo los hilos como si las otras y los otros fueran marionetas inertes y carentes de vida.

Feliz Pascua, a quienes se dejan su vida, la que la gente entiende que es de verdad, es decir: la del placer, la del disfrutar; la del comer y beber sin pensar en quienes no pueden hacerlo; la del crecer y escalar, aunque sea a costa del bajar, descender y hundirse en la más profunda de las miserias de una gran mayoría. Sí, ellas y ellos: los que tienen un sitio más que minúsculo en los informativos de última hora; las y los que no ocupan ni siquiera aquel rincón tan pequeño, porque su compromiso no engorda las estadísticas ni los porcentajes que, a la postre, es lo que acostumbra a generar interés en las masas. Son todas y todos, cuantas y cuantos, han hecho realidad, desde el conocimiento o la ignorancia, las palabras de aquel “galileo” de hace veinte siglos: “Nadie ama más que quien da la vida”.

Feliz Pascua, a quienes la han dado toda, llegando a “perderla” totalmente a los ojos de la gente que los miraba; aunque, para ellas y ellos la hayan “ganado”, porque se fiaron a pie juntillas de lo que un día dijera Él o intuyeron que solamente ese podía ser el resultado. Son los mártires de todos los tiempos y de todos los lugares. Algunos o muchos, creyentes en religiones importantes y de prestigio, cuyos dirigentes les levantaron un día altares y monumentos; no dudando tampoco en proclamar en voz alta que estaban muy cerca de Dios; ¡mira tú! Otras y otros, en cambio, sin religión reconocida y menos aún de prestigio; sin creer en lo que mandan los “cánones”, pero creyentes a pie juntillas en la vida, ¡que ya es y cuesta a veces! Y en su caso también y seguro, a pesar de que ellas y ellos no lo intuyeran en ningún momento, muy cerca, pero que muy cerca de Dios; ¡solo faltaba! No importa que nadie se lo reconociera en su momento y que, muy posiblemente, nunca se lo lleguen a reconocer. Pues, a decir verdad, ya tuvieron el mejor y el más grande de los reconocimientos, que no es otro que el de su conciencia que, al fin y al cabo, es lo más sagrado e importante que puede o debiera tener toda persona.

Feliz Pascua, a todas las personas, cuya vida les ha sido arrebata de forma impune; tantas veces de manera cruel y violenta; siempre de manera irracional y absurda, pues no hay nunca razón y sentido que pueda justificar una sola muerte.

Feliz Pascua, a todas y todos vosotros quienes, desde gestos bien sencillos de vuestra vida diaria, hacéis cuanto está en vuestras manos de cara a preservar el medio ambiente y favorecer toda clase de vida que pulula en el planeta que habitamos; impidiendo con ello que acabe convirtiéndose en un lugar donde la muerte se imponga a la habitabilidad de las personas y a todo tipo de vida.

Feliz Pascua, finalmente, a quienes, por vivir en el hemisferio norte, estamos en primavera, celebrando que renace y rebrota la vida. También a quienes viven en el hemisferio sur y ya se están preparando para sembrar nuevas simientes que, meses más tarde, se convertirán en frutos abundantes. Eso sí: a unos y a otros en medio del dolor y del sufrimiento provocado por un “virus” que, vete tú a saber, por qué tuvo que llegar “ahora” y con qué “intenciones” lo hizo.

Amigas y amigos, humanidad entera: nos encontramos en un momento difícil, pero, a pesar de todo, preñado de una gran esperanza, la misma que nos recuerda que estamos ante la mejor de las oportunidades para hacer el brindis más esperanzador-

¡FELIZ PASCUA!

¡VIVA LA VIDA!

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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