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1.1.2015. Viene el Año Nuevo de Jesús en la patera

Jueves, 1 de enero de 2015

10609452_1534245353501812_3919569973920390645_nDel blog de Xabier Pikaza:

Decimos a.D. (Año del Dominus, Cristo), y d.C. (después de Cristo) o a.C. (año común o de Cristo), aunque hay otras eras y cómputos del tiempo, como la judía o musulmana, la maya o la de china. Pero estamos en occidente y, de un modo casi universal, celebramos hoy (1.1.2015) el comienzo del Año Solar, que es también Año de Cristo.

Que el 2015 sea el año de la Madre María, mujer africana, que nos trae el gran regalo de su Hijo (una Estrella, una promesa), con José (patriarca también africaco), en la patera de la muerte convertida en Barca de la Vida (como supone Mt 1-2, donde se dice que Jesús fue a Egipto a celebrar la primera Navidad).

El gran occidente de los rascacielos no tiene no tiene ningún regalo de verdad para ese Niño del Año Nuevo… Son ellos, María y José, los africanos con el Niño, los que pueden traernos en su Barca el gran regalo de un Año Nuevo, el Niño que es promesa de vida. Así celebra la liturgia católica (1.1.2015) esta fiesta de Santa María del Año Nuevo.

Desde ese fondo trataré en esta postal los años que pasan y del año de Cristo, que queda, con la Madre de la Barca y el Padre del cayado

Ésta es una fiesta universal, del Nuevo Año Solar, que en el hemisferio norte coincide con el solsticio de invierno, se ha celebrado desde antiguo en casi todos los pueblos. Es la fiesta del Sol que se renueva y vuelve a recorrer su giro celeste cada año, tras haber descendido sobre el horizonte. El sol vuelve a nacer (a subir, a calentar más) y es de sabios y de agradecidos celebrarlo. En ese sentido, ésta es una fiesta cósmica, pagana.

Para los cristianos, esta fiesta del Sol que re-nace cada año es signo del Nacimiento de Cristo, que ha venido y sigue viniendo, en la Barca de Dios, traído por María y José, para alumbrar a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte… (Lc 1, 78). Nosotros, los hombres de los grandes rascacielos, necesitamos el don de la vida, que nos ofrecen los Tres de esta Barca. Ellos, los pobres del mundo, nos traen la gran riqueza de Dios que es la vida. Una vez más, la Navidad empieza por África, como fue al comienzo de la vida humana.

En la imagen aparece el Cristo de la Patera de Belén, con José y María. Ellos mismos son (ellos trae) el signo/estrella de los Reyes de Verdad, Justicia y Comunión a todos los pueblos, de manera que podamos celebrar ya el 2015 como Año de la Vida de Dios y de los hombres en la tierra. La imagen proviene de ACO. Baix Llobregat FB. Felicidades a quien la ha pintado (¡gracia, autor!) y a todos los que sigan leyendo, y a todos los que tendrán la gracia de vivir a lo largo de este Año de Graca 2015.

Los cristianos antiguos separaron los dos días

José y María nos traen desde África el Año Nuevo, vinculado al Nuevo Sol en el Solsticio del hemisferio norte, pero “encarnado” en Jesús. En principio era una sola fiesta (toda una semana, del 25.12 al 1.1… Pero los cristianos la dividieron en Dios:

(a) Celebraron primero el Nacimiento de Jesús (25, 12), al comienzo de la Gran Semana, el día “aproximado” del solsticio de invierno.

(b) Celebraron la octava del Nacimiento de Jesús (1,1) como nacimiento del año del sol y dedican este día a la memoria de Santa María, “la madre humana del Sol que nace de lo alto”.

Estas fiestas han sido ajustadas cuidadosamente, a partir del calendario romano (llamado Juliano, por estar patrocinado por Julio César), que fue actualizado por el Papa Gregorio XIII, el año 1582, por causas astronómicas (se habían desajustado los días del año) y, sobre todo, por causas litúrgicas (para que la Navidad cayera en el Solsticio de Invierno y la pascua en el equinoccio de la primavera).

Con esta reflexión quiero felicitar a todos los amigos y lectores de mi blog, por el nuevo año solar, que en nuestro cómputo es el 2015 del nacimiento de Cristo, que habría sucedido el año “0”, aunque en realidad el nació hacia el 6. a.C. (Dionisio el Exigió, buen monje, pero mal historiador calculó mal la fecha…), de manera que hoy deberíamos estar ya en el 2021.

Esta postal se divide en dos partes. La primera ofrece una reflexión sobre el ritmo anual de la vida. La segunda comenta el texto básico de la liturgia cristiana del 1 de Enero, el mes que abre la puerta (ianua): Gal 4.

1. EL PASO DE LOS AÑOS

Todos los pueblos han distinguido los tiempos, fijando unos ritmos sacrales y unos días especiales de fiesta (vinculados sobre todo a los ritmos solares y lunares y a los ciclos de la vegetación y de la vida). Entre esos ritmos, uno de los más importantes ha sido el semanal, que tiene, probablemente un origen mesopotamio, pero que se ha extendido, por medio del judaísmo a la cultura de occidente (y, en un sentido más amplio, a todo el mundo moderno).

Semanas

La división del tiempo en semanas está vinculada al ritmo lunar (cada fase lunar de 28 días consta de cuatro semanas), pero se relaciona también (sin duda alguna) al “valor sagrado” del número siete, con sus aspectos uránicos o planetarios (los siete astros/planetas, los siete ángeles celestes etc.). Esta división pasó a través del judaísmo (y de otros conductos) a la vida social romana, como lo recuerda todavía el nombre de los días de la semana, relacionados con los astros/dioses del panteón romano, que se siguen empleando todavía (con la excepción del sábado y domingo, que han recibido un nombre judío y cristiano). Así, en varios de los idiomas europeos:

(1) Lunes, es día día de la luna (dies Lunae, dilluns, lundi, lunedi, mondey, Montag. Euskera: Astelehena).
2) Martes, día de Marte (dies Martis, dimars, mardi, martedi, tuesday, Dienstag, del dios Tyr. Asteartea
(3) Miércoles, día de Mercurio (dies Mercurii, dimecres, mercredi, mercoledi. Asteazkena).
4) Jueves, día de Júpiter (Dies Iovis, dijous, jeudi, giovedi. Osteguna.
(5) Viernes, día de Venus (Dies Veneris, divendres, vendredi, venerdi. Ostirala).
(6) Sabado, día del Shabat judío (Dies Sabbath, dissabte, samedi, sabato. Larunbata.
(7) Domingo, día del Dominus o Señor cristiano (Dies Domini, diumenge, dimanche, domenica. Domeka, igandea).

Gran parte de la tradición occidental, influida por el cristianismo, ha dejado de guardar en especial el Sábado judío y celebra el Domingo, que es el Día del Señor (de Jesús), aunque a veces se haya perdido la referencia a Cristo. En otro contexto se puede recordar que originariamente, el domingo ha sido Día del Sol, no sólo en Roma, sino en otras culturas. Así lo muestra el mismo nombre en los idiomas germanos (Sonntag, sunday). Para el Islam, el día especial de recuerdo religioso ha pasado a ser el viernes.

Años, del judaísmo al tiempo común de Cristo

El judaísmo ha tenido varios calendarios. El que se conserva y aplica en la actualidad es de tiempos posteriores al exilio (de origen básicamente babilonio). No ha sido aceptado por igual por todos los judíos antiguos, de manera que la diferencia en el cómputo de meses (con el cambio de las celebraciones) desencadenó cismas y divisiones en el judaísmo del Segundo Templo.

Algunos apocalípticos siguieron calendarios especiales, lo mismo que los esenios de Qumrán, que acusaron a los sacerdotes de Jerusalén de haber cambiado las fiestas y los días. En su forma actual, el calendario fue fijado por Hilel II, en torno al 359 d. C., que calculó la fecha del “comienzo del mundo” (según la cronología interna de la Biblia), que habría caído (mirando hacia atrás, desde la actualidad) un 7 de nuestro octubre del 3761 a. C. El día primero habría sido un domingo (el día después del sábado), que correspondería al 1 de Tishrí del año 1. A partir de ahí se pueden calcular los años hebreos, añadiendo esos años al año gregoriano en curso. Así el año 2015 de nuestra era corresponde al 5776 del cómputo hebreo (2015 + 3761 = 5776).

El calendario hebreo tiene la particularidad de que vincula el año lunar con el solar (cosa que no hace el gregoriano). Para ello, los meses son algo más cortos que en el calendario gregoriano y cada 19 años se añade en primavera un mes nuevo (el we’adar), de 13 días, para que correspondan los ciclos lunares y solares (de manera que la pascua no sea fiesta cambiante como en el calendario cristiano, que ha terminado siendo simplemente solar).

Varios calendarios

El judaísmo ha tenido varios calendarios. El que se conserva y aplica en la actualidad es de tiempos posteriores al exilio (de origen básicamente babilonio). No ha sido aceptado por igual por todos los judíos antiguos, de manera que la diferencia en el cómputo de meses (con el cambio de las celebraciones) desencadenó cismas y divisiones en el judaísmo del Segundo Templo.

Algunos apocalípticos siguieron calendarios especiales, lo mismo que los esenios de Qumrán, que acusaron a los sacerdotes de Jerusalén de haber cambiado las fiestas y los días. En su forma actual, el calendario fue fijado por Hilel II, en torno al 359 d. C., que calculó la fecha del “comienzo del mundo” (según la cronología interna de la Biblia), que habría caído (mirando hacia atrás, desde la actualidad) un 7 de nuestro octubre del 3761 a. C.

El día primero habría sido un domingo (el día después del sábado), que correspondería al 1 de Tishrí del año 1. A partir de ahí se pueden calcular los años hebreos, añadiendo esos años al año gregoriano en curso. Así el año 2008 de nuestra era corresponde al 5769 del cómputo hebreo (2008 + 3761 = 5769).

El calendario hebreo tiene la particularidad de que vincula el año lunar con el solar (cosa que no hace el gregoriano). Para ello, los meses son algo más cortos que en el calendario gregoriano y cada 19 años se añade en primavera un mes nuevo (el we’adar), de 13 días, para que correspondan los ciclos lunares y solares (de manera que la pascua no sea fiesta cambiante como en el calendario cristiano, que ha terminado siendo simplemente solar).

Meses judíos y equivalencias “cristianas”:

1. Nîsan (Neh 2,1; Est 3,7) (del 13 Marzo 13 al 11-14 Abril)
2. ‘Iyyar (del 12 Abril 12 11-14 mayo)
3. Sîwan (Est 8,9; Baruc 1,8) (del 11 Mayo al 9 Junio)
4. Támmûz (Cf. Ez 8,14) (del 10 Junio 10 al 9 Julio 9)
5. ‘Abh (del 10 Julio 10 al 7 Agosto)
6. ‘Elûl (Neh 6,15; IMac 4,27) 8 Agosto 8 al 6 Septiembre
7- Tíshrî. del 6 Septiembre al 5 Octubre
8. Márhéshwan o Héshwan Del 6Octubre al 4 noviembre
9. Kíslew (Zac 7,1; Neh 1,1) 5 Nov. al 3 Diciembre
10 Tebeth (Est 2,16) del 4 Diciembre 4 al 1 Enero
11. Shebhat (Zac 1,7, IMac 6,14 2 al 31 de Enero
12. ‘Adar (Es 6,15; Est 8,12) 1 Febrero al 2 Marzo
(13) We’Adar (intercalado) de3 Marzo 3 al 10 13 Marzo

El cristianismo

no ha elaborado un calendario totalmente nuevo, sino que ha seguido el calendario judío, pero adaptándolo luego al ciclo solas, con lo que las fiestas “lunares” (dependientes de los ciclos de la luna: Pascua y Pentecostés) se convirtieron en fiestas móviles. En este contexto, tuvo lugar la primera gran disputa cristiana, en torno al día de la celebración de la pascua de Jesús que quedó vinculada al calendario lunar (la primera luna llena de primavera). Por lo demás, los cristianos aceptaron y perfeccionaron el calendario romano de Julio César (llamado Juliano).

El calendario juliano es básicamente solar; se impuso en Roma en tiempo de Julio Cesar (año 46 a. C.) y se ha extendido por todo el mundo occidental (en los países de tradición ortodoxa sólo a principios del siglo XX); a pesar de ello, la mayoría de las iglesias ortodoxas siguen hoy (en su liturgia) el calendario juliano.

El calendario gregoriano (actualmente vigente en casi todo el mundo occidental) es una reforma del calendario juliano, promovida por el papa Gregorio XIII, el año 1582, con el deseo de que, conforme a lo exigido por el Concilio de Nicea (año 325), la pascua cristiana se celebrara el domingo que sigue al primer plenilunio de primavera; eso se debía al hecho de que, según el calendario juliano, cada año solar se atrasaba unos 10 minutos, por lo que al cabo de 1257 años (del 325 al 1582) el desfase era de unos diez días. Por eso se tuvo que pasar del 4 de octubre de 1582 al 15 de octubre (sin cambiar los días de la semana). Este calendario gregoriano, tampoco es perfecto, de manera que al cabo de unos 3000 años tendrá que ajustarse de nuevo, pero ya con una diferencia mínima.

2. EL AÑO NUEVO DE CRISTO (Gal 4, 4)

La Iglesia Católica celebra el 1 de enero la Circuncisión de Jesús y la fiesta de Santa María Madre de Dios, y toma como texto básico la gran proclamación de Pablo en Gal 4, 4, que sirve de “epístola”, es decir Pregón del año nuevo:

Cuando llegó la plenitud de los tiempos
– envió Dios a su Hijo
– nacido (genomenon) de mujer (ek gynaikos)
– nacido bajo la ley (hypo nomon)
– para que rescatara a los que estaban bajo la ley
– para que alcanzáramos la filiación (Gal 4, 4).

Éste es el texto más antiguo del Nuevo Testamento sobre la madre de Jesús y nos sitúa en el centro de una fuerte polémica intra-judía (¡no anti-judía!) sobre el cumplimiento de los tiempos. Otros judíos pensaban que el “tiempo de la plenitud” no se había cumplido todavía, no había ni empezado. En contra de eso, Pablo sabe que los hombres se encontraron antaño dominados por la ley, bajo normas de sometimiento religioso, en un año siempre viejo, condenado a la muerte; pero aquello ha terminado, pues en Cristo ha comenzado el Año Nuevo de la Redención: todos nosotros nacemos como hijos de Dios, por medio de Jesús.

Ha llegado la plenitud de los tiempos, el Año Nuevo definitivo, que es Cristo.

a) Termina el transcurso normal de la historia, encerrada en la ley, envuelta en contradicciones de esclavitud social y pecado religioso… Con el año que ha pasado acaba el tiempo del sometimiento y del miedo
b) Ahora comienza el tiempo de la libertad en que se cumplen las promesas, conforme al designio salvador de Dios que expresa su verdad y cumple así su obra. La historia humana queda de esa forma incluida y fundada en el misterio de la acción creadora y plenificadora por medio del envío de su Hijo .

Dos economías, dos tiempos

Con la venida del Hijo de Dios acaba la situación previa de sometimiento servil, conforme al argumento la carta a los Gálatas (especialmente a partir de Gal 3, 21) que culmina en la última frase del texto citado: envió a su Hijo… para que alcanzáramos la filiación. Así se contraponen las dos economías, es decir, los tiempos de la acción de Dios:

– Hubo un tiempo (un estadio, un año antiguo) de ley en que el ser humano aparecía como siervo de Dios, sometido a sus mandatos y dispuesto a ser esclavizado por las leyes, estructuras o personas del mundo. Es el tiempo del judaísmo, que concibe al hombre como ser atrapado por el duro yugo de las obras, obligado a cumplir unos mandatos que Dios mismo le impone desde fuera. Es el tiempo en que unos hombres pueden y de alguna forma deben ser esclavizados por los otros para existir (sobrevivir) sobre una tierra fundada en la violencia.

– Ahora ha llegado el tiempo (estadio final, año nuevo) de la filiación y se revela ya la vida que brota de la entraña de Dios: es tiempo de libertad fundada y avalada por el mismo Hijo divino que nace bajo la ley, es decir se somete a los imperativos y servidumbres de este mundo viejo (cf. Flp 2, 6-11), para liberar a los hombres y mujeres del yugo del miedo y de la muerte. Frente a la vieja esclavitud que determinaba la existencia de los hombres se define aquí y despliega el principio de filiación, entendida como experiencia de cercanía de Dios y libertad humana. Los hombres emergen ya y culminan desde el fondo del mismo despliegue divino (en el contexto del Hijo de Dios).

Nacido de mujer. Año nuevo, un tiempo de Madre

En ese fondo ha de entenderse la palabra: nacido de mujer. No envía Dios a su Hijo a modo de fantasma que sigue estando fuera de la historia, sin hacerse parte de ella. No le envía en un estadio ya maduro, después de haber nacido y crecido previamente como todos. Le envía haciéndole surgir como humano (=nacido de mujer), de tal forma que misión divina y generación humana (de mujer) constituyen dos facetas o momentos del único misterio.

Este pasaje (¡nacido de mujer!) no alude a la madre en cuanto persona individual y así evita su nombre, presentándola sólo como engendradora, es decir, como principio del año nuevo de la salvación. Precisamente por eso es más importante lo que dice, cuando afirma que ella (su función materna) pertenece al misterio liberador del nacimiento del hijo de Dios. En esa perspectiva se entienden los tres planos o funciones de María:

– Por un lado, ella, la madre, aparece vinculada a la historia israelita. Es evidente que está sometida a la ley, lo mismo que su Hijo y lo está de un modo especial como mujer, según ha precisado con enorme detalle la legislación judía (cf Lev 12, 15; Misná, Nashim). En ese aspecto, la madre del Hijo divino es una mujer sometida a la norma legal israelita que regula de forma minuciosa lo tocante al sexo femenino (menstruación, matrimonio, parto…).

– Ella es símbolo de la humanidad generadora, conforme a un dicho común, que define al ser humano como nacido de mujer (Job 14, 1; 15, 14; 25, 4; cf también Mt 11, 11; Lc 7, 28). La madre de Jesús aparece en la línea de Gen 3, 20 que ha presentado a la mujer como Eva (=Vitalidad), por ser madre de todos los vivientes. Más allá de cualquier ley religiosa o nacional (de toda vinculación israelita), la madre del Hijo divino se muestra aquí como fuente de vida. Por eso, ella es expresión del mismo ser humano en cuanto capaz de crecer y multiplicarse (cumpliendo así la palabra de Gen 1, 29).

– Finalmente, ella aparece especialmente vinculada con Dios y con su Hijo. Éste es un signo que debe matizarse con muchísimo cuidado. Es evidente que el texto (Pablo) supone que Dios carece de mujer en plano teogámico y de hijo a nivel de generación cósmica, superando así el mito pagano más usual del mundo antiguo. Pero debemos añadir que, uniendo Dios, mujer e Hijo, Pablo evoca unos símbolos míticos (paganos) de gran fuerza en todo el mundo antiguo. En su acción misionera concreta, Pablo ha desarrollado la relación que hay entre el Dios de Cristo y la ley israelita. Pero en el fondo de este texto, al evocar el símbolo de la mujer que engendra al Hijo de Dios, Pablo desborda de hecho de hecho la perspectiva puramente israelita.

Nacidos de mujer, hijos de Dios

Pablo no ha dicho nada sobre la relación de Dios con la mujer de la que nace su Hijo, pero es evidente que su texto suscita grandes preguntas, sobre todo al ser leído en una cultura pagana (mítica). Todo texto (especialmente al situarse en el límite y/o centro del misterio) evoca más de lo que afirma. Lo mismo hace el nuestro: sin decirlo expresamente, supone que el Dios engendrador es Padre, y que se manifiesta a través de la Madre de Jesús (que es la Madre del Hijo de Dios).

Por eso, el nacimiento de Jesús, Hijo de Mujer, nos lleva al lugar donde los hombres, liberados de la esclavitud de la ley por el Hijo, podemos dirigirnos a Dios diciendo ¡Abba! ¡Oh Padre! (Gal 4, 6). Tanto el Padre como el Hijo resultan implícitamente masculinos. Es evidente que en este contexto la mujer de la que nace el Hijo, engendrado/enviado por el Padre, recibe especial importancia. Dentro de su teología, y partiendo de la tradición israelita, Pablo podría haber formulado el nacimiento del Hijo de Dios desde el esquema de Rom 1,3-4, definiéndole como:

– nacido del esperma (genomenon ek spermatos) de David según la carne
– constituido Hijo de Dios en poder, según el Espíritu de Santidad,
por la resurrección de entre los muertos (Rom 1, 3-4).
Los paralelos con Gal 4,4 son evidentes. Es cierto que Rom ha distinguido el nivel histórico (¡hijo de David!) y escatológico (¡hijo de Dios por la resurrección!), pero los ha vinculado en el mismo Kyrios Jesucristo de manera que, al menos en la redacción actual, supone que el hijo histórico (mesiánico) de David es el mismo Hijo de Dios. De un modo muy significativo, el Dios engendrador (que no recibe título de Padre masculino) actúa de manera patriarcal: realiza su paternidad a través de la promesa y acción generadora de David, varón mesiánico.

Jesús es Hijo de David, pero Pablo le llama Hijo de Mujer. Tres posibles teología:

En el nivel de carne (=humanidad), el Hijo Jesucristo nace de la semilla o esperma de David. Es evidente que el esperma se toma en sentido simbólico fuerte, sin cerrarse en el plano del líquido seminal, como saben los comentaristas. Pero imagen que está al fondo del término sólo resulta significativa en un contexto patriarcal donde el padre/varón instaura con su fuerza generante activa la genealogía. Parece que no influyen las mujeres: se limitan a recibir un semen masculino, sin definir de forma expresa el nacimiento del niño.

Este es el primer nivel del surgimiento de Jesús: un padre humano (David) aparece como mediador y signo del origen/envió del mismo Hijo divino. Expresión de Dios es el padre-varón, no la madre. La misma acción genealógica, patriarcal del varón viene a presentarse como manifestación visible (histórica) del misterio engendrador de Dios. Desde ese fondo, reasumiendo el motivo de Gal 4, 4 y la palabra más abarcadora de Gen 1,28 (retomada en Mc 10,6), habría tres posibilidades simbólicas de comprensión de la paternidad/maternidad humana en el surgimiento de Jesús:

– Hijo de José y María. Se podría haber desarrollado la línea dual de Gen 1, 28: varón y mujer los hizo Dios, con capacidad de crecer/multiplicarse y dominar la tierra. Los dos padres humanos deberían presentarse (en su poder generador y su capacidad de dominio sobre el mundo) como imagen histórica (creada) del Dios increado. Desde el Dios suprasexual (no es padre ni madre) sino vida fundante y sentido de aquello que aparece en el varón/mujer (padre y madre) podríamos haber formulado una teología matrimonial del nacimiento de Jesús: al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió/engendró a su Hijo eterno, haciéndolo nacer de un hogar o matrimonio israelita.

Ni el padre (José) sería patriarca dominador (al modo de David), ni la madre (María) podría haber tomado luego (a veces) rasgos de madre divina de tipo hierogámico. La misma antropogonía o nacimiento humano, mirado en claves de dualidad sexual, vendría a presentarse como signo y lugar de manifestación histórica del Hijo de Dios. El Dios fundante a quien llamamos de ordinario Padre vendría a presentarse en plano de eminencia misteriosa como verdadero Padre/Madre del Hijo divino, nacido en el mundo a través de una pareja engendradora.

– Jesús, el Hijo de José. Se podría haber desarrollado la línea patriarcal de Rom 1,3-4, destacando la función masculina del padre humano de Jesús, a quien se debería presentar como verdadero David, engendrador del mesías. Ésta me parece la línea dominante del mesianismo israelita donde la ley del padre (sangre y semen) garantiza la pureza genealógica. En esta perspectiva, la mujer resulta sometida: está al servicio del semen (la pureza familiar) del varón que marca el sentido y función de la genealogía.
El poder generador del Padre Dios se expresaría a través de su representante humano, el padre de familia israelita. Este debía ser el fondo y sentido de surgimiento del mesías, conforme a la visión de base de Rom 1, 3-4. En esa línea se sitúa la pregunta, quizá polémica, sobre la función de David como padre mesiánico del Cristo en Mc 12, 35-37 par. Pues bien, de una manera sorprendente, el testimonio masivo del NT ha rechazado esa postura: no entiende a Jesús desde la línea genealógica israelita: sólo superando bien la ley del padre puede hablarse del surgimiento salvador del Cristo.

– Jesús, el Hijo de María. Pero en el Nuevo Testamento (y la iglesia posterior) ha desarrollado de forma dominante (normativa) la línea materna, reflejada en Gal 4,4: Dios envía a su Hijo… nacido de mujer. Estrictamente hablando, desde la antropología de aquel tiempo, al decir que el mesías es nacido de mujer no se está negando sin más el esquema biológico de un surgimiento dual (de la unión varón/mujer). Lo que se critica y supera es el esquema de surgimiento genealógico donde el varón aparece como fuente de ley, definiendo el lugar vital y ser del hijo.

El Nuevo Testamento ha sentido el peligro de un patriarcalismo mesiánico que supondría una confirmación del judaísmo, un sometimiento a los principios básicos de la historia israelita. Esta ruptura o negación del padre histórico (humano) se proyecta hacia el origen mesiánico del Cristo, de forma que sólo Dios puede mostrarse como Padre verdadero de Jesús, con los posibles riesgos que esta imagen suscita (como iremos viendo en lo que sigue).

Año nuevo, hijo de Mujer

De manera expresa (quizá sin haberlo pretendido, pues iría en contra de Rom 1,3-4), Pablo asume en Gal 4, 4 esta última postura. Así abre (o descubre) un camino que recorrerá gran parte de la mariología posterior, convirtiendo ese símbolo en palabra ya tematizada. A Pablo no le importa (al menos aquí) la historia concreta de María con sus posibles sentimientos y decisiones personales sino el surgimiento de Jesús como Hijo de Dios. Pero en ese contexto ha tenido que hablar de su madre, pues ella forma parte del envío divino del Hijo. Pues bien, ese símbolo del Dios que envía/engendra a su Hijo, nacido de mujer dentro de la historia, suscita grandes posibilidades y dificultades teológicas:

– Se quiera o no, queda abierto (o al menos evocado) el camino de la hierogamia, es decir, de aquella concepción en la que un Dios cohabita con la Diosa para engendrar hijos divinos. Es claro que Pablo respeta la diferencia teológica (el Padre es divino, la madre humana), pero el tipo de unión engendradora tiende a vincular de manera estrecha a los que participan del mismo proceso generativo.

– Al decir que el Hijo “nace de mujer” (silenciando la función del varón) se corre el riesgo de tomar la aportación seminal masculina como mala o al menos como opuesta a la acción de Dios o en el momento culminante del surgimiento mesiánico: da la impresión de que Dios sólo puede engendrar a su Hijo allí donde encuentra o suscita un “hueco” o vacío de varón. La misma falta de un padre humano aparece como signo de presencia de un padre/varón en lo divino.

– Por su parte, la mujer que ha engendrado a Jesús, entendida de algún modo como consorte de Dios, puede perder su humanidad y convertirse simplemente por mujer (y madre) en símbolo divino. Así se devalúa su aspecto personal (su camino de fe, su libertad concreta) en el lugar donde ella aparece más como divina. Es como si María ya no existiera desde sí (en su responsabilidad arriesgada y creadora, de mujer histórica) sino desde algo exterior a su persona (como irradiación divina). Así se corre el riesgo de divinizar un tipo estrecho de mujer y maternidad, en vez de potenciar su camino personal de amor, en clave de unión comunitaria.

– Finalmente, en esta perspectiva se puede terminar subordinado a la mujer (representada por María), sometiéndola a un nuevo patriarcalismo representado por los varones que, negados a un nivel (no intervienen engendrando a Jesús), vienen a mostrarse a otro nivel como signo del Dios Padre o del Cristo varón que redime a los humanos, como supone una lectura dominante de Ef 5, 22-33: los esposos son cabeza, las esposas cuerpo; los esposos son Cristo (ministros activos), las esposas iglesia (que escucha y acoge reverente la palabra). En el fondo, los varones serían expresión de Dios-Padre, las mujeres de María-Madre. Así la elevación de la mujer/madre del Cristo puede acabar suscitando un desplazamiento de las mujeres concretas en la iglesia.

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