Encuesta de Homoprotestantes dirigida a protestantes/evangelic@s lgtb

Martes, 4 de febrero de 2014

CruzgayNos piden desde Homoprotestantes que difundamos esta interesante encuesta:

Desde Homoprotestantes queremos conocer la experiencia de cristian@s lgtb que forman parte, o que han formado parte, de comunidades protestantes/evangélicas. Para ello hemos confeccionado una encuesta. Agradeceríamos que dedicaseis un par de minutos a responderla y que la hicieseis llegar a otras personas. Para ir a la encuesta haz un clic a continuación:

Experiencia comunitaria de protestantes/evangélic@s lgtb

Muchas gracias por vuestra amabilidad. En unas semanas analizaremos los datos obtenidos.

Carlos Osma

“Jesucristo Verdaderamente Vive”

Domingo, 20 de abril de 2014

 

An Indulgence of 100 Days III(W)

Cristo, resucitado y glorioso
es la fuente profunda de nuestra esperanza.
Su resurrección no es algo del pasado;
Entraña una fuerza de vida
que ha penetrado el mundo.

Donde parece que todo ha muerto,
por todas partes vuelven a aparecer
Brotes de la resurrección.
Es una fuerza imparable.

Verdad que muchas veces
parece que Dios no existiera:
Vemos injusticias, maldades, indiferencias
y crueldades que no ceden.

Pero también es cierto
que en medio de la oscuridad
siempre comienza a brotar algo nuevo,
que tarde o temprano produce un fruto.

En un campo arrasado
Vuelve a aparecer la vida,
tozuda e invencible.
Habrá muchas cosas negras,
Pero el bien siempre tiende
A volver a brotar y difundirse.

Cada día en el mundo renace la belleza,
Que resucita transformada
A través de los tormentos de la historia…
esta es la fuerza de la resurrección
y cada evangelizador
es un instrumento de este dinamismo.

*

Papa Francisco

La alegría del Evangelio”. Exhortación Apostólica del Papa Francisco n.276.

Fuente: Red Mundial de Comunidades Eclesiales

***

Luz de Pascua.

Domingo, 20 de abril de 2014

Del blog À Corps… À Coeur:

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” ¡ Acuérdate de que volveras a la Luz,
ya que esto es lo que verdaderamente eres (el Sí),
mientras que el polvo no es verdaderamente tú mismo,
es sólo tu cuerpo físico! “

*

(Placide Gaboury, El viaje interior, 1979)

***

De los escorpiones y el horno del desierto
en el país dónde fluye la leche y la miel.
De la agonía de Gólgota
a la Vida eterna …
Deja a un lado
el equipaje demasiado pesado,
los pensamientos engañosos,
los lazos mortíferos,
y pasa de la oscuridad a la Luz,
de la servidumbre a la Libertad.
De la muerte a la Vida.

*

(De Christophe Claudel)

***

¡Cristo verdaderamente ha resucitado!

¡Feliz Pascua!

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***

“Volver a galilea”. 20 de abril de 2014. Pascua de Resurrección (A). Mateo 28, 1- 10.

Domingo, 20 de abril de 2014

23-PascuaA1Los evangelios han recogido el recuerdo de tres mujeres admirables que, al amanecer del sábado, se han acercado al sepulcro donde ha sido enterrado Jesús. No lo pueden olvidar. Lo siguen amando más que a nadie. Mientras tanto, los varones han huido y permanecen tal vez escondidos.

El mensaje, que escuchan al llegar, es de una importancia excepcional. El evangelio más antiguo dice así: “¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado”. Es un error buscar a Jesús en el mundo de la muerte. Está vivo para siempre. Nunca lo podremos encontrar donde la vida está muerta.

No lo hemos de olvidar. Si queremos encontrar a Cristo resucitado, lleno de vida y fuerza creadora, no lo hemos de buscar en una religión muerta, reducida al cumplimiento externo de preceptos y ritos rutinarios, o en una fe apagada, que se sostiene en tópicos y fórmulas gastadas, vacías de amor vivo a Jesús.

Entonces, ¿dónde lo podemos encontrar? Las mujeres reciben este encargo: “Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. ¿Por qué hay que volver a Galilea para ver al Resucitado? ¿Qué sentido profundo se encierra en esta invitación? ¿Qué se nos está diciendo a los cristianos de hoy?

En Galilea se escuchó, por vez primera y en toda su pureza, la Buena Noticia de Dios y el proyecto humanizador del Padre. Si no volvemos a escucharlos hoy con corazón sencillo y abierto, nos alimentaremos de doctrinas venerables, pero no conoceremos la alegría del Evangelio de Jesús, capaz de “resucitar” nuestra fe.

A orillas del lago de Galilea, empezó Jesús a llamar a sus primeros seguidores para enseñarles a vivir con su estilo de vida, y a colaborar con él en la gran tarea de hacer la vida más humana. Hoy Jesús sigue llamando. Si no escuchamos su llamada y él no “va delante de nosotros”, ¿hacia dónde se dirigirá el cristianismo?

Por los caminos de Galilea se fue gestando la primera comunidad de Jesús. Sus seguidores viven junto a él una experiencia única. Su presencia lo llena todo. Él es el centro. Con él aprenden a vivir acogiendo, perdonando, curando la vida y despertando la confianza en el amor insondable de Dios. Si no ponemos, cuanto antes, a Jesús en el centro de nuestras comunidades, nunca experimentaremos su presencia en medio de nosotros.

Si volvemos a Galilea, la “presencia invisible” de Jesús resucitado adquirirá rasgos humanos al leer los relatos evangélicos, y su “presencia silenciosa” recobrará voz concreta al escuchar sus palabras de aliento.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Volvamos a Galilea a ver al Resucitado. Pásalo.

“Él había de resucitar de entre los muertos”. Domingo 20 de abril de 2014. Domingo de Pascua.

Domingo, 20 de abril de 2014

5610_159130280184_684985184_3801385_7704869_nLeído en Koinonia:

A) Primer comentario

Para este domingo de Pascua nos ofrece la liturgia como primera lectura uno de los discursos de Pedro una vez transformado por la fuerza de Pentecostés: aquél que pronunció en casa del centurión Cornelio, a propósito del consumo de alimentos puros e impuros, lo que estaba en íntima relación con el tema del anuncio del Evangelio a los no judíos y de su ingreso a la naciente comunidad cristiana. El discurso de Pedro es un resumen de la proclamación típica del Evangelio que contiene los elementos esenciales de la historia de la salvación y de las promesas de Dios cumplidas en Jesús. Pedro y los demás apóstoles predican la muerte de Jesús a manos de los judíos, pero también su resurrección por obra del Padre, porque “Dios estaba con él”. De modo que la muerte y resurrección de Jesús son la vía de acceso de todos los hombres y mujeres, judíos y no judíos, a la gran familia surgida de la fe en su persona como Hijo y Enviado de Dios, y como Salvador universal; una familia donde no hay exclusiones de ningún tipo. Ese es uno de los principales signos de la resurrección de Jesús y el medio más efectivo para comprobar al mundo que él se mantiene vivo en la comunidad.

Una comunidad, un pueblo, una sociedad donde hay excluidos o marginados, donde el rigor de las leyes divide y aparta a unos de otros, es la antítesis del efecto primordial de la Resurrección; y en mucho mayor medida si se trata de una comunidad o de un pueblo que dice llamarse cristiano.

El evangelio de Juan nos presenta a María Magdalena madrugando para ir al sepulcro de Jesús. “Todavía estaba oscuro”, subraya el evangelista. Es preciso tener en cuenta ese detalle, porque a Juan le gusta jugar con esos símbolos en contraste: luz-tinieblas, mundo-espíritu, verdad-falsedad, etc. María, pues, permanece todavía a oscuras; no ha experimentado aún la realidad de la Resurrección. Al ver que la piedra con que habían tapado el sepulcro se halla corrida, no entra, como lo hacen las mujeres en el relato lucano, sino que se devuelve para buscar a Pedro y al “otro discípulo”. Ella permanece sometida todavía a la figura masculina; su reacción natural es dejar que sean ellos quienes vean y comprueben, y que luego digan ellos mismos qué fue lo que vieron. Este es otro contraste con el relato lucano. Pero incluso entre Pedro y el otro discípulo al que el Señor “quería mucho”, existe en el relato de Juan un cierto rezago de relación jerárquica: pese a que el “otro discípulo” corrió más, debía ser Pedro, el de mayor edad, quien entrase primero a mirar. Y en efecto, en la tumba sólo están las vendas y el sudario; el cuerpo de Jesús ha desaparecido. Viendo esto creyeron, entendieron que la Escritura decía que él tenía que resucitar, y partieron a comunicar tan trascendental noticia a los demás discípulos. La estructura simbólica del relato queda perfectamente construida.

La acción transformadora más palpable de la resurrección de Jesús fue a partir de entonces su capacidad de transformar el interior de los discípulos -antes disgregados, egoístas, divididos y atemorizados- para volver a convocarlos o reunirlos en torno a la causa del Evangelio y llenarlos de su espíritu de perdón.

La pequeña comunidad de los discípulos no sólo había sido disuelta por el «ajusticiamiento» de Jesús, sino también por el miedo a sus enemigos y por la inseguridad que deja en un grupo la traición de uno de sus integrantes.

Los corazones de todos estaban heridos. A la hora de la verdad, todos eran dignos de reproche: nadie había entendido correctamente la propuesta del Maestro. Por eso, quien no lo había traicionado lo había abandonado a su suerte. Y si todos eran dignos de reproche, todos estaban necesitados de perdón. Volver a dar cohesión a la comunidad de seguidores, darles unidad interna en el perdón mutuo, en la solidaridad, en la fraternidad y en la igualdad, era humanamente un imposible. Sin embargo, la presencia y la fuerza interior del «Resucitado» lo logró.

Cuando los discípulos de esta primera comunidad sienten interiormente esta presencia transformadora de Jesús, y cuando la comunican, es cuando realmente experimentan su resurrección. Y es entonces cuando ya les sobran todas las pruebas exteriores de la misma. El contenido simbólico de los relatos del Resucitado actuante que presentan a la comunidad, revela el proceso renovador que opera el Resucitado en el interior de las personas y del grupo.

Magnífico ejemplo de lo que el efecto de la Resurrección puede producir también hoy entre nosotros, en el ámbito personal y comunitario. La capacidad del perdón; de la reconciliación con nosotros mismos, con Dios y con los demás; la capacidad de reunificación; la de transformarse en proclamadores eficientes de la presencia viva del Resucitado, puede operarse también entre nosotros como en aquel puñado de hombres tristes, cobardes y desperdigados a quienes transformó el milagro de la Resurrección.

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 125 ó 126, Sus audios, así como los guiones de literarios de los episodios y sus correspondientes comentarios teológicos se pueden encontrar y tomar en http://www.untaljesus.net

B) Segundo comentario: «El Resucitado es el Crucificado»

Como otros años, incluimos aquí un segundo guión de homilía, netamente en la línea de la espiritualidad latinoamericana de la liberación, que titulamos con ese conocido lema de la cristología de la liberación que encabeza este apartado.

Lo que no es la resurrección de Jesús

Se suele decir en teología que la resurrección de Jesús no es un hecho “histórico”, con lo cual se quiere decir no que sea un hecho irreal, sino que su realidad está más allá de lo físico. La resurrección de Jesús no es un hecho realmente registrable en la historia; nadie hubiera podido fotografiar aquella resurrección. La resurrección de Jesús objeto de nuestra fe es más que un fenómeno físico. De hecho, los evangelios no nos narran la resurrección: nadie la vio. Los testimonios que nos aportan son de experiencias de creyentes que, después, “sienten vivo” al resucitado, pero no son testimonios del hecho mismo de la resurrección.

La resurrección de Jesús no tiene parecido alguno con la “reviviscencia” de Lázaro. La de Jesús no consistió en la vuelta a esta vida, ni en la reanimación de un cadáver (de hecho, en teoría, no repugnaría creer en la resurrección de Jesús aunque hubiera quedado su cadáver entre nosotros, porque el cuerpo resucitado no es, sin más, el cadáver). La resurrección (tanto la de Jesús como la nuestra) no es una vuelta hacia atrás, sino un paso adelante, un paso hacia otra forma de vida, la de Dios.

Importa recalcar este aspecto para darnos cuenta de que nuestra fe en la resurrección no es la adhesión a un “mito”, como ocurre en tantas religiones, que tienen mitos de resurrección. Nuestra afirmación de la resurrección no tiene por objeto un hecho físico sino una verdad de fe con un sentido muy profundo, que es el que queremos desentrañar.

La “buena noticia” de la resurrección fue conflictiva

Una primera lectura de los Hechos de los Apóstoles suscita una cierta extrañeza: ¿por qué la noticia de la resurrección suscitó la ira y la persecución por parte de los judíos? Noticias de resurrecciones eran en aquel mundo religioso menos infrecuentes y extrañas que entre nosotros. A nadie hubiera tenido que ofender en principio la noticia de que alguien hubiera tenido la suerte de ser resucitado por Dios. Sin embargo, la resurrección de Jesús fue recibida con una agresividad extrema por parte de las autoridades judías. Hace pensar el fuerte contraste con la situación actual: hoy día nadie se irrita al escuchar esa noticia. ¿La resurrección de Jesús ahora suscita indiferencia? ¿Por qué esa diferencia? ¿Será que no anunciamos la misma resurrección, o que no anunciamos lo mismo en el anuncio de la resurrección de Jesús?

Leyendo más atentamente los Hechos de los Apóstoles ya se da uno cuenta de que el anuncio mismo que hacían los apóstoles tenía un aire polémico: anunciaban la resurrección “de ese Jesús a quien ustedes crucificaron”. Es decir, no anunciaban la resurrección en abstracto, como si la resurrección de Jesús fuese simplemente la afirmación de la prolongación de la vida humana tras la muerte. Tampoco estaban anunciando la resurrección de un alguien cualquiera, como si lo que importara fuera simplemente que un ser humano, cualquiera que fuese, había traspasado las puertas de la muerte.

El crucificado es el resucitado

Los apóstoles no anunciaban una resurrección muy concreta: la de aquel hombre llamado Jesús, a quien las autoridades civiles y religiosas habían rechazado, excomulgado y condenado.

Cuando Jesús fue atacado por las autoridades, se encontró solo. Sus discípulos lo abandonaron, y Dios mismo guardó silencio, como si estuviera de acuerdo. Todo pareció concluir con su crucifixión. Todos se dispersaron y quisieron olvidar.

Pero ahí ocurrió algo. Una experiencia nueva y poderosa se les impuso: sintieron que estaba vivo. Les invadió una certeza extraña: que Dios sacaba la cara por Jesús, y se empeñaba en reivindicar su nombre y su honra. “Jesús está vivo, no pudieron hundirlo en la muerte. Dios lo ha resucitado, lo ha sentado a su derecha misma, confirmando la veracidad y el valor de su vida, de su palabra, de su Causa. Jesús tenía razón, y no la tenían los que lo expulsaron de este mundo y despreciaron su Causa. Dios está de parte de Jesús, Dios respalda la Causa del Crucificado. El Crucificado ha resucitado, !vive!

Y esto era lo que verdaderamente irritó a las autoridades judías: Jesús les irritó estando vivo, y les irritó igualmente estando resucitado. También a ellas, lo que les irritaba no era el hecho físico mismo de una resurrección, que un ser humano muera o resucite; lo que no podían tolerar era pensar que la Causa de Jesús, su proyecto, su utopía, que tan peligrosa habían considerado en vida de Jesús y que ya creían enterrada, volviera a ponerse en pie, resucitara. Y no podían aceptar que Dios estuviera sacando la cara por aquel crucificado condenado y excomulgado. Ellos creían en otro Dios.

Creer con la fe de Jesús

Pero los discípulos, que redescubrieron en Jesús el rostro de Dios (como Dios de Jesús) comprendieron que Jesús era el Hijo, el Señor, la Verdad, el Camino, la Vida, el Alfa, la Omega. La muerte no tenía ningún poder sobre él. Estaba vivo. Había resucitado. Y no podían sino confesarlo y “seguirlo”, “persiguiendo su Causa”, obedeciendo a Dios antes que a los hombres, aunque costase la muerte. Leer más…

Feliz Pascua 2014. No está aquí ¡vamos a Galilea!

Domingo, 20 de abril de 2014

10250202_274607446049788_2238243112816256005_nDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo de Pascua. Mc 16, 1-7. Aneste Christos, ha resucitado el Cristo.
Feliz Día a todos los amigos y lectores,
con las mujeres a quienes el Ángel del sepulcro abierto (el mismo Jesús) confía el encargo supremo de que vayan y digan a Pedro y a los otros cristianos “oficiales” que no está en el sepulcro, para vayan también y le encuentren en Galilea, para renovar la Iglesia y recrear el cristianismo, hoy, año de gracia del Señor 2014.

Éste es el mensaje supremo de la Mañana Luciente de Pascua Florida, cuando la luna roja se va a poner y está naciendo el sol nuevo de Jesús.

Las mujeres iban con perfumes de muerte al sepulcro, van a llorar manteniendo de esa forma lo que había, lo de siempre, una vida convertida en sepulcro, para así quedarnos, guardando a los muertos.

Van a buscarle entre los muertos, que están representados en la ciudadela y el templo vació de la imagen de la luna roja de pascua… Iban las mujeres a la tumba, con perfumes, para aguantar llorando, perfumando un cuerpo yermo… iban en el fondo a un tipo de Iglesia, en la que no está Jesús viviente, sino un vacío, puro vacío.

Pero no encontraron el cuerpo entre las ruinas del sepulcro, en la ciudadela antigua de Jerusalén, con las columnas rotas. No le encontraron en la Iglesia/sepulcro, donde muchos de nosotros seguimos poniéndole… Pero la Pascua de la Luna Roja de la Primavera estaba anunciando el nuevo día, el Sol de Jesús, enviándoles de nuevo a Galilea.

Ésta es la palabra clave de este año de gracia 2014, para que escuchemos de nuevo con las mujeres, que no está aquí… No está en nuestras iglesias seguras de sí mismas, convertidas en sepulcros:

‒ No está en las ruinas de los sepulcros antiguos , ni en los viejos edificios que queremos custodiar, nuestras iglesias sin vida (museos…), nuestro cristianismo enmohecido

‒ Nos hemos acostumbrado a la muerte en las iglesias, no a la muerte de Jesús (que murió por algo, peleando por la vida), sino a la muerte de las iglesias, que se están convirtiendo en signo inoperante de algo que no funciona…

Nuestro peligro no es ya el ateísmo, ni la persecución, ni la pobreza… Nuestro peligro es la banalización del mensaje de Jesús. No, no es que sea falso… Es que lo hemos hecho insignificante, intrascendente. No nos atrevemos a dejar el sepulcro donde queremos seguir estando, guardando recuerdos muertos.

Éste es el mensaje de hoy, palabra de Pascua: No está aquí, no le busquéis en vuestros sepulcros, id a Galilea, recrear su camino, renovar su impulso, allí le encontraréis.

‒ No está en el sepulcro, porque él es la resurrección… y la manera de honrar a los muertos no es llorarles (guardando sus sepulcros) sino viviendo, amando, esperando.

‒ Jesús no sale del sepulcro par abandonar a los muertos, sino para que todos los muertos puedan resucitar… y para que nosotros vivamos desde ahora en esperanza de resurreccion

‒ En esa línea, las mujeres ofrecen y siguen ofreciendo el Primer testimonio de Pascua, por intuición personal, por amor abierto al Jesús a quien amaron y les ama, por encima de todas las cosas, por encima de la muerte.

Ellas (las mujeres de la Primera Pascua, con los hombres y mujeres de hoy) debemos ir, diciendo a Pedro y todos los discípulos y amigos de Jesús (la humanidad entera) que él “ha resucitado” y que podemos verle, iniciando juntos la Gran Travesía de la Resurrección.

Éste es el mensaje de Mc 16, 1-7 (dejo para otra ocasión 16, 8), el Evangelio más importante de la Iglesia, voz de Vigilia de Pascua, gran anuncio y tarea de resurrección (que acabo de escuchar en el Monasterio del Carmelo de Salamanca, con Mabel, con las hermanas).

(Lo que sigue es ya una lectura más convencional del evangelio de Pascua)

Texto

467868267_8309cde3e8_o(imagen: las tres mujeres van al sepulcro, cuando se esconde ya la luna)

1 Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. 2 Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro. 3 Se decían unas otras: «¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?»
4 Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande. 5 Y entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. 6 Pero él les dice: «No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron. 7 Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo.» (Mc 16, 1-7)

Mc 16, 1-4. UN SEPULCRO ABIERTO

Según Marcos, ellas han visto enterrar a Jesús de forma apresurada (15, 47), y por eso vuelven, para culminar los ritos funerarios, que José de Arimatea no había realizado de forma conveniente (cf. Mc 15, 42-46).

No hay varones que les acompañen y puedan descorrer con fuerza la piedra de la boca del sepulcro (16, 3). Pedro y los discípulos restantes han huido, y hay quien dice que siguen huyendo todavía hacia Galilea. José de Arimatea, que ha cumplido su misión “judía” (Mc 15, 42-46), no está con ellas. El centurión casi creyente (15, 39) ha desaparecido. Sólo quedan ellas, las mujeres del recuerdo y del sepulcro, dispuestas a iniciar un rito interminable de unción y cantos/llantos funerarios por el muerto.

Pasado el sábado (16, 1). Han cumplido el ritmo de reposo y sacralidad que marca la ley del sábado, que a partir de aquí podrá verse tiempo viejo, culto a las fuerzas de este mundo que mantienen a Jesús en el sepulcro.

María Magdalena, María la de Jacob, y Salomé (16, 1). Son las tres que hemos visto en 15,40, las mujeres fieles de Jesús, que le han seguido-servido, y que ahora quieren realizar el último servicio, con aromas para embalsamarle. Con ese gesto acabaría externamente su testimonio y tarea de amistad, llegando hasta el fin en su relación Jesús. Después sólo tendrían un recuerdo de muerte.

Compraron perfumes… (16, 1). Son buenas, quieren a Jesús, pero no saben aún lo que ha pasado. Por van hacia un sepulcro vacío con perfumes de muerte (aromas de culto funerario), sin saber cómo podrán utilizarlo (no tienen fuerza para abrir la tumba, penetrando más allá de la muerte). Pero tanto lo que saben como lo que ignoran se les vuelve inútil pues el recordatorio de muerte (monumento, mnêmeion) estará abierto, sin cadáver para embalsamar. Leer más…

El Resucitado es el Crucificado. Lectura de la resurrección de Jesús desde los crucificados del mundo”, por Jon Sobrino, teólogo

Domingo, 20 de abril de 2014

8461470921_30a1ef6ec4_zLeído en Koinonía:

Este número monográfico está dedicado a la resurrección de Jesús como acontecimiento y verdad fundamental para la fe cristiana. Queremos en este breve artículo recordar otra verdad no menos fundamental para la fe: que el resucitado no es otro que Jesús de Nazaret crucificado. No nos mueve a ello ningún a priori dolorista, como si no pudiera haber en la fe un momento de gozo y esperanza, ni tampoco ningún a priori dialéctico que fuese necesario conceptualmente para la reflexión teológica. Nos mueve más bien una doble honradez, con los relatos del Nuevo Testamento por una parte y con la realidad de millones de hombres y mujeres por otra.

Con lo primero queremos decir que es preciso recordar que el resucitado es el crucificado, por la sencilla razón de que es verdad y de que así -y no de otra manera- se presenta la resurrección de Jesús en el NT. Esta verdad no es además sólo una verdad fáctica de la cual hubiera que tener noticia, como un dato más del misterio pascual, sino una verdad fundamental, en el sentido de que fundamenta la realidad de la resurrección y, de ahí, cualquier interpretación teológica de ella.

Con lo segundo queremos decir que en la humanidad actual -y ciertamente donde escribe el autor- existen muchos hombres y mujeres, pueblos enteros, que están crucificados. Esta situación mayoritaria de la humanidad hace del recuerdo del crucificado algo connatural y exige ese recuerdo para que la resurrección de Jesús sea buena noticia concreta y cristiana, y no abstracta e idealista. Por otra parte, son estos crucificados de la historia los que ofrecen la óptica privilegiada para captar cristianamente la resurrección de Jesús y hacer una presentación cristiana de ella. Esto es lo que pretendemos hacer a continuación: concretizar cristianamente algunos aspectos de la resurrección de Jesús desde su realidad de crucificado, lo cual, a su vez, se descubre mejor desde los crucificados de la historia.

1. El triunfo de la justicia de Dios

Muy pronto, a través de un proceso creyente, se universalizó lo ocurrido en la resurrección de Jesús. Cruz y resurrección empezaron a funcionar como símbolos universales, de la muerte, como destino de todo ser humano y su anhelo de inmortalidad, como esperanza de todo ser humano. El poder resucitante de Dios se presentó como garantía de esa esperanza más allá y contra la muerte.

Todo ello es correcto, pero conviene no precipitarse en este proceso de universalización, sino ahondar antes en la historicidad concreta del destino de Jesús.

En la primera predicación cristiana, aunque de forma ya estereotipada, la resurrección de Jesús fue presentada de la siguiente manera: “Ustedes, por mano de los paganos, lo mataron en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte” (Hech 2,24; cfr. el mismo esquema en Hech 3, 13-15; 4,10; 5,30; 10,39; 13,28ss). En este anuncio se da fundamental importancia al hecho de que alguien ha sido resucitado, pero no menor importancia se da a la identificación de quién ha sido resucitado por Dios.

Este hombre no es otro que Jesús de Nazaret, el hombre que, según los evangelios, predicó la venida del reino de Dios a los pobres, denunció y desenmascaró a los poderosos, fue por ellos perseguido, condenado a muerte y ejecutado, y mantuvo en todo ello una radical fidelidad a la voluntad de Dios y una radical confianza en el Dios a quien obedecía. En los primeros discursos se le identifica como “el santo”, “el justo”, “el autor de la vida” (Hech 3,14s). Y muy pronto también se interpreta su destino de muerte como la suerte que corrieron los profetas (1 Tes 2,15).

La importancia de esta identificación no consiste sólo, obviamente, en saber el nombre concreto de quien ha sido objeto de la acción de Dios, sino en que a través de esa identificación, de la narración e interpretación de la vida del crucificado, se entiende de qué se trata en la resurrección de Jesús. Quien así ha vivido y quien por ello fue crucificado, ha sido resucitado por Dios. La resurrección de Jesús no es entonces sólo símbolo de la omnipotencia de Dios, como si Dios hubiese decidido arbitrariamente y sin conexión con la vida y destino de Jesús mostrar su omnipotencia. La resurrección de Jesús es presentada más bien como la Respuesta de Dios a la acción injusta y criminal de los seres humanos. Por ello, por ser respuesta, la acción de Dios se comprende manteniendo la acción de los seres humanos que origina esa respuesta: asesinar al justo. Planteada de esta forma, la resurrección de Jesús muestra en directo el triunfo de la justicia sobre la injusticia; no es simplemente el triunfo de la omnipotencia de Dios, sino de la justicia de Dios, aunque para mostrar esa justicia Dios ponga un acto de poder. La resurrección de Jesús se convierte así en buena noticia, cuyo contenido central es que una vez y en plenitud la justicia ha triunfado sobre la injusticia, la víctima sobre el verdugo.

2. El escándalo de la injusticia que da muerte

La acción victoriosa de Dios en la resurrección de Jesús no debe hacer olvidar la suma gravedad de la acción de los hombres y mujeres, a la cual es respuesta. Los primeros discursos lo repiten continuamente: “ustedes lo mataron”. Es cierto que se tiende a suavizar la responsabilidad en el asesinato de Jesús: “Hermanos, sé que lo hicieron por ignorancia” (Hech 3,17). Pero esta frase consoladora y motivadora de la conversión no reduce en absoluto la suma gravedad de asesinar al justo. En la resurrección acaece ejemplarmente la afirmación paulina de que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia; pero esa sobre-abundancia de la gracia recalca más lo extremoso del pecado de asesinar al justo.

Si se toma con seriedad la presentación dual y antagónica de la acción de Dios y de los seres humanos en el destino de Jesús entonces se puede replantear al menos en qué consiste el escándalo primario de la historia y cómo debemos enfrentarlo. Una concentración unilateral en la acción resucitadora de Dios presupone con frecuencia que ese escándalo es en último término la propia muerte futura. Según eso, lo que posibilita y exige la resurrección es el coraje de la esperanza en la propia supervivencia personal. Pero si se sigue escuchando la afirmación de que “ustedes lo mataron”, entonces lo que resalta en primer lugar como escandaloso no es simplemente la muerte, sino el asesinato del justo y la posibilidad humana, mil veces hecha realidad, de dar muerte al justo. La pregunta que, lanza la resurrección es si participamos nosotros también en el escándalo de dar muerte al justo, si estamos del lado de los que le asesinan o del lado de Dios que le da vida.

La resurrección de Jesús no sólo nos plantea el problema de cómo podemos habérnoslas con nuestra propia muerte futura, sino que nos recuerda que tenemos que habérnoslas ya con la muerte y la vida de los otros; que la tragedia del ser humano y el escándalo de la historia no consiste sólo en el hecho de que el ser humano tiene que morir él, sino en la posibilidad de dar muerte al otro. Estas reflexiones no pretenden minimizar el problema universal de la muerte ni hacer pasar a segundo término el indudable mensaje de esperanza que aparece en la resurrección de Jesús. Sólo pretenden recalcar que existe ya el inmenso escándalo de la injusticia que da muerte en la historia, y que el modo de enfrentar ese escándalo es la forma cristiana de enfrentar también el escándalo de la propia muerte personal. Dicho en otras palabras, el coraje cristiano en la propia resurrección vive del coraje para superar el escándalo -histórico de la injusticia; la necesaria esperanza, como condición de posibilidad de creer en la resurrección de Jesús como futuro bienaventurado de la propia persona, pasa por la práctica del amor histórico de dar ya vida a los que mueren en la historia. Leer más…

“El obispo Spong se pregunta por lo sucedido realmente en la Resurrección”, por John Selby Spong

Domingo, 20 de abril de 2014

pic1_quentin_elias_shirt_off_bulge_001Leído en la página web de Redes Cristianas

Pero ¿qué ocurrió realmente?

I. PRESENTACIÓN

Antonio CARRASCOSA MENDIETA

El texto que ofrecemos de John S. Spong es un texto peculiar por tres razones[1]. Lo es por lo que tiene de novedoso dentro del discurso religioso habitual; lo es –y mucho más– por ser de un obispo de una iglesia cristiana; y también por ser de un tono distinto dentro del conjunto al que pertenece. Estas tres razones creemos que justifican sobradamente una presentación.

El objetivo de este trabajo es, en primer lugar, situar el texto de Spong en el conjunto del libro al que pertenece y subrayar, además, la intención del mismo, que es ayudar al creyente que busca, dentro de la fe, entender y saber decirse a sí mismo y a los demás dicha fe en el lenguaje y las categorías de su tiempo. Los cuatro primeros apartados quieren cumplir este primer objetivo. El quinto apartado se sitúa en otra óptica: señalar, primero, algunas consideraciones críticas desde el punto de vista exegético, así como indicar, después, ciertos puntos de afinidad entre Spong y Légaut*.

La figura de John Shelby Spong no es nueva en nuestra revista. En la revista «Cuadernos de la diáspora» (nº 10) y en RELaT, Revista Electrónica Latinoamericana de Teología (nº 373), ya se publicó un fragmento de una obra suya anterior sobre las tradiciones recogidas en el Nuevo Testamento sobre el nacimiento y el origen de Jesús[2]. En la presentación de entonces ya se ofreció una información biográfica sobre el autor, a la que nos remitimos[3], y que completaremos con las últimas referencias bibliográficas, sobre todo, con algunas observaciones en relación con el tema de la Resurrección.

Dos etapas en la obra de Spong

Podemos distinguir dos etapas en la trayectoria de J. S. Spong como escritor, aunque esta división sea un tanto artificial. Spong fue obispo de la iglesia episcopaliana en Newark (Nueva Jersey, Estados Unidos) durante veintiséis años, hasta que se jubiló en 1999. En el tiempo en que ejerció el episcopado, escribió más de diez libros y numerosos artículos, que le han convertido en uno de los autores cristianos más conocidos en el área lingüística inglesa. Hasta 1998, a las puertas de su jubilación, Spong se enfrentó a las cuestiones morales y de conocimiento que, como obispo, se le planteaban.

El tema de fondo de todas estas cuestiones era la búsqueda de una comprensión de la revelación bíblica acorde con el universo mental de nuestra época; una comprensión que superase la lectura fundamentalista, tan frecuente en su entorno, sin que esta superación supusiese abandonar la fe sino, por el contrario, reencontrarla en otro plano. Esta búsqueda le llevó a abordar temas de actualidad, considerados polémicos dentro del cristianismo, como, por ejemplo, los márgenes –o los extremos– de la figura histórica de Jesús, es decir, sus orígenes y su Resurrección, así como cuestiones éticas en torno a la sexualidad y a las fronteras de la vida. Como fruto maduro de este camino, Spong, a partir de su retiro, empezó una segunda etapa que podríamos denominar de síntesis, cuyo objetivo está consistiendo en repensar la imagen de Dios, la figura de Jesús, la plegaria y la Iglesia más allá del teísmo. Sus “Doce Tesis para una Nueva Reforma” pueden dar una idea suficiente de las inquietudes actuales de este obispo singular:

1. El teísmo, como forma de definir a Dios, ha muerto: ya no se puede pensar a Dios, con credibilidad, como un ser, sobrenatural por su poder, que habita en el cielo y está listo para intervenir periódicamente en la historia humana e imponer su voluntad. Por eso, la mayor parte del lenguaje teológico actual sobre Dios carece de sentido; lo cual nos lleva a buscar una nueva forma de hablar de Dios.

2. Dado que Dios no puede pensarse ya en términos teísticos, no tiene sentido intentar entender a Jesús como la encarnación de una deidad teísta. Por eso, la Cristología antigua está en bancarrota.

3. La historia bíblica de una creación perfecta y acabada, y la caída posterior de los seres humanos en el pecado, es mitología pre-darwiniana y un sin sentido post-darwiniano.

4. La concepción y el nacimiento virginales, entendidos literal y biológicamente, convierten a la divinidad de Cristo, tal como tradicionalmente se entiende, en imposible.

5. Los relatos de milagros del Nuevo Testamento no pueden interpretarse, en un mundo posterior a Newton, como sucesos sobrenaturales realizados por una divinidad encarnada.

6. La interpretación de la Cruz como un sacrificio ofrecido a Dios por los pecados del mundo es una idea bárbara basada en conceptos primitivos sobre Dios que deben abandonarse.

7. La resurrección es una acción de Dios: Dios exaltó a Jesús a la significación de Dios. Por consiguiente, no es una resucitación física ocurrida dentro de la historia humana.

8. El relato de la Ascensión supone un universo concebido en tres niveles y por eso no puede mantenerse, tal cual, en una época cuyos conceptos espaciales son posteriores a Copérnico.

9. No hay una norma externa, objetiva y revelada, plasmada en una escritura o sobre tablas de piedra, cuya misión sea regir en todo tiempo nuestra conducta ética.

10. La plegaria no puede ser una petición dirigida a una deidad teísta para que actúe en la historia humana de una forma determinada.

11. La esperanza de una vida después de la muerte debe separarse, de una vez por todas, de una mentalidad de premio o castigo, controladora de la conducta. Por consiguiente, la Iglesia debe dejar de apoyarse en la culpa para motivar la conducta.

12. Todos los seres humanos llevan en sí la imagen de Dios y deben ser respetados por lo que cada uno es. Por consiguiente, ninguna caracterización externa, basada en la raza, la etnia, el sexo, o la orientación sexual, puede usarse como base para ningún rechazo o discriminación.

Nota del autor: Estas tesis, que planteo para el debate, están inevitablemente formuladas de forma negativa. Es algo deliberado. Antes de que alguien pueda escuchar lo que es el cristianismo debe crear un espacio para esta escucha borrando las falsas concepciones del mismo. Mi libro Por qué el cristianismo debe cambiar o morir es un manifiesto que llama a la Iglesia a una Nueva Reforma. En él empecé a diseñar una visión de Dios que va más allá del teísmo, una comprensión de Cristo como presencia de Dios, y una visión de la forma que, en el futuro, pueden tener tanto la Iglesia como su liturgia…[4]

Estas doce tesis no son, ni mucho menos, “un brindis al sol”, algo formulado a la ligera sólo por el prurito de ser moderno. Detrás de ellas hay muchos años de búsqueda y de fidelidad tanto en el orden personal como en el específicamente intelectual. El libro del que hemos escogido publicar un capítulo es, por ejemplo, el trabajo previo a las tesis 7 y 8, de la misma manera que el libro del que publicamos un capítulo hace siete años está en la base de la tesis 4.

Tanto el libro del que el mismo Spong dice en su Nota que surgen las tesis (Por qué el cristianismo…) como, sobre todo, el inmediatamente posterior[5] buscan expresar una fe en Dios y en Jesús independiente del teísmo y son, por tanto, el trabajo que hay tras las tesis 1 y 2. Todo esto indica, como decimos, el largo itinerario, la lenta maduración que subyace tras estas tesis vigorosas, en cierto modo polémicas y radicales que, como el autor también indica en su nota, se ofrecen no como un punto de llegada sino como materia para el debate y la discusión y como punto de partida para una búsqueda posterior.

Spong y la “doble verdad”

Hay un dato del autor que debe tenerse en cuenta desde el principio: Spong no es primeramente un teólogo o un exegeta erudito sino un pastor. Querer acercarse a su obra como a la de un teólogo o exegeta académico o universitario sería un error. Su interés como pastor de la Iglesia es ayudar al creyente a formular una fe acorde con su mentalidad, propia de su tiempo, y con el carácter adulto y maduro de su ser en otros terrenos; un ser que se sabe responsable, incompleto, en búsqueda, pero que sabe también su dignidad. Spong no escribe para el especialista bíblico sino para el cristiano que no termina de comprender los textos de su tradición dado que el universo mental al que pertenece es muy distinto. Esta preocupación es interna al movimiento de la fe que no quiere caer en la esquizofrenia de quienes viven lo religioso como una dimensión de su vida ajena al esfuerzo reflexivo y responsable que rige el resto de la misma.

Spong sabe que, en las distintas iglesias y a diferentes ritmos, los teólogos llevan siglo y medio respondiendo al reto de examinar las creencias, de diferenciar éstas de la fe y de dar a la fe un lenguaje inteligible en el universo mental actual. Los avances en materia bíblica permiten, en efecto, un acercamiento nuevo a los textos sagrados del cristianismo. Sin embargo, esta manera nueva de interpretar la Biblia apenas llega a los cristianos de base de las distintas confesiones.

La razón de esta fractura no es la comprensible distancia que siempre hay entre especialistas y no especialistas en cualquier ámbito del conocimiento. Spong cree que, entre los responsables de las iglesias y entre los mismos teólogos y exegetas, existe el temor de que las perspectivas renovadas en la lectura e interpretación bíblica –patrimonio común ya de los estudiosos a pesar de las posturas diversas que existen entre ellos– provocarían, al llegar a los cristianos, un desmoronamiento insalvable de su fe[6]. Acostumbrados como están los fieles a sostener sus creencias sobre la base del literalismo bíblico y dogmático que hasta ahora se les ha inculcado con ahínco, ¿dónde iría a parar su fe si esta base literal se desmoronase? Ante este temor, los responsables de las iglesias, que no asumen a fondo la distinción entre fe y creencias, prefieren mantener lo que a Spong le parece una “doble verdad”: una verdad para los “especialistas”, teólogos, exegetas y gente informada, que asume, en mayor o menor medida, las exigencias del conocimiento crítico, y otra verdad para el “pueblo” al que se pretende mantener al margen, en un infantilismo impropio tanto de su madurez en otros terrenos como de la mentalidad de nuestra época. Leer más…

“¿Última impostura o última verdad?”, por Martín Gelabert Ballester, OP.

Domingo, 20 de abril de 2014

3De su blog Nihil Obstat:

Durante toda la semana de Pascua, la primera lectura de la liturgia eucarística, repite como si fuera un estribillo: “vosotros lo matasteis (a Jesús), pero Dios lo resucitó”. No fue Dios quién entregó a Jesús a la muerte, sino unos hombres malvados que no pudieron soportar su vida y su palabra. Porque cuando uno se encuentra con un profeta tan incisivo y coherente como Jesús de Nazaret, no hay neutralidad posible. Solo caben dos posturas: o convertirse o rechazarle. Precisamente el reproche que Jesús lanza contra algunos judíos es “que no han creído en mi”. Y, al no creer en Jesús, no han creído en el que le ha enviado. Es significativo este texto del evangelio de Juan: “si no hubiera hecho entre ellos obras que no ha hecho ningún otro, no tendrían pecado; pero ahora las han visto, y nos odian a mi y a mi Padre” (Jn 15,24). Es posible odiar al Padre, al Hijo y al Espíritu, habiendo visto obras asombrosas.

Dios fue el que sacó a Jesús de la muerte. Ahí está, para los que creen, la gran prueba de que Jesús tenía razón y de que su camino era el bueno. Con la resurrección, Dios da la razón a Jesús y se la quita a sus asesinos. Por este motivo, proclamar la victoria de Cristo sobre la muerte es un discurso peligroso. Es llamativo el argumento que emplean los sumos sacerdotes y los fariseos, cuando van a Pilato a pedir una guardia para custodiar el cadáver de Jesús, temerosos de que los apóstoles roben el cuerpo y luego digan que ha resucitado: “la última impostura será peor que la primera” (Mt 27,64). Tenían más miedo de su resurrección que de su vida. Porque con la resurrección su vida se reafirma hasta límites insospechados.

Lo que para los fariseos es la última impostura, para los creyentes es la última verdad. Pero proclamar esta verdad implica que las autoridades no tenían razón; y que lo que ellas defendían –una religión basada más en el culto que en el amor a Dios y al prójimo- no tiene ningún futuro. El futuro, a pesar de tantas apariencias contrarias, se encuentra en la verdad, la vida, la belleza, la justicia y el amor. Por eso digo que la fe en la resurrección es un discurso y un recuerdo peligroso.

Con la resurrección todo comienza de nuevo. De ahí nace la Iglesia, el testimonio, la predicación. A partir de ahí se reinterpreta la vida de Jesús y se comprende la verdad más profunda de la historia de la salvación: Jesús resucitado nos abre el entendimiento para comprender las Escrituras. Con la resurrección todo cobra sentido. La última palabra no es de los hombres y, mucho menos, de los poderosos de este mundo. La última palabra es de Dios. Esta Palabra es Jesús de Nazaret, muerto y resucitado. Por eso, la resurrección nos remite al seguimiento de Cristo. Siguiéndole a él, viviendo como él, pensando como él, también nosotros participaremos del futuro que Dios tiene preparado para todos los que le aman.

El presidente de EE.UU. Barack Obama invita a “regocijarnos en el triunfo de la Resurrección”.

Domingo, 20 de abril de 2014

obamapascuados_560x280Obama y su familia acuden al culto en Viernes Santo

“Dios está siempre con nosotros, en el sufrimiento y en la celebración”.

 “Esta época nos recuerda que Dios está siempre con nosotros, en el sufrimiento y en la celebración”

Anima a “seguir el ejemplo de Cristo al amar a Dios y a nuestro prójimo como a nosotros mismos”

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, deseó hoy, junto a su esposa Michelle, una feliz Pascua a sus “hermanos cristianos” y ambos se unieron a la celebración del Viernes Santo.

Reflexionemos sobre el sacrificio que Jesucristo hizo por nosotros y regocijémonos en el triunfo de la Resurrección. Esta época nos recuerda que Dios está siempre con nosotros, en el sufrimiento y en la celebración”, dijo Obama en un comunicado.

“Demos gracias por las muchas bendiciones en nuestras vidas y renovemos nuestro compromiso de seguir el ejemplo de Cristo al amar a Dios y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, agregó el mandatario.

Obama siempre se ha descrito como creyente en Jesucristo, pero no ha entrado en detalles específicos sobre su iglesia.

Precisamente hace apenas unas semanas, el presidente estadounidense visitó el Vaticano y se reunió con el papa Francisco.

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El papa y el presidente, junto con dos intérpretes, celebraron un encuentro privado que se prolongó durante cincuenta minutos, más largo de lo normal, en el que ambos intercambiaron pareceres y regalos.

El presidente confesó a la prensa que se sintió “muy conmovido por el mensaje de inclusión y de compasión del papa Francisco” y profundamente emocionado por sus reflexiones sobre la importancia de que los dirigentes políticos incorporen una perspectiva moral cuando afrontan los problemas mundiales, más allá de los propios intereses.

Raniero Cantalamessa: “El pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia”

Domingo, 20 de abril de 2014

JONATHAN SCARFE, JOHNATHON SCHAECHLeemos en Religión Digital:

El predicador del Papa traza una vibrante reflexión sobre el pecado y el perdón

“El dinero es el verdadero enemigo, el competidor de Dios en este momento”

(Jesús Bastante).- Viernes Santo. Cristo muere abandonado y traicionado por los suyos. Por Judas, el gran traidor de la Historia. Pero también por Pedro, quien le negó tres veces. Y tantas veces por cada uno de nosotros. “El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia”, indicó esta tarde el predicador de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa, durante los oficios en la basílica de San Pedro.

Fue una ceremonia sobria, impregnada de la relevancia del momento. El propio Francisco se tumbó en el suelo de la basílica para orar, y durante toda la ceremonia mantuvo un rictus serio, concentrado, casi en trance. No así Cantalamessa, que trazó una vibrante homilía en la que reflexionó sobre la traición de Judas, y la de cada uno de nosotros.

Y es que, más allá de las posibles razones que muchos han tratado de apuntar, a lo largo de los siglos, para explicar por qué Jesús fue vendido por uno de sus amigos, el capuchino insistió en quehubo un motivo más a ras de la tierra: el dinero.

Judas, responsable de la bolsa de los compañeros de Jesús, “era un ladrón”. Y un entusiasta del dinero. “Su propuesta a los sacerdotes es explícita: ¿cuánto estáis dispuesto a darme si os lo entrego? Y ellos fijaron el precio: 30 monedas”.

“¿Acaso no ha sido casi siempre así en la historia, y no es todavía así? El dinero, ¿no es el ídolo por antonomasia?”, dijo Cantalamessa, quien calificó al dinero de “verdadero enemigo, el competidor de Dios en este momento”. “¿Quién es el otro patrón, el anti dios? Nos lo dice Jesús: nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y al dinero”.

El dinero es el anti dios, cambia la fe, esperanza y caridad… se hace una siniestra inversión de los valores, añadió el capuchino, quien insistió en que “el apego al dinero es la raíz de todos los males“. “¿Qué hay detrás del comercio de la droga, que destruye tantas vidas humanas, detrás de la prostitución, la mafia, la corrupción política, el comercio de armas, o la cosa más terrible, detrás de la venta de órganos humanos arrancados a niños? Y la crisis, ¿no es debida en buena parte a la detestable codicia del dinero?“, recordó Cantalamessa.

¿No os dice algo de algunos administradores del dinero público?”, continuó. “¿No es ya escandaloso que algunos perciban sueldos cien veces superiores a los que trabajan en sus dependencias, y que levanten la voz en cuanto se apunte la posibilidad de tener que renunciar a algo?

El dinero es falso y mentiroso, promete la seguridad pero la quita, promete libertad pero la destruye“, prosiguió el predicador de la Casa Pontificia, quien añadió que “la traición de Judas continúa en la historia. Y el traicionado es siempre Él. Judas vendió al jefe, sus imitadores venden su cuerpo. Porque los pobres son miembros de Cristo. ‘Todo lo que hagáis con cada uno de mis hermanos pequeños, me lo hacéis a mi’”.

Pensad en el Judas que cada uno tenemos dentro de nosotros”, se detuvo Cantalamessa. Y es que “se puede traicionar a Jesús de otra manera: quien traiciona a su esposa o su marido; el ministro de Dios infiel a su estado o quien en lugar de apacentar a su rebaño, se apacienta a sí mismo; traiciona a Jesús quien traiciona su conciencia”.

Judas, el gran culpable, tenía un atenuante que yo no tengo: él no sabía quién era Jesús, no sabía que era el hijo de Dios. Nosotros sí“. Y aún así, “al final, Judas se arrepintió, y devolvió los denarios. Los arrojó en el templo y fue a ahorcarse”.

Y pese a todo, “Jesús nunca abandonó a Judas, y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello. Quién puede decir lo que pasó por su mente en los últimos instantes”.

De nadie sabe la Iglesia que esté ciertamente en el Infierno, ni siquiera Judas“, proclamó Cantalamessa, quien sí incidió en que “la historia de nuestro hermano Judas nos tiene que llevar a rendirnos a quien nos pide el perdón, y a ponernos en los brazos abiertos del crucificado. No es la traición, sino la respuesta de Jesús a la traición. Él sabía bien lo que iba a hacer, pero no lo expone: quiere darle la posibilidad hasta el final de dar marcha atrás. Sabe a qué ha venido, pero ni siquiera rechaza su beso”.

Cuando Jesús dice en la cruz, “Jesús perdónales porque no saben lo que hacen”, no excluye a Judas, su traidor. “¿Qué haremos pues nosotros, hermanos y hermanas, en este día? ¿A quién seguiremos? ¿A Judas o a Pedro? Pedro tuvo el remordimiento, pero también Judas lo tuvo. ¿Dónde está la diferencia? En una sola cosa: Pedro tuvo confianza en la misericordia de Cristo, Judas no. El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia. Si lo hemos imitado en la traición, no lo imitemos en la falta de confianza”.

Esta es la predicación íntegra del padre Cantalamessa:

«ESTABA TAMBIÉN CON ELLOS JUDAS, EL TRAIDOR»

Dentro de la historia divino-humana de la pasión de Jesús hay muchas pequeñas historias de hombres y de mujeres que han entrado en el radio de su luz o de su sombra. La más trágica de ellas es la de Judas Iscariote. Es uno de los pocos hechos atestiguados, con igual relieve, por los cuatro evangelios y por el resto del Nuevo Testamento. La primitiva comunidad cristiana reflexionó mucho sobre el asunto y nosotros haríamos mal a no hacer lo mismo. Tiene mucho que decirnos.

Judas fue elegido desde la primera hora para ser uno de los doce. Al insertar su nombre en la lista de los apóstoles, el ‘evangelista Lucas escribe: «Judas Iscariote que se convirtió (egeneto) en el traidor» (Lc 6, 16). Por lo tanto, Judas no había nacido traidor y no lo era en el momento de ser elegido por Jesús; ¡llegó a serlo! Estamos ante uno de los dramas más sombríos de la libertad humana.

¿Por qué llegó a serlo? En años no lejanos, cuando estaba de moda la tesis del Jesús «revolucionario», se trató de dar a su gesto motivaciones ideales. Alguien vio en su sobrenombre de «Iscariote» una deformación de «sicariote», es decir, perteneciente al grupo de los zelotas extremistas que actuaban como «sicarios» contra los romanos; otros pensaron que Judas estaba decepcionado por la manera en que Jesús llevaba adelante su idea de «reino de Dios» y que quería forzarle para que actuara también en el plano político contra los paganos. Es el Judas del célebre musical «Jesucristo Superstar» y de otros espectáculos y novelas recientes. Un Judas que se aproxima a otro célebre traidor del propio bienhechor: ¡Bruto que mató a Julio César para salvar la República!

Son todas construcciones que se deben respetar cuando revisten alguna dignidad literaria o artística, pero no tienen ningún fundamento histórico. Los evangelios -las únicas fuentes fiables que tenemos sobre el personaje- hablan de un motivo mucho más a ras de tierra: el dinero. A Judas se le confió la bolsa común del grupo; con ocasión de la unción de Betania había protestado contra el despilfarro del perfume preciosos derramado por María sobre los pies de Jesús, no porque le importaran de pobres -hace notar Juan-, sino porque “era un ladrón y, puesto que tenía la caja, cogía lo que echaban dentro» (Jn 12,6). Su propuesta a los jefes de los sacerdotes es explícita: «¿Cuanto estáis dispuestos a darme, si os lo entrego? Y ellos fijaron treinta siclos de plata» (Mt 26, 15).

 Pero ¿por qué extrañarse de esta explicación y encontrarla demasiado banal? ¿Acaso no ha sido casi siempre así en la historia y no es todavía hoy así? Mammona, el dinero, no es uno de tantos ídolos; es el ídolo por antonomasia; literalmente, «el ídolo de metal fundido» (cf. Éx 34,17). Y se entiende el porqué. ¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir en los hechos, no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios, en este mundo? ¿Satanás? Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. Quién lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o algún beneficio temporal. Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-Dios: «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y a Mammona» (Mt 6,24). El dinero es el «Dios visible», a diferencia del Dios verdadero que es invisible.
Mammona es el anti-dios porque crea un universo espiritual alternativo, cambia el objeto a las virtudes teologales. Fe, esperanza y caridad ya no se ponen en Dios, sino en el dinero. Se opera una siniestra inversión de todos los valores. «Todo es posible para el que cree», dice la Escritura (Mc 9,23); pero el mundo dice: «Todo es posible para quien tiene dinero». Y, en un cierto nivel, todos los hechos parecen darle la razón.

«El apego al dinero -dice la Escritura- es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Detrás de cada mal de nuestra sociedad está el dinero o, al menos, está también el dinero. Es el Moloch de bíblica memoria, al que se le inmolaban jóvenes y niñas (cf. Jer 32,35), o el dios Azteca, al que había que ofrecer diariamente un cierto número de corazones humanos. ¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas, detrás del fenómeno de la mafia y de la camorra, la corrupción política, la fabricación y el comercio de armas, e incluso -cosa que resulta horrible decir- a la venta de órganos humanos extirpados a niños? Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado y este país aún está atravesando, ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero», la auri sagrada fames, por parte de algunos pocos? Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?

Pero, sin pensar en estos modos criminales de acumular dinero, ¿no es ya escandaloso que algunos perciban sueldos y pensiones cien veces superiores a los de quienes trabajan en sus dependencias y que levanten la voz en cuanto se apunta la posibilidad de tener que renunciar a algo, de cara a una mayor justicia social?

En los años 70 y 80, para explicar, en Italia, los repentinos cambios políticos, los juegos ocultos de poder, el terrorismo y los misterios de todo tipo que afligían a la convivencia civil, se fue afirmando la idea, casi mítica, la existencia de un «gran Anciano»: un personaje espabiladísmo y poderoso, que por detrás de los bastidores habría movido fila los hilos de todo, para fines que sólo él conocía. Este «gran Anciano» existe realmente, no es un mito; ¡se llama Dinero!

Como todos los ídolos, el dinero es «falso y mentiroso»: promete la seguridad y, sin embargo, la quita; promete libertad y, en cambio, la destruye. San Francisco de Asís describe, con una severidad inusual en él, el final de una persona que vivió sólo para aumentar su «capital». Se aproxima la muerte; se hace venir al sacerdote. Éste pide al moribundo: «¿Quieres el perdón de todos tus pecados?» , y él responde que sí. Y el sacerdote: «Estás dispuesto a satisfacer los errores cometidos, devolviendo las cosas que has estafado a otros?» Y él: «No puedo». «¿Por qué no puedes?» «Porque ya he dejado todo en manos de mis parientes y amigos». Y así él muere impenitente y apenas muerto los parientes y amigos dicen entre sí: «¡Maldita alma la suya! Podía ganar más y dejárnoslo, y no lo ha hecho!”

Cuántas veces, en estos tiempos, hemos tenido que repensar ese grito dirigido por Jesús al rico de la parábola que había almacenado bienes sin fin y se sentía al seguro para el resto de la vida: «Insensato, esta misma noche se te pedirá el alma; y lo que has preparado, ¿de quién será?» (Lc 12,20)! Hombres colocados en puestos de responsabilidad que ya no sabían en qué banco o paraíso fiscal almacenar los ingresos de su corrupción se encontraron en el banquillo de los imputados, o en la celda de una prisión, precisamente cuando estaban para decirse a sí mismos: «Ahora gózate, alma mía». ¿Para quién lo han hecho? ¿Valía la pena? ¿Han hecho realmente el bien de los hijos y la familia, o del partido, si es eso lo que buscaban? ¿O más bien se han arruinado a sí mismos y alos demás?

La traición de Judas continua en la historia y el traicionado es siempre él, Jesús. Judas vendió al jefe, sus imitadores venden su cuerpo, porque los pobres son miembros de Cristo, lo sepan o no. «Todo lo que hagáis con uno solo de estos mis hermanos más pequeños, me lo habéis hecho a mí» (Mt 25,40). Pero la traición de Judas no continúa sólo en los casos clamorosos que he mencionado. Pensarlo sería cómodo para nosotros, pero no es así. Ha permanecido famosa la homilía que tuvo en un Jueves Santo don Primo Mazzolari sobre «Nuestro hermano Judas». “Dejad -decía a los pocos feligreses que tenía delante-, que yo piense por un momento al Judas que tengo dentro de mí, al Judas que quizás también vosotros tenéis dentro».

Se puede traicionar a Jesús también por otros géneros de recompensa que no sean los treinta denarios de plata. Traiciona a Cristo quien traiciona a su esposa o a su marido. Traiciona a Jesús el ministro de Dios infiel a su estado, o quien, en lugar de apacentar el rebaño que se la confiado se apacienta a sí mismo. Traiciona a Jesús todo el que traiciona su conciencia. Puedo traicionarlo yo también, en este momento -y la cosa me hace temblar- si mientras predico sobre Judas me preocupo de la aprobación del auditorio más que de participar en la inmensa pena del Salvador. Judas tenía un atenunante que yo no tengo. Él no sabía quién era Jesús, lo consideraba sólo «un hombre justo»; no sabía que era el hijo de Dios, como lo sabemos nosotros.
Como cada año, en la inminencia de la Pascua, he querido escuchar de nuevo la «Pasión según san Mateo», de Bach. Hay un detalle que cada vez me hace estremecerme. En el anuncio de la traición de Judas, allí todos los apóstoles preguntan a Jesús: «¿Acaso soy yo, Señor?» «Herr, bin ich’s?» Sin embargo, antes de escuchar la respuesta de Cristo, anulando toda distancia entre acontecimiento y su conmemoración, el compositor inserta una coral que comienza así: «¡Soy yo, soy yo el traidor! ¡Yo debo hacer penitencia!», «Ich bin’s, ich sollte büßen». Como todas las corales de esa ópera, expresa los sentimientos del pueblo que escucha; es una invitación para que también nosotros hagamos nuestra confesión del pecado.

 El Evangelio describe el fin horrible de Judas: «Judas, que lo había traicionado, viendo que Jesús había sido condenado, se arrepintió, y devolvió los treinta siclos de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos, diciendo: He pecado, entregándoos sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿Qué nos importa? Ocúpate tú. Y él, arrojados los siclos en el templo, se alejó y fue a ahocarse» (Mt 27, 3-5). Pero no demos un juicio apresurado. Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. ¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada.

Es cierto que, hablando de sus discípulos, al Padre Jesús había dicho de Judas: «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición» (Jn 17,12), pero aquí, como en tantos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo no de la eternidad; la envergadura del hecho basta por sí sola, sin pensar en un fracaso eterno, para explicar la otra tremenda palabra dicha de Judas: «Mejor hubiera sido para ese hombre no haber nacido» (Mc 14,21). El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios. La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos están en la bienaventuranza eterna; pero de nadie sabe ella misma que esté en el infierno.
Dante Alighieri, que, en la Divina Comedia, sitúa a Judas en lo profundo del infierno, narra la conversión en el último instante de Manfredi, hijo de Federico II y rey de Sicilia, al que todos en su tiempo consideraban condenado porque murió excomulgado Herido de muerte en batalla, él confía al poeta que, en el último instante de vida, se rindió llorando a quien «perdona de buen grado» y desde el Purgatorio envía a la tierra este mensaje que vale también para nosotros:
Abominables mis pecados fueron
mas tan gran brazo tiene la bondad
infinita, que acoge a quien la implora .

He aquí a lo que debe empujarnos la historia de nuestro hermano Judas: a rendirnos a aquel que perdona gustosamente, a arrojarnos también nosotros en los brazos abiertos del crucificado. Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, sino la respuesta que Jesús da. Él sabía bien lo que estaba madurando en el corazón de su discípulo; pero no lo expone, quiere darle la posibilidad hasta el final de dar marcha atrás, casi lo protege. Sabe a lo que ha venido, pero no rechaza, en el huerto de los olivos, su beso helado e incluso lo llama amigo (Mt 26,50). Igual que buscó el rostro de Pedro tras la negación para darle su perdón, ¡quién sabe como habrá buscado también el de Judas en algún momento de su vía crucis! Cuando en la cruz reza: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), no excluye ciertamente de ellos a Judas.
¿Qué haremos, pues, nosotros? ¿A quién seguiremos, a Judas o a Pedro? Pedro tuvo remordimiento de lo que había hecho, pero también Judas tuvo remordimiento, hasta el punto que gritó: «¡He traicionado sangre inocente!» y restituyó los treinta denarios. ¿Dónde está, entonces, la diferencia? En una sola cosa: Pedro tuvo confianza en la misericordia de Cristo, ¡Judas no! El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia.

Si lo hemos imitado, quien más quien menos, en la traición, no lo imitemos en esta falta de confianza suya en el perdón. Existe un sacramento en el que es posible hacer una experiencia segura de la misericordia de Cristo: el sacramento de la reconciliación. ¡Qué bello es este sacramento! Es dulce experimentar a Jesús como maestro, como Señor, pero aún más dulce experimentarlo como Redentor: como aquel que te saca fuera del abismo, como a Pedro del mar, que te toca, como hizo con el leproso, y te dice: «¡Lo quiero, queda curado!» (Mt 8,3).

La confesión nos permite experimentar sobre nosotros lo que la Iglesia canta la noche de Pascua en el Exultet: «Oh, feliz culpa, que mereció tal Redentor!» Jesús sabe hacer, de todas las culpas humanas, una vez que nos hemos arrepentidos, «felices culpas», culpas que ya no se recuerdan si no por haber sido ocasión de experiencia de misericordia y de ternura divinas!

Tengo un deseo que hacerme y haceros a todos, Venerables Padres, hermanos y hermanas: que la mañana de Pascua podamos levantarnos y oír resonar en nuestro corazón las palabras de un gran converso de nuestro tiempo:

«Dios mío, he resucitado y estoy aún contigo!
Dormía y estaba tumbado como un muerto en la noche.
Dijiste: «¡Hágase la luz! ¡Y yo me desperté como se lanza un grito! [...]
Padre mío que me has generado antes de la aurora, estoy en tu presencia.
Mi corazón está libre y la boca pelada, cuerpo y espíritu estoy en ayunas.
Estoy absuelto de todos los pecados, que confesé uno a uno.
El anillo nupcial está en mi dedo y mi rostro está limpio.
Soy como un ser inocente en la gracia que me has concedido».

Este puede hacer de nosotros la Pascua de Cristo.

La Pasión Gay de Jesucristo, en imágenes

Domingo, 20 de abril de 2014

passion-book-img13-zHabréis visto  que algunas veces he utilizado estas imágenes en el blog, hoy, en Ragap  las recuerda al completo y podéis contemplar toda la Pasión y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo desde una visión GLTB, pinchando en el enlace que añadimos al final.

Jesús como un gay joven de hoy en día en una ciudad moderna, abucheado por los fundamentalistas, juzgado por el poder religioso, torturado y vejado por los soldados, muerto y resucitado, en la comida de Emmaus partiendo el pan…. Esto es lo que plantea el artista Kittredge Cherry en “La Pasión de Cristo: Una Mirada Gay”.

La muestra introduce preguntas clásicas del cristianismo Si Jesús regresara hoy, ¿Sería crucificado (asesinado) de nuevo? ¿Podríamos incluso reconocerlo? ¿Estaría del lado de los gays como estuvo al lado de las prostitutas, los desheredados y los perseguidos?
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Kittredge Cherry se apropia de la iconografía cristiana para conjugarla con una estética impregnada de homoerotismo pero su objetivo no está en la provocación. Aunque la misma idea de la exposición pueda parecer sacrílega y blasfema a ojos de los extremistas, la muestra no es más que otra representación de un crimen que ha marcado la historia de las religiones.
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Y como tal habla del sufrimiento como camino hacia la libertad. Cada imagen va acompañada de un breve ensayo sobre el significado y la historia del pasaje de la Biblia. Nos recuerda, en suma, el ciclo continuo de la violencia humana , e incluso que Jesús, su mensaje, no pertenece a una época en particular, ni a ningún grupo que se arrogue la exclusiva de su representación.
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Puede ver AQUÍ las 24 imágenes que componen esta muestra.
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Sábado Santo… en silencio ante el Señor.

Sábado, 19 de abril de 2014

© Carmelo Blazquez 2013*

(Fotografía de Carmelo Blazquez)

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte hasta que con su resurrección se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales.

Hombre en Soledad

 Contigo vengo, Dios, porque estás solo
en soledad de soledades prieta.
Conmigo vengo a Ti, porque estoy solo,
sintiendo por el pecho un mar de pena.
Qué tristeza me das, Dios, Dios, sin nadie
que te descanse, Dios, de tu grandeza,
que te descanse de ser Dios, sin nada
que te pueda inquietar o te comprenda.
Qué tristeza me doy, perdido en todo,
y todo mudo, tan lejano y cerca,
cada vez más presente ante mis ojos
en un mutismo que no se revela,
con el corazón loco por saberte,
preguntando en la noche que se adensa.
Con voz de espadas clamo por mi sangre,
rebusco con mis manos en la tierra
y escarbo en mi cerebro con mis ansias.
Y silencio, silencio, mudez tensa.
Dios, pobre mío, todo lo conoces.
Para Ti todo ha sido: nada esperas.
Hasta lo que me duele y no me encuentro
Tú lo conoces ya, porque en mí piensas.
Yo no conozco nada, Dios, y tengo
socavones de amor llenos de inquietas,
oscuras criaturas que me gritan
palabras, no sé dónde, que me queman,
preguntas que me tuercen y retuercen,
sábana viva chorreando estrellas.
Qué compasión me tengo, Dios, pequeño
llamando siempre a la inmutable puerta
con las palmas sangrando, a la intemperie
de mis luces y dudas y tormentas.
Qué compasión te tengo, Dios, tan solo,
siempre despierto, siempre Dios, alerta,
sin un pecho bastante, Dios, Dios mío,
que ofrezca su descanso a tu cabeza.
Cómo me dueles, Dios. Cómo me dueles,
herido por la angustia que te llena,
sin poder descansarte, sin caberte
en mis entrañas ni aun en mis ideas.
No puedo más Contigo, que me rompes
creciendo por mi dentro y por mi fuera,
cercándome, estrechándome, ahogándome,
dejando, sin saberlo, en mí tu huella.
Y soy hombre, Señor. Soy todo caspa
de angustiosa esperanza contrapuesta,
arcilla informe de reseco olvido,
quizá, capricho de tu indiferencia.
Señor, qué solo estás. Cómo estoy solo,
yo con mi carga insoportable a cuestas.
Tú, con todo y sin nada —(¡todo, nada! —
más que Tú, Dios perdido en tu grandeza,
muerto de sed de amor de algo supremo,
Dios, algo que te alegre y que te encienda.
Sin nada superior a Ti creado,
mi voz alzada al límite no llega
a rumor que resbale por tus sienes,
a brisa en tus oídos, que se secan
de no oír desde nunca una palabra
que antes de estar en hombre no supieras,
pobre Creador, Dios mío sin sosiego,
preso en tu creación, en diferencia.
A Ti vengo, Señor, porque estoy solo,
a veces aun sin mí. Pero no temas,
Señor que has puesto en mí necesidades
sin darme el modo de satisfacerlas.
Perplejo, recomido de inquietudes,
de Ti tengo dolor; de mí, conciencia
de ser como no quiero: ser inútil,
vana palabra, humana ventolera
con sabor de cenizas y de ortigas
clavándome alfileres en la lengua,
y un huracán de vida por la carne
que no ha encontrado carne que florezca.
Versos, versos, mas versos, siempre versos,
¿y para qué, Dios mío? Dentro queda
una fuente de llanto sofocado
minándome la hirviente calavera,
sin encontrar salida a la congoja
cada vez más patente. Y todo niebla.
Contigo vengo, Dios, porque estoy solo;
me huyes cada vez, más te me alejas.
¿No tienes qué decirme, Dios, qué darme?
¿No ves, Señor, no ves, Dios, cómo tiembla
este vaho que se alza de mi vida,
hierbecilla perdida que se hiela?
Encallece mi alma, Dios. Haz dura
la mano y la mirada: hazme de piedra.
Quítame el sentimiento que me escuece.
Borra, Señor, con sol, mi inteligencia.
Déjame en paz, en flor, en roca, en árbol,
en muda, resignada, dulce bestia
caminante con ritmo y sin sentido
por un mundo de instintos e inocencia,
o dame con la luz aquel sosiego
original del prado que apacientas

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Ramón de Garciasol, Hombre en soledad,

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Más allá de todo …

Sábado, 19 de abril de 2014

Del blog À Corps… À Coeur:

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“No estamos allí para mecernos unos otros, sino para despertarnos juntos, para despertar en nosotros la Memoria adormecida de la Alianza fundadora de nuestro ser, preguntarnos cómo acceder de nuevo a lo que es.

El amor decorado, el amor que embellece las apariencias, que recubre lo que no es presentable – el revoque in extremis de la fachada social – no es el amor. El “amor” o lo que creemos nosotros que es el amor, antes de que se hubiera efectuado la agarrada, la fricción, el cuerpo a cuerpo con la creación, la lucha con el ángel, la confrontación con la sombra que nos habita, aquel amor es sólo el reino del sentimentalismo.

Lo que llamo amor está entero en esta frase de un rabino superviviente de un campo de la muerte: “El sufrimiento calcinó todo, totalmente consumido en mí, salvo el amor. “ Si esta frase nos alcanza con toda su fuerza, es porque sentimos cuán lejos  estamos de las representaciones, lejos del decoro del alma. El amor es lo que queda cuando no queda nada más. Todos tenemos esta memoria en el fondo de nosotros mismos cuando, más allá de nuestros fracasos, más allá de nuestras separaciones, de las palabras a las cuales sobrevivimos, sube del fondo de la noche como un canto apenas audible, la seguridad de que más allá de los desastres de nuestras biografías, que incluso más allá de la alegría, de la pena, del nacimiento y de la muerte, existe un espacio al que nada amenaza, que nada jamás amenazó y que no incurre en ningún riesgo de destrucción, un espacio intacto, el del amor que fundó  nuestro ser. “

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Christiane Singer

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¿Hubo un solo Cristiano, y ése murió en la Cruz (Sábado Santo)?

Sábado, 19 de abril de 2014

1623688_275679805942552_3583716925642603531_nDel blog de Xabier Pikaza:

Ésta es una de las frases más famosas sobre Jesús, y la escribió F. Nietzsche en su Der Anti-Christ (El Anticristiano, mejor que El Anticristo), frase que bien leída podría convertirse en una apología de Cristo, en este comienzo del siglo XXI.

Murió un Viernes preguntando: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?, y así hizo suyo el grito de la humanidad entera. Pero desde tiempo antiguo muchos cristianos han pensado que ese grito decía: ¡Iglesia mía, Iglesia mía! ¿por qué me has abandonado?

Más que abandono de Dios habría, según eso, un abandono de la iglesia, que parece haberse olvidado de Jesús, convirtiendo su evangelio en un sistema de creencias, o en un simple folclore, como sigue diciendo una pintada de azul, que apareció al comienzo de esta semana (15.4.14), en el gran pórtico de San Trokas/Torcuato de Abadiño. El grafito decía y dice:

Kristautasune ezin leike teoria ona izan, iñok ez dau ta praktikara erueten
(El Cristianismo no puede ser buena teoría, pues nadie lo ha practicado)

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Su mensaje se parece al de Nietzsche. Más que a Cristo critica a los cristianos o, mejor dicho, a un cristianismo interpretado como “teoría sacral o eclesial”, en el pórtico de una Iglesia significativa de Euskadi, como lema de Semana Santa.

Éste me parece un tiempo bueno para meditar en su sentido, en este hondo tiempo vacío de liturgia cristiana, lleno de interrogantes y promesas, que va de la Celebración del Viernes Santo (de la que venimos) a la gran Vigilia Pascual (a la que iremos mañana a la noche). Buen día a todos.

Una pintada distinta, en tierra de pintadas

Mi tierra (Euskadi) ha sido en los últimos cincuenta años un “paraíso” de pintadas, pero ésta es distinta. Así me escribió el pasado martes mi hermano Natxo:

“En mis 64 largos años es la primera llamada de atención mediante el sistema de “pintada o grafito” que he visto respeto a la práctica del cristianismo en nuestro entorno… Es curioso puesto que en el campo político es uno de los sistemas de comunicación más habitual. El grafito ha aparecido esta mañana 15 de Abril del 2014 en el pórtico de la iglesia parroquial de Abadiño. Los cada día menos cristianos/católicos practicantes alguna o mucha responsabilidad debemos de tener, dado que la mayoría de nuestros hijos y familiares han dejado de practicar esta religión. Te adjunto unas fotos…”.

Este “sistema” de pintadas “anticristianas” es muy antiguo, pues quizá el primer testimonio gráfico cristiano que conservamos es un burro crucificado del siglo II d.C., que apareció en un cuartel romano del Palatino, representando a un cristiano llamado, al parecer, Alexamenos, a quien un soldado listo comparó con el Cristo/Burro.

Nuestro grafitero de Abadiño (hijo y nieto de cristianos) ya no compara a los creyentes que celebran la Semana Santa en su iglesia con “burros orejudos tontos y además crucificados”, sino que les presenta (quizá con pena) como farsantes listos, que han construido grandes iglesias, con pórticos inmensos (hechos para jugar de niños, como hacíamos nosotros allí mismo, hace sesenta año, o para celebrar juntas de mayores, tras la misa)…

Pues bien, esos pórticos de iglesia parecen haber quedado vacíos de niños y de cristianismo…. Nadie ha cumplido el mensaje de Jesús, dice el grafito, no puede ser verdad, sigue diciendo. ¿Quién ha hecho mal las cosas, comenta mi hermano? ¿Qué puede decirse ante ese dato? Hay, al menos, tres posibilidades que debemos meditar estos días:

‒ ¿Ha hecho mal el grafitero al escribir esta leyendo en el atrio de la Iglesia, para que la lean todos los que pasan a celebrar el Jueves, Viernes y Sábado Santo? La respuesta estaría en mandar al alguacil o al policia, encontrar al culpable y meterlo por un tiempo en la cárcel, por manchar iglesias.

‒ ¿Hemos hecho mal los cristianos de Iglesia por ser incapaces de decir lo buenos que somos? Sería un problema de trasmisión de la fe o, mejor dicho, de vida cristiana. Nuestros antepasados, hace cuatro o cinco siglos, elevaron inmensas iglesias con pórticos para ferias, reuniones y juegos, mostrando así que eran buenos cristianos. Nosotros ya no sabemos decir lo que somos, si es que somos de verdad cristianos.

‒ ¿O el problema es, de verdad, que ya no practicamos el cristianismo, que nunca lo hemos practicado, que hemos camuflado a Jesús desde el principio? Así podríamos pensar con F. Nietzsche que “hacemos” misas y organizamos procesiones precisamente para olvidarnos de Jesús.

Una cuestión que planteaba F. Nietzsche

Esa cuestión del grafito de Abadiño 2014 no la planteó sólo Nietzsche, sino que había sido elevada de mil formas en toda la Edad Moderna. Recuerdo sólo dos ejemplos importantes, para citar al fin su texto:

M. Lutero, el gran cristiano reformador (al que cita Nietzsche en su texto)… tiene una visión semejante, pues al hablar del Sermón de la Montaña afirma que su doctrina (no juzgar, perdonar al enemigo, poner la otra mejilla, no exigir el pago de las deudas…) no puede cumplirse. Entonces ¿por qué dijo Jesús esas cosas?.

‒ Porque las cumplió él por nosotros, y eso era suficiente. Sólo Jesús fue de verdad cristiano.
‒ Nosotros, los demás, sólo somos cristianos “por fe y por humildad”. Creemos que lo Jesús hizo y dijo es verdad; sabemos que no podemos cumplirlo, y así (al escuchar esas palabras) nos humillamos y pedimos perdón a Dios.
‒ Eso significa que para Lutero y para un tipo de Reforma protestante, en el fondo, el cristianismo de verdad es imposible. Por eso tenemos que dejar este mundo en manos de los “poderes fácticos”, que no son cristianos.

F. Dostoiewsky, cristiano de gran fuerza (al que Nietzsche tiene presente en esa cita) piensa (y así lo dice en el poema del Gran Inquisidor), que la iglesia católica (precisamente la de Sevilla, que ahora está sacando a sus vírgenes y cristos por la calle) ha optado por seguir al Diablo, en vez de a Jesús. Lo que Jesús hizo y dijo es imposible de cumplir, y por eso le mataron. Jesús fue en el fondo el único cristiano. Entonces ¿qué ha pasado?

‒ Los demás, la Iglesia católica, hemos seguido hablando de Jesús, y diciendo que cumplimos sus mandamientos y ejemplos, según el Sermón de la Montaña, pero en la práctica hemos dejado nuestra vida en manos del Diablo (representado por el Gran Inquisidor).
‒ Eso significa que el Diablo domina y dirige de hecho este mundo. Las iglesias han sido buenas, para tener domada a la gente, en tiempos en que era necesaria la doma… pero ahora deben cambiar, si quieren seguir a Jesús.

Éste es el reto del grafito de Abadiño

Yo que no soy Lutero, ni Dostoiewsky (ni Nietzsche), pienso que ese grafito es bueno, engañoso y exigente, al mismo tiempo:

‒ En un sentido es verdad lo que dice el grafito. Hablando con toda sinceridad, en este Viernes Santo, al situarnos ante la Cruz de Jesús, debemos confesarnos pecadores, como quería Lutero. De un modo u otro, todos los cristianos hemos abandonado a Jesús, hemos dejado sólo al Hijo de Dios, que no ha venido para castigarnos, sino para morir por (con) nosotros.

‒ En otro sentido, ese grafito en engañoso, pues desde Jesús hasta el día de hoy han existido cientos y miles de cristianos que han querido seguirle y le han seguido, dando la vida por los demás, de un modo generoso, perdonando, amando. Ese grafitero tiene los ojos ciegos si no sabe o no quiere ver todo el germen de humanidad que ha sembrado y sigue sembrando la iglesia de Jesús.

‒ Finalmente, ese grafito es muy exigente, no para los otros, sino para nosotros, los cristianos, como muestra el mismo Dostoiewsky en su poema del Gran Inquisidor, que es un canto al verdadero cristianismo que vive del perdón y de la libertad, el cristianismo del Cristo que sigue caminando (curando, animando, queriendo…) por las calles de la misma Sevilla, sin que los inquisidores de turno puedan apagar su voz.

Una reflexión final

Quiero dejar para el final el texto entero de F. Nietzsche, que es una de las mayores alabanzas que conozco a Cristo y a los verdaderos cristianos, el año 1885, cuando él pensó que empezaba la nueva era de la humanidad:

a. Lo propio del cristianismo no es una teoría sobre Dios, ni un tipo de fe puramente interior, sino una forma de vida gozosa y arriesgada: únicamente la práctica cristiana, el vivir como vivió el que murió en la cruz es lo cristiano”. Ante el reto de esa práctica seguimos, un día como hoy, nosotros los cristianos.

b. El cristianismo es posible y necesario hoy, como sigue diciendo el mismo Nietzsche, con una inconsecuencia (¿?) genial: “Aun hoy, tal vida (como la de Jesús) es posible para ciertos hombres, y hasta necesaria: el verdadero, el originario cristianismo será posible en todos los tiempos. No una creencia, sino un obrar, sobre todo, un no hacer muchas cosas, un ser de otro modo”. No se trata por tanto de hacer muchas cosas, sino de ser de otra manera.

c. Voy a dejar para el final la cita entera de Nietzsche. Pero antes quiero dar grafitero de Abadiño, pueblo de mi infancia. En ese portal jugué a la pelota o al fútbol en tardes de lluvia (cuando frontón y plaza estaban mojados…). Por allí entré a la Iglesia muchas veces… Por eso me parece bueno que los que vayan a pasar mañana para la vigilia pascual lean lo allí dicho con humor y con amor. Un buen grafito no tiene por qué ser verdadero en su forma externa, pero debe ser provocador. Y éste me ha provocado.

d) Hasta el día de pascua os dejo a todo, con este grafito, dando gracia a Natxo por haberlo fotografiado y mandado. Sigue parte del texto de Nietzsche.

F. Nietzsche, El Anticrist(ian)o 39

Retrocedamos y contemos la verdadera historia del cristianismo.

Ya la palabra cristiano es un equivoco: en el fondo no hubo más que un cristiano, y éste murió en la cruz. El Evangelio murió en la cruz. Lo que a partir de aquel momento se llamó evangelio era lo contrario de lo que él vivió; una mala nueva, un Dysangelium. Es falso hasta el absurdo ver la característica del cristiano en una fe, por ejemplo, en la fe de le redención por medio de Cristo; únicamente la práctica cristiana, el vivir como vivió el que murió en la cruz es lo cristiano

Aun hoy, tal vida es posible para ciertos hombres, y hasta necesaria: el verdadero, el originario cristianismo será posible en todos los tiempos. No una creencia, sino un obrar, sobre todo, un no hacer muchas cosas, un ser de otro modo … Los estados de conciencia, por ejemplo, una fe, un tener por verdadero -toda sicología sobre este punto- son perfectamente indiferentes y de quinto orden, comparados con los valores de los instintos; hablando más rigurosamente, toda la noción de causalidad espiritual es falsa.

Reducir el hecho de ser cristianos, la cristiandad, al hecho de tener una cosa por verdadera, a un simple fenomenalismo de la conciencia, significa negar el cristianismo. En realidad, jamás hubo cristianos. El cristiano es simplemente una psicológica incomprensión de sí mismo. Si mira mejor en él verá que, a despecho de toda fe, dominan simplemente los instintos, ¡y qué instintos!

La fe fue en todos los tiempos, por ejemplo, en Lutero, sólo una capa, un pretexto, un telón, detrás del cual los instintos desarrollaban su juego; una hábil ceguera sobre la dominación de ciertos instintos … le fe -ya la he llamado yo la verdadera habilidad cristiana-: se habló siempre de fe, se obró siempre por sólo el instinto … En el mundo cristiano de las ideas no se presenta nada que tanto desflore la realidad; por el contrario, en el odio instintivo contra toda realidad reconocemos el único elemento impelente en la raíz del cristianismo. ¿Qué es lo que se sigue de aquí? Se sigue que también in psychologysis el error es radical, o sea determinante de la esencia, o sea de la sustancia.

“El crucifijo más antiguo”, por José María Castillo, teólogo.

Sábado, 19 de abril de 2014

2344985497_3422904de8De su blog Teología sin Censura:

Una de las cosas más complicadas, que entraña el cristianismo, está en saber y precisar debidamente cómo debemos los cristianos expresar la fe, el respeto y las exigencias que lleva consigo el recuerdo y la imagen de Jesús crucificado. De sobra sabemos que la cruz, el instrumento de muerte infamante en el que mataron a Jesús, se ha utilizado – y se sigue utilizando – para los fines más diversos: imagen de piedad y devoción, adorno de paredes y edificios, símbolo de identidad de una confesión religiosa, signo de autoridad y poder, ornato de bisutería y joyería, condecoración para personas importantes y tantas cosas más que quizá ni nos imaginamos.

Este nudo de cosas tan heterogéneas, y hasta tan contradictorias, resulta perfectamente comprensible. Baste pensar que, según la fe cristiana, en una cruz (lo más degradante que se ha inventado) murió Dios (lo más excelso, tan excelso que nos trasciende a los humanos). Y esa fusión de lo que (según la humana razón) no se puede fusionar, se realizó de forma que aquello no fue, ni pudo ser, un rito religioso, sino la ejecución de un delincuente. Así fue, si nos atenemos al hecho histórico. Otra cosa es la interpretación que le dio a ese hecho el apóstol Pablo, al afirmar que la muerte de Cristo fue un “sacrificio” y una “expiación” por nuestros pecados (1 Cor 5, 7; Rom 5, 9-11; Ef 5, 2). Pero la realidad es tozuda. La muerte de Jesús fue lo que fue, en aquella sociedad: la ejecución legal de un hombre “peligroso”, asesinado entre dos “lestaí” (Mc 15, 27 par), una palabra que, según el historiador F. Josefo, se utilizaba para designar a los “rebeldes” al orden establecido.

Por eso los cristianos primitivos no se atrevieron nunca ni a pintar cruces y crucifijos. Hubiera sido una provocación decir, en aquellos tiempos, que se veneraba a un “dios crucificado”. El crucifijo más antiguo que se conoce fue descubierto en 1856, en un sótano de las ruinas del viejo palacio del emperador Augusto. Lo que se encontró fue un “graffiti” (datado en torno al año 200) que representa a un hombre delante de una cruz en la que está crucificado un hombre desnudo con cabeza de burro. Y debajo, con grandes letras, una burla que dice en griego: “Alesamenos sebete Theon”, que significa “Alejandro adora a Dios”.

Esto fue escrito, si duda, por un irrespetuoso empleado del palacio imperial, que así se burlaba de los cristianos que empezaban a hacerse notar en Roma. La figura es indignante para quienes veneramos, con respeto y sentimientos de devoción, la imagen de Jesús crucificado. Pero confieso que a mí me indigna, tanto o no sé si más aún, que aquel subversivo del poder y la ostentación, que fue Jesús, se vea hoy representado, con oro y pedrería de gran lujo, para lucimiento de gentes sin escrúpulos, que ostentan así su vanidad, su prepotencia, su codicia o su ambición. Y lo peor de todo es que, con demasiada frecuencia, estos sentimientos se lucen a costa del dolor y la vergüenza de los más desamparados. ¿Y nos quejamos de que las cosas estén como están? ¿Es que nos hemos empeñado en hacer del fracaso de Jesús el triunfo del cristianismo? Y lo peor de todo es cuando vemos las cosas más disparatadas como lo más natural del mundo. Entonces es cuando yo empiezo a temer en serio que esto no tiene remedio.

“Cómo anunciar hoy la Cruz de nuestro Señor Jesucristo”, por Leonardo Boff, teólogo.

Viernes, 18 de abril de 2014

jesus-cheLeído en Koinonia:

Cambian los clavos, otros son los verdugos; la víctima sigue siendo la misma: Cristo que es crucificado y agoniza en los pobres, oprimidos y pequeños. ¿Cómo denunciar hoy los verdugos? ¿Cómo alertar a la “turbamulta” que es, en su inconsciencia, seducida y manipulada por la destreza de las raposas de este mundo? ¿Cómo traducir, en la predicación, la primacía paulina de la sabiduría de la cruz?

Inicialmente es preciso ampliar nuestra comprensión de cruz y de muerte. Muerte no es solamente el último momento de la vida. Es la vida toda que va muriendo, limitándose, hasta sucumbir en un límite último. Por esto preguntar: ¿Cómo murió Cristo? equivale a preguntar: ¿Cómo vivió? ¿Cómo asumió los conflictos de la vida? ¿Cómo acogió el caminar de la vida que va hasta terminar de morir? Él asumió la muerte en el sentido de haber asumido todo lo que trae la vida: alegrías y tristezas, conflictos y enfrentamientos, por causa de su mensaje y de su vida.

Algo semejante vale para la cruz. Cruz no es solamente el madero. Es la corporificación del odio, de la violencia y del crimen humanos. Cruz es aquello que limita la vida (las cruces de la vida), que hace sufrir y dificulta el andar, por causa de la mala voluntad humana (cargar la cruz de cada día). ¿Cómo soportó Cristo la cruz? No buscó la cruz por la cruz. Buscó el espíritu que hacía evitar la producción de la cruz para sí y para los otros. Predicó y vivió el amor y las condiciones necesarias para que pueda haber amor. Quien ama y sirve, no crea cruces para los demás por su egoísmo, por la mala calidad de la vida que genera. Anunció la buena nueva de la Vida y del Amor. Se entregó por ella. El mundo se cerró a él, le creó cruces en su camino y finalmente lo levantó en el madero de la cruz.

La cruz fue consecuencia de un anuncio cuestionador y de una práctica liberadora. El no huyó, no contemporizó, no dejó de anunciar y atestiguar, aunque esto lo llevara a tener que ser crucificado. Continuó amando, a pesar del odio. Asumió la cruz en señal de fidelidad para con Dios y para con los seres humanos. Fue crucificado por Dios (fidelidad a Dios) y crucificado por los seres humanos y para los seres humanos (por amor y fidelidad a los seres humanos).

LOS SIGNIFICADOS ACTUALES DEL ANUNCIO DE LA CRUZ DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

1. Empeñarse para que haya un mundo donde sea menos difícil el amor, la paz, la fraternidad, la apertura y la entrega a Dios. Esto implica denunciar situaciones que engendran odio, división y ateísmo en términos de estructuras, valores, prácticas e ideologías. Esto implica anunciar y realizar, en una praxis comprometida, amor, solidaridad, justicia en la familia, en las escuelas, en el sistema económico en las relaciones políticas. Esto implica apoyar y participar en la gestación de las infraestructuras económicas, sociales, ideológicas, psicológicas y religiosas que hacen posible la justicia y la fraternidad. Este compromiso lleva como consecuencia crisis, enfrentamientos, sufrimientos, cruces. Aceptar la cruz que viene de este embate es cargar la cruz como el Señor la cargó en el sentido de soportar y sufrir por razón de la causa que perseguimos y de la vida que llevamos.

2. El sufrimiento que se padece en este empeño, la cruz que se tiene que cargar en este camino, es sufrimiento y martirio por Dios y por Su causa en el mundo. El mártir es mártir por causa de Dios. No es mártir por causa del sistema. Es mártir del sistema, pero para Dios. Por esto el que sufre y el crucificado por causa de la justicia de este mundo, es testigo de Dios. Rompe el sistema cerrado que se considera justo, fraterno y bueno. Es mártir por la justicia; como Jesús y como todos los que lo siguen, descubre el futuro, dejan abierta la historia para que ella crezca y produzca más justicia que la que existe, más amor que el que está vigente en la sociedad. El sistema quiere cerrar y encubrir el futuro. Es fatalista; juzga que no necesita de reforma y modificación. Quien soporta la cruz y sufre en la lucha contra ese fatalismo intra-sistémico, carga la cruz y sufre con Jesús y como Jesús. Sufrir así es digno. Morir así es valor.

3. Cargar la cruz como Jesús la cargó significa, por tanto, solidarizarse con aquellos que son crucificados en este mundo: los que sufren violencia, son empobrecidos, deshumanizados, ofendidos en sus derechos. Defenderlos, atacar las prácticas en cuyo nombre son hechos no-personas, asumir la causa de su liberación, sufrir por causa de esto: he ahí lo que es cargar la cruz. La cruz de Jesús y su muerte fueron consecuencia de este compromiso por los desheredados de este mundo.

4. Tal sufrimiento y muerte por causa de los otros crucificados implica soportar la inversión de los valores realizada por el sistema, contra el cual alguien se empeña. El sistema dice: estos que asumen la causa de los pequeños e indefensos, son subversivos, traidores, enemigos de los seres humanos, maldecidos por la religión y abandonados por Dios (“maldito el que muere en la cruz“). ¡Son aquellos que quieren revolucionar el orden! Por el contrario, el que sufre y es mártir se opone al sistema y denuncia sus valores y prácticas porque constituyen orden en el desorden. Aquello que el sistema llama justo, fraterno, bueno, en realidad es injusto, discriminador y malo. El mártir desenmascara el sistema. Por eso sufre la violencia de él. Sufre por causa de una justicia mayor, por causa de otro orden (“Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los fariseos…”). Sufre sin odiar, soporta la cruz sin huir de ella. La carga por amor de la verdad y de los crucificados por quienes arriesgó la seguridad personal y la vida. Así hizo Jesús. Así deberá hacer cada seguidor suyo a lo largo de toda la historia. Sufre como “maldito”, pero en verdad es bendito; muere como “abandonado”, pero en realidad es acogido por Dios. Así, Dios confunde la sabiduría y la justicia de este mundo.

5. La cruz, por tanto, es símbolo de rechazo y de violación del sagrado derecho de Dios y de todo hombre. Es producto del odio. Empeñándose en la lucha para abolir del mundo la cruz, la persona sufre sobre sí la cruz impuesta e infligida por los que crearon la cruz. La acepta, no porque ve en ella un valor, sino porque rompe su lógica de violencia con el amor. Aceptar es ser mayor que la cruz; vivir así es ser más fuerte que la muerte.

6. Predicar la cruz puede significar una invitación a un acto extremo de amor y de confianza y de total descentramiento de sí mismo. La vida posee su faceta dramática: existen los derrotados por una causa justa, los desesperanzados, los condenados a la prisión perpetua, los entregados a la muerte fatal. Todos en alguna forma penden de la cruz cuando no tienen que cargarla onerosamente. Muchas veces tenemos que asistir al drama humano, silenciosos e impotentes, porque cada palabra de consuelo podría parecer charlatanería, y cada gesto de solidaridad, resignación inoperante. La garganta ahoga la palabra y la perplejidad seca las lágrimas en su fuente. Especialmente cuando el dolor y la muerte son resultado de la injusticia que dilacera el corazón, o cuando el drama es fatal, sin ninguna salida posible. Aún así tiene sentido, contra todo cinismo, resignación y desesperación, el hablar de la cruz.

El drama no tiene necesariamente que transformarse en tragedia. Jesucristo, que pasó por todo esto, transfiguró el dolor y la condenación a muerte, haciéndolos un acto de libertad y de amor que se entrega a sí mismo, un acceso posible a Dios y una nueva aproximación a aquellos que lo rechazaban: perdonó y se entregó confiadamente a Alguien mayor. Perdón es la forma dolorosa del amor. Entrega confiada es la total descentración de sí mismo para centrarse en Alguien que nos sobrepasa infinitamente y para arriesgarse al Misterio, como el portador último del Sentido del cual participamos pero que no hemos creado. Esta oportunidad se ofrece a la libertad del ser humano: puede aprovecharla y entonces queda sosegado en la confianza; puede perderla y entonces zozobra en la desesperación. Tanto el perdón como la confianza constituyen las formas por las cuales no dejamos que el odio y la desesperación se queden con la última palabra. Es el gesto supremo de la grandeza del ser humano.

Que morir así confiado y descentrado alcanza el último Sentido, lo revela la resurrección, que es la plenitud de manifestación de la Vida, presente dentro de la vida y de la muerte. El cristiano sólo puede afirmar esto mirando hacia el Crucificado que ahora es el Viviente.

7. Morir así es vivir. Dentro de esta muerte de cruz hay una vida que no puede ser absorbida. Ella está oculta dentro de la muerte. No viene después de la muerte. Está dentro de la vida de amor, de solidaridad y de coraje de soportar y de morir. Con la muerte se revela ella en su poderío y en su gloria. Es esto lo que expresa san Juan cuando dice que la elevación de Jesús en la cruz es glorificación, que la “hora” es tanto la hora de la pasión como la hora de la glorificación. Existe, por lo tanto, una unidad entre pasión y resurrección, entre vida y muerte. Vivir y ser crucificado así por causa de la justicia y por causa de Dios, es vivir.

Por eso el mensaje de la pasión viene siempre unido con el mensaje de la resurrección. Quienes murieron rebelados contra el sistema de este siglo y rehusaron entrar en los “esquemas de este mundo” (Rm 12, 2), ésos son los resucitados. La insurrección por causa de Dios y del otro, es resurrección. La muerte puede parecer sin sentido. Pero ella es la que tiene futuro y guarda el sentido de la historia.

8. Predicar la cruz hoy, es predicar el seguimiento de Jesús. No es pasividad ante el dolor ni magnificación de lo negativo. Es anuncio de la positividad, del compromiso para hacer cada vez más imposible que unos seres humanos continúen crucificando a otros seres humanos. Esta lucha implica asumir la cruz y cargarla con valor y también ser crucificado con valor. Vivir así es vivir ya la resurrección, es vivir a partir de una Vida que la cruz no puede crucificar. La cruz sólo la revela todavía más victoriosa. Predicar la cruz significa: seguir a Jesús. Y seguir a Jesús es per-seguir su camino, pro-seguir su causa y con-seguir su victoria.

EL MISTERIO Y LA MISTICA DE LA CRUZ

Vivir la cruz de Nuestro Señor Jesucristo implica una mística de vida. Esta mística se asienta sobre un misterio: el misterio de una vida que se genera donde aparece la muerte, el misterio de un amor donde se manifiesta el odio. La cruz resume todo esto.

Por una parte es el símbolo del misterio de la libertad humana rebelde: es producida por la voluntad de rechazo, de venganza y de autoafirmación hasta la eliminación del otro. Es aquello que el ser humano puede llegar a ser cuando rehusa a Dios. Es, pues, símbolo del ser humano caído, del no-ser-humano. Es símbolo del crimen.

Por otra parte, es símbolo del misterio de la libertad humana en su poder: cuando es soportada dentro de un compromiso para superarla y volverla entonces más inviable en el mundo, la cruz es símbolo de otro tipo de vida, descentrada de sí misma, vida del profeta, del mártir, de la persona del Reino de Dios. No provoca la cruz, sino que la soporta; no sólo la soporta, sino que también la combate, y al combatirla es hecho víctima, al ser crucificado por la saña de aquellos que endurecieron el corazón frente al hermano y a Dios; al ser crucificado, puede transfigurarla, haciéndola sacrificio de amor por los otros. Es, pues, símbolo del hombre y la mujer nuevos y vivientes. Es símbolo de amor.

Cada cruz contiene una denuncia y un llamamiento. Denuncia el cerrarse de lo humano sobre sí mismo hasta el punto de crucificar a Dios. Es un llamamiento a un amor capaz de soportarlo todo, hasta el punto de que el Padre entrega a su propio Hijo a la muerte por sus enemigos. La cruz se presenta así como esencialmente ambigua. Mantener permanentemente esta ambigüedad es condición para preservar su carácter crítico, acrisolador, tanto de las pretensiones de auto-afirmación humana como de nuestra imagen de Dios, impasible ante el dolor de los crucificados de la historia.

Esta paradoja de la cruz no se entiende por la razón formal ni por la razón dialéctica. Está más allá de los logos abstractos. Es el lógos tou staurou, la lógica de la cruz (1 Cor 1, 8). La apropiación de la lógica de la cruz no se realiza sino en la praxis: combatiendo, y asumiendo la cruz y la muerte. Así como no se mata el hambre de un desfallecido haciéndole un discurso sobre el arte culinario, así tampoco se resuelve el problema del sufrimiento simplemente penando en él. Es comiendo como se mata el hambre. Es luchando contra el mal como se supera su carácter absurdo.

Como dijo y vivió Pablo:

“Atribulados en todo, mas no aplastados;
perplejos mas no desesperados;
perseguidos más no abandonados;
derribados mas no aniquilados.
Como desconocidos, aunque bien conocidos;
como quienes están condenados a la muerte, pero vivos;
como tristes, pero siempre alegres;
como pobres, aunque enriquecemos a muchos;
como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos”
(2 Cor 4.8-9; 6.9-10).

Esta praxis revela lo que se oculta en el drama de la cruz y de la muerte: el Sentido último y la Vida.

Nudus nudum Christum sequi: desnudo seguir a Cristo desnudo; he ahí la mística y el misterio de la Cruz.

“”(Tomado de: Pasión de Cristo, Pasión del mundo, Indoamerican Press Service, Bogotá 1978, pág 167-174; Sal Terrae, Santander (España) 1989, pág. 171; Paixão de Cristo, Paixão do mundo, Vozes 1977, Petrópolis, pág. 158-164)”".

“Vía Crucis”, por Miguel Santiago Losada, Profesor y presidente de la Asociación KALA

Viernes, 18 de abril de 2014

14._jesus_is_nailed_to_the_cross-lowresLeído en la página web de Redes Cristianas

Hoy las cruces se llaman vallas de Ceuta y Melilla, se llaman centros de internamiento de extranjeros, se llama negarle la tarjeta sanitaria a una persona por el sólo hecho de ser inmigrante sin documentación, se llama expulsarlos sin ningún miramiento a empujones, en el mejor de los casos, fuera de nuestras fronteras.

Hoy al sepulcro se le denomina costas del Mediterráneo y Atlántico, que hacen de frontera con Europa, y donde miles de africanos dejan sus vidas por intentar vivir con dignidad.

Hoy el vía crucis se llama ley de extranjería que, lejos de fundamentarse en principios sociales y de derechos humanos, tiene como principal valedor al Ministerio del Interior. Un inmigrante sin papeles deberá recorrer un tortuoso vía crucis de documentos exigidos por las administraciones, certificados de buena conducta, contratos laborales, avales de ONG de que son buenos chicos y han tenido un comportamiento irreprochable.

Hoy los azotes y la coronación de espinas están en las fronteras con Marruecos y Argelia donde las palizas, los malos tratos y los escarnios son continuos, donde, más tarde, se les deja en pleno desierto bajo un sol abrasador, muertos de sed y de hambre.

Hoy llevar la cruz a cuestas se llama cruzar miles de kilómetros, con miles de dificultades, donde con suerte encontrarán algún Cirineo dispuesto a darle cobijo para que recobren las fuerzas y seguir el camino, que para muchos será la muerte.

Mientras, muchos Sumos Sacerdotes, demasiados, mirarán para otro lado, pendientes de imponer su moral católica, obsesionados con el poder y con mantener y acaparar posesiones.

Mientras, los gobernantes mentirán hasta la saciedad para borrar su culpa de las atrocidades inhumanas que están cometiendo con tanta criatura inocente, cuyo delito es haber nacido en un país pobre y/o en guerra.

Mientras, habrá gente que clame: ¡crucifícalo, crucifícalo! Gente que tiene miedo a que nos invadan, nos quiten el trabajo, compartan los servicios sociales, la sanidad o la educación… Un miedo auspiciado por los poderosos para responsabilizar de la crisis a los excluidos y empobrecidos, para que la gente mire hacia abajo y machaque al que está aún peor; una vieja estrategia para que los pobres se enfrenten. Mientras, se sigue engordando a la banca y a las grandes empresas, donde lo que menos importa es la persona.

Tengo la esperanza, como decía el entrañable cantautor, que “habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad”, una libertad que responda a los deseos que otro gran poeta de la vida nos dejó hace 2.000 años: “Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme” (Mt 25,35-36).

“Por qué muere Jesús y por qué le matan”, por Ignacio Ellacuría

Viernes, 18 de abril de 2014

15178_26Leído en Koinonia:

El intento de poner en relación a Jesús con la historia y, consiguientemente, a la Iglesia con la historia, es esencial para la comprensión y realización del cristianismo, así como para la realización y la comprensión de la historia. Si no se llega a tener clara esta «relación», se cae en posturas religiosistas o en posturas secularistas, con menoscabo de lo que es realmente la salvación histórica.

La encarnación histórica de Jesús, como paradigma de lo que ha de ser una historización de la salvación, puede presentarse desde diversos aspectos de su vida. Uno de ellos, especialmente privilegiado, es el de su pasión y su muerte. En efecto, éstas representan el núcleo original de los relatos evangélicos, permiten una mayor verificación histórica, representan la culminación de su vida mortal y, desde otro punto de vista, son elemento de divergencia entre quienes se atienen a que Jesús murió por nuestros pecados y quienes piensan que se le mató en razón de su lucha por el hombre y en virtud de motivos políticos.

El estudio, por tanto, de la pasión en su doble vertiente de por qué muere Jesús y de por qué le matan, es un lugar adecuado para iluminar la unidad intrínseca y necesaria entre la lucha por el hombre y la implantación del Reino de Dios.

Es un problema muy presente en el Nuevo Testamento. Ya en el primero de sus escritos se nos dice, por un lado: «porque Dios no nos destinó a la ira, sino a adquirir la salvación por medio de Nuestro Señor Jesucristo, el que murió por nosotros, a fin de que… lleguemos a la vida juntamente con él» (I Tes 5, 910); por otro: «pues vosotros hermanos os hicisteis imitadores de las Iglesias de Dios que están en Judea, en Cristo Jesús, porque también vosotros padecisteis de parte de vuestros compatriotas las mismas persecuciones que ellos de parte de los judíos, los que mataron al Señor, a Jesús, y a los profetas…» (ib., 2, 14-15). Y es un problema que no puede resolverse a la ligera. Un autor, tan ponderado como Rahner, considera, por ejemplo, que es discutible si el propio Jesús atribuyó a su muerte una función soteriológica; esto es, si a él mismo le era clara la conexión entre el significado histórico de su muerte y su sentido trascendente1 .

Consideramos nuestro problema desde tres puntos de vista: 1) la dimensión histórica de la muerte de Jesús; 2) la conciencia histórica de Jesús sobre su muerte; 3) significado teológico de su muerte. Nos ceñiremos a los relatos de la pasión y el punto de vista será exclusivamente exegético-histórico.

1. Dimensión histórica de la muerte de Jesús

a) Creciente oposición entre Jesús y sus enemigos.

Los autores evangélicos presentan la vida de Jesús como una creciente oposición entre él y quienes van a ser los causantes de su muerte. Pocas dudas pueden caber sobre este punto, léase la vida de Jesús según Marcos o, en el otro extremo, según Juan2 . Jesús y sus enemigos representan dos totalidades distintas, que pretenden dirigir contrapuestamente la vida humana; se trata de dos totalidades prácticas, que llevan la contradicción al campo de la existencia cotidiana. Ya en el pasaje de la curación del hombre con la mano paralizada (Mc 3,1-6; Lc 6, 6-11) aparecen sus enemigos espiándole para acusarle y condenarle y Jesús encolerizado, con el resultado de que los fariseos y herodianos salieran dispuestos a deshacerse de él.

Pero el complot definitivo aparece en la pasión y está narrado por los cuatro evangelistas. Parecería que hasta Juan se ha vuelto «sinóptico», a la hora de contar el proceso de la muerte de Jesús. Esta relativa «coincidencia sinóptica» de los cuatro evangelistas indica el carácter histórico del fondo de la narración. Reunamos los rasgos más sobresalientes.

Se reúnen los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo (Mt 26, 3), los escribas (Mc 14, 1 y Lc 22, 2) y los fariseos (Jo 11, 47). Coinciden todos en querer matar a Jesús y los tres sinópticos señalan que no se atreven a hacerlo por miedo al pueblo, con lo cual se sobrepasa el nivel de la confrontación puramente personal. Pero se aprovechan de Judas, que llega a capturarlo con un grupo numeroso, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo (Mt 26, 47), de los escribas (Mc 14, 43) y de los fariseos (Jo 18, 3). Juan añade que se trata de la cohorte y de los guardias; al parecer, la cohorte era romana y los guardias lo eran de los sumos sacerdotes. Hay, pues, una captura en que se aunan los poderes sociales, políticos y religiosos. La acusación, a pesar de las divergencias entre los evangelistas, muestra por qué le persiguen y le combaten estos poderes.

b) Por qué persiguen a Jesús.

Según Juan (18, 19-27) el sumo sacerdote le interroga a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina; se trataría, por tanto, de un problema de ortodoxia, pero tras este primer plano de la ortodoxia aparece el de sus seguidores, esto es, el de un movimiento, que ha cobrado fuerza y frente al cual no tienen control los dominantes oficiales de la situación religioso-oficial. No deja de ser significativo que los guardianes le insulten como a profeta; debieron de percibir en sus amos la persuasión de que Jesús era profeta y ponía en marcha dinamismos proféticos.

En el juicio ante el Sanedrín se le acusa de querer destruir el templo. No puede pasarse por alto lo que suponía el templo jerosolimitano en la configuración religiosa y política de Judea; la afirmación del templo nuevo que sustituye al antiguo era una blasfemia, que exigía la lapidación. Distintos motivos redaccionales han hecho que se ampliara la acusación a la más llamativa de hacerse el Mesías, pero este punto lo trataremos en la tercera parte. En este primer estadio Jesús aparece como blasfemo, pero como blasfemo público, que pone en conmoción los pilares de la estructura del judaísmo.

Las acusaciones cambian ante Pilato. El punto de conexión está en la acusación de presentarse como Mesías, que de cara a los judíos se presenta como Hijo del Bendito y de cara a los romanos como rey de los judíos. Es Lucas quien propone el sumario de la acusación: «Hemos encontrado a este hombre excitando al pueblo a la rebelión e impidiendo pagar los tributos al César y diciéndose ser el Mesías, Rey» (23, 2). Pilato sabía que el Mesías sería enemigo de los romanos; toda la época de su mandato estaría llena de expectativas mesiánicas y de levantamientos armados de tinte mesiánico. Por eso pregunta a Jesús: ¿eres el Rey de los judíos? Ninguno de los cuatro evangelistas pone en boca de Jesús el rechazo de esta acusación. Ante las reticencias de Pilato los sumos sacerdotes y los escribas le siguen acusando violentamente (Lc 23, 10) e insisten en que Jesús subleva al pueblo con su enseñanza. Ni Herodes ni Pilato recogen la acusación; pero cuando le amenazan a Pilato con que si no condena a Jesús se convierte en enemigo del César, acaba por ceder. De hecho le condena a la crucifixión, pena típicamente política impuesta a los rebeldes contra Roma, y como titulus de la condenación se establece su pretensión de convertirse en rey de los judíos.

c) Jesucristo como enemigo del poder y estructura social.

Es claro que, fuera de intereses redaccionales, los enemigos de Jesús extreman y distorsionan las apariencias, pero estas apariencias lo eran de hechos reales. Ante todo, está el hecho real de la oposición a muerte de los poderes socio-religiosos contra Jesús; si no hubieran visto en él a un enemigo de su poder y de la estructura social, no lo hubieran condenado a muerte; y si la acción de Jesús no hubiera tenido nada que ver con aquello de que le acusan, tampoco hubiera prosperado. Ambos aspectos que en su unidad se hacen presentes a todo lo largo de la vida de Jesús, prueban el carácter de su vida: el anuncio del Reino de Dios tenía mucho que ver con la historia de los hombres y esta historia quedaba contradicha por el anuncio efectivo del Reino. Tan peligrosa aparecía la persona y la acción de Jesús, que las autoridades judías habían calculado que esa peligrosidad iba a traer una mayor represión por parte de los romanos. Lo cuenta San Juan: reunidos los sumos sacerdotes y los fariseos se preguntaban qué hacer, porque Jesús hacía muchos signos; si le dejaban seguir, todos iban a creer en él, lo cual ocasionaría la intervención de los romanos, que destruirían el lugar santo y la nación entera; a lo cual respondió Caifás que era mejor que muriera un solo hombre por el pueblo y no que pereciera toda la nación (11, 47-50). La apelación a los romanos y al peligro del lugar santo y de la nación, muestra la conexión de la palabra y de los signos de Jesús con la realidad histórica, tanto en su vertiente religiosa como política. Curiosamente esta frase de Caifás de tinte tan marcadamente político va a ser leída por Juan teológicamente y, además, en un sentido expiatorio. El por qué le matan a Jesús queda unido al por qué muere en la propia historia teológica de Juan. Leer más…

“Cristo muere: el amor en los tiempos del colera”, por Jesús Bastante.

Viernes, 18 de abril de 2014

1De su blog El Barón rampante:

Jesús muere hoy, aunque ahora sólo nos acordemos de García Márquez. Ha pasado toda la noche en llamas, en lágrimas, traiciones y cánticos del gallo, entre orejas cortadas, amores rotos y huidas en estampida. Está ante el pelotón de fusilamiento, como Aureliano Buendía en Cien años de Soledad. Abatido, olvidado, como el coronel que no tenía quien le escribiera, sin una Fermina Daza que le esperara después del cólera.

Cristo muere hoy, después de obrar milagros, provocar suspiros, resucitar muertos, expulsar demonios, aglutinar multitudes. Siendo temido por quienes cosiguen apresarle, siendo el Rey de los Judíos. De forma absurda, como si no hubiera otra salida: puede y quiere salvarlo Pilatos, y no lo hace. Puede y quiere acompañarle Pedro, mas le traiciona. Puede y debe traicionarle Judas, aunque después se ahorque.

Jesús muere, y no queda noticia de este secuestro. El más bello náufrago tratando de aguantar la barca que se hunde con sus manos clavadas en los maderos, gritando el abandono y las torturas, sabiendo que podía haber cambiado el mundo… y sin embargo. Renaciendo entre pretores, sacerdotes, fariseos… muriendo en cruz, tamaño absurdo, gritando que “era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado”.

Jesús muere, y como siempre soñó Florentino Ariza, “Sólo Dios sabe cuánto te quise”. Y tal vez alguno sienta que “alguna vez él había dicho algo que ella no podía concebir: los amputados sienten dolores, calambres, cosquillas, en la pierna que ya no tienen. Así se sentía ella sin él, sintiéndolo estar donde ya no estaba”.

cienanosCristo muere hoy, y en Jerusalén, como en Macondo, nadie hará nada. Seguirán adelante con sus vidas tristes, esquivas, sensatas. Pero alguien, en algún rincón, en Jerusalén, Macondo o Roma, tal vez continúe pensando que “nunca más podría dormir así, y empezó a sollozar dormida, y durmió sollozando sin cambiar de posición en su orilla, hasta mucho después de que acabaron de cantar los gallos y la despertó el sol indeseable de la mañana sin él”. Y que Jesús también murió en tiempos del cólera, y cuando se fue no quedaron ni los restos.

Y sin embargo, como un episodio del más genial realismo mágico, Jesús se alzará entre la selva, los campos, los cláxones, las bombas, el amor que, quién sabe, tal vez sea más poderoso que la muerte, y seguirá volviendo, mal que a alguno le pese, mal que le maten una y otra vez. Para vivir, para dar vida. “Sólo Dios sabe cuánto te quise” nos susurrará al oído. Y será verdad

Llora Macondo. Llora Jerusalén. Queda el recuerdo. Y la esperanza

Nota: ha fallecido el gran escritor y Premio Nóbel de Literatura en 1982 Gabriel García Márquez. (El País, El Mundo, Público…)

¿Quién soy yo?

Viernes, 18 de abril de 2014

Del blog À Corps… À Coeur:

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“¿Quién soy yo? Me dicen a menudo
que salía del encierro de mi celda
sereno, alegre, con firmeza,
cual hacendado de su rural vivienda.

¿Quién soy yo? Me dicen a menudo
cuando hablaba a mis guardianes
libre y amigable, claramente,
como si fuese yo quien diera las ordenes.

¿Quién soy yo? También me dicen
que soportaba los días de infortunio
tranquilo, sonriente, dignamente,
como acostumbrado a ganar siempre.

Pero ¿soy realmente lo que otros dicen que soy?
¿O soy solamente lo que yo mismo conozco de mí,
inquieto y anhelante y enfermo, cual pájaro enjaulado,
luchando por respirar, como si unas manos
me oprimieran la garganta,
suspirando por los colores, las flores, el canto de los pájaros,
sediento de palabras cariñosas, de compañía,
moviéndome agitado, a la espera de grandes acontecimientos,
temblando impotente por amigos infinitamente alejados,
cansado y vacío al orar, al pensar, al actuar,
débil y presto a despedirme de todo?

¿Quién soy yo? ¿Éste o el otro?
¿Soy una persona un día y otra al siguiente?
¿Soy las dos al mismo tiempo? ¿Soy un hipócrita ante otros
y ante mí mismo un infortunado y despreciable cobarde?
¿O hay algo aún en mí, parecido a un ejército vencido
que huye desordenado de una victoria ya alcanzada?

¿Quién soy yo?
De mí se burlan estas solitarias preguntas mías.
Quienquiera que yo sea, tú lo sabes,
oh Dios, soy tuyo.”

*
Dietrich Bonhoeffer,

(poema escrito en una carta fechada 16 de julio de 1944)
Escritos en  Berlin en 1944, en prisión.

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***

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