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“A todos los que encontréis, convidadlos a la boda”. Domingo 11 de octubre de 2020. 28º domingo de tiempo ordinario

domingo, 11 de octubre de 2020
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51-OrdinarioA28Leído en Koinonia:

Isaías 25,6-10a: El Señor preparará un festín, y enjugará las lágrimas de todos los rostros.
Salmo responsorial: 22: Habitaré en la casa del Señor por años sin término.
Filipenses 4,12-14.19-20: Todo lo puedo en aquel que me conforta.
Mateo 22,1-14: A todos los que encontréis, convidadlos a la boda.

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.” Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.” Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. [Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.”]

El Salmo interleccional y la epístola de Pablo a los cristianos de Filipos ponen de relieve el cuidado y protección de Dios. El primero recurre a las imágenes de pastor y anfitrión señalando el significado del “tú conmigo” (v. 4) en el camino y en el descanso. Por su parte la epístola señala la compañía divina en la vida del apóstol y la seguridad que ella se hará extensiva a los cristianos de la comunidad.

El pasaje del evangelio recurre a la misma imagen y comparte el horizonte universalista. En él podemos distinguir dos partes. En la primera, se presenta el Reino de Dios con ayuda de las acciones de un rey que quiere celebrar la boda de su hijo. Los símbolos de autoridad están expresamente seleccionados ya que esta sección, que tiene lugar en Jerusalén, gira en torno de la autoridad de Jesús.

Para la celebración el rey envía a sus “sirvientes”, en dos oportunidades, a notificar a los que han sido previamente invitados que el banquete está pronto. La reacción es de una violencia creciente.

Ante este fracaso, el rey ordena a los sirvientes de extender la invitación a la gente que está “al extremo de la calle” sin distinción de comportamiento ético, ya que entran al banquete “malos y buenos” (v. 10). La invitación ahora surte efecto ya que la sala se llena de invitados. Se trata de una llamada universal que supera todas las diferencias humanas y que reúne a todos en un mismo banquete.

Esta perspectiva universal, aunque ocasionada por el rechazo de los invitados, va mucho más allá de lo que puede, en el rey, motivar ese rechazo. Se trata de una voluntad salvífica sin límites que aprovecha un momento de hostilidad para manifestarse.

Los vv. 11-14 cambian bruscamente la perspectiva: viene la segunda parte. Aquí se trata de un caso particular de la participación al banquete. El ámbito universal continúa estando presente, pero se subraya la reacción de uno de los comensales.

El cambio de perspectiva toma su punto de partida en la entrada del rey en la sala del banquete. Con esa entrada se señala un acontecimiento decisivo, un juicio que se opera en cada uno de los invitados.

Haber entrado no da derecho automático a permanecer. Para participar plenamente al banquete es necesario haber aceptado el “vestido de fiesta”, el don de la fe. Uno de los presentes, aunque también llamado, no ha endosado el ropaje adecuado, no ha sido capaz del compromiso ético que acompaña a la llamada.

La mudez ante la pregunta del rey, indica la ineficacia de la llamada en tal convidado y motiva la sentencia condenatoria que el rey pronuncia en un juicio instantáneo y decisivo que lo arroja a las tinieblas exteriores, donde reinan el llanto y el rechinar de dientes (v. 13). La tristeza ante Israel por no haber aceptado la invitación puede transferirse a los miembros de la comunidad eclesial que no sean capaces de las exigencias que dimanan de la fiesta. Este destino reservado a los miembros “mudos” de la comunidad, incapaces de producir fruto coherente con su confesión de fe, pretende hacer un llamado concreto a cada uno de los integrantes comunitarios a tomar en serio la invitación que en principio han aceptado.

La advertencia se hace más urgente gracias a la mención del mayor número de los llamados que de los escogidos (v. 14) que no busca determinar número sino fundamentar la seriedad con que se debe tomar la decisión frente al Reino.

El banquete del Reino es un don gratuito de Dios pero exige que cada hombre sea capaz de aceptar la invitación que se le dirige y, llevar una vida coherente con el significado de la invitación. Sólo con esas dos actitudes es posible mantenerse en el ámbito de la gracia divina que aunque ilimitada jamás avasalla la libertad humana.

A pesar de todo lo dicho, no podemos menos de hacernos cargo de la «objeción a la totalidad» que muchos oyentes, personas cultas y con verdadera sensibilidad de hoy, van a sentir ante este texto del evangelio y toda la cosmovisión teológica a la que echamos mano para tratar de explicarla y aplicarla. La sensación cierta, aun en muchos que no acaban de poder expresarla con nitidez, es que este tipo de metáforas globales son profundamente inadecuadas, están gastadas y sobrepasadas, y no sólo no dicen ya nada (por eso necesitan de tanta explicación), sino que resultan ininteligibles, y hasta producen rechazo. Como afirma la teóloga Sally McFague, son metáforas no sólo obsoletas, sino dañinas. Con toda probabilidad Jesús ya no las usaría hoy, y se pasmaría de vernos muchos domingos dando vueltas en torno a ellas, queriendo dar vida a una simbología y una doctrina que está muerta. Es otro tema, muy importante, que tenemos que acostumbrarnos a plantear más y más. Cfr «Hacen falta nuevas imágenes religiosas», Agenda Latinoamericana’2011, p. 228, accesible también en el Archivo digital de la Agenda: servicioskoinonia.org/agenda/archivo Leer más…

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11 octubre 2020. Dom 28 TO Mt 22, 1-14 El problema no es que Dios mande al infierno, es que nosotros no queramos su cielo

domingo, 11 de octubre de 2020
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78940884-8B45-49BF-89AB-9C2E9736706CDel blog de Xabier Pikaza:

Dijeron y dicen muchos que la religión nació del miedo: «Timor fecit Deos» (el temor hizo a los dioses). La parábola de hoy (Mt 22, 1-14) invierte ese motivo: Habla de un «Señor» que ofrece a los hombres su banquete (¡amor de cielo!), pero que muchos no lo quieren, matándose y muriendo por otros «falsos amores»

El Dios de Jesús «invita», no impone su banquete. No pide a los hombres que vengan por miedo, sino que suscita en ellos un amor más grande de vida (banquete/comida, bodas/amor),que empieza en este mismo mundo. Este Dios no es temor, es deseo de cielo. Pero allí donde los hombres no quieren ser camino de cielo (banquete, bodas) se vuelven matanza de infierno.

Los animales no tienen ese deseo de cielo, simplemente viven, son lo que son en armonía inconsciente de vida y de muerte (generación y corrupción). Los hombres, en cambio, podemos desear y deseamos un cielo de vida universal, somos deseantes de cielo. Ese es el motivo de fondo de esta parábola, contada (como casi todas) de forma paradójica, para hacernos pensar y desear el cielo, superando el infierno.

En la línea de esta parábola se entiende la encíclica de Francisco, Tutti Fratelli e sorelle, Todos hermanos/hermanas, amantes/amigos, llamados al «cielo» de la vida, al Gran Banquete/Bodas de la Humanidad divina.

Argumento básico

Lo presentado ya en el subtítulo. Aquí lo resume de nuevo, para ofrecer después la parábola y comentarla desde el evangelio. Éstos son sus cinco temas:

  1. La parábola supone que hombre/mujer (humanidad entera) «es» deseo de «cielo», esperanza de fraternidad y vida. Éste es el gran descubrimiento: Hay Dios, hay deseo y posibilidad de banquete/boda para todos. El banquete y boda universal de vida no es una ilusión, no es engaño al servicio de algunos. Es el gran deseo que mueve las estrellas, que pone en marcha la vida de los hombres como «aspirantes de cielo.
  2. La parábola supone desde el judaísmo que hubo un pueblo pionero de ese camino de cielo, que han sido los judíos. Un budista contaría esta parábola de otra manera, lo mismo un chino mandarín. Jesús la cuenta desde el judaísmo, que  es Antigua Alianza de vida. Los judíos (con Elías, Isaías, Juan Bautista, María de Nazaret) han sido un pueblo privilegiado, aspirante de cielo. En ese sentido, todos somos de algún modo judíos.
  3. Un tipo de judaísmo no ha culminado su camino, ha rechazado el banquete de cielo para todos, ha querido sólo su propio cielo. Un judaísmo entendido como «capitalista de Dios» no ha querido culminar su camino, ofreciendo su amor de reino/cielo y su promesa de bodas para todos. Ha querido su boda especial, su banquete propio, rechazado así (por ahora) el amor universal del Dios-amor que Banquete y Boda.
  4. Jesús judío universal ha extendido para todos el deseo y camino de cielo, el banquete;  de esa forma ha sido judío-judío, judío universal de banquete enamorado y boda para todos,   empezando por los últimos del mundo,  publicanos y prostitutas, cojos-mancos-ciegos, excluidos de todos los banquetes y bodas del mundo. Jesús, testigo del banquete de la vida, ha venido a cursar por sí mismo y por su iglesia esa gran invitación de cielo: La vida es un banquete de amor para todos, una mesa y casa abierta (alimento, fiesta, para todos los pueblos, como había dicho Isaías 24-27); una boda de amor para todos, los bien casados de la ley antigua, y los que parecían mal-casados, mal-queridos, empezando por prostitutos y prostitutas, por excluidos de la vida (homo- y hetero sexuales…), todos novios y novias de la vida, no de la muerte.
  5. Pero entre los invitados cristianos hay algunos que no llevan el «vestido de cielo», que no viven conforme al amor del banquete. Ésta es la gran novedad que este evangelio de Mateo introduce en la parábola, la novedad más actual en este tiempo (año 2020), que está en el fondo de la «parábola del Papa Francisco» (Fratelli tutti…). Algunos de la iglesia vienen a la boda sin «cambiar su ropa», vienen a imponerse y mandar a los demás, a destruir el amor de las bodas…
  6. Por eso es necesario volver volver al amor primero. No olvidemos que la parábola es «parábola» (no es un argumento, ni un dogma impuesto…), un camino para pensar y cambiar. Jesús nos ha dicho que somos deseo de cielo, que la religión de la vida es amor (banquete y bodas para todos). Pero nosotros podemos convertir  el mismo banquete en infierno, en bodas de sangre y de muerte, de opresión y miedo. A partir de aquí leamos la parábola.

He desarrollado extensamente el tema en  varias entradas de Palabras de amor y de un modo especial en mi Comentario de MateoCon estas palabras deseo a todos mis amigos un buen fin de semana  de amor.

Parábola. Mt 22,1-14. El gran banquete

   Tiene varias partes, las iré leyendo y comentando una por una. El texto es complejo, la interpretación es larga, tomada de mi comentario a Mt. Siga leyendo quien quiera y tenga tiempo, para pensar conmigo, con gran libertad, con deseo de entender el mensaje de Jesús tal como lo interpretó la Iglesia de Mateo.

Parábola original según Mateo (22 1-10) 22 1 Y respondiendo Jesús de nuevo, les habló en parábolas diciendo: 2 El reino de los cielos se parece a un hombre rey que hizo las bodas para su hijo. 3 Y mandó a sus siervos para que llamaran a los invitados a las bodas, pero no quisieron venir. 4 Volvió a mandar otros siervos, encargándoles que les dijeran: He aquí que tengo el banquete preparado, he matado terneros y reses cebadas, y todo está dispuesto. Venid a las bodas. 5 Pero ellos, no haciendo caso, se fueron: uno a su propio campo; otro a su negocio; 6 y los restantes, echando mano a los siervos, les maltrataron hasta matarles.‒ 7 Pero el rey montó en cólera, y, enviando a su ejército, destruyó a aquellos asesinos y prendió fuego a su ciudad. 8 Entonces dijo a sus siervos: Las bodas están preparada, pero los convidados no eran dignos. 9 Id pues a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. 10 Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. Y la sala de bodas se llenó de comensales[2].

 El banquete como signo del Reino de Dios o de la culminación escatológica aparece en varios lugares del Antiguo Testamento y de la tradición apocalíptica. Un texto a menudo evocado es Is 25, 5-10, donde se dice que el Señor de los ejércitos prepara en el Monte Sión un festín de manjares suculentos, aniquilando allí a la muerte. En ese contexto suelen citarse también unas palabras de Zac 9, 16: ¡Qué espléndido será, qué hermoso! El trigo hará florecer a los jóvenes, el mosto a las doncellas! (Zac 9, 17) [3].

Ese banquete se sitúa sobre el Monte Sión, que Is 2, 1-5 presentaba como centro de reconciliación universal (¡de las espadas forjarán arados!). En esa línea avanzan las Parábolas de Henoc (1 Hen 37-71), del tiempo de Jesús, hablando de un banquete del Hijo del Hombre como salvador escatológico: «Dios habitará con ellos; morarán y comerán con este Hijo del hombre, se acostarán y se levantarán por los siglos» (1 Hen 62, 7-14). También los libros tardíos de la apocalíptica (Ap. de Baruc, 4º Esdras), escritos a finales del I dC, siguen destacando la abundancia del banquee final (cf. ApBar 29, 5-8)[4].

Esta parábola contiene un recuerdo original de Jesús, que puede y debe situarse en el contexto de su misión final, quizá durante su ascenso a Jerusalén, tras la culminación (¿fracaso?) de su mensaje en Galilea, con el recuerdo de la misión y llamada de Dios por los profetas. Así lo ha destacado EvTom 64, que entiende este motivo de manera más intimista, aunque al fin añade, de modo sorprendente, el logion de los mercaderes y compradores que no entrarán en el Reino de mi Padre[5].

Lucas ha situado esta parábola en el contexto general de la llamada de Jesús (Lc 14, 16-24), en el principio del camino que va a Jerusalén (cf 13, 22. 31-35), sin referencia al rechazo de los sacerdotes y escribas, y sin juicio sobre Jerusalén. Mateo, en cambio, la presenta como alegoría de la llamada al Reino, dirigida primero a los invitados (judíos) y luego a todos (en la línea de EvTom 64), dándole al mismo tiempo un tinte apocalíptico: destrucción para aquellos que rehúsan la llamada (22, 7) y para aquellos que aceptándola no se mantienen fieles (añadido de 22, 11-14).

‒ Primera parte: una misión judía (22, 1-5). Evoca la llamada de Jesús a los invitados(judíos: 22, 3; cf. 14, 17) israelitas, a quienes Dios había preparado como pueblo, a través de los profetas. Esta invitación se formula en dos fases: La primera responde  de tipo genérico (22, 3), rechazada por los invitados, y otra más concreta (22, 4) e insistente, que ellos rechazan también.

La primera invitación (22, 3) tiene un sentido amplio y, en la perspectiva de Mateo, puede referirse a los profetas, y de un modo más concreto a Jesús y a los primeros ministros del evangelio, que anuncian la pascua, es decir, el banquete del Hijo del Rey a los judíos. En ese contexto se supone que los invitados debían hallarse dispuestos, para compartir el gozo del rey en la boda de su hijo. La segunda (22, 4) puede referirse, ya de un modo más preciso, a los profetas, sabios y escribas que el mismo Jesús pascual sigue enviando a Israel, y que están siendo rechazados por los escribas y fariseos del nuevo judaísmo (cf. 23, 34-35).

Esta doble invitación sorprende por su gratuidad. El rey no impone obligación a los llamados. Simplemente quiere honrarles, pidiéndoles que compartan con él las bodas de su hijo. El texto supone que los llamados son súbditos del rey, al que han de obedecer, estando preparados para responderle y compartir su fiesta. Pero el texto indica por dos veces que no fueron: La primera (22, 3) no quisieron, sin más; la segunda (22, 4-6) se negaron ostentosamente, marchando cada uno a su trabajo (tierras, negocios) y matando además a los siervos del rey, para quedar así tranquilos. Leer más…

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Un banquete que termina mal. Domingo 28. Ciclo A

domingo, 11 de octubre de 2020
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banquete-de-bodaDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

… un rey celebraba la boda de su hijo…

El domingo anterior, la parábola de los viñadores homicidas terminaba diciendo que la viña sería consignada «a un pueblo que produzca sus frutos» (v.43). Algo parecido afirma la parábola de hoy, la de los invitados al banquete, que nos ha llegado a través de Mateo y Lucas. Para comprender el enfoque de Mateo considero esencial tener en cuenta no solo la primera lectura (Isaías) sino también la versión de Lucas.

El punto de partida: un festín de manjares suculentos (Is 25,6-10a)

            La parábola de los invitados a la boda se inspira en un poema del libro de Isaías a propósito del gran banquete que Dios organizará “en este monte”, Jerusalén, que supondrá la alegría, la salvación y la victoria sobre la muerte para todos los pueblos.

            Aquel día,

            el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos,

            en este monte,

            un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera;

            manjares enjundiosos, vinos generosos.

            Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos,

            el paño que tapa a todas las naciones.

            Aniquilará la muerte para siempre.

            El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros,

            y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país.

            Aquel día se dirá:

            «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara;

            celebremos y gocemos con su salvación.

            La mano del Señor se posará sobre este monte».

La reinterpretación irónica de Lucas (Lc 14,15-24)

            El texto de Isaías podía provocar en cualquiera el sentimiento que pone Lucas en boca de un oyente de Jesús: «¡Dichoso el que coma en el Reino de Dios!». Entonces Jesús, con gran dosis de ironía y realismo, cuenta una parábola que podemos dividir en dos actos:

            Acto I:

  • un hombre organiza un gran banquete;
  • envía a un criado a llamar a los invitados;
  • los invitados se excusan de buena manera.

            Acto II:

  • El hombre, irritado, manda al criado a invitar al banquete a pobres, lisiados, ciegos y cojos;
  • el criado obedece, pero todavía sobra sitio;
  • el hombre vuelve a enviarlo «hasta que se llene la casa».

            Moraleja:

«Ninguno de aquellos invitados probará mi banquete».

            En la versión de Lucas, la parábola contada por Jesús explica por qué en la comunidad cristiana (el banquete) no están los que cabría esperar (los judíos), sino otros (los paganos). Del optimismo exagerado de Isaías pasamos al terrible realismo con que Jesús enfoca siempre las cuestiones.

La reinterpretación más dura y crítica de Mateo (Mt 22,1-14)

            La versión de Lucas podía suscitar en las comunidades cristianas un sentimiento de satisfacción y de falsa seguridad. Para evitarlo, Mateo añade una última escena e introduce también interesantes cambios; los dos actos se convierten cuatro:

          «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda. » Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.» Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.

            Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?» El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

            Acto I:

  • Un rey invita a la boda de su hijo;
  • envía criados (en plural);
  • los invitados no quieren ir.

            Acto II:

  • El rey vuelve a enviar criados;
  • los invitados no hacen caso a los criados e incluso matan a algunos de ellos;
  • el rey mata a los asesinos y prende fuego a su ciudad.

            Acto III:

  • El rey manda a recoger por las calles a todos, malos y buenos;
  • La sala se llena de comensales.

            Acto IV:

  • El rey descubre a un comensal sin traje de fiesta;
  • manda expulsarlo del banquete.

            Moraleja:

                        «Hay más llamados que escogidos».

            Mateo ha reinterpretado la parábola a la luz de los acontecimientos posteriores y en clara polémica con las autoridades religiosas judías.

            En el Acto I, el protagonista no es un hombre cualquiera, sino un rey (Dios), que celebra la boda de su hijo (Jesús). Y no envía a un solo criado, sino a muchos (referencia a los antiguos profetas y a los misioneros cristianos). Los invitados, en vez de excusarse de buena manera, como en Lucas, simplemente no quieren ir.

            Entonces introduce Mateo un acto nuevo (II), donde la invitación del rey encuentra una oposición mucho mayor (incluso llegan a matar a algunos criados) y la reacción del monarca es terrible, porque manda su ejército a acabar con los asesinos y a prender fuego a la ciudad (destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70).

            El Acto III también representa una novedad con respecto a Lucas: no se invita a pobres, lisiados, ciegos y cojos, sino a todos, buenos y malos. El enfoque socioeconómico de Lucas (en el banquete entran los marginados sociales) lo sustituye Mateo por el moral (todo tipo de personas).

            Pero Mateo añade un nuevo Acto, el IV, que es la que más le interesa: un invitado se presenta sin vestido de boda y es echado fuera.

            Con estos cambios, la parábola explica por qué la comunidad cristiana está compuesta de personas tan imprevisibles y, al mismo tiempo, contiene un toque de atención para todas ellas. En el Reino de Dios puede entrar cualquiera, bueno o malo. Pero, si se acepta la invitación, hay que presen­tarse dignamente vestido.

Ni frac ni maxifalda

            Para entrar en una mezquita hay que descalzarse. Para entrar en una sinagoga hay que cubrirse la cabeza. Para entrar en cualquier iglesia se aconseja o exige un vestido digno. Pero el vestido del que habla la parábola no se mide en centímetros ni se debe caracterizar por su elegancia. Es una forma de comportarse con Dios y con el prójimo. O, utilizando una metáfora de san Pablo, hay que vestirse de nuestro Señor Jesucristo. No es un disfraz. Es un modo de vivir y de actuar que recuerde a los demás, dentro de lo posible, como él vivió y actuó.

La generosidad de los filipenses y la de muchas personas actuales (Fil 4,12-14.19-20)

            Pablo no quería ser gravoso a las comunidades que fundaba. No aceptaba que le ayudasen económicamente, prefería ganarse de vivir trabajando con sus manos. Pero hay ocasiones en las que no puede hacerlo, como ocurre cuando está preso en la cárcel de Éfeso. Entonces acepta y agradece la ayuda que le envían los filipenses, y les asegura que Dios se lo recompensará con creces.

            La pandemia actual, con todo lo que tiene de malo, ha puesto también de relieve la bondad y generosidad de muchas personas, dispuestas a ayudar y a sacrificarse por el prójimo. A ellas puede aplicarse lo que dice Pablo. En recompensa, «Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia».

 

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11 Octubre. Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario.

domingo, 11 de octubre de 2020
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Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.”

(Mt 22, 1-14)

Leyendo este evangelio surge una pregunta: ¿no le pasa lo mismo a nuestras eucaristías dominicales? ¡Nuestras fiestas están vacías! Las invitadas no quieren venir, pero de momento no nos hemos atrevido a salir a los caminos y llenar nuestras iglesias de “malos y buenos”.

Todo está preparado, pero sin invitadas no hay fiesta. Las invitadas no quieren venir y demasiadas veces simplemente nos quedamos cada vez más solas con nuestras tristes quejas.

No, las cosas ya no son como eran. La sociedad cristiana del siglo pasado pasó. Y no volverá. Ahora hay que buscar nuevas invitadas que harán nueva nuestra fiesta. Hay que salir a los caminos y a los cruces. Es urgente saber de qué tiene hambre y sed nuestra sociedad de hoy.

El cristianismo. El seguimiento de Jesús es mucho más versátil de lo que nos quieren hacer creer. Hay infinidad de maneras de vivirlo con fidelidad y coherencia. Y ha sido precisamente su capacidad de adaptación la que le ha permitido atravesar siglos de historia y fronteras culturales. La esencia de nuestro mensaje cristiano todavía tiene algo que decir. Pero para proclamarlo primero tendremos que sentarnos a escucharlo pacientemente.Para contagiar a otras gentes primero tendremos que estar convencidas.

Tendremos que habernos implicado con esfuerzo en la preparación de esa fiesta para poder salir al camino y convencer a otras para que vengan. Cuando de verdad veamos que hay comida, bebida y espacio para todas, nuestros pies nos conducirán a quienes tiene hambre, sed y soledad. Quien tiene un porqué en la vida siempre encuentra un cómo.

Oración

Trinidad Santa, esperanza activa, despierta nuestra ilusión. Haznos conectar con el amor primero. Que nuestra mirada diga aquello que ninguna palabra puede pronunciar: Que el amor nos mueve.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Solo quedará fuera quien se niegue a entrar.

domingo, 11 de octubre de 2020
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banquete-de-bodas-brueghelMt 22, 1-14

El domingo pasado el simbolismo se tomaba de la viña, hoy la imagen es el banquete. También es un relato polémico que acusa a los dirigentes judíos, de haber rechazado la oferta de salvación que Dios les hace por medio de Jesús. Mt se dirige a una comunidad que tenía que superar el trauma de la separación de la religión judía y el peligro de repetir los mismos errores. Insiste en el tema de la universalidad, que tantos quebraderos de cabeza produjeron a las primeras comunidades. No es fácil renunciar a los privilegios.

El texto de Is es una joya. El profeta tiene que hablar a un pueblo que atraviesa la peor crisis de su historia. Lo hace con una visión de futuro muy lúcida. Creo que hoy el texto del AT supera al evangelio, en belleza formal y en mensaje teológico. Naturalmente es un lenguaje simbólico. Habla de manjares enjundiosos y vinos generosos, de quitar el luto de todos los pueblos, de alejar el oprobio y enjugar las lágrimas de todos los rostros, de aniquilar la muerte para siempre. Bella oferta para el pueblo hundido en la miseria.

Se trata de una salvación total por parte de un Dios en quien confía el profeta, a pesar de las circunstancias adversas. El intento de Is es que todo el pueblo soporte la dura prueba, confiando en su Dios, en cuyas manos está su futuro. Lo verdaderamente importante del relato de Is, el chispazo apuntado que tenemos que descubrir es éste: “Dios salva a todos”. Y digo apuntado, porque también allí se ponen condiciones: los que no son judíos, se ven obligados a venir a “este” monte (Jerusalén), para encontrar salvación.

En el AT el banquete designa los tiempos mesiánicos. Para Jesús significa el Reino de Dios. Para los que pasan hambre diariamente, el banquete puede ser una ocasión única para quitar las penas. En concreto, el banquete de boda era la única ocasión que tenía el pueblo sencillo de celebrar una fiesta y olvidarse de la dura realidad de una vida cuyo primer objetivo era llenar el estómago. Naturalmente no se trata más que de una metáfora para indicar que Dios está dispuesto a saciar los anhelos del ser humano.

También hoy Mt alegoriza el relato y lo completa con la segunda parte, (ausencia del vestido de boda), que no está en Lc. Es el Padre el que invita a la boda de su Hijo. Los primeros invitados son los jefes religiosos judíos, que se negaron a aceptar el mensaje de Jesús. El prender fuego a la ciudad hace una alusión clara a la destrucción de Jerusalén. Los nuevos invitados son todos los seres humanos, sin importar raza ni condición social y, lo que es más escandaloso, sin importar si son buenos o malos.

Podemos pensar que en el relato, leído literalmente, existe una distorsión del mensaje de Jesús. El Dios de Jesús no es un señor que monta en cólera y manda acabar con aquellos asesinos. Esto no tiene nada que ver con la idea que Jesús tiene de Dios, pero responde muy bien al Dios del AT que a su vez refleja la manera de ser del hombre, proyectada sobre Dios. Es una pena que sigamos insistiendo hoy en esa idea de Dios. Nos sentimos más a gusto con el Dios del AT que con el Dios de Jesús que es amor.

Tampoco el añadido del individuo que no llevaba traje de fiesta, tiene mucho que ver con el evangelio. Si salen a los cruces de los caminos para llamar a toda la gente que encuentren, ¿Qué sentido tiene que se le exija un vestido de boda? ¿Es que la gente va por los caminos vestidos de boda?. Puede hacer referencia a la túnica blanca que se entregaba a los recién bautizados. Claro que la intención del evangelista es buena, pero se ha entendido literalmente y nos ha metido por callejones sin salida.

El texto quiere evitar malas interpretaciones de la pertenencia a la comunidad. Era muy fácil entrar a formar parte de la comunidad y aprovechar todas las ventajas sin vivir de acuerdo con el evangelio. Es fácil confesarse creyente, pero nada más difícil que entrar en la dinámica del evangelio. No basta pertenecer a una comunidad. Solo el que de verdad se revista de Cristo (Pablo), puede estar seguro de entrar en el Reino. Dios no toma represalias contra nadie. Solo se queda fuera el que se niega a entrar.

El mensaje de las lecturas de hoy tiene una acuciante actualidad. Dios llama a todos, hoy como ayer. La respuesta de cada uno puede ser un sí o un no. Esa respuesta es la que marca la diferencia entre unos y otros. Si preferimos las tierras o los negocios, quiere decir que es eso lo que de verdad nos interesa. El banquete es el mismo para todos, pero unos valoran más sus fincas, sus negocios, y no les interesa. Todo el evangelio es una invitación. Si no respondemos que sí con nuestra vida, estamos diciendo que no.

Cuando el texto dice que, “los primeros invitados no se lo merecían”, tiene razón, pero existe el peligro de creer que los llamados en segunda convocatoria son los que lo merecían. El centro del mensaje del evangelio está en que invitan a todos: malos y buenos. Esto es lo que no terminamos de aceptar. Seguimos creyéndonos los elegidos, los privilegiados, los buenos con derecho a excluir: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”.

Como parábola, el punto de inflexión está en rechazar la oferta. Nadie rechaza un banquete. Ojo a los motivos de los primeros invitados para rechazar la oferta. La llamada a una vida en profundidad queda ofuscada, entonces y ahora, por el hedonismo superficial. El peligro está en tener oídos para los cantos de sirenas, y no para la invitación que viene de lo hondo de nuestro ser que nos invita a una plenitud humana. La clave está en descubrir lo que es bueno y separarlo de lo que es aparentemente bueno.

No puede haber banquete, no puede haber alegría, si alguno de los invitados tiene motivos para llorar. Solamente cuando hayan desaparecido las lágrimas de todos los rostros, podremos sentarnos a celebrar la gran fiesta. La realidad de nuestro mundo nos muestra muchas lágrimas y sufrimiento causados por nuestro egoísmo. Seguimos empeñados en el pequeño negocio de nuestra salvación individual, sin darnos cuenta de que una salvación que no incorpora la salvación del otro, no es cristiana ni humana.

Dios no nos puede prometer nada, porque ya nos lo ha dado todo. Nuestra existencia es ya el primer don. Ese regalo está demasiado envuelto, podemos pasar toda la vida sin descubrirlo. Esta es la cuestión que tenemos que dilucidar como cristianos. El problema de los creyentes es que presentamos un regalo excelente en una envoltura que da asco. No presentamos un cristianismo que lleve a la felicidad humana, más allá de todo hedonismo.

Efectivamente, es la mejor noticia: Dios me invita a su mesa. Pero el no invitar a mi propia mesa a los que pasan hambre, es la prueba de que no he aceptado su invitación. La invitación no aceptada se volverá contra mí. Sigue siendo una trampa el proyectar la fiesta, la alegría, la felicidad para el más allá. Nuestra obligación es hacer de la vida, aquí y ahora, una fiesta para todos. Si no es para todos, ¿quién puede alegrarse de verdad?

Meditación

Acepto la invitación de Dios, cuando invito a los demás.
Mientras haya una sola persona que no come,
el banquete del Reino estará incompleto.
Que todos disfruten de la fiesta depende de mí.
Soy yo el que tengo que eliminar todas las lágrimas.
Esperar un milagro de Dios es idolatría.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Un estilo de vida.

domingo, 11 de octubre de 2020
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maxresdefaultEn la vida no se puede tener todo, sin embargo, es necesario aspirar a ello, ya que la felicida

En la vida no se puede tener todo, sin embargo, es necesario aspirar a ello, ya que la felicidad no es una meta, sino un estilo de vida (Perdona si te llamo amor, Federico Moccia)

11 de octubre. DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Mt 22, 1-14. El Reino de Dios se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo (v 2)

En la Biblia de Alonso Schökel, comenta el autor que en el fondo de esta parábola está la respuesta de la comunidad de Mateo a la pregunta ¿qué es el reinado de Dios?, y expresa la relación entre el Señor y sus invitados, entre los cuales hay dos categorías: los primeros, que se autoexcluyen del banquete por intereses propios de poder -uno se fue a su finca, el otro a su negocio-, y los segundos, malos y buenos, que están en los caminos cruces de los caminos.

La sala que se había preparado se llena de estos nuevos comensales, que inicialmente estaban excluidos, porque aceptan y acogen con gozo la invitación al banquete de reino, y por eso este pasaje concluye diciendo que son muchos lo invitados y pocos los elegidos.

En la segunda parte se añade un elemento nuevo a la parábola, que cambia la perspectiva que hasta ahora llevaba el relato: la presencia del rey ofrece la clave del juicio que recae sobre cada uno de los invitados al banquete.

En este marco de referencia tiene sentido la pregunta por el traje de fiesta: para entrar en el reino, es necesario un estilo de vida que ponga en práctica las enseñanzas de Jesús.

No todos los invitados al banquete se encontrarán al fin con los elegidos, pues lo que convierte a los invitados en elegidos es el amor encarnado en las circunstancias concretas de la vida.

El estilo de vida de Jesús es una vida llena de misericordia, perdón, confianza, fe, esperanza, y sobre todo mucho amor hacia nosotros, porque él nos perdonó y enseñó a ser mejores personas, murió en una cruz, no para salvarnos y darnos una nueva oportunidad para ser mejores, sino para que le imitemos en su forma de vivir.

Entre las diversas maneras de vivir, hay diferentes estilos de hacerlo: con amor, con compasión, entre los positivos y entre los negativos, los que perjudican al cuerpo, como las drogas.

En cuanto al estilo positivo de las ideas, las que se tienen sobre la felicidad y el amor a cuantos seres existen. Referentes al pensamiento, los que se piensan y sueñan con una conciencia tranquila tienen la mejor almohada para dormir bien.

Podemos decir que la buena conciencia es la mejor almohada para dormir. No hay nada mejor que tener una conciencia limpia, sin preocupaciones ni deudas con nadie, la mejor forma de dormir es hacerlo sin preocupación alguna.

Ser o no ser, esa es la pregunta. ¿Cuál es la más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, y darlas, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza? (Shakespeare, en el Soliloquio de Hamlet)

Federico Moccia es un italiano autor de novelas para adolescentes, además de director de cine, que escribió en: Perdona si te llamo amor: En la vida no se puede tener todo, sin embargo, es necesario aspirar a ello, ya que la felicidad no es una meta, sino un estilo de vida”.

Y Mateo dijo el versículo 2: El Reino de Dios se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo.

De mi libro Soliloquio, a modo de estilo de vida

LAS RANAS

No son Coros Angélicos
los coros de las ranas de mi charca.
No median entre hombres y Dios,
mas como ellos,
ejecutan los divinos juicios
sirviendo y protegiendo a los humanos.

Un Orfeón de voces celestiales
con su sordo croar en Primavera, Otoño y en Verano.

En el Invierno hibernan.
Y yo hiberno con ellas; y como ellas
también me recupero
de fatigas de Otoño, Verano y Primavera.

Como las de Aristófanes, las ranas de mi charca
me invitan a viajar al Tártaro
de mis oscuridades, y rescatar aquello
que me resta en la vida para ser más humano

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Tenemos un banquete pendiente.

domingo, 11 de octubre de 2020
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il-regno-dei-cieli-e-simile-a-un-re-che-fece-una-festa-di-nozze-per-suo-figlioMt 22, 1-14

11 de octubre de 2020

El Evangelio de hoy nos sugiere una profunda reflexión sobre la imagen cristiana de Dios, un Dios que pretende atraer al género humano a un banquete inclusivo y no a un juicio excluyente. El Reinado de Dios es un banquete, utilizando el mismo lenguaje metafórico de esta parábola. Es un mensaje que no conviene olvidar en un mundo y en una cultura que ha cuestionado a la religión como una alienación de las personas en oposición a su felicidad. Y es, precisamente la felicidad y plenitud, la meta de lo esencial del cristianismo, superando el mal, el sinsentido y la muerte.

Jesús narra esta parábola en un contexto incierto, polémico y lleno de tensión con el judaísmo institucional. La atmósfera que envuelve al texto son los últimos días de su vida, ya en Jerusalén; un momento en el que está horneándose un doble juicio, político y religioso, por sus discursos, acciones y provocaciones a las autoridades rabinas. Quizá, a través de esta alegoría, pretende expresar su certeza de que el proyecto de Dios se va a realizar a pesar de las contradicciones humanas.

Se podrían extraer tres sugerencias para abordar esta parábola que, por cierto, ya existía con otros matices en el Talmud palestino. Tres invitaciones para poner de manifiesto que el Reinado de Dios supera nuestra visión sesgada del Dios de Jesús.

Por un lado, los invitados al banquete no quieren acudir y se van a sus quehaceres y haciendas, incluso se sienten molestos por la invitación. Una vez más aparece la alarma de vivir la fe en una posición de confort, de búsqueda de seguridades y certezas, de instalación en lo de siempre y de reactividad y resistencia ante lo nuevo. No parece que Jesús esté en sintonía con una visión tan acomodada de la adhesión a su proyecto. Ofrece la posibilidad de la plenitud humana, todo está preparado en el interior de la persona para conectar con la Fuente y vivir desde lo esencial que va más allá de lo que podamos controlar y dominar.

En segundo lugar, la parábola narra que, ante la negativa de los invitados, el banquete se abre a todos los que están fuera, en los caminos y encrucijadas, buenos y malos. La mirada divina no se detiene en un reducto excepcional de su creación; supera toda dualidad y revela una mirada a la esencia humana, a lo que realmente es y no lo que hace. No somos invitados por lo que hacemos sino por lo que somos en profundidad, por lo que nos hace ser en permanente conexión con nuestro origen. Sin duda, una nueva transgresión de la ley judía porque el pueblo elegido ahora es la humanidad sin excepciones.

Y, por último, el polémico traje de bodas para entrar en el banquete que no se trata de una purificación penitencial que sólo me afecta a mí; es el traje sino de la vinculación a la nueva visión de la plenitud que incluye a todos. No se trata de soltar la culpa por “los pecados cometidos” sino trascender las categorías humanas y mirar a todo el género humano desde la fuente de su ser, en su centro existencial. No es una salvación-plenitud individual sino colectiva, de toda la humanidad, aunque incluye una transformación personal que mueve a mirar a los semejantes desde la dignidad y valor que poseen.

Esta parábola comienza preguntándose a qué se puede comparar el Reinado de Dios. Quizá pueda quedar abierta a muchas interpretaciones, pero lo que sí parece expresar con claridad es que somos llamados a participar de la vida divina sin condiciones, donde tenemos pendiente una comida que no es tristeza, ranciedad, martirio, sino un festín que se expande y atrae a tod@s hacia la unidad con Dios.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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De la Buena Noticia a la amenaza

domingo, 11 de octubre de 2020
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FiestaDomingo XXVIII del Tiempo Ordinario

11 octubre 2020

Mt 22, 1-14

En la Biblia, la boda es un símbolo cargado de significado: representa la relación de Dios con su pueblo, tal como lo expresa, de manera intensa y poética, el libro de Oseas. En los evangelios, se utiliza esa misma imagen como símbolo del “Reino de Dios”. Si entendemos el “Reino” como la “dimensión profunda de lo real”, la imagen no puede ser más adecuada.

    En su nivel profundo, y a pesar de las apariencias en el nivel fenoménico o de las formas, lo real es una “boda”, es decir, una unidad indisoluble, donde no cabe separación: todo es uno.

   Cuando Jesús afirma que el reino de Dios es como un banquete de bodas está diciendo lo que siempre han sostenido las personas sabias: lo realmente real es unidad, plenitud, gozo… En ese plano, todo está bien. Y esa es nuestra identidad, porque “el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21).

    La primera parte del relato subraya la gratuidad, la amplitud, la inclusividad, el gozo: todos caben en el banquete de bodas. Sin embargo, en la segunda mitad, se produce un cambio tan abrupto que resulta abiertamente contradictorio con el mensaje inicial. Es patente la mano de otro redactor animado por un objetivo sectario y proselitista: exigir la pertenencia a la comunidad –el “traje de fiesta” es una alusión al bautismo, puerta de acceso al grupo–, como condición para participar del “banquete”.

     La identificación con la propia creencia llega a ser tan obtusa que ni siquiera cae en la cuenta de la contradicción en la que incurre: exigir la pertenencia al propio grupo como condición para participar en el “Reino”, es decir, para participar en la vida. No advierte que la vida no se alcanza a través de las creencias –no es el premio a lo que alguien cree–, sino que es aquello que somos todos.

    ¿Qué ha sucedido? Probablemente, en un lapso de pocos años, aquellas comunidades adoptaron un perfil sectario, característico de grupos religiosos nacientes y minoritarios, identificando la verdad con su propia creencia –de ahí nace la afirmación de que la propia religión es la única verdadera–, el “banquete” (inclusivo) con el “traje de fiesta” (excluyente).

  La consecuencia es dramática: la buena noticia proclamada en la parábola inicial –todos tienen su lugar en el banquete de bodas– se transforma en amenaza y en castigo: quien no se integra en la comunidad es “arrojado fuera”, donde hay “llanto y rechinar de dientes”; la predicación posterior lo nombraría como “infierno” y lugar de tormentos eternos. De ese modo, la universalidad del mensaje primero se transformó en amenazadora intolerancia religiosa.

   ¿Cómo se explica el cambio? Sin duda, por la propia dinámica de todo grupo sectario, que absolutiza las propias creencias y juzga como errado a todo aquel que no las comparte. Lo que sucede es que, en este caso, el contraste es flagrante: la buena noticia convertida en amenaza. El mensaje de Jesús tergiversado en un punto decisivo por sus propios discípulos.

   Las personas sabias no buscan seguidores –no hacen proselitismo–, mucho menos amenazan. La comprensión les regala un respeto exquisito a la libertad; saben que cada persona tiene un camino propio; viven compasión porque, aun sin justificar cualquier acción, la comprenden y son conscientes de que el mal es siempre fruto de la ignorancia.

¿Cómo me sitúo, en la práctica, ante posicionamientos diferentes?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Todos, todos, nos sentaremos a la mesa del banquete

domingo, 11 de octubre de 2020
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imagesDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. imágenes, símbolos, mitos y parábolas.

         Para leer y hacer nuestro el mensaje evangélico, hemos de ser conscientes de que gran parte de los textos bíblicos están escritos con metáforas, símbolos, mitos y parábolas, no pocos provenientes de otras culturas diversas a la judía (Mesopotamia, Ugarit, Canaán, Egipto, etc.). Los símbolos, parábolas y mitos están llenos de significado y contenido cristiano y humano, pero no se pueden leer e interpretar al pie de la letra y, porque correríamos el riesgo de no entender lo que se no es quiere decir.

         Leer estos textos al pie de la letra es caer en un fundamentalismo (cuando no fanatismo) que a veces reaparece entre católicos y algunos grupos evangélicos.

Hay que tener un cierto sentido poético y mítico para leer la Biblia desde Adán y Eva, la serpiente, la manzana, el paraíso, Caín y Abel, etc. hasta la “bestia” del Apocalipsis.

  1. El Reino de los cielos se parece a un banquete de bodas.

         Estos últimos domingos hemos leído evangelios que nos presentaban a Dios como padre, como propietario de una viña y como rey que prepara la boda de su hijo

Durante estos últimos domingos hemos visto a Dios como Padre que tenía dos hijos, como propietario de la viña, como rey. Dios es Padre y nos habla de su bondad.

Dios es Rey, lo cual nos habla de su dignidad. Dios es propietario y nos habla de la herencia que nos quiere transmitir

Un Rey (Dios) está preparando con ilusión la boda de su Hijo (Jesús). (Es evidente que no se trata de una cuestión monárquico-política).

El acento recae en la bondad Padre), en la dignidad (rey), y en la cercanía personal (herencia) que Dios nos da (propietario).

Todo el simbolismo de las lecturas de hoy es el de un festín (Isaías), un banquete de bodas (Evangelio).

El tema central de la parábola de hoy es que el designio de Dios para la humanidad es lo que una boda supone en la vida: amor, encuentro, familia, alimento, fiesta, gozo, placer. Ese, y no otro, es el plan de Dios para la humanidad.

         Dios quiere que toda la humanidad se salve, disfrute de la vida, tenga esperanza y viva con pleno sentido. (1Tim 2,4).

         Es decir, Dios no ha creado “dos espacios”: uno como si fuese una mansión celestial y otro: una sala de torturas. Podemos esperar que todos vivimos y morimos en la misericordia de Dios.

       hijo-prodigo  Dios es el Padre, el rey de la parábola, el padre del hijo perdido que solamente celebra y quiere celebrar una fiesta, la fiesta de la vida.

         Puede que sea eclesiástico, tristemente eclesiástico, pero no es evangélico, ni cristiano predicar por igual la posibilidad de cielo e infierno. Dios no crea ni quiere el infierno para nadie. Dios quiere un encuentro universal, un banquete fraterno para la humanidad. Dios solamente crea y quiere el cielo.

En la mesa del Señor hay sitio para todos, buenos y malos. Comensales de la mesa del Señor es la humanidad y todos los cristianos, la Iglesia.

  1. Los que no quieren asistir a la boda son los sacerdotes y ancianos (poderosos) del pueblo

         La que no quiere saber nada con esa fiesta es la clase alta: unos tenían tierras, otros negocios, etc. La parábola está dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. En el fondo está resonando la parábola de los viñadores homicidas: los poderosos terminan por matar a los criados, al mensajero que llevaba la invitación.

La mesa de los ricos no está abierta a los pobres. Los pobres “contaminan”.

  1. Salid a los caminos y llamad, invitad a todos: buenos y malos: la sala del banquete se llenó de comensales.

         Los que asisten al banquete, al encuentro es la gente sencilla, los pobres. Los que van a los comedores sociales, a Aterpe son los que no pueden ir a un comedor de estrellas Michelín.

      35862808-multitud-de-ni-os-de-dibujos-animados   Ni tan siquiera se exige una condición moral: los buenos entrarán y los malos, no. Jesús dice: llamad a todos: buenos y malos.

         Nos decimos católicos, que significa: universal, formamos parte de la Iglesia católica: Iglesia universal, aunque luego estamos llenos de cerrazones mentales, ideológicas, rituales, teológicas, morales, etc.

El Reino de Dios es universal, para todos.

Cambiarían las situaciones políticas y ecuménicas (eclesiales) si en vez de mirar al DNI, a la etnia, a las fronteras, a la condición económica, cultural, moral, mirásemos al ser humano. Antes que catalán, vasco o español, antes que católico o luterano, soy y somos personas humanas. Todo ser humano, sea quien sea, es hijo de Dios.

         Todos estamos invitados al banquete.

  1. Un final un poco extraño: el traje de bodas.

         Hay exegetas que piensan que este final de la parábola fue añadido muy posteriormente. De hecho en la liturgia se puede prescindir de su lectura.

         Es evidente que la parábola no tiene la intención de terminar en un desfile de modelos para el “Hola” y alguien no lleva el vestido adecuado.

         También se sabe que en aquel tiempo no se asistía a las bodas con un traje especial, (Aristófanes).

         Por otra parte, tampoco se trata de una cuestión moral, porque al banquete son admitidos todos: buenos y malos.

         Además Jesús es muy reacio a una moral externa y más remiso todavía al legalismo. Jesús no pone la moral en un traje o vestido. Lo bueno y lo malo en Jesús es lo que sale de dentro y no tiene nada que ver con la camisa que llevamos puesta. (Hay personas que lo más profundo que tienen es la camisa o el uniforme que llevan, clerygman incluido).

         ¿Qué sentido puede tener este final algo estrambótico?

         Estamos -una vez más- en el mundo del símbolo. Puestos a pensar pudiera ser que aquel hombre no tenía sentido de fiesta, de gratuidad, de amor. ¿Cómo estás aquí sin tener sentido de gracia, de fiesta, de amor? Si no tenemos sentido de fraternidad, no pintamos nada en el banquete. Es como el hermano mayor de la parábola del hijo perdido. El hijo mayor no sentía alegría, gratuidad, paz por la vuelta de su hermano que estaba perdido, muerto y ha vuelto a la vida.

         Quien no tiene ese sentido amable de la vida no será nunca ni en ninguna parte feliz. Quien no se alegra del bien de los demás, de los pobres, incluso de los que me han podido hacer daño, no será feliz, no tendrá cielo, ni aunque esté en el cielo.

  1. Con eso y con todo.

images-2Pero incluso aunque seamos unos pobres envidiosos, aunque nuestro traje se llame desazón, resentimiento, rencor, Dios también nos llama y nos invita.

         Incluso aunque no quisiéramos entrar en la fiesta, -como el hermano mayor-, nuestra libertad no es tan pretenciosa y prepotente como para despreciar el banquete del Señor. Una libertad limitada y pobre como la humana no es capaz de despreciar el amor absoluto de Dios. Aunque el ejemplo no sirva de mucho: ¿un niño pequeño es capaz de ofender a sus padres? ¿Y qué somos nosotros para Dios?

         Podemos pensar y esperar que el encuentro, nuestro encuentro definitivo con Dios, será en un banquete de bodas: de amor, de fiesta, de vida.

El cristiano sabe que vive y muere siempre en el amor y misericordia de Dios

 

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Gonzalo Haya: Año de la Biblia (octubre). Libros Poéticos (I). Salmos.

miércoles, 7 de octubre de 2020
Comentarios desactivados en Gonzalo Haya: Año de la Biblia (octubre). Libros Poéticos (I). Salmos.

Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosEn bastantes libros del Antiguo y del Nuevo Testamento podemos encontrar textos poéticos, en verso y en prosa, especialmente en los Profetas, pero los libros estrictamente poéticos son Los Salmos, El Cantar de los Cantares y Las Lamentaciones.

La poesía hebrea no se basa en la rima, sino en el paralelismo de dos expresiones de un mismo sentimiento, o en su contraposición con el opuesto; además de otros recursos habituales de concisión, imágenes simbólicas, ambigüedad multisugerente, acentos y sonoridad (difícilmente traspasable a una traducción). Estos aspectos son especialmente importantes porque la mayoría de los salmos están concebidos para ser cantados o recitados en solemnidades litúrgicas.

Los Salmos

Los Salmos, libro de oración

Los Salmos son la expresión espontánea de los creyentes, o de la comunidad, en diálogo con Dios; y eso es la oración, sea comunitaria o privada, un diálogo con Dios en las diversas circunstancias de la vida.

Pueden expresar admiración, alabanza, súplica, confianza, temores, y también desesperación, respetuosas quejas, pero también imprecaciones contra los enemigos, que nosotros podemos y debemos omitir en nuestra oración. Para un cristiano, los salmos adquieren especial significado al imaginar cómo se valió de ellos Jesús para expresarle al Padre sus propios sentimientos: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado”.

La mayoría fueron atribuidos a David, el rey poeta, pero realmente son obra de varios autores; “de una cadena anónima de poetas a lo largo de ocho siglos” (Schökel), según las vicisitudes del pueblo de Israel, con sentimientos y hasta teologías diferentes (Yahvé, Elohim), con influencias de los vecinos cananeos o egipcios, y modificaciones y adaptaciones hasta su redacción definitiva en el siglo III o II a. C. Los títulos y entradillas con indicaciones para la música son también añadidos posteriores.

Clasificación práctica para la oración

Se han propuesto distintas clasificaciones de los 150 salmos, unas más científicas y otras más prácticas para su uso como modelo de oración en diversas situaciones de la vida; pero estas clasificaciones son ambiguas porque la mayoría de los salmos expresan diversos estados de ánimo.     La mejor clasificación es la que cada uno haga para él, porque Los Salmos no es un libro para leer, sino un libro de cabecera al que acudir en determinados momentos, en que necesitamos expresar un sentimiento en diálogo con Dios.

Cuando encontramos la cita a un salmo, tenemos que tener en cuenta que nuestras Biblias pueden utilizar la numeración del texto hebreo o la del texto griego, que es una unidad inferior al hebreo. Por ejemplo, el salmo penitencial que conocemos como “de profundis” (desde lo hondo grito a ti…) según la numeración hebrea es el 130, y según la versión griega de los LXX es el 129. La traducción de Schökel, la Biblia interconfesional (BTI) y la clásica de Reina-Valera lo citan como 130 (129); la Vulgata, que sigue a los LXX, lo numera como 129 (130), y es (o era) la numeración más conocida por los sacerdotes y los monjes y monjas que utilizan el texto latino.

(Cada edición suele advertir que numeración adopta).

Pikaza, en “Ciudad Biblia”, al tratar los Salmos, propone un cuadro con la clasificación; igualmente García Polo al comienzo de la edición de los Salmos en vídeos. Nosotros propondremos una clasificación más simple; prescindimos aquí de los salmos didácticos, históricos, litúrgicos, y destacamos algunos ejemplos de los salmos que pueden facilitar nuestra oración. (Citamos con la numeración de la traducción hebrea de Schökel).

CONFIANZA, súplica y acción de gracias

16: Protégeme, dios mío, que me refugio en ti

22: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonas?

23: El Señor es mi pastor: nada me falta

25: A ti, Señor, presento mi afán

27: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

40: Yo esperaba con ansia al Señor: se inclinó y oyó mi grito de auxilio

51: Misericordia, Dios mío, por tu bondad

127: Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles

139: Señor, tú me sondeas y me conoces

ANHELO DE DIOS

42: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío

63: Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi garganta tiene sed de ti

HIMNOS DE ALABANZA

8: Señor Dios nuestro, ¡qué grande es tu nombre en la tierra entera!

19: El cielo proclama la gloria de Dios

92: Es bueno dar gracias al Señor

104: Bendice, alma mía, al Señor. (Himno de alabanza por la armonía de la naturaleza)

113: ¡Aleluya! Alabad siervos del Señor, alabad el nombre del Señor

148: Alabad al Señor desde los cielos! (alabanza al Dios de toda la creación)

Bibliografía

Antonio García Polo: “Orar con los Salmos. Los 150 salmos en PowerPoint”. Presenta cada salmo con una breve introducción, una invitación a interpretarlo desde Israel, desde Jesús, y desde nosotros mismos. Desarrolla las principales estrofas y facilita la meditación con una imagen visual apropiada, un fondo de música, y un breve comentario. Puede verse en internet: “Salmos Antonio García Polo”.

José Luis Sicre: “Introducción al Antiguo Testamento” ed. Verbo Divino, 2016. Tema V nº 23 Los Salmos.

Xabier Pikaza: “Ciudad Biblia. Una guía para adentrarse, perderse y encontrarse en los libros bíblicos”. Ed. Verbo Divino 2019. Antiguo Testamento 5 Libros sapienciales, p. 112.

John Shelby Spong, obispo anglicano: “Orígenes de la Biblia”, c. 25 y 27. Traducción digital facilitada por: Asociación Marcel Légaut, http://marcellegaut.orghttp://johnshelbyspong.es

Luis Alonso Schökel: Nueva Biblia española. Ed. Cristiandad 1975. Introducción a Los Salmos.

Biblia Traducción Interconfesional (BTI). Ed. Biblioteca de Autores cristianos, Editorial verbo divino, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008. Introducción a Los Salmos y aclaración a pie de página a casi todos los versículos.

Fuente Fe Adulta

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«El riesgo de defraudar a Dios». 27 Tiempo ordinario – A (Mateo 21,33-43)

domingo, 4 de octubre de 2020
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vineyard parableLa parábola de los «viñadores homicidas» es tan dura que a los cristianos nos cuesta pensar que esta advertencia profética, dirigida por Jesús a los dirigentes religiosos de su tiempo, tenga algo que ver con nosotros.

El relato habla de unos labradores encargados por un señor para trabajar su viña. Llegado el tiempo de la vendimia sucede algo sorprendente e inesperado. Los labradores se niegan a entregar la cosecha. El señor no recogerá los frutos que tanto espera.

Su osadía es increíble. Uno tras otro, van matando a los criados que el señor les envía para recoger los frutos. Más aún. Cuando les envía a su propio hijo, lo echan «fuera de la viña» y lo matan para quedarse como únicos dueños de todo.

¿Qué puede hacer el señor de la viña con esos labradores? Los dirigentes religiosos, que escuchan nerviosos la parábola, sacan una conclusión terrible: los hará morir y traspasará la viña a otros labradores «que le entreguen los frutos a su tiempo». Ellos mismos se están condenando. Jesús se lo dice a la cara: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

En la «viña de Dios» no hay sitio para quienes no aportan frutos. En el proyecto del reino de Dios que Jesús anuncia y promueve no pueden seguir ocupando un lugar «labradores» indignos que no reconozcan el señorío de su Hijo, porque se sienten propietarios, señores y amos del pueblo de Dios. Han de ser sustituidos por «un pueblo que produzca frutos».

A veces pensamos que esta parábola tan amenazadora vale para el pueblo del Antiguo Testamento, pero no para nosotros, que somos el pueblo de la Nueva Alianza y tenemos ya la garantía de que Cristo estará siempre con nosotros.

Es un error. La parábola está hablando también de nosotros. Dios no tiene por qué bendecir un cristianismo estéril del que no recibe los frutos que espera. No tiene por qué identificarse con nuestras incoherencias, desviaciones y poca fidelidad. También ahora Dios quiere que los trabajadores indignos de su viña sean sustituidos por un pueblo que produzca frutos dignos del reino de Dios.

José Antonio Pagola

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“Arrendará la viña a otros labradores”. Domingo 4 de octubre de 2020. 27º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 4 de octubre de 2020
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50-OrdinarioA27Leído en Koinonia:

Isaías 5,1-7: La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel
Salmo responsorial: 79La viña del Señor es la casa de Israel.
Filipenses 4,6-9: Poned esto por obra, y el Dios de la paz estará con vosotros.
Mateo 21,33-43: Arrendará la viña a otros labradores

Algunos seguimos aferrados a un «servicio de la palabra» más apto para generaciones pasadas que para la sociedad actual. Pretendemos hacer oír una «palabra» alejada de la realidad que vivimos, expresada en un lenguaje teórico, con poco sabor de la vida y la problemática de la gente… La inculturación sigue siendo una «materia pendiente» para demasiados predicadores cristianos. Nos preguntamos cómo lograr que nuestro «servicio de la palabra» se inspire y se haga carne en compromisos concretos por la Vida, la Justicia y la Solidaridad concretas, tal como se viven en el día a día…

Miremos a los profetas, que pueden orientarnos en este sentido. Ellos siempre mantuvieron una actitud crítica frente a las instancias de poder y, simultáneamente, vivían en medio del pueblo. Isaías, por ejemplo, no duda en utilizar una vieja canción romántica, sobre una viña, para comunicar con eficacia su mensaje. No teme que lo tilden de coplero de amoríos, o que la gente piense que sus recursos didácticos no están a la altura requerida. Para Isaías lo importante era hacer captar al decadente reino de Judá los peligros evidentes de una política interna ejercida mediante el autoritarismo, la represión y el inmediatismo. Y la maestría de su «servicio de la palabra», comprometido y vital, accesible y a la vez profundo, quedó reflejado en la «Canción de la viña» que hoy escuchamos como primera lectura.

Ocurre otro tanto con la predicación de Jesús, como podemos ver en el evangelio de hoy. Jesús se vale del mismo tema de la viña para expresar su mensaje.

Muchos grupos fanáticos consideraban que la salvación de Israel era la única meta de la historia. Jesús cuestionó duramente esta manera de pensar, por superficial y excluyente. Por eso, muchos líderes sectarios, tanto de derecha como de izquierda, consideraron que Jesús era una amenaza.

Para Jesús el Reino de Dios estaba abierto a todos los seres humanos «de buena voluntad», o sea, todas las personas que tengan como valor primero de su vida el Amor y la Justicia. Porque, como dice esa maravillosa canción litúrgica (el salmo 71), el Reino es «Vida, Verdad, Justicia, Paz, Gratuidad, Amor». Por eso es por lo que no eran importantes para Jesús las diferencias raciales, de género o de cualquier otro tipo: todas las personas «de buena voluntad», todas las que estén dispuestas a vivir la solidaridad fraterna, están invitadas. Y Jesús no sólo propuso esto como un ideal, sino que lo realizó con su práctica.

Esta manera de actuar y de pensar le acarreó agudos y profundos conflictos con los grupos religiosos y políticos de la época, incluso con sus propios discípulos. Para los hombres ortodoxos, esta apertura del Reino de Dios a los extranjeros, enfermos y pecadoras era absolutamente impensable. Más aún, ellos consideraban que fuera de Israel y de su particular religión no había salvación para nadie. Se consideraban «propietarios» del Reino de Dios.

Jesús los desafía abiertamente, y por medio de esa comparación con la viña, les muestra que la ortodoxia recalcitrante no conduce a la salvación. El profeta de Galilea se burla de las pretensiones privatizadoras de los ortodoxos, y les muestra que Dios entrega el Reino a aquellas comunidades que viven el amor y la justicia. El Reino no es propiedad privada de nadie ni de ningún grupo en particular. Nadie lo tiene asegurado a título de una raza o religión concreta.

Toda la vida y ministerio de Jesús es compromiso con la vida. Sus acciones y palabras convocan a todos a compartir su vida en la nueva realidad humana y mundana que la construcción del Reino va provocando: sus obras poderosas, su acogida hacia los excluidos, el anuncio de la utopía de Dios que abre nuevos horizontes de esperanza en el corazón de los pobres. Éstos y otros signos son manifestaciones de la voluntad del Padre que envía a Jesús para que los hijos e hijas «tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10) y que, por ello, invita a celebrar el retorno del hijo «que estaba muerto y ha vuelto a la vida» (cf. Lc 15,32).

La denuncias de Jesús, por otra parte, nos indican que el mensajero del Dios de la Vida no puede permitir que el ser humano esté permanentemente torturado por experiencias de muerte. Queremos que nuestra vida y nuestro ministerio sean una confesión y un testimonio de nuestra fe en el Dios «que ama la vida» (Sab 11,26). Como seguidores de Jesús sabemos que esta vida se manifiesta y goza en plenitud cuando se pone totalmente al servicio del Reino (cf Mt 10,39).

Jesús, el Hijo del hombre, está dispuesto a dar su vida en rescate por todos (cf Mt 20,28). Nadie le quitó la vida; él la entregó libremente. De él hemos aprendido que ser buen pastor es desvivirse por el rebaño, dar la vida por los hermanos (cf Jn 10,11). En este momento debemos sumarnos a tantos cristianos y cristianas que en los últimos años han optado por servir a la vida, aun a riesgo de perder o complicar la suya propia. Al hacerlo, prolongamos la mejor tradición cristiana, confiados en la intercesión de nuestros hermanos y hermanas mártires. Leer más…

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4.10.20 DOM27 TO (La gran parábola: Mt 21, 33-43). Les matamos y quedamos así con la herencia. Terror económico, político y religioso

domingo, 4 de octubre de 2020
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455px-Brooklyn_Museum_-_The_Son_of_the_Vineyard_(Le_fils_de_la_vigne)_-_James_TissotDel blog de Xabier Pikaza:

Ésta no es «una» más, es «la» parábola, la historia presente y futura, entendida en forma teológica (el amo es Dios) y antropológica (dueños, renteros, sacerdotes/senadores y asesinados somos nosotros). Es la parábola del terror de la cruz: Matar torturando, para retener la herencia de todos.

Normalmente, condenamos a los sanedritas judíos con los soldados romanos, como si ellos fueran los únicos asesinos terrorista, y nosotros los inocentes. Pero la parábola no «es» ellos, somos todos los que de modo indirecto o directo matamos (nos aprovechamos de aquellos que matan).

Ésta es la parábola-bomba, de los que dicen o piensan «que maten, y la viña será nuestra». Es la parábola de todos los que mueren para «ventaja» de otros, en este caso, sacerdotes y senadores (políticos, jueces y ricos…).

Esta parábola es la «bomba» del evangelio, y Dios quiere (deja) que estalle, como palabra de amenaza… y salvación más alta: Fuego he venido a traer a la tierra ¿Qué puedo querer sino que arda? (Mt 10, 34-36; Lc 12, 49-53). Es la bomba de Dios, que puede convertir el asesinato terrorista en principio de salvación, desde las víctimas crucificadas.

Parábola, la historia humana

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo.» Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.» Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?» Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.» Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente»? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos (Mt 21, 33-43)

 Sentido general

1524376515_archive___Puede_estallar_una_guerra_nuclear__Que_esta_pasando_entre_Estados_Unidos_y_Corea_del_Norte_Esta parábola, que Mateo ha tomado de Marcos 12, 1-12 (cf. Lc 20, 9-19), retocándola en algún punto, describe la historia de Israel y de la Iglesia cristiana, la historia de la humanidad como lucha a muerte por la herencia, con terroristas grandes y pequeños, de guante blanco y guante negro, que siguen matando para apoderarse de la herencia de la tierra

En esta parábola «los terroristas que dicen matemos para quedar con la herencia» son los grandes gurús y benefactores de la historia oficial, los sacerdotes del Gran Templo, los «senadores» de la gran ciudad y del imperio… Ciertament, hay otros terroristas que han dicho y que dicen «matemos» para heredar… Terroristas políticos-militares, económicos y sociales (dueños de negocios de droga y tráfico de personas…). Pero aquí, en esta parábola, los terroristas (los que dicen matemos) son sacerdotes y «senadores», los dueños legales de la historia, con Jerusalén  y Roma al fondo.

Los sacerdotes y «senadores», poder religioso y civil de Israel y de la Iglesia, de las naciones-estado y de las multinacionales, se han apoderado dela “herencia”, y están dispuestos a matar por ella al Hijo-Heredero (que son los pobres de Jesús y con Jesús, los expulsados de las iglesias y naciones, de las multinacionaes). De esa forma actúan unos poderes que viven matando a otros, a diferencia de los publicanos y las prostitutas que han optado por el Reino (cf. Mt 23, 31).

 Ésta parábola condena a los renteros que se han adueñado de la viña de Dios, que es de todos, de manera que al final (en el fondo) se les conmina a sacerdotes y «senadores ricos» (dueños de naciones y multinaciones): “Se os quitará el Reino y se dará a otro pueblo que reparta (comparta) los frutos” [1].

 1_422-1579034_20200817123304Ésta es una palabra de juicio y condena contra los que gobiernan matando, esclavizando, asesinando… y una llamada de esperanza para los asesinados y explotados, porque “Dios” quitará el Reino a los asesinos y se lo dará a ellos.

El propietario de la viña es un oikodespotês, es decir, el verdadero Dueño de la casa, que debía ser una gran familia, en la línea de Mt 19, 29-20. Pues bien, en este contexto de disputa con las autoridades de Jerusalén, Jesús pone de relieve el hecho de que el Señor de la casa les ha confiado el cuidado de la herencia para servicio de todos (a ellos, sacerdotes, y con ellos a los «señores» de este mundo). Pero ellos ellos han querido adueñarse, y lo están haciendo, de un modo egoísta, violento, homicida. Esto dice el texto. Por comodidad divido el texto en tres secciones: Parábola (21, 33-39); interpretaciones (21, 40-42); conclusión (21. 43-45).

  La viña es la vida humana. Tres lecturas

La viña es Israel o, quizá mejor, la obra de Dios en su sentido extenso, el mundo entero, y los “viñadores” aparecen así como encargados de una tarea superior, es decir, de la obra y tarea de Dios, al servicio de todos los hombres. Así entendida, esta parábola se encuentra entrelazada no sólo con la historia de Israel, sino con la vida y destino de Jesús, de manera que ella puede interpretarse en tres planos:

  1. Es la parábola biográfica de Jesús, el heredero, representante de todos los hombres… Esta parábola cuenta la historia de Jesús, heredero oficial, representante de los pobres, que viene a pedir en nombre de ellos la herencia del mundo
  2. Es, al mismo tiempo, la parábola de la la religión, representada por Israel y por la Iglesia.  La iglesia de Israel  y la iglesia cristiana son la conciencia del mundo y así tienen que decir con su vida y con su obra que los herederos de «Dios» son los pobres, tienen que estar dispuestos a que les maten por ello… Ellos también (los eclesiásticos judíos, cristianos etc. corren el riesgo de apoderarse de la herencia, de matar al heredero, a los pobres.
  3. Esta es la parábola de la historia humana… y puede y debe contarse sin apelar directamente a Dios. Es la historia representada por sacerdotes y senadores (gobernantes, militares, dueños del dinero…) que se apoderan de la herencia de todos, matando a los pobres…. Es la historia de una humanidad que se destruye a sí misma

Es la parábola de la vida de Jesús, como signo y compendio de la historia del mundo 

 Esta es una parábola para los administradores de la viña, que, mirados en perspectiva bíblica, eran en tiempos de Jesús los sacerdotes y ancianos (senadores) del pueblo, que aparecerán después como sacerdotes y fariseos (21, 44). La parábola se eleva así en contra de los dirigentes de Jerusalén, en sentido religioso, social y económico, es decir, contra aquellos que triunfan matando a los siervos de Dios, y viven a costa de la herencia de los otros, es decir, de todos.

Es una parábola que les recuerda (y nos recuerda) que no son (no somos) dueños  de la viña (de un sacerdocio, rabinato o propiedad sagrada), sinoadministradores al servicio del cultivo de la tierra de Dios, cuyos frutos han de ser para los pobres, los necesitados[3].

La parábola supone que el dueño (Dios, amigo de los pobres) ha enviado a sus siervos para que recuerden a los agricultores, que no son propietarios de la viña, que no pueden hacer lo que ellos quieran con su finca (su dinero, su vino, su imperio…), que son renteros y, por tanto, servidores de una tarea y de una tierra para bien de todos, y en especial de los más pobres. Mc 12, 2-5 contaba la historia de esos enviados de manera más libre y literaria (un siervo, otro siervo, otro siervo…:). Mateo lo hace aquí de manera más monótona, hablando de dos tandas de siervos (24, 34-36), a quienes los renteros hieren, matan y apedrean, como se decía en la historia deuteronomista[4]. Leer más…

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De canción de amor a canción de muerte. Domingo 27 Ciclo A

domingo, 4 de octubre de 2020
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661902_1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

«Mi amigo tenía una viña en fértil collado…»

Acto I: Explanada del templo de Jerusalén. Hacia 735 a.C.

          El murmullo se apaga lentamente. Cuando se hace silencio, Isaías se dirige a la gente congregada: «Voy a cantar una canción de amor. Del amor de mi amigo a su viña». El público sonríe incrédulo. No imagina al profeta cantando una canción de amor. Lo más frecuente en él son denuncias y elegías.

            La canción habla del trabajo entusiasta que dedica su amigo a una hermosa viña: entrecava el terreno, lo descanta, plata buenas cepas, construye una atalaya y, esperando una magnífica cosecha, cava un lagar. Pero, al cabo del tiempo, la viña, en vez de dar uvas hermosas y dulces, da ácidos agrazones.

            Isaías aparta la cítara y mira fijamente al público: «Ahora os toca a vosotros hacer de jueces entre mi amigo y su viña. ¿Podía hacer por ella más de lo que hizo».

La gente guarda silencio e Isaías continúa: «Voy a deciros lo que hará mi amigo: derribará su valla para que sirva de pasto a ovejas y cabras, para que la pisoteen mulos y toros; la arrasará para que crezcan en ella zarzas y cardos, y prohibirá a las nubes que lluevan sobre ella».

El profeta se interrumpe y pregunta de nuevo: «¿Quién es mi amigo y cuál es su viña?» Pero no da tiempo a que nadie intervenga: «La viña del Señor sois vosotros, los hombres de Israel y de Judá. Dios ha hecho mucho por vosotros, y esperó a cambio que practicarais el derecho y la justicia, que os portarais bien con el prójimo. Pero sólo habéis producido asesinatos y provocado lamentos».

            El texto de la canción es la 1ª lectura de hoy:

Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. 

Mi amigo tenía una viña en fértil collado. 

La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas;

construyó en medio una atalaya y cavó un lagar. 

Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones. 

Pues ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá,

por favor, sed jueces entre mí y mi viña. 

¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? 

¿Por qué, esperando que diera uvas, dio agrazones? 

Pues ahora os diré a vosotros lo que voy a hacer con mi viña:

quitar su valla para que sirva de pasto,

derruir su tapia para que la pisoteen. 

La dejaré arrasada:

no la podarán ni la escardarán, crecerán zarzas y cardos;

prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella. 

La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel;

son los hombres de Judá su plantel preferido.

Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; 

esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos. 

Acto II: Explanada del templo de Jerusalén. Hacia año 29 de nuestra era.

Jesús acaba de contar a los sacerdotes y senadores la parábola de los dos hermanos, advirtiéndoles que las prostitutas y los publicanos les llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Inmediatamente, sin darles tiempo a reaccionar ni responder, les dice:

― Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar…

― Ésa ya la sabemos, comenta uno en voz alta. Ésa no es tuya, es de Isaías.

Jesús no se inmuta. Y la parábola toma de repente un rumbo imprevisible. A diferencia de la viña de Isaías, ésta sí da fruto. El problema no radica en la viña, sino en los viñadores, que se niegan a entregar los frutos a su legítimo propietario.

El drama se desarrolla en tres etapas. En las dos primeras, el dueño envía unos criados, y los viñadores los apalean, matan o apedrean. En la tercera, envía a su propio hijo. Cuando lo matan, Jesús, igual que Isaías, se encara con los oyentes, pidiéndoles su opinión: «¿Qué hará con aquellos labrado­res?»

A diferencia de lo que ocurre en Isaías, los oyentes intervienen, emitiendo una sentencia tremendamente dura: los viñadores merecen la muerte y la viña será entregada a otros más honrados.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

― Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo, diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo. «Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.» Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»

Le contestaron:

― Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.

Y Jesús les dice: 

― ¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente»?  Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Tres grandes enseñanzas

  1. La canción de la viña de Isaías insiste en una idea que a muchos cristianos todavía les resulta extraña: el amor de Dios se paga con amor al prójimo. Dios ha hecho mucho por los israelitas, pero lo que pide de ellos no es actos de culto sino la práctica de la justicia y el derecho. Jesús dirá que el segundo mandamiento (amar al prójimo) es tan importante como el primero (amar a Dios). Y la 1ª carta de Juan afirma: «Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amar… a nuestros hermanos».
  2. Para Jesús, a diferencia de Isaías, el pueblo no es una viña mala e improductiva. Al contra­rio, da frutos a su tiempo. El mal radica en las autoridades religiosas, que consideran la viña propiedad privada y no recono­cen a su auténtico propietario. Por eso Mateo termina con un comentario incomprensiblemente suprimido por la liturgia: «Al oír sus parábolas, los sumos sacerdotes y los fariseos se dieron cuenta de que iban por ellos» (v.45). Sería completamente equivocado utilizar la homilía de este domingo para atacar al público presente, que bastante hace con soportarnos. Quienes debemos sentirnos especialmente interpelados somos los que tenemos una responsabilidad dentro de la comunidad cristiana.
  3. En su versión final (véase “Una cuestión discutida”), la parábola subraya la importancia y triunfo de Jesús. Después de todos los profetas (los criados), él es “el hijo”, lo más valioso que Dios puede mandar. Y aunque las autoridades religiosas lo infravaloren y desprecien, él termina convertido en la piedra angular del nuevo edificio de la Iglesia.

Una cuestión discutida

Muchos comentaristas piensan que la parábola primitiva contada por Jesús hablaba sólo del envío de los criados, los profetas, a los que los viñadores apalean, matan o apedrean. Y terminaría con las palabras: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.» Es pueblo eran los seguidores de Jesús.

Cuando lo mataron, los primeros cristianos pensaron que este era el mayor crimen, y se habrían añadido las palabras referentes al envío y la muerte del hijo. En la misma línea de subrayar la importancia de Jesús habría añadido las palabras del Salmo 118,22: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente». Es un cambio fuerte de metáfora. Los viñadores se convierten en arquitectos, y el hijo en una piedra. Los constructo­res la desechan, porque no la consideran válida como piedra angular, la que soporta el peso de todo el arco. Sin embargo, Dios la coloca en un puesto de privilegio. Con este añadido, la parábola pierde en clari­dad, pero advierte a las autoridades religiosas que su crimen no ha servido de nada, y alegra a los cristianos con la certeza del triunfo de Jesús.

La paz de Dios y la forma de conseguirla (Filipenses 4,6-9)

            La lectura de Pablo comienza con las palabras: «Nada os preocupe», y repite más adelante dos promesas muy parecidas: «La paz de Dios custodiará vuestros corazones» y «el Dios de la paz estará con vosotros». La paz, siempre necesaria, lo es quizá más en este tiempo. Pablo indica a los cristianos de Filipos tres recursos para conseguirla: 1) la oración, la súplica y la acción de gracias; 2) tener en cuenta todo lo que es virtud o mérito; 3) poner por obra lo que recibieron, oyeron y vieron en él.

            Si reflexionamos sobre estos recursos y los ponemos en práctica, conseguiremos la paz de Dios.

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Domingo XXVII. 4 octubre, 2020

domingo, 4 de octubre de 2020
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Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.”

(Mt 21, 33-43)

Hoy celebramos la Buena Noticia de un Dios inmensamente paciente, capaz de enviarnos a su hijo, es decir, capaz de enviarnos lo más valioso que tiene. Y no nos lo envía cuando somos buenos, sino aun sabiendo que no sabremos ni acogerlo ni respetarlo.

La Buena Noticia, lo veíamos también la semana pasada, es que Dios no se da por vencido. A pesar de la cizaña, la semilla de la humanidad es buena y Él sabe que al final, todo saldrá bien. La luz vencerá la oscuridad.

Lo que mueve los hilos de la Historia de la Salvación son el amor, la generosidad, el puro derroche. Dios no pone condiciones, pone amor. Jesús no nace como resultado de la buena conducta del pueblo. Y aunque el pueblo lo espera, llega de la manera más inesperada, en el lugar indicado, pero sin ser reconocido a simple vista.

Así son las cosas de Dios: imprevistas. Y nosotras, pobres criaturas, no acabamos de saber reconocerlo y aun menos sabemos acogerlo. Nos pasa muchas veces como a estos labradores que cuando leemos la parábola nos parecen tan horribles y nos sale una respuesta como la de quienes le oyeron la parábola a Jesús: “Hará morir de mala muerte a esos malvados…”

Pero no fue así, nunca es así con Dios Trinidad, su paciencia es infinita, como lo es también su bondad y su amor por cada una de nosotras, por eso nos da lo más valioso que tiene, se nos da él mismo sin medida y espera, nos da todo el tiempo que necesitamos para aprender a acoger, a amar… Nos conoce y sabe que estamos hechas de amor infinito.

Oración

Gracias, Trinidad Santa, por tu eterna confianza. Por renovarla cada mañana, muy a pesar de nuestras guerras, envidias, codicias y larga lista de debilidades. Gracias porque nos recuerdas que nuestra verdadera esencia no es todo eso. Gracias por esa semilla divina que puede crecer y desarrollarse precisamente, en el estiércol de nuestra condición humana.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Oprimir al otro en nombre de Dios, es idolatría.

domingo, 4 de octubre de 2020
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parabola-de-los-vinadores-asesinos-41Mt 21,33-43

De las tres parábolas con que responde Jesús a los jefes religiosos, (los dos hijos a la viña, los viñadores homicidas y el banquete de boda), la de hoy es la más provocadora. Al rechazo de los jefes responde Jesús con suma crudeza. Esta parábola se narra ya en el evangelio de Mc, del que copian Mt y Lc. Cuando se escriben estos evangelios ya se había producido la muerte de Jesús, la destrucción de Jerusalén y la separación de los cristianos de la religión judía. Era muy fácil anunciar como profecía, lo que había sucedido ya.

Aunque el relato puede verse como parábola, el mismo Mt nos la presenta como una alegoría, donde a cada elemento del relato, corresponde un elemento metafórico espiritual. El propietario es Dios. La viña es el pueblo elegido. Los labradores son los jefes religiosos. Los enviados una y otra vez, son los profetas.  El hijo es el mismo Jesús. Los frutos que Dios espera son derecho y justicia. El nuevo pueblo, a quien se ha entregado la viña que tiene que producir abundantes frutos, es la comunidad cristiana.

El relato del evangelio es copia casi literal del texto de Isaías. Pero si nos fijamos bien, descubriremos matices que cambian sustancialmente el mensaje. En Is el protagonista es el pueblo (viña), que no ha respondido a las expectativas de Dios; en vez de dar uvas, dio agrazones. En Mt los protagonistas son los jefes religiosos (viñadores), que quieren apropiarse de los frutos e incluso de la misma viña. No quieren reconocer los derechos del propietario. Pero al final se retoma la perspectiva de Isaías, pero se dice que la viña será entregada a otro pueblo, cosa que ni a Isaías ni a Jesús se le podría ocurrir.

Como en los domingos anteriores, se nos habla de la viña. Una de las imágenes más utilizadas en el AT para referirse al pueblo elegido. Seguramente Jesús recordó muchas veces el canto de Isaías a la viña. Sin embargo, no es probable que la relatara tal como la encontramos en los evangelios. No solo porque en él se da por supuesto la muerte de Jesús y el total rechazo del pueblo de Israel, sino también porque a ningún judío le podía pasar por la cabeza que Dios les rechazara para elegir a otro pueblo. Por lo tanto, está reflejando una reflexión de la comunidad cristiana muy posterior a Jesús.

“Se os quitará la viña y se dará a otro pueblo que produzca sus frutos”. Una manera muy bíblica de justificar que los cristianos se consideraran ahora el pueblo elegido. Esto era inaceptable y un gran escándalo para los judíos que consideraban la Ley y el templo como la obra definitiva de Dios, y ellos sus destinatarios exclusivos. El relato no sólo justifica la separación, sino que también advierte a las autoridades de la comunidad que pueden caer en la misma trampa y ser rechazada por no reconocer los derechos de Dios.

Recordemos que entre la Torá (Ley) y el mensaje del Jesús, existe un peldaño intermedio que a veces olvidamos y que, seguramente, hizo posible que la predicación de Jesús prendiera, al menos en unos pocos. Recordad las veces que se dice en el evangelio: “para que se cumplieran las escrituras”. Ese escalón intermedio fueron los profetas, que dieron chispazos increíbles en la dirección correcta, aunque no fueron escuchados. Muchas de las enseñanzas de Jesús, y precisamente las más polémicas, ya las encontramos en ellos.

“La piedra desechada por los arquitectos es ahora la piedra angular”, da por supuesto la apreciación cristiana de la figura de Jesús. Jesús no pudo contemplar el rechazo del pueblo judío como la causa de su propia muerte. Jesús nunca pretendió crear una nueva religión, ni inventarse un nuevo Dios. Jesús fue un judío por los cuatro costados y nunca dejó de serlo. Si su predicación dio lugar al nacimiento del cristianismo, fue muy a su pesar. El traspaso de la viña a otros, sobrepasa con mucho el pensamiento bíblico. En el AT el pueblo de Israel es castigado pero permanece como pueblo elegido.

Tendremos verdadera dificultad en aplicarnos la parábola si partimos de la idea de que aquellos jefes religiosos eran malvados y procedían con mala voluntad. Nada más lejos de la realidad. Su preocupación por el culto, por la Ley, por defender la institución, por el respeto a su Dios, era sincera. Lo que les perdió fue la falta de autocrítica y confundir los derechos de Dios con sus propios intereses. De esta manera llegaron a identificar la voluntad de Dios con la suya propia y creerse dueños y señores del pueblo.

No se pone en duda que la viña dé frutos. Se trata de criticar a los que se aprovechan de los frutos que corresponden al dueño. A Jesús le mataron por criticar su propia religión. Atacó radicalmente los dos pilares sobre los que se sustentaba. No criticó el templo y la Ley en sí sino la interpretación que hacían de ambos. También nuestros dirigentes son administradores y no dueños de la viña. La tentación de aprovechar la viña en beneficio propio es hoy la misma que en tiempo de Jesús. No tenemos que escandalizarnos de que en ocasiones, nuestros jerarcas no respondan a lo que el evangelio exige.

La historia nos demuestra que es muy fácil caer en la trampa de identificar los intereses propios o de grupo, con la voluntad de Dios. Esta tentación es mayor cuanto más religiosa sea la comunidad. Esa posibilidad no ha disminuido un ápice en nuestro tiempo. El primer paso para llegar a esta nefasta actitud es separar el interés de Dios, del interés del ser humano concreto y personal. El segundo paso es oponerlos. Dados estos pasos, ya tenemos justificado que se pueda machacar impunemente al hombre en nombre de Dios.

¿Qué espera Dios de mí? Dios no puede esperar nada de mí porque nada puedo darle. Él es el que se nos da totalmente. Lo que Dios espera de nosotros no es para Él, sino para nosotros. Lo que Dios quiere es que todas y cada una de sus criaturas alcance el máximo de ser. Como seres humanos, tenemos que alcanzar nuestra plenitud, precisamente por nuestra humanidad. Desde que nacemos tenemos que estar en constante evolución. Jesús alcanzó esa plenitud y nos marcó el camino para que todos podamos llegar a ella.

¿De qué frutos nos habla el evangelio? Los fariseos eran los cumplidores estrictos de la Ley. El relato de Isaías nos dice: “esperó de ellos derecho y ahí tenéis asesinatos; esperó justicia y ahí tenéis lamentos”. En cualquier texto de la Torá, hubiera dicho: “esperó sacrificios, esperó un culto digno, esperó oración, esperó ayuno, esperó el cumplimiento de la Ley”.  Pedir derecho y justicia es la prueba de que el bien del hombre es lo más importante. Jesús da un paso más. No habla ya de “derecho y justicia”, que ya es mucho, sino de amor desinteresado, que es la norma suprema.

La denuncia nos afecta a todos, porque todos tenemos algún grado de autoridad y todos la utilizamos buscando nuestro propio beneficio, en lugar de buscar el bien de los demás. No solo el superior autoritario que abusa de sus súbditos, como esclavos a su servicio, sino también la abuela que dice al niño: “si no haces esto, o dejas de hacer aquello, Jesús no te quiere”. Siempre que utilizamos nuestra superioridad para domesticar a los demás, estamos apropiándonos de los frutos que no son nuestros.

Meditación

Si en nuestro interior descubrimos alguna queja contra Dios,
no hemos entendido nada de lo que Dios es para nosotros
y nuestra relación con Dios será inadecuada.
El primer paso seguro hacia Dios
es descubrir que Él ya ha dado todos los pasos hacia mí.
Responder a ese don total, es nuestra meta.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Recoger los frutos.

domingo, 4 de octubre de 2020
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uva-vite-prunottoUn corazón sincero podría lograr que incluso una piedra floreciese (Proverbio)

4 de octubre. DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

Mt 21, 33-43

Cuando llegó la vendimia, mandó a sus criados para recoger de los viñadores el fruto que le correspondía

Comentando la parábola de los trabajadores de la viña, afirmaba John Wesley que el objetivo fundamental de la parábola era mostrar que muchos judíos serían rechazados y muchos paganos admitidos.

Esta dura parábola se originó como la expresión del agudo conflicto al que había llegado Jesús con los gobernaban su pueblo, tomando después una especial significación a raíz de la destrucción de Jerusalén.

Sus líderes no habían cultivado suficientemente bien la viña de su dueño, habiéndosela robado a quien tenía derecho a ella.

La oferta hecha por Jesús, de una sociedad más fraternal, solidaria e igualitaria, tropezó con los intereses del gobierno.

Esta parábola posee un profundo sarcasmo, que resume la historia de los adalides de Israel. En el Antiguo Testamento habían comenzado como humildes inquilinos y frente a Jesús concluyen como homicidas.

Del mismo modo que la Iglesia antigua, como la de nuestros días saben que su razón de ser fiel a la misión de Jesús, que no se especifica tanto por la ortodoxia de la doctrina como por la praxis de liberación de los más necesitados.

“Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto” (Jeremías 17, 7-8)

La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos (Proverbios 18, 21)

Si anduviereis en mis decretos y guardareis mis mandamientos, y los pusiereis por obra, yo daré vuestra lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos, y el árbol del campo dará su fruto Levítico, 26, 3-4

En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos (Juan 15, 8)

Les dijo Jesús esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y le echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no lo da, la cortas” (Lucas 15, 6-9).

La parábola de la higuera estéril es una de las ocho parábolas que terminan bruscamente sin que los evangelios brinden una interpretación directa de su aplicación. En esas parábolas, Jesús dejaba al oyente sacar sus propias conclusiones.

El uso de la higuera, que simboliza al pueblo de Israel, implica que la pertenencia al pueblo de Dios, y el árbol simboliza al pecador que no da frutos de conversión.

Y es verdad que ninguna disciplina al presente, parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados (Hebreos 12, 11)

Y en El libro de los Proverbios se dice que Un corazón sincero podría lograr que incluso una piedra floreciese.

El Evangelio de Mateo relata que Cuando llegó la vendimia, mandó a sus criados para recoger de los viñadores el fruto que le correspondía, pues como eran muy crueles, a uno le golpearon, a otro le apedrearon y al tercero le mataron, luego se lavaron las manos como Pilatos, y se fueron a contarle al dueño de la viña lo ocurrido.

Poema de Pedro Antonio de Alarcón

EL FRUTO DE BENDICIÓN

¡Cuántas veces fugaz la Primavera
vistió de flores mil el campo abierto,
hora tornado en árido desierto,
ni sombra ya de lo que en Mayo fuera!

En tanto aquella flor, la flor primera,
logro de afanes en cerrado huerto,
ve trocada el colono en fruto cierto,
de árboles mil semilla duradera.

¡Así la juventud! ¡Así la vida!
La que en vanos placeres se consume,
olvidada a la tarde desfallece:

en tanto que la fiel y recogida
que a un solo amor consagra su perfume,
más allá de la tumba reverdece

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Llamad@s a cuidar la viña de DiosLlamad@s a cuidar la viña de Dios.

domingo, 4 de octubre de 2020
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red-vineyards-vincent-van-gogh-12483405-723-575Mt 21, 33-43

De nuevo Mateo nos presenta a Jesús invitando a sus oyentes a imaginar una historia y reaccionar ante lo que en ella acontece. Este relato se situ en los acontecimientos que se desarrollan en Jerusalén y que terminarán con la crucifixión de Jesús.

Desde su llega a Jerusalén (Mt 21) Jesús vive un conflicto abierto con las autoridades religiosas que cuestionan su autoridad y su mensaje. La parábola que recordamos hoy forma parte de la conversación que él tiene con los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo dentro del recinto del Templo (Mt 21, 23) y que está unida con la que escuchábamos el domingo pasado (Mt 21, 28-32) y que continuará en el capítulo siguiente (Mt 22) .

Escuchad esta otra parábola

La parábola presenta a un señor que arrienda una viña a unos campesinos y cuando envía a sus empleados a recoger la parte de la cosecha que le corresponde por el arriendo, los labradores reiteradamente se niegan a entregarle su parte y lo hace de forma violenta, matando a los emisarios. El hecho de que ricos terratenientes, que vivían en las ciudades, arredraran a campesinos sin tierras sus propiedades en el campo a cambio de parte de la cosecha era una situación frecuente en la Palestina del siglo I. Una realidad que no sería dramática para el arrendatario sino estuviese agravada por los impuestos que debían de pagar tanto en forma de diezmos a los sacerdotes como de tributos al Roma y a Herodes y que apenas les permitía quedarse con un mínimo para sus sustento y el de sus familias. Esta carga económica suponía con frecuencia un progresivo endeudamiento de los campesinos que podía llevarlos a la pobreza absoluta incluso a la esclavitud.  Esta situación generaba cada vez mayor inestabilidad social produciéndose diversos movimientos campesinos en contra de los abusos de las elites o de los romanos.

Partiendo de este contexto conocido, Jesús desafía a sus oyentes a identificarse con los viñadores homicidas revelándoles así que es consciente de que su vida está amenazada porque ellos, como líderes religiosos de Israel, están actuando como los arrendatarios de la parábola. La alusión a la viña evoca textos proféticos de Isaías y Jeremías reforzando así su denuncia de la tradición que ellos están cometiendo contra la alianza que Dios hizo con Israel:

“La viña del Señor todo poderoso es el pueblo de Israel… Esperaba de ellos derecho y no hay más que asesinatos, esperaba justicia y solo hay lamentos” (Is 5,1-7)

“Yo te había plantado como viña selecta, llena de las mejores cepas. ¿Cómo te has convertido en cepa degenerada?” (Jr 2,21).

De este modo Jesús se identifica con el Hijo de la parábola y actualiza en su propia vida la memoria profética de Israel. Su anuncio del Reino es una llamada clara a escuchar al@s pobres, a l@s oprimid@s… a buscar la justicia, a no convertir la religión en una excusa para el abuso. Dios quiere que cuiden de su viña, que la hagan fructificar desde la acogida, la bondad y el perdón.

La piedra que rechazaron los constructores

Mateo al recoger en su evangelio esta parábola le va a dar un toque personal para confirmar la fe de su comunidad que estaban experimentando el rechazo den sus hermanos judíos por su fe en Jesús.

Mateo invita a sus oyentes a reconocer en la parábola el destino de Jesús. Él era el hijo asesinado y su muerte en la cruz demostraba una vez más la infidelidad de Israel al camino que Dios le había propuesto. La pregunta puesta en boca de Jesús al final de la parábola: ¿qué hará el dueño de la viña con estos viñadores? (Mt 21, 40) tiene en el testimonio de quienes le siguen una respuesta clara: Lo habían matado, pero Dios lo había resucitado confirmando así su vida y su mensaje.

Desde esta certeza pueden recordar las palabras del salmo 118. En ellas sostienen su esperanza porque saben que los que se creían arquitectos de la fe han fracasado en su elección.  Jesús es la piedra angular desde la que construir comunidad (Sal 118, 22- 23) y por eso, pueden afrontar el rechazo, el abandono como lo había afrontado Jesús.  Ellos y ellas son ahora los llamados y llamadas a cuidar la viña de Dios y han de hacerlo desde la justicia, la bondad y el perdón. Ellos y ellas, como comunidad del Reino han de dar fruto abriendo las puertas de su casa a quien quiera escuchar su mensaje y encuentre junto a ellos y ellas un camino de vida y salvación.

Hoy, herederas y herederos de aquellas comunidades primeras como la de Mateo, seguimos estando invitadas/os a cuidar la viña de Dios, a cuidar a nuestros hermanos y hermanas, a construir espacios de sororidad y fraternidad, al estilo de Jesús que es la piedra angular de nuestra casa. La parábola nos invita al discernimiento para que no nos apropiemos del mensaje del Reino, desvirtuándolo y alejándolo del horizonte al que señaló Jesús. El horizonte de los/as pequeños/as, de los perseguidos/as, de los abandonados/as, el horizonte del amor compasivo de Dios.

Carme Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Autonomía y docilidad, un falso problema

domingo, 4 de octubre de 2020
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Castro.2Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

4 octubre 2020

Mt 21, 33-43

No parece probable que esta parábola –al menos tal como ha llegado hasta nosotros– fuera pronunciada por Jesús. Se trata, más bien, de la lectura que hicieron aquellas comunidades a partir de los hechos ocurridos, tratando de responder a una cuestión absolutamente crucial para ellas: ¿cómo explicar la muerte de Jesús?, ¿cuál ha sido su sentido y cuáles sus consecuencias?

  Con esta parábola –que aparece en los tres evangelios sinópticos– intentan explicar lo acontecido, y lo hacen en clave cristológica (¿quién es realmente Jesús?) y en clave eclesiológica (¿quiénes somos nosotros?). A través de la parábola responden: Jesús es el Hijo, “la piedra angular”, y nosotros, las comunidades nacidas a partir de sus seguidores, somos el “nuevo pueblo” elegido.

  La parábola presenta a Dios como un “propietario” que “arrienda” su campo a unos trabajadores. Tal imagen de la divinidad que, en aquel contexto cultural y en el paradigma en que se movían, era asumida sin dificultad, chirría notablemente para la consciencia moderna hasta producir rechazo. Se rechaza lo que para esta consciencia aparece como proyección y heteronomía.

   Es claro que, al nombrar o pensar a Dios, la mente no puede sino crear una proyección a medida de sus propias experiencias y de las creencias recibidas. Y es comprensible que, en aquella cultura, se presentara a Dios como un “señor todopoderoso” que imponía su voluntad “desde fuera”.

    La modernidad, celosa de la autonomía, se rebela con fuerza contra cualquier forma de heteronomía, que entiende como sometimiento e infantilismo. Y la postmodernidad, defraudada por los “grandes relatos”, sospecha de cualquier construcción mental sin apoyo en una realidad verificable.

  Con todo, más allá de esa doble crítica, la raíz de aquellas trampas habría que buscarla en la idea de la separación. Tal como lo veo, todo dios pensado y separado no puede ser sino un constructo mental, una divinidad creada a imagen y semejanza de la propia mente que la crea, con sus miedos y sus necesidades, sus expectativas y sus fantasmas, sus culpabilidades y sus anhelos.

   Pero Dios no puede ser pensado –en nuestra mente solo caben objetos, por lo que tenía razón la mística beguina Margarita Porete cuando afirmaba que “no hay otro Dios que aquel del que nada puede pensarse”– y tampoco puede ser separado –no existe nada separado de nada–. La idea de separación, generada por la mente que ve la realidad como una suma de objetos separados, y asumida de manera acrítica, supone un error de partida que vicia toda propuesta.

  Todo se modifica radicalmente cuando comprendemos aquello que dijera el místico Maestro Eckhart, en el siglo XIII: “El fondo de Dios y mi fondo son el mismo fondo”, es decir, cuando no imaginamos a Dios como un ser separado, sino como Aquello inefable –no impersonal, sino transmental y transpersonal– que constituye el Fondo último, la mismidad de todo lo que es, nuestra última identidad.

  En esa comprensión, todo encaja. La autonomía –proclamada por la modernidad, aunque con frecuencia entendida de manera egoica, es decir como si fuera prerrogativa del ego, que se plasmaría en la expresión: “yo hago lo que me da la gana”– no significa seguir el propio capricho, sino docilidad y fidelidad a lo que somos en profundidad.

   Para la mente analítica o absolutizada, “autonomía” y “docilidad” aparecen como actitudes contradictorias y mutuamente excluyentes. Sin embargo, desde la comprensión no-dual se advierte que se trata de la misma actitud, vista desde dos ángulos diferentes. No solo no hay oposición entre ellas, sino que se reclaman mutuamente. Se trataba, por tanto, de un falso dilema, como tantos otros que crea –y en los que se pierde– la mente.

  “Autonomía” y “docilidad” no son actitudes opuestas sino, en una admirable paradoja, las dos caras de la misma actitud. Porque no soy más autónomo cuando sigo los dictados del ego –ahí soy esclavo de sus apetencias y adicto a sus necesidades–, sino cuando vivo en coherencia con quien realmente soy. Y tampoco soy más dócil cuando me someto a cualquier referencia externa o separada. La persona sabia es dócil en todo momento a lo que somos –a la vida, a nuestra identidad profunda– y, en ese movimiento, es plenamente libre y autónoma. Porque ha comprendido que no somos el yo separado, sino la vida que se está experimentando en este yo.

¿Cómo entiendo y vivo la autonomía?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Cuando los hombres decepcionamos a Dios, éste dice: «Cristo»

domingo, 4 de octubre de 2020
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12074494_mDel blog de Tomás Muro la Verdad es libre:

  1. Otra vez, la viña.

         Es la tercera parábola que escuchamos estos domingos con el tema rural-poético de la viña.

         Todo el que conoce un poco el mundo rural) sabe que la viña es una de las tareas que requieren mucho cuidado: hay que mantener la tierra limpia, hay que poner una cerca para que no entren animales y se coman las hojas de las cepas, las uvas, hay que podar, hay que escardar; la vendimia se hace (al menos hasta ahora) a mano. Los cuidados de la viña son muchos.

         Es un buen símbolo cuando el evangelio nos dice que: un hombre tenía una viña que cuidó con cariño… No es difícil intuir a Dios cuidando a su pueblo, que en adelante no será solamente el pueblo judío, sino un pueblo que dé frutos, que será no solamente la Iglesia, sino todo aquel que trabaje como dice Isaías (1ª lectura) por el derecho y la justicia.

  1. ¿y si no da fruto?

         Todo el que ha sembrado o plantado algo en cualquier orden de la vida, tiene una gran ilusión por ver brotar y disfrutar de los frutos. Sea en el orden de la agricultura, sea en el de la educación: familiar o en el colegio, en universidad, en la vida cultural, etc. Es hermoso sembrar y esperar -esperanza- a que brote y la semilla dé buenos y abundantes frutos.

         El dueño de la viña se había hecho ilusión de unos buenos racimos, una buena vendimia. Y por eso envía a algunos labriegos a recoger el fruto. Pero allí no había nada de nada: apedrean y matan a aquellos labriegos.

  1. ni abolengo, ni prepotencias

         La parábola de hoy levanta acta de la autoexclusión de los jornaleros de primera hora. Aquellos que habían sido llamados desde el comienzo finalmente han terminado matando incluso al Hijo.

         Podemos también nosotros pensar como los judíos, sumos sacerdotes, senadores y poderosos del pueblo: que somos de raigambre y tradición católica, cuando en realidad apenas nos queda un sustrato cultural.

         No basta con los cromosomas, con la etnia, con la tradición, hay que poner en activo las neuronas: lo personal, el pensamiento, el humanismo, la fe, y hace bien activar la bondad, el corazón.

  1. ¿Qué hará el labriego dueño de la viña?

         Ante la esterilidad y el no dar fruto, Isaías tiene palabras duras:

os diré a vosotros lo que voy a hacer con mi viña: voy a quitar su valla para que sirva de pasto, derruir su tapia para que la pisoteen. La dejaré arrasada: no la podarán ni la escardarán, crecerán zarzas y cardos; prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.

         Sin embargo Jesús, una vez más, termina la parábola de modo desconcertante. Los que le están escuchando, que es la jerarquía del templo: los sumos sacerdotes, los senadores del pueblo, es decir: “los del partido”, “los del obispado”, viven “lógicamente” de la doctrina tradicional, la ortodoxia, en el poder, por eso responden:

Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.

Sin embargo Jesús sale por otros derroteros muy diversos:

¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente

         El Señor de la viña, no la va a arrasar, como intuye Isaías, sino que la va a seguir cuidando. Su Hijo no queda en la muerte, sino que, como el grano de trigo, da vida; como la viña, su sangre es vida y redención, y es la piedra angular del nuevo templo no de piedras materiales, sino de “espíritu y verdad”, (Jn 4).

  1. Dios no se decepciona nunca.

         Nosotros nos decepcionamos y desilusionamos con frecuencia y pronto, “tenemos la mecha corta” y explotamos pronto.

         Allá en el Génesis se dice que; “vio Dios todo lo que había creado y le pareció muy bueno”, (Gn 1,10); aunque no es menos cierto que unos pocos capítulos más adelante, dice: “vio Dios lo que había creado y se arrepintió de haber creado al hombre”. (Gn 6,6-7).

         Sin embargo el Dios de Jesús no se decepciona nunca del hombre. Dios tiene una paciencia histórica infinita. Espera pacientemente siempre. Lo de Dios es una historia salutis: una historia de salvación. Es cierto el mal, los malos frutos, es cierta la historia de condenación (historia damnationis), pero Dios siempre espera a que el trigo salga adelante más allá de la cizaña. Y cuando Dios dice su última palabra, dice Jesús, que significa: salvador. Jesús es la última palabra de Dios. Finalmente, pues, no hay más que salvación, buenos frutos, pan y vino. Nuestra miseria es la que hace brotar la misericordia de Dios.

         Cuando los hombres “decepcionamos a Dios”, éste dice: Cristo.

  1. ¿pobres, débiles, extranjeros, tardíos?

         Quizás somos pobres en diversos sentidos: de familia humilde y pobre. Quizás nuestro apellido y nuestra proveniencia no son étnicamente puros como para ser de los de primera hora, de los puros, del templo; tal vez seamos débiles pecadores como los publicanos y prostitutas de la parábola del domingo pasado y de siempre; a lo mejor hemos llegado a última hora a trabajar en la viña.

         Nuestro Dios no se decepciona de nosotros. Si acogemos y proclamamos la última palabra que Dios ha pronunciado a la humanidad: Jesús, seremos salvos. (Rom 10,13)

Cristo es nuestra piedra angular

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