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Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. 30 octubre, 2016

domingo, 30 de octubre de 2016
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“Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.”

(Lc 19, 1-10)

El fragmento del evangelio de este domingo es precioso. Está lleno hasta los bordes de naturalidad y frescura. Zaqueo, todo un alto funcionario, un señor, subido a un árbol. Jesús que, ni corto ni perezoso, se auto invita a comer en casa ajena. Y todos los demás, llenos de envidia, se ponen a criticar. Y así me imagino que fue el resto de la comida, todo espontaneidad por parte de unos y otros.

Para meternos más en la escena podemos imaginarnos a algún personaje de hoy (Rajoy, Messi o cualquier banquero famoso) subido a un árbol. Deseoso de que pase algo que cambie su vida por completo.

Pero como las cosas del Evangelio no son “remedios” para otros, sino invitaciones para quien se aventura por sus páginas, lo mejor será que hoy hagamos un pequeño esfuerzo y nos subamos a algún árbol. A un árbol que nos permita ver el paso de Jesús por nuestra historia personal.

Será bueno ver por dónde tiene pensado pasar Jesús y hacer todo lo posible para provocar el Encuentro. Hay que subirse al árbol aunque nos de miedo caernos, pereza subirnos o vergüenza que nos vean hacer locuras. Precisamente habrá que subir al árbol del miedo, de las críticas ajenas, de la propia vergüenza… esos árboles que crecen junto al borde del camino por el que hoy tiene que pasar Jesús.

Porque solo si nos arriesgamos a subir, podremos recibir la invitación a bajar: “…, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”.

Y bien pensado vale la pena ese pequeño esfuerzo con tal de recibir a un huésped tan especial como Jesús.

Oración

“Alójate hoy en nuestra casa

y llénala de tu salvación.

Damos la valentía necesaria

para convertir la críticas ajenas

en trampolín para llegar más arriba.”

*

Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Estás salvado en la medida que aceptes a los demás como son

domingo, 30 de octubre de 2016
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Lc 19, 1-10

Una vez más se manifiesta la actitud de Jesús hacia los “pecadores”, pero hoy de una manera muy concreta. Nos está diciendo cómo tenemos que comportarnos con los que hemos catalogado como malos. Está denunciando nuestra manera de proceder equivocada, es decir, no acorde con el espíritu de Jesús. Solo Lc narra este episodio. No sabemos si es un relato histórico; pero que lo sea o no, no es lo importante, lo que importa es la manera de narrarlo y las enseñanzas que quiere trasmitirnos, que son muchas.

Es importante recordar que Lc es el evangelista que más insiste en la imposibilidad de que los ricos entren en el Reino. Unos versículos antes, acaba de decir Jesús: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! En este episodio resulta que llega la salvación a un rico, que además es pecador público. Sin duda Lc está reflejando la situación de su comunidad, en la que se estaban ya incorporando personas ricas que daban el salto del seguimiento sin tener que abandonar su situación social y su trabajo. La única exigencia es salir de la injusticia y pasar a compartir lo que tienen con los que no tienen nada.

En el relato hay que presuponer más cosas y más importantes de las que dice: ¿Por qué Zaqueo tiene tanto interés en conocer a Jesús, aunque sea de lejos? ¿Cómo es que Jesús conoce su nombre? ¿Cómo tiene tanta confianza Jesús para autoinvitarse a hospedarse en su casa? ¿Qué diálogo se desarrolló entre Jesús y Zaqueo para que éste haga una promesa tan radical y solemne? Solo las respuestas a estas preguntas darían sentido a lo que sucedió. Pero es precisamente ese itinerario interno de ambos, que no se puede expresar, el que marca la relación profunda entre Jesús y Zaqueo.

La reflexión de este domingo conecta con la del domingo pasado: el fariseo y el publicano. ¿Os acordáis? El creernos seguros de nosotros mismos nos lleva a despreciar a los demás, a no considerarlos; sobre todo, si de antemano los hemos catalo­gado como «pecadores». Incluso nos sentimos aliviados porque no alcanzan la perfec­ción que nosotros creemos haber alcanzado, y de esta manera podremos seguir mirándolos por encima del hombro. “Todos murmuraban diciendo: ha entrado a comer en casa de un pecador”.

Zaqueo era jefe de publicanos y además, rico. Pecador, por colaboracionista y por el modo de adquirir las riquezas. Tiene deseos de conocer a Jesús, pero, ¿cómo se podía atrever a acercarse a él? Todos le señalarían con el dedo y le dirían a Jesús que era un pecador. Podemos imaginar la cara de extrañeza y de alegría que pondría cuando oye a Jesús llamarle por su nombre; lo que significaría para él que alguien, de la categoría de Jesús, no solo no le despreciase, sino que le tratara incluso con cariño. Zaqueo se siente aceptado como persona, recupera la confianza en sí mismo y responde con toda su alma a la insinuación de Jesús. Por primera vez no es despreciado por una persona religiosa. Su buena disposición encuentra acogida y se desborda en total apertura a la verdadera salvación.

Una vez más utiliza Lc la técnica literaria del contraste para resaltar el mensaje. Dos extremos que podíamos denominar Vida-Muerte. Vida en Jesús que manifiesta lo mejor de sí mismo abriéndose a otro ser humano con limitaciones radicales que le impiden ser él mismo. Vida en Zaqueo que, sin saber muy bien lo que buscaba en Jesús, descubre lo que le restituye en su plenitud de humanidad y lo manifiesta con la oferta de una relación más humana con aquellos con los que había sido más inhumano. Muerte en la multitud que, aunque sigue a Jesús físicamente, con su opacidad impide que otros lo descubran. Muerte en “todos”, escandalizados de que Jesús ofrezca Vida al que solo merecía desprecio.

A la vista del resultado de la manera de actuar de Jesús, yo me pregunto. ¿Hemos actuado nosotros como Él, a través de los dos mil años de cristianismo? ¿Cuántas veces con nuestra actitud de rechazo truncamos esa buena disposición inicial y conseguimos desbaratar una posible liberación? Al hacer eso, creemos defender el honor de Dios y el buen nombre de la Iglesia. Pero el resultado final es que no buscamos lo que estaba perdido y, como consecuencia, la salvación no llega a aquellos que sinceramente la buscan. Como Zaqueo, hoy muchas personas se sienten despreciadas por los dirigentes religiosos, y además, los cristianos con nuestra actitud seguimos impidiéndoles ver al verdadero Jesús.

Muchas personas que han oído hablar de Jesús quisieran conocerlo mejor, pero se interpone la “muchedumbre” de los cristianos. En vez de ser un medio para que los demás conozcan a Jesús, somos un obstáculo que no deja descubrirlo. ¡Cuento tendría que cambiar nuestra religión para que en cada cristiano pudiera descubrirse a Cristo! Estar abiertos a los demás, es aceptar a todos como son, no acoger solamente a los que son como yo. Si la Iglesia propone la actitud de Jesús como modelo, ¿por qué se parece tan poco nuestra actitud a la de Jesús? Ya lo dice el refrán: Una cosa es predicar y otra dar trigo.

Siempre que se ha consumado una división entre cristianos (cisma), habría que preguntarse, quién tiene más culpa, el que se equivoca pero defiende su postura con honradez o la intransigencia de la iglesia oficial, que llena de desespe­ranza a los que piensan de distinta manera y les hace tomar una postura radical. Lutero por ejemplo, no pretendía una separación de Roma, sino una purificación de los abusos que los jerarcas de la iglesia estaban cometiendo. ¿Quiere decir esto que Lutero era el bueno y el Papa y los cardenales malos? Ni mucho menos; pero con un poco más de comprensión y un poco menos de soberbia, se hubiera evitado una división que tanto daño ha hecho al cristianismo.

Hacer nuestro el espíritu de Jesús es caminar por la vida con el corazón y los brazos siempre abiertos. Estar siempre alerta a los más pequeños signos de búsqueda. Acoger a todo el que venga con buena voluntad, aunque no piense como nosotros; incluso aunque esté equivocado. Estar siempre dispuestos al diálogo y no al rechazo o la imposición. Descubrir que lo más importante es la persona, ni la doctrina, ni la norma, ni la ley.

No acogemos a los demás, no nos paramos a escuchar, no descubrimos esa disposición inicial que puede llevar a una auténtica conversión. Acogida con sencillez tenían que ser la postura de los seguidores de Jesús. Apertura incondicional a todo el que llega a nosotros con ese mínimo de disposición, que puede reducirse a simple curiosidad, como en el caso de Zaqueo; pero que puede ser el primer paso de un auténtico cambio. No terminar de quebrar la caña cascada, no apagar la mecha que todavía humea, ya sería una postura interesante; pero hay que ir más allá. Hay que tratar de restablecer y vendar la caña cascada, tratar de avivar la mecha que se apaga.

El final del relato no tiene desperdicio: “He venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. ¿Cuándo nos meteremos esto en la cabeza? Jesús no tiene nada que hacer con los perfectos. Solo los que se sienten perdidos, podrán ser encontrados por él. Esto no quiere decir que Jesús tenga la intención de restringir su misión. Lo que deja bien manifiesto es que todos fallamos y todos necesitamos ser recuperados. Claro que solo el que tiene conciencia de estar enfermo estará dispuesto a buscar un médico.

La salvación de la que aquí se habla no es conseguir el cielo en el más allá, sino repartir y compartir en el aquí y ahora. Pero esta lección no nos interesa ni como individuos ricos ni como iglesia. Para nosotros es preferible dejar las cosas como están y predicar una salvación para el más allá que nos permita mantener los privilegios de que gozamos aquí y ahora. En realidad no nos interesa el mensaje de Jesús más que en cuanto podamos manipularlo.

Meditación-contemplación

“El hijo de Hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido”.
Solo lo que está perdido, necesita ser buscado.
Solo el que se siente enfermo irá a buscar al médico.
Solo si te sientes extraviado te dejarás encontrar por él.
……………..

No se trata de fomentar los sentimientos de culpabilidad.
Tampoco de sentirse “indigno pecador”.
Se trata de tomar conciencia de la dificultad del camino
Y sentir la necesidad de ayuda para alcanzar la meta.
………………

Se trata de sentir la fuerza de Dios en lo hondo de mi ser.
Pero también de buscar y aceptar la ayuda de los demás,
que van por delante y saben por dónde debo caminar.
Si me empeño en caminar en solitario, seguro que me perderé.
……………..

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Dios ama y acoge

domingo, 30 de octubre de 2016
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zaqueo-en-foto-grande-242x300“Dios ha dado a la tierra el soplo que la nutre. Su aliento de vida a todas las cosas. Y si Él retuviera su soplo, todo se aniquilaría. Este soplo vibra en tu respiro, en tu voz. Respiras el soplo de Dios y tú no lo sabes” (Teófilo de Antioquía)

30 de octubre. Domingo XXXI del TO

Lc 19, 1-10.

El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido

En la ópera Mefistófeles del italiano Arrigo Boito, Fausto le dice a Margarita: “El amor es el milagro de la vida”. Como lo fue el que sucedió cuando el jefe de los recaudadores de impuestos bajó del árbol muy contento y le invitó a hospedarse en su casa. Zaqueo -que por cierto era muy rico y a lo que parece había defraudado bastante al Fisco- quiso ponerse en paz con su conciencia, resueltamente dijo: “Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea. Jesús le dijo: “Hoy ha llegadola salvación a esta casa”.

El Libro de la Sabiduría nos cuenta que Dios se compadece de todos porque ama a todos los seres (Sab cap. 11), a toda la creación y a todo hombre pecador y marginado. Existe una especie de hormigas -las Dorilus- que actúan como unidades-organismo. Se comportan de forma totalmente altruista las unas con las otras y se coordinan de forma tan precisa que recuerdan a la combinación de células y tejidos de una entidad. Son uno de tantos ejemplos de la Naturaleza donde se muestra la unidad de todos los seres.

En el consejo de la abuela Carolina a su nieta (Una pasión rusa, de Reyes Monforte), también en ese “todos los seres” se incluyen los humanos: “Cierra los ojos y escucha el silencio, la tormenta y el aullido de los lobos… Es música, mi pequeña, en una maravillosa partitura que debes escuchar atentamente. No te amenaza, tan solo te acompaña para hacerte ver que no estás sola”.

El pintor y revolucionario Mario Cavaradossi entona esta primera romanza en la escena tercera de Tosca, de Puccini: “Recondita armonia / di belleze diverse!… / È bruna Floria, / l’ardente amante mia…”. La canta en la iglesia mientras dibuja a Flora Tosca en el lienzo. Un retrato, fruto de las miradas al medallón-retrato de su amada y al rostro de la Madonna, que me traen a la memoria los hermosos versos navideños de Lope de Vega: “Naranjitas doradas coge la niña / y el amor de sus ojos perlas cogía”.

Uno de los grandes Padres de la Iglesia, Teófilo de Antioquía, insiste en la idea de que Dios ha dado aliento de vida a todas las cosas; aliento “que vibra en tu respiro, en tu voz. Respiras el soplo de Dios y tú no lo sabes”. Respiro y voz que son siempre amorosos y son vida.

Un ilustre poeta castellano, miembro de la llamada Generación del 27 -Dámaso Alonso (1898-1990)- escribió este bellísimo soneto en el que ensalza los valores de la amistad y del amor como expresión de la hermandad y de la unión.

HERMANOS

Hermanos, los que estáis en lejanía
tras las aguas inmensas, los cercanos
de mi España natal, todos hermanos
porque habláis esta lengua que es la mía:

yo digo “amor”, yo digo “madre mía”
y atravesando mares, sierras, llanos
-oh gozo-, con sonidos castellanos,
os llega un dulce efluvio de poesía.

Yo exclamo “amigo”, y en el Nuevo Mundo,
“amigo” dice el eco, desde donde
cruza todo el Pacífico, y aún suena

Yo digo “Dios”, y hay un clamor profundo;
y “Dios”, en español, todo responde,
y “Dios”, sólo “Dios”, “Dios”, el mundo llena.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Zaqueo, un hombre bajito que recuperó su grandeza interior

domingo, 30 de octubre de 2016
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zaqueoLc 19, 1-10

Hace dos días unos publicanos vinieron a casa de Zaqueo, su jefe. Le traían una noticia importante.

– No te lo vas a creer, hemos conocido a un hombre que habla bien de nosotros- le dijo Benjamín.

– Además, se atrevió a regañar públicamente a unos fariseos que se tenían por justos y despreciaban a los demás. Nos contó una parábola de dos hombres que fueron al templo a orar, y nos dijo que Dios escuchó la oración del publicano y bajó a su casa justificado. Le aplaudimos, y le pedimos que nos contara más parábolas. Nos prometió que vendría a Jericó – añadió Amós.

– ¿Quién es ese hombre? –preguntó Zaqueo. Me gustaría conocerlo. Debe ser un insensato para enfrentarse a los fariseos y defendernos a nosotros. De sobra sabemos todos en qué consiste nuestro trabajo.

– Se llama Jesús, es galileo, de Nazaret. Desde hace días está predicando a orillas del río Jordán. Mañana vendrá a Jericó y predicará en la plaza. Se espera que venga una multitud, porque se ha extendido su fama por los pueblos de alrededor. Los comerciantes hablan de él por todas partes.

Es de noche. Zaqueo está preocupado.

¿Cómo podré escuchar a Jesús –se pregunta- si viene una multitud? Los cobradores de impuestos somos impuros. Si alguno de mis vecinos tropieza conmigo o roza mis vestiduras, debido a la aglomeración, quedará impuro también. Estoy harto de que la gente me maldiga y se aparte de mí cuando paso a su lado. Tengo que encontrar el modo de escuchar a ese hombre. Si es necesario pediré ayuda a la guardia romana, como he hecho otras veces, para hacerme respetar.

De repente encuentra la solución. Seguramente muchos niños se subirán a los árboles de la plaza para curiosear, como es costumbre cuando vienen forasteros, pero al sicómoro no se subirá nadie. Los fariseos consideran este árbol impuro; él puede trepar hacia lo alto y pasar desapercibido.

A la mañana siguiente se dirige a la plaza y se acomoda en el sicómoro. Agazapado entre las hojas, se sienta tranquilamente en una rama a esperar.

Recuerda las humillaciones que ha recibido desde que era pequeño por su baja estatura. Lo que más le dolió fue lo que le hicieron sus suegros cuando fue a pedirles la mano de su hija Sara, la joven que los padres de Zaqueo le habían elegido como esposa.

Él y su padre fueron a negociar con los futuros suegros, como era habitual; llevaban el contrato que había redactado un escriba y doscientos denarios, para pagar la dote y conseguir a la joven. También llevaban un pellejo lleno de vino con el que esperaban celebrar la firma del contrato. Pero no hubo acuerdo.

El padre y los hermanos de Sara pusieron todo tipo de objeciones a la boda. ¿Cómo podría cultivar los campos Zaqueo con tan poca estatura? ¿Cómo iba a realizar tareas que requerían mucha fuerza física? La familia de Sara acordó que sólo permitirían el enlace si entregaban cien denarios más. Zaqueo tuvo que trabajar con ahínco durante meses para conseguir ese dinero.

Poco después de la boda llegó a Jericó un cuestor para reclutar algunos varones judíos que cobraran los impuestos en nombre de Roma. Él se ofreció inmediatamente. El cuestor le dio una larga lista, con los nombres de las personas a las que tenía que cobrar y la cantidad de dinero que debía pagar cada una.

Lo que exigiera de más a cada persona era asunto de Zaqueo y podía quedarse con ese dinero. No sólo era una manera de ganarse cómodamente el pan de cada día, sino una forma de enriquecerse; nadie le iba a pedir cuentas del suplemento que cobrase.

El primer año fue duro. Sus vecinos no podían creer que se hubiera vuelto un traidor al servicio de Roma. Todos sabían que el dinero recaudado se empleaba en hacer grandes construcciones fuera de Israel y en pagar un sueldo al ejército que les oprimía. ¡Y su vecino facilitaba ese trabajo sucio al invasor! ¡Había que maldecirlo!

Otro año hubo una gran sequía y mucha gente perdió la cosecha. Cuando llegó el momento de pagar los impuestos tuvieron que pedir préstamos a los usureros, que aprovecharon la situación para exigir el 50% de interés.

Los vecinos suplicaron a Zaqueo que les aplazara la deuda, o que negociara con los romanos, pero él ni se inmutó. No sólo era el momento de recaudar los impuestos sino de hacer que sus vecinos “pagaran” las humillaciones que él había recibido durante años. Fue exigiendo el dinero a uno tras otro.

Cuando alguno no podía pagar, Zaqueo anotaba su nombre en un papiro que luego entregaba a los romanos para que se encargaran del castigo correspondiente. El cuestor le recompensó generosamente y le nombró jefe de los publicanos de Jericó.

De este modo su fortuna aumentó considerablemente. Su aislamiento también. Se convirtió en un pecador, en un hombre impuro que vivía al margen de la Torá. La gente rehuía su presencia y le negaron hasta el saludo. Sólo se relacionaba con su familia y con los publicanos que estaban a su servicio.

Muchas veces había pensado empezar de nuevo y devolver lo robado, pero ni tenía fuerzas ni sabía cómo hacerlo. Sara y él hablaban de vez en cuando del tema. Vivían tan aislados que ya no les compensaba la riqueza que habían adquirido. ¿Y si se fueran de Jericó a otra ciudad donde no les conociera nadie? ¿Qué podían hacer para ser felices de nuevo? Se encontraban en un callejón sin salida.

De golpe, el ruido de la muchedumbre saca a Zaqueo de sus recuerdos y le devuelve a la realidad. La multitud ve que Jesús entra en la plaza y alza los brazos para aclamarle. Él bendice a la gente, hace un gesto para que haya silencio y comienza a predicar.

Zaqueo se emociona al oírle. Tiene la sensación de que Jesús conoce lo que hay en su corazón. Cuando acaba de predicar, el maestro atraviesa la plaza y se dirige directamente hacia el sicómoro. Alza la vista y le dice:

– Zaqueo, baja rápidamente del árbol.

El hombrecillo le mira sorprendido. ¿Por qué conoce mi nombre? –Se pregunta- ¿Sabe que soy un hombre importante, nada menos que el jefe de los publicanos?

Jesús, sonriendo, le hace un gesto con el brazo para que baje del árbol y le dice de nuevo:

– Baja pronto, hoy voy a alojarme en tu casa.

Y continúa caminando por la plaza, rodeado de niños.

Zaqueo intenta decirle que no vaya a su casa, porque es un pecador y quedará contaminado, pero se le hace un nudo en la garganta y no es capaz de decir nada.

Baja del árbol y se va corriendo a su casa. Por el camino tropieza con algunas personas, pero esta vez no tiene en cuenta si las roza o no. Quiere contar a Sara lo que le ha ocurrido y preparar la comida para recibir a Jesús.

La noticia se extiende por Jericó y empiezan las murmuraciones. Algunas personas se acercan con disimulo a la casa de Zaqueo para cotillear mejor y ver lo que ocurre. Murmuran en voz baja:

– Jesús no sabe en qué casa se va a meter. Si realmente fuera un profeta sabría de qué calaña es este recaudador.

– ¿Cómo se le ocurre honrar con su presencia la casa de un traidor, de un cobarde?

– Podía haber elegido una de nuestras casas para alojarse. Ha elegido la peor.

La comida se convierte en un banquete muy especial. Jesús cuenta la conversión de Mateo, el recaudador de impuestos que ahora es discípulo suyo; la familia de Zaqueo se queda sobrecogida al oír esta historia. Les habla también de un joven rico que hace pocos días fue a visitarle porque no sabía qué hacer con su vida; el joven se fue triste porque no quería seguir los consejos que recibió ni desprenderse de su riqueza.

Zaqueo siente de nuevo que Jesús está leyendo lo que ocurre en su corazón. Se arma de valor, respira hondo, se pone de pie y dice con voz fuerte, para que le oigan también los que cotillean en la puerta:

– Jesús, voy a dar la mitad de mis bienes a las personas que he empobrecido.

En toda la casa se hace un silencio sepulcral. A Sara se le saltan las lágrimas y sonríe feliz. Fuera de la casa el murmullo va en aumento.

Zaqueo mira fijamente a Jesús, que sonríe, asiente con la cabeza y le mira en silencio, como si esperara algo más de él.

El hombrecillo se viene arriba, como si de repente empezara a crecer sin parar y dice:

– Jesús, tengo algo más que decirte. Al que haya hecho daño le devolveré cuatro veces más de lo que le quité.

Jesús se levanta y le abraza con tanta fuerza que parece que Zaqueo desaparece entre sus brazos. Levantando la voz le dice:

– ¡Hoy ha entrado la salvación a tu casa! ¡También tú eres un hijo de Abraham!

Zaqueo no puede reprimir la emoción. Desde hacía años le habían llamado de todo y habían maldecido a su madre. Nadie le había llamado hijo de Abraham, el título por excelencia, el que todo varón judío quiere poseer. Y de golpe siente que él es como el publicano de la parábola y que Yahvé ha escuchado su oración y le ha perdonado. ¡Se siente un hombre afortunado!

Al día siguiente fue a devolver el dinero a las familias a las que había hecho daño. Empezó por Tabita, una pobre viuda enferma a la que los romanos le habían quitado la casa por no pagar los impuestos. Ella llevaba meses pidiendo al juez que le hiciera justicia, pero el juez no le hacía caso.

Después fue a casa de Ezequiel, que se vendió como esclavo para pagar los impuestos y saldar sus deudas; no pudo conseguir un préstamo porque no había devuelto el que le hizo el avaro Benjamín el año anterior. De este modo libró de la prostitución a su mujer y a sus hijas, pero la familia se destrozó. Desde que era esclavo ya no había vuelto por el pueblo; algunos vecinos decían que le habían visto por Jerusalén al servicio de un centurión romano.

Se dio cuenta de que no era fácil empezar de nuevo. Algunos vecinos de Jericó no entendían su conversión y se reían de él, pero no le importaba. Zaqueo ya no era el mismo. El encuentro con Jesús le había devuelto su grandeza interior. Ahora entendía con claridad lo que Jesús le había dicho al despedirse: He venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Marifé Ramos González

Fuente Fe Adulta

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FE

jueves, 27 de octubre de 2016
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erikunger_032812_eunger_wk4_002_zsqvdulEstamos en momentos en que no sabemos cómo anunciar el evangelio y menos aún cómo conseguir que las personas lo acepten y queden enamoradas de Jesús de Nazaret.

Me parece interesante el reconocer la verdad de nuestra situación eclesial. Es un primer paso. Y si no sabemos, ya estamos en buen camino. La debilidad, la pequeñez es un paso gigante para vivir el Evangelio. Reconocer con sinceridad que hoy no interesa la fe.

Pero he de ser sincero. No disimular. Es cierto que las personas siguen acudiendo y participando cuando se trata de actos religiosos, procesiones, romerías… Pero descubrir, conocer, enamorarnos de Jesús y vivir según los criterios de Él, eso ya es más complicado

Buen momento para contemplar, calar y limpiar el trigo de paja.

Es un primer paso. Y me encantó oír a un obispo decir: “no sabemos cómo anunciar hoy el evangelio de una forma eficaz”

Voy ansiosamente intentando buscar experiencias de una pastoral nueva, y me resulta muy difícil: cambiamos formas, actos, estilos… Pero creo que hay que llegar a cambiar los contenidos, mucho más allá de unas guitarras. Muchas frases de nuestro Credo, hoy resultan muy áridas “engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre”. Y así podríamos decir muchas expresiones. Es cierto que son manifestaciones de fe, que en su momento decían mucho a los creyentes. Pero hoy, sin discutir esas expresiones, creo que sería muy positivo manifestar nuestra fe con contenidos sobre todo del evangelio, no de filosofía. ¿Por qué no recordamos a Jesús en sus palabras, hechos, presencia, entrega? Eso nos anima mucho más.

Ya el Nazareno dijo expresiones poco filosóficas pero muy humanas: eran las parábolas y su forma de predicar y de hacer.

Siento que la vida cristiana la hemos hecho girar en torno a la Eucaristía, pero vivida desde la transustanciación. ¿Podríamos enfocar la Presencia de Dios en todas las personas, realidades, acciones desde su actuar? Lo dice bellamente el prefacio “En El vivimos, nos movemos y existimos y todavía peregrinos en este mundo, no solo experimentamos las pruebas cotidianas de su amor, sino que poseemos ya en prenda la Vida Futura, pues tenemos las primicias del Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos “

Yo veo que mi misión como animador de la fe es acompañar a descubrir a Dios en Jesús Resucitado en todas las cosas. Y así mi vida es experimentar en todo a Jesús. A veces digo que debiéramos dedicarnos a hacer de radar para experimentar al Dios vivo.

Cómo cambia la vida al sentir que Jesús me habita y me mueve.  Una gran tarea descubrirlo y dejarme impulsar.

Se dice: “Jesús está en la Eucaristía, pero sacramentalmente”. En mi pueblo hay mucha agua debajo de la tierra, una gran balsa. Si perforo con cualquier cosa, brota el agua. Si perforo desde la fe, siento a Jesús en todo y en todos. Los sacramentos son vivencias del Dios que está ahí.

De esa forma cambia mi fe y mi forma de acompañar a las personas a descubrir y vivir la vida cristiana. Ver la vida desde el Dios que la habita.

Como descubridor de Jesús, le puedo ver en todo lo positivo, que es muchísimo y que inunda la vida. Encuentro un camino interesante: buscar, sentir y vivir la Salvación. Aquí encuentro un camino distinto para los cristianos y para los animadores de la fe.

Gerardo Villar

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«La postura justa». 30 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,9-14)

domingo, 23 de octubre de 2016
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30-to-600x848Según Lucas, Jesús dirige la parábola del fariseo y el publicano a algunos que presumen de ser justos ante Dios y desprecian a los demás. Los dos protagonistas que suben al templo a orar representan dos actitudes religiosas contrapuestas e irreconciliables. Pero ¿cuál es la postura justa y acertada ante Dios? Esta es la pregunta de fondo.

El fariseo es un observante escrupuloso de la ley y un practicante fiel de su religión. Se siente seguro en el templo. Ora de pie y con la cabeza erguida. Su oración es la más hermosa: una plegaria de alabanza y acción de gracias a Dios. Pero no le da gracias por su grandeza, su bondad o misericordia, sino por lo bueno y grande que es él mismo.

En seguida se observa algo falso en esta oración. Más que orar, este hombre se contempla a sí mismo. Se cuenta su propia historia llena de méritos. Necesita sentirse en regla ante Dios y exhibirse como superior a los demás.

Este hombre no sabe lo que es orar. No reconoce la grandeza misteriosa de Dios ni confiesa su propia pequeñez. Buscar a Dios para enumerar ante él nuestras buenas obras y despreciar a los demás es de imbéciles. Tras su aparente piedad se esconde una oración «atea». Este hombre no necesita a Dios. No le pide nada. Se basta a sí mismo.

La oración del publicano es muy diferente. Sabe que su presencia en el templo es mal vista por todos. Su oficio de recaudador es odiado y despreciado. No se excusa. Reconoce que es pecador. Sus golpes de pecho y las pocas palabras que susurra lo dicen todo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».

Este hombre sabe que no puede vanagloriarse. No tiene nada que ofrecer a Dios, pero sí mucho que recibir de él: su perdón y su misericordia. En su oración hay autenticidad. Este hombre es pecador, pero está en el camino de la verdad.

El fariseo no se ha encontrado con Dios. Este recaudador, por el contrario, encuentra en seguida la postura correcta ante él: la actitud del que no tiene nada y lo necesita todo. No se detiene siquiera a confesar con detalle sus culpas. Se reconoce pecador. De esa conciencia brota su oración: «Ten compasión de este pecador».

Los dos suben al templo a orar, pero cada uno lleva en su corazón su imagen de Dios y su modo de relacionarse con él. El fariseo sigue enredado en una religión legalista: para él lo importante es estar en regla con Dios y ser más observante que nadie. El recaudador, por el contrario, se abre al Dios del Amor que predica Jesús: ha aprendido a vivir del perdón, sin vanagloriarse de nada y sin condenar a nadie.

José Antonio Pagola

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«El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no». Domingo 23 de octubre de 2016. 30º Ordinario

domingo, 23 de octubre de 2016
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55-ordinarioc30-cerezoLeído en Koinonia:

Eclesiástico 35, 12-14. 16-18: Los gritos del pobre atraviesan las nubes.
Salmo responsorial: 33: Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.
2Timoteo 4, 6-8. 16-18: Ahora me aguarda la corona merecida.
Lucas 18, 9-14. El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no.

La mayor parte de las parábolas de Jesús tienen como telón de fondo la vida de las aldeas de Galilea y refleja distintas experiencias de vida del campesinado. Solamente unas pocas se salen de este marco. Una de éstas es la del fariseo y el recaudador que se sitúa en contexto urbano y, más en concreto, en la ciudad de Jerusalén, en el recinto del templo: el lugar propicio para obtener la purificación de los pecados.

La influencia y atracción del templo para los judíos se extendía incluso más allá de las fronteras de Palestina, como lo mostraba claramente la obligación del pago del impuesto al templo por parte de los judíos que no vivían en Palestina. Pagar ese impuesto se había convertido en tiempos de Jesús en un acto de devoción hacia el templo, porque éste hacía posible que los judíos mantuviesen una relación saludable con Dios.

En tiempos de Jesús, el cobro de impuestos no lo hacían los romanos directamente, sino indirectamente, adjudicando puestos de arbitrios y aduanas a los mejores postores, que solían ser gente de las élites urbanas o aristocracia. Estas élites, sin embargo, no regentaban las aduanas, sino que, a su vez, dejaban la gestión de las mismas a gente sencilla, que recibía a cambio un salario de subsistencia. Los recaudadores de impuestos practicaban sistemáticamente el pillaje y la extorsión de los campesinos. Debido a esto, el pueblo tenía hacia estos cobradores de impuestos la más fuerte hostilidad, por ser colaboracionistas con el poder romano. La población los odiaba y los consideraba ladrones. Tan desprestigiados estaban que se pensaba que ni siquiera podían obtener el arrepentimiento de sus pecados, pues para ello tendrían que restituir todos los bienes extorsionados, más una quinta parte, tarea prácticamente imposible al trabajar siempre con público diferente. Esto hace pensar que el recaudador de la parábola era un blanco fácil de los ataques del fariseo, pues era pobre, socialmente vulnerable, virtualmente sin pudor y sin honor, o lo que es igual, un paria considerado extorsionador y estafador.

En su oración, el fariseo aparece centrado en sí mismo, en lo que hace. Sabe lo que no es: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco es como ese recaudador, pero no sabe quién es en realidad. La parábola lo llevará a reconocer quién es, precisamente no por lo que hace (ayunar, dar el diezmo…), sino por lo que deja de hacer (relacionarse bien con los demás).

El fariseo decimos que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que gana. Hace incluso más de lo que está mandado en la Torá. Pero su oración no es tan inocente. Lo que parecen tres clases diferentes de pecadores a las que él alude (ladrón, injusto, pecador) se puede entender como tres modos de describir al recaudador. El recaudador, sin embargo, reconoce con gestos y palabras que es pecador y en esto consiste su oración.

El mensaje de la parábola es sorprendente, pues subvierte el orden establecido por el sistema religioso judío: hay quien, como el fariseo, cree estar dentro, y resulta que está fuera; y hay quien se cree excluido, y sin embargo está dentro.

En el relato se ha presentado al fariseo como un justo y ahora se dice que este justo no es reconocido; debe haber algo en él que resulte inaceptable a los ojos de Dios. Sin embargo, el recaudador, al que se nombra con un despectivo “ése”, no es en modo alguno despreciable. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo? Tal vez solamente uno: mirar despectivamente al recaudador y a los pecadores que él representa. El fariseo se separa del recaudador y lo excluye del favor de Dios.

Dios, justificando al pecador sin condiciones, adopta un comportamiento diametralmente opuesto al que el fariseo le atribuía con tanta seguridad. El error del fariseo es el de ser “un justo que no es bueno con los demás”, mientras que Dios acoge graciosamente incluso al pecador. Esta parábola proclama, por tanto, la misericordia como valor fundamental del reino de Dios. Con su comportamiento el recaudador rompe todas las expectativas y esquemas, desafía la pretensión del fariseo y del templo con sus medios redentores y reclama ser oído por Dios, ya que no lo era por el sistema del templo y por la teología oficial, representada por el fariseo.

Si la interpretación de la parábola es ésta, entonces se puede vislumbrar por qué Jesús fue estigmatizado como «amigo de recaudadores y de pecadores», y por qué fue crucificado finalmente por las élites de Jerusalén con la ayuda de los romanos y el pueblo.

En esta parábola se cumple lo que leemos en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja”. Dios está con los que el sistema ha dejado fuera. Como estuvo con Pablo de Tarso, como se lee en la segunda lectura, que, a pesar de no haber tenido quien lo defendiera, sentía que el Señor estaba a su lado, dándole fuerzas. Leer más…

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Dom 23.10.16. Fariseo y publicano ante el espejo. Una parábola

domingo, 23 de octubre de 2016
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0_d43_30dom_comum_2810Del blog de Xabier Pikaza:

Domingo 30 del tiempo ordinario. Ciclo c.. Es una parábola muy propia para que miremos al espejo interior y nos veamos, para que podamos descubrirnos digamos (aceptemos) lo que somos.

Los personajes son muy sencillos, sólo dos, estilizados, casi caricaturizados… El bueno y el malo. Pero el espejo muestra que los papeles están invertidos. El que dice ser bueno es en realidad el malo. Y el que se dice malo, y se reconoce como pecados, es en realidad el bueno.

Es una parábola para entender las cosas al revés, propia de niños, pues ellos son los que mejor la entienden. Asi la contó Jesús, y aparece en el evangelio de Lucas.

Yo también la he repetido alguna alguna vez en este portal, pero quiero hacerlo de nuevo, para que algunos puedan verse a sí mismos y entenderse (y cambiar si pueden) a la luz de esta parábola. A mí me hizo pensar cuando era niño, cuando la escuché y la imaginé por primera vez ante el espejo de una gran sacristía.

Es una meditación, propia de mayores, pero a veces, de verdad, sólo la entienden los niños, los que están dispuestos a pensar y a dejarse cambiar. Los que tenemos las ideas hechas apenas podemos cambiar, por mucho que viniera Jesús y contara la parábola de nuevo, como la contó de bien aquel cura, en la sacristía del pueblo, hace unos sesenta y ocho años.

Yo asocio siempre esta parábola con aquel un cura, creo que era jesuita, cuando yo era niño… y con el espejo de la sacristía, donde pude ver a los personajes, cómo se ponían, como hablaban… cómo el uno acusaba al otro con el dedo, y cómo el otro se encogía…

Creo que desde entonces no la he olvidado, ni olvidaré nunca esta parábola. Yo era niño, pero pienso que pensaba encones mejor que ahora Buen domingo a todos.

Texto: Lc 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano.

El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.
El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Un niño ante el espejo

Un día nos llevaron a la iglesia, porque había venido un cura famoso y cura quería explicarnos una parábola de evangelio. Seríamos diez o quince niños.

Sé que el cura nos trató como si fuéramos mayores.Pasamos por la Iglesia y nos llevó a la sacristía, nos mostró sus cuadros, sus espejos y sus cristos, sus armarios y vitrinas y, al final, hizo que por orden nos sentáramos en sillas o en el suelo brillante de cera. No recuerdo si estaba en una silla o en el suelo (pienso que en el suelo), pues las sillas eran demasiado altas para los pequeños.

Sólo recuerdo bien el gran espejo. Nunca había visto uno más grande, inclinado, de bordes ondeantes y dorados, sobre el suelo, para que el celebrante pudiera verse entero, con los altos y los bajos de sus vestiduras, antes de salir a misa.

Allí nos contó la parábola. No recuerdo los detalles de su catequesis, pero me vuelven a la mente las figuras (sobre todo la del fariseo) que iban y venían en el gran espejo. El cura nos dijo que imagináramos la escena.

Tengo la impresión de que era un jesuita. Nos dijo que miráramos bien, con los ojos de dentro. Y yo miré, y reviví la escena en el espejo. Quiero volver un día a aquella iglesia, y sentarme de nuevo en la sacristía, ante el espejo, donde imaginé cosas que después más de una ver he recordado.

El fariseo

Pude verle bien. No sé cómo, pero sé que había venido y que estaba ante nosotros. Era alto, vestido de traje, fumando un gran puro. Se puso en medio, de pie, en el centro de la gran sala de columnas inmensas, ocupando todo el espacio sagrado, ante la puerta del fondo que daba al santuario. El jesuita nos dijo que era la puerta del gran Sagrario o Santo de los Santos donde estaba Dios, en la oscuridad, viéndolo todo, pero sin que pudiéramos verle. Hoy quiero descorrer el velo de los sesenta y ocho años que han pasado desde entonces y mirar de nuevo a fariseo, para escuchar cómo rezaba:

¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás. No le da gracias por él (por Dios), sino por sí mismo. Está contento de lo que es (entonces le imaginaba con el puro en la boca, hoy le veo sin puro). Por eso da gracias al Dios que le pone en el centro de la gran escena sagrada, como signo de santidad y justicia. Leer más…

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«La justicia parcial de Dios». Domingo 30 Ciclo C

domingo, 23 de octubre de 2016
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indiceDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El Catecismo que estudié de pequeño decía que Dios “premia a los buenos y castiga a los malos”. Pero no concretaba quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Y como nuestra forma de pensar es con frecuencia muy distinta de la de Dios, es probable que los que Dios considera buenos y malos no coincidan con los que nosotros juzgamos como tales.

Dios, un juez parcial a favor del pobre

Esta la imagen que ofrece la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico 35,12-14.16-18

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Lo más curioso de este texto es que no lo escribe un profeta, amante de las denuncias sociales y de las críticas a los ricos y poderosos, sino un judío culto, perteneciente a la clase acomodada del siglo II a.C.: Jesús ben Sira, viajero incansable en busca de la sabiduría, pero también gran conocedor de las tradiciones de Israel. Y la imagen que ofrece de Dios dista mucho de la que tenían bastantes israelitas. No es un Dios imparcial, que juzga a las personas por sus obras; es un Dios parcial, que juzga a las personas por su situación social. Por eso se pone de parte de los pobres, los oprimidos, los huérfanos y las viudas; los seres más débiles de la sociedad.

Comienza el autor diciendo: El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial. Pero añade de inmediato, con un toque de ironía: no es parcial contra el pobre. Porque la experiencia de Israel, como la de todos los pueblos, enseña que lo más habitual es que la gente se ponga a favor de los poderosos y en contra de los débiles.

Dios, un juez parcial a favor del humilde

El evangelio de Lucas (Lc 18, 9-14) ofrece el mismo contraste mediante un ejemplo distinto, sin relación con el ámbito económico.

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

‒ Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.» Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

La parábola es fácil de entender, pero conviene profundizar en la actitud del fariseo.

La confesión de inocencia

Un niño pequeño, cuando hace una trastada, es frecuente que se excuse diciendo: “Mamá, yo no he sido”. Esta tendencia innata a declararse inocente influyó en la redacción del capítulo 150 del Libro de los muertos, una de las obras más populares del Antiguo Egipto. Es lo que se conoce como la “confesión negativa”, porque el difunto iba recitando una serie de malas acciones que no había cometido. Algo parecido encontramos también en algunos Salmos. Por ejemplo, en Sal 7,4-6:

Señor, Dios mío, si he cometido eso, si hay crímenes en mis manos,
si he perjudicado a mi amigo o despojado al que me ataca sin razón,
que el enemigo me persiga y me alcance,
me pisotee vivo por tierra, aplastando mi vientre contra el polvo.

O en el Salmo 26(25),4-5:

No me siento con gente falsa,
con los clandestinos no voy;
detesto la banda de malhechores,
con los malvados no me siento.

La profesión de bondad

Existe también la versión positiva, donde la persona enumera las cosas buenas que ha hecho. Encontramos un espléndido ejemplo en el libro de Job, cuando el protagonista proclama (Job 29,12-17):

Yo libraba al pobre que pedía socorro y al huérfano indefenso,
recibía la bendición del vagabundo y alegraba el corazón de la viuda;
de justicia me vestía y revestía,
el derecho era mi manto y mi turbante.
Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo,
yo era el padre de los pobres
y examinaba la causa del desconocido.
Le rompía las mandíbulas al inicuo
para arrancarle la presa de los dientes.

El orgullo del fariseo

Volvamos a la confesión del fariseo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»

Si el fariseo hubiera sido como Job, se habría limitado a las palabras finales: Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Pero al fariseo lo come el odio y el desprecio a los demás, a los que considera globalmente pecadores: ladrones, injustos, adúlteros. Sólo él es bueno, y considera que Dios está por completo de su parte.

La humildad del publicano

En el extremo opuesto se encuentra la actitud del publicano. A diferencia de Job, no recuerda sus buenas acciones, que algunas habría hecho en su vida. A diferencia del Libro de los muertos y algunos Salmos, no enumera malas acciones que no ha cometido. Al contrario, prescindiendo de los hechos concretos se fija en su actitud profunda y reconoce humildemente, mientras se golpea el pecho: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

En el AT hay dos casos famosos de confesión de la propia culpa: David y Ajab. David reconoce su pecado después del adulterio con Betsabé y de ordenar la muerte de su esposo, Urías. Ajab reconoce su pecado después del asesinato de Nabot. Pero en ambos casos se trata de pecados muy concretos, y también en ambos casos es preciso que intervenga un profeta (Natán o Elías) para que el rey advierta la maldad de sus acciones. El publicano de la parábola muestra una humildad mucho mayor. No dice: “he hecho algo malo”, no necesita que un profeta le abra los ojos; él mismo se reconoce pecador y necesitado de la misericordia divina.

Dios, un juez parcial e injusto

Al final de la parábola, Dios emite una sentencia desconcertante: el piadoso fariseo es condenado, mientras que el pecador es declarado inocente: Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no.

¿Debemos decir, en contra del Catecismo, que “Dios premia a los malos y castiga a los buenos”? ¿O, más bien, que debemos cambiar nuestros conceptos de buenos y malos, y nuestra imagen de Dios?

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Domingo XXX. Fiesta del Stmo. Redentor

domingo, 23 de octubre de 2016
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“Quien se ensalza será humillado, y quien se humilla será ensalzado.”

(Lc18, 9-14)

Hoy, además de ser domingo, ¡la gran fiesta de los cristianos!, celebramos el DOMUND, la Jornada Mundial de la Evangelización de los pueblos, pero no solo eso, la familia trinitaria celebramos la fiesta del Santísimo Redentor. ¡Se nos acumulan los motivos para la FIESTA!

La parábola del publicano y el fariseo parece sintonizar completamente con todo lo que hoy celebramos.

¿Por qué, qué mejor actitud para la evangelización que la humildad de reconocerse pequeña, limitada y con alguna oscuridad? Sí, solo aquellas personas que tienen una profunda experiencia de la misericordia de Dios pueden comunicar al mundo la Buena Noticia de Jesús.

Y en esta misma línea, Jesús, el Redentor, solo puede entrar en un corazón desarmado. La persona que se siente segura de sí misma y de sus obras le cierra las puertas a Dios. Su oración se convierte en lectura de cuentas: “ayuno dos veces por semana, pago el diezmo, no soy como los demás…” Y su pretendida justicia y bondad le hace sentirse con más derecho y mejor persona que las demás. El orgullo nos impide reconocer la necesidad de ser salvadas, la necesidad de ser amadas. Nos engaña, nos hace creer que tenemos derecho a que Dios se fije en nosotras y nos colme con sus bendiciones.

Pero Dios no se deja chantajear. No se deja impresionar por nuestras obras, ni por nuestra lista de méritos. El amor de Dios es pura gratitud y derroche.

El Icono de la Orden de la Santísima Trinidad ilustra magníficamente las actitudes de estos dos personajes. En él encontramos a Cristo Redentor ocupando el centro de la imagen y sosteniendo dos figuras. Una oscura, a la que Cristo sostiene con fuerza por la muñeca, mientras la figura se vuelve con agresividad hacia Cristo y hacia la figura blanca. Es una figura prisionera de sí misma que con su mano derecha sostiene las cadenas que atan fuertemente sus pies.

La figura blanca ofrece una actitud completamente diferente. Se abandona dócilmente en las manos de Cristo y le contempla con ternura, ha comprendido que lejos de la Presencia de Dios se pierde.

Oración

Trinidad Santa derrama con generosidad

semillas de humildad en nuestros corazones

para que la tierra de nuestro interior

florezca para ti y para nuestras hermanas.

*

Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no tiene que perdonarnos ni justificarnos

domingo, 23 de octubre de 2016
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255695200_1a2a9e4439Lc 18, 9-14

Por fin un día lo tenemos fácil. Hoy cualquiera podía hacer la homilía. Se entiende todo y a la primera, a pesar de que la elección de los personajes no es inocente, ni en este caso ni en la parábola del buen samaritano. En el primer caso, la alusión a un sacerdote y un levita nos advierte de una tensión entre las primeras comunidades y la jerarquía del templo. En la parábola que hoy leemos, se advierte la animadversión de los cristianos contra los fariseos, sobre todo después de la destrucción del templo cuando, al desaparecer el sacerdocio, se alzaron con el santo y la limosna y emprendieron una persecución sin cuartel contra los cristianos. La comunidad respondió con un desprestigio, que dura todavía hoy.

Esa postura no es exclusiva de los fariseos, ni mucho menos. Lucas en la introducción a la parábola lo deja muy claro: “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás” El caso es que un hombre se siente excelente y falla en su apreciación. Otro se siente pecador y también falla al considerar que Dios está lejos de él, por ello. Lo más normal de mundo sería alabar al que era bueno y criticar al malo, pero a los ojos de Dios todo es diferente. Dios es el mismo para los dos, uno le acepta por su gratuidad, el otro pretende poner a Dios de su parte por la bondad de sus obras.

Es una profunda lección la que debemos aprender de este relato. El mensaje se repite muchas veces en los evangelios. Recordemos la frase que Mateo pone es boca de Jesús: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. ¿A quién dijo eso Jesús? A los fariseos, los estrictamente cumplidores de toda la Ley, que hoy serían los religiosos de todas las categorías. Aún hoy, desde nuestra visión raquítica del hombre y de Dios, nos resulta inaceptable esta idea. Seguimos juzgando por las apariencias sin tener en cuenta las actitudes personales, que son las que de verdad califican las acciones de las personas. Y lo que es peor, nos preocupa más lo que hacemos que lo que sentimos.

Dios no está alejado de ninguno de ellos, pero el publicano reconoce que la cercanía de Dios es debido a su amor incondicional y a pesar de sus fallos. En consecuencia el publicano está más cerca de Dios a pesar de sus pecados. El fariseo cree que Dios tiene la obligación de amarle porque se lo ha ganado a pulso. “Los buenos de toda la vida” tienen mayor peligro de entrar en esta dinámica para con Dios. Si nos atreviésemos a pensar un poquito, descubriríamos lo absurdo de esa postura. Todo lo bueno que puedo descubrir en mí, viene de Él, que desde lo hondo de mi ser posibilita esa actitud vital.

Dios no me quiere porque soy bueno. Si parto del razonamiento farisaico (y con frecuencia lo hacemos) resultaría que el que no es bueno no sería amado por Dios, lo cual es un disparate. Este razonamiento parte de la visión tradicional que tenemos de Dios, pero tenemos que dar un salto en nuestra concepción de un dios separado y ausente. Dios no me puede considerar un objeto porque nada hay fuera de Él. El fallo más grave que podemos cometer como seres humanos es precisamente considerarnos algo al margen de Dios.

Dios me está aportando en cada instante todo lo que soy, pero sin salir de él mismo. Me lo está dando desde antes de empezar a existir, luego es ridículo que pueda merecerlo. Lo que sí puedo y debo hacer es responder conscientemente a ese don y tratar de agradecerlo, haciéndole presente en mi vida, con mis actitudes y mis actos. Si no respondo adecuadamente a lo que Dios es para mí, la única actitud adecuada es reconocerlo, pedirle perdón y agradecerle con toda el alma que siga queriéndome a pesar de todo. Estas simples reflexiones me llevarán a sacar una consecuencia simple. No tengo que ser bueno para que Dios esté de mi parte. Porque Él me quiere y no me falla como yo hago con Él, voy a intentar ser agradecido fallándole menos y tratar de imitarle en su manera de ser.

También tendrían consecuencias para nuestra relación con los demás. Amar al que se porta bien conmigo no tiene ningún valor religioso. Es verdad que es lo que hacemos todos, pero tenemos que revisar esa actitud. Si me porto humanamente con aquel que no se lo merece, estaré dando un salto de gigante en mi evolución hacia la plenitud de humanidad. En contra de lo que hemos creído, ser más humanos nos hace a la vez, más divinos. Con frecuencia hemos interiorizado que lo importante era actuar divinamente, aunque ese intento llevara consigo el olvidarse de las más elementales normas de humanidad. Los altares están llenos de santos que se olvidaron por completo de las relaciones verdaderamente humanas.

El domingo pasado hablábamos de la oración. Hoy nos propone dos modos de orar, no solo distintos sino completamente contrarios. Cada oración manifiesta la idea de Dios que tiene el uno y el otro. Para uno se trata de un Dios justo, que me da lo que merezco. Para el otro, Dios es amor que llega a mí sin merecerlo. ¡Qué diferencia! Ojo al dato. Porque la mayoría de las veces estamos más cerca del fariseo que del publicano. Una vez más tengo que advertir de la importancia de hacer una reflexión seria sobre este asunto. No basta ser bueno por una acomodación estricta a la norma. Hay que ser humano, respondiendo a las exigencias de nuestro auténtico ser.

A lo largo de mi larga estancia en Parquelagos, he tenido problemas serios cada ver que he dicho que Dios ama a todos de la misma manera. La respuesta automática era: Dios es amor, pero es también justicia. Implícitamente me estaban diciendo: ¿Cómo me va a amar Dios a mí, que cumplo escrupulosamente su sata voluntad, igual que a ese desgraciado que no cumple nada de lo que Él manda? Una vez más estamos exigiendo a Dios que sea justo a nuestra manera. Para superar esta tentación debemos superar la idea de una religión aceptada como programación, que me viene de fuera. El hecho de que el programador sea el mismo Dios no cambia la mezquindad de la perspectiva.

Para entrar en la dinámica de una verdadera espiritualidad, debemos descubrir la bondad de lo mandado y no conformarnos con el cumplimiento de la norma. Ese descubrimiento no es tan fácil como pudiera parecer a primera vista. Ningún hecho u omisión son buenos porque están mandados. Están mandados porque lo exige mi ser más profundo, que está más allá de mi ego superficial. Para descubrir esas exigencias tengo que aprovecharme de la experiencia de otros seres humanos que lo han descubierto antes que yo, pero en ningún caso quedo dispensado de experimentarlo por mí mismo. Sin esa experiencia toda la religiosidad se queda reducida a un puro ropaje externo que no toca lo profundo de mi ser.

El desaliento que a veces nos invade, es consecuencia de un mal enfoque espiritual. Nada tienes que conseguir ni por ti mismo ni por parte de Dios. Dios ya te lo ha dado todo y te ha capacitado para desplegar todo tu ser. No tengas miedo a nada ni a nadie. Tu ser profundo no lo puede malear nadie, ni siquiera tú mismo. Tus fallos son solo la demostración de que no has descubierto lo que verdaderamente eres, pero las posibilidades, todas las posibilidades, siguen intactas. Piensa en esto: las limitaciones que a todos nos afectan, no pueden malograr todas las posibilidades que me acompañan siempre.

Cuando te sientas abrumado por tus fallos, descubre que para Dios eres siempre el mismo. Alguien único, irrepetible, necesario para el mundo y para Dios. Se habla mucho últimamente de la autoestima. Es imprescindible para poder desarrollarte, pero nunca puede apoyarse en las cualidades que puedes tener o no tener y que son secundarias en ti. Esa pretensión de desplegar la autoestima en las cualidades adquiridas o por adquirir, nos llevará siempre a un rotundo fracaso. Tomar conciencia de que lo que soy no depende de mí, es la clave para una total seguridad en lo que soy. Soy mucho más de lo que creo ser. A pesar de mí, mi valor es infinito.

Meditación-contemplación

No te conformes con aceptar la religión como programación.
Aprovecha la experiencia de otros para conocerte mejor.
Descubre tu ser verdadero y actúa en consecuencia.
No te conviertas en un borrego que sigue el rebaño.
…………………………

Lo humano que hay en ti,
tienes que descubrirlo y desplegarlo tú.
Que otros seres humanos lo hayan conseguido antes,
no te dispensa de la tarea de realizarlo tú mismo.
…………………………

Si no despliegas tus posibilidades de ser,
Malograrás tu propia vida, por muy religioso que seas.
Baja a lo hondo de tu ser y descubre lo que eres.
No tienes que alcanzar nada, solo vivir lo que ya eres.
…………………

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Dos estilos de rezar

domingo, 23 de octubre de 2016
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lc-18-9-14-ptUn corazón sincero podría lograr que incluso una piedra floreciese (Proverbio chino)

23 de octubre. Domingo XXX del TO

Lc 18, 9-14

El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no

Dios escucha la súplica humilde y sincera del pobre, pues sus gritos atraviesan las nubes, como dice el Eclesiástico (capítulo 35), y rechaza al que se vanagloria y desprecia a los demás, en palabras de Jesús (Lc 18, 9-14).

Carlos García Vallés escribe en Viviendo juntos matiza lo que debe ser el espíritu de la oración cuando, frente a todo espíritu cristiano, ésta se hace juicio y petición de condena: “Señor, concédele a mi hermano esta gracia… que yo sé muy bien que la necesita de veras y le ha de hacer mucho bien. ¡Vaya oración! ¿Estoy rezando por mi hermano o le estoy juzgando?”

 En la ópera Los Pescadores de Perlas, de BizetLeïla repite lo que el fugitivo le dijo antes de alcanzar la sabana: “¡Toma esta cadena, guárdala como recuerdo! ¡Yo no te olvidaré!”Jesús nos deja el Evangelio y, en sus páginas, la memoria de orar por los demás recibiendo a todos como hermanos: una actitud abierta y de acogida.

Abierta porque entiende que no podemos llegar a Dios si no es a través de los necesitados, y de acogida como lo muestran las palabras y los hechos de su vida: parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31), visita de Nicodemo (Jn 3, 1-6), multiplicación de los panes y los peces (Mc 6, 30-44), obras de misericordia que dan derecho a heredar el Reino de los Cielos (Mt 25, 34-40).

Estas son las piedras preciosas que según el proverbio chino hacen florecer los corazones sinceros. Las que escucha el Señor cuando el afligido le invoca (Sal 33), y las que hacen que el publicano regrese a casa justificado por su oración humilde y de sincero arrepentimiento (Lc 18, 14).

Aquí florecen igualmente hechos y palabras, y se funden en música y sonido deleitables, como canta Luis Cernuda (1902-1963) en el poema Noche del hombre y su demonio:

“El amargo placer de transformar el gesto
en son, sustituyendo el verbo al acto”
.

En calendarios de luna nueva como éste, donde la luz de la oración ilumina la compasión frente al dolor humano, se desmaya el tiempo. Se desmaya el verano, el otoño, el invierno, y todo en el planeta azul del alma es primavera. El fariseo, que oraba de pie en su interior diciendo: “¡Oh Dios! Te doy las gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni como este publicano, estaba congelado en el frígido invierno. En cambio el publicano, que oraba a distancia sin atreverse a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!”, era un vergel de calurosos frutos florecido.

Por eso éste bajó a su casa justificado y el fariseo no. En su homilía del 24 de febrero de 2016, el Papa Francisco nos aclara por qué: “¡Abre tu corazón a la misericordia! porque la misericordia divina es más fuerte que el pecado de los hombres”.

En la obra Plegarias del Arca de Noé, Carmen Bernós (1919-1995) una de sus criaturas le reza a Dios esta ingenua oración:

ORACIÓN DEL RATÓN

¡Soy tan gris, querido Dios! ¿Te acuerdas de mí?

Siempre acechado – Siempre perseguido.
¿No eres mi creador?
Nunca alguien me hado algo.
¿Por qué me echan en cara que soy un ratón ladrón?
¡Si sólo quiero estar escondido!
¡Dame sólo la ración para el hambre!

¡¡Ah!!
Y líbrame de las garras de ese viejo diablo con ojos verdes.

AMÉN  

(Carmen Bernós)

 Vicente Martínez
Fuente Fe adulta

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Los justificados y los que se justifican

domingo, 23 de octubre de 2016
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fariseoypublicanoLc 18, 9-14

Nadie quiere identificarse con el fariseo. Queda mal reconocer que uno ha pensado más de una vez que es mejor que los demás, que el orgullo le ha hecho esbozar una sonrisa de satisfacción al sentirse superior al resto, o aún peor, que ha dado gracias por ello en lo más recóndito de su corazón. “Yo habría discernido mejor la situación”, “no sé cómo han elegido a esta persona que lo hace tan mal”, “si me dejaran a mí ya verían cómo reorganizaba esto enseguida”, “porque no me han dado esa responsabilidad que si no…”, “fíjate ése qué mal camino lleva”… Innumerables razonamientos con los que excusamos nuestra envidia y falta de misericordia hacia otros con tal de salir reforzados nosotros. “Qué majo soy, qué solidario, qué buena gente”. Nos gusta salir ganando en las comparaciones y que la victoria se vea. Rebajar los dones de los demás, para dar más espacio a los nuestros.

Pensamos ingenuamente que la oración del publicano no es tan difícil. Que basta con sentarse en los bancos de atrás y mirar al suelo para desembarazarnos de ese “lado oscuro” de nuestra personalidad que nos hace caminar un palmo por encima del suelo. ¡Qué poco nos cuesta engañarnos!

Una de las prácticas más comunes y universales del ser humano es la justificación. Argumentar lo que sea con tal de no reconocer nuestra parte más miserable y nuestra enorme fragilidad. Discursos y más discursos para auto-convencernos y convencer de lo estupendos que somos. Tanto esfuerzo para nada. Imposible tapar la verdad tan sencilla como evidente de lo que uno es: un pobre pecador.

No. La oración del publicano no es nada fácil.

Con dos personajes –un fariseo y un publicano– y una elocuente imagen en la que se ve la actitud de cada uno en la oración, Jesús consigue ponernos ante el espejo de nuestra alma; y nos anima a meditar sobre la estupidez de la prepotencia y el buen juicio de la humildad:

– Que no se trata de negar los dones que tenemos, sino de reconocer que no son de nuestra propiedad. A ver, ¿qué te hace ser tan importante? ¿qué tienes que no hayas recibido? (1Co 4,7). El error del fariseo está en no reconocerse como tal; en presentarse ante Dios como dueño y señor de sus logros.

– Que la verdadera humildad nos anima a reconocer con sencillez, simplicidad y transparencia lo que somos. El acierto del publicano es reconocer que creía que merecía algo cuando en realidad no merece nada; presentarse ante Dios como un pecador que solo puede agradecer lo que otros le dan.

Cada uno de los personajes se retrata a sí mismo en su modo de orar. Porque ante Dios se ve con mayor claridad lo absurdo de creerse alguien, y la humanidad de la humildad.

María Dolores López Guzmán

Fuente Fe Adulta

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«El amor de los que sufren». 29 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,1-8)

domingo, 16 de octubre de 2016
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29-to-600x638La parábola de la viuda y el juez sin escrúpulos es, como tantos otros, un relato abierto que puede suscitar en los oyentes diferentes resonancias. Según Lucas, es una llamada a orar sin desanimarse, pero es también una invitación a confiar en que Dios hará justicia a quienes le gritan día y noche. ¿Qué resonancia puede tener hoy en nosotros este relato dramático que nos recuerda a tantas víctimas abandonadas injustamente a su suerte?

En la tradición bíblica la viuda es símbolo por excelencia de la persona que vive sola y desamparada. Esta mujer no tiene marido ni hijos que la defiendan. No cuenta con apoyos ni recomendaciones. Solo tiene adversarios que abusan de ella, y un juez sin religión ni conciencia al que no le importa el sufrimiento de nadie.

Lo que pide la mujer no es un capricho. Solo reclama justicia. Esta es su protesta repetida con firmeza ante el juez: «Hazme justicia». Su petición es la de todos los oprimidos injustamente. Un grito que está en la línea de lo que decía Jesús a los suyos: «Buscad el reino de Dios y su justicia».

Es cierto que Dios tiene la última palabra y hará justicia a quienes le gritan día y noche. Esta es la esperanza que ha encendido en nosotros Cristo, resucitado por el Padre de una muerte injusta. Pero, mientras llega esa hora, el clamor de quienes viven gritando sin que nadie escuche su grito, no cesa.

Para una gran mayoría de la humanidad la vida es una interminable noche de espera. Las religiones predican salvación. El cristianismo proclama la victoria del Amor de Dios encarnado en Jesús crucificado. Mientras tanto, millones de seres humanos solo experimentan la dureza de sus hermanos y el silencio de Dios. Y, muchas veces, somos los mismos creyentes quienes ocultamos su rostro de Padre velándolo con nuestro egoísmo religioso.

¿Por qué nuestra comunicación con Dios no nos hace escuchar por fin el clamor de los que sufren injustamente y nos gritan de mil formas: «Hacednos justicia»? Si, al orar, nos encontramos de verdad con Dios, ¿cómo no somos capaces de escuchar con más fuerza las exigencias de justicia que llegan hasta su corazón de Padre?

La parábola nos interpela a todos los creyentes. ¿Seguiremos alimentando nuestras devociones privadas olvidando a quienes viven sufriendo? ¿Continuaremos orando a Dios para ponerlo al servicio de nuestros intereses, sin que nos importen mucho las injusticias que hay en el mundo? ¿Y si orar fuese precisamente olvidarnos de nosotros y buscar con Dios un mundo más justo para todos?

José Antonio Pagola

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Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan

domingo, 16 de octubre de 2016
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54-ordinarioc29-cerezoLeído en Koinonia:

Éxodo 17,8-13: Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel.
Salmo responsorial: 120: El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
2Timoteo 3, 14-4, 2: El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.
Lucas 18, 1-8: Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario.»

Por algún tiempo se llegó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.»»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para ello, además de trabajar duro, deberán ser constantes en la oración, como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser oída por aquél juez que hacía oídos sordos a su súplica. Su constancia, rayana en la pesadez, llevó al juez a hacer justicia a la viuda, liberándose de este modo de ser importunado por ella.

Esta parábola del evangelio tiene un final feliz, como tantas otras, aunque no siempre suele suceder así en la vida. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a intervenir en este mundo de desorden e injusticia legalizada? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, el demencial armamento militar, el derroche de recursos que destruyen el medio ambiente, el hambre, la desigualdad creciente entre países y entre ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible –al menos no ejerce como tal-, sino débil, sufriente, “padeciente”; el Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos; marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

No andamos dejados de la mano de Dios. Por la oración sabemos que Dios está con nosotros. Y esto nos debe bastar para seguir insistiendo sin desfallecer. Lo importante es la constancia, la tenacidad. Moisés tuvo esa experiencia. Mientras oraba, con las manos elevadas en lo alto del monte, Josué ganaba en la batalla; cuando las bajaba, esto es, cuando dejaba de orar, los amalecitas, sus adversarios, vencían. Los compañeros de Moisés, conscientes de la eficacia de la oración, le ayudaron a no desfallecer, sosteniéndole los brazos para que no dejase de orar. Y así estuvo –con los brazos alzados, esto es, orando insistentemente-, hasta que Josué venció a los amalecitas. De modo ingenuo se resalta en este texto la importancia de permanecer en oración, de insistir ante Dios.

En la segunda lectura Pablo también recomienda a Timoteo ser constante, permaneciendo en lo aprendido en las Sagradas Escrituras, de donde se obtiene la verdadera sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. El encuentro del cristiano con Dios debe realizarse a través de la Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud. De este modo estaremos equipados para realizar toda obra buena. El cristiano debe proclamar esta palabra, insistiendo a tiempo y a destiempo, reprendiendo y reprochando a quien no la tenga en cuenta, exhortando a todos, con paciencia y con la finalidad de instruir en el verdadero camino que se nos muestra en ella. Leer más…

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Dom 16.10.16. Viuda (¿iglesia?) indignada: El poder de los impotentes

domingo, 16 de octubre de 2016
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 29 Tiempo ordinario. Ciclo C. Lc 18, 1-8. En una de las páginas más hondas de la filosofía del siglo XX (Totalidad e Infinito), E. Levinas, judío curtido en opresiones, nos habló de la eficacia del “rostro suplicante”, es decir, del argumento de los indignados que gritan con su rostro, exigiendo justicia.

El mayor poder del mundo no es la Bomba, ni el Gran Capital, ni un Estado pretendidamente soberano, ni una Iglesia triunfante, sino el rostro impotente del huérfano, la viuda y extranjero…, el rostro que sufre y se indigna, que mira y suplica, pues lleva en el fondo toda la energía de Dios ; éste es el poder más hondo, el grito de los indignados.

En esa línea se sitúa hoy el testimonio de la viuda del evangelio, sin más ley ni derecho que su rostro indignado y su grito suplicante para exigir justicia, siendo así capaz de cambiar incluso al juez inicuo.

14718708_665266803650515_7437983696970535053_nLas viudas son para la Biblia judía y cristiana el prototipo de los necesitados: Son personas sin derechos familiares, sin padre que pueda acogerlas en su casa, sin marido que les ofrezca protección, sin hijos que puedan defenderlas.

Éstas son las viudas, es decir, las mujeres en estado puro, dentro de una sociedad donde el único derecho es la fuerza de los hombres. Pues bien, por encima de ese derecho de la fuerza está el grito de las viudas, de los huérfanos y extranjeros indignados, pidiendo justicia.

Las mujeres viudas se concebían entonces (en el AT, en el tiempo de Jesús) como un bien mostrenco, bajo la amenaza económica, social y sexual de los hombres, bajo el riesgo de ser utilizadas, vendidas, sometidas. Pues bien, tradición bíblica las vincula, en el corazón del Pentateuco y en los profetas, con los huérfanos (niños sin protección) y con los extranjeros (hombres y/o mujeres sin amparo legal).

14705807_664766247033904_845131620558345362_nEl grito indignado y exigente de viudas, huérfanos y extranjeros constituye el más hondo de todos los poderes, como sabe el AT, como sabe el evanelio de hoy. Desde ese fondo quiero ofrecer primero una visión general del AT, para detenerme después en el evangelio de este día, la viuda suplicante. Buen domingo.

Imágenes: 1-2. Dos versiones del cuadro famoso del grito, de Edvard Munch (1863-1944), que pueden ayudarnos a entender el tema (con viuda, con huérfano).

Imágenes 3-4: Unamuno se refugia en el coche,en Salamanca, tras el discurso académico/político de protesta (12.10.1936), en contra de la guerra, pidiendo que nadie venciera… sino que convencieran. A su lado (¿a favor, en contra?) el obispo Plá i Deniel, con falangistas dispuestos a lincharle. Muere a los pocos días, queda su grito indignado, ochenta años después.

ANTIGUO TESTAMENTO. HUÉRFANOS, VIUDAS Y EXTRANJEROS

La Biblia Antigua ha condensado las obras de misericordia en la ayuda a esos tres tipos de personas, que habían aparecido en los profetas, y que anticipan el mensaje de Lc 4, 18-19 y Mt 25, 31-46.

El cuerpo de la ley protegía ante todo a los connacionales fuertes, mientras los otros (huérfanos, viudas y extranjeros) parecían abandonados a sí mismos, sin el patrocinio del conjunto social.

— Pues bien, para proteger a huérfanos, viudas y extranjeros ha elaborado el AT una norma religiosa de misericordia, que aparecía ya en Is 1, 17 (huérfanos y viudas) y en Jer 7, 6 (forasteros, huérfanos y viudas), la norma y principio del grito indignado.

‒ Viuda (‘almanah) era una mujer sin protección y ayuda de marido, sea porque ha muerto o le ha dejado, quedando así sola, sin padres, hermanos o parientes que la cuiden. En aquel contexto patriarcal violento era difícil vivir como viuda, pues sin casa (padre o marido) una mujer se hacía prostituta o se hallaba en riesgo de ser utilizada. En ese contexto se sitúa la ley del levirato (Dt 25,5-10): el hermano o pariente más cercano del marido muerto debía ocuparse de la viuda (cf. Gen 38; Rut 4), pero en muchos casos no había tal pariente.

‒ Huérfano (yatom) es el niño o menor sin familia ni protección jurídica y/o social, a merced del capricho o prepotencia de otros. La tradición israelita ha unido a huérfanos y viudas, haciéndoles objeto de cuidado especial por parte del resto de la sociedad (cf. Is 1,23; Jer 49,1; Job 22,9; 24,3; Lam 5,3). Yahvé aparece así como Padre de huérfanos a quienes protege y como juez (dayan) de viudas (Sal 68,6), a quienes defiende, dando ese encargo a todos los creyentes.

‒ Extranjeros o gerim. Son los que residen (gur) en Israel, pero sin formar parte de la institución sagrada de las tribus, ni estar integrados en la estructura económico/social y religiosa del pueblo. No están protegidos por la alianza de Israel, y así constituyen una categoría especial, con riesgo de ser expulsados (cf. Esdras-Nehemías). Pues bien, en contra de eso, les protegen las leyes más sagradas la Biblia, las proto-leyes de la misericordia y hospitalidad.

Uno de los textos legales más antiguos de la Biblia, el dodecálogo de Siquem (Dt 27,15-26), formula de manera radical esta exigencia de misericordia, expresada en tres obras de ayuda.

¡Maldito quien defraude en su derecho al forastero, huérfano y viuda!
¡Y todo el pueblo responda: así sea! (Dt 27,19)

Esta maldición interpreta el derecho (mishpat) como misericordia, ayuda a los excluidos, en un gesto solemne, presidido por levitas que proclaman la ley suprema, mientras el pueblo, reunido en asamblea (cf. Dt 27,1.9), responde ‘amen, así sea. Esta defensa de los oprimidos no ha entrado en los decálogos estrictos de Ex 20 y Dt 5 (con su legislación oficial), pero constituye el derecho fundante de Israel: no cree en Dios (no puede responder amén) quien no cumpla esta exigencia. El esa línea se sitúa el Código de la Alianza (Ex 20, 22‒23, 19), incluido tras el decálogo del Sinaí (Ex 19-24), con leyes antiguas (del siglo IX-VIII a.C.) de tipo social, criminal, económico y cultual:

No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis en Egipto. No explotarás a la viuda y al huérfano, porque si ellos gritan a mí yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, y quedarán viudas vuestras mujeres y huérfanos vuestros hijos (Ex 22, 20-22).

Este recuerdo del origen social israelita (¡fuiste ger o extranjero!) fundamenta su moral y la edifica sobre la solidaridad con los oprimidos: Dios tuvo misericordia de los hebreos en Egipto; ahora son ellos los que deben imitarle, protegiendo a extranjeros, huérfanos y viudas. Si alguien les explota ellos pueden gritar y Dios les oye.

En esa línea avanza el cuerpo doctrinal del Deuteronomio (Dt 12-26), que recoge y sistematiza (en el VII a.C.) esas leyes, en línea de fiesta y comida

Celebrarás (la fiesta) ante Yahvé, tu Dios, tú y tus hijos y tus hijas y tus siervos y tus siervas, y el levita que está junto a tus puertas, y el extranjero, huérfano y viuda que viva entre los tuyos, en el lugar que Yahvé tu Dios elija para que more allí su nombre. Recuerda que fuiste siervo de Egipto; guarda y cumple todos estos preceptos (Dt 16, 11-12).

Junto al huérfano/viuda/extranjero, esta ley incluye a siervos y siervas, criados o esclavos, igual que a los levitas que carecen de propiedad para organizar las fiestas sagradas, que debían celebrarse en Jerusalén. Todos han de participar en ellas. En ese contexto se formula la ley sobre el rebusco:

Cuando siegues la mies de tu campo… no recojas la gavilla olvidada; déjasela al extranjero, al huérfano y a la viuda, y te bendecirá Yahvé tu Dios en todas las tareas de tus manos. Cuando varees tu olivar… Cuando vendimies tu viña no rebusques los racimos; déjaselos al extranjero, al huérfano y a la viuda; recuerda que fuiste esclavo en Egipto (Dt 24, 19-22).

Yahvé, que ha empezado siendo un Dios de esclavos, se ocupa de los nuevos oprimidos: huérfanos, viudas, extranjeros. Por eso, frente a la codicia de los propietarios, el Deuteronomio apela al derecho de los desposeídos. Poderosa es la voz del pobre (´ani, ´ebyon), que clama a Yahvé (cf. 24, 14-15); por eso hay que ayudarle.


EL GRITO INDIGNADO DE LA VIUDA SUPLICANTE. EVANGELIO DE LUCAS

He presentado el tema de las viudas (con los huérfanos y extranjeros) desde la perspectiva de la voz suplicante. Las viudas aparecen sometidas a la arbitrariedad de los poderosos, pero tienen una voz que llega hasta Dios. Ellas aparecen de un modo especial en el evangelio de Lucas, que seguimos leyendo este domingo:

Está la viuda del nacimiento de Jesús (Lc 2, 37);
Está la viuda y madre del hijo muerto de Naím (Lc 7, 12);
Está la viuda que da todo lo que tiene, la mejor cristiana (Lc 21, 2-3).
Hoy está la viuda suplicante, la del grito que todo lo consgue (Lc 18, 1-8).

En contra de los que piensan que no merece la pena salir a la calle y gritar (en plano social y religioso, político y eclesial) habla este evangelio, que nos sitúa ante el grito de la viuda, capaz de cambiar el orden injusto del sistema. Leer más…

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«Oración, fin del mundo e injusticia». Domingo 29 Ciclo C

domingo, 16 de octubre de 2016
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maxresdefaultDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Un enfoque distinto de la oración

Los cristianos para los que Lucas escribió su evangelio no estaban muy acostumbrados a rezar, quizá porque la mayoría de ellos eran paganos recién convertidos. Igual que muchos cristianos actuales, sólo se acordaban de santa Bárbara cuando truena. Lucas se esforzó por inculcarles la importancia de la oración: les presentó a Isabel, María, los ángeles, Zacarías, Simeón, pronunciando las más diversas formas de alabanza y acción de gracias; y, sobre todo, a Jesús retirándose a solas para rezar en todos los momentos importantes de su vida.

            El comienzo del evangelio de este domingo (Lucas 18, 1-8) parece formar parte de la misma tendencia: “En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola”. Sin embargo, el final nos depara una gran sorpresa.

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:

            ‒ Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle:

            ‒ Hazme justicia frente a mi adversario.

            Por algún tiempo se negó, pero después se dijo:

            ‒ Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.

            Y el Señor añadió:

            ‒ Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios…

Interrumpe la lectura y pregúntate cuál sería el final lógico. Probablemente éste: Pues Dios, ¿no escuchará a los quienes le suplican continuamente, sin desanimarse?

Sin embargo, no es así como termina la parábola de Jesús, sino con estas palabras:

            Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar.

El acento se ha desplazado al tema de la justicia, a una comunidad angustiada que pide a Dios que la salve. No se trata de pedir cualquier cosa, aunque sea buena, ni de alabar o agradecer. Es la oración que se realiza en medio de una crisis muy grave.

Los elegidos que gritan día y noche

Recordemos que Lucas escribe su evangelio entre los años 80-90 del siglo I. Algunas fechas ayudan a comprender mejor el texto.

Año 62: Asesinato de Santiago, hermano del Señor.

Año 64: Nerón incendia Roma. Culpa a los cristianos y más tarde tiene una persecución en la que mueren, entre otros muchos, según la tradición, Pedro y Pablo.

Año 66: los judíos se rebelan contra Roma. La comunidad cristiana de Jerusalén, en desacuerdo con la rebelión y la guerra, huye a Pella.

Año 70: los romanos conquistan Jerusalén y destruyen el templo.

Año 81: sube al trono Domiciano, que persigue cruelmente a los cristianos y promulga la siguiente ley: “Que ningún cristiano, una vez traído ante un tribunal, quede exento de castigo sin que renuncie a su religión”.

En este contexto de angustia y persecución se explica muy bien que la comunidad grite a Dios día y noche, y que la parábola prometa que Dios le hará justicia frente a las injusticias de sus perseguidores.

Sin embargo, Lucas termina con una frase desconcertante: Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

La venida del Hijo del Hombre

¿A qué viene esta referencia al momento final de la historia, que parece fuera de sitio? Para comprenderla conviene leer el largo discurso de Jesús que sitúa Lucas inmediatamente antes de la parábola de la viuda y el juez (Lc 17,20-37). Algunos pasajes de ese discurso parecen escritos teniendo en cuenta lo ocurrido el año 79, cuando el Vesubio entró en erupción arrasando las ciudades de Pompeya y Herculano. Muchos cristianos debieron ver este hecho como un signo precursor del fin del mundo y de la vuelta de Jesús. Ese mismo tema lo recoge Lucas al final de la parábola para relacionar la oración en medio de las persecuciones con la segunda venida de Jesús.

La fe de una oración perseverante

El tema de la vuelta del Señor es esencial para entender el evangelio de Lucas, aunque subraya que nadie sabe el día ni la hora, y que es absurdo perderse en cálculos inútiles. Lo importante es que el cristiano no pierda de vista el futuro, la meta final de la historia, que culminará con la vuelta de Jesús y el final de las persecuciones injustas.

Pero esa no era entonces la actitud habitual de los cristianos, ni tampoco ahora. Lo habitual es vivir el presente, sin pensar en el futuro, y mucho menos en el futuro definitivo, que nos resulta, hoy día, mucho más lejano que a los hombres del siglo I.

Eso es lo que quiere evitar el evangelio cuando termina desafiándonos: Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? Que nuestra fe no se limite a cinco minutos o a un comentario, sino que nos impulse a clamar a Dios día y noche.

* * *

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo (17, 8-13), propone las mismas ideas aunque de forma que a muchos puede resultar políticamente incorrecta. Los amalecitas, un pueblo nómada, atacaban a menudo a los israelitas durante su peregrinación por el desierto hacia la Tierra Prometida. Una persecución parecida a la que sufrieron los cristianos por parte de Roma. Pero Moisés no espera que Dios intervenga para salvarlos; ordena a Josué que los ataque. Lo interesante del relato es que mientras Moisés mantiene las manos en alto, en gesto de oración, los israelitas vencen; cuando las baja, son derrotados. Pero a los judíos nunca le faltan ideas prácticas para solucionar el problema. Lee el texto.

            En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín. Moisés dijo a Josué:

            ‒ Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano.

            Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a Amalec; mientras Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte. Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía baja, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.

Este texto se ha elegido porque va en la línea de orar siempre sin desanimarse que intenta inculcar el evangelio. Pero la idea de usar la oración para matar amalecitas no parece la más evangélica.

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Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. 16 octubre, 2016

domingo, 16 de octubre de 2016
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“Para mostrar (a sus discípulos)  la necesidad de orar siempre, sin desanimarse, Jesús les contó esta parábola. Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había también en aquella ciudad una viuda que no cesaba de suplicarle: `hazme justicia frente a mi enemigo`. El juez se dijo: ´aunque no temo a Dios ni respeto a nadie, es tanto lo que esta viuda me importuna, que le haré justicia para que deje de molestarme de una vez´. Y el Señor añadió: ´cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará fe en la tierra?”.

LUCAS 18,1-18

¡Qué bella invitación nos hace Jesús! Nos llama a perseverar, a confiar en nuestro Dios.

La oración cristiana es una relación personal con Dios. Relación que nos descubre lo que en verdad somos: ¡Hijas e hijos de Dios! No hay mayor gozo para una persona buscadora de interioridad, de trascendencia que saber que Dios Padre está esperando nuestra súplica insistente, como la de la viuda.

Súplica que no es un movimiento de labios distraído, sino un balbuceo del corazón, una mirada confiada, un dejar que el corazón distendido descubra la ternura de Dios Padre-Madre, que no responde cansado y malhumorado como el juez, sino con amor tierno a nuestras miradas, a nuestras búsquedas a nuestras añoranzas de interioridad, de plenitud como dice Jeremías 31,1, “con amor eterno te amo, por eso te he atraído con misericordia”.

Este es el fin de nuestra oración: llegar a las entrañas de Dios, dejarnos tocar, dejarnos atraer por su Amor. Y esta experiencia tiene retorno, no queda en las nubes perdida,  sino que nos enseña: “aprended a hacer el bien, buscad el derecho, proteged al oprimido, socorred al huérfano, defended a la viuda” (Is. 1,17) todo lo contrario del juez.

 Abre tu corazón, levanta la mirada más allá de lo tangible y con corazón suplicante pon en manos de Dios Padre-Madre el dolor de nuestras hermanas y hermanos.

Bien puedes acabar esta reflexión poniendo tu fe en manos del Dios de Jesús, y acoger la frase que nuestro Dios pone en boca del profeta Oseas, 14,9b, “Yo escucho tu plegaria y velo por ti”.

ORACIÓN

Señor, yo creo, yo quiero creer en Ti.

Señor, haz que mi fe sea pura, sin reservas, y que penetre en mi pensamiento, en mi modo de juzgar las cosas divinas y humanas.

Señor, haz que mi fe sea libre, que acepte las renuncias y los riesgos que comporta: creo en Ti, Señor.

Señor, haz que mi fe sea fuerte, que no tema los múltiples problemas que llenan nuestra vida.

Señor, haz que mi fe sea gozosa y dé paz y alegría a mi espíritu, y lo capacite para la oración con Dios y para la conversación con los hombres.

Señor, haz que mi fe sea activa: sea verdadera amistad contigo y sea tuya, en los sufrimientos, que sea una continua búsqueda, un testimonio continuo, una continua esperanza.

Señor, haz que mi fe sea humilde, que se rinda al testimonio del Espíritu Santo. Amén.

Pablo VI

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Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no tiene que hacer justicia humana

domingo, 16 de octubre de 2016
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persistent_widow-60184351_stdComentar las lecturas de hoy es complicado porque partiendo de ellas, tenemos que concluir literalmente lo contrario de lo que dicen. La 1ª:el mito de la elección. El Dios de Jesús no puede estar en contra de nadie. Amalec es para Dios tan querido como el pueblo israelita, aunque los judíos sigan pensando otra cosa. La 2ª: El mito de la inspiración. No toda la Escritura es útil para enseñar. Recordad las palabras de Jesús: habéis oído que se dijo… pero yo os digo… La 3ª: el mito de la justicia de Dios. Ni ahora ni después, ni al que se lo pida con insistencia ni al que no se lo pida, va a hacer justicia humana de ninguna manera.

La Escritura es fruto de una experiencia religiosa, pero está expresada en conceptos que corresponden a una visión mítica del mundo. Al entenderla y juzgarla desde nuestra mentalidad, que ya no es mítica, distorsionamos el mensaje. Debemos tener la valentía de separar el mensaje, del envoltorio en que ha sido transmitido. Nuestra teología ha sido un intento de convertir el mito en logos. La racionalización del mito nos impide descubrir su valor y nos lleva a una falsificación de la verdad que en él se contiene. A este proceso que ha durado veinte siglos, le podíamos llamar mitologización. Por eso desde Bultmann se habla de una necesaria desmitologización.

La modernidad cometió el error de lanzar por la borda la increíble riqueza de la experiencia religiosa, porque confundió el embalaje mítico en que venía presentada con la verdad que quería trasmitir. Con el agua del baño hemos tirado por la ventana al niño. Pero las religiones, sobre todo la nuestra, siguen manteniendo el error de no querer prescindir del envoltorio porque, después de tanto tiempo insistiendo en que había que mantener a toda costa el mito, ahora no tienen la valentía de proponer la verdad separada del mismo mito.

También hoy es imprescindible atender al contexto para entender el texto. A continuación del relato de los diez leprosos que hemos leído el domingo pasado, le preguntan a Jesús los fariseos sobre cuando llegará el Reino de Dios. Jesús responde con afirmaciones sobre el Reino de Dios y sobre la última venida del Hijo del hombre. Con la perspectiva de ese pequeño apocalipsis, el relato de hoy cobra su verdadero sentido. No trata de prevenir cualquier desánimo, sino del peligro de caer en el desaliento porque la parusía se retrasaba demasiado. Recordemos que la expectativa de un final inmediato, era el ambiente en que se vivió el primer cristianismo.

La parábola del juez y la viuda no tiene aplicación posible desde nuestra religiosidad actual. No se trata solo de no confundir al juez injusto con Dios. Es que ni siquiera podemos esperar que haga justicia. Hoy sabemos que Dios no puede tener ahora una postura y otra para dentro de una hora o para el final de los tiempos. Dios es siempre el mismo y no puede cambiar para amoldarse a una petición. No tenemos que esperar al final del tiempo para descubrir la bondad de Dios. Se puede descubrir a Dios presente, incluso en todas las calamidades, injusticias y sufrimientos que los hombres nos causamos unos a otros.

El tema es de máxima importancia, porque la oración, en cualquiera de sus formas, es una de las manifestaciones religiosas que más nos dice sobre nuestra manera de entender a Dios y al hombre. En concreto, lo que esperamos de la oración de petición nos puede servir de test para comprender el estadio en que se encuentra nuestra religiosidad. Agustín, con su genialidad, nos ha metido por un callejón sin salida cuando afirmó que la oración no era eficaz, quia malum, quia mala, quia male. Que quiere decir: porque soy malo, porque pido cosas malas, porque las pido de mala manera. Este razonamiento es insostenible, porque, constatado que Dios no responde, nos las arreglamos para dejar a salvo a Dios, pues la culpa la tenemos siempre nosotros.

De manera menos lapidaria yo me atrevo a decir: Si rezamos, esperando que Dios cambie la realidad: malo. Si esperamos que cambien los demás, malo, malo. Si pedimos, esperando que el mismo Dios cambie: malo, malo, malo. Y si terminamos creyendo que Dios me ha hecho caso y me ha concedido lo que le pedía: rematadamente malo. Cualquier argucia es buena, con tal de no vernos obligados a hacer lo único que es posible y además, está en nuestras manos: cambiar nosotros.

No es tarea de Dios impartir justicia humana, y la justicia divina se está realizando en todo momento. Para Él todo está en orden en cada instante. El que es objeto de injusticia no será afectado en su verdadero ser si él no se deja arrastrar por la misma injusticia. La justicia humana se impone por el poderjudicial.Cuando pedimos a Dios que imponga “justicia” le estamos pidiendo que actúe como los poderosos. Dios no puede actuar contra nadie por muchas fechorías que haya hecho. Dios está siempre con los oprimidos, pero nunca para concederles la revancha contra los opresores.

En la Biblia “hacer justicia” es liberar al oprimido. Ésta era la acción más propia de Dios. El pueblo de Israel interpretó los acontecimientos favorables como acción de Dios a su favor. Pero cuando las cosas le iban mal tenían que concluir que se debía a que no habían sido fieles a la Alianza. La verdad es que ante las mayores injusticias de entonces y de ahora, Dios se calla. Es muy difícil armonizar este silencio de Dios con la insistencia en la eficacia de la oración. Dios no puede hacer justicia, tal como la entendemos los humanos.

No se trata de la oración en general, sino de una oración muy concreta: la petición a Dios de justicia para los oprimidos. No tenemos que esperar a la acción puntual de Dios, sino descubrir su presencia en todo acontecer y en toda situación. Es mucho más importante saber aguantar la injusticia que alcanzar nuestra justicia. Es mucho más importante ser siempre “justos” que conseguir justicia de otros. La justicia de Dios es una actitud que permite descubrir todo lo que puedo esperar en el momento actual, sin que Dios tenga que hacer nada, mucho menos, teniendo que echar mano de su poder.

La oración no la hago para que la oiga Dios, sino para escucharla yo mismo y darme la ocasión de profundizar en el conocimiento de mi ser profundo. Todo ello me llevará a dar sentido al sinsentido aparente. El silencio de Dios me obliga a profundizar en la realidad que me desborda y a buscar la verdadera salida, no la salida fácil de una solución externa del problema, sino la búsqueda del verdadero sentido de mi vida en esa circunstancia. Mi justicia la tengo que hacer yo en mí. La injusticia del otro no me debe hacer injusto a mí.

Pedir a Dios justicia, aquí o para el más allá, es mantener el ídolo que hemos creado a nuestra medida. La justicia en el más allá se inventó precisamente para armonizar la idea de un Dios justo al modo humano con la hiriente realidad de una injusticia que clamaba al cielo. En tiempo de los macabeos se vio que los males que afligían a los seres humanos no se podían explicar como castigo de Dios, porque Antíoco estaba sacrificando precisamente a los más fieles a la Ley. Para superar esa contradicción se sacó de la manga un castigo y un premio para después de la muerte.

El mensaje de Jesús está sin estrenar. ¿A quién de nosotros se nos ha ocurrido alguna vez dar la túnica al que nos roba el manto? ¿Quién ha puesto una sola vez la otra mejilla cuando le han dado una bofetada? Ni siquiera admitimos la posibilidad de entrar en la dinámica del evangelio. Todo lo contrario, tratamos por todos los medios de que Dios se acomode a nuestra manera de pensar y actúe como actuamos nosotros. La única manera de ser justo es no practicar ninguna injusticia. Este es el sentido que tiene casi siempre “justicia” en la Biblia.

Meditación-contemplación

La plenitud de la justicia está en la entrega absoluta y total.
Esto no tiene nada que ver con nuestra justicia.
La mayor de las injusticias sufrida desde esta perspectiva,
es compatible con la plenitud humana más absoluta.
…………………

Jesús en la cruz, llegó a la plenitud humana porque se identificó totalmente con Dios.
Ahí está su máxima gloria.
Ese es el camino que él ha marcado para todo ser humano.
Darse totalmente es la meta más alta que puede alcanzar el hombre.
…………………

Nuestra justicia está siempre mezclada con la venganza.
Mi plenitud no está en la derrota del enemigo
sino en dejarme derrotar por mantenerme en el amor.
Esto es el evangelio. ¿Quién se lo cree?

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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La oración permanente

domingo, 16 de octubre de 2016
Comentarios desactivados en La oración permanente

12190055_984102751651193_5912908670137319560_nThe tears I shed yesterday have become rain (Thich Nhat Hanh)

16 de octubre. Domingo XXIX del TO

Lc 18, 1-8

Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres

“Las personas viajan, dijo San Agustín, para maravillarse ante las alturas de las montañas, las enormes olas del mar, los largos cursos de los ríos, la inmensa vastedad del océano, el movimiento circular de las estrellas; y, sin embargo, se contemplan a sí mismos sin mostrar el menor asombro”. No son conscientes de que orar es asomarse al interior de sí mismos.

Eso le sucedía al fariseo, que daba gracias a Dios porque no era como los demás hombres mientras el publicano no se atrevía a levantar los ojos al cielo y se golpeaba el pecho. ¡Qué diferente se ha mostrado el Papa en su reciente viaje a Arzerbaiyán y Georgia! En su visita del 3 de octubre a la catedral ortodoxa de Svetitskhovelih recordó al patriarca Elia II el versículo 1 del Salmo 133: “Cómo es bello y dulce que los hermanos vivan juntos en armonía”Alguien dijo que la música–y otro tanto podríamos decir del Evangelio–, está más relacionada con la vida interior que con la realidad externa. Por eso tanto una como otro son capaces de transformar internamente al hombre.

No me gusta el Moisés de Éxodo 17 con los brazos levantados para pedir a Dios la victoria de Josué contra Amelec en Refidim, quizás influenciado por la vana promesa del Salmo 120: “el auxilio viene del Señor que hizo el cielo y la tierra”.

¿Pero qué Dios puede ser ese que permite vencer al enemigo pasando al ejército  y al pueblo por la espada? ¿Es que puede haber oración de venganza? La del profeta y legislador de Israel fue perseverante y vengativa. Hasta que se puso el sol estuvo en oración. Pagó su pecado no pudiendo alcanzar la Tierra Prometida. Únicamente la vio desde el Monte Nebo con aquella mirada de deseo con que le esculpió Miguel Ángel en mármol de Carrara, y las Tablas de la Ley –ley más que amor bajo su brazo.

Su protector Julio II, conocido como el “Papa Guerrero” por la intensa actividad política y militar de su pontificado (1503 a 1513), manejaba con más destreza la espada para derrotar a sus enemigos que las rodillas para pedir por ellos. Frecuentaba con más devoción los campos de batalla que la iglesia. Todo lo contrario de lo que dice y hace nuestro Papa Francisco que, en carta vaticana del 7 de julio de 2016 a los obispos les propone la “Red Mundial de la Oración al servicio de los desafíos de la humanidad y de la misión De la Iglesia.

Los empobrecidos tienen que empezar y perseverar en la lucha por la justicia con palabras y hechos. Incluso teniendo en cuenta que hay jueces y sistemas inicuos que, con toda seguridad, no sólo no defenderán su causa, sino que la tildarán de subversión, rebelión, terrorismo y peligro para la nación y para la estabilidad social. Lucas nos propone hoy la parábola de la viuda y el juez injusto, en la que nos manifiesta la necesidad de “orar siempre y no desmayar”. El mejor camino para ello es, como decía Thich Nhat Hanh: “Las lágrimas que derramé ayer, se han convertido en lluvia”. En nube que fecunda la tierra y todo lo transforma.

Hablando de la dimensión religiosa de su poesía, decía Dámaso Alonso que en ella estaba, precisamente, “la raíz de su pensamiento poético”. En su soneto Hombre Dios podemos apreciarlo claramente.

HOMBRE DIOS

Hombre es amor. Hombre es un haz, un centro
donde se anuda el mundo. Si Hombre falla
otra vez el vacío y la batalla
del primer caos y el Dios que grita «¡Entro!»

Hombre es amor, y Dios habita dentro
de ese pecho y profundo, en él se acalla;
con esos ojos fisga, tras la valla,
su creación, atónitos de encuentro.

Amor-Hombre, total rijo sistema
yo (mi Universo). ¡Oh Dios, no me aniquiles
tú, flor inmensa que en mi insomnio creces!

Yo soy tu centro para ti, tu tema
de hondo rumiar, tu estancia y tus pensiles.
Si me deshago, tú desapareces.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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