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La Buena Noticia

viernes, 14 de febrero de 2020
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(Foto de David la Chapelle)

La «buena noticia» del Evangelio es el anuncio de un perdón otorgado de manera indistinta a todos, un perdón gratuito, alegre, preveniente, sin condiciones ni «penitencias», salvo la de abrirse a él y dejarle cambiar nuestros corazones. Pero he aquí que Jesús nos habla de pecados irremisibles y eternos. ¿Existe, pues, un pecado que no puede ser perdonado? ••] El Antiguo Testamento era el reino del Padre, que se revelaba a través de la naturaleza y la historia del pueblo judío; ahora bien, esta revelación era provisional y progresiva y convenció a pocos. […] El Nuevo Testamento es el reino del Hijo, pero su gloria estuvo velada durante los días de la encarnación e irradió sólo después de la ascensión. Decepcionó, desanimó, produjo descontento entre sus conciudadanos, sus seguidores, su familia, sus discípulos. […]

        Ahora bien, el tiempo de la Iglesia es el reino del Espíritu Santo. Se trata del esfuerzo supremo, definitivo, de Dios para manifestarse a nosotros. Ya no es preciso esperar otros, porque no hay una cuarta persona de la Trinidad. A quienes no convenza el testimonio del Espíritu Santo no les queda más esperanza de salvación. En efecto, por continuar esperando, a pesar de todo, una nueva revelación de Dios, terminan por caer en las trampas del Anticristo. Este recogerá a cuantos piensan que Dios no hubiera debido hacerse reconocer a través del amor, sino a través de signos más eficaces, como la fuerza, el prestigio, el miedo, el dinero, la disciplina, la eficiencia. […] Nuestras iglesias, frías e impersonales, son, con frecuencia, lugares en los que circula poco el Espíritu de amor incluso cuando están llenas de cristianos. Estos se encuentran más yuxtapuestos que reunidos.

        La indiferencia recíproca que reina entre los presentes desanima el intento de un encuentro fraterno. Por eso el Espíritu de amor no se hace visible, y nadie se convierte asistiendo a ciertas misas dominicales. […] Nuestro mundo dividido, desfigurado por el odio, por el racismo, por la droga, por la violencia, se convertirá ante comunidades cristianas en que valga la pena vivir, creer, comprometerse. Es fácil convertir al mundo: basta con hacer visible al Espíritu Santo.

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Louis Evely,
Meditazioni sul Vangelo,
Asís 1975, pp. 154-156

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Con un poco de sal

lunes, 10 de febrero de 2020
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salt-of-the-earthJesús se ve que conocía la costumbre riojana. Cuando se asan chuletas al fuego encima de la parrilla, se echa sal a las ascuas, para que tomen fomento y se enciendan más.

Es sorprendente cuando me encuentro con algún texto de personas, creyentes o no, que me impresionan y me hacen pensar. Una tarea a realizar como misión evangelizadora es dar a conocer lo bueno y lo positivo. Hay muchas películas y libros y videos… Qué labor más bonita y cómo animan. Después de ver Silencio, muchas personas nos interrogamos tanto, por lo menos, como si viéramos una película religiosa.

Los que estamos con problemas de tensión arterial, nos ponen poca sal en las comidas. Y da la impresión de que en nuestra iglesia andamos mal de tensión y enseguida se nos sube de tono, y rechazamos y no descubrimos a Jesús en lo no religioso.

Ayer me encontré con un señor a quien le falta una pierna y va sobre una bicicleta: “voy a la cárcel de jóvenes porque un joven quiere hablar conmigo” y allá se va y rocía de sabor la vida y abre horizontes.

Por las noches en el verano está el campo plagado de luciérnagas. Pequeñas lucecitas. Si damos a conocer menos discursos pero más hechos positivos, con un poco de sal, eso son lucecitas. Ahí creo que está mi misión como cristiano.

Ya lo decía Helder Camara: “La sal tiene que estar mezclada con las alubias” Si no, no da sabor. Nuestras experiencias no las podemos dejar guardadas en nuestro arcón, sino en la vida, saliendo al periódico, dialogando en las pequeñas terrazas de la vida, del trabajo, de la diversión.

Me sorprende. Soy aficionado a escribir cartas al director en el periódico y sé que hay muchas personas que lo leen y que llegan a pensar a favor o en contra, pero intento que transmitir el sabor de la vida.

La comida demasiado salada no hay quien la coma, con un poco de sal, da gusto.

No se trata de atiborrar de grandes enseñanzas. Con una pizca de sal, especialmente si tiene humor, cala y penetra más. Me va sucediendo que los últimos cuatro domingos, se me ha ocurrido un chiste en cada evangelio. Y eso cala. Somos sal y luz con la vida, la palabra, los hechos. Aunque a veces la sal escuece las conciencias.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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“La luz de las buenas obras”. 5 Tiempo ordinario – A (Mateo 5,13-16)

domingo, 9 de febrero de 2020
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12-05-to-600x894Los seres humanos tendemos a aparecer ante los demás como más inteligentes, más buenos, más nobles de lo que realmente somos. Nos pasamos la vida tratando de aparentar ante los demás y ante nosotros mismos una perfección que no poseemos.

Los psicólogos dicen que esta tendencia se debe, sobre todo, al deseo de afirmarnos ante nosotros mismos y ante los otros, para defendernos así de su posible superioridad.

Nos falta la verdad de «las buenas obras», y llenamos nuestra vida de palabrería y de toda clase de disquisiciones. No somos capaces de dar al hijo un ejemplo de vida digna, y nos pasamos los días exigiéndole lo que nosotros no vivimos.

No somos coherentes con nuestra fe cristiana, y tratamos de justificarnos criticando a quienes han abandonado la práctica religiosa. No somos testigos del evangelio, y nos dedicamos a predicarlo a otros.

Tal vez hayamos de comenzar por reconocer pacientemente nuestras incoherencias, para presentar a los demás solo la verdad de nuestra vida. Si tenemos el coraje de aceptar nuestra mediocridad, nos abriremos más fácilmente a la acción de ese Dios que puede transformar todavía nuestra vida.

Jesús habla del peligro de que «la sal se vuelva sosa». San Juan de la Cruz lo dice de otra manera: «Dios os libre que se comience a envanecer la sal, que, aunque más parezca que hace algo por fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las buenas obras no se pueden hacer sino en virtud de Dios».

Para ser «sal de la tierra», lo importante no es el activismo, la agitación, el protagonismo superficial, sino «las buenas obras» que nacen del amor y de la acción del Espíritu en nosotros.

Con qué atención deberíamos escuchar hoy en la Iglesia estas palabras del mismo Juan de la Cruz: «Adviertan, pues, aquí los que son muy activos y piensan ceñir el mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios… si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración».

De lo contrario, según el místico doctor, «todo es martillear y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aún a veces daño». En medio de tanta actividad y agitación, ¿dónde están nuestras «buenas obras»? Jesús decía a sus discípulos: «Alumbre vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria al Padre».

José Antonio Pagola

 

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“Vosotros sois la luz del mundo”. Domingo 9 de febrero de 2020 5º Domingo Ordinario

domingo, 9 de febrero de 2020
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13-ordinarioa5Leído en Koinonia:

Isaías 58,7-10: Romperá tu luz como la aurora.
Salmo responsorial: 111: El justo brilla en las tinieblas como una luz.
1Corintios 2,1-5: Os anuncié el misterio de Cristo crucificado.
Mateo 5,13-16: Vosotros sois la luz del mundo.

Las lecturas de hoy tienen como tema central la justicia de Dios, expresada plenamente en el amor misericordioso para con el prójimo. El relato que leemos del profeta Isaías se enmarca en el contexto del ayuno, en donde se realiza una fuerte crítica al pueblo de Israel por sus prácticas religiosas desarticuladas de la fe y la justicia con los pobres. El profeta llama a realizar el verdadero culto a Yahvé, ligado íntimamente con la justicia y la misericordia. Las prácticas religiosas deben salir del corazón y deben dar como fruto una verdadera justicia social, concretizada en el compartir del pan con el hambriento, en la solidaridad con los que sufren, en preocuparse visceralmente por los hermanos pobres, pues en ellos, en los abatidos, en los mal vistos, es donde el mismo Dios se revela; es en ellos donde la luz de Dios se hace presente; es donde el Dios de Israel verdaderamente habita.

En relación con lo anterior, Pablo expresa a los corintios que el misterio de Dios anunciado por él no se fundamenta en la sabiduría humana, sino en el mismo Señor crucificado, lo cual significa que es Dios quien ha actuado en Pablo y en la comunidad. Es relevante que Pablo se refiera a la cruz de Cristo como el elemento esencial de su predicación. Con ello quiere hacer presente el verdadero rostro de Dios que se revela no a los sabios ni a los poderosos, sino a los más vulnerables de la sociedad. De ahí que el anuncio de la Palabra transformadora de Dios no pertenezca al mundo de la sabiduría humana, sino a la fuerza salvífica del Espíritu de Dios; es decir, que la fe y su debido comportamiento moral, sintetizado en la justicia y en la misericordia, sea una iniciativa exclusiva de Dios, una acción liberadora que penetra en el corazón del ser humano y que lo empuja a actuar de una manera coherente con la Palabra escuchada. Por tanto, el anuncio del misterio de Dios realizado por Pablo a la comunidad griega de Corinto es su propia experiencia de Cristo; lo que realmente anuncia es la vivencia de ese mensaje.

El evangelio de hoy, de Mateo, expresa cuál es la misión de los creyentes de todos los tiempos: ser sal y luz para el mundo. Tanto la sal como la luz son elementos necesarios en la vida cotidiana de las familias. La sal da sabor a las comidas, conserva los alimentos, purifica; en la antigua Palestina servía para encender y mantener el fuego de los hornos de tierra. Por su parte, como es sabido, la luz disipa las tinieblas, ilumina y orienta a las personas; es la metáfora perfecta que emplea el AT para hacer referencia a Dios; y es la tarea de los profetas y en especial la del Mesías: ser luz de las naciones (Is 42,6). Sal y luz, entonces, hablan de la tarea del seguidor fiel de Jesús: Expresar la fe, su integración con el proyecto de Dios a través del testimonio de vida, a través de las buenas obras, de los buenos frutos; tiene la misión de mantener el sabor y la luminosidad de la Palabra de Dios en todo tiempo y lugar del mundo –empresa que únicamente se logra por medio de una conciencia plena de la necesidad de fomentar en la comunidad mundial la justicia y la solidaridad entre los hermanos. Leer más…

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9.2.20 . 5º domingo tiempo ordinario. ciclo A. “Sal de la tierra, Luz del cosmos. Eso es la iglesia”.

domingo, 9 de febrero de 2020
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LUZDel blog de Xabier Pikaza:

Iglesia «sabrosa«, iglesia luminosa

Sois la sal de la tierra… Vosotros, es decir, el grupo de discípulos y amigos, reunidos en la Montaña de la Nueva Creación, en torno a Jesús (Mt 5,1), los que acaban (acabamos) de escuchar y aceptar la bienaventuranzas (Mt 5,3‒12).

Vosotros (Hymeis), reunidos y preparados, “en salida”, como quiere el Papa Francisco, sois Sal de la tierra, Luz del mundo (cosmos). Sólo así sois iglesiaEsta es vuestra más honda identidad, expresada en palabras esenciales, la más honda, precisa y creadora definición de la Iglesia, que es por un lado muy pretenciosa.

Vosotros (=nosotros) sois (somos) la “sal” que sazona, conserva y pone en marcha la historia de la humanidad. Ciertamente, la Sal es Jesús, él podría haber dicho (y dice en algunos textos sapienciales): Yo soy la sal del mundo. Sal para que el mundo  tenga gusto y sabor, la “salsa” de la tierra sal que conserva e impide que la tierra se pudra, se destruya a sí misma, se vuelva un infierno, se queme a sí misma se vuelva un “basurero” de escorias, la sal de la ecología. Hemos de ser la sal para conservar la tierra.

La iglesia tiene organizaciones, ministerios, historias, jerarquía, todo eso y mucho más, incluso dinero. Pero, en sí misma, la iglesia es sal de la tierra (gê), luz del mundo (kosmos).

Sal de la tierra, en griego “ge”, en hebreo aretz. Tierra significa aquí la zona habitada del planeta: Arriba está el cielo (ouranos), por eso se dice que al principio creó Dios el cielo arriba y la tierra abajo (Gen 1, 1). Y en el piso inferior esta “lo de más abajo”, el infierno de la condena… Y el gran riesgo es convertir la tierra en invierno (en puro basurero, en gehena).

Vosotros (nosotros) sois (=somos) la luz del kosmos. La traducción bueno no es “mundo”, que es la tierra frente al “cielo”, sino kosmos, que es la totalidad de cielo y tierra, la creación entera como expresión de Dios.  En este caso, Jesús dice Yo soy la luz del Kosmos (Jn 8, 12), es decir, de la totalidad, de lo que hoy diríamos el “universo”, que abarca el cielo arriba, la tierra abajo, con los mundos inferiores. Pero Jesús no dice aquí “yo soy”, sino vosotros sois “la Luz”.

Sin hombres, el cosmos es oscuridad, se pierde en su vacío, en eso que pudiéramos llamar el “agujero negro de sí mismo”.

La luz es la primera creación… Es Dios mismo que se expande… Por eso, de manera sorprendente, la Biblia empieza diciendo que el primer día Dios creó la luz (Gen 1, 3‒4). En el principio de todo, en el primer día de Dios (Dios mismo saliendo en amor hacia los hombres) surgió la luz. La esencia de todo lo que existe es luz, en palabra sorprendente que de alguna forma ha sido confirmada por la ciencia.

La luz en sí es Dios (Dios es luz, 1 Jn 1, 5‒7; Cristo es Luz (Jn 8, 12). Pues bien ahora, de forma sorprendente, Jesús dice: Vosotros (hymeis) sois la luz del kosmos.  La luz alumbre, permite  ver, ilumina… Pues bien, siendo la sal de esta tierra, los hombres (la iglesia), somos luz del kosmos entero, detodas las cosas, entendidas como hermosura, equilibrio… En ese sentido se utiliza todavía la palabra kosmos‒cosmética: Aquello que adorna y embellece.

Esto ha de ser la Iglesia de Jesús. Iglesia no sólo en salida, como quiere Francisco, sino Iglesia en esencia, en su identidad más honda:

  1. La iglesia  es Sal‒Halas tês gês (sal de la tierra). Esta es la iglesia‒sal, la humanidad que conserva y sazona, la humanidad que da sabor a todas las cosas… La humanidad salario. Salario es la paga con sol, es el “dinero” del ejército romano, quería “conquistar el mundo entero” con la paga de sal (=salario) que daba el emperador o el general a los soldados. Ése es el auténtico “capital”, el verdadero “salario” de la Iglesia, de la nueva humanidad, no para apoderarse de todo, sino para transformarlo todo en tierra de sabor, tierra viva, sin riesgo de muerte. Ésta es la mayor riqueza, el “capital” de la iglesia, su auténtico “dinero”, dinero que es “sal” para conservar la tierra, que sea sabrosa, gozosa… Eso debemos ser, la iglesia en esencia, sal de la tierra entera.
  2. La iglesia  es Luz‒Phos tou kosmou (luz del mundo entendido como kosmos, totalidad hermosa…). La Luz es lo que nos permite ver, los que modela la figura de todas las cosas, lo que alumbra, nos permite vernos, compartir la vida… Es la hermosura del mundo. Esto es la luz, esto es la Iglesia… Como una ciudad iluminada sobre el mundo, para que todos vean, como sentido y vida del cosmos. Esto es la Iglesia (presencia de Dios, que es luz; presencia de Cristo que es Luz).

Sal‒Lux, éste es mi primer recuerdo de la teología y vida de la Iglesia. Yo era un niño, el año 1949-1950, cuando supe que mi tío Antonio Ibarrondo, que había sido oficial y soldado en la Guerra de España, alistado a la fuerza en las fuerzas «nacionales» cuando estudiaba en el teologado mercedario en Poio  (del 1936 al 1939) (a diferencia del resto de sus hermanos, “republicanos” vascos)…, que era “maestro de estudiantes” del coristado  o “coro de frailes” de Poio había fundado una revista llamada Sal‒Lux, el año 1949 (imágenes).

Le pregunté más tarde por qué ese nombre Sal‒Lux, Sal‒Luz, y me dijo… “porque vi en la guerra”, entre trincheras de violencia, que era necesaria una iglesia que fuera sal de vida para todos (para conservar y dar sabor, no para matar); porque vi que era imprescindible una iglesia luz para todos (para alumbrar con la vida, no con las bombas de guerra, como en la batalla del Ebro donde sobrevivimos algunos por milagro de Dios).

 Y así fue como mi tío maestro y sus estudiantes “coristas” mercedarios de Poio crearon una revista titulada Sal‒Lux, que se publicó durante veinte años (hasta el 1969‒1970), como referencia cultural y religiosa. En esa revista (cf. imágenes) aprendí a escribir; de esa revista fui director dos años (1962‒1964). Por esa revista y el ideal de Iglesia que latía en su fondo soy lo que soy como teólogo y hombre de Iglesia.

   A continuación, para el que quiera seguir leyendo, pongo el texto que dedica a este pasaje del evangelio de hoy (Mt 5, 13‒16) en mi Comentario de Mateo… Y un par de referencias de mi Diccionario de la Biblia. Un saludo a todos. Buen domingo de la iglesia Sal, de la iglesia Luz del mundo.

 Sal de la tierra, luz del mundo

  Estos símbolos habían sido utilizados por Marcos (cf.  mMc 9, 50; 4, 21), y reutilizados por Lucas en su contexto antiguo (14, 34-35 y 11, 33). Sólo Mateo los ha vinculado y unificado desde la perspectiva de las bienaventuranzas (5, 3‒11), que habían aparecido como programa mesiánico/sapiencial abierto a todos (en tercera persona). Antes de precisar la aplicación de la nueva “ley” de Jesús vienen estas palabras sobre la experiencia clave de la comunidad, entendida desde la tradición del judaísmo; ellas expresan ahora la identidad más honda de la Iglesia (¡vosotros sois!), en una línea que puede compararse a la de la semilla y la levadura de Mt 13, 31-33:

5 13 Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se desala ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada, sino para ser arrojada afuera y pisoteada por los hombres.14 Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada sobre un monte. 15 Ni encienden una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los de la casa. 16 Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos[1].

La sal es un signo ambivalente, es desolación y desierto (como en el Mar de la Sal, Mar Muerto, a poca distancia de Jerusalén), y de condimento alimenticio y componente de los sacrificios (cf. Lev 2, 13). Un texto enigmático de Marcos afirma que «todo será salado en (con) fuego. Buena es la sal. Pero si la sal se desala, ¿con que la sazonareis?» (Mc 9,50). Esta imagen   ofrece una interpretación de conjunto de la realidad, partiendo del riesgo de condena que Jesús ha vinculado al rechazo (escándalo) de los pobres.

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La sal y la luz. Domingo 5º TO. Ciclo A

domingo, 9 de febrero de 2020
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imagesDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Brille vuestra luz a los hombres

El domingo pasado, al celebrar la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, no leímos el comienzo del Sermón del monte, las bienaventuranzas, fundamentales para entender estas dos breves parábolas que siguen.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

            Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

            Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del candelero, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

Diseccionando el texto

            Aunque empiezan de forma muy parecida, el desarrollo de las dos parábolas es distinto.

            La primera consta de dos elementos: afirmación (vosotros sois la sal) y advertencia sobre el peligro de perder el sabor.

            La segunda es más compleja, consta de cuatro elementos: entre la afirmación (vosotros sois la luz) y la advertencia sobre el peligro de meter la lámpara en el armario, encontramos una nueva imagen sobre la ciudad en lo alto del monte, y termina con una exhortación a hacer brillar nuestra luz.

            Pido perdón por destripar el texto, pero lo hago para dejar claro la difícil tarea de los evangelistas, que reunieron palabras pronunciadas por Jesús en diversos momentos, y no tenían la posibilidad moderna de marcar bloque y trasladar o borrar sin enorme gasto de tiempo y de dinero.

El contexto: las parábolas y las bienaventuranzas

            El evangelio de Mateo sitúa estas dos parábolas inmediatamente después de las bienaventuranzas, que hablan de las personas que pueden interesarse por el mensaje de Jesús y entenderlo, las que pueden entrar a formar parte de la comunidad cristiana (el reinado inicial de Dios). Proclamando los valores más inauditos, son un canto de esperanza para todos los que se sienten marginados por la sociedad y el estamento religioso: Dios Rey los acoge como súbditos.

            Pero Mateo, siempre realista, no quiere que los cristianos lancemos las campanas al vuelo, que nos sintamos maravillosos y al seguro. Por eso, antes de entrar en el cuerpo central del Sermón del Monte, nos da un doble toque de atención con estas dos parábolas.

Los dos peligros

            Leídas juntas, las dos parábolas pretende ilusionar a los oyentes recordándoles que Dios les ha concedido la capacidad de dar sabor, y energía para iluminar a todos los hombres, redundando en gloria de Dios.

            Pero caben dos peligros: el prime­ro, perder la energía (parábola de la sal); el segundo, ocultarla (parábola de la luz del mundo).

            ¿Cómo se puede perder la energía? Más adelante, en la parábola del sembrador, Mateo ofrece unas pistas cuando habla de la semilla sembrada entre cardos: las preocupaciones mundanas y la seducción de la riqueza lo ahogan, y no da fruto (Mt 13,22).

            ¿Cómo conservar la energía? Si tomamos como modelo a Jesús, sus dos fuentes de energía fueron la oración (tema que subrayan los cuatro evangelios) y el contacto directo con el prójimo, especialmente con los más necesitados (enfermos, marginados).

            ¿Cómo ocultar la luz? Dejándonos arrastrar por lo cómodo y fácil. Jesús fue luz del mundo porque no se recluyó cómodamente en su mundo, prefirió el esfuerzo, el riesgo, el cansancio, la adversidad y la muerte.

¿Cómo hacer que brille nuestra luz? 1ª lectura (Is 58,7-10)

            La primera lectura, tomada del c.58 de Isaías, encaja perfectamente con la parábola de la luz.

            Así dice el Señor:
Parte tu pan con el hambriento,
hospeda a los pobres sin techo,
viste al que ves desnudo,
y no te cierres a tu propia carne.
Entonces romperá tu luz como la aurora,
en seguida te brotará la carne sana;
te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor, y te responderá;
gritarás, y te dirá: «Aquí estoy».
Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia,
cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente,
brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.

            Tras la destrucción de Jerusalén y la deportación a Babilonia (año 586 a.C.), la situación del pueblo judío fue trágica, incluso después de la vuelta del destierro (año 538 a.C.). La capital siguió prácticamente despoblada hasta mediados o finales del siglo V (época de Nehemías) y la situación económica era de absoluta penuria. El pueblo se sentía como un cuerpo enfermo y sumergido en tinieblas.

            En esas circunstancias de desánimo, busca la solución en una serie de ceremonias religiosas, especialmente el ayuno (que implicaba no sólo abstenerse de alimentos sino también realizar otros ritos, como cubrirse de saco y ceniza, etc.), para ganarse el favor de Dios. Pero Dios no hace nada. Y el pueblo se queja y protesta. «¿Para qué ayunar si no haces caso?» Dios responde por medio del profeta: si quieres que tu situación mejore, que brille tu luz en las tinieblas, que rompa tu luz como la aurora, comprométete con el que pasa hambre, tiene sed, está desnudo y sin techo (las famosas obras de misericordia, que se conocían ya en el antiguo Egipto); destierra la opresión y la maledicencia.

            Hay una idea capital en esta lectura. Cuando habla de los necesitados termina diciendo: «y no te cierres a tu propia carne». El hambriento, desnudo o sin techo no es un ser extraño, ajeno a mí, al que hago un favor si me apetece. Es mi propia carne, que reclama cuidado y atención, como un miembro cualquiera de nuestro cuerpo.

¿Cómo hizo brillar Pablo su luz? 2ª lectura (1 Corintios 2,1-5)

            Buscando una relación entre esta lectura y el evangelio, la luz con la que Pablo intenta iluminar a los corintios es la persona y el mensaje de Jesucristo. Pero la fuerza del texto recae en el modo de hacer brillar esa luz. La comunidad de Corinto había sido fundada por Pablo. Pero cuando apareció por allí Apolo, un judío convertido al cristianismo, encandiló a todos con su sabiduría y su excelente oratoria. Muchos terminaron prefiriendo a Apolo y su modo de transmitir el evangelio. Pablo reacciona con dureza, afirmando que él nunca quiso presumir de sabio o elocuente, sino anunciar a Jesucristo, y no de cualquier manera, sino en su aspecto más escandaloso: crucificado. «Para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios».

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Domingo V del Tiempo Ordinario. 9 febrero, 2020

domingo, 9 de febrero de 2020
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Alumbre así vuestra luz a las gentes

para que vean vuestras buenas obras

y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”

(Mt 5, 13-16)

Imagínate por un momento que eres una artista famosa en el campo que quieras: poesía, escultura, pintura, cine, fotografía, moda, canto…

Tienes que imaginarte que eres una renombrada artista. Famosa, conocida, valorada. De esas que se han abierto camino poco a poco y con dificultades. Con un talento que no siempre se ha sabido reconocer.

¿Estás en situación? ¡Bien! Ahora ya eres famosa y reconocida, lo que significa que tu talento ha sido probado y educado. Te encuentras en lo mejor de tu carrera profesional y acabas de realizar tu gran obra. Todo gran artista tiene una gran obra que lo define.

Estás delante de tu escultura, tu película o tu novela acabada. Sabes que es la mejor. La cumbre del trabajo de toda tu vida.

Pues ahora redobla tu capacidad de imaginar e imagínate (si puedes) que decides no firmar tu obra maestra. No corras, piénsalo despacio.

Piensa en qué podría moverte por dentro a hacer algo así. Para ayudarte a tu reflexión puedes pensar en aquellas obras conocidas de autoras anónimas. Tantos libros y canciones antiguas…

Quizá alguna vez ha caído en tus manos algo hermoso, tan hermoso que has querido saber quién lo ha hecho y cuando te has puesto a investigar no has podido dar con el autor/autora. ¿Quién es capaz de hacer algo bonito y no firmarlo? ¿Qué puede buscar quien hace algo así?

Podemos pensar que a veces sale algo de nosotras tan bueno y bonito que descubrimos que en ello hay algo más que nuestra impronta personal, nuestro trabajo y nuestro esfuerzo.

Imagínate ahora algo más sencillo y cotidiano: un buen guiso, un jardín bonito, una casa limpia y ordenada, un cliente bien atendido, o una buena gestión…Una cosa sencillita que te ha salido tan bien que hasta tú misma te has quedado sorprendida y se te escapa una sonrisa acompañada de un gracias.

Pues algo así parece que nos invita a hacer el evangelio de hoy, a dejar que nuestras obras (grandes o pequeñas) alumbren, den luz, pero una luz, un calor, que quienes las reciban (e incluso nosotras mismas) lo que les salga sea dar gracias a Dios. O lo que es lo mismo: “den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”

Oración                        

“Alumbre así vuestra luz a las gentes para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Déjate iluminar e iluminarás. Preocúpate de ser una persona salada.

domingo, 9 de febrero de 2020
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mateo-5-13-16Mt 5,13-16

El texto que acabamos de escuchar es continuación de las bienaventuranzas, que leímos el domingo pasado. Estamos en el principio del primer discurso de Jesús en el evangelio de Mt. Es, por tanto, un texto al que se le quiere dar suma importancia. Se trata de dos comparaciones aparentemente sin importancia, pero que tienen un mensaje de gran valor para la vida del cristiano, pues su tarea más importante sería estar ardiendo e iluminar.

El mensaje de hoy es simplicísimo, con tal que demos por supuesta una realidad que es de lo más complicada. Efectivamente, todo el que ha alcanzado la iluminación, ilumina. Si una vela está encendida, necesariamente tiene que iluminar. Si echas sal a un alimento, necesariamente quedará salado. Pero, ¿qué queremos decir cuando aplicamos a una persona humana el concepto de iluminado? ¿Qué es una persona plenamente humana?

Todos los líderes espirituales, pero sobre todo en el budismo, enseñan lo mismo. Buda significa eso: el iluminado. ¡Qué difícil es entender lo que eso significa! En realidad solo lo podemos comprender en la medida que nosotros mismos estemos iluminados. Está claro, sin embargo, que no nos referimos a ninguna clase de luz material ni de ningún conocimiento especial. Nos referimos más bien a un ser humano que ha despertado, es decir, que ha desplegado todas sus posibilidades de ser humano. Estaríamos hablando del ideal de ser humano.

Esto es precisamente lo que nos está diciendo el evangelio. Da por supuesto todo el proceso de despertar y considera a los discípulos ya iluminados y en consecuencia, capaces de iluminar a los demás. Pero como nos dice el budismo, eso no se puede dar por supuesto, tenemos que emprender la tarea de despertar. Sería inútil que intentáramos iluminar a los demás estando nosotros apagados, dormidos. En el budismo el iluminar a los demás estaría significado por la primera consecuencia de la iluminación, la compasión.

Hay un aspecto en el que la sal y la luz coinciden. Ninguna es provechosa por sí misma. La sal sola no sirve de nada para la salud, solo es útil cuando acompaña a los alimentos. La luz no se puede ver, es absolutamente oscura hasta que tropieza con un objeto. La sal, para salar, tiene que deshacerse, disolverse, dejar de ser lo que era. La lámpara o la vela produce luz, pero el aceite o la cera se consumen. ¡Qué interesante! Resulta que Mi existencia solo tendrá sentido en la medida que me consuma en beneficio de los demás.

La sal es uno de los minerales más simples (cloruro sódico), pero también más imprescindibles para nuestra alimentación. Pero tiene muchas otras virtudes que pueden ayudarnos a entender el relato. En tiempo de Jesús se usaban bloques de sal para revestir por dentro los hornos de pan. Con ello se conseguía conservar el calor para la cocción. Esta sal con el tiempo perdía su capacidad térmica y había que sustituirla. Los restos de las placas retiradas se utilizaban para compactar la tierra de los caminos.

Ahora podemos comprender la frase del evangelio: “pero si la se desvirtúa, ¿con qué se salará?; no sirve más que para tirarla y que la pise la gente”. La sal no se vuelve sosa. Esta sal de los hornos, sí podía perder la virtud de conservar el calor. La traducción está mal hecha. El verbo griego que emplea tiene que ver con “perder la cabeza”, “volverse loco”. En latían “evanuerit” significa desvirtuarse, desvanecerse. Debía decir: si la sal se vuelve loca o si la sal pierde su virtud, ¿cómo podrá recuperarse?  Esa sal “quemada” no servía más que para pisarla.

No podemos hacernos una idea de lo que Jesús pensaba cuando ponía estos ejemplos pero seguro que no hacía referencia a conocimiento doctrinal ni a normas morales ni a ningún rito litúrgico. Seguro que ya intuían lo que hoy nosotros sabemos: la sal y la luz es lo humano. Es curioso que haya llegado a nosotros un proverbio romano que, jugando con las palabras, dice: no hay nada más importante que la sal y el sol. Muy probablemente estas comparaciones, utilizadas en los evangelios, hacen referencia a algún refrán ancestral que no ha llegado hasta nosotros.

La sal actúa desde el anonimato, ni se ve ni se aprecia. Si un alimento tiene la cantidad precisa, pasa desapercibida, nadie se acuerda de la sal. Cuando a un alimento le falta o tiene demasiada, entonces nos acordamos de ella. Lo que importa no es la sal, sino la comida sazonada. La sal no se puede salar a sí misma. Pero es imprescindible para los demás alimentos. Era tan apreciada que se repartía en pequeñas cantidades a los trabajadores, de ahí procede la palabra tan utilizada todavía de “salario” y “asalariado”

Jesús dice que “sois la sal, sois la luz”. El artículo determinado nos advierte que no hay otra sal, que no hay otra luz. Todos tienen derecho a esperar algo de nosotros. El mundo de los cristianos no es un mundo cerrado y aparte. La salvación que propone Jesús es la salvación para todos. La única historia, el único mundo tiene que quedar sazonado e iluminado por la vida de los que siguen a Jesús. Pero cuidado, cuando la comida tiene exceso de sal se hace intragable. La dosis tiene que estar bien calculada. No debemos atosigar a los demás con nuestras imposiciones.

Cuando se nos pide que seamos luz del mundo, se nos está exigiendo algo decisivo para la vida espiritual propia y de los demás. La luz brota siempre de una fuente incandescente. Si no ardes, no podrás emitir luz. Pero si estás ardiendo, no podrás dejar de emitir luz y calor. Solo si vivo mi humanidad, puedo ayudar a los demás a desarrollar la suya propia. Ser luz significa desplegar nuestra vida espiritual y poner todo ese bagaje al servicio de los demás.

Debemos de tener cuidado de iluminar, no deslumbrar. Debe estar al servicio del otro, pensando en el bien del otro y no en mi vanagloria. Debemos dar lo que el otro espera y necesita, no lo que nosotros queremos imponerle. Cuando sacamos a alguien de la oscuridad, debemos dosificar la luz para no dañar sus ojos. Los cristianos somos mucho más aficionados a deslumbrar que a iluminar. Cegamos a la gente con imposiciones excesivas y hacemos inútil el mensaje de Jesús para iluminar la vida real de cada día.

En el último párrafo, hay una enseñanza esclarecedora. “Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre”. La única manera eficaz para trasmitir el mensaje son las obras. Una actitud verdaderamente evangélica se transformará inevitablemente en obras. Evangelizar no es proponer una doctrina muy elaborada y convincente. No es obligar a los demás a aceptar nuestra propia ideología o manera de entender la realidad. Se trataría más bien, de ayudarle a descubrir su propio camino desde los condicionamientos personales en lo que vive.

En las obras que los demás perciben se tienen que poner al descubierto mis actitudes internas. Las obras que son fruto solo de una programación externa no ayudan a los demás a encontrar su propio camino. Solo las obras que son reflejo de una actitud vital auténtica son cauce de iluminación para los demás. Lo que hay en mi interior solo puede llegar a los demás a través de las obras. Toda obra hecha desde el amor y la compasión es luz. Los que tenemos una cierta edad nos hemos conformado con un cristianismo de programación, por eso nadie nos hace

Meditación

Puedo desplegar mi capacidad de sazonar
o puedo seguir toda mi vida siendo insípido.
Puedo vivir encendido y dar calor y luz
o puedo estar apagado y llevar frío y oscuridad a los demás.
Soy sal para todos los que me rodean
en la medida que hago participar a otros de mi plenitud humana.
Soy luz en la medida que vivo mi verdadero ser.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Ser luz.

domingo, 9 de febrero de 2020
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luz-para-demasEs delicioso quedar inmersos en esta especie de luz líquida que nos hace seres diferentes y en ascuas (Paul Claudel)

9 de febrero. DOMINGO V DEL TO

Mt 5, 13-16

Brille igualmente vuestra luz ante los hombres

En la visión de Isaías de la ciudad irradiando luz desde lo alto y atribuyendo a todos los pueblos de la tierra, ve el evangelista la misión da anunciar la Buena Nueva.

Ser luz para los demás significa comprometerse con el hermano, convivir, perdonar, servir, hacer que la convivencia sea un oasis de alegría y apoyo recíproco.

Con dos imágenes de comprensión muy fácil, traza Jesús el retrato del creyente en la Iglesia:

Mt 5, 13-16
La de Sal y la de la Luz.

Y estas dos cosas las ven los demás en nosotros, cuando las mostramos con nuestras buenas obras.

Habrá que valorar también el acento en lo humilde y pequeño, un poquito de sal da mucho sabor, y una pequeña luz ilumina tanto. Pequeño o grande, como el papa Silvestre II (999-1003), al que se le conoció como “la luz de la Iglesia y la esperanza de su siglo”.

Y no olvidemos que la luz orienta y la sal condimenta.

Hemos sido invitados no a convertir todo el mundo en una salina, ni a incendiarlo, sino a permanecer generosos y fieles a nuestra vocación, que nos configura cristianos; y así sembraremos en los demás el gusto y el gozo de la esperanza.

 

No somos dueños de los cielos, ni de las grandes tormentas, pero sí siervos de sal y de la luz, que son despertadores que nos despiertan y levantan como el sonar del sol por la mañana, cuando ilumina las ideas, y la ballesta, que, con la cuerda tensa del deseo, dispara hacia los demás nuestra fosforescencia.

Se incendia, entonces sí, el bosque oscurecido de los otros, y la sal les conserva los valores.

Y al mismo tiempo que suscita en esos bosques apagados la esperanza de ser ellos también ballestas que descargan toneladas de sal y miríadas de luz, sobre los que la tienen apenas.

Y, como dijo Víctor Hugo:

“Cada hombre camina hacia la luz en su noche”.

Willigis Jäger ha escrito en Sabiduría eterna estas frases alusivas a la sal y la luz que nos atañen:

“La energía primordial que configura todas las formas y estructuras y nos regala a los hombres la auténtica interpretación de nuestra vida” 

“Adentrarse en su conocimiento representa un paso decisivo en el proceso de maduración de la humanidad” 

“La sabiduría eterna conduce a una vida en armonía con el fondo primordial del ser y nos familiariza con el auténtico significado de nuestra condición humana”.

Y Paul Claudel apunta a una luz líquida y a una sal sólida que nos ponen en brasas:

“Es delicioso quedar inmersos en esta especie de luz líquida que nos hace seres diferentes y en ascuas”.

EL BOSQUE DE LA NOCHE

Diarios de que la noche
constituía en cierto modo la patria de Julien Green,
autor de la novela.

En una ocasión dijo:
“He comprendido que somos sordos y ciegos,
que venimos de la noche para volver a la noche
sin saber nada de nuestro destino”,
en tono un tanto pesimista,
pues le pesaba el damero de la religión católica.
Y Víctor Hugo en cambio,
a quien el damero de la religión no le pesaba nada,
escribió en Las Contemplaciones esta estrofa:

“Cada hombre camina hacia la luz en su noche,
siempre el mismo tallo con la misma flor”.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Somos luz y sabor.

domingo, 9 de febrero de 2020
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mt-5-13-16Mt 5, 13-16

9 de febrero de 2020

El evangelio de este domingo nos regala unas palabras que Mateo pone en boca de Jesús con un mensaje de mucha trascendencia para el discipulado. Este texto pertenece a la segunda parte de este Evangelio en el que se refleja la intención de Jesús de construir una nueva Humanidad a pesar de la ruptura provocada en los que le escuchan. Se trata de un texto intimista en el que revela la identidad y la misión de los que deciden pertenecer a su movimiento.

Es importante destacar que las palabras de Jesús dirigidas al discipulado no son una promesa sino una realidad existencial porque les dice que ya son sal y ya son luz. Utiliza estas dos metáforas para que comprendan que están equipados de sabiduría y luz para iniciar este camino. El despliegue de esta identidad sí puede encontrarse con obstáculos que lo bloqueen, pero no que lo anulen o aniquilen.

La sal sirve para dar sabor. Las palabras sabor y sabiduría tienen la misma raíz lingüística: así como está el sabor de los alimentos, también está el sabor de la vida. Lo que le da gusto o sentido a la vida, la sabiduría, es decir: aprender a vivir como personas sin mucha más explicación. El arte no sólo de hacer las cosas, sino de hacerlas con dignidad, con consciencia, con responsabilidad, con alegría profunda. La verdadera sabiduría nos ayuda a descubrir la honda raíz de la vida y cómo invertir, de la mejor marera y en su justa medida, nuestras energías vitales. Pero hay una fuerte alerta: “si la sal pierde su sabor ¿cómo seguirá salando?” Esta frase es un proverbio usado en la literatura rabínica. Se alude a una sal extraída del mar Muerto y que perdía su sabor muy pronto. Ahora pone delante una gran responsabilidad al discipulado: la inutilidad de una fe creída desde la mente y no vivida desde la hondura humana. Situarse simplemente desde una fe creída genera ideología, pero vivida como raíz existencial genera sentido para llegar a ser lo que somos en potencialidad.

“Sois la luz del mundo”, nuevamente no es una expresión de futuro sino de lo que ya es presente. Si retomamos el relato de la Creación en el Génesis, lo primero que apreciamos es que Dios crea la luz, es la primera palabra que pronuncia como potencia creadora y que posibilita la vida. Se trata de una referencia a la luz no como materia sino a la luz como “conocimiento”, la consciencia de existir y de ser, la esencia de la que está hecha la verdadera naturaleza humana. Las tinieblas, las sombras, la oscuridad es no ser y no existir. Nuestra fuente original es LUZ. El simbolismo de la luz está muy presente en las Escrituras, pero hay dos claves que sitúan la temática de la luz en un nivel muy profundo: en la primera carta de Juan que define a Dios como LUZ sin mezcla de tinieblas; y la alusión de Pablo, en no pocas ocasiones, a que somos hijos de la luz, a caminar en la luz, a desenmascarar las tinieblas, a conectar con la luz para que nuestras obras sean luz.

La vida del discipulado transcurre en un complejo discernimiento para encontrar la medida justa de sal/sabor y la medida justa de luz. Un exceso de sal convierte en intragable cualquier alimento, un exceso de luz deslumbra hasta no ver. A veces, el discipulado se ve envuelto en un ego que vierte un exceso de sabor hasta alejar a los comensales. De la misma manera, un exceso de luz deslumbra y hace permanecer en la sombra a los que va dirigida. Esto suele ocurrir cuando se vive el discipulado como una elección exclusiva de Dios y que excluye a otros que parece no haber sido llamados. Lo mismo cuando la dosis es menor y genera una falta de sabor que diluye el sentido original o la poca luz que genera un ambiente sombrío y frío. Es la tibieza de un discipulado que no se atreve a vivir con orgullo esta misión porque sus raíces se han desconectado de la fuente y se han quedado en cumplir con los mínimos que les permite seguir justificando una vida de fe.  Las palabras en sí mismas no son luz, no son los discursos los que se convierten en faros de otras vidas o de la propia vida, sino esas palabras encarnadas, vividas, haciendo coherentes a quienes las pronuncian, sí son luz.

A través de estas palabras de Jesús somos invitados a aprender a gestionar nuestra luz y sabor / sabiduría, a vivir en conexión con nuestra verdadera identidad, a generar espacios de conocimiento de lo que es esencial para que nuestra Iglesia, nuestras comunidades, nuestro mundo, nuestra casa común, sean reflejo del movimiento profundo de la fuente de la VIDA.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Somos luz y sal

domingo, 9 de febrero de 2020
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Luz.3Domingo V del Tiempo Ordinario 

9 febrero 2020

Mt 5, 13-16

La lectura moralista –“tienes que…”, “debes…”– introduce en un voluntarismo, no solo peligroso en sus consecuencias, sino profundamente engañoso en su origen.

          Es peligroso porque, en la práctica, se desliza fácilmente hacia el fariseísmo y termina inflando el ego, que se apropia de la acción y de su esfuerzo: creo que soy “yo” el que hago, y hago “más” que otros que no se exigen tanto como yo.

          Y es engañoso porque parte de la creencia errónea de que somos carencia. Tal creencia aflora de manera espontánea en cuanto se produce la identificación con el yo. Al reducirnos a él, no podemos percibir sino su fragilidad, debilidad, necesidad y carencia. Todo ello es cierto –esa es nuestra “personalidad”–, pero no lo es que esa sea nuestra identidad.

          No somos la “forma” –carenciada– en la que se expresa; somos “Eso” que se expresa temporalmente en toda forma. Y “Eso” es plenitud atemporal e ilimitada, pura Consciencia, una con todo lo que es.

          “Eso” es luz y sal, si queremos utilizar estas metáforas. La llama no necesita hacer un “esfuerzo” para iluminar; basta –como apunta la parábola de Jesús– con no ponerle encima un celemín. Ya somos luz: solo se requiere no bloquearla. Lo cual implica actitudes de autenticidad y de transparencia.

          Así como la llama ilumina por sí misma, la luz brota en nosotros en cuanto nos vivimos con limpieza, siendo canales transparentes por los que fluye. A nosotros, como a la llama, nos basta ser lo que somos y vivirnos en coherencia con ello. Lo notaremos porque crecerá en nosotros una actitud de desapropiación y de libertad interior: dejaremos que la Vida fluya, dando luz y sabor en cada momento.

¿Desde dónde me vivo habitualmente?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Sabor a Evangelio

domingo, 9 de febrero de 2020
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5b91b-luz2bdel2bmundoDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Sal y luz: sabor y color de la vida.

         El evangelio de hoy es la conclusión de las bienaventuranzas, (Mt 5), que no leímos el pasado domingo por coincidir con la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo.

Las dos lecturas de hoy ensamblan dos símbolos: la sal y la luz. Vosotros sois la sal y la luz.

  1. Sal

         La sal conserva los alimentos además de dar sabor a la comida. La sal es un símbolo de cierta viveza: sabor y saber en la vida.

(Saber) Sabiduría no es lo mismo que ciencia: Se puede tener conocimientos y carreras universitarias, pero no saber vivir ni saborear la vida. Cuántas personas no tienen ciencia, pero saben vivir, tienen sabiduría y

         Los cristianos, la comunidad eclesial es sal de la tierra: Vosotros sois la sal de la tierra.

         Cristiano es quien tiene y transmite el buen sabor de Cristo. No quien transmite órdenes, sino quien transmite la bondad de Cristo.

         Escuchábamos al profeta Isaías en la primera lectura:

Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz.

La sal ¿se ha vuelto insípida?

         Llevamos unos años en los que la iglesia jerárquica –sobre todo un gran sector de la jerarquía hispana- dice poco, transmite escaso sentido cristiano. Anda atosigada con media docena de cuestiones morales, que no son centrales ni mucho menos al cristianismo: la propiedad del patrimonio eclesiástico, la fecundación in vitro, la homosexualidad, la cuestión de género, peregrinaciones, etc.

         ¿Dónde ha quedado el contenido y el sabor del Evangelio de JesuCristo?

         ¿Dónde han quedado las bienaventuranzas, el amor?

Dónde han quedado el: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres en ti mismo

  1. Luz

     El símbolo de la luz está muy presente en la Biblia (y en la vida). La luz es el principio de la creación de la vida (Gn 1,3). El pueblo que vivía en tinieblas, vio una gran luz, (Mt 4,16). Yo soy la luz (Jn 8,12; 9,5).

Solemos emplear el símbolo de la luz en los momentos más importantes de la vida: las madres “dais a luz”. Cuando morimos, alguien nos deseará y pedirá a Dios Padre que nos “conceda la luz eterna”. En situaciones difíciles: no vemos la luz, la salida. A veces nos encontramos con personas que “no tiene luces” o a nosotros mismos nos “faltan las luces” por debilidad, cansancios, etc.

         Como cristianos nos acercamos a quien es la Luz para que Él ilumine nuestra vida y nosotros transmitamos, reflejemos un poco de luz. Los cristianos somos como Juan Bautista, no somos la luz: Cristo es la luz.

  1. Todos hemos de iluminar y ser sal en la vida.

         La vida nos llama a ser luz: como padres de familia que ilumináis la vida de vuestros hijos; a veces como compañeros y amigos que no ayudamos, nos “iluminamos”: “quien encuentra un amigo encuentra un tesoro”, dice la Biblia, aunque no hace falta que lo dijera. En una comunidad religiosa es importante la luz y el sabor que proyectamos y dejamos, (hay quien todo lo ve negro y de sabor amargo; también se puede encender una vela y hacer un poco de luz). La responsabilidad de un profesor, de un maestro es grande a la hora de iluminar, de enseñar más con su testimonio que con su ciencia. Los psicólogos, los médicos iluminan también la vida, los problemas de las personas: un buen consejo, enseñar a vivir, etc. Los presbíteros, los catequistas tenemos una responsabilidad de transmitir la luz de Cristo

         Otras profesiones también iluminan (a veces no sé si ciegan) la vida de los demás: periodistas, científicos, incluso políticos

  1. alumbre así vuestra luz.

Lo eclesial y lo eclesiástico en nuestro momento diocesano.

         Dado el momento y la situación de nuestra diócesis. Necesitamos luz, sal, paz, calma, interioridad. ¿O es que no se quieren ver las cosas?

La luz y la sal no están en la doctrina teórica, ni en disciplina eclesiástica, menos en el uso del poder despótico, (1Ped 5,1-4).

La luz cristiana está en el corazón compasivo y misericordioso

         ¿Cuándo alumbra la luz del evangelio, cuándo transmitimos esa luz? La respuesta la encontramos en la primera lectura de hoy del profeta Isaías:

«Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía

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“Fe sencilla”. Presentación del Señor – A (Lucas 2,22-40)

domingo, 2 de febrero de 2020
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presentationEl relato del nacimiento de Jesús es desconcertante. Según Lucas, Jesús nace en un pueblo en el que no hay sitio para acogerlo. Los pastores lo han tenido que buscar por todo Belén hasta que lo han encontrado en un lugar apartado, recostado en un pesebre, sin más testigos que sus padres.

Al parecer, Lucas siente necesidad de construir un segundo relato en el que el niño sea rescatado del anonimato para ser presentado públicamente. ¿Qué lugar más apropiado que el Templo de Jerusalén para que Jesús sea acogido solemnemente como el Mesías enviado por Dios a su pueblo?

Pero, de nuevo, el relato de Lucas va a ser desconcertante. Cuando los padres se acercan al Templo con el niño, no salen a su encuentro los sumos sacerdotes ni los demás dirigentes religiosos. Dentro de unos años, ellos serán quienes lo entregarán para ser crucificado. Jesús no encuentra acogida en esa religión segura de sí misma y olvidada del sufrimiento de los pobres.

Tampoco vienen a recibirlo los maestros de la Ley que predican sus «tradiciones humanas» en los atrios de aquel Templo. Años más tarde, rechazarán a Jesús por curar enfermos rompiendo la ley del sábado. Jesús no encuentra acogida en doctrinas y tradiciones religiosas que no ayudan a vivir una vida más digna y más sana.

Quienes acogen a Jesús y lo reconocen como Enviado de Dios son dos ancianos de fe sencilla y corazón abierto que han vivido su larga vida esperando la salvación de Dios. Sus nombres parecen sugerir que son personajes simbólicos. El anciano se llama Simeón («El Señor ha escuchado»), la anciana se llama Ana («Regalo»). Ellos representan a tanta gente de fe sencilla que, en todos los pueblos de todos los tiempos, viven con su confianza puesta en Dios.

Los dos pertenecen a los ambientes más sanos de Israel. Son conocidos como el «Grupo de los Pobres de Yahvé». Son gentes que no tienen nada, solo su fe en Dios. No piensan en su fortuna ni en su bienestar. Solo esperan de Dios la «consolación» que necesita su pueblo, la «liberación» que llevan buscando generación tras generación, la «luz» que ilumine las tinieblas en que viven los pueblos de la tierra. Ahora sienten que sus esperanzas se cumplen en Jesús.

Esta fe sencilla que espera de Dios la salvación definitiva es la fe de la mayoría. Una fe poco cultivada, que se concreta casi siempre en oraciones torpes y distraídas, que se formula en expresiones poco ortodoxas, que se despierta sobre todo en momentos difíciles de apuro. Una fe que Dios no tiene ningún problema en entender y acoger.

José Antonio Pagola

 

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“Mis ojos han visto a tu Salvador”. Domingo 02 de febrero de 2020. Presentación del Señor. Ciclo A

domingo, 2 de febrero de 2020
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13-Presentacion-TO-scaledLeído en Koinonia:

Malaquías 3,1-4: Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis.
Salmo responsorial: 23: El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.
Hebreos 2,14-18: Tenía que parecerse en todo a sus hermanos
Lucas 2,22-40: Mis ojos han visto a tu Salvador.

El domingo del tiempo ordinario que correspondería celebrar, se ve desplazado en este domingo por la celebración de «La presentación del Señor», fiesta del 2 de febrero. No importa demasiado, porque no estamos en un tiempo «fuerte» del año litúrgico, ni los domingos del llamado «tiempo ordinario», en el que estamos, guardan un sentido mínimo de secuencia que pudiera verse alterada. Aunque hace unas cinco semanas hemos celebrado la navidad, y hace menos de un mes el «bautismo del Señor» –en el que lo dejábamos ya con sus treinta años–, hoy, inesperadamente volvemos atrás, de un día para otro, para poner en el centro de la atención del foco litúrgico al niño Jesús presentado en el templo. Son cosas que la reforma litúrgica conciliar no se atrevió a «racionalizar un poco más». El 2 de febrero no es ningún aniversario histórico de la presentación de Jesús en el templo, de forma que se puede desligar perfectamente de esa fecha y ponerla en un lugar más razonable dentro del desarrollo del «año litúrgico». (Otro tanto pasa a varias fiestas y solemnidades, que nos traen y nos llevan hacia adelante y hacia atrás en el año litúrgico, sin más razón que la mera tradición de las fiestas litúrgicas populares).

Pero eso sería sólo uno de los problemas. Otro, más importante, situado a un nivel más profundo, es la plausibilidad misma de hacer de estas escenas de los evangelios de la infancia una celebración litúrgica tan importante que «vence sobre la celebración del domingo» correspondiente. ¿Estamos seguros de que el hombre y la mujer de hoy se sentirán bien al verse sorprendidos este domingo, al entrar este domingo en la Iglesia y ver girar todo en torno a la escena del niño presentado en el templo? Es bien conocida la escena para los biblistas e incluso para los cristianos laicos asiduos a la catequesis bíblica; ¿pero será una escena susceptible de montar sobre ella un mensaje inteligible para el hombre y la mujer de hoy? ¿O sería mejor que la arquitectura del año litúrgico se montara sobre una visión más amplia, más actual, menos encerrada en las páginas bíblicas? Creemos que sí. Y lo decimos, para no cooperar con nuestro silencio a la sensación falsa de que «aquí no pasa nada», todo está bien en la liturgia de la Iglesia católica, sólo son las personas cristianas descreídas las que van abandonando masivamente —por decenas, o centenas de millones— las que abandonan la práctica de la liturgia dominical.

Para quienes no comparten este punto de vista crítico, montar una homilía «tradicional» no les resultará difícil. Les recomendamos acudir a los comentarios bíblico-litúrgicos oficiales, o a las notas de la misma Biblia, e instalarse y sumergirse en el escenario de la «teología bíblica» propia de los evangelios de la infancia. Los oyentes habituales, ya acostumbrados, aprietan la tecla correspondiente, y son capaces de escuchar con toda naturalidad esa teología de hace casi dos mil años; tiene un encanto propio, que seduce y calma los espíritus. Quienes no gustan de ser retrotraídos al mundo mental de esas argumentaciones y representaciones —principalmente los jóvenes— hace tiempo que han abandonado la liturgia.

En cuanto a la historicidad del relato, de esta escena neotestamentaria, ya sabemos que se trata de una construcción teológica, escrita varias décadas después de cuando pudo tener lugar y, con toda verosimilitud, sin ningún recuerdo histórico de base; está construida toda ella, como es fácil adivinar, en función de reinterpretar al Jesús nazareno muerto en la cruz en el marco de esa visión profética y mesiánica de la que echa mano el texto del evangelio de hoy. Es bien conocido.

Por otra parte la Iglesia católica celebra hoy la Jornada de la Vida Religiosa.

En primer lugar muchos se preguntarán por qué escogieron (ha sido hace bien pocos años) por qué se ha escogido esta fecha-celebración para celebrar en ella la jornada de la vida religiosa. ¿Se preguntarán a quién preguntaron quienes decidieron, o si tales personas que decidieron eran miembros de la vida religiosa o si, al menos, la conocían. Porque todo parece indicar que la naturaleza de la vida religiosa es bien difícil de relacionar con esa escena del evangelio —si es que concebimos la vida religiosa con suficiente rigor—. A quienes quieran aprovechar la ocasión para presentar ante el pueblo de Dios una reflexión sobre ella, les será difícil —o demasiado artificioso— tratar de relacionarla con «la presentación del Señor». Será mejor que cambien los textos, o que sencillamente presenten el tema sin pretender crear una relación artificial con el texto.

La vida religiosa institucionalizada en la Iglesia no arranca desde el principio del cristianismo. Surgió espontáneamente, desinstitucionalizadamente, y fue sólo más tarde cuando se fue institucionalizando. Como tantas otras cosas, acabó no sólo institucionalizada, sino «cautiva» de la institución.

Puede ser bueno recordar que, hace sólo cincuenta años, hasta el Concilio Vaticano II, hablábamos de la vida religiosa en términos de «la vida de perfección en la Iglesia». Era el «estado de perfección», el más perfecto (poniendo aparte el estado episcopal, del que se decía que era el «estado de perfección adquirida», status perfectionis adquisiate, frente al de los religiosos, que sólo era estado de perfección por adquirir, status perfectionis adquirendae).

Con el Concilio implosionó toda aquella teología y se derrumbó sin dejar rastro, quedó totalmente abandonada, prácticamente de golpe. Comenzó a hablarse de los consejos evangélicos y del «seguimiento de Jesús». Era un nuevo camino, sin retorno; nunca volveríamos atrás.

Ya en el posconcilio surgió la teología de los carismas religiosos: cada «familia espiritual» en la Iglesia se constituye en torno a un carisma fundacional (gracia) otorgadi por Dios al fundador/a, no para él mismo/a, sino como una «gracia trasmisible» destinada a ser compartida con otros y prolongada en la historia mediante la misión de esa familia religiosa. Las congregaciones se volcaron —empujadas por la Iglesia misma— a la tarea de (re)descubrir el carisma de su fundador y su propio carisma. Esta teología de los carismas ha sido una creación realmente feliz y ha prestado un servicio muy interesante a la identidad y misión de las familias espirituales, de las congregaciones religiosas.

Pero podemos decir que ya está superada. Los tiempos han cambiado demasiado. La problemática conciliar ha quedado enteramente desplazada por nuevas cuestiones, muy profundas, que en aquellos tiempos no podían ser captadas ni imaginadas. Hace tiempo ya que la teología de la vida religiosa ha evolucionado hacia planteamientos más profundos y existenciales. La vida religiosa sería fundamentalmente radicalidad. Todos los humanos somos religiosos, tenemos esa dimensión profunda en nuestra existencia; pero hay personas en las que esa dimensión se convierte en central y dominante, hasta el punto de poner entre paréntesis dimensiones muy naturales y «normales» de la vida (matrimonio, paternidad/maternidad, independencia, proyecto familiar, y a veces profesionalidad civil). La vida religiosa se puede identificar por la «liminalidad» que representa en su realización (ese estar en el limen, en el límite de la experiencia religiosa.

Esta perspectiva ha ampliado notablemente el concepto de la vida religiosa, a saber: no se trata de un concepto netamente cristiano, sino profundamente humano; la vida religiosa no sería cristiana (no la fundó Jesús), sino que está presente en muchas religiones y es una realidad de la vida humana, incluso civil (hay formas y estados de vida en los que el sujeto hipoteca aspectos y dimensiones naturales «normales» de su vida, para vivir en la radicalidad del compromiso y de la entrega).

Dentro del cristianismo, la vida religiosa sería el seguimiento radical de Jesús. Y ahí surge una dificultad grave: la forma canónica de la vida religiosa católica no puede identificarse con esa definición, porque está marcada por una fundamental «cautividad institucional»: no pone, no puede poner todo bajo el seguimiento de Jesús; por encima de este seguimiento está en última instancia la autoridad incontestable e incuestionable de la institución eclesiástica. Los institutos religiosos han de ser aprobados canónicamente para existir. Una vez aprobados no son ya una iniciativa libre de seguimiento radical de Jesús, sino una institución canónica de la Iglesia católica, sobre la que siempre pesa la hipoteca de la sumisión a la autoridad eclesiástica, externa a la familia religiosa, por encima incluso de lo que los religiosos en cuestión perciban en conciencia como exigencia de la radicalidad, del seguimiento radical de Jesús. El conflicto de la profecía y la radicalidad de los religiosos frente a las imposiciones de las congregaciones vaticanas (para la vida religiosa o para la doctrina de la fe), lo hemos vivido clamorosamente en las últimas décadas: religiosos que se querían comprometer con los pobres, que elaboraban una teología profética, que renovaban sus constituciones en la línea de la espiritualidad de la liberación… y que no podían hacerlo porque, en Roma, los monseñores de turno —la mayor parte de las veces no religiosos— simplemente lo prohibían. En la iglesia católica la vida religiosa puede ser seguimiento de Jesús sólo hasta donde el derecho canónico lo permite y/o hasta donde la curia vaticana lo consiente, no seguimiento radical-liminal de Jesús. Es una de las reformas profundas pendientes en la Iglesia.

En esta situación, no tiene de extraño que haya muchas formas de «vida radical» fuera de la vida religiosa católica, en el amplio mundo del Pueblo de Dios: personas que entregan radicalmente su vida a causas generosas y desinteresadas, libres de mediaciones institucionales.

Será bueno aprovechar la homilía para exponer con claridad a los fieles, por unos pocos minutos, la naturaleza evangélica de la vida religiosa, y la necesidad de dejarle renovarse liberándola de toda cautividad institucional.

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Dom 4, Tiempo ordinario, ciclo A. “El problema de la iglesia es que los cristianos no son felices”

domingo, 2 de febrero de 2020
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

No se lo creen (no son felices) y acuden a falsos sustitutos

El problema fundamental de la Iglesia no es su riqueza, aunque ella es un tema  importante, en el momento actual, 2020. El problema no es tampoco un celibato más o menos impuesto  que ha podido desembocar en un espiritualismo falso o en compensaciones económicas y afectivas.

El problema no es el poder de alto clero (un vati‒kratos), entendido como dominación sacral de conciencias, sino  la falta de felicidad, de eso que el Papa Francisco llamó el Gozo del Evangelio, con claro pleonasmo, pues evangelio significa  felicidad (y si no lo es no es evangelio).

La Iglesia sólo es signo y presencia de Jesús si es felicidad, y si así se muestran (lo muestran) sus ministros, que han de ser antes que nada portadores de la bienaventuranza de Jesús, de la que trata el evangelio de este domingo (Mt 5, 1-12).

Por eso, el Vaticano sólo será un hogar cristiano si es sede de felicidad, si sus 2.000 funcionarios y “ministros” son expresión y testimonio de  fuerte y gozoso evangelio. Me da igual que sean mujeres o varones, mon‒señoras o mon‒señores, no voy a preguntar sin son homo‒ o hetero‒sexuales, pero han de ser felices en amor, desde la pobreza, capaces de compartir el sufrimiento de los demás con alegría, en mansedumbre, como quieren las tres primeras bienaventuranzas de  este día.

Este es el tema que supo ver ya F. Nietzsche hace casai siglo y medio (1883).  Desde el siglo XVIII en adelante muchos han criticado al cristianismo por injusto (Marx), otros por neurótico (Freud) o por contrario a la ciencia (Comte…). Pero la crítica más fuerte ha sido la de F. Nietzsche, Así habló Zaratustra (cap. De los sacerdotes) cuando acusa a los cristianos de infelices, han negado la felicidad, han condenado la alegría, no han sido evangelio (buena nueva), sino dis‒angelio (mala noticia):

            ¡Contemplad esas tiendas que esos sacerdotes se han construido! Iglesias llaman ellos a sus cavernas de dulzona fragancia… ¡Oh, esa luz falsa, ese aire que huele a moho!… Ellos llamaron Dios a lo que les contradecía y causaba dolor… ¡Y no supieron amar a su Dios de otro modo que clavando al hombre en la cruz! Mejores canciones tendrían que cantarme para que yo aprendiese a creer en su redentor: ¡Más redimidos tendrían que parecerme los discípulos de ese redentor! Desnudos quisiera verlos: pues únicamente la belleza debiera predicar penitencia…

            En este contexto resulta necesario volver a la raíz del evangelio, que Mt 5,1-12a ha condensado en las bienaventuranzas:

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

En un tiempo de felicidades a la carta

Female teen girl stand feel freedom and relaxation travel outdoor enjoying nature with sunrise.      Vivimos en un momento lleno de felicidades a la carta que tienden a identificarse con el dinero (Mammón, el dios final en que culminan y se condensan todos los dioses de la historia), con propaganda de amores y salud, coches y viajes, comidas y perfumes, sexo asegurado y fama, seguridad laboral y vacaciones, con tiempo sin fin para disfrutar, como si la vida no corriera en el reloj de arena del tiempo, como si no hubiera muerte.

En este contexto se sitúan las ofertas de terapias inmediatas de felicidad mental, con libros y ejercicios de fácil auto‒ayuda, servicios eficaces pseudo‒religiosos, con cursos y cursillos de sanación asegurada…    Todo esto puede venir respaldado con el uso y abuso de estimulantes químicos, desde las recetas de una medicina fácil (¿blanda?) de pastillas hasta las drogas más duras para perderse y volar en universos de dicha siempre asegurados, a la mano. En muchos ambientes se tiene la impresión de que los hombres y mujeres han abandonado el camino de la felicidad personal, centrada en la aceptación de uno mismo y el amor gratuito a los demás, para comprar felicidades rápidas y falsas.

Muchos identifican felicidad con (poder) salir de compras, con la ilusión de adquirir y asegurar un tipo de placer inmediato con “marcas” de coches, perfumes y sexo, con mil accesorios menos necesarios de bolsos, vacaciones y bebidas estimulantes, con el espejismo de que el tener más (en línea de compra) nos dará el gozo mayor que no logramos alcanzar por nosotros mismos. De esa forma tendemos a montar en el carro más brillantes de una caravana frenética, donde el Dios‒Mammón, que es puro Tener,  ( , en Mercado de compras constantemente renovadas por las máquinas que siguen produciendo objetos e ilusiones de consumo cada vez más rápido.

Esta felicidad del consumo de Mammón estávinculada con objetos nuevos que prometen más felicidad, con templos del Mercado, propios de un mundo maravilloso, va más allá de nuestras posibilidades personales y sociales, pues somos incapaces de consumir todo lo que quisiéramos, y, por otra parte, no podemos vivir en felicidad y concordia en un mundo donde los objetos de consumo externo resultan al fin limitados. Esta felicidad del consumo divide a los hombres y los pueblos  en ricos y  pobres,pero tiende a hacer a todos infelices:

 ‒ La infelicidad de muchos ricos nace del hecho de pensar que no podrán lograr ni mantener lo suficiente.  Ésta es la angustia o neurosis propia de aquellos que, teniendo demasiadas cosas y aun pudiendo tener más en un sentido material, piensan que no les basta, o que carecen de aquello que de verdad importa, y se sienten limitados, sin recursos suficientes para alcanzar lo que de verdad desean.

La infelicidad de algunos pobres nace del hecho de que, abriendo los ojos al mercado de felicidad que parecen dar las muchas las cosas, no llegan a tener lo suficiente (comida, trabajo, educación…) y emigran y buscan sin poder lograrla. Buscan así un tipo de felicidad de sociedades ricas de consumo ricas y egoístas, y chocan con el duro realismo de aquellos que se lo impiden, creando barreras y vallas para el paso y comunión de unos con otros.

Las tres primeras bienaventuranzas de Mateo

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            En este momento sólo quiero que la iglesia sea hogar de felicidad… Somos como aquellos de los que habla Jesús en Mt 23, 23; andamos midiendo y colando mosquito, estableciendo diezmos extraños (no evangélicos) de ministerios machos, de con celibatos impuestos para los ministerios, con poderes litúrgico‒sacrales bien medidos… y olvidamos lo más importe de Jesús, que es la felicidad (con la fidelidad, la misericordia, la justicia.  En esa línea de felicidad comentaré hoy las tres primeras bienaventuranzas, dejando para mañana o pasado las siguientes:

1ª: Felices los pobres de Espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos  

Estos pobres de la bienaventuranza son en griego los pôkhoi, aquellos que no tienen nada,   de manera que sólo pueden subsistir por la ayuda o sostén de los demás, es decir, como mendigos. Lc 6, 20 les llamaba simplemente pobres, prometiéndoles la dicha del Reino. Mateo, en cambio, les presenta como pobres de espíritu (tô pneumati) no para negar su carencia material, sino para matizarla desde una perspectiva cristiana:

‒ Son pobres por voluntad, es decir, por decisión personal. En esa línea destaca Mt 5, 3 la bienaventuranza de aquellos que, pudiendo hacerse o vivir como ricos, asumen voluntariamente un camino de pobreza, por solidaridad, al servicio de los demás (cf. 2 Cor 8, 9; Flp 2, 6-11), como Jesús que no fue sólo pobre por condición social (artesano, trabajador desposeído), sino por opción personal, esto es, por decisión creyente: no ha querido ayudar a los pobres desde arriba o por milagro externo (como le dice el diablo de la primera tentación: Mt 4, 1-4), ni quiere “salvarles” desde su más alta autoridad externa (como Job, antes de ser derribado de su altura), sino que se ha “encarnado” (=ha vivido) en la vida de los pobres, compartiendo con ellos su historia de carencias, para iniciar una transformación social y personal, desde lo más bajo, abriendo con los carentes, la marcha el Reino de Dios.

En esa línea, Jesús ha promovido un movimiento mesiánico de solidaridad y ayuda, con y por los pobres, para expresar y ofrecer la bienaventuranza de Dios a todos, incluso a los ricos. Ciertamente, Mateo no ha negado la bienaventuranza de los pobres materiales (a quienes el Jesús de 25, 31-46 llama sus “hermanos más pequeños”), pero ha querido destacar la pobreza por opción de los creyentes que renuncian a la riqueza propia (personal o de Iglesia) a favor de los pobres, para abrir así el camino del Reino desde abajo, en comunión de vida con los excluidos personales y sociales, dentro de la Iglesia, pues en ella sólo pueden construir activamente el camino de Dios y ser felices aquellos que se hacen por voluntad pobres y hermanos de los pobres conforme a la justicia del Reino (cf. Mt 5, 20). Leer más…

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Domingo de las Bienaventuranzas (2.2. 2020). Limpios de corazón, constructores de paz

domingo, 2 de febrero de 2020
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bienaventuranzas-8-728Del blog de Xabier Pikaza:

Los tanques de la Iglesia, los dólares del Vaticano

Dicen que  dijeron a J. Stalin: «No te metas con la Iglesia católica, tiene mucho poder…». Y Stalin preguntó: ¿Cuántos miles de tanques acorazados tiene su ejército?

Dicen que han dicho a D. Trump, no te metas con el Vaticano, y que él ha respondido: ¿Cuántos millones de dólares tiene en su banco? ¿Cuántos necesitamos para comprar ese Vaticano?

    No sé si esas preguntas y respuestas son verídicas, pero lo cierto es que, según el evangelio del domingo 2.2.2020 habría que preguntar: ¿Cuántos tesoros de alegría tiene esa Iglesia y ese Vaticano, de limpieza de corazón, de potencial de construcción de paz?

   Presenté el otro día una visión de conjunto de las tres primera bienaventuranzas de Mt 5, 3-10. Hoy sigo con estas dos: Bienaventurados los limpios de corazón, los constructores de paz. La Iglesia no necesita tanques de guerra, ni mil millones de dólares de mercado… Ella no compra ni vende, ofrece (=tiene que ofrecer) limpieza y transparencia de corazón, alegría y  camino de paz.

Felices los limpios de corazón porque verán a Dios

corazon-limpio-imagenes-cristianas1Como he venido señalando, un tipo de judaísmo rabínico ha insistido (a partir de Sal 1) en la bienaventuranza de aquellos que meditan en la Ley nacional de Israel y la cumplen, siendo así limpios según ley, a través del cumplimiento de los mandamientos (limpieza pureza de las manos que se lavan de acuerdo con el rito, de las observancias que se cumplen como está mandado, en gesto de comidas y vestidos, de relaciones sociales y ritos). Pues bien, frente a ese tipo de limpieza al servicio de los más capaces (piadosos y cumplidores), ha destacado Jesús la limpieza y felicidad del corazón, abierto en forma solidaria a todos, especialmente a los expulsados del sistema religioso.

Así lo ha puesto de relieve el Evangelio de Marcos, al insistir en la exigencia de superar un sistema de pureza intra‒judía, centrada en el cumplimiento del sábado (cf. Mc 1, 40-45; 2, 23‒3, 6), con los tabúes de sangre y sexo, de limpieza de manos y comidas (cf. Mc 7). También Mateo ha destacado esa más honda limpieza de corazón que se expresa, por ejemplo, cuando Jesús dice al impuro queda limpio (Mt 8, 3), y cuando manda a sus discípulos que curen (limpien) a los leprosos (Mt 10, 8; cf. 11, 5).

 Frente a una limpieza que puede acabar siendo “exterior”, al servicio de un grupo de especialistas religiosos, centrados en el cumplimiento de sus ritos, el evangelio ha puesto de relieve la bienaventuranza de la limpieza del corazón, que ha de entenderse en sentido personal, social y religioso, en apertura a todos los hombres, en justicia, misericordia y fidelidad (cf. Mt 23, 23). De esa manera, frente a una pureza de ley, al servicio de unos privilegiados (piadosos, cumplidores, separados de los otros), ha destacado Jesús la felicidad del corazón que se abre en forma solidaria a todos, en espacial a los expulsados del sistema social y religioso.

  Jesús puede presentarse así como el limpio por excelencia, desde la perspectiva del corazón que es feliz haciendo felices a los otros. De esa forma ha puesto de relieve la felicidad de la vida, por encima de toda ley o pureza exclusiva de algunos (de tipo político o religioso), pues su patria (su nación o iglesia) es la misericordia universal, desde los más pobres. Él no ha querido por eso destruir el judaísmo del Antiguo Testamento, sino volver a la raíz de sus bienaventuranzas, como he puesto de relieve en la segunda parte de este libro.

En esta línea ratifica el camino de la paz, pues los limpios de corazón no sólo “verán a Dios” (en el futuro), sino que pueden ya mirar ya a los demás (incluso a los enemigos) con los ojos de Dios, en felicidad, es decir, en amor reconciliado. En esa línea, al afirmar que los limpios de corazón verán a Dios, Jesús afirma que ellos serán  (=están siendo) admitidos en la intimidad divin, como  los ángeles de los niños que ven  el rostro del Padre (18, 10), como los hombres y mujeres que se abren a la felicidad del amor compartido, en transparencia de vida.

Un tipo de judeo-cristianismo corría el riesgo de transformar el evangelio en religión de normas exteriores (prestigios nacionales o sociales, insignias, banderas…). Pues bien, en contra de esa pureza de ley, propia de los fuertes religiosos (piadosos y cumplidores), ha destacado Jesús la pureza del corazón, que se abre, en justicia, misericordia y fidelidad, a todos los hombres, especialmente a los expulsados de todos los sistemas de poder social o religioso. Esa pureza de corazón de Jesús se identifica con la felicidad de aquellos que “ven a Dios” (que tienen los ojos abiertos a Dios), pues conocen por dentro y reconocen el sentido más hondo de la vida, como don de gracia, como experiencia de vida en lo divino.

Felices los constructores de paz porque serán llamados hijos de Dios

 Lección 07Otros tipos de judaísmo podían tener sus bienaventurados: guerreros de Dios que conquistan un reino (celotas), sacerdotes fieles a su ritual de sacrificios, fariseos o cumplidores de la ley… Pues bien, para Jesús, judío mesiánico, la bienaventuranza verdadera culmina allí donde los hombres se vuelven eirênopoioi, hacedores de paz, retomando de esa forma el motivo más profundo de la esperanza del Antiguo Testamento, abierto a la bienaventuranza de la Paz  como “Shalom” universal, presencia de Dios en la vida de los hombres.

Entre los pobres de la primera bienaventuranza de Mt 5, 3 y los constructores de paz de ésta (5, 9) discurre un camino que podemos llamar Via Pacis,vía de paz o felicidad universal, distinta de otras formas de paz elitista, violenta o impuesta, y especialmente (en aquel tiempo) de la paz romana, centrada en la victoria militar del imperio. Con el despliegue de esta paz, que es el Shalom o cumplimiento final de la promesa de Israel (que se identifica con la felicidad de Dios en la vida de los hombres), culmina el mensaje de Jesús, centrado en el surgimiento de unos pacificadores mesiánicos (eirenopoioi), que son, básicamente los hombres felices.

Estos hacedores de paz son “mediadores” del Reino de Jesús, que no es victoria o imposición de algunos sobre otros (como en el imperio romano), sino ofrecimiento de vida y comunión a todos, empezando por los pobres, hambrientos, excluidos. Según el evangelio de Mateo, esta paz viene de abajo, desde la vida compartida en comunidades de personas que se aman y amándose abren caminos de felicidad activa entre todos (cf. Mt 10, 2‒15; 28, 16‒20).

 En ese sentido, la tradición cristiana dirá que Jesús ha sido el pacificador por excelencia, testigo y promotor de una felicidad de vida, que no es evasión/superación interior (Krisna) o negación de los deseos (Buda), sino amor abierto en felicidad a todos.

bienaventuranza-7Esta paz de Jesús no es fácil, pues, como él mismo ha dicho “no he venido para traer paz, sino espada; he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra” (cf. Mt 10, 34-35), superando así un tipo de tipo de vinculaciones violentas (exclusivas), de tipo familiar o social, en apertura de felicidad a todos los hombres y mujeres, convocados a la gran familia de los hijos de Dios.

 Los hacedores de paz de esta bienaventuranza se identifican en esa línea con Jesús, a quien Col 1, 20 presenta como aquel que ha hecho la paz, reconciliando consigo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, abriendo así espacios de reconciliación para los hombres (judíos y gentiles, siervos y libres…; cf. Gal 3, 28). De esa forma vincula Mt 5, 9 a los cristianos con Jesús, que ha reconciliado y pacificado el universo en felicidad de amor, como ha puesto de relieve la tradición paulina, en especial Ef 2, 19‒3, 13, que ha de entenderse en este mismo trasfondo.

 Las bienaventuranzas de Mateo culminan así en la paz (=felicidad) personal y familiar, espiritual y social de Jesús, abierta a todos los hombres. Siglos de espiritualismo sacral e idealista han cerrado a veces nuestros ojos, impidiéndonos abrirlos ojos y entender el evangelio como programa y camino de pacificación personal y social de felicidad, como ha recordado el Papa Francisco en el manifiesto inicial de su pontificado: Evangelii Gaudium, la Felicidad del Evangelio (2013). Entendido así, el evangelio es un programa de pacificación por felicidad, desde los más pobres, un camino de no-violencia activa, en amor que lleva a la comunión de todos los hombres.

Hemos identificado a veces evangelio con ley, santidad con sacralidad, fidelidad a Dios con represión ascética. Pues bien, en contra de eso, las bienaventuranzas son un programa de felicidad personal y social, capaz de vincular en un gesto de paz a todos los hombres, en la línea abierta de las bienaventuranzas del Antiguo Testamento. En esa línea, el programa de felicidad de Jesús culmina allí donde los hombres son capaces de “hacer” (poiein) la paz del Reino, regalando y compartiendo generosamente la vida (su felicidad) unos con otros, pues todos, hombres y mujeres, han de ser hacedores de paz (eirenopoioi).

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Seis imágenes de Jesús. Fiesta de la presentación en el templo. 2 de febrero

domingo, 2 de febrero de 2020
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Presentacion-Jesus-Templo-Purificacion-Virgen-Maria-GiottoGiotto, Presentación de Jesús en el templo

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Este año 2020, el 4º domingo del Tiempo Ordinario cede el puesto a la fiesta de la Presentación del Señor en el templo, que es también la fiesta de la purificación de María. El primer aspecto recuerda que Dios es el autor de la vida, y se simboliza con la ofrenda del primogénito, de acuerdo con la ley contenida en Éxodo 13,11-18. El segundo recuerda que la mujer, al dar a luz a un nuevo ser vivo, ha estado en contacto con algo misterioso; ha quedado «impura», aunque no en el sentido de haber hecho algo malo o haber contraído una mancha; tiene que purificarse, como prescribe Levítico 12,1-8.

            Cabría esperar que uno de estos textos se hubiera usado como primera lectura. Pero resultarían desconcertantes para mucha gente (suponiendo que se enterasen). Hoy día, nadie entiende que una mujer quede «impura» por haber tenido un hijo y deba ofrecer algo en compensación; nuestro concepto de «impureza» es muy distinto del de los antiguos israelitas. En cuanto a la ofrenda del primogénito, aunque el cristiano está convencido de que la vida es don de Dios, no ha sido educado en la necesidad de expresarlo mediante la entrega del primogénito y su posterior rescate.

            Los textos que se han elegido nos ofrecen cinco imágenes complementarias de Jesús. Imaginemos a cinco personajes (Malaquías, un salmista, el autor de la Carta a los Hebreos, el anciano Simeón, la profetisa Ana) que ven entrar al niño en el templo. Cada uno emitirá su opinión sobre cómo lo considera y lo que espera de él.

  1. El mensajero terrible y purificador (Malaquías 3,1-4).

Así dice el Señor:

«Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos–. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos.»

Las primeras frases encajan muy bien con la fiesta de hoy: la entrada en el templo de Jesús. Pero el tono cambia de repente. No es una venida pacífica y festiva. Viene a purificar a los levitas, responsables del culto, cuyo comportamiento deja mucho que desear. Esta segunda parte sería más fácil relacionarla con la purificación del templo llevada a cabo por Jesús al principio de su vida (según Juan) o al final (según los Sinópticos). La lectura podría interpretarse como anuncio de lo que ocurrirá más tarde. Según Lucas, Jesús solo va dos veces al templo: ahora, cuando niño, y antes de morir, para purificarlo. Aunque Malaquías se dirige a los levitas, nos invita a todos a examinar si hacemos al Señor nuestra ofrenda como es debido.

  1. El rey de la Gloria (Salmo 23)

Este salmo se cantaba probablemente cuando el Arca de la Alianza entraba en el templo. Aplicándolo a Jesús, se repite como un estribillo que él es el Rey de la Gloria.

R/. El Señor, Dios del universo, es el Rey de la gloria.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria. R.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra. R.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria. R.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios del universo.
Él es el Rey de la gloria. R.

  1. Un hermano de nuestra carne y sangre (Hebreos 2,14-18)

A diferencia del Salmista, el autor de esta carta subraya la humanidad de Jesús, que lo hace igual a todos nosotros. No es un ángel. Y esa igualdad le permite morir y sufrir, dos cosas esenciales en la vida humana; y con ello, ser compasivo y auxiliar a los que pasan por la prueba del dolor.

Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.

  1. El que da sentido a mi vida (Simeón)

            A través de este anciano perfecto Lucas transmite un mensaje a todos los cristianos: lo único que da sentido a su vida es esperar al Mesías; cuando lo tiene en sus brazos, ya puede morir en paz.

  1. Luz de las naciones, gloria de Israel (Simeón)

            Pero Simeón es también profeta y puede revelar algo nuevo Jesús: será luz de las naciones. Un israelita de pura cepa que no se encierra en los privilegios de su pueblo sino que tiene una visión universal. Mensaje muy actual en esta época donde el nacionalismo puede desembocar en el tribalismo. En esta imagen de la luz se basa la fiesta de hoy y el rito complementario de la procesión de las candelas (La Candelaria). La liturgia da un enfoque muy personal a esta idea, relacionando los cirios encendidos con la práctica del bien para «llegar felizmente al esplendor de tu gloria». Sin embargo, las palabras de Simeón (y de Isaías) tienen un alcance universal que no podemos perder de vista.

  1. Una bandera discutida (Simeón a María)

            Como profeta, Simeón también conoce el futuro de Jesús («será una bandera discutida»). El rey de la Gloria, luz de las naciones, gloria de Israel… no será aceptado por todos. Muchos (la mayor parte del pueblo judío) se le opondrá. Esta oposición la sufrirá también María, a la que una espada traspasará el alma, y, consiguientemente, a todos los cristianos.

  1. El libertador de Israel (Ana)

            Curiosamente, la visión más política de Jesús la propone una anciana piadosísima, que ha pasado ochenta y cuatro años (12 x 7) de viudez entre ayunos, oraciones y visita al templo. Pero, cuando ve a Jesús, «hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel». La esperanza de estas personas tenía un gran componente religioso, pero también político y social: liberación de los romanos, destitución de Herodes y sus descendientes, eliminación de las autoridades injustas. «Para servir al Señor libres de nuestros enemigos», como rezaba Zacarías.

  1. Quienes no dicen nada: Los padres de Jesús.

            Lucas tiene mucho interés en presentarlos como judíos piadosos, observantes de la Ley de Moisés. Una forma indirecta de responder a quienes acusan a Jesús y a los cristianos de despreciar las leyes y tradiciones judías. Pero Lucas, cuando Simeón habla del niño como Salvador de todos los pueblos y gloria de Israel, añade un dato desconcertante: «José y María, la madre de Jesús, estaban admirados por lo que se decía del niño». ¿Cómo pueden admirarse después de lo anunciado por Gabriel a María, después de una concepción y un parto virginales, después de lo que han contado los pastores? Podríamos decir que la admiración procede de ver cómo se acumulan títulos sobre Jesús: Gabriel lo presentó como rey de Israel; el ángel, a los pastores, como «el Salvador, el Mesías, el Señor». Simeón rompe los límites de Israel y lo presenta como «luz de las naciones». Lucas, a través del asombro de José y María pretende que también nosotros nos asombremos de lo mucho que significará ese pequeño niño de cuarenta días.

            Y para ti, ¿quién es Jesús y qué significa?

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,22-40

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»

            Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.

Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»

            Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre:

«Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»

            Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

            Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

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02 de Febrero, 2020. Domingo IV del Tiempo Ordinario. La Presentación del Señor.

domingo, 2 de febrero de 2020
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Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto ya tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos…”

(Lc 2, 22-40)

Este domingo viene de la mano de la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo y es, además, el día de la vida consagrada.

El fragmento del evangelio que nos presenta la liturgia de esta fiesta nos muestra a Simeón, un “hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él”. Podemos sentirnos identificadas e identificados con Simeón, ver en él a una persona que espera, o mejor dicho, una persona que tiene esperanza. Dice el texto que aguardaba el consuelo de Israel y el Espíritu Santo moraba en él.

Ojalá fuésemos así todas las consagradas y consagrados, toda persona bautizada. Estoy convencida de que si nuestro anhelo profundo fuese el consuelo de nuestra humanidad y nuestro interior estuviera lleno de la Santa Ruah nuestra Iglesia sería diferente y la vida consagrada muy distinta.

Y lo es cuando te encuentras con alguien que vive así su consagración. Sí, por ahí hay muchos “Simeones”, hombres y mujeres que aguardan con los ojos bien abiertos. Personas que tienen “un algo” que atrae y provoca admiración.

Personas consagradas que desde la sencillez y la cotidianidad dejan en nuestra vida un poquito de Dios. Aquella religiosa que nos enseñó las primeras letras. Quienes nos llevaron de campamentos y acompañaron nuestra adolescencia. Una monja o un religioso que ha sabido escucharnos. A quienes hemos visto orar o les hemos pedido que oren por nosotros o por los nuestros.

Oración

Conduce, Trinidad Santa, a la Vida Consagrada por los caminos de la honradez y la misericordia, llena a las personas consagradas de tu Espíritu para que sean un verdadero Consuelo para la humanidad.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Jesús enraizado en la vida del pueblo.

domingo, 2 de febrero de 2020
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Jesús-es-presentado-en-el-temploLc 2, 22-40

Los de cerca (*) se alegrarán de saber que esta fiesta se llama en oriente “el encuentro” (Hypapante) en griego. En occidente tomó el nombre de la purificación de María o “la candelaria” porque la ceremonia más vistosa de este día era la procesión de las candelas. En la nueva liturgia se llama “la presentación del Señor”. En esta fiesta se retoma el simbolismo de la Epifanía y se recuerda a Jesús como luz de todos los pueblos.

Podía ser interesante hacerse una composición de lugar y tiempo para comprender los textos. La familia de Jesús, muy probablemente procedía de Judea. Nos dan pie para sospechar esto, los nombres de sus miembros y los numerosos indicios que encontramos en todos los evangelios. Se trasladarían desde Judea en alguna de las repoblaciones que se llevaron a cabo en Galilea después de las deportaciones.

Este dato nos puede asegurar que la familia cumplía estrictamente la Ley, aunque sabemos que los galileos, por estar lejos del templo y de los fariseos y letrados, escapaban al control de los oficiales de la religión y eran mucho menos estrictos en el cumplimiento de las normas legales. Esta circunstancia permitió al mismo Jesús predicar y actuar al margen de lo que estaba legislado y exigido.

Aunque es muy probable que María y Jesús fueran al templo a los cuarenta días de nacer, no podemos estar seguros de lo que pasó. Parece que, según la Ley, ni Jesús ni María tenían obligación de subir al templo para cumplirla. El relato es teología que intenta presentarnos a Jesús integrado en el pueblo judío. Todo son símbolos, incluidos los dos personajes que aparecen como próximos al templo y esperando la salvación.

En la ley de Moisés estaba prescrito que todo primogénito debía dedicarse al servicio de Dios en el templo. Cuando ese servicio se reservó a la tribu de Leví, los primogénitos debían ser rescatados de la obligación de servir al Señor, pagando 5 siclos de plata. Las ofrendas eran exigidas pora la purificación de la madre. Lc nos advierte que José y María tuvieron que conformarse con la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas.

Es inverosímil que un anciano y una profetisa descubrieran en un niño, completamente normal, al salvador esperado por Israel. Pero es interesante lo que Lc señala: que dos ancianos del pueblo se hubieran pasado la vida esperando y con los ojos bien abiertos para descubrir el menor atisbo de que se acercaba la liberación para el pueblo. No me extraña que Lc muestre a María y a José pasmados ante lo que se decía del niño.

Pero la extrañeza carece de lógica, si tomamos por cierto lo que nos había dicho en el capítulo anterior. María tenía que haber dicho a Simeón: ya lo sabía, yo misma he dado consentimiento para que en mi seno se encarnara el Hijo de Dios. Además los ángeles y los pastores les habían dicho quién era aquel niño. Una prueba más de que en los relatos de la infancia no tenemos que buscar lógica narrativa, sino impulso teológico.

Simeón va al templo movido por el Espíritu. No solo toda la vida de Jesús la presenta como consecuencia de la actuación del Espíritu, todo lo que sucede a su alrededor está dirigido por el mismo “Ruah” de Dios que lleva adelante la liberación de su pueblo. La voluntad de Dios se va manifestando y cumpliendo paso a paso. Todo lo que sucede en torno a Jesús tendrá como última consecuencia la iluminación del mundo.

Ana aparece más pegada al AT e identificada con el Templo, que era la columna vertebral de toda la espiritualidad judía. Toda su vida al servicio de la institución que mantenía viva la esperanza de una definitiva liberación. Es muy curioso que proclame la grandeza del niño que va a desbaratar esa misma institución y a proponer algo completamente nuevo, para una relación con Dios absolutamente distinta.

Es interesante resaltar que todos los números que se refieren a la edad de Ana son simbólicos. Se casaban a los 14 (dos veces 7). Siete de casada. 84 (12×7) de viuda. El 12 número de las tribus de Israel y el siete, el número más repetido en la Biblia como signo de plenitud. Fijaos que 14+7+84=105. Esa edad era impensable en aquella época. Una muestra más de que los evangelios no buscan historia sino teología.

¿Qué puede significar para nosotros hoy esta fiesta? Me acuerdo cuando se celebraba con gran solemnidad. Era una de las grandes fiestas del año litúrgico. Hoy tenemos que esperar la carambola de que caiga en domingo para poder hacerle algún caso. Vamos a intentar aprovechar esta oportunidad para acercarnos al Jesús que fue tan niño como todos nosotros y vivió la pertenencia al pueblo judío con toda normalidad.

El final del relato es realista y se aparta de ensoñación: El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría. Como todos los niños nació como un proyecto y tiene que ir desarrollándose. Parece que se ha olvidado de todas las maravillas que nos había contado sobre él. Debemos convencernos de que fue un niño completamente normal, que, como todos los niños, tuvo que partir de cero y depender de los demás, para ir completando su personalidad.

En el relato siguiente, que hace referencia al niño perdido, es todavía más concreto: “Y Jesús iba creciendo en estatura en conocimiento y en gracia ante Dios y los hombres”. Lc lo tiene muy claro: Jesús es un niño normal que tiene que recorrer una trayectoria humana exactamente igual que cualquier otro niño. Por desgracia no es esto lo que hemos oído desde pequeños. El haberle divinizado, desde antes de su nacimiento, nos ha separado de su humanidad y nos ha despistado en lo que podía tener de ejemplo.

Que Jesús haya desarrollado su infancia en contacto con una profunda religiosidad judía es muy importante a la hora de valorar su trayectoria personal. Si no hubiera vivido dentro de la fe judía, nunca hubiera llegado a la experiencia que tuvo de Dios. Esto nos tiene que hacer pensar. Lo que Jesús nos enseño no lo sacó de la chistera como si fuera un prestidigitador. Fue su trayectoria religiosa la que le llevó a la experiencia de Dios, que luego se transformó en mensaje.

Todo lo que Jesús nos contó sobre Dios, lo vivió antes como hombre que va alcanzando una plenitud humana. Su propuesta fue precisamente que nosotros teníamos que alcanzar esa misma plenitud. Su objetivo y el nuestro es el mismo: desplegar todo lo que hay de posibilidad humanizadora en cada uno de nosotros. Esa posibilidad de crecer hasta el infinito está disponible gracias a lo que Dios es en cada uno de nosotros.

Es la misma religión la que a veces nos aparta de ese objetivo. Nos propone otros logros intermedios como meta y así nos despista de lo que tenía que ser el punto de llegada de toda trayectoria verdaderamente humana. Todo lo que no sea esta meta, debemos considerarlo como medio para alcanzar el fin.

Meditación

No es necesario que nadie me presente ante Dios.
Sé que soy más de Él que de mí mismo
y nada sería si pudiera separarme de Él.
Esa realidad desconcertante me sobrepasa.
Una vez descubierta y aceptada,
me abre posibilidades infinitas de ser humano.

Fray Marcos

(*) Nota: Fray Marcos se refiere a las reuniones semanales con la comunidad, a la que llaman precisamente “el encuentro”.

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Aun en las peores circunstancias, es posible la plenitud de humanidad.

domingo, 2 de febrero de 2020
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sermon-monteMt 5, 1-12

Para todo el que no haya tenido una experiencia interior, las bienaventuranzas son un sarcasmo. Es completamente absurdo decirle al pobre, al que pasa hambre, al que llora, al perseguido, ¡Enhorabuena! Dale gracias a Dios porque algún día se cambiarán las tornas y tú serás como el que ahora te oprime. Intentar explicarlas racionalmente es una quimera, pues están más allá de la lógica. Es el mensaje más provocativo del evangelio y el peor entendido del cristianismo.

Sobre las bienaventuranzas se han dicho las cosas más dispares. Para Gandhi eran la quintaesencia del cristianismo. Para Nietzsche son una maldición ya que atentan contra la dignidad del hombre. ¿A qué se debe esta abismal diferencia? Muy sencillo. Uno habla desde la mística (no cristiana). El otro pretende comprenderlas desde la racionalidad: y desde la razón, aunque sea la más preclara de los últimos siglos, es imposible entenderlas.

Sería un verdadero milagro hablar de las bienaventuranzas y no caer en demagogia barata para arremeter contra los ricos, o en un espiritualismo que las deja completamente descafeinadas. Se trata del texto que mejor expresa la radicalidad del evangelio. La formulación, un tanto arcaica, nos impide descubrir su sentido. Lo que quiere decir Jesús es que la verdadera humanidad no consiste en satisfacer las necesidades más perentorias sino en desplegar nuestra humanidad.

Mt las coloca en el primer discurso programático de Jesús. No es verosímil que Jesús haya comenzado su predicación con un discurso tan solemne y radical. El escenario del sermón nos indica hasta qué punto lo considera importante. El “monte” está haciendo clara referencia al Sinaí. Jesús es el nuevo Moisés, que promulga la “nueva Ley”. Pero hay una gran diferencia. Las bienaventuranzas no son mandamientos o preceptos. Son simples proclamaciones que invitan a seguir un camino inusitado hacia la plenitud humana.

No tiene importancia que Lc proponga cuatro y Mt nueve. Se podrían proponer cientos, pero bastaría con una, para romper los esquemas mentales de cualquier ser humano. Se trata del ser humano que sufre limitaciones materiales o espirituales por caprichos de la naturaleza o por causa de otro, y que unas veces se manifiestan por el hambre y otras por las lágrimas. La circunstancia concreta de cada una no es lo esencial. Por eso no tiene mayor importancia explicar cada una de ellas por separado. Todas dicen exactamente lo mismo.

La inmensa mayoría de los exégetas están de acuerdo en que las tres primeras de Lc, recogidas también en Mt, son las originales e incluso se puede afirmar con cierta probabilidad que se remontan al mismo Jesús. Parece que Mt las espiritualiza, no sólo porque dice pobre de espíritu, y hambre y sed de justicia, sino porque añade: bienaventurados los pacíficos, los limpios de corazón que nos saca de la idea de un ser humano marginado y oprimido por el otro.

La aparente diferencia entre Mt y Lc (pobre o pobre de espíritu) desaparece si descubrimos qué significaba en la Biblia, “pobres” (anawim). Sin este trasfondo bíblico, no podemos entender ni una ni otra expresión. Con su despiadada crítica a la sociedad injusta, los profetas Amós, Isaías, Miqueas, denuncian una situación que clama al cielo. Los poderosos se enriquecen a costa de los pobres. No es una crítica social, sino religiosa. Pertenecen todos al mismo pueblo cuyo único Señor es Dios; pero los ricos, al esclavizar a los demás, no reconocen su soberanía.

Después del destierro se habla del resto de Israel, un resto pobre y humilde. Los pobres bíblicos son aquellas personas que, por no tener nada ni nadie en quien confiar, su única escapatoria es confiar en Dios, pero confían. El “resto” bíblico es siempre el oprimido, el marginado, el excluido de la sociedad. Incluía no solo a los pobres económicos sino a los social y religiosamente pobres: enfermos, poseídos, impuros, marginados, a quienes Dios había rechazado, según se creía.

La diferencia entre pobre sociológico y pobre teológico no tiene sentido, cuando nos referimos a los evangelios. En tiempo de Jesús no había separación posible entre lo religioso y lo social. Las bienaventuranzas no están hablando de la pobreza voluntaria aceptada por los religiosos a través de un voto. Está hablando de la pobreza impuesta por la injusticia de los poderosos; de los que quisieran salir de su pobreza y no pueden. Son los bienaventurados si descubren que nada les puede impedir ser plenamente humanos, a pesar de todas sus limitaciones impuestas.

Otra trampa que debemos evitar al tratar este tema es la de proyectar la felicidad prometida a los excluidos, para el más allá. Así se ha interpretado muchas veces en el pasado y aún hoy lo he visto en algunas homilías. No, Jesús está proponiendo una felicidad para el más acá. Aquí, todo ser humano puede encontrar la paz y la armonía interior, que es el paso a una verdadera felicidad, que no puede consistir en el tener y consumir más que los demás sino en una toma de conciencia de que lo que Dios te da lo tienes asegurado y no depende de las circunstancias externas.

Esta reflexión nos abre una perspectiva nueva. Ni el pobre ni el rico se puede considerar aisladamente. La riqueza y la pobreza son dos términos correlativos, no existiría una sin la otra. Es más, la pobreza es mayor cuanto mayor es la riqueza, y viceversa. Si desaparece la pobreza, desaparecerá la riqueza. Si todos fuésemos igualmente pobres o igualmente ricos no había problema alguno. La irracionalidad de los ricos es que queremos que desaparezca la pobreza manteniendo nosotros nuestra riqueza. La predicación de hoy está abocada al fracaso.

Las bienaventuranzas quieren decir: es preferible ser pobre, que ser rico a costa de los demás. Es preferible llorar a hacer llorar al otro. Es preferible pasar hambre a ser la causa de que otros pasen hambre. Dichosos no por ser pobres, sino por no empobrecer a otro. Dichosos, no por ser oprimidos, sino por no ser opresores. El valor supremo no está en lo externo sino dentro. Hay que elegir entre perseguir el placer sensible o la plenitud humana que se manifiesta en el don.

En todo este asunto podemos descubrir una tremenda paradoja. Si el ser pobre es motivo de dicha, por qué ese empeño en sacar al pobre de la pobreza. Y si la pobreza es una desgracia, por qué la disfrazamos de bienaventuranza. Ahí tenemos la contradicción más radical al intentar explicar racionalmente las bienaventuranzas. El que pasa hambre no es feliz porque un día será saciado. El rico que ríe no es desgraciado porque un día llorará.

Pero por paradójico que pueda parecer, la exaltación de la pobreza que hace Jesús, tiene como objetivo el que deje de haber pobres. En ningún caso puede bendecirse la pobreza. Cualquier  clase de pobreza causada por el hombre debe ser combatida como una lacra y la causada por los desastres naturales debe ser compartida y en lo posible paliada. El enemigo del Reino de Dios es la ambición, el afán de poder. Recordad: “no podéis servir a Dios y al dinero”.

Las bienaventuranzas nos están diciendo que otro mundo es posible. Un mundo que no esté basado en el egoísmo sino en el amor. ¿Puede ser justo que esté pensando en vivir cada vez mejor (entiéndase consumir más), mientras hay personas que mueren, por no tener un puñado de arroz que llevarse a la boca? Si no quieres ser cómplice de la injusticia, escoge la pobreza, entendida como no poner el objetivo en consumir. Mientras menos necesites, más rico eres.

Meditación

Si en vez de acaparar, reparto, entro en el ámbito de lo divino.
Si pongo mi felicidad en el consumir, olvido mi verdadero ser.
Acaparar lo que otros necesitan para vivir, es negarles la vida.
Pero es también impedir la verdadera Vida.
Compartir lo que tengo con el que lo necesita, me hace más humano.
Pero es también dar al otro la posibilidad de hacerse más humano.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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