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”Allanad los senderos del Señor”. Domingo 06 de diciembre de 2020. Domingo 2º de Adviento.

domingo, 6 de diciembre de 2020
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02advientoB2cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 40,1-5.9-11: Preparadle un camino al Señor.
Salmo responsorial: 84:
Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
2Pedro 3,8-14: Esperemos un cielo nuevo y una tierra nueva.
Marcos 1,1-8: Allanad los senderos del Señor.

En los tiempos que escribe el profeta Isaías el pueblo de Israel se encuentra en el exilio de Babilonia y es inminente un posible retorno a la tierra de Israel. Isaías da aliento a su pueblo diciéndoles que ya han satisfecho la pena que tenía estipulada por sus culpas, satisfacción lograda por medio de la esclavitud y los trabajos forzosos que han vivido en Babilonia. Ahora vendrá un mensajero, que el escritor no le da nombre, proclamando que todo monte sea rebajado, allanando, aplanado para hacer una senda a nuestro Dios que regresa triunfante a Jerusalén conduciendo a su pueblo como en otro tiempo lo hizo con los israelitas saliendo de Egipto. El escritor ha tomado una costumbre de su época, según la cual cuando un rey ganaba una guerra o una batalla se hacían caminos ceremoniales en los cuales se celebraba el triunfo del rey sobre sus enemigos. Asimismo Yahvé es el Señor, el Dios de Israel que retorna glorioso triunfante a Jerusalén por un camino preparado por Él. El mensajero anuncia a todo el pueblo esta noticia, noticia de esperanza y de alegría para una comunidad que vivía marginación y explotación. Los evangelistas han asociado a este mensajero que prepara el retorno de Yahvé con Juan el Bautista.

El Salmo canta la esperanza del pueblo desterrado que ahora retorna. Ellos se preguntan hasta cuándo Dios estará alejados de ellos, y la respuesta es unánime: Él mora en aquellos que le son fieles. Ese día Yahvé se hará presente. La justicia y la paz reinarán y las cosechas, que no han producido lo esperado, prosperarán. Es un himno al Dios compasivo que ahora retorna a su tierra para hacerla fructificar. Es la espera y la esperanza en un futuro mejor.

La segunda lectura de la carta de Pedro, nos sitúa dentro del debate sobre el día de la segunda venida del Señor. La comunidad para la que esta dirigida la carta de Pedro se preguntaba cuándo sería ese día en que Jesucristo resucitado volvería. En un principio se les había dicho que pronto pero pasaba el tiempo y no retornaba. El apóstol le responde diciéndole que el Señor no se retrasa en el cumplimiento de la promesa como ellos suponen, sino que usa de la paciencia de los hombres queriendo que todos lleguen a la salvación; por que un día es como mil años y mil años como un día para el Señor. En ese día se inaugurara un nuevo cielo y nueva tierra. Lo que nosotros tenemos que hacer es esforzarnos para ser hallados en paz ante él, y ésta debe ser una actitud permanente pues no sabemos el día en que vendrá. Pedro anima a la espera a una comunidad impaciente, y más que a una espera a vivir esperanzadamente en un futuro mejor. No niega que haya problemas en la comunidad (divisiones, persecuciones), pero lo que nos debe identificar como cristianos es la confianza en un futuro mejor.

El evangelio de Marcos se centra en la predicación de Juan el Bautista. En él se cumple la profecía de Malaquías según la cual vendrá un mensajero delante del Mesías (que sería Elías); y del profeta Isaías que expresa la misión del precursor preparar el camino de aquel que ha de venir. Juan proclamaba un bautismo de conversión el cual era signo del perdón de los pecados y que implicaba el compromiso de cambio de vida. Predicaba un castigo inminente de Dios y ante esa amenaza debíamos reconocernos pecadores, débiles, que hemos fallado, por lo cual el bautismo era expresión de un real cambio de vida y no solo un simple rito. Esta predicación era muy aceptada por las gentes de Jerusalén y de Judea, especialmente los más pobres (luego evangelistas nos dirán que los fariseos y los doctores de la ley, personas importantes, no creyeron en él). Caracteriza a Juan su vestimenta y su dieta, que significaba su talante profético. Se viste a sí porque las tradiciones de la época identificaban con estos rasgos a los profetas. La venida inminente de quien bautizará en Espíritu, es la esperanza que el grupo de seguidores de Juan arraiga en su corazón.

Como vemos, la liturgia del día de hoy nos invita a esperanza, a creer que en medio de las dificultades, de las persecuciones, de las realidades más duras de la vida; es posible un futuro mejor, porque el Señor es fiel a quienes asumen los valores de la verdad, de la justicia, de la fraternidad. Todas estas esperanzas que nos invitan las lecturas, como cristianos, las leemos en Jesús, sobre todo en este tiempo de espera alegre de la Navidad, espera de un nuevo mundo. Que nuestra esperanza sepa dar testimonio ante el mundo de que un futuro mejor, en medio de las difíciles condiciones de nuestra realidad, es posible. Leer más…

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6. XII 2020. Dom 2º Adviento. Ciclo B: Ante el pasado Consistorio, volver a Juan Bautista (Mc 1, 1-8)

domingo, 6 de diciembre de 2020
Comentarios desactivados en 6. XII 2020. Dom 2º Adviento. Ciclo B: Ante el pasado Consistorio, volver a Juan Bautista (Mc 1, 1-8)

DD0CBCBD-2A60-49BD-8020-BC1DF49B8642Del blog de Xabier Pikaza:

El tema central de este Dom 2º de Adviento es el comienzo del Evangelio de Marcos (1,1-8), que seguiremos leyendo a lo largo del año 2021 (Ciclo B).

La figura dominante es Juan Bautista, marcando el paso que va del Antiguo al Nuevo Testamento; él convocó el primer “consistorio” de la iglesia, al que acudió Jesús, con otros voluntarios.

Ese motivo nos sitúa ante el reciente consistorio del Papa con sus cardenales, al comienzo del Adviento (28.11.2020) con su dignidad y su historia, ha sido un hermoso y digno consistorio, y me alegro de ello.

Pero yo preferido otro algo distinto, más parecido al de Juan, entre el desierto y la tierra prometida, donde acudió Jesús (Mc 1, 9), con sus compañeros, desnudos de riquezas, abiertos de esperanzas, conforme al evangelio de este domingo.

Composición de lugar

 

65405789-5779-4D4E-8526-F63BA48EA5A4Como he dicho, el consistorio del pasado 28.11.20, ha sido un digno y gozoso consistorio. Ciertamente, hay algunas excepciones, pero el colegio cardenalicio es uno de los colectivos más dignos y sanos no sólo de la Iglesia, sino de la humanidad actual. Los católicos podemos sentirnos muy contentos, y dar a Dios gracias por ello. Y, sin embargo, algunas cosas podían y pueden cambiar, en la línea del evangelio del domingo (Mc 1, 1-8). El colegio de los Cardenales nació en el siglo XI para resolver fuertes problemas de Iglesia. Por eso, el papa de entonces creó un colegio de «príncipes de la iglesia», electores del  próximo papa (como los príncipes electores del Imperio Romano Germánico del siglo XI). Ese «invento» de los cardenales electores tuvo éxito, ha durado casi mil años… Pero quizá debería cambiar, siguiendo más el modelo de Juan Bautista  y de su grupo, del que surgió Jesús.

Este colegio de cardenales ha cumplido una función,  a lo largo de mil años, como signo de poder y prestigio de la Iglesia, pero quizá debe ir terminando (o cambiando mucho), con las reformas que ha introducido el Papa Francisco y con otras muchos mayores que deben introducirse. No parece normal ni bueno que sean solo varones y obispos. No hay razón ninguna para mujeres y no-obispos… No hay razón ninguna para que vistan de colorado…, no hay ninguna, ninguna razón, para que sigan siendo un residuo  de la reforma  feudal, imperial y “gregoriana” del siglo XI (cuando se crearon cardenales, consistorios y cónclaves, en torno al año 1059, como electores del papa).

Resulta significativo y, a mi juicio,prometedor  el hecho de que esta iglesia «cardenalicia» celebre mañana (el 6.12.20) el segundo domingo de Adviento, con la figura de Juan, a quien hoy quiero presentar como profeta y bautista del “gran” consistorio mesiánico al que se apuntaron los voluntarios del Reino, con  Jesús, que inició  desde allí su camino mesiánico. Como es normal, los cardenales del consistorio Vaticano 2020 son distinto de los compañeros del Bautista, entre los que estuvo Jesús… Por eso me gustaría que los próximos «consistorios» de la iglesia romana fueran más parecidos a los grupos del Bautista…, empezando por sus vestidos y comida, por su origen y vocación de Reino.

De aquel «consistorio» de Juan surgió Jesús, el hijo de María, de la que tratará el evangelio del próximo martes (8.12.20).  Ellos, muy distintos, muy unidos, han de ser los promotores de los próximos consistorios de la Iglesia, con hombres y mujeres, cristianos todos (casados o solteros, clérigos o laicos…). No sé la forme en que deberán elegirse los «compromisarios» de la próxima iglesia de Roma. Estos cardenales del año 2020 han cumplido una función y la seguirán cumpliendo algunos años (algunos decenios). Pero tiene que surgir pronto una iglesia distinta. En el primer milenio no hubo cardenales (ni los hay en las iglesia ortodoxas,protestantes etc…). En el tercer milenio tampoco habrá cardenales de este tipo.

         Pienso que la reforma de la Curia Vaticana, en la que está empeñado el Papa Francisco, va (ha de ir) en esa línea. En un sentido, poniéndose a soñar, hubiera sido hermoso que Francisco hubiera abandonado el Vaticano, con sus “nobles” cardenales (re-vestidos, solemnes, sentados bajo una cúpula de poder), para retomar la andadura de Juan y de Cristo, en el “desierto” (fuera del poder establecido), a la vera del Jordán, sin más vestido que una túnica de pelo de camello, sin más seguridad ni comida que los “saltamontes” y la miel silvestre del ancho mundo hermano. En esa línea puede entenderse el evangelio y liturgia de este domingo 2 de Adviento.

Contrapunto: Juan Bautista y los “cardenales” de Jesús

21731177-23AD-4A79-B787-4BE08131E41D Juan Bautista supo que este mundo (templo y vaticano incluidos) se encuentra condenado a muerte. Por eso abandonó el culto oficial, los poderes establecidos, para comenzar “a pelo” (desnudo de ropas y comidas de mercado) en el desierto del principio de la vida. Su camino y mensaje incluía tres certezas primordiales.

1) Según Juan Bautista, este mundo de riqueza, poder y exclusión (con el templo de Jerusalén y el Imperio romano) está condenado a muerte, se está destruyendo a sí mismo, porque es un mundo de injusticia. Por eso, Juan protesta contra la apariencias de las vestiduras que son signo de poder sacerdotal (social), volviendo a la naturaleza “desnuda”, igual para todos, con la túnica de pelo de camello, que no se compra ni vende en mercado. En esa misma línea protesta contra la injusticia de un mercado de comidas, que enriquece a unos, empobrece a otros, volviendo a la naturaleza y a sus dones, iguales para todos, saltamontes, miel silvestre…

(2) Sólo a quienes rompen así con el “mundo del poder” ofrece Juan un bautismo de esperanza, es decir, un nuevo comienzo,para escaparse «de la ira que se acerca» (cf. Mt 3, 7),  caminando hacia la salvación, en la tierra prometida, tras el río Jordán que separa el mundo antiguo del desierto y la tierra del Reino de Dios. Evidentemente, Juan habría sacado a los cardenales del consistorio 2020, con el mismo Papa Francisco, para abandonar otros “negocios” y comenzar una andadura de transformación personal y social, social y eclesial, sin dinero alguno (todo lo que se construye con puro dinero es malo), a cuerpo, junto al río de la vida.

(3) Pero, al mismo tiempo, Juan sabe que hay algo (Alguien) mayor que él, que todos sus discípulos, incluidos los “cardenales”. Por eso les anuncia y promete la llegada de   uno que es más fuerte, aquel que viene en nombre de Dios (o Dios mismo) para realizar las promesas antiguas y transformar en amor gratuito la vida de los hombres y mujeres, desde los más pobres (los considerados pecadores, los excluidos, sin casa fija en el mundo). De esa forma dice que él no tiene la última palabra, pero hay uno que la tiene, y ése es Dios, que quiere revelarse, expresar su Vida en la vida de los hombres.

(4) Juan sabe que la historia del hombre actual (del poder y la riqueza) ha fracasado, pero ha descubierto que queda un resquicio de esperanza y en ese  resquicio quiere mantenerse, para abrir la puerta a los que vengan, en el borde del desierto, ante el río que evoca el paso de la vida y el nuevo nacimiento en la tierra de Dios, el paso de Dios entre los hombres, excluidos de la tierra, con publicanos y  prostitutas que son sus cardenales (cf. Mt 21. 32), con Jesús que se une y siente bien con esa compañía (como seguirá diciendo Mc 1 9- 11).

(5) Juan se planta así, como profeta de Dios para los pobres, junto al río, vestido de piel de camello y comiendo alimentos silvestres (Mc 1, 6), para iniciar un camino de salvación con los expulsados de las pretendidas salvaciones de los poderosos.  Sólo si somos capaces de volver al “desierto” de Juan, sin más vestido que una túnica de pelo de camello, sin más comida que los saltamontes (langostas peregrinas) de la tierra, podremos iniciar la andadura de aquel “consistorio” al que acudió de verdad Jesús. Quizá habría que haberse olvidado Consistorio Vaticano 2020 (¡con el Papa Francisco!), para apuntarnos este próximo domingo al Consistorio Universal de Juan, en el desierto del Jordán, como empieza contando el evangelio.

Texto: Mc 2, 1-8

 (Título) 1. Principio del evangelio de Jesús Cristo, Hijo de Dios

(a. Habla Dios) 2 Según está escrito en el profeta Isaías: Mira, envío mi mensajero delante de ti, preparará tu camino, 3 voz que grita en el desierto: ¡Preparad el camino al Señor; allanad sus senderos!

(b. presentación de Juan) 4 Vino Juan el Bautista en el desierto, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. 5 Toda la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. 6 Iba Juan vestido con pelo de camello, llevaba un cinturón de cuero a su cintura, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre.

(c. Mensaje. Viene el más fuerte) 7 Y proclamaba diciendo: Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo. Yo no soy digno ni de postrarme ante él para desatar la correa de sus sandalias. 8 Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo

(d, Vino Jesús) 9 Y sucedió en aquellos días que llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.

     El lector normal puede terminar aquí mi reflexión de este domingo, organizando a partir de aquí la suya. Para quien tenga más tiempo he querido recoger en esta postal mis reflexiones sobre el texto del evangelio de Marcos. El lector más interesa puede acudir a mi Comentario de Marcos y a mi Historia de Jesús, donde desarrollo el tema Aquí dejo a un lado el título del evangelio (Mc 1-1), con la cita del AT (Mc 1, 2-3) y la conclusión (venida de Jesús: Mc 1, 9), para centrarme  en la presentación de Juan (1, 4-6) y en su mensaje (1, 7-8).

PIKAZA, COMENTARIO DE MARCOS (Mc 1, 1-8)

1, 4-6. Vino Juan Bautista

4 Vino Juan el Bautista en el desierto, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. 5 Toda la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. 6 Iba Juan vestido con pelo de camello, llevaba un cinturón de cuero a su cintura, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre

            1, 4a. Vino.La palabra griega (egeneto), que he traducido como“vino” en el sentido de venir,puede entenderse también como “fue, sucedió o aconteció”, como en las historias tradicionales: “érase una vez”. Pero el problema no es la traducción, sino la puntuación del texto, pues, como se sabe, los manuscritos antiguos no puntúan, de manera que el principio y final de cada frase la “deciden” los mismos lectores, como en el lenguaje oral, donde son los oyentes los que captan los cambios de frase, al oído). (a) Mc 1, 1-4 se puede entender como una única frase, en la que 1, 2-3 actúa como paréntesis: “El principio del evangelio de Jesús… (como está escrito en Isaías…) fue Juan el Bautista”. El mismo Juan aparece así como comienzo del Evangelio. (b) Pero podemos suponer también que Mc 1, 1-4 consta de dos frases. La primera abarca 1, 1-3, con un título nominal: “comienzo del evangelio…” (1, 1) y una larga frase subordinada: “como está escrito…” (1, 2-3). A partir de 1, 4, tras un punto, comenzaría una frase nueva, que empieza con egeneto (fue, vino) que debería traducirse como: “Vino (se mostró, hubo una vez) Juan Bautista…

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“Tres caminos hacia Jesús.” 2º Domingo de Adviento. Ciclo B

domingo, 6 de diciembre de 2020
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3623727-lgDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El camino poético (lectura de Isaías)

Hacia el año 540 a.C., los judíos llevaban casi cincuenta años desterrados en Babilonia. Años duros, de grandes sufrimientos, de ansia de libertad y de vuelta a la patria. Esa buena noticia es la que anuncia el profeta. Pero el largo camino, a través de zonas a menudo inhóspitas, puede asustar a muchos y desanimarles de emprender el viaje. Entonces, una voz misteriosa, da la orden, no se sabe a quién, de preparar el camino al Señor. No se dirige a hombres, porque la labor que realizarán es sobrehumana: construir un el desierto una espléndida autopista, allanando montes y colina, rellenando valles. Por ella volverá el pueblo judío, acompañado de su Dios, como un pastor apacienta a su rebaño.

“Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle,  que se ha cumplido, su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha  recibido doble paga por sus pecados.”

Una voz grita: “En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos – ha hablado la boca del Señor”-

-Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá:  “Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda. Mirad, viene con el su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres.”

El camino ético (Qumrán)

Con el tiempo, la idea de preparar un camino al Señor en el desierto adquirió un sentido nuevo: a mediados del siglo II a.C., un grupo de sacerdotes y seglares judíos, descontentos con el comportamiento de los sumos sacerdotes de Jerusalén y de las costumbres paganas que se estaban introduciendo, recordando el texto del libro de Isaías, decide retirarse al desierto de Judá y allí, en Qumrán, fundar una especie de comunidad religiosa. En el desierto preparan el camino del Señor. Ya no se trata de un camino poético, sino de una conducta conforme a la Ley del Señor. (En hebreo, derek puede significar “camino” y “forma de conducta”, igual que way en inglés).

El camino del Señor Jesús (evangelio)

Esta misma interpretación del texto de Isaías es la que aplica el evangelio a Juan Bautista. También él marcha al desierto a preparar un camino. A primera vista parece tratarse de un camino ético, como un Qumrán, ya que Juan exhorta a la conversión y al bautismo para el perdón de los pecados. Pero sus palabras dejan claro que prepara el camino a una persona más poderosa que él y que trae un bautismo superior al suyo: Jesús.

Está escrito en el profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.” Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y é1 los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:  “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero é1 os bautizará con Espíritu Santo.”

[A propósito de la diferencia entre el bautismo de Juan y el de Jesús conviene recordar que el verbo “bautizar” significa en griego “lavar”. Los fariseos, por ejemplo, “bautizan” los platos, los lavan. Pero se puede lavar con agua sola, como hace Juan, que es un lavado superficial, incapaz de limpiar las manchas más profundas; y se puede lavar con “Espíritu Santo” (o “con Espíritu Santo y fuego”, como dice otro texto) limpiando totalmente a la persona.]

Esperad y apresurad la venida del Señor (2 Pedro 3, 8-14)

A mediados y finales del siglo I, muchos cristianos empezaron a sentirse desconcertados. Les habían repetido que la vuelta del Señor y el fin del mundo eran inminentes. Sin embargo, pasaban los años y el Señor no volvía. El autor de la 2ª carta de Pedro (que no es san Pedro) sale al paso de esta inquietud, ofreciendo una respuesta que, después de veinte siglos, no convence demasiado: el Señor no se retrasa, sino que nos da un plazo para que podamos convertirnos. El autor mantiene la postura tradicional de que la llegada del Señor y el fin del mundo será algo repentino, inesperado. Y en vez de quejarnos de que el Señor se retrasa, debemos “esperar y apresurar la venida del Señor”. Además, el fin del mundo será el comienzo de un nuevo cielo y una nueva tierra, y hay que prepararse para recibirlos llevando una vida santa y piadosa, en paz con Dios, inmaculados e irreprochables.

Queridos hermanos:  No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino  que todos se conviertan. El día del Señor llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran estrépito; los elementos se desintegrarán abrasados, y la tierra con todas sus obras se consumirá. Si todo este mundo se va a desintegrar de este modo, ¡qué santa y piadosa ha de ser vuestra vida! Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables.

Una ética basada en Jesús

La segunda lectura, igual que el evangelio, une el camino de la ética con el camino que lleva a Jesús: Juan Bautista lo relaciona con la primera venida; la carta de Pedro, con la segunda. La liturgia nos indica que el Adviento no es época de espera pasiva, como quien espera que empiece la película: hay que comprometerse activamente. Y ese compromiso debe basarse en el recuerdo de la venida del Señor y en la esperanza de su vuelta.

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Segundo Domingo de Adviento. Ciclo B. 06 Diciembre, 2020

domingo, 6 de diciembre de 2020
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Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo. Yo no soy digno ni de postrarme ante él para desatar la correa de sus sandalias.”

(Mc 1, 1-8)

El evangelio de este Domingo nos coloca en la primera página del Evangelio de Marcos. El Evangelio más antiguo que tenemos. Y Marcos abre su obra diciendo: “comienzo de la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo De Dios”. No se anda con rodeos, casi podríamos decir que nos hace spoiler… aunque bien pensado no puede contarnos el final, sencillamente porque este evangelio no tiene final. Se queda abierto, se dirige a ti (a quien tenga la osadía de leerlo) y te pide que lo continúes, te pide que te impliques.

Pero no nos vamos a adelantar tanto, ahora estamos en la primera página y se nos presenta al primer personaje. De hecho se presenta él mismo con la contundencia, la humildad y la lucidez de quién se conoce a sí mismo. “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo. Yo no soy digno ni de postrarme ante él para desatar la correa de sus sandalias.”

La actitud de Juan es la actitud de todo verdadero discípulo. Ese saber quitarse de en medio. Ser un anuncio que no distraiga. Para ello primero necesitamos conocernos y conocer a Jesús. Acallar nuestro orgullo y permitir que la humildad nos haga conocernos, acogernos y amarnos. Solo así nos preparamos para ser discípulas y discípulos.

También Juan necesitó tiempo y desierto para prepararse. Antes de salir al Jordán a Bautizar, pasó años en la soledad y el silencio, acallando ruidos y tentaciones, moldeando una vida sencilla y austera. El evangelio nos lo muestra tan seguro de sí en mitad de una multitud que lo escucha y lo respeta, pero nos lo muestra casi al final de su recorrido, cuando ya se conoce, cuando ya se ha equivocado mil veces. Ahora se encuentra en el momento decisivo de su vida, y aun así tendrá dudas y necesitará enviarle mensajeros a Jesús: “¿Eres tú o tenemos que esperar a otro?”. El camino de la fe no es fácil, no es una autovía, se parece más a un bosque sin sendero, donde solo hay camino si das un paso más.

Oración

Enséñanos, Trinidad Santa, a andar vestidas de Evangelio y con sandalias por este tiempo de Adviento.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Juan construyó su propio camino, Jesús lo recorrió y continuó.

domingo, 6 de diciembre de 2020
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baptist_Mc 1,1-8

El evangelio del domingo pasado nos hablaba de estar despierto. Hoy hablan los que han despertado, los centinelas, los profetas. No se trata de un adivinador del porvenir. Tampoco se trata de un ser humano separado y elegido por Dios, que le va indicando lo que tiene que decir a los demás. Profeta es todo aquel que está despierto. La principal característica de los profetas es precisamente su inserción en el pueblo y su preocupación por la suerte de los más humildes. Su principal objetivo ha sido denunciar la injusticia.

Verdadero profeta sería el que ha llegado a una experiencia de su verdadero ser y, fiel a ella, ayuda a los demás a descubrir el camino de lo humano. Falso sería el que conduce al hombre a mayor egoísmo. El problema está en que lo “humano” solo se puede valorar desde lo humano. Por eso no hay manera de distinguir lo falso de lo verdadero mientras no se tenga una mínima experiencia de humanidad.

No debemos extrañarnos de encontrar tantos y tan expresivos textos para este tiempo litúrgico. Lo que el segundo Isaías anuncia es un evangelio (buena noticia). El destierro había acabado con toda una teología triunfalista que invitaba a dormirse en los laureles de sentirse elegidos, sin aceptar ninguna responsabilidad para con Dios ni para con los demás. Las denuncias de todos los profetas advertían de que no se puede confiar en Dios mientras se practican toda clase de atropellos e injusticias.

La primera palabra del evangelio de Mc es “arje”, que en griego designa el comienzo de un texto, pero también algo mucho más profundo. El evangelio de Jn comienza también con esta palabra y lo traducimos: “en el principio” = origen. “Arje” significa origen y fundamento; es decir, aquello que ha sido la causa de que otra cosa surja. La Vulgata lo tradujo por “Initium” que también significa “origen”. El texto se debía traducir: “Éste es el origen de la alegre noticia de Jesús el Ungido, el Hijo de Dios”.

Tampoco euanggelion” debemos traducirlo por evangelio, que es un concepto muy elaborado, sino por buena noticia. Quiere decir que comienza el evangelio y que es todo él una buena noticia. Lo mismo tenemos que decir de “Jesous” y “Christos” que en griego están separados y significan simplemente, Jesús el ungido. Con el tiempo los cristianos unieron el nombre con el adjetivo y confesaron al Jesucristo que ha llegado hasta nosotros. Este texto es un resumen de todo lo que en él se va a proponer.

Este evangelio, a pesar de ser el primero que se escribió, no sabe nada de la infancia de Jesús. Esto es muy interesante a la hora de interpretar los textos de Lc y Mt, que vamos a leer en todo el tiempo de Navidad. Estos relatos se fueron elaborando a través de los primeros años de cristianismo y no tienen nada que ver con la historia. Son relatos míticos y leyendas casi todas anteriores al cristianismo que se han cristianizado para darnos un mensaje teológico, no para informarnos de lo que pasó.

Mc pasa directamente a hablarnos de Juan Bautista como último representante del profetismo. El Bautista es uno de los personajes claves en el tiempo de Adviento, porque se trata del último de los profetas del AT. Debemos recordar que hacía casi trescientos años que no se había conocido un verdadero profeta. Todos los evangelistas lo consideran el heraldo de Jesús, lo anuncia, lo propone al pueblo y es protagonista de su nacimiento en el Espíritu (bautismo), donde empieza Jesús a manifestar lo que realmente era.

No podemos asegurar que este relato responda a una situación histórica. Es muy poco lo que sabemos sobre la relación de Jesús con Juan. De todos modos, es cierto que el primer dato histórico sobre Jesús, que encontramos en fuentes extra-bíblicas, es su bautismo por parte de Juan. No es descabellado suponer que Jesús, un buscador incansable, le llamara la atención un personaje como Juan, que ya era famoso cuando él empezó su vida pública. A Juan, como a Jesús, no le gustaba el cariz que había tomado la religión judía.

Los primeros cristianos dieron al Bautista un papel relevante en la aparición del cristianismo; seguramente mayor del que hoy le reconocemos. La prueba está en que, en un momento determinado, vieron la necesidad de marcar distancias entre Jesús y Juan para dejar claro quién era el más importante. Seguramente esa relevancia se deba más a la necesidad de justificar una figura tan desconcertante como la de Jesús, conectándole con el profetismo del AT, que a una real influencia de Juan en la doctrina de Jesús

Preparadle el camino al Señor. Este grito es el mejor resume del espíritu de Adviento. Pero fijaros que fuerza el sentido del texto, que habla de prepararle un camino a Yahvé, mientras Mc habla de preparar un camino a Jesús. El texto está insinuando que si Dios no llega a nosotros es porque se lo impedimos con nuestra actitud vital, que orienta su preocupación en otras direcciones. Él viene, pero nosotros nos vamos.

Yo bautizo con agua, pero él bautizará con Espíritu Santo. Es la clave del relato y marca la diferencia abismal entre Jesús y Juan. Las primeras comunidades tenían muy clara la originalidad de Jesús frente a los personajes del pasado. Toda la relación con Dios, hasta la fecha, era consideraba como externa al hombre y en relación desigual. Dios era el soberano y el ser humano el súbdito. Jesús manifiesta una relación con Dios distinta. Él está empapado del Espíritu y nos sumerge (bautiza) a todos en ese mismo Espíritu.

Los textos de este domingo nos hablan de utopía. Isaías dice: “Aquí está vuestro Dios”. Pedro: “Nosotros esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia” El salmo: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan”. Mc: “Él bautizará con Espíritu Santo”. En un mundo tan poco propicio al optimismo, encontrarnos con esta oferta puede ser impactante. Pero tampoco tenemos que caer en el triunfalismo. Derrotismo y triunfalismo son estrategias extremas que utiliza el yo para fortalecerse.

Hoy, la necesidad de estar alerta es más apremiante que nunca, porque jamás se han ofrecido al ser humano más caminos falsos de salvación. Hay toda una gama de productos disponibles en el mercado, desde las drogas hasta los gurús a medida. Por eso necesitamos más que nunca de la figura del profeta. Seres humanos que por su experien­cia personal puedan arrojar alguna luz en esa maraña de senderos que se entrecruzan y que la inmensa mayoría son sendas perdidas que no llevan a ninguna parte.

Podemos volcarnos sobre lo sensible, buscando el placer inmediato o descubrir las posibilidades de plenitud que todos tenemos. El no tomar una decisión es ya tomar partido por lo que nos pide el cuerpo. No despertar es seguir dormidos. Decidirse por lo más difícil solo es posible después de una toma de conciencia, que tiene que ir más allá de los sentidos y de la razón. Es una iluminación que me empuja por un camino que ni siquiera sé a donde me va a llevar, pero estoy convencido que me hará más humano.

Meditación

La experiencia del bautismo es la clave para entender a Jesús.
Después de esa experiencia personal, dice a Nicodemo:
“Hay que nacer del agua y del Espíritu”.
El único camino hacia lo humano es el que Jesús recorrió.
Tenemos que sumergirnos en lo sagrado.
Tenemos que dejarnos inundar por lo divino.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Enderezad los senderos del Señor.

domingo, 6 de diciembre de 2020
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1172982384_f[1]6 de diciembre. DOMINGO II DE ADVIENTO

Nadie puede volverse por el camino que ha recorrido (Heráclito)

Mc 1, 1-8 «Voz del que proclama en el desierto: “Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas”».

No forzar jamás a nadie para que los senderos se pongan rectos, pues en una ocasión se lo preguntaron al evangelista de forma indiscreta y les respondió de esta manera y en verso, pues era poeta:

“¿Quién os ha dicho que yo,
dije nada de senderos
que subieran o bajaran
desde la Tierra a los Cielos?”

Y cuantos se lo habían preguntado, que eran muchos, particularmente fariseos, se callaron como muertos, y el sendero se irritó de manera prepotente.

Luego Jesús, mientras escribía unas letras en el suelo, porque in illo tempore no existía el papel y los papiros de Egipto eran excesivamente caros, “terminó diciendo a los ya dichos fariseos, que se fueran a hacer puñetas cuanto antes”. Los hombres no dijeron nada, pero en cambio las mujeres alboradas por lo de hacer puñetas, regresaron a sus casas riendo, para contárselo a los maridos.

 

Mientras tanto los senderos, en lugar de su de subir, se bajaron y la gente pudo seguir escuchando el evangelio de Marcos, que decía cosas muy interesantes, como aquello de Juan Bautista, recordando lo que Isaías decía: “Mira bien, pues envío por delante a mi mensajero para que prepare el camino del Señor”.

Poema de mi libro De hombre y de dioses:

Trashumancia

Cuarenta años transitó el pueblo judío
por un inhóspito desierto
desde Egipto a la Tierra Prometida,
como siglos más tarde transitaban
los pastores nómadas de León a Extremadura.

Las ovejas merinas daban lana,
que luego las mujeres cardaban en sus casas,
haciéndose tejedoras hábiles
como Las Hilanderas, del cuadro de Velázquez.

Bolsos, bermudas, y rebecas
que dan calor al cuerpo, y quitan frío al alma.

Y los judíos pasaron hambre y frío,
y sin apenas beber agua
que aliviara su sed en el camino,
hasta que Moisés llegó Mará,
y con voz sedienta dijo:

“¡Aquí, si que vamos a beber! 

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Carmen Soto: Preparar caminos inexplorados para la buena noticia.

domingo, 6 de diciembre de 2020
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Mc 1,1-6

Marcos comienza su obra resumiendo en una sola frase la historia que nos va a narrar a continuación. Con brevedad, pero con mucha contundencia, afirma que hay una buena noticia en la vida y en el mensaje de Jesús, que es Mesías e hijo de Dios y, al hacerlo, está expresando una convicción profunda, una experiencia que ha cambiado su vida y a la que desea que accedan todas las personas que escuchen su relato (Mc 1,1).

Una Buena Noticia que consuela y sana…

Cualquier habitante del mundo mediterráneo antiguo al escuchar que algo era una buena noticia, un evangelio, entendía que se estaba produciendo un acontecimiento que podía cambiar el estado presente de las cosas, que podía traer alegría, paz o liberación para sus destinatarios. Por eso, decir que Jesús de Nazaret era una buena noticia para el mundo era algo más que escuchar un mensaje bonito, era una invitación a confiar en que algo nuevo estaba comenzando a suceder, algo capaz de suscitar esperanza y futuro.

Para ofrecer a sus oyentes una garantía de que lo que van a escuchar no era, como decimos hoy una fake news, les recuerda algunas palabras del II Isaías (Is 40, 3). Con estas palabras de la Escritura, los invita a recordar un acontecimiento donde Dios se hizo consuelo, liberación y esperanza (Is 40, 1-11). El profeta anuncia al pueblo exiliado en Babilonia que su situación va a cambiar, que el Dios de la misericordia y del perdón (Is 40, 1-2) va a actuar y los va a llevar de nuevo a casa. Pero para que esto ocurra hay que cuidar el corazón, hay que preparar el camino, recuperar los senderos por los que esa buena notica va a llegar (Is 40, 4-8). Hay que escuchar la voz del anuncio, hay que creer que es posible, hay que permanecer a la espera (Is 40, 9-11).

La memoria de aquel acontecimiento del pasado es aval para dar crédito a la buena noticia que acontece en Jesús de Nazaret. En él se hará de nuevo visible el encuentro entre Dios y el ser humano. De la mano de Jesús podremos ver en acción la compasión, la bondad y el consuelo de Dios. Una acción que necesita ser acogida, ante la que hay que preparar de nuevo el camino, sintonizar con las palabras del mensajero y confiar en el enviado. Solo así, como proclamaba Isaías, acontecerá lo que esperamos.

Juan, un testigo que sabe que está llegando la Buena Noticia de Dios

Para Marcos la historia de Jesús comienza a orillas del rio Jordán porque es allí donde su misión se discierne a la luz del anuncio de reconciliación que Juan el Bautista ofrece en su modo de actuar y enseñar (Mc 1, 4-8).

Juan desea un mundo diferente y, por eso, ofrece un camino de conversión. Como Isaías en el destierro, sabemos que Dios actúa siempre a favor del ser humano pero cuando el corazón se encoge por la culpa, el miedo, la ira o el sufrimiento, no es posible reconocer la mano amorosa de Dios. Por eso, con radicalidad e inmensa generosidad, ofrece una oportunidad a quienes se acercan de comenzar de nuevo. Su bautismo es un signo de liberación, de reencuentro con el Dios (a veces olvidado) de la misericordia y perdón.
El mensaje de Juan no es la buena noticia, pero sí camino hacia ella. Él es testigo de que la Buena Noticia está llegando, porque lo ve en los ojos de quienes lo escuchan, en sus gestos y acciones, y sabe que tarde o temprano alguien se acercará y encarnará el sueño de Dios (Mc 1,7-8).

Arriesgarse a hacer camino

Al llegar el adviento y recordar este comienzo del evangelio de Marcos sin duda nos podremos sentir llamadas/os a la conversión, al cambio, como proclamaba el bautista, pero para acoger y confiar en la Buena Noticia de Jesús, se necesita algo más. Se necesita una escucha atenta para que las ideas se conviertan en certezas, una mirada capaz de ver novedad donde todo parece agotado, unos pies dispuestos a dejar nuestra zona de confort y arriesgarse a abrir caminos de esperanza.

En adviento Marcos nos recuerda que hay que arriesgarse a confiar como lo hizo él, como lo hizo Juan el Bautista, como lo hicieron aquellos hombres y mujeres palestinos que cambiaron sus vidas al calor de la vida y el mensaje del nazareno. Comenzar a escuchar una vez más la Buena Noticia de Jesús, Mesías, hijo de Dios, es arriesgarse a ir a los desiertos existenciales propios y ajenos abriendo surcos que lleven el agua fresca que fecunde la vida. Es disponerse a cambiar el rito por la experiencia para no dejarse atrapar por lo de siempre, por lo aprendido. Es acoger con humildad y sencillez la grandeza y oportunidad que me ofrece la otra u el otro para no quedarme referenciado/a en mí mismo/a como si todo acabase a orillas de mi Jordán.

Escuchemos la Buena Noticia como si fuese la primera vez, como si Marcos nos la contase personalmente, como una primicia. Dejemos que nos sorprenda, que nos inquiete y que nos provoque…Hagamos el camino para que la esperanza germine y se enraíce en nuestras vidas y podamos ser portadoras/es de un mensaje de autentica liberación, sanación y consuelo en estos tiempos nada fáciles que nos toca vivir.

Carme Soto Varela

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Leer el Evangelio desde una nueva comprensión

domingo, 6 de diciembre de 2020
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Caminando-bajo-la-lluvia_1920x1080Domingo II de Adviento

6 diciembre 2020

Mc 1, 1-8

 Los evangelios presentan a Juan el Bautista como el mensajero que “prepara el camino” de Jesús. Y lo retratan como un profeta austero y exigente, que no duda en recurrir a la amenaza divina para exigir la conversión de quienes se acercan a él.

  En todas sus manifestaciones, los evangelistas subrayan, de manera expresa, su “inferioridad” con respecto a Jesús, patentizada en este caso por el diferente tipo de bautismo que realizan. Si el de Juan era algo simbólico –el agua en cuanto símbolo de limpieza–, el de Jesús es “espiritual”, en el sentido genuino del término: comunica el Espíritu.

 Una lectura literal parecía entender esa expresión en el sentido de que Jesús transmitía el Espíritu de Dios –entendido como un Ser separado– a quienes creían en él, con lo cual la persona quedaba enriquecida y transformada para iniciar una nueva forma de vida.

 Tal lectura, aun apuntando en la dirección adecuada, encerraba el peligro de –y, en la práctica, quedaba atrapada en– un dualismo insuperable y una objetivación del propio misterio que somos. En concreto, la salvación se consideraba como algo venido de fuera, como don de una divinidad separada y encarnada en un hombre particular, don adquirido gracias a la propia fe en él.

 Desde la comprensión no-dual, la lectura queda modificada. No hay separación, nada viene desde “fuera” ni es consecuencia de la propia actitud. Lo que somos, lo somos siempre. En nuestra identidad profunda, somos Espíritu. Nadie nos lo comunica; lo que puede hacer es ayudarnos a caer en la cuenta, a comprender y reconocer lo que hemos sido desde siempre.

 La salvación no viene de fuera. Estamos ya salvados. Lo que nos hace falta es, sencillamente, comprenderlo.

 Leídas desde la mente, estas afirmaciones suelen ser desechadas sin miramiento. Y desde la perspectiva religiosa, suelen considerarse como muestra de autosuficiencia, fruto de un pelagianismo que negaría la acción transcendente, fiándolo todo a la obra humana.

  Sin embargo, el sujeto de aquellas afirmaciones no es el yo. No es él quien está salvado ni conoce la plenitud. El sujeto es nuestra identidad profunda, la consciencia ilimitada, atemporal y no-local que somos. Y lo que sucede en la comprensión es, justamente, lo opuesto a la inflación del ego: su disolución. No hay ningún ego que pueda salvarse. La comprensión nos “salva” de la identificación con el ego, al mostrarnos nuestra verdadera identidad. No estamos, por tanto, ante un yo pelagiano y engañosamente autosuficiente, sino ante el gozo de compartir la misma identidad profunda con todos los seres: el Espíritu.

¿Me abro a reconocerme en lo que somos, transcendiendo la identificación con el yo?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Desde el principio y por principio del Evangelio de JesuCristo, estamos salvados

domingo, 6 de diciembre de 2020
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1jlfbweDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Principio del evangelio de Xto.

         Durante este año litúrgico que acabamos e comenzar, leeremos el Evangelio de San Marcos. Y hoy hemos asistido al principiodel evangelio de JesuCristo, que no consiste en las primeras líneas del evangelio, sino que San Marcos sitúa el Evangelio, la buena noticia como principio vital. Así comienza también la Biblia, en el Génesis: En el principio creó Dios… (Gn 1,1) y también es el mismo modo con el que san Juan comienza su evangelio: En el principio existía la Palabra (Cristo).

No es una mera cuestión lingüística: No inicia un libro, una biografía. Se nos está diciendo que el evangelio es el principio, la luz y la fuente de nuestra vida. El principio es Evangelio: la buena noticia Nuestro principio (nuestros principios, como decimos coloquialmente) es existencialmente el Evangelio de JesuCristo Hijo de Dios.

         El mismo Dios de la creación y que se ha hecho uno de nosotros en JesuCristo, es nuestro evangelio, es buena noticia. Desde el principio, desde el Génesis hasta el final nuestra historia es evangelio, es salvación. ¡Estamos salvados!

         Evangelio significa noticia salvífica, anuncio liberador. Evangelio es mensaje de salvación: es el anuncio de la voluntad salvífica de Dios, es su misericordia.

  1. El evangelio no es un libro, es una persona: Cristo.

         Se suele decir con razón que el evangelio es anterior a los cuatro evangelios. Y es que el evangelio no es un libro, o cuatro, sino una persona: el Señor Jesús. La buena noticia es Cristo. El encuentro personal con Cristo es evangelio, liberación, salvación.

         Este es nuestro principio en la vida, este evangelio, Cristo, embarga toda nuestra existencia.

         Desde el principio y como principio Cristo es nuestro Evangelio.

         Desde el principio estamos salvados. Dios crea para salvarnos, vivir una vida plena.

  1. el desierto: Juan Bautista.

         El texto del evangelio Marcos comienza no con el nacimiento de Jesús, sino con Juan Bautista en el desierto. Extrañamente Juan Bautista predica, grita en el desierto. Pero en el desierto no vive nadie. ¿O sí?

El desierto no es tanto un lugar geográfico, sino que tiene un significado teológico. El desierto es la aspereza de la vida, un lugar de travesía, de crisis, y por tanto, el desierto es un momento de experiencia dura, de experiencia intensa humana y religiosa.

La vida es un desierto.

  1. El Éxodo y la travesía de las tribus hebreas durante cuarenta años por el desierto fue una experiencia dura de constitución del pueblo; una experiencia de la ética(Sinaí); una experiencia dura de camino hacia la tierra de libertad.

La libertad no es fácil y en un momento del camino por el desierto, los israelitas añoran la esclavitud de Egipto: En Egipto estábamos mejor: al menos teníamos para comer. Vivieron una experiencia de la dureza de la vida: sin pan, sin agua (maná y la roca).

  1. El Exilio y el destierro de Israel en Babilonia (587 a.C.) constituyó una verdadera tragedia nacional, un hundimiento colectivo. Una especie de “caída del Imperio romano”. Todo se viene abajo: pueblo, tradiciones, religión, cultura, etc. Eso fue un auténtico desierto.
  2. También hoy en día -siempre- los humanos atravesamos por desiertos y etapas de sequía y aridez. La pandemia que vivimos es un duro desierto. Sentimos que un mundo está concluyendo y nos lamentamos de la pérdida de valores, de lo que han cambiado las cosas y lo mal que van. Nada es ya lo que fue.
  3. Finalmente, cada uno afrontamos también nuestros propios desiertos, noches oscuras.

Este es nuestro desierto. Como siempre desierto es el lugar de crisis, de hundimientos, de no ver salida. Es también el lugar de silencio, de purificación, de paciencia, de camino y esperanza.

  1. Deseo y esperanza.

         El ser humano siente un profundo deseo de salir del desierto. Todos tenemos deseo de tiempos y situaciones mejores. El deseo humano es natural, nacemos con deseos de una vida mejor, de cosas, de situaciones mejores. Pero el deseo no es esperanza. El deseo es connatural al ser humano, el deseo va inscrito en nuestra naturaleza. La esperanza es un don: el don de Dios: terminaremos en Dios que se nos da y plenifica nuestra esperanza. Lo que anhela el deseo humano se puede realizar -o no- con el esfuerzo y trabajo humano. Lo que añora la esperanza es don de Dios, es gracia.

O5.   Dios nos acompaña.

         La historia de la humanidad no está abandonada a su suerte. Es una historia de salvación, es la historia de la promesa de Dios. Nos acompaña y nos cubre con su sombra como a las tribus israelitas en la travesía del desierto las protegía del rigor del sol por medio de la nube.

La cercanía y experiencia de Dios nos embarga e involucra toda la persona: vivimos y caminamos con y desde Dios. La esperanza se va haciendo presente en la cercanía de Dios en nuestra vida.

         Dios envía sus mensajeros que alientan la esperanza, consuelan y confortan, nos impulsan hacia adelante. Son voces que, como la de Juan Bautista, gritan sin miedo contra la injusticia y la violencia, voces que están de parte de los pobres y de los débiles, de los oprimidos y despreciados y, en este sentido, se oponen contra el poder económico, político, ideológico y religioso. Hay personas que son mensajeros de Dios, que transmiten la bondad y misericordia de Dios

  1. consolad a mi pueblo, a mi gente, (Isaías).

         Pocas veces pensamos y hablamos del consuelo, tan necesario en la vida y, por lo mismo, muy frecuente también en el mundo bíblico.

El consuelo es el descanso y alivio de la pena y sufrimientos que afligen y oprimen el ánimo del ser humano.

         Dios consuela a su pueblo. No es fácil ser lúcido en el momento, en los problemas y desiertos que nos tocan vivir. ¿Qué hacer? Consolar, estar cerca, aliviar son actitudes muy de nuestro Dios, de JesuCristo y, por tanto, entra también en nuestro principio para con nosotros mismos y para con los demás. Seremos consolados por el Señor, (Mt 5).

         La misericordia, el consuelo, sentir compasión, consolar son cuidados muy humanizadores y, por tanto, cristianos.

  1. El desierto terminará y llegarán los cielos nuevos y la tierra nueva, (2 Pedro).

         El desierto de la vida termina. El evangelio del Señor nos anuncia un cielo nuevo y una tierra nueva. El cielo no puede esperar, porque es lo que da sentido a la tierra. Desde el principio estamos llamados a terminar nuestro desierto, nuestro Éxodo en la tierra de promisión, en los cielos nuevos y la tierra nueva. El destierro de las “muchas babilonias” concluye en la “Nueva Jerusalén”.

         Este segundo domingo de adviento nos evoca el principio salvífico: el Evangelio de JesuCristo, que consuela nuestra existencia y nos anuncia unos cielos nuevos y una tierra nueva.

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«Siempre es posible reaccionar». 1 Adviento – B (Marcos 13,33-37)

domingo, 29 de noviembre de 2020
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1609802_527682714013418_497079345_nNo siempre es la desesperación la que destruye en nosotros la esperanza y el deseo de seguir caminando día a día llenos de vida. Al contrario, se podría decir que la esperanza se va diluyendo en nosotros casi siempre de manera silenciosa y apenas perceptible.

Tal vez sin darnos cuenta, nuestra vida va perdiendo color e intensidad. Poco a poco parece que todo empieza a ser pesado y aburrido. Vamos haciendo más o menos lo que tenemos que hacer, pero la vida no nos «llena».

Un día comprobamos que la verdadera alegría ha ido desapareciendo de nuestro corazón. Ya no somos capaces de saborear lo bueno, lo bello y grande que hay en la existencia.

Poco a poco todo se nos ha ido complicando. Quizá ya no esperamos gran cosa de la vida ni de nadie. Ya no creemos ni siquiera en nosotros mismos. Todo nos parece inútil y sin apenas sentido.

La amargura y el mal humor se apoderan de nosotros cada vez con más facilidad. Ya no cantamos. De nuestros labios no salen sino sonrisas forzadas. Hace tiempo que no acertamos a rezar.

Quizá comprobamos con tristeza que nuestro corazón se ha ido endureciendo y hoy apenas queremos de verdad a nadie. Incapaces de acoger y escuchar a quienes encontramos día a día en nuestro camino, solo sabemos quejarnos, condenar y descalificar.

Poco a poco hemos ido cayendo en el escepticismo, la indiferencia o «la pereza total». Cada vez con menos fuerzas para todo lo que exija verdadero esfuerzo y superación, ya no queremos correr nuevos riesgos. No merece la pena. Preocupados por muchas cosas que nos parecían importantes, la vida se nos ha ido escapando. Hemos envejecido interiormente y algo está a punto de morir dentro de nosotros. ¿Qué podemos hacer?

Lo primero es despertar y abrir los ojos. Todos esos síntomas son indicio claro de que tenemos la vida mal planteada. Ese malestar que sentimos es la llamada de alarma que ha comenzado a sonar dentro de nosotros.

Nada está perdido. No podemos de pronto sentirnos bien con nosotros mismos, pero podemos reaccionar. Hemos de preguntarnos qué es lo que hemos descuidado hasta ahora, qué es lo que tenemos que cambiar, a qué tenemos que dedicar más atención y más tiempo. Las palabras de Jesús están dirigidas a todos: «Vigilad». Tal vez, hoy mismo hemos de tomar alguna decisión.

José Antonio Pagola

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” Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa”. Domingo 29 de noviembre de 2020. Domingo 1º de Adviento.

domingo, 29 de noviembre de 2020
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01advientoB1cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 63,16b-17.19b;64,2b-7: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!.
Salmo responsorial: 79: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.
1Corintios 1,3-9: Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
Marcos 13,33-37: Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa.

La comunidad judía que retorna del exilio enfrenta un gran desafío: reconstruir los fundamentos de la nación, la ciudad y el Templo. No era una tarea fácil. La mayoría de los exiliados ya se habían organizado en Babilonia y en otras regiones del imperio caldeo. La mayor parte de los que habían llegado desde Judea cincuenta años antes ya habían muerto y los descendientes no sentían gran nostalgia por la tierra de sus padres. Los profetas los habían invitado continuamente a reconocer los errores que habían conducido a la ruina, pero la mayor parte de los exiliados ignoraban a los mediadores de Yahvé.

Algunos tomaron entre sus manos el proyecto de reconstruir la identidad, las instituciones y la vida de la nación. Sin embargo, no contaron inicialmente con mucho apoyo, Parecía una idea loca e innecesaria: para qué volver a Jerusalén si ya no haía remedio… Lo mismo nos ocurre a veces a nosotros, vivimos de la nostalgia del pasado pero no nos comprometemos a transformar la realidad del presente. Añoramos otros tiempos en que se vivía mejor, pero no rescatamos los valores que hacen posible una convivencia humana justa y equitativa.

Jesús hace a sus discípulos una recomendación que hoy nos sorprenden: mantenerse despiertos. ¡Todo lo contrario de lo que nosotros haríamos! Pero él tiene sus razones. Si cada día estamos embargados por las preocupaciones más superfluas, lo más seguro es que se nos pase la hora apropiada para realizar la misión que Jesús nos encomienda. Jesús, en el evangelio, nos enseña a estar en guardia contra los que creen que las enseñanzas cristianas son algo superfluo. El evangelio debe ser proclamado donde sea necesario, deber ser colocado donde se vea, debe ponerse al alcance de todos. Nuestra misión es hacer del evangelio una lámpara que ilumine el camino de la vida y nos mantenga en actitud vigilante.

 La interpretación que se daba a estos textos del evangelio que apuntan hacia el futuro o hacia la escatología estuvo casi siempre revestida de un tinte apocalíptico y de temor: el Señor había establecido un plazo, que se nos podría acabar en cualquier momento, imprevisiblemente, por lo cual necesitábamos estar preparados para un juicio sorpresivo y castigador que el Señor podría abrir en cualquier momento contra nosotros. «Que la muerte nos sorprenda confesados». Este miedo funcionó durante mucho tiempo, durante tantos siglos como duró una imagen mítica de Dios, excesivamente calcada de la imagen del señor soberano feudal que dispone despóticamente sobre sus súbditos. El miedo a la condenación eterna, tan impregnado en la sociedad cristiana medieval y barroca, hizo que la «huelga de confesonarios» pudo ser en determinados momentos un arma esgrimida por el clero contra las clases altas, por ejemplo por parte de los misioneros defensores del pueblo contra los conquistadores españoles dueños de esclavos (recuérdese el film La misión). Causa sonrisas pensar en la eficacia que una tal «huelga de confesionarios» pudiera tener hoy día… Y es que la estrella de la «vida eterna», el dilema de la salvación/condenación eternas, brillaba con su potencia indiscutible en el firmamento de la cosmovisión del hombre y la mujer premodernos… Pero son tiempos idos. Sería un error enfocar el comentario a evangelios como el que hoy leemos en esa misma perspectiva, pensando que nuestros contemporáneos son todavía premodernos…

El estado de alerta, la mirada atenta al futuro que evita el adocenamiento o la rutina… sí que es una categoría y una dimensión del hombre y de la mujer modernos. Si lo interpretamos como «esperanza», la pertinencia del mensaje aún es más vigente.

¿Qué puede significar «Adviento» para la sociedad actual? Como nombre de un tiempo litúrgico significa bien poco, y no habría que lamentarse mucho ni gastar pólvora inútilmente, pues cualquier día –tal vez más pronto que tarde- la Iglesia cambiará el esquema de los ciclos de la liturgia, que clama a gritos por una renovación. Lo que importa no es el tiempo litúrgico, sino el Adviento mismo, el «Advenimiento» –que eso significa la palabra–, el «noch nicht Sein» como diría Ernst Bloch, aquello cuya forma de ser consiste en «no ser todavía pero tratando de llegar a ser»… Ateo como era, Bloch construyó toda su poderoso edificio filosófico sobre la base de la utopía y la esperanza, y presentó en bellas páginas inolvidables la grandeza heroica del santo y del mártir ateo, capaz de dar la vida en aras de su esperanza… Ebeling, en la misma línea decía: «lo más real de lo real, no es la realidad misma, sino sus posibilidades»… Lo real más real no es sin más lo real, sino las posibilidades de ser que lo que hoy es lleva consigo.

Después de los años 90 del siglo pasado, estamos en un tiempo en el que se dice que se ha dado un «desfallecimiento utópico». Con el triunfo del neoliberalismo y la derrota de las utopías (no «de las ideologías», alguna de las cuales siguen muy vivas), la cultura moderna –o mejor posmoderna- castiga al pensamiento esperanzado y utopista. El ser humano moderno-posmoderno está escarmentado. Ya no cree en «grandes relatos». Se nos ha impuesto una cultura anti-utópica, antimesiánica, a-escatológica, ¿sin esperanza?, a pesar de la brillantez de que hacen gala los productos de la industria mundial del entretenimiento; detrás del atractivo seductor de ese entretenimiento, la imagen de ser humano que queda está ayuna de toda esperanza que trascienda siquiera mínimamente el «carpe diem» o el «disfruta la vida». ¿Qué advenimiento («adviento») espera el hombre y la mujer contemporáneos? ¿Cómo vivir el adviento en una sociedad que no espera ningún «advenimiento»? Desde luego, no reduciendo el adviento a un «tiempo litúrgico», o a un tiempo pre-navidad… ¿Cómo pues?

El Advenimiento que esperamos los cristianos no es la Navidad… Ni siquiera es «el cielo»… ¡Es el Reino! No es otro mundo… es este mismo mundo… ¡pero «totalmente otro»! Se puede ser cristiano sin celebrar el adviento, ¡pero no sin preparar el Advenimiento! Ser cristiano es hacer propia en el corazón la nostalgia de Aquel que decía: «fuego he venido a traer a la tierra, y ¡cómo deseo que arda…!». Los cristianos no pueden inculturarse del todo en esta cultura anti-utópica y sin «grandes relatos», porque somos hijos de la gran Utopía de la Causa de Jesús, y tenemos el «gran relato» del Proyecto de Dios… Podríamos no celebrar el adviento, pero no podemos dejar de darnos la mano con los santos y mártires ateos (quedan pocos) y con todos los hombres y mujeres de la tierra, de cualquier religión del planeta, para trabajar denodadamente por el Advenimiento del Nuevo Mundo.

Cada vez se perfila mejor: crear un Mundo Nuevo, fraterno-sororal y solidario, sin imperios ni instituciones transnacionales o mundiales explotadoras de los pobres, lo que Jesús llamó «malkuta Yahvé» en su boca aramea, Reino de Dios, pero dicho con palabras y hechos de este ya tercer milenio, ése es el Advenimiento que esperamos, el sueño que nos quita el sueño, lo que nos hace estar en «alerta». Leer más…

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Domingo 1 Adviento, ciclo B. Mc 13, 33-37 (29.XI 2020) La vida es Adviento: Somos Adviento de Dios y de la Humanidad nueva

domingo, 29 de noviembre de 2020
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Adviento_161115Del blog de Xabier Pikaza:

Adviento no es un tiempo al lado de otros (navidad, pascua, pentecostés…), sino todo el tiempo de vida de Dios y los hombres:

1) En un sentido hay dos advientos. (a) Un adviento de Dios que viene a (en) la carne de hombres, y así podemos llamarle el que viene (Viniente). (b) Un adviento de los hombres que son viniendo en (y de) Dios, humanidad caminante.

2) Pero, en otro sentido, no hay dos sino un Adviento (conforme al dogma de Calcedonia), pues Dios es Adviento (viene) en los hombres, y los hombres son Adviento, viniendo y siendo (=para ser) en Dios, en camino y promesa de reconciliación y paz perdudable (shalom)

  Así quiero comentarlo en este primer domingo (candela o luz) de Adviento 2020, del ciclo B. Presentaré primero el texto del evangelio de Marcos (13, 33-37). Desarrollaré después el tema, para quienes quieran y puedan seguir, de un modo más “filosófico” y social, poniendo de relieve la posibilidad o riesgo de que los hombres destruyan su Adviento, que el Adviento de Dios.

ADVIENTO DE EVANGELIO, VIDA EN VELA (MC 13, 28-37).

             La lectura del domingo es sólo la parte final (Mc 13, 33-37) pero quiero situarla en su contexto para entender la mejor:

 (a. Parábola de la higuera) 28 Aprended la parábola de la higuera. Cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, conocéis que se acerca el verano. 29 Pues lo mismo vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que ya está cerca, a las puertas.

 (b. Declaración: ni el Hijo lo sabe) 30 Os aseguro que no pasará esta generación sin que todo esto suceda. 31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 32 En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre.

(c. Vigilancia) 33 ¡Cuidado! Estad alerta, porque no sabéis cuándo llegará el momento. 34 Sucederá lo mismo que con aquel que se ausentó de su casa, encomendó a cada uno de los siervos su tarea y encargó al portero que velase. 35 Así que velad, porque no sabéis cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a media noche, al canto del gallo o al amanecer. 36 No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. 37 Lo que a vosotros os digo, lo digo a todos: ¡Velad!

Parábola de la higuera (13, 28-29). Jesús ha declarado el fin de un tipo de higuera vieja (Mc 11, 12-26). Pero ahora, ante la Abominación de la Desolación (el riesgo de ruptura universal, la lucha de todos contra todos), él vuelve a presentar el signo de la higuera: Es este de riesgo, amenazados por grandes persecuciones y derrumbamientos sin remedio, los creyentes vuelven al signo de la higuera, que no es ya una señal del templo estéril, sino expresión y signo de un tiempo de esperanza, el Adviento de Dios. Es tiempo de primavera, anticipo y adelanto de la cosecha definitiva, como indican sus ramas de la higuera, que se ablandan, de forma que por ellas se expanda la blanca y fuerte savia de la vida, y brotan de nuevo las hojas, pues va a llegar pronto la cosecha. ¿Cuándo? Muy pronto. Faltan sólo unos meses, el tiempo en que madure la cosecha dulce de los higos.

Declaración: Ni el Hijo lo sabe (13, 30-32). El signo de la higuera dice dos cosas que son inseparables. (a) Por un lado asegura que todas estas cosas han de suceder en esta generación (13, 30), conforme a una palabra que se puede atribuir al Jesús histórico (en la línea de 9, 1, donde se dice algo semejante), aunque el Jesús de Marcos se dirige ya a los lectores/oyentes del evangelio: ahora, cuando se proclama esta palabra, sucederán estas cosas, en el tiempo que tardan en madurar los hijos de la higuera. (b) Por otro afirma que del día y hora nadie sabe nada, ni siquiera el Hijo, al que vimos dar la vida en la parábola de los viñadores (12, 6) y que aquí aparece en sentido absoluto, sino sólo el Padre, presentado también como absoluto (13, 32). Esto significa que los fieles deben evitar todo cálculo de tiempo, vivir en vigilancia, en manos del Padre.

            Jesús ha preparado ya todas las cosas del tiempo final, desde el principio de su camino hacia Jerusalén (9, 1), y ha confiado su “secreto” a los cuatro pescadores del principio (1, 16-20; 13, 3), a quienes ahora ha convertido en testigos de la última cosecha de la higuera nueva, cuyas hojas y frutos han empezado a despuntar. El tiempo de Dios es Camino. Dios viene porque es Dios; pero, al mismo tiempo, viene porque se ha encarnado en la vida de los hombres que son (somos) Adviento de Dios.

Vigilancia (13, 33-37). Vivir alerta en Dios, estamos en vela de nacimiento de Dios, en la noche que precede a la aurora de la salvación. Como siervos vigilantes debemos mantenernos en el tiempo de tiniebla de este mundo, llenos de esperanza. Esta imagen de la noche que precede al día, y de los siervos que esperan al Kyrios proviene de la apocalíptica judía. Pero los cristianos saben que la salvación está ya realizada en Jesús y que el Señor a quien esperan es el mismo que ha muerto por ellos. Eso hace que cambie su actitud: no son simples criados sometidos al capricho de un amo imprevisible; son amigos, compañeros de alguien que les ha precedido en el camino de la entrega generosa de la vida.

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La esposa del astronauta y el Adviento. Súplica, realidad, vigilancia. Domingo 1º de Adviento. Ciclo B.

domingo, 29 de noviembre de 2020
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En aquel tiempo se acercaron a Jesús sus discípulos y le preguntaron:

            – Maestro, ¿por qué son tan complicadas las lecturas del Adviento? Unas prometen tu venida, otras hablan de tu vuelta al fin del mundo.

            Jesús les dijo:

            – La Iglesia en tiempo del Adviento se parece a la esposa de un astronauta que debió partir para una misión secreta, de duración desconocida. Apenas había despegado el cohete espacial, sus hijos le preguntaron: «¿Cuándo volverá papá?». Ella, para tranquilizarlos, les dijo: «Muy pronto. Papá volverá muy pronto». Pasaron días, semanas, meses. Los niños repetían la misma pregunta y ella les daba la misma respuesta: «Papá volverá muy pronto». Ensayaron canciones e idearon infinidad de fiestas para recibirlo. Pero pasó el primer año, el tercero, el décimo, y papá no volvía. Entonces la madre los reunió y les dijo: «En vez preparar una fiesta para celebrar la vuelta de papá vamos a celebrar su cumpleaños».

            Jesús los miró fijamente, seguro de que no lo habían entendido.

            – Al principio, durante muchos años, la Iglesia hablaba continuamente de mi vuelta, la anunciaba como la cosa más segura. Cuando vio que yo no volvía, se buscaron las explicaciones más diversas para justificarlo. Al final, ya que no podían celebrar mi segunda venida, decidió celebrar la primera.

* * * 

            Los textos bíblicos del Adviento han sido repartidos de tal manera en los cuatro domingos que recuerdan a una complicada novela de ciencia ficción.

            Imagina a una señora joven, que dará a luz dentro de un mes. Ella, su marido, su familia, sus amistades, solo piensan en lo poco que falta para el parto, tranquilos, porque los médicos han garantizado que irá bien.

            Pero supongamos que ese niño no es un niño cualquiera. Su nacimiento ha sido anunciado muchos antes de que sus padres se conocieran, siglos antes, y a propósito de él se han formulado la esperanzas e ilusiones más maravillosas.

            Naturalmente, ese niño no comenzará a desarrollar su actividad a los dos días: deberá prepararse, pasarán años. Y cuando comience a actuar en público se depositarán en él nuevas esperanzas, a veces muy distintas de las antiguas.

            La historia no termina aquí. Ese niño, hecho ya un hombre, muere. Sin embargo, no desaparece por completo. Su familia está convencida de que volverá pronto.

            En breve resumen, esta es la historia de Jesús, que abarca cuatro etapas muy distintas: 1) la esperanza depositada en él antes de nacer; 2) el nacimiento; 3) su actividad pública; 4) su vuelta al final de la historia.

            Si estos temas se expusieran en orden cronológico no representarían gran problema, y se podrían seguir con facilidad. Sin embargo, la liturgia de los domingos de Adviento une los cuatro momentos, salta de uno a otro, y puede crear en el cristiano una sensación de profundo desconcierto.

            El Adviento no pretende prepararnos durante cuatro domingos a recordar románticamente un hecho pasado (la primera venida del Señor), sino ayudarnos a comprender ese acontecimiento y recordarnos el encuentro definitivo con el Señor (segunda venida).

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Domingo 1º de Adviento

Súplica, admiración, vigilancia 

Para vivir el espíritu del Adviento, la liturgia nos sugiere tres actitudes: súplica (1ª lectura), admiración ante los bienes recibidos (2ª lectura) y vigilancia (evangelio).

Suplica (Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7)

            La primera lectura nos sitúa unos cinco siglos antes de la venida de Jesús, cuando la situación en Jerusalén y Judá dejaba mucho que desear desde todos los puntos de vista: político, social, religioso. El pueblo de Israel se ve como un trapo sucio, un árbol de ramas secas y hojas marchitas. La situación no sería muy distinta de la nuestra. Pero el pueblo, en vez de culpar a los políticos, a los independentistas, a los banqueros, al FMI, a los Presidentes de las grandes potencias, se reúne en asamblea litúrgica y entona una lamentación.

Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre desde siempre es «nuestro libertador». ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! En tu presencia se estremecerían las montañas. Descendiste y las montañas se estremecieron. Jamás se oyó ni se escuchó, ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por quien espera en é1. Sales al encuentro de quien practica con alegría la justicia y, andando en tus caminos, se acuerda de ti. He aquí que tú estabas airado y nosotros hemos pecado. Pero en los caminos de antiguo seremos salvados. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un vestido manchado; todos nos marchitábamos como hojas, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano.          

Las palabras del pueblo ofrecen un curioso contraste al hablar de Dios. A veces destaca sus rasgos positivos: es «nuestro padre», «nuestro redentor», «sales al encuentro del que practica la justicia», «somos todos obra de tu mano». Otras se queja de que «nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón», «estabas airado y nosotros fracasamos», «nos ocultabas tu rostro». Pero el pueblo reconoce que la culpa no es de Dios, sino suya: «todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado, nuestras culpas nos arrebataban como el viento, nadie invocaba tu nombre, ni se esforzaba por aferrarse a ti».

¿Cuál es la solución? Sorprendentemente, que Dios se convierta: «vuelve por amor a tus siervos», «ojalá rasgases el cielo y descendieses», «aparta nuestras culpas». Los profetas anteriores (Amós, Isaías, Jeremías…) habían concedido gran importancia a la conversión, al hecho de que el pueblo volviese a Dios y cambiase su forma de actuar. Quienes rezan esta lamentación no confían en ellos mismos. Debe ser Dios quien vuelva y, como buen alfarero, moldee una nueva vasija.

En el contexto del Adviento, la frase que más llama la atención y ha motivado la inclusión de este texto en la liturgia es: «¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!». Aunque el profeta piensa en la venida de Dios, la liturgia nos hace pensar en la venida de Jesús. Pero ese recuerdo debe ir acompañado del reconocimiento de nuestra debilidad y de la necesidad de ser salvados

Admiración por los bienes recibidos (1 Corintios 1,3-9)

La respuesta de Dios supera con creces lo que pedía el pueblo en la lectura de Isaías, aunque de modo distinto. Dios Padre no rasga el cielo, no sale a nuestro encuentro personalmente. Envía a Jesús, y desde el momento en el que lo aceptamos, nuestra vida cambia por completo.

     Hermanos:
A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a mi Dios continuamente por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús; pues en él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia, porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo, de modo que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor.

Pablo habla de nuestro pasado, futuro y presente.

En el pasado, Dios nos ha enriquecido en todo; nos ha llamado a participar de la vida de su Hijo, Jesucristo. La imagen es potente y extraña. Recuerda a la experiencia de un hijo con su madre, de la que recibe la vida. Pero esa relación vital no termina cuando se corta el cordón umbilical, perdura siempre.

Con respecto al futuro, aguardamos la manifestación de Jesucristo, la segunda y definitiva venida del Señor, tema esencial para los primeros cristianos y que debería serlo para nosotros en este tiempo de Adviento.

En el presente, «no carecemos de nada». Cuando tanta gente se lamenta, a veces con razón, de las muchas cosas de que carece, estas palabras pueden resultar casi hirientes: «No carecéis de ningún don». Buen momento, este del Adviento, para pensar en qué cosas valoramos: si las materiales, que a menudo faltan, o la riqueza espiritual que proporciona Jesús.

Esta enseñanza de Pablo no se produce en un contexto de fría reflexión teológica, sino de oración y acción de gracias al pensar en sus cristianos de Corinto, la más complicada y problemática de sus comunidades.

Vigilancia (Marcos 13, 33-37)

No deja de ser irónico que precisamente el evangelio no hable de Dios Padre ni de Jesús. Se centra en nosotros, en la actitud que debemos tener: «vigilad», «velad», «velad». Tres veces la misma orden en pocas líneas. Porque el Adviento no solo pretende recordar la venida del Señor, sino también prepararnos para el encuentro final con Él.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento.
Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejo su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!

La actividad pública de Jesús termina con un discurso sobre el fin del mundo y su segunda venida, que no está dirigido a todos los discípulos, como sugiere la introducción del evangelio de hoy, sino solo a los cuatro primeros llamados por Jesús: Pedro, Santiago, Juan y Andrés (Mc 13,3-37). Jesús ha dicho poco antes que de los grandes edificios del templo no quedará piedra sobre piedra. Para estos cuatro, el fin del templo de Jerusalén equivale al fin del mundo, y desean saber cuándo ocurrirá y qué señales lo precederán. Un tema que a nosotros nos parece más propio de los Testigos de Jehová, pero que creaba enorme preocupación en las primeras comunidades cristianas. El discurso responde a estas cuestiones, pero termina con esta exhortación a la vigilancia, que la liturgia, con pleno sentido, aplica a todos los discípulos y a todos nosotros.

¿En qué consiste la vigilancia? Se sugiere con muy pocas palabras: «dio a cada uno de sus criados su tarea». Esa es, en parte, la misión del Adviento: reflexionar sobre la propia tarea recibida de Dios y examinar si la cumplimos debidamente.

 

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Primer Domingo de Adviento. Ciclo B. 29 de noviembre, 2020

domingo, 29 de noviembre de 2020
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Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos. ¡Velad!”

(Mc 13, 33-37)

¡Ya está cerca! Es lo que nos dice y nos repite a todos este tiempo de Adviento. Es la cuenta atrás de algo querido y esperado. La emoción empieza a hacernos cosquillas en el corazón porque lo que esperamos, mejor dicho, a quien esperamos es bueno, ¡muy bueno!

Como sucede cuando esperas a alguien miramos el reloj una y otra vez, como si al mirarlo hiciéramos que el tiempo pasara más deprisa. Y repetimos con emoción: ¡Ya llega!, ¡Ya queda menos! ¡MARANATHA!

Es Jesús mismo quien, al empezar el Adviento, nos aconseja que estemos despiertas. ¡Velad!  El día de Navidad tiene fecha en el calendario, pero el momento en el que Él se va a hacer presente en nuestra vida no sabemos cuál es.

Nos puede sorprender en la oración, pero también en el autobús, en una enfermedad, o en la mirada de una persona querida.

No, no sabemos el día ni la hora. Tampoco el lugar. En este primer domingo de Adviento te invitamos a traer al corazón algún momento de encuentro con Dios que haya sido significativo en tu vida, ese momento, o momentos, que guardas como un tesoro.

Acércate a él, destápalo despacio, como quien saca un objeto valioso de su caja y contémplalo. Deja que haga vibrar tu corazón, que lo ponga en marcha para empezar este Adviento. No tengas prisa; saborea tu recuerdo. Y cuando termines, no lo guardes, déjalo visible. Sí, como un adorno navideño. O como ese objeto que solo tú y otra persona sabéis que tiene mensaje.

Los símbolos nos conectan con nuestra realidad más profunda, por eso ante ellos experimentamos algo más que recuerdos. Son aliento y confianza, experiencia que se renueva.

Oración.

Enciende, Trinidad Santa, en nosotras, esos recuerdos de tu paso por nuestras vidas, para que nuestro corazón pueda ser un lugar acogedor en el que vengas a nacer.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El Adviento es ficción, Él viene en cada instante.

domingo, 29 de noviembre de 2020
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jesus-meditando-600x400Mc 13,33-37

Estamos en el primer día del Nuevo Año litúrgico. Comenzamos con el Adviento, que no es solamente un tiempo litúrgico, sino toda una filosofía de vida. Se trata de una actitud vital que tiene que atravesar toda nuestra existencia. No habremos entendido el mensaje de Jesús si no nos obliga a vivir en constante búsqueda de lo que ya tenemos. Lo importante no es recordar la primera venida de Jesús; eso es solo el pretexto para descubrir que ya está aquí. Mucho menos prepararnos para la última, que solo es una gran metáfora. Lo importante es descubrir que está viniendo en este instante.

Todo el AT está atravesado por la promesa y por la espera. Según el relato bíblico, Dios les va prometiendo lo que ellos en cada momento más ansían. A Abrahám, descendencia; a los esclavos en Egipto, libertad; a los hambrientos en el desierto, una tierra que mana leche y miel; cuando han conquistado Canaán, una nación fuerte y poderosa; cuando están en el Exilio, volver a su tierra; cuando destruyen el templo, reconstruirlo; etc. En el AT siempre les promete cosas terrenas porque es lo único que ellos esperan. Jesús promete algo muy distinto. «He venido para que tengan Vida y la tengan abundante.»

Según el AT Dios les puso la zanahoria delante de las narices o el palo en el trasero para hacerles caminar según su voluntad. Tomado al pie de la letra sería ridículo. Dios no hace promesas para el futuro, porque ni tiene nada que dar ni tiene futuro. Las promesas de Dios son hechas por los profetas, como una estratagema, para ayudar al pueblo a soportar momentos de adversidad, que ellos interpretaban como castigo por sus pecados. Nada de lo que anunciaron los profetas se cumplió en Jesús. Gracias a Dios, porque todos los textos están encaminados hacia una salvación de seguridades materiales. Hoy podemos entender aquellas imágenes como metáforas de la verdadera salvación.

La clave del relato evangélico está en la actitud de los criados. Nos quiere decir que Dios está siempre viniendo. Él es “el que viene”. La humanidad vive un constante adviento, pero no por culpa de un Dios cicatero que se complace en hacer rabiar a la gente obligándola a infinitas esperas antes de darle lo que ansía. Estamos todavía en Adviento, porque estamos dormidos o soñando con logros superficiales, y no hemos afrontado con la debida seriedad la existencia. Todo lo que espero de Dios, lo tengo ya dentro de mí.

Vigilad. Para ver no solo se necesita tener los ojos abiertos, se necesita también luz. No se trata de contrarrestar el repentino y nefasto ataque de un ladrón. Se trata de estar despierto para afrontar la vida con una conciencia lúcida. Se trata de vivir a tope una vida que puede transcurrir sin pena ni gloria. Si consumes tu vida dormido, no pasa nada. Esto es lo que tenía que aterrarte; que pueda transcurrir tu existencia sin desplegar las posibilidades de plenitud que te han dado. La alternativa no es salvación o condenación. Nadie te va a condenar. La alternativa es o plenitud humana o simple animalidad.

Pues no sabéis cuándo es el ‘momento’. En griego hay dos palabras que traducimos al castellano por “tiempo”: “kairos” y “chronos”. Chronos significa el tiempo astronómico, relacionado con el movimiento de los cuerpos celestes. Kairos sería el tiempo psicológico, el momento oportuno para tomar una decisión. Por no tener en cuenta esta sencilla distinción, se han hecho interpretaciones descabelladas. En el evangelio que acabamos de leer, se habla de kairos. Naturalmente que el hombre, como criatura se encuentra siempre en el chronos, pero lo verdaderamente importante para él es vivir el kairos.

El punto clave de nuestra reflexión debe ser: ¿Esperamos nosotros esa misma salvación que esperaban los judíos? Si es así, también nosotros hemos caído en la trampa. Jesús no puede ser nuestro salvador. La mejor prueba de que los primeros cristianos, verdaderos judíos, no estaban en la auténtica dinámica para entender a Jesús, es que no respondió a sus expectativas y creyeron necesaria una nueva venida. Esta vez sí, nos salvará de verdad, porque vendrá con “poder y gloria”. ¿No os parece un poco ridículo? La médula de su mensaje es que la salvación, que Dios nos ofrece, está en la entrega y el don total.

Las primeras comunidades oraban: “Maranatha” (ven Señor). Vivieron la contradicción de una escatología realizada y otra futura. “Ya, pero todavía no”. “Ya” por parte de Dios, que nos ha dado ya la salvación. “Todavía no” porque seguimos esperando una salvación a nuestra medida y no hemos descubierto la verdadera salvación, que ya poseemos. Aquí radica el sentido del Adviento. Porque “todavía no” ha llegado la verdadera salvación, tenemos que tratar de adelantar el “ya”. Eso no lo conseguiremos, si seguimos dormimos.

Luchar por un mayor consumismo y creyendo que en él está la verdadera salvación sería una trampa. Descubrir ese engaño sería estar despiertos. El ser humano sigue esperando una salvación que le venga de fuera, sea material, sea espiritual. Pero resulta que la verdadera salvación está dentro de cada uno. En realidad, Jesús nos dijo que no teníamos nada que esperar, que el Reino de Dios estaba ya dentro de nosotros. En este mismo instante está viniendo. Si estamos dormidos, seguiremos esperando.

La falta de encuentro se debe a que nuestras expectativas van en una dirección equivocada. Esperamos un Dios que llegue desde fuera. Esperamos actuaciones espectaculares por parte de Dios. Esperamos una salvación que se me conceda como un salvoconducto, y eso no puede funcionar. Da lo mismo que la espere aquí o para el más allá. Lo que depende de mí no lo puede hacer Jesús ni lo puede hacer Dios. Esta es la causa de nuestro fracaso. Seguimos esperando que otro haga lo que solo yo puedo hacer.

La religión me ofrece salvación, pero solo me salva de los lazos que ella misma me ha colocado. Dios es la salvación y ya está en mí. Lo que de Dios hay en mí es mi verdadero ser. No tengo que conseguir nada ni cambiar nada en mi auténtico ser, simplemente tengo que despertar y dejar de potenciar mi falso yo. Tengo que dejar de creer que soy lo que no soy. Esta vivencia me descentrará de mí mismo y me proyectará hacia los demás. Me identificaré con todo y con todos. Mi falso ser, mi individualidad, será disuelta.

El verdadero problema está en la división que encontramos en nuestro ser. En cada uno de nosotros hay dos fieras luchando a muerte: Una es mi verdadero ser que es amor, armonía y paz; otra es mi falso yo que es egoísmo, soberbia, odio y venganza. ¿Cual de los dos vencerá? Muy sencillo y lógico. Vencerá aquella a quien tú mismo alimentes.

Como los judíos, seguimos esperando una tierra que mane leche y miel; es decir mayor bienestar material, más riquezas, más seguridades de todo tipo, poder consumir más… Seguimos pegados a lo caduco, a lo transitorio, a lo terreno. No necesitamos para nada, la verdadera salvación o, a lo máximo, para un más allá. Si no sientes necesidad no habrá verdadero deseo, y sin deseo no hay esperanza. Hoy ni los creyentes ni los ateos esperamos nada más allá de los bienes materiales. También Dios sigue esperando.

Meditación

Para ver se necesita tener los ojos abiertos,
pero también se necesita la luz.
Para nosotros la luz es Jesús.
Despertar solo depende de mí.
Puedo pasarme la vida entera dormido,
pero entonces no podré culpar a nadie.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Despertad.

domingo, 29 de noviembre de 2020
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the-savior-suffers-in-gethsemane-_dsc0589-1800“Ciertas cosas son tan importantes que necesitan ser descubiertas solas” (Paulo Coelho)

Mc 13, 33-37 Que, al llegar de repente, no os sorprenda dormidos”

En el inicio del nuevo año litúrgico, Isaías clama a Dios: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases! (Is 63) Muy extraviado debía andar el visionario profeta en las terrestres brumas, al reclamar con tanta fuerza la luz dal cielo. En el mismo Do mayor lo invoca el Salmista: Restáuranos, que brille tu rostro y nos salve (Sal 79).

Dante abre con estas líneas su Divina Comedia:

«En medio de este camino que llamamos nuestra vida
me encontré en un oscuro bosque
sin un camino claro para atravesarlo»…

Probablemente el poeta florentino se vio simplemente perdido. Y quizás como él también nosotros nos vemos dando palos de ciego en nuestra historia porque no nos encontramos del todo despiertos. Porque hemos hecho de ella una mala noche en duermevela, sin tomarnos en serio el consejo de Jesús: Velad, pues no sabéis cuando vendrá el dueño de la casa.

Pablo Neruda lo cantó también de esta manera:

“Tengo deberes de mañana.
Trabajos de mediodía.
Debo abrir ventanas, echar abajo puertas,
romper muros, iluminar rincones.
Debo repartirme hasta que todo sea día,
hasta que todo sea claridad
y alegría en la tierra”.

Y quizás también porque nos falte la sabia disposición a estar siempre donde realmente estamos y vivir allí con plenitud, en la oscuridad o en la luz, sin que necesitemos ir a ningún otro lugar, como aconsejan los sabios.

El Evangelio propone la vela como una actitud básica del cristiano. Como la herramienta adecuada para encontrar a Jesús «aquí y ahora», en medio de nuestra vida cotidiana. En medio de ese bosque oscuro del místico, que respira, que escucha. Que nos responde cuando le preguntamos, como sugiere David Wagoner (Ohio 1926) en su poema titulado Perdido, inspirado en la tradición de los indios americanos.

Otro ilustre rastreador de sí mismo, astrofísico de formación, Jeff Foster, aborda en sus conferencias la búsqueda espiritual –que califica de diversión cósmica– y la Claridad presente en el Centro de todo. Su libro Despierta del sueño de la separación: La vida sin centro, señala en el Prólogo que tiene como objetivo desvelar lo que hay de extraordinario en lo ordinario, lo que hay de espiritual en lo material, y apuntar hacia la libertad y la iluminación que nos esperan, permanentemente, en los entresijos de la vida.

«¡Velad!» quiere significar ser yo mismo, ser la expresión del amor que soy y ver la perfección en mí mismo, en los demás y en el mundo que nos rodea.

PERDIDOS

Párate quieto, los árboles hacia delante y los árboles por detrás.
No están perdidos. Cualquier lugar en donde te encuentres se llama Aquí.
Y deberás tratarlo como a un poderoso extraño.
Deberás pedir permiso para conocerlo y para hacerte conocer.

El bosque respira. Escucha. Responde.
He construido este lugar a tu alrededor.
Si lo abandonas, puedes volver de nuevo, diciendo Aquí.
Ni siquiera dos árboles son iguales para Cuervo.
Ni dos ramas son las mismas para Reyezuelo.

Si lo que hace un árbol o un arbusto pasa desapercibido por ti,
estás verdaderamente perdido.
Párate quieto. El bosque sabe
donde estás. Deja que te encuentre.

David Wagoner

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Estad atentos, esperanzados y comprometidos.

domingo, 29 de noviembre de 2020
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cosmosMc 13, 33-37

29.11.2020 Primer domingo de Adviento

Empezamos Adviento y continuamos en pandemia. Por eso, este Adviento tiene que ser diferente. Las circunstancias lo exigen. Teniendo en cuenta esto, mi reflexión hoy gira alrededor de estas tres preguntas: ¿A qué prestar atención? ¿Qué esperamos? ¿Qué tenemos que hacer?

Empezamos el año litúrgico. Estamos en Adviento y en una pandemia mundial. Estas circunstancias nos dan ocasión de reflexionar sobre lo que nos está pasando, sus causas y consecuencias. También para revisar nuestros estilos de vida, que suponemos que algo tienen que ver con lo que está ocurriendo. Esta pandemia global puede ser una buena oportunidad para analizar y cambiar nuestra visión de la realidad y nuestras relaciones con la naturaleza y entre nosotros. Porque debemos pensar que algo hemos hecho mal para que estemos como estamos. Reflexionar sobre lo que nos está pasando, sus causas y consecuencias nos permitirá atisbar qué tenemos que hacer para superarlas.

Aprovechemos este tiempo de Adviento, tiempo de inicio del nuevo año litúrgico, momento oportuno de programar el futuro inmediato, para elaborar nuestro plan de transformación y cambio de aquellos comportamientos que individual y/o colectivamente hayan causado directa o indirectamente esta emergencia mundial. Como cristianos, seguidores del estilo de vida de Jesús de Nazaret, el Adviento es un tiempo oportuno, un Kairós, para la renovación de nuestros compromisos con el estilo de vida que nos muestra el Evangelio. Acudamos a lo que hoy nos dice el texto de Marcos en busca de respuesta a las tres preguntas que guían nuestra reflexión de hoy.

¿A qué prestar atención? Mc 13: Estad atentos, vigilad como centinelas en la noche

El autor de Marcos 13 contrapone la atención al estar dormidos. Nos pide una atención concentrada, profunda. La atención es una disposición de querer ver con precisión, buscando comprender. Hoy nos concentramos en este “Adviento en pandemia”. Atentos como centinelas en la noche de la pandemia. Esta epidemia nos ha sorprendido. Nos seguimos preguntado cómo es posible que un virus insignificante ponga en emergencia a la humanidad entera. Por qué ha sucedido. Cuándo acabará. Cómo saldremos de ella. Qué habremos aprendido. Qué consecuencias tendrá. Cómo las afrontaremos. Qué adaptaciones nos exigirá. Y así un sinfín de preguntas. Nosotros que creíamos que teníamos control sobre todo, que éramos los señores de la creación, que éramos autosuficientes, etc.. ¡Qué inconsciencia! ¡Además de vulnerables somos impotentes ante este virus minúsculo!

No puede cundir el pesimismo ni el miedo. Para estas sombras los cristianos tenemos que ser luz. Jesús lo fue en sus días y nosotros lo tenemos que ser aquí y ahora. Tenemos todo lo que necesitamos para ello, si utilizamos nuestros recursos materiales y espirituales. Nuestra razón y nuestra fe-confianza. Con la mente bien abierta, atenta, podemos y tenemos que analizar lo que nos está pasando, descubrir y comprender sus causas y comprometernos con los cambios necesarios. Modificadas las causas se modifican los efectos. Nuestra razón fortalecida con la fuerza del Espíritu podrá llevar adelante la transformación necesaria.

Una pandemia de esta magnitud tiene muchas causas y una larga historia. Entre las causas: Ruptura del equilibrio planetario por sobreexplotación de recursos naturales, Globalización parcial y olvido de las desigualdades que el sistema económico está creando, desigualdad e injusticia social cada vez más grande. perdida de referencias éticas universales, inversión de la escala de valores. obsesión por el tener y consumir. Habíamos olvidado que el ídolo tiene los pies de barro (finitud, vulnerabilidad, la interdependencia con todo), la pérdida de los referentes transcendentes y espirituales, materialismo, la ausencia de Dios. También habíamos olvidado la filiación divina y su ley: el amor y fraternidad universal.

A esas causas el papa Francisco (Fratelli Tutii) llama “Sueños rotos” y junto a estas sombras coloca “Las Semillas del Bien” que también la pandemia ha sacado a la luz. Ellas son la razón de la esperanza en que otro mundo mejor es necesario y posible. En este tiempo de pandemia hemos visto florecer espontáneamente la bondad, solidaridad y gratuidad en muchas personas de nuestro entorno. ¡Cuánta gente cuidando a los que lo necesitan! Esto nos da motivos de esperanza: Todavía estamos a tiempo. No todo está perdido.

¿Qué esperamos? ¿Qué hemos aprendido? Esperamos salir de esta situación convencidos de que tenemos que cambiar nuestro estilo de vida. Hemos aprendido que podemos salir mejores personas.

Consideramos el Adviento como tiempo de esperanza: algo bueno puede suceder si nos empeñamos en ello. Los humanos somos capaces de ello. Los creyentes en el Dios de Jesús tenemos motivos para sentirnos sacramento de esperanza. Los cristianos celebramos en Adviento que el Dios en quien creemos se hace carne. Es encarnación en Jesús, en nosotros y en todo. El Dios en el que hoy creemos nos lo ha revelado Jesús de Nazaret. Es un Dios inmanente, no afuera sino dentro, no arriba sino abajo, con nosotros, en nosotros. Un dios que respeta nuestra libertad y autonomía. Que no actúa sino que nos da la responsabilidad de que actuemos nosotros con Él y por Él. Que nos hace cocreadores con Él. Que nos da todo lo que necesitamos para conseguir la realización de su proyecto amoroso sobre toda la creación. Y nos da la fuerza, la posibilidad de transformarnos y transformar la realidad. El humano, como especie y como individuo, va descubriendo poco a poco la presencia de Dios y se le representa en imágenes que evolucionan con su propia evolución como ser vivo y en desarrollo hacia su plenificación biológica y espiritual. Siempre estamos en proceso, en progreso. Somos seres abiertos, inacabados, siempre por completar. En búsqueda de su plenificación. ¿Cómo? La respuesta en la pregunta siguiente.

Si así es nuestro Dios y así somos nosotros ¿Qué podemos esperar de Él? Que nos ayude a completar la creación, nuestra creación y la del resto de su obra. Todo está en evolución. Todo está abierto, por plenificar. Todo es posibilidad en espera de realización. Que venga a nosotros su Reinado. Traducido a nuestra lengua: Que construyamos un mundo de justicia, paz y amor. Un mundo más justo y fraternal. Que el Reinado de Dios se realice exige que nos impliquemos y comprometamos en ello. En medio de la pandemia también Dios está con nosotros trabajando en su resolución a través de nuestro empeño y compromiso. El Señor está con nosotros pero le tenemos que descubrir y ayudar a nuestros hermanos a que lo descubran.

Los creyentes, como sacramento de la esperanza, están comprometidos con el Reinado de Dios aquí y ahora. Ante la situación de emergencia en que estamos, la actitud puede ser negativa, desmoralizada o positiva y constructiva. Los cristianos elegimos la actitud positiva y decidimos aprovechar las enseñanzas que nos ofrece el momento presente. Ha despertado los mejores sentimientos de la persona humana. El miedo ha paralizado a muchos, pero a otros los ha puesto en movimiento solidario y gratuito. El virus ha sacado la bondad que también hay en todo ser humano. Humanización e interdependencia dan como resultado una buena persona que sabe que es un ser para los demás y que su felicidad está en el servicio al necesitado.

¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué compromisos tenemos que asumir para construir el Reinado de Dios aquí y ahora?

A pesar de las sombras y sufrimiento, la pandemia nos ha reportado el ejemplo de solidaridad y gratuidad de que es capaz la humanidad. La bondad lo mismo que el mal nos constituye. El ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios-Amor, amor incondicional y misericordia sin límites. El bien en nosotros es más fuerte que el mal. Lo que de Dios hay en mi es más grande que mi miseria y límites. Mi verdadero ser es bondadoso. Estamos hechos de amor y para el amor. Si de verdad vivimos esto, podemos, ser sal, luz y fuerza unos para otros como nos manda Jesús.

Nuestro amor tiene que ser activo y comprometido. Obras son amores. No podemos seguir igual después de lo que estamos viviendo. Tenemos que cambiar nuestro estilo de vida. El cambio es necesario y posible. Cambios en el sentido contrario de las causas que nos ha traído a esta situación de emergencia. Seríamos necios si no aprendemos y nos transformamos. Hay que volver a las causas para caminar a la búsqueda de su antídoto: Revisión de nuestros hábitos de consumo, solidaridad frente a individualismo, decrecimiento frente a afán posesivo, austeridad y sobriedad compartida, gratuidad.

Compromiso: Empezar con ilusión el nuevo año litúrgico, sostener la esperanza, hacer presente a Dios con mi vida para que cuando tantos me pregunten ¿dónde está Dios? pueda contestar desde mi vivencia: Dios está en ti y en mí todo haciendo todo nuevo.

África De la Cruz Tomé

Fuente Fe Adulta

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No hay vida sin despertar

domingo, 29 de noviembre de 2020
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Atardecer-Zizur.1Domingo I de Adviento

29 noviembre 2020

Mc 13, 33-37

Las palabras de Jesús remarcan una actitud básica: la importancia de vivir despiertos y despiertas. Lo cual equivale a ser conscientes de lo que somos y a vivir en coherencia con ello.

 Estamos dormidos mientras permanecemos en la superficie, “lejos” de nosotros mismos, de los demás, de la vida. Nos movemos entonces como personajes de un sueño en busca de sus propios intereses, sin ni siquiera cuestionarnos el porqué y el para qué de la existencia. En consecuencia, nos olvidamos de “ser” y priorizamos el “tener”, el “hacer”, el entretenerse…

 Despertar es ser, de una manera cada vez más constante e ininterrumpida. “Solo ser”, como dijera el poeta Jorge Guillén. Y en la certeza –estas son palabras de Jesús de Nazaret– de que todo lo demás “se nos dará por añadidura”.

 ¿Qué requiere “ser”? Poner consciencia, o mejor aún, vivir con consciencia. Algo que desaparece cuando estamos “dormidos”. Por lo cual, es probable que necesitemos entrenarnos en activarla.

 Poner consciencia implica una especie de viaje de “vuelta a casa”. Y el entrenamiento, en tal caso, pasa por acercarnos a nosotros mismos, desde una actitud inicial de aceptación y unos sentimientos de cercanía y de amor hacia sí.

 A partir de ahí, a través de esa “puerta de entrada”, podemos entrar en contacto con la Vida que somos, más allá de la persona en la que nos estamos experimentando. Hasta experimentar que, en realidad, no vivimos, sino que somos vividos. Y desde esa comprensión nos convertimos, de manera consciente, en cauces por los que la vida se despliega. Hemos despertado.

  Para que el despertar se produzca, necesitamos “velar”, que puede traducirse en un doble cuidado: por un lado, cuidar los tiempos de silencio para alimentar la consciencia de cercanía amorosa a nosotros mismos y saborear la vida que somos; por otro, cuidar la atención consciente a lo largo del día para mantener viva de manera continuada aquella conexión… o volver a ella cada vez que notemos que nos hemos “alejado”.

¿Escucho el anhelo interior que me llama a vivir despierto/a?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Estamos condenados a ser una sinfonía incompleta?

domingo, 29 de noviembre de 2020
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acb6c736023e921f629777512eba108fDel blog de Tomás Muro, La Verdad es libre:

Primer Domingo de Adviento (ciclo B)
29. Noviembre.2020

  1. Tiempos difíciles de desesperanza.

Vivimos tiempos difíciles, ¿y cuándo no?: Los habituales problemas y crisis de siempre: millones de personas que viven sin nada: el hambre en el mundo, las catástrofes originadas por la naturaleza, el sangrante problema de las pateras, los millones de parados, etc. La situación eclesiástica en la que vivimos muchas diócesis es fuente de una gran desilusión en muchos cristianos, en muchos de nosotros, es causa de una gran decepción y cansera. Quizás algunas decepciones, viejos fracasos y asignaturas pendientes borbotean en nuestra existencia.

A todos esos motivos de desesperanza, cuando no de desesperación, este año el Adviento se nos presenta impregnado por la pandemia que asola la tierra, la humanidad.

Vivimos un “clima” de incertidumbre, de cierto miedo y de una difusa angustia, de alguna soledad profunda que puede dañar nuestra psicología y nuestra vida.

Es un terreno muy abonado para la desesperanza.

  1. Ocultamiento de las grandes cuestiones.

La mayor parte de las conversaciones que tenemos hoy en día giran en torno a la pandemia: discusiones políticas, el lavado de manos, mascarillas, confinamientos, vacunas, etc. Y es natural que sea así. Es natural, pero no es lo definitivo.

Si seguimos el momento cultural científico que nos viene desde la Ilustración del siglo XVIII, lo mejor que podemos hacer es yugular las grandes cuestiones de la vida y, en consecuencia, anular el pensamiento sobre ellas.

Parece como si estuviera prohibido, vetado que afloraran, que brotaran y afloraran las grandes cuestiones de la vida. Sin embargo las cuestiones decisivas escapan al mundo político y al pensamiento científico. La dimensión transcendente del ser humano, llámese espíritu, alma, etc. el sentido de la vida, la muerte, la ética, el futuro absoluto, etc. escapan a la vida política y a la vida científica.

Ante ciertos problemas, ante la vida misma el hombre primitivo está mejor dotado y preparado que el intelectual o científico de bata blanca de los parques tecnológicos y laboratorios médicos. La diferencia entre el hombre primitivo y el hombre científico moderno – postmoderno no radica en que uno tenga más y mejores conocimientos, sino en la actitud ante la vida. El hombre, la sociedad de mentalidad científica piensa que no hay nada que no pueda ser conocido o dominado por la razón, por la ciencia mediante el cálculo. Pero esto no es así. La ciencia no es capaz de resolver la cuestión del sentido de la vida, de la muerte, etc.

  1. Divertíos (dormid) mientras podáis o, mejor: velad, vivid despiertos.

         Porque la ciencia y el momento cultural actual no pueden resolver estas cosas, es por lo que la solución que se busca a estas grandes cuestiones es la diversión, el adormecer y narcotizar la vida.

         Sin embargo lo propio del ser humano, y del creyente, es vivir despiertos, lúcidos, ¡velad!

Hay quien piensa que esta es una visión demasiado pesimista. Pero la vida no se reduce a pesimismos y optimismos. Es un infantilismo edulcorar la vida de “contentos rápidos” o sedantes. La frustración y la desilusión, la desesperanza no se remedia con el “sueño”, dormidos. Vivir dormidos es vivir sin “tono vital”.

Jesús en el evangelio nos llama a vivir en esperanza: Velad, vigilad. No tengáis miedo, pero vivid lúcida y serenamente.

Hay momentos en los que no hay lugar al más mínimo resquicio para el optimismo, pero ahí precisamente es donde comienza la esperanza. Cuando una persona ha muerto, en un funeral no hay motivo alguno para el optimismo, pero es el momento de la esperanza.

Esperar es una actitud real y radical en la vida.

Por otra parte, sabemos por experiencia que el ser humano no es capaz de hacerse feliz a sí mismo. Por más que lo intentamos, no logramos culminar nuestra existencia. Ahí nace la esperanza en Dios. Dios es nuestra plenitud.

La esperanza futura es la felicidad del presente.

         El ser humano por nacimiento vive esperanzadamente. La esperanza es la relación de confianza que establezco con el futuro. Esperamos un futuro mejor del que actualmente somos y tenemos, sobre todo aguardamos un futuro absoluto y pleno. Cuando no se confía en el futuro comienzan a abrirse brechas a la desesperanza, si no a la desesperación, lo cual comienza a ser más que problemático.

Al comenzar el adviento despertemos y avivemos la esperanza. Miremos hacia el horizonte absoluto.

  1. ¿Estamos condenados a ser una sinfonía incompleta?

         La suma de desilusiones nos puede impregnar el alma de la sensación de que “no tenemos remedio”. “Nuestro fracaso está asegurado”.

El adviento es un humilde recuerdo de que nuestra historia personal y comunitaria no se agota en sí misma, sino que termina en Dios. Nuestra mirada está en Dios.

 nosotros somos la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano, (Isaías).

De la suma de desesperanzas se puede concluir que hemos de seguir esperando hasta el futuro absoluto

  1. La esperanza es la más frágil de las dimensiones humanas

         La esperanza es débil, la virtud más humilde. La esperanza, como el grano de trigo, son humildes, sencillos, pero llenos de vida.

Porque la esperanza es débil la podemos perder con alguna facilidad. Por ello hemos de cultivar la esperanza con vitalidad. De esto saben mucho los depresivos, los psiquiatras, los maestros de espiritualidad, posiblemente todos nosotros.

Nostalgia viene del griego: nostos: vuelta, regreso y algos – algia: dolor. Es la entraña misma del adviento: un dolor infinito hasta que el Señor vuelva.

Ven pronto, Señor.

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«Los obispos no han sido constituidos propietarios de los bienes de la Iglesia»

jueves, 26 de noviembre de 2020
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Inmatriculaciones-Iglesia_2050005066_12029116_660x371De su blog Teología sin censura:

Las inmatriculaciones, las leyes de la Iglesia y la ley del Evangelio

Los obispos de la Iglesia deben tener siempre muy presente es que ellos son “sucesores de los apóstoles”. Y como tales, tienen que ser fieles a lo que el Evangelio les manda

Han sido nuestros obispos quienes han gestionado y han pretendido justificar el hecho de apropiarse legalmente esa cantidad enorme de propiedades, muchas de ellas auténticos monumentos nacionales

Las noticias que se estaban difundiendo sobre las inmatriculaciones de propiedades, que los obispos españoles venían haciendo en los últimos años, hoy se nos informa que, efectivamente, tales inmatriculaciones se han producido, según informa el Colegio de Registradores de España. Un total de 34.964 propiedades han sido puestas a nombre de la Iglesia católica. De esa importante cantidad de apropiaciones, oficialmente reconocidas, 18.535 son templos. Las demás son edificios, locales, terrenos y propiedades de distinta índole.

Este es el hecho que Religión Digital ha difundido, hace unas horas. Puntualizando, además, que los obispos españoles, al apropiarse esa importante cantidad de templos y otras propiedades, no contaban con más prueba de autenticidad que la palabra del Ordinario del lugar. Es decir, la Iglesia no tiene más documento o prueba que la palabra del Obispo.     

 Yo no soy jurista. Ni tengo ningún tipo o modelo de autoridad, desde el punto de vista de lo que representa la propiedad legal, para emitir un juicio sobre este asunto tan delicado. Yo he dedicado mi vida al estudio y la enseñanza de la Teología cristiana. Y hablo desde ese punto de vista. Porque han sido nuestros obispos quienes han gestionado y han pretendido justificar el hecho de apropiarse legalmente esa cantidad enorme de propiedades, muchas de ellas auténticos monumentos nacionales.

Ahora bien, planteado así el problema, lo primero que tengo que decir es que, desde el punto de vista de la Teología cristiana, los obispos no han sido constituidos como tales, para que sean propietarios de los bienes de la Iglesia, sino para que sean sucesores de los apóstoles y testigos del Evangelio. El oficio que ejercen no es el de “propietarios” de una determinada fortuna, sino “testigos” de un mensaje. Diga lo que diga la legislación de la Iglesia, los obispos deben saber y deben cumplir, ante todo, con el Evangelio de Jesucristo. Y si la legislación de la Iglesia se opone al Evangelio, los obispos son los primeros que deben ser fieles al Evangelio, antes que aprovecharse de normas y leyes que les convienen a ellos.

Así las cosas, los obispos deben saber que el Señor Jesús dijo que “los verdaderos adoradores no darán culto a Dios “ni en este monte ni en Jerusalén”, sino que “dan culto al Padre en espíritu y verdad” (Jn 4, 21-24). Es más, como es bien sabido, Jesús se enfrentó violentamente al templo, hasta el extremo de que, látigo en mano, llegó a decir que habían hecho del templo, una “cueva de bandidos” (Mc 11, 15-19 par).

Pero no es esto lo más importante. Lo más claro, que los obispos de la Iglesia deben tener siempre muy presente es que ellos son “sucesores de los apóstoles”. Y como tales, tienen que ser fieles a lo que el Evangelio les manda a los “apóstoles”: que vayan por la vida de forma que “no lleven ni oro, ni plata, ni calderilla, ni siquiera una alforja para el camino”(Mt 10, 9-10 par). Jesús les llama para que “le sigan”. Y el “seguimiento” de Jesús lleva consigo, como primera y esencial condición, poner toda nuestra seguridad en Jesús y su Evangelio. Todo lo que no sea esto, es anteponer nuestro interés a la voluntad divina.

Por lo tanto, ¿cómo y en qué justifican nuestros obisposesa apropiación de bienes, que Dios, por boca de Jesucristo, les prohibió tener? Y que no digan que una “Religión” tiene gastos y necesita propiedades para ejercer el apostolado y la caridad. El apostolado es, ante todo, la ejemplaridad de vida, que tienen que dar, ante todo, los obispos, en este mundo tan egoísta. Y la “religiosidad” que tienen que difundir ante todo es la que nos enseña el Nuevo Testamento: “Religión pura y auténtica a los ojos de Dios Padre es ésta: mirar por la huérfanos y viudas en sus necesidades y no dejarse contaminar por el mundo” (Sant 1, 26-27).

Cuando el Apostolado Episcopal se degenera y, en lugar de ejemplaridad, se erige en dignidad y propiedades, ¿no es eso equivalente a despreciable degeneración del Evangelio que interesa cada día menos a la gente?

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